POEMA DE GILGAMESH
Prefacio
Cuando los primeros seres humanos empezaron a hacer garabatos sobre
un trozo de arcilla, suponemos que lo hicieron para anotar números, llevar la
cuenta de cuántos kilos de trigo habían entregado de impuestos, o cuántas cabras
tenían en el corral. Pero no tardaron mucho en anotar otros asuntos y ponerlos a
salvo del olvido. Escribieron entonces poemillas, canciones, recetas de cocina,
leyes y castigos, rezos a los dioses.
El Poema de Gilgamesh es el más antiguo de la humanidad en un género
que tendrá gran fortuna: la poesía épica, es decir, aquella poesía que trata de las
aventuras de los héroes. Como otros poemas muy antiguos, no tiene un único
autor, sino que diversos escribas fueron recopilando leyendas e historias más o
menos míticas hasta que formaron este poema. Hoy día, los historiadores creen
que Gilgamesh fue un rey de una ciudad de Mesopotamia, Uruk, al que se le
adjudicarán después de su muerte múltiples hazañas y aventuras.
4.500 años antes de nosotros, la gente de Uruk, de Ur, de Babilonia, de
todas las ciudades de las riberas del Tigris y el Éufrates, ya se entretenía oyendo
historias de hombres que mataban monstruos, que hacían viajes imposibles, que
seducían a mujeres de belleza inalcanzable. Antes del rey Arturo, de los manga
japoneses, de Superman, del Cid Campeador, de Frodo, de Ulises, de todos los
hombres valerosos que han combatido al Mal, ya Gilgamesh, con su amigo
Enkidu, surcaron las tierrras de Mesopotamia para, con valor y generosidad,
luchar por conseguir un mundo mejor para ellos y para todos nosotros.
Tablilla I
Quiero dar a conocer a aquel que lo ha visto todo, a aquel que ha conocido
lo profundo, que ha sabido todas las cosas, que ha examinado, en su totalidad,
todos los misterios. Cuando volvió de su largo viaje, fatigado, pero tranquilo, grabó
en una piedra todas sus aventuras. Él edificó los muros de Uruk la amurallada.
¡Contempla sus murallas que son como el cobre! ¡Mira sus columnas que no
tienen rival! ¡Sube y paséate por la muralla de Uruk! Inspecciona sus cimientos,
observa sus ladrillos de adobe. Excepcional monarca, célebre, prestigioso, héroe,
hijo de Uruk, es como un toro que embiste. ¡Tal era Gilgamesh, perfecto,
formidable! Él es quien abrió pasos en las montañas, quien excavó pozos en los
campos, quien cruzó el Océano y los enormes mares, quien exploró los confines
del mundo en busca de la Vida Eterna. ¿Hay quien pueda compararse a él en
grandeza? Así es el rey de Uruk, y sin embargo, los habitantes de Uruk se quejan
a los dioses, pues Gilgamesh se dedica a molestar a las mujeres, las persigue y
acosa, no deja en paz a ninguna muchacha, sea hija de un guerrero o esté,
incluso, ya prometida. Las diosas y los dioses que dominan oyeron sus repetidas
quejas y se dirigieron al dios Anu, padre de todos los dioses, y a su mujer, la diosa
madre Aruru: -“Lo que habéis creado no es sino un búfalo salvaje, no hay quien
pueda controlar a Gilgamesh, lo que tenéis que hacer es crear ahora a una
persona tan poderosa como él, comparable en fuerza y valentía, para que luchen
entre sí, lo controle, y así haya paz en Uruk”. Cuando la diosa Aruru hubo oído
estas palabras, cogió un pedazo de arcilla y lo depositó en el desierto. Fue en el
desierto donde modeló al valiente Enkidu, él sería el encargado de enfrentarse a
Gilgamesh, el valiente Enkidu, el salvaje, aquel que no conoce humano ni país
civilizado. Con las gacelas come la hierba, con la manada bebe en el río. Un día,
un cazador se encontró con él, pero Enkidu y su manada ya habían ocupado su
territorio, e impedían que pudiera cazar. Frente a frente, al borde del río, el
cazador se quedó silencioso y muerto de miedo, su cara era como la de un viajero
venido de muy lejos. Ante todo esto, el cazador emprendió el camino y se marchó
a Uruk. Se dirigió a Gilgamesh y, protestando, le dijo:
-“Hay un hombre que ha venido del desierto, es el más poderoso del país,
está dotado de gran fuerza, ha estropeado las trampas que yo había tendido, y me
impide que cace”. Dirigiéndose al cazador, Gilgamesh le dijo: -“Ve, cazador, y lleva
contigo a esta hermosa mujer; en cuanto Enkidu llegue con sus bestias al río, que
ella se quite sus vestidos y le ofrezca sus encantos. Nada más verla así, corriendo
se acercará, y su manada, que ha crecido con él en la estepa, ya no le seguirá,
pues sentirá que la han traicionado”.
