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© LOM Ediciones
Primera edición, 2003
I.S.B.N: 956-282-
Nadia Prado
Registro de Propiedad Intelectual Nº: 135.841
Gabriela Mistral
BOCADOS
11
El olvido es despreciable
aterrorizante cuando me pregunto interminablemente ayer
¿qué hice?
Una sola sombra,
una sola duda como ave de rapiña
rapta mis anteriores destellos de imagen,
quedo doliente y adobada a la inanición
que las manos sienten
cuando el pensamiento me traiciona
como un ave que me roba el alimento
que debía comer en una isla,
donde nada más puedo ingerir,
donde si grito nadie vendría,
es el terror de la memoria,
del pasajero mudo que se vuelve el cerebro,
callado, sin mover los ojos
increíblemente grandes
así veo mi imagen
estoy débil
algo más débil
mi cuerpo yace
pero parece tan grande,
porque me obliga a divagar
divagar mientras afuera todos hacen ruido,
aquí dentro conmigo
puedo recordar.
Es un día normal,
sólo que yazgo
Es un día común,
sólo que veo
pienso
12
Es un día de sol,
sólo que lluevo
oscuro
Es un día de frío,
sólo que ardo
quieto
Es un día indefenso,
sólo que he matado,
débil
Es un día común,
sólo que mi cuerpo y yo nos amamos
es un día de amor
estoy sola conmigo
13
Un gran lago son las palabras todas juntas,
a la orilla la memoria que merodea el antes,
del otro lado veo borrosa una rama que se mece tan incierta como yo.
La ciudad grita de horror, mientras tanto,
cierro los ojos y simulo no temer a nada.
Me robas las imágenes que no alcanzo a ver si existen
o se ausentaron,
pero yo, es cierto, no sé quién soy.
Yo de este lado,
pequeña e ignorante,
veía que las estrellas salían de sus ojos y volvían al cielo,
brillaban como si estuvieran diciendo algo,
como bocas que se abren y cierran,
como si hablaran,
como si gritaran,
como si la lengua titilara de espasmo y dolor.
A lo largo de los años, dejé de creer que las estrellas son sólo belleza.
Si les doy un tiro apuesto a que sangran y dicen
un aullido que también el lago conoce.
14
Cuántas cosas podría decir el paisaje,
si lo camino hablas,
si caigo en él y mi oreja queda durmiendo cara a cara en la tierra
puedo oír que alguien ríe,
y luego un llanto que traspasa como un rayo que va a dar al cielo,
el cielo se une con el aire,
se une con la tierra,
se une con lo que ella guarda.
El disparo dio en el cuerpo y perforó el agua,
allá abajo todavía se escucha
el fondo de un corazón que no quiso hundirse.
15
La contienda del yo, que rociado de su yo vuelve vacío
a construir una pequeña casa donde vivir anónimamente
para hacer sus únicas y silenciosas palabras.
16
En el bar los parroquianos me llaman para que haga un
divertimento y recite algunas cosas. Los dueños del local se acercan
para tomarse fotos conmigo, con aquella ficción se regocija mi
corazón latino. Alguien me invita uno, dos, varios whiskys, pienso
recordando a mi madre: soy famosa. Mientras saco las venas con
las que antes escribía y la cabeza rota como si fuese una cuenca
que da vueltas en la yema de mi dedo, mi brazo sangra como hace
diez años, cuando nací sencillamente vestida y entera de llagas
adentro delirando por alguien que me amaba, pero rezó para
odiarme. Mis uñas arañan la tierra, soy un muerto enterrado vivo,
mi mano quiere esconderse, pero el cuerpo resucita. Sacudo los
ojos y se me caen como si fuesen polvo, escriben como mi vena
cadáver escribe, ciega y muda, atenta a lo que dice cuando de un
solo chasquido de víbora se encona con el viento. No comprendo
cuando hay que callar, cierro los ojos en silencio.
17
Mi sombra libra batalla por los espacios. Vaciada en las manos
vulnerables de una imagen que se parece a alguien como yo.
En el mar se perdió el papel que lancé. No sé si el mar se acaba.
Eso no aparece en los carteles electrónicos. Tal vez era un making off,
pero yo lo vi tan real que me confundí. Ha de ser una confusión. Eran
mis ojos o sólo eran mis ojos satisfaciéndose con mirar.
Después de la satisfacción de mirar me voy a dormir.
18
Cuando lo que se dice no tiene peso porque la boca se abrió y salió
el odio, el odio antes que el placer. El odio antes que el placer es mi
perturbador deseo de aniquilar a otros para existir más.
La boca se abrió y salió la luz que me alumbraba pisando bellas
hojas y bellos pétalos. Allí convertidas en polvo yo lucía mejor.
El carnaval se abrió con las páginas enteras de los diarios que
hablaban de mí, de mí así de mí asá, pero yo seguía a borbotones
diciendo el odio que tenía por todas esas palabras que no dije.
Letras que se conformaban para saciar mi luz, mi luz era mi voz,
mi luz era mi imagen, mi luz era yo convertida en estampita que
hoy compran con devoción.
Me fui a ser rebelde a holygud, la ironía es un producto,
mantequilla que se derrite apenas la digo, mantequilla que se
parte en dos, que dura mientras el sol aparece. Como dura poco
mucho me dan.
