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Indiana

El documento describe un libro digitalizado por Google que ha pasado a ser de dominio público, permitiendo su acceso en línea. Se enfatiza la importancia de los libros de dominio público como patrimonio cultural y se establecen normas de uso para evitar abusos comerciales. Además, se menciona el objetivo de Google de organizar y hacer accesible la información de todo el mundo a través de su programa de Búsqueda de libros.

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Indiana

El documento describe un libro digitalizado por Google que ha pasado a ser de dominio público, permitiendo su acceso en línea. Se enfatiza la importancia de los libros de dominio público como patrimonio cultural y se establecen normas de uso para evitar abusos comerciales. Además, se menciona el objetivo de Google de organizar y hacer accesible la información de todo el mundo a través de su programa de Búsqueda de libros.

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CORTADA
4
‫و‬
‫مج‬
‫رت‬
INDIANA.

TOMO I.
Es propiedad de la casa de PIFERRER.
A
Amilisg.

MADAME SAND .
১৪৪৯১1001

INDIANA .
POR

MADAME SAND .

TRADUCIDA DE LA CUARTA EDICION

FRANCESA POR

D. JUAN CORTADA. UN
AL
CA

TOMO 1.

Barcelona.
POR D. JUAN FRANCISCO PIFERRER , Impresor
de S. M. Plaza del Angel .
-

1837.
1001061180
EL EDITOR .

Presentamos al público la pri-


mera traduccion de una de las No-
velas de Madame Sand . Esta au-
tora ha tenido apologistas y cen-
sores ; aquellos han alabado el
lenguage y el asunto ; estos han
censurado el asunto sin rebajar el
mérito del lenguage. Se ha hecho
un cargo á Madame Sand de que
sus obras tendian á presentar el
matrimonio como un lazo odioso ;
concretándonos á la presente el
1
*
VI

cargo no es justo , pues en ella so-


lo hace ver las consecuencias fa-
tales de un matrimonio que siem-
pre desaprobaron la sensatez , el
buen sentido , y hasta la humani-
dad. Los matrimonios como el
que contrajo Indiana honran muy
poco á la sociedad , y el escritor
que pinta sus tristes resultados
lejos de ser vituperable, se hace 1

acreedor á la gratitud de los hom-


bres que seriamente han pensado
en el matrimonio.
Seguirémos publicando las me-
jores novelas de esta Señora , por-
que las juzgamos dignas de ser
conocidas en España.
INDIANA.

I.

EN
Nuna lluviosa y fresca velada de
otoño , tres personas meditabundas es-
taban ocupadas en el interior de un
castillejo de Brie ( a) mirando arder
los tizones de la chimenea , y caminar
lentamente el minutero del reloj. Las
dos parecian abandonarse con sumision
á la vaga displicencia que sobre ellas

(a) Brie: provinciade Francia.


8

pesaba : la tercera por el contrario ,


mostraba rebelarse abiertamente con-
tra su incomodidad , removíase en la
silla, y ahogando algunos melancólicos
bostezos , golpeaba con las tenazas los
ardientes troncos con manifiesta inten-
cion de luchar contra el comun enemi-
go. Este personage, mucho mas entrado
en dias que los dos restantes , era el
coronel Delmare , amo de la casa , an-
tiguo valiente á medio sueldo ; hermo-
so en otro tiempo , y ahora grueso ,
con la frente calva , bigote gris , y mi-
rada terrible : escelente amo de casa ,
ante quien temblaba todo el mundo ,
la mujer , los criados , los caballos y
los perros.
Alzóse por fin delasiento con claras
muestras de impaciencia por no saber
como romperia el silencio , y comen-
zó á pasear mesurosamente a lo largo
de la sala sin perder ni un instante la
inflexibilidad física correspondiente á
9

todos los movimientos de un antiguo


militar , apoyando las manos en los ri-
ñones , y volviéndose de repente , con
la perpetua satisfaccion de sí mismo
que caracteriza al hombre de parada y
al oficial modelo. Mas por desgracia
habian ya desaparecido aquellos tiem-
pos de frescura y lozanía en que el te-
niente Delmare respiraba el triunfo
con el aire de los campos de batalla :
el gefe en retirada , puesto ahora en
olvido por la patria ingrata , estaba
condenado á sufrir todas las consecuen-
cias del matrimonio. Era esposo de
una mujer jóven y bella , propietario
de un cómodo casar con sus dependen-
cias , y hombre industrioso , y afortu-
nado ademas en todas sus especula-
ciones. Nuestrobuen coronel solia gas-
tar siempre mal humor , y lo tenia pé-
simo la noche de que hablamos , mer-
ced á la humedad que exasperó sus
dolores reumáticos ya añejos.
10

Medía con gravedad lalongitud del


antiguosalon, amueblado álo Luis XV,
deteniéndose de tanto en tanto delan-
te de una puerta , sobre la cual se
veian algunos cupidos desnudos ypin-
tados al fresco , que ataban con guir-
naldas de flores graciosas ciervas y
mansos javalíes ; otras se paraba en-
frente de un cuarteron cargado de vie-
jas é intrincadas esculturas , cuyos ca-
prichos tortuosos é interminables en-
laces en vano hubiera querido recor-
rer la vista mas perspicaz ; pero estas
distracciones vagas y pasajeras no bas-
taban para que en cada vuelta dejase
demirar con aire investigador á los
dos compañeros de su silenciosa vela-
da, llevando del uno al otro aquellas
ojeadas de escrutinio y de recelo que
de tres años á aquella parte hacian
centinela á un tesoro frágil y precio-
so , que era su consorte. Tenia esta
diez y nueve años , y quien la viese
41

clavada bajo la campana de aquella


vasta chimenea de mármol blanco , in-
crustada de cobres dorados ; quien la
contemplara tan delicada, tan endeble,
triste , pálida , con el codo apoyado en
la cabeza del morillo de hierro bru-
ñido ; tan jóven en medio de aquel
rancio ajuar , al lado de su viejo ma-
rido , cual una flor nacida ayer que se
hace abrir dentro de un vaso gótico ,
cargado de toscos florones de porcela-
na , hubiérala compadecido sin duda ,
y tambienal mismo coronel , aunmas
acaso que á su esposa.
El tercer habitante de aquella casa
aislada estaba sentado bajo el mismo
abrigo de la chimenea , al opuesto es-
tremo del tronco encandescente. Erase
un hombre en todo el vigor de su ju-
ventud y fuerzas , cuyas brillantes fac-
ciones á la par de la hermosa cabelle-
ra de un blondo vivo , y las fornidas,
patillas hacian notable contraste con.
1
12

los cenicientos cabellos , la tez marchi-


ta, y el áspera fisonomía del amo ;
sin embargo el hombre menos artista
hubiera estimado mas la esprésion tos-
ca y austera del señor de Delmare ,
que los lineamientos regulares pero
muy sosos del bello jóven. La figura
abofellada que se grabó en relieve so-
bre el palastro del fondo de la chime-
nea , era tal vez menos monotona á pe-
sar de sus ojos incesantemente fijos en
los ardientes tizones , que el persona-
ge rubio y encarnado de nuestra his-
toria , ocupado por entonces en con-
templar lo mismo. Por lo demas el vi-
gor de sus formas bastante desarrolla-
do , el despejo de sus cejas castañas ,
la lisa blancura de la frente , la calma
de los ojos cristalinos , la belleza de
sus manos y hasta la ríjida elegancia
de su vestido de caza , le habrian he-
cho reputar por un hermosísimo caba-
llero á los ojos de cualquiera mujer ,
15

encuyo amor tuviesen entrada los gus-


tos filosóficos. Mas la jóven y tímida
consorte del señor de Delmare , quizás
aun no habia examinado á un hombre
por sí misma ; acaso entre aquella mu-
jer endeble y lascerada , y ese hombre
dormidor y tragon no habia sentimien-
to alguno análogo ni el menor rastro
de simpatia , por lo menos el argos
maridal fatigaba su ojo de buitre-sin
sorprender una mirada , un aliento ,
una palpitacion entre aquellos dos se-
res tan desemejantes. Seguro entonces
de que ni siquiera tenia un motivo de
celos en que ocuparse , cayó en una
tristeza mas intensa que la primera ,
y sepultó de pronto sus manos en lo
mas hondo de las faldriqueras.
La única figura agradable y dichosa
de aquel grupo era la de un hermoso
perro de caza que habia tendido la ca-
beza sobre las rodillas del hombre sen-
tado. Era notable por su mucha lon
2
14

gitud , por sus jarretes anchos y vello-


sos , por el hocico aguzado como el de
un zorro y por su rara fisonomia, he-
rizada de pelos en desórden , al traves
de los cuales , á manera de topacios ,
brillaban dos grandes ojos leonados.
Aquellos ojos de sabueso , crueles y
sombrios en el ardor de la caza, tenian
ahora un aire de melancolia y de in-
definible ternura , y cuando el amo ,
(objeto de todo aquel amor de instin-
to , que tanto aventaja á veces á las
afecciones razonables del hombre) pa-
seaba sus manos por las plateadas cer-
das del hermoso animal , chispeaban
de contento los ojos de este , pasando
desde el amarillo naranja al rojo gra-
nata , al mismo tiempo que su larga
cola barria acompasadamente el ho-
gar , esparciendo la ceniza por sobre
el embutido de la tarima.
En aquella escena interna medio
iluminada por las llamas del hogar ,
15

tal vez habia asunto para un cuadro a


lo Rembrant. Resplandores blancos y
fujitivos inundaban por intervalos la
estancia y las personas ; y pasando en
seguida al tono rojo de las brasas , se
amortecian por grados , y la vasta sa-
la iba asombrándose entonces en la
misma proporcion. Al cruzar Delmare
por delante del fuego , en cada vuelta
de su paseo, aparecíase comouna som-
bra para desvanecerse luego en el
misterioso fondo del salon. Por diver-
sos puntos brillaba con mas viveza la
luz en los dorados marcos de algunos
cuadros ovales llenos de coronas , me-
dallas y listones, en los muebles em-
butidos de ébano y de cobre , y en las
recortadas cornisas del ensamblado en-
maderamiento. Mas cuando un tizon
próximo á apagarse cedia su brillo á
otro aun no encendido , los muebles
de repente iluminados entraban en la
sombra , y se desprendian de ella sú-
46
bitamente otros objetos hasta entonces
invisibles . De este modo se hubieran
podido sorprender uno tras otro todos
los pormenores del cuadro ; tan pron-
to una cartela sostenida por tres gran-
des tritones dorados ; luego el cielo-
raso que representaba el espacio sem-
brado de nubes y de estrellas, ó tal vez
el tosco tinte del damasco carmesí con
el largo farfalá surcado de lustrosos
reflejos , cuyos anchos pliegues pare-
cian agitarse , rechazándose mutua-
mente la luz inconstante.
Al ver la quietud absoluta de aque-
Ilos dos personages , puestos como en
relieve delante del hogar , pudiera
creerse que temian trastornar la inmo-
vilidad de la escena: fijos alli , petri-
ficados como los héroes de un cuento
de brujas , dijérase que la menor pa-
labra , el movimiento mas lijero iba á
hacer desplomar sobre ellos las mura-
llasde una ciudad fantástica ; y el amo
17

ceñudo, que con paso igual eraelúni-


co que cortaba la sombra é interrum-
piael silencio , semejaba el encantador
que los tenia oprimidos bajo un sorti-
legio. Finalmente habiendo consegui-
do el perro una mirada de complacen-
cia de su amo , cedió al magnético
poder que la niña del ojo humano ejer-
ce sobre las de los animales conoce-
dores. Dejó escapar un lijero ladrido
de medrosa ternura, y puso sus manos
sobre las espaldas del amo querido ,
con una agilidad y gracia inimitables.
Abajo! Ofelia , abajo!
Y al mismo tiempo el jóven dirijió
en ingles una grave repulsa al dócil
animal que , avergonzado y arrepenti-
do , se arrastró hácia la señora de Del-
mare como solicitando que le prote-
giese. Mas esto no fué bastante á arran-
carla de su distraccion, ysin hacer ca-
ricia alguna á Ofelia le permitió co-
locar la cabeza sobre las dos blancas
2*
18

manos que tenia apoyadas en la ro-


dilla.
¿Con qué esa perra se ha instalado
para siempre en el salon? dijo el co-
ronel , interiormente satisfecho de ha-
llar un pretesto para incomodarse. A la
perrera , Ofelia ! anda afuera , co-
china.
Quien de cerca observase entonces
á la señora, habria podido traslucir en
aquel mínimo y sencillo accidente de
su vida privada , el doloroso secreto
de su vida entera. Un imperceptible
estremecimiento recorrió todo su cuer-
po, y sus manos, que sostenian sin sen-
tirlo la cabeza del animal querido , se
resbalaron al rededor de su áspero y
velludo cuello , como para detenerle y
defenderlo . Entonces Delmare sacan-
do del bolsillo de su bata el látigo de
caza , adelantóse con amenazador con-
tinente hácia la pobre Ofelia , que se
tendió á sus pies cerrando los ojos , y
19

dejando escapar algunos gritos antici-


pados de dolor y de miedo. Aumentóse
la palidez de la señora , su pecho se
hinchó convulsivamente , y dirijiendo
sus grandes ojos azules al marido, con
una espresion de terror indefinible :
¡ Por Dios ! señor , le dijo , no la
mateis.
Estas pocas palabras hicieron estre-
mecer al coronel , y un afecto de tris-
teza vino á sustituir los asomos de su
cólera.

-Comprendo bien , señora , todo lo


que me echais en cara con esas pala-
bras; y recuerdo que no habeis per-
dido ocasion de hacerlo desde el dia
en que , por efecto de un atolondra-
miento , maté en la caza á vuestro fal-
dero. ¿ Puede reputarse por pérdida
muy grande la de un perro,que en su
vida supo hacer una parada , y que se
arrojaba sobre la pieza ? ¿ Qué pacien-
ciano hubiera apurado su impericia ?
20

A bien que vos nunca lehabíais ama-


do como despues de muerto , supuesto
que apenas cuidábais de él; mas aho-
ra que os ha ofrecido ocasion de vi-
tuperarme.....
¿Acaso alguna vez os he reconveni-
do ? preguntó su esposa , con aquella
dulzura que se usa por generosidad
con las personas á quienes se ama , y
por respeto á sí mismo con aquellas á
quienes no se quiere.
No digo yo eso , respondió el coro-
nel con un tono , que no era entera-
mente ni de padre ni de marido ; mas
las lágrimas de ciertas mujeres encier-
ran mayor reconvencion que todas las
imprecaciones de otras. Par diez , se-
ñora , que ya sabeis cuan poco gusto
de ver llorar á mi lado.
-

Creoque nunca me veis llorar.


-

Y que ¿no veo yo vuestros ojos


encendidos? y á fe mia que esto es mil
veces peor.
21

Durante esta conversacion conyugal,


el jóven que se habia levantado y he-
cho salir á Ofelia con la mayor calma
del mundo, volvió á sentarse en frente
de la señora , despues de haber encen-
dido una vela y colocádola sobre la
campana de la chimenea.
Este acto puramente casual ofreció
una súbita influencia en la interior
disposicion de Delmare; apenas la bu-
jía hubo derramado sobre su mujer
una luz mas uniforme y segura que la
del hogar , observó el aire de abati-
miento y de dolor que aquella noche
estaba pintado en toda su persona , su
actitud fatigada , sus largos cabellos
castaños colgando por el enflaquecido
rostro , y la tinta violácea de los ojos
húmedos é inflamados. Dió algunas
vueltas por la sala, y acercándose de
nuevo á su mujer , por medio de una
transicion bastante violenta :
¿Cómo os sentís hoy, Indiana ? la
22

preguntócon lapocagracia de un hom-


bre , cuyo corazon y carácter rara vez
están de acuerdo.
-Como siempre , contestó ella sin
mostrar sorpresa ni rencor. Agradezco
vuestro cuidado .
Como siempre , no es contestacion
á mi pregunta , ó mas bien es una con-
testacion de mujer , una contestacion
necia, que no significa sí , ni no ; bien,
ni mal.
-

Pues bien; no estoy buena , ni


mala.
- Pues bien , replicó Delmare con
mayor aspereza, vos mentis : yo sé que
no estais buena , como se lo habeis di-
cho á Sir Ralph que está aqui presen-
te. Vamos á ver si yo miento. Res-
ponded , Ralph , ¿ os lo ha dicho ?
-Me lo ha dicho , contestó el fle-
mático personage interpelado , sin ad-
vertir la mirada de reconvencion que
le dirijia Indiana.
23

En este momento penetró en la sa-


la otra persona , que ahora era el fac-
totum de la casa y antes sirvió de sar-
gento en el cuerpo del coronel. Espu-
so á este en pocas palabras los moti-
vos que tenia para creer que en las no-
ches precedentes se habian introduci-
do en el parque , y hacia aquella mis-
ma hora , algunos ladrones de carbon;
por lo cual pedia una escopeta con el
objeto de hacer la ronda antes de cer-
rar las puertas. Delmare que en seme-
jante aventura esperó hallar algun sa-
bor de batalla , cogió al momento una
escopeta , puso otra en manos de Le-
lievre , é iba á salir de la estancia.
¿Y seria posible , le dijo su señora :

aterrorizada , que mateis á un infeliz


por algunos sacos de carbon ?
Acualquiera hombre que de noche
me vaya andorreando por dentro de las
cercas, respondió Delmare irritado por
semejante objecion , le mataré como á
24

un perro. Si vos conociéseis las leyes,


señora , sabríais que me autorizan pa-
ra ello.
Es una ley bárbara , replicó con ca-
lor Indiana ; pero refrenando al ins-
tante este movimiento. ¿ Y vuestro
reumatismo ? añadió en tono mas ba-
jo : os olvidais de que está lloviendo ,
y de que mañana tendreis dolor si sa-
lis esta noche.
Mucho temeis el deber cuidar al
viejo marido , repuso Delmare empu-
jando con ímpetu la puerta ; y salió no
sin murmurar todavia contra sus años
ysu mujer.
II .

Los dos personages que acabamos de


nombrar , á saber , Indiana Delmare,
y sir Ralph , ó mejor , M. Rodolfo
Brown , se quedaron uno en frente de
otro con la misma frialdad é indife-
rencia que si el marido los estuviese
mirando. Al ingles ni le ocurrió si-
quiera justificarse , y la señora cono-
cia la imposibilidad de reconvenirle
seriamente , supuesto que al hablar
tuvo un objeto laudable ; mas, al fin
rompiendo de golpe el silencio , le ri-
ñó con dulzura .
-No habeis obrado bien , mi que-
rido Ralph , le dijo , yo os habia pro-
hibido repetir esas palabras que se me
escaparon en un instante de sufrimien
3
26

to; y el Sr. Delmare es el último á


quien yo hubiera deseado participar
mis males .
-

Yo no os entiendo , amiga mia ,


respondió Ralph , estais enferma y no
quereis curaros . Era preciso pues es-
cojer entre la alternativa de perderos,
ó avisar á vuestro marido.
- Si , dijo Indiana con triste sonrisa,
y vos habeis tomado el partido de
prevenir á la autoridad.
-Haceis mal , muy mal á fe mia,
en agriaros de tal modo con el coro-
nel , que es un hombre honrado y
muy de bien.
-¿Y quién os ha dicho lo contra-
rio?
-¿Quién ? vos misma sin querer ;
vuestra tristeza , vuestra salud enfer-
miza , y ademas vuestros ojos inflama-
dos están diciendo , como él mismo lo
observa , á todo el mundo y á todas
horas que no sois feliz.
27

-Callad , Sir Ralph , vos os ade


lanţais demasiado , y yo nunca os hè
permitido saber tanto.
-Veo que os incomodo; ¿ mas có-
mo quereis que lo remedie ? Yo sé
que no soy fino , ni conozco las sutile-
zas de vuestro idioma , y por otra
parte tengo muchos puntos de contac-
to con vuestro marido ; de lo cual es
una prueba el que , á semejanza suya,
ni en francés ni en inglés sé lo que
debe decirse á las mujeres para conso-
larlas. Otro hombre os hubiera hecho
comprender , sin decíroslo , la idea
que yo acabo de espresar con tan po-
ca gracia. Hubiera hallado medio de
internarse en vuestra confianza sin de-
jaros advertir sus progresos , y tal vez
su destreza lograra consolar vuestro
corazon , que se cierra y aflije delante
de mi. No es esta la primera vez que
observo , particularmente en Francia,
cuanto mayor imperio tienen las pa-
/
28

labras que las ideas. Las mujeres sobre


todo....
- Vos , mi querido Ralph , despre-
ciais muy mucho á las mujeres , y co-
mo estoy aqui sola contra dos hom-
bres , es fuerza que me resuelva á no
tener nunca razon .

-En tu mano está dejarnos feos , mi


querida prima , mira por tu salud ,
recobra la alegria , tu frescor , tu an-
tigua vivacidad; recuerda la isla de
Borbon , nuestra grata morada de Bér-
nica, nuestra venturosa infancia , nues-
tra amistad que cuenta los mismos
años que tu vida.....
$
-Tambien me acuerdo de mi pa-
dre, dijo Indiana , cargando tristemen-
te el acento sobre esta palabra y po-
niendo su mano en la mano de Ralph .
Reinó otra vez un profundo silen-
cio.
- Indiana , dijo Ralph á breve rato,
la felicidad está siempre a nuestros di
29

alcances. Basta muchas veces alargar


la mano para cogerla. ¿ Qué te fal-
ta? tienes un honroso bienestar , pre-
ferible á la riqueza , un escelente ma-
rido que te ama con todo su corazon ,
y ademas , lo digo sin vacilar , un
amigo sincero , y que se consagrará á
tu dicha.
La señora estrechó débilmente la
mano del jóven , pero sin variar de
postura; y su cabeza continuamente
caida sobre el pecho , y sus ojos hú-
medos no dejaron de contemplar fija-
mente los mágicos efectos de las bra-
/
sas.

Vuestra tristeza , mi querida ami-


ga , continuó Ralph, es un estado pu-
ramente valetudinario. ¿ Quién en el
mundo puede libertarse de las penas
y del esplin ? Mirad á los que están
debajo de vos , y alli encontrareis mu-
chas personas que no sin motivo envi-
dian vuestra suerte. Tal es la natura
3*
30

leza del hombre; siempre aspira á lo


que no tiene.
Otras muchas reflexiones por este
estilo ensartó el bueno de Ralph , sin
separarse de la monotonia y pesadez,
compañeras eternas de sus palabras y
de sus pensamientos; y no hay que
achacarlo á que fuese un necio , sino
á que alli estaba absolutamente fuera
de su elemento. No es que le faltasen
conocimientos ni un juicio muy recto;
mas el consolar á una mujer era, se-
gun él mismo confesaba , una tarea
muy superior á sus fuerzas. Entendia
tan mal la tristeza agena , que con el
mejor deseo de darle remedio , no hu-
bo vez que la tocase sin envenenarla.
Convencido de su torpeza , casi nunca
se arriesgaba á traslucir las aflicciones
de sus amigos , y al presente hacia
inauditos esfuerzos á fin de llenar el
deber , para él mas penoso de la amis-
tad. Viendo que la señora de Delma
31
re no le escuchaba con sobrada aten-
cion , calló, y nada mas se oia que los
zurridos de la madera encendida , la
especie de canto quejumbroso de la
leña que se calienta y dilata: el cruji-
do de la corteza que se contrae antes
de abrirse, y las lijeras esplosiones fos-
fóricas de la albura , que producen
una llama azulada. De cuando en cuan-
do el ahullido de un perro venia á
mezclarse al débil silvido de la tra-
montana que penetraba por las ren-
dijas de la puerta , y al rumor de la
lluvia que azotaba los cristales. Qui-
zás era aquella la noche mas triste de
cuantas Indiana habia pasado en su
casar de Brie.
Además , no sé que espera vaga pe-
saba sobre aquella alma sensible , y
sobre las delicadas fibras de su cuer-
po. Los seres débiles solo viven de
terrores y de presentimientos. La se-
ñora de Delmare tenia las preocupa
32

ciones de una criolla nerviosa y enfer


miza ; ciertas harmonías de la noche,
ciertos juegos de la luna le presagia-
ban futuros sucesos , próximas desgra-
cias ; y la noche tenia para aquella
mujer melancólica y delirante un len-
guage de misterios y fantasmas , que
solo ella sabia comprender é interpre-
tar segun sus temores ó sufrimientos.
Me llamareis sin duda visionaria ,
dijo , retirando al mismo tiempo la
mano que tenia aun sobre la de Ralph;
pero yo no sé que catástrofe se prepara
cerca de nosotros. Hay aqui un gran-
de riesgo que amenaza á alguno..... á
mi sin duda, ... Ralph, me siento agita-
dacomo si se acercara una grande fa-
se de mi destino.... tengo miedo , aña-
dió estremeciéndose , me siento mala.
Y sus labios se volvieron pálidos á la
par de sus mejillas. Ralph asustado,
no de los presentimientos de su pri-
ma, que él consideraba como sinto
33

mas de una debilidad moral , pero sí


de su mortal amarillez , tiró con fuer-
za la cuerda de la campanilla para pe-
dir socorro. Nadie vino , y el inglés
viendo que Indiana iba desmayándose
á toda prisa , se alejó del fuego , colo-
cóla sobre una poltrona , y corrió ,
sin direccion fija, llamando criados , y
buscando agua y esencias, sin hallar co-
sa alguna , rompiendo los cordones de
todas las campanillas , estraviándose
en el laberinto de habitaciones oscu-
ras , y retorciéndose las manos de im-
paciencia y de despecho contra sí mis-
mo . Ocurrióle al fin la idea de abrir
la vidriera que daba al parque , y de
llamar á Lelievre y á Nun , camarera
de Indiana, y criolla como ella.
A pocos momentos acudió la don-
cella desde una de las mas oscuras
avenidas del parque , y preguntó con
mucho interés si la señora estaba mas
mala de lo acostumbrado. Y may ma
34
la, contestó Brown. Entrados ambos en
el salon prodigaron sus cuidados á la
desmayada señora , él con un zelo é
interés inútil y desmaſñado , y ella con
la destreza y eficacia de una mujer ,
consagrada al servicio de otra.
Nun era hermana de leche de la se-
ñora de Delmare ; y criadas las dos
juntas , se amaban tiernamente. Alta,
robusta , respirando salud , viveza , ale-
gria, llena de sangre criolla , ardiente
y apasionada , deslumbraba con su bri-
llante hermosura la morbida y delica-
da belleza de su ama; pero la bon-
dad de sus corazones y el mútuo afec-
to sufocaban en ellas todo sentimiento
de rivalidad femenil. Al volver en sí
la señora de Delmare lo primero que
notó fué la alteracion de la fisonomía
de su doncella , el desórden de su ca-
bellera húmeda , y la agitacion que,
á su pesar , se traslucia en todos sus
movimientos. Tranquilízate , criatura,
35

le dijo con bondad, mi mal te aflije


mas que á mí misma. Tu debes cui-
darte, Nun , yo veo que te enflaque-
ces y lloras cual sino debieras vivir,
y sin embargo la vida se te presenta
bajo los mas alegres y bellos auspicios.
La jóven apretó con efusion contra
sus labios la mano de Indiana , y cual
poseida de un delirio , arrojando en
derredor miradas de espanto :
-¡Dios mio! esclamó. ¿Sabeis porque
el Sr. de Delmare está en el parque ?
-¿Por qué ? repitió Indiana per-
diendo de repente el débil color que
otra vez apareciera en su rostro
aguarda, yo no sé..... pero tu me ha-
ces estremecer ¿qué es lo que sucede ?
-El señor , dijo Nun con voz cor-
tada , se empeña en que hay ladrones
en el parque , y va rondando con Le-
lievre , armados con escopetas entram-
bos.....
-¿Y qué? insistió la señora, que
36

esperaba oir alguna nueva horrible.


-¡Ay señora! replicó Nun ,juntan-
do las manos desatinada; ¿no es hor-
rible pensar que van á dar muerte á
un hombre ?
-¡ Darle muerte! gritó Indiana al-
zándose poseida del crédulo terror de
un muchacho alarmado por los cuen-
tos de la niñera.
-¡Ah! si , le matarán , esclamó la
otra con sofocados sollozos .
Estas mujeres están locas , pensó
Sir Ralph , que contemplaba aquella
estraña escena con aire asombrado. A
bien que , añadió hablando consigo
mismo , todas las mujeres lo son
Pero bien , replicó la señora : ¿qué
piensas tú , Nun ? ¿crees que haya la-
drones?
-Oh si fueran ladrones !.... pero
tal vez, será algun pobre jornalero ,
que viene á buscar un puñado de le-
ña para su familia......
37

Oh; si , eso seria horroroso ; pero


no es probable: estando tan [Link]
bosque de Fontainebleau , en donde
con tanta facilidad se puede robar le-
ña , no vendrian á arriesgarse en un
parque rodeado de paredes. No tengas
cuidado , tranquilízate , Delmare no
matará á nadie.
Pero Nun no oia cosa alguna: yen-
do desde la ventana del salon á la pol-
trona de suama , espiaba el menor
ruido , y parecia dividida entre el de-
seo de correr al lado del coronel , y
el de quedarse cerca de la enferma.
Su ansiedad pareció tan estraña y
fuera de sazon á Brown , que le hizo
olvidar de su natural dulzura, y agar-
rándole con fuerza el brazo :
-Habeis perdido de todo punto el
juicio , dijo , ¿ no veis que estais asus-
tando á la señora , y que vuestro ne-
cio terror la atormenta horriblemente?
Nun no le oia..... volvió la vista
Τ. Ι. 4
38

hácia su ama que acababa de estre-


mecerse en la silla , cual si el sacu-
dimiento del aire hubiese herido sus
sentidos con una conmocion eléctrica.
Casi al mismo instante el estruendo
de un tiro hizo temblar los cristales,
y Nun cayó de rodillas .
¡ Necio terror de mujeres ! gritó
Ralph enfadado de su emocion ; en
breve os traerán en triunfo algun co
nejo muerto en acecho , y os reireis
de vosotras mismas .
-No , Ralph , dijo Indiana caminan-
do con paso firme hacia la puerta , yo
os aseguro que acaba de derramarse
sangre humana.
-Nun arrojó un grito penetrante , y
se cayó de rostro en el suelo. Oyóse
entonces la voz de Lelievre que grita-
ba por el costado del parque: aqui
está , aqui está. Bien apuntado , mi co-
ronel; el ladron está tendido.
Sir Ralph empezó á conmoverse.
59

Siguió á la señora de Delmare , y po-


cos momentos despues trajeron al pe-
ristilo de la casa un hombre ensan-
grentado , y que no daba señales de
vida.
No griteis ni metais tanto ruido ,
dijo el coronel con una especie de ale-
gria tosca á los espavecidos domésti-
cos , que se apiñaban al rededor del
herido: esto no es mas que una chanza:
la escopeta estaba cargada con sal. Sin
duda se ha caido de miedo , por-
que no creo haberle tocado siquiera.
: -¿Y esta sangre, Delmare ? pre-
guntó con ágria reconvencion Indiana:
¿tambien la hace correr el miedo ?
-¿Por qué estais vos aqui , señora?
gritó Delmare , ¿ qué haceis aqui ?
Vengo porque el deber me lo or-
dena , respondió friamente , á reparar
el daño que vos habeis hecho; y acer-
cándose al herido con un valor del
que no se creyó capaz ninguno de los
40

circunstantes , separó la capa con que


estaba envuelto de pies á cabeza , y
acercó una luz á su rostro. Entonces
en lugar de las facciones y del vestido
ordinario que todos esperaban ver ,
apareció un jóven de noble figura , y
cubierto con esmerado y rico trage.
Tenia herida una mano aunque lije-
ramente ; pero su roto vestido y al-
gunas contusiones fuertes manifesta-
banque habia recibido una grave caida.
¿Quién lo duda ? dijo Lelievre ; se
ha caido de veinte pies de alto. Iba á
saltar la pared cuando el coronel le
ha disparado , y sin duda algunos per-
digones ó granos de sal tocándole la
mano derecha le han impedido agar-
rarse ; ello es que yo le he visto ro-
dar , y que cuando ha llegado abajo ,
no tenia traza de pensar en salvarse.
- ¿Es creible , dijo una criada , que
se divierta en robar quien está tan
bien arropado?'
41

-¡Y tiene el bolsillo lleno de dine-


ro! esclamó otro que habia desabro-
chado el chaleco del ladron .
-Eso es raro , observó el coronel,
que con profunda conmocion miraba
al jóven tendido á su presencia. Si
este hombre está muerto no tengo yo
la culpa : examinad su mano , señora,
y si encontrais en ella un perdigon
siquiera.....
-Me complazco en creeros , respon-
dióle su esposa , que con sangre fria
y con una fuerza moral de que nadie
la creyera capaz , examinaba atenta-
mente el pulso y las venas del cuello.
Estoy cierta de que vive, continuó,
pero necesita pronto remedio. Este
hombre no tiene trazas de ladron , y
quizás es digno de que se le cuide ; y
aun cuando no lo fuera , el deber de
nosotras mujeres exije que le socorra
mos .

Al decir esto hízole trasladar á la


42

sala del billar que era la mas inme-


diata, se tendió un colchon sobre al-
gunos taburetes , é Indiana , ayudada
de sus criadas , ocupóse en curar la
mano herida , mientras que Ralph , á
quien no era desconocida la cirujia ,
le dió una sangria abundante.
Durante toda esta escena , el coro-
nel embarazado de su posicion , apa-
recia como un hombre peor de lo que
realmente tuvo ánimo de serlo: Cono-
cíase obligado á justificarse á los ojos
de los demas ó mas bien de hacerse
justificar á los suyos por boca de los
circunstantes. Habíase quedado en el
peristilo , rodeado de los criados , ha-
ciendo , como ellos , mil comentarios
tan prolijos y absolutamente inútiles
como suelen hacerse despues de un
acontecimiento cualquiera. Lelievre
habia esplicado ya mas de veinte ve
ces con la mayor minuciosidad , el
tiro, la caida y sus resultados; mien
43

tras que el amo , recobrada ya entre


los suyos la opinion de hombre de
bien , como siempre lo era en reali
dad despues que habia desahogado su
cólera , acriminaba la osadia de un jó
ven, que saltando las paredes se in-
troduce de noche en la propiedad age-
na. Todos aplaudian el dictamen de
Delmare , cuando el jardinero , lla-
mándole á parte , le aseguró que el
ladron se semejaba , como se parecen
entre sí dos gotas de agua , á un pro-
pietario jóven , recientemente estable-
cido en la vecindad , y a quien vió
hablando con Nun tres dias antes de
la fiesta campestre de Rubelles.
Estas noticias dieron otro giro á las
ideas de Delmare , apareció en su fren-
te ancha , brillante y calva una grue-
sa vena , cuya entumecencia era siem-
pre en él la precursora de la tempes-
tad.

-Voto á tal , dijo apretando los pu


44

ños , y la señora toma tan particular


interes á favor de ese majito que pe-
netra en mi casa saltando las cercas y
se precipitó en la sala del billar , pá-
lido y temblando de cólera.

:
111 .

