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Y Te Digo Más. R. Fontanarrosa

El cuento narra la experiencia del Gordo Luis, quien, en un intento de conseguir dinero para las fiestas, se disfraza de Papá Noel en un caluroso día de verano en Rosario. A pesar de las difíciles condiciones, su situación se complica cuando una vecina le ofrece una jarra de vino blanco en lugar de limonada, lo que lo lleva a regalar electrodomésticos a los niños y causar un caos en el negocio. Finalmente, el Gordo casi termina arrestado, pero logra escapar sin ser reconocido, reflejando la absurda realidad de las tradiciones impuestas y la lucha por la supervivencia.
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Y Te Digo Más. R. Fontanarrosa

El cuento narra la experiencia del Gordo Luis, quien, en un intento de conseguir dinero para las fiestas, se disfraza de Papá Noel en un caluroso día de verano en Rosario. A pesar de las difíciles condiciones, su situación se complica cuando una vecina le ofrece una jarra de vino blanco en lugar de limonada, lo que lo lleva a regalar electrodomésticos a los niños y causar un caos en el negocio. Finalmente, el Gordo casi termina arrestado, pero logra escapar sin ser reconocido, reflejando la absurda realidad de las tradiciones impuestas y la lucha por la supervivencia.
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Cuento “Y te digo más…”

”Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando
hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje el pobre Gordo.
Del colonialismo, por decirlo de otra manera. Porque, decime vos, qué carajo tiene que ver con
nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel. ¿Quién le dio chapa al Papá Noel? Un tipo
vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida, en un trineo tirado por renos.
¡Renos, mi querido! ¿Cuándo mierda hemos visto un reno nosotros? ¿Alguna vez te fuiste a
Buenos Aires en auto y viste al costado del camino un reno morfando pasto debajo de un
árbol?

Pero el pobre Gordo casi la palma con esa historia... ¿No te conté la del Gordo Luis? Porque se
la cuento a todos. Fue hace como quince años. El Gordo estaba en la lona total. Pero en la lona
lona, no tenía un mango partido por la mitad, lo habían despedido de la proveeduría donde
laburaba y lo ponías cabeza abajo y no le caía una moneda. Para colmo, se venían las fiestas y
algo había que comprar para poner arriba de la mesa el 24 a la noche.

El Gordo tiene dos pibes que eran muy chiquitos en ese entonces y a esa edad a los pendejos
no les vas a andar explicando el fato del FMI, la tecnología que reemplaza a los trabajadores y
todas esas pelotudeces.

La cuestión es que empezó a buscar laburo, alguna changa, cualquier cosa, trabajar de lo que
fuera. Primero empezó por su barrio, con los amigos y conocidos, ahí por Mendoza al fondo. Ya
después entró a andar por cualquier lado para conseguir algo.

Y resulta que en el barrio Echesortu, una vieja que tenía una casa bastante grande de
electrodomésticos le ofrece disfrazarse de Papá Noel y repartir caramelos a los chicos en la
puerta para promocionar su negocio. Lo de siempre. Le tiraba unos mangos, por supuesto, que
al Gordo le venían bastante bien. Y ahí fue el Luis, che. Ahora, imaginate la escena, porque
estamos hablando de Rosario, Capital de los Cereales, ubicada a orillas del anchuroso río
Paraná. El Gordo Luis, tenés que pensar en un tipo arriba de los cien kilos, fácil fácil debe andar
por los 120, porque es alto, grandote, Luis.

Y te digo que resultaba perfecto para Papá Noel porque el Luis es más bueno que Lassie, nunca
lo he visto enojado al Gordo, es un pan de Dios. Pero tenés que tener en cuenta una cosa
ineludible. Rosario... pleno verano... mediodía, un sol de la puta madre que lo reparió, algo así
como 83 grados a la sombra, y ese gordo metido adentro de un traje de Papá Noel con una tela
tipo felpa así de gruesa, así de gruesa no te miento, gorro, barba de algodón, bigotes, botas y
guantes.

¡Guantes! Porque la vieja era una vieja hinchapelotas, conservadora, que quería que el Gordo
se pareciera exactamente a Papá Noel y que se vistiera todo como correspondía, el pobre
Gordo. ¿Viste que hay veces en que tipos hacen de Papá Noel pero sin guantes y hasta a veces
sin barba, o pendejas jovencitas vestidas de colorado pero con polleritas cortonas, tipo
minifaldas, y las gambas al aire así están más frescas?

