Comer, amar, mamar Carlos González
«Una de las ventajas de ser pediatra es el privilegio de co-
nocer a cientos, miles de padres. Sobre todo madres. Per-
sonas que hace apenas unos meses eran tal vez inmaduras,
egoístas o despreocupadas, aparentemente incapaces de
desenvolverse en este mundo y a las que difícilmente ha-
brías confiado el cuidado de un helecho, de pronto, sólo
por dar a luz, da un paso al frente y asumen la agotadora
responsabilidad de atender todas las necesidades de un re-
cién nacido. Le protegen, alimentan, cuidan y educan sin
vacilar. Bueno, con vacilaciones, muertos de miedo al prin-
cipio, llenos de dudas, pero sin retroceder, sin salir huyen-
do, casi sin llorar, y con notable eficacia…»
Defensor de la crianza natural en el cuidado de los niños,
Carlos González recopila en Comer, amar, mamar sus tres
obras, revisadas y actualizadas (Bésame mucho, Un regalo
para toda la vida y Mi niño no me come).
Todas juntas se convierten en la referencia de aquellos que
quieren vivir la mater nidad y la pater nidad con pasión y dis-
frutar de un periodo vital que nunca volverá.
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Comer, amar, mamar Carlos González
Prólogo a esta edición
Para ser buenos padres, no hace falta leer ningún libro.
Parece una for ma un poco rara de presentar un libro pa-
ra padres. Pero es la verdad.
Es fácil oír voces que claman lo contrario. Que para ser
padres habría que tener un título, que el simple hecho de
dar a luz no te capacita para criar a un hijo… Pero resulta
que sí, que en la vida real, el simple hecho de tener un hijo
te convierte en madre o padre, como ha ocurrido durante
millones de años.
Una de las ventajas de ser pediatra es el privilegio de
conocer a cientos, miles de padres. Sobre todo madres.
Personas que hace apenas unos meses eran tal vez inmadu-
ras, egoístas o despreocupadas, aparentemente incapaces
de desenvolverse en este mundo y a las que difícilmente
habrías confiado el cuidado de un helecho, de pronto, sólo
por dar a luz, dan un paso al frente y asumen la agotadora
responsabilidad de atender todas las necesidades de un re-
cién nacido. Le protegen, alimentan, cuidan y educan sin
vacilar. Bueno, con vacilaciones, muertos de miedo al prin-
cipio, llenos de dudas, pero sin retroceder, sin salir huyen-
do, casi sin llorar, y con notable eficacia.
Criar a un hijo es agotador, sin duda. Pero también di-
vertido, satisfactorio, trascendente. Para la mayoría de no-
sotros, lo más divertido, satisfactorio y trascendente que
haremos en la vida.
Divertido, porque el mundo parece nuevo a través de
sus ojos asombrados, y los actos más sencillos, tras sus pa-
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Comer, amar, mamar Carlos González
cientes repeticiones y su sonrisa de triunfo, recuperan toda
la importancia.
Satisfactorio, porque una persona ha depositado en no-
sotros una confianza ciega, y sentimos que no le hemos fa-
llado.
Trascendente, porque cuando el recuerdo de todo lo
que fuimos e hicimos se desvanezca, los nietos de nuestros
nietos aún poblarán la tierra; y, aunque no conozcan nues-
tros nombres, seguirán llevando algo de nosotros.
También hay, por supuesto, momentos de duda, incluso
de angustia. Como pediatra, he podido ver que muchas ve-
ces esas preocupaciones son infundadas. El niño está bien,
los padres están bien, no pasa nada…, pero no se han
cumplido las nor mas de los expertos. El bebé no ha dor mi-
do las horas que «tiene» que dor mir, o no ha engordado los
gramos que «debe» engordar, o ha pedido el pecho cuan-
do «no le toca», o no se ha comido la cantidad de verdura
que «le corresponde», o está adquiriendo una «mala cos-
tumbre».
Por eso escribí mis libros. Para ofrecer a esos padres
preocupados otro punto de vista, para ayudarles a liberarse
de nor mas y prejuicios, a hacer sin miedo lo que su corazón
y su hijo les piden.