Tranquilizaos ; le dijo Indiana , el


hombre a quien habeis herido , estará
bueno muy en breve , á lo menos asi
lo esperamos , aunque no haya reco-
brado el habla.
-No se trata de eso , señora , con-
testó el coronel con voz concentrada,
trátase sí , de decirme el nombre de
ese interesante enfermo , y de espli-
carme porque distraccion ha tomado
la cerca de mi parque por la avenida
de mi casa.
- Lo ignoro absolutamente , respon-
dió su esposa , con una frialdad tan
llena de orgullo, que no pudo menos
de imponer á su terrible marido; quien
46

volviendo muy presto a sus celosas


sospechas :
- Yo lo sabré , señora, le dijo á me-
dia voz , no pongais duda en que yo
lo sabré.....
Como Indiana , aparentando no ob-
servar su furor , continuaba en cuidar
al herido , el coronel se fué para no
estallar delante de la servidumbre , é
hizo venir al jardinero.
-¿Cómo se llama ese hombre que,
segun dices, se parece á nuestro ladron?
- Señor de Ramiere , es el mismo
que acaba de comprar la casita ingle-
sa del Sr. de Cercy. e

-Pero ¿qué especie de hombre es


ese ? ¿Es noble , es algun fatuo , es
buen mozo ?
- Mucho que es buen mozo , y ser
gancreo noble.
-El apellido lo dice , repuso Del-
mare con énfasis . ¡ De Ramiere ! no-
ble sin remedio. Pero dime , Luis,
47

añadió en voz baja: ¿no has visto


nunca á ese presumido rondar por
esos alrededores ?
-Señor, la noche pasada.... respon-
dió Luis turbado , le vi á no poderlo
dudar. Que sea presumido , eso no lo
aseguraré ; pero de que era un hom
bre no me queda duda.
-- ¿Y tu le viste ?
- Lo mismo que os veo á vos; es-
taba debajo de las ventanas del na-
ranjal.
- ¿Y por qué no te le echaste en-
cima con el mango de la azada.
- Ya iba á hacerlo , señor , pero vi
una mujer vestida de blanco , que sa-
liendo del naranjal se dirigia hacia él.
Entonces me he dicho á mi mismo :
puede ser que al amo y á la señora
se les haya antojado pasearse antes de
amanecer , y sin reflexionar mas me
volví á la cama. Pero esta mañana al
oir hablar á Lelievre de un ladron,
48

cuyas huellas he observado en el par-


que , he tenido por cosa cierta que
aqui habia gato encerrado.
-¿Y por qué no me lo has avisado
al momento , pedazo de tonto ?
-Cáspita! A las veces , señor , hay
cosas tan delicadas! ....
-Ola , ola ! segun eso tu te tomas
la libertad de concebir sospechas . Eres
un bestia; y si otra vez en la vida te
ocurriese una idea insolente , por el
estilo que ahora , te he de arrancar las
orejas. Muy bien me consta á mi quien
es ese ladron , y cual el motivo que
acá le ha traido ; con mis preguntas
no he llevado otro objeto que saber
como guardas el naranjal. Sábete que
tengo alli plantas muy raras , que la
señora aprecia mucho, y que hay afi-
cionados bastante atrevidos para venir
á robar en los invernáculos de sus ve-
cinos. Yo y la señora somos las dos
personas que viste en la pasada noche.
49

Y el pobre coronel se alejó mas


atormentado y lleno de ira que antes,
dejando al jardinero muy poco con-
vencido de que hubiese botánicos tan
fanáticos , que se espusieran á un tiro
para apropiarse un mugron ó una ra-
ma. El coronel entró de nuevo en el
billar , y sin atender á las señales de
conocimiento que daba el herido , se
disponia á registrar las faltriqueras de
su bata tirada en una silla , cuando
este alargando el brazo le dijo con voz
débil.
- Vos caballero , deseareis saber
quien soy en este momento no pue-
do complaceros , pero lo haré cuando
estemos solos. Hasta entonces ahorrad-
me la confusion que me causaria dar-
me á conocer en el estado ridículo y
penoso en que me hallo..
$ - Verdaderamente es una lástima,

dijo Delmare con acrimonia , pero os


confieso que me importa muy poco;
5
50

mas como espero que nos verémos


cara á cara , no tengo reparo en dife-
rir hasta entonces el que nos conoz
camos. Mientras tanto desearia saber
á donde quereis que os haga conducir.
- A la posada del pueblo mas in-
mediato , sino teneis inconveniente.
-

Este caballero no está en disposi-


cion de ser trasladado á ninguna par
te , replicó con prontitud la señora:
¿ no es cierto , Ralph ? :

-El estado de este caballero os afec


ta con sobrado esceso , señora , dijo el
coronel. Salid vosotras , continuó di-
rijiéndose á las criadas. Supuesto que
este jóven se siente algo aliviado , sin
duda me hará el favor de esplicarme
la razon de hallarse en mi casa.
-Si señor, respondió el herido , y
ruego á cuantos me han ausiliado que
tengan la bondad de oir la confesion
de mi culpa. Conozco cuanto importa
que no haya equivocaciones en órden
51

ámi conducta , y me importa á mi


mismo no pasar por lo que no soy.
Sabed pues la supercheria que acá me
trajo. Por medios puramente sencillos,
pero conocidos de vos solo, habeis es-
tablecido un ingenio , cuyo trabajo y
productos esceden infinitamente á to-
dos los de las fábricas de la misma
especie , planteadas en el pais. Mi
hermano posee en Inglaterra un esta-
blecimiento muy semejante , pero su
conservacion absorve inmensas sumas:
sus operaciones le iban arruinando ,
cuando yo supe los felices resultados
de las vuestras , y resolví pediros al-
gunos consejos, como un generoso ser-
vicio que no podía perjudicar vues-
tros intereses , supuesto que los artí
culos á que mi hermano se dedica son
absolutamente distintos de los vues-
tros. Se me ha negado constante-
mente la entrada de vuestro jardin in-
glés , y cuando solicité hablaros , se
52

me contestó que ni siquiera me per-


mitiriais visitar vuestra fábrica. Re-
chazado con ásperas repulsas , deter-
miné con riesgo de mi honor y de mi
vida , salvar la vida y el honor de mi
hermano. Introduciéndome en vuestra
casa de noche y saltando las cercas,
intenté penetrar en lo interior de vues-
tra fábrica , para examinar sus roda-
ges; á cuyo fin pensé ocultarme alli
dentro , seducir á los oficiales , en una
palabra , robaros el secreto para que
otro hombre honrado se aprovechase
de él sin perjudicaros. Este ha sido
mi delito. Si ahora exigís de mi otra
satisfaccion á mas de la que acabais
de tomar, cuando haya recobrado las
fuerzas , estaré dispuesto á ofrecérosla,
y aun quizás á pedírosla.
-Yo creo , caballero , que entrambos
debemos darnos por satisfechos , res-
pondió el coronel medio aliviado de
su ansiedad. Sed testigos todos voso
53

tros de la esplicacion que el señor


acaba de hacer. Estoy vengado , en el
supuesto de que tuviese necesidad de
venganza. Salid vosotros , y dejadnos
platicar acerca de mis ventajosas ope-
raciones . Marcharon los criados , úni-
cos á quienes engañó esta reconcilia-
cion , mientras el herido , debilitado
por su largo discurso , no pudo calcu-
lar todo el valor de las últimas pala-
bras del coronel. Dejó caer de nuevo
la cabeza sobre el brazo de la señora
de Delmare , y perdió el conocimien-
to. Esta , inclinada hácia él , no se dig-
nó alzar los ojos á su colérico marido,
y las dos figuras tan distintas entre sí
de Delmare y de Brown , pálida la
una y contraida por el despecho , y la
otra calmosa é indiferente como siem-
pre , se interrogaban en silencio.
Delmare no tenia necesidad de ha-
blar una palabra para hacerse enten-
der; no obstante llevó á un lado á
5*
54

Ralph , y apretándole cruelmente los


dedos , le dijo :
-¿Habeis visto , amigo mio , una
farsa mas bien urdida ? Sin embargo
estoy satisfecho , y muy satisfecho del
talento con que ese jóven ha sabido
poner á cubierto mi honor á los ojos
de los criados. Pero ¡voto á brios !
que me ha de pagar bien cara la
afrenta que me roe el corazon ! Y esa
muger le cuida y finje no conocerle !
¡Ah! ¡Hasta que punto es innata la
ficcion en esos seres !
Y rechinaba los dientes , de modo
que se creyera los había de hacer pe-
dazos. Ralph aterrado , dió tres vuel-
tas por la sala: en la primera dedu-
jo por consecuencia metódica , inve
rosimil; en la segunda , imposible;
en la tercera , justificado. Despues
acercándose al coronel sin perder su
glacial continente , le señaló con el
dedo á Nun , que estaba en pie de-
/
55

trás del enfermo , retorciéndose las


manos , con los ojos hoscos , las fac-
ciones lividas , y en la inmovilidad
de la desesperacion , del terror y del
delirio.

En un descubrimiento real hay un


poder de conviccion tan pronto , tan
irresistible , que al coronel le causó el
enérgico gesto de Ralph mayor sen
sacion de la que pudiera hacerle la
mas viva elocuencia. Brown tenia se
guramente muchos medios de seguir
la pista , acordóse en aquel momento
de la permanencia de Nun en el par-
que cuando él la buscaba, de los ca-
bellos mojados , y de su calzado hú-
medo y fangoso que atestiguaban el
estraño capricho de su paseo durante
la lluvia : pormenores de poco interes
si se quiere , que ya le chocaron en
el momento de desmayarse la señora
de Delmare , y que recordaba ahora
perfectamente. Aquel terror estrava
56

gante que habia manifestado , su agi-


tacion convulsiva , y el grito que pro-
firíó al oir el tiro....
Delmare no tuvo necesidad de todas
estas indicaciones : mas penetrante
porque tenia mayor interés en serlo,
le bastó examinar el continente de
aquella jóven para ver que solo ella
era la culpable. Sin embargo la asi-
duidad de su mujer al lado del héroe
de aquella galante aventura le desa-
gradaba mas de cada vez.
Indiana , le dijo , retiraos . Es tarde,
y quizá no estais muy buena. Nun se
quedará con el señor para cuidarle
esta noche , y si mañana se encuentra
mas aliviado discurrirémos un medio
de hacerle trasladar á su casa.
Nada habia que oponer á este ines-
perado arreglo. La señora de Delmare
que tan bien sabia resistirse á las vio-
lencias de su marido , cedia siempre á
su dulzura. Rogó á Ralph que no
57
abandonase todavia al enfermo , y se
retiró á su cuarto .

Semejante disposicion no la habia


.
tomado el coronel sin objeto. Al cabo
de una hora , cuando toda la familia
estaba recojida y la casa en silencio,
se . escurrió quedamente hácia la sala
que ocupaba el señor de Ramiere , y
oculto detrás de una cortina , pudo
convencerse por la plática del jóven
con la camarera , de que se trataba de
una intriga amorosa entre ambos. La
belleza poco comun de la jóven crio-
lla habia dado golpe en los bailes
campestres de la comarca , y le habian
rendido homenage hasta los primeros
señores de aquel territorio . No pocos
oficiales de lanceros de la guarnicion
de Melun habian agotado su bolsillo
para agradarla ; pero Nun , constante
á su amor primero , no gustaba mas
que de los obsequios de un hombre
y este era el señor de Ramiere .
58
1 El coronel Delmare no tenia mucha
ansia de seguir el hilo de sus relacio-
nes; por lo mismo se retiró apenas
conociera que su mujer no habia ocu-
pado un instante al Almaviva de aque-
lla aventura. Sin embargo , oyó la
bastante para comprender la diferen-
cia de este amor entre la pobre Nun,
que se entregaba á él con toda la ve-
hemencia de su ardiente organizacion,
y el hijo de familia, que se abando-
naba al arrebato de un dia sin renun-
ciar al derecho de volver á la razon
en el siguiente.
Al dispertarse la señora de Delmare
vió á Nun al lado de su cama harto
triste y confusa; mas como habia crei-
do de buena fe las espresiones de Ra-
miere, mucho mas porque ya otras
personas dedicadas al comercio inten-
taron sorprender con fraudes y estra-
tagemas los secretos de la fábrica de
Delmare ; atribuyó el aire embarazado
59

de su compañera á la conmocion y a
la fatiga. Nun por su parte se tran-
quilizó viendo entrar en el huerto á
su amo con la mayor calma , y oyén-
dole discurrir con su mujer acerca del
suceso de la víspera como de una cosa
muy natural y sencilla.
Por la mañana Ralph visitó al en-
fermo. La caida , aunque violenta , no
habia producido ningun resultado gra-
ve , la herida de la mano estaba cerca
de cicatrizarse , y el señor de Ramiere
mostró deseos de ser al punto trasla-
dado á Melun , distribuyendo todo el
dinero que llevaba á los criados para
comprar su reserva , á fin , segun de-
cia , de no asustar á su madre , que
moraba á pocas leguas de distancia.
El suceso pues se divulgó muy lenta-
mente y bajo diferentes formas , mien-
tras algunas noticias acerca de la fá-
brica inglesa del señor de Ramiere,
hermano de nuestro amante , apoya-
60

ron la ficcion que este improvisó tan


oportunamente. Elcoronel y Sir Brown
tuvieron la delicadeza de guardar el
secreto de Nun sin darle á entender
que lo habian penetrado , y la familia
bien pronto dejó de ocuparse de aquel
acontecimiento.
IV.

Quizás es dificil creer que M. Ra-


mon de Ramiere, jóven de espíritu
brillante , de talento y del gran tono,
acostumbrado á las victorias de los sa-
lones y á las perfumadas aventuras de
la alta clase , hubiese concebido por la
mujer de gobierno de una reducida
casa-fábrica de Brie una adhesion du-
radera. Sin embargo , el señor de Ra-
miere ni era un necio ni un liberti-
no , pues segun hemos insinuado , no
carecia de talento , es decir , estimaba
en su justo valor las ventajas de la
cuna , y era un hombre de principios
cuando discurria consigo mismo , si
bien con frecuencia sus fogosas pasio
6
62

nes lo arrastraban fuera de su siste-


ma. Entonces ó no era capaz de refle-
xionar, ó huia de trasladarse al tri-
bunal de su conciencia; cometia faltas
cual si el mismo no lo advirtiera , y
el hombre de hoy se esforzaba en en-
gañar al de mañana. Por desgracia lo
que mas descollara en él no eran sus
principios , idénticos con los de otros
filósofos afiligranados , y que no le
preservaban mas que á estos de la in.
consecuencia , sino sus pasiones , á las
cuales no podian sufocar los princi-
pios , y que le constituian un hombre
aparte en la sociedad empañada , en
donde es tan dificil resaltar sin nota
de ridículo . Poseia el arte de ser mu-
chas veces culpable sin hacerse abor-
recer , estraño sin degenerar en cho-
cante , y aun lograba que le compa-
decieran muchas personas , á quienes
no faltaban motivos para quejarse de
él. Tan cierto es que hay hombres
63

que parecen menoscabar cuanto tocans


en ellos una figura hermosa y una elo-
cuencia viva suplen muchas veces por
la sensibilidad. Nuestro ánimo no es
juzgar con tal rigor á M. Ramon de
Ramiere ni bosquejar su retrato antes
de ponerle en accion ; por ahora solo
le examinamos en lontananza , cual lo
hace la muchedumbre al tiempo de
verle pasar.
Estaba enamorado de la jóven crio-
lla de los grandes ojos negros que fué
admirada de toda la provincia en la
fiesta de las Rubelles ; pero enamora-
do , y nada mas. Quizás solo se llegó
á ella para huir de la ociosidad : el
éxito avivó sus deseos : obtuvo mas

de lo que pidiera , y el dia en que
triunfó de aquel corazon débil se fué
á casa espantado de su victoria, y dán-
dose una palmada en la frente , se dijo
á sí mismo.
Con tal que esta mujer no me
64

ame !.... No comenzó á dudar de este


amor hasta haber aceptado todas sus
pruebas. Su arrepentimiento entonces
fué tardío , y no halló medio entre
abandonarse á las consecuencias del
porvenir ó retroceder cobardemente
hácia lo pasado . No era dable vacilar
un instante , se dejó querer , y quiso
tambien por gratitud ; escaló el cerca-

do de la propiedad de Delmare por


aficion al peligro ; dió una terrible
caida por su torpeza , y le conmovió
tanto el dolor de su jóven y hermosa
dama , que se creia justificado á sus
propios ojos de continuar escavando
el abismo donde aquella infeliz debia
precipitarse.
Cuando estuvo restablecido , ya el
invierno no traia hielos , ni la noche
ofrecia riesgos , ni el aguijon del re-
mordimiento bastaba á impedirle que
atravesase el ángulo del bosque para
volar al lado de la criolla , á jurarle
65

que nunca habia amado á otra mujer,


que la preferia á las reinas del mun-
do , y mil otras exageraciones que es-
tarán siempre de moda para con las
muchachas crédulas y de baja esfera.
Hácia el enero la señora de Delmare
se fué á Paris con su marido , sir
Ralph Brown , su honrado vecino , se
retiró á su hacienda , y Nun dueña
entonces de la casa de campo de sus
amos pudo ausentarse con diferen-
tes pretestos . Esta libertad fué su des-
gracia , pues las entrevistas que le pro-
porcionó con su amante abreviaron
mucho la dicha eficaz que debia pro-

meterse. El bosque con su aspecto


poético , sus girándulas ornadas de ca-
rambanos , sus efectos de luna , el mis-
terio de la puerta falsa , la furtiva
huida en la madrugada cuando los
piececillos de Nun imprimian sus
huellas sobre la nieve del parque al
volverse á casa , todos estos accesorios
6*
66

de una intriga amorosa habian pro-


longado la embriaguez del jóven Ra-
miere. Nun con el vestido blanco de
las mañanas , adornada con sus largos
cabellos negros , era una señora , una
reina , una hada : al verla salir de
aquel castillo de ladrillos rojos , pesa-
do edificio del tiempo de la Regencia,
que tenia aun mucho aire de feudal , la
tomaba por una castellana de la edad
media , y en el Kiosko lleno de flores
exóticas , donde iba á embriagarlo con
las seducciones de la pasion y de la
juventud , olvidaba gustoso todo lo que
habia de recordar mas tarde . Pero
despues que Nun , despreciando las
precauciones y desafiando á su vez el
riesgo , fué á encontrarle á su casa con
el delantal blanco y el pañuelo arre-
glado con estudio al estilo de su pais,
ya no fué mas que una camarera , y
camarera de una mujer hermosa : cir-
cunstancia fatal para una jóven de
67

servicio. Y no obstante tambien en-


tonces estaba Nun muy bella. Asi la
vió por primera vez en la fiesta cam-
pestre, en donde atropellando á los cu-
riosos para hablarla, consiguió el triun-
fo de arrebatarla á cien rivales. Nun
le traía á la memoria aquel lance con
la mayor ternura: ignoraba la infeliz
que el amor de Ramon no tenia tanta
fecha, y que aquel dia de orgullo pa-
ra ella , no fué para Ramiere mas
que de vanidad. Aquel valor con que
le sacrificaba su reputacion y que de-
bia hacerla mas amada , disgustó á Ra-
miere. La esposa de un par de Fran-
cia que se inmolase de ese modo, hu-
biera sido una grande conquista ; ¡pe
ro una camarera! Lo que se llama
heroismo en la una, pasa en la otra
por desvergüenza : con aquella os en-
vidia un mundo de rivales celosos ;
con esta os condena el vulgo de los
escandalizados lacayos. La mujer de
68

calidad os sacrifica veinte amantes que


ya poseia , la camarera no os sacrifica
sino un marido que esperaba poseer.
Pero Ramon que tenia un paladar
delicado , era hombre de costumbres
elegantes , de vida esquisita , de amo-
res poéticos. Para él una manola no
era una mujer , y Nun , merced á su
belleza de primer órden, logró sorpren-
derle en un dia de fiesta y algazara
popular. ¿ Pero cómo remediarlo ? No
podia decirse que fuese culpable : le
habian educado para el mundo , enca-
minaron sus pensamientos á un punto
elevado , amoldaron sus facultades pa-
ra una felicidad de príncipe , y el ar-
dor de la sangre le arrebató aun á su
pesar hácia un amor de baja esfera.
Hizo cuanto estuvo en su mano para
gozar en él , mas ahora le habia can-
sado. ¿ Y qué habia de hacer ? Algunas
ideas estravagantes , aunque llenas de
generosidad , se habian cruzado por
69

su cerebro en los dias en que mas


prendado estaba de su dama , le ocur-
rió varias veces elevarla hasta él , y
legitimar su union. Y no hay duda,
pensó en ello muy seriamente ; mas el
amor que todo lo lejitima se iba amor-
tiguando , y se desvaneció á la par de

los riesgos de la aventura y de la sal


del misterio . El himeneo ya no era

posible , y convengamos en que este


raciocinio de Ramon no podia ser mas
favorable al interés de su querida .
Si verdaderamente la hubiese ama-
do , sacrificándole su porvenir , su fa-
milia y su reputacion hubiera podido
encontrar con ella la dicha, y por con-
siguiente hacerla feliz , supuesto que
el amor no es menos un contrato que
el matrimonio ; pero entibiado cual
ahora estaba ¿ qué porvenir ofreceria
á aquella jóven ? ¿ Deberia casarse con
ella para presentar á sus ojos un sem-
blante triste , un corazon lleno de mar-
70

tirios , un interior desolado ? ¿ Era


prudente unirse á ella para hacerla
odiosa á su familia , despreciable en-
tre sus iguales , ridícula ante los cria-
dos , para esponerla al público en una
sociedad en que se hallara fuera de su
centro , ó moriria víctima de las hu-
millaciones , para abrumarla de re-
mordimientos , haciéndole sentir todos
los males que semejante himeneo trae-
ria sobre su amante ?
No , es preciso convenir con él en
que esto ni era factible ni pudiera es-
timarse por generoso ; que nadie lucha
tan atrevidamente contra la sociedad ,
y que este heroismo de virtud se ase-
meja á D. Quijote rompiendo la lanza
contra el aspa de un molino de vien-
to : valor férreo que una ráfaga des-
concierta , golpe caballeresco tan pro-
pio de otro siglo como ridículo en el
nuestro .

Despues de haberlo pensado todo ,


71

conoció el señor de Ramiere que era


preferible romper ese lazo desgracia-
do. Las visitas de Nun comenzaban á
serle penosas : su madre , que fué á
pasar el invierno á Paris , pronto de-
beria saber aquel escándalo , mucho
mas cuando ya admiraba sus frecuen-
tes idas á la casa de campo de Cercy y
su permanencia en ella de semanas en-
teras. Es verdad que pretestó un tra-
bajo muy serio que deseaba acabar le-
jos del bullicio de las ciudades ; pero
esta escusa comenzaba á perder su va-
lor. Condolecíase Ramon de engañar
á su buena madre, de privarla por tan-
to tiempo de sus cuidados , en fin.....
!habia tantas cosas !.. Abandonó á Cer-
cy para siempre.
Nun lloró , aguardó, y en medio de
su desgracia , viendo que los dias pa-
saban sin que el jóven pareciera , se
arriesgó á escribir. ¡ Pobre muchacha !
Este fué el último golpe. ¡ Una carta
72

de una camarera ! Sin embargo , sacó


el papel fino y el lacre de olor del
escritorio de la señorade Delmare , y
el estilo de su corazon ; pero la or-
tografía ! ¿ Quien ignora hasta que
punto una letra mas ó menos quita ó
da energia á los sentimientos ? Ah! la
pobre jóven medio salvage de la isla
de Borbon no sabia que la lengua tu-
viese reglas : pensaba escribir y ha-
blar tan bien como su señora , y cuan-
do vió que á pesar de la carta , Ra-
mon no venia , se dijo á sí misma :
Mi carta estaba bastante bien escrita
para obligarle á volver. El amante no
tuvo valor para leerla toda: quizás era
una obra maestra de pasion ingenua y
graciosa : tal vez Virginia no le escri-
bió á Pablo ninguna tan llena de em-
belesos cuando hubo abandonado su
patria, pero Ramiere se apresuró á
echarla al fuego temiendo avergonzar-
se de sí mismo. Esto es un prejuicio
73

de la educacion ; ¿ quién puede negar-


lo? pero el amor propio se mezcla en
el amor, como el interés en la amistad.
Habíase notado en el gran mundo la
falta del Sr. de Ramiere , que no es
poco para un hombre , tratándose de
un mundo en donde todos se pare-
cen. El que tiene talento puede ha-
cer caso del mundo como un tonto des-
preciarlo ; asi Ramon le amaba y con
motivo. El mundo le buscaba y le que-
ria, y en aquella muchedumbre de
máscaras indiferentes ó burlescas sa-
bia encontrar miradas dignas de aten-
cion, y sonrisas que inspiraban interés .
Los desgraciados pueden ser misántro-
pos , pero los seres á quienes amamos,
rara vez son ingratos , á lo menos tal
era la opinion de nuestro jóven. Agra-
decia las menores muestras de afecto ,
anelaba por la estimacion de todos , y
le envanecia el grande número de sus
amigos.
T. I. 7
74

En el mundo , cuyas prevenciones


son absolutas , todo le habia salido
bien, hasta sus defectos ; y al inquirir
la causa de esta adhesion universal que
siempre le protejiera , la encontró en
sí mismo , en su deseo de obtenerla ,
en la alegria que le causaba , en la
fina benevolencia que prodigaba sin
agotarla jamas. Debíala tambien á su
madre , cuyo talento superior, cuya
conversacion atractiva y virtudes pri-
vadas formaban de aquella señora una
mujer única. De ella habia sacado los
escelentes principios que le volvian
siempre al camino del bien, y que mal
grado la fogosidad de sus veinte y cin-
co años , le conservaban la estimacion
pública. A la verdad todo el mundo
era mas indulgente con él que con los
otros jóvenes porque su madre poseia
el arte de disculparle vituperándole ,
y de recomendar la indulgencia cuan-
do al parecer la imploraba. Era una
75

de aquellas mujeres que á fuerza de


ver pasar por ellas épocas diferentes
han hecho adquirir á su espíritu toda
la flexibilidad de sus destinos , muje-
res enriquecidas con la esperiencia de
las desgracias , que se libraron de los
cadalsos de 1793 , de los vicios del di-
rectorio , de las vanidades del impe-
rio , y de los rencores de la restaura-
cion: mujeres raras , cuya especie se
va acabando .
En un baile en casa del Embajador
español fué en donde Ramon hizo su
nueva entrada en el mundo .
-Si no me engaño , ese caballero es
el señor de Ramiere , dijo una hermo-
sa á su vecina.
-Es un cometa que se aparece por
intervalos desiguales , respondió esta.
Hacia un siglo que no se oia mentar á
ese bello jóven.
La señora que acababa de hablar
era estrangera y entrada en años. Su
76

compañera se ruborizó algun tanto.


-Es buena figura , dijo įno es cier-
to , señora ? 514 513
-Arrogante mozo á fe mia , repuso
la vieja siciliana, 3701
-Apostaria , observó un elegante co-
ronel de la guardia, que estais ha-
blando del héroe de los salones eclec-
ticos , del agraciado Ramon.
-Tiene una hermosa cabeza de di-
bujo , replicó lajóven. 7

Y lo que quizás os gusta mas á


vos , dijo el coronel , una cabeza des-
hecha.
Lajóven era su esposa.
- ¿ Cómo cabeza deshecha ? preguntó
la estrangera.
-

Sus pasiones son absolutamente


meridionales , señora , dignas del her-
moso sol de Palermo.
Dos ó tres señoritas adelantaron sus
lindas cabezas llenas de flores para oir
las palabras del coronel.
77

-Este año ha hecho estragos en la


guarnicion , continuó el militar. Nos
será preciso buscar alguna contienda
de mala especie paradeshacernos de él. /
- Si es otro Lovelace , tanto peor ,
dijo una jóvencita de fisonomia burlo-
na ; no puedo con esas gentes á quie-
nes ama todo el mundo .
La condesa ultramontana esperó que
el coronel se hubiese alejado un poco,
y dando con su abanico un lijero gol-
pe en los dedos de la señorita de
Nangy :
- No digais eso , le dijo , vos no sa-
beis lo que vale un hombre que desea
ser amado.
-Pues que , repuso la jóven abrien-
do sus grandes ojos sardónicos , ¿les
basta á ellos el desearlo ?
-

Señorita , observó el coronel que


se acercaba para pedirle una contra-
danza, procurad que el bello Ramon
no os oiga.
7*
78

La señorita de Nangy se echó á reir;


mas el grupo de que hacia parte no se
atrevió en toda la noche á decir una
palabra mas del señor de Ramiere .
1491

El elegante jóven iba vagando sin


repugnancia ni aburrimiento por entre
los undulantes pliegues de aquella mul-
titud engalanada , y no obstante bre-
gaba en su interior con la tristeza. Al
volver de nuevo al mundo , sentia una
especie de remordimiento y de ver-
güenza por las ideas estravagantes que
le sujiriera un amor tan desproporcio-
nado. Contemplaba ahora aquellas mu-
jeres que resplandecian al choque de
las luces artificiales ; escuchaba su
conversacion delicada y fina , oia pon-
derar sus talentos y en tantas mara-
villas escojidas , en aquellos trajes y
peinados casi regios , en aquellas es-
80

quisitas ocurrencias , en todas partes


hallaba una reconvencion por haber
degenerado de su clase. Confundido
por este lado , sufria un remordimien-
to mas positivo , porque sus intencio-
nes eran en estremo delicadas , y las
lágrimas de una mujer quebrantaban
su corazon por mucho que estuviera
endurecido.
A la sazon recibia los honores de la
tertulia una señora jóven cuyo nombre
ignoraban todos , y que por la nove-
dad de su aparicion en el mundo , go-
zaba el privilegio de llamar la aten-
cion general. La sencillez de su traje
la hacia desprenderse como en relie-
ve , de en medio de los diamantes , plu-

mas , y flores que ataviaban á las de-


mas mujeres. Algunas sartas de perlas
trenzadas con sus negros cabellos cons-
tituian todo su aderezo ; el blanco ma-
te de su collar , el de su vestido de
gasa y el de las desnudas espaldas se
84

confundian alguna distancia , y el


calor de la sala apenas consiguiera pin-
tar sobre sus facciones un delicado ma-
tiz, cual el de una rosa de Bengala
abierta entre la nieve. Era una cria-
tura mimada , linda , sútil : una belle-
za de salon , que al vivo resplandor
de las bugias parecia cubierta de un
encanto y que un rayo de sol hubiera
empañado. Su lijereza en el baile era
de suerte que bastaria un soplo á ar-
rebatarla; mas era una lijereza sin vi-
vacidad , sin placer : si permanecia
sentada encorvábase cual si su cuerpo
demasiado flexible no pudiera soste-
nerse , y en el momento de hablar se
sonreia y mostrábase triste al tiempo
mismo. Los cuentos de fantasmas es-
taban en boga por entonces , y los eru-
ditos en aquel género compararon á la
jóven á una hechicera aparicion evo-
cada por la magia , que al decorarse
elhorizonte con el primer albor de la
82

mañana , debia empalidecer y desva-


necerse cual un sueño .
Mientras tanto todos los jóvenes se
apiñaban en torno de ella para hacer-
さく :
labailar.
Daos prisa ,dijo á un amigo uno de
los lindos de la pleyade , elgallo va á
cantar, y los pies de vuestra bailadora
notocan siquiera elpavimento. Apues-
to á que no sentis en la vuestra la im-
presion de su mano.
-Reparad el semblante moreno y
característico del Sr. de Ramiere , ob-
servó una señora artista hablando con
su vecino. ¿No es cierto que al lado
de esa jóven pálida y delgada , el tono
caliente del uno desataca admirable-
mente las tintas frias de la otra ? :
- Esa jóven , dijo una señora , para
quien nadie era desconocido y que en
Jas reuniones hacia las veces de ca
lendario , es hija de ese viejo loco de
Carvajal , que quiso echarla de Josefi
83

no, y que fué á morirse arruinado á


la isla de Borbon : esa hermosa flor
exótica creo que hizo un matrimo-
nio algo ridículo ; mas por otra par-
te su tia está muy metida en la
corte.

