B10 Apocalipsis
B10 Apocalipsis
Guatemala, C.A.
1
ESCUELA DE FORMACIÓN CRISTIANA
SAN ANTONIO MARÍA CLARET
Apocalipsis
Un llamado a la esperanza
Edición 2025
2
INDICE
Página
3
I. CONTENIDO DEL APOCALÍPSIS
I. LAS 7 IGLESIAS
1, 1-3 Título y descripción del libro
1, 4-8 Saludo
1, 9-20 Visión de Jesús como Hijo de hombre
2,1 – 3,22 Cartas a las 7 Iglesias
4
II. SÍMBOLOS DEL APOCALIPSIS
El Simbolismo en el Apocalipsis
El Apocalipsis se presenta como una profecía de la historia, llena de
símbolos. La victoria de Cristo ha cambiado el curso del tiempo y las
dimensiones del espacio; su presencia impregna por completo nuestra
realidad y llena de sentido los acontecimientos de nuestra historia. Solamente
el símbolo es capaz de superar el convencionalismo de nuestro lenguaje
conceptual y de elevar lo concreto a una dimensión trascendente y abrirlo a
una contemplación misteriosa. El símbolo posee una validez interpretativa
perdurable. Para entender con coherencia el Apocalipsis es preciso conocer
adecuadamente el símbolo, que se convierte para la apocalíptica en un
elemento esencial. Es esta cualidad, la que primero y más poderosamente
llama nuestra atención de lectores. El libro se encuentra repleto de visiones
simbólicas. El autor sigue los usos habituales de los escritores apocalípticos.
No en vano comienza con esta palabra “Apocalipsis”, que significa
“manifestación de algo oculto”. Pero se aparta del hermetismo y de la fantasía
desbordada de las obras apocalípticas judías. El simbolismo del Apocalipsis
proviene en primer lugar del Antiguo Testamento (recuérdense las diversas
menciones acerca de la serpiente, el paraíso, las plagas, las trompetas, etc.)
también de la apocalíptica judía, y especialmente de la concepción original,
propia del autor, que incorpora los diversos elementos en una nueva síntesis
genial. A fin de tener una visión lo más global y coherente posible, que nos
permita entender mejor el Apocalipsis, agrupamos las diversas clases de
símbolos.
1. Símbolos Aritméticos
12: El pueblo de Dios. Es la totalidad social. El 24 representa la perfección del
pueblo de Dios: las 12 tribus más los 12 apóstoles.
4: El cosmos, los 4 puntos cardinales.
3: Representa a Dios.
5
1000: Muchedumbre, cantidad grande.
2. Símbolos Cromáticos
Blanco: Símbolo de la divinidad y del estado celestial.
3. Otros Símbolos
Tierra-Cielo: Designa las dos dimensiones de la historia: la aparente y la
profunda. La tierra es donde dominan los impíos, los idólatras, los opresores. El
cielo es el mundo trascendente de Dios dentro de la historia: es el mundo de los
santos, de los que no son opresores o idólatras.
Trono de Dios: Símbolo de su poder. Mientras en la tierra el emperador tiene su
trono, desde donde oprime; en el cielo domina el poder de Dios, que da
esperanza y resistencia.
Libro Sellado: La historia humana: los 7 sello representan el tipo de análisis de
coyuntura: los cuatro primeros sellos representan la realidad de muerte del
Imperio Romano. Los tres restantes, la realidad trascendente de la historia.
7 trompetas y 7 copas: es una relectura del Éxodo, vivido ya no en Egipto sino
en el corazón del imperio.
La prostituta: Roma (17,1.9.12)
6
Simbolismo cósmico: (sol que se torna negro, luna que se desangra, truenos,
terremotos) Expresan la presencia inmediata de Dios en la historia. Ante esta
cercanía, la naturaleza ser siente sacudida.
Estrella caída: La caída del emperador romano.
7
III. MENSAJE TEOLÓGICO DEL APOCALIPSIS
1. Dios
Tiene un sentido agudo de Dios, lo expresa en términos y con categorías sacadas
del Antiguo Testamento.
Lo presenta como Santo (sacro), Justo (moral), Omnipotente, Aquel que sentado
en su trono domina todo. Lo llama también “Padre de Cristo” que en el Nuevo
testamento aparece así referido. Parafraseando al Dios del Éxodo (Ex. 3,14) lo
llama “El que es y era y ha de venir” (Ap. 1,4). Es el Dios que, en su trascendencia
permanente, pone en movimiento el proceso de salvación, desarrollándolo en el
tiempo y superando gradualmente el mal. Es aquel que al final de los tiempos y
superado todo obstáculo, lo va a renovar todo y establecerá entre Él y la
comunidad salvada la Jerusalén Celestial.
2. Cristo
La figura de Cristo es tan familiar como la de Dios, para el autor. Le llama el
Cordero, el Testigo fiel, el Amén, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, el Lucero de
la mañana. La concepción de Cristo la sintetiza en la visión inicial (1, 9-20):
muerto, resucitado, vivo, Cristo mueve a la Iglesia con toda su energía.
3. Los ángeles
Y los seres sobrehumanos tienen en el Apocalipsis un papel importante y asumen
las más diversas formas. Expresan una manifestación concreta y compleja de
Dios y de su acción. Colaboran o se oponen al desarrollo de la salvación.
8
Representan toda una serie de fuerzas activas que se sitúan idealmente por
encima de los hombres y por debajo de Dios.
4. La Iglesia
Es un tema fundamental en el Apocalipsis. Nos habla de una totalidad de la
Iglesia (7 Iglesias). Nos habla de Iglesias locales. Relata con precisión la vida
interna de las Iglesias. Señala y define las leyes de su comportamiento frente a
sus enemigos. Coloca y define a la Iglesia en marcha, con sus dificultades y
tensiones. Pero la describe con una meta clara y definida: Está vinculada a Cristo
por lo que la hace su esposa y su aspecto social y externo que la hacen una
ciudad, la Jerusalén Celestial. Ciudad/Esposa.
9
IV. CÓMO LEER EL APOCALIPSIS
1. La comunidad del Apocalipsis es una comunidad perseguida par el imperio romano y cuenta
entre sus filas con numerosos mártires, como podemos ver par Ap 2, 13; 6, 9-11; 7, 9-17; 11,
7-10; 13, 15; 16, 5-6; 17, 6; 18, 24; 20, 4.
2. Véase también 12.11, donde Juan recuerda a los cristianos que ellos vencieron al
Diablo gracias a la sangre del Cordero.
