Lecturas obligatorias para 1° año
Género Narrativo: cuento.
Prof. Emilse Villagra
AMIGOS POR EL VIENTO
Liliana Bodoc
A veces, la vida se comparta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero
no se Ie entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los
edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que
vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una
letra que creemos reconocer. EI cielo se mueve más rápido que las horas. Y lo peor
es que nadie sabe si, alguna vez, regresará la calma.
Así ocurrió el día que papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi
sin dar aviso. Recuerdo la puerta que se cerró detrás de su sombra y sus valijas.
También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba
las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.
-Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?
-Me parece bien -mentí.
Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:
-No me lo estás diciendo muy convencida
-Yo no tengo que estar convencida.
-¿Y eso qué significa? -preguntó la mujer que más preguntas me hizo a lo largo de mi
vida.
Me vi obligada a levantar los ojos del libro:
-Significa que es tu cumpleaños, y no el mío -respondí.
La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.
Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era
una verdadera amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento
en el horizonte.
-Se van a entender bien -dijo mamá-. Juanjo tiene tu edad.
La gata, único ser que entendía mi desolación, salta sobre mis rodillas. Gracias,
gatita buena.
Habían pasado varios años desde aquel viento que se Ilevó a papá. En casa ya
estaban reparados los daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con
nuevos libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas de llanto escondidas en
los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador. Disfrazadas de
pedacitos de cristal. "Se me acaba de romper una copa", inventaba mamá que, con
tal de ocultarme su tristeza, era capaz de esas y otras asombrosas hechicerías.
Ya no había huellas de viento ni de Ilantos. Y justo cuando empezábamos a reírnos
con ganas y a pasear juntas en bicicleta, aparecía un tal Ricardo y todo volvía a
peligrar.
Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo.
Después pareció tomarle rencor a la receta, porque se molestaba con la sola
mención del asunto. Ahora, el tal Ricardo y su Juanjo habían conseguido que
volviera a hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.
-Me voy a arreglar un poco -dijo mamá, mirándose las manos-. Lo único que falta es
que lIeguen y me encuentren hecha un desastre.
-¿Qué te vas a poner? -Ie pregunté, en un supremo esfuerzo de amor.
-EI vestido azul.
Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasta. Y yo me quedé sola para
imaginar lo que me esperaba.
Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de
merengue se quedarían pegados en los costados de su boca. También era seguro
que iba a dejar sucio el jabón cuando se lavara las manos. Iba a hablar de su perro
con el único propósito de desmerecer a mi gata.
Pude verlo transitando por mi casa con los cordones de las zapatillas desatados,
tratando de anticipar la manera de quedarse con mi dormitorio. Pero, más que
ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que sería uno de esos chicos que, en vez
de hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago, sirenas de
bomberos, ametralladoras y explosiones.
-¡Mamá! - grité, pegada a la puerta del baño.
-¿Qué pasa? -me respondió desde la ducha.
-¿Cómo se lIaman esas palabras que parecen ruidos?
EI agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y
yo esperaba.
-¿Palabras que parecen ruidos? -repitió.
-Sí -y aclaré-: Pum, Plaf, Ugg...
iRing!
-Por favor -dijo mamá-, están lIamando.
No tuve más remedio que abrir la puerta.
-¡Hola! - dijeron las rosas que traía Ricardo.
-¡Holal - dijo Ricardo, asomado detrás de las rosas.
Yo miré a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta una remera
ridícula y un pantalón que Ie quedaba corto.
Enseguida, apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así Ie
pasaba a ella. Y el azul Ie quedaba muy bien a sus cejas espesas.
-Podrían ir a escuchar música a tu habitación - sugirió la mujer que cumplía años,
desesperada por la falta de aire.
Y es que yo me lo había tragado todo para matar por asfixia a los invitados.
Cumplí sin quejarme. EI horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama.
EI se sentó en la otra. Sin duda, ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería
de su propiedad. Y que yo dormiría en el canasto, junto a la gata.
No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí.
No me pareció justo, y decidí que también el debía sufrir. Entonces, busqué una
espina y la puse entre signos de pregunta:
-¿Cuánto hace que se murió tu mamá?
Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.
-Cuatro años -contestó.
Pero mi rabia no se conformó con eso:
-¿Y cómo fue? -volví a preguntar.
Esta vez, entrecerró los ojos.
Yo esperaba oír cualquier respuesta, menos la que lIegó desde su voz cortada.
-Fue..., fue como un viento -dijo.
Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba hablando del
viento, ¿sería el mismo que pasó por mi vida?
-¿Es un viento que lIega de repente y se mete en todos lados? -pregunte.
-Sí, es ese.
-¿Y también susurra...?
-Mi viento susurraba -dijo Juanjo-. Pero no entendí lo que decía.
-Yo tampoco entendí.
Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.
Pasó un silencio.
-Un viento tan fuerte que movió los edificios -dijo él-. Y eso que los edificios tienen
raíces...
Pasó una respiración.
-A mí se me ensuciaron los ojos -dije.
Pasaron dos.
-A mí también.
-¿Tu papá cerró las ventanas? -pregunté.
-Sí.
-Mi mamá también.
-¿Por qué lo habrán hecho? -Juanjo parecía asustado.
-Debe haber sido para que algo quedara en su sitio.
