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Tiempos Futuros

El documento narra una historia de ciencia ficción donde una cápsula extraterrestre cae en la Tierra tras una batalla espacial entre dos razas, los Arkenai y los Molgrath. A medida que la cápsula escapa hacia el sistema solar, en Marte, científicos descubren un objeto que parece estar vivo y consciente, lo que desencadena una serie de eventos que atraen la atención de autoridades militares. La trama explora temas de supervivencia, comunicación intergaláctica y la búsqueda de conexión entre especies.

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Tiempos Futuros

El documento narra una historia de ciencia ficción donde una cápsula extraterrestre cae en la Tierra tras una batalla espacial entre dos razas, los Arkenai y los Molgrath. A medida que la cápsula escapa hacia el sistema solar, en Marte, científicos descubren un objeto que parece estar vivo y consciente, lo que desencadena una serie de eventos que atraen la atención de autoridades militares. La trama explora temas de supervivencia, comunicación intergaláctica y la búsqueda de conexión entre especies.

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Tiempos Futuros

“Hay silencios que salvan mundos.”


Prólogo:

El universo es vasto, antiguo y, para la mayoría, indiferente. Pero en un


rincón cualquiera, en un planeta común, una cápsula cayó del cielo sin
que nadie estuviera preparado para entender su origen.

