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El relato narra la experiencia de tres jóvenes que, tras una noche de diversión en Granada, descubren un sofá abandonado en la calle y deciden llevárselo a su piso. A pesar de las dificultades para transportarlo y la incertidumbre sobre su procedencia, logran introducirlo en su hogar, donde comienza una extraña relación con el mueble. La historia refleja la juventud, la camaradería y la búsqueda de momentos únicos en la vida urbana.

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El relato narra la experiencia de tres jóvenes que, tras una noche de diversión en Granada, descubren un sofá abandonado en la calle y deciden llevárselo a su piso. A pesar de las dificultades para transportarlo y la incertidumbre sobre su procedencia, logran introducirlo en su hogar, donde comienza una extraña relación con el mueble. La historia refleja la juventud, la camaradería y la búsqueda de momentos únicos en la vida urbana.

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2.

- EL SOFA ABDUCTOR
El atractivo de la soledad compartida, la magia de lo que no
se comprende, la verdad y el embeleso que procuran los
momentos tranquilos siempre se recuerdan
profundamente.

En las estáticas madrugadas de Granada, mi compañero de piso Domin, su


novia “M” y yo, frecuentemente, nos perdíamos por las calles envueltas
en un silencio casi místico, disfrutando de sus actividades nocturnas como
telón de fondo en compañía de lo que hay un paso más allá.
Mi amigo Domin, estudiante de económicas, “M” y yo “rulábamos” a
menudo de madrugada por las calles reservadas a los noctámbulos,
agobiados por incontables horas de estudio, nos escapábamos de nuestro
amplio y semiocupado piso buscando un respiro en el abrazo fresco de la
noche.
Justo aquella noche salimos a estirar las piernas y disfrutar de las calles
desiertas, que a esas intempestivas horas comenzaban a oler a ozono.
Lloviznaba ligeramente, cayendo una rala cortinilla de la aguachirle que
cae en esta ciudad cuando llueve.
La tenue garúa comenzó a revelar su delicado velo sobre la ciudad, cada
gota un susurro en la tranquila noche granadina. Entre bromas
andábamos por las calles solitarias, a veces haciendo ruido como si
estuviésemos en el campo. Nuestros pasos resonaban por tanto silencio y
con risas estridentes y gritos incansables semejantes a los de jóvenes
chimpancés, rompíamos feroces el sueño de los durmientes.
Pero no importaba mucho, estábamos siempre alegres de vivir en una
especie de paraíso urbano y efímero, en el que se vive a esas edades. Una
especie de edén casi eterno, inventando lo que nos “diese la real gana”
con los “broders”.
Caminábamos acaparando la acera, nadie interrumpía el paso. Pero
nuestra cháchara gritona, en cierto momento, comenzó a disminuir al
divisar en la distancia un enigmático bulto de tonos oscuros y bronceados,
su silueta sugería la piel de algún animal grande.
La calle yacía en todo momento desierta, sin coches ni transeúntes que
rompieran su sopor. Impulsados por una curiosidad creciente, nos
acercamos al objeto, riéndonos mucho porque su caprichosa forma nos
hacía imaginar un cocodrilo que estuviese al acecho.
Solo al estar a escasos pasos, la verdadera naturaleza del bulto se reveló,
por encontrarse debajo de unas farolas de sodio de color anaranjado, ante
nuestros ojos lo que nos aguardaba en la soledad de la avenida. Nos
fuimos acercando con curiosidad a la silueta. (no se entiende)
En cierto momento, por la perspectiva de cómo estaba situado podría
sugerir mejor la visión de un cocodrilo o de un hipopótamo que nos
esperaba atento a que pasáramos a su lado. Solo pudimos averiguar lo
que era de verdad cuando estuvimos a pocos pasos de esa mole. Entonces
quedó evidente. (redundas con el párrafo anterior) / unificar y aclarar
El bulto de un color tostado oscuro parecía un henchido saco atravesando
la acera, semejaba haber sido hecho de cuero vivo. Nuestra curiosidad por
fin quedó satisfecha, se trataba de un sofá imponente. Lo miramos bien,
se veía enorme.
El color de su tapicería de cuero parecía haberlo pasado por un horno
crematorio. Su perfecto acolchamiento sobre el relleno le daba un aspecto
distinguido de diplomático vitoriano inglés.
Lo sobamos y palpamos, pero lo que más destacaba era que cuando te
sentabas creyendo que sería duro, te dabas cuenta de que era muy
mullido, semejante a sentarse o tenderse en una nube prieta de algodón.
Te hundías un poco pero no demasiado, parecía que te engullera una
multitud de malvaviscos y te quedaras allí protegido o prendido de su
textura esponjosa, casi cárnica.
Nos detuvimos a examinarlo, admirando su presencia inesperada en la
calle. Lo miramos y remiramos, maravillados; cuidadosamente, lo
inspeccionamos, nos movimos a su alrededor, comentando sobre su
estado y valor potencial.
