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Dante Alighieri

La 'Divina Comedia' de Dante Alighieri comienza con el protagonista perdido en una selva oscura, simbolizando la confusión y el pecado. A lo largo de su viaje, se encuentra con figuras históricas y mitológicas, como Virgilio, quien lo guía a través del Infierno y le explica las penas de las almas condenadas. La obra explora temas de redención, moralidad y la búsqueda de la verdad a través del sufrimiento.

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La 'Divina Comedia' de Dante Alighieri comienza con el protagonista perdido en una selva oscura, simbolizando la confusión y el pecado. A lo largo de su viaje, se encuentra con figuras históricas y mitológicas, como Virgilio, quien lo guía a través del Infierno y le explica las penas de las almas condenadas. La obra explora temas de redención, moralidad y la búsqueda de la verdad a través del sufrimiento.

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1

Dante Alighieri

DIVINA COMEDIA
************************************
***********

Muñoz Zapata Matias

De León Castañeda Aurelio

1O B
2

INFIER
NO I
CANTO

A
mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había
extraviado. ¡Cuán dura cosa es decir cuál era esta salvaje selva, áspera y fuerte que me
vuelve el temor al pensamiento! Es tan amarga casi cual la muerte; más por tratar del bien
que allí encontré, de otras cosas diré que me ocurrieron. Yo no sé repetir cómo entré en ella pues
tan dormido me hallaba en el punto que abandoné la senda verdadera. Mas cuando hube llegado
al pie de un monte, allí donde aquel valle terminaba que el corazón había aterrado, hacia lo alto
miré, y vi que su cima ya vestía los rayos del planeta que lleva recto por cualquier camino.
Entonces se calmó aquel miedo un poco, que en el lago del alma había entrado la noche que pasé
con tanta angustia. Y como quien, con aliento anhelante, ya salido del piélago a la orilla, se vuelve
y mira al agua peligrosa, tal mi ánimo, huyendo todavía, se volvió por mirar de nuevo el sitio que a
los que viven traspasar no deja. Repuesto un poco el cuerpo fatigado, seguí el camino por la yerma
loma, siempre afirmando el pie de más abajo. Y vi, casi al principio de la cuesta, una onza ligera y
muy veloz, que de una piel con pintas se cubría; y de delante no se me apartaba, más de tal modo
me cortaba el paso, que muchas veces quise dar la vuelta. Entonces comenzaba un nuevo día, y el
sol se alzaba al par que las estrellas que junto a él el gran amor divino sus bellezas movió por vez
primera; así es que no auguraba nada malo de aquella fiera de la piel manchada la hora del día y la
dulce estación; mas no tal que terror no produjese la imagen de un león que luego vi. Me pareció
que contra mí venía, con la cabeza erguida y hambre fiera, y hasta temerle parecía el aire. Y una
loba que todo el apetito parecía cargar en su flaqueza, que ha hecho vivir a muchos en desgracia.
Tantos pesares ésta me produjo, con el pavor que verla me causaba que perdí la esperanza de la