Se fue el cazador, llevando consigo a la mujer, tomaron el camino yendo
rectos en su dirección. Al cabo de tres días llegaron al lugar previsto, y allí
esperaron. Cuando llegó la manada de gacelas con Enkidu, la hermosa cortesana
dejó caer su ropa, y Enkidu no la rechazó. Durante seis días y siete noches,
Enkidu y la mujer se amaron. Después de que hubo saciado su deseo, Enkidu
volvió su mirada en busca de su manada, pero las gacelas huyeron. Enkidu había
perdido sus fuerzas, su cuerpo estaba flojo, sus rodillas quedaban inmóviles, al
tiempo que huía su manada. La cortesana le dijo a Enkidu: -“¡Eres hermoso,
Enkidu, has llegado a ser como un dios! ¿Por qué vagabundear todavía por el
desierto con las bestias? ¡Ven! Deja que te lleve a Uruk, en donde reside
Gilgamesh, perfecto en fuerza, y donde, como un búfalo salvaje, sobrepasa en
fuerza a los demás hombres”. El divino Enkidu le contestó: -“Vamos a Uruk,
condúceme hasta él, quiero provocarlo, lanzarle un desafío. En cuanto entre allí,
cambiaré el curso de las cosas, el que nació en el desierto será el más fuerte”.
Tablilla II
Luego la mujer lo vistió y lo tomó de la mano, conduciéndolo hacia una
cabaña de pastores. Éstos se agolparon a su alrededor, ofreciéndole alimentos.
Enkidu solía mamar la leche de las bestias salvajes, y ahora le pusieron pan; lo
examinó con desconfianza, pues Enkidu no sabía comer el pan; a beber cerveza
tampoco nadie le había enseñado. Abriendo la boca, la mujer dijo así a Enkidu: -
“¡Come pan, Enkidu, es necesario para vivir! ¡Bebe cerveza, es la costumbre del
país!”. Enkidu comió el pan y bebió cerveza. Ya relajado, se puso a cantar, y su
corazón estaba alegre por la cerveza. Su rostro se iluminó. Cuando se pusieron en
marcha, Enkidu caminaba delante y la cortesana detrás de él, los dos camino de la
ciudad. Cuando entraron en Uruk, la de amplias plazas, la gente se reunió a su
alrededor. Enkidu se paró en la calle, cortando el camino a Gilgamesh. Éste lo
miró con atención. Enkidu, que había nacido en el desierto, estaba totalmente
enfadado. Se enfrentaron en la gran plaza de Uruk, se agarraron como toros, se
acometieron fuertemente, los muros temblaron. Enkidu agarró a Gilgamesh y lo
inmovilizó contra el suelo, logrando vencerle.
La madre de Gilgamesh, sabia y respetada, dijo entonces: -“Hijo mío,
Enkidu estaba muy enfadado con tu conducta. Él no ha tenido padre ni madre, su
cabellera suelta le caía sobre los hombros, como nació en el desierto, nadie lo ha
criado, no ha tenido amigos ni familia”. Enkidu permanecía quieto escuchando a la
madre de su rival, estaba paralizado, se sentó en el suelo conmovido y sus ojos se
llenaron de lágrimas, sus brazos cayeron sin fuerza, su cuerpo se aflojó;
realmente, se había emocionado con esas palabras. Entonces Enkidu y
Gilgamesh se abrazaron, unieron sus manos como hermanos, y Enkidu se dirigió
a Gilgamesh como su amigo.