— Lo habrán dejado para que se lo lleven los del servicio de recogida de
muebles usados del municipio. Pero lo raro es que esté tan nuevo—
— ¿A estas horas van a venir a recogerlo “bro”? —
— Es posible que lo hayan dejado olvidado en una mudanza joder—
— ¿Estás de broma, te has fijado en su calidad? —“M” se puso seria —Es
de lujo, vale muchísimo dinero—
— No entiendo cómo es que lo arrojaron a la acera—
— A lo mejor es que lo han descargado junto con otras cosas y mientras
las suben lo han dejado aquí y ahora bajarán a por él.
— Pero es que son las dos de la madrugada—
Miramos las ventanas y balcones de los pisos circundantes, por si se
apreciaba algún signo de actividad, pero todas las ventanas permanecían
cerradas y oscuras.
— Mira no sé qué pensarás tú, pero si lo han abandonado nos lo
llevamos.
— Está nuevo, impecable, de auténtico lujo, digno de la sala de estar de
un político.
— Superior, nos hacen falta muebles, el “capullo” del “okupa” que nos
subarrienda el piso nos ha dejado una mierda de muebles. ¿Te acuerdas
que dijimos de ir a un rastrillo a comprar de baratillo? Piensa lo que nos
vamos a ahorrar con esto— Adujo “M” con tono convincente.
Lo de la ocupación es para poder estudiar en esta ciudad. (mejorar
cambiando de lugar o quitar)
— ¡Pues claro! Si no, no podríamos estudiar tu derecho y yo economía—
Dijo el economista.
— Vamos a esperar por si viene alguien, no me gustaría quitárselo a su
legítimo dueño—
— Fíjate en los pisos que hay en este barrio; aquí vive gente de dinero. A
lo mejor se han cansado de él o el color no vaya con el de los otros
muebles y lo hayan tirado a la basura.
— O alguien se haya muerto en él— dijo “M” con gesto de puro miedo.
—No tiene ni una sola mancha— Estuve olisqueando su superficie y no
huele a nada raro.
—No, no me siento bien, da “yuyu” una cosa como esta— Aseguro penosa
“M”
Esperamos un rato mientras mirábamos los balcones, nadie se asomó ni
salió de alguno de esos edificios. Todo estaba más quieto y más tranquilo
de lo normal. Al cuarto de hora nos estaban entrando los tembleques del
frío.
—La verdad es que no me importaba de quien fuera quería llevarlo
conmigo—
Domin, entre gimoteos, lanzó una mirada cómplice — ¿Veis? Tenía razón,
ha sido abandonado. ¿Soy el único que ya no siente los pies? —
— ¿Quién echaría esto a la basura?... En fin, vamos ya con él que mi novia
se ponga aguantando en el centro y nosotros en los extremos afirmó mi
amigo, yo que estoy más fuerte y gordo atrás—(hacerlo comprensible)
— Imagínate la sorpresa de las niñas de clase que vamos a invitar. Y nos
vendrá de escándalo en las veladas literarias que estamos organizando
ahora con cajas de plástico de cervezas que servían de asientos. A partir
de quedárnoslo triunfaremos—
—¿Pero has pillado lo grande que es? Jamás vi uno igual. Aquí caben por
lo menos cinco personas sentadas, o dos acostadas, es más grande que
una cama—
— Así tendremos un lugar donde puedan quedarse a dormir invitados e
invitadas— Dije burlándome.
— Eso sí que es genial. Con lo grande que es el salón que tenemos, creo
que podrá entrar en la pared de enfrente de la estantería, y si
compráramos una televisión podríamos verla sentados tan ricamente—
— ¡Ay bribón! Te digo que gracias a él se van a ver grandes cosas, grandes
cosas.
— No hablemos más, vamos a intentar levanta el “muerto” entre los tres
— Disculpa por la alusión a los muertos— Dije mirando a “M” mientras
reía, sabía que el temita la ponía de los nervios.
Ante el desafío inesperado, intercambiamos miradas de determinación,
preparándonos para el esfuerzo. La verdad es que su peso nos sorprendió,
desafiando nuestras expectativas, pesaba “cantidad”. Otros menos fuertes
no habrían podido ni levantarlo.
—¡Esto sí que pesa! Madre mía menudo monstruo nos estamos llevando
— Declaró “M” sin resuello—
— Pesa más que una clase con el “profe” de estadística en la clase de las
tres— Declaró “M”
Todos reímos al ver cada uno en su mente la imagen. Uf, vaya panorama.
Nada nos impediría hacer lo que nos propusiésemos, siendo rabiosamente
jóvenes, pobres y testarudos.
— Si pesa tanto es porque debe estar hecho con unas maderas y unos
tejidos gruesos, de mucha calidad—
A duras penas conseguíamos transportarlo unos pocos metros, cuando
teníamos que detenernos y descansar un rato, después con cierta prisa
por la hora, el frío que hacía y aquella simplona llovizna que nos caía
encima, otra vez retomamos el camino.
Teníamos que llegar cuanto antes a casa. Fue gracioso vernos acelerar la
marcha, sentándonos a descansaren él hechos polvo entre parada y
parada. De repente los coches y algunos peatones comenzaron a surgir
como si hubieran abierto una puerta que hasta ahora permanecía cerrada.