Lo que parecía un accidente marciano fue, en realidad, la primera pieza


de una historia tejida entre especies, eras y decisiones que definieron la
existencia humana. Esta es la crónica de los que escucharon cuando nadie
más supo hacerlo. De quienes mintieron al cosmos para proteger una
verdad más frágil que cualquier arma: nuestra propia supervivencia.
Capítulo 1: Vector de Fuga
La oscuridad del espacio no era silenciosa esa noche. En el cuadrante 19-
K del sector Irelum, una batalla descomunal tomaba forma. Dos flotas
de naves colosales se enfrentaban en un ballet sin música, sin luces, sin
nombres visibles. No había explosiones estridentes ni fuego visible. Solo
la tensión cuántica del universo reconfigurándose a cada impacto, los
cuerpos de la naves se desintegraban como espuma, sin láseres o misiles,
eran compuestos químicos rociados al espacio, nubes de compuestos se
agrupaban alrededor de cada cuerpo y lo disolvían; los contrarios también
sufrían bajas, eran ondas electromagnéticas a modo de pulsos que
deshabilitaban las estructuras y las hacían chocar entre sí, la cantidad de
desperdicios, humo y basura era descomunal.
Por un lado, las naves de los Arkenai: estructuras flotantes de contornos
redondeados y orgánicos, hechas de biopolímero inteligente que latía con
energía propia. Eran lisas, translúcidas, sin ángulos ni superficies duras,
recubiertas por una membrana que captaba vibraciones del espacio para
orientarse. Carecían de luces externas, pues no necesitaban ser vistas; se
comunicaban por resonancia, por emisión de patrones rítmicos que solo
sus pares podían decodificar. Cada nave era, en esencia, un ser vivo,
fusionado con su piloto a través de una red neural de simbiosis completa.
Por el otro, los Molgrath: estructuras rectangulares, combinación de
metal oscuro, plástico militarizado y mecanismos expuestos. Repletas de
sensores, emisores de ruido electromagnético, motores de fusión
rugientes. Sus naves ardían con franjas de luz roja y azul, como si gritaran
al universo que estaban ahí. Su tecnología era forzada, invasiva, basada
en la extracción agresiva de energía de sistemas colonizados.
En la superficie del planeta Nyarión, mundo origen de los Arkenai, las
ciudades flotaban suspendidas dentro de un vasto mar de gel azul. El
planeta entero estaba cubierto por esa sustancia viscosa,
semitransparente, vibrante bajo la luz de su estrella binaria. Dentro del
gel, colonias semiurbanas flotaban como órganos de un cuerpo
gigantesco, conectadas por puentes orgánicos y tubos de comunicación
biofotónica. Las estructuras eran suaves, esferoides, sin puntas ni
esquinas. Toda la iluminación era en tonos azul y violeta, adaptada al
rango de visión sensitiva de los Arkenai. Islas de vegetación flotaban
alrededor, masas de fibras vivas que regulaban la composición del gel, el
oxígeno y los nutrientes.
Desde el fondo de aquel gel salían, una a una, las naves de reemplazo.
Emergían como burbujas gigantes, estirándose hacia la órbita para tomar
el lugar de aquellas que habían caído.
En el centro de mando de la nave insignia Arkenai, una pantalla ovalada
flotaba en el aire, proyectada por bioenergía. Alrededor, entidades
flotantes con forma de espiral traslúcida giraban lentamente, sus
pensamientos sincronizados a través de ondas cerebrales compartidas.
—Nodo central, establece resonancia defensiva. Protocolo Niveth-3. —
dijo el comandante Veldlo, su voz casi mental, transmitida por contacto
sináptico con la nave.
—Resonancia establecida. Desplazamiento etéreo a 47%. El sector
gravitacional muestra inestabilidad. Sugerencia: dispersión no lineal. —
respondía la nave, su voz como un susurro de viento en agua.
—Aceptado. Prioridad: proteger la Cápsula de Contención. No debe ser
capturada. Aunque esta flota caiga, si la cápsula se oculta, los Molgrath
sellarán su propia destrucción.
Mientras tanto, en la sala de mando Molgrath, el general Trosk Dae
gruñía frente al monitor de escaneo:
—Energía sin fuente visible. Repetimos: las naves enemigas no poseen
generadores conocidos. Eso no es tecnología, es herejía física.
—General, su pulso está bajando. Recomiendo desactivar el vínculo
emocional. —respondía su consola.
—No. Quiero sentir cómo cae cada una de esas aberraciones. Fuego
concentrado sobre el vector 4.
Una de las naves Arkenai fue alcanzada. Su membrana protectora vibró
en patrones de luz blanca antes de colapsar en silencio. Desde su interior,
una cápsula se disparó, sin control, sin plan aparente. Una forma de
escape improvisada, pero vital.
En su interior, el piloto Alvei, de estructura semiorgánica, yacía herido.
Cables suaves se conectaban desde su espina a los mandos de la cápsula,
transmitiendo datos residuales: frecuencia vital, orientación, coordenadas
inciertas. Su cuerpo exudaba un fluido plateado, y sus pensamientos se
iban apagando en silencio.
—Ocúltame donde nadie escuche. Que ni los Arkenai ni los Molgrath
puedan seguir esta estela. —murmuró con su última exhalación.
La cápsula interpretó, analizó, y trazó una curva fuera del campo de
batalla. Se deslizó al hiperespacio sin dejar rastros visibles, hacia un
sistema lejano, oscuro, lleno de ruido ambiental, ideal para esconder
información: el sistema solar.
Los Molgrath, en su éxito brutal, no advirtieron la fuga. Mientras
celebraban la caída de una nave enemiga, no vieron cómo la clave de todo
se deslizaba en silencio.
En la órbita de Nyarión, Veldlo observó en la pantalla proyectada cómo
la cápsula se desvanecía del campo de detección.
—Señales apagadas. Ha escapado.
Las entidades flotantes reaccionaron con calma. No hubo celebración ni
lamento. Solo una frase resonó en la sala de mando, dicha sin palabras:
—El ciclo ha comenzado.
Y en la Tierra, siglos después de la batalla, los instrumentos de
observación de un radiotelescopio aficionado comenzaron a captar una
nueva anomalía, apenas perceptible, pero creciendo lentamente con cada
minuto que pasaba.
Algo había llegado.
Capítulo 2: Ecos en Marte
La sala de control de OrbNet estaba sumida en una calma casi monástica,
interrumpida solo por el zumbido suave de servidores y el repiqueteo
ocasional de teclas. Ada, revisaba datos orbitales en tres pantallas a la
vez, con la eficiencia de quien ha convertido la rutina en arte. Peter, al
otro lado del escritorio, sostenía un café frío que había olvidado beber.
—¿Puedes revisar esta curva? —preguntó Ada, señalando un gráfico.
Peter se inclinó. —¿Qué estoy viendo? ¿Un cometa con ataque de
ansiedad?
Ada sonrió apenas. —No es natural. Esta trayectoria tiene microajustes
en el desplazamiento. Como si... como si alguien la estuviera pilotando.
Pero no tenemos firma térmica. Nada de emisión.
—¿Tamaño?
—Unos tres metros de largo, por uno de ancho. Caerá en Marte en ocho
días si no cambia su rumbo. Pero lo más raro es que, a pesar de no emitir
energía visible, hay un pulso residual... como si se alimentara del campo
magnético del entorno.
Peter dejó el café. —¿Y si no es un cometa? ¿Ni chatarra?
—Y si no es nada humano.
Un silencio pesado los envolvió.
Al cabo de media hora, habían contactado a su supervisor, quien elevó el
reporte a la NASA. Un viejo Rover, Explorer IV, aún operativo en la
región noroeste de Elysium Planitia, fue redirigido a las coordenadas de
caída. El objetivo era grabar el evento, y si era posible, analizar cualquier
fragmento que quedara.
Día tras día, mientras el objeto se acercaba, Ada y Peter revisaban
lecturas. No había cambio de rumbo. Pero la velocidad descendía
suavemente. Demasiado controlado. Demasiado consciente.
El octavo día llegó.
Desde Marte, el Rover transmitió video en tiempo real. Una zona
desierta. Luz rojiza. Arena apenas movida por el viento.
Y de pronto, el objeto entró en cuadro: no como un meteorito, sino como
una sombra que simplemente apareció deslizándose desde la alta
atmósfera. Cayó en línea recta, frenó como por voluntad propia, y se
enterró con delicadeza.
No hubo explosión. Ni cráter. Solo un leve reacomodo del polvo
marciano.
—¿Viste eso? —murmuró Peter.
Ada no respondió. Sus ojos estaban fijos en la pantalla.
El Rover comenzó a acercarse lentamente. A los cien metros, sus
sensores comenzaron a fallar. La imagen de video seguía llegando, pero
los comandos enviados desde la Tierra no surtían efecto.
—Se está comportando como si alguien más lo controlara —dijo Ada,
con un tono neutro que ocultaba tensión.
Entonces, algo emergió del polvo: una estructura curva,
semitransparente, se desplegó desde el objeto enterrado. Una especie de
antena, viva o reactiva, comenzó a vibrar. Las lecturas de frecuencia se
dispararon.
—Está emitiendo... todo. Microondas, ondas acústicas, radiación térmica
modulada. Como si buscara entender qué es lo que tiene enfrente —
explicó Peter, desconectando sus auriculares para compartir el sonido
con Ada.
Una vibración baja y armónica se hizo audible. No era una señal
constante, sino una sucesión de pulsos. El sistema de interpretación del
Rover, sin instrucciones humanas, comenzó a transcribir en texto.
En la pantalla, apareció:
¿Cuánto tiempo ha pasado?
El silencio en OrbNet fue absoluto.
Ada se levantó lentamente. Peter se quedó sentado, mirando la frase
como si temiera mover un músculo.
—No puede ser —susurró Ada—. No solo está vivo... está despierto.
Y mientras ellos intentaban contactar a sus superiores, sin saber qué
responder, además del retraso de más de 20 minutos entre la tierra y
marte, otra señal más sutil salió disparada desde la cápsula, cruzando el
sistema solar: una llamada al vacío, un mensaje al cosmos.
Y algo, en lo profundo del espacio, respondió.
Capítulo 3: Confirmación
El laboratorio de OrbNet estaba en penumbra. Solo el resplandor de las
pantallas iluminaba los rostros concentrados de Ada y Peter. Afuera, la