10
Por eso es tan importante para el autor mantener viva la memoria del Primer
Mártir y ponerla a producir. Porque con su cruz (víctima también él del poder
opresor del imperio) y su resurrección. Jesús se ha convertido para la
comunidad en "una Buena Nueva (evangelio) eterna" (Ap 14, 6), ya que
fundamenta la fe y la esperanza (contra toda esperanza, desde la “lógica
humana") del pueblo cristiano, el cual, de esta manera, es animado y exhortado
a vivir los valores del reino, por los cuales Jesús dio su vida. Para el autor, sólo
el Primer Mártir —y no Domiciano, por más que éste lo pretenda con su poder
político, económico, social y religión es el auténtico señor de la historia y el
único capaz de dar la luz y la fuerza que necesitan los cristianos para. en medio
de las persecuciones, "guardar los mandamientos de Dios y mantener el
testimonio de Jesús" (Ap 12, l7b).
Se trata, pues, de una obra subversiva para los poderes políticos injustos de la
época, en la cual escribe el autor, porque desenmascara su mentira y advierte a
los cristianos que na se dejen engañar por la Propaganda religiosa del imperio
romano (simbolizada por la Bestia de la tierra, en Ap 13, 11-17 o por su
equivalen le, el Falso Profeta, en Ap 20,10), que quiere engañar a los incautos,
quienes se dejen seducir por su propaganda. En esto se muestra como creación e
imagen del demonio, "el padre de la mentira", como dice Juan 8, 44. esta es la
razón por la cual esta obra ha de estar escrita en clave. Pues su mensaje cifrado
intenta eludir una persecución fácil, por parte del imperio romano.
11
específicamente religiosos. Este hecho resultó tan impactante pata el pueblo
creyente de Israel, que provoca un despejar religioso y se concretó en una
revolución armada —la de los hermanos macabeos (véase 1 y 2 Macabeos y
en una literatura religiosa, que denominamos apocalíptica.
12
Se era consciente de que Jesús había sido condenado a muerte por las
autoridades romanas, pero con todo, en los evangelios se presentaba este
hecho como consecuencia de un error político de Pilatos, engañado por las
autoridades judías. Se presentaba así porque, de entrada, se intentaba evitar el
conflicto con la autoridad política que dominaba totalmente "la tierra
conocida", en el mundo neotestementario. Un conflicto político hubiera dificultado la
misión cristiana en un mundo. en el cual el imperio romano era el dueño y señor
absoluto. incluso la persecución por parte de Nerón fue vista, más bien, como
un hecho aislado, debido a la locura de un emperador concreto.
Pero la situación —por to menos para las iglesias del profeta Juan— cambió
bajo Domiciano. Durante su reinado, buena parte del poder de la Iglesia chocó
con el poder totalitario romano, tanto en su dimensión civil como en la religiosa.
Pues Domiciano. para dar solidez y unidad al imperio, exigía el culto y la
adoración a su persona. Este culto era el signo y el distintivo del buen ciudadano
que quisiera "hacer carrera", la condición imprescindible para poder llevar a
cabo una existencia exitosa, política y económicamente. No se trataba de un
conflicto anecdótico. Era un conflicto de principios. De ello roma conciencia
clara el autor del Apocalipsis. Escribe in obra para desenmascarar el peligro
que comportaban para su comunidad la propaganda y la opresión del imperio (la
religión imperial result6 muy popular en la parte oriental, sobre todo en Asia
Menor. lugar en el cual hay que ubicar, probablemente, el origen del
Apocalipsis). Con su obra, Juan quiere ayudar también a su comunidad a resistir
ante la persecución que, por lo menos a corto plazo, resultaba inevitable.
En este contexto conviene notar que el odio y la violencia de algunos textos
son expresión de la situación límite que está viviendo la comunidad. Juan parte
de esta realidad, sin disimularla. Por ello recoge estos sentimientos "naturales"
de odio para provocar en su comunidad una catarsis, es decir, un desahogo y
una purificación de estos sentimientos, transformando el odio hacia el imperio en
conciencia de la propia vocación e identidad. Por otro lado, la violencia que
aparece en el Apocalipsis es más literaria que real. Pues el triunfador del cual se
habla aquí es un Cordero degollado, es decir, un crucificado. Y los mártires, cuyo
triunfo se proclama, derrotan a Satanás con su testimonio, como Jesús derrota a los
pueblos con su "Palabra". En esto, el Apocalipsis se parece al Antiguo
Testamento, el cual también parte de la realidad violenta que domina nuestro
mundo y por eso no disimula la violencia en sus páginas, sino que intenta
transformarla.
13
Pero, sobre todo, lo que el autor quiere impedir con su obra es que los
fracasos aparentes en la resistencia frente a la prepotencia del imperio lleven a
la comunidad a perder la esperanza, pues el imperio romano presentaba al
emperador como el señor del mundo (véase Ap 13, 4-11) y exigía que se le
diera culto, apoyándose para ello en su poder político y en las ideologías,
incluida la propaganda religiosa, que lo sustentaban (véase Ap 13. 11ss). El
imperio exigía que se aceptaran, sin discusión, los valores (antivalores) que
sostenían su poder.
Frente a esta pretensión, los cristianos tenían que reaccionar. Tenían que
confesar, precisamente, toda lo contrario y desenmascarar —por fidelidad a su
fe los engaños que propalaba el imperio. A ello apunta la crítica del lujo, del
orgullo y de la prepotencia económica y política que, en buena herencia
profética (véase Is 1, 17; 2, 12ss; 3, 16-24; 5, 8-9, etc.), aparece en Apocalipsis
18, cuando canta, alborozado, la caída futura del imperio (véase también Ap 13,
16 ss). Los cristianos se veían obligados a reaccionar así porque para ellos sólo
había un Dios, verdaderamente omnipotente, y un solo Señor, el Cordero
degollado (véase Ap 17,14). Como es obvio, esta actitud crítica tenía que
comportar para los cristianos una persecución violenta, por parte del Estado (Ap. I2, 13j
t3, 7) y, en ocasiones, el martirio (véase Ap 2, 13, etc.). Pues como muy bien
indica C. Mesters, "el control de la policía era rotal; nadie podía escapar a su
vigilancia (13. d). Quien no apoyaba al régimen del imperio, no podía vender
ni comprar nada (13, t7). El emperador era presentado como si fuera un nuevo
Jesús. Hasta decían que él era un resucitado (13, 3.1 2.14)".
