Ed y Lorraine Warren
Carmen Reed y Al
Snedeker con Ray
Garton
En la oscuridad
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Colección Estudios y Documentos
EN LA OSCURIDAD
Ed y Lorraine Warren
1.ª edición en versión digital: julio de 2020
Título original: In the Dark
Traducción: Daniel Aldea
Corrección: Sara Moreno
Diseño de cubierta: Enrique Iborra
Prólogo: Salvador Larroca
Maquetación ebook: leerendigital.com
© 1992, Ed y Lorraine Warren con Ray Garton, Carmen Reed y Al Snedeker
Edición publicada por acuerdo con Graymalkin Media LLC., USA
(Reservados todos los derechos)
© 2020, Ediciones Obelisco, S.L.
(Reservados los derechos para la presente edición)
Edita: Ediciones Obelisco S.L.
Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida
08191 Rubí - Barcelona - España
Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23
E-mail: [email protected]
ISBN EPUB: 978-84-9111-633-2
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el
diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o
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Índice
Portada
En la oscuridad
Créditos
Agradecimientos
Prólogo. Los Warren y el cine de terror
Prefacio. Posesión demoníaca
Uno. La mudanza
Dos. Lo que oyó Stephen
Tres. Adaptándose
Cuatro. Más voces
Cinco. Verano y otoño, primera parte
Seis. Durmiendo en el sótano
Siete. Más visitantes
Ocho. De vuelta a la escuela
Nueve. Pensamientos que quitan el sueño
Diez. Llegar a un acuerdo
Once. Cambios
Doce. Los fantasmas del regalo de Navidad
Trece. Empieza un nuevo año
Trece. Empieza un nuevo año
Quince. Invitados en la casa
Dieciséis. Laura
Diecisiete. El invierno da paso a la primavera II
Dieciocho. Cazadores de fantasmas
Diecinueve. Se cierne la oscuridad
Veinte. Una bendición escéptica
Veintiuno. Ataques físicos
Veintidós. Una prisión sin rejas
Veintitrés. Empieza la investigación
Veinticuatro. Los investigadores
Veinticinco. Demonios bajo escrutinio
Veintiséis. Bajo el escrutinio de la Iglesia
Veintisiete. El padre Nolan
Veintiocho. El exorcismo
Veintinueve. Unos cuantos meses después
Epílogo
A mi mujer, Dawn, por
su paciencia en cada
una de estas páginas
—RAY GARTON
Agradecimientos
Me gustaría darles las gracias a todas las personas que
aportaron generosamente su talento editorial y su apoyo
moral durante la redacción de este libro:
A mi agente y amiga, Lori Perkins; a mi maravillosa
editora, Emily Bestler, y a sus ayudantes, Tom Fiffer y
Amelia Sheldon, quienes se mostraron pacientes y
serviciales en todo momento; a mis amigos Scott Sandin,
Paul Meredith y Stephanie Terrazas; a mis padres, Ray y
Pat Garton; a Joe Citro y Jerry Sawyer, dos buenos
escritores que siempre dicen la verdad; a Decano R.
Koontz, de quien fluyen todos los buenos consejos; a la
reverenda Cheri Scotch, Suma Sacerdotisa del Templo de
Diana, cuyo buen juicio –y sentido del humor– siempre son
de gran ayuda, y, por supuesto, a Dawn, porque sin ella
este libro no existiría.
—RAY GARTON
Prólogo
LOS WARREN Y EL CINE DE TERROR
El género del terror es, posiblemente, uno de los más
complicados de realizar con éxito, no por su dificultad
técnica –que también–, sino porque es muy fácil que una
mala ejecución de los clichés del género lo convierta, por
una especie de transmutación no alquímica, en comedia o
parodia.
Aunque la primera película considerada de este género
fue La mansión del diablo, de 1896, dirigida e ideada por
Georges Méliès, el terror, de alguna manera, ya estaba
presente cuando se inventó el cine, o por lo menos estuvo
presente desde sus albores, ya en 1896, cuando los
hermanos Lumière presentaron su filmación La llegada del
tren. Siendo la mayoría de los asistentes a la proyección
desconocedores del cinematógrafo, creyeron que serían
arrollados por el ferrocarril que llegaba a la estación, de
manera que cundió el pánico entre ellos.
El terror paranormal, que es el que nos ocupa, es un
subgénero que ha estado vigente –con intensidad variable,
pero siempre despertando interés– desde los años sesenta y
lo sigue estando.
En lo que a mí respecta, el terror y la fantasía son dos de
los principales hilos conductores que he seguido toda mi
vida. Como el gato que sigue el estambre hasta encontrar
el ovillo, he hecho cosas y tomado decisiones que me han
llevado desde sitios seguros a otros más inciertos sólo por
el placer de la aventura, sólo por el placer de hacer algo
que alguno de mis ídolos fílmicos haría, aunque, a priori,
diera miedo.
Aunque en el pódcast Elena en el País de los Horrores la
nuestra sea otra forma de terror, mucho más realista y que
tiene que ver con los vivos y no con los muertos, cuántas
noches, por puro hobby, hemos pasado mi gran amiga
Elena Merino y yo, linterna en ristre, junto a algún
relevante investigador, intentando adivinar qué más hay en
algún sitio, procurando obtener datos fehacientes con los
que elaborar una opinión formada por la propia experiencia
y no sólo asintiendo ante lo que nos cuenta en Internet el
«magufo» de turno.
Me he relacionado con auténticos investigadores de
varias disciplinas – algunos de los cuales son amigos–, entre
ellas la paranormal, y siento decir que, pese a que la
mayoría de las explicaciones a los asuntos sobrenaturales
son interpretaciones erróneas (por lo general, muy
tamizadas por las creencias propias del testigo) o
sugestiones (el miedo hace ver y oír cosas, es cierto), hay
otras muchas también –por qué no decirlo– que son
directamente fraudes intencionados… Y escribo
intencionados porque, además, hay fraudes inconscientes
que perpetran los protagonistas convencidos de que lo que
ven es real.
Muchas de las historias sobrenaturales consideradas
indiscutibles son, por desgracia, fraudes. No obstante, esto
pasa en otros terrenos también; hay demasiadas
«verdades» asumidas como tales que la ciencia ya se ha
encargado mil y una veces de aclarar y, aun así, se
practican (¿quién no ha oído hablar de que colgarse un
tapón de corcho de la oreja quita el dolor de muelas?).
Otras simplemente se convierten en leyendas urbanas, de
las que hay millones, más aún en su vertiente internauta,
como las conocidas creepypastas, todo un género por sí
mismo. Sin ir más lejos, el mito de Slenderman, nacido en
un foro en la red. Hay quien se ha jorobado la vida por
creer en estos mitos, gente que, incluso, ha matado por
superstición.
El problema de contar las verdaderas razones por las
cuales se crea un mito es que se puede desacreditar a
algunas personas que viven del misterio. Incluso la prensa
especializada tiene como cruz propia la recurrente falta de
pruebas objetivas. Puede exponer los casos, pero rara vez
explicarlos. No hablo de ilegitimidad, sino de que, en
muchos casos, el tiempo transcurrido entre el suceso y su
crónica no permite hallar nuevas pruebas o explicaciones,
más allá de lo que conste en las hemerotecas.
Por supuesto nunca faltarán los fans acérrimos, sin mayor
información que la hallada en Internet, que las mantienen a
capa y espada. Ni los que, por inercia, se topan de primeras
con esas mismas historias en idénticos foros, clonadas una
y otra vez, adornadas y presentadas como hechos
irrefutables. Son colosos con los pies de barro, que no
resisten un atisbo de sentido común ni el simple paso del
tiempo, pero que permanecen incólumes pues de lo primero
hay poco, y, de lo segundo, están protegidas mientras se
viralicen en la red sin una mínima revisión.
Para mí, de existir algo preternatural debería ser, a la
fuerza, sutil y, a veces, por desgracia, también
interpretable. Los supuestos fenómenos paranormales no
deberían poderse replicar en laboratorio. Pero, mal que nos
pese, existe algo llamado leyes de la física que prevalece,
aun a pesar de que algunas personas crean normal que los
platos floten y salgan disparados o los cuchillos crucen
habitaciones buscando una víctima terrenal que masacrar.
En el mundo real, de momento, ningún fantasma ha
matado a un vivo (eso sólo lo hacen estos últimos entre
ellos), pero en el cine podemos asumir licencias. Si, de
entrada, aceptamos que los coches vuelan, que viajar por el
tiempo es algo común y que podemos igualar y sobrepasar
la velocidad de la luz (véase Regreso al futuro, Terminator
o La guerra de las galaxias), todo estará bien. Eso mismo es
aplicable al terror.
Lo tenue, lo apenas perceptible que en el mundo real nos
aterrorizaría, en la pantalla de cine puede ser insulso y
aburrido, y si se pasa de vueltas, directamente ridículo.
Yo soy un asiduo al cine. No es fácil que se me escape
algún estreno que considere importante, de ésos a los que a
uno todavía le ilusiona ver sentado ante la gran pantalla.
Pero, además, paso incontables tardes frente a la pequeña
pantalla, buscando por género en las varias cadenas por
cable de las que dispongo.
Pasar esos largos ratos revisando la nutrida lista de
películas de terror que estas plataformas ofrecen,
intentando decidir o, mejor dicho, buscando la película que
no existe, esa que quiero ver, pero no se ha hecho aún, me
resulta tedioso y prescindible. Se pasa más tiempo tratando
de elegir qué película ver que viéndola en sí. Siempre
confío en que una mano invisible guiará la mía en la
elección acertada, pero ¡qué va! No valgo para la
adivinación. He empezado –que no acabado– montones de
films de serie B de muy dudosa calidad, siempre queriendo
descubrir ese que me encantará y que nadie conoce. El
mundo real no me recompensa a menudo.
Por eso, lo que ha hecho James Wan (Malasia, 1977) tiene
mucho mérito. Ha creado una franquicia exitosa, un
universo propio apuntalado sobre la figura de sus Mulder y
Scully del misterio y ha logrado lo mismo que Disney o
Marvel, pero con el terror, algo que la Hammer ha
intentado y no ha conseguido, pese a haber filmado la
excelente La mujer de negro: crear un universo propio.
Los Vengadores de Wan son Ed y Lorraine Warren, y sus
spin-off una muñeca diabólica y una monja infernal.
Ignoraré, de momento, otras sagas de terror, también
protagonizadas por Patrick Wilson, como la de Insidious,
donde no me cuadra mucho ver a una señora mayor (Lin
Shaye) dando guantazos y patadas voladoras a espectros en
el plano astral. De ésas, Wan sólo dirigió la primera, sin
duda la mejor; en las demás, sólo ha ejercido como
productor y guionista.
He de decir que, en mi modesta opinión, las que
conforman el universo Expediente Warren son películas que
saben manejar con maestría las herramientas que he
mencionado con anterioridad: la colocación del crujido o de
otra clase de sonidos inquietantes, la selección del plano, el
uso de espejos (con las connotaciones mágicas que
conllevan como ventanas al otro lado) y, por qué no, la
elección del momento correcto para incluir una secuencia
realmente efectista. Ese lenguaje propio del TERROR con
mayúsculas aquí está presente y convierte estas películas
en herederas de clásicos como Poltergeist o El final de la
escalera, incluso la excelente El exorcista.
El desarrollo es muy parecido al de las películas de
acción. Empezamos con un caso en el que se nos propone
un villano que luego, más avanzado el metraje, cruzará su
camino con Ed y Lorraine. En ese breve prólogo, ya nos
hacemos a la idea de cuán poderoso es, de lo complicado
que será manejarlo y, también importante, sabremos que
habrá que pagar un precio.
Los fantasmas están controlados por algún demonio que
se nos desvelará posteriormente y sólo la fe de nuestros
protagonistas y el amor que se profesan harán que lo que a
priori parece una tarea imposible, se torne una misión
cumplida de la que surja una reliquia más para su propio
museo de los horrores. ¡Me encanta!, aunque siempre me
pregunto a quién se le ocurre guardar en su casa semejante
colección de espantos, menos todavía creyendo en estos
temas. Y, más aún, ¡¿qué padre en su sano juicio regalaría a
su hija una muñeca tan monstruosa como la Annabelle de la
peli?! Tampoco veo a la señora de la limpieza rompiendo la
figurita esa fea de la estantería, en realidad relicario-cárcel
de algún bicho muy maligno, que luego de ser liberado de
su santa atadura, se merienda a todos los ocupantes de la
casa…
Si lo pensamos bien, las historias que dan miedo se
reducen a muy pocas variaciones: grupo de jóvenes que se
meten ellos solos en algún sitio donde no es recomendable
estar, gente que rompe alguna regla y paga un precio, una
familia joven que compra una casa de ensueño
misteriosamente barata, vacaciones juveniles en sitio con
leyenda, asesino invencible y semiparanormal con tal sed
de sangre que no deja a nadie con cabeza y que siempre
acaba con la muerte incierta del malo, reservando la
posibilidad de una futura secuela… Ya sabemos de quiénes
hablo, ¿no? ¿Me oyes, Michael Myers?
En sus cintas, Wan nos presenta a los Warren como la
herramienta extraoficial de la Iglesia, esa que mandar a los
sitios donde la presencia eclesiástica no sería adecuada
para su propia imagen, y ellos cumplen porque saben
manejar a la perfección sus capacidades individuales.
Lorraine aporta siempre información específica del más
allá, esa que no está en los libros, gracias a sus sentidos
mediúmnicos, y Ed cumple a las mil maravillas el papel de
sagaz protector y conocedor del mundo de los demonios y
espectros. Entre los dos se las apañan perfectamente para
transmitir al espectador lo que a veces podría ser confuso.
Son una especie de navaja suiza, que igual sirve para
derrotar demonios que fantasmas, eso sí, derrotarlos del
todo: matar a un malo ya muerto o que nunca vivió.
Siempre me ha llamado mucho la atención que, para
vencer a un demonio, haya que pronunciar su nombre y, en
la primera escena de La monja, Valak ya se lo diga a
nuestros héroes. Malos, los demonios, lo son, ¡y mucho!,
pero listos… no tanto, para qué nos vamos a engañar.
Pueden poseer, retorcer, maltratar e incluso hacer flotar
nuestros cuerpos, pero si les enseñas la cruz, los mojas con
agua bendita o mencionas su nombre de demonio, se acabó.
¡Qué bajón ser demonio! Quizá estaría bien contar la
historia desde el punto de vista del demonio, donde el
pobre, siguiendo las órdenes de su jefe, se ha de infiltrar en
un cuerpo humano para probar los placeres carnales y así,
de paso, cabrear a Dios….
Y entonces viene un enemigo invencible, vestido de negro
con alzacuellos blanco, con un maletín repleto de armas de
destrucción masiva de demonios, y así, sin más, lo elimina
usando un libro, dos palitos cruzados y su nombre. Seguro
que no sería un éxito en el infierno, ya os lo digo.
Como sea, la demonología es un tema interesante. Si nos
preguntasen nombres de demonios, diríamos los
recurrentes y ya famosos por la literatura, el cine, o los
videojuegos, pero realmente hay tratados enteros sobre
esta disciplina, donde se pueden encontrar sus castas y su
estatus en el averno, cual ejercito militar de las tinieblas.
Pero ¿acaso sabemos qué son los demonios?, ¿son malos
por irreverencia ante Dios o lo son sólo con los humanos?,
¿su única función es tentarnos y hacernos pecar o son un
método de control desarrollado por la Iglesia ante el caos
que supondría que no hubiese un castigo frente a una mala
acción?
Los demonios no son un invento de ahora. Ya en los
primeros escritos se mencionan y están presentes en las
principales religiones con diferentes nombres (hablo de
demonios en las principales religiones porque, en la del
culto a Maradona, ese «cargo» recaerá, seguramente, en
los hinchas del club contrario, por buena gente que sean).
Hay demonios mesopotámicos, judaicos, cristianos,
sintoístas, etcétera. Hay demonios (a veces llamados
genios) que sólo son portadores de malas noticias. Es
curioso como el cine nos los retrata, desde los djinn, los
daimones o los genios, hasta los demonios de la cultura
judeocristiana, tal cual los conocemos.
En las tradiciones abrahámicas, la lucha contra el
demonio se lleva a cabo a través de los exorcismos y hay
incontables películas que tratan el tema, pese a que ya sea
un argumento manido.
El proceso y los requisitos por los cuales un sacerdote es
ordenado exorcista resulta muy curioso. A la Iglesia le
cuesta reconocer las posesiones (la verdad es que tiene
sentido), pero estando ya su negocio basado en un credo a
lo invisible, estaría feo no atender las demandas de
millones de creyentes en Dios que, por la ley del yin y el
yang, creen también en el demonio como su antagonista, o
que piensan que, en ausencia del bien, sólo puede quedar
el mal. ¿Y cómo puede el Diablo molestar a Dios? Tentando
y poseyendo a sus creaciones, ¡como si a él le importase!
Cuando el libro que estoy prologando vea la luz, se
acabará de estrenar una nueva película de los Warren, esta
vez, sobre la supuesta posesión de Arne Cheyenne Johnson,
que afirmó haber cometido dos asesinatos porque un
demonio le obligó a hacerlo. En las películas del universo
Warren, ya ha sido establecido que Ed Warren, igual que
pasaba en la vida real, cumple con los requisitos de la
Iglesia y es el único laico con potestad para administrar el
exorcismo. Por lo tanto, estoy convencido de que vamos a
tener la oportunidad de volver a verle demostrando sus
habilidades, como en la primera película.
El libro que nos ocupa, En la oscuridad, también tiene
que ver con un caso de posesión demoníaca. Narra el
conocido caso Snedeker, donde los Warren tuvieron una
actuación determinante que quizá también será llevada al
cine, imagino que adaptando la historia a las necesidades
de la gran pantalla.
Como breve sinopsis, puedo contar, sin desvelar gran
cosa, que trata sobre una familia que se muda al pueblo de
Southington, donde podrán atender con mayor facilidad las
necesidades hospitalarias de uno de sus hijos, enfermo de
cáncer. Una vez allí, alquilan una casa que anteriormente
había sido una morgue… Cómo llegan los Warren a verse
involucrados en esta aventura es algo que el lector tendrá
que descubrir por sí mismo.
—SALVADOR LARROCA
Prefacio
POSESIÓN DEMONÍACA
El estudio de las posesiones demoníacas nunca ha sido, no
lo es en la actualidad, ni muy probablemente lo será en el
futuro, una disciplina científica.
Sin embargo, son muchas las personas que han dedicado
su vida a este tipo de fenómenos, que han tratado de
determinar el momento inicial en el que se produce la
posesión para poder evitarlo.
Las posesiones se remontan a la época de Jesucristo,
quien, según el Nuevo Testamento, expulsó a demonios de
varias personas. En la actualidad, las posesiones se han
convertido casi exclusivamente en un tema para las
películas de terror de Hollywood. No obstante, muchas
Iglesias y sectas cristianas siguen practicando el rito del
exorcismo; entre éstas, la que más lo hace es la propia
Iglesia Católica.
Existen dos tipos distintos de posesión. Por un lado, están
las posesiones del cuerpo de una persona y, por el otro, las
posesiones de un espacio físico, como una casa u otro tipo
de edificación. Sin embargo, la opinión generalizada en el
seno de la Iglesia Católica es que ambos tipos de posesión
responden a un patrón similar.
La primera fase viene determinada por el momento en el
que el demonio, o demonios, entra en el cuerpo de la
persona, el edificio o vivienda infestada. Existen diversas
teorías sobre las causas que provocan esta primera fase de
la posesión. En un caso de posesión demoníaca muy bien
documentado, el demonio aseguró haber elegido a su
víctima incluso antes de que ésta naciera. Algunos creen
que incluso un interés pasajero en cuestiones paranormales
puede convertirse en una invitación a la posesión. Otros,
sin embargo, están convencidos de que seguirá siendo un
misterio y que, hasta que no nos encontremos cara a cara
con nuestro Creador, no descubriremos la verdad de
primera mano.
A pesar de todo, hay algo en lo que todo el mundo
coincide: la fase inicial de la posesión sólo se produce
cuando la víctima, o la persona que reside en el edificio
escogido, toma la decisión, por muy inconsciente o vaga
que ésta sea, de permitirla.
En el caso de la familia Snedeker, por ejemplo, ellos no
hicieron nada para provocar la posesión de su casa, sino
que ésta se había iniciado mucho antes. Gracias a sus
poderes de clarividencia, Lorraine percibió que algo
terrible había sucedido en aquel lugar durante los años en
los que la casa había sido una funeraria. Alguien había
estado usando los cadáveres para satisfacer sus
perversiones, y fueron los actos de necrofilia de esa
persona los que abrieron la puerta de la posesión; la
decisión de esa persona de entregarse a semejantes
perversidades fue una invitación a que las fuerzas del mal
entraran en la casa mucho antes de que los Snedeker se
mudaran a ella.
Una vez que se ha producido la entrada inicial, la entidad
responsable de la posesión se dedica a asediar al anfitrión o
a los ocupantes de la vivienda. Y, habitualmente, su
principal arma es el miedo. La entidad demoníaca no sólo
se alimenta del miedo, sino que sabe que éste debilita a sus
víctimas, lo que le allana el camino para hacerse con el
control absoluto, que es la culminación de toda posesión.
En el caso de los Snedeker, las fuerzas presentes en la
casa, decididas a tomar posesión también de los miembros
de la familia, recurrieron al miedo para debilitarlos y tratar
de enfrentarlos entre sí, mientras esperaban a la tercera
etapa de la posesión. Debilitada y vulnerable, confundida y
aterrorizada, la víctima siempre acaba llegando a un punto
de inflexión en el que se entrega voluntariamente a las
fuerzas de la oscuridad.
No puede celebrarse ningún exorcismo oficial sin una
investigación seria que determine la autenticidad de la
actividad demoníaca denunciada. A veces, una persona con
algún tipo de desorden psicológico o una adicción, o incluso
toda una familia que está sufriendo una crisis doméstica,
puede convertir varias coincidencias insignificantes en una
serie de acontecimientos aterradores que la lleven a creer
que la casa está infestada de demonios. A lo largo de la
historia, las enfermedades mentales, tales como la
esquizofrenia, el síndrome de Tourette, la enfermedad de
Huntington, el párkinson e incluso la dislexia se han
confundido con posesiones, por lo que, a pesar de los
avances en el campo de la medicina, sigue siendo necesario
que un sacerdote descarte este tipo de trastornos antes
incluso de que se decida la idoneidad o no del exorcismo.
Un sacerdote con experiencia médica o psiquiátrica,
incluso a veces con ambas, da comienzo a la investigación
para tratar de descartar el resto de las posibilidades. A
continuación, y sólo cuando las otras opciones han sido
descartadas, prosigue su tarea, la cual consiste en tratar de
determinar una posible presencia demoníaca. Una vez que
ha podido demostrar de forma convincente la actividad
sobrenatural, el sacerdote se pone en contacto con la
Iglesia. Tras una exhaustiva revisión del caso y una vez que
se concluye que éste es auténtico, se toma la decisión de
llevar a cabo un exorcismo.
Según los testigos, aunque no hay dos exorcismos
iguales, todos tienen dos cosas en común. La primera de
ellas es algo que las personas que participan en uno, ya sea
el exorcismo de una persona o de una vivienda, jamás
pueden olvidar: la presencia.
Pese a ser invisible y etérea, todos los participantes la
perciben tan claramente que se convierte en algo cuasi
tangible. Se trata de una presencia que no es ni masculina
ni femenina, ni humana ni animal, ni individual ni colectiva,
pero que es perfectamente perceptible y, a medida que
avanza el exorcismo, normalmente se hace cada vez más
fuerte. Cuando decide comunicarse, a veces se refiere a sí
misma como «yo» y, otras veces, como «nosotros». Se
mueve alrededor de los presentes como una brisa helada,
una corriente de aire nacida en lo más recóndito de la
cueva más profunda de la tierra, hasta que termina el
exorcismo y la entidad demoníaca es expulsada en el
nombre de Dios.
Lo segundo que tienen en común todos los exorcismos es
también lo que los convierte en tan amenazadores: el
peligro.
Los participantes de un exorcismo se encuentran en
peligro constante y deben estar preparados para oír los
insultos más obscenos y ver las imágenes más aterradoras
que probablemente oirán y verán en toda su vida. Deben
parapetarse detrás de una sólida fe para poder soportar las
terribles agresiones del mundo sobrenatural. A menos que
se plantee una batalla total, los demonios se negarán a
marcharse. Su arma principal, como siempre ha sido, es el
miedo. Se alimentan de él y harán todo lo posible por
provocarlo en los participantes del exorcismo que pretende
expulsarlos.
No todos los intentos tienen éxito.
Los demonios esperan que alguien los invite a entrar,
pero no siempre se marchan cuando se lo piden…
UNO
LA MUDANZA
—Mamá, hemos de irnos de esta casa. Aquí hay algo
maligno.
Carmen Snedeker estaba fregando un plato en la cocina,
con los antebrazos y las manos llenos de la espuma del
jabón. El suelo a su alrededor estaba repleto de montones
de papeles de periódico y cajas de cartón vacías. Willy, el
hurón que hacía las veces de mascota de los Snedeker,
jugaba entre ellos. Los platos que hacía poco habían estado
envueltos en papel de periódico y guardados en cajas de
cartón estaban ahora sobre la encimera situada a su
derecha, manchados de tinta y del polvo del viaje.
Las voces risueñas de los niños resonaban en las paredes
desnudas mientras entraban y salían corriendo de la casa y
se familiarizaban con su nuevo hogar.
Carmen oyó cómo Al y el hermano de éste movían y
arrastraban hasta el interior de la casa los muebles más
pesados.
Stephen, su hijo de catorce años, había estado
deambulando por la cocina detrás de ella, silencioso e
inquieto, dando pataditas a las cajas y los papeles con la
punta de las zapatillas como si quisiera decirle algo, pero
no se atreviera a hacerlo. Carmen había decidido que
esperaría hasta que el chico estuviera listo para hablar.
—¿Qué has dicho, Stephen? –le preguntó Carmen
mientras enjuagaba un plato.
—He dicho que aquí hay algo maligno, mamá, y que
tenemos que irnos de esta casa –repitió él.
Tras dejar el plato en el escurridor que había a su
izquierda, Carmen se dio la vuelta lentamente y con el ceño
fruncido.
—¿Irnos? Pero si acabamos de llegar, cielo.
—Lo sé, pero tenemos que irnos ahora mismo.
—Pero ¿a dónde quieres que vayamos?
—Podemos volver a Nueva York, a nuestro apartamento.
Hemos de hacerlo, mamá. Hay algo… –Se detuvo un
instante y entornó un poco los ojos, como si estuviera
seleccionando la siguiente palabra entre una lista de
opciones. Entonces, dijo–: … que no está bien. Hay algo en
esta casa que no está bien.
Carmen frunció aún más el ceño mientras se enjuagaba la
espuma de las manos y brazos y se los secaba con un trapo.
Se dio la vuelta, se apoyó en el borde de la encimera, se
cruzó de brazos y se quedó mirando a su hijo fijamente.
Estaba muy demacrado y pálido, por no hablar de
aquellas ojeras tan oscuras y profundas. Pese a que, por
supuesto, había intentado habituarse a los cambios físicos
que estaba experimentando y hacía como si éstos fueran
imperceptibles, cada vez que le miraba, se le encogía el
corazón.
Era como si el tratamiento de cobalto que había estado
recibiendo le hubiera absorbido casi toda la energía,
convirtiéndolo en un delgaducho muñeco de porcelana que
apenas guardaba semejanza con el niño que había sido
antes.
El tratamiento también le había provocado un estrés
importante y, en opinión de Carmen, era precisamente ese
estrés el responsable de sus alegatos acerca de la casa.
Tenía que ser eso. Su hijo no conocía la verdad sobre la
casa. Sólo Carmen y su marido, Al, sabían la historia de
aquella casa.
—¿Qué crees que le pasa a la casa, Stephen? –le
preguntó en voz baja.
El niño arrugó su tersa frente y desvió la mirada un
instante. A continuación, se encogió de hombros y dijo casi
en un susurro:
—No… lo sé. Algo… malo. Es… –Sacudió bruscamente la
cabeza en un gesto que denotaba agitación y frustración a
partes iguales–: …difícil de explicar. Pero es malo. Maligno.
Y si no nos marchamos ahora… nos pasará algo malo. Algo
muy malo.
—Cielo, las casas no son malignas. Sólo lo son las
personas. El mal reside en sus corazones, en las cosas que
a veces hacen y se dicen las unas a las otras. Pero esta
casa…, bueno, es sólo una vieja casa. Si pudiera hablar,
probablemente nos contaría grandes historias, quizá
incluso alguna que otra historia de terror. Pero eso no es
maligno. Simplemente es algo nuevo, eso es todo –agregó
con una media sonrisa–. Con el tiempo acabarás
acostumbrándote y te sentirás mejor, más cómodo. ¿Has
visto ya tu habitación? Está en el sótano.
Stephen inclinó la cabeza para mirar el suelo y después
asintió ligeramente. Cuando volvió a hablar lo hizo en voz
tan baja que Carmen no le entendió.
Carmen le levantó suavemente la barbilla con un dedo.
—¿Qué has dicho?
—Que ha sido allí donde me he sentido tan incómodo.
Había algo… maligno, mamá. No quiero dormir allí abajo.
Hay algo que no está… bien.
Carmen hizo un esfuerzo para que su expresión no la
delatara. Volvió a decirse a sí misma que Stephen no sabía
nada acerca de la casa ni de las cosas que habían pasado
en ella.
Respiró hondo y parte de la tensión acumulada en su
pecho se relajó.
—Pero ésa es tu habitación –dijo–. Siempre has querido
una habitación para ti solo.
Stephen sacudió la cabeza.
—Pues no pienso dormir allí solo.
—Pero Michael no volverá de Alabama hasta dentro de
unas semanas.
¿Dónde vas a dormir hasta entonces?
Stephen se encogió de hombros y se agachó para
acariciar a Willy.
—Dormiré en el sofá. O quizá en el suelo del salón, no lo
sé. –Empezó a sacudir la cabeza de nuevo, se dio la vuelta y
se dirigió hacia la puerta de la cocina esquivando y pasando
por encima de las cajas vacías–. Pero no pienso dormir allí
abajo solo.
Carmen se quedó de espaldas al fregadero, con los brazos
cruzados y el trapo colgando de una mano. Le vio alejarse,
después escuchó sus pasos sobre el suelo de madera hasta
que le perdió de vista, y entonces continuó escuchándolos
hasta que dejó de oírlos.
Se dio la vuelta, cogió otro plato de la pila y comenzó a
lavarlo al tiempo que dejaba escapar un suspiro lento y
silencioso.
♦♦♦
En poco tiempo, los Snedeker habían recorrido lo que les
parecía un largo y tortuoso camino, un camino que había
empezado en abril de 1986.
Al y Carmen se conocieron en 1977 en Plainville,
Connecticut, en una bolera donde Carmen trabajaba de
camarera. Al era un hombre bastante atractivo, con un
bigote corto y bien recortado y cabello castaño oscuro.
Medía algo más de un metro ochenta y tenía una
complexión sólida y musculosa debido a los años de duro
trabajo. Carmen, por otro lado, era menuda, con una
sonrisa amplia y contagiosa y el cabello rubio ondulado.
Aunque se sintieron atraídos al instante el uno por el otro,
Carmen era una persona a la que le gustaba tomarse su
tiempo cuando debía tomar alguna decisión importante en
su vida.
Carmen era la mediana de cinco hermanos, hija de un
sargento mayor de la Fuerza Aérea. Seis semanas después
de su nacimiento en la Base Harris de la Fuerza Aérea, en
Biloxi (Misisipi), Carmen, sus dos hermanas mayores y sus
dos hermanos menores, se mudaron con sus padres a otra
ciudad. Y después a otra y a otra más… y continuaron
mudándose durante cinco años en función de los destinos
de su padre, hasta que éste quedó discapacitado y recibió
la baja del servicio activo. Entonces se mudaron a la ciudad
natal de los padres de Carmen, Decatur, en Alabama. Sin
embargo, y a pesar de su corta edad, aquellos años de
constante desarraigo, de no establecerse jamás
definitivamente en un lugar, de constantes traslados a un
lugar nuevo y desconocido, condicionaron de algún modo el
carácter de Carmen, convirtiéndola en una persona con un
recelo instintivo por los cambios importantes en la vida,
incluso por aquellos que son naturales.
Más tarde, ya en la edad adulta, Carmen se embarcó en
un cambio vital drástico: el matrimonio. Con él llegaron dos
cambios más: sus hijos Stephen y Michael. No obstante,
éstos fueron cambios positivos que la llenaron de felicidad,
cambios que enriquecieron su vida en lugar de
desestabilizarla. Y después llegó el peor cambio de todos: el
divorcio. Carmen volvió a encontrarse en territorio
desconocido, soltera y con dos hijos.
Carmen y los chicos se mudaron a Connecticut, a la casa
de los padres de ésta. Allí, con un bajo nivel de estudios y
nula experiencia laboral, Carmen se enfrentó a la dura
tarea de encontrar trabajo y proporcionar a sus hijos una
vida lo más estable posible.
Al, por su parte, había vivido toda su infancia y juventud
con sus dos hermanos y sus tres hermanas en la misma
casa de madera situada entre las poblaciones de Plainville y
New Britain, ambas en Connecticut. Sin otros niños cerca
aparte de su hermano y sus hermanas, Al se pasaba el día
jugando con ellos en el bosque que rodeaba la casa, lo que
hizo que se convirtiera en un amante de la naturaleza.
Al se casó en 1975, pero el matrimonio duró tan sólo
diecinueve meses. Tras haber llevado una vida
relativamente apacible, exceptuando, naturalmente, los
habituales altibajos, reveses y decepciones a los que todos
debemos enfrentarnos mientras crecemos, el amargo
divorcio significó para él una terrible sacudida y pasó
bastante tiempo antes de que decidiera volver a intentarlo
con otra persona.
Entonces conoció a Carmen en la bolera donde ella
trabajaba sirviendo cócteles y todo cambió. Se casaron en
1979 y se embarcaron juntos en una nueva vida llenos de
esperanza.
En 1986 vivían en Hurleyville, Nueva York, en las
montañas Catskill. En los meses de verano, los
neoyorquinos llegaban a las Catskill para pasar las
vacaciones. Los Snedeker nunca estuvieron muy seguros de
por qué lo hacían, ya que los turistas de la gran manzana
no parecían sentir demasiado interés por los hermosos y
verdes paisajes ni por la vida silvestre típica de la zona.
Durante los meses estivales, en cualquier tienda o centro
comercial, uno podía oír cómo se quejaban de los animales
salvajes que merodeaban por la zona y de su tendencia a
quedarse impertérritos en mitad de la carretera, lo que les
impedía circular con normalidad con sus vehículos. El
número de animales muertos en la carretera también
aumentaba durante el verano.
En aquellos años, Al Snedeker trabajaba en una cantera
de piedra y Carmen hacía de canguro de cuatro niños
durante todo el día, lo que le permitía quedarse en casa y
cuidar también a los suyos. Eran católicos devotos e iban a
la iglesia todos los domingos. Carmen participaba en
diversas actividades de la iglesia, a las que dedicaba una
buena parte de su tiempo libre.
En abril de ese mismo año, Stephen empezó a verse
afectado por una tos seca y persistente. Al fue el primero
en darse cuenta y se preocupó. Pero Carmen, al estar todo
el día con los niños, había sido testigo de todo tipo de
combinaciones, desde tos, a dolor de garganta, erupciones
cutáneas, secreción nasal y congestiones, por lo que estaba
segura de que no tardaría en desaparecer.
Sin embargo, la tos persistía.
—Mamá, ¿qué tengo aquí? –le preguntó un día Stephen
con el ceño fruncido mientras se presionaba la parte
izquierda del cuello con la punta de los dedos.
Carmen le apartó los dedos con cuidado y le palpó la zona
con los suyos.
Justo debajo de la mandíbula encontró un bulto del tamaño
de un guijarro. «Hormonas –pensó al tiempo que una ligera
preocupación se instalaba en su pecho–. Eso es todo, sólo
es el despertar hormonal».
Stephen se apartó de ella al sufrir otro de sus ataques de
tos ronca y seca.
¿La tos sonaba peor… o era sólo su imaginación?
«Podrían ser sólo las hormonas, pero…» pensó Carmen.
—Creo que pediré hora al doctor Elliott –dijo mientras
apoyaba las manos en los hombros de su hijo y les daba un
ligero apretón.
El doctor Bruce Elliott era cariñoso, agradable y siempre
parecía estar de buen humor. Ningún niño de la familia
Snedeker le tenía miedo. Confiaban en él, al igual que Al y
Carmen. De modo que, cuando el doctor Elliott les dijo que
le gustaría que Stephen pasara unos días en el hospital
para hacerle varias pruebas, nadie encontró demasiadas
razones para preocuparse.
Carmen llevó a Stephen al hospital a primera hora de la
mañana del lunes siguiente. Le resultó un poco extraño
tener que ingresarlo cuando el chico parecía estar
perfectamente sano y alegre. Salvo por la tos. Y por el
bulto.
Después del trámite del ingreso, Carmen pasó el resto de
la mañana con él en el pabellón de pediatría, pero tuvo que
volver a casa cuando sus hijos más pequeños salían de la
escuela.
—Siento tener que irme, cielo –le dijo de pie junto a la
cama.
Stephen se lo estaba pasando en grande con el control
remoto de la cama, bajándola y subiéndola sin parar.
Levantó la cabeza y la miró con una amplia sonrisa. Fue
una sonrisa que sólo un niño puede esbozar, de esas que
anuncian el deseo de nuevas experiencias, rebosante de un
entusiasmo sincero.
—Tranquila, mamá –contestó–. Estaré bien.
Aquella misma noche, después de cenar, Al y Carmen
fueron al hospital para visitar a Stephen. Camino de la
habitación, vieron al doctor Elliott dirigiéndose hacia ellos
por el pasillo. Le sonrieron, pero su reacción no fue
precisamente entusiasta. Tenía los hombros un poco caídos
y caminaba lentamente, con menos energía de la habitual.
Les saludó con un simple movimiento de la cabeza.
—¿Cómo está Stephen? –preguntó Al con una sonrisa que
amenazaba con desvanecerse en cualquier momento.
—Stephen está bien –repuso el doctor Elliott con un hilo
de voz–. De lo que no estoy tan seguro es de los resultados
de las pruebas.
Carmen respiró hondo y soltó el aire lentamente. A
continuación, dijo:
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, por desgracia, no nos permiten sacar ninguna
conclusión acerca del estado de Stephen. Por eso creo que
vamos a tener que ir un paso más allá. Ya he hablado con el
doctor Scordato. Es cirujano, uno muy bueno.
Al buscó la mano de Carmen y le dio un apretón.
—Está de acuerdo conmigo en que tenemos que hacer
una biopsia. Si os parece bien, nos gustaría hacerla mañana
mismo.
Al y Carmen cruzaron una mirada sombría y preocupada.
—Entonces –dijo Al con voz ronca–, eso significa…,
hmmm…, que tanto tú como el cirujano queréis descubrir
qué le ocurre realmente a Stephen, ¿verdad?
El doctor Elliott asintió y dijo en tono alentador:
—Exacto, eso es exactamente lo que queremos hacer.
Al y Carmen dieron su consentimiento a la biopsia,
conversaron un poco más con el doctor Elliott en voz baja y
con la boca seca y después fueron a la habitación de
Stephen. No se dijeron ni media palabra; sólo se cogieron
de la mano.
Stephen estaba sentado en la cama viendo la tele y
masticando la punta de una pajita. Les sonrió cuando se
acercaron a la cama. Aunque parecía un poco cansado, su
aspecto parecía tan saludable como siempre.
«Entonces, ¿qué hace aquí?» se preguntó Carmen.
—¿Cómo has pasado el día en el hospital, chaval? –le
preguntó Al mientras le daba una palmadita en la rodilla
cubierta por la sábana.
Stephen se encogió de hombros.
—Supongo que bien. Salvo por los vampiros. –Stephen
alargó el brazo para mostrarles la tirita que le habían
puesto en la parte interior del codo después de extraerle
sangre.
—Te traeremos un poco de ajo –dijo Carmen sonriendo–.
Así podrás mantenerlos a raya.
—Todavía no sé qué me pasa –dijo Stephen frunciendo
ligeramente el ceño–. Me encuentro bien. Lo único que me
pone enfermo es tener que estar en la cama todo el día.
—El médico tampoco está seguro de lo que te pasa –Al le
habló lentamente mientras acercaba una silla a la cama y
se sentaba–. Por eso mañana quiere hacerte una biopsia.
Stephen abrió mucho los ojos.
—¿Una biopsia? ¿Van a abrirme de arriba abajo y
sacarme las entrañas?
Al y Carmen se rieron.
—No, no –dijo Al–, eso es una autopsia, y sólo se la hacen
a los cadáveres. No, simplemente te cortarán un trocito del
bulto, para examinarlo.
El chico frunció el ceño.
—¿Me hará daño?
—No sentirás nada. Justo antes, vendrá una enfermera
con un mazo enorme y te dará un golpe en la cabeza con él.
Perderás el conocimiento al instante.
Stephen se rio y le arrojó la pajita a Al, el cual, al igual
que Carmen, ocultó su preocupación detrás de una sonrisa.
El día siguiente, un martes, fue uno de los días más
largos de su vida. Carmen y Al esperaron fuera del
quirófano mientras oían cómo llamaban a los médicos por
megafonía, los pasos de las enfermeras, amortiguados por
la suela de goma de sus zapatos, recorriendo los pasillos
arriba y abajo, y respirando el aire antiséptico y a
medicamento del hospital mientras el tiempo avanzaba a la
velocidad de la melaza deslizándose por una superficie
plana, hasta que…
Las puertas dobles del quirófano se abrieron y el doctor
Scordato, el cirujano de Stephen, salió apresuradamente.
Miró hacia Al y Carmen, aunque éstos tuvieron la sensación
de que en realidad no los veía, y siguió caminando con las
manos en los bolsillos de su bata blanca.
Al y Carmen cruzaron una mirada de sorpresa, se
levantaron al unísono y siguieron al médico
apresuradamente. Al le llamó, pero no obtuvo respuesta.
Carmen se adelantó a su marido, se acercó al cirujano y le
agarró por el brazo. Sorprendido, el doctor Scordato se dio
la vuelta.
—Nos gustaría saber cómo está nuestro hijo –le dijo
Carmen.
El médico parpadeó varias veces y después dijo:
—Sí, claro… El doctor Elliott se pondrá en contacto con
ustedes esta tarde. Creo que será mejor que hablen
primero con él acerca de los resultados. Pueden ver a su
hijo dentro de un par de horas, una vez que se haya
recuperado –dicho esto, se dio la vuelta y se alejó por el
pasillo, mezclándose con el resto de las batas, los
uniformes y las paredes blancas.
Carmen y Al aún tendrían que esperar unas horas más,
unas horas en las que los inquietos fantasmas de las
preguntas sin respuesta los siguieron acechando. Durante
el almuerzo, Carmen dijo en voz baja:
—No puede ser muy grave. Si lo fuera, nos habría dicho
algo, ¿no crees?
—Sí –dijo Al–, seguro. –Entonces suspiró–. Eso espero.
Después del almuerzo, Carmen acompañó a Al a casa
para que se quedara con sus otros hijos cuando éstos
llegaran de la escuela y después fue a comprarle un regalo
a Stephen. Cuando llegó al hospital, estaba profundamente
dormido. Tenía el cuello vendado y un tubo delgado
conectaba una botella de goteo situada sobre su cabeza con
la parte interior de su codo. Carmen se sentó junto a la
cama con la caja de Lego (un modelo avanzado, mucho más
sofisticado y complejo que los modelos pensados para los
niños) que le había comprado en su regazo y le observó
dormir mientras rezaba en silencio. El rosario producía un
suave sonido a medida que sus dedos se movían por sus
cuentas.
Stephen sólo había estado en otra ocasión en el hospital:
el día que vino al mundo. Hasta entonces lo peor que le
había pasado era coger un resfriado o la gripe, nada más. Y
ahora esto… fuera lo que fuese. Mientras rezaba, volvió a
oír en su cabeza lo que no hacía mucho le había dicho a Al:
no puede ser muy grave… no puede ser muy grave… muy
grave…
En algún momento de la noche, Stephen abrió los ojos el
tiempo suficiente para esbozar una sonrisa. Carmen se
levantó inmediatamente, dejó la caja sobre la silla y le
susurró:
—¿Cómo te encuentras, cielo? –Stephen parpadeó varias
veces–. ¿Stephen? Mira lo que te he traído. –Se dio la
vuelta, cogió la caja de Lego, pero, cuando volvió a girarse,
Stephen había vuelto a dormirse.
Una voz oficial anunció que las horas de visita habían
terminado. Se inclinó para besar a su hijo en la mejilla y
después se marchó, vacía y fría por dentro a pesar de que
la tarde era cálida.
Cuando llegó a casa, Carmen vio a Al a través del gran
ventanal de la parte frontal de la casa. Estaba sentado en
su sillón reclinable, viendo la tele. La familiaridad de
constatar que estaba haciendo lo que solía hacer todas las
tardes a aquella hora la ayudó a calmarse un poco, hizo que
se sintiera un poco más normal y que le entraran ganas de
adentrarse en la comodidad y seguridad de su familia.
Entró en la casa, dejó el bolso y fue hasta donde Al estaba
sentado viendo la tele; tenía los ojos rojos e hinchados, y
las mejillas brillantes por culpa de las lágrimas. Él la miró
con unos labios tan apretados que los tenía pálidos y apartó
la mirada, cerró los ojos y continuó llorando.
Carmen se quedó tan impresionada que no pudo hacer
otra cosa que mirarlo. De repente, su mente y su corazón
se embarcaron en una carrera vertiginosa. Al era un
hombre muy reservado y parco en palabras. Sólo hablaba
cuando tenía algo importante que decir y, excepto cuando
se enfadaba de verdad, se guardaba las emociones en el
pecho, como un jugador de póker esconde sus cartas en la
mano. Algo debía de ir muy mal para que estuviera llorando
abiertamente. Pero ¿qué podía ser? No podía ser por
Stephen. Al fin y al cabo, ella acababa de llegar del hospital
y Stephen estaba bien, ¡muy bien!
—¿Qué pasa, Al? –le preguntó con voz seca y ronca.
Al abrió la boca para responder, pero sólo pudo sollozar
mientras se inclinaba hacia adelante y apoyaba el rostro en
las manos de su mujer.
Carmen, con el corazón latiéndole en los oídos, se
arrodilló junto al sillón y le puso una mano en el brazo.
—Al, por favor, ¿puedes decirme qué te pasa?
El teléfono empezó a sonar con gran estruendo y, cuando
Carmen levantó el auricular, se dio cuenta de que le
sudaban las palmas de las manos.
—¿Diga?
—Ah, Carmen, me alegra que ya estés en casa. He llam…
ado varias veces, pero no estabas–. La voz era masculina y
adulta, pero era evidente que la persona estaba llorando,
embargado por una gran emoción–. Soy el doctor Elliott –
dijo.
¿El doctor Elliott? Pero si estaba llorando. ¿Cuál podía
ser el motivo?
«Porque –pensó– ha sido nuestro médico desde hace
mucho tiempo, es nuestro amigo, además de un buen
hombre, y está llorando porque algo va mal, terriblemente
mal…».
Carmen trató de hablar, pero antes tuvo que aclararse la
garganta.
Entonces le preguntó:
—¿Qué pasa?
—Lo siento mucho, Carmen –dijo el doctor Elliott después
de respirar hondo–. El doctor Scordato me ha dicho que
Stephen tiene cáncer por todo el cuello.
Aquella palabra fue como un taladro que se clavara en su
estómago y le destrozara las entrañas. Era una palabra
horrible, oscura y punzante, una palabra que tenía vida
propia.
—Lo siento –dijo el doctor Elliott antes de aclararse la
garganta–, pero…, bueno, vamos a hacer todo lo posible, de
eso puedes estar segura. Aunque… no tiene buena pinta.
Carmen puso fin a la conversación abruptamente y, con la
mano entumecida, dejó caer el auricular sobre el aparato.
Cuando se dio la vuelta, Al seguía sentado en el sillón,
mirándola con ojos llorosos.
Llamaron a las dos familias para darles la noticia y cada
llamada fue peor que la anterior: voces que se rompían
entre lágrimas y sollozos, apesadumbradas por la suerte
del pobre Stephen, casi como si la llamada hubiera sido
para anunciarles que estaba muerto.
Carmen dejó a su madre, Wanda Jean, para el final.
Wanda Jean prácticamente había criado a Stephen y
Michael mientras Carmen trabajaba, y Carmen sabía que su
madre le proporcionaría el apoyo y la fuerza que necesitaba
en aquellos momentos. Sin embargo, como le había
ocurrido a todo el mundo antes, Wanda Jean se vino abajo.
Carmen se dio cuenta de que le temblaban las manos
mientras oía llorar a su madre.
Unos minutos después, una vez que hubo colgado, se
volvió hacia Al, quien durante la llamada había estado o
bien sentado en el sillón o bien paseándose por el salón.
—¿Por qué todo el mundo reacciona igual? –dijo Carmen
con voz ronca–. ¿Por qué todos actúan como si ya estuviera
muerto?
—¿Qué quieres decir con eso de por qué todo el mundo
reacciona igual? –repuso Al con un gruñido–. Tiene cáncer,
Carmen. Todos estamos cabreados, ¡por eso reaccionamos
así! Supongo que no todos podemos ser tan fuertes como
tú. Supongo que no todos podemos ser como una de esas
mujeres nobles y sufridas que siempre interpreta Meryl
Streep. –Se sentó en el sillón.
—O sea, ¿me estás diciendo que voy a ser yo la única que
tire del carro? Porque alguien tiene que hacerlo, de lo
contrario, vamos a asustar a Stephen.
Al no respondió.
Carmen se sentó en silencio junto al teléfono mientras
trataba de apartar el miedo de su mente. Los ojos le
escocían de tanto llorar.
A la mañana siguiente, después de que los niños se
marcharan a la escuela y de que Al llamara a su trabajo
para avisar de que no iría, Carmen le dijo:
—Qué día más bonito para ir a pescar.
Al la miró sorprendido. Tenía ojeras, los ojos llorosos y el
rostro demacrado.
—¿Lo dices en serio? –Al ver que ella no respondía,
sacudió la cabeza lentamente–. No, tengo… que estar con
Stephen.
Con la mayor delicadeza posible, Carmen posó una mano
sobre la de él y le dijo:
—Entonces tendrás que recobrar la compostura.
¿Recuerdas lo que te dije anoche? Si te ve así, se asustará.
—Sí –asintió Al–, lo entiendo.
Más tarde, en el pasillo del hospital donde estaba la
habitación de Stephen, Carmen vio cómo Al se armaba de
valor. Se pasó una mano por la cara, como si quisiera
deshacerse de la angustia evidente en su rostro. Entraron
en la habitación sonriendo y se encontraron a Stephen
hablando con el doctor Elliott.
—Llegáis justo a tiempo para acompañarle a la sala de
rayos X –dijo el médico, y dos jóvenes enfermeras llegaron
detrás de Al y Carmen con una silla de ruedas.
—Ha llegado la hora de quemar neumáticos –dijo una de
ellas mientras Stephen bajaba de la cama y se subía a la
silla.
—Estaremos aquí cuando vuelvas, ¿vale? –le aseguró
Carmen.
—Chaval, con toda la atención que recibes aquí, no vas a
querer volver a casa –dijo Al con una tímida sonrisa.
Mientras lo sacaban de la habitación, Stephen dijo:
—Y tanto que quiero volver.
En cuanto se quedaron solos, el doctor Elliott empezó a
hablarles en voz baja del cáncer linfático y de los
problemas que podían surgir. También les sugirió que no
tardaran mucho en contárselo a Stephen. Mientras
hablaba, el doctor Elliott no perdió de vista a Al, y se dio
cuenta de cómo apretaba y aflojaba los puños, cómo le
sudaba la frente, la inquietud y la forma en que giraba la
cara cada vez que alguien lo miraba.
—No tienes buen aspecto, Al –le dijo el doctor Elliott.
Al se encogió de hombros y comenzó a pasearse por la
habitación.
—Escucha, Al –le dijo el doctor–, ¿por qué no te sientas?
Voy a pedirle a una enfermera que te tome la presión. –Una
vez que Al se hubo sentado en una silla, el doctor Elliott se
situó frente a él y le dijo en voz baja–: Vas a tener que
calmarte, Al. Sé que la situación es difícil, pero si no te
sobrepones, te pondrás enfermo y entonces no podrás
ayudar a Stephen. ¿Lo entiendes?
Al asintió. Pero, a pesar de sus esfuerzos por relajarse, la
ansiedad no le abandonó, susurrándole continuamente al
oído todas las cosas horribles que podían suceder, cosas
como la muerte, un funeral, una lápida…
El jueves, Stephen recibió el alta del hospital para poder
pasar el fin de semana en casa. El lunes debía ingresar en
el Hospital John Dempsey, en Connecticut, donde le iban a
realizar todo tipo de pruebas durante tres semanas.
Carmen logró convencer a Al para que se pasara la mayor
parte del fin de semana pescando. El sábado, ella y Stephen
acompañaron a Al hasta el lago y lo dejaron allí.
—¿Mamá? –le preguntó Stephen durante el viaje de
vuelta–. ¿Qué me pasa? Es decir…, ¿qué me pasa
exactamente? Porque nadie me dice nada.
«Por favor, Señor, ayúdame a escoger las palabras
adecuadas», rezó Carmen en silencio. Tras pensárselo unos
momentos, le dijo:
—Tienes… una cosa que se llama enfermedad de
Hodgkin. Bueno, de hecho…, es un cáncer linfático. Eso es
lo que es.
Stephen asintió muy lentamente y, después, casi en un
susurro, dijo:
—Cáncer. Suponía que era algo malo. –Continuó
asintiendo lentamente–. Pero no me voy a morir.
—Por supuesto que no, chaval –dijo Carmen esforzándose
por mantener la voz firme–, porque vamos a rezar mucho y
a enfrentarnos a ello.
Aunque… sabes que no va a ser fácil, ¿verdad?
—No voy a morir –dijo Stephen, esta vez en un susurro.
El lunes por la mañana, Al acompañó en coche a Carmen
y Stephen al hospital de Connecticut. Como tenía que
regresar a Hurleyville para ocuparse de sus otros hijos, se
marchó nada más llegar. Al era perfectamente consciente
de que no sería capaz de contenerse si la despedida se
alargaba demasiado.
La sala de pediatría del John Dempsey era como
cualquier otra: las paredes estaban decoradas con alegres
personajes de dibujos animados y los dibujos que hacían los
niños, móviles de todo tipo colgaban de los altos techos y,
en lugar del blanco habitual de otros hospitales, la sala de
pediatría estaba pintada con colores suaves y relajantes.
Sin embargo, todo aquello no sirvió de mucho. La sala
seguía estando llena de niños enfermos. Incluso de niños
moribundos. Y ahora el hijo de Carmen estaba entre ellos.
Algo que no podían cambiar ni todos los colores alegres del
mundo.
Las pruebas empezaron poco después de que Stephen
fuese admitido en el hospital y se prolongaron
interminablemente. Le hicieron análisis de sangre,
radiografías y escáneres, e incluso un día se pasó siete
horas en el quirófano. Después de eso, le hicieron aún más
pruebas. El viejo dicho de que a veces el remedio es peor
que la enfermedad adquirió un significado muy real para
Stephen y Carmen.
Médicos y enfermeras pululaban alrededor de la cama de
Stephen como abejas en una colmena. No obstante, a
medida que Stephen estaba cada vez más pálido y frágil, a
veces a Carmen le costaba no imaginarlos como buitres
sobrevolando a su presa en lugar de un enjambre de abejas.
Como la familia de Al vivía en Connecticut, Carmen no
estuvo completamente sola. Pasaba la noche en un motel
cercano y siempre llamaba a Al en cuanto llegaba. Desde la
última vez que lo había visto, había empezado a tener
intensos dolores en el pecho y, aunque Carmen pensaba
que Stephen había agotado toda su capacidad para
preocuparse, cada vez estaba más inquieta por el estado de
salud de su marido. No obstante, después de realizarle
varias pruebas en el hospital, los médicos determinaron
que los dolores en el pecho no eran graves, sólo síntomas
de una extrema ansiedad.
Carmen comprendió que debían de hacer algunos
cambios en casa para reducir la carga de responsabilidades
que tenía Al, de modo que llamó a su madre. Aunque en
aquel momento Wanda Jean estaba en Italia, no dudó ni un
instante en coger el primer avión para hacerse cargo de los
niños durante una temporada.
Al cabo de tres semanas, Stephen recibió el alta del
hospital y pudo volver a Hurleyville, a su casa.
Estaba mucho más delgado y pálido y se movía con
lentitud, como si estuviera permanentemente agotado. Era
como si durante tres semanas hubiese estado conectado a
un sifón que le hubiera absorbido lentamente la juventud.
Por si eso no fuera poco, debía volver a Connecticut todos
los días para recibir un tratamiento de cobalto. Su ya de
por sí debilitado estado de salud empeoró
considerablemente debido a la tensión del agotador
tratamiento y a los viajes de 170 kilómetros diarios. De
hecho, esa tensión acabó afectando a toda la familia.
Al y Carmen decidieron buscar un apartamento que
estuviera más cerca del hospital. Con cuatro hijos, sabían
que no sería fácil encontrar uno lo suficientemente grande
y que no fuera muy caro, pues los costes médicos seguían
acumulándose, pero sería mucho más fácil que tener que
recorrer tantos kilómetros todos los días y gastar tanto
dinero en gasolina.
Aprovechando el poco tiempo libre del que disponía,
Carmen se embarcó en la búsqueda. Sin embargo, las
decepciones se sucedieron: todos los apartamentos que
encontraba eran demasiado pequeños, demasiado caros o
ambas cosas. Pese al agotamiento, Carmen perseveró,
encontró un anuncio prometedor en la sección local del
periódico y llamó para ir a ver un apartamento situado en
Southington. Mientras se dirigía a la cita, pasó por delante
de una hermosa casa de estilo colonial de tres plantas y vio
un letrero en el patio delantero de la misma donde se
anunciaba que estaba en alquiler.
El apartamento que había quedado en visitar era muy
bonito, pero, como muchos otros, demasiado pequeño para
sus necesidades. De regreso al motel, sin embargo, siguió
el impulso de detenerse en la casa colonial con el letrero en
el patio delantero.
Había operarios por todas partes, y el ruido de los
martillos, taladros y sierras componían una desagradable
cacofonía. Carmen se acercó a varios trabajadores para
preguntarles con quién debía hablar para alquilar la casa
hasta que, finalmente, uno de ellos le indicó que se
dirigiera al otro extremo de la finca, donde encontró a un
hombre de voz suave y agradable y con el brazo derecho,
marchito e inútil, pegado al pecho.
—¿En qué puedo ayudarla? –le preguntó a voz en grito
por culpa del ruido.
—Me gustaría ver la casa –dijo Carmen con una ligera
mueca provocada por los martillazos.
—Ah, entiendo. –El hombre levantó su brazo bueno y se
pasó la mano por el cabello rizado y canoso–. Ahora mismo
el propietario no está aquí. – Se rio entre dientes y señaló
la casa con un gesto de la cabeza–. Ya ve que estamos en
plena reforma, así que no sé si éste será un buen momento,
ya sabe a lo que me refiero, ¿no? –Sonrió, mostrando unos
dientes torcidos, y las arrugas de su rostro se hicieron más
profundas.
Carmen se dio cuenta de que estaba retorciéndose las
manos y dejó de hacerlo; no quería que el hombre viera que
estaba desesperada.
—Llevo días buscando por todas partes y no puedo
encontrar un lugar para mi familia. Esta casa tiene muy
buena pinta y necesitamos un lugar donde vivir porque mi
hijo tiene que…
El hombre asintió y levantó una mano para detenerla.
—Verá. Esta casa tiene dos apartamentos, uno en el piso
de arriba y otro en la primera planta. ¿Por qué no sube al
primer piso y le echa una ojeada? Cuando termine, puedo
darle el nombre y el número de teléfono del propietario.
¿Qué le parece?
Aliviada y emocionada, Carmen subió las escaleras
esperanzada. Y esto fue lo que se encontró: el salón era
amplio y, además, tenía muchas ventanas, lo que hacía que
pareciera aún más grande. La cocina también era espaciosa
y tenía una mesa de caballete y bancos. Había cuatro
dormitorios grandes y dos más en el piso superior, uno de
ellos con camas de matrimonio de pino macizo.
Era hermosa. Era perfecta. Y probablemente demasiado
cara.
Bajó las escaleras apresuradamente, el operario le dio el
número de teléfono del propietario y le llamó en cuanto
llegó al motel.
Se llamaba Lawson y, al principio, se mostró reticente.
Sin embargo, en cuanto le informó del precio mensual del
alquiler, Carmen no se dejó amilanar; entraba dentro de su
presupuesto.
Se lo contó todo: la enfermedad de Stephen, lo kilómetros
que debían recorrer todos los días para que su hijo
recibiera el tratamiento, las dificultades que había tenido
para encontrar un apartamento para toda la familia.
Lawson le mostró educadamente todo su apoyo, le deseó
lo mejor para su hijo y entonces se quedó en silencio.
Carmen imaginó que estaba pensándoselo.
—Puedo alquilarles el apartamento del piso de abajo –dijo
finalmente.
Carmen se sentó pesadamente en el borde de la cama y
se cubrió los ojos con una mano. No había visto el
departamento del primer piso. ¿Sería tan agradable como
el del piso de arriba?
«¿A quién quieres engañar? –pensó–. Si es más pequeño,
no lo será por mucho, y además… estamos desesperados».
Carmen decidió que, si se parecía, aunque fuera sólo un
poco, al apartamento del piso de arriba, estaría más que
encantada.
—Eso suena muy bien –dijo–. Nos lo quedamos.
Después de colgar, Carmen se tendió sobre la cama y
soltó un largo suspiro. Se había quitado un gran peso de
encima.
Empezaron inmediatamente los preparativos de la
mudanza. Al tendría que quedarse en Hurleyville otras seis
semanas, más o menos, hasta recibir un traslado definitivo.
Michael logró escapar del caos de la mudanza porque
decidió irse a pasar el verano con Wanda Jean a su casa en
Alabama.
Al, Carmen y los niños empaquetaron sus pertenencias
con alegría y sin protestar, lo cual fue todo un logro
teniendo en cuenta que, además de todo el trabajo y la
organización, aún tenían que seguir llevando a Stephen a
Connecticut todos los días para su tratamiento de cobalto.
Tenían muchas ganas de mudarse a su nuevo
apartamento y recuperar parte de la estabilidad en sus
vidas. Por supuesto, las cosas no volverían a estabilizarse
del todo hasta que Stephen no se hubiera recuperado, pero
tenían fe en que acabaría poniéndose bien.
Carmen se pasaba el día hablándoles del apartamento del
piso de arriba, esperando que el suyo fuera tan agradable y
perfecto como aquél. Pero también le daba muchas vueltas
a cómo sería en realidad su nueva casa… y muchas veces se
temía lo peor.
La noche antes de mudarse a Southington, Carmen no
durmió bien. A pesar de las preocupaciones derivadas del
estado de salud de Stephen, hasta el momento no había
tenido problemas para dormir, exhausta por culpa de toda
la actividad diaria. Sin embargo, aquella noche le costó
pegar el ojo y, cuando finalmente lo consiguió, tuvo un
sueño muy desagradable.
Ataúdes… alineados cuidadosamente… cuerpos desnudos
con la piel fría y pálida… instrumental… herramientas de
aspecto viejo y siniestro… ganchos… cadenas… un hombre
sin rostro con una bata blanca llena de manchas de color
marrón oscuro… caminando frente a una hilera de
ataúdes… zigzagueando entre ellos… acercándose a uno de
los cuerpos… uno de los cadáveres… con una de las
herramientas en la mano… una de esas viejas y siniestras
herramientas…
Carmen se incorporó de golpe sobre la cama. Durante un
momento fue incapaz de respirar, y entonces tomó una
profunda bocanada de aire. Ya era de día. La brillante y
reconfortante luz del sol entraba por las ventanas. El
corazón le martilleaba con fuerza dentro del pecho, pero no
podía recordar el motivo. Una pesadilla, sí, pero eso no era
todo…, no exactamente. Había algo más, algo que supo de
repente, aunque sólo de un modo instintivo.
—He alquilado una funeraria –dijo con la voz pastosa por
culpa de las horas de sueño.
Al levantó la cabeza de la almohada.
—¿Qué?
—El apartamento…, esa casa…, es una funeraria. O
quizá…, bueno, quizá lo fue en el pasado.
—¿Has tenido una pesadilla?
—No, no. Bueno, sí, es posible que sí, pero eso no es lo
importante. –Se volvió hacia él–. Esa casa es una funeraria,
Al.
Al se incorporó y apoyó los codos en la cama.
—¿De qué estás hablando? –Entonces se sentó a su lado
con el ceño fruncido y añadió–: Lo dices en serio, ¿verdad?
—Sí, lo digo en serio.
Carmen se inclinó hacia delante, se rodeó el cuerpo con
los brazos y cerró los ojos.
Al la envolvió con un brazo. Aunque no entendía muy bien
qué pasaba, la expresión de su mujer no era el resultado de
un simple sueño ni de una pesadilla; allí estaba pasando
algo mucho más real.
—Aún podemos echarnos atrás, lo sabes, ¿verdad? –dijo–.
Si quieres, dejamos estar lo de la mudanza.
Carmen meneó la cabeza lentamente. ¿Cómo iban a
echarse atrás ahora?
—No podemos seguir haciendo ese viaje todos los días –
dijo en un susurro–. Es demasiado pesado para todos,
especialmente para Stephen. Y tampoco quiero seguir
buscando otro apartamento.
Estuvieron un rato en silencio, abrazándose, y entonces
Al dijo:
—Escucha, incluso si ese… sueño o presentimiento o lo
que sea… es cierto, y la casa realmente es o fue una
funeraria… ¿qué más da? La gente murió en otro lugar,
¿no? No murieron allí, en la casa. Y, además –añadió
besándole en la parte superior de la cabeza–, no sabes si es
verdad. Seguro que no lo es, que es sólo un sueño.
Llegaremos, todo será genial, colocaremos nuestras cosas y
descubriremos que simplemente es una vieja casa que
ahora tiene dos apartamentos.
Se marcharon definitivamente de Hurleyville el 30 de
junio, un caluroso día de verano, especialmente en la
carretera. Al y Stephanie viajaron en la furgoneta que
habían alquilado para la mudanza –Stephanie llevaba la
jaula de Willy en su regazo– y los dos chicos fueron con
Carmen en el coche. Cada pocos kilómetros, Peter, quien
por entonces tenía tres años, preguntaba con un
entusiasmo inagotable:
—¿Ya hemos llegamos? ¿Ya hemos llegamos?
Cuando llegaron a la casa de Southington, casi toda la
familia de Al ya estaba allí, dispuesta a ayudarlos con la
mudanza. Cuando Carmen y Al bajaron de los respectivos
vehículos, se miraron el uno al otro durante unos segundos.
El rostro de Carmen transmitía aprensión y nerviosismo; Al
sonrió para tranquilizarla. Cuando se acercó a ella, Carmen
le susurró:
—Antes de empezar, ¿podemos… entrar para echar un
vistazo?
—Por supuesto. –Al la cogió de la mano y, después de
saludar a todo el mundo, entraron en la casa.
La planta baja aún no estaba terminada y los carpinteros
estaban haciendo mucho ruido. Dentro de la casa
encontraron un montón de aserrín, trozos de madera y
hombres con martillos y sierras. Sin embargo, en el sótano
no había nadie.
Cuando Al y Carmen empezaron a bajar las escaleras, el
ruido se amortiguó ligeramente por detrás y por encima de
ellos. El sótano estaba mohoso y el aire cargado con el olor
espeso de los años. Al pie de las escaleras había una
espaciosa habitación que continuaba hacia la izquierda y, a
la derecha, vieron un par de puertas francesas que se
abrían a una habitación aún mayor.
Había cinco habitaciones en total, todas mohosas.
Recorrieron el sótano con cautela durante unos minutos, no
muy seguros de lo que estaban buscando. Si es que estaban
buscando algo.
Al final de un pasillo, encontraron una habitación con
varias estanterías llenas de herramientas. Herramientas
extrañas, siniestras. Herramientas aterradoras,
indescriptibles. Aparatos de acero ennegrecidos por los
años. Tubos, mangueras y cuchillos. Frente a los estantes
vieron algo que se parecía bastante a un depósito de
combustible, viejo y sucio, y una pequeña mesa debajo de la
cual había varias cajas de aspecto robusto. Al y Carmen se
agacharon para comprobar qué había en el interior de las
cajas y descubrieron que estaban llenas de placas metálicas
rectangulares. Aunque las placas estaban en blanco, Al y
Carmen cruzaron una mirada silenciosa; ambos sabían
perfectamente para qué servían. Las placas llevaban
esperando en aquellas cajas desde quién sabía cuánto
tiempo…, esperando a alguien las usara…, esperando a que
alguien grabara en ellas un nombre y las colocara sobre
una tumba.
Salieron de la habitación y entraron en un pasillo al final
del cual, tras una puerta en un lateral de la casa, había una
rampa que descendía desde el sótano. Parecía una entrada
para discapacitados o una especie de rampa para carga y
descarga.
Carmen le cogió la mano a Al, no tanto para mantener el
equilibrio sino más bien para calmar sus emociones. Las
cosas que habían visto hasta el momento eran suficientes
que convencerla de que había tenido razón… pero aún
había más.
Sobre el umbral de cada una de las puertas por las que
pasaban había un crucifijo metálico de aspecto pesado.
Aunque parecían ser de plata, estaban tan deslustrados por
el paso del tiempo que era difícil estar seguro. Observaron
unos instantes una de las cruces y después se miraron el
uno al otro, pero el silencio era demasiado pesado para
romperlo; ninguno de los dos dijo nada.
Giraron a la derecha y entraron en una habitación grande
con otra estantería, más escaleras y…
—Oh, Dios mío –dijo Carmen en voz baja–, ¿qué es eso?
Señaló algo que parecía salido del plató de una vieja
película en blanco y negro de Frankenstein. Una plataforma
rectangular parecida a una cama estaba colgada por unas
cadenas a un elevador de grandes dimensiones. Cuando Al
y Carmen miraron hacia arriba, vieron una trampilla
rectangular en el techo directamente sobre la plataforma.
Los zapatos de Al chirriaron en el suelo de cemento
cuando éste cruzó la habitación hasta una placa de madera
contrachapada de aproximadamente un metro cuadrado
que había en el suelo justo al pie de la escalera. Se inclinó,
la levantó unos centímetros, miró en su interior y, después,
la levantó un poco más. Carmen, de pie a su lado, vio las
paredes de un túnel y el fondo de una cisterna de cemento
con un desa güe circular en el centro y
un montón de astillas de madera a su alrededor.
Una tenue luz se filtraba a través de dos sucios
ventanucos situados en la parte superior y a la izquierda. Al
y Carmen observaron en silencio las brumosas sombras que
estos proyectaban en el pozo.
—No tengo ni idea de qué es esto… –dijo Al.
—Creo que no quiero saberlo –susurró Carmen. Se dio la
vuelta y se acercó a una puerta que daba a otra habitación
más pequeña. Se detuvo en el umbral para mirar lo que
había en su interior.
Justo delante de ella había una robusta mesa rectangular,
el tipo de mueble que uno espera encontrar en un
laboratorio, un hospital… o en una morgue. La pared de la
izquierda tenía unas manchas de un tono marrón rojizo. A
su derecha vio un fregadero grande y profundo con las
mismas manchas de óxido.
Al oír un fuerte golpe detrás de ella, Carmen se
sobresaltó y se dio la vuelta. Al se estaba frotando las
manos mientras se acercaba a ella, alejándose de la
cisterna. El ruido lo había producido la placa de madera al
volver a encajar en su sitio.
—¿Qué hay aquí? –preguntó Al.
Carmen hizo ademán de hablar y decir algo sobre todos
los trastos de los que tendrían que deshacerse, que eso era
lo que había allí abajo, pero tenía la garganta demasiado
seca y cuando se dio cuenta de que no iba a poder hablar,
volvió a cerrar la boca y se quedó mirando las manchas. Al
hizo lo mismo.
Aquella habitación tenía un olor distinto, más oscuro y
empalagoso que el que impregnaba el resto del sótano. Era
un olor espeso, casi grasiento, el tipo de olor que
permanece en las fosas nasales durante mucho tiempo
después de que la fuente de éste haya desaparecido.
Al se acercó a la pared, la presionó con la punta de los
dedos con cuidado y después regresó al lado de Carmen.
Tenía el ceño fruncido y el labio superior ligeramente
torcido. Abrió la boca para decir algo, pero, como le
ocurriera a Carmen un momento antes, volvió a cerrarla.
No hacían falta palabras.
Los dos sabían de qué eran aquellas manchas.
—Pintaré la pared –dijo Al mientras subían las escaleras–.
La pintaré ahora mismo.
—Y no se lo diremos a los niños –añadió Carmen.
—Por supuesto que no. Y podemos…, bueno, deshacernos
de todas esas cosas. Sacarlas de la casa. Cuando hayamos
terminado, será un gran sótano, ya verás.
Cuando llegaron al final de la escalera, Carmen se volvió
hacia él y le dijo:
—No quiero ni imaginarme cómo sería tener que buscar
otro apartamento. Necesitamos asentarnos en un lugar.
Necesitamos asentarnos para que Stephen se ponga mejor.
—Y lo haremos. No te preocupes, cariño. –Le dio un beso
rápido y sonrió. Luego le puso el brazo sobre los hombros y
volvieron al primer piso.
Y descubrieron que, incluso arriba, había cruces sobre las
puertas de todas las habitaciones que conducían al sótano.
Lawson llegó y lo recibieron frente a la casa. Era un
hombre con una gran panza, enfundado en unos vaqueros
desteñidos y una camisa a cuadros. Mientras Al hablaba
con su familia, Carmen y Lawson se alejaron un poco de los
demás.
—Me gustaría preguntarle algo –dijo con cautela–. Esta
casa… en el pasado, ¿por casualidad… no fue… una
funeraria? –A pesar de lo que habían visto en el sótano, su
vaga sensación de inquietud seguía pareciéndole tan
ridícula que hizo una mueca al pronunciar la palabra
funeraria.
En la comisura de la boca de Lawson apareció la promesa
de una sonrisa.
—¿Cómo lo han descubierto? –le preguntó.
Molesta por la sonrisa, la voz de Carmen sonó
ligeramente enfadada.
—Bueno, creo que hay suficientes pruebas de ello en el
sótano. ¿Ha estado allí abajo alguna vez?
Lawson cerró los ojos y asintió sin dejar de sonreír.
—Sí, he visto lo que hay ahí abajo. Si no le importa, me
gustaría que no tocaran nada. No quiero que se destruya ni
se tire nada. Todas esas piezas dan mucho de qué hablar,
¿no le parece?
Carmen parpadeó varias veces. Aquello era ridículo, pero
no estaba en condiciones de discutir.
—Sí –continuó Lawson–, el anterior dueño de la casa tiene
noventa años. Se fue a vivir con su hijo. Cuando se la
compré, quería convertirla en un edificio de oficinas, pero –
dijo encogiéndose de hombros– surgieron algunos
problemas con el ayuntamiento y no pude hacerlo.
Entonces pensé que podría ser una propiedad inmobiliaria
con mucho valor, teniendo en cuenta que el hospital está en
expansión. Mucha gente necesita un lugar cerca de él.