noche había caído hacía horas, pero ellos no lo notaron. En una esquina,
dos tazas de café frío acumulaban marcas de anillos sobre hojas impresas
con fractales y espectros. El zumbido constante de los servidores era
como un pulso artificial que marcaba el ritmo de su obsesión.
—Mira esto —dijo Ada sin levantar la vista—. La señal se repite cada
3.47 segundos. Nunca varía. No hay distorsión. Como si estuviera
esperando algo...
—Como si no le importara quién la escucha, mientras alguien la escuche
—respondió Peter, rascándose la sien. Llevaba casi una hora corrigiendo
una rutina para analizar las oscilaciones.
En la pantalla central, una computadora generativa reconstruía una
posible estructura del mensaje. Los símbolos eran abstractos, pero su
organización obedecía una lógica reconocible. Lenguaje. Intención.
Conciencia.
—¿Y si esto no es una simple señal de ubicación? —dijo Ada—.
¿Y si es una declaración?
—¿De qué tipo?
—Algo... existencial. Como si estuviera describiendo lo que siente al
llegar.
—¿"Lo que siente"?
—Míralo así: lleva miles de años viajando, y ahora detecta un mundo
donde puede sobrevivir. Tal vez necesita validación. O compañía.
Mientras tanto, en una sala subterránea del Departamento de Defensa,
una docena de ojos seguían cada línea de código que se desplegaba en
OrbNet.
—Ella está cerca de descifrarlo —informó un operador.
—¿Alguna amenaza directa?
—No. Pero el mensaje es sensible. El algoritmo civil no debería tener
acceso.
—Inicien la recuperación. Que estén listos para partir. Ya.
De regreso en el laboratorio, Ada parpadeó ante la pantalla. Algo había
cambiado. Las computadoras convergieron en una versión traducida. En
el centro, lentamente, comenzaron a aparecer palabras en inglés:
“Ambiente compatible detectado. El azul es real. No hay ruido. El
hogar puede repetirse. En espera de instrucciones. Último contacto
perdido. Ciclo de espera completado. ¿Aún soy uno de ustedes?”
Peter se quedó inmóvil. Ada también. Un silencio denso los envolvió,
como si algo invisible acabara de cruzar la sala.
—¿Está... consciente? —murmuró Peter.
—No lo sé. Pero no está sola.
Antes de que pudieran contactar a sus superiores, la puerta se abrió sin
previo aviso. Tres agentes vestidos de negro ingresaron. Uno de ellos
mostró una credencial que no dejaron tiempo de leer.
—Doctora Ada Reyes. Doctor Peter Martí. Deben acompañarnos. Sus
credenciales quedan suspendidas temporalmente. La información que
han analizado es ahora materia de seguridad nacional.
—¿Qué está pasando? —preguntó Ada, sin moverse.
—Hay una reunión esperándolos en el Pentágono. El helicóptero está
listo.
No hubo tiempo para discutir. Mientras salían del laboratorio, con el cielo
aún oscuro sobre sus cabezas, el helicóptero giraba lentamente sus aspas.
El aire olía a ozono y tensión. La ciencia acababa de perder el control.
Ahora, era el turno de los que siempre habían estado observando.
Capítulo 4: El lugar donde se calla la verdad
El helicóptero aterrizó en una explanada silenciosa rodeada de hangares
grises. Los motores no se apagaron, pero los soldados ya estaban en
formación. Ada y Peter descendieron con el viento golpeándoles la ropa,
obligados a caminar entre escoltas que no hablaban. Entraron a un pasillo
subterráneo revestido de acero, iluminado por luces blancas, sin ningún
cartel, sin relojes, sin tiempo.
No era una prisión, pero se sentía como una. Ventanas blindadas,
vigilancia constante, pasillos donde el eco parecía observarlos también.
El laboratorio donde fueron conducidos era inmenso: paredes llenas de
pantallas, hologramas proyectando mapas del sistema solar, trayectorias
orbitales, y en el centro, una animación suspendida del objeto en Marte,
pulsando como un corazón alienígena.
Un hombre alto, delgado, con cabello blanco y uniforme oscuro se
acercó. Su rostro era sereno, pero sus ojos no. Extendió la mano sin
sonrisa.
—Doctor Isaac Lennart, jefe del Departamento de Tecnología
Estratégica.
—Ada Reyes. Él es Peter Martí —dijo ella sin corresponder el apretón.
Lennart los observó unos segundos, luego señaló las pantallas.
—No nos interesa su algoritmo. Sabíamos que ustedes trabajarían en la
señal. Lo sabíamos incluso antes de que ustedes lo supieran.
—¿Nos vigilaban? —preguntó Peter, tenso.
—A todos los que tienen acceso a datos del sistema profundo. Pero lo
que ustedes lograron... no lo logró ninguna de nuestras redes neuronales
cuánticas.
Ada dio un paso adelante.
—Porque estaban buscando una estructura demasiado perfecta. Yo solo...
pensé en un niño. Si no sabes cómo comunicarte, buscas lo esencial.
Ritmo, repetición, imágenes simples. Tal vez ellos no hablan, no
escriben, no conceptualizan como nosotros. Tal vez... sienten en bloques.
Lennart asintió, sin cambiar el tono.
—Eso los convierte en un riesgo. Ustedes leyeron algo que nadie más
debía leer.
Una pantalla cambió a vista real desde Marte: el Rover inmóvil, medio
cubierto de polvo, frente a la cápsula semienterrada.
—Hemos mantenido el canal de reseteo activo. Es lo único que no logró
tomar. Hemos analizado sus capas: estructura cuántica de alto
entrelazamiento, materiales no registrados, nulo rastro biológico
funcional. Pero su núcleo aún pulsa. Sabemos que su sistema sigue en
escucha.
—¿Y qué van a hacer? —preguntó Ada, cruzando los brazos.
—Tomar control completo. Aislarlo. Replicarlo si es posible. Sus
sistemas de propulsión podrían cambiar el equilibrio estratégico global.
Nadie, ni siquiera el presidente, ha sido informado.
Ada interrumpió con dureza.
—¿Están locos? ¿Leyeron el mensaje? ¿De verdad creen que esto es un
regalo? Dice que espera instrucciones. Que encontró un hogar
alternativo. ¿Creen que se irá al vernos? ¿Después de recorrer millones
de años luz?
Un silencio se impuso. Incluso los soldados parecieron incomodarse.
—Esto no es una cápsula de exploración. Es una avanzadilla. Una antena.
Tal vez una semilla. ¿Y si lo que viene no está buscando convivir, sino
reemplazar? Ustedes ni siquiera saben qué tan grandes son. Qué tan
diferentes.
Lennart se acercó un paso más, con la voz más baja.
—¿Y qué propone, doctora? ¿Qué mintamos? ¿Que digamos que la
Tierra no existe?
Ada lo miró directo a los ojos.
—Sí. Que no hay vida. Que el planeta es hostil. Que el azul no es real. Si
hay algo allá afuera viniendo... quizás lo mejor que podemos hacer no es
responder, sino desaparecer.
Peter intervino, con voz más suave.
—Podemos construir una falsedad convincente. Señales falsas. Firmas
biológicas distorsionadas. Un planeta muerto.
Lennart los observó en silencio. Luego, sin expresión, dijo:
—Todo eso ya lo estamos considerando.
Ada sintió un escalofrío. El miedo ya no era solo por lo que venía, sino
por lo que los humanos eran capaces de hacer en su intento de controlarlo.
Mientras eran escoltados a una sala contigua con camas, cámaras y más
silencio, una de las pantallas del laboratorio central vibró sutilmente. El
núcleo marciano había enviado otro mensaje. Nadie lo había pedido.
Nadie sabía aún qué decía pero alguien más si la captó, esta vez en otro
país, otro lenguaje, otros intereses.
Pero pulsaba. Y esperaba.
Capítulo 5: El Niño y el Ruido
En una casa de ladrillo rojo, aislada entre las colinas nubladas del norte
de Inglaterra, el joven Ewan trazaba figuras sobre una hoja cuadriculada.
Las ventanas estaban empañadas por el frío de la mañana. Su madre
preparaba té en la cocina, tarareando bajito. Ewan no la escuchaba. Tenía
puestos los auriculares y los ojos fijos en la pantalla vieja de su
computadora, conectada a una red de monitoreo satelital amateur que
usaba solo por diversión… o eso creían todos.
La señal había llegado en la madrugada. Un zumbido tenue, un eco
apenas perceptible que se descomponía en patrones. Ewan no necesitó
IA. No necesitó máquinas cuánticas. Su mente ya trabajaba en otra
frecuencia.
Dibujó los ciclos, ajustó una fórmula, repitió un código. Luego,
simplemente, escribió en su cuaderno:
“Nos están buscando. Encontraron agua. Están en camino. No
entienden que ya estamos aquí.”
No reaccionó. Cerró el cuaderno, lo dejó sobre su escritorio, y se sentó a
ordenar sus lápices por tonalidad.
Horas más tarde, Sophie llegó. Siempre pasaba los jueves después de la
escuela. Lo conocía desde que eran niños. Solo ella notaba las pequeñas
rupturas en sus patrones.
—¿Todo bien, Ewan? —preguntó mientras dejaba su mochila.
Él no la miró. Su voz era casi un susurro.
—Debemos ocultarnos. Todos debemos ocultarnos. Nadie debe
responder.
—¿Ocultarnos de qué? —se agachó a su lado, preocupada.
Él la miró por un segundo, algo que rara vez hacía. Sus labios temblaban.
—Ellos creen que no hay nadie. Si responden... vendrán.
Sophie hojeó el cuaderno. Vio los patrones, las frases cortas, los códigos.
—¿Esto es de la señal? ¿La misma que interceptaste la otra vez?
Ewan asintió. Sophie, decidida, tomó su laptop y llamó. Primero a una
oficina local de defensa. Luego al observatorio astronómico. Nadie le
creyó. Finalmente, buscó un número público de la NASA.
—Hola, sí… tengo una pregunta algo extraña. ¿Ha habido alguna señal…
inusual desde Marte recientemente?
La línea se cortó. Un minuto después, todas las luces de su laptop
parpadearon. Una notificación emergió: “conexión remota forzada”.
Sophie la cerró de golpe, frustrada.
—Lo intenté, Ewan. Pero nadie escucha —suspiró, sentándose junto a
él.
Le limpió la comisura de la boca con cuidado. Él estaba más callado de
lo normal. Temblaba.
—Siguen buscándonos —dijo, sin mirarla.
Pasaron horas. El cielo se oscureció.
Y entonces, el jardín vibró.
Un helicóptero negro descendió entre los árboles. Soldados
descendieron, hablaron con sus padres, mostraron credenciales. Sophie
y Ewan subieron juntos, su mochila con cuadernos en una mano, la de
ella en la otra.

