Literatura
Cursos: Cuarto año A - B
Colegio: San Pablo Norte
Año: 2025
Docentes: Rodríguez De Simone,
Yanina; Sarria Priscila.
UNIDAD 1: Eje semántico: El héroe en la Antigüedad.
Características de la Épica, tradición oral y anónima; los héroes épicos;
atributos y virtudes, valores ideales, destino.
Pasaje de lectura: La Ilíada, Homero. La guerra de Troya. La Troya histórica y
la Troya épica. La cólera de Aquiles (Cantos XVIII, XIX, XX, XXI), selección.
Pasaje de lectura: La Eneida, Virgilio (Libro II).
Género dramático: teatro griego y su doble significado. Características: actos,
cuadros, escenas, diálogos, monólogos, apartes, didascalias, personajes.
Estructura mítica y épica del héroe. Acciones patentes y latentes. El héroe
trágico: hybris, hamartía, catarsis, anagnórisis.
Lectura: Edipo Rey, de Sófocles.
UNIDAD 2 Los recursos del lenguaje.
El discurso, los géneros discursivos. Tipología del discurso. Tipos de relatos.
Tipos de narrador. Clasificación de los tiempos verbales de la narración. Núcleos
narrativos. La literatura: discurso polifónico. Intertextualidad.
Lectura: Es tan difícil volver a Ítaca, Esteban Valentino y La Odisea, Homero
(selección).
UNIDAD 3: La literatura gauchesca. Origen y reescritura. Viaje y
exploración a través de la perspectiva de género.
Características de la literatura gauchesca. Identidad nacional e Intertextualidad.
El gaucho ¿Héroe o antihéroe? El gaucho y a organización nacional. La
reescritura de Martín Fierro a través de Jorge Luis Borges y Gabriela Cabezón
Cámara. Resignificación de la gauchesca a partir de la perspectiva de género.
Lecturas: Martín Fierro de José Hernández.
“El fin”; “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” de Jorge Luis Borges.
UNIDAD 4: Eje semántico: heroína trágica en la literatura española.
Psicología de los personajes. Conceptos de anagnórisis y de tragedia como medio
de educación para el pueblo. Ruptura del orden femenino establecido. Acciones
latentes y patentes. Estructura del género dramático. De la tragedia al drama
moderno. Metateatro. La ruptura con la representación realista: innovaciones en
el teatro contemporáneo. Teatro simbólico en Federico García Lorca: la luna.
Lecturas: La casa de Bernarda Alba y Bodas de Sangre, de Federico García Lorca;
“Romance de la luna, luna”, Romancero gitano, Federico García Lorca. “Luna
cansada”, Canticuénticos.
UNIDAD 1
Sófocles
Edipo rey
Personajes
Edipo.
Sacerdote.
Creonte.
Coro de ancianos tebanos.
Tiresias.
Vocasta.
Mensajero.
Servidor de layo.
Otro mensajero.
(Delante del palacio de Edipo, en Tebas. Un grupo de ancianos y de jóvenes están
sentados en las gradas del altar, en actitud suplicante, portando ramas de olivo. El
Sacerdote de Zeus se adelanta solo hacia el palacio. Edipo sale seguido de dos
ayudantes y contempla al grupo en silencio. Después les dirige la palabra.)
EDIPO.- ¡Oh hijos, descendencia nueva del antiguo Cadmo ¿Por qué estáis en actitud
sedente ante mí, coronados con ramos de suplicantes? La ciudad está llena de incienso,
a la vez que de cantos, de súplica y de gemidos, y yo, porque considero justo no
enterarme por otros mensajeros, he venido en persona, yo, el llamado Edipo, famoso
entre todos. Así que, oh anciano, ya que eres por tu condición a quien corresponde
hablar, dime en nombre de todos: ¿cuál es la causa de que estéis así ante mí? ¿El temor,
o el ruego? Piensa que yo querría ayudaros en todo. Sería insensible, si no me
compadeciera ante semejante actitud.
SACERDOTE.- ¡Oh Edipo, que reinas en mi país! Ves de qué edad somos los que nos
sentamos cerca de tus altares: unos, sin fuerzas aún para volar lejos; otros, torpes por la
vejez, somos Sacerdotes -yo lo soy de Zeus-, y otros, escogidos entre los aún jóvenes.
El resto del pueblo con sus ramos permanece sentado en las plazas en actitud de súplica,
junto a los dos templos de Palas y junto a la ceniza profética de Ismeno.
La ciudad, como tú mismo puedes ver, está ya demasiado agitada y no es capaz
todavía de levantar la cabeza de las profundidades por la sangrienta sacudida. Se
debilita en las plantas fructíferas de la tierra, en los rebaños de bueyes que pacen y en
los partos infecundos de las mujeres. Además, la divinidad que produce la peste,
precipitándose, aflige la ciudad. ¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada
la morada Cadmea, mientras el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos! Ni
yo ni estos jóvenes estamos sentados como suplicantes por considerarte igual a los
dioses, pero sí el primero de los hombres en los sucesos de la vida y en las
intervenciones de los dioses. Tú que, al llegar, liberaste la ciudad Cadmea del tributo
que ofrecíamos a la cruel cantora y, además, sin haber visto nada más ni haber sido
informado por nosotros, sino con la ayuda de un dios, se dice y se cree que enderezaste
nuestra vida.
Pero ahora, ¡oh Edipo, el más sabio entre todos!, te imploramos todos los que
estamos aquí como suplicantes que nos consigas alguna ayuda, bien sea tras oír el
mensaje de algún dios, o bien lo conozcas de un mortal. Pues veo que son efectivos,
sobre todo, los hechos llevados a cabo por los consejos de los que tienen experiencia.
¡Ea, oh el mejor de los mortales!, endereza la ciudad. ¡Ea!, apresta tu guardia, porque
esta tierra ahora te celebra como su salvador por el favor de antaño. Que de ninguna
manera recordemos de tu reinado que vivimos, primero, en la prosperidad, pero caímos
después; antes bien, levanta con firmeza la ciudad. Con favorable augurio, nos
procuraste entonces la fortuna. Sénos también igual en esta ocasión. Pues, si vas a
gobernar esta tierra, como lo haces, es mejor reinar con hombres en ella que vacía, que
nada es una fortaleza ni una nave privadas de hombres que las pueblen.
EDIPO.- ¡Oh hijos dignos de lástima! Venís a hablarme porque anheláis algo conocido
y no ignorado por mí. Sé bien que todos estáis sufriendo y, al sufrir, no hay ninguno de
vosotros que padezca tanto como yo. En efecto, vuestro dolor llega sólo a cada uno en sí
mismo y a ningún otro, mientras que mi ánimo se duele, al tiempo, por la ciudad y por
mí y por ti. De modo que no me despertáis de un sueño en el que estuviera sumido, sino
que estad seguros de que muchas lágrimas he derramado yo y muchos caminos he
recorrido en el curso de mis pensamientos. El único remedio que he encontrado,
después de reflexionar a fondo, es el que he tomado: envié a Creonte, hijo de Meneceo,
mi propio cuñado, a la morada Pítica de Febo, a fin de que se enterara de lo que tengo
que hacer o decir para proteger esta ciudad. Y ya hoy mismo, si lo calculo en
comparación con el tiempo pasado, me inquieta qué estará haciendo, pues, contra lo que
es razonable, lleva ausente más tiempo del fijado. Sería yo malvado si, cuando llegue,
no cumplo todo cuanto el dios manifieste.
SACERDOTE.- Con oportunidad has hablado. Precisamente éstos me están indicando
por señas que Creonte se acerca.
EDIPO.- ¡Oh soberano Apolo! ¡Ojalá viniera con suerte liberadora, del mismo modo
que viene con rostro radiante!
SACERDOTE.- Por lo que se puede adivinar, viene complacido. En otro caso no
vendría así, con la cabeza coronada de frondosas ramas de laurel.
EDIPO.- Pronto lo sabremos, pues ya está lo suficientemente cerca para que nos
escuche. ¡Oh príncipe, mi pariente, hijo de Meneceo! ¿Con qué respuesta del oráculo
nos llegas?
(Entra Creonte en escena.)
CREONTE.- Con una buena. Afirmo que incluso las aflicciones, si llegan felizmente a
término, todas pueden resultar bien.
EDIPO.- ¿Cuál es la respuesta? Por lo que acabas de decir, no estoy ni tranquilo ni
tampoco preocupado.
CREONTE.- Si deseas oírlo estando éstos aquí cerca, estoy dispuesto a hablar y
también, si lo deseas, a ir dentro.
EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción mayor, incluso, que por
mi propia vida.
CREONTE.- Diré las palabras que escuché de parte del dios. El soberano Febo nos
ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que existe en esta tierra y no
mantenerla para que llegue a ser irremediable.
EDIPO.- ¿Con qué expiación? ¿Cuál es la naturaleza de la desgracia?
CREONTE.- Con el destierro o liberando un antiguo asesinato con otro, puesto que esta
sangre es la que está sacudiendo la ciudad.
EDIPO.- ¿De qué hombre denuncia tal desdicha?
CREONTE.- Teníamos nosotros, señor, en otro tiempo a Layo como soberano de esta
tierra, antes de que tú rigieras rectamente esta ciudad.
EDIPO.- Lo sé por haberlo oído, pero nunca lo vi.
CREONTE.- Él murió y ahora nos prescribe claramente que tomemos venganza de los
culpables con violencia,
EDIPO.- ¿En qué país pueden estar? ¿Dónde podrá encontrarse la huella de una antigua
culpa, difícil de investigar?
CREONTE.- Afirmó que en esta tierra. Lo que es buscado puede ser cogido, pero se
escapa lo que pasamos por alto.
EDIPO.- ¿Se encontró Layo con esta muerte en casa, o en el campo, o en algún otro
país?
CREONTE.- Tras haber marchado, según dijo, a consultar al oráculo, y una vez fuera,
ya no volvió más a casa.
EDIPO.- ¿Y ningún mensajero ni compañero de viaje lo vio, de quien, informándose,
pudiera sacarse alguna ventaja?
CREONTE.- Murieron, excepto uno, que huyó despavorido y sólo una cosa pudo decir
con seguridad de lo que vio.
EDIPO.- ¿Cuál? Porque una sola podría proporcionarnos el conocimiento de muchas, si
consiguiéramos un pequeño principio de esperanza.
CREONTE.- Decía que unos ladrones con los que se tropezaron le dieron muerte, no
con el rigor de una sola mano, sino de muchas.
EDIPO.- ¿Cómo habría llegado el ladrón a semejante audacia, si no se hubiera
proyectado desde aquí con dinero?
CREONTE.- Eso era lo que se creía. Pero, después que murió Layo, nadie surgía como
su vengador en medio de las desgracias.
EDIPO.- ¿Qué tipo de desgracia se presentó que impedía, caída así la soberanía,
averiguarlo?
CREONTE.- La Esfinge, de enigmáticos cantos, nos determinaba a atender a lo que nos
estaba saliendo al paso, dejando de lado lo que no teníamos a la vista.
EDIPO.- Yo lo volveré a sacar a la luz desde el principio, ya que Febo, merecidamente,
y tú, de manera digna, pusisteis tal solicitud en favor del muerto; de manera que veréis
también en mí, con razón, a un aliado para vengar a esta tierra al mismo tiempo que al
dios. Pues no para defensa de lejanos amigos sino de mí mismo alejaré yo en persona
esta mancha. El que fuera el asesino de aquél tal vez también de mí podría querer
vengarse con violencia semejante. Así, pues, auxiliando a aquél me ayudo a mí mismo.
Vosotros, hijos, levantaos de las gradas lo más pronto que podáis y recoged estos
ramos de suplicantes. Que otro congregue aquí al pueblo de Cadmo sabiendo que yo
voy a disponerlo todo. Y con la ayuda de la divinidad apareceré triunfante o fracasado.
(Entran Edipo y Creonte en el palacio.)
SACERDOTE.- Hijos, levantémonos. Pues con vistas a lo que él nos promete hemos
venido aquí. ¡Ojalá que Febo, el que ha enviado estos oráculos, llegue como salvador y
ponga fin a la epidemia!
(Salen de la escena y, seguidamente, entra en ella el Coro de ancianos tebanos.)
CORO.
ESTROFA 1ª
¡Oh dulce oráculo de Zeus! ¿Con qué espíritu has llegado desde Pito, la rica en oro, a la
ilustre Tebas? Mi ánimo está tenso por el miedo, temblando de espanto, ¡oh dios, a
quien se le dirigen agudos gritos, Delios, sanador! Por ti estoy lleno de temor. ¿Qué
obligación de nuevo me vas a imponer, bien inmediatamente o después del transcurrir
de los años? Dímelo, ¡oh hija de la áurea Esperanza, palabra inmortal!
ANTÍSTROFA 1ª
Te invoco la primera, hija de Zeus, inmortal Atenea, y a tu hermana, Artemis, protectora
del país, que se asienta en glorioso trono en el centro del ágora y a Apolo el que flecha a
distancia. ¡Ay! Haceos visibles para mí, los tres, como preservadores de la muerte.
Si ya anteriormente, en socorro de una desgracia sufrida por la ciudad, conseguisteis
arrojar del lugar el ardor de la plaga, presentaos también ahora.
ESTROFA 2ª
¡Ay de mí! Soporto dolores sin cuento. Todo mi pueblo está enfermo y no existe el arma
de la reflexión con la que uno se pueda defender. Ni crecen los frutos de la noble tierra
ni las mujeres tienen que soportar quejumbrosos esfuerzos en sus partos. Y uno tras
otro, cual rápido pájaro, puedes ver que se precipitan, con más fuerza que el fuego
irresistible, hacia la costa del dios de las sombras.
ANTÍSTROFA 2ª
La población perece en número incontable. Sus hijos, abandonados, yacen en el suelo,
portadores de muerte, sin obtener ninguna compasión. Entretanto, esposas y, también,
canosas madres gimen por doquier en las gradas de los templos, en actitud de
suplicantes, a causa de sus tristes desgracias. Resuena el peán y se oye, al mismo
tiempo, un sonido de lamentos. En auxilio de estos males, ¡oh dura hija de Zeus!, envía
tu ayuda, de agraciado rostro.
ESTROFA 3ª.
Concede que el terrible Ares, que ahora sin la protección de los escudos me abrasa
saliéndome al encuentro a grandes gritos, se dé la vuelta en su carrera, lejos de los
confines de la patria, bien hacia el inmenso lecho de Anfitrita, bien hacia la inhóspita
agitación de los puertos tracios. Pues si la noche deja algo pendiente, a terminarlo
después llega el día. A ése, ¡oh tú, que repartes las fuerzas de los abrasadores
relámpagos, oh Zeus padre!, destrúyelo bajo tu rayo.
ANTÍSTROFA 3ª.
Soberano Liceo, quisiera que tus flechas invencibles que parten de cuerdas trenzadas en
oro se distribuyeran, colocadas delante, como protectoras y, también, las antorchas
llameantes de Ártemis con las que corre por los montes de Licia. Invoco al de la mitra
de oro, el que da nombre a esta región, a Baco, el de rojizo color, al del evohé,
compañero de las ménades, ¡que se acerque resplandeciente con refulgente antorcha
contra el dios odioso entre los dioses!
(Sale Edipo y se dirige al Coro.)
EDIPO.- Suplicas. Y de lo que suplicas podrías obtener remedio y alivio en tus
desgracias, si quisieras acoger mis palabras cuando las oigas y prestar servicio en esta
enfermedad. Y yo diré lo que sigue, como quien no tiene nada que ver con este relato ni
con este hecho. Porque yo mismo no podría seguir por mucho tiempo la pista sin tener
ni un rastro. Pero, como ahora he venido a ser un ciudadano entre ciudadanos, os diré a
todos vosotros, cadmeos, lo siguiente: aquel de vosotros que sepa por obra de quién
murió Layo, el hijo de Lábdaco, le ordeno que me lo revele todo y, si siente temor, que
aleje la acusación que pesa contra sí mismo, ya que ninguna otra pena sufrirá y saldrá
sano y salvo del país. Si alguien, a su vez, conoce que el autor es otro de otra tierra, que
no calle. Yo le concederé la recompensa a la que se añadirá mi gratitud. Si, por el
contrario, calláis y alguno temiendo por un amigo o por sí mismo trata de rechazar esta
orden, lo que haré con ellos debéis escucharme. Prohíbo que en este país, del que yo
poseo el poder y el trono, alguien acoja y dirija la palabra a este hombre, quienquiera
que sea, y que se haga partícipe con él en súplicas o sacrificios a los dioses y que le
permita las abluciones. Mando que todos le expulsen, sabiendo que es una impureza
para nosotros, según me lo acaba de revelar el oráculo pítico del dios. Ésta es la clase de
alianza que yo tengo para con la divinidad y para el muerto. Y pido solemnemente que,
el que a escondidas lo ha hecho, sea en solitario, sea en compañía de otros,
desventurado, consuma su miserable vida de mala manera. E impreco para que, si llega
a estar en mi propio palacio y yo tengo conocimiento de ello, padezca yo lo que acabo
de desear para éstos.
Y a vosotros os encargo que cumpláis todas estas cosas por mí mismo, por el dios y
por este país tan consumido en medio de esterilidad y desamparo de los dioses. Pues,
aunque la acción que llevamos a cabo no hubiese sido promovida por un dios, no sería
natural que vosotros la dejarais sin expiación, sino que debíais hacer averiguaciones por
haber perecido un hombre excelente y, a la vez, rey.
Ahora, cuando yo soy el que me encuentro con el poder que antes tuvo aquél, en
posesión del lecho y de la mujer fecundada, igualmente, por los dos, y hubiéramos
tenido en común el nacimiento de hijos comunes, si su descendencia no se hubiera
malogrado -pero la adversidad se lanzo contra su cabeza-, por todo esto yo, como si mi
padre fuera, lo defenderé y llegaré a todos los medios tratando de capturar al autor del
asesinato para provecho del hijo de Lábdaco, descendiente de Polidoro y de su
antepasado Cadmo, y del antiguo Agenor. Y pido, para los que no hagan esto, que los
dioses no les hagan brotar ni cosecha alguna de la tierra ni hijos de las mujeres, sino que
perezcan a causa de la desgracia en que se encuentran y aún peor que ésta. Y a vosotros,
los demás Cadmeos, a quienes esto os parezca bien, que la Justicia como aliada y todos
los demás dioses os asistan con buenos consejos.
CORIFEO.- Tal como me has cogido inmerso en tu maldición, te hablaré, oh rey. Yo ni
le maté ni puedo señalar a quien lo hizo. En esta búsqueda, era propio del que nos la ha
enviado, de Febo, decir quién lo ha hecho.
EDIPO.- Con razón hablas. Pero ningún hombre podría obligar a los dioses a algo que
no quieran.
CORIFEO.- En segundo lugar, después de eso, te podría decir lo que yo creo.
EDIPO.- También, si hay un tercer lugar, no dejes de decirlo.
CORO.- Sé que, más que ningún otro, el noble Tiresias ve lo mismo que el soberano
Febo, y de él se podría tener un conocimiento muy exacto, si se le inquiriera, señor.
EDIPO.- No lo he echado en descuido sin llevarlo a la práctica; pues, al decírmelo
Creonte, he enviado dos mensajeros. Me extraña que no esté presente desde hace rato.
CORIFEO.- Entonces los demás rumores son ineficaces y pasados.
EDIPO.- ¿Cuáles son? Pues atiendo a toda clase de rumor.
CORIFEO.- Se dijo que murió a manos de unos caminantes.
EDIPO.- También yo lo oí. Pero nadie conoce al que lo vio.
CORIFEO.- Si tiene un poco de miedo, no aguardará después de oír tus maldiciones.
EDIPO.- El que no tiene temor ante los hechos tampoco tiene miedo a la palabra.
(Entra Tiresias con los enviados por Edipo. Un niño le acompaña.)
CORIFEO.- Pero ahí está el que lo dejará al descubierto. Éstos traen ya aquí al sagrado
adivino, al único de los mortales en quien la verdad es innata.
EDIPO.- ¡Oh Tiresias, que todo lo manejas, lo que debe ser enseñado y lo que es
secreto, los asuntos del cielo y los terrenales! Aunque no ves, comprendes, sin embargo,
de qué mal es víctima nuestra ciudad. A ti te reconocemos como único defensor y
salvador de ella, señor. Porque Febo, si es que no lo has oído a los mensajeros, contestó
a nuestros embajadores que la única liberación de esta plaga nos llegaría si, después de
averiguarlo correctamente, dábamos muerte a los asesinos de Layo o les hacíamos salir
desterrados del país. Tú, sin rehusar ni el sonido de las aves ni ningún otro medio de
adivinación, sálvate a ti mismo y a la ciudad y sálvame a mí, y líbranos de toda
impureza originada por el muerto. Estamos en tus manos. Que un hombre preste
servicio con los medios de que dispone y es capaz, es la más bella de las tareas.
TIRESIAS.- ¡Ay, ay! ¡Qué terrible es tener clarividencia cuando no aprovecha al que la
tiene! Yo lo sabía bien, pero lo he olvidado, de lo contrario no hubiera venido aquí.
EDIPO.- ¿Qué pasa? ¡Qué abatido te has presentado!
TIRESIAS.- Déjame ir a casa. Más fácilmente soportaremos tú lo tuyo y yo lo mío si
me haces caso.
EDIPO.- No hablas con justicia ni con benevolencia para la ciudad que te alimentó, si le
privas de tu augurio.
TIRESIAS.- Porque veo que tus palabras no son oportunas para ti. ¡No vaya a ser que a
mí me pase lo mismo...!
(Hace ademán de retirarse.)
EDIPO.- No te des la vuelta, ¡por los dioses!, si sabes algo, ya que te lo pedimos todos
los que estamos aquí como suplicantes.
TIRESIAS.- Todos han perdido el juicio. Yo nunca revelaré mis desgracias, por no
decir las tuyas.
EDIPO.- ¿Qué dices? ¿Sabiéndolo no hablarás, sino que piensas traicionarnos y destruir
a la ciudad?
TIRESIAS.- Yo no quiero afligirme a mí mismo ni a ti. ¿Por qué me interrogas
inútilmente? No te enterarás por mí.
EDIPO.- ¡Oh el más malvado de los malvados, pues tú llegarías a irritar, incluso, a una
roca! ¿No hablarás de una vez, sino que te vas a mostrar así de duro e inflexible?
TIRESIAS.- Me has reprochado mi obstinación, y no ves la que igualmente hay en ti, y
me censuras.
EDIPO.- ¿Quién no se irritaría al oír razones de esta clase con las que tú estás
perjudicando a nuestra ciudad?
TIRESIAS.- Llegarán por sí mismas, aunque yo las proteja con el silencio.
EDIPO.- Pues bien, debes manifestarme incluso lo que está por llegar.
TIRESIAS.- No puedo hablar más. Ante esto, si quieres irrítate de la manera más
violenta.
EDIPO.- Nada de lo que estoy advirtiendo dejaré de decir, según estoy de encolerizado.
Has de saber que parece que tú has ayudado a maquinar el crimen y lo has llevado a
cabo en lo que no ha sido darle muerte con tus manos. Y si tuvieras vista, diría que,
incluso, este acto hubiera sido obra de ti solo.
TIRESIAS.- ¿De verdad? Y yo te insto a que permanezcas leal al edicto que has
proclamado antes y a que no nos dirijas la palabra ni a éstos ni a mí desde el día de hoy,
en la idea de que tú eres el azote impuro de esta tierra.
EDIPO.- ¿Con tanta desvergüenza haces esta aseveración? ¿De qué manera crees
poderte escapar a ella?
TIRESIAS.- Ya lo he hecho. Pues tengo la verdad como fuerza.
EDIPO.- ¿Por quién has sido enseñado? Pues, desde luego, de tu arte no procede.
TIRESIAS.- Por ti, porque me impulsaste a hablar en contra de mi voluntad.
EDIPO.- ¿Qué palabras? Dilo, de nuevo, para que aprenda mejor.
TIRESIAS.- ¿No has escuchado antes? ¿O es que tratas de que hable?
EDIPO.- No como para decir que me es comprensible. Dilo de nuevo.
TIRESIAS.- Afirmo que tú eres el asesino del hombre acerca del cual están
investigando.
EDIPO.- No dirás impunemente dos veces estos insultos.
TIRESIAS.- En ese caso, ¿digo también otras cosas para que te irrites aún más?
EDIPO.- Di cuanto gustes, que en vano será dicho.
TIRESIAS.- Afirmo que tú has estado conviviendo muy vergonzosamente, sin
advertirlo, con los que te son más queridos y que no te das cuenta en qué punto de
desgracia estás.
EDIPO.- ¿Crees tú, en verdad, que vas a seguir diciendo alegremente esto?
TIRESIAS.- Sí, si es que existe alguna fuerza en la verdad.
EDIPO.- Existe, salvo para ti. Tú no la tienes, ya que estás ciego de los oídos, de la
mente y de la vista.
TIRESIAS.- Eres digno de lástima por echarme en cara cosas que a ti no habrá nadie
que no te reproche pronto.
EDIPO.- Vives en una noche continua, de manera que ni a mí, ni a ninguno que vea la
luz, podrías perjudicar nunca.
TIRESIAS.- No quiere el destino que tú caigas por mi causa, pues para ello se basta
Apolo, a quien importa llevarlo a cabo.
EDIPO.- ¿Esta invención es de Creonte o tuya?
TIRESIAS.- Creonte no es ningún dolor para ti, sino tú mismo.
EDIPO.- ¡Oh riqueza, poder y saber que aventajas a cualquier otro saber en una vida
llena de encontrados intereses! ¡Cuánta envidia acecha en vosotros, si, a causa de este
mando que la ciudad me confió como un don -sin que yo lo pidiera-, Creonte, el que era
leal, el amigo desde el principio, desea expulsarme deslizándose a escondidas, tras
sobornar a semejante hechicero, maquinador y charlatán engañoso, que sólo ve en las
ganancias y es ciego en su arte! Porque, ¡ea!, dime, ¿en qué fuiste tú un adivino
infalible? ¿Cómo es que no dijiste alguna palabra que liberara a estos ciudadanos
cuando estaba aquí la perra cantora Y, ciertamente, el enigma no era propio de que lo
discurriera cualquier persona que se presentara, sino que requería arte adivinatoria que
tú no mostraste tener, ni procedente de las aves ni conocida a partir de alguno de los
dioses. Y yo, Edipo, el que nada sabía, llegué y la hice callar consiguiéndolo por mi
habilidad, y no por haberlo aprendido de los pájaros. A mí es a quien tú intentas echar,
creyendo que estarás más cerca del trono de Creonte. Me parece que tú y el que ha
urdido esto tendréis que lograr la purificación entre lamentos. Y si no te hubieses hecho
valer por ser un anciano, hubieras conocido con sufrimientos qué tipo de sabiduría
tienes.
CORIFEO.- Nos parece adivinar que las palabras de éste y las tuyas, Edipo, han sido
dichas a impulsos de la cólera. Pero no debemos ocuparnos en tales cosas, sino en cómo
resolveremos los oráculos del dios de la mejor manera.
TIRESIAS.- Aunque seas el rey, se me debe dar la misma oportunidad de replicarte, al
menos con palabras semejantes. También yo tengo derecho a ello, ya que no vivo
sometido a ti sino a Loxias, de modo que no podré ser inscrito como seguidor de
Creonte, jefe de un partido. Y puesto que me has echado en cara que soy ciego, te digo:
aunque tú tienes vista, no ves en qué grado de desgracia te encuentras ni dónde habitas
ni con quiénes transcurre tu vida. ¿Acaso conoces de quiénes desciendes? Eres, sin darte
cuenta, odioso para los tuyos, tanto para los de allí abajo como para los que están en la
tierra, y la maldición que por dos lados te golpea, de tu madre y de tu padre, con paso
terrible te arrojará, algún día, de esta tierra, y tú, que ahora ves claramente, entonces
estarás en la oscuridad. ¡Qué lugar no será refugio de tus gritos!, ¡qué Citerón no los
recogerá cuando te des perfecta cuenta del infausto matrimonio en el que tomaste puerto
en tu propia casa después de conseguir una feliz navegación! Y no adviertes la cantidad
de otros males que te igualarán a tus hijos. Después de esto, ultraja a Creonte y a mi
palabra. Pues ningún mortal será aniquilado nunca de peor forma que tú.
EDIPO.- ¿Es que es tolerable escuchar esto de ése? ¡Maldito seas! ¿No te irás cuanto
antes? ¿No te irás de esta casa, volviendo por donde has venido?
TIRESIAS.- No hubiera venido yo, si tú no me hubieras llamado.
EDIPO.- No sabía que ibas a decir necedades. En tal caso, difícilmente te hubiera hecho
venir a mi palacio.
Tiresias.- Yo soy tal cual te parezco, necio, pero para los padres que te engendraron era
juicioso.
EDIPO.- ¿A quiénes? Aguarda. ¿Qué mortal me dio el ser?