Gente como usted. –Sonrió abiertamente sin abrir la boca
y se llevó las manos a la espalda. Cuando vio que Carmen
no le devolvía la sonrisa, dijo–: Oh, no se preocupe, señora
Snedeker. La casa no ha estado habitada todo el año desde
hace… eh, dos años, más o menos. Desde entonces, sólo se
ha usado un par de veces, para ocasiones especiales.
Carmen frunció el ceño.
—¿Qué tipo de ocasiones especiales?
—No sé, para algunos miembros de la familia del dueño
anterior, ese tipo de cosas. –Se volvió hacia la casa y se
llevó las manos a las caderas–. Sí, el negocio de la funeraria
queda ya muy lejos. Probablemente se habrá dado cuenta
ya que el apartamento del piso de abajo aún no está
terminado. Si lo desea, puede dejar sus cosas en el garaje y
quedarse en un motel, con amigos o algo así.
Carmen también estaba mirando la casa. Asintió y dijo:
—Sí, de acuerdo. –Su voz sonó plana e inexpresiva; no
estaba segura de si estaba decepcionada por el hecho de no
poder mudarse de inmediato… o aliviada.
Al tuvo que regresar a Hurleyville por su trabajo, de
modo que Carmen y los niños se instalaron en una
habitación de motel. Pero, como la mayoría de las
habitaciones de motel, era demasiado pequeña, sobre todo
con tres niños. Dos días después, Carmen decidió que era
preferible incluso un apartamento sin terminar.
Regresaron a la casa de la calle Meridian y sacaron
algunos colchones del garaje. Carmen y los chicos los
empujaron hasta el comedor, donde decidieron que iban a
dormir hasta que los operarios hubieran terminado. Sin
embargo, poco después de acostarse, el inquietante silbido
de la respiración de Peter empezó a resonar en las paredes
desnudas. Un ataque de asma provocado, sin duda, por el
serrín que flotaba por todas partes. Lo llevaron sin cita
previa a una clínica local, donde lo trataron, y después
regresaron a la habitación de motel. Al día siguiente, Peter
se encontraba mucho mejor. Decidieron ir nuevamente a la
casa, limpiar todo el aserrín e intentarlo de nuevo.
Para el fin de semana, la casa estaba en un estado
habitable, de modo que empezaron la tediosa tarea de la
mudanza. Al regresó el fin de semana y, con la ayuda de su
hermano, trasladaron los muebles al apartamento mientras
Carmen empezaba a desempacar todos los platos y a
lavarlos. Stephen bajó al sótano para ver cómo era la
primera habitación que iba a tener para él solo…
♦♦♦
Carmen dejó de lavar los platos y miró por la ventana que
había sobre el fregadero mientras pensaba en lo que le
había dicho su hijo.
Sí, la casa había sido una funeraria. Pero ¿era maligna?
No creía que algo pudiera ser maligno. Era una casa
antigua muy bonita y su apartamento era perfecto. Pero…
¿por qué había dicho Stephen algo así? ¿Cómo era posible
que hubiera pensado algo así? Algo tenía que haberlo
provocado.
Se enjuagó las manos, se las secó y detuvo a Al de camino
al garaje. Le contó lo que le había dicho Stephen.
Al frunció el ceño.
—Yo no le he contado nada de la casa –dijo un poco a la
defensiva–. ¿Y tú?
—Por supuesto que no. Estuvimos de acuerdo en no
hacerlo.
—Entonces… ¿qué opinas?
—Bueno. –Carmen abrió mucho los brazos–. No creo que
la casa sea maligna, si te refieres a eso. ¿Cómo puede ser
maligno un edificio? Puede ser espeluznante, claro, eso lo
puedo entender, pero tampoco creo que lo sea. Al menos,
no demasiado. Nada que no pueda arreglar una mano de
pintura.
Al se metió las manos en los bolsillos traseros del
pantalón y echó un vistazo a su alrededor. Stephen no
estaba cerca.
—Debes entender que Stephen ha estado bajo mucha
presión con el tratamiento y todo lo demás. No creo que
debamos preocuparnos en exceso. Probablemente pronto lo
olvidará todo. Yo no me preocuparía. –Luego fue al garaje
para traer otro mueble.
Carmen se quedó en la sala de estar aún sin terminar y
miró a su alrededor. El apartamento tenía muchas
ventanas, lo cual era un prerrequisito para ella. Sin
embargo, aún no habían colgado las cortinas. Aun así, no
parecía entrar demasiada luz pese al día tan soleado que
hacía fuera, ni los rayos del sol formaban charcos
relucientes en el suelo. Se acercó a uno de los cristales y
pasó dos dedos por su superficie.
—Tengo que limpiar esto –murmuró–. Es lo primero que
tengo que hacer.
Sin embargo, cuando frotó el pulgar en pequeños círculos
sobre las yemas de los otros dedos, estos no se ensuciaron.
DOS
LO QUE OYÓ STEPHEN
El lunes por la mañana, Carmen se levantó más pronto de
lo habitual para prepararle el desayuno a Al y despedirse
de él, pues no se verían más en toda la semana. Al comió
rápido y, cuando estaba terminando, Carmen se unió a él.
—¿Ya has terminado? –le preguntó ella.
—Tengo que irme. Quiero asegurarme de no llegar tarde.
Ya sabes, por si pasa algo. No estoy acostumbrado a
conducir tantos kilómetros para ir trabajar a primera hora.
Voy a lavarme los dientes. –Se fue como una exhalación. La
puerta del baño se abrió y se cerró, el sonido del grifo y de
los característicos sonidos del cepillado amortiguados tras
ésta.
Estaba ansioso, a Carmen no le cabía ninguna duda.
Sabía que estaba preocupado por tener que dejarlos allí
durante la semana y sólo poder volver a casa los fines de
semana hasta que le confirmaran el traslado. Sin embargo,
Al nunca iba a reconocer abiertamente que algo le
preocupaba; se lo guardaría dentro, lo contendría haciendo
cosas como engullir el desayuno o irse lo más pronto
posible para poder sumergirse en su trabajo y tratar de no
preocuparse por Stephen.
Carmen no tocó el desayuno durante un rato; esperó
hasta oír que se abría la puerta del baño. Entonces se
levantó y fue al encuentro de Al en el recibidor. Al la abrazó
y apoyó suavemente la barbilla en la parte superior de su
cabeza.
—¿Estaréis bien? –le preguntó.
—Claro que sí.
—¿Seguro que la casa te parece bien? –le dijo en un
susurro, porque
Stephen, quien seguía negándose a dormir solo en el
sótano, estaba acostado en el sofá del salón y Al no quería
que los oyera hablar de la casa. El chico ya tenía suficientes
cosas en las que pensar.
—Por supuesto que me parece bien, es una casa preciosa
–empezó a decir Carmen, pero entonces comprendió qué
había querido decir Al en realidad y decidió que la
respuesta resultaba poco convincente–. Bueno –continuó
susurrando–, preferiría que no fuera una antigua funeraria,
pero… no pasará nada, lo sabes tan bien como yo.
—Claro que lo sé –dijo con una risita susurrante–. No me
preocupan los fantasmas ni nada de eso. Pero ¿qué pasa
con Stephen? No puede dormir en el sofá eternamente.
—No te preocupes por él. Como dijiste, últimamente ha
estado bajo mucho estrés. En cuanto pase aquí algún
tiempo, se acostumbrará. Y cuando vuelva Michael, se
olvidará de todo. Creo que le echa mucho de menos. Debe
de ser difícil ver cómo tu hermano se va a casa de la abuela
a pasar las vacaciones de verano mientras tú tienes que
quedarte en casa porque estás enfermo.
Al oír un pequeño ruido, Carmen se apartó de Al y se dio
la vuelta. Stephen estaba de pie frente a la puerta del
salón, frotándose sus ojos somnolientos. Llevaba puesta
una camiseta sin mangas y unos calzoncillos largos que
parecían demasiado grandes para su esquelético cuerpo y
el cabello rubio oscuro señalaba en todas direcciones.
—¿Me habéis llamado? –preguntó con voz ronca y
somnolienta.
Carmen se acercó a él sonriendo.
—No. Sólo me estaba despidiendo de tu padre. Se marcha
a Nueva York.
—¿Cuándo volverás? –le preguntó Stephen con un
bostezo.
—A finales de semana. –Se puso a su lado y le dio un
apretón en su frágil hombro–. Cuida de tu madre mientras
yo no estoy. Y haz caso a los médicos, ¿de acuerdo?
Stephen asintió.
—Conduce con cuidado.
—Siempre lo hago, chaval.
Al y Carmen se despidieron y Al se marchó.
Stephen fue a la cocina y Carmen le siguió con la
esperanza de no oír el motor del vehículo cuando Al se
alejara de su lado. Stephen llenó un vaso de agua y Carmen
volvió a sentarse para terminar de desayunar. Entonces se
dio cuenta de que ya no tenía hambre; de hecho, ni siquiera
estaba segura de haber tenido hambre mientras lo
preparaba.
—¿Quieres desayunar, Stephen? –le preguntó Carmen–.
Acabo de prepararme esto, pero no lo quiero. Carmen se
levantó y Stephen se sentó en su silla; aún parecía estar
medio dormido–. ¿Estás despierto para comer?
Él se encogió de hombros.
De pie detrás de él, Carmen apoyó ambas manos sobre
sus hombros y le dijo:
—Voy a ducharme, ¿vale?
Stephen volvió a asentir sin levantar los ojos de la
comida.
Cuando estaba a punto de salir de la cocina, Stephen
dijo:
—¿Estabais hablando de mí?
Carmen se dio la vuelta.
—Tal vez. ¿Por qué?
—Me ha parecido que…, no sé, como si alguien me
llamara por mi nombre. Me ha despertado.
—Probablemente he sido yo. –Y entonces se preguntó:
«¿Qué más ha oído?». Esperaba que no les hubiera oído
hablar sobre la casa–. Bueno, me voy a la ducha. Si quieres,
puedes ver la tele. Pero no despiertes a Peter y Stephanie.
Aún es muy temprano.
Carmen entró en el baño y cerró la puerta, pero no abrió
el grifo inmediatamente. Se sentó en el borde de la bañera
con el ceño fruncido. Esperaba que Stephen no les hubiera
oído hablar sobre los antecedentes de la casa. Lo último
que necesitaba era más información que alimentara su
imaginación.
«Habría dicho algo –se dijo a sí misma para
tranquilizarse–. Si hubiera oído algo, lo habría dicho».
Se levantó, abrió el grifo de la ducha y empezó a
desnudarse.
Stephen contempló el desayuno con ojos cansados. Las
salchichas parecían dedos hinchados y magullados y el
aspecto de los huevos fritos, aunque normalmente le
encantaba desayunar huevos, le hizo arrugar la nariz
ligeramente. Se levantó de la mesa y se quedó de pie con el
vaso de agua en la mano. Dejó el vaso en la encimera y
miró por la ventana. Al otro lado de la calle había otra casa
blanca de estilo colonial, como su casa y como la casa de al
lado. Su nueva casa… con nuevos vecinos… en una nueva
ciudad… en un nuevo estado…, todo por su culpa.
Stephen supuso que estar cerca del hospital era mejor
para todos, de ese modo se ahorraban tener que hacer un
viaje tan largo todos los días, pero, aun así…, tenía la
sensación de haber obligado a toda la familia a marcharse
de Nueva York e instalarse en Connecticut. Todo por su
culpa.
Por si eso no fuera poco, odiaba la casa en la que habían
terminado instalándose por culpa de su enfermedad. Era
una casa bonita, sí, con un montón de espacio y una
habitación propia, pero era una habitación que no quería.
Sabía que sus padres no le creían cuando decía que la
casa era maligna. También sabía que, cuando decía que no
quería dormir en la habitación del sótano, o al menos no
quería hacerlo solo, le seguían la corriente porque estaba
enfermo. Evidentemente, no se lo decían, pero Stephen
sabía lo que pensaban; lo sabía por la forma en la que le
habían hablado y mirado cuando se lo dijo.
Pero eso no cambiaba nada. Seguía sintiendo, sabiendo,
que había algo que no terminaba de estar bien en la casa,
que había algo maligno. Aunque aún no estaba seguro de
qué era exactamente, lo descubriría.
Lo había sabido la primera vez que había bajado las
escaleras para ir a ver su habitación. No había visto nada,
ni tampoco había olido nada especial más allá de la típica
humedad de todos los viejos sótanos. Sin embargo, había
percibido que allí abajo había algo raro cuando notó que se
le erizaba el vello de todo el cuerpo sin motivo aparente. La
atmósfera de su nueva habitación había hecho que sintiera
un escalofrío en la nuca y unas extrañas náuseas, como si
estuviera a punto de vomitar. La habitación transmitía una
sensación oscura y maligna… como si guardara un secreto.
Y había tenido la inconfundible sensación de que no estar
solo, de que alguien le estaba observando, de que, si se
daba la vuelta, descubriría que había alguien o algo en la
habitación con él, avanzando hacia él en silencio, con
sigilo…, rápidamente. Se había dado la vuelta…, pero no
vio nada. Sin embargo, el hecho de no ver nada no le sirvió
de consuelo.
Se le aceleró el corazón y la respiración y empezaron a
sudarle las manos. Conteniendo el impulso de salir
corriendo, había vuelto al piso de arriba para contárselo a
su madre, o al menos lo había intentado.
Aunque, evidentemente, ella no le había creído. Pero eso
no significaba que no tuviera razón.
Había algo maligno en la casa, algo malo había pasado
allí.
Y su familia se había mudado allí por culpa suya.
Miró por la ventana y se preguntó qué tipo de personas
serían sus vecinos, si tenían hijos de su edad… y si sabían
que había algo maligno en aquella casa.
La luz de primera hora de la mañana brillaba a través de
las copas de los árboles, llenando de motas el suelo de la
calle con su tímido resplandor, como si aún fuera
demasiado temprano para encender todas las luces allí
arriba.
Stephen se apartó de la ventana y salió de la cocina
mientras daba un largo bostezo y se preguntaba si a
aquella hora de la mañana pondrían algo interesante en la
tele. Desde el pasillo oyó el sonido de la ducha y la voz
intermitente de su madre, hablando sola como era habitual
en ella cuando se le caía la botella de jabón o cogía el
champú equivocado. Subió la escalera y, en cuanto entró en
el salón, oyó una potente voz masculina:
—¿Stephen?
Se detuvo bruscamente y se quedó petrificado. La voz no
provenía del baño ni, evidentemente, tampoco de la ducha.
Su madre no tenía una voz tan grave.
Era la voz de un hombre.
—¿Stephen?
Se dio la vuelta lentamente y esperó.
—¿Stephen?
La voz sonaba impaciente.
Pese a no ser demasiado estridente, Stephen podía oírla
perfectamente.
—¡Ven aquí, Stephen!
Stephen volvió a bajar la escalera lenta y cautelosamente
en dirección al baño, apoyándose en la barandilla con una
mano temblorosa.
—¿Stephen?
Se detuvo y miró por encima de la barandilla hacia las
escaleras que conducían al sótano…, a su habitación.
La voz provenía de allí abajo.
Insistente. Cada vez más impaciente con Stephen.
El agua seguía corriendo en la ducha.
—Stephen, baja aquí.
Con la boca abierta, los nudillos blancos de agarrar con
tanta fuerza la barandilla y los ojos como platos, Stephen se
asomó un poco más. La boca se le quedó seca casi al
instante.
—¿Stephen? –Ahora la voz se reía. Era una risa grave y
conspiratoria, de las que ocultan algún secreto–. Baja ahora
mismo, Stephen. Tienes que ver esto.
Stephen miró hacia el cuarto de baño. Aún se oía la
ducha.
—Ven aquí, Stephen. Quiero enseñarte una cosa.
Peter y Stephanie dormían profundamente en sus
habitaciones. De todos modos, ninguno de los dos podía
hablar así.
No había nadie en el piso de abajo. O al menos no debería
haber nadie. Intentó seguir avanzando para llegar a la
parte superior de las escaleras, desde donde podría echar
un vistazo al rellano del primer piso, pero entonces notó
cómo se le erizaba el vello de todo el cuerpo y se le revolvía
el estómago, tal y como le había pasado la primera vez que
había bajado las escaleras y…
—¿Stephen?
Pensó en cómo se había sentido allí abajo, la sensación de
ser observado, de no estar solo y, preguntándose si tenía
razón, si la presencia que había percibido allá abajo hacía
sólo un par de días se había negado a hablar, empezó a
caminar hacia atrás, se tropezó al darse la vuelta, entró en
el salón y se sentó en el sofá.
—Stephen, ven aquí abajo. –Aunque más débil debido a la
distancia, la voz seguía oyéndose perfectamente.
Pese a inclinarse hacia adelante y taparse los oídos con
las manos, seguía oyendo la voz, aunque algo más
amortiguada. Se levantó, encendió el televisor, puso el
volumen más alto de lo normal y volvió al sofá, donde se
acurrucó bajo la manta, cubriéndose incluso las orejas.
En la tele, Bugs Bunny estaba discutiendo con el Pato
Lucas sobre si estaban en temporada de conejos o de
patos…, mientras tanto, la voz seguía llamándolo desde el
piso inferior.
—¡Temporada de connnejos!
—¿Stephen?
—Temporada de patos.
—Stephen, ven aquí.
—¡Temporada de connnejos!
—He dicho que vengas aquí, Stephen.
—Temporada…
—¿Qué estás haciendo? –La voz estaba ahora muy cerca,
en la misma habitación. Stephen se quedó sin aliento, se
cubrió la cabeza con la manta y cerró los ojos con fuerza.
De repente dejó de oírse la tele y la voz dijo–: Te he dicho
que no despertaras a los niños. –Silencio–. ¿Stephen? ¿Qué
pasa?
Pese a que los latidos de su corazón le martilleaban
constantemente en los oídos, Stephen se dio cuenta de que
no era la misma voz. Había algo distinto en ella. Apartó
lentamente la manta y abrió los ojos. Su madre estaba de
pie delante de él envuelta en su albornoz de felpa azul y el
pelo cubierto con una toalla.
Aunque tenía el ceño fruncido, cuando volvió a hablar, el
enfado había desaparecido de su voz:
—¿Estás bien?
Stephen asintió.
—¿Por qué está el sonido de la tele tan fuerte?
—No los he
despertado. —Lo sé,
pero ¿por qué?
Stephen se pasó la lengua por los labios e hizo todo lo
posible por ocultar el temblor de las manos mientras
pensaba en algo que decir. Finalmente, se decidió por la
verdad.
—He oído…, hmmm…, una voz.
—¿Una voz? ¿Te refieres a uno de los niños?
Stephen sacudió la cabeza.
—La de un… hombre.
—Ah, seguro que he sido yo, cielo. Estaba hablando
sola en… Stephen meneó la cabeza con insistencia y
dijo:
—No, venía de abajo. Y me ha dicho que bajara. Me ha
llamado por mi nombre.
Carmen se lo quedó mirando unos instantes con las
manos en las caderas y luego se sentó en el canto del sofá.
—Bueno, eso es una tontería, ¿no crees?
Stephen no respondió.
—No sé, piénsalo bien, Stephen. No hay nadie en el
sótano.
De nuevo, el chico permaneció en silencio.
—¿No? O sea, yo estaba en la ducha y los niños están
durmiendo…, creo. Da igual, sabemos que no hay nadie
abajo, ¿verdad?
—No… no era una persona. Y estaba tra… tando de
convencerme –le tembló ligeramente la voz y notó un frío
extraño en los hombros–… para que bajara.
—¿Quién?
—Lo que sea que haya ahí abajo.
—No hay nadie ahí abajo, Stephen.
—Ya te he dicho… que no es… una persona.
Su madre frunció aún más el ceño y cerró los ojos un
momento; no sabía qué pensar. Entonces dijo:
—Pensaba que habías dicho que habías oído una voz.
—Sí, pero… sé que no hay nadie abajo. Pero también sé
que en esta casa hay algo maligno…, algo malvado. Creo
que hubo un…
—¡Venga, déjalo ya, Stephen! Ya hemos hablado de eso.
Las casas no son malignas. Los fantasmas no existen y las
voces no salen de la nada.
Stephen apartó la mirada. Se sentía frustrado y aún un
poco asustado porque… ¿y si nadie creía nunca lo que él
sabía que era verdad?
—Esta casa está maldita –susurró mientras miraba hacia
la parte posterior del sofá–. No sé por qué, pero lo está.
Su madre dejó escapar un largo y silencioso suspiro y
después dijo:
—¿Sabes lo que creo que ocurre aquí? Creo que hace un
rato estabas aquí estirado, quizá medio dormido, y nos has
oído hablar a papá y a mí en el salón. Hablando de la casa.
Stephen volvió a mirar a su madre con expresión de
curiosidad.
—¿Qué pasa con la casa?
—Bueno…, si te lo cuento, tienes que prometerme que no
se lo dirás a nadie. No quiero que Peter y Stephanie lo
descubran. Tú eres mayor, creo que puedes asumirlo. De
hecho, probablemente será mejor si no se lo cuentas
tampoco a Michael. Tu padre y yo queríamos mantenerlo en
secreto, pero creo que así entenderás tu…
—¿Qué pasa? –preguntó Stephen con impaciencia
mientras se incorporaba en el sofá.
—Bueno, esta casa… antes de mudarnos… era una
funeraria.
Stephen abrió mucho los ojos.
Una funeraria…
De algún modo, aquello tenía sentido. Como si…, bueno,
era imposible, por supuesto, pero era casi como si Stephen
lo hubiera sabido desde el principio; lo había sabido sin
saberlo realmente. Tenía tanto sentido que empezó a
asentir levemente.
—Pero ya no lo es –continuó su madre–. Y, además, nadie
murió aquí; sólo traían los cuerpos para que los prepararan
para el entierro. Aquí no ocurrió nada malo. Las cosas
malas, es decir, las muertes ocurrieron en otros lugares.
Por tanto, no hay nada que… —¿Qué había en el sótano?
Carmen parpadeó y le miró fijamente.
—¿Cómo?
—O sea, ¿lo hacían abajo? ¿Todas esas cosas con los
cuerpos?
—Bueno, aún no estoy segura, pero creo que… –Su voz se
suavizó–. Sí.
Creo que lo hacían abajo.
Stephen volvió a asentir.
—Lo que quiero decir es que no hay nada maligno en la
casa. ¿De acuerdo? ¿Me crees? –insistió Carmen.
Stephen volvió a mirarla, pero no dijo nada ni hizo nada.
Él sabía… sabía que tenía razón. Lo que le había contado su
madre no lo tranquilizaba en absoluto. Apenas lo había
convencido.
TRES
ADAPTÁNDOSE
Después de la primera semana, la casa empezó a tener un
aspecto más ordenado y habitable. Carmen dedicó la mayor
parte del tiempo a asegurarse de que los muebles estaban
dispuestos como quería. Se esmeró en la tarea de colgar
cuadros y fotos y desempacar los adornos más delicados,
algunos mucho más viejos que ella, y colocarlos en las
habitaciones y los estantes adecuados.
La casa cada vez parecía más un hogar, su hogar. Las
únicas cosas que faltaban eran Al… y la salud de Stephen.
Aunque hablaba con Al todas las noches, no era lo mismo.
Lo quería en casa, con ella, donde su mera presencia le
habría ayudado a quitarse parte del peso que debía cargar
sobre sus hombros.
Stephen seguía con su tratamiento de cobalto. Carmen lo
llevaba todos los días al hospital en coche y lo esperaba
sentada en uno de los sofás antisépticos de vinilo. Después
de la radiación, Stephen siempre estaba agotado, y se
quejaba de que no podía deshacerse en todo el día de su
olor y sabor: áspero, metálico y seco.
Una tarde, Carmen decidió que no le gustaban las viejas
persianas venecianas de las ventanas porque impedían que
entrara la luz del sol. O al menos, Carmen lo achacaba a las
persianas.
Aunque en el exterior hiciera un día radiante, la
habitación seguía estando muy tenebrosa. Y cuando
levantaba las persianas del todo, no había ninguna
diferencia. De modo que pensó que sería una buena idea
deshacerse de ellas. Aunque antes tendría que hablar con
Lawson. Entonces recordó lo que se había prometido a sí
misma el primer día que pasó en la casa: limpiar los
cristales de las ventanas. Se puso ropa vieja y se puso a la
tarea.
Mientras limpiaba los cristales, Stephen llegó con su
amigo Jason. Se alegró al ver que Stephen estaba haciendo
amigos tan rápido. Había estado preocupada por que la
mudanza exacerbara aún más que el cáncer su carácter
introvertido, y pensó que un nuevo amigo podía ayudarle a
recuperar el ánimo y, por qué no, quizá también la salud.
Las únicas veces que Stephen había salido de casa los
últimos días había sido cuando Carmen lo acompañaba por
la mañana al hospital para recibir el tratamiento. Ahora que
parecía tener un amigo, esperaba que saliera más, que
fuera un poco más activo y que tomara un poco más de aire
fresco.
Jason vivía al final de la calle y los dos tenían la misma
edad. Jason era un niño pelirrojo, bajito y fornido, lleno de
una energía contagiosa, aunque rara vez sonreía y sus ojos
no paraban quietos, como sus manos y sus pies.
—¿Qué planes tenéis? –preguntó Carmen afablemente.
Estaba arrodillaba delante de la ventana, pasando el paño
frenéticamente arriba y abajo.
—Vamos al sótano –respondió Stephen desde el recibidor.
Carmen dejó de limpiar y se puso de pie.
—Eh, Stephen… ¿Puedes venir un segundo?
Los pasos de los dos niños se detuvieron en el suelo de
madera de roble y se susurraron algo el uno al otro. A
continuación, Stephen siguió avanzando y entró en el salón.
—¿Sí? –dijo enarcando las cejas por encima de sus ojos
hundidos y ojerosos.
—Creía que no querías bajar ahí –le dijo Carmen en voz
baja.
—Y no quiero. Pero sólo cuando estoy solo.
—¿Y vas a bajar con Jason?
Stephen asintió.
—Le he contado lo que era antes la casa y… –Stephen
sonrió–… cree que es genial. Así que vamos a echar un
vistazo.
—Preferiría que no fueras contándole a la gente lo que te
dije, Stephen. Aunque no creo que haya nada maligno, eso
tampoco significa que sea genial.
—No te preocupes, mamá. No se lo diré a nadie más.
Stephen se dio la vuelta y salió de la habitación. Carmen
oyó perderse escaleras abajo las voces ansiosas y los
ruidosos pasos de los dos chicos.
«Primero es maligna y tenemos que marcharnos –pensó–.
Y ahora es genial y se dedica a fanfarronear».
Carmen sonrió aliviada mientras volvía al trabajo.
Stephen estaba empezando a superar el miedo que le
producía la casa.
♦♦♦
El viernes, las horas pasaron a un ritmo tan lento que
Carmen pensó que la noche, cuando Al volvía a casa para
pasar el fin de semana, no llegaría nunca. Acababa de
preparar el almuerzo a los niños (bocadillos, patatas fritas,
leche y fruta variada), cuando llegó Lawson.
—Me he dejado caer por aquí para ver cómo iba todo –
dijo con una sonrisa después de que Carmen lo invitara a
entrar. Desde el recibidor, Lawson echó una ojeada al salón
y al comedor y asintió–. Todo tiene muy buen aspecto.
Parece que ya os habéis adaptado a la nueva casa, ¿no?
—No del todo, pero casi –dijo Carmen. Parecía un poco
distraída porque estaba pensando que aquel sería un buen
momento para hacerle algunas preguntas más a Lawson.
—Bueno, ¿necesitáis algo? –preguntó éste–. ¿Algo que
pueda hacer por vosotros?
—De hecho, hay algo. ¿Podría bajar conmigo al sótano?
Lawson asintió y la siguió por el pasillo. Bajaron las
escaleras que conducían a la habitación que ocuparía
Michael cuando regresara y a la de Stephen y, después,
recorrieron el pasillo de cemento hasta la sala donde
estaba el artefacto con las cadenas y la polea y el pozo con
el desagüe.
—¿Sabe para qué sirve esto? –le preguntó Carmen
señalando la polea con un gesto de la cabeza.
Lawson se cruzó de brazos.
—Sí, es un artefacto para levantar los cadáveres.
Carmen se encogió de miedo.
—Verás, los cuerpos se bajaban por esa rampa –dijo
señalando el pasillo– y se preparaban en esa habitación. –
Se dio la vuelta y señaló la habitación con las paredes y la
pica manchadas de sangre–. Ésa era la morgue. Cuando los
cuerpos estaban listos, se izaban por esa trampilla con
estas cadenas.
—A nuestra habitación –murmuró Carmen. Antes de que
Lawson pudiera responder a su comentario, Carmen se
volvió hacia el pozo–. ¿Y esto?
—Bueno, según tengo entendido, esto era el depósito
para la sangre. Los cuerpos eran drenados aquí, y después
los restos pasaban a otro depósito, un tanque séptico,
digamos. Necesitaban un depósito separado para la sangre
porque…, bueno, de lo contrario hubiese sido antihi
giénico.
Carmen respiró hondo y soltó el aire lentamente. Lawson
hablaba con mucha normalidad de todo aquello. Supuso
que ella debería tomárselo del mismo modo, porque, al fin y
al cabo, de todo aquello hacía ya mucho tiempo. Pero, era
incapaz.
—Bueno, sólo sentía curiosidad –dijo Carmen en voz baja
mientras asentía. Entonces, se dio la vuelta y acompañó a
Lawson hasta la salida.
—Ah, por cierto –dijo éste, señalando vagamente por
encima de su cabeza–. ¿Ves las cruces encima de las
puertas?
—Sí, reparé en ellas la primera vez que bajé.
—Te agradecería que no las quitaras. Aunque sólo sea
para limpiarlas.
Por favor, déjalas donde están.
Carmen le dirigió una mirada extraña.
—¿Alguna razón en particular?
Lawson se encogió de hombros.
—Son antiguas. Me gustaría dejarlas tal cual están.
—De acuerdo. No las tocaremos.
Cuando llegaron a la habitación de Stephen, Lawson se
detuvo y le preguntó:
—¿Duerme alguien en estas habitaciones?
—Bueno…, esta habitación es para mi hijo Michael, pero
está pasando una temporada con su abuela. Ésta es la
habitación de Stephen, pero… no duerme aquí.
—¿Por qué?
—No le gusta.
Una sonrisa asomó a sus labios.
—¿Algún motivo en particular? Es decir, ¿ha pasado algo
aquí abajo?
¿Algo…, hmmm…, extraño?
—¿Por qué?
Lawson volvió a encogerse de hombros, la leve sonrisa
aún en la comisura de sus labios.
—Mera curiosidad.
—Bueno, me ha dicho que no le gusta, eso es todo. Y,
además, asegura que ha oído voces aquí abajo.
Lawson asintió; fue, sin embargo, un asentimiento lento y
reflexivo.
—Ya veo. –Y enarcando una ceja, añadió–: Niños. –
Atravesó las puertas francesas y se detuvo en la que sería
la habitación de Michael cuando éste regresara. Miró en
derredor, sonrió y dijo–: Sabes qué, a esta habitación la
llamaban la sala sur de los ataúdes. –Acto seguido, empezó
a subir las escaleras de regreso al piso superior.
♦♦♦
Carmen estaba sentada frente al escritorio en la galería
interior que había junto a la sala de estar, leyendo el correo
del día y preguntándose qué podía hacer para cenar,
cuando oyó gritar a Stephanie. Dejó caer el correo, el cual
quedó esparcido sobre el escritorio, y atravesó corriendo la
sala de estar y el corto pasillo que conducía a la habitación
de Stephanie, de la cual había salido el grito. Estuvo a
punto de chocar con Stephanie, quien salía en aquel
momento como una exhalación de la habitación. La niña se
echó a los brazos de su madre.
—¿Qué pasa, cielo? –le preguntó mientras se arrodillaba
delante de ella.
—¡Hay una mujer, mami! ¡Hay una mujer en mi
habitación!
—¿Cómo?
La niña asintió enérgicamente.
—¡Una mujer, era una mujer, y estaba allí de pie con los
brazos abiertos! –Stephanie tenía los ojos abiertos como
platos. Sus pequeños dedos se clavaron en los antebrazos
de Carmen mientras hablaba atropelladamente y sus
palabras formaban un excitado revoltijo.
—Vale, vale, vale, Stephy, venga, cálmate un poco, ¿de
acuerdo? – Cuando Stephanie se calló, Carmen la cogió de
la mano, la llevó de vuelta al dormitorio y le dijo–: Vale,
vamos a entrar en tu habitación para que puedas
enseñarme que has visto, ¿de acuerdo?
Stephanie se resistió, diciendo:
—¡Había una mujer!
—Vale, pues entremos para verla. Seguramente sigue aún
ahí, ¿verdad?
Tímidamente, Stephanie entró en la habitación con
Carmen.
—Vale, ¿dónde estaba? –le preguntó Carmen.
Stephanie señaló el tocador, el cual estaba pegado a la
pared y tenía un gran espejo encima.
—Ahí. Estaba de pie ahí mismo, así. –Stephanie extendió
los brazos como si quisiera abrazar a su madre y esbozó
una sonrisa extraña y distraída.
—¿Adónde crees que ha ido, Steph?
Stephanie miró a su alrededor frenéticamente, rígida por
la tensión, y después se encogió de hombros y murmuró a
regañadientes:
—No lo sé.
Carmen se acercó a la cama de Stephanie y se sentó en el
borde. Sintió cómo la ira se le acumulaba en el pecho.
Stephen le había prometido que no les contaría nada a los
niños sobre la casa, pero era evidente que no había
mantenido su promesa. Sí, estaba enfermo, y no, no podía
esperar que se comportara como antes, pero aquello no
tenía excusa.
—¿Te ha contado algo Stephen últimamente, Steph?
¿Algo que quizá pueda haberte… asustado?
Stephanie negó con la cabeza.
—¿Estás segura de que no te ha estado contando
historias de miedo?
—No.
—¿Dónde está Stephen ahora?
—Afuera, con Jason.
Carmen se giró para observar la ventana que estaba
directamente frente al espejo de la cómoda.
—¿Crees que Stephen ha podido gastarte una broma,
cielo?
Stephanie abrió mucho los ojos y meneó la cabeza con
insistencia.
—¡No! ¿Cómo iba a hacerlo? ¡La mujer estaba ahí mismo!
—¿Sabes lo que creo que ha pasado, cariño? –Carmen le
hizo un gesto a la niña para que se acercara, la rodeó con
un brazo y señaló la ventana–. Si alguien estaba de pie al
otro lado de la ventana, su reflejo se vería en el espejo. Y si
alguien, como Stephen, por ejemplo, quería asustarte
haciendo algo aterrador frente al espejo, podrías llegar a
pensar que había otra persona aquí contigo.
Stephanie cerró los ojos, apretó los labios con fuerza y
volvió a menear la cabeza, esta vez con fuerza.
—No. La he visto. La mujer estaba ahí.
—Pero, cielo, sabes que eso es imposible. ¿Cómo ha
entrado? ¿Y cómo ha salido?
La niña inclinó la cabeza lentamente y no respondió.
—¿Qué ocurre?
—No me crees.
—Todo lo contrario, creo que has visto algo. Lo único que
digo es que no es posible que hubiera una mujer en la
habitación, eso es todo. Has visto algo en el espejo que
probablemente parecía una mujer. Pero sí creo que has
visto algo. ¿De acuerdo?
Con la cabeza aún gacha, Stephanie se encogió
ligeramente de hombros y murmuró:
—Supongo que sí.
Carmen se levantó y le dio un beso en la cabeza.
—¿Quieres un zumo?
La niña negó con la cabeza.
—¿Quieres salir a jugar?
Otra negación.
—Vale…, está bien. –Un abrazo, otro beso y después
Carmen fue en busca de Stephen.
♦♦♦
—Me prometiste que no les dirías a tus hermanos ni a tu
hermana lo que pensabas de la casa –le dijo. Estaban
sentados en el escalón superior del porche, mientras Jason
esperaba a unos cuantos metros de ellos.
—Sí, lo sé –dijo Stephen.
—Entonces, ¿por qué se lo contaste a Stephanie?
—Yo no le he contado nada.
—¿Las has asustado desde la ventana de su habitación
hace un rato? —Estaba…, claro que no…, estaba con
Jason y estábamos… —Stephanie me ha dicho que ha
visto a una mujer delante de la cómoda de su habitación,
con los brazos extendidos y una mirada extraña en el
rostro. El espejo de la cómoda está justo delante de la
ventana, así que no sería muy difícil gastarle una
pequeña broma.
Stephen abrió mucho los ojos y se irguió visiblemente. Al
principio, Carmen creyó que el gesto estaba provocado por
la culpabilidad. Pero entonces se dio cuenta de que se
parecía mucho más al miedo.
—¿En serio? –dijo en voz baja–. Es decir, si realmente…
ha visto a alguien en la habitación.
Carmen asintió.
—No quiero seguir así, Stephen. ¿Lo entiendes? Quiero
que se acabe ahora mismo.
—Pero si yo no le he dicho nada a…
—Entonces, ¿por qué me ha dicho que ha visto…?
—¡Quizá porque la ha visto!
Carmen parpadeó rápidamente y después suspiró.
—Vale, escucha, Stephen. Tal vez haya oído cómo
hablabas de ello o algo así, no lo sé. Pero lo que sí sé es que
estaba muy asustada. No quiero que vuelva a suceder más,
¿me oyes? No se lo cuentes a nadie más, ¿de acuerdo? Si
quieres, puedes hablar de ello conmigo, en privado, pero…
delante de tus hermanos mantén la boca cerrada. ¿Queda
claro?
—Pero si no he dicho nada.
—Por favor, ¿lo harás por mí? –Con el ceño fruncido de
aquel modo y el rostro tan pálido y tenso, Stephen parecía
muy molesto por sus acusaciones, por lo que Carmen no
pudo seguir discutiendo con él.
Stephen asintió y Carmen le dio un rápido beso antes de
volver a entrar en casa.
Confiaba en que fuera la última vez que tenían aquella
conversación.
♦♦♦
—Creo que voy a entrar en casa un rato –dijo Stephen.
—¿Algún problema? –le preguntó Jason.
—No. ¿Por qué?
—Porque tu madre quería hablar contigo en privado hace
un momento y parecía muy enfadada y…, bueno, pareces…,
no sé, preocupado. Como si estuvieras molesto por algo.
Stephen meneó la cabeza distraídamente y dijo:
—Te veo luego –y se dirigió lentamente al interior de la
casa.
De modo que Stephanie había visto a alguien en su
habitación. ¿Sería la misma persona a quien él había oído?
Su madre le había dicho que era una mujer, pero aun así…,
si podía entrar y salir como aparentemente había hecho esa
mujer, entonces era probable que pudiera producir todo
tipo de voces. Así que no estaba loco, no estaba
imaginándose cosas. Aunque tampoco estaba en una mejor
posición que antes. En ese momento su madre no sólo no le
creía a él, sino que tampoco creía a Stephanie.
En cualquier parte de la casa donde estuviera, Stephen
no podía sacudirse de encima la tenue sensación de que
había algo allí, una presencia distinta a la de su familia,
algo que se dedicaba a observarlos… y que tal vez estaba
esperando algo. Sin embargo, no se lo contó a nadie, sobre
todo porque era más que obvio que nadie iba a creerle de
todos modos. Se sentía mejor entonces que sabía que no
era el único.
Aunque sólo se sentía un poco mejor.
Subió los escalones de la entrada cansinamente y entró
en casa. Se preguntó si alguien más de su familia tendría
un encuentro con la presencia… y, en caso de ser así,
¿quién sería el próximo?
♦♦♦
Cuando Al llegó aquella noche, Stephen, Stephanie y Peter
estaban en la sala de estar viendo la tele y Carmen en la
cocina, desde donde se dedicaba a perfumar el
apartamento con el cálido aroma de pollo al horno. En
cuanto oyó el ruido del motor, Carmen dejó lo que estaba
haciendo y se apresuró a reunirse con él en el caminito de
entrada.
—Oh, estoy tan contenta de que estés en casa –le susurró
muy cerca del cuello mientras le envolvía con los brazos. Al
llevaba una bolsa de papel marrón debajo del brazo
izquierdo y Carmen la aplastó.
—¿Todo bien?
—Sí, claro. Te echaba de menos, eso es todo. Todos te
echábamos de menos.
Los niños lo recibieron frente la puerta, riendo, sonriendo
y dándole abrazos…, todos salvo Stephen, quien
permanecía a unos pasos de distancia, pensativo y serio,
con los delgados brazos cruzados delante del pecho.
En la sala de estar, Al anunció que había traído regalos
para todo el mundo y metió una mano en la bolsa. Sacó a
Opus el pingüino, un mullido de peluche para Peter; tres
libros para colorear y una caja de pinturas para Stephanie,
y un nuevo carrete de pescar para Stephen, quien apenas
reaccionó ante el regalo. Además del carrete, también
había varios anzuelos y plomadas nuevos e hilo de pescar.
Sonrió distraídamente mientras inspeccionaba el carrete y
le daba las gracias a Al en voz baja.
Aunque la pesca era una pasión que Stephen compartía
con Al, últimamente no habían podido ir mucho porque el
carrete de Stephen estaba roto. Entonces lo único que
necesitaba era la licencia de pesca del estado de
Connecticut, un lago o un río con unos cuantos peces… y
tal vez algo de entusiasmo.
—¿Y mi sorpresa? –preguntó Carmen.
Al deslizó un brazo alrededor de su cintura, la apretó
contra él y le susurró al oído mientras sonreía:
—Para la tuya tendrás que esperar un poco.
La cena fue animada, con mucho ruido de platos y
cubiertos y todo el mundo hablando a la vez. Después de
cenar, fueron todos juntos al salón (Al con una cerveza en la
mano; había llenado la nevera la última vez que habían ido
al supermercado) para ver algo divertido en la tele
mientras Carmen recogía la mesa. Sin que nadie se lo
pidiera y sin decir una palabra, Stephen volvió al comedor y
empezó a ayudar a su madre.
—Vaya –dijo bastante sorprendida–, ¿a qué debo este
honor?
Stephen sonrió, pero no dijo nada durante un rato. Una
vez que terminaron de recoger la mesa y de llevar los
platos al fregadero, dijo tímidamente:
—¡Te ayudaré a lavarlos si me haces un favor!
—¿Eh? ¿Qué quieres?
Stephen bajó la cabeza y se lo pensó un instante.
Entonces dijo:
—¿Podrías… bajar al sótano y coger la caja de aparejos de
mi habitación?
Carmen sonrió, pero contuvo la pequeña risa que
amenazaba con escapársele.
—Claro, cielo –le dijo–. Y no hace falta que me ayudes con
los platos si no quieres.
En cuanto tuvo su caja de aparejos, Stephen la puso
sobre la mesa del comedor junto al carrete nuevo, los
anzuelos, las plomadas y el hilo de pescar, se sentó y abrió
la caja lentamente, casi con reverencia. Mientras guardaba
en la caja el nuevo material, Al deslizó una silla y se sentó a
su lado después de ir a buscar otra cerveza a la nevera.
—La tienes muy ordenada, ¿eh?
—Sí –dijo Stephen con un leve asentimiento.
Al dejó algo sobre la mesa, una pequeña tarjeta
rectangular.
—¿Qué te parece si la estrenamos mañana?
Al ver la licencia, el rostro de Stephen se iluminó con una
sonrisa. Miró a su padre.
—¿En serio? Sería genial –dijo sin demasiada emoción.
Hablaron de pesca durante un rato, comentando los
lugares a donde podían ir, aunque fue Al el que llevó el
peso de la conversación. Entonces se quedaron en silencio.
La atmósfera que los rodeaba cambió, se volvió un poco
más tensa, hasta que Stephen le preguntó a su padre con
voz ronca:
—Papá, ¿crees que si una persona oye… voces, está loco?
Al dio un sorbo a su cerveza antes de responder.
—No. Hay mucha gente que oye voces. Y otras ven cosas.
A veces, si una persona está bajo un estrés excesivo,
pueden sucederle todo tipo de cosas extrañas.
Especialmente si esa persona ha estado enferma. Me
entiendes, ¿verdad?
Stephen le dirigió una mirada cargada a partes iguales de
sospecha y curiosidad.
—Tu madre me lo contó por teléfono –dijo Al asintiendo–.
Y no, no creo que estés loco. Pero te diré algo, Stephen. Vas
a tener que mantenerlo en secreto, ¿vale? No puedes ir
contándoselo a tus hermanos. Ya has asustado mucho a
Stephanie.
Stephen cerró los ojos, suspiró levemente y pensó:
«Maldita sea, yo no se lo he contado a nadie».
—Debes relajarte, eso es todo –continuó Al–. Y eso es lo
que vamos a hacer mañana, tú y yo solos. Vamos a
relajarnos y a poner nerviosos a unos cuantos peces, ¿de
acuerdo?
Stephen asintió.
—De acuerdo.
—Ven a la sala de estar. Están dando una vieja peli de
Abbott y Costello.
—Dame un segundo.
Al volvió a la sala de estar y Stephen guardó todo el
material en la caja de aparejos, la cerró y la aseguró con el
candado. La dejó sobre la mesa, se levantó y recorrió el
pasillo para ir al baño. Pero, entonces, detuvo la mano a
unos centímetros del pomo de la puerta al oír una voz que
le decía: —Stephen, ¿qué estás haciendo? –La voz sonaba
distante pero perfectamente clara.
Se quedó sin aliento. Se dio la vuelta haciendo un gran
esfuerzo, lenta, rígidamente. Miró por encima de la
escalera hacia la oscuridad del piso inferior.
—¿Stephen? Creo que deberías venir aquí abajo. –La voz
era lo suficientemente baja para que los demás no pudieran
oírla por encima del sonido de la televisión.
Stephen retrocedió un par de pasos hasta que su espalda
chocó con la puerta del baño.
—¿Stephen?
Se produjo un movimiento en la oscuridad del piso
inferior, una sutil variación de gris en la oscuridad
circundante.
Stephen notó cómo se le hinchaba la garganta. Los
fuertes latidos de su corazón le martilleaban en el pecho.
—Ven aquí, Stephen.
El seco roce de unos pasos en el suelo de cemento.
—¿Stephen?
Se apartó de la puerta del baño, echó a correr por el
pasillo en dirección a la sala de estar y se detuvo en el
vestíbulo para recuperar el aliento. Se quedó inmóvil unos
segundos, con los ojos cerrados, los brazos cruzados sobre
el pecho y los labios muy apretados.
A continuación, entró en la sala de estar, se sentó en el
sofá y miró sin ver las imágenes en blanco y negro de la
televisión. Permaneció en silencio mientras los demás
reían, intentando no pensar en lo que acababa de oír ni en
el dolor que le producía la vejiga llena.
CUATRO
MÁS VOCES
Durante el mes siguiente, Carmen se hizo amiga de Tanya,
una vecina de la misma calle. Tanya era una mujer morena
y fuerte que estaba en las últimas semanas de embarazo.
Ella y su marido, Benjamin, se habían mudado unos meses
antes, con la esperanza de estar totalmente instalados
antes de que el bebé decidiera hacer su aparición, que
podía ser en cualquier momento.
—Mira, yo que tú, no me preocuparía demasiado –le dijo
Tanya una tarde mientras se tomaban un té helado en la
galería interior de Carmen–. La enfermedad de Stephen ha
revolucionado la vida de todos y ahora estáis en una casa
nueva, en una nueva ciudad…, es normal que los niños se
comporten de forma extraña. Puedo entender que Stephen
oiga cosas o que Stephanie vea cosas. –Dio un sorbo a su
té–. No le des demasiadas vueltas, pasará antes de que te
des cuenta.
—Bueno, no lo sé. Puedo llegar a entender que Stephen
crea haber oído cosas…, ya sabes, voces o lo que sea. Pero
cuando Stephanie me dijo…
—Pero tú misma dijiste que era probable que Stephen le
hablara a Stephanie de las voces que había oído, quizá
incluso sobre el desagradable pasado de la casa. Además,
echan de menos a su padre. Ya sabes lo que se siente,
porque tú también le echas de menos. ¿No te sientes un
poco descentrada por culpa de eso?
—Sí, tienes razón –reconoció Carmen con una sonrisa–.
Pero me están volviendo loca.
—Preocúpate sólo cuando dejen de hacer cosas que te
vuelven loca.
Carmen se echó a reír.
—Hablas como si hubieras sido madre tanto tiempo como
yo y ni siquiera has parido aún.
Tanya se encogió de hombros y sonrió.
—Digamos que estoy practicando.
Aquella tarde, mientras en el exterior la luz del sol
empezaba a desvanecerse lentamente, Stephanie estaba
vigilando a Peter y Carmen estaba sentada en el sofá
hablando por teléfono con su madre. La televisión estaba
encendida, con el volumen bajo, y Stephen estaba en algún
lugar de la casa. Carmen le estaba contando a su madre
cómo se encontraba Stephen y hablándole de Stephanie y
Peter, cuando Stephen entró apresuradamente en la
habitación mientras se abrochaba el cinturón. Tenía los ojos
muy abiertos.
—¿Está… está papá en casa? –preguntó mirando a su
alrededor.
—No, claro que no, ya lo sabes. Estará en Nueva York
hasta el fin de semana.
—Le he oído. Me estaba llamando.
—¿Cómo?
—Le acabo de oír; me estaba llamando. Parecía como si
estuviera en el pasillo, como si acabara de llegar –dijo
mientras miraba por encima del hombro hacia la puerta
principal.
—Mamá, ¿puedo llamarte dentro de un rato? –dijo
Carmen. Después de despedirse y colgar, le preguntó a
Stephen–: Vale, ¿qué decías?
—Pensaba… que tal vez papá había llegado antes o algo
así. Acabo de oírle, llamándome.
—Pues es imposible que le hayas oído, cielo. No está aquí.
¿Sabes qué? A veces le echo tanto de menos que no me
sorprendería oírlo también de vez en cuando. Pero dentro
de poco estará aquí con nosotros todo el tiempo y volverá a
casa todas las tardes y cuando creamos que le hemos oído
será porque realmente lo hemos hecho.
Stephen la miró como si acabara de decirle que la leche
no era blanca.
—He oído a papá –dijo, con calma, categóricamente.
Luego dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta de la
calle.
Carmen notó cómo la frustración y la ira le quemaban la
garganta como la bilis. Si Stephen iba a seguir insistiendo
en que oía voces, era obvio que ella no podría hacer nada
por evitarlo.
—Vale –le espetó levantándose del sofá y siguiéndole con
la mandíbula tensa–. De acuerdo, si quieres creer eso,
adelante. O sea, parece bastante claro que tu padre no está
en casa, ¿no? Ah, pero no dejes que eso te detenga. Lo
único que te pido, por el amor de Dios, es que no se lo
cuentes a tu hermana.
Stephen se giró y, con ojos cansados, le dijo en voz baja:
—Estaré fuera un rato.
Después de salir y cerrar la puerta principal, Carmen se
quedó de pie frente a la puerta de la sala de estar durante
unos momentos con la vista perdida.
Aquello debía terminar. No podía permitir que Stephen
siguiera asegurando que oía voces, voces que no existían.
Ya había conseguido asustar a Stephanie, ¿qué sería lo
siguiente? Iba a tener que hablar con Al. Debían hacer algo
al respecto. Quizá deberían hablar con el médico de
Stephen, pedirle consejo. Tal vez era algo preocupante.
Carmen estaba empezando a exasperarse. No sabía qué
le ponía más nerviosa, si la insistencia de Stephen en que
oía voces que nadie más oía, la insistencia de Stephanie en
que había visto a una mujer en su habitación cuando en
realidad no había nadie o la imprecisa pero insistente
curiosidad que la llevaba a preguntarse si tal vez… sólo tal
vez…
«No –se dijo, volviendo a la sala de estar–. De ningún
modo. Es ridículo».
♦♦♦
El sábado por la noche, después de que Peter y Stephanie
se hubieran ido a la cama y mientras Stephen dormía en el
sofá, Al y Carmen hablaron en susurros sentados a la mesa
del comedor.
—Entonces, ¿qué crees que deberíamos hacer? –le
preguntó Al– ¿Crees que necesitan hacer algún tipo de
terapia?
—Por Dios, espero que no sea necesario algo tan drástico.
Aunque me preocupa que…, bueno, que pueda derivar en
algo más serio si no tomamos medidas ahora. ¿Tú qué
piensas?
—No lo sé. Tú estás con ellos toda la semana y a ti te
cuentan todas esas cosas sobre las… voces o lo que sea.
Creo que últimamente sus vidas han cambiado mucho y
están reclamando un poco de atención, quieren volver a
sentirse normales. Y Stephen…, bueno, el tratamiento de
cobalto no es precisamente un paseo por el parque. Al
menos, eso es lo que creo. ¿Piensas que necesitan terapia?
Demonios, ¿crees que podemos permitírnosla?
Carmen se quedó un momento pensativa.
—No. No, tienes razón. Es sólo que…, bueno, tengo los
nervios a flor de piel.
—Cuéntaselo. Si están buscando más atención, dásela,
pero déjales muy claro que estás harta de las historias de
fantasmas. Creo que dejarán de hacerlo.
—Sí –dijo Carmen, asintiendo, la mirada fija en su té–, eso
debería funcionar. Sí. –Siguió asintiendo lentamente. No
obstante, la sensación de incertidumbre persistente, de
ligera confusión, lo que fuera que últimamente le hubiera
estado afectando los nervios, se acrecentó en su interior,
negándose a abandonarla.
♦♦♦
Stephen esperó hasta que el silencio le dijo que era seguro
levantarse. No había tenido la intención de escuchar la
conversación, pero al no poder dormir (de hecho,
últimamente no había dormido mucho), además de que sus
voces habían sido claramente audibles en el silencio de la
noche, había escuchado todo lo que sus padres habían
dicho en el comedor. Mientras los escuchaba, su corazón se
había ido hundiendo cada vez más en su estómago, y no
había evitado pensar durante todo el rato: «No van a
creerme nunca. Nunca. Es imposible que alguna vez me
crean».
Apartó la manta, se levantó del sofá y encendió la
lámpara que había junto al sofá antes de ir a la cocina a por
un vaso de agua. La radiación le había resecado mucho los
conductos de la saliva, por lo que siempre tenía la boca
seca y tenía que beber constantemente. Cuando terminó,
recorrió en silencio el pasillo hasta la habitación de
Stephanie y llamó a la puerta con un dedo antes de abrirla
y entrar con cautela.
—¿Stephanie? ¿Estás despierta? –Cerró la puerta sin
hacer ruido y se quedó mirando la oscuridad–. ¿Steph? Soy
yo. –Con los ojos entrecerrados, alargó la mano y encendió
la luz del techo.
Stephanie estaba tendida en la cama boca arriba, tensa y
temblorosa, tapada hasta los ojos; los tenía muy abiertos y
con expresión aterrorizada. Cuando le vio, su cuerpo se
relajó y cerró los ojos; dejó escapar un suspiro y apoyó la
cabeza en la almohada.
—¿Qué pasa? –susurró Stephen.
—Pensaba que eras un fantasma.
Stephen la miró pensativamente unos instantes.
—¿Es eso lo que crees que son? –le preguntó mientras se
sentaba al borde de la cama–. ¿Fantasmas?
—No lo sé. –Stephanie se encogió de hombros–. ¿Qué más
puede ser?
—¿Sientes… su presencia?
Stephanie entrecerró los ojos, ladeó la cabeza y se quedó
unos segundos pensativa.
—Hmmm… a veces. Eso creo.
—Yo también –susurró él–. A veces tengo la sensación de
que…, no sé, como si hubiera algo en la casa. Aunque no
pueda verlo.
—Ojalá Michael estuviera aquí –dijo Stephanie.
Aunque Stephen pensaba lo mismo, le preguntó:
—¿Por qué lo dices?
—Bueno…, creo que él nos creería. ¿Tú no?
Stephen la observó durante un buen rato. La mayor parte
del tiempo su hermana pequeña era una molestia, un grano
en el culo. Desde que se puso enfermo, sin embargo, había
empezado a ver las cosas de otro modo; como lo que estaba
viendo en su hermanita en aquel momento. Se había
convertido en una aliada, en una amiga. Le cogió su
pequeña mano y le susurró:
—Escucha, Steph. Si pasa algo más, puedes contármelo a
mí. Ve a buscarme inmediatamente y dímelo, ¿vale? Yo te
creeré.
—¿Y tú me lo contarás si te pasa a
ti? Stephen asintió y le apretó la
mano.
♦♦♦
Carmen empezó a pasar más tiempo con los niños. Con
Peter era fácil porque nunca estaba muy lejos. Sin
embargo, Stephanie era muy activa; siempre estaba
jugando con otras niñas en la calle. Y Stephen estaba casi
todo el día con Jason. Aunque no parecían necesitar más
atención de la que recibían, Carmen decidió que lo seguiría
intentando.
Como siempre, echaba de menos a Al; ocuparse ella sola
de la casa y de los niños todo el día hacía que sintiera que
tenía más responsabilidades de las que era capaz de
asumir. Tanto el hecho de tener numerosas tareas
domésticas como las visitas de Tanya eran de gran ayuda.
Acompañaba a Stephen al hospital para su tratamiento y
veía cómo cada día estaba más pálido y débil. A veces
sentía el impulso de cogerlo en brazos y abrazarle, llevarlo
lejos del hospital, pues tenía miedo de que el tratamiento
sólo estuviera empeorando las cosas. Pero los médicos le
aseguraron que el tratamiento era la mejor oportunidad
para Stephen.
Los niños siguieron contándole historias, sobre todo
Stephen, quien continuaba asegurando que oía voces en la
casa.
Una mañana, después de levantarse, Carmen se encontró
la sala de estar con todas las luces encendidas y a Stephen,
tumbado en el sofá, con aspecto de haber pasado una
noche especialmente inquieta. Recorrió la sala apagando
todas las luces y después despertó a Stephen. Éste le contó
que había oído una voz en la oscuridad y que por eso había
encendido la lámpara que había junto al sofá. Pero continuó
oyendo la voz, una voz masculina, procedente del rincón
más oscuro de la habitación. De modo que se había
levantado para encender otra luz y después otra más, hasta
que todas estuvieron encendidas y por fin pudo conciliar el
sueño. Se lo contó siendo consciente de que su madre no le
creería, aunque eso no parecía importarle. No obstante, el
hecho de que no le importara si le creía o no molestó
enormemente a Carmen. La actitud de Stephen abría una
grieta en la teoría de la necesidad de más atención.
Sucedió muchas otras veces: Stephanie oía una voz en el
baño o Stephen oía otra en el recibidor y, por mucho que
Carmen hablara con ellos, los chicos asentían y se
disculpaban por haberla molestado. Sin embargo, ella
siempre tenía la impresión de que sabían algo que ella no
sabía…
Los incidentes preocuparon a Carmen lo suficiente como
para dejar constancia de ellos varias veces en su diario.
Había cogido el hábito de poner por escrito sus
pensamientos y experiencias, si no todos los días, al menos
sí varias veces por semana, incluso cuando no sucedía nada
especialmente reseñable. Era reconfortante escribir acerca
de sus sentimientos sabiendo que nadie leería lo que había
escrito, que nadie la criticaría ni le pondría nota.
Un viernes por la tarde, se sentó a escribir en su diario en
el escritorio de la galería interior con la música de fondo
que salía del estéreo de la sala de estar. Stephanie y
Stephen no estaban en casa y Peter se estaba echando una
siesta. Más que nada, Carmen intentaba mantenerse
ocupada mientras esperaba que Al llegara por la noche.
Estaba escribiendo sobre la última voz, la voz de un
hombre que había llamado a Stephen desde el piso inferior,
cuando ella misma oyó la voz de un hombre:
—¿Carm? ¿Estás aquí?
Dejó caer el bolígrafo y se levantó, pensando, «Al ha
llegado antes». Se dio la vuelta, sonrió y dijo:
—¿Al? Estoy aquí.
Silencio.
—¿Al? –Fue a la sala de estar y se detuvo, mirando
fijamente la puerta vacía que daba al pasillo y a la puerta
de la calle.
Su sonrisa flaqueó y después se desvaneció. Con el ceño
fruncido, atravesó el umbral de la puerta.
—¿Al? –volvió a preguntar, en voz más baja y algo
insegura.
Estaba sola.
Al no había entrado en casa.
Miró por la ventana y vio que ni siquiera había llegado
todavía.
Carmen dejó escapar un prolongado suspiro, forzó una
sonrisa y dijo en un murmullo:
—Bueno –y pensó: «Debo de echarle mucho de menos,
eso es todo, es sólo que le echo de menos y estaba
pensando en él y…, sí, eso es todo».
Se dio la vuelta y regresó a la galería interior para seguir
escribiendo.
Antes, sin embargo, se aseguró de subir el volumen de la
música.
CINCO
VERANO Y OTOÑO, PRIMERA PARTE
Fue un verano caluroso. Durante semanas, los días
estuvieron marcados por un cielo azul radiante y las
noches, por las relucientes estrellas. El aire estaba
saturado con el aroma de la madreselva y, durante el día,
en el barrio sólo se oían las risas de los niños.
Tanya tuvo una niña y le puso Kara. A veces, la brisa
veraniega traía su llanto hasta la casa de Carmen. Cuando
ocurría, a Carmen se le escapaba una sonrisa; de algún
modo, hacía que el vecindario fuera más completo y
cómodo.
«Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que algo no va
bien?», se preguntaba Carmen constantemente. La
pregunta se la hacía una vocecita interior casi
imperceptible, y Carmen hacía todo lo posible por
silenciarla.
Cada día, Stephen odiaba más el tratamiento y se resistía
más a él. Era grosero con los médicos y enfermeras del
hospital y, a veces, incluso le gritaba a su madre. Ella
trataba de tomárselo con filosofía y se decía que era algo
normal teniendo en cuenta el estrés que debía soportar.
Pero aquello no evitaba que siguiera preocupándose.
Además de todo eso, Stephen había perdido aún más peso y
parecía más frágil que nunca. A veces, cuando le daba un
abrazo, tenía miedo de partirlo por la mitad.
Sin embargo, el doctor Simon le aseguró que era una
buena señal.
—Si está irritable –le dijo éste–, significa que está
luchando contra la enfermedad. Si se enfrenta a nosotros,
significa que está enfrentándose al cáncer. Es alentador.
Así que, después de todo, las cosas no parecían ir tan
mal. Según el doctor Simon, Stephen estaba mejorando y,
probablemente, mejoraría aún más en el futuro.
Aquéllas eran buenas noticias. Entonces, ¿por qué no
tenía buenas sensaciones?
Al aún trabajaba en Nueva York, pero volvía a casa todos
los fines de semana, como un reloj. Las duras jornadas de
trabajo y los largos trayectos en coche, por no mencionar la
preocupación constante por Stephen, le estaban pasando
factura; los fines de semana que pasaba en casa bebía más
de lo normal y se enfadaba por cualquier cosa.
No obstante, a pesar de su mal humor, siempre se
mostraba dispuesto a echar una mano en casa. Pintó las
paredes manchadas del sótano.
Iban a la iglesia todos los domingos. Además, Carmen se
involucró en varias actividades de la iglesia, como ya
hiciera en Nueva York, e hizo muchas amigas allí, mujeres
con las que solía quedar durante la semana. Además, veía
mucho a Tanya y se ayudaban mutuamente cuidando de los
niños para que las dos pudieran escaparse de casa unas
horas de vez en cuando.
Entonces, ¿por qué se sentía de aquel modo?
Los otros niños, Stephanie y Peter, estaban bien. Michael
aún estaba en Alabama, pero llamaba con frecuencia. Todo
iba bien.
Excepto por… algo.
La primera vez que había sido consciente de aquella
sensación fue el día que limpió a fondo el suelo de la
cocina.
Aparentemente, en una casa llena de niños, las cocinas
son la primera víctima, y el suelo de linóleo bermellón de la
cocina de los Snedeker no tardó en perder su brillo original
pese a que Carmen lo fregaba por encima todos los días. De
modo que, hacía algunas semanas, Carmen había cogido la
fregona y el cubo, se había quitado los zapatos y
arremangado los pantalones hasta la mitad de las piernas y
se había puesto a fregarlo a conciencia.
Aquella tarde, los niños estaban todos jugando en la calle
y la casa estaba en silencio.
Carmen fregó el suelo de linóleo de una punta a la otra,
eliminando con los empapados flecos de algodón que se
retorcían como tentáculos las manchas de Pepsi y las
marcas de agua. Carmen había fregado muchos suelos de
cocina en su vida, de modo que llevaba a cabo la tarea con
cierto desinterés. Por ese motivo no percibió el olor hasta
haber escurrido la fregona unas cuantas veces.
Aunque no demasiado fuerte, era un olor empalagoso y
metálico muy desagradable.
Entonces se fijó en el agua dentro del cubo.
Tenía un color rojo muy oscuro.
Los flecos de la fregona tenían un brillante color carmesí.
Y los descalzos pies de Carmen estaban manchados de
rojo. De hecho, todo el suelo estaba manchado de rojo. Se
miró los pies con una mueca de repugnancia. El olor flotaba
en el aire como si fuera humo.
De repente, Carmen recordó lo que Stephen le había
dicho el primer día que habían pasado en la casa –Mamá,
hemos de irnos de esta casa. Aquí hay algo maligno–, y el
corazón empezó a latirle aceleradamente mientras
contemplaba fijamente el fluido rojo oscuro que se extendía
a su alrededor y que desprendía un olor tenue pero
repugnante.
—No puede ser –susurró–, no puede ser, es sólo… linóleo,
eso es todo. Eso es todo.
Tras decidir que no podía permitir que los niños lo vieran,
limpió el suelo rápidamente con trapos viejos; para los
retoques finales utilizó casi medio rollo de papel de cocina.
Por último, roció la habitación con una generosa dosis de
ambientador.
—Le diré a Al que arranque este linóleo –murmuró–. No
queda otra.
Sin embargo, el incidente la dejó muy inquieta, tanto
aquel día como los siguientes.
No se lo había contado a Al. No sabía cómo hacerlo. ¿Y si
se reía de ella? No le apetecía nada volver a fregar el suelo
de la cocina.
El suelo de la cocina era uno de los motivos que
explicaban aquella extraña sensación de inestabilidad. El
otro era el hecho de que Stephen hubiera dejado de hablar
sobre las voces que oía en la casa o la supuesta naturaleza
maligna de ésta. En el lapso de pocas semanas dejó de
hablar completamente de todo eso, como si el tema nunca
hubiera existido.
Carmen trató de convencerse de que era algo positivo,
una señal de que Stephen estaba mejorando. No obstante,
cada vez que se decía eso, su voz interior le susurraba: ¿en
serio?
A veces, al entrar en una habitación, se encontraba a
Stephen y Stephanie hablando en voz baja, como si
estuvieran compartiendo un secreto. Cuando la veían, se
callaban y se alejaban el uno del otro, como si acabara de
sorprenderlos haciendo alguna maldad. Al principio, no le
había dado demasiada importancia, pero cuando se repitió
una media docena de veces o más, empezó a preguntarse si
no estarían ocultándole algo.
—Chicos, ¿de qué estáis hablando? –les preguntó un día
al pillarlos susurrándose cosas en el sofá de la sala de
estar. Carmen se sentó en el sillón reclinable de Al y esperó
su reacción.
Stephen se encogió de hombros y murmuró:
—De nada. –Y se puso a ver los dibujos animados en la
tele.
—Nos preguntábamos cuándo volverá a casa papá para
quedarse –dijo Stephanie.
—Dentro de poco –respondió Carmen–. Un mes, tal vez un
poco menos.
En cuanto tenga el traslado.
Stephanie asintió y después ella también se puso a ver la
tele.
«Es sólo tu imaginación –se dijo Carmen–. No están
ocultando ningún secreto, Stephen está mejorando y todo
va bien».
Sin embargo, como le ocurría a menudo últimamente, la
vocecita interior en lo más profundo de su mente le
susurró: Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que algo
no va bien?
♦♦♦
Stephen había dejado de hablar con su madre sobre las
voces que oía porque no servía de nada. No le creía.
Tampoco hablaba de ello con Al; últimamente su padre
estaba tan irritable que, si Stephen insinuaba algo sobre el
tema de las voces incorpóreas, le gritaba bruscamente que
lo dejara estar y que se comportara como un niño de su
edad.
La única persona con la que podía hablar sobre el tema
de las voces era Stephanie. Aunque seguía insistiendo que
había visto a una mujer en su habitación, Stephanie no oía
voces.
—Pero –le dijo un día mientras hablaban en susurros en el
sofá de la sala de estar –a veces… a veces… –Pensativa, su
rostro se había puesto tenso por la frustración de no
encontrar las palabras adecuadas. Era demasiada tensión
para una niña de seis años–. Siento que no estoy sola
cuando, en realidad, sí lo estoy. No hay nadie en la
habitación, no veo a nadie, pero… siento que hay alguien
conmigo.
Sin embargo, ella no oía las voces frías, astutas que oía
Stephen, las voces enojadas y burlonas.
Sólo las oía Stephen.
No obstante, Stephanie siempre estaba dispuesta a
escucharle, y había prometido no decirle nada a su madre.
Nunca se mostraba crítica ni incrédula con él y siempre
reaccionaba con la preocupación típica de una niña de su
edad. A Stephen, las conversaciones le resultaban muy
reconfortantes; le hacían sentirse menos solo.
Aun así, la voz cada vez se volvía más insistente y severa.
Parecía percibir su miedo y disfrutar con él.
—¿Stephen?
Stephen se quedó petrificado una noche en mitad del
pasillo. Todo el mundo se había ido a la cama hacía varias
horas, pero Stephen se había despertado con la vejiga
llena. La voz le habló justo cuando salía del baño.
—Stephen, ven aquí –le susurró.
Stephen siguió avanzando por el pasillo, su cuerpo
sobrecogido de miedo y sus piernas rígidas por la tensión.
Se movía lentamente porque, a pesar del miedo, se sentía
atraído por la voz, impelido a detenerse para escuchar lo
que le decía.
—Tenemos que hablar de algunas cosas, Stephen –
continuó la voz–. Hay cosas que hacer y no tenemos mucho
tiempo, Stephen. Empecemos de una vez.
«¿Qué cosas? –pensó mientras aceleraba un poco el
paso–. ¿Qué hay que empezar?».
—No podemos seguir posponiéndolo –dijo la voz, y se
puso a reír. La risa le recordó al tintineo de los cubitos de
hielo en una copa.
Stephen giró por el pasillo y se adentró en la lóbrega sala
de estar.
—Tengo cosas que decirte, Stephen. Tenemos cosas que
hacer. –Aunque la voz hablaba en susurros, Stephen la oía
perfectamente.
Encendió la lámpara que había junto al sofá y, después, la
del otro lado. Debajo de la almohada guardaba un walkman
con radio AM/FM y un par de pequeños auriculares. Le
había pedido a su madre que fuera a buscarlos a la
habitación del piso inferior. Se metió los auriculares en los
oídos, puso la radio y subió el volumen.
La música de una emisora de rock local le inundó la
cabeza y sintió cómo su cuerpo empezaba a relajarse.
No obstante, por encima de la música, del ritmo
palpitante y del estruendo de voces, a Stephen le pareció
oír, durante un instante, la risa dura y fría de la voz…
Le sucedió varias veces y en distintas partes de la casa,
pero nadie más oyó nada. Stephen se planteó la posibilidad
de que la voz estuviera sólo en su cabeza. Porque, al fin y al
cabo, nadie más oía las cosas que le pedía, las cosas que
debía hacer. ¿Por qué era él el único que la oía?
También veía cosas…, aunque bastante imprecisas. A
veces veía algo por el rabillo del ojo que se movía
rápidamente a su derecha o a su izquierda, poco más que
una mancha gris en su visión periférica. Pero cuando se
daba la vuelta, no había nada. Las primeras veces sucedió
tan rápido que Stephen pensó que se lo había imaginado o
que, tal vez, Willy había cruzado corriendo la habitación
con su habitual trote veloz y serpenteante. Entonces se dio
cuenta de que, fuera lo que fuese, se movía desde un
mueble a otro, como si pretendiera esconderse de él.
Stephen no le contó a nadie lo que había visto, o lo que
creía haber visto. Ni siquiera a Stephanie. Le parecía que
era algo demasiado impreciso y, además, ya se sentía lo
suficientemente ridículo con lo que había contado hasta el
momento.
Pero también tenía miedo. Primero había sido la voz, la
cual cada vez sonaba más amenazadora, y ahora los
destellos de algo pequeño y gris moviéndose rápidamente a
su alrededor y ocultándose de él burlonamente. ¿Qué sería
lo próximo?
Eso era lo que más le asustaba. Aunque no sabía qué
sería lo siguiente, de algún modo, en lo más profundo de
sus entrañas, en sus huesos, sabía que habría algo más… y
no estaba precisamente ansioso por descubrirlo.
♦♦♦
Con el verano tocando a su fin, había llegado el momento
de que Michael volviera a casa y se prepara para el
comienzo de un nuevo curso escolar. El sábado al mediodía,
Al fue con los niños al aeropuerto para recoger a Michael
mientras Carmen se quedaba en casa preparando una
abundante comida.
Carmen había crecido en el seno de una familia que le
gustaba celebrar todas las ocasiones, grandes o pequeñas,
con una gran comida. Era el fin de semana del Día del
Trabajo y quería empezarlo con buen pie, de modo que
preparó un montón de pollo frito, mazorcas de maíz y
panecillos calientes. También hizo una ensalada verde, una
de patata, dos tipos de patatas fritas y una generosa
cantidad de té helado. Cuando calculó que estarían a punto
de llegar, dispuso toda la comida en la mesa del comedor
como si se tratara de un bufet.
Fue a la cocina, sacó una pila de platos del armario y los
colocó en un extremo de la mesa, junto a los cubiertos.
Estaba a punto de ir a buscar las servilletas cuando sonó el
teléfono. Carmen fue a la sala de estar para cogerlo.
Era Wanda Jean.
—¿Ya ha llegado mi chico? –preguntó.
—Aún no, mamá. Están al caer.
—¿Cómo está Stephen?
—Bueno, más o menos igual. El tratamiento termina la
próxima semana, a menos que el doctor diga lo contrario.
—¿Y después?
—Después rezaremos mucho.
Carmen le explicó que estaba muy atareada preparándolo
todo para la comida y le prometió que la llamaría más
tarde. Colgó y se dirigió al comedor. Sin embargo, antes de
llegar a éste, se quedó petrificada en mitad del pasillo. Con
los pies clavados en el suelo de madera, se quedó mirando
fijamente la mesa del comedor.
La pila de platos había desaparecido, y también los
cubiertos.
Carmen cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos con
la esperanza de que éstos le hubieran jugado una mala
pasada y de ver nuevamente los platos y cubiertos sobre la
mesa.
Pero no estaban allí.
Cruzó el comedor con pasos lentos y cautelosos, entró en
la cocina y abrió uno de los armarios.
Los platos estaban apilados en su lugar habitual.
Abrió la boca, frunció el ceño y emitió un ruidito, como si
estuviera a punto de hablar, pero no dijo nada. En su lugar,
volvió a cerrar el armario y abrió el cajón de los cubiertos.
Los cubiertos que había cogido hacía un momento, o que
creía haber cogido, volvían a estar en su sitio.
Carmen cerró la boca, apretó los labios con fuerza y fue
consciente de su propia y acelerada respiración a través de
la nariz. Cerró el cajón de golpe, se dio la vuelta, se apoyó
en la encimera y expresó a media voz parte de sus
pensamientos.
—No hay otra explicación, me ha…
»… parecido que los sacaba, tiene que ser eso, he…
»… pensado que lo hacía, pero no lo he hecho, eso es
todo, porque…
»… hoy hace mucho calor y con los fogones y…
»… el estrés, últimamente ha habido mucho estrés en
la casa y… »… sí, sí, debe de haber sido eso, sólo un
pequeño… error.
De repente, se produjo un estallido de sonidos y
movimientos en la casa y Carmen se asustó. Se llevó una
mano al pecho y se le escapó un pequeño grito.
