Rojo Como Tu Pelo
Rojo Como Tu Pelo
letra x letra
Torres, Lucía Victoria, 1960-
Rojo como tu pelo / Lucía Victoria Torres. -- Medellín : Fondo
Editorial Universidad EAFIT, 2012.
476 p. ; 21 cm. -- (Letra x letra)
ISBN 978-958-720-132-1
1. Novela colombiana. I. Tít. II. Serie
Co863.44 cd 21 ed.
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riesgos. Si bien muchas cosas del viaje, como de su vida,
permanecen borrosas, dos ideas siguen nítidas en su mente.
Una, lo que sea con tal de no regresar a Colombia; dos, lo
que sea menos convertirse en una ilegal tercermundista en
Estados Unidos. “Primero en Medellín otra vez”, se ha dicho
a sí misma, “pero ilegal, por nada del mundo”. Atenderá al
pie de la letra el consejo de la tía Margó, escarmentará por
cabeza ajena. Por otro lado, decir atentado terrorista asustaría
a los celosos guardas gringos que han quedado tan paranoi-
cos después del 9/11, o les haría sospechar su intención de
quedarse en un país ajeno en vez de devolverse para el propio.
Sus cavilaciones parecen no caber en los segundos que el fun-
cionario espera por la respuesta a la razón del viaje. Pero los
pensamientos, recuerdos o temores, cuando asaltan, carecen
de mesura, y más los de Violeta Sánchez Ruiz. Finalmente se
transa por la verdad más inmediata y sin gaguear dice “Voy
a visitar a mi hermano”. El guarda se toma unos segundos
para decidir cuánto tiempo le autoriza a la “nice lady” que
aparece en la foto del pasaporte y coteja con el rostro de la
mujer que tiene al frente. Mientras él pasa y repasa las hojas
del documento, ella se pregunta si le habrá creído, observa
la piel negra y el pelo blanco del hombre, lo compara con los
chocoanos, recuerda que los negros en su país recibieron la
libertad primero que los esclavos gringos y, sin embargo, aún
viven una existencia agobiada por la exclusión en vez de la
vida digna que parece llevar este señor que, negro y todo, le
inspira respeto ahí parado detrás de esa ventanilla pues, negro
y todo, encarna ante ella la autoridad de la mayor potencia del
mundo; este señor serio, hermético, negro como Iris, que de
pronto deja de mirar el pasaporte, estampa el sello respectivo
en la tarjeta de inmigración, le devuelve los documentos y con
un seco “Have a good time” la da por despachada y la deja
pasar sin problema, generándole un alivio y una alegría que
se vuelven decepción y alarma a los pocos segundos al ver el
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sello con el permiso de estadía y encontrar que solamente le
han concedido dos meses y no los seis que esperaba, como en
el 98, cuando vino por primera vez; en aquella ocasión apenas
pudo quedarse tres semanas, mientras que ahora, cuando de
verdad necesita los seis meses, le quitan cuatro. Pensar en eso
la hace detenerse en su trayecto hacia la zona de equipajes,
preguntarse “¿Qué voy a hacer?” y quedarse estática en medio
del corredor entapetado del aeropuerto gringo. Pasan ante sus
ojos muchas piernas seguidas de maletas pequeñas con rueditas,
muchas piernas, zapatos y tacones que terminan diciéndole que
está estorbando en esa ruta de pasajeros ansiosos por llegar a
algún punto del laberíntico aeropuerto, hombres y mujeres que
se guían por la señalización y las pantallas con información
donde está dicho todo lo que es necesario saber para evitar
extraviarse en esa red de salas, corredores, escaleras y mostra-
dores. “En fin, algo podrá hacerse después”, se dice, y reinicia
la marcha por esa telaraña gigante que la emociona porque
“esto sí que es estar en un aeropuerto de verdad”. La emoción
le hace ver otra cara del asunto, sacar un buen balance y decirse
que, en medio de todo, la cosa estuvo muy bien: sin requisas,
sin rayos equis, sin preguntas engorrosas, sin desconfianzas y
observaciones desdichadas sobre su origen, sin humillaciones
por venir del país del narcotráfico... Claro, hasta que el señor
bajito y rechoncho que estaba en las filas de inmigración resulta
caminando a su lado y le da por preguntar “¿De qué parte de
Colombia es usted?”. Picada por la curiosidad que le despierta
semejante pinta de ejecutivo en alguien de tan pronunciados
rasgos indígenas, más que por el deseo de hablar con él, ella le
autoriza la conversación.
—¿Cómo supo que soy de allá?
—Una colombiana se reconoce ahí mismo –dice el hom-
bre sonriendo y mandándole una miradita de picardía–. No
necesitan hablar, no lo pueden ocultar.
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Lo dicho por el hombre, que por su acento parece ecuatoria-
no... no, boliviano... ¿o será peruano?... lleva a Violeta a pensar
en las mulas, las mujeres que transportan coca en su cuerpo,
esos correos humanos de los narcotraficantes que viajan con
miles de dólares y euros en el estómago o en la vagina por los
aeropuertos gringos y europeos. Se pone nerviosa. Qué quiere
este señor, ¿ah? Él lee la desconfianza en su actitud distante.
—Se conocen en la manera de sentarse, de mover las
manos y los ojos cuando hablan –le explica el gordito pul-
cro y perfumado–. He analizado a todas las latinas, pero el
sex-appeal de ustedes es único.
—¡Gracias!
—Lástima esa guerra de su patria. Y ahora están diciendo
que la mitad de los dólares falsos que circulan en el mundo se
producen en imprentas clandestinas allá.
—¿Cómo dice?
La decepción apaga la satisfacción generada por los piropos
y se nota en el gesto de ella.
—Pero no se preocupe que ustedes son glamorosas, lo
hechizan a uno, encantan –agrega el hombre, adornando con
una sonrisa su cara de buena gente–. Que pase buen día, señora
–concluye, se adelanta y se va yendo con todos los demás que
caminan ansiosos en busca de su destino.
Mientras camina, Violeta pelea con los sentimientos cru-
zados que tiene por su patria y que han sido instigados por
el gordito encorbatado; siempre que analiza con frialdad la
situación allá, la balanza se inclina hacia el lado oscuro. Sin
embargo, cómo fastidia lo que acaba de decir este señor, igual a
cuando en el barrio hablaban mal de Julián, de Jóse, de Brenda,
de alguno de sus hermanos. Cómo será la cosa afuera entonces.
Ni siquiera ha salido del Newark Liberty International Airport
y ya han ocurrido dos hechos desagradables: el sello y este
encuentro. ¡Qué tal el personaje! Y encima la llama señora.
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“¡Majadero!”, le dice ella mentalmente al verlo por detrás
con el pelo atrapado en la gomina, un pelo que se deduce la
cio, fuerte, denso, como era el de los indios de Campoalegre,
la finca del tío Ramón; la comparación con ellos cambia la
percepción sobre el señor boliviano-peruano-ecuatoriano;
de pronto, el tipo con sus piropos resulta simpático y trae a
la mente de Violeta al indiecito que le servía de mandadero
al tío en el almacén del pueblo. “¿Cómo se llamaba?”, se
pregunta. Detrás de un recuerdo pueden llegar muchas otras
cosas. Por eso, la anodina evocación se encadena con la idea
de que el personaje del indio se le había escapado pero debe
quedar en la bendita novela que ahora sí, por fin, va a poder
escribir después de tantos años de apuntes, vueltas en la ca-
beza y horas fumando en el balcón. A pesar del encarte del
momento, Violeta piensa que es mejor anotar ese dato ahora,
“ya mismo porque son muchas ideas y después se olvidan”.
Esculca con la mano en el bolsillo externo del morral que le
lleva el hombro derecho caído, el resistente morral que sigue
como nuevo a pesar de tantos años viajando, que ni se descose
con el abuso de las cosas metidas a la brava, el típico morral
de viajero internacional que delata al dueño y cuenta su lucha
para acomodar los apegos de una vida en los exiguos kilos de
los exigentes equipajes de las cicateras aerolíneas donde no
cabe ni la milésima parte de lo que necesita el ciudadano en
la “civilización” del consumismo. La libreta de apuntes ocupa
un lugar privilegiado en ese morral de Violeta. Ahí va, ahí
debe estar. Los dedos tocan el bolígrafo, lo agarran, lo sueltan,
recorren el espacio del bolsillo. Nada de la libreta. “¿Qué se
hizo?”, hay que encontrarla. Se detiene, se hace a un lado del
sendero, se descuelga el morral. Revisa, mira, palpa con toda la
mano el interior del bolsillo pequeño, el destinado a las cosas
programadas para usar en el avión o durante el viaje, el que
estaba semivacío para poder echar lo que se ocurriera y evitar
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cargar bolsas o paquetes. Allí tampoco. “¿O estará adentro?
¿Será que la guardé…?”. Va a desamarrar el cordón de la talega
pero el nudo que hizo Julián luce intacto, el inconfundible
nudo del empacador estrella de la familia le dice que en ningún
momento abrió el morral durante el viaje. Vuelve al bolsillo.
Se asoma, mete la cara y así, con la cabeza embutida en esa
oscuridad, se atraviesa un chispazo en la memoria. Ahí está
ella montada en el avión poniendo su libreta de apuntes en
el bolsillo, sí, claro, en el bolsillo, pero del asiento de adelante
cuando le llegó aquel delicioso sueñito y temiendo dormirse
y que sus manos quedaran sin fuerzas y de pronto mandaran
la libreta al suelo y esta se perdiera, se dijo “estará más segura
en este bolsillo que tengo aquí ante mis ojos, además, cuando
despierte, voy a seguir escribiendo, entonces para qué voy a
levantarme a guardarla, incomodaría además a los otros dos
pasajeros, ¡ja! y el señor del asiento del pasillo está profundo,
ni modo”. Y después de poner su tesoro en el bolsillo del avión,
también Violeta se quedó dormida, bien dormida, como suele
pasarle a la gente en los vuelos internacionales, gente que
lleva a cuestas la noche de víspera de viaje, tan propia para las
desveladas, y el madrugón hacia el aeropuerto. Así cualquiera
se duerme y alcanza a tener sueños, como el de ella. Soñó que
iba con un horrible vestido rojo cuya largura se arrastraba por
el piso y la perseguía como si fuera un manto de tela atado a
sus pies. Ella era un personaje de una obra de teatro y desde el
escenario divisaba un panorama abierto y solitario, sin público
ni asientos; tan solo veía al fondo una línea verde azul, parecida
al mar; un horizonte hermoso que se insinuaba infinito y que la
atrajo, la hizo salir de escena, caminar hacia él, llegar y com-
probar que se trataba de un lago de aguas cristalinas en cuya
orilla había una hilera de copas de cristal que se volvía barrera
para pasar al otro lado. Las contó, eran ocho. Para acceder al
agua, como quería, debía pasar por entre las copas sin rozarlas,
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pues de tumbarlas algo muy malo ocurriría. Temió quebrarlas
con esa cola tan larga de su vestido, la misma que recogió
antes de cruzar por entre dos de las copas. Pasó empinada y
muy despacio, descalza como estaba, y las copas quedaron
erguidas. Una vez al otro lado empezó a verse a sí misma ir
sobre el agua y alejarse, pues su mirada se había quedado en
la orilla, con las copas. Cuando se percató de que su mirada
no iba con ella cerró los ojos, resistió la tentación de voltear
atrás y siguió caminando como si nada por encima del agua,
sin hundirse. En ese instante, Violeta se despertó, pero man-
tuvo los ojos cerrados. El sonido de las turbinas la ubicó en su
realidad. Y siguió durmiendo, hasta que la azafata la llamó.
Ya habían aterrizado, casi todos los pasajeros habían salido,
tenían que desocupar la nave, ella se levantó aturdida... “¡Y
no me acordé de la bendita libreta! ¡¡Jueputa!!”. Toda la
milimétrica secuencia de recuerdos convence finalmente a
Violeta de que los apuntes se le quedaron en el avión, pone
a latir su corazón más rápido de lo usual y la deja pasmada
pensando en cómo hará para recuperarlos.
José Luis suelta la guitarra sobre la cama, junto al estuche
forrado en terciopelo morado. Del otro lado, también encima
de la cama, está La metamorfosis de Kafka. Sin querer tumba el
atril al levantarse. Las partituras vuelan. Agarra algunas con las
manos, las junta, las pone sobre la cama; otras se le escapan,
caen al piso, se meten debajo. Él ni les hace caso. Ahora no
puede. Al salir del cuarto mueve con el hombro el pequeño
rectángulo de seda colgado con un estoperol en el centro de la
puerta. Es un banderín con tres franjas: amarilla, azul y roja,
la primera del ancho de las otras dos. La bandera de su país.
Una cómoda con un altar de fotos encima estorba en el
pasillo. En la más grande es donde hay más gente. Ahí están
celebrando un aniversario de bodas. En la mitad, sentados,
los padres, las manos de él cobijando las de ella en su regazo,
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ambos con una mirada trascendental y directa al lente de la
cámara. El papá, de pisacorbata y con una flor en el bolsillo
del saco. La mamá, de sastre y con el pelo recogido en una
elaborada moña, peinado propio de salón de belleza. Al lado
de ella está una peliamarilla embarazada; lleva los tacones más
altos y el escote más bajo. Enseguida, otra muy parecida, pero
menos gruesa, de elegancia innata, con un atuendo discreto y
la sonrisa apenas insinuada. Al lado del papá está la que per-
dió sus apuntes en el avión, más jovencita y delgada, con el
pelo suelto, largo, rojizo y sin el flequillo; debía ser estudiante
entonces. Se ríe con ganas mientras toma del brazo a la señora
negra que con su vestido solferino se apodera de la foto, así
se halle en el extremo inferior derecho. Atrás, de pie, están
cuatro hombres jóvenes, uno casi adolescente y un niño de
brazos con boina blanca. El trigueño, que no se parece a los
otros, carga al niño y explaya los dedos de la mano que tiene libre
en el hombro de la embarazada. Otro es el que acaba de salir
del cuarto de este apartamento, con unos veinte años menos,
más pelo y los mismos kilos. El alto y fornido está justo detrás
del papá y parece su versión joven. Le sigue el único de gafas,
sin corbata y barbado, con una mirada incierta hacia la cámara
y la misma nariz larga y recta de la mamá. A su lado, detrás
de la señora negra, está el muchacho que tiene Síndrome de
Down, con la única carcajada a boca abierta en ese pasado
inalcanzable de sonrisas, ese instante hecho infinito gracias a
la fotografía. La foto de la familia.
En la sala, una videograbadora digital dejada en la mesa
de centro con algunos cables desenrollados y un trípode pa-
tiabierto acostado en el piso dan el único toque de desorden
al apartamento. En un rincón, junto a la ventana, el lustroso
piano de veintisiete pulgadas hace ver más diminuto el ca-
mioncito de pasajeros y el campesino con la carga de flores a
la espalda, muñequitos de barro, coloridas miniaturas que sin
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embargo se destacan encima del monstruo negro. Son el bus
de escalera y el silletero, las artesanías de su ciudad.
Postales amarillentas de Colombia y de Medellín adornan
las puertas de las alacenas de la cocina. Ahí están ellos, Mar-
celo, con cara de enojado porque José Luis acaba de decirle
que es mejor que no vaya al aeropuerto.
—Ya había empezado a freír el pollo porque la paella, como
es pa’ella, quería dejarla casi lista.
José Luis sonríe ante la ironía de su compañero. Marcelo
cierra el grifo y el agua deja de caer sobre el arroz que estaba
lavando en el colador.
—Y mira este arroz. ¡Empapado! –dice. Luego saca una
olla–. Ya iba a hacer el sofrito. Siquiera no lo había echado.
Toma el colador con el arroz y lo pone a escurrir en la olla.
—A ver, ¿y por qué no puedo ir?
José Luis deja de mirar a Marcelo. Se concentra en los trozos
de pimentón que ha cortado con finura y están sobre el poyo.
Los revuelve con los dedos y dice:
—Qué tan sanos estos pimentones. Mira el brillo.
—Hazte el idiota que yo, de idiota, nada.
Marcelo saca los filetes de pollo y los pone sobre papel
secante.
José Luis toma un ramito del perejil que está en el lavaplatos
esperando a ser lavado. Lo sacude. Lo huele.
—Ella no sabe todavía.
Marcelo suelta con brusquedad las latas de arvejas que sa
caba de la alacena.
—¡¿No le has contado?!
Se acerca a José Luis y se pone frente a él.
—¡Me dijiste que sí!
—Jamás. Supusiste que sí.
—¿Por qué no les has contado?
José Luis camina por la estrechísima cocina.
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—No sé. No me he atrevido. Sé que es una bobada pero...
—Y entonces, ¿ahora qué hago? ¡Me voy! ¡Me escondo!
¡¡Me muero!! –dice Marcelo quitándose el delantal.
—¿Qué estás haciendo? Ya deja el arrebato. Le contaré
en el camino.
—¿Por qué no te has atrevido? ¿Acaso no es la más liberada
de la familia que sabe todo lo tuyo y no se va a escandalizar?
—No se escandalizará, de eso puedes estar seguro.
—¿Entonces?
—De pronto se zafaba con mi mamá.
—Ah, tu madre, siempre tu madre.
—Te lo he dicho. Prefiero que no lo sepa. ¿Qué sentido
tiene que se entere?
José Luis busca a Marcelo y le pasa el ramito de perejil por
la cara.
—Era mejor esperar a que llegara. Fresco, todo saldrá bien.
—Y mejor saldrá esta paella… pa’ella.