Pero claro, el Gordo Luis era perfecto para hacer de Papá Noel y por eso se le ocurrió eso a esa
vieja hija de puta. Porque lo vio al Gordo gordo y con esos cachetitos medio coloradones que
tiene el tipo, el personaje, Santa Claus.

Hasta la voz media ronca tiene Luis... ¿viste que Papá Noel se ríe siempre con esa risa ronca?
Jo, jo. Hasta eso tiene Luis, la voz ronca. Jo, jo, jo... Pero vuelvo al tema. Doce del mediodía,
pleno diciembre, un sol que rajaba la tierra, un calor infernal, los pajaritos que se caían
muertos al piso por la canícula, se venían en baranda y se desnucaban contra la vereda... y el
Gordo ahí, che, con el traje de lana gruesa, barba y bigote, sacudiendo una campana de papel
maché o algo así y dándoles caramelos a los chicos que se juntaban para verlo.

A los quince minutos, a los quince minutos te juro, el traje del Gordo ya no era colorado...
¿viste que esos trajes son colorado medio clarito? Bueno, era violeta, violeta era, por la
transpiración a chorros que largaba el Gordo. Pero no un pedazo, alguna zona del traje, no. Ni
tampoco era solamente debajo de los brazos o arriba de la zapán que es donde uno transpira
más, no.

Era todo, completo, íntegro. Al Gordo le corrían ríos de sudor sobre la piel, ríos, torrentes que
le empapaban acá, acá, acá, las ingles, las pelotas, las pantorrillas, ríos que le inundaban las
botas, por ejemplo. Me contaba después –porque todo esto me lo contó él mismo- que sentía
las botas llenas de agua, como si las hubiera metido en un balde de agua caliente, le
chapoteaban. Todo alrededor, no te miento, todo alrededor, en el piso, en un diámetro de ocho
metros más o menos en torno al Gordo, parecía que habían baldeado. Toda la vereda mojada,
de lo que chivaba el Gordo, se le saltaban los goterones de la cabeza, parecía las Aguas
Danzantes el Gordo, imaginate.

Te digo que era ya un espectáculo grotesco, lamentable, pero Luis le seguía metiendo voluntad,
le ponía ganas, caminaba de un lado al otro, se reía, llamaba a los chicos. En eso, una vecina,
una vieja de esas que nunca faltan, que están al reverendo pedo como bocina de avión, que
vivía a unas dos puertas del negocio de electrodomésticos, sale a la puerta y lo ve al Gordo. O
escuchó el griterío de los chicos y salió a ver que pasaba. Lo ve al Gordo y se apiada de él...
¿Viste? Esas viejas comedidas, bienintencionadas, chuecas, que caminan medio encorvadas,
que les cuesta moverse pero que rompen las pelotas permanentemente, un cuete la vieja, una
ladilla.

Se manda para adentro de nuevo la vieja, flaquita ¿viste? Bajita, canosa con un rodete y
aparece al rato con una jarra así de grande, pero así de grande, con un líquido amarillento que
parecía limonada, lleno de hielo. Transpiraba de fría la jarra. Y se la ofrece al Gordo, che.

El Gordo medio le dice que no, que no se hubiera molestado, que no puede desatender su
trabajo pero, en definitiva, la acepta, lógicamente.

Además, los hijos de mil putas del negocio de electrodomésticos no le habían alcanzado ni un
vaso de agua al Gordo. ¡Ni un vaso de agua siquiera! Después hablan de los norteamericanos.
Nosotros somos tan hijos de puta como ellos para explotar a la gente. Lo que pasaba también
es que a esa hora había quedado un solo encargado en el negocio. La vieja que contrató a Luis
tenía como cinco negocios por otras partes de la ciudad y andaba de recorrida; y el otro
empleado que laburaba ahí se había quedado en el fondo del local, rascándose las bolas
debajo del único ventilador de techo que tenían esos miserables.

La cuestión es que la vecina saca un banquito chiquito a la calle, lo deja al lado de la puerta de
su casa, medio sobre el umbral para que no le diera el sol directo, le dice a Luis “Aquí se lo
dejo”, y ahí se lo deja.