Mis editoras están convencidas de que es buena idea
publicar los tres libros en un solo volumen. Sin duda, que-
dará un pisapapeles considerable, un ladrillo sobre el que
sentar a los niños pequeños para que alcancen la mesa. Pa-
rece que saldrá más barato que comprar los tres por sepa-
rado, lo que siempre es una ventaja en tiempos de crisis.
He aprovechado para revisarlos y actualizarlos. Sobre
todo, he suavizado las recomendaciones sobre alimenta-
ción: hay menos nor mas, y son menos importantes. No sé si
será la edad, pero cada vez tengo más la sensación de que
los niños pequeños pueden comer lo que les venga en ga-
na. Igual que los adultos.
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Comer, amar, mamar Carlos González
Espero que mis libros le sean útiles. Pero, en caso de
conflicto, no dude ni un momento: su hijo es más importan-
te que el libro.
CARLOS GONZÁLEZ
Hospitalet de Llobregat, septiembre de 2009
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Comer, amar, mamar Carlos González
A Joana, Daniel, Sara y Marina, que me enseñaron
a ser padre
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Comer, amar, mamar Carlos González
Agradecimientos
El autor da las gracias a Alicia Bair-Fassardi, Elena Garrido,
Joana Guerrero, Rosa Jovè, Lourdes Martínez, Maribel Ma-
tilla, Pilar Serrano, Mónica Tesone, Eulalia Torras, Patricia
Trautmann-Villalba y Silvia Wajnbuch por sus valiosos co-
mentarios al manuscrito.
Los testimonios de madres citados en este libro provie-
nen de cartas enviadas al autor, la mayoría a través de la re-
vista Ser Padres, y de foros públicos en Inter net. Se han
cambiado los nombres para proteger la intimidad de los
protagonistas.
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Comer, amar, mamar Carlos González
capítulo
uno El niño bueno y el niño malo
Hemos tomado prestado este título de un cuento de Mark
Twain no para hablar, como él, de dos niños concretos, sino
de todos y cada uno de los niños, del Niño en general.
¿Son los niños buenos o malos? Pues de todo habrá, pen-
sará el lector. Cada niño es distinto, y probablemente la
mayoría, lo mismo que los adultos, serán nor males tirando
a buenos.
Sin embargo, y dejando aparte los méritos propios de
cada niño, mucha gente (padres, psicólogos, maestros, pe-
diatras y público en general) tiene una opinión predeter mi-
nada y general sobre la bondad o maldad de los niños. Son
«angelitos» o «pequeños tiranos»; lloran porque sufren o
porque nos toman el pelo; son criaturas inocentes o «saben
latín»; nos necesitan o nos manipulan.
De esta concepción previa depende que veamos a
nuestros propios hijos como amigos o enemigos. Para
unos, el niño es tierno, frágil, desvalido, cariñoso, inocente,
y necesita nuestra atención y nuestros cuidados para con-
vertirse en un adulto encantador. Para otros, el niño es ego-
ísta, malvado, hostil, cruel, calculador, manipulador, y sólo
si doblegamos desde el principio su voluntad y le impone-
mos una rígida disciplina podremos apartarlo del vicio y
convertirlo en un hombre de provecho.
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Comer, amar, mamar Carlos González
Estas dos visiones antagónicas de la infancia impregnan
nuestra cultura desde hace siglos. Aparecen en los consejos
de parientes y vecinos, y también en las obras de pediatras,
educadores y filósofos. Los padres jóvenes e inexpertos,
público habitual de los libros de puericultura (con el segun-
do hijo sueles tener menos fe en los expertos y menos
tiempo para leer), pueden encontrar obras de las dos ten-
dencias: libros sobre cómo tratar a los niños con cariño o
sobre cómo aplastarlos. Los últimos, por desgracia, son
mucho más abundantes, y por eso me he decidido a escri-
bir éste, un libro en defensa de los niños.
La orientación de un libro, o de un profesional, raramen-
te es explícita. En la solapa del libro tendría que decir clara-
mente: «Este libro parte de la base de que los niños necesi-
tan nuestra atención», o bien: «En este libro asumimos que
los niños nos toman el pelo a la más mínima oportunidad».
Lo mismo deberían explicar los pediatras y psicólogos en la
primera visita. Así, la gente sería consciente de las distintas
orientaciones, y podría comparar y elegir el libro o el profe-
sional que mejor se adapta a sus propias creencias. Consul-
tar a un pediatra sin saber si es partidario del cariño o de la
disciplina es tan absurdo como consultar a un sacerdote sin
saber si es católico o budista, o leer un libro de economía
sin saber si el autor es capitalista o comunista.