Sonríe y lo besa.
—Quiero que Violeta se sienta feliz. Lo necesita–. Abraza
a Marcelo.—No te preocupes. Serán dos meses si mucho. El
tiempo vuela.
Marcelo cede y responde al abrazo.
—Mejor que hayas adelantado la comida. Así avanzas un
poquito con el libro de Kafka mientras regresamos del aero-
puerto. Con eso sí que te veo atrasado. Hacer de escarabajo
no debe ser cualquier cosa.
—Sí, sí, ya sé, y la audición está encima. No me lo digas más.
Se besan. Se despiden. José Luis sale por Violeta. Marcelo
recoge la banderola que se cae cuando aquel cierra la puerta
del apartamento; se queda con ella entre las manos, decep-
cionado, pensando en la relación con ese hombre tan suave
con él, tan protector como un padre, pero de ideas tan fijas,
que lo somete con sus caprichos y complicaciones y a quien
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no se atreve a contradecir en nada. Cómo ir en su contra si
es el dueño del apartamento.
Vuelve a poner en su lugar, detrás de la puerta, la banderola
azul y roja del Medellín, el equipo de fútbol de José Luis. ¡Y
además le gusta el fútbol! ¿Cómo hace? “¿Y cómo hago yo
para soportarlo?”.
Regresa a la cocina y empieza a aplastar y a reventar ajos
con el cuchillo ancho, que maneja con destreza, como lo hace
el chef del restaurante donde trabaja por horas. Luego los pi
ca dándoles vueltas y vueltas, como al asunto que ocupa sus
pensamientos. Reflexiona en que sí es problema que José Luis
sea mayor y quien tenga la estabilidad. A medida que sigue
rumiando ideas y picando ajos la decepción se va tornando
en molestia. Cuando pasa al arreglo de los mariscos ya siente
rabia y se dice en voz alta, “aquí yo como la mucama, limpian-
do almejas, mientras el señor se ha ido a por la señorita, qué
digo, la señora, porque ha de ser una cuarentona también.
Pero cuarentona y todo está antes que yo. Me lo ha repetido
muy clarito en la cara y me lo tengo que aguantar. Primero la
hermana. Claro, como yo no he sabido lo que es una familia,
que no la he tenido, ¡coño!, no puedo entender. Vaya ironías
las de la vida. Aquí estoy, yo sometido por sudacas como mis
ancestros los sometieron hace cuatrocientos años… ¿o son
quinientos?... ¿Que ensaye la obra? Para qué. Si ya me estoy
sintiendo como un escarabajo. La hermana, su admirada her-
mana, la chiquitina de la familia, la mimada, la inteligente
pero de malas, que ha pasado por tantas cosas. Para colmo,
en paro, ¡en paro en todo sentido!, sin trabajo, sin novio y
traumatizada con la guerra. Debe ser una solterona bastante
pesada, a lo mejor regordeta y todo. Y para acabar de ajustar,
¡periodista!, ¡escritora! Cómo irá a husmear en nuestras vidas
la condenada”.
Marcelo concluye que sin duda la presencia de ella com-
plicará la relación que nunca ha fluido del todo bien porque,
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como él lo sabe, por necesidad se metió en la vida y en el
apartamento de José Luis y, aunque el sentimiento nazca a la
fuerza con los meses, con la pasión y con el deseo, ese maridaje
está más aferrado a la conveniencia propia que al amor por
el otro, al menos en lo que a él corresponde, pues del lado de
José Luis, la historia es otra.
Como decía Eva Muñoz, “la memoria guarda las cosas
realmente importantes, es bobada estar anotando todo, después
se encarta uno con tanto papel, es mejor que los ojos observen
a que las manos escriban”. Pensar en eso ayuda a Violeta a
sobrellevar el convencimiento de que la bendita libreta se ha
perdido del todo. También le sirve de consuelo recordar situa-
ciones similares y decirse “ni que fuera la primera vez que se
me pierden unos infelices apuntes. ¡Maldinga sea!”. Es la
primera vez que toma con serenidad la desaparición de los
datos de una historia, hecho que en otra época llegó a pare-
cerle una desgracia y la puso temblorosamente pálida, al borde
del desmayo, como el día en que embolató las notas para el
reportaje sobre Urabá. Un desprendimiento así sólo puede
dejarlo algo tan categórico como ese carro bomba que hace
ocho años, junto con Iris y Luciano, se llevó el libro de cuentos
inédito. ¿A quién no le cambia el medidor de reacciones ante
la adversidad cuando ve desaparecer a dos miembros de la
familia y por ahí derecho la casa en la desmesurada ferocidad
de la guerra? Aquella vez, la comparación entre una familia y
una computadora, ambas hechas añicos, la obligó a pregun-
tarse qué valía más. Esa misma circunstancia la lleva a pre
guntarse qué puede significar la pérdida del archivo entonces
o de la libreta ahora, para un escritor anónimo primerizo. ¿Qué
desgracia va a ser eso? De ahí la ausencia de desconsuelo en
su rostro. En efecto, el mundo no se le ha venido encima como
cuando perdió las notas para el reportaje del periódico. Su
reacción la sorprende, le descubre algo nuevo en su interior.
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Hubo susto y contrariedad al principio, pero no desesperación.
Definitivamente su actitud ante los malos sucesos inesperados
ha dado un giro redondo, la ha hecho una mujer práctica que
puede decirse a sí misma “eran meros apuntes de una novela”,
una novela que es apenas una ilusión que puede no ser, y si la
termina y publica podría no significar gran cosa o ahogarse en
el océano de novelas que se escriben y publican a diario en el
mundo, a pesar de que estos apuntes eran de verdad valiosos,
pues ahí estaba todo lo que había anotado sobre el tío Ramón,
la parte tan importante que le faltaba y que logró sacarle a
Margó cuando fue a despedirse, y “¡Mierda!, también el primer
párrafo, con todo lo que me costó” y que por fin había logrado
armar justo en el avión. Por eso, como cuando se le perdieron
las notas del reportaje y sin embargo cumplió a tiempo con su
misión de enviada especial, vuelve a la historia. Sabe que lo
importante es la reconstrucción del texto cuanto antes para
evitar traiciones de la memoria, que perece fácilmente en el
tiempo y es casi nada al lado de un documento escrito e im-
preso. Y la reconstrucción la hace sentada en la sala de equipa
jes con las maletas en el carrito, mientras espera a José Luis
que no llega a pesar de la metódica puntualidad que lo hace
anticiparse cinco minutos a las citas. Quién sabe en dónde
vendrá él y quién sabe en qué manos habrá caído la libreta
de notas que ahora es reemplazada por la de teléfonos, la
única que puede socorrerla mientras desempaca el equipaje
donde están los otros cuadernos. Mientras espera, garabatea
frases para ayudarle a la memoria. Mentira la esterilidad de Iris.
Tío en el quicio mirando sin camisa muchachas los domingos,
anota. Luego trata de reescribir el desdichado párrafo que
tanto le gustaba para el inicio. Decía más o menos así: “Metí
los deditos en el balazo del cuello y le pedí a Julián hacer lo
mismo con el de la mejilla, pero la sangre seguía desbocándo-
se. Cuando Iris nos dijo ya está muerto, comprendí que era
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inútil luchar contra la rebeldía de ese líquido tibio, liso, que
se inauguraba en mi tacto. Como una salamandra me aferré
a ella y lloré gritando, como jamás lo había hecho. Habría
llorado más de intuir lo difícil que en adelante sería para mí
derramar lágrimas, así como lo necesarias que iban a ser en
ese capítulo de mi infancia que entonces se iniciaba”. Cómo
la inspiran los aviones. Desde la corresponsalía se acostumbró
a trabajar en ellos… Claro que los incómodos Twin Otter de
los vuelos regionales eran otra cosa con esas sacudidas que
solo dejaban la posibilidad de armar la crónica en la cabeza,
almacenarla allí y no hablar con nadie hasta llegar a la sala de
redacción y verla vaciada en el télex. Qué sacudidas aquellas,
parecidas a las de los destartalados pero furiosos willys que se
abrían camino en medio de trochas embarradas por donde era
preciso viajar para encontrar los rostros, las voces y los senti-
mientos de unas historias que partían de escuetos datos oficia-
les y tenía que redactar en la nada, porque palabras, frases y
párrafos enteros había que dictarlos a través de un teléfono,
con puntos, comas, puntos y comas, interrogaciones, admira-
ciones, comillas, guiones y hasta paréntesis, a un compañero
en la ciudad, desde una apestosa cabina de Telecom donde a
gritos había que enfrentar la quebradiza comunicación y la
ausencia de télex que distinguía a muchos pueblos, esos télex
de la empresa de telecomunicaciones que podían usarse con
solo mostrar el carné de periodista. Aún en esas condiciones,
y joven e inexperta, las páginas escritas se derramaban como
las aguas por el vertedero de un embalse. En cambio hoy… las
palabras son tan ariscas como agua en el desierto. Antes, en
un viaje de cincuenta minutos en las avionetas podía sacar un
reportaje completo. Puede que los aviones le sigan ayudando
a inspirarse, pero a un ritmo francamente lamentable. En las
seis horas del viaje que acaba de hacer, rayó, tachó, empezó de
nuevo varias veces, pulió y mejoró, y el resultado fue ese mi-
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serable párrafo que se perdió y a lo mejor no era como lo ha
reescrito, ¡un solo párrafo!, una prueba más de la angustiosa
sensación de la falta de oficio “y así es muy verraco escribir, y
menos una novela”, sin la urgencia del periodismo pisando los
talones, apresurando, incitando, apretando, haciendo inmi-
nentes las historias, obligándolas a tomar cuerpo, exigiéndoles
que se conviertan en palabras con sentido en la pantalla, en
el papel; hostigándolas y precipitándolas, a veces matándolas,
sí, pero al fin y al cabo haciéndolas nacer y ser. Ese párrafo es
otro motivo para volver a preguntarse cómo hará para asumir
una novela si lo suyo han sido las historias cortas, el cuento,
señor género calificado de segunda categoría y que en un
mundo literario sometido por el imperio de la novela no gradúa
a nadie como escritor. El exiguo resultado del trabajo de es-
critura en el avión le hace temer un bloqueo tenaz, pregun-
tarse de dónde vendrá ese bloqueo y cómo podrá quitárselo
de encima justo cuando escribir da sentido al viaje que está
haciendo. En esa búsqueda de causas y explicaciones, la ima-
gen del ejecutivo que plácidamente teclea en su portátil sobre
las piernas, la hace pensar por un instante que todo es un mero
problema de instrumento y máquina. Con un aparato así,
escribir es otra cosa. Ella no pertenece al mundo del lápiz y el
papel pues desde los quince, con la Underwood que le dieron
en la casa, teclas y manos se han encargado de concretar las
palabras usando lo que la tecnología ponga delante. Es eso, se
dice, su acto de escribir es imposible sin un teclado, así lo
preceda la maquinación de la historia en un mundo etéreo
dentro de ella. Pero ante una explicación tan facilista es pre-
ciso avanzar en las cavilaciones hasta toparse con una razón
más valedera, como la perversa influencia del trabajo en la
agencia. ¿Qué puede haber ayudado una década escribiendo
eslóganes, insulsas, pretensiosas, anodinas, simples, insípidas
frases publicitarias que aparentan decir todo pero apenas
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encierran una mentira? Solo líneas, oraciones, palabras sueltas
que surgían de la presión y eran pagadas con un salario que
incitaba a hacerlas rápido, como en el periódico. He ahí la
clave. Necesita la presión que no deja tiempo para pensar, para
dar vueltas a las ideas, a las frases, como ahora, como desde
hace meses y años, esas vueltas y revueltas que le consumen
a ella los minutos, las horas y los días cuando de ficciones se
trata, y nada que esa novela se va, se defiende por sí sola y así
no era hace veinte años cuando era estudiante y hacía los
trabajos para la profe Eva Muñoz, mucho menos hace quince
cuando escribía crónicas tan fluidas en condiciones más difí-
ciles que las actuales, en cuartuchos de hotel en pueblos de
clima ardiente y agua escasa, a veces compartidos con vende-
doras habladoras ante cuya presencia la concentración se
declaraba vencida, y se hacía más atosigante la estrechez y el
calor en esos pueblos arrinconados en los extremos del depar-
tamento a donde había que ir en el momento menos pensado
con la tragedia como excusa y donde muchas veces, sin em-
bargo, esta Violeta angustiada hoy por un párrafo, pudo escri-
bir con hambre, con dolor de cabeza, con la ropa empapada
por el sudor o con los zapatos llenos de lodo después de reco-
rrer las inundaciones anuales por las lluvias, o con las náuseas
acosándola aún después de haber dejado a kilómetros y horas
el olor asqueroso de la muerte descomponiendo al sol a los
muertos de la masacre de turno, esos muertos filaditos en el
piso en cualquier sitio adaptado como morgue para recibir los
cadáveres de los hombres, las mujeres, los niños y los viejos
asesinados todos juntos, en el mismo momento, el mismo
lugar, por los mismos matones y aparentemente por el mismo
motivo, así de ninguna manera fuera razón para hacerles se-
mejante maldad. Hasta las masacres de los años ochenta del
siglo xx se ha ido nuestra Violeta mientras está sentada en
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el aeropuerto gringo, y todo por un párrafo; hasta las masacres
que le hacen tan invivible su país y con las cuales los narco
paramilitares se presentaron en sociedad e inauguraron la
carnicería de simpatizantes de la guerrilla y de militantes de la
izquierda, las masacres que no cesan y que, como maléfico
legado heredado desde la Conquista, los militares, los guerri-
lleros y los mafiosos volvieron famosas y normales en el idílico
campo colombiano lleno de gente dejada a su suerte con su
trágico destino, como llegó a sentirse Violeta en esos pueblos
donde, pese a todo y con todo lo que los ojos veían, la nariz
olía, los oídos escuchaban y el corazón sentía, ¡podía escribir y
redactar y sacar historias que hoy es incapaz de hacer! Enton-
ces escribía casi sin pensar, con un asomo de consciencia por
la estructura del texto y por la dimensión de los hechos. No
había tiempo para reflexionar en lo que se hacía y lo que pasa-
ba. Entonces escribía para los demás y por los demás, no para
sí misma. Ahora, tan encerrada en ella y tan ansiosa por escri-
bir, le es imposible lograrlo. Recuerda su vigor de entonces, se
pregunta dónde han quedado el arrojo, la pasión, por qué
fueron debilitándose en el recorrido de la vida; reconoce
que de haber continuado quizás habría muerto primero que
Iris, que Luciano, se habría evitado cosas peores como la ex-
plosión del carro bomba, la salida de la agencia casi a los cua-
renta cuando en Colombia las mujeres se vuelven un problema
y les niegan el empleo, la echada de ese trabajo que era una
farsa, el verse tratando de armar una vida desbaratada cuando
pensaba que estaba organizada, circunstancias todas que la
hicieron montarse en ese avión que se quedó con su libreta,
que la ha aterrizado en Nueva York, donde todavía no sabe qué
hará, mucho menos qué podrá ocurrirle. La pérdida de sus
notas podría ser presagio de que no todo saldrá bien, así sus
condiciones sean mejores que las de los amenazados de muer-
te que tienen que salir de la noche a la mañana, muy de ma-
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ñana o muy de noche, a la fuerza, dejando todo tirado, la casa,
los libros, la ropa, los hijos, la esposa, el padre, la madre, su
historia, su país, el único lugar en el mundo donde no han
sido, son ni serán extranjeros, pero del que son echados, ex-
pulsados, castigados. No es su caso, no va con ella el dolor de
la ausencia de la patria, del distanciamiento y la lejanía obli-
gados. Ella no es una exilada que huye de una muerte anun-
ciada, de la inminente posibilidad de ser baleada por sicarios
y concluir una vida honesta y digna con la cara contra el piso
en un charco de sangre, como acabó el tío Ramón a quien solo
de esa manera pudieron sacar de aquel pueblo inmundo, el
primero conocido por ella dentro del centenar que recorrería
luego en sus andanzas de corresponsal. Ella es una exilada
voluntaria que va contenta de dejar el país de abandonados y
desplazados del que procede. Confía en que fuera de él será
posible sentirse protegida, tendrá la tranquilidad necesaria
para vivir y crear, cosas elementales, básicas, pero negadas
dentro del propio territorio. Sin salir del aeropuerto al que
acaba de llegar, ha empezado a respirar mejor. Aún con lo
ocurrido –el par de meses de permiso y la libreta extraviada– se
siente diferente y, ahí sentada con sus maletas, está pensando
en que a la larga la novela es lo de menos, por ahora, y que
hay situaciones peores que la suya pues abordó el avión por
voluntad propia, sin el acorralamiento de anónimos que la
obligaran a salir del país pues, excepto para ella misma, ella,
Violeta como tal, no constituye amenaza para nadie, aunque
en un país en guerra como el suyo la amenaza sobre la vida
está implícita para todos. Ahí sentada esperando a ese José
Luis ¡que no llega, carajo!, recuerda el peligro presentido y el
miedo sentido con los mensajes enviados por unas mafias
disgustadas con los despachos de los corresponsales. Puede
evocar el día en que le contó a Eva Muñoz su decisión de
retirarse del periódico; en un extenso monólogo le confesó
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sentirse al borde de un colapso con la sobrecarga de trabajo y
el sentimiento de completo desamparo frente a la intimidación
de los mafiosos y la inseguridad de las zonas de conflicto a
donde la mandaban. Puede oírse de nuevo a sí misma dicién-
dole a Eva “cuando en un semáforo una moto con dos tipos
se estaciona al lado del taxi en el que voy, el corazón se me
paraliza, creo que son sicarios que ya van a sacar un revólver
y me lo van a poner en la sien. He llegado a gritarle al chofer
que se pase en rojo. Eso me ha hecho dudar en si debí hacer-
le caso a mis papás o a usted. Por la mañana me levanto y no
sé dónde dormiré ese día, o si dormiré. Quiero tener la segu-
ridad de que voy a dormir en mi cama en la noche o al menos
de que voy a almorzar a la hora en que debe ser. Mi bolso se
ha vuelto un puesto ambulante de mecato para hacerle fren-
te a un estómago, a un cuerpo que reclama el derecho al
tiempo para comer que ya perdí. Antes que periodista yo era
hija, hermana, tía, lectora, intento de escritora. Tengo tres
sobrinos y no los he visto crecer, me encuentro con ellos en
Navidad y a veces el día de la madre, pero me gustaría llevar-
los a la piscina los sábados y nadar con ellos. Mis libros, mis
personajes y mis cuentos están abandonados. Todo porque mis
horas y mis días están arrendados para producir noticias que
la mayoría de las veces ni se publican. ¿Qué clase de vida es
ésa? Ninguna. Muerte en vida. Aunque viva de él, mi trabajo
no puede ser mi vida Eva, menos esta clase de trabajo, yo soy
algo más que un télex o un tandy, más que dos páginas edita-
das de un periódico. Soy periodista, sí, y el periodismo es así
y me tocó ser corresponsal de una guerra y no redactora cul-
tural o de ciencia como quería hacerlo. Muy pocas veces me
enorgullezco de lo que hago. Ya no tengo la oportunidad como
antes de escribir un informe o una nota que le ayude a una
persona, a una comunidad o a un barrio a solucionar un pro-
blema y a ser menos infeliz. Cuando tengo que conseguir el
23
testimonio de las viudas de las matanzas me pregunto qué
clase de oficio es este que no respeta el dolor ajeno y le hace
a uno perder el pudor. ¿Tiene sentido publicar su dolor si ya
les mataron a sus maridos y no les van decir quién fue ni por
qué? ¿Puede servirles salir en el periódico? ¿Vende más ejem-
plares el diario? Y todo por el estilo. Es un sinsentido, una
sinrazón, pero hay que hacerlo. A ver, dígame usted, de qué
me sirve a mí ir a los allanamientos de las mansiones de los
narcotraficantes y ver sus extravagancias, la suntuosidad sin
límites de sus aposentos, saber que por simple capricho pueden
tener un zoológico con dos mil animales exóticos de Australia
y África, que sus fiestas duran varios días, asisten reinas de
belleza, modelitos, políticos, deportistas y estrellas de la tele-
visión, y que mientras están divirtiéndose, vuelos cargados de
coca despegan del aeropuerto particular donde han aterrizado
los invitados. De qué me ha servido montarme en un helicóp-
tero con soldados para ir a la selva a ver cómo le prenden
candela a un laboratorio de cocaína y darme cuenta de que
ahí están los agentes de la dea manejando el operativo como
si este fuera su país, o asistir a un curso en la Brigada, dizque
de corresponsales de guerra, donde me enseñan a disparar, a
coger armas, ¡como las detesto!, porque son las que están
exterminando a los jóvenes de Medellín y unos balazos desan
graron a mi tío Ramón. De qué me ha servido estar en el
monte en medio de un bombardeo entre la guerrilla y el ejér
cito, excepto para darme cuenta de lo miserable que puede
ser la vida de un soldado colombiano cuando le da paludismo
o leishmaniasis, lo hieren en combate o le toca de centinela
en un cambuche. Qué me deja a mí ir a ver las ruinas de los
carros bomba, los edificios destrozados, la gente en shock si
por más que haya desarrollado la capacidad de ponerme en el
lugar del otro nunca entenderé o sabré lo que está pasando
por sus cabezas y por su corazones si a mí no me ha pasado”.