TIRESIAS.- Este día te engendrará y te destruirá.
EDIPO.- ¡De qué modo enigmático y oscuro lo dices todo!
TIRESIAS.- ¿Acaso no eres tú el más hábil por naturaleza para interpretarlo?
EDIP0.- Échame en cara, precisamente, aquello en lo que me encuentras grande.
TIRESIAS.- Esa fortuna, sin embargo, te hizo perecer.
EDIPO.- Pero si salvo a esta ciudad, no me preocupa.
TIRESIAS.- En ese caso me voy. Tú, niño, condúceme.
EDIPO.- Que te lleve, sí, porque aquí, presente, eres un molesto obstáculo; y, una vez
fuera, puede ser que no atormentes más.
TIRESIAS.- Me voy, porque ya he dicho aquello para lo que vine, no porque tema tu
rostro. Nunca me podrás perder. Y te digo: ese hombre que, desde hace rato, buscas con
amenazas y con proclamas a causa del asesinato de Layo está aquí. Se dice que es
extranjero establecido aquí, pero después saldrá a la luz que es tebano por su linaje y no
se complacerá de tal suerte. Ciego, cuando antes tenía vista, y pobre, en lugar de rico, se
trasladará a tierra extraña tanteando el camino con un bastón. Será manifiesto que él
mismo es, a la vez, hermano y padre de sus propios hijos, hijo y esposo de la mujer de
la que nació y de la misma raza, así como asesino de su padre. Entra y reflexiona sobre
esto. Y si me coges en mentira, di que yo ya no tengo razón en el arte adivinatorio.
(Tiresias se aleja y Edipo entra en palacio.)
CORO
ESTROFA 1ª
¿Quién es aquel al que la profética roca délfica nombró como el que ha llevado a cabo,
con sangrientas manos, acciones indecibles entre las indecibles? Es el momento para
que él, en la huida, fuerce un paso más poderoso que el de caballos rápidos como el
viento, pues contra él se precipita, armado con fuego y relámpagos, el hijo de Zeus. Y,
junto a él, siguen terribles las infalibles diosas de la Muerte.
ANTÍSTROFA 1ª
No hace mucho resonó claramente, desde el nevado Parnaso, la voz que anuncia que,
por doquier, se siga el rastro al hombre desconocido. Va de un lado a otro bajo el
agreste bosque y por cuevas y grutas, cual un toro que vive solitario, desgraciado, de
desgraciado andar, rehuyendo los oráculos procedentes del centro de la tierra. Pero
éstos, siempre vivos, revolotean alrededor.
ESTROFA 2ª
De terrible manera, ciertamente, de terrible manera me perturba el sabio adivino, ya lo
crea, ya niegue. ¿Qué diré? Lo ignoro. Estoy traído y llevado por las esperanzas, sin ver
ni el presente ni lo que hay detrás. Yo nunca he sabido, ni antes ni ahora, qué motivo de
disputa había entre los Labdácidas y el hijo de Pólibo, que, por haberlo probado, me
haga ir contra la pública fama de Edipo, como vengador para los Labdácidas de muertes
no claras.
ANTÍSTROFA 2ª
Por una parte, cierto es que Zeus y Apolo son sagaces y conocedores de los asuntos de
los mortales, pero que un adivino entre los hombres obtenga mayor éxito que yo, no es
un juicio verdadero. Un hombre podría contraponer sabiduría a sabiduría. Y yo nunca,
hasta ver que la profecía se cumpliera, haría patentes los reproches. Porque, un día,
llegó contra él, visible, la alada doncella y quedó claro, en la prueba, que era sabio y
amigo para la ciudad. Por ello, en mi corazón nunca será culpable de maldad
(Entra Creonte.)
CREONTE.- Ciudadanos, habiéndome enterado de que el rey Edipo me acusa con
terribles palabras, me presento sin poder soportarlo. Pues si en los males presentes cree
haber sufrido de mi parte con palabras o con obras algo que le lleve a un perjuicio, no
tengo deseo de una vida que dure mucho tiempo con esta fama. El daño que me reporta
esta acusación no es sin importancia, sino gravísimo, si es que voy a ser llamado
malvado en la ciudad, y malvado ante ti y ante los amigos.
CORIFEO.- Tal vez haya llegado a este ultraje forzado por la cólera, más que
intencionadamente.
CREONTE.- Fue declarado por éste abiertamente que, persuadido por mis consejeros, el
adivino decía palabras falaces?
CORIFEO.- Eso dijo, pero no sé con qué intención.
CREONTE.- ¿Y, con la mirada y la mente rectas, lanzó esta acusación contra mí?
CORIFEO.- No sé, pues no conozco lo que hacen los que tienen el poder. Pero él, en
persona, sale ya del palacio.
(Entra Edipo en escena.)
EDIPO.- ¡Tú, ése! ¿Cómo has venido aquí? ¿Eres, acaso, persona de tanta osadía que
has llegado a mi casa, a pesar de que es evidente que tú eres el asesino de este hombre y
un usurpador manifiesto de mi soberanía? ¡Ea, dime, por los dioses! ¿Te decidiste a
actuar así por haber visto en mí alguna cobardía o locura? ¿O pensabas que no
descubriría que tu acción se deslizaba con engaño, o que no me defendería al
averiguarlo? ¿No es tu intento una locura: buscar con ahínco la soberanía sin el apoyo
del pueblo y de los amigos, cuando se obtiene con la ayuda de aquél y de las riquezas?
CREONTE.- ¿Sabes lo que vas a hacer? Opuestas a tus palabras, escúchame palabras
semejantes y, después de conocerlas, juzga tú mismo.
EDIPO.- Tú eres diestro en el hablar y yo soy torpe para comprenderte, porque he
descubierto que eres hostil y molesto para mí.
CREONTE.- En lo que a esto se refiere, óyeme primero cómo lo voy a contar.
EDIPO.- En lo que a esto se refiere, no me digas que no eres un malvado.
CREONTE.- Si crees que la presunción separada de la inteligencia es un bien, no
razonas bien.
EDIPO.- Si crees que perjudicando a un pariente no sufrirás la pena, no razonas
correctamente.
CREONTE.- De acuerdo contigo en que has dicho esto con toda razón. Pero infórmame
qué perjuicio dices que has recibido.
EDIPO.- ¿Intentabas persuadirme, o no, de que era necesario que enviara a alguien a
buscar al venerable adivino?
CREONTE.- Y soy aún el mismo en lo que a ese consejo se refiere.
EDIPO.- ¿Cuánto tiempo hace ya desde que Layo...
CREONTE.- ¿Qué fue lo que hizo? No entiendo.
EDIPO.- ... sin que fuera visible, pereciera en un asesinato?
CREONTE.- Podrían contarse largos y antiguos años.
EDIPO.- ¿Ejercería entonces su arte ese adivino?
CREONTE.- Sí, tan sabiamente como antes y honrado por igual.
EDIPO.- ¿Hizo mención de mí para algo en aquel tiempo?
CREONTE.- No, ciertamente, al menos cuando yo estaba presente.
EDIPO.- Pero, ¿no hicisteis investigaciones acerca del muerto?
CREONTE.- Las hicimos, ¿cómo no? Y no conseguimos nada.
EDIPO.- ¿Y cómo, pues, ese sabio no dijo entonces estas cosas?
CREONTE.- No lo sé. De lo que no comprendo, prefiero guardar silencio.
EDIPO.- Sólo lo que sabes podrías decirlo con total conocimiento.
CREONTE.- ¿Qué es ello? Si lo sé, no lo negaré.
EDIPO.- Que, si no hubiera estado concertado contigo, no hubiera hablado de la muerte
de Layo a mis manos.
CREONTE.- Si esto dice, tú lo sabes. Yo considero justo informarme de ti, lo mismo
que ahora tú lo has hecho de mí.
EDIPO.- Haz averiguaciones. No seré hallado culpable de asesinato.
CREONTE.- ¿Y qué? ¿Estás casado con mi hermana?
EDIPO.- No es posible negar la pregunta que me haces.
CREONTE.- ¿Gobiernas el país administrándolo con igual poder que ella?
EDIPO.- Lo que desea, todo lo obtiene de mí.
CREONTE.- ¿Y no es cierto que, en tercer lugar, yo me igualo a vosotros dos?
EDIPO.- Por eso, precisamente, resultas ser un mal amigo.
CREONTE.- No si me das la palabra como yo a ti mismo. Considera primeramente
esto: si crees que alguien preferiría gobernar entre temores a dormir tranquilo, teniendo
el mismo poder. Por lo que a mí respecta, no tengo más deseo de ser rey que de actuar
como si lo fuera, ni ninguna otra persona que sepa razonar. En efecto, ahora lo obtengo
de ti todo sin temor, pero, si fuera yo mismo el que gobernara, haría muchas cosas
también contra mi voluntad. ¿Cómo, pues, iba a ser para mí más grato el poder absoluto,
que un mando y un dominio exentos de sufrimientos? Aún no estoy tan mal aconsejado
como para desear otras cosas que no sean los honores acompañados de provecho.
Actualmente, todos me saludan y me acogen con cariño. Los que ahora tienen necesidad
de ti me halagan, pues en esto está, para ellos, el obtener todo. ¿Cómo iba yo, pues, a
pretender aquello desprendiéndome de esto? Una mente que razona bien no puede
volverse torpe. No soy, por tanto, amigo de esta idea ni soportaría nunca la compañía de
quien lo hiciera. Y, como prueba de esto, ve a Delfos y entérate si te he anunciado
fielmente la respuesta del oráculo. Y otra cosa: si me sorprendes habiendo tramado algo
en común con el adivino, tras hacerlo, no me condenes a muerte por un solo voto, sino
por dos, por el tuyo y el mío; pero no me inculpes por tu cuenta a causa de una
suposición no probada. No es justo considerar, sin fundamento, a los malvados
honrados ni a los honrados malvados. Afirmo que es igual rechazar a un buen amigo
que a la propia vida, a la que se estima sobre todas las cosas. Con el tiempo, podrás
conocer que esto es cierto, ya que sólo el tiempo muestra al hombre justo, mientras que
podrías conocer al perverso en un solo día.
CORIFEO.- Bien habló él, señor, para quien sea cauto en errar. Pues los que se
precipitan no son seguros para dar una opinión.
EDIPO.- Cuando el que conspira a escondidas avanza con rapidez, preciso es que
también yo mismo planee con la misma rapidez. Si espero sin moverme, los proyectos
de éste se convertirán en hechos y los míos, en frustraciones.
CREONTE.- ¿Qué pretendes, entonces? ¿Acaso arrojarme fuera del país?
EDIPO.- En modo alguno. Que mueras quiero, no que huyas.
CREONTE.- Cuando expliques cuál es la clase de aborrecimiento...
EDIPO.- ¿Quieres decir que no me obedecerás ni me darás crédito?
CREONTE.- ...pues veo que tú no razonas con cordura.
EDIPO.- Sí, al menos, en lo que me afecta.
CREONTE.- Pero es preciso que lo hagas también en lo mío.
EDIPO.- Tú eres un malvado.
CREONTE.- ¿Y si es que tú no comprendes nada?
EDIPO.- Hay que obedecer, a pesar de ello.
CREONTE.- No al que ejerce mal el poder.
EDIPO.- ¡Oh ciudad, ciudad!
CREONTE.- También a mí me interesa la ciudad, no sólo a ti.
CORIFEO.- Cesad, príncipes. Veo que, a tiempo para vosotros, sale de palacio Yocasta,
con la que debéis dirimir la disputa que estáis sosteniendo.
(Yocasta sale de palacio.)
YOCASTA.- ¿Por qué, oh desdichados, originasteis esta irreflexiva discusión? ¿No os
da vergüenza ventilar cuestiones particulares estando como está sufriendo la ciudad?
¿No irás tú a palacio y tú, Creonte, a tu casa sin transformar un disgusto que no es nada
en algo importante?
CREONTE.- Hermana, Edipo, tu esposo, pretende llevar a cabo decisiones terribles
respecto a mí, habiendo elegido entre dos calamidades: o desterrarme de la patria o, tras
hacerme prisionero, matarme.
EDIPO.- Asiento. Pues le he sorprendido, mujer, tramando contra mi persona con
mañas ruines.
CREONTE.- ¡Que no sea feliz, sino que perezca maldito, si he realizado contra ti algo
de lo que me imputas!
YOCASTA.- ¡Por los dioses!, Edipo, da crédito a esto, sobre todo si sientes respeto ante
un juramento en nombre de los dioses y, después, también por respeto a mí y a los que
están ante ti.
ESTROFA 1ª
CORO.- Obedece de grado y por prudencia, señor, te lo suplico.
EDIPO.- ¿En qué quieres que ceda?
CORO.- En respetar al que nunca antes fue necio y ahora es fuerte en virtud del
juramento.
EDIPO.- ¿Sabes lo que pides?
CORIFEO.- Lo sé.
EDIPO.- Explícame qué dices.
CORO.- Que, por un rumor poco probado, nunca lances una acusación de deshonor a un
pariente obligado por su propio juramento.
EDIPO.- Entérate bien ahora: cuando esto pretendes, me estás buscando la ruina o mi
destierro de este país.
ESTROFA 2ª
CORO.- No, ¡por el dios primero entre todos los dioses el Sol! ¡Qué muera sin dios, sin
amigos, de la peor manera, si tengo semejante pensamiento! Pero esta tierra que se
consume aflige mi ánimo, desventurado, si los males que os atañen a vosotros dos se
unen a los que ya había.
EDIPO.- ¡Que se vaya éste, aun cuando deba yo morir irremediablemente o ser
expulsado por la fuerza, deshonrado, de esta tierra! Ante tus palabras dignas de lástima
me apiado, que no ante las de éste. Él, en donde se encuentre, será objeto de mi
aborrecimiento.
CREONTE.- Es evidente que lleno de odio cedes, y estarás molesto cuando termines de
estar airado. Las naturalezas como la tuya son, con motivo, las que más se duelen de
soportarse a sí mismas.
EDIPO.- ¿No me dejarás tranquilo y te irás fuera?
CREONTE.- Me voy sin que me hayas entendido, pero para éstos soy el mismo.
(Se aleja.)
ANTÍSTROFA 1ª
CORO.- Mujer, ¿qué estás esperando para llevarlo a palacio?
YOCASTA.- Conocer qué es lo que ocurre.
CORO.- Una oscura sospecha surgió de unas palabras, pero también me desgarra lo que
puede ser injusto.
YOCASTA.- ¿Del uno y del otro?
CORIFEO.- Sí.
YOCASTA.- ¿Y cuál fue el motivo?
CORO.- Basta, me parece que es suficiente, estando atormentado el país. Que se quede
el asunto allí donde cesó.
EDIPO.- Date cuenta dónde has llegado, aun siendo hombre honesto en tu intención,
haciendo caso omiso y embotando mi corazón.
ANTÍSTROFA 2ª.
CORO.- ¡Oh señor, no te lo he dicho sólo una vez: sabe que habría de mostrarme
insensato, falto de razonable juicio, si te abandonara. Tú, que dirigiste con justicia el
rumbo de mi querido país, cuando estaba sacudido entre desgracias, llegarás a ser
también ahora un buen guía, si puedes.
YOCASTA.- ¡En nombre de los dioses! Dime también a mí, señor, por qué asunto has
concebido semejante enojo.
EDIPO.- Hablaré. Pues a ti, mujer, te venero más que a éstos. Es a causa de Creonte y
de la clase de conspiración que ha tramado contra mí.
YOCASTA.- Habla, si es que lo vas a hacer para denunciar claramente el motivo de la
querella.
EDIPO.- Dice que yo soy el asesino de Layo.
YOCASTA.- ¿Lo conoce por sí mismo o por haberlo oído decir a otro?
EDIPO.- Ha hecho venir a un desvergonzado adivino, ya que su boca, por lo que a él en
persona concierne, está completamente libre.
YOCASTA.- Tú, ahora, liberándote a ti mismo de lo que dices, escúchame y aprende
que nadie que sea mortal tiene parte en el arte adivinatoria. La prueba de esto te la
mostraré en pocas palabras. Una vez le llegó a Layo un oráculo -no diré que del propio
Febo, sino de sus servidores- que decía que tendría el destino de morir a manos del hijo
que naciera de mí y de él. Sin embargo, a él, al menos según el rumor, unos bandoleros
extranjeros le mataron en una encrucijada de tres caminos. Por otra parte, no habían
pasado tres días desde el nacimiento del niño cuando Layo, después de atarle juntas las
articulaciones de los pies, le arrojó, por la acción de otros, a un monte infranqueable.
Por tanto, Apolo ni cumplió el que éste llegara a ser asesino de su padre ni que Layo
sufriera a manos de su hijo la desgracia que él temía. Afirmo que los oráculos habían
declarado tales cosas. Por ello, tú para nada te preocupes, pues aquello en lo que el dios
descubre alguna utilidad, él en persona lo da a conocer sin rodeos.
EDIPO.- Al acabar de escucharte, mujer, ¡qué delirio se ha apoderado de mi alma y qué
agitación de mis sentidos!
CREONTE.- ¿A qué preocupación te refieres que te ha hecho volverte sobre tus pasos?
EDIPO.- Me pareció oírte que Layo había sido muerto en una encrucijada de tres
caminos.
YOCASTA.- Se dijo así y aún no se ha dejado de decir.
EDIPO.- ¿Y dónde se encuentra el lugar ese en donde ocurrió la desgracia?
YOCASTA.- Fócide es llamada la región, y la encrucijada hace confluir los caminos de
Delfos y de Daulia.
EDIPO.- ¿Qué tiempo ha transcurrido desde estos acontecimientos?
YOCASTA.- Poco antes de que tú aparecieras con el gobierno de este país, se anunció
eso a la ciudad.
EDIPO.- ¡Oh Zeus! ¿Cuáles son tus planes para conmigo?
YOCASTA.- ¿Qué es lo que te desazona, Edipo?
EDIPO.- Todavía no me interrogues. Y dime, ¿qué aspecto tenía Layo y de qué edad
era?
YOCASTA.- Era fuerte, con los cabellos desde hacía poco encanecidos, y su figura no
era muy diferente de la tuya.
EDIPO.- ¡Ay de mí, infortunado! Paréceme que acabo de precipitarme a mí mismo, sin
saberlo, en terribles maldiciones.
YOCASTA.- ¿Cómo dices? No me atrevo a dirigirte la mirada, señor.
EDIPO.- Me pregunto, con tremenda angustia, si el adivino no estaba en lo cierto, y me
lo demostrarás mejor, si aún me revelas una cosa.
YOCASTA.- En verdad que siento temor, pero a lo que me preguntes, si lo sé,
contestaré.
EDIPO.- ¿Iba de incógnito, o con una escolta numerosa cual corresponde a un rey?
YOCASTA.- Eran cinco en total. Entre ellos había un heraldo. Sólo un carro conducía a
Layo.
EDIPO.- ¡Ay, ay! Esto ya está claro. ¿Quién fue el que entonces os anunció las nuevas,
mujer?
YOCASTA.- Un servidor que llegó tras haberse salvado sólo él.
EDIPO.- ¿Por casualidad se encuentra ahora en palacio?
YOCASTA.- No, por cierto. Cuando llegó de allí y vio que tú regentabas el poder y que
Layo estaba muerto, me suplicó, encarecidamente, cogiéndome la mano, que le enviara
a los campos y al pastoreo de rebaños para estar lo más alejado posible de la ciudad. Yo
lo envié, porque, en su calidad de esclavo, era digno de obtener este reconocimiento y
aún mayor.
EDIPO.- ¿Cómo podría llegar junto a nosotros con rapidez?
YOCASTA.- Es posible. Pero ¿por qué lo deseas?
EDIPO.- Temo por mí mismo, oh mujer, haber dicho demasiadas cosas. Por ello, quiero
verle.
YOCASTA.- Está bien, vendrá, pero también yo merezco saber lo que te causa
desasosiego, señor.
EDIPO.- Y no serás privada, después de haber llegado yo a tal punto de zozobra. Pues,
¿a quién mejor que a ti podría yo hablar, cuando paso por semejante trance?
Mi padre era Pólibo, corintio, y mi madre Mérope, doria. Era considerado yo como
el más importante de los ciudadanos de allí hasta que me sobrevino el siguiente suceso,
digno de admirar, pero, sin embargo, no proporcionado al ardor que puse en ello. He
aquí que en un banquete, un hombre saturado de bebida, refiriéndose a mí, dice, en
plena embriaguez, que yo era un falso hijo de mi padre. Yo, disgustado, a duras penas
me pude contener a lo largo del día, pero, al siguiente, fui junto a mi padre y mi madre y
les pregunté. Ellos llevaron a mal la injuria de aquel que había dejado escapar estas
palabras. Yo me alegré con su reacción; no obstante, eso me atormentaba sin cesar, pues
me había calado hondo.
Sin que mis padres lo supieran, me dirigí a Delfos, y Febo me despidió sin
atenderme en aquello por lo que llegué, sino que se manifestó anunciándome,
infortunado de mí, terribles y desgraciadas calamidades: que estaba fijado que yo
tendría que unirme a mi madre y que traería al mundo una descendencia insoportable de
ver para los hombres y que yo sería asesino del padre que me había engendrado.
Después de oír esto, calculando a partir de allí la posición de la región corintia por
las estrellas, iba, huyendo de ella, adonde nunca viera cumplirse las atrocidades de mis
funestos oráculos.
En mi caminar llego a ese lugar en donde tú afirmas que murió el rey. Y a ti, mujer,
te revelaré la verdad. Cuando en mi viaje estaba cerca de ese triple camino, un heraldo y
un hombre, cual tú describes, montado sobre un carro tirado por potros, me salieron al
encuentro. El conductor y el mismo anciano me arrojaron violentamente fuera del
camino. Yo, al que me había apartado, al conductor del carro, le golpeé movido por la
cólera. Cuando el anciano ve desde el carro que me aproximo, apuntándome en medio
de la cabeza, me golpea con la pica de doble punta. Y él no pagó por igual, sino que,
inmediatamente, fue golpeado con el bastón por esta mano y, al punto, cae redondo de
espaldas desde el carro. Maté a todos.
Si alguna conexión hay entre Layo y este extranjero, ¿quién hay en este momento
más infortunado que yo? ¿Qué hombre podría llegar a ser más odiado por los dioses,
cuando no le es posible a ningún extranjero ni ciudadano recibirle en su casa ni dirigirle
la palabra y hay que arrojarle de los hogares? Y nadie, sino yo, es quien ha lanzado
sobre mí mismo tales maldiciones. Mancillo el lecho del muerto con mis manos,
precisamente con las que le maté. ¿No soy yo, en verdad, un canalla? ¿No soy un
completo impuro? Si debo salir desterrado, no me es posible en mi destierro ver a los
míos ni pisar mi patria, a no ser que me vea forzado a unirme en matrimonio con mi
madre y a matar a Pólibo, que me crió y engendró. ¿Acaso no sería cierto el
razonamiento de quien lo juzgue como venido sobre mí de una cruel divinidad? ¡No,
por cierto, oh sagrada majestad de los dioses, que no vea yo este día, sino que
desaparezca de entre los mortales antes que ver que semejante deshonor impregnado de
desgracia llega sobre mí!
CORIFEO. A nosotros, oh rey, nos parece esto motivo de temor, pero mientras no lo
conozcas del todo por boca del que estaba presente, ten esperanza.
EDIPO.- En verdad, ésta es la única esperanza que tengo: aguardar al pastor.
YOCASTA.- Y cuando él haya aparecido, ¿qué esperas que suceda?
EDIPO.- Yo te lo diré. Si descubrimos que dice lo mismo que tú, yo podría ponerme a
salvo de esta calamidad.
YOCASTA.- ¿Qué palabras especiales me has oído?
EDIPO.- Decías que él afirmó que unos ladrones le habían matado. Si aún confirma el
mismo número, yo no fui el asesino, pues no podría ser uno solo igual a muchos. Pero si
dice que fue un hombre que viajaba en solitario, está claro: el delito me es imputable.
YOCASTA.- Ten por seguro que así se propagó la noticia, y no le es posible
desmentirla de nuevo, puesto que la ciudad, no yo sola, lo oyó. Y si en algo se apartara
del anterior relato, ni aun entonces mostrará que la muerte de Layo se cumplió
debidamente, porque Loxias dijo expresamente que se llevaría a cabo por obra de un
hijo mío. Sin embargo, aquél, infeliz, nunca le pudo matar, sino que él mismo sucumbió
antes. De modo que en materia de adivinación yo no podría dirigir la mirada ni a un
lado ni a otro.
EDIPO.- Haces un sensato juicio. Pero, no obstante, envía a alguien para que haga venir
al labriego y no lo descuides.
(Entran en palacio.)
CORO.
ESTROFA 1ªº
¡Ojalá el destino me asistiera para cuidar de la venerable pureza de todas las palabras y
acciones cuyas leyes son sublimes, nacidas en el celeste firmamento, de las que Olimpo
es el único padre y ninguna naturaleza mortal de los hombres engendró ni nunca el
olvido las hará reposar! Poderosa es la divinidad que en ellas hay y no envejece.
ANTÍSTROFA 1ªº
La insolencia produce al tirano. La insolencia, si se harta en vano de muchas cosas que
no son oportunas ni convenientes subiéndose a lo más alto, se precipita hacia un abismo
de fatalidad donde no dispone de pie firme. Pido que la divinidad nunca haga cesar la
emulación que es favorable para la ciudad. Al dios no cesaré de tener como protector.
ESTROFA 2ªº
Si alguien se comporta orgullosamente en acciones o de palabra, sin sentir temor de la
Justicia ni respeto ante las moradas de los dioses, ¡ojalá le alcance un funesto destino
por causa de su infortunada arrogancia! Y si no saca con justicia provecho y no se aleja
de los actos impíos, o toca cosas que son intocables en una insensata acción, ¿qué
hombre, en tales circunstancias, se jactará aún de rechazar de su alma las flechas de los
dioses? Si las acciones de este tipo son dignas de horrores, ¿por qué debo yo participar
en los coros?
ANTÍSTROFA 2ª
Ya no iré honrando a la divinidad al sagrado centro de la tierra, ni al templo de Abas ni
a Olimpia, si estos oráculos no se cumplen como para que sean señalados por todos los
hombres. Pero, ¡oh Zeus poderoso!, si con razón eres así llamado, que riges todo, no te
pase esto inadvertido ni tampoco a tu poder siempre inmortal. Se diluyen los antiguos
oráculos acerca de Layo, extinguiéndose, y Apolo no se manifiesta, en modo alguno,
con honores, y los asuntos divinos se pierden.
(Yocasta sale de palacio acompañada de servidoras.)
YOCASTA.- Señores de la región, se me ha ocurrido la idea de acercarme a los templos
de los dioses con estas coronas y ofrendas de incienso en las manos. Porque Edipo tiene
demasiado en vilo su corazón con aflicciones de todo tipo y no conjetura, cual un
hombre razonable, lo nuevo por lo de antaño, sino que está pendiente del que habla si
anuncia motivos de temor. Y ya que no consigo nada con mis consejos, me llego ante ti,
oh Apolo Liceo -pues eres el más cercano-, cual suplicante, con estos signos de
rogativas para que nos proporciones alguna liberación purificadora, puesto que ahora
todos sentimos ansiedad, al ver asustado a aquel que es como el piloto de la nave.
(Entra en escena un mensajero.)
MENSAJERO.- ¿Podríais informarme, oh extranjeros, dónde se halla el palacio del rey
Edipo?
CORIFEO.- Ésta es su morada y él mismo está dentro, extranjero. Esta mujer es la
madre de sus hijos.
MENSAJERO.- ¡Que llegues a ser siempre feliz, rodeada de gente dichosa, tú que eres
esposa legítima de aquél!
YOCASTA.- De igual modo lo seas tú, oh extranjero, pues lo mereces por tus
favorables palabras. Pero dime con qué intención has llegado y qué quieres anunciar.
MENSAJERO.- Buenas nuevas para tu casa y para tu esposo, mujer.
YOCASTA.- ¿Cuáles son? ¿De parte de quién vienes?
MENSAJERO.- De Corinto. Ojalá te complazca -¿cómo no?- la noticia que te daré a
continuación, aun que tal vez te duelas.
YOCASTA.- ¿Qué es? ¿Cómo puede tener ese doble efecto?
MENSAJERO.- Los habitantes de la región del Istmo le van a designar rey, según se ha
dicho allí.
YOCASTA.- ¿Por qué? ¿No está ya el anciano Pólibo en el poder?
MENSAJERO.- No, ya que la muerte lo tiene en su tumba.
YOCASTA.- ¿Cómo dices? ¿Ha muerto el padre de Edipo?
MENSAJERO.- Que sea merecedor de muerte, si no digo la verdad.
YOCASTA.- Sirvienta, ¿no irás rápidamente a decirle esto al amo? ¡Oh oráculos de los
dioses! ¿Dónde estáis? Edipo huyó hace tiempo por el temor de matar a este hombre y,
ahora, él ha muerto por el azar y no a manos de aquél.