A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero
no se Ie entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los
edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
-Si querés vamos a comer cocadas - Ie dije.
Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quizás ya era tiempo de abrir las
ventanas.
LA FIESTA AJENA
Liliana Heker
Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la
tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre.
¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés
todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono,
pensó la chica: era por el cumpleaños. –No me gusta que vayas –le había
dicho–. Es una fiesta de ricos. –Los ricos también se van al cielo–dijo la chica,
que aprendía religión en el colegio. –Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que
pasa es que a usted, m'hijita, le gusta cagar más arriba del culo. A la chica no
le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y
era una de las mejores alumnas de su grado. –Yo voy a ir porque estoy
invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó. –Ah,
sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por fin–,
esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la
sirvienta, nada más. Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar. –Callate
–gritó–. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga. Ella iba casi todas las tardes
a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía
la limpieza. Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura
le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le
gustaba. –Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo,
Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre
giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las
caderas. –¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés
todas las pavadas que te dicen. Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía
mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque
eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un
hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy
triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo. –Si no voy me
muero –murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura de que se
hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su
madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le
lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le
quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el
vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima. La señora Inés también
pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo: –Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró
a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana
puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura. –Está en la
cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie porque es un
secreto. Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio.
Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato
mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a
verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se
lo había dicho: 'Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen
algo". Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la
jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con
mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho:
"¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?". Y claro que iba a
poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la
cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo: –¿Y vos quién sos? –Soy amiga de
Luciana –dijo Rosaura. –No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana
porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
–Y a mí qué me importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi
mamá y hacemos los deberes juntas. –¿Vos y tu mamá hacen los deberes
juntas? –dijo la del moño, con una risita. – Yo y Luciana hacemos los deberes
juntas –dijo Rosaura, muy seria. La del moño se encogió de hombros. –Eso no
es ser amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella? 2 –No. –¿Y entonces, de dónde
la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a impacientarse. Rosaura se
acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo: –Soy la
hija de la empleada –dijo. Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te
pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo. También le había
dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca
en su vida se iba a animar a decir algo así. –Qué empleada–dijo la del moño–.
¿Vende cosas en una tienda? –No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no
vende nada, para que sepas. –¿Y entonces cómo es empleada? –dijo la del
moño. Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le
dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía
la casa mejor que nadie. – Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo
le pateó un tobillo. Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que
más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella
salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la
pudo agarrar. Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos
los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció
que nunca en su vida había sido tan feliz. Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino
después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le
había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo
porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban "a mí, a mí".
Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho
de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener
derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más
grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima. Después de la torta
llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad.
Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban
cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante.
Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. "A ver, socio, dé vuelta una
carta", le decía. "No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo".
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono
en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer. –¿Al chico? –gritaron todos.
–¡Al mono! –gritó el mago. Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida
del mundo. El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y
dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en
secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza. –No hay que ser tan timorato,
compañero –le dijo el mago al gordito. –¿Qué es timorato? –dijo el gordito. El
mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había
espías. –Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero. Después fue mirando,
una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón. –A ver, la
de los ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella. No
tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al
mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de
Rosaura, dijo las palabras mágicas... y el mono apareció otra vez allí, lo más
contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de
que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo: –Muchas gracias, señorita
condesa. Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a
buscarla, fue lo primero que le contó. – Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo:
"Muchas gracias, señorita condesa". Fue bastante raro porque, hasta ese
momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el
tiempo había pensado que le iba a decir: "Viste que no era mentira lo del
mono". Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago. Su madre le
dio un coscorrón y le dijo: 3 –Mírenla a la condesa. Pero se veía que también
estaba contenta. Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes
la señora Inés, muy sonriente, había dicho: "Espérenme un momentito". Ahí la
madre pareció preocupada. –¿Qué pasa? –le preguntó a Rosaura. –Y qué va a
pasar –le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall
al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía
bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba
una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le
regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas,
pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: "Y entonces, ¿por
qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?". Era así su madre. Rosaura no
tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En
cambio le dijo: –Yo fui la mejor de la fiesta. Y no habló más porque la señora
Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa.
Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa
celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le
dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con
su mamá. Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una
sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después
miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo: –Qué hija
que se mandó, Herminia. Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a
hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el
ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el
brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no
buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en
su cartera. En su mano aparecieron dos billetes. –Esto te lo ganaste en buena
ley–dijo, extendiendo la mano–. Gracias por todo, querida. Ahora Rosaura
tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su
madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo
de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la
señora Inés. La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si
no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar
este delicado equilibrio.
CARAMELOS DE FRUTAS Y OJOS GRISES
Liliana Bodoc
Ellos vendían caramelos de fruta en los bares. Y, algunas veces, estampitas de
la Virgen. Pero la virgencita no era para vender sino para pedir colaboración.