Tablilla III
Gilgamesh y Enkidu ya son amigos, pero reciben noticias del terror que
causa un monstruo: es Kumbaba, guardián del Bosque de Cedros, aquel cuyo
rugido es el diluvio, su boca es fuego, su aliento es la muerte. Gilgamesh le dijo a
Enkidu: -“Amigo mío, si unos niños han nacido, no ha sido para permanecer
quietos. Iremos al Bosque de Cedros, donde reside el feroz Kumbaba, tú y yo
iremos a abatirle para librar de todo mal al país”. Pero Enkidu, abriendo al boca,
dijo así a Gilgamesh: -“Amigo, el perímetro del Bosque tiene 600 kilómetros,
¿quién podría penetrar en su interior? Es un combate imposible enfrentarse a
Kumbaba”. Pero Gilgamesh respondió a Enkidu: -“Yo quiero escalar la montaña
del Bosque de los Cedros, y descender al corazón del Bosque, cortaré los cedros
y tú vendrás conmigo. Tú me cuidarás, y yo te cuidaré. Voy a partir pues, delante
de ti, que tu boca pueda gritarme: “¡Avanza, no temas!”. Si caigo, al menos habré
alcanzado la fama. “¡Gilgamesh-dirán-luchó contra el feroz Kumbaba!”. Tú, que
has nacido y te has criado en el desierto, tú, a quien los leones han atacado, ¡tú
debes comprender todo esto!”. Mientras iniciaban el camino, en la calle la multitud
se acercaba a Gilgamesh: -“¿Cuándo regresarás a Uruk?” Los ancianos lo
bendecían y le daban consejos sobre el viaje: -“No confíes sólo en tus fuerzas,
¡Que tus ojos estén vigilantes! El que va delante salva a su compañero, el que
conoce el camino protege. Que Enkidu vaya, pues, delante de ti, él conoce el
camino del Bosque de Cedros, está acostumbrado a la guerra,
Tabilla IV
Al cabo de 200 kilómetros comieron un poco, al cabo de otros 300
kilómetros se prepararon para la noche; así en un día anduvieron 500 kilómetros, y
en tres días habían llegado a su destino. Entonces Gilgamesh rezó a los dioses y
les dijo: -“¡Enviadme un sueño con un mensaje favorable!” Los dioses
complacieron a Gilgamesh, pues soñó que abatían a Kumbaba. Entonces el rostro
del divino Gilgamesh se iluminó. Cogidos ambos de la mano, Enkidu y Gilgamesh
se marcharon y se prepararon para la noche. A media noche, el propio dios habló,
y una voz resonó desde el cielo: -“¡Caed sobre la bestia rápidamente, antes de
que penetre en el Bosque! ¡Que no se adentre en la espesura para ocultarse!”
Gilgamesh y Enkidu se levantaron arremetiendo como búfalos furiosos.
Tablilla V
Ambos llegaron hasta el lindero del Bosque y se quedaron inmóviles.
Contemplaron maravillados la altura de los cedros, todo el Bosque estaba lleno de
perfumes, deliciosa era su sombra, los matorrales allí se entrelazaban.
Rápidamente tomaron sus espadas y atacaron con su duro hierro, untado con
veneno. Enkidu abrió la boca y dijo: -“La fuerza de Kumbaba es muy peligrosa,
uno solo no puede afrontarlo, pero dos sí; si no se conocen dispersan las fuerzas,
si son amigos las unen, dos leoncillos son más fuertes que un vigoroso león”. Se
deslizaron a la guarida de Kumbaba y Enkidu gritó: -“¡Gilgamesh, mata a
Kumbaba, por tus dioses! ¡No tengas piedad!” Gilgamesh golpeó la cabeza del
monstruo con el hacha, y luego continuó golpeando con la espada. Se produjo una
gran confusión y luego un silencio de muerte. Así mataron al poderoso guardián
Kumbaba. Hasta 20 kilómetros de distancia los cedros gimieron, y el Bosque
entero se lamentó. Gilgamesh cortó la cabeza de Kumbaba, allí le extrajeron los
intestinos junto con los pulmones. Una lluvia abundante cayó sobre la montaña.
Luego, los dos amigos cortaron el Bosque de los Cedros.
Tablilla VI
Acabada la misión, Gilgamesh lavó sus cabellos, después se soltó su
cabellera sobre su espalda, arrojó sus vestidos sucios y se puso otros limpios, se
envolvió con un manto que ciñó con un cinturón.
Ishtar, diosa del amor, quedó fascinada por la belleza de Gilgamesh, y le
dijo: -“¡Ven Gilgamesh!, sé mi esposo, te daré un carro de oro y piedras preciosas,
entra en nuestra casa, donde los sacerdotes te besarán los pies, ante ti se
arrodillarán los reyes, los nobles y príncipes, y te aportarán como tributo los
productos de la montaña y del país. Tus cabras parirán crías triples, tus ovejas
mellizos, tus caballos tendrán más fuerza, tus bueyes no tendrán rival.” Gilgamesh
tomó la palabra y dijo a la diosa Ishtar: -“¿Cómo podría yo casarme contigo?
