Tema 23
Tema 23
1. INTRODUCCIÓN.
A lo largo de la historia los principales centros de atención en las reflexiones y análisis
sobre la lengua han ido cambiando. Inicialmente, los estudios lingüísticos (si es que
podemos llamarlos así, porque la Lingüística no se configura como tal hasta el siglo XX) se
dirigieron hacia el análisis de las palabras. Después, las oraciones tomaron el relevo y se
constituyeron en el núcleo de reflexión de los lingüistas. Por último, ya en la segunda mitad
del siglo XX, el texto se convirtió en la unidad de referencia.
Este hecho, unido al creciente interés por los mecanismos de relación supraoracional (los
que permiten enlazar unas oraciones con otras, tanto semántica como formalmente), hizo
tambalearse la consideración de la oración como máxima unidad lingüística; es entonces
cuando surge con fuerza el texto.
2. EL TEXTO.
2.1. CONCEPTOS DE TEXTO.
Aunque la valoración del texto como pilar de los estudios lingüísticos es bastante
reciente, el término no es nada moderno, pues, según el diccionario de Corominas, aparece
en nuestra lengua en el siglo XIV. En su sentido etimológico, la palabra “texto” procede del
latín textus, que significa entramado, urdimbre, tejido…, de ahí que, por extensión
metafórica, haya sido utilizada desde muy pronto para aludir a un conjunto de palabras
entrelazadas, sobre todo escritas, que funciona como una totalidad. Esta significación del
término es, todavía hoy, la más extendida entre los no especialistas, que siguen
identificándolo con “un producto escrito”. Sin embargo, en el ámbito de los estudios sobre el
texto, la palabra ha ido adquiriendo nuevos sentidos, bastante más precisos, pero en
absoluto homogéneos, pues son varias las acepciones básicas que se pueden encontrar.
Por otro lado, sobre todo en el terreno de la Lingüística, el texto es percibido como una
realidad formada exclusivamente por palabras, identificándose, por tanto, con lo que los
semiólogos llaman “texto lingüístico”. En esta línea, se observa, sin embargo, una doble
posición: por un lado, la de quienes partiendo de la consideración de que la unidad máxima
de la lengua es la oración, entienden el texto como una simple acumulación de oraciones; y
por otro, la de los que lo consideran una unidad lingüística (oral o escrita) con autonomía
propia, con una función comunicativa peculiar, que no se desprende de la simple suma de
sus elementos, y que configura una entidad superior a la oración.
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En definitiva, el significado global de un texto resulta muy superior a la suma de las
significaciones de las oraciones o frases que lo componen. Un texto, por tanto, está formado
por signos lingüísticos, pero, además, constituye un signo diferente; por eso es posible
descodificar sus componentes y no interpretarlo correctamente como unidad.
Desde este punto de vista, el texto presenta una serie de aspectos básicos, que son su
carácter lingüístico, su estrecha relación interna (formado por oraciones fuertemente
enlazadas entre sí) y su unidad comunicativa. Es preciso añadir que uno de los rasgos que
en ningún caso condiciona la consideración de un mensaje como texto es su dimensión
externa, porque la extensión variable es otra de sus características principales. Tanto una
simple palabra (“¡fuego!”), como una oración (“se vende piso”), una noticia de varios
párrafos o una novela completa, son textos, y es que no es su dimensión lo que los convierte
en tales, sino su carácter de unidad “cerrada” semántica y comunicativamente. Además, las
actuales reflexiones sobre el concepto insisten en que el texto, en tanto que fruto de una
actividad humana de interrelación, desempeña una importante función social (en esta
línea de interpretación, un texto es el producto de un acto lingüístico (o de una serie de
actos lingüísticos conexos) de una persona determinada en una situación concreta).
2. La cohesión, rasgo que alude al modo en que los elementos del texto están
relacionados entre sí “en superficie”, por lo que se manifiesta en la sintaxis superficial del
texto. La cohesión consiste en que las unidades lingüísticas que componen la superficie
textual están interconectadas a través de relaciones gramaticales de diverso tipo.