—¡Hola, mamá! –oyó la voz de Michael mientras corría
por el pasillo y el comedor y entraba sonriente en la cocina.
Los demás llegaron detrás de él, hablando, riendo.
Carmen respiró hondo, sostuvo el pequeño crucifijo que
llevaba alrededor del cuello entre el pulgar y el índice y
rezó una oración silenciosa.
SEIS
DURMIENDO EN EL SÓTANO
A medida que Stephen bajaba las escaleras, el aire era cada
vez más frío, lo que le resultó muy agradable. Carmen, Al y
Michael llevaban abajo un buen rato y, mientras bajaba,
Stephen oyó diversas exclamaciones de Michael del tipo
«¡Genial!» o «¡Increíble!». Parecía evidente que a Michael
le gustaba el sótano en general y su habitación en
particular.
Un poco antes, mientras toda la familia comía, Stephen le
había pedido a su madre sin que nadie les oyera que, por
favor, no le dijera a Michael el motivo por el que no había
querido dormir en el sótano.
—De acuerdo, pero ¿por qué? –le había preguntado ella–.
Terminará descubriéndolo tarde o temprano.
—Sí, pero quiero contárselo yo. Seguramente esta misma
noche. Porque creo que me gustaría empezar a dormir ahí
abajo. Esta noche, quiero decir.
—¿En serio?
—Sí, ahora que Michael ya está en casa.
Pero… solo no. —¿Qué quieres decir con
solo? Michael… —Quiero decir que no en mi
habitación.
—¿Quieres compartir la habitación? –Carmen frunció el
ceño, pensativa–. Pero cada uno iba a tener su propia
habitación.
—Lo sé, mamá, pero… por favor –le había susurrado
Stephen–. Dormiré en el sótano, pero no si tengo que
dormir solo en una habitación.
—¿Aún tienes miedo de bajar? –Carmen torció
ligeramente la cabeza, como si le costara creerlo.
Stephen desvió la mirada y no respondió.
—Está bien –había dicho ella–. Le diré a papá que
traslade la cama. Y supongo que debería preguntarle a
Michael si no tiene ningún inconveniente.
—No lo tendrá –había contestado Stephen.
Y no se había equivocado. De hecho, a Michael le encantó
la idea. Trasladaron la cama de Stephen a la habitación de
Michael y, pese a que ninguna de las dos se había utilizado
aún, Carmen cambió las sábanas.
A pesar de querer compartir la habitación con su
hermano, Carmen y Al parecían complacidos de que
Stephen finalmente hubiera decidido dormir en el sótano.
De hecho, parecían tan complacidos y aliviados que
Stephen se sintió un poco avergonzado.
—Bueno, ¿qué te parece? –le preguntó Al mientras
Stephen bajaba por la escalera.
Stephen echó un vistazo general a la habitación: las
camas, el armario, la estantería de madera que cubría tres
de las paredes. La habitación parecía estar pensada desde
un buen principio para que durmieran en ella dos niños.
Aunque, evidentemente, el problema era que Stephen
sabía que no era así. Había sido construida con una
finalidad muy distinta, y mucho más oscura.
—Me encanta –dijo con una sonrisa al entrar en la
habitación.
—Tendréis que pelearos por las camas –dijo Carmen–. He
pensado que lo mejor será que tú mismo decidas dónde
quieres poner todas las cosas, así que tendrás que
trasladarlas tú de la otra habitación.
—Gracias –dijo Stephen con un asentimiento dirigido a
Al.
—No hay problema, chaval.
Carmen se encaminó hacia las escaleras.
—Bueno, os dejamos solos para que os instaléis.
Ella y Al estaban a mitad de camino de las escaleras
cuando Carmen se volvió para preguntarles:
—¿Os van bien las sobras para la cena?
—Sí, mamá –respondió Stephen.
Cuando se hubieron marchado, la habitación se quedó en
silencio y los dos chicos permanecieron unos momentos
inmóviles.
—Dime, ¿por qué no has dormido aquí abajo hasta ahora?
–le preguntó entonces Michael.
Stephen se pasó la lengua por los resecos labios, miró en
dirección a las puertas francesas que conducían a su
antigua habitación y dijo:
—Te lo cuento mientras trasladamos las cosas. Pero
tienes que prometerme –agregó levantando el dedo índice–
que quedará entre nosotros, ¿vale?
Michael se encogió de hombros.
—Sí, claro.
Por tanto, mientras iban a la habitación de al lado y
empezaban a trasladar las cosas Stephen, éste se lo contó
todo a su hermano: que había estado oyendo unas voces
aterradoras desde que se habían mudado allí, que
Stephanie aseguraba haber visto a una extraña mujer en su
cuarto con los brazos extendidos, como si quisiera darle un
abrazo y, dejando el detalle más sorprendente para el final,
que la casa antes era una funeraria.
—¿En serio? –dijo Michael con una sonrisa–. ¡Mola!
—No sé qué tiene de bueno.
La sonrisa de Michael vaciló ligeramente.
—Bueno…, supongo que mola. ¿No crees?
—¿Crees que mola que trajeran gente muerta aquí? ¿O
que los embalsamaran? En esta misma habitación, al
parecer.
La sonrisa desapareció por completo del rostro de
Michael y éste dejó en el suelo una caja con varios trastos
para mirar a Stephen.
—No se me había ocurrido eso –dijo en voz baja–.
¿Piensas que ése es el motivo de las voces que has creído
oír?
—No creo que las haya oído, Michael. Las he oído. Por
Dios. –Dio media vuelta y fue en busca de otra caja,
añadiendo en voz baja–: Stephanie dijo que nos creerías,
pero supongo que se equivocaba.
—No, no. No quería decir eso –insistió Michael mientras
se apresuraba a seguir a su hermano–. Te creo. Sólo me
preguntaba si…, bueno, ya sabes, todo es un poco… raro,
eso es todo. Lo entiendes, ¿verdad?
Llevaron las dos últimas cajas a la habitación y luego se
sentaron en el suelo para revisar su contenido.
—¿Crees que la casa está embrujada? ¿Es eso lo que
quieres decir? – preguntó Michael.
—Lo único que sé es que he estado oyendo una voz. Y
normalmente viene de aquí, del sótano, y me pide que baje
las escaleras.
—¿Cómo es la voz? ¿Qué dice?
—Siempre es la voz de un hombre. A veces se parece a la
de papá, pero sólo cuando está trabajando en Nueva York.
Por lo general, sólo me llama. –Stephen dejó de mirar la
caja que tenía frente a él y echó una ojeada a la habitación.
Miró a su alrededor lentamente, con el ceño cada vez más
fruncido y una expresión oscura en su rostro. Cuando
continuó hablando, el nerviosismo teñía su voz–: Insiste en
que venga aquí abajo y…, no sé, dice que tengo que hacer
algo y que debemos ponernos a la tarea, pero…, bueno,
nunca dice qué tenemos que hacer exactamente.
Michael había dejado de sonreír; entonces ni siquiera
parecía estar disfrutando de la conversación. Él también
fruncía el ceño mientras escuchaba a Stephen.
—Tal vez…, no deberíamos vivir aquí –dijo Michael en voz
baja después de un prolongado silencio.
—Mamá y papá no pueden permitirse el lujo de volver a
mudarse. Después de todos los gastos médicos que tienen
que pagar por mi culpa, probablemente apenas les llegue
para mudarse a esta casa.
—¿Cómo va tu… hmmm…? ¿Cómo te encuentras, quiero
decir? Antes no me has dicho nada.
Stephen se encogió de hombros.
—Supongo que más o menos igual. Y mamá me dijo hace
mucho tiempo que tengo cáncer, así que puedes decir la
palabra sin miedo.
Se produjo un largo silencio entre los dos, uno de
aquellos silencios tan tensos en el que no se atrevían ni a
mirarse a los ojos. Stephen llegó a preguntarse si había
cometido un error al hablarle a su hermano de las voces, o
si éste pensaba que estaba loco, que la enfermedad o el
tratamiento estaban haciéndole mella.
—¿Qué podemos hacer, Stephen? –rompió finalmente el
silencio Michael–. Con la casa, quiero decir. ¿Y las voces?
¿Y la mujer que vio Steph?
Michael intentó aparentar que simplemente sentía
curiosidad, pero Stephen percibió un brillo de miedo en sus
ojos.
—No lo sé –dijo Stephen como si nada; no quería asustar
más a su hermano de lo que ya lo había hecho–. Esperar y
ver qué pasa, supongo.
—Esperar. Sí. Vale, esperaremos –dijo Michael asintiendo
lentamente y con una leve sonrisa como si hubieran estado
hablando del tiempo que iba a hacer los próximos días y no
sobre las extrañas voces que surgían de la oscuridad.
♦♦♦
A medida que oscurecía, Stephen estaba cada vez más y
más ansioso. Se sentía inquieto, incapaz de concentrarse ni
siquiera en los programas de televisión más tontos. Y no
podía dejar de mirar el reloj.
¿Qué hora debía de ser?
¿Cuánto tiempo faltaba para que todo el mundo empezara
a prepararse para ir a la cama?
Stephen decidió que no bajaría hasta que Michael
estuviera listo para acostarse. Por muy estúpido que
sonara, no quería bajar al sótano para dormir solo; todavía
no. Quizá más adelante, cuando hubiera dormido allí abajo
unas cuantas veces, podría irse solo a la cama, pero aún no.
Después de ver la tele un par de horas, durante las cuales
le contó a todo el mundo lo que había hecho en casa de la
abuela, Michael se levantó del suelo y anunció:
—Me voy a la cama. Estoy un poco cansado.
La mente de Stephen empezó a trabajar como una
máquina: «¿Quedaría raro si bajaba con él? ¿Debía esperar
un rato para bajar? Pero entonces es posible que ya esté
dormido y estaré solo igualmente. Ni siquiera estoy
cansado aún».
—Sí, yo también –dijo Stephen mientras se levantaba
lentamente del sofá, como si estuviera cansado y con ganas
de irse a la cama.
Después de desear las buenas noches a todo el mundo,
Stephen siguió a Michael escaleras abajo.
—Aún no has dicho qué cama prefieres –dijo Stephen
mientras bajaban.
—La que tú no quieras.
—Bueno, pues yo quiero la que tú no quieras. Es tu
habitación, al fin y al cabo.
Michael se rio y dijo:
—Está bien, me quedo con la que está junto a la pared.
Al pie de las escaleras, Stephen alargó una mano para
cerrar las puertas francesas sin prestar demasiada atención
a lo que hacía. No lo hizo muy bien, sin embargo, pues las
puertas quedaron abiertas unos cuantos centímetros.
Decidió que la manía de cerrarlas del todo era una tontería
y las dejó como estaban.
Stephen se desvistió de inmediato; tenía muchas ganas
de volver a dormir en una cama después de tanto tiempo
sin hacerlo. En cuanto se quedó en calzoncillos, apartó las
sábanas, se sentó en el borde de la cama y entonces vio a
Michael subiendo de nuevo las escaleras.
—¿Adónde vas? –le preguntó, haciendo un esfuerzo por
ocultar el miedo que sentía.
—A cepillarme los dientes. Vuelvo enseguida.
Stephen clavó los dedos en el colchón hasta que los
nudillos se le pusieron blancos mientras observaba cómo
Michael subía por la escalera, desapareciendo
paulatinamente de su campo visual: primero la cabeza y los
hombros, después los brazos, el torso, las piernas, los
pies… Stephen estaba sólo.
♦♦♦
—¿Crees que estará bien? –preguntó Carmen. Estaba
sentada en una esquina del sofá. Al estaba en el sillón
reclinable, viendo la tele. No le respondió.
Peter estaba dormido en el suelo y Stephanie
completamente absorta en el programa de televisión que
también estaba viendo Al: una vieja película de Simbad el
marino.
Carmen volvió a intentarlo.
—Al, ¿crees que Stephen estará mejor en la casa ahora?
Ninguna respuesta todavía; Al se limitó a dar unos tragos
a su cerveza.
—¡Al!
Éste se giró de repente hacia ella, sobresaltado.
—¿Qué pasa? –dijo, primero en voz baja, y después
espetó–: ¡¿Qué pasa?!
—Llevo un rato intentando hablar contigo.
—Estoy viendo una peli, ¿vale? ¿Qué decías?
—Te he preguntado si crees que Stephen estará más
cómodo en casa ahora que se ha mudado a la habitación de
Michael.
Al se terminó la cerveza y luego dijo:
—Eso espero. Estaría bien dejar de oír todas esas
tonterías sobre las voces.
—No ha vuelto a mencionarlas últimamente.
—No abiertamente, pero, no sé cómo, siempre se las
apaña para hacer algún comentario al respecto, algo que
sugiere que están sucediendo cosas extrañas en la casa.
Bueno, ya va siendo hora de que se sienta cómodo en casa.
–Bostezó y luego le mostró a Carmen la botella de cerveza
vacía–. ¿Puedes traerme otra, cariño?
♦♦♦
Stephen se miró las manos, vio que aún estaba agarrando
el borde del colchón y las relajó ligeramente. Le pareció
una tontería seguir allí sentado esperando que volviera
Michael. Sólo había ido a lavarse los dientes. ¿Cuánto
tiempo podía tardar? No el suficiente para que pasara algo.
Además, las luces aún estaban encendidas. ¿Qué podía
pasar? La única zona oscura estaba al otro lado de las
puertas francesas, presionando los paneles de cristal
cuadrangulares.
Abrió el cajón de la mesita de noche y sacó el walkman.
Se tendió en la cama y se tapó con la sábana.
Después de ponerse los auriculares, se puso de lado, se
apoyó en un codo y empezó a recorrer las emisoras de
radio para comprobar qué música sonaba. Mientras
observaba el dial de color rojo pasar de una emisora a otra,
captó un movimiento por el rabillo del ojo, sólo el indicio de
una sombra, pero aquello fue suficiente para hacerle
levantar la cabeza y mirar hacia las puertas francesas, en la
otra punta de la habitación.
El walkman se deslizó de su mano, rebotó en el borde de
la cama y cayó al suelo, arrastrando con él los auriculares.
El plástico del aparato se agrietó con el impacto.
Stephen se quedó petrificado. No podía moverse. Sólo
podía seguir mirando las puertas francesas, y el rostro que
le devolvía la mirada a través de la pequeña rendija entre
las puertas.
Era la cara de un hombre joven, de unos veinte años,
pero tenía el rostro tan pálido que parecía irreal, como la
cara pintada de blanco de un maniquí. Era una cara larga y
macilenta, con las mejillas demacradas y los ojos hundidos
de un cadáver. No tenía expresión alguna; se limitaba a
mirarle fijamente.
El joven tenía el pelo negro y abundante, y le caía por
encima de los hombros. Unos brazos pálidos asomaban por
las mangas cortas de una camisa oscura, y no paraba de
tocarse nerviosamente los vaqueros con unos dedos largos
y huesudos. Sus pálidos labios se movieron ligeramente, en
silencio, como si estuviera murmurando algo para sí mismo.
Pero lo peor de todo, lo que hizo que Stephen pensara
que estaba perdiendo la cabeza, era el hecho de que, de vez
en cuando, el joven parecía trepidar, como si se volviera
transparente y casi desapareciera y, a continuación, volvía
a hacerse completamente visible, como si fuera un
espejismo o estuviera hecho de vapor.
Stephen dejó de respirar durante un buen rato y notó
cómo se le empezaba a cerrar la garganta, como si se le
hinchara lentamente, cada vez la notaba más y más gruesa,
hasta que estuvo convencido de que en breve sería incapaz
de volver a respirar.
Si quería subir las escaleras, tendría que pasar a escasos
centímetros del joven de aspecto enfermizo que estaba al
otro lado de las puertas francesas.
Sus pálidos labios comenzaron a moverse un poco más
rápido, aunque su rostro seguía siendo inexpresivo y sus
ojos, vacíos. Levantó lentamente una mano temblorosa y
huesuda e hizo ademán de abrir una de las puertas.
Stephen pateó la sábana para quitársela de encima, pero
sus pies se enredaron en ella; mientras luchaba para
liberarse de la sábana, unos dedos largos y esqueléticos se
deslizaron por el borde de una de las puertas. Stephen se
desprendió finalmente de la sábana, bajó torpemente de la
cama, se puso de pie y salió disparado hacia las escaleras.
Al pasar junto al joven, escuchó el seco y susurrante silbido
que salía de sus delgados labios, un sonido que le recordó
al de un insecto. Subió las escaleras de dos en dos. Cuando
llegó al rellano, estuvo a punto de chocar con Michael,
quien puso los ojos como platos debido a la sorpresa y la
preocupación al ver pasar a Stephen por su lado como una
exhalación.
Stephen recorrió el pasillo a toda velocidad y, al entrar en
la sala de estar, se tropezó.
—¡Stephen! –gritó Carmen cuando vio a su hijo de
rodillas en el suelo. Corrió a su lado y le rodeó los hombros
con el brazo–. ¿Qué pasa? ¿Qué te pasa, Stephen?
Stephen fue incapaz de responder. Tenía la boca seca y
gomosa y sus palabras no tenían sentido.
Cuando Michael llegó poco después, Carmen le preguntó:
—¿Qué le ha pasado?
—¡No lo sé! Estaba saliendo del baño y
ha… —Tráele un vaso de agua.
Cuando Michael regresó con el vaso de agua, todo el
mundo se había reunido alrededor de Stephen, salvo Peter,
quien seguía profundamente dormido en el suelo.
—Había un hombre –jadeó Stephen, casi sin aliento,
después de beber un poco de agua–. Estaba al otro lado de
las pppuertas fffrancesas. Pálido. Muy blanco. Alto. Con el
pelo largo y negro. No dejaba de mirarme fijamente.
Al se dio la vuelta y salió apresuradamente de la sala. Le
oyeron bajar las escaleras. Se quedaron en silencio,
esperando… algo, cualquier indicio que pudiera indicarles
qué había en el sótano.
Stephen bebió un poco más de agua.
Carmen se mordió la uña del dedo gordo.
Michael chasqueó los nudillos.
Todos miraban hacia la puerta fijamente.
Se oyeron los pasos de Al subiendo las escaleras. Cuando
apareció en la puerta, tenía los ojos cansados e hinchados.
—Abajo no hay nadie–dijo.
Stephen abrió mucho los ojos.
—Pero estaba allí. Lo he visto. Un chico con pelo largo y
negro, muy pálido y… y era… transparente.
—No hay nadie. –La voz de Al sonó firme, dura–. He
mirado por todo el sótano, Stephen. Veamos,
¿transparente? –Su padre le miró con los ojos
entrecerrados y llenos de curiosidad–. ¿Como un fantasma?
Stephen asintió lentamente.
—Venga, Stephen. Tienes que dejarlo estar. Creo que
todos estamos un poco hartos. Personas transparentes que
espían desde detrás de las puertas ya pasa de castaño
oscuro, ¿lo entiendes?
Aunque pareciera imposible, Stephen abrió aún más los
ojos mientras miraba a Al.
—¡P… pero yo… yo… yo lo he visto! Estaba a punto de
entrar por las puertas cuando he…
—¡Basta, Stephen! –dijo Al, y no era una petición. Los
ojos de Al se endurecieron aún más–. Ahora no hay nadie
abajo y tampoco lo había antes, ¿vale? ¿Me entiendes?
Stephen asintió lentamente con la mandíbula caída y los
ojos aún muy abiertos bajo unas cejas enarcadas.
—¿Por qué no vas a acostarte? –le dijo Al en voz baja.
—Creo que… prefiero dormir en el sofá.
Al dejó escapar el aire lentamente.
—Esto es una sala de estar, Stephen, no un dormitorio. Es
hora de que empieces a dormir abajo. Con Michael. Tienes
una cama y todas tus cosas en la habitación. Venga, vuelve
a bajar y métete en la cama.
De repente, Stephen parecía un poco más pálido de lo
normal.
—En serio…, prefiero dormir aquí arriba, en el…
—Maldita sea, Stephen, ¿puedes parar de una vez? –gritó
Al, cerrando los ojos un momento–. Déjalo ya y compórtate
como un chico de tu edad.
Stephen miró a su padre unos instantes y después se
levantó lentamente. Cogió el vaso de agua, dio media vuelta
y salió de la habitación. Los demás oyeron sus pasos
bajando por la escalera.
—Creo que has sido un poco duro con él, Al –dijo Carmen
en voz baja–. ¿Qué de malo hay en que duerma otra noche
aquí?
—Sí, y otra y otra más. Dios, es como tener invitados una
noche tras otra. Lo que sea que ha creído ver en el sótano,
ya no está ahí.
—No sé –dijo Michael en voz baja, casi tímidamente–.
Stephen asegura que ha estado oyendo voces en la casa.
Tal vez sea verdad que ha visto… —¿Te lo ha contado él? –le
interrumpió Al.
Michael asintió.
—Maldita sea –gruñó Al, dando media vuelta y saliendo
de la habitación.
—Venga, Al, déjale en paz –dijo Carmen, pero él la ignoró.
Ella y Michael le siguieron escaleras abajo y entraron en el
dormitorio justo cuando empezaba a hablar.
—Escúchame bien, Stephen –le dijo en voz baja, aunque
algo temblorosa por el esfuerzo que estaba haciendo por
controlar la ira–. Sea lo que sea lo que ves u oyes en la
casa, guárdatelo para ti, ¿me entiendes?
Stephen estaba recostado en la cama, tapado con la
sábana y con los auriculares puestos. Tenía la vista clavada
en el techo, sin reconocer la presencia de Al.
—¿Me oyes? –repitió Al–. No asustes a los demás con tus
historias. Y si vuelves a hacerlo, desearás no haberlo hecho,
¿me entiendes?
Al cabo de unos segundos, Stephen asintió levemente.
Cuando Al volvió al piso superior, Carmen se acercó a
Stephen y se inclinó para darle un beso.
—Lo siento, cariño. Esta noche está un poco tenso.
—Está un poco borracho, querrás decir –susurró Stephen.
—No está borracho, Stephen. Simplemente no quiere que
asustes a los niños. Ahora acuéstate, ¿vale? Que duermas
bien.
Después de que Carmen se fuera, Michael se sentó al
borde de la cama.
—¿No te creen? –le preguntó–. Es decir, ¿no creen nada
en abso luto?
Stephen le miró sin expresión alguna en el rostro y le dijo
sin emoción: —Bienvenido a casa.
SIETE
MAS VISITANTES
Durante los días siguientes, Carmen estuvo muy tensa. Al
había estado enojado todo el fin de semana, y Stephen lo
había pagado el sábado por la noche. Aunque sabía que
vivir en un motel y recorrer tantos kilómetros todos los
fines de semana le estaba pasando factura, también creía
que había sido demasiado duro con Stephen y tenía la
sensación de que debía compensar al chico de algún modo.
El estado de ánimo de Al durante el fin de semana le
había dejado un mal sabor de boca y, cuando se marchó,
Carmen no se sentía descansada ni relajada, como se sentía
habitualmente. A pesar de haber hecho todo lo posible para
que fuera un fin de semana especialmente divertido, al final
había acabado siendo menos agradable que la mayoría.
Por desgracia, el hecho de que Stephen asegurara haber
visto a un joven pálido y con el pelo largo y negro en el
sótano no la ayudaba en nada a sentirse mejor. De hecho,
aunque le costara admitirlo, Carmen sospechaba que la
historia de Stephen era lo que le provocaba un mayor
malestar.
«¿Por qué? –se había preguntado varias veces–. ¿Por qué
te pone tan nerviosa una historia tan absurda?».
Sin embargo, cada vez que se lo preguntaba, recordaba el
incidente de los platos y cubiertos que habían vuelto al
armario y al cajón de donde habían salido. Se dijo una y
otra vez que había sido un error, que en realidad no había
sacado los platos del armario ni los cubiertos del cajón, que
sólo creía haberlo hecho; sin embargo, nunca lograba
convencerse a sí misma del todo. Sabía que había sacado
los platos y cubiertos; de hecho, cuando lo recordaba, aún
podía sentirlos en sus manos, pero, aún no sabía cómo,
habían vuelto al armario y al cajón.
Incapaz de olvidarse del incidente, se lo contó a Tanya
mientras tomaban té helado en el porche delantero de la
casa de su amiga aprovechando que el bebé dormía en el
cuarto.
—Sí, a mí también me pasa muy a menudo –dijo Tanya–.
Voy hasta la otra punta de la casa a buscar algo y, cuando
llego allí, se me olvida qué he ido a buscar. Son despistes,
sólo eso. Cuando tienes muchas cosas en la cabeza, haces
tonterías y bobadas como ésa. No te preocupes. Le pasa a
todo el mundo.
—Pero estaba convencida de haber…
—Sí, lo sé, a mí me pasa lo mismo. Pero me he
acostumbrado tanto a que me pase que ya ni siquiera me
doy cuenta.
En lugar de seguir hablando de ello, Carmen comprendió
que era momento de cambiar de tema. No obstante, y
aunque no dijo nada, no estaba de acuerdo con Tanya.
♦♦♦
El lunes por la noche, Stephen y Michael se acostaron
temprano. Los dos estaban cansados desde el sábado por la
noche porque no habían dormido mucho. Se habían pasado
gran parte de la noche del sábado y el domingo hablando a
oscuras.
Hablaron de todo un poco: de música, de películas, de lo
que Michael había hecho en casa de la abuela, de cualquier
cosa que les distrajera de lo que había visto Stephen. Por
tanto, el lunes por la noche estaban exhaustos. Aunque
sabían que sólo les quedaba una semana de vacaciones
antes de que empezara de nuevo la escuela y querían
quedarse hasta tarde viendo la tele, ninguno de los dos
pudo mantener los ojos abiertos durante mucho rato.
Y, a pesar de todo, una vez estuvieron en la cama, no
pudieron conciliar el sueño. Tendidos boca arriba y a
oscuras, hablaban esporádicamente y en voz baja sobre el
próximo curso escolar y la última película de
Schwarzenegger cuando se produjo un sonido en la
habitación y los dos muchachos levantaron la cabeza de la
almohada. Michael soltó un jadeo irregular y aterrorizado…
♦♦♦
Carmen estaba en la cocina preparándose un chocolate
caliente. Acababa de acostar a Peter y de decirle a
Stephanie que se fuera a la cama y ahora sólo quería
relajarse y coger el sueño.
Cuando volvió a la sala de estar con la taza humeante en
la mano, se encontró a Stephanie aún en el suelo pintando
una página de su libro para colorear.
—Creo haberte dicho que era hora de acostarse –le dijo
Carmen.
—¿No puedo quedarme un poco más? No estoy cansada.
—Cuando tengas que ir a la escuela estarás cansada por
la mañana y tendré que oír tus quejas, así que, venga, a
acostarse. ¡Ahora! –Suavizó un poco su tono–. ¿Vale, cielo?
—Oh, de acuerdo, mamá. –Stephanie se levantó, le dio un
beso y luego se fue a su habitación con el libro para
colorear bajo el brazo.
Carmen se sentó en el sillón reclinable de Al y encendió
la tele. Estaban dando Se ha escrito un crimen. Se recostó
en el sillón y se dispuso a relajarse.
♦♦♦
Stephen y Michael miraban fijamente en dirección a la
cómoda que estaba pegada a la pared frente a sus camas.
Encima de la cómoda estaba el robot de juguete de
Michael.
Tres hombres se dedicaban con gran interés a mirar,
tocar y examinar el robot. En la oscuridad de la habitación,
los tres hombres inclinaban la cabeza de un lado y del otro,
contemplando el robot desde diferentes ángulos.
El más alto de los tres llevaba un traje a rayas y un
sombrero de fieltro. Los otros dos vestían ropas oscuras
que se fundían con la oscuridad circundante, formando una
masa indistinguible y sombría.
Los dos hombres sisearon en el silencio imperante
cuando el hombre del traje cogió el robot y empezó a
examinarlo. Entonces, se dio la vuelta y se quedó mirando a
los chicos.
Ni Stephen ni Michael pudieron mover un músculo.
El hombre que sostenía el robot los miró durante un buen
rato y, los otros dos, de pie a ambos lados del primero,
también se giraron para mirarlos. Susurraron y los
señalaron, aunque los chicos no podían entender lo que
estaban diciendo con sus voces sibilantes y herméticas.
De repente, el hombre del traje se dio la vuelta, levantó el
robot por encima de su cabeza y miró a Stephen.
—Juguetes –siseó con una sonrisa que mostró unos
dientes sucios y mellados–. Meros juguetes. –Entonces dejó
caer el brazo con fuerza e hizo añicos el robot contra la
parte superior de la cómoda.
Con los ojos muy abiertos, Stephen vio cómo el hombre
volvía a golpear el robot contra el mueble y varios trozos
del juguete salían disparados en la oscuridad, rebotando en
las paredes y el suelo.
Uno de los hombres empezó a reír con una risita grave y
gutural y Stephen gritó:
—¡Corre!
Stephen saltó de la cama y corrió hacia las escaleras
seguido de cerca por su hermano.
Subieron los peldaños de dos en dos mientras gritaban:
—¡Mamá! ¡Maamáááá!
Carmen se derramó un poco de chocolate en la camisa y
murmuró:
—Maldita sea. –Entonces se incorporó sobre el sillón
reclinable e hizo una mueca ante los gritos de los chicos–.
Vale –añadió mientras dejaba la taza sobre la mesita–, ¡está
bien, está bien!
Los chicos llegaron a la sala de estar como una
exhalación, en ropa interior, sin aliento, los ojos como
platos y ambos hablando a la vez.
—Mamá, hombres, hay hombres, en la habitación del
sótano, ahora mismo, ¡justo ahora! –gritó Stephen.
—Mi robot –jadeó Michael–, han roto mi robot, han salido
de la nada y…
—¡Parad ahora mismo! –gritó Carmen.
Los chicos se callaron; los hombros de ambos se agitaban
mientras se esforzaban por recuperar el aliento.
—Vale, ¿de qué demonios estáis hablando o, mejor dicho,
gritando? Y por favor, hablad despacio, en voz baja y uno
después del otro.
Los muchachos se miraron y Stephen dijo:
—Hay tres hombres en nuestra habitación, mamá.
Estaban de pie junto a la cómoda, manoseando el robot de
Michael y…
—Espera, espera un segundo –le interrumpió Carmen
levantando una mano–. ¿Cómo han entrado?
—Simplemente estaban allí –dijo Michael.
—Pero las ventanas están cerradas y nadie ha entrado por
la puerta de la calle, así que cómo…
—Mamá, estaban hablando de nosotros –intervino
Stephen–. Susurraban cosas sobre nosotros mientras se
reían.
—Está bien, está bien, vamos. –Carmen se colocó entre
los dos chicos, salieron juntos de la sala de estar y bajaron
las escaleras. Cuando llegó al pie de ésta, encendió la luz
de la habitación y se giró para mirar a los chicos. Se habían
quedado en la parte superior de las escaleras, acurrucados
uno al lado del otro.
Carmen se alejó de la escalera y entonces se quedó
inmóvil en mitad de la habitación.
¿Y si realmente había alguien en el sótano? Había bajado
desarmada, sin prepararse, asumiendo de forma
automática que los chicos simplemente se habían asustado
el uno al otro. Notó cómo se le aceleraba el corazón y se le
humedecían las palmas de las manos.
Lentamente, con cautela, echó un vistazo a la habitación.
Cuanto más miraba, más se relajaba; una tímida sonrisa
empezó a asomar en la comisura de sus labios.
—Aquí abajo no hay nadie, chicos –gritó por encima del
hombro, el alivio que sentía enmascarado por su firme tono
de voz.
Oyó los pasos de los chicos bajando las escaleras
rápidamente.
La ira volvía a poseerla y les dijo:
—Ahora explicadme qué demonios pretendíais…
Se detuvo en seco cuando sus ojos se posaron en el robot
de Michael sobre el tocador. Estaba de costado, le faltaba
un brazo y una pierna y el plástico transparente que le
cubría la cara había desaparecido. Había fragmentos de
plástico negro esparcidos por la parte superior de la
cómoda y el suelo.
—¿Alguno de los dos ha hecho esto? –preguntó Carmen
muy enojada cuando los chicos entraron en la habitación.
—No, mamá, lo han hecho ellos –insistió Michael.
—No había nadie en la habitación aparte de vosotros dos,
así que dejad de repetir eso.
—Mamá –dijo Michael lentamente, como si estuviera
hablando con una niña pequeña–, el hombre ha cogido el
robot y…
—Vale, espera un momento –dijo Carmen levantando las
palmas de las manos. Estudió un instante a los dos chicos.
No sólo parecían sinceros, también parecían aterrorizados.
Pero era imposible que alguien hubiera entrado en el
sótano. Miró hacia las puertas francesas; estaban cerradas
y envueltas en la penumbra. Todas las ventanas estaban
cerradas, de eso estaba segura.
Bueno… casi segura.
No, tenían que estar inventándoselo. A lo sumo,
probablemente tenía que ver con el hecho de que Stephen
le hubiera contado a Michael lo de las voces. Seguramente
había asustado a Michael y, sin apenas darse cuenta, la
imaginación de los dos chicos había hecho el resto.
Y Carmen estaba más que convencida de que podía
demostrarlo.
—Vuelve arriba un momento, Stephen –dijo.
—¿Qué?
—Ve al piso de arriba. He de hablar con Michael. No
tardaremos mucho.
Stephen subió las escaleras de mala gana; estaba
sorprendido y un poco enojado.
—Veamos, Michael –dijo Carmen mientras se sentaba al
borde de la cama de Stephen y daba unos golpecitos al
colchón–, siéntate y cuéntamelo todo. ¿Qué has visto?
—Bueno, había tres hombres. Estaban ahí de pie, frente a
la cómoda, toqueteando a Robby el robot y hablando en
susurros.
—¿Qué aspecto tenían? ¿Cómo iban vestidos?
—Bueno, a dos de ellos costaba verlos porque llevaban
ropa negra y, bueno, la habitación estaba a oscuras, así
que… pero el otro tipo llevaba traje. Era un traje de rayas…
rayas pequeñas y finas, un poco anticuado.
—¿Rayas?
—Sí. Y llevaba sombrero. Un sombrero pasado de moda,
como los que llevan siempre los hombres en las películas
antiguas.
—¿Y qué han hecho?
—Estaban mirando el robot y susurraban entre ellos.
Después nos han mirado a nosotros y han seguido
susurrando. Uno de ellos ha empezado a reír. Entonces, el
hombre del traje ha dicho algo sobre… sobre juguetes, ha
cogido el robot y lo ha aplastado contra la cómoda.
—¿Y por dónde se han ido?
Michael se encogió de hombros.
—No lo sé, hemos salido corriendo.
—¿O sea, que se han quedado quietos y os han dejado
huir después de que los hayáis visto en mitad de vuestra
habitación haciendo trizas un juguete? ¿No te parece un
poco extraño?
—Es posible, pero… querías que te contara lo que ha
pasado. Pues eso es lo que ha pasado.
Carmen miró detenidamente el rostro de Michael en
busca de algún indicio de culpabilidad o de las señales
habituales que indicaban que estaba mintiendo.
Michael no sabía mentir; nunca se le había dado bien.
Stephen podía salirse con la suya, pero Carmen sólo le
había visto usar su cara de póker para gastarles alguna
broma, tanto a ella como a Al, bromas inofensivas que
requerían una cara seria hasta el momento del soborno,
nunca para algo tan innecesario como aquello.
Sin embargo, Carmen no vio nada que le dijera que
estaba mintiendo, de modo que, o bien había desarrollado
el talento de su hermano mayor para mantener la cara
impávida o…
O estaba diciendo la verdad.
—Vale, no te muevas de aquí –dijo mientras se levantaba
y empezaba a subir las escaleras.
—No nos crees, ¿verdad? –preguntó Michael en voz baja.
Carmen se detuvo y se dio la vuelta.
—No te muevas de aquí, cielo. Volveré en un minuto.
Cuando llegó al piso superior, se encontró a Stephen
tumbado en el sofá con los brazos cruzados sobre su
delgado pecho.
Parecía alicaído y estaba hablándole en susurros a
Stephanie, quien estaba sentada a su lado, ligeramente
inclinada hacia él. En cuanto Carmen entró en la
habitación, Stephen se detuvo y Stephanie se apartó de su
hermano.
—¿No te había dicho que te fueras a la cama, Steph? –dijo
Carmen.
Stephanie se levantó del sofá y se encaminó a su
habitación, no sin antes decirle a su madre:
—Ya voy, mamá, ya voy.
Carmen se sentó junto a Stephen.
—Bueno, quiero que me expliques qué ha pasado
exactamente en el sótano.
Carmen escuchó con atención mientras Stephen le
contaba exactamente la misma versión que Michael de lo
que había sucedido. Cuando le preguntó por el aspecto de
los hombres y qué ropa llevaban, sus respuestas fueron
idénticas a las de su hermano, incluso al citar las palabras
del hombre: «Juguetes, meros juguetes».
Cuando Michael terminó de hablar, Carmen se dio cuenta
de que estaba frunciendo el ceño. Si estaban mintiendo,
tenían que haber pensado también en todos los detalles de
la historia antes de romper el robot y subir para contárselo.
De lo contrario, sus historias no habrían sido idénticas
hasta el más mínimo detalle.
Sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo al
plantearse seriamente por primera vez la posibilidad de
que realmente hubiera habido tres hombres en la
habitación de los chicos.
¿Por qué habrían entrado en la casa sólo para susurrar
entre ellos delante de Stephen y Michael, romper un robot
de juguete y después marcharse?
Lo que le resultaba más aterrador era la absoluta
absurdidad de la situación.
«¿Llamo a la policía? –se dijo a sí misma–. Pero ¿y si
vienen y resulta que los chicos están mintiendo?».
Finalmente, llegó a la conclusión de que, si habían
entrado tres hombres en la casa, tendría que haber algún
indicio de ello en algún lugar, y lo más probable es que
estuviera en el sótano.
—Vale –dijo con decisión mientras se ponía de pie–. Eso
es todo lo que quería saber. –Salió de la habitación y,
cuando empezó a bajar las escaleras, oyó cómo Stephen le
preguntaba qué iba a hacer, pero ella no respondió.
En el sótano, Michael le hizo la misma pregunta.
—Quédate aquí –dijo mientras abría las puertas
francesas, entraba en la habitación contigua y alargaba la
mano para encender la luz. Echó un vistazo a la habitación
que debía ser la de Stephen, vio que las dos ventanas
estaban cerradas, salió al amplio pasillo que se abría más
allá de ésta y encendió también la luz.
Comprobó la sala de pertrechos que había al final del
pasillo y vio que allí la ventana también estaba cerrada.
Recorrió la rampa hasta el otro extremo del pasillo y
comprobó la puerta. Cerrada.
En la habitación contigua, intentó no mirar el tablón que
cubría el depósito de la sangre, de hecho, hizo todo lo
posible por ni siquiera pensar en él, y dedicó toda su
atención a las dos ventanas que había en la habitación.
Nada roto ni forzado.
Se dio la vuelta hacia la puerta que conducía a la morgue.
A pesar de no habérselo dicho a Al ni a nadie más, no le
gustaba entrar ahí. No creía que hubiera algo maligno ni
nada por el estilo, simplemente le hacía sentir… incómoda.
Sin embargo, había tres ventanas en aquella sala y, aunque
estaba convencida de que los chicos le habían estado
tomando el pelo, supuso que también debía revisarlas.
Con un suspiro, entró en la lúgubre habitación y encendió
la luz. Era mucho más tolerable después de que Al la
hubiera pintado, pero, aun así…
Comprobó la ventana que había delante de la puerta y,
después, las dos de la pared del fondo.
Oyó unos pasos detrás de ella.
—¿Michael? –dijo– Es imposible que alguien haya
podido… –Se dio la vuelta y las palabras se le quedaron
atrapadas en la garganta. Se quedó petrificada, con la boca
abierta. La temperatura de la habitación descendió
repentinamente, como si estuviera de pie frente a un
congelador abierto. Y justo cuando se daba la vuelta, notó
cómo alguien pasaba muy cerca de ella, rozándola
ligeramente, y provocando una corriente de aire frío a su
paso.
Pero no había nadie más en la habitación.
♦♦♦
Cuando Stephen bajó al sótano, Michael estaba sentado al
borde de su cama, mirando fijamente a través de las
puertas francesas abiertas con el ceño fruncido. La luz de
la habitación contigua estaba encendida.
—¿Dónde está mamá? –preguntó Stephen.
Michael señaló las puertas con un gesto de la cabeza.
—Ha entrado allí. Creo que está…
Entonces oyeron un ajetreo procedente del otro extremo
del sótano: pasos, el típico sonido de alguien apagando las
luces rápidamente, puertas cerrándose de golpe. Poco
después, vieron a Carmen atravesar rápidamente la puerta
contigua, apagar la luz al salir y cerrar las puertas
francesas de golpe.
Por un momento, Stephen pensó que su madre iba a
ponerse a gritar. Tenía una mirada extraña, una que nunca
había visto hasta entonces, y lo primero que pensó fue que
era una mirada de terror absoluto. Entonces, Carmen se
plantó delante de los chicos, apretó la mandíbula y apoyó
ambos puños en las caderas.
—Esta noche aquí no había nadie, ¿me entendéis? –dijo
en voz baja pero vacilante– No hay ninguna ventana ni
cerradura forzada. Todo está cerrado. No ha entrado nadie.
Veamos, si creíais que era gracioso, os equivocáis, y si
volvéis a hacer algo así, vais a tener un gran problema.
Se alejó rápidamente de ellos y subió las escaleras con
paso decidido.
Stephen y Michael cruzaron una mirada silenciosa y
Stephen gritó: —¿Mamá? Te aseguro que había…
—¡No quiero oír ni una palabra más, Stephen! –espetó
Carmen dándose la vuelta y señalándolo con un dedo–. Te
dije hace mucho tiempo que no le contaras a nadie tus
historias, pero tenías que contárselo a Michael y ponerle
nervioso y ahora los dos estáis molestos, que es
exactamente lo que dije que sucedería, ¿recuerdas? Dime,
¿lo recuerdas?
Stephen asintió lentamente.
Carmen continuó subiendo las escaleras.
Stephen miró a Michael, dejó escapar un largo suspiro y
después empezó a subir lentamente las escaleras detrás de
su madre.
—¿A dónde crees que vas? –le preguntó por encima del
hombro.
—Yo… hmmm… iba a la sala de estar para ver un poco…
—¡Lo que vas a hacer es irte a la cama! Los dos. Y no
quiero escuchar ni una palabra más, de ninguno de los dos,
¿me habéis entendido?
—¿Puedo ir a buscar un vaso de agua, al menos? –
preguntó Stephen en voz baja.
—Sí, sí, ve.
Stephen esperó en el escalón hasta que su madre se hubo
marchado, y entonces se volvió otra vez hacia Michael.
—Vaya –susurró Michael–, está cabreada.
—Ni que lo digas –dijo Stephen antes de terminar de
subir las escaleras.
♦♦♦
Carmen fue a la sala de estar y se dejó caer en el sillón
reclinable. Las imágenes en la pantalla del televisor se
convirtieron en una mancha de colores cuando las lágrimas
le nublaron los ojos. Respiró hondo, se secó los ojos
rápidamente y cogió el paquete de Marlboro de la mesita
auxiliar. Le temblaban las manos, de modo que, cuando
encendió el cigarrillo, sacudió la cerilla con más fuerza de
la habitual, como si con ello pretendiera detener el temblor
que se originaba en sus huesos.
Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y saboreó la
cólera que sentía. Estaba enfadada porque, con su vívida
historia y sus ojos grandes y asustados, los chicos habían
logrado convencerla de que tres desconocidos habían
estado en la casa. ¡Tres hombres! Había permitido que su
imaginación quedara atrapada con la de sus hijos.
—Sí –se dijo así misma con un suspiro, y pensó: « Sólo ha
sido eso. Mi imaginación y esa estúpida historia, ¿verdad?».
Sin embargo, la vocecita de su conciencia que
normalmente le hablaba desde lo más profundo de su
mente guardaba silencio.
OCHO
DE VUELTA A LA ESCUELA
—¡Venga, chicos, a levantarse! –gritó Carmen desde la
escalera mientras daba tres sonoras palmadas.
Stephen se cubrió la cabeza con la almohada, pero,
inmediatamente después, oyó un gemido ahogado
procedente de la cama de Michael y después a éste decir
en tono adormilado:
—Hmmm…, se acabó el verano.
Sonido de bostezos y suspiros mientras se estiraban, se
incorporaban en la cama y miraban a su alrededor con ojos
hinchados.
—¿Quieres ir primero a la ducha? –murmuró Michael.
—Nooo. Ve tú primero.
—¡Vamos, llegaréis tarde! –gritó Carmen.
—¿Por qué? –preguntó Michael mientras subía
cansinamente las escaleras.
—Porque no ha sonado el despertador, por eso. ¡El
desayuno está listo!
Stephen volvió a tumbarse sobre la cama, se frotó los ojos
y se quedó mirando el techo.
Él no iría a la escuela con Michael y Stephanie. Primero
debía ir al hospital para seguir con el tratamiento. La
semana anterior, su madre se había reunido con el director
de la escuela y con uno de los consejeros. Carmen les
explicó los problemas de aprendizaje que había tenido en la
escuela de Hurleyville y les dijo que, debido a su
enfermedad, iba a llegar tarde a clase todos los días de la
primera semana porque debía recibir el tratamiento. Según
su madre, tanto el director como el consejero se habían
mostrado muy comprensivos y le habían asegurado que
harían todo lo posible para que Stephen se sintiera cómodo
y para que superara todos sus problemas.
Por supuesto, Stephen no tenía forma de saber si eran
sinceros o no, pero confiaba en que lo fueran. Ir a la
escuela ya era suficientemente complicado, pero ir a una
nueva escuela, con nuevos compañeros, lo hacía aún más
difícil. Era evidente que Stephen no necesitaba más
contrariedades.
Al fin y al cabo, ya tenía bastante con el tratamiento. Ya
era suficientemente problemático por sí solo, de eso no
cabía duda. Lo odiaba aún más que a los médicos y
enfermeras con los que tenía que lidiar todos los días. En
realidad, no se portaban especialmente mal con él, salvo
por el hecho de que eran los responsables de administrarle
el tratamiento.
Cada día lo colocaban bajo un artilugio de aspecto
siniestro que se parecía a una máquina de rayos X, aunque
más grande, más fea y amenazadora. Lo peor era cuando le
dejaban completamente solo para exponerlo a la radiación.
Si todos le tenían miedo, ¿por qué le dejaban solo allí
dentro?
Había tenido una pesadilla –de hecho, la había tenido
varias veces– en la que todo el mundo salía de la habitación
blanca y esterilizada y lo abandonaban bajo la siniestra
máquina… y no volvían.
Bueno, sólo quedaban unos cuantos días más y después…,
bueno, como había dicho el doctor Simon:
—Luego ya veremos.
Stephen deseaba con todas sus fuerzas que terminara el
tratamiento, y esperaba no tener que volver a recibirlo
nunca más. No podía imaginar nada peor.
—¿Stephen?
Nada salvo aquella voz.
Se incorporó sobre la cama y escuchó atentamente.
—¿Stephen? ¿Estás listo?
Miró hacia las puertas francesas, pero no vio nada a
través de los cristales.
—¿Estás listo, Stephen?
Era la misma voz masculina, pero ahora procedía de otra
parte del sótano.
—Estoy esperando, Stephen.
Cada vez sonaba más cerca.
Stephen creyó ver algo a través de los cristales…, un
movimiento extremadamente leve…, una sombra, tal vez…
una sombra filtrándose a través de la puerta abierta que
daba a la otra habitación.
Bajó de un salto de la cama y cogió rápidamente los
pantalones, una camisa, los zapatos y entonces… —El
tiempo corre, Stephen.
Subió corriendo las escaleras con el sonido de su propio
aliento en los oídos, rodeó la barandilla y recorrió el pasillo
a toda prisa con la ropa hecha un ovillo pegada al pecho.
Carmen salió de la cocina y estuvieron a punto de chocar.
—¡Stephen! –gritó su madre, más frustrada que enojada–
¿Qué haces?
Stephen hizo ademán de decir algo, pero volvió a cerrar
la boca y se la quedó mirando mientras intentaba controlar
los temblores.
Carmen levantó el dedo índice y le dijo:
—No quiero oírlo, Stephen. Ni ahora ni nunca, pero
especialmente ahora no. Esta mañana ya está siendo
suficientemente mala. Ve a desayunar, lo tienes todo en la
mesa.
Carmen pasó por su lado como una exhalación y se metió
en su habitación.
Stephen se quedó de pie en el pasillo, escuchando, pero
sólo oyó el sonido de la ducha. Aliviado, aunque aún tenso,
se encaminó al co medor.
♦♦♦
Carmen no podía entender qué había salido mal por la
mañana. Estaba segura de haber puesto la alarma a las
siete en punto. Y, a pesar de eso, tras despertar finalmente
de un sueño profundo, descubrió que el botón de la alarma
en la parte superior del reloj estaba activado pero el reloj
estaba programado para las doce y ya iba con cuarenta
minutos de retraso.
Tras meter prisa a todo el mundo para que se levantara,
había preparado un desayuno rápido, se había vestido
rápidamente, pues siempre se sentía más despierta cuando
estaba vestida, dejó el bolso y las llaves sobre la encimera
de la cocina para tenerlo todo listo cuando llegara la hora
de acompañar a Stephen al hospital y, sin saber muy bien
cómo, consiguió que Stephanie y Michael desayunaran y se
vistieran a tiempo de coger el autobús. Antes de que se
marcharan, sin embargo, les preguntó:
—¿Alguno de los dos ha tocado el despertador?
La miraron con expresión de perplejidad y le aseguraron
que no.
—Está bien. Mera curiosidad.
Cuando Stephanie y Michael se hubieron marchado a la
escuela, Carmen se quedó con Stephen, quien parecía estar
más callado de lo habitual, y Peter, quien no dejaba de
hablar sobre el día en el que él también podría ir a la
escuela a bordo del gran autobús amarillo.
Carmen se sentó a la mesa del comedor delante de
Stephen y le dijo:
—Bueno, ¿qué te parece si nos vamos ya al hospital? Así
podrás ir a la escuela en cuanto acabemos.
Stephen tenía el pelo aún mojado y lo llevaba peinado
hacia atrás, pegado a la cabeza, lo que le daba a su enjuto
rostro un aspecto aún más cadavérico. —¿Tengo que ir
directamente a la escuela después del hospital?
—Claro que no. Puedes volver a casa, si quieres.
Relajarte. Recuperarte. Y después puedo acompañarte a la
escuela. De hecho, si no quieres ir, también está bien. Sólo
será esta semana, y en la escuela ya lo saben. Tú mismo.
Stephen asintió lentamente, se quedó mirando la mesa
durante un rato y después volvió a mirar a su madre con los
labios ligeramente abiertos, como si estuviera a punto de
decir algo. Entonces pareció pensárselo mejor, volvió a
cerrar la boca y dijo en voz baja:
—De acuerdo, vámonos.
Cuando todo el mundo estuvo listo, Carmen fue a la
cocina para coger el bolso y las llaves.
Pero no estaban donde los había dejado.
Estaba mirando fijamente el espacio vacío en la encimera
cuando Peter le tironeó de la mano y dijo:
—Mami, estoy fingiendo que me llevas a la escuela.
—Vale, ¿dónde está mi bolso? –preguntó, y después en
voz más alta–:
Stephen, ¿has visto mi bolso?
—No –contestó Stephen desde la sala de estar.
—Pues estaba justo aquí, en la encimera, con las llaves.
Pero ahora no está ni una cosa ni otra, o sea que ayúdame a
encontrarlos, ¿de acuerdo?
—¿Dónde los has puesto?
—Justo aquí –respondió ella.
—Vale, vale, ya te ayudo.
Miraron por todas partes. Registraron todo el piso
superior, pero no apareció ni el bolso ni las llaves por
ninguna parte. Cuando volvió a reunirse con Stephen en el
comedor, Carmen estaba a punto de ponerse a llorar.
—¿Crees que pueden estar abajo? –le preguntó Stephen.
—No he bajado para nada esta mañana.
—Bueno. Sólo lo preguntaba.
Pero la pregunta hizo que Carmen se lo pensara dos
veces. Frunció el ceño, pensativa. Y entonces, a pesar de
estar segura de que sus cosas no podían estar en el sótano
porque no había bajado en toda la mañana, bajó de todos
modos. Cuando le quedaban unos cuantos escalones por
bajar, se quedó petrificada.
El bolso y las llaves del coche estaban encima de la cama
de Stephen.
Se miró los puños un buen rato antes de apretarlos con
fuerza a ambos lados y gritar:
—¡Stephen! ¡Stephen, baja aquí ahora mismo!
Carmen no se dio la vuelta cuando le oyó bajar la
escalera, sino que continuó con la vista clavada en el bolso
y las llaves sobre la cama. Cuando oyó que se detenía,
señaló la cama y dijo:
—¿Los has puesto tú ahí?
—¡No… nooo!
—Entonces, ¿cómo han llegado hasta aquí?
—¡No… no… no lo sé!
Entonces se dio la vuelta para mirarlo con el ceño
fruncido.
—Stephen, esto tiene que terminar –dijo casi en un
susurro, la voz temblándole de ira–. Te lo digo muy en serio.
No sé qué pretendes, pero, sea lo que sea, ¡estoy harta!
Stephen la miró con la boca abierta y el semblante
horrorizado.
—P… pero si no…
—¡Silencio! –gritó Carmen con los dientes apretados–. No
quiero hablar más de esto. ¡Pero asegúrate de que esta
tontería termina ahora mismo, Stephen! Hablo
completamente en serio. Si sigues haciéndolo cuando papá
se instale definitivamente en casa, lo lamentarás, porque él
no será tan condescendiente contigo. ¡Y yo tampoco lo
seré!
Cruzó la habitación, cogió el bolso y las llaves de encima
de la cama y empezó a subir las escaleras.
—Venga, vamos –le dijo por encima del hombro.
No se dirigieron la palabra durante un buen rato; Peter
fue el único que habló para balbucear algo sobre el hecho
de estar fingiendo que mamá le estaba llevando a la
escuela. Cuando llevaban un rato en el coche, Carmen
sintió que empezaba a relajarse. Otros pensamientos se
agolparon en su mente, lo que hizo que fuera más fácil
olvidarse del incidente del bolso y las llaves. Junto a esos
pensamientos llegó la culpa.
—Siento haberte gritado, Stephen –le dijo en voz baja–.
Pero es que me he enfadado mucho.
Stephen giró la cabeza de repente y le espetó:
—Pero yo no… –Sin embargo, se detuvo igual de
repentinamente y volvió a mirar hacia delante. No dijo nada
más.
Carmen sintió cierto alivio ante su silencio. Se alegró de
que Stephen se lo hubiera pensado dos veces antes de
volver a negar lo que había ocurrido. Realmente no quería
volver a oír hablar del tema.
Porque la voz silenciosa en el fondo de su mente seguía
susurrándole insistentemente que lo más probable era que
Stephen tuviera razón.
NUEVE
PENSAMIENTOS QUE QUITAN EL SUEÑO
Como no podía dormir, Carmen se sentó a la mesa del
comedor, su lugar favorito de la casa, y se fumó un
cigarrillo mientras ojeaba distraídamente un ejemplar
antiguo de Vanity Fair y escuchaba el suave sonido de fondo
de un programa de entrevistas en la radio.
Ahora que el tratamiento de Stephen se había terminado,
al menos por el momento, esperaba no tardar mucho en
empezar a ver algún cambio en su hijo. Para mejor, por
supuesto. Desde que se habían mudado al nuevo
apartamento, había estado tan callado y melancólico, tan
distinto de cómo era antes. Carmen intentó convencerse a
sí misma de que la culpa era de la enfermedad y, quizás aún
más, del extenuante tratamiento que había recibido. Sin
embargo, en las semanas posteriores al final del
tratamiento, Stephen parecía estar cada vez más reservado
y melancólico.
Al menos tenía a Jason para animarlo. Tanto el padre
como la madre de Jason trabajaban y el chico pasaba
muchas horas solo, de modo que había empezado a pasar la
mayor parte del tiempo en su casa. A Carmen no le
importaba. No le gustaba que el chico estuviera tanto
tiempo solo, así que hizo todo lo posible para que se
sintiera como en casa.
Aunque le alegraba que Stephen tuviera un amigo,
también le molestaba ver que las únicas veces en que
Stephen parecía realmente feliz era cuando estaba con
Jason; el resto del tiempo se mostraba reservado y
depresivo y, cuando le preguntaba qué le pasaba, se
limitaba a responderle vagamente con monosílabos.
Aunque se preocupaba por él, sabía que los últimos
meses habían sido muy duros para él y que tal vez no lo
había superado aún del todo; mientras tuviera un amigo
que parecía hacerle feliz y le fuera bien en la escuela,
Carmen ya estaba más que satisfecha.
El único problema era el propio Jason. No había nada
malo en él, al menos nada que pudiera definirse con
precisión; era un buen chico, amable y educado cuando
hablabas con él, aunque tal vez un poco silencioso, pero
había algo en él que lo hacía… diferente a los otros chicos,
como si tuviera problemas para hacer amigos. Y, sin
embargo, él y Stephen se habían caído bien desde el
principio. Bueno, lo importante es que Stephen tenía un
amigo. Mientras no se dedicaran a arrasar licorerías ni a
incendiar edificios para pasar el rato, ¿qué mal podía
haber?
«Sólo estás comportándote como una madre –se dijo–.
Como una madre sobreprotectora».
Sin embargo, no era tan dura consigo misma cuando
Stephen aseguraba que había algo maligno en la casa.
Desde que Michael había empezado a seguirle la corriente
a su hermano, Carmen había pillado a menudo a los chicos
y a Stephanie hablando en susurros. Y siempre dejaban de
hablar en cuanto descubrían que no estaban solos. Aunque
Stephen y Stephanie llevaban algún tiempo haciendo lo
mismo, desde que Michael había vuelto a casa, parecía
ocurrir más a menudo. Pese a ser un comportamiento que
le atacaba los nervios, Carmen no se lo contó a nadie.
Durante el fin de semana, Al no daba muestras de darse
cuenta de que los niños se susurraban cosas en secreto.
Parecía tener la mente en otras cosas. Los ciento setenta
kilómetros que debía recorrer cada fin de semana le
estaban pasando factura, así como el estrés de saber que
en cuanto recibiera el traslado definitivo iba a dar un paso
atrás en su carrera y ganaría menos dinero que ahora, lo
que haría que la situación financiera de la familia fuera aún
peor de lo que ya era.
Cuando estaba en casa, no hablaban de nada importante
ni demasiado serio. Iba a pescar (aunque Stephen ya no
parecía muy interesado en acompañarle) o se pasaba horas
delante de la tele. Cuando hacían el amor, se mostraba
distante y preocupado. Y tampoco parecía estar durmiendo
bien. La última vez que había estado en casa, Carmen se
había despertado muy temprano el sábado por la mañana
para descubrir que estaba sola en la cama; un par de
minutos después, Al regresó a la habitación y volvió a
meterse en la cama con un semblante de preocupación en
el rostro. El débil resplandor de la luz de la luna que
entraba por la ventana hacía que las arrugas de su frente,
provocadas por el modo en que fruncía el ceño, pareciesen
aún más profundas.
—¿Qué te pasa? –le había preguntado Carmen.
Al se sobresaltó al oír su voz y giró la cabeza para mirarla
un instante; aún tenía el ceño fruncido.
—Eh, nada, nada, vuelve a dormir –respondió finalmente.
De modo que Carmen tenía muchas cosas de las que
preocuparse: Stephen, su enfermedad y, por mucho que
tratara de evitarlo, también la amistad de este con Jason; a
todo esto, se añadían las preocupaciones económicas y,
ahora, el propio Al. No obstante, por primera vez en mucho
tiempo, Carmen se sentía realmente aliviada de tener todas
aquellas preocupaciones, pues eran la excusa perfecta para
explicarse algunas de las cosas extrañas que había estado
haciendo… o, mejor dicho, que creía haber estado
haciendo.
Para empezar, por supuesto, estaba la voz que había oído
el día que se había quedado sola en casa. En aquel
momento, lo había atribuido a lo mucho que echaba de
menos a Al.
Posteriormente, el día que Michael había vuelto a casa,
los platos y cubiertos habían vuelto solos a la cocina, por no
mencionar el bolso y las llaves del coche que se habían
trasladado de la encimera de la cocina a la cama de
Stephen, en el sótano.
La semana anterior había encontrado el grifo del agua
caliente abierto y el vapor acumulándose en el cuarto de
baño.
El día anterior estaba segura de haber comprado dos
paquetes de seis latas de refrescos; incluso recordaba
haberlos metido en el frigorífico. Sin embargo, por la tarde
habían desaparecido; ninguno de los chicos se los había
bebido; de hecho, ni siquiera los habían visto. Buscó el
tique de compra porque sabía que los había comprado y
quería demostrárselo a sí misma, pero fue incapaz de
encontrarlo.
Lo había justificado todo con las preocupaciones que
tenía y se convenció a sí misma de que sólo había cometió
algunos errores porque estaba distraída. No obstante, como
aquello no había terminado de funcionar, se olvidó de ello
preocupándose de todo lo demás.
Carmen encendió otro cigarrillo justo cuando una mujer
que había llamado a la emisora de radio decía:
—Bueno, mi problema es que no estoy segura de mí
misma, ¿sabe? No estoy segura de quién soy. ¿Esposa?
¿Madre? ¿Hija? Y nadie parece entender la crisis que estoy
atravesando ni que necesito espacio para resolverla.
Carmen se quedó mirando la radio y dejó escapar el
humo mientras se reía por lo bajo con frialdad.
—Haga algo útil con su vida, señora –dijo antes de seguir
leyendo la revista.
♦♦♦
Aproximadamente a la misma hora, Al tampoco podía
conciliar el sueño. Estaba sentado en la habitación de
motel, bebiendo una cerveza y fumando un cigarrillo. La
habitación estaba a oscuras; la única luz era la que
producían las parpadeantes imágenes de la televisión, que
por lo demás estaba en silencio. Al miraba las imágenes de
la pantalla sin prestarles atención. Como Carmen, estaba
sumido en sus propios pensamientos; pensamientos acerca
de su última visita a casa. No podía sacárselo de la cabeza.
Había estado pensando en ello tanto durante las horas de
trabajo como en su tiempo libre. Ni siquiera yendo al cine
alguna que otra noche había conseguido evitar la constante
repetición mental del recuerdo.
Por supuesto, tenía muchas otras cosas de las que
preocuparse. La enfermedad de Stephen, el cambio gradual
de su personalidad, y Al no estaba seguro de si le gustaba
que fuera amigo de ese chico extraño, Jason, aunque no le
había dicho nada a Carmen y no sabía que a veces ella
sentía lo mismo. Y, evidentemente, también estaba el tema
del dinero; dentro de poco ganaría menos, y eso que apenas
tenían suficiente para cubrir todos los gastos con el sueldo
que tenía ahora. Sin embargo, a pesar de todo eso, lo que
realmente le quitaba el sueño era lo que había ocurrido el
fin de semana anterior.
El primer incidente había tenido lugar el viernes por la
noche…
Se había sido despertado súbitamente al oír un ajetreo y
voces en la casa. Se quedó tendido en la cama un rato
mientras escuchaba. Las voces eran apagadas y el ajetreo
parecía estar producido por una serie de golpes y refriegas.
También oyó música, una música suave, casi inau dible,
metálica y… antigua, como si fuera la música de otra época
que saliera de las entrañas de un gramófono. Sonidos
chirriantes producidos por un altavoz ronco sobre un plato
que se ponía en marcha con una manivela. No parecía el
tipo de música que les gustaba a los chicos, pero aun así…
Se levantó de la cama procurando no despertar a Carmen
y recorrió el pasillo en ropa interior. Los sonidos cada vez
parecían más próximos. Se detuvo a escuchar y se dio
cuenta de que venían del piso de abajo.
Voces apagadas, música suave y melancólica… era
evidente que había algún tipo de celebración en el sótano.
Al sospechaba que Jason estaba involucrado de algún modo
en aquello; de hecho, probablemente había sido idea suya
colar a unos cuantos niños en la casa.
Pero ¿por qué estaban escuchando aquella música?
Avanzó lentamente en la oscuridad y, cuando estaba
bajando la escalera, se detuvo a medio camino.
No había ninguna luz encendida en el piso inferior, sino
que estaba tan oscuro como el resto de la casa. Al frunció el
ceño y se quedó unos momentos escuchando con atención.
Aún podía oír las voces y la música, y el sonido de pies
moviéndose de un lado a otro de la habitación. Terminó de
bajar la escalera con cautela, aunque no sabía muy bien por
qué.
Al llegar abajo, oyó la respiración tranquila y somnolienta
de los niños.
Y, de repente…
Nada más. Sólo la respiración de los chicos. Y la
oscuridad.
Las voces y la música se habían detenido.
Al abrió una de las puertas francesas y asomó la cabeza a
la habitación contigua.
La hueca oscuridad estaba en silencio, aunque el frío era
intenso. Al entró en la habitación y entornó los ojos con
incredulidad. Hacía tanto frío allí que estaba convencido de
que, si no hubiera estado tan oscuro, habría sido capaz
para ver su propio aliento. Parecía una cámara frigorífica.
Pensando que quizá alguien había dejado una ventana
abierta, dio unos cuantos pasos más en la habitación, pero
se detuvo al comprender que, incluso si había una ventana
abierta, no hacía tanto frío en el exterior.
Entonces, se dio cuenta súbitamente de que ya no hacía
frío. Aunque la habitación había recuperado su temperatura
habitual, Al seguía teniendo la piel de gallina.
Se quedó pensativo unos instantes, preguntándose cómo
podía haber sucedido algo así, pero entonces decidió que
no quería saberlo y salió de la habitación.
Volvió a oír la respiración de los chicos. Sí, estaban
dormidos, no cabía duda. Stephen incluso roncaba un poco;
era un ronquido auténtico, no la absurda versión que los
niños suelen fingir en el último minuto para evitar que su
padre los descubra.
Cuando regresó a la cama, vio que Carmen estaba
despierta. Ella le preguntó qué pasaba y él le dijo que
volviera a dormirse.
Al, sin embargo, no durmió en toda la noche. Estuvo
tendido en la cama, atento por si regresaban las voces y la
música. Pero no volvió a oír nada.
La noche siguiente volvió a despertarse, esta vez por
culpa de un movimiento. Abrió los ojos de par en par y se
quedó mirando la oscuridad mientras la cama vibraba.
No se sacudía ni se zarandeaba; sólo era una leve
vibración.
Volvió a cerrar lentamente los ojos al decidir que
probablemente era el frigorífico poniéndose en marcha en
el apartamento del piso superior. Carmen le había dicho
que una familia iba a mudarse a él próximamente. Sin
embargo, volvió a abrir los ojos al recordar que no iban a
llegar hasta dentro de una semana.
El piso de arriba estaba vacío. No había ningún
frigorífico.
Se quedó mirando fijamente el techo mientras la cama
seguía vibrando. El temblor se trasladó a todo su cuerpo,
transmitiéndose a través de sus músculos y enroscándose
en sus huesos.
Se levantó y fue hasta la sala de estar, encendiendo todas
las luces a su paso. Le temblaban las manos. Vio un rato la
tele, fumó, se tomó un par de cervezas y, después, volvió
cautelosamente al dormitorio, donde se sentó en el borde
de la cama.
La vibración se había detenido.
Pese a estar agotado porque la noche anterior la había
pasado en vela, le costó mucho conciliar el sueño. Aunque
tenía la sensación de que la vibración podía reanudarse en
cualquier momento, no fue así. Finalmente, se quedó
dormido y descansó hasta bien entrada la mañana del
domingo.
Ahora volvía a estar despierto, mirando sin ver unas
cabezas parlantes en la pantalla del televisor, bebiendo una
cerveza y llenando de humo el cuarto sumido en la
oscuridad.
Era muy probable que, de no ser por Stephen, no le
hubiera dado demasiada importancia a ninguno de los dos
incidentes. Pero después de las cosas que, según Stephen,
había visto y oído…, las cosas que había dicho sobre la
casa…
Había algo más, algo en lo que Al no había pensado desde
hacía muchos años. De hecho, creía haberlo olvidado del
todo, lo que ciertamente no le hubiera importado. Había
sucedido años atrás, cuando aún estaba de servicio. Había
visto algo que le había provocado pesadillas durante mucho
tiempo. De hecho, aún seguía teniendo alguna de vez en
cuando. Hasta que había visto aquello…, aquella cosa…,
siempre se había reído del mundo sobrenatural, y su risa
había sido auténtica. Desde entonces, pese a seguir
riéndose, su risa se hizo más nerviosa, y ya no lo hacía con
tanta convicción como antes. No le había contado a nadie lo
que había visto, ni siquiera a Carmen. No sabía si algún día
llegaría a hacerlo.
Pero los sucesos del fin de semana anterior le habían
hecho rememorar el incidente de su pasado, recordándole
que ya no podía descartar tan a la ligera todas aquellas
cosas que era incapaz de comprender.
El traslado no tardaría en llegar y podría mudarse a
Connecticut para estar con su familia. Echaba de menos a
Carmen y a los niños y tenía muchas ganas de pasar con
ellos más tiempo, no sólo los fines de semana.
De lo que no estaba tan seguro era de tener ganas de
vivir todo el tiempo en aquella casa.
DIEZ
LLEGAR A UN ACUERDO
Pese a que Stephen sabía que sus padres no aprobarían la
música que él y Jason estaban escuchando en su habitación,
se dio cuenta de que no le importaba. No siempre había
sido así. No hacía mucho, aunque tenía la sensación de que
habían pasado muchos años, la aprobación de sus padres lo
era todo para él, y la mera posibilidad de que desaprobaran
algo que hacía habría sido suficiente para hacer que se lo
pensara dos veces antes de tumbarse en la cama y
escuchar la voz chillona de Ozzy Osbourne.
Sin embargo, en aquellos momentos Stephen sentía un
considerable resentimiento hacia Carmen y Al, el suficiente
para que le importara más bien poco lo que pudieran
pensar.
El traslado de Al por fin se había hecho efectivo y llevaba
en casa la mayor parte de la semana, de modo que
entonces había dos personas a todas horas que no le creían
y que ni siquiera parecían confiar en él. Esa desconfianza le
producía un gran resentimiento, así como la facilidad con la
que sus padres le culpaban de cualquier incidente que
sucedía en la casa, por nimio que este fuera; le echaban las
culpas cuando sus hermanos se asustaban o cuando se
perdía o desaparecía algo. Stephen se preguntaba qué sería
lo siguiente que le echarían en cara.
Pero no le importaba. Si a ellos no les importaba lo que
pensaba él, él también dejaría de preocuparse por lo que
pensaban ellos.
—Dime, ¿con quién preferirías acostarte? –le preguntó
Jason– ¿Con Madonna o Joan Jett? –Estaba tendido en la
cama de Michael en la misma posición en la que Stephen
estaba estirado en la suya: boca arriba, los tobillos
cruzados y las manos debajo de la cabeza, con los codos
sobresaliendo a ambos lados.
El día estaba tocando a su fin y la tenue luz del atardecer
se filtraba a través de las ventanas. Y, a pesar de eso, todas
las luces de la habitación estaban encendidas. Stephen
había cogido esa costumbre y lo hacía en cualquier parte
de la casa donde se encontrara; no le gustaba estar en una
habitación que no estuviera bien iluminada.
—No lo sé –respondió pensativamente–. ¿Cuál de las dos
tiene más dinero?
—¿Qué importancia tiene eso? Las dos están buenas.
—Sí, pero después de acostarme con ellas, estarán tan
agradecidas que querrán inundarme de regalos caros y
dinero en efectivo, así que prefiero a la que tenga más
pasta. –Por su tono de voz era evidente que se estaba
aguantando la risa.
Jason echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír.
—¡Eres muy mentiroso, colega! –dijo finalmente, y volvió
a reírse un poco más antes de añadir–: Madonna tiene las
tetas más grandes.
—¿En serio?
—Ya te digo. Lo sé de primera mano. Te lo voy a
demostrar. –Se incorporó en la cama y se inclinó para coger
una bolsa de papel marrón que había en el suelo, junto a la
cama. La bolsa estaba llena de revistas de rock. Las había
traído porque él y Stephen aún no las habían ojeado juntos.
Vació la bolsa sobre la cama y empezó a rebuscar entre la
pila de revistas.
A Stephen le gustaba Jason por varias razones, entre
ellas, porque, a diferencia de las pocas personas con las
que había pasado el rato cuando vivía en Hurleyville, Jason
molaba. En su antigua escuela había tenido que asistir a
todas aquellas malditas clases de educación especial, lo
que le había impedido que los niños populares le aceptaran;
había terminado pasando el rato con los otros cabezas
huecas que iban a esas clases mientras que los niños con
los que realmente quería estar se divertían metiéndose con
él, riéndose a su costa e insultándole.
Bueno, es posible que aquellos chicos tampoco pensaran
que Jason molaba, pero era un buen amigo y tenía muchas
cosas geniales, como todas aquellas revistas de rock que
compraba todos los meses, una gran colección de cintas de
casete, un radiocasete para reproducirlas y un montón de
pornografía, o al menos eso era lo que Jason aseguraba,
porque hasta el momento Stephen no había visto casi nada;
aunque era comprensible, ya que Jason tenía que ser muy
precavido. A los dos chicos les gustaba más o menos la
misma música, sobre todo música pop, pero Jason le había
hecho descubrir muchas otras cosas que Stephen no había
escuchado nunca… porque sabía que sus padres no lo
verían con buenos ojos.
Pero lo que más le gustaba de Jason era que le creía
cuando le contaba las cosas que sucedían en la casa. No
sólo le creía, sino que consideraba que las historias eran
auténticas, como si acabara de leerlas en la portada de un
periódico. Nunca había demostrado tener la más mínima
duda.
—Sí, sí, aquí está –dijo Jason sosteniendo una de las
revistas, un ejemplar antiguo de Rock Scene. Bajó de la
cama y se sentó en la de Stephen.
Stephen se incorporó y observó la imagen que Jason le
indicaba. Era una fotografía de Joan Jett en el escenario,
durante uno de sus conciertos.
Llevaba puesto un bikini negro muy pequeño.
—¿Lo ves? –dijo Jason– Un gran cuerpo, pero plana como
una tabla.
—Sí, pero ¿cuánto dinero tiene? –insistió Stephen, y
ambos se rieron hasta que…
Jason dejó de reír de repente, como si se estuviera
asfixiando.
Stephen levantó la vista y vio que Jason tenía los ojos muy
abiertos, mucho más de lo que creía posible, mientras
miraba fijamente algo situado a su derecha. Abrió y cerró la
boca varias veces, pero no emitió sonido alguno. Dejó caer
la revista en el regazo de Stephen mientras su rostro se
quedaba muy pálido.
Stephen miró en la dirección donde estaban clavados los
ojos de Jason y, al otro lado de las puertas francesas,
distinguió la figura erguida de un anciano.
Stephen sacudió las piernas y cayó torpemente de la
cama. Cuando se puso de pie, se giró rápidamente hacia las
puertas francesas.
Los dos chicos se quedaron petrificados donde estaban
mientras miraban fijamente hacia las puertas.
El hombre tenía la piel blanca. No como la de un payaso,
ni como una sábana, ni siquiera era simplemente pálida;
era la piel blanca de los cuerpos a los que se les ha drenado
la sangre, la vida, un blanco enfermizo, lechoso y turbio.
Además, tenía la piel muy arrugada, mucho más de lo que
pueden producir los efectos de la vejez, arrugada y flácida
de un modo antinatural, como si no hubiera nada entre la
piel y los huesos. El poco cabello que le quedaba era de
color blanco, fibroso y le colgaba lacio a diferentes alturas.
Llevaba un traje oscuro que parecía viejo tanto por el estilo
como por su estado; estaba arrugado y andrajoso, incluso
sucio. Por las mangas del traje asomaban unas manos
blancas y retorcidas, y unas uñas largas y gruesas se
curvaban hacia las yemas de los dedos.