¿Debería mantenerte con manjares propios de dioses? ¿Tendría que apagar tu
sed con bebidas propias de la divinidad? ¡Ah! Una brecha se abriría entre nosotros
si te tomo en matrimonio, no eres más que un brasero que se apaga con el hielo,
un elefante que arroja su montura a tierra. ¿A quién de tus amantes le has
permanecido siempre fiel? ¿Cuál es el pájaro que ha escapado de tus lazos? Si tú
me amaras, ¡me tratarías como a ellos!” Cuando Ishtar hubo oído estas palabras,
se enfureció y ascendió a los cielos, se presentó llorando ante el dios Anu, su
padre, y dejó correr sus lágrimas ante Aruru, su madre: -“Padre mío, Gilgamesh
me ha llenado de insultos, de injurias, murmuraciones e infamias”. Pero su madre
le contestó: -“¡Cómo! ¡Ya habrás provocado tú al rey Gilgamesh para que él haya
pronunciado injurias contra ti!”. Ishtar se dirigió entonces a su padre: -“¡Padre mío,
te lo ruego, manda al Toro Celeste para que mate a Gilgamesh! Si no mandas al
Toro Celeste bajaré a las regiones del Mundo Inferior y haré subir a los muertos
para que devoren a los vivos” Anu hizo venir al Toro Celeste, y cuando llegó a
Uruk comenzó a pisotear las cosechas y secó los ríos. Con el primer resoplido
abrió una fosa en la que cayeron cien hombres de Uruk. Al segundo y tercer
resoplidos, ¡cayeron doscientos, trescientos hombres de Uruk! Enkidu dijo
entonces a Gilgamesh: -“Amigo mío, nosotros hemos vencido en el Bosque de los
Cedros, ¿cómo actuaremos ahora frente a este nuevo peligro?” -“Amigo mío,-dijo
Gilgamesh-, he observado a las bestias de la estepa, nuestras fuerzas serán
suficientes para matar al Toro”. -“Yo-dijo Enkidu-lo voy a entretener, lo cogeré por
la cola y lo retendré fuertemente con mis manos; tú te situarás por delante y lo
herirás de muerte con tu puñal”. Así lo hicieron, y Gilgamesh, valeroso y fuerte,
golpeó al Toro Celeste e hincó su puñal. Tras matarlo, le arrancaron el corazón y
lo ofrecieron a los dioses. Ishtar, subida en la muralla, moviéndose desesperada,
empezó a lamentarse: -“¡Ah! ¡Gilgamesh me ha humillado matando al Toro
Celeste!”. Cuando Enkidu oyó estas palabras de Ishtar, arrancó una pata del toro y
se la arrojó a la cara: -“En cuanto a ti-dijo-, si te hubiera atrapado te habría tratado
como a él y habría colgado sus intestinos en tus brazos”. Gilgamesh dio una fiesta
en su palacio. Mientras dormían los hombres en sus camas, Enkidu tuvo un sueño
inquietante.
Tablilla VII
Cuando amaneció, Enkidu dijo al divino Gilgamesh: -“Hermano mío, ¡qué
sueño he tenido esta noche! Los dioses celebraban una reunión y el padre de los
dioses, Anu, decía: -“Ellos han matado tanto al monstruo Kumbaba como al Toro
Celeste. Uno de los dos debe morir”. A buen seguro que soy yo el que va a caer
en poder de la Muerte, sin que pueda ver con mis ojos ya más a mi querido
hermano.” Gilgamesh no cesaba de escuchar sus palabras y sus lágrimas corrían.
