UNIVERSIDAD ADVENTISTA DE BOLIVIA
Facultad Teología
TEXTO PARA LA CLASE
INTRODUCCION A LAS
SAGRADAS ESCRITURAS
Mg. Hernán Chuquimia
Vinto - 2023
El número de palabras de la Biblia varía, según la versión y el idioma, entre 773.692 y
783.137.
La Biblia ortodoxa consta de 1.347 capítulos; la católica romana de 1329 y la protestante de
1.189. 260 de la cuales constituyen el NT.
El capítulo más corto de la Biblia es el Salmo 117 (sólo dos versículos), y el capítulo más
largo es el Salmo 119 (176 versículos).
El libro más corto de la Biblia es, 2 Juan (13 versículos), seguido por 3 Juan (15
versículos), Abdías (21 versículos) y Judas (25 versículos).
Los versículos más cortos de la Biblia son: Ex 20:13 “No matarás”; Ex 20:15 “No robarás”
y Juan 11:35 “Jesús lloró”. El más largo es Ester 8:9 “Entonces fueron llamados los
escribanos del rey en el mes tercero, que es Siván, a los veintitrés días de ese mes; y se
escribió conforme a todo lo que mandó Mardoqueo, a los judíos, a los sátrapas, a los
capitanes y a los príncipes de las provincias, desde la India hasta Etiopía, a las ciento
veintisiete provincias; a cada provincia según su escritura, y a cada pueblo conforme a su
lengua, y también a los judíos según su escritura y su lengua”
UNIDAD 3
CANON DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS
Introducción
La iglesia cristiana, muy temprano en su historia, sintió la necesidad de especificar los
libros con los cuales Dios comunicó su voluntad a la humanidad. Esa necesidad se
fundamenta en la creencia de que si Dios ha roto el silencio de los tiempos para entablar un
diálogo con los seres humanos, debe haber alguna forma adecuada de saber con seguridad
dónde se encuentra esa revelación. El canon de la Biblia delimita los libros que los
creyentes han considerado como inspirados por Dios para transmitir la revelación divina a
la humanidad; es decir, establece los límites entre lo divino y lo humano: presenta la
revelación de Dios de forma escrita.
En la tradición judeocristiana, el canon tiene un propósito triple. En primer lugar, define y
conserva la revelación a fin de evitar que se confunda con las reflexiones posteriores en
torno a ella. Tiene el objetivo, además, de impedir que la revelación escrita sufra cambios o
alteraciones. Por último, brinda a los creyentes la oportunidad de estudiar la revelación y
vivir de acuerdo con sus principios y estipulaciones.
Es fundamental para la comprensión cristiana del canon tomar en consideración la
importancia que la comunidad apostólica y los primeros creyentes dieron a la teología de la
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inspiración. Con la certeza de que se escribieron ciertos libros bajo la inspiración de Dios,
los creyentes seleccionaron y utilizaron una serie de libros, reconociéndoles autoridad ética
para orientar sus vidas y decisiones. Esos libros alimentaron la fe de la comunidad, los
acompañaron en sus reflexiones y discusiones teológicas y prácticas, y, además, les
ofrecieron una norma de vida. Los creyentes, al aceptar el valor inspirado de un libro, lo
incluían en el canon; en efecto, lo reconocían como parte de la revelación divina.
1. USO DEL TÉRMINO “CANON”
El término griego kanon es de origen semítico, y su sentido inicial fue el de «caña».
Posteriormente, la palabra tomó el significado de «vara larga» o listón para tomar medidas,
utilizado por albañiles y carpinteros. El hebreo qaneh tiene ese significado (Ez 40.3, 5). El
latín y el castellano transcribieron el vocablo griego en «canon». La expresión, además,
adquirió un significado metafórico: se empleó para definir las normas o patrones que sirven
para regular y medir.
Desde el siglo II de la era cristiana, el término kanon se empleó para referirse a «la regla
de fe», al ordenamiento religioso (se empleaba su forma plural «cánones eclesiásticos») y a
la parte invariable y fija de la liturgia. En la Edad Media los libros jurídicos de la iglesia se
identifican como los «cánones». La Iglesia Católica, además, llama «canon» al catálogo de
sus santos, y «canonización» al reconocimiento de la veneración de algunas personas que
han llevado vidas piadosas y consagradas al servicio cristiano.
