Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo
2023-II
Texto 01: LA PENA DE MUERTE, EL CASTIGO MÁS JUSTO (adaptación)
Cada vez que en el país los medios de información registran actos criminales que
impactan a la colectividad por la cobardía y las intenciones con que se realizaron por
individuos o grupos constituidos en enemigos de la sociedad, nuevamente proliferan
las opiniones a favor de la legalización de la pena de muerte. Los países y las
comunidades en donde existe la pena capital consideran que, por ser el castigo más
proporcional con el daño cometido, es la pena más justa. El dolor, la ira, la sed justicia
y, ¿por qué no?, de venganza, y los propósitos y consecuencias de esos crímenes son
factores que impiden prever los alcances negativos de su legalización. Pero cuál es la
mejor opción jurídica que debe de tomarse frente a la posibilidad de aplicar la pena de
muerte. Desde mi planteamiento es una insensatez que jamás debe consagrarse en
nuestra Constitución. A pesar del clamor con que algunos defienden la legalización de
la pena de muerte, existen factores de diversa índole que no favorecen su aplicación y
a continuación los presentamos.
Cuando una sociedad o un estado ejecuta a uno de sus integrantes, aun cuando se le
haya demostrado el crimen que se le imputa, imita precisamente la conducta que
condena. Tal actitud encierra una seria contradicción. Con ese proceder,
implícitamente se le está sugiriendo a otros potenciales asesinos que matar al prójimo
puede ser una forma lícita para resolver graves problemas humanos. Pero matar es la
peor solución para resolver aun los más conflictos humanos. La aprobación de la pena
de muerte en nuestros tiempos significaría regresar a épocas de barbarie ya
superadas.
Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo
2023-II
Se dice que la disuasión es el único objetivo de las ejecuciones. Pero, en verdad, la
pena de muerte no intimida. Los criminales de alta peligrosidad son personas
insensibles ante el dolor físico y moral. Ellos saben muy bien que la muerte es uno de
los riesgos de su oficio, por lo tanto no los aterra, como ilusamente creen muchas
personas de bien. Tampoco intimida a quienes cometen crímenes pasionales, ya que
cuando estas personas delinquen son inconscientes de su conducta y de las
consecuencias de la misma. Las únicas personas a quienes atemoriza la pena de
muerte son los delincuentes ocasionales y las personas honestas y pacíficas que
temen que por alguna inesperada circunstancia del destino, se lleguen a ver
comprometidos en un crimen que podría llevarles a la pena de muerte. Edmund
Brown, ex gobernador del estado de California, declaró tras una ejecución en 1964 “La
pena de muerte se ha constituido en un grave fracaso, porque a pesar de su error y de
incivilidad, no ha protegido al inocente ni ha detenido la mano de los criminales”.
Como corolario de lo anterior, la pena de muerte no ejemplariza. Si así fuese, en los
países que aún existe tan inhumano castigo, no tendrían lugar los aberrantes crímenes
que allí se cometen. Eso precisamente ocurre en numerosos condados de los Estados
Unidos en donde aún existe tal sanción. Nada ha demostrado que allí los índices de
crímenes violentos hayan disminuido. En nuestro país, por ejemplo, especialistas en
criminología y Sicosociología concluyen que los sicarios- tal vez los primeros
candidatos para que se les aplique la pena de muerte- en su mayoría son personas
que no tienen esperanzas de llegar a la vejez y tienden a creer que morirían antes de
cumplir los 30 años. A asesinos de esa clase no se les intimida con la pena de muerte;
para ellos la vida no tiene valor alguno. En la mayor parte de los países en donde se
aplica la pena capital, está prohibida para menores de 18 años. Al legalizarse esa
pena en nuestro país, probablemente se mantendría el mismo principio humanitario.
Pero también es muy probable que la delincuencia organizada contrataría a menores
de edad como sicarios para llevar a cabo sus crímenes tal como ya lo está haciendo y
para ellos no habría la posibilidad de sentenciarlos a muerte.
