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Tema 23

El texto ha evolucionado como unidad de análisis en lingüística, pasando de la palabra y la oración a convertirse en el foco principal de estudio en la segunda mitad del siglo XX. Se define como un conjunto coherente de signos que cumple funciones comunicativas y sociales, y se caracteriza por criterios de textualidad como coherencia, cohesión e intencionalidad. Diversas disciplinas, como la semiótica y la lingüística del texto, han contribuido a su estudio, destacando la importancia del contexto en la producción y recepción del mensaje.

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Tema 23

El texto ha evolucionado como unidad de análisis en lingüística, pasando de la palabra y la oración a convertirse en el foco principal de estudio en la segunda mitad del siglo XX. Se define como un conjunto coherente de signos que cumple funciones comunicativas y sociales, y se caracteriza por criterios de textualidad como coherencia, cohesión e intencionalidad. Diversas disciplinas, como la semiótica y la lingüística del texto, han contribuido a su estudio, destacando la importancia del contexto en la producción y recepción del mensaje.

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TEMA 23: EL TEXTO COMO UNIDAD COMUNICATIVA.

SU ADECUACIÓN AL CONTEXTO. EL DISCURSO.

1. INTRODUCCIÓN.
A lo largo de la historia los principales centros de atención en las reflexiones y análisis
sobre la lengua han ido cambiando. Inicialmente, los estudios lingüísticos (si es que
podemos llamarlos así, porque la Lingüística no se configura como tal hasta el siglo XX) se
dirigieron hacia el análisis de las palabras. Después, las oraciones tomaron el relevo y se
constituyeron en el núcleo de reflexión de los lingüistas. Por último, ya en la segunda mitad
del siglo XX, el texto se convirtió en la unidad de referencia.

Tradicionalmente, pues, la lingüística se ha ocupado de la palabra o de la oración como


unidades básicas. Pero, sobre todo a partir de finales de los sesenta, el paradigma de
análisis centrado de forma casi exclusiva en el sistema abstracto de la lengua, empezó a
entrar en crisis. Las aportaciones que se hicieron desde posturas pragmáticas y
sociolingüísticas dejaron al descubierto las insuficiencias que presentaban los modelos
inmanentistas, interesados únicamente en las estructuras internas del sistema lingüístico, e
impulsaron la atención hacia aspectos prácticamente olvidados, como las realizaciones
concretas (el habla), esto es, el uso de la lengua con todas sus variantes, la influencia del
contexto, etc.

Este hecho, unido al creciente interés por los mecanismos de relación supraoracional (los
que permiten enlazar unas oraciones con otras, tanto semántica como formalmente), hizo
tambalearse la consideración de la oración como máxima unidad lingüística; es entonces
cuando surge con fuerza el texto.

2. EL TEXTO.
2.1. CONCEPTOS DE TEXTO.
Aunque la valoración del texto como pilar de los estudios lingüísticos es bastante
reciente, el término no es nada moderno, pues, según el diccionario de Corominas, aparece
en nuestra lengua en el siglo XIV. En su sentido etimológico, la palabra “texto” procede del
latín textus, que significa entramado, urdimbre, tejido…, de ahí que, por extensión
metafórica, haya sido utilizada desde muy pronto para aludir a un conjunto de palabras
entrelazadas, sobre todo escritas, que funciona como una totalidad. Esta significación del
término es, todavía hoy, la más extendida entre los no especialistas, que siguen
identificándolo con “un producto escrito”. Sin embargo, en el ámbito de los estudios sobre el
texto, la palabra ha ido adquiriendo nuevos sentidos, bastante más precisos, pero en
absoluto homogéneos, pues son varias las acepciones básicas que se pueden encontrar.

Así, desde la perspectiva de la Semiología (especialmente de la desarrollada por


Lotman y otros estudiosos de la llamada Escuela de Tartu), se entiende por texto todo
conjunto sígnico coherente, integrado por elementos de uno o varios códigos (verbales, no
verbales, gráficos, gestuales, etc.), que se presenta como una unidad de comunicación
concluida y autónoma; dicho de otra forma, una secuencia de signos con un sentido unitario.
Dicho esto, son textos un cuadro, una pieza musical, una película, un libro, un mensaje
radiofónico, un telegrama, una conversación telefónica, una fotografía, un poema, y
cualquier otro hecho portador de significado completo. En esta línea, un texto podría ser
definido como un conjunto interrelacionado de signos producido por un emisor con propósito
comunicativo.

Por otro lado, sobre todo en el terreno de la Lingüística, el texto es percibido como una
realidad formada exclusivamente por palabras, identificándose, por tanto, con lo que los
semiólogos llaman “texto lingüístico”. En esta línea, se observa, sin embargo, una doble
posición: por un lado, la de quienes partiendo de la consideración de que la unidad máxima
de la lengua es la oración, entienden el texto como una simple acumulación de oraciones; y
por otro, la de los que lo consideran una unidad lingüística (oral o escrita) con autonomía
propia, con una función comunicativa peculiar, que no se desprende de la simple suma de
sus elementos, y que configura una entidad superior a la oración.
1
En definitiva, el significado global de un texto resulta muy superior a la suma de las
significaciones de las oraciones o frases que lo componen. Un texto, por tanto, está formado
por signos lingüísticos, pero, además, constituye un signo diferente; por eso es posible
descodificar sus componentes y no interpretarlo correctamente como unidad.