Aunque, la verdad es que resultaba mejor con los caramelos. Y mucho mejor si
los ofrecía Magui, porque era chiquita y tenía ojos grises. A Tomás, la calle le
había enseñado que los ojos grises vendían más que los ojos marrones. Los
dos hermanos tenían su clientela fija: viejos hombres de bar que compraban
caramelos y los olvidaban en sus bolsillos. Los viejos hombres de bar no
podían comer caramelos porque tenían la boca ocupada con cigarrillos negros
y palabras para arreglar el mundo. Tomás solía pensar que, cuando los bares
cerraban, los viejos hombres permanecían inmóviles, con el cigarrillo a medio
terminar, la palabra a medio pronunciar y la taza de café a mitad de camino
entre la mesa y los labios. A la mañana siguiente, el sonido de la persiana
metálica los ponía en funcionamiento. Era sábado…. Tomás y Magui
terminaron de vender sus caramelos mucho antes de lo acostumbrado. ¡Buena
suerte que las personas anduvieran ese día con ganas de masticar azúcar! Los
niños empezaron a caminar hacia la estación de trenes. Cada una hora, salía
el tren que los dejaba más allá de los suburbios industriales. En un lugar donde
las calles no tenían nombre y las casas no tenían vidrio. Tomás iba pateando la
cajita de cartón vacía donde habían estado los caramelos. De pronto, Magui se
detuvo. - ¿Qué hay? – preguntó su hermano. Magui señaló en dirección a la
plaza que tenía juegos. -Quiero ir al tobogán – dijo. - Mejor nos vamos –
contestó Tomás, pensando que llegaba a tiempo para jugar un rato a la pelota.
Magui sacudió la cabeza para decir que no, que por favor, que fuera bueno.
Magui sacudió la cabeza, y su hermano entendió por qué la gente le compraba
caramelos. - Está bien…- aceptó. Era sábado, y mediodía de otoño. La plaza
estaba casi desierta. Solamente había un niño con una mujer que lo cuidaba.
Magui corrió hasta el tobogán. Tomás, en cambio, se sentó en un banco de
cemento. Él ya estaba grande para esas cosas. Tenía ganas, pero mejor que
no. Porque si llegaba a verlo algún otro de la calle le iba a gritar de todo; y
encima iba a andar diciendo que Tomás era nena.
Tomás se acurrucó en el banco, del lado del sol. Tanteó la bolsita que su
madre le ataba a la cintura, debajo de la ropa, para que guardara la ganancia.
¡Qué suerte que ese sábado las personas anduvieran con ganas de masticar
azúcar! Magui se deslizaba por el tobogán agarradita de los costados. Y claro,
era chiquita. No iban a compararla con él que se tiraba con un envión, daba
una vuelta completa en el suelo, y se levantaba sin apoyarse en las manos. El
sol de otoño a la hora de la siesta era como un zumbido. Ahí estaba Magui
subiendo de nuevo la escalera del tobogán. Ahí estaba el chico con su abuela.
¿Era su abuela o su mamá? Más bien parecía su abuela… Tomás no quería
dormirse, pero el sol quería que se durmiera. Lo envolvió en una manta con
olor a aire libre, le trajo buenos sueños desde allá arriba. Y, en pocos minutos,
le ganó la pelea. Dormido, hecho un ovillo, Tomás estuvo soñando cosas
lindas. Sueños muy distintos a la vida. Tan pero tan distintos como unos ojos
grises de unos ojos marrones. Sin embargo, no debió dormir mucho tiempo.
Porque cuando despertó, el sol estaba en el mismo lugar, y los pinos de la
plaza tenían la misma altura. Lo único diferente era que el niño y su abuela se
habían marchado. Tomás se restregó la cara y miró el tobogán: Magui no
estaba. Llevaba algunos años vendiendo caramelos por los bares; más
precisamente la mitad de su vida. Y había aprendido que en las calles nada
desaparece porque sí. - ¡Magui! – llamó ¡Magui! Lo primero que hizo fue
recorrer la plaza por si a Magui le había dado por esconderse atrás de algún
árbol. Pero, no. A lo mejor, detrás de los arbustos podados con forma de
paraguas. Tampoco… El monumento era un buen lugar, con caballos y todo.
Seguramente Magui estaba calladita detrás de un soldado. Tomás miró los
rostros de aquellos militares de metal a ver cuál de todos aguantaba la risa
para no descubrir el escondite. Dio una vuelta completa al monumento, con los
dedos cruzados y el corazón golpeando fuerte. Pero Magui tampoco estaba
allí. Tomás miró hacia todos lados. Nunca la ciudad le había parecido tan
grande. Tal vez por eso, él eligió las calles familiares. En su esquina de
siempre, encontró al lustrabotas que los conocía. - Don, ¿no la vio a la Magui?
- ¿A tu hermanita? –encogió los hombros- No. Tomás siguió en dirección a los
bares donde vendían. Entró en cada uno. Y en todos repitió la misma pregunta:
- ¿No vio a la Magui? Los viejos hombres de bar parecían preocuparse. Hasta
le preguntaron qué pasaba, y quisieron saber dónde se había perdido. Pero
ninguno abandonó su silla. Al principio, Tomás sólo preguntaba… Después,
espió a ver si su hermana estaba adentro de las tazas con café con leche. A
ver si, de tan flaquita que era, se había metido entre el pan de los sándwiches
que la gente devoraba sin pena. Un viejo hombre de bar leía el periódico.
Tomás se detuvo en seco porque creyó reconocer a Magui en una foto. Se
puso a espaldas del hombre para mirar bien. Y entonces comprendió que se
había equivocado; no era Magui la que miraba desde el papel. De todos
modos, se empeñó en leer las palabras escritas sobre la foto: “Cifras negras.
