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El Reino de Dios Bienaventuranzas

El documento presenta las Bienaventuranzas según el evangelio de San Mateo, donde Jesús enseña sobre la felicidad y el Reino de Dios a través de actitudes como la humildad, la misericordia y la búsqueda de justicia. Se enfatiza que el Reino de Dios no es un conjunto de mandamientos, sino una realidad que responde a los deseos más profundos del ser humano. Cada bienaventuranza aborda problemas universales y nos invita a afrontar el sufrimiento y a compartir en lugar de acumular riquezas.

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El Reino de Dios Bienaventuranzas

El documento presenta las Bienaventuranzas según el evangelio de San Mateo, donde Jesús enseña sobre la felicidad y el Reino de Dios a través de actitudes como la humildad, la misericordia y la búsqueda de justicia. Se enfatiza que el Reino de Dios no es un conjunto de mandamientos, sino una realidad que responde a los deseos más profundos del ser humano. Cada bienaventuranza aborda problemas universales y nos invita a afrontar el sufrimiento y a compartir en lugar de acumular riquezas.

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El Reino de Dios

Las Bienaventuranzas
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5,1-12
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus
discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
«Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Dichosos los sufridos,
porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi
causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la
misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

Lo primero que me gustaría aclarar es que la expresión Reino de Dios, hace referencia al
proyecto de Jesús; él mismo fue quien denominó con esta expresión la misión que vino a
realizar. En este punto es interesante destacar que Jesús cuando habla de su proyecto no
hace referencia a una doctrina, a un conjunto de enseñanzas que debamos aprender; sino
más bien a una realidad dinámica. Es más, a la hora de presentarnos un resumen de las
acciones que mejor definen dicho Reino, dicho proyecto; no nos da una lista de
mandamientos, que pudiera parecer lo más apropiado, sino que nos regala las
bienaventuranzas. La expresión bienaventurados es la traducción de la palabra griega
maka,rioi que se traduce por dichoso, feliz, afortunado, bienaventurado…

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Como podemos conocer por nuestra propia experiencia existe una gran diferencia entre
un mandato y un deseo. El mandato lo vemos como algo impuesto y que viene de fuera. A la
hora de cumplirlo tenemos que recurrir a la voluntad, la obediencia… Sin lugar a dudas los
mandamientos buscan el bien personal y el bien de la comunidad; ese es, quizás, el principal
estímulo que podemos tener a la hora de cumplirlo y respetarlo. Por el contrario, un deseo
es algo que anhelamos alcanzar desde lo más profundo de nuestro corazón; no hay que
estimular a nadie para que realice un deseo.
Jesús, conocedor de esta realidad a la hora de presentar las líneas de acción de su
proyecto nos lo presenta como bienaventuranzas, como maka,rioj, como la oportunidad de
realizar nuestros deseos. Por tanto, su proyecto no es algo que venga impuesto desde fuera,
sino que más bien responde a los deseos más profundos del corazón humano. Jesús cuando
nos presenta su proyecto de algún modo nos está hablando de aquello que todos deseamos
alcanzar y que tantas veces no acertamos a definir de un modo adecuado y conciso; Jesús
cuando nos presenta su plan de actuación nos está trazando el camino que conduce a la
auténtica felicidad.
Finalmente decir que cada una de las bienaventuranzas va a tocar un problema que
afecta a toda persona y va a avisarnos de las tentaciones que dicho problema lleva consigo,
para posibilitar objetivamente la fraternidad. Es decir, pretenden desenmascarar los
mecanismos, a veces inconscientes (ya sean trampas, miedos…) que imposibilitan el que
podamos ser felices y auténticos hermanos.