Ramon se acercó á la bella Indiana


no sin sentir una conmocion singular
cada vez que la miraba : habia visto
aquel rostro pálido y melancólico tal
vez en alguno de sus delirios , pero
estaba seguro de haberla visto , y sus
ojos se clavaban en ella con el placer
que se siente al encontrar de nuevo
una vision cariñosa , que se temió per-
der para siempre. Las ojeadas de Ra-
mon turbaron á aquella que era su ob-
jeto; tímida y algo desmañada , como
una persona estraña á la sociedad , el
triunfo que en ella alcanzaba parecia
embarazarla mas bien que gustarle.
Ramon dió una vuelta por la sala , al
fin supo que aquella mujer se llamaba
84

la señorade Delmare ,y fué á pedir-


le que quisiera bailar con él.
--Vos no os acordais de mí , leodijo
apenas estuvieron en medio de la reu-
nion , mas yo señora , no he podido
olvidaros ; y sin embargo solo os ví
un instante y al traves de una nube ,
pero ese instante os presentó á mis
ojos tan buena , tan compasiva........
Indiana se estremeció.
-Ah! sí , sois vos , contestó pron-
tamente , tambien yo os reconozco. Y
al pronunciar estas palabras se cubrió
de rubor temiendo haber faltado al
bien parecer, y sus ojos dieron una
vuelta en torno para observar si algu-
no la habia oido. Su timidez aumentó
su gracia natural , y en el corazon de
Ramiere penetró como una chispa eléc-
trica aquella voz de criolla algo dis-
frazada , y tan dulce que parecia he-
cha para implorar ó para bendecir.
-Yo temí que nunca se me ofrecie-
85

se ocasion de daros las gracias , pues


no podia presentarme á vos, y por otro
lado me constaba que vos no concur-
ríais al gran mundo. Conocí tambien
que acercándome á vos era indispen-
sable ponerme en contacto con el se-
ñor de Delmare , y nuestra mútua po-
sicion no podia menos de hacer ese
contacto desagradable. Oh ! ¡ cuan di-
choso ha sido para mí este momento ,
que me permite satisfacer la deuda de
mi corazon !.
:
-Mas dulce seria para mí, repusola
Señora , si el señor de Delmare pudie-
ra participar de él: si vos le conocié-
rais mejor , sabríais que es tan bueno
como áspero, y sin duda le perdonaríais
el haberos herido contra su voluntad ,
porque la herida de su corazon fué mas
cruel que la que vos recibísteis.
-
No hablemos del caballero Del-
mare , señora , le perdono de todo co-
razon; yo le habia ofendido , y él se
8
86

hizo justicia. Solo me toca olvidarlo;


pero vos , vos , á quien merecí aten-
ciones tan delicadas y generosas , yo
quiero recordar toda mi vida vuestra
conducta para conmigo , vuestras fac-
ciones tan hermosas , vuestra dulzura
angelical , y estas manos que derrama-
ron bálsamo en mis heridas y en que
no pude imprimir siquiera un beso.
Y mientras hablaba , tenia cogida á
la señora de Delmare en la actitud de
mezclarse con ella en la contradanza.
Estrechó suavemente aquella mano en-
tre las suyas , y toda la sangre de la
jóven refluyó á su corazon. Como al
volverla á su asiento , la señora de
Carvajal , tia de Indiana , se habia se-
parado de alli , y la sala comenzaba á
despejarse , Ramon se sentó al lado de
la criolla. Tenia la soltura que solo se
adquiere con la esperiencia del cora-
zon , porque el arrebato de nuestros
deseos y la precipitacion del amor nos
87

hacen estúpidos al lado de las muje


res. El hombre que ya ha sabido ha
cer uso de sus afectos , lleva mas prisa
para agradar que para mover ; no obs-
tante el Sr. de Ramiere se sentia mas
conmovido cerca de aquella mujer sen.
cillay nueva de lo que hasta entonces
esperimentara. Quizás esta rápida im-
presion era hija del recuerdo de la nor
che que pasó en su casa; mas al ha-
blarla con vivacidad su alma estaba de
acuerdo con sus labios , y la costumbre
adquirida con otras mujeres , comuni
caba á sus palabras aquel poder de
conviccion , al cual la incauta Indiana
se abandonó sin comprender que nada
de todo aquello se habia inventado pa-
ra ella. ;

En general , un hombre que habla


de amor con talento no está mas que
medianamente enamorado , y esto no
lo ignoran las mujeres. Ramiere debe
1

esceptuarse de la regla , esplicaba la


.
88

pasioncon arte , y la sentia con calor,


con la diferenciade que no era la pa-
sion quien le hacia elocuente , sino
quelaelocuencia lo volvia apasionado.
Al encapricharse por una mujer era
solamente para seducirla , y se enamo-
raba seduciéndola , cual acontece á los
abogados y predicadores que lloran á
lágrima viva cuando sudan á mares.
Algunas mujeres harto finas le obliga-
ron á desconfiar de sus acaloradas im-
provisaciones ; pero Ramon tenia he-
chas por amor lo que se llaman locu-
ras : habia robado á una jóven muy
bien nacida ; comprometido á personas
de alta gerarquia ; consumó tres rui-
dosos desafios ; y en cierta ocasion no
tuvo reparo en hacer plato del desór-
den de su corazon y del delirio de sus
pensamientos á toda la reunion de un
teatro. El hombre que hace esto sin
arredrarse con el temor de la ridicu-
lez ó de la reprobacion general , y que
89

tiene la suerte de salir libre de la una


y de la otra , está fuera del alcance de
todos los tiros , y puede arriesgarlo y
esperarlo todo. He aqui la causa por-
que la resistencia mas obstinada cedia
á la consideracion de que Ramiere se
enamoraba como un loco cuando se me-
tia en ello. En el mundo , el hombre
que enloquece por amor es un prodi-
gio bastante raro , que las mujeres no
desdeñan.
Al acompañar al coche á la señora
de Carvajal y á su sobrina, consiguió,
yo no sé como , llevar la mano de es-
ta hasta sus labios. Jamas furtivo y
devorador beso de hombre alguno ha-
bia rozado los dedos de aquella mujer ,
aunque nacida en un clima de fuego ,
y entrada en los diez y nueve años , que
en la isla de Borbon equivalen á vein-
te y cinco de nuestra temperatura.
Doliente y nerviosa cual era , casi
le arrancó aquel beso un alarido , y
8*
90

fué menester que la sostuvieran para


entrarmenced carruage. Nunca Ramon
habia encontrado semejante delicadeza
de órganos , pues la criolla Nun dis-
frutaba de una salud robusta , y las
hijas de Paris no se desmayan por que
se les bese la mano .
-Si la viese otra vez , dijo consigo
mismo mientras se alejaba , me tras-
tornaria la cabeza.
Al dia siguiente olvidado enteramen-
te de Nun , solo recordaba de ella que
pertenecia á la señora de Delmare. La
pálida Indiana ocupaba todos sus pen-
samientos , llenaba todos los delirios
de su imaginacion. Al conocerse Ra-
miere enamorado , tenia la costumbre
de atolondrarse , no para sofocar la
pasion naciente , sino al contrario pa-
ra enmudecer el raciocinio que le or-
denaba pesar sus consecuencias. Ar-
diente en el placer corria tras su ob-
jeto con el mas vivo anhelo. No era
91

dueño de calmar las borrascas que se


engendraban en su seno , lo mismo que
no podia promoverlas ni arreciarlas
cuando las sentia disiparse y desvane-
cerse .. d

Antes de pasar veinte y cuatro ho-


ras ya supo que Delmare habia ido á
hacer un viaje á Bruselas para nego-
cios mercantiles , dejando confiada su
esposa á la señora de Carvajal á quien
el coronel estimaba muy poco , pero
que era la única parienta de Indiana.
Delmare , que empezó su carrera de
soldado , nació de familia oscura y
pobre, de la que parecia correrse á pu-
ro repetir que no se avergonzaba ; mas
aunque toda la vida echó en cara á su
mujer el desprecio que esta en mane-
ra alguna sentia, no se le ocultaba
cuan injusto habia sido obligarla á
rozarse íntimamente con sus parientes
faltos de educacion. Por otro lado á
pesar de su desapego por la de Carva
92

jal , no podiamenos de tenerlamucha


deferencia por una razon bien obvia ,
que espondrémos.
La señora de Carvajal descendiente
de ilustre prosapia española , era una
de aquellas mujeres que no pueden
conformarse con no ser algo. Cuando
Napoleon regentaba la Europa tributó
incienso á la gloria de Napoleon , abra-
zando junto con su marido y su cuña-
do el partido de los afrancesados ; pe-
ro muerto su esposo en lacaida de la
dinastía del conquistador , el padre de
Indiana se refugió en las colonias fran-
cesas : entonces la diestra y altiva se-
ñora de Carvajal se vino á Paris , en
donde merced á algunas especulacio-
nes de bolsa , pudo crearse un nuevo
bienestar sobre las ruinas de la es-
plendidez pasada. A fuerza de talento,
de intriga y de afecto , obtuvo ademas
algun favor en la corte , y su casa sin
ser brillante pasaba por una de las naas
93

respetables entre las protejidas de la


lista civil. Cuando Indiana por muer-
te de su padre llegó á Francia casada
con el coronel Delmare , la señora de
Carvajal no creyó muy lisonjeado su
amor propio con aquel mezquino pa-
rentesco ; mas al ver prosperar el men-
guado capital de Delmare , cuya acti-
vidad y buen juicio en lo tocante á
sus negocios valian un mundo , compró
para Indiana la Quinta de Lagny y la
fábrica á ella aneja. En el transcurso
de dos años , gracias á los conocimien-
tos mecánicos del coronel y á los ade-
lantos que hizo Sir Rodolfo Brown ,
primo por afinidad de su mujer , los
negocios de Delmare tomaron buen
sesgo , comenzó á estinguir sus deu-
das , y la noble española , á cuyos ojos :
la fortuna era la recomendacion prin-
cipal , mostró particular afecto á la
sobrina prometiéndole el resto de su
herencia. Indiana prodigaba mil aten
94

ciones á su tia y prevenia sus deseos ,


nopor ambicion ni interés , sino por
gratitud ; mientras que los obsequios
del coronel participaban tanto de lo
segundo como de los dos restantes.
En materia de sentimientos políticos
era un hombre de hierro ; segun él no
podia existir razon alguna para ata-
car la gloria de su gran emperador ;
y la defendia con la ciega obstinacion
de un niño de sesenta años. Por esto
necesitaba muchísima paciencia para
no romper con la señora de Carvajal ,
en cuya casa no se ponderaba mas que
la Restauracion. No es dable encare-
cer lo que el pobre Delmare hubo de
sufrir en ella por parte de cinco ó seis
viejas fanáticas , y de aqui provenia
la mayor dosis del mal humor que con
harta frecuencia desplegaba contra su
consorte.

Con esta esposicion volvamos al se-


fior de Ramiere. A los tres dias esta-
95

ba al corriente de todos los pormeno-


res domésticos , tanto trabajó para in-
quirir todo lo que pudiera conducirle
å aproximarse á la familia de Del-
mare. Sabia que con la proteccion de
la señora de Carvajal era muy senci-
llo ponerse en contacto con Indiana ,
y para lograrlo se hizo presentar en
casa de aquella la noche del tercer dia.
En la sala no vió mas allá de cuatro
ó cinco figuras góticas jugando al re-
vesino con la mayor gravedad , y dos /

ó tres hijos de familia , tan nulos en


todos sentidos como pueda serlo quien
tenga diez y seis cuarteles de nobleza.
Indiana estaba llenando con la mayor
paciencia un fondo de tapicería en el
bastidor de la señora de Carvajal. Veía-
sela inclinada sobre la labor , absorvi-
da al parecer en aquella ocupacion
mecánica , y contenta tal vez de po-
derse libertar por este medio de la in-
sulsa habladuría de los contertulios.
96

Yo no sé si oculta entre los largos y


negros cabellos que rozaban con las
flores del bordado , repasaba en su al-
ma las agitaciones de aquel breve y
rápido instante que la inició en una
nueva vida , cuando la voz del criado,
que anunciaba á otras personas , la
advirtió que debia levantarse. Lo hizo
maquinalmente sin escuchar los nom-
bres , mas apenas hubo separado los
ojos de la labor cuando una voz co-
nocida la hirió á manera de chispa
eléctrica , y le fué preciso apoyarse en
el bastidor para no dar consigo en
tierra.
VI.

Abuen seguro que no esperaba ha-


llarse Ramon en aquella estancia si-
lenciosa, ocupada por figuras estrañas ,
en donde no era dable pronunciar una
palabra sin que se oyera en todos sus
ángulos. Las pensionadas viudas que
jugaban á cartas parecian estar alli de
industria para estorbar las pláticas de
la gente moza , y en sus rostros áuste-
ros , el amante creyó leer la secreta
satisfaccion de la vejez , que se venga
trastornando los placeres de la juven-
tud. Habia contado con una entrevis-
ta mas fácil, con una conversacion
mas tierna todavia que la del baile ,
y las cosas tenian un aspecto muy
9
di
98

verso. Aquella dificultad inesperada


dió mas viveza á sus deseos , mas fue-
go á sus miradas , mas animacion y
vida á las indirectas interpelaciones
que dirijia á la señora de Delmare.
La infeliz era absolutamente novicia
en este género de ataques ; por otra
parte no tenia defensa posible , por-
que nada se exijia de ella , pero le
era forzoso escuchar el ofrecimiento
de un corazon ardiente , conocer hasta
que punto era amada , y dejarse ro-
dear de todos los peligros de la seduc-
cion sin hacer resistencia. Su emba-
razo se aumentaba con el atrevimien-
to de Ramon. La señora de Carvajal
que con fundado motivo presumia de
talento , y á quien ponderaron el del
señor de Ramiere, dejó el juego para
entablar con él una galante conversa-
cion de amor , en la que hizo brillar
mucha pasion española y otra tanta
metafísica alemana. Aceptó el jóven el
99

desafio con premura , y bajo el pre-


testo de contestar á la tia, dijo á la
sobrina todo lo que esta se hubiera
negado á oir. La sencilla Indiana fal-
ta de proteccion , espuesta por todos
lados á un ataque tan vivo como dies-
tro , no tuvo valor para mezclarse en
discursos , ya de suyo tan espinosos ,
por mas que la tia con el anhelo de
hacerla lucir, citóla como en testimo-
nio de algunas sutilezas de afecto teó-
rico. La señora de Delmare contestó
con rubor que no entendia la materia
de que hablaban , y Ramon loco de
contento al ver sonrosear sus mejillas
é hinchársele el pecho , juró en su in-
terior que él se la enseñaria.
Menos durmió Indiana aquellanoche
quelas precedentes;nuncahabia amado,
como hemos dicho , y hacia ya mucho
tiempo que su corazon se hallaba dis-
puesto para un sentimiento que hasta
entonces ningun hombre pudo inspirar
100

le. Educada por un padre estravagante


y violento ,sjamas conoció la felicidad
que comúnica el afecto de otra perso-
na, pues el señor de Carvajal ,saturado
de pasiones políticas , carcomido por
remordimientos ambiciosos , vino á ser
en las colonias el amo mas cruel , y
el vecino mas incómodo. Su hija que
hubo de sufrir atrozmente de su hu-
mor ágrio y sombrío , y teniendo de
continuo á la vista el cuadro que ofre-
cian los males de la esclavitud , y so-
portando el tedio del aislamiento y
de la sujecion , adquirió una pacien-
cia esterior á toda prueba , una tole-
rancia y una bondad adorables para
con sus inferiores , al mismo tiempo
que una voluntad de hierro y una
fuerza de carácter incalculable contra
todo lo que tendia á oprimirla. Ca-
sándose con Delmare no hizo mas que
cambiar de amo , y yendo á vivir á
Lagny , solo mudó de prision y de so-
104

ledad. No le fué posible amar á su


esposo , quizás por la sola razon de
imponérsele el deber de amarle , y por-
que el empeño de negarse mentalmen-
te á toda especie de coaccion moral
llegó á ser en ella una segunda natu-
raleza , un principio de conducta , una
ley de conciencia. Lo único que se le
habia prescrito era obedecer ciega-
mente. Desatendida de su padre , cria-
da en el desierto en medio de escla-
vos , á quienes no podia ofrecer otros
consuelos ni socorros que su compa-
sion y su llanto , se acostumbró á de-
cir: suframos ahora y callemos , guar-
dando el amor para recompensar al
que sea mi libertador. Y este liber-
tador , este Mesias no parecia: India-
na le esperaba aun. Es verdad que no
se atrevia á revelarse á sí misma
todas sus ideas , y mucho menos cuan-
do entre los frondosos setos de Lagny
conoció que el pensamiento debia
9*
te-

AYA Be
102
ner en aquel mundo mas trabas que en-
tre las palmeras silvestres de lapislasde
Borbon. Al sorprenderse entonces á sí
misma en el momento de esclamar por
costumbre.... Vendrá un dia.... vendrá
un hombre.... sepultaba este temerario
voto en el fondo de su alma , y se de.
cia: ¡Ah ! será preciso morir.
Y verdaderamente se iba murien-
do: un mal desconocido devoraba su
juventud , habia perdido las fuerzas y
el sueño, y en vano los médicos acha.
caban su dolencia á una aparente de
sorganizacion. Pudiera decirse que no
existia : todas sus facultades se iban
menguando simultáneamente , y can-
sándose sus órganos poco a poco : su
corazon ardia con fuego lento; sus
ojos se amortiguaban , la sangre solo
circulaba á impulsos de las crísis y de
la fiebre: en breve tiempo era fuerza
que pereciera la infeliz cautiva. Mas
por muchas que fuesen su resignacion
403
y su flaqueza, la necesidad era la mis-
ma: aquel corazon silencioso y lasce-
radozásu pesar invocaba otro
o cora-

zon jóven y generoso para reanimarlo.


El sér á quien mas amara hasta en-
tonces era Nun , la alegre y animada
compañera de sus sinsabores ; y el
hombre a quien más muestras debiera
de predileccion era su flemático pri-
mo sir Ralph. Mal podian servir de
alimento á la devoradora actividad de
su imaginacion , una muchacha igno-
rante y tan abandonada como ella , y
un inglés sin otras pasiones que la
de cazar zorras .

La señora de Delmare era pues des-


graciada , y la primera vez que en
aquella atmósfera de hielo sintió el
ardoroso soplo de un hombre jóven y
entusiasta , la primera vez que una
palabra tierna y cariñosa fascinó sus
oidos , y que una boca abrasada cual
un hierro encandescente marcó sú ma
104

no, desaparecieron de su memoria los


deberes que le habian impuesto , la
prudencia que se le recomendarayel
porvenir que le estaba vaticinado, para
acordarse tan solo del odioso pasado,
de sus largos sufrimientos , de sus
amos despóticos. Tampoco pensó que
aquel hombre pudiese ser frívolo , ni
falso ; le vió cual lo deseaba , cual lo
habia soñado , y á no ser Ramon sin-
cero ¿cuán fácil le fuera engañarla !
¿Mas pudiera no serlo con una mu--
jer tan bella y tan amante ? ¿ Donde
se le habia mostrado otra con tanto
candor é inocencia ? ¿Con cual pudo
jamas prometerse un porvenir tan ri-
sueño y seguro ? Esa mujer esclava
que solo esperaba una señal para rom-
per la cadena , una palabra para se-
guirle: ¿acaso no habia nacido para
amarle? Si , el cielo sin duda alguna
formó para Ramiere aquella triste
criatura de la isla de Borbon , á quien
105

nadie habia amado , y que sin él era


indispensable que muriera.
En el corazon de la señora de Del-
mare sucedió un sentimiento de ter-
ror á la calenturienta felicidad que
acababa de apoderarse de ella. Ví-
nole á la mente su marido tan recelo-
so , tan suspicaz , tan vengativo , y te-
mió , no por ella que estaba ya ave-
zada á las amenazas , sino por el hom- 1

bre que iba á emprender una guerra


á muerte con su tirano. Su conoci-
miento de la sociedad era tan poco ,
que la vida se le figuraba un romance
trájico: criatura pusilánime que ni
amar osaba temiendo arriesgar la exis-
tencia de su amante , sin atinar en el
peligro de perderse. Este fué el se-
creto de su resistencia , y el motivo
de su virtud , que le inspiró la reso-
lucion de huir de Ramiere desde el
dia siguiente. La misma noche se da-
ba un baile en casa de uno de los
106

principales banqueros de Paris: la se


îñora de Carvajal que gustaba de las
diversiones como una vieja sin afec-
tos , queria llevar á la sobrina , pero
Ramon debia hallarse en él , é India-
na determinó no concurrir. Para evi-
tar la importunidad de la tia, y no
sabiendo resistir mas que de hecho,
fingió aceptar la propuesta , dejó pres
parar su tocador , y esperó que la seño-
ra de Carvajal estuviese ya ataviada:
entonces vestida de casa , sentóse en un
ángulo de la chimenea y esperó á pié
firme. Cuando la rancia española tiesa
y adornada como un retrato de Van-
Dyck fué á buscarla , pretestó poca
salud , descaecimiento de fuerzas , y
fueron vanas las instancias de la tia
para hacerla variar de propósito .
Con toda el alma deseo acompaña-
ros , dijo , pero bien veis que no pue-
do tenerme en pie y que solo serviria
de estorbo : id , pues , sin mi , queri
107-

da tia , yo tendré un placer en que os


divirtais. 2

¡Ir sin tí! dijo la señora mayor que


rabiaba por haberse vestido inútil-
mente , y se estremecia con la idea de
una velada solitaria. ¿Qué haré en una
fiesta , siendo una pobre vieja á quien
nadie busca sino para llegarse á tí?
¿Qué será de mí sin los hermoso,
ojos de mi sobrina que me dan algun
valor?
- Vuestro talento suplirá por todos
observó Indiana. Y la marquesa , que
solo deseaba ser rogada, partió final-
mente. Entonces la jóven cubriendo
su rostro con ambas manos se echó á
llorar , porque habia hecho un grande
sacrificio , y creia arruinado el risue-
ño templo de felicidad que levantó en
la víspera.
No le habia de suceder otro tanto á
Ramon. Lo primero que vió en el
baile fué la orgullosa garzota de la
108

vieja marquesa : en vano buscaron sus


ojos el vestido blanco y los cabellos
negros de Indiana; pero salió de zozo-
bras acercándose á la señora de Car-
vajal que á media voz decia á una
amiga :
-Mi sobrina está mala, ó mas bien,
añadió para cohonestar su presencia en
el baile , es un capricho de una jóven.
Se ha querido quedar sola y con un
libro en la mano , como una elegante
sentimental .
- ¿ Seria posible que huyese de mí ?
pensó Ramon , y se fué del baile al
momento . Llegado á casa de la mar-
quesa , pasa sin decir una palabra al
conserge , y al primer criado que en-
cuentra medio dormido en una antesa-
la pregunta por la esposa de Delmare.
Está enferma.
- Lo sé. Vengo de parte de la seño-
ra de Carvajal á saber como está.
-Voy pues á avisarla.
109

12-No es menester, ya sé que me re-


cibirá. Y sinhacerse anunciar penetró
hácia dentro. Todos los demas criados
se habian recojido , y reinaba en las
desiertas piezas un absoluto silencio.
Solo un quinqué cubierto con una
pantalla de tafetan verde derramaba
una luz débil en la sala. Indiana de
espaldas á la puerta, casi escondida
en la poltrona, miraba tristemente ar-
der los tizones , cual la noche en que
Ramon se introdujo en Lagny saltan-
do las paredes: hoy sin embargo es-
taba mas melancólica, porque á sus
vagos sufrimientos , á sus inciertos
deseos sucediera una alegria fujitiva,
un rayo de felicidad desvanecida.
..

Ramiere , calzado para el baile , se


acercó sin que sonaran sus pisadas en
la sorda y blanda alfombra. Observó
su llanto , y al volver Indiana la ca-
beza lo halló á sus pies , y apoderán-
dose á la fuerza de sus manos que ella
Τ. Ι. 10
110

queria retirar en vano. En aquel mo-


mento , es preciso convenir que vió
con la mas inefable alegria frustrarse
su plan de resistencia: conoció que
amaba apasionadamente á aquel hom-
bre a quien no contenian los obstá-
culos y que á su pesar iba á traerle
la ventura , y en vez de reñir hubo
de dar las gracias á Ramiere. Ya no
dudaba este de que era amado , y ni
aun le era necesario ver la alegria
que brillaba al través de las lágrimas
para comprender que era el dueño , y
que podia osar..... Sin conceder un
momento para ser interrogado , to-
mando para sí el papel que debia re-
presentar Indiana , y sin esplicarle su
inesperada venida , ni empeñarse en
aparecer menos culpable de lo que era:
-Vos llorais , le dijo. ¿Por qué llo
rais , Indiana ? Decidme porque llorais
¿ por qué ? yo quiero saberlo.
Aunque se estremeciera la jóven al
114

oirse llamar por su nombre , no care-


ció de dicha la sorpresa causada por
esta audacia.
-¿Por qué lo preguntais? le dijo :
yo no debo decíroslo.
- Pues bien : yo lo sé. Sé toda vues-
tra historia , toda vuestra vida. Nada
de cuanto os concierne es estraño pa-
ra mi , porque nada de cuanto os con-
cierne me es indiferente. He querido
averiguarlo todo , y nada he sabido
/
que no me lo hubiera ya revelado un
instante que pasé en vuestra casa
cuando me llevaron á ella ensangrenta-
do y maltrecho , cuando vuestro espo-
so se irritó viéndoos tan buena y her-
mosa sostenerme en vuestros suaves
brazos , y derramar sobre mi el balsa-
mo de vuestro aliento . Ah ! tenia ce-
los ; si , era natural , en su lugar yo
los tendria, Indiana, ó mejor, yo en su
lugar me daria la muerte; porque ser
vuestro marido , poseeros , y no ser
112

digno de vos ni dueño de vuestro co-


razon , es ser el mas miserable y el
mas vil de los hombres.
Callad , por Dios , gritó la jóven
cerrándole la boca con las manos , ca-
llad , porque vos me haceis culpable.
¿Por qué me hablais de él ? ¿Por qué
quereis enseñarme á maldecirle ? ¡ Si
él os oyera ! .... pero yo no he hablado
mal de él , no soy yo quien os autoriza
para este crimen , yo.... no le aborrez-
co , le estimo , le amo.
- Decíd mas bien que le temeis , por-
que el déspota ha despedazado vuestra
alma , y el miedo se colocó en la ca-
becera de vuestra cama desde el mo-
mento en que la dividísteis con vues-
tro esposo . ¡ Vos Indiana , vos profa-
namente entregada á ese hombre zá-
fio , cuya mano de hierro ha encorvado
vuestra cabeza y marchitado vues-
tra vida. ¡ Criatura infeliz! tan jóven
y tan bella y haber ya sufrido tanto !
113

No , á mi no me engañareis , Indiana,
yo os miro con otros ojos que la mul-
titud , yo conozco los secretos de vues-
tro destino , y en vano pensaríais ocul-
tármelos. En horabuena que cuantos
os miran porque sois bella , al obser-
var vuestra palidez y melancolia , di-
gan.... Está enferma.... mas yo, que os
sigo con mi corazon , yo cuya alma
entera os rodea de amor y de cuidado,
yo conozco vuestros males. Si el cielo
lo hubiese querido , si os hubiera en-
tregado á mi , á mi que deberia ar-
rancarme la vida por haber llegado
demasiado tarde , no seríais desgracia-
da. No, Indiana , os lo juro por mi
vida, yo os habria amado tanto que
vos me amaríais tambien y bendijé-
rais vuestro yugo. Yo os habria lle-
vado en mis brazos para que el suelo
no dañase vuestros pies , yo los hu-
biera calentado con mi aliento , os
habria recostado sobre mi pecho para
10*
114

preservaros de los pesares , hubiera


dado mi sangre para reparar la vues-
tra , y si hubiéseis perdido el sueño;
¡con qué delicia pasára yo la noche
hablando palabras cariñosas , dirijién-
doos una sonrisa para daros valor , al
tiempo mismo de derramar lágrimas
por vuestros quebrantos ! Y si el sue-
ño hubiera venido á posarse sobre
vuestros párpados de seda , los habria
tocado con mis lábios para ayudarlos
á cerrarse , quedándome á velar de ro-
dillas al lado de la cama : hubiera obli-
gado al aire á acariciaros blandamen-
te , á los dulces sueños á derramar
sobre vos sus flores : besando en si-
lencio las trenzas de vuestro cabello,
habria contado con amoroso deliquio
las palpitaciones de vuestro corazon ,
y al dispertaros me hubiérais encon-
trado alli , á vuestros pies , guardán-
doos como un dueño celoso , sirvién-
doos cual un esclavo , espiando vues
115

tra primera sonrisa , apoderándome


de vuestro pensamiento primero , de la
primera mirada , del primer beso.
- Basta , basta , dijo Indiana fuera
de sí y palpitante ; basta por Dios ,
vos me haceis sufrir.
Y no obstante , si la felicidad ma-
tase , Indiana habria muerto de felici-
dad en aquel instante.
- ¿ Por qué me hablais asi , le dijo,
cuando no puedo ser feliz? no me ha-
gais ver el cielo en la tierra , ya que
la fatalidad me destina á morir.
-¡A morir ! esclamó Ramon con
nuevo entusiasmo : ¡ tú morir! tú ,
Índiana ! morir antes de haber vivido,
antes de haber amado ! No , tú no mo-
rirás , yo no te dejaré morir porque
mi vida está unida á la tuya , tú eres
lá mujer que yo habia soñado , la pu-
reza que yo adoraba , la fantasma que
siempre se me habia escapado, la bri-
llante estrella que resplandecia delan-
116

te de mi para decirme: camina aun


en esta senda de miseria , y el cielo
te enviará uno de sus ángeles para
que te acompañe.- Desde la eterni-
dad te destinaron para mi , tu alma
estaba desposada con la mia. Los hom-
bres y sus bárbaras leyes dispusieron
de tu mano , me han arrancado la
compañera que Dios me habia elegi-
do: pero ¿qué nos importan los hom-
bres y las leyes si yo te amo , si tú
puedes todavia amarme en medio de
la maldicion y de la desgracia que so-
bre mi cayó por haberte perdido ? Tú
me perteneces , Indiana, tú eres aque-
lla mitad de mi alma que hace tanto
tiempo procuraba alcanzar á la otra.
Cuando tu soñabas un amigo en la
isla de Borbon , yo era aquel amigo
en quien soñabas ; cuando al nombre
de esposo sintió tu alma un dulce es-
tremecimiento de temor y de espe-
ranza , fué porque yo debia ser tu es-
/

117

poso. ¿No me reconoces? ¿No te pa-


rece que hace veinte años que nos
vimos ? ¿No te he reconocido yo ,
ángel mio , cuando restañabas mi san-
gre con tu vestido, cuando ponias tu
mano sobre mi corazon helado para lle-
varle otra vez el calor y la vida ? Ah!
¡con qué dulzura me acuerdo de aquel
instante ! Cuando abrí los ojos me
dije á mí mismo.... Hela aqui , asi se
me presentaba en todos mis sueños,
blanca , melancólica , bienhechora. Ese
es mi bien , es mia , ella es la que de-
be alimentarme con felicidades desco-
nocidas. La vida física que acababa de
recobrar era ya obra tuya. Oh! no , no
son circunstancias casuales las que nos
han reunido , no una contingencia ni
un capricho; la fatalidad , y la muerte
me abrieron las puertas de esta vida
nueva. Tu marido mismo , tu tirano,
obedeciendo á su destino me llevó en-
sangrentado á su casa , y arrojándome
118

á tus pies , te dijo: Aqui le tienes .-


Ahora ya nada puede separarnos .
-El lo puede , interrumpió viva-
mente Indiana que abandonándose á
los transportes de su amante le escu-
chaba embelesada. ¡Ay de mí! Vos no
le conoceis : es un hombre que no
perdona , un hombre a quien no se le
engaña. ¡Ramon! él os matará.
Y llorando se ocultó en su seno.
-Venga , pues , esclamó Ramon ,
venga á arrebatarme este instante de
felicidad , yo le desafio. No te muevas
Indiana , aqui , aqui , cerca de mi co-
razon, aqui está tu refugio , tu abri-
go. Ámame y seré invulnerable. No
está en manos de ese hombre el ma-
tarme , bien lo sabes , ya otra vez me
vi espuesto á sus golpes y desarmado;
pero tú , ángel mio , tú te cerniás so-
bre mi , y tus alas me cobijaron . Nada
temas , nosotros sabremos eludir su
cólera, y desde ahora ni tampoco te-
119

mo por ti porque yo estaré á tu lado.


Cuando ese tirano querrá oprimirte, yo
te defenderé arrancándote si es preciso
á su poder cruel. ¿Quieres que le ma-
te? Dime que me amas , y si le con-
denas á muerte yo seré su matador.
-¡Ah! Callad , me haceis estreme-
cer. Si deseais matar á alguno , ma-
tadme á mi : yo he vivido un dia en-
tero , y ya nada mas anhelo.
-Muere pues , pero que sea de fe-
licidad , esclamó Ramon llegando sus |
labios al rostro de Indiana.
Mas esto era una tempestad dema-
siado violenta para una planta tan dé-
bil. Cubrióse de palidez, y llevando
la mano al corazon perdió el conoci-
miento. Creyó el jóven al principio
que sus caricias atraerian otra vez la
sangre á sus heladas venas ; pero inú-
tilmente estrechaba sus manos , en va-
no la llamó con los mas dulces nom-
bres. No era un desmayo voluntario
120

cual los vemos con frecuencia. La se-


ñora de Delmare seriamente enferma
desde mucho tiempo estaba sujeta á
espasmos nerviosos que le duraban
horas enteras . El jóven desesperado
se vió en la precision de pedir socor-
ro. Toca una campanilla , parece una
camarera , pero la palmatoria que te-
nia en la mano se le cae al suelo , y
da un grito de sorpresa reconociendo
á Ramiere . Este recobrando al punto
su presencia de espíritu , le dice al
oido.
Silencio , Nun , yo sabia que tu es-
tabas aqui , por ti he venido , bien
lejos de temer que encontraria á tu
ama á quien creia en el baile . Me ha
sido preciso finjir , sé prudente , yo me
retiro.
Y diciendo esto se marchó , dejando
á cada una de las dos mujeres deposi-
taria de un secreto que debia llevar la
desesperacion al alma de la otra.
VII.

