Cartilla 2° Confir
Cartilla 2° Confir
CRECEMOS EN LA FE
CUARESMA: El DESIERTO como lugar de encuentro con Dios
SAN JOSÉ: Modelo a seguir (virtudes).
SEMANA SANTA: Vivimos el camino hacia la cruz
TIEMPO PASCUAL: Cristo nos llama a su encuentro.
La Madurez personal de nuestro compromiso bautismal
La FE como fruto del ESPIRITU SANTO.
¿Cómo se entiende ser bautizado hoy? ¿Veo en la sociedad “cristiana” lo que nos pide san
Pablo? ¿Conozco gente adulta sin bautismo que frecuenta la parroquia?
Catequesis (Juzgar)
Con el Bautismo del Señor comienza su ministerio público, aquí se manifiesta como el mesías
y el Hijo de Dios altísimo. Jesús asume nuestra condición humana y entrando en la voluntad
del Padre dará su vida en la cruz para la salvación de los hombres.
“El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo
doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf. Is 53, 12); es ya «el Cordero de Dios que quita
el pecado del mundo» (Jn 1, 29); anticipa ya el «bautismo» de su muerte sangrienta (cf Mc 10,
38; Lc 12, 50). Viene ya a «cumplir toda justicia» (Mt 3, 15), es decir, se somete enteramente a
la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de muerte para la remisión de nuestros
pecados (cf. Mt 26, 39). A esta aceptación responde la voz del Padre que pone toda su
complacencia en su Hijo (cf. Lc 3, 22; Is 42, 1). El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde
su concepción viene a «posarse» sobre él (Jn 1, 32 – 33; cf. Is 11, 2). De él manará este
Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, «se abrieron los cielos» (Mt 3, 16) que el
pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del
Espíritu como preludio de la nueva creación.” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 536)
Cristo santificando las aguas les da el poder sanador y regenerador por el cual como quien es
sepultado en las aguas muere al hombre viejo, resurge para la nueva vida de los hijos de Dios.
En este día la Iglesia de hecho nos invita a renovar nuestro compromiso bautismal de llevar
una vida santa, una vida coherente con aquella vocación a la cual hemos sido llamados en
Cristo. Es de esta condición de bautizados que surgen las diferentes estados de vida o
vocaciones en la vida de la Iglesia: laicos, religiosos (vida consagrada) o sacerdotes. Por ello
en esta ocasión meditemos un poco acerca de la espiritualidad que caracteriza la vida de los
laicos.
A menudo cuando se pregunta qué significa que uno sea laico o seglar se responde “significa
que no es sacerdote” y lo definimos no por lo que es, sino por lo que no es y quizás de modo
impreciso. Y de ello deriva que cuando se habla de espiritualidad laical, se tenga la idea de que
son “los que viven lo que es común a todos” o “aquello que es más básico en el cristianismo”.
Cuando hablamos de los seglares nos referimos aquellos cristianos que viviendo en el
mundo buscan consagrarlo, “religando” todo a Dios. Buscan transformar la realidad
desde dentro.
Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las
realidades temporales y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una
de las profesiones y actividades del mundo, y en las condiciones ordinarias de vida familiar y
social que forman como el tejido de su existencia. Es ahí donde Dios los llama a realizar su
función propia, dejándose guiar por el Evangelio para que, desde dentro como el fermento,
contribuyan a la santificación del mundo (…)[1]
La Iglesia, en efecto, vive en el mundo, aunque no es del mundo (cf. Jn 17, 16) y es enviada
a continuar la obra redentora de Jesucristo; la cual, “al mismo tiempo que mira de suyo a la
salvación de los hombres, abarca también la restauración de todo el orden temporal” [AA 5].
−Ciertamente, todos los miembros de la Iglesia son partícipes de su dimensión secular; pero lo
son de formas diversas. En particular, la participación de los fieles laicos tiene una modalidad
propia de actuación y de función, que, según el Concilio, “es propia y peculiar de ellos. Tal
modalidad se designa con la expresión índole secular” [LG 31] El carácter secular debe
ser entendido a la luz del acto creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los
hombres y a las mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo
del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la
profesión y en las diversas actividades sociales[2]
Los laicos por tanto, no tienen una doble agenda, como si la vida de Iglesia ocurre los
domingos mientras que luego regresa a la “realidad” del trabajo. Sino que son y construyen
Iglesia ahí donde se encuentran en el día a día, santificando el mundo en casa, en el
trabajo, en el recreo, en sus paseos, en su matrimonio, en su relaciones con sus padres, con
sus amigos, en su relación con el medio ambiente, y hoy diríamos hasta en los espacios
digitales.