6. La situacionalidad se refiere a los factores que hacen que un texto sea pertinente o
relevante en un determinado contexto de recepción, ya que resulta muy importante tener
en cuenta el marco en que se produce el texto.
7. La intertextualidad, que pone en relación un texto con otros, con los que establece
relaciones de significado, e indaga en el hecho de que la interpretación de un texto dependa
del conocimiento que se tenga de textos anteriores.
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Además, los citados autores hablan de unos “principios regulativos” de la actividad
comunicativa a través de textos. Éstos son la eficacia, que depende de que los
participantes empleen o no un mínimo de esfuerzo en su proceso de comunicación; la
efectividad, que se da si se genera una fuerte impresión en el receptor, alcanzándose las
metas comunicativas propuestas; y la adecuación, que se produce cuando, respetándose
las normas de textualidad, se establece un equilibrio entre el acto de producción textual y la
situación.
2.2. EL ESTUDIO DEL TEXTO: GRAMÁTICA DEL TEXTO, LINGÜÍSTICA DEL TEXTO,
SEMIÓTICA Y CIENCIA DEL TEXTO.
El interés por el texto como objeto de estudio no es exclusivo de la reflexión lingüística.
De hecho, otras muchas disciplinas científicas, como la sociología, la antropología, la
filosofía, la teoría de la información, o la filología, han mostrado igualmente gran atención
hacia él. Además, en el terreno de los estudios lingüísticos, el texto es objeto de análisis de
diferentes tendencias teórico-críticas; las dos más conocidas (además de la Pragmática) son:
- La Lingüística del texto, por su parte, tiene un carácter más general y abstracto, pues
se dedica al estudio del texto como nivel autónomo de realización lingüística,
independientemente de las lenguas históricas en que se presente. Puede ser definida como
la disciplina científico-lingüística que se encarga del análisis de las unidades textuales. Con
todo, es preciso señalar que más que de una escuela concreta debe hablarse de una
tendencia de estudios lingüísticos centrados en el texto.
- La Semiótica, que entiende el “texto” desde una perspectiva amplia, como cualquier
conjunto de signos con capacidad comunicativa. Se encarga del estudio de los procesos de
comunicación en sentido general, ocupándose de los diversos códigos, de los mecanismos
de producción y recepción de mensajes, y de los marcos en que se desarrollan los actos de
comunicación, por lo que permite una labor de integración de campos de investigación
diferentes. De esta forma, desde la semiótica textual (A. J. Greimas, U. Eco, etc.) se pretende
abordar el estudio de las formas y estrategias discursivas a través de las cuales los sujetos
participan activamente en el texto, así como el proceso por el que, además de valores
semánticos, los textos transmiten instrucciones de recepción.
- La Ciencia del texto, postulada por el lingüista holandés Teun Van Dijk (La ciencia del
texto, 1976) pretende ofrecer un espacio globalizador y multidisciplinar de análisis, que,
situándose por encima de la Lingüística textual permita describir y explicar las relaciones
internas y externas de los distintos aspectos de la comunicación humana que utilizan la
lengua como medio.
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“competencia lingüística” y los procesos de transformación que posibilitaban el paso de
“estructuras profundas” a “estructuras
superficiales”. No obstante, ambas teorías gramaticales, con su preocupación por el sistema
abstracto de la lengua, dejaban de lado el análisis de las prácticas discursivas que de forma
habitual constituyen la comunicación verbal y no verbal de las personas.
Con todo, aunque la Lingüística del Texto en una disciplina bastante moderna, el interés
por el texto no lo es tanto. De hecho, puede afirmarse con toda tranquilidad que la Retórica
es la forma más antigua de preocupación textual, y que la Estilística, como ha señalado E.
Bernárdez (Introducción a la Lingüística del Texto, 1982), “se ha preocupado siempre del
texto como conjunto, puesto que el análisis de la frase, tal como se realiza tradicionalmente
en lingüística, es de todo punto insuficiente para el estudio estilístico”; además, los textos
han sido durante mucho tiempo el objeto de investigación prioritario de los estudios
literarios (no obstante, no es sólo en el terreno de las indagaciones sobre el discurso literario
donde se pueden encontrar claros antecedentes de la Lingüística de Texto; también dentro
de la Gramática tradicional podemos observar preocupaciones esporádicas de este tipo).