Al levantarse Ramon al dia siguien-


te recibió de Nun una carta que lejos
de arrojar desdeñosamente al fuego
como la primera , abrió con afan por-
que podia hablar de la señora de Del-
mare . Y hablaba de ella en efecto.
Mas en que embarazo ponia á Ra-
miere esta complicacion de intrigas !
El secreto de la jóven no era dable
mantenerlo mas tiempo oculto , los
sinsabores у el miedo habian adelga-
zado sus facciones , é Indiana conocia
su estado enfermizo sin penetrar la
causa. Nun temia la severidad del co-
ronel , pero mas aun la dulzura de su
ama , pues sino dudaba obtener su
II
122

perdon , se moria de dolor y de ver-


güenza viéndose forzada á confesar șu
falta. ¿ Qué iba á ser de ella si Ra-
mon no la sustraia á las humillaciones
que se le preparaban ? Era preciso al
fin que se ocupase de ella , ó iba á

arrojarse á los pies de su señora y á


declarárselo todo .
Este temor obró poderosamente en
Ramiere , y su primer cuidado fué
alejar á Nun de Indiana.
Guardaos bien de hablar sin mi
consentimiento , le respondió ; procu-
rad esta noche ir á Lagny , y nos ve-
rémos.
Por el camino reflexionó la con-

ducta que observaria. El juicio de


Nun era bastante recto para no contar
con una reparacion imposible ; jamas
habia proferido la palabra matrimo-
nio , y porque ella era discreta y ge-
nerosa se reputaba él menos culpado.
Decíase á sí mismo que él no la ha-
123

bia engañado, y que Nun mas de una


vez debió prever su suerte . Lo que
sobre todo embarazaba á Ramon no
era ofrecer la mitad de su fortuna
á aquella infeliz muchacha , pues se
sentia dispuesto á enriquecerla , y á
conducirse con todo el miramiento
que su delicadeza le sujeria , sino el
verse obligado á decirla su desamor ,
porque á la verdad no sabia engañar.
Si su conducta parecia en tal momen-
to doble y pérfida , su corazon era sin-
cero cual siempre : amó á Nun con
los sentidos , y amaba á la señora de
Delmare con toda el alma . Hasta en-
tonces fué veraz con la una y con la
otra , no queria mentir en adelante , y
érale tan árduo engañar á la pobre
Nun como llevar la desesperacion á
su alma. Y sin embargo debia sin re-
medio escojer entre la vileza y la bar-
barie ; y el desgraciado Ramon llegó
á la puerta del parque de Lagny sin
124

haber resuelto cosa alguna. Nun , que


no aguardaba quizás una contestacion
tan pronta , recobró un poco de espe-
ranza. Me ama , decia , y no quiere
abandonarme. Me ha olvidado unos
dias , y esto es muy natural , metido
alli en Paris , en medio de las diver-
siones , querido de todas las mujeres,
porque es preciso que todas le quie-
ran, se ha dejado arrastrar algunos ins-
tantes lejos de la pobre indiana. ¡ Ah !
¿y quién soy yo para que me sacrifi-
que tantas grandes señoras mas her-
mosas y mas ricas ? ¿quién sabe ? dis-
curria candidamente: quizás la reina
de Francia está enamorada de él.
A fuerza de pensar en la seduccion
que el lujo debiera ejercer sobre el
alma desu querido , imaginó un nuevo
recurso para agradarle mas. Engalanó-
se con los adornos de su ama , encen-
dió un gran fuego en el cuarto que la
señora de Delmare ocupaba en Lagny,
125
compuso la chimenea con las mas be-
llas flores que pudo hallar en el in-
vernáculo , preparó una merienda de
frutas y buenos vinos , y juntó en
aquel retrete todas las esquisidades en
que jamas habia pensado. Puesta al
frente de un grande espejo , se hizo
justicia hallándose mas hermosa que
las flores con que procurára embelle-
cerse. Muchas veces me ha repetido,
se decia , que no tengo necesidad de
adornos para ser bella, y que ninguna
mujer de la corte en medio del brillo
de sus diamantes vale tanto como una
sonrisa mia , y sin embargo ahora le
ocupan esas mismas mujeres que des-
preciaba. Estaré alegre , tendré un as-
pecto vivo y risueño , y tal vez reco-
bre esta noche todo el amor que supe
inspirarle.
Dejado el caballo en la barraca de
un carbonero penetró Ramon en el
parque , cuya llave conservaba , sin
11
126

riesgo de pasar esta vez por ladron ,


porque casi todos los criados habian
seguido á los señores , el jardinero era
su confidente , y él conocia todas las
entradas de Lagny ni mas ni menos
que las de su casa.
La noche era fria , una densa nie-
bla ocultaba los árboles del parque ,
y no era fácil distinguir los negros
troncos entre la brumazon que los re-
vestia cual de una ropa diáfana. An-
duvo algun tiempo errante por las tor-
tuosas avenidas antes de encontrar la
puerta del Kiosko donde le aguarda-
ba Nun , que le salió á recibir cu-
bierta con un ropon forrado de pie-
les y con la capucha calada. No po-
demos quedarnos aqui , le dijo , ha-
ce mucho frio , seguidme en silencio.
Ramon sentia una estrema repugnan-
cia en introducirse en la casa de la
señora de Delmare con el carácter
de amante de su camarera; pero fué
127

preciso ceder , porque esta caminaba


aceleradamente precediéndole , y la
entrevista era por otra parte nece-
saria. Le hizo atravesar el patio ,
amansó á los perros , abrió las puer-
tas sin hacer ruido , y cojiéndole por
la mano le condujo en silencio por
los oscuros corredores. Vinieron á pa-
rar al fin á una estancia circular y
elegante pero sencilla , donde los flo-
ridos naranjos derramaban un suave
perfume , y las diáfanas bugías ardian
sobre los candelabros .
Nun habia deshojado por el pavi-
mento algunas rosas de Bengala , des-
pues que estaba sembrado de viole-
tas , un dulce calor se insinuaba por
los poros , y sobre la mesa resplande-
cia el cristal entre las frutas , cuyos
costados de púrpura contrastaban con
el verde musgo de las cestas. Deslum-
brado por la repentina transicion de
la oscuridad á una luz viva , pasmóse
128

Ramon de pronto , mas á breve rato


conoció en que lugar se hallaba. El
esquisito gusto y la casta sencillez del
mueblage , los libros de amores y de
viajes esparcidos sobre las mesas de
caoba , el bastidor en que se veia un
bordado hermoso y reciente , obra de
la paciencia y de la melancolía , el
harpa cuyas cuerdas parecian vibrar
aun los acentos de la tristeza y de la
esperanza , los cuadros que represen-
taban los pastoriles amores de Pablo
y Virginia , las cumbres de la isla de
Borbon , y las azules costas de Saint-
Paul , y en particular aquella estre-
cha cama medio oculta tras las corti-
nas de muselina , aquella cama blan-
da y púdica como la de una vírgen ,
cuya cabecera estaba adornada cual de
ramo bendito , con una palina arre-
batada tal vez en el dia de la partida
á algun árbol de la patria , todo reve-
laba á la señora de Delmare , y Ra
129

mon se sintió sobrecojido de un raro


estremecimiento pensando que aque-
lla mujer envuelta en el ropon , que
le acompañó hasta alli podia ser la
misma Indiana. Esta estravagante idea
vino casi á confirmarse cuando vió
aparecer en el espejo de enfrente una
forma blanca y ataviada cual si fuera
la fantasma de una mujer en el mo-
mento en que entrando en una sala
de baile , arroja la capa para mostrar-
se radiante y medio desnuda al cho-
que de las luces; mas su error duró
un solo momento : Indiana hubiera
estado mas arropada ; su modesto se-
no hubiérase solo traslucido por en-
tre la triple gasa de su talle ; era po-
sible que adornara sus cabellos con
camelias naturales 2 mas nunca estos
habrian retozado en su cabeza en aquel
estimulante desórden ; podia oprimir
sus pies un gracioso zapato de seda ,
mas el casto vestido no venderia de
130

aquel modo los misterios de su lin-


dapierna.
Nun mas alta y robusta que su se-
ñora estaba disfrazada , no vestida con
sus galas ; su gracia carecia de noble-
za , era hermosa como una mujer ,
mas no como una hada , y convidaba
al placer sin prometer el deleite.
Ramon despues de haberla exami-
nado en el espejo , sin volver la ca-
beza dirijió sus miradas á cuanto po-
diatrasmitirle un reflejo mas puro de
Indiana: á los instrumentos de músi-
ca , á las pinturas , al virginal y redu-
cido lecho. Se embriagó con el vago
aroma que su presencia dejára en
aquel santuario, y sintió como un tem-
blor de deseo pensando en el dia en
que la misma Indiana le abriria las
delicias de aquella mansion; y Nun ,
en pie , con los brazos cruzados de-
tras de él , le contemplaba con éxta-
sis imaginando que estaba absorto ó
131

arrebatado á la vista de cuanto ella


preparó para agradarle.
Al fin rompiendo el jóven el si-
lencio :
-Os doy gracias , le dijo , de to-
do lo que habeis dispuesto para mí,
y muy particularmente de haberme
hecho entrar aqui , pero ya he goza-
do bastante de esta agradable sorpre-
sa. Salgamos , este cuarto no es el
lugar que nos corresponde , y es un
deber en mí respetar á la señora de
Delmare aunque esté ausente.
-Esto es muy cruel, dijo Nun que
no le entendió pero que veia su aire
de frialdad y descontento , es muy
cruel haber. esperado gustaros , y ver
que me rechazais.
- No , mi querida Nun , yo no os
rechazaré nunca , he venido para ha-
blar formalmente con vos y daros una
prueba del afecto que os profeso. No
soy insensible á vuestro anhelo por
132

agradarme , pero os amaba mas ador-


nada con vuestra juventud y gracias
naturales , que con esas galas agenas.
Nun sin comprenderle mas que á
medias echóse á llorar esclamando :
- Soy una desgraciada , me abor-
rezco pues que ya no os gusto , yo
debia haber previsto que no me ama-
ríais mucho tiempo , siendo como soy
en realidad una pobre muchacha sin
educacion. Sin embargo , nada os echo
en cara , bien sabia que nunca seríais
mi esposo, pero amándome vos os lo
hubiera sacrificado todo sin remordi-
miento , y sufrídolo todo sin quejar-
me. ¡ Ay de mí ! Estoy perdida , des-
honrada , y quizás me arrojarán de es-
ta casa... Voy á dar la existencia á un
ser que será todavía mas infeliz que
yo , y nadie me compadecerá... 'Todos
se creerán con derecho de humillar-
me , y sin embargo yo me conforma-
ria con todo si me amaseis todavía.
133

Habló por este estilo largo rato.


Quizás no usó las mismas palabras
pero dijo lo mismo , y lo dijo cien
veces mejor de lo que yo podria refe-
rirlo. ‫ نے‬En donde se buscará el secreto
de aquella elocuencia que se revela de
repente á un espíritu ignorante y vír-
gen en la crisis de una pasion verda-
dera y de un dolor profundo ? Enton-
ces y solo entonces tienen las palabras
otro valor que en las demas escenas
de la vida. Entonces las mas triviales
vienen á ser sublimes por el senti-
miento que las dicta , y el acento de
que van acompañadas : la mujer de
la mas baja esfera entregándose en
tales momentos á todo el delirio de
los afectos , se hace mas patética y
convincente que aquella que debe al
arte la moderacion y la reserva.
Ramon sintió lisonjeado su amor
propio de inspirar una adhesion tan
generosa ; y la gratitud , la compasion,
12
134

y aun quizás algun poco de vanidad


le volvieron un momento de amor. La
jóven estaba anegada en llanto , habia
arrancado las flores de su cabeza , y
sus largos cabellos colgaban en desór-
den por sus anchas y hermosas espal-
das . Si no embellecieran á la señora
de Delmare su esclavitud y sus pesa-
res , su camarera le habria sobrepuja-
do entonces en hermosura , porque la
pasion y el dolor estaban pintados en
su rostro. Ramiere conmovido la cojió
del brazo , hízola sentar á su lado en
el sofá , acercó el velador lleno de bo-
tellas para derramar algunas gotas de
agua de azahar en una copa de plata,
y la infeliz , templada con esta mues-
tra de interés mas que con la bebida
calmante , enjugó el llanto , y postrán-
dose á los pies de Ramon :
- Amame todavía , le dijo estrechan-
do con ternura sus rodillas , dime que
todavía me amas y estaré buena , esta-
135
ré salvada , abrázame cual me abra-
zaste en otro tiempo , y no me arre-
pentiré de haberme perdido para ofre-
certe algunos dias de placer. Y le cir-
cuia con sus frescos y lozanos brazos ,
y le cobijaba con los largos cabellos :
sus grandes ojos negros le miraban con
una languidez ardiente , comunicán-
dole aquel calor de la sangre , aquel
deleite puramente oriental que sabe
triunfar de todos los esfuerzos de la
voluntad , de todas las sutilezas de la
imaginacion. Ramon lo olvidó todo ,
sus resoluciones , su nuevo amor , el
lugar en que estaba , volvió á Nun ,
mojó sus labios en la misma copa , y
los vinos espiritosos que tenian delan-
te acabaron de estraviar la razon de
entrambos .
Poco a poco el vacilante y vago re-
cuerdo de Indiana vino á mezclarse en
la embriaguez de Ramiere : los dos
grandes espejos que se trasmitian uno
136

aotro la imágen de Nun hasta el infi-


nito parecian poblarse de mil fantas-
mas. En la profundidad de aquella do-
ble reverberacion espiaba una forma
mas sútil , y en la última sombra va-
porosa y confusa que Nun reflejaba en
ella , parecíale asir el fino y flexible
talle de la señora de Delmare.
Nun afectada tambien por las bebi-
das escitantes , cuyo uso ignoraba , no
entendia los estravagantes discursos de
su querido. A no estar tan ciega como
él , habria conocido que pensaba en
otra mujer: hubiérale visto besar la
pañoleta y las cintas que habia lleva-
do Indiana , respirar las esencias que
se la recordaban , estregar en sus ar-
dientes manos el chal que cubrió su
seno ; mas Nun creia que todos esos
transportes eran por ella cuando en ella
no veia el amante mas que el vestido
de Indiana. Si besaba sus negros ca-
bellos , no besaba mas que los negros
137

cabellos de Indiana , y solo á Indiana


veia en la nube del ponche á que la
mano de Nun acababa de poner fuego.
A ella llamaba y solo vió á ella mien-
tras estuvo en aquel cuarto con la
criolla.

Al dispertarse Ramon penetraba ya


la luz del dia por la abertura de los
postigos ; quedóse sumergido en una
vaga sorpresa , inmóvil , contemplan-
do como una vision del sueño el lugar
enque se encontraba. En el cuarto de
la señora de Delmare renació el órden,
porque Nun , soberana en el dia ante-
rior , habia vuelto á su destino de ca-
marera. Se llevó las flores , hizo desa-
parecer los restos de la merienda , co-
locó los muebles en su lugar , nada re-
velaba el festin amoroso de la pasada
noche , y el aposento de Indiana ha-
bia recobrado su aire de candor y de
inocencia. Lleno Ramon de vergüen-
za se levantó y quiso salir , pero esta-
12*
138

ba encerrado , y la ventana se elevaba


cincuenta pies sobre el nivel del jar-
din; fué pues indispensable permane-
cer clavado en aquella estancia llena
de remordimientos , como Ixion en la
rueda. Arrodillóse , y retorciéndose las
manos :

¡ Oh Indiana ! esclamó ¡hasta que


punto te he ultrajado ! ¿ Podrias tú
perdonarme semejante infamia ? Aun-
cuando tu lo hicieras nunca yo me
perdonaria á mí mismo. Resístete á
mi seduccion , dulce yconfiada criatu-
ra , tú no sabes á que hombre brutal
é infame quieres entregar tu inocencia.
Arrójame de tí, humillame , ya que
no he sabido respetar el asilo de tu
sagrado pudor , ya que me embriagué
con tus vinos , como un lacayo , al lado
de tu criada , ya que he empañado tus
vestidos con mi maldito aliento y tu
púdico cinturon con mis infames besos,
ya que no he temido emponzoñar el
139

reposo de tus noches solitarias y der-


ramar aqui el influjo de la seduccion .
¿ Qué seguridad podrás encontrar en
adelante detrás de estas cortinas , cu-
yos misterios ha profanado mi osadia ?
¡ Qué de sueños impuros , qué de pen-
samientos ingratos y devoradores no
vendrán á martillar tu cerebro ! ¡ Cuan-
tas fantasmas de vicio y de insolencia
no se arrastrarán por el virginal lien-
zo de tu cama ! Y tu sueño puro co-
mo el de un niño ¿qué casta divini-
dad querrá protejerlo en adelante ?
¿No he puesto yo en fuga al ángel
que guardaba tu cabecera ? ¿ No he
franqueado la entrada de tu alcoba al
demonio de la lujuria ? ¿ No le he ven-
dido tu alma ? ¿ Y el ardor insensato
que consume los ijares de esa lasciva
criolla , no vendrá , como el vestido
de Deyanira , á clavarse en tus ijares
para roerlos ? ¡ Desgraciado ! ¡ Cuán
desgraciado soy y cuan culpable ! ¿Por
140

qué no puedo lavar con mi sangre la


vergonzosa mancha que he dejado en
este sitio ?
Y sus lágrimas corrian abundosas.
Entonces entró Nun con su traje de
camarera , y viendo á Ramon arrodi-
Ilado creyó que estaba orando. No sa-
bia que las gentes del gran mundo no
oran. Silenciosa y en pie esperó que se
dignase reparar en ella. Al verla el jó-
ven se sintió confuso é irritado , sin
valor para reñirla , sin fuerza para di-
rijirle una palabra de cariño.
-¿Por qué me habeis encerrado ? le
dijo al fin. ¿ No veis que el sol está
ya muy alto y que no puedo irme sin
comprometeros abiertamente ?
- He aqui la razon porque no sal-
dreis , le dijo Nun con aire risueño.
La casa está desierta , nadie puede
descubriros porque el jardinero nunca
viene hácia este lado de la casa cuyas
llaves yo guardo. Estareis aqui to-
141

do el dia en calidad de prisionero


mio.
Este arreglo desesperó á Ramiere,
á quien su dama inspiraba entonces
mas bien aversion que otra cosa. Sin
embargo fué preciso resignarse , y á
pesar de lo que sufria , tal vez un in-
vencible atractivo lo retuvo en aque-
lla estancia. Cuando Nun le dejó para
ir á buscarle el almuerzo , se puso á
considerar los mudos testigos de la so-
ledad de Indiana. Abrió sus libros ,
ojeó los cuadernos de música , mas
los cerró precipitadamente temiendo
cometer una profanacion y violar los
misterios de Indiana. Comenzó á pa-

sear observando muy luego en el ador-


nado cuarteron de la pared que hacia
frente á la cama de la señora de Del-
mare un gran cuadro ricamente guar-
necido y cubierto con una gasa doble.
Podia ser el retrato de Indiana. An-
sioso por contemplarlo , olvidó sus es-
142

crúpulos, se puso sobre una silla , y


soltando los alfileres , descubrió lleno
de sorpresa el retrato de un hermoso
jóven en pie.
:

VIII.

Me parece reconocer estas faccio-


nes , dijo á Nun esforzándose en apa-
rentar un aire de indiferencia.
-¡ Vaya caballero ! dijo la jóven
colocando sobre la mesa el almuerzo
que traia ¡ vaya que no es cosa muy
bien hecha querer penetrar los secre-
tos de la señora !
Esta reflexion hizo asomar los colo-
res al rostro de Ramiere .
-¡ Secretos ! esclamó. Si esto es un
secreto tú estás en la confidencia , y
eres doblemente culpable por haber-
me traido aqui.
-¡Oh ! no , no es un secreto , re-
puso Nun sonriéndose , pues el mismo
144

señor de Delmare ayudó á colgar el


retrato de sir Ralph en la pared , y
por otra parte la señora no podria te-
ner secretos con un marido tan celoso .
-¿Sir Ralph , dices ? ¿Y quién es
sir Ralph ?
- Sir Rodolfo Brown , el primo de
la señora , el amigo de su infancia , y
aun podria decir el mio: ¡ es tan
bueno !
-

Ramon examinaba el cuadro con


sorpresa é inquietud.
Ya hemos dicho que sir Ralph en
cuanto á la fisonomia era un hermoso
jóven , blanco y encarnado , de buena
estatura y cabeza muy poblada , siem-
pre perfectamente vestido , y sino ca-
paz de trastornar una cabeza román-
tica , á propósito al menos para satis-
facer á una cabeza positiva. El pacífi-
co Baronet estaba representado en tra-
ge de caza, á poca diferencia cual lo
vimos en el primer capítulo de esta
445

historia , y rodeado de sus perros , á


cuyo frente se veia á la hermosa Ofe-
lia , como haciendo alarde del bello
color gris plateado de su pelo , y de
la pureza de su raza escocesa . Ralph
tenia en una mano el cuerno de ca-
za , y en la otra las riendas de
un magnífico caballo inglés tordillo
rucio , que llenaba casi todo el fondo
del cuadro. Era una pintura perfecta-
mente ejecutada , un verdadero cuadro
de familia con toda la exactitud de
los pormenores , con todas las pueri-
lidades de semejanza , con todas las
minuciosidades vulgares : un retrato
capaz de hacer llorar á una nodriza ,
ladrar á los perros , y descoyuntar de
risa á un labriego . Solo habia en el
mundo una cosa mas apática que el
retrato , y era el original.
Sin embargo dispertó en Ramiere
una violenta sensacion de cólera . ¡ Con
qué este inglés jóven y robusto , dijo
T. I. 13
146

para consigo , tiene el privilegio de


ser admitido en el mas oculto retrete
de la señora de Delmare ! ¡Su insípi-
da imágen está siempre aqui , presen-
ciando friamente los actos mas ínti-
mos de su vida! Él la vigila , la guar-
da , sigue todos sus movimientos , la
posee á todas horas , la ve dormir por
la noche y sorprende el secreto de sus
sueños : por la mañana cuando se le-
vanta vestida de blanco y tiritando de
frio , contempla su delicado pie que
se coloca desnudo sobre la alfombra:
cuando se viste con precaucion , cuan-
do corre las cortinas de la ventana ,
y priva á la misma luz que penetre
indiscretamente hasta ella : cuando se
cree sola, bien escondida, esa insolente
figura está aqui cebándose en sus en-
cantos! ¡ Este hombre con las espuelas
calzadas es testigo de su tocador !
-¿Esta gasa , preguntó á la camare-
ra , cubre siempre el retrato?
147

- Siempre que la señora está au-


sente ; mas no os incomodeis volvién-
dola á prender , porque dentro de po-
cos dias vendrá mi ama .
- En este caso no estaria de mas de-
cirle que el tal retrato tiene cierto
aire de impertinencia é indiscrecion
que fastidia. Yo en el lugar del señor
de Delmare no lo hubiera colocado
aqui sin arrancarle antés los ojos. He
aqui lo que son los celos de un mari-
do! todo lo temen , y no comprenden
nada.
-¿Qué teneis contra la figura de
ese pobre sir Ralph ? preguntó Nun.
Es el mejor amo del mundo ; y si es
verdad que yo no le queria mucho
porque oí decir á la señora que era
un egoista , desde la noche en que os
cuidó tanto ....
En efecto , interrumpió Ramon,
él me socorrió , le reconozco perfecta-
mente ; pero su interés lo debí á las
148
instancias de la señora de Delmare ,
-Ah ! esclamó la pobre Nun , esto
consiste en que mi ama es tan buena
que á su lado todos se vuelven bue-
nos tambien.
Al hablar Nun de Indiana , Ramon
la oia con un interés en que ella nada
sospechaba.
El dia se pasó con bastante tran-
quilidad sin que la jóven se atrevie-
ra á dirijir la conversacion á su ver-
dadero término; mas al fin hacia la
tarde hizo un esfuerzo que obligó á
Ramon á declararle sus intentos , re-
ducidos á desembarazarse de un testi-
go peligroso , y de una mujer á quien
ya no amaba , pero queria asegurar su
suerte , y aunque temblando le hizo
los mas generosos ofrecimientos.
Esta afrenta fué muy amarga para
la pobre muchacha , mesóse los cabe-
llos , y sin duda iba á romperse la ca-
beza á no contenerla Ramon á viva
149

fuerza. Entonces poniendo en juego


todos los recursos del lenguaje y del
talento que la naturaleza le diera , la
hizo entender que no le ofrecia socor-
ros á ella sino al hijo de que iba á ser
madre. A título de herencia para él
os trasmito esos dones , le dijo , y se-
ríais muy culpable si una delicadeza
mal entendida os los hiciera despre-
ciar.

Calmóse Nun , y enjugó sus lágri-


mas. Pues bien , contestó , los acepta-
ré si me prometeis amarme todavia,
pues cumpliendo con él no por esto
cumplis conmigo. A él le harán vivir
vuestras larguezas , pero á mi vuestra
indiferencia me matará. ¿No podeis
tenerme á vuestro lado para que os
sirva ? Yo no soy exijente , no ambi-
ciono lo que quizás otra en mi lugar
hubiera tenido destreza de conseguir.
Permitidme tan solo ser vuestra cria-
da , hacedme entrar en casa de vues
13*
150

tra madre; yo os juro que estará con-


tenta de mi , y si un dia no me amais,
al menos podré veros.
- Lo que me pedís es imposible ,
mi querida Nun , porque en el estado
en que os hallais no podeis pensar en
servir en casa alguna; y por otra par-
te engañar á mi madre , abusar de su
confianza , es una bajeza en la que no
consentiré nunca. Id á Leon , á Bur-
deos , yo me encargaré de que no os
falte cosa alguna hasta el momento en
que podais presentaros en público.
Entonces os colocaré en casa de algun
amigo , en Paris mismo si lo deseais,
si vuestro objeto es estar cerca de mí...
pero bajo el mismo techo , esto es im-
posible.
-¡Imposible ! gritó Nun juntando
las manos en actitud dolorosa. Ah !
Bien lo veo : vos me despréciais , os
avergüenza ser mi amante. No , yo no
me alejaré , no quiero ir sola y cu-
!
451

bierta de humillacion , á morir aban-


donada en algun pueblo lejano donde
vos me olvidaríais . ¿ Qué me importa
la reputacion? Yo no queria conser-
var mas que vuestro amor.
-Si temeis que yo os engañe , venid
conmigo. El mismo carruage nos con-
ducirá al lugar que escojais , sea el que
fuere , á escepcion de Paris , ó en casa
de mi madre ; yo os seguiré , yo os
prodigaré los cuidados que os debo .
- Si , para abandonarme al dia si-
guiente en el lugar en que me habreis
dejado , dijo Nun con amarga sonrisa,
en una tierra estraña , como una car-
ga inútil . No , caballero , yo me que-
do aqui , no quiero perderlo todo á la
vez. Yo hubiera sacrificado por vos la
persona que mas amaba en el mundo
antes de conoceros ; pero no deseo
tanto ocultar mi deshonra que para
lograrlo sacrifique mi amor y mi amis-
tad. Iré á arrojarme á los pies de la
152

señora de Delmare , se lo contaré todo ,


y sé que me perdonará , porque es bue-
na y me ama. Hemos nacido casi en un
mismo dia y mamado la propia leche ,
sin habernos separado nunca ; ella no
querrá que la deje , llorará conmigo ,
me cuidará y amará á mi hijo , á mi
pobre hijo . ¡ Quien sabe si privada de
la dicha de ser madre , lo criará co-
mo si fuera suyo ! Ah ! ¡ Cuan necia
he sido pensando en abandonarla !
Ella , solo ella se compadecerá de mí.
Esta resolucion iba poniendo al jó-
ven en una perplejidad terrible , cuan-
do de repente se oyó en el patio el
ruido de un carruage. Nun espantada
corrió á la ventana .
Es la señora , esclamó , i; huid !
En aquel momento de desórden fué
imposible encontrar la llave de la es-
calera secreta. Cojiendo Nun el brazo
de Ramon lo arrebató precipitadamen-
te hácia el corredor ; pero llegados ape-
453

nas á la mitad de él oyeron rumor


de pisadas por el mismo camíno , so-
nó á diez pasos de distancia la voz
de la señora , y ya arrojaba sobre las
dos espavecidas figuras una claridad
penetrante la bugía con que un cria-
do alumbraba á Indiana. La camare-
ra apenas tuvo tiempo de retroceder
arrastrando consigo á Ramon y de
entrar con él en el cuarto dormitorio.
Un gabinete con puertas vidrieras po-
dia ofrecer un asilo por pocos mo-
mentos , mas no era dable encerrarse
en él , y la señora podia entrar alli
luego de su llegada. Para evitar pues
una inmediata sorpresa, no quedó mas
recurso sino entrarse en la alcoba y
ocultarse tras las cortinas , ya que no
era probable que la esposa de Delma-
re quisiera acostarse al punto , y has-
ta entonces Nun podria hallar un mo-
mento favorable á la evasion de su
querido.
154

Indiana entró con prisa , y tirando


el sombrero sobre la cama , con la fa-
miliaridad de una hermana abrazó á
Nun , cuya emocion no le permitia
observar la poca luz de la estan-
cia.

¿ Con qué tú me esperabas ? le dijo


acercándose al fuego. ¿ Cómo sabias
mi venida ?
Y sin esperar la respuesta :
-
Mañana , añadió , estará aqui el
señor de Delmare . Apenas he leido su
carta me he puesto en camino , pues
para recibirle aqui y no en Paris ten-
• go algunos motivos que ya te diré.

¡ Pero habla , muchacha ! Mi vista no


parece que te haya causado la alegria
de otras veces .
- Estoy triste , dijo Nun arrodillán-
dose para descalzar á su señora. Tam-
bien yo tengo que hablaros , y lo haré
mas tarde. Venid entre tanto al salon.
-¡ Dios me libre ! No tienes mala
155
ocurrencia. El salon está frio como un
páramo.
- No tal , pues está encendida la chi-
menea.
-¡ Mujer ! tú estás soñando . Acabo
de pasar por alli.
-Pero la cena os aguarda.
- No quiero cenar , y por otra par-
te no hay nada dispuesto. Marcha á
buscar el boa que se me ha olvidado
en el coche .
- Iré luego.
-¿Y porqué no ahora mismo ? vé, vé.
Y al darle esta órden , empujaba
con aire jugueton á Nun , quien vien-
do que era menester valor y sangre fria
se marchó por algunos momentos . Ape-
nas hubo salido cuando la señora de
Delmare echó la aldaba , y desabro-
chándose el vitchura lo colocó sobre la
cama al lado del sombrero , mas al eje-
cutarlo hubo de acercarse tanto á Pa-
mon que este hizo un movimiento pa-
156

ra retroceder , y la cama puesta sobre


ruedas , probablemente muy movibles,
cedió con un lijero ruido. La señora
de Delmare admirada pero sin espan-
tarse , supuesto que no era difícil que
ella misma hubiese empujado la cama ,
adelantó la cabeza , y separando un
poco la cortina , á pesar de la poca luz
que daba el fuego de la chimenea des-
cubrió la cabeza de un hombre , dibu-
jada en la pared.
Estremecida entonces dió un grito ,
y se lanzó hácia la chimenea para co-
jer el cordon de la campanilla y pedir
socorro. En semejantes circunstancias
mas quisiera Ramiere pasar otra vez
por un ladron que ser reconocido , y
como no mostrándose , la señora de
Delmare iba á llamar á los criados y
á comprometerse á sí misma, confiado
en el amor que logró inspirarla , probó
contener sus gritos , y alejarla de la
campanilla , diciéndole á media voz ,
157

por temor de ser oido de Nun , que no


podia estar lejos :
Soy yo , Indiana , reconóceme y
concédeme tu perdon . ¡ Indiana ! per-
donad á un infeliz cuya razon habeis
estraviado y que no ha podido resol-
verse á volveros á vuestro esposo , sin
haberos hablado otra vez.
- Estrechando á Indiana en sus bra-
zos asi para contenerla como para pri-
varla de tirar el cordon , observó que
iba medio desnuda.
Nun llama á la puerta con la mayor
zozobra , y entonces desasiéndose la se-
ñora de los brazos de Ramon corre á
abrir ,, y viene á caerse en una pol-
trona.
La camarera pálida y casi moribun-
da se precipitó á la puerta del corre-
dor para impedir que los criados que
iban y venian turbasen aquella estraor-
dinaria escena ; y mas descolorida aun
que su señora , temblando , pegadas
14
158

sus espaldas á la puerta , esperaba sa-


ber su suerte .
Ramon conoció que con destreza
aun le era posible engañar á la vez á
aquellas dos mujeres.
- Señora , dijo arrodillándose delan-
te de Indiana , mi presencia aqui sin
duda os parece un ultrage ; heme aqui
á vuestros pies implorando el perdon.
Dignaos oirme á solas algunos instan-
tes , yo os esplicaré.....
- Callad , caballero , callad , y salid
de aqui , gritó la señora recobrando to-
da la dignidad del papel que represen-
taba. Salid de aqui , y que sea públi-
camente : Nun ! abrid esa puerta , y
dejad pasar al señor , para que todos
mis criados le vean , y la afrenta de se-
mejante conducta recaiga sobre él solo .
La jóven creyéndose descubierta se
arrodilló al lado de su querido , é In-
diana , guardando silencio , la contem-
plaba sorprendida. Ramiere quiso co
159

jerle la mano, mas ella la retiró con in-


dignacion, y encendida en cólera , alzó-
se de la silla, y señalándole la puerta :
- Salid , repitió , salid os digo , por-
que vuestra conducta es infame . ¿ Son
estos los medios que pensábais emplear
caballero , escondiéndoos en mi cuarto
como un ladron ? ¿ Se ha hecho ya en
vos una costumbre introduciros de es-
ta manera en las casas ? ¿Es esta la
adhesion pura que me jurabais ayer
noche ? ¿ Asi queríais protejerme , res-
petarme , ser mi defensor ? He aqui el
culto que me rendís. Aqui teneis auna
mujer que os curó con sus propias ma-
nos , que para restituiros la vida de-
safió la cólera de su marido , y vos la
engañais con una gratitud fingida , le
jurais un amor digno de ella , y en re-
compensa de sus desvelos , en pago de
su credulidad , quereis sorprender su
sueño y apresurar el feliz éxito de vues-
tros intentos , yo no sé con que espe-
160

cie de infamia. Ganais á su camarera,


os introducís casi en su lecho , y no te-
meis hacer plato á sus criados de una
intimidad que no existe. Id , caballe-
ro , vos mismo habeis procurado desen-
gañarme bien presto. Salid, os digo, ni
un instantemas toleraré que permanez-
cais en mi casa. Y tú , ¡ criatura mise-
rable ! que tan poco respetas el honor
de tu señora , tú mereces tambien que
yo te eche de mi casa. Quítate de esa
puerta , te digo.
Nun medio muerta de sorpresa y
desesperada , tenia los ojos fijos en el
jóven cual si le pidiera alguna espli-
cacion acerca de este inaudito miste-
rio; mas en breve con voz tembloro-
sa y cual poseida de un mental estra-
vío , se arrastró hácia Indiana , y co-
jiéndola con fuerza por el brazo :
¿Qué es lo que habeis dicho ? gri-
tó rechinando los dientes de cólera.
¿Os amaba este hombre?
161

- Bien debíais saberlo vos , contes-


tó la señora de Delmare arrojándola
de sí con fuerza y desprecio ; vos sa-
beis bien que motivos puede tener un
hombre para ocultarse en la alcoba de
una mujer. ¡ Ah Nun ! añadió viendo
la desesperacion de aquella infeliz ; es-
to es una vileza enorme de que nunca
te hubiera creido capaz : tú has queri-
do vender el honor de la que tanto
fiaba en el tuyo .
La cólera y el dolor arrancaban lá--
grimas á la señora de Delmare. Nun-
ca Ramon la habia visto tan bella ;
mas apenas osaba mirarla porque el
orgullo de una mujer ultrajada , pin-
tado en su semblante , le hacia bajar
los ojos. Quedóse alli consternado ,
petrificado , por la presencia de Nun
y nada mas ; pues á encontrarse solo
con Indiana , se conocia capaz de cal-
marla , mas la espresion de Nun era
terrible , el furor y el odio habian tras-
14*
462

tornado de todo punto sus facciones .