En el siglo IV se empleó la palabra «canon» para determinar no solamente las normas de fe,
sino también para referirse propiamente a las Escrituras. El «canon» de la Biblia es el
catálogo de libros que se consideran normativos para los creyentes y que, por lo tanto,
pertenecen, con todo derecho, a las colecciones incluidas en el Antiguo Testamento y en el
Nuevo. Con ese significado específico la palabra fue utilizada posiblemente por primera
vez por Atanasio, el obispo de Alejandría, en el año 367. A fines del siglo IV esa acepción
de la palabra era común tanto en las iglesias del Oriente como en las del Occidente, como
puede constatarse en la lectura de las obras de Gregorio, Priciliano, Rufino, San Agustín y
San Jerónimo.
2. El canon de la Biblia hebrea
De acuerdo con los diversos relatos evangélicos, Jesús utilizó las Escrituras hebreas para
validar su misión, sus palabras y sus obras (véase Mc 1.14; Lc 12.32). Los primeros
creyentes continuaron esa tradición hermenéutica y utilizaron los textos hebreos—y
particularmente sus traducciones al griego—en sus discusiones teológicas y en el desarrollo
de sus doctrinas y enseñanzas. De esa forma la iglesia contó, desde su nacimiento, con una
serie de escritos de alto valor religioso.
De particular importancia es el uso que Jesús hace del libro del profeta Isaías (61.1–2),
según se relata en Lucas 4.18–19. El Señor, luego de leer el texto bíblico, afirmó: «Hoy se
ha cumplido esta Escritura delante de vosotros» (Lc 4.21; RVR). Este relato pone de
manifiesto la interpretación cristológica que los primeros cristianos hicieron de las
Escrituras hebreas. El objetivo primordial de los documentos judíos, desde el punto de vista
cristiano, era corroborar la naturaleza mesiánica de Jesús de Nazaret (Lc 24.27). De esa
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forma la Biblia hebrea se convirtió en la primera Biblia cristiana. Con el paso del tiempo, la
iglesia le dio el nombre de «Antiguo Testamento», para poner de manifiesto la novedad de
la revelación de la persona y misión de Cristo.
Los libros de la Biblia hebrea son 24, divididos en tres grandes secciones:
La primera sección, conocida como Torah («Ley»), contiene los llamados «cinco libros de
Moisés»: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
La segunda división, conocida como Nebi<iµ («Profetas»), se subdivide, a su vez, en dos
grupos: (a) «Los profetas anteriores»: Josué, Jueces, Reyes y Samuel; (b) «Los profetas
posteriores»: Isaías, Jeremías, Ezequiel y el Libro de los Doce.
La tercera sección de la Biblia hebrea se conoce como Ketubiµ («Escritos»), e incluye
once libros: Salmos, Proverbios y Job; un grupo de cinco libros llamados Megilot
(«Rollos»)—Cantar de los Cantares, Rut, Lamentaciones, Eclesiastés y Ester—; y
finalmente Daniel, Esdras-Nehemías y Crónicas.
Con las iniciales de Torah, Nebi<iµ y Ketubiµ se ha formado la palabra hebrea
Tanak, nombre que los judíos usan para referirse a la Biblia hebrea, nuestro Antiguo
Testamento.
Los 24 libros de la Biblia hebrea son idénticos a los 39 que se incluyen en el Antiguo
Testamento de las Biblias «protestantes»; es decir, las que no contienen los libros
deuterocanónicos. La diferencia en numeración se originó cuando se empezó a contar, por
separado, cada uno de los doce profetas menores, y cuando se separaron en dos las obras
siguientes: Samuel, Reyes, Crónicas y Esdras-Nehemías.
1. Proceso de «canonización»
La teoría, tradicionalmente aceptada, de que las secciones del canon hebreo representan las
tres etapas en el proceso de su formación es seriamente cuestionada en la actualidad.
Aunque esta hipótesis parezca lógica y razonable, no hay evidencias que la respalden en el
Antiguo Testamento o en otros documentos judíos antiguos.
De acuerdo con esa teoría, la Torah fue la primera en ser reconocida como canónica, luego
del retorno de los judíos a Judá, al concluir el exilio de Israel en Babilonia (ca. Siglo V
a.C.). Posteriormente los Nebi<iµ fueron aceptados en el canon, posiblemente al final del
siglo III a.C. Y finalmente, los Ketubiµ que representan la última sección de la Biblia
hebrea—fueron incorporados al canon al final del siglo I d.C., al concluir el llamado
«Concilio» de Jamnia.