Sí que nos hacía gracia sentarnos allí en mitad de la acera mirando hacia la
calzada. Un taxi con el piloto en verde pasó delante de nosotros,
perfectamente coordinados cruzamos las piernas del modo que vimos en
un anuncio de pizzas. Parecería que estuviésemos en la salita de estar
viendo el televisor, todo muy serio. Nos partimos de risa observando
cómo el taxista nos miraba con la boca abierta ¿Qué pensaría ese hombre
de lo que había visto?
Durante el trayecto, otra de las bromas consistía en ir tarareando
solemnemente música de las procesiones de Semana Santa, nos
imaginábamos siendo costaleros del venerable paso de san sofá, nos
sentíamos unos iconoclastas, unos intelectuales plenos.
Después de algunas tentativas de desplomes, tres kilómetros y muchas
risas, logramos llegar a la puerta de nuestro piso con el canapé en la
espalda, agotados pero triunfantes. El dilema que se planteaba ¿Cómo
colar ese mastodonte en nuestro pelado apartamento? Los pasillos eran
estrechos, las escaleras empinadas, y la puerta de entrada no parecía lo
suficientemente ancha.
— ¡Vaya problema nos hemos buscado! —exclamó Domin sudoroso
mientras todos mirábamos el bulto y luego la puerta.
— Creo que no va a entrar —Agregué desanimado.
“M” que hasta ahora estaba emocionada con la idea de tener un asiento
tan sofisticado, estaba considerando que esta misión hubiera sido en
vano.
—Tanto trabajo y nada—dijo, pero iluminándosele la cara “M” decretó —
Espera, antes de rendirnos, intentemos todas las formas posibles—
Y así lo hicimos. Intentamos inclinarlo, girarlo, darle vueltas, pero el
mueble se negaba a ceder. Estaba decidido a quedarse afuera del portal.
— ¿Y si desmontamos la puerta? —sugirió mi amigo.
—¿Sin herramientas? Y no estamos seguros de poder volver a montarla
correctamente —respondí un poco indignado.
Estábamos atrapados en un dilema, agotados y sin saber cómo solucionar
nuestro problema. Mientras tanto, la lluvia intermitente seguía cayendo.
— Chicos, tenemos que tomar una decisión —dije, tratando de mantener
el sosiego— Podemos dejar el monstruo aquí y ver si alguien lo recoge, o
podemos seguir intentando encontrar una manera de llevarlo adentro.
“M” parecía inclinada a dejarlo por imposible, pero los demás no
estábamos dispuestos a renunciar después de todo el esfuerzo que
invertimos en llevarlo hasta la casa.
Finalmente, decidimos probar una vez más. Y en esta ocasión una
maniobra con fuerza y estrategia, nada que no hubiéramos hecho antes
pero ahora logramos girar el bulto de un modo pasmoso y al final pasó con
facilidad por la puerta. Fue un momento de alivio y celebración cuando,
finalmente, lo conseguimos. El mueble estaba dentro de nuestro piso, y la
lluvia ahora se había detenido.
— ¡Lo logramos! —exclamé, exhausto pero feliz.
— El diván nos ha lanzado una provocación para saber si merecíamos
tenerlo o no—comentó “M”, sonriendo.
Así comenzó nuestra extraña relación con el mueble. No sabíamos quién
lo dejó en la calle, ni por qué, pero ahora era nuestro, y estábamos
decididos a disfrutarlo al máximo.
— Cuando caiga en la cama me va a parecer imposible—
— Me parece que mañana a la clase de estadística va a ir su abuela—
Aseguró “M” con un gesto de desdén —
— Pues espera todavía ¿Crees que el trasto va a caber en el ascensor? —
— ¡Maldita sea! No había pensado en eso—
— Pues lo dejamos en la puerta de la calle y mañana llamamos al
“melenas” y al “morros” que están “cuadrados” y nos ayuden a subirlo—
— ¡Claro! Y que mientras tanto pase alguien y se lo lleve ¡Ni hablar! Con el
esfuerzo que nos ha costado o esta noche duerme en casa o me la corto
con las tijeras ¡Te lo juro! — Aseguré poniendo cara de decirlo en serio.
— Tienes suerte de que sea un segundo piso y que el hueco de las
escaleras sea tan ancho. Por ahora no te la tendrás que cortar—
— Venga sigue, cuanto antes empecemos antes acabaremos—
Entre los jadeos y resoplidos del esfuerzo que realizábamos centímetro a
centímetro, bromeábamos y reíamos continuamente, así nos cansábamos
menos.
— ¿Te has fijado en que patas tan bien torneadas tiene? Mejores que las
de Estefanía Miralles— Estallamos en risas porque la conocíamos.
Pero el mueble se portó bien y la cercanía al piso nos hizo que pareciera
que pesaba bastante menos y que fuera menos grande que antes.
Efectivamente, esa noche durmió en casa, pero no la bella Estefanía sino
el sofá. Lo instalamos en el lugar que pensamos junto a la pared, lo
soltamos allí y con un fenomenal dolor de riñones nos echamos a dormir,
di muchas vueltas en la cama, estaba inquieto.
Antes que amaneciera me levanté a tomarme una aspirina con un vaso de
agua, pensé que con la que nos cayó en el camino me había resfriado. Con
la helada en nuestro cuerpo no acababa de calentarme y el ímprobo
esfuerzo estaba moqueando un poco. Reconozco que soy un caso típico
de hipocondría.