El anciano no se movió; se limitó a permanecer frente a
los dos muchachos. Habría podido mirarlos si hubiera
tenido algo más que dos esferas blancas, opacas y vidriosas
en las cuencas de los ojos.
Aunque Jason fue el primero en salir corriendo, Stephen
le siguió de cerca. Aumentaron el ritmo al atravesar
rápidamente las puertas francesas y, luego, subieron
ruidosamente las escaleras. La música seguía sonando en la
habitación.
Cuando estaban en mitad del pasillo, Carmen salió del
comedor y espetó: —¿Por qué siempre tenéis que bajar
corriendo las malditas escaleras? ¿Cuántas veces os he
dicho que…? –Se detuvo al fijarse mejor en sus caras y
comprender que estaban jadeando de miedo y no por el
esfuerzo.
Stephen señaló hacia atrás y dijo:
—Hay uuun… heeemos… viiisto a uuun hombre…
—Por Dios, Stephen, otra vez no. –Al principio, la voz de
Carmen sonó cansada, como si Stephen le hubiera dicho
que tenía que volver a subir corriendo una cuesta muy
empinada. Sin embargo, el enojo no tardó en teñir su voz–.
Maldita sea, Stephen, estoy empezando a cansarme y a…
—¡Pero es verdad! –insistió Jason–. Había un anciano ahí
abajo. ¡Estaba ahí de pie, mirándonos!
Carmen se limitó a mirarlos, pasando la mirada del uno al
otro, sin decir nada y con semblante severo. Entonces dijo:
—Menos mal que Al no está en casa, Stephen.
—¿Dónde está?
—En el supermercado. Está más que harto de toda esta
historia de las apariciones en tu habitación. Y yo también.
Te estás ganando una buena temporada castigado si
sigues…
—¡Pero no soy sólo yo! –insistió Stephen, frustrado.
—No, señora Snedeker, es verdad –intervino Jason–. Yo
también lo he visto. ¡Antes que Stephen!
Carmen hundió los hombros y dejó escapar un largo
suspiro.
—De acuerdo, vamos. –Y se dirigió hacia la escalera.
Mientras los chicos la seguían, Stephen murmuró:
—Allá vamos otra vez. Aquí no hay nada…, te lo estás
inventando…, deja de mentir… –Miró a Jason y puso los
ojos en blanco.
Carmen se colocó delante de los chicos al pie de las
escaleras. No pudo evitar una mueca ante la música que
salía del radiocasete de Jason en la mesita de noche entre
las dos camas.
—Vale, ¿dónde estabais? ¿Qué estabais haciendo?
—Estábamos en la cama –dijo Stephen.
—Y…, hmmm…, ¿estaba sonando esa música?
Los dos chicos asintieron.
—Estábamos mirando revistas de rock –dijo Jason.
Carmen miró con desagrado la revista que había sobre la
cama, abierta por una página en la que aparecía una mujer
casi desnuda de aspecto enojado. La apartó y se sentó en la
cama de Stephen.
—Está bien –dijo–. Volved al piso de arriba. Salid si
queréis, no me importa. Pero iros.
—¿Qué vas a…? –preguntó Stephen.
—Largaos de aquí. –Parecía lo suficientemente cabreada
como para que los dos chicos se dieran cuenta de que no
era buena idea seguir haciendo preguntas.
Cuando se hubieron marchado, Carmen miró hacia las
puertas francesas.
«Está bien, Carm –se dijo a sí misma en voz baja–, ¿qué
demonios estás haciendo?».
Aunque era difícil pensar con el estruendo que salía de
los altavoces detrás de ella, decidió que iba a aceptar el
reto de Stephen. Se quedaría sentada en la cama,
observando y esperando a ver qué veía. Las condiciones
eran exactamente las mismas que cuando los chicos
aseguraban haber visto al anciano. Se estaba dando a ella
misma la oportunidad de verlo también, eso era todo.
Su voz interior le habló entonces, despedazando la
sensación de autosatisfacción y seguridad en sí misma.
«¿Dándote la oportunidad de verlo? –le susurró–. ¿No
querrás decir mejor que estás dándole la oportunidad de
que finalmente se muestre ante ti? ¿No quieres decir que
estás esperando que lo que sea que ha estado moviendo
cosas…, haciéndolas desaparecer…, hable contigo con una
voz familiar en una habitación vacía? Por supuesto que eso
es lo que estás haciendo…, lo quieras admitir o no…».
Carmen sacudió la cabeza bruscamente para librarse de
aquella voz tan penetrante.
Se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas,
la barbilla en los puños, y siguió observando las puertas
francesas, esperando.
La música era horrible y, cuando prestó atención a la
letra, decidió que hablaría con Stephen acerca de la música
que podía poner bajo su techo.
Mientras esperaba, y pese a hacer todo lo posible por
evitarlo, su mente continuó dándole vueltas a aquella voz
interior, a las cosas que le habían estado sucediendo en la
casa… y entonces le pareció oír un movimiento cauteloso
en otra parte del sótano.
Se enderezó y escuchó atentamente con las manos
entrelazadas entre las rodillas.
No oyó nada, salvo aquella horrible música.
Entonces terminó la canción, si se podía llamar de aquel
modo, e inmediatamente después, empezó otra.
¿Había oído el sonido de más movimientos durante el
breve silencio entre una canción y la siguiente? ¿Estaba
cada vez más cerca? ¿O era sólo…
«…tu imaginación?», murmuró su voz interior.
De repente, tuvo la sensación de que la piel se le secaba
alrededor de los huesos.
Se le erizó el vello en la base del cráneo.
Aunque Carmen intentó permanecer atenta a los sonidos
que había creído oír procedentes de las zonas más
recónditas del sótano, pese a intentarlo con todas sus
fuerzas, no pudo quedarse allí ni un minuto más y bajó de
un salto de la cama.
En mitad de las escaleras, trató de reducir su paso
apresurado y respirar con más calma. Cuando llegó al
pasillo superior, había recuperado lo que esperaba que
fuera su apariencia normal. Sin embargo, por dentro aún se
sentía helada, inestable y asustada… Pero ¿asustada de
qué?
—¿Dónde estabas? –le preguntó Al desde la cocina.
Su voz la sobresaltó. No le había oído entrar. Al no estar
segura de cuánto tiempo había estado en el sótano, se
sintió un poco culpable, casi como una niña a la que han
sorprendido haciendo algo que no debería estar haciendo.
—En el sótano. –Entró en la cocina y lo encontró
metiendo en el frigorífico la comida que había ido a
comprar.
—¿Qué les pasa a Stephen y Jason? Me los he encontrado
sentados en la entrada… No sé, como si hubieran hecho
alguna trastada o algo así.
—Ah, ¿sí? Bueno, hace un rato han subido corriendo las
escaleras y me han dicho que habían visto a un fantasma.
Otro fantasma, mejor dicho.
—Mierda. –Al abrió una cerveza, cerró el frigorífico y dio
un par de sorbos. Cuando miró a Carmen, su semblante era
sombrío, con aquella expresión medio enojada y
exasperada–. Vale, se acabó –dijo al tiempo que salía de la
cocina–. Esto ya pasa de castaño oscuro. –Salió por la
puerta principal y dijo con firmeza–: Vale, Jason, creo que
ya va siendo hora de que vuelvas a tu casa.
Los dos chicos levantaron la cabeza para mirarlo.
—Pero sus padres están… –dijo Stephen.
—Lo siento, pero Jason tiene que marcharse a su casa.
—¿Puedo coger mis cosas de la habitación de Stephen?
—Claro.
Carmen se quedó en la parte superior de las escaleras
mientras Al bajaba con los chicos y esperaba a que Jason
recogiera sus cosas, se despidiera y se marchara. Entonces
Al señaló a Stephen con el dedo y le dijo:
—No más fantasmas, ¿me entiendes? Ya tenemos
bastante. No más voces, no más personas en tu habitación,
ya está, se ha acabado. Una palabra más sobre cualquiera
de esas cosas y lo lamentarás. Y empezarás quedándote
aquí abajo el resto de la noche. Ni televisión, ni música, y
se acabó esa basura que he oído hace un rato, ¿lo has
entendido? No quiero esa mierda en esta casa. Puedes ir al
baño y volver. Eso es todo. No quiero oírte decir nada más
hasta mañana. ¡Y apaga unas cuantas luces! ¡Las tienes
todas encendidas! Como la próxima factura suba mucho, la
vas a pagar tú.
Cuando Al empezó a subir las escaleras, Carmen esperó
la réplica de Stephen, quejándose, protestando a su
espalda. Pero la habitación estaba silenciosa. Al dio otro
trago de cerveza al pasar junto a ella.
—¿No crees que te has pasado, Al?
—¿Por qué? ¿Tú no estás harta de todo eso? ¿Qué otra
cosa podemos hacer? ¿Alentarle? La próxima vez el castigo
será peor. No podrá salir de casa, o se quedará sin ver la
tele o usar el teléfono o… o alguna cosa. Ya tengo más que
suficiente de esa mierda de La dimensión desconocida.
Al se marchó a la sala de estar y encendió el televisor.
Stephanie estaba en el patio trasero con Peter y, Michael,
en la calle, jugando con un amigo; era hora de avisarles
para que volvieran a casa. Pero primero quería hablar con
Stephen. Se sentía en parte responsable de la bronca que
había recibido porque había sido ella la que le había dicho
a Al lo que él y Jason habían «visto».
Por supuesto, no le había contado a Al su pequeño
experimento posterior, cuando se había sentado en la
habitación esperando ver algo.
Cuando bajó al sótano, se encontró a Stephen tendido en
su cama, con la vista clavada en el techo y las manos detrás
de la cabeza. Se sentó al borde de la cama y le dijo:
—Siento lo de la bronca, pero creo que…
—¡Me importa una mierda lo que pienses! –estalló
Stephen con los dientes apretados y sin mirarla.
Carmen dio un gritito ahogado y se puso de pie.
—¡No vuelvas a hablarme así o te daré tal bofetada que
terminarás con la boca en la nuca, jovencito!
En voz muy baja y con la mandíbula aún apretada,
Stephen dijo:
—A ti no te importa lo que yo piense, por tanto, a mí
tampoco me importa lo que tú pienses. Si no quieres
escuchar lo que tengo que decirte, yo no quiero escuchar lo
que tú tengas que decirme.
Cuando volvió a hablar, a Carmen le temblaba la voz.
—Sea lo que sea lo que te pase, Stephen, espero que por
la mañana se te haya pasado. Lo digo muy en serio. Este
tipo de comportamiento es intolerable en esta casa, así que
será mejor que dejes de sentir pena de ti mismo o lo que
sea que te pase. Ahora mismo. Puede que seas un
adolescente, ¡pero aún no eres demasiado mayor para
recibir unos buenos azotes en el trasero!
Se dio la vuelta enérgicamente y subió las escaleras para
ir a buscar a sus otros hijos.
♦♦♦
Cuando Carmen se hubo marchado, Stephen se desvistió
para meterse en la cama. Todavía no había apagado las
luces de su habitación. En el exterior era noche cerrada; el
sol se había puesto del todo. Si apagaba las luces, parte de
esa oscuridad se colaría dentro, y Stephen no quería que
pasara eso.
Por tanto, se metió en la cama con la habitación
completamente iluminada; incluso las luces de la cabecera
de la cama estaban encendidas.
Se puso de lado e intentó relajarse, pese a saber que
tardaría un buen rato en conciliar el sueño. Estaba
demasiado molesto, tanto que, de hecho, estaba
experimentando sentimientos desconocidos para él hasta
entonces. Tenía ganas de… romper algo, coger cualquier
cosa y aplastarla contra la pared con todas sus fuerzas. La
frustración le producía una congestión viscosa en el pecho
que parecía filtrarse hasta las costillas y presionarle los
músculos y la carne.
Cerró los ojos con fuerza para bloquear completamente la
luz y presionó la cabeza contra la almohada.
—¿Stephen?
Abrió los ojos de golpe.
Estaba sólo en la habitación.
—¿Stephen? ¿Estás preparado? –preguntó la voz con la
misma delicadeza de siempre.
Permaneció inmóvil durante un buen rato, esperando que
la voz continuara hablando. Pero no lo hizo, de modo que
Stephen abrió la boca, dedicó unos momentos a
preguntarse si estaba seguro de querer hacerlo y entonces
dijo:
—Sí.
—Ése es mi chico.
—Pero… sólo si me dejas en paz. Yo… hmmm… –Se
incorporó un poco sobre la cama– … Haré todo lo que
quieras si me dejas en paz, ¿de acuerdo?
Oyó aquella risa tan familiar, como cubitos de hielo
chocando en el interior de un vaso.
—Muy bien. Muy bien. Tenemos un trato, muchacho.
—¿En serio? ¿Es un trato? ¿Me… dejarás en paz?
—Primero tendrás que cumplir tu parte del trato. Harás
todo lo que yo quiera, como has dicho. Después… ya
veremos.
Stephen oyó cómo alguien bajaba por las escaleras y
volvió a tumbarse rápidamente en la cama.
—¿Hablas con alguien? –preguntó Michael.
—Naaa. –Stephen se cubrió la mitad de la cara con la
sábana, temeroso de que su hermano se diera cuenta de
que estaba mintiendo.
—Me ha parecido oír que hablabas con alguien.
—Ya te he dicho que no.
—Vale, vale. Mamá y papá dicen que debo asegurarme de
que todas las luces estén apagadas. Al menos, la mayoría.
Stephen pensó en aquel momento, se imaginó la
habitación con menos luz, incluso completamente a
oscuras. Por primera vez desde que se habían mudado a la
casa, la idea de estar a oscuras no le resultaba tan
aterradora; incluso le parecía ligeramente reconfortante.
—Sí –dijo–. Adelante. Pero deja una encendida.
—¿Estás bien, Stephen?
De repente, Michael le pareció un incordio. Quería
pensar, reflexionar acerca de lo que acababa de pasar, pero
su hermano no se callaba. Se tumbó boca abajo, se tapó
completamente con la sábana y gruñó:
—Claro que estoy bien, maldita sea. ¿Qué te pasa a ti?
Cuando Michael volvió a hablar, parecía molesto con él.
—N… nada. Sólo era una pregunta. –Empezó a subir las
escaleras–. Ahora mismo vuelvo.
Pero Stephen no le respondió. Estuvo un buen rato
despierto, pensando en lo que había hecho y preguntándose
qué trato acababa de hacer… y con quién.
ONCE
CAMBIOS
Los cambios que tuvieron lugar en el seno de la familia
Snedeker durante los meses siguientes fueron muy sutiles,
aunque no tanto como para pasar desapercibidos para Al y
Carmen. Con la única excepción de los cambios que se
estaban produciendo en el comportamiento de Stephen,
apenas discutían sobre ellos.
Su vida continuó como siempre, con los problemas y los
logros habituales. Iban a la iglesia todos los domingos, se
ocupaban de sus responsabilidades comunitarias y
escolares durante la semana y, de vez en cuando,
alquilaban una película de vídeo. Un observador ajeno a la
familia sólo habría detectado una diferencia importante, y
ésta era que la familia parecía haberse adaptado a su nuevo
hogar y que finalmente se sentían cómodos en él.
No obstante, los cambios no eran externos, por lo que
una persona ajena a la familia habría sido incapaz de
descubrirlos. De hecho, tampoco eran visibles para algunos
de sus miembros. Eran cambios que estaban produciéndose
bajo la epidermis, que crecían lentamente y que se estaban
extendiendo como el cáncer que había afectado a Stephen,
aunque en este caso nadie se ocupaba de ellos y no había
tratamiento alguno.
Sin saber que el otro estaba haciendo lo mismo, Al y
Carmen se esforzaron por aferrarse a ese exterior estable
mientras intentaban ignorar los pequeños incidentes que
continuaban produciéndose a su alrededor; sucesos sin
importancia que, individualmente, podían considerarse, en
el mejor de los casos, insignificantes. No obstante, al
observarlos en conjunto, aquellos mismos incidentes tenían
un patrón que Al y Carmen preferían ignorar o darles la
espalda. De modo que hicieron todo lo posible por
ignorarlos y se aferraron más que nunca a aquel exterior
normal e higiénico que habían construido a su alrededor.
Y, durante todo este tiempo, el comportamiento y la
personalidad de Stephen continuó transformándose. Más
tarde, Al y Carmen asegurarían que el cambio había sido
instantáneo, pero sólo porque los cambios iniciales fueron
tan graduales y sutiles que, cuando se completó la
transformación, los pilló completamente por sorpresa.
Hubo muchas cosas en los meses subsiguientes que
pillaron desprevenidos a los Snedeker.
♦♦♦
—Parece que las cosas os van bien, ¿no? –le dijo Tanya a
Carmen un día mientras le cambiaba el pañal a su hija.
Carmen estaba en el sofá bebiendo una cola light y
disfrutando del sonido de los arrullos y balbuceos del bebé.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, dijiste que Stephen está mejor y…
—No, no. Dije que el cáncer había entrado en remisión.
Eso no significa que no pueda reproducirse, sólo que por
ahora está bien. Estamos muy agradecidos, por supuesto, y
nos hemos puesto en las manos de Dios.
—Sí, pero las cosas han mejorado, ¿no? Es decir, Stephen
está mejor por el momento, tú pareces…, no sé, más
tranquila, supongo. Como si no estuvieras tan tensa y
ansiosa. Supongo que aún tienes muchas preocupaciones,
por supuesto, con la mudanza y el cáncer de Stephen. Pero
pareces… más feliz. ¿Tiene eso algún sentido?
—Sí, supongo que sí –reconoció Carmen con el ceño
fruncido. Por supuesto, aquél era el efecto que había
deseado; el problema era que hasta entonces no se había
dado cuenta de que lo había conseguido.
—Ahora vuelvo –dijo Tanya mientras cogía en brazos al
bebé–. Voy a acostarla un rato.
Carmen asintió distraídamente y volvió a sumergirse en
sus pensamientos.
Lo cierto es que no se sentía feliz ni a gusto. De hecho,
había días en los que, si se dejaba llevar, incluso se
cuestionaba su propia cordura y se preguntaba si tal vez el
estrés de la enfermedad de Stephen y la repentina
mudanza le habían provocado algún tipo de reacción
diferida o, quizá, incluso un ataque de nervios.
A veces, cuando estaba sola en casa e iba de una
habitación a otra, captaba un movimiento por el rabillo del
ojo, un destello gris que se movía de un mueble a otro.
Al principio, pensó que era Willy; normalmente lo tenían
encerrado en el sótano, pero a veces se colaba en la sala de
estar y correteaba por ella mientras jugaba al escondite
con la familia. Sin embargo, siempre que había visto el
movimiento borroso a su derecha o izquierda, el hurón
estaba encerrado. Y cuando lo investigaba, nunca
encontraba nada.
En dos ocasiones, mientras estaba de pie en la cocina de
espaldas al frigorífico –una vez fregando los platos y, la
otra, picando verduras–, había notado una corriente de aire
frío en su espalda, como si la puerta del frigorífico se
hubiera abierto de golpe. Pero, al darse la vuelta, la había
encontrado cerrada. El aire frío se había desvanecido
rápidamente, como si nunca se hubiera producido el brusco
descenso de la temperatura, si es que se había producido.
Además, en otras dos ocasiones, se había despertado en
mitad de la noche porque la cama había empezado a vibrar,
casi como si estuviera en una de esas horteras camas de
motel que funcionan con una moneda… aunque en este
caso la vibración no había producido ningún sonido. Al
continuó durmiendo como si nada. En ambas ocasiones,
Carmen se había levantado para fumar un cigarrillo e ir al
baño y, al volver a la habitación, la vibración se había
detenido.
Cada vez que pasaba algo así –movimientos, vibraciones,
sangre en el suelo de la cocina o voces que creía haber oído
cuando estaba segura de que no había nadie más en casa–,
pensaba en Stephen, en las cosas que había dicho sobre la
casa, lo que supuestamente había visto, pero también
pensaba en todos los cambios que había experimentado
desde que se habían mudado allí.
Para empezar, el miedo a bajar las escaleras; aquello era
muy extraño en él, ya que, a pesar del trato que había
recibido por parte de sus compañeros de clase, había
conseguido seguir siendo un niño extrovertido e incluso un
poco agresivo que había tenido miedo sólo cuando estaba
justificado y no cuando no había nada que temer.
Pero, últimamente, parecía estar ocurriendo algo más. No
era algo físico, como las inevitables consecuencias del
tratamiento de cobalto; era más bien un cambio de
personalidad. El primer indicio fue cuando le gritó desde la
cama la noche en que Al le había echado la bronca.
«Me importa una mierda lo que pienses», le había dicho,
y sus palabras se le habían clavado en el corazón como
cuchillas oxidadas. Nunca le había dicho algo semejante y
le había hecho mucho daño. Ella había respondido al dolor
con ira, pese a que en realidad habría querido arrodillarse
junto a su cama llorando y preguntarle: «¿Por qué me
hablas así, cielo? ¿Por qué?».
Pero eso sólo había sido el principio. En las semanas
posteriores se había vuelto muy reservado. Sólo parecía
interesado en alejarse lo más posible de la familia. Para que
hablara tenían que arrancarle las palabras, e incluso
entonces parecía como si estuviera hablando con personas
que le merecían el mayor de los desprecios. En tres
ocasiones le dijo cosas horribles y muy groseras a Carmen
que a ésta le dolía incluso recordar. Y cuando se las dijo, su
rostro parecía distinto; tenía la piel de la cara estirada,
como si fuera un reptil.
A veces, Carmen se preguntaba si aquel cambio que
había experimentado también se habría producido si no
hubieran ignorado las cosas que había dicho sobre la casa,
o si no se hubieran mudado a aquel lugar.
—¿… cenar esta noche, Carmen?
Ésta se enderezó sobre el sofá con los ojos muy abiertos
y, al darse la vuelta, vio a Tanya de pie delante de ella con
las manos en las caderas.
—¿Cómo? –dijo Carmen– Disculpa, ¿qué decías?
—¿Que qué tienes pensado hacer para cenar esta noche?
—Ah, bueno, hmmm…, no estoy segura, la verdad. –
Estaba nerviosa, inquieta, como si Tanya hubiera estado
observando sus pensamientos sin que ella se diera cuenta–.
¿Y tú?
—Oh, probablemente algo congelado. Benjamin llegará
tarde de trabajar esta noche.
Carmen sugirió que, en lugar de comer sola, Tanya y el
bebé podían ir a cenar a su casa, siempre y cuando no les
importara comer algo sencillo. Tanya aceptó encantada.
—¿Sabes qué? –dijo–. En todo este tiempo creo que sólo
he estado en tu casa una vez, y sólo durante unos minutos.
Tras pensarlo un poco, Carmen decidió que su amiga
tenía razón. Y entonces se preguntó por qué había tardado
tanto tiempo en invitarla a comer. Al fin y al cabo, pasaba
muchas horas en casa de Tanya.
«¿Quizás te avergüenzas de tu casa? –le dijo la voz
interior–. ¿Tienes miedo de que vea o escuche algo?».
Carmen apartó la mirada, parpadeó varias veces y
descartó inmediatamente aquel pensamiento.
Carmen estaba preparando la cena cuando sonó el
timbre. Tanya entró sonriente con el bebé en los brazos.
No obstante, su sonrisa vaciló ligeramente y frunció el
ceño al mirar a su alrededor.
—Huele muy bien –dijo, recuperando rápidamente la
sonrisa inicial.
Aunque Carmen se dio cuenta, decidió no ahondar en el
tema.
—Estofado, patatas y verduras. Como te he dicho, algo
sencillo. ¿Quieres beber algo?
Tanya cogió una cerveza y Carmen un refresco light y
ambas se sentaron a la mesa del comedor. Tanya tenía en
su regazo al bebé, quien no dejaba de arrullar con
satisfacción y de mirarlo todo con los ojos muy abiertos.
—¿Dónde están los niños? –preguntó Tanya.
—Afuera. Salvo Stephen, que está en el sótano.
—Creía que no le gustaba.
—Eso era antes. Ahora se pasa el día ahí abajo. Incluso ha
sugerido la posibilidad de volver a su antigua habitación.
No sé, parece… –Se encogió de hombros, pero no continuó.
Tanya volvía a tener el ceño fruncido. Estaba mirando
hacia su izquierda, como si hubiera visto a alguien o algo.
—¿Qué pasa?
Tanya parpadeó y volvió a mirarla.
—Hmmm…, nada. Creía haber…, no lo sé.
—Quizá ha llegado Al. Debe de estar al caer.
Mirando de nuevo a su izquierda, Tanya murmuró:
—No, no lo creo… Da igual. –Sonrió y dijo con una alegría
un tanto forzada–: ¿Puedo ayudarte con la cena?
—No, tú relájate.
Charlaron un rato más. A medida que la conversación
avanzaba, Tanya parecía cada vez más incómoda, como si la
silla en la que estaba sentada no terminara de gustarle.
Carmen advirtió varios tics nerviosos en su rostro y cómo
movía los ojos en todas direcciones. También se dio cuenta
de que cada vez sostenía al bebé más cerca de su cuerpo.
—¿Te pasa algo, Tanya? –le preguntó en voz baja.
—¿Qué? Hmmm…, no. Es decir…, hmmm… –Volvió a
mover los ojos en todas direcciones y esbozó una sonrisa
nerviosa–. Lo siento. –Bajó la mirada, dio un trago de
cerveza y le dio un beso en la cabeza al bebé.
—¿Por qué te disculpas?
Tanya continuó un buen rato con la vista baja.
—¿Te sabría muy mal si no nos quedamos a cenar,
Carmen?
Carmen se encogió de hombros.
—Bueno, creía que…
—En realidad no tengo mucha hambre y, normalmente,
acuesto a la niña bastante pronto. Además, hmmm… –Se
levantó–. ¿Podríamos posponer la invitación para otro día?
¿O por qué no venís a casa el próximo fin de semana y
hacemos una barbacoa?
Carmen también se puso de pie.
—Espera, Tanya. Un momento. –La siguió por el pasillo.
Tenía una extraña sensación en la nuca, como si algo no
terminara de ir bien–. ¿Ocurre algo? ¿Qué te pasa?
Tanya no la miró a los ojos cuando alargó la mano hacia
el pomo de la puerta.
—Esto… Carmen, estoy, eh… –Tanya volvió a reírse; fue
una risa susurrante e irregular que traqueteó en su
garganta. Abrió la puerta unos centímetros, se volvió
tímidamente a Carmen y le preguntó:
—¿Me prometes que no vas a reírte?
—Por supuesto que no voy a reírme, Tanya. ¿Qué ocurre?
—Es sólo que no… no me siento cómoda aquí.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir con eso de que no te
sientes…?
—Es la casa. Hay… hay algo, hmmm… –Tanya sacudió la
cabeza e hizo ademán de marcharse. Carmen se lo impidió
agarrándola por el codo con un poco más de fuerza de la
necesaria. El corazón le latía aceleradamente, incluso
notaba los latidos en el cuello, y tenía miedo de hacer la
pregunta que quería hacer.
—¿Qué le pasa a la casa, Tanya?
Ésta tardó unos segundos en responder y, cuando lo hizo,
habló en susurros.
—No estoy segura. Pero hay algo…, hmmm…, algo
maligno. No es sólo la casa, también el… aire. Haga lo que
haga, no puedo dejar de percibirlo. Es como si estuviera
atrapada en una habitación que cada vez se hace más
pequeña, no sé si me explico. Es una sensación
claustrofóbica.
—Pero ya habías estado antes aquí y no notaste nada…
—Sólo estuve unos minutos, no tanto como hoy. No creo
que tuviera tiempo de ver algo. Y no…
—¿Ver algo? ¿Qué has visto? –Carmen tenía la boca seca y
áspera y las palmas de las manos sudorosas. Soltó a Tanya
y se frotó las manos contra las caderas para secárselas–.
Antes no me has dicho que habías visto algo.
Tanya volvió a emitir una risa
nerviosa. —No era nada,
Carmen, sólo… —¿Qué has
visto?
—No estoy segura. He visto…, bueno, me ha parecido ver
algo moviéndose por el pasillo. Algo muy rápido y pequeño.
Seguro que no era nada. He debido de imaginarlo –otra risa
nerviosa– y no creo que vaya a ser una buena compañía,
eso es todo. Bueno, nos vemos más tarde, ¿vale? – Abrió la
puerta–. Llámame esta noche y hacemos planes para el fin
de semana, ¿de acuerdo? –Salió al porche y añadió–: Una
barbacoa. En nuestra casa. Hasta luego.
Atravesó apresuradamente el jardín en dirección a su
casa.
Carmen se quedó un buen rato en la puerta después de
que Tanya se hubiera ido. Después, la cerró de un portazo y
se apoyó en ella con los ojos cerrados.
Un montón de pensamientos se acumularon en su mente
y trató de contenerlos. «Tal vez –pensó–, yo tengo la culpa,
por todas las cosas que le he contado sobre Stephen, sobre
las cosas que éste ha dicho de la casa, sobre lo que los
niños aseguran haber visto y oído».
Olió a comida, recordó que tenía un asado en el horno y
corrió a la cocina para terminar de preparar la cena
mientras trataba de ignorar el temblor en sus manos.
♦♦♦
Al también había estado tratando de ignorar muchas cosas.
Como la música y las voces que subían del sótano, por
ejemplo. Las había vuelto a oír varias veces. Las
suficientes, de hecho, para que ya no se levantara de la
cama cuando pasaba; se quedaba tendido mirando la
oscuridad, escuchando.
A veces la cama también vibraba, como ya ocurriera
aquella primera noche. Evidentemente, los vecinos del piso
superior ya se habían instalado –Terrence y Linda Vanowen
y el hijo y la hija de ambos, personas amables y educadas–,
por lo que Al podía recurrir a la teoría del frigorífico para
descartar la posibilidad de que la cama estuviera vibrando
de verdad; aunque al principio tuvo que hacer un gran
esfuerzo, consiguió convencerse a sí mismo, y alguna
cerveza de más antes de acostarse le ayudaban a conciliar
el sueño a pesar de los perturbadores pensamientos que
trataba de sepultar.
Sin embargo, incluso cuando dormía razonablemente
bien, por la mañana no tenía esa sensación, sino más bien
como si se hubiera pasado la noche dando vueltas entre
sábanas empapadas de sudor. Lograba pasar el día con la
ayuda de grandes cantidades de café y se preparaba para ir
a la cama abriendo la primera cerveza en cuanto entraba
por la puerta.
Una noche, mientras estaba tumbado en la cama
despierto, aunque con los ojos cerrados, se preguntó si no
estaría bebiendo demasiada cerveza, si tal vez aquella
podría ser la causa que explicaba las cosas que había
estado oyendo, sintiendo y pensando últimamente; tal vez,
sólo tal vez, Stephen tenía razón acerca de la casa. Pero
después se dijo a sí mismo que había estado bebiendo más
por culpa de todas esas cosas. La idea de dejar de beber le
parecía inconcebible; si lo hiciera, se volvería loco y le diría
a Carmen todo lo que pensaba, lo que, ciertamente, daría la
impresión de que estaba loco.
Algún tiempo después, con el sonido constante y relajante
del despertador marcando los minutos sobre la mesita de
noche, Al se quedó dormido…
Se despertó súbitamente y se dio cuenta de que estaba
temblando. Su primer pensamiento fue: «Oh, Dios mío,
ahora ya no sólo vibra, ¡sino que está temblando!
¡Temblando!».
Pero, en realidad, era Carmen, que le estaba sacudiendo
el hombro con fuerza mientras susurraba:
—Al. ¡Al! ¡Despierta, Al! ¡La cama! ¡La cama!
—¿Qu… qué? –Al se enderezó con los ojos entrecerrados a
pesar de la oscuridad. Parpadeó varias veces
enérgicamente, como si se le hubiera metido algo en los
ojos.
—¡La cama, Al, la cama!
En cuanto se desperezó de la espesa niebla del sueño, Al
comprendió que estaba sucediendo otra vez. La cama
estaba vibrando. El silencioso zumbido le recorría todo el
cuerpo, enroscándose en sus huesos como si fuera un
cordel.
Pensó con rapidez y tomó una decisión. Si a él le
funcionaba, también funcionaría con ella.
—¿Qué problema hay? –preguntó mientras hacía todo lo
posible para que Carmen no se diera cuenta de que tenía
prisa al apartar las sábanas y salir de la cama. Se frotó los
ojos y se pasó los dedos bruscamente por el pelo.
—¿No lo notas? –dijo Carmen, aumentando el tono de voz.
Estaba de pie al otro lado de la cama con el camisón de
Opus el pingüino–. Está vibrando, ése es el problema.
Presta atención.
—¿A qué?
—¡Tú presta atención!
Al contuvo un estremecimiento al apoyar una mano sobre
la cama y sentir cómo la familiar y extraña sensación le
subía por el brazo. Al cabo de un momento, apartó la mano,
le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza a Carmen y
dijo:
—Sí, ¿y?
—¿Y? ¿Y? La cama está vibrando, Al. ¿Qué está pasando?
¿Por qué lo hace?
—Viene del piso de arriba –dijo en voz baja,
pausadamente, con el tono uniforme y cargado de
indiferencia que produce la somnolencia.
—¿Y qué lo produce?
—El frigorífico de arriba, eso es todo. Se enciende y
empieza a vibrar. La vibración se transmite hasta aquí y la
sentimos en la cama. No es nada más que eso. Vuelve a la
cama. Dentro de un rato parará.
Cuando Al se dio la vuelta para ir al cuarto de baño,
Carmen se lo quedó mirando con los labios entreabiertos.
Una vez en el baño, Al encendió la luz y cerró la puerta
con el pestillo. No tenía ninguna urgencia, pero era el único
lugar al que podía ir en mitad de la noche sin tener que
darle a Carmen ningún tipo de explicación.
Bajó la tapa del inodoro y se sentó en él, con los codos
apoyados en las rodillas, la cara en las palmas de las manos
y dejó escapar el aire lentamente. Esperaba que la
vibración se hubiera detenido y su mujer se hubiera vuelto
a dormir. Incluso rezó en silencio para que así fuera. Al
cabo de un rato, se santiguó, se levantó y se detuvo al oír
un ruido procedente del exterior de la casa. El ruido se
repitió varias veces, se detuvo unos instantes y después se
reanudó.
Al tenía el ceño fruncido cuando salió del cuarto de baño.
«¿Y ahora qué?», murmuró.
Era un perro, ladrando. Estuvo a punto de ignorarlo y
volver al dormitorio, pero estaba tan cerca que pensó que
no le costaba nada echar un vistazo.
Fue hasta la ventana del comedor que daba a la calle, y
que parecía ser la más próxima a los ladridos, y apartó las
baldas de la persiana con dos dedos.
Una luna reluciente proyectaba una luz tenue sobre la
calle, como un moretón luminiscente. Había un perro de
gran tamaño en el límite del parterre delantero ladrando en
dirección a uno de los extremos de la casa. Dada la escasa
luz, era difícil determinar la raza del animal. Ladraba como
lo haría un perro que pretende alertar a su dueño de la
presencia de un intruso o como lo haría al propio atacante;
eran ladridos agresivos, continuados y salpicados de
gruñidos y rugidos.
Al no había visto nunca a aquel perro y no pudo
determinar si llevaba collar o no. Se quedó un rato inmóvil,
observando al perro mientras éste seguía ladrando sin
cesar. Tenía la esperanza de que dejara de hacerlo y se
fuera, pero no ocurrió ni lo uno ni lo otro. Todo lo contrario,
los ladridos cada vez sonaban más enojados, amenazantes y
terriblemente violentos.
Al notó cómo le caía una gota de sudor de la sien y se
pasó el dorso de la mano por la frente. Estaba sudando y el
corazón le latía con fuerza.
«Es la casa –pensó–. Está ladrando a la casa porque…
porque le da miedo».
Apartó la mano de la persiana, dio un paso atrás y se
quedó allí de pie, observando la persiana cerrada mientras
el perro seguía ladrando… y ladrando… y ladrando…
♦♦♦
Los secretos crecieron como tumores en el hogar de los
Snedeker.
Carmen no le contó a Al que había oído a alguien riendo
en la cocina pese a que estaba sola en la casa.
Al no le contó a Carmen que un fin de semana había oído
unos pasos siguiéndole por toda la casa pero que no había
visto a nadie.
Y Stephen sólo les hablaba cuando no quedaba más
remedio. Cuando no estaba en la escuela, se pasaba la
mayor parte del tiempo en su habitación, normalmente en
compañía de Jason, quien traía cintas de casete para
escuchar, las últimas novedades de los principales grupos
de heavy metal, las letras de cuyas canciones trataban casi
exclusivamente de sexo y muerte, violencia y suicidio,
tortura y necrofilia. Ya no hacía prácticamente nada con
Michael, sobre todo porque éste quería hacer muchas
actividades y estaba interesado en cosas que no tenían
ningún atractivo para Stephen. Como resultado de ello,
Stephen se estaba planteando seriamente trasladarse a la
habitación que le habían asignado en un principio.
La idea de tener una habitación propia le resultaba, una
vez más, muy atractiva.
De ese modo nada podría interrumpir las voces…
Un día, a última hora de la noche, Stephen estaba
tumbado en la cama, escuchando los ladridos de un perro
en el exterior de la casa. Aunque no era la primera vez que
los oía, no les había prestado mucha atención hasta que su
padre se había quejado de ellos una mañana durante el
desayuno, antes de marcharse a trabajar. Al había dicho
que debían descubrir de quién era el perro y llamarle;
llevaba ladrando varias noches seguidas delante de la casa.
Empujado por la curiosidad, Stephen se levantó de la
cama y subió las escaleras, moviéndose con soltura en la
oscuridad. Se acercó a la ventana del comedor y vio al
perro en la calle, iluminado por la luz de la luna. Estaba
ladrando y gruñendo hacia una de las esquinas de la casa.
Ni a una ardilla ni a un gato, no, simplemente estaba
ladrando a la casa.
Aunque no fue consciente de ello, una sonrisa apareció en
la comisura de sus labios.
De modo que no él era el único. El perro parecía saber
que en aquella casa había una presencia extraña, que en
ella moraba alguien más aparte de una madre, un padre y
cuatro hijos. El perro sabía…
DOCE
LOS FANTASMAS DEL REGALO DE NAVIDAD
Cerca de Navidad, Stephen se había hecho con una vieja y
maltrecha chaqueta de piel en la parte posterior de la cual
había pegada una calavera, unos huesos cruzados y el logo
de un grupo de heavy metal: una cruz invertida y una daga
ensangrentada.
Un día, al llegar de la escuela, la llevaba puesta. Era el
último día de clases antes de las vacaciones de Navidad; la
nieve lo cubría todo y Stephen tuvo que sacudirse los copos
de la bufanda y la chaqueta antes de entrar en casa.
Carmen lo detuvo antes de que Stephen bajara las
escaleras del sótano.
—¿Stephen? ¿Puedes venir un segundo? –le llamó desde
la mesa del comedor.
A Carmen no le apetecía nada la conversación que
estaban a punto de tener, o que iba a intentar tener, porque
tenía una idea bastante clara de cómo iba a terminar.
Últimamente, Carmen y Al habían hablado mucho con
Stephen, los dos juntos y también por separado, sobre
temas como el lenguaje grosero que utilizaba en la casa o
su higiene personal, la cual, por razones que no terminaban
de entender, había empeorado abruptamente en las últimas
semanas.
Desde hacía algún tiempo, había muchas cosas que no
entendían de Stephen.
Y ahora estaba aquella chaqueta. Antes de mudarse a la
casa jamás se le habría ocurrido ponerse algo como
aquello. Siempre había sido un chico limpio que se vestía
con elegancia, un niño educado y bienha blado.
Pero eso había cambiado.
—Siéntate, Stephen –le dijo Carmen en voz baja,
sonriendo.
Con un cansino suspiro, Stephen acercó una silla y se
dejó caer en ella. Apoyó los codos en la mesa y la barbilla
en los puños.
Pese a que el cáncer estaba en remisión, aún estaba muy
pálido y delgado y, aunque no tan evidentes, unas ojeras
entre amarillentas y grisáceas todavía le oscurecían la piel
ligeramente hinchada de debajo los ojos.
—¿De dónde has sacado esa chaqueta? –le preguntó
Carmen.
—Alguien me la dio.
—Las chaquetas de piel no son baratas.
Stephen se encogió de hombros.
—Es vieja. Ya no la quería y me la regaló.
—Bueno, la verdad es que no está nada mal. ¿Por qué has
pegado entonces esas cosas en la espalda?
Stephen volvió a encogerse de hombros, parpadeó
lentamente una sola vez y dijo:
—Porque me gustan.
Carmen se inclinó para acercase aún más a él.
—Stephen, ya sabes que no nos gusta que lleves esas
cosas.
—¿Qué cosas?
—Llevas una cruz en la espalda, y está del revés.
—¿Y?
—Venga, no te hagas el tonto conmigo, Stephen. Sabes
perfectamente de lo que estoy hablando. –Carmen cada vez
estaba más frustrada y enojada, algo que su voz no podía
disimular–. Es un sacrilegio y…, bueno, si quieres que te
diga la verdad…, fuiste tú quien empezó a hablar de una
presencia maligna en la casa y, bueno, según tengo
entendido, lo que llevas en la espalda es algo maligno.
Hemos tolerado lo de la música, así que puedes escuchar la
bazofia que quieras siempre y cuando no nos martirices con
ella, ¡pero esto es pasarse de la raya!
—¿Qué diferencia hay? No lo entiendo. Todo forma parte
de la música, es lo que representa la música, es…
—Lo sé, por eso ni a tu padre ni a mí nos gusta la música.
Esa cruz que llevas en la espalda es un símbolo muy
importante. Cristo murió en esa cruz para que
pudiéramos…
Stephen puso los ojos en blanco.
—Sí, sí, ya lo sé. Me lo han explicado todo en la escuela
dominical –dijo. —Entonces, ¿cómo puedes llevar algo
así?
—Te preocupa el diablo, le tienes mucho miedo, pero
estás rodeada de presencias diabólicas y decides
ignorarlas. Te lo repito, ¡esta casa es maligna!
—Otra vez con eso. De verdad, Stephen, no te entiendo.
No entiendo qué te pasa.
Entonces Stephen hizo algo que dejó a Carmen con la
boca abierta, algo que la dejó conmocionada y
profundamente ofendida.
Stephen empezó a reírse, meneó la cabeza y le dijo:
—Hay muchas cosas que no entiendes, mamá. –Se levantó
de la mesa y se marchó a su habitación. Carmen se quedó
con la vista clavada en la silla donde su hijo había estado
sentado hacía un momento; aún tenía la boca abierta y los
ojos llenos de dolor.
Al cabo de un rato, encendió un cigarrillo y soltó el humo
con un suspiro de desaliento. Aunque sabía que debía
hablar con Al sobre lo que acababa de suceder, no tenía
muchas ganas de hacerlo.
Últimamente, Al estaba de muy mal humor, sobre todo
por el cambio que estaba experimentando Stephen. No
tenía paciencia con él; aunque Carmen debía admitir que se
sentía igual que su marido, al menos intentaba ser justa y
civilizada con el chico, hacía todo lo posible por ponerse en
su piel, algo que cada vez se le hacía más cuesta arriba
dada su escasa disposición a compartir con ella su punto de
vista. Tenía miedo de que, tarde o temprano, le dijera a Al
algo que Stephen había hecho o estaba haciendo y Al
perdiera definitivamente los nervios y arremetiera contra el
chico con dureza, con mucha dureza, que decidiera hacer
algo más drástico que castigarlo sin salir de casa o sin
poder utilizar el teléfono, algún tipo de castigo físico
severo, por ejemplo. Aunque podía llegar a entender la
necesidad de hacer algo así –Stephen también había
llevado su paciencia al límite, especialmente con la
respuesta a su comentario en torno a la chaqueta–, se
estremecía sólo con pensar en ello.
Pero las imágenes en la parte posterior de la chaqueta de
Stephen también le provocaban un estremecimiento cada
vez que las veía.
Hablaría con Al. Si él no hacía nada, no le quedaría más
remedio que tomar medidas más drásticas…
Lo hizo aquella misma noche, y aunque esperó hasta
después de la cena con la esperanza de que Al estuviera
más relajado, éste se puso hecho una furia. Bajó las
escaleras y, desde la sala de estar, Carmen oyó cómo le
gritaba a Stephen. Incluso le pareció oír el estruendo de
algo que se estrellaba contra la pared.
Peter dormitaba en el sofá a su lado; Stephanie y Michael
estaban en el suelo viendo la tele. Tenían la espalda rígida y
los ojos clavados en la pantalla, haciendo todo lo posible
por aislarse de los sonidos que subían del sótano.
Tras un breve silencio, oyó los pasos de Al subiendo
ruidosamente las escaleras y su potente y enojada voz:
—¡Se acabó! ¡Me rindo! ¡Si quieres ir por ahí como un
punk satánico, adelante, tú mismo, pero no le digas a nadie
que vives en esta casa! ¡Eres un imbécil mimado, es lo que
eres! ¡No sé de dónde lo has sacado, pero seguro que no de
nosotros!
Al continuó con su diatriba en el pasillo, y Carmen oyó el
leve sonido de la risa de Stephen procedente del piso
inferior. Salió apresuradamente al pasillo para reunirse con
Al.
—No sé qué coño hacer con él –gruñó este mientras
entraba en la cocina y cogía una cerveza del frigorífico–.
Quiere quedarse esa maldita chaqueta…
—Al –le reprendió Carmen con una mueca.
—Que se la quede, me importa un comino. Si quiere ir por
ahí como un matón, como un maldito criminal o como…, yo
qué sé…, como el miembro de una secta, que haga lo que le
dé la gana. –Se apoyó en el borde de la encimera y echó la
cabeza hacia atrás para dar un trago de cerveza.
—Bueno, es evidente que le pasa algo, pero no sé qué es.
—Que es un maldito mocoso malcriado, eso es lo que le
pasa.
—Ah, entonces es culpa mía, ¿es eso lo que estás
diciendo? ¿Que yo tengo la culpa de que se comporte como
lo hace?
—Oye –dijo Al extendiendo los brazos y enarcando las
cejas–, lo has dicho tú, no yo.
Carmen se dio la vuelta, alargó un brazo y se apoyó en el
frigorífico con el codo tenso. Cerró los ojos un momento y
apretó los labios con fuerza. Era consciente de que, si
ahondaba en aquella acusación apenas velada, la discusión
podía adquirir un tono realmente desagradable. Decidió no
hacerlo, respiró hondo y se dio la vuelta.
—Creo que debería llevarlo a ver al padre Wheatley.
Al dio otro trago de cerveza y suspiró.
—¿Crees que servirá de algo?
—No le hará ningún daño, ¿no?
Al se quedó pensativo un momento, frunció el ceño y
adoptó una actitud distante. Entonces dijo en voz baja,
como si hablara consigo mismo:
—Desde el momento en que nos mudamos aquí…, a esta
casa…
El comentario sorprendió a Carmen. ¿Era posible que Al
hubiera estado teniendo los mismos pensamientos que la
habían acosado a ella? Sin embargo, ocultó rápidamente su
sorpresa.
—¿Crees que la casa tiene algo que ver en esto? –le
preguntó.
—¿Qué? Ah, no. Por supuesto que no. Sólo era… un
comentario, eso es todo. Ha cambiado mucho en muy poco
tiempo.
—Por eso creo que debería hablar con el padre Wheatley.
—Sí. La verdad es que no le hará ningún daño.
♦♦♦
Carmen llamó al padre Wheatley al día siguiente para
explicarle cuál era la situación y éste aceptó ver a Stephen.
A pesar de sus protestas, Carmen lo llevó a la iglesia y lo
dejó allí mientras ella iba a hacer algunas compras. Cuando
terminó, volvió a la iglesia para recogerlo y regresaron a
casa. Carmen resistió el impulso de entrar y preguntarle al
padre Wheatley cómo había ido y qué le pasaba a su hijo.
En su lugar, intentó mantener una conversación con
Stephen.
—Dime, ¿de qué habéis hablado? –le preguntó.
Stephen se encogió de hombros mientras seguía mirando
por la ventanilla.
—No sé. De nada en especial. Sólo… hemos charlado.
Eso fue todo lo que fue capaz de arrancarle. Sólo le
quedaba confiar y rezar que el padre Wheatley pudiera
ayudarle.
Pero eso no era suficiente para Carmen. En cuanto llegó a
casa, llamó al padre Wheatley desde el teléfono de su
dormitorio.
—¿Cómo ha ido, padre? –le preguntó.
—Carmen, si no te importa, prefiero no hablar de ello en
detalle. Sin embargo, te diré algo: has hecho bien en
traerlo. Me gustaría volver a reunirme con él. ¿Qué te
parece mañana mismo?
—Por supuesto. Le estoy muy agradecida. La verdad es
que estaba preocupada de que…, bueno, Al y yo estábamos
preocupados de que… –No terminó la frase por miedo a que
su voz se rompiera y empezara a llorar.
—Escucha, Carmen –dijo el padre Wheatley en voz baja–,
estoy aquí también para ti. Creo que ahora mismo Stephen
necesita estas conversaciones y creo que podemos hacer un
gran progreso. Pero si necesitas hablar con alguien, no
dudes en venir a verme.
—Gracias, padre –susurró.
—¿Mañana a la misma hora?
—Sí, claro.
Sin embargo, al día siguiente Carmen no pudo llevar a
Stephen a ver al padre Wheatley.
Por la noche, Carmen recibió una llamada de su hermano
Everett desde Alabama. En cuanto oyó su voz a través de la
línea telefónica, se puso tensa; sólo la llamaba cuando
necesitaba algo… o cuando algo iba mal.
Era un alcohólico, como lo había sido su padre, y no tenía
ninguna intención de solucionarle los problemas; Carmen lo
llevaba en el corazón y siempre rezaba por él, pero desde
hacía algunos años se había dado cuenta de que en realidad
no podía hacer mucho por él y que, si realmente deseaba
salvarse, era él quien debía dar el primer paso.
—¿Ca… Carmen? Vas a tener que volver a casa. En
seguida. –Su voz sonaba húmeda y temblorosa.
—¿Qué ocurre, Everett?
—Papá. Está…, hmmm…, está muerto, Carmen. Lo han
matado. Alguien lo ha asesinado. Tienes que venir.
Carmen se quedó aturdida y no pudo decir nada durante
unos instantes. Cuando pudo volver a hablar, le dijo a
Everett que estaba nevando en Connecticut, pero que
cogería el próximo avión que saliera y que llegaría allí lo
antes posible.
Después de colgar, se dejó caer en el sofá y se puso a
pensar en su padre con la vista perdida. Sus padres se
habían divorciado cuando ella tenía doce años y nunca
había estado cerca de su padre; de hecho, apenas le
conocía, a diferencia de su hermano, quien había estado en
contacto con él durante todos aquellos años. A pesar de
eso, Everett siempre había despreciado el estilo de vida de
su padre: el excesivo consumo de alcohol, la falta de
atención personal, su forma de vivir con una mano delante
y otra detrás. Aunque, aparentemente, ese desprecio no
había evitado que Everett acabara reproduciendo los
mismos patrones de conducta que su padre. Precisamente
por culpa de ese patrón familiar, Carmen hacía todo lo
posible por mantenerse lo más alejada posible del alcohol, y
era también el principal motivo de preocupación ante el
apego de Al por la cerveza, algo que aún no se había
atrevido a mencionarle.
Carmen llamó al aeropuerto y consiguió billete para un
vuelo que salía aquella misma tarde. Al tuvo que
ingeniárselas para conseguir unos días libres en el trabajo
y poder así cuidar a los niños mientras Carmen no estaba.
No le hacía ninguna gracia tener que pedir favores cuando
hacía tan poco tiempo que había empezado a trabajar en la
cantera, pero aquélla era una de esas crisis impredecibles e
inevitables que le ocurre a todo el mundo de vez en cuando,
por lo que su jefe tendría que entenderlo.
Después de acompañar a Carmen al aeropuerto, Al,
Stephanie y Peter se detuvieron a comprar una pizza antes
de volver a casa. Al no sabía cocinar y no tenía ninguna
intención de aprender, de modo que se alimentarían de
comida para llevar y congelados mientras Carmen estuviera
fuera.
Aquella noche, terminada la pizza, Stephen se refugió en
su habitación, como hacía siempre. De hecho, se había
pasado la mayor parte de la tarde en ella e incluso había
cenado solo en el sótano. La tensión entre Al y Stephen iba
en aumento; cuando estaban juntos en la misma habitación,
el silencio era más pesado y la atmósfera se enrarecía. Sólo
se dirigían la palabra cuando era estrictamente necesario,
lo que, a medida que pasaba el tiempo, era cada vez menos
frecuente. A Al ya le iba bien, pues prefería relacionarse lo
mínimo con el chico mientras continuara portándose mal.
Tal vez era una actitud un tanto severa, pero no sabía
hacerlo de otro modo. El comportamiento reciente de
Stephen no tenía justificación, y para Al comportarse como
si no hubiera pasado nada era lo mismo que decirle que
estaba bien.
Al y Michael vieron un partido de fútbol en la tele
mientras Stephanie y Peter jugaban a pegar y colorear en
la mesa del comedor. Al día siguiente no había escuela, por
lo que a Al no le preocupaba que se quedaran despiertos un
poco más tarde de lo habitual. No obstante, como estaban
acostumbrados a acostarse temprano, al cabo de un rato
les entró sueño y se fueron a sus respectivas habitaciones.
Después del partido, Al se quedó solo viendo reposiciones
de telecomedias. Y pensando.
No tenía ganas de irse a la cama. Y mucho menos solo.
No podría conciliar el sueño…, esperando…, la música…,
las voces…, la vibración…
Tres horas después, le costaba mantener los ojos abiertos
y le caía continuamente la cabeza hacia adelante mientras
veía la tele. Finalmente, se rindió, apagó el televisor y las
luces y se fue a la cama.
En cuanto se acostó, el cansancio desapareció y, tal y
como había sospechado, no pudo conciliar el sueño.
Empezó a dar vueltas en la cama, intentando encontrar el
hueco más cómodo y la posición más relajante.
Por fin lo consiguió. Se le cerraron los ojos, sintió cómo se
apoderaba de él la pesadez del sueño, fue consciente de
cómo se le ralentizaba la respiración, notó que empezaba a
dormirse, hasta que…
Oyó música y sus ojos se abrieron de golpe. Se incorporó
sobre la cama. Era la misma música que oía siempre:
antigua y metálica, una música que conjuraba imágenes en
blanco y negro de habitaciones llenas de telarañas, viejas
fotografías con marcos ornamentados y muebles antiguos.
Al volvió a tumbarse, se presionó los ojos con las palmas
de las manos y empezó a gemir.
Unas débiles voces se rieron. La música no se detuvo. Y
había algo más.
Ladridos. El perro volvía a ladrar en la calle.
«Voy a ignorarlo –pensó–. Todo. Seguramente no pegue
ojo, pero voy a quedarme en la cama».
La música continuaba sonando. Las voces seguían
hablando y riendo alegremente. El perro cada vez ladraba
más alto.
Se puso de lado, pegó la cabeza al colchón y se tapó la
oreja con la almohada.
Pero no sirvió de nada. Seguía oyendo la fiesta fantasmal,
los ladridos persistentes…
Y entonces sintió la familiar vibración filtrándose a través
de su cuerpo y de sus huesos, enroscándose en sus largos y
huesudos dedos, alrededor de ambos codos y rodillas, sobre
los hombros y la parte superior del cráneo, aumentando la
presión, vibrando cada vez más profundamente.
Se puso boca arriba y empezó a dar patadas frenéticas
bajo la sábana. Respirando a través de los dientes
apretados, rodó sobre la cama y cayó al suelo; se arrastró
unos metros por él antes de ponerse de pie. Dio unos
cuantos pasos de espalda, topó con la cómoda y se quedó
allí, observando la cama.
No vio nada. No había ningún signo visible que indicara
que la cama estaba sufriendo algún tipo de movimiento
extraño. Alargó una mano por su espalda y encendió la
lamparita que había sobre la cómoda, pero continuó sin ver
nada.
Sin embargo, había muchas cosas que oír.
La música provenía de algún lugar de la casa, y había
voces amortiguadas y risas suaves entremezcladas con ella.
En la calle, el perro seguía ladrando como si estuviera a
punto de atacar y matar a alguien.
Al encendió la luz del techo, se puso los pantalones y salió
al corto pasillo. Con movimientos rápidos y espasmódicos,
fue encendiendo todas las luces a medida que pasaba
frente a los interruptores.
La música continuaba sonando.
Las voces seguían murmurando.
Como siempre, en el piso inferior sólo había oscuridad.
Cuando Al estaba a medio camino, los sonidos se
detuvieron.
Silencio.
Notó un dolor intenso en la mano y se dio cuenta de que
estaba agarrando la barandilla con demasiada fuerza.
En la calle, el perro seguía ladrando tan fuerte que se
estaba quedando ronco.
Dio media vuelta, volvió a subir la escalera, entró en la
sala de estar, donde encendió dos lámparas, atravesó el
recibidor y, al llegar al comedor, se quedó petrificado.
Había alguien de pie delante de la ventana que daba a la
calle, observando la noche a través de los cristales; las
persianas estaban levantadas y la figura quedaba recortada
por la tenue luz de la luna que se reflejaba en la nieve.
Al se quedó completamente inmóvil en el umbral de la
puerta. Entonces movió lentamente una mano, palpando a
ciegas la pared en busca del interruptor, y la figura se dio
la vuelta y se lo quedó mirando.
Pulsó el interruptor, iluminando todo el comedor, y soltó
un suspiro de alivio.
—Stephen.
—Hay un perro ahí fuera –dijo riéndose entre dientes–.
Está muy nervioso.
—¿Estabas escuchando música hace un momento?
Stephen se pasó una mano por la nuca y empezó a salir
lentamente del comedor.
—¿Música? No, no estaba escuchando nada.
Al lo agarró suavemente del brazo cuando pasó por la
puerta.
—¿No has invitado a nadie? ¿No has metido a ningún
amigo en la casa a escondidas?
—¿Por qué iba a hacerlo? En la casa ya hay gente más
que suficiente.
Al le soltó el brazo y el chico siguió avanzando por el
pasillo…, bajó las escaleras… Más tarde, Al pensaría en las
palabras de Stephen y en cómo las había dicho; le
resultarían inquietantes e incluso le producirían escalofríos
sólo con recordarlas. Sin embargo, en aquel momento se
las tomó al pie de la letra. Cuando Stephen se hubo
marchado, Al se acercó a la ventana para echar un vistazo
al perro.
Parecía un labrador y estaba mucho más cerca de la casa
de lo habitual. Parecía tenso, preparado para salir
corriendo en cualquier momento. De hecho, si se acercaba
un poco más a la casa, podría haber mordido una de las
esquinas de la fachada.
Después de bajar las persianas, Al volvió al dormitorio, se
vistió y salió. Corrió por delante de la casa en dirección al
perro mientras movía los brazos y gritaba:
—¡Largo de aquí! ¡Fuera! ¡Vete! ¡Largo! –A pesar de
tirarle nieve, incluso patearla en su dirección, se las vio y
se las deseó para desviar la atención del animal de la casa.
Cuando finalmente lo consiguió, el perro salió corriendo,
pero, poco después, se detuvo, se giró, soltó unos cuantos
gemidos y ladridos insistentes y después desapareció.
De nuevo en casa, Al se desvistió y se quedó mirando la
cama un momento mientras se preguntaba si sería seguro
volver a acostarse. Pero se dio cuenta de que tampoco
importaba porque estaba completamente desvelado. Se
puso la bata, fue hasta la cocina y abrió el frigorífico.
—Mierda, es verdad –susurró–. No hay cerveza.
Todavía estaba mirando la deslumbrante luz del
frigorífico cuando los ladridos se reanudaron.
Cerró el frigorífico de un portazo. Las botellas de vidrio
tintinearon y las latas traquetearon. Apretó los puños a
ambos lados del cuerpo a medida que los ladridos se oían
cada vez cerca, más potentes, más furiosos. Con los ojos
cerrados, respirando pesadamente por la nariz, Al pensó:
«Madre mía, qué bien me sentaría ahora una cerveza».
Al se acomodó en el sillón reclinable de la sala de estar.
Cuando cogió el mando para encender la televisión, le
temblaba el pulgar.
—Voy a tener que hablar con alguien sobre ese maldito
perro –dijo en voz baja mientras recorría los canales.
Los ladridos continuaron sin descanso.
Se decidió por un viejo western y, al dejar el mando de la
tele en la mesita auxiliar, vio un rosario. Carmen los había
dejado por toda la casa. Lo cogió distraídamente con una
mano temblorosa mientras se decía a sí mismo que no lo
necesitaba, que no estaba enfadado ni asustado, que sólo se
sentía un poco inquieto, nada más.
El perro seguía ladrando y ladrando…
—Dios te salve María, llena eres de gracia… –recitó en
susurros.
… ladrando…, ladrando…
En un recóndito lugar de su mente, aunque no estaba
muy seguro porque era débil, muy débil, a Al le pareció oír
el sonido metálico de la música…
♦♦♦
Carmen regresó tres días después.
Habían encontrado a su padre en su pequeño y
destartalado remolque. Como en éste no habían hallado
agujeros de bala y muy poca sangre, la policía había
llegado a la conclusión de que había sido asesinado en otro
lugar con su propia pistola del calibre 22 y que después
habían trasladado el cuerpo al remolque. Pese a no decirlo
abiertamente, por supuesto, la policía no parecía creer que
fuera muy importante encontrar al asesino; al fin y al cabo,
la víctima era un viejo borracho con muchos problemas
para subsistir y que se había relacionado con personajes de
dudosa reputación, el tipo de personas que suelen cometer
aquel tipo de delitos por el motivo más insignificante.
Carmen y su hermano hicieron los preparativos del
entierro y, como quería volver a casa lo antes posible, dejó
a Everett como albacea de la herencia de su padre, o lo que
quedaba de ella.
Se alegraba de estar de vuelta en casa, y Al se alegraba
de que hubiera vuelto. Aunque le aseguró que todo había
ido bien en su ausencia, la habían echado de menos.
Todos parecían estar bien, incluso el propio Al. Sin
embargo, Carmen tenía la sensación de que algo iba mal.
No estaba segura de lo que era…, no había nada visible…,
nadie había dicho nada…
«Sólo es mi imaginación –se dijo a sí misma–. Tras los
últimos días, todo parece muy oscuro».
Empezaron las habituales actividades navideñas. Al trajo
un árbol y Carmen y los niños, menos Stephen, lo
decoraron.
Al había acompañado a Stephen a ver al padre Wheatley
todos los días que Carmen estuvo fuera, y ella continuó
haciéndolo después de regresar a casa. Resistió la
tentación de preguntarle a Stephen sobre sus encuentros
con el padre y se dijo a sí misma que los resultados
empezarían a notarse dentro de poco. Pero no fue así.
Stephen seguía hablando de un modo grosero y soez y la
mayor parte del tiempo se mostraba callado y melancólico.
Si las conversaciones con el padre Wheatley no
funcionaban, Carmen esperaba que sí lo hicieran sus
oraciones. Quería recuperar a su hijo.
Carmen puso una corona de flores en la puerta, un poco
de acebo y guirnaldas en varios lugares de la casa y sacó
los discos y cintas de casete de música navideña que habían
recopilado a lo largo de los años. Ponía la música muy a
menudo y siempre tenía ponche de huevo en el frigorífico.
Michael, Stephanie y Peter hicieron un muñeco de nieve
en el jardín delantero y Carmen les dio una escoba, una
bufanda y un sombrero viejos para decorarlo.
Volvieron a ver El cuento de Navidad y ¡Qué bello es
vivir!, como todos los años.
Hicieron las cosas que solían hacer todas las Navidades,
todo aquello que les hacía sentir bien, los llenaba del
espíritu navideño y hacía que esa época del año fuese
diferente a todas las demás. Sin embargo, aquel año la
Navidad llegó y pasó y ninguna de aquellas cosas terminó
de funcionar del todo. No era lo mismo. Faltaba algo, algo
más que la habitual participación voluntaria y alegre de
Stephen.
Carmen no sabía cómo se sentían los demás, pero por
mucho que intentara contagiarlos con el espíritu de las
fiestas, no parecía Navidad.
Aquel año la Navidad no conseguía hacer que se sintiera
como otros años.
Por muy estúpido que sonara, Carmen no se sentía
segura.
Ni siquiera en su propia casa.
Sobre todo, en su propia casa.
TRECE
EMPIEZA UN NUEVO AÑO
Las decoraciones navideñas desaparecieron de los
escaparates y fueron rápidamente reemplazadas por
corazones de San Valentín y cajas de bombones. Las luces
de colores y las relucientes guirnaldas volvieron a las cajas
y a los armarios. Los discos y cintas con canciones de
Navidad regresaron a los estantes, donde se quedarían
hasta el próximo diciembre. Se quitaron los árboles y se
pasó el aspirador para eliminar las agujas secas de pino de
las alfombras.
La ciudad se llenó de árboles de Navidad pelados y
tirados en las aceras en espera de que el servicio municipal
se los llevara; hebras de espumillón y trozos de guirnalda
colgaban aún de sus quebradizas ramas y, a veces, el viento
las alejaba sobre la nieve y el hielo.
El cielo era una capa de acero gris oscuro y el aire una
cuchilla afilada capaz de cercenar la carne. Las peladas
ramas de los árboles apuntaban hacia el cielo como si se
tratara de garras artríticas. Con el paso de los días, los
copos de nieve dieron paso a las gotas de lluvia y la nieve
acumulada en el suelo se convirtió en un lodo espeso y
helado…
♦♦♦
—Aunque ya hace bastante tiempo que nos reunimos
habitualmente, tengo la sensación de que aún no te
conozco muy bien. ¿Cuál crees que es el motivo?
—No lo sé. ¿Es posible que sea porque no le he contado
nada acerca de mí?
—Sí, supongo que ésa es la razón. ¿Y por qué no me has
contado nada? —Hmmm… Supongo que no me gusta
hablar de mí mismo.
—Entiendo. Bueno, ¿crees que sería más fácil si te hiciera
algunas preguntas?
—Lo único que ha hecho es hacerme preguntas.
—Sí, tienes razón. Bueno, supongo que estoy un poco
perdido. Verás, tu madre me pidió que hablara contigo
hace… hace unos meses, creo, porque creía que estaba
percibiendo algunos cambios en ti que no le gustaban. Por
eso acepté hablar contigo. Al principio fueron cinco días a
la semana, después dos veces por semana y ahora es sólo
un día a la semana. Durante todo este tiempo he pensado
que, si te daba la oportunidad, me contarías lo que te
pasaba, los problemas que tenías. Pero últimamente estoy
empezando a pensar que tal vez me equivocaba. Y es
posible que tu madre también esté equivocada. Dime,
Stephen, ¿estamos equivocados?
Stephen estaba sentado donde lo hacía habitualmente en
el despacho del padre Wheatley y en la misma posición de
siempre: en el sofá de cuero marrón, con el pie derecho
colgando sobre la rodilla izquierda, las manos entrelazadas
detrás de la cabeza y los codos apuntando hacia arriba a
ambos lados de la cabeza, como si se tratara de dos
pequeñas alas.
El padre Wheatley estaba sentado en una silla de
respaldo recto situada al otro lado de la mesita que había
delante del sofá, justo frente a Stephen. Estaba inclinado
hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y sus
delgadas manos ligeramente entrelazadas. El padre
Wheatley rondaba la cincuentena, tenía una calva
incipiente en la coronilla y cabello blanco alrededor de la
cabeza. Llevaba unas gafas con molduras de carey marrón
y gruesos lentes, y tenía la costumbre de quitárselas para
pellizcarse el puente de la nariz entre el pulgar y el dedo
índice.
—¿Sobre qué estabais equivocados? –preguntó Stephen.
El padre Wheatley lo volvió a hacer: se quitó las gafas, se
pellizcó el puente de la nariz y dejó escapar un leve suspiro.
—Bueno, no estoy seguro, la verdad. ¿Nos equivocábamos
al pensar que… te ocurría algo malo? Dime, Stephen, ¿has
estado preocupado por algo últimamente?
—¿Qué significa últimamente?
—Bueno…, ¿alguna preocupación?
—Sí, el cáncer. Eso me tenía muy preocupado. –No hubo
rastro de sarcasmo en su voz; dijo aquello en un tono bajo,
controlado y sin entonación alguna.
—Por supuesto. Eso es algo totalmente comprensible.
Pero nuestras oraciones han obtenido respuesta. El cáncer
está en remisión y parece ser que te estás recuperando
muy bien. Físicamente, quiero decir. Me refería a algo que
pudiera haber herido tus sentimientos o que pudiera
haberte enojado… o incluso asustado. ¿Has experimentado
algo así?
Stephen movió lentamente el labio inferior hasta situarlo
entre los dientes, lo mordisqueó ligeramente mientras
recorría la habitación con la mirada y, finalmente, volvió a
posarla una vez más en el padre Wheatley.
—No –dijo–. No, no he notado nada de eso. Estoy bien.
—¿No crees que tu comportamiento ha sido distinto
desde hace un tiempo?
Stephen se encogió de hombros.
—No lo sé. ¿Distinto comparado con qué?
—¿Distinto al… habitual?
—Hmmm… No que yo sepa.
—¿Y tu forma de vestir? ¿La ropa que llevas?
—¿Qué le pasa a mi ropa? –En su tono de voz había una
ligera actitud defensiva.
—Bueno, no es el tipo de ropa que usas habitualmente,
¿verdad? La chaqueta, por ejemplo. O las camisetas que
llevas cuando estás en casa.
—¿Las camisetas? ¿Qué pasa? ¿Ha estado hablando con
mi madre?
—Por supuesto. Tu madre dice que llevas camisetas de
bandas de rock and roll y con lemas que resultan…, bueno,
ofensivos. Incluso blasfemos.
Como la chaqueta de cuero.
—¿Y? ¿Qué hay de malo en ello? Hay muchos chicos que
las llevan.
—Pero, según tu madre, antes no te ponías esas cosas ni
escuchabas ese tipo de música.
Stephen se encogió de hombros.
—Pues ahora sí lo hago.
—Lo sé, pero tu madre cree que el cambio repentino ha
estado provocado por…, bueno, por algo. ¿Es verdad? ¿Te
ha pasado algo que…?
—No. Un día mi amigo Jason me puso sus cintas y me
gustó la música. Me regaló un par de camisetas viejas y
esta chaqueta usada. Lo único que pasa es que a mis
padres no les gustan, eso es todo. La música, la ropa. Por
eso dicen que me pasa algo malo.
—Bueno, he de decir, Stephen, que la chaqueta me
parece bastante blasfema. La cruz en la espalda es…
—Pero no me pasa nada malo. Si ésa es la razón por la
que he estado viniendo aquí, entonces –otro encogimiento
de hombros–, le he estado haciendo perder el tiempo. Lo
siento.
El padre Wheatley miró a Stephen un buen rato,
estudiando su rostro con los ojos entrecerrados, pensativo.
—¿Quieres que le diga eso a tu madre? –dijo finalmente.
—No lo sé. ¿Qué cree que debería decirle? Usted es el
párroco.
—Bueno, supongo que si crees que estas entrevistas son
una pérdida de tiempo… entonces deben de serlo. Stephen,
si dejamos de vernos, ¿puedes prometerme una cosa?
Stephen se encogió de hombros.
—Si alguna vez necesitas hablar con alguien sobre algo
que…, bueno, sobre algo que no te apetezca hablar con tus
padres o con un amigo de la escuela…, ¿vendrás a verme?
Estoy dispuesto a escucharte siempre que quieras.
—Sí, claro –respondió Stephen con una sonrisa.
♦♦♦
—Tengo que admitir, Carmen, que tu hijo está pasando por
la agonía de la adolescencia.
—¿Qué quiere decir exactamente con eso?
—Bueno, tiene una actitud muy rebelde. Disfruta
haciendo cosas que os puedan sorprender y ofender. Por
eso las estrellas del rock hacen tanto dinero, aunque
tengan muy poco talento. –El padre Wheatley se rio entre
dientes–. Porque los chicos saben que a sus padres no les
gustan.
—Pero le pasa algo más, padre. –Carmen agarró el
teléfono con fuerza y se lo pegó mucho a la oreja–. Stephen
ha… cambiado. Su personalidad, su forma de
comportarse… Es como si ya no quisiera saber nada de
nosotros. Se pasa casi todo el día en su habitación, y sólo
sube para ir al cuarto de baño o comer. Se queda sentado
en un rincón durante horas, murmurando para sí mismo
mientras escucha esa horrible música con los auriculares.
Se pone esas camisetas, esa chaqueta, anillos con
calaveras, toda esa parafernalia del heavy metal. Ni
siquiera sé de dónde lo saca, aunque sospecho que tiene
algo que ver con el chico con el que ha estado rondando
últimamente. Stephen no es el mismo chico que era, padre.
—Sí, todos los chicos llegan a una edad en la que dejan
de comportarse como lo han hecho hasta entonces. Aunque
para algunos los cambios son más drásticos. Parece ser que
ése es el caso de Stephen.
—Sí, es verdad. –Carmen cerró los ojos y esbozó una leve
sonrisa, aliviada de empezar a entender finalmente lo que
le estaba pasando a su hijo.
—Por desgracia, no percibí nada de todo esto durante
nuestros encuentros. Bueno, sí que estaba de mal humor de
vez en cuando, y un poco impaciente. Pero se portaba muy
bien. Y sí, me fijé en la chaqueta y los anillos. Creo que tus
sospechas sobre los amigos de Stephen son correctas.
Mencionó a un chico llamado Jason que lo introdujo en la
música. Diría que es una mala influencia para él.
—Dígame, padre. ¿Ha mencionado algo sobre… la casa?
¿La casa en la que vivimos?
—No, no recuerdo ninguna mención a la casa. ¿Por qué lo
pre guntas?
—Ah, no, por nada. Entonces, no cree… Bueno, ¿no cree
que pueda hacer nada más por él?
El padre Wheatley se rio.
—Carmen, querida, sólo soy un capellán. Pero, si quieres,
puedo recomendarte a un terapeuta.
—¿Terapeuta?
—Sí. Un buen terapeuta católico especializado en este
tipo de problemas.
Se le dan muy bien los adolescentes.
Carmen frunció el ceño.
—¿Un terapeuta?
—¿Por qué te sorprende tanto? Creo que sería una buena
decisión.
—¿Cree que Stephen tiene…, bueno, ya sabe, un
problema mental?
—Por supuesto que no, querida. Creo que simplemente
está deso rientado. De hecho, me temo que si un chico de
su edad no lo está es que tiene un problema mental.
Hacerse mayor es un proceso muy complejo, y en estos
momentos Stephen está pasando por un momento muy
difícil. Y, además, ha tenido la carga adicional de su
enfermedad, algo a lo que no deben enfrentarse la mayoría
de los adolescentes. No, Carmen, los hospitales
psiquiátricos son para los enfermos mentales. Los
terapeutas son para las personas que han debido
enfrentarse a demasiados problemas en muy poco tiempo,
para aquellos que deben resolver las situaciones que la vida
nos depara a todos en un momento u otro. Los terapeutas
son para todo el mundo. No, el hecho de que te sugiera
visitar a un terapeuta no significa que crea que tu hijo tiene
un problema mental. En absoluto.
Carmen no supo qué responder. No estaba de acuerdo
con el padre Wheatley, y aquello le preocupaba aún más
que la situación en la que se encontraba su hijo. De modo
que se limitó a suspirar levemente en el auricular.
—¿Tienes un boli a mano, Carmen? Te voy a dar su
nombre y su número de teléfono. Llámale, explícale el
problema y concierta una cita para Stephen. Si quieres,
puedes concertar una cita para toda la familia. Tú misma.
El padre Wheatley le dio el nombre y el número de
teléfono del terapeuta, pero Carmen no los anotó.
