Clase 1. Filosofía. Modernidad.
El sujeto moderno
Contenidos:
-Características generales del ideario temático de la modernidad: legados
y tendencias que configuraron el pensamiento filosófico sobre la educación.
- El vínculo entre filosofía, conocimiento y educación a partir de la
modernidad
Introducción
En esta clase, como en las siguientes, me basaré en el texto de la carpeta
de trabajo para armar este documento guía. De manera tal que este será una
suerte de resumen de ese material. Esto no implica que deba omitirse o no deba
leerse. Además de este material, encontrarán guías de lectura para los textos
obligatorios.
Filosofía
Como ustedes bien saben, al abordar cualquier disciplina, lo primero es
definir su contenido. ¿Cuál es su objeto de estudio? ¿Qué significa su título? En
nuestro caso: Filosofía de la Educación.
Existe más de una definición posible para el primer término de este
binomio: “Filosofía”. Algunas de esas definiciones ya son conocidas por
ustedes. En este curso, presentaremos a la Filosofía como una cierta relación de
afinidad con el saber, aquel impulso que nos lleva a buscarlo de manera
incansable. Esta relación de afinidad es problemática porque el saber siempre
conlleva la pregunta por su legitimidad: cómo distinguir entre los saberes
auténticos y los que solo lo son de manera aparente. Lo que nos lleva al segundo
término del título: “Ecuación?, dado que con este término también se presenta
el problema de la legitimidad.
¿Qué es la educación? El conjunto de las prácticas a través de las que se
forma el hombre como sujeto que forma parte de un sistema social. Estas
prácticas de formación se valen de los saberes disponibles y legitimados
socialmente. Por lo que la pregunta filosófica por el saber cobra sentido en la
medida en que el saber es esencial en la formación del hombre.
La filosofía y la educación son producto de una crisis: la de la polis griega
del siglo V a.C. Es decir, la crisis de una forma de vida, en la que pierden
legitimidad los valores e ideales que daban sentido a la vida en común. Lo que
llevó a los griegos a la pregunta por las bases que establece esa vida en común.
Esa pregunta, por un lado, contiene implícitos interrogantes sobre la manera de
identificar los saberes necesarios para organizar la vida en común. Por otro,
tiene una intencionalidad educativa: qué tipo de hombre formar, de qué manera,
para qué forma de la vida en común, quiénes son capaces de educar.
Las preguntas que aparecen en el mundo moderno también son resultado
de una crisis producida cuando aparece un individuo con intereses mundanos y
se instaura la racionalidad como forma legítima del saber, lo que lleva al
desgarramiento de su manera comunitaria de vida organizada de manera
teológica. Y las preguntas también giran en torno al saber y la educación. Lo
que nos lleva a sostener que existe una relación estrecha entre educación y
filosofía, dado que la filosofía se relaciona de manera problemática con el saber.
¿Cómo puede fundamentarse la afirmación de que la filosofía y la
educación tienen un origen común? Para responder esta pregunta presentaremos
elementos en los que ahondaremos más adelante.
1) Los sentidos de la modernidad como proyecto pedagógico se
caracteriza por su multiplicidad. Es decir que el mundo moderno es
uno y múltiple en cuanto a su sentido, así es posible hablar de la
modernidad y las modernidades. Por ejemplo, es posible reconocer
una modernidad central europea y modernidades periféricas como la
nuestra; una modernidad ligada al desarrollo científico y tecnológico
y otra ligada al desarrollo ético y cultural. Esta multiplicidad debe ser
entendida como tensión, como convivencia de sentidos y no como
dicotomías excluyentes. En el texto de Geneyro (2007) las relaciones
entre filosofía y educación se relacionan con la formación de la
subjetividad en un momento histórico en el que no existe un único
sentido en la orientación de los procesos formativos. Plantea una
pregunta por el sentido de los legados de la modernidad en torno a la
relación entre educación y ciudadanía; problematiza qué se entiende
por “modernidad”; sostiene que esos legados constituyen el horizonte
de sentido a la vez convergente y divergente de nuestro presente
histórico (Geneyro, 2007).
En cuanto al texto de Romero (1987) indaga las características de
la mentalidad burguesa, que da forma a la subjetividad moderna, a
partir de la comprobación de que en ella confluyen “saberes, que en
parte provienen de las nuevas experiencias o de la aplicación del
nuevo método, y en parte del bagaje tradicional, desarticulado de sus
anteriores cuadros organizativos y reintroducido en los nuevos”
(Romero, 1987). Ambos textos intentan explicitar las tensiones que
le dan un sentido ambiguo a una época.
2) El origen de la tradición cultural proveniente de la Grecia
del siglo V a.C., cuando se da la crisis de la polis. Aquí aparece, por
un lado, la sofística. Esta es una forma de saber que utiliza la
persuasión retórica para legitimarse. Por otro lado, la filosofía que
busca la persuasión conceptual. Entre ambas formas de legitimación
se provocan una tensión cultural y crisis política.