Cuando el Gordo pudo zafar un poco del pendejerío, te imaginás que con ese calor llegó un
momento en que había mucha menos gente en la calle, se prendió a la limonada y se bajó
media jarra de un saque.
Pero resulta que no era limonada, boludo, no era limonada. Era vino blanco, vino blanco era. La
vieja le había zampado en la jarra un par de botellas de vino blanco, le había metido hielo a
rolete y se lo había dejado ahí, con las mejores intenciones.

El Gordo, con la desesperación, con el calor que tenía en el cuerpo, recién se dio cuenta
cuando ya se había mandado más de catorce litros sin respirar, de un saque. Y aparte, seamos
sinceros, cuando ya se dio cuenta no pudo parar, no pudo parar. Te estoy hablando de un
muchacho de 120 kilos después de estar moviéndose casi tres horas a pleno sol con 4000
grados de temperatura. No pudo parar. Se mandó todo el vino blanco. Fondo blanco.

Bueno, te imaginarás... te imaginarás el pedo tísico que se levantó ese muchacho. Una curda
inmediata y espantosa, demencial. Una curda como para trescientas personas.

Casi no había desayunado, estaba sin almorzar, para colmo, el Gordo no era un tipo que tomara
mucho alcohol, al menos que yo recuerde. Un poco de vino con la cena, nada más. Alguna
copita de sidra. O a veces, en los bailes, alguno de esos tragos maricones como el gin tonic,
pero con mucha más agua tónica que otra cosa.

¡El pedo que se agarró ese muchacho, Dios querido, el pedo que se agarró! No te digo que
empezó a cantar boludeces, ni a caminar torcido, ni a vomitar contra las paredes, ni nada de
eso. Pero entró a regalar todo lo que tenía a su alcance, se le dio por la beneficencia, le dio un
ataque de comunismo acelerado. Primero terminó en cinco minutos con la existencia de
caramelos y chocolatines que eran para toda la tarde...

¡Y después empezó a regalar los electrodomésticos! Empezó regalándole una tostadora


eléctrica a un pendejo. Después le regaló un ventilador a la madre de otro de los pibes,
después siguió con multiprocesadoras, veladores, hornos a microondas, etcétera...

Llamaba a la gente a los gritos, entraba al negocio y les daba algo, repartía, entregaba todo.

Y el empleado que se rascaba las bolas adentro del negocio ni se dio cuenta, debía estar en el
fondo, en una oficinita que estaba detrás, arreglando papeles o apolillando una siesta mientras
esperaba la hora en que el patrón llegaba.

Lo cierto es que, te imaginás, a los quince minutos en la puerta del negocio había un mundo de
gente que venía de todas partes alertada por los otros que ya habían ligado algo de arribeño,
por la mamúa del Gordo.

La gente pensaba que era una promoción del negocio o, en todo caso, se hacía la turra, cazaba
los artefactos, se los llevaba y a otra cosa mariposa, si te he visto no me acuerdo, andá a
cantarle a Gardel.

En eso aparece el dueño del boliche, un pelado con cara de amargo que llegó en su auto, un
coche nuevo.

Y cuando el tipo se dio cuenta de lo que estaba pasando se puso loco, lógicamente se puso
loco. Entró a gritar, a arrebatarles las cosas a la gente, a recuperar licuadoras, televisores
portátiles, radios que la gente se llevaba. A los gritos ese hombre, desesperado, tironeando con
los beneficiados.

Ante el despelote se despertó el empleado de adentro y salió cagando aceite a ayudarlo al


pelado. Había tironeos, forcejeos, agarrones, hasta voló algún puñete. Y en eso llegó la cana,
un patrullero que andaba de ronda.
En el despelote, cuando medio se enteró de cómo había venido la mano por lo que contaban
los que se piraban con las licuadoras y todo eso, que gritaban que Papá Noel se las regalaba, el
pelado les indicó a los policías que lo metieran en cana al Gordo, responsable de todo ese
quilombo.

Y bien dice el Martín Fierro que no hay nada como el peligro para refrescar a un mamado. Ahí
el Gordo se despejó, se dio cuenta, volvió a la realidad, se esclareció el Gordo.

Además, ya había vuelto a transpirar como un litro del vino blanco, me imagino, se había
aliviado un poco de la tranca, y comprendió la cagada que se había mandado. Pero te conté
que es un tipo manso, un tipo tranquilo que no se iba a poner a resistirse o a echarle la culpa a
nadie. Supo que tenía la culpa, y entonces, todavía medio tambaleante, bajó la sabiola, se fue
para adentro del negocio para cambiarse la ropa en el baño y meterse, derechito viejo, solito,
adentro del patrullero.

