Algunas ideas de Iván Illich
Virtud que quiere decir: "una forma, un orden y dirección de la acción formada por
una tradición, vinculada por el lugar, y habilitada por las elecciones hechas dentro
del alcance habitual del actor.
"Me inclino ante la alteridad de otra persona. Pero renuncio a tender puentes entre
ella y yo reconociendo el abismo que nos separa"
"todo lo que yo percibo es al otro en su palabra, la cual acepto con fe. Pero,
gracias a la fuerza de esta palabra puedo confiarme de caminar en la superficie sin
precipitarme en el poder institucional"
Diferencia entre problemas y mal
los profesionales -que siempre trabajan para instituciones- necesiten crear
problemas en donde en realidad hay males (Los males, para Illich, a diferencia de
los problemas, no son cuestiones manejables) Los problemas son la forma en que
las instituciones legitiman su entrada a diversas esferas de los hombres. Los
problemas son planteados, por los especialistas, como variables manipulables,
cuando en realidad son más que eso: son muchas veces, cuestiones irresolubles.
El planteamiento mismo de los males como problemas, lleva implícita otra idea: un
problema puede ser resuelto. Y para resolverlo, se hace responsables a los legos,
claro está, bajo el tutelaje de los especialistas. Dicho tutelaje es la mayoría de las
veces una burda manipulación que sirve a los profesionales para legitimarse, pero
no para resolver los llamados problemas. A la idea de responsabilizamos por los
problemas, Illich contrapone la renuncia. Y debemos renunciar a ser responsables
de los problemas que nos aquejan, primero, porque no son problemas sino males,
y segundo, porque con ello sólo nos hacemos vanas ilusiones que no tienen otro
fin que hacer legítimo el trabajo de los profesionales. De por sí, la vida presenta
siempre un lado oscuro -la muerte de un amigo, las sequías...- pero estos males se
agravan cuando creemos que son problemas. Se agravan porque nos hacemos
torpes expectativas y porque al querer controlar dichos males, no sólo no los
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resolvemos sino que los hacemos aún peores. De esto se tratan las primeras
investigaciones de Iván Illich. David Cayley
LA CRISTIANIZACIÓN DE LA MÁSCARA
La tremenda intuición que los seguidores de Jesús de Nazareth tuvieron de él
como la encarnación de Dios, esa intuición que llevó a Juan el Evangelista a
escribir el deslumbrante prólogo de su Evangelio, era un acontecimiento no sólo
inédito en la historia, sino, por lo mismo, escandaloso y absurdo. Que el Verbo
griego, que campeaba en el Empíreo, o Yavé, el totalmente trascendente, de los
hebreos, se hubieran hecho carne y contingencia, era una cosa que estaba fuera
de cualquier sentido de la realidad. A San Pablo le costó que los griegos lo dejaran
hablando solo; al naciente cristianismo un sinnúmero de herejías. Para demostrar
filosóficamente un acontecimiento de tal magnitud no había lenguaje. ¿Cómo
decir, fuera de la poesía con la que se expresaron los Evangelistas, lo que había
nacido de una profunda intuición espiritual?
El problema lo asumieron los Padres de la Iglesia y lo resolvieron no inventando un
lenguaje, sino incorporando aquél que en el orden de la razón había llegado a un
mayor refinamiento: el griego.
Una de esas palabras fundamentales para explicar la encarnación, la Trinidad que
de ella se desprende y que está también dicha de manera poética en Juan el
Evangelista, y los vínculos de la imagen y semejanza del hombre con Dios y el
Verbo, fue la palabra "Persona". En su sentido etimológico el prosopon (persona en
griego) significa la máscara que los actores de la tragedia utilizaban para
representar a sus personajes. Más tarde, Epicteto la hizo extensiva para hablar de
los papeles representados en la vida: "A ti sólo te corresponde representar a la
persona que se te destina, cualquiera que sea."
A primera vista, la máscara, en el universo de la tragedia, es un ocultamiento. Pero
si la miramos más profundamente, en ese ocultamiento está también el aparecer
de algo. ¿De qué? Del ser. Para que, por ejemplo, Prometeo, el titán, aparezca en
el mundo de los hombres, es necesario que se manifieste en el espacio de la
tragedia, y para que esa manifestación se realice necesita la máscara (la persona)
que oculta a quien lo representa y deja paso al aparecimiento del titán. La
máscara es así un orden de relación, la relación que hace posible que algo soporte
la aparición de otro, que al mismo tiempo que es él mismo es otro.