Desde este punto de vista, el texto presenta una serie de aspectos básicos, que son su
carácter lingüístico, su estrecha relación interna (formado por oraciones fuertemente
enlazadas entre sí) y su unidad comunicativa. Es preciso añadir que uno de los rasgos que
en ningún caso condiciona la consideración de un mensaje como texto es su dimensión
externa, porque la extensión variable es otra de sus características principales. Tanto una
simple palabra (“¡fuego!”), como una oración (“se vende piso”), una noticia de varios
párrafos o una novela completa, son textos, y es que no es su dimensión lo que los convierte
en tales, sino su carácter de unidad “cerrada” semántica y comunicativamente. Además, las
actuales reflexiones sobre el concepto insisten en que el texto, en tanto que fruto de una
actividad humana de interrelación, desempeña una importante función social (en esta
línea de interpretación, un texto es el producto de un acto lingüístico (o de una serie de
actos lingüísticos conexos) de una persona determinada en una situación concreta).

2.1.1. LOS “CRITERIOS DE TEXTUALIDAD” DE BEAUGRANDE Y DRESSLER.


Una de las caracterizaciones más difundidas del texto es la establecida por R.A.
Beaugrande y W. U. Dressler (Introducción a la lingüística del texto, 1981), quienes fijan una
serie de “criterios de textualidad”, es decir, condiciones que tiene que cumplir una unidad
lingüística para poder ser considerada un texto. Estas condiciones son:

1. La coherencia, o continuidad de sentido, que se manifiesta en un nivel profundo, ya


que afecta a la estructura semántica de los conceptos expresados. Así, un texto posee
coherencia cuando los elementos que lo componen están interconectados entre sí a través
de relaciones semánticas de diversa naturaleza y, a la vez, se relacionan armónicamente
con nuestro conocimiento del mundo.

2. La cohesión, rasgo que alude al modo en que los elementos del texto están
relacionados entre sí “en superficie”, por lo que se manifiesta en la sintaxis superficial del
texto. La cohesión consiste en que las unidades lingüísticas que componen la superficie
textual están interconectadas a través de relaciones gramaticales de diverso tipo.

3. La intencionalidad es la pretensión de autores y hablantes de lograr objetivos


específicos con sus mensajes. Se refiere, por tanto, a la actitud del productor textual
respecto a los fines que persigue o a la realización de un proyecto determinado.

4. La aceptabilidad, es decir, la exigencia de que sea aceptable para el destinatario.


Afecta, entonces, al receptor, que percibe como texto el mensaje claro y coherente,
elaborado con una intención determinada, en un contexto sociocultural concreto.

5. La informatividad, o grado de novedad, con la que se hace referencia a la necesidad


de que un texto contenga información nueva. Alude al grado de predicción o probabilidad de
determinados elementos o informaciones que aparecen en el texto (la estructuración de un
texto debe estar regida por un equilibrio entre informaciones nuevas y datos ya conocidos).

6. La situacionalidad se refiere a los factores que hacen que un texto sea pertinente o
relevante en un determinado contexto de recepción, ya que resulta muy importante tener
en cuenta el marco en que se produce el texto.

7. La intertextualidad, que pone en relación un texto con otros, con los que establece
relaciones de significado, e indaga en el hecho de que la interpretación de un texto dependa
del conocimiento que se tenga de textos anteriores.

2
Además, los citados autores hablan de unos “principios regulativos” de la actividad
comunicativa a través de textos. Éstos son la eficacia, que depende de que los
participantes empleen o no un mínimo de esfuerzo en su proceso de comunicación; la
efectividad, que se da si se genera una fuerte impresión en el receptor, alcanzándose las
metas comunicativas propuestas; y la adecuación, que se produce cuando, respetándose
las normas de textualidad, se establece un equilibrio entre el acto de producción textual y la
situación.

2.2. EL ESTUDIO DEL TEXTO: GRAMÁTICA DEL TEXTO, LINGÜÍSTICA DEL TEXTO,
SEMIÓTICA Y CIENCIA DEL TEXTO.
El interés por el texto como objeto de estudio no es exclusivo de la reflexión lingüística.
De hecho, otras muchas disciplinas científicas, como la sociología, la antropología, la
filosofía, la teoría de la información, o la filología, han mostrado igualmente gran atención
hacia él. Además, en el terreno de los estudios lingüísticos, el texto es objeto de análisis de
diferentes tendencias teórico-críticas; las dos más conocidas (además de la Pragmática) son:

- La Gramática del Texto, que se dedica al estudio de las estructuras específicas de


una lengua, y surge de la incorporación a los tradicionales análisis sobre estructuras
fonológicas, morfológicas, sintácticas y léxicas de las estructuras textuales. Para esta
disciplina, el texto representa uno de los varios niveles en que opera la gramática de un
idioma determinado. Su objeto de estudio son los recursos con que cuenta cada idioma para
construir los textos.