Al pasar de vuelta por la sala, miré hacia nuestra nueva adquisición; a la
luz que comenzaba a entrar por la cristalera desde el balcón vi como del
mueble recientemente “adquirido” surgía una especie de vaho, un humo,
una leve niebla. Al no saber si estaba soñando o no, me volví velozmente a
la cama.
Con la paliza que nos dimos esta noche ¿Quién quería solventar misterios?
No ganaba nada al desvelarme así que mañana sería otro día.
Durante nuestro desayuno-almuerzo en la amplia cocina, le compartí a
Domin y "M" mi experiencia. Esta cocina, equipada apenas con una mesa,
tres sillas y acompañada solo por dos camas en el piso, la mía y la de la
pareja, reflejaba la simplicidad de nuestro mobiliario. Los únicos muebles
que nuestro casero okupa “generosamente” dejó.
— Si ya sé a qué debe ese fenómeno—Aseveró con suficiencia el
economista que le gustaba mucho la física.
— ¿Puedes iluminarme con tu sapiencia? Oh gran lumbrera de la ciencia—
— Es muy fácil “pringao”, con la llovizna la tapicería quedo empapada. Al
subirlo a la sala que se encontraba más caliente la humedad comenzó a
evaporarse y ese es el vapor que tanto te impresionó.
— ¡Hombre! Tanto como que me impresionó...—
— Por no decir que te acobardó—
— ¿Cómo un vaho va a “impresionarme”? —
— Dímelo tú—Dijo riéndose de mí, imitando con habilidad el ruido de una
gallina—
--- Estas que te sales cariño— Soltó ”M” mientras se comía ruidosamente
un tazón de cornflakes con leche de soja.
La explicación de Domin tenía sentido, mucho sentido, pero no lograba
sacar de mi mente la ridícula alucinación que experimenté en esos
momentos, de que algo “chungo” en ese vaho surgía del mueble. Pero a
pesar de su teoría lógica, yo no estaba del todo convencido.
Esa noche al llegar cada uno de la “facu”, cuando volvimos a sentarnos en
el asiento y ver una película, no pudimos evitar comentar lo cómodo que
era. Mientras disfrutábamos de la película y de las palomitas que “M”
hacía estupendamente en el microondas, notamos que la atmósfera en la
sala variaba ligera o fuertemente. Quizá tuviera la capacidad de crear un
ambiente acogedor y relajante. ¿quien o que?
— ¿No te parece extraño que desde que lo tenemos nos sintamos tan
relajados y contentos? —Pregunté a mis amigos.
— Será psicológico— me respondió “M”—. Estamos pasando por un
momento estresante con los estudios y todo, y tal vez nos hace sentir
mejor y más satisfechos. Por lo menos eso es lo que establece la
psicología.
La pareja asintió, pero yo seguía pensando que lo que ocurría “ni de coña”
lo entendíamos. Tenía una extraña sensación de sospecha y asechanza
que flotaba alrededor de aquel sofá.
Con el tiempo, el asiento se convirtió en nuestro lugar favorito de
relajación, estudiar y pasar el tiempo juntos, se convirtió en una especie
de confidente. Las veladas literarias se volvieron frecuentes y animadas, y
todos los amigos empezaron a comentar sobre cómo el mueble podría
crear un efecto mágico o diabólico.
Bromeábamos al respecto, pero en el fondo, no podíamos evitar
preguntarnos si nos enviaba alguna señal indescifrable.
La influencia del asiento se hizo evidente en nuestras vidas académicas.
Nuestras notas mejoraron, eran la caña, teníamos una claridad mental que
antes no conseguíamos. Quizá podría deberse que al estar más tiempo
callados y echados en el canapé estudiábamos mejor.
En este punto empezamos a preguntarnos si el tresillo tenía alguna
propiedad especial, que nos estaba beneficiando de alguna manera por
alguna razón que le incumbiera.
Una noche, mientras estábamos sentados en él y discutíamos de filosofía y
metafísica, surgió la pregunta de si el diván tenía algún tipo de conexión
con lo sobrenatural o si todo se debía a nuestra propia imaginación.
La discusión se volvió acalorada, con “M” defendiendo la idea del aspecto
psicológico, pero yo estaba convencido de que si existía un factor
diferente en el juego.
El misterio del "Sofá Abductor” (aquí adelantas el nombre) persistía, y
mientras continuábamos disfrutando de su comodidad y su influencia
positiva en nuestras vidas, no podíamos evitar cuestionarnos acerca de la
verdad detrás de ese mueble inusual.
Un “no sequé” voluptuoso te abrazaba en su tierna acogida. En parte, es
volver al ingrávido vientre de tu madre. Mejor todavía, es como quedarse
dormido entre los senos de tu novia tetuda. Te sientes en la puñetera
gloria. Así pasamos bastante tiempo bajo el influjo de una “luna de miel”
con el mueble.
Unos días después ocurrió un evento inesperado que se tradujo en un
cambio de actitud. Se trataba de ciertos incidentes nocturnos que nos
hicieron no resistir más y una mañana temprano, con no mucho esfuerzo
sacamos el diván por las escaleras a la calle, antes de que la gente saliese
al trabajo, no hubo problemas.