Aumenta el número de niños desaparecidos”. Cuando terminó con los bares
que conocía, Tomás empezó a caminar más rápido, más rápido. Observó la
expresión de las personas que pasaban a su lado. Y caminó más rápido
todavía. Miró el interior de los autos, las cosas que ofrecían las vidrieras. Dobló
la esquina, y empezó a correr. Se detuvo en el puesto de revistas. ¿No vio a la
Magui? Corrió a la parada de taxis. ¿No la vieron? Siguió corriendo… Cruzó
una vez más, con el semáforo encima. Pero siguió… Iba esquivando gente y
atropellando gente. Los insultos no lograban alcanzarlo. Tomás corrió sin
sentido. No necesitaba sentido para correr. - Doña, ¿no vio a la Magui?, ¿no
vio a la Magui? Llegó corriendo a la estación de trenes. Tiene ojos grises,
¿nadie la vio? Nadie la había visto. Las personas atiborraban los vagones. Y
los trenes partían como si no les importara que Magui se hubiese perdido.
Tomás se alejó también, corriendo sin aire. No necesitaba aire para correr. De
pronto, maravillosamente azul y rojo, Tomás vio a Superman en un enorme
cartel de propaganda. Cualquiera sabe que Superman vuela sobre la ciudad y
lo ve todo: nadie mejor que él para ayudarlo. Tomás se paró en puntas de pie
para hablarle desde más cerca: −Caramelos de fruta… ojos grises. −Eran las
palabras de su tristeza−: Me quedé dormido, se me perdió… Pero Superman
no pareció escucharlo. Habló en otro idioma. Y se fue volando, cartel adentro,
tras unos malos de mentirita. Lo único posible era seguir corriendo, sin sentido,
sin aire, sin rodillas. Tomás no necesitaba rodillas para correr. La calle que
eligió terminaba en el hospital. A lo mejor, detrás de esos muros gruesos,
estaba su hermana con dolor de panza. Pasó por la puerta giratoria, pero no le
dieron ganas de jugar. Un olor picante le punzó la nariz. Preguntó y preguntó: −
¿Acá está la Magui con dolor de panza? Los de blanco no sabían. Los de
celeste, tampoco. En todos los pasillos, una mujer lo hacía callar con un dedo
sobre los labios. −Es que estoy buscando a mi hermana – explicaba Tomás. −
Silencio, hospital − respondía ella. Tomás salió de allí. Atardecía con frío. Su
carrera lo llevó hasta una zona desvencijada de la ciudad. Atravesó baldíos, se
tropezó en las baldosas sueltas, sin sentido, sin aire, sin rodillas… El basural lo
llamaba. Tomás se metió a revolver lo que el mundo había tirado. No tuvo
miedo, ni asco. Encontró una muñeca sin brazos, pero Magui era más linda.
Encontró cáscaras de manzana, pero Magui era más dulce. Un pedazo de pan,
pero Magui era más buena. La noche se había terminado de cerrar. Y él ya
estaba muy cansado. − ¡Magui!−llamó, susurró − Magui, si te encuentro nos
vamos a la casa a tomar sopa. El basural lo escuchó en silencio. En un bar de
la ciudad, había un periódico olvidado en una de las mesas. “Cifras negras…”.
Pero los soldados del monumento no pudieron defenderla. “Un importante
número de organizaciones internacionales hicieron público un documento
estremecedor…” Pero la gente seguía tomando café con leche. “Ha crecido de
manera dramática el número de niños robados.” Y los trenes partían. “Los
niños que trabajan en la calle son las principales víctimas de estos crímenes “.
Pero a Superman no pareció importarle. “Por cada día que estas soluciones
demoren en llegar habrá niños que ya no regresen a sus casas”. El hospital no
tuvo tiempo para escucharlo.
“El documento puntualiza, también, que el precio que se paga por estos
niños…”. Al fin, Tomás se sentó, rodeado por la noche hostil del basural. Apoyó
la cabeza sobre sus rodillas y se cubrió con los brazos. Como si los brazos
fueran el techo de una casa. Sin Magui junto a él, la intemperie dolía más que
nunca.”
LILA Y LAS LUCES
Sylvia Iparraguirre
Falta poco para el amanecer. En las estribaciones de los Andes patagónicos el
viento corre ladera abajo y estremece los techos de las cinco o seis casitas del valle.
Lila se acerca a la espalda de su hermano Ramón en busca de calor. Se vuelve a
dormir con un sueño liviano, de pájaro. Un rato después, la luz fría de la mañana los
despierta. La madre ya ha salido y el bebé está moviendo los bracitos en silencio.
