Profmay
Profmay
Para guardarse contra el peligro de que falsos profetas asumieran la autoridad de los
mensajeros divinos, la ley autorizaba la pena de muerte. Los falsos profetas serían reconocidos por
la tentativa de introducir la idolatría (Dt. 13:1-11), o por hacer predicciones que no se cumplieran
(Dt. 18:20-22). A pesar de la severidad de la pena decretada, aparecieron frecuentemente
mensajeros no autorizados. Había presentes unos cuatrocientos para contradecir el consejo de
Micaías (1 R. 22:6) y Jeremías tuvo que enfrentarse con las predicciones populares de Hananías y
de Semaías, a quienes se les reconocía como patriotas, mientras que el profeta de Dios fue
decretado traidor. Sin embargo, es de notarse que Dios vindicó siempre a Sus profetas, haciendo
que se cumpliesen sus predicciones, y que juzgó a estos falsos profetas llevándolos a un fin
ignominioso (Jer. 28:15-17; 29:30-32).
Hemos visto en una lección anterior que Samuel fue el primero que estableció una escuela
para preparar profetas. Mientras él vivía había una ubicada en Ramá (1 S. 19:19-20). Después se
establecieron otras en Betel (2 R. 2:3), en Jericó (2 R. 2:5), en Gilgal (2 R. 4:38) y en otros lugares
(2 R. 6:1). En estas escuelas o institutos bíblicos, se reunían estudiantes consagrados y
prometedores, a quienes se les educó para la obra a que fueran destinados. Estas instituciones
tuvieron tal éxito que desde el tiempo de Samuel hasta Malaquías parece que nunca faltaba un
número adecuado de hombres para mantener la sucesión de los profetas oficiales. Parece que el
número de estudiantes variaba de año en año. A veces eran muy numerosos (1 R. 18:4; 2 R. 2:16).
Presidía un profeta anciano, o principal (1 S. 19:20), a quien llamaban padre (1 S. 10:12), o
maestro (2 R. 2:3). Las materias principales de estudio serían, sin duda, la ley y su interpretación.
Esta enseñanza oral, distinta de la simbólica o ceremonial, se traspasó tácitamente, de allí en
adelante, del orden sacerdotal al profético.
Se suscita la pregunta por qué hubo esta renuncia del ministerio de la enseñanza por parte de
los sacerdotes, quienes habían sido ordenados con ese fin bajo el régimen mosaico. Como el orden
profético dejó de existir en los tiempos neotestamentarios, es evidente que fue solamente un
recurso temporal, creado cuando los medios regulares de la instrucción nacional fracasaron. Se
recordará que la acción de Samuel al establecer la escuela de los profetas siguió poco después de la
corrupción del oficio sacerdotal por los pecados sacrílegos de los hijos de Elí (1 S. 3:13). El
avivamiento del ministerio de la enseñanza por el rey Josafat y el alistamiento de los sacerdotes
con este propósito, también indicarían que esta clase ordenada había dejado de cumplir su
cometido (2 Cr. 16:1-9). El ministerio de los profetas, entonces, no era tanto un sustituto cuanto un
servicio suplementario por una institución que había dejado de funcionar.
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Conviene notar que no todos los estudiantes que se matricularon en estas escuelas poseían el
don profético. Además, es el hecho que había profetas inspirados que no se graduaron en estas
instituciones. Amós, por ejemplo, fue una excepción notable. Aunque llamado a una misión
profética, no pertenecía al orden de los profetas, ni había sido educado en las escuelas de los
profetas.
Se ha señalado la distinción entre los profetas primitivos de aquella época que predicaban, y
los posteriores que predecían. Esto no quiere decir que el elemento de la predicación en las
Escrituras se limita a los libros proféticos. En casi todos los setenta y seis libros de la Biblia se
hallan pronosticaciones, pero no se hallan los escritos dedicados casi exclusivamente a la profecía
hasta llegar a la parte finales del Antiguo y del Nuevo Testamento. Ni todas las declaraciones de
estos profetas posteriores se refieren al futuro. El profeta era el vocero de Dios, enviado para dar
un mensaje divino, que podría tener o no parte de predicción. Pero el hecho de que los profetas
posteriores recibieron instrucciones para conservar sus mensajes por escrito (Jer. 36:2) es uno de
los argumentos más convincentes en apoyo de su alusión al futuro.
"La palabra profética más firme" (2 P. 1:19) que ha sido cumplida y se cumple ante
nuestros ojos, es una de las mejores evidencias de que la Biblia es la palabra de Dios. Ningún otro
libro se ha aventurado a revelar la historia por anticipado, y el hecho de que acontecimientos
pasados y presentes entre las naciones fueran escritos de antemano en la Biblia, es la mejor prueba
de que tuvo por autor una inteligencia omnisciente. La evidencia de la profecía es más convincente
y más duradera que la de los milagros. El propósito principal de un milagro es el convencimiento
de aquellos para quienes fue hecho. La profecía, por otra parte, aumenta en fuerza con el curso de
los años. El tiempo, que desgasta y destruye casi todo lo demás, sólo agrega énfasis al valor de la
profecía.
No sólo es la profecía cumplida una de las mejores evidencias de que la Biblia es la Palabra
de Dios, sino que estas predicciones altamente improbables de los profetas constituyen una de las
mejores pruebas de la inspiración verbal de sus asertos. Los profetas no tenían un conocimiento
pleno de las cosas de que hablaron y escribieron. Esto está escrito claramente. Daniel dice: "Y yo
oí, mas no entendí" (Dn. 12:8). Zacarías declara su ignorancia en un pasaje similar (Zac. 4:5).
Pedro, al escribir acerca de los profetas, nos proporciona esta información instructiva: "De la cual
salud los profetas que profetizaron de la gracia que había de venir a nosotros, han inquirido y
diligentemente buscado, escudriñando cuándo y en qué punto de tiempo significaba el Espíritu
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de Cristo que estaba en ellos, el cual preanunciaba las aflicciones que habían de venir a Cristo,
y las glorias después de ellas. A los cuales fue revelado que no para sí mismos, sino para
nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas de los que os han predicado el
evangelio por el Espíritu Santo enviado del Cielo".
Los hechos presentados en este pasaje notable son estos: por medio del profeta, el Espíritu
Santo pone de manifiesto la salvación que la crucifixión y coronación de Jesucristo traería a los
hombres, y después de anunciar sus predicciones sobre esta materia, las mentes de los profetas se
ocupaban en buscar el significado completo de las palabras que habían pronunciado.
Los libros de los profetas abarcan el mismo período histórico que los libros de Reyes y de
Crónicas, pero el punto de vista es diferente. En la narración de Reyes se ve el movimiento de la
nación con sólo vistazos fugaces de lo que hacía y decía Dios. El relato profético, de otro lado da
las palabras de Dios, y sólo de vez en cuando se introduce algo de la historia del pueblo. Mientras
que algunos de los anales de Israel se duplican, tan como en Is. 36-39, los libros proféticos también
incluyen datos suplementarios tal como en Jer. 40-44.
Los profetas no comenzaron a escribir sus profecías sino hasta el siglo noveno antes de
Cristo. Cuando fue evidente que tanto el reinado de Israel como el de Judá seguirían degenerando,
estas profecías se hicieron necesarias para recordar al remanente de los fieles un Mesías que venía
y un período futuro de restauración y bendición.
El estudiante de las profecías debe tener presente que los profetas hablaron a veces de
sucesos de su propio tiempo, mientras que en otras ocasiones sus mensajes trataban de eventos de
un futuro remoto. En sus predicciones se incluían cuando menos siete períodos de tiempo:
Debe notarse también que mientras los profetas hablaban del Mesías doliente, como en Is.
53, tuvieron también la visión del Mesías reinante, como en Is. 2. Hemos visto ya que los profetas
mismos se quedaron perplejos ante esta revelación de la dualidad en las experiencias de Cristo
(1 P. 1:8-12), misterio que tuvo su explicación sólo después de Su crucifixión y resurrección. No
fue revelado a los profetas que habrían dos advenimientos de Cristo, separados por un largo lapso
de tiempo. Para ellos Sus sufrimientos y Su reinado parecían ser coetáneos, y sólo la marcha del
tiempo reveló que Cristo debía primeramente redimir mediante el sufrimiento, y volver más tarde
para reinar en gloria.
Los profetas pueden agruparse de acuerdo con el campo de su profecía. Eso no quiere decir
que su ministerio se limita a ese campo particular, pues algunos de los profetas, como Isaías,
incluyeron en sus mensajes tanto a las naciones paganas como a la hebrea, pero parece que su
preocupación principal era el pueblo bajo el cual han sido agrupados:
ISAÍAS
DIVISIONES:
BOSQUEJO:
LECTURAS ESCOGIDAS: 1, 2, 6, 7, 9,11, 13, 24, 36, 37, 40, 45, 48, 52, 53, 55, 61,
63,
65, 66.