En la intuición genial de los Padres de la Iglesia, la palabra persona venía como
anillo al dedo para explicitar la intuición de aquellos que vieron en Jesús al Verbo
encarnado y en él el aparecer de la Trinidad.
Aunque al principio, el sentido que le dio Epicteo de representación, y el carácter
de apariencia y no de sustancia que la persona tenía en el teatro griego, hizo
ambiguo el contenido que los Padres de la Iglesia le daban, y provocó las grandes
disputas que caracterizan la historia de los primeros siglos del cristianismo —
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disputas que desembocaron en las decisiones del Concilio de Nicea (325)— al final
terminó por imponerse. Lo que, supongo, los Padres de la Iglesia vieron en la
persona a la luz de la encarnación del Verbo, y del sentido profundo que encerraba
la máscara, es que no hay nada que no tenga una manifestación de relación, es
decir, que no tenga un soporte invisible que la haga aparecer y con ello haga
aparecer lo invisible. En este sentido, la máscara, la persona, es un velamiento
que devela. No podríamos conocer a aquel que es el todo, Dios, si en un momento
dado no hubiera permitido su aparición a través de "la máscara". La máscara se
convierte así no en un accidente, en una representación, sino en la expresividad
de aquello que no tiene rostro, en su sustancia visible. Al decirse, en su Verbo,
Dios, digamos, se "enmascara" para mirarse; al mirarse en esa "máscara" se ama,
y al amarse, crea un mundo. La encarnación del Verbo, es, en el mundo de los
hombres, el develamiento de Dios en la "máscara" de Jesús, su aparición en la
"máscara" de la carne. La carne se vuelve así la manifestación de aquello que es
invisible, su presencia en la proporción de la materia. Al mirar a Jesús, los hombres
de su tiempo miraron a Dios, y al mirarlo, vieron la relación entre su ser y el ser
invisible de Dios. Develado en el "enmascaramiento" de Jesús, la persona, "la
máscara", se volvió así, la expresión de la relación del hombre creado con el
soporte invisible que la hace posible: Dios, su manifestación entre nosotros.
Lo monstruoso de Dios
El poder, que es siempre monstruoso, ha hecho que una buena parte de la
imaginación humana conciba el universo de Dios como una monstruosidad. Una de
ellas es ese ser compuesto de muchos seres que aparece, con diferentes rostros y
nombres, a lo largo de muchas mitologías, relatos religiosos y literaturas
fantásticas de Occidente. Recuerdo algunas: Virgilio, en el cuarto libro de
la Eneida representa a la Fama –el Escándalo o el Rumor, dice Borges– como un
rey numeroso de plumas, ojos, lenguas y oídos. En el inmenso texto religioso del
siglo XII, el Visio Tundali, la fiera Arconte lleva en su vientre a los réprobos
atormentados por osos, leones, víboras y lobos.
Estos seres, que pertenecen a los infiernos, tienen su contraparte divina: la
geométrica trinidad cristiana y sus más horrendas representaciones pictóricas:
“un solo Dios en tres personas distintas”; los cuatro seres vivientes del Apocalipsis
que poseen seis alas cada uno y están llenos de ojos por dentro, o el águila del
canto XIX delParaíso, de Dante, compuesta de miles de reyes justos, que habla –
como un símbolo del imperio y del poder– con una única voz y dice “yo” en lugar
de “nosotros”.
Muchos siglos después, en el frontispicio de la primera edición inglesa
del Leviatán –ese símbolo del Estado que anuncia la modernidad–, de Thomas
Hobbes, la imaginería del editor colocó a un gigantesco soberano hecho de
hombres que señorea una ciudad armado con una espada y un báculo.
Aunque fascinante, “la noción abstracta de un ser compuesto de otros seres –dice
Borges– no parece pronosticar nada bueno”. De hecho, no ha dejado de revelar y
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exaltar lo monstruoso del poder, ya sea religioso o político, y de deformar de
manera atroz la realidad de Dios.