(Sale Edipo de palacio.)
EDIPO.- ¡Oh Yocasta, muy querida mujer! ¿Por qué me has mandado venir aquí desde
palacio?
YOCASTA.- Escucha a este hombre y observa, al oírle, en qué han quedado los
respetables oráculos del dios.
EDIPO.- ¿Quién es éste y qué me tiene que comunicar?
YOCASTA.- Viene de Corinto para anunciar que tu padre, Pólibo, no está ya vivo, sino
que ha muerto.
EDIPO.- ¿Qué dices, extranjero? Anúnciamelo tú mismo.
MENSAJERO.- Si es preciso que yo te lo anuncie claramente en primer lugar, entérate
bien de que aquél ha muerto.
EDIPO.- ¿Acaso por una emboscada, o como resultado de una enfermedad?
MENSAJERO.- Un pequeño quebranto rinde los cuerpos ancianos.
EDIPO.- A causa de enfermedad murió el desdichado, a lo que parece.
MENSAJERO.- Y por haber vivido largos años.
EDIPO.- ¡Ah, ah! ¿Por qué, oh mujer, habría uno de tener en cuenta el altar vaticinador
de Pitón o los pájaros que claman en el cielo, según cuyos indicios tenía yo que dar
muerte a mi propio padre? Pero él, habiendo muerto, está oculto bajo tierra y yo estoy
aquí, sin haberle tocado con arma alguna, a no ser que se haya consumido por nostalgia
de mí. De esta manera habría muerto por mi intervención. En cualquier caso, Pólibo
yace en el Hades y se ha llevado consigo los oráculos presentes, que no tienen ya
ningún valor.
YOCASTA.- ¿No te lo decía yo desde antes?
EDIPO.- Lo decías, pero yo me dejaba guiar por el miedo.
YOCASTA.- Ahora no tomes en consideración ya ninguno de ellos.
EDIPO.- ¿Y cómo no voy a temer al lecho de mi madre?
YOCASTA.- Y ¿qué podría temer un hombre para quien los imperativos de la fortuna
son los que le pueden dominar, y no existe previsión clara de nada? Lo más seguro es
vivir al azar, según cada uno pueda. Tú no sientas temor ante el matrimonio con tu
madre, pues muchos son los mortales que antes se unieron también a su madre en
sueños. Aquel para quien esto nada supone más fácilmente lleva su vida.
EDIPO.- Con razón hubieras dicho todo eso, si no estuviera viva mí madre. Pero como
lo está, no tengo más remedio que temer, aunque tengas razón.
YOCASTA.- Gran ayuda suponen los funerales de tu padre.
EDIPO.- Grande, lo reconozco. Pero siento temor por la que vive.
MENSAJERO.- ¿Cuál es la mujer por la que teméis?
EDIPO.- Por Mérope, anciano, con la que vivía Pólibo.
MENSAJERO.- ¿Qué hay en ella que os induzca al temor?
EDIPO.- Un oráculo terrible de origen divino, extranjero.
MENSAJERO.- ¿Lo puedes aclarar, o no es lícito que otro lo sepa?
EDIPO.- Sí, por cierto. Loxias afirmó, hace tiempo, que yo había de unirme con mi
propia madre y coger en mis manos la sangre de mi padre. Por este motivo habito desde
hace años muy lejos de Corinto, feliz, pero, sin embargo, es muy grato ver el semblante
de los padres.
MENSAJERO.- ¿Acaso por temor a estas cosas estabas desterrado de allí?
EDIPO.- Por el deseo de no ser asesino de mi padre, anciano.
MENSAJERO.- ¿Por qué, pues, no te he liberado yo de este recelo, señor, ya que bien
dispuesto llegué?
EDIPO.- En ese caso recibirías de mí digno agradecimiento.
MENSAJERO.- Por esto he venido sobre todo, para que en algo obtenga un beneficio
cuando tú regreses a palacio.
EDIPO.- Pero jamás iré con los que me engendraron.
MENSAJERO.- ¡Oh hijo, es bien evidente que no sabes lo que haces...
EDIPO.- ¿Cómo, oh anciano? Acláramelo, por los dioses.
MENSAJERO.- ...si por esta causa rehúyes volver a casa!
EDIPO.- Temeroso de que Febo me resulte veraz.
MENSAJERO.- ¿Es que temes cometer una infamia para con tus progenitores?
EDIPO.- Eso mismo, anciano. Ello me asusta constantemente.
MENSAJERO.- ¿No sabes que, con razón, nada debes temer?
EDIPO.- ¿Cómo no, si soy hijo de esos padres?
MENSAJERO.- Porque Pólibo nada tenía que ver con tu linaje.
Edipo.- ¿Cómo dices? ¿Que no me engendró Pólibo?
MENSAJERO.- No más que el hombre aquí presente, sino igual.
EDIPO.- Y ¿cómo el que me engendró está en relación contigo que no me eres nada?
MENSAJERO.- No te engendramos ni aquél ni yo.
EDIPO.- Entonces, ¿en virtud de qué me llamaba hijo?
MENSAJERO.- Por haberte recibido como un regalo -entérate- de mis manos.
EDIPO.- Y ¿a pesar de haberme recibido así de otras manos, logró amarme tanto?
MENSAJERO.- La falta hasta entonces de hijos le persuadió del todo.
Edipo.- Y tú, ¿me habías comprado o encontrado cuando me entregaste a él?
MENSAJERO.- Te encontré en los desfiladeros selvosos del Citerón.
EDIPO.- ¿Por qué recorrías esos lugares?
MENSAJERO.- Allí estaba al cuidado de pequeños rebaños montaraces.
EDIPO.- ¿Eras pastor y nómada a sueldo?
MENSAJERO.- Y así fui tu salvador en aquel momento.
EDIPO.- ¿Y de qué mal estaba aquejado cuando me tomaste en tus manos?
MENSAJERO.- Las articulaciones de tus pies te lo pueden testimoniar.
EDIPO.- ¡Ay de mí! ¿A qué antigua desgracia te refieres con esto?
MENSAJERO.- Yo te desaté, pues tenías perforados los tobillos.
EDIPO.- ¡Bello ultraje recibí de mis pañales!
MENSAJERO.- Hasta el punto de recibir el nombre que llevas por este suceso.
EDIPO.- ¡Oh, por los dioses! ¿De parte de mi madre o de mi padre la recibí? Dímelo.
MENSAJERO.- No lo sé. El que te entregó a mí conoce esto mejor que yo.
EDIPO.- Entonces, ¿me recibiste de otro y no me encontraste por ti mismo?
MENSAJERO.- No, sino que otro pastor me hizo entrega de ti.
EDIPO.- ¿Quién es? ¿Sabes darme su nombre?
MENSAJERO.- Por lo visto era conocido como uno de los servidores de Layo.
EDIPO.- ¿Del rey que hubo, en otro tiempo, en esta tierra?
MENSAJERO.- Sí, de ese hombre era él pastor.
EDIPO.- ¿Está aún vivo ese tal como para poder verme?
MENSAJERO.- (Dirigiéndose al Coro.) Vosotros, los habitantes de aquí, podríais
saberlo mejor.
EDIPO.- ¿Hay entre vosotros, los que me rodeáis, alguno que conozca al pastor a que se
refiere, por haberle visto, bien en los campos, bien aquí? Indicádmelo, pues es el
momento de descubrirlo de una vez por todas.
CORIFEO.- Creo que a ningún otro se refiere, sino al que tratabas de ver antes
haciéndole venir desde el campo. Pero aquí está Yocasta que podría decirlo mejor.
EDIPO.- Mujer, ¿conoces a aquel que hace poco deseábamos que se presentara? ¿Es a
él a quien éste se refiere?
YOCASTA.- ¿Y qué nos va lo que dijo acerca de un cualquiera? No hagas ningún caso,
no quieras recordar inútilmente lo que ha dicho.
EDIPO.- Sería imposible que con tales indicios no descubriera yo mi origen.
YOCASTA.- ¡No, por los dioses! Si en algo te preocupa tu propia vida, no lo
investigues. Es bastante que yo esté angustiada.
EDIPO.- Tranquilízate, pues aunque yo resulte esclavo, hijo de madre esclava por tres
generaciones, tú no aparecerás innoble.
YOCASTA.- No obstante, obedéceme, te lo suplico. No lo hagas.
EDIPO.- No podría obedecerte en dejar de averiguarlo con claridad.
YOCASTA.- Sabiendo bien que es lo mejor para ti, hablo.
EDIPO.- Pues bien, lo mejor para mí me está importunando desde hace rato.
YOCASTA.- ¡Oh desventurado! ¡Que nunca llegues a saber quién eres!
EDIPO.- ¿Alguien me traerá aquí al pastor? Dejad a ésta que se complazca en su
poderoso linaje.
YOCASTA.- ¡Ah, ah, desdichado, pues sólo eso te puedo llamar y ninguna otra cosa ya
nunca en adelante!
(Yocasta, visiblemente alterada, entra al palacio.)
CORIFEO.- ¿Por qué se ha ido tu esposa, Edipo, tan precipitadamente bajo el peso de
una profunda aflicción? Tengo miedo de que de este silencio estallen desgracias.
EDIPO.- Que estalle lo que quiera ella. Yo sigo queriendo conocer mi origen, aunque
sea humilde. Esa, tal vez, se avergüence de mi linaje oscuro, pues tiene orgullosos
pensamientos como mujer que es. Pero yo, que me tengo a mí mismo por hijo de la
Fortuna, la que da con generosidad, no seré deshonrado, pues de una madre tal he
nacido. Y los meses, mis hermanos, me hicieron insignificante y poderoso. Y si tengo
este origen, no podría volverme luego otro, como para no llegar a conocer mi estirpe.
CORO
ESTROFA
Si yo soy adivino y conocedor de entendimiento, ¡por el Olimpo!, no quedarás, ¡oh
Citerón!, sin saber que desde el plenilunio de mañana yo te ensalzaré como región de
Edipo, al tiempo que nodriza y madre, y serás celebrado con coros por nosotros como
quien se hace protector de mis reyes. ¡Oh Febo, que esto te sirva de satisfacción!
ANTÍSTROFA
¿Cuál a ti, hijo, cuál de las ninfas inmortales te engendró, acercándose al padre Pan que
vaga por los montes? ¿O fue una amante de Loxias, pues a él le son queridas todas las
agrestes planicies? El soberano de Cilene o el dios báquico que habita en lo más alto de
los montes te recibió como un hallazgo de alguna de las ninfas del Helicón con las que
juguetea la mayor parte del tiempo
(Entra el anciano pastor acompañado de dos esclavos.)
EDIPO.- Si he de hacer yo conjeturas, ancianos, creo estar viendo al pastor que desde
hace rato buscamos, aunque nunca he tenido relación con él. Pues en su acusada edad
coincide por completo con este hombre y, además, reconozco a los que lo conducen
como servidores míos. Pero tú, tal vez, podrías superarme en conocimientos por haber
visto antes al pastor.
CORIFEO.- Lo conozco, ten la certeza. Era un pastor de Layo, fiel cual ninguno.
EDIPO.- A ti te pregunto en primer lugar, al extranjero corintio: ¿es de ése de quien
hablabas?
MENSAJERO.- De éste que contemplas.
EDIPO.- Eh, tú, anciano, acércate y, mirándome, contesta a cuanto te pregunte.
¿Perteneciste, en otro tiempo, al servicio de Layo?
SERVIDOR.- Sí, como esclavo no comprado, sino criado en la casa.
EDIPO.- ¿En qué clase de trabajo te ocupabas o en qué tipo de vida?
SERVIDOR.- La mayor parte de mi vida conduje rebaños.
EDIPO.- ¿En qué lugares habitabas sobre todo?
SERVIDOR.- Unas veces, en el Citerón; otras, en lugares colindantes.
EDIPO.- ¿Eres consciente de haber conocido allí a este hombre en alguna parte?
SERVIDOR.- ¿En qué se ocupaba? ¿A qué hombre te refieres?
EDIPO.- Al que está aquí presente. ¿Tuviste relación con él alguna vez?
SERVIDOR.- No como para poder responder rápidamente de memoria.
MENSAJERO.- No es nada extraño, señor. Pero yo refrescaré claramente la memoria
del que no me reconoce. Estoy bien seguro de que se acuerda cuando, en el monte
Citerón, él con doble rebaño y yo con uno, convivimos durante tres períodos enteros de
seis meses, desde la primavera hasta Arturo. Ya en el invierno yo llevaba mis rebaños a
los establos, y él, a los apriscos de Layo. ¿Cuento lo que ha sucedido o no?
SERVIDOR.- Dices la verdad, pero ha pasado un largo tiempo.
MENSAJERO.- ¡Ea! Dime, ahora, ¿recuerdas que entonces me diste un niño para que
yo lo criara como un retoño mío?
SERVIDOR.- ¿Qué ocurre? ¿Por qué te informas de esta cuestión?
MENSAJERO.- Éste es, querido amigo, el que entonces era un niño.
SERVIDOR.- ¡Así te pierdas! ¿No callarás?
EDIPO.- ¡Ah! No le reprendas, anciano, ya que son tus palabras, más que las de éste, las
que requieren un reprensor.
SERVIDOR.- ¿En qué he fallado, oh el mejor de los amos?
EDIPO.- No hablando del niño por el que éste pide información.
SERVIDOR.- Habla, y no sabe nada, sino que se esfuerza en vano.
EDIPO.- Tú no hablarás por tu gusto, y tendrás que hacerlo llorando.
SERVIDOR.- ¡Por los dioses, no maltrates a un anciano como yo!
EDIPO.- ¿No le atará alguien las manos a la espalda cuanto antes?
SERVIDOR.- ¡Desdichado! ¿Por qué? ¿De qué más deseas enterarte?
EDIPO.- ¿Le entregaste al niño por el que pregunta?
SERVIDOR.- Lo hice y ¡ojalá hubiera muerto ese día!
EDIPO.- Pero a esto llegarás, si no dices lo que corresponde.
SERVIDOR.- Me pierdo mucho más aún si hablo.
EDIPO.- Este hombre, según parece, se dispone a dar rodeos.
SERVIDOR.- No, yo no, pues ya he dicho que se lo entregué.
EDIPO.- ¿De dónde lo habías tomado? ¿Era de tu familia o de algún otro?
SERVIDOR.- Mío no. Lo recibí de uno.
EDIPO.- ¿De cuál de estos ciudadanos y de qué casa?
SERVIDOR.- ¡No, por los dioses, no me preguntes más, mi señor!
EDIPO.- Estás muerto, si te lo tengo que preguntar de nuevo.
SERVIDOR.- Pues bien, era uno de los vástagos de la casa de Layo.
EDIPO.- ¿Un esclavo, o uno que pertenecía a su linaje?
SERVIDOR.- ¡Ay de mí! Estoy ante lo verdaderamente terrible de decir.
EDIPO.- Y yo de escuchar, pero, sin embargo, hay que oírlo.
Servidor.- Era tenido por hijo de aquél. Pero la que está dentro, tu mujer, es la que
mejor podría decir cómo fue.
EDIPO.- ¿Ella te lo entregó?
SERVIDOR.- Sí, en efecto, señor.
EDIPO.- ¿Con qué fin?
SERVIDOR.- Para que lo matara.
EDIPO.- ¿Habiéndolo engendrado ella, desdichada?
SERVIDOR.- Por temor a funestos oráculos.
EDIPO.- ¿A cuáles?
SERVIDOR - Se decía que él mataría a sus padres.
EDIPO.- Y ¿cómo, en ese caso, tú lo entregaste a este anciano?
SERVIDOR.- Por compasión, oh señor, pensando que se lo llevaría a otra tierra de
donde él era. Y éste lo salvó para los peores males. Pues si eres tú, en verdad, quien él
asegura, sábete que has nacido con funesto destino.
EDIPO.- ¡Ay, ay! Todo se cumple con certeza. ¡Oh luz del día, que te vea ahora por
última vez! ¡Yo que he resultado nacido de los que no debía, teniendo relaciones con los
que no podía y habiendo dado muerte a quienes no tenía que hacerlo!
(Entra en palacio.)
CORO
ESTROFA 1ª
¡Ah, descendencia de mortales! ¡Cómo considero que vivís una vida igual a nada! Pues,
¿qué hombre, qué hombre logra más felicidad que la que necesita para parecerlo y, una
vez que ha dado esa impresión, para declinar? Teniendo este destino tuyo, el tuyo como
ejemplo, ¡oh infortunado Edipo!, nada de los mortales tengo por dichoso.
ANTÍSTROFA 1ª
Tú, que, tras disparar el arco con incomparable destreza, conseguiste una dicha por
completo afortunada, ¡oh Zeus!, después de hacer perecer a la doncella de corvas garras
cantora de enigmas, y te alzaste como un baluarte contra la muerte en mi tierra. Y, por
ello, fuiste aclamado como mi rey y honrado con los mayores honores, mientras
reinabas en la próspera Tebas.
ESTROFA 2ª
Y ahora, ¿de quién se puede oír decir que es más desgraciado? ¿Quién es el que vive
entre violentas penas, quién entre padecimientos con su vida cambiada? ¡Ah noble
Edipo, a quien le bastó el mismo espacioso puerto para arrojarse como hijo, padre y
esposo! ¿Cómo, cómo pudieron los surcos paternos tolerarte en silencio, infortunado,
durante tanto tiempo?
ANTÍSTROFA 2ª
Te sorprendió, a despecho tuyo, el tiempo que todo lo ve y condena una antigua boda
que no es boda en donde se engendra y resulta engendrado. ¡Ah, hijo de Layo, ojalá,
ojalá nunca te hubiera visto! Yo gimo derramando lúgubres lamentos de mi boca; pero,
a decir verdad, yo tomé aliento gracias a ti y pude adormecer mis ojos.
(Sale un mensajero del palacio.)
MENSAJERO.- ¡Oh vosotros, honrados siempre, en grado sumo, en esta tierra! ¡Qué
sucesos vais a escuchar, qué cosas contemplaréis y en cuánto aumentaréis vuestra
aflicción, si es que aún, con fidelidad, os preocupáis de la casa de los Labdácidas! Creo
que ni el Istro ni el Fasis podrían lavar, para su purificación, cuanto oculta este techo y
los infortunios que, enseguida, se mostrarán a la luz, queridos y no involuntarios. Y, de
las amarguras, son especialmente penosas las que se demuestran buscadas
voluntariamente.
CORIFEO.- Los hechos que conocíamos son ya muy lamentables. Además de aquéllos,
¿qué anuncias?
MENSAJERO.- Las palabras más rápidas de decir y de entender: ha muerto la divina
Yocasta.
CORIFEO.- ¡Oh desventurada! ¿Por qué causa?
MENSAJERO.- Ella, por sí misma. De lo ocurrido falta lo más doloroso, al no ser
posible su contemplación. Pero, sin embargo, en tanto yo pueda recordarlo te enterarás
de los padecimientos de aquella infortunada. Cuando, dejándose llevar por la pasión
atravesó el vestíbulo, se lanzó derechamente hacia la cámara nupcial mesándose los
cabellos con ambas manos. Una vez que entró, echando por dentro los cerrojos de las
puertas, llama a Layo, muerto ya desde hace tiempo, y le recuerda su antigua simiente,
por cuyas manos él mismo iba a morir y a dejar a su madre como funesto medio de
procreación para sus hijos. Deploraba el lecho donde, desdichada, había engendrado una
doble descendencia: un esposo de un esposo y unos hijos de hijos.
Y, después de esto, ya no sé cómo murió; pues Edipo, dando gritos, se precipitó y,
por él, no nos fue posible contemplar hasta el final el infortunio de aquélla; más bien
dirigíamos la mirada hacia él mientras daba vueltas.
En efecto, iba y venía hasta nosotros pidiéndonos que le proporcionásemos una
espada y que dónde se encontraba la esposa que no era esposa, seno materno en dos
ocasiones, para él y para sus hijos.
Algún dios se lo mostró, a él que estaba fuera de sí, pues no fue ninguno de los
hombres que estábamos cerca. Y gritando de horrible modo, como si alguien le guiara,
se lanzó contra las puertas dobles y, combándolas, abate desde los puntos de apoyo los
cerrojos y se precipita en la habitación en la que contemplamos a la mujer colgada,
suspendida del cuello por retorcidos lazos. Cuando él la ve, el infeliz, lanzando un
espantoso alarido, afloja el nudo corredizo que la sostenía. Una vez que estuvo tendida,
la infortunada, en tierra, fue terrible de ver lo que siguió: arrancó los dorados broches de
su vestido con los que se adornaba y, alzándolos, se golpeó con ellos las cuencas de los
ojos, al tiempo que decía cosas como éstas: que no le verían a él, ni los males que había
padecido, ni los horrores que había cometido, sino que estarían en la oscuridad el resto
del tiempo para no ver a los que no debía y no conocer a los que deseaba.
Haciendo tales imprecaciones una y otra vez –que no una sola-, se iba golpeando los
ojos con los broches. Las pupilas ensangrentadas teñían las mejillas y no destilaban
gotas chorreantes de sangre, sino que todo se mojaba con una negra lluvia y granizada
de sangre.
Esto estalló por culpa de los dos, no de uno sólo, pero las desgracias están
mezcladas para el hombre y la mujer. Su legendaria felicidad anterior era entonces una
felicidad en el verdadero sentido; pero ahora, en el momento presente, es llanto,
infortunio, muerte, ignominia y, de todos los pesares que tienen nombre, ninguno falta.
CORIFEO.- ¿Y ahora se encuentra el desdichado en alguna tregua de su mal?
MENSAJERO.- Está gritando que se descorran los cerrojos y que muestren a todos los
Cadmeos al homicida, al que de su madre.... profiriendo expresiones impías,
impronunciables para mí, como si se fuera a desterrar él mismo de esta tierra y a no
permanecer más en el palacio, estando como está sujeto a la maldición que lanzó. Lo
cierto es que requiere un soporte y un guía, pues la desgracia es mayor de lo que se
puede tolerar. Te lo mostrará también a ti, pues se abren los cerrojos de las puertas.
Pronto podrás ver un espectáculo tal, como para mover a compasión, incluso, al que le
odiara.
(Se abren las puertas del palacio y aparece Edipo con la cara ensangrentada, andando a
tientas.)
CORO.
¡Oh sufrimiento terrible de contemplar para los hambres! ¡Oh el más espantoso de todos
cuantos yo me he encontrado! ¿Qué locura te ha acometido, oh infeliz? ¿Qué deidad es
la que ha saltado, con salto mayor que los más largos, sobre su desgraciado destino?
¡Ay, ay, desdichado! Pero ni contemplarte puedo, a pesar de que quisiera hacerte
muchas preguntas, enterarme de muchas cosas y observarte mucho tiempo. ¡Tal horror
me inspiras!
Edipo.- ¡Ah, ah, desgraciado de mí! ¿A qué tierra seré arrastrado, infeliz? ¿Adónde se
me irá volando, en un arrebato, mi voz? ¡Ay, destino! ¡Adónde te has marchado?
CORIFEO.- A un desastre terrible que ni puede escucharse ni contemplarse.
ESTROFA 1ª
EDIPO.- ¡Oh nube de mi oscuridad, que me aíslas, sobrevenida de indecible manera,
inflexible e irremediable! ¡Ay, ay de mí de nuevo! ¡Cómo me penetran, al mismo
tiempo, los pinchazos de estos aguijones y el recuerdo de mis males!
CORIFEO.- No tiene nada de extraño que en estos sufrimientos te lamentes y soportes
males dobles.
ANTÍSTROFA 1ª
EDIPO.- ¡Oh amigo!, tú eres aún mi fiel servidor, pues todavía te encargas de cuidarme
en mi ceguera. ¡Uy, uy!, No me pasas inadvertido, sino que, aunque estoy en tinieblas,
reconozco, sin embargo, tu voz.
CORIFEO.- ¡Ah, tú que has cometido acciones horribles! ¿Cómo te atreviste a extinguir
así tu vista?, ¿qué dios te impulsó?
ESTROFA 2ª
EDIPO.- Apolo era, Apolo, amigos, quien cumplió en mí estos tremendos, sí,
tremendos, infortunios míos. Pero nadie los hirió con su mano sino yo, desventurado.
Pues ¿qué me quedaba por ver a mí, a quien, aunque viera, nada me sería agradable de
contemplar?
CORO.- Eso es exactamente como dices.
EDIPO.- ¿Qué es, pues, para mí digno de ver o de amar, o qué saludo es posible ya oír
con agrado, amigos? Sacadme fuera del país cuanto antes, sacad, oh amigos, al que es
funesto en gran medida, al maldito sobre todas las cosas, al más odiado de los mortales
incluso para los dioses.
CORIFEO.- ¡Desdichado por tu clarividencia, así como por tus sufrimientos! ¡Cómo
hubiera deseado no haberte conocido nunca!
ANTÍSTROFA 2ª
EDIPO.- ¡Así perezca aquel, sea el que sea, que me tomó en los pastos, desatando los
crueles grilletes de mis pies, me liberó de la muerte y me salvó, porque no hizo nada de
agradecer! Si hubiera muerto entonces, no habría dado lugar a semejante penalidad para
mí y los míos.
CORO.- Incluso para mí hubiera sido mejor.
EDIPO.- No hubiera llegado a ser asesino de mi padre, ni me habrían llamado los
mortales esposo de la que nací. Ahora, en cambio, estoy desasistido de los dioses, soy
hijo de impuros, tengo hijos comunes con aquella de la que yo mismo -¡desdichado!-
nací. Y si hay un mal aún mayor que el mal, ése le alcanzó a Edipo.
CORIFEO.- No veo el modo de decir que hayas tomado una buena decisión. Sería
preferible que ya no existieras a vivir ciego.
EDIPO.- No intentes decirme que esto no está así hecho de la mejor manera, ni me
hagas ya recomendaciones. No sé con qué ojos, si tuviera vista, hubiera podido mirar a
mi padre al llegar al Hades, ni tampoco a mi desventurada madre, porque para con
ambos he cometido acciones que merecen algo peor que la horca. Pero, además, ¿acaso
hubiera sido deseable para mí contemplar el espectáculo que me ofrecen mis hijos,
nacidos como nacieron? No por cierto, al menos con mis ojos.
Ni la ciudad, ni el recinto amurallado, ni las sagradas imágenes de los dioses, de las
que yo, desdichado -que fui quien vivió con más gloria en Tebas-, me privé a mí mismo
cuando, en persona, proclamé que todos rechazaran al impío, al que por obra de los
dioses resultó impuro y del linaje de Layo. Habiéndose mostrado que yo era semejante
mancilla, ¿iba yo a mirar a éstos con ojos francos? De ningún modo. Por el contrario, si
hubiera un medio de cerrar la fuente de audición de mis oídos, no hubiera vacilado en
obstruir mi infortunado cuerpo para estar ciego y sordo. Que el pensamiento quede
apartado de las desgracias es grato.
¡Ah, Citerón! ¿Por qué me acogiste? ¿Por qué no me diste muerte tan pronto como
me recibiste, para que nunca hubiera mostrado a los hombres de dónde había nacido?
¡Oh Pólibo y Corinto y antigua casa paterna -sólo de nombre-, cómo me criasteis con
apariencia de belleza, pero corrompido de males por dentro! Ahora soy considerado un
infame y nacido de infames.
¡Oh tres caminos y oculta cañada, encinar y desfiladero en la encrucijada, que
bebisteis, por obra de mis manos, la sangre de mi padre que es la mía! ¿Os acordáis aún
de mí? ¡Qué clase de acciones cometí ante vuestra presencia y, después, viniendo aquí,
cuáles cometí de nuevo! ¡Oh matrimonio, matrimonio, me engendraste y, habiendo
engendrado otra vez, hiciste brotar la misma simiente y diste a conocer a padres,
hermanos, hijos, sangre de la misma familia, esposas, mujeres y madres y todos los
hechos más abominables que suceden entre los hombres! Pero no se puede hablar de lo
que no es noble hacer. Ocultadme sin tardanza, ¡por los dioses!, en algún lugar fuera del
país o matadme o arrojadme al mar, donde nunca más me podáis ver. Venid, dignaos
tocar a este hombre desgraciado. Obedecedme, no tengáis miedo, ya que mis males
ningún mortal, sino yo, puede arrostrarlos.
CORIFEO.- A propósito de lo que pides, aquí se presenta Creonte para tomar iniciativas
o decisiones, ya que se ha quedado como único custodio del país en tu lugar.
EDIPO.- ¡Ay de mí! ¿Qué palabras le voy a dirigir? ¿Qué garantía justa de confianza
podrá aparecer en mí? Pues de mi enfrentamiento anterior con él, en todo me descubro
culpable.
(Entra Creonte.)