Isaías es el mayor de los profetas. Ningún otro habló tanto del Mesías, por cuyo motivo se
suele llamar a su libro, el Quinto Evangelio. Profetizó durante los reinados de Uzías, Jotam, Acaz,
Ezequías (1:1), siendo contemporáneo de Oseas, Nahum y Miqueas. No se sabe nada cierto acerca
de su familia, pero es posible que haya pertenecido a una de las tribus de allende el Jordán, y que
haya vivido en Jerusalén durante su ministerio público. Era estadista además de profeta,
encontrándosele repetidas veces tomando parte en los asuntos públicos. Llama a su esposa la
profetiza (8:3), y tuvo dos hijos cuyos nombres ilustran y dan fuerza a sus predicciones (7:3;
8:3-4).
Joven todavía, Isaías tuvo una visión maravillosa (6:1). La pureza y la santidad de Dios se le
presentaron en contraste violento con la falsedad y la pretendida justicia propia que le rodeaba
(6:5). Como Juan en la isla de Patmos (Ap. 1:17). Isaías fue anonadado por la vergüenza de su
propia pecaminosidad y la de la nación.
Isaías vivía en tiempos peligrosos que exigían un hombre de gran valor. El reino del norte
estaba saturado de idolatría y se acercaba a sus últimos días ya su destrucción final. Los
avivamientos religiosos bajo Ezequías y Josías, que resultaron de las labores de Isaías y Jeremías,
permitieron al reino del sur sobrevivir unos cientos treinta y tres años postergando así su suerte
similar.
Isaías era hombre de habilidad excepcional. No solo fue el mayor de los profetas literarios,
fue también poeta, estadista y orador a la vez. Era valiente, intrépido y absolutamente sincero. No
titubeaba en enfrentarse a un rey malvado y declararle la verdad más desagradable. Tampoco
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buscaba el aplauso popular, porque denunció sin reservas los pecados del pueblo. Ninguna clase
social escapó de sus denuncias. Reprendió a reyes, sacerdotes, al pueblo y aun a las mujeres por
sus iniquidades. Aunque austero e intransigente en ciertas ocasiones, manifestó ternura de corazón.
Proclamó juicio pero también consuelo, y distinguió claramente entre el amor de Dios hacia el
pecador y Su aborrecimiento al pecado.
El estilo literario de Isaías es elevado y retórico en extremo. Las metáforas son variadas y
expresivas, y como orador eximio, cambia con la mayor rapidez de una figura a otra. Su sarcasmo
es conspicuo. Por medio del ridículo mordaz y agudo trató de despertar al pueblo a reconocer lo
absurdo y necio de su idolatría, amén de la iniquidad de ella.
No se han conservado todos los escritos, pues se nos dice claramente que compuso todos los
anales del reino de Uzías (2 Cr. 26:22), como también los hechos más destacados del reinado más
digno y más notable de Ezequías (2 Cr. 32:32). Esto implicaría que sobrevivió al rey justo de Judá
y que cayó en las manos de su cruel y malvado sucesor, Manasés, bajo quien, según afirma la
tradición judía, Isaías sufrió martirio y una muerte horrible (He. 11:37). Si Isaías sobrevivió a
Ezequías vivió casi 90 años y ejerció su oficio de profeta durante por lo menos 60.
Las profecías de Isaías son eminentemente sublimes y magníficas, no sólo por su estilo y
expresión, sino por su objeto. Tienen la distinción importante de ser citadas más a menudo en el
Nuevo Testamento que cualquier otro libro del Antiguo con excepción de los Salmos. Se citan
partes de cuarenta y siete de sus sesenta y seis capítulos. Las acciones simbólicas que se
encuentran con tanta frecuencia en Jeremías y Ezequiel se encuentran raramente en Isaías, y lo
mismo puede decirse de las visiones, pues se encuentra sólo una de ellas (cap. 6). Por otra parte,
hace uso frecuente de señales para establecer la verdad de sus predicciones. Isaías se distingue de
entre los autores del Antiguo Testamento por la claridad de su delineación profética de la persona,
carácter y obra del Mesías. Se le ha llamado con verdad "el profeta evangélico", y la manera
directa en la cual habla de los sufrimientos y del reinado del Mesías ha hecho que sus profecías
sean de eminente servicio en establecer la convicción de que el Señor Jesús era Aquel de quien
hablaron los profetas.
El libro de Isaías es una Biblia en si mismo desde que contiene 66 capítulos de los cuales los
primero 39 tienen que ver principalmente con la vida y el espíritu de los juicios y amenazas del
Antiguo Testamento, mientras que los últimos 27 capítulos anticipan el espíritu de gracia y de
restauración del Nuevo Testamento.
La primera porción de las predicciones de Isaías trata de la alianza impía de Judá y Asiria.
Cuando Isaías comenzó a profetizar "en el año en que murió el rey Uzías", el reino del norte ya
era tributario de Asiria. Peca, su gobernador, ambicioso y sin escrúpulos, concibió el plan de
deshacerse del yugo asirio por la alianza con Rezin, rey de Damasco, para despojar luego a Judá, y
finalmente enfrentarse a Asiria. Tomó el primer paso e intentó el segundo. Peca y Rezin atacaron a
Jerusalén con el ejército combinado. Movido por el temor, Acaz rey de Judá hizo alianza con
Asiria. Isaías fue enviado para aquietar sus temores y para amonestarle en contra de las alianzas
extranjeras. A consejo de Acaz que pusiera toda su confianza sólo en el Señor, y predijo que Asiria
destruiría a Siria y a Israel y castigaría a Judá cap. 7-12). Pero aun en estos severos juicios el
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profeta habló de la misericordia de Dios y predijo la gloria futura del pueblo de Dios y el reinado
de su rey mesiánico (9:2-7).
La desobediencia de Acaz a los buenos consejos del profeta en cuanto a su alianza con
Asiria, hacen de que el profeta pronuncie una serie de profecías concernientes a la caída de
aquellas naciones hacia quienes Judá e Israel se habían vuelto en busca de ayuda en medio de su
situación desesperante. Estos incluyen a Babilonia (caps. 13-14), Filistea (14:28-32). Moab (caps.
15-16), Siria (cap. 17), Egipto y Etiopía (caps. 18-20), Edom y Arabia (cap. 21), y Tiro (cap. 23).
Casi involuntariamente nos hacemos la pregunta, ¿Por qué no se dieron directamente a los pueblos
mencionados las profecías gentiles, en lugar de ser escritas? y ¿por qué se preservaron cuando hace
ya mucho que cesaron de existir estas naciones? Estas palabras fueron registradas divinamente, no
sólo para que en estos últimos tiempos los hombres pudieran ver su cumplimiento y así confirmar
su fe, sino también para que fuese revelado el propósito de Dios de restaurar a los judíos a la
Palestina y de colocarlos de nuevo en justas relaciones con las naciones que morasen a su alrededor
(19:23-25).
La profecía acerca de la caída de Babilonia y de su rey contiene lenguaje sin igual en las
Escrituras, si no en toda literatura. La "Divina Comedia" de Dante y "Fausto" de Goethe se
acercan más a la riqueza de sus similitudes y metáforas, pero fueron inspiradas y aun copiadas de
ella. La fecha de esta profecía, que ha sido establecida definitivamente, fue cuando Babilonia
entraba en la época de su mayor apogeo, de manera que la predicción de su derrocamiento por los
medios (13:17) sería increíble a no ser que el profeta tuviera un mensaje sobrenatural.
Un interés especial rodea la descripción de Lucifer en el cap. 14, que algunos creen
corresponde al anticristo futuro. Otros relacionan este pasaje con Ezequiel 28, y hallan en ambos
un vistazo de tiempos prehistóricos cuando Satanás, el instigador del rey de Babilonia, encabezó
una rebelión de ángeles contra Dios.
Después de pronunciar el dolor inminente que aguardaba a los países que rodeaban a
Palestina el profeta pintó un cuadro de juicio en el cual están al parecer incluidas todas las naciones
(cap. 24). Luego de estos juicios sobre el mundo gentil, se ve a Judá redimida de su iniquidad,
librada de sus tribulaciones y restaurada a su tierra (caps. 25-27). Toda esta sección del libro
presenta, por lo tanto, en mayor escala todo lo que se ha afirmado antes.
Hay que llamar la atención al hecho de que, como en todas las demás profecías, después de
concluir su denuncia de los enemigos de Israel, el profeta eleva su discurso a una culminación
grandiosa en la predicción de las bendiciones y el triunfo final del pueblo de Dios. En este caso los
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discursos contra las naciones se agrupan (caps. 13-14). Asimismo, las promesas para Judá se hallan
al fin, como la culminación de un gran recital musical (24:21-27).