Un golpe que sonó en la puerta hi-
zo estremecer á los tres. Nun se lanzó
á ella de nuevo para impedir la entra-
da en el cuarto , pero la señora de Del-
mare deteniéndola con autoridad , hi-
zo un gesto imperativo á Ramon pa-
ra que se retirase á un ángulo de la
pieza , y con aquella sangre fria que
tanto la caracterizaba en los momentos
de crisis , envolvióse en una capa, y en-
treabrió la puerta , preguntando al cria-
do que llamaba , que habia de decirle.
-

Acaba de llegar Mr. Rodolfo


Brown , contestó , y desea que la se-
ñora le reciba .
-

Decid al Sr. Brown que me es


muy grata su visita , y que salgo al
momento : encended la chimenea del
salon , y que preparen la cena. Oid ,
traedme ante todo la llave del parque.
El criado desapareció. La señora de
Delmare se quedó en pié , teniendo la
163

puerta entreabierta , no queriendo es-


cuchar á Nun , y mandando imperio-
samente á Ramon que callara.
El criado volvió á los tres minutos .
La señora de Delmare , sin soltar nun-
ca la puerta , recibió la llave , mandó
al criado que apresurase la cena , y di-
rijiéndose luego á Ramon :
La llegada de mi primo Sir Brown,
le dijo , os libra de la escandalosa
afrenta á que queria entregaros : es un
hombre de honor , y dispuesto á to-
mar con empeño mi defensa ; mas co-
mo sentiria mucho esponer la vida de
un hombre como él contra la de un
hombre como vos , os permito retira-
ros sin publicidad. Nun que os hahe-
cho entrar, sabrá guiaros á fuera. Salid!
Nos volverémos á ver , señora , con-
testó Ramon afectando serenidad , y
aunque soy culpable , quizás os arre-
pentireis de la severidad con que me
tratais al presente.
164

-Yo espero , repuso Indiana , que no


nos verémos mas .
Y en pie todavia , sosteniendo la
puerta y sin dignarse inclinar la cabe-
za , le vió salir con su temblorosa y
miserable cómplice.
Solo con ella en la oscuridad del
parque aguardaba fuertes reconvencio-
nes , pero Nun sin dirijirle una pala-
bra, le condujo hasta la reja del par-
que; y cuando él quiso cojerle la ma-
no , ya habia desaparecido. Llamóla
en voz baja porque deseaba saber su
suerte , mas sin que ella le respondie-
ra , presentóse el jardinero y le dijo :
- Vamos , señor , retiraos , la señora
ha llegado , y podríais ser descubierto.
Ramon se alejó llevando la muerte
en el alma, colmado de dolor por ha-
ber ofendido á la señora de Delmare,
y olvidado casi de Nun , sin pensar
mas que en los medios de apaciguar
á la primera: estaba en su caracter el
165
irritarse con los ostáculos , y apasio-
narse con ardor á las cosas desespe-
radas .
Cuando despues de haber cenado en
silencio con sir Ralph , Indiana se re-
tiró á su cuarto , Nun no fué á des-
nudarla como lo tenia de costumbre,
la llamó en vano , y calculando al fin
que era una resistencia abierta , cerró
la puerta , y se acostó ; pero la noche
fué terrible para ella , y apenas hubo
amanecido , cuando estaba ya en el
parque. Tenia calentura , y conoció ser
indispensable que el frio la penetrara,
y calmase el fuego que abrasaba su
pecho. El dia antes á la misma hora
¡ cuan feliz habia sido abandonándose
á la novedad de aquel amor que le
cegara ! Y en veinte y cuatro horas
¡cuan terrible desengaño ! Desde luego
la noticia de la vuelta de su marido
mucho antes del tiempo prefijado ; los
cuatro ó cinco dias que habia creido
166

pasar en Paris , eran para ella una


vida entera de felicidad que no debia
fenecerse , un sueño de amor que no
podia interrumpir vigilia alguna ; mas
desde por la mañana fué preciso re-
nunciar á ello , sujetarse otra vez al
yugo , y volver á la quinta antes que
el amo para que no conociese á Ra-
mon en casa de la de Carvajal , pues-
to que Indiana creia imposible enga-
ñar á su marido si llegaba á verle en
presencia de Ramiere. Y ahora ese
Ramon á quien idolatraba como á un
Dios , le habia hecho sufrir tan vil ul-
traje ! La compañera de su vida , aque-
lla jóven criolla á quien amó tanto,
se le presentaba de repente indigna
de su estimacion y confianza ! Estas
reflexiones le hicieron pasar llorando
toda la noche . Al salir al campo se
dejó caer sobre la yerba blanqueada
aun con la escarcha de la madrugada,
á orillas de la acequia que atravesaba
467

el parque. Eran los últimos dias de


marzo , y la naturaleza comenzaba á
renacer : la mañana aunque fria tenia
mil encantos , los copos de la niebla
dormian aun sobre el agua como una
banda flotante , y los pájaros ensaya-
ban sus primeros cantos de amor y
primavera.
Indiana se sintió aliviada , y se apo-
deró de su alma un sentimiento reli-
jioso. Dios lo ha querido asi , dijo,
su providencia me ha iluminado con
alguna aspereza es verdad , pero esto
es una dicha para mí : quizás ese hom-
bre me hubiera arrastrado á los vicios,
y perdido , en vez de que ahora la
bajeza de sus sentimientos me es no-
toria , y yo estaré prevenida contra esa
pasion horrorosa y funesta que fer-
mentaba en mi pecho. Amaré á mi
esposo , procuraré..... Al menos estaré
sumisa á su voluntad , le haré feliz no
contradiciéndole nunca , evitaré todo
168

lo que pueda dispertar sus celos , por-


que ahora conozco el verdadero valor
de esa elocuencia mentirosa . Tal vez
seré feliz si Dios se compadece de mis
aflicciones , y me envia bien pronto la
muerte .
Detras de los sauces de la opuesta
orilla comenzaba á oirse el ruido del
molino , que ponia en movimiento la
fábrica de Delmare . El agua lanzán-
dose en las presas que acababan de
abrirse se agitaba en la superficie ; y
como la señora de Delmare seguia con
melancólica vista el rápido curso de
las aguas , vió flotar entre los cañave-
rales como un monton de ropas que
la corriente procuraba arrastrar consi-
go. Levantóse , inclinó el cuerpo há-
cia el agua , y apercibió distintamente
el vestido de una mujer , vestido que
conocia demasiado . El terror la dejó
inmóvil , pero el agua corria sin cesar
separando lentamente un cadaver de
169

los juncos donde se habia detenido , y


conduciéndolo hácia Indiana . Un grito
de horror llevó á aquel lugar á los
trabajadores de la fábrica : la señora
se habia desmayado en la orilla , y el
cadaver de Nun flotaba sobre las aguas
delante de ella.

15
PARTE SEGUNDA.

IX.

Dos meses han trascurrido sin va-


riarse cosa alguna en aquella casa de
Lagny , en donde introduje á mis lec-
tores en una velada de invierno , á es-
cepcion de que la primavera florece
al rededor de sus rojas paredes , in-
terpoladas con piedras grises y pizar-
ras amarillas por medio de un musgo
centenario . La familia dispersa goza
172

de la dulzura y de los perfumes de la


noche , el sol dora los vidrios en su
ocaso , y el ruido del corral se mezcla
al de la fábrica. El señor de Delmare
sentado en los escalones de la grade-
ria y con la escopeta en la mano , se
ejercita en tirar al vuelo á las golon-
drinas . Indiana sentada al velador ,
cerca de la ventana del salon , se in-
clina de tiempo en tiempo para mirar
tristemente la cruel diversion del co-
ronel. Ofelia bosteza , ladra y se irri-
ta contra una caza tan opuesta á sus
inclinaciones , y sir Ralph , caballero
en el pasamanos de piedra de la esca-
lera , fuma un cigarro , y mira con la
indiferencia de costumbre la alegria y
el desplacer ageno.
¡ Indiana! dice el coronel descan-
sando la escopeta , dejad ya el trabajo,
no parece sino que os pagan por horas.
- Todavia hay dos de luz , observó
la señora.
173

- No importa , acercaos , quiero de-


ciros una cosa.
Indiana obedeció , y el coronel lle-
gándose á la ventana que estaba al
nivel del suelo , dijo en el tono mas
festivo que puede usar un marido viejo
y celoso.
- Ya que hoy has trabajado mucho
y sido tan amable , voy á decirte una
cosa que por fuerza te ha de gustar.
La señora de Delmare haciendo un
grande esfuerzo dejó entrever una son-
risa , capaz de desesperar á otro hom-
bre mas delicado que el coronel.
- Sábete pues , continuó , que para
proporcionarte algun esparcimiento ,
he convidado á almorzar mañana con
nosotros á uno de tus mas humildes
adoradores . Vas á preguntarme á cual
de ellos , y no lo admiro porque tie-
nes un número bastante regular.
-Tal vez es el anciano cura párro-
co , dijo Indiana , cuya tristeza se au
15*
174

mentaba á la par de la alegria de su


marido.

-¡Oh ! ni por pienso.


-Entonces será el Alcalde mayor de
Chailly , ó el viejo notario de Fontai-
nebleau ?
-¡ Ardid mujeril ! Bien sabes tú que
no es ni uno ni otro. Vamos , Ralph,
decidle á la señora el nombre que le
está retozando en los labios , y que no
quiere pronunciar.
- Me parece , espuso tranquilamen-
te Ralph tirando la punta del cigarro,
que no se necesitan tantas precaucio-
nes para anunciarle al señor de Ra-
miere : creo que este le es muy indi-
ferente.
La señora de Delmare sintió abra-
sársele los carrillos , fingió que iba á
buscar alguna cosa al salon , y vol-
viendo con el continente tan calmoso
como le fué posible :
-Se me figura , dijo temblando que
175
esto no es mas que una chanza.
-¡Como chanza! es cosa muy for-
mal : mañana á las once le verás en
esta casa.

- ¡ Es posible ! ¡ Ese hombre que se


introdujo aqui para sorprender vues-
tro secreto , y a quien íbais á matar
como á un malhechor ! Es menester
que entrambos seais muy pacíficos pa-
ra olvidar semejantes agravios.
- Tú me diste el ejemplo , querida,
recibiéndole muy bien en casa de tu
tia á donde fué á visitarte .
Indiana perdió el color.
-No creo que semejante visita sea
para mi , dijo prontamente , y me li-
sonjea tan poco que en vuestro lugar
no la admitiria.
-Las mujeres sois artificiosas y fal-
sas por solo el gusto de serlo ! Me
han dicho que bailasteis con él toda
la noche .
- Os han engañado.
176

-Sin embargo tu misma tia me lo


ha contado ; por lo demas no te es-
cuses tanto , supuesto que á mi no
me disgusta , y tu tia tiene un empe-
ño en que contraigamos relaciones con
el señor de Ramiere , quien hace mu-
cho tiempo que lo desea. Sin publi-
cidad y casi á pesar mio me ha hecho
servicios útiles á mis intereses , y co-
mo yo no soy tan uraño cual tu dices,
y por otra parte no quiero deber obli-
gaciones á un estranjero , mi objeto
es desquitarme con él.
-

¿Y cómo ?
-

Haciéndome amigo suyo , para lo


cual he ido esta mañana á Cercy en
compañia de Ralph. Alli hemos en-
contrado una escelente mujer que es
su madre , la casa es elegante y rica
pero sin ostentacion , y sobre todo no
huele al empalagoso orgullo de un
antiguo apellido. Ese Ramiere por su
parte es un buen muchacho , y le he
177

convidado á almorzar y á que visite


la fábrica. Tengo muy buenas noticias
de su hermano , y estoy seguro de que
no puede perjudicarme valiéndose de
mis descubrimientos : de este modo
prefiero que se aproveche de ellos esa
familia que otra cualquiera , pues á
decir verdad los secretos no estan
ocultos mucho tiempo , y el mio po-
drá ser , si la industria continua sus
progresos , como el que se encarga en
una comedia.
-

En este punto , dijo sir Ralph ,


bien sabeis amigo Delmare, que siem-
pre he desaprobado vuestra conducta,
los descubrimientos de un buen ciuda-
dano pertenecen á su pais tanto como
á él , y si yo.....
- Voto va , sir Ralph , que ya vol-
vemos al cuento de vuestra filantro-
pía. Me hareis creer que no sois due-
ño de vuestra fortuna , y que si el dia
de mañana le viene en gana á la na-
178

cion apoderarse de ella , estais dis-


puesto á cambiar vuestra renta de cin-
cuenta mil francos por un baston y
una alforja . ¡ Cuidado que predicar
el desprecio de las riquezas , le sienta
de molde á un mozo como vos que
gusta de los placeres de la vida ni mas
ni menos que un Sultan !
- Lo que yo digo no es para echarla

de filántropo , sino porque el egoismo


bien entendido nos lleva á hacer bien
á los hombres para impedirles que
nos dañen. Yo soy egoista , esto es ya
cosa averiguada , y estoy acostumbra-
do á no avergonzarme de ello , y ana-
lizando las virtudes , he concluido que
el interés personal es la base de todas.
El amor y la devocion , pasiones al
parecer generosas , quizas son las mas
interesadas , y el patriotismo no lo es
menos , coronel , no lo dudeis . Yo es-
timo poco á los hombres , mas por
todo lo del mundo no quisiera pro-
179

bárselo , porque les temo en propor-


cion de lo poco que les amo. Los dos
somos igualmente egoistas , con la di-
ferencia de que yo lo confieso , y vos
lo negais .
Esto dió lugar á una discusion en-
tre ambos , en la cual por todas las
razones del egoismo , cada uno se em-
peñó en demostrar el de su adversario.
Aprovechóse de ello la señora de Del-
mare para ir á su cuarto á fin de
abandonarse á todas las reflexiones
que le sujeria tan inesperada nueva.
No será por demas iniciar al lector
en el secreto de sus pensamientos , y
darle noticia de la situacion de los
diferentes personages á quienes la
muerte de Nun afectará mas ó menos .
Nadie desconoce que la infeliz se
arrojó á la acequia , desesperada , en
uno de aquellos momentos de violenta
crisisen donde tanto menos cuesta
tomar una resolucion cuanto es mas
180

estremada ; pero como probablemente


no entró en la Quinta despues de ha-
berse separado de Ramon ; como na-
die la encontró , ni pudo juzgar de sus
intenciones , ningun indicio de suici-
dio vino á desvanecer el misterio de
su muerte .

Dos personas pudieron con certeza


atribuirla á un acto de su voluntad,
á saber el señor de Ramiere , y el jar-
dinero de Lagny. El dolor del uno se
mantuvo oculto bajo la apariencia de
una enfermedad ; el horror y los re-
mordimientos obligaron al otro á guar-
dar silencio. Este , que prestándose
por avaricia á proteger durante todo
el invierno las entrevistas de los dos
amantes , era el único que habia po-
dido observar las secretas pesadum-
bres de la jóven criolla , temiendo con
razon las reprensiones de sus amos y
el vituperio de sus iguales , calló por
interés propio , y cuando el señor de
181

Delmare que ( despues del descubri-


miento de aquella intriga concibió al-
gunas sospechas ) le interrogó acerca
de las noticias que hubiera podido
proporcionarse en su ausencia , negó
atrevidamente haber adquirido ningu-
na. Varias personas del pais ( muy
desierto en aquel territorio , lo cual
es digno de observarse ) vieron distin-
tas veces que Nun tomaba el camino
de Cercy á deshora de la noche ; mas
en la apariencia no habian mediado
relaciones entre ella y el señor de Ra-
miere desde fines de enero , y la muer-
te sucedió el 28 de marzo . Segun es-
tos datos pudo atribuirse aquel suceso
á una casualidad : atravesando el par-
que despues de entrada la noche , la
espesa niebla que reinaba de muchos
dias á aquella parte pudo ocultarle el
camino , y hacer que tomase por el

lado del puente inglés que atravesaba


el arroyo , comunmente estrecho y de
T. I. 16
182

escarpadas vertientes , y que ahora ha-


bia crecido con las lluvias.
Aunque Sir Ralph , cuyo carácter
era mas observador de lo que indica-
ban sus reflexiones , hubiese encontra-
do , no sé en cual de sus secretos pre-
sentimientos , grandes motivos de sos-
pechas contra Ramiere , no los comu-
nicó á nadie , considerando inútil y
cruel reconvenir á un hombre harto
infeliz con tener la existencia envene-
nada por semejante remordimiento. Su
generosidad llegó á tal estremo , que
habiendo dado á entender el coronel
ciertas dudas en órden á lo mismo , le
hizo conocer cuan necesario era en el
estado enfermizo de su señora conti-
nuar ocultándole los motivos posibles
del suicidio de su antigua compañera.
Aconteció con la muerte de esta lo mis-
mo que con su amor : los dos caballe-
ros acordaron no hablar nunca de ella
en presencia de Indiana , y á poco
183

tiempo ya no se hizo conversacion de


tal cosa ni aun á solas .
Las precauciones no obstante fue-
ron inútiles porque no le faltaban mo-
tivos á la señora de Delmare para sos-
pechar una parte de la verdad. Las
amargas reconvenciones que dirijió á
la infeliz muchacha en aquella velada
fatal le parecieron causas bastantes á
esplicarle su determinacion repentina,
y por esto desde el horrible instante
en que , primero que otro alguno , vió
flotar su cadáver sobre las aguas ; el
reposo de Indiana ya tan turbado , y
su corazon ya tan triste , recibieron el
último golpe : su lenta dolencia corrió
mas aprisa en adelante , y aquella mu-
jer tan jóven , y quizás tan robusta ,
rehusando curarse y escondiendo los
pesares al afecto poco perspicaz de su
esposo , se dejaba morir al peso de la
melancolía y de la inercia.
-¡Infeliz de mí ! esclamó entrando
184

en su cuarto despues de haber sabido


la próxima llegada del jóven . ¡ Maldi-
cion á ese hombre que solo penetró
aqui para traer la desesperacion y la
muerte ! ¡ Dios mio ! ¿ Porqué tolerais
que se interponga entre vos y yo , que
se haga árbitro de mi suerte , que so-
lo le cueste alargar la mano para de-
cir : Es mia , yo trastornaré su razon ,
yo llenaré de desolacion su vida , y si
se me resiste derramaré el luto en tor-
no de ella , la cercaré de remordimien-

tos , de horror y de pesares ? ¡ Dios


mio ! ¿ Es justo que una mujer se vea
perseguida de este modo ?
Y se deshizo en llanto , porque el
recuerdo de Ramiere le traia el de
Nun mas fresco y doloroso .
-¡ Desgraciada de mí ! ¡ Infeliz com-
pañera de mis primeros años ! ¡ única
amiga , sola compatricia mia ! esclamó
con dolor , ese hombre te causó la
muerte . Para tí fué tan funesto como
485

para Indiana. Tú eras la única que me


amaba , que comprendia mis pesares ,
que sabias endulzarlos con tu cándida
alegria , y yo , desdichada , te he per-
dido despues de traerte conmigo de tan
lejos! ¿Con qué artificio pudo ese hom-
bre sorprender tu buena fe y obligar-
te á incurrir en una bajeza ? ¡ Ah! Él
te engañó sin duda , y no conociste tu
error hasta que miraste mi indigna-
cion. Yo fuí harto severa , Nun , lo fuí
hasta la crueldad , te reduje á la deses-
peracion , te causé la muerte. ¡ Des-
venturada ! ¿ porqué no aguardabas al-
gunas horas , y en ellas el aire se hu-
biera llevado mi resentimiento como
una lijera paja ? ¿ Porqué no venias á
llorar sobre mi pecho ? ¿ Porqué no
me dijiste : he sido engañada , he obra-
do sin conocer lo que hacia ; pero vos
lo sabeis bien , yo os respeto y os
amo ? Entonces te habria estrechado
en mis brazos , llorado contigo , y tú
16*
186

no hubieras muerto. ¡ Muerto , muer-


to ! tan jóven , tan bella, tan alegre !
Muerto á diez y nueve años y de un
modo tan horrible !
Y mientras lloraba de este modo la
pérdida de su compañera , sin saberlo
ella misma , lloraba las ilusiones de
tres dias , de los tres dias mas bellos
de su vida , los únicos en que habia
existido; porque durante ellos amó con
un delirio que Ramon, aun cuando fue-
ra el mas presuntuoso de los hombres,
no lo pensára nunca. Pero cuanto mas
ciego y violento habia sido este amor,
otro tanto le fué sensible la recibida
injuria : ¡ son tan grandes el pudor y
la delicadeza del primer amor en un
corazon como el suyo!
Sin embargo Indiana cedió mas bien
á un movimiento de vergüenza y de
despecho , que á una resolucion bien
meditada. A tener Ramiere algunos
instantes mas para implorar el perdon,
187

es indudable que lo consiguiera ; pero


la suerte burló su amor y su destre-
za , y al presente la señora de Delma-
re sínceramente creia aborrecerle .

SOPHE
PHILO

2
x.

El jóven Ramiere anelaba mas que


nunca el amor y el perdon de la se-
ñora de Delmare , no por fanfarrona-
da ni por despecho de amor propio ,
sino por que le parecia inasequible , y
ningun otro amor de mujer , ninguna
otra felicidad en la tierra tenia por
dignos de compararse con este. Tal era
su carácter. Una insaciable necesidad
de acontecimientos y de sensaciones
devoraba su vida: gustábale la socie-
dad con sus leyes y sus trabas porque
le ofrecia elementos de combate y de
resistencia , y el horrorizarle las re-
vueltas y la licencia era solo porque
prometian goces fáciles y tibios. Con
189

todo no fué insensible á la pérdida de


Nun. En el primer momento se causó
horror á sí mismo , y cargó un par de
pistolas con la intencion bien positiva
de levantarse la tapa de los sesos ; pero
le contuvo un sentimiento laudable.
¡ Qué seria de su madre ya anciana y

débil , de aquella mujer infeliz cuya


vida fué tan agitada y dolorosa , que
solo vivia para él , único bien y espe-
ranza última que le quedaba ! ¿ Era
justo despedazar su corazon , abreviar
los pocos dias de existencia que le
restaban ? No , de ninguna manera.
El mejor modo de reparar su crímen
era consagrarse en adelante esclusiva-
mente á su madre ; y con esta inten-
cion volvió á Paris , y puso todo su
cuidado en hacerle olvidar aquella es-
pecie de abandono en que la dejara
durante mucha parte del invierno . Te-
nia Ramon un poder increible sobre
cuanto le rodeaba , porque á pesar de
490

sus faltas y de los estravíos de su ju-


ventud , era en la sociedad un hom-
bre superior á los demas. No hemos
dicho en que se fundaba su reputacion
de saber y talento , porque esto no se
ajustaba con los sucesos que refería-
mos: tiempo es ya de manifestar que
aquel jóven , cuyas flaquezas hemos
visto, y a quien el lector tilda acaso
de lijero , es uno de los hombres que
ejerció mas poder sobre las ideas de
muchos franceses , cualquiera que sea
hoy la opinion de estos. En Francia se
han devorado con ansia sus folletos
políticos , y muchas veces leyendo los
periódicos de aquella época , no ha ha-
bido quien resistiera á su estilo , y á
las gracias de su lógica cortés y pro-
fana.

A la verdad está lejana la época á


que me refiero si se tiene presente que
ahora no contamos por siglos ni aun
por reinados , sino por ministerios.
191

Quiero hablar del año Martignac; de


aquella época de reposo y de duda ,
lanzada en medio de nuestra era polí-
tica , no como un tratado de paz , si-
no cual un convenio de armisticio ; de
aquellos quince meses del imperio de
las doctrinas que ejercian un influjo
tan singular en los principios y en las
costumbres , y al que se debe tal vez
el estraordinario fin de nuestra última
revolucion . Entonces florecieron los
talentos precóces , y harta desgracia
les cupo de haber nacido en los dias
de transicion y de transaccion , puesto
que pagaron su tributo á las disposi-
ciones conciliadoras y reflexivas de ese
tiempo. Nunca se ha llevado al estre-
mo de entonces la ciencia de las pala-
bras , ni la ignorancia y el disimulo
de las cosas : aquel fué el reinado de
las restricciones , y á la verdad no sé
quien mas echó mano de ellas , si los.
jesuitas con trage corto , ó los aboga-
192

dos con ropas talares. La moderacion


política se comunicó á las costumbres
como la finura de los modales , y á esa
primera época de cortesía vino á acon-
tecerle lo mismo que á la segunda :
sirvió de máscara á los odios enseñán-

doles á pelearse sin escándalo y sin


ruido . Para vindicar á los jóvenes de
aquella época , es preciso convenir en
que muchas veces fueron remolcados
como los buques menores por los na-
víos , sin saber de fijo á donde se les
arrastraba , y ufanos de hender las olas
é hinchar su flamante velámen .
Colocado por su nacimiento y su
fortuna entre los partidarios del abso-
lutismo , Ramon ofreció sacrificios á
las jóvenes ideas de su tiempo , adhe-
riéndose relijiosamente á la carta : él
á lo menos asi lo creia , é hizo todos
los esfuerzos imaginables para acredi-
tarlo ; pero las convenciones que han
pasado en desuetud , están sujetas á
193

ser interpretadas , y se abusó de la


carta de Luis XVIII , lo mismo que
del evangelio de Jesucristo , convir-
tiéndola en un testo , sobre el cual
ejercitaba cada uno su elocuencia, sin
que los discursos tuviesen mas resul-
tado que los sermones. Época de lujo
yde indolencia , durante la cual, an-
siosa de gozar sus últimas delicias , la
civilizacion se dormia en el borde de
un insondable abismo .
Ramon se habia colocado en esta
especie de línea intermedia entre el
abuso del poder y el de la licencia ;
terreno movedizo en donde los hom-
bres de bien buscan un abrigo contra
la borrasca que se prepara. Parecióle
como á otras cabezas faltadas de es-
periencia , que aun podia representar-
se el papel de publicista concienzudo:
error notable en un tiempo en que
todos aparentaban deferir á la voz de
la razon para con mas seguridad su
17
194

focarla unos y otros. Desnudo de pa-


siones políticas , creia estarlo tambien
de interés , y se engañaba á sí mismo,
porque la sociedad organizada cual en-
tonces , le era muy ventajosa , y un
cambio en ella habia de disminuir su
bienestar. Esta quietud de situacion
que se comunica hasta al pensamiento,
es un ejemplo de mucha importancia
para los que abrazan el moderantismo.
¿Qué hombre puede hallarse tan in-
grato con la providencia que le eche
en cara las agenas desgracias , si con
él se ha mostrado risueña y generosa?
¿ Quién era capaz de persuadir á esos
tiernos apoyos de la monarquia cons-
titucional que la constitucion era ya
vieja , que gravitaba sobre el cuerpo
social fatigándolo atrozmente , cuando
ellos la tenian por lijera , y no reporta.
ban de ella mas que ventajas ? ¿ Quién
cree la miseria sino la conoce ?
Nada mas comun y fácil que enga-
195

ñarse el que no careciendo de talento


conoce todas las sutilezas de la lengua;
reina prostituta , que se eleva y hu-
milla para representar todos los pape-
les , que se disfraza , se adorna , se
oculta y se eclipsa ; es una pleiteadora
que para todo tiene respuesta , que lo
ha previsto todo , y toma mil formas
para que le den la razon. El que me-
jor obra y piensa es el hombre mas
honrado ; pero el que mejor habla y
escribe , ese es el mas poderoso. Ra
mon, dispensado por la suerte de escri-
bir para conseguir un lucro , lo hacia
por gusto , y segun él decia , por de-
ber. La rara facultad que poseia de
refutar con el talento la verdad posi-
tiva , le hizo un hombre muy intere-
sante al ministerio ( á quien su opo-
sicion servia mucho mejor que la cie-
ga deferencia de sus criaturas ) y mas
aun á ese jóven y elegante mundo que
queria abjurar la ridiculez de los an
196

tiguos privilegios , sin perder el bene-


ficio de sus actuales ventajas. Es pre-
ciso convenir en que eran hombres de
gran talento los que contenian aun á
la sociedad próxima á hundirse en el
abismo , y que suspendidos á su vez
entre dos escollos, luchaban con calma
y desembarazo contra la amarga ver-
dad que iba á tragárselos. Formarse
de esta manera una conviccion opues-
ta á toda clase de verosimilitud , y
lograr que esta conviccion prevalecie-
ra por algun tiempo entre los hom-
bres que no tenian ninguna , es el arte
que mas me confunde , y que sobre-
puja todas las facultades de mi talen-
to áspero y grosero, porque yo no he
estudiado las verdades del recambio.

Apenas hubo penetrado Ramon por


segunda vez en aquel mundo , que era
su patria y su elemento , cuando sin-
tió su influjo vital y estimulante. Los
intereses de amor que le habian ocu-
197

pado , se desvanecieron por un mo-


mento á la vista de otros intereses
mas vastos y brillantes. Desplegó en
estos el mismo atrevimiento , el mis-
mo ardor; y al verse obsequiado por
lo mas distinguido de Paris , conoció
que amaba la vida cual nunca. Podia
reprochársele el olvidar un remordi-
miento secreto para recojer la recom-
pensa debida á sus servicios por la
patria. En su jóven corazon , en su ac-
tiva cabeza , en todo su ser vivaz y
robusto , sentia rebosar la vida por to-
dos sus poros , porque el destino le
hacia feliz á pesar suyo ; y entonces
reclamaba el perdon de una sombra
irritada ( cuyos gemidos tal cual vez
turbaron sus sueños ) por haber bus-
cado en su afecto hacia los vivos un
refugio contra los terrores de la tumba.
Apenas hubo recobrado la vida ,
cuando sintió la necesidad de mezclar
ideas de amor y proyectos de aventu-
17 *
198

ras á sus meditaciones políticas , y á


los sueños de ambicion y de filosofía.
Y al decir de ambicion , no entien-
do hablar de la de honores ó rique-
zas , que para nada habia menester ,
sino de la de renombre y popularidad
aristocrática. Al principio desesperó
de ver jamas á la señora de Delmare
despues del trágico desenlace de su
doble intriga; pero midiendo la es-
tension de su pérdida , avalorando en
su mente el tesoro que se le escapaba,
recobró la esperanza de volverlo á ad-
quirir , y con ella , el deseo y la con-
fianza; calculó los ostáculos que en-
contraria , y no le cupo duda de que
los mas difíciles de vencer vendrian
de parte de Indiana. Era pues indis-
pensable hacer que el marido prote-
giese su ataque , y por mas que esto
no fuese un recurso nuevo , era segu-
ro. Los maridos celosos son particu-
larmente los mas á propósito para
199

prestar este servicio. A los quince


dias de haber concebido tal idea , es-
taba Ramon por el camino de Lagny
en donde le esperaban á almorzar. No
será el lector tan exijente que quiera
saber con especificacion porque clase
de servicios prestados con oportuni-
dad consiguió hacerse agradable al se-
ñor de Delmare , y aun me parece
mas á propósito , ya que estoy en dis-
posicion de describir los rasgos de los
personages de esta historia , borronear
en un momento los del coronel .
En los pueblos cortos se llama hom-
bre de bien al que no quita cosa al-
guna de la propiedad agena , al que
no exije de sus deudores un maravedí
mas de lo que le deben , al que se
quita el sombrero cada vez que le sa-
ludan, que no molesta ni persigue á
las muchachas en los caminos , que
no pega fuego á los troxes del vecino,
y que no asalta á los pasajeros en la
200

encrucijada de su parque. Con tal que


respete escrupulosamente la vida y el
bolsillo de sus conciudadanos , no se le
exije mas : puede pegar á su mujer ,
maltratar á sus dependientes , arrui-
nar á sus hijos , porque nada de esto
incomoda á los otros. La sociedad solo
condena lo que la perjudica , lo de-
mas no es de su inspeccion.
Tal era la moral del señor de Del-
mare : no habia estudiado otro pacto
social que el de Cada uno en su casa.
Todas las delicadezas del corazon eran
para él puerilidades femeniles y suti-
lezas sentimentales : aunque sin talen-
to , sin tacto , y poco educado , gozaba
de una consideracion mas sólida de la
que dan la bondad y la sabiduria. Era
hombre de anchas espaldas y vigoroso
puño , manejaba á las mil maravillas
el sable y la espada , y á pesar de esto
tenia una delicadeza suma y asombra-
diza. Incapaz de conocer las chanzas,
201

ocupábale incesantemente la idea de


que se burlaban de él , y como no sa-
bia contestar á propósito , su única
defensa era imponer silencio con las
amenazas . Sus epígramas favoritos ver-
saban siempre sobre garrotazos que
distribuir , y empeños de honor á que
dar salida ; asi toda la provincia aña-
dia á su apellido el epiteto de valien-
te , porque en la apariencia la bravu-
ra militar consiste en tener buenas
espaldas , fornidos bigotes , echar vo-
tos y ternos , y poner mano á la es-
pada por cualquiera bagatela .
Lejos estoy de creer que la vida del
campo embrutezca á todos los hom-
bres , sin embargo me parece que es
necesario mucho mundo para resis-
tir á esos hábitos pasivos y brutales
de dominio . Quien haya servido co-
noće perfectamente lo que los sol-
dados franceses llaman culottes de
BI
BL
IO
T
202

peau ( 1 ) y convendrá conmigo en que


los hay en gran número entre los res-
tos de las viejas cohortes imperiales.
Esos hombres que juntados é impeli-
dos por una mano poderosa ejecuta-
ron tan mágicas hazañas se agiganta-
ban con el humo de las batallas ; pero
vueltos á la vida civil , los héroes no
eran sino soldados y compañeros atre-
vidos y groseros que raciocinaban co-
mo máquinas: ¡ felices aun sino se
consideraban en lasociedad como en un
pais conquistado ! A la verdad la cul-
pa no es suya sino del siglo. Espíri-
tus cándidos dieron crédito á las adu-
laciones de la gloria , y se dejaron
persuadir de que eran grandes patrio-
tas porque defendian la patria , unos
á pesar suyo , y otros por dinero. ¿ Y
( 1 ) Como si dijéramos , hombre a quien le na-
cieron los dientes en el campamento; hombre que
se destetó con pólvora; y otras frases semejantes.
203

cómo la defendieron esos millares de


hombres que abrazaron ciegamente el
error de uno solo , y que perdieron
tan miserablemente la Francia des-
pues de haberla salvado ? No me opon-
go á que la adhesion de los soldados
á su gefe sea grande y noble; pero á
esto no le llamo patriotismo sino fide-
lidad : á los vencedores de España les
felicito , mas no les remunero. En
cuanto al honor del nombre francés,
no puedo comprender esa manera de
establecerlo entre nuestros vecinos , y
dudo mucho que lo comprendieran los
generales del Emperador en esa triste
época de nuestra gloria ; pero nos está
prohibido hablar imparcialmente , y
por lo mismo callo, dejando á la pos-
teridad el encargo de juzgarnos .
El señor de Delmare tenia todas las
buenas calidades , y todos los vicios
de esa clase de hombres : cándido á la
par de un niño en órden á ciertas de-
204

licadezas de pundonor , sabia conducir


sus intereses al mejor fin posible , sin
curar del bien ni del mal que podrian
acarrear á los demas . Toda su con-
ciencia era la ley , toda su moral el
derecho. Tenia la probidad seca y rí-
jida de aquellos hombres que nada
piden prestado para no tener que vol-
ver , y que tampoco prestan por te-
mor de no recobrar. Era el hombre
honrado que ni quita ni da , que se
moriria antes de robar un haz de le-
îña en los bosques reales , y que sin
reparo mataria á un hombre que se
llevase una paja del suyo. Útil á sí
solo no era perjudicial á los otros , y
nada queria saber de los negocios age-
nos , temiendo verse obligado á pres-
tar algun servicio ; mas cuando creia
su honor empeñado en hacerlo , nadie
le aventajaba en celo y en caballerosa
- franqueza. Confiado como un niño , y
receloso al mismo tiempo á la par de
205

un déspota , creia un juramento falso,


y desconfiaba de una promesa sincera.
Para él todo consistia en la forma ,
siguiendo en esta parte la costumbre
militar : en sus decisiones no tenian
la menor parte ni la razon ni el buen
sentido , y cuando habia dicho : Esto
se ha de hacer , creia haber puesto un
argumento sin réplica.
De suerte que era imposible hallar
un carácter mas opuesto al de su mu-
jer, un corazon menos á propósito pa-
ra comprender el de aquella , un espí-
ritu mas incapaz de apreciarla. Y sin
embargo , la esclavitud habia engen-
drado en aquel corazon de mujer una
especie de aversion virtuosa y muda
que no siempre era justa. La señora
de Delmare dudaba demasiado de la
razon de su marido , puesto que lo
juzgaba cruel cuando solo era duro.
En sus arrebatos habia mas aspereza
que cólera ; y mas groseria que inso-
18
206
lencia en sus modales. La naturaleza.
no le hizo malvado : tenia instantes de

compasion que le llevaban al arrepen-


timiento , y entonces era casi sensible.
La vida militar habia erijido para él
en principio la brutalidad : con una
mujer menos fina y menos dulce hu-
biera sido temeroso como un lobo do-

mesticado ; mas aquella mujer estaba


disgustada de su suerte , y no procu-
raba hacerla menos amarga.
XI.