Las primeras reflexiones sobre el texto desde el ámbito de la Lingüística, que se dan
especialmente hacia finales de los años sesenta, partían de la consideración del texto como
unidad supraoracional, pero solían considerar el texto como una simple suma de oraciones.
En realidad, los trabajos iniciales sólo intentaban explicar algunos fenómenos sintácticos y
semánticos que no se podían describir adecuadamente en el nivel oracional (como la
pronominalización, el uso del artículo, el empleo de los tiempos verbales, etc.). Pero muy
pronto se hizo evidente que la “gramaticalidad” del texto no radica sólo en elementos
estructurales, sino que es necesario también prestar atención a aspectos pragmáticos.
Puede afirmarse que cuando se pasa de esa primera consideración del texto como
“conjunto de oraciones” a esta otra de “unidad global de comunicación” es cuando se
produce el asentamiento definitivo de la verdadera Lingüística del Texto en la primera mitad
de los setenta, momento en que tienen lugar dos hechos fundamentales para la
consolidación de las nuevas perspectivas: la presentación de los trabajos del “Grupo de
Constanza” (Petöfi, Kummer, Ballmer…), en los que se evidencia un decidido propósito de
abandonar planteamientos gramaticales anteriores, y la publicación de la primera obra del
lingüística holandés Dijk, Algunos aspectos de las Gramáticas del texto, donde insiste en las
posibilidades y aspiraciones de la nueva disciplina. Posteriormente, las ideas de Van Dijk se
van reformulando, matizando y enriqueciendo en sucesivas aportaciones, sobre todo a partir
de su gran obra, Texto y contexto. Semántica y pragmática del discurso. De esta forma, la
lingüística del texto se aparta de la anterior concepción de texto y pasa a considerarlo como
una unidad básicamente comunicativa, aunque no por ello deje de aceptarse su carácter
lingüístico.
La Lingüística del Texto no sólo tiene como objetivo básico el estudio de las producciones
textuales, sino que también se ocupa de las relaciones entre el texto y los diversos factores
(psicológicos, sociológicos…) que lo condicionan, por lo que presta también gran atención a
los procesos de recepción e interpretación de los textos, en cuanto unidades comunicativas
globales. Surge así el concepto de “competencia comunicativa”, que entendiéndose como
parte fundamental de la “competencia cultural”, hace referencia al dominio de los
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procedimientos, normas y estrategias que hacen posible la emisión de enunciados
adecuados a las intenciones y a las diversas situaciones que los interlocutores protagonizan.
2.2.2 ALGUNAS APORTACIONES DE GRAN PROYECCIÓN.
2.2.2.1. VAN DIJK: MACROESTRUCTURA, SUPERESTRUCTURA Y MICROESTRUCTURA.
Hemos apuntado ya la importancia de las aportaciones teóricas de Van Dijk, cuyo modelo
de estructura textual goza de un gran prestigio en la actual Lingüística del Texto, siendo uno
de los más conocidos en Europa. Entre las nociones teóricas básicas destaca, sobre todo, por
su gran proyección posterior la formulación de los conceptos de macroestructura,
microestructura y superestructura, trascendentales para la elaboración de una tipología
textual.
Tanto las macroestructuras como las superestructuras se definen en relación con el texto
en su conjunto, y no en lo que respecta a oraciones o secuencias de ellas. Por esto, se
reserva el término microestructura para aludir a las relaciones del nivel oracional, que
pueden representarse con la ayuda de proposiciones. Las microestructuras de un texto son,
entonces, las distintas partes que articulan sintácticamente un texto.
Además, Van Dijk insiste en que el estudio del texto debe ser completado con un tercer
nivel, el de la acción, lo cual posibilita el análisis de las relaciones entre el texto y su
contexto de producción y recepción.
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llevado a cabo diversas propuestas clasificatorias, sino que los resultados actuales distan
todavía bastante de poderse considerar como concluyentes y plenamente satisfactorios.