Porque de creencias se trata, y no de ciencia. Aunque a
lo largo de este libro intentaré dar argumentos a favor de
mis opiniones, hay que reconocer que, en último tér mino,
las ideas sobre el cuidado de los hijos, como las ideas polí-
ticas o religiosas, dependen de una convicción personal
más que de un argumento racional.
En la práctica, muchos expertos, profesionales y padres
ni siquiera son conscientes de que existen estas dos ten-
dencias, y no se han parado a pensar cuál es la suya. Los
padres leen libros con orientaciones totalmente diferentes,
incluso incompatibles, se los creen todos e intentan llevar-
los a la práctica simultáneamente. Muchos autores les aho-
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Comer, amar, mamar Carlos González
rran el trabajo, pues ya escriben directamente híbridos
contra natura. Son los que te dicen que tomar al niño en
brazos es buenísimo, pero que nunca lo cojas cuando llora
porque se acostumbra; que la leche mater na es el más ma-
ravilloso alimento, pero que a partir de los seis meses ya no
alimenta; que los malos tratos a los niños constituyen un
gravísimo problema y un atentado a los derechos humanos,
pero que un cachete a tiempo hace maravillas… Vamos, «li-
bertad dentro de un orden».
Veamos un ejemplo clásico, en la obra del pedagogo
Pedro de Alcántara García, que en 1909 citaba al filósofo
[1]
Kant :
Tan perjudicial puede ser la represión constante y exagera-
da, como la complacencia continua y extremosa. Kant nos
ha dejado dicho a este respecto: «No debe quebrantarse la
voluntad de los niños, sino dirigirla de tal modo que sepa
ceder a los obstáculos naturales —los padres se equivocan
ordinariamente rehusando a sus hijos todo lo que les pi-
den. Es absurdo negarles sin razón lo que esperan de la
bondad de sus padres—. Mas, de otra parte, se perjudica a
los niños haciendo cuanto quieren; sin duda que de este
modo se impide que manifiesten su mal humor, pero tam-
bién se hacen más exigentes». La voluntad se educa, pues,
ejercitándola y restringiéndola, por el ejercicio y la repre-
sión, positiva y negativamente.
En conjunto, estos párrafos parecen bastante razona-
bles, y bastante favorables al niño (aunque la palabra «re-
presión» hoy en día chirría un poco, ¿verdad? Seguimos re-
primiendo a los niños, pero preferimos decir que los for ma-
mos, encauzamos o educamos). Todo depende de qué se
considere una «complacencia extremosa». No hay que ne-
garles cosas sin razón, pero si un niño se va a tirar por la
ventana, desde luego que no se lo hemos de per mitir. To-
dos de acuerdo.
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Comer, amar, mamar Carlos González
Pero ¿por qué precisamente al hablar de los niños hay
que acordarse de esas limitaciones? Tampoco per mitiría-
mos que se tirase por la ventana un adulto, ya sea nuestro
padre o nuestro her mano, nuestra esposa o nuestro mari-
do, nuestra jefa o nuestra empleada. Pero eso es tan lógico
que, al hablar de personas adultas, no creemos necesario
hacer la aclaración. Substituya en los párrafos anteriores al
hijo por la esposa: «En la vida conyugal, tan perjudicial
puede ser la represión constante y exagerada, como la
complacencia continua y extremosa. Se perjudica a las mu-
jeres haciendo cuanto quieren; sin duda que de este modo
se impide que manifiesten su mal humor, pero también se
hacen más exigentes». En dos frases las ha llamado exigen-
tes y malhumoradas. ¿A que da rabia?
Durante siglos, la mujer ha estado «naturalmente» so-
metida al marido, y se escribían frases similares sin que na-
die se escandalizase. Hoy nadie se atrevería a hablar así de
las mujeres, pero todavía nos parece nor mal hacerlo de los
niños.