No era, pues, fácil, en esta situación, mantenerse fiel a Jesús y a los principios
y valores cristianos. Es por todo ello por lo que el profeta Juan [cfr. Ap 1, 3; 22,
9) se decide a escribir esta obra a su comunidad, eligiendo para ello el género
literario apocalíptico, familiar para ella y el más adecuado para responder, en
buena tradición judía, a los retos que planteaba al cristianismo el imperio
totalitario romano.
Resumiendo lo dicho hasta ahora, podemos constatar lo siguiente: I) el
Apocalipsis, que nace en tiempo de persecución recia para la Iglesia, fomenta
una espiritualidad de resistencia y promueve un mundo alternativo; 2) es un
libro liberador, lleno de esperanza; 3) permite a la comunidad cristiana
reconstruir su conciencia y su esperanza; 4) su utopía es historia y política.
14
4. Finalidad del Apocalipsis
En una época en la cual la Iglesia empieza a sufrir las consecuencias de una
helenización excesiva. el autor se propone claramente una reforma radical de la
Iglesia (esto aparece muy claro en el primer septenario: el de las siete cartas).
Por lo que acabamos de ver ya podemos sospechar que lo que pretende el
autor no es predecir el cómo y el cuándo del fin del mundo. Tampoco pretende
asustar a la comunidad con la amenaza de un fin del mundo inminente y terrible.
No respondería ello al talante de los hombres bíblicos inspirados.
Como todo apocalipsis de la época, el Apocalipsis es, más bien, un libro de
circunstancias, preocupado por el aquí y el ahora que está viviendo la
comunidad. Más que predecir cómo será el futuro, cosa que desconoce
(recordemos que ya en el discurso apocalíptico de Jesús, que recoge el
evangelio de Marcos, se nos advierte que ni a los Ángeles del cielo, ni, tan
siquiera, al Hijo ha revelado el Padre cuándo será el fin del mundo: véase Mc 13,
32; también Hech 1, 6-8 y Lc 21, 8, un texto, este último, que pone sobre aviso
ante los falsos profetas cristianos, que dirán que “el tiempo está cerca”), lo que
le preocupa al autor es la actitud que debe tener el cristiano ante ciertas
realidades terrenas que, de modo regular a lo largo de la historia, se manifiestan
como amenazantes para la fe.
En este sentido, el Apocalipsis, sobre todo si se lee desde las víctimas, es una
"literatura de combate", escrita, como decía al comienzo, por los militantes de la
fe, quienes reflexionar sobre el modo cómo pueden resistir a las seducciones y
asaltos del mundo (los poderes fácticos que se revelan como inhumanos, como
"ídolos de muerte") y a las injusticias que padecen.
En este supuesto, se comprenderá que la literatura apocalíptica utilice mucho
el lenguaje simbólico críptico, pues quiere evitar que el imperio se entere bien
de la gravedad denunciadora de sus textos y, ante esta crítica, acentúa aún más
su opresión3.
15
De todos modos, el imperio opresor es cruel y goza de gran poder. Se lo
pone muy difícil a1 teólogo apocalíptico. Por eso, la apocalíptica es también un
tipo de literatura que parece tener una visión más pesimista sobre este mundo
y sobre sus posibilidades de transformación. La historia no apunta a un final
feliz intramundano. No se espera un progreso continuado. Se espera un mundo
nuevo, más allá de la historia. Como nota J. Moltmann:
La historia es siempre lucha por el poder. Aquel que tiene el poder, se halla
interesado en el progreso de la historia. Entiende el futuro como continuación y
perfeccionamiento de su presume. Aquel que es impotente y se halla oprimido,
no está interesado en la continuidad, ni en el perfeccionamiento de su historia de
sufrimientos, sino únicamente en el pronto final de esa historia y en un futuro
alternativo4.
Pero esta visión más bien desengañada del mundo no expresa toda la
hondura del mensaje apocalíptico canónico. Pues es también un tipo de
literatura que quiere fomentar, por activa y por pasiva, la esperanza, aunque
parezca una esperanza "contra toda esperanza".
16
La vida —la verdadera vida se ha fortalecido en mí cuando, a través de Pierce
Teilhard de Chardin, aprendí a leer el evangelio: el proceso de la resurrección
empieza con la primera arruga que nos sale en la cara; con la primera mancha
de vejez que aparece en nuestras manos; con la primera cana que
sorprendemos en nuestra cabeza un día cualquiera, peinándonos; con el
primer suspiro do nostalgia por un mundo que se deslíe y se aleja, de pronto.
frente a nuestros ojos...
Así empieza la resurrección. Así empieza no es tan incierto que algunos
llaman "la otra vida", pero que en realidad no es la "otra vida", sino la vida "otra”
Amenazados de muerte. ¿Y qué? Si así fuere, los perdono anticipadamente.
Que mi cruz sea una perfecta geometría de amor, desde la que pueda seguir
amando, hablando, escribiendo y haciendo sonreír, de vez en cuando, a todos mis
hermanos los hombres.
Que estoy amenazado de muerte... Hay en la advertencia un error
conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados
de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor
Cuando se escribió el Apocalipsis (o los apocalipsis sinópticos: Mc 13 par),
los cristianos podían pensar que no estaban "amenazados de resurrección". sino
más bien "amenazados de desesperanza". La persecución que sufrían por parte del
imperio romano se hacía sentir duramente. Muchos habían pagado ya su fidelidad a
Cristo con el sufrimiento y la muerte, el martirio. Y el imperio parecía invencible
(¡tardó más de 3ŒI años en caer!). Y era omnipresente. Por eso había que exhortar
a las resistencias frente a él, aunque pareciera algo inútil y desesperado.
Lo primero que había que hacer en aquella situación era mostrar su
debilidad, su fragilidad, para que no resultara absurda o alienante toda
resistencia. El profeta Juan lo hace utilizando una imagen muy sugerente para
el creyente, desde la experiencia del exilio en Babilonia. Aplica a Roma el
calificativo despectivo de "Babilonia" (cf. Ap 18). Babilonia simboliza todo
imperio cruel e injusto que, aunque parezca vencedor, acaba siendo vencido y
destruido.
El primer imperativo de la esperanza consiste en no dejarse derrotar por la
enorme fuerza de negatividad acumulada en Babilonia. Nuestra Babilonia hoy es
el conjunto de exclusiones e insolidaridades, de corrupciones y "pelotazos", de
ansias de poder y de dominio. Frente a esa Babilonia. nos sentimos unas veces
5
aplastados y otras fascinados .
17
Pero no basta con mostrar la debilidad del sistema dominante. Hay que
alimentar también la esperanza, que los cristianos necesitan para recobrar el
aliento. Es lo que pretende el Apocalipsis cuando canta, por activa y por pasiva,
la victoria del Cordero, que aparecía como degollado, pero que estaba en pie
(resucitado). Pues no se trata de una esperanza "barata". Ha sido comprada a un
gran precio: la muerte de Jesús.