En las entrañas del Pentágono, Ada y Peter ya no dormían en


habitaciones separadas. No por obligación, sino por miedo. Se sentaban
juntos a ver la proyección del objeto. Compartían café, ideas, silencios
largos.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmuró Ada—. No es no saber qué viene.
Es no saber si aún estamos a tiempo.
—Yo creo que sí —respondió Peter, tomando su mano con torpeza—. Y
si no… al menos estamos juntos.
Una alarma suave sonó.
—Nuevos visitantes —dijo una voz por altavoz.
Ada y Peter se miraron. Una nueva ficha acababa de entrar al tablero. Y
nadie sabía aún qué tan valiosa sería.
Cuando Ewan y Sophie llegaron al Pentágono, el ambiente era frío, casi
clínico. Las puertas se abrían solas, los soldados no hablaban. Fueron
escoltados a un ala aislada del complejo, donde Ada y Peter los
esperaban.
—¿Niño? ¿Nos mandaron a un niño? —susurró un analista desde el otro
lado del vidrio de observación.
Pero Ada no dijo nada. Solo lo miró.
Ewan se detuvo frente a la proyección del objeto marciano. Su mirada se
fijó en las líneas, las pulsaciones, el ritmo constante de luz. No hizo
preguntas. No pidió explicaciones. Simplemente se acercó, tomó un
marcador digital del escritorio, y comenzó a dibujar sobre la pantalla
auxiliar.
Sophie se sentó a su lado y, con voz suave, dijo:
—Está decodificando las capas. Dice que el mensaje no es solo lo que se
transmite. Es el cómo. El cuándo. La intensidad. Hay emociones
incrustadas, patrones que expresan intención. Espera...
Miró a Ada y a Peter.
—Dice que... no querían aterrizar en Marte. Fue un error.
Ewan asintió con la cabeza, y escribió:
"Oxígeno: 21%. Nivel letal para núcleo reactivo. Solución: sonda
anticipada. Ajuste atmosférico requerido antes del arribo masivo."
Peter palideció.
—¿Están planeando cambiar la atmósfera de la Tierra?
—Sí —respondió Sophie—. Dice que es una de las primeras fases del
plan. Necesitan bajar el oxígeno. Hacer el planeta más cercano a su
entorno original. Marte era una opción secundaria, menos letal.
Ada se acercó.
—¿Cómo sabes eso, Ewan?
El joven murmuró algo que solo Sophie entendió.
—“Porque lo dicen sin decirlo. Está en la pausa entre las palabras. En lo
que no se transmite.” Es como si ya hubiera escuchado su idioma antes...
aunque no pueda explicarlo.
Las siguientes horas fueron un torbellino. Monitores proyectando el
lenguaje alienígena, Ewan interpretando con gestos, dibujos y frases
cortas, Sophie traduciendo sus pensamientos al equipo. Ada y Peter
hacían preguntas técnicas, formulaban hipótesis, construían modelos con
la ayuda de Ewan.
Los cuatro formaron una unidad natural, como si el caos los hubiera
unido por diseño.
—¿Y después de ajustar la atmósfera? —preguntó Peter.
Sophie tradujo:
—“Reinicio estructural. Reutilización de materia orgánica. Optimización
del entorno. Integración parcial de vida nativa si es compatible. Si no,
neutralización pasiva.”
—¿Neutralización pasiva? —repitió Ada, alarmada.
—Como morir por falta de aire, de nutrientes, de calor. Sin violencia...
pero sin opción.
Lennart observaba desde la sala contigua. Sus dedos tamborileaban sobre
el escritorio.
—Este niño no solo está interpretando —murmuró a sus colegas—. Está
traduciéndonos el futuro.
Y el futuro, al parecer, ya estaba en marcha.
Capítulo 6: Palabra Final
La sala donde trabajaban los cuatro había sido aislada del resto del
complejo. Las luces estaban más bajas de lo habitual, como si incluso la
electricidad hubiera comprendido que algo delicado estaba por ocurrir.
Las pantallas flotaban en silencio, esperando. Afuera, nadie molestaba.
Adentro, nadie hablaba.
Ewan estaba sentado, la frente apoyada en su mano, los ojos fijos en
una secuencia que solo él parecía entender. Sophie no lo interrumpía.
Ada y Peter, sentados en el sofá de análisis, intercambiaban miradas
tensas. El patrón había cambiado.
—¿Lo ves? —preguntó Peter finalmente.
Ewan asintió, sin levantar la cabeza. Murmuró algo apenas audible.
—No están buscando llegar... están buscando a alguien.
Sophie se inclinó.
—¿A quién?
Ewan dibujó dos símbolos en su cuaderno. Uno era familiar: el
emblema fractal de los Arkenai. El otro, más tosco, más simétrico y
agresivo, pertenecía a los Molgraths.
—Los Arkenai los guiaron —dijo, como si estuviera descubriendo el
pensamiento de alguien más, no el suyo.
Ada frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—El código... tiene doble capa. Una visible, una que no está diseñada
para que nosotros la entendamos. Es lenguaje, pero con marca
intencionada, como cebos. Hay palabras redundantes... no por error,
sino por trampa.
Sophie tradujo mientras lo veía girar sus lápices sin cesar.
—Dice que hay frases con ruido añadido, para atraer lectores
específicos. Como si el mensaje no fuera para nosotros... sino para que
alguien más lo leyera y creyera que este planeta era el destino final.
—Una distracción —dijo Peter, entendiendo al fin—. Lo enviaron aquí
para desviar a los Molgraths.
—Sí —susurró Ewan—. Nos usaron como anzuelo.
El silencio fue total.
—¿Estás seguro? —preguntó Ada, acercándose.
—Ellos... los Arkenai, ya se fueron. El mensaje decía “hogar
alternativo localizado”, pero no especificaba cuál. Solo que era
compatible. Y que debían seguir la señal.
—¿Y los Molgraths la siguieron?
—Con precisión. Como perros hambrientos. No porque quisieran este
lugar... sino porque creyeron que era el último rastro de su enemigo.
Ada se apoyó contra la mesa.
—Entonces lo que viene no es una exploración... es una cacería.
Ewan asintió.
Peter se pasó las manos por el rostro.
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Los enfrentamos? No tenemos cómo. Ni
siquiera sabemos cómo se ven realmente.
Ewan levantó la vista.
—Sé cómo son.
Activó una simulación biológica. Dos figuras emergieron del centro de
la sala.
Una, alta, curvada, translúcida: los Arkenai. No tenían rostro, solo una
superficie que cambiaba con la luz, como si su identidad fuera siempre
cambiante. Se comunicaban por pulsos internos, como ecos dentro de
una caverna.
La otra, más sólida, rectangular, con estructuras visibles en su exterior:
los Molgraths. Parecían construidos en vez de nacidos. Tubos,
sensores, placas que giraban lentamente. No respiraban. Se alimentaban
directamente de materia cruda.
—No les interesa el equilibrio. Solo el dominio —dijo Ewan.
—¿Podemos escondernos? —preguntó Sophie.
—Tal vez. Pero si nos detectan, vendrán con fuerza.
—¿Podemos mentirles? —dijo Ada, mirando a Ewan.
Él la observó. No respondió enseguida.
—Podemos confundirlos —dijo por fin—. Sus patrones dependen de
estructuras absolutas. Si les damos señales contradictorias, si variamos
la firma biológica, si alteramos el ritmo, el color, la estructura
semántica... creerán que cometieron un error. Que la Tierra no es viable.
—¿Y si no funciona? —preguntó Peter.
Ewan bajó la cabeza. Susurró:
—Entonces, tendremos que convertirnos en el tipo de criatura que ellos
temen. Mostrarles que vivimos en oxígeno, que dominamos el fuego,
que destruimos lo que tocamos. Que no somos débiles.
El ambiente se tensó. Sophie le tomó la mano con suavidad.
—Pero eso solo si fallamos —añadió.
Pasaron minutos en silencio.
Ada se levantó y caminó hasta donde Ewan estaba. Lo miró,
directamente, como si buscara una puerta dentro de su mente. Él la miró
también. Algo pasó entre ellos. Algo denso, real.
—¿Qué palabra lo resume todo? —le preguntó.
Ewan no dudó.
—Desaparecer.
Y en ese instante, todos comprendieron.
No era un acto de cobardía.
Era supervivencia en su forma más pura.
Ewan seguía escribiendo en su cuaderno mientras los demás lo
observaban en silencio. En una pantalla secundaria, el código que él había
estructurado como modelo de “desaparición” comenzaba a tomar forma:
secuencias de ruido blanco, pulsos erráticos, señales contradictorias
sobre la presencia de vida, temperatura, e incluso estructura planetaria.
Pero entonces, algo cambió.
Una de las pantallas que monitoreaba el canal de emisión desde Marte
parpadeó. El feed satelital captó una nueva actividad de la cápsula.
Dentro de una de las naves, figuras se movían entre la penumbra metálica.
No hablaban con sonidos, sino con vibraciones. Ondas internas. En una
sala ovalada con paredes móviles, sus pensamientos se proyectaban como
símbolos flotantes. Cada uno estudiaba la señal desde Marte. La analítica
mostraba inconsistencias, cambios en las emisiones. Algo no encajaba.
Había dudas.
—Error de patrón —emitió uno.
—Simulación detectada. Inestabilidad ambiental no es concluyente.
—Objetivo secundario: verificar compatibilidad. Confirmar
aniquilación.
—Tiempo estimado: 178 unidades solares.
Una pantalla central se encendió: el sistema solar proyectado con
precisión quirúrgica. Una línea roja desde su posición a la Tierra. Una
cuenta regresiva comenzó a descender lentamente.
[Link]...
Meses. Apenas eso.
Desde el laboratorio del Pentágono, Ewan miraba la misma cuenta
regresiva en una de las pantallas de análisis. No dijo nada. Solo la
observó. Su mano apretaba el cuaderno. Respiraba más rápido. No por el
miedo… sino por la urgencia.
Ada se acercó por detrás.
—¿Es ese el tiempo?
Ewan asintió.
—¿Podremos hacerlo? —preguntó Peter, con voz baja.
Ewan no respondió.
Solo una línea en su cuaderno.
“Quizás.”
Y por ahora, eso tendría que bastar.
Capítulo 7: El Plan de la Sombra
—No basta con desaparecer —dijo Ewan sin apartar la vista de la
pantalla—. Tienen sensores de lectura profunda. No buscan vida,
buscan patrones. Si la Tierra muestra signos de evolución reciente...
sabrán que es una trampa.
—¿Y qué propones? ¿Borrar la historia del planeta? —preguntó uno de
los coroneles del Consejo Estratégico. La ironía en su tono no
disimulaba el miedo.
Ewan asintió con suavidad.
—Sí. Borrar la historia.
La sala enmudeció. Los representantes de varias potencias—Estados
Unidos, Reino Unido, Francia, Japón, India—intercambiaban miradas
tensas. Las palabras de Ewan eran simples, pero el peso detrás de ellas
los hundía en una incertidumbre más profunda que cualquier amenaza
nuclear.
Ada se adelantó.
—No se trata solo de apagar señales. Se trata de crear una narrativa. Si
los Molgraths están buscando una estructura planetaria específica,
debemos simular que esa estructura colapsó hace miles de años.
Necesitan creer que llegaron tarde.
Peter intervino desde el panel táctil, proyectando un modelo del planeta
en espectros multibanda.
—Podemos alterar las emisiones de carbono desde los satélites
climáticos. Simular una extinción masiva. Supervolcanes,
descomposición de atmósfera, lo que haga falta. Pero necesitamos
precisión, porque si notan inconsistencias, vendrán igual.
—¿Y si vienen aunque crean que está muerto? —preguntó un
representante francés—. ¿Y si quieren usarlo igual?
Ewan murmuró algo. Sophie, a su lado, interpretó.
—Dice que no usan planetas muertos. No los necesitan. Solo buscan lo
que puedan aprovechar vivo. Si creen que no queda nada, lo
descartarán.
Horas después, el laboratorio volvió a ser solo del grupo original. Ada,
Peter, Ewan y Sophie estaban rodeados de gráficos, simulaciones y
datos, pero por primera vez, se sentían solos.
—Es mentira sobre mentira —dijo Peter, exhalando lentamente—.
Fingimos ser débiles, fingimos estar muertos… fingimos que nunca
fuimos.
—¿Y qué propones? —respondió Ada—. ¿Los enfrentamos con palos y
satélites?
—No. Pero me asusta más desaparecer que pelear.
—A mí no —dijo Sophie de repente—. No si la alternativa es ver cómo
muere todo.
Ewan levantó la cabeza. Había estado dibujando. En su cuaderno,
aparecía la silueta de un planeta sin atmósfera, sin color. Una Tierra que
nadie podría reconocer.
—¿Y si nos equivocamos? —preguntó Ada, mirándolo directamente—.
¿Y si vienen igual?
—Entonces —dijo él, con voz apenas audible— los confundimos.
—¿Cómo? —preguntó Sophie.
—Les mostramos otra Tierra —susurró—. Un planeta que respira
fuego. Que se consume en su propio oxígeno. Que destruye todo lo que
toca. Una especie que no teme morir, solo teme ser olvidada. Si creen
que somos peligrosos... nos evitarán.
Ada sonrió apenas.
—Intimidarlos, ¿eh? Qué idea más humana.

En otra parte del complejo, un joven analista revisaba una subfrecuencia


en silencio. Había estado trabajando en una señal propia, un canal
abierto que emitía un mensaje distinto: “Estamos aquí. Queremos
hablar.” Nadie lo sabía. Aún.
Esa noche, mientras las simulaciones se ejecutaban una y otra vez,
Ewan se detuvo. Una pausa apareció en el patrón Molgrath. Algo no
encajaba.
—¿Qué es eso? —preguntó Ada, sentándose a su lado.
—Un retraso —respondió él, pensativo—. Están esperando algo más.
—¿Qué? —dijo Peter.
—Una confirmación. Aún no han decidido si la Tierra es el objetivo... o
solo un indicio más.
Sophie se acercó.
—¿Entonces podemos hacer que esa decisión nunca llegue?
Ewan la miró. Luego miró a Ada. Hubo un largo silencio entre ellos.
La simulación seguía, las luces parpadeaban, el mundo dormía.
Ewan tomó su lápiz, escribió una sola palabra, y la giró hacia ellos.
“Engaño.”
—Es lo único que tenemos —dijo—. Si mentimos bien… no habrá
guerra.
Y esta vez, nadie respondió. Porque sabían que era verdad.
Capítulo 8: Ecos que responden
La alerta sonó en seco, sin adornos:
“Canal activo no autorizado. Transmisión exterior en curso.”
Ada se irguió de inmediato. Peter revisaba los registros. Sophie corrió
hacia Ewan, que observaba su pantalla con una expresión ausente,
como si escuchara algo que nadie más podía oír.
—¿Qué está pasando? —preguntó Sophie.
—Alguien... envió un mensaje —respondió Peter—. Un paquete
completo. Firmas biológicas, coordenadas, señal de respuesta.
—¿Quién? —dijo Ada, furiosa.
Los registros revelaron el origen: un analista, joven, idealista. Había
estado en las reuniones. Escuchó las decisiones. Y no estuvo de
acuerdo.
—“Ellos deben saber que no somos una amenaza. Tal vez buscan paz.
Tal vez nos entienden.”
Su nota de despedida era simple, casi ingenua. Pero su acto…
irreversible.
El ambiente en el laboratorio cambió. Las pantallas, que antes
mostraban simulaciones del “Plan de la Sombra”, comenzaron a
parpadear con una nueva frecuencia. La cápsula en Marte había
activado su núcleo. Vibraciones simétricas, luego irregulares. Luego…
silencio.
Ewan se tambaleó. Sophie lo sostuvo.
—Están respondiendo —susurró él—. Pero… no los que esperábamos.
Su cuaderno, como en capítulos anteriores, vibró suavemente. Se abrió
solo. Figuras circulares aparecían en la pantalla principal del
laboratorio: no era código humano, ni Molgrath. Era… algo más.
—Es de los Arkenai —dijo Ewan con voz baja.
Ada se acercó.
—¿Qué dicen?
Ewan tragó saliva.
—No sabían que existíamos. No sabían que había inteligencia aquí. Lo
que hicieron... fue una maniobra. Sí. Pero no para sacrificarnos. No
sabían que había nadie más.
—¿Y ahora?
—Ahora quieren ayudarnos. Se han conectado con la cápsula.
Reescribieron el mensaje que enviamos. Lo… redirigieron. No llegó a
los Molgrath. Solo a ellos.
Los científicos de otras partes del mundo aparecieron en pantallas:
India, Canadá, Nigeria, Corea. Algunos celebraban. Otros no entendían.
Pero el ambiente había cambiado. Donas, pizza fría, botellas de café,
sudor y ojeras. Risas entre códigos, pero nadie bajaba la guardia.
En medio de ese caos contenido, una visita inesperada se abrió paso
entre los soldados: una mujer de rostro cansado, abrigo largo, y mirada
cálida.
—¿Ewan? —dijo con voz entrecortada.
Sophie la vio primero. Ewan levantó la vista. No se movió, pero su
rostro se relajó de una forma que todos notaron. Su madre se acercó, le
tomó la cara con ambas manos. No dijo más. Solo lo abrazó, lento,
fuerte. Ewan se dejó envolver.
La concentración volvió. Con más claridad. Con más calma.