Por otra parte, J. M. Bustos (La construcción de textos en español, 1966), integrando
clasificaciones anteriores y utilizando como “base de tipologización” las funciones
lingüísticas predominantes, la estructura del contenido (macroestructura) y la estructura de
la forma (o superestructura), señala la existencia de cinco tipos de textos:
Por otro lado, atendiendo al canal utilizado para la comunicación textual, resulta evidente
la distinción entre los textos orales y escritos, que presentan peculiaridades propias con
respecto a la situación comunicativa, grado de planificación, permanencia, redundancia e
interacción.
En todo caso, una de las clasificaciones más completas entre nosotros es la ofrecida por
M. Cerezo (Texto, contexto y situación, 1994), quien, no pretendiendo agotar todas las
posibilidades textuales y advirtiendo que toda “clasificación ha de ser siempre provisional,
incompleta y perfectible”, ordena los formatos textuales de comunicación actual e histórica
a partir de las siguientes diferencias: textos denotativos vs. textos connotativos, textos
orales vs. textos escritos, y textos individuales vs. textos colectivos.
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3. EL CONTEXTO Y SUS CLASES.
De lo dicho hasta ahora es fácilmente deducible que los textos guardan una estrecha
relación con las situaciones en que se realizan, o, en otras palabras, que la adecuación de
los textos a sus circunstancias de producción y recepción es un requisito básico para su
correcto funcionamiento. Todo texto se enmarca en una situación que engloba factores tan
diversos como el lugar, el momento, los objetos y personas presentes, la realidad física de
los interlocutores, las acciones que suceden en ese instante, etc., y que es la que permite
eliminar las ambigüedades e incertidumbres que el propio texto contiene. Por eso, un mismo
texto puede tener significaciones diferentes, según se desarrolle en una circunstancia u otra.
Pues bien, es en este terreno en el que se habla del “contexto”, término con el que nos
referimos, normalmente, al conjunto de hechos, circunstancias y creencias compartidos por
los interlocutores de un intercambio verbal. Éstos, como resulta lógico pensar, influyen de
forma decisiva en las labores de producción e interpretación de textos, de ahí que su análisis
tenga gran importancia. El contexto es, entonces, en sentido general, el entorno en el que
aparecen los mensajes verbales. Pero el término acoge contenidos muy diversos, y por eso
los lingüistas y semiólogos han intentado matizar su significación, para lo cual se han
seguido dos procedimientos básicos: utilizar adjetivos especificativos que concreten el
sentido en que se emplea la palabra, y echar mano de otros términos para aludir a
realidades diferentes. De este modo, se puede hablar de:
- “Contexto idiomático”, esto es, la lengua misma a la que pertenece el texto, que
puede ser considerada como el conjunto de materiales lingüísticos (palabras y reglas de
combinación) que todos los hablantes de un idioma tienen en mente para construir e
interpretar un texto.
Esta perspectiva crítica, cuya conexión con la Lingüística del Texto ha sido continua,
parte de la consideración de que los enunciados lingüísticos no sólo sirven para comunicar
contenidos, sino que, al mismo tiempo, constituyen un acto mediante el cual el emisor
intenta conseguir un determinado objetivo. El acto lingüístico es, por tanto, un elemento
autónomo y perfectamente delimitable, propio de la interacción humana. Es más, el acto
comunicativo no se entiende como algo estático, sino como un proceso cooperativo de
interpretación de intencionalidades. Al producir un enunciado, el hablante intenta “hacer
algo”, el interlocutor interpreta esa intención y sobre ella elabora su respuesta, ya sea
lingüística o no lingüística.
De esta forma, los textos no están constituidos solamente por un conjunto de oraciones
con una significación concreta, sino también por una secuencia de acciones. La lengua no es
entendida ya como un simple sistema de signos lingüísticos, sino, sobre todo, como un
sistema de actividades encaminadas a conseguir un determinado objetivo. Por eso, los
estudios lingüísticos tienen la obligación de indagar en cómo, utilizando la lengua, se
consiguen objetivos concretos. Así, la Pragmática lingüística se dedica al estudio de la
capacidad de los usuarios de una lengua para asociar textos a los contextos en que éstos
son apropiados; en otras palabras, el objeto de la Pragmática es el estudio de la lengua en
su contexto de producción y recepción.
