En el principio de todo, antes de que el tiempo tuviera nombre, solo existía el Caos, un abismo sin
forma ni fin, un vacío que respiraba en silencio. De sus profundidades insondables emergió ella,
Gea, la Madre Tierra, sólida y eterna, con su manto verde extendiéndose como un latido en la nada.
No había luz que la alumbrara aún, pero su presencia era cálida, firme, un refugio en medio del
desorden primordial.
Gea, en su soledad inmensa, sintió el deseo de crear. Sin necesidad de otro, de su propio seno
brotó Urano, el cielo estrellado, un dosel azul infinito que la envolvió con su manto de constelaciones.
Juntos, tierra y cielo, se unieron en un abrazo cósmico, y de esa unión nacieron los primeros hijos:
los titanes, colosos de poder indomable, con nombres que resonaban como truenos —Cronos, Rea,
Océano, Tetis—. Luego vinieron los cíclopes, de un solo ojo brillante, y los hecatónquiros, monstruos
de cien manos que agitaban la tierra con su furia.
Pero Urano, celoso de su fuerza, no vio belleza en estos hijos. Los temió. Con mano cruel, los
arrojó al vientre profundo de Gea, al Tártaro, una prisión oscura bajo sus raíces. Cada grito de sus
hijos atrapados era una herida en el corazón de la Madre Tierra, un dolor que crecía como una
tormenta. Gea, harta de soportar la tiranía de su esposo, decidió rebelarse. En secreto, moldeó una
hoz afilada de pedernal gris, su filo brillando con la promesa de liberación.
Convocó a sus hijos titanes, su voz resonando como un temblor en las montañas: “¿Quién de
vosotros pondrá fin a esta injusticia?”. Silencio. Hasta que Cronos, el menor, de ojos astutos y
corazón frío, dio un paso al frente. Gea le entregó la hoz y susurró su plan. Esa noche, cuando
Urano descendió para cubrirla una vez más, Cronos emergió de las sombras. Con un corte rápido y
brutal, cercenó la virilidad de su padre. Urano rugió, su sangre azul cayó como lluvia sobre Gea, y el
cielo se alejó para siempre, dejando un vacío entre ellos.
De aquella sangre brotaron nuevas vidas: las Erinias, con cabellos de serpientes y ojos de fuego,
clamando venganza; los Gigantes, altos como riscos; y las ninfas de los fresnos, danzando entre los
árboles. Y del mar espumoso, donde cayeron los restos de Urano, nació Afrodita, radiante y bella,
emergiendo entre las olas.
Cronos tomó el trono, pero no liberó a sus hermanos del Tártaro, traicionando la esperanza de
Gea. La Madre Tierra guardó silencio, pero su paciencia no era infinita. Años después, cuando
Cronos devoró a sus propios hijos para proteger su reinado, Gea conspiró de nuevo. Ayudó a Rea a
esconder al pequeño Zeus, un niño de ojos relampagueantes que crecería para desafiar a los
titanes.
Así, Gea, la eterna, fue testigo del ascenso y la caída de generaciones. Su cuerpo, la Tierra,
sostuvo cada batalla, cada lágrima, cada nuevo comienzo.
Aunque los dioses olímpicos reclamaron el cielo, ella permaneció, raíz de todo, madre silenciosa
cuyo amor y furia moldearon el mundo.