“el interés en subrayar la unidad del proyecto divino de salvación, y la correcta relación entre
naturaleza y gracia, historia y escatología, de modo que la Iglesia no aparezca como
realidad opuesta al mundo o, en cierto sentido, ante el mundo, como si Iglesia y mundo
fueran dos realidades diversas en las que el laico actúa alternativamente (ahora rezo,
ahora pago los impuestos; ahora participo en un reunión del consejo parroquial, ahora ejercito
mi profesión: el laico no vive en una casa de dos pisos −la Iglesia y el mundo− realizando cada
actividad en el piso correspondiente). Cuando se utiliza la expresión ‘en la Iglesia y en el
mundo’ hay que estar muy atentos para no inducir a la idea de una estructura dualista en el ser
y en el actuar del laico. La pertenencia del laico a la Iglesia y al mundo no se traduce en una
doble acción: una centrada en la dinámica de comunión y de santificación en el interior de la
Iglesia, y otra −externa−, que giraría alrededor del mundo y de las tareas seculares, como si las
relaciones del laico con el mundo secular fuera algo accidental, realizado ‘fuera’ de la Iglesia.
La realidad −y la doctrina de la Iglesia− nos dice que esa actuación del laico en el mundo
constituye su plena participación en la misión del Pueblo de Dios.[3]
Aunque ya se dijo de algún modo en lo anterior quizás convenga explicar un poco mejor cómo
el cristiano que vive en el mundo ha de irse configurando con Jesucristo o poniéndolo en
palabras que están más en boga hoy en día podríamos preguntarnos ¿cómo se forma un laico
discípulo misionero de Jesucristo?
Formación humana: Dado que la gracia de Dios actúa sobre nuestra naturaleza humana,
hemos de tener presente en primer lugar nuestra formación a este nivel, se dice que la
formación humana es el fundamento de todo, alguien dijo alguna vez que podría resumirse
en “aprender a ser educado” es la práctica de las virtudes humanas que ayudan al desarrollo
de las cualidades propias. Se trata de la educación que se recibe en el hogar. Y es muy
importante este trabajo, ya lo dice un principio básico de teología “la gracia de Dios no anula la
materia sino que la perfecciona” o mejor aún “La gracia actúa mejor en una materia mejor
dispuesta”.
Formación espiritual: A nivel espiritual lo que hemos mencionado anteriormente como
medios de crecimiento podría perfilarse como un buen esquema de lo que un fiel cristiano
laico puede hacer optando por prácticas concretas que se adecuen a su estilo de vida, ¿es
posible pedirle a una madre de familia de 3 niños menores de 10 años cuyo esposo trabaja
todo el día que dedique 1 hora de oración en la mañana y una en la tarde como se le pide al
fraile carmelita o que vaya a rezar 7 veces al día un promedio de tres salmos por vez como
hace el monje benedictino? Pero claro está que esto no significa que no deba dedicar un
momento de la jornada por breve que sea para estar en silencio orante ante Dios, de hecho, es
curioso, que las personas con los horarios más complicados muchas veces son las que
aprenden a distribuir mejor sus cargas en modo que dejan un tiempo propicio para cultivar su
intimidad con el Señor. Podríamos aquí deternos y preguntar cómo se cultiva la vida espiritual a
nivel personal ciertamente pero también familiar.
Formación intelectual: no es necesario inscribirse en un curso de teología para poder formarse
en este campo, y de hecho no se trata de esto para el laico (a menos que sea profesor en una
universidad o tenga una responsabilidad particular en la Iglesia), su formación intelectual
tiene que atender ciertamente también al campo de la fe, pero según la necesidad que se
le presente, nunca estará demás repasar el catecismo de la primera comunión o de la
confirmación y es más, hoy en día existe tanta literatura no sólo en libros sino también en sitios
católicos que permiten acceder a una formación religiosa en este sentido. Sin embargo, el
cultivo intelectual del laico implicará elementos de cultura general o cuestiones específicas que
involucren su profesión. ¿Qué tipo de literatura, podcasts, videos etc. Se frecuentan? ¿nos
preocupamos por formar la cabeza?
Formación profesional: el laico dijimos está llamado a transformar el mundo desde adentro, ello
implica también conocer el mundo en el que se desenvuelve y los modos mejores para
transformarlo y redireccionarlos a Dios. Lo que cada uno pueda hacer por mejorar sus
destrezas y habilidades en el trabajo que realiza puede ciertamente colaborar a la santificación
del mismo lugar. La transformación del mundo también pasa por aquel que como un
emprendedor pone un pequeño negocio y da oportunidades de trabajo a otros a la vez que
busca hacerlo crecer.
Formación apostólica: es decir de qué manera estamos colaborando a la extensión del Reino,
el modo principal del apostolado del laico es el ejercicio de la caridad en medio de la realidad
en la que vive, llevar el amor de Dios a todos los ambientes y a todas las personas con las que
se relaciona, se trata de promover un amor afectivo y efectivo. Y esta efectividad del amor se
evidencia de modo particular a través del servicio. Y ¿a quién hemos de servir? a Dios y a
nuestro prójimo todo con mira a que extienda el Reino de los Cielos. Un modo especial de
servir es la colaboración con los diferentes ministerios que encontramos en la parroquia.
Lo que se pretende con el apostolado seglar no es otra cosa que llevar la obra de la
redención, la salvación de Jesucristo para transformar el mundo entero desde su
interior.
“La misión de la Iglesia, no es solo ofrecer a los hombres el mensaje y la gracia de Cristo, sino
también el impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico”[4] es
parte de la nueva creación que se ha inaugurado con la resurrección de Jesucristo y que
llegará a su plenitud en el último día.