El reconocimiento de la autoridad religiosa de algunas secciones de las Escrituras hebreas
puede verse en el Antiguo Testamento (Ex 24.3–7; Dt 31.26; 2 R 23.1–3; Neh 8.1–9.38).
Sin embargo, ese reconocimiento de textos como «Palabra de Dios» no revela que la
comunidad judía pensara en un cuerpo cerrado de escritos que sirviera de base para el
desarrollo religioso y social del pueblo. Incluso algunos profetas reconocían la autoridad y
el valor de mensajes proféticos anteriores (cf. Jer 7.25 y Ez 38.17). Pero la idea de agrupar
las colecciones de dichos y mensajes proféticos en un cuerpo de escritos tomó siglos en
hacerse realidad. Posiblemente la primera referencia a una colección de escritos de esa
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naturaleza se encuentra en Daniel 9.2. Allí se alude a la profecía de Jeremías, referente a la
duración del exilio en Babilonia, que encontró entre un grupo de «libros» (Jer 25.11–14).
La documentación que reconoce la división tripartita del canon de la Biblia hebrea es
variada. En primer lugar, el Talmud Babilónico acepta la autoridad religiosa y la
inspiración de los 24 libros de las Escrituras judías. Además, discute el orden de tales
libros.
En el prólogo a la traducción del Eclesiástico—también conocido como la Sabiduría de
Jesús ben Sira—el nieto de ben Sira, traductor del libro, indica que su abuelo era un
estudioso de «la Ley y los Profetas, y los otros libros de nuestros padres». Si esos «otros
libros de nuestros padres» son los Ketubiµ, la obra reconoce, ya en el 132 a.C., el
ordenamiento tradicional de la Biblia hebrea.
En el Nuevo Testamento hay otras alusiones a la división de la Biblia hebrea en tres
secciones. En uno de los relatos de la resurrección de Jesús, el Evangelio según San Lucas
(24.44) indica que el Señor le recordó a los discípulos en Jerusalén lo que de él decían «la
ley de Moisés, los profetas y los Salmos». Es importante recordar que los Salmos
constituyen el primer libro de los Ketubiµ, la tercera sección de la Biblia hebrea. Otras
referencias a las Escrituras judías en el Nuevo Testamento aluden a «la ley y los profetas»
(Mt 7.12; Ro 3.21) o simplemente a «la ley» (Jn 10.34; 1 Co 14.21).
El descubrimiento de numerosos manuscritos cerca del Mar Muerto ha arrojado gran luz en
el estudio y la comprensión de la cuestión del canon entre los judíos de los siglos I a.C. y I
d.C. Entre los manuscritos encontrados existen copias de todos los libros de la Biblia, con
la posible excepción de Ester. Aunque la gran mayoría de los documentos bíblicos se han
encontrado en forma fragmentaria, se han descubierto también varios documentos bíblicos
casi completos.
Lamentablemente los qumranitas no dejaron documentación escrita que nos indique con
claridad cuáles de los libros que mantenían en sus bibliotecas constituían para ellos parte
del canon. Sin embargo, al evaluar las copias de los textos encontrados y analizar sus
comentarios bíblicos, podemos indicar, con cierto grado de seguridad, que el canon en
Qumrán incluía: la Torah, los Nebi<iµ y los Salmos (posiblemente con algunos salmos
adicionales); incluía también los libros de Daniel y de Job.
Posiblemente ya para el comienzo de la era cristiana había un acuerdo básico entre los
diferentes grupos judíos respecto a los libros que se reconocían como autoritativos. Lo más
probable es que, con relación al canon judío, durante el siglo I d.C. se aceptaban como
sagrados los 24 libros de la Tanak (Torah, Nebi<iµ y Ketubiµ), pero la lista no se fijó de
forma permanente hasta el final del siglo II o a comienzos del III de la era cristiana.
Es muy difícil determinar con precisión los criterios que se aplicaron para establecer la
canonicidad de los libros. Algunos estudiosos han supuesto que entre los criterios se
encontraban el carácter legal del escrito y la idea de que fueran inspirados por Dios. Otros,
sin embargo, han indicado que cada libro debía aceptarse de acuerdo con la forma que
celebraba o revelaba la manifestación de Dios. Ese criterio brindaba al libro la posibilidad
de ser utilizado en el culto.
