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En la filosofía escolástica llamaban «existencia» al ser que recibe su ser de otro. Tomás
de Aquino decía que todo ente es una esencia actualizada por el ser.
Aplicada al ser humano, la existencia no es simplemente estar vivo, sino que su esencia
es su existencia. Para entender mejor el alcance de esta idea, podemos recurrir a la
etimología de la palabra «existir».
En latín, existere significa 'salir fuera de sí', 'trascenderse', 'estar tendiendo hacia algo
más allá de sí'. Esta palabra expresa la necesidad del yo de no limitarse ni quedarse
reducido a lo que ya es, sino de proyectarse continuamente hacia fuera y de conocer el
mundo, de relacionarse con las demás personas y de desarrollar su proyecto de vida.
Esto significa que todo ser humano vive su existencia en el mundo de manera
contingente.Contingente designa lo que podría no ser, o no haber sido, o ser de otro
modo. Nuestra existencia nos sitúa continuamente ante posibilidades inciertas, y que,
por tanto, nos pueden beneficiar o perjudicar. Al tener que elegir entre ellas sin conocer
sus efectos ni sus consecuencias, corremos el peligro de equivocarnos y de frustrar
nuestro proyecto de vida.
Así pues, el ser humano es siempre un conjunto de posibilidades con las que puede
triunfar o fracasar, según el uso que haga de su libertad de elección y de la
responsabilidad que concierne a ese uso.
Tanto los seres humanos como todas las cosas del mundo están sometidos al tiempo:
nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. En este sentido, el tiempo es como un río
en el que nos bañamos y que arrastra inexorablemente nuestras vidas.
Esta condición humana suscita un asombro del que surge la pregunta por nuestra
existencia y por su valor. ¿Es la vida humana una cosa insignificante?
Si antes de nacer no éramos nada y después de morir el mundo seguirá existiendo sin
necesitarnos y sin que apenas se note que ya no estamos en él, ¿esta situación no
convierte nuestra existencia en una realidad completamente superflua o absurda?
La respuesta a tal pregunta sobre nuestra existencia es indudablemente que no, porque a
la conciencia del tiempo al que está sometida mi existencia debe acompañarle siempre
la conciencia de mi libertad para proyectarla y para darle un determinado sentido.
Esta característica del tiempo no significa que podamos disponer del tiempo de nuestra
vida como de una propiedad. No podemos hacer lo que queramos con nuestro tiempo,
porque es irreversible, o sea, no podemos retroceder en el tiempo, y si lo perdemos, ya
no es posible recuperarlo.
Para aprovechar y para administrar bien el tiempo, el ser humano suele traducirlo en
espacio para poder medirlo. Es lo que se hace con los relojes, con los calendarios, con
las agendas y con los horarios, que nos marcan el tiempo objetivo, frente al cual existe
la vivencia subjetiva del tiempo, que cambia de una persona a otra y según las
situaciones.
Por ejemplo, una hora de tiempo objetivo se nos suele pasar muy rápida cuando estamos
disfrutando, mientras que, al contrario, pasa muy lenta cuando nos sentimos tristes.
Henri Bergson ha sido, probablemente, quien con mayor profundidad ha captado esta
distinción.
Por un lado, pues, está el tiempo espacializado, que es el tiempo cronológico del sentido
común y con el que se trabaja en la ciencia.
La muerte
Todas esas posibilidades vitales son limitadas, ya que nuestra vivencia de ellas acabará
inevitablemente cuando llegue nuestra muerte. Martin Heidegger lo expresa así: «La
muerte es la anulación posible de las posibilidades humanas y de la existencia misma
del ser humano».
Por ejemplo, el filósofo griego Epicuro decía que no debemos temer a la muerte, ya que
«mientras existimos, la muerte no existe aún para nosotros, y cuando la muerte nos
llega, entonces somos nosotros los que ya no existimos».