- La Lingüística del texto, por su parte, tiene un carácter más general y abstracto, pues
se dedica al estudio del texto como nivel autónomo de realización lingüística,
independientemente de las lenguas históricas en que se presente. Puede ser definida como
la disciplina científico-lingüística que se encarga del análisis de las unidades textuales. Con
todo, es preciso señalar que más que de una escuela concreta debe hablarse de una
tendencia de estudios lingüísticos centrados en el texto.

En un terreno más globalizador (supralingüístico, podríamos decir) otras disciplinas


científico-teóricas que consideran asimismo el texto como elemento fundamental son:

- La Semiótica, que entiende el “texto” desde una perspectiva amplia, como cualquier
conjunto de signos con capacidad comunicativa. Se encarga del estudio de los procesos de
comunicación en sentido general, ocupándose de los diversos códigos, de los mecanismos
de producción y recepción de mensajes, y de los marcos en que se desarrollan los actos de
comunicación, por lo que permite una labor de integración de campos de investigación
diferentes. De esta forma, desde la semiótica textual (A. J. Greimas, U. Eco, etc.) se pretende
abordar el estudio de las formas y estrategias discursivas a través de las cuales los sujetos
participan activamente en el texto, así como el proceso por el que, además de valores
semánticos, los textos transmiten instrucciones de recepción.

- La Ciencia del texto, postulada por el lingüista holandés Teun Van Dijk (La ciencia del
texto, 1976) pretende ofrecer un espacio globalizador y multidisciplinar de análisis, que,
situándose por encima de la Lingüística textual permita describir y explicar las relaciones
internas y externas de los distintos aspectos de la comunicación humana que utilizan la
lengua como medio.

2.2.1. EL PROCESO DE CONSTITUCIÓN DE LA LINGÜÍSTICA DEL TEXTO.


Los estudios sobre el lenguaje y las lenguas (como los de cualquier otro tipo) han ido
evolucionando de acuerdo con los diferentes estadios del desarrollo científico e intelectual.
El triunfo del estructuralismo (en el sentido más general del término) tuvo como
consecuencia directa el asentamiento definitivo de la Lingüística moderna, íntimamente
asociado a la visión saussureana de la lengua como un sistema social y abstracto cuyos
elementos se han de analizar en función de su pertenencia al sistema, lo cual suponía
adoptar una perspectiva sincrónica e inmanentista. Posteriormente, el desarrollo de las
teorías “generativistas” de Chomsky hizo que la atención se centrara en aspectos como la

3
“competencia lingüística” y los procesos de transformación que posibilitaban el paso de
“estructuras profundas” a “estructuras
superficiales”. No obstante, ambas teorías gramaticales, con su preocupación por el sistema
abstracto de la lengua, dejaban de lado el análisis de las prácticas discursivas que de forma
habitual constituyen la comunicación verbal y no verbal de las personas.

Así, cuando las aportaciones de disciplinas diversas, como la pragmática filosófica, la


antropología, la sociolingüística y la psicología cognitiva impulsaron la atención hacia el
complejo mecanismo de producción y recepción contextualizada, los modelos lingüísticos
previos evidenciaron sus limitaciones. Surgieron, entonces, nuevas propuestas teóricas y
metodológicas integradoras que básicamente pretenden centrar el estudio lingüístico en
unidades que trascienden el marco oracional, pues sólo superando el límite de la oración se
pueden interpretar los fenómenos comunicativos, y para ello se impone como necesidad la
atención hacia los aspectos pragmáticos que ligan los enunciados a los contextos de
enunciación. Es en este punto en el que se inicia la andadura de la conocida como
Lingüística del Texto, ligada al momento en que la ligüística oracional deja de proporcionar
explicaciones satisfactorias a los fenómenos de comunicación humana a través de la lengua.

Con todo, aunque la Lingüística del Texto en una disciplina bastante moderna, el interés
por el texto no lo es tanto. De hecho, puede afirmarse con toda tranquilidad que la Retórica
es la forma más antigua de preocupación textual, y que la Estilística, como ha señalado E.
Bernárdez (Introducción a la Lingüística del Texto, 1982), “se ha preocupado siempre del
texto como conjunto, puesto que el análisis de la frase, tal como se realiza tradicionalmente
en lingüística, es de todo punto insuficiente para el estudio estilístico”; además, los textos
han sido durante mucho tiempo el objeto de investigación prioritario de los estudios
literarios (no obstante, no es sólo en el terreno de las indagaciones sobre el discurso literario
donde se pueden encontrar claros antecedentes de la Lingüística de Texto; también dentro
de la Gramática tradicional podemos observar preocupaciones esporádicas de este tipo).

Las primeras reflexiones sobre el texto desde el ámbito de la Lingüística, que se dan
especialmente hacia finales de los años sesenta, partían de la consideración del texto como
unidad supraoracional, pero solían considerar el texto como una simple suma de oraciones.
En realidad, los trabajos iniciales sólo intentaban explicar algunos fenómenos sintácticos y
semánticos que no se podían describir adecuadamente en el nivel oracional (como la
pronominalización, el uso del artículo, el empleo de los tiempos verbales, etc.). Pero muy
pronto se hizo evidente que la “gramaticalidad” del texto no radica sólo en elementos
estructurales, sino que es necesario también prestar atención a aspectos pragmáticos.