Esta transformación se realizará en la medida que la caridad de Cristo impregne todos los
ambientes en los que nos movemos, particularmente las relaciones con nuestros hermanos.
“Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente irreprochable y aparezca como tal,
es necesario ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creador, y a Cristo
Señor, a quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se da; respetar con máxima
delicadeza la libertad y la dignidad de la persona que recibe el auxilio; no manchar la pureza de
intención con cualquier interés de la propia utilidad o con el afán de dominar; cumplir antes que
nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por
razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efectos, de los males y organizar los
auxilios de tal forma, que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la
dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos”[5].
3. Edificación espiritual (Actuar)
A nivel humano: ¿cómo están nuestras familias? ¿hay una auténtica educación o somos gente
que no más vive bajo un techo? ¿los principios de vida cristianos son claros en la vida de
nuestra familia? ¿cuáles son estos?.
A nivel espritual ¿qué espacios de oración existen en nuestras familias? ¿participamos juntos
de actividades religiosas?
A nivel intelectual: ¿Qué tipo de literatura, podcasts, videos etc. Se frecuentan? ¿nos formamos
en materia de fe?
A nivel profesional: ¿buscamos cualificar nuestro trabajo? ¿nos tecnificamos? ¿cómo
animamos a nuestros niños y jóvenes en esta dimensión?
A nivel de apostolado: ¿cuáles son los míos? ¿por qué nos resistimos? ¿qué haría falta para
que finalmente asumiera uno?
ENCUENTRO N°
Materiales: Velas, música de fondo. Hojitas con el esquema de la Hora Santa para que todos
participen. Con tiempo se dispone del lugar, se arregla un altar con velas para el Santísimo,
tratando de que quede en el centro del lugar para que los concurrentes se sienten lo más cerca
posible y alrededor del Santísimo.
Carteles para ambientar el lugar
(Jn 15, 15b) yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer
todo lo que oí de mi Padre.
“Desde ahora os llamo amigos. Porque os he dado a conocer todo lo que se de mi Padre” Esta
palabra de Jesús expresa todo el enorme sentimiento del amor que encierra su Corazón para con
nosotros. El corazón del amigo es un refugio abierto, sin recovecos que oculten un solo secreto.
Como la amistad exige igualdad, a nosotros nos era imposible ser amigos de Dios, por haber entre
El y nosotros una distancia infinita. Pero Dios, empeñado en ser amigo nuestro, manda su Hijo
hecho Hombre al mundo. Jesucristo hace suya nuestras limitaciones y miserias y nos da a cambio
todas las riquezas de Dios, “haciéndonos participantes de su misma naturaleza divina”
Y ahora, sí. Ahora Dios es como nosotros y nosotros como Dios.
La Iglesia dice de Jesús: “Así es mi amado, mi amigo” Y no hay cristiano que no le llame “Mi amigo
Jesús”.
Nos pide que confiemos siempre en El, en su poder y en su amor: “A ustedes, mis amigos, les digo;
¡No teman!”.
La amistad de Jesús no se va a quebrar nunca, porque El es Fiel, y nos invita permanecer siempre
en su de amor, en su compañía a lo largo de nuestra vida: en los afectos, en las alegrías y tristeza,
en las preocupaciones y esperanzas, en los dolores y enfermedades. Jesús se preocupa de mí
pero también me hace responsable la Iglesia a la que pertenezco, por la salvación de los hombres,
por la suerte de los pobres y enfermos, por el orden de la sociedad según el plan de Dios.
Por todo esto y mucho más debemos tener presente a nuestro amigo Jesús en nuestro
corazón.
Guía: Señor Jesús, estamos aquí en tu presencia. Gracias porque nos permites estar junto a ti,
gracias porque eres nuestro mejor y gran amigo.
Todos: Somos tus amigos, Señor. Los que Tu amas y queremos corresponder a tu amor, a tu
amistad y aunque somos pecadores sentimos tu llamada a ser apóstoles entre nuestros hermanos.
Canto: (Quien ha encontrado un amigo ha encontrado un tesoro de la Hna. Glenda y otro acorde al
tema)
Para que nuestra amistad sea completa, me unes a tus sufrimientos y alegrías,
Compartes conmigo tus esperanzas, tus proyectos, tu vida.
Canto
ENCUENTRON°
IDEA CENTRAL: El Espíritu Santo nos da una vida nueva y nos impulsa a
seguir el camino del amor.
MIRAMOS LA VIDA
(Ver)
¿Cómo está el corazón de esas personas?
¿En qué momentos de la vida nos encontramos así?
¿Qué necesitamos para vivir mejor?
Para la reflexión:
1. ¿Qué nos dicen los textos?¿De quién hablan?
2. ¿Quiénes son las personas que recibieron el Espíritu Santo? ¿Qué
característica tenían? (ampliar la lectura de los textos Ej. Lc.1,5-15)
3. ¿Qué realiza el Espíritu Santo en estas personas?
4. Nosotros en qué momento recibimos por primera vez el Espíritu
Santo? ¿Qué está realizando en nosotros?
PROFUNDIZAMOS EL MENSAJE
El Espíritu Santo es el “aliento” de Dios, es la fuerza vivificante que nos da la vida (Gn2,7). Nuestro aliento nace
del aliento de Dios, brota del Espíritu. Es Él quien sostiene nuestra vida, aún cuando los seres humanos
renunciáramos reconocer a Dios.