Somnolienta, lo levanta y lo cambia. En la cocina, el fogón ha guardado algo de
rescoldo. Rápida y eficaz, Lila hace brotar el fuego. Con el bebé en brazos, se
asoma a la puerta. Lejos, en la ladera del cerro, las manchas blancas le señalan
dónde está su mamá con las cabras. Pone los jarros sobre la mesa y sirve el mate
cocido. Sus tres hermanos se sientan y empiezan a hacer ruido y a reírse. Se pegan
en las manos cada vez que uno estira el brazo para alcanzar el pan. El de tres años,
todavía un poco dormido, tiene el pelo parado y la ropa torcida. ¿Vendrá el maestro
hoy?, piensa Lila. –¿Hoy viene el maestro? –pregunta al hermano mayor. –Y claro,
por qué no ha de venir. Con ocho años, su hermano Ramón es siempre el que más
sabe. –Digo. El viento mueve la puerta, la leche se derrama en el fuego, el bebé
llora. Lila le cierra los dedos sobre un trozo de pan; mientras, ella enfría la leche en
el jarro. Sus hermanos salen al patio. –Por qué no te dormís vos, ¿eh? –le habla al
bebé con el tono enérgico que usa su madre–. Si no te dormís viene el enano y te
lleva. Con cuidado lo vuelve a acostar en la cama grande y sale. En el patio se
pelean los más chicos y Lila los separa. Uno de ellos se ha caído y tiene un moretón
en la frente y la cara llena de lágrimas y mocos. –Ya van a ver cuando venga la
mamá –los amenaza. Lila corre junto a Ramón, que juega a subirse a las piedras a
un costado de la casa, donde la ramada del corral de las cabras se recuesta contra
la roca viva. El sol ya está alto pero el viento es frío. Las manchitas blancas se han
desplazado un poco hacia la parte baja del cerro; Lila igual alcanza a ver la pollera
azul y hasta el pañuelo en la cabeza. Unas nubes cruzan veloces el cielo.
Oscurecen la montaña y cuando ya pasan todo vuelve a ser claro y brilla. Esto le
gusta a Lila. Baja saltando de las piedras y entra en la casa para ver que no se
apague el fuego. Recién entonces saca el cuaderno y el libro de la bolsa de nailon y
los lleva a la mesa. Toma el lápiz para hacer la tarea. Lila se pregunta por centésima
vez cuántas patitas debe dibujarle a la E. El maestro dijo que es como un rastrillo,
pero el rastrillo tiene muchos dientes y la E no tiene tantos. Ha borrado muchas
veces y tiene miedo de que el papel del cuaderno se rompa. El maestro dijo que
había que aprender palabras del libro de lectura y copiarlas en el cuaderno. Las
manos morenas y delgaditas lo abren con cuidado. Lila no se cansa de mirar los
dibujos llenos de detalles y de colores brillantes. Lo mandaron de regalo para su
escuela. Esta semana le tocó a Lila llevarlo a su casa. En ese libro hay que
aprender a leer, dijo el maestro, porque es el único libro que hay. Lila ya ha mirado
muchas veces al chico de la lectura que sale de su casa y va a la escuela, pero por
más que mira no puede acordarse de lo que dicen las palabras. –Escuela...
–deletrea en voz baja. Ahora tiene que copiarla, pero en la lectura está con la e y
Lila debe escribirla con la E. En ese momento el bebé llora, guarda todo en la bolsa
y va a atender a su hermano más chico. Al mediodía, su mamá ha vuelto y las
cabras están en el corral. Lila y Ramón caminan entre los cerros. Desde lejos saben
que el maestro vino: la bandera se ve arriba, ondeando. En el patio, se juntan con
sus compañeros hasta que toca la campana, pero Lila no juega, está inquieta. No
pudo hacer la tarea y tiene miedo de que el maestro se enoje. Es el segundo año
que viene a la escuela y su mamá dice que si otra vez repite, la saca. A muchos
chicos no les da la cabeza, y hay que ver si a Lila la escuela no le hace perder el
tiempo. Abre el libro sobre el pupitre pero las palabras siguen mudas. Por su cabeza
cruza el anchimallén. Cuando oscurece, antes de que su mamá encienda la
lámpara, a Lila le da miedo. El enano malo se ríe en el aire y se aparece como una
luz que anda por los techos o entre las patas de los caballos. Su tío dijo que una
mujer se quedó ciega porque lo miró de frente. Lila piensa en su mamá, que está en
los cerros con los más chicos. En el dibujo del libro, el alumno de guardapolvo
blanco va a la escuela en una ciudad muy grande, llena de casas. “Es la capital de
nuestro país”, ha dicho el maestro. El chico se queda parado y mira unas luces. Ella
también las mira. El maestro ya ha explicado qué es esa cosa con luces, pero Lila
ha olvidado para qué sirven y la palabra escrita no le dice nada. –¿Para qué era
esto? –pregunta bajito a su compañera. La chica mira un momento, duda, acerca la
cara al libro, y después dice: –Para que no te pise el auto. Si te pisa te mata. Cada
cinco días pasa el colectivo que va hasta Neuquén. Una vez su mamá se fue en ese
colectivo, cuando Ramón estuvo enfermo, y allá había luz eléctrica, dijo. En sus
siete años, Lila nunca fue a una ciudad. Piensa si las luces no servirán para que el
enano no te agarre en el cerro. Se lleva a los chicos a una cueva, dijo su tío,
después los saca muertitos. Pero en los cerros no hay luces, salvo el relámpago y la
luz mala del anchimallén cuando alguien se va a morir. Por eso Lila le dice a su
mamá que a la noche tranque bien la puerta. Su papá hace mucho tiempo que no
está; una vez se fue a trabajar y no volvió. Después vino hace como un año y se
volvió a ir. Su papá es más alto que su mamá. Lila se acuerda bien de su cara y del
pelo. –Lila, ¿copiaste las palabras de la lectura? Asustada, Lila mira su cuaderno y
no contesta. –¿Aprovechaste el libro? Mañana se lo lleva Mario. ¿Copiaste las
palabras que marqué? Lila siente la cara ardiendo. Los ojos se le llenan de lágrimas.