Puede afirmarse que cuando se pasa de esa primera consideración del texto como
“conjunto de oraciones” a esta otra de “unidad global de comunicación” es cuando se
produce el asentamiento definitivo de la verdadera Lingüística del Texto en la primera mitad
de los setenta, momento en que tienen lugar dos hechos fundamentales para la
consolidación de las nuevas perspectivas: la presentación de los trabajos del “Grupo de
Constanza” (Petöfi, Kummer, Ballmer…), en los que se evidencia un decidido propósito de
abandonar planteamientos gramaticales anteriores, y la publicación de la primera obra del
lingüística holandés Dijk, Algunos aspectos de las Gramáticas del texto, donde insiste en las
posibilidades y aspiraciones de la nueva disciplina. Posteriormente, las ideas de Van Dijk se
van reformulando, matizando y enriqueciendo en sucesivas aportaciones, sobre todo a partir
de su gran obra, Texto y contexto. Semántica y pragmática del discurso. De esta forma, la
lingüística del texto se aparta de la anterior concepción de texto y pasa a considerarlo como
una unidad básicamente comunicativa, aunque no por ello deje de aceptarse su carácter
lingüístico.

La Lingüística del Texto no sólo tiene como objetivo básico el estudio de las producciones
textuales, sino que también se ocupa de las relaciones entre el texto y los diversos factores
(psicológicos, sociológicos…) que lo condicionan, por lo que presta también gran atención a
los procesos de recepción e interpretación de los textos, en cuanto unidades comunicativas
globales. Surge así el concepto de “competencia comunicativa”, que entendiéndose como
parte fundamental de la “competencia cultural”, hace referencia al dominio de los
4
procedimientos, normas y estrategias que hacen posible la emisión de enunciados
adecuados a las intenciones y a las diversas situaciones que los interlocutores protagonizan.
2.2.2 ALGUNAS APORTACIONES DE GRAN PROYECCIÓN.
2.2.2.1. VAN DIJK: MACROESTRUCTURA, SUPERESTRUCTURA Y MICROESTRUCTURA.
Hemos apuntado ya la importancia de las aportaciones teóricas de Van Dijk, cuyo modelo
de estructura textual goza de un gran prestigio en la actual Lingüística del Texto, siendo uno
de los más conocidos en Europa. Entre las nociones teóricas básicas destaca, sobre todo, por
su gran proyección posterior la formulación de los conceptos de macroestructura,
microestructura y superestructura, trascendentales para la elaboración de una tipología
textual.

La macroestructura se define como la estructura global de un texto desde una


perspectiva semántica. Se trata, por tanto, de una representación abstracta de significado
total de un texto. Este elemento, en el que radica la coherencia general del texto,
desempeña un papel decisivo en la elaboración e interpretación de los mensajes, pues su
exigencia es lo que permite a los receptores recibir los textos como unidades de
significación (a veces se habla de “macroestructura global” o “marco de integración global”
para aludir al tema principal de un texto, reservándose el término “macroestructuras” para
referirse a los distintos subtemas que lo componen).

La superestructura, sin embargo, debe ser entendida como la estructura que


caracteriza formalmente un texto, por lo que, en cierto sentido, sería el equivalente a la
sintaxis en el nivel oracional. De ahí que sea, precisamente, la superestructura lo que
permite llevar a cabo una clasificación de los textos desde un punto de vista externo, y la
que debe posibilitar la adecuación del mensaje al contexto comunicativo en que se produce
(la superestructura o “esquema” define, pues, la ordenación global del texto y las relaciones
de sus partes).

Tanto las macroestructuras como las superestructuras se definen en relación con el texto
en su conjunto, y no en lo que respecta a oraciones o secuencias de ellas. Por esto, se
reserva el término microestructura para aludir a las relaciones del nivel oracional, que
pueden representarse con la ayuda de proposiciones. Las microestructuras de un texto son,
entonces, las distintas partes que articulan sintácticamente un texto.

Además, Van Dijk insiste en que el estudio del texto debe ser completado con un tercer
nivel, el de la acción, lo cual posibilita el análisis de las relaciones entre el texto y su
contexto de producción y recepción.

2.2.2.2. JÁNOS PETÖFI Y SU TeSWeST.


Con todo, el modelo probablemente más extendido de los que forman el corpus de la
Lingüística textual es el elaborado por J. Petöfi, conocido con las siglas TeSWeST ( Text-
Struktur Welt-Struktur Theorie: “teoría de la estructura del texto y de la estructura del
mundo”). Este modelo lingüístico-textual, de carácter semiótico, muy riguroso y completo,
consta de tres componentes fundamentales: uno de gramática textual, de índole contextual;
otro de semántica del mundo, de índole conceptual; y un último de léxico (lexicon), una
especie de combinación de “diccionario” y “enciclopedia básica” donde se incluyen los
conocimientos que un habitante de un mundo determinado posee respecto a un
determinado término de la lengua. Este modelo inició su desarrollo a principios de los años
70 y ha sufrido una considerable evolución hasta la actualidad, pero manteniendo siempre
su firme propósito de construir una teoría semiótica de los textos verbales que sea capaz de
explicar tanto los aspectos co-textuales (internos al texto, intratextuales) como los con-
textuales (externos al texto, extratextuales).