Como muestran los restos prehistóricos, desde muy antiguo, la especie humana ha
elaborado complejas creencias y mitos religiosos relativos a la muerte, acompañados de
ritos funerarios destinados a asegurar el descanso de las personas difuntas y también a
evitar su retorno al mundo de las personas vivas en la forma de fantasmas.
En las creencias religiosas en las que se afirma la inmortalidad del alma se suele
recurrir, para apoyar esa fe, al dualismo cuerpo-alma. Para el cristianismo, como antes
para el orfismo (que influyó en Platón), la muerte debe entenderse como la liberación
del alma de la cárcel corporal.
En cambio, Aristóteles concibe el alma como forma del ser humano cuya materia es el
cuerpo, lo que implica que el alma no puede subsistir independientemente del cuerpo,
por lo que no es inmortal.
Así pues, en las doctrinas dualistas y religiosas, más que asumir la muerte como
negación radical de la vida lo que se hace es negarla, convirtiéndola en meramente
corporal y declarándola solamente un «tránsito» a otra forma de vida; es decir, en lugar
de tratar de la muerte, tratan de explicar la resurrección. Así:
Las doctrinas con una concepción lineal del tiempo, como la cristiana, creen en una
única resurrección.
Por el contrario, las doctrinas orientales, con una concepción cíclica del tiempo, creen
en reencarnaciones sucesivas o en la transmigración de las almas.
La palabra «religión» procede del verbo latino religare, que significa 'vincular', 'ligar'.
Esta etimología alude, pues, a cierto tipo de lazo entre el ser humano y Dios, y entre los
miembros de una comunidad de creyentes.
Su contenido interno, o sea, las creencias, que resultan ajenas y tal vez extrañas para
quien no participa directamente en ellas.
Antes del siglo xviii no hay, en realidad, filosofía de la religión, sino doctrinas
filosóficas sobre Dios. A medida que el teocentrismo medieval fue siendo desplazado
por el antropocentrismo moderno, que supone el protagonismo del sujeto y el proceso
de secularización, el interés de la reflexión ya no se dirigió tanto hacia Dios como a la
influencia de la idea de lo divino en los seres humanos y en su cultura. Es lo que hacen
Hume, Kant o Hegel, que dedican estudios específicos a la religión en cuanto tal.4.2.
Kant redujo estas vías de demostración a tres tipos, poniendo de manifiesto la ausencia
de conclusión de cada una de ellas. Veámoslo.
Prueba ontológica
Según esta prueba, la existencia forma parte de los predicados necesarios del ser
supremo, principio de toda realidad. Por tanto, este ser supremo ha de existir
necesariamente.
Este argumento, que fue formulado por vez primera por Anselmo de Canterbury en el
siglo xi, fue criticado ya por Tomás de Aquino dos siglos después.
Para Kant, de puros conceptos que no tienen relación con la existencia en acto no se
puede deducir una existencia real. Hay, pues, una desproporción entre el antecedente y
la conclusión de este razonamiento, porque se confunden las condiciones del
pensamiento con las condiciones de la realidad.
Prueba cosmológica
Según esta prueba, si algo existe, es preciso que exista también un ser absolutamente
necesario como causa primera, a la cual se la identifica con Dios.
Kant rechaza esta prueba, en primer lugar, porque usa la idea de ser necesario como si
fuese un concepto de un objeto definido, lo cual no es cierto, y, en segundo lugar,
porque, incluso admitiendo la existencia de un ser necesario, lo sería solo en el nivel del
pensamiento lógico, no como existencia real.
Prueba físico-teleológica
Según esta prueba, de la unidad, de la belleza, del orden y de la finalidad de los objetos
de nuestra experiencia se concluye la existencia de una inteligencia suprema, causa
única del universo, que es Dios.
Según Kant, la finalidad en las cosas del mundo es indemostrable. Pero, incluso
admitiendo en las cosas un orden intencional, de ahí solo se deduciría la existencia de
un ser fabricante o arquitecto del mundo, o sea, un ser al que convendría una perfección
elevada, pero no necesariamente la perfección absoluta de Dios creador.
