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Viaje A Roma

Un hombre descubre la infidelidad de su esposa a través de fotos tomadas por un detective privado y decide actuar. En un arranque de celos y rabia, regresa a casa y asesina a su amante y a su esposa antes de huir y hacer que parezca un robo. Finalmente, se embarca en un vuelo a Roma, sintiéndose aliviado y atraído por una compañera de viaje.

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Viaje A Roma

Un hombre descubre la infidelidad de su esposa a través de fotos tomadas por un detective privado y decide actuar. En un arranque de celos y rabia, regresa a casa y asesina a su amante y a su esposa antes de huir y hacer que parezca un robo. Finalmente, se embarca en un vuelo a Roma, sintiéndose aliviado y atraído por una compañera de viaje.

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Viaje a Roma

Tras dar pasos, infinidad de veces, como un condenado


en su celda, con la cabeza baja y la vista fija en el suelo,
se detuvo frente a su escritorio y por enésima vez, su alma
se llenó de sulfurosa energía. Las fotos que tenía ante sus
ojos, eran demasiado claras: su mujer le era infiel.
Todo había comenzado cuando contrató a un detective
privado para confirmar las sospechas que le surgieron al
descubrir que su joven esposa había mentido al decirle que
iba a una reunión inexistente en casa de una amiga.
Ahora, viendo las fotos que el hombre alto y cejudo le
había entregado, lamentaba haber contratado al detective.
Hubiera preferido no saber la verdad. El detective abunda-
ba en detalles que él no le había pedido ni tenía interés en
saber. Tuvo que sacar el monto acordado por sus servicios
para que el hombre se retirase y lo dejara solo.
Tenía la sensación de que debía hacer algo de forma
inmediata pero no tenía idea exactamente qué. En vano
trató de hallar una explicación lógica a la situación que es-
taba viviendo. ¿Acaso era su culpa? ¿La había descuida-
do? No lo creía, trabajaba con dedicación todos los días ya

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que con ello cubría los gastos de la casa y los gustos que
se daban. Su empeño por hacer crecer el negocio también
tenía como fin el tener una vejez holgada y apacible. La
traición era una pedrada que resquebrajó el vitral de sus
sueños. Como hombre se sintió fracasado.
Su mente no tenía cabida para los negocios ni otra cosa,
algo que nunca había experimentado. El trabajo siempre
había sido su vida pero ahora era incapaz de pensar en otra
cosa que no fuera el problema de la infidelidad.
Amaba a su mujer tan intensamente como el día que se
casaron y la habría amado así, por siempre, de no ser por
las patentes fotos que tenía en la mano y que le impactaban
como recibir un golpe en el rostro. Su mirada fija en una
foto le mostraba que era engañado desde hacía tres meses.
Trató de imaginarse cómo reaccionaría ella si le pre-
guntara dónde había estado o si había alguien más en su
vida. No, no funcionaría. La conocía bien.
¿Qué estaría haciendo ahora? Sus rasgos se tensaron.

–Viajo a Roma –dijo llegando a casa.


Había entrado deprisa y dejado las llaves en los ganchos
del portallaves, con forma de taza, en la pared de la sala.
Pese a su prisa no dejó de experimentar esa desazón que
se siente por las cosas que ya no se van a volver a ver.
–¿Así de improviso? –preguntó sorprendida.
–Como gerente de la empresa tengo que estar presente
para asegurar algunos acuerdos comerciales.
Cogió una maleta pequeña y comenzó a llenarla con las