2.3. HACIA UNA TIPOLOGÍA TEXTUAL.


Resulta evidente que una de las preocupaciones básicas de toda disciplina científica que
pretenda abordar un estudio sistemático de los textos tendría que ser el establecimiento de
cuáles son los principales “tipos” de textos. En este terreno no podemos decir que se haya
llegado ya a un estadio de aportaciones definitivas, lo que no significa que no se hayan

5
llevado a cabo diversas propuestas clasificatorias, sino que los resultados actuales distan
todavía bastante de poderse considerar como concluyentes y plenamente satisfactorios.

El propio E. Bernárdez (ob. cit.) habla de algunas de estas propuestas, como la de E.


Werlich (Tipología del texto, 1975), quien, teniendo en cuenta los datos del contexto
extralingüístico y los factores a los que se dirige la atención del destinatario, que forman el
llamado “foco contextual”, habla de cinco grandes tipos de texto: narración (cuyo centro de
atención son “los hechos en el tiempo”), descripción (hechos en el espacio), exposición
(análisis o síntesis de ideas de los hablantes), argumentación (relaciones entre conceptos y
manifestaciones de los hablantes), e instrucción (comportamiento futuro del emisor o del
destinatario).

Por otra parte, J. M. Bustos (La construcción de textos en español, 1966), integrando
clasificaciones anteriores y utilizando como “base de tipologización” las funciones
lingüísticas predominantes, la estructura del contenido (macroestructura) y la estructura de
la forma (o superestructura), señala la existencia de cinco tipos de textos:

- Textos narrativos. En ellos, la función lingüística predominante es la representativa.


Desde la macroestructura se caracterizan por representar una sucesión de acciones en el
tiempo. En cuanto a la superestructura, se detecta un predominio de los conectores
temporales, progresiones de carácter lineal, y una frecuente organización en tres grandes
partes: marco, complicación y resolución.

- Textos descriptivos. Predomina la función representativa. Macroestructuralmente, se


definen como la representación simultánea de un todo y sus partes en un marco espacial
dado. No suelen aparecer de forma aislada, sino como parte de textos más extensos.

- Textos expositivos. La función lingüística predominante es la representativa. Desde el


punto de vista de la macroestructura, presentan ordenadamente un concepto o una
sucesión de conceptos aislados del tiempo y del espacio. Implican la presentación de una
serie de ideas que se relacionan a partir de una causalidad o una lógica interna. En cuanto a
la superestructura, se tiende a hacer uso de conectores de naturaleza lógica.

- Textos argumentativos. La función lingüística predominante es la conativa o apelativa.


Desde la macroestructura, estos textos ofrecen una representación ordenada de conceptos
y persiguen variar la postura previa del lector. Suelen utilizar el presente como forma de
expresión habitual, aunque se acude al pasado, y presentan abundantes conectores de tipo
lógico, y división en partes: tesis inicial, premisas, argumentación y conclusión.

- Textos instructivos. Las funciones lingüísticas predominantes son, simultáneamente, la


apelativa y la representativa. En cuanto a su macroestructura, se trata de textos que
persiguen dirigir el comportamiento del lector proporcionando las informaciones necesarias
para llevar a cabo una tarea de cualquier naturaleza. Por lo que se refiere a la
superestructura, suelen utilizar el modo imperativo, u otras formas con valor de mandato.
Aparecen conectores habitualmente temporales, y en estos textos suelen diferenciarse
fácilmente dos partes básicas: útiles e instrucción.

Por otro lado, atendiendo al canal utilizado para la comunicación textual, resulta evidente
la distinción entre los textos orales y escritos, que presentan peculiaridades propias con
respecto a la situación comunicativa, grado de planificación, permanencia, redundancia e
interacción.

En todo caso, una de las clasificaciones más completas entre nosotros es la ofrecida por
M. Cerezo (Texto, contexto y situación, 1994), quien, no pretendiendo agotar todas las
posibilidades textuales y advirtiendo que toda “clasificación ha de ser siempre provisional,
incompleta y perfectible”, ordena los formatos textuales de comunicación actual e histórica
a partir de las siguientes diferencias: textos denotativos vs. textos connotativos, textos
orales vs. textos escritos, y textos individuales vs. textos colectivos.
6
3. EL CONTEXTO Y SUS CLASES.
De lo dicho hasta ahora es fácilmente deducible que los textos guardan una estrecha
relación con las situaciones en que se realizan, o, en otras palabras, que la adecuación de
los textos a sus circunstancias de producción y recepción es un requisito básico para su
correcto funcionamiento. Todo texto se enmarca en una situación que engloba factores tan
diversos como el lugar, el momento, los objetos y personas presentes, la realidad física de
los interlocutores, las acciones que suceden en ese instante, etc., y que es la que permite
eliminar las ambigüedades e incertidumbres que el propio texto contiene. Por eso, un mismo
texto puede tener significaciones diferentes, según se desarrolle en una circunstancia u otra.