Horas más tarde, un grupo de oficiales se formó frente al laboratorio.


En el centro, un hombre de traje oscuro, con el rostro más conocido del
planeta. El presidente. No traía escolta, ni poses.
—Doctora Reyes. Doctor Martí. Señorita Sophie. Joven Ewan —dijo
con respeto inusual—. Me han informado que su plan… es nuestra
mejor esperanza.
Ada asintió.
—Y ya no estamos solos —añadió, mirando a Ewan.
El presidente asintió, luego se inclinó hacia Ewan.
—¿Y tú, hijo? ¿Crees que nos salvarás?
Ewan pensó unos segundos. Luego respondió con una palabra que no
había usado antes:
—Juntos.
El presidente sonrió.
—Entonces es suficiente.

Esa noche, mientras el mundo aún no sabía lo cerca que había estado
del fin, Ada y Peter estaban sentados en la terraza del ala superior. El
cielo estaba despejado. Las estrellas parecían más brillantes, o quizás
ellos más atentos.
—¿Qué harás si esto funciona? —preguntó ella.
—Desaparecer —respondió él con una sonrisa—. Pero a mi modo. ¿Y
tú?
Ada lo miró en silencio.
—Dejar de correr. Estar donde debo estar.
Sus manos se tocaron. No fue intencional. No fue accidental.
Largas miradas. Ninguna prisa.

Abajo, en el laboratorio, Sophie y Ewan trabajaban juntos. Ella le


hablaba, él dibujaba. No necesitaban muchas palabras. Pero en medio
del ruido, de las pantallas, de los cálculos… Ewan la miró como si de
pronto entendiera algo nuevo.
No lo dijo. No tenía nombre.
Pero Sophie lo supo.
Y sonrió.
Capítulo 9 – Interferencia Lunar
Las pantallas chispeaban con luz azulada. El centro de mando estaba
cerrado, aislado. Solo cuatro quedaban dentro: Peter, Ada, Sophie y
Ewan. Nadie más comprendía el alcance de lo que hacían. Afuera,
decenas de técnicos e ingenieros obedecían instrucciones fragmentadas,
sin saber qué estaban preparando.
Era una coreografía global, delicada, urgente.
—Tenemos 43 minutos —dijo Ada, ajustando parámetros con dedos
firmes—. La Luna empieza a interponerse. La cápsula ya está alineada.
—Redirecciona los satélites de espectro infrarrojo —ordenó Peter—.
Necesito que desde Marte solo capte residuos de metano, dióxido de
carbono y sombras. Sin agua, sin nitrógeno. Que la Tierra parezca una
roca olvidada.
—Estoy modulando las frecuencias de emisión atmosférica —añadió
Sophie—. Usaré los radiotelescopios de Atacama y el de Sudáfrica como
emisores espejo.
Ewan no habló. Estaba en su mundo, el único donde las cosas realmente
se conectaban. Frente a una pantalla vacía, con un entorno de códigos
abstractos, escribía comandos que los demás ni sabían interpretar. Sophie
lo miraba de reojo. Sabía que él estaba anticipando los movimientos de
la cápsula en relación al eclipse. Él siempre iba unos pasos adelante,
incluso sin palabras.
Ada le sonrió suavemente. En los últimos días, algo especial había nacido
entre ellos. Él confiaba en ella. Y eso significaba mucho.
—La cápsula está ajustando sensores —informó Sophie—. Inicia la
lectura... ahora.
En el silencio, todos observaron cómo los datos llegaban. La lectura era
clara: sin agua, sin atmósfera viva, sin señales electromagnéticas
complejas. Solo un 20% de la superficie terrestre visible desde Marte, y
justo cuando la Luna cubría lo más fértil y vibrante del planeta.
—Lo logramos —dijo Peter, al borde del suspiro—. Es... un mundo
muerto para ellos.
Minutos después, una señal de los Mulgrath fue interceptada.
En el interior oscuro y pulido de la nave madre, uno de los Mulgrath se
encontraba solo. Su cuerpo alargado y cristalino vibraba levemente frente
a una enorme pantalla simuladora de trayectorias. Observaba la
recreación del planeta objetivo. Su atmósfera ahora era una sombra
difusa. Sin rastro de lo que antes habían detectado. La cápsula no mentía.
Los datos eran reales.
—¿Cómo pudo desaparecer así? —se preguntó con una voz vibracional,
apenas perceptible.
Se quedó quieto. Luego, sin apuro, dio media vuelta y caminó hacia la
penumbra del corredor, internándose en el corazón frío de la nave.
La decisión fue tomada. No continuarían hacia ese sistema. El gasto de
combustible no valía el riesgo. Redirigirían recursos a otros sectores.
Pero, como pensadores que eran, no olvidarían. Una sonda fue
desplegada desde una cápsula auxiliar. Tenía la forma de una lágrima
metálica. Descendería lentamente. Observaría. Reportaría. Si algo
cambiaba… lo sabrían.

De regreso en la Tierra, Ewan se levantó de su silla por primera vez en


horas.
—La señal sigue —dijo sin mirarlos.
—¿Qué? —preguntó Peter, acercándose.
—Mientras emita... nos seguirán vigilando —dijo Ada, entendiendo—.
No vendrán, pero tampoco desaparecerán.
Sophie activó el canal de comunicación con los Arkenai. La respuesta
llegó como siempre: sin retardo, sin ruido, como si estuvieran justo al
otro lado del aire.
—La cápsula debe desaparecer —dijeron.
—¿Cómo? —preguntó Ada.
—No con fuego. No con violencia. Está viva. Cada célula de su cuerpo
capta, interpreta y transmite. Si la atacan, pedirá ayuda. Y su grito
romperá el silencio que tanto les costó construir.
Peter se acercó a la pantalla.
—Entonces, ¿cómo la eliminamos?
—Les enviaremos una sustancia. Debe ser rociada con precisión. A nivel
molecular. Sin alterar su entorno, sin disparar reacciones defensivas. Si
lo hacen bien, se desintegrará en silencio. Si fallan, despertarán a quienes
ya han decidido no mirar más.
En la pantalla comenzó a llegar la fórmula. Líneas de compuestos
orgánicos imposibles, elementos exóticos, cadenas vivientes de
degradación controlada.
Sophie tragó saliva.
—Tenemos que ir allá. No podemos enviar un dron. Necesita instinto
humano. Intención consciente.
Peter asintió.
—Elegiremos a alguien. O iremos nosotros.
Ewan levantó la vista, y por primera vez, sus labios dibujaron un gesto.
No era una sonrisa, pero sí una decisión. Había entendido algo que los
demás aún no.
El juego no había terminado.
Solo acababa de cambiar de forma.
Capítulo 10 – El Impulso del Silencio
Tierra, dos meses antes del lanzamiento
Los medios hablaban de cualquier cosa menos de lo importante. Teorías
conspirativas pululaban entre redes sociales y noticieros marginales.
Algunas decían que Marte había enviado una señal, otras que la NASA
ocultaba un objeto extraño detrás de la Luna. Una especialmente ruidosa
afirmaba que el planeta fue salvado por un joven autista que hablaba con
alienígenas.
—Una locura más, como siempre —decía un comentarista en
televisión—. Si algo tan grande hubiera ocurrido, ¿por qué nadie lo sabe?
La humanidad seguía funcionando como si nada. Pero bajo la superficie,
se construía algo imposible.

En una base subterránea, el aire olía a metal nuevo y calor humano.