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I. Dichosos los pobres1 en el espíritu, porque de ellos es el
reino de los cielos
Lo primero que tenemos que aclarar es que la riqueza en sí es un bien siempre. Por
ejemplo, un país que esté desertizado es un país que terminará por estar desolado y
deshabitado. Allí difícilmente podrá vivir alguien dada la ausencia de riqueza y, sobre todo,
la imposibilidad de crearla.
Realizada esta aclaración, diremos que esta primera bienaventuranza nos previene de
una terrible TENTACIÓN: pensar que acumulando riquezas vamos a ser más felices. Es la
primera tentación que Jesús tuvo que afrontar en el desierto cuando fue tentado por el
diablo: «Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre. El tentador
se acercó entonces y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan
en panes”. Jesús le respondió: “Está escrito, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda
palabra que sale de la boca de Dios”.» (Mt 4,2-4)
El problema de las riquezas no está en si éstas son buenas o no —ya lo hemos visto—;
sino más bien en el uso que hacemos de ellas; en pensar que seremos más felices si
atesoramos riquezas. Hay una parábola en el evangelio de Lucas que explica esto muy bien:
«Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo:
“¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?” Y dijo: “Voy a hacer esto: Voy a
demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis
bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años.
Descansa, come, bebe, banquetea.” Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te
reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?” Así es el que atesora
riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.» (Lc 12,13-21)
Cuando ponemos nuestro corazón en las riquezas, no es cierto que seamos más felices;
sino que nos hacemos más pobres e infelices. No es más feliz quien egoístamente ambiciona
acumular riquezas sino quien comparte sus bienes con los necesitados. El corazón humano
no ha sido hecho para acumular sino para compartir. Cuando nos obsesionamos en tener
cada vez más y más riquezas toda nuestra vida comienza a girar en torno a las mismas.
¿Cuántas personas hay hoy que viven para poder pagar la hipoteca y el resto de deudas que
han contraído? ¿Podemos afirmar que estas personas son inmensamente felices por ello?
Más bien, debemos decir justamente lo contrario.

1
Jesús no optó por los pobres, sino que Jesús fue pobre:
– Jesús nació pobre, en un humilde establo en Belén porque para no había sitio en la posada (cf. Lc 2,1-20).
– Jesús fue pobre, se crió en Nazaret de donde afirma Natanael en el evangelio según san Juan que no
puede salir nada bueno (cf. Jn 1,46).
Ahora bien, la cuestión es por qué Jesús escogió el camino de la pobreza en su vida; el Hijo de Dios hubiera
podido ser un poderoso Rey. Jesús escogió el último lugar porque éste es el más bajo, y por tanto, el más
universal.

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Finalmente, recoger que es falso que las riquezas nos proporcionen seguridad. Cuando
ponemos nuestra seguridad y nuestro futuro en las riquezas, nos olvidamos de que en el
cielo tenemos un Padre providente que se preocupa por nosotros; nuestro centro ya no es su
proyecto, el reino de Dios, sino las cosas de este mundo: «Por eso os digo: No andéis
preocupados pensando que vais a comer para poder vivir, ni con qué vestido vais a cubrir
vuestro cuerpo. Porque la vida es más importante que el alimento, y el cuerpo más que le
vestido… Así que vosotros nos andéis buscando qué comeréis ni qué beberéis; no estéis
ansiosos. Por todo esto se afana la gente del mundo, pero vuestro Padre ya sabe que lo
necesitáis. Buscad más bien su reino, y él os dará lo demás. No temáis, pequeño rebaño,
porque vuestro Padre ha querido daros el reino. Vended vuestras posesiones y dad limosna.
Acumulad aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón se
acerca ni la polilla roe. Porque donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón.» (Lc
12,22-23.29-34)