Poco después, John Searle (Actos de habla, 1969) profundiza en las ideas de Austin y
lleva a cabo una distinción más precisa de los actos de habla, estableciendo cinco clases de
acciones que pueden suceder al utilizar la lengua: “actos asertivos”, “actos directivos”,
“actos comisivos”, “actos expresivos” y “actos declarativos”. Además, introduce las
condiciones que se deben cumplir para que las acciones verbales tengan éxito y desarrolla
el concepto de “acto de habla indirecto”, que explica cómo el hablante puede emitir una
expresión queriendo decir algo diferente de lo que dice, o lo que es lo mismo, que un mismo
acto locutivo puede, dependiendo del contexto, poseer fuerzas elocutivas diferentes.
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procesamos la información lingüística, se propone explicar cómo se interpreta en la práctica
los textos.
Sperber y Wilson afirman que las conocidas máximas de Grice pueden ser reducidas a
una sola: “sea relevante”. Pero es preciso señalar que para ellos la relevancia se entiende
en términos no sólo de adecuación al tema, sino también de importancia informativa. Se
sugiere, pues, que los sistemas cognitivos eficaces centran su atención en el signo o
fragmento de información más relevante de entre los disponibles. Se trata, por tanto, de una
teoría inferencial, que considera que los hablantes no se limitan a interpretar la información
que está codificada lingüísticamente, es decir, explicitada verbalmente, sino que, junto a la
tarea de descodificación habitual del mensaje, la comunicación lingüística exige una labor
de interpretación de señales no codificadas (inferencia), fundamental para reconocer la
verdadera intención del emisor.
Sin embargo, uno de los puntos en los que más se alejan estos estudiosos de la postura
de Grice es, precisamente, en el proceso de actuación de los mecanismos de inferencia.
Para éste, la inferencia se relacionaba de manera estrecha y exclusiva con los diversos tipos
de implicaturas; ahora bien, para los creadores de la teoría de la relevancia la inferencia
actúa no sólo ante la información implícita, sino también sobre las explicaturas.
No obstante, como dicen Beaugrande y Dressler (ob. cit.), “se han dedicado muchas
horas de discusión a la pasión inútil de establecer las supuestas diferencias existentes entre
“texto” y “discurso” […] lo que unos lingüistas llaman “texto” es, precisamente, lo que otros
denominan “discurso” y viceversa”. Así, muchas veces su uso depende, simplemente, de la
tradición a la que pertenezcan los autores: las escuelas francesa y anglosajona suelen
preferir “discurso”, mientras que las española, alemana o italiana utilizan normalmente
“texto”.
Con todo, es preciso tener en cuenta que, partiendo de la tradición lingüística funcional
y en relación muy estrecha con la Lingüística del texto, se ha desarrollado, especialmente en
el Reino Unido, una corriente conocida con el nombre de “Análisis del Discurso (o “Estudios
del discurso”), que generalmente presenta un carácter más propiamente sociológico que
lingüístico. Esta disciplina pretende abordar de forma integral el estudio del uso de la lengua
en relación con el contexto, para lo cual la utilización de las aportaciones de la Pragmática
resultará inevitable.
Los analistas del discurso adoptan la distinción realizada por Van Dijk entre “texto” y
“discurso” (que no ha alcanzado aceptación general), y consideran el primero como un
concepto abstracto, que se manifiesta o realiza en formas concretas, los “discursos”. En
palabras del propio Dijk (Texto y contexto), “este término [texto] se usará aquí para denotar
la construcción teórica abstracta que subyace a lo que normalmente se llama un discurso.
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Aquellas expresiones a las que puede asignarse estructura textual son, pues, discursos
aceptables de la lengua”. Dicho de otra forma, el discurso es el texto contextualizado, el
resultado de un proceso activo de producción y recepción textual. Por ello, para el análisis
del discurso resultan centrales, como es lógico, además de concepto de contexto (en su
dimensión individual o psicológica, social y cultural), otras nociones ya presentadas, como
cohesión, coherencia y actos de habla.
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