Ac. 77.608. ¨Ancore S.A. y otro contra Municipalidad de Daireaux. Daños y perjuicios¨.
La Plata, 19 de febrero de 2002
ANTECEDENTES
La Cámara de Apelación en lo Civil y Comercial del Departamento Judicial de Trenque
Lauquen confirmó el fallo de origen que desestimara la acción interpuesta por daños y
perjuicios, contra la Municipalidad de Daireaux.
Se interpuso, por la actora, recurso extraordinario de inaplicabilidad de ley.
Dictada la providencia de autos y encontrándose la causa en estado de dictar sentencia, la
Suprema Corte resolvió plantear y votar la siguiente
CUESTION
¿Es fundado el recurso extraordinario de inaplicabilidad de ley?
V O TAC I O N
A la cuestión planteada, el señor Juez doctor Negri dijo:
1. Para confirmar el fallo de origen que había desestimado la demanda incoada por daños y
perjuicios por Ancore S.A. la Cámara a quo decidió que:
a) la inexistencia de reglamentación respecto de la actividad denominada “feed lot” no
facultaba a soslayar las consecuencias del impacto ambiental que producía, toda vez que
siendo lo atinente a la preservación del medio ambiente de rango constitucional, autorizaba a
actuar la regla que prohibe perjudicar a los demás (fs. 398 vta.);
b) quedó demostrado, con la prueba reunida, que el “feed lot” es un sistema de engorde
intensivo de ganado mediante el suministro de una dieta de alto rendimiento en espacios
reducidos, capaz de producir olores muy desagradables dentro de cierto radio, sin que
existiera en la especie procedimiento sanitario o biológico que -previendo el impacto
ambiental- permitiera la rapida eliminación o conversión de los residuos sólidos y líquidos -
excremento y orina- acumulados (fs. 400);
c) la pretendida discriminación era inatendible pues las posibles molestias ocasionadas por
otros establecimientos no tenían la entidad de las provocadas por la empresa actora;
d) tampoco podía atenderse a las alegadas exigüidad y confiscatoriedad del plazo conferido
para hacer cesar las molestias, toda vez que la ordenanza nº 577/96 del 21-X-1996 no sólo
prohibió la instalación de feed-lots dentro de un radio de 15 km contados desde la plaza
principal, sino que dispuso que los establecimientos existentes debían adecuarse antes del 15
de noviembre de dicho año y la actividad de Ancore S.A. cesó recien el 31 de diciembre. Pero
además la Municipalidad, en ejercicio del poder de policía en defensa de la comunidad, no
podía demorarse en hacer cesar la contaminación.
En razón de lo expuesto, concluyó el tribunal que el Municipio obró en función del deber de
velar por la salubridad de la población, en forma lícita; mientras que los actores, trocaron su
actividad inicialmente correcta en ilícita al no prever y controlar el impacto ambiental, con el
consiguiente perjuicio a terceros, por lo que rechazó el reclamo indemnizatorio (fs. 401).
2. Contra este pronunciamiento interponen los citados recurso extraordinario de
inaplicabilidad de ley por el que denuncian la violación de los arts. 14; 16; 17; 28 de la
Constitución nacional; 10; 11; 25 de la provincial; aplicación errónea de los arts. 512, 901,
902, 903, 906 y 1066 del Código Civil; interpretación equivocada del art. 1071 del mismo
ordenamiento y absurdo en la valoración de las pruebas.
Consideran, en resumen, que resulta contradictoria la afirmación del tribunal en el sentido de
que la actividad lícita inicial se tornó en ilícita por no prever el impacto ambiental y provocar
perjuicio a terceros (circunstancia tampoco alegada por los demandados), pues la actividad
siempre fue lícita, al comienzo y al cierre de la misma. La que modificó su naturaleza fue la
ordenanza municipal que al prohibirla, la convirtió en ilícita, otorgando plazos exiguos para el
cese de la actividad, lo que provocó daños que deben ser reparados.
Ninguna de las normas del Código Civil citadas por el fallo -aseguran- permite inferir que una
actividad lícita como lo es el engorde de ganado, pueda convertirse en ilícita. Ello es así dado
que ninguno de los vecinos ni la propia municipalidad reclamaron daños, porque no
existieron. Tratar de convertir una actividad lícita en ilícita -agregan- por vía del art. 1071 del
Código Civil, por ausencia de normativa específica, resulta absurdo y contrario a derecho.