Al apearse del carruage en el patio


de la granja , Ramon sintió desfallecer
su ánimo . Iba á entrar otra vez en
aquella casa que tantos recuerdos traia
á su memoria. Los raciocinios en har-
monia con sus pasiones podian hacer-
le triunfar de los impulsos del cora-
zon , mas no sufocarlos , y en aquel
instante sentia los remordimientos con
la misma violencia que el deseo . La
primera figura que le salió al encuen-
tro fué la de Sir Ralph , y al contem-
plarle con el perpetuo trage de caza ,
acompañado de los perros , y grave co-
mo un Laird escocés , le pareció ver
andar el retrato que descubriera en el
208

cuarto de la señora de Delmare . A po-


cos momentos vino el coronel , y se
sirvió el almuerzo , sin que Indiana
pareciera. Al atravesar Ramon el ves-
tíbulo y la sala del billar , al recono-
cer aquellos lugares que entrevió en
circunstancias tan distintas , se sentia
tan malo que recordaba apenas el ob-
jeto que le habia traido.
-¡Con qué la señora no quiere ab-
solutamente bajar ! preguntó el coro-
nel al factotum Lelievre con alguna
acrimonia.
-La señora no ha dormido , dijo
Lelievre , y la señorita Nun... ( vaya,
que siempre me anda este nombre por
la lengua ) la señorita Fany , quiero
decir , me ha contestado que la señora
estaba durmiendo .
- ¿ Cómo puede ser eso si yo acabo
de verla en la ventana ? Fany miente.
Id á decir á la señora que está servi-
do el almuerzo , ó mas bien , hacedme
209

el favor de subir vos , mi querido Sir


Ralph , y ved si vuestra prima está
mala de veras .
Si el desdichado nombre que por
efecto de una costumbre acababa de
salir de los labios del criado comunicó
un doloroso temblor á los nervios del
huésped , la ocurrencia del coronel le
causó una estraña sensacion de cólera
y de celos.
-¡ En su cuarto ! pensó. No se con-
tenta con colocar alli su retrato , sino
que le envia en persona. Este inglés
parece tener aqui derechos que el ma-
rido mismo no osa arrogarse.
Cual si Delmare adivinara las re-
flexiones de Ramon :
- Esto no debe admiraros , le dijo.
Sir Brown es el médico de la casa , y
ademas primo nuestro , y un jóven be-
llísimo á quien amamos muy mucho.
Ralph estuvo ausente unos diez mi-
nutos . Ramon distraido é incomoda
18*
210

do , nada comia , y sin cesar sus ojos


se dirijian á la puerta. En fin pareció
el inglés .
- Realmente no está buena , dijo ,
la he ordenado que se meta en cama.
Sentóse á la mesa , comió con un
apetito envidiable , y Delmare no le
anduvo en zaga.
-No hay duda , discurrió Ramon ,
esto es un pretesto para no verme :
estos dos hombres no lo recelan , y el
marido está mas descontento que in-
quieto por el estado de su mujer. Es-
to es bueno : mis negocios andan me-
jor de lo que yo esperaba.
La dificultad reanimó el deseo , y la
imágen de Nun desapareció de aque-
llas habitaciones , á cuya puerta se
sintiera helado de terror , y bien pres-
to solo vió en ellas las lijeras formas
de Indiana. En el salon se sentó delan-
te del velador , examinó las flores del
bordado , tocó las sedas , y respiró el
211

aroma que sus dedos dejaron en ellas.


Ya habia visto aquella labor en el
cuarto de la señora de Delmare , cuan-
do apenas estaba comenzada , mas aho- 1 .
ra brillaban en ella mil flores , abier-
tas al soplo de la fiebre , y baññadas con
lágrimas diarias. Ramon sintió aso-
marse las suyas , y no sé decir por que
especie de simpatía hubo de alzar tris-
temente los ojos al horizonte que In-
diana tenia costumbre de contemplar ,
y apercibió á lo lejos las blancas pa-
redes de Cercy , que se desprendian
del fondo de las tierras grises.
La voz del coronel le hizo volver
en sí de repente. Vamos , mi buen
vecino , le dijo , es tiempo ya de cum-
plir mis promesas , la fábrica está en
movimiento , y todos los obreros atien-
den á sus respectivas tareas. Aqui te-
neis lápiz y papel á fin de que podais
tomar apuntaciones.
El jóven siguiendo al coronel , exa-
212

minó la fábrica con afan y curiosidad,


hizo observaciones , bastantes á probar
que la química y la mecánica le eran
igualmente familiares : prestóse con
indecible paciencia á las eternas di-
sertaciones de Delmare : convino con
algunas ideas suyas , combatió otras ,
y en todo se condujo de tal modo que
era fuerza persuadirse de que le esti-
mulaba en todo aquello un interés muy
particular , sin embargo de que ape-
nas atendia á cosa alguna , y de que
su pensamiento se encaminaba no mas
hácia la señora de Delmare .
A la verdad ninguna ciencia le era
estraña , ní indiferente ningun descu-
brimiento : ademas promovia los inte-
reses de su hermano , quien realmente
habia espuesto toda su fortuna en una
fábrica por aquel estilo , aunque mu-
cho mas vasta. Los conocimientos
exactos del señor de Delmare , única
especie de superioridad que este hom-
213
bre poseia , le presentaron entonces el
mejor medio para brillar en la conver-
sacion que con él tuvo.
Sir Ralph , poco comerciante , aun-
que muy sagaz político , hizo en la vi-
sita de la fábrica reflexiones económi-
cas de muy elevada esfera. Los traba-
jadores ansiosos de mostrar su habili-
dad delante de un hombre intelijente,
se escedian á sí mismos en actividad y
esmero. Ramon lo veia y escuchaba
todo , respondia á todo , sin pensar
mas que en la intriga amorosa que le
llevaba á aquel sitio.
Cuando hubieron discurrido bastan-
te en órden al mecanismo interior , co-
menzaron á razonar acerca del volú-
men y fuerza de la corriente del agua.
Encaramados sobre la esclusa , encar-
garon al capataz de la fábrica que le-
vantase łas palas á fin de inspeccionar
con atencion las variaciones de las cre-
cientes .
214

- Señor , dijo el obrero dirijiéndose


á Delmare que fijaba el maximum á
15 pies ; con perdon de mi amo , diré
que este año las hemos visto á 17.
- Es imposible que no os equivo-
queis. ¿ Cuando ha sido eso ?
-No me queda duda , señor ; fué la
víspera de vuestra vuelta de Bélgica ,
la noche en que se encontró ahogada
á la señorita Nun ; de modo que el
cuerpo pasó por encima del dique que
yeis allá abajo , y no se detuvo hasta
el lugar en que se halla ese caballero.
Y al decir esto con acento anima-
do , el capataz indicó el sitio que ocu-
paba Ramon . Este infeliz jóven se pu-
so pálido como la muerte : echó una
mirada despavorida al agua que cor-
ria á sus pies al ver pintarse en ella
su lívida figura le pareció que el ca-
dáver flotaba todavía en la superficie ,
atacóle un vértigo , y se habria caido
en la acequia si Brown , cogiéndole
215

del brazo , no le separára de la orilla.


- En horabuena , dijo el coronel sin
pensar en Nun , ni advertir el estado
de Ramon ; pero eso fué una cosa es-
traordinaria , y la fuerza media de la
corriente es de ... ¿ Pero qué teneis vo-
sotros dos ? dijo parándose de repente .
- Nada , respondió Ralph , he pisa-
do al señor volviéndome atrás , y lo
siento en el alma porque precisamente
le he de haber hecho daño .
Sir Ralph dió esta contestacion con
un tono tan calmoso y natural , que
Ramon creyó que pensaba decir ver-
dad : con este motivo se hicieron al-
gunos cumplimientos , y la conversa-
cion siguió su curso .
A las pocas horas Ramon marchó-
se de Lagny sin haber visto á la seño-
ra de Delmare , y como temió hallar-
la indiferente y tranquila , las cosas
iban mejor de lo que habia esperado .
No obstante volvió otro dia sin ser
216

mas feliz , puso en juego todos los re-


cursos de su talento para ganarse la
voluntad del coronel , a quien halló
solo , tuvo con él mil condescenden-
cias , elogió á Napoleon , á quien no
queria , deploró la indiferencia con
que el gobierno dejaba en abandono y
casi en desprecio á los ilustres restos
del ejército grande , se hizo tan parti-
dario de la oposicion como se lo per-
mitia su modo de pensar , entre mu-
chos de sus principios políticos pon-
deró aquellos que podian alhagar los
de Delmare , llegando hasta formarse
un carácter distinto del suyo para ga-
narse su confianza. Transformóse en
hombre naturalote , en un buen cama-
rada , en un tuno que no se toma pe-
na por cosa alguna.
-¡Si será capaz este hombre de con-
quistar algun dia á mi mujer!, refle-
xionó el coronel contemplándole cuan-
do se marchaba , y luego se puso á
217

sonreir consigo mismo , y á pensar


que Ramon era un hermoso jóven.
La madre de Ramiere estaba enton-
ces en Cercy : el hijo le encomió las
gracias y el talento de la señora de
Delmare , y sin empeñarse en que la
visitase , tuvo la destreza de inspirarle
esta idea.
-A la verdad , dijo ella , es la úni-
ca de mis vecinas á quien no conozco ,
y como he llegado despues de ella , á
mí me toca empezar : la semana próxi-
ma irémos á Lagny.
Llegó el dia.
-Ahora no se escapará , pensó Ra-
mon , y efectivamente la señora de
Delmare no podia de ningun modo
prescindir de su visita , y al ver bajar
del coche á una señora de edad, desco-
nocida , salió á recibirla hasta la es-
calera. Reconoció á Ramiere en el
hombre que la acompañaba ; no dudó
de que habia engañado á su madre pa-
Τ. Ι. 19
218

ra obligarla á este paso , lo cual hubo


de desagradarle en términos que le ins-
piró firmeza y tranquilidad. Acogió á
la señora con una mezcla de respeto y
afabilidad , mas su continente con el
hijo fué tan glacial que no pudo este
soportarlo por mucho rato. No estaba
acostumbrado á los desdenes , y su or-
gullo se irritó viendo que con una mi-
rada no podia vencer los que contra él
se habian preparado. Entonces toman-
do una resolucion , como hombre in-
diferente á un capricho , pidió permi-
so para ir al parque á ver al señor de
Delmare, y dejó solas á las dos mujeres.
Poco á poco , vencida Indiana por
el atractivo encanto que un talento su-
perior , unido á un alma noble y ge-
nerosa , derrama siempre en torno su-
yo , en su conversacion con la señora
de Ramiere se volvió buena , afectuo-
sa y casi festiva. No habia conocido
á su madre , y la señora de Carvajal
219

ápesar de sus dotes y de sus alaban-


zas , estaba muy lejos de llenar para
con ella aquel vacío ; asi fué que casi
sentia su corazon fascinado por la
madre de Ramon. Cuando este vino
á alcanzarla en el momento de tomar
el coche , vió como Indiana llevaba á
sus labios la mano que aquella le ten-
dia. ¡ Infeliz! érale indispensable unir-
se á alguna persona: todo cuanto en
su vida desdichada y solitaria le ofre-
cia una esperanza de interés ó de pro-
teccion era admitido por ella con
transporte , y ahora creyó que la ma-
dre de Ramon iba á preservarla de los
lazos que este le tendia.
-

Me arrojaré en brazos de esta esce-


lente mujer , pensaba, y si es preciso
se lo confesaré todo. La conjuraré pa-
ra que me salve de su hijo , y su pru-
dencia velará sobre él y sobre mí.
De bien distinta manera discurria
el jóven.
220

-¡Cuán buena es mi madre ! se de-


cia á sí mismo encaminándose á Cer-
cy ; su gracia y su bondad hacen pro-
dijios. Yo le debo mi educacion , to-
das las felicidades de mi vida , el apre-

cio en que me tiene el mundo ; ya so-


lo me faltaba deberle el corazon de
una mujer como Indiana.
Ramon pues amaba á su madre por
la necesidad que tenia de ella , y por
la dicha que le proporcionaba. Casi
todos los hijos aman á las suyas por es-
to mismo.
Algunos dias habian transcurrido
cuando recibió una esquela de convite
para ir á pasar tres dias á Bellerive ,
hermosa casa de campo que poseia Sir
Ralph entre Cercy y Lagny , en don-
de de acuerdo con los mas famosos
cazadores de la comarca , se trataba de
dar una batida á la caza que destruia
los bosques y jardines del propietario.
Aunque Ramon gustaba tan poco de
221

la caza como de sir Ralph , la señora


de Delmare hacia por lo comun los
honores de la casa de su primo en lan-
ces de aquella naturaleza , y con la es-
peranza de hallarla alli se resolvió muy
pronto. A la verdad por esta vez no
contaba Brown con su prima que se
escusó con la falta de salud ; mas el
coronel que se enfadaba de que su
mujer buscase diversiones , no podia
tolerar en manera alguna que rehusa-
se las que él le permitia.
- ¿ Con qué os empeñais , le dijo ,
en que crea toda nuestra vecindad que
os tengo cerrada bajo llave ? Me ha-
ceis pasar por un marido celoso , y es-
te es un papel muy ridículo que no
quiero representar por mas tiempo. Y
por otra parte ¿ qué significa esta falta
de miramiento hácia vuestro primo ?
¿ Os parece bien negarle este servicio
cuando le debemos el establecimiento
y la prosperidad de nuestra industria ?
19*
222

Le sois necesaria y vacilais ; estos ca-


prichos vuestros no los entiendo. Te-
neis la gracia de recibir bien á todas
las personas que me disgustan , y aque-
llas á quien yo aprecio tienen la des-
gracia de repugnaros á vos.
- Esta reconvencion , observó la se-
ñora , no me parece justa , supuesto
que amo á mi primo como á un her-
mano , y que nuestra amistad era ya
antigua cuando empezó la vuestra.
- Si , si , vos lo pintais todo perfec-
tamente , pero yo sé que no hallais á
Ralph bastante sentimental. ¡ Pobre
mozo! le tratais de egoista porque no
gusta de novelas , y no llora por la
muerte de un perro. Ademas , yo no
me refiero á él solo. ¿De qué manera
habeis recibido al señor de Ramiere ,
que es un escelente jóven, sin la menor
duda ? Os le presenta la señora de Car-
vajal , y lo admitís perfectamente ;
mas cuando tengo yo la desgracia de
223

apreciarle , os parece insufrible १ y


cuando viene á casa os meteis en ca-
ma. Parece empeño vuestro hacerme
pasarpor un hombre sin mundo. Tiem-
po es ya de que esto se acabe , y de
que os resolvais á vivir como los de-
mas .

Ramon creyó que no convenia,á sus


proyectos manifestar un grande anhe-
lo , pues las amenazas de indiferencia
surten buen efecto casi con todas las
mujeres que se creen amadas. Algunas
horas habia que comenzó la caza cuan-
do vino á casa de sir Ralph , y como
la señora de Delmare no debia llegar
hasta la tarde , se ocupó en preparar
el modo como debia conducirse . Pa-
recióle lo mejor disponer un medio
de justificacion , porque el momento
estaba cerca , podia contar con dos
dias , y dividió el tiempo de este mo-
do: lo que restaba de aquel dia , ya
muy adelantado , para conmover ; el
224

siguiente para persuadir ; el último


para ser feliz. Miró el reloj , y por
horas calculó el buen éxito de sus in-
tentos , ó la derrota de su empresa.
XII .

Dos horas habia que estaba en el


salon cuando oyó en la pieza inmedia-
ta la voz de la señora de Delmare. A
fuerza de meditar en su proyecto de
seduccion , se habia enamorado de él
como un autor del asunto de su obra,
ó un abogado de su causa; y la con-
mocion que esperimentó al ver á In-
diana podria parangonarse con la de
un actor bien penetrado de su papel,
que encontrándose delante del princi-
pal personage del drama , no distin-
gue de la realidad las ficticias impre-
siones de la escena. Estaba tan demu-
dada , que entre las nerviosas agitacio-
nes de su cérebro sintió Ramon un
226

afecto de sincero interes. La tristeza


y la enfermedad habian impreso tan
profundas huellas en su rostro que ya
no era hermosa , y al presente habia
mas gloria que placer en intentar su
conquista. Pero Ramon consideraba
como un deber suyo volver la vida y
la felicidad á aquella mujer.
Al verla tan pálida y melancólica
juzgó que no habria de luchar con
una voluntad muy firme. ¿Una cubier-
ta tan frágil podia ocultar acaso una
fuerte resistencia moral ? Creyó que
desde luego convenia interesarla en
favor de ella misma , imponerla con
su desventura y con el menoscabo de
su salud , para abrir en seguida su al-
ma al deseo y á la esperanza de me-
jor destino.
-¡Indiana! le dijo con una secreta
seguridad disfrazada con el aire de
una tristeza profunda , ¿ debia yo ha-
llaros en este estado? Yo nosabia que
227

seste momento , tanto tiempo esperado,


buscado con tanta ansiedad , hubiera
de causarme un dolor tan cruel. 1

Muy lejos estaba Indiana de esperar


semejante lenguage. Creia sorprender
áRamon en la actitud de un culpable
confundido y tímido en su presencia,
y sin embargo en vez de acusarse , de
mostrar arrepentimiento y dolor , solo
sentia tristeza y lástima por ella. Era
preciso que estuviese muy abatida y
quebrantada para inspirar compasion
á los que debieran implorar la suya.
Una francesa , una mujer de mun-
do no se hubiera desconcertado por
esto; pero Indiana tenia poco uso de
la sociedad , y le faltaban ademas la
destreza y el disimulo, necesarios para
conservar las ventajas de su posicion.
Aquellas palabras ofrecieron á sus ojos
el cuadro de sus pesares , y se le aso-
mó una lágrima en los párpados.
-Estoy mala en efecto, dijo sentán
228

dose débil y cansada en la poltrona


que le presentó Ramiere : me siento
muy mala , y delante de vos , caballe-
ro , tengo derecho de quejarme.
Ramon no esperaba ir tan aprisa.
Agarró , como suele decirse , la oca-
sion por los cabellos , y cojiendo una
mano, que encontró fria y seca :
¡ Indiana! esclamó , no digais eso ,
no digais que soy el autor de vuestros
males , porque el dolor y la alegria me
volverian loco .
-¡La alegria ! repitió ella, clavando
sobre él sus grandes ojos azules , llenos
de tristeza y de pasmo.
-Debiera haber dicho la esperanza,
porque si yo he causado vuestros que-
brantos , quizás podré remediarlos. De-
cid una palabra , añadió arrodillándose
en los cojines donde ella tenia los
pies , pedidme mi sangre , mi, vida....
-¡Ah ! Callad , le dijo Indiana con
amargura retirando la mano ; vos abu-
229

sásteis indignamente de mis promesas,


y en vano procuraríais ahora reparar
el daño que habeis hecho.
- Pues yo quiero repararlo , y lo
haré , gritó Ramon procurando asir
otra vez la mano .
-Es demasiado tarde , replicó In-
diana , volvedme mi compañera , mi
hermana , volvedme á Nun que era mi
sola amiga.
Un frio mortal recorrió las venas
del jóven : por esta vez no tuvo nece-
sidad de finjir su conmocion , pues la
que esperimentaba era de aquellas que
se dispiertan poderosas y terribles sin
el ausilio del arte .
-- Lo sabe todo , pensó, y ahora me
juzga.
Nada era para Ramon mas humi-
llante que oirse echar en cara su crí-
men por aquella que era su inocente
cómplice ; nada mas amargo que ver á
Nun llorada por su rival.
20
230

- Si señor , dijo Indiana alzando el


rostro bañado en lloro , vos sois la
causa de esa desgracia.
Pero se contuvo observando la pali-
dez de Ramon, que debia ser horri-
ble , puesto que nunca habia sufrido
tanto.

Entonces toda la bondad de su co-


razon , toda la involuntaria ternura
que aquel hombre le habia inspirado,
recobraron sus derechos sóbre la seño-
ra de Delmare.
-¡Perdon! dijo ella con espanto ,
yo os causo mucho mal , pero ¡ ah !
¡He sufrido tanto! Sentaos , y hable-
mos de otra cosa .
Este movimiento repentino de ge-
nerosidad y dulzura hizo mas profun-
da la emocion del jóven , de cuyo pe-
cho se escaparon algunos gemidos.
Llevó á sus labios la mano de India-
na , besóla , y la bañó en lágrimas.
Aquella fué la primera vez que pudo
231

llorar despues de la muerte de Nun , é


Indiana era la que alijeraba su alma
de peso tan terrible.
¡ Oh ! supuesto que la lloreis asi ,
dijo ella, vos que no la habeis cono-
cido; ya que tanto os aflije el daño
que me habeis causado , no me atrevo
á echároslo mas en cara. Llorémosla
juntos , caballero , para que desde los
cielos nos vea y nos perdone.
Un sudor frio bañó el rostro de
Ramon. Si aquellas palabras , vos que
no la habeis conocido , le habian liber-
tado de una ansiedad cruel , este lla-
mamiento á la memoria de su víctima
en la inocente boca de Indiana , le cau-
só un terror supersticioso. Alzóse con
el alma oprimida , y anduvo con agi-
tacion hácia una ventana , sobre cuyo
alfeizar se sentó para respirar mas li-
bremente. La señora se quedó en si-
lencio y conmovida hasta el último
estremo. Al ver á Ramon llorar como
232

un niño , y desfallecer cual una mu-


jer, sintió una especie de secreta ale-
gria.
¡Es bueno! se decia á sí mismo , me
ama, y su corazon es ardiente y ge-
neroso. Ha cometido una falta , pero
su arrepentimiento la espia , y yo de-
biera haberle perdonado antes.
Contemplábale enternecida , volvia
á encontrar confianza en él , y tomaba
los remordimientos del culpable , por
el arrepentimiento del amor.
-No lloreis mas , le dijo poniéndo-
se en pie y acercándose á él , yo soy
quien la mató , sola yo soy culpable.
Este remordimiento me aflijirá toda
la vida. Cedí á un impulso de des-
confianza y de cólera , la humillé y
lastimé su corazon. Sobre ella hice re-
caer toda la amargura que sentia con-
tra vos ; vos solo me habiais ofendido,
y castigué por ello á mi pobre amiga.
¡Oh! cuán cruel fuí con ella!
233

- Y conmigo , dijo Ramon olvidan-


do de pronto lo pasado para ocuparse
solo en lo presente.
Los colores se asomaron al rostro
de Indiana.
- Quizás , le dijo , no debiera acusa-
ros de la pérdida cruel que sufrí en
aquella noche terrible , mas no puedo
olvidar la imprudencia de vuestra con-
ducta para conmigo : la poca delicade-
za de un proyecto tan romancesco y
tan culpable me ha hecho padecer
mucho. Entonces me creia amada , y
vos ni siquiera me respetabais.
Ramon recobró su valor , su volun-
tad , su amor y sus esperanzas : la si-
niestra impresion que le habia helado
desvanecióse como una pesadilla , y se
dispertó jóven , ardiente , lleno de de-
seos , de pasiones y de futuras dichas.
-Si me aborreceis, soy culpable; es-
clamó arrojándose a sus pies con mo-
vimiento enérgico , pero si me amais,
20
234

ni lo soy , ni lo he sido nunca. Decid,


Indiana ¿ me amais ?
-¿Lo mereceis ? preguntó la jóven .
-Si para merecerte , insistió Ramie-
re , es preciso amarte con adoracion....
- Escuchad , interrumpió Indiana
abandonándole sus manos y clavando
en él sus húmedos ojos , en que por
intervalos brillaba un fuego sombrío,
escuchad : ¿ sabeis vos lo que es amar
á una mujer como yo ? No , no lo sa-
beis. Habeis creido que se trataba de
satisfacer el capricho de un solo dia,
juzgais de mi corazon por todos los
corazones desgastados en que habeis
ejercido hasta ahora vuestro efímero
imperio : ignorais que no he amado
todavia , y que no daré mi corazon
vírgen y entero en cambio de otro
marchito ya y gastado ; mi amor entu .
siasta , por un amor tibio ; mi vida
toda entera en recompensa de un rá-
pido dia.
235

- Señora , yo os amo con delirio ;


mi corazon tambien es jóven y ardien-
te , y sino es digno de vos , no hay
corazon de hombre que lo sea. Si , yo
sé como se os debe amar , y no habia
esperado este dia para comprenderlo.
¿Acaso no sé yo vuestra vida , no os
la conté en el baile la primera vez
que pude hablaros ? ¿Acaso no leí to-
da la historia de vuestro corazon en
la primera mirada que sobre mí fijás-
teis ? ¿ Y de qué me habré prendado?
¿Acaso de vuestra hermosura tan solo?
¡Ah! basta ella para hacer delirar á
un hombre menos ardiente y menos
jóven, pero si yo adoro esta delicada
y deliciosa cubierta , és porque encier-
ra un alma pura y divina, es porque
la anima un fuego celeste, porque en
vos mas bien que una mujer veo un
angel.
-Sé que poseeis el talento de ala-
bar , mas en vano procurareis lison-
236

jear mi vanidad , porque no necesito


homenages , sino afectos . Es preciso
amarme á mi sola , sin recompensa,
sin restriccion alguna ; es necesario
estar dispuesto á sacrificármelo todo,
la fortuna , la reputacion , el deber,
los negocios , los principios , la fami-
lia , todo , porque yo pondré el mismo
sacrificio en la balanza , y quiero que
la balanza quede en equilibrio. Bien
comprendeis que os es imposible amar-
me de este modo.

No era esta la vez primera que Ra-


mon veia en una mujer tomar el amor
como un asunto serio , aunque feliz-
mente para la sociedad estos ejemplos
son raros ; mas no ignoraba que las
promesas del amor ( felizmente tam-
bien para la sociedad ) no comprome-
ten el honor. Algunas veces la mujer
que habia exijido de él estos solem-
nes empeños fué la primera en rom-
perlos ; asi no le amedrentaron las exi-
237

jencias de la señora de Delmaré , ó


por mejor decir , no se acordó de lo
pasado , ni pensó en lo venidero para
dejarse arrastrar tan solo por el irre-
sistible encanto de aquella mujer tan
débil y apasionada , tan endeble en el
cuerpo y tan resuelta en el corazon y
en el espiritu . Estaba tan bella , tan
animada , tan imponente al dictarle
leyes , que se quedó fascinado á sus
pies.
-Te juro , le dijo , ser tuyo em
cuerpo y alma ; te voto mi vida , te
consagro mi sangre , te entrego mi vo-
luntad ; tómalo todo , dispon de todo,
de mi fortuna , de mi honor , de mi
conciencia , de mis sentimientos .
- Callad , dijo de repente Indiana,
aqui está mi primo.
En efecto entró el flemático Ralph
Brown con un aire muy calmoso , y
sorprendido y contento en su interior
de ver á su prima á quien no espera→
238

ba. Pidióle permiso para abrazarla, en


muestra de agradecimiento , é inclinán-
dose hácia ella con una lentitud metó-
dica , le besó los labios segun la cos-
tumbre de su pais.
La cólera hizo perder el color á
Ramon , y apenas hubo salido Ralph
á dar órdenes , cuando se acercó á In-
diana con la pretension de borrar las
huellas de aquel impertinente beso;
pero la señora de Delmare repelién-
dole con calma: si deseais que crea
en vos , le dijo, pensad que debeis re-
parar muchas [Link] no com-
,
prendió la delicadeza de esta negativa;
no vió en ella mas que una repulsa,
y se enfadó contra sir Ralph. Hubo
de advertir á poco rato que al hablar
en voz baja á Indiana la tuteaba , y es-
tuvo por creer que la reserva que el
uso imponia á sir Ralph en algunas
circunstancias , no era mas que la pru-
dencia de un amante feliz. Sin embar-
239

go se avergonzó bien prontode sus in-


juriosas sospechas cuando sus miradas
se encontraron con las miradas puras
de aquella jóven.
Por la noche Ramon estuvo feliz :
habia mucha gente ,todos le escucha-
ban , y no pudo sustraerse á la impor-
tancia que le daban sus conocimientos.
Habló , y á ser Indiana una mujer va-
nidosa hubiera gozado una felicidad
escuchándole , pero su espíritu sencillo
y recto hubo de amedrentarse de la
superioridad de Ramon. Luchó contra
el poder májico que ejercia en torno
de ella, especie de influjo magnético
que el cielo ó tal vez el infierno con-
cede á ciertos hombres ; imperio efí-
mero y parcial: tan positivo que nin-
guna medianía se libra de ellos , tan
fugaz que no dejan rastro alguno tras
sí , de manera , que despues de su
muerte admira el que se hayan hecho
tan célebres durante su vida.

1
240

Momentos hubo en que Indiana se


sentia fascinada por el brillo de aquel
espíritu , mas bien pronto se decia con
tristeza que ella no deseaba gloria sino
ventura. Preguntábase con miedo si
aquel hombre , para quien tenia la vi-
da tan diversas fases , tantos intereses
seductores , podria consagrarle toda el
alma , sacrificarle toda su ambicion de
cualquiera especie que fuese . Y mien-
tras él defendia á palmos con tanto va
lor y destreza , con tanto empeño y

sangre fria , doctrinas puramente es-


peculativas , é intereses del todo opues-
tos á su amor , aturdíase Indiana de
que ella fuese tan poca cosa en la vida
de Ramon , cuando él lo era todo en
la suya ; temió horrorizada no ser pa-
ra aquel hombre mas que un capricho
de un dia , cuando él fué para ella el
sueño de una vida entera.
Al ofrecerle el brazo para salir de
la estancia , le dirijió algunas palabras
241

de amor , á las que Indiana contestó


tristemente .
-Sois un hombre de mucho talento.
Comprendió Ramiere esta reconven-
cion , y el dia siguiente lo pasó á los
pies de su amante , ya que los demas
convidados les dejaron , merced á su
aficion por la caza , en libertad abso-
luta.
Ramon fué elocuente , é Indiana te-
nia tanta necesidad de creer , que la
mitad de su elocuencia estaba de so-
bra. ¡ Mujeres de Francia ! vosotras no
sabeis lo que es una criolla , y hubié-
rais cedido mas dificilmente á la con-
viccion, porque á vosotras ni es posi-
ble engañaros ni venderos.

21
XIII .

Cuando Ralph volviendo de la caza


consultó como tenia de costumbre el
pulso de la señora de Delmare , Ra-
mon que le observaba atentamente re-
paró en su pacífico rostro un imper-
ceptible matiz de sorpresa y de con-
tento. En aquel instante no sé por-
que secreto impulso se encontraron las
miradas de entrambos , y los ojos cla-
ros de sir Ralph , fijos como los de un
mochuelo en los ojos negros de Ra-
mon , les obligaron á bajarse á pesar
suyo. Durante el resto del dia el con-
tinente del Baronet al traves de su es-
terior imperturbabilidad, tuvo para con
la señora de Delmare ciertos visos de
243

atencion que hubieran podido llamarse


interes ó solicitud , á ser su fisonomia
capaz de reflejar algun afecto determi-
nado. Pero en vano procuró el amante
descubrir si en sus ideas se mezclaba
el temor ó la esperanza: Ralph fué
impenetrable.
Desde el sitio que ocupaba algunos
pasos detrás de la poltrona de Indiana,
oyó que sir Ralph le decia á media
VOZ :

-Harás muy bien, prima mia , en


montar á caballo mañana. ...

-Estoy dispuesta , contestó ella, pe-


ro ya sabeis que en este momento no
tengo caballo.
-Ya encontrarémos uno. ¿ Querrás
venir á cazar ?
Indiana buscó diferentes pretestos
para escusarse , y aunque Ramon co-
nociera que preferia quedarse con él ,
le pareció observar que su primo te-
nia un estraño interés en impedirlo.
244

Dejando entonces su lugar se vino há-


cia ella, y unió sus ruegos á los de
sir Ralph , pues como se sentia amos-
tazado contra aquel importuno rodri-
gonde la señora de Delmare , resolvió
mortificar su vigilancia.
- Si consentís en ir á la caza , dijo
á Indiana, me animareis á imitar vues-
tro ejemplo. Yo gusto poco de esa di-
version , mas por tener el honor de
ser vuestro escudero.....
-En ese caso seré de la partida ,
dijo irreflexivamente Indiana.
Mutuamente se dirijieron una ojea-
da de intelijencia ella y Ramon , mas
por muy rápida que fuese , Ralph la
sorprendió al paso , y durante la vela-
da no pudo Ramon mirarla ni dirijirle
la palabra , sin encontrar los ojos ó el
oido de Brown , y esto engendró en
su alma un sentimiento de aversion ó
de celos. ¿ Con qué derecho ese primo
ó amigo de la casa se erijia en peda
245
gogo de la mujer a quien él amaba ?
Juró que sir Ralph se arrepentiria , y
buscó ocasion de irritarle sin compro-
meter á la señora de Delmare , pero
todo fué en vano. Sir Ralph hacia los
honores de su casa con una política
fria y dignitosa que poco se curaba de
epigramas ni de contradicciones .
Al apuntar el alba del siguiente dia,
Ramiere vió penetrar en su cuarto la
solemne figura de su huésped. En sus
modales habia alguna cosa de mas es-
petado que lo comun , y con la espe-
ranza de una provocacion , sintió el
amante palpitar su pecho de deseo é
impaciencia ; mas solo se trataba de un
caballo de silla que Ramon trajo á
Bellerive , y que habia manifestado
deseos de vender. El contrato se cerró
en cinco minutos , Ralph lejos de ha-
cer objecion en cuanto al precio , sa-
cando del bolsillo un cartucho de mo-
nedas , las contó sobre la chimenea con
1 21 *
246

una sangre fria sumamente estraña ,


sin dignarse prestar oidos á las que-
jas que le daba Ramon por su escru-
pulosa exactitud. Apenas hubo salido
volvió atrás y le dijo :
-¿Supongo , caballero , que el ca-
ballo es mio desde este instante ?
-

Entonces creyó el huésped que su


objeto era impedirle que fuese á la
cazaa, y manifestó sin el menor mira-
miento que no pensaba ir á pie.
-

Caballero , respondió sir Ralph


con una lijera sombra de afectacion ,
conozco demasiado las leyes de la hos-
pitalidad ; y salió del aposento.
Al bajar Ramon al peristilo , vió á
la señora de Delmare vestida de ama-
zona , y jugando con Ofelia que se en-
tretenia en hacerle pedazos un pañue-
lo de batista. Sus facciones estaban
decoradas con una lijera tinta de púr-
pura , y sus ojos despedian un brillo ,
perdido desde mucho tiempo. Ya se
247

habia vuelto hermosa ; los bucles de


sus negros cabellos se escapaban del
sombrerillo : comunicábale aquel ador-
no de la cabeza mil embelesos , y el
vestido de paño , abotonado de arriba
abajo dibujaba su fino y flexible talle.
A mi parecer el principal encanto de
las criollas , consiste en que la escesi-
va delicadeza de sus rasgos y de sus
proporciones les conserva por mucho
tiempo la gentileza de la infancia. In-
diana risueña y juguetona parecia no
tener entonces mas que 12 años .
Admirado Ramon de su gracia es-
perimentó un sentimiento de triunfo ,
y le hizo acerca de su belleza el cum-
plido menos desabrido que pudo ocur-
rirle.
-

Estábais inquieto por mi salud, le


dijo ella en voz baja , pues bien ¿no
veis ya que deseo vivir ?
El amante solo pudo contestar con
una mirada de reconocimiento y de
248

placer, porque llegaba sir Ralph guian-


do para su prima un caballo que Ra-
miere reconoció por el mismo que le
habia comprado .
-¿Es posible , preguntó con sorpre-
sa Indiana que viera como el dia antes
lo probaban en el patio del castillo, es
posible que el señor de Ramiere tenga
la bondad de dejarme su caballo ?
-¿No ponderásteis ayer , preguntó
á su vez sir Ralph , la hermosura y
docilidad de este animal ? pues es
vuestro desde hoy , y siento no habé-
roslo podido ofrecer antes.
- Os volveis muy chistoso , primo
mio , dijo la señora de Delmare , yo
no comprendo una palabra de todo es-
to. ¿ He de dar las gracias al señor de
Ramiere porque me presta su caballo,
ó á vos que se lo habeis pedido ?
-

Es preciso dárselas á tu primo ,


dijo Delmare , porque loha comprado
y te lo regala.
249

- ¿Es cierto , buen primo mio? pre-


guntó la señora acariciando al hermo-
so animal con la alegria de una mu-
chacha que recibe el primer aderezo .
-¿No habíamos pactado que yo te
daria un caballo en cambio del traba-
jo que me estás bordando ? Vaya ,
móntalo , y no temas , porque conozco
su buena índole , y ademas lo he pro-
bado esta mañana. La jóven saltó al
cuello de Ralph , y de alli sobre el
caballo , que hizo caracolear con des-
treza.