Leemos en el Catic
684 El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva que es:
"que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). No obstante, es el "último" en
la revelación de las personas de la Santísima Trinidad . (...)
El Espíritu de Dios siempre nos sostiene y protege, llevando la creación y la historia a su plenitud. Dios nos ama y
quiere que nuestra entrega sea libre y voluntaria y que nuestro amor sea una respuesta al suyo.
“Recién cuando el Espíritu Santo llega a los Apóstoles, se hace clara la experiencia de Jesús
resucitado y la conciencia de su misión: “Anunciar con hechos y con palabras la Buena
Noticia”.
En la actualidad entrando al tercer milenio nuestra cultura post moderna nos plantea otros
desafíos y otras dificultades; pero lo que no ha cambiado es el Espíritu. El mismo que impulsó
a las primeras comunidades, es el que nos anima hoy y nos hace Iglesia.” (Dialogo N° 156 )
CELEBRAMOS LA VIDA
Hacer oraciones por las situaciones que hemos observado y compartido en el diálogo.
A cada oración respondemos:
MISION DE LA SEMANA
Haré una visita a la capilla del barrio para pedir al Espíritu Santo sus dones y asumir un
compromiso de servicio a alguien.
Plenario:
Cada pareja comparte su experiencia.
¿Cómo se sintieron? ¿Qué dificultades tuvieron? ¿Qué les permitió recorrer el camino?
¿Qué significa para cada uno dejarse guiar? ¿Quiénes nos guían?
Lc. 4,1-19 Mc. 1,12-15 Leemos atentamente el texto y armamos una representación.
Luego de la representación reflexionamos en silencio.
Compartimos:
1. ¿Qué relación encuentras entre caminar en un desierto
con la experiencia que vivimos al iniciar el encuentro?
2. ¿Quién guió o llevó a Jesús al desierto?
3. ¿Cuáles fueron las tentaciones?
4. ¿Cómo respondió Jesús? ¿En qué se sostiene?
5. ¿Qué tentaciones tenemos nosotros?
6. ¿Cómo respondemos? ¿Qué nos sostiene?
PROFUNDIZAMOS EL MENSAJE
Leemos en el CATIC
2847 El Espíritu Santo nos hace discernir entre la prueba, necesaria para el crecimiento del hombre
interior (cf Lc 8, 13–15; Hch 14, 22; 2 Tm 3, 12) en orden a una "virtud probada" (Rm 5, 3–5), y la
tentación que conduce al pecado y a la muerte (cf St 1, 14–15). También debemos distinguir entre "ser
tentado" y "consentir" en la tentación. Por último, el discernimiento desenmascara la mentira de la
tentación: aparentemente su objeto es "bueno, seductor a la vista, deseable" (Gn 3, 6), mientras que, en
realidad, su fruto es la muerte.
Dios no quiere imponer el bien, quiere seres libres ... En algo la tentación es buena. Todos, menos Dios,
ignoran lo que nuestra alma ha recibido de Dios, incluso nosotros. Pero la tentación lo manifiesta para
enseñarnos a conocernos, y así, descubrirnos nuestra miseria, y obligarnos a dar gracias por los bienes
que la tentación nos ha manifestado (Orígenes, or. 29).
2848 "No entrar en la tentación" implica una decisión del corazón: "Porque donde esté tu tesoro, allí
también estará tu corazón ... Nadie puede servir a dos señores" (Mt 6, 21–24). "Si vivimos según el
Espíritu, obremos también según el Espíritu" (Ga 5, 25). El Padre nos da la fuerza para este "dejarnos
conducir" por el Espíritu Santo. "No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios
que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo
de poderla resistir con éxito" (1 Co 10, 13).
2849 Pues bien, este combate y esta victoria sólo son posibles con la oración. Por medio de su oración,
Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (cf Mt 4, 11) y en el último combate de su agonía (cf
Mt 26, 36–44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La
vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya (cf Mc 13, 9. 23. 33–37; 14,
38; Lc 12, 35–40). La vigilancia es "guarda del corazón", y Jesús pide al Padre que "nos guarde en su
Nombre" (Jn 17, 11). El Espíritu Santo trata de despertarnos continuamente a esta vigilancia (cf 1 Co
16, 13; Col 4, 2; 1 Ts 5, 6; 1 P 5, 8). Esta petición adquiere todo su sentido dramático referida a la
tentación final de nuestro combate en la tierra; pide la perseverancia final. "Mira que vengo como ladrón.
Dichoso el que esté en vela" (Ap 16, 15).
CAMBIAMOS EL CORAZON (Actuar)
Déjate seducir
CELEBRAMOS por el Señor.
LA VIDA
Escucha su voz Deja que sea él quien
que te habla al interior. hable.
Recemos: La siguiente oración:
Siente su abrazo Quien llegue con su
que te rodea Palabra
“DEJATE LLEVAR AL DESIERTO”
con la ternura a lo profundo de tu
de una madre por su hijo. corazón.
permite que su mirada Haz el esfuerzo del
te alcance silencio,
para llenarte con su luz. disfruta el remanso
de la contemplación.