Fuera de esa desmesura geométrica de los teólogos cristianos llamada la Trinidad
y de esas reverberaciones monstruosas que nos hablan más de los sueños del
poder humano que del de Dios, Dios carece de representación. Es, como lo dice la
mística, y no la imaginación desbordada, el más allá de todo y, por lo mismo,
carece de cualquier contenido conceptual y de cualquier posibilidad de
representación.
Si atendemos al Evangelio –no a los sueños del poder o al maridaje innatural que
la Iglesia hizo del César con el Pobre de Nazareth, del Imperio con el artesano
Jesús y el pescador Pedro–, Dios no es otra cosa que la pobreza, la sencillez y la
impotencia misma de un rostro. Las extrañas palabras de Jesús: “Quien me mira a
mí mira al Padre”, dicen que Dios no se expresa por acumulación, sino por
reducción. Qué más pobre y más limitado que un rostro y, sin embargo, que más
infinito, insondable, misterioso y acogedor. Así como Dios, en Jesús de Nazareth,
va al encuentro de los otros cuyos rostros lo desposeen de sí para ir a su
encuentro, así también –dice esta extraña revelación–, quien lo mira a él o, mejor,
quien mira el rostro de cualquiera y lo sirve, entra en la intimidad de Dios. Esa
realidad, dice el Evangelio, que me rebasa, que me vincula a ella, es una piel que
nada ni nadie protege, una desnudez que se niega a cualquier atributo, a cualquier
acumulación y, por lo mismo, nos abre al infinito. Dios es entonces un vínculo que
nos desposee en el encuentro y nos hace ser en el otro más allá de nosotros
mismos y viceversa.
Nada más lejos de las monstruosidades acumulativa y totalitaria del poder; nada,
por lo mismo, más ajeno a cualquier representación. Por eso el poder, a pesar de
que, como en las figuras monstruosas a las que he aludido, quiere reducirlo a sí
mismo, en realidad se le escapa. Cuando se ama, es decir, cuando se está
desposeído de sí, y sólo habita el vínculo del amor, Dios mismo triunfa sobre
cualquier poder, sobre cualquier distancia, sobre cualquier muerte. Esa es su
verdadera monstruosidad, una monstruosidad que no puede ser representada ni
conceptualizada, una monstruosidad inasible porque es vacío de sí, porque es
nada, porque es ausencia de poder, porque es vínculo y gratuidad pura. Sólo del
vacío de sí, lo sabemos cuando nos entregamos a otro, brota la fecundidad del
infinito.
El tercero
Los misterios son realidades que aparecen en un momento de la historia, pero
cuya interpretación poética las vuelve tan insondables que sólo desde la fe pueden
aceptarse y profundizarse. Los dogmas, en el orden del cristianismo, pertenecen a
ellos. Se encuentran concentrados en esa profesión de fe que se llama el “Credo”,
que se dice en el oficio de la misa y que entrelaza todo el misterio que habita en
un hombre que convulsionó la historia: Jesús de Nazaret.
Uno de ellos –tan escandaloso como el de la encarnación: el Dios que se hace
hombre, muere como un delincuente, resucita con su carne y asciende a los cielos
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donde está a la derecha de Padre –es el de la trinidad: ese mismo Dios que se
encarna y es tres en sí mismo: padre, hijo y espíritu santo.
No pretendo hablar de ese misterio sobre el que mentes muy luminosas han
escrito inmensos tratados, sino del vínculo que los une y sin el cual sería imposible
comprender el nuevo amor –la caritas– que Jesús trajo al mundo. ¿Por qué uno son
tres o tres son uno?
Esta idea cristiana, que sólo podía venir de ese amor que Jesús predicó: un amor
de elección –expuesto muy ilustrativamente en la parábola de “El buen
samaritano”: un hombre que, transgrediendo las leyes étnicas que dicen que sólo
tienes deberes con los tuyos, va al encuentro de su enemigo herido y lo toma a su
cuidado–, tiene como característica algo que los griegos, para entender el amor
erótico, habían representado como un tercero: Eros, cuyas flechas hacen que los
hombres dejen su soledad y se unan en la cópula carnal hasta convertirse en uno
solo: en el andrógino original del que habla Aristófanes en “El banquete”, de
Platón.