Los sofistas buscaban el saber dentro de las posibilidades humanas y
le daban un papel central a la retórica, un tipo de discurso persuasivo
relacionado con el diálogo político y buscaban un saber de carácter
mundano y alcance práctico
Los filósofos, por su parte, buscan un saber inalcanzable en este
mundo. Y, de hecho, cuestionan el saber mundano propuesto por la
sofística. Entre estos filósofos, la figura de Sócrates (470-399 a.C.)
cuyo pensamiento nos llega a través de Platón (427-347 a.C.) es
central. En este contexto de crisis, el saber es problematizado: el de la
sofística se enfrenta a la ironía socrática; el de la filosofía porque su
saber es una búsqueda y no una sabiduría que se posee. Ambos
proponen saberes fallidos, pero saberes diferentes al carácter
dogmático que adquiere a veces el saber y parte de esto se relaciona
con la crisis de legitimidad: estos saberes propuestos por la sofística y
la filosofía necesitan legitimarse públicamente.
El origen de las tradiciones sofística y platónica
Tanto la filosofía como la educación contribuyen a caracterizar lo
humano. ¿Qué es lo humano? ¿Qué es lo humano en el hombre? ¿Qué es el
hombre? Las respuestas de la filosofía son variadas, pero aquí solo
presentaremos dos. Una dada por un sofista, Protágoras (480-410 a.C): “El
hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las
que no son en cuanto que no son”. La otra, por Platón: “El dios, ciertamente, ha
de ser nuestra medida de todas las cosas; mucho mejor que el hombre, como
por ahí suelen decir” (Platón, Leyes, 716 c).
En la primera respuesta, aparece una tipología mundana, preocupada por
el mundo circundante en la medida en que tiene cosas valiosas desde lo práctico,
tiene utilidad. En este contexto, el centro de lo humano será el centro de la
comprensión, de ahí que se afirme que el hombre es la medida de todas las
cosas. En la segunda, aparece lo teleológico y metafísico (lo que está más allá
de lo dado). En este caso, lo humano no será el centro, ya que la comprensión
lo trasciende; de ahí que dios sea medida.
Las dos tradiciones entre los siglos XVII y XX
John Dewey (1859-1952) afirma que existe cierta filosofía que tiene
como origen lo divino (Dewey, 1961). Esta es una filosofía teleológica
constituida en el período medieval y que se contrapone a la moderna, que
aparece con la secularización. Entre estos mundos, el medieval y el moderno
existe una fractura. A pesar de esta fractura, la filosofía no dejó su perspectiva
teológica y continuó investigando aquellos que llama el absoluto y es base,
fundamento de este mundo, pero no que no tiene una utilidad práctica.
Dewey propone una filosofía pragmática, la que para realizar su tarea
mundana necesita ser depurada de sus resabios teológicos y de lo absoluto. El
absoluto se encuentra relacionado con la concepción que sostiene la existencia
de fines en sí mismos. Estos son aquellos cuyo valor se determina solo por ellos
mismos; es decir que no se refieren a algo más allá de ellos mismos. La
depuración propuesta por Dewey se encuentra motivada por una voluntad
democratizadora de las prácticas políticas, sociales y culturales, cuya finalidad
es abolir la diferencia entre ‘superior’ e ‘inferior’, tarea para la que se necesitan
instrumentos intelectuales como los provistos por la pragmática. La tarea de la
filosofía que el propone es “proyectar hipótesis amplias y fecundas que, si se
utilizan como planes de acción, darán una directiva intelectual a los hombres en
la búsqueda de métodos para hacer efectivamente del mundo un mundo más
familiar de valores y significados”. (Dewey, 1961: 28).
Esta propuesta de Dewey retoma la tradición empirista que los ingleses
habían iniciado en el siglo XVII con John Locke (1632-1704) y David Hume
(1711-1776). Para Hume, la filosofía que considera al hombre como nacido para
la acción construye sus argumentos de modo “fácil y asequible” y goza de “la
preferencia de la mayor parte de la humanidad”, la filosofía que considera al
hombre como un ser racional “abstruso” y “al exigir un talante inadecuado para
el negocio y la acción, se desvanece cuando el filósofo abandona la oscuridad y
sale a la luz del día”. Es decir que en la vida cotidiana, sus principios racionales
no influyen sobre la conducta (Hume, 1981).
El problema de lo humano se responde con esta característica dual aquí
presentada. Así, el hombre es un ser racional y un ser activo. Para guardar el
equilibrio entre ambas partes, es necesario estar atento a los excesos de la razón.
Es por ello que él señala que la ciencia debe ser humana, por lo que tiene que
tener referencia a la acción y la sociedad y se debe abandonar el pensamiento
abstracto.
Así, es posible pensar que Hume se burla del ideal de sabio que cultiva la
metafísica y la teología, que busca los verdaderos bienes en un mundo
trascendente. Él comprende que el hombre tiene un entendimiento finito, que
no puede ir más allá de su límite burgués, mundano.
Bibliografía
- GENEYRO, J. C., “Educación y ciudadanía: vicisitudes de algunos
legados de la Modernidad”, en: J. RUBIO CARRACEDO, A. M. SALMERÓN
Y M. TOSCANO MÉNDEZ (eds.), Ética, ciudadanía y democracia, Contrastes,
Colección Monografía, Anuario N° 12, Málaga, 2007, pp. 247-266.
- DEWEY, J., El hombre y sus problemas, Buenos Aires, Paidós, 1961,
Introducción: “Los problemas del hombre y el estado actual de la filosofía”, pp.
9-28.