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II. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán
consolados
Esta bienaventuranza trata un tema universal: el tema del sufrimiento y del dolor.
Después de escuchar esta bienaventuranza definitivamente podemos pensar a primera vista
que Jesús ha perdido la cabeza: ¡Cómo que son felices los que lloran! Es necesario que
bajemos hasta nuestro corazón para que podamos comprender el sentido profundo de esta
bienaventuranza.
Lo primero que diremos sobre esta bienaventuranza es que Jesús no pretende darnos
aquí una explicación razonable sobre el dolor. El dolor no hay quien lo explique, ni quien lo
entienda; de ahí hay que partir.
Hay algunos que dan una explicación terrible al dolor; éstos lo contemplan como un
castigo de Dios, con lo cual, casi sin quererlo se nos trasmite la imagen de un Dios que
parece disfrutar con el dolor ajeno; o que el sufrimiento siempre es causa de algo malo que
hemos hecho. Esta última visión sobre el sufrimiento ya quedó desmentida en el libro de
Job, ya que no siempre el sufrimiento tiene su origen en un mal que hayamos realizado.
Sin embargo, si bien el dolor el un misterio; ante el dolor caben dos alternativas:
afrontarlo o huir de él. Esta bienaventuranza nos viene a decir que el dolor, el sufrimiento
hay que afrontarlo; porque si salimos corriendo, nos come, nos aplasta. Y aclaremos que
quiere decir afrontar: no se trata de solucionar, ni de superar, ni siquiera entender; es
sencillamente tenerlo delante, no quitarle los ojos de encima, no darle la espalda, aunque
uno no sepa que hacer.
Jesús en Getsemaní nos enseña como debemos afrontar el dolor y el sufrimiento:
«Velad y orar para que no caigáis en tentación, que el espíritu está pronto, pero la carne es
débil» (Mt 26,41). Existe una gran diferencia entre Jesús y los discípulos en la noche de
Getsemaní; mientras que Jesús reza para no caer en la tentación, no huye sino que afronta el
dolor y el sufrimiento; los discípulos se quedan dormidos, se evaden, son incapaces de
luchar contra la pena que se les viene encima.
Son momentos, además para vivir en la esperanza que no es lo mismo que el optimismo.
Mientras que el optimista tiene razones que justifican un cambio; quien espera tan sólo
tiene la fe; y es que la respuesta de Dios viene cuando ya no hay posibilidad de respuesta
humana.
Jesús en Getsemaní no dice que venga a mí todo el sufrimiento del mundo que yo puedo
con él. Más bien, pide que pase ese sufrimiento, pero que no se haga su voluntad sino la de
Dios: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad sino la
tuya.» Jesús se fía de Dios en el momento más duro y difícil de su vida.
Esta bienaventuranza nos hace preguntarnos: ¿quién es más feliz quien desespera y
amargado arremete contra todo y contra todos; o quien conserva la esperanza en las
dificultades de la vida?

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Tarde o temprano el dolor y el sufrimiento se van a presentar en tú vida. ¿Qué pasa si le
pides a Dios algo y no te lo concede? Tarde o temprano te llegará la muerte de un ser
querido, la enfermedad, tu propia muerte, la muerte de un hijo…
Frente al dolor no sirven las recetas, a tu corazón no lo tranquiliza ni el huir ni las
respuestas fáciles. A tu corazón lo que le consuela es tan sólo confiar en Dios.
Un aviso: Hoy en día a los niños les hemos puesto en un pedestal: que no sufra, que no
tenga un trauma. ¡Cuantas veces tenemos que oír!: «Qué mi hijo no tenga que pasar por lo
que yo he pasado» Y, ¿qué está pasando con esos hijos? Si a un niño le ahorramos realidad,
le hacemos un desgraciado; si no le posibilitamos el afrontar, lo inutilizamos para la vida.
No se trata de fastidiarlo adrede, pero tampoco consiste en evitarle todos los problemas que
la vida trae consigo, porque es ahí donde puede crecer. «Más aún, hasta nos gloriamos en
las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud
probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.» (Rm 5,3-5)
Tratemos un último punto que nos ayude a afrontar el dolor y el sufrimiento ajeno.
Simplemente advertir que no hay posibilidad de luchar contra el dolor sin implicarse en él,
sin acercarse a él. Compadecerse significa literalmente padecer con. El reino de Dios se
construye cuando no sólo afrontamos nuestro dolor, sino que hacemos nuestro el dolor
ajeno. Hay un anuncio de médicos sin fronteras que nos habla precisamente de esto. Nos
dice que cuando nos duele algo nos tomamos una pastilla para intentar eliminar dicho
dolor; y a continuación nos dice qué hacemos cuando lo que nos duele es el dolor ajeno.
Luego sigue diciendo:
«Cada año mueren tres millones de personas a causa de enfermedades ya olvidadas como chagas,
tuberculosis, kala azar, enfermedad del sueño, malaria y sida infantil. No se trata sólo de enfermedades
olvidadas, sino de millones de enfermos olvidados. Aquí tenemos toda clase de medicamentos, así que
en Médicos sin Fronteras hemos pensado que sería genial que todos pudiésemos tomar unas pastillas
que ayudaran a esos enfermos olvidados y las hemos inventado: las pastillas contra el dolor ajeno (son
unas cajas que contienen seis caramelos de menta sin azúcar, cada caramelo simboliza una de las seis
enfermedades olvidadas, se venden exclusivamente en farmacias de toda España y su precio es de sólo
un euro). Cada euro recaudado se destinará a dar tratamiento a quienes más lo necesitan. Nosotros las
tomamos y ellos se curan. Ya son muchos los que sufren dolor ajeno. ¿También tú lo sientes?»