El siguiente grupo de capítulos (28-35) trata principalmente de la fútil alianza de Judá con
Egipto. Acaz no vivió para ver la caída de Samaria y la cautividad de Israel. Esto sucedió seis años
después de su muerte (2 R. 18:10). En cumplimiento de la profecía, Asiria demandó tributo a Judá.
El rey Ezequías mansamente lo pagó, y arrancó el oro de las puertas del Templo para cumplir con
su cuota. Al mismo tiempo negoció una alianza de protección con el rey de Egipto, alianza que
Isaías tituló "Concierto con la muerte" (cap. 28), "una pesadilla de embriaguez" (cap. 29), "de
vergüenza" (cap. 30), "una lucha inútil contra Dios" (cap. 31), "y fatal a Jerusalén" (cap. 32). La
ayuda de Egipto en esta oportunidad como en tantas otras fue ineficaz, como lo demuestras otras
escrituras. Todas las circunstancias son típicas del fin del siglo cuando Jerusalén se verá sitiada por
sus enemigos, las naciones gentiles, y se volverá en vano al mundo en busca de ayuda. En estos
pasajes como en los que los preceden, se pintan las bendiciones mileniales, se ve a los fieles
morando en seguridad, y al rey reinando en toda su hermosura.
La sección histórica de Isaías, la cual se halla entre las profecías de juicio y las de
consolación, es casi una repetición de los capítulos de 2 Reyes (Is. 36-39; 2 R. 18-20). El propósito
de esta duplicación era el de recordar al pueblo de Dios que cuando se arrepentían de sus pecados y
se volvían a El de todo corazón, El intervendría para su protección y conservación, pero también
que sería finalmente Babilonia y no Asiria la que conquistaría a Judá.
Tan pronto como los asirios fueron desterrados para siempre de la tierra de Judá, la
enfermedad de Ezequías le puso en contacto con los futuros conquistadores de Jerusalén (cap. 39).
Al mostrar a los mensajeros de Babilonia sus tesoros Ezequías cometió un error fatal. Los
codiciosos emisarios de este futuro poderoso reino del norte, no habían de olvidar las riquezas de
Jerusalén ni los ricos adornos del Templo y en cumplimiento de la profecía de Isaías (39:6-7), los
ejércitos caldeos retornaron más tarde y llevaron a Babilonia todos esos tesoros, y con ellos a las
familias más prominentes de la ciudad.
La nota característica de la primera parte del libro de Isaías es el juicio; la nota dominante
de la segunda parte es el consuelo. El profeta supo, al mismo tiempo de recibir su comisión
(6:9-10) que el pueblo no escucharía su llamado al arrepentimiento, y que una sucesión de juicios
caería sobre ellos "hasta que las ciudades estén asoladas y sin morador, ni hombre en las casas,
y la tierra sea tornada en desierto". Pero paralelo a sus proclamaciones de juicio sobre la mayoría
del pueblo, habló palabras de consolación y de aliento a las reliquias fieles, siendo las más
consoladoras e inspiradoras aquellas que conciernen al rey mesiánico.
A diferencia de la primera porción, la segunda división del libro es un discurso profético
continuo, tratando primeramente, de la liberación de la cautividad babilónica; segundo, de la
revelación del Mesías; y tercero, de la gloria del Reino Milenial.
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Puede decirse que el tema central de todo el libro es, las liberaciones de Judá por Dios, pues
como hemos visto, el profeta habla primero de su salvación de mano de Siria y de Israel en los días
de Acaz (cap. 7), y de su rescate de manos del más formidable poder de Asiria, insinuado a Acaz
(cap. 8), y más plenamente declarado a Ezequías (cap. 37). Pero la más grande liberación de todas
era el poder de Babilonia al cual el último capítulo de la primera división de Isaías (39) anuncia
como el conquistador final de Jerusalén. Esta liberación de manos de Babilonia está proféticamente
detallada en la primera porción de la segunda división del libro (caps. 40-48).
Luego de este desafío, el profeta presenta sus credenciales como embajador divino
revelando una de las más notables predicciones de la Biblia. Dios había de librar a Judá de la
cautividad y del destierro por mano de un gran rey persa que se levantaría en el norte para ser
conquistador de Babilonia (41:25). El nombre de este gran conquistador, Ciro, fue proclamado
ciento cincuenta años antes de que naciera, y el profeta vio vívidamente el cuadro de la conquista
(44:28; 45:1-4), como si se desarrollara ante sus ojos. Ciro había de ser el instrumento de Dios para
la liberación de Judá, así como Nabucodonosor era el instrumento que les traería el juicio predicho
(Jer. 25:9). La caída de Babilonia pondría fin al destierro, porque Ciro les daría la libertad y les
permitiría volver a su propio país. Isaías les aseguró que no debían temer ningún mal, pues nada
podría impedir su liberación.
Ciro es tipo de Cristo, porque concerniente a él está escrito: será el "ungido", "mi pastor",
aquel "cuya derecha sostiene el Señor", "el que cumplirá todo lo que yo quiero". Es un tipo de un
mayor Ungido, del Redentor de Israel, a cuya venida habrá una más grande y permanente
restauración de Judá. Así, en medio de la desolación del reino de Israel y de los terribles juicios
predichos para Judá, las visiones brillantes del futuro glorioso presentadas por este profeta deben
de haber alegrado y consolado a muchos corazones entristecidos.
El anuncio de Ciro como el libertador de Judá preparó el camino para que Isaías pudiera
presentar el incomparable cuadro del futuro Redentor de Israel, de Judá y asimismo de los gentiles
(caps. 49-59). Sin embargo, sería un error pensar que este era su primer anuncio del Mesías. Desde
el principio de las palabras del profeta, casi no hay predicción del juicio que no encierra también
alguna predicción mesiánica, y la figura majestuosa del Rey se agiganta ante nuestros ojos en los
capítulos subsiguientes, hasta que en la segunda división del libro El ocupa el centro del escenario,
como el Siervo sufrido de Jehová y el glorioso Rey de Judá.
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Se dio la primera promesa mesiánica (2:2-4), cuando tanto se había profetizado acerca de la
catástrofe inminente que la antigua promesa de un Redentor estaba casi olvidada. De allí la
predicción subsecuente y más específica del nacimiento virgen (7:14). Una profecía posterior aun a
esta (9:2-7) anuncia la aparición de una luz brillante en medio de la obscuridad, y enumera los
cuatro grandes títulos como también las cualidades sobrenaturales de Aquel quien se sentará en el
trono de David. ¡Qué contraste maravilloso con el rey débil y vacilante que entonces ocupaba el
trono! En lugar de las condiciones apóstatas que prevalecían bajo Acaz, el rey ideal bendeciría al
mundo con justicia y con verdad (11:9). Y en los días de Ezequías, cuando las naciones se juntaron
alrededor de Jerusalén, el profeta anunció nuevamente que el Mesías era la única esperanza para un
reino estable y permanente (28:16).
En el cap. 50:6 se nos dice por primera vez como sería tratado por los hombres el Siervo
obediente, pero hallamos la culminación de la tragedia en las palabras "Como oveja fue llevado al
matadero" (53:7). Como cordero sufría con paciencia. No hizo violencia ni hubo engaño en su
boca. Sufría y moría por otros (Jn. 11:50-51). Era el Padre quien le hería, le azotaba y le sujetaba a
padecimiento. No hay en toda la Biblia mejor exposición del evangelio en miniatura (Jn. 3:16) que
el cap. 53 de Isaías. Pero esta profecía no termina con el Mesías en la cruz; contempla su tumba y
le ve resucitado, exaltado, intercediendo y justificando a muchos.
Después de esta gran visión, no se menciona más al Siervo del Señor ni tampoco Sus
sufrimientos. De aquí en adelante y hasta el final del libro, contemplamos más y más ampliamente
Su glorificación. Quizás el pasaje más notable es aquel que habla de Su ministerio (61:1-2).
"El espíritu de Jehová es sobre mi, porque me ungió Jehová; hame enviado a predicar
buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los
cautivos, y a los presos abertura de la cárcel; a promulgar año de buena voluntad, y día de
venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados".
Cuando nuestro Señor entró a la sinagoga de Nazaret y le pidieron que leyera el libro de
Isaías, El eligió este pasaje y luego exclamó "hoy es cumplida esta escritura en vuestros oídos",
pero es interesante notar que cerró el libro sin terminar este párrafo profético (Lc. 4:20). No leyó el
resto del pasaje porque no debía cumplirse hasta que El venga por segunda vez, hasta que venga en
poder y en gloria. Entonces vendrá:
"A proclamar... el día de venganza del Dios nuestro, a consolar a todos los enlutados,
para darles gloria en lugar de ceniza, óleo del gozo en lugar del luto, manto de alegría en lugar
del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová para gloria
suya".