Déjate conducir por el Aprende a escuchar,
Señor. tan solo a escuchar.
Que él tome la iniciativa,
que dé los primeros pasos, Ofrece tu esfuerzo,
que te revele en la disponibilidad del
el horizonte de tu vida, discípulo,
que te muestre que, con las manos
el camino de tu vocación vacías,
que te lleve de la mano se presenta, al
como el pequeño despertar de cada día
se deja guiar por sus papás. ante el misterio de la
vida, renovado.
Con un simple “gracias”
y un oído abierto
MISION DE LA SEMANA
El catequista cierra este momento explicando qué es un Don y nombra cuáles son.
ESCUCHAMOS A DIOS Y A LA IGLESIA (Juzgar)
PROFUNDIZAMOS EL MENSAJE
Los dones del Espíritu Santo
Son regalos de Dios trino. La razón de que, a pesar de todo, se llaman dones del Espíritu
Santo es que el Espíritu Santo mismo es el regalo del Padre y del Hijo al hombre que está en
gracia. Todo regalo es signo de amor. Al dar un regalo, el amor del donante se dirige a quien lo
recibe, que al recibirlo acepta y acoge el amor de quien regala. El regalo sustituye a quien lo hace;
en el regalo, uno se regala simbólicamente a sí mismo. Cuando el Padre y el Hijo regalan el
Espíritu Santo, Dios trino mismo se regala al hombre que está en gracia. Recordemos que el
Espíritu Santo es el amor personal y personificado; Padre e Hijo, al enviar el Espíritu, regalan el
amor personal que los une. El Espíritu Santo, a diferencia de los regalos humanos y terrenos, no
es sólo signo y símbolo del amor, sino que es el amor mismo, el amor personificado. El Espíritu
Santo es, por tanto, regalo del Padre y del Hijo al hombre que está en gracia, porque ese amor es
soplo de vida en él, por el Padre y el Hijo.
De Juan Pablo II (los siete dones del Espíritu Santo, meditaciones dominicales)
EL DON DE LA SABIDURIA
El primero y mayor de tales dones es la sabiduría, la cual es luz que se recibe de lo alto: es una
participación especial en este acontecimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios. “supliqué y se
me concedió la prudencia; invoque, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y,
en su comparación, tuve en nada la riqueza” (Sab 7, 7 – 8). Esta sabiduría es la raíz de un conocimiento
nuevo impregnado por la caridad, por lo que el verdadero sabio no es simplemente el que sabe las
cosas de Dios, sino el que las experimenta y las vive.
El cristiano debe ver interiormente las realidades del mundo: nadie mejor que él es capaz de apreciar
los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.
Gracias a este don, toda la vida del cristiano con sus acontecimientos, sus aspiraciones, sus proyectos,
sus realizaciones, llega a ser alcanzada por el soplo del Espíritu, que la impregna con la luz “que viene
de lo Alto”, como lo han testificado tantas almas escogidas también en nuestros tiempos.
EL ENTENDIMIENTO
El segundo don del Espíritu Santo: el entendimiento. Sabemos bien que la fe es la adhesión a
Dios en el claroscuro del misterio, sin embargo, es también búsqueda con el deseo de conocer más y
mejor la verdad revelada. Ahora bien, ese impulso interior nos viene del espíritu que juntamente con la
fe concede precisamente este don especial de inteligencia y casi de intuición de la verdad divina.
La palabra “inteligencia” deriva del latín “intus legere”, que significa “leer dentro”, penetrar, comprender
a fondo. Mediante este don el Espíritu Santo que indaga las profundidades de Dios (1Cor. 2, 10)
comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa
percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva entonces la experiencia de los discípulos de
Emaús, los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro:
¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino? (Lc. 24, 32) La luz del Espíritu
agudiza la inteligencia de las cosas divinas y hace también más transparente y penetrante la mirada
sobre las cosas humanas.
LA CIENCIA
Este don nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador.
Sabemos que el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está
expuesto particularmente a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la
multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas
y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida, es decir se trata de las
riquezas, del placer, del poder. Para resistir esa tentación y remediar las consecuencias nefastas, he
aquí el Espíritu Santo socorre al hombre con el don de la ciencia, es la que le ayuda a valorar
rectamente las cosas en su dependencia esencial del Creador.
El hombre iluminado por el don de la ciencia, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa
las cosas del Creador, su particular limitación, la falsedad que pueden constituir, cuando, al pecar, hace
de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir con pena su miseria y le empuja a
volverse con mayor ímpetu y confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la
necesidad del infinito que le acosa.
EL CONSEJO
El don del consejo se da al cristiano para iluminar la conciencia en las opciones morales que la
vida diaria le impone. Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no pocos
motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos valores, es la que se
denomina “reconstrucción de la conciencias”. Es decir se advierte la necesidad de neutralizar algunos
factores destructivos. El Espíritu de Dios sale al encuentro de esta súplica mediante el don del consejo,
con el cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola
sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes o de un camino que
recorrer entre dificultades y obstáculos.