CREONTE.- No he venido a burlarme, Edipo, ni a echarte en cara ninguno de los
ultrajes de antes. (Dirigiéndose al Coro.) Pero si no sentís respeto ya por la
descendencia de los mortales, sentidlo, al menos, por el resplandor del soberano Helios
que todo lo nutre y no mostréis así descubierta una mancilla tal, que ni la tierra ni la
sagrada lluvia ni la luz acogerán. Antes bien, tan pronto como sea posible, metedle en
casa; porque lo más piadoso es que las deshonras familiares sólo las vean y escuchen los
que forman la familia.
EDIPO.- ¡Por los dioses!, ya que me has liberado de mi presentimiento al haber llegado
con el mejor ánimo junto a mí, que soy el peor de los hombres, óyeme, pues a ti te
interesa, que no a mí, lo que voy a decir.
CREONTE.- ¿Y qué necesitas obtener para suplicármelo así?
EDIPO.- Arrójame enseguida de esta tierra, donde no pueda ser abordado por ninguno
de los mortales.
CREONTE.- Hubiera hecho esto, sábelo bien, si no deseara, lo primero de todo,
aprender del dios qué hay que hacer.
EDIPO.- Pero la respuesta de aquél quedó bien evidente: que yo perezca, el parricida, el
impío.
CREONTE.- De este modo fue dicho; pero, sin embargo, en la necesidad en que nos
encontramos es más conveniente saber qué debemos hacer.
EDIPO.- ¿Es que vais a pedir información sobre un hombre tan miserable?
CREONTE.- Sí, y tú ahora sí que puedes creer en la divinidad.
EDIPO.- En ti también confío y te hago una petición: dispón tú, personalmente, el
enterramiento que gustes de la que está en casa. Pues, con rectitud, cumplirás con los
tuyos. En cuanto a mí, que esta ciudad paterna no consienta en tenerme como habitante
mientras esté con vida, antes bien, dejadme morar en los montes, en ese Citerón que es
llamado mío, el que mi padre y mi madre, en vida, dispusieron que fuera legítima
sepultura para mí, para que muera por obra de aquellos que tenían que haberme matado.
No obstante, sé tan sólo una cosa, que ni la enfermedad ni ninguna otra causa me
destruirán. Porque no me hubiera salvado entonces de morir, a no ser para esta horrible
desgracia. Pero que mi destino siga su curso, vaya donde vaya. Por mis hijos varones no
te preocupes, Creonte, pues hombres son, de modo que, donde fuera que estén, no
tendrán nunca falta de recursos. Pero a mis pobres y desgraciadas hijas, para las que
nunca fue dispuesta mi mesa aparte de mí, sino que de cuanto yo gustaba, de todo ello
participaban siempre, a éstas cuídamelas. Y, sobre todo, permíteme tocarlas con mis
manos y deplorar mis desgracias. ¡Ea, oh Señor! ¡Ea, oh noble en tu linaje! Si las tocara
con las manos, me parecería tenerlas a ellas como cuando veía. ¿Qué digo? (Hace
ademán de escuchar.) ¿No estoy oyendo llorar a mis dos queridas hijas? ¿No será que
Creonte por compasión ha hecho venir lo que me es más querido, mis dos hijas? ¿Tengo
razón?
(Entran Antígona e Ismene conducidas por un siervo.)
CREONTE.- La tienes. Yo soy quien lo ha ordenado, porque imaginé la satisfacción
que ahora sientes, que desde hace rato te obsesionaba.
EDIPO.- ¡Ojalá seas feliz y que, por esta acción, consigas una divinidad que te proteja
mejor que a mí! ¡Oh hijas! ¿Dónde estáis? Venid aquí, acercaos a estas fraternas manos
mías que os han proporcionado ver de esta manera los ojos, antes luminosos, del padre
que os engendró. Este padre, que se mostró como tal para vosotras sin conocer ni saber
dónde había sido engendrado él mismo.
Lloro por vosotras dos -pues no puedo miraros-, cuando pienso qué amarga vida os
queda y cómo será preciso que paséis vuestra vida ante los hombres. ¿A qué reuniones
de ciudadanos llegaréis, a qué fiestas, de donde no volváis a casa bañadas en lágrimas,
en lugar de gozar del festejo? Y cuando lleguéis a la edad de las bodas, ¿quién será,
quién, oh hijas, el que se expondrá a aceptar semejante oprobio, que resultará una ruina
para vosotras dos como, igualmente, lo fue para mis padres? ¿Cuál de los crímenes está
ausente? Vuestro padre mató a su padre, fecundó a la madre en la que él mismo había
sido engendrado y os tuvo a vosotras de la misma de la que él había nacido. Tales
reproches soportaréis. Según eso, ¿quién querrá desposaros? No habrá nadie, oh hijas,
sino que seguramente será preciso que os consumáis estériles y sin bodas.
¡Oh hijo de Meneceo!, ya que sólo tú has quedado como padre para éstas -pues
nosotros, que las engendramos, hemos sucumbido los dos-, no dejes que las que son de
tu familia vaguen mendicantes sin esposos, no las iguales con mis desgracias. Antes
bien, apiádate de ellas viéndolas a su edad así, privadas de todo excepto en lo que a ti se
refiere. Prométemelo, ¡oh noble amigo!, tocándome con tu mano. Y a vosotras, ¡oh
hijas!, si ya tuvierais capacidad de reflexión, os daría muchos consejos. Ahora, suplicad
conmigo para que, donde os toque en suerte vivir, tengáis una vida más feliz que la del
padre que os dio el ser.
CREONTE.- Basta ya de gemir. Entra en palacio.
EDIPO.- Te obedeceré, aunque no me es agradable.
CREONTE.- Todo está bien en su momento oportuno.
EDIPO.- ¿Sabes bajo qué condiciones me iré?
CREONTE.- Me lo dirás y, al oírlas, me enteraré.
EDIPO.- Que me envíes desterrado del país.
CREONTE.- Me pides un don que incumbe a la divinidad.
EDIPO.- Pero yo he llegado a ser muy odiado por los dioses.
CREONTE.- Pronto, en tal caso, lo alcanzarás.
EDIPO.- ¿Lo aseguras?
CREONTE.- Lo que no pienso, no suelo decirlo en vano.
EDIPO.- Sácame ahora ya de aquí.
CREONTE.- Márchate y suelta a tus hijas.
EDIPO.- En modo alguno me las arrebates.
CREONTE.- No quieras vencer en todo, cuando, incluso aquello en lo que triunfaste, no
te ha aprovechado en la vida.
(Entran todos en palacio.)
CORIFEO.- ¡Oh habitantes de mi patria, Tebas, mirad: he aquí a Edipo, el que
solucionó los famosos enigmas y fue hombre poderosísimo; aquel al que los ciudadanos
miraban con envidia por su destino! ¡En qué cúmulo de terribles desgracias ha venido a
parar! De modo que ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en
el último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso.
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UNIDAD 2
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Corrección: Patricia Motto Rouco y Catalina Larralde
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© Esteban Valentino, 2010
© Ediciones SM, 2010
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Primera edición: marzo de 2010
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l Valentino, Esteban
Es tan difícil volver a Ítaca / Esteban valenttno ; coordinado
NIt I'Jt,rt permtüda la reproducción total por Laura Leibiker ; dirigido por Lidia Mazzalomo i
11 111111 \111 lit, este libro, ni su tratamiento edición literaria a cargo de Laura Linzuain ; l' ed.-
1IIIIItll~lllIl, 111 In trnnsmisíón de ninguna Buenos Aires: Ediciones SM, 2010.
htl"'~ 111111I IHl1111ulc[otro medio, ya sea 112 p. : il. ; 21X13 cm. - (Gran Angular; 7)
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l Illtil ullo, p r fotocopia, por
I 1 1111 \1 IIItIl" tII~IHtI08, sin el permiso ISBN 978"987-S7B76-)
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1I 111 1111I1 .11110 dt, los titulares del
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1. Literatura Infantil y Juvenil. 1. Leibiker, Laura, coord. 11.
1111/111 Mazzalomo, Lidia, dir, 111.Línzuain, Laura, ed. lit. IV.Título
CDD 86).928 2
Me gusta contarme mi historia para convencerme de
(lit este que está aquí acostado soy yo. Me llamo Eduardo.
ttu cinco años que murió papá. Yo tenía siete pero me
uru rdo bien de que lo primero que sentí fue mucho miedo
\1 !/fmas de irme a acostar. Cuando se quedó así, como dor-
lid lo, mamá me dijo que no sabía qué iba a pasar, si iba a
tI(O,\P rtar para volver con nosotros o no. Mi mamá no me
111 ente nunca. Desde que era chico me repite siempre lo mis-
11 1 ti,
/1 duardo, aunque sea fea, te vaya decir la verdad. Por-
/II/(o y quiero que me creas siempre, siempre." Como esa vez
,/,0/ pá. Por eso ahora le puedo creer. Aunque ella no me
/ (1 iche, aunque ella no lo sepa, yo estoy aquí creyéndole.
I (/ siento con mis ojos cerrados. Con los ojos cerrados siento
11 !/I(U1.0 en mi frente y su boca que me hace cosquillas en
1// oreja y me gustaría reirme no para que deje de hacerme
, 1I\(fltlllas,sino para que sepa que me gusta. Antes, cuando
1" I'¡ ft mirarla y decirle y era de verdad yo, no me gusta-
""0 I (Ir ahora sí, ahora no quiero que pare. A veces hasta
/, 1/I/tI ganas de saltar y agarrarla fuerte, pero no sé cómo
",/(f('~ uando uno está dormido. Bueno, yo digo "dormi-
1" I}()rqu así deben verme, pero no es lo mismo ... porque
5
y si mi casa sigue siendo mi casa. Creo que soy como un -Hola, Moni, ¿cómo anda todo hoy?
caracol, que anda con su techo a cuestas. Y mi mejor techo y yo tengo que hacer como que escucho a este extra de
está al lado de una cama de hospital, con un chiquito al 111 i película que ni siquiera libretista es y decirle:
que tengo que enseñarle el camino de vuelta. El resto del -Bien, Carlos, gracias. Sin grandes novedades. -y ase-
mundo me parece una enorme intemperie, con lluvia y I \I rarle-: Cuando pase algo gordo vas a ser de los pri-
frío, aunque haya sol y calor. Mi único lugar cobijado es III iros en saberlo-. Entonces me siento al escritorio y me
esa cama. Tampoco sé si los demás siguen siendo tanto pongo a hacer mi trabajo y los extras circulan a mi alrede-
"los demás". Están, claro, y hasta me llevan por delante dm y solo caminan en un universo que está lleno de otros
cuando bajamos del tren y me piden cosas en el trabajo y '" I abundan, algunos libretistas y dos que existen.
yo les doy direcciones en los taxis, pero son como extras
en mi película. Tal vez también los médicos tengan alguna
existencia más ..., no sé cómo decirlo, más real. Pero eso que estoy solo. Lo sé porque no siento ninguna mano
porque son los que me informan cómo sigue esta película I//¡r mi frente y ninguna cosquilla en la oreja y además
mía. Son los que me escriben parte del libreto. El resto lit/di me habla. Eso es bueno. Un poco de soledad de vez
abunda. ,'1/ cuando también me gusta. ¿~ grandecita? Sigo hacien-
"11 hr mas con la historia y vos no me decís nada. Te cues-
/,/ /(1 onocer que así te tapé la boca con eso de que soy
Menos mal que entre la estación y mi trabajo hay apenas , /¡ "Hito, ¿eh?, te cuesta. Bueno, tampoco me decís nada
cinco cuadras. Caminarlas me gusta, porque hay muchos I'''"tll ahora no estás, así que lo mío es otra vez bastante
árboles, poco tránsito y puedo seguir pensando. Pensar "'/111), Así que Síndrome de Melas. Mirá vos. Melas ... vas a
otra cosa ahora. Pensar en un camino que nunca recorrí, 1"/'llIr uando te agarre. Gracioso el nombre del sueño este
pero que tengo que averiguar cómo es para decirle a al- '//1" m cayó de golpe. Lástima que solamente sirva para
guien cómo se vuelve. Pensar en aprender de los senderos ,/,1// In . Como en los partidos, cuando el profe me sacaba
que se meten en bosques oscuros o en montañas altísimas I·!tW n ntrar a otro que estaba afuera. Yo no quería salir
y pasan por abismos impenetrables, para contarle a un chi- 1"'111 (1 me explicaba que todos tenían que jugar. A mí me
quito cómo tiene que ir por esos lugares, qué pasos tiene ,¡,tI,1/ rabia pero, yo qué sé, así eran las cosas. Todos tenían
que dar para no perderse, para no tener miedo en la oscuri- '1",1 ¡'/llar y yo nunca fui de los mejores. Ahora el profesor
dad, para no correr riesgo de trastabillar y caerse en algún 1""11 ti! hizo lo mismo. Me dijo que todos tienen que ju-
precipicio. /'1/ \1 11t. acó de la cancha. ¿Quién habrá entrado en mi
O pensar ahora en sonreír unos centímetros porque mi 111",,, l' además, ¿tan mal estaba jugando? Cuando venga
I
jefe, que es un buen tipo, me saluda lindo como siempre y "',"II/I.~ l vaya preguntar. No, no me volví loco. Ya sé que
me dice: 111 1'///'(/ cucharme. Pero eso no tiene nada que ver. Yo
10 11
pase con vos. No quiero que nada te distraiga de eso. Así
puedo preguntar lo que se me ocurra. Algún día me entera-
que voy a hacerme yo las preguntas que me parece podés
ré de las respuestas. O (la. No sé. hacer te vos y te las vaya contestar.
Tiempo tengo.
Sí, miedo también te(lgo.
[e, je, ¿qué decía yo sobre que nadie me escuchaba? A ver
qué me digo ahora. No, no soy mago, no adivino el futuro.
Ya no puedo esperar más. Ya tengo que empezar mi tra-
No, es ella, en serio. Se le ocurrió sola. Yo no tengo poderes
bajo de guía. Y vaya largar con lo que se me ocurrió. Que
mentales. Bah, al menos nunca me dijeron que los tenía. ¿A
no sé si es lo que él espera de mí o lo que esperaría alguien
ver con qué me sale ahora la grandecita?
perdido de su guía pero es lo que puedo hacer yo, esta yo
que soy ahora, tan llena de dudas pero a la vez tan llena de
mi decisión. Estoy regresando, estoy abriendo la puerta del - Lo primero que me preguntaría es por qué me pasó
ascensor. Estoy subiendo al piso indicado y miro en silen- sto, qué hice mal. Y yo diría que la primera obligación que
cio la pantallita que indica los números porque nada me Inés es olvidarte de hacer esa pregunta. Es tonto pregun-
importa de esta gente qüe viaja conmigo, que ni a extras
tarse por qué nos pasan las cosas malas que nos pasan. No
llegan en mi película. son apenas el decorado y no se le 1105 pasan porque hayamos hecho las cosas mal. Solamente
habla a los telones en el teatro. Ahora bajo y mi soledad de
1 s tontos se preguntan por qué nos pasan las cosas inevi-
estos pasillos hasta la habitación me hace bien. Bueno, ya
I bles.
llegué, aquí estoy. Me saco el tapado porque afuera hacía
frío de verdad, y me sieOto en la silla que está siempre es-
perándome alIado de su cama. Bueno, ahora me dicen "tonto" hasta dormido. Linda
-AqUÍ estoy, chiquita. Ya llegué. Te cuento cómo está
mamá. Dejá, no te preocupes. En estos días ya me dije yo
el día afuera. Son las siete de la tarde. Ya no hay sol y hace
varias veces que era un tarado ...
bastante frío. Yo me tuve que poner el abrigo grueso, ese
que no te gusta nada porque decís que me tapa toda, pero
precisamente por eso me lo tuve que poner. Ah, te digo -Bah, no quiero decir que seas un tonto por hacer te
lo que se me ocurrió para hoy. Estuve pensando que si yo
" S preguntas. Digo que es una tontería pensar eso. No
estuviera aSÍ,como estás vos, una de las cosas que rrrás ra-
1I e falta ser un tonto para pensar tonterías. Así que nada
bia me daría sería no poder enterarme de las respuestas a
el pensar eso. Otras preguntas sí, esa no, ¿estamos? Y sí,
las dudas que tuviera porque claro, si no me escuchan, no
i querés también porque soy tu madre. Vas a tener que
puedo hacer preguntas. Y esa rabia me distraería de mi tra-
¡l , ptar varias de estas órdenes mías aunque no te gusten.
bajo de encontrar el camino de vuelta. No quiero que eso
12
Acordate de que además soy tu guía. Y no se le discute a un i, grandecita. Lo que pasa es que no la hacés casi nun-
tipo que conoce bien un lugar qué camino hay que tomar. '11, Pero me encanta.
Se lo obedece y a otra cosa. Ya sé, ahora vas a decirme que
yo no conozco para nada el lugar en que vos estás. Pero no
es tan cierto eso. Yoya estuve allí con papá y sé bastante de -Sí. Ahora me acuerdo de que sí te gusta. Lo que pasa
esas sombras. Además es lo mejor que tenés a mano, ¡qué ue casi no hago.
tantas pretensiones! Bueno, sigamos.
s lo que digo. A veces parece que me escucharas ...
Dale, grandecita, hace te, haceme, otra pregunta y dejá
de enojarte todo el tiempo. Es raro esto de tener dudas aje-
nas. Aunque a veces hasta pareciera que me escucharas. -Otra duda sería la que tiene que ver con esta seguri-
(lid que yo tengo de tu vuelta a este lado del sueño. De dón-
el\ me sale. Es difícil de explicar ... pero a la vez me es tan
-También me preguntaría cuándo va a terminar este rwidente como el hecho de que ahora estás del otro lado. No
lío. No lo sé, vida, pero tené en cuenta que cuando termine l' una esperanza estúpida de una mamá que quiere que su
tu parte en esta historia también va a terminar la mía. Es I1 ij se quede con ella. Es tan seguro como que mañana va
decir, cuando vos vuelvas, yo también vaya volver. Cuan- 1 manecer. O sea, puede haber solo llover o estar nublado,
do vos encuentres la puerta que hay que abrir yo también 1) ro de que va a amanecer no hay duda. Con tu despertar
voy a girar ese picaporte, así que esa duda es tanto tuya m pasa algo parecido. Puede tardar más o menos, puede
como mía. Igual no creo que nadie nos dé nunca una res- h ber más o menos problemas, pero yo sé que vas a abrir
puesta exacta. Me parece que vamos a tener que aprender lajas.
a conformarnos con esas seguridades de cuando eras muy
chiquito: hoyes lunes, afuera hace frío, me gusta la torta
de manzana. Dejemos las preguntotas, esas que necesitan Está bien, ma. Si vos estás segura, para mí está bien. Te
de gente muy sabia, para días que nos podamos dar esos <ligoque no me parece mal. No sé si es una esperanza estú-
lujos. Por ahora conformémonos con que sea lunes, con pida, pero no me parece mal.
que haga frío, con que te guste la torta de manzana. Aun-
que ahora que lo pienso, no estoy segura. ¿Tegusta la torta
de manzana? -Bueno, amor. Ya es noche tarde. Me quedo a dormir
t quí, con vos. Mañana la seguimos.
Ahora estoy solo con las respuestas que me dio y con las -Buen día, amor. ¿Cómo pasaste la noche? Ah, mirá,
preguntas que me sigo haciendo. Ya sé que no tengo que vol- aquí me traen el desayuno. Café con leche, una tostada y
verme loco con eso de "por qué a mí" y que tampoco tengo mermelada. Debe estar rico, como siempre. Ahora que se
que querer saber hasta cuándo va a durar esta historia. "No fue la enfermera, te puedo decir que la verdad tuviste bas-
hay que distraerse': dice la grandecita. No hay que olvidar tante suerte. No sabés lo linda y jovencita que es. A vos te
el camino de regreso. Pero es que yo tampoco lo conozco encantaría.
mucho, mamá. Nunca hablamos de la muerte de pa. Nunca
nos sentamos a conversar sobre lo que le pasó a cada uno
en ese momento. Yo no sabía que yo tenía la misma enfer- Buen día, grandecita. No. No sé lo linda y jovencita que es
medad. Me parece que estuviste bien en no decírmelo. Me pero puedo imaginario. Aunque tampoco sé si tengo ganas
hubiera asustado mucho y no habría servido para nada. de imaginario. Mejor hablemos de otra cosa. Que la enfer-
Como el cuento aquel que leí del tipo al que le dicen que mera linda me hace acordar a Camila, la enfermera tiene la
se va a morir un jueves. Y entonces cada miércoles y iueves cara de Camila yeso sí me pone de mal humor.
son una tortura y al final se muere un lunes cualquiera y
el pobre se pasó la vida temblando todos los jueves. Pero
sin saber eso, igual me sentí distinto a los demás, con más -Rubiecita, chiquita. Una muñeca, vea, caballero. Lucía
peligros a mi alrededor, como si no tener papá me hubie- se llama.
ra hecho más frágil. Ahora que lo pienso me parece que a
vos te pasó algo parecido. Y supongo que ahora tendrás la
sensación de que todo puede volver a pasar y tenés mie- Y dale con los ¿cómo se llamabani, ¿los diminutivos, eran?
do de quedarte todavía más, ah no sé cómo decirlo, más ... Í¡ eran los diminutivos. Que "jovencita': que "rubiecita': que
rompible. Eso. ¿Quién de los dos tendrá más noche en este "chiquita".¿Qué te picó hoy? ¿No te dije que no quiero que me
momento, grandecita? Porque el que se puede ir soy yo, ya lo cuentes más de la enfermera, que me pone de mal humor?
sé, con mi siempresueño y todo el asunto. Pero la que se va a ¿No me escuchás, tonta? No, no me escuchás. Para qué me
quedar sos vos. No se te va a ocurrir esa pregunta (y si se te hago el idiota si sé que no me escuchás.
ocurre es que me escuchás en serio), pero me vendría bien
saber qué te gustaría más. Si pudieras elegir, ¿qué harías?:
¿irte o quedarte? -Antes de irme quiero contarte algo de ese tipo, ese
riego que tardó diez años en volver a su casa. ¿Cómo
uién? Ese Ulises que te conté un día que era rey de una
i la que se llamaba Ítaca. Sí, el de la mujer que tejía para
r trasar el momento de casarse de nuevo. Que se llamaba
16
Cuando llegó, el cíclope les preguntó quiénes eran ellos.
Penélope. La pobre estaba acosada por los pretendientes
Ulises le respondió que eran viajeros perdidos y que él de-
que querían casarse con ella para apoderarse del reino,
bía atenderlos según las reglas de la hospitalidad que orde-
pero como última resistencia se le ocurrió la idea de decir
na el propio Zeus, el padre de los dioses. Pero el monstruo
que elegiría marido cuando terminara su tejido. Sin em-
se rió y le respondió que los cíclopes no le debían obedien-
bargo, para retrasar lo más posible ese momento, deshacía
cia a nadie y que Zeus podía irse a freír churros. Bueno, no
de noche todo lo que tejía de día. Los tipos que querían el
se lo dijo así porque en esa época no había churros, pero
trono eran unos guarangos que vivían a costa de las rique-
eso fue lo que quiso decir.
zas de Ulises y no les importaba nada todo el desastre que
hacían porque estaban seguros de que el rey había muerto
al volver a su tierra. Pero no. Ulises tuvo que pasar por un
Sí, me imagino al cíclope ese diciendo que cualquier que-
montón de aventuras para estar otra vez en su reino, por-
ja de Zeus que le hable por teléfono. Pero seguí. Me gusta tu
que en la conquista de Troya se había ganado el odio eterno
forma de contarlo.
del dios del mar, Poseidón, cosa nada buena si uno tiene
que volver a su patria en barco. Pero su mejor historia es la
que le pasó con un cíclope. -y allí nomás se comió a dos de ellos. Para que no
pudieran escapar, cerró la entrada de la caverna con una
roca enorme que solo alguien con su enorme fuerza podía
¿Qué es un cíclope? mover. Al día siguiente se comió a otros dos y pensaba de-
vorarse a todos, pero Ulises era muy astuto y le dijo que
después de almorzar lo mejor era tomarse un buen vaso de
-Seguro que te estás preguntando qué demonios es
vino. Y le dio una copa que llevaba. El gigante empezó a
un cíclope. Te digo. Un cíclope es un gigante que en lugar
tomar y a tomar y a tomar hasta que se agarró una borra-
de tener dos ojos tiene uno solo en medio de la frente. Este
hera que no se podía tener en pie. Y claro, se quedó dormi-
se llamaba Polifemo y era poderoso y malvado como na-
do. Entonces Ulises y los suyos aprovecharon para clavarle
die. El tema es que Ulises y sus compañeros llegaron hasta
n el ojo un tronco de árbol con una punta al rojo vivo que
SU caverna, que estaba llena de ovejas y de otros alimentos,
habían preparado en el fuego ... y, izas! lo dejaron ciego. El
casi como preparados para que ellos se los llevaran. Los
íclope se puso como loco y empezó a preguntarle a los
compañeros de Ulises le rogaron a su jefe que, como el
ritos cómo se llamaba y Ulises le contestó que se llamaba
cíclope no estaba, los dejara cargar todo lo que pudieran
Nadie. Parecía tonta la respuesta de Ulises, y sus amigos
y que luego huyeran de esa cueva siniestra; pero él era un
no lo entendieron demasiado. Pero cuando los otros cíclo-
hombre que disfrutaba antes que nada de vivir grandes
pes quisieron averiguar quién lo había herido, Polifemo les
aventuras y no quiso irse sin conocer al terrible Polifemo.
respondió que había sido Nadie. Entonces, ellos le dijeron Me hacen acordar a las películas de terror y me dan mie-
que no podían hacer nada, porque su herida había sido vo- do. Muchas veces en esas películas cuando van a matar a
luntad de los dioses. Con los manotazos de ciego que em- alguien, solamente aparecen las manos del asesino. No sé
pezó a dar, el cíclope sacó la roca que impedía la salida, y 6mo será la carita de la enfermerita, pero pensarla con la
así Ulises y los suyos pudieron escapar y volver a su barco ara de Camita me acorta el susto. Ahora estoy despierto.
para irse de aquel lugar. ¿Te gustó el cuento, amor? Me da algo como risa que los de afuera piensen que para mí
todo es lo mismo, que no se den cuenta de que ahora estoy
distinto de hace un rato, cuando estaba dormido, dormido.
Muy lindo, grandecita. Está genial eso del gigante de un Jj decir, dormido estoy siempre, pero a veces estoy dormido
solo ojo. Así que el tipo le dijo que se llamaba Nadie. Nadie rl spierto, como ahora, y a veces no escucho nada ni pienso
está dormido en esta cama, Nadie tiene miedo cuando no nada y entonces estoy dormido para ellos y para mí. Oia,
oye más la voz de la grandecita, Nadie está empezando a I cién ahora me doy cuenta de que para hablar de los que
pudrirse de no poder levantar los párpados. vienen a verme dije "los de afuera". ¿Eso quiere decir que
estoy adentro? ¿Adentro de qué estaré?, ¿adentro de un
sueño? Tengo que pensar más sobre eso. Después. Ahora me
-Bueno, ahora me vaya trabajar. A la tardecita te voy quiero dormir dormir.
a contar algo nuevo.
Espero que no tenga que ver con la enfermerita y sí con
el Ulisito. Chau, que te vaya bien en el trabajito. Los extras de mi película hoy están tranquilos. No me los
Mi vuelta, ¿tendrá que ver con los aparatos? Sé que me rrucé mucho en mi caminata al trabajo y tampoco me pidie-
enchufaron varios tubos y que por ahí me dan de comer, I(m demasiadas cosas para hacer. Se ve que se están acostum-
pero no sé si lo que dice la grandecita de "volver" tiene que 1) ndo a que no me interesan. Puede ser que no esté bien,
ver con ellos. No me gusta tener tantas cosas metidas. Debo IH I de ser que tenga que seguir prestándole atención al mun-
parecer como uno de esos robots de las películas y no quiero. (le)que a fin de cuentas sigue teniendo los mismos problemas
Dale, grandecita, volvé rápido que sin vos me cuesta cami- el'I antes; pero no puedo evitar sentir que desde el sueño de
nar con tanto cablerio. Bueno, hablando de otra cosa, ahora III i hiquito yo estoy entre paréntesis, esperando simplemen-
que nadie escucha lo que pienso, eso de que la enfermera le\ í'l que él vuelva, a que dos párpados testarudos se dejen de
tenga la cara de Camila no está tan mal. Puedo imaginar e1mbromar con eso de seguir cerrados y se levanten de una
las manos que me limpian y que me acomodan y puedo Iti I na vez para volver a cerrarse solamente cuando al dueño
darles una cara a las manos. No me gustan las manos solas. 1\ I dé la gana. Pienso en Penélope, que se la pasaba tejiendo
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para retrasar el momento de tener que elegir un reemplazan- Uy, ¿qué pasó, grandecita? ¿Qué pasó con eso de "chi-
te para su marido, y mirando hacia el mar, para ser la pri- '11/,i1'O" y "Eduardito"? ¿Crecimos desde la mañana y no nos
mera en ver el barco en el que Ulises regresara. También su 1I /TI S cuenta? Ya sé, te fue mal en el trabajo y volviste de
único mundo debía ser esa manta de lana. También a ella los tunl humor. Como cuando me portaba mal y me retabas
otros debían interesarle menos que un grano de trigo de sus 111I1 nombre y apellido y tratándome de usted. ¿Te acordás?
sembrados. Su universo era el telar, los dibujos del tejido y 'Iitluards: Alayes, ¿se puede saber de dónde viene con todo
un hombre que no llegaba. El mío es una cama. Soy Mónica- vs barro?, ¿estas son horas de llegar a su casa y en ese es-
I
Penélope y tejo las ganas de unos ojos abiertos. uul ?, ¿usted está seguro de las cosas que hacer ¿Eso pasó,
unuuiecita? ¿estamos enojadas?