Un objeto para la devoción desarrollada, un objeto latinoamericano
como un fruto jugoso que cambió su acidez por un poco de
aspartamo. Un poema como oferta y demanda, un poema canto
presidencial, un poema alegoría de un lejano y angosto país.
Me revuelco en todos, muerdo la mano que me dio de comer y digo
que pasé hambre. Fui rebelde cuando me escondí de la dictadura
golpeando con botellas de vino a las muchachas que no querían
besarme. Las hojas caen.
Soy bueno para la economía de mi país, subo un 3,5 y salgo 5
veces en el diario al mes, una vez en televisión y otras tantas
protestando para convertirme en mito.
Mi boca voraz dice, mi boca voraz recibe y dice, come, escupe,
picotea la realidad antes que ni siquiera logre darme cuenta. Mi
boca. Mi pobre boca que no dice lo que quiere, lo que puede no
quiere decir. Lo que dice no quiere, lo que puede no quiere.
19
Mi boca ignorante y su mezquino real. Un personaje caligrafiado
que se pierde y encuentra en su voracidad, cuando habla, cuando
calla, cuando miente, cuando mata. Habla, calla, miente, mata; se
perdona y se regocija.
20
Mis ojos disueltos miraban, yo les decía, con lo que quedaba de
ellos cerrados y en silencio, quién era yo. Me arrastraban día a día,
como un par de ojos con un par de pies. Con lo que decía desde
mí, decía que era nada, nada posible, nada imposible, sólo un
trazo que yo misma dibujé para amar, y que semejaba a mí, que
decía mí. La costra ahora es cáscara que me cubre por completo.
21
a René Baeza
22
He sido amordazada, una tela anuda detrás de mi cabeza, cubre
mi boca,
trato de aullar, la luz brilla y sonrío.
Después de ser sacudida, golpeando la cabeza contra el piso
levanto la mejilla, a ras de suelo siento el peso del cemento en
mi sien, parpadeo y comienzo a hablar.
El temblor es una brisa que recuerdo.
23
No había luz, la oscuridad era yo que me atacaba.
No recuerdo lo que olvidé. Si recuerdo, quiero olvidar lo que
recordé, pero recuerdo tanto que ya no quedan espacios en la
cabeza. Ningún paisaje, por eso aquellos que se escribían eran
expulsados con velocidad.
Las migas de pan con que borraba, recuerdo, se desprendían de las
letras, restos que caían sobre los zapatos acordonados y húmedos,
mientras los pájaros caminaban picoteando la realidad. Corría
para que no la devoraran, para impedir que un agujero la dejara
al descubierto. Con la cabeza en un movimiento que va y viene,
pensé, sus cuerpos, igual que yo, igual que quien no soy, se comen
las migas que echo al piso, letras que guardan algo de lo que soy,
pero de mí caen migas que borran las letras, las letras se rearman
implacables. Mi cabeza sulfura y teme. Es ella en duelo con el
temor atemorizándola. La paloma que se llevó mi letra adherida
a la miga se aleja. Mi letra hambrienta, mi letra entre los árboles,
en la cornisa de una casa, en la cabeza de alguien, finalmente en la
plaza donde corro a buscarla. El viento las golpea, arrastrándolas.
Las miro hasta que se pierden, pero regresan. Una con la que
quería escribir mi nombre yace sobre la copa de un árbol a punto
de caer, otra se convulsiona en el hocico de un perro, otra muere
a picotazos, cae bajo los pies de un vagabundo.
Adheridas al suelo intentan levantarse. Se van volando, las
palomas siempre vuelven, el hambre las destruye. La última se
balancea en una hoja.
24
Un pájaro aleteando dentro de mí, me raspa con las alas,
luego en silencio mete su ala izquierda en mi brazo izquierdo
y su ala derecha en mi brazo derecho.
Yo sé que se prepara a volar, temeroso, temerosa.
Se acomoda adentro hasta graznar algo por mi boca,
no sé lo que dice.
No sé de quién son los ojos que ven el oído que escucha las alas que
vuelan no vuelan.
25
Un pájaro vuela, yo vuelo.
Yo no puedo volar.
26
Intenté seguir con las palabras que había borrado una y otra vez
la miga de pan, pero en la cabeza no se borraban. Los sonidos en
silencio, como si cada letra se hubiese quedado muerta, como si
yo estuviera muerta. Durante días intenté decirme tanto, pero en
mi boca se colaba el viento. Era verano, no coincido con que era
verano, pero todo dice que fue verano.
27
Aprendí a componer unas cuantas letras. Un ejercicio para
retenerme. Mi cabeza daba vueltas simulando estar pendiente de
la realidad. Me gusta vivir sin saber dónde me llevarán los sueños.
Ahora todo es grande y cierto. Paisajes y espejismos de un pasado
que creemos. El horizonte y el paisaje, por donde todo se ha ido,
me hizo dejar de creer cuando la juventud desaparecía veloz y
entusiasta, los ecos dentro de mí gritaban, afuera el continente
resistía contiendas feroces. Éxitos pasajeros anegaban ciudades,
ríos secos esperaban tormentas y en los mares las olas se retiraban
amenazantes.
