El niño comenzó a llorar; sus compañeros vieron la escena asustados y
volvieron a esforzarse en realizar el tedioso trabajo. La maestra se
apoltronó de nuevo. Sentí que la ira me hacía estallar la cabeza. Eso no era
justo. Achacaban al niño una mala conducta, sólo porque protestaba de los
malos tratos y de los aburridísimos ejercicios.
Entré al salón y reprendí a la profesora. Le dije que esos métodos arcaicos
de enseñanza laceraban la autoestima de sus alumnos, que todos los niños
sanos son activos y que ella los estaba convirtiendo en pasivos y apocados.
También le dije que las travesuras de Ulises, de las que tanto se quejaban,
eran producto de un gran espíritu de investigación. La maestra se defendió
gritando que los padres de familia teníamos terminantemente prohibido
entrar a la escuela y ver las clases. Se armó una discusión muy
desagradable. Llegó la directora con mi esposa. La polémica se hizo más
grande aún. Todos alzamos la voz hasta que llegó el momento en el que
ninguno escuchaba a los demás. Terminamos dando de baja a nuestro hijo
de ese colegio.
A partir de entonces comenzamos a investigar. Nos dimos cuenta de que así
como el mundo evoluciona, la educación también. Supimos que hay nuevos
métodos de enseñanza, que un chico bien dirigido puede aprender a leer
antes de hablar, que el cerebro en crecimiento crea conexiones neuronales
en forma constante, que este fenómeno ocurre, sobre todo, en los primeros
años de vida y que si se pasa por alto la oportunidad de originar, a base de
estímulos, más y mejores lazos intelectuales, se desperdicia buena parte
del potencial de los niños.
Visitamos todas las escuelas de la zona en busca de alguna que practicara
sistemas modernos de educación. Las pocas que hallamos no podían
admitir al niño a esas alturas del ciclo escolar. Fue una búsqueda incesante
de varios meses. Mientras tanto, María Luisa le dio clases. Estaba
sorprendida por la enorme capacidad del pequeño. Ulises aprendió con su
mamá a leer, a escribir y hacer cuentas con inusitada rapidez. Era vivaracho
y juguetón. María Luisa me dijo que su ritmo veloz la obligaba a enseñarle
de forma muy dinámica; terminaba sus tareas con celeridad y si ella no
estaba presta para ponerle otro ejercicio, comenzaba a hacer travesuras.
Entonces comprendimos por qué nunca se adaptó al sistema de enseñanza
tradicional.