Con unos palos de fregona comenzamos a pegarle golpes por todas
partes, Con cuidando de no hacerle “daño”. Tras unos diez minutos de
“apalizarlo” nos pareció ver una bola blanca, una especie de pelusa
grande, salió disparada de su interior y se perdió entre los desagües.
— Debía tener un ratón—dijo “M”
— Por eso lo abandonaron, ya está claro el enigma, eran los ruidos del
roedor— Afirmó el escéptico.
Con el problema resuelto, regresaron las interesantes veladas poéticas y
literarias organizadas con los colegas de siempre que reían cuando les
contábamos algunas historias, pero en cuanto ellos mismos se sentaban
en el canapé no podían dejar de comentar
— ¡Ay! Que a gustito se está---dijo “A”.
— ¡Cómo mola! —remachó el poeta enfáticamente.
— La gente se pelea por sentarse aquí chicos, pero una vez apalancados ya
nadie se quiere levantar, ni para encender el equipo de música, ni poner
un aperitivo o ir a por un libro, ni siquiera a mear, se limitan a sentarse allí
con la vista perdida y sin decir nada— dije para que todos escucharan.
— Esto es sentarse en la barriga de un gigante— declaró el poeta.
— En la barriga de una gigante—corrigió el economista con mirada de
“salido”.
— ¿Sabes lo que de verdad es? Preguntó el poeta
— No, dime—
— Este es un sofá abductor. Clamó al techo el poeta.
— ¡¡¡Sí, sí, es un sofá abductor!!!— Aplaudimos todos.
Nos reímos por la ocurrencia, aunque nunca nadie citó algún filósofo que
considerara que esta abducción tuviese que ver con una metáfora de la
materia, de la pereza de salir del estado de estupor o el cansancio
acumulado que teníamos en “el body” de tanto estudiar.
En una ocasión nos preocupamos “M” (si estaba sentada no podía estar
preocupada a la vez) y yo porque llevábamos mucho tiempo en la cocina
sin oír a Domin moverse o hablar en algún lugar de la casa. Un rato
después a grandes voces lo escuchamos dirigiéndose a “M” la indulgente y
temerosa novia de la que el pobre estaba muy “pillado”.
— ¡Maldita sea!... ¡Niña! ¡Que no me puedo mover de aquí! Levántame,
anda dame un tironcito, que de verdad no me responden las piernas.
“M” estuvo todo el tiempo sentado al lado de su pareja y le respondió
—¿Cómo voy a ayudarte si yo tampoco puedo moverme? ¡Peso por lo
menos el triple! —
—Cariño voy a probar a caerme lentamente— El muchacho, que tenía un
poco de sobrepeso, fue escurriéndose del asiento hasta que por su propia
pesadez dio con el culo en el suelo. A partir de que pudo apoyarse en sus
posaderas y sentarse, desde ese momento no le costó ningún esfuerzo
levantarse y caminar.
— Mira, mira, ahora que estoy en el suelo ya no me cuesta ningún trabajo
moverme. Voy a ir a la cocina a por una “birra”—Contoneándose al modo
de un pavo real delante nuestra que estábamos los dos sentados en él
mirándolo inermes, como dos moscas pegadas en la miel (cuando se
sentaron) Trajo una lata desde el “frigo” y comenzó a bebérsela haciendo
ruidos de deglución con regodeo, intentando como siempre darme
envidia, el muy mamón—
— ¿Ves que fácil? No lo comprendes todavía… Esto es obra del de
siempre. Si tú quieres otra “birrita” tan chula como esta tendrás que hacer
lo mismo—dijo con una ironía como para partirle la cara.
—Tu acabas de salir por los pelos y nosotros no hemos podido todavía
levantarnos hombre—
— A ver si voy a tener que creer en esas tonterías del sofá abductor—Dijo
Domin riendo con rostro severo —
Hay que aclarar que cuando le llamábamos abductor no pensábamos,
precisamente, en secuestros extraterrestres o ultraterrestres, sino en otra
cosa un poco siniestra, una fuerza densísima, que nos amodorraba,
enganchaba, paralizaba y mantenía sujetos al asiento, a la manera de unos
trocitos de hierro atraídos por un poderoso imán. Parecía que el objeto
amplificaba la gravedad dentro de su entorno inmediato.
Después del estudio estando los tres sentados donde siempre dije en voz
alta:
— Deberíamos salir a darnos una vuelta por el parque, antes lo hacíamos
cada día.
— Si, si yo pudiera moverme de aquí... prometió “M”—Estamos
“aplatanaos”—
— Joder, pero es que aquí se está siempre tan de la “hostia” —Blasfemó
sin intención el economista a pesar de que pertenecía a Comunidades
Cristianas e iba a misa de 12 los domingos.
— ¡Ya lo habría mandado a la puta calle si no fuera así! —Respondí a
voces.
— ¡Eh ni se te ocurra! Que también es mío— Río el demandante.
— Bueno no te acalores ¿Vale? Somos colegas desde que estábamos en
primero. Compartimos de aquella manera un piso tan grande porque no
podemos pagar uno solo y hemos “jorobado” aquí con nuestras novias. A
ver si nos vamos a quebrar la cara por un puto mueble. ¡No te jode! —Dije
con hosca broma que eran las que gastábamos.