Ingenieros y científicos trabajaban en tres turnos, noche y día. Peter
supervisaba los equipos de propulsión, Ada organizaba los flujos de
materiales, Sophie coordinaba los tiempos y el diseño de la cápsula
contenedora. Ewan... estaba en otro plano.
En una sala especial, sin cables ni computadoras, Ewan se sentaba frente
a una estructura de cristal flotante. Allí estaban los Arkenai. No
físicamente, pero sí de manera clara. Sus voces eran pulsos armónicos,
como si el aire hablara.
—¿Cómo definen ustedes la gravedad? —preguntó Ewan.
—Como una curvatura de la intención —respondieron los Arkenai—.
La materia elige reunirse. Todo lo que cae, cae hacia una idea.
—Interesante... —murmuró Ewan, y sonrió.
Conversaban así por horas. Intercambiaban conceptos matemáticos,
estructuras químicas, patrones de simetría biológica. Aunque los
Arkenai tenían miles de años adelante en la evolución, se sorprendían de
lo que los humanos habían descubierto por sí solos.
Ewan no necesitaba hablar siempre. A veces solo pensaba. Ellos
entendían.
—¿Cómo aceleramos sin destruirnos? —preguntó un día.
Y entonces lo revelaron.

El propulsor de intercambio iónico asimétrico. No era solo una máquina,


era una danza entre la gravedad y la energía. Un sistema que creaba su
propio campo de atracción, canalizando partículas de alta densidad en
microexplosiones dirigidas. El cuerpo que lo portara no sentiría
sacudidas, solo un impulso continuo y creciente. Dos ciclos para acelerar,
uno para navegar, dos para frenar.
Nadie en la Tierra podía hacerlo… hasta ahora.
Los Arkenai enviaron el diseño. Sophie y Peter lo interpretaron. En
menos de una semana, la primera celda de propulsión fue construida. Sin
pruebas. Solo fe, cálculos y presión.
—Si falla, morimos antes de llegar —dijo Ada, mientras revisaba un
ensamblaje.
—Si no lo hacemos, todos morimos después —respondió Peter.

Ewan se retiró de la sala de los Arkenai y se dirigió al módulo de


observación. Allí estaba Sophie.
—¿Te sientes bien? —preguntó ella.
Él asintió. Luego señaló el cielo.
—Ellos... los Mulgrath... dejaron una sonda.
Sophie se tensó.
—¿Cómo lo sabes?
—La señal sigue... pero es distinta. Pulsa. Cambia. Observa.
—¿Y si vuelven?
—Volverán —respondió Ewan— si la cápsula sigue ahí. Y si no
eliminamos también esa sonda.
Sophie lo miró con gravedad.
—Un problema a la vez, Ewan.

A millones de kilómetros, la sonda Mulgrath atravesaba la negrura del


espacio. Aún estaba lejos de Marte, mucho más lejos de la Tierra. Su
programación era simple: acercarse, observar, registrar. Todavía no podía
captar señales ni datos útiles, pero avanzaba con la precisión fría de su
especie.
Uno de los Mulgrath la observaba desde la consola de control.
—¿Cómo pudo desaparecer así? —murmuró por última vez antes de
alejarse.
La Tierra ya no era un objetivo inmediato. Pero tampoco sería olvidada.
En la base subterránea, Peter revisó el cronograma.
—Tenemos 63 días. Ni uno más.
Sophie miró a Ewan, que solo asintió.
Y en silencio, comenzó la última fase del plan.
Capítulo 11 – La Máquina del Silencio

La base subterránea había mutado en un santuario de ingeniería. Por


primera vez, humanos trabajaban con tecnología que no entendían del
todo, confiando en cálculos dictados por una inteligencia ajena. El
propulsor de intercambio iónico asimétrico, entregado por los Arkenai,
se ensamblaba pieza a pieza con precisión quirúrgica. Sophie
supervisaba los últimos ajustes junto a un equipo internacional que
operaba sin horarios.

La nave, bautizada como Lunaris, era una estructura aerodinámica de 27


metros de largo, con un fuselaje compuesto de aleaciones flexibles
reforzadas con microfibras orgánicas sintetizadas a partir de los
compuestos Arkenai. Su superficie parecía cambiar de tonalidad
levemente bajo distintas frecuencias de luz, un sistema de camuflaje
pasivo que engañaría sensores térmicos y ópticos. En su interior, las
paredes estaban cubiertas por paneles adaptativos que absorbían ruido,
estabilizaban la presión y se reconfiguraban ante microfracturas. La
cabina de mando tenía disposición triangular: Ada a la izquierda, Peter
a la derecha, y Hale al centro, con acceso prioritario a todos los sistemas
críticos.

Ada caminaba por el corredor principal con un traje de vuelo aún sin
nombre. Peter la esperaba en la sala de preparación, revisando los planos
del módulo de descenso. Ambos habían aceptado lo impensado:
abandonar la Tierra rumbo a Marte, con la misión de desactivar la cápsula
sin provocar su reacción defensiva. Un piloto veterano, el comandante
Hale, se les uniría. Había volado en las misiones más secretas de la
NASA. Era seco, directo, pero confiable. Su única condición: si había
que sacrificarse, él decidiría cuándo y cómo.

—Peter, ¿seguro de que el sistema de soporte de vida aguanta los cinco


días? —preguntó Ada, ajustándose los guantes.

—No solo aguanta. Es redundante en tres niveles. Pero si algo falla, Hale
tiene un tanque portátil escondido bajo el asiento. Ya sabes cómo es.
Hale apareció justo en ese momento.

—Uno nunca confía del todo en lo que no construyó uno mismo —dijo
con voz grave—. Pero si esta nave hace lo que promete, será como surfear
sobre la nada.

En otra ala de la base, Ewan se conectaba con los Arkenai. No hablaban


con él como a un niño, sino como a un igual. Su estado físico empeoraba,
pero su mente estaba más activa que nunca. Recibía datos, ideas,
patrones. Dibujaba, escribía, codificaba. Y entre sus rutinas, percibió
algo anómalo.

—La sonda Mulgrath... ha acelerado —murmuró Ewan.

Sophie lo miró con tensión.

—¿Está viniendo directo a Marte?

Ewan asintió. En la pantalla, los cálculos se ajustaban. El tiempo se


redujo a 45 días. Una desventaja, y a la vez, una oportunidad: si lograban
que la sonda se estrellara antes de emitir datos, el planeta quedaría a
salvo. Pero necesitaban un plan invisible, indetectable.

La construcción de la nave entró en fase crítica. El propulsor debía


probarse sin margen de error. Sophie y Peter revisaban cada componente
con doble validación. Hale entrenaba maniobras en gravedad simulada,
mientras Ada coordinaba los protocolos de descenso.

Ewan, por su parte, revisaba las señales del sistema de guiado de la


sonda. Identificó sus patrones de radar: emitía una señal de rastreo en
pulsos variables, sensibles a estructuras simples y simetrías minerales. Si
lograban replicar esa señal y luego anularla con una interferencia espejo,
podrían colocar una roca en su camino sin que la sonda la detectara. La
destrucción parecería un accidente.

El Consejo de Defensa aprobó el plan. Un grupo de científicos fue


asignado para construir la trampa. Pero entre ellos, uno sobresalía por su
insistencia en mantener los canales de emisión abiertos más tiempo del
necesario. Ewan notó la inconsistencia. Revisó los registros. Las firmas
no cuadraban.

Sophie se alarmó cuando él le mostró el resultado:

—Alguien está intentando comunicarse fuera del canal autorizado. No es


error. Es intención.

Lo notificaron al instante. Seguridad lo interceptó. El segundo saboteador


era un investigador civil, brillante pero obsesionado con el contacto
alienígena, al parecer no sabía del primer intento de comunicaciones
perjudiciales. Al ser interrogado, dijo:

—No todos los extraterrestres son hostiles. Tal vez si saben que estoy de
su lado, me escuchen. Quiero ser el primero.

Pero su acto había puesto a la humanidad en peligro.

Antes del lanzamiento, Hale convocó a Ada y Peter a la sala de


compresión.

—Miren, no voy a mentirles. Esto no es un simulador. Si algo sale mal,


no tendrán tiempo de pensarlo dos veces. Confíen en sus manos. Y en su
instinto.

Ada lo miró con determinación.

—Lo haremos. Por Ewan. Por todos.

Peter solo asintió.

Ada, Peter y Hale abordaron la nave solo días después. El propulsor


emitió su primer pulso. No hubo estruendo. Solo un empuje suave,
constante, ineludible. El impulso del silencio. Marte los esperaba. El reloj
corría. Y la Tierra, por un instante, contuvo la respiración.
Capítulo 12 – Trayectoria de Sombras

La nave Lunaris deslizó su cuerpo largo y silencioso fuera de la


atmósfera terrestre como una aguja de obsidiana rasgando una tela
invisible. El propulsor iónico asimétrico funcionaba sin sacudidas, sin
estruendos: una aceleración constante, precisa, apenas perceptible para
quienes estaban dentro. Durante las primeras horas, Ada y Peter apenas
hablaron. Hale se mantenía concentrado, monitoreando las lecturas y
ejecutando maniobras de ajuste mientras una computadora auxiliar,
apodada "CERO", predecía y compensaba desviaciones cuánticas en la
trayectoria.

El interior de la nave era sobrio, funcional. Los paneles emitían un


resplandor azul tenue, suficiente para evitar la fatiga ocular. Las camas
estaban empotradas en nichos acolchados, y las estaciones de control se
alineaban en franjas paralelas al corredor central. Una pequeña escotilla
en el fondo permitía el acceso al módulo de descenso, ahora sellado y
listo para ser desplegado sobre la superficie marciana. Cada tanto, la nave
vibraba suavemente cuando pasaba por microzonas de fluctuación
gravitatoria. Era como cruzar zonas de niebla en un mar silencioso.

