II, 11 —que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de
hidalgo sosegado a caballero andante—, ¿quién ha puesto a vuestra merced desta
suerte?
Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre,
lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida,
pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco
trabajo le subió sobre su jumento, por parecerleIII caballería más sosegada.
Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al
cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien
pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote,
que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico y de cuando
en cuando daba unos suspiros, que los ponía en el cielo12, de modo que de nuevo
obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía13; y no parece sino
que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en
aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez14, cuando el
alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivoIV a su
alcaidía15. De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba
y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje
respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en La
Diana de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a
propósitoV, que el labrador se iba dando al diablo16 de oír tanta máquina de
necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábaleVI priesa a llegar
al pueblo por escusar el enfado17 que don Quijote le causaba con su larga arenga18.
Al cabo de lo cualVII dijo:
vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho
es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más
famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo.
que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año
—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi
de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y
llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto17, que vendió muchas hanegas de
tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en queIV leer18, y, así,
llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos, ningunos le parecían
tan bienV como los que compuso el famoso Feliciano de Silva19, porque la claridad
de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando
llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos20, donde en muchas partes
hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi
razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura»21. Y también
cuando leía: «Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las
estrellas os fortifican y os hacen merecedora del merecimiento que merece la
vuestra desvelábase por entenderlas y que no se lo sacara ni las entendiera el
mesmo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas
que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que
le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de
cicatrices y señales23. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro
con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de
tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como allí se promete24; y sin duda
alguna lo hiciera, y aun saliera con ello25, si otros mayores y continuos
pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su
lugar —que era hombre docto, graduado en Cigüenza—26 sobre cuál había sido mejor
caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula27; mas maese Nicolás, barbero
del mesmo pueblo28, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si
alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano es, no quiso aguardar más
tiempo a poner en efeto su pensamiento1, apretándole a ello la falta que él pensaba
que hacía en el mundo su tardanza,2 según eran los agravios que pensaba deshacer,
tuertos que enderezar3, sinrazones que emendar y abusosI que mejorar4 y deudas que
satisfacer. Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención5 y sin que nadie
le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de
julio6, se armó de todas sus armas7, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta
celada, embrazó su adarga8, tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral salió
al campo9, con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había
dado principio a su buen deseo. Mas apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un
pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y
fue que le vino a la memoria que no era armado caballero y que, conforme a ley de
caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero10, y puesto que lo
fuera, había de llevar armas blancas11, como novel caballero, sin empresa en el
escudo12, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron
titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura que otra razón alguna,
propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros
muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían13.
En lo de las armas blancas14, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que
lo fuesen más que un arminioII, 15; y con esto se quietó16 y prosiguió su camino,
sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía
la fuerza de las aventuras17.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y
diciendo:
—¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, o:
—Dichosa edad y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas
mías24, dignas de entallarse en broncesIII, 25, esculpirse en mármoles y pintarse
en tablas, para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que
seas26, a quien ha de tocar el ser coronista27 desta peregrina historia!28 Ruégote
que no te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis caminos y
carreras29.
Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
—¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!