El modelo de repoblación antes del Año Mil: la presura.
En los primeros siglos de la Reconquista, en regiones como la zona pirenaica y la
cuenca del Ebro, los cristianos repoblaron tierras conquistadas mediante el sistema de
presura o aprisio. Este modelo consistía en conceder tierras a quienes primero las
roturaban y las hacían productivas. Así, campesinos y familias enteras se establecían en
estas tierras, generando una red de pequeñas y medianas propiedades llamadas alodios,
donde el campesinado podía vivir y trabajar con cierta independencia.
El sistema de presura fue posible gracias al apoyo de la nobleza y los monasterios, los
cuales la facilitaron, fortaleciendo a la vez sus propias posiciones. A cambio de la tierra,
los campesinos estaban obligados a ofrecer servicios a sus señores y a colaborar en la
defensa de estas nuevas posesiones contra incursiones musulmanas.
En estas comunidades, el proceso de feudalización empezó a afianzarse. La nobleza
baja, representada por los infanzones, se convertía en una élite social con autoridad
sobre las comunidades campesinas, actuando como intermediarios con la alta nobleza y
el rey. Estos infanzones controlaban tierras comunales y velaban por la seguridad y la
administración local. La explotación de la tierra era principalmente familiar, aunque las
élites locales empezaron a reclamar más control sobre estas tierras.
Este modelo de repoblación reflejaba la importancia de la guerra y la colaboración con
la nobleza y el poder real, que consideraban estas nuevas tierras como un proyecto
conjunto con los campesinos.
La expansión cristiana después del Año Mil: el reino de Castilla y el de Aragón. La
conquista de Toledo en 1085. El nuevo modelo de repoblación: el repartimiento
A finales del Año Mil, con la expansión cristiana al sur del Duero y al norte del Ebro, se
impulsó un nuevo modelo de repoblación: el repartimiento concejil. Estas zonas,
conocidas como extremaduras por su carácter fronterizo con Al-Ándalus, incluían
territorios ocupados tanto por Castilla como por Aragón. En Castilla y en León surgieron
comunidades de villa y tierra, donde el concejo de la villa actuaba como “señor” de su
territorio, otorgando fueros que regulaban derechos y deberes de los habitantes, como
el Fuero de Vitoria-Gasteiz de 1181, que establecía privilegios y obligaciones para
fortalecer la repoblación.
La conquista de Toledo en 1085 y Zaragoza en 1118 permitió incorporar extensos
territorios poblados. En algunas regiones se permitió a los musulmanes (mudéjares)
quedarse bajo señores cristianos, mientras que en las menos pobladas, como los valles
altos del Júcar y el Guadiana, delegaron la repoblación en las órdenes militares. Estas
recibían encomiendas y defendían las tierras a cambio de autoridad feudal.
En el S. XIII, el modelo de repartimiento se extendió a Valencia, Murcia, Mallorca y el valle
del Guadalquivir. Los territorios conquistados se dividían en lotes, asignados a nobles,
Iglesia y órdenes militares, consolidando latifundios y fortaleciendo el poder feudal. Los
repobladores libres recibían tierras más cercanas a las ciudades. En algunas zonas, los
musulmanes fueron expulsados, mientras que en otra pudieron permanecer bajo pacto.
Los señoríos se diversificaron en realengos (del rey), solariegos (de nobles),
abadengos (eclesiásticos) y jurisdiccionales, donde los señores ejercían autoridad
administrativa y judicial en nombre del rey.