Abriendo la boca, le dijo a Enkidu: -“Amigo, tú que tienes una inteligencia brillante
y buen sentido, dices, en cambio, cosas extrañas. El sueño que has tenido es
excelente, aunque tu miedo sea tan fuerte que haga que tus labios zumben como
moscas. Voy a rezar a los dioses por ti”. -“No hay nada que hacer, amigo mío-
replicó Enkidu-, los dioses no retroceden nunca ni anulan sus órdenes; lo que han
decidido una vez, no cambia”. Gilgamesh tuvo que reconocer que el sueño era
desfavorable. Al poco tiempo, Enkidu cayó enfermo. Enkidu permanecía en cama:
un primer día, un segundo día, sin que pudiera abandonar su habitación, la
enfermedad empeoraba. Un tercer día, un cuarto día ocurrió lo mismo, un quinto,
un sexto, un séptimo día siempre lo mismo, un octavo, un noveno, un décimo día
siempre igual, la enfermedad de Enkidu empeoraba aún más, al undécimo y al
duodécimo día el mal pudo con él. Enkidu, entonces, se levantó con esfuerzo de la
cama y gritando exclamó: -”¡Gilgamesh me salvó en la lucha, ¿por qué mi amigo
me abandona ahora?!” En tonces, Enkidu murió. Gilgamesh, deseperado, se puso
a gritar, rompiendo sus vestidos y despertando a todo el mundo.
Tablilla VIII
Gilgamesh decía: -“¡Escuchadme, ancianos de Uruk! ¡Jóvenes, oídme! Soy
yo quien llora por Enkidu, mi amigo. Un maligno demonio ha surgido para
arrancarte de mí. ¡Amigo mío, mulo vagabundo, leopardo de la estepa, nosotros
juntos habíamos escalado la Montaña, habíamos matado a Kumbaba, que vivía en
el Bosque de los Cedros! Y ahora, ¿qué sueño se ha apoderado de ti para que no
me oigas? ¡Que los ancianos de Uruk te lloren! ¡Que las elevadas cimas de las
montañas te lloren! ¡Que por ti se lamenten los campos como lo haría tu madre!
¡Que los bosques de cipreses y de cedros te lloren! ¡Que te lloren oso, hiena,
pantera, tigre, ciervo, leopardo, león, búfalo, gamo, cabra montés, manada de la
estepa! ¡Que te llore el Eúfrates y los hombres de Uruk! ¡Que te llore el labrador,
encorvado al arado!”. Entonces Gilgamesh cubrió el rostro de su amigo y como un
águila comenzó a dar vueltas alrededor de él; se arrancaba mechones de su
cabello y los tiraba, desgarraba sus hermosos vestidos y los arrojaba lejos. Por la
mañana, a las primeras luces del alba, Gilgamesh organizó el entierro de su
amigo, pronunciando estas palabras: -”Yo, tu amigo, tu hermano gemelo, te he
hecho reposar sobre una gran cama preparada con amor, los príncipes del país
han besado tus pies; he hecho que la gente de Uruk llore y se lamente por ti, y he
ordenado al pueblo, antes contento, guardar luto. Y yo, después de ti, voy a
dejarlo todo, y vestido con la piel de un león, vagabundearé por el desierto”.
Gilgamesh llorando amargamente, vaga por la estepa, llora por causa de su
amigo Enkidu. -”¿Debo morir yo también?¿No seré semejante a Enkidu? La
angustia ha entrado en mis entrañas, el temor a la muerte me hace vagar por la
estepa. He emprendido el camino y marcho sin perder tiempo, para encontrar a
Utnapishtim, el único humano que ha logrado la inmortalidad. Él podrá enseñarme
cómo conseguirla.”
Gilgamesh salió del país y anduvo viajando de acá para allá, las montañas
que había escalado, los ríos que había atravesado, ese número ningún hombre lo
sabe. Estuvo matando fieras. Cuando llegó a las montañas sagradas, unos
hombres-escorpión estaban guardando la entrada, tan terroríficos y pavorosos
eran que su sola vista acarreaba la muerte. Gilgamesh se cubrió el rostro, pero
después, recuperando su coraje, marchó hacia ellos.
El hombre-escorpión se dirigió a Gilgamesh: -”¿Quién eres tú que has
hecho tan largo viaje? ¿Por qué has vagabundeado hasta llegar ante nosotros,
después de haber atravesado montañas tan inaccesibles? Quiero conocer el
propósito de tu viaje y a dónde te diriges”. Gilgamesh contestó al hombre-
escorpión: -”Si he hecho tan largo viaje es para ir a ver a Utnapishtim, que pudo
asistir a una reunión de los dioses y allí logró el don de la Vida Eterna.
A lo largo de 150 kilómetros su interior es oscuro, tan densa es su
oscuridad que allí no brilla ninguna luz. Pero inténtalo, recupera el coraje, ¡que las
regiones montañosas, tan difíciles de atravesar, puedan acogerte sano y salvo!”