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III. Bienaventurados los sufridos, los mansos, los humildes
porque ellos heredarán la tierra
Esta tercera bienaventuranza está relacionada con la séptima porque tratan un tema
común. El tema que tratan estas bienaventuranzas es cómo gestionamos el poder.
Esta bienaventuranza la vamos a desarrollar en tres puntos:
1. Es un aviso serio ante el peligro de la agresividad como venganza y la razón profunda
para no dejarse llevar por ella. Ciertamente la agresividad está demasiado presente en la
historia humana tanto individual como colectivamente. Hay un texto que expresa muy bien
esta advertencia: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente.” Yo en cambio
os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla
derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale
también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te
pide dale, y al que te pide prestado no lo rehúyas» (Mt 5,38-42).
La ley del talión, vino a poner límite y freno a la venganza; por ejemplo, si te mataban
una oveja tú solamente tenías derecho a matarle una oveja. Pero, no tiene en cuenta la
espiral de violencia; en numerosas ocasiones terribles sucesos de violencia se han iniciado
con una pequeña diferencia; muchas rupturas en las relaciones se han producido por un
malentendido.
Jesús da un paso más allá y nos pide que amemos incluso a nuestros enemigos: «Habéis
oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo” y aborrecerás a tu enemigo. Yo en cambio, os digo:
Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro
Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a
justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo
mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de
extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como
vuestro Padre celestial es perfecto.» (Mt 5,43-48)
2. Un segundo punto; la única alternativa firme y seria contra el poder es el servicio.
Jesús nos planteó este punto con su vida y con su enseñanza. En la última cena se puso a
lavarle los pies a sus discípulos (cf. Jn 13,1-17); y advirtió a sus discípulos del siguiente
modo: «Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente y que los magnates
las oprimen. No ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser importante entre vosotros,
sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo. De la misma
manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en
rescate por todos» (Mt 20, 25b-28).

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Pensemos un momento: en nuestra valoración personal, ¿quién ocupa el primer puesto?
Pues, aquella persona con la que puedo contar, sea a la hora que sea, en las circunstancias
que sean, en cualquier dificultad. Es decir, aquella persona que es para mí como si fuese mi
servidor, mi esclavo. Y es que la valoración de una persona se mide por el nivel de
agradecimiento que despierta en nosotros, no por la admiración. Admiramos, con
demasiado frecuencia, lo que envidiamos, pero agradecemos lo que es válido y estimamos de
verdad.
3. Finalmente también tenemos que saber gestionar cuando hemos sido nosotros los
que hemos provocado en los demás la ira; tenemos que estar ojo avizor ante el peligro de
una posible agresividad que nos pueda acechar: «Trata de ponerte a buenas con tu
adversario mientras vas de camino con él; no sea que te entregue al juez; el juez al
alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no hayas
pagado el último céntimo.» (Mt 5,25-26)
4. Una vez más cuando vivimos en el espíritu de las bienaventuranzas podemos afirmar
que no sólo nosotros alcanzamos la felicidad que nuestro corazón desea, sino que, al mismo
tiempo, vivimos desde las claves de la fraternidad.
– Nos podemos preguntar, ¿quién es más feliz el que perdona de corazón o el guarda
rencor? El perdón no libera a la persona que me ha ofendido, el perdón libera a la persona
que lo da.
– ¿Quién es más feliz el que tiraniza a los demás o el que busca con un corazón sincero
el servir al prójimo?
– Y finalmente no es más feliz el que en su orgullo es incapaz de pedir perdón, sino el
que con humildad y realismo reconoce su error e intenta solucionarlo antes de que sea
demasiado tarde.