Sin saber qué hacer, tira de la blusa para abajo. –¿Quién copió las palabras?
–pregunta, en general, el maestro. Lila vuelve a sentarse. En el libro, el chico ha
subido a un colectivo y habla con el conductor. El colectivo es más nuevo que el que
pasa por el valle para Neuquén. El maestro habla de la ciudad y dice que la lectura
se llama “El ritmo de las ciudades”. Lila mira las letras y empieza a deletrear: El...,
pero el maestro ya está explicando otra cosa: que en las ciudades se hacen
embotellamientos de tránsito de tantos autos que hay. A Lila la palabra
embotellamiento no le parece difícil y cree que la puede copiar porque la e chica no
es como la E. El maestro está diciendo que algún día ellos van a ir a la ciudad,
entonces tienen que saber cómo es. A Lila esto le gusta y a la vez no le gusta. Se
siente inquieta. Mira a su compañera y le dice: –¿Vos vas a ir? –¿Adónde? –dice
Yarita. –Ahí, donde dice el maestro. La chica hace que no con la cabeza. A Lila esto
la tranquiliza. ¿Su mamá ya habrá vuelto del cerro con sus hermanos? Había dos
cabras por parir y su mamá estaba nerviosa. –Copien las palabras –repite el
maestro. Lila borra otra vez. La timidez la paraliza. De golpe, toma coraje. –Maestro,
maestro, yo no puedo hacer esta letra... –dice en voz baja. En el otro extremo del
aula, el maestro está distraído. Rodeado por el grupo de los más grandes, donde
está su hermano Ramón, no presta atención para el lado de los más chicos y no la
escucha. Lila vuelve a mirar el dibujo del libro: muchos coches en una calle, también
hay colectivos y un camión. Parecen los chivos queriendo salir del corral. Arriba, las
letras dicen ¡tuu!, ¡tuuu! Eso Lila lo lee perfectamente. El maestro ahora está a su
lado y Lila se sobresalta. –Lila, copiá las palabras... que Yarita te ayude. Pero Yarita
dice: –No quiero... yo estoy escribiendo, maestro. –Bueno, Lila, copiá esta palabra
–dice el maestro. Con alivio Lila empieza a dibujar la e, la m, la b... Yarita mira por
encima de su hombro. –Ahora poné el cero –dice Yarita; Lila la interrumpe. –No es
el cero, es la o. –Es el cero –porfía Yarita. –Ya está –dice Lila satisfecha–: embote...
–deja de escribir porque suena la campana. En el patio, el maestro recomienda a
Ramón que ayude a su hermana. Es el único que lo puede hacer. Dice que con
ayuda Lila va a salir adelante. Ramón no mira al maestro, hace un hoyo con el talón
en la tierra y dice que a lo mejor su mamá la saca, que como es mujer va a ayudar
en la casa o a lo mejor va de niñera a Neuquén. El maestro insiste y le recuerda a
Lila que mañana le toca a otro compañero llevarse el libro. Emprenden la vuelta. En
el camino, Ramón junta piedras y se las tira a los tordos. Lila va pensativa. –¿Qué
son las luces, Ramón? –¿Qué luces? –Ésas, las de colores, para que no te pisen
los autos. –¿Dónde? –dice su hermano, probando su puntería en una piedra grande,
a unos diez metros. La piedra rebota y sale disparada para arriba. –En el libro del
maestro... –Si te pisa un auto te destripa –dice su hermano y, sin esperar
contestación, sale corriendo. Su hermano tampoco sabe lo de las luces, si no, le
hubiera dicho. Las montañas se han puesto violetas y el viento es cada vez más
frío. En las cimas todavía hay sol, pero en las laderas, el atardecer ha hecho un
hueco negro. Desde una loma oscurecida, un guanaco muy erguido la mira. Lila
empieza a correr. –¡Ramón, Ramón...! Su hermano sale de atrás de una piedra y la
asusta. Se ríe a carcajadas. Se para en el medio del camino: –Te agarra el
anchimallén y te lleva a la cueva... –otra vez sale corriendo y gana distancia. A todo
lo que dan las piernas, Lila sigue a su hermano sin mirar atrás. A la vuelta del
camino, bajando la cuesta, aparece su casa. Un humo delgado se levanta del techo.
El perro viene a su encuentro y Lila lo abraza con fuerza. Entre ladridos, corre y
cruza la puerta. La felicidad de Lila es que su mamá está adentro, de espaldas,
frente al fogón. –Mamá, el Ramón me dejó sola y me asusta –dice sin aliento. Su
hermano ni la mira porque está luchando con el perro en un rincón. Lila se da
cuenta de que su mamá no está nerviosa, está contenta porque han nacido cuatro
chivitos nuevos, más de lo que esperaban. Pero la leche de las cabras no alcanza,
dice. Hay que preparar las botellas para darles; si no, se les mueren. Eso es lo único
en el mundo que Lila sabe que no puede pasar. La madre dice que cambie al bebé
que está mojado y lo ponga a dormir. Ramón ya está echando la leche en las
botellas y tapándolas con la tetina de cuero. Lila tiene ganas de ver los cabritos,
pero primero debe hacer lo que su mamá le ha dicho. –¡Duérmase de una vez!