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El día de venganza, lo inicia la venida del Vengador (Cristo), a favor de Su pueblo, contra
los gentiles que los oprimen (63:1-6). Luego sigue la oración intercesora de Israel penitente en
aquel día. Compárese esta oración con la de Nehemías (Neh. 1) y con la de Daniel (Dn. 9). En los
capítulos finales (65-66) se encuentra la respuesta a la oración de Israel, y en ninguna parte,
exceptuando el Apocalipsis, tenemos un cuadro más completo de la paz y la felicidad del milenio.
La gloria de Israel descrita en estos capítulos representa a aquella Sion ensanchada que se
extenderá por toda la tierra.
JEREMÍAS
DIVISIONES:
BOSQUEJO:
LECTURAS ESCOGIDAS: 1-3, 8, 13, 15-16, 18, 20, 22-23, 27-28, 20, 32, 36-38, 41-44,
51-52.
Los libros de Moisés ocupan el 18 por ciento del total de la Biblia, pero después de este
eminente legista, ningún escritor ha contribuido más al Antiguo Testamento que Jeremías. El libro
de Jeremías ocupa la vigésima parte de todas las Escrituras y, con excepción de los Salmos, es el
libro más largo de los 66 libros de la Biblia. Es una rara combinación de historia, biografía y
profecía, y nos proporciona no sólo la historia personal del profeta, sino también sus mensajes de
advertencia contra el juicio inminente, más allá de los cuales veía la venida del "Pimpollo de
Justicia" y la gloria de Su reinado.
A diferencia de Isaías, el profeta nos dice mucho acerca de sus propias experiencias. En
realidad, ningún otro personaje del Antiguo Testamento revela más su vida personal, y en este
sentido puede ser comparado con el apóstol Pablo en el Nuevo Testamento. Mientras Isaías
anunció sus profecías durante un tiempo de apostasía y vivió para ver que algunas de sus
advertencias fueron escuchadas en el avivamiento religioso que se realizó bajo Ezequías, los
ruegos de Jeremías, 66 años más tarde, no hallaron respuesta.
Las primeras predicciones de Jeremías ocurrieron durante el reinado justo de Josías, pero
después de la muerte trágica del último rey pío de Judá, el lamento doloroso de Jeremías
(2 Cr. 35:25) parece anunciar los malos días que había de experimentar durante los inicuos
reinados sucesivos de Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías (1:2-3), un período de más de 40 años.
Este período corresponde a los cuarenta años de testimonio de los apóstoles que precedieron a la
destrucción de Jerusalén por los romanos.
Aun antes de su nacimiento, Jeremías fue predestinado por el Señor (1:5) para ser el profeta
de los últimos días de Jerusalén, y joven aún (1:6) se le asignó la ardua tarea "para arrancar y
para destruir, y para arruinar y para derribar, y para edificar y para plantar" (1:10). Debía
proclamar la caída de Jerusalén y la cautividad babilónica antes de que pudiese anunciar el retorno
de los desterrados y la reconstrucción de la ciudad. Habló de ambas cosas, pero los tiempos exigían
primero la predicación clara sobre la destrucción de la capital de Judá, mensaje que le costó una
vida entera de sufrimiento y de dolor.
Pocos hombres de Dios han tenido experiencias más amargas que este profeta de tantos
dolores. A causa de las inestables condiciones políticas durante el tiempo en que profetizó, se le
ordenó divinamente que no contrajera matrimonio (16:2). También se le prohibió entrar en la casa
del placer y del convite (16:8), siendo su diaria porción "afrenta y escarnio" (20:8). Fue
traicionado por su propia parentela, y los vecinos de su pueblo natal amenazaron matarle si seguía
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anunciando predicciones tan desagradables (11:21). Tan dispuestos contra él parecían estar todos,
que se llamó a si mismo "hombre de discordia en toda la tierra" (15:10), y como Job, maldijo el
día de su nacimiento (20:14).
Cuando Jeremías predijo el triunfo de las armas caldeas, y aconsejó la sumisión a los
babilonios, declarando a Nabucodonosor como siervo del Señor (25:9), se le proclamó traidor, y
aunque los judíos demandaron su muerte (26:8), fue salvado providencialmente. Más tarde
apareció en las calles de Jerusalén con un yugo sobre el cuello (27:2) para simbolizar la esclavitud
caldea. Un falso profeta destruyó el yugo de Jeremías, prediciendo al mismo tiempo que los judíos
exilados en Babilonia volverían dentro de dos años (28:3).
Jeremías tenía fama de pesimista. Parecía que sus predicciones eran siempre contrarias a los
deseos de los hombres. Cuando los falsos profetas proclamaban paz, él anunciaba la guerra.
Cuando aquellos predecían prosperidad, él anunciaba el cautiverio. Nunca fue popular, puesto que
su mensaje a Judá predecía su rechazo por Dios y el traspaso del poder temporal a manos de los
gentiles. Este debía ser el principio de lo que se conoce con el nombre de "los tiempos de los
gentiles", durante los cuales Israel sería esparcido entre las naciones, sin rey y sin templo. Era
natural que los reyes, los príncipes, los sacerdotes y el pueblo se opusieran a semejante profecía; y
por otro lado, habían muchos profetas falsos, listos a predecir lo que le agradaba al pueblo. A estos
falsos profetas se les reconocía como patriotas, y a Jeremías como traidor, todo lo cual contribuía
para que fuese el más desgraciado de los profetas.
Jeremías también era conocido por sus lágrimas. Esa explosión en sus Lamentaciones "Por
esta causa yo lloro; mis ojos fluyen aguas" (1:16), nos habla de su corazón tierno y de su carácter
retraído. Pero a pesar de este despliegue de emociones, el profeta era hombre de gran valentía, pues
nunca dejó de declarar todos los consejos de Dios, por desagradables y mal acogidos que fueran.
Jeremías era muy humano, y debemos recordar también que sus lágrimas no eran para sí, sino para
otros. Jamás titubeó ante la persecución. Cuando los sacerdotes, los profetas y el populacho
conspiraban para matarle, esta alma sensible que derramó un "mundo de lágrimas" por su nación
moribunda, no tuvo ni una lágrima para sí. En este respecto fue un tipo de Cristo. Así como
EDISUB PROFETAS MAYORES 15
Jeremías lloró ante el cuerpo de Josías, Cristo lloró en la tumba de Lázaro. Al llorar el profeta por
Jerusalén, no hizo sino tipificar al Profeta mayor, quien derramó sus lágrimas al acercarse por
última vez a la ciudad (Lc. 19:4). Como Cristo, Jeremías no fue "sin honra salvo en su propio
país", y fue realmente un "varón de dolores, experimentado en quebranto".
Las profecías de este libro no están dispuestas según el orden cronológico en que fueron
dadas. Forman generalmente dos grupos: las que se relacionan con Judá, y las que se dirigen contra
naciones hostiles. Las predicciones concernientes a Judá se agrupan de acuerdo con el rey reinante.
Se cree que los discursos de esta sección fueron pronunciados antes del descubrimiento del
libro de la ley (2 R. 22:3-13), lo cual explica su tono moderado en comparación con los discursos
ulteriores. El cap. 1 nos relata la llamada de Jeremías en la aldea de Anatot, y el cap. 11 describe
las persecuciones que sufrió de parte de sus conciudadanos, las cuales le llevaron a iniciar su largo
ministerio en Jerusalén, preparando su ayuda en la reforma bajo Josías.
Aquí tenemos la profecía en símbolos (caps. 13, 18-19), los cuales están representados ante
el pueblo por el profeta, tal como se le ordenó que hiciera. El cinto de lino es el tipo de Judá (13),
cuya soberbia se tornaría podrida al sentarse junto a los ríos de Babilonia y llorar. Los odres llenos
de vino, rotos al estrellarse uno contra el otro (cap. 13), fueron símbolo de Judá intoxicada de
pecado y de su destrucción. El barro del alfarero (cap. 18) representaba a Judá con quien Dios haría
su voluntad; y el vaso de barro quebrado (cap. 19), era la señal a cuya semejanza el pueblo y la
ciudad serían quebrantados. El resultado de estas declaraciones fue que Jeremías fue azotado
cruelmente y puesto en el cepo por Pasur, sacerdote cuya triste suerte Jeremías profetizara de
inmediato (20:1-6).
La ocasión de estos capítulos fue la pregunta del rey acerca del resultado del sitio de
Jerusalén, comenzado ya por Nabucodonosor. El cap. 22 es de notable interés porque pone de
manifiesto la triste suerte de los últimos reyes de Judá. El buen rey Josías, que pereció en la batalla,
no debía, ser llorado (v. 10), sino su hijo Joacaz o Salum, quien había sido llevado a Egipto
(2 R. 23:24). No debían lamentarse por Joacim, ya muerto, pues era indigno de ello (vs. 13-19).