cumbre. Y como aquel que alegre se hace rico y llega luego un tiempo en que se arruina, y en todo
pensamiento sufre y llora: tal la bestia me hacía sin dar tregua, pues, viniendo hacia mí muy
lentamente, me empujaba hacia allí donde el sol calla. Mientras que yo bajaba por la cuesta, se me
mostró delante de los ojos alguien que, en su silencio, creí mudo. Cuando vi a aquel en ese gran
desierto «Apiádate de mí -yo le grité-, seas quien seas, sombra a hombre vivo.» Me dijo: «Hombre
no soy, más hombre fui, y a mis padres dio cuna Lombardía pues Mantua fue la patria de los dos.
Nací sub julio César, aunque tarde, y viví en Roma bajo el buen Augusto: tiempos de falsos dioses
mentirosos. Poeta fui, y canté de aquel justo hijo de Anquises que vino de Troya, cuando Ilión la
soberbia fue abrasada. ¿Por qué retornas a tan grande pena, y no subes al monte deleitoso que es
principio y razón de toda dicha?» «¿Eres Virgilio, pues, y aquella fuente de quien mana tal río de
elocuencia? -respondí yo con frente avergonzada-. Oh luz y honor de todos los poetas, válgame el
gran amor y trabajo que me han hecho estudiar tu gran volumen. Eres tú mi modelo y mi maestro;
el único eres tú de quien tomé el bello estilo que me ha dado honra. Mira la bestia por la cual me
he vuelto: sabio famoso, de ella ponme a salvo, pues hace que me tiemblen pulso y venas.» «Es
menester que sigas otra ruta -me repuso después que vio mi llanto-, si quieres irte del lugar
salvaje; pues esta bestia, que gritar te hace, no deja a nadie andar por su camino, más tanto se lo
impide que los mata; y es su instinto tan cruel y malvado, que nunca sacia su ansia codiciosa y
después de comer más hambre aún tiene. 3
Con muchos animales se amanceba, y serán muchos más hasta que venga el Lebrel que la hará
morir con duelo. Éste no comerá tierra ni peltre, sino virtud, amor, sabiduría, y su cuna estará
entre Fieltro y Fieltro. Ha de salvar a aquella humilde Italia por quien murió Camila, la doncella,
Turno, Euríalo y Niso con heridas. Éste la arrojará de pueblo en pueblo, hasta que dé con ella en el
abismo, del que la hizo salir el Envidioso. Por lo que, por tu bien, pienso y decido que vengas tras
de mí, y seré tu guía, y he de llevarte por lugar eterno, donde oirás el aullar desesperado, verás,
dolientes, las antiguas sombras, gritando todas la segunda muerte; y podrás ver a aquellas que
contenta el fuego, pues confían en llegar a bienaventuras cualquier día; y si ascender deseas junto
a éstas, más digna que la mía allí hay un alma: te dejaré con ella cuando marche; que aquel
Emperador que arriba reina, puesto que yo a sus leyes fui rebelde, no quiere que por mí a su reino
subas. En toda parte impera y allí rige; allí está su ciudad y su alto trono. iCuán feliz es quien él allí
destina!» Yo contesté: «Poeta, te requiero por aquel Dios que tú no conociste, para huir de éste o
de otro mal más grande, que me lleves allí donde me has dicho, y pueda ver la puerta de San
Pedro y aquellos infelices de que me hablas.» Entonces se echó a andar, y yo tras él.