La experiencia religiosa
En esta relación no resulta fácil determinar si esa realidad trascendente con la que
cualquier creyente dice relacionarse es una realidad objetiva o es puramente el fruto de
una proyección intrapsíquica y, por tanto, ilusoria.
Lo natural: todo lo que es humano y terrenal, y está, por tanto, dentro de la capacidad
común de ser experimentado.
Lo sobrenatural: todo lo que está más allá de nuestro conocimiento empírico y racional,
y a lo que solo se puede acceder a través de una revelación divina.4.4.
La realidad del mal supone un grave problema para la coherencia doctrinal de las
religiones monoteístas, en las que se afirma que Dios es bueno y todopoderoso. No es,
en cambio, un problema para religiones que creen en divinidades que no son poderosas
ni buenas o para religiones politeístas, que suelen atribuir la existencia del mal a las
disputas entre las divinidades.
Hume expresa el problema del mal del modo siguiente: «Si el mal en el mundo proviene
de la voluntad de Dios, entonces no es bueno. Si el mal en el mundo es contrario a su
voluntad, entonces no es omnipotente. Pero ni está de acuerdo con su voluntad ni es
contrario a ella. Por lo tanto, o bien Dios no es bueno, o bien no es omnipotente».
Hay una tercera conclusión posible: que Dios no exista. Hume nunca es explícito sobre
esta tercera alternativa.
Otra explicación del problema del mal consiste en negar que el mal sea real. Leibniz
sostenía que, puesto que Dios es bueno y todopoderoso, se sigue que cualquier mundo
que haya hecho debe ser «el mejor de todos los mundos posibles». Este intento de
respuesta no es muy convincente. Su debilidad se hace evidente cuando definimos qué
significa el mal.
El mal, como lo opuesto al bien, incluye en su concepto todo lo que impide al ser
humano realizarse y ser perfecto. Es, pues, necesario distinguir entre:
Otra explicación es que el mal es solo privación del bien. La defendieron Plotino,
Agustín de Hipona y Maimónides. Pero tampoco esta teoría resulta convincente, sino
que conduce a otro problema nuevo: si el mal fuera realmente una mera privación del
bien, aún tendríamos que preguntarnos por qué razón suceden estas terribles privaciones
del bien.
El ateísmo
Desde la filosofía analítica del lenguaje se justifica el ateísmo diciendo que la palabra
«Dios» es un concepto carente de sentido. El ateísmo es propio de los sistemas
materialistas, como el atomismo y el epicureísmo antiguos, el hegelianismo de izquierda
(Feuerbach) y el marxismo, y del psicoanálisis y del existencialismo (al menos de
Camus y de Sartre).
En la religión y en la teología se entiende por realidad algo que se expresa con criterios
diferentes de los utilizados convencionalmente por la ciencia.
El agnosticismo
El teísmo
Para entender el teísmo, podemos definirlo por oposición a otras formas de entender la
relación de Dios con el mundo:
1.1.
Racionalismo y empirismo
• Por un lado, está la corriente filosófica racionalista, desde la que se considera que el
conocimiento lo produce la razón.
Pensadores como Platón o como Descartes defienden que nuestra razón posee en sí
misma ciertas ideas innatas (en el alma o propias del sujeto) que garantizan la
objetividad del conocimiento.
• Por otro lado, está la escuela filosófica empirista, desde la que se piensa que el
conocimiento se produce a partir de la experiencia.
Pensadores como Locke o como Hume niegan la existencia de las ideas innatas que se
proponen en el racionalismo, que son imposibles de comprobar empíricamente, y
concluyen que el ser humano, al nacer, es como una hoja de papel en blanco, en la que
la experiencia va grabando todo cuanto llega a conocer.