La extensión del hambre y el frío hizo la vergüenza infértil.
28
Los muertos hablan la tragedia de las calles y el encierro,
comprar palabras escritas en distintos diseños.
Nunca dije sí, no divago, se vive lo que se puede.
29
¿Y qué es la provincia? Puñados de gente, un pozo profundo y
palabras en él.
Las cabezas giran y miran televisión en el cielo. Las estrellas
invisibles, el sol invisible, invisibles los ojos por el agua que los
deja.
El agua es el alma que huye, por eso cuando los ojos lloran se
pierden, piedras en cascada anegando la acera por la que te busco.
El sonido eres tú intentando que te encuentre, pero en cambio
tropiezo como si no viera.
Me percato que las letras son pequeños trozos de mí, que las
palabras manos que moran para no tropezarse, que las frases
que la boca dice, que la boca cree, que la cabeza profiere, repite
para creer sin creer. Desorden que el cuerpo lleva, letras agónicas
cargando el peso de las palabras nos protegen de un mal paisaje,
que la boca embiste a diario comiéndose el viento para que no se
la lleve cuando intenta vanamente plasmar a Dios y enceguece
con su imagen para seguir, pero las manos no se comprometen,
las manos trazan por sí solas acechando los labios para sacar a
puñados los trozos que contarán la vida, no la historia.
30
Estéril mi cuerpo llevado a la nada, como un mal que se castiga,
un metal que se funde y se fabrica como utensilio y objeto de
costumbre. Apenas habla, apenas come, pero si dice se vuelve
voraz. Mis ojos giran como monedas, lejos de mí, lejos de la compra
y la venta. Uno es cara, el otro sello, uno arriba, el otro abajo.
Cuando las monedas caen la suerte hace el futuro y azarosamente
me levanto y vivo.
31
En realidad están hablando, las estrellas en realidad cuando se
apagan es que están hablando, en realidad no titilan, en realidad
dicen una voz intermitente que arriba de las cabezas espía fugaz.
Las palabras estallan como un fulgor, ese fulgor es una letra, por
eso las noches hablan y gritan. Cuando los párpados se concentran
para ver la primera que sale, ellas llevan hablando tanto rato.
Si amanece hablan despacio, el sol las quema, aunque vuelven
a salir más laceradas. En el día parecen callar, pero yo sé que
están ahí, dispuestas a gritarle a mi ojo cuando se abre agrietado,
inquieto y furioso porque su mirada no abarca más. Ese fulgor
es una letra que quiere hablar. Decir cosas es empezar a hablar y
juntar palabras es como juntar cosas. Juntar cosas es como juntar
palabras, por eso cuando amanezco muda soy un cadáver en un
país de mentira. La mano amputada que ya no puede hacer el
agujero para esconderse, un ojo seco casi inerte que no puede
vaciar su lágrima para ahogarse en el agujero si fallara como
escondite.
32
Callo para escuchar el viento que golpea las olas que golpean
mi cabeza que mira la montaña. En la montaña parece nevar, la
nieve cae convertida en agua, el agua me arrastra, el viento cierra
mis ojos y la arena me cubre. Hablo para decir lo que el viento no
alcanzó a decir antes de ser desplazado por la sofocación. Todo
está detenido, las hojas caen y a mitad de camino parecen pensar
si seguirán cayendo. El aire me ahoga el sol se esconde yo no lo
puedo mirar. El mar es amplio mirar el mar es amplio. Escucho
para hablarme cuando el viento, las hojas, el suelo parecen callar.
Chile es claro, oscuro, pequeño, pequeño y oscuro, claro es
pequeño, oscuro es inmenso.
33
Con cuántas palabras se puede escribir, con cuántas palabras
podría hablar sin desalojar tanta indecisión, tanta posibilidad de
imagen que mis ojos de color indefinido acogen.
Podría quizás mirar de otra manera si supiera que tengo tantas
palabras para soñar y para hablar, pero parece que son las mismas
las que sueño y las que nombro. Veinte veces conté el hambre,
veinte veces hasta que no pude. El frío dibujó en los huesos las
paredes amoratadas, hasta que los restos de piel que no temblaban
dieron con la salida.
34
Camino para pisar las pisadas del día anterior, riego para rociar
el jardín en mi mente y al ingenuo que se quemó a lo bonzo, el
mundo no ha cambiado. El viento deshoja cada piel ardiendo.
Una chispa hizo arder al viento.
35
Un pájaro aleteó fuera de la ventana, el sonido se sacudió hacia
mí. El pájaro escapaba o una ventana se golpeaba contra el pájaro
que buscaba el viento.
36
Vine cuando todos vinieron, vine, y mientras caminaba le pisaba
los talones a alguien parecida a mí. En la esquina del Tercer Mundo
el personaje tomó algunas fotos y las despachó como encargo.
Detrás de la montaña vendieron las fotos, imágenes que tal vez
existían, pero yo vi que existían. Estaba la imagen de la foto, la
imagen pequeña, y detrás de mí con algún movimiento la imagen
grande de donde había salido la pequeña.
37
Las imágenes en silencio vinieron, vinieron otras. La noche que
casi parecía noche, no recuerdo si era noche, apenas algunos días.