Estoy leyendo cosas sobre el Síndrome de Melas. Es una
rareza increíble la transferencia de padre a hijo. No se lo -Habrás notado que no te dije "chiquito". Estoy segura
voy a decir a Eduardo porque le va a dar más furia saber Ih ue lo habrás notado porque esas cosas no se te escapan
que lo que pasó no tendría que haber pasado. Va a ser otra 111 I nca. O no se te escapan casi nunca. En todo caso estoy
especie de mentira, pero Zeus debe haberla entendido a Pe- I ura de que esto no se te escapó. Lo que pasa es que es-
nélope cuando hacía su engaño de lana. Y si no me quiere IIIV pensando ...
perdonar me importa lo mismo que mis extras. No les doy
bolilla a los mortales que me rodean, miren si me voy a
hacer mala sangre con un inmortal que lo más importante Mirá vos, ¿cómo te contestaba papá cuando decías eso?
que hace es no morirse. li, sí: "Bueno, de vez en cuando te va a hacer bien, pero
tampoco exageres".
Estoy volviendo al hospital y se me acaba de ocurrir que
tampoco le voy a decir más que es mi chiquito. Al menos - ...y me parece que estás aquí, peleándola casi solo. Y
no se lo vaya decir a él. Alguien que pelea por volver desde (¡U ya tenés casi trece años (porque no sé si sabrás que den-
una cama lleno de tubos merece ser llamado por su nom- tr de dos días es tu cumple) y que, está bien, creo que tengo
bre. Ya va a cumplir trece. Ah, por cierto. Tengo que feste- (¡U aceptar que ya no sos tan chiquito. Mientras te hablo
jade el cumpleaños. In estoy agarrando una mano con la otra porque me cues-
Y prepararle el regalo. Ia mucho decirte esto. Es difícil aceptar que ustedes crecen,
e', sabés? Es como confirmar que nosotros nos hacemos más
vi jos y que ya no nos necesitan tanto. Pero igual no me
-Ya volví, hijo. Ya estoy aquí, Eduardo. V y a privar todo el tiempo de decirte "chiquito", porque
22 23
me gusta y porque para eso sigo siendo tu madre. ¿Me en- sorpresa. Una vez con papá te regalamos una salida a la
tendió, señor? cancha y a comer pizza cuando terminó el partido. Ahora
va a ser algo parecido, aunque de salir ni hablar porque vos
sabés bien que por ahora no podemos; pero por ahí va a ir
Sí, ya te entendí, grandecita. Vas a hacer todo lo posible la cosa.
pero de vez en cuando se te va a escapar. No es un mal
acuerdo. Pero, además, que yo sea más grande no quiere
decir que vos seas más vieja. No sé, yo al menos no te veo Bueno, no te preocupes. Yosé que no me vaya ir a ningún
vieja. Bueno, ahora no te veo, así que estuvo bien eso que lado. Ya estoy bastante acostumbrado a esperar, así que me
dijiste de que te agarrabas las manos porque así puedo va a gustar tener que esperar algo lindo. Entiendo eso de
seguir lo que hacés. Ah, así que es mi cumple, mirá vos. ¿En que no va a ser una cosa, como la vez esa del partido y la
qué estaría pensando que se me pasó tanto? ¿Qué me vas pizzeria, pero para serte sincero los regalos que más me
a regalar? gustan son los que se pueden agarrar. Porque si un regalo no
es una cosa, me parece menos regalo, ¿me entendés? ¿Qué
hace un tipo (o un Eduardo, digamos) cuando se le regala
-Vamos a ver: ¿qué me preguntaría yo si tuviera tre- algo que no puede poner en ningún lado? No sé, grandecita,
ce años y algún adulto me dijera que pronto va a ser mi no me vaya hacer más preguntas. Creo que vaya dejar que
cumpleaños? De eso no tengo ninguna duda. Podré estar me sorprendas.
más vieja (aunque no tanto, eh, no tanto), pero todavía me
acuerdo de esas cosas. Me preguntaría por lo que me van
a regalar. Pero va a tener que esperar, caballero, porque el
regalo va a ser una sorpresa para ese día. Lo que te puedo
decir es que no va a ser una cosa. A mí me encantaría rega-
larte, yo qué sé, una pelota. Pero me di cuenta de que eso
me gustaría a mí y yo no quiero regalar te algo para el fu-
turo, para que lo uses cuando despiertes. ¿Entendés, amor?
No quiero hacerme la trampa de darte algo que me deje a
mí más tranquila pensando en más adelante. Yo no quiero
estar más tranquila, quiero que vos estés más fel... no, más
feliz no, más contento. Quiero regalarte algo que disfrutes
ese día y ningún objeto te serviría ahora. Pero no te digo
nada más porque te vas a dar cuenta y quiero que sea una
24 25
Bueno, hoyes el día. Hace casi tres meses que estamos
durmiendo con Eduardo. Y qué cosa ... hace tres meses que
apenas duermo. Qué raro es a veces lo que nos pasa. Él no
despierta y yo no puedo cerrar los ojos. ¡Cuánto daría para
poder regalarle muchos de mis párpados abiertos! Pero hoy
no tengo que pensar en eso, hoyes el cumpleaños y tengo
que llevarle el regalo. Bien, ¿a ver si tengo todo? La olla,
si; el secador de pelo, sí; el plumero, sí; el tambor, sí; los
jazmines, sí: el guiso que quedó de ayer, sí; un pedazo de
manguera, sí. Listo, está todo. Vamos.
-Uy, qué lindo que está el cuarto, con los globos y las
guirnaldas. Hola, Edu. ¿Qué te tenía que decir? Ah, sí, ¡feliz
cumpleaños! No sabés qué preciosa que está la habitación.
Esta Lucía que te tocó es una maravilla. Bueno, trece años,
amor, ¿qué se siente?
Nada, mamá, no se siente nada. O sí. Se sienten ganas
de sentir. Pero dejá, no estoy del mejor humor. Debe ser que
me hablás de globos que no puedo ver, de guirnaldas que no que adentro y los cambios de temperatura son peligrosos-o
puedo tocar y de amigos que no están. Me acuerdo de mis Aire caliente, aire caliente, "toc, toc, y el agua que se va ...".
Como la canción que te cantaba, ¿te acordás?
otros cumpleaños y me da rabia.
...toc, toc, y el agua que se va
a dormir en el viento
-A ver, por aquí tengo el regalo, esperá que lo preparo para no molestar...
porque es bastante complicado. Ya te dije que no era una
cosa, así que tené paciencia mientras pongo estas cosas ...
A ver. .. la olla, la manguera en la canilla del baño ... Se en- Mirá vos, grandecita, lo que se te ocurrió como regalo.
chufa aquí el secador... ya está. Ah, ya vino Lucía. Bueh, No está mal este viento que me da en la cara y esas manos
en mi"cabeza;, Sí, me acuerdo. Me acuerdo del secador rojo
podemos empezar. ¿Estás preparado?
y del toc, toc que me cantabas. ¿Qué sigue?
Sí, grandecita, dale que no aguanto más la curiosidad.
-Ahora: el jardín. Cuando volvías de la escuela en pri-
mavera, el jazmín estaba con todas las flores. Me decías
-Este regalo no es una cosa, es una serie de sensaciones. que el jazmín iba a ser tu flor favorita para siempre. A vos
Te vaya regalar cosas para que sientas, Edu, momentos que te gustaba ese perfume.
tienen que ver con nosotros. Por ejemplo, ¿te acordás qué te-
níamos que hacer cada vez que te lavabas la cabeza, qué era
lo primero que hacía cuando eras más chiquito y te sacaba Me gusta, grandecita, me gusta. Todavía estoy aquí.
del agua? A ver, te ponía arriba del inodoro, ¿y qué pasaba?
-Bueno, es este. Te traje los jazmines de nuestro jardín
No sé, mal no me la hagas difícit ¿qué pasaba? -y te muevo los jazmines delante de la nariz.
-Te secaba el pelo con el secador, con esto -y aquí te -Seguimos con el olfato. Entrás a casa y hay guiso de
mando todo el aire caliente, mi chiquito, por la cabeza, y te (Ideas para comer. Hice el guiso que más te gusta -y aho-
I'l lo que remuevo es el envase abierto que tiene los fideos
revuelvo el pelo como te hacía hasta bastante antes de que
te durmieras, para que te quede bien seco, bien seco y no y I carne y el tomate y la cebolla.
te resfríes porque afuera del baño siempre hace más frío
-y para terminar, otro pedacito de la historia de Ulises
-Pero basta de nariz. Siempre te encantó ponerte el
1 que se enfrentaba con tantos problemas para volver ~
plumero en la cara. Nunca supe qué le encontrabas de lin-
t ea. Resulta que navegando con sus amigos llegó hasta
do pero cada vez que yo lo usaba para quitar el polvo, en
d nde estaban las sirenas. Todos ellos sabían, como buenos
cuanto me descuidaba te lo llevabas a la cara y yo te retaba.
I arinos, que si escuchaban su canto se irían sin remedio
Pero ahora no te voy a retar. Te voy a pasar yo misma el
I cia ellas y chocarían contra las rocas de los acantilados ,
plumero por tu piel. Sentilo, Edu, sentilo. Estas son las plu-
ue estaban llenos de los esqueletos de otros hombres que
mas. Sentilas, sentilas todas.
I bían caído en la trampa y se habían dejado encantar
r esas voces maravillosas. Pero Ulises quería escuchar-
. Entonces ordenó que todos los tripulantes del barco
Sí, Y están llenándome la cara.
, pusieran cera en las orejas y que a él lo ataran al palo
ayor, para poder oír el canto sin peligro de ordenar a su
-Escuchá: el tambor que te regalaron cuando cum-
tripulación que guiara el barco hacia los acantilados. Así lo
pliste seis años y con el que nos volviste locos por una se-
I icieron, pero la voz de las sirenas era dulcísima y contaba
mana porque no había forma de que te lo quitaras ni de
que ellas sabían los secretos que pueden llevar a la felicidad
que lo dejaras de tocar; y hasta que te olvidaste de él fue
d los hombres y también conocían el destino que habían
bastante difícil tener un ratito de silencio y la casa pare-
. rrido en esos años todas las personas que Ulises amaba.
cía un regimiento preparándose para el combate todo el
Ulises hacía esfuerzos terribles por zafarse y salir corrien-
tiempo.
I hacia ellas. Trató y trató pero no sirvió de nada porque
u hombres sabían hacer ataduras muy duras y hasta al-
uno se paró y ató todavía más fuertemente a su jefe. Él se
-o el agua golpeando sobre nuestro techo de chapa
I I timó las muñecas y las piernas y quedó agotado, pero
cuando llovía -y le digo a Lucía que abra la canilla del
Iu el único hombre que pudo oír la melodía de las sirenas
baño y hago caer el agua con la manguera adentro de la
y ontar luego lo que se sentía al escuchada.
olla-o Escuchá, Edu, escuchá cómo cae. Sentí, olé, escuchá.
Este es mi regalo, amor. Tus sensaciones que vuelven, que
no se fueron y vuelven.
-Es de noche, amor. Ya son más de las 12, así que tu
rumpleaños legalmente terminó. Espero que te haya gus-
I I o mi regalo. Lo pensé mucho, te lo aseguro. Ojalá haya
Ya erüeruli, grandecita. Ahora dejame que quiero que-
H"rtado. ¿Sabés qué acabó de decidirme? ¿Te acordás de
darme con estos recuerdos que me trajiste. Muy lindo todo.
I'u ndo leímos El señor de los anillos, que Gandalf le dice
Pero yo sigo sin poder probar el guiso.
11 I'roda, una vez que se quedan hablando solos, que lo que
Y sigo sin poder ver los jazmines.
31
No, te grité que el que estaba muerto era el elefante, no
tienen que hacer los hombres es lo mejor que puedan en mi papá. Pero si querés, dale, seguí. Nunca habíamos habla-
el tiempo que les toca vivir? Bueno, eso quise hacer. Sentí do de... de eso.
que nos había tocado este tiempo oscuro, cielo, y que si no
podíamos hacer lo que queríamos al menos teníamos que
intentar hacer lo más lindo que se nos ocurriera en estos -El otro día, mientras te preparaba las cosas para tu cum-
días que llevamos aquí. No sé... me gustaría no haberme
ple, se me ocurrió que nunca hablamos de la muerte de papi.
equivocado. Debe ser porque yo no quería darme por enterada de que
había perdido a mi amor grande y que encima mi amor chi-
quito (porque en esa época sí eras chiquito) iba a... tener que
Yo tampoco sé, mamá. Creo que los dos estamos hacien- pelear... para ... Pero estuve tonta. Tendría que haberte senta-
do lo que podemos. A mí también me hubiera gustado más do en un sillón para que me dijeras todo lo que sentías.
la pelota pero tenés razón, ¿de qué me hubiera servido aho-
ra? Estuvo lindo tu regalo. Lo que más me gustó fue el seca-
dor de pelo. Eso del viento en la cara estuvo bueno. Ya te lo dije hace bastante, pero no me escuchás lo que
pienso ... lo mismo que hacía yo antes, y vos me retabas por-
que no te daba bolilla. Pero igual te lo vaya repetir. Cuando
Ah, Y la historia de Ulises y las sirenas también estuvo pasó lo de papá me sentí más, eh, frágil. Ahora también me
buena. siento más frágil. Mirá vos, vengo a descubrir ahora que un
papá sirve para ser más fuerte. Yo pensaba que jugar con
él a la pelota era jugar a la pelota y listo. A otra cosa. No
-¿Qué te estarás diciendo, Edu? Me pone loca no poder abía que era una especie de cemento. Bah, en esos días yo
escucharte. no pensaba en eso ni en nada. Lo único que me preocupaba
ra que no me metiera goles, sobre todo esos tiros despa-
ito, cerca del palo, que eran los que me daban más rabia.
¡Que la historia estuvo bien pero que lo que más me gus~ y él me los acomodaba lo más lento posible para que me
tó fue eso del secador de pelo, del viento en la cara! ¿Que diera en serio mucha más bronca. Era bueno en eso el viejo.
tenés en las orejas? ¿Un elefante muerto? Yo qué sé. Era bueno. Hasta que se durmió. Y ahora yo que
no me despierto por más fuerza que haga. Tengo miedo de
que me pase lo mismo.
-Seguro que te estás preguntando por papi.
33
32
T
-Debés tener un miedo bárbaro de que todo esto ter-
mine igual que aquello. Pero ya te dije que no, Edu. Ahora
sé que tengo que traerte de vuelta. Y, sobre todo, vos sabés
I
que tenés que volver a casa.
Sí, ya sé que tengo que volver, grandecita. El problema es
que no sé cómo. Me pasa lo mismo que a Ulises. Mirá que
hago fuerza para abrir los ojos, eh. Y no hay caso. No se
quieren abrir por nada. Me la paso tirándolos para arriba
y siguen más cerrados que no sé qué. Bueno, ahora estoy
cansado, ma. No sé de qué pero estoy cansado. Así que voy Hace tres semanas que fue el cumple de Edu y él sigue
11 a dormirme dormirme. Ya me pudrí de estar dormido des- igual y yo sigo igual y el mundo sigue igual. Estoy aquí
pierto. en la oficina, arreglando papeles que no me interesan para
mandarles cosas que no me interesan a gente que no me in-
teresa. Lo único que de verdad me importa sigue dormido
-Bueno, Edu. Ya es tarde y la verdad no doy más. Ma- en una cama de hospital. Y ahora encima suena el teléfono
ñana cuando vuelva del trabajo la seguimos. Hasta maña- y es una voz horrible que me dice no sé qué de complicacio-
na, chiquito. nes y de dificultades y que mejor vaya y yo ya no escucho
más y manoteo la cartera como puedo y salgo corriendo y
todos me miran y lo que me importa que me miren pero
Hasta mañana, grandecita. corriendo llego al tren porque es más rápido que un taxi
y corriendo lo tomo y corriendo voy llorando en el viaje y
pidiendo que otra vez no, que no con mi sueñito dormido.
Y bajo del tren y corro hasta el hospital y subo las escaleras
11 y ahora no me dejan entrar porque te están haciendo no sé
11,
qué cosa y yo me quedo afuera con una puerta cerrada y
mis ganas de prenderle fuego al universo.
-El Melas es una suma de minihemorragias -me dice
Fabián-. Yo ya te avisé que de ese tema se podía despertar
34 35
o no. Eso sigue igual. Pero como el cerebro no está trabajan- III/I'rlara dormir aquí? Es una porquería porque esta noche
do a pleno, las demás funciones del cuerpo también se ven II() ti t ner miedo. Ahí está de nuevo, ma, ahí está otra vez el
dificultadas. Ahora tuvimos una complicación respiratoria. 11 Ir ti; tra vez se me viene toda el agua que me revuelca y yo
Para que entiendas, tuvimos que hacer una limpieza de los f /I)~' cómo salir.Dame la mano, dame la mano y sacame.
pulmones de Eduardo. Parece que lo peor ya pasó. Pero no
te puedo asegurar que no se vuelvan a repetir cosas así.
Podés pasar a vedo pero hoy solamente un ratito. Ah, y no •J . veo moverte como no te vi nunca y sé que hay otra
te quedes a dormir, al menos por esta noche. Ya mañana, si V(I'/, omplicaciones, sé que otra vez hay que limpiar tus
todo sigue mejorando, hacés lo que tengas ganas. pulmones y corro a avisar porque es lo único que puedo
11) r porque yo no sé de tu cuerpo más que lo que siempre
up por afuera y ahora me arrepiento de no haber estu-
-Eso me dijo Fabián, amor. Que hubo un problema en Ii do más en estos años todo lo que se hubiera publicado
tus pulmones, es como si se hubieran ensuciado, pero que obre lo que tenés, como aquel papá de Estados Unidos que
ya te los limpiaron y que a partir de mañana puedo hacer lo (1 cubrió la cura para su hijo sin ser médico ni nada y yo
que quiera. Pero eso es mentira y vos y yo sabemos que es [ue no descubrí ni siquiera la forma de avisar más rápido.
mentira, porque si pudiera hacer lo que quisiera, te llevaría
conmigo a la plaza y aprendería a patear fuerte únicamente
para molerte a pelotazos. ¿Cómo te decía papá? Ah, sí, para -Estoy afuera de tu pieza, chiquito. Ya terminaron de
llenarte la canasta. Hace no sé cuánto que no hago lo que limpiarte por segunda vez y no me dejan entrar pero hoy me
quiero. Apenas hago lo que puedo y nunca me alcanza. uedo aquí en el pasillo y miro tu puerta cerrada. Mi mun-
do se hace cada vez más estrecho. Hasta ayer era una pieza
de tres por tres y ahora es apenas un pasillo y una puerta
A mí tampoco, ma. También tengo ganas de hacer eso cerrada. Estoy diciendo esto en voz alta porque quiero con-
que decís, lo de la plaza, digo, y todo el asunto, pero igual vencerme de que todo sigue siendo posible y la gente pasa
los que más me costaban no eran losfuertes sino los que me y me mira. Pero pienso en la vergüenza que te daría si me
colocaba al laduo del palo, como pidiendo permiso. Pero no vieras y me sonrío sola, y sé que te daría más vergüenza y
ahora, porque lo de la limpieza de mis pulmones me dejó un me vuelvo a reír y así. Y como no quiero jugarte sucio (digo,
desastre. Fue feo, ma. No sé, como cuando alguna ola del hacer cosas que sé que no te gustarían solamente porque no
mar me revolcaba y empezaba a tragar agua por todos la- podés vedas), dejo de hablar sola pero no de sonreír y sigo
dos y no sabía cómo salir, aunque el agua no me llegara a la en mi nuevo mundo de pasillos y de puertas con muchos
cintura. Bueno, algo así. Tenía ganas de llamarte, grandeci- amigos y muchos parientes que vinieron a verme para estar
ta, pero ni mi voz de la cabeza me salía. ¿Así que no te podés conmigo y yo tan sin vos.
37
l
r
-Ya pasó una semana de la limpieza de tus pulmones,
amor, así que podemos festejar que hoy se cumplen siete
días de tus pulmones limpiecitos. ¿O se dice "limpitos"?
Bah, no importa. No usemos tanto diminutivo que ya
habíamos quedado en que vos no eras más chiquito sino
grandecito... Es decir, qué tonta que soy. Que vos no eras
más chico sino grande.
/1
Menos mal que te diste cuenta sola, grandecita. ¿Ves?
Yo sí puedo seguir usándolos porque son para mí solo y así
sí vale. Así que una fiesta. Y qué vendría a ser; ¿un cum-
plepulmón?, ¿un pulmeaños feliz? ¿Ya pusiste las guirnal-
das? Ya no quiero más festejos acostados, mami. Quiero
pararme.
-Aunque ya debés estar hasta el pelo de mis festejos
idiotas.
39
No, grandecita, no son idiotas. Guau, en serio que a veces Sí, el tema es que a la panadería yo ni siquiera puedo
me parece que me escuchás. Lo que pasa es que no sé qué ir. Bueno, ahora dejame que estoy cansado. Tanto ir y venir
hacer para despertarme yeso me pone triste. Pero no me hace mal. Mañana sigo caminando.
hagas caso. Si querés festejar que estoy limpito o limpiecito
o como se diga, lo hacemos y está todo bien, ¿eh?
-Con tanto lío que se vino en los últimos días nos olvi-
damos de seguir dándole bolilla a los caminos de tu regre-
so. ¿Cómo va ese tema, Edu?
No sé, ma. Creo que no va. Yo me siento siempre igual.
No entiendo qué querés decir con eso de que tengo que
trabajar para el regreso, si desde que me quedé dormido
no hago más que empujar para arriba los párpados, para
afuera los dedos y lo único que consigo es cansarme la
cabeza.
-Supongo que muchas veces te preguntarás cómo se
vuelve, qué podés hacer para despertarte. Nada, amor. Es
decir, nada distinto de lo que estás haciendo. Escucharme.
Saber que estoy aquí. Mientras me escuches es que estás
volviendo. Se empieza a volver por las orejas. Las orejas
son las primeras que vuelven. Tus orejas. Como el día de tu
cumple, ¿te acordás? Primero aparecen las orejas, después
la nariz, después la piel, y al final van a llegar los ojos y
la boca. Eso es lo más difícil, lo que lleva más tiempo. Lo
que no tenés que hacer es perder la paciencia. Volver de la
panadería vuelve cualquier pelagatos. Volver de un sueño
como este es bastante más complicado.
41
4°
1- o",
l·
I
Hoy le voy a contar sobre las vacas del Sol. Eso le va a
~ rustar, Mientras voy en el tren releo la historia porque mi
Hornero me quedó un poco lejos y ya no me acuerdo tanto
I
"
ti todo lo que pasa ...
1
-Hola, amor, ya llegué. Vine todo el viaje desde el tra-
bajo pensando en lo que te iba a contar y después de mucho
meditar llegué a una conclusión llena de sabiduría. Hoy te
preparé la terrible historia de las vacas del Sol.
Uy,grandecita. Muy prometedor tu cuento esta vez ... no,
muy sabio en serio. Me imagino la espantosa lucha de Uli-
es contra la peligrosísima vaca. No, es que de verdad hay
ada ternera que mete un miedo que mejor ni te digo.
-No te lo conté, bueno, no te lo conté porque hay va-
rias cosas de la vida de Ulises que todavía nos falta cono-
, r, pero resulta que una vez llegó a una isla que estaba
43
~
habitada por una hechicera muy poderosa llamada Circe, varios estaban bastante cansados de Ulises porque los metía
que además de ser muy poderosa era enormemente bella. n un problema detrás de otro. Así que aprovecharon que el
jefe no estaba y pusieron manos a la obra. Mataron varias
vacas y se las comieron. Como las vacas pertenecían a Apolo,
Ya sé. Y se mandaba sus buenos asaditos con las vacas el dios del Sol, cuando este se enteró le pidió a Zeus que casti-
esas del Sol. Horripilante. gara a los asesinos. Zeus estuvo de acuerdo con su hijo en que
los culpables debían ser castigados y, lleno de furia, mandó
un terrible rayo contra el barco, lo hundió y mató a todos los
-Bueno, los compañeros de Ulises llegaron hasta el pa- tripulantes menos a Ulises, que logró flotar sobre uno de los
lacio de Circe, ella los hizo pasar como si fuera la mejor an- mástiles hasta una isla. ¿Qué tal? Una buena historia, ¿no?
fitriona del mundo y una vez que estuvieron adentro, pum,
los convirtió en chanchos. Pero uno de ellos, Euríloco, pudo
escapar y corrió a avisarle a Ulises. Nuestro hombre volvió S~ sobre todo porque Ulises sale vivo. Aunque ahora voy
y, con la ayuda de un dios, consiguió rescatar a sus amigos, a pensarlo dos veces cada vez que me prepares una ham-
hacer que Circe los volviera a su forma humana y hasta logró burguesa. Pero no, en serio. Estuvo bueno. La verdad que esa
que ella se enamorara de él. Estuvieron un año en el palacio historia de las vacas no prometía demasiado y al final creo
de Circe comiendo y pasándola bárbaro hasta que decidieron que fue la mejor. Y Ulises se salva, no nos olvidemos de eso.
partir para tratar de llegar al fin a Ítaca. Pero antes de irse, la
hechicera les previno que por nada del mundo se detuvieran
en la isla donde estaban las vacas del Sol y sobre todo que, si - Bueno; vaya buscar más historias de Ulises a ver con
las veían, no les hicieran nada. Ya te imaginarás lo que pasó. cuál 'seguimos. Ahora volvamos un poco a nuestra propia
aventura que está bastante buena para escribirla, no te va-
yas a creer. Estuve pensando en lo de tus pulmones del
S~ me imaginaré, pero igual preferiré que me lo conta- otro día, cuando hubo que limpiártelos, y en que te habrás
rás. O sea, me gustará que me lo contarás vos. quedado pensando sobre lo que se puede hacer para que no
te vuelva a pasar.
-Llegaron a la isla. Ulises se quedó dormido y sus com-
pañeros no pudieron aguantarse el hambre. Hicieron todo No, la verdad que no, ma. No lo pensé para nada. Me
lo posible pero algunos de ellos dijeron que preferían morir pareció que si había pasado dos veces era porque podía
aplastados por los dioses que de hambre, que era la peor de pasar tres. Yo qué sé, grandecita, no te puedo decir las cosas
las muertes y la más indigna para un guerrero. Se ve que que se me ocurren o las que no se me ocurren porque no te
44 45
puedo decir. Pero a ver, contame vos. Te estás haciendo una
experta en hacer de Eduardo. Ya no sé si me escuchás o te
estás voLviendo de yo.
-y como ya te dije mil veces que no te vaya mentir
nunca, en esto tampoco lo voy a hacer. No se puede hacer
mucho. O sí, estar atento, para que si vuelve a pasar te lim-
piemos otra vez, y así hasta que te despiertes. En fin, que
al final vas a ser el tipo con los pulmones más limpios del
mundo. Bueno, amor, ahora me voy a casa que mañana
tengo que hacer varias cosas temprano. En cuanto salgo del Siguen pasando los días y cada vez tengo menos recuer-
trabajo vengo y me quedo, ¿eh? Esperame que ya sabés que dos de cómo era todo antes del sueño. Creo que ya me había
odio que me dejen plantada. empezado a acostumbrar a la ausencia de mi amor grande,
aunque no podría asegurarlo ... En una de esas lo digo aho-
ra porque desde que empezó el sueño de Eduardo hasta esa
Chau. Graciosita. memoria se me hizo borrosa. No es que se me haya quitado
del alma ni nada por el estilo pero se me puso en suspenso,
en una parte del corazón que ya no uso. Tal vez cuando pue-
da dejar mi tarea de guía pueda volver a tener un corazón
sin desvanes para guardar los cachivaches más amados del
pasado. Es que me volví toda presente, toda hoy. Una gran
ahora que camina. ¿Qué pensará mi chiquito de esta madre
en polvo, esta madre instantánea que le cayó de golpe?