Conías (Jeconías o Joaquín), su hijo, ya había sido llevado cautivo, y debía quedar en prisión
perpetua en Babilonia. La predicción de que este infortunado rey moriría sin simiente (22:30
V.M.), era importante por tener una relación significativa con la genealogía de Cristo (Mt. 1;
Lc. 3). Se nos dice aquí que mientras que la familia de David se había perpetuado sin interrupción
desde el tiempo de Salomón, ningún heredero de Conías podía ocupar el trono. ¿Cómo puede
entonces Cristo el hijo de David afirmar Sus derechos reales al trono? Por su madre María, quien
descendía directamente de Natán, el hijo de David.
Estos capítulos son cronológicamente anteriores al grupo precedente, y son importantes por
el hecho de fijar la atención en las exhortaciones constantes de Jeremías, "madrugando y dando
aviso" desde el "año trece de Josías... hasta este día que son veintitrés años" (25:3), y por el
anuncio específico de que no sólo Judá sino las naciones circundantes caerían bajo el yugo de
Nabucodonosor, quien acaba de ascender al trono de Babilonia (25:9-11). Es digno de notar que el
período exacto del destierro (70 años) aquí predicho, fue recordado más tarde por Daniel y le
indujo a pronunciar su gran oración intercesora por el regreso de los cautivos (Dn. 9:2).
Jeremías aconseja la sumisión al yugo babilónico (cap. 27), y profetiza el triste fin del falso
profeta Hananías, quien predijo una temprana liberación (cap. 28). En este punto el profeta dirige
su mirada a través de los años venideros y predice las peregrinaciones de los judíos entre las
naciones, al par que la restauración final del reino, con David (Cristo) sentado en el trono (caps.
30, 31). La adquisición de la propiedad de sus mayores en Anatot (cap. 32) era una demostración
visible de su fe en el cumplimiento de esta profecía. A la proclamación del trágico destino de
Sedequías (cap. 34), sigue la narración del arresto y encarcelamiento del profeta (caps. 37-38), y la
historia concluye con una descripción de la caída de Jerusalén.
Aunque estas profecías han sido incluidas en el libro después del último mensaje de
Jeremías, fueron pronunciadas en distintas oportunidades durante su ministerio. Se refieren a
Egipto, Filistea, Moab, Amón, Edom, Damasco, Hazor, Elam y Babilonia. Las predicciones contra
Babilonia describen minuciosamente (caps. 50-51), en uno de los capítulos más largo de la Biblia,
el sitio final y la caída de aquel gran poder mundial que hizo temblar a las naciones. ¿Será
reconstruida Babilonia y fue esta destrucción por Ciro únicamente la sombra de una destrucción
mayor que sobrevendrá en el futuro? Así lo indicaría una comparación de Jer. 51:63-64 con el
Ap. 18:21.
LAMENTACIONES
En el Canon judío, Jeremías y las Lamentaciones forman un libro, y el autor común a ambos
se descubre rápidamente, pues estas lamentaciones más que ningún otro escrito revelan al profeta
que llora. Están compuestas en el estilo de los himnos fúnebres, y son la descripción de un testigo
que guarda frescas en su memoria las ruinas de la ciudad y del Templo. Lo que Jeremías predijo
como la obra ruinosa de Nabucodonosor se había cumplido completamente, y estos lamentos son
las exclamaciones de un alma enlutada, "cada letra está escrita con una lágrima y cada palabra
tiene el sonido de un corazón quebrantado".
El libro consiste de cinco capítulos, siendo cada uno un poema completo en sí. Cada canto
contiene veintidós versos, de acuerdo con el número de letras del alfabeto hebreo, como se puede
apreciar en la Versión Moderna. En el tercer canto cada verso está dividido en tres oraciones,
sumando 66 versos. Todo el libro tiene así el arreglo de un acróstico, forma favorita de la poesía
hebrea.
EZEQUIEL
AUTOR: Ezequiel
DIVISIONES:
BOSQUEJO:
LECTURAS ESCOGIDAS: 1-5, 8, 10, 12, 14, 20, 24, 26, 28, 29, 33, 37-38.
De los cuatro profetas mayores dos fueron sacerdotes contemporáneos: Jeremías y Ezequiel.
Mientras el primero tomó parte activa en los sucesos agitados que se realizaron en Jerusalén, el
segundo presenció estos sucesos de lejos y escribió extensamente sobre su relación al grupo de
exilados, de los cuales él era miembro. Además, su ministerio de veintidós años fue apenas la
mitad del de su contemporáneo.
Nabucodonosor había tomado dos veces a Jerusalén en 606 y en 597 aC. En la primera
ocasión se enteró de la muerte de su padre, y en su prisa por volver a Babilonia, se limitó a llevar
consigo únicamente los vasos del Templo y a unos pocos cautivos, incluyendo a Daniel
(Dn. 1:1-2). En esta forma la ciudad fue librada de mayor saqueo en ese tiempo. Nueve años más
tarde, cuando se reveló Joacim, Nabucodonosor apareció nuevamente frente a Jerusalén, y al rey
fue encadenado y conducido a Babilonia (2 Cr. 36:6-7), siendo entronizado su hijo Joaquín como
vasallo del rey Nabucodonosor. Tres meses más tarde, al mostrar síntomas de desafecto, Joaquín
fue asimismo depuesto y conducido cautivo. Esta vez los Caldeos saquearon completamente la
ciudad, llevándose todos los tesoros, junto con diez mil nobles y artesanos, y dejando únicamente a
"los pobres del pueblo de la tierra" (2 R. 24:12-16). Ezequiel fue llevado cautivo entre este último
grupo de desterrados (Ez. 1:1-2).
En vez de conducir los cautivos al palacio del rey en Babilonia, como lo había hecho con
Daniel, Ananías, Misael y Azarías, Nabucodonosor los hizo formar una colonia judía en Tel-Abid,
EDISUB PROFETAS MAYORES 19
a orillas del río Quebar, tributario del Eufrates. Allí Ezequiel vivió en su propia casa (3:24; 8:1) y
sirvió de pastor, profeta y sacerdote a su desdichado pueblo. Como pastor se daba cuenta cabal de
sus responsabilidades pesadas en su misión de atalaya (3:17-21; 33:7-9). Como profeta permaneció
fiel a la tarea ingrata de proclamar tanto el juicio no cumplido como la restauración futura. Como
sacerdote, poseía un conocimiento profundo y exacto de todas las formas del culto.
No fue sino hasta que Ezequiel había vivido cinco años en Tel-Abid (1:2) que fue llamado
a ejercer su ministerio de profeta. Jeremías ya había profetizado por treinta y cuatro años, y la
ocasión del primer discurso de Ezequiel fue una carta especial (Jer. 29), la cual escribió a la
colonia judía en el destierro. Parece que un número de falsos profetas había engañado a los
cautivos, anticipándoles su pronto regreso a Jerusalén. Para disipar esta falsa esperanza Jeremías
les mandó el mensaje: "Porque así dijo Jehová: Cuando en Babilonia se cumplieron los setenta
años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra para tornaros a este lugar"
(Jer. 29:10). El ministerio de Ezequiel era para confirmar las predicciones ingratas de Jeremías
durante los cinco años que debían pasar antes de la caída final de Jerusalén (586 aC.) y después de
esta catástrofe, consolar al pueblo desilusionado y abatido con sus grandes mensajes de
restauración.
Mientras hay toda clase de razones para creer que Ezequiel conocía a Jeremías, en vista de
que sus mensajes tenían tanto en común, es de observar que en sus escritos no hace ni una sola
referencia a su contemporáneo de Jerusalén. Por otro lado, Ezequiel debe haber conocido a Daniel
personalmente, ya que menciona su nombre no menos de tres veces. Si bien Jeremías y Ezequiel
contribuyeron con sus mensajes de amonestación y exhortación, eran no obstante, de
temperamentos sumamente diferentes. Jeremías era el profeta de una nación moribunda, por lo cual
sus simpatías tiernas y amantes se manifestaron en todos sus escritos. A Ezequiel le faltaban estas
características emocionales, pero era en cambio un hombre de gran energía y vigor, cuyo sentido
austero y profundo de responsabilidad hicieron que sus condenaciones fuesen más severas que las
de Jeremías. Cuando lanzó los terribles mensajes que le habían sido confiados en contra de los
crímenes y prevaricaciones del pueblo apóstata, lo hacía siempre con una vehemencia y un calor no
igualados por ningún otro profeta. Además empleaba un estilo diferente en sus escritos, y sus
visiones concernientes al futuro eran mayores y mucho más completas.