–ordena impaciente–. Viene el enano y lo lleva –el bebé sonríe y la mira con los ojos
redondos, sin asomo de sueño–. ¡Le pongo las luces! –amenaza Lila–. ¡Le pongo
las luces y lo pisa el auto! Al fin, el bebé se duerme y Lila corre excitada afuera.
Ramón acarrea el balde con las cuatro botellas. En el corral de palo ya oscurecido,
su madre da órdenes cortas y precisas que Lila y Ramón obedecen al instante. De
un lado al otro, el perro vigila que ningún chivo se escape. Lila es todo ojos. En las
sombras, su madre sujeta con brazos y piernas una cabra; cuando la tiene segura,
con una mano toma el chivito y lo pone a mamar. Lila entiende. Tienen que aprender
a mamar los chivitos para que después tomen de la mamadera y no se mueran.
Ramón ya sostiene la otra cabra. Lila se agacha y levanta uno de los recién nacidos.
Los balidos son débiles y lastimeros. –Tiene hambre –dice Lila. Rápida, busca la
ubre de la cabra y mete el dedo en la boca del cabrito. Escucha el ruido de succión.
–Éste ya toma –dice a su hermano. El corral se llena de balidos, de viento y de
noche. Una racha fría alborota la pollera de la madre y el pelo de Lila que, en
cuclillas, deja a un recién nacido y levanta a otro. En su palma late desenfrenado el
corazón del chivito que toma con avidez. Se van a salvar, piensa Lila. No se van a
morir. Se deja caer, jugando, sobre el costado de una cabra que se mueve y la
empuja. Son calentitas, piensa contenta. –Éste se tomó todo, ya. Recortados contra
la luz débil de la cocina, los más chicos miran desde la puerta. La madre le dice a
Ramón que vaya a la pieza, saque el colchón y traiga el elástico de la cama. Le
ordena a Lila que le ayude. El corral tiene la puerta rota y los animales pueden
salirse durante la noche. Obedecen, su hermano pone el colchón en el piso y apoya
el elástico de canto. Lila toma el otro extremo y, entre los dos, lo llevan afuera. Van
tropezando en la oscuridad. Su madre acomoda el elástico a la entrada del corral y
lo sujeta con unas sogas. Le está diciendo a Ramón que mañana debe buscar unos
palos buenos y arreglar la puerta. Todo terminó. Su mamá y Ramón entran a la
casa, pero Lila se queda. Con la cara entre los palos, mira la oscuridad estremecida
del corral, siente el olor áspero, familiar, y escucha el roce de los cuerpos. El viento
sisea entre las piedras, las cabras se acomodan y las crías, al abrigo de sus
madres, no balan más. La noche bajó sobre la Patagonia entera. El perfil de las
montañas es apenas el trazo de las cumbres nevadas. No hay luna. Un arco
portentoso de estrellas resplandece en el frío nocturno y cubre el cielo de un
extremo al otro del valle con sereno esplendor. –¡Lila! Lila corre a la casa y su
madre tranca la puerta. Sentados a la mesa, los cuatro miran silenciosos la espalda
de la madre frente al fogón. El olor de la tortilla llena la cocina. El más chico se ha
quedado dormido con la cara sobre la mesa. A Lila se le cierran los ojos, pero el
hambre la mantiene despierta. Comen en silencio. La madre quiere saber si ha
venido el maestro y qué les ha dicho. El que contesta es Ramón. Lila va a preguntar
de las luces, pero mastica y se le cierran los ojos. La voz de su mamá se va
apagando. En el techo silba el viento y el anchimallén está lejos. Mañana va a
aprender lo de las luces para que el maestro vea que ella sabe. El viento sigue su
canto, monótono. Lila se queda dormida.
LA FOTO
Enrique Anderson Imbert
Jaime y Paula se casaron. Ya durante la luna de miel fue evidente que Paula se
moría. Apenas unos pocos meses de vida le pronosticó el médico. Jaime, para
conservar ese bello rostro, le pidió que se dejara fotografiar. Paula, que estaba
plantando una semilla de girasol en una maceta, lo complació: sentada con la
maceta en la falda sonreía y…
¡Clic!
Poco después, la muerte. Entonces Jaime hizo ampliar la foto -la cara de Paula era
bella como una flor-, le puso vidrio, marco y la colocó en la mesita de noche.
Una mañana, al despertarse, vio que en la fotografía había aparecido una manchita.
¿Acaso de humedad? No prestó más atención. Tres días más tarde: ¿qué era eso?
No una mancha que se superpusiese a la foto sino un brote que dentro de la foto
surgía de la maceta. El sentimiento de rareza se convirtió en miedo cuando en los
días siguientes comprobó que la fotografía vivía como si, en vez de reproducir a la
naturaleza, se reprodujera en la naturaleza. Cada mañana, al despertarse,
observaba un cambio. Era que la planta fotografiada crecía. Creció, creció hasta que
al final un gran girasol cubrió la cara de Paula.