CANTO II
El día se marchaba, el aire oscuro a los seres que habitan en la tierra quitaba sus fatigas; y yo sólo
me disponía a sostener la guerra, contra el camino y contra el sufrimiento que sin errar evocará mi
mente. ¡Oh musas! ¡Oh alto ingenio, sostenedme! ¡Memoria que escribiste lo que vi, aquí se
advertirá tu gran nobleza! Yo comencé: «Poeta que me guías, mira si mi virtud es suficiente antes
de comenzar tan ardua empresa. Tú nos contaste que el padre de Silvio, sin estar aún corrupto, al
inmortal reino llegó, y lo hizo en cuerpo y alma. Pero si el adversario del pecado le hizo el favor,
pensando el gran efecto que de aquello saldría, el qué y el cuál, no le parece indigno al hombre
sabio; pues fue de la alma Roma y de su imperio escogido por padre en el Empíreo. La cual y el
cual, a decir la verdad, como el lugar sagrado fue elegida, que habita el sucesor del mayor Pedro.
En el viaje por el cual le alabas escuchó cosas que fueron motivo de su triunfo y del manto de los
papas. Alli fue luego el Vaso de Elección, para llevar conforto a aquella fe que de la salvación es el
principio. Mas yo, ¿por qué he de ir? ¿quién me lo otorga? Yo no soy Pablo ni tampoco Eneas: y ni
yo ni los otros me creen digno. Pues temo, si me entrego a ese viaje, que ese camino sea una
locura; eres sabio; ya entiendes lo que callo.» Y cual quien ya no quiere lo que quiso cambiando el
parecer por otro nuevo, y deja a un lado aquello que ha empezado, así hice yo en aquella cuesta
oscura: porque, al pensarlo, abandoné la empresa que tan aprisa había comenzado. «Si he
comprendido bien lo que me has dicho -respondió del magnánimo la sombra la cobardía te ha
atacado el alma; la cual estorba al hombre muchas veces, y de empresas honradas le desvía, cual
reses que ven cosas en la sombra. A fin de que te libres de este miedo, te diré por qué vine y qué
entendí desde el punto en que lástima te tuve. Me hallaba entre las almas suspendidas y me llamó
una dama santa y bella, de forma que a sus órdenes me puse. Brillaban sus pupilas más que
estrellas; y a hablarme comenzó, clara y suave, angélica voz, en este modo: "Alma cortés de
Mantua, de la cual aún en el mundo dura la memoria, y ha de durar a lo largo del tiempo: mi
amigo, pero no de la ventura, tal obstáculo encuentra en su camino por la montaña, que asustado
vuelve: y temo que se encuentre tan perdido que tarde me haya dispuesto al socorro, según lo
que escuché de él en el cielo. Ve pues, y con palabras elocuentes, y cuanto en su remedio
necesite, ayúdale, y consuélame con ello. Yo, Beatriz, soy quien te hace caminar; vengo del sitio al
que volver deseo; amor me mueve, amor me lleva a hablarte. Cuando vuelva a presencia de mi
Dueño le hablaré bien de ti frecuentemente." Entonces se calló y yo le repuse: "Oh dama de virtud 4
por quien supera tan sólo el hombre cuanto se contiene con bajo el cielo de esfera más pequeña,
de tal modo me agrada lo que mandas, que obedecer, si fuera ya, es ya tarde; no tienes más que
abrirme tu deseo. Mas dime la razón que no te impide descender aquí abajo y a este centro, desde
el lugar al que volver ansías." " Lo que quieres saber tan por entero, te diré brevemente --me
repuso por qué razón no temo haber bajado. Temer se debe sólo a aquellas cosas que pueden
causar algún tipo de daño; mas a las otras no, pues mal no hacen. Dios con su gracia me ha hecho
de tal modo que la miseria vuestra no me toca, ni llama de este incendio me consume. Una dama
gentil hay en el cielo que compadece a aquel a quien te envío, mitigando allí arriba el duro juicio.
Ésta llamó a Lucía a su presencia; y dijo: «necesita tu devoto ahora de ti, y yo a ti te lo
encomiendo». Lucía, que aborrece el sufrimiento, se alzó y vino hasta el sitio en que yo estaba,
sentada al par de la antigua Raquel. Dijo: "Beatriz, de Dios vera alabanza, cómo no ayudas a quien
te amó tanto, y por ti se apartó de los vulgares? ¿Es que no escuchas su llanto doliente? ¿no ves la
muerte que ahora le amenaza en el torrente al que el mar no supera?" No hubo en el mundo
nadie tan ligero, buscando el bien o huyendo del peligro, como yo al escuchar esas palabras. "Acá
bajé desde mi dulce escaño, confiando en tu discurso virtuoso que te honra a ti y aquellos que lo
oyeron." Después de que dijera estas palabras volvió llorando los lucientes ojos, haciéndome venir
aún más aprisa; y vine a ti como ella lo quería; te aparté de delante de la fiera, que alcanzar te
impedía el monte bello. ¿Qué pasa pues?, ¿por qué, por qué vacilas? ¿por qué tal cobardía hay en
tu pecho? ¿por qué no tienes audacia ni arrojo? Si en la corte del cielo te apadrinan tres mujeres
tan bienaventuradas, y mis palabras tanto bien prometen.» Cual florecillas, que el nocturno hielo
abate y cierra, luego se levantan, y se abren cuando el sol las ilumina, así hice yo con mi valor
cansado; y tanto se encendió mi corazón, que comencé como alguien valeroso: «!Ah, cuán piadosa
aquella que me ayuda! y tú, cortés, que pronto obedeciste a quien dijo palabras verdaderas. El
corazón me has puesto tan ansioso de echar a andar con eso que me has dicho que he vuelto ya al
propósito primero. Vamos, que mi deseo es como el tuyo. Sé mi guía, mi jefe, y mi maestro.» Asi le
dije, y luego que echó a andar, entré por el camino arduo y silvestre.