Pues bien, es en este terreno en el que se habla del “contexto”, término con el que nos
referimos, normalmente, al conjunto de hechos, circunstancias y creencias compartidos por
los interlocutores de un intercambio verbal. Éstos, como resulta lógico pensar, influyen de
forma decisiva en las labores de producción e interpretación de textos, de ahí que su análisis
tenga gran importancia. El contexto es, entonces, en sentido general, el entorno en el que
aparecen los mensajes verbales. Pero el término acoge contenidos muy diversos, y por eso
los lingüistas y semiólogos han intentado matizar su significación, para lo cual se han
seguido dos procedimientos básicos: utilizar adjetivos especificativos que concreten el
sentido en que se emplea la palabra, y echar mano de otros términos para aludir a
realidades diferentes. De este modo, se puede hablar de:

- “Contexto idiomático”, esto es, la lengua misma a la que pertenece el texto, que
puede ser considerada como el conjunto de materiales lingüísticos (palabras y reglas de
combinación) que todos los hablantes de un idioma tienen en mente para construir e
interpretar un texto.

- “Contexto verbal, discursivo o lingüístico”, llamado también cotexto, que es el


conjunto de elementos lingüísticos que rodean a un texto, es decir, las palabras que
preceden y siguen a un texto concreto y que proporcionan datos para saber cómo
interpretar adecuadamente el mensaje.

- “Contexto circunstancial, situacional, pragmático o extraverbal”, conocido


generalmente como situación. Éste hace referencia al conjunto de circunstancias no
lingüísticas que envuelven al texto, es decir, todos los elementos físicos y psicológicos que
acompañan a la emisión y recepción del mensaje: objetos, gestos, lugar, canal utilizado,
estados de ánimo, tiempo, objetivos, etc.

- “Contexto cultural”, o conjunto de condicionamientos sociales y culturales que


afectan a la producción y recepción del texto, como las normas que regulan los intercambios
comunicativos, los registros empleados, etc.

A veces se habla, además, de un “contexto psicológico” (cuyos elementos se incluyen


también dentro de la situación), que se presenta como la posición emocional de los
interlocutores, gracias a la cual queda asegurada la correcta interpretación del mensaje. Por
otro lado, dentro del llamado “contexto de comunicación” (conjunto de factores
temporales, locales, culturales, de tradición literaria, sociales, etc., que constituyen el medio
en el que el acto de comunicación lingüística tiene lugar) se suelen distinguir también el
“contexto de producción”, o parte del contexto de comunicación en la que se realiza el acto
de producción textual, y el “contexto de recepción”, es decir, la parte del contexto de
comunicación en la que se realiza el acto de recepción textual.

3.1. EL ANÁLISIS DE LAS RELACIONES ENTRE TEXTO Y CONTEXTO. LA


PRAGMÁTICA.
Teniendo en cuenta que ya a partir de las doctrinas de Pierce y Morris se postuló la
existencia de un componente semiótico especializado en el tratamiento de las relaciones
7
entre los signos y sus usuarios (el pragmático), parece lógico que haya sido precisamente en
su seno, más concretamente en la conocida como Pragmática Lingüística, donde se hayan
producido los avances más significativos en este terreno.

Esta perspectiva crítica, cuya conexión con la Lingüística del Texto ha sido continua,
parte de la consideración de que los enunciados lingüísticos no sólo sirven para comunicar
contenidos, sino que, al mismo tiempo, constituyen un acto mediante el cual el emisor
intenta conseguir un determinado objetivo. El acto lingüístico es, por tanto, un elemento
autónomo y perfectamente delimitable, propio de la interacción humana. Es más, el acto
comunicativo no se entiende como algo estático, sino como un proceso cooperativo de
interpretación de intencionalidades. Al producir un enunciado, el hablante intenta “hacer
algo”, el interlocutor interpreta esa intención y sobre ella elabora su respuesta, ya sea
lingüística o no lingüística.

De esta forma, los textos no están constituidos solamente por un conjunto de oraciones
con una significación concreta, sino también por una secuencia de acciones. La lengua no es
entendida ya como un simple sistema de signos lingüísticos, sino, sobre todo, como un
sistema de actividades encaminadas a conseguir un determinado objetivo. Por eso, los
estudios lingüísticos tienen la obligación de indagar en cómo, utilizando la lengua, se
consiguen objetivos concretos. Así, la Pragmática lingüística se dedica al estudio de la
capacidad de los usuarios de una lengua para asociar textos a los contextos en que éstos
son apropiados; en otras palabras, el objeto de la Pragmática es el estudio de la lengua en
su contexto de producción y recepción.

3.1.1. LAS TEORÍAS DE AUSTIN Y SEARLE.


Como es bien sabido, los orígenes de la pragmática lingüística se remontan a las ideas
que John Austin expuso en una serie de conferencias en Harvard en 1955, recogidas
póstumamente en 1962 bajo el título Cómo hacer cosas con palabras. Allí, el filósofo inglés,
observó que cuando usamos la lengua, unas veces lo hacemos con la simple intención de
describir objetos, relatar sucesos o transmitir informaciones varias (por lo que lo dicho
puede ser calificado de verdadero o falso), pero otras veces, al transmitir un mensaje, el
propio proceso de comunicación supone, además, la realización de un acto concreto,
cumpliéndose lo que llamó un valor performativo de la lengua. Introduce así la distinción
entre enunciados “constatativos” y enunciados “realizativos”, bipolaridad que sustituirá
poco después por la conocida como “teoría de los actos de habla” (speech acts), según
la cual existen “actos locutivos” o locucionarios (consisten en emitir palabras, con una
entonación, con un cierto sentido, y aludiendo a una realidad determinada); “ actos
elocutivos” o ilocucionarios (son los que tienen lugar cuando, mediante el uso de la lengua,
hacemos cosas como prometer, advertir, afirmar, felicitar, bautizar, insultar, amenazar,
etc.); y “actos perlocutivos” o perlocucionarios (se realizan cuando de lo dicho se deriva
algún hecho o consecuencia para el receptor o los receptores del mensaje, es decir, cuando
se produce la obtención de efectos exteriores a propio discurso).