Ante todo, hay que caer en la cuenta de que estas dos posiciones filosóficas coinciden,
sin embargo, en que en ambas se concibe el inicio del conocimiento como la captación
inmediata o la intuición (racional o sensible) de ideas, sin considerar necesaria la
inferencia o el razonamiento en el inicio del conocer. Por tanto:
• Contra la intuición empirista, hay que decir que no se puede aceptar su concepción
ingenua del conocimiento como simple receptividad pasiva de los estímulos, sino que es
preciso suponer algún tipo de actividad productora de la razón por parte del sujeto.
Kant consiguió, en cierta medida, hacer compatibles estas dos posturas (la racionalista y
la empirista) y ofrecer una explicación convincente.
Por el primer proceso de síntesis, los datos que, a través de la percepción, proporcionan
los sentidos son elaborados y articulados por medio de lo que Kant denomina «las
formas a priori de la sensibilidad» (el espacio y el tiempo), dando lugar a los
fenómenos.
Por el segundo, el entendimiento elabora esos fenómenos con otros esquemas a priori,
«las categorías», dando lugar al conocimiento objetivo.
Tanto el espacio y el tiempo (formas a priori de la sensibilidad) como las categorías
(esquemas a priori del entendimiento) son funciones «innatas» de la mente humana
como tal, iguales en todos los individuos y que, al actuar sobre el material cambiante de
las sensaciones que aporta la experiencia, proporcionan el conocimiento objetivo.
«Sin sensaciones —dice Kant—, ningún objeto nos sería perceptible, y sin
entendimiento, ninguno sería pensado. Los pensamientos sin contenido son vacíos; las
intuiciones sin conceptos son ciegas».
Tanto los demás animales como los seres humanos perciben, pero con la diferencia de
que la percepción humana está directamente relacionada con el pensamiento.
Las percepciones elaboradas a partir de los estímulos de los sentidos son reelaboradas
de manera activa por el entendimiento y filtradas u organizadas por sus conceptos. Así
se produce el conocimiento objetivo.1.3.
Lenguaje y realidad
Pero el estudio del lenguaje dio un giro radical a partir de la famosa distinción del
lingüista Ferdinand de Saussure entre lenguaje como lengua y como habla:
Así, el lenguaje es una estructura; o sea, la red secreta que hace que las cosas se miren
en cierta forma unas a otras. Según Platón, articulamos el mundo en y por el lenguaje,
no habiendo verdad alguna en las cosas singulares, sino en el logos, en la red de
significados interrelacionados.
Hoy decimos que toda lengua es una ordenación abstracta del mundo producida por la
comunidad que se actualiza en el discurso individual. A través del discurso se
manifiesta el mundo, que aparece como el terreno común que todas las personas
reconocen y que liga a todos los individuos que hablan.
Nos relacionamos con la realidad a través del lenguaje. Tenemos realidad porque
pertenecemos y porque vivimos inmersos en un lenguaje como ámbito envolvente. Por
eso, según Wittgenstein, un lenguaje es una forma de vida.
El lenguaje tiene en su base una comunidad de vida, una cultura; es decir, el mundo no
se presenta en el lenguaje como un objeto que se da a un sujeto, sino que revela su
sentido en un proceso comunitario como proceso de interpretación continua a lo largo
del tiempo.
Este carácter mediador del lenguaje entre pensamiento y realidad, por tanto, invalida la
teoría instrumental del lenguaje que durante tanto tiempo se ha hecho valer. Esta teoría
instrumental se basaba en el principio de que el lenguaje es un instrumento útil para
expresar lo pensado.
Pero las palabras no son recipientes prefabricados para archivar en ellos las ideas. El
mismo pensar es ya lingüístico, funciona como lenguaje, mediante el lenguaje.
Aprendemos a pensar porque nos incorporamos al lenguaje común en nuestro proceso
de socialización.
La obra del gran filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein se considera uno de los puntos
de referencia básicos para la comprensión de la filosofía contemporánea en su conjunto
y, en este marco concreto, del problema del conocimiento.
