Machado, Lorca y Hernández. Los Poetas de La Guerra: Victor Agramunt Oliver
Machado, Lorca y Hernández. Los Poetas de La Guerra: Victor Agramunt Oliver
Madrid, 2012
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MACHADO, LORCA Y HERNÁNDEZ.
LOS POETAS DE LA GUERRA
¡Buenas tardes! Aunque sus biografías son bastante explícitas, conviene aclarar
por qué defino a estos autores “poetas de la guerra”. No es sólo porque Antonio
Machado y Miguel Hernández escribieran sobre ella (a Lorca no le dieron la
oportunidad de hacerlo). Los defino así, porque la guerra irrumpió en sus vidas
llenándolas de espanto, de oprobio y de muerte. El poeta alicantino dice en una
de sus obras:
… buscan al hombre,
buscan a un pueblo,
lo persiguen, lo absorben,
se lo tragan…
Eso les ocurrió a ellos. No son los únicos poetas que sufrieron la crueldad de la
guerra, es cierto, pero sí los más significativos, los que mejor representan la locura
atroz de aquella contienda fratricida. En cuanto a ofrecerles el recital “a modo de
relato”, es porque creo que algunos pasajes de sus vidas nos ayudarán a conocer
mejor su obra. De ahí, pues, el título de este recital.
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Victor Agramunt Oliver
Antonio Machado
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura
el limonero; mi juventud, veinte años en tierra de Castilla; mi historia, algunos casos
que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido ( ya conocéis mi torpe aliño in-
dumentario), mas recibí la flecha que me asignó Cupido, y amé cuanto ellas puedan
tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, pero mi verso brota de manantial
sereno; y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido
de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética, ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la
luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera mi verso, como deja el capitán su espa-
da: famosa por la mano viril que la blandiera, no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo (quien habla solo, espera hablar
a Dios un día); mi soliloquio es plática con este buen amigo que me enseñó el secreto
de la filantropía. Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. A mi trabajo
acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que
me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tor-
nar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.
En este poema, Machado nos ofrece un resumen autobiográfico lleno de
lirismo. No es extraño, puesto que también solía incluir datos de su vida en
los prólogos de sus obras. En uno de ellos escribe: Nací en Sevilla una noche
de Julio de 1875, en el Palacio de las Dueñas. Los recuerdos de mi ciudad natal
son todos infantiles, porque a los ocho años viajé a Madrid con mis padres y me
eduqué en la Institución Libre de Enseñanza, a cuyos maestros guardo vivo afecto
y profunda gratitud…
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Algunos de esos recuerdos infantiles de los que nos habla el poeta están ligados
a las fuentes y al agua como origen de la vida:
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Tras la muerte de Leonor, Machado se trasladó a Baeza hasta 1919 y visitó las
fuentes del Guadalquivir y casi todas las ciudades de Andalucía. Allí vio la luz la
segunda edición de Campos de Castilla, en la que se incluían nuevos poemas. De
sus “Proverbios y cantares”, tan numerosos como sabios, he seleccionado algunos
de los más celebrados y populares.
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Los siguientes años fueron muy gratificantes para el poeta en muchos aspectos.
Sin embargo, debo dar un salto en el tiempo para centrar el recital en su obra
poética y mostrarles momentos tan brillantes y emotivos como su elegía a la
muerte de Federico García Lorca.
Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
(sangre en la frente y plomo en las entrañas).
… ¡Que fue en Granada el crimen sabed
–¡pobre Granada!–, en su Granada!
Se le vió caminar… Labrad, amigos,
de piedra y sueño en la Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!
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Luego vinieron las llamadas “Poesías de guerra”, sus gritos de aliento a los
combatientes y sus lamentos desgarrados por los que sufrían en la retaguardia.
Otra vez el ayer. Tras la persiana,
música y sol; en el jardín cercano,
la fruta de oro, al levantar la mano,
el puro azul dormido en la fontana.
Mi Sevilla infantil. ¡Tan sevillana!
¡Cuál muerde el tiempo tu memoria en vano!
¡Tan nuestra! Avisa tu recuerdo, hermano,
no sabemos de quién va a ser mañana.
Alguien vendió la piedra de los lares
al pesado teutón, al hambre mora
y al ítalo la puerta de los mares.
¡Odio y miedo a la estirpe redentora
que muele el fruto de los olivares,
y ayuna y labra, y siembra y canta y llora!