CANTO III
POR MÍ SE VA HASTA LA CIUDAD DOLIENTE, POR MÍ SE VA AL ETERNO SUFRIMIENTO, POR MÍ SE
VA A LA GENTE CONDENADA. LA JUSTICIA MOVIÓ A MI ALTO ARQUITECTO. HÍZOME LA DIVINA
POTESTAD, EL SABER SUMO Y EL AMOR PRIMERO. ANTES DE MÍ NO FUE COSA CREADA SINO LO
ETERNO Y DURO ETERNAMENTE. DEJAD, LOS QUE AQUÍ ENTRÁIS, TODA ESPERANZA.

Estas palabras de color oscuro vi escritas en lo alto de una puerta; y yo: «Maestro, es grave su
sentido.» Y, cual persona cauta, él me repuso: «Debes aquí dejar todo recelo; debes dar muerte
aquí a tu cobardía. Hemos llegado al sitio que te he dicho en que verás las gentes doloridas, que
perdieron el bien del intelecto.» Luego tomó mi mano con la suya con gesto alegre, que me
confortó, y en las cosas secretas me introdujo Allí suspiros, llantos y altos ayes resonaban al aiire
sin estrellas, y yo me eché a llorar al escucharlo. Diversas lenguas, hórridas blasfemias, palabras de
dolor, acentos de ira, roncos gritos al son de manotazos, un tumulto formaban, el cual gira
siempre en el aiire eternamente oscuro, como arena al soplar el torbellino. Con el terror ciñendo
mi cabeza dije: «Maestro, qué es lo que yo escucho, y quién son éstos que el dolor abate?» Y él me
repuso: «Esta mísera suerte tienen las tristes almas de esas gentes que vivieron sin gloria y sin
infamia. Están mezcladas con el coro infame de ángeles que no se rebelaron, no por lealtad a Dios,
sino a ellos mismos. Los echa el cielo, porque menos bello no sea, y el infierno los rechaza, pues
podrían dar gloria a los caídos.» Y yo: «Maestro, ¿qué les pesa tanto y provoca lamentos tan 5
amargos?» Respondió: «Brevemente he de decirlo. No tienen éstos de muerte esperanza, y su vida
obcecada es tan rastrera, que envidiosos están de cualquier suerte. Ya no tiene memoria el mundo
de ellos, compasión y justicia les desdeña; de ellos no hablemos, sino mira y pasa.» Y entonces
pude ver un estandarte, que corría girando tan ligero, que parecía indigno de reposo. Y venía
detrás tan larga fila de gente, que creído nunca hubiera que hubiese a tantos la muerte deshecho.
Y tras haber reconocido a alguno, vi y conocí la sombra del que hizo por cobardía aquella gran
renuncia. Al punto comprendí, y estuve cierto, que ésta era la secta de los reos a Dios y a sus
contrarios displacientes. Los desgraciados, que nunca vivieron, iban desnudos y azuzados siempre
de moscones y avispas que allí había. Éstos de sangre el rostro les bañaban, que, mezclada con
llanto, repugnantes gusanos a sus pies la recogían. Y luego que a mirar me puse a otros, vi gentes
en la orilla de un gran río y yo dije: «Maestro, te suplico que me digas quién son, y qué designio les
hace tan ansiosos de cruzar como discierno entre la luz escasa.» Y él repuso: «La cosa he de
contarte cuando hayamos parado nuestros pasos en la triste ribera de Aqueronte.» Con los ojos ya
bajos de vergüenza, temiendo molestarle con preguntas dejé de hablar hasta llegar al río. Y he
aquí que viene en bote hacia nosotros un viejo cano de cabello antiguo, gritando: «¡Ay de
vosotras, almas pravas! No esperéis nunca contemplar el cielo; vengo a llevaros hasta la otra orilla,
a la eterna tiniebla, al hielo, al fuego. Y tú que aquí te encuentras, alma viva, aparta de éstos otros
ya difuntos.» Pero viendo que yo no me marchaba, dijo: «Por otra via y otros puertos a la playa
has de ir, no por aquí; más leve leño tendrá que llevarte». Y el guía a él: «Caronte, no te irrites: así
se quiere allí donde se puede lo que se quiere, y más no me preguntes.» Las peludas mejillas del
barquero del lívido pantano, cuyos ojos rodeaban las llamas, se calmaron. Mas las almas desnudas
y contritas, cambiaron el color y rechinaban, cuando escucharon las palabras crudas. Blasfemaban
de Dios y de sus padres, del hombre, el sitio, el tiempo y la simiente que los sembrara, y de su
nacimiento. Luego se recogieron todas juntas, llorando fuerte en la orilla malvada que aguarda a
todos los que a Dios no temen. Carón, demonio, con ojos de fuego, llamándolos a todos recogía;
da con el remo si alguno se atrasa. Como en otoño se vuelan las hojas unas tras otras, hasta que la
rama ve ya en la tierra todos sus despojos, de este modo de Adán las malas siembras se arrojan de
la orilla de una en una, a la señal, cual pájaro al reclamo. Así se fueron por el agua oscura, y aún
antes de que hubieran descendido ya un nuevo grupo se había formado. «Hijo mío -cortés dijo el
maestro los que en ira de Dios hallan la muerte llegan aquí de todos los países: y están ansiosos de
cruzar el río, pues la justicia santa les empuja, y así el temor se transforma en deseo. Aquí no cruza
nunca un alma justa, por lo cual si Carón de ti se enoja, comprenderás qué cosa significa.» Y dicho
esto, la región oscura tembló con fuerza tal, que del espanto la frente de sudor aún se me baña. La
tierra lagrimosa lanzó un viento que hizo brillar un relámpago rojo y, venciéndome todos los
sentidos, me caí como el hombre que se duerme.