Pensará algún lector que estoy cogiendo las cosas muy
por los pelos, que tampoco es para tanto, que estoy sacan-
do de contexto las frases de Pedro de Alcántara y que él en
realidad era muy respetuoso con los niños. Pero es que
aquello no era más que el principio. Unas pocas páginas
más adelante leemos:
Para contener estos impulsos y evitar la for mación de se-
mejantes hábitos, precisa oponer resistencia a los deseos
de los niños, contrariar sus caprichos, no dejarles hacer to-
do lo que quieran ni estar con ellos tan solícitos como sue-
len estar muchos padres a sus menores indicaciones.
Aquí ya no estamos hablando de impedir que el niño
juegue con una pistola, pegue a otro niño o rompa un ja-
rrón. Estamos hablando de no dejarle hacer lo que quiere
«porque sí», por el puro placer de contrariarle, cuando aca-
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Comer, amar, mamar Carlos González
ba de decir que «es absurdo negarles sin razón lo que es-
peran». Parece que ni el autor ni sus lectores se daban
cuenta de que había una contradicción.
Mucha gente se siente atraída por estas posiciones in-
definidas, por el «sí, pero…» y por el «no, aunque…», pues
está muy extendida en nuestra sociedad la idea de que los
extremos son malos y en el medio está la virtud. Pero no es
así, al menos no en todos los casos. La virtud está, muchas
veces, en un extremo. Un par de ejemplos en los que quie-
ro creer que todos mis lectores coincidirán: la policía jamás
debe torturar a un detenido, el marido jamás debe golpear
a su esposa. ¿Le parece que estos «jamases» resultan de-
masiado extremistas, tal vez fanáticos? ¿Debería adoptar
una postura inter media, más conciliadora y comprensiva,
como torturar poquito y sólo a asesinos y terroristas, o pe-
gar a la esposa sólo cuando ha sido infiel? Rotundamente
no. Pues bien, del mismo modo, no estoy dispuesto a
aceptar que «un cachete a tiempo» sea otra cosa que ma-
los tratos, ni conozco ningún motivo por el que haya que
hacer caso a los niños de día pero no de noche.
El libro que tiene usted en sus manos no busca el «justo
medio», sino que toma claro partido. Este libro parte de la
base de que los niños son esencialmente buenos, de que
sus necesidades afectivas son importantes y de que los pa-
dres les debemos cariño, respeto y atención. Quienes no
estén de acuerdo con estas premisas, quienes prefieran
creer que su hijo es un «pequeño monstruo» y busquen tru-
cos para meterlo en vereda, encontrarán (por desgracia,
pienso yo) otros muchos libros más acordes con sus creen-
cias.
Este libro está a favor de los hijos, pero no debe pensar-
se por ello que está en contra de los padres, pues precisa-
mente sólo en la teoría del «niño malo» existe ese enfrenta-
miento. Quienes atacan al niño parecen creer que así de-
fienden a los padres («un horario rígido para que tú tengas
libertad, límites para que no te tome el pelo, disciplina para
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Comer, amar, mamar Carlos González
que te respete, dejarlo solo para que puedas tener tu pro-
pia intimidad…»); pero se equivocan, porque en realidad
padres e hijos están en el mismo bando. A la larga, los que
creen en la maldad de los niños acaban atacando también
a los padres: «No tenéis voluntad, lo estáis malcriando, no
seguís las nor mas, sois débiles…».
Pues la tendencia natural de los padres es la de creer
que sus hijos son buenos, y tratarlos con cariño. Una vez lle-
gué demasiado pronto a mi consulta y me entretuve char-
lando con el recepcionista. En la sala sólo había una madre,
con un bebé de pocos meses en un cochecito, esperando
para otro colega. El bebé se puso a llorar, y la madre inten-
tó calmarlo moviendo el cochecito adelante y atrás. Cada
vez los llantos eran más desesperados, y los paseos de la
madre más frenéticos. Cuando un niño llora con todas sus
fuerzas, los minutos parecen horas. «¿Qué hace? —pensé
—. ¿Por qué no lo saca del coche y lo toma en brazos?».
Esperé y esperé, pero la madre no hacía nada. Finalmente,
aunque nunca he sido amigo de dar consejos no solicita-
dos, me decidí a lanzar una indirecta lo más suave que pu-
de:
—¡Pero qué enfadado está este niño! Parece que quiere
brazos…
Y entonces, como movida por un resorte, la madre se
abalanzó a sacar del coche a su hijo (que se calmó al instan-
te) y explicó:
—Es que como dicen los pediatras que no es bueno co-
gerlos…
¡No se atrevía a tomar a su hijo en brazos porque había
un pediatra delante! Aquel día comprendí cuánto poder te-
nemos los médicos y cuántas presiones y temores deben
soportar cada día las madres.