6. La fidelidad de Dios
Si nos detenemos un poco más en el contenido del Apocalipsis, descubrimos
que el hilo conductor de la reflexión (el leiv motiv de la obra) es que Dios es fiel
y misericordioso, liberador y protector del pobre y del oprimido. Se trata, por
tanto, de un Dios que, si en el pasado histórico de Israel se reveló con unas
características y un estilo determinados, así se manifestará también en el futuro.
En este sentido, nuestro autor, como los autores apocalípticos en general,
sobre todo si son inspirados por Dios (me refiero, por tanto, a los bíblicos, que
son para nosotros el criterio de discernimiento de toda inspiraci6n que puede
merecer el nombre de divina), es un fiel heredero de dos grandes corrientes
del pensamiento tipo bíblico, la profético y la sapiencial. que él ha sabido
aplicar a la nueva situación que vive ahora el pueblo de Dios.
Como profeta que es, aunque parezca predecir el futuro, propiamente lo que
pretende es ayudar a discernir los signos de los tiempos y a mostrar cómo hay
que actuar en el presente, aunque ello comporte unas consecuencias políticas y
económicas duras y, aparentemente, dichas opciones están condenadas al
fracaso —al menos según la lógica "humana". Si Juan insiste, aún más que en la
profecía, en la actuación inminente y cierta de Dios —un Dios que, finalmente,
“hará justicia"— se debe a que. como heredero también de las tradiciones
apocalípticas y ame la crisis de fe que amenaza a su comunidad, quiere hacer
palpable la acción de Dios que, en el momento actual, parece haberse olvidado
de su pueblo.
Este aparente "olvido" es el que resuena en la queja de los mártires que
encontramos en Apocalipsis 6, 9-11:
Cuando soltó el quinto sello, vi al pie del altar, con vida a los asesinados por
proclamar la palabra de Dios y por el testimonio que mantenían; clamaban a
grandes voces: “Tú el soberano. el santo y leal, ¿para cuándo dejas el juicio
de los habitantes de la tierra y la venganza de nuestra sangre?". Dieron a cada
uno una vestidura blanca y les dijeron que tuvieran calma todavía un poco,
hasta que se completase el número de sus compañeros de servicio y hermanos
suyos a quienes iban a matar como ellos.
18
Pero el autor, desde su sabiduría creyente (bíblica) sabe y proclama que
Dios no puede haberse olvidado de su pueblo empobrecido y perseguido.
Pues Dios sigue siendo el Señor de la historia que, si bien no le ha ahorrado
a su pueblo la persecución y el martirio —el creyente sabe que ni siquiera
bajó de la cruz a su propio Hijo (véase Mc 15, 29-32a, sí se ha revelado
siempre como salvador y dador de vida, no permitiendo jamás que la
muerte triunfara definitivamente sobre la vida (no en vano el cristiano
confiesa que Dios resucitó a Jesús como primicia de la nueva creación, que
quiere irrumpir en nuestro mundo), como tampoco ha permitido ni
permitirá que, a la larga, el mal triunfe sobre el bien. Por eso, Juan insiste en
su libro en que los hechos “tienen que suceder pronto” (Ap 1, 1; 22, 6.20).
No se trata, evidentemente, de un determinismo filosófico, que no sería
bíblico. Lo que el autor quiere decir a sus oyentes es que los hechos que
ocurren en el mundo están unidos y trabados en un plan de Dios que, visto a
largo plazo (desde el ciclo, la perspectiva de Dios), no tiene lagunas. Pero
este plan no ha sido revelado a los seres humanos en todos sus detalles
concretos, sino sólo en aquellos puntos de referencia y líneas generales
fundamentales que permiten, con ayuda de un discernimiento creyente
complejo (sapiencia)), vislumbrar el sentido último (religioso) de la realid8d
que vive el creyente. Así éste puede hacer, adecuadamente, las opciones
concretes que la situación exige.
Desde esta perspectiva global y hondamente creyente, se comprende que el
autor se atreva a denominar su obra una Buena Noticia Eterna (14, 6). Se trata,
efectivamente, de una Buena Noticia. Pero una Buena Noticia escrita por y para
“los que tienen hambre y red de justicia”, pues sólo éstos pueden saber y creer
que Dios los saciará, como había prometido Jesús (véase Mt 5, 6.10). Esta
atmósfera claramente profética es la que lleva al autor a enmarcar su obra con
unas bienaventuranzas (no es casual, como veremos luego, que haya un total de
siete bienaventuranzas: véase Ap 1, 3 y 22, 14; véase también 14, 13; 16, 15; 19,
9; 20, 6; 22, 7), la primera de las cuales subraya el valor del Apocalipsis:
“Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden
lo escrito en ella, porque el tiempo está cerca" (Ap 1, 3).
En todo caso, en el Apocalipsis, el autor no pretende damos, en absoluto. el
video de los últimos tiempos. Lo que pretende es desvelar el “Velo” que oculta
el sentido y el final de la historia, tal como éstos pueden ser anticipados a la luz
de la fe. Pues con ello espera poder ayudar a los miembros de su comunidad a
no dejarse engañar por los seducciones y amenazas del imperio romano.
19
7. El significado de las cifras
Al servicio de esta fe en la actuación del Dios fiel y misericordioso, liberador
del pobre y del oprimido (a menudo es una fe que parece ir contra toda lógica
meramente humana) está la sistematización que suele caracterizar la literatura
apocalíptica.
Las cifras simbólicas, que aparecen continuamente, la periodización de la
historia en etapas, que se van repitiendo de modo regular y fijo, los motivos,
que van resonando una y otra vez, quieren mostrar al lector-oyente los
parámetros fijos de la historia, lo cual aparece muy claramente en la estructura
concéntrica del Apocalipsis y en el paralelismo entre el segundo, el tercer y el
cuarto septenario que, en el fondo, hablan de las mismas constantes históricas,
pero cada vez desde una perspectiva distinta. Pues la historia humana, tal como
la concibe el Apocalipsis, si bien avanza hacía un término de plenitud, revela,
a la vez, determinadas constantes en las distintas etapas de In historia que serán
válidas, por tanto, para la etapa en la cual viven el autor y su comunidad.
La estructura concéntrica ayuda a ver las coordenadas teológicas de la
historia, pero sin caer en un eterno retomo de todas las cosas. Pues el autor,
embebido como está del pensamiento bíblico, quiere mostrar también el
progreso de la historia que avanza hacía su culminación, cuando Dios lo sea
modo en todos.
