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Fogalera Cuarta.

Don Quijote, al escuchar voces en el bosque, encuentra a un labrador castigando a un muchacho por descuidar su trabajo. Interviene para liberar al joven, exigiendo que el labrador le pague lo que le debe, a pesar de la resistencia del labrador que intenta justificar su comportamiento. La escena refleja la locura de Don Quijote y su deseo de actuar como un caballero en defensa de los oprimidos.

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Fogalera Cuarta.

Don Quijote, al escuchar voces en el bosque, encuentra a un labrador castigando a un muchacho por descuidar su trabajo. Interviene para liberar al joven, exigiendo que el labrador le pague lo que le debe, a pesar de la resistencia del labrador que intenta justificar su comportamiento. La escena refleja la locura de Don Quijote y su deseo de actuar como un caballero en defensa de los oprimidos.

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mis buenos deseos.

Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa


que ha menester mi favor y ayuda.

Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces
salían10, y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una
encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de
edad de quince años11, que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le
estaba dando con una pretina12 muchos azotes un labrador de buen talle13, y cada
azote le acompañaba con una reprehensión y consejo. Porque decía:

Y el muchacho respondía:

—No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y
yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato15.

Y viendo don Quijote lo qcon que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba
ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta
afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la
administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto17,
que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de
caballerías en queIV leer18, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber
dellos; y, de todos, ningunos le parecían tan bienV como los que compuso el famoso
Feliciano de Silva19, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones
suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y
cartas de desafíos20, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la
sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón
me quejo de la vuestra fermosura»21. Y también cuando leía: «Los altos cielos que
de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican y os hacen
merecedora del merecimiento que merece la vuestra desvelábase por entenderlas y
que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para solo
ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se
imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el
rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales23. Pero, con todo, alababa en
su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y
muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra como
allí se promete24; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello25, si otros
mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia
con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Cigüenza—26 sobre cuál
había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula27; mas maese
Nicolás, barbero del mesmo pueblo28, decía que ninguno llegaba al Caballero del
Febo, y que si alguno se le podía comparar era don Galaor, hermano de Amadís de
Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo, que no era caballero
melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en
zaga29.
, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su
rostro19, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:

—Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve
de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan
descuidado, que cada día me falta una; y porque castigo su descuido, o bellaquería,
dice que lo hago de miserable20, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y
en mi ánima que miente21.

—¿«Miente» delanteIV de mí, ruin villano22? —dijo don Quijote—. Por el sol que nos
alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. PagadleV luego sin
más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este
punto. Desatadlo luego.
El labrador bajó la cabeza23 y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual
preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete
reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tresVI
reales24, y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir
por ello. Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento
que había hecho25 —y aún no había jurado nada—, que no eran tantos, porque se le
habían de descontar y recebir en cuenta26 tres pares de zapatos que le había dado,
y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo

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