—No me acostumbro a que no suene nada cuando giramos —comentó


Ada mientras ajustaba los estabilizadores secundarios.

—El silencio absoluto es más inquietante que el rugido de un cohete —


dijo Peter, medio sonriendo.

—Es porque está diseñada para engañar sensores. Cualquier firma


acústica, térmica o electromagnética puede delatarnos —intervino Hale
sin levantar la vista del panel—. Es como volar con la respiración
contenida.

A bordo, las primeras 24 horas transcurrieron sin incidentes. Pero al


cruzar el límite de la exósfera solar interior, las lecturas de CERO
comenzaron a mostrar inconsistencias.
—Estamos detectando una distorsión en el campo magnético. Como si
algo invisible flotara frente a nosotros —reportó Ada.

—¿Chatarra espacial? —preguntó Peter, levantando la vista.

—No. Tiene forma... orgánica. Casi simétrica, pero no del todo. Como si
algo se hubiera mimetizado —añadió Ada.

Hale reorientó la nave en un ángulo de 17 grados, ejecutando un barrido


rápido con los sensores de borde. Un destello, una sombra, y luego la
nada.

—Lo que sea que fue eso, no está registrado. Podría ser una parte de
alguna tecnología Mulgrath que no detectamos antes —comentó con voz
tensa.

Desde la Tierra, Ewan monitoreaba la trayectoria en tiempo real. Al


recibir los datos, sus dedos se movieron rápido. Transmitió un pulso a
través del canal Arkenai.

—Está detectando, no observando. Reacciona a intenciones, no a formas


—dijo Ewan en voz baja.

Sophie tradujo al equipo a bordo:

—Deben reducir la coherencia de sus pensamientos. Visualicen caos.


Distracción. Desviación emocional. El sistema que los observa está
hecho para percibir lógica. Si proyectan ruido mental, los ignorará.

Ada y Peter se miraron. Por unos minutos, respiraron hondo, se


desconectaron de sus tareas, y dejaron vagar sus mentes: recuerdos
dispersos, imágenes desordenadas, pensamientos caóticos. La nave vibró
brevemente y luego la distorsión desapareció.

—Lo logramos —susurró Ada.


Sin embargo, en los datos residuales captados por CERO, una serie de
secuencias no humanas aparecieron brevemente, casi como ecos
invertidos. Ewan los analizó y los aisló, perplejo. Lo que habían cruzado
no era una entidad Mulgrath, ni una tecnología Arkenai. Era una
alteración en la curvatura del espacio-tiempo, un pliegue artificial que
había servido como ventana de observación. Los Arkenai confirmaron
su origen desconocido. Pero una frase destacó en su respuesta:

"No son hostiles. Observan para comprender. Siguen el rastro de los


Mulgrath como nosotros seguimos el fuego. Tal vez, algún día, se dejen
ver."

El día siguiente trajo nuevos retos. Un campo de micrometeoritos


desviado por una tormenta solar intermitente apareció en su trayectoria.
Las microcolisiones no dañaron el fuselaje gracias al sistema de
absorción reactiva, pero una grieta minúscula apareció en el
compartimiento de anclaje del módulo de descenso.

—No podemos permitir que esa grieta crezca. Si lo hace, podría impedir
el acoplamiento final en Marte —dijo Hale.

Peter, con ayuda de CERO, usó un compuesto reparador de membrana


Arkenai. Se inyectó en la fractura, y en minutos la grieta desapareció,
como si nunca hubiera estado ahí. Aún así, decidieron realizar una
inspección manual con traje presurizado.

Durante esa caminata, Ada flotó por la bodega de anclaje mientras Peter
sostenía su línea. Las estrellas giraban lentamente más allá del casco.

—Desde aquí todo parece tranquilo, ¿verdad? —murmuró Ada por el


canal de voz.

—Pero sabemos que no lo está —respondió Peter.

Regresaron a bordo en silencio. Sophie informó que la sonda Mulgrath


había modificado ligeramente su ruta, como si intentara compensar una
fuerza externa. Todo estaba sincronizado. Cada pulso, cada maniobra,
cada desviación. El más leve error podría significar la detección de la
Tierra.

Ewan, exhausto pero despierto, comenzó a preparar los códigos de señal


que se usarían para activar la roca-camuflaje. Los Arkenai le
proporcionaron la “frecuencia de ceguera”: un tipo de ruido cuántico que
la sonda Mulgrath no podría registrar, diseñado específicamente para su
modo de detección. Si lograban insertar la señal justo antes del paso de
la sonda, la roca parecería vacío.

En la Lunaris, el último día del viaje se acercaba. Marte ya se veía como


un disco rojo que crea su propia sombra contra el negro. Ada tomó la
mano de Peter un instante.

—No es solo ciencia. Es fe en nosotros mismos.

Peter asintió.

—Y en Ewan. Sin él, ya estaríamos muertos.

La Lunaris comenzó su fase de desaceleración. El propulsor inverso


activó sus microexplosiones. El silencio dio paso a un leve zumbido
constante. El planeta rojo los esperaba.

Y con él, el corazón dormido de una amenaza que no debía despertar.


Capítulo 13 – La Trampa Invertida

El laboratorio de señales orbitales era una sala circular sellada por dos
puertas blindadas. En el centro, un domo translúcido proyectaba una
imagen tridimensional de la trayectoria de la sonda Mulgrath. El objeto
avanzaba lento pero constante, como una aguja de metal que atravesaba
el sistema solar con intención quirúrgica. Sophie coordinaba el
despliegue de la roca artificial: una masa de mineral denso recubierta con
materiales adaptativos que simulaban ser parte del cinturón de polvo
marciano.

Ewan estaba sentado en una silla reclinable, con el rostro pálido pero la
mirada intensa. Desde su consola, analizaba las emisiones codificadas
para camuflar la roca. Algo no cuadraba. Un pulso de fase errónea. Una
firma redundante. Revisó el histórico de registros. Había alteraciones en
las pruebas preliminares.

—Sophie... esto no es un error de calibración. Alguien modificó los


patrones —dijo con voz baja.

Sophie lo miró, alarmada. Inmediatamente detuvo el sistema y pidió


acceso a los registros de control. Las modificaciones venían de un
terminal secundario, asignado al Dr. Varun Elric, especialista en
algoritmos de radiotransmisión quién se había convertido en el tercer
saboteador de la misión.

Seguridad lo interceptó en su sala de trabajo. Varun era un hombre de


unos cuarenta, delgado, con lentes rectangulares y manos manchadas de
tinta. Al ser confrontado, no intentó huir. Solo levantó las manos y
preguntó:

—¿Es por los pulsos adicionales? No eran peligrosos. Solo...


invitaciones.

En la sala de interrogatorios, frente a Sophie, Ewan y un oficial, Varun


intentó explicar:
—Los Mulgrath no pueden ser sólo destructores. Ninguna civilización
llega tan lejos sin sentido. Yo... quería probar si estaban dispuestos a
escuchar. Si alguien responde, podemos evitar la guerra.

Ewan lo miró directamente por primera vez.

—Ellos no escuchan. Consumen. Colonizan. Sustituyen. No es una


guerra para ellos. Es una función. Estás hablando con una fuerza que no
distingue entre civilización y obstáculo.

Varun frunció el ceño. Su voz se volvió apenas un susurro:

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

Ewan giró su pantalla. Proyectó el canal Arkenai. Patrones, imágenes,


pulsos vivos. Los registros de las comunicaciones con los aliados
alienígenas aparecieron ante los ojos del científico. La narrativa era clara:
el ciclo, la cápsula, la trampa, la amenaza.

Varun se dejó caer en su silla. Miraba los datos como quien ve un mapa
de una traición inconsciente.

—No sabía... Pensé que... si me escuchaban...

—Creías que si los convencías, te perdonarían —dijo Sophie, con dureza


contenida.

Hubo silencio. Luego Varun alzó la vista hacia Ewan.

—Quiero ayudar. No tengo excusas. Pero si hay algo que pueda hacer
ahora... si entiendes cómo piensan los Arkenai, tal vez pueda ayudarte a
traducir mejor. A entenderlos en su nivel.

Ewan dudó unos segundos. Luego asintió. Sophie lo miró con sorpresa.

—Podemos controlarlo. Pero si coopera, quizás podamos avanzar más


rápido —dijo Ewan.
Desde ese día, Varun se convirtió en su asistente principal. No por
castigo, sino por redención. Comenzaron a decodificar estructuras
complejas en los patrones Arkenai. Descubrieron que sus lenguajes no
eran solo comunicativos, sino instructivos: cada mensaje era también un
conjunto de herramientas. Una forma de enseñar mediante el ritmo, la luz
y la simetría.

En el nuevo laboratorio, rodeado de proyectores pulsantes y celdas de luz


viva, Varun apuntaba ideas en una libreta, mientras Ewan traducía con
gestos y palabras simples. Sophie los observaba desde la puerta. Por
primera vez, el laboratorio ya no parecía un búnker. Parecía una clase.

Juntos, reescribieron la frecuencia de ceguera. Tres capas de


autenticación, una simetría variable en tiempo real, y una oscilación que
convertía la roca en un hueco invisible para la sonda. La trampa estaba
lista.

Y mientras el mundo seguía ignorando lo que ocurría bajo sus pies, la


Tierra tejía su mentira más perfecta: el disfraz de un planeta que nunca
debió ser encontrado.
Capítulo 14 – El Corazón Silente

La Lunaris descendía con una gracia que desmentía el peligro. Los


estabilizadores se desplegaron como aletas flexibles, adaptándose a las
corrientes marcianas. Hale pilotaba con una concentración absoluta, los
ojos fijos en los indicadores. Ada y Peter, en sus puestos, monitoreaban
la presión atmosférica, las ondas de señal y el comportamiento
gravitacional.