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Esas fueron sus razones para escapar de un oficio que dejó
como deja ahora el país, la ciudad, el apartamento, a la mamá,
los hermanos, los sobrinos, para quienes la ida de Violeta se
trata tan solo de una temporada en Nueva York, como fue su
estadía en Campoalegre cuando eran niños. Sin embargo, la
intención de rehacer y hacer su vida aquí son tareas que podrán
exceder el tiempo previsto por los otros y por ella misma.
Mientras el avión volaba miró por la ventanilla hacia la blan-
cura de las nubes en las que se sumergía y tuvo el convenci-
miento de que en el lugar al que iba las cosas serían distintas,
porque allí la sensación de seguridad podría ser real, aunque
absurda a la vez, pues la nación potente y prepotente tampoco
se escapa del terror; allí, un año atrás, y en un par de horas,
con el desplome de las Torres se dieron varias tragedias en una
sola declaración de guerra, y con casi tres mil muertos. Pero
estos gringos no tienen en su país una guerra interna como en
el suyo, así vayan armando y sosteniendo conflictos por el
mundo con sus ejércitos, tanques, bombas y torturas. En cual-
quier ciudad existe la posibilidad de ser agredido en la calle,
incluso en la propia casa, pero aquí tiene la esperanza de ver
cómo es la vida en una nación con paz interna, cosa que ella
no conoce, y gozar de las mínimas condiciones que necesita
para encontrar por fin su lugar en el mundo. Mientras el avión
volaba Violeta se preguntó de qué estaría huyendo. Tuvo que
reconocer que de sí misma, de sus recuerdos y su memoria.
Entonces, sintió ganas de devolverse. La reflexión sobre las
circunstancias determinantes del destino sacudió la culpa
momentánea, pero al final se convenció de estar haciendo lo
correcto al ir montada en ese gigante de metal y gasolina que
la sacaba del país de muerte al que nunca se acostumbrará,
pues sería vivir como normal la barbarie. Y nunca se acostum-
brará porque para ella la vida propia y la ajena hay que res
petarlas por encima de todas las cosas, así la muerte se le esté
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mostrando desde niña y ya una vez haya intentado tomarla
después de sacarla de la cama con la explosión. Ni en las
horas, los días, los meses y los años de desespero y desesperan-
za ha claudicado ante la existencia de su ser; es más, aspira a
que en ella la vida muera sin aspavientos, que el final de sus
días llegue sin esos ruidos que hacen estallar los oídos y los
pulmones; que su muerte sea igualita a la del papá, a quien
una noche se le metió en la tibieza de las cobijas, y discreta y
silenciosa, sin interrumpir el acto íntimo del sueño, con un
manotazo suave le detuvo el corazón; el mismo que empezó a
enfermarse desde que supo las inclinaciones de José Luis y que
luego empeoró con la pérdida de Luciano, y se fue de tristeza
en tristeza al saberse víctima de un atentado y verse conver-
tido en un damnificado más que solo podía contar con la
curiosidad de los que tenían la misma profesión de su hija
adorada y con la indiferencia gubernamental de su país del
alma. Un corazón que acabó de joderse al comprobar que el
lugar donde había nacido, crecido y vivido nada tenía que ver
con el paraíso que le había hecho creer a sus hijos. Como la
muerte de su padre, quieta, sin manchas de sangre, así la
quisiera ella; cuando aparezca hará de cuenta que es un agui-
jón el que se clava en su corazón; que es el amor, bendito y
escaso amor, el que viene por ella, como ahí llega José Luis a
recogerla, hora y media después del aterrizaje del avión en el
que botó las notas que tendrá que rehacer si no quiere que se
pierda lo hecho y deshecho.
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2
27
—¡Diez años! –le dice aterrado.
—Mentiras. Exagero. Y si así fuera, no me quedaría en tu
apartamento. Tranquilo. Además, sería normal. Escribir es un
oficio que puede llevar una vida.
Violeta levanta los brazos y se toma el pelo con las manos,
como si fuera a recogerlo en una cola.
—Qué momento tan difícil –dice–. Joven para sentirme fra-
casada pero vieja para tener ambiciones que vayan muy lejos.
—¿Cómo así?
—Este año he tenido que repensar mi vida y he querido
reencauzarla por el camino que debe ir, darle por destino la
escritura. Sin embargo...
Violeta soba y soba ese pelo pero nada que se lo amarra, ni
que termina la frase.
—Sin embargo qué –dice José Luis–. Vas a hacer lo que
más deseas, ¿y?
Violeta respira y se suelta el pelo, sacude la cabeza y se cruza
de brazos. Parece evadida de la conversación con José Luis.
—Ya tengo todos los datos, sé más o menos cómo irá
la historia, los personajes, en fin. Solo es sentarme ante el
computador y ya. Sin embargo... ¡Ah! Quiero comprarme
un portátil. ¿Tú me acompañas? –dice cambiando el tema y
mirando a José Luis.
—Sin embargo qué –insiste él–.
—Quisiera haberle dado ya el primer empujón a los perso-
najes para que empiecen a evolucionar por sí solos, para que
empiece lo bueno. O la tragedia. Pero no conozco muchas cosas
de la historia. Tal vez tú puedas contarme algunas. Fuiste más
a Campoalegre que yo.
—¡¿Es sobre la finca?!
Con la mención de Campoalegre José Luis sonríe por pri-
mera vez. Ni siquiera al recibir a Violeta la halagó con una
sonrisa. Quién podía hacerlo después del estrés con “ese puto
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tráfico de Manhattan”, como le ha dicho a ella, “y además re-
trasado por la joda de Marcelo”, como se ha dicho a sí mismo.
Lo hace sonreír el recuerdo de Campoalegre y la evocación
de las moras con leche y azúcar que se le vienen a la mente.
—Empezábamos a recogerlas desde las cuatro. Las echá
bamos en el vaso, las machacábamos con la cuchara, les
poníamos azúcar, y a esperar la ordeñada. Eramos Teresa y
yo con el vasito sentados mirando las vacas comer, y espere
y espere. Tere se impacientaba, pero yo me entretenía oyendo
el sonido de esas vacas arrancando la hierba.
—Había una que se llamaba Nancy.
—Ah sí, la de la noticia. El tío decía que así se llamaba
una elefanta africana que se murió en un zoológico aquí, en
Estados Unidos, porque no le aplicaron la prueba de tubercu-
losis, y que el nombre se lo puso en su honor. Es que mi tío...
todo lo nombraba.
—Yo me acuerdo de Fortunata, la más gorda –dice Violeta
entusiasmada.
—Quería más a los animales que a la gente. Decía que eran
la mejor expresión de libertad, tolerancia y de... ¿qué era lo
otro? ¿Placer?... no me acuerdo.
—¿Decía eso? Tengo que anotarlo...Con razón se puso tan
furioso cuando Julián revolcó un hormiguero. Casi le pega. Y
le echó un sermón...
—La cantaleta de él sobre el valor de la naturaleza, el
respeto por la vida...
—A ver, más nombres. ¿De cuáles te acordás?
—Zafiro, el caballo. Al gato lo llamó El inglés que por co-
lorado y el caminado tan elegante. Y a una gallina que ponía
dos huevos al tiempo, Prosperidad.
—Y a María Antonia, la yegua en la que iba montado
cuando lo mataron, le cepillaba los dientes.
—¡Sí! Tenía una cola larga con la punta colorada como
tu pelo.
29
—Se mantenía boleándola para un lomo y para el otro.
—Pero tenía la crin escasita y le picaba todo. Se mantenía
rascándose en las piedras y en los troncos de los árboles. ¿Te
acordás?
—Bueno, ¿y qué pasaba con las moras?
—Ah, ya, claro. Cuando arriaban las vacas para el corral
salíamos corriendo. Nos parábamos en la verja. Me parece
ver a Evaristo amarrándoles las patas, llevando el banquito,
el balde, estirando las tetas de esas vacas como si estuviera
tocando un instrumento musical, de a una en cada mano, una
para arriba otra para abajo, una para arriba otra para abajo, el
mismo tiempo para cada una y al mismo ritmo.
—Pero y las moras qué.
—Ya va... Él nos hacía una seña. Entonces nos arrimábamos
y poníamos el vaso debajo de la ubre. Y esas moras destrozadas
con azúcar al mezclarse con la leche se veían como una pintura
a través del vidrio. El blanco invadía el púrpura y aquello se
volvía un arco iris de dos colores. Cuando la leche dejaba de
ser blanca y el púrpura púrpura y todo se volvía un rosado lila
espeso sabíamos que estaban listas para comérselas. Y ahí moría
el rito de las moras con azúcar y leche ordeñada.
—Por lo menos te quedaron bonitos recuerdos de esa finca.
—La extrañé mucho durante años. Lo que más me gustaba
eran los sonidos. En la ciudad no se puede oír nada que valga
la pena.
—Y menos en Medellín, con ese ruido tan bestial de los
carros.
—Extraño Medellín. La luz de los atardeceres allá, con los
edificios de ladrillo, es muy distinta, muy cálida. Y el verde de
las montañas. ¡Me hacen tanta falta las montañas!
—¿Para qué?
—No sé. Para verlas.
—Cargadas de pobreza. ¿Has visto como están? La ciudad
en la que tú viviste ya no existe. Hasta el clima se ha dañado.
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—Cierto, ¿no? Qué injusticia tan hijueputa. Cada vez hay
más tugurios en un lado y más edificios lujosos en el otro. Es
lo que me aburre de ir, ver tanta pobreza. Y contaminación,
porque qué caos. Pero bueno, la gente no ha cambiado. La
amabilidad. Eso no se ve en ninguna parte.
—¿Amabilidad?¿Amabilidad que le digan a uno mi amor
los taxistas, los vendedores de la calle, los limpiadores de pa-
rabrisas, gente que uno no ha visto en su vida?
—Aquí la gente es muy distinta.
—Y allá la gente es montañera, indisciplinada, maledu-
cada, criticona, burletera y confianzuda. ¡No respetan nada!
¡¡De qué sirve estar pelando el diente si en cualquier parte te
pueden agredir!!
—Bueno, ya, pero no te molestes... Tampoco tienes por
qué alzar la voz. Lo que menos soy es sordo, aunque admiro
la sordera de Beethoven.
—Perdona. Es una manera de hablar.
Violeta mira hacia la autopista, pega la frente contra el
vidrio de su ventanilla de pasajera. Lo siente helado.
—¿Podríamos abrir las ventanas y apagar ese aire?
—Se oye mucho el rugido de la autopista y no me gusta.
—De verdad que es desagradable nuestra forma de hablar.
Quisiera aprender a hablar como la gente normal.
Violeta habla en un tono golpeadito, como hablan algunos
en Medellín y Antioquia; así, golpeadito, o golpeadita, como
es la vida en Colombia.
Viajan hacia el apartamento. Hablan de la familia, de cómo
estuvo el viaje, del presente y del futuro inmediato, lo usual
en un caso de estos. Él está esperando a que las cosas fluyan,
como fluye el tráfico ahora en la autopista antes de entrar a
Nueva York, para contarle acerca de Marcelo. Más adelante,
en la congestión de Manhattan quizá. Tiempo habrá de sobra.
En la radio se oye wbgo en el 88.3 fm.
31
—Dobliubiyio –dice José Luis después de subir el volumen
de la radio–. Es la estación más popular de jazz. Sin comerciales
y solo de jazz.
—Una buena bienvenida. Nueva York me suena a jazz.
José Luis aumenta otro poquito el volumen. La música se
apodera del interior del auto. Violeta empieza a sentir que las
trompetas son estridentes.
—Dijiste que no eras sordo, Beethoven –le dice a su her-
mano con ironía.
Él retorna el volumen a su nivel original y pone otro tema
de conversación.
—Mamá se quedó muy triste.
—¿Hablaste con ella?
—Esta mañana. Habían acabado de llegar de dejarte en el
aeropuerto. ¿No te dio lástima dejarla sola?
Violeta denota un gesto de fastidio y vuelve a su tonito
de voz.
—Ah, otro con las mismas. ¡Nunca pensé que podrías
recibirme con reclamos! Aunque debí habérmelo imaginado.
Con esa mamitis que mantienes. ¡Entonces qué! ¿Me devuelvo
a cuidarla?
José Luis se desconcierta.
—Cálmate. No es para tanto. ¿Por qué te ofuscas tan fá
cilmente?
Violeta no oye razones.
—Y aunque me devolviera. Jamás seré una solterona que
termina andando con la mamá para arriba y para abajo, yendo
a misa de saquito de lana, rezando el rosario y haciendo visitas
familiares.
—Tampoco se trata de eso.
—¿Por qué crees que he aguantado y aguantado y conservo
el apartamento?
—¿No lo vendiste?
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—¡Qué tal! Es lo único que tengo. Ahora hay un inquilino.
Violeta se va calmando.
—No te preocupes, quedó con Julián –dice con suavidad.
—¡¿Se lo arrendaste a Julián?! –dice asustado José Luis,
mirando nuevamente a su hermana.
—¡Nooo! Hablo de mamá, no del apartamento. Ella está
con Julián.
—Valiente compañía.
—¿Por qué les cuesta tanto creer que cambió? Está muy
juicioso y entusiasmado con su agencia de detectives. Y anda
bastante enamorado. Aunque la novia no le cae muy bien a
mamá.
—Para ella estar con Julián no será lo mismo que estar
contigo.
—Ahí quedaron Brenda y Teresa.
—Son mujeres casadas.
—Pero no exoneradas de velar por los padres cuando se
ponen viejos. Tienen la misma responsabilidad que tú, Rubén,
Julián y yo. Y para que veas, en este momento es Julián el que
la está asumiendo.