En cuanto a los daños ocasionados por el cierre del emprendimiento, sostienen que luego de
varios meses de funcionamiento, la municipalidad intima para que en el término de 15 días
cesen los olores ante las quejas de los vecinos. Y, frente a la escasa significación otorgada a la
pestilencia por el inspector zonal de la Dirección Provincial de Ganadería del Ministerio de
Asuntos Agrarios la propia Municipalidad entendió que no existían elementos suficientes para
clausurar el establecimiento y archivó el expediente.
Por ordenanza del 21 de octubre de 1996 el Concejo Deliberante de Daireaux, con carácter
general, prohibe el funcionamiento o instalación de feed lots en un radio de 15 kms. y dispone
el cierre de los ya instalados, antes de noviembre de 1996 prohibiendo la entrega de guías de
hacienda a sus titulares, lo cual -expresa-, dirigido exclusivamente a la actora por ser el único
establecimiento en funcionamiento a esa época, supone la prohibición de trabajar, sin el
fundamento de una ley ni juicio previo que lo establezca.
El tribunal resolvió un tema distinto del referido a esta prohibición, causante de los daños que
motivaran la demanda, omitiendo tratar la legislación específica sobre la cuestión en disputa
(fs. 413). La discusión no versa sobre el deber del municipio de velar por la salubridad sino en
determinar si la actividad legislativa municipal originó daños, afectando derechos adquiridos.
3. El recurso no puede prosperar.
Debo rechazar el argumento referido a la resolución por el tribunal de una cuestión que no fue
planteada en autos toda vez que observo que la misma, esto es, el análisis de la causa con el
propósito de determinar si la actividad denominada feed lot era generadora de olores que
superaban la normal tolerancia de la población, lo fue para establecer si la actividad municipal
que ordenó su cesación careció de razonabilidad. Es así que concluyó “... el Municipio obró
en función del deber de velar por la salubridad de la población, es decir, en forma lícita;
mientras que los actores, en cambio, trocaron su actividad inicialmente lícita en ilícita al no
prever y controlar el impacto ambiental, con el consiguiente perjuicio a terceros, por lo que su
reclamo indemnizatorio carece de asidero legal” (fs. 401).
No puede admitirse el argumento que denuncia la resolución de un tema que no fue
reclamado, toda vez que a los efectos de determinar la responsabilidad del Estado municipal
por el supuesto acto dañoso, debió necesariamente analizarse y establecerse el ejercicio
abusivo que los actores hicieron de su derecho a trabajar, justificativo de la puesta en marcha
del poder de policía municipal por la demandada.
Teniendo ello en cuenta es que el tribunal, luego de efectuar una extensa consideración acerca
del derecho ambiental, fundado en frondosa y reconocida doctrina, así como en fallos de esta
Corte (“Sancho”, en “Acuerdos y Sentencias” 1990-II-180 y “Almada c/Copetro” del 19-V-
1998, en las que tuviera oportunidad de emitir mi voto de adhesión); y de la Corte Suprema
nacional (“Cía. Swift de La Plata c/Estado Nacional”, en J.A. Rep. Gral. 1998, pág. 475, nº
531) analizó detallada y exhaustivamente (v. fs. 398/400) la prueba producida, concluyendo
en la falta de asidero legal del reclamo indemnizatorio (fs. 401).
Sobre el análisis de esta prueba, que condujo a determinar la habilidad de la medida
municipal, motivada en el perjuicio ocasionado por la actividad de los actores, nada se dice en
el recurso. Es más, se afirma que la ordenanza es inconstitucional pero que ello no constituye
reclamo en autos. Errónea argumentación.
Si la ordenanza causó un gravamen por atentar contra derechos constitucionales adquiridos,
así debió reclamarse o por lo menos demostrar la irrazonabilidad de la medida, lo que no
advierto ocurrido.
Es por ello, también, que he de desestimar la afirmación referida a que fue la ordenanza
municipal la que tornó en ilícita la actividad hasta entonces lícita toda vez que los aquí
recurrentes iniciaron su actividad de “feed lot” sin contar con una autorización previa para su
instalación (v. fs. 72 vta., razón por la cual se les denegó la vía contencioso administrativa),
sin que la alegada ausencia de una reglamentación específica -atento lo novedoso del
emprendimiento- coadyuve, por sí sola a la licitud de la actividad, máxime si de su ejercicio
surge claro el incumplimiento del deber básico y elemental de no dañar a otro. Es más, aun
cuando se hallare reglamentada, no podría nunca admitirse un ejercicio irregular que la
convirtiera en ilícita.