— Perezco cosido a su cuero y tú, y cualquiera que como un intruso se
pase sentado aquí suficiente tiempo. Eso sí parece que tiene buena boca y
no rechaza a nadie. ¿Quién sabe qué somos para él? ¿Tal vez seamos un
adorno o una parte más del diván? Comenté con resignación.
—Lo que es verdad es que cada vez tengo menos fuerza para hacer nada
fuera del asiento, estudiamos, comemos y otras cosas casi todo el tiempo
aquí. No vamos a clase, no estudiamos salvo leyendo sobre su extensión, y
aun así aprobamos con notables en casi todas las asignaturas.
--- Simplemente, nos sentamos aquí y pasa el tiempo… pasa el tiempo—
Observó “M” ausente.
Y luego estaba el asunto de los sueños, vamos, quién se durmiese en el
mueble tenía sueños, muy vívidos, plenos de colorido y sobresaltos, no
eran pesadillas, pero tampoco soñabas cosas maravillosas, sino que se
despertaba en la intranquilidad.
En general, eran ensoñaciones desagradables, pesadas, que normalmente
trataban del propio sofá. Al despertarte lo hacías más cansado que al
acostarte y con un sordo dolor de cabeza que tardaba algún tiempo en
aliviarse. Menos si nos quedábamos estudiando tumbados en el asiento,
entonces todo cambiaba.
El resto del tiempo quedabas con una cierta perturbación similar a los
efectos de una resaca de vino peleón: por norma sólo bebíamos cerveza.
Pronto se convirtió en el centro de nuestra vida estudiantil, ofreciéndonos
un refugio de comodidad, pero también suscitando una serie de
fenómenos inquietantes. Desde sueños compartidos y vívidos hasta una
inmovilidad sin explicación al intentar levantarnos, el puñetero mueble
parecía tener una influencia que antes denominaban mágica.
Una cosa chocante, si se quedaban dos durmiendo entre sus cojines, que
ocurría en algunas ocasiones, los sueños que se tenían parecían
compartidos. Esto les sucedió a “M” y Domin cuando hacían sus cositas
sobre los almohadones y después se quedaban dormidos, la verdad es que
no conocí una pareja más unida que ellos. Daba la impresión de que
tuviesen las mismas borrosas historias y participaran de sombrías
agitaciones, de las que era muy fatigoso salir o despertar.
Los ruidos extraños que emanaban de su interior, a mí se me ocurrió que
semejaban el ruido de una “digestión” de algo que hubiese “comido”, y la
sensación de ser absorbidos por el asiento nos llevaron a cuestionarnos su
origen y la verdadera naturaleza de su poder.
Una vez ocurrió un caso que activó todas las alarmas, después del final de
una velada poética los cinco restantes que quedamos sentados, el poeta,
la pintora y los tres compañeros.
Nos quedamos bebiendo “birras” y comentando anécdotas sobre el
mismo tema, últimamente, lo hacíamos con demasiada frecuencia. Ya ni
hablábamos de arte ni de poesía, ni siquiera de filosofía presocrática.
— Dada mi genialidad en la improvisación—declaró con énfasis el poeta
en un arranque de fiereza opositora— acabo de componer un poema
basándome en vuestras experiencias con este monstruo enorme—Dijo
con un molesto deje de burla en su voz mientras le pegaba un largo trago
a la lata de cerveza.
— Se titula “el sofá abductor”. Recordad que yo le puse el nombre y su
función por lo que tengo el “copyright”. Comienzo:
— Ese sitial que nos está atrayendo sigiloso con su comodidad, nos
encandila, nos confunde, nos duerme, nos hipnotiza...
Por alguna razón, mi amigo Domin se estaba comportando un poco raro,
estaba poniendo una cara de enfadado que nunca le había visto ni cuando
se mosqueaba de verdad conmigo y eso se sucedía a menudo.
— Corta el rollo tío— Dijo acongojado con un grito extemporáneo Domin.
— El sofá nos absorbe, absorbe, absorbe... --- Ya nos hemos quedado
disueltos… —Continuaba el poeta con voz de poeta.
— Como no te calles poeta de mierda te voy a “hostiar”.
La pintora que esa noche portaba una llamativa gorra escarlata con visera
negra, se reía conmigo por efecto de la tensión, arrancábamos los dos una
retahíla de gorjeos de pájaros enjaulados. El poeta volvió al ataque
mirando ya con ojos beodos pero lúcidos directamente al regordete.
— El monstruo te subyuga, te consume, te sorbe la vida, aunque no
quieras...
— ¡Creo que ya está bien de coña! — Domin saltó como un tigre— La
reunión se ha acabado. Andad e iros ya a vuestra casa por no decir otra
cosa más fuerte.
Éramos compañeros y amigos de muchas veladas, pero la cosa estaba
tirante con nuestros convidados.
Sin embargo, los artistas no suelen tomar en cuenta los desaires que sus
aceradas críticas provocan, si son con los que comparten con ellos sus
dipsomanías: así que lograron despedirse con hoscas bromas. Pero esta
vez ocultaban un tremendo desasosiego.
Cuando nos quedamos solos sentados los tres comentamos lo sucedido.