—¿Está aliviada?
—Bastante. Ella es muy alentada. Muy autónoma.
—Tiene su mundo.
—Ah, mi mamá –Violeta sonríe. Parece cambiar de actitud.
Voltea a mirar a su hermano y le dice–: me dijo una cosa tan
bonita al oído cuando se despidió... Aunque no la entendí
muy bien.
—Qué.
—Tu idioma será como tu casa. Así con esas palabras me
lo dijo.
José Luis sonríe también.
—A mí cada rato me pregunta si no se me ha olvidado
el español. Imagínate. Olvidar lo único propio que se tiene
33
cuando se es extranjero. Claro que se pierde cuando uno abre
la puerta del apartamento.
—¿Cómo así?
—Ya lo sabrás. Cuando salgas a la calle. Ahora sí que vas
a tomar conciencia de lo que significa el español. Muy sabia
mi mamá.
—Lo único de lo que he tomado conciencia hasta ahora
es que será mi principal barrera. ¡Sufrí en ese aeropuerto! No
entendía un culo de lo que me decían, y con todo el inglés
que practiqué con K y he estudiado. Boté mi plata en todos
esos cursos.
—Qué vocabulario... Si te oyera mi mamá... ¿Todavía sigue
yendo al almacén?
—Menos tiempo, pero va. A los inventarios sobre todo. De
todas formas, es otra desde que enviudó. Dice que se desvela
mucho. Lógico. No debe ser lo mismo dormir sin el marido.
Como se querían.
—Qué va. Los viejos casi no duermen.
—Tal vez.
Ya se ve el Verrazano y esto le da pie a José Luis para voltear
el tema, pues así como se dirigen al puente van a caer en el
asunto del papá, con quien no quiso hacer las paces, al que
obligó a morirse con la tristeza de no haber vuelto a hablar
con el hijo pródigo que le negó la absolución, porque senci-
llamente nunca creyó en el arrepentimiento del viejo. Sabe
que lo responsabilizan del cambio que dio un papá que era
tan alegre y de buen genio, que le reclaman por no haber sido
capaz de romper la distancia que los separó, una distancia más
grande que la extensión de ese puente que atraviesa la bahía
de Nueva York, mítico, al igual que todos los de la ciudad,tal
como está explicándolo José Luis para ver si la conversación
se va por sendas menos peliagudas.
34
—Aunque nos desviemos y se nos haga el camino más largo,
quise que pasáramos por aquí. La otra vez quedaste fascinada.
Te quiero pasar también por el Puente de Brooklyn.
—¿Te acuerdas de los aspavientos de mamá? Todavía habla
de este. Creo que mantiene cansadas a sus amigas del costurero
con el Verrazano. Fue la primera vez que la vi contenta después
de la muerte de papá. Nos sirvió mucho ese viaje. Brenda to-
davía dice que estábamos locas por venirnos a pasear al mes,
pero fue lo mejor que pudimos hacer.
Sin darse cuenta cayeron en el tema del papá otra vez. Ya
pasaron el puente. ¿De qué más podrían hablar? A José Luis
le parece escuchar a Violeta, la que más medió para reconci-
liarlos, diciendo “no fuiste capaz de perdonarlo… ni siquiera
fuiste capaz de ir cuando la bomba, y a su funeral fuiste por
mamá, no por él, y apenas se murió ahí sí empezaste a visitar
Medellín”. Sin embargo, Violeta de pronto sale con otra cosa.
—Adoraba a papá, pero qué ser tan intolerante era. No fue
capaz de entenderte y respetarte.
¿Escuchó bien José Luis lo que dijo su hermana? Para ase-
gurarse le baja volumen a la radio.
—Debió hacerte mucho daño, debiste haber sufrido mucho
para que te hubieras resistido acercarte a él.
Sí, oyó bien, esa frase la acaba de pronunciar Violetica.
Ante semejante afirmación, a José Luis solo le queda decir
algo benévolo para referirse al viejo.
—Nada más podía pedírsele.
El tema parece cerrado. Sin embargo, ella insiste.
—Era el papá y tenía el deber de...
—Fue duro –interrumpe José Luis–. Pero a la larga le debo
el hecho de haberme venido para acá, ser lo que soy ahora,
tener la vida que tengo, la que quería y lo que quería.
Las palabras de José Luis suenan sinceras, pero ella quiere
estar segura.
35
—¿Aún le guardas rencor? –insiste.
—Mi rencor se fue con él, ¿cómo odiar a un muerto? –res-
ponde, otra vez con la verdad.
—Hubiera sido bueno decírselo antes de que se muriera.
—Tal vez, no sé, pero no se dio y punto. Fue una cagada
de mi parte pero ya tengo suficiente con el pesar de haberme
alejado tanto de una familia que es todo para mí, así no haya
vivido con ella. Y dejemos el tema.
Después de un brevísimo silencio, él concentrado en su
parabrisas y ella en la vista que le ofrece su ventanilla, Violeta
cambia de tema.
—Parece que has entendido muchas cosas. En cambio yo...
—¿Cómo así?
—Todavía sigo dudando si vale la pena ponerse a recons-
truir una escala de valores desmoronada. Yo llevo años acostán-
dome sin saber qué va a pasar, si amaneceré viva o muerta. Así
es muy difícil avanzar a una nueva vida por más que se quiera.
—Ante la presencia de la tragedia el futuro desaparece.
Se supone que eso es la guerra, la contundencia de la muerte.
—A lo mejor por eso me acostumbré a vivir como pen-
diendo de un hilo... aunque... el miedo nunca se aprende a
manejar. Cuando se apodera de ti lo único que puedes hacer
es evitar situaciones o lugares peligrosos. Yo llevo todos estos
años tratando de evitarlos.
—Es la reacción normal cuando existe un peligro real para
la supervivencia.
—Pero se vuelve como una enfermedad, no deja vivir en
paz y llena de rencor. Siempre temo por lo que va a pasar y eso
me impide disfrutar las cosas. ¡Malparidos mafiosos! Son una
peste. Con ese carro bomba me quitaron las ganas de vivir en
Colombia y el orgullo de ser de allá. De haber podido, al otro
día me hubiera ido. Cómo los detesto.
36
—El odio es una manera de defenderse, de liberarse, sobre
todo cuando te hacen daño injustificadamente, aunque es
insoportable llevarlo adentro.
—Sí, a veces duele más que el mismo dolor. No hay
cómo perdonar un sufrimiento inmerecido. Creo que me he
curado bastante. Sin embargo, cada día solo tengo dos emocio-
nes: o estoy enojada o estoy triste. Uno no puede evitar que le
quede un gesto, una mueca en la cara como de rabia mezclada
con tristeza. Me desconocía cuando me miraba en el espejo.
—Algún día tu rencor se extinguirá del todo. Tiene que salir
si quieres una nueva vida. ¿Por qué pasó lo que pasó? No bus-
ques explicaciones a algo que quizá no las tenga. Simplemente
fue así y ya. A veces no se necesita un motivo muy concreto.
K odiaba este país. Mira que se nacionalizó en Colombia.
—En estos días vi en televisión a un palestino que decía
que lo había perdido todo en una noche, su casa, su trabajo,
cualquier futuro, y que solo le quedaba la venganza, que sen-
tía un incontenible deseo de destrucción. Me hizo pensar en
que yo nunca he tenido deseos de venganza, ¿de qué se va a
vengar uno?, ¿cómo?
—¿Entonces?
—Es como una aversión por el país. Lo veo como un ene-
migo. Me parece dañino. Me resisto a su ineficiencia, me da
rabia que no sea capaz de protegerlo a uno. Pero no voy a ir
a poner una bomba por eso. Simplemente, si no lo aguanto,
me marcho. Iris decía que no se ama lo que te hiere, lastima
y maltrata. Y es verdad.
—También es verdad que uno solo tiene un lugar al que
pertenece en el mundo y lamentablemente...
—Yo no creo esos cuentos –interrumpe Violeta–. A uno
le toca aceptar la familia y la vida que le dio el destino, pero
el lugar no. Donde uno se sienta bien, seguro, vale la pena
vivir, donde no, no. Yo no encajo allá ni lo necesito. ¿A qué
voy a volver?
37
—No digas eso.
—Ay no, ¿otro como mi mamá?
—¿Cómo así?
—Dice que yo quedé como envenenada. Me advirtió mu-
cho que no hablara mal de Colombia ni que fuera a quedarme
aquí haciendo aseos, limpiando la mugre de otros, excepto la
de tu apartamento. Para ella Colombia es el paraíso y Estados
Unidos un purgatorio. ¿Cómo puede creer eso?
—Tienes que pensarlo muy bien. Yo llegué joven. Tenía
veinte años menos que tú. No es lo mismo. Es como volver a
empezar cuando la vida ya está declinando, porque eso es lo
que significa llegar a los cuarenta. Además, y perdona lo que
voy a decirte, yo no me vine amargado.
—¿Nooo? ¡Y lo que te pasó con papá qué!
—Sentí más tristeza que amargura. Por supuesto que des-
pués se me volvió rencor. Por eso mismo te lo digo, si el odio
queda, puede convertirse en una tortura.
—¡Yo no estoy amargada! ¡Ya verás!
Se quedan callados por un momento. Pasado el acalora-
miento de la conversación, vuelven a hablarse.
—Me ha costado aliviarme, Jóse. Aceptar que fui una
más de las miles y miles de personas en el mundo a quienes
les cambió la vida simplemente por haber estado ahí cuando
pasó el atentado terrorista equis. Lo que antes veía en otros,
nunca lo imaginé para mí. Jamás se me pasó por la cabeza que
podría ser una damnificada como los que yo un día entrevisté.
—Ay, tenaz eso.
—Hasta ahí me duró la nostalgia del periodismo. Estar
del otro lado y ver que los periodistas llegan como aves de
rapiña me hizo entender que no existe la conmiseración, que
es imposible sentir como propio el dolor de la miseria ajena.
Por encima de cualquier cosa uno es una noticia más. Qué
decepción y qué ironía. Como si hubiera sido un castigo.
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José Luis toma la mano de su hermana, la acerca a sus
labios, la besa y la devuelve a su lugar.
—Atentados hay en el mundo entero todos los días, y
peores. Mira lo que pasó aquí. Y eso es poco. Ni qué decir del
hambre, la miseria, la injus...
—Ah, ahora que lo dices –interrumpe ella y se queda bo-
quiabierta por unos segundos–. ¡No están! ¡¡Las dos torres no
están!! Mira. Desde hace rato debía estar viéndolas y no me
había dado cuenta. Ay, cómo sería la impresión de la gente
que todos los días pasa por aquí. Las vieron por la mañana y
en la tarde ya no estaban.
—Para todos. Se veían de casi todas partes.
—Me acuerdo de nuestra subida al último piso. Mi mamá
llamó a Tere. Qué pesar de las Torres.
—Fueron lo de menos. Dime las víctimas. A mi edificio
llegó a trabajar una mujer que estuvo allá. Se llama Gladis.
Me impresiona mucho su mirada.
José Luis reflexiona por un instante en que Violeta tiene
una expresión similar a la de Gladis. De alguna manera él se
siente en deuda con su hermana por no haber estado cerca en
ese preciso momento, que conoció a través de Teresa y de su
madre, y que solo pudo comprender con el atentado a las dos
torres. Piensa en que si a él y a Marcelo los afectó el 9/11, cómo
habrá sido para ellas. Recuerda la bandera a media asta en el
centro del Puente de Brooklyn al día siguiente. La vista mejor
era desde Brooklyn Heights. Marcelo lo hizo ir al Promenade
temprano, a la mañana siguiente, para divisar el panorama.
El humo aún sobrevivía. La baranda del Brooklyn Heights
Promenade amaneció encerada por las velas que la gente dejó
encendidas en la noche. Había esperma por todas partes. Los
vecinos prendieron veladoras en las aceras también. Quería
contarle a ella cómo fueron esos días de final de verano cuando
la Estatua de la Libertad escasamente se veía por el humo hasta
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el punto de desaparecer toda la tarde; cuando el polvo cayó
por toneladas y se apoderó de la ciudad, convirtiéndose en
el principal problema para los bomberos que, incluso un año
después, no habían podido liberarse de él; quería contarle que
al atardecer del día siguiente el sol se volvió muy anaranjado
y que observándolo pensó en la enorme bola de fuego que el
jet provocó al pegar contra la torre sur. Violeta lo devuelve a
la conversación.
—Se ve menos ambiciosa la ciudad sin las Torres.
—Ha perdido prepotencia, pero no imponencia.
—¿Has ido al sitio?
—Sí. Una vez.
—Quisiera ir.
—A qué.
—Es inevitable.
—No me gusta ir por allá. Ni siquiera mirar. Desde enton-
ces, cada que veo un sol rojo, como el que seguramente vas a
ver más tarde, me acuerdo de la imagen de la televisión con
esa gente saltando por las ventanas. Eso es algo que los que
vivimos acá no olvidaremos nunca.
—Todos los que lo vimos en el mundo. Ha sido la catás-
trofe más observada de la historia. Se transmitió en vivo y en
directo. ¡Eavemaría! A veces me avergüenzo de ser periodista.
—Pero eso tuvo su lado positivo. Será algo que recordare-
mos cuando el resto del mundo lo olvide. Es como una herida
que queda abierta para siempre.
—¿Te das cuenta cómo impacta?
José Luis asiente con la cabeza mientras mantiene fija la
mirada en la vía, pero no dice nada.
—¿Será entonces que no voy al sitio? –dice ella después de
un momento de silencio.
—Si quieres ir, que te acompañe Marcelo que se apunta a
todo. Por allá quedan las tiendas de las computadoras. También
puede ayudarte a comprar el portátil. Él sabe más de eso que yo.
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—¿Quién es Marcelo?
José Luis siente una punzada en el pecho.
—…Un amigo…
Vuelve a aumentar el volumen de la radio.
—Oye esto. Every time I say good by I die a little. Cada vez
que te digo adiós yo muero un poco. Ni que te la estuvieran
dedicando a ti. ¿Te gusta? Es de Lance Hayward. Yo lo conocí.
Tocaba en el Village Corner.
Por unos segundos se quedan callados escuchando la
canción.
—¿Y de qué eran los apuntes? –dice de pronto José Luis
reiniciando la conversación.
—También de Campoalegre.
—Entonces es sobre eso la novela, ¿no?
—Sí.
—¡Por qué sobre eso! Con tantas historias como hay y has
vivido...
—¿Qué tiene?
—No sé, digo yo, tal vez sería mejor... ¿No has pensado
escribir sobre la tragedia, por ejemplo? Te serviría de terapia
además.
—Son unas determinadas influencias del pasado las que
crean a un personaje muy concreto en el presente. Eso decía
mi profe Eva. ¿Te acuerdas de ella?
—¿Qué quieres decir?
—Que antes estuvo el asesinato de mi tío.
—¿Será autobiográfica?
—Todo lo que uno escribe es autobiográfico. No lo digo yo,
lo han dicho muchos escritores. Lo que no es autobiografía es
plagio, leí que dijo uno de tantos.
—Jamás hablabas de ti en tus crónicas y reportajes.
—Algo queda de uno. Los ojos que miran determinan todo.
Uno siempre está detrás aunque no esté contando su vida.
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—Pero, a ver, ¿qué sentido tiene escribir sobre Campoale-
gre? ¿La historia es sobre ti o sobre el tío?
—Es sobre una niña que conoce la muerte por un asesi-
nato, y a raíz de las circunstancias originadas por ese crimen
la aíslan de su familia y sufre. Realmente el tío es una excusa.
Daría para un personaje muy bueno, pero no conozco bien
su historia, y los apuntes que boté eran justamente lo que me
había contado Margó sobre él.
—Mi madrina sí que daría para una novela. Ni te imaginas
las cosas que me contaba de su vida aquí en Estados Unidos
y de sus viajes por Europa... Y ahora mírala allá metida en ese
barrio con sus pobres. Qué desprendimiento. Saber que el tío
Ramón era tan tacaño, siendo el hermano.
—Ay, ese barrio está ¡jodido! Se va a meter el ejército y
van a barrer con todo.
—¿Tú si crees? Y mi madrina allá metida.
—¿Quién la saca? Que no deja sus casas, que nadie la va a
sacar. Me tocó retén de milicianos y todo cuando fui a despedir-
me de ella. Y si vieras los huecos de los balazos en las fachadas
de las casas. Casi quinientas personas han matado este año en
esa sola comuna. Hay francotiradores por todas partes.
—Qué va. ¡Así de grave está la cosa! ¿O estás exagerando?
—¿Grave? De miedo. ¿No has leído el periódico? ¿No lo
lees por Internet?
—Pues...
—Mira, te resumo. Son más de mil paramilitares diciendo
que no van a dejar ni un miliciano vivo y más de mil quinientos
milicianos aliados con los guerrilleros, cada uno imponiendo su
ley, todos matándose, robando, extorsionando, secuestrando y
desapareciendo gente; un montón de desempleados y desnutri-
dos, cien mil personas sin esperanzas, abandonadas a su suerte.
Veinte barrios, Jóse, y a diez minutos de la casa de nosotros,
de la Alcaldía, de la Gobernación. Ni siquiera la policía puede
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entrar para hacer los levantamientos de los cadáveres. Y que
nada pasa, que no estamos en guerra.
—No es así en toda la ciudad. Ni en todo el país tampoco.
—¿Por qué cobran impuesto de guerra entonces? Hace años
tenemos una guerra que deja treinta mil muertos al año. Lo
que pasa es que la ignoramos. Peor, la volvemos fiesta.