El progreso se ve, por ejemplo, en que en los tres septenarios centrales, la
gravedad de las plagas va en aumento o en el hecho de que en los septenarios
segundo y tercero no se describe el contenido del séptimo sello y de la séptima
trompeta, sino que se menciona tan sólo que se abre el sello y suena la trompeta.
a fin de que el lector caiga en la cuenta de que el Apocalipsis no nos está
hablando de momentos distintos y sucesivos de la historia, sino de los mismos
acontecimientos, pero vistos desde perspectivas distintas. Y toda la obra
culmina en el juicio final (Ap 20, I I-15) y en el cielo nuevo y la tierra nueva, que
nos aguardan al final de la historia (Ap 2l,1ss).
Con todo ello, Juan quiere afianzar en la comunidad la confianza en Dios,
que es el que rige la historia con mano firme, a fin de que el lector confíe en
que se realizarán las predicciones escatológicas que contiene el libro.
20
8. El lenguaje críptico y simbólico
El lenguaje críptico y simbólico es uno de los rasgos más específicos de la
literatura apocalíptica. Los símbolos suelen estar tornados de los libros del
Antiguo Testamento. En el Apocalipsis son, sobre todo, los libros del Éxodo, de
Ezequiel y de Daniel los más utilizados por el autor para sus afirmaciones y
símbolos. La predilección par estos tres libros se debe a que precisamente en
estos textos aparece, con claridad meridiana, la intervención salvadora de
Dios en la historia. Pues en ellos se narran tres grandes acciones liberadoras de
Dios a favor del pueblo de Israel: cuando era esclavo en Egipto. cuando estaba
exiliado en Babilonia y cuando fue oprimido por los reyes seleúcidas.
El lenguaje simbólico además de ser m6s sugerente, tiene la ventaja de que,
de alguna manera, universaliza el mensaje. Pues aunque los símbolos se estén
refiriendo primariamente a una realidad que está viviendo el autor, el lenguaje
simbólico ayuda a concienciar, sin embargo, que su mensaje es válido para
todas las épocas. Por lo menos es válido mientras Israel o la Iglesia sean
peregrinas en esta tierra.
Esto aparece muy claro en algunos de los simbolismos utilizados por el
Apocalipsis, tomados de la medición profética y apocalíptica del Antiguo
Testamento, aplicados allí a los imperios de turno, que amenazaban al pueblo
de Israel. Así, por ejemplo, si en Apocalipsis 17 y 18, el autor quiere hablar del
imperio romano, que persigue a la comunidad, lo hará denominándola “la gran
Babilonia, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra” (17, 5),
empleando unas imágenes que ya Isaías y Ezsquic1 habían utilizado para
identificar las ciudades opresoras de Israel, sobre todo Babilonia, que se
convirtió en símbolo del mal y del peligro de idolatría para el pueblo creyente.
Dentro de la misma finca puede denominarla también "la Bestia de la tierra" (Ap
13. ss) y la pintará diciendo que "se parecía a un leopardo, con las patas como
de oso, y las fauces como fauces de león” (Ap 13, 2), aplicándole así los
símbolos que en Daniel 7, 4-6 se atribuían a los imperios babilonio, medo y
persa. Así. subraya que el poder de Roma es como el de los tres imperios juntos.
En todo caso, los símbolos con que pinta a la Bestia muestran, por un lado, que
ella quiere hacer la competencia al Cordero degollado. Por otro lado, indican
también que su poder, en el fondo, le viene del dragón o de la serpiente
antigua, es decir, del diablo (véase 13, 2 junto con 12, 9 y todo el cap. 12). Y ii
la Bestia tiene siete cabezas (siete es el símbolo de plenitud, como hemos visto),
es que con ello quiere ayudar al lector a identificar de qué realidad política está
hablando, pues en Apocalipsis 17, 9 nos dirá que dichas cabezas simbolizan
“siete colinas” (Roma era conocida en la Antigüedad como la ciudad de las
21
siete colinas) o “siete emperadores”, indicando en Apocalipsis 17, 10-11 que está
aludiendo a Domiciano, a quien, por su crueldad y persecución de los cristianos, la
comunidad aplica la leyenda que suponía que Nerón volvería a la vida y su reino
sería aún más horroroso de lo que lo fue la primera vez.
Y por si al lector-oyente le podían quedar dudas de que se est4 refiriendo al
emperador reinante, dirá, en Apocalipsis 13, 18, “¡Aquí se requiere sabiduría!
Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues se trata de la cifra de un
hombre. Su cifra es 66ó”. Con ello, el iniciado puede saber que se está refiriendo
a Domiciano, el Nerón redivivo, pues la suma de las letras que componen el
nombre de “Nerón César”, si se toma su equivalencia en las letras hebreas,
equivale a la cifra 666.
Con todo este simbolismo, Juan, además de dar la Buena Noticia al lector de
que este imperio injusto caerá (véase Ap 16, 18 y la alegría con que canta su
caída en Ap 18), le ayuda también a caer en la cuenta —a él y a los que vengan
después de él— de que, cuando esto ocurra, no por ello debe bajar la guardia y
la militancia cristiana. Pues cuando caiga Roma, Babilonia puede volver a
resurgir: el monstruo, el dragón, renace sin cesar, en un mundo injusto —y la
historia reciente de Centroamérica lo muestra a cabalidad—, mientras no se
haya hecho realidad e l triunfo pleno de Dios (véase Ap 20, 7-10) y no haya
bajado a la tierra la Jerusalén celestial, el cielo nuevo y la tierra nueva (véase
Ap 21, J—22, 5), que Dios tiene prometidos para el fin de los tiempos. En esta
perspectiva, por tanto. Juan le dice al cristiano que no debe ser ingenuo.
Mientras el reino de Dios no se haya realizado plenamente en la tierra —y esto
ocurrirá sólo al fin del mundo, el conflicto entre et "mundo", en sentido
joánico (véase Jn 1, 10; 3, 19s; 1S, 18ss, etc.) y el "evangelio" no es nunca un
conflicto meramente anecdótico, sino que es un conflicto de principio.
En este sentido, el simbolismo resulta particularmente significativo, pues
ayuda a concienciar que el mensaje del Apocalipsis es un mensaje válido para
todas las épocas, mientras la Iglesia sea peregrina en esta tierra. Pues se trata de
una tierra (estoy pensando en los mártires y en las mayorías empobrecidas del
tercer mundo, víctimas del hambre y de la violencia institucionalizada) en la
cual los "ídolos de muerte", que proféticamente denunció Juan, en Apocalipsis
18, siguen necesitando víctimas para poder saciar su voracidad y su lujo.