Va de suyo, entonces, que deviene inatendible la pretendida afirmación de la transformación
de la actividad de lícita a ilícita, ordenanza mediante, toda vez que, en el caso, dicha ilicitud
no depende de la citada medida sino del ejercicio irregular de la actividad.
Si la actividad emprendida provoca daños a terceros, debe cesar, aun cuando no encontrara
obstáculo legislativo o no estuviere reglamentada, y no puede ser amparada por la ley (art.
502, C.C.) pues ésta protege el ejercicio regular de los derechos (art. 1071 y 2315, C.C.).
En autos no se ha acreditado -como ya lo expresara- la irrazonabilidad ni la ilicitud de la
medida adoptada por el Municipio; ni tampoco el ejercicio abusivo de su poder de policía,
plenamente justificado frente al hecho dañoso contra el medio y -por ende- contra la
comunidad.
La Constitución nacional, en su art. 41 confiere a las autoridades la protección del derecho a
un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades
productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones
futuras; y tienen el deber de preservarlo.
Coincidiendo con García Minella (opinión vertida en causa citada por el tribunal, “Almada c/
Copetro, sent. del 19-V-1998, publicada en J.A. 1999-I-259), considero que debe darse
particular importancia a la prevención del daño al medio ambiente. Como sostiene dicho
autor, para que no sea una fórmula meramente declarativa, la Constitución nacional se
anticipa y constitucionaliza el llamado daño ambiental y la obligación consecuente,
estableciendo una nueva categoría de daños que obligan a recomponer lo ocasionado (op. cit.,
nota 16).”.
Por ello debe asignarse a “... la prevención en este terreno una importancia superior a la que
tiene otorgada en otros ámbitos, ya que la agresión al medio ambiente se manifiesta en hechos
que provocan por su mera consumación un deterioro cierto e irreversible de tal modo que
permitir su avance y prosecución importa una degradación perceptible de la calidad de vida de
los seres humanos, por lo que su cesación se revela como una medida impostergable. En otros
términos, el bien ambiental es, a diferencia de otros bienes, esencialmente limitado, y su
consumo irreparable en cuanto cada vez con mayor nitidez se advierte la imposibilidad de un
reiterado, continuo e inmediato reemplazo, al punto de preverse en muchos casos -de persistir
una utilización irracional- su agotamiento inminente, con la consecuente repercusión directa y
obviamente negativa que ello conlleva respecto de la calidad de vida humana”.
“Cualquier actividad susceptible de empobrecer sustancialmente la calidad de vida de
cualquier persona o comunidad debe ser en primer lugar prevenida o disuadida. Si ya hubiere
comenzado a generar el daño, habrá de cesar, sin perjuicio de la reparación integral del
agravio irrogado, de acuerdo al principio de que quien perjudica el medio ambiente debe
resarcir, pero quien resarce no por ello puede seguir produciendo el perjuicio...”. (Y mucho
menos -agrego- pretender que la cesación de dicha actividad dañosa impuesta por el Estado,
en cumplimiento de sus deberes constitucionales -como ya hemos visto- pueda generar
indemnización alguna). “... En esto no sólo va comprometida la salud y el bienestar de
quienes sufren actualmente la ofensa, sino también de las generaciones futuras a las que no
puede de ningún modo conculcárseles sus posibilidades vitales” (voto del doctor Pettigiani en
fallo citado).
Tampoco advierto que los argumentos desestimatorios de la alegada exigüidad del plazo
otorgado por la Comuna para el cese de la actividad lesiva, hayan sido idóneamente rebatidos
por la parte recurrente, que sólo se limitó a exponer un criterio propio, obviamente
descalificativo, pero insuficiente a los efectos de desvirtuar los lógicos razonamientos
empleados para decidir.
En efecto, no sólo entendió el tribunal que el plazo otorgado en principio por la municipalidad
hasta el 15 de noviembre para adecuar a la ordenanza del 21-X-1996, los establecimientos
existentes (fs. 55/56), en la práctica se prolongó hasta el 31 de diciembre (fs. 42), sino que,
además, en ejercicio de su poder de policía, obró en función del deber de velar por la
salubridad de la población, en forma lícita (fs. 401).