—Ay sí, como rumbea y toma trago la gente allá ¿no?
—Tal vez sea para compensar. Conseguir cada cosa a diario
demanda el doble, el triple de esfuerzo.
—Aquí también hay pobreza y la gente tiene que luchar
por alimentarse, por sobrevivir. A veces más.
—Pero la vida no es azarosa ni todo el tiempo por todos
lados la sociedad te está golpeando. No saben qué es la miseria
ni tienen unos gobernantes tan incapaces como los nuestros.
Deberían encarcelarlos a todos. Lo mejor que hacen es impro-
visar, apagar incendios, robarse la plata y encementar la ciudad.
Porque eso sí, creen que el cemento es desarrollo.
—Pero yo cada vez que voy veo mucho árbol sembrado.
—¿Árboles? Y para qué árboles. ¿Para proteger el aire?
Primero que defiendan la vida. Después que siembren todos
los arbolitos que les dé la gana.
—De todas maneras las cosas están cambiado y Colombia,
aún con todos sus males, es un país muy lindo y Medellín es
un buen vividero.
—Ah, sí, claro. Con una zona de combate a diez minutos
de la casa y escondida en esas montañas que añoras. En una de
las cuales vive tu adorada madrina. Sin necesidad, además, por
puro gusto.
José Luis quisiera defender sus ideas, pero la mención de
su tía lo alarma.
—Está loca. Voy a tener que llamarla.
—A ver si la convences de que se salga para que no termine
como el tío. Ese barrio es una bomba de tiempo a punto de
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estallar, y más tragedias en la familia, ni riesgo. Entre otras
cosas, ¿qué fue lo que dijiste del tío Ramón? ¿Que era avaro?
—Dejó a Iris en la miseria.
—Esa es la versión de mamá. ¿Margó nunca te dijo? Con
tantas cosas como te contó debió... en fin.
—¿Qué?
—Pregúntale.
Violeta se queda callada. José Luis insiste.
—¿Qué le pregunte qué?
—Me confirmó todo. Ahí no hubo avaricia sino mezquin-
dad. Y no de mi tío sino de la familia. Le quitaron todo a Iris,
¡y mamá fue la que más jugo sacó!
José Luis busca la manera de orillarse y detiene el auto
abruptamente. Se le ha enrojecido la cara. Sin quitar los ojos
del parabrisas ni las manos del volante, del que sigue aferrado
con las manos apretadas, dice:
—Si vas a hablar mal de mi mamá, mejor dedícate a otra
cosa.
Luego voltea a ver a su hermana, a quien toma del mentón
con suavidad para que lo mire mientras le dice:
—Escúchame muy bien. Yo te apoyo en todo lo que quieras,
en todo lo que necesites para estar aquí y avanzar con tu famosa
novelita, para que salgas adelante. Puedes incluso quedarte el
tiempo que te dé la gana y yo te mantengo si es preciso, para
que luches y consigas lo que tanto has querido y no has podido.
Pero si hablas mal de mi mamá te advierto que…
—Yo no voy a hablar mal de nadie. Voy a mostrar seres
humanos, lo que hace todo escritor.
Con la interrupción, serena, altiva, firme de Violeta, es
como si todo quedara dicho. No se dice nada más.
Mientras se restablecen las condiciones para volver a una
conversación animada y cordial, cada uno se entrega al flujo
de sus pensamientos y recuerdos.
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Por instantes, sobre todo en los semáforos y en la lentitud
típica de la larga congestión de autos buscando entrada a
Manhattan, José Luis le dirige miradas rápidas, nota como los
rayos del sol vespertino que golpean el parabrisas hacen relu-
cir el pelo de Violeta y piensa en el color original que está
sepultado en la tintura, el rojizo que la hizo la diferente de la
familia. Esos destellos le traen la vaga imagen del papá revi-
sando todos los días la cabecita pelada de Violeta en busca de
los primeros cabellos. La niña cumplirá dos años y ni un ca-
bello le ha brotado. El papá quiere saber de qué color será su
pelo. Calva, regordeta, y con vestidito de boleros, gatea por
toda la casa y llora con mucha frecuencia, pues siempre se va
al suelo cuando intenta ponerse de pie; aún no aprende a
caminar sola y, para colmo, está muy mimada porque los her-
manos se mantienen cargándola, a pesar de que la mamá les
grita hasta cincuenta veces en un día “suelten esa muchachi-
ta por Dios aunque sea un ratico que no es un juguete”. Y este
hermano, al que le dicen Jóse y no José, es el más consentidor
de todos y nunca ha dejado caer a la hermanita llorona, como
sí le pasa a Brenda, a quien él, furioso, le dice “usted sí es muy
manitrapo, cómo es que deja caer así a la niña, no vuelve a
tocarla, espere a tener los suyos mija”, y a Rubén también le
pone el tatequieto para que no siga tirando a Violetica para
arriba como si fuera un balón, “usted sí es muy brusco, cómo
se le ocurre bolearla así, le va a desprender los bracitos”. Julián
sí puede cargar a la niña, “pero sentadito porque usted tan
flaquito no puede con ella”. Así, con Tere, que es como otra
mamá, Jóse se vuelve cargador oficial de la chiquita de la casa
para que la abuela Rosita y Margó digan cada vez que lo ven
“eso sí es mucho amor el de ese muchacho con esa niña, vea
como le da besos en la calva y le aprisiona los cachetes con
los dedos como si tocara un piano. Cómo irá a ser de buen
papá cuando sea grande”. Y ahora el papá de verdad va co-
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rriendo, saltando por la casa, despertándolos en esa mañana
memorable. Acaba de asomarse a la cuna de Violeta, acaba
de descubrir que le han brotado los primeros cabellos,
acaba de corroborar que son rojos. “¡Nos salió pelirroja! ¡Ven-
gan! ¡Nos salió pelirroja!”, grita a las carcajadas, nervioso. Y
todos van pasando por la cuna de Violeta y le tocan la cabeza.
Y la mamá dice “es por ser los primeros, ya se pondrán rubios
con el tiempo”, y el papá se alarma y exclama “¡Ni riesgos!
Dejá la bulla. Con lo que me han gustado las pelirrojas. Esto
es como un premio”. Y a partir de ahí los cabellos crecen y
crecen, tanto que en cuestión de semanas la muchachita
calva tiene la cabeza llena de rizos colorados, se convierte en
la primera pelirroja de la familia y también en la más pecosa,
pues por cada pelo que le sale parece brotarle la misma can-
tidad de pecas en la cara, en los hombros, en la espalda, en los
bracitos, en las piernitas que ¡por fin! aprendieron a caminar.
Ya la niña está en su primer año de colegio y llegó llorando
con la firme decisión de no volver, porque una compañera le
dijo que su cara parece como si le hubieran regado pantano
con un hisopo. El papá está furioso, mañana irá al colegio con
la niña para hacerla respetar, “si quiere papá nosotros lo acom-
pañamos”, dicen Rubén y José Luis, después Brenda y Teresa
también, luego Julián; en cambio la mamá dice que calma,
que eso es envidia, que si las pecas generan tanto problema
va a averiguar qué es bueno para quitarlas. Mamá Rosita dice
que la juagadura del arroz las borra si se deja secar en la piel
antes de ir a la cama. “Entonces empecemos a echarle todas
las noches”, dice la mamá, “en vez de dejar chorrear el agua
cuando lavo el arroz, la voy a recoger y se la echo”. Ahí el papá
se enoja más porque “a mi niña no me le van a untar porque-
rías y menos para quitarle esas pecas tan hermosas, venga para
acá que usted es la pelirroja y la pecosita más linda del mundo”.
Pero años después, ante el espejo, ella, la adolescente Violeta,
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no se ve ni como la pecosita ni la pelirroja más linda, esas
pecas y ese pelo son su tormento, no cambia con los años el
uno, ni se borran con los años las otras, como esperaba. Todo
lo contrario, se van toditas con ella a la edad adulta y a la sala
de corresponsales donde ya trabaja y de donde llega por fin
la primera quincena para comprar la tintura que el papá nun-
ca le ha querido alcahuetear. El rojo del pelo desaparece con
la ayuda de Brenda, que sí sabe de esas cosas, después de que
Teresa se niega a aplicarle esa tintura tan complicada dicien-
do que “se muere mi papá si te ve así, pero antes me mata a
mí si sabe que fui yo”. Y a Teresa le sobra razón. ¡Eavemaría!
¡Qué escándalo Jesús mío! Casi le da un infarto al viejo y qué
alboroto se armó en la casa por esa bobada, “usted cómo le
hace eso a mi papá como se mantiene de triste con el proble-
ma con Jóse”, dice Rubén. “Déjese su pelo como es, tan orgu-
lloso como se mantiene, cuando él se muera se lo pinta”, dice
mamá Rosita, que es infalible dando consejos. Por eso, aunque
es tan llevada de su parecer, y a pesar del deseo, Violeta cum-
ple la promesa. “Jamás me vuelvo a tinturar pa’, te lo juro.
Claro que con las pecas, qué pena, ahí sí me queda muy difícil
darte gusto”. Las pecas, rebeldes a más no poder, se han tri-
plicado con la manía que cogió la jovencita de asolearse más
de la cuenta en las idas a la costa o en la piscina, dizque a ver
si así se quemaba bastante y esas pecas tan feas se iban con los
pellejos de las descamadas. Como ahora es una mujer que
trabaja, gana plata y paga los tratamientos que el papá ni fi-
nancia ni aprueba, muchas pecas son barridas por los rayos de
los dermatólogos, que al mismo tiempo que pecas, sacan pla
ta por montones con el láser. Hasta que llega la quemada más
brava, la de la bomba,que se lleva por unos días todas las pecas
de la cara y para siempre la abundancia del cabello, aunque
nunca su color original. “Ay Jóse, mi papá lloró cuando la vio
con el pelo chamuscado después de la explosión”, dice Teresa
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por el teléfono sollozando. “Y la cara la tiene como un mons-
truo y las manos vendadas, no puede hacer nada, hay que
lavarle hasta los dientes, por encimita, con esos labios como
los tiene; y cuando la peino en la clínica se me quedan las
matas de pelo en la mano, yo no se las muestro, las echo por
el inodoro porque, como es ella, es capaz de fijarse después en
la basurera, tampoco lloro para no demostrarle, aunque sien-
to que me voy a reventar. Pero no te angustiés, yo no te quie-
ro angustiar, esto es muy horrible, para qué vas a venir a ver
esta destrucción. Claro que qué tan bueno que vinieras Jóse,
sería un consuelo para todos, sobre todo para mi mamá. Ella
está bien, casi no le pasó nada, te lo juro. A papá tampoco,
pues casi no se quemaron. Ay, lo de Luciano ha sido lo más
triste y lo de Iris también, pero sobre todo lo de Luciano y su
perrita, me parece verlos jugando en el patio. A Violeta no le
hemos contado, como quería a Iris, como se desvivía por Lu-
ciano. Me la voy a traer para acá para mi casa, la voy a cuidar
como a una princesa cuando salga de la clínica porque ella ha
sido la niña mimada y le ha tocado muy duro con tanto caos
en esa corresponsalía. Qué pesar, como se había curado de las
pesadillas y del insomnio después de haber dejado ese trabajo,
ahora sí va a necesitar terapia, le va a tocar ir donde el psicó-
logo. Yo creo que debería irse para donde vos un tiempo, allá
se vive solo pero muy tranquilo, a ella no le choca la soledad,
¿vos la recibirías? Aunque, cómo va a dejar la agencia si aca-
ban de vincularla después de ser tan solo contratista y ya dio
la cuota inicial para su apartamentico. Estaba tan ilusionada
con irse a vivir sola, con su independencia para poder escribir
más tranquila sin esa bulla de Luciano. Qué pecado el niño,
ahora ya no va a tocar más su batería, apenas quedaron las
latas de la que le dejaste. Ay, Jóse, y a ella se le perdió el libro,
apenas le faltaba acabar de pulirlo, todo lo que había trabaja-
do estos años en esos benditos cuentos, el computador quedó
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vuelto nada. Siquiera que Brenda se encontró en los escombros
el cajoncito metálico con las libretas y un montón de papeles.
Imaginate que guardaba todas las carticas de Campoalegre,
hasta las que ella nos escribía, mamá se las había dado. No se
quemaron y eso le ha servido de consuelo por lo del libro. Por
eso no hemos querido contarle que... No, no sabe... De Iris
tampoco... Yo sé, yo sé... No me preguntés, yo no sé cuándo
vamos a decirle lo de ellos... Por supuesto que tiene que sa-
berlo, y lo sabrá, pero en su momento. Ahora no con... Pero
es que no puede llorar por el oxígeno, tragó mucho humo, se
ahoga si llora, como cuando niña, le empieza una tos horrible,
de pronto se nos muere también... ¡Pero cómo le vamos a
decir si se está asfixiando otra vez, y peor!... No, no, ni riesgo.
Ya lo sabrá y entenderá. Ella es muy inteligente, nos va a
agradecer que no le hubiéramos di... Cuando supere todo le
sobrarán días para llorar todo lo que quiera... No Jóse, ¡NO!
No podemos decirle. ¡Que Tica no aguanta!... ¡¡Vos no en-
tendés!!... Perdoná... Vos estás allá, apenas has oído noticias
y eso no es nada para lo que es una cosa de estas... No aguan-
ta Jóse, creéme... ¿Mis papás? A ellos sí, pero el médico no les
autorizó salir de la clínica, dijo que ya era demasiado trauma,
aunque yo creo que hubiera sido mejor que asistieran a la
ceremonia para elaborar mejor el duelo... Imaginate nosotros
enterrando a Iris y a Luciano sin papá y sin mamá, ni Violeta
ni tú... Menos mal que apareció Julián... ¡Sí, está aquí!
Oyó la noticia por la radio y ahí mismo se vino, ha estado
pendiente de todo, si no hubiera sido por él… qué manera de
enfrentar las tragedias la que tiene, al fin y al cabo es un ex
combatiente. Aunque está perplejo... Mejor que vengás tam-
bién porque la familia ahora tiene que estar junta, así sea unos
diítas. ¿Cómo estás de plata? Si es del caso yo te ayudo con el
pasaje… O si no Margó te ayuda. Mamá se consuela pensan-
do en que Luciano se murió primero que ella, dice que ahora
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sí podrá morirse tranquila porque su angustia más grande en
la vida era que Luciano quedara solo en el mundo... Es que un
hijo anormal sí que debe ser una tragedia y como uno con los
hijos pierde el derecho a morirse tranquilo... Ahora es que yo
la entiendo con mi Nata... Nooo mijo, eso quedó vuelto nada,
lo único que se salvó fueron las cosas que dejaste guardadas
donde Margó, aquí no quedó memoria de nada... Pero siquiera
mi mamá y mi papá están vivos y Tica también… El cirujano
plástico me dijo que no es tan grave, que hagamos de cuenta
que es un peeling muy fuerte, que antes va a quedar con la piel
muy bonita si se cuida y que no hay daño en el cuero cabellu-
do y el pelo le volverá a crecer, ojalá ya no le salga rojo, como
le choca a ella ese color, al menos para que la vida le compen-
se por lo que ha pasado... Entonces, ¿si venís?, decime Jóse, ¿sí
venís?”. Y él no fue por no tener que hacer las paces con el
papá. Y eso lo hace sentir mezquino, miserable, pecador. Pone
delicadamente su mano sobre la de Violeta, una mano con
manchas, por encima, como cicatrices, que sin querer él ha
estado observando a lo largo del viaje y que en el siguiente
semáforo levanta y besa de nuevo.
—Estás muy bonita. Bienvenida. Espero que disfrutes y
aproveches mucho el tiempo aquí.
Ella voltea a mirarlo. Cierra los ojos y vuelve y los abre al
instante, en su manera silenciosa de dar las gracias. Ahora,
él le toma el flequillo de la frente con los dedos y mientras
va halándolo con suavidad para llevar su cara hasta la de él
y darle otro beso, va diciendo “Te tetete”, de la misma forma
que lo hacía el tío Ramón con ella y sus hermanas cuando les
halaba de las trencitas. Ella sonríe por primera vez desde que
la abrazó en el aeropuerto.
—¿Cómo supiste que el tío Ramón hacía eso?
—Veía que se lo hacía a Teresa.
El semáforo está pasando al verde y José Luis sigue mi
rándola.
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—Iris gozaba haciéndonos trencitas y mi tío halándolas,
como si fuéramos terneritos, cuando llegaba por la noche o
cuando nos daba el beso antes de acostarnos. Caprichos de
ellos. Mira, ya cambió.
Y ese flequillo también es un capricho, piensa José Luis
volviendo a liberar el acelerador de su pie. “Te verías mejor sin
él. Deberías quitártelo. No se te nota nada”, quisiera decirle,
pero no se atreve. “Apenas son unas manchas de las quema-
duras, no se ven como cicatrices, no hay por qué disimularlas”.
—Me estaba acordando de tu pelo. ¿Desde cuándo te lo
tiñes?
—Desde que murió papá. Era al único al que le gustaba.
—Al único no. A mí también me gusta. Más que ese color
que tienes.
—¿Falta mucho?
—Ya vamos a llegar. Este tráfico siempre es así.
—Con las pecas siempre me hicieron sentir como un bicho
raro. Todo lo que gasté en tratamientos. Y todavía me quedan,
en las piernas sobre todo, y mira, en los brazos y en los hombros
también. Y ese pelo resultó tan rebelde como las pecas. Me
volvió a salir colorado.