Las imágenes apocalípticas lo único que quieren desvelar es que estamos en
el momento definitivo de la historia humana. Es el momento decisivo. en la crisis
final, del discernimiento que revelará a cada uno el rostro de Dios: como
salvador, si ha sido fiel al Cordero degollado, o como juez si, como la Roma
imperial, ha perseguido a los cristianos y, en su orgullo, ha pretendido ser igual
22
a Dios (véase Ap 13, 4-8), exigiendo que se le adore por medio de la propagan-
da, incluso religiosa, simbolizada por la Bestia de la tierra (véase Ap 13, 11-17)
que, más adelante, es denominada el Falso Profeta (véase Ap 19, 20; 20, i0). De
éste se afirma —¡y sólo de éste en el Apocalipsis! (véase Ap 13, 13-14; 16, 14;
19, 20; véase también Mc 13, 22fMt 24, 24a que ha sido capaz de realizar
milagros con el fin de engañar a los incautos que no han sabido descubrir el
verdadero rostro de Satanás, el padre de la mentira (Jn 8, 44).
Por todo lo que acabamos de ver, podemos ahora entender mejor por qué el
autor del Apocalipsis tenía interés en dar un mensaje “cifrado": su mensaje
tenía que resultar demasiado revolucionario y subversivo para el imperio roma-
no. Las continuas alusiones al Antiguo Testamento (en principio desconocido
para las fuerzas romanos de ocupación o de represión) en los símbolos del
Apocalipsis tenían que resultar, de entrada, ininteligibles para las fuerzas
regresaras del imperio. En cambio, eran familiares p8za la comunidad de Juan.
23
en el mundo (incluso los vientos, los ríos o las estrellas) estaba impulsado por
ángeles.
24
V. LA LECCIÓN CENTRAL DEL APOCALIPSIS
PARA LA HISTORIA
1. La vocación cristiana
Las alusiones al Antiguo Testamento muestran que todo este septenario está
inmerso en una atmósfera pascual. Ello viene confirmado también por el
hecho de que antes de que suene la séptima trompeta, Juan interrumpe el relato
para desarrollar (cfr. Ap 10, 1-I I, 14) un amplio intermedio. En el Juan indica al
creyente cuál es en vocación cristiana, si tiene presente el significado
fundamental de la resurrección de Jesús. Con la aparición, en Apocalipsis 10,
del Ángel majestuoso, que lleva en su mano el librito que Juan es invitado a
comer (en una alusión clara a la vocación profética de Ezequiel: cfr. M 3, 3.14).
el autor quiere hacer referencia a su vocación profética. Por eso, el ángel le
indica que, una vez haya comido el librito, éste le resultará dulce y amargo a
la vez: dulce, porque su predicación contendrá una Buena Noticia eterna (cf.
Ap 14, 6), que consiste en el triunfo de Dios, que en este septenario queda
concretado en el anuncio pascual del triunfo de Jesús sobre Satanás, que será
narrado, simbólicamente, en el segundo intermedio (cfr. Ap 12). Pero amargo
también, pues Juan ha de anunciar el castigo a quienes se cierran al mensaje de
Dios, lo cual le comportará persecución y, quizás, el martirio.
25
La descripción de la vocación profética de Juan ha preparado el Capítulo 11,
en el cual se simboliza la situación que está viviendo la comunidad, destacando
dos aspectos complementarios, que acompañan siempre la vida de las iglesias.
En primer lugar, Juan recuerda que, aunque los sufrimientos de la comunidad
puedan llevar a pensar lo contrario, de hecho, las iglesias están siempre
protegidas por Dios. Esto es lo que expresa la orden, inspirada en Ezequiel 40,
1-5 y Zacarías 2, 5-9, de medir el santuario y el altar y a los que adoran en él (cf.
Ap 11, 1). Y, en segundo lugar, que dicha protección no excluye que las iglesias
puedan ser perseguidas y martirizadas por el imperio. Pero ello ocurrirá sólo
durante un tiempo limitado (¡tres años y medio!), como se expresa con la orden
de que no mida el patio exterior del santuario, “porque ha sido entregado a los
gentiles que pisotearán la Ciudad Santa cuarenta y dos meses” (Ap 11, 2).
A continuación, en Apocalipsis 11, 3-13, Juan desarrolla la vocación profética
que han recibido todos los cristianos (cf. Hech 2, 14-21). Ya Marcos había
indicado, en un tex lo también apocalíptico, que antes del final escatológico de la
historia, el evangelio debía ser predicado a todas las naciones (cf. Mc 13, 10),
dando con ello una tarea a su iglesia, incluso después de la caída de Jerusalén,
a la cual se alude en Mateos 13, l4ss, aunque ello le comportara persecuciones
(ej. Mc 13, 9-13). En el mismo sentido, Juan quiere subrayar a su comunidad que
debe dar testimonio profético en el mundo antes de que suene la séptima
trompeta. Por ello se subraya que son profetas (cfr. Ap 11, 3.6.10). No es
obstáculo para esta interpretación el que sean descritos con unos rasgos que
aluden a los dos grandes profetas del Antiguo Testamento, Elías y Moisés, cuyo
retorno se esperaba para el fin de los tiempos (cfr. Dt 18,18; Ml 3,23), como
puede verse por el hecho de que se afirma de ellos, por un lado, que ”tienen
poder de cerrar el cielo para que no caiga la lluvia” (2Re 1, 17) y, por otro, que
tienen poder para desencadenar las plagas (cf. Ex 7, 17; J1, 10) sobre el mundo
que no se convierte y les persigue (cfr. Ap t 1, 6).
Si estos textos se leen en el contexto en el cual los ha colocado Juan, se ve
que lo que quiere indicar con ellos es que el testimonio profético cristiano es el
cumplimiento de lo anunciado en el Antiguo Testamento. una idea muy familiar
en el Apocalipsis. A la vez se les anuncia (como ya to había hecho Jesús con sus
discípulos según Jn 16, 1-4), que compartirán el destino de Jesús (ver Mc 8, 34),
es decir, su muerte y resurrección, pues provocarán la oposición del mundo
que llegará, incluso, a asesinarlos y se alegrará con su muerte (c/r. Ap 13,
7-10).
Pero se les revela también que Dios no los dejará de su mano, incluso en esta
vida (cfr. Ap 11,5), y que, pasado un tiempo breve, aparecerán, incluso a sus
enemigos, como compartiendo la glorificación de Jesús (cfr. Ap 11, II-t3). En
26
este marco, Juan quiere afirmar, también, que con su testimonio, los profetas
cristianos acelerarán la venida del reino de Dios. Por eso es tan import8nte para
él que los cristianos cumplan con su misión de profetas.