—Cuarenta segundos para el contacto con superficie —anunció Hale—.


Sin señales hostiles. El terreno está estable.

—El pulso de la cápsula está constante. Silencioso, pero activo —dijo


Peter, ajustando el espectrómetro.

—Recibimos luz verde desde la Tierra. Sophie está con nosotros en


tiempo real —añadió Ada.

En la base, Sophie y Ewan seguían la maniobra con tensión contenida.


Varun verificaba los niveles de interferencia y controlaba las secuencias
de la roca-camuflaje desde un panel sellado con redundancias cuádruples.
Ewan observaba los patrones de la sonda Mulgrath, que ahora cruzaba
la órbita de Deimos, su trayectoria imperturbable, sin desviar un solo
grado.

El aterrizaje fue suave. Una nube rojiza se elevó al contacto. La Lunaris


se posó a 320 metros del objeto semienterrado: la cápsula Arkenai,
cubierta de polvo, apenas visible por un reflejo azulado que palpitaba
bajo su membrana.

Peter y Ada descendieron con trajes modificados. Llevaban el


contenedor con la sustancia Arkenai; una mezcla de enzimas
autoreplicantes, programadas para disolver la estructura viva de la
cápsula sin activar su sistema defensivo. Debía aplicarse con lentitud
molecular, sin sacudidas ni contacto térmico.
Al acercarse, la cápsula pareció percibirlos. Una antena curva emergió
con lentitud. Vibró apenas. Ada extendió la mano, con la palma abierta,
como si saludara.

—No estamos aquí para despertarte —dijo suavemente.

La antena se replegó.

Activaron la microboquilla del dispersor. El compuesto comenzó a


rociarse sobre la superficie de la cápsula. La membrana reaccionó como
si respirara, liberando una exhalación de luz. Luego, empezó a colapsar.
No con violencia, sino como quien se disuelve voluntariamente. En
minutos, solo quedó una mancha opaca sobre la arena.

—Confirmado. Desintegración completa. Sin emisión de datos. Sin


señales residuales —reportó Peter.

En la Tierra, el equipo celebró en silencio. Había sido como apagar una


bomba con un susurro.

Pero la misión no había terminado.

—Sonda Mulgrath a quince horas de cruce orbital —informó Varun—

Inicia ventana de despliegue de trampa.

Desde la Lunaris, Ada activó el sistema de señalización. El satélite


lanzado desde la base, camuflado como roca marciana, comenzó a emitir
la frecuencia de ceguera. Su posición era exacta: justo en el punto de paso
de la sonda.

Ewan, desde su laboratorio, ejecutó los últimos parámetros. La señal


oscilaba con una precisión viva, como una mentira perfecta. El espacio
entre Marte y Deimos se volvió, por un instante, opaco para la conciencia
Mulgrath.
La sonda cruzó a velocidad constante. No detectó la roca. Impactó de
lleno. La destrucción fue silenciosa, invisible, exacta. No hubo
explosiones ni dispersión. El metal se vaporizó por completo.

—Impacto confirmado. Ningún rebote de señal. Ningún dato transmitido


—dijo Varun.

Ewan cerró los ojos. Respiró hondo. El pulso de la amenaza había


cesado.

En la órbita de la nave madre Mulgrath, un protocolo de retroceso se


activó. La ausencia de señal fue interpretada como destrucción por
accidente. El sistema solar fue marcado como "zona no prioritaria".
Redirigirían sus recursos. Pero no olvidarían. Siempre dejaban una
“vigilancia pasiva”. Un eco latente.

En la Tierra, Ada y Peter subieron de nuevo a la Lunaris. Hale los


esperaba con tres tazas de líquido tibio sintetizado.

—Si esto fuera una película, ahora vendría el beso —bromeó.

Ada lo miró, seria.

—No es una película. Es historia viva.

Peter sonrió. El silencio que siguó fue más cálido que cualquier palabra.

La Lunaris despegó con suavidad. Dejaron Marte sin huellas. Detrás de


ellos, el corazón silente de la cápsula ya no latía.

Y por primera vez en siglos, la Tierra volvió a estar sola en su cielo.


Capítulo 15 – Archivo Silencioso

No hubo celebraciones. Ningún titular, ninguna transmisión en cadena.


El mundo no supo nada. La humanidad, como un paciente dormido que
no recuerda la operación, continuó su curso sin saber que había estado al
borde de la extinción. Los gobiernos acordaron que así debía ser. La
historia no está preparada para los relatos que la superan.

En la base de defensa unificada, el canal Arkenai se cerró con un último


mensaje:

“Hemos cumplido nuestra parte. El conocimiento entregado bastará


para que su especie evolucione si aprende a mirar más allá del miedo.
Nos desconectamos ahora. Su civilización necesitará caer cuatro veces
antes de entender el valor de un ciclo completo. En aproximadamente
diez mil años, si sobreviven, volveremos a escuchar.”

El canal enmudeció. Ewan no dijo nada. Solo lo cerró y dejó que la luz
se apagara sola.

Desde un plano de observación superior, la federación de vigilancia


universal cerró el archivo terrestre con una nota breve:

“Planeta 13-72-Z: en proceso de formación. Patrón tribal extendido.


Potencial autogenerado no concluido. Estado: inobservable. Revisión en
ciclo 411-A.”

Una pantalla se apagó. El universo redujo su atención.

En la nave madre Mulgrath, la falta de respuesta de la sonda fue


registrada como destrucción accidental. El sistema solar fue clasificado
como zona marginal. Redirigieron su esfuerzo hacia los bordes de la
galaxia. Pero antes de irse, uno de sus sistemas visualizó la posición
exacta donde había estado la Tierra.

“Anomalía persistente. Eliminación sin rastro. Pregunta sin cierre:


¿Cómo?”
La pregunta quedó archivada. Como una astilla en la conciencia de una
especie sin alma.

En la Tierra, la NASA activó un nuevo programa: Iniciativa Viden. Un


conjunto de laboratorios dedicados a estudiar y aplicar la tecnología
Arkenai. El Dr. Valcun lideraba el departamento de Bioestructuras
Simbólicas. Sophie impartía clases en la cátedra de Lenguaje No Lineal.
Ewan dirigía un grupo reducido de traductores sensoriales. Pocos
hablaban con él; bastaba con que él entendiera.

Un día, Varun se le acercó, después de una sesión:

—¿Tú crees que estamos realmente condenados?

Ewan dibujó algo en su cuaderno. Una espiral ascendente que se rompía


y luego continúa. Finalmente dijo:

—No. Solo estamos dormidos.

Mientras tanto, Ada y Peter vivían en las afueras de la ciudad, en una


casa de madera clara con ventanas grandes. Trabajaban juntos en su
propio laboratorio. Analizaban minerales resonantes, desarrollaban
materiales adaptativos, enseñaban seminarios virtuales sobre física
aplicada a la compasión.

Pero cada mañana, antes de todo eso, llevaban a sus dos hijos a la escuela,
y alimentaban a un perro viejo llamado Sombra, que había aprendido a
dormirse bajo las pantallas del laboratorio.

Una noche, mientras Ada preparaba la cena y Peter lavaba vasos, el niño
mayor preguntó:

—Papá, ¿es verdad que hubo una vez que el cielo casi se caía?

Peter secó sus manos y lo miró.

—Algo así.
—¿Y qué hiciste?

Peter pensó un instante.

—Escuché. Y luego guardé silencio.

En el escritorio del fondo, una carpeta sellada guardaba la última versión


de la frecuencia de ceguera. Por si acaso.

Esa noche, mientras el perro roncaba y las luces de la ciudad parpadeaban


como si no supieran la historia que ocultaban, el cielo estrellado sobre la
Tierra volvió a parecerse a lo que siempre fue: una promesa.

De algo que aún no entendemos. Pero que, por ahora, hemos sobrevivido.

FIN
Epílogo:

No hubo estatuas, ni himnos, ni monumentos. La victoria no fue


celebrada porque nadie debía saber que hubo una guerra. Pero en un
archivo sellado, en una ecuación olvidada o en el susurro de un profesor
que alguna vez habló con lo imposible, permanece la memoria de lo que
pudo haber sido el fin. La Tierra volvió al anonimato. Y bajo sus cielos
indiferentes, crecen niños, se pasean perros, y se sueñan historias que,
quizás, un día serán ciertas. Porque el futuro no llega. Se construye. En
silencio.
Tiempos Futuros
“Hay silencios que salvan mundos.”

Una anomalía en la órbita de Marte despierta una cadena de eventos que la humanidad
no está lista para enfrentar. Lo que parece una simple señal se convierte en un eco de
una guerra olvidada entre civilizaciones alienígenas. Cuando una cápsula viva aterriza
sin aviso, los científicos Ada, Peter y el joven Ewan se ven arrastrados a una misión
imposible: desaparecer la Tierra de la mirada de una especie que consume mundos.

Con la ayuda de los enigmáticos Arkenai y una alianza secreta de mentes brillantes, la
humanidad orquesta la mentira más compleja jamás concebida: fingir su propia
extinción. Pero el peligro no viene solo de las estrellas. También acecha en la ambición
humana, en la traición, y en los errores que aún no hemos aprendido a dejar atrás.

Tiempos Futuros es una novela de ciencia ficción profunda y elegante, donde la


supervivencia no se gana con armas, sino con sabiduría, compasión… y silencio.

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