Literatura 4to 2025
Literatura 4to 2025
literatura
CURSO:
ALUMNO:
[Link]ÓN ÉPICA
La odisea. 41 a 56
La épica griega 57 a 61
Épica medieval. “El Cid” 62 a 72
“Martín Fierro” [Link]ández 73 a 75
“Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” 76 a 77
“La cautiva” [Link]ía
Romanticismo en el río de la plata. 78 a 83
índice
[Link]ÓN TRÁGICA.
“Jugar con agua” [Link] 84 a 89
“El hijo” [Link] 90 a 93
Tragedia en narrativa 94-95
La tragedia de [Link] 96 a 101
DISCURSO ACADÉMICO.
Texto expositivo 102 a 105
Texto expositivo argumentativo 106 a 112
Texto de opinión 113 a 120
El Informe 121 a 128
COSMOVISIÓN
mítica
Así comenzó el Universo
ANTES que todas las cosas, en el comienzo de todos los comienzos, solo existía el Caos infinito: la
confusión y el desorden de lo que no tiene nombre.
Y del Caos surgió Gea, la Madre Tierra, enorme, hermosa y temible. Como Gea se sentía muy sola,
quiso tener un marido a su medida. Pero ¿quién podía ser tan inmenso como para abrazar a la Tierra entera?
Ella misma creó, entonces, el Cielo Estrellado, que es tan grande como la Tierra y todas las noches la cubre,
extendiéndose sobre ella. Y lo llamó Urano.
Gea y Urano, es decir, la Tierra y el Cielo, tuvieron muchos hijos. Primero nacieron doce Titanes,
varones y mujeres. Después nacieron tres Cíclopes, gigantes con un solo ojo en medio de la frente. Los
Cíclopes fueron los dueños del Rayo, el Relámpago y el Trueno. Y finalmente nacieron los tres Hecatónquiros,
monstruos violentos de cincuenta cabezas y cien brazos.
Urano desconfiaba de sus hijos: temía que uno de ellos lo despojara de su poder sobre el Universo. Y
por eso no les permitía ver la luz. Los mantenía encerrados en las oscuras profundidades de la Tierra, es decir,
en el vientre de su propia madre. Ese lugar oscuro y terrible se llamaba el Tártaro. Gea, inmensa, pesada, no
soportaba ya la tremenda carga de tantos hijos aprisionados dentro de su cuerpo y sufría también por ellos
y por su triste destino.
—Solo ustedes pueden ayudarme, hijos míos —les rogó—. Con esta hoz mágica que yo misma fabriqué,
deben enfrentarse a Urano. ¡Ya es hora de que pague por sus maldades!
Pero los hijos, aunque eran enormes y poderosos, se sentían pequeños frente a su padre, el inmenso
Cielo Estrellado, y no se atrevían a asomarse fuera de la Madre Tierra. Solo el joven Cronos, el menor de los
Titanes, un malvado de mente retorcida, estuvo dispuesto a ayudarla. Pero no fue solo por amor a su madre,
sino porque, tal como lo temía Urano, planeaba quedarse con todo el poder.
Una noche, cuando Urano, el Cielo Estrellado, llegó trayendo consigo a la oscuridad, y cayó sobre la
Tierra, envolviéndola en su abrazo, su hijo Cronos le cortó los genitales con la hoz que su madre le había
entregado y los arrojó al mar. En ese lugar, rodeada de espuma, nació la más hermosa de las deidades,
Afrodita[1], la diosa de la belleza y el amor.
—¡Maldito seas! —gritó Urano, enloquecido de dolor—. ¡Yo te condeno a que uno de tus propios hijos te
destruya, como hiciste conmigo!
Entretanto, Cronos le había prometido a su madre liberar a todos sus hermanos de las profundidades
del Tártaro, donde estaban encadenados. Pero cuando vio a los Cíclopes y a los Hecatónquiros, de aspecto
tan aterrador, decidió que era mejor volver a encadenar a esos monstruos. Solo los Titanes, los más parecidos
a él, quedaron libres y lo ayudaron a gobernar. Urano no murió, pero ya no tenía el poder. Ahora era Cronos,
el joven Titán de mente retorcida, el que reinaba sobre el Universo.