— ¿Me he pasado? —
— Te has pasado— Confirmó “M” haciendo un gesto de reproche con los
labios.
— Si, seguramente, me he cabreado con el puto poeta de los huevos.
— No deberías haberte puesto así, parecías fuera de tus casillas— Dijo
muy digna “M” con su acento murciano.
— Ya has visto la “chapa” que estaba dando se notaba que estaba
obsesionado y quería “acojonarnos”. La verdad es que me estaba
sobrecogiendo tío, restregándome mis temores por las narices.
— ¿Sobrecogiendo? Será acobardando—Dije vengándome de palabras
parecidas que me dijo él en otra ocasión. Ese era el verdadero sentido de
la mayoría de nuestras “bromas” restregar la verdad sin responsabilizarse.
Esa noche, mientras nos sentábamos en el mueble, la tirantez que surgió
después de la discusión con los artistas aún flotaba en el aire. Nos
mirábamos con inquietud, conscientes de que estaba ocurriendo lo que no
podíamos o no queríamos explicar.
A pesar de su aparente servicio ya no nos resultaba tan acogedor. Cada
uno estaba atrapado en sus pensamientos, sumidos en una especie de
ensimismamiento que no sabíamos cómo romper. Con cada minuto que
transcurría nos sentíamos más y más pesados.
— ¿Has notado alguna cosa anormal? —Me preguntó “M” con voz
temblorosa.
Asentí, con una cabeza, que parecía pesar un quintal, incapaz de articular
palabras. Los ruidos que escuchamos la noche anterior volvieron, esta vez
fuertes y persistentes. Golpes y chirridos que emanaban del interior del
asiento.
Visiblemente nervioso, se levantó de donde estaba ¿Quién se levantó? y
se dirigió hacia la ventana. Miró hacia la calle desierta y luego regresó, con
la mirada perdida.
— No podemos quedarnos aquí, “bros”. Algo no está bien con este
mueble, que no podemos entender, lo digo en serio, más serio que nunca
—dijo Domin con urgencia.
—No soy supersticioso, ya lo sabes, me río de todo y de todos, no creo en
nada salvo lo que veo, pero... ¿Y si el poeta tuviera razón? No hay que
desdeñar la inspiración de las musas… y que en efecto sea un sofá
abductor— Dije medio convencido.
— Me pones los pelos de punta. ¿Pero cómo está pasando esto que se
supone que está ocurriendo? Protestó “M”.
— Mira tío, ya que estamos en eso vamos a “alucinar pepinillos de
colores” pero de verdad. Puede que alguien aquí en este “lo que sea” lo
haya pasado mal o fuera de madre, que alguien estuviera, por ejemplo,
follando y se murió sin darse cuenta, quedándose en parte atrapado en el
mueble.
O que se haya apropiado de él una cierta forma de vida o lo que sea, no sé
cómo explicarlo, pero aquí hay un tema raro seguro.
— Recuerda que lo dejaron tirado en mitad de la calle— Se estremeció
“M”.
— Me está empezando a dar un mal rollo tío... que ya, ya—
— Y todavía se oyen ruidos, lo que producía escándalos en el interior no
era un ratón. Los oigo todas las noches desde mi cama, me tapo la cabeza
con la manta y así no oírlos. Pero a veces son tan fuertes que me sacude el
miedo, no me muevo para que no te despiertes — confesó “M” a su
pareja.
En ese instante “por casualidad” se escucharon claramente unos “clic
clock” tan fuertes como estampidos. Se estuvieron repitiendo bastantes
veces, no aparentaba entonces de proceder de los muelles. Surgían
directamente del asiento, nos miramos alarmados, espantados, nuestras
caras ahora sí eran todo un “poema”.
Finalmente, decidimos liberarnos de su influencia, arrastrándolo fuera de
nuestro hogar en una madrugada frenética, dejándolo abandonado en la
calle. Este acto, lejos de proporcionarnos alivio, nos dejó con un sinfín de
interrogantes y una percepción de vacío. La experiencia con el "sofá
abductor" se convirtió en una leyenda personal, un recordatorio constante
de la delgada línea entre la realidad y la ficción, y de los misterios que aún
nos rodean.
Esa misma madrugada sin más discusiones lo agarramos entre los tres, lo
bajamos por las escaleras machacándonos los dedos al manejarlo. Con las
estrechas paredes que había en el hueco de las escaleras nos restregamos
las manos hasta despellejarlas y hacerlas sangrar. El canapé maldito ahora
pesaba más que nunca e imprimía su propio vaivén lateral por lo que hacía
muy difícil maniobrarlo.
Al fin, entre repetidas imprecaciones conseguimos tenerlo en la calle.
Anduvimos una manzana cargando con él, parecía pesar mucho más que
la primera vez, intentamos no detenernos más que lo justo respirando y
descansando los músculos sin bromas. El miedo nos daba fuerzas. Por
ahora no se oían ruidos adentro del mueble.
En muchos momentos los tres lo llevamos hasta arrastrándolo por el
pavimento, nadie ni nada nos hubiese podido detener. Al azar llegamos
hasta un lugar solitario por el que ni pasaban vehículos ni personas, igual
que ocurrió en la noche de marras, aunque hoy no llovía.