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2. La Septuaginta: el canon griego
Uno de los resultados del exilio de Israel en Babilonia fue el desarrollo de comunidades
judías en diversas regiones del mundo conocido. En Alejandría, capital del reino de los
Tolomeos, el elemento judío de la población de habla griega era considerable. Y como
Judea formaba parte del reino hasta el año 198 a.C., esa presencia judía aumentó con el
paso del tiempo.
Luego de varias generaciones, los judíos de Alejandría adoptaron el griego como su idioma
diario, dejando el hebreo para cuestiones cúlticas. Para responder adecuadamente a las
necesidades religiosas de la comunidad, pronto se vio la necesidad de traducir las Escrituras
hebreas al idioma griego. La Torah—o «Pentateuco» como se conoció en griego—fue la
primera parte de las Escrituras en ser traducida; posteriormente se tradujeron los Profetas y
el resto de los Escritos.
Una leyenda judía, de la cual existen varias versiones, indica que 70 ó 72 ancianos fueron
llevados a Alejandría desde Jerusalén para traducir el texto hebreo al griego. Esa leyenda
dio origen al nombre «Septuaginta» (LXX), con el que generalmente se identifica y conoce
la traducción al griego del Antiguo Testamento.
En un documento conocido como la «Carta de Aristeas» se alude y se expande la leyenda.
Dicha carta describe cómo los ancianos de Israel finalizaron la traducción del Pentateuco en
sólo 72 días; el documento indica, además, que produjeron la versión griega luego de
comparaciones, diálogos y reuniones.
Posteriormente se añadieron a la leyenda—en círculos judíos y cristianos—nuevos
elementos. Se incorporó la idea de que los ancianos trabajaron aisladamente y, al final,
produjeron 72 versiones idénticas. Filón de Alejandría, el famoso filósofo judío, relata
cómo los traductores trabajaron de forma independiente y escribieron el mismo texto griego
palabra por palabra.
Aunque Filón y Josefo indican que solamente la Torah o el Pentateuco se tradujo al griego,
los escritores cristianos añadieron a la leyenda de la Septuaginta la traducción de todo el
Antiguo Testamento, contando entre ellos libros que no formaban parte de las Escrituras
hebreas. Pseudo-Justino, en el siglo III, incluso indica que vio personalmente las celdas en
las cuales trabajaron, por separado, cada uno los traductores de la Septuaginta. Estas
adiciones a la antigua leyenda judía revelan el gran aprecio que la iglesia cristiana tenía de
la Septuaginta.
De la leyenda judía se desprenden algunos datos de importancia histórica. El Pentateuco fue
la primera sección en ser traducida. Los trabajos comenzaron a mediados del siglo III a.C.,
y es lógico pensar que la traducción se efectuara en Alejandría, lugar que concentraba a la
comunidad judía más importante de la diáspora.
El orden de los libros en los manuscritos de la Septuaginta difiere del que se presenta en las
Escrituras hebreas. Al final del capítulo se encuentra un diagrama donde se pueden
comparar ambas listas. Posiblemente ese orden revela la influencia cristiana sobre el canon.
No fueron los judíos de Alejandría los que fijaron el canon griego, sino los cristianos.
Con respecto a los libros y adiciones que se encuentran en la Septuaginta, la nomenclatura
en los diversos círculos cristianos no es uniforme. La mayoría de los protestantes denomina
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esa sección de la Septuaginta como «Apócrifos»; la Iglesia Católica los llama
«deuterocanónicos». «Apócrifos», para la comunidad católica, son los libros que no se
incluyeron ni en el canon hebreo ni en el griego. Los protestantes los conocen como
«pseudoepígrafos».
Los libros deuterocanónicos son los siguientes: Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico
(Sabiduría de Jesús ben Sira), Baruc, 1 y 2 Macabeos, Daniel 3.24–90; 13; 14 y Ester 10.4–
16.24. La mayor parte de estos textos se conservan únicamente en manuscritos griegos.
3. El Antiguo Testamento griego
La Septuaginta hizo posible que los judíos de habla griega—en la diáspora y, también, en
Palestina—tuvieran acceso a los textos sagrados de sus antepasados, en el idioma que
podían entender. Además, el texto griego dio la oportunidad a grupos no judíos de estudiar
las Escrituras hebreas (Hch 8.26–40).