Poco tiempo después se trasladó a Barcelona, desde donde, junto con su madre,
una anciana de ochenta y cinco años inició el exilio a Francia. En su pensamiento,
tantos recuerdos, tantos lugares y, tal vez, unos versos que dedicó a Madrid:
¡Madrid, Madrid! ¡Qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú, sonríes con plomo en las entrañas.
El 22 de febrero de 1939, tres días antes de que falleciera su madre, dejó este
mundo uno de los más grandes poetas de nuestra literatura.
En uno de los bolsillos de su abrigo, se encontró su último verso:
Estos días azules y este sol de la infancia.
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El mariquita se peina
en su peinador de seda.
Los vecinos se sonríen
en sus ventanas postreras.
El mariquita organiza
los bucles de su cabeza.
Por los patios gritan loros
surtidores y planetas.
El mariquita se adorna
con un jazmín sinvergüenza.
La tarde se pone extraña
de peines y enredaderas.
El escándalo temblaba
rayado como una cebra.
¡Los mariquitas del sur
cantan en las azoteas!
A su llegada a la Residencia de Estudiantes, los que luego serían sus entraña-
bles compañeros, entre ellos Buñuel y Dalí, pensaron que aquel joven andaluz
tenía un poco de rústico, de agitanado e incluso de inculto. Pronto rectificarían y
descubrirían a un Lorca poeta, dramaturgo y ensayista cultísimo.
De 1921 a 1924, Lorca compuso tres poemarios bajo el título de Andalucía
mítica, que incluye Canciones populares, Poemas del cante jondo y el celebérrimo
Romancero gitano.
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Para presentarles el Romancero gitano voy a recurrir a otro gran poeta, Jorge
Guillén, quien dijo: Siente en sí y tiene ante sí a un pueblo magnífico. Y se pone a cantar
como el pueblo canta en Andalucía, y se pone a poetizar, redondo universo absoluto, a su
Andalucía: sierra, cielo, hombre y duende. No los copia; los canta, los sueña, los reinventa.
Sirva como ejemplo de todo esto el “Romance de la luna, luna”.
La luna vino a la fragua Niño, déjame, no pises
con su polisón de nardos. mi blancor almidonado.
El niño la mira, mira. El jinete se acercaba
El niño la está mirando. tocando el tambor del llano.
En el aire conmovido Dentro de la fragua el niño,
mueve la luna sus brazos tiene los ojos cerrados.
y enseña, lúbrica y pura, Por el olivar venían,
sus senos de duro estaño. bronce y sueño, los gitanos.
Huye luna, luna, luna. Las cabezas levantadas
Si vinieran los gitanos, y los ojos entornados.
harían con tu corazón Cómo canta la zumaya
collares y anillos blancos. ¡ay, cómo canta en el árbol!
Niño, déjame que baile. Por el cielo va la luna
Cuando vengan los gitanos con un niño de la mano.
te encontrarán sobre el yunque Dentro de la fragua lloran,
con los ojillos cerrados. dando gritos, los gitanos.
Huye luna, luna, luna, El aire la vela, vela.
que ya siento sus caballos. El aire la está velando.
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“La casada infiel”, el romance menos apreciado por los estudiosos es, sin em-
bargo, el más conocido y aplaudido de todos ellos. Eso explica que sea un ante-
cedente indiscutible de la poesía popular, cuyos autores bebieron, sin duda, en la
fuente del romancero de Lorca:
Y que yo me la llevé al río Ni nardos ni caracolas
creyendo que era mozuela, tienen el cutis tan fino,
pero tenía marido. ni los cristales con luna
Fue la noche de Santiago relumbran con ese brillo.
y casi por compromiso. Sus muslos se me escapaban
Se apagaron los faroles como peces sorprendidos.
y se encendieron los grillos. la mitad llenos de lumbre,
En las últimas esquinas la mitad llenos de frío.
toqué sus pechos dormidos, Aquella noche corrí
y se me abrieron de pronto el mejor de los caminos,
como ramos de jacintos. montado en potra de nácar
El almidón de su enagua sin bridas y sin estribos.
me sonaba en el oído, No quiero decir, por hombre,
como una pieza de seda las cosas que ella me dijo.
rasgada por diez cuchillos. La luz del entendimiento
Sin luz de plata en sus copas me hace ser muy comedido.
los árboles han crecido, Sucia de besos y arena,
y un horizonte de perros yo me la llevé del río.
ladra muy lejos del río. Con el aire se batían
Pasadas las zarzamoras, las espadas de los lirios.
los juncos y los espinos, Me porté como quien soy.
bajo su mata de pelo Como un gitano legítimo.
hice un hoyo sobre el limo. Le regalé un costurero
Yo me quité la corbata. grande de raso pajizo,
Ella se quitó el vestido. y no quise enamorarme
Yo el cinturón con revólver. porque teniendo marido
Ella sus cuatro corpiños. me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
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En 1930, Lorca disfrutó de una beca en Nueva York. Fruto de aquel viaje es
su obra Poeta en Nueva York, escrita en verso libre y en la que destaca su “Oda a
Walt Whitman”, el poeta de Manhattan del siglo XIX. Oigamos un fragmento:
Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas,
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.
Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.
Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judios vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.
Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.
Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la Luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz, como una columna de ceniza.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.
Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
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Ignacio Sánchez Mejías, torero e intelectual para más señas, fue el mecenas de
un grupo de poetas al que pertenecía Lorca, quien sentía admiración por el maes-
tro. Eso explica que al dedicarle un poema a su muerte, Lorca dejase traslucir una
angustia y un dolor que iban más allá de la creación poética, para convertirse en
el “llanto” de quien ha perdido a un gran amigo. “Llanto por Ignacio Sánchez
Mejías” es un extenso poema, dividido en cuatro partes. Voy a ofrecerles un frag-
mento de la parte que Lorca titula “La cogida y la muerte”:
A las cinco de la tarde. Comenzaron los sones del bordón
Eran las cinco en punto de la tarde. a las cinco de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde. a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde. a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte ¡Y el toro, solo corazón arriba
a las cinco de la tarde. a las cinco de la tarde!
El viento se llevó los algodones Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde. a las cinco de la tarde,
Y el óxido sembró cristal y níquel cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde. a las cinco de la tarde,
Ya luchan la paloma y el leopardo la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde. a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada A las cinco de la tarde.
a las cinco de la tarde. A las cinco en punto de la tarde.
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Por supuesto que no era un delito. Sin embargo, el poeta no contó con la
barbarie, con la locura colectiva. ¡Y eso lo llevó a la muerte, ante “un pelotón de
verdugos”, como diría Machado!
Tenía treinta y ocho años. Había iniciado una gran labor artística, pero
veía truncada la posibilidad de seguir ofreciéndonos el fruto de su privilegia-
da inspiración.
Despidámosle con unos versos que él mismo escribió, casi premonitoriamente,
en su primer poemario:
Si muero,
dejad el balcón abierto.
El niño come naranjas.
(Desde mi balcón lo veo).
El segador siega el trigo.
(Desde mi balcón lo siento).
¡Si muero,
dejad el balcón abierto!
Miguel Hernández
Nació en Orihuela, Alicante, el 30 de octubre de 1910. Aunque su familia era
de condición humilde, cursó estudios primarios e, incluso inició el bachillerato,
que no terminaría debido a la precaria situación de su familia, a la que tuvo que
ayudar pastoreando rebaños.
Gran aficionado a la lectura, mientras vigilaba las cabras leía con fruición los
libros que le prestaban antiguos profesores y, más tarde, los componentes de
una tertulia literaria que lideraba Ramón Sijé, su “compañero del alma”. Luego
llegaron sus primeros versos; composiciones sencillas inspiradas, sobre todo, en
Zorrilla y en Bécquer. Algunos años después consigue que le publiquen en la ve-
cina Murcia Perito en lunas, libro que recibió una fría acogida.
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Un triste suceso sacudió su vena creativa y le llevó a escribir uno de sus más
bellos y emotivos poemas, la “Elegía” por la muerte de su mejor amigo: En
Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien
tanto quería.
Yo quiero ser, llorando, el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
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Existe otra elegía, menos conocida, dedicada a la novia de Sijé que el poeta
quiso que se incluyera también en El rayo que no cesa. Me gustaría dejar constan-
cia en este recital de la belleza de algunos de sus pasajes:
Tengo ya el alma ronca y tengo ronco
el gemido de música traidora…
Arrímate a llorar conmigo a un tronco;
retírate conmigo al campo y llora
a la sangrienta sombra de un granado
desgarrado de amor como tú ahora.
Caen desde un cielo gris desconsolado,
caen ángeles cernidos para el trigo
sobre el invierno gris desocupado.
Arrímate, retírate conmigo:
vamos a celebrar nuestros dolores
junto al árbol del campo que te digo.
Panadera de espigas y de flores,
panadera lilial de piel de era,
panadera de panes y de amores.