Textos extraídos de: Dioses y héroes de la mitología griega de Ana María Shua
1
Prometeo enfrenta a Zeus
PROMETEO era hijo de uno de los Titanes. Gea y Urano fueron sus abuelos, es decir, era primo de
Zeus. A pesar de pertenecer a la estirpe de los Titanes, decidió luchar del lado del gran dios en su guerra
contra Cronos.
Valiente y astuto, Prometeo tenía una debilidad. Amaba a los seres humanos, que intentaban
sobrevivir, con mucho sufrimiento, sobre la superficie de la Tierra. Zeus, en cambio, no se interesaba mucho
en ellos y estaba dispuesto a destruirlos. Muchos afirmaban que el interés de Prometeo en la humanidad se
debía a que él mismo había sido su creador.
Como no tenían poder sobre el fuego, los mortales vivían miserablemente. En las noches oscuras,
solo podían protegerse de las fieras escondiéndose en la profundidad de las cavernas. No podían trabajar los
metales para fabricar armas o herramientas, y tenían que contentarse con lo que lograran hacer tallando
piedras. Comían sus alimentos crudos y vivían casi como animales. Poco podía su inteligencia sin el fuego
que Zeus les negaba.
El que trabajaba con fuego todo el día era uno de los hijos de Zeus, ese dios rengo y malhumorado
llamado Hefesto[8], que estaba casado con la más bella de todas las diosas, la increíble Afrodita. En su fragua,
en las profundidades de la Tierra, debajo de un volcán, Hefesto fabricaba las armas de los dioses, con ayuda
de los Cíclopes.
Prometeo, utilizando su ingenio, se acercó a la fragua de Hefesto para conversar amablemente con el
dios. Y en una distracción, consiguió robar un poco de fuego, unas cuantas brasas encendidas que escondió
en el interior de una caña hueca. Con ese regalo asombroso, se presentó ante sus queridos hombres. Y no
solo les entregó el fuego: les enseñó a cuidar que no se apagara, a encenderlo y a utilizarlo de todas las
maneras posibles: les entregó la técnica de construir viviendas, armas, herramientas. Desde que fueron
dueños del fuego, por primera vez los hombres se sintieron superiores a todos los demás seres que poblaban
la Tierra.
Zeus estaba furioso. Prometeo había desobedecido sus órdenes y debía recibir un castigo ejemplar.
Con cadenas de acero, lo sujetó a una roca en el Cáucaso y envió a un águila monstruosa a devorarle el
hígado. Para que el castigo fuera terrible y eterno, todas las noches el hígado de Prometeo volvía a crecer, y
el águila se alimentaba de él durante el día. Zeus juró por lo más sagrado que jamás desataría a Prometeo de
la roca.
¿Pasaron años, siglos, milenios? Nadie lo sabe. Mucho, mucho tiempo después, Heracles, un hombre
hijo de Zeus, pasó por allí en su camino al Jardín de las Hespérides. Heracles, mató a flechazos al águila que
lo atormentaba y rompió sus cadenas. Prometeo, agradecido, lo ayudó con sus consejos.
Zeus quería mucho a su hijo Heracles y a pesar de todo estaba orgulloso de su hazaña. ¿Pero cómo
podía permitir que Prometeo quedara libre sin romper su juramento? Con una gran idea: hizo que Hefesto
fabricara un anillo con el acero de la cadena, que engarzara en él un trozo de la roca a la que Prometeo había
estado atado, y lo hizo jurar que jamás se quitaría ese anillo. Así, Prometeo quedó libre para siempre y, al
mismo tiempo, para siempre encadenado a la roca del Cáucaso.
Textos extraídos de: Dioses y héroes de la mitología griega de Ana María Shua
2
La caja de Pandora
LOS hombres tenían el fuego, que Prometeo había robado para ellos.
Ahora vivían libres de todo mal, no sufrían el cansancio ni el dolor ni las
enfermedades. Se habían vuelto altaneros y peligrosos.
Para mantener el orden en el Universo, Zeus debía dejar bien clara la
diferencia entre hombres y dioses.
—¡Les haré un regalo maldito! —rugió Zeus.
Había llegado el momento de crear a la mujer. La llamó Pandora y todos los dioses participaron en su
creación. Con arcilla y agua, Hefesto modeló un bellísimo cuerpo parecido al de las diosas inmortales. Atenea,
la diosa de la sabiduría, le enseñó las labores femeninas, sobre todo a hilar y tejer hermosas telas. Afrodita,
la diosa del amor, le otorgó gracia y atractivo. Y Hermes, el dios de los ladrones y mensajero de los dioses, le
enseñó a mentir.