Gilgamesh, al oír estas palabras, se alegró, y tomó el camino hacia la profunda
oscuridad. Caminó 150 kilómetros, nada veía delante, nada veía detrás, la
oscuridad era profunda, nada era visible. Después de todo eso, vio resplandecer la
luz. Ante él apareció el Jardín de los dioses, lleno de árboles frondosos, y de
piedras preciosas, Gilgamesh lo atravesó maravillado.
Tablilla X
El divino Gilgamesh siguió caminando, hasta encontrarse al borde del mar,
donde habita la diosa Siduri. Gilgamesh, después de pensárselo, se dirigió hacia
ella. Iba vestido con una simple piel de animal, su aspecto era como el del que ha
hecho un largo viaje. -“Diosa, soy Gilgamesh, y si mis mejillas están demacradas,
mi rostro abatido, y mi corazón dolido, si la angustia ha entrado en mis entrañas y
mi cara está curtida por el frío y el calor, es por miedo a la muerte por lo que yo
recorro la estepa. Lo que le ha ocurrido a mi amigo Enkidu, me obsesiona. Mi
amigo, al que yo amaba, ahora es como el barro, ¿no iré, como él, a acostarme
para no levantarme nunca más?”. La diosa respondió así a Gilgamesh: -
“Gilgamesh, ¿por qué vagas de un lado para otro? La Vida Eterna que persigues
no la encontrarás jamás.
Cuando los dioses crearon la humanidad, asignaron la muerte para la
humanidad, pero ellos conservaron entre sus manos la Vida Eterna. En cuanto a ti,
Gilgamesh, llena tu barriga, vive alegre día y noche, haz fiesta cada día, danza y
canta día y noche, que tus vestidos estén limpios, lávate la cabeza, báñate,
atiende al niño que te tome de la mano, disfruta con tu mujer, abrazada a ti. Esa
es la única perspectiva de la humanidad.”
Gilgamesh respondió a la diosa: -“¿Por qué me hablas así? Mi corazón está
dolido a causa de mi amigo, diosa, puesto que habitas en la orilla del mar, tú
conoces el interior de todos los secretos. ¡Muéstrame el camino, ponme en la ruta!
Si es posible, atravesaré el mar”. La diosa respondió: -“Nunca, nadie ha
atravesado este mar como quieres hacerlo tú, en su interior las Aguas de la
Muerte bloquean el paso. Sin embargo, te diré que puedes hablar con el barquero
de Utnapishtim. ¡Ve y que te vea la cara!”. Marchó Gilgamesh hacia donde le
indicó la diosa, y cuando llegó al barco cogió el hacha en su mano y cayó como
una flecha sobre los marineros que protegían la embarcación, los destrozó, y se
volvió hacia el barquero abatiéndolo y poniendo el pie contra su pecho. Este dijo: -
“ Yo soy el barquero de Utnapishtim, el Lejano ¿Quién eres tú?¡Dime tu nombre!”.
Gilgamesh le dijo: -“Yo me llamo Gilgamesh; he venido desde Uruk, he atravesado
las montañas por el larguísimo camino hacia la salida del Sol. Ahora que he visto
tu rostro, hazme encontrar a Utnapishtim, el Lejano.” El barquero respondió: -“Si tú
quieres ver a Utnapishtim deberás subir ahora en el barco y te haré saltar las
Aguas de la Muerte para acercarte. Pero primero deberás construir 120 pértigas
para poder pasar por esas aguas”. Los dos se sentaron, hablando entre sí, la
distancia de un mes y medio fue recorrida en tres días. El barquero le dijo a
Gilgamesh: -“¡Cuidado! Toma las pértigas, tus manos no deben tocar las Aguas de
la Muerte.” Al agotar todas las pértigas, Gilgamesh desató su cinturón para
desnudarse, se quitó sus vestidos para desplegarlos como una vela y con sus
manos los elevó sobre el mástil. Utnapishtim lo vio desde lejos extrañado, no
sabía quién podía llegar hasta él. Al encontrarse, Gilgamesh dijo a Utnapishtim: -
“Cuando te miro, tus rasgos no me son extraños, incluso eres semejante a mí; no,
no me eres extraño. Mi corazón había decidido librar combate contigo, pero ahora,
mi brazo está sin fuerza contra ti. Dime solamente cómo conseguiste presentarte
en la Asamblea de los dioses y cómo encontraste la Vida Eterna”.