Afuera seguía el desbole entre el pelado, su empleado, la gente y los canas que ahora también
se habían unido a la tarea de recuperar todo lo que había regalado el Gordo.

El Gordo se fue al baño, se mojó la cara, cosa que terminó de despejarlo, se sacó esas pilchas
de mierda de Papá Noel, se puso la ropa que había llevado en un bolsito y salió de nuevo a la
calle.

Cuando salía para la calle –el negocio es bastante largo- lo ve venir al dueño con uno de los
canas, desencajado el pelado, a las puteadas, buscándolo. Claro, lo ve al Gordo, sin el traje
colorado, de camisita celeste y pantalones vaqueros, un bolso en la mano, el pelo negro
achatado por el agua de la canilla, y no lo reconoce.

No lo reconoce porque tampoco era él quien lo había contratado sino la conchuda de su


esposa. “¿Adónde está? ¿Adónde está?” me contaba el Gordo que preguntaba el pelado, que
venía a los pedos con el policía. Y el Gordo pensó que se refería al traje de Papá Noel que se
había sacado.

Yo no sé si el Gordo lo entendió así, seguía en curda o se hizo bien el boludo, la cosa es que
señaló hacia el baño y el pelado y el policía se mandaron para allí. Cuando el Gordo salió a la
calle todavía había un amontonamiento de gente y el otro empleado discutía con medio
mundo reclamando facturas o recibos de compra.

Nadie lo reconoció entonces al Gordo, sin el disfraz. Incluso de última, el otro policía del
patrullero que se había quedado afuera, lo encara al Gordo cuando el Gordo ya se piraba y el
Gordo piensa: “Cagamos”.

Y el cana le pregunta “¿Ese bolso es suyo?”. El Gordo me contó que él le iba a decir la verdad,
que sí, que era suyo.

Pero tuvo miedo de que el cana le hiciera más preguntas, o que se lo hiciera abrir y le dijo: “No,
lo vengo a devolver”. Y se lo entregó, un bolso de mierda que después de todo a él no le servía
para un carajo.

El Gordo se piró haciéndose el pelotudo, temeroso todavía de que alguien lo reconociese y lo


mandara en cana cuando ya estaba a una cuadra.

Casi termina preso, el Gordo, mirá vos. Zafó porque la vieja que lo contrató tampoco sabía ni
cómo se llamaba ni adónde vivía. Era un contrato basura, pero realmente basura el del pobre
Gordo. Pero casi termina engayolado. Por tener que disfrazarse de Papá Noel con esos vestidos
de invierno, podés creer.

Que los argentinos nos tengamos que vestir con ropa de abrigo en pleno verano porque a los
yankis se les ocurrió que Santa Claus vende más que el Niñito Dios.

Eso le decía yo al Gordo, después, en el club. “El año que viene ofrecete para algún pesebre,
Gordo. Por lo menos de Niño Dios te ponen en bolas en una cunita y te cagás de risa porque
estás fresco.” Eso le decía yo, para joderlo.

“De lo único que puedo hacer yo en un pesebre viviente es de vaca, Zurdo –me decía el Gordo-
De vaca”.

Pero por lo menos es un animal conocido, ¿no es cierto? Un bicho familiar al paisaje, el
rumiante emblemático de la pampa húmeda, base de la riqueza de nuestro país. Algo nuestro...
¡Qué me vienen con que a los chicos les gusta Papá Noel, el trineo y los alces esos! Si mis pibes
me vienen a pedir un alce de ésos les pongo tal voleo en el orto que aterrizan más allá de la
Circunvalación del voleo que les pego, tenelo por seguro.

Ya bastante que el otro día les compré un conejo, un conejo de verdad, que es terriblemente
pelotudo y lo único que hace es comer lechuga y cagarnos todo el patio. Y si me insisten con
esas pelotudeces inventadas por los yankis que se vayan a vivir a Cincinnati, pendejos
colonizados de mierda. Que a mí no me dicen el Zurdo al pedo, me lo dicen por tener una
formación doctrinaria... ¡Pobre Gordo! Estuvo a punto de convertirse en una nueva víctima del
capitalismo salvaje.

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