¿Cómo vivía yo antes de quedarme dormido, antes del
mar revolcándome en esta playa de hospital con pulmones
sucios y pulmones limpitos, antes de estas charlas de mamá
entre ella y ellayo, entre yo ella y ella? ¿Cómo era mi vida sin
el cablerio. cuando despertarme no era una obligación ni
Lfinal de ningún viaje que no entiendo ni nada, sino abrir
Losojos para ir a la escuela o para ser sábado o martes o
47
partido o prueba de Historia o Camila, y no enfermera con
cara de Camila sino Camila de verdad? Ya no quiero más
Ulises de los griegos, ni peleas contra gigantes estúpidos
que se tragan eso de que un tipo se puede llamar Nadie, ni
Ulises que tienen que atarse para no ir a estrellarse contra
las rocas porque unas tipas con cola de pescado los llaman,
ni dioses que hagan bolsa los barcos porque unos marineros
con hambre se hicieron un asado con sus vacas de cuarta.
Ya no quiero más los viajes de Ulises.
Otra vez mi llegada. ¿Cuántas veces llegué ya? ¿Cómo
diría Homero? Ah, sí. ¡Ea, mortales, yo, Mónica, la de re-
III ientes tobillos, volveré al sitio de mi juramento tantas
v es como lo disponga el padre Zeus, que amontona las
nubes, así mi destino le sea ingrato a los inmortales todos
qu habitan el vasto Olimpo! No sería una mala frase para
11 Odisea. Tiene que ver con Ulises y además es verdad,
I1 ,ltlOque mis tobillos ya no sean tan relucientes.
I:j
-Buen día, Edu. Hablé con Fabián para preguntarle si
e"1 me podía decir cuándo podía pasar algo que apurara tu
H'greso, y me contó que hay algunas cosas adentro tuyo
qtl le parece que van mejor. Me dijo que eso es bueno,
1wro que tampoco me puede asegurar nada. En realidad,
y.l abía su respuesta, pero ¿sabés? A veces me pasa lo que
11' digo siempre que no te tiene que pasar a vos: perder
111 paciencia. Tengo tantas ganas de tener te entero que me
I II \ ta aceptar que por ahora tengo solamente tu sueño.
49
UNIDAD 4
Heroínas trágicas
Bodas de sangre
Federico García Lorca
Personajes
MADRE
NOVIA
SUEGRA
MUJER DE LEONARDO
CRIADA
VECINA
MUCHACHAS
LUNA
LEONARDO
NOVIO
PADRE DE LA NOVIA
MUERTE
MOZOS
LEÑADORES
MOZOS
Primer acto
Cuadro Primero
Habitación pintada de amarillo.
NOVIO- (Entrando.) Madre.
MADRE- ¿Que?
NOVIO- Me voy.
MADRE- ¿Adónde?
NOVIO- A la viña. (Va a salir.)
MADRE- Espera.
NOVIO- ¿Quieres algo?
MADRE- Hijo, el almuerzo.
NOVIO- Déjalo. Comeré uvas. Dame la navaja.
MADRE- ¿Para qué?
NOVIO- (Riendo.) Para cortarlas.
MADRE- (Entre dientes y buscándola.) La navaja, la navaja... Malditas sean todas y el
bribón que las inventó.
NOVIO- Vamos a otro asunto.
MADRE- Y las escopetas, y las pistolas, y el cuchillo más pequeño, y hasta las azadas
y los bieldos de la era.
NOVIO- Bueno.
MADRE- Todo lo que puede cortar el cuerpo de un hombre. Un hombre hermoso, con
su flor en la boca, que sale a las viñas o va a sus olivos propios, porque son de él,
heredados...
NOVIO- (Bajando la cabeza.) Calle usted.
MADRE- ... y ese hombre no vuelve. O si vuelve es para ponerle una palma encima o
un plato de sal gorda para que no se hinche. No sé cómo te atreves a llevar una navaja
en tu cuerpo, ni cómo yo dejo a la serpiente dentro del arcón.
NOVIO- ¿Está bueno ya?
MADRE- Cien años que yo viviera no hablaría de otra cosa. Primero, tu padre, que me
olía a clavel y lo disfruté tres años escasos. Luego, tu hermano. ¿Y es justo y puede ser
que una cosa pequeña como una pistola o una navaja pueda acabar con un hombre, que
es un toro? No callaría nunca. Pasan los meses y la desesperación me pica en los ojos y
hasta en las puntas del pelo.
NOVIO- (Fuerte.) ¿Vamos a acabar?
MADRE- No. No vamos a acabar. ¿Me puede alguien traer a tu padre y a tu hermano?
Y luego, el presidio. ¿Qué es el presidio? ¡Allí comen, allí fuman, allí tocan los
instrumentos! Mis muertos llenos de hierba, sin hablar, hechos polvo; dos hombres que
eran dos geranios... Los matadores, en presidio, frescos, viendo los montes...
NOVIO- ¿Es que quiere usted que los mate?
MADRE- No... Si hablo, es porque... ¿Cómo no voy a hablar viéndote salir por esa
puerta? Es que no me gusta que lleves navaja. Es que.... que no quisiera que salieras al
campo.
NOVIO- (Riendo.) ¡Vamos!
MADRE- Que me gustaría que fueras una mujer. No te irías al arroyo ahora y
bordaríamos las dos cenefas y perritos de lana.
NOVIO- (Coge de un brazo a la MADRE y ríe.) Madre, ¿y si yo la llevara conmigo a
las viñas?
MADRE- ¿Qué hace en las viñas una vieja? ¿Me ibas a meter debajo de los pámpanos?
NOVIO- (Levantándola en sus brazos.) Vieja, revieja, requetevieja.
MADRE- Tu padre sí que me llevaba. Eso es buena casta. Sangre. Tu abuelo dejó a un
hijo en cada esquina. Eso me gusta. Los hombres, hombres, el trigo, trigo.
NOVIO- ¿Y yo, madre?
MADRE- ¿Tú, qué?
NOVIO- ¿Necesito decírselo otra vez?
MADRE- (Seria.) ¡Ah!
NOVIO- ¿Es que le parece mal?
MADRE- No.
NOVIO- ¿Entonces...?
MADRE- No lo sé yo misma. Así, de pronto, siempre me sorprende. Yo sé que la
muchacha es buena. ¿Verdad que sí? Modosa. Trabajadora. Amasa su pan y cose sus
faldas, y siento, sin embargo, cuando la nombro, como si me dieran una pedrada en la
frente.
NOVIO- Tonterías.
MADRE- Más que tonterías. Es que me quedo sola. Ya no me queda más que tú, y
siento que te vayas.
NOVIO- Pero usted vendrá con nosotros.
MADRE- No. Yo no puedo dejar aquí solos a tu padre y a tu hermano. Tengo que ir
todas las mañanas, y si me voy es fácil que muera uno de los Felix, uno de la familia de
los matadores, y lo entierren al lado. ¡Y eso sí que no! ¡Ca! ¡Eso sí que no! Porque con
las uñas los desentierro y yo sola los machaco contra la tapia.
NOVIO- (Fuerte.) Vuelta otra vez.
MADRE- Perdóname. (Pausa.) ¿Cuánto tiempo llevas en relaciones?
NOVIO- Tres años. Ya pude comprar la viña.
MADRE- Tres años. Ella tuvo un novio, ¿no?
NOVIO- No sé. Creo que no. Las muchachas tienen que mirar con quien se casan.
MADRE- Sí. Yo no miré a nadie. Miré a tu padre, y cuando lo mataron miré a la pared
de enfrente. Una mujer con un hombre, y ya está.
NOVIO- Usted sabe que mi novia es buena.
MADRE- No lo dudo. De todos modos, siento no saber cómo fue su madre.
NOVIO- ¿Qué más da?
MADRE- (Mirándole.) Hijo.
NOVIO- ¿Qué quiere usted?
MADRE- ¡Que es verdad! ¡Que tienes razón! ¿Cuándo quieres que la pida?
NOVIO- (Alegre.) ¿Le parece bien el domingo?
MADRE- (Seria.) Le llevaré los pendientes de azófar, que son antiguos, y tú le
compras...
NOVIO- Usted entiende más...
MADRE- Le compras unas medias caladas, y para ti dos trajes... ¡Tres! ¡No te tengo
más que a ti!
NOVIO- Me voy. Mañana iré a verla.
MADRE- Sí, sí; y a ver si me alegras con seis nietos, o lo que te dé la gana, ya que tu
padre no tuvo lugar de hacérmelos a mí.
NOVIO- El primero para usted.
MADRE- Sí, pero que haya niñas. Que yo quiero bordar y hacer encaje y estar
tranquila.
NOVIO- Estoy seguro que usted querrá a mi novia.
MADRE- La querré. (Se dirige a besarlo y reacciona.) Anda, ya estás muy grande para
besos. Se los das a tu mujer. (Pausa. Aparte.) Cuando lo sea.
NOVIO- Me voy.
MADRE- Que caves bien la parte del molinillo, que la tienes descuidada.
NOVIO- ¡Lo dicho!
MADRE- Anda con Dios. (Vase el NOVIO. La madre queda sentada de espaldas a la
puerta. Aparece en la puerta una VECINA vestida de color oscuro, con pañuelo a la
cabeza.)
MADRE- Pasa.
VECINA- ¿Cómo estás?
MADRE- Ya ves.
VECINA- Yo bajé a la tienda y vine a verte. ¡Vivimos tan lejos...!
MADRE- Hace veinte años que no he subido a lo alto de la calle.
VECINA- Tú estas bien.
MADRE- ¿Lo crees?
VECINA- Las cosas pasan. Hace dos días trajeron al hijo de mi vecina con los dos
brazos cortados por la máquina. (Se sienta.)
MADRE- ¿A Rafael?
VECINA- Sí. Y allí lo tienes. Muchas veces pienso que tu hijo y el mío están mejor
donde están, dormidos, descansando, que no expuestos a quedarse inútiles.
MADRE- Calla. Todo eso son invenciones, pero no consuelos.
VECINA- ¡Ay!
MADRE- ¡Ay! (Pausa.)
VECINA- (Triste.) ¿Y tu hijo?
MADRE- Salió.
VECINA- ¡Al fin compró la viña!
MADRE- Tuvo suerte.
VECINA- Ahora se casará.
MADRE- (Como despertando y acercando su silla a la silla de la VECINA.) Oye.
VECINA- (En plan confidencial.) Dime.
MADRE- ¿Tú conoces a la novia de mi hijo?
VECINA- ¡Buena muchacha!
MADRE- Sí, pero...
VECINA- Pero quien la conozca a fondo no hay nadie. Vive sola con su padre allí, tan
lejos, a diez leguas de la casa más cerca. Pero es buena. Acostumbrada a la soledad.
MADRE- ¿Y su madre?
VECINA- A su madre la conocí. Hermosa. Le relucía la cara como un santo; pero a mí
no me gustó nunca. No quería a su marido.
MADRE- (Fuerte.) Pero ¡cuántas cosas sabéis las gentes!
VECINA- Perdona. No quisiera ofender; pero es verdad. Ahora, si fue decente o no,
nadie lo dijo. De esto no se ha hablado. Ella era orgullosa.
MADRE- ¡Siempre igual!
VECINA- Tú me preguntaste.
MADRE- Es que quisiera que ni a la viva ni a la muerte las conociera nadie. Que
fueran como dos cardos, que ninguna persona los nombra y pinchan si llega el
momento.
VECINA- Tienes razón. Tu hijo vale mucho.
MADRE- Vale. Por eso lo cuido. A mí me habían dicho que la muchacha tuvo novio
hace tiempo.
VECINA- Tendría ella quince años. Él se casó ya hace dos años con una prima de ella,
por cierto. Nadie se acuerda del noviazgo.
MADRE- ¿Cómo te acuerdas tú?
VECINA- ¡Me haces unas preguntas...!
MADRE- A cada uno le gusta enterarse de lo que le duele. ¿Quién fue el novio?
VECINA- Leonardo.
MADRE- ¿Qué Leonardo?
VECINA- Leonardo, el de los Félix.
MADRE- (Levantándose.) ¡De los Félix!
VECINA- Mujer, ¿qué culpa tiene Leonardo de nada? Él tenía ocho años cuando las
cuestiones.
MADRE- Es verdad... Pero oigo eso de Félix y es lo mismo (entre dientes) Félix que
llenárseme de cieno la boca (escupe), y tengo que escupir, tengo que escupir por no
matar.
VECINA- Repórtate. ¿Qué sacas con eso?
MADRE- Nada. Pero tú lo comprendes.
VECINA- No te opongas a la felicidad de tu hijo. No le digas nada. Tú estás vieja. Yo,
también. A ti y a mí nos toca callar.
MADRE- No le diré nada.
VECINA- (Besándola.) Nada.
MADRE- (Serena.) ¡Las cosas...!
VECINA- Me voy, que pronto llegará mi gente del campo.
MADRE- ¿Has visto qué día de calor?
VECINA- Iban negros los chiquillos que llevan el agua a los segadores. Adiós, mujer.
MADRE- Adiós. (Se dirige a la puerta de la izquierda. En medio del camino se detiene
y lentamente se santigua.)
Telón
Cuadro Segundo
Habitación pintada de rosa con cobres y ramos de flores populares. En el centro, una
mesa con mantel. Es la mañana. SUEGRA DE LEONARDO con un niño en brazos. Lo
mece. La MUJER, en la otra esquina, hace punto de media.
SUEGRA- Nana, niño, nana
del caballo grande
que no quiso el agua.
El agua era negra
dentro de las ramas.
Cuando llega el puente
se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua
con su larga cola
por su verde sala?
MUJER (bajo)- Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
SUEGRA- Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
¡Ay, cómo bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.
MUJER- Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
SUEGRA- Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
MUJER- No quiso tocar
la orilla mojada,
su belfo caliente
con moscas de plata.
A los montes duros
solo relinchaba
con el río muerto
sobre la garganta.
¡Ay caballo grande
que no quiso el agua!
¡Ay dolor de nieve,
caballo del alba!
SUEGRA- ¡No vengas! Detente,
cierra la ventana
con rama de sueños
y sueño de ramas.
MUJER- Mi niño se duerme.
SUEGRA- Mi niño se calla.
MUJER- Caballo, mi niño
tiene una almohada.
SUEGRA- Su cuna de acero.
MUJER- Su colcha de holanda.
SUEGRA- Nana, niño, nana.
MUJER- ¡Ay caballo grande
que no quiso el agua!
SUEGRA- ¡No vengas, no entres!
Vete a la montaña.
Por los valles grises
donde está la jaca.
MUJER (mirando)-
Mi niño se duerme.
SUEGRA- Mi niño descansa.
MUJER (bajito)-
Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
SUEGRA (levantándose, y muy bajito)-
Duérmete, rosal.
que el caballo se pone a llorar.
(Recuestan al niño. Entra LEONARDO.)
LEONARDO- ¿Y el niño?
MUJER- Se durmió.
LEONARDO- Ayer no estuvo bien. Lloró por la noche.
MUJER (Alegre.)- Hoy está como una dalia. ¿Y tú? ¿Fuiste a casa del herrador?
LEONARDO- De allí vengo. ¿Querrás creer? Llevo más de dos meses poniendo
herraduras nuevas al caballo y siempre se le caen. Por lo visto se las arranca con las
piedras.
MUJER- ¿Y no será que lo usas mucho?
LEONARDO- No. Casi no lo utilizo.
MUJER- Ayer me dijeron las vecinas que te habían visto al límite de los llanos.
LEONARDO- ¿Quién lo dijo?
MUJER- Las mujeres que cogen las alcaparras. Por cierto que me sorprendió. ¿Eras tú?
LEONARDO- No. ¿Qué iba a hacer yo allí en aquel secano?
MUJER- Eso dije. Pero el caballo estaba reventando de sudor.
LEONARDO- ¿Lo viste tú?
MUJER- No. Mi madre.
LEONARDO- ¿Está con el niño?
MUJER- Sí. ¿Quieres un refresco de limón?
LEONARDO- Con el agua bien fría.
MUJER- ¡Cómo no viniste a comer!...
LEONARDO- Estuve con los medidores del trigo. Siempre entretienen.
MUJER (Haciendo el refresco y muy tierna.)- ¿Y lo pagan a buen precio?
LEONARDO- El justo.
MUJER- Me hace falta un vestido y al niño una gorra con lazos.
LEONARDO (Levantándose.)- Voy a verlo.
MUJER- Ten cuidado, que está dormido.
SUEGRA (Saliendo.)- Pero ¿quién da esas carreras al caballo? Está abajo, tendido, con
los ojos desorbitados, como si llegara del fin del mundo.
LEONARDO (Agrio.)- Yo.
SUEGRA- Perdona; tuyo es.
MUJER (Tímida.)- Estuvo con los medidores del trigo.
SUEGRA- Por mí, que reviente. (Se sienta.) (Pausa.)
MUJER- El refresco. ¿Está frío?
LEONARDO- Sí.
MUJER- ¿Sabes que piden a mi prima?
LEONARDO- ¿Cuándo?
MUJER- Mañana. La boda será dentro de un mes. Espero que vendrán a invitarnos.
LEONARDO (Serio.)- No sé.
SUEGRA- La madre de él creo que no estaba muy satisfecha con el casamiento.
LEONARDO- Y quizá tenga razón. Ella es de cuidado.
MUJER- No me gusta que penséis mal de una buena muchacha.
SUEGRA- Pero cuando dice eso es porque la conoce. ¿No ves que fue tres años novia
suya? (Con intención.)
LEONARDO- Pero la dejé. (A su MUJER.) ¿Vas a llorar ahora?
MUJER-¡Quita! (La aparta bruscamente las manos de la cara.) Vamos a ver al niño.
(Entran abrazados. Aparece la MUCHACHA, alegre. Entra corriendo.)
MUCHACHA- Señora.
SUEGRA- ¿Qué pasa?
MUCHACHA- Llegó el novio a la tienda y ha comprado todo lo mejor que había.
SUEGRA- ¿Vino solo?
MUCHACHA- No, con su madre. Seria, alta. (La imita) Pero ¡qué lujo!
SUEGRA- Ellos tienen dinero.
MUCHACHA- ¡Y compraron unas medias caladas!... ¡Ay, qué medias! ¡El sueño de
las mujeres en medias! Mire usted: una golondrina aquí (Señala el tobillo.), un barco
aquí (Señala la pantorrilla.) y aquí una rosa. (Señala el muslo.)
SUEGRA- ¡Niña!
MUCHACHA- ¡Una rosa con las semillas y el tallo! ¡Ay! ¡Todo en seda!
SUEGRA- Se van a juntar dos buenos capitales.
(Aparecen LEONARDO y su MUJER.)
MUCHACHA- Vengo a deciros lo que están comprando.
LEONARDO (Fuerte.)- No nos importa.
MUJER- Déjala.
SUEGRA- Leonardo, no es para tanto.
MUCHACHA- Usted dispense. (Se va llorando.)
SUEGRA- ¿Qué necesidad tienes de ponerte a mal con las gentes?
LEONARDO- No le he preguntado su opinión. (Se sienta.)
SUEGRA- Está bien. (Pausa.)
MUJER (A LEONARDO.)- ¿Qué te pasa? ¿Qué idea te bulle por dentro de cabeza? No
me dejes así, sin saber nada...
LEONARDO- Quita.
MUJER- No. Quiero que me mires y me lo digas.
LEONARDO- Déjame. (Se levanta.)
MUJER- ¿Adónde vas, hijo?
LEONARDO (Agrio.)- ¿Te puedes callar?
SUEGRA (Enérgica, a su hija.)- ¡Cállate! (Sale LEONARDO.) ¡El niño!
(Entra y vuelve a salir con él en brazos. La MUJER ha permanecido de pie, inmóvil.)
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
La sangre corría
más fuerte que el agua.
MUJER (Volviéndose lentamente y como soñando.)-
Duérmete, clavel,
que el caballo se pone a beber.
SUEGRA- Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
MUJER- Nana, niño, nana.
SUEGRA- ¡Ay, caballo grande,
que no quiso el agua!
MUJER (Dramática.)-
¡No vengas, no entres!
¡Vete a la montaña!
¡Ay dolor de nieve,
caballo del alba!
SUEGRA (Llorando.)-
Mi niño se duerme...
MUJER (Llorando y acercándose lentamente.)-
Mi niño descansa...
SUEGRA- Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
MUJER (Llorando y apoyándose sobre la mesa)-
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
Telón
Cuadro Tercero
Interior de la cueva donde vive la novia. Al fondo, una cruz de grandes flores rosa. Las
puertas, redondas, con cortinajes de encaje y lazos rosas. Por las paredes, de material
blanco y duro, abanicos redondos, jarros azules y pequeños espejos.
CRIADA- Pasen... (Muy afable, llena de hipocresía humilde. Entran el NOVIO y su
MADRE. La MADRE viste de raso negro y lleva mantilla de encaje. El NOVIO, de
pana negra con gran cadena de oro.) ¿Se quieren sentar? Ahora vienen. (Sale.) (Quedan
MADRE e HIJO sentados, inmóviles como estatuas. Pausa larga.)
MADRE- ¿Traes el reloj?
NOVIO- Sí. (Lo saca y lo mira.)
MADRE- Tenemos que volver a tiempo. ¡Qué lejos vive esta gente!
NOVIO- Pero estas tierras son buenas.
MADRE- Buenas; pero demasiado solas. Cuatro horas de camino y ni una casa ni un
árbol.
NOVIO- Estos son los secanos.
MADRE- Tu padre los hubiera cubierto de árboles.
NOVIO- ¿Sin agua?
MADRE- Ya la hubiera buscado. Los tres años que estuvo casado conmigo, plantó diez
cerezos. (Haciendo memoria.) Los tres nogales del molino, toda una viña y una planta
que se llama Júpiter, que da flores encarnadas, y se secó. (Pausa.)
NOVIO (Por la NOVIA)- Debe estar vistiéndose.
(Entra el PADRE de la novia. Es anciano, con el cabello blanco, reluciente. Lleva la
cabeza inclinada. La MADRE y el NOVIO se levantan y se dan las manos en silencio.)
PADRE- ¿Mucho tiempo de viaje?
MADRE- Cuatro horas. (Se sientan.)
PADRE- Habéis venido por el camino más largo.
MADRE- Yo estoy ya vieja para andar por las terreras del río.
NOVIO- Se marea. (Pausa.)
PADRE- Buena cosecha de esparto.
NOVIO- Buena de verdad.
PADRE- En mi tiempo, ni esparto daba esta tierra. Ha sido necesario castigarla y hasta
llorarla, para que nos dé algo provechoso.
MADRE- Pero ahora da. No te quejes. Yo no vengo a pedirte nada.
PADRE (Sonriendo.)- Tú eres más rica que yo. Las viñas valen un capital. Cada
pámpano una moneda de plata. Lo que siento es que las tierras.... ¿entiendes?... estén
separadas. A mí me gusta todo junto. Una espina tengo en el corazón, y es la huertecilla
esa metida entre mis tierras, que no me quieren vender por todo el oro del mundo.
NOVIO- Eso pasa siempre.
PADRE- Si pudiéramos con veinte pares de bueyes traer tus viñas aquí y ponerlas en la
ladera. ¡Qué alegría!...
MADRE- ¿Para qué?
PADRE- Lo mío es de ella y lo tuyo de él. Por eso. Para verlo todo junto, ¡que junto es
una hermosura!
NOVIO- Y sería menos trabajo.
MADRE- Cuando yo me muera, vendéis aquello y compráis aquí al lado.
PADRE- Vender, ¡vender! ¡Bah!; comprar hija, comprarlo todo. Si yo hubiera tenido
hijos hubiera comprado todo este monte hasta la parte del arroyo. Porque no es buena
tierra; pero con brazos se la hace buena, y como no pasa gente no te roban los frutos y
puedes dormir tranquilo. (Pausa.)
MADRE- Tú sabes a lo que vengo.
PADRE- Sí.
MADRE- ¿Y qué?
PADRE- Me parece bien. Ellos lo han hablado.
MADRE- Mi hijo tiene y puede.
PADRE- Mi hija también.
MADRE- Mi hijo es hermoso. No ha conocido mujer. La honra más limpia que una
sábana puesta al sol.
PADRE- Qué te digo de la mía. Hace las migas a las tres, cuando el lucero. No habla
nunca; suave como la lana, borda toda clase de bordados y puede cortar una maroma
con los dientes.
MADRE- Dios bendiga su casa.
PADRE- Que Dios la bendiga.
(Aparece la CRIADA con dos bandejas. Una con copas y la otra con dulces.)
MADRE (Al HIJO.)- ¿Cuándo queréis la boda?
NOVIO- El jueves próximo.
PADRE- Día en que ella cumple veintidós años justos.
MADRE- ¡Veintidós años! Esa edad tendría mi hijo mayor si viviera. Que viviría
caliente y macho como era, si los hombres no hubieran inventado las navajas.
PADRE- En eso no hay que pensar.
MADRE- Cada minuto. Métete la mano en el pecho.
PADRE- Entonces el jueves. ¿No es así?
NOVIO- Así es.
PADRE- Los novios y nosotros iremos en coche hasta la iglesia, que está muy lejos, y
el acompañamiento en los carros y en las caballerías que traigan.
MADRE- Conformes.
(Pasa la CRIADA.)
PADRE- Dile que ya puede entrar. (A la MADRE.) Celebraré mucho que te guste.
(Aparece la NOVIA. Trae las manos caídas en actitud modesta y la cabeza baja.)
MADRE- Acércate. ¿Estás contenta?
NOVIA- Sí, señora.
PADRE- No debes estar seria. Al fin y al cabo ella va a ser tu madre.
NOVIA- Estoy contenta. Cuando he dado el si es porque quiero darlo.
MADRE- Naturalmente. (Le coge la barbilla.) Mírame.
PADRE- Se parece en todo a mi mujer.
MADRE- ¿Sí? ¡Qué hermoso mirar! ¿Tú sabes lo que es casarse, criatura?
NOVIA (Seria.)- Lo sé.
MADRE- Un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancho para todo lo
demás.
NOVIO- ¿Es que hace falta otra cosa?
MADRE- No. Que vivan todos, ¡eso! ¡Que vivan!
NOVIA- Yo sabré cumplir.
MADRE- Aquí tienes unos regalos.
NOVIA- Gracias.
PADRE- ¿No tomamos algo?
MADRE- Yo no quiero. (Al NOVIO.) ¿Y tú?
NOVIO- Tomaré. (Toma un dulce. La NOVIA toma otro.)
PADRE (Al NOVIO.)- ¿Vino?
MADRE- No lo prueba.
PADRE- ¡Mejor! (Pausa. Todos están de pie.)
NOVIO (A la NOVIA.)- Mañana vendré.
NOVIA- ¿A qué hora?
NOVIO- A las cinco.
NOVIA- Yo te espero.
NOVIO- Cuando me voy de tu lado siento un despego grande y así como un nudo en la
garganta.
NOVIA- Cuando seas mi marido ya no lo tendrás.
NOVIO- Eso digo yo.
MADRE- Vamos. El sol no espera. (Al PADRE.) ¿Conformes en todo?
PADRE- Conformes.
MADRE (A la CRIADA.)- Adiós, mujer.
CRIADA- Vayan ustedes con Dios.
(La MADRE besa a la NOVIA y van saliendo en silencio.)
MADRE (En la puerta.)- Adiós, hija. (La NOVIA contesta con la mano.)
PADRE- Yo salgo con vosotros. (Salen.)
CRIADA- Que reviento por ver los regalos.
NOVIA (Agria.)- Quita.
CRIADA- ¡Ay, niña, enséñamelos!
NOVIA- No quiero.
CRIADA- Siquiera las medias. Dicen que todas son caladas. ¡Mujer!
NOVIA- ¡Ea, que no!
CRIADA- Por Dios. Está bien. Parece como si no tuvieras ganas de casarte.
NOVIA (Mordiéndose la mano con rabia.)- ¡Ay!
CRIADA- Niña, hija, ¿qué te pasa? ¿Sientes dejar tu vida de reina? No pienses en cosas
agrias. ¿Tienes motivo? Ninguno. Vamos a ver los regalos. (Coge la caja.)
NOVIA (Cogiéndola de las muñecas.)- Suelta.
CRIADA- ¡Ay, mujer!
NOVIA- Suelta he dicho.
CRIADA- Tienes más fuerza que un hombre.
NOVIA- ¿No he hecho yo trabajos de hombre? ¡Ojalá fuera!
CRIADA- ¡No hables así!
NOVIA- Calla he dicho. Hablemos de otro asunto.
(La luz va desapareciendo de la escena. Pausa larga.)
CRIADA- ¿Sentiste anoche un caballo?
NOVIA- ¿A qué hora?
CRIADA- A las tres.
NOVIA- Sería un caballo suelto de la manada.
CRIADA- No. Llevaba jinete.
NOVIA- ¿Por qué lo sabes?
CRIADA- Porque lo vi. Estuvo parado en tu ventana. Me chocó mucho.