Tablilla XI
-“Gilgamesh, voy a revelarte una cosa oculta, voy a confiarte un secreto de
los dioses. Hace mucho tiempo los Grandes Dioses decidieron mandar un diluvio
sobre la tierra, y a mí se dirigieron ordenándome: -“Destruye tu casa, construye un
barco, abandona las riquezas, busca la Vida que salva, renuncia a tus posesiones.
¡Embarca en el barco todas las especies vivas!” Todo lo que poseía lo cargué en
el barco, hice subir en el barco a mi familia y a mis parientes, hice subir a los
animales domésticos y salvajes. Cuando al amanecer observé el estado del
tiempo, su sola vista infundía espanto. Durante todo un día la tempestad se
desencadenó, impetuosamente se desencadenó y provocó el Diluvio; su violencia
sobrevino sobre las gentes como una batalla, a causa de la tormenta no se veían
los unos a los otros; vistas desde el cielo, las gentes no eran reconocibles.
Durante seis días y siete noches, el viento persistió, el huracán del Diluvio arrasó
la tierra. Al llegar el séptimo día, el Diluvio empezó a pasar, después de haber
luchado como una mujer en un parto. Observé el mar: el silencio reinaba. Abrí una
ventana, un aire fresco cayó sobre mis mejillas, me agaché, caí de rodillas, y me
puse a llorar. Entonces los dioses nos concedieron la Vida Eterna a mi familia y
nos llevaron a vivir lejos. Pero ahora, por ti, ¿quién reuniría a los dioses para que
pudieses encontrar tú también la Vida Eterna?”. Gilgamesh dijo a Utnapishtim: -
“¿Qué debo hacer?¿A dónde podré ir? La muerte se ha instalado ya en mi propia
cama. Allá a donde yo lleve mis pies, allí está la muerte”. Utnapishtim le dijo a su
barquero: -“A este hombre que tú has guiado, cuyo cuerpo está sucio, llévalo a un
lugar donde se lave y guíalo a su ciudad”. La esposa de Utnapishtim le dijo a éste:
-“Para venir hasta aquí, Gilgamesh ha pasado penas y fatigas, ¿qué cosa le darás
para que pueda llevarla consigo a su país?” Entonces Utnapishtim le dijo: -
“Gilgamesh, te voy a revelar una cosa oculta. Existe una planta en el fondo del
mar, con púas como las de la rosa, que si te apoderas de ella, habrás encontrado
la Vida Eterna”. Gilgamesh ató pesadas piedras a sus pies que le hundieron hasta
el fondo del mar, donde vio la planta. La cogió, se soltó las piedras de los pies y el
mar lo arrojó a la orilla. Gilgamesh dijo entonces al barquero: -“Esta planta es un
remedio contra la angustia, gracias a ella el hombre puede recobrar la vitalidad.
¡Quiero llevarla a Uruk!” Ya de vuelta, Gilgamesh y el barquero se prepararon para
pasar la noche. Viendo Gilgamesh una fuente cuyas aguas eran frescas bajó a ella
para bañarse. Pero una serpiente olfateó el aroma de la planta, se acercó
silenciosamente y se la llevó; nada más tocarla, perdió su vieja piel.
Cuando se dio cuenta de que había perdido la planta, Gilgamesh
permaneció todo el día acostado, llorando, las lágrimas corrían a lo largo de sus
mejillas. Tomó la mano del barquero y le dijo: -“¿Por quién han sufrido tanto mis
brazos? ¿Por quién he derramado la sangre de mi corazón? Yo no he obtenido
para mí ningún bien, ¡Y ni siquiera puedo volver al mar a buscar la planta!”
Continuaron la marcha, y durante los días del viaje, Gilgamesh pudo pensar sobre
sus aventuras.
Cuando llegaron a Uruk, Gilgamesh le dijo al barquero: -“¡Súbete y paséate
por la muralla de Uruk! ¡Contempla sus murallas que son como el cobre! ¡Mira sus
columnas que no tienen rival! Inspecciona sus cimientos, observa sus ladrillos de
adobe.”
Gilgamesh no ha conseguido la inmortalidad, pero muestra con orgullo las
murallas de su ciudad, reconociendo que al menos, a través de ellas, será
recordado siempre. Esa es la forma de encontrar la inmortalidad para los
humanos, permanecer en la memoria de los que quedan, ser recordados por lo
que fuimos e hicimos, he aquí la lección aprendida por Gilgamesh.