Esa misma explicación, «le cogería en brazos, pero co-
mo dicen que se malacostumbran…», la he oído docenas
de veces en circunstancias menos dramáticas. Todas las
madres sienten el deseo de consolar a su hijo que llora, y
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Comer, amar, mamar Carlos González
sólo una fuerte presión y un completo «lavado de cerebro»
puede convencerlas de lo contrario. En cambio, nunca he
visto el caso opuesto: una madre que espontáneamente
prefiera dejar llorar a su hijo, pero lo tome en brazos por
obligación («le dejaría llorar, pero como dicen que eso les
provoca un trauma…»).
La puericultura elástica
Si hay un ángel que anota las penas de los hombres, así como sus
pecados, bien sabe cuántas y cuán profundas son las penas naci-
das de falsas ideas de las que nadie tiene la culpa.
GEORGE ELIOT, Silas Mar ner
Otro importante problema es que, a menudo, las palabras
de los libros y de los expertos son tan imprecisas que admi-
ten cualquier interpretación.
Una vez escuché durante más de media hora a un psicó-
logo que hablaba sobre la educación de los niños ante un
grupo de madres y padres. No entendí nada. En realidad,
sospecho que no dijo nada. Al final, todos le aplaudieron.
Consciente o inconscientemente, algunos expertos en edu-
cación parecen adoptar el método de los redactores de ho-
róscopos: decir generalidades vacías de contenido con las
que cualquiera puede identificarse. Si yo digo, por ejem-
plo, «los géminis son cariñosos y leales, aunque no les gus-
ta que les tomen el pelo», muchos de mis lectores géminis
pensarán que he descrito a la perfección su personalidad.
¿Y si hubiera dicho «los sagitario son cariñosos y leales…»?
Otro completo acierto. Claro, todo el mundo es (o cree ser)
más o menos así. Nadie reconoce ser arisco o traicionero,
nadie quiere que le tomen el pelo.
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Comer, amar, mamar Carlos González
Del mismo modo, ¿quién no estaría de acuerdo en que
«los padres deben encauzar las potencialidades de sus hi-
jos, pero sin limitar su creatividad»? Los padres de Marta y
de Enrique, dos niños de seis años, están de acuerdo. Mar-
ta sale de casa a las siete de la mañana y vuelve a las seis o
siete de la noche tras comer en el colegio y estudiar inglés,
infor mática y danza después de clase. La recoge una can-
guro que la cuida hasta que vuelven sus padres. Por su par-
te, el padre de Enrique ha dejado el trabajo para poder cui-
dar de su hijo. Enrique come en casa, y dos días por sema-
na estudia guitarra porque le gusta, no porque sea necesa-
rio pasar de algún modo las horas hasta que vuelven sus
padres.
Los dos padres están convencidos de que están hacien-
do exactamente lo que recomienda el experto: ellos hacen
lo posible por encauzar las potencialidades de sus hijos.
Sólo les preocupa un poco lo de «limitar la creatividad».
¿No la estarán limitando sin darse cuenta? El papá de Enri-
que decide que a partir de ahora no sólo jugará con su hijo
al fútbol, sino también al baloncesto (tal vez no sea bueno
centrarse en un solo deporte); el de Marta decide apuntarla
a piano dos días por semana, de siete a ocho de la tarde,
para completar su educación.
Y usted, ¿cree que Marta y Enrique están recibiendo la
misma educación?
Muchas veces, las frases son tan elásticas que se les
puede dar la vuelta como a un calcetín. Si le ha gustado
«los padres deben encauzar las potencialidades de sus hi-
jos, pero sin limitar su creatividad», ¿qué me dice de «los
padres deben per mitir que las potencialidades de sus hijos
fluyan libremente, pero poniendo límites a su desordenada
creatividad»? Al verlas juntas, se da usted cuenta de que
estas dos frases son exactamente opuestas; pero si hubiera
leído una en un libro y meses después la otra en otro libro,
probablemente no habría notado la diferencia.
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FIN DEL FRAGMENTO
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