Ezequiel usó el título "hijo del hombre" que Dios le había dado, no menos de cien veces
en los cuarenta y ocho capítulos de su libro. Sólo Daniel, además de Ezequiel, se nombra así en el
Antiguo Testamento, pero nuestro Señor aplica a Si mismo dicho título ochenta y seis veces. Como
calificativo de uno que fue rechazado, se aplica propiamente a ambos.
El profeta ilustraba sus predicciones con símbolos vistosos, tales como echarse sobre su
costado y comer pan inmundo por peso y tomar agua medida, para demostrar las penalidades del
sitio (4:9-17). En otra ocasión se afeitó la cabeza y la barba, luego quemó la tercera parte del pelo,
cortó otro tercio con cuchillo, y el tercio restante echó a los vientos, para significar las tres suertes
que esperaban a los ciudadanos condenados de Jerusalén (5:1-12). Además de estas acciones
simbólicas empleaba visiones simbólicas, frecuentemente más difíciles de comprender. La parábola
del incendio del bosque del sur es un ejemplo (20:45-49). Unicamente los libros de Daniel y el
Apocalipsis contienen un simbolismo más detallado. Sea cual fuere la interpretación que se adopte,
hay que tener presente la comisión reiterada del profeta de ser una "señal dada a la casa de Israel"
EDISUB PROFETAS MAYORES 20
(12:6, 11; 24:24, 27). Los cautivos tenían profundo prejuicio contra los mensajes de Ezequiel
(3:7-9; 12:2; 33:32), pero si bien podían hacerse los sordos a sus palabras desagradables, no podían
dejar de llamarles la atención las lecciones objetivas presentadas ante sus ojos.
Como sacerdote, Ezequiel siempre tenía presente el templo, cuyo saqueo por
Nabucodonosor había presenciado con dolor (2 R. 24:13). Es natural que sus escritos reflejen su
interés por todo lo que tocaba a sus ceremonias y culto. Al principio del libro (cap. 1) se refiere al
trono de Dios en el templo, y luego (cap. 10) a su traslado de Jerusalén porque el gobierno terrenal
había sido quitado de Israel y dado a los gentiles. Al fin, sin embargo, ve el trono de Dios
restablecido en el templo milenial (caps. 40-43).
Mientras que Daniel es el profeta político del destierro, Ezequiel escribe del punto de vista
del sacerdote, y en estos dos libros tenemos otro caso de las líneas paralelas, la política y la
religiosa, que corren a través del Antiguo Testamento.
Los primeros capítulos (2-3) tratan del llamamiento y de la misión del profeta. Se le advierte
siete veces de que era enviado a un pueblo rebelde, seguido del más solemne mandato de su
obligación: "amonestar al impío en su impiedad" (3:17-21). Luego siguen las representaciones
simbólicas del sitio y de la destrucción inminente de Jerusalén (caps. 4-6). En un asedio típico se
demuestran los 390 años de la apostasía de Israel y los 40 años de rebeldía más empecinada de
Judá (cap. 4). Debe observarse que Ezequiel dirigió todas estas profecías a "toda la casa de
Israel", antes que a Judá o a Israel distintamente, como habían hecho los profetas antes del exilio.
La razón de este mensaje a la nación unida fue que Judá estaba ya demasiado cerca de su fin para
que pudieran salvarle las amonestaciones del profeta. Había comenzado "el tiempo de los gentiles",
de modo que el profeta miraba el día en que Israel compartirá con Judá una restauración
permanente.
Los primeros capítulos de esta sección se refieren más particularmente a Judá y a Jerusalén.
En presencia de los ancianos de Judá, Ezequiel describe su visión de la profanación del Templo
con la más grosera idolatría (cap. 8), junto con el juicio consiguiente sobre Jerusalén y sobre los
sacerdotes, con excepción de algunos fieles (cap. 9). En consecuencia desaparece el símbolo de la
presencia divina, del templo primero y luego de la ciudad (cap. 10).
Ahora se le hace llevar al profeta a la "casa rebelde" que está en cautiverio, a quienes
advierte por medio de hueco que cava en la pared, que Sedequías trataría vanamente de escapar así
EDISUB PROFETAS MAYORES 21
de sus captores caldeos (12:12-13). Luego reprende a los falsos profetas, que tanto en Jerusalén
como en Babilonia estaban empeñados en proclamar la paz y una pronta restauración (cap. 13).
Cuando le entrevistaron los ancianos de Israel, reiteró su anuncio sobre la próxima destrucción,
diciendo que aun cuando Noé, Daniel y Job estuviesen en Jerusalén para interceder, la ciudad no
podría salvarse (cap. 14). En el cap. 15 describe a Israel como una vid estéril, y en el capítulo
siguiente como una vil adúltera (16). Usando un águila como símbolo de Nabucodonosor (cap. 17)
demostró como la copa del cedro (Joaquín) ya había sido cortada y arrebatada, y que la viña que
quedaba (Sedequías) se volvería a la otra gran águila (Faraón). Después el profeta vindicó la
justicia de Dios e hizo ver la equidad de su gobierno moral (cap. 18). El último capítulo de esta
sección es un lamento por la triste suerte de los reyes Joacaz, Joaquín y Sedequías.
3. Séptimo año del cautiverio (caps. 20-23).
Los ancianos de Judá vinieron para preguntar a Ezequiel sobre el resultado de la rebelión de
Sedequías contra Babilonia, y de su alianza con Egipto. El les recordó la idolatría de Israel en
Egipto y censuró la profunda idolatría de sus propios corazones (cap. 20). Predijo la derrota de
Sedequías y que desaparecerían el sacerdocio y la realiza hasta que volviese Aquel que tiene
derecho a reinar (cap. 21). Los dos capítulos siguientes revelan las condiciones inmorales de
Jerusalén como reivindicación de la justicia de Dios en su destrucción (caps. 22-23).
Hubo que pasar dos años y medio antes de las próximas palabras proféticas de Ezequiel. El
mismo día que comenzó el último sitio de Jerusalén, se le avisó a Ezequiel no sólo de este hecho
sino también de la muerte repentina de su joven esposa, sobre la cual le fue ordenado que no
llorara (24:16), para que el pueblo pudiera comprender que esa actitud indiferente de él era sólo
una señal de los corazones endurecidos de ellos en medio de un peligro inminente. Desde esa hora
el profeta no debía abrir la boca acerca del asunto hasta que recibiera la noticia de la capitulación
de Jerusalén (24:26-27).
Durante los tres años del asedio de Jerusalén, Ezequiel se dedicó a escribir la historia futura
de las siete naciones contemporáneas que rodeaban a Judá. Pasando brevemente por Amón, Moab,
Edom y Filistea (cap. 25) que eran ya naciones decadentes, escribió más detenidamente de Tiro
(caps. 26-28) y de Egipto (caps. 29-32), que no habían sido aún humilladas por Nabucodonosor.
Son de especial interés las profecías concernientes a Tiro. Con detalles maravillosos se describe el
sitio caldeo de catorce años. aunque la ciudad fue finalmente tomada, Nabucodonosor no pudo
tomar la fortaleza isleña, y se describe minuciosamente el método que Alejandro el Grande utilizó
240 años más tarde para llevar a cabo su propósito (26:12). Refiriéndose al rey de Tiro (cap. 28) el
profeta miró más allá a su instigador, Satán, dándonos un vistazo de su gloria prehistórica, de su
soberbia y de su humillación. Se prestó especial atención a la suerte de Egipto y de sus gobernantes
(caps. 29-32), toda vez que la rebelión de Judá contra Babilonia había sido inspirada en esperanzas
entusiastas de auxilio de este poderoso aliado. Pero el dorado sol de Egipto ya estaba en el
poniente, y de ahí en adelante no se exaltaría más sobre las naciones ni gobernaría sobre
ellas (29:15; 2 R. 24:7).
La tercera división del libro se inicia (caps. 33-48) con una amonestación a Ezequiel sobre
su responsabilidad como atalaya (cap. 33), parecida a la que introdujo el primer grupo de profecías
EDISUB PROFETAS MAYORES 22
(3:17-21). La llegada de un mensajero con la noticia de la caída de Jerusalén, era la señal para que
profetizara de nuevo acerca de su propio pueblo (33:21-22), pero de ahí en adelante dedicó sus
profecías principalmente a la futura restauración de Judá y de Israel. En su visión del valle lleno de
huesos secos (cap. 37) hay una predicción clara sobre la unión de los reinos del norte y del sur, con
David (Cristo) nuevamente como rey sobre el reino unido. Esta predicción no puede referirse a la
restauración parcial bajo Esdras y Nehemías, puesto que ésta se relacionaba sólo con una porción
de Judá.