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VII. Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos se
llamarán los Hijos de Dios
Esta bienaventuranza no es más que el reverso de una moneda en la que en la otra cara
está grabada la bienaventuranza que acabamos de tratar: bienaventurados los mansos,
sufridos, humildes…
Para exponer esta bienaventuranza comenzaremos afirmando que la paz no es
simplemente la ausencia de guerra, sino que es una tarea, es un trabajo, implica el hecho de
tener que construirla. Pues bien veamos tres medios a través de los cuales podemos o bien
construir o bien rehacer la paz.
1. El perdón: Ya hemos visto en la bienaventuranza anterior que Jesús nos invita a no
dejarnos llevar por las venganza, aplicando el ojo por ojo (cf. Mt 5,38-42); mucho más nos
invita a amar a nuestros enemigos (cf. Mt 5,43-48). Pedro le preguntó al Señor cuantas
veces tenía que perdonar a su hermano si siete veces; y Jesús le respondió que setenta veces
siete, es decir, siempre (cf. Mt 18,21-35).
2. La corrección fraterna: Hay una paradoja en la corrección fraterna; es posiblemente
el consejo de Jesús más detallado en su forma de llevarlo a cabo y el que menos hemos
intentado practicar (cf. Mt 18,15-17): primero habla a solas con tu hermano y repréndelo;
luego sino te escucha toma a uno o dos más; y si aún así no echa cuenta díselo a la
comunidad, y si tampoco a ésta le hace caso considerarlo como un pagano o un publicano.
Ante un fallo del otro, ¿me comprometo a no comentarlo con nadie, a no ser que sea
con él mismo? Si éste primer compromiso lo practicásemos siempre, ¡cuántas cosas
intrascendentes se esfumarían por sí solas! Las cosas muchas veces cobran importancia con
la publicidad y se extinguen en el anonimato.
3. Revisar y conocer mis propios fallos: A veces nos puede ocurrir como el del chiste
de aquel que va conduciendo por la autovía con la radio puesta y escucha: ¡Atención,
atención! Por el kilómetro 423 de la autovía de Madrid a Sevilla va un coche en dirección
contraria. Nuestro protagonista constata que él va por ese kilómetro y dice: ¡Pero si no es
uno! ¡Si son todos los que vienen en contra! O también el chiste del desfile militar en el que
para su madre todos los soldados llevaban el paso cambiado menos su hijo.
Hay que admitir con toda la modestia del mundo nuestras limitaciones y nuestras taras.
Tenemos que aceptar que entre nosotros existen incompatibilidades. Pablo y Bernabé
fueron santos y tuvieron que separarse.
Conócete y acepta tus limitaciones porque de lo contrario vas a sufrir mucho y vas a
hacer sufrir a cuantos tengas a tu alrededor; la batalla, la guerra está garantizada.

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IV. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados
Entramos en las tres bienaventuranzas del corazón.
¿Cuál es el tema que trata esta bienaventuranza? El autor que estamos siguiendo
fundamentalmente durante estos días afirma que trata el tema de los deseos. El ser humano
es por naturaleza un alguien que desea; que desea algo. Decíamos el primer día que las
bienaventuranzas vienen a responder a los deseos más profundos de nuestro corazón. Pues
bien, esta bienaventuranza nos previene sobre lo que desear; porque no cualquier deseo va a
saciar nuestro corazón.
Recordemos por un momento el pasaje de las tentaciones de Jesús en el desierto al
comienzo de su vida pública (cf. Mt 4,1-11): la tentación del materialismo; de la gloria de
este mundo y del poder. El problema de la tentación consiste en que lo que es malo se
disfraza como bueno. Nadie optaría por algo que se ve de entrada malo; la tentación
consiste en hacernos creer que algo realmente es bueno cuando no lo es. Ahora bien, en que
sabemos que algo realmente no viene de Dios, que algo no es realmente bueno;
precisamente en que no sacia nuestra hambre y nuestra sed.
Hay un relato en el evangelio según san Juan; el relato del encuentro entre Jesús y la
samaritana que hemos leído como introducción para nuestra reflexión (cf. Jn 4,1-26). En él
se nos habla de una mujer que va a sacar agua a un pozo. Ella constantemente tiene que
repetir este gesto porque la sed física requiere ir a coger agua una y otra vez. En cambio,
Jesús, le está hablando de un agua que es capaz de saciar su sed para siempre. La mujer ha
estado buscando fuera de sí misma el agua; Jesús le propone que busque en su interior; que
escuche la voz del Espíritu que habita en ella.
Es curioso porque nos pasamos gran parte de nuestra vida pensado y buscando la
felicidad fuera de nosotros mismos, pensando que para ser felices necesitamos tener bienes
materiales, tener prestigio, tener poder; y resulta que nada de eso sacia nuestra sed. El
surtidor está dentro de nosotros mismos: «el agua que yo le daré se convertirá dentro de él
en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
Por tanto, Jesús nos está invitando a tener cuidado con nuestros deseos porque no todos
sacian nuestro corazón. Hay un discurso, también en el evangelio de Juan, el del pan de
vida, en el que Jesús al día siguiente de haber multiplicado los panes y los peces, les dice a
quienes le seguían: «Os aseguro que no me buscáis por los signos que habéis visto, sino
porque comisteis hasta saciaros. Esforzaos, no por conseguir el alimento transitorio, sino el
permanente, el que da la vida eterna.» (Jn 6,26-27)