La razón de que solo los enunciados de la ciencia tengan sentido es que son los únicos
enunciados que resultan verificables empíricamente, mientras que con respecto a las
afirmaciones de la filosofía no hay modo de comprobar o de contrastar con la
experiencia su contenido concreto.
Como supuesto básico de la labor analítica del lenguaje (que es el objeto de su filosofía)
se establece, pues, la capacidad de verificación empírica como único criterio de todo
sentido.
La filosofía solo debe quedar como una actividad de clarificación de los conocimientos
mediante una labor de análisis de la estructura lógica del lenguaje.Significado y reglas
de uso del lenguaje en el «segundo Wittgenstein»
En sus Investigaciones filosóficas, escritas entre los años 1935 y 1945, Wittgenstein se
retracta de esta reducción de la diversidad del discurso a proposiciones categóricas, así
como de la afirmación de una correlación entre estos enunciados y los datos de la
observación.
Ahora, Wittgenstein cree que es necesario tener en cuenta la complejidad de los usos
lingüísticos en las diferentes culturas y que hay que desconfiar de los procedimientos
que supongan una conjunción no problemática entre los elementos del lenguaje y los
elementos de la realidad.
El lenguaje es una forma de conducta entre otras, con pluralidad de funciones: ordenar,
describir, informar, hacer conjeturas, contar historias, etc., cada una de las cuales puede
describirse como un juego de lenguaje.
Estos usos del lenguaje, al igual que sucede con los juegos, manifiestan como
característica común un cierto aire de familia que los asemeja y se someten a reglas,
pero cada cual a las suyas propias.
Por esto, el significado hay que buscarlo no en la verificabilidad de lo que se dice, sino
en el uso que se hace de las palabras; o sea, es el contexto lo que da sentido a las
palabras.
El sentido de las palabras lo dan las reglas de uso, tal como, en el ajedrez, el sentido de
cada una de las piezas lo dan las reglas mediante las que se describen sus
movimientos.1.4.
La admisión del principio empirista de que el entendimiento no puede ir más allá de los
límites de la experiencia(límite que afecta al origen y al desarrollo real de la actividad
racional humana).
La estimación de la experiencia como único ámbito legítimo para el ejercicio del
conocimiento científicamente válido (límite que afecta al valor de dicho conocimiento).
Kant afirma que el hecho de que el ejercicio humano de la razón reconozca límites y se
los autoimponga, lejos de restar valor a su práctica y a sus resultados, refuerza y
garantiza su seguridad y su validez.
Más bien al contrario, la experiencia debe valorarse como el modo de justificar el poder
y la eficacia de la razón precisamente en virtud de sus límites y de su fundamento. Tal
es la característica principal de la filosofía crítica de Kant, que él entendió y practicó
como análisis trascendental.
Hume afirmaba que el saber humano es, como máximo, un saber probable. Según él, el
ser humano no puede alcanzar, ni siquiera dentro de los límites de la experiencia, la
estabilidad y la seguridad de un auténtico saber.
Kant responde que no es cierto que carezcamos en términos absolutos de un saber cierto
y fiable. Lo tenemos en ciencias como las matemáticas o la física.
Según Kant, incluso cuando los seres humanos se aventuran por ámbitos de
conocimiento alejados de la experiencia, como es el caso de la metafísica, por más que
sus resultados no sean científicos, el esfuerzo constante desplegado en su ejercicio es
real, y si es real, debe ser explicado de alguna manera.
Esta determinación de los límites de la razón humana solo se puede llevar a cabo por la
razón misma. De ningún modo se le pueden imponer límites a la razón desde fuera (por
la fe, por la tradición, por el mito, por la costumbre, etc.).
Kant entiende que este reconocimiento autónomo de los límites legítimos no vale solo
para el conocimiento racional, sino también para la vida moral o para la estética.