CANTO IV
Rompió el profundo sueño de mi mente un gran trueno, de modo que cual hombre que a la fuerza
despierta, me repuse; la vista recobrada volví en torno ya puesto en pie, mirando fijamente, pues
quería saber en dónde estaba. En verdad que me hallaba justo al borde del valle del abismo
doloroso, que atronaba con ayes infinitos. Oscuro y hondo era y nebuloso, de modo que, aun
mirando fijo al fondo, no distinguía allí cosa ninguna. «Descendamos ahora al ciego mundo --dijo el
poeta todo amortecido-: yo iré primero y tú vendrás detrás.» Y al darme cuenta yo de su color,
dije: «¿Cómo he de ir si tú te asustas, y tú a mis dudas sueles dar consuelo?» Y me dijo: «La
angustia de las gentes que están aquí en el rostro me ha pintado la lástima que tú piensas que es
miedo. Vamos, que larga ruta nos espera.» Así me dijo, y así me hizo entrar al primer cerco que el 6
abismo ciñe. Allí, según lo que escuchar yo pude, llanto no había, mas suspiros sólo, que al aire
eterno le hacían temblar. Lo causaba la pena sin tormento que sufría una grande muchedumbre
de mujeres, de niños y de hombres. El buen Maestro a mí: «¿No me preguntas qué espíritus son
estos que estás viendo? Quiero que sepas, antes de seguir, que no pecaron: y aunque tengan
méritos, no basta, pues están sin el bautismo, donde la fe en que crees principio tiene. Al
cristianismo fueron anteriores, y a Dios debidamente no adoraron: a éstos tales yo mismo
pertenezco. Por tal defecto, no por otra culpa, perdidos somos, y es nuestra condena vivir sin
esperanza en el deseo.» Sentí en el corazón una gran pena, puesto que gentes de mucho valor vi
que en el limbo estaba suspendidos. «Dime, maestro, dime, mi señor -yo comencé por querer
estar cierto de aquella fe que vence la ignorancia-: ¿salió alguno de aquí, que por sus méritos o los
de otro, se hiciera luego santo?» Y éste, que comprendió mi hablar cubierto, respondió: «Yo era
nuevo en este estado, cuando vi aquí bajar a un poderoso, coronado con signos de victoria. Sacó la
sombra del padre primero, y las de Abel, su hijo, y de Noé, del legista Moisés, el obediente; del
patriarca Abraham, del rey David, a Israel con sus hijos y su padre, y con Raquel, por la que tanto
hizo, y de otros muchos; y les hizo santos; y debes de saber que antes de eso, ni un esptritu
humano se salvaba.» No dejamos de andar porque él hablase, mas aún por la selva caminábamos,
la selva, digo, de almas apiñadas No estábamos aún muy alejados del sitio en que dormí, cuando vi
un fuego, que al fúnebre hemisferio derrotaba. Aún nos encontrábamos distantes, mas no tanto
que en parte yo no viese cuán digna gente estaba en aquel sitio. «Oh tú que honoras toda ciencia y
arte, éstos ¿quién son, que tal grandeza tienen, que de todos los otros les separa?» Y respondió:
«Su honrosa nombradía, que allí en tu mundo sigue resonando gracia adquiere del cielo y
recompensa.» Entre tanto una voz pude escuchar: «Honremos al altísimo poeta; vuelve su sombra,
que marchado había.» Cuando estuvo la voz quieta y callada, vi cuatro grandes sombras que
venían: ni triste, ni feliz era su rostro. El buen maestro comenzó a decirme: «Fíjate en ése con la
espada en mano, que como el jefe va delante de ellos: Es Homero, el mayor de los poetas; el
satírico Horacio luego viene; tercero, Ovidio; y último, Lucano. Y aunque a todos igual que a mí les
cuadra el nombre que sonó en aquella voz, me hacen honor, y con esto hacen bien.» Así reunida vi
a la escuela bella de aquel señor del altísimo canto, que sobre el resto cual águila vuela. Después
de haber hablado un rato entre ellos, con gesto favorable me miraron: y mi maestro, en tanto,
sonreía. Y todavía aún más honor me hicieron porque me condujeron en su hilera, siendo yo el
sexto entre tan grandes sabios. Así anduvimos hasta aquella luz, hablando cosas que callar es
bueno, tal como era el hablarlas allí mismo. Al pie llegamos de un castillo noble, siete veces
cercado de altos muros, guardado entorno por un bello arroyo. Lo cruzamos igual que tierra firme;
crucé por siete puertas con los sabios: hasta llegar a un prado fresco y verde. Gente había con ojos
graves, lentos, con gran autoridad en su semblante: hablaban poco, con voces suaves. Nos
apartamos a uno de los lados, en un claro lugar alto y abierto, tal que ver se podían todos ellos.
Erguido allí sobre el esmalte verde, las magnas sombras fuéronme mostradas, que de placer me
colma haberlas visto. A Electra vi con muchos compañeros, y entre ellos conocí a Héctor y a Eneas,
y armado a César, con ojos grifaños. Vi a Pantasilea y a Camila, y al rey Latino vi por la otra parte,
que se sentaba con su hija Lavinia. Vi a Bruto, aquel que destronó a Tarquino, a Cornelia, a
Lucrecia, a Julia, a Marcia; y a Saladino vi, que estaba solo; y al levantar un poco más la vista, vi al
maestro de todos los que saben, sentado en filosófica familia. Todos le miran, todos le dan honra:
y a Sócrates, que al lado de Platón, están más cerca de él que los restantes; Demócrito, que el
mundo pone en duda, Anaxágoras, Tales y Diógenes, Empédocles, Heráclito y Zenón; y al que las
plantas observó con tino, Dioscórides, digo; y via Orfeo, Tulio, Livio y al moralista Séneca; al
geómetra Euclides, Tolomeo, Hipócrates, Galeno y Avicena, y a Averroes que hizo el
«Comentario». No puedo detallar de todos ellos, porque así me encadena el largo tema, que dicho
y hecho no se corresponden. El grupo de los seis se partió en dos: por otra senda me llevó mi guía, 7
de la quietud al aire tembloroso y llegué a un sitio en donde nada luce.

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