Los días apilados como las fotos. La noche era más noche que el
día. El día más día que la noche. Pero velada no vi qué ocurrió.
No quiero recordar, sin luz olvidé o si el recuerdo se me fue en el
oscuro cielo quieto, que parecía quieto o aquietarse.
38
En una estampita que compré en la calle rompí el resignado cielo,
el que creí era cielo. Un indígena cayó a mis pies. Un indígena
que me mostraron en otras fotografías. Era el pasado de mí. El
pasado silencioso y resignado. Alguien a mi lado en la fila no se
atrevió a romper la foto. No había luz, no recuerdo si había luz.
No podía mirar bien, sí podía oír, oía algo en mi fragilizado oído,
su tímpano estaba roto a causa del chasquido de mi casa, mi casa
es mi lengua, en la que habita lo que elijo y si se escapa lo rescato
estirando mi lengua de camaleón, de un golpe, de un chasquido
la lengua y me trago la imagen. Mi boca verbaliza sin querer lo
que era, lo que yo era o había sido. No recuerdo los días anteriores
a mí. No recuerdo los días anteriores a otros anteriores a mí. No
recuerdo los anteriores a mí.
39
Mi vida fue a la cordillera a buscar la nieve, quería ver la nieve,
pensé que no existía porque nunca la vi. El corazón comenzó a
gritar hacia arriba, de arriba insistió la misma voz lejana.
Su corazón de cordillera, los mares, la montaña, abrazan mi cuerpo.
Yo no semejaba a nada. Yo fui a buscar palabras, me costó tanto
hielo y tantos golpes encontrarlas.
40
Llovía o imaginé que llovía. No parecía la lluvia. Alguien dijo
que el frío helaba y la lluvia mojaba. En la tormenta me quedé
esperando la humedad y el hielo, pero no ocurrieron. Estaba
congelada, con mi alma merodeando dentro de mi cuerpo. El
cuerpo tenía palabras que el alma escuchaba, todavía las escucha.
Algunas se las digo a ella misma o se las devuelvo. La tela de
adentro del cuerpo tiene escritas esas palabras, la tela brota hacia
afuera a veces, pero el cuerpo se sacude y las palabras caen otra
vez como si fuesen migas, como recovecos que llena la realidad,
para que la realidad permanezca y vuelva a la boca.
41
Estoy hablando, tan simple como si dijera lo que arroja mi cabeza
a la boca. Como comer. La cabeza le da de comer a mi corazón en
hambre, a mi espíritu que no sabe cuánto es suficiente.
42
Mi vida dormía, un trozo era día y otro noche. En cada trozo
algo semejante a mí, pero yo no semejaba a nada. No semejaba al
frío, no era la lluvia. Noche llegó la noche. Día llegó el día. Con
frecuencia y repetidas veces, no recuerdo cuántas.
43
Los ojos regaron mi pecho descubierto y angustiado, mi pecho negó.
Amanecían los bellos días para esperar que las ciudades
amanecieran.
Cerré los ojos, pero la realidad me azotó por los costados,
el olvido es grande y la memoria indeseable.
He perdido mi nombre en un país extraño,
deletreo cada día entre la multitud a ver si encuentro a la que soy,
he perdido mi nombre y mis letras de agua,
mi fortaleza se desarraiga en mi mente,
mi frágil lugar gira como una hélice,
deletreo el chasquido que me nombra.
44
He sido unos cuantos recuerdos, unas cuantas manos escondiendo
mi rostro, unos pocos días bellos, ira y algo de odio he sido.
No dije,
no hablé,
no sufrí,
no dije yo.
45
Entre todas las palabras que se intercalan puedo sacar algunas.
Dividida en el vacío, para no encontrarme, la palabra es inmensa.
Yo, son los personajes que no soy, que tal vez he sido o seré alguna
vez, pero que aún se defienden de no perder la memoria que le
dice a la cabeza quién soy, he sido y fui.
46
Como si fuera yo, si fuera acaso algo que me dice que soy lo que
he sido. El aire me aterra o me aterra lo que al aire aterra.
Hasta mí pequeños trozos de mí. Hasta mi cara marcha con
velocidad el camino que antaño recorrí con mi madre.
47
Sí, el hambre y el frío estuvieron en mí lo supe. Te lo juro es cierto,
es verdad. Ahora el hambre y el frío me parecen pensamientos.
Ahora el recuerdo le cuenta a mi cabeza quién era yo, aunque el
hambre y el frío parecían inmensos. El hambre me adhería a su
invisible terror y el frío volvía a revolcarse como un hielo que
alguien desde dentro me pasaba por la piel, quema el frío, quema
el calor, quema la nieve, quema el fuego, quema lo que sé tanto
como el anhelo de lo que no sé.
48
Comía, soñé que comía.
Comía, pensé que comía.
Al primer mordisco la luz acaeció y pude ver mi cara con el brillo
resplandeciente de los huesos que rebotaban en mis ojos cuando
miré las manos y el pedazo de alimento.
Desde el cielo una plaga dejaba caer migas de pan como palabras.
Cuerpos al vacío, letras, pedazos de palabras en las cabezas.
Migas que eran letras, desde las hojas, desde la cornisa, desde
todo el azulado y plagado cielo de palabras.