Poco después, John Searle (Actos de habla, 1969) profundiza en las ideas de Austin y
lleva a cabo una distinción más precisa de los actos de habla, estableciendo cinco clases de
acciones que pueden suceder al utilizar la lengua: “actos asertivos”, “actos directivos”,
“actos comisivos”, “actos expresivos” y “actos declarativos”. Además, introduce las
condiciones que se deben cumplir para que las acciones verbales tengan éxito y desarrolla
el concepto de “acto de habla indirecto”, que explica cómo el hablante puede emitir una
expresión queriendo decir algo diferente de lo que dice, o lo que es lo mismo, que un mismo
acto locutivo puede, dependiendo del contexto, poseer fuerzas elocutivas diferentes.

Dicho lo anterior, es preciso señalar, no obstante, que las observaciones de Austin y


Searle, que inauguraron la Pragmática lingüística, no se refieren a los textos, sino a los
enunciados oracionales, aunque su extensión a las realidades textuales es perfectamente
posible.

3.1.2. EL “PRINCIPIO DE COOPERACIÓN” DE GRICE.


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Otro de los momentos fundamentales en la evolución de la Pragmática es el que se
produce cuando H.P. Grice (Lógica y conversación, 1967), insistiendo en la línea apuntada
por Searle de que la interacción verbal se ve “regulada” por ciertos requisitos, plantea que
el intercambio conversacional es similar a cualquier transacción contractual en la que los
participantes tienen un objetivo común. Así, afirma que existe un acuerdo tácito para que la
“transacción” continúe hasta que ambas partes decidan terminarla. Surge, entonces, el
llamado “principio de cooperación”, que, al concretarse en las estrategias que
supuestamente rigen la intervención de los interlocutores en los actos de habla, se presenta
como el elemento regulador de la interacción verbal. Grice formula, pues, unas “máximas”
que son las siguientes:

1. Cantidad (u oportunidad): esto es, debemos intervenir en el momento en que seamos


requeridos para ello o cuando nuestra aportación se haga precisa.
2. Calidad (o cualidad): nuestra aportación ha de ser verdadera y considerada con las
opiniones de los demás.
3. Relación (o relevancia): las opiniones que presentemos intentarán ser pertinentes, es
decir, coherentes con el tema que se está tratando, y relevantes.
4. Modo (o manera): las palabras que utilicemos deben ser precisas y ordenadas,
evitando la oscuridad, la imprecisión y la ambigüedad.

Estos principios podrían resumirse en una sola máxima: “que tu contribución a la


conversación sea siempre la adecuada”, clave de un saber estar a la altura de las
circunstancias comunicativas.

3.1.3. LOS CONCEPTOS DE “IMPLICATURA” Y “PRESUPOSICIÓN”.


En estrecha relación con el “principio de cooperación”, desarrolla también Grice otro de
los principios básicos de la Pragmática moderna. Éste observa que, si bien las máximas por
él formuladas son convenciones que regulan los intercambios comunicativos, en muchas
ocasiones se producen desajustes. En esos casos, antes de abandonar la suposición de que
el mensaje intenta ser coherente, informativo, relevante y cooperativo, los participantes en
una interacción verbal preferirían indagar otras posibilidades, como la de “sobreentender”
contenidos no expresados literalmente que permitan salvaguardar, a pesar de las
apariencias en contra, la vigencia del principio de cooperación y de las máximas
conversacionales. Se establece entonces una diferencia fundamental, la que distingue entre
“lo que se dice” y “lo que se implica”, y se añade que los participantes en un intercambio
comunicativo realizan a menudo un proceso de implicatura para que quede a salvo el
principio de cooperación. Así pues, además de lo que se dice, lo expresamente dado en la
interacción verbal (que en términos pragmáticos suele denominarse “explicatura”), la
actividad de comunicación textual transmite también informaciones diversas mediante
diferentes formas de “lo no-dicho”. Entre éstas, Grice distingue las que él denomina
“implicaturas lógicas o convencionales” y las “implicaturas conversacionales”.

Las primeras (también denominadas “presuposiciones”) se basan en las condiciones de


verdad de los enunciados, pues forman parte del contenido de ciertas expresiones
lingüísticas como matices significativos adicionales, independientes del contexto situacional
específico en que aparezcan; por eso son difícilmente eliminables. Por otro lado, las
“implicaturas conversacionales” vienen dadas no por el mensaje en sí, sino por el contexto
situacional en que se presenta, de manera que a veces se desprenden de elementos
adyacentes como el tono de voz, los gestos, los movimientos, el lugar, etc. Se puede decir,
por tanto, que estas implicaturas llegan al receptor por su análisis de la situación en que se
desarrolla la interacción verbal.