Los recurrentes, en su presentación, señalan una serie de circunstancias dañosas,
supuestamente acontecidas en virtud de la exigüidad del plazo otorgado para el
desmantelamiento del feed lot, pero no sólo no las fundan en constancias objetivas que las
acrediten (v. a este respecto los puntos b y c de la sentencia de primera instancia), sino que
dejan de ver -como ya se ha expresado más arriba- que dichas circuntancias, de ser ciertas, no
pueden adjudicarse sino a la propia falta de diligencia, exigible en personas dedicadas a la
citada actividad y que, por tal motivo, debieron saber de antemano, las molestias que
ocasionarían con el emprendimiento, máxime cuando la cantidad de vacunos excedía el
número admitido por sus límites (v. pericia de fs. 286 vta., punto e) y 287, punto 1) de 440 a
900, fs. 354 vta. punto 5) 2do. párr.). Si la testigo Alicia Nieto -evaluada por el fallo de origen,
fs. 355 vta., punto 6- simplemente vecina del lugar señaló que “... sabiendo más o menos lo
que es un feed-lot, no cree que pudiera estar en el lugar en donde lo pusieron” (fs. 313) cuánto
más debieron saber los actores, personas dedicadas a este tipo de explotación, conocedoras de
sus consecuencias (art. 902, C.C.).
Además, merced a las infructuosas denuncias vecinales y planteamientos previos dirigidos a
la municipalidad (carta documento, fs. 27), los actores se encontraban alertados de la
inquietud que embargaba a la población. De manera que no resulta admisible que se alegue la
brevedad del plazo, cuando desde el inicio de la actividad, podían por lo menos presumir sus
riesgos, siendo su establecimiento tan cercano al centro urbano (800 mts. de la población).
Por otro lado, conforme al estudio de las pruebas, rechazó la alzada la pretendida
discriminación pues “si bien cabe inferir que había otros establecimientos causantes de
molestias, éstas no se igualan con la gravedad de las provocadas por el feed lot de Ancore
S.A.” (fs. 400 vta.).
Frente a este argumento, los recurrentes denuncian la infracción a la igualdad ante la ley pero
no aportan más que meras afirmaciones en el sentido de que existen otros establecimientos en
iguales o peores circunstancias que el feed lot y sólo a éste se le prohibe funcionar, las que por
sí solas resultan insuficientes para desvirtuar la tarea axiológica del juzgador, toda vez que la
existencia de otras posibles fuentes de contaminación no legalizan ni autorizan la subsistencia
de ellas, como en el caso, el feed lot.
En razón de lo expuesto, considero lo dicho suficiente para tener por no acreditadas las
infracciones legales denunciadas (art. 279, C.P.C.), por lo que doy mi voto por la negativa.
Los señores jueces doctores Laborde, de Lázzari y Pisano, por los mismos fundamentos del
señor Juez doctor Negri, votaron también por la negativa.
A la misma cuestión planteada, el señor Juez doctor Hitters dijo:
Adhiero al voto del doctor Negri, al que deseo agregar mi opinión emitida en la causa por él
citada (“Almada”).
Dije allí: “...En el nuevo marco procesal es papel irrenunciable del juez el que hace a su
participación activa con miras a la prevención del daño ambiental, donde debe buscarse
prevenir más que curar (Cappelletti, “La protección de los intereses colectivos y de grupos...”,
texto de la conferencia pronunciada en ocasión de la Asamblea General de la Sociedad de
Legislación Comparada, publicada en Revista de la Facultad de Derecho, México, Núm. 105-
106, enero-junio, 1971, p. 76)”.
“Al respecto opina Morello que “Acaso lo preventivo de la protección y lo efectivo de la
tutela que debe dispensar la jurisdicción sean las notas que en la década actual profundice la
evolución de los principios y nuevas fronteras, impulsadas, en la mitad del siglo, por las
señeras lecciones de Couture y Calamandrei, primero y, más tarde, intensificadas por el
pensamiento de Cappelletti y Trocker. El Movimiento del Acceso a la Justicia confirma el
vigor de esa tendencia que se estampa en el art. 15 de la Constitución de Buenos Aires,
reformada en 1994: ‘La Provincia asegura la tutela judicial contínua y efectiva’“ e “Interna y
externamente contamos con nuevas garantías y, además, que es lo que en verdad significa, que
son más efectivas y llevan a cabo -respecto de los ciudadanos- una estimulante tarea docente
que contribuye a repensar el derecho, y a un cambio de mentalidad acorde con el panorama de
nuestro tiempo” (“Las garantías del proceso justo y el amparo en relación a la efectividad de
la tutela judicial”; Revista Jurídica La Ley, ej. del 5-III-96)”.