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cosas necesarias para una corta ausencia. Evitaba mirarla
a los ojos pero se dio cuenta que no le resultaba difícil ac-
tuar con naturalidad. Había temido que al estar frente a ella
se hubiera dejado ganar por sus sentimientos destrozados
pero no pasó eso. Incluso sentía cierta emoción por termi-
nar pronto y poder salir. Ella tampoco parecía interesada
en detenerlo o hacerle más preguntas.
–¿Y será por mucho tiempo?
–Dos semanas a lo sumo.
Con el conocimiento que ya tenía de su infidelidad cre-
yó ver, en la comisura de los labios de Gina, su mujer, una
sonrisa contenida. Observó fijamente esos labios carnosos,
que desde que la conoció, fueron su perdición.
Siendo aún novios ella era reconocida por ser alegre,
por su carisma y por ser el centro de atención de los grupos
de hombres, cosas que en ese entonces a él llenaban de ce-
los. No era de una gran belleza, era más bien atlética, pero
con una sonrisa vivaz y encantadora.
Finalmente, cerró la maleta, salió de la habitación, bajó
las escaleras y asomó al exterior donde estaba su auto y
con el cual iría rumbo al aeropuerto. Las reglas decían que
debía estar unas horas antes para su registro. Gina lo despi-
dió desde la puerta deseándole un buen viaje y pidiendo la
llamara apenas llegase a su destino, para saber que estaba
bien. Él la escuchó y observó lo espléndida que se veía.
Nunca deja de sorprender la naturalidad con que mira y
habla una mujer que ha cometido esa horrible mancha que
deriva en la metástasis de muchos matrimonios.

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A pesar de que no le gustaba conducir a excesiva velo-
cidad apretó el pedal del acelerador para avanzar, como si
llegar al aeropuerto fuera de suma importancia para él. La
radio colmaba sus oídos con la música de sus canciones
favoritas y lo relajaban al conducir. El aire frío que entraba
por la ventanilla abierta le azotaba la cara y lo despeinaba
constantemente pero él estaba ajeno a ese detalle.
Con cierta brusquedad, sujetando con ambas manos el
volante, sobrepasó a muchos vehículos hasta que vio el le-
trero metálico que indicaba que faltaban diez kilómetros
para llegar a su destino. Bajó el volumen y miró por el es-
pejo retrovisor antes de ir levantando el pie del acelerador.
Un ligero cosquilleó se distribuyó por su estómago.
No muy lejos, en la ruta que conducía al aeropuerto, en
una zona de recreo llena de árboles y vallas cubiertas con
flores, estacionó el auto en un punto apartado y pleno de
sombras. Durante un rato observó, a través del parabrisas,
que no hubiera transeúntes para proceder a cambiar su ro-
pa formal por aquella más ligera que llevaba en la maleta.
Al descender, abrió su maletera e hizo perder el aire a
la llanta de repuesto luego, tomó un bus con dirección a su
hogar. Para todos los efectos, él se había detenido para
cambiar la llanta en un tiempo prudencial.
Oculto dentro de un frondoso jardín repleto de cipreses
podados, llevaba minutos de eterna e impaciente espera vi-
gilando la puerta de su casa, cuando en su campo visual a-
pareció la figura que esperaba. Entrecerró los ojos y lo ob-
servó bien: era un tipo vacuo, vestido como dandy, al que

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tuvo la desgracia de conocer en uno de los tantos espec-
táculos a los que había asistido con Gina. Muy elegante y
con un ramo de flores, llegaba revestido con ese aire de fi-
no amante que tanto agrada ver a las mujeres infieles. Al
parecer, ella ya vivía otra vida. Lo vio alzar y besar la fina
mano de Gina, con recato, antes de ingresar.
Su imaginación corría por un torrente de cólera sabién-
dolos solos. Se dio cuenta que el corazón le latía deprisa y
respiró hondo tratando de calmarse. A duras penas podía
contener la rabia, mordiendo su labio inferior.
Los cinco largos minutos que decidió esperar, contro-
lados por su reloj, transcurrieron con increíble rapidez.
Miró precavidamente a ambos lados antes de cruzar la
calle y fue directo a la parte trasera de la casa.
No hacía mucho había comprado la casa y aunque no
era muy antigua aún la seguía refaccionando. La casa tenía
dos pisos y si bien el exterior requería de una mano de pin-
tura, el interior tenía un aspecto inmejorable gracias a la
mano de Gina que se encargo de la decoración.
La puerta de servicio se abrió fácilmente y en silencio
cuando le hizo presión, gracias a una vieja cerradura que
nunca llegó a reparar por falta de tiempo. Cauto, sus pasos
se deslizaban apenas un centímetro por encima del linóleo
del ambiente amplio y rectangular de la cocina.
Habían convenido en no tener hijos, para convivir más
tiempo antes de experimentar la paternidad. Así, aprove-
charon su libertad para hacer viajes a donde quisieron y la
casa se llenó de recuerdos superficiales con las cosas que