Con un esfuerzo conjunto, logramos arrastrar el pesado mueble. Lo
abandonamos en medio de la acera, estábamos decididos a deshacernos
de él, a liberarnos de su influencia opresiva no podíamos destruirlo a
golpes todavía lo queríamos demasiado; pero salimos galopando de ese
sitio a toda prisa. Que no se viera lo que estábamos haciendo.
Nuestras piernas se apartaban solas de él, mucho más ligeras y ágiles
conforme nos alejábamos. Nos dimos la vuelta con nostalgia, lo vimos
inerme en la pura acera, tirado, un escalofrío agudo recorrió nuestra
espalda.
Agotados, heridos y a pesar de la conexión que sentíamos con él, la
urgencia por alejarnos era angustiosa. De improviso advertimos con
horror que, al dejarlo en el suelo, los ruidos se intensificaron, a modo de
que algo estuviera tratando de salir de su interior. Como si una sombra
luchara por escapar. “M” siempre modosita exclamó al contemplarlo.
— ¡Maldita sea, qué demonios es esto! —La muchacha gritó mirando con
espanto al mueble desatendido allá en la calle. Crujiendo solo ¿Qué
estaría haciendo?
El mueble semejaba hallarse vivo, tal vez con una presencia en su interior
que estuviese mascando algo o se resistiese a liberarse ¿Que podríamos
saber?
Sin pensarlo dos veces, salimos corriendo de aquel lugar, dejando el bulto
abandonado por última vez en medio de la acera. Nuestras piernas se
movían con rapidez, huyendo. A medida que nos alejábamos, la opresión y
malestar disminuyó. Sí, finalmente, nos habíamos liberado de la influencia
de esa monstruosidad. Cuando lo perdimos de vista, reímos
nerviosamente por no llorar.
Lamentamos, considerablemente, no haber tenido tiempo de colocar
algún cartel avisando de lo que pensábamos que era ese mueble y se
quedó allí plantado de un modo muy parecido a como lo encontramos
nosotros ¿Pero que “pringao” podría creer que aquello era un mueble que
abdujera gente?
En los días que siguieron, nunca volvimos a hablar del tema. Evitamos
pasar por la calle donde lo dejamos, por si acaso. La sensación de que lo
sobrehumano habitaba en su interior era demasiado perturbadora para
enfrentarla mediante palabras comunes.
Ahora puedo escribir sobre esto ya que han pasado algunos unos años.
“M” que se casó con Domin al finalizar sus estudios. A partir de ese tiempo
de incertidumbre que pasamos ella se hizo insomne y asustadiza. El
esposo se volvió un poco huraño y suspicaz. Yo me casé también y
conservo un trabajo de muchas horas en un despacho muy prestigioso de
abogados.
Después de terminadas las tres carreras de los “abducidos”, las pocas
veces que nos vemos evitamos hablar de la cuestión maldita. Pero en
nuestra mirada todavía hay un poco de recelo.
El susto se había quedado empotrado en nuestros cuerpos. Yo creo que
por no saber de dónde vino el mueble y que era, esa falta de razón por
poco nos vuelve locos. No tuvimos respuestas.
Yo a veces pienso mucho en él, porque considero que era muy especial,
muy mío. Quizá tenía que enseñarnos sobre los misterios.
Reflexiono en ello, quizá un día escriba un cuento conmigo como
personaje en “shock” o cualquier despropósito similar preguntándonos
sobre su origen o, tal vez con ironía escriba como aún lamentamos todos,
la pérdida.
Es como el “tesoro” del señor de los anillos. Una muestra que, aunque lo
necesitas de modo extremo, pero al final por la costumbre de depender
de él no tarda en traer la decadencia. Similar al que ha sido captado por
una droga adictiva.
—¿Ese canapé era “algo” o “alguien” o tuvimos varios una locura
transitoria? Esta sería la pregunta principal. ¿Cómo tenía esos “poderes” o
se los dimos con nuestro miedo?
Este episodio enseñó la peligrosa seducción de los apegos, incluso hacia
aquello que parece beneficioso, pues lo codiciado podría alterarse y
volverse contra uno mismo. Aprendí que adorar a lo que crees que es muy
provechoso es un mal asunto... Si se dan circunstancias contrarias lo
“bueno” iría por ti “a saco”.
¿Qué era, en verdad, aquel asiento? ¿Un ente, un espíritu atrapado, o
simplemente el producto de una mente colectiva atrapada en el torbellino
de la locura transitoria? Nos brindó poderes, o quizás, fuimos nosotros
quienes, con nuestro temor, le otorgamos esa capacidad de influir en
nuestras vidas.
Reflexionando lo ocurrido, me doy cuenta de que esta experiencia fue
también una lección de los peligros del apego y la importancia de
enfrentar lo desconocido con valor. Aunque nunca descubrimos el origen
del mueble ni el motivo de su peculiar “comportamiento”, esta aventura
nos enseñó a cuestionar nuestra percepción de la realidad y a
mantenernos abiertos a los secretos del universo.
Los bienes materiales, por inocuos que parezcan, encierran un poder
sorprendente, capaz de sumirnos en la apatía y el confort engañoso,
alejándonos de la esencia de nuestra existencia.

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