Las recogí una por una y corrí soñando que llovían palabras.
Llovía del cielo, aunque abajo estaba seco, llovían pedazos de
palabras, pedazos de palabras las letras. Izadas las monedas como
las letras abrían en mi cabeza un agujero para recibir a Dios.
En la calle migas y monedas me piden. Nadie recoge las letras
agónicas, las palabras se levantan solas, desprendidas del pan,
desprendidas de las monedas, desprendidas de mí.
49
Hay un atento escribiente recogiendo palabras que gimen, un
traductor entrega el ruido.
No lloro, gimo.
Resistiré este cuerpo nefasto. Sin párpado, sin ojos, sin boca, sin
lengua.
El párpado es la puerta, la boca el túnel donde me pierdo, me
apuñala, me amenaza.
Soy como si fuera una moneda que se levanta y se echa sobre el
pavimento. Camino y pago, camino y recibo. Me faltas, me falta,
me faltas falta.
En la esquina, compro un beso y sustancias que me recuerdan que
la boca mastica aire que luego no puede soplar.
50
NEÓN
51
Los ojos son ambiciosos, atrapan vanas imágenes. La dicha es
como estocada, duele al entrar y al salir.
Enterada de aquella totalidad e imperfecta golpeo las letras en el
abecedario. Como un pétalo, un cuchillo, como un laberinto que
mis dedos recorren, como el desierto, como la nieve.
Los granizos de imágenes rompen mi cabeza.
Todavía algo azota en mí. No sé si se golpean las palabras
entre ellas o en mi contra. Como pétalos que deshace mi mano,
destructora y generosa, abierta y cerrada, tijereteo la historia,
aminorada y sobreviviente, intento horas certeras sobre el terruño
que se adiestra.
Vivo, como si nada, más, bebo aire, respiro agua, precipitándome
errada a gastar mi existencia, que aunque se proteja del placer
eufórica dice lo que ve como si fuera a quedar ciega, como si la
cobardía de extender su insignificante vida le diera felicidad.
Como si yo misma fuese tiempo en el girar de la cabeza, nunca
deja de sospechar de aquellos que someten su pobre vida.
Tu cara se repite y yo la veo como quiero. Se repite entre millones
de cosas que he visto tan solo una vez, pero millares de veces las
he visto como imagen que se arraiga en mi recuerdo, aunque a
veces se apague, perdido y sacrificado, humillado y roto, aunque
el orgullo sólo sea posible en aquellos en que la humillación nunca
pudo lograr éxito.
El verano es un agujero que sangra y deja anegada a la tierra, el
invierno es el cielo que llora, o la sangre del universo estrellado, el
sol y la luna son el alma y el cuerpo del cielo, o el ojo y el corazón
del universo, porque ojo es frío y tenso y el corazón ardiente y
voluptuoso.
Desde la montaña miro la doméstica naturaleza, arriba el silencio y
la indiferencia del viento que viaja y ríe de nuestras patas ancladas
a la estabilidad de la ciudad que sucumbe.
53
Pájaros con su pasión hacen arder al infierno, vuelan haciendo
hendiduras con los sonidos que indagan dónde caer eligiendo a
menudo estos labios con los que les hablo a mis manos de ti, una
carta que ellos recitan y que vuela para encontrarse con quien la
espera. Mi alma despegada varios metros atrás arroja un pétalo a
cada ojo, para borrar las manchas del flagelado y grotesco acontecer
de los días masivos y mansos. Desde lo alto tomo mi cráneo y lo
arrojo al sumiso suelo de la ciudad, quedan esparcidos conceptos
y rayas que algunos leen, entienden y borran. Otros vocablos he
dejado flotando, esos que no han sido ultimados por la precariedad
del entendimiento común son los que saltan al vacío, en el reflejo
de la austeridad de aquellos que piensan en grandes edificios y
cifras, porque esas frases eyectadas al infinito van a recorrer la
totalidad del espacio y del tiempo, para decirte que el hematoma
de ignorancia y precariedad que inunda las ciudades se borrará
si buscas en ese vacío, en ese lugar imposible que todavía nadie
ha situado, imágenes nunca vistas, una fatiga que se encolerizará
cuando tomes lo que corresponde, sin la muchedumbre resignada.
Un cuerpo que no es utensilio, un cuerpo que derrota la electricidad,
que no olvida y que sabe que hay algo nuevo tras la pervertida
pantalla de la producción. Un cuerpo que insiste, un espíritu que
brinca de los corrales, lejos de la necesidad despreciable para
nuestros vicios.
Aparta de mí tu ausencia, la cotidianidad verbal y usurera que
nos hace creer que no hay dicha. Antes que se resquebraje en mí,
la frase rompe mi cuero.
54
Yo, yo dije, no dije, no era yo, recuerdo no era.
Palabras como esquirlas incrustadas unas a otras. Las mismas
palabras aparecen en la pantalla de luminosos puntos que se traman.
Pantallas electrónicas, grandes pantallas horizontales. Puntos
luminosos que decían yo.
Yo decía pantalla, decía lo que veía, relataba lo que veía, aun hoy,
todavía hoy. Y soy la misma pese a todos los estados, pese a todos
los días. La misma, yo.