Entonces, Pandora fue entregada por los dioses a Epimeteo. Junto con la mujer, le regalaron una
bonita vasija de cerámica trabajada con bajorrelieves. Antes de ser encadenado en el Cáucaso, Prometeo les
había advertido a los hombres que jamás aceptaran un regalo de Zeus, porque el gran dios estaba tramando
una cruel venganza contra ellos. Pero cuando Epimeteo vio a Pandora, simplemente no se pudo resistir. La
amó inmediatamente. No podía ser este el regalo envenenado de los dioses. En todo caso, lo importante era
no abrir jamás la vasija: allí debía estar el peligro.
Epimeteo le hizo jurar a Pandora que jamás abriría la vasija. Pero apenas la dejó sola por primera vez,
Pandora no pudo resistir la curiosidad. ¡Un regalo de los dioses debía ser algo maravilloso! No hacía falta
destapar la vasija, no tenía por qué romper su promesa. Solo levantaría un poquito la tapa para mirar adentro.
Pandora corrió apenas, menos de un dedo, la tapa de la maldita vasija, y fue suficiente. En un
enjambre horrible, oscuro, escaparon de allí todos los males que torturan a la humanidad. Como
moscardones negros y pesados, echaron a volar el Dolor, la Vejez, el Cansancio, la Enfermedad y la Muerte.
Aterrada, Pandora cerró inmediatamente la vasija.
Y algo, a pesar de todo, alcanzó a encerrar en su interior. ¿Qué era? Se percibían golpecitos tan suaves
como si los dieran las alas de una mariposa. Pandora levantó un poquito la tapa para mirar y vio un
maravilloso brillo dorado. Entonces ya no tuvo miedo y, abriendo del todo, dejó volar a la hermosa, engañosa
Esperanza, que nadie sabe si es un bien o es un mal.
Por culpa de la ciega Esperanza, los seres humanos soportan todo el mal que los hace sufrir sobre la
Tierra. Gracias a ella son felices, a veces, a pesar de todo.
Textos extraídos de: Dioses y héroes de la mitología griega de Ana María Shua
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La casa de Asterión
Jorge Luis Borges
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo
castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad
que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los
animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios,
pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra.
(Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un
solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay
una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si
antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y
aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las
toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos
se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó
bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia
lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el
filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no
tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una
letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro
porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de
piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y
juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora
puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo
realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que
prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes
reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o
Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás
cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están
muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son
catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor
dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra
gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una
visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está
muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el
intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me
acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su
voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos
minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los
cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos
profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la
soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los
rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos
puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con
cara de hombre? ¿O será como yo?
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El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
1. El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que en boca de Asterión, ese adjetivo numeral
vale por infinitos.
FIN
El Aleph, 1949
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LA NOCHE BOCA ARRIBA
JULIO CORTÁZAR
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la
motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla.
En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba.
El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía
nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento
fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle
central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga,
bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras,
apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo sobre la derecha como
correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su
involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se
lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y
la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue
como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la
moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar
la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo
alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su
derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la
garganta. Mientras lo llevaban boca arriba a una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no
tenía más que rasguños en las piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de
costado.» Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo
dándole a beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse
a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al
policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda
la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte;
unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada.
«Natural —dijo él—. Como que me la ligué encima...» Los dos se rieron, y el vigilante le dio la mano al
llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una
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camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y
deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando
una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el
brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las
contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el
pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le
acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de
una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la
mano derecha. Le palmeó una mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a
pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía
nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se
movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de
hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no
apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se rebelara
contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego.
«Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana
tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño,
en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy
lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor
rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un
animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada,
pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al
corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más
duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a
su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más
temía, y saltó desesperado hacia adelante.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de
sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado,
colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero
no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando
despacio y hubiera podido dormirse otra vez pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados
los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna
pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con
alcohol la cara anterior del muslo y le clavó una gruesa aguja con un tubo que subía hasta un frasco de
líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para
verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas
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tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como
estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más
precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente
en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los
ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un
poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del
caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o
confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de
copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada —pensó—. Me salí de la calzada.» Sus pies
se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le
azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se
agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada
podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como el
escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios
musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los
bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro,
la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había
empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la
selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizás los guerreros no le siguieran el
rastro. Pensó en los muchos prisioneros que ya habían hecho, pero la cantidad no contaba, sino el tiempo
sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y
su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Olió los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte,
vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca.
