Prólogo
En el año 1985 se produjo una reforma del
Código Penal que afectaba al artículo 417 bis del
mismo y que introducía en España el aborto a
través de la despenalización del mismo en tres su-
puestos concretos como eran la existencia de un
grave riesgo físico o síquico para la embarazada,
que el embarazo fuera consecuencia de un delito
de violación, o que se presumiera que el feto iba a
nacer con graves taras físicas o síquicas.
Pese a lo que se pueda pensar, no es la pri-
mera vez que el tema del aborto tuvo en nuestro
Derecho tratamiento legislativo, pues si el lector
curioso busca en Google el «Diari Oficial de la
Generalitat de Catalunya» de 9 de enero de 1937,
página 113, encontrará un Decreto firmado por
Josep Tarradellas, donde se legaliza el aborto, an-
tes de que la Ministra Federica Montseny hiciera
lo propio para toda la España republicana en el
Gobierno presidido por Largo Caballero.
12 10 interrogantes bioéticos actuales
No pocos, yo modestamente entre ellos, ad-
vertimos de que esta reforma introducía de he-
cho la práctica libre del aborto, puesto que las
prevenciones que la reforma legislativa introducía
para su práctica (dictamen médico emitido por
un facultativo distinto a quien lo fuera a practi-
car, en el primer supuesto) o bien dos dictámenes
emitidos por facultativos de centros públicos o
privados en el tercer supuesto de presunción de
que el feto nacería con graves taras físicas o sí-
quicas, serían fácilmente superables, momento a
partir del cual la proliferación de centros médi-
cos privados que se dedicaron a esta práctica fue
constante.
Así las cosas, la reforma de 1985 abría una
espita en la protección del derecho a la vida cuyo
flujo sería imparable, como cuando en un panta-
no una grieta aparentemente minúscula conlleva
la efusión de toda el agua embalsada.
Y así fue, porque la Ley Orgánica 2/2010, lla-
mada de Salud Sexual y Reproductiva, en sus ar-
tículos 13 y 14 venía a establecer en nuestro país
el aborto libre, como podrá comprobar cualquier
lector que se asome al texto legislativo, de modo
que en España hemos pasado de una práctica del
aborto de 0,05 por cada mil mujeres en 1986 a
11,53 abortos por cada mil mujeres en 2019 (es
Prólogo 13
decir, 99.149), según datos oficiales del Ministe-
rio de Sanidad. Todo ello, imposibilitados de po-
der evaluar los abortos que se sigan practicando
de forma clandestina y sin ningún tipo de asis-
tencia sanitaria.
Aparte de las connotaciones morales e indi-
viduales de los datos, no me sustraigo a indicar
la deriva suicida de una sociedad que se inclina a
envejecer sin remedio y desconoce la necesidad
de sustitución de unas generaciones por otras
para seguir siendo una comunidad humana con
perspectiva de continuidad, con una dimensión
alicorta de sentirse a gusto sólo con la idea de la
propia continuidad vital individual. Ya morimos
más españoles de los que nacen, con lo cual está
todo dicho. Hay suicidios individuales y otros
colectivos, pero lo importante, con serlo, no es la
dimensión demográfica, sino la de penuria mo-
ral.
En la valoración de este trágico fenómeno
cabe plantearse varias cuestiones. La primera es
que muchas de las mujeres que se ven abocadas
a tomar una decisión tan traumática para sus
vidas lo pueden hacer por situaciones extremas
respecto de las cuales no encuentran apoyo en
un Estado que se llama social y de Derecho, pero
que, frente a determinadas indigencias humanas,
14 10 interrogantes bioéticos actuales
sean materiales o síquicas, no provee otra salida
para la afectadas que el trauma de matar al ser
humano no nacido, cargando las madres con la
responsabilidad de la decisión y la memoria dura
de lo acontecido, e incluso llegándose a la aberra-
ción de que alguna propuesta legislativa en curso
puede plantear como hecho antijurídico el com-
portamiento de quienes, sin violencia alguna,
propongan a futuras madres otras alternativas
distintas al aborto, sustentadas en instituciones
que ofrecen protección a la maternidad y a los
futuros frutos de la misma.