Por otro lado, la noticia de que algunos se convertirán (cf. Ap 11, 13) es un
mensaje de consolación para los que viven en medio del “segundo ay”, es decir,
en medio de las pruebas escatológicas, que está viviendo la comunidad (cfr. Ap 9,
13-11, 14) y que preparan el toque de la séptima trompeta. La séptima trompeta
anuncia el castigo definitivo de Dios como el imperio romano y el acercamiento de
los últimos tiempos.
Pero cuando suena la séptima trompeta, en Apocalipsis 11, 15a, Juan, como había
ocurrido ya en el segundo septenario, no describe los resultados de dicho toque
(es, una vez más, una manera de invitarnos a que leamos el siguiente septenario,
el de las copas, como explicación, esta vez definitiva, de lo que se ha anunciado en
este septenario), sino que deja resonar un cántico en el cielo (cf. Ap 11, 15b-19),
que anticipa el triunfo final de Dios, quien va a hacer justicia, restableciendo su
reinado ya aquí, en la tierra. No es casual que, precisamente en este lugar, Juan
recuerda el motivo que subyace a toda la reflexión teológica del Apocalipsis: la
fidelidad de Dios a la alianza que estableció con su pueblo.
27
Charpentier,” la mujer simboliza al pueblo de Dios, a la Iglesia, que da
nacimiento al mesías in el drama del calvario. Satanás, derrotado, se arroja
contra los demás hijos de la mujer, contra todos los cristianos, y les hará la
guerra durante todo el tiempo de la historia". Como ocurre en el cuarto
evangelio, la cruz es vista como exaltación (cfr. Jn 3, 14; 8, 28; 12, 32s) y como
trono, en el cual Jesús reina (cf. Ap 12, 5).
El fragmento siguiente (cfr. Ap 12, 7-12) saca las consecuencias de esta
victoria pascual y nos presenta la dimensión última de esta derrota del demonio
con la imagen clásica (mítica) de la lucha entre Miguel, que está al frente de sus
Ángeles, y la Serpiente, que está también al frente de sus Ángeles (caídos). Esto
significa que con la exaltación de Jesús ha empezado ya el reinado del Cordero
degollado. Ello implica que Satanás ha sido vencido y ha perdido su poder, lo
cual queda simbolizado con el hecho de que es expulsado del cielo (una
imagen que encontramos también en Lc 9, 18 y Jn 12, 31-32). Pero esto no
significa que Satanás carezca ya de todo poder. Pues no hemos llegado aún a la
plenitud del reino. Por eso, para prevenir al lector de las amenazas que para el
cristiano comportan los "poderes del mal”, muy activos en la tierra, Juan añade
una advertencia en Apocalipsis 12, 12b: “¡Ay de la tierra y del mar! porque el
Diablo ha bajado a ustedes rebosando furor, sabiendo que le queda poco
tiempo”. Con todo, también aquí hay una nota positiva. Pues, en medio de esta
lucha, el pueblo cristiano sigue siendo protegido por Dios, como lo fue el
pueblo de Israel en el desierto (cf. Ap 12, 13-16 con Ex 19, 4 y 14, 27ss). Pero
ello no quita que ahora el demonio persiga, encarnizadamente, “a los que
guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús" (Ap 12,
17).
Con ello, Juan nos ha descifrado lo fundamental de las realidades más
hondas, que configuran nuestra historia. Pero quiere clarificar aún más lo que
acaba de decir, desenmascarando las fuerzas demoníacas que, basándose en la
mentira. quieren engañar a los cristianos. Por eso, en una segunda parte de este
largo intermedio (y preparado por Ap 12, 18) pone al descubierto las potencias
aliadas de Satanás aquí en la tierra y explica de qué recursos se valen para
oprimir a la Iglesia.
Estas fuerzas del Mal están representadas por dos bestias. Por un lado, la
Bestia del mar (cf. Ap 13, 1-10), que simboliza la Roma omnipotente política-
mente. Es como la encarnación de todos los imperios totalitarios, como puede
ver e1 lector iniciado en el Antiguo Testamento por el hecho de que en
Apocalipsis 13, 2 se le aplica la descripción de los imperios enemigos del
pueblo de Israel, que aparecen en Daniel 7, 4-6. Se mata del imperio que, en su
orgullo, se idoliza a sí mismo y martiriza a los cristianos. que no quieren
28
adorarlo (cfr. Ap 13, 4-7). Y, por otro, desenmascara a la Bestia de la tierra
(cfr. Ap 13. 11-17) que, más adelante (cfr. Ap 19, 20 y 20, l0) es denominada
“el falso Profeta”. Es el símbolo de la propaganda religiosa (y de las
ideologías), que están al servicio del imperio (c/r. Ap t3, 12- I5) y son muy
peligrosas, por cuanto uli1izan su poder no sólo para engañar a los ingenuos,
sino también para marginal, incluso económicamente, a todo el que no quiere
adorar a 1a primera Bestia. En este sentido, el Drag6n y sus dos acólitos, que
son creatura a imagen de él, formando así una especie de trinidad satánica,
que intenta emular a la trinidad divina, expresan el peligro que comporta
para los cristianos un Estado totalitario y despótico, como el d e Roma, en
tiempo del emperador Domiciano (al que se alude en Ap 13, 18), que quiere
convertirse en ídolo y obligar a los cristianos a renunciar a sus valores para
aceptar, en su lugar, los del imperio.
Y como la dureza de la persecución en la comunidad es notable y, por otro
lado, parece que el poder del imperio es inconmovible (dc hecho, lardó algo
más de true signos en caer), Juan no quiere terminar este septenario sin que
resuene en la liturgia celestial (cfr. Ap t4, 1-5) el cántico triunfal de “los que
siguen al Cordero a dondequiera que vaya, y han sido rescatados de entre los
hombres como primicias para Dios y para el Cordero" (Ap 14, 4).
Con todo ello, el autor nos ha preparado para la lectura del cuarto septenario.
en el cual nos mostrará ahora ya de modo definitivo. lo que le aguarda a1
imperio cruel, que no quiere convertirse y martiriza a los cristianos.
29
El final del Apocalipsis muestra un aspecto que es esencial para la
apocalíptica inspirada por Dios: que la esperanza cristiana œ,
fundamentalmente. un don (dc Dios). Ei tono positivo con que termina el
Apocalipsis es esencial a la revelación bíblica (que ha visto su obra que
“desvela" la actuación de Dios en la historia como una “Buena Noticia eterna"
(Ap 14, 6). Como nota muy bien Moltman.