Ibas a ser la flor de las esposas,
y a pasos de relámpago tu esposo
se te va de las manos harinosas.
A echar copos de harina yo te ayudo
y a sufrir por la bajo, compañera,
viuda de cuerpo y de alma yo viudo.
¡Cuántos amargos tragos es la vida!
Bebió él la muerte y tú la saboreas
y yo no saboreo otra bebida.
Retírate conmigo hasta que veas
con nuestro llanto dar las piedras grama,
abandonando el pan que pastoreas.
¡Levántate!; te esperan tus zapatos
junto a los suyos muertos en tu cama,
y la lluviosa pena en sus retratos
desde cuyos presidios te reclama.
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Nota biográfica
Víctor Agramunt, uno de los grandes actores de doblaje de nuestro país, ha
pulsado –y continúa pulsando– todos los registros de la interpretación: locutor,
actor y director de radio; presentador de televisión; actor de teatro en España y
en festivales internacionales; profesor de Comunicación radiofónica; adaptador
de diálogos, actor y director de doblaje para cine y televisión.
Ha prestado su voz a primeros actores como Henry Fonda, Fred Astaire,
Warren Beatty, James Dean, Michael Caine, Robert de Niro, Al Pacino, Dustin
Hoffman, Sidney Poitier, Nino Manfredi, Klaus Mª Brandauer, Robert Duvall,
Christopher Plumber, Chad Everett, Richard Chamberlain, James Caan, Dick
van Dyke y Tyrone Power.
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CUADERNOS DE U.M.E.R.
Nos. 1 al 50 agotados. Pueden consultarse en la página web [Link]
Nº 51: “Medios de comunicación. La vida como espectáculo”. Luis Matilla.
Nº 52: “El dos y el tres de mayo”. Cristina del Moral.
Nº 53: “Aproximación a la independencia iberoamericana en el bicentenario de su inicio”. Mª Jesús García-Arévalo Calero.
Nº 54: “El cine cómico español en la primera mitad de los años cincuenta”. María de los Ángeles Rodrígez Sánchez.
Nº 55: “Inmigración y Derechos Humanos”. Augusto Klappenbach.
Nº 56: “El tiempo y la huella de Larra (1809-1837)”. Feliciano Páez-Camino.
Nº 57: “Memoria de la Universidad de Mayores Experiencia Recíproca” UMER (2004-2009).
Nº 58: “La educación en España en el primer tercio del siglo XX: la situación del analfabetismo y la escolarización”. Alfredo Liébana Collado.
Nº 59: “La ONU: una visión desde dentro”. Francisco Acebes del Río.
Nº 60: “La Capilla del Obispo (de Nuestra Señora y San Juan de Letrán)”. Emilio Guerra Chavarino, Investigador; Rosario Zapata, Transcriptora.
Nº 61: “Barrio de Maravillas, de Rosa Chacel”. Carmen Mejías Bonilla.
Nº 62: “Breve historia de la Estadística y el Azar”. Benita Compostela Muñiz.
Nº 63: “Miguel Hernández (1910-1942), en el sabor del tiempo”. Feliciano Páez-Camino Arias.
Nº 64: “Los retos de la educación para la ciudadanía”. Luis María Cifuentes.
Nº 65: “Las mujeres en la Ciencia”. Antonio C. Colino.
Nº 66: “Miguel Hernández. Con tres heridas: la de la muerte, la del amor, la de la vida”. Maria Jesús Garrido.
Nº 67: “El Banco de España: funciones e historia”. Enrique Ortiz Alvarado.
Nº 68: “Carmen de Burgos: La voz de los sin voz”. Carmen Mejias.
Nº 69: “Del Cantar del Cid a Cernuda: El destierro en la poesía española”. Feliciano Páez-Camino.
Nº 70: “El conflicto árabe-israelita: génesis y nudo”. Francisco Acebes del Río.
Nº 71: “Filosofía de la risa”. Augusto Klappenbach.
Nº 72: “Hipoteca inversa”. Antonio Martínez Maroto.
Nº 73: “Muchachas que trabajan”. Carmen Mejias Bonilla.
Nº 74: “Antonio Machado: Soñando caminos”. María Jesús Garrido Calvillo.
Nº 75: “Sobre la historia del teatro musical español: la zarzuela y sus alrededores”. Juan Carlos Talavera.
Nº 76: “La historia en la obra de Manuel Azaña”. Feliciano Páez-Camino Arias.
Nº 77: “Machado, Lorca y Hernández. Los poetas de la guerra”. Victor Agramunt Oliver.