NOVIA- ¿No sería mi novio? Algunas veces ha pasado a esas horas.
CRIADA- No.
NOVIA- ¿Tú le viste?
CRIADA- Sí.
NOVIA- ¿Quién era?
CRIADA- Era Leonardo.
NOVIA (Fuerte.)- ¡Mentira! ¡Mentira! ¿A qué viene aquí?
CRIADA- Vino.
NOVIA- ¡Cállate! ¡Maldita sea tu lengua!
(Se siente el ruido de un caballo.)
CRIADA (En la ventana.)- Mira, asómate. ¿Era?
NOVIA- ¡Era!
TELÓN RÁPIDO
Bodas de sangre: Segundo Acto
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Bodas de sangre
Segundo Acto
de Federico García Lorca
[editar] Cuadro Primero
Zaguán de casa de la NOVIA. Portón al fondo. Es de noche. La NOVIA sale con
enaguas blancas encañonadas, llenas de encajes y puntas bordadas, y un corpiño blanco,
con los brazos al aire. La CRIADA lo mismo.
CRIADA- Aquí te acabaré de peinar.
NOVIA- No se puede estar ahí dentro, del calor.
CRIADA- En estas tierras no refresca ni al amanecer.
(Se sienta la NOVIA en una silla baja y se mira en un espejito de mano. La CRIADA la
peina.)
NOVIA- Mi madre era de un sitio donde había muchos árboles. De tierra rica.
CRIADA- ¡Así era ella de alegre!
NOVIA- Pero se consumió aquí.
CRIADA- El sino.
NOVIA- Como nos consumimos todas. Echan fuego las paredes. ¡Ay!, no tires
demasiado.
CRIADA- Es para arreglarte mejor esta onda. Quiero que te caiga sobre la frente. (La
NOVIA se mira en el espejo.) ¡Qué hermosa estás! ¡Ay! (La besa apasionadamente.)
NOVIA (Seria.)- Sigue peinándome.
CRIADA (Peinándola.)- ¡Dichosa tú que vas a abrazar a un hombre, que lo vas a besar,
que vas a sentir su peso!
NOVIA- Calla.
CRIADA- Y lo mejor es cuando te despiertes y lo sientas al lado y que él te roza los
hombros con su aliento, como con una plumilla de ruiseñor.
NOVIA (Fuerte.)- ¿Te quieres callar?
CRIADA- ¡Pero, niña! Una boda, ¿qué es? Una boda es esto y nada más. ¿Son los
dulces? ¿Son los ramos de flores? No. Es una cama relumbrante y un hombre y una
mujer.
NOVIA- No se debe decir.
CRIADA- Eso es otra cosa. ¡Pero es bien alegre!
NOVIA- O bien amargo.
CRIADA- El azahar te lo voy a poner desde aquí hasta aquí, de modo que la corona
luzca sobre el peinado. (Le prueba un ramo de azahar.)
NOVIA (Se mira en el espejo.)- Trae. (Coge el azahar y lo mira y deja caer la cabeza
abatida.)
CRIADA- ¿Qué es esto?
NOVIA- Déjame.
CRIADA- No son horas de ponerse triste. (Animosa.) Trae el azahar. (La novia tira el
azahar.) ¡Niña! ¿Qué castigo pides tirando al suelo la corona? ¡Levanta esa frente! ¿Es
que no te quieres casar? Dilo. Todavía te puedes arrepentir. (Se levanta.)
NOVIA- Son nublos. Un mal aire en el centro, ¿quién no lo tiene?
CRIADA- Tú quieres a tu novio.
NOVIA- Lo quiero.
CRIADA- Sí, sí, estoy segura.
NOVIA- Pero este es un paso muy grande.
CRIADA- Hay que darlo.
NOVIA- Ya me he comprometido.
CRIADA- Te voy a poner la corona.
NOVIA (Se sienta.)- Date prisa, que ya deben ir llegando.
CRIADA- Ya llevarán lo menos dos horas de camino.
NOVIA- ¿Cuánto hay de aquí a la iglesia?
CRIADA- Cinco leguas por el arroyo, que por el camino hay el doble.
(La NOVIA se levanta y la CRIADA se entusiasma al verla.)
Despierte la novia la mañana de la boda. ¡Que los ríos del mundo lleven tu corona!
NOVIA (Sonriente.)- Vamos.
CRIADA (La besa entusiasmada y baila alrededor.)- Que despierte con el ramo verde
del laurel florido. ¡Que despierte por el tronco y la rama de los laureles!
(Se oyen unos aldabonazos.)
NOVIA- ¡Abre! Deben ser los primeros convidados. (Entra. La CRIADA abre
sorprendida.)
CRIADA- ¿Tú?
LEONARDO- Yo. Buenos días.
CRIADA- ¡El primero!
LEONARDO- ¿No me han convidado?
CRIADA- Sí.
LEONARDO- Por eso vengo.
CRIADA- ¿Y tu mujer?
LEONARDO- Yo vine a caballo. Ella se acerca por el camino.
CRIADA- ¿No te has encontrado a nadie?
LEONARDO- Los pasé con el caballo.
CRIADA- Vas a matar al animal con tanta carrera.
LEONARDO- ¡Cuando se muera, muerto está! (Pausa.)
CRIADA- Siéntate. Todavía no se ha levantado nadie.
LEONARDO- ¿Y la novia?
CRIADA- Ahora mismo la voy a vestir.
LEONARDO- ¡La novia! ¡Estará contenta!
CRIADA (Variando la conversación.)- ¿Y el niño?
LEONARDO- ¿Cuál?
CRIADA- Tu hijo.
LEONARDO (Recordando como soñoliento.)- ¡Ah!
CRIADA- ¿Lo traen?
LEONARDO- No. (Pausa. Voces cantando muy lejos.)
VOCES- ¡Despierte la novia
la mañana de la boda!
LEONARDO- Despierte la novia
la mañana de la boda.
CRIADA- Es la gente. Vienen lejos todavía.
LEONARDO (Levantándose.)- La novia llevará una corona grande, ¿no? No debía ser
tan grande. Un poco más pequeña le sentaría mejor. ¿Y trajo ya el novio el azahar que
se tiene que poner en el pecho?
NOVIA (Apareciendo todavía en enaguas y con la corona de azahar puesta.)- Lo trajo.
CRIADA (Fuerte.)- No salgas así.
NOVIA- ¿Qué más da? (Seria.) ¿Por qué preguntas si trajeron el azahar? ¿Llevas
intención?
LEONARDO- Ninguna. ¿Qué intención iba a tener? (Acercándose.) Tú, que me
conoces, sabes que no la llevo. Dímelo. ¿Quién he sido yo para ti? Abre y refresca tu
recuerdo. Pero dos bueyes y una mala choza son casi nada. Esa es la espina.
NOVIA- ¿A qué vienes?
LEONARDO- A ver tu casamiento.
NOVIA- ¡También yo vi el tuyo!
LEONARDO- Amarrado por ti, hecho con tus dos manos. A mí me pueden matar, pero
no me pueden escupir. Y la plata, que brilla tanto, escupe algunas veces.
NOVIA- ¡Mentira!
LEONARDO- No quiero hablar, porque soy hombre de sangre, y no quiero que todos
estos cerros oigan mis voces.
NOVIA- Las mías serían más fuertes.
CRIADA- Estas palabras no pueden seguir. Tú no tienes que hablar de lo pasado. (La
CRIADA mira a las puertas presa de inquietud.)
NOVIA- Tienes razón. Yo no debo hablarte siquiera. Pero se me calienta el alma de que
vengas a verme y atisbar mi boda y preguntes con intención por el azahar. Vete y espera
a tu mujer en la puerta.
LEONARDO- ¿Es que tú y yo no podemos hablar?
CRIADA (Con rabia.)- No; no podéis hablar.
LEONARDO- Después de mi casamiento he pensado noche y día de quién era la culpa,
y cada vez que pienso sale una culpa nueva que se come a la otra; pero ¡siempre hay
culpa!
NOVIA- Un hombre con su caballo sabe mucho y puede mucho para poder estrujar a
una muchacha metida en un desierto. Pero yo tengo orgullo. Por eso me caso. Y me
encerraré con mi marido, a quien tengo que querer por encima de todo.
LEONARDO- El orgullo no te servirá de nada. (Se acerca.)
NOVIA- ¡No te acerques!
LEONARDO- Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar
encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y
noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo
cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a
los centros, no hay quien las arranque!
NOVIA (Temblando.)- No puedo oírte. No puedo oír tu voz. Es como si me bebiera una
botella de anís y me durmiera en una colcha de rosas. Y me arrastra y sé que me ahogo,
pero voy detrás.
CRIADA (Cogiendo a LEONARDO por las solapas.)- ¡Debes irte ahora mismo!
LEONARDO- Es la última vez que voy a hablar con ella. No temas nada.
NOVIA- Y sé que estoy loca y sé que tengo el pecho podrido de aguantar, y aquí estoy
quieta por oírlo, por verlo menear los brazos.
LEONARDO- No me quedo tranquilo si no te digo estas cosas. Yo me casé. Cásate tú
ahora.
CRIADA (A LEONARDO.)- ¡Y se casa!
VOCES- (Cantando más cerca.)
Despierte la novia
la mañana de la boda.
NOVIA- ¡Despierte la novia! (Sale corriendo a su cuarto.)
CRIADA- Ya está aquí la gente. (A LEONARDO.) No te vuelvas a acercar a ella.
LEONARDO- Descuida. (Sale por la izquierda. Empieza a clarear el día.)
MUCHACHA 1ª- (Entrando.)
Despierte la novia
la mañana de la boda;
ruede la ronda
y en cada balcón una corona.
VOCES- ¡Despierte la novia!
CRIADA- (Moviendo algazara.)
Que despierte
con el ramo verde
del amor florido.
¡Que despierte
por el tronco y la rama
de los laureles!
MUCHACHA 2ª- (Entrando.)
Que despierte
con el largo pelo,
camisa de nieve,
botas de charol y plata
y jazmines en la frente.
CRIADA- ¡Ay pastora,
que la luna asoma!
MUCHACHA 1ª- ¡Ay galán,
deja tu sombrero por el olivar!
MOZO 1°- (Entrando con el sombrero en alto.)
Despierte la novia.
que por los campos viene
rondando la boda,
con bandejas de dalias
y panes de gloria.
VOCES- ¡Despierte la novia!
MUCHACHA 2ª- La novia
se ha puesto su blanca corona,
y el novio
se la prende con lazos de oro.
CRIADA- Por el toronjil
la novia no puede dormir.
MUCHACHA 3ª- (Entrando.)
Por el naranjel
el novio le ofrece cuchara y mantel.
(Entran tres convidados.)
MOZO 1°- ¡Despierta. paloma!
El alba despeja
campanas de sombra.
CONVIDADO- La novia, la blanca novia,
hoy doncella,
mañana señora.
MUCHACHA 1ª- Baja, morena,
arrastrando tu cola de seda.
CONVIDADO- Baja, morenita.
que llueve rocío la mañana fría.
MOZO 1°- Despertad, señora, despertad,
porque viene el aire lloviendo azahar.
CRIADA- Un árbol quiero bordarle
lleno de cintas granates
y en cada cinta un amor
con vivas alrededor.
VOCES- Despierte la novia.
MOZO 1°- ¡La mañana de la boda!
CONVIDADO- La mañana de la boda
qué galana vas a estar,
pareces, flor de los montes,
la mujer de un capitán.
PADRE (Entrando.)-
La mujer de un capitán
se lleva el novio.
¡Ya viene con sus bueyes por el tesoro!
MUCHACHA 3ª- El novio
parece la flor del oro.
Cuando camina,
a sus plantas se agrupan las clavellinas.
CRIADA- ¡Ay mi niña dichosa!
MOZO 2º- Que despierte la novia.
CRIADA- ¡Ay mi galana!
MUCHACHA 1ª- La boda está llamando
por las ventanas.
MUCHACHA 2ª- Que salga la novia.
MUCHACHA 1ª- ¡Que salga, que salga!
CRIADA- ¡Que toquen y repiquen
las campanas!
MOZO 1°- ¡Que viene aquí! ¡Que sale ya!
CRIADA- ¡Como un toro, la boda
levantándose está!
(Aparece la NOVIA. Lleva un traje negro mil novecientos, con caderas y larga cola
rodeada de gasas plisadas y encajes duros. Sobre el peinado de visera lleva la corona de
azahar. Suenan las guitarras. Las MUCHACHAS besan a la NOVIA.)
MUCHACHA 3ª- ¿Qué esencia te echaste en el pelo?
NOVIA (Riendo.)- Ninguna.
MUCHACHA 2ª (Mirando el traje.)- La tela es de lo que no hay.
MOZO 1°- ¡Aquí está el novio!
NOVIO- ¡Salud!
MUCHACHA 1ª- (Poniéndole una flor en la oreja.)
El novio
parece la flor del oro.
MUCHACHA 2ª- ¡Aires de sosiego
le manan los ojos!
(El NOVIO se dirige al lado de la NOVIA.)
NOVIA- ¿Por qué te pusiste esos zapatos?
NOVIO- Son más alegres que los negros.
MUJER DE LEONARDO (Entrando y besando a la NOVIA.)- ¡Salud! (Hablan todas
con algazara.)
LEONARDO (Entrando como quien cumple un deber.)-
La mañana de casada
la corona te ponemos.
MUJER- ¡Para que el campo se alegre
con el agua de tu pelo!
MADRE (Al PADRE.)- ¿También están ésos aquí?
PADRE- Son familia. ¡Hoy es día de perdones!
MADRE- Me aguanto, pero no perdono.
NOVIO- ¡Con la corona da alegría mirarte!
NOVIA- ¡Vámonos pronto a la iglesia!
NOVIO- ¿Tienes prisa?
NOVIA- Sí. Estoy deseando ser tu mujer y quedarme sola contigo, y no oír más voz que
la tuya.
NOVIO- ¡Eso quiero yo!
NOVIA- Y no ver más que tus ojos. Y que me abrazaras tan fuerte, que aunque me
llamara mi madre, que está muerta, no me pudiera despegar de ti.
NOVIO- Yo tengo fuerza en los brazos. Te voy a abrazar cuarenta años seguidos.
NOVIA (Dramática, cogiéndole del brazo.)- ¡Siempre!
PADRE- ¡Vamos pronto! ¡A coger las caballerías y los carros! Que ya ha salido el sol.
MADRE- ¡Que llevéis cuidado! No sea que tengamos mala hora.
(Se abre el gran portón del fondo. Empiezan a salir.)
CRIADA (Llorando.)-
Al salir de tu casa,
blanca doncella,
acuérdate que sales
como una estrella...
MUCHACHA 1ª- Limpia de cuerpo y ropa
al salir de tu casa para la boda.
(Van saliendo.)
MUCHACHA 2ª- ¡Ya sales de tu casa
para la iglesia!
CRIADA- ¡El aire pone flores
por las arenas!
MUCHACHA 3ª- ¡Ay la blanca niña!
CRIADA- Aire oscuro el encaje
de su mantilla.
(Salen. Se oyen guitarras, palillos y panderetas. Quedan solos LEONARDO y su
MUJER.)
MUJER- Vamos.
LEONARDO- ¿Adónde?
MUJER- A la iglesia. Pero no vas en el caballo. Vienes conmigo.
LEONARDO- ¿En el carro?
MUJER- ¿Hay otra cosa?
LEONARDO- Yo no soy hombre para ir en carro.
MUJER- Y yo no soy mujer para ir sin su marido a un casamiento. ¡Que no puedo más!
LEONARDO- ¡Ni yo tampoco!
MUJER- ¿Por qué me miras así? Tienes una espina en cada ojo.
LEONARDO- ¡Vamos!
MUJER- No sé lo que pasa. Pero pienso y no quiero pensar. Una cosa sé. Yo ya estoy
despachada. Pero tengo un hijo. Y otro que viene. Vamos andando. El mismo sino tuvo
mi madre. Pero de aquí no me muevo. (Voces fuera.)
VOCES- ¡Al salir de tu casa
para la iglesia,
acuérdate que sales
como una estrella!
MUJER (Llorando.)-
¡Acuérdate que sales
como una estrella!
Así salí yo de mi casa también. Que me cabía todo el campo en la boca.
LEONARDO (Levantándose.)- Vamos.
MUJER- ¡Pero conmigo!
LEONARDO- Sí. (Pausa.) ¡Echa a andar! (Salen.)
VOCES- Al salir de tu casa
para la iglesia,
acuérdate que sales
como una estrella.
Telón lento
[editar] Cuadro Segundo
Exterior de la cueva de la novia. Entonación en blancos grises y azules fríos. Grandes
chumberas. Tonos sombríos y plateados. Panorama de mesetas color barquillo, todo
endurecido como paisaje de cerámica popular.
CRIADA (arreglando en una mesa copas y bandejas)-
Giraba,
giraba la rueda
y el agua pasaba,
porque llega la boda,
que se aparten las ramas
y la luna se adorne
por su blanca baranda.
(En voz alta) ¡Pon los manteles!
(En voz patética.) Cantaban.
cantaban los novios
y el agua pasaba,
porque llega la boda,
que relumbre la escarcha
y se llenen de miel
las almendras amargas.
(En voz alta) ¡Prepara el vino!
(En voz patética.) Galana.
galana de la tierra.
mira cómo el agua pasa.
Porque llega tu boda
recógete las faldas
y bajo el ala del novio
nunca salgas de tu casa.
Porque el novio es un palomo
con todo el pecho de brasa
y espera el campo el rumor
de la sangre derramada.
Giraba,
giraba la rueda
y el agua pasaba.
¡Porque llega tu boda,
deja que relumbre el agua!
MADRE (entrando)- ¡Por fin!
PADRE- ¿Somos los primeros?
CRIADA- No. Hace rato llegó Leonardo con su mujer. Corrieron como demonios. La
mujer llegó muerta de miedo. Hicieron el camino como si hubieran venido a caballo.
PADRE- Ese busca la desgracia. No tiene buena sangre.
MADRE- ¿Qué sangre va a tener? La de toda su familia. Mana de su bisabuelo, que
empezó matando, y sigue en toda la mala ralea, manejadores de cuchillos y gente de
falsa sonrisa.
PADRE- ¡Vamos a dejarlo!
CRIADA- ¿Cómo lo va a dejar?
MADRE- Me duele hasta la punta de las venas. En la frente de todos ellos yo no veo
más que la mano con que mataron a lo que era mío. ¿Tú me ves a mí? ¿No te parezco
loca? Pues es loca de no haber gritado todo lo que mi pecho necesita. Tengo en mi
pecho un grito siempre puesto de pie a quien tengo que castigar y meter entre los
mantos. Pero me llevan a los muertos y hay que callar. Luego la gente critica. (Se quita
el manto)
PADRE- Hoy no es día de que te acuerdes de esas cosas.
MADRE- Cuando sale la conversación, tengo que hablar. Y hoy más. Porque hoy me
quedo sola en mi casa.
PADRE- En espera de estar acompañada.
MADRE- Esa es mi ilusión- los nietos. (Se sientan.)
PADRE- Yo quiero que tengan muchos. Esta tierra necesita brazos que no sean
pagados. Hay que sostener una batalla con las malas hierbas, con los cardos, con los
pedruscos que salen no se sabe dónde. Y estos brazos tienen que ser de los dueños, que
castiguen y que dominen, que hagan brotar las simientes. Se necesitan muchos hijos.
MADRE- ¡Y alguna hija! ¡Los varones son del viento! Tienen por fuerza que manejar
armas. Las niñas no salen jamás a la calle.
PADRE (alegre)- Yo creo que tendrán de todo.
MADRE- Mi hijo la cubrirá bien. Es de buena simiente. Su padre pudo haber tenido
conmigo muchos hijos.
PADRE- Lo que yo quisiera es que esto fuera cosa de un día. Que en seguida tuvieran
dos o tres hombres.
MADRE- Pero no es así. Se tarda mucho. Por eso es tan terrible ver la sangre de una
derramada por el suelo. Una fuente que corre un minuto y a nosotros nos ha costado
años. Cuando yo llegué a ver a mi hijo, estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé
las manos de sangre y me las lamí con la lengua. Porque era mía. Tú no sabes lo que es
eso. En una custodia de cristal y topacios pondría yo la tierra empapada por ella.
PADRE- Ahora tienes que esperar. Mi hija es ancha y tu hijo es fuerte.
MADRE- Así espero. (Se levantan.)
PADRE- Prepara las bandejas de trigo.
CRIADA- Están preparadas.
MUJER DE LEONARDO (entrando)- ¡Que sea para bien!
MADRE- Gracias.
LEONARDO- ¿Va a haber fiesta?
PADRE- Poca. La gente no puede entretenerse.
PADRE- ¡Ya están aquí!
(Van entrando invitados en alegres grupos. Entran los novios cogidos del brazo. Sale
LEONARDO.)
NOVIO- En ninguna boda se vio tanta gente.
NOVIA (sombría)- En ninguna.
PADRE- Fue lucida.
MADRE- Ramas enteras de familias han venido.
NOVIO- Gente que no salía de su casa.
MADRE- Tu padre sembró mucho y ahora lo recoges tú.
NOVIO- Hubo primos míos que yo ya no conocía.
MADRE- Toda la gente de la costa.
NOVIO (alegre)- Se espantaban de los caballos. (Hablan.)
MADRE (a la NOVIA)- ¿Qué piensas?
NOVIA- No pienso en nada.
MADRE- Las bendiciones pesan mucho. (Se oyen guitarras.)
NOVIA- Como el plomo.
MADRE (fuerte)- Pero no han de pesar. Ligera como paloma debes ser.
NOVIA- ¿Se queda usted aquí esta noche?
MADRE- No. Mi casa está sola.
NOVIA- ¡Debía usted quedarse!
PADRE (a la MADRE)- Mira el baile que tienen formado. Bailes de allá de la orilla del
mar.
(Sale Leonardo y se sienta. Su mujer, detrás de él en actitud rígida.)
MADRE- Son los primos de mi marido. Duros como piedras para la danza.
PADRE- Me alegra el verlos. ¡Qué cambio para esta casa! (Se va.)
NOVIO (a la NOVIA)- ¿Te gustó el azahar?
NOVIA (mirándole fija)- Sí.
NOVIO- Es todo de cera. Dura siempre. Me hubiera gustado que llevaras en todo el
vestido.
NOVIA- No hace falta. (Mutis LEONARDO por la derecha.)
MUCHACHA 1ª- Vamos a quitarle los alfileres.
NOVIA (al NOVIO).– Ahora vuelvo.
MUJER- ¡Que seas feliz con mi prima!
NOVIO- Tengo seguridad.
MUJER- Aquí los dos; sin salir nunca y a levantar la casa. ¡Ojalá yo viviera también así
de lejos!
NOVIO- ¿Por qué no compráis tierras? El monte es barato y los hijos se crían mejor.
MUJER- No tenemos dinero. ¡Y con el camino que llevamos!
NOVIO- Tu marido es un buen trabajador.
MUJER- Sí, pero le gusta volar demasiado. Ir de una cosa a otra. No es hombre
tranquilo.
CRIADA- ¿No tomáis nada? Te voy a envolver unos roscos de vino para tu madre, que
a ella le gustan mucho.
NOVIO- Ponle tres docenas.
MUJER- No, no. Con media tiene bastante.
NOVIO- Un día es un día.
MUJER (a la CRIADA)- ¿Y Leonardo?
CRIADA- No lo vi.
NOVIO- Debe estar con la gente.
MUJER- ¡Voy a ver! (Se va.)
CRIADA- Aquello está hermoso.
NOVIO- ¿Y tú no bailas?
CRIADA- No hay quien me saque.
(Pasan al fondo dos muchachas, durante todo este acto, el fondo será un animado cruce
de figuras.)
NOVIO (alegre)- Eso se llama no entender. Las viejas frescas como tú bailan mejor que
las jóvenes.
CRIADA- Pero ¿vas a echarme requiebros, niño? ¡Qué familia la tuya! ¡Machos entre
los machos! Siendo niña vi la boda de tu abuelo. ¡Qué figura! Parecía como si se casara
un monte.
NOVIO- Yo tengo menos estatura.
CRIADA- Pero el mismo brillo en los ojos. ¿Y la niña?
NOVIO- Quitándose la toca.
CRIADA- ¡Ah! Mira. Para la medianoche, como no dormiréis, os he preparado jamón y
unas copas grandes de vino antiguo. En la parte baja de la alacena. Por si lo necesitáis.
NOVIO (sonriente)- No como a medianoche.
CRIADA (con malicia)- Si tú no, la novia. (Se va.)
MOZO 1° (entrando)- ¡Tienes que beber con nosotros!
NOVIO- Estoy esperando a la novia.
MOZO 2º- ¡Ya la tendrás en la madrugada!
MOZO 1°- ¡Que es cuando más gusta!
MOZO 2º- Un momento.
NOVIO- Vamos.
(Salen. Se oye gran algazara. Sale la NOVIA. Por el lado opuesto salen dos
MUCHACHAS corriendo a encontrarla.)
MUCHACHA 1ª- ¿A quién diste el primer alfiler, a mí o a ésta?
NOVIA- No me acuerdo.
MUCHACHA 1ª- A mí me lo diste aquí.
MUCHACHA 2ª- A mí delante del altar.
NOVIA (inquieta y con una gran lucha interior)- No sé nada.
MUCHACHA 1ª- Es que yo quisiera que tú...
NOVIA (interrumpiendo)—Ni me importa. Tengo mucho que pensar.
MUCHACHA 2ª- Perdona. (LEONARDO cruza el fondo.)
NOVIA (ve a LEONARDO)- Y estos momentos son agitados.
MUCHACHA 1ª- ¡Nosotras no sabemos nada!
NOVIA- Ya lo sabréis cuando os llegue la hora. Estos pasos son pasos que cuestan
mucho.
MUCHACHA 1ª- ¿Te ha disgustado?
NOVIA- No. Perdonad vosotras.
MUCHACHA 2ª- ¿De qué? Pero los dos alfileres sirven para casarse, ¿verdad?
NOVIA- Los dos.
MUCHACHA 1ª- Ahora, que una se casa antes que otra.
NOVIA- ¿Tantas ganas tenéis?
MUCHACHA 2ª (vergonzosa)- Sí.
NOVIA- ¿Para qué?
MUCHACHA 1ª- Pues... (Abrazando a la segunda.)
(Echan a correr las dos. Llega el NOVIO y, muy despacio, abraza a la NOVIA por
detrás.)
NOVIA (con gran sobresalto)- ¡Quita!
NOVIO- ¿Te asustas de mí?
NOVIA- ¡Ay! ¿Eras tú?
NOVIO- ¿Quién iba a ser? (Pausa.) Tu padre o yo.
NOVIA- ¡Es verdad!
NOVIO- Ahora que tu padre te hubiera abrazado más blando.
NOVIA (sombría)- ¡Claro!
NOVIO- Porque es viejo. (La abraza fuertemente de un modo un poco brusco.)
NOVIA (seca)- ¡Déjame!
NOVIO- ¿Por qué? (La deja.)
NOVIA- Pues... la gente. Pueden vernos. (Vuelve a cruzar el fondo la CRIADA, que no
mira a los novios.)
NOVIO- ¿Y qué? Ya es sagrado.
NOVIA- Sí, pero déjame... Luego.
NOVIO- ¿Qué tienes? ¡Estás como asustada!
NOVIA- No tengo nada. No te vayas. (Sale la MUJER DE LEONARDO.)
MUJER- No quiero interrumpir...
NOVIO- Dime.
MUJER- ¿Pasó por aquí mi marido?
NOVIO- No.
MUJER- Es que no le encuentro y el caballo no está tampoco en el establo.
NOVIO (alegre)- Debe estar dándole una carrera. (Se va la MUJER, inquieta. Sale la
CRIADA.)
CRIADA- ¿No andáis satisfechos de tanto saludo?
NOVIO- Yo estoy deseando que esto acabe. La novia está un poco cansada.
CRIADA- ¿Qué es eso, niña?
NOVIA- ¡Tengo como un golpe en las sienes!
CRIADA- Una novia de estos montes debe ser fuerte. (Al NOVIO.) Tú eres el único
que la puedes curar, porque tuya es. (Sale corriendo.)
NOVIO (abrazándola)- Vamos un rato al baile. (La besa.)
NOVIA (angustiada)- No. Quisiera echarme en la cama un poco.
NOVIO- Yo te haré compañía.
NOVIA- ¡Nunca! ¿Con toda la gente aquí? ¿Qué dirían? Déjame sosegar un momento.
NOVIO- ¡Lo que quieras! ¡Pero no estés así por la noche!
NOVIA (en la puerta)- A la noche estaré mejor.
NOVIO- ¡Que es lo que yo quiero!
(Aparece la MADRE.)
MADRE- Hijo.
NOVIO- ¿Dónde anda usted?
MADRE- En todo ese ruido. ¿Estás contento?
NOVIO- Sí.
MADRE- ¿Y tu mujer?