En muchas ocasiones se ha logrado comprobar con el correr del tiempo lo injusto que
se fue al haber sancionado como culpable a alguien cuya responsabilidad en el delito
que se le imputó, no fue investigada exhaustivamente. Nuestro sistema judicial, al
igual que el de países con mejor infraestructura jurídica, es propenso a cometer
errores. Un caso mundialmente famoso nos servirá para ilustrar esta injusticia, nos
referimos al caso denominado “los seis de Birminham”. Una corte de justicia
Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo
2023-II
londinense condenó a cadena perpetua a seis irlandeses, sospechosos miembros del
IRA, de haber hecho explotar una bomba en un pub de Birminham ocasionando la
muerte a 21 personas en 1974. Sólo a comienzos de 1991 la justicia inglesa reconoció
su error, luego de municionas investigaciones.
Durante 16 años, 3 meses y 21 días que los condenados estuvieron en prisión
sufrieron diversos tipos de tortura. El caso de los seis de Birminham no es la única
equivocación cometida por la justicia británica. Hasta la fecha aún no se ha dado con
los verdaderos responsables. ¿Qué posibilidad de enmendar el error hubieran tenido
los jueces ingleses si a los sospechosos se les hubiera condenado a muerte? Si en
países con un sólido sistema criminalístico y jurídico ocurren estos hechos, qué cosas
peores no ocurrirían en el nuestro, ¿que carece de una moderna y eficaz
infraestructura criminalística que garantice que no haya lugar a la impunidad ni a
condenar erradamente a un imputado?
Los brutales métodos empleados a las ejecuciones evidencian un espíritu de
venganza. Parece que el objetivo de la pena de muerte no es que se cometan menos
asesinatos sino que la sociedad se sienta vengada. Pero con la aplicación de la pena
de muerte no hay proporcionalidad entre el daño causado y la reacción del estado. Un
problema que tiene que enfrentar los jueces es que, con mucha frecuencia, la misma
naturaleza de los hechos dificulta establecer la proporcionalidad de la pena; así ocurre,
por ejemplo con delitos contra la salud, contra la humanidad, contra el medio
ambiente, la captación ilegal de ahorros, la especulación, los delitos políticos. Por eso
los ordenamientos penales no prescriben que, por ejemplo, se queme la casa de quien
provocó premeditadamente un incendio con intenciones criminales, ni que se viole al
violador. La famosa Ley del talión que reza “ojo por ojo, diente por diente”, no es
apropiada por nuestros tiempos. Pero esto no debe interpretarse como una invitación a
la cobardía disfrazada de tolerancia hacia los delincuentes, sino que los asociados han
comprendido que es necesario sobreponer toda una gama de valores por encima de
quien se condena. Que el estado responda los actos perversos de los criminales con
el criterio retaliativo es una actitud repudiable.
La pena de muerte se justificaría si con ella se extirparan las verdaderas causas de la
criminalidad. Mientras existan aberrantes injusticias sociales como la desigualdad ante
la justicia, la tenencia de la tierra en manos de una élite que ni la trabaja ni la facilita
para que el campesino la cultive; mientras exista desidia gubernamental y política para
Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo
2023-II
satisfacer las necesidades de vivienda, educación, salud, trabajo y de justicia, no- es
justo que se legalice un castigo tan drástico. Con la pena de muerte, es cierto, se
amenaza al potencial delincuente, pero eso no soluciona la raíz de los problemas
causantes de la violencia.
No es un secreto que en nuestro país el peso de la ley muy pocas veces recae sobre
sectores sobre privilegiados. Numerosos peculados, sobornos, contrabando técnico y
toda una cadena de conductas delictivas que cometen miembros de la clase
privilegiada se quedan sin castigo. Numerosos delincuentes de cuello blanco que se
enriquecen con la complacencia de diversos sectores políticos y del mismo gobierno,
permanecen libres, mientras que las cárceles están llenas de desarraigados sociales,
sin poder económico ni de otra clase para presionar al sistema para que los declare
inocentes. Con toda seguridad, que de aprobarse la pena de muerte, sólo a este
sector se le aplicaría.
Definitivamente, la pena de muerte es un cruel castigo cuya aplicación embrutece a
quien la aplica, colocándolo en el mismo plano de los delincuentes a los que se le
aplica. Si la vida es el principal derecho humano, el suprimirla es la primera violación, y
si es el Estado quien oficializa el crimen, agrava la violación, por razones de índole
social, institucional y humano. Cuando una ley no surte el efecto por el cual es creada,
lo mejor es no aprobarla. Pero ¿cuál es tu postura? ¿la vez como una alternativa?
ADAPTADO DE ASTRIBENITEZ