La iglesia cristiana se benefició sustancialmente de la traducción de la Septuaginta: la
utilizó como su libro santo y lo llamó «Antiguo Testamento». El texto en griego les dio la
oportunidad a los cristianos de relacionar el mensaje de Jesús con pasajes de importancia
mesiánica (Hch 7; 8); les brindó recursos literarios para citar textos del canon hebreo en las
discusiones con los judíos (Hch 13.17–37; 17.2–3); y jugó un papel fundamental en la
predicación del evangelio a los paganos (Hch 14.8–18; 17.16–32).
El Nuevo Testamento es testigo del uso sistemático de la Septuaginta en la educación,
predicación y apologética de los primeros creyentes (cf. Ro 8.20 y Ec 1.2; 12.8 gr.). Es
importante señalar, además, que en las Escrituras cristianas también hay citas y alusiones a
las adiciones deuterocanónicas de la Septuaginta (cf. Ro 1.18–32 y Sab 12–14; cf. Ro 2.1–
11 y Sab 11–15; cf. Heb 11.35b-38 con 2 Mac 6.18–7.41 y 4 Mac 5.3–18.24). El Nuevo
Testamento también contiene referencias o alusiones a libros que ni siquiera se encuentran
en la Septuaginta (cf. Jud 14–16 y 1 Enoc 1.9).
La gran aceptación de la Septuaginta entre los primeros cristianos hizo que la comunidad
judía, con el paso del tiempo, rechazara esa traducción griega como una versión adecuada
de las Escrituras hebreas. En discusiones teológicas en torno al nacimiento de Jesús, los
cristianos citaban el texto griego de Isaías para indicar que la «virgen», no «la joven»,
«daría a luz» (cf. Mt 1.23 e Is 7.14 gr.). Además, algunos manuscritos de la Septuaginta
incluso contienen adiciones cristianas a textos del Antiguo Testamento (por ejemplo, Sal
13; 95).
Cuando las discusiones teológicas entre judíos y cristianos demandaron un análisis
exegético riguroso, la Septuaginta—que en algunas secciones demostraba un estilo libre en
la traducción y que, además, se basaba en un texto hebreo antiguo—fue relegada y
condenada en los círculos judíos. Posiblemente ese rechazo judío explica el por qué la
mayoría de los manuscritos de la Septuaginta que se conservan el día de hoy provengan de
grupos cristianos.
Una vez que la comunidad judía rechazó la Septuaginta, se necesitó una versión griega que
la sustituyera. Entre esas nuevas traducciones de las Escrituras hebreas al griego se pueden
identificar tres: las versiones de Áquila y Símaco, y la revisión de Teodoción. En la famosa
Hexapla de Orígenes se encuentran copias de estas traducciones al griego.
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Áquila, que era un discípulo del gran rabí Ákiba, produjo una versión extremadamente
literal de los textos hebreos. Aunque el vocabulario usado revela dominio del griego, la
traducción manifiesta un literalismo extremo y un apego excesivo a las estructuras
lingüísticas del texto hebreo. Posiblemente por esas mismas características esta traducción
griega sustituyó a la Septuaginta y fue muy popular en círculos judíos por el año 130 d.C.
La traducción de Símaco (c. 170 d.C.) se distingue no sólo por su fidelidad al texto hebreo,
sino por el buen uso del idioma griego. De acuerdo con Eusebio y San Jerónimo, Símaco
era un judío cristiano ebionita.
Teodoción, de acuerdo con la tradición eclesiástica, era un prosélito que revisó una
traducción al griego ya existente, basada en los textos hebreos. Algunos estudiosos piensan
que la traducción revisada fue la Septuaginta; otros, sin embargo, opinan que el texto base
de Teodoción fue anterior a la versión de los Setenta.
4. La iglesia y el canon del AT.
Una vez que finalizó el período del Nuevo Testamento, la iglesia continuó utilizando la
Septuaginta en sus homilías, reflexiones y debates teológicos. Una gran parte de los
escritores cristianos de la época utilizaban libremente la Septuaginta y citaban los libros
que no se encontraban en el canon hebreo.
La iglesia Occidental, a fines del siglo IV, aceptó un número fijo de libros del Antiguo
Testamento, entre los cuales se encuentran algunos deuterocanónicos que aparecen en la
Septuaginta. Los teólogos orientales, por su parte, seguían el canon hebreo de las
Escrituras. Tanto Orígenes como Atanasio insisten en que se deben aceptar en el canon
únicamente los 22 libros del canon judío; y San Jerónimo, con su traducción conocida
como «Vulgata Latina», propagó el canon hebreo en la iglesia Occidental.