Según las tradiciones bíblicas, el comienzo de la historia del mundo no
comienza con la caída en el pecado y, por eso, no termina tampoco con la
destrucción del mundo. Comienza con la bendición original de la creación
temporal y termin8 con la bienaventuranza de la creación eterna. La última
palabra de Dios no es un juicio condenatorio, sino aquella palabra creadora:
“He aquí que hago nuevas todas las cosas” (Ap. 2t ,5). Es el “nuevo cielo y la
nueva tierra”, después que habían desaparecido “el primer cielo y la primera
tierra” (Ap. 21, 5). Todo lo que se representa como juicio universal y
destrucción del mundo no es más que una etapa provisional para lo definitivo
de la nueva creación.
Puesto que la justicia de Dios es la base de un mundo eterno, que se halla en
correspondencia con él, ese mundo tendrá que ser acrisolado primeramente en
todo, mediante el juicio universal. Por eso, a la nueva creación de todas las
cosas le precede, según la esperanza cristiana, el juicio universal. Pero esa
justicia de Dios no es justicia punitiva y vindicativa, sino justicia creadora y
justificante para las víctimas y los hacedores de la historia humana del mundo.
Dios no viene para ejecutar, sino para enderezar y levantar.
De entre los textos finales del Apocalipsis, destacaré dos promesas, que son
como su conclusión.
Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la
primera tierra habían desaparecido y el mar (¡simboliza el mal!] ya no existía. Y
vi bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada
como una novia que se adorna para su esposo. Y oí una voz potente que decía
desde el trono: ésta es la morada de Dios con los hombres; él habitará con ellos y
ellos será su pueblo; Dios en persona estará con ellos y seré su Dios. El enjugará
las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte ni luto ni llanto ni dolor, pues lo de
antes ha pasado. Y el que estaba sentado en el trono dijo: Todo lo hago nuevo
(Ap. 21, I-la).
Me mostró entonces el ángel el río de agua viva, luciente como el cristal, que
salía del trono de Dios y del Cordero. A mitad de la calle de la ciudad, a cada
lado del río crecía un árbol de la vida: da doce cosechas, una cada mes del año,
y 1as hojas del árbol sirven de medicina a las naciones. Allí no habrá ya nada
30
maldito. En la ciudad estará el trono de Dios y del Cordero, y sus servidores le
prestarán servicio, lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. Noche
no habrá más, ni necesitarán luz de lámpara o del sol, porque el Señor Dios
irradiará luz sobre ellos y serán reyes por los siglos de los siglos (Ap 22, 1-5).
El Apocalipsis termina con el cielo nuevo y la tierra nueva, con la nueva
Jerusalén bajada del cielo, descritos con unos rasgos que pueden alimentar el
imaginario cristiano y la esperanza del creyente.
No es, entonces, casual que su lectura haya alimentado tantas veces la fe y la
esperanza de las comunidades cristianas perseguidas, que siempre han
sintonizado de modo especial con su mensaje. Esta ha sido al menos mi
experiencia con las comunidades de El Salvador, que han vivido en carne
propia, en tiempos recientes, la persecución del imperio (norteamericano) y de
sus aliados, quienes adoran su imagen y sus antivalores.
31
VI. CONCLUSIONES
A modo de ejemplo, quisiera concluir con un texto que escribió uno de mis
alumnos de la UCA al final de un trabajo escolar sobre el Apocalipsis, imitando
su estilo:
Yo, Juan, ciudadano y hermano de ustedes, Pedro, Pablo, María y José.
participo de la tribulación y angustia que sufre mi pueblo. Estaba orando,
cuando oí que un monstruo daba voces que venían de los cuatro puntos
cardinales. Eran voces penetrantes e insoportables que golpeaban la inocencia
de la gente, sacudiéndola con violencia.
Gomo un viento recio, la voz venía del norte, traspasando las fronteras. Me
dijo: “soy el poder económico. Después de ir a muchos lugares he venido a ti
para decirte: mi misión y mi responsabilidad es muy grande. De mí depende el
desarrollo de los pueblos y la distribución de las riquezas. Yo tengo la llave de la
abundancia y de la escasez. Yo soy el responsable de que el pueblo tenga
prosperidad y bienestar o tenga miseria y dolor. Haz lo que le mando y te daré
lo que quieras”.
Después de esto vi que el monstruo sopló por el sur y del mar salió una mano
gigante con una espada reluciente, con la cual azotó la tierra y a sus habitantes.
Y me dijo: “Yo soy el poder militar y tengo por misión guardar la paz y el
orden, y hacer prevalecer la justicia y el derecho y respetar la vida. Si inclinas
la cabeza, yo te protegeré”.
La voz que vino del occidente llegó sutilmente. Y ofreciéndome una manzana.
me dijo: “Yo soy el poder político. Mi misión es formar gobiernos y sostenerlos,
cambiarlos para mejorar o para empeorar. Por esto todos esperan en mí. Si me
sirves, te daré un lugar junto a mí”.
La voz del oriente venia hacia mí, cuando fue atravesada por el sol. Esa voz
se convirtió en pequeñas voces y me dijo: “Yo soy el poder de la fe. Tengo por
misión despertar o adormecer la conciencia de Juan, Pedro, Pablo. María y José;
hacer que su vida tenga sentido o que la pierda. Sin mí, los otros poderes valen
poco. Por esto están siempre conmigo y me usan para su fin. Mira que somos
muchas voces. Usa tu discernimiento y encontrarás un tesoro escondido. El que
tiene oídos, que entienda".
Después de esto vi una gran muchedumbre de hombres, mujeres y niños,
quienes caminaban con una cruz en el pecho, librando una batalla contra la
muerte y queriendo alcanzar una paloma blanca.
32
Estando afligido y aterrorizado por los males que vi en mi tierra, busqué el
tesoro escondido y encontró una caja muy blanca que en su interior tenía
escritas las palabras “justicia, paz, liberaci6n, fraternidad, esperanza y vida”. De
su interior salió una luz intensa, que cegó y destruyó al monstruo de las cuatro
voces.
La luz se convirtió en río cristalino, el cual regaba la tierra. Y comenzaron a
salir del corazón de la tierra innumerables casas. Los árboles saltaban de
alegría. Y vi que del cielo cayó un pan muy grande y una copa semejante,
rebalsando de alegría. Y lloré por última vez y reí con ganas, porque
alrededor del pan y de la copa estaban Juan. Pedro, Pablo, María y José.
33