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¿De qué alimento está hablando Jesús en este discurso? Probablemente el evangelista
nos está hablando de la Eucaristía: el pan de vida. ¿Y qué significado tiene la Eucaristía? En
la Eucaristía hacemos el memorial de la entrega de Cristo por nuestra salvación. Cristo se ha
dado sin reservas por nosotros; no nos ha amado un poco, sino que nos ha amado hasta el
extremo (cf. Jn 13,1). En la eucaristía se hacen realidad aquellas palabras de Jesús:
«Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me
siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la
conservará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar todo el mundo, si pierde su vida? ¿O
qué puede dar a cambio de su vida?» (Mt 16, 24b-26)
En definitiva, podríamos decir que tener hambre y sed de la justicia no es más que tener
hambre y sed de entregar la vida; ese es el que queda saciado; el que busca saciar su sed y su
hambre en otro lugar no deja de dar vueltas y vueltas, pero al final su vida está vacía. La
felicidad, por tanto, no es más que poner en juego nuestros talentos para ponerlos al servicio
de los demás, se trata de vivir enamorados, es decir, en-amor-dados.
Hoy vivimos en una sociedad en la que constantemente se nos promete saciar nuestra
sed de felicidad; pero todo lo que nos ofrecen son sucedáneos de felicidad porque
constantemente tenemos que ir una y otra vez a la fuente para intentar saciarnos. Cuando
esa experiencia se repite una y otra vez acabamos teniendo personas desencantadas, personas
desmotivadas, personas pasotas que no encuentran sentido a su vida.
Una persona que es feliz transmite felicidad. El otro día en el programa de Eduard
Punset, Redes, decía que cuando una persona está feliz tiene la probabilidad de un diez por
ciento de alegrar la vida de los demás, en cambio, una persona infeliz tan sólo tenía la
probabilidad de un siete por ciento de transmitir dicho estado de ánimo a los demás. Pues
bien, seamos felices para transmitir felicidad, y enseñemos a otros a compartir y
experimentar donde se encuentra la auténtica felicidad.

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V. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia
Esta bienaventuranza trata el siguiente tema: cómo me relaciono con la miseria propia y
ajena. Comencemos diciendo que la palabra misericordia es la unión de miseria más
corazón, tener un corazón que se acerca a la miseria, que no la rechaza, sino que la asume y
la acepta. Aquí no se trata de la voluntad de no querer mejorar, de rendirme ante mis
defectos sin intentar al menos luchar por cambiar. Muchas personas plantean como escusa
el que son así y nada más. No se trata de la impasibilidad y de la impunidad ante el error
craso y manifiesto; más bien se trata de aceptar mi debilidad, esa que se hace presente una y
otra vez en mi vida y en la vida de los demás y que nos acompaña casi de un modo
permanente.
Esta bienaventuranza viene a prevenirnos de la tentación del TABURETE; es decir, de
nuestra maniática costumbre de situarnos por encima de los demás; y por encima de lo que
somos. Jesús ya nos lo advierte en el evangelio: «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar
“Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a
nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni
tampoco os dejéis llamar “Directores”, porque uno solo es vuestro Director: el Cristo. El
mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que
se humille, será ensalzado.» (Mt 23,8-12)
Para entender bien el alcance de esta bienaventuranza veamos el significado que tiene la
palabra misericordia para el pueblo judío.
– Ex 22,21: «No maltratarás al forastero ni le oprimirás, pues forasteros fuisteis
vosotros en Egipto».
– Ex 23,9: «No oprimas al forastero; ya sabéis lo que es ser forastero, porque forasteros
fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.»
– Dt 15,12-15: «Si tu hermano hebreo, hombre o mujer, se vende a ti, te servirá
durante seis años y al séptimo le dejarás libre. Al dejarle libre, no le mandarás con las
manos vacías; le harás algún presente de tu ganado menor, de tu era y de tu lagar; le
darás según como te haya bendecido Yahveh tu Dios. Recordarás que tu fuiste
esclavo en el país de Egipto y que Yahveh tu Dios te rescató: por eso te mando esto
hoy.»
Podemos decir como conclusión de la visión del pueblo judío de la misericordia; para
entender bien que es ser misericordioso tengo que haber experimentado la miseria.