El fenómeno del aborto, ya libre de hecho
en nuestro país, se enmarca en todo un relato
ideológico que pretende una deconstrucción de
lo humano en una prometeica redefinición de
lo creado. Así, desde el punto de vista jurídico,
mientras se desprotegen determinados derechos
como los de los «nasciturus» en muchas legisla-
ciones llamadas civilizadas, emerge una corriente
jurídica que reconoce derechos a los animales, en
un proceso curioso de humanización de lo ani-
mal y animalización de lo humano. Se confunde
todo. No es que un animal tenga derecho a no
ser maltratado, sino que su propietario tiene obli-
gación de no maltratarlo por respeto ético a un
ser vivo que goza de la dignidad aplicable a su
Prólogo 15
estatus ontológico, como recordó Juan Pablo II
en una inolvidable catequesis. Pero, ¡ojo!, si hu-
manizamos al animal, acabaremos animalizando
al ser humano.
El espectacular progreso de las ciencias en
todos los ámbitos, que corrobora las especiales
potencias del ser humano en el ámbito de la
Creación, nos conduce a posibilidades inauditas
en los campos de la eugenesia, eutanasia, repro-
ducción asistida, cambio de sexo, etc., pero que
nos plantean enormes preguntas éticas, no de-
rivadas de una determinada creencia religiosa,
sino cuestiones que afectan a la pura esencia de
lo antropológico, cualquiera que sea la opción
religiosa que posea quien se pone a reflexionar
sobre todos estos retos. ¿Cuál va a ser el desa-
rrollo sicológico del niño o niña que tenga dos
padres o dos madres? ¿Cómo se construirá el su-
jeto fruto de una intervención profesional que
le impida saber a ciencia cierta su paternidad o
maternidad?
Los seres humanos somos fisiología, corporei-
dad y constructo físico, pero también somos his-
toria, somos hijos de un relato biográfico lleno de
padres, madres, abuelos, parientes que nos acom-
pañan desde la niñez, de gentes que se fueron y
murieron antes de que naciéramos o después de
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ello, pero de quienes mantenemos fotografías, re-
cuerdos, objetos, de suerte que, al menos para mí,
saberme fruto de un ignoto éxito de laboratorio
(digo de inseminación o de implante) me dejaría
huérfano como persona viva, y acaso rencoro-
so con quienes me hubieren desposeído de esas
«partes» fundamentales de mi propio yo.
El desarrollo científico es fruto de la cuali-
dad humana de ser «imago Dei», seres que somos
reflejos de la Divinidad, pero que no somos di-
vinos, para quienes la mayor tentación ética es la
de caer en la sugerencia que el relato del Génesis
pone en boca del animal que habla a Adán y Eva:
¡Seréis como dioses!
No nos engañemos. Por muy grandes que
sean nuestros hallazgos, por muchas maravillas
que seamos capaces de llevar a cabo en nuestros
quirófanos, en el fondo de todo ello quedará la
noción de finitud de todos nosotros, y todos
nuestros descubrimientos tendrán sentido si se
usan para preservar la vida naciente, para atem-
perar el dolor de quienes se nos van, no matándo-
los, sino acompañándolos con la dulce compañía
del adiós cercano, mano con mano, mirada con
mirada, recuerdo con recuerdo, aunque quien
nos mire no pueda articular palabra, porque esa
muerte en silencio y cercanía es la única a la que
Prólogo 17
legalmente deberíamos calificar de muerte dig-
na. No hay otra muerte digna.
Aunque nuestros conciudadanos, ¡y por su-
puesto nuestros dirigentes! no hayan leído a Frie-
drich Nietzsche, vivimos bajo la influencia de su
construcción filosófica: nihilismo, vacío, y pro-
meteica voluntad de poder.
En este libro que prologo, por deferencia de
sus autores, sin más autoridad para hacerlo que
su propia invitación, halla el lector una compleja
exposición de retos éticos, filosóficos, médicos y
jurídicos, pero sobre todo antropológicos, porque
en las respuestas que demos desde la universidad,
el pensamiento jurídico y las propuestas políticas
nos jugamos, nada más y nada menos, como di-
ría Unamuno, el seguir siendo nada más y nada
menos que humanos, en tautología unamuniana.
Mi gratitud a sus autores por lo sugestivo del
libro, y por haberme invitado a escribir estas lí-
neas. Vaya mi reconocimiento a Emilio García-
Sánchez y a cuantos colaboran en esta publica-
ción, pidiéndoles excusas por no poder referirme
en mi prólogo a tantas propuestas sugestivas que
enhebran en sus páginas.
Vicente L. Navarro de Luján
Rector de la Universidad CEU Cardenal Herrera
(Valencia)