Los dos capítulos siguientes (38-39) revelan a los dos últimos enemigos de Israel, Gog y
Magog, y su destrucción. De otras escrituras (Ap. 20:7-9), parecería que estas naciones no son
vecinas de Palestina, y que su invasión es un hecho del futuro. "Príncipe de la Cabecera" (38:2)
esta traducido en la Versión Moderna como "El Príncipe de Ros", y en la versión latina como "El
Príncipe de Russ", siendo aparentemente la semejanza entre esta palabra y la primera sílaba de
Rusia. A "Mesech" se le ha encontrado semejanza con Moscú la antigua capital de Rusia y actual
centro del gobierno. "Gomer" (38:6) representa a "Crimea", "Togarma" a "Turquía", mientras que
Gog es el nombre del pico más alto de los montes Cáucaso. Todo esto sugiere que Rusia, y su
vasto territorio que comprende una sexta parte del globo, tendrá que jugar un papel preponderante
en los acontecimientos de los últimos tiempos.
Los capítulos finales (40-43) son una descripción del Templo Milenial el cual revestía,
naturalmente, mucho interés para un escritor sacerdotal de la restauración. Mientras que todos los
profetas hablan del retorno final del resto de los cautivos y de la gloria del reinado mesiánico,
solamente Ezequiel describe en detalle el nuevo orden que ha de ser establecido, indicando tanto la
forma del nuevo templo y su nuevo ritual como también la nueva partición de la tierra (caps.
47-48).
DANIEL
AUTOR: Daniel
DIVISIONES:
BOSQUEJO:
2. Nabucodonosor (2-4).
a) Despotismo (2).
(1) Sueño (vs. 1-13).
(2) Revelación (vs. 14-26).
(3) Interpretación (vs. 27-45).
(4) Promoción (vs. 46-49).
b) Idolatría (3).
(1) La imagen de oro (vs. 1-8).
(2) El horno ardiente (vs. 9-23).
(3) Liberación (vs. 24-27).
(4) Decreto (vs. 28-30).
c) Locura (4).
(1) Sueño (vs. 1-18).
(2) Interpretación (vs. 19-27).
(3) Cumplimiento (vs. 28-33).
(4) Restauración (vs. 34-37).
3. Belsasar (5).
a) Banquete (vs. 1-4).
b) Escritura (vs. 5-29).
c) Derrocamiento (vs. 30-31).
4. Darío (6).
a) Daniel condenado (vs. 1-17).
b) Daniel libertado (vs. 18-28).
5. Las cuatro Bestias (Babilonia, Medo-Persia, Grecia, Roma) (7).
a) Visión (vs. 1-14).
b) Explicación (vs. 15-28).
6. Carnero y Macho Cabrío (Medo-Persia y Grecia) (8).
a) Visión (vs. 1-14).
b) Explicación (vs. 15-27).
7. Setenta semanas (el período de Israel) (9).
a) Preparación (vs. 1-3).
b) Oración (vs. 4-20).
c) Promesa (vs. 21-27).
8. La última visión (el futuro de Israel) (10-12).
a) La preparación de Daniel (10).
b) Las sesenta y nueve semanas (438 años)(11)
c) La septuagésima semana (7 años) (12).
Daniel era un príncipe de la casa real de David, quien a una temprana edad fue llevado
cautivo a Babilonia por Nabucodonosor (606 aC.) juntamente con algunos otros príncipes de Judá.
Esto aconteció cuando Jeremías había profetizado ya por veintitrés años, y nueve años antes de que
Ezequiel fuese llevado al destierro o sea, catorce años antes que comenzara a profetizar. Daniel
vivió durante todo el período del cautiverio, y era de casi 90 años cuando Zorobabel encabezó la
primera expedición de regreso a Jerusalén. De esta manera ejerció él su misión profética por un
EDISUB PROFETAS MAYORES 24
período mayor que cualquiera de sus contemporáneos. En realidad, los 70 años de su ministerio
excedieron en mucho a los de cualquier otro vidente del Antiguo Testamento.
De descendencia principesca y de gran atractivo personal, Daniel fue escogido junto con
tres jóvenes hebreos, Sadrac, Mesac y Abed-nego, a fin de que fuesen preparados para el servicio
del rey (1:1-4). Por su abstinencia, diligencia, aplicación al estudio, y sobre todo por su dedicación
a Dios, se granjeó favor y promoción. Desde su niñez, quizá en las faldas de su madre, había
aprendido esta verdad: "como los repartimiento de las aguas. así está el corazón del rey en la
mano de Jehová; a todo lo que quiere lo inclina" (Pr. 21:1), y él sabía que el agradar a Dios era
agradar al rey; no que a Nabucodonosor le importara que Daniel agradara o no a Dios, sino porque
Dios, estando contento con Daniel, inclinaría el corazón del rey favorablemente hacia él. La
posición de Daniel como primer ministro bajo cuatro dinastías de las más grandes potencias del
mundo, es una ilustración notable del dominio absoluto que Dios tiene en los asuntos de los
hombres y las naciones, y del empleo de sus hijos, aunque estén cautivos, para dirigir la
administración de los imperios. Hay un gran parecido entre las vidas de José y Daniel en cuanto a
su elevación de esclavos a soberanos.
El libro de Daniel ha sido durante mucho tiempo el campo de batalla de los críticos. Tan
claras y exactas son sus predicciones que aceptarlas implica admitir el elemento de la profecía. Por
esta razón se han hecho muchos esfuerzos para adelantar la fecha de su preparación más allá del
período de sus predicciones cumplidas. Pero aún en el caso de que pudiera probarse que Daniel no
fue su autor, quedarían para ser explicadas sus inequívocas profecías, aún no cumplidas. Más aún,
nuestro Señor se refirió a este libro y habló claramente del profeta Daniel. En su gran discurso
profético (Mt. 24) citó a Daniel, y para comprender tal referencia, es necesario comprender a
Daniel. El libro del Apocalipsis, el único libro profético del Nuevo Testamento, sería siempre una
composición sellada si no tuviésemos la luz del libro de Daniel y las profecías no cumplidas del
profeta permanecerían igualmente en el misterio si no pudiésemos leer acerca de su cumplimiento
en el Apocalipsis. Sir Isaac Newton declaró que "rechazar a Daniel, es rechazar la religión
cristiana".
EDISUB PROFETAS MAYORES 25
Los primeros seis capítulos del libro son históricos, y con excepción de las experiencias de
Sadrac, Mesac y Abed-nego en el horno de fuego (cap. 3), tratan todos de Daniel y de sus
relaciones con los monarcas de los grandes reinados de Babilonia y Medo-Persia.
Parece que bajo el reinado de Belsasar, Daniel había perdido la posición que ocupaba bajo
Nabucodonosor, pero cuando en la fiesta de Belsasar, la escritura sobre la pared no pudo ser
descifrada por los sabios, sus servicios anteriores (cap. 2) fueron recordados por la reina, por cuya
recomendación fue llamado a comparecer ante el rey (5:10-16). El profeta reprendió al rey por su
impiedad y orgullo, haciéndole recordar como Nabucodonosor había sido humillado y depuesto por
un tiempo de su trono porque "su corazón fue levantado" (cap. 4), y ahora, a causa de su idolatría,
Belsasar sería muerto esa noche, la ciudad tomada, y establecido el reino Medo-Persia.
Bajo Darío, el Medio (538 aC.), el imperio fue gobernado por 120 príncipes sobre los cuales
hubo tres presidentes, de los cuales Daniel fue el principal. El favoritismo decidido del rey
despertó celos entre los otros, y se maquinó para asegurar su caída un complot cobarde que fracasó
cuando Dios envió a su ángel y cerró la boca de los leones (cap. 6). Daniel ya estaba avanzado en
años cuando fue arrojado a la guarida de los leones, pero en su ancianidad fue tan fiel a su Dios
como en su juventud. Sus enemigos le odiaban, sin duda, a causa de su decidida oposición al
soborno y a la corrupción y por su fidelidad a la palabra de Dios (6:4-5).
Bajo Ciro, el Persa (536 AC), Daniel, a pesar de sus ochenta años (6:28) continuó en su alto
puesto, y fue sin duda uno de los consejeros del rey en la importante tarea de hacer regresar a los
judíos y a todos sus tesoros sagrado a Jerusalén.
El cuarto capítulo también contiene profecías, porque la interpretación que hizo Daniel del
segundo sueño de Nabucodonosor se cumplió al año siguiente (4:28-29). El orgulloso monarca,
que se jactaba de sus hazañas y de su derecho a recibir toda honra y homenaje, repentinamente se
volvió loco e incapacitado para reinar durante un período de siete años. Isaías había descrito
previamente la vana ambición de este potentado, "de exaltar mi trono sobre las estrellas de Dios",
y "ser como el Altísimo". La historia confirma maravillosamente ambas profecías porque
Nabucodonosor fue humillado, pero vivió después para "alabar, engrandecer y glorificar al Rey
del cielo".