ALAS
Enrique Anderson Imbert
Yo ejercía entonces la medicina en Humahuaca. Una tarde me trajeron un niño
descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le
quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo
hablar le pregunté:
-¿Por qué no volaste, m’hijo, al sentirte caer?
-¿Volar? -me dijo- ¿Volar, para que la gente se ría de mí?
ESPIRAL
Enrique Anderson Imbert
Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo oscuro.
Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que
conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si esa era mi
casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a
mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir
por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo,
todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos
quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la
sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de
los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá
ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de
caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al
que venía subiendo, que era yo otra vez.
FIN
LA MUERTE
Enrique Anderson Imbert
La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos pero con la cara
tan pálida que a pesar del mediodía parecía que en su tez se hubiese detenido un
relámpago) la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para
que parara. Paró.
-¿Me llevas? Hasta el pueblo no más -dijo la muchacha.
-Sube -dijo la automovilista. Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que
bordeaba la montaña.
-Muchas gracias -dijo la muchacha con un gracioso mohín- pero ¿no tienes miedo
de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto
está tan desierto!
-No, no tengo miedo.
-¿Y si levantaras a alguien que te atraca?
-No tengo miedo.
-¿Y si te matan?
-No tengo miedo.
-¿No? Permíteme presentarme -dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos
grandes, límpidos, imaginativos y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz
cavernosa-. Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e.
La automovilista sonrió misteriosamente.
En la próxima curva el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las
piedras. La automovilista siguió a pie y al llegar a un cactus desapareció.
LA MONTAÑA
Enrique Anderson Imbert
El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en
la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre,
sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo
una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones
de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como
rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y
no podía.
-¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.
LA SOGA
Silvina Ocampo
A Antoñito López le gustaban los juegos peligrosos: subir por la escalera de mano
del tanque de agua, tirarse por el tragaluz del techo de la casa, encender papeles en
la chimenea. Esos juegos lo entretuvieron hasta que descubrió la soga, la soga vieja
que servía otrora para atar los baúles, para subir los baldes del fondo del aljibe y, en
definitiva, para cualquier cosa; sí, los juegos lo entretuvieron hasta que la soga cayó
en sus manos. Todo un año, de su vida de siete años, Antoñito había esperado que
le dieran la soga; ahora podía hacer con ella lo que quisiera. Primeramente, hizo
una hamaca colgada de un árbol, después un arnés para el caballo, después una
liana para bajar de los árboles, después un salvavidas, después una horca para los
reos, después un pasamano, finalmente una serpiente. Tirándola con fuerza hacia
delante, la soga se retorcía y se volvía con la cabeza hacia atrás, con ímpetu, como
dispuesta a morder. A veces subía detrás de Toñito las escaleras, trepaba a los
árboles, se acurrucaba en los bancos. Toñito siempre tenía cuidado de evitar que la
soga lo tocara; era parte del juego. Yo lo vi llamar a la soga, como quien llama a un
perro, y la soga se le acercaba, a regañadientes, al principio, luego, poco a poco,
obedientemente. Con tanta maestría Antoñito lanzaba la soga y le daba aquel
movimiento de serpiente maligna y retorcida que los dos hubieran podido trabajar en
un circo. Nadie le decía: “Toñito, no juegues con la soga.”
La soga parecía tranquila cuando dormía sobre la mesa o en el suelo. Nadie la
hubiera creído capaz de ahorcar a nadie. Con el tiempo se volvió más flexible y
oscura, casi verde y, por último, un poco viscosa y desagradable, en mi opinión. El
gato no se le acercaba y a veces, por las mañanas, entre sus nudos, se demoraban
sapos extasiados. Habitualmente, Toñito la acariciaba antes de echarla al aire, como
los discóbolos o lanzadores de jabalinas, ya no necesitaba prestar atención a sus
movimientos: sola, se hubiera dicho, la soga saltaba de sus manos para lanzarse
hacia delante, para retorcerse mejor.
Si alguien le pedía:
–Toñito, préstame la soga.
El muchacho invariablemente contestaba:
–No.
A la soga ya le había salido una lengüita, en el sito de la cabeza, que era algo
aplastada, con barba; su cola, deshilachada, parecía de dragón.
Toñito quiso ahorcar un gato con la soga. La soga se rehusó. Era buena.
¿Una soga, de qué se alimenta? ¡Hay tantas en el mundo! En los barcos, en las
casas, en las tiendas, en los museos, en todas partes... Toñito decidió que era
herbívora; le dio pasto y le dio agua. La bautizó con el nombre Prímula. Cuando
lanzaba la soga, a cada movimiento, decía: “Prímula, vamos Prímula.” Y Prímula
obedecía.
Toñito tomó la costumbre de dormir con Prímula en la cama, con la precaución de
colocarle la cabecita sobre la almohada y la cola bien abajo, entre las cobijas.
Una tarde de diciembre, el sol, como una bola de fuego, brillaba en el horizonte, de
modo que todo el mundo lo miraba comparándolo con la luna, hasta el mismo
Toñito, cuando lanzaba la soga. Aquella vez la soga volvió hacia atrás con la
energía de siempre y Toñito no retrocedió. La cabeza de Prímula le golpeó el pecho
y le clavó la lengua a través de la blusa.
Así murió Toñito. Yo lo vi, tendido, con los ojos abiertos. La soga, con el flequillo
despeinado, enroscada junto a él, lo velaba.