El don del consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia. El cristiano ayudado por este don,
penetra en el verdadero sentido del os valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón
de la montaña (Mt. 5 – 7)
LA FORTALEZA
El hombre cada día experimenta la propia debilidad, especialmente en el campo espiritual y
moral, cediendo a los impulsos de las pasiones internas y a las presiones que sobre él ejerce el
ambiente, por ello es necesaria la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales
sobre las que se apoya todo el edificio de la vida moral. La timidez y la agresividad son dos formas de
falta de fortaleza que se encuentran en el comportamiento humano.
El don de la fortaleza es un impulso milagroso, que da vigor a la persona no sólo en momentos
dramáticos como el del martirio, sino también en la dificultad, en la lucha por permanecer coherentes
con los propios principios. Invocar del Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y
decididos en el camino del bien. (2 cor. 12, 10)
LA PIEDAD
Mediante la piedad, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura
para con Dios y para con los hermanos. La ternura como actitud sinceramente filial para con Dios, se
expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenas
dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda,
perdón. El don de la piedad orienta alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de
profunda confianza para con Dios, experimentando como Padre providente y bueno.(Gal. 4, 47 ; Rom.
8, 15). Además suprime aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la
impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está,
por lo tanto, a la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del
amor.
TEMOR DE DIOS
Es el miedo de perder a Dios, no miedo a Dios. El verdadero hijo ama al padre y no lo quiere
ofender. Para eso el don del “temor de Dios” se manifiesta en la delicadeza de conciencia, en el respeto
de sus leyes y en la preocupación de agradarlo en todo.
CELEBRAMOS LA VIDA
Entre todos cantamos: Espíritu de Dios.
MISION DE LA SEMANA
Junto a nuestra familia reflexionamos sobre los 7 dones (Entregar la copia de la profundización del
texto)
IDEA CENTRAL: los frutos del Espíritu Santo fortalecen nuestras vidas
para ser discípulos de Jesús.
MIRAMOS LA VIDA (Ver)
PROFUNDIZAMOS EL MENSAJE
Leemos en el CATIC
736. Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El que nos ha injertado
en la vid verdadera hará que demos “el fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia,
afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza” (Gal. 5,22-23)
“El Espíritu es nuestra vida” cuanto más renunciamos a nosotros mismos más “obramos también según
el Evangelio” (Gal. 5,25)
797. La Iglesia templo del Espíritu Santo
798. El Espíritu Santo es el principio de toda acción vital en todas las partes del cuerpo.
Recordemos también que la Iglesia nace en Pentecostés y que el Espíritu Santo la mantiene unida en
el amor, superando las diferencias y enriqueciéndola en la diversidad de dones y carismas.
CELEBRAMOS LA VIDA
MISION DE LA SEMANA
Dios quiere que cada uno de nosotros dé muchos frutos. ¿Cuál puede ser el fruto bueno
que le vas a ofrecer a Dios esta semana?
PARA RECORDAR: Los dones del Espíritu Santo orientan nuestra vida para dar fruto y así
ser testigos de Jesús en su Iglesia-
Trabajamos en 2 grupos
159. Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el
evangelio del Reino a todas las naciones (cf. Mt 28, 19; Lc 24, 46-48). Por esto, todo discípulo
es misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión al mismo tiempo que lo vincula a él
como amigo y hermano. De esta manera, como él es testigo del misterio del Padre, así los
discípulos son testigos de la muerte y resurrección del Señor hasta que él vuelva. Cumplir este
encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la
extensión testimonial de la vocación misma.
160. Cuando crece la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría que
produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro. La misión no
se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del
encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad a
comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo (cf. Hch 1, 8).
161. Benedicto XVI nos recuerda que: “el discípulo, fundamentado así en la roca de la Palabra
de Dios, se siente impulsado a llevar la Buena Nueva de la salvación a sus hermanos.
Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está
enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (cf. Hch 4,
12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no
hay futuro”1. Esta es la tarea esencial de la evangelización, que incluye la opción preferencial
por los pobres, la promoción humana integral y la auténtica liberación cristiana.
162. Jesús salió al encuentro de personas en situaciones muy diversas: hombres y mujeres,
pobres y ricos, judíos y extranjeros, justos y pecadores…, invitándolos a todos a su
seguimiento. Hoy sigue invitando a encontrar en Él el amor del Padre. Por esto mismo el
discípulo misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso
del Padre, especialmente a los pobres y pecadores.
163. Al participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad. Vivirla en la misión lo
lleva al corazón del mundo. Por eso la santidad “no es una fuga hacia el intimismo o hacia el
individualismo religioso, tampoco un abandono de la realidad urgente de los grandes problemas
económicos, sociales y políticos de América Latina y del mundo y, mucho menos, una fuga de la
realidad hacia un mundo exclusivamente espiritual”2.
CELEBRAMOS LA VIDA
En este momento queremos expresar al Señor nuestro compromiso de abrirnos al Espíritu Santo,
para que su fuerza nos ayude a vivir el estilo de la vida de Jesús. A cada intención respondemos: “SI
NOS COMPROMETEMOS”
¿A anunciar la Palabra de Dios? ……..
¿A vivir en unidad?
¿A saber perdonar?