“En el libro “Tutela procesal de derechos personalísimos e intereses colectivos”, (LEP
Librería Editora Platense SRL; La Plata, 1986) que el autor antes citado escribiera en
colaboración con Gabriel A. Stiglitz, refiriéndose a las medidas cautelares y a guisa de
conclusión 3a. del cap. X, se expresa: “El carácter marcadamente preventivo, operante para
restablecer situaciones de hecho o impedir desde el comienzo el avance de la destrucción o de
la polución, saca las medidas cautelares de su quicio tradicional para hacerlas jugar en una
función cuya justificación es connatural a situaciones regidas no sólo por el derecho privado
sino por el derecho público. Masivas, continuadas, que se proyectan al futuro” (v. pág. 167)”.
“A conclusiones similares se llegó en el XI Congreso de Derecho Procesal (La Plata, 1981)
donde quedó claro que debe admitirse la procedencia de una acción de cesación preventiva de
toda manifestación, que al producir daños, v.gr., al medio ambiente o a la ecología, requiera la
enérgica y perentoria neutralización de sus efectos negativos (4ta. conclusión)”.
“Para que tengan vigencia estos postulados “... de be concederse a los jueces -y estos deben
ejercerlos- mayores poderes deberes... ello implica que los magistrados judiciales deben
ejercitar dinámicamente todos los resortes que las leyes le confieren...” (véase, Morello y
otros, “La justicia entre dos épocas”, Ed. Platense S.R.L., p. 232)”.
“Luego, en la misma obra, dicen al tratar el derecho al ambiente como derecho de la
personalidad: “De allí el imperativo de transformar las concepciones judiciales para brindar
tutela no sólo al derecho subjetivo, y ampliarla a los fenómenos reales de la vida colectiva,
típicos de la sociedad moderna, que ponen en escena intereses impersonales y difusos,
incuestionablemente dignos de la más enérgica y anticipada protección” y “En este marco, el
derecho a vivir en un medio ambiente agradable, viene entendiéndose como una ampliación
de la esfera de la personalidad humana. Sucede que si bien el entorno natural se halla
formalmente situado fuera del hombre, éste lo siente y defiende como propio, como parte de
sí mismo, como un valor interior sobre el que no puede detentar una relación de dominio. En
fin, en virtud de su contínua e íntima conexión con la supervivencia y bienestar humano, el
ambiente es jurídicamente un atributo fundamental de los individuos. Por dicha razón el
derecho al ambiente halla ingreso en el ordenamiento jurídico como un derecho de la
personalidad, atento inclusive que otros de ellos hoy indiscutidos (como la integridad física y
la salud), se sustentan en el equilibrio ecológico propicio e indispensable para el bienestar
psico-físico del hombre. Máxime en virtud que la categoría de los derechos personalísimos no
configura un elenco cerrado y debe recibir en su seno nuevos intereses surgentes de las
transformaciones sociales. Ahora bien, en cuanto los derechos de la personalidad son objeto
de concreta tutela jurídica, las limitaciones o restricciones al pleno desarrollo de la persona
derivadas de la contaminación ambiental (aún no generando un daño personal y directo a los
individuos), son por sí mismas causa de la responsabilidad civil del agente, en cuanto
confluyan los presupuestos generales del Derecho de daños”. (v. págs. 192/3)”.
He transcripto tales argumentos -que comparto totalmente- pues con líneas precisas y claras
resumen la índole de los derechos en juego en el sub lite y la gran amplitud de criterio que
merece el tratamiento de los temas del ya indiscutiblemente nacido -y en pleno desarrollo-
derecho ambiental, que requiere justamente de una participación activa de la judicatura, la que
si bien de alguna manera pudiera afectar el clásico principio de congruencia, en definitiva se
traduce en un obrar preventivo acorde con la naturaleza de los derechos afectados y a la
medida de sus requerimientos.