55
Hace diez años mi brazo sangró, pero ya no sangra. Mi brazo no
existió, pero si tapo el oído con cualquier mano siento un insecto
gigantesco que fuera de estas paredes algo lo hace lamentarse.
El de hace diez años sangra abundantemente, ahora, durante
mi cercanía a la vejez, cuando los días frente a la ventana van y
vienen con una secuencia repetida, la incidencia ocurre en todo
el continente. La duda se expresa dentro de mí, no afuera, afuera
algo hace que se ordene y me aquiete.
56
Los árboles se aquietan y logran aquietarme. De un lugar a otro
los árboles parecen los mismos. Los días pasan en un desfile de
realidad que si no miro, el día se desordena azarosamente.
57
La sombra de los árboles sobre la calle, la calle parece incaminable,
mis pasos continúan hacia el brillo que a caudales rebota.
58
Se repetirá la noche, se repetirá el hambre, se repetirá el abecedario
ocupado de millones de maneras, las mismas letras ocupadas por
occidente, el mismo balbuceo clonado. Se repetirá la noche en la
oscuridad de la noche. Las luces vigías, los ecos parlantes.
59
Mis ojos disueltos de imágenes miran, yo les digo, con lo que ellos
tienen cerrados y en silencio se abren para mirarme y en su reflejo
leo. Algo como una caricatura se mueve en mi cabeza y me hace
ojos nuevos, pero yo protejo los que tengo, porque son los únicos
que te van a mirar así.
60
a Stella Díaz-Varín
61
Estrellas caen al mar, estrellas caen a las montañas, se estrellan
mis ojos si no miro como mira el ganado.
62
Detrás de la montaña se escondía una palabrita, yo subí a buscarla
y juntas caímos al abismo, rodamos en círculos y abrazadas nos
levantamos y corrimos.
Antes de caer luces de lo alto, esta pobre alma que por siglos me
persigue hablándome al oído como un viento suave que dice
cosas insensatas que yo repito, queda iluminada a pesar de toda
la oscuridad en el cielo.
63
El cuerpo imperfecto se agita, una capa en el fondo de mí, que
sería mi espalda, o mi cabeza o mi estómago, tal vez toda yo soy
mis ojos que retienen tu imagen.
Fuera de mí dije palabras, dentro las callé para que afuera
creyera que decía. Las escribí para que adentro creyera que podía
olvidarlas, pero podía perderlas ya escritas y no recordar.
64
Sacudo en alto mis dedos, ellos caen en la montaña, caen en el
mar, estrellas fugaces. Abajo yo, pienso que mis ojos están mirando
desmesurados y abiertos como te conté, grandes como el forado
del hombre en su espalda como me contaste.
65
La secuencia de la red con que se atrapan los peces. La secuencia de
la bala que se mete en el forado que ya tiene el cuerpo. El viento que
se cuela en la boca y sofoca la llama que había logrado encender.
66
La imagen incompleta que veo se pierde
en las imágenes que logran convertirse en objetos,
y en la realidad que se me otorga en su forma de felicidad enfermiza.
67
Escribo los objetos en la ingenuidad del lápiz que cree que atrapa
la realidad, pero lo que existe es lo que creo que existe, más allá,
a lo lejos destellos que engañan.
68
Las cosas parecen tener su sitio, yo no parezco tener ninguno.
Apenas soy unos pasos que de tanto ir a la deriva vuelven a lo
mismo.
69
Con monedas comíamos, con monedas nos vendíamos.
70
a Elvira Hernández
Ya no me importa el futuro.
Las olas se llevan los pedazos de nosotros, lo que se dejó tirado,
lo que va a la deriva, lo que a veces ama escasamente. Cuando el
abismo se despliega en círculos bajo los pies, acudo a esta técnica
de vivir, de respirar las horas, perdiendo el sueño o escapando.
Me parece que vivo, que tal vez la ausencia es tan promiscua como
apoderarse de los pedazos de la vida a los que pertenezco.
71
Mi soledad se ilumina en el cielo quieto, en el sereno y resignado
gesto ante el dolor.
72
a Guadalupe Santa Cruz
73
Apenas soy un error que trata de juntar palabras reales y no reales.
Puedo ser un invento o de verdad existir. Lo que escucho en el
silencio es que estoy aquí.
Yo vivo a costa de lo que me digan porque mañana estaré
escribiendo cosas que hoy no conozco.
Ayer viví, hoy vivo pensando.
Mañana escribiré montones y grandes cosas que no conozco.
Pequeños objetos que se guardan y esconden, que se esconden
y muestran.
Cuando el mar de la mediocridad se recoge, junto palabras sobre
la arena. Otros tratan de atrapar los mayores peces, pero los peces
saltan libres sobre las olas, la arena se desordena y ordena, las
páginas caen de mi cabeza que ha visto el mundo en los libros y
escribe pensando que llegará al final y al comienzo.
74
Llevo palabras sobre las manos, como monedas las entrego para
comprar mi sobrevivencia. Los centinelas ven mi cabeza rota y
vencida y me dejan continuar, diseminada y aullante.
Unos cuantos días se me clavan como estacas.
Simulo estar vencida pero mi fe es grande.
Me dejan en la montaña.