Los últimos seis capítulos de Daniel constituyen la porción profética, y contienen cuatro
visiones de la historia futura de las naciones en su relación con el pueblo judío, con descripciones
muy definidos del tiempo y de las condiciones asociadas con la venida de Cristo.
Las visiones del profeta relatadas en los capítulos siete y ocho ocurrieron durante su retiro
político, en los primeros años de Belsasar (7:1; 8:1). Abarcan el mismo terreno que el sueño de
Nabucodonosor en el capítulo segundo, pero con mucho más detalle. En el cap. 7 Babilonia está
representada por un león, Medo-Persia por un oso, Grecia por un leopardo, y Roma por un animal
desconocido de formas espantosas. En el capítulo octavo Medo-Persia aparece como un carnero y
Grecia como un cabrío, cuyo "cuerno notable" (vs. 5-7) era Alejandro el Grande. El "Anciano de
grande edad" en el cap. 7:9-14 y la "piedra cortada no con manos", que Nabucodonosor vio
(2:34-35), se refieren al Mesías que viene para recibir Su reino terrenal (Lc. 19:12, 15, 27;
Zac. 14:3-9; Ap. 19:11-16). El "Rey altivo de rostro" (8:23) es reconocido generalmente cono
Antíoco Epifanio, el cruel perseguidor de los judíos, tipo del Anticristo, quien jugará un papel
semejante en los últimos días (2 Ts. 2:3-4; Ap. 13).
En el cap. 9 se relata la gran oración intercesora de Daniel por su pueblo. El hecho de que él
"miró atentamente los libros" no sólo prueba que las profecías habían sido puestas por escrito
antes de ese tiempo, sino que Daniel era un cuidadoso estudiante de las Sagradas Escrituras y que
estaba familiarizado con las predicciones de Isaías y con la oración dedicatoria de Salomón
(1 R. 8:46-50). La fe del anciano profeta queda recompensada no sólo por el decreto de
restauración de Ciro (Esd. 1:1-4), sino también por una revelación del futuro completo de Israel
desde el destierro babilónico hasta el final del tiempo presente.
Las setenta semanas de las cuales hablan los últimos versículos del cap. 9, representaban el
período exacto de tiempo en el que los intereses del pueblo judío debían estar en ascendiente. Estas
semanas son siete de años y se dividen en tres períodos: primero, las siete semanas, o cuarenta y
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nueve años, que vieron la restauración de Jerusalén, narrados en los libros de Esdras y Nehemías;
segundo, las sesenta y dos semanas, ó 434 años hasta "Mesías el Príncipe", y tercero, la semana, ó
7 años, el período de la tribulación que precedería a la Segunda Venida de Cristo, en que Israel
estaría de nuevo en su tierra.
El contenido de los últimos tres capítulos (10-12) está expresado en el primero de ellos, que
puede decirse es la preparación de Daniel para su última profecía. Se resumen en la declaración
"soy pues venido para hacerte saber lo que ha de venid a tu pueblo en los postreros días"
(10:14). La Biblia se preocupa solamente de las naciones que afectan a Palestina y al pueblo judío;
por tanto, la primera parte (11:1-35) de esta última profecía tiene que ver con aquellos reyes a
quienes había de someterse el resto que regresara a Jerusalén. Aludiendo brevemente a los
poderosos reinados de Jerjes y Alejandro; y debido a que Palestina está entre el reino del sur
(Egipto) y el reino del norte (Siria), se describen con detalles las guerras de estas naciones. Antíoco
Epifanio, de quien se ha tratado ya en capítulo anterior (8:23), se presenta ahora con una
descripción más detallada. En realidad, puede decirse que el tema de esta porción del capítulo es el
dominio, hechos y destino de Antíoco, mientras que la última parte del capítulo (11:36-45),
describe su sombra proyectada, el Anticristo de los últimos días.
Aunque a Daniel no se le permitió ver los últimos días trágicos de su pueblo, se le habló de
dos importantes hechos en la historia humana que intervendrían o precederían de cerca a estos años
de tribulación: "Muchos correrán de aquí para allá y la ciencia será aumentada" (VM). El
cumplimiento de esta profecía se hace evidente en este tiempo moderno de automóviles y de
imprentas. En ningún tiempo de la historia del mundo han viajado los hombres tan fácil y
universalmente, y en ningún tiempo se han impreso libros tan extensamente, ni han circulado tan
ampliamente los periódicos, ni se ha difundido tan universalmente la ciencia.
Es notable que el contenido de Daniel fue escrito en dos idiomas. El primer capítulo fue
escrito en hebreo, lo mismo que la porción que se extiende desde el cap. 8 al 12. La porción desde
2:4 al 7:28 fue escrita en arameo, la lengua de los imperios orientales. El propósito de esto es claro,
toda vez que Daniel escribió en lengua caldea lo pertinente a la historia mundial, pero en dialecto
hebreo lo concerniente a su propio pueblo.
CUESTIONARIOS
(Estos cuestionarios solo garantizan el aprobado en los dos exámenes de esta asignatura)
PRUEBA INTERMEDIA
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INTRODUCCIÓN
1. ¿Cómo debían ser reconocidos los falsos profetas y cuál era su castigo?
2. ¿Cómo eran las escuelas de los profetas, y cuál era la materia principal de su programa?
3. ¿Por qué asumieron temporalmente los profetas el ministerio de la enseñanza que
correspondía al sacerdocio?
4. Mencione una de as mejores pruebas de la inspiración verbal de la Biblia.
5. Nombre siete períodos de tiempo que los profetas pueden haber tenido en mente al hacer sus
predicciones.
6. ¿En qué consiste la ley de doble referencia?
7. ¿Cuál es el misterio que intrigaba a los profetas, y que fue explicado por el apóstol Pedro?
8. Mencione los cuatro períodos en que pueden agruparse los profetas. (Debe memorizar a los
profetas de cada período).
ISAÍAS
9. ¿Por qué se reconoce a Isaías como el mayor de los profetas?
10. ¿Qué se conoce acerca de la vida personal de este profeta?
11. ¿Cuál fue la alianza política que indujo a Isaías a escribir sus primeras profecías?
12. ¿A cuáles naciones gentiles profetizó Isaías? ¿Por qué fueron escritas estas profecías y no
habladas a los pueblos afectados?
13. ¿Cuáles dos palabras expresan las notas características de las dos partes del libro de Isaías?
14. ¿Cuáles son los tres temas de la segunda parte del libro?
15. ¿En qué sentido fue Ciro un tipo de Cristo?
16. Señale algunas profecías mesiánicas de la primera parte del libro.
17. ¿Qué características del Mesías están presentadas en la segunda parte del libro?
18. Compare los primero versículos de Is. 61 con Lc. 4:16-21 y explique por qué Cristo no
completó el pasaje al leer en la sinagoga.
PRUEBA FINAL
JEREMÍAS
1. Haga una breve reseña de la vida de Jeremías.
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2. Compare la extensión del libro de Jeremías con los demás libros de la Biblia.
3. ¿Cuáles son las cinco divisiones del libro?
4. Demuestra como la profecía concerniente a Conías (cap. 22) tenía especial relación con la
genealogía de Cristo.
5. ¿Qué profecías mesiánicas se encuentran en los caps. 30 y 31?
6. ¿Sobre qué naciones extranjeras profetizó Jeremías?
LAMENTACIONES
7. Haga un breve comentario acerca del estilo literario en que está escrito este libro.
8. ¿Cuáles son las cinco divisiones del libro?
EZEQUIEL
9. Comente con sus palabras lo que se conoce acerca de la vida y ministerio de este gran
profeta de Dios.
10. ¿Cuál es el titulo que se le da repetidamente a Ezequiel y que relación tenía este titulo con
nuestro Señor Jesucristo?
11. Explique por qué utilizaba símbolos constantemente Ezequiel en sus predicciones.
12. Explique brevemente la situación política que motivó el destierro de Ezequiel.
13. ¿Qué significación nacional tuvo la muerte de la esposa del profeta?
14. ¿Cuál es el verdadero significado de la visión del valle de huesos secos descrita por el
profeta en el cap. 37?
15. ¿Con cuál nación se relaciona Gog y Magog?
DANIEL
16. Haga un breve comentario acerca de la vida de Daniel.
17. ¿En qué sentido ha sido el libro de Daniel un campo de batalla de los críticos?
18. Bosqueje brevemente el contenido de cada uno de los seis capítulos históricos del libro.
19. Explique las profecías contenidas en los caps. 7 y 8.
20. Mencione la cita bíblica que os indica que Daniel era un estudiante diligente de las Sagradas
Escrituras.
21. Explique la profecía de las setenta semanas de Daniel cap. 9.
22. ¿Qué relación hay entre el último capítulo de Daniel y Apocalipsis?