¿A abrirnos al Espíritu del Señor?
¿A construir la Paz y la Justicia?
¿A sembrar amor y alegría?
TRABAJAMOS GRUPAL
Comentamos lo que hemos leído
PROFUNDIZAMOS EL MENSAJE
Cristo quiere llenarnos de Vida Nueva. Vida Divina y acompañarnos también hoy,
especialmente en las etapas y decisiones trascendentales de nuestro peregrinar. Lo hace, ante
todo, por medio de la Palabra y los Sacramentos de la Iglesia.
Los Sacramentos realizan verdaderamente lo que indican. Esto se hace especialmente
evidente en la Eucaristía: Ella no solamente promete la comunión con Dios y los hermanos,
sino la crea realmente. En ella no solo se habla de la Vida Nueva, sino que Jesús se entrega
como alimento para la Vida Eterna. Algo parecido se puede decir de todos los sacramentos. En
ellos obra Dios y realiza aquello, que cada sacramento habla e indica.
Los Sacramentos son acciones salvíficas de Cristo por medio de su Iglesia. Aparte de ser
El mismo, el gran Signo de Dios Padre, Jesús usó también signos para mostrarnos el Amor del
Padre: “Imponía las manos a cada uno de los enfermos y los sanaba” (Lc. 4,40). Jesús
extendió la mano y lo tocó al leproso, diciendo: “Lo quiero, queda limpio”, al instante sanó la
lepra (Lc. 5,13), “Tomando la mano de la niña le dijo “Niña, yo te ordeno, levántate!” (Mc. 5,41).
Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y lo entregó a sus discípulos
diciendo: “tomen y coman, esto es mi cuerpo” (Mt, 26,26).
Ese poder de hacer signos de salvación, Jesús lo transmitió a los apóstoles (Mt.28,18-20; Lc.
9,1.2; 19,19; Jn.20,23, etc). Todavía hoy, en nombre de Cristo, la Iglesia usa esos gestos
instituidos por El, para transmitir la misma Vida Divina a los hombres, ellos son los
Sacramentos.
“Cristo está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza,
es Cristo quién bautiza” (Concilio Vaticano II), es Cristo quién perdona, quién consagra,
confirma, envía, cura... El “ministro principal” es Cristo mismo. Por eso no depende la eficacia
de un Sacramento, de la dignidad personal del ministro secundario. Cristo perdona, por
ejemplo también si un sacerdote indigno da la absolución.
La celebración de cualquier sacramento debe revestir siempre un carácter comunitario,
eclesial. Debe manifestar que todos juntos formamos la gran familia de Dios. Por tanto, debe
evitarse cualquier celebración individualista y solitaria.
Los sacramentos exigen exigen la fe. En los encuentros de Jesús de Nazareth con gente
que acudía a El para pedirle ayuda, aparecen tres elementos: De parte de Jesús: Una palabra
y un gesto. De parte de los otros: la fe. “Tu fe te ha salvado” suele decir Jesús a los curados o
perdonados (lc. 7,50; Mc. 5,33; Mt.15,28). Un sacramento es un encuentro personal con Cristo
Resucitado, que exige fe y sinceridad. Un encuentro entre dos personas únicamente se hace
realidad, si ambas lo desean realmente. Cristo siempre está dispuesto, ¿nosotros también?. No
basta la mera ejecución, incluso perfecta de los ritos sagrados, hace falta la disposición y la
respuesta de fe del quien los recibe.
Toda celebración sacramental compromete al cristiano y a la comunidad a un nuevo estilo de
vida, nuevos criterios, nuevas perspectivas.
Cuanto más conscientes uno participa en las celebraciones de los Sacramentos y los vive,
tanto más la vida se llena de la presencia amorosa de Dios, y nos permite vivir su proyecto.
(“Vivir con Cristo” Pdre. Martin Weichs SVD)
CELEBRAMOS LA VIDA
PARA RECORDAR: Los siete sacramentos nos ayudan en cada etapa y en todos los
momentos importantes de la vida a mantenernos unidos a Jesús como miembros vivos de su Iglesia.
Se propone hacer un debate entre los confirmandos, respecto al tema: “Los Sacramentos”
Preguntas para debatir en grupo:
¿Los sacramentos son un invento de la Iglesia?
¿Porqué y para qué los sacramentos?
¿Se puede ser cristiano y no practicar los sacramentos?
¿Qué hace falta para recibir los sacramentos? ¿Porqué?
¿Qué importancia tiene la preparación en familia para recibir un sacramento?
Ante las situaciones difíciles y dolorosas que viven los jóvenes y adolescentes, ¿en qué medida nos
comprometen con la vida de nuestros hermanos los sacramentos que recibimos?
¿Qué sentido tiene el Bautismo en tu vida?
¿La confirmación te asegura que ya no vas a tener dificultades en tu vida como cristiano?
¿Cuáles son los caminos para mantenerte en Gracia de Dios?
¿Con qué frecuencia es necesario acudir al Sacramento de la Reconciliación? Y al de la Eucaristía?
Ez. 36, 25 – 28
Para la reflexión:
1. ¿Qué dice la Palabra de Dios?