El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en
hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el
aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
—Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno.
Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara
violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces
un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la
pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan
cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche.
Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con
vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se
vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto.
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¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le
dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el
momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al
mismo tiempo tenía la sensación que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera
tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas.
El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi
un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja
partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y
era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo
despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral.
Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba
apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el
olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil
abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió
las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo.
El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su
amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del
final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían
traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que
gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a
venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían
ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las
mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo
interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por
zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el
dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó
antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le
acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de
plumas. Cedieron las sogas y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce; se sintió alzado,
siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de
antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los
acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del
techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez de techo
nacieran las estrellas y se alzara frente a él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El
pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire lleno de estrellas, pero todavía
no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo
impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba.
Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua
tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó, buscando el
alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que
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cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del
saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño
profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la
modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella
de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía
interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque
el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra y los acólitos se enderezaban y de la
altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se
cerraban y se abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y
cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza
colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe
vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban
para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo
por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en la cama, a
salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada
del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los
párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso
había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas
de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de
metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira de ese sueño también lo habían alzado del suelo,
también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba
con los ojos cerrados entre las hogueras.
FIN
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AUGUSTO MONTERROSO
El eclipse
Augusto Monterroso
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo.
La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su
ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí,
sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante,
particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera
una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su
labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que
se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el
lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas.
Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura
universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se
esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel
conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus
ojos. Vió que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
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ANTOLOGIA DE TEXTOS DE LITERATURA HISPANOAMERICANA CONTEMPORANEA
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Guerras Floridas
Las guerras entre los aztecas y sus vecinos independientes al otro lado de la
montaña eran frecuentes, con pérdidas generalmente bastante elevadas; incluso
algunos miembros de las familias reinantes perdieron la vida en el campo de batalla
o en el altar de sacrificios. La pregunta de cómo es posible que los tres estados, no
muy grandes, de Tlaxcallan, Cholollan y Huexotzinco consiguieran mantener su
independencia ante el poderoso vecino azteca, a pesar de los casi cincuenta años
de a veces muy duros conflictos bélicos, ha encontrado diferentes respuestas. Los
mismos aztecas declaraban que nunca habían tenido intención de conquistar y que
los combates se habían celebrado de mutuo acuerdo como «guerras floridas»
(xochiyaoyotl), para que los guerreros de ambos bandos pudieran entrenarse y
capturar enemigos para los sacrificios sin tener que hacer largas marchas. Tales
capturas habrían sido necesarias, porque hacia mediados del siglo XV una gran
hambre azotó México central y para remediarlo debían ofrecerse más sacrificios a
los dioses. Si los aztecas hubieran conquistado este territorio, luego les habría
resultado mucho más difícil hacer prisioneros para los sacrificios. El hecho de que
no todos los estados de ambos bandos participaran simultáneamente en la mayoría
de los combates parece apoyar esta versión. Por otra parte, sabemos que en la
época de la llegada de los españoles, los tlaxcaltecas no consideraban que el
aislamiento a que los sometían los aztecas ni las continuas luchas fueran una
guerra institucionalizada, emprendida por motivos religiosos.
La verdad debe buscarse en un punto medio: seguro que las guerras no se hacían
principalmente para satisfacer las exigencias rituales de la religión, sino que también
tenían un componente político imperialista. Ya en el siglo XIV se habían celebrado
«guerras floridas» en otros lugares. En ellas ninguna de las partes implicadas había
conquistado nada y sólo los guerreros del pueblo murieron en el campo de batalla o
en el altar de sacrificios, ya que a todos los nobles prisioneros se les devolvía la
libertad; para ellos se trataba simplemente de una guerra de entrenamiento. Sin
embargo, mas tarde la guerra se «calentó»: los nobles también cayeron sacrificados
y empezaron a buscarse ganancias territoriales.