3.1.4. LA “TEORÍA DE LA RELEVANCIA” DE SPERBER Y WILSON.


De la revisión de los principios teóricos formulados por Grice surge otra de las
reflexiones pragmáticas más significativas: la conocida como “teoría de la relevancia”,
presentada por Sperber y Wilson de forma completa en su famoso libro Relevancia.
Comunicación y Cognición, 1986. Se trata de un modelo pragmático que, apoyándose en
ideas desarrolladas por la conocida como “ciencia cognitiva” acerca de cómo las personas

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procesamos la información lingüística, se propone explicar cómo se interpreta en la práctica
los textos.

Sperber y Wilson afirman que las conocidas máximas de Grice pueden ser reducidas a
una sola: “sea relevante”. Pero es preciso señalar que para ellos la relevancia se entiende
en términos no sólo de adecuación al tema, sino también de importancia informativa. Se
sugiere, pues, que los sistemas cognitivos eficaces centran su atención en el signo o
fragmento de información más relevante de entre los disponibles. Se trata, por tanto, de una
teoría inferencial, que considera que los hablantes no se limitan a interpretar la información
que está codificada lingüísticamente, es decir, explicitada verbalmente, sino que, junto a la
tarea de descodificación habitual del mensaje, la comunicación lingüística exige una labor
de interpretación de señales no codificadas (inferencia), fundamental para reconocer la
verdadera intención del emisor.

Sin embargo, uno de los puntos en los que más se alejan estos estudiosos de la postura
de Grice es, precisamente, en el proceso de actuación de los mecanismos de inferencia.
Para éste, la inferencia se relacionaba de manera estrecha y exclusiva con los diversos tipos
de implicaturas; ahora bien, para los creadores de la teoría de la relevancia la inferencia
actúa no sólo ante la información implícita, sino también sobre las explicaturas.

Posiblemente una de las aportaciones más importantes de esta teoría a la investigación


lingüística sea la revisión y redefinición del concepto de contexto. Sperber y Wilson amplían
notablemente la noción de contexto, ya que lo conciben no sólo como la información acerca
del entorno físico inmediato (contexto situacional), o acerca de los enunciados anteriores
(contexto verbal), sino también como un conjunto de suposiciones instaladas en la memoria
o accesibles deductivamente (las creencias, los saberes culturales, la experiencia personal,
los recuerdos, las emociones, etc.) que también participan en la interpretación de un
mensaje.

4. ASPECTOS BÁSICOS DEL “ANÁLISIS DEL DISCURSO”.


En líneas generales, el término “discurso” es considerado habitualmente como una
simple variación sinonímica de “texto” (entendido éste como mensaje lingüístico unitario, de
extensión variable, dotado de coherencia y cohesión), y se utiliza sobre todo para referirse al
texto oral. De esta forma, J. Renkema (Introducción a los estudios sobre el discurso,
Barcelona, Gedisa, 1999), por ejemplo, lo define como “una secuencia de oraciones o
emisiones habladas conectadas entre sí […] por medio de la cual un emisor comunica un
mensaje a un receptor”.

No obstante, como dicen Beaugrande y Dressler (ob. cit.), “se han dedicado muchas
horas de discusión a la pasión inútil de establecer las supuestas diferencias existentes entre
“texto” y “discurso” […] lo que unos lingüistas llaman “texto” es, precisamente, lo que otros
denominan “discurso” y viceversa”. Así, muchas veces su uso depende, simplemente, de la
tradición a la que pertenezcan los autores: las escuelas francesa y anglosajona suelen
preferir “discurso”, mientras que las española, alemana o italiana utilizan normalmente
“texto”.

Con todo, es preciso tener en cuenta que, partiendo de la tradición lingüística funcional
y en relación muy estrecha con la Lingüística del texto, se ha desarrollado, especialmente en
el Reino Unido, una corriente conocida con el nombre de “Análisis del Discurso (o “Estudios
del discurso”), que generalmente presenta un carácter más propiamente sociológico que
lingüístico. Esta disciplina pretende abordar de forma integral el estudio del uso de la lengua
en relación con el contexto, para lo cual la utilización de las aportaciones de la Pragmática
resultará inevitable.

Los analistas del discurso adoptan la distinción realizada por Van Dijk entre “texto” y
“discurso” (que no ha alcanzado aceptación general), y consideran el primero como un
concepto abstracto, que se manifiesta o realiza en formas concretas, los “discursos”. En
palabras del propio Dijk (Texto y contexto), “este término [texto] se usará aquí para denotar
la construcción teórica abstracta que subyace a lo que normalmente se llama un discurso.
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Aquellas expresiones a las que puede asignarse estructura textual son, pues, discursos
aceptables de la lengua”. Dicho de otra forma, el discurso es el texto contextualizado, el
resultado de un proceso activo de producción y recepción textual. Por ello, para el análisis
del discurso resultan centrales, como es lógico, además de concepto de contexto (en su
dimensión individual o psicológica, social y cultural), otras nociones ya presentadas, como
cohesión, coherencia y actos de habla.

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