2. ¿Cuál es el signo que nos presenta el texto? ¿Por qué? (tener en cuenta el
gráfico de miremos la vida)
3. ¿Qué nos mandará Dios? ¿Para qué?
Mc. 8, 22 – 26
Para la reflexión:
1. ¿Qué dice el texto?
2. ¿Cuál es la actitud de Jesús? ¿Por qué?
3. ¿Cuál es el signo que nos presenta el texto?
Hech. 19, 1 – 6
Para la reflexión:
1. ¿Qué dice el texto?
2. ¿Qué les explico Pablo?
3. ¿Cuál es el signo que presenta el texto? ¿Por qué?
Lc. 4, 16-19
Para la reflexión:
4. ¿Dónde sucede el relato? ¿Qué hace Jesús?
5. ¿De qué habla el texto del profeta Isaías leído por Jesús?
6. ¿Qué se dice del Espíritu y de Jesús en el relato?
7. ¿Para qué es ungido Jesús? Y nosotros que también venimos ungidos
por el Espíritu Santo, ¿en qué tenemos que parecernos a Jesús?
PROFUNDIZAMOS EL MENSAJE
Tanto la invitación a orar, a la que sigue un silencio de oración personal de todos los que
participan en la celebración, como la oración que acompaña el gesto de extender la manos sobre los
que van a recibir la Confirmación, hacen referencia al Bautismo, señalándolo como el comienzo de la
filiación divina y de la nueva vida en Cristo, cuyo complemento va a ser el sacramento de la
Confirmación.
El gesto de las manos extendidas (que se llama también “imposición de las manos”) existía ya en el
Antiguo Testamento como signo de bendición (Lev. 9, 22). Jesús lo usó con ese mismo significado (Mt.
19, 13; Mc. 10, 16) y también para sanar enfermos (Lc. 13, 13 ; Mt. 9, 18), y señaló a sus discípulos el
uso de este signos sobre los enfermos (Mc. 16,18). Los apóstoles usaron este gesto como signo de
gracia y del don del Espíritu Santo (Hech. 6, 6 ; 8, 17- 19 ; 1 Tim. 5, 22, 2). El significado de este gesto
litúrgico, es muy hondo: EVOCA LA IDEA QUE LOS DONES DE DIOS, SON GRATUITOS, QUE EL
HOMBRE NO PUEDE MERCERLOS, SINO QUE DEBE ACOGERLOS CON HUMILDAD Y
AGRADECIMIENTO, GLORIFICANDO A DIOS, PORQUE “TODO BUEN DON Y TODA REGALO
PERFECTO VIENE DE LO ALTO Y DESCIENDE DEL PADRE DE TODA LUZ” (Sant. 1, 17). Esta
actitud es lo contrario de la vanagloria, de la autosuficiencia y de la idea de que es uno mismo el que
“se salva”. La gloria es de Dios, de Él viene nuestra suficiencia (2Cor. 3, 5), y es Él quien toma la
iniciativa de la salvación:
“Apareció la bondad y el amor de Dios, nuestro Salvador, hacia los hombres, no por las obras justas que
hubiéramos hecho, sino por su misericordia. Nos salvó mediante el bautismo del nuevo nacimiento y de
la renovación en el Espíritu Santo, que abundantemente derramó sobre nosotros por Jesucristo nuestro
Salvador, a fin de que justificados por su gracia, seamos herederos de la vida eterna, según nuestra
esperanza” (Tito 3, 4 – 7)
EL SIGNO DE LA UNCION
LA UNCION
CATIC 1289 Muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las
manos una unción con óleo perfumado (crisma). Esta unción ilustra el nombre de "cristiano" que
significa "ungido" y que tiene su origen en el nombre de Cristo, al que "Dios ungió con el Espíritu Santo"
(Hech 10,38). Y este rito de la unción existe hasta nuestros días tanto en Oriente como en Occidente.
Por eso en Oriente, se llama a este sacramento crismación, unción con el crisma. En Occidente el
nombre de Confirmación sugiere que este sacramento al mismo tiempo confirma el Bautismo y
robustece la gracia bautismal, frutos todos ellos del Espíritu Santo.
En el Antiguo Testamento derramar aceite era signo de consagración. Así Jacob consagró una piedra
como recuerdo de su visión (Gen. 28, 18, 31)
El sumo sacerdote Aarón y sus hijos fueron ungidos (untados con aceite) (Ex. 30, 30; Lev. 21, 12)
De Jesús se dice que fue ungido en sentido espiritual, no con óleo material y el nombre de Mesías o
Cristo significa precisamente “El Ungido”.
Comentar lo leído.
Visualizar en un afiche lo que significa para nosotros la UNCION
“Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un Espíritu Nuevo” Ez.
36,26
CELEBRAMOS LA VIDA
Preparamos un altar con Biblia, vela, cruz, y la Palabra. Al pie de la cruz un frasquito con
perfume. Mientras cantamos “ilumíname Señor”, el catequista realizará la señal de la cruz en la frente
del adolescente con el perfume como una preparación hacia lo que van a recibir: la Santa Unción
PARA RECORDAR: La imposición de las manos es un signo de la comunicación del Espíritu Santo.
Por la unción con el Santo Crisma quedamos impregnados con el Espíritu Santo.