NOVIO- Descansa un poco. ¡Mal día para las novias!
MADRE- ¿Mal día? El único bueno. Para mí fue como una herencia. (Entra la
CRIADA y se dirige al cuarto de la NOVIA.) Es la roturación de las tierras, la
plantación de árboles nuevos.
NOVIO- ¿Usted se va a ir?
MADRE- Sí. Yo tengo que estar en mi casa.
NOVIO- Sola.
MADRE- Sola, no. Que tengo la cabeza llena de cosas y de hombres y de luchas.
NOVIO- Pero luchas que ya no son luchas.
(Sale la CRIADA rápidamente; desaparece corriendo por el fondo.)
MADRE- Mientras una vive, lucha.
NOVIO- ¡Siempre la obedezco!
MADRE- Con tu mujer procura estar cariñoso, y si la notas infautada o arisca, hazle una
caricia que le produzca un poco de daño, un abrazo fuerte, un mordisco y luego un beso
suave. Que ella no pueda disgustarse, pero que sienta que tú eres el macho, el amo, el
que mandas. Así aprendí de tu padre. Y como no lo tienes, tengo que ser yo la que te
enseñe estas fortalezas.
NOVIO- Yo siempre haré lo que usted mande.
PADRE (entrando)- ¿Y mi hija?
NOVIO- Está dentro.
MUCHACHA 1ª- ¡Vengan los novios, que vamos a bailar la rueda!
MOZO 1° (al NOVIO)- Tú la vas a dirigir
PADRE (saliendo)- ¡Aquí no está!
NOVIO- ¿No?
PADRE- Debe haber subido a la baranda.
NOVIO- ¡Voy a ver! (Entra.)
(Se oye algazara y guitarras.)
MUCHACHA 1ª- ¡Ya ha empezado! (Sale.)
NOVIO (saliendo)- No está.
MADRE (inquieta)- ¿No?
PADRE- ¿Y adónde puede haber ido?
CRIADA (entrando)- Y la niña, ¿donde está?
MADRE (seria)- No lo sabemos.
(Sale el NOVIO. Entran tres invitados.)
PADRE (dramático)- Pero ¿no está en el baile?
CRIADA- En el baile no está.
PADRE (con arranque)- Hay mucha gente. ¡Mirad!
CRIADA- ¡Ya he mirado!
PADRE (trágico)- ¿Pues dónde está?
NOVIO (entrando)- Nada. En ningún sitio.
MADRE (al PADRE)- ¿Qué es esto? ¿Dónde está tu hija?
(Entra la MUJER DE LEONARDO.)
MUJER- ¡Han huido! ¡Han huido! Ella y Leonardo. En el caballo. Van abrazados, como
una exhalación.
PADRE- ¡No es verdad! ¡Mi hija, no!
MADRE- ¡Tu hija, sí! Planta de mala madre, y él, él también, él. Pero ¡ya es la mujer de
mi hijo!
NOVIO (entrando)- ¡Vamos detrás! ¿Quién tiene un caballo?
MADRE- ¿Quién tiene un caballo ahora mismo, quién tiene un caballo? Que le daré
todo lo que tengo, mis ojos y hasta mi lengua...
VOZ- Aquí hay uno.
MADRE (al hijo)- ¡Anda! ¡Detrás! (Salen con dos mozos.) No. No vayas. Esa gente
mata pronto y bien...; pero sí, ¡corre, y yo detrás!
PADRE- No será ella. Quizá se haya tirado al aljibe.
MADRE- Al agua se tiran las honradas, las limpias; ¡esa, no! Pero ya es mujer de mi
hijo. Dos bandos. Aquí hay ya dos bandos. (Entran todos.) Mi familia y la tuya. Salid
todos de aquí. Limpiarse el polvo de los zapatos. Vamos a ayudar a mi hijo. (La gente
se separa en dos grupos.) Porque tiene gente; que son sus primos del mar y todos los
que llegan de tierra adentro. ¡Fuera de aquí! Por todos los caminos. Ha llegado otra vez
la hora de la sangre. Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío. ¡Atrás! ¡Atrás!
TELÓN
Bodas de sangre: Tercer Acto
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Bodas de sangre
Tercer Acto
de Federico García Lorca
[editar] Cuadro Primero
Bosque. Es de noche. Grandes troncos húmedos. Ambiente oscuro. Se oyen dos
violines. Salen tres LEÑADORES.
LEÑADOR 1°- ¿Y los han encontrado?
LEÑADOR 2°- No. Pero los buscan por todas partes.
LEÑADOR 3°- Ya darán con ellos.
LEÑADOR 2°- ¡Chisss!
LEÑADOR 3°- ¿Qué?
LEÑADOR 2°- Parece que se acercan por todos los caminos a la vez.
LEÑADOR 1°- Cuando salga la luna los verán.
LEÑADOR 2°- Debían dejarlos.
LEÑADOR 1°- El mundo es grande. Todos pueden vivir de él.
LEÑADOR 3°- Pero los matarán.
LEÑADOR 2°- Hay que seguir la inclinación; han hecho bien en huir.
LEÑADOR 1°- Se estaban engañando uno a otro y al fin la sangre pudo más.
LEÑADOR 3°- ¡La sangre!
LEÑADOR 1°- Hay que seguir el camino de la sangre.
LEÑADOR 2°- Pero sangre que ve la luz se la bebe la tierra.
LEÑADOR 1°- ¿Y qué? Vale más ser muerto desangrado que vivo con ella podrida.
LEÑADOR 3°- Callar.
LEÑADOR 1°- ¿Qué? ¿Oyes algo?
LEÑADOR 3°- Oigo los grillos, las ranas, el acecho de la noche.
LEÑADOR 1°- Pero el caballo no se siente.
LEÑADOR 3°- No.
LEÑADOR 1°- Ahora la estará queriendo.
LEÑADOR 2°- El cuerpo de ella era para él y el cuerpo de él para ella.
LEÑADOR 3°- Los buscan y los matarán.
LEÑADOR 1°- Pero ya habrán mezclado sus sangres y serán como dos cántaros vacíos,
como dos arroyos secos.
LEÑADOR 2°- Hay muchas nubes y será fácil que la luna no salga.
LEÑADOR 3°- El novio los encontrará con luna o sin luna. Yo lo vi salir. Como una
estrella furiosa. La cara color ceniza. Expresaba el sino de su casta.
LEÑADOR 1°- Su casta de muertos en mitad de la calle.
LEÑADOR 2°- ¡Eso es!
LEÑADOR 3°- ¿Crees que ellos lograrán romper el cerco?
LEÑADOR 2°- Es difícil. Hay cuchillos y escopetas a diez leguas a la redonda.
LEÑADOR 3°- Él lleva buen caballo.
LEÑADOR 2°- Pero lleva una mujer.
LEÑADOR 1°- Ya estamos cerca.
LEÑADOR 2°- Un árbol de cuarenta ramas. Lo cortaremos pronto.
LEÑADOR 3°- Ahora sale la luna. Vamos a darnos prisa.
(Por la izquierda surge una claridad.)
LEÑADOR 1°- ¡Ay luna que sales!
Luna de las hojas grandes.
LEÑADOR 2°- ¡Llena de jazmines de sangre!
LEÑADOR 1°- ¡Ay luna sola!
¡Luna de las verdes hojas!
LEÑADOR 2°- Plata en la cara de la novia.
LEÑADOR 3°- ¡Ay luna mala!
Deja para el amor la oscura rama.
LEÑADOR 1°- ¡Ay triste luna!
¡Deja para el amor la rama oscura!
(Salen. Por la claridad de la izquierda aparece la LUNA. La LUNA es un leñador joven,
con la cara blanca. La escena adquiere un vivo resplandor azul.)
LUNA- Cisne redondo en el río,
ojo de las catedrales,
alba fingida en las hojas
soy; ¡no podrán escaparse!
¿Quién se oculta? ¿Quién solloza
por la maleza del valle?
La luna deja un cuchillo
abandonado en el aire,
que siendo acecho de plomo
quiere ser dolor de sangre.
¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada
por paredes y cristales!
¡Abrid tejados y pechos
donde pueda calentarme!
¡Tengo frío! Mis cenizas
de soñolientos metales
buscan la cresta del fuego
por los montes y las calles.
Pero me lleva la nieve
sobre su espalda de jaspe,
y me anega, dura y fría,
el agua de los estanques.
Pues esta noche tendrán
mis mejillas roja sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¡No haya sombra ni emboscada.
que no puedan escaparse!
¡Que quiero entrar en un pecho
para poder calentarme!
¡Un corazón para mí!
¡Caliente!, que se derrame
por los montes de mi pecho;
dejadme entrar, ¡ay, dejadme!
(A las ramas.)
No quiero sombras. Mis rayos
han de entrar en todas partes,
y haya en los troncos oscuros
un rumor de claridades,
para que esta noche tengan
mis mejillas dulce sangre,
y los juncos agrupados
en los anchos pies del aire.
¿Quién se oculta? ¡Afuera digo!
¡No! ¡No podrán escaparse!
Yo haré lucir al caballo
una fiebre de diamante.
(Desaparece entre los troncos y vuelve la escena a su luz oscura. Sale una anciana
totalmente cubierta por tenues paños verdeoscuros. Lleva los pies descalzos. Apenas si
se le verá el rostro entre los pliegues. Este personaje no figura en el reparto.)
MENDIGA- Esa luna se va, y ellos se acercan.
De aquí no pasan. El rumor del río
apagará con el rumor de troncos
el desgarrado vuelo de los gritos.
Aquí ha de ser, y pronto. Estoy cansada.
Abren los cofres, y los blancos hilos
aguardan por el suelo de la alcoba
cuerpos pesados con el cuello herido.
No se despierte un pájaro y la brisa,
recogiendo en su falda los gemidos,
huya con ellos por las negras copas
o los entierre por el blanco limo.
¡Esa luna, esa luna!
(Impaciente.)
¡Esa luna, esa luna!
(Aparece la LUNA. Vuelve la luz intensa.)
LUNA- Ya se acercan.
Unos por la cañada y otros por el río.
Voy a alumbrar las piedras. ¿Qué necesitas?
MENDIGA- Nada.
LUNA- El aire va llegando duro, con doble filo.
MENDIGA- Ilumina el chaleco y aparta los botones,
que después las navajas ya saben el camino.
LUNA- Pero que tarden mucho en morir. Que la sangre
me ponga entre los dedos su delicado silbo.
¡Mira que ya mis valles de ceniza despiertan
en ansia de esta fuente de chorro estremecido!
MENDIGA- No dejemos que pasen el arroyo. ¡Silencio!
LUNA- ¡Allí vienen! (Se va. Queda la escena a oscuras.)
MENDIGA- ¡De prisa! Mucha luz. ¿Me has oído?
¡No pueden escaparse!
(Entran el NOVIO y MOZO 1°. La MENDIGA se sienta y se tapa con el manto.)
NOVIO- Por aquí.
MOZO 1°- No los encontrarás.
NOVIO (Enérgico.)- ¡Sí los encontraré!
MOZO 1°- Creo que se han ido por otra vereda.
NOVIO- No. Yo sentí hace un momento el galope.
MOZO 1°- Sería otro caballo.
NOVIO (Dramático.)- Oye. No hay más que un caballo en el mundo, y es este. ¿Te has
enterado? Si me sigues, sígueme sin hablar.
MOZO 1°- Es que yo quisiera...
NOVIO- Calla. Estoy seguro de encontrármelos aquí. ¿Ves este brazo? Pues no es mi
brazo. Es el brazo de mi hermano y el de mi padre y el de toda mi familia que está
muerta. Y tiene tanto poderío, que puede arrancar este árbol de raíz si quiere. Y vamos
pronto, que siento los dientes de todos los míos clavados aquí de una manera que se me
hace imposible respirar tranquilo.
MENDIGA (Quejándose.)- ¡Ay!
MOZO 1°- ¿Has oído?
NOVIO- Vete por ahí y da la vuelta.
MOZO 1°- Esto es una caza.
NOVIO- Una caza. La más grande que se puede hacer.
(Se va el MOZO. El NOVIO se dirige rápidamente hacia la izquierda y tropieza con la
MENDIGA, la Muerte.)
MENDIGA- ¡Ay!
NOVIO- ¿Qué quieres?
MENDIGA- Tengo frío.
NOVIO- ¿Adónde te diriges?
MENDIGA (Siempre quejándose como una mendiga.)- Allá lejos...
NOVIO- ¿De dónde vienes?
MENDIGA- De allí.... de muy lejos.
NOVIO- ¿Viste un hombre y una mujer que corrían montados en un caballo?
MENDIGA (Despertándose.)- Espera... (Lo mira.) Hermoso galán. (Se levanta.) Pero
mucho más hermoso si estuviera dormido.
NOVIO- Dime, contesta, ¿los viste?
MENDIGA- Espera... ¡Qué espaldas más anchas! ¿Cómo no te gusta estar tendido sobre
ellas y no andar sobre las plantas de los pies, que son tan chicas?
NOVIO (Zamarreándola.)- ¡Te digo si los viste! ¿Han pasado por aquí?
MENDIGA (Enérgica.)- No han pasado; pero están saliendo de la colina. ¿No los oyes?
NOVIO- No.
MENDIGA- ¿Tú no conoces el camino?
NOVIO- ¡Iré, sea como sea!
MENDIGA- Te acompañaré. Conozco esta tierra.
NOVIO (Impaciente.)- ¡Pero vamos! ¿Por dónde?
MENDIGA (Dramática.)- ¡Por allí!
(Salen rápidos. Se oyen lejanos dos violines que expresan el bosque. Vuelven los
LEÑADORES. Llevan las hachas al hombro. Pasan lentos entre los troncos.)
LEÑADOR 1°- ¡Ay muerte que sales!
Muerte de las hojas grandes.
LEÑADOR 2°- ¡No abras el chorro de la sangre!
LEÑADOR 1°- ¡Ay muerte sola!
Muerte de las secas hojas.
LEÑADOR 3°- ¡No cubras de flores la boda!
LEÑADOR 2°- ¡Ay triste muerte!
Deja para el amor la rama verde.
LEÑADOR 1°- ¡Ay muerte mala!
¡Deja para el amor la verde rama!
(Van saliendo mientras hablan. Aparecen LEONARDO y la NOVIA.)
LEONARDO- ¡Calla!
NOVIA- Desde aquí yo me iré sola.
¡Vete! ¡Quiero que te vuelvas!
LEONARDO- ¡Calla, digo!
NOVIA- Con los dientes,
con las manos, como puedas.
quita de mi cuello honrado
el metal de esta cadena,
dejándome arrinconada
allá en mi casa de tierra.
Y si no quieres matarme
como a víbora pequeña,
pon en mis manos de novia
el cañón de la escopeta.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
LEONARDO- Ya dimos el paso; ¡calla!
porque nos persiguen cerca
y te he de llevar conmigo.
NOVIA- ¡Pero ha de ser a la fuerza!
LEONARDO- ¿A la fuerza? ¿Quién bajó
primero las escaleras?
NOVIA- Yo las bajé.
LEONARDO- ¿Quién le puso
al caballo bridas nuevas?
NOVIA- Yo misma. Verdad.
LEONARDO- ¿Y qué manos
me calzaron las espuelas?
NOVIA- Estas manos que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
LEONARDO- ¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.
NOVIA- ¡Ay que sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.
LEONARDO- Pájaros de la mañana
por los árboles se quiebran.
La noche se está muriendo
en el filo de la piedra.
Vamos al rincón oscuro,
donde yo siempre te quiera,
que no me importa la gente,
ni el veneno que nos echa.
(La abraza fuertemente.)
NOVIA- Y yo dormiré a tus pies
para guardar lo que sueñas.
Desnuda, mirando al campo,
como si fuera una perra,
(Dramática.)
¡porque eso soy! Que te miro
y tu hermosura me quema.
LEONARDO- Se abrasa lumbre con lumbre.
La misma llama pequeña
mata dos espigas juntas.
¡Vamos!
(La arrastra.)
NOVIA- ¿Adónde me llevas?
LEONARDO- A donde no puedan ir
estos hombres que nos cercan.
¡Donde yo pueda mirarte!
NOVIA (Sarcástica.)-
Llévame de feria en feria,
dolor de mujer honrada,
a que las gentes me vean
con las sábanas de boda
al aire como banderas.
LEONARDO- También yo quiero dejarte
si pienso como se piensa.
Pero voy donde tú vas.
Tú también. Da un paso. Prueba.
Clavos de luna nos funden
mi cintura y tus caderas.
(Toda esta escena es violenta, llena de gran sensualidad.)
NOVIA- ¿Oyes?
LEONARDO- Viene gente.
NOVIA- ¡Huye!
Es justo que yo aquí muera
con los pies dentro del agua,
espinas en la cabeza.
Y que me lloren las hojas,
mujer perdida y doncella.
LEONARDO- Cállate. Ya suben.
NOVIA- ¡Vete!
LEONARDO- Silencio. Que no nos sientan.
Tú delante. ¡Vamos, digo!
(Vacila la NOVIA.)
NOVIA- ¡Los dos juntos!
LEONARDO (Abrazándola.)-
¡Como quieras!
Si nos separan, será
porque esté muerto.
NOVIA- Y yo muerta.
(Salen abrazados. Aparece la LUNA muy despacio. La escena adquiere una fuerte luz
azul. Se oyen los dos violines. Bruscamente se oyen dos largos gritos desgarrados y se
corta la música de los violines. Al segundo grito aparece la MENDIGA y queda de
espaldas. Abre el manto y queda en el centro, como un gran pájaro de alas inmensas. La
LUNA se detiene. El telón baja en medio de un silencio absoluto.)
Telón
[editar] Cuadro Segundo
Habitación blanca con arcos y gruesos muros. A la derecha y a la izquierda, escaleras
blancas. Gran arco al fondo y pared del mismo color. El suelo será también de un blanco
reluciente. Esta habitación simple tendrá un sentido monumental de iglesia. No habrá ni
un gris, ni una sombra, ni siquiera lo preciso para la perspectiva. Dos muchachas
vestidas de azul oscuro están devanando una madeja roja.
MUCHACHA 1ª- Madeja, madeja, ¿qué quieres hacer?
MUCHACHA 2ª- Jazmín de vestido, cristal de papel. Nacer a las cuatro, morir a las
diez. Ser hilo de lana, cadena a tus pies y nudo que apriete amargo laurel.
NIÑA (Cantando.)- ¿Fuiste a la boda?
MUCHACHA 1- No.
NIÑA- ¡Tampoco fui yo! ¿Qué pasaría por los tallos de la viña? ¿Qué pasaría por el
ramo de la oliva? ¿Qué pasó que nadie volvió? ¿Fuiste a la boda?
MUCHACHA 2ª- Hemos dicho que no.
NIÑA (Yéndose.)- ¡Tampoco fui yo!
MUCHACHA 2ª- Madeja, madeja ¿qué quieres cantar?
MUCHACHA 1ª- Heridas de cera, dolor de arrayán. Dormir la mañana, de noche velar.
NIÑA (en la puerta)- El hilo tropieza con el pedernal. Los montes azules lo dejan pasar.
Corre, corre, corre. y al fin llegará a poner cuchillo y a quitar el pan.
(Se va.)
MUCHACHA 2ª- Madeja. madeja, ¿qué quieres decir?
MUCHACHA 1ª- Amante sin habla. Novio carmesí. Por la orilla muda tendidos los vi.
(Se detiene mirando la madeja.)
NIÑA (asomándose a la puerta)- Corre, corre, corre el hilo hasta aquí. Cubiertos de
barro los siento venir. ¡Cuerpos estirados, paños de marfil!
(Se va.)
(Aparece la MUJER y la SUEGRA DE LEONARDO. Llegan angustiadas.)
MUCHACHA 1ª- ¿Vienen ya?
SUEGRA (agria)- No sabemos.
MUCHACHA 2ª- ¿Qué contáis de la boda?
MUCHACHA 1ª- Dime.
SUEGRA (seca)- Nada.
MUJER- Quiero volver para saberlo todo.
SUEGRA (enérgica)- Tú, a tu casa. Valiente y sola en tu casa. A envejecer y a llorar.
Pero la puerta cerrada. Nunca. Ni muerto ni vivo. Clavaremos las ventanas. Y vengan
lluvias y noches sobre las hierbas amargas.
MUJER- ¿Qué habrá pasado?
SUEGRA- No importa. Échate un velo en la cara. Tus hijos son hijos tuyos nada más.
Sobre la cama pon una cruz de ceniza donde estuvo su almohada.
(Salen.)
MENDIGA (a la puerta)- Un pedazo de pan, muchachas.
NIÑA- ¡Vete!
(Las MUCHACHAS se agrupan.)
MENDIGA- ¿Por qué?
NIÑA- Porque tú gimes: vete.
MUCHACHA 1ª- ¡Niña!
MENDIGA- ¡Pude pedir tus ojos! Una nube de pájaros me sigue; ¿quieres uno?
NIÑA- ¡Yo me quiero marchar!
MUCHACHA 2ª (a la MENDIGA)- ¡No le hagas caso!
MUCHACHA 1ª- ¿Vienes por el camino del arroyo?
MENDIGA- Por allí vine.
MUCHACHA 1ª (tímida)- ¿Puedo preguntarte?
MENDIGA- Yo los vi; pronto llegan: dos torrentes quietos al fin entre las piedras
grandes, dos hombres en las patas del caballo. Muertos en la hermosura de la noche.
(Con delectación.)
Muertos sí, muertos.
MUCHACHA 1ª- ¡Calla, vieja, calla!
MENDIGA- Flores rotas los ojos, y sus dientes dos puñados de nieve endurecida. Los
dos cayeron, y la novia vuelve teñida en sangre falda y cabellera. Cubiertos con dos
mantas ellos vienen sobre los hombros de los mozos altos. Así fue; nada más. Era lo
justo. Sobre la flor del oro, sucia arena.
(Se va. Las MUCHACHAS inclinan la cabeza y rítmicamente van saliendo.)
MUCHACHA 1ª- Sucia arena.
MUCHACHA 2ª- Sobre la flor del oro.
NIÑA- Sobre la flor del oro traen a los muertos del arroyo. Morenito el uno, morenito el
otro. ¡Qué ruiseñor de sombra vuela y gime sobre la flor del oro!
(Se va. Queda la escena sola. Aparece la MADRE con una VECINA. La vecina viene
llorando.)
MADRE- Calla.
VECINA- No puedo.
MADRE- Calla, he dicho. (En la puerta.) ¿No hay nadie aquí? (Se lleva las manos a la
frente.) Debía contestarme mi hijo. Pero mi hijo es ya un brazado de flores secas. Mi
hijo es ya una voz oscura detrás de los montes. (Con rabia, a la vecina.) ¿Te quieres
callar? No quiero llantos en esta casa. Vuestras lágrimas son lágrimas de los ojos nada
más, y las mías vendrán cuando yo esté sola, de las plantas de los pies, de mis raíces, y
serán más ardientes que la sangre.
VECINA- Vente a mi casa; no te quedes aquí.
MADRE- Aquí. Aquí quiero estar. Y tranquila. Ya todos están muertos. A medianoche
dormiré, dormiré sin que ya me aterren la escopeta o el cuchillo. Otras madres se
asomarán a las ventanas, azotadas por la lluvia, para ver el rostro de sus hijos. Yo, no.
Yo haré con mi sueño una fría paloma de marfil que lleve camelias de escarcha sobre el
camposanto. Pero no; camposanto, no, camposanto, no; lecho de tierra, cama que los
cobija y que los mece por el cielo. (Entra una mujer de negro que se dirige a la derecha
y allí se arrodilla. A la VECINA.) Quítate las manos de la cara. Hemos de pasar días
terribles. No quiero ver a nadie. La tierra y yo. Mi llanto y yo. Y estas cuatro paredes.
¡Ay! ¡Ay! (Se sienta transida.)
VECINA- Ten caridad de ti misma.
MADRE (echándose el pelo hacia atrás)- He de estar serena. (Se sienta.) Porque
vendrán las vecinas y no quiero que me vean tan pobre. ¡Tan pobre! Una mujer que no
tiene un hijo siquiera que poderse llevar a los labios.
(Aparece la NOVIA. Viene sin azahar y con un manto negro.)
VECINA (viendo a la NOVIA, con rabia)- ¿Dónde vas?
NOVIA- Aquí vengo.
MADRE- (A la VECINA) ¿Quién es?
VECINA- ¿No la reconoces?
MADRE- Por eso pregunto quién es. Porque tengo que no reconocerla, para no clavarla
mis dientes en el cuello. ¡Víbora! (Se dirige hacia la NOVIA con ademán fulminante; se
detiene. A la VECINA.) ¿La ves? Está ahí, y está llorando, y yo quieta, sin arrancarle
los ojos. No me entiendo. ¿Será que yo no quería a mi hijo? Pero, ¿y su honra? ¿Dónde
está su honra? (Golpea a la NOVIA. Ésta cae al suelo.)
VECINA- ¡Por Dios! (Trata de separarlas.)
NOVIA (a la VECINA)- Déjala; he venido para que me mate y que me lleven con ellos.
(A la MADRE.) Pero no con las manos; con garfios de alambre, con una hoz, y con
fuerza, hasta que se rompa en mis huesos. ¡Déjala! Que quiero que sepa que yo soy
limpia, que estaré loca, pero que me puedan enterrar sin que ningún hombre se haya
mirado en la blancura de mis pechos.
MADRE- Calla, calla; ¿qué me importa eso a mí?
NOVIA- ¡Porque yo me fui con el otro, me fui! (Con angustia) Tú también te hubieras
ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un
poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro,
lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo
corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de
pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre
mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo bien!; yo no
quería, ¡óyelo bien! Yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el
brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me
hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, siempre, aunque hubiera sido vieja y
todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos! (Entra una VECINA.)
MADRE- Ella no tiene culpa, ¡ni yo! (Sarcástica.) ¿Quién la tiene, pues? ¡Floja,
delicada, mujer de mal dormir es quien tira una corona de azahar para buscar un pedazo
de cama calentado por otra mujer!
NOVIA- ¡Calla, calla! Véngate de mí; ¡aquí estoy! Mira que mi cuello es blando; te
costará menos trabajo que segar una dalia de tu huerto. Pero ¡eso no! Honrada, honrada
como una niña recién nacida. Y fuerte para demostrártelo. Enciende la lumbre. Vamos a
meter las manos; tú por tu hijo; yo, por mi cuerpo. La retirarás antes tú. (Entra otra
VECINA.)
MADRE- Pero ¿qué me importa a mí tu honradez? ¿Qué me importa tu muerte? ¿Qué
me importa a mí nada de nada? Benditos sean los trigos, porque mis hijos están debajo
de ellos; bendita sea la lluvia, porque moja la cara de los muertos. Bendito sea Dios, que
nos tiende juntos para descansar. (Entra otra VECINA.)
NOVIA- Déjame llorar contigo.
MADRE- Llora, pero en la puerta.
(Entra la NIÑA. La NOVIA queda en la puerta. La MADRE en el centro de la escena.)
MUJER (entrando y dirigiéndose a la izquierda)- Era hermoso jinete, y ahora montón de
nieve. Corría ferias y montes y brazos de mujeres. Ahora, musgo de noche le corona la
frente.
MADRE- Girasol de tu madre, espejo de la tierra. Que te pongan al pecho cruz de
amargas adelfas; sábana que te cubra de reluciente seda, y el agua forme un llanto entre
tus manos quietas.
MUJER- ¡Ay, qué cuatro muchachos llegan con hombros cansados!
NOVIA- ¡Ay, qué cuatro galanes traen a la muerte por el aire!
MADRE- Vecinas.
NIÑA (en la puerta)- Ya los traen.
MADRE- Es lo mismo. La cruz, la cruz. Mujeres- Dulces clavos, dulce cruz, dulce
nombre de Jesús.
NOVIA- Que la cruz ampare a muertos y vivos.
MADRE- Vecinas- con un cuchillo, con un cuchillito, en un día señalado, entre las dos
y las tres, se mataron los dos hombres del amor. Con un cuchillo. con un cuchillito que
apenas cabe en la mano, pero que penetra fino por las carnes asombradas y que se para
en el sitio donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito.
NOVIA- Y esto es un cuchillo, un cuchillito que apenas cabe en la mano; pez sin
escamas ni río, para que un día señalado, entre las dos y las tres, con este cuchillo se
queden dos hombres duros con los labios amarillos.
MADRE- Y apenas cabe en la mano. pero que penetra frío por las carnes asombradas y
allí se para, en el sitio donde tiembla enmarañada la oscura raíz del grito.
(Las vecinas, arrodilladas en el suelo, lloran.)
TELÓN.
FIN
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“Romance de la luna, luna” de Federico García Lorca
La luna vino a la fragua
con su polizón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.
Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
Huye, luna, luna, luna,
que ya siento los caballos.
Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
¡Cómo canta la zumaya,
ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.
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Actividades de contingencia para 4to año. 2025
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Clase nº 3