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Jesús adoptó una postura bien distinta a la del taburete. Él siendo Dios se hizo hombre,
y no sólo eso, sino que se convirtió en esclavo nuestro por amor (cf. Flp 2,6-11): «Él, a
pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se
despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así,
actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una
muerte de cruz.»; nació en Belén y se crió en Nazaret; quiso ser bautizado como uno más
en el Jordán, se puso a la cola (cf. Mt 3,11-17); se juntaba con gente de mala reputación (cf.
Lc 7,36-50). Jesús rompió las barreras que separan a unos de los otros.
No tiene más autoridad quien se sitúa por encima de los demás, sino quien, situándose a
su mismo nivel les ayuda a crecer. Dicha palabra procede del griego auxano y de la palabra
latina augere que significa hacer crecer.
Esta bienaventuranza nos invita a asumir nuestra propia miseria, para que una vez que
nos hayamos bajado del taburete y nos hayamos situado al nivel de la gente sencilla
podamos acoger y asumir la miseria del otro.
A veces en nuestros procesos educativos enseñamos muchos conocimientos, pero no
hacemos inteligentes emocionalmente a nuestros alumnos; enseñar a relacionarse con la
propia miseria, saber gestionarla, ayudar a que se conozcan… Enseñarles a uno que los Ama
y los acepta siempre. Trabajar y cultivar, en definitiva, la dimensión espiritual.
Exponer la diferencia entre la CULPA y el ARREPENTIMIENTO.

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VI. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán
a Dios
Decir que el tema que trata esta bienaventuranza es el de la autenticidad. La imagen de
un corazón limpio implica un corazón al cual no se le haya apegado nada, que no tenga
ninguna coraza ni aditivos. El corazón se relaciona normalmente con el ámbito de los
sentimientos. Así, un corazón limpio, es un corazón sin adivitos, que sabe que lo
fundamental del mismo es que está hecho para amar.
Pero, ¿cómo se puede ensuciar un corazón; cómo pierde éste su limpieza? Veamos de
qué modo ocurre.
1. Por el miedo. Todos en un determinado momento de nuestra nos hemos sentido
atacados y ofendidos; precisamente para evitar ese dolor y defendernos de otras
posibles agresiones nos pusimos una armadura o coraza, cubriendo nuestro corazón,
añadiéndole una serie de aditivos. El problema, viene, que dicha coraza o armadura
genera en nosotros una personalidad; y llega un momento en que nos identificamos
más con nuestra coraza-personalidad que con lo que realmente somos: un corazón
limpio.
2. Además, también en este punto cabe caer en la tentación de la vanagloria. Es la
segunda de las tentaciones que según san Mateo Jesús sufrió: «Después el diablo lo
llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres el Hijo de
Dios, tírate abajo; porque está escrito: Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven
en brazos, de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna. Jesús le dijo: También
está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.» (Mt 4,5-7)
Confundimos identidad con una gran personalidad; lo vemos también
constantemente en los programas de televisión; sólo quien tiene una personalidad
que llame la atención de alguna manera es quien es reconocido y valorado. Jesús nos
dice: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (cf. Mt 11,29).
Especialmente ayudad a las próximas generaciones en este sentido, a descubrir que
un ser humano es más grande cuanto más auténtico es; y que la autenticidad depende
sobre todo de ser fieles a nuestro corazón; de vivir desde las claves del amor. Si tu
quieres que tu hijo/a sean grandes en el reconocimiento de este mundo, pero no le
enseñas a amar, ni a descubrir que el amor es lo más auténtico que éste tiene, sin duda
lo harás un auténtico desgraciado.