—Hermoso. Mira, allí es donde va a ser el concierto. El
otoño empezó hoy. ¿Sí sabías?
—Claro. Por eso escogí la fecha. Es perfecto. Ni frío ni
caliente, y con la naturaleza mudando.
Es notoria la diferencia en la ciudad con respecto a su
primer viaje. Ahora está toda esa gente cruzando las calles
mientras hablan por teléfono. Es el año 2002, es el mundo
globalizado donde los teléfonos públicos están en peligro de
extinción por el individualista celular. Es la época en que
aún no se ha entendido que la resolución del conflicto entre
Israel y Palestina es primordial para la estabilidad mundial,
para un futuro mejor de la humanidad. Es la época en que el
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poderoso se ha vuelto vulnerable también. Es el momento en
el que ella está entrando al imperio del norte a donde muchos
llegan tratando de encontrar algo más, algo que no saben
muy bien qué es, que desean fervientemente y no existe en
sus países de origen. Algo que está en el futuro, que tal vez
ni exista pero podría ser, como la vida cada día. Tal vez un
día ella será una inmigrante como muchos de esos, pero
ahora es tan solo una turista que no quiere devolverse para
su país y quizás esté en tránsito hacia otro; que va por la vida
sopesando lo que desea, lo que le conviene, lo que quiere y
no quiere. Una turista con el carácter complejo como el país
donde nació, creció y ha vivido, con contradicciones, inde-
cisiones, o decisiones mal tomadas, como a lo mejor podría
ser esta de venirse para un lugar que la emociona, mientras lo
mira desde la ventanilla del auto, pero que al mismo tiempo la
agobia. Y el hombre que está ahí al lado conduciendo, que le
sonríe, que le dice con los ojos que se alegra con su presencia,
que la abrazó con tanta fuerza y amor en el aeropuerto, que
la mira de manera tan sincera, con ternura, es su hermano,
casi un extraño, y ha ido a vivir con él. Le es ajeno su mundo,
su vida; ha crecido entre ellos una distancia que no existía
cuando niños, adolescentes, jóvenes. Quién podrá salvar esa
lejanía entre los dos, cómo romperán el hielo en la vida que
van a iniciar juntos. Hay algo en él que se evade. Tuvieron
los mismos padres, comparten los mismos hermanos, pero
entre sus vidas hay un espacio grande como los países donde
han habitado en los últimos dieciocho años. ¿Cómo vivirá
con ese ser reconcentrado en sí mismo, callado, que apenas
dice lo preciso, que si le ha hablado tanto es porque llevaban
meses sin hacerlo cara a cara? Aunque puede ser que mañana
cuando se levanten, después de dormir bajo el mismo techo, las
cosas sean como cuando tenían quince, veinte años y vivían
en la misma casa. Al fin y al cabo son familia. Nacieron de la
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misma madre por culpa del mismo padre. Mientras él maneja
y ella mira por la ventanilla va preguntándose cómo será la
vida con ese desconocido, cómo hacerle frente a ese vacío
que la separación ha creado entre ellos, tan parecido al que
sintió con Teresa cuando volvió de Campoalegre, o cuando
Julián regresó; tan parecido al que siempre ha experimentado
con Brenda y Rubén con quienes definitivamente poco tiene
en común, excepto una familia, porque la vida es así, porque
a veces algunos seres que se criaron con uno, que habitaron
la misma casa y salieron del mismo cuerpo pueden llegar a
ser unos perfectos desconocidos, unas vidas contiguas pero
ignoradas por completo.
—Sí, es aquí.
Ya llegaron y él no le ha dicho nada de Marcelo. Ya se van
a montar en el ascensor. Ya están adentro. Y José Luis nada.
No desata palabra. Al contrario. Se pone a silbar.
—¿De qué tienes miedo? –le pregunta Violeta.
—¿Yo? De nada. ¿Por qué?
—El tío Ramón recomendaba silbar para espantar el miedo,
decía que servía para darse valor en la oscuridad o ahuyentar
la muerte al pasar por un cementerio, pues a veces la gente se
asusta de su propia sombra. Me contó Margó.
—Aquí hubo una competencia de silbadores, la Interna-
tional Whistlers Convention –responde José Luis como si no
hubiera oído lo dicho por Violeta–. Los hombres son los que
más silban. Aunque no es cosa de hombres.
—Claro que ha habido asesinos reconocidos por sus
silbidos.
Ahora ella parece no escuchar a José Luis y continuar con
su tema por su lado. Él también.
—La final de la última la vi por la tele.
—Es típico de las películas de vaqueros.
—Me gustó mucho un viejito que silbó el Ave María de
Schubert.
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—El tío Ramón silbaba cuando montaba a caballo de no-
che. Yo me acuerdo. Sobre todo entrando o saliendo de la finca.
—Pero ganó un muchacho gordo que silbó el himno de
Estados Unidos. Así son aquí.
—Decía que un silbido era la prueba de la presencia huma-
na porque silbar sale de la mente, el corazón, el sentimiento,
el pensamiento, del cuerpo, que está dentro de ti. Sí, así me lo
explicó muy clarito Margó. Y me lo grabé. ¿Sí me estás oyendo?
—Ah, sí. Me acuerdo cuando iba a Medellín y silbaba para
llamar los taxis.
Ahora vuelven a encontrarse en la conversación.
—Yo nunca supe dónde poner la lengua, qué hacer con los
dientes o cómo usar los labios –dice ella–. Me explicaba que
se podían usar también las manos y los dedos. Me quedaba en
las mismas. Julián sí le aprendió.
—Algunos usan el paladar o se apoyan en la lengua simple-
mente. El mecanismo puede variar y a la larga es algo banal. Lo
importante es el sonido que salga. Fue el primer instrumento
musical, ¿sabías?
—¿Todavía silbas en el baño o cuando embetunas los za-
patos?... Este ascensor está bajando otra vez. ¿Nos pasamos?
Qué piso es.
José Luis hunde el siete. Al entrar al viejo y amplio ascensor
había oprimido el quince, el último, voluntariamente.
—Sí, sabes que sí. Silbar es como una forma de cantar. A
mí me va muy bien con la guitarra, pero con la voz soy negado.
—Al tío le aterraba que gritáramos. Decía que en el campo
era mejor silbar para comunicarse. ¿Te acuerdas cómo llamaba
a los caballos y al ganado?
—Se puede hablar con silbidos, hacer hasta frases comple-
tas. Es todo un lenguaje.
—Iris me dijo un día que el silbido del tío Ramón le transmi-
tía paz y dulzura, que cuando lo escuchaba sentía que el mundo
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estaba bien y que por eso la noche en que lo mataron cuando
venía del pueblo supo que algo malo había pasado. Ya eso lo
tengo anotado para la novela. Es un detalle importante para el
inicio. ¿Aquí sí es?
Violeta sostiene la puerta para que José Luis saque las
maletas. Una vez están todas en el pasillo él se sienta en la
más grande.
—Tengo que decirte una cosa.
Y ¡por fin! José Luis cuenta que está viviendo con Marcelo
desde el verano pasado. Al verle la cara de inquietud a su
hermana, le dice que no se preocupe porque tendrá un cuarto
para ella sola pues los dos duermen en la misma cama. A la
carrera le dice que es la primera vez que vive con alguien y que
se siente muy bien. También a la carrera, Violeta le promete
que se lo guardará, no le contará a la mamá ni a ninguno de
la casa y que tratará de llevarse bien con ese muchacho tan
joven. Mientras arrastran las maletas por el pasillo y recorren
el corto trayecto, Violeta trata de aterrizar en un asunto que
no se esperaba.
—¿Por qué no me lo dijiste apenas nos montamos al auto
en el aeropuerto para que me hubieras contado bien quién es
Marcelo? Tú tan viejo y con esas bobadas como de adolescente.
José Luis continúa arrastrando las maletas. “Esta se trajo la
biblioteca y no la ropa”, se dice antes de contestarle.
—Ya habrá modo de conocerlo. Todavía no le ha caído
ningún papel. Será tu compañía en tus dos meses aquí, pues
yo no voy a tener tiempo. Mañana empiezo la temporada de
conciertos y quién sabe cuándo podremos volver a charlar
como hoy. Te tocará entenderte con él.
Ahora es ella la que tiene que aterrizarlo.
—¿Dos meses? ¿Dijiste dos meses? De dónde sacaste eso.
Son seis. Y voy a quedarme más, del todo si es posible.
—¿Cómo? ¡Seis meses! ¿Te dieron seis meses? Muy raro.
Después del 9/11 están dando máximo dos. ¿Estás segura?
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¿Revisaste bien la tarjeta? Me la tienes que mostrar, no vaya
a ser que te confundas.
En el olor a comida ella encuentra excusa para evadirse.
—¿Qué es este olor a ajo y a mariscos tan delicioso en este
pasillo?
José Luis respira con todas las ganas.
—Ya llegamos, aquí es –dice y vuelve a respirar pues la
arrastrada de maletas ha sido dura, pero también porque ahí,
detrás de la puerta, está Marcelo y quién sabe en qué onda
andará, tan temperamental a veces y como estaba de bravo,
ojalá que no salga con ninguna de sus niñerías. Por el olor pa-
rece que no. Antes de que se abra la puerta le hace la última
advertencia a su hermana.
—No le cuentes nada por ahora a Marcelo, de los seis me
ses, digo, después te explico por qué. Es que tenemos que seguir
hablando. Todavía tenemos mucho de qué hablar.
56
3
—¡¿Para siempre?!
Marcelo acaba de preguntarle a Violeta hasta cuándo se
quedará y después de oír su respuesta repite la pregunta a José
Luis, quien le dice que la ignore porque es una broma.
—Aquí en este apartamento apenas me quedaré un par
de meses, mientras me organizo –aclara ella–. ¿Dónde está el
teléfono? Necesito llamar a mi mamá.
—La mamá ya llamó –informa Marcelo. Aprovecha para
soltar la primera ironía producto de la rabiecita que tiene por
no haber ido al aeropuerto, ¡qué desplante!, y por el misterio
sobre su existencia.
—Pero por supuesto no hablé con ella. Levantar la bocina
hasta no saber quién llama es algo prohibido para mí. Como
soy un secreto así no quiera.
—Marcelo, por favor...
José Luis se ve obligado a decir palabras que preferiría tra
garse pero que es necesario arrojar, así sea entre dientes.
—Por qué mejor no ayudas a llevar estas maletas para el
cuarto a ver si desocupamos aquí y podemos sentarnos a comer
¿sí? Podrías al menos hacer algo útil.
Marcelo siente que la rabiecita le sube por el esófago y se
le queda atragantada.
—¿Y la cena qué? –pregunta secamente.
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Violeta mira a José Luis. Intenta reparar lo que ha dicho.
—Si es como el olor del pasillo seguramente estará exqui-
sita –afirma convencida, pero su frase queda en el aire y José
Luis la pisa con otra.
—¿Qué dijo mi mamá?
—Ahí en la máquina está la grabación –contesta Marcelo
sin mirarlo y alistándose para alzar las maletas.
José Luis toma el aparato primero; luego a Violeta por el
brazo y la lleva hasta el sofá, donde se sientan. La metamorfosis
está sobre la mesa central ahora. Ya no se ve la videograbadora
con los cables; tampoco el trípode patiabierto. Marcelo se en
cargó de borrar el escaso desorden del apartamento.
—Que la llamen apenas lleguen –agrega Marcelo saliendo
con la primera maleta. “Parece que la estadía sí es para siem-
pre”, piensa al sopesar el par de maletas que se lleva por el
pasillo por el que se pierde diciéndose “Apenas llega, sé más
de ella que ella de mí y ya me he convertido en su maletero.
Y para colmo, nada regordeta ni cuarentona. Está bien guapa
la condenada, tallada y conservada, con ese vestido, parece de
treinta. Y qué porte. De un continente de enanos y ni siquiera
en la estatura le gano. Claro, hermana de quién. ¿Y los dientes?
Ya me los quisiera tan perfectos”.
Violeta ve regresar a Marcelo y llevarse el resto de equipaje.
Se le ha extraviado la sensación de seguridad que tuvo cuando
se encontró con su hermano. Es poco tiempo para asimilar
la sorpresa. Sin embargo, en el compañero de su hermano se
nota mayor tensión, y eso que tuvo más tiempo para procesar
el asunto de la ida al aeropuerto.
Y entre pensamientos, sensaciones, olores, voces de tran-
quilidad para la mamá a través del teléfono, idas y venidas de
Marcelo de la cocina al comedor, con Violeta detrás preguntan-
do y diciendo “Ay ¿y esto tan rico qué es?, ¿y cómo lo hiciste?,
¿y es que te gusta cocinar?, qué bueno saber, yo no sé nada, me
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tocará aprender, a ver si me enseñas”, pasa un tiempo benéfico
que parece mejorar las cosas y hace que al final, cuando los
tres se encuentran sentados a la mesa estén de buen ánimo,
dispuestos a disfrutar de verdad la paella pa’ella.
—Ustedes solo se parecen en los labios –dice de pronto
Marcelo.
—¿En serio? –pregunta Violeta mirando la boca de su
hermano.
—Y en el porte. Qué porte madre mía, no parecen suda...
digo, latinos.
—Mi papá decía que los labios fue lo que lo sedujo de ma
má. ¿Cierto Jóse?
—Se los sacamos a ella. Es el rasgo unificador de la familia.
—Será lo único en lo que me les parezco –aclara Violeta–.
Nadie se explica qué pasó con mis genes y por qué salí así.
—¿Cómo que así? ¿Qué tienes de raro?
—Mírame –le dice Violeta a Marcelo enseñándole con un
gesto las pecas de sus brazos que el vestido ligero deja desnu-
dos, incluyendo los hombros, parte de la espalda y el pecho.
—¿Son de naturaleza? Nunca había visto tantas ni tan de
cerca, esto le da carácter a la piel –dice Marcelo palpando con
un dedo las pecas en el hombro de Violeta, algo excitante para
ella e intrascendente para él–. Son sexys. Te dan un toque de
sensualidad.
Violeta siente las mejillas acaloradas por el efecto del vino,
pero también por el comentario que le genera ambigüedad so
bre las preferencias del joven que tiene al lado y a quien José
Luis mira desconcertado, por un instante solamente, pues tras
imaginarse que debe ser una treta de Marcelo para agradar a
ambos, se enternece con el gesto y le sonríe.
—En el colegio la molestaban mucho y yo, cuando me
hacía enojar, le decía bananito maduro. Pero me arrepiento –
dice José Luis. Luego levanta su copa–. Por ti –agrega mirando
a su hermana.
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Los tres se callan mientras saborean el vino. Luego ella
reinicia la charla.
—Mi tío Ramón era muy pecoso. En la espalda, los brazos,
el torso, las piernas. Y en el sol su pelo daba visos rojizos. Lo
vi en la cascada de La Hundida.
—¿Siii? Nunca me di cuenta. Y a Tere y a mí también nos
llevaba a bañarnos al río.
—Tú no tenías pecas ni andabas buscando alguien que se
te pareciera. Yo trataba de encontrar un signo físico que nos
acercara a todos en la casa. Por eso me alegré mucho cuando
descubrí las pecas del tío. Llegué a pensar que de pronto sería
hija suya. Sus pecas lo hicieron mi aliado... Oye Marcelo, ¿y
por qué tienes los dedos amarilllos?
—El azafrán. Es que cocinar una paella es toda una carrera
de obstáculos. Confío en superar la prueba.
—Se ve muy provocativa. A ver, y si es como una carrera
de obstáculos, entonces cuál es la primera etapa para hacerla.
¿O no me das la receta?
—Se empieza con la preparación de los ingredientes.
—Muchos por lo que veo. Pero bien mezclados.
—Te lo voy a explicar como si fuera una carrera, aunque no
de obstáculos porque para mí es muy fácil. Arrancas friendo
el pollo. La barrera es el fuego medio-fuerte hasta que dore.
Cuando esté, lo sacas y lo escurres sobre papel secante. Lo
relevas con el pimiento troceado, el perejil y el marisco, que
salteas a un fuego intermedio y una vez en su punto dejas
también a distancia.
Violeta y José Luis se miran y sonríen.
—Luego viene la carrera más corta que es aclarar el arroz
en el grifo y escurrirlo. Saltas al ajo y la cebolla, haces un
sofrito y le incorporas el arroz removiendo a buen ritmo para
cubrirlo con el aceite. Pones el pollo, la mezcla de mariscos,
los guisantes y el chorizo y revuelves todo bien. La última zan-
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cada la das con el azafrán y el caldo, y empatas con el fuego,
saltando del alto al bajo.
—¡Y listo!
—No, aún no llegas a la meta. A los quince minutos lo
bajas y dejas descansar otros cinco. Separas los granos de arroz
antes de servir.
—Tendría que empezar por conseguir la paellera.
—Si es una sartén plana y grande, sirve, y si es como un
estadio, mejor. Más éxito tendrás... Qué tal señora juez, ¿me-
rezco medalla de oro?
—Sí, por supuesto.
—Bueno, dejemos ya esta carrera de obstáculos –interrum-
pe José Luis–. Ahora nos conviene más la paella y se nos está
enfriando. Salud.
—Salud. Gracias Jóse por este recibimiento. Y a ti también
Marcelo.
—En verdad, la medalla te la cuelgas pero la paella te la
comes. Así que no digamos más y buen provecho, que he
sido yo el que la he hecho y me interesa que os guste –remata
Marcelo en tonito trascendental.
—Podrías buscarte una corresponsalía –dice José Luis.
Ahora están los tres en la sala con la segunda botella de
vino y la primera exploración de opciones para Violeta.
—Primero tendría que aprender a vivir en inglés, y eso
lleva tiempo. En segundo lugar, dudo que se pueda vivir en
dólares con un sueldo colombiano, y más de un medio de
comunicación. Si allá no alcanza, menos aquí. Y tercero,
prefiero algo más sencillo, donde no tenga que desgastarme
tanto. Como decía Manuel Puig, un escritor argentino que
estuvo en la Biblioteca Piloto, el oficio ideal para un escritor es
aquel donde no tenga que ocupar el cerebro… Es la biblioteca
pública de mi ciudad Marcelo.
—Insisto. El periodismo es tu oficio, lo conoces y eso lo
hace fácil.
61
—Ya no, entiende.
—Preguntaba mucho cuando estaba chiquita –dice José
Luis dirigiéndose a Marcelo–. Siempre quería saberlo todo.
—Y cuando llegaba a una conversación se callaban. Tam-
bién me decían que era mejor que hablara poco porque así
decía menos mentiras.
—¿Eras mentirosa?
—Jamás. Es porque para los ignorantes los periodistas son
solo unos mentirosos. Y porque a veces me inventaba cuentos,
como lo hacen todos los niños.
—Y los escritores –aclara Marcelo.
—Las ficciones no son mentiras, son solo ficciones. Cuando
estaba en el periódico escribía muy en serio.
José Luis se dirige a Marcelo.
—Empezó de corresponsal antes de graduarse. Cuando eso
yo me estaba viniendo para acá. La contrataron por una cró
nica que envió. Si quieres leerla yo tengo los recortes.
Violeta se extraña. ¿Ha escuchado bien?
—¿Los recortes del periódico? ¿Tú los tienes?¿Cómo los
conseguiste?
—Me los mandaba Teresa cada semana.
—¡Creí que no existían! La colección de mamá se quemó
y la mía también. ¿Teresa hacía eso?
—Se sentía muy orgullosa. Como yo. Debiste haber sido
capaz de ser periodista siempre. Una vida es corta para cono
cerle todos los recovecos a un oficio. Mírame a mí con la
música.
—¡No es lo mismo! Ni da lugar a la comparación. Además,
yo no he dejado de ser periodista. Me siento periodista.
—¿Entonces? ¿Por qué no buscar la corresponsalía? Te
contradices. No sabes lo que quieres.
—A lo mejor nunca lo he sabido ni lo sabré. Pero sí sé que
prefiero la literatura y que el verdadero periodismo, el que a
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mí me gusta y me enseñaron a hacer, vale muy poquito en
Colombia, en todo sentido.
—Querer ser escritora es lo que te ha frustrado.
—¡¿Qué?!
—Y es lógico que te haya frustrado. Eso no es una profesión
–insiste José Luis con arrogancia.
Marcelo quisiera entrar en la conversación, considera
que la cosa puede ponerse seria con tanta franqueza y que
estos dos pueden resultar peleando en cualquier momento,
por algo son hermanos y los hermanos siempre discuten y se
hieren entre sí, hasta se matan como Caín y Abel. Al menos
así lo ha creído. Pero no se le ocurre nada para meterse en el
diálogo y bajarle la petulancia al tono en que José Luis le está
hablando a Violeta.
—¿Dónde hay una carrera que gradúe como escritor? Yo
pude estudiar música y tengo un título. En cambio los escritores
están fregados, pueden ser de todo y tienen que ser otra cosa
para ser lo que quieren ser. Por eso viven tan atormentados.
—Por qué me dices eso –reclama Violeta–. ¿Se te subió el
vino o qué? ¡Eavemaría, qué recibimiento!
—¡Y qué esperanzas nos da! –dice Marcelo con decisión–.
Yo quiero ser actor, soy asistente de un chef y acomodador de
un teatro, y no sé si algún día podré vivir de ser actor. ¿Entonces
seré un frustrado y un atormentado también?
José Luis reacciona. Se aplaca.
—Bueno, solo quería decir que se hacen más difíciles las
cosas. Y que me hubiera gustado que siguieras siendo perio-
dista. Te admiraba mucho.
—¿Ya no?
Lo que acaba de decir José Luis le da el empujón final a
Violeta para agregar con vehemencia lo que siempre ha pen-
sado de él pero jamás se había atrevido a decir.
—Lo que pasa es que tú no eres un artista así lo parezcas.
Eres un mero intérprete. No creas nada. ¡Qué desperdicio
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con tremendo piano! Por eso te da tanto trabajo entender a
los que sí creamos.
Ella, que hace rato tiene La metamorfosis en la mano, empieza
a pasar las hojas del libro. José Luis se manda todo el vino que
queda en su copa. Marcelo suspira, se yergue del piso donde
ha estado sentado arrancando involuntariamente hilitos a la
alfombra. Toma la botella.
—Bueno, han quedado empatados. ¿Más vino?
Ahora José Luis mira a Violeta un poco ido, como si se
estuviera preguntando algo sobre ella, o como si buscara en
su hermana una respuesta a algo que él no entiende. Quisiera
decirle “nunca pretendí ser un artista”, pero cuando las copas
quedan llenas de nuevo y Marcelo en su sitio en el suelo,
Violeta retoma la conversación.
—¿Y este libro? ¿Quién lo está leyendo? ¿Tú estás leyendo
esto Jóse?
—No. Soy yo –interviene Marcelo.
—¿Te gusta la literatura Marcelo?
—Es para una audición de una obra de teatro.
—A mí me gustó mucho Kafka. Lo leí todo en mi época de
universidad. Prefería leerlo a él que a los escritores del boom
latinoamericano que estaban de moda.
—Lo leo a ver si me dan el papel.
—¿Qué papel?
—De Gregorio Samsa.
—¿Gregorio Samsa?
—Ajá
—¿Y cómo harás para convertirte en un escarabajo?
—Eso es lo de menos. Lo importante son los parlamentos.
Me tienen tomado. Todavía no me los aprendo del todo.
—El diálogo es clave en el teatro. Para mí es esencial en
las historias. Me acostumbré a usarlo por las entrevistas y el
cine. Ah, tenemos que ir a cine, ¡me fascina!
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—El diálogo es la música de la literatura, los ritmos, las
melodías. Eso he oído decir. Y no se me ha subido el vino. ¿O
tal vez sí? –dice José Luis quien ha dejado de observar a Violeta
y ahora tiene puestos los ojos sobre la alfombra, aunque miran
mucho más allá.
Violeta se vuelve hacia su hermano.
—Está muy buena la observación. La voy a anotar. Así sí
vale la pena que se te suba el vino.
—Que se suba el vino pero no la majadería –anota Marcelo.
—Para mí que se le están bajando ambos –le dice Violeta
en voz baja.
—Y los párpados también –agrega Marcelo acomodándose
en el sofá al lado de José Luis.
—A ver Marcelo, ¿y cómo se representa una metamorfosis?
Yo estoy necesitando una –pregunta ella.
—¿También en escarabajo? Te sugiero buscar algo más fácil.
—Hablo en serio.
—Cuando sepa cómo, te cuento, pero si se te ocurre algo
primero, me dices antes de que Gregorio Samsa me deje como
un gusano.
Violeta sonríe.
—Me hiciste acordar de un sueño que tuve cuando murió
mi tío Ramón. ¿Se los cuento?
Violeta pregunta pero no espera a que la autoricen para
echarse el rollo.
—Soñé que estaba chiquita y en Campoalegre. Miraba
una mariposa muy colorida que estaba sobre una flor. Me
embelesé tanto observándola, que me fui convirtiendo en
esa mariposa, pero del tamaño mío. Cuando quise volar no
pude porque pesaba demasiado. Tuve que quedarme ahí en el
corredor de la finca hasta que las alas se me fueron secando y
poniendo tiesas como papel. Entonces el viento llegó y se las
fue llevando en pedazos que vagaban por el aire. Al final solo
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quedó el gusanillo, que era yo. Y dejé de ser una mariposa.
Me asusté tanto que me desperté, pero cuando abrí los ojos
descubrí que...
—Vete a dormir a la cama –le dice bajito Marcelo a José
Luis al sentir que la cabeza de él cae pesada sobre su hombro.
Violeta ve la inútil lucha de los ojos de su hermano por que-
darse abiertos.
—Lo malo es que yo no tengo sueño todavía. Y en casa
ajena quién sabe si dormiré esta noche.
—Yo tampoco tengo sueño. Quedémonos otro rato –dice
Marcelo, en quien la prevención parece desvanecida.
—¿A qué horas es el concierto mañana? –pregunta ella
cuando ve salir a José Luis como un autómata con Marcelo
guiándolo. Y se olvida de contar el final de su sueño.
—Voy a leer los reportajes tuyos que tiene José Luis.
—Si están todos vas a encontrarte mucha basura.
—¿Escribías mal?
—¡No hombre! Te lo digo porque un alto porcentaje deben
ser informes insulsos.
—¿Por qué los hiciste entonces?
—Me tocaba. ¿Cómo me iba a negar a entrevistar a una
reina de belleza si era lo que pedían?
—¿Entrevistaste gente importante?
—¿Qué es para ti gente importante?
—No sé. Presidentes, artistas, futbolistas...
—Sí, hablé con algunos. Y también con indigentes, políti-
cos, generales, ladrones, madres comunitarias y empresarios.
—Alguien famoso.
—Juan Pablo II, Mitterrand...
—¿El Papa? ¿Estuviste en Roma?
—No, él fue a Colombia.
—¿Hace mucho?
—Más o menos.
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—Vamos, pero cuéntame. Cómo fue eso.
—Estuvo siete días en diez ciudades.
—¿Tanto? Qué afortunados.
—¿Afortunados? Fue una visita desafortunada.
—¿Pasó algo malo?
—Las agencias internacionales dijeron que el guía espiritual
de ochocientos millones de católicos del mundo se encontraba
en el infierno y los medios europeos nos señalaron como uno
de los países más violentos del mundo.
—Qué te va lo que digan si tienes lo que quieres.
—¿Tú crees?
—¿Lo viste de cerca?
—Sí.
—¿Qué tan cerca?
—Ay, ¡cómo preguntas! Eres peor que yo. ¿Qué importancia
tiene eso?
—Bueno, si no quieres...
Violeta saborea largamente un trago más de vino, como si
ordenara sus recuerdos.
—Estábamos esperando en la pista del aeropuerto, acorrala-
dos detrás de una de esas cercas metálicas que impiden el paso.
Cuando el Papa se bajó del avión y nos vio a los periodistas
allí apretujándonos para poder verlo, rompió el protocolo, se
salió del camino que le tenían señalado con una alfombra roja
y se vino a saludarnos.
—¡No!
—¿Y sabes qué? En vez de echarnos bendiciones nos dio
la mano a todos.
—Uau. ¿Qué sentiste?
—Nada.
—No te creo.
—Es verdad. Algunos de mis colegas lloraron que porque
el Santo Padre los había tocado. El director de un noticiero se
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pasó el pañuelo por la mano que le había dado al Papa dizque
para impregnarlo de él y dijo que jamás lavaría el pañuelo. Era
un hombre ya mayor, pero estaba tan emocionado como un
niño. No me explico cómo hizo para evitar que se le salieran
las lágrimas que le nadaban en los ojos. Dijo que había sentido
como si el mismo Jesús lo hubiera tocado.
—¿Eso dijo?
—Sí. Y los otros estuvieron de acuerdo con él e hicieron
lo mismo con el pañuelo.
—¿Tú no?
—Yo lo único que pude experimentar fue desconcierto de
verlos a todos tan alebrestados y de verme a mí tan indiferente
ante la figura papal.
—¿En verdad te faltó emoción?
—La tuve, pero distinta. Siempre me he preguntado de qué
me sirvió estar ante ese señor si no me despertó lo que sintieron
los otros. En realidad el tipo era para conmover a cualquiera,
por lo que representaba y porque su semblante tenía algo que
yo nunca había visto ni he vuelto a ver en nadie.
—¿Qué cosa?
—Tal vez era bondad. Ese día yo conocí cómo es la cara,
la mirada, la sonrisa y la piel de un ser absolutamente bueno.
De eso tuve la seguridad.
—Algo entonces te inspiró.
—Me hizo sentir rara. Fue como comprobar que la Iglesia,
los curas y la religión nada tienen que ver conmigo.
—Qué más da. Lo importante es Dios.
—¿Dios? Hubiera sido muy bueno sentirlo, pero ni con el
Papa ante mis ojos lo logré. Por eso lamento lo ocurrido ese día.
Tenía la esperanza de que algún día Dios resolviera todos los
males del mundo. Claro que cuando le conté a Eva Muñoz...
es una amiga que fue mi profesora en la universidad... Cuando
le conté a ella me dijo, toda tranquila, quienes creen en Dios
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ponen la esencia de sí mismos por fuera de ellos. Así con esas
palabras. Al oír semejante cosa, le pregunté que si no creía en
Dios, y ¿sabes qué me contestó?
—¿Qué?
—Solamente creo en lo que es posible explicar desde la
realidad. Entonces yo le dije que si bien no sentía una presencia
divina dentro de mí, tampoco me atrevía a negarla.
—Es más cómodo pensar que Dios existe. Al fin y al cabo
se le puede echar la culpa a alguien de todo lo que pasa y en
el caso de que sí haya condenación no la lleva uno perdida
del todo.
—Ah sí, claro, y puedes darte el lujo de ser un poco irres-
ponsable con la propia vida. Qué práctico eres. Eso es ser
oportunista.
—La iglesia es oportunista también. ¿O qué decía tu pro-
fesora?
—Cuando le confesé que no me nacía ser fiel a la iglesia,
me dijo que no me preocupara. Para ella la iglesia era medie-
val, oscurantista. Una hipocresía absoluta, decía. Analiza los
católicos y verás, me dijo un día. Hoy condenan el aborto y
mañana defienden la pena de muerte.
—Qué profesora. Con semejantes ideas debió haber te-
nido fama en tu universidad... Y bueno, ¿qué otros famosos
conociste?
—¡Si fuera solo gente Marcelo lo que uno conoce como
periodista! Los hechos son más importantes. Y más cuando
son catastróficos.
—Oh sí, a los reporteros les toca ver muchas tragedias.
¿Tú las viste?
—¿Tragedias? Más que eso. ¡Infamias! Hechos asquerosos.
—Anda, no te excedas.
—Lo que pasa es que no conoces nuestra historia. Si te
contara... Mira, solo te digo esto. Fueron cosas tan graves que
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después de más de quince años de haber pasado, las heridas que
abrieron aún están sin sanar del todo. Y todas las preguntas
que dejaron tampoco han podido responderse.
—¿Hablas en serio? Dime una.
—La peor: Armero.
—¿Armero?... ¿Arme...? ¿Ése fue el volcán?
—Sí, el pueblo que fue borrado del mapa.
—Algo me contó José Luis.
—Hubo veinticinco mil muertos y más de veinte mil
damnificados y sobrevivientes. Y transmitieron a todo el
mundo la agonía y la muerte de una muchachita que se
llamaba Omayra.
—¿Oh sí?
—Vimos impotentes cómo se moría, seguimos la trans-
misión como si fuera una carrera de ciclismo, eso sí pudimos
hacerlo y no fuimos capaces de salvarle la vida a esa niña. ¿No
te parece que eso es sencillamente asqueroso?
—Qué pena.
—Y ni qué decir de la toma del Palacio de Justicia.
—¿La qué?
—Una masacre colectiva de magistrados que fueron fumi
gados con granadas. Murieron más de cien personas por la
irresponsabilidad de los guerrilleros y de los militares. Eso tan
solo nos sirvió para ver cómo un presidente, unos congresistas
y unos senadores, en vez de cumplir con su deber, podían hacer
el ridículo y seguir impunes por la vida, como si nada.
—Como para avergonzarse.
—Yo me avergüenzo de mi país... pero más de mí, sobre
todo en este momento. Parece que estoy haciendo algo que
siempre he criticado.
—¿A qué te refieres?
—Los periodistas vivimos de contar nuestras pequeñas ha
zañas, que no son nuestras sino que las propician otros... Bah,
no hablemos más de esas cosas.
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Violeta se manda un trago grande de vino.
En su cama, José Luis se cambia de lado. Entre dormido, ve
el reflejo de la luz de la sala y escucha el sonido de la música
que sigue poniendo Marcelo. Sin embargo, no se molesta sino
que agradece que se entienda con Violeta “parece que van a
llevarse bien, como está de tarde y ahí siguen hablando paja,
por lo menos puedo dormir tranquilo después del día que pasé”.
—Esa es la parte maluca para los periodistas. Lo mejor es
viajar.
—¿Viajar? Qué risa Marcelo. Yo soñaba con ser correspon-
sal por el mundo, pero no pasé del Chocó.
—¿El qué?
—El Chocó. Chocó. El departamento más ignorado de
Colombia. Sabes, eso allá es como el fin del mundo.
—De alguna manera lo conseguiste, fuiste lejos. Imagínate,
al fin del mundo.
—Sí, lejísimos. Y me recorrí también como cien pueblos de
Antioquia, que también es como otro mundo. Deja la ironía.
—¿Te pongo el de los Beatles entonces?
—¿Sí te gustan? No son de tu época.
—Me gusta mucho la música, y me adapto fácil. Y los
Beatles no tienen tiempo.
—Yo crecí con los Beatles. Mis hermanas los oían mucho,
aparte de las baladas. Y también peleaban mucho con Julián. A
él le encantaba la música protesta. Víctor Jara. Oía todo el día
La cantata de Iquique. Llegué a detestarla por tanta insistencia.
Pero era su himno. Él creía que iba a cambiar el mundo.
—También tú debiste haberlo creído. Al fin y al cabo los
periodistas influyen.
—Qué va, yo nunca quise cambiar el mundo. Aunque pue
de resultar menos agobiante que cambiarse a sí mismo, que
era lo que yo quería en realidad.
—¿En serio? ¿Y has podido? Dime cómo.
71
—No. Ni lo haré quizá.
—¿Entonces?
—He optado por aceptarme como soy y con la vida que
tengo. Al menos ando en la tarea.
—Madre mía, ¡aceptarse a sí mismo! Qué has dicho.
—¿Qué pasa?
—Algún día hablaremos de eso. Por ahora, mejor sígueme
contando de los viajes.
—Lo peor es que se vuelvan trabajo y no sea posible pla-
nearlos. Yo salía de mi casa en las mañanas y siempre temía
por el lugar donde iría a dormir ese día o por la hora en que
volvería a comer. No sabía dónde ni cuándo sería la próxima
vez. Por eso desayunaba como un camionero.
—¿Os tocó pasar hambre?
—En realidad, no. Muchas fatigas, sí. Mortifica más ver el
hambre en otros. Y me mortificaba mucho más la compañía
que tenía. Un fotógrafo terrible, de primeras comuniones y
matrimonios, metido a reportero gráfico. Cobarde, perezoso
y toma trago. Se embutía dos copas de brandy a las seis de la
mañana antes de montarse en la avioneta. En cada sacudida se
aferraba con las dos manos del espaldar de la silla de adelante
y empezaba a titubear con la lágrima a punto de brincarle del
ojo y la baba saliéndosele por la comisura. ¡Violetica, Violetica,
ayayayay Violetica! ¡Esto se va a caer!, gritaba. Y yo me reía.
Por mis carcajadas y sus gritos aterrorizados, los pasajeros nos
miraban. Ante los ojos de ellos yo quedaba como la mala del
paseo, aunque en las horas siguientes mi destino era ir detrás
de ese imbécil, de un lado para otro, bajo un solazo como
para derretir baldosas, buscando a ver dónde diablos se había
metido el hijueputa que debía tomar las fotos de mi crónica y
siempre se me evadía.
Mientras la observa cuando habla, Marcelo se distrae por
momentos. A esta altura de la noche y de los vinos tomados
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siente que puede perdonarle el mal rato que le ha hecho pasar,
además de las cicatrices encima de las manos que la afean
un poco al igual que la celulitis que sale a relucir cuando sus
muslos están bajo presión mientras está sentada en el sofá.
Ahora se dice “qué manera de guiñar el ojo cuando habla y de
tocarlo a uno, ¿será ingenua tal coquetería? Hasta esas patas
de gallina le lucen. Lástima esa mirada tan apagada y lejana,
y esa cara tan falta de alegría...”.
—...era más pesado manejar ese fotógrafo que el trabajo
por hacer. Yo era mi reportera y la de él, sus ojos, su visor. Lo
único que hacía el desgraciado era sostener la cámara y oprimir
el obturador cuando se le decía. Y por eso le pagaban.
—Las cosas malas hay que olvidarlas y el pasado hacer de
cuenta que no existe.
—¿Por qué me dices eso?
—Es que se nota que... A ver, cómo lo dijera... Mira, José
Luis me advirtió que no preguntara sobre el carro bomba ni
nada de esas cosas porque aquello te tiene traumatizada y
amargada con tu país, pero yo veo que...
Violeta no puede creer lo que el desconocido que tiene
en frente le está diciendo, menos suponer qué otras burradas
puede decir, así que prefiere atajarlo.
—¡Eres idiota o qué! Por qué me lo estás mencionando
entonces.
Marcelo se alarma con el enojo de ella y pierde el arrojo para
confesar lo que estaba pensando. Opta por levantarse del sofá.
—Perdona, es que yo algunas veces meto la pata –dice y le
propone ayudarle a desempacar las maletas.
—¿A esta hora?
—Tan solo se trata de organizar las cosas para acostarse.
¿Estás fatigada?
—Sí claro, mucho –dice ella y bosteza abiertamente.
—Vamos a descansar entonces –concluye Marcelo con la
voz apagada.
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—Tenéis un gran sentido de la familia, del hogar.
—Inculcado por mis padres.
Acaban de ver la foto de la familia en el pasillo y a José
Luis dormido en su habitación. Marcelo entró, apagó la
lámpara de la mesa de noche y volvió a salir dejando ajus-
tada la puerta y diciendo pasito “está profundo”, a lo que
Violeta contestó “qué envidia”. Con la imagen de José Luis se
acordó de Julián, el único de sus hermanos a quien ha visto
dormido a su lado, el primero al que le conoció el sueño, allá en
Campoalegre, donde era mejor acompañarse con la presencia
de otro, así fuera desde una cama vecina; y también pensó en
las camas amplias de la finca, como esta de José Luis, donde
está durmiendo tan bueno, sin el insomnio que la ha martiri-
zado a ella desde cuando la dejaron en esa finca que no se le
aparta de la cabeza y a cada rato y por todos lados haciéndole
ver claves, dándole pistas y despertándole recuerdos, pues la
historia que quiere escribir sobre aquella época ya reventó en
su cerebro y va corriendo por su sangre y está a punto de salir
de su cuerpo, pidiendo pasar por los dedos y las teclas para
tomar forma en la prosaica pantalla de un computador que
tiene que comprar cuanto antes para organizar todos esos
apuntes almacenados en sus libretas.
—¡Tantas libretas!
—Los apuntes para mis historias.
—¿Y esto?
—Cartas que me escribieron mis hermanos cuando era
niña.
—¡¿Y José Luis también?! Jamás he leído algo escrito por
él. Escasamente le conozco la letra por las notas que me deja
en la nevera con las llamadas o la lista de las compras. Cuando
sale de viaje, ni una postal manda. Dice que todo lo expresa
con la música. Ni se le ocurre usar el word. El ordenador solo
lo toca para Internet.
74
—Las voy a transcribir. Ya tengo algunas notas pasadas a
estos discos.
—A propósito, no me parece buena la idea de aprender
inglés con discos en el ordenador. Es mejor estudiar afuera
que en la casa. Y en la escuela pública las clases son libres. Por
estos días son las inscripciones. También podemos practicar
con José Luis. Me serviría a mí también. Claro, cuando esté,
porque en temporada él poco permanece en casa.
—De todos modos compraré el curso. Ayuda también.
Pero me urge más el portátil. Jóse me dijo que podrías acom-
pañarme.
—Compras tan elevadas son para pensar. Usa este orde-
nador. Casi ni lo tocamos. Íbamos a sacarlo para la sala, pero
concluimos que te haría falta. Ahora, si te molesta que entre
a tu habitación para consultar Internet, lo trasladamos.
—No no no. Está bien. Dejémoslo aquí por ahora. Y creo
que estas maletas también.
Violeta y Marcelo terminan de acomodar las maletas contra
la pared y abrir espacio para circular por el cuarto. Ella descu-
bre la mirada de él encima, una mirada que le resulta extraña.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?
—Tú no tienes nada en los ojos, ¿verdad?
—Aparte del iris, la córnea, el cristalino, las pestañas...
creo que no.
—Digo, si usas lentes.
—¿De contacto? No. ¿Por qué?
—Perdona lo que voy a deciros, meteré la pata otra vez y
me repetirás que soy idiota, pero tus ojos me parecen enfer-
mos, a punto de llorar o como si acabaran de hacerlo. Tal vez
necesites gafas para siempre.
Violeta mira para el techo, respira, luego coge por los hom-
bros a Marcelo y le dice a la cara:
—Yo ya tengo lo que necesitaba. Mi pijama, mis babuchas
y la limpiadora facial. El cepillo de dientes lo traigo en la car-
75
tera, y las toallas sanitarias también. ¿Te interesan? Qué más
te interesa. ¿No más? Entonces hasta mañana Marcelo. Y no
eres idiota, lo que necesitamos es dormir. Tiempo de sobra
habrá para desempacar.
Así saca del cuarto a ese que se le hace algo inmaduro,
“pero es lo normal a esa edad”, a ese Marcelo imprudente que
le despierta cierta prevención pero al mismo tiempo, contra-
dictoriamente, le genera confianza, como si fuera un hermano
más tal vez; ese Marcelo al que siente cercano aunque se
lo acaban de presentar, como si lo conociera de hace tiempos.
Cuando pasa para el baño y ve la puerta de la alcoba de
ellos cerrada, los imagina adentro apretujados como lo hacía
ella con Teresa cuando dormían juntas, piensa en lo que sen-
tirá Marcelo por su hermano y se dice “¿sí lo querrá?” Luego,
al verse en el espejo mientras se cepilla los dientes, recuerda
la tocada de las pecas durante la cena y se pregunta “¿será
bisexual?”.
En el cuarto, como es de suponer, es una presa fácil del
insomnio, más aún en cama extraña y lugar nuevo, el sueño
se la juega; ni siquiera asoma alentado por los vinos ingeridos.
Ella vuelve a Campoalegre, a la noche que trajo el eco de unos
disparos en vez del silbido del tío Ramón, la noche en que el
pastor alemán se quedó echado aullando en el corredor en vez
de salir corriendo hacia el reflejo de la linterna a ladrarle a los
cascos de María Antonia. Ella se va al sitio y el momento en
que el sueño se le alteró y se convirtió en ese desvarío que se
revuelve con pensamientos y recuerdos que afligen, confunden
y por poco enloquecen. La época en que la mente se le trastornó
y se le desarregló el cuerpo. Tanto se desarregló ese cuerpecito
de niña que de ahí en adelante la cama amanecería mojada,
justo cuando ya no estaba el tío para decirle “tranquila, tu
mamá se orinó en la cama hasta los nueve años”, como con-
taría alguien en la fiesta de las bodas de plata, mucho tiempo
76
después. ¡Haberlo sabido antes para no haber sufrido como
una condenada por semejante bobada! Haber sabido que la
mamá también era una miona, como les decía mamá Rosita a
las nietas que se mojaban en la cama, que esa mamá tan señora
y compuesta una vez amaneció con la cama mojada y la ver-
güenza escondida en las cobijas como le tocó a Violeta en esa
finca donde empezó a dormir sola, donde se apoderó de ella un
dormir esquivo que incluso hoy se espanta con cualquier ruido,
sea el que sea, como le ocurría con las chicharras y los grillos
en la finca o con los camiones cargados de algodón que en su
rumbo hacia la fábrica pasaban por la cuadra del barrio que la
vio crecer. Mirando las maletotas arrumadas contra la pared,
Violeta piensa en que el primer viaje de su vida ameritó un
equipaje muy ligero y duró más de la cuenta. A lo mejor este,
de equipaje tan enorme, será menos largo, por culpa de esos
dos meses que puso el vigilante negro en su pasaporte. Con eso
no contaba. Más corto o más incierto tal vez será este viaje.
Podría ser el último de una etapa que termina, pero también
el primero de la que comienza ahí en el cuarto organizado por
Marcelo, como lo mandó José Luis, quien gobierna en esta casa
y quién sabe si querrá también gobernar su vida.
Y como una cosa es trasnocharse trabajando y otra desve-
larse y quedarse sufriendo tontamente por las ganas de dormir
un sueño que no llega, a pesar de la hora ella decide sentarse
en la cama y empezar a rehacer los apuntes olvidados en el
avión que la trajo al mundo inesperado de José Luis con Mar-
celo. El avión que la trajo a este exilio voluntario, después de
que a Lorenzo Cortés le dio por tomar decisiones radicales.
Allá en Medellín debe seguir en las mismas el amo y señor de
la detestable agencia donde ella se ganaba el salario, que no la
vida, redactando mensajes para el mundo inventado de la pu
blicidad, tan diferente al de la literatura con sus irrealidades
de verdades implícitas y al del periodismo con los hechos
77
verdaderos de la cruda realidad, oficio que, sin embargo, se
sostiene gracias al mundo engañoso, embustero y falso que
se exhibe al lado de las columnas de noticias; porque avisos
sin periódico no existen pero periódicos sin anuncios tampo-
co, así afeen el diario pues en Colombia no son nada bonitos
ni emocionantes, por el contrario, son tan distintos a los de
Broadway, a esos avisotes que le lucen tanto a Manhattan y
que le trajeron la evocación que no quería, haciéndole recor-
dar la agencia cuya función le resultaba tan criticable como
su propia situación por haberse pasado al bando de los publi-
cistas siendo periodista. También volvió a la memoria el nexo
tan difícil y peligroso que Violeta sostuvo con su jefe, una ti-
rantez de causa imprecisa apretó siempre su relación, a pesar
de que se necesitaban entre sí; a Violeta le era imprescindible
el sueldo que él le pagaba, a Lorenzo los textos que ella redac-
taba para avisos, cuñas, vallas, afiches, pendones, pasacalles,
volantes, plegables, catálogos y cuanto se les ocurriera pedir
a los clientes exigentes que cada vez insistían más en que fue
ra la señorita Violeta la que los redactara, en vez del otro
fulano. ¡Qué halago! ¿A quién le choca sentirse indispensable?
Por eso, en medio de todo, aquello no era tan malo. Lo mejor
era ver llegar las bonificaciones trimestrales pues, comparado
con la salud mental, el dinero no es problema, pero carecer de
él sí se vuelve un lío, especialmente cuando hay que amortizar
la deuda de un apartamento, el espacio propio donde ella, sola
solterita, vivió tan rico cuando pudo liberarse de la ayuda en
pesos que le nació darle al papá para atender las pérdidas de la
catástrofe que la compañía de seguros desatendió y que era
riesgoso cubrir con los recursos del almacén, recursos que
era mejor dejar quietos porque, como lo expusieron los papás
a los hijos, “de pronto se va a la ruina también el patrimonio
familiar, ya suficiente tenemos con los escombros de esa des-
graciada explosión”. El apartamentico tan querido, a donde
por fin un día pudo irse a vivir, sola solterita, porque qué pena
78
uno ya con treinta y cinco años y todavía viviendo con los
papás, pero donde habitó menos tiempo del que quiso. Rapi-
dito volvió a ser de inquilino pues su propietaria podía ser
solicitada, mas no irremplazable, y cuando el tire y afloje con
el dueño de la prestigiosa agencia se hizo insuperable, reven-
tó la relación y desapareció el empleo. ¿Vio? Harto se lo ad-
virtió Eva. De ella buscó aprobación antes de echar la firma
en el bendito contrato de vinculación, pero en vez de respues-
tas halló un montón de preguntas que quedaron en el aire.
“¿Cómo vas a ir a parar a una agencia si detestabas las sepa-
ratas comerciales que te ponían a hacer en el periódico? ¿Ya
se te olvidó la mirada de comerciantes minoristas que tienen
los de publicidad sobre la redacción? ¿Vas a volver a compro-
meter tus metas personales con las de una empresa? Y cuando
no esté ¿qué? ¿No te acuerdas lo que significa dejar de perte-
necer a una compañía? Noooo, tu estilo es más de freelance”.
Eso y más dijo Eva. Sin embargo, Violeta no hizo caso. Cómo
hacer caso si en esa agencia le ruegan, le insisten y le insisten,
vuelven a rogarle, le echan el cuento de la estabilidad, a pesar
de que el papá dice que “la estabilidad a veces significa estan-
camiento, importan más las oportunidades y cómo se aprove-
chen”, pero Teresa le hace dar miedo con la vejez sin pensión,
así sea una verdad elemental que en el mundo lo menos segu-
ro es la vida y lo más cierto es la muerte, y la mamá le insiste
en que “es mejor saber que te ganas quinientos pesos fijos y
no que una semana te ganas quinientos y la otra nada”,
y entonces ¿a quién le hago caso, ah? Y tantos diciendo que
sí, y tan poquitos opinando que no, ¿será que sí me arriesgo?
Y la señorita se dejó convencer y se vinculó, con sueldo más
bajo pero con todas las prestaciones sociales, sin imaginarse
que una vez adentro de una empresa como la de don Lorenzo
Cortés eso se vuelve una corriente irrefrenable, un remolino
que se lleva al que se meta en esa ilógica laboral, un torbellino
79
que golpea más duro que el chorrazo de la cascada de La
Hundida donde se le vieron las pecas al tío Ramón, porque
de allí piden esto, y de allá lo otro, y de más allá esta otra cosa,
y una perfeccionista como Violeta se le entrega a lo que hace
por insignificante que sea, así el trabajo no llene de sentido su
vida, como sí parece ocurrirle a sus aliñados y alienados com-
pañeritos que se ven tan realizados. En cambio ella ve correr
el tiempo sin escribir tan siquiera el título de un cuento, con
tanto cuento como pasa y pasa a medida que se gastan los días.
Y cuando menos piensa llega el susto porque, ¡oh desagrada-
ble e ingrata sorpresa!, las aspiraciones de Violeta nada tienen
que ver con las de Lorenzo y, sin embargo, ella está compro-
metidamente enredada con las metas de su agencia y las de
los clientes, entregando todas sus energías y sus mejores años
para cranearse los textos de las mentirosas y costosísimas cam
pañas, desgastándose en las peleítas con el jefe y hasta me-
tiendo las narices en los chismes y en los enredos de sus com
pañeros, liada y patinando en el mundillo enajenado de las
oficinas, “qué vergüenza Eva tantos años encerrada en esa
agencia, eso es como