A través de la historia, la iglesia ha hecho una serie de declaraciones en torno al canon de
las Escrituras. Al principio, estas declaraciones se hacían generalmente en forma de
decretos disciplinares; posteriormente, en el Concilio de Trento, el tema del canon se
abordó de forma directa y dogmática.
El Concilio de Trento se convocó en el año 1545 en el contexto de una serie de
controversias con grupos reformados en Europa. Entre los asuntos considerados se
encontraba la relación de la Escritura con la tradición y su importancia en la transmisión de
la fe cristiana.
En el Concilio de Trento se discutió abiertamente la cuestión del canon, y se promulgó un
decreto con el catálogo de libros que estaban en el cuerpo de las Escrituras y tenían
autoridad dogmática y moral para los fieles. Se declaró el carácter oficial de la Vulgata
Latina, y se promulgó la obligación de interpretar las Escrituras de acuerdo con la tradición
de la iglesia, no según el juicio de cada persona. Además, el Concilio aceptó con igual
autoridad religiosa y moral los libros protocanónicos y deuterocanónicos, según se
encontraban en la Vulgata.
Entre los reformadores siempre hubo serias dudas y reservas en torno a los libros
deuterocanónicos. Finalmente, los rechazaron por las polémicas y encuentros con los
católicos.
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Lutero, en su traducción de 1534, agrupó los libros deuterocanónicos en una sección entre
los dos Testamentos, con una nota que indica que son libros «apócrifos», y que aunque su
lectura es útil y buena, no se igualan a la Sagrada Escritura. La Biblia de Zürich (1527–29),
en la cual participó Zuinglio, relegó los libros deuterocanónicos al último volumen, pues no
los consideró canónicos. La Biblia Olivetana (1534–35), que contiene un prólogo de Juan
Calvino, incluyó los deuterocanónicos como una sección aparte del resto de los libros que
componen el canon. La Iglesia Reformada, en sus confesiones «Galicana» y «Bélgica» no
incluyó los deuterocanónicos. En las declaraciones luteranas se prestó cada vez menos
atención a los libros deuterocanónicos.
En Inglaterra la situación fue similar al resto de la Europa Reformada. La Biblia de Wyclif
(1382) incluyó únicamente el canon hebreo. Y aunque la Biblia de Coverdale (1535)
incorpora los deuterocanónicos, en «Los Treinta y Nueve Artículos» de la Iglesia de
Inglaterra se dice que esa literatura no debe emplearse para fundamentar ninguna doctrina.
La versión «King James» (1611) imprimió los deuterocanónicos entre los Testamentos.
La traducción al castellano de Casiodoro de Reina—publicada en Basilea en 1569—incluía
los libros deuterocanónicos, de acuerdo con el orden de la Septuaginta. La posterior
revisión de Cipriano de Valera—publicada en Amsterdam en 1602—agrupó los libros
deuterocanónicos entre los Testamentos.
La Confesión de Westminster (1647) reaccionó al Concilio de Trento y a las controversias
entre católicos y protestantes: afirmó el canon de las Escrituras hebreas. En su declaración
sobre el canon, la Confesión indica que los deuterocanónicos—identificados como
«Apócrifa»—, por no ser inspirados, no forman parte del canon de la Escritura y, por
consiguiente, carecen de autoridad para la iglesia. Indica, además, que pueden leerse
únicamente como escritos puramente humanos. De esa forma se definió claramente el
canon entre las comunidades cristianas que aceptaban la Confesión de Westminster.
El problema de la aceptación de los apócrifos o deuterocanónicos entre las comunidades
cristianas luego de la Reforma se atendió básicamente de tres maneras: (1) Los
deuterocanónicos se mantenían en la Biblia, pero separados—alguna nota indicaba que
estos libros no tenían la misma autoridad que el resto de las Escrituras—; (2) de acuerdo
con el Concilio de Trento, tanto los libros deuterocanónicos como los protocanónicos se
aceptaban en la Biblia con la misma autoridad; (3) basados en la Confesión de
Westminster, se incluía en las ediciones de la Biblia únicamente el canon hebreo, que
contiene los únicos libros aceptados como autoridad.
Luego de muchas discusiones teológicas y administrativas, la «British and Foreign Bible
Society» decidió, en el 1826, publicar Biblias únicamente con el canon hebreo del Antiguo
Testamento. La versión Reina-Valera se publicó por primera vez sin los deuterocanónicos
en el 1850.
3.3 El canon del Nuevo Testamento
3.3.1 La situación interna de la iglesia
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