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3. También se mancha nuestro corazón mediante una vida desordenada, con el
pecado; escuchando la voz de la carne más que la voz del Espíritu. Lo hemos visto en
la primera lectura de hoy.
Para terminar con esta bienaventuranza recojamos que la auténtica religión es aquella
que opta por el interior a la hora de decidir donde pone la autenticidad. La auténtica
religión introduce al ser humano en el camino de la interioridad para que éste descubra
quién es realmente: un ser creado y hecho para amar. Si Dios es amor, cuando se sepa hecho
de amor y para amar sin duda que contemplará quien es Dios, que es Amor.
Jesús criticó duramente algunos aspectos de la religión judía que ponían su énfasis en la
pureza exterior: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En
vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que sólo son preceptos humanos» (Mt
15,8-9); y se refiere a los dirigentes judíos como ciegos, guías ciegos; y si un ciego guía a otro
ciego, caerán ambos en el hoyo (Cf. Mt 15,14).

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VIII. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros
cuando os insulten y os persigan y os calumnien de
cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos,
porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de
la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a
vosotros
Tenemos el enunciado más largo de todas las bienaventuranzas. El tema que trata esta
bienaventuranza no es otro que el de la fidelidad-libertad.
Lo primero que tenemos que dejar claro es de qué justicia se está hablando aquí; porque
no se trata de ser perseguidos simplemente, sino de serlo por un determinado motivo. Si
uno comete un delito y es perseguido desde luego que no debería de considerarse
bienaventurado; sino que más bien debería considerarse desafortunado y desgraciado.
Además, es importante poner de manifiesto que Jesús no buscó la persecución y cuando
pudo se escabullo para salvar su vida (cf. Mt 12,14-15; Jn 8, 57-59).
La justicia a la que hace referencia esta bienaventuranza es precisamente la que recogen
las anteriores. Es la justicia propia del Reino de Dios, del Reino de los Cielos.
Igualmente, se nos dice en la explicación que acompaña a esta bienaventuranza que esto
no es algo genuino de los seguidores de Jesús, sino que ya les ocurrió a los profetas; pero a los
profetas que hablaban en nombre de Dios; no a los falsos profetas que se dedicaron a
regalarle el oído a sus oyentes.
¿Pero porque perseguir a alguien que lucha por algo que en principio es bueno y justo?
¿Por qué perseguir a aquél que dice la verdad, aunque esta sea molesta? La respuesta es
bastante evidente: porque a nadie le gusta verse denunciado y descubierto en su maldad. Si,
por ejemplo, un ladrón está robando una casa y alguien lo descubre lo normal no es que se
entregue; sino que intentará deshacerse del testigo.
Aunque la justicia a la que se refiere esta bienaventuranza la hemos ido viendo en el
resto, puede ser interesante detenernos a contemplar los motivos por los que persiguieron a
Jesús. Dichos motivos los podemos resumir en dos:
1. Conflicto con el sábado: Como es bien sabido Jesús realizó en sábado una serie de
actuaciones que ponían en entredicho la Ley Judía; especialmente el conflicto vino
cuando llevó a cabo en sábado determinadas acciones que estaban prohibidas hacer:
especialmente porque curaba a los enfermos en sábado. Jesús, no era simplemente un
provocador, sino que al saltarse esta norma quiere poner de manifiesto que la Ley de
Dios ha de estar al servicio del hombre: «El sábado ha sido instituido para el hombre
y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del
sábado.» (Mc 2,27-28)

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2. Acusación de blasfemia: Además de quebrantar el sábado Jesús se declara como
Hijo de Dios: «Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no
sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí
mismo igual a Dios.» (Jn 5, 18) El problema es que Jesús acerca de un modo
definitivo y total la divinidad a la humanidad. Dios debe quedarse en su sitio, en el
cielo, y, a lo más al templo, pero que no se mezcle en nuestras cosas de aquí abajo.
Luego a todo esto le sucede una auténtica conspiración en la que la mentira y la
manipulación toman el timón: e incluso facciones encontradas se alían con tal de quitar a
aquél que les puede hacer daño: «En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los
herodianos contra él para ver cómo eliminarle.» (Mc 3,6)
Esta bienaventuranza es un termómetro para medir si estamos o no construyendo el
Reino de Dios. Los poderosos de este mundo les resultará incómoda nuestra posición; no
porque estemos haciendo nada injusto o malo; sino porque seremos espejo y luz que
denuncia su mal hacer o obrar.
La fidelidad tiene sin duda un precio; el precio de tu propia libertad; que no consiste en
hacer lo que quiera en cada momento, sino en optar en cada uno de los momentos de mi
vida por aquello que me edifica y construye el bien común.

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