Apellidos y Nombres: Flores Irureta, Eduardo
Buscar la verdad y el bien
La conciencia, como juicio sobre un acto, puede errar, pero su dignidad se mantiene
incluso cuando se equivoca por ignorancia invencible. Sin embargo, si una persona no
busca la verdad y se deja llevar por el pecado, su conciencia puede volverse ciega. Para
tener una "conciencia recta", es esencial buscar la verdad y dejarse guiar por el Espíritu
Santo. La dignidad de la conciencia se basa en la verdad: en la conciencia recta, se
acoge la verdad objetiva; en la errónea, se considera como verdadero lo que no lo es.
Aunque un error de juicio no culpable puede no ser imputable, sigue siendo un mal en
relación con la verdad. La formación de la conciencia es crucial y debe estar en
constante conversión hacia el bien. La Iglesia y su Magisterio son fundamentales en este
proceso, ya que ayudan a los cristianos a discernir la verdad moral sin menoscabar su
libertad de conciencia. La autoridad de la Iglesia no presenta verdades ajenas, sino que
ayuda a desarrollar las verdades que ya deberían poseer los fieles, guiándolos hacia la
verdad sobre el bien del hombre.
II. La elección fundamental y los comportamientos concretos
«Sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne» (Gál 5, 13)
Manifiesta que la libertad no es solo la elección de actos particulares, sino una decisión
sobre la propia vida en relación con el Bien y Dios. Algunos autores sostienen que la
moralidad se basa en una opción fundamental trascendental, separada de las decisiones
concretas, lo que podría relativizar la responsabilidad moral de los actos individuales.
Sin embargo, la enseñanza cristiana insiste en que la opción fundamental no puede
separarse de las elecciones concretas, ya que la moralidad implica conformidad con la
voluntad y la ley de Dios. Se advierte contra teorías que minimizan la importancia de
los actos individuales y sostienen que la fidelidad a Dios puede mantenerse solo con una
opción fundamental, sin considerar las acciones concretas. Se reafirma que los pecados
graves pueden llevar a la pérdida de la gracia, independientemente de la intención
fundamental.
Pecado mortal y venial
Algunos teólogos han revisado la distinción entre pecados mortales y veniales,
sosteniendo que solo un acto que comprometa totalmente a la persona, es decir, una
opción fundamental contra Dios, puede causar la pérdida de la gracia. Según ellos, el
pecado mortal no se puede reducir a una acción aislada, sino que implica un rechazo
profundo y global de Dios.
Sin embargo, la Iglesia reafirma la enseñanza tradicional de que el pecado mortal
requiere materia grave, pleno conocimiento y consentimiento deliberado. No es
necesario un acto explícito de rechazo a Dios; elegir libremente algo gravemente
desordenado ya implica una ruptura con Él. La doctrina católica rechaza la separación
entre opción fundamental y actos concretos, pues incluso decisiones particulares pueden
modificar radicalmente la orientación moral de una persona.
IV. El acto moral
Teleología y teleologismo
La moralidad de los actos humanos depende de su relación con el bien auténtico,
establecido por Dios y reconocido por la razón y la revelación. La vida moral consiste
en ordenar libremente los actos hacia Dios, el fin último del hombre. Jesús confirma que
el cumplimiento de los mandamientos es esencial para alcanzar la vida eterna.
Algunas teorías éticas modernas, como el consecuencialismo y el proporcionalismo,
intentan evaluar la moralidad basándose en los efectos y la proporción entre bienes y
males, sin admitir prohibiciones absolutas a ciertos actos. Estas corrientes distinguen
entre valores morales y pre-morales, sosteniendo que la intención y la ponderación de
consecuencias determinan la bondad del acto, relativizando así normas tradicionales y
permitiendo excepciones incluso en materias graves.
El objeto del acto deliberado
Las teorías que intentan justificar moralmente ciertos comportamientos contrarios a la
ley divina y natural buscan liberarse de una moral basada en la obligación, pero no son
fieles a la doctrina de la Iglesia. Aunque la tradición moral católica ha analizado casos
concretos, nunca ha puesto en duda la validez absoluta de los preceptos morales
negativos. Los fieles deben respetar los mandamientos, pues el amor a Dios y al prójimo
es inseparable de su observancia.
Si bien la intención y las consecuencias de un acto son importantes en la moral cristiana,
no bastan para determinar su licitud. La ponderación de bienes y males no puede
justificar acciones intrínsecamente malas, ya que no es posible calcular exhaustivamente
todas las consecuencias. La moralidad de un acto depende del objeto elegido
deliberadamente por la voluntad, y este debe estar en conformidad con la razón y el bien
de la persona. Algunos actos son siempre errados, independientemente de la intención.
El acto es verdaderamente bueno cuando se ordena a Dios con pureza de intención y
respeto por la naturaleza humana.
El «mal intrínseco»: no es lícito hacer el mal para lograr el bien (cf. Rm 3, 8)
La Iglesia rechaza la idea de que ciertos actos no puedan ser calificados como
moralmente malos sin considerar la intención o las consecuencias. El juicio moral
depende del objeto del acto, que debe ser ordenable a Dios y al bien de la persona.
Existen actos intrínsecamente malos que contradicen radicalmente el bien humano y son
ilícitos en cualquier circunstancia, como el homicidio, el aborto, la tortura o la
esclavitud.
Aunque una intención buena o ciertas circunstancias puedan atenuar la malicia de estos
actos, no pueden hacerlos moralmente aceptables. La fidelidad a los mandamientos
expresa la verdadera obediencia y amor a Dios, y sin un orden moral objetivo, la
fraternidad y la verdad sobre el bien estarían en riesgo. La Iglesia, al reconocer la
existencia del mal intrínseco, respeta y promueve la dignidad humana.
Más allá de señalar errores, los pastores deben mostrar el esplendor de la verdad en
Cristo, quien revela la auténtica libertad en la obediencia a la ley divina, que se resume
en el amor a Dios y al prójimo, guiados por el Espíritu Santo.