Toda esta escena de familia pasaba


en un ángulo del patio y en presencia
del amante quien esperimentó una
,

violenta sensacion de despecho viendo


como se desahogaba delante de él el
sencillo y confiado afecto de aquellas
personas , cuando él amaba con pa-
sion , y quizás no podia contar con un
dia entero para poseer á Indiana.
¡Cuan feliz soy ! le dijo esta llamán-
250

dole á su lado por el camino. No pa-


rece sino que ese bueno de Ralph ha-
ya adivinado el presente que pudiera
serme mas grato. ¿ Y vos , Ramon , no
lo sois tambien viendo pasar á mi po-
der el caballo que tanto queríais ?
¡ Oh ! si , él será objeto de la mas tier-
na predileccion. ¿ Cómo le llamábais ?
Decídmelo , porque no quiero mudar-
le el nombre que le dísteis.
-Si hay aqui alguno feliz , dijo Ra-
mon , es vuestro primo , que os hace
regalos , y a quien vos abrazais con
tanta ternura .

-Y qué , preguntó Indiana riéndose


¿tendríais celos de esa amistad y de
esos besos ?
-¡ Celos ! puede ser que si , pero no
me atrevo á asegurarlo , mas cuando
ese primo jóven y encarnado junta sus
labios con los vuestros , cuando os
coje en sus brazos para colocaros en
lasilladel caballo que os regala y que
251
yo os vendo , confieso que sufro. No ,
no es para mí una felicidad veros due-
îña del caballo que yo amaba. Concibo
que es una felicidad ofrecéroslo ; mas
pasar plaza de chalan para proporcio-
nar á otro un medio de agradaros , es
una humillacion que ha manejado sir
Ralph con mucha delicadeza. Lo creo
efecto de la casualidad y no de su in-
jenio: de otro modo yo me vengaria .
-¡Jesus mil veces ! ¡ Y que mal os
pegan esos celos ! ¿ Cómo es posible
que nuestra amistad llana y franca pue-
da causar envidia á un hombre como
vos , á quien yo debo considerar como
fuera de la vida comun , á un hombre
que ha de crearme un universo de en-
cantos para mí sola ? Estoy desconten-
ta de vos , Ramon , porque veo que en
ese sentimiento de enfado contra mi
primo hay algo de amor propio ofen-
dido. Dijérase que apreciaríais mas la
fria preferencia que doy á Ralph en
252

público , que el esclusivo afecto que


puedo acordar á otro en secreto.
-¡ Perdon ! Indiana , ¡ perdon ! he
obrado mal , no soy digno de tí , án-
gel de bondad y de dulzura; pero lo
confieso , me hacen sufrir cruelmente
los derechos que ese hombre parece
arrogarse .
-¡ Arrogárselos ! ¡ Él arrogárselos ,
Ramon ! Segun eso no sabeis los mo-
tivos de sagrado reconocimiento que
nos ligan á él. Ignorais que su madre
era hermana de la mia , que nacimos
los dos en el mismo valle , que su ado-
lescencia protejió los años de mi ni-
ñez , que era mi único apoyo , mi úni-
co maestro , mi solo compañero en la
isla de Borbon , que me ha seguido
por todas partes , que dejó el pais que
yo dejaba para venir á habitar el que
yo habito , en una palabra que es el
único ser que me ama y que se inte-
resa por mí.
253

-¡Ay de mí ! todo lo que me decís


solo sirve para envenenar la llaga que
ese inglés ha abierto en mi corazon.
¿ Con qué él os ama ? ¿Y sabeis vos
de que manera os amo yo ?
-¡Ah ! No hagamos comparaciones.
Si os hiciese rivales un afecto de la
misma naturaleza , yo daria la prefe-
rencia al mas antiguo ; pero no temais
que nunca os pida un amor como el
que Ralph me profesa.
-Dadme pues á conocer á ese hom-
bre , Indiana, os lo ruego encarecida-
mente , porque no me parece dable
penetrar su máscara de hierro.
-¿Con qué es preciso , dijo ella son-
riéndose , que yo misma inciense á mi
primo ? Confieso que me repugna pin-
tároslo ; le amo tanto que quisiera
adularle , y tal como es , recelo que lo
hallareis defectuoso. Ayudadme pues ;
vamos á ver. ¿A vos que tal os pa-
rece?
Τ. Ι. 22
254

-Su figura ( perdonad si os ofendo )


da idea de un hombre absolutamente
nulo ; sin embargo cuando se digna
hablar se traslucen en sus palabras
instruccion y buen sentido comun , pe-
ro lo desempeña con tanta frialdad y
trabajo que nadie puede aprovecharse
de sus conocimientos ; tanto hiela y
fatiga su modo de decir: ademas hay
en sus pensamientos un no sé que de
comun y pesado que no compensa la
metódica pureza de la espresion. Creo
que su espíritu está imbuido de todas
las ideas que se le han dado , y que
es muy apático ó de harto mediana
condicion para tenerlas propias. Es
exactamente un hombre cual se nece-
sita para ser reputado por un filósofo
profundo . La gravedad constituye las
tres cuartas partes de su mérito , y la
restante la llenan su flojedad y la ne-
gligencia.
-Algo hay de verdad en ese retra-
255

to , dijo Indiana , pero no carece de


prevencion. Vos no vacilais en resol-
ver algunas dudas que yo , por mucho
que conozca á Kalph de toda la vida ,
no me atrevo á decidir. No niego que
su mayor defecto consiste en ver mu-
chas veces con los ojos agenos ; pero
esto no es culpa de su talento sino de
su educacion : he aqui porque asi co-
mo vos creeis que sin esta hubiera si-
do absolutamente nulo , yo opino que
lo habria sido menos. Una particula-
ridad sola de su vida os esplicará su
carácter. Por desgracia tuvo un her-
mano hacia quien sus padres mostra-
ron una preferencia decidida ; á la ver-
dad se hallaban en él todas las brillan-
tes calidades que á Ralph le faltan ,
porque aprendia con facilidad , tenia
disposicion para todo , era vivo como
una centella: su figura menos regular
que la de Ralph , era mas espresiva ;
era cariñoso , activo , servicial , en una
256

palabra , era amable ; mientras su her-


mano , por el contrario , era lerdo ,
melancólico , reservado , gustaba de la
soledad y aprendia á duras penas , sin
hacer alarde de sus escasos conoci-
mientos. Al verle sus padres tan dis-
tinto del hermano mayor dieron en
maltratarle ; y lo que es peor aun , le
hicieron sufrir humillaciones . Enton-
ces á pesar de los pocos años , su ca-
rácter se hizo sombrio y pensativo ,
una timidez invencible paralizó todas
las facultades de su alma , á fuerza de
inspirarle aversion y desprecio hacia
sí mismo , disgustóse de la vida ; y á
la edad de 15 años comenzó á padecer
de esplin : enfermedad que si en el
opaco clima de Inglaterra es esclusiva-
mente física , se ha vuelto absoluta-
mente moral en el cielo vivificador de
la isla de Borbon. Varias veces me ha
referido que un dia salió de su casa
para precipitarse al mar , y que estan
257

do sentado en la playa reasumiendo


sus ideas en el instante de ejecutar su
designio , me vió ir hacia él en bra-
zos de la negra que fué mi nodriza.
Entonces tenia yo cinco años , y dí-
cenme que era bonita , y que mostra-
ba por mi taciturno primo una pre-
dileccion que con nadie dividia : ¡ pe-
ro qué mucho si era tan cuidadoso ,
tan complaciente conmigo , y me tra-
taba con una dulzura que no hallé ja-
mas en la casa paterna ! Entrambos
éramos desgraciados , y ya nuestros co-
razones se entendian. Él me enseñaba
la lengua de su padre , y yo le tarta-
mudeaba la del mio. Quizás esa mez-
cla de español y de inglés era la imá-
gen del carácter de Ralph. Al arrojar-
me á su cuello noté que lloraba , y sin
saber porque me eché á llorar tam-
bien ; entonces me estrechó en su pe-
cho , y segun despues me ha dicho ju-
ró vivir para mí , para esta niña aban
22*
258

donada sino aborrecida , á quien su


amistad podria á lo menos ser prove-
chosa. Yo pues fuí el primero y úni-
co lazo que le ligó á la vida. Desde
entonces no nos volvimos á separar ;
entre la soledad de las montañas pasa-
mos años libres y puros ; pero tal vez
esta relacion de nuestra infancia os in-
comoda , y quisiérais mas bien dar un
escape para uniros á los cazadores.
- No , no , tontuela , dijo Ramon ,
cojiendo las riendas del caballo de la
señora de Delmare.
-Pues bien , continuó esta , prosigo
mi narracion. Egmundo Brown , her-
mano mayor de Ralph , murió á los
veinte años , siguiéndole á poco su
madre á manos de la tristeza, y dejan-
do á su padre inconsolable. Ralph hu-
biera querido endulzar su dolor , mas
la frialdad con que M. Brown acojió
sus primeras tentativas , aumentó mas
y mas su timidez natural, Pasaba las
259

horas triste y silencioso al lado de


aquel anciano desolado , sin atreverse
á dirijirle una palabra ni una caricia;
hasta tal punto temia ofrecerle con-
suelos intempestivos ó infructuosos.
Acusóle su padre de insensibilidad , y
la muerte de Egmundo dejó al pobre
Ralph mas infeliz y desconocido que
nunca . Yo era entonces su único con-
suelo.
- Por mucho que hagais , interrum-
pió Ramon , no puedo compadecerle ;
pero en la historia de vuestras vidas
hay una cosa que no puedo compren-
der , y es porque Ralph no se casó
con vos .

-Voy á manifestaros una razon muy


convincente. Cuando llegué á la edad
de casarme , mi primo que tenia diez
años mas que yo ( diferencia enorme
en nuestro pais , en que la infancia de
las mujeres es muy corta ) mi primo ,
digo , estaba ya casado.
260
-¿Con qué es viudo ? Nunca he
oido mentar á su mujer.
- No le hables de ella por ningun
estilo. Era jóven , ríca y bella , pero
habia amado á Egmundo y fué desti-
nada para él , y cuando condescendien-
do con los intereses y consideraciones
de familia , le fué preciso á Ralph to-
marla por esposa , no se empeñó ella
en ocultarle su aversion . Hubo de
acompañarla á Inglaterra , y aunque
despues de su viudez volvió á la isla
de Borbon , yo estaba ya casada con
el señor de Delmare , é iba á partir
para Europa. Ralph probó á vivir ais-
lado , pero la soledad agravaba sus ma-
les ; y aunque no me hablase de su
consorte , tuve motivos para creer que
fué mas infeliz en su matrimonio que
en la casa paterna , y que algunos re-
eientes у dolorosos recuerdos aumen-
taban su natural ' melancolía. Le atacó

de nuevo el esplin , y vendidos sus ca-


261

fetales , vino á establecerse en Fran-


cia. El modo como se presentó á mi
marido es original , y hubiera escita-
do mi risa á no interesarme el afecto
de Ralph .
- Caballero , le dijo , yo amo á vues-
tra esposa , yo la he enseñado , la con-
sidero como hermana , ó mas bien co-
mo hija mia. Es la única parienta que
me queda , la sola persona á quien
profeso cariño . ¿ Os desagradaria que
me estableciese cerca de vosotros y
que los tres pasásemos la vida juntos ?
Se dice que teneis celos ; pero al mis-
mo tiempo convienen todos en que
sois un hombre honrado y lleno de
probidad . Con aseguraros que nunca
he amado á vuestra consorte , y que
no la amaré nunca , podreis verme con
la misma tranquilidad como si real-
mente fuese cuñado vuestro . ‫ نے‬No es

verdad que lo hareis asi , Caballero ?


- El señor de Delmare que hace
262

ufanoso alarde de su lealtad militar,


acojió esta franca declaracion ostentan-
do confianza ; sin embargo pasaron
muchos meses de un atento examen
antes que esta confianza fuese tan ver-
dadera como él ponderaba. Ahora por
fin es inalterable á la par del alma
constante y pacífica de Ralph.
- ¿ Y vos , Indiana , preguntó Ra-
mon , estais bien persuadida de que sir
Ralph no se engaña á sí mismo al ju-
rar que nunca os ha amado?
-

Yo tenia doce años cuando él de-


jó la isla de Borbon para seguir á su
mujer á Inglaterra ; tenia diez y seis
cuando me encontró ya casada , y me
pareció que esto le causaba mas ale-
gria que pesar. Ahora Ralph es ya
viejo.
/ - ¿ A veinte y nueve años ?
- No lo tomeis á chanza. Su rostro
es jóven , pero su corazon está usado
de puro sufrir , y por esto no ama co-
263

sa alguna, temiendo nuevos padeceres.


-

¿Ni á vos siquiera?


- Ni á mi . Su amistad no es mas que
un hábito: fué generosa cuando se en-
cargó de instruir y protejer mi infan-
cia , y entonces yo le amé como él me
ama ahora , porque le habia menester.
Hoy pago la deuda de lo pasado , y
ocupo mi vida procurando embellecer
y divertir la suya. Mientras fuí niña
amé mas por instinto que por incli-
nacion , en vez de que él , hecho hom-
bre , me ama menos con el corazon
que por instinto. Me necesita porque
soy la única que le quiero , y ahora
que ve el afecto del señor de Delmare
hácia él , le ama casi tanto como á mí,
puesto que su proteccion para conmi-
go , en otro tiempo tan valerosa ante
el despotismo de mi padre , se ha he-
cho débil y prudente ante el de mi
marido . No se echa en cara mis sufri-
mientos con tal que me vea á su lado:
264
no se pregunta si soy desgraciada por-
que le basta ver que vivo , no quiere
concederme un apoyo que cuanto fue-
ra capaz de endulzar mi suerte tanto
le malquistaria con Delmare , y turba-
ria la paz de la suya. Apuro oirse de-
cir que tenia el corazon árido se lo
han hecho creer , y su corazon se ha
desecado en la inaccion , ó le ha de-
jado adormecerse por desconfianza . El
afecto de otra persona hubiera podido
desarrollar las buenas calidades de ese
hombre : pero alejándose de todos se
ha agostado , y como al presente fun-
da su felicidad en el reposo , y sus
placeres en las comodidades de la vi-
da , no inquiere los pesares que él no
siente , y para decirlo de una vez ,
Ralph es egoista.
- Pues bien , tanto mejor, dijo Ra-
mon , ya no le temo , y si vos lo de-
seais aun podré amarle.
-¡Ah ! si , amadle , Ramon , vuestro
265

cariño no le será indiferente : y á la


verdad poco importa averiguar por-
que , mientras sepamos de que mane-
ra nos aman ¡ feliz quien es amado ,
cualquiera que sea la causa !
-Lo que vos decís , esclamó Ramon
estrechando el delicado y flexible talle
de Indiana , es el lamento de un cora-
zon solitario y triste, pero conmigo,
yo quiero que sepais porque y de que
manera os amo; sobre todo porqué.
- Para hacerme feliz , ¿no es ver-
dad? preguntó la jóven dirijiéndole
una mirada llena de pasion y de tris-
teza.

-Para darte mi vida, respondió el


amante , besando los flotantes cabellos
de Indiana.
El sonido de un clarin les advirtió
que se pusiesen sobre sí ; presentóse
sir Ralph que les estaba viendo , ó
quizás no les veia.

25
XIV .

Soltados los sabuesos , admiró á Ra-


miere lo que en su concepto pasaba
en el alma de Indiana. Encendiéronse
sus ojos y sus facciones , y las hincha-
das ventanas de sus narices revelaban
no sé que sensacion de terror ó de
placer ; de repente dejando su costado,
y metiendo las espuelas en los ijares
del caballo , se lanzó tras las huellas
de sir Ralph . Ignoraba el jóven que
la caza era la única pasion que tenian
comun Indiana y su primo , y no esta-
ba menos distante de figurarse que en
una mujer tan endeble y en aparien-
cia tan tímida , residiese aquel ardor
mas que varonil , aquella especie de
267

intrepidez delirante , que de cuando


en cuando se encuentra , á la manera
de una crisis nerviosa , en los mas dé-
biles séres. Rara vez tienen las muje-
res el valor fisico que lucha en la
inaccion contra el dolor ó el peligro;
pero con frecuencia poseen aquel otro
valor , puramente moral , que se exal-
ta con el riesgo ó con los sufrimien-
tos. Las delicadas fibras de Indiana ne-
cesitaban el ruido , el movimiento rá-
pido , las emociones de la caza , imá-
gen compendiada de la guerra , con
sus fatigas , sus estratagemas , sus cál-
culos , combates y aventuras. Su vida ,
taciturna y carcomida por los pesares ,

habia menester aquellos violentos es-


tímulos ; parecia dispertarse entonces
de un letargo , y gastar en un dia to-
da la energía inútil que durante un
mes dejó fermentar en su sangre .
Ramon se horrorizó viéndola cor-
rer de aquel modo , abandonarse sin
268

temor á la fogosidad de un caballo


que conocia apenas , lanzarse osada-
mente á los sotos , librarse con admi-
rable destreza , con una sagacidad pas-
mosa, de las ramas , cuyo elástico vi-
gor azotaba su rostro , salvar las zan-
jas sin vacilar un momento , pen etrar
atrevidamente por el terreno cubierto
de hielo movedizo sin temor de des-
pedazar sus delicados miembros , y am-
biciosa de ser la primera en seguir la
humeante pista del javalí. Espant óle
tanta osadía , y casi le hizo disgustarse
de la señora de Delmare , porque los
hombres , en especial los amantes , tie-
nen la inocente fatuidad de desear mas
bien protejer la flaqueza de las muje-
res que admirar su valor. Ademas ,
¿por qué no he de decirlo ? asustóse
de la tenacidad y del atrevimiento que
prometia en amor un espíritu tan in-
trépido. ¡ Cuán distante estaba aquel
corazon del corazon resignado de Nun ,
269

que prefirió ahogarse á luchar con la


desgracia.
-Si hay, pensó en su interior , tan-
ta fogosidad y arrebatamiento en su
ternura como en sus gustos ; si su vo-
luntad se adhiere á mi tan ansiosa y
palpitante como su capricho á los ija-
res del javalí , la sociedad perderá con
ella todas sus trabas , las leyes toda su
fuerza ; será preciso que mi destino
sucumba, y que sacrifique mi porvenir
á su presente .
Algunos gritos de espanto y de an-
gustia , entre los cuales pudo distin-
guir la voz de Indiana arrancaron á
Ramiere de sus reflexiones . Lanzó el
caballo lleno de inquietud , y fué al-
canzado al momento por sir Ralph ,
que le preguntó si habia oido aque-
llas voces de alarma. Al punto llegá-
ronse á ellos algunos cazadores despa-
voridos , diciendo confusamente y á
gritos que un javalí habia hecho cara,
23*
1 270

y derribado á la señora de Delmare.


Otros cazadores mas asustados todavia,
corrieron llamando á Ralph , cuyo so-
corro necesitaba la persona herida.
-Ya es inútil , dijo otro que acaba-
ba de llegar , ya no hay esperanza al-
guna , y vuestros ausilios serian tar-
dios : llevaos á sir Ralph .
Y los oficiosos amigos de este , sin
respetar sus mortales ansias , quisie-
ron detenerle , y se resistieron abier-
tamente á él y á Ramon.
En aquellos momentos de pavor los
ojos de Ramiere se fijaron en el páli-
do y sombrío rostro de Brown. No
gritaba , no arrojaba espuma por la
boca , ni retorcia sus manos ; mas de
repente empuñó el cuchillo de monte,
y con una sangre fria verdaderamente
inglesa , se disponia á cortarse la gar-
ganta , cuando el otro le arrebató el
arma , y dispersando á viva fuerza á
los importunos , le précipitó hácia el
271

sitio de donde se oyeron los clamores.


Ralph pareció despertarse de un
sueño al ver á la señora de Delmare
que se lanzaba hácia él , ayudándole á
correr al ausilio del coronel , que es-
taba tendido en tierra sin dar señales
de vida. Sangróle al momento , pues
conoció que no habia muerto , pero
tenia roto el muslo , y fué trasladado
á la Quinta.
En cuanto á su señora , fué una equi-
vocacion nombrarla en vez de su ma-
rido en medio del desórden hijo de
aquel acontecimiento , ó mas bien
Ralph y Ramon creyeron oir el nom-
bre de la persona que mas les intere-
saba. Aunque nada habia sufrido In-
diana , el espanto y la consternacion le
quitaron hasta la fuerza para andar
Sostúvola Ramiere en sus brazos , y
se reconcilió con su corazon femenil,
viéndola tan profundamente conmovi-
da por la desgracía del esposo , á quien
272

tenia mucho que perdonar antes de


compadecerle.
Renació la acostumbrada calma de
sir Ralph , y tan solo una palidez es-
traordinaria revelaba la terrible emo-
cion que sintiera cuando creyó per-
der una de las dos personas á quienes
amaba en el mundo.
Ramiere , que en medio de aquella
turbacion y espanto , fué el único que
conservó bastante serenidad para com-
prender lo que veia , pudo juzgar
cuanto era el afecto de Ralph hácia
su prima , y cuan poco contrapesado
estaba por el que sentia en favor del
coronel. Esta observacion , que positi-
vamente desmentia el dictámen de In-
diana , quedó fija en la memoria de
Ramon como en la de algunos otros
testigos de aquella escena. Nunca sin
embargo habló á la señora de Delma-
re de la tentativa de suicidio que pre
senciára ; en cuya discrecion , poco
273

cortés , hubo alguna parte de egoismo


y de odio , que bien puede perdonár→
sele al sentimiento de rencorosos celos
porque fué inspirada.
No sin mucho trabajo fué traslada-
do el coronel á Lagny á las seis sema-
nas de su desgracia , y aun trascurrie-
ron otros tantos meses antes que pu-
diese andar ; porque á la rotura , ape-
nas soldada , del femur se añadió un
agudo reumatismo en la parte enfer-
ma, que le condenó á dolores atroces,
y á una inmovilidad absoluta. Su
mujer le cuidó con el esmero mas asi-
duo sin abandonar la cabecera de su
cama , ni prorrumpir en la menor
queja , soportó su humor áspero y re-
gañon , sus arrebatos de soldado , y sus
injusticias de enfermo .
A pesar de las incomodidades de tan
triste vida , su salud reverdeció fresca
y brillante , y la felicidad vino á po-
sarse en su corazón . Ramiere la ama-
274

ba, y la amaba de veras. Iba allá to-


dos los dias , todo lo sufria para verla;
soportaba las dolencias del marido , la
frialdad del primo , las dificultades de
hablarla á solas ; y al mismo tiempo
una mirada de Ramon colmaba de
gozo el alma de Indiana para todo un
dia , no se acordaba ya de lamentarse
de su vida , su espíritu estaba lleno,
su juventud ocupada , y su fuerza mo-
ral tenia por fin un nutrimento.
Poco á poco el coronel se fué agra-
dando del jóven. Su candidez le hizo
creer que aquella asiduidad solo era
una prueba del interés que su vecino
se tomaba por su salud; la señora de
Ramiere sancionó esta amistad con su
presencia , é Indiana se aficionó á la
madre de Ramon con entusiasmo. El
amante de la esposa vino finalmente á
ser el amigo del marido.
En este asíduo contacto , Ramon y
Ralph contrajeron por fuerza una es
275

pecie de intimidad : llamábanse con el


dictado de : mi querido amigo ; dában
se la mano mañana y tarde , al pedir-
se recíprocamente algun favor , solian
empezar : estoy demasiado seguro de
vuestra amistad etc. y por último al
hablar el uno del otro , decia : es ami-
go mio.
Sin embargo de ser dos hombres
tan francos como es posible serlo en
el mundo , no se amaban. Diferian
esencialmente de opinion en todas ma-
terias , no habia entre ellos simpatia
alguna , y si es verdad que ambos pro-
fesaban amor á la señora de Delmare,
era de un modo tan diverso , que este
sentimiento lejos de aproximarlos el
uno al otro , les separaba mas y mas.
Tenian un gusto particular en contra-
decirse , y en turbar su buen humor
recíproco por medio de vituperios ,
que si bien lanzados en la conversa-
cion como proposiciones generales , no
276

por esto llevaban menos aspereza y


amargura .
Sus principales y mas frecuentes
conversaciones comenzaban por la po-
lítica , y concluian por la moral. Reu-
nidos en torno de la poltrona de Del-
mare , con el mas frívolo pretesto en-
tablaban una disputa. Sin dejar nunca
de guardarse los aparentes miramien-
tos que imponia al uno la filosofía , é
inspiraba al otro la práctica del mun-
do , bajo el velo de la alusion , se di-
rijian sin cesar frases mordaces que
divertian al coronel , cuyo carácter ri-
joso y pendenciero le hacia apreciar
las controversias en defecto de bata-
llas.
Yo creo que la opinion política de
un hombre es el hombre todo entero .
Decifradme vuestra cabeza y vuestro
corazon , y no vacilaré en decir como
pensais en política. En cualquiera ran-
go ó partido que la casualidad nos ha
277

ya hecho nacer , nuestro carácter ven-


ce tarde ó temprano las preocupacio-
nes y las ideas debidas á la educacion.
Quizás se me tildará de sobrado ab-
soluto ; ¿ mas cómo podré resolverme
á augurar bien de un espíritu que se
adhiere á ciertos sistemas reprobados
por la generosidad ? Un hombre que
sostenga ser útil la pena capital , por
muy concienzudo é ilustrado que sea ,
nunca podrá tener simpatia conmigo:
vanamente se empeñará en enseñarme
verdades que ignoro , porque no está
en mi mano acordarle mi confianza.
Ralph y Ramon discordaban en to-
do , sin embargo de que antes de co-
nocerse no tenian opiniones esclusiva-
mente fijadas ; mas apenas empezaron
sus disputas , cojiendo el uno el estre-
mo opuesto de lo que sentaba el otro,
llegaron á formarse entrambos una
conviccion completa é inalterable. Ra-
miere fué siempre el campeon de la
24
278

sociedad tal como está , y Ralph ata-


caba su edificio por todos lados ; la
razon de esto es sencilla. El primero
era feliz , y la suerte se habia mostra-
do con él muy generosa , el segundo
nunca conoció mas que los disgustos
y los males de la vida : aquel todo lo
veia perfecto ; este estaba desconten-
to de todo. Los hombres y las cosas
habian tratado muy mal al segundo y
muy bien al primero , y ni mas ni me-
nos que dos niños ambos lo referian
todo á sí mismos , estableciéndose jue-
ces de las grandes cuestiones del ór-
den social , cuando ninguno de los dos
podia serlo competente.
Ralph sostenia siempre sus delirios
de república de la que desterraba to-
dos los abusos , todas las preocupacio-
nes y todas las injusticias : proyecto
fundado enteramente en la esperanza
de una nueva raza de hombres . Ra-
mon por el contrario , peleaba por su
279

doctrina de monarquia hereditaria ,


prefiriendo , segun él decia , los abu-
sos , las preocupaciones y las injusti-
cias á los cadalsos y al derramamiento
de sangre inocente. :

Al comenzarse la discusion, el coro-


nel estaba por Ralph , porque aborre-
cia á los Borbones , y su opinion iba
siempre guiada por la animosidad de
sus sentimientos ; mas bien pronto Ra
mon lo ganaba para su partido , pro-
bándole que la monarquia , conside
rada como principio , distaba mucho
menos del imperio que la república.
Ralph carecia del don de persuadir ,
pues el pobre baronet era tan cándido,
como poco diestro , merced á su fran-
queza tosca , á su lógica árida y á sus
principios harto absolutos. Nunca su-
po manejar las personas , ni endulce-
cer las verdades .
-

¡ Canario ! replicaba al coronel ,


cuando este maldecia la intervencion
280

de la Inglaterra , ¿ toda una nacion que


ha combatido lealmente contra vos ,
que os ha hecho suponiéndoos como
sois en realidad , un hombre de buen
sentido comun y razonable ?
-¡ Lealmente ! repetia el coronel ,
apretando los dientes y esgrimiendo la
muleta.

-Dejemos que las cuestiones de ga-


binete , replicaba Ralph , se decidan
de potencia á potencia , supuesto que
hemos adoptado una forma de gobier-
no que nos priva de discutir nuestros
intereses . Si una nacion ha de respon-
derde las faltas de su legislacion, ¿ cual
será mas culpable que la vuestra ?
- Por lo mismo , gritaba el coronel,
¡oprobio para la Francia que abando-
nó á Napoleon , y ha sufrido un rey
proclamado por las bayonetas estran-
geras !
-

Pues yo no digo oprobio para la


Francia , sino ¡ desgraciada Francia !
281

La compadezco , porque el dia en que


fué purgada de su tirano , se sintió tan
enferma y débil que hubo de aceptar
un arapo de carta constitucional , giron
de libertad, que comenzais á respetar
cuando os vereis muy pronto obliga-
dos á tirarlo para conquistar la liber-
tad entera.

- Entonces Ramiere recojia el guan-


te arrojado por el inglés. A fuer de ca-
ballero de la Carta , queria serlo tam-
bien de la libertad , y probaba per-
fectamente á Ralph que la una era la
espresion de la otra , y que rompien-
do la carta despedazaba él mismo su
ídolo. En vano el baronet daba vuel-
tas á los viciosos argumentos de Ra-
miere : este demostraba evidentemente
que un sistema mas lato de franqui-
cias conducia sin remedio á los esce-
sos del año 93 , y que la nacion no es-
taba todavía sazonada para una liber-
tad que no se convirtiera en licencia.
24*
282

Cuando Ralph suponia un absurdo


querer encerrar una constitucion en
un número fijo de artículos , que lo
que llenaba al principio no era bas-
tante despues , apoyándose en el ejem-
plo de un convaleciente cuyas necesi-
dades se aumentaban cada dia, y echa-
ba mano de todos estos lugares comu-
nes con su elocuencia fria y desnuda
de persuasion , su adversario contesta-
ba que la carta no era un círculo in-
flexible , que se dilataria con las ne-
cesidades de la Francia , dándole una
elasticidad que en su dictámen se pres-
taria mas adelante á las exijencias na-
cionales , por mas que en la realidad
se prestase solo á las de la corona.
En cuanto al coronel , no se habia
movido del año 1815 , era un estacio-
nario tan sistemático , tan testarudo
como los emigrados de Coblentz , sem-
piternas víctimas de su rencorosa iro-
nía. Como un niño viejo no pudo en
283

tender el grande drama de la caida de


Napoleon , y no vió mas que un lan-
ce de la guerra alli en donde triunfó
la opinion. Hablaba sin cesar de trai-
ciones y de la patria vendida , como si
toda una nacion pudiese vender á un
hombre solo , ó cual si la Francia se
hubiese dejado vender por algunos ge-
nerales . Acusaba á los Borbones de ti-
ranos , hallando menos los bellos dias
del Imperio en que faltaban brazos á
la agricultura y pan á las familias. Al
declamar contra la policía de Fran-
chet , ensalzaba la de Fouchè : en una
palabra el coronel estaba fijo en la
mañana inmediata á la batalla de Wa-
terloo .
En verdad que era una escena cu-
riosa oir las sentimentales boberias de
Delmare, y de Ramiere , delirantes
filantrópicos entrambos , el uno bajo
la espada de Napoleon , y el otro ba-
jo el cetro de S. Luis ; clavado aquel
284

al pie de las Pirámides , y sentado es-


te á la monárquica sombra de la en-
cina de Vicennes. Sus utopias que de
pronto se rechazaban entre sí , venian
finalmente á confundirse : Ramon alu-
cinaba al coronel con frases caballe-
rescas por cada concesion exijia diez ,
y le avezó de poco en poco á ver al-
zarse en espiral veinte y cinco años
de victorias sobre el asta de la bande-
ra blanca . No en vano derramaba
Brown sin cesar sus sequedades y su
aspereza sobre la florida retórica de
Ramiere este infaliblemente habria

conquistado á Delmare para el trono


de 1815 ; pero Ralph ajaba su amor
propio , y la torpe franqueza con que
pretendió alterar sus opiniones , afer-
rábalo en su conviccion á favor del
imperio. Entonces venian á ser inúti-
les todos los esfuerzos de Ramiere .
Ralph se paseaba con paso firme por
sobre las galas de su elocuencia , y sus
285

palabras acerbas y duras hundian aquel


débil edificio , como la piedra que
quiebra un cristal. El coronel volvien-
do encarnizadamente á su bandera tri-
color , juraba que algun dia sacudiria
su polvo, escupia las lises , colocaba
otra vez al duque de Reichstadt en el
trono de sus padres ; empezaba de
nuevo la conquista del mundo , y con-
cluia por plañirse de la vergüenza que
sobre la Francia pesaba , de los reu-
matismos que le tenian clavado en la
poltrona , y de la ingratitud de los
Borbones para con los añejos vigotes
tostados con el sol del Desierto , y he-
rizados con los hielos de la Moscovia.
-Sed justo , mi buen amigo , le de-
cia Ralph , criticais que la Restaura-
cion no haya galardonado los servicios
hechos al Imperio , ni asignado pen-
sion á los emigrados : decidme pues ,
si Napoleon pudiese revivir mañana
en todo su poder , ¿ os pareceria bien
286

que negándoos su favor se lo acordase


á los partidarios de la legitimidad?
Cada uno para sí y para los suyos :
esto no son mas que discusiones de
hechos , debates de interés personal ,
que nada le importan á la Francia
en el dia de hoy en que sois casi tan
inútiles como los tiradores de la emi-
gracion , y en que gotosos , casados ó
mohinos , no le servís para nada. Sin
embargo os ha de alimentar á todos ,
y no faltará alguno de entre vosotros
que aun se queje de ella. Cuando ven-
ga el dia de la República , se libertará
de todas vuestras exijencias , y ejerce-
rá lajusticia.
Estas reflexiones triviales pero evi-
dentes , ofendian al coronel como otras
tantas injurias personales , y Ralph ,
que á pesar de su recto juicio no com-
prendia que la pequeñez de espíritu
de un hombre a quien amaba pu-
diese ir tan lejos , acostumbrábase á
287

chocar con él sin miramiento alguno.