Las guerras entre los aztecas y los tres pueblos asentados fuera del Anáhuac o
Valle de México debieron de ser similares. Parece plausible que al principio el
territorio no interesara a los aztecas ya que los deseados productos subtropicales no
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atraían como botín. Pero luego Tlaxcallan, Cholollan y Huxotzinco apoyaron a otros
estados amenazados por los aztecas y, con ello, se hicieron impopulares.
Para los jóvenes nobles aztecas y para el pueblo (con el fin de conseguir ascensos)
era esencial un entrenamiento bélico auténtico luchando contra aquellos a los que
se consideraba los mejores guerreros de Huexotzinco y Tlaxcallan.
De este modo se conseguían prisioneros para los sacrificios y al mismo tiempo se
debilitaba a un peligroso enemigo. En vista del constante aumento de la población
de la ciudad de México, a los aztecas empezó a interesarles la posibilidad de
recaudar tributos en forma de alimentos de la región situada al otro lado de la
cadena volcánica. A la larga, estos tres estados poco poblados —que, además,
también guerreaban entre ellos— no habrían podido resistir la permanente guerra
de desgaste a la que se veían sometidos.
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COSMOVISIÓN
épica
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COSMOVISIÓN
trágica
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El hijo
Horacio Quiroga
Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que
puede deparar la estación. La naturaleza plenamente abierta, se siente satisfecha de
sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la
naturaleza.
—Ten cuidado, chiquito —dice a su hijo; abreviando en esa frase todas las
observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.
—Si, papá —responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos
los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.
—Vuelve a la hora de almorzar —observa aún el padre.
—Sí, papá —repite el chico.
Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte.
Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la
alegría de su pequeño.
Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la
precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es
muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por
la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil.
No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la
marcha de su hijo.
Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de
espartillo.
Para cazar en el monte —caza de pelo— se requiere más paciencia de la que su
cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la
linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de
garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores.
Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las
dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá —menos aún— y
regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha
regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16,
cuádruple cierre y pólvora blanca.
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Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su
hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe...
No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida
de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro
de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la
inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.
Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan
fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!
El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza
amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.
De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir
no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago
y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.
Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no
debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha
escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el
chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que
hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.
Horrible caso .. Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo
parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo, y seguro del porvenir.
En ese instante, no muy lejos suena un estampido.
—La Saint-Étienne... —piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de
menos en el monte...
Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en
su tarea.
El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire —piedras,
tierra, árboles—, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un
profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista
alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.
El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte.
Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el
otro —el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años—, no se engañan
jamás. Cuando su hijo responde: "Sí, papá", hará lo que dice. Dijo que volvería
antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir.
Y no ha vuelto.
El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea.
¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un
rato en el suelo mientras se descansa inmóvil..?
El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la
mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una
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bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas,
piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído
rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se
halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.
¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación
de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma
ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno
de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en
aquel corazón.
Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido,
no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al
cruzar un alambrado, una gran desgracia...
La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el
monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.
Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de
caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que
cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su
hijo.
Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría terrible y
consumada: ha muerto su hijo al cruzar un...
¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte!
¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la
escopeta en la mano...
El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, no! Y
vuelve a otro lado, y a otro y a otro...
Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún
no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama par él a gritos, su boca continúa
muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta,
será la confesión de su muerte.
—¡Chiquito! —se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es
capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en
aquella voz.
Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años,
va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.
—¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! —clama en un diminutivo que se alza del fondo
de sus entrañas.
Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo
rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón
sombrío del bosque ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta
descargada al lado, ve a su...
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—¡Chiquito..! ¡Mi hijo!
Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la mas atroz pesadilla
tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve
bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.
A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su
padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.
—Chiquito... —murmura el hombre. Y, exhausto se deja caer sentado en la arena
albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.
La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le
acaricia despacio la cabeza:
—Pobre papá...
En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres..
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.
—¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora..? —murmura aún el primero.
—Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí...
—¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!
—Piapiá... —murmura también el chico.
Después de un largo silencio:
—Y las garzas, ¿las mataste? —pregunta el padre.
—No.
Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta
por el abra de espartillo, el hombre devuelve a casa con su hijo, sobre cuyos
hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa
empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.
Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo.
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un
poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado
yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.
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