A partir de Jesús y de la interpretación cristiana, ese tercero que no sólo une a uno
con otro en la cópula erótica, sino a un enemigo con otro hasta crear un yo plural
nuevo, un nosotros ya no basado en las leyes étnicas sino en la libertad, es Cristo
que revela que Dios es amor. El vínculo que une a Dios –el padre–, con Jesús –el
hijo, hecho carne–, es también un tercero: el amor, que la tradición llama el
Espíritu santo y representa como una paloma. Dios y Cristo, son así, uno en el
amor. El hombre es así también uno en ese tercero que, como en las palabras
copulativas de la gramática que unen dos oraciones distintas en un solo sentido,
une a aquellos que la naturaleza y las leyes jamás podrán unir. Por ello la tradición
cristiana medieval llamó a Cristo, entre otros muchos epítetos, elconcopulatore, el
tercero que une lo que las leyes de los hombres no pueden unir, el que permite la
existencia de ese nuevo yo plural que es la comunidad de hombres y mujeres que
se eligen a sí mismos para vivir en comunión, siempre abiertos a los demás y cuyo
relato más hermoso se encuentra en los Hechos de los apóstoles 4, 32-36. Por ello,
también, los cristianos primitivos tenían en sus casas una vela encendida: símbolo
de Cristo y del yo abierto a su llegada en la presencia de otro que llamara a la
puerta. Un constante recordatorio de que, a partir de la revelación de ese tercero
en Cristo, la comunidad, el yo plural, el nosotros, nacido del amor, nunca puede
estar cerrada sobre sí misma.
Lo dice hermosamente el Tratado de la amistad espiritual, escrito por Aelred de
Rivaulx en el siglo XII. Ese tratado, compuesto como un diálogo entre el autor y un
monje, tal vez a la luz de una vela, comienza con estas palabras reveladoras:
“Henos aquí tú y yo y también un tercero que es Cristo.”
Pensando en ello, en mis amigos, en mi mujer y en el vínculo que une a los
amantes, como una metáfora de la comunión, del yo que se vuelve plural y se
abre al acogimiento, escribí alguna vez, en un poema que lleva por título el de
este artículo: “él está allí diciéndose en el enlazamiento de los cuerpos,/ en el
borde sagrado de sus precipitaciones,/ en la celebración del gemido que acoge lo
inefable convocando lo Abierto,/ y al encarnar al dios en su trina intimidad/ nos
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dicen el anuncio de nuestra dicha en él,/ como si entre ellos,/ desbordados de
fuego en el umbral de sus cuerpos,/ el dios prefigurara nuestra resurrección”.
Individualismo vs vínculo
Ritmo social (organización social más compleja) vs el tiempo
Relativismo
Afectividad narcisista vs la apertura al otro
Injusticia
Distraerse juntos, muchos llegan al matrimonio sin conocerse
Perdida de significado
Evangelio de San Juan 14 8-10
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Señor, enséñanos al Padre y nos basta. 9 Le responde Jesús: —Felipe, hace tanto
tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocen? Quien me ha visto a mí
ha visto al Padre: ¿cómo pides que te enseñe al Padre?
quien mira el rostro de cualquiera y lo sirve, entra en la intimidad de Dios
Génesis
Creó al hombre y a la mujer los creó a su semejanza y así dejarán a sus padres y
formarán una sola carne
Dios es comunión: el matrimonio es imagen y semejanza de ese amor, el
matrimonio es comunión Xto nos dice: sean uno como mi padre del cielo y yo
somos uno, esto es:
Libertad
Amabilidad
Deseo
Intimidad
Fraternidad
Educación
Vocación
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Consagración
Servicio
Fidelidad
Vínculo
Oración
Permiso
Perdón
Gracias
Amor
Paciencia
Fe
El matrimonio es una labor de todos los días: es artesanal (el ho hacer más mujer
a la mujer, la mujer más ho al ho y los dos hacerse más humanos)
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El amor es una realización: crece y se construye como una casa
Construir sobre la roca solida del amor: AMOR DE DIOS. Danos hoy nuestro amor
de cada día
El secreto de la felicidad en el matrimonio: el perdón
Soñar… con la felicidad de el cónyuge, los hijos, los padres
Nunca dejen de ser novios
Acompañamiento cuerpo a cuerpo, perdiendo el tiempo, caminando juntos