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adquirieron de cada lugar que visitaron. Esos recuerdos
eran, ahora, una dolorosa nostalgia. La casa, su casa, le pa-
reció extraordinariamente más grande ahora que caminaba
sigiloso, recorriéndola como si él fuera un intruso.
Vio dos copas medio vacías y un balde de hielo, con
una botella de champaña, encima de la mesita baja ubicada
frente a los sillones de la sala. Apretó los puños antes de
voltear hacía abajo la foto de su boda. No era difícil adivi-
nar donde podían estar. Había ropa dispersa sobre la mo-
queta de la escalera que conducía al segundo piso. Apretó
los dientes. Los celos multiplicaron la rabia que lo invadía
y que apenas podía frenar. Oyó frases entrecortadas y risas
esporádicas que venían de su cuarto. Luego, los gemidos.
Alterado, su mano enguantada ciñó con fuerza el largo
cuchillo que había cogido a su paso por la cocina.
El movimiento que se daba en la cama se detuvo cuando
irrumpió en la habitación dando un fuerte portazo.
–Ay –gritó pálida y asustada su mujer al verlo aparecer
bajo el dintel. Estaba completamente desnuda.
–¿Qué demonios…? –gruñó su amante dándose por o-
fendido y levantándose a hacerle frente. Las almohadas ca-
yeron al piso, mientras se subía los pantalones.
Cegado por la cólera de esposo engañado, estaba libre
de escrúpulos. En esos momentos hubiera sido capaz de
hacer frente a todo un batallón él solo. Con la fuerza acre-
centada por la ira, no perdió el tiempo en luchas sino que
de un solo golpe hundió el cuchillo en mitad del pecho des-
nudo del amante para luego girar hacia su esposa y quedar

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inmóvil e inexpresivo, mirándola con gran intensidad co-
mo si la desconociera. Ella, que una vez dijo amarlo, per-
manecía de rodillas en la cama, sorprendida, sin saber que
hacer, hasta que lo vio avanzar y supo cual sería su final.
Gina se cubrió con las sábanas y edredones hasta la bar-
billa. Asustada, inició a pedir perdón, entre llantos y sus-
piros, invocando un amor marchitado por ella misma, pero
ya era demasiado tarde. Lo sabía. Ella lo había vuelto una
persona dura por eso pagaría su traición a un precio bas-
tante alto. Él, quizás, algún día volvería a ser el mismo.
La sábana que usaba para proteger su cuerpo proporcio-
nado y armonioso, fue rasgada por el cuchillo y ella cayó,
herida y sangrante, al lado del cadáver de su amante.
Erguido y con el mentón alzado, contempló la escena
que había generado su ira. Se sintió mal pero no por eso
quiso meditar al respecto. No era de los que podía fingir
una atracción que ya no existía ni vivir una vida sin amor
y sin tranquilidad. Tampoco era de los que pudiera gol-
pearla y luego abrazarla para pedirle perdón. La idea de
quedarse solo era dolorosa como si parte de su vida hubie-
ra sido arrancada de él mismo, desgarrando su cuerpo.
Caminó por la habitación vaciando el contenido de los
cajones, apartando los cuadros y rajando los cojines. Co-
gió algunas joyas, unos finos pendientes que compró por-
que parecían de diamante, el dinero que tenían ahorrado y
los guardó juntos en una bolsa de plástico, saliendo luego
de la casa tal como había entrado: sin ser visto.
Nadie dudaría que se había producido un robo.

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Una hora después, lejos de donde habían sucedido los
hechos, las bocinas del terminal avisaron la salida de su
vuelo a Roma y llamaron a los pasajeros a abordar.
Cuando el avión llegó a una altitud estable la luz roja
de abrocharse los cinturones se apagó y él respiró hondo,
aliviado. Libre del cinturón se dirigió a la atrayente secre-
taria que siempre estuvo con él y que viajaba en el asiento
cerca al del suyo. Era una bella mujer a la que nunca miró
con atención masculina por respeto a su matrimonio.
–¿Alguna vez te dije que tienes una hermosa sonrisa?

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