75
Cada bocanada de aire quema adentro, cada luz que noche a noche
intermite en el cielo.
La ciudad entra a doler como un desierto donde muere cada huella
arrasada por el viento. Mis palabras segundo a segundo muriendo,
mi sed de palabras comienza y muere.
76
Los animales siguen escapando del frío y el hambre, como alguna
vez lo hice.
Las horas asfixiantes y espantadas por tanta brutalidad.
Yo aquí dentro, mirando cómo te peinas.
El sol comienza a llegar y las montañas se ven casi completas.
Miro los árboles detenidos.
No hay viento hoy, pero los pájaros se elevan, te peinas,
sobre mi casa para que yo vea sus vientres volar.
Una sola rama parece en movimiento, pocos autos y poca gente.
Las flores empiezan a abrir, los pájaros desde lo alto notan un ligero
caudal de comida y arremeten. Mientras, deseo que la cordillera
nos proteja de la ira de aviones y amenazas, como alguna vez lo
hice.
Cuando los huesos se han pegado a la piel y los ojos han reventado
hacia afuera pidiendo, la boca no ha alcanzado a decir qué necesita,
lo hicieron los ojos, saciados de espanto cuando los huesos
rompían los harapos.
Cuando las moscas comían en mí, yo dije, alto. Esta explosión
silenciosa que recorre el continente es la historia infinita, la
escenografía y sus personajes. Nadie dijo alto por nosotros, pero
algún día las palabras y la violencia se encontrarán solas.
Pero hoy cuando es mal visto recordar, recuerdo que te peinas.
77
Las letras trabajan codo a codo con la muerte,
antes de morir todas quieren decir algo.
78
Mi inimaginable cuerpo, inimaginable voz que pende de otra voz
que no se escucha igual que mi voz.
Callo para escuchar el viento que golpea las olas que golpean mi
cabeza que mira la montaña. En la montaña parece nevar la nieve
cae convertida en agua. El agua me arrastra el viento cierra mis
ojos y la arena me cubre.
79
Atraviesas hasta mis ojos cerrados y mi boca muerta resucita para
gesticular tu nombre, en silencio los labios se mueven para llegar a
ti, porque todo el sonido de tu nombre está en mi cabeza, penetra
el agujero por donde se deslizan las marcas que dejas. Tu imagen
como un ave se acerca a mí surcando el cielo azul.
Un grito de ala rota en cautiverio escapa y el sonido llena de miedo
mi cabeza, imagino como si estuvieras cerca que casi tocas mi
coraza atiborrada de neones que arden y queman mi mano que
vuelta cadáver comienza a brillar.
Cuando brilla se pierde.
¿Qué dejas tú acercándote a mí?
La incubación de dos huevos en mi frente con los que monitoreo la
esclavitud, me alimentas y nos hacemos plaga, peste silvestre a la
que arrojan halcones de combate para exterminarnos, crías voraces
salen de sus nidos artificiales llevando una anilla de identificación.
Azul, rojo y blanco, se parece a la nuestra, es el color del cielo por
donde se desplaza, es el color del picotazo metiéndose en nosotros,
es el color de su pureza desplegada por el satélite a la televisión.
Detrás del picotazo viene la jaula, de la jaula el cautiverio, del
cautiverio la integración. La actividad reproductiva nos hace
mansos y permite que nos liberen.
Dime ¿por dónde vuelas? No vaya a ser que un picotazo de
realidad te quite de mi camino y tantos depredadores saquen hasta
el último color de tu frágil y derrumbado cuerpo. No huyas, una
plaga de aves asustadas es mejor que toda la grandeza del más
devastador remedio.
80
El cielo es azul, yo finjo hablar, finjo pensar.
81
El tacto dice uno cuando cruzamos los dedos, la vista dos.
Los ojos cuando leen lo que no se lee, el infinito deseo lleva mi
corazón que se revuelca en el aire que se mezcla con la lluvia. Las
palabras que fabrico con las letras que uno.
82
Muda, como un eco del silencio. Intercalada entre el olvido y el
recuerdo. La memoria vigila a ambos.
Si miro donde debo tal vez aparezcas. El temor del ala que saldrá
por mi pulmón hasta romper el cascarón.
La transitividad de la voz y lo que dice.
Las hojas cayeron y yo relataba que caían cuando ya habían caído.
Acontecer es el nombre mío disolviéndose segundo a segundo.
83
Las imágenes habladas cuentan por sí mismas lo que son en
el interior, en la habitación que nadie conoce lo que pienso se
escabulle. Lo que pienso se altera, afuera están desperdigados los
sonidos de adentro.
84
Un personaje perdido y encontrado dentro y fuera de la voz, dice lo
que no piensa. Un animal que digiere libremente se vuelve cebo. Si
acata es cebo, si rechaza se vuelve cebo. Las miserias y maravillas
que intenta decir, las miserias y maravillas no proferidas en su
cabeza ordenada. Su pobre ironía convertida en producto, su pobre
ironía un pedazo de hielo que se derrite con la claridad del sol.