Como sostiene el autor español Luis De la Morena y De la Morena: “Las leyes ecológicas, ni
se promulgan ni se derogan, simplemente se descubren y se acatan. Ello coloca
necesariamente al Derecho -a todos los Derechos, dada la universalidad del fenómeno- en una
posición de dependencia respecto de la Ecología, y a las decisiones que, en aplicación de él,
deban tomar gobernantes y juristas bajo el pie forzado de los informes que, en cada caso,
emitan los técnicos de turno” (De la Revista de la Administración Pública, Nº 94; ene-abr,
1981, Madrid, “Actividades clasificadas y protección del medio ambiente”, pág. 93). También
nuestra doctrina, en “La Protección del Ambiente en la Reforma de la Constitución Nacional”
de Humberto Quiroga Lavié (Revista Jurídica La Ley, ej. del 18-III-96), se ocupa del tema
desde el ángulo penal, y considero ilustrativa su inclusión para destacar sus nuevas
implicancias. Dice el autor que: “... la referencia a la naturaleza abre, a nuestro juicio, un
trascendente debate sobre la definición o contenido del tipo penal ambiental. Porque si el bien
jurídico tutelado es no violar las leyes de la naturaleza y éstas no suelen ser conocidas con
precisión sino después de haberse producido una afectación concreta, podríamos decir que el
postulado de la tipicidad como ley previa puede quedar desplazado de esta materia. Si
realmente hay un reenvío de la ley positiva al orden legal de la naturaleza, y este
ordenamiento se encuentra en proceso de descubrimiento y precisión permanente, será difícil
aplicar los postulados de la tipicidad penal, como ley previa, además, a la hora de disponer
una condena. Si la ley natural no está codificada ni escrita, pues se está develando en pericias
e investigaciones de impacto abiertas a la investigación ¿Cómo se compagina el principio de
la tipicidad con esta realidad natural que verificamos fácilmente?” (al analizar la segunda
parte del art. 41 de la Const. nac.). Por ello, mutatis mutandi, vemos que no sólo en el campo
del derecho procesal civil se abren redefiniciones del pleito y del papel del juez frente a las
nuevas realidades circundantes.
Acudiendo otra vez a Morello y a Stiglitz, aunque esta vez en “Responsabilidad civil y
prevención de daños. Los intereses difusos y el compromiso social de la justicia” (nota a fallo
L.L., 1987-D-364) al referirse a la medida preventiva tomada por el juzgador de primera
instancia del fallo que comentan, dicen: “Creemos, sin embargo, que ese proceder de carácter
propio de órgano jurisdiccional y sabor cautelar por su rol preventivo, en consonancia con la
responsabilidad social que le incumbe, corporizándose en mandatos positivos a las partes y a
los funcionarios públicos, era el más idóneo. Que no podía ser reemplazado por otras vías,
salvo cruzarse de brazos hasta que aconteciera otro daño irreparable similar, que hubiera
provocado la promoción de otra acción resarcitoria, dispendio de actividad y resultado social
insolidario, con la consecuencia de volver a condenar a un resarcimiento de daños causados,
que debieron evitarse. El juez actuó así perfectamente: reparó la lesión presente y dispuso las
previsiones útiles de acuerdo a las circunstancias, destinadas a evitar que se siguieran
produciendo en el futuro”. y “Desde este enclave no hay, pues, quiebra alguna del principio de
congruencia, toda vez que lo que venimos analizando responde a otros registros que es
frecuente converjan en un caso judicial: poderes inherentes al juez que respaldan su actuación
en la armoniosa aplicación de todo el ordenamiento, y que, con responsabilidad social, le
impele a ejercer activamente. Despliega así un régimen de obligaciones procesales y fijación
de competencias y prestaciones activas a cargo de una o varias de las partes, de terceros o de
funcionarios públicos. Que revisten fuertes tintes de carácter preventivo, cautelar, de urgencia
e inciden, por consiguiente, en el objeto (cosa o bien de la vida) o contenido del litigio
determinante. Y no valen sólo inter partes sino que, con amplitud subjetiva necesaria, cubren
la finalidad de prevenir daños indeterminados o potencialmente colectivos, frente a la
amenaza cierta (incomprobada) de una causa productora de daños. Que ni el juez ni la
sociedad deben recorrer el riesgo de que acontezcan si, jurídicamente, son y pueden (deben)
ser evitados”.
Voto por la negativa.
Con lo que terminó el acuerdo, dictándose la siguiente
SENTENCIA
Por lo expuesto en el acuerdo que antecede, se rechaza el recurso extraordinario interpuesto;
con costas (art. 289, C.P.C.C).
El depósito previo efectuado queda perdido para el recurrente (art. 294, C.P.C.C), debiendo el
tribunal dar cumplimiento a lo dispuesto por el art. 2º de la Resolución 760/68, modificado
por la Resolución 868/77 y de conformidad con la Resolución 1993/94.
Notifíquese y devuélvase.
Juan Carlos Hitters, Eduardo Néstor de Lázzari, Alberto Obudlio Pisano, Héctor Negri, Elías
Homero Laborde. Ante mí: Adolfo Abdón Bravo Almonacid.