Antes de la llegada de Ramon con-
vinieron tácitamente aquellos dos hom-
bres en evitar todo motivo de conver-
sacion en que pudiesen trabarse inte-
reses ó puntos delicados ; pero Ramie-
re llevó á aquella soledad todas las su-
tilezas de lenguaje , y todas las pérfi-
das mañosidades de la civilizacion . Les
insinuó que todo puede decirse y
echarse en cara parapetándose con el
pretesto de la discusion ; introdujo el
uso de disputar , tolerado entonces en
las tertulias , porque las pasiones de
los cien dias acabaron por amortecerse
y fundirse en diversos matices . Pero el
coronel conservaba todo el ardor de las
suyas , y Ralph incurrió en un error
muy craso al creerle capaz de oir el
idioma de la razon . El señor de Del-
mare se agrió con él de dia en dia ,
aficionándose al otro jóven , que sin
hacer concesiones muy latas , sabia
288

conducir su amor propio tomando for-


mas mas graciosas.
A la verdad que es muy notable im-
prudencia introducir la política como
pasatiempo en el seno de las familias.
Si algunas se mantienen todavia en
paz y dichosas , les aconsejo que no se
aficionen á los periódicos , que no lean
ni el mas reducido artículo del presu-
puesto , que se atrincheren en el cen-
tro de sus propiedades como en un de-
sierto , y trazen una línea incomunica-
ble entre ellos y el resto de la socie-
dad , pues si permiten que llegue has-
ta ellas el estrépito de nuestras contes-
taciones , pueden contar por perdidas
su union y su sosiego. No es fácil cal-
cular hasta que punto la diverjencia
de opiniones políticas derrama la in-
tranquilidad y la hiel entre los parien-
tes: la mayor parte de las veces no es
mas que un motivo para echarse en
cara los defectos del carácter , las es
289

travagancias del espíritu ó los vicios


del corazon .
Los mismos que no hubieran osado
tratarse de bellacos , imbéciles , ambi-
ciosos ó cobardes , encierran esos mis-
mos dicterios en los epitetos de jesui-
ta , realista , revolucionario y justo-
medio. Las palabras son distintas , pero
son las mismas las injurias , tanto mas
mordaces , cuanto los que disputan se
han dado mútuo permiso para perse-
guirse y atacarse sin descanso , sin in-
duljencia , sin comedimiento . Enton-
ces desaparecen la tolerancia para las
faltas mútuas , el espíritu de caridad,
la reserva generosa ydelicada ; ya na.
da se disimula , todo se refiere á un
sentimiento político , y bajo esta más-
cara se desahogan el odio y la ven-
ganza. ¡ Felices habitantes de las cam-
piñas ! si es que hay campiñas en Fran-
cia , huid , huid de la política , y en
reunion de familia no leais otra cosa
T. I. 25
290

que el Peau d'âne ( 1 ). Mas el con-


tagio es tan grande que no hay retiro
bastante oscuro, ni soledad asaz pro-
funda para ocultar y proteger al hom-
bre , que quiere sustraer su corazon
manso á las borrascas de nuestras ci-
viles discordias .
En vano el castillejo de Brie se ha-
bia defendido durante muchos años
contra la funesta invasion , perdió final-
mente su reposo , su vida interior y
activa , sus largas veladas de silencio
y de meditacion. Ardientes disputas
turbaron el sueño de sus adormecidos
ecos , palabras amargas y amenazantes
espantaron á los marchitados queru-
bines , que hacia un siglo se sonreian
entre el polvo del artesonado: las emo-
ciones de la vida actual penetraron en
aquella antigua morada , y todas las
rebuscas añejas , todos aquellos restos

1 (1) Coleccion de cuentos , ó consejas.


291

de los tiempos de placeres y de lijere-


za hubieron de pasar con terror por
nuestra época de dudas y de declama-
cion , representada por tres personas,
que todos los dias se encerraban jun-
tas para disputar desde la mañana has-
ta la noche.

)
XV.

A pesar de tan continuas discusio-


nes , la señora de Delmare se aban-
donó á la esperanza de un porvenir
risueño , tan confiadamente , cual á sus
pocos años convenia , pero ¿ qué mu-
cho? si aquella era su primera dicha,
y su imaginacion ardiente , su cora-
zon jóven y fecundo dábale mil ador-
nos que nunca tuviera. Era injeniosa
para crearse goces vivos y puros , y
restituirse el complemento de los pre-
carios favores de su destino. Ramon
la amaba , y en verdad que no mentia
al decirle que era el solo amor de su
vida, puesto que nunca amó con tanta
pureza ni durante tanto tiempo. A su
293

lado olvidaba todo lo que no era ella,


el mundo y la política se borraban de
su memoria , y complacíase en aquella
vida interior , en aquellos hábitos de
familia creados por ella. Admiraba la
paciencia y la firmeza de aquella mu-
jer , el contraste de su espíritu con su
carácter , y sobre todo teníale pasma-
do que despues de la solemnidad de
su pacto primero se mostrase tan po-
co exijente , feliz con tan furtivas y
escasas dichas , y confiada con tanto
abandono y ceguera. ¡Ah ! El amor
era en su pecho una pasion nueva y
generosa ; reuníanse con él mil senti-
mientos delicados y nobles , dándole
una fuerza incomprehensible para Ra-
mon.

Habia de sufrir este la eterna pre-


sencia del marido ó del primo. Al
principio creyó llevarse en este amor
como en los anteriores ; mas bien
pronto Indiana le forzó á elevarse has
25*
294

ta ella. Su resignacion para soportar


la vigilancia , el aire de felicidad con
que le contemplaba á hurtadillas , sus
ójos que tenian para él un mudo y
elocuente lenguaje, su sublime sonrisa,
cuando en medio de sus pláticas una
alusion repentina ponia en contacto
sus corazones , atraia recíprocamente
sus miradas; estos hechos tan sencillos
muy pronto fueron para Ramiere gus-
tos finos y esquisitos, merced á la de-
licadeza de su espíritu y á la cultura
de su educacion ..
¡ Qué diferencia entre aquel ser cas-
to y que parecia ignorar la posibilidad
de un desenlace en su amor , y tan-
tas otras mujeres , ocupadas solo en
apresurarlo mientras figuraban huirle!
Cuando por casualidad se encontraba
á solas con ella , las facciones de In-
diana no se encendian con calor mas
vivo , ni volvia sus miradas con em-
barazo; no , sus ojos limpios y calmo
295

sos le contemplaban siempre con ena-


genamiento , una angelical sonrisa po-
saba sobre sus labios rosados á la par
de los de una niña que no ha recibido
mas besos que los de su madre. Vién-
dola tan confiada , tan amante , tan
casta , existiendo con solo la vida del
corazon , sin comprender los martirios
del de su querido , no se atrevia á ser
hombre , temiendo parecerle mas hu-
milde , mas abyecto de lo que ella se
Io habia imaginado , y por un efecto
de amor propio se hacia tan virtuoso
4
como Indiana.
Ignorante esta cual una verdadera
criolla , nunca hasta entonces le habia
ocurrido pesar los graves intereses que
ahora se discutian diariamente en su
presencia. Fué educada por Ralph ,
que tenia un concepto muy desventa-
joso de la inteligencia y del criterio
de las mujeres (porque juzgaba á to-
das por su madre) y que se redujo á
296

proporcionarle algunos conocimientos


políticos y de aplicacion inmediata.
Como solo tenia una tintura de la his-
toria del mundo , cualquiera diserta-
cion formal la fastidiaba ; mas cuando
oyó á Ramon aplicar á tan áridas ma-
terias toda la gracia de su talento , to-
da la poesía de su lenguaje , escuchó
y aun quiso comprender; y en breve
se atrevió á proponer aunque con ti-
midez dudas tan cándidas que las hu-
biera resuelto cualquiera niña de diez
años , educada en el gran mundo. Ra-
miere tuvo un placer en ilustrar aquel
talento vírgen que se abria sin trabajo
á sus principios , mas á pesar del im-
perio que ejercia sobre su alma inge-
nua y falta de esperiencia , algunas ve-
ces supo resistirse á sus sofismas.
Indiana oponia á los intereses de la
civilizacion , erijidos en principios ,
las ideas rectas y las sencillas leyes del
buen sentido y de la humanidad: sus
297

objeciones tenian un carácter de fran-


queza salvage que por mas que algu-
nas veces embarazase á Ramon , le en-
cantaba siempre por su originalidad
infantil . Tomó como un negocio serio
y creia ya una tarea importante atraer-
la poco a poco á sus ideas y á sus
principios. Habíase envanecido de rei-
nar sobre aquella conviccion tan con-
cienzuda y mostrada con tanta natu-
ralidad; pero no pudo conseguirlo sin
grandes esfuerzos. Los generosos siste-
mas de Ralph , su odio rígido á los
vicios de la sociedad , su áspera impa-
ciencia por ver reinar otras leyes y
otras costumbres , presentaban simpa-
tias muy análogas á los desdichados
recuerdos de Indiana. Mas de repente
sufocaba Ramon á su contrario de-
mostrándole que aquella aversion á
lo presente era obra del egoismo , pin-
taba con calor sus propios afectos , su
adhesion à la familia reinante, que sa
298
bia adornar con todo el heroismo de
una fidelidad peligrosa: su respeto há-
cia la creencia perseguida por sus pa-
dres , sus sentimientos religiosos acer-
ca de los cuales no queria discutir;
pero si conservar por necesidad y
por convencimiento; y ademas la ven-
tura de amar á sus semejantes , de ad-
herirse a la generacion presente con
todos los lazos del honor y de la filan-
tropía , el gusto de servir á su pais,
rechazando las inovaciones arriesgadas,
manteniendo la paz interior , y dando,
si preciso fuese, toda su sangre para
ahorrar una sola gota al último de sus
compatriotas. Pintaba todas estas bellas
utopias con tal arte y encanto , que
Indiana se dejaba arrastrar hácía la
necesidad de querer y de respetar todo
lo que Ramon queria y respetaba. A
la verdad estaba demostrado que Ralph
era egoista: cuando sostenia una idea
generosa , sonreíanse todos; pues era
299

indudable que en tales casos su espíritu


y su corazon no iban de concierto,
¿No era mejor creer al amante , cuya
alma era tan ardiente , tan grande ,
tan espansiva?
Con frecuencia casi olvidaba Ra-
mon su amor para acordarse solo de
su antipatía. Cerca de la señora de
Delmare no veia mas que á Ralph ,
que con su buen sentido frio y tosco,
osaba unirse á él , que era hombre
muy superior , y que habia aterrado á
mas nobles contrarios. Se consideraba
humillado en la lucha con tan débil
enemigo , y entonces para sufocarlo
con el peso de la elocuencia , movia
todos los resortes de su talento , y
Ralph atolondrado , lento en réasumir
sus ideas , y mas lento aun para espli-
carlas , confesaba su debilidad.
En aquellos momentos creia India-
na que Ramon no se acordaba abso-
lutamente de ella y sufria ratos de in-
300

quietud y de terror pensando que tal


vez aquellos grandes y nobles senti-
mientos , tan bien espresados , eran no
mas la pomposa ostentacion de voca-
blos , la irónica facundia del abogado
que se escucha á sí mismo , y ensaya
la comedia sentimental con que debe
sorprender la hombria de bien del au-
ditorio : temblaba sobre todo cuando
al encontrarse sus miradas , parecíale
ver brillar en ellas , no el placer de
que ella lo hubiese comprendido , sino
el triunfo del amor propio , satisfecho
del modo como defendiera su causa.
Entonces llena de miedo pensaba en
Ralph , el egoista , con quien tal vez
eran todos injustos; pero el inglés no
1
sabia decir cosa alguna para prolongar
aquella incertidumbre , y Ramon era
muy diestro en disiparla.
De tales antecedentes resultaba que
en aquella reunion solo habia una exis-
tencia verdaderamente conturbada, una
301

felicidad en gran manera disminuida ,


y eran la existencia y la felicidad de
Brown. Hombre nacido con desgracia,
para quien nunca tuvo la vida un as-
pecto risueño , ni un gozo completo y
penetrante : infortunio grande y oscu-
ro que nadie compadecia : suerte cier-
tamente maldita , pero sin un viso
poético , sin aventuras ; destino comun,
lugareño y triste , que no endulzó la
amistad , ni pudo el amor llenar de
encantos; que se consumia en silen-
cio con el heroismo propio del deseo
de vivir y de la necesidad de esperar;
sér aislado que , á la par de los otros ,
tuvo un padre , una madre , un her-
mano , una mujer , un hijo , y una
amiga ; pero que nada habia recojido
ni guardado de todas esas afecciones :
estrangero en la vida , que transcur-
ria entre la dejadez y la tristeza ; sin
tener siquiera el exaltado sentimiento
de su romancesca desventura , á cuyo
26
302

influjo se encuentran embelesos en el


dolor mismo .
A pesar de la firmeza de su carác-
ter , aquel hombre infeliz sintió algu-
na vez desfallecer su virtud : odiaba á
Ramon , y con una palabra podia des-
terrarlo de Lagny ; mas no lo hizo
porque tenia una creencia mucho mas
poderosa que mil creencias de Ramon.
Su valor y sus sacrificios no eran obra
de la monarquia , ni de la sociedad ,
ni de la reputacion , ni de las leyes :
éranlo si de la conciencia.
Habia vivido solo hasta tal punto
que no pudo acostumbrarse á contar
con los demas ; pero al mismo tiempo
en medio de aquel aislamiento no su-
po conocerse á sí propio. Se hizo un
amigo de su corazon ; á fuerza de cer-
rarse en él y de preguntarse las causas
de las agenas injusticias , se aseguró de
que no las merecia por ningun vicio;
y en adelante ya no le incomodaban
303

porque no hacia caso de su persona ;


insípida y comun á sus mismos ojos.
Comprendiendo la indiferencia de que
era objeto , se habia conformado con
ella, mas su alma le decia que era ca-
paz de sentir todo lo que él no inspi-
raba , y á la par que resuelto á perdo-
nárselo todo á los demas , estaba deter-
minado á no tolerarse nada á sí. Esta
vida puramente interna , estos afectos
esclusivamente íntimos , le daban to-
das las apariencias del egoismo , y tal
vez nada se parece tanto á este defecto
como el respeto hácía uno mismo.
Mas como acontece a menudo que
queriendo obrar demasiado bien se
obra peor , sir Ralph por poca delica-
deza cometió una grave falta , causan-
do un daño irreparable á la señora de
Delmare , por temor de cargar su con-
ciencia conun reproche. Consistió es-
ta falta en no instruirla acerca de la
verdadera causa de la muerte de Numm
304

Entonces habria sin duda reflexiona-


do en órden á los riesgos que acompa-
ñaban á su amor hacia Ramon ; pero
mas adelante verémos porque Brown
no se atrevió á ilustrar á su prima , y
porque, penosos escrúpulos hubo de
guardar silencio en tan importante ma-
teria. Cuando se decidió á romperlo ,
era harto tarde, puesto que Ramon
ya habia tenido tiempo de establecer
su imperio.
Un suceso inesperado acababa de
trastornar el porvenir del coronel y
de su mujer. Una casade comercio de
la Bélgica , en que se cimentára toda
la prosperidad de la empresa de Del-
mare , quebró de repente , y el coro-
nel , restablecido apenas de sus males
partió con prisa para Amberes. Su
debilidad y sus males estimularon á su
señora á acompañarle; pero Delmare,
amenazado por una ruina completa , y
resuelto á cumplir con todos sus em-
305

peños , temió que su viaje se reputase


por una fuga , y quiso dejar á su mu-
jer en Lagny , como un fiador de su
vuelta. Reusó tambien la compañia
de Ralph , rogándole que se quedase
para servir de apoyo á Indiana contra
las demasias que pudieran intentar los
acreedores inquietos ó exijentes .
En medio de tan desagradables cir-
cunstancias solo estremecia á Indiana
la posibilidad de salir de Lagny y ale-
jarse de Ramon ; mas él la tranquili-
zó manifestándole que el coronel no
podia ir mas que á Paris. Juróle ade-
mas que él la seguiria á todas partes
y bajo cualquier pretesto , y aquella
mujer crédula tuvo casi por feliz la
misma desgracia , que le ofrecia un
medio de probar el amor de Ramie-
re . En órden á este le absorvia ente-
ramente una ésperanza vaga , un pen-
samiento irritante y contínuo desde la
nueva de aquel suceso: al fin iba por
26*
306

primera vez á hallarse solo con India-


na despues de seis meses. Al parecer
ella nunca procuró huir de él , y aun-
que no anhelase triunfar de un amor
en que la sencilla castidad tenia para
él el atractivo de la singularidad , co-
menzó á persuadirse de que era un
empeño de su honor el que tuviese en
el mundo un resultado . Rechazaba con
probidad cualquiera insinuacion mali-
ciosa acerca de sus relaciones con la
señora de Delmare : aseguraba con la
mayor modestia que entre ambos solo
existia una amistad dulce y tranqui-
la ; mas por nada en el mundo hubie-
ra querido confesar , ni aun á su ma-
yor amigo , que despues de cinco me-
ses de ser querido con entusiasmo ,
nada habia obtenido aun de aquel
amor.
Menguáronse en verdad sus espe-
ranzas viendo que Ralph parecia de-
terminado á reemplazar á Delmare en
307

la vigilancia: que se presentaba en


Lagny por la mañana sin volver á
Bellerive hasta la noche , y como du-
iante un largo trecho seguian el mis-
no camino , el inglés llevaba hasta un
esceso de política insoportable el em-
peño de no marcharse mientras á
Ramon no le pluguiese. Este espíritu
de contradiccion se hizo muy odioso
al amante , y en él creyó entrever la
señora de Delmare una desconfianza
injuriosa para ella, y un ánimo al mis-
mo tiempo de arrogarse un poder des-
pótico sobre su conducta.
Ramon no osaba pedir una entrevis-
ta secreta : cada vez que lo habia in-
tentado , la señora de Delmare le re-
cordó algunas condiciones establecidas
entre ellos . Ocho dias transcurrieron
desde la partida del coronel , y como
podia volver muy pronto , era preciso
aprovechar la oportunidad. Ceder la
victoria á Ralph teníalo Ramon por
308

deshonroso , y asi puso en manos de


Indiana la carta siguiente .
"¡ Indiana ! ¿ Con qué vos no me
» amais cual yo os amo ? ¡ Angel mio
» yo soy desgraciado , y vos no lo cono-
» ceis . Estoy triste , inquieto por vues-
>> tro porvenir, no por el mio , porque
» do quiera que vos esteis alli iré yo á
» pasar la vida ó á morir ; pero la mi-
seria me horroriza por vos : débil , de-
>> licada cual sois , dulce amiga mia ,
» ¿ cómo pudiérais soportar las priva-
>> ciones ? Teneis un primo rico y gene-
» roso , y vuestro marido aceptará tal
>> vez de su mano lo que rehusaria de
» la mia. Ralph endulzará vuestra suer-
»te, y yo , i¡ infeliz de mí ! nada podré
>> hacer por vos .
» Ved pues , tierna amiga de mi co-
» razon , ved si tengo motivo de estar
>>triste y sombrío : vos sois una mujer
» heroica , os reis de todo , y no quereis
» que yo me aflija . ¡ Ah ! ¡ Cuánta nece-
309
» sidad tengo de oir vuestras dulces pa

» labras, de que sostengais mi valor con


» una de vuestras miradas ! Por una fa-
>>> talidad inconcebible , estos dias que yo
>> creia pasar con libertad á vuestros
» pies , me han traido inconvenientes
» mas obstinados.
« Hablad una palabra, Indiana , para
» que estemos solos á lo menos una ho-
>> ra , haced que pueda yo llorar sobre
>> vuestras blancas manos , deciros todo
»lo que sufro, y oir como me consuela
»y tranquiliza una palabra vuestra.
« ¿ Lo creeríais , Indiana ? tengo un
» capricho de niño , un verdadero ca-
» pricho de amante ; quisiera entrar en
>> vuestro cuarto. ¡ Ah ! No os alarmeis ,
» por esto , dulce criolla mia . Estoy
« comprometido no solo para respeta-
>> ros , sino para temeros ; por esto qui-
>> siera penetrar en aquella estancia, ar-
>> rodillarme en aquel sitio en que os ví
» medio vestida , y en donde á pesar de
310

» mi audacia , no me atreví á mira ros.


» Quisiera prostern arme alli, pasar una
D
» hora de recojimiento y de felicidad ,
» y por todo favor solo te pediré que
» pongas tu mano sobre mi corazon y
» le purifiques de su crímen , le calmes
»si palpita agitado , le vuelvas toda tu
» confianza , si me crees digno de ella.
» ¡ Oh ! Si yo quisiera probarte que
» ahora lo soy , que te conozco bien ,
» que te doy un culto mas puro y mas
» santo que el mas santo y puro que una
» niña haya tributado á la Vírgen. Qui-
» siera estar seguro de que ya no me te-
» mes , de que me estimas tanto como
» yo te venero : recostado sobre tu co-
» razon , querria una sola hora vivir la
» vida de los ángeles. Di , ángel de mi
» ventura , ¿ lo quieres ? Una hora , una
‫ע‬
» sola , la primera , la última acaso.
«Tiempo es ya de que me absuelvas ,
» Indiana , de que me vuelvas la con-
» fianza que tan cruelmente me arreba-
311

» taste y que habré recobrado á tanta


» costa. ¿ No estás contenta de mi ?
"¡ Qué! ¿ No he pasado seis meses de-
» trás de tu silla , limitando todos mis
» deseos á mirar tu espalda de nieve ,
» inclinado sobre tu labor , y al traves
» de los bucles de tu negro cabello? ¿ res-
>>pirando el aroma que despide tu cuer-
»po y que traia hasta mi el aire de la
» reja ante la cual te sientas ? ¿Tanta
>> sumision no merece una recompensa?
» ¿ Un beso de hermana , si asi lo quie-
» res , un ósculo en la frente ? Yo seré
» fiel á nuestro convenio , te lo juro....
‫ ¿ ע‬Pero es posible que tu crueldad lle-
» gue hasta el punto de no concederme
>> cosa alguna? ¿ Acaso tienes miedo de
>> ti misma ? »
>
La señora de Delmare subió á leer
esta carta á su aposento , respondió al
punto , y entregó la contestacion con
una llave del parque , que Ramiere
conocia perfectamente .
312

¡Yo temerte , Ramon ! Oh ! no ,


ahora no te temo . Demasiado conozco
» tu amor , y me entrego á él con de-
>> masiada embriaguez. Ven pues , tam-
» poco me temo á mi misma , y quizás
>> si te amase menos no estaria tan tran-
>> quila , mas yo te amo de un modo

» que ni tu mismo comprendes . Vete


>> temprano porque Ralph no sospeche,
» vuelve á las doce de la noche , ya co-
» noces el parque y la casa , te entrego
» la llave de la puerta escusada que cer-
>>
>> rarás en habiendo entrado . >>

Esta injenua y generosa confianza


hizo avergonzar á Ramon que habia
procurado inspirarla con ánimo de
abusar de ella , porque contaba con la
noche , con la ocasion , con el peligro.
Si Indiana se hubiese mostrado teme-
rosa , era perdida ; mas aparecia tran-
quila , se abandonaba á su palabra , y
él pensó no darle motivo de arrepen-
tirse . Ademas lo que importaba era
313
pasar una noche en su cuarto á fin de
no tenerse á sí mismo por un necio,
de burlar la prudencia de Ralph , y
de poderse reir de él interiormente .
Conocia que le era necesaria esta sa-
tisfaccion personal .

27
XVI.

Precisamente Ralph estuvo aquella


noche insufrible , nunca habia sido
tan pesado , frio ni fastidioso : no tu-
vo ninguna ocurrencia feliz , y para
colmo de torpeza , era ya muy tarde
y no se disponia á marchar. Indiana
comenzaba á inquietarse , mirando al-
ternativamente el reloj de sobremesa
que señalaba las once , la puerta que
hacia crujir el viento , y la insípida
cara de su primo , que colocado en-
frente de ella al abrigo de la campana
de la chimenea , tenia la vista fija en
las ascuas con la mayor calma del

mundo y sin dar indicios de conocer


la importunidad de su presencia. Y
315

sin embargo el inmovit rostro de


Ralph y su continente petrificado ocul-
taban en aquel instante profundas y
crueles agitaciones . Era hombre á
quien nada se le escapaba , merced á
su sangre fria y á su prurito de ob-
servarlo todo. La simulada partida de
Ramon no dejó de chocarle , y al pre-

sente notaba muy bien la ansiedad de


la señora de Delmare . Sufria mas que
ella , y vagaba indeciso sobre el deseo
de hacerle advertencias saludables , y
el temor de abandonarse á sentimien-
tos que él desaprobaba ; mas en fin
venciendo el interés por su prima ,
reunió todas las fuerzas de su alma
para romper el silencio.
- Esto me recuerda , dijo de repente
siguiendo el curso de la idea que en
lo interior le ocupaba , que hoy hace
un año que vos y yo estábamos senta-
dos aqui como al presente ; el reloj
señalaba casi la misma hora , y el
316

tiempo era frio y nebuloso cual el de


esta noche. Vos sufríais y estábais
triste , y esto me haria casi creer en
la verdad de los presentimientos.
-¿Adónde irá á parar ? pensó In-
diana mirándole con sorpresa é in-
quietud á un tiempo.
-¿Te acuerdas , Indiana , continuó,
de que estabas mas mala de lo que so-
lias ? Yo tengo en la memoria tus pa-
labras , cual si aun resonasen en mi
oido: «Me llamareis sin duda visiona-
ría, pero yo no sé que catástrofe se
prepara cerca de nosotros. Hay aquiun
grande riesgo que amenaza á alguno...
á mi sin duda , añadiste ; me siento
ajitada como si se acercara una gran-
de fase de mi destino , tengo mie-
do.» Tales fueron tus espresiones , pri-
ma mia.
-Ahora ya estoy buena , respondió
Indiana, que de repente se puso tan
pálida como en la época á que Ralph
317

se referia; ya no creo en esos necios


temores .

Pues yo si creo , porque aquella


noche fuiste profeta , un riesgo nos
amagaba , una funesta influencia cir-
cuia esta morada apacible.
-¡Dios mio! No os entiendo , Ralph .
-
Pronto me entenderás , amiga
mia. Aquella noche fué cuando en-
tró Ramon de Ramiere en esta ca-
sa. ¿ Y te acuerdas tú en que estado
entró ?
-Y al decir esto aguardó algunos mo-
mentos sin atreverse á alzar los ojos
hácia su prima ; mas como esta no
contestase , prosiguió :
-Me encargásteis que le volviese la
vida y lo hice , tanto para obedecerte
como movido de un sentimiento de
humanidad ; pero á la verdad , India-
na , fuí poco feliz en conservar la vi-
da de ese hombre. Al fin yo soy la
causa de todo el mal.
27*
318

-No sé de que mal quereis hablar,


dijo secamente Indiana.
La esplicacion que aguardaba tenía-
la en gran manera conmovida.
-Quiero hablar de la muerte de
aquella desgraciada. Sin él viviria to-
davia: sin su fatal amor , aquella her-
mosay buena muchacha á quien tanto
amabais , aun estaria á vuestro lado....
Hasta aqui ni una palabra compren-
dia la señora de Delmare. Desplacíale
muy mucho el estraño y cruel giro
que tomaba el primo para echarle en
cara su afecto hacia el señor de Ra-
miere.
- Basta , interrumpió á Ralph le-
vantándose ; pero Ralph no pareció
observarlo.
-Siempre me ha admirado , prosi-
guió , que no adivinaseis el verdadero
motivo porque el Sr. de Ramiere pe-
netraba en esta casa saltando las cercas .
Una rápida sospecha cruzó como
319

un relámpago por la imaginacion de


Indiana , temblaron sus piernas y vol-
vió á sentarse. :

Ralph acababa de sepultar el cuchi-


llo y de abrir una profunda herida.
Apenas lo hubo conocido cuando le
horrorizó su obra; no pudo pensar ya
sino en el daño que habia causado á
la persona que mas amaba en el mun-
do , y se sintió despedazar el corazon,
y si sus ojos pudieran verter lágrimas ,
habríalas derramado entonces muy
amargas ; mas el desgraciado no cono-
cia el consuelo del llanto , no poseia
cosa alguna de aquellas que traducen
con elocuencia el lenguaje del alma ;
y la esterior frialdad con que consu-
mára aquella operacion cruel , le pre-
sentó como un verdugo á los ojos de
Indiana.
-Hoy es la vez primera , le dijo es-
ta con amargura , que vuestra antipa-
tía hacia el Sr. de Ramiere emplea
320

medios indignos de vos ; mas no com-


prendo que interés tiene vuestra ven-
ganza en contaminar la memoria de
una persona á quien quise , y cuya
desgracia debiera haberla dado para
nosotros un carácter sagrado. Yo nada
os he preguntado , sir Ralph , y no sé
de que me hablais. Dispensadme de
escucharos mas. Y al decir esto se le-
vantó dejando á Brown pasmado y lle-
no de pesar.
Ya conociera este que no desenga-
ñaria á la señora de Delmare sino á
costa suya ; su conciencia le habia di-
cho que era necesario hablar , cual-
quiera que fuese el resultado , y aca-
baba de hacerlo con toda la groseria
en los medios y torpeza en la ejecu-
cion de que era capaz ; pero no supo
calcular la violencia de un remedio
tan tardio .
Se marchó de Lagny desesperado ,
y anduvo errante por el bosque como
321

si su juicio se hubiese trastornado.


Acababan de dar las doce de la no-
che. En el momento de abrir Ramon
la puerta del parque sintió helársele
la frente. ¿ Cuál era el objeto de aque-
lla cita? habia hecho resoluciones vir-
tuosas , ¿ y no apeteceria mas recom-
pensa para los tormentos que iba á
sufrir que una entrevista inocente , un

ósculo fraternal ? Quien recuerde las


circunstancias en que otras veces atra-
vesó aquellas sendas y asaltó aquel
jardin furtivamente y de noche , con-
vendrá sin duda en que era necesario
cierto grado de valor moral para ir á
buscar un deleite siguiendo semejante
camino y entre tales recuerdos.
A fines de octubre reinan en las in-
mediaciones de Paris la humedad y la
niebla , sobre todo durante la noche y
en los territorios de aguas. La casuali-
dad quiso que aquella noche fuese
blanca y opaca cual las de la anterior
322

primavera ; y Ramon caminaba con


paso incierto por entre los árboles
vestidos de vapores. Pasó por delante
de la puerta de un invernáculò en que
por el invierno estaba resguardada una
preciosa coleccion de geraneos : arrojó
una mirada á aquella puerta , y á la
estravagante idea de que iba á abrirse
y á parecer una mujer envuelta en
una capa forrada de pieles , sintió es-
tremecérsele el corazon á pesar suyo.
Rióse no obstante de esta debilidad
supersticiosa , y continuó su camino .
El frio se habia apoderado de él , y
á medida que se acercaba al rio el pe-
cho se le iba comprimiendo .
Era preciso atravesarlo sin que hu-
biese para ello otro camino que un es-
trecho puente inglés : la niebla era mas
espesa sobre el lecho del rio , y Ramon
se agarró al pasamanos para no estra-
viarse entre los cañaverales que deco-
raban sus márgenes. Salia la luna , y
323

pugnando por romper los vapores , der-


ramaba un incierto reflejo sobre aque-
llas plantas agitadas al impulso del
viento y del curso de las aguas. La
brisa que lamia la superficie de las
hojas , y retozaba entre los lijeros re-
molinos del rio, parecia esprimir que-
jas ó pronunciar palabras cortadas . En
aquel momento sonó al lado de Ramon
un débil gemido , y un súbito movi-
miento agító las cañas : era un chorli-
to que se echó á volar al oir tan in-
mediato rumor ; mas el grito de aque-
lla ave acuática se parece exactamente
al vagido de una criatura abandonada ,
y cuando se lanza de en medio de los
juncos , creyérase que es el último es-
fuerzo de una persona que se ahoga.
Quizás se tildará á Ramon de pusilá-
nime y débil porque le rechinaron los
dientes , y casi se vino al suelo ; mas
reanimóse bien presto , y anduvo por
sobre el puente.
324

A la mitad estaria cuándo sé le pré-


sentó una figura humana algo confusa,
puesta al otro estremo cual si le espe-
rase al paso. Confundiéronse las ideas
del jóven , su trastornado cérebro no
pudo formar un raciocinio , y vuelto
atrás permaneció oculto , á la sombra
de los árboles , contemplarido de hito
en hito y con terror aquella vaga apa-
ricion , inmóvil é incierta , cual la nie-
bla del rio ó como la vacilante vislum-
bre de la luna. Comenzaba á creer que
era un engaño de su espíritu , y que
fuese la sombra de un árbol , ó algun
tronco lo que él tomaba por figura
humana , cuando la vió moverse dis-
tintamente , caminar y dirijirse hácia él.
A poder contar con la firmeza de
sus rodillas en aquel punto hubiera
echado á correr con tanta velocidad y
cobardia como el niño que pasa por
la noche cerca de un cementerio , y
cree oir pasos aéreos que corren tras
325

él por encima de las puntas de las


hierbas ; mas se sintió paralizado , y
para no caerse hubo de abrazar el

tronco de un sauce que le sirviera de


refugio . Entonces pasó por sus inme-
diaciones , perdiéndose en el camino
que Ramon habia atravesado el bueno
de sir Ralph , envuelto en una capa
casi blanca , que á pocos pasos le daba
todo el aspecto de una fantasma.
-- Maldito espia ! pensó Ramiere

viéndole buscar sus huellas ; yo burla-
ré tu cobarde vigilancia , y mientras
tu estás aqui de centinela , yo seré fe-
liz en otra parte .
Atravesó el puente con la rapidez
de un pájaro y la confianza de un
amante. Sus terrores acababan de des-
vanecerse . Nun no habia existido nun-
ca, dispertábase para él la vida posi-
tiva , Indiana le esperaba á poca dis-
tancia , y Ralph estaba de faccion para
estorbarle el paso .
T. I. 28
326

-¡Vela , vela ! esclamó riéndose y mi-


rándole á lo lejos cual le iba buscando
por otro camino. Vela por mi , buen
Brown , proteje mi ventura , oficioso
amigo , y si los perros se dispiertan,
si se alborotan los criados , aquieta á
los unos y manda callar á los otros ,
diciéndoles : Yo estoy velando, dormid
tranquilos.
Los escrúpulos , los remordimientos,
la virtud , todo desapareció : harto su-
bido era el precio á que habia com-
prado la hora que estaba tocando. Su
sangre helada poco antes en las venas
refluia ahora al cérebro con la violen-
cia del delirio. Un momento antes no
vió mas que el pálido terror de la
muerte , los fúnebres sueños de la
tumba; al presente las fogosas reali-
dades del amor , las violentas alegrias
de la vida. Sentíase jóven y osado cual
nos hallamos por la mañana cuando
viéndonos envueltos en la mortaja de
327

un sueño siniestro, nos dispierta y rea-


nima un rayo del padre de las luces.
-¡Infeliz Ralph ! pensó mientras
subia con paso lijero y atrevido la es-
calera escusada , tú lo has querido.

NIG
BIBI
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NOTS
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30
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CB. 100106 11 80

27
ura ura
AARON

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