Palabras comunes que entendemos distintas son batallas. Palabras
que al condensarse son soles resecos y si brotan son ríos, la
embestida de la gramática sucia que me hace hablar. Las palabras
que dicen mi oído que escucha, mi boca que habla, mi corazón
que miente. Mi vocablo indescifrable, mi vocablo mísero que se
repite y aquieta como una construcción que la memoria hace por
el revés de la cabeza para fragilizarse a sí misma, el vigilante que
la mantiene alerta, una red tejida por encima de la lengua que se
espesa y atora cuando cuenta demasiado y así ambas se agarrotan,
la lengua y la mano tentadas a borrarse la una a la otra, pero por
honor se extiende a la calle, por la calle como tentáculos que
defienden la secuencia de las letras.
Su boca escribió: Dios es ignorante.
Su mano habló: Dios es ignorancia.
Decir yo es peligroso.
85
Yo protejo los ojos que tengo, porque son los únicos que te
van a mirar así. Cuando este lugar se aburra de ser proclive y
hambriento, mis ojos recordarán cómo te vieron, porque a la boca
se le dice, a la mano se le dice, a la cabeza se le dice, pero a mis ojos
que en verdad es lo único que sale de mí nadie les dice, porque aun
vendados pueden ver, su voracidad es ciega y su anhelo mudo. Y
encadenados a la mano escriben la representación que se desata,
camina perdida y las palabras alejadas de su defectuoso ser sufren
por el futuro antes que ocurra.
86
El quehacer diario, juzgado por su valor y no por su honor, como
un antepasado furioso que ahora se ha vuelto amable, como un
ermitaño que camina con un farol cuando no está oscuro y como
no sé que hay luz mis ojos giran lejos de mí.
87
a Elizabeth Collingwood-Selby
88
Mi memoria es criminal y la disperso, se va con las letras que se
fueron tras el paisaje. Al borde de librarme del abismo y el miedo,
o casi libre del abismo camino en círculo buscando las letras que
me dibujan. Estoy confundida, no importa. Cavo una pequeña
fosa y arrojo las letras que me quedaron. Las guardo y camino.
Debo cavar. Hacer una fosa larga y ancha para buscar lo que
me pertenece. Las palabras llenas de tierra, como un recipiente
antiguo, aparecen. Desde el horizonte y deseosa camino a su
encuentro.
89
Al amanecer con menos memoria por el cansancio callo, la
memoria me clasifica y obedeciendo a su afán obsesivo callamos.
Callamos para ocultarnos del paisaje que atraviesa nuestra puerta,
desde la ventana lo corregimos y logramos salir.
90
Derramarse en la desesperación que aquieta dejándonos aullantes
y permaneciendo con nosotros día a día.
Mis ojos se derriten con el sol que sale monótono, el agua de mis
ojos derretidos se lleva mi boca. Mi boca se ahoga de palabras.
El sol es un neón que se apaga y enciende. Me apago y enciendo
cuando los sonidos aparecen. Sacrificada por tantos silencios me
reparto en ellos para sembrar voces y creer.
Escribo un poema, como si escribiera un libro, escribo un trozo
como si escribiera, como si en realidad escribiera, pero no hago
más que vaciar la realidad para poder continuar.
Como si escribiera cuerpos invisibles, sonidos escapados de las
bocas invisibles, palabras que caen secas recordando que estoy
escribiendo, como si la vida pudiera hacerla alguien tan común
como yo.
91
Me falta cuerpo para resistir, mientras el alma parece regocijarse
en un solo minuto de quietud, no consigue su lugar. El habla cree
que se basta a sí misma y que puede hablar, pero la lengua está
atada, la cabeza es una hoja que cae en blanco, una hoja de papel
al vacío, el vacío, una hoja, un árbol, una hoja seca atomizada
bajo un golpe.
La provincia, una larga lengua que no logra encontrar las
preguntas con sus respuestas. Un cuerpo desperdigado y frágil,
a la fuerza convulsionado.
Pensé: yo no dije, dije. No hablé, hablé. No sufrí, sin embargo
sufrí. Cerraba los ojos y le hablaba a la cabeza, le dije, guarda los
sueños en estas manos con las que hoy te cubres para protegerte
de tanto, y las manos obedecieron, se posaron sobre mí haciendo
una coraza. Hoy se han abierto como un libro.
92
Cada una de las partículas que he visto a lo largo del tiempo, se
entrecruzan ciertamente, aparecieron antes de que yo pudiera
balbucear la primera palabra.
93
Reposo de costado esperando voltear y verte.
En la pared, intermitente tu sombra. El ruido ha cesado.
Recuerdo todo cuanto dijiste, pero no puedo repetirlo.
94
No me llevaron a enterrar a América,
aunque años más tarde me llevaron a desenterrarla.
95
América R
96
Soy la copia correcta, el derecho que tengo para alzar mi mano, que
aunque sin ganas, piensa, se enciende como neón y corre como el
agua. Abierta y confusa, sus ojos llueven separados de la boca, la
mano los junta. Veo el aire, escucho el cielo.
97
Mi brazo sangra y las palabras se resbalan desde mi lengua, se
hace un mar con ellas y luego dicen que yo dije mar.
Bajo los pies de alguien que se parece a mí se refleja el otro lado
de mí. Se cae la tierra y luego la tierra dice que yo la deseché, pero
la tierra fue conmigo dentro.
98
T R A B A J A N E N
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