♦♦♦
Stephen decidió trasladarse a la habitación que le habían
asignado en un principio, aunque sólo se lo dijo a Michael.
Primero, trasladó todas sus cosas a su nueva habitación y,
después, con la ayuda de Michael, hizo lo propio con la
cama.
—¿Seguro que quieres trasladarte aquí? –le preguntó
Michael.
—Sí. ¿Por qué lo preguntas?
—Pensaba que no te gustaba esta habitación.
—Bueno, tampoco está tan mal.
Michael frunció el ceño.
—Al principio ni siquiera te gustaba nuestra habitación.
—Sí, bueno, supongo que era una tontería.
Michael continuó con el ceño fruncido. Observaba a su
hermano con preocupación, las manos apoyadas en las
caderas, los ojos entrecerrados.
—No hace mucho no te parecía una tontería. ¿Por qué has
cambiado de opinión?
—Sólo quiero una habitación para mí solo. ¿Qué tiene eso
de malo? —¿Estás seguro de que estás bien, Stephen?
Stephen se puso a reír.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque últimamente has estado…, no sé, un poco raro.
Stephen volvió a reírse.
—Estás empezando a hablar como ellos. –Señaló hacia
arriba con el pulgar, hacia sus padres en el piso superior.
—Sí, pero… ya casi nunca te veo. Siempre estás haciendo
algo con Jason. Y siempre llevas camisetas y anillos raros,
escuchas esa música y…
—Bueno, aún eres muy pequeño. Dentro de poco tú
también escucharás esa música y te pondrás este tipo de
camisetas porque te gustarán los grupos. Ya lo verás.
Lentamente, Michael dejó de fruncir el ceño y en sus
labios apareció una tímida sonrisa.
—¿En serio? –preguntó.
—Te lo aseguro.
—Está bien –dijo Michael encogiéndose de hombros.
—Míralo de este modo: vuelves a tener tu habitación para
ti solo.
—Sí, pero… me gustaba mucho cuando era nuestra
habitación.
—Ya lo superarás –se rio Stephen.
♦♦♦
Aunque Carmen tenía todas las facturas mensuales
esparcidas sobre la mesa del comedor, su atención estaba
dirigida a una en particular. Carmen se dio cuenta de que
Al, quien estaba sentado a un extremo de la mesa, justo a
su izquierda, estaba mirando la factura de la luz, que ella
ya había visto; vio cómo sus labios trazaban una línea recta
y apretada, cómo abría cada vez más los ojos, cómo hundía
los hombros por la conmoción, hasta que finalmente estalló:
—Maldita sea, ¿has visto esto?
Carmen se limitó a asentir.
—Esto es… quiero decir, me cago en todo, esto es
ridículo. ¿Qué hemos estado haciendo? ¿Iluminando todo el
vecindario?
Al miró a Carmen con la boca abierta, sosteniendo la
factura delante de él mientras esperaba una respuesta.
—Hmmm, es posible que sea –dijo con tono vacilante–
porque los chicos dejan las luces encendidas toda la noche.
—¿Todavía siguen haciéndolo? –preguntó en voz tan baja
que Carmen casi no pudo oírle.
—Creo que sí.
Al se puso de pie y golpeó con fuerza la mesa con el puño.
Carmen oyó cómo rechinaba los dientes. Se dio la vuelta y
salió del comedor. Giró a la derecha en el pasillo y empezó
a bajar la escalera.
Carmen se levantó y le siguió rápidamente, confiando en
que su presencia evitara que perdiera demasiado los
estribos.
—¿Stephen? –gritó mientras bajaba la escalera–. Stephen,
¿dónde…? ¿Qué demonios está pasando aquí abajo?
Carmen llegó al sótano a tiempo para escuchar cómo
Stephen le explicaba que Michael le estaba ayudando a
trasladar sus cosas a la otra habitación.
—Entonces, si no tienes miedo de dormir solo en una
habitación, ¿por qué demonios has estado dejando las luces
encendidas toda la noche? – rugió Al.
Stephen y Michael le miraron sin decir nada.
Al les mostró la factura.
—Mirad esto. Es la factura de la luz. ¿Podéis contar todos
los números en el pequeño recuadro que hay en la parte
inferior? ¿Sabéis qué significan? ¡Pues que habéis estado
dejando las malditas luces encendidas toda la noche! ¡Eso
es lo que significan!
Los chicos continuaron sin decir nada.
Al apartó la factura y la golpeó contra el muslo.
—¿Sabéis lo que voy a hacer? ¡Os voy a enseñar lo que
voy a hacer!
Moviéndose como si tuviera muchísima prisa, primero
entró en la habitación de Michael y después en la de
Stephen y desenroscó las bombillas de todas las lámparas.
Las dejó en una caja de cartón vacía que encontró en un
rincón de la habitación de Stephen.
—Por favor, no lo hagas –dijo Michael en voz baja.
—No, ahora es demasiado tarde. Deberíais haber pensado
en eso cuando dejabais las luces encendidas toda la noche y
la factura de la luz se disparaba por las nubes. Deberíais
haber pensado en eso entonces.
—Pero ¿cómo vamos a hacer los deberes? –preguntó
Michael.
—Hacedlos en el piso de arriba. Bajad a vuestro cuarto
cuando estéis listos para acostaros. –Con la caja debajo del
brazo, Al se detuvo al pie de la escalera y miró a los dos
chicos–. Os quedáis sin dinero para gastos y sin paga
durante una temporada. Servirán para pagar esta maldita
factura. –Se dio la vuelta y subió las escaleras con paso
decidido.
—Bueno, chicos –dijo Carmen cruzando los brazos
delante del pecho–, no sé qué deciros. Creo que acaba de
aprobarse una nueva ley.
Michael suspiró y agachó la cabeza.
Stephen se quedó mirando a su madre fijamente. Hasta
entonces no había dicho nada; se había limitado a mirar sin
ningún tipo de expresión en el rostro, sin mostrar ningún
sentimiento.
Carmen se encogió de hombros y dijo en voz baja:
—Deberías haber escuchado a vuestro padre desde el
principio.
—Él no es nuestro padre –dijo Stephen en voz baja y
uniforme, apenas abriendo los labios al hablar.
Sorprendida, Carmen giró la cabeza para mirarle.
Stephen nunca había dicho algo así. Siempre había llamado
a Al «papá», siempre lo había presentado a sus amigos
como «papá».
—No hablas mucho –dijo Carmen con un suspiro–, pero
cuando lo haces, sabes cómo ofender a la gente, ¿eh?
—Bueno –Stephen se encogió de hombros–, lo cierto es
que no lo es.
—Creo que ya has dicho suficiente por hoy –dijo. Se dio la
vuelta para subir las escaleras, pero entonces se detuvo y
se volvió hacia Stephen–. Si él no es tu padre, me gustaría
saber quién lo es. ¿Quién ha hecho todo lo que tenía que
hacerse por vosotros todos estos años? ¿Quién te ha llevado
a pescar? ¿Quién lo ha dejado todo para poder estar junto a
la cama del hospital cuando estabas enfermo? ¿Y quién
ha…?
—Eso no lo convierte en mi padre –repuso Stephen.
Aunque dijo aquello en un susurro, le hizo más daño que
si la hubiera abofeteado.
Por un momento, Carmen había creído que tal vez había
logrado atravesar su coraza, que por fin le estaba diciendo
algo que le resultaría útil, que no olvidaría, que le obligaría
a reflexionar.
Sin embargo, al fijarse en el rostro opaco e inexpresivo de
su hijo, se dio cuenta de que se equivocaba.
Carmen se dio la vuelta y subió corriendo las escaleras.
Esperaba que los chicos no se hubieran dado cuenta de que
estaba llorando.
♦♦♦
—No tendrías que haber dicho eso –dijo Michael, enojado,
cuando su madre se hubo marchado. Estaba al pie de las
escaleras mirando a Stephen, quien se encontraba de pie
en su habitación.
—¿El qué?
—Lo que has dicho sobre papá. Ha sido muy feo.
—Pero es verdad, ¿no? Es decir, aunque le llamemos
papá, eso no le convierte en nuestro padre, ¿no crees?
Michael ladeó la cabeza y entrecerró los ojos mientras
miraba a su hermano; hizo un gesto de disgusto con la
comisura de la boca y sacudió lentamente la cabeza.
—¿Qué te pasa, Stephen? ¿Qué te ocurre?
Stephen echó la cabeza ligeramente hacia atrás mientras
se reía.
—No lo sé. ¿Qué te pasa a ti?
Sin dejar de reír, Stephen alargó una mano y cerró las
puertas francesas.
Michael siguió oyendo la risa ahogada de su hermano
mientras veía a través del cristal cómo este se dejaba caer
en la cama.
♦♦♦
Al estaba sumido en un sueño tranquilo y sin sueños, algo
muy extraño últimamente, cuando se despertó
sobresaltado. Al principio, creyó que era la cama otra vez,
pero se equivocaba.
Al incorporarse, vio a Michael de pie al lado de la cama, a
oscuras.
—Lo siento –dijo Michael en un susurro.
—¿Qué pasa?
—La luz está encendida. En mi habitación. Me ha
despertado.
—Santo Dios, Mike, pues apágala. –Al volvió a recostarse,
se dio la vuelta y se puso cómodo para volver a conciliar el
sueño.
—Pero, papá, si has quitado todas las bombillas.
Al se quedó petrificado. De repente se puso alerta al
recordar que, efectivamente, había quitado todas las
bombillas del sótano aquella misma noche.
Volvió a mirar a Michael y le dijo en un susurro:
—¿Qué quieres decir con que la luz está encendida?
—Pues… que está encendida. Brillando.
—¿Has vuelto a poner la bombilla?
—No.
—Entonces, Stephen debe
de… —No, no. No hay
bombilla.
Al se volvió hacia Carmen cuando ésta se movió e hizo un
ruidito susurrante mientras dormía. Cuando estuvo seguro
de que no iba a despertarse, apartó la colcha, bajó de la
cama y se puso la bata. A continuación, siguió Michael
hasta el pasillo.
Estaba seguro de que Michael había estado soñando.
Estaba convencido de que no era más que eso. Se dijo a sí
mismo que no era más que eso una y otra vez mientras
seguía al chico.
Cuando empezó a bajar las escaleras, vio que había poca
luz en el sótano.
—Está bien, Michael, ¿Qué has hecho? ¿Coger una de las
bombillas del cajón de la cocina?
—¡No! –siseó Michael– ¡No hay ninguna bombilla!
Al se detuvo en mitad de la escalera. Sintió un hormigueo
en la nuca y una tensión en el estómago, como si los
testículos se le hubieran encogido en el interior del cuerpo.
Michael continuó bajando las escaleras hasta que se dio
cuenta de que su padre no le estaba siguiendo. Se detuvo y
echó la vista atrás.
—¿Vienes?
Cuando finalmente habló, Al lo hizo con voz seca y ronca:
—Sí, sí…, ya voy.
Continuó bajando las escaleras, pero entonces mucho
más despacio, agarrándose a la barandilla con una mano.
Una vez abajo, se detuvo un buen rato en el charco de luz
procedente de su izquierda antes de dar media vuelta para
seguir a Michael hasta el dormitorio.
—¿Lo ves? –dijo Michael un poco grogui– ¿Ves a lo que
me refería?
Al se dio la vuelta.
La respiración se le quedó atascada en la garganta como
si fuera una piedra.
Un portalámparas vacío brillaba con una intensa luz
blanquecina que obligó a Al a entrecerrar los ojos. Sin
embargo, no era una luz normal.
Había algo muy extraño en ella, algo profundamente
antinatural.
Al se quedó mirando la luz fijamente, moviendo la boca
abierta ligeramente como si tuviera la intención de hablar.
Sin embargo, no dijo nada, y continuó contemplando la
deslumbrante perversidad de aquella luz entre blanca y
grisácea.
Entonces la luz se apagó, dejándolos en la más completa
oscuridad.
Al cerró la boca, respiró hondo y dejó escapar el aire
lentamente.
—¿Ves a lo que me refiero? –volvió a susurrar Michael.
Al permaneció un rato en silencio porque sabía que su
voz le delataría. Confiaba en que Michael no se hubiera
dado cuenta de la expresión de su rostro cuando había
entrado en la habitación.
—¿Qué hay que ver? –soltó.
—La luz. Hace un momento estaba…
—Está completamente oscuro, maldita sea. ¿A qué luz te
refieres?
La tenue luz de la luna que se filtraba a través de la
ventana relucía en los incrédulos ojos de Michael, que los
tenía abiertos como platos. No dijo nada.
—¿Qué diablos te pasa? Me despiertas a media noche
para… ve… vete a la cama, maldita sea, vete a la cama
ahora mismo.
Al se alejó de Michael y subió la escalera
apresuradamente mientras apretaba los puños para evitar
que le temblaran las manos.
De nuevo en el dormitorio, se quitó la bata y se sentó al
borde de la cama.
Pero volvió a levantarse inmediatamente y se dio la vuelta
para echar un vistazo a la cama.
Estaba vibrando.
Sin ser consciente de ello, empezó a hacer unos ruidos
con la garganta. Miró a Carmen y esperó, rezó, para que no
se despertara mientras se alejaba de la cama, se inclinaba
para coger el batín y salía del dormitorio a toda prisa.
En la cocina, encendió la luz y abrió una botella de
cerveza. Se tomó la mitad antes de darse cuenta de que
tenía las mejillas llenas de lágrimas y de que estaba
sollozando en voz baja.
♦♦♦
—Tenías razón, ¿sabes? –susurró la voz.
Stephen estaba tumbado en la cama, a oscuras, solo en su
habitación, completamente despierto.
—No es tu padre, ¿a qué no?
Stephen meneó la cabeza lentamente sobre la almohada.
—No cree nada de lo que le cuentas. No confía en ti. No
te tiene ningún respeto. ¿No es así, Stephen?
Este volvió a negar con la cabeza.
—¿No es así?
—No –susurró Stephen.
—Nunca hará nada por ti, ¿verdad?
—No.
—Sólo impedirá que sigas haciéndote mayor, ¿no es así?
—Sí.
—Sólo impedirá que te conviertas en la persona en la que
te he prometido que vas a convertirte, ¿verdad?
—Sí.
—Y tú no quieres eso, ¿no es así?
—No.
—¿Y por qué?
—Porque… tú me lo has dicho.
—¿Y quién soy yo, Stephen? ¿Quién soy yo para decirte
algo así?
—Mi padre. Eres mi padre.
—¿Quién soy, Stephen?
—Tú… eres Dios.
—Exacto, Stephen. Exacto, hijo mío…
CATORCE
EL INVIERNO DA PASO A LA PRIMAVERA
A medida que la temperatura en el exterior de la casa de
los Snedeker aumentaba gradualmente y el gris invernal
daba paso a regañadientes a las dispersas manchas verdes,
la temperatura en el interior de la casa descendía de forma
constante y el estado de ánimo se debilitaba.
Cada vez era más normal que la única conversación que
tuviera lugar en la casa saliera del aparato de televisión, el
cual estaba constantemente encendido. Ya nadie hablaba
mucho. Sólo comían juntos a la mesa del comedor los fines
de semana, y a veces ni siquiera eso. Solían hacerlo con el
plato en el regazo o en bandejas frente a la tele.
No es que estuvieran enfadados los unos con los otros;
ése no era el problema. En realidad, parecía como si sólo
les preocuparan sus propios pensamientos silenciosos,
como si estuvieran demasiado ocupados dándole vueltas a
las cosas que les perturbaban, analizándolas
detenidamente, carcomiéndolos.
Aunque Stephanie y Peter eran las dos únicas personas
de la casa que seguían mostrándose alegres y
comportándose como era habitual en ellos, también se
dieron cuenta del cambio que se había producido en la
atmósfera de la casa y se mostraron un poco preocupados
por él. También parecieron darse cuenta de que era mejor
no preguntarle a nadie qué ocurría y pasar la mayor parte
del tiempo juntos, jugando y hablando.
Michael estaba casi todo el día fuera de casa, con sus
amigos. Aunque solía pasar mucho tiempo en casa con
Stephen, ya casi nunca hacían cosas juntos.
Stephen estaba siempre solo. Cuando estaba en casa, se
pasaba el día en el sótano, los chirridos eléctricos del heavy
metal amortiguados por las puertas francesas cerradas con
pestillo. A veces le oían reír, solo en su habitación…
♦♦♦
«¿Cómo ha pasado? –se preguntó un día Carmen–. ¿Cuándo
empezó todo? ¿Cuándo nos volvimos así?».
Se sentó a la mesa en la galería interior a fumar un
cigarrillo e intentó identificar el momento en el que su
familia había empezado a cambiar. Evidentemente, había
sido un cambio muy sutil, pero, al fin y al cabo, un cambio
definitivo. El frío se había posado sobre su casa, sobre su
familia, y ella no podía hacer nada por evitarlo. Y aquello
hacía que se sintiera casi tan impotente como se había
sentido cuando le dijeron que Stephen tenía cáncer.
Stephen…
A veces tenía la extraña sensación de echarle de menos,
como si estuviera de viaje o algo así. Tenía la impresión de
que se había marchado y había sido reemplazado por un
extraño que deambulaba por la casa ignorándolos a todos,
sonriendo sin motivo aparente, a veces murmurando cosas
ininteligibles, a veces riendo y siempre vestido con aquellas
horribles camisetas con calaveras, demonios y símbolos
religiosos profanos en el pecho. Incluso parecía un extraño;
llevaba el cabello más largo, no parecía importarle lo más
mínimo su apariencia y, aunque no podía precisar el cambio
específico que se había producido en ellos, incluso sus ojos
ya no le resultaban familiares.
—¿No crees que deberíamos hacer algo con Stephen? –le
había preguntado a Al hacía unas noches mientras se
preparaban para meterse en la cama.
—¿Hacer qué? Es decir, ¿qué podemos hacer? Ya es
suficientemente mayor para saber cómo debe comportarse.
Sabe perfectamente lo que está haciendo, así que, ¿qué
podemos hacer nosotros?
Al también había cambiado; últimamente estaba más
reservado de lo habitual.
Sin embargo, cuando decía algo, parecía como si
estuviera a punto de perder los estribos, soltaba todas las
palabras juntas como si intentara sacárselas de encima
antes de que le explotaran dentro. También estaba
bebiendo más, y aquella noche el aliento le olía
especialmente a cerveza.
—Bueno, lo que quiero decir es que –le dijo– tal vez no
sepa lo que está haciendo.
—Se ha vuelto raro, pero no estúpido.
—No, quiero decir que…, bueno, el padre Wheatley
sugirió que tal vez, hmm…, tal vez Stephen debería ir a
terapia.
Al soltó un par de risotadas agudas y frías.
—¿Terapia? ¿Sabes lo que cuesta eso? ¿Una hora?
—Pero si le ocurre algo malo, podría merecer la pena.
—Yo ya sé lo que le ocurre: es ese maldito chico con el
que se pasa todo el día. Pero tú crees que es bueno que
tenga amigos, que eso le ayudará. No. No creo que merezca
la pena contratar a alguien para hacer el trabajo que
debería hacer su familia.
—Bueno, pues hasta el momento no hemos sido capaces
de hacer nuestro trabajo.
—Ah, claro, y supongo que piensas que es culpa mía, ¿no?
—Yo no he dicho eso. Simplemente estoy preocupada por
él. Le ocurre algo malo, y sigo pensando que deberíamos
hacer algo al respecto. Mamá dice que está pasando por
una etapa, pero últimamente ella no ha pasado tanto
tiempo con él como nosotros. Y no creo que simplemente
esté pasando por una etapa, se comporta de un modo
demasiado extraño, ya ni siquiera es la misma persona, y
no creo…
—Bueno, espero que sea una etapa –dijo Al antes de
darse la vuelta y darle la espalda–. Y si lo es, será mejor
que se le pase rápido, porque si no, voy a hacer que se le
pase a patadas.
Aquella noche, Carmen estuvo despierta durante mucho
rato, dándole vueltas a la situación en la que se encontraba
Stephen.
Y en ese momento volvía a darle vueltas
una vez más. Pero Stephen no era su
única preocupación… También estaban
las voces.
Nunca eran lo suficientemente fuertes como para estar
completamente segura de que realmente las había oído y
no eran un simple producto de su imaginación. Aunque
tampoco era capaz de identificarlas del todo, siempre le
resultaban familiares.
A veces susurraban su nombre. A veces se reían de ella.
En otras ocasiones, le parecía oír a un niño pequeño
llamándola desde algún lugar de la casa pese a saber que
estaba sola. Otras veces, los murmullos parecían enojados y
amenazantes. Todavía seguía pensando que también veía
cosas de vez en cuando, cosas que revoloteaban a su
alrededor rápidamente y que desaparecían en cuanto se
daba la vuelta para mirarlas. Una vez, entró
apresuradamente en el dormitorio para coger algo del
tocador y, por un instante, tuvo el convencimiento de haber
visto una forma –habría jurado que era un hombre, pero no
estaba segura– sentada a los pies de la cama; sin embargo,
al detenerse y darse la vuelta, la figura había desaparecido.
Nuevamente, se dijo a sí misma que a lo mejor había sido
Willy que correteaba por la casa o una ardilla que chillaba
en el patio trasero o los niños que jugaban en el vecindario
o incluso su propia imaginación perturbada, la cual
últimamente estaba más activa que nunca ante la
posibilidad de que Stephen necesitara terapia o que
realmente tuviera algún problema mental, ante la
posibilidad de que su relación con Al no se recuperara
nunca o que éste siguiera bebiendo hasta el punto de
convertirse en un problema de verdad y él mismo se
volviera un extraño para ella, tal y como le había pasado ya
con Stephen.
Y en mitad de todo aquel torbellino, Carmen no podía
dejar de pensar en lo que había dicho Stephen el día que
llegaron a la casa:
«Mamá, hemos de irnos de esta casa. Hay algo maligno
aquí…, algo maligno…, algo maligno…, maligno…».
Carmen necesitaba hablar con alguien. Había intentado
hablar con Al, pero no había funcionado. Antes podía hablar
con Stephen de casi cualquier cosa, pero esos días parecían
muy lejanos. Por supuesto, siempre podía hablar con Tanya,
siempre y cuando lograra retenerla el tiempo suficiente
para mantener una conversación.
Desde que se había marchado precipitadamente de su
casa aquella noche unos meses atrás, aparentemente Tanya
siempre estaba muy ocupada y nunca tenía tiempo
suficiente para poder charlar tranquilamente con ella. Al
principio, Carmen se había sentido un poco herida. Con el
paso de los días, empezó a enojarse; no entendía por qué,
de repente, recibía un trato tan frío por parte de su amiga.
Aunque, en parte, era culpa suya, por no obligarla a quedar
para hablar. Pero no lo había hecho porque tenía miedo de
hablar con Tanya. Justo antes de marcharse de su casa, le
había parecido entender que había visto algo en la casa y
que no se encontraba cómoda en ella. Carmen echaba de
menos los ratos que pasaban juntas, las conversaciones que
tenían…, pero no quería oír la explicación de Tanya sobre
aquellas últimas palabras antes de marcharse
apresuradamente.
Se levantó del escritorio y fue a la sala de estar. Peter
estaba en su habitación durmiendo la siesta y los otros
chicos estaban aún en la escuela. Se quedó de pie en la sala
de estar un momento, observando la casa de Tanya a través
de la ventana.
«¿Qué podría pasar? –se preguntó–. ¿Qué podría haberle
dicho que fuera tan horrible?».
Tras comprobar que Peter seguía durmiendo
plácidamente, Carmen fue hasta la casa de Tanya.
En cuanto esta abrió la puerta, Carmen le dijo:
—De acuerdo, sentémonos y hablemos.
—Ah, hola, Carm. Vaya, me has pillado en un mal
momento. Estaba a punto de…
—En serio, Tanya. Tenemos que hablar. Necesito hablar
contigo. Por favor.
Tanya, de pie en la puerta de entrada, se mordisqueó la
uña del dedo pulgar.
—¿Ocurre algo?
—Eso es lo que me gustaría saber. Un día sales corriendo
de mi casa como si estuviera en llamas y apenas hemos
hablado desde entonces.
Dímelo tú, ¿qué pasa? ¿Qué ocurrió?
Tanya dejó escapar un suspiro y le dirigió a Carmen una
sonrisa triste.
—Sí, supongo que tenemos que hablar. Pasa.
Se sentaron en la mesita de la cocina y Tanya sirvió café.
El bebé estaba durmiendo en la sala de estar y en el
pequeño transistor que había sobre la mesa sonaba un
programa de entrevistas.
La charla intranscendente duró unos cuantos minutos y,
pasado ese tiempo, Carmen le preguntó qué había pasado
exactamente el día que se marchó de su casa tan
repentinamente.
—No he dicho nada porque…, bueno, porque sabía que
pensarías que era una estupidez –dijo Tanya en tono
vacilante.
—¿No has dicho nada sobre qué? Si sirve para entender
por qué te marchaste de aquel modo y sin dar ninguna
explicación, no me importa lo estúpido que suene, quiero
oírlo.
—Bueno, tu casa…, me sentí muy incómoda en ella. No
quise decir nada porque…, bueno, por lo que tus hijos
llevaban algún tiempo contándote, sabía lo preocupada que
estabas y…
—Dijiste que no dejabas de ver cosas.
—Sí. Por el rabillo del ojo, como si alguien o algo pasara
por el otro extremo de la habitación o de la casa. Pero no
había nadie. Y me sentí…, no me sentí cómoda, eso es todo.
—Entonces, ¿crees que la casa realmente está…?
—No, en absoluto, ése es exactamente el motivo por el
que no quería decirte nada. Sabía que pensarías que yo
creía que la casa estaba embrujada,
pero no es así, ¿de acuerdo? Creo que…, bueno, sólo
creo que… Cuando Tanya se quedó pensativa, Carmen
le preguntó:
—¿Qué crees, Tanya?
Esta se rio nerviosamente.
—Bueno, no estoy segura. Probablemente fue sólo, ya
sabes, lo que me dijiste cuando me contaste lo que te
habían dicho los chicos, y la historia de la casa…, saber lo
que era antes…, eso es todo, estoy segura de que sólo es
eso.
Carmen reflexionó unos instantes sobre las palabras de
su amiga, dio un sorbo al café y encendió un cigarrillo.
—Si eso es todo –dijo–, entonces, ¿por qué has dejado de
venir a mi casa? ¿Por qué has estado evitándome?
—Bueno, como te he dicho, estaba avergonzada. Y no
quiero molestarte con el bebé y…
—Sabes que el bebé no me molesta.
—La casa me incomoda, Carmen –dijo Tanya con un
suspiro–. Eso es todo. Es estúpido. Es infantil. Pero sé lo
que era antes y no dejo de pensar en las cosas que pasaban
entonces… y no me siento cómoda.
—Tienes miedo de mi casa.
La risa repentina de Tanya sonó bastante forzada. Llevó
la taza de café al fregadero y la enjuagó.
—Lo tienes –dijo Carmen, siguiéndola–. Le tienes miedo.
—Carmen, por favor, déjalo estar.
—Bueno, ¿y si te dijera que a veces yo me siento igual? ¿Y
si te dijera que a veces veo cosas? ¿O que a veces oigo
voces? ¿O que…?
Tanya se dio la vuelta de repente y la interrumpió:
—No hablas en serio, ¿verdad?
—Hablo completamente en serio. A veces creo que estoy
perdiendo la cabeza. Y Stephen…, bueno, según tú, está
pasando por una etapa, pero es una etapa que empezó justo
después de que nos mudáramos a esa casa.
Tanya entrecerró los ojos y dijo en voz baja:
—¿De verdad oyes voces?
Carmen asintió.
—Entonces, ¿crees que la casa está, ya sabes,
embrujada?
—Todavía no me he atrevido a utilizar esa palabra y no
estoy segura de querer hacerlo. Pero te mentiría si te dijera
que no se me ha pasado por la cabeza.
—¿Qué dice Al de todo esto?
Carmen se encogió de hombros.
—No hemos hablado de ello. No sé lo que piensa, ni si
tiene alguna opinión al respecto. Tengo la sensación de que
pensaría que estoy loca. Y ya hemos hablado de buscarle un
terapeuta a Stephen, así que…, uno en la familia es
suficiente, muchas gracias.
Tanya se apoyó en la encimera que separaba la cocina del
comedor.
—Entonces ¿qué vas a hacer?
—¿Qué quieres que haga? No puedo hablar con Al, y lo
último que necesitan los niños es que su madre les diga que
la casa está embrujada. Ya han escuchado suficientes
historias de Stephen. Pero tenía que contárselo a alguien.
Por eso he venido a verte. Sienta bien…, bueno, soltarlo
todo.
—Yo también me siento un poco mejor –se rio Tanya–. Al
menos ahora sé que no estaba imaginándome cosas.
Carmen encendió otro cigarrillo.
—No lo sé. Tal vez todo sea producto de nuestra
imaginación. Las cosas no nos han ido muy bien
últimamente, de eso no cabe duda. Creo que todos estamos
un poco tensos. Yo la primera. Y, como has dicho, la casa
tiene un pasado bastante extraño. Sólo eso ya es
espeluznante.
Se quedaron un rato en silencio. Las voces resonaron a
través de la fantasmal estática de la emisora de radio.
De repente, Tanya empezó a tamborilear con los dedos
sobre la mesa con decisión.
—¿Alguna vez has escuchado este programa? –le
preguntó a Carmen señalando el aparato de radio.
Carmen meneó la cabeza.
—Creo que no.
—Es uno de mis programas de entrevistas favorito porque
casi siempre traen a unos invitados muy interesantes.
Invitados realmente extraños, ya me entiendes. Y, justo el
otro día, entrevistaron a una pareja que creo que podría
ayudarte.
—¿Qué? –se rio Carmen–. ¿Cómo podrían ayudarme?
—Son ese matrimonio, ya sabes, los Warren. Son, bueno,
supongo que podríamos llamarlos cazafantasmas. Aunque
de verdad, no esas tonterías que hace Bill Murray –dijo
poniéndose a reír.
—Estás de coña, ¿no?
—No, no, en serio. No es la primera vez que oigo hablar
de ellos. Leí un artículo que… –Chasqueó los dedos y se
levantó–. De hecho…
Salió de la cocina y Carmen la oyó moverse de un lado a
otro de la sala de estar. Cuando volvió a la cocina, vio que
estaba ojeando rápidamente las páginas de una revista.
Una vez que estuvo sentada, encontró lo que estaba
buscando, dobló la revista por la mitad y la dejó caer sobre
la mesa.
—Aquí están –dijo, señalando una fotografía.
Carmen, haciendo un gesto con la comisura de la boca
que denotaba una divertida incredulidad, cogió la revista y
estudió al hombre y a la mujer que aparecían en la página.
—¿Estas personas? ¿Quieres decir que estas personas son
cazafantasmas? –preguntó mientras se reía– Pero si
parecen muy normales. —Son normales. Deberías
escucharlos. Son completamente normales.
Agradables, inteligentes, para nada unos locos.
El hombre y la mujer de la fotografía sonreían
abiertamente a la cámara.
Ambos debían de rondar la sesentena, el hombre era
fornido y con un poderoso pecho, tenía el pelo canoso y
llevaba gafas de montura metálica, y la mujer tenía unos
ojos relucientes y el cabello oscuro recogido en un moño.
Parecían agradables, cariñosos, como un par de abuelos
considerados. En el pie de página podía leerse lo siguiente:
«Los demonólogos Ed y Lorraine Warren residen en
Connecticut, pero viajan continuamente para dar
conferencias y continuar con sus investigaciones».
—Puedes quedártela, si quieres –dijo Tanya–. Es un
artículo muy interesante. Hablan de todas las señales de las
infestaciones, ya sabes, cambios repentinos de
temperatura, cosas que se mueven solas por la casa o que
desaparecen, luces intermitentes, creo que las llaman
«luces fantasmales», y todo ese tipo de cosas. Dicen que
normalmente los niños y los animales son los primeros en
darse cuenta porque son muy sensibles a ese tipo de cosas.
También relatan algunos de los casos en los que han
trabajado y, además…
—¿Los niños y los animales? –la interrumpió Carmen.
—¿Eh? Ah, sí. Perciben esas cosas mucho mejor que los
adultos. – Carmen frunció el ceño y se miró la mano que
tenía apoyada sobre la mesa–. Niños y animales. –Pensó en
Stephen asegurándole desde el
principio que en la casa pasaba algo
malo… —El perro –susurró para sí.
—¿Cómo? ¿Qué perro?
—Eh, hmm, sólo… ¿Recuerdas a ese perro que se pasó
varias noches ladrando sin parar?
—Ah, ¿tú también lo oíste? Vaya, pensaba que iba a
volverme loca. ¿Por qué?
—Al final, Al recorrió el vecindario hace unas cuantas
semanas hasta dar con el dueño y le dijo que lo encerrara
por las noches. Pero, antes de eso, se pasaba la noche
ladrando delante de nuestra casa. Todas las noches. Se
colocaba en la esquina delantera, la que da a este lado, y
ladraba como si quisiera atacar la pared.
Tanya ladeó la cabeza y frunció el ceño.
—¿En serio?
—Sí. Sólo me despertó un par de veces, casi siempre
duermo como un tronco, así que sólo lo vi un par de veces.
Pero a Al supongo que lo despertó todas las noches. Me dijo
que siempre estaba en el mismo sitio, ladrando… a la casa.
Tanya miró pensativamente a Carmen durante un rato
con expresión preocupada. Luego le dio unos golpecitos
con el dedo a la fotografía de los Warren y dijo:
—Creo que deberías llamarlos.
—¿Llamarlos? ¿Por qué? O sea, ¿qué podría decirles? Sólo
estaba –se rio– haciendo un comentario.
—¿Qué puedes perder? Viven muy cerca de aquí, en
Monroe. Tienen un museo en su casa, donde también dan
conferencias y clases sobre demonología y…, bueno, todo
está aquí, en el artículo. Quédatelo y léelo.
Al menos podrías pedirles su opinión sobre la situación que
estáis viviendo.
Carmen volvió a reírse.
—¿Sabes qué haría Al si supiera que he llamado a un par
de cazafantasmas para contarles que nuestra casa podría
estar embrujada? Se pondría hecho una furia.
—No tiene por qué saberlo, ¿no?
Carmen echó un vistazo a una columna del artículo
mientras se lo pensaba.
—No, creo que no es buena idea. Estoy segura de que
todo esto sólo…, bueno, últimamente he estado muy
estresada y… es un problema mío, Tanya, bueno, un
problema nuestro. Desde hace un tiempo las cosas están
bastante tensas entre nosotros, eso es todo.
—¿Os pasa algo?
—No, nada importante. Al menos eso creo.
—Bueno, al menos llévate la revista y lee el artículo.
—Sí, claro. Parece muy interesante.
♦♦♦
Carmen se llevó la revista a casa, pero, en lugar de leerla,
la dejó sobre una pila de revistas que había bajo la mesita
de la sala de estar. Sin embargo, no la olvidó. No del todo…
♦♦♦
Carmen no era la única que le había estado dando muchas
vueltas a lo que había dicho Stephen el día que llegaron a
la casa.
Las palabras de su hijo le perseguían y le obsesionaban
del mismo modo en que el fantasma de una víctima de
asesinato es capaz de perseguir a su asesino: con
persistencia cruel y testaruda.
Empezó a beber más. Aunque era consciente de ello y no
le gustaba, no sabía qué más podía hacer. Por las noches no
dormía bien y por la mañana le costaba levantarse. Le
costaba mucho mantener la atención en el trabajo durante
el día y, cuando llegaba a casa por la tarde, estaba
demasiado nervioso y agotado como para mantener una
conversación, por muy trivial que ésta fuera. Por tanto, le
parecía que tomarse unas cuantas cervezas era la mejor
solución.
Todo por culpa de una música fantasmal que oía por las
noches, un maldito perro que no dejaba de ladrar (al
menos, hasta hacía un par de semanas), una cama que
vibraba y el convencimiento de Stephen de que la casa era
maligna, además del hecho de conocer el pasado de la casa.
Y, por supuesto, también estaba el inquietante cambio
que había experimentado Stephen. A Al ya ni siquiera le
gustaba mirarle a los ojos; trasmitían la frialdad de un
extraño con malas intenciones y conseguían erizarle el vello
de la nuca.
Sin embargo, el problema no eran sólo sus ojos. El sonido
de su risa que subía por las escaleras cuando estaba solo
en su habitación era desconcertante, como sus silenciosos
murmullos mientras caminaba por el pasillo. Ya ni siquiera
pasaba tanto tiempo con Jason como antes, y eso que
habían sido inseparables. Jason todavía venía a casa y
bajaban juntos al sótano para escuchar aquella música
horrible. A veces, Al los pillaba cruzando una mirada o un
susurro y tenía la sensación de que ambos compartían un
secreto malsano.
Una tarde, mientras la familia al completo estaba viendo
la tele en la sala de estar, Stephen los sorprendió a todos al
unirse a ellos. Se sentó en el suelo en un rincón detrás de
ellos y dobló las rodillas delante del pecho.
Nadie le dijo nada. Se limitaron a intercambiar miradas
rápidas y sorprendidas y volvieron a centrar su atención en
la pantalla.
Entonces Stephen empezó a murmurar en voz baja.
Aunque al principio le ignoraron, y Al tuvo que hacer un
gran esfuerzo para conseguirlo, Stephen continuó
murmurando.
Las palabras eran ininteligibles y su voz, un zumbido
grave y gutural puntuado de vez en cuando por una leve
risita. En todo momento, sus ojos permanecieron fijos en la
pantalla del televisor.
La mano derecha de Al empezó a apretar más y más la
botella de cerveza hasta que…
—¿Podrías dejar de hacer esos malditos ruiditos? –le gritó
Al–. ¿Qué demonios te pasa? ¡Te comportas como una
persona demente, como una persona enferma! ¡Cállate de
una vez o lárgate a tu maldita habitación!
Todo el mundo se puso rígido ante los gritos de Al. Sin
embargo, Stephen se limitó a permanecer sentado unos
momentos más, mirando la tele y murmurando para sí
mismo. Entonces, se puso de pie y dijo en voz baja:
—Está bien. –Salió de la habitación sin mirar a nadie y, al
pasar junto a Al, sus labios esbozaron una sonrisa gélida.
Le oyeron bajar la escalera…, sus pasos y su risa casi
silenciosa.
Al odiaba los murmullos de Stephen, como también
odiaba sus propios gritos, pero no sabía qué hacer para
evitarlo y no tenía ni idea de cuál era su origen. Era muy
extraño. Antes su familia siempre había estado muy
tranquila y feliz.
Confiaba en que aquella etapa pasara, que quedara atrás
definitivamente y las cosas volvieran a ser como siempre
habían sido.
Hasta entonces, haría todo lo posible por ignorarlo.
♦♦♦
El día que Carmen habló con Tanya sobre la casa, Al llegó
del trabajo como solía hacerlo últimamente: consumido.
Sólo tenía ganas de disfrutar de una buena cena y de
relajarse con unas cuantas cervezas.
Sin embargo, no le esperaba nada de todo eso.
Cuando entró por la puerta principal, oyó los sollozos de
Carmen. Entró en el comedor y la encontró sentada en una
de las sillas que hacían juego con la mesa, aunque estaba
girada hacia la puerta de la cocina. Estaba inclinada hacia
delante, con los codos sobre los muslos, el mentón apoyado
en las palmas de las manos y los dedos sobre las mejillas
mientras miraba en dirección a la cocina y sollozaba.
—¿Carm?
Ésta se enderezó y soltó un grito asustado.
—¿Qué pasa? –preguntó Al, incapaz de ocultar su
disgusto.
Intentando recuperar el aliento, Carmen se secó los ojos y
después señaló hacia la cocina. Trató de decir algo, pero
sólo logró volver a sollozar.
Al se dirigió hasta la puerta y miró el interior de la
cocina. El suelo estaba lleno de fragmentos blancos de
vajilla, esparcidos sobre un enorme charco de un líquido
seco, de aspecto pegajoso y de color granate y entre
gruesos pedazos de una sustancia difícil de identificar que
parecía haberse arrastrado por el linóleo.
—¿Qué ha pasado? –preguntó Al.
—Willy. Estaba fuera y yo no lo sabía. Se ha s… subido a
la encimera y ha tirado la botella de zumo y la cacerola.
Al suspiró y la rodeó con sus brazos.
—Vale, ¿y por qué estás tan afectada? Tampoco es para
tanto, ¿no? O sea, es sólo… bueno, es sólo un suelo sucio,
¿no? Podemos limpiarlo.
Carmen levantó lentamente la cabeza para mirarlo. Tenía
la boca crispada hacia abajo y apretaba con fuerza los
labios.
—Vale, ¡entonces límpialo tú! –gritó– ¡Pasa tú el mocho
por el maldito suelo! ¡Ya verás lo que pasa!
Al dio un paso atrás con la boca abierta.
—¿Q… qué?
—¡El suelo! Adelante, ponte a fregar y verás qué… ¡No,
no! ¡Mejor te lo enseño yo! –Se levantó de golpe–. ¡Observa,
no te pierdas detalle! –Se alejó de la silla y salió del
comedor.
Al se quedó junto a la silla con semblante confundido. ¿La
demencia de Stephen era contagiosa? ¿Qué le estaba
pasando a su familia?
Unos minutos después, Carmen regresó con la fregona y
un cubo lleno de agua. Se quitó los zapatos y se agachó
para enrollarse las perneras de los pantalones.
—Ahora mira –dijo.
Al, quien aún parecía que le hubieran dado un bofetón sin
razón aparente, observó cómo Carmen empezaba a fregar
el suelo de linóleo rojo de la cocina.
Michael, que había oído los gritos de su madre, se unió a
él.
Poco después, también llegaron Stephanie y Peter.
Todos miraron a Carmen mientras esta fregaba el suelo.
Vieron cómo la fregona se teñía de un color oscuro y cómo
sus pies descalzos chapoteaban sobre un líquido de un tono
entre marrón y rojizo que empezó a acumularse
rápidamente en el suelo de linóleo.
Y olieron el tufo a cobre.
Carmen seguía llorando y, de vez en cuando, tenía que
detenerse para enjuagarse las lágrimas con el dorso de la
mano. Al cabo de un rato, se detuvo y se volvió hacia Al,
ignorando completamente la presencia de los niños.
—¿Ves esto? –le gritó–. ¡Pues esto es lo que me pasa cada
vez que tengo que fregar este maldito suelo! ¡Por eso estoy
cabreada! ¡Dame una explicación! ¿Qué demonios es esto?
Al contempló boquiabierto la sustancia rojiza durante
unos instantes y, después, avanzó hasta Carmen y le apoyó
una mano en el hombro.
—Arrancaré el linóleo –dijo–. Cambiaremos el suelo. El
dueño del piso pagará la reforma. Es muy viejo, eso es todo.
Ese líquido debe de salir cuando se moja. Cambiaremos el
suelo y no volverá a pasar.
Al le apretó el hombro y esbozó una sonrisa un poco
forzada.
Carmen le miró como si estuviera sorprendida.
—¿En serio? –le preguntó.
—Sí, claro, no hay problema. Simplemente arrancaremos
el maldito linóleo. Es muy viejo, eso es todo. O sea, piénsalo
fríamente. ¿Cuántos años tiene esta casa?
Volvió a esbozar otra sonrisa, y esta vez casi resultó
creíble.
—Llamaremos a Lawson para decírselo y lo haré este
mismo fin de semana –dijo–. Eso es todo, cariño. De verdad.
Carmen le miró fijamente.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto.
Carmen encogió el hombro, aliviada. Entonces se acercó
más a él y Al la abrazó.
—¿Qué le pasa al suelo, mami? –preguntó Stephanie.
—Nada, que es muy viejo, cariño –respondió Al–. Y
cuando se pasa el mocho, el agua disuelve el color. Casi
parece… —Sangre –dijo Michael con el miedo tiñéndole la
voz.
—Sí –se rio Al–. Es verdad que casi parece sangre.
—Pero ¿y ese olor? –preguntó Carmen.
Al se encogió de hombros.
—Es del linóleo, eso es todo. –Se volvió hacia Carmen–.
¿Quieres que lo limpie yo, cariño? No me importa.
—¿De verdad?
—Claro. Aunque antes tengo que ir al baño. –Le dio un
beso en la parte superior de la cabeza y, conteniendo la
respiración todo el rato, salió del comedor, recorrió el
pasillo y se metió en el cuarto de baño. Cerró la puerta,
corrió el pestillo y se llevó una mano temblorosa a la frente.
Le dolía mucho la cabeza, le palpitaba, y notaba el corazón
latiéndole en la garganta.
Había perdido la calma. Y la confianza que había
mostrado ante Carmen no sólo había desaparecido con ella,
sino que la había impostado desde el primer momento.
Se había agarrado desesperadamente a la teoría que le
había dado a Carmen para explicar lo que le ocurría al
suelo y, para su sorpresa, había funcionado. El único
problema era que él mismo no se la creía.
—Dios todopoderoso –se dijo mientras respiraba
entrecortadamente y se deslizaba por la puerta hasta
quedar sentado en el suelo del baño–, ¿qué está pasando?
QUINCE
INVITADOS EN LA CASA
Una tarde de domingo del mes de junio, un par de semanas
después de que terminara el curso escolar, Carmen recibió
una llamada de su hermana Meagan desde Alabama.
Michael y Stephanie estaban jugando en la calle y Peter
estaba en el patio trasero con Al, quien estaba intentando
encender la barbacoa para hacer hamburguesas.
Stephen, como siempre, estaba en su habitación del
sótano.
Meagan tenía diabetes y últimamente había estado muy
enferma. Además, ella y su marido estaban inmersos en un
proceso de separación un tanto difícil en el que solían
discutir a gritos, lanzarse amenazas y desenterrar viejas
ofensas que habría sido mejor discutir en privado y en voz
baja que delante de sus dos hijas. De modo que la llamó
para pedirle si podía quedarse con las chicas, Mary y
Laura, hasta que mejorase la situación.
—Bueno, yo, hmm, claro, no creo que… ¿Puedo
devolverte la llamada en unos minutos? Creo que primero
tendría que hablarlo con Al. Te llamaré en cuanto hable con
él, ¿de acuerdo?
Cuando Carmen colgó, la puerta principal se abrió y
Michael entró en casa sudando copiosamente y sin aliento.
Le hizo un gesto con la mano al pasar y se encaminó hacia
la escalera.
Carmen salió al patio trasero y le contó a Al la
conversación que había mantenido con su hermana.
—¿En serio? –dijo Al cuando hubo terminado–. Bueno, si
necesita ayuda con las niñas, claro. Ningún problema.
¿Cuánto tiempo te ha dicho que sería?
—No me lo ha dicho.
—Bueno –Al se encogió de hombros–, está bien. Claro,
dile que nos las manden.
—Gracias, cariño. –Carmen volvió a entrar en casa,
descolgó el teléfono y, cuando estaba marcando el número
de su hermana, oyó… —¡Ahhh!
El grito de Michael fue tan penetrante que Carmen dejó
caer el auricular.
—¡Ven, mamá! ¡Ven ahora mismo!
Carmen corrió por el pasillo en dirección a las escaleras.
—¿Qué ocurre? –gritó mientras empezaba a bajar por
ellas– ¿Qué ha pasado?
Michael estaba al pie de las escaleras, señalando hacia su
habitación con la boca abierta mientras daba pequeños
saltitos en el suelo y haciendo señas con los brazos para
que Carmen se acercara rápidamente.
—¡Date prisa, date prisa! –gritaba.
Una vez abajo, Carmen se detuvo al lado de Michael,
dirigió la mirada hacia la habitación y… No vio nada.
Miró fijamente, esperando que sucediera algo, cualquier
cosa, que pudiera explicar el comportamiento de Michael.
Pero no pasó nada.
—Michael, ¿qué te pasa? –le regañó.
—¡Hace un segundo estaba ahí! ¡Ha recorrido toda la
habitación por encima del estante!
—¿Quién era? ¿Quién ha recorrido la habitación?
—Él… estaba… había un… un –Mientras tartamudeaba,
Michael señaló en dirección al dormitorio. La mano le
temblaba por la ansiedad.
—De acuerdo, Michael, cálmate. ¿Qué ocurre? –La voz de
Carmen se quebró al darse cuenta de que el
comportamiento de Michael la estaba incomodando.
—¡Era un niño, mamá! ¡Un niño pequeño! Era… era
negro y llevaba un pijama, un pijama de Superman, rojo y
azul, y ha recorrido la habitación desde ese extremo del
estante hasta ese otro, y después ha… desaparecido.
—¿A dónde ha ido?
El cuerpo de Michael se relajó repentinamente, como si
toda el nerviosismo que le embargaba se le hubiera
agotado de golpe. Se giró hacia su madre lentamente y bajó
la cabeza, súbitamente avergonzado.
—Ha desaparecido por… la pared –murmuró.
Carmen recorrió la habitación con la mirada en silencio
durante unos instantes. No sabía qué decir ni qué hacer.
¿Cómo iba a explicarles aquel tipo cosas a Mary y Laura?
¿Qué podría decirles? Y peor aún, ¿qué le dirían ellas a su
madre cuando volvieran a casa?
El sonido de una risa ahogada detrás de ellos hizo que
perdiera el hilo de sus pensamientos.
Al darse la vuelta, vio a Stephen de pie al otro lado de las
puertas francesas, las cuales estaban ligeramente abiertas.
Sólo llevaba puestos unos calzoncillos que necesitaban un
lavado urgente y unos auriculares unidos a un cable que se
extendía hasta el pequeño estéreo que tenía junto a su
cama. Al parecer, se había dibujado algo en el pecho, una
especie de estrella con un círculo que la envolvía.
Se estaba riendo de ellos.
—¿Has hecho algo que ha asustado a tu hermano,
Stephen? –le preguntó Carmen en tono enojado.
Volvió a reírse.
—Yo no he hecho nada.
—¿Lo has visto? –le preguntó Michael con un aire de
esperanza en la voz.
Stephen levantó las manos con las palmas hacia afuera y
dio un par de pasos atrás mientras se reía entre dientes.
—¡Eh, ni hablar! Yo no pienso transgredir las normas. Si
recuerdas, no debemos hablar de eso. Nada de fantasmas,
nada de voces. Si no hacemos lo que nos dicen, nos gritan.
—Vale, si has visto algo, quiero que me lo cuentes,
Stephen –insistió Carmen.
Stephen volvió a reírse mientras negaba con la cabeza.
—Ni de coña. –Alargó una mano y cerró las puertas; dio
media vuelta y regresó a su cama.
Carmen se apartó de la puerta y se pasó una mano por el
pelo al tiempo que soltaba:
—¡Mierda! –Y dirigiéndose a Michael–: Lo siento mucho,
cielo. Ahora mismo no tengo tiempo para esto, he de llamar
a la tía Meagan. –Subió las escaleras mientras trataba de
ignorar el suspiro apesadumbrado de Michael.
Rápidamente, volvió a centrar toda su atención en sus
sobrinas. Las chicas pensarían que todos estaban locos.
¿Debería advertirles antes? Si conocían de antemano las
historias que explicaban los chicos, si les contaba lo que
había sido la casa en el pasado, ¿vendrían igualmente… o
preferirían quedarse con algún otro miembro de la familia
durante un tiempo?
«Eso no es lo que te preocupa y lo sabes –murmuró su voz
interior–. No te preocupa que piensen que estás loca o lo
que puedan contarle a su madre, ¿verdad? No, claro que
no. Entonces, ¿qué es lo que te preocupa, Carmen? ¿Qué
es?».
Cuando cogió el teléfono, supo exactamente qué era lo
que más le preocupaba.
Le preocupaba que las chicas no estuvieran a salvo en la
casa.
♦♦♦
Michael entró en la habitación de Stephen y se detuvo al
lado de la cama. Stephen estaba tumbado en ella,
escuchando música, con los ojos cerrados y las manos
entrelazadas detrás de la cabeza. El sonido amortiguado de
la música que salía de los auriculares le recordó a un
enjambre de pequeños insectos.
Se inclinó para sacudirle un pie.
Stephen abrió los ojos y se lo quedó mirando, pero en un
primer momento no se quitó los auriculares.
—Lo has visto, ¿verdad? –le preguntó Michael.
Molesto, Stephen se quitó los auriculares de las orejas.
—¿Qué?
—Te he preguntado si lo has visto. Al fantasma. Ese niño
pequeño negro con el pijama de Superman.
—¿Cómo sabes que era un fantasma? –preguntó Stephen
con una sonrisa astuta.
—¿Tú no crees que lo fuera? –Michael estudió el rostro de
su hermano, su expresión burlona y sagaz–. Sabes
perfectamente lo que era, ¿verdad? Tú lo sabes todo. ¿Me
equivoco?
Stephen se rio, volvió a ponerse los auriculares, cerró los
ojos y empezó a mover el pie al ritmo de la música.
Michael se alejó lentamente de la cama y salió de la
habitación de Stephen, cerrando las puertas francesas
detrás de él. De repente, no se encontraba muy bien, por lo
que subió las escaleras muy despacio, tratando de no
pensar en su hermano ni en lo que fuera que estuviera
ocultándole ni en lo que fuera que Stephen pudiera saber…
♦♦♦
Mary y Laura llegaron tres días después. Al fue al
aeropuerto, las recogió y las llevó a casa para agasajarlas
con una de las célebres comidas de Carmen.
Mary tenía doce años y era una niña tranquila con el
cabello de un rubio casi dorado y una cara dulce y perfecta.
La última vez que Carmen la había visto tenía siete años,
por lo que le costó reconocerla.
Sin embargo, a sus diecisiete años, Laura había
experimentado cambios aún más sorprendentes. Se había
convertido en una joven alta y hermosa con una figura
esbelta y bien formada y un cabello rubio oscuro que le caía
sobre los hombros.
Las chicas dejaron las maletas en la habitación de
Stephanie. Durante su estancia, Stephanie dormiría en la
habitación de Peter y éste compartiría la habitación con
Michael.
Durante la abundante comida que había preparado
Carmen, charlaron un buen rato. Si bien Mary era callada y
tímida, Laura apenas dejaba de hablar.
Era una chica animada y bulliciosa, y la casa resonaba con
su risa.
Sin embargo, las risas no tardarían mucho en
desvanecerse.
♦♦♦
Mientras todo el mundo comía y charlaba animadamente en
el piso superior, Stephen estaba sentado en su cama con las
piernas cruzadas al estilo indio. Llevaba puestos unos
vaqueros cortados y en su regazo tenía apoyado un bloc de
dibujo grande. Estaba escuchando música heavy metal a
través de los auriculares mientras dibujaba en el bloc con
un rotulador negro.
El volumen de la música era ensordecedor, incluso
demasiado alto para el propio Stephen, pero así era como
le gustaba escucharla…, así era cómo la necesitaba. La
ponía tan alta por un motivo.
Durante los últimos meses la voz le hablaba cada vez con
más frecuencia. Al principio se asustaba al oírla, pero
actualmente, a lo sumo, le producía una cierta inquietud.
A veces, mientras la voz le hablaba, veía imágenes en su
mente; imágenes desagradables y violentas que lo
acosaban y le obsesionaban hasta que las pasaba a papel,
hasta que trazaba crudos bocetos de aquellas imágenes
borrosas que circulaban por delante de sus ojos. Los
dibujos eran tan desagradables como las cosas que le decía
la voz…, cosas malas, diabólicas. Había estado escuchando
la música con los auriculares a un volumen ensordecedor
con la esperanza de amortiguar la voz todo lo posible,
aunque entonces en realidad ya no le importaba. Sólo de
vez en cuando sentía un escalofrío cuando la escuchaba,
cuando oía las cosas que le pedía que hiciera. Al fin y al
cabo, ¿por qué debería tener miedo? Como le había dicho al
principio, y tantas otras veces desde entonces, Stephen
estaba escuchando la voz de Dios…
Mientras arañaba el bloc con el rotulador, la música
evitaba que escuchara las voces risueñas procedentes del
piso superior, hasta que… —Stephen.
Fue tan repentina e inesperada, tan clara pese a la
estridencia de la música, que Stephen movió la mano
bruscamente, trazando con el rotulador una línea irregular
sobre el papel. Stephen levantó la cabeza.
—Stephen, están aquí –le dijo la voz.
«¿Quién?», preguntó en silencio, en su mente. Había
descubierto que no era necesario hablarle en voz alta a la
voz, ya que ésta podía oír sus pensamientos.
—Tus primas. Tus hermosas primas. Hace un tiempo que
no las ves, por eso no sabes lo adorables que son, pero… lo
son, Stephen. Tan jóvenes y con una piel tan suave. Deben
de tener un tacto taaaan bueno…, deben de tener un sabor
taaaan delicioso…
Mientras el cantante gritaba en los auriculares,
respaldado por el chirrido de las guitarras y el atronador
retumbar de la batería, Stephen oyó como la voz se reía
suavemente, aquella risa fría, gélida que recordaba al
sonido de piedras mojadas chocando entre sí.
—Creo que deberías ir a ver a tus primas, Stephen –le
dijo la voz.
«Vale».
Stephen dejó sobre la cama el bloc de dibujo y el
rotulador, se quitó los auriculares y se puso de pie
rápidamente. Ya no dudaba ni un instante cuando la voz le
pedía que hiciera algo.
—No, no. Ahora no, Stephen.
Volvió a sentarse lentamente en la cama. Y esperó.
La música estridente que salía de los auriculares le
recordó la grabación de una masacre.
—Más tarde –dijo la voz–. Ya te diré cuándo. Quizá
durante la noche. Si no es esta noche, cualquier otra.
—¿Stephen?
La voz de su madre le sobresaltó; ni siquiera la había oído
bajar las escaleras ni abrir las puertas francesas. Levantó
la cabeza para mirar en su dirección.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada… Dibujando.
—Las chicas están aquí. Estamos comiendo todos.
¿Quieres venir a verlas y comer con nosotros? –Parecía
cautelosa. Últimamente, siempre le hablaba en un tono muy
cauteloso.
—Eh, no. No, no. –Se recostó en la cama, entrelazó las
manos detrás de la cabeza y se la quedó mirando fijamente.
—¿No tienes hambre?
—No.
Carmen frunció el ceño, se acercó a la cama y se arrodilló
con una sola pierna.
—Stephen, escúchame –le dijo en voz baja. De modo
vacilante, casi como si no se atreviera a hacerlo, alargó la
mano y la posó suavemente sobre la de su hijo–. No estoy
segura de lo que te pasa. Ya no eres el mismo, y creo que lo
sabes tan bien como yo. Sigo confiando en que…, bueno, si
te preocupa algo, vengas a hablar conmigo y me lo cuentes.
Pero me preocupa que…, bueno, no puedo dejar de pensar
que tal vez, hmm…, que tal vez el cáncer…
—¿Se haya reproducido? –la interrumpió Stephen con
una leve sonrisa.
Carmen asintió.
Stephen empezó a reír.
—No te preocupes por eso. No va a pasar. –Y volvió a
reírse.
—¿Qué quieres decir?
—Mis amigos no permitirán que pase.
Carmen abrió mucho los ojos, enarcando las cejas.
—¿Qué amigos? ¿A quién te refieres?
—A los amigos que tengo en la casa. Ah, es verdad –Se
llevó una mano a la boca y se rio a través de los dedos–. No
quieres que hable de ellos. Tú no crees en ellos. Pero no
pasa nada, mamá. Ellos sí creen en mí. Y no permitirán que
vuelva a ponerme enfermo.
Carmen se puso de pie lentamente mientras flexionaba
las mandíbulas al apretar y aflojar los dientes. Miró a
Stephen como si, ante sus propios ojos, hubiera sido
reemplazado por alguien a quien jamás hubiera visto antes.
Por un instante, dio la impresión de estar a punto de decir
algo, pero entonces sus ojos se fijaron en el bloc abierto, en
el dibujo que había estado haciendo Stephen.
Los ojos de Stephen siguieron su mirada hasta la figura
de la página.
Era un hombre con bigote y cabello oscuro, vestido con
una camisa a cuadros. Se parecía bastante a su padrastro,
a Al. Unas gotas de sangre negra manaban del enorme
anzuelo clavado en el cuello del hombre.
Stephen sonrió a su madre mientras ésta se volvía
lentamente hacia él con una gélida mirada de sorpresa en
el rostro.
Finalmente, dio media vuelta y salió de la habitación.
Stephen empezó a reír mientras oía los pasos de su
madre en la escalera.
También oyó como la voz se reía con él.
DIECISÉIS
LAURA
Carmen se había estado preguntando cuándo iba a suceder.
Parecía pasarle a todo el mundo, por tanto, ¿por qué no iba
a pasarle también a las chicas? Lo que no había imaginado
es que pasaría tan pronto.
Fue durante la mañana después de su llegada. Al se había
ido a trabajar unas horas antes, todos habían desayunado y
Laura había ayudado a Carmen a fregar los platos. Mary se
había sentado en el sofá delante de la tele para ver una
telenovela que nunca se perdía y los chicos estaban fuera.
Carmen y Laura se sentaron a la mesa del comedor con dos
vasos altos llenos de té helado.
Mientras recogían la cocina habían estado conversando,
pero Laura se había mostrado extrañamente silenciosa. El
día anterior, Carmen había pensado que parecía imposible
que la chica se calmara. Pero ahora estaba tranquila,
incluso tenía el ceño un poco fruncido, como si estuviera
preocupaba por algo.
—¿Qué tal has dormido? –le preguntó Carmen.
—Eh… –Laura se encogió de hombros.
—Sé que a veces es difícil dormir en un lugar extraño.
Cuesta un poco acostumbrarse a otra cama.
Laura asintió con la cabeza.
Unos instantes después, Carmen insistió:
—No has dormido bien, ¿verdad?
Las facciones de Laura se tensaron mientras se lo
pensaba un momento. —Tía Carmen, hay algo… –Respiró
hondo y dejó escapar un suspiro.
—¿Sí?
—No me gusta esta casa.
Ahora fue Carmen la que soltó un suspiro. Sólo habían
pasado veinticuatro horas y ya…
—¿Qué es lo que no te gusta?
—Bueno, mamá me dijo que antes era
una… —Ojalá no te lo hubiera contado.
—Ah, pero eso no me importa, de verdad. Es otra cosa.
Anoche, en la cama, me sentí como si…, hmm…, bueno,
como si no estuviera sola en la habitación.
—Estabas con Mary.
—No, no me refiero a eso. Sentí como si hubiera otra
persona en la habitación. Alguien… creo que alguien no
dejaba de moverse por todas partes. En la oscuridad.
—¿Y?
—Bueno, no había nadie, por supuesto. Pero daba esa
sensación.
Carmen pensó un instante antes de hablar. Podría decirle
a Laura lo mismo que le había dicho a Tanya, pero ¿por qué
abrir esa caja de Pandora? Laura ni siquiera parecía
creérselo del todo.
—Cielo, me temo que estás en una casa bastante extraña
–dijo Carmen finalmente–. Al menos, ahora mismo lo es.
Sabes lo de la enfermedad de Stephen, pero…, bueno, las
cosas han estado un poco tensas desde entonces. –Le contó
brevemente a Laura los cambios que había experimentado
Stephen desde que cayera enfermo y las teorías que habían
barajado sobre su posible causa: la propia enfermedad, el
tratamiento y los fármacos, la mudanza y, tal vez, también
la relación que mantenía con Jason, y el estrés que su
transformación había provocado en toda la familia.
También le habló de los sentimientos que la casa
despertaba en Stephen; según éste, la casa era maligna y
estaba embrujada, poseída por algo o alguien. Finalmente,
le reveló cómo todo aquello había afectado a los otros
chicos y frustrado a Carmen y Al hasta el punto de hacerles
perder los nervios.
Sin embargo, no le dijo nada de sus propias experiencias
con la casa, sobre todo porque ella misma estaba
intentando olvidarlas.
—Me parece que lo que estás captando –le dijo Carmen–,
es la tensión que hay en la casa. Eso es todo.
—Entonces, Stephen también cree que la casa está
embrujada, ¿no?
Carmen no pudo contener un pequeño estremecimiento.
—Y tú…, ¿qué crees tú?
Laura se encogió de hombros.
—Bueno, no estoy segura. Lo que sí sé es que anoche
sentí algo raro. Y no era tensión precisamente, tía Carmen.
Era…, bueno, algo malo. Oscuro. Es difícil de explicar. Pero,
si he de serte sincera, no me siento cómoda aquí ahora
mismo.
Carmen cerró los ojos un instante y meditó sobre qué
respuesta podía darle a la chica. Un repentino
estremecimiento producido por el miedo le recorrió todo el
cuerpo. Tener otra persona en la casa que insistía en que
ésta estaba embrujada sólo ayudaría a empeorar las cosas.
—Laura, te pido que no le cuentes a nadie lo que piensas
acerca de la casa. Por favor, no les digas nada a los niños. Y,
especialmente, no le digas nada a Al. Está harto de todo
esto. Sería la gota que colma el vaso.
Laura aceptó no decir nada.
—Pero sigo estando un poco nerviosa… Al estar aquí,
quiero decir.
—Es sólo la novedad, nada más que eso. Ya te
acostumbrarás. –Carmen esbozó una sonrisa forzada que
no consiguió que resultara demasiado convincente.
DIECISIETE
EL INVIERNO DA PASO A LA PRIMAVERA II
Al cabo de poco tiempo, las chicas empezaron a
comportarse como si estuvieran viviendo en su propia casa.
A la segunda semana de su llegada, ya se sentían lo
suficientemente cómodas como para circular por la casa sin
prestar demasiada atención a su aspecto o cogiendo cosas
de la nevera sin pedir permiso. Se convirtieron en dos
miembros más de la familia con tanta facilidad que los
demás se olvidaron rápidamente de que en realidad eran
invitadas.
Sin embargo, por muy cómodas que se sintieran, Laura
nunca pudo relajarse del todo. Siempre tenía la sensación
de que algo dentro de ella la incomodaba y hacía que
siempre estuviera tensa y ansiosa, nerviosa y, a veces,
incluso ligeramente mareada. Sin embargo, no era nada
que estuviera dentro de ella. Laura sabía perfectamente
qué era lo que provocaba que se sintiera así.
La casa.
Lo peor de todo era que no podía precisar qué era
exactamente lo que la incomodaba. Era sólo una sensación.
A veces era una sensación de frialdad, un escalofrío en
los huesos que le recorría todo el cuerpo, desde lo más
profundo de su organismo, y que luego desaparecía
rápidamente mientras recorría el pasillo o entraba en otra
habitación. En otras ocasiones, tenía la sensación de que la
estaban observando mientras se desvestía o se duchaba; un
par de veces, de hecho, tuvo que salir de la ducha antes de
tiempo por culpa de la abrumadora y casi sofocante
sensación de que había alguien más en el baño y que
estaba a punto de rasgar la cortina de la ducha y reírse de
ella, aunque cuando echaba un vistazo siempre estaba sola.
A veces creía que alguien la seguía por la casa o, y eso
era aún peor, que alguien pasaba por su lado rozándola en
el umbral de una puerta o en el pasillo. Sin embargo, nunca
pudo demostrar que aquella sensación estuviera justificada.
Nunca había nadie cerca que pudiera provocarla; por
mucho que mirara, nunca veía, ni oía, nada que pudiera
explicar aquella sensación. Al menos, todavía no…
Con el paso de los días y las semanas, Laura empezó a oír
sonidos extraños. Al había llevado una pequeña cama
plegable a la habitación de Stephanie y las chicas habían
arrojado una moneda al aire para determinar quién se
quedaba con la cama propiamente dicha; Laura había
ganado.
A veces, a altas horas de la noche, mientras Mary dormía
profundamente, a Laura le parecía oír pasos alrededor de
su cama en la oscuridad. Eran pasos ligeros, cautelosos,
que apenas rozaban el suelo de madera mientras
avanzaban por uno de los costados de la cama, después por
los pies de ésta y, finalmente, por el otro lado antes de
volver a dar otra vez una vuelta completa.
La segunda noche que sucedió, Laura despertó a su
hermana.
—Mary. ¡Mary! ¡Despierta, Mary!
—¿Eh? ¿Hmmm? ¿Quééé? ¿Quepasa? –dijo Mary al cabo
de un momento.
—¡Escucha! –murmuró Laura.
—¿El qué?
—¡Tú escucha!
Silencio.
—¿Qué tengo que escuchar? –preguntó Mary, aturdida.
—¿No oyes nada?
—No.
—¿No oyes… pasos?
—Hmmm…, venga, Laura, tranquilízate. Estaba dormida.
–Volvió a darse la vuelta e ignoró a su hermana.
Otras veces, le parecía oír a alguien caminando por el
exterior de la casa. Aunque no tenía ningún sentido,
aunque Laura sabía que era imposible, le parecía oír a
alguien caminando alrededor de la casa una y otra vez
durante toda la noche.
A veces, cuando estaba sentada sola en una habitación,
en el sofá de la sala de estar, por ejemplo, leyendo un libro,
tenía la impresión de que una voz le susurraba palabras
ininteligibles desde un rincón oscuro de ésta.
Después de la reacción de la tía Carmen a sus primeros
comentarios sobre la casa, no se atrevía a decirle nada
más. Y después de lo que ésta le había dicho sobre el tío Al,
evidentemente tampoco le apetecía contárselo a él.
De modo que se lo guardó para sí. No dejaba de intentar
convencerse a sí misma de que no era más que un producto
de su imaginación…, aunque, en el fondo, sabía que no era
así.
No tendría que pasar mucho tiempo para comprender
que no se equivocaba.
♦♦♦
Un día, a última hora de la noche, mientras Stephen dormía
plácidamente, algo que no era habitual en él, la voz le dijo
bruscamente:
—¡Stephen! ¡Es hora de levantarse! ¡Ahora!
Stephen abrió los ojos de par en par y se sentó de golpe
en la cama con la espalda rígida y los puños apretados. A
pesar de que un momento antes había estado
profundamente dormido y de que hacía mucho tiempo que
no lo hacía tan plácidamente, se despertó al instante.
—Levántate, Stephen –le ordenó la voz–. Ha llegado el
momento de las visitas.
Stephen supo de inmediato lo que significaba aquello.
Apartó las sábanas y bajó de la cama, salió de la habitación
y atravesó la de Michael haciendo todo lo posible por no
despertar ni a éste ni a Peter. Una vez en el piso superior,
cruzó la sala de estar, recorrió el pasillo y, con sumo
cuidado, abrió la puerta de la habitación de Stephanie. En
cuanto fue capaz de asomar la cabeza en su interior, esperó
unos instantes para comprobar que no había interrumpido
el sueño de Laura y Mary. Cuando estuvo seguro de no
haberlo hecho, entró en la habitación y cerró la puerta
silenciosamente a su espalda.
La pálida y tenue luz de la luna, que se filtraba por la
ventana situada en el otro extremo, iluminaba toda la
habitación. Stephen aprovechó la circunstancia para
maniobrar entre la cama y el plegatín.
Observó dormir a las chicas durante un buen rato. Paseó
la mirada de la una a la otra lentamente, acariciando con
los ojos sus indefensos rostros, contemplándolas mientras
soñaban.
Mientras las observaba, notó cómo crecía lentamente un
impulso dentro de él, un impulso que no podía seguir
ignorando. Finalmente, de pie en la oscuridad teñida por la
luz de la luna, se rindió a él.
Posó la mirada en Laura, la cual estaba tumbada de
espaldas y mirando hacia el otro lado de la cama, se agachó
y, con mucho cuidado, puso una mano sobre su hombro
para comprobar cuál era su reacción.
No ocurrió nada.
Bajó la mano hasta colocarla en la parte superior de su
brazo.
Aún nada. Laura continuó respirando de forma lenta y
regular.
Stephen movió la mano hasta situarla encima de su
pecho.
—Es agradable, ¿verdad? –le susurró la voz.
«Maravilloso», pensó Stephen distraídamente. Es una
sensación maravillosa.
—Te gustaría tocar más cosas, ¿verdad? ¿Te gustaría
hacer más cosas?
«Sí, me encantaría».
—Pero ella es demasiado mayor. Se defendería. Sólo
serviría para meterte en problemas. Necesitas a alguien
más pequeño. Alguien más joven.
«Tienes razón. No quiero meterme en problemas».
—Date la vuelta –dijo la voz al tiempo que se echaba a
reír.
Stephen obedeció y se dio la vuelta para mirar a Mary.
Más pequeña. Más joven. Evidentemente incapaz de
defenderse.
Stephen sonrió y posó una mano, primero en el hombro
de la niña y, luego, sobre su brazo.
—Eso está mejor –susurró la voz…
♦♦♦
Dos días después, cuando Carmen llegó a casa con el
asiento trasero del coche lleno de comestibles, se encontró
a Laura y Mary en el porche delantero. Carmen se fijó
sobre todo en Mary; estaba sollozando incont‐
rolablemente.
Carmen detuvo el coche en el camino de entrada, apagó el
motor y corrió hacia al porche.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? –preguntó con la
preocupación tiñendo su voz. No había visto a las chicas en
aquel estado desde que habían llegado a Connecticut.
Laura rodeó a su hermana con el brazo.
—Tía Carm, ha ocurrido algo terrible. Es posible que te
cueste creerlo, pero si no nos crees, no sé qué vamos a
hacer.
Carmen se sentó junto a Laura y le dijo:
—No te preocupes, tú cuéntamelo, por favor. Te creeré.
Laura tardó un buen rato en decidirse, pero finalmente
dijo:
—Stephen, hmm…, ha abusado de Mary.
Carmen se las quedó mirando con semblante aturdido. En
lo más profundo de su ser, inmediatamente después de
oírlo, supo que Laura le estaba diciendo la verdad. Ni
siquiera le sorprendió. Era la conclusión natural al extraño
comportamiento de Stephen de los últimos meses.
—¿Cuándo? –preguntó.
—Esta tarde –respondió Laura–. Después de que te
marcharas. No…, hmm…, llegó demasiado lejos, ya sabes a
lo que me refiero. Le pillé en seguida.
—Vale –dijo Carmen, y entonces soltó el aire al darse
cuenta de que, repentinamente y por algún motivo, se
había quedado sin aliento–. De acuerdo, vale…, hmm…, yo
me encargo. Ahora mismo. ¿Dónde está Stephen?
—En su habitación –dijo Laura.
«Por supuesto», pensó Carmen mientras se levantaba y
entraba en casa. Bajó las escaleras y encontró a Stephen,
como siempre, sentado al borde de la cama, con los
auriculares puestos y dibujando en su bloc.
Carmen le quitó los auriculares de un tirón.
—¿Qué demonios te ha pasado por la cabeza? –le
preguntó enojada.
—¿Cuándo?
—Hoy. Con Mary. ¡Sabes perfectamente de qué estoy
hablando!
Stephen no dijo nada. Sus labios se curvaron hacia arriba
para esbozar una sonrisa y se puso a reír.
—Está bien, de acuerdo, esto ya pasa de castaño oscuro.
Lo hemos intentado todo, Dios sabe que lo hemos
intentado, pero nada parece funcionar. Sigues sin cambiar;
o, mejor dicho, sólo vas a peor. De esta no pasa, Stephen. –
Dio media vuelta, salió de la habitación, subió las escaleras
y se dirigió directamente al teléfono. Carmen llamó a la
policía.
♦♦♦
La policía se llevó a Stephen aquella misma tarde. Al ser
interrogado, confesó que había estado acariciando a las
chicas mientras éstas dormían y que había intentado, sin
conseguirlo, mantener relaciones sexuales con su prima de
doce años. Poco después, pasó a custodia del centro de
detención de menores, donde posteriormente sería
entrevistado por un psiquiatra.
♦♦♦
Mientras tanto, en casa, a Carmen le remordía la culpa. Al
no tardaría en llegar y a Carmen le preocupaba que se
pusiera furioso; aunque, por otro lado, también tenía la
sospecha de que iba a ponerse muy contento, y aquello
hacía que se sintiera aún peor. Sin embargo, sólo había
hecho lo que había creído que era lo mejor.
Se habían enfrentado a los desagradables cambios que
había sufrido Stephen durante más tiempo del necesario.
Era obvio que dichos cambios habían llegado demasiado
lejos y que tenían que hacer algo al respecto. Aquello, al
menos, haría que encontrara ayuda.
Cuando Al llegó a casa, no se puso furioso, pero tampoco
se puso contento; simplemente le dijo a Carmen que había
hecho lo correcto, que tal vez aquello terminaría siendo
algo positivo, la patada en el culo que Stephen necesitaba.
No obstante, al final resultó que Stephen necesitaba
mucho más que aquello. El psiquiatra que había hablado
con Stephen les llamó para decirles que, según su opinión,
Stephen tenía esquizofrenia, es decir, que estaba
totalmente aislado de la realidad, y que necesitaba, por lo
menos, de un período de observación de sesenta días en un
hospital psiquiátrico adecuado. Les sugirió Spring Haven.
Les recomendó, sin embargo, que Stephen pasara la noche
en el centro de detención para menores. No creía que la
familia estuviera a salvo con Stephen en la misma casa
durante toda la noche.
Estaban destrozados. Tal y como sospechaban, su hijo
tenía una enfermedad mental. ¿Qué habían hecho mal?
Todos los padres cometen errores en la educación de sus
hijos, pero ¿qué errores habían com etido ellos para que a
su hijo le pasara aquello?
Se preguntaban cómo podían haber sido tan insensibles.
Desde hacía tiempo insistía en que oía voces y veía cosas y
su única reacción había sido enfadarse con él, cuando, en
realidad, el auténtico problema era que sufría una grave
enfermedad mental que no podía evitar ni comprender.
La culpa y la tristeza pesaban sobre ellos como una losa
cuando, al día siguiente, fueron a recoger a Stephen y
después lo acompañaron al hospital psiquiátrico Spring
Haven para proceder a su ingreso.
El hospital estaba situado en un hermoso edificio que
contaba con varias zonas ajardinadas donde numerosos y
colosales robles proporcionaban abundante sombra. Una
valla alta y sólida rodeaba el extenso terreno y tanto los
pacientes como el personal sanitario paseaban
plácidamente por encima de la hierba.
Stephen no abrió la boca en toda la mañana. Ignoró sus
disculpas, sus propuestas de ayuda y sus ruegos para que
hablara con ellos. Permaneció completamente silencioso
hasta el momento en el que lo dejaron en el hospital.
Entonces los miró, les sonrió sombríamente con unos ojos
inexpresivos y dijo en voz baja:
—Ahora que no puede hablar conmigo, vendrá a por
vosotros. A por todos vosotros.
Al y Carmen se marcharon, entristecidos por aquel
comentario, convencidos de que se trataba simplemente de
otro más de los muchos síntomas de su enfermedad.
Por desgracia para ellos, para sus hijos y para las dos
sobrinas de Carmen, estaban muy equivocados.
DIECIOCHO
CAZADORES DE FANTASMAS
En una casa pequeña y modesta de Litchfield, Connecticut,
aproximadamente en el mismo momento en el que Al y
Carmen Snedeker dejaban a su hijo mayor en el hospital
psiquiátrico Spring Haven, una mujer de cuarenta y dos
años llamada Florence Mack flotaba varios centímetros por
encima de la silla en la que, momentos antes, había estado
firmemente sentada. Su cuerpo seguía en la misma
posición, completamente tenso, y tenía el rostro muy
pálido. La mujer miraba a las personas que había a su
alrededor con ojos aterrorizados.
Entre aquellas personas estaba su marido de cuarenta y
ocho años, Dale, y su hija de veintiuno, Sophie. Además,
también había una mujer alta y de aspecto elegante de pie
junto a un hombre corpulento, ambos de unos sesenta años:
Lorraine y Ed Warren.
Durante unos instantes, los cuatro observaron la escena
que se desarrollaba ante sus ojos sorprendidos y
horrorizados, pero entonces Ed dio un paso al frente, le
hizo un gesto con la mano a Dale y le dijo:
—Bájala de ahí. –Cuando Dale se acercó a su esposa para
alejarla de la silla, Ed levantó la mano derecha y, con una
voz atronadora que rebotó en las paredes de la casa como
el golpe de un martillo, exclamó–: ¡En el nombre de
Jesucristo, te ordeno que dejes en paz a estas personas y
regreses al lugar del que has salido!
Una fotografía enmarcada que estaba colgada en la pared
cayó al suelo.
Dos hileras de cacharritos de porcelana expuestos en un
pequeño estante salieron despedidos por una mano
invisible que los hizo volar por los aires y los arrojó contra
la otra pared. Los añicos de porcelana se esparcieron por el
suelo y sobre una mesita auxiliar.
Dale Mack abrazó a su mujer y la mantuvo pegada a él
mientras la acompañaba a través de la habitación.
Un aparador de roble con unas puertas de cristal y
estantes repletos de figuras de porcelana se sacudió como
si la tierra se moviera debajo de ella.
Las cuatro sillas que había alrededor de la mesa del
comedor se deslizaron de repente y de forma simultánea
mientras el cristal de una de las ventanas próximas se
sacudía violentamente.
Ed giró sobre sí mismo para observar todos los incidentes
mientras éstos se producían. Lorraine sostenía una
pequeña grabadora con la mano derecha para recopilar
todos los sonidos que se producían a su alrededor.
En mitad de todo aquel caos, Ed levantó la mano derecha
una vez más y repitió con la misma voz atronadora, aunque
en esta ocasión más fuerte y con mayor firmeza:
—¡En el nombre de Jesucristo, te ordeno que dejes en paz
a estas personas y regreses al lugar del que has salido!
El traqueteo y los temblores continuaron unos segundos
más, y entonces…
Se hizo el silencio en la casa.
Todos se quedaron inmóviles durante unos instantes.
Entonces, Ed se dio la vuelta, miró a los Mack con una
sonrisa cautelosa pero reconfortante y dijo:
—Creo que ya está.
—Ya está por ahora –dijo el señor Mack con voz cansada
mientras seguía rodeando firmemente los hombros de su
mujer–. Esto, señor y señora Warren, cuando hablamos con
ustedes por teléfono, esto es exactamente a lo que nos
referíamos. Ocurre continuamente.
Ed se volvió a Lorraine y le preguntó:
—¿Has captado algo?
Lorraine se llevó una mano al pecho y suspiró
profundamente.
—Estoy segura de que es obra de un espíritu maligno, Ed.
No es un poltergeist, como pensábamos cuando nos
contaron su historia. Se trata de un espíritu demoníaco, y
sus intenciones son malignas y poderosas.
Ed señaló la grabadora con un gesto de la cabeza.
—¿Has podido grabarlo?
Lorraine asintió.
—Todavía está grabando.
Ed se acercó al matrimonio Mack y sonrió a la hija de
éstos. La chica, que seguía tan horrorizada por lo que
acababa de presenciar que aún estaba de pie junto a sus
padres, lejos de la zona donde se habían producido todos
los incidentes paranormales, tenía la espalda rígida, los
ojos muy abiertos y se tapaba la boca con ambas manos.
—Me gustaría hacerles algunas preguntas –dijo Ed en voz
baja–. ¿Por qué no vamos a la sala de estar, nos sentamos y
tratamos de relajarnos?
Lorraine los siguió mientras entraban en la habitación
contigua y tomaban asiento. Ella se sentó junto a Ed en el
sofá y dejó la grabadora sobre la mesita auxiliar.
—Creo que lo primero que debemos saber es lo siguiente
–empezó Ed con sus grandes manos entrelazadas–. Señora
Mack, ¿casi todos los incidentes se producen a su
alrededor?
Florence abrió la boca, pero no pudo hablar. Se limitó a
asentir con la cabeza.
Su marido intervino:
—Sí, no tenemos ninguna duda de eso. De hecho, siempre
ha sido así. Ella siempre está involucrada de algún modo u
otro. Y nunca ha resultado herida. –El matrimonio estaba
sentado en un sofá de dos plazas. Dale posó suavemente
una mano en la rodilla de su mujer, la miró y le preguntó–:
Es verdad, ¿no? O sea, nunca me has dicho que te haya
pasado algo.
Florence negó con la cabeza y, por fin, habló con voz
ronca:
—No. Nunca. Sólo… me da miedo. Me aterroriza.
—Por supuesto que sí –dijo Ed–. Es comprensible. Pero si
nunca te ha hecho daño, significa que llevamos la
delantera. Sólo quería saber si te presta más atención a ti
que a los demás. Hmmm…, decidme, ¿alguien de la familia
es aficionado al ocultismo? Tablas ouija, cartas del tarot,
demonología, ese tipo de cosas.
La señora Mack sacudió la cabeza con firmeza.
—No, nadie ha probado nada de eso en toda su vida.
Sophie también negaba con la cabeza; Ed se volvió hacia
ella con aire inquisitivo.
—No. Aunque ya no viva aquí, o sea, soy hija única, así
que estoy bastante segura. Nunca he probado ninguna de
esas cosas y, hasta donde sé, tampoco lo han hecho mis
padres. Bueno, ¿por qué iban a hacerlo? Siempre hemos
sido una familia cristiana, no nos gusta probar ese tipo de
cosas.
—Está bien –dijo Ed mientras asentía–, me alegra oír eso.
Otra pregunta, y, por favor, no os ofendáis ni os lo toméis a
mal. Es algo que debemos saber en nuestra profesión, una
simple medida de precaución, y espero que respondáis con
sinceridad. ¿Alguno de vosotros toma drogas o bebe
mucho?
—Oh, no, para nada –dijo Dale.
—Ni siquiera de joven hice nada de eso –añadió Sophie.
Ed asintió pensativo y volvió a mirar a Dale y Florence.
—¿Cuánto tiempo lleváis viviendo solos en la casa?
—Casi tres años.
Otro asentimiento. Ed se volvió hacia Lorraine y le
preguntó:
—¿Quieres echarle un vistazo a la casa?
—Bueno, claro, pero es una casa muy pequeña. No sé si
es necesario. Ya hemos visto bastante.
—Sí, es verdad. Señor y señora Mack, vamos a enviar a
un equipo de investigadores de inmediato para que pasen
algún tiempo en la casa. Si no tienen ningún inconveniente,
se quedarán aquí todo el día y toda la noche, para grabar
todo lo que suceda. Nosotros volveremos en un par de días
con una cámara de vídeo para hacerles una extensa
entrevista y así tener todos los datos que necesitamos
desde que empezaron los incidentes. Es decir,
recopilaremos toda la información que ya nos han contado
y mucha otra.
Queremos grabarlo todo, y me refiero a todo.
—No tenemos ningún inconveniente, en absoluto –
aseguró Dale.
—Perfecto. El siguiente paso consiste en que un miembro
del clero visite la casa. ¿Son personas religiosas?
—Bueno, siempre hemos sido católicos, pero… llevamos
muchos años sin practicar.
—¿Les parece bien que traigamos aquí a un sacerdote?
—Por supuesto que sí.
—Porque me temo que vamos a necesitar un exorcismo.
—¿Puede contarnos algo más? –preguntó Dale–. ¿Por qué
está obsesionado con mi mujer? Al parecer, ella es el centro
de todo. Siempre ocurren cosas cuando ella está cerca.
Ésta no ha sido la primera vez que flota de ese modo. No
terminamos de entenderlo.
—Si les soy sincero, aún no lo sé. Pero creo que, después
de hacerles algunas preguntas más, podremos hacernos
una idea aproximada de lo que ocurre.
Ed estaba siendo diplomático. Sabía por experiencia que,
cuando sucedía algo así, siempre había una razón. A pesar
de lo que le habían asegurado, tenía la sospecha de que
habían estado involucrados en algún tipo de actividad
paranormal. Tal vez la señora Mack, por cuenta propia y sin
que su marido lo supiera, había estado consultando una
ouija o a un médium, o había acudido a sesiones espiritistas
para contactar con algún pariente o amigo fallecido. Sin
embargo, no quería decir nada en aquel momento porque,
según su experiencia, tales acusaciones sólo servían para
enojar a la gente, incluso si eran ciertas; sobre todo cuando
lo eran.
Se marcharon de casa de los Mack con sonrisas y
apretones de manos (aunque la señora Mack aún estaba
bastante conmocionada, distante y silenciosa, y no se
levantó del sofá de dos plazas) y fueron a una cafetería
próxima para compartir lo que habían descubierto.
La cafetería estaba muy concurrida y había mucho ruido
a su alrededor, de modo que se vieron obligados a hablar
más alto de lo habitual para poder oírse.
—Creo que Mike es la mejor opción –dijo Lorraine–. Creo
que deberíamos decidirnos por él. Tiene experiencia en
situaciones similares y creo que podría desenvolverse
bastante bien.
—Sí, probablemente es una buena idea. –Dio un sorbo a
su café antes de continuar–: Entonces, crees que se trata
de un espíritu demoníaco, ¿no?
—Exacto. Y lo más probable es que esté en la casa por un
motivo.
—¿Quieres decir que lo han convocado?
Lorraine asintió.
—Sí. Aunque aún no sabemos cómo. Está centrado en la
mujer, por lo que intuyo que probablemente tenga que ver
con algo que está haciendo ella. Pero siempre pasa lo
mismo, ¿no? Aunque la familia ni siquiera se dé cuenta de
nada.
Ed asintió y dejó escapar un suspiro pesado y fatigoso. El
día había sido muy largo, la semana estaba siendo muy
larga, y estaban cansados.
—¿Quieres comer algo? –preguntó Ed.
—Sí, estoy hambrienta. Pero, recuerda, nada de carne
roja. Dijiste que ibas a comer menos.
—Lo sé, lo sé. Y tú vas a matarme, eso es lo que vas a
hacer –murmuró Ed.
Cogieron la carta y la examinaron en el confortable
silencio propio de las parejas que llevan muchos años
casadas.
♦♦♦
Cuando Ed tenía cinco años, su familia se mudó al último
piso de una casa que compartían con otra familia en la calle
Jane, en Bridgeport, Connecticut. Estaba situada justo
delante de la iglesia de San Juan, la iglesia a la que habían
ido sus abuelos y a la que su familia empezó a ir desde
entonces.
La casa de la calle Jane fue el punto de partida de lo que
llegaría a convertirse en el principal interés de la vida de
Ed Warren, una apasionada vocación que terminaría por
llevarle a lugares de lo más extraños y a mostrarle cosas
realmente aterradoras. A una edad tan temprana, aquella
casa le cambiaría la vida para siempre.
La casa de la calle Jane estaba infestada.
En varias ocasiones, todos los miembros de la familia –Ed,
su hermana gemela, su hermano o sus padres– habían sido
testigos de la aparición de una anciana de aspecto muy
poco amistoso.
El padre de Ed era agente de policía y un hombre severo
pero razonable. Para evitar que sus hijos se asustaran,
intentó convencerlos de que debía de haber una explicación
lógica a lo que habían estado viendo. Sin embargo, todos
sabían perfectamente qué era.
Todos los domingos, los abuelos de Ed venían a casa para
desayunar con ellos, y los sonidos del abuelo al subir la
escalera se convirtieron en algo muy familiar para él: los
trabajosos pasos, el golpe del bastón, los resoplidos y
jadeos.
Cuando el abuelo murió algunos años después, la abuela,
como es comprensible, se quedó muy afectada y la madre
de Ed la visitaba a menudo para asegurarse de que estaba
bien. Un día, su madre se marchó más tarde de lo habitual
y no fue hasta altas horas de la noche, cuando los niños
estaban a punto de irse a la cama, cuando oyeron cómo se
abría la puerta de la calle. Creyendo que se trataba por fin
de su madre, Ed salió de su habitación y encendió la luz
para que ésta no se cayera por las escaleras. Cuando
estaba a punto de regresar a su habitación, comprendió
que la persona que subía por la escalera no era su madre.
En absoluto. Distinguió el arrastrar de pasos, los golpes de
un bastón, resoplidos y jadeos…
Pese a llevar muerto algún tiempo, quien estaba subiendo
los escalones era su abuelo. Ed oyó cómo entraba en la
cocina y caminaba en círculos por ella durante un rato. Por
aquel tiempo, Lorraine asistía a una escuela católica y se
esforzaba por ocultar ante las monjas una habilidad que
había descubierto que poseía hacía muy poco, a la edad de
nueve años. Lorraine veía luces de colores alrededor de las
personas. Colores que reseguían el contorno de sus
cuerpos. Aunque éstos eran muy hermosos, Lorraine no
sabía qué significaban, si es que significaban algo.
Sus hermanas la disuadían constantemente de sacar a
colación el tema de los colores. Le aseguraban que su
problema era que tenía una imaginación demasiada vívida.
Por tanto, aprendió rápidamente a guardarse para ella su
habilidad para ver colores en la gente. Aunque eso no
impedía que continuara viéndolos.
Lorraine no conocía a nadie que pudiera darle una
repuesta. No descubrió hasta mucho más tarde que lo que
en realidad estaba viendo era el aura humana, y que, al ser
una persona clarividente, era capaz de ver y sentir muchas
otras cosas que quedaban fuera del alcance de la mayoría
de la gente.
Ed y Lorraine se conocieron cuando ambos tenían
dieciséis años. Se sintieron atraídos de inmediato. Lorraine
suele decir a sus amigos que «Ed es el único hombre con el
que he salido».
Después de casarse, Ed se licenció en Bellas Artes y, en
un Chevy de 1933 que había comprado por quince dólares,
viajaron por todo el país mientras vendían sus pinturas aquí
y allá. No obstante, cada vez que se enteraban por el
periódico o por los rumores del boca a boca de la existencia
de una casa infestada, conducían hasta el lugar y Ed
dibujaba la casa. Después, Lorraine llamaba a la puerta con
la pintura bajo el brazo y decía: «Mi marido tiene la extraña
costumbre de pintar casas embrujadas.
Aquí está la pintura de la suya. Nos gustaría que se
quedasen con ella». Aquella estrategia casi siempre les
permitía entrar en la casa, donde entrevistaban a las
personas que vivían en ella para obtener una información
más directa y precisa sobre la infestación.
Al cabo del tiempo, gracias a todas sus investigaciones,
las cuales, con el paso de los años, cada vez se volvieron
más y más exhaustivas, Ed y Lorraine empezaron a
desarrollar teorías propias sobre el funcionamiento de las
infestaciones, los motivos que las provocan y sus
desencadenantes. Aunque leyeron innumerables obras
especializadas en el tema, como Lorraine comentó en mitad
de una de sus investigaciones: «¡Parece como si todos estos
tipos estuvieran leyendo los mismos libros que nosotros!».
Por tanto, decidieron no depender de los trabajos
regurgitados y endogámicos que solían leer cuando
fundaron lo que llegaría a convertirse en la Sociedad de
Investigación Psíquica de Nueva Inglaterra; se basaron
exclusivamente en su propia experiencia, en las cosas que
habían presenciado. Con el paso de los años, se acabaron
escribiendo libros sobre ellos. Y, posteriormente, incluso se
produjeron películas. Empezaron a impartir clases sobre lo
que habían aprendido, convirtiendo a sus estudiantes en
investigadores. Dieron conferencias en universidades sobre
sus experiencias y sobre lo que habían aprendido de ellas.
Ed había convertido la experiencia en una casa embrujada
durante su infancia en el trabajo de toda una vida, y
Lorraine se unió a él para poner en práctica una habilidad
que, de niña, nadie se había tomado en serio.
♦♦♦
Y en ese momento estaban en una cafetería ruidosa y
concurrida de Litchfield, Connecticut, esperando a que les
trajeran lo que habían pedido para almorzar.
En algún lugar de la cafetería empezaron a sonar los
impacientes timbrazos de un teléfono.
Lorraine se apartó de la mesa y se levantó.
Ed se echó a reír y dijo:
—Eh, eh, ¿qué haces?
Lorraine se detuvo, abrió la boca y se llevó una mano al
pecho.
—Oh, Dios mío. Me estaba levantando para coger el
teléfono. –Se tapó la boca con una mano y volvió a sentarse.
Ed soltó una risotada profunda y resonante; todo su
cuerpo se estremecía al tiempo que sacudía la cabeza.
—Madre mía, Lorraine. Eso ha estado muy bien, de
verdad.
Ella también empezó a reír y dijo:
—Bueno, el teléfono de casa no deja de sonar en todo el
día. Tengo la sensación de que, cada vez que me doy la
vuelta, voy a tener que contestar.
—Lo sé, lo sé –dijo Ed mientras seguía riendo–, pero ¿en
una cafetería? ¿Sabes lo que significa eso, Lorraine? ¿Lo
sabes? Que necesitamos unas vacaciones. Las necesitamos
urgentemente, porque los últimos meses no hemos hecho
más que trabajar.
—Pues acabamos de aceptar otro caso.
—Tengo la sensación de que éste se resolverá rápido. No
creo que la Iglesia tarde mucho en reconocer que hace falta
un exorcismo. Lo que ocurre en esa casa es bastante obvio.
Pero, en cuanto terminemos con éste, nos tomamos unas
pequeñas vacaciones. Necesitamos un descanso.
Pasarían varios meses antes de que el caso llegara a su
fin y se llevara a cabo un agotador exorcismo sancionado
por la Iglesia, lo que sirvió para librar a la familia Mack de
los demonios que la atormentaban en su propio hogar.
Pero, por supuesto, Ed y Lorraine aún no conocían a los
Snedeker ni las cosas que habían estado ocurriendo en su
hogar.
Las vacaciones que, según Ed, el matrimonio Warren
necesitaban urgentemente tendrían que esperar algún
tiempo.
DIECINUEVE
SE CIERNE LA OSCURIDAD
Pese a que Al y Carmen Snedeker estaban tristes tanto por
lo que Stephen le había hecho a su prima como por su
ingreso en el hospital psiquiátrico, pensaron que, entonces
que su hijo se había marchado, la atmósfera de la casa no
tardaría en mejorar. El ambiente había estado tan tenso y
cargado de hostilidad durante tanto tiempo que esperaban
ansiosos un alivio o, al menos, que la vida recuperara parte
de la normalidad perdida. Estaban seguros de que sus hijos
más pequeños estarían más relajados sin las historias de
fantasmas y apariciones de Stephen y, como consecuencia
de ello, Laura y Mary también se sentirían más relajadas.
Pero se equivocaban.
Durante las semanas siguientes, los insignificantes y
extraños incidentes que se habían estado produciendo
esporádicamente en la casa –los ruidos, las imágenes
fugaces de algo que corría a toda velocidad de una
habitación a otra, los cambios repentinos de temperatura y
la inexplicable sensación de ser observado o de un miedo
primordial y apremiante– se intensificaron, empezaron a
suceder con más asiduidad y cada vez eran más graves,
hasta el punto que los incidentes siguieron siendo extraños
pero dejaron de ser insignificantes.
De hecho, antes de que se llevaran a Stephen de casa, los
problemas apenas habían empezado.
Fuera cual fuese la presencia que acechaba la casa de los
Snedeker, no perdió mucho tiempo en darse a conocer al
resto de la familia.
La noche después de que Stephen se marchara, Al estaba
viendo la tele mientras se tomaba una cerveza y Peter y
Stephanie estaban sentados en el suelo jugando al
Telesketch. Michael estaba en su habitación haciendo los
deberes y las chicas, Laura y Mary, ayudando a Carmen a
recoger la cocina.
Desde el incidente con Stephen, Carmen había hecho un
esfuerzo por prestarle una especial atención a Mary; se
había asegurado de que no sufriera ningún problema físico,
le había pedido disculpas en innumerables ocasiones y le
había dicho que recurriera a ella si necesitaba hablar con
alguien sobre lo que había ocurrido. Mary, sin embargo, le
había dicho que no quería quedarse más en aquella casa.
Carmen lo entendió perfectamente y llamó a su otra
hermana, que también vivía en Connecticut, para
preguntarle si no le importaría quedarse con Mary durante
una temporada; su hermana le respondió que estaría
encantada y que recogería a Mary por la mañana.
Todo el mundo continuó con lo que estaba haciendo; los
niños siguieron riendo en voz baja en el suelo de la sala de
estar para no molestar a su padre mientras éste veía una
vieja película bélica en blanco y negro, y Carmen y las
chicas rieron y charlaron en la cocina con el ruido de fondo
que hacía el agua al caer sobre el fregadero y de los platos
al chocar entre sí.
Al se terminó la cerveza justo cuando un corte
publicitario interrumpió momentáneamente la película. Se
levantó del sillón, fue a la cocina, tiró la botella vacía a la
basura y abrió el frigorífico para coger otra.
Su mano se detuvo de repente antes de alcanzar el
segundo estante del frigorífico porque, en ese instante,
toda la casa se sacudió con un golpe potente y
ensordecedor.
Todo el mundo se quedó en silencio, inmóvil, petrificados
en la posición en la que habían estado un segundo antes.
Y entonces volvió a suceder. Los cristales de las ventanas
vibraron. Las botellas tintinearon y chocaron entre sí en el
interior del frigorífico.
Volvió a ocurrir una tercera vez y, después… nada.
Se oyeron unos pasos subiendo rápidamente las escaleras
y Michael gritó:
—¡Papá! ¡Papá! –Iba en calcetines y se detuvo tras
deslizarse sobre el suelo de la cocina.
Stephanie llegó poco después; llevaba a Peter cogido de
la mano, los dos con los ojos muy abiertos.
—¿Qué ha sido eso, papá? –preguntó Michael con voz
ronca.
—No lo sé, pero podéis estar seguros de que voy a
averiguarlo. ¿Un terremoto, quizá? –preguntó, volviéndose
hacia Carmen.
—No lo creo. Parecía una especie de explosión.
—Sí, es verdad. Voy a echar un vistazo. –Mientras salía de
la habitación, miró nuevamente a Carmen y, señalando el
techo con el dedo pulgar, le preguntó–: ¿Están los Vanowen
en casa?
—No, no están en la ciudad, ¿recuerdas? Estarán fuera
tres días. Volverán mañana por la noche.
—Entonces, ¿no hay nadie en el piso de arriba?
—No ha venido de arriba, Al. Ha sonado como si viniera
de abajo, de la propia casa.
—Mierda –refunfuñó mientras salía de la habitación.
Los demás no se movieron; se quedaron donde estaban
mientras cruzaban miradas nerviosas y aprensivas.
Al recorrió toda la casa, incluso el sótano. Comprobó
todas las ventanas, miró detrás de todas las puertas, revisó
frenéticamente todas las habitaciones en busca de posibles
daños, incluso olisqueó el aire para detectar olor a humo,
gas o electricidad. Pero no encontró nada.
Desconcertado, volvió a la cocina, donde todos estaban
aún reunidos, un poco más relajados, pero aún bastante
confundidos.
—¿Has encontrado algo? –le preguntó Carmen en voz
baja y un poco nerviosa.
—No. No he visto nada. –Al se sintió avergonzado al tener
que reconocer su fracaso. Los tres estruendos que habían
oído habían sido muy fuertes, y no procedían del vecindario
sino del interior de su propia casa.
El hecho de que no hubiera encontrado nada significaba
que el incidente quedaba fuera de su control, y sabía que
los demás confiaban en que él les daría una respuesta; pero
no tenía ninguna. Últimamente habían estado sucediendo
demasiadas cosas en la casa sobre las que no tenía control
alguno.
—Pero si ha sido justo aquí –insistió Michael–, en la casa.
Empezó a sonar el teléfono.
—Yo lo cojo –dijo Carmen. Fue hasta la sala de estar, se
dejó caer en el sofá y levantó el auricular–. ¿Diga?
—¿Carmen? Soy Tanya.
Carmen se inclinó hacia delante y se animó
repentinamente.
—¿Lo has oído?
—¿El qué?
—Los ruidos. Ha habido tres. Han sido muy fuertes, casi
como explosiones. ¿Los has oído? ¿Por eso me llamas…?
—No, no he oído nada. Te llamo porque…, bueno, sé que
va a parecerte un poco raro, pero he mirado por la ventana
por casualidad y… ¿sabes que hay una mujer de aspecto
extraño caminando por la habitación del piso superior?
Carmen se quedó con la boca abierta un momento.
—¿Cómo?
—En serio, no es ninguna broma. La he visto
perfectamente. Hay una mujer ahí arriba; es de color verde
y brilla mucho. La he visto caminando de un lado a otro
delante de la ventana. Parece…, hmm…, muy preocupada.
Enfadada, tal vez.
Carmen recordó súbitamente todos los incidentes
extraños y aterradores que habían tenido lugar en la casa
durante todo aquel año y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Por favor, Tanya, por favor…, dime que es una broma,
dime que no hablas en serio.
—¿Crees que te llamaría para gastarte una broma como
ésta? –le preguntó su amiga con tono incrédulo.
—No. No, sé que no serías capaz. Espera un momento,
por favor. No cuelgues. –Carmen dejó el auricular sobre la
mesita y corrió hasta la cocina–. Al, Tanya está al teléfono.
Dice que hay alguien en el piso de arriba, caminando por la
habitación frente a la ventana.
Al frunció el ceño.
—¿Qué?
—Hmm, ven conmigo un segundo. –Carmen lo condujo
hasta el pasillo y le susurró–: Tanya dice que hay una mujer
de color verde, y que brilla.
Al puso los ojos en blanco.
—Carmen, por favor…
—No, en serio. No es ninguna broma. ¡Piénsalo bien, Al! –
susurró–. Piensa en todo lo que ha estado pasando en la
casa. No tenemos forma de explicarlo, ¿verdad?
Al se quedó pensativo unos instantes y, entonces, meneó
la cabeza.
—No, es verdad, no podemos explicarlo. –Cogió la mano
de su mujer, le dio un ligero apretón y añadió–: Saldré para
echar un vistazo al piso de arriba, a ver si puedo verla.
Porque ya sabes que han dejado la puerta cerrada…
—Sí, lo sé. Ve a echar un vistazo. Corre.
Al salió de la casa mientras Carmen regresaba a la sala
para coger el teléfono.
—¿Tanya? Al está saliendo ahora mismo para
comprobarlo.
—No, la mujer ha desparecido. He estado todo el rato
mirando por la ventana, para asegurarme. Ya no está. No la
veo.
—¿En serio? ¿Ya no está?
—No, ya no la veo. Ya hace un rato que no se acerca a la
ventana.
Carmen dejó escapar un suspiro.
—Está bien. Tengo que colgar, Tanya. Voy a decírselo a
Al.
—Espera un segundo, Carmen. ¿Recuerdas la revista que
te enseñé? ¿La que te llevaste a casa? Había un artículo
sobre aquel matrimonio, los Warren, Ed y Lorraine Warren,
¿lo recuerdas? Creo que deberías llamarles. En serio. Está
pasando algo muy extraño en vuestra casa y creo que
necesitáis su ayuda.
—Sí, claro…, me lo pensaré. Gracias por llamar.
Carmen colgó y fue a buscar a Al rápidamente. Lo
encontró a cierta distancia de la casa, en un lateral, más
cerca de la de Tanya. Estaba mirando hacia arriba.
—Tanya dice que ya no está –le dijo Carmen acercándose
a él.
—¿Qué?
—Dice que la mujer ha desaparecido. No ha vuelto a verla
desde hace unos minutos.
—Bueno, entonces lo más probable es que se lo haya
imaginado todo – dijo Al en tono enojado.
—Al, sabes que eso no es verdad. Está pasando algo muy
extraño en nuestra casa.
—Mierda, has escuchado demasiadas historias de
Stephen. Está enfermo, Carmen. Ahora lo sabes. Está muy
enfermo, y las cosas que, según él, veía y oía sólo eran
síntomas de la enfermedad. Eso es todo, te lo aseguro.
—Oh, venga, Al. ¿Me estás diciendo que tienes una
explicación para todas las cosas que han pasado en la casa?
¿Que no has pasado miedo con ninguno de los incidentes
que hemos estado viviendo? ¡Porque a mí no me cuesta
admitir que me he cagado de miedo con la mayoría! O sea,
¿qué acaba de pasar hace un momento? ¿Qué ha sido ese
ruido? ¿Por qué se han sacudido las ventanas? ¿Qué ha sido
eso?
Los labios de Al se crisparon en una mueca airada y
Carmen le oyó rechinar los dientes.
—Mira, no quiero escuchar ninguna tontería más, ¿de
acuerdo? ¡No quiero escucharlo! Todo lo que sucede en
esta casa tiene una explicación, ¿me entiendes? ¡No
empieces a hablar como tu maldito hijo chiflado!
Al dio media vuelta y la dejó allí de pie, a oscuras, sola.
Carmen echó otro vistazo a la ventana del piso superior,
pero no vio nada. Entonces ella también volvió a entrar en
casa.
Durante la hora siguiente, todo el mundo, uno detrás del
otro, aún desconcertados y bastante nerviosos, decidieron
irse a la cama.
Carmen bajó al sótano con Michael y Peter, donde, ese
mismo día, Al había trasladado la cama de Stephen a la
habitación de Michael. Aunque ninguno de los dos dijo
nada, Carmen sabía que estaban preocupados por los
estallidos que habían oído aquella noche, y deseó con todas
sus fuerzas que no hubieran oído nada de la reluciente
mujer de color verde en la ventana del piso superior; sólo
haría que se asustaran todavía más. Como tenía miedo de
que no quisieran dormir en el sótano, hizo todo lo posible
para que se sintieran cómodos; no quería que empezaran
de nuevo con aquella historia.
Una vez estuvieron acostados, Carmen encendió la radio
que había en la mesita de noche entre las dos camas para
que se durmieran con un poco de música y les dio un beso
de buenas noches. A continuación, volvió al piso de arriba y
comprobó que Laura y Mary estuvieran bien.
Laura estaba sentada en la cama y llevaba puesta una
camiseta gris que le quedaba tres tallas grandes. Estaba
leyendo la Biblia a la luz de la lámpara de la mesita de
noche. Mary estaba acurrucada de costado, un simple bulto
debajo de las sábanas.
—¿Está dormida? –susurró Carmen.
Laura negó con la cabeza.
—No creo. Pero… –Miró a su hermana–… me parece que
no quiere hablar con nadie.
—Ah. Bueno, ¿y cómo estás tú?
La chica se encogió de hombros y dudó unos instantes
antes de contestar. —Tía Carmen, ¿recuerdas lo que te dije
sobre la casa? ¿Sobre… cómo me hace sentir?
«Ya estamos», pensó Carmen.
—Sí, claro que lo recuerdo. Y crees que los ruidos de esta
noche confirman tus sensaciones.
Laura asintió.
—Además, he oído lo que le decías al tío Al sobre esa
mujer del piso de arriba. Tía Carm, creo que aquí pasa algo
muy extraño. En esta casa. Incluso si… no me crees.
—Bueno, Laura. –Se sentó al borde de la cama y acarició
el brazo de su sobrina–. Aunque no me guste admitirlo,
estoy empezando a pensar que tal vez tengas razón. –Con
un gesto de la cabeza, señaló la Biblia que la chica
mantenía abierta sobre su regazo–. Pero eso te ayudará.
Eso siempre ayuda.
—Lo sé –dijo Laura.
Antes de marcharse, Carmen se acercó al catre donde
Mary estaba acurrucada, inmóvil y silenciosa, y posó
suavemente una mano sobre su hombro.
—¿Estás dormida, cielo?
Mary sacudió la cabeza sin despegarla de la almohada.
—¿Te encuentras bien?
La chica asintió del mismo modo.
—¿Estás segura?
Mary se giró y miró a Carmen.
—¿Estás enfadada conmigo porque me quiero ir, tía
Carmen?
—¡Por supuesto que no! Lo entiendo perfectamente. Si
estuviera en tu lugar, seguramente yo también me querría
ir. Haremos una cosa. Intenta descansar todo lo que puedas
esta noche; la tía Lacey vendrá a buscarte por la mañana,
¿de acuerdo?
La chica asintió y volvió a darse la vuelta.
Carmen se despidió de Laura con un gesto de la mano al
salir de la habitación y fue a la de Peter, donde estaba
durmiendo Stephanie. Las luces estaban encendidas y
Stephanie estaba sentada en la cama.
—No tengo sueño, mamá –le dijo.
—Bueno, ¿te gustaría leer un libro? ¿O colorear? Puedes
escuchar un poco de música, siempre y cuando no la
pongas muy fuerte. ¿Quieres que encienda la radio?
—Eh…, creo que voy a colorear un poco.
—Muy bien, cielo. Hazlo.
Cuando salió de la habitación de Stephanie, ella también
sintió la necesidad de acostarse. Estaba más preocupada
por todos los demás que por asegurarse de descansar unas
cuantas horas seguidas.
Cuando entró en su dormitorio, vio que Al ya estaba
dormido. Eso hizo que sintiera mejor. Después del incidente
con la mujer de color verde del piso de arriba, estaba más
que segura de que aquella noche no iba a poder mantener
una conversación tranquila con su marido.
Carmen se desvistió, se cepilló los dientes y se puso el
camisón. Entonces se metió silenciosamente en la cama,
haciendo todo lo posible por no despertar a Al.
♦♦♦
Mientras Laura leía el salmo veintitrés, pues le resultaba el
más alentador y reconfortante de toda la Biblia, tuvo la
sensación de que algo se deslizaba por entre sus piernas
desnudas bajo las sábanas. Frunció el ceño y dio varias
patadas, se detuvo…, esperó… y no volvió a sentir nada
más. Continuó leyendo.
Entonces volvió a suceder. Algo se deslizó por su pierna
izquierda hasta el muslo y Laura empezó a dar patadas.
La sensación desapareció.
Se le puso la piel de gallina. No parecía ser la sacudida
de un nervio ni tampoco un insecto.
Parecían dedos.
Cuando pasó otra vez, empezó en la parte superior del
muslo y subió rápidamente.
Laura jadeó ostensiblemente al sentir cómo unos dedos le
agarraban las piernas con una gran determinación.
Se incorporó sobre la cama y apartó las sábanas.
No vio nada, sólo sus piernas; las tenía un poco separadas
y no dejaban de temblarle.
Volvió a notar unos dedos entre los muslos, palpándola y,
un segundo después, entrando en ella pese a que, por
mucho que mirara, era incapaz de ver nada.
Laura bajó de un salto de la cama, llevándose con ella las
mantas y la sábana. Registró la cama minuciosamente,
revisó cada centímetro de colchón, rebuscó entre los
pliegues de la sábana y de las mantas, pero no encontró
nada. Ni el más mínimo indicio de que hubiera algo en la
cama.
Se planteó la posibilidad de despertar a la tía Carmen,
pero ¿de qué iba a servir? No tenía ninguna prueba de que
algo la había tocado. Si se lo contaba a alguien, pensaría
que se había quedado dormida y lo había soñado. Además,
le daba mucha vergüenza hablar de ello.
Por tanto, Laura puso las almohadas en el suelo, extendió
las mantas y se tumbó al lado de la cama.
Le costó mucho conciliar el sueño y, cuando lo hizo, tuvo
algunas pesadillas bastante desagradables.
♦♦♦
Stephanie estaba coloreando los dibujos de su libro para
colorear cuando vio cómo algo se movía silenciosa y
fluidamente a través de su habitación.
En un primer momento sólo percibió un movimiento
impreciso por el rabillo del ojo, pero al levantar la vista del
libro, distinguió una masa informe que se parecía mucho a
una sombra oscura… salvo por el hecho de que atravesó la
pared y cruzó la habitación justo por el medio. Se trataba
de una sombra sin ninguna luz que la proyectara, oscura
pero transparente, con una forma globular que cambiaba
continuamente a medida que se movía, como si fuera
líquida. Atravesó la puerta de la habitación sin ningún
impedimento, sin producir sonido alguno, y desapareció.
Aunque Stephanie no mostró reacción alguna, notó cómo
el corazón le latía aceleradamente.
Se planteó la posibilidad de despertar a alguien y
decirle…, pero ¿qué iba a conseguir con eso? Stephen
había intentado contárselo a sus padres durante mucho
tiempo y no le habían hecho caso. ¿Por qué iban a hacerle
caso a ella?
Encendió la radio que había sobre la mesita de noche, se
acurrucó debajo de las mantas, con el corazón todavía
latiéndole en la garganta, y continuó coloreando el libro.
♦♦♦
Michael estaba tumbado en la cama, escuchando la lenta y
regular respiración de su hermano, deseando poder dormir
tan profundamente como parecía estar haciéndolo él.
Había dejado encendida una lamparita nocturna en un
rincón de la habitación porque aquella noche no le apetecía
estar a oscuras.
Estaba observando las sombras del techo cuando oyó por
primera vez los susurros. Aunque no entendía qué decían
las voces susurrantes ni podía localizar la fuente de los
susurros, supo de inmediato que no se lo estaba
imaginando.
Con los ojos muy abiertos, recorrió con la mirada toda la
habitación mientras permanecía rígido en la cama.
Los susurros parecían apremiantes; primero hablaba una
voz, después otra, como si estuvieran compartiendo
secretos de una gran importancia.
Durante unos instantes no miró hacia ningún lado; se
limitó a escuchar. Las voces se detuvieron.
Se preguntó si debería subir para despertar a sus padres,
pero entonces recordó cómo se habían tomado las historias
de Stephen y decidió no hacerlo. De modo que se quedó
tumbado en la cama, incapaz de conciliar el sueño,
esperando que se reanudaran los susurros.
Entonces Peter empezó a gritar como si estuviera
agonizando, retorciéndose en la cama como si estuviera
sufriendo un dolor intolerable.
♦♦♦
Carmen se incorporó sobre la cama, sobresaltada por los
gritos de su hijo.
Alargó una mano y sacudió a Al para despertarle.
—Al, despierta –susurró–. ¡Venga, despierta!
Pero éste ni siquiera se movió.
—¡Al, levántate!
Nada.
Carmen se detuvo para escuchar. Los gritos se habían
detenido, pero oyó unas voces débiles y apagadas. Se
levantó y bajó las escaleras, donde se encontró a Michael y
a Peter hablando.
—¿Qué pasa, cielo? –le preguntó mientras corría hasta la
cama de Peter.
Éste la miró con los ojos hinchados, las mejillas llenas de
lágrimas, y le dijo:
—¡Me han picado! ¡Algo me ha picado! ¡Parecían abejas!
¡Como cuando me picó aquella abeja!
—¿Estabas soñando, cielo?
—¡No, no! ¡No estaba soñando!
Carmen apartó las mantas y le desabrochó la parte
superior del pijama para examinarle el cuerpo. No vio nada.
Ninguna marca ni roncha.
—No veo nada, Peter –le dijo en voz baja.
—¡Pero me ha picado algo! –gritó el niño– ¡Algo me ha
picado varias veces!
—No veo nada, cielo. Quizá sólo ha sido un sueño.
Peter entornó los ojos, hizo una mueca con los labios y
empezó a llorar.
—Lo siento, cariño, pero no veo nada.
Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras Peter
seguía llorando en silencio.
—¿Quieres que me quede aquí contigo hasta que vuelvas
a dormirte?
El niño asintió en silencio.
—De acuerdo. Te prometo que no me marcharé hasta
estar segura de que estás dormido, ¿vale?
Otro asentimiento.
Carmen miró a Michael y vio que estaba sentado en el
borde de la cama, observando la escena con cara de
preocupación.
—Me quedaré aquí un rato –le susurró.
—Vale –dijo Michael con un asentimiento antes de volver
a meterse en la cama–. Porque, mamá, lo creas o no, en
esta casa pasa algo muy raro… y me quedaré dormido
antes si sé que tú estás aquí.
Carmen sonrió y asintió.
—Está bien, cariño –le susurró. Pero, en el fondo de su
ser, las palabras de Michael hicieron que se sintiera tan fría
como el hielo.
♦♦♦
Carmen se despertó repentinamente a las cinco de la
mañana y no pudo volver a dormirse. La casa estaba en
silencio; no había sucedido nada que perturbara su sueño.
Se levantó, se puso la bata, fue a la cocina y preparó un
poco de té. Revisó la pila de revistas en la sala de estar
hasta encontrar la que le había dado Tanya. La abrió por el
artículo sobre Ed y Lorraine Warren y lo leyó
detenidamente mientras bebía té en la mesa del comedor.
Más tarde, un poco antes de que se levantara todo el
mundo, volvió a la cocina para preparar un abundante
desayuno. Como de costumbre, no pasó mucho tiempo
antes de que el aroma de los huevos, el beicon y el café
impregnara toda la casa y, uno a uno, con ojos soñolientos y
profusos bostezos, toda la familia siguiera los dictados de
su estómago y se sentara alrededor de la mesa del
comedor.
Sin embargo, nadie abrió la boca. Nadie se dio los buenos
días; ni siquiera se saludó con un murmullo somnoliento.
Incluso Peter, que solía ser el miembro más bullicioso de la
familia a aquella hora de la mañana, guardaba silencio.
Una nube oscura e invisible se cernió sobre la mesa
mientras todos comían en silencio. La tensión aumentó a
medida que los tenedores y cuchillos repiqueteaban contra
los platos y las mandíbulas masticaban el desayuno con la
boca cerrada y los labios apretados.
Finalmente, Carmen dejó el tenedor sobre la mesa, tragó
lo que tenía en la boca y entrelazó las manos debajo de la
barbilla, con los codos apoyados en el borde de la mesa.
Paseó la lengua de un lado a otro entre el labio superior y
los dientes frontales para ganar algo de tiempo y, al cabo
de unos momentos, dijo:
—Sabéis, desde anoche, he estado pensando…
—Sí, lo sé, y no quiero oírlo –la cortó Al en voz baja y sin
levantar la vista del plato.
—No, por favor, dame un segundo, ¿vale? –Se aclaró la
garganta–. He estado pensando que, tal vez, hmmm, tal vez
nos precipitamos un poco al… bueno, al castigar a Stephen
de ese modo…, al descartar totalmente lo que contaba
sobre la casa… Tal vez sea cierto que aquí pasa algo, ya
sabes, algo raro.
—Sí, no me equivocaba –dijo Al en un tono de voz mucho
más severo–. Eso era exactamente lo que no quería
escuchar. Y no quiero oír nada más, ¿entiendes? Todo eso
es una absoluta tontería. Stephen estaba enfermo, está
enfermo, y ahora lo están tratando. Lo único que pasa es
que nos asustó con sus historias, eso es todo.
—Entonces, ¿cómo explicas los ruidos de anoche? –le
preguntó Carmen.
—No lo sé, pero lo descubriré. Tiene que haber una
explicación.
Con las manos en el regazo y sin levantar la cabeza del
plato, Laura dijo casi en un susurro:
—He vuelto… a notar algo… que me tocaba… las piernas
y… y… –De repente, contuvo el aliento y cerró los ojos unos
instantes. Entonces levantó la cabeza y los miró–. Era una
mano. Que me tocaba. Como lo haría un hombre, aunque…
bruscamente y… y como si estuviera enfadado.
—Anoche vi algo que se movía por mi habitación –
intervino Stephanie mientras masticaba una loncha de
beicon. Habló con tono despreocupado, como sólo es capaz
de hacerlo un niño al hablar de un incidente tan extraño–.
Era como… una sombra. Una gran mancha oscura. No hizo
ningún ruido. Entró en la habitación atravesando la pared y
se marchó a través de la puerta.
Enojado, Al dejó caer el tenedor sobre el plato y dejó de
masticar. Recorrió con la mirada a todos y cada uno de los
que estaban sentados alrededor de la mesa.
—Mirad, no estoy de humor para esto, ¿vale? –susurró
con cierta vacilación–. Esta mañana estoy medio dormido,
como si me hubieran drogado, así que… dejadlo estar, ¿de
acuerdo? –Volvió a coger el tenedor y continuó comiendo.
—¿Por eso anoche no pude despertarte, Al? –le preguntó
Carmen.
—¿Qué?
—Anoche, cuando Peter empezó a gritar, intenté
despertarte, pero no moviste ni un músculo.
Peter me dijo que algo le había picado.
—¡Me hizo mucho daño, papá! –intervino Peter–. ¡Como si
me hubiera picado una abeja! ¡Me picaron por todas
partes!
—¡Estabas soñando! –gritó Al, haciendo que Peter se
estremeciera y se callara.
—Yo oí susurros en la habitación –dijo Michael
tímidamente–. Voces que susurraban desde algún lugar
cercano.
Esta vez, Al tiró el tenedor, se apartó de la mesa y dejó la
servilleta junto al plato bruscamente.
—¡Maldita sea! –espetó–. Me voy a trabajar.
Se marchó del comedor sin despedirse de nadie y, al cabo
de un rato, le oyeron salir de la casa dando un sonoro
portazo.
Poco después, todos continuaron comiendo, momento que
aprovechó Carmen para decir en voz muy baja:
—No os preocupéis, chicos. Yo os creo. Y, más pronto que
tarde, vuestro padre también lo hará.
♦♦♦
No volvió a ocurrir nada hasta la tarde, como si la
presencia que se había instalado en la casa sólo saliera a
última hora del día, cuando la luz del sol era reemplazada
por las sombras largas y oscuras y la luna se abría paso en
el cielo.
Acababan de cenar y Carmen estaba recogiendo la mesa,
donde Al aún estaba sentado mientras se tomaba una
cerveza y leía el periódico.
Stephanie y Peter estaban viendo la tele en la sala de
estar y Michael, como era habitual en él, estaba en su
cuarto haciendo los deberes.
Mary ya se había marchado a casa de la tía Lacey, donde
se quedaría una temporada.
Y Laura estaba en el baño. Había colgado la bata detrás
de la puerta y estaba de pie frente al espejo, en sostén y
bragas, cepillándose cuidadosamente el cabello.
Desde donde estaba, podía oír el sonido de la tele y las
voces de los niños en la sala de estar. Oyó la voz
amortiguada de la tía Carmen diciendo algo en el comedor.
Entonces, mientras se pasaba el cepillo por el pelo una y
otra vez, notó cómo algo tiraba de la cinta del sujetador
desde atrás, como si alguien intentara hacer restallar el
cierre contra su espalda. Sin embargo, cuando se miró en
el espejo, evidentemente no vio a nadie detrás de ella. Se
dio la vuelta, pero no había nadie más en el baño.
Se quedó unos segundos inmóvil, con el ceño fruncido. De
repente, sentía mucho frío. Al cabo de unos momentos,
continuó cepillándose el cabello.
Una mano tosca se deslizó por entre sus piernas y le
apretó la parte interior del muslo.
Laura jadeó y gritó:
—¡Eh! –Se dio la vuelta y se alejó rápidamente de la
mano, o lo que parecía una mano. Sin embargo, ésta
continuó manoseándola con unos gruesos dedos que
trataban de forzar la tela de sus bragas y abrirse paso por
la goma que rodeaba la parte superior de sus muslos.
Otra mano se deslizó por su estómago en dirección a los
senos, estrujándolos tosca, dolorosamente, y después
doblando los dedos por debajo del sujetador y tironeando
de él.
—¡Ayudadme, por favor! ¡Dios mío, ayuda! –gritó Laura
mientras se precipitaba hacia la puerta del cuarto de baño.
Giró el pomo de la puerta y tiró de él. Sin embargo, sólo se
abrió unos centímetros, como si alguien empujara la puerta
con fuerza desde el otro lado. El pomo se deslizó de entre
sus dedos y la puerta se cerró de golpe.
—¡Tía Carmen! –chilló Laura al notar que le arrancaban
las bragas y que el sostén se soltaba y caía al suelo– ¡Que
alguien me ayude! ¡Tío Al, por favor, ayúdame!
Al dejó que el periódico se deslizara sobre la mesa del
comedor, junto a la botella de cerveza, mientras Carmen
dejaba caer una cacerola en el fregadero. Ambos corrieron
hasta el cuarto de baño.
—¡¿Qué te pasa?! ¿Qué ocurre? –gritó Al mientras
avanzaba apresuradamente por el pasillo.
Peter y Stephanie salieron como torbellinos de la sala de
estar y Michael subió las escaleras de dos en dos mientras
Al intentaba abrir la puerta del baño. Pero no había forma.
—Laura, ¿estás bien? –le preguntó–. Apártate de la
puerta, voy a…
—¡No estoy en la puerta! –gritó Laura con voz
entrecortada y sollozante–. ¡Ayúdame, ayúdame, por el
amor de Dios, ayúdame!
Al dio unos cuantos pasos atrás y, a continuación, se
precipitó hacia adelante, golpeando con el hombro la
puerta del baño al tiempo que soltaba un fuerte gruñido.
No sirvió de nada. Antes de que pudiera volver a intentarlo,
los estallidos empezaron de nuevo, sacudiendo las ventanas
y haciendo temblar los cuadros de las paredes. Esta vez
fueron seguidos, sin ninguna pausa entre uno y otro; se
produjeron una, otra y otra vez más. El ruido era
ensordecedor, tan fuerte y penetrante que sintieron las
detonaciones en los huesos.
Todas las luces de la casa empezaron a encenderse y
apagarse simultáneamente.
—¡Mami! –gritó Peter mientras se pegaba a Carmen y le
abrazaba las piernas.
Stephanie hizo lo mismo en su otro costado y gritó:
—¿Qué está pasando?
Michael se limitó a acurrucarse contra la pared, con los
ojos muy abiertos y los puños apretados.
—No sé qué está pasando, cielo –gritó Carmen rodeando
con sus brazos a Stephanie y Peter–. Pero no os pasará
nada. ¡Os lo prometo!
Al volvió a abalanzarse contra la puerta. Y otra vez más.
Sin embargo, de repente soltó un grito de dolor, se dobló
sobre sí mismo agarrándose el vientre y se desplomó en el
suelo. Carmen cayó de rodillas junto a él mientras soltaba
un grito ahogado.
—Al, ¿qué te ocurre?
—¡Me han apuñalado! –exclamó éste con voz ronca y los
dientes apretados–. ¡Dios mío, me han apuñalado!
Carmen le cogió ambos manos y, suavemente, se las
apartó de la barriga; esperaba ver sangre, una herida o
alguna señal de apuñalamiento. Pero no vio absolutamente
nada.
Los golpes atronadores continuaban y las luces seguían
encendiéndose y apagándose de forma intermitente.
Dentro del baño, Laura seguía gritando.
—Estás bien, Al –dijo Carmen inclinándose sobre él–. No
te han apuñalado. No tienes ninguna herida.
Carmen notó cómo Al, aún pegado a ella, se relajaba
momentáneamente. Entonces, moviéndose con cautela, se
levantó y volvió a agarrar el pomo de la puerta… Todo se
detuvo.
Los golpes cesaron.
Las luces se apagaron, sumiendo la casa en la penumbra.
Y la puerta del baño se abrió lentamente.
—Oh, Dios mío –suspiró Carmen al tiempo que corría
hacia el interior del cuarto de baño.
Laura estaba tendida en la encimera, desnuda, con las
piernas abiertas, un brazo colgando por el borde de ésta.
—Dios santo, Laura, ¿qué te ha pasado?
Sus hombros se sacudían mientras sollozaba en silencio.
—Manos –susurró–. Manos… por todo mi cuerpo…, me
han arrancado la ropa interior…, me han manoseado…
—¿De quién eran las manos?
Laura meneó la cabeza.
—Sólo… las notaba.
—Voy a llamar a la policía –dijo Al desde el pasillo.
Carmen se dio la vuelta, salió del baño y dijo con un siseo
enojado:
—¿La policía? ¿Qué va a hacer la policía? ¿A quién va a
arrestar? ¿A un fantasma? ¿Aún crees que todo esto tiene
una maldita explicación, Al? Porque si lo crees, entonces el
que está como una cabra eres tú. No necesitamos a la
policía. Necesitamos a un cura, y vamos a conseguir uno.
Se produjo otro golpe potente y atronador y, acto seguido,
una voz que parecía rezumar de cada uno de los
centímetros de oscuridad que los rodeaba declaró con tono
gutural y áspero:
—No puede ayudarte nadie. Eres mía.
VEINTE
UNA BENDICIÓN ESCÉPTICA
Lo primero que hizo Carmen por la mañana fue llamar al
padre Wheatley. Había dormido muy poco y, aunque no
había pasado nada más durante lo que quedaba de noche
después de que regresara la luz, Carmen seguía estando
muy nerviosa, como si todo hubiera sucedido hacía sólo
unos minutos. De modo que le costó bastante darle al padre
Wheatley una explicación coherente de la situación en la
que se encontraban. No dejó de tartamudear y atropellarse
mientras trataba de hacerle entender que algo sobrenatural
y maligno había invadido su casa y que su hijo Stephen,
quien ahora estaba en un hospital psiquiátrico porque oía
voces y se comportaba de un modo muy extraño, había
intentado alertarles de ello desde hacía tiempo. Por tanto,
el padre Wheatley tuvo dificultades para encontrar algo de
sentido a su relato.
Lo que sí estaba bastante claro, sin embargo, es que algo
no iba bien en la casa, aunque todavía no estaba seguro de
qué era. Le prometió que iría a visitarlos en cuanto tuviera
un rato libre, probablemente en una hora, dos a lo sumo.
Al se marchó a trabajar a regañadientes; no quería dejar
solos a Carmen, Laura y Peter. A Carmen también le
hubiera gustado que se quedara, pero ambos sabían que no
podía permitirse perder ni siquiera un día de trabajo.
Stephanie y Michael salieron para esperar el autobús,
ambos callados y tensos, y, hasta que éste se detuvo junto a
la acera para recogerlos, permanecieron muy juntos,
girándose continuamente para echar una ojeada a la casa.
Mientras esperaba a que llegara el padre Wheatley,
Carmen no se separó en ningún momento de Peter. Laura
también se mantuvo siempre cerca de ella. Lo último que
quería era volver a quedarse sola.
Estaban sentadas en el sofá, Peter arrodillado delante de
ellas jugando con su consola Merlin, cuando Carmen dijo
en voz baja:
—Laura, sabes que, si quieres, puedes ir a casa de tu tía
Lacey, con Mary, ¿verdad?
Laura frunció el ceño y sacudió la cabeza lentamente.
—No, creo que no. No me siento tan cómoda con la tía
Lacey como contigo y con el tío Al. Además, quiero
ayudaros.
Su respuesta sorprendió a Carmen.
—Incluso con… ¿todo esto?
—Bueno… –Laura se encogió de hombros.
—Sólo quiero que sepas que, si decides marcharte, no
nos opondremos.
Es totalmente comprensible, de verdad. ¿Nos lo dirás?
Laura asintió.
—Claro que os lo diré.
Cuando llegó el padre Wheatley, Carmen tenía la puerta
de la calle abierta incluso antes de que éste subiera por el
caminito. Le condujo ansiosamente hasta la sala de estar y
le invitó a sentarse en el sillón reclinable de Al mientras no
dejaba de susurrarle:
—Me alegro tanto de que haya venido, padre. No sabe
hasta qué punto le necesitamos. Me alegra tanto que esté
aquí.
Una vez que estuvieron instalados en la sala de estar, el
padre Wheatley le preguntó:
—Dígame, ¿cuál es el problema exactamente?
Carmen se lo contó. Todo. Las palabras brotaron de ella
fluidamente y sin interrupción porque llevaba demasiado
tiempo conteniéndolas.
Sin embargo, a medida que hablaba, se dio cuenta de
cómo se transformaba gradualmente la expresión en el
rostro del padre Wheatley, y supo de inmediato lo que eso
denotaba: incredulidad.
Cuando terminó de hablar, se quedó unos instantes en
silencio con la esperanza de obtener una respuesta
positiva, aunque en realidad no la esperaba.
El padre Wheatley, que se había ido inclinando hacia
adelante en el sillón mientras la escuchaba, volvió a
recostarse en él con un suspiro y su ceño se relajó. Esbozó
una sonrisa con la mitad de la boca y dijo en voz baja:
—Carmen, voy a decirle lo primero que me viene a la
cabeza. Su familia ha tenido que superar muchas cosas. La
grave enfermedad de Stephen, como usted misma ha dicho,
ha ejercido una gran presión sobre todos ustedes. –Y
entonces añadió rápidamente–: Por favor, no me
malinterprete, no estoy diciendo que todo esto sea
producto de su imaginación ni nada de eso; creo que es
perfectamente comprensible. El estrés puede provocar en
las personas…, bueno, las cosas más increíbles, y lo digo
por experiencia, tanto la mía propia como la de los
feligreses que han acudido a mí en busca de ayuda, como lo
ha hecho usted.
Después de ver la transformación de su rostro, de sus
ojos, a Carmen no le sorprendió aquella respuesta. Incluso
estaba preparada para ella.
—De acuerdo, padre –dijo–, si todo esto responde sólo al
estrés y la tensión provocados por la enfermedad de
Stephen, y no estoy diciendo que no haya relación, sólo
estoy…, hmm…, sólo estoy… –Cerró los ojos y pensó un
momento sobre lo que acababa de decir–. Sí, sí que creo
que no hay relación, porque sé que no la hay. ¿Y Laura? Ella
no estaba aquí cuando Stephen estaba enfermo. No vivió
nada de ese estrés, absolutamente nada. ¿Y qué hay de mi
vecina, quien ni siquiera quiere entrar en casa? Fue ella la
que me llamó para avisarme de que había una mujer de
color verde y que brillaba en la ventana del piso de arriba.
Nosotros no la vimos, ¡pero ella sí! Y ella no ha
experimentado el estrés y la tensión provocados por la
enfermedad de Stephen.
—Pero supongo que conoce la historia de la
casa. —Bueno…, sí, pero ella no…
—Eso es muy importante. Ya ve, Carmen, la muerte es
algo nos asusta a todos. Incluso a aquéllos de nosotros a los
que sabemos que no debería hacerlo. Antes, esta casa
estaba completamente dedicada a… la muerte. –Y se
encogió de hombros–. Parece algo perfectamente natural
que cualquiera que conozca su historia tenga miedo de lo
que solía representar.
Tras dejar escapar un suspiro abatido, Carmen se inclinó
hacia adelante y enterró la cara entre las manos.
—No me cree –murmuró sin levantar la cabeza.
Tras haber permanecido en silencio todo el rato, Laura
decidió que era el momento de hablar:
—Padre, no quiero ser irrespetuosa, pero…, por favor,
escuche. La tía Carmen no está loca. Ocurre algo en esta
casa que nada tiene que ver con el estrés, la tensión o el
cáncer de Stephen. Hay algo…, bueno, no quiero
inmiscuirme en su trabajo ni nada de eso y, como he dicho,
no pretendo faltarle al respeto, pero… hay algo maligno y
enfermizo en esta casa. Algo que quiere hacernos daño. Así
que, por favor, padre, no nos dé la espalda.
El padre Wheatley echó la cabeza hacia atrás y se frotó
con un dedo la barbilla justo debajo del labio inferior, una y
otra vez, pensativamente, mientras miraba fijamente el
techo. Entonces, se incorporó sobre el sillón, cruzó las
manos sobre las rodillas y preguntó:
—¿Se sentiría mejor si bendijera la casa?
Carmen levantó la cabeza de entre las manos mientras
trataba de contener las lágrimas que luchaban por
desbordarse, y dijo:
—Oh, sí, padre, por favor. ¿De verdad que lo haría?
—Por supuesto –dijo, poniéndose de pie–. Lo haré
encantado. Sólo tengo que ir un momento a mi coche para
coger la cartera.
Aprovechando que el padre Wheatley no estaba, Carmen
se recostó en el sofá y dijo:
—No me cree. Piensa que estoy loca.
—Bueno, tampoco importa mucho lo que crea, mientras
bendiga la casa, ¿verdad? –dijo Laura–. O sea, eso tiene que
servir de algo, ¿no? Y quizá…, bueno, quizá vea algo
mientras lo hace. U oiga o perciba algo.
Carmen, con los ojos cansados, negó con la cabeza justo
cuando el padre Wheatley volvió a entrar en la casa.
Se quedaron sentadas en el sofá, con la cabeza inclinada
reverentemente, mientras él bendecía la sala de estar,
rociando agua bendita de una botella y recitando la
bendición. Cuando el padre Wheatley recorrió toda la casa,
bendiciendo una habitación tras otra, ellas también se
quedaron en la sala de estar.
Mientras oían la voz amortiguada del sacerdote en otras
partes de la casa, Laura puso una mano sobre la de Carmen
y le susurró:
—No te preocupes, tía Carm, esto probablemente lo
cambie todo. En serio. –Tímidamente, agregó–: Debes tener
fe en Dios, eso es todo.
Carmen sabía que su sobrina tenía razón. Era un insulto a
Dios que continuara teniendo dudas y sintiéndose
aterrorizada. Debía tener fe en que la bendición resolviera
sus problemas, que pusiera fin a los extraños incidentes
que habían tenido lugar en ella.
Sin embargo, no podía quitarse de la cabeza la evidente
incredulidad del padre Wheatley. Si sólo estaba
bendiciendo la casa para contentarla, si en realidad no lo
hacía convencido, ¿cómo iba a tener algún efecto la
bendición?
Cuando el padre Wheatley hubo terminado, regresó a la
sala de estar con una amplia sonrisa pintada en el rostro.
—Bueno, ya está. Espero que sirva de algo.
«¡¿Espero que sirva de algo?!», pensó Carmen. Sus
peores temores se vieron confirmados; sólo lo había hecho
para apaciguarla.
El padre Wheatley alargó una mano.
—Pero si me permite hacerle una sugerencia, creo que
debería considerar la posibilidad de buscar a algún tipo de
consejero. Para toda la familia, quiero decir. Han pasado
por experiencias muy traumáticas. –Esbozó una sonrisa que
pretendía ser reconfortante–. Creo que les iría muy bien.
Laura apretó la mano de Carmen y apartó la mirada del
sacerdote; Carmen inclinó la cabeza con la esperanza de
que el padre Wheatley no viera la duda en sus ojos.
Después de que el sacerdote se hubiera marchado, Laura
dijo:
—No parecía muy convencido, ¿no crees?
Carmen meneó la cabeza.
—Ya, bueno, es un sacerdote, ¿no? Espero que al menos
las bendiciones sirvan de algo.
Carmen guardó silencio unos instantes y, luego, de un
modo casi imperceptible, sacudió la cabeza muy
lentamente. Después de ver la duda reflejada en los ojos del
padre Wheatley, la expresión de incredulidad pintada en su
rostro, de repente comprendió cómo debía de haberse
sentido Stephen, cómo ellos debían de haberle hecho sentir,
siempre que trataba de convencerlos de que había algo
maligno en la casa.
VEINTIUNO
ATAQUES FÍSICOS
La mañana que el padre Wheatley fue a visitarlos, Carmen
había estado demasiado nerviosa para fregar los platos del
desayuno, por lo que los había apilado cuidadosamente en
el fregadero y les había dado un enjuague superficial.
Después de que se marchara, se puso una camisa holgada y
unos vaqueros, fue a la cocina y se puso a fregarlos. Laura
se había ofrecido a ayudarle, pero Carmen le había dicho:
—No, no, quédate aquí y ve la tele o haz otra cosa.
Quería estar un rato sola, pensar en las cosas que le
había hecho y dicho a Stephen, las cosas que todos le
habían hecho y dicho.
Estaba de pie en el fregadero, fregando los platos,
cuando notó un pellizco en la espalda. Se rio entre dientes
y, sosteniendo un plato con la mano mojada y llena de
jabón, se dio la vuelta y dijo:
—Para, Peter. –Entonces miró hacia abajo, esperando ver
a su hijo. Pero no había nadie.
Se quedó mirando el espacio vacío en el suelo un
momento y luego notó otro pellizco.
Hubo un tercer pellizco y, después, sintió el roce de unos
dedos. Supo que eran dedos porque Al le había hecho lo
mismo antes, aunque juguetonamente; le había deslizado
los dedos por entre las piernas y había ido subiendo.
El plato que sostenía le resbaló de la mano y se hizo
añicos contra el borde de la encimera.
Laura llegó corriendo a la cocina y exclamó:
—¡Tía Carm! ¿Qué ha pasado?
—Yo…, yo…, hmm, bueno, he notado…
La mano volvió a deslizarse por entre sus piernas,
tocándole con unos dedos muy fuertes. Carmen soltó un
gruñido y se apartó de un salto para alejarse de ellos.
—Ahora te acosa a ti, ¿verdad? –gritó Laura–. Como me
acosaba a mí anoche.
—Vuelve a la sala de estar, Laura. Por favor.
Aunque dudó unos instantes, Laura la obedeció. Mientras
se marchaba, miró por encima del hombro, preocupada.
Aún con las manos mojadas y con espuma casi hasta los
codos, Carmen salió de la cocina y corrió por el pasillo
hasta su habitación, cerró la puerta de un portazo y la
aseguró con llave. Seguidamente, apoyó la espalda un
momento contra la puerta, tratando de recuperar el aliento.
El corazón parecía estar a punto de salírsele del pecho.
Tenía la nuca fría.
Recostada contra la puerta, volvió a notar los extraños
tocamientos.
Carmen se lanzó hacia adelante con un grito ahogado, no
quería que Laura la oyera, y se estiró en la cama. La mano
la siguió, no la abandonó en ningún momento, sus gruesos
dedos manoseándola a ciegas.
Trató de incorporarse, pero, de repente, había más manos
en su cuerpo, presionándole los brazos, los hombros y las
piernas contra el colchón mientras uno de los dedos la
penetraba con dureza, bruscamente.
Carmen no pudo contener un grito de dolor. Sin embargo,
ahí no terminó todo.
Algo más largo y grueso que un dedo, algo que incluso
palpitaba, se introdujo por su recto.
Todo el cuerpo de Carmen se puso rígido.
La entidad entró y salió de ella furiosamente,
desgarrándola.
—Oh, por favor –dijo Carmen entrecortadamente.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Tía Carmen? ¿Estás bien?
—¡Por favor, Jesús! ¡En el nombre de Jesucristo! ¡Para!
¡En el nombre de Jesús!
La puerta del dormitorio se abrió y, súbitamente, todo se
detuvo. Las manos la soltaron, la cosa gruesa y palpitante
salió de su cuerpo y Carmen se quedó tendida en la cama,
temblando y sollozando incontrolablemente.
Laura se agachó a su lado y le rodeó los hombros con un
brazo.
—Tía Carmen –le preguntó–, ¿qué pasa? ¿Qué ha
ocurrido?
Carmen no pudo articular palabra. No podía darle una
explicación a Laura. Se limitó a sacudir la cabeza mientras
trataba de recuperar el aliento y la capacidad del habla.
—No…, no…, no…, no lo sé, Laura. Algo me ha atacado.
Alguna cosa… –Frunció los labios y estrujó la almohada con
ambas manos mientras trataba de encontrar la palabra
adecuada–. Algo…, hmm…, ¡me ha hecho daño! –exclamó
con voz temblorosa por la incredulidad.
Cuando Laura habló, parecía estar a punto de ponerse a
llorar:
—Oh, Dios mío, lo sabía. Sabía que era eso. Oh, Santo
Dios, todavía está aquí, la bendición no ha funcionado. Oh,
Dios mío, tía Carm, ¿qué vamos a hacer?
Carmen se dio cuenta de que lo que más deseaba en
aquel momento era alejarse de la cama, por lo que bajó de
un salto del colchón. Un instante después, estaba de pie al
lado de Laura.
—Bueno, al menos por un rato –dijo Carmen–, vamos a
largarnos de aquí, tú, yo y Peter. Pero primero…, hmm…,
me gustaría darme una ducha.
Carmen se sentía sucia, repugnante. Fue todo un alivio
cuando se metió bajo el chorro de agua caliente.
Se cubrió el cuerpo con espuma de jabón y se frotó con
fuerza con una esponja con la esperanza de deshacerse de
la sucia sensación de haber sido violada.
Después de frotarse el cuerpo durante varios minutos, sin
dejar de llorar en silencio, avanzó para colocarse debajo del
chorro de agua y enjuagarse, pero la cortina de la ducha se
movió y, pese a no poder ver nada desde el interior de la
ducha, supo que ya no estaba sola.
De repente, un sonido desconocido se unió al de la ducha,
se enredó con él y, seguidamente, empezó a separarse
hasta dar forma a una voz profunda, áspera y resonante:
—Quiero retozar en la cama con mis dos juguetes
favoritos… tú y Laura.
Quiero follaros. ¡Quiero follaros hasta que gritéééis!
Entonces la voz soltó una risotada larga y cruel y empezó
el ataque.
Las manos le aferraron los hombros por detrás, la
obligaron a girarse y la lanzaron con fuerza contra los
húmedos azulejos. Carmen empezó a llorar, pero la entidad
le golpeó los labios contra la pared. La risa continuaba
cuando algo se estrelló contra ella con fuerza… y se
apartó… volvió a estrellarse una vez más… y otra y otra y
otra vez más…
Unas manos le estrujaron los pechos con fuerza, le
pellizcaron los pezones hasta que el dolor le atravesó el
pecho, le subió por el cuello y le bajó por el abdomen.
Y, pese a todo, seguía sin haber nadie con ella en el
baño…
Carmen levantó la cara de los azulejos, cogió todo el aire
que pudo, junto con el húmedo vaho de la ducha, y gritó
con todas sus fuerzas.
Pero el ataque continuó: los golpes en el interior de su
cuerpo, la dolorosa opresión y los pellizcos en los senos…
Entonces, la puerta del baño se abrió y Laura gritó:
—Tía Carmen, estoy aquí, ¿qué pasa? ¿qué ocurre? ¿qué
tienes?
El ataque se detuvo.
Carmen se dio cuenta de que estaba apoyada en la pared,
el cuerpo cubierto de espuma que el agua de la ducha
empezaba a llevarse hacia el fondo de la bañera. Se apartó
de la pared, las manos le resbalaron en los azulejos, se dio
la vuelta y descorrió la cortina.
—Estaba aquí –dijo entre sollozos y con la voz ronca–.
Me… me ha vuelto a atacar, me ha sod… me ha hecho lo
mismo que antes.
El agua de la ducha se llevó sus lágrimas y Carmen cruzó
los brazos sobre los pechos mientras sollozaba.
—¡Sal de ahí ahora mismo! –gritó Laura–. ¡Por favor, sal
de ahí para que podamos irnos!
Carmen asintió.
—Ahora mismo. Ya voy. Dame un minuto. Ve a buscar a
Peter por mí, ¿vale? Asegúrate de que está bien.
Se enjuagó rápidamente, salió de la ducha y empezó a
secarse furiosamente, sin importarle si tenía el pelo seco o
no. Con Laura y Peter a su lado, se vistió rápidamente,
cogió un par de juguetes de Peter y salieron de la casa sin
saber a dónde iban…
♦♦♦
Después de circular un buen rato por la ciudad, fueron a un
centro comercial próximo donde se tomaron un helado,
dejaron que Peter montara en una pequeña nave espacial
mecánica por veinticinco centavos y vieron unos cuantos
escaparates. No dejaron de moverse, de distraer la
atención, para evitar pensar en lo que había sucedido en la
casa.
Tras varias horas intentando perderse en la seguridad y
el anonimato que representaba la multitud de compradores,
Carmen se dio cuenta de que era muy tarde y decidió que,
por mucho que le aterrorizara regresar a casa, tenía que
hacerlo para que cuando Stephanie y Michael volvieran de
la escuela no se encontraran la casa vacía, o al menos una
que lo parecía.
Compraron algunas cosas para la cena sin perder
demasiado tiempo y se marcharon del centro comercial.
Cuando llegaron a casa, subieron los escalones del
porche y se quedaron delante de la puerta… observándola.
Con una torpeza producida por los nervios, Carmen sacó
las llaves del bolso, encontró la adecuada, la deslizó
lentamente en la cerradura, la hizo girar y entraron.
No había nada fuera de lugar. Nada inusual esperándolas.
Con la bolsa de la compra debajo del brazo, Carmen se
volvió hacia Laura y le dijo:
—¿Qué te parece si entramos, empezamos a hacer la
cena, nos tomamos nuestro tiempo, nos divertimos un poco
y nos olvidamos de todo?
Laura miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos
mientras avanzaba con precaución por el pasillo. Asintió y
le respondió:
—Sí, claro.
Y eso es lo que hicieron. Descargaron los comestibles en
la cocina y empezaron a preparar la cena.
Stephanie fue la primera en llegar. No le dijeron nada; se
limitaron a no perderla de vista.
Cuando llegó Michael, le preguntó a Carmen si podía ir a
casa de un amigo que vivía cerca hasta la hora de la cena y
ella aceptó encantada; se sintió aliviada de poder
mantenerlo alejado de la casa.
Cuando llegó Al, la cena ya estaba casi lista y no había
pasado nada más. Carmen le dio un beso cuando entró y
antes de que fuera a darse una ducha.
Se sentía culpable, tanto como si le hubiera sido infiel.
Tenía la sensación de que debía contarle lo que había
pasado, pero ¿cómo podía hacerlo? ¿Qué iba a decirle?
¿Cuál sería su reacción? Tal vez pensara que estaba loca,
como Stephen, se enfadara y no quisiera volver a acercarse
a ella.
Incluso podría abandonarla. Al fin y al cabo, si creía que
todo era producto de su imaginación, si pensaba que se
estaba imaginando cosas, cosas como aquéllas, tal vez
pensara que algo no terminaba de funcionar entre ellos.
Decidió que no se lo contaría; al menos, resistiría el
impulso de contárselo tanto como fuera posible.
♦♦♦
La cena transcurrió en silencio. Las conversaciones fueron
escasas y sólo se oyeron los sonidos habituales: tenedores
tintineando al chocar con los platos y los ruidos propios de
personas masticando y bebiendo.
Cuando hubieron terminado, Carmen y Laura fueron a la
cocina a fregar los platos y discutieron en susurros sobre si
Carmen debería contarle a Al lo que había ocurrido o no y
sobre lo que iban a hacer. Laura le recomendó que se lo
dijera; era sólo cuestión de tiempo que a él también le
pasara algo similar. ¿Qué haría entonces cuando ocurriera?
Insistió en que tenía derecho a saberlo.
Por mucho que le costara admitirlo, Carmen pensaba que
Laura tenía razón.
Después de la cena, Al se sentó en su sillón para ver la
tele y tomarse su habitual cerveza. Cuando terminaron de
recoger los platos, Carmen se acurrucó a su lado en el
sillón y posó una mano sobre su brazo.
—¿Podemos hablar? –le preguntó en voz baja.
—Claro –respondió él con un asentimiento.
—Hmmm… ¿en el dormitorio?
Al frunció el ceño ligeramente.
—¿Te encuentras bien?
—Bueno… Hablemos primero, ¿vale?
Fueron al dormitorio, se sentaron al borde de la cama y,
con voz nerviosa y vacilante, Carmen le contó todo lo que
había sucedido aquel día.
La expresión de Al cambió una y otra vez mientras ella
hablaba. Pasó de la cómica incredulidad a una seria
preocupación y, por último, a la ira y la conmoción más
absoluta.
—Hablas en serio, ¿verdad? –susurró al cabo de un rato.
—Sí, hablo en serio. ¿Crees que podría bromear con algo
así?
—No…, no lo sé, pero…, bueno, ¿desde cuándo te ha
estado pasando?
—Sólo hoy. ¿Por qué? O sea, ¿por qué me preguntas algo
así?
—Bueno, me preguntaba si…, o sea, pensaba que tal
vez…
De repente, Al se puso a llorar y enterró el rostro en las
manos de su mujer. Los sollozos hacían que se le
sacudieran los hombros.
Carmen se quedó perpleja. Se lo quedó mirando unos
instantes y luego se inclinó hacia adelante, le rodeó los
hombros con el brazo y lo sostuvo pegado a ella.
—Al, ¿qué te ocurre? ¿Te pasa algo?
A través de las lágrimas y los sollozos, Al consiguió decir:
—Tenía miedo de contártelo… pero a mí también me han
estado pasando cosas.
Ella se aferró a sus hombros.
—¿Qué tipo de cosas?
—Oh, sólo… música y voces y… ¡sólo ese tipo de cosas!
He estado intentando convencerme a mí mismo de que no
era nada. No quería pensar que… eso…
Una noche, después de quitar todas las bombillas de las
lámparas del sótano, Michael me despertó y me dijo que su
lámpara estaba encendida a pesar de que no había bombilla
en el portalámparas y…, bueno, bajé y estaba…, estaba
fulgurando, Carmen, la luz estaba encendida, ¡pero no
había bombilla! No había nada excepto… ¡excepto la luz
que salía de esa cosa!
—¿Por qué no me lo contaste, cariño?
—Porque no quería reconocer lo que había visto. Pero
hay… más. Música que viene de abajo. Voces, como las de
una fiesta. En la madrugada.
Y la cama… vibra sola.
—Me dijiste que era por culpa del frigorífico del piso de
arriba.
—Te mentí. Porque no quería que lo supieras. Pero sabía
lo que ocurría en realidad. La cama vibra sola. No tiene
nada que ver con el piso de arriba. Hay…, hmm…, sí, aquí
pasa algo. A esta casa le pasa algo; hay algo maligno en
esta casa.
Carmen esperó durante un buen rato y, entonces, se
inclinó sobre él, con el brazo aún alrededor de sus
hombros, y le susurró al oído:
—Stephen intentó avisarnos y ahora… está en un hospital
psiquiátrico.
Al negó con la cabeza.
—No, no, creo que lo de Stephen es distinto. Realmente
creo que le pasa algo raro. Ha cambiado. Se ha vuelto…
hostil. Era algo más que eso, estoy convencido.
—Vale, tal vez tengas razón. Pero estaba intentando
contarnos que había algo extraño en la casa.
Al se mordió los labios y dijo entre más lágrimas:
—¿Crees que no lo sé? ¿Crees que eso no me corroe por
dentro?
Carmen asintió.
—Ahora lo sabemos los dos. ¿Qué vamos a hacer al
respecto?
—No tenemos dinero para mudarnos a otro lugar, eso
está claro. Al menos, por el momento.
—Vale, entonces, ¿qué podemos hacer?
Al sacudió la cabeza; las lágrimas centelleaban en sus
mejillas.
—No lo sé, cariño. Lo cierto es que no tengo ni idea.
VEINTIDÓS
UNA PRISIÓN SIN REJAS
Durante aquel invierno, que pasó lenta y tortuosamente, los
incidentes en el hogar de la familia Snedeker se hicieron
cada vez más habituales y las tensiones aumentaron. El
estado ánimo de los habitantes de la casa pareció volverse
más oscuro, como el clima en el exterior de esta, y empeoró
progresivamente a medida que las nubes se tornaban más
negras y llegaban las lluvias. Aún empeoró más cuando la
nieve empezó a caer copiosamente, formando una masa
espesa y congelada en los arcenes de las calles.
Todos los miembros de la familia se movían por la casa
como si algo horrible fuera a suceder en cualquier
momento; la mayoría de las veces, no se sentían
decepcionados. Los objetos se movían como si tuvieran vida
propia. En algún momento u otro, todo el mundo oía voces.
Veían sombras que no pertenecían a este mundo. Por el
rabillo del ojo, distinguían cosas que corrían hacia ellos. De
forma inexplicable, había algunas partes de la casa que
estaban más frías que otras.
Stephanie había vuelto a su habitación, que compartía
con Laura, y Peter también se había instalado de nuevo en
la suya. De modo que Michael volvió a quedarse sólo en su
cuarto del sótano.
Un día, a última hora de la noche, Michael subió
corriendo las escaleras mientras pedía ayuda a sus padres.
Éstos se despertaron al instante y salieron
apresuradamente al pasillo, donde le vieron corriendo hacia
ellos, con los brazos abiertos y los ojos como platos.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ha vuelto! –gritó Michael,
abalanzándose sobre Carmen y rodeándole la cintura con
los brazos.
—Ssssh, Michael, ¿quién ha vuelto? –le preguntó
mientras lo abrazaba.
—¡El hombre, el hombre que vimos Stephen y yo! ¡Ha
vuelto esta noche! —Venga, sólo ha sido un sueño, cielo.
Sólo ha sido eso, un sueño.
Michael se apartó de ella mientras sacudía la cabeza.
—No –insistió–, no ha sido sólo un sueño. Ha sido algo
más, o sea, yo ya estaba en la cama, ¡pero aún estaba
despierto! ¡Y no podía moverme! ¡Estaba paralizado!
Carmen y Al se miraron durante unos instantes.
Finalmente, Al se encogió de hombros de un modo casi
imperceptible, como si quisiera decirle que no sabía qué
podían hacer.
—¿Te gustaría dormir en otra habitación esta noche,
cielo? –le preguntó Carmen.
Al cabo de unos momentos, Michael asintió.
—¿Puedo dormir en el sofá? –inquirió en voz baja.
—Claro, no hay problema. Te traeré sábanas y almohadas
del armario del pasillo. –Se volvió hacia Al y le susurró–:
Vuelve a la cama. Estaré allí en un minuto.
Cuando terminó de prepararle la cama a Michael en la
sala de estar, Carmen lo acostó y le dio un beso.
—¿Mamá? Si vuelve ese señor… ¿puedo avisarte?
—Claro que puedes, cielo. Tú grita y estaré aquí en un
segundo.
De vuelta en la cama, Al la miró a través de la oscuridad y
le dijo en un susurro:
—Esto no va a detenerse, ¿verdad? En realidad, va a ir a
peor, ¿no?
—No lo sé –le susurró ella.
—¿Qué vamos a hacer si empeora?
—No lo sé.
Al le cogió una mano entre las suyas. Aquella noche les
costó mucho volver a conciliar el sueño.
♦♦♦
A partir de aquella noche, Michael durmió todas las noches
en el sofá de la sala de estar. A diferencia de Stephen, sus
padres no se opusieron y nadie protestó; de hecho, se
mostraron bastante cooperativos. Una mañana, mientras
Michael se preparaba para ir a la escuela, Carmen le
propuso subir algunas cosas de su habitación y dejarlas en
el armario del pasillo para que no tuviera que bajar al
sótano cada día. Michael aceptó la oferta con entusiasmo y
le dijo lo que necesitaba.
Carmen no bajó al sótano hasta primera hora de la tarde.
Se pasó la mañana diciéndose a sí misma que tenía otras
cosas que hacer en otras partes de la casa. Tardó varias
horas en darse cuenta de que, sencillamente, no quería
bajar. Sabía lo que había allí abajo…, material funerario…,
elementos mortuorios…, cosas muertas…, cosas de las que
prefería mantenerse alejada.
Además de eso, la mayoría de los extraños incidentes que
se habían producido en la casa habían tenido lugar en el
sótano; y aunque Stephen había intentado avisarlos, ellos
no le habían hecho caso.
Pero se lo había prometido a Michael. Y alguien tenía que
bajar a por sus cosas.
Finalmente, bajó. Se dijo a sí misma que no tenía que
pasar de la habitación de Michael, que todas las cosas
aterradoras estaban en lo más profundo del sótano y que,
en realidad, no tenía nada de qué preocuparse.
Sin embargo, al bajar las escaleras, le sucedió algo por
primera vez, algo que volvería a pasarle una y otra vez
durante los meses siguientes.
Aquella primera vez, Carmen estaba recogiendo del suelo
calcetines y ropa interior para ponerlos a lavar, cogiendo
ropa del respaldo de las sillas y del armario para que
Michael se la pusiera para ir la escuela, además de
calcetines y ropa interior limpia de los cajones de la
cómoda.
De repente, se quedó petrificada. Notó algo en el aire,
como si éste estuviera transformándose o como si alguien o
algo lo estuviera agitando… o como si algo lo estuviera
atravesando rápidamente, acercándose a una gran
velocidad.
De pie ante la cómoda de Michael, con las manos llenas
de calcetines y ropa interior, Carmen soltó un grito
ahogado al notar cómo algo la rodeaba, algo parecido a una
sombra muy oscura y espesa como la melaza; la envolvió
completamente, se la tragó, rodeó todo su cuerpo y la
contuvo en un terror paralizante durante lo que le pareció
una eternidad.
Y después se desvaneció. Carmen se desplomó en el
suelo, se acurrucó en posición fetal e intentó recuperar el
aliento. Cuando logró recuperarse un poco, miró su reloj.
Sólo habían pasado unos cuantos segundos… no una
eternidad.
Se levantó, recogió apresuradamente la ropa de Michael
y subió los peldaños de dos en dos; aún caminaba
ligeramente encorvada y le costaba respirar.
—Tía Carmen, ¿qué te ocurre? –preguntó Laura mientras
corría hacia ella por el pasillo.
Carmen decidió en ese momento que no le diría nada a su
sobrina. Se enderezó, sonrió levemente y le dijo:
—Ah, son sólo esas malditas escaleras. Supongo que
hacía demasiado tiempo que no las subía, por eso estoy
agotada.
—Vale. Madre mía, me has dado un susto de muerte.
—No, no ha sido… nada.
Mientras recuperaba el aliento, guardó la ropa de
Michael en el armario del pasillo, aliviada de que Laura no
se hubiera dado cuenta de que le había mentido.
♦♦♦
En los días sucesivos, Stephanie gritó dos veces por la
noche porque, según ella, la mancha oscura había vuelto a
cruzar su habitación. Laura estaba dormida cuando ocurrió,
por lo que no había visto nada, pero, después de la segunda
vez, Stephanie dijo que no quería seguir durmiendo en su
cuarto.
Carmen no sabía qué hacer con ella. Le preguntó a Laura
si le importaría compartir la cama con Stephanie para que
ésta se sintiera mejor, y Laura accedió encantada.
Aunque a Al cada vez le costaba más irse a trabajar y
dejarlos solos, no tenía más opción. Últimamente se sentía
muy débil e impotente. Estaba acostumbrado a ejercer
algún tipo de control sobre los acontecimientos que
rodeaban a su familia. Cuando Stephen enfermó
gravemente, esa confianza empezó a desmoronarse. Y en
ese momento… pasaba todo aquello. Tenía la sensación de
haber perdido el control sobre todo lo que le rodeaba,
sobre toda su familia. Algo que no podía ver y que no
entendía se había hecho con el control.
Su hogar se había convertido en una especie de prisión.
Por el momento, no tenían dinero suficiente para mudarse a
otro lugar. No podían recoger sus cosas y ponerse a buscar
otra casa. Tendrían que quedarse allí durante una buena
temporada… con lo que fuera que también vivía con ellos.
Las semanas se convirtieron en meses; meses que
transcurrieron lenta, pesadamente, bajo unas nubes recias
y negras como el hollín. El invierno se hizo más frío, más
hiriente.
Los niños lloraban por la noche.
La voz les habló a todos, a todas horas del día y de la
noche; una voz salida de la nada.
A veces, el olor a carne podrida y, otras veces, a heces
humanas, los asaltaba en cualquier parte de la casa, un
hedor tan fuerte y penetrante que estaban seguros de que,
si bajaban la vista a los pies, descubrirían que estaban
sobre un montón de basura podrida y en descomposición.
Pero nunca había nada en el suelo, y el olor sólo duraba
unos instantes, un repugnante hedor que pasaba flotando
como una brisa, que llegaba y desaparecía casi
burlonamente.
En otras ocasiones, también había moscas. Moscas de
verdad que zumbaban por la habitación, o que al menos
parecían hacerlo, pero que nunca se quedaban mucho
tiempo.
Una fría noche de invierno, se fundió un fusible y Al bajó
al sótano para cambiarlo. Hacía tiempo que había vuelto a
colocar todas las bombillas en su sitio, de modo que,
cuando llegó al pie de las escaleras, encendió la luz.
Cuando accionó el interruptor, el globo de cristal opaco
que cubría la lámpara continuó oscuro; la bombilla sólo
emitió unas leves chispas eléctricas. Al se quedó mirando la
lámpara con el ceño fruncido y la oscuridad que parecía
envolver el cristal se movió… se retorció…
En el silencio reinante, Al oyó un leve zumbido que salía
de la negrura, como si un insecto agitara las alas.
La negrura estaba compuesta de moscas; cientos, tal vez
incluso miles, de moscas que envolvían el globo de cristal y
formaban una masa trémula en la zona del techo junto a
éste, sus alas zumbando mientras se arrastraban unas
sobre las otras en montones negros y encrespados.
Al observó la escena durante un buen rato con la boca
abierta. El asombro hizo que pasara de tener los ojos
entornados a abrirlos completamente. Se quedó petrificado
donde estaba, con el dedo aún pegado al interruptor de la
luz.
Con un hilo de voz apenas audible, susurró lentamente:
—¿De dónde… demonios… habéis salido…?
De repente, todas las moscas remontaron el vuelo al
unísono y se abalanzaron como un enjambre en dirección a
su cara.
Al levantó los brazos para protegerse y dejó escapar un
grito de horror estrangulado mientras apretaba con fuerza
los dientes; cerró los ojos todo lo que pudo, sorprendido de
no poder dar media vuelta y subir corriendo las escaleras.
Se preparó para sentir las moscas por todo su cuerpo, notar
la leve vibración de sus alas, el cosquilleo de sus
movimientos. Sin embargo…
No sintió nada.
Muy lentamente, bajó los brazos y abrió los ojos.
Las moscas habían desaparecido. No las veía por ninguna
parte. Ni las veía ni las oía.
Entonces oyó un ruido sordo y gutural. En un primer
momento creyó que se trataba de un gemido, pero
rápidamente se convirtió en una risa ronca y maliciosa. No
salía de ningún lugar en concreto…, aunque parecía
proceder de todas partes al mismo tiempo.
Al respiró profundamente, apretó la mandíbula, se
santiguó y, tras una lucha interna y silenciosa, decidió
olvidar lo que había creído oír, abrió las puertas francesas y
se adentró en la habitación contigua. Se encaminó hacia la
caja de fusibles, encendiendo todas las luces que se
encontró en su camino. Al llegar, se detuvo un instante a
comprobar detenidamente la lámpara del techo.
No vio ninguna mosca.
Se abrió paso a través del sótano hasta la caja de fusibles,
la abrió y metió una mano en el bolsillo para sacar el
fusible que había cogido del cajón de la cocina.
Fue entonces cuando notó el olor.
Al principio, olía a rosas; un olor intenso, dulce y floral. Al
se quedó inmóvil, echó un lento vistazo a su alrededor y
esbozó una tímida sonrisa. El olor a rosas era una buena
señal; un signo de bendición, de paz y seguridad…, una
señal de la mismísima Virgen María.
Se calmó y sus tensos músculos se relajaron lentamente.
El aroma de las rosas había conseguido que se sintiera
mucho mejor. De hecho, siguió oliendo a rosas mientras
cambiaba el fusible.
Y, entonces, de repente, el olor se transformó. Para peor.
Al retrocedió al percibir en sus fosas nasales un hedor a
carne descompuesta. Se tapó la nariz y la boca con una
mano mientras una arcada le hacía doblarse por la mitad.
Tosió mientras volvía a incorporarse, cerró la caja de
fusibles, dio media vuelta y regresó rápidamente hacia la
escalera.
El hedor estaba por todas partes.
Mientras lo atravesaba, se transformó. Pasó del olor a
carne podrida al de una enorme alcantarilla abierta de la
que brotara el insoportable hedor de excrementos en
descomposición. El hedor llenó sus fosas nasales y se aferró
a ellas, obstruyéndolas como si se tratara de una grasa
espesa. Al atravesó el sótano apresuradamente, tapándose
la cara con una mano. Sin embargo, en mitad de la
habitación que solía ocupar Stephen, le fallaron las fuerzas
y cayó de rodillas al suelo. El hedor espeso y empalagoso
era tan abrumador que, literalmente, lo empujó al suelo
entre lágrimas y náuseas.
Avanzó de rodillas unos cuantos metros tratando de
alcanzar la escalera, pero poco después el olor se
desvaneció.
Al se detuvo, todavía de rodillas en el suelo. Apartó la
mano de la cara y, muy lentamente, levantó la cabeza, miró
a su alrededor y olisqueó el aire. El olor había
desaparecido.
Moviéndose rápidamente, se puso de pie, corrió hasta la
escalera y huyó del sótano como una exhalación.
♦♦♦
Progresivamente, el invierno empezó a ceder. La nieve
comenzó a derretirse y, de vez en cuando, el cielo azul
asomaba por entre las nubes oscuras.
Al empezó a beber incluso más de lo habitual. A medida
que los aterradores incidentes que se producían en la casa
empeoraban, se sentía cada vez más débil e impotente, más
indefenso ante… lo que fuera que había decidido acosarlos
de aquel modo.
Carmen, por otro lado, se aferró a la fe con todas sus
fuerzas. Rezaba cada vez más y siempre llevaba un rosario
encima, además del crucifijo colgado al cuello.
No permitió que el hecho de que la bendición del padre
Wheatley aparentemente no hubiera servido de nada
afectara a su fe en lo más mínimo; se convenció a sí misma
de que no tenía ninguna importancia y continuó rezando,
rogándole a Dios que no abandonara a su familia, que
protegiera la casa y a sus habitantes de las fuerzas
malignas y sobrenaturales que la acosaban.
A veces conversaban hasta altas horas de la noche en la
cama.
—Estás bebiendo mucho últimamente –le susurró Carmen
una noche mientras estaban acurrucados muy juntos.
—¿Por qué te sorprende? –respondió Al en voz baja.
—No sé, ¿realmente tienes que hacerlo?
—¿Qué quieres que haga? Vale, quizá sea una excusa,
pero, por Dios santo, últimamente he estado…, he estado…
—Ya lo sé. Lo sé, cariño. Han pasado muchas cosas…
—Han pasado muchas cosas jodidamente aterradoras, eso
es lo que ha pasado.
—Pero, recuerda, seguimos teniendo a Dios de nuestro
lado.
—Ah, ¿sí? Pues, dime, ¿dónde está?
—Está aquí, cariño. Si no lo estuviera, quizá ya nos
hubiera hecho daño.
Tal vez ya no estaríamos aquí.
Al se apartó de ella y dijo:
—Sí, lo sé, pero…
♦♦♦
Una tarde de verano, Laura tuvo una cita con un joven
agradable, alto y musculoso que llegó para recogerla
mientras Carmen estaba preparando la cena. Al le invitó a
pasar y conversaron unos minutos, hasta que Laura estuvo
lista para marcharse.
Michael había ido a casa de un amigo que vivía en la
misma calle para pasar la noche, y Stephanie y Peter
jugaban en silencio en el suelo de la sala de estar; ninguno
de los niños pasaba ya mucho tiempo solo en su cuarto.
Cenaron en silencio, como todas las noches desde hacía
algún tiempo, y lo hicieron en la sala de estar, frente a la
televisión. A pesar del silencio que imperaba, la tensión se
había rebajado ligeramente, y en la casa reinaba una cierta
sensación de calma, como si las cosas estuvieran
mejorando… al menos, por el momento.
Después de cenar, vieron un rato más la tele, Al se tomó
unas cuantas cervezas más y Carmen una taza de té. Poco
después, todos empezaron a circular hacia sus respectivas
habitaciones. Los niños se mostraron reacios, y Carmen
estaba esperando que éstos le preguntaran si podían
dormir con ella y Al; decidió que, si se lo preguntaban, no
podrían negarse porque ahora sabían que los niños tenían
buenos motivos para estar asustados.
Pero no se lo pidieron. Peter tenía mucho sueño y se
encaminó a su habitación arrastrando los pies y con los ojos
medio cerrados. Stephanie le preguntó si podía quedarse
despierta en la habitación hasta que Laura volviera a casa y
Carmen le dijo que no había problema. Al fin y al cabo, era
viernes por la noche y no tenía que ir a la escuela al día
siguiente.
Al se fue a la cama primero y, después de darles a todos
los besos de buenas noches, Carmen se unió a él.
—¿Me equivoco o esta noche las cosas parecen más
tranquilas? –dijo Carmen.
—Sí. Es posible. Un poco, supongo. –Al era muy reacio a
mostrarse optimista.
Se acurrucaron bajo las sábanas, pero estuvieron
despiertos durante un buen rato. Ambos se mantenían
alerta por si sucedía algo; o, mejor dicho, para cuando
sucediera algo. Sin embargo, la habitación continuó en
silencio, en calma, por lo que, finalmente, los dos se
sumergieron en un sueño ligero…
Un grito despertó a Carmen a altas horas de la noche.
Tardó unos instantes en entender qué estaba gritando la
voz.
—¡Tía Carmen! Tía Carmen, por favor, ayúdame. ¡Por
Dios! ¡Jesucristo, por favor, por favor, ayúdame!
Unos pasos apresurados resonaron por toda la casa.
De forma instintiva, Carmen cogió la Biblia de la mesita
de noche. Encima de ésta estaba el rosario.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe y Carmen se
incorporó sobre la cama. Laura apareció en el umbral de la
puerta, su figura levemente recortada por la luz del pasillo.
Llevaba puesto su habitual camisón largo.
—¡Tía Carmen! –gritó–. ¡Tía Carmen!
Carmen bajó de la cama con la Biblia y el rosario bajo el
brazo y se dirigió hacia la puerta.
—¿Qué ocurre, Laura? ¿Qué te pasa, cielo?
Al seguía durmiendo.
Laura se arrojó a los brazos de Carmen, como solía hacer
de pequeña. Aún abrazadas, Carmen la condujo hasta el
pasillo y cerró la puerta del dormitorio detrás de ellas sin
hacer ruido.
—¿Qué pasa, cielo? –le susurró.
—¡Está jugando otra vez conmigo, tía Carm! ¡Está
haciéndolo otra vez! – murmuró Laura presionando su
rostro contra el hombro de Carmen– Me ha tirado del
sostén mientras me cambiaba y, cuando he cogido el
rosario, la cruz se ha caído; literalmente, como si alguien la
hubiera arrancado, y después ha empezado a tirar de las
mantas y a tocarme y…, y…, y…
Carmen rodeó a Laura con el brazo y la obligó a avanzar
por el pasillo mientras le decía:
—Vale, vale, cálmate, todo ha terminado. Volveremos a tu
habitación y…, hmm…, ¿qué te parece si leemos juntas la
Biblia un rato?
Y eso fue lo que hicieron. Laura se acurrucó bajo las
sábanas y Carmen se sentó en un costado de la cama. A la
luz de la lámpara que había sobre la mesita de noche,
mientras Stephanie dormía profundamente en la cama
auxiliar situada a unos pocos metros, Carmen empezó a
leer en voz baja los Salmos con la esperanza de aplacar los
miedos de Laura.
Durante un rato la idea pareció funcionar. La habitación
estaba en silencio y lo único que se oía era la melodiosa voz
medio susurrada de Carmen mientras leía.
—«Recuerda la palabra que diste a tu siervo, en ella me
hiciste poner toda mi esperanza –leyó–. Éste es mi consuelo
en la tristeza, pues tus promesas me dan la vida».
Poco a poco, la respiración de Laura se ralentizó y se hizo
más rítmica. Tenía los ojos cerrados y el cuerpo relajado.
Entonces, repentinamente, se incorporó sobre la cama y
apartó las sábanas. Con los ojos muy abiertos y el cuerpo
trémulo, dijo entrecortadamente con los labios
temblorosos:
—¿Lo notas? ¡Tienes que notarlo, tía Carm! ¡Ya está aquí,
ya está aquí!
Carmen se detuvo a media frase; las palabras se le
quedaron atascadas en la garganta como si fueran trozos
de cristal porque, de repente, sintió cómo el miedo la
dominaba.
Durante unos instantes no pudo respirar, como si todo el
oxígeno de la habitación hubiera sido succionado por…
algo, y empezó a hacer más frío. No tuvo la más mínima
duda de que había otra presencia en la habitación con ellas.
—¡Está aquí! –susurró Laura–. ¡Dios mío, por Jesucristo,
está aquí!
Carmen miró a su alrededor y cogió el rosario.
Sujetándolo con fuerza en su puño y con la Biblia cerrada
entre las piernas, recitó a toda velocidad:
—Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu
nombre… – Aumentó el tono de voz a medida que le costaba
respirar, como si una fuerza invisible la estuviera
asfixiando–, … venga a nosotros tu reino, hágase tu
voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro
pan de cada día y perdona nuestras ofensas como nosotros
perdonamos a los que nos ofenden… –Su voz se convirtió en
un grito cuando la atmósfera de la habitación se volvió aún
más opresiva y el aire se llenó con el hedor a basura
abandonada–, … no nos dejes caer en la tentación y
líbranos del mal. Amén, Señor, amén, Jesús, por favor, Dios,
líbrame de él.
Laura soltó un suspiro e intentó recuperar el aliento
mientras no dejaba de jadear.
—Se ha ido. Se ha ido, tía Carmen. Se ha marchado.
Acto seguido, Carmen volvió a abrir la Biblia por los
salmos. Cuando los encontró, empezó a leer con voz
temblorosa:
—«Que los justos se regocijen en el Señor, porque la
alabanza es hermosa para el bienaventurado. Alabad al
Señor con el arpa, cantadle con…
—¿Notas eso? –la interrumpió Laura mientras volvía a
sentarse, su voz más frenética que antes. Se arrojó sobre
Carmen, rodeándole los hombros con los brazos.
Súbitamente, desde el catre que había junto a la cama,
una voz diminuta, estridente y asustada gritó:
—¡Mami! ¿Qué ocurre?
Cuando Carmen estaba a punto de responder, se quedó
sin aliento al ser proyectada hacia atrás por una fuerza
húmeda y viscosa; aunque era completamente invisible,
Carmen notó cómo le rozaba el brazo.
Se incorporó sobre un brazo y vio cómo la misma fuerza
invisible se deslizaba por debajo del camisón de Laura, se
aferraba visiblemente a sus pechos y empezaba a
acariciárselos.
La lámpara que había sobre la mesilla de noche, la única
fuente de luz de la habitación, empezó a parpadear
tenuemente, amenazando con apagarse.
—Oh, Dios mío –gimió Carmen al tiempo que Stephanie se
ponía a gritar. Carmen comenzó a rezar de nuevo el padre
nuestro, esta vez en voz muy alta–. ¡Padre nuestro que
estás en los cielos! ¡Santificado sea tu nombre!
Laura empezó a gritar.
—¡Oh, Jesús! ¡Oh, Dios mío!
La entidad se movió de un lado a otro bajo el camisón de
Laura, estrujándole dolorosamente el pecho derecho,
después el izquierdo, después otra vez el derecho, y así
sucesivamente.
—¡Venga a nosotros tu reino! ¡Hágase tu voluntad!
Stephanie salió del catre y se acurrucó al lado de la cama
mientras le abrazada las piernas a su madre. La niña seguía
gritando.
—¡En la tierra! ¡Y en el cielo!
Sin dejar de gritar en ningún momento, Laura empezó a
retorcerse sobre la cama mientras golpeaba a la forma
grumosa que continuaba moviéndose por debajo de su
camisón y que no dejaba de estrujarle brutalmente los
senos e introducirse en su entrepierna.
—Danos hoy nuestro pan de ca… cada di… día. –El
rosario se le deslizó de la mano y se le atragantaron las
palabras. Se cubrió la boca con las manos mientras
observaba impotente lo que le estaba ocurriendo a su
sobrina.
Stephanie comenzó a cantar con voz entrecortada y
llorosa:
—Jesús me ama, eso lo sé… porque la Biblia me lo dice…,
los pequeños le pertenecen…, son débiles, pero Él es
fuerte…
Carmen dejó la Biblia a un lado y se agachó para darle
una palmadita en la espalda a Stephanie.
—Por favor –le dijo en voz baja–, cálmate, cielo. Por favor,
cariño, cálmate. –Con la otra mano, buscó a tientas el
rosario y, cuando lo encontró, empezó a rezar muy
rápidamente el avemaría mientras apartaba lentamente a
Stephanie de sus piernas y se dirigía hacia la puerta.
—Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es
contigo, bendita eres tú entre todas las mujeres y bendito
es el fruto de tu vientre, Jesús, santa María madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de
nuestra muerte.
Amén, Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor
es contigo, bendita eres…
Poco después de empezar a rezarlo por segunda vez,
Stephanie comenzó a llorar.
—¡No te vayas, por favor, mami, no te vayas!
Carmen se detuvo y le dijo rápidamente:
—Cariño, tengo que ir a llamar al padre Wheatley, le
necesitamos, le necesitamos urgentemente, así que, por
favor…
La puerta del dormitorio se abrió y apareció Al envuelto
en su bata. Con los ojos y la boca muy abiertos, preguntó
casi sin aliento:
—¿Qué demonios está pasando? –Sin embargo, sólo
necesitó un instante para entender lo que estaba pasando–.
Oh, Dios santo –suspiró–. Oh, Dios, oh, Jesucristo, ¿qué está
pasando? Por Jesucristo, ¿qué ocurre…?
—¡Ve a buscar el teléfono! –le dijo Carmen con tono
apremiante.
Al regresó en un instante con el teléfono inalámbrico y se
lo entregó. Se mantuvo alejado de la cama, donde Laura
todavía estaba siendo atacada por el brazo invisible que la
estrujaba, la manoseaba y la agarraba bajo el camisón.
Carmen marcó el número de teléfono del padre Wheatley
con un dedo tembloroso. Aunque ni siquiera había
comprobado la hora, sabía que era muy tarde y que,
probablemente, estuviera durmiendo.
No se equivocaba. Cuando el padre Wheatley respondió,
su voz sonaba ronca y atontada:
—¿Diga?
—¿Padre Wheatley?
—Hmmm, sí, yo mismo.
—Soy Carmen Snedeker, padre. Le llamo porque…,
bueno, está pasando algo…, hmmm…
—¿Qué pasa, Carmen? –la interrumpió él.
Carmen se lo contó. Las palabras brotaron de su boca
atropelladamente mientras le explicaba lo que había
sucedido, lo que estaba sucediendo en aquel momento, y le
dijo que necesitaban su ayuda desesperadamente.
Cuando terminó, Carmen esperó un buen rato mientras el
silencio dominaba la línea. Entonces, el padre Wheatley se
aclaró la garganta y dijo adormilado:
—De acuerdo, Carmen, haremos una cosa. Siéntate con
Laura y reza el rosario con ella. Hazlo una y otra vez si es
necesario, hasta que se calme y se olvide de todo esto y
pueda volver a dormir.
Y colgó.
Carmen se quedó un rato con el teléfono pegado a la
oreja y con la boca abierta. No podía creérselo. Entonces,
lo arrojó al suelo y se inclinó sobre Laura sosteniendo el
rosario con fuerza.
—Cielo, todo se arreglará –le dijo en voz alta–. Todo irá
bien, Laura. –Y comenzó a rezar el rosario como el padre
Wheatley le había dicho.
Hasta que algo intentó arrancárselo de las manos.
Se detuvo y se quedó mirando la ristra de cuentas. Estaba
tenso, como si alguien estuviera tirando de él para
quitárselo.
Y lo consiguió.
El rosario se rompió y las cuentas se desperdigaron por la
alfombra y el suelo, tintineando contra la madera y las
paredes.
Carmen observó como las cuentas rodaban por el suelo.
—Dios te salve María, llena eres de gracia –reanudó la
bendición con voz ronca–, el Señor está contigo.
La entidad bajo el camisón de Laura empezó a retirarse.
—Bendita eres tú entre todas las mujeres y bendito es el
fruto de tu vientre, Jesús.
Se deslizó por debajo del camisón y desapareció.
—Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros,
pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
El olor a basura podrida también se desvaneció.
Laura dejó de gritar y de retorcerse en la cama. Se quedó
inmóvil durante un buen rato; de hecho, los tres se
quedaron inmóviles, y después se incorporó lentamente.
—Tía Carmen –dijo con voz ronca–, ¿tenemos que
quedarnos aquí?
—No, cielo. No, no nos quedaremos aquí.
Un poco más tarde, Al y Laura estaban sentados a la
mesa del comedor mientras se tomaban el té que Carmen
había preparado. Stephanie prefirió una taza de chocolate
caliente.
Carmen fue a la sala de estar, encendió la luz y buscó la
revista que le había dado Tanya. Cuando la encontró, pasó
varias páginas hasta encontrar el artículo sobre Ed y
Lorraine Warren.
Lo leyó por encima hasta dar con la ciudad en la que
vivían: Monroe. Cogió una libreta y un lápiz, descolgó el
teléfono de la salita y llamó a información.
El número estaba en la lista y Carmen tomó nota de él.
Regresó al comedor con la revista y le mostró el artículo
a Al. Tras darle algo de tiempo para que lo leyera
detenidamente, le dijo:
—Si nuestro cura no quiero ayudarnos, tendremos que
recurrir a otras personas.
Después de observar la revista con el ceño fruncido un
rato más, Al le preguntó:
—¿Cuáles son sus honorarios?
—No lo sé.
—¿Cómo sabemos que podemos confiar en ellos? Es decir,
cazar fantasmas y demonios me parece una forma muy rara
de ganarse la vida.
—Tendremos que averiguarlo, ¿no crees?
Tras pensárselo durante unos momentos, finalmente
asintió y dijo:
—De acuerdo, adelante, llámales.
Con las manos temblorosas, Carmen regresó
apresuradamente a la sala de estar para llamar a los
Warren.
Después de unos cuantos tonos, respondió una mujer
medio dormida.
—¿Diga?
—¿Lorraine Warren?
—Hmmm, yo misma. ¿Con quién tengo el placer de
hablar?
—Eh, me llamo Carmen Snedeker y he leído un artículo
sobre usted y su marido en una revista y creo que mi
familia necesita su ayuda porque… – De repente, Carmen le
explicó a la señora Warren en un incontrolado torbellino de
palabras lo que había ocurrido en su casa aquella noche y
lo que había estado sucediendo desde hacía ya varios
meses. Incluso empezó a sollozar mientras hablaba, incapaz
de contener las lágrimas.
—Cielo, cielo –dijo Lorraine Warren, quien ya parecía
estar mucho más despierta–. Cálmate y escucha. No
entiendo ni una palabra, ¿de acuerdo, cielo? Cálmate un
poco.
Carmen lo intentó, respiró hondo y volvió a reanudar su
explicación mientras Lorraine escuchaba en silencio.
Cuando terminó de hablar, le dijo:
—Está bien, cielo. Vas a hacer lo siguiente. Si esta noche
vuelve a pasar algo, haz que tu marido sostenga una cruz o
un rosario, da igual, y tú recita esto, o si lo prefieres,
grítalo con todas tus fuerzas: «¡En el nombre de Jesucristo,
te ordeno que abandones este lugar ahora y que regreses al
lugar del que provienes!». ¿Lo has entendido?
Carmen asintió distraídamente, se dio cuenta de lo que
estaba haciendo y dijo:
—Sí, sí, lo entiendo.
—Pero, escucha, eso es sólo para esta noche, ¿de
acuerdo? Haz eso esta noche, y sigue rezando el rosario,
entero. Y mañana, sobre las nueve, nos vuelves a llamar,
¿de acuerdo?
—Por supuesto. Mañana te vuelvo a llamar.
—Intenta dormir un poco, ¿vale? Si hay espíritus
demoníacos en la casa, debes saber que se alimentan de la
debilidad humana. Si no duermes, estarás más débil; y,
créeme, los espíritus se aprovecharán de eso. Esta noche
rezaré por vosotros.
—Sí, vale. Esto…, gracias.
—Que Dios te proteja, cielo. Adiós.
Carmen colgó el teléfono lentamente y se lo quedó
mirando durante un buen rato. No podía esperar a que
fueran las nueve en punto de la mañana…
VEINTITRÉS
EMPIEZA LA INVESTIGACIÓN
A la mañana siguiente, mientras los demás intentaban
arrancar unas cuantas horas más de sueño, salvo Al, quien
ya se había despertado y llamado al trabajo para informar
que se tomaba el día libre porque estaba enfermo, Carmen
se paseó frente al teléfono de ocho a nueve, momento en el
que volvió a marcar el número de los Warren.
Esta vez Lorraine estaba mucho más despierta, y Ed se
unió a la conversación en otro aparato.
Carmen repasó todo lo que le había dicho a Lorraine en
las horas previas al amanecer, pero lo hizo mucho más
tranquila y calmada que antes. Al terminar, preguntó con
un exceso de entusiasmo:
—¿Creen que podría estar pasando porque…, bueno,
porque tal vez alguien murió aquí?
—Bueno –respondió Ed –, por lo que nos has contado,
parece muy poco probable. No, no parece ese tipo de
situación, para nada. Pero tendremos que investigarlo
personalmente antes de poder estar seguros.
—¿Por qué lo preguntas, cielo? –quiso saber Lorraine.
—Bueno…, hay algo sobre la casa que…, hmmm…, aún no
os he contado. En realidad, hmmm…, antes era una
funeraria.
Tras un breve silencio, Ed dijo:
—¿En serio? Con que una funeraria, ¿eh? –Otro silencio
prolongado y luego–: ¿Qué piensas, Lorraine?
—Bueno –dijo ésta–, es difícil de decir. Primero
tendríamos que ir a echar un vistazo.
—Sí. Mira, Carmen, nos gustaría visitar tu casa de
inmediato, esta misma mañana, si puede ser, para echar un
vistazo. Si no tienes inconveniente, por supuesto.
—¿Inconveniente? ¡Oh, por supuesto que no!
—¿Por qué no nos das la dirección y nos dices cómo llegar?
–le pidió Ed.
Carmen hizo lo que le pedía, esforzándose por hablar
despacio para que pudieran entenderle.
—Bueno, tardaremos aproximadamente una hora en
llegar allí –dijo cuando Carmen hubo terminado–, de modo
que me gustaría darte algunos consejos antes de llegar. En
primer lugar, de ahora en adelante debéis permanecer
todos juntos, toda la familia. No os separéis, por si se
producen más ataques antes de que lleguemos.
—Y asegúrate de llevar siempre encima el rosario –
agregó Lorraine–. Y que todo el mundo haga lo mismo si
tenéis suficientes. Y reza el avemaría y el padre nuestro
tantas veces como quieras.
—Llegaremos tan pronto como podamos, Carmen.
Siempre y cuando no tengas inconveniente.
—Ninguno. Todos estamos ansiosos por conoceros.
Estamos… muy asustados.
—Es bueno tener miedo, cielo –le aseguró Lorraine–. Pero
recuerda que tienes el poder de Dios de tu parte.
Anotaron su número de teléfono por si tenían problemas
para encontrar la casa y se despidieron.
Cuando colgó, se sentía un poco mejor…, pero sólo un
poco.
♦♦♦
Aunque los Warren no tardaron mucho en llegar, a Al y
Carmen el tiempo se les hizo eterno. Mientras esperaban,
hablaron sobre cómo podrían mantenerse todos juntos
cuando llegara la hora de irse a la cama. Decidieron que
instalarían los colchones en el suelo de la sala de estar, de
ese modo todos podrían estar cerca mientras dormían. Sí,
sería incómodo, pero, tal y como les habían dicho los
Warren, sería más seguro si volvía a pasar algo en mitad de
la noche.
Cuando llegaron los Warren, Al y Carmen aún eran los
únicos de la casa que estaban despiertos. Se pusieron
nerviosos al ver la camioneta recorrer el camino de
entrada. ¿Cómo serían aquellas personas? ¿Y si los Warren
no creían en su historia?
Al y Carmen observaron por una de las ventanas cómo
bajaban de su vehículo.
Tenían el mismo aspecto que en las fotos de la revista.
Lorraine era alta y llevaba un voluminoso bolso gris
colgado al hombro. Ed también era alto, corpulento e
imponente, y tenía unos hombros anchos y un pecho
poderoso que mantenía tensa una camisa azul oscuro. Los
dos caminaban con autoridad y la cabeza levantada
mientras se acercaban a la casa.
Al y Carmen los recibieron en la puerta principal, los
invitaron a pasar y los acompañaron a la sala de estar,
donde se sentaron en el sofá.
Al y Carmen esperaban mantener al principio una
pequeña conversación intranscendente y superficial para
romper el hielo. Pero se equivocaban.
—Antes de empezar –dijo Ed Warren levantando su
enorme mano–, nos gustaría que supierais que, si decimos
algo que pueda parecer que dudamos de lo que nos contáis,
no es así en absoluto. Sin embargo, debemos asegurarnos,
de todas las formas posibles, de que los incidentes que han
tenido lugar han sido realmente provocados por fuerzas
sobrenaturales. Por tanto, debéis entender que no es nada
personal, que sólo es parte de nuestro trabajo. Es algo que
tenemos que hacer.
—Y, además, es necesario que grabemos la conversación –
añadió Lorraine sacando una grabadora de su bolso. Miró a
Carmen y sonrió–. Espero que no te importe, cielo.
Carmen se sintió tan reconfortada por su sonrisa que no
pudo evitar devolvérsela mientras se sentaba en una silla
delante del sofá. Al también parecía más relajado, y se
acomodó en su sillón preferido tras darle la vuelta para
poder estar frente a los Warren.
—Lorraine –dijo Carmen–, podéis hacer lo que queráis,
siempre y cuando nos escuchéis… y nos ayudéis.
Lorraine se inclinó ligeramente y le palmeó la rodilla a
Carmen.
—Haremos todo lo que podamos, cielo. De eso podéis
estar seguros. – Dicho aquello, dejó la grabadora encima de
la mesita auxiliar y la puso en marcha.
Ed se inclinó hacia delante, entrelazó las manos y apoyó
los codos en las rodillas.
—Bien, ¿por qué no nos contáis, desde el principio y como
os sintáis más cómodos, qué ha estado pasando
exactamente en la casa? Cualquiera de los dos.
Pausada, ininterrumpida y metódicamente, Al y Carmen
proporcionaron al matrimonio Warren todos los detalles de
su experiencia, desde el principio.
Cuando terminaron, se produjo un silencio prolongado.
Ni Lorraine ni Ed les interrumpieron en ningún momento
para hacer un comentario o una pregunta. Carmen y Al
pudieron contar su historia en sus propias palabras, por
turnos y, a veces, hablando al unísono. Los Warren les
observaron y escucharon atentamente.
—Nos gustaría haceros algunas preguntas –dijo Ed
finalmente, aunque con una sonrisa–. Hmmm… si no os
importa…, ¿podríais decirme si alguien de la familia bebe
alcohol en exceso?
Al y Carmen se miraron el uno al otro.
—Al se toma alguna cerveza por la noche –dijo Carmen
sin apartar la mirada de él.
Al le hizo un pequeño, minúsculo gesto de negación con
la cabeza.
—Pero no… no como está sugiriendo –dijo Carmen–. No.
No, por supuesto que no.
—¿Alguien en la casa toma drogas? –preguntó Ed–. Y me
refiero a cualquier tipo de drogas: ilegales, medicamentos
con receta, cualquier cosa que pueda estar… alterando su
mente.
Al y Carmen volvieron a mirarse, aunque esta vez lo
hicieron brevemente y con cara de incredulidad. Al empezó
a negar con la cabeza y Carmen dijo:
—¡No, no, no! O sea, nosotros no…, bueno, nosotros,
hmmm, no hemos…
—¿Y el chico? –preguntó Ed– Stephen, quiero decir. ¿Qué
hay de él?
La siguiente mirada entre Al y Carmen fue
considerablemente más larga.
—No estamos seguros –intervino Al–. Me refiero a que no
lo sabíamos. Stephen actuaba de un modo extraño, sí,
pero… nunca supimos si era por eso.
Ed asintió y dijo:
—Está bien, está bien. ¿Qué hay de intereses
sobrenaturales? ¿Alguien en la familia ha intentado utilizar
alguna vez una ouija? ¿De cualquier modo o en cualquier
momento?
Al y Carmen negaron con la cabeza al unísono.
—No, no, en absoluto –dijo Carmen.
—¿Alguien ha estado en una sesión espiritista o ha
consultado a un médium?
—No, para nada.
—Está bien, está bien –dijo Ed–. Perfecto.
—¿Os importaría si doy una vuelta por la casa? –preguntó
Lorraine–.
Sola, quiero decir. Sin nadie que me acompañe.
—No, claro que no –dijo Al.
Carmen meneó la cabeza.
—Por supuesto que no. –Y, sonriendo, añadió–: Aunque
está hecha un desastre.
—Ah, no pasa nada, créeme –se rio Lorraine,
desestimando el comentario de Carmen con un gesto de la
mano mientras se levantaba–. No es eso lo que ando
buscando.
—Lorraine es una médium de trance ligero –les explicó
Ed–. Eso significa que puede caminar por una casa y
percibir cosas que otras personas no pueden percibir.
En otras palabras, al pasear por la casa, es posible que
pueda hacerse una idea de lo que está ocurriendo. Podría
darnos una pista sobre el origen del problema.
—Adelante, entonces –dijo Al.
—Por favor –dijo Carmen–, ve a donde quieras.
Lorraine les sonrió a los dos y asintió amablemente.
—Gracias. Volveré dentro de un rato.
Vieron como se daba la vuelta y salía de la habitación.
También vieron cómo levantaba ligeramente la mano
derecha y la movía un poco hacia adelante y hacia atrás,
como si buscara el camino a través de la oscuridad.
En cuanto Lorraine se perdió por el pasillo, Carmen
reaccionó, se volvió hacia Ed y le preguntó:
—Lo siento, lo he olvidado por completo. ¿Quieres un
café o un té?
—Eres muy amable –respondió Ed con una sonrisa–, pero
por qué no esperamos que vuelva Lorraine.
♦♦♦
Lorraine tenía todos los nervios de su cuerpo alertas y
preparados. Su mente estaba abierta a cualquier cosa, a lo
que fuera que pudiera haber en el aire, en aquel pasillo o
en la habitación contigua o en el sótano, a lo que fuera que
estuviera esperándola para revelarle algo.
Caminó lentamente por el comedor, haciendo oídos
sordos a las voces que charlaban suavemente en la sala de
estar. Atravesó la cocina, deteniéndose a cada paso que
daba, y después salió al pasillo. Lo recorrió un par de veces
en ambas direcciones. Entonces, se detuvo un instante en
la parte superior de la escalera…, ¿eso que había sentido
era un cosquilleo, el débil zumbido de algo que no estaba
muy lejos? A continuación, bajó al sótano.
Estaba muy oscuro allí abajo, incluso a aquella hora, poco
antes del mediodía. También hacía más frío que en el piso
de arriba, y el aire estaba cargado con una leve humedad.
Sin embargo, tanto el frío como la humedad eran más
intensos de lo normal; envolvieron la atenta mente de
Lorraine, por lo que ésta supo que se trataba de un frío
psíquico y que el origen de los incidentes que asolaban la
casa muy probablemente estaba en el sótano.
Atravesó la habitación de Michael con la mano aún
extendida y moviéndose lentamente de un lado al otro, unos
pocos centímetros en cada dirección. Las paredes estaban
llenas de pósteres de estrellas del deporte, había varios
libros en la mesita de noche, entre ellos una Biblia, y
cromos de béisbol y revistas de coches sobre la cómoda. No
vio nada nocivo ni peligroso, nada que pudiera atraer el
tipo de actividad que Al y Carmen habían descrito.
Atravesó las puertas francesas y entró en la habitación
contigua.
Algo cambió.
Se sintió distinta.
Una náusea familiar empezó a formarse en su estómago.
Pero, fuera lo que fuese, todavía no había encontrado la
fuente del problema.
Pasó por la habitación donde solía dormir Stephen e hizo
una mueca ante las sensaciones que la embargaron, los
sentimientos oscuros, amenazantes y de impotencia. Sin
embargo, todo aquello no le dijo nada, sólo le producía un
gran dolor, de modo que siguió adelante.
Al cruzar la pasarela de cemento, los sentimientos
negativos se volvieron más oscuros.
Entonces se adentró en la habitación contigua, donde la
cadena elevadora esperaba ataúdes que nunca más volvería
a izar y el depósito para la sangre esperaba fluidos
corporales que nunca más se derramarían por sus
inclinadas paredes; a continuación, entró en la siguiente
habitación, el lugar donde, aunque Lorraine lo desconocía,
tiempo atrás se embalsamaban los cuerpos. Fue allí, en
aquella pequeña y oscura habitación de suelo de cemento
donde, finalmente, encontró la entidad que había estado
buscando. Ésta la rodeó con sus brazos gélidos y,
conteniéndola rígidamente, como si estuviera congelada, le
transfirió una visión borrosa, glacial:
… cadáveres, algunos completamente chamuscados,
figuras rígidas con la carne carbonizada…, niños y niñas,
hombres y mujeres, expuestos como después de un terrible
incendio, una explosión o algún tipo de horrible
catástrofe… aunque peor, mucho peor, algo mucho más
horrible…
… manos ásperas, manos masculinas que se estiraban
para acariciar los cadáveres, para tocar sus partes más
privadas de manera horrible…, dedos cerrándose sobre
genitales masculinos flácidos y muertos…, entrando en los
orificios fríos y muertos de las mujeres…, tirando y
sondeando… y haciendo cosas aún peores…
… risas…, risas ásperas y guturales…, risas de gozo y
emoción depravada…, gruñidos de pasión enfermiza y
maligna…
La entidad llenó su mente y cegó sus ojos para que no
viera nada más que aquella visión horrible y repugnante:
aterradoras imágenes de perversión, cosas que ni siquiera
había imaginado jamás, cosas que ni siquiera había soñado
con ver alguna vez en su vida.
Y, sin embargo, estaban teniendo lugar ante su mirada
horrorizada y distante, una mirada que, para cualquier
observador, parecería estar centrada en una pared
desnuda.
Tenía la mano derecha extendida y le temblaban los
dedos. Se presionó el pecho con la mano izquierda mientras
trataba de respirar, cogiendo aire en pequeñas bocanadas
de pánico.
Y entonces la dejó en paz, se alejó de ella como unas
manos que le hubieran estado rodeando firmemente la
garganta. Se alejó y…
Desapareció.
Lorraine se dio cuenta de que estaba de pie, con la
espalda apoyada en la pared. Tenía todo el cuerpo tenso;
cada músculo de su cuerpo estaba tenso como las cuerdas
de un piano. Se obligó a relajarse, bajó el brazo derecho, y
sintió el intenso dolor de la relajación atravesando todos
sus tensos músculos. Cerró los ojos, respiró lenta y
profundamente y se apoyó ligeramente en la pared que
quedaba a su espalda.
Los ojos le palpitaban con la sacudida de la sangre
corriendo por sus venas. El corazón le latía con fuerza en el
interior del pecho, empujado por la avalancha de
adrenalina que todavía inundaba su cuerpo.
Algo se arrastró por sus pies.
Inspiró profundamente, con un jadeo irregular, y arañó la
pared con las uñas.
Algo le rasgó la pierna justo por debajo de la rodilla.
Lorraine bajó la mirada.
Era un hurón, flaco y sinuoso, que intentaba llamar su
atención.
El animal levantó la mirada, hizo un ruido agudo con sus
negros labios y se pasó una pata sobre la cara un par de
veces.
Lorraine sintió un alivio reconfortante. Sonrió al animal y
luego se rio de sí misma, de su miedo. Cuando se agachó
para acariciar al hurón, éste salió corriendo de la
habitación.
Tenía los ojos húmedos y la visión borrosa, por lo que se
llevó ambas manos a la cara para secarse las lágrimas de
los ojos. Y después regresó al primer piso.
♦♦♦
Cuando Lorraine volvió al salón, Al y Carmen seguían
hablando con Ed; Michael, aún adormilado, se había unido
a ellos. Había estado acostado en la cama de sus padres y,
aunque no había dormido lo suficiente, ya estaba despierto.
Carmen se puso de pie en cuanto vio a Lorraine y le
preguntó enérgicamente:
—¿Quieres una taza de té? ¿O un café, tal vez?
Lorraine asintió distraídamente y respondió con voz
ronca:
—Un té me sentaría bien.
—Sí, yo también tomaré un poco de té –dijo Ed mientras
se ponía de pie.
Se acercó a Lorraine y le dijo en voz baja–: Dime, ¿qué ha
pasado?
Lorraine se limitó a sacudir ligeramente la cabeza.
Ed la cogió por el brazo.
—¿Quieres hablar a solas?
Ella asintió.
Ed se volvió hacia Al.
—¿Hay algún lugar donde podamos hablar un minuto en
privado?
Al los acompañó al dormitorio principal y cerró la puerta
antes de volver al salón.
—¿Qué crees que pasa? –le susurró Carmen en la cocina.
Al se encogió de hombros.
—No lo sé. Sólo me han dicho que querían hablar a solas
un minuto.
—Pues no puede ser una buena señal, ¿no? –dijo Carmen.
Al volvió a encogerse de hombros y se marchó a la sala de
estar para hacerle compañía a Michael; no le apetecía
empezar a preocuparse por lo que estaba pasando, como
hacía Carmen.
Cuando los Warren salieron del dormitorio, el té estaba
listo y esperándoles en la sala de estar. Se sentaron juntos
en el sofá y se inclinaron hacia adelante como si tuvieran
algo importante que decir. Y así era.
Después de que Al y Carmen se sentaran, con Michael
tendido en el suelo, los ojos somnolientos, pero atento a lo
que pasaba, Ed Warren empezó a hablar.
—No tenemos buenas noticias –dijo en voz baja–. Creo
que está bastante claro que nos enfrentamos a una fuerza
de naturaleza demoníaca. Es muy vieja, muy astuta y, sin
duda, extremadamente malvada.
Entonces intervino Lorraine en un tono de voz más
tranquilizador.
—Pero podemos enfrentarnos a ella. Y podemos derrotarla.
–
Súbitamente, levantó el dedo índice y cerró los ojos–. Lo
siento. Eso no es del todo exacto. Podemos combatirla todo
lo que queramos. Pero sólo la derrotaremos con la ayuda de
Dios.
Ed dio un sorbo de té y dejó la taza sobre la mesita.
—Dejadme explicaros cómo funciona exactamente esto –
dijo a renglón seguido–. Las manifestaciones de este tipo
siempre siguen un patrón de cinco pasos. En primer lugar,
se produce la invasión. Y, después, vienen la infestación, la
opresión, la posesión y, finalmente, si se le permite llegar
tan lejos, la muerte. –Visiblemente incómodo, Ed dio otro
sorbo de té y después se recostó en el sofá.
Y continuó:
—Lo primero que ocurre es la fase de invasión, o también
denominada fase de invitación. Durante esta fase, el
demonio accede de algún modo a una o varias personas, o
incluso a una familia entera. Por lo general, la invitación es
voluntaria. Tal vez la persona invita al demonio al
aventurarse en alguna práctica sobrenatural, como, por
ejemplo, asistiendo o celebrando en casa una sesión
espiritista, usando una ouija o indagando en rituales
satánicos. O, tal vez, incluso haciendo algo tan
aparentemente inocente como jugar con las cartas del
tarot. De todos modos, a veces la persona no invita al
demonio directamente, sino que otra persona hace algo que
dirige la atención demoníaca hacia él o ella. Creemos que
éste podría ser vuestro caso. Pensamos que pudo haber
sucedido algo en la casa antes de que os mudarais a ella,
quizá incluso hace mucho tiempo, que podría estar
provocando la actividad demoníaca.
Ed les dio un momento para que absorbieran toda la
información, cambió de posición en el sofá, dio otro sorbo
de té y continuó.
—Durante la siguiente etapa, la infestación, los demonios
hacen todo lo posible, literalmente, para volver locos a los
habitantes de la casa. Causan estragos en el entorno físico.
Mueven cosas de sitio, rompen objetos, golpean las paredes
y producen sonidos aterradores. También pueden hacer que
veas cosas que no existen, visiones, podríamos llamarlas, o
hacer que oigas cosas que no están ahí, cosas
absolutamente aterradoras. Tratan de hacerte sentir que
estás solo en el mundo, que nadie va a creerte. Te hacen
creer que estás perdiendo la cabeza.
Ed respiró hondo mientras observaba detenidamente a Al
y Carmen para ver su reacción. Entonces continuó con su
explicación:
—Y entonces, en un momento dado, comienza la opresión.
Esto ocurre cuando la fuerza demoníaca pasa de alterar el
entorno de la vivienda a centrarse en los propios habitantes
de la casa. Esta fase puede ser muy dañina. Ha habido
casos de parálisis, ceguera, enfermedades mentales o
físicas. Te humilla y puede convertirte en la víctima de
juegos sexuales enfermizos y repugnantes.
»Entonces, cuando te ha desgastado lo suficiente…,
cuando estás lo suficientemente débil y enfermo…, cuando
estás constantemente aterrorizado y has perdido toda
esperanza…, en ese momento es cuando finalmente se
instala y empieza la fase de la posesión.
Lorraine se inclinó hacia delante con una mano
levantada.
—Pero podemos dar gracias al buen Dios de que vuestro
caso aún no haya llegado tan lejos. –Sonrió–. Y el poder de
nuestro Dios se encargará de que no lo haga nunca.
—Podríamos decir que, a partir de este momento –
anunció Ed–, Lorraine y yo vamos a convertirnos en
abogados defensores. Después, llevaremos nuestros
hallazgos a la Iglesia y confiaremos en que ésta decida a
nuestro favor, que decida hacer algo al respecto.
—Nos gustaría volver esta noche –dijo Lorraine–. Si os
parece bien, vendremos con algunos de nuestros
investigadores y asignaremos a uno de ellos una vigilia de
veinticuatro horas de la casa.
—A uno o quizá a dos –intervino Ed–. Nos gustaría que
siempre hubiera alguien en la casa para grabar la actividad
sobrenatural. Sé que no es agradable, que es una invasión
de vuestra privacidad y todo eso, pero es una parte
importante del proceso. Y…, bueno, si he de seros sincero,
sé que todo esto parece sacado de un episodio de La
dimensión desconocida o algo así, pero no lo es, de verdad.
Por el momento, es vuestra vida. Queremos ayudaros. Pero
vais a tener que dejarnos hacerlo.
Al y Carmen intercambiaron una mirada larga y
silenciosa. Entonces, Al dijo:
—Necesitamos que alguien nos ayude. Urgentemente. Y
queremos que hagáis todo lo que sea necesario.
VEINTICUATRO
LOS INVESTIGADORES
Cuando los Warren regresaron por la noche, la familia
estaba reunida en la sala de estar. Michael y Stephanie no
habían ido a la escuela aquel día; estaban demasiado
cansados y preocupados incluso para llegar tarde a clase.
La camioneta volvió a estacionar en el camino de entrada
y, detrás de ésta, lo hizo un utilitario blanco. Ed y Lorraine
bajaron del coche y les siguieron cuatro personas, tres
hombres y una mujer. Cuatro personas más bajaron del
utilitario, acarreando cámaras de vídeo y equipo de
grabación.
—Madre mía –le susurró Carmen a Al mientras miraban por
la ventana–.
¿Qué pensarán los vecinos?
Recibieron a los Warren en la puerta y Lorraine dijo
jovialmente:
—Lo siento mucho, pero os avisamos que íbamos a
invadir vuestra privacidad. –Una vez ya en el interior de la
casa, añadió–: Hemos venido con nuestros investigadores y
otras personas para que graben en vídeo todas las
habitaciones de la casa, así tendremos siempre disponible
un registro de la disposición. Necesitaremos entrevistaros
de nuevo, en vídeo, para tener grabada toda vuestra
historia.
—Bueno –dijo Carmen con tono vacilante–, entonces será
mejor que empecemos cuanto antes…
♦♦♦
La casa cobró vida con el sonido de voces entrando y
saliendo de todas las habitaciones, hombres y mujeres con
cámaras de vídeo sobre los hombros, gente sosteniendo
focos, otras hablando en voz baja a pequeñas grabadoras
mientras describían la casa o registraban sus impresiones.
Mientras sucedía todo esto, Ed y Lorraine entrevistaron a
Al y Carmen ante una cámara de vídeo. Volvieron a repasar
toda la historia, pero en esa ocasión lo hicieron más lenta y
detenidamente. Stephanie, Michael o Laura intervinieron
cuando tenían algo interesante que añadir.
Aunque les pareció una eternidad, cuando el sol
desapareció por el horizonte y los grillos empezaron a
cantar en el exterior, todo había terminado. Los que habían
venido con el utilitario, las cámaras de vídeo y el equipo de
grabación quedaron en volverse a encontrar con los Warren
al día siguiente, agradecieron a Al y Carmen su paciencia,
les desearon lo mejor y se marcharon, dejándolos con los
Warren y los tres investigadores, a quienes apenas habían
tenido oportunidad de conocer en mitad de toda la
confusión.
Uno de ellos era Chris McKenna, el nieto de Ed y
Lorraine. Era un hombre agradable, tierno y de aspecto
afable, con el cabello rubio y los ojos un poco tristes. Desde
niño, sentía fascinación por el trabajo de sus abuelos.
John Zaffis era el sobrino de Ed y Lorraine, un hombre
alto y delgado con una energía desbordante. Mientras los
demás hablaban, parecía tener dificultades para
permanecer sentado.
El último investigador era un hombre llamado Sal Valenti,
el cual había asistido a varias conferencias de Ed y
Lorraine y también a los cursos que éstos impartían. Como
John y Chris, era miembro de la Sociedad de Investigación
Psíquica de Nueva Inglaterra, la organización fundada por
el matrimonio Warren.
El trabajo de los investigadores consistía en vigilar el
hogar de la familia Snedeker las veinticuatro horas del día,
anotar todos los incidentes que se producían, sus
impresiones, sus sensaciones y también las de todos
aquellos que los rodeaban.
John preguntó cortésmente si podía tomarse un café y fue
a la cocina para servírselo.
Todos se sentaron en la sala de estar y hablaron en voz
baja durante un rato.
—Creo que es importante que os conozcáis entre vosotros
–dijo Ed–. Os guste o no, es la única forma en la que
podemos hacerlo. La alternativa sería no hacer nada. Creo
que lo mejor es que primero todo el mundo se presente y
que después tratéis de conoceros mejor.
Por supuesto, no fue fácil familiarizarse en un período tan
corto de tiempo. Sin embargo, Laura y Chris se cayeron
bien desde el primer momento. Poco después de conocerse
empezaron a reírse como si hubieran sido amigos desde
hacía mucho tiempo.
Al y Carmen también hablaron con los tres hombres y
descubrieron que eran muy amables; incluso se disculparon
con ellos por las molestias que les estaban causando.
Además, les aseguraron a los Snedeker que no tenían
ningún problema para dormir donde les dijeran.
—Bueno, de hecho –dijo Al–, habíamos pensado en
instalar los colchones aquí, en el suelo del salón, para estar
todos juntos. El señor Warren nos dijo que no nos
separáramos.
—Es una buena idea –dijo Lorraine–. Y creo que sería
especialmente inteligente si nadie baja al sótano. No es…
un buen lugar en el que estar.
—Por eso pensamos que traeríamos a todos aquí –
intervino Carmen mirando a los tres hombres–. Siempre y
cuando no os importe compartir el espacio con el resto…
—En absoluto –dijo Chris.
John negó con la cabeza mientras sonreía.
—Lo que consideréis oportuno nos parece bien.
Sal asintió silenciosamente con una sonrisa para
comunicarles que estaba de acuerdo con su compañero.
Era obvio que era nuevo en aquello y que estaba un poco
nervioso.
Conversaron un poco más a medida que avanzaba la
noche y, al cabo de un rato, Ed y Lorraine se levantaron.
—Tenemos que irnos –dijo Ed, y mirando a los
investigadores, añadió–:
¿Queréis coger vuestras cosas ahora del coche?
Los tres hombres salieron de la casa para ir hasta el
vehículo.
Ed miró a Al y Carmen y les dijo:
—Decidnos cómo va después de la primera noche. Tenéis
nuestro número. Sé que, a veces, pueden surgir conflictos
de personalidad que dificulten las cosas. Si ése es el caso,
por favor, decídnoslo. Pero espero que hagáis todo lo
posible por vuestra parte mientras trabajáis con ellos.
Están aquí para ayudaros. Juntos, llegaremos al fondo del
problema, y después lo consultaremos con la Iglesia.
Al y Carmen les dieron las buenas noches a los Warren y
éstos los dejaron con sus nuevos invitados, los tres hombres
cuyo trabajo consistía en descubrir la causa de todos sus
problemas.
VEINTICINCO
DEMONIOS BAJO ESCRUTINIO
Las siguientes semanas fueron un infierno, no sólo para los
Snedeker, sino también para los investigadores.
Era como si a las fuerzas que deambulan por la casa sin
que nadie las viera no les hiciera ninguna gracia que tres
desconocidos las estuvieran vigilando de cerca. Incluso
podría decirse que estaban enojadas, y empezaron a actuar
con un poder desconocido hasta entonces, como si
estuvieran vengándose.
♦♦♦
Una noche, Al se fue a dormir antes que Carmen y se
tumbó en uno de los numerosos colchones extendidos por
el suelo de la sala de estar.
Peter y Stephanie ya estaban profundamente dormidos en
sus respectivos rincones, acurrucados bajo las sábanas y
mantas y la cabeza apoyada en la almohada. John había
estado despierto durante casi veinte horas seguidas y
entonces roncaba ligeramente en el colchón que quedaba
frente al sofá.
Cuando Al finalmente se acomodó bajo las mantas,
Carmen y Laura seguían charlando en voz baja con Chris y
Sal en el comedor. Había bebido más de la cuenta y se
sentía pesado y cansado. No tardó mucho en notar como se
le cerraban los párpados y se le ralentizaba la respiración.
Entonces, se despertó súbitamente y se quedó mirando el
techo con los ojos muy abiertos durante un buen rato. Y el
proceso de volver a coger el sueño empezó nuevamente…
Volvió a despertarse de golpe. En esta ocasión, se dio la
vuelta, intentando encontrar la posición más cómoda.
Empezó a adormilarse nuevamente…, ni completamente
dormido ni aún despierto del todo…, y entonces fue cuando
ocurrió…
Manchas de una luz blanca azulada revoloteaban y
giraban detrás de sus párpados cerrados. Empezaron a
reunirse a medida que se acercaban más y más las unas a
las otras…, cada vez más grandes…, y empezaron a formar
una imagen…
Medio dormido, volvió a tumbarse de espaldas y a abrir
los ojos, pensando que tal vez estaba experimentando algún
molesto efecto secundario de haber tomado demasiada
cerveza. Sin embargo, no era el caso.
Cuando abrió los ojos, esperaba ver el techo, pero, en
lugar de eso, las luces giratorias y danzarinas que cada vez
parecían estar más cerca seguían ahí. Incluso con los ojos
abiertos, se dio cuenta de que detrás de éstas había un
fondo negro oscuro y no el techo, como cabía esperar.
Mientras las observaba asombrado, las luces se
acercaron al unísono, cada vez más, y formaron lentamente
una forma…, una forma que le resultó muy familiar… y que
avanzó rápidamente hacia su rostro…: la figura de
Jesucristo clavado en la cruz…, pero aquel Jesucristo no se
parecía al de las imágenes a las que estaba
acostumbrado…, aquél tenía un rostro horriblemente
mutilado…, retorcido en una máscara de dolor
terriblemente deformada…, unos ojos que sobresalían de
las cuencas…, una lengua hinchada que descollaba de unos
labios gruesos y agrietados, que se movieron y empezaron
a hablar:
—No puedo ayudarte, Allen… No puedo hacer nada…
Estoy muerto… ¿Lo entiendes?
La figura de Jesucristo cada vez estaba más y más cerca.
—¡Estoy… MUERTO! ¡Ya no EXISTO!
Se acercó más y más hasta que Al olió su pútrido aliento,
hasta que creyó poder sentir aquella lengua gorda y
protuberante en su rostro…
—¡No puedo OÍRTEEEE, Al! ¡No puedo OÍRTEEEEE, Al!
¡NOOO… ESTOY… AQUIIIÍ!
Entonces, la imagen apestosa y sangrienta del
monstruoso Cristo cayó sobre él y…
Al se incorporó sobre el colchón mientras gritaba sin
parar.
John se levantó y corrió hacia él.
—¿Qué pasa? –le preguntó sin aliento–. ¿Qué pasa, Al?
¿Qué ocurre?
Al levantó los brazos hacia el techo.
—¡Jesús! ¡Era Jesús! ¡Ha venido a mí! ¡Me ha dicho que
no podía ayudarme! ¡Me ha dicho que estaba muerto! ¡Me
ha dicho que no estaba aquí! –Al contuvo el aliento y el
pánico sacudió todo su cuerpo.
John apoyó firmemente una mano sobre su hombro.
—Tranquilo, Al, sólo ha sido algo que el demonio quería
que vieras, eso es todo, para desanimarte.
Mientras John hablaba, los demás llegaron corriendo del
comedor y se reunieron alrededor de Al. Estaban muy
preocupados por él después de haber oído sus gritos.
—No pasa nada –insistió John–. Esto va a seguir pasando.
Éste es el tipo de cosas que va a haceros. Quiere asustaros.
A todos. Quiere que renunciéis a vuestra fe. Quiere
desanimaros. Pero, creedme, no podéis permitírselo.
Para entonces, Al ya se había calmado un poco. Miró a
John y dijo:
—Ya estoy mejor. De verdad, estoy bien.
Cuando John fue a buscar su cuaderno para registrar el
incidente, Carmen se sentó junto a Al.
—¿Seguro que estás bien? –le susurró mientras rodeaba
su cuerpo con un brazo y le abrazaba.
—Sí, ya estoy mejor. Pero…, pero espero que no me
vuelva a ocurrir. Ha sido… –sacudió la cabeza y respiró
hondo–… realmente horrible. Créeme.
—¿Quieres que me quede contigo hasta que te duermas?
—¿Te importa?
—Por supuesto que no, cariño, por supuesto que no.
Y Carmen se quedó un rato con él. Le acarició el pelo y le
habló en susurros hasta que volvió a dormirse, hasta que
tuvo la certeza de que la fuerza que moraba en su casa no
volvía a mostrarle ninguna visión más.
♦♦♦
Un par de semanas después, Al y Carmen estaban sentados
en los escalones del porche, disfrutando de una cálida
noche de verano. Ya era tarde y Laura y los niños estaban
durmiendo.
En el interior de la casa, los tres investigadores seguían
despiertos, hablando en voz baja mientras vigilaban a los
que dormían.
Al y Carmen charlaron en voz baja, disfrutando de aquel
extraño momento de privacidad.
—Las cosas han sido duras –dijo Al rodeando a Carmen
con el brazo y atrayéndola hacia él.
—Ni que lo jures –dijo Carmen con una risotada mientras
apoyaba la cabeza en su hombro.
—Lo superaremos –dijo él, antes de añadir en voz baja–:
Eso espero.
—Eh, ya verás como sí. Estoy convencida. Lo que me
preocupa es todo lo que, al parecer, tendremos que pasar
antes de que las cosas mejoren.
—Sí, sé a lo que te refieres.
Durante las semanas anteriores, habían llamado a sus
amigos y familiares para decirles, con el mayor tacto
posible, aunque también con la firmeza necesaria para que
lo entendieran sin darles demasiados detalles
desagradables, que lo mejor era que no les visitaran, al
menos por un tiempo. Como consecuencia de ello, habían
recibido multitud de llamadas telefónicas de amigos y
familiares preguntándoles si algo iba mal, si alguien estaba
enfermo o si estaban teniendo problemas conyugales.
Al y Carmen decidieron contarles sólo a unos pocos lo
que estaba ocurriendo en realidad. Se lo dijeron a la familia
de Al, a la hermana de Carmen, Lacey, y a su vecina, Tanya.
Esta última fue la que se mostró menos sorprendida,
aunque sí un poco escéptica. Carmen le explicó que había
llamado a los Warren y que sus investigadores estaban
instalados en la casa en aquel momento.
Estaban disfrutando de un momento de privacidad en el
porche delantero, Al tomándose una cerveza y Carmen
bebiendo un té y fumando un cigarrillo. No hablaron
mucho, se limitaron a estar sentados muy cerca,
escuchando las amortiguadas voces de los investigadores
en la casa, disfrutando, durante unos instantes, de la
sensación de estar solos y cerca el uno del otro.
De repente, la taza de té se deslizó de la mano de
Carmen, haciéndose añicos dos escalones más abajo y
salpicándole los pies de té caliente.
Al hizo una mueca ante el estropicio y se sobresaltó, pero
Carmen no se inmutó ni reaccionó.
—¿Carmen? –dijo Al en voz baja.
El cigarrillo cayó de entre sus dedos y rodó por los
escalones. La ascua brilló más intensamente a medida que
el cigarrillo se alejaba del resplandor de la luz del porche y
se adentraba en la oscuridad de la noche.
Carmen se desplomó sobre los escalones con un gruñido,
como si un par de manos invisibles la hubieran empujado.
Sus piernas se sacudieron. Abrió la boca y sacó la lengua
rígidamente mientras sus codos se quedaban bloqueados y
sus dedos se crispaban formando dos rígidas garras.
—¡Por Dios, Carm! –gritó Al, inclinándose hacia ella y
dejando caer la botella de cerveza. Ésta se rompió y un
líquido espumoso se derramó escalones abajo.
Con los ojos increíblemente abiertos, la garganta de
Carmen empezó a ennegrecerse gradualmente y a
hincharse hasta formar un enorme y abultado globo de
carne parecido a la papada de una rana cuando croa.
—¡Dios mío, venid aquí, venid aquí ahora mismo! –gritó
Al.
La puerta principal se abrió y Chris, John y Sal salieron
precipita damente de la casa cuando los miembros rígidos y
temblorosos de Carmen empezaban a relajarse y ella
dejaba escapar un suspiro largo y borboteante.
♦♦♦
Durante unos instantes, aunque muy breves, Carmen pudo
oír voces a su alrededor. Pero no tardaron en desvanecerse
y alejarse de ella, lejos, muy lejos, hasta que ya no fue
capaz de oírlas más… Estaba en otro lugar, en uno oscuro y
frío, tan oscuro que apenas veía nada, tan irreal y onírico
que no era capaz de sentir nada.
Dondequiera que mirara, sólo veía oscuridad, una
oscuridad tan espesa y opresiva que era casi tangible. No
había nada…, nada a su alrededor…, nada que ver…, nada
que tocar…, nada.
Entonces levantó la vista.
A una gran altura por encima de ella vio un círculo de luz
tenue, repugnante y rojizo, y comprendió que estaba en el
fondo de un agujero muy profundo. Mientras observaba
fijamente el círculo de luz sobre ella, aparecieron dos
caras.
Una era masculina y la otra femenina, ambas muy pálidas
y enmarcadas con un pelo negro y fibroso. Sus bocas se
abrieron en amplias sonrisas simultáneamente, revelando
unos dientes pequeños, grises, llenos de caries y
ligeramente separados entre sí.
—¡Puta de mierda! –gritó el hombre con una voz llena de
flemas que resonó en la oscuridad.
—¡Zorra estúpida! –soltó la mujer.
Carmen se acurrucó en la oscuridad, encogida ante sus
insultos mientras los rostros continuaban soltando
obscenidades, humillándola y riéndose de su miedo.
—¿Crees que puedes enfrentarte a nosotros? –preguntó el
hombre.
—¿Crees que tienes un dios más poderoso que nosotros?
–se rio la mujer–. ¡Tu dios es un debilucho!
—¡Un cobarde!
—¡Tu dios es un maricón de mierda y no te va a ayudar
ahora!
—¡Nos perteneces! ¡Tu alma es nuestra!
Sus voces reverberaban en la oscuridad que rodeaba a
Carmen y su saliva la salpicó. Sus palabras se clavaron en
ella como colmillos sucios y abruptos.
Al y los tres investigadores se inclinaron sobre Carmen,
escucharon los ronquidos y gorgoteos que emitía su
hinchado y magullado cuello:
—Sa… santaaa Ma… María, m… madre de Di… Dios,
rrruega por nosotros pecadores, a… ahora y en la hora de
nuestra muerte, a… a… ammmmén…
Al empezó a llorar y los tres hombres levantaron a
Carmen del porche y la llevaron al interior de la casa.
Las caras que se asomaban por el borde del agujero
continuaron profiriendo obscenos insultos y blasfemas
maldiciones a Carmen, burlándose de su Dios y de su
familia, recordándole que tanto ellos como los millones
como ellos eran demasiado poderosos para que ella, o
cualquier miembro de su familia, pudiera resistirse o
vencerlos.
Y, entonces, súbitamente, aquellos horribles rostros
empezaron a acercarse y a hacerse cada vez más grandes,
sus sonrisas más amplias y sus grotescos y podridos dientes
cada vez más detallados. Al mismo tiempo, Carmen fue
ascendiendo desde el fondo de aquel pozo profundo y
estrecho, cada vez estaba más y más cerca de la parte
superior, de las caras, de aquellas caras horribles, pálidas y
demacradas con sus sonrisas repugnantes y sus ojos
hundidos, como los de los cadáveres, que la observaban
mientras se elevaba cada vez más, hasta que sus pies se
posaron firmemente en el suelo, con el agujero (o eso creía)
justo detrás de ella. Sin embargo, cuando se dio lentamente
la vuelta y miró hacia abajo, no vio nada, sólo tierra dura y
seca veteada de grietas oscuras, anchas e irregulares que
se extendían en todas direcciones, como si alguien hubiera
cosido varios rayos entre sí.
No vio a sus torturadores por ninguna parte. Al parecer,
se habían esfumado.
Cuando volvió a mirar al frente, vio que estaba en un
camino… un largo camino de tierra seca y agrietada. Había
muy poca luz, sin embargo, como si fuera de noche… y, aun
así, tampoco tenía la sensación de que lo fuera.
Carmen echó la cabeza hacia atrás y vio un cielo lleno de
unas maliciosas nubes negras que circulaban a una
velocidad vertiginosa.
Pero había una luz que salía de algún lugar… una luz
enfermiza, cancerosa que iluminaba lo que fuera que
hubiera a ambos lados del camino.
Sin embargo, Carmen no se atrevió a mirar. Le daba
miedo. Empezó a caminar, lentamente al principio,
cojeando ligeramente por culpa del miedo y del terrible
agotamiento que la embargaban. Pero, poco después,
aumentó el ritmo, sus pies crujiendo sobre el cuarteado
camino. Entonces empezó a llorar en silencio; las lágrimas
le corrieron por las mejillas mientras se preguntaba dónde
estaba y qué había sido de su esposo, de su familia, de su
casa…, mientras se preguntaba qué había sido de ella.
Más adelante, el camino se estrechaba hasta terminar en
un diminuto punto, a lo lejos. Parecía continuar
infinitamente, más allá de lo que sus ojos le permitían
distinguir, y las irregulares grietas se desvanecían en la
memoria visual mucho mucho más allá, en la corrupta
oscuridad.
Notó una presión en el pecho y comprendió que era el
pánico, el pavor que acompaña a comprender que se está
muy lejos de casa…, como Dorothy en El mago de Oz… o
como Alicia en A través del espejo… estaba en un lugar
terrorífico y extraño, y era muy real… y no tenía la menor
idea de cómo volver.
Siguió caminando, los hombros doloridos por culpa de la
tensión y el pecho latiéndole de miedo.
Al y los tres investigadores dejaron a Carmen sobre uno
de los colchones del salón.
—Por Dios, ¿qué le está pasando? –dijo Al con voz ronca y
los ojos llenos de lágrimas.
—Está sufriendo un ataque –dijo John.
—¿Y no deberíamos llamar a un médico o una
ambulancia? –preguntó Al–. Por Dios, es evidente que le
pasa algo. ¡Parece que se está muriendo!
—Sí, le pasa algo –dijo Chris inclinándose sobre ella–.
Está siendo atacada por la fuerza demoníaca que está
actuando en esta casa. Hemos visto cómo pasaba otras
veces.
—Sí, Al, todos lo hemos visto –dijo John para
tranquilizarlo–. Los médicos no encontrarán nada. De
hecho, es posible que el ataque haya terminado antes de
que pueda verla uno. Dime, ¿dónde están los rosarios?
—Creo que hay uno…, hmm… –Al miró en derredor hasta
que vio uno encima del televisor. Tropezó con los colchones
camino de la tele y cogió el rosario. Regresó
apresuradamente y se lo ofreció a John.
—No, no –dijo éste–. Es para ti. Cógelo con fuerza y reza
el avemaría y el padre nuestro.
—No dejes de hacerlo –intervino Chris con firmeza–,
hasta que hayamos terminado. –Miró a John y Sal y les
dijo–: Vamos a tener que hacer la invocación y seguir con
ella todo el tiempo que sea necesario.
Ambos asintieron.
—Oh, Jesucristo querido, es malo, ¿verdad? –susurró Al.
—Nada que Dios no pueda solucionar –dijo Chris con
confianza. A continuación, al tiempo que Al empezaba a
rezar el avemaría, los tres investigadores entonaron al
unísono–: ¡En el nombre de Jesucristo! ¡Te ordeno que
abandones este lugar! ¡Y que regreses al lugar del que has
salido! ¡En el nombre de Jesucristo!
Al se arrodilló junto a la cabeza de Carmen mientras el
cuello de ésta continuaba oscureciéndose e hinchándose y
los tres hombres repetían la invocación una y otra vez. Le
apoyó una mano en el hombro mientras con la otra
agarraba el rosario y rezaba casi a gritos el avemaría y el
padre nuestro. Chris, John, y Sal continuaron invocando el
nombre de Cristo.
Carmen jadeó mientras trataba de recuperar el aliento,
avanzando por el interminable camino. Finalmente, miró a
derecha e izquierda el paisaje que la rodeaba.
Lo primero que vio fueron las cruces…, cruces colosales
hechas de madera resistente, clavadas firmemente en el
suelo… del revés… a ambos lados de la carretera hasta
donde se perdía la vista.
Alrededor de las cruces, retorciéndose mientras brotaban
del suelo, había manchas oscuras e informes que parecían
estar intentando, sin demasiado éxito, abandonar la dura y
agrietada tierra y liberarse.
Anómalos haces de luz se colaban silenciosamente por
entre unas nubes negras que se movían rápidamente por el
cielo; de repente, una voz grave y profunda, el mismísimo
sonido de la enfermedad, pensó Carmen, una voz que salía
de ninguna parte en particular y de todas al mismo tiempo,
le habló:
—Son almas, Carmen…, almas perdidas que ahora nos
pertenecen…, me pertenecen… tal y como tú me
perteneces…, como tú y todos los miembros de tu familia
me pertenecéis…
Carmen se detuvo en el camino y gritó a pleno pulmón,
rezando a Dios para que alguien la oyera, para que alguien
la encontrara y viniera a ayudarla.
Cuando Al oyó que Carmen emitía un pequeño sonido
estrangulado en lo más profundo de su garganta, dejó de
rezar el padre nuestro y se inclinó sobre ella, colocando
una mano al lado de su cabeza y susurrándole:
—Carmen, cariño, ¿qué te ocurre? ¿Qué te pasa?
Chris, John y Sal habían estado invocando a Cristo una y
otra vez y, de repente, Chris dijo:
—No está aquí, Al, no está con nosotros. Continúa
rezando, y sigue… Al oír aquello, Al le dijo al oído a
Carmen con gran determinación:
—¿Dónde estás, Carmen? ¿Cariño, dónde estás?
Cuando ésta empezó a responder lo mejor que pudo, los
tres investigadores dejaron la invocación y escucharon.
—Oscuro –dijo Carmen en un murmullo, la saliva
acumulándose en las comisuras de sus labios–. Lugar
oscuro… en un… lugar… en un lugar oscuro –añadió,
obligando a las palabras a abandonar su pecho y su
garganta.
—Oh, Dios mío, ¿dónde está? –gritó Al mirando a los tres
hombres.
—La tiene él –dijo John–, y tenemos que traerla de vuelta.
Inmediatamente después, volvieron a alzar sus voces
mientras continuaban con la invocación y, tras un buen
rato, Al terminó de rezar el padre nuestro y empezó con el
avemaría.
Carmen siguió gritando y cayó de rodillas al suelo
mientras miraba a su alrededor, a todas aquellas almas…,
todas las almas oscuras y atrapadas…, sintiendo su
opresión y su asfixia por la necesidad de liberarse, por su
deseo de alejarse de lo que fuera que los había condenado
a un lugar como aquél…
La voz que parecía salir de todas partes al mismo tiempo,
la repugnante voz llena de flemas que parecía salir del
fondo del pozo más profundo del infierno empezó a reír. Era
una risa profunda, gutural y henchida de una alegría
maliciosa y decadente.
Carmen se cubrió la cara con las manos y volvió a gritar
una vez más; era incapaz de soportar aquella risa, que se
unía a la sensación claustrofóbica provocada por todas
aquellas almas oscuras y enfermizas que se retorcían en el
árido suelo.
Después de lo que le pareció una eternidad, la risa
empezó a desvanecerse y, junto a ésta, la sensación de
opresión.
Lentamente…, muy lentamente…, Carmen apartó las
manos de la cara.
Cuando abrió sus cansados ojos, vio a Al. Su rostro
preocupado se cernía sobre ella y sus labios formaban una
línea recta y tensa.
—¿Carm? –susurró con voz ronca– Oh, por Jesucristo,
¿Carm?
—Al –jadeó ella al tiempo que le cogía la mano. Se la
agarró con fuerza, como si alguien pretendiera llevárselo
de su lado.
Entonces vio a Chris, John y Sal arrodillados a su lado,
una sonrisa pintada en el rostro de todos.
—Gracias a Dios –dijo Sal–. Amén.
Chris se limitó a sonreír, pero era una sonrisa tan ancha
que parecía que fuera a ponerse a reír en cualquier
momento.
—Has vuelto –dijo finalmente.
—Sí, supongo que sí –susurró Carmen.
Casi dos horas después, Carmen dormía inquieta junto a
Al en el salón. Chris, John y Sal hablaban en voz baja en el
comedor mientras tomaban café.
Al, con el pantalón del pijama y una bata, estaba tumbado
de costado mientras observaba cómo dormía Carmen. Las
arrugas de su frente denotaban la preocupación, el miedo y
la confusión que sentía.
Carmen se movía continuamente mientras dormía.
Cerraba los ojos con fuerza y fruncía el ceño.
Al rezó en silencio, sin apartar los ojos de su mujer. Se
alegraba de que Laura y los niños no hubieran presenciado
lo ocurrido.
Y, entonces, Carmen se puso rígida y arqueó la espalda
como si estuviera sufriendo un dolor agónico. De nuevo, el
cuello empezó a hincharse y oscurecerse, adoptando un
tono negro púrpura.
Al se incorporó, la cogió por el hombro y gritó:
—Está pasando otra vez, venid aquí, está sucediendo de
nuevo. ¡Oh, Jesús! ¡Por Jesucristo!
Se oyeron unos pasos apresurados recorriendo el pasillo
y entrando en la sala de estar y los tres investigadores
saltaron por encima de los colchones para llegar junto a Al
y Carmen.
John sostenía un crucifijo con una mano y lo extendió
frente a él mientras decía en voz alta y autoritaria:
—En el nombre de Jesucristo, te ordeno que abandones
este lugar… Chris y Sal se unieron rápidamente a él en la
recitación de la invocación.
Carmen echó la cabeza hacia atrás y, cuando abrió los
ojos, los tenía de un blanco reluciente. Empezó a emitir
gorgoteos ahogados y sus brazos y piernas temblaron y se
convulsionaron violentamente.
De repente, Al se puso de pie y, con los puños a los
costados y los dientes apretados, gruñó furiosamente:
—¡Maldita sea, soy más fuerte que ella! ¡Ven a por mí,
hijo de puta, házmelo a míííí…!
Los tres hombres se callaron al mismo tiempo y se
volvieron hacia Al.
—¡Al, no digas eso! –le gritó Chris.
—¡Para! –vociferó Sal agarrándolo por el brazo.
John se arrodilló junto a los pies de Carmen y continuó
sólo la invocación. Ahora estaba casi gritando, sosteniendo
aún la cruz en dirección a Carmen como si fuera un arma.
Pero Al los ignoró.
—¡Házmelo a mí, maldita sea! –continuó gritando–. Voy a
enfrentarme a ti, maldito hijo de perra, maldito…
Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta
brusca y repentinamente, como si fueran espinas de
pescado, clavándosele cada vez más al tiempo que emitía
un gorgoteo estrangulado. Abrió mucho los ojos y la sangre
abandonó su rostro, dejándolo de un tono pálido y
enfermizo.
Entonces, fue propulsado contra el colchón como si unos
brazos poderosos pero invisibles lo hubieran empujado.
Soltó un gruñido estrangulado.
—Oh, Dios mío –susurró Sal.
Al aterrizó sobre las manos y las rodillas, la cabeza
ligeramente desplomada hacia adelante.
Los movimientos erráticos de Carmen empezaron a
disminuir al tiempo que la hinchazón y el ennegrecimiento
de su cuello iban desapareciendo lentamente. El problema
ahora parecía ser Al.
John siguió invocando frenéticamente el nombre de
Cristo, el sudor perlándole la frente.
Mientras Chris y Sal le observaban, la parte inferior del
batín de Al subió de un tirón hasta su cabeza, la goma de
los pantalones del pijama fue desgarrada y algo tiró de
ellos violentamente hacia abajo, dejando al descubierto su
trasero.
Al gritó con un tono de voz tan agudo y estridente que
sonó como el de una mujer, y todo su cuerpo empezó a
sacudirse como si algo le estuviera embistiendo una y otra
vez. Los gritos continuaron, unos gritos llenos de dolor y de
pánico.
Carmen empezó a moverse. Abrió los ojos y parpadeó
varias veces mientras se incorporaba.
—¿Qué ocurre? –preguntó, y entonces miró a Al–. Oh,
Dios mío, ¿qué le está pasando?
John dejó de recitar la invocación y respiró hondo.
—Está sufriendo un ataque –dijo con voz ronca–. Como
tú… hace sólo unos segundos.
Aturdidos e indefensos, todos observaron a Al durante un
buen rato, perfectamente conscientes de lo que le estaba
pasando.
—Oh, Dios mío –dijo Carmen entrecortadamente, y se
puso a llorar. Se acercó a Al y le rodeó los hombros con el
brazo mientras él seguía gritando y chillando sin parar;
Carmen jamás había visto gritar de aquel modo a su
musculoso y fornido marido. Mirando por encima del
hombro, les gritó a los otros hombres–: ¡Haced algo! ¡Para
eso estáis aquí, maldita sea! ¡Haced algo!
Pero sus oraciones no surtieron efecto. Cuando todo
terminó, Carmen se acurrucó a su lado y lo sostuvo muy
cerca de su cuerpo.
—Oh, Dios mío, cariño, lo siento. Siento tanto que hayas
tenido que pasar por eso. –Al haber tenido anteriormente la
misma experiencia, Carmen sabía lo humillante que era y lo
impotente que se había sentido durante la violación; le
resultaba terriblemente doloroso que Al hubiera tenido que
pasar por la misma y humillante experiencia.
♦♦♦
Otra noche quedó atrás en una casa que había llegado a
convertirse, sin saber aún cómo, en la boca del infierno.
Aunque Al, Carmen y Laura no fueron los únicos en ser
atacados por la entidad que había elegido su casa como
objetivo, por algún motivo que desconocían no mostró
demasiado interés en los niños más pequeños; durante su
estancia, los tres investigadores sufrieron algún tipo de
agresión por parte de la entidad. Los atormentó mientras
dormían, los pellizcó, los pinchó y los abofeteó sin parar
tanto durante el día como de noche. Los objetos
continuaron moviéndose por toda la casa, aparentemente
por sí solos, casi como si tuvieran vida propia.
Un día, a primera hora de la tarde, después de que Al
hubiera vuelto de trabajar, cenaron todos juntos en el
exterior, como si fuera un pícnic. Cuando volvieron a entrar
en casa, Sal fue el primero en darse cuenta de que estaba
sucediendo algo extraño en el salón. Avisó a los otros
investigadores y, naturalmente, todo el mundo fue a echar
un vistazo.
Todos los colchones instalados en el suelo del salón
estaban respirando. La sección central se abultaba
lentamente, como si inhalaran aire, y después volvía a
relajarse y nivelarse.
Ed y Lorraine visitaban la casa a menudo y se quedaban
unas cuantas horas, presenciando de primera mano muchos
de los incidentes que los investigadores ya habían validado.
Presenciaron varios ataques; fueron testigos de objetos
que se movían solos por la casa; olieron los hedores y
vieron los destellos de movimiento por el rabillo del ojo,
unos movimientos que no parecían tener ninguna causa.
Durante una de sus visitas, oyeron un estruendo metálico
que parecía salir del dormitorio principal. Al estaba
trabajando, los niños no estaban en casa y Sal y John
estaban descansando en la sala de estar, de modo que Ed,
Lorraine, Carmen, Laura y Chris avanzaron vacilantes por
el pasillo en dirección al dormitorio. Carmen y Laura
llevaban un rosario cada una, y Ed y Chris, crucifijos.
En el dormitorio, el sonido era mucho más fuerte y subía
desde el suelo; la madera vibraba ligeramente. Todos se
detuvieron en el interior del cuarto.
Finalmente, Lorraine dio un paso adelante y apoyó
suavemente una mano en el piecero de la cama.
—Aquí es mucho peor –dijo en voz baja.
—¿De dónde viene? –preguntó Ed, moviéndose
lentamente por la habitación.
Lorraine levantó la mano derecha delante de ella como
había hecho durante su primera visita a la casa y cerró los
ojos.
—De aquí no –susurró–. De otro lugar.
—Oh, Dios mío –dijo Carmen–, parece el sonido de la
polea…, el elevador de cuerpos del sótano. Está justo
debajo de esta habitación. De hecho…, está justo debajo de
la cama.
De repente, el sonido cobró sentido; el ruido metálico se
parecía mucho al que harían las cadenas de una polea, una
polea justo como la que había en el frío y húmedo sótano
debajo de ellos.
Uno a uno, desfilaron por la puerta que había al fondo de
la habitación y que conducía al sótano. Cuando se
encontraban en mitad de las escaleras, el traqueteo se
detuvo de golpe.
Al llegar al sótano, vieron que la pesada cadena se
balanceaba ligeramente y que las juntas emitían un suave
chirrido.
No fue la última vez que sucedió, ni el último de los
numerosos incidentes extraños que presenciarían Ed y
Lorraine.
Durante otra de sus visitas, Lorraine tuvo otra visión
aterradora, no muy distinta a la que había tenido la primera
vez que había recorrido sola la casa.
Le ocurrió cuando estaba en la parte superior de la
escalera, cerca del baño, mirando hacia la habitación del
sótano justo antes de bajar. Los Snedeker hacía tiempo que
ya no bajaban al sótano. La visión fue tan vívida e
inesperada que, por un momento, ni siquiera se dio cuenta
de que lo era, hasta que comprobó que no podía moverse
porque estaba paralizada.
Un hombre apareció al pie de las escaleras. No salió de
otra habitación ni nada parecido, simplemente apareció,
como si se hubiera formado a partir del aire que le
rodeaba. Llevaba una camiseta sucia y unos pantalones
holgados y demasiado largos que alguna vez habían sido de
color crema pero que entonces estaban tan manchados y
sucios que parecían más marrones que otra cosa. Los
harapientos dobladillos estaban vueltos alrededor de los
pies del hombre, quien sólo llevaba un par de calcetines
blancos muy sucios. Su orondo y abultado vientre le
presionaba la camiseta y le colgaba sobre el cinturón; una
tenue sombra llenaba el enorme hueco del ombligo. Tenía
el cabello negro y ralo, y le caía más allá de los hombros; la
coronilla se le estaba quedando calva y su pálido cuero
cabelludo asomaba por entre dispersos mechones de pelo.
Debajo del brazo izquierdo llevaba un par de botas de
trabajo marrones. Se estaba levantando y abrochando los
pantalones sucios con unos dedos rechonchos al final de
unas gruesas manos. Respiraba con dificultad, en jadeos
sibilantes, como si acabara de realizar un gran esfuerzo.
El hombre levantó la cabeza y sus ojos llorosos e
inyectados en sangre se encontraron con los de Lorraine,
abiertos como platos por el miedo. Cuando le sonrió, vio
que el hombre tenía los dientes irregulares y descoloridos.
Sus labios eran gruesos y estaban secos y agrietados; una
lengua reluciente se deslizó a través de ellos para
humedecerlos justo antes de empezar a subir lentamente la
escalera.
—Cuerpos bonitos –dijo el hombre en voz baja y llena de
flemas, húmeda y gutural–. Cuerpos bonitos y fríos.
Cuerpos fríos y firmes.
Seguía subiendo la escalera peldaño a peldaño; cada vez
estaba más cerca…
—No te muevas cuando los toques. No discutas cuando
los sostengas o los lamas. –Se puso a reír.
… cada vez más cerca, un peldaño después del otro…
—De hecho, puedes hacer con ellos lo que quieras. –Se
rio entre dientes al llegar a la parte superior de la escalera.
Hizo ademán de coger la mano de Lorraine y le dijo–: Ven,
te lo mostraré. Si quieres, puedes mirarme. ¿Ves? Ya vuelvo
a estar preparado. –Se rio mientras dejaba caer las botas y
se llevaba una mano a la entrepierna.
Lorraine bajó la vista y vio cómo se agarraba el horrible
bulto que había crecido entre sus piernas. La cremallera de
los pantalones todavía estaba abierta y Lorraine vislumbró
lo que le pareció un grumo de carne púrpura, manchada de
tierra, tal vez sangre.
Lorraine cerró los ojos y se alejó del hombre todo lo que
pudo. Empezó a gritar y notó como su espalda topaba
contra la puerta del baño. Cuando volvió a abrir los ojos,
estaba sentada en el suelo y el hombre había desaparecido.
Ed estaba arrodillado a su lado, susurrándole con
preocupación:
—Lorraine, ¿qué te pasa? ¿Qué ocurre?
—Necrof… necro… cosas horribles, Ed…, en esta casa
pasaron cosas horribles.
—¿Necrofilia?
Lorraine asintió.
—He visto algo…, un hombre… me ha contado lo que
hizo…, quería que mirara…
En cuanto se calmó y pudo ponerse de pie y hablar
coherentemente, les explicó a los demás lo que había visto
y qué significaba.
—Este tipo de cosas –dijo Ed–, la necrofilia, quiero decir,
el sexo con cadáveres, el tipo de cosas que, según Lorraine,
sucedieron aquí en el pasado, son malignas. Atraen la
actividad demoníaca. Este tipo de cosas pueden convertirse
fácilmente en objetivo de la atención demoníaca.
—Aunque es posible que no sea la explicación definitiva –
dijo Lorraine con voz ronca mientras sostenía con una
mano un vaso de agua con hielo–, es evidente que está
relacionada con la visión que tuve la primera vez que
estuve aquí. Estoy bastante segura de que eso es lo que
sucedió aquí… y creo que es lo que provocó los problemas
que os acosan.
—Entonces, ¿qué hacemos? –preguntó Carmen en voz
baja–. ¿Cómo podemos detenerlo?
Ed y Lorraine se miraron unos instantes en silencio. No
tenían ninguna duda de que lo que estaba sucediendo en la
casa era completamente real. Aunque sabían cuál era el
siguiente paso, desconocían cuál sería el resultado, por eso
no querían fomentar falsas esperanzas en la familia
Snedeker.
—Ahora –dijo Ed–, nos pondremos en contacto con la
Iglesia.
—Ya lo hicimos –dijo Al, un tanto enojado–. ¡Y no sirvió de
nada!
—Lo sé –respondió Ed–. Pero ahora les llamaremos
nosotros. Les contaremos lo que hemos descubierto, lo que
hemos visto y cuál creemos que es el problema. El único
inconveniente es que…, y no estoy diciendo que vaya a
pasar, pero…
—¿Qué? –dijo Al con impaciencia.
—Podrían darnos la misma respuesta que os dieron a
vosotros.
VEINTISÉIS
BAJO EL ESCRUTINIO DE LA IGLESIA
Llamó al timbre y, después, se apartó de la puerta y esbozó
una sonrisa. Con una mano sostenía una bolsa negra.
Cuando Carmen abrió la puerta, la sonrisa del hombre se
hizo más ancha. Alargando la mano, dijo:
—Usted debe de ser la señora Snedeker. Soy el padre
George. He hablado con los Warren y estoy al tanto de sus
problemas.
—Oh, padre, me alegro mucho de que esté aquí –dijo
Carmen, la desesperación tiñendo su voz mientras le
invitada a entrar.
La percibió de inmediato: un aura oscura y opresiva que
parecía dominarlo todo. No obstante, continuó sonriendo;
no quería alarmar a la señora Snedeker.
—Entonces, ¿qué le han contado los Warren? –le preguntó
ella de pie en el pasillo.
—Que en la casa se estaba produciendo una actividad
sobrenatural muy desagradable y que creían que era de
naturaleza demoníaca, y que necesitaban la ayuda de la
Iglesia.
Eso no era todo lo que le habían dicho, pero el padre
George no se lo dijo. De hecho, le ocultó muchas cosas.
Por ejemplo, no le dijo que, además de clérigo, había
estudiado demonología y que estaba tan familiarizado con
el tema como los Warren. No le dijo que, después de hablar
con los Warren, supo que necesitaban urgentemente su
ayuda. Y, por supuesto, tampoco le dijo que, nada más
entrar en la casa, había percibido que el problema era muy
serio y que estaba en un estado muy avanzado, y que, sin la
atención espiritual inmediata, sólo podía ir a peor.
Carmen lo acompañó al comedor, donde le presentó a
Laura y a Peter. Le explicó que los investigadores, Chris y
John (Sal ya se había marchado), estaban descansando en
la sala de estar y necesitaban dormir. Tras prepararle un té,
le preguntó qué quería hacer.
—Bueno, ¿qué le parece si me doy una vuelta por la casa,
la bendigo, echo un poco de agua bendita en cada
habitación y veo lo que me encuentro? Después, si no le
importa, me gustaría volver dentro de uno o dos días con
otro sacerdote y, quizá, celebrar una misa.
—Me parece bien –le dijo Carmen–. ¿Me necesita para
algo?
—No, en absoluto. Ha sido muy amable. –Le regaló una
gran sonrisa mientras se ponía de pie y se inclinaba para
coger la bolsa del suelo–. ¿Le importa si recorro solo la
casa?
—No, claro que no –dijo Carmen, un poco nerviosa–.
Adelante. Pero la verdad es que…, bueno, no es la casa que
era antes. Todos los colchones están en la sala de estar, así
podemos dormir todos juntos, y…
—Por favor, no se disculpe ni me dé explicaciones. Lo
entiendo, de verdad. –Volvió a sonreír mientras asentía.
Acto seguido, salió del comedor y avanzó por el pasillo
mientras abría la bolsa.
En cuanto estuvo seguro de que ya no podía verle, la
sonrisa se desvaneció de su rostro. Había tenido que hacer
un gran esfuerzo para sonreír continuamente desde que
había llegado a la casa; el propio aire parecía estar
impregnado de perversidad. Tanto Carmen Snedeker como
su sobrina Laura mostraban los signos de haber tenido que
vivir en una atmósfera como aquélla. Estaban desaliñadas,
hinchadas, deprimidas y cada movimiento que hacían
parecía costarles un gran esfuerzo; tenían los ojos
inyectados en sangre y vidriosos, y su forma de hablar,
incluso cuando parecían ansiosas, era lo suficientemente
lento y vacilante como para poner en evidencia la situación
en la que se encontraban. Recitó una oración silenciosa por
ellas mientras recorría el pasillo.
Primero entró en el dormitorio, después en el cuarto de
baño y, finalmente, volvió a recorrer una parte del pasillo,
rociando agua bendita y bendiciendo cada habitación en la
que entraba, cada sección de la casa. Y entonces…
… se encaminó hacia las escaleras.
Lo sintió incluso en el escalón superior y rezó para que
Dios le diera fuerzas mientras bajaba, pues era consciente
de que algo maligno le esperaba en el sótano. Pese a que
los Warren le habían advertido, a medida que se acercaba
al último escalón, comprendió que su advertencia se había
quedado corta. Notó como algo le estrujaba el estómago, se
lo retorcía, incluso tuvo ganas de vomitar.
Por fin alcanzó el pie de las escaleras y, muy lentamente,
con las manos temblándole levemente, bendijo la primera
habitación y, después, la siguiente, donde la sensación que
le embargaba se hizo aún más intensa. En el pasillo aún
parecía más fuerte, más oscura…, casi sofocante.
Continuó bendiciendo una habitación tras otra. En un
momento dado, se dio cuenta de que estaba llorando, y
llevaba haciéndolo desde hacía un buen rato, porque tenía
las mejillas húmedas. Estaba en la habitación donde,
tiempo atrás, había estado la morgue, las paredes aún
manchadas con la sangre de los muertos. Al continuar con
la bendición, sus palabras empezaron a convertirse en
balbuceos y comprendió que estaba pasando algo. Una
forma oscura, transparente, una masa informe de
movimientos fluidos, se derramó en oleadas de la pared del
fondo de la habitación y avanzó hacia el padre George.
Éste roció más agua bendita y levantó el crucifijo
mientras retrocedía hacia la puerta. Entró a trompicones
en la habitación contigua, se dio la vuelta, corrió por el
pasillo y subió apresuradamente las escaleras.
Se detuvo delante del cuarto de baño para recuperar el
aliento, calmarse y secarse las lágrimas de la cara con el
pañuelo que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón.
Rezó a Dios para que le ayudara a ocultar el miedo que
sentía ante Carmen Snedeker y los demás, quienes ya
habían pasado por lo que, evidentemente, era más que
suficiente.
Se encaminó a la sala de estar, donde los investigadores
seguían durmiendo, la bendijo en silencio y, a continuación,
pasó con cuidado por encima de los colchones para poder
acceder al resto de los dormitorios.
Cuando terminó, regresó al comedor y sonrió a Carmen y
Laura.
—Si les parece bien, me gustaría volver tan pronto como
sea posible con otro sacerdote para celebrar una misa.
¿Qué tal esta misma noche? ¿O quizá mañana por la
mañana?
—Claro –dijo Carmen con voz ronca–. Pero… ¿por qué ha
cambiado de idea? ¿Ha pasado algo?
—Oh, no, no. Sólo… he estado repasando mi agenda, eso
es todo.
Gracias por su paciencia y hospitalidad. Ahora tengo que
marcharme.
Carmen se levantó y lo acompañó hasta la puerta.
—Padre –le preguntó en voz baja–, ¿cree que…, hmmm…,
todo se va a solucionar? Quiero decir…, ¿volveremos a
recuperar nuestras vidas?
El padre George le dedicó la mejor de sus sonrisas, la
más reconfortante.
Apoyando suavemente una mano sobre el hombro de
Carmen, le dijo:
—Todas las cosas terminan solucionándose para los que
aman al Señor.
Carmen sonrió, como si sus palabras la hubieran hecho
sentirse mejor. El sacerdote abrió la puerta y dijo:
—Nos volveremos a ver dentro de muy poco.
Avanzó por el camino de entrada y, cuando oyó que se
cerraba la puerta, se sorprendió al ver que aún estaba
temblando por el ataque que habían sufrido sus sentidos en
el interior del hogar de los Snedeker.
El padre George regresó aquella misma tarde con otro
sacerdote, quien se presentó con el nombre de padre Gary.
Al los recibió en la puerta, les estrechó la mano mientras
se presentaba y los acompañó a la sala de estar.
Todos estaban allí: Carmen y los tres niños, Laura y los
dos investigadores restantes, Chris y John.
De pie junto a la puerta de la sala, el padre George
presentó al padre Gary a toda la familia y dijo:
—Nos gustaría celebrar una misa esta misma noche. Si
todos están de acuerdo, por supuesto.
Nadie se opuso. Michael apagó el televisor mientras los
demás se ponían de pie, algunos sobre los colchones, otros
en el suelo.
—¿Qué quiere que hagamos? –preguntó Al.
—Bueno, ¿si pudiéramos disponer de una mesa? –El
padre George se volvió para mirar la mesita auxiliar que
habían pegado a una de las paredes para hacer sitio para
los colchones.
—Oh, por supuesto –dijo Al, y John le ayudó a colocar la
mesita sobre los colchones y delante de los dos sacerdotes.
—Ahora –anunció el padre Gary con cierta timidez–, si
pueden reunirse todos frente a nosotros…, si no les importa
estar de pie encima de los colchones, claro.
—Ya estamos acostumbrados –se rio Chris.
Todos hicieron lo que les había pedido el sacerdote.
Al cabo de unos instantes, el padre George y el padre
Gary empezaron la misa, que dijeron en latín.
Durante ésta, sucedió algo silencioso y maligno que
nunca debería haber sucedido durante una misa.
Carmen y Laura fueron las primeras en darse cuenta. De
hecho, fueron las únicas en darse cuenta, aunque eso no lo
descubrirían hasta más tarde. Pero vieron exactamente lo
mismo, y de forma simultánea.
La nube sombría penetró en la habitación, fluyendo
líquida y silenciosamente. Primero, rezumó sobre la zona
que ocupaba el padre George y, después, alrededor del
padre Gary, hasta envolver a ambos con una sombra
enfermiza.
Pese a no hacer ninguna indicación a nadie de lo que
estaban viendo, Carmen y Laura notaron como se les
aceleraba el corazón, se quedaban sin aliento y se les
secaba la garganta mientras contemplaban como la sombra
ondulante rodeaba a los sacerdotes en silencio,
burlonamente, sin que éstos reaccionaran de ningún modo.
Era como si la entidad estuviera riéndose de su pequeño
ritual inofensivo.
Poco después, Laura sintió cómo algo se movía entre sus
piernas. Llevaba unos pantalones cortos de color caqui y
una blusa blanca de algodón. Eran como pequeñas manos
manoseándole las piernas, como las manos de un niño que
quisiera que le cogieran en brazos. Le acariciaron la piel
desnuda y tironearon del borde de los pantalones cortos.
Tenía las palmas de las manos húmedas y frías, y los dedos
rechonchos suplicaban con cada uno de sus movimientos.
…cógeme, por favor…, llévame en brazos…, abrázame…,
por favor abrázame fuerte, cerca de tus pequeñas tetas
para que pueda chuparlas, para chuparlas hasta dejarlas
secas, zorra, zorra cachonda, tienes los labios del coño
completamente mojados y tu agujero está abierto de par en
par para que algo…
Laura se estremeció ante las palabras que cruzaron su
mente como un azote ardiente. Parpadeó varias veces y los
ojos se le llenaron de lágrimas. Intentó concentrarse en la
misa; lo intentó con todas sus fuerzas. También hizo todo lo
posible por no gritar, que había sido su primer impulso.
La misa continuó sin interrupción y, aparentemente, sin
incidente alguno.
Sin embargo, mientras Laura soportaba en silencio el
roce de las pequeñas manos en sus piernas y la voz en su
cabeza, lo que parecían ser unos rígidos dedos se
dedicaban a palpar a Carmen por todo el cuerpo; unos
dedos invisibles que no dejaban de toquetearla, como si un
niño pequeño estuviera dando vueltas sin parar a su
alrededor, un niño malcriado y enojado, un mocoso que
quería algo que no podía tener y se enfadara por ello. Sin
embargo, Carmen no se movió. Se concentró en la misa y
rezó en silencio pidiéndole a Dios que le diera fuerzas.
Y mientras a Laura la manoseaban y le hablaban,
mientras Carmen sufría los toqueteos de unos dedos
invisibles, Chris también empezó a notar algo. Parecía
como si una mano le estuviera tanteando la zona de la
entrepierna. Al principio, tuvo la sensación de que sólo era
por fuera de los pantalones, como si algo rozara la tela que
había alrededor de la cremallera en busca de un orificio de
entrada. Entonces, como si en realidad no lo necesitara,
traspasó la tela de los pantalones y también la de los
calzoncillos y Chris notó cómo unos dedos finos y helados le
agarraban el pene.
Al principio, los dedos se dedicaron a aplicar presión y a
frotar ligeramente, como los dedos de una amante que
tratara de excitarlo, de predisponerlo para hacer el amor;
pero aquellos dedos eran demasiado huesudos y estaban
demasiado fríos, como los de un cadáver…, un cadáver que
llevara muchos años muerto.
No obstante, los suaves movimientos no tardaron en
convertirse en una fuerte presión. La mano empezó a tirar
con fuerza, con demasiada fuerza, hasta que Chris tuvo que
hacer un gran esfuerzo para contener los gritos. Pero lo
consiguió. Mantuvo su atención en la misa mientras rezaba
en silencio, pidiéndole a Dios que le diera fuerzas, hasta
que finalmente la presión se detuvo.
♦♦♦
La semana siguiente, la casa de los Snedeker se convirtió
en el centro de lo que sólo podríamos describir como la
enfurecida represalia de las fuerzas demoníacas, las cuales,
hasta la celebración de la misa, había campado a sus
anchas y actuado impunemente.
Una noche, a última hora, mientras Chris estaba sentado
a la mesa del comedor hojeando una revista y atento a
cualquier incidente que pudiera producirse, el descanso de
Laura fue interrumpido por lo que, en un principio, pensó
que era un sueño.
Se sacudió violentamente y se le subió el camisón; el
dobladillo de éste se le enrolló alrededor del cuello. Unas
manos imposiblemente frías empezaron a manosearle los
pechos, a estrujárselos y amasárselos bruscamente.
Unos dedos finos como palitos la pellizcaron,
juguetonamente al principio. Sin embargo, cada vez lo
hacían más fuerte, hasta que los pellizcos empezaron a
hacerle daño, hasta que se hicieron realmente dolorosos,
hasta que se le hizo insoportable. Laura trató de gritar,
deseando que la pesadilla terminase.
Pero no tenía voz, y la pesadilla no terminó.
Todo lo contrario. Empezó a notar algo más que manos o
dedos. Algo sólido le rozó un pecho y después el otro, algo
frío como el acero y muy afilado.
Entonces comprendió que se trataba de un filo, el filo de
un cuchillo sostenido por una de las manos que la habían
estado manoseando un momento antes.
El filo le rozó ligeramente uno de sus erectos pezones de
arriba abajo. Entonces, de un modo tan sutil que, en un
primer momento, ni siquiera se dio cuenta, el cuchillo
empezó a cortar…, a moverse de un lado a otro…, de un
lado a otro…
Laura sentía cómo la hoja penetraba en su carne, cómo se
movía de lado a lado por debajo del pezón, el cual, estaba
segura, debía de estar desgajándose del resto de su pecho.
Abrió los ojos de par en par, tanto que se hizo daño en los
músculos que los rodeaban. Sin embargo, no veía nada.
Entonces comprendió que no era un sueño… y que estaba
ciega.
Intentó gritar…, no tenía voz…, sólo pudo suspirar…,
susurrar…, murmurar… y, entonces, reuniendo toda la
fuerza que le quedaba, gritó a todo pulmón, hasta quedarse
afónica y sin aliento.
Jadeó para volver a llenar los pulmones de aire y gritó de
nuevo, esta vez llorando.
—¡Me está cortando! ¡Estoy ciega!
Todos lo que se encontraban cerca de ella se despertaron
de golpe, incluido Peter, quien lo hizo entre sollozos. Chris
llegó corriendo y tambaleándose por el pasillo y entró en el
salón.
Laura se incorporó sobre el colchón, apartó la sábana y la
manta y se agarró los pechos mientras seguía gritando sin
parar con los ojos completamente abiertos.
Chris encendió la luz y la miró directamente a los ojos. En
seguida se dio cuenta de que la chica no veía nada, que
estaba ciega.
Todo terminó tan súbitamente como había empezado.
Laura se recostó sobre la almohada y se relajó, gimiendo
mientras se frotaba los ojos durante unos instantes. Acto
seguido, se quedó mirando todas las caras preocupadas que
se cernían sobre ella.
Chris se arrodilló a su lado después de ir a buscar la
grabadora y John hizo lo mismo.
—Cuéntanos qué ha pasado –le dijo Chris sin aliento.
Laura se lo contó todo, lentamente y tartamudeando todo
el rato.
Cuando hubo terminado, los dos investigadores se
miraron.
—Están atacando los ojos –susurró Chris.
—Lo que significa que tenemos que actuar cuanto antes –
respondió John en voz baja–. Están muy cabreados…
♦♦♦
Una noche, mientras los demás trataban de dormir en los
colchones instalados en la sala de estar, Chris y John se
sentaron a la mesa del comedor. Chris dormitaba con la
cabeza apoyada sobre los brazos cruzados mientras John
ojeaba distraídamente el periódico del día. Estaba leyendo
por encima las tiras cómicas cuando oyó el sonido por
primera vez: pasos… subiendo lentamente las escaleras.
Dejó el periódico sobre la mesa, alargó una mano y
sacudió a Chris por el brazo. Éste no se movió. Volvió a
sacudirlo, esta vez más fuerte, y siseó:
—¡Chris, vamos, despierta! –Se detuvo al comprender lo
que estaba pasando. Ya lo había vivido antes. A veces, las
presencias demoníacas ponen a algunas de las personas de
una casa en estado de trance profundo mientras dejan a
otras conscientes para que presencien algún tipo de
manifestación. John se levantó, se colocó detrás de Chris y
le separó los hombros de la mesa; cuando lo soltó, Chris
volvió a caer sobre la mesa como un peso muerto.
—Oh, Dios mío –susurró John mientras los pasos seguían
subiendo la escalera. Ahora también percibió otro sonido:
una voz que murmuraba y susurraba y que cada vez parecía
más próxima a medida que los pasos ascendían las
escaleras lentamente…
La chaqueta vaquera estaba colgada en el respaldo de la
silla en la que había estado sentado un momento antes.
John se agachó y buscó en uno de los bolsillos hasta
encontrar la pequeña linterna que siempre llevaba encima.
De repente, la habitación, toda la casa, aparentemente, se
volvió tan fría como una cámara frigorífica. John cogió la
chaqueta de la silla y se la puso mientras salía del comedor.
En el oscuro pasillo, apuntó el fino haz de luz hacia la
parte superior de la escalera, en la otra punta. Aunque
seguía sin ver nada, aún oía los pasos y la voz, que
entonces articulaba palabras:
—¿Lo… sabes? ¿Lo… sabes?
John recorrió el pasillo rápidamente, el miedo
atenazándole el pecho, la mano libre en el interior del otro
bolsillo de la chaqueta, rodeando el crucifijo mientras
rezaba en silencio.
Iluminó con la linterna la sala de estar, barriendo con ella
las formas inmóviles en el suelo.
—¿Hay alguien despierto? –preguntó con la voz quebrada.
Un poco más fuerte, insistió–: ¿Alguien me oye?
—¿Sabes… lo que hicieron? –preguntó la voz, ahora más
fuerte, las palabras más claras. No era una voz masculina
ni femenina, y sonaba como borboteos húmedos.
John olió algo desagradable…, putrefacto.
Cuando volvió a hablar, su aliento formó una nube de
vaho delante de su cara.
—¡Venga, despertad! ¡Que alguien se despierte!
Nadie se movió. Ni siquiera se revolvió.
—Oh, Dios mío –murmuró John mientras salía de la sala
de estar, consciente de que no iban a despertar, que no
podían.
De nuevo en el pasillo, giró lentamente hacia la derecha y
se sacó el crucifijo del bolsillo cuando los lentos pasos
alcanzaron la parte superior de la escalera. Apuntó la
linterna hacia la otra punta del pasillo y soltó un jadeo
irregular que quedó atrapado en su atenazada garganta.
La linterna iluminó carne desnuda, con motas blancas y
moradas; era una carne suelta, flácida que se sacudió y
osciló cuando la cosa que estaba en lo alto de las escaleras,
de espaldas a John, empezó a darse la vuelta lentamente.
John no pudo moverse durante un buen rato; sólo pudo
mirar con la boca abierta, los ojos como platos y los brazos
y piernas temblorosas.
Era una mujer. Estaba encorvada, tenía un cuerpo en
forma de pera, unos pechos tubulares y unos pezones llenos
de estrías que se extendían por sus redondeados extremos.
Los pechos oscilaban de un lado al otro y le caían sobre una
barriga amplia y temblorosa mientras la mujer renqueaba
lentamente por el pasillo en dirección a John. El vientre
casi le cubría la desagradable mata de vello púbico que le
crecía entre unos muslos gruesos y toscos. El cabello, muy
largo y oscuro, y parcialmente canoso, le colgaba en
mechones grasientos y enmarañados. Las uñas de dedos y
pies eran fragmentos gruesos y negros que se curvaban
hacia abajo sobre los dedos y sus ojos giraban libremente
dentro de las cuencas. El haz de la linterna se paseó a
sacudidas sobre una carne manchada de grandes coágulos
púrpuras. No tenía dientes y los labios resbalaban sobre las
encías al hablar:
—¿Sabes… sabes… sabes… lo que nos hicieron… ahí
abajo? ¿Lo sabessssss?
John, que había estado conteniendo la respiración, volvió
a coger aire y levantó el crucifijo al tiempo que decía
débilmente, su aliento condensándose en la oscuridad:
—Dios te salve María…, llena eres de gracia…, el Señor
está contigo…, bendita eres tú entre las mujeres…
«¿Qué estoy haciendo? –se dijo–. He hecho esto antes. ¡Sé
lo que tengo que hacer!».
—¿Sabessss… lo que les hicieron… a nuestros cuerpos? –
dijo el cadáver con voz ronca. Cada vez estaba más cerca;
el hedor a carne putrefacta era cada vez más abrumador a
medida que se acercaba–. ¿Sabes las cosas que nos
hicieron?
Estiró aún más el brazo con el que sostenía la cruz
mientras gritaba:
—¡En el nombre de Jesucristo, te ordeno que abandones
este lugar y regreses al lugar del que has salido!
—¿Y sabes qué? –preguntó la mujer, ignorando sus
palabras mientras los labios blandos y flácidos esbozaban
una amplia sonrisa que dejó asomar unas encías rosas y
moradas y una lengua que se contoneaba–. ¿Sabessss…
qué? ¡A nosotros nos encantaba! –siseó el cadáver, y
empezó a reír a carcajadas húmedas y gorgoteantes–. Nos
encantaba que nos sobara, que nos follara y que nos
chupara…
—¡En el nombre de Jesucristo, te ordeno que abandones
este lugar… —… y que nos lamiera y que nos metiera los
dedos y que nos montara… —… y que regreses al lugar
del que has salido!
—¿Me oyes, capullo impío, mamón? ¡Nos encantaba!
Y, entonces, el cadáver dejó de renquear y empezó a
avanzar por el pasillo a un ritmo imposible. De repente,
como si John se lo hubiera perdido mientras parpadeaba, ya
no era un cadáver.
Le brotaron alas de la espalda, unas alas enormes y
correosas, como las de un murciélago, recubiertas por
mechones de pelo gris, y la cabeza ya no era la de una
mujer muerta desde hacía mucho tiempo, sino reptiliana y
puntiaguda, sin labios y con unos ojos diminutos y
relucientes. Se abalanzó hacia él ágilmente mientras su
cuerpo, el cual ahora estaba cubierto de piel arrugada y
con escamas que le colgaba en pliegues sueltos y
ondulantes, se balanceaba de un lado al otro. John también
reparó en que su enorme miembro viril, que se estrechaba
adoptando la forma de un cono, estaba completamente
erecto. La criatura corría sobre unas patas reptilianas
terminadas en garras.
John gritó tan fuerte que pensó que los ojos se le iban a
salir de las cuencas:
—En nombre de… de… de…
Pero no pudo continuar con la invocación porque la
criatura le alcanzó. Sintió su aliento ardiente y repugnante
en el rostro mientras que, con sus poderosos brazos, le
daba la vuelta y lo arrojaba al suelo boca abajo. Y, entonces,
se subió a su espalda y sus alas malolientes lo abrazaron
desde atrás como los brazos de un amante.
John empezó a gritar.
Pero, poco después, perdió el conocimiento…
Cuando despertó al cabo de un rato, no sabía cuánto
tiempo había pasado, aún estaba estirado en el frío suelo de
madera del pasillo. Se puso a gatear inmediatamente en
dirección al comedor mientras trataba de gritar, pero
incapaz de emitir poco más que un murmullo. La linterna
seguía en el suelo y su fino haz de luz iluminaba la madera.
Chris salió corriendo del comedor.
—¡John! ¿Qué ha pasado?
John tardó un buen rato en poder articular palabra.
♦♦♦
No pasó una sola noche sin que alguien gritara de terror al
menos una vez, aunque normalmente ocurría varias veces
durante la noche; a veces era un solo grito, otras, más de
uno a la vez.
Nadie pudo dormir toda la noche de un tirón, y los
investigadores apenas pegaban ojo, algo que era más que
evidente por sus ojos hinchados e irritados y, a veces, por el
modo en el que arrastraban las palabras al hablar y por sus
lánguidos movimientos.
Ed y Lorraine visitaban la casa casi todos los días y
rezaban con ellos. Sin embargo, era evidente que la fuerza
demoníaca que dominaba la casa se estaba haciendo cada
vez más fuerte y que dentro de poco tiempo no podrían
hacer nada para contenerla. Llamaron asiduamente al
padre George para saber cuánto tiempo tendrían que
esperar los Snedeker para que la Iglesia se decidiera a
actuar y éste siempre les contestaba lo mismo:
—Estoy haciendo todo lo que puedo.
Lo que no les dijo era que, desde su visita a casa de los
Snedeker, tanto él como el padre Gary habían sido víctimas
de una serie de ataques similares a los que se producían en
el interior de la casa, tanto durante el día como de noche.
No obstante, era cierto que estaba haciendo todo lo posible
para que la Iglesia le permitiera llevar a cabo un exorcismo
en el hogar de los Snedeker.
De hecho, todo el mundo estaba haciendo todo lo posible.
Pero los ataques continuaron, día tras día, noche tras
noche…, las voces y los olores…, los objetos que se movían
solos…, los ataques físicos…, los pinchazos, los manoseos y
los palpamientos…, los ataques sexuales…, hasta que todos
los habitantes de la casa creyeron que estaban perdiendo la
cabeza.
Y, finalmente, llegó la ayuda.
VEINTISIETE
EL PADRE NOLAN
La Iglesia Católica finalmente dio el permiso para realizar
un exorcismo y un sacerdote con experiencia en la práctica
del antiguo ritual fue elegido para la tarea.
El padre Sean Nolan era un hombre musculoso, ancho de
hombros, de un metro sesenta de altura y que mantenía el
mismo régimen de actividad física que había seguido
cuando formaba parte del cuerpo de Marines.
Cuando recibió el encargo de practicar un exorcismo en
casa de la familia Snedeker, inició inmediatamente los
preparativos. Éstos consistían, básicamente, en un
entrenamiento que se prolongaba durante una semana: tres
días de constante oración en solitario seguidos de tres días
más de ayuno y estudio. Sólo comía frutas y verduras, y
aumentó considerablemente su rutina de ejercicios.
Sabía que para la batalla que se avecinaba debía reforzar
su condición física, mental y, aún más importante, sus
recursos espirituales. Porque eso era exactamente lo que
iba a ser: una batalla despiadada y brutal. Había llevado a
cabo varios exorcismos anteriormente, por lo que era muy
consciente de los peligros que le esperaban al sacerdote
durante el enfrentamiento con la encarnación del mal en
estado puro.
Era consciente de los riesgos que estaba asumiendo, los
ataques salvajes y humillantes, la posibilidad de una
muerte horrible, pero también sabía que sólo el Señor
podía salvarlo… si mantenía la mente clara y una férrea fe
en Dios. De modo que se preparó intensamente,
recurriendo a la oración como un atleta recurre al ejercicio
físico y usando el estudio de la Biblia como un boxeador
usaría las pesas.
Porque el padre Nolan sabía que, una vez que diera
comienzo el exorcismo, no podría dar marcha atrás… por
mucho que deseara detenerlo.
♦♦♦
Mientras tanto, a medida que se acercaba el día del
exorcismo, Al y Carmen Snedeker cada vez estaban más
preocupados.
Un día, justo antes del amanecer, después de que ambos
se hubiesen despertado y fueran incapaces de volverse a
dormir, se sentaron a la mesa del comedor uno frente al
otro mientras se tomaban una taza de té.
Los niños y Laura aún estaban dormidos, al igual que
John. Chris estaba en el baño, dándose una ducha.
—¿De verdad crees que servirá de algo? –susurró Al aún
un poco adormilado.
—Bueno…, supongo que no tenemos muchas más
opciones, ¿no crees?
—Sí, pero ¿y todas las otras cosas? Las bendiciones. La
misa. Parece como si sólo hubiera servido para cabrearlo
aún más. ¿De qué va a servir un exorcismo?
—Si las cosas empeoran, supongo que siempre podemos
mudarnos.
—¿Con qué dinero? ¿Cómo? ¡No nos lo podemos permitir!
–exclamó Al en voz baja–. Apenas tenemos para llegar a fin
de mes, Carmen. Todavía estamos pagando las facturas
médicas. Si hubiéramos tenido un seguro médico mejor, sí,
claro, seguramente ahora podríamos mudarnos. Pero
nuestro seguro es una mierda. Aún no hemos terminado de
pagar la mayoría de esas malditas facturas.
—Por favor, Al, no hables así. Teníamos que hacerlo. El
pobre Stephen estaba…, no contrajo cáncer a propósito,
¿no?
Al inclinó la cabeza y suspiró:
—Sí, lo sé. Maldita sea. Pobrecillo. Espero que esté bien.
Al principio, le habían visitado regularmente y le habían
llamado a menudo.
Pero, al cabo de un tiempo, empezó a rechazar sus
llamadas. Entonces, un buen día dijo que no quería verlos
más y uno de los médicos les dijo que era mejor que se
mantuvieran alejados de él durante una temporada;
Stephen estaba inmerso en una terapia muy agresiva, les
explicó, y eso podía resultar terriblemente agotador,
aunque también extremadamente beneficioso.
—Si quieres podemos cancelarlo –dijo Carmen–. El
exorcismo, quiero decir.
—Sí, claro, ¿y qué dirían de nosotros? Pareceríamos los
típicos farsantes que cambian de idea cuando están bajo
presión, eso es lo que pareceríamos.
No. Seguiremos adelante.
—¿Y si después las cosas empeoran?
—Bueno… –Al se encogió de hombros–. Supongo que
tendremos que lidiar con ello.
♦♦♦
Antes del día del exorcismo, el padre Nolan pidió a Al y
Carmen que sacaran a Michael, Stephanie y Peter de la
casa para que, cuando él llegara, sólo estuvieran presentes
Al y Carmen, Laura, Ed y Lorraine y los dos investigadores,
Chris y John.
El padre Nolan llegó vestido con ropa de calle:
pantalones negros, una camisa azul cielo y una chaqueta
deportiva gris. También llevaba una pequeña maleta negra,
ligeramente más grande que un maletín. Recorrió el
caminito de entrada en dirección a la puerta.
Aunque era poco después del mediodía de un día cálido,
reluciente y soleado, cuando el padre Nolan entró en la
casa, el invierno lo envolvió completamente.
Hacía mucho más frío del que debería hacer en el interior
de una casa en pleno verano. Y aunque las cortinas estaban
recogidas y las persianas abiertas, también estaba más
oscuro de lo normal.
El aire estaba cargado de algo mucho peor que la
electricidad estática; era una energía maligna que le
produjo un repugnante hormigueo por todo el cuerpo.
Supo de inmediato que se enfrentaba a una fuerza mucho
peor y mucho más fuerte de lo que había previsto, algo que
llevaba demasiado tiempo en aquel lugar y que había
logrado echar raíces, como una vid grotesca y asfixiante.
—No estamos seguros de lo que necesita que hagamos,
padre –dijo Carmen de pie en el pasillo–, pero estamos
dispuestos a hacer lo que sea necesario.
—Son muy amables –repuso el padre Nolan con una
cálida sonrisa y dándole una ligera palmadita en el brazo–.
Para empezar, necesitaremos un altar improvisado.
—¿Servirá la mesita auxiliar?
—Por supuesto. Además, creo que todos los presentes que
sean católicos deberían confesar sus pecados y recibir la
absolución.
—Creo que aquí todos somos católicos.
—Perfecto. Voy a cambiarme de ropa y podemos empezar.
—Esto, padre, si no le importa que se lo pregunte, ¿por
qué ha venido así vestido?
—Bueno, he pensado que sería mejor para todos.
Últimamente ya han recibido a suficientes sacerdotes en su
casa y, de este modo, los vecinos no harán demasiadas
preguntas embarazosas.
Ni siquiera se le había ocurrido. Carmen esbozó una
sonrisa y dijo apreciativamente:
—Gracias.
—¿Dónde puedo cambiarme?
Lo acompañó al dormitorio principal situado al final del
pasillo. Cuando el padre Nolan hubo entrado, cerró la
puerta detrás de él.
Al salir de la habitación, llevaba puesta una toga blanca y
un alzacuellos morado. Colocaron la mesita auxiliar como
altar improvisado en la sala de estar, en la cual aún había
colchones extendidos por el suelo.
Todos los presentes se confesaron y el padre Nolan les dio
la absolución.
A continuación, bendijo la casa por tercera vez.
Todo el mundo se reunió frente al altar improvisado de la
sala de estar.
—En primer lugar –dijo el padre Nolan–, me gustaría
decir misa para limpiarnos a todos… y también la casa.
Todos estuvieron de acuerdo de inmediato y, poco
después, el padre Nolan dio comienzo a la misa.
Una vez más, como ya sucediera durante la misa anterior,
los presentes experimentaron luchas silenciosas con la
presencia que dominaba la casa. Carmen sintió una mano
fría recorriéndole superficialmente todo el cuerpo, y unos
dedos que le sondeaban y hurgaban en sus partes íntimas.
Se retorció y cambió el peso de su cuerpo de un pie al otro,
pero continuó concentrada en la misa mientras hacía todo
lo posible por ignorarlo.
Un dedo le hurgó en los ojos a Laura, primero el
izquierdo y, después, el derecho, una y otra vez. Después
pasó a hurgar ambos a la vez, hasta que finalmente Laura
los cerró con fuerza e inclinó la cabeza en lo que parecía
ser un acto de reverencia en lugar de autoprotección.
Al empezó a oír una voz. No procedía de ningún lugar en
concreto, sino que se originaba dentro de él, en su cabeza.
Sin embargo, la voz era tan fuerte y clara que tuvo la
impresión de que alguien le estaba gritando a escasos
centímetros de la cara:
—¿De qué coño crees que servirá todo esto, Allen? ¿Crees
que este Dios va a ayudarte ahora? ¿Por qué? Hasta el
momento no ha hecho nada por ti, ¿no? Dime, ¿qué ha
hecho?
Al respiró hondo, miró fijamente al padre Nolan y, al cabo
de un rato, dejó de oír la voz.
No obstante, seguía sintiéndose inquieto.
Ed Warren empezó a sentir una extraña sensación en el
pecho. Iba y venía, pero le resultaba muy familiar. Era una
intensa presión no muy distinta a la que había sentido en
1985 cuando había sufrido un ataque al corazón.
Lorraine veía destellos blancos detrás de los ojos, como si
tuviera una débil luz estroboscópica dentro de la cabeza.
Cada destello blanco y brillante llevaba consigo una
imagen: un cadáver desnudo sobre una mesa…, unas
ásperas manos sobre unos senos muy pálidos, casi
azulados…, un cuerpo masculino vivo subido encima del
cadáver, el rostro convulsionado por la pasión…
Y en lo más profundo de su mente, Lorraine distinguió
una carcajada distante y resonante…, una risa cruel y
burlona… Y entonces terminó la misa.
El padre Nolan se los quedó mirando y suspiró mientras
sonreía.
—Ahora –dijo–, me gustaría empezar el exorcismo. Pero,
antes, quiero decir algunas cosas.
Todo el mundo le escuchaba atentamente. El ataque
demoníaco se había detenido.
—En primer lugar –dijo el padre Nolan–, el ritual puede
alargarse un poco. Durante varias horas, probablemente. Y
me gustaría asegurarles – continuó riéndose entre dientes–
que ninguna de sus cabezas va a girar sobre sí misma. Si
han visto la película, ya deben de saber a lo que me refiero.
No será fácil. La fuerza a la que nos enfrentamos
seguramente devolverá el golpe, pero no será nada
parecido a lo que sale en la película. Sin embargo, es
posible que se vuelva muy desagradable y complicado. Sólo
quiero que estén preparados.
—¿Cuánto tiempo ha dicho que puede durar? –preguntó
Carmen tímidamente.
—Horas. Podría tardar varias horas. Depende de lo que
ocurra.
Todos asintieron levemente.
—De acuerdo –dijo el padre Nolan en voz baja–, ¿están
preparados para empezar?
—Sí –dijeron Al y Carmen al unísono.
Y Carmen añadió:
—Por favor.
VEINTIOCHO
EL EXORCISMO
En cuanto comenzó el exorcismo, Ed Warren reparó en una
transgresión del protocolo que le permitió darse cuenta de
que la situación era aún peor de lo que había sospechado.
Aún más, le hizo darse cuenta de que la Iglesia era
consciente de la gravedad de la situación y que habían
enviado a un sacerdote que iba a actuar en consecuencia.
El ritual que utilizó el padre Nolan era el Rituale
Romanus, el ritual romano del exorcismo, el cual se
realizaba en latín y que, en cuarenta y dos años de
experiencia en la investigación de fenómenos psíquicos y
sobrenaturales, Ed nunca había visto usar a un sacerdote
para expulsar a los demonios de una casa. Aunque solía
utilizarse en los exorcismos de personas católicas después
de que la Iglesia hubiera concluido que estaban realmente
poseídas por un demonio, nunca se había usado para
exorcizar una casa.
A medida que avanzaba el exorcismo, Ed volvió a sentir la
presión en el pecho que había sentido durante la misa. El
corazón empezó a latirle con tanta fuerza bajo las costillas
que pudo sentirlo incluso en la garganta. Respiró hondo e
hizo todo lo posible por ignorar la sensación mientras el
exorcismo continuaba.
Carmen volvió a notar otra vez la mano, aunque en esa
ocasión los manoseos eran más bruscos. Estaba agotada,
abrumada. Empezó a pensar que esa vez no podría ganar
aquella batalla.
Esa vez, Laura sintió algo más que un simple dedo
hurgándole en los ojos. Esa vez empezó a hurgarle todo el
cuerpo, presionándola sin piedad, en todas partes, con
fuerza… Sin embargo, comprendió por qué lo hacía: si
empezaba a gritar, el exorcismo se detendría de golpe… y
no quería que sucediera algo así.
Por tanto, continuó rezando en silencio y tensó la espalda,
decidida a ignorar completamente el ataque que estaba
recibiendo.
La voz que Al había oído en el interior de su cabeza
durante la misa regresó durante el exorcismo. Y lo hizo con
fuerzas renovadas, gritándole:
—¡Estúpido hijo de puta! ¡Capullo! ¿Crees que esto
servirá de algo, estúpido debilucho? ¿Crees que esto
cambiará algo, mamón de los cojones, lameculos?
Cerró los ojos durante un momento y se dijo: «Si la
ignoras, desaparecerá y todo habrá terminado».
El exorcismo siguió adelante.
Las baratijas que había sobre los estantes de los armarios
empezaron a tintinear.
Los cuadros colgados en la pared empezaron a vibrar, los
marcos repiqueteando contra la pared.
Cuatro horas después, a Ed Warren empezó a dolerle el
brazo izquierdo y a palpitarle a medida que aumentaba la
presión en su pecho.
Se le acumuló el sudor en la frente y en el labio superior
y empezó a gotearle lentamente por la cara. Cada vez le
costaba más respirar, y la cabeza empezó a latirle
dolorosamente.
Le agarró la mano a Lorraine, se la apretó con fuerza y se
inclinó hacia ella al tiempo que le susurraba al oído:
—No puedo creer lo que me está pasando.
Lorraine notó como le temblaba la mano a su marido,
algo muy poco habitual en él, y cuando vio que el sudor le
caía por la cara, empezó a preocuparse de verdad.
—¿Qué te pasa? –le susurró volviéndose hacia él y
haciendo todo lo posible por no interrumpir la ceremonia.
Ed se llevó una mano al pecho.
—Creo que… es el corazón –susurró mientras aumentaba
el dolor en su brazo y lo que parecía una correa de acero le
comprimía cada vez más el pecho.
—Voy a tener que salir de aquí –jadeó mientras le
apretaba aún más la mano a Lorraine y trataba de
recuperar el aliento.
Lorraine lo guio a través de la sala de estar en dirección
al pasillo, pero entonces sucedió algo y se detuvieron de
repente.
Toda la casa se inclinó, por lo que Ed y Lorraine pasaron
de caminar por el suelo a trepar por él.
Todo el mundo se puso a gritar y se agarró a la persona
que tenía al lado para recuperar el equilibrio.
El padre Nolan se agarró a la mesita auxiliar, pero no
perdió el ritmo; continuó el ritual con una voz aún más
atronadora, los ojos muy abiertos y apretando la mandíbula
con firmeza y determinación.
Lorraine no se desanimó ante lo que sabía que no era
más que una ilusión bastante convincente, y continuó
acompañando a Ed fuera de la habitación. Salieron al
pasillo y entraron en el comedor, donde Ed se dejó caer
pesadamente en una silla, cruzó los brazos sobre la mesa y
apoyó la cabeza débilmente sobre éstos.
Mientras la casa parecía que volvía a nivelarse, el padre
Nolan siguió adelante mientras los demás recuperaban el
equilibrio.
Pero ahí no terminó todo.
A medida que avanzaba el ritual, una especie de olas
recorrieron fluidamente el suelo del salón, provocando que
todo el mundo perdiera el equilibrio continuamente.
Unos zarcillos de humo se elevaron de la alfombra y
adoptaron la forma de unos brazos con manos en los
extremos…, las manos empezaron a hurgar y arañar…, a
aferrarse a las piernas mientras brotaban del suelo…,
notaban las manos por todo el cuerpo…, manos con garras
afiladas que desgarraban la ropa intentando alcanzar la piel
y seccionar la carne. Y, entonces, tan repentinamente como
habían aparecido, se esfumaron.
El ritual continuó.
El padre Nolan tenía el rostro empapado de sudor y le
temblaban las manos. La tensión que debía soportar se
hacía evidente en sus ojos y en sus temblorosos labios.
Súbitamente, las voces llenaron la habitación; voces
graves, roncas y guturales que todos pudieron oír y que se
acercaban a ellos desde todas direcciones…, voces
húmedas y gorgoteantes que venían acompañadas de un
olor…, un hedor horrible y repugnante…, el hedor de la
carne putrefacta, en descomposición.
—Nos encantaaaaba…
—Que nos follara y nos chupara…
—Que nos tocara y nos acariciara…
—Era maravilloso…
Entonces empezaron a aparecer, brotando de las paredes
y atravesando los muebles como un fluido en forma de
cuerpos humanos…, tanto hombres como mujeres…,
desnudos y magullados, sus cuerpos hinchados y llenos de
manchas blancas, azules y moradas…, los ojos del revés,
por lo que sólo era visible una capa blanca y
deslumbrante…, algunos balanceando sin fuerza los brazos
a los costados del cuerpo a medida que se acercaban, otros
con un brazo, o los dos, extendido mientras arrastraban los
pies…, las voces continuaban:
—… ningún dios puede detenerlo…
—… no quiero que pare…
—… me gustaba, absolutamente todo…
—… cuando nos lamía la piel, cuando nos tocaba y
acariciaba…
—… cuando nos follaba y chupaba…
—… cuando nos sobaba y lamía…
El padre Nolan elevó aún más el tono de voz y se
enderezó completamente. Terminó el ritual con una energía
imposible, gritando las palabras en latín con voz ronca y
frenética.
Los cadáveres desaparecieron.
El nauseabundo hedor se esfumó de la habitación.
El padre Nolan estaba empapado en sudor. Se quedó
mirando a los presentes durante un buen rato mientras
recuperaba el aliento. Pese a estar en óptimas condiciones
físicas, parecía haber alcanzado el límite de su resistencia.
Se apartó del altar improvisado, salió de la sala de estar y
fue hasta el comedor con un frasco de agua bendita en una
mano.
Se detuvo delante de Ed Warren y le dirigió una mirada
de gran preocupación.
—¿Cómo está? –le preguntó a Lorraine, sentada junto a
Ed con el brazo alrededor de sus hombros.
—Bueno…, no estoy segura –susurró esta con voz ronca–.
Hace unos años sufrió un ataque al corazón, ¿sabe? Si no se
recupera pronto, tendremos que llamar a una ambulancia.
El padre Nolan roció a Ed con agua bendita e hizo la
señal de la cruz al tiempo que murmuraba unas palabras en
latín. Acto seguido, se inclinó y le preguntó en voz baja:
—¿Se encuentra bien, ¿Ed?
Éste levantó la cabeza de la mesa y tosió.
—S… sí, creo que sí.
—Bien. Yo también lo estoy. –Se puso de pie y dijo con voz
poderosa–: Por el poder de Jesucristo, los dos estamos bien.
Como si una pesada manta hubiera sido alzada de
repente de la casa, la sensación de opresión, la atmósfera
oscura y sofocante que la había dominado durante tanto
tiempo, desapareció justo en aquel instante.
Fue tan evidente que los que aún estaban en la sala de
estar suspiraron de sorpresa al percibir el cambio.
La casa parecía más brillante, como si, por primera vez
en mucho tiempo, el sol finalmente pudiera penetrar los
cristales de las ventanas e iluminar el interior de la casa.
Ed Warren apartó la silla de la mesa y se puso de pie
lenta, cautelosamente. Lorraine seguía rodeando con un
brazo sus anchos hombros.
Ed se volvió hacia el padre Nolan, esbozó una sonrisa
débil y le dijo:
—Creo que ha funcionado, padre. Creo que ha
funcionado.
VEINTINUEVE
UNOS CUANTOS MESES DESPUÉS
Se iban a mudar. Por fin.
Laura y Mary habían vuelto a Alabama, con su madre.
Stephen había salido del hospital, pero aún se negaba a
volver a casa. Por el momento, estaba viviendo con su tía,
hasta que terminara la mudanza. Ni siquiera sabía qué iba
a hacer una vez que estuvieran instalados en la nueva casa;
seguía mostrándose muy receloso con ellos y, una vez
terminara la mudanza, tendrían que retomar su relación
desde allí e intentar reconstruirla.
Pero lo más importante en aquel momento era que, por
fin, estaban abandonando la casa que había convertido sus
vidas en un infierno.
Epílogo
Los Snedeker se marcharon de la casa de la calle Meridian
y nunca más regresaron a ella. De hecho, sólo pasar por
delante les ponía los pelos de punta y hacía que les sudaran
las palmas de las manos.
Se mudaron a otra casa en otra ciudad del estado de
Connecticut, donde iniciaron el lento proceso de
recuperación. Mientras escribo este libro, todavía viven allí.
Y, también durante la escritura de este libro, la casa
blanca de estilo colonial de dos plantas de la calle Meridian
sigue en pie, como también lo hace el árbol retorcido,
bamboleante y cadavérico del patio delantero. Varios
inquilinos han ido y venido desde que los Snedeker se
marcharon y, en la actualidad, la casa está ocupada.
Poco después de marcharse, los Snedeker oyeron
rumores de que los nuevos inquilinos habían tenido alguna
que otra experiencia extraña en la casa. Se enteraron de
que los nuevos inquilinos estaban haciendo indagaciones
sobre los anteriores ocupantes de la casa; querían saber si
éstos sabían algo sobre lo que les estaba sucediendo.
Carmen sintió lástima por ellos. Temió por ellos…, rezó
por ellos. Una tarde, le sugirió tímidamente a Al que podían
ponerse en contacto con los ocupantes de su antigua casa
para intentar ayudarles.
Al se volvió hacia ella de golpe y su rostro empalideció al
tiempo que abría mucho los ojos.
—¿Estás de coña? –repuso en un susurro entrecortado–.
No… no quiero hablar con nadie que viva en esa casa, ni
siquiera por teléfono. Si…, bueno, si no les gusta vivir allí,
que se larguen.
—Pero ¿y si son como nosotros? –insistió Carmen–. ¿Y si
no pueden?
¿Qué pasa si no tienen más opción?
Al giró la cabeza y siguió mirando la televisión.
—Entonces… supongo que sólo podemos rezar por ellos.
Pero Al tenía razón. Los nuevos ocupantes de la casa
terminaron marchándose.
Sin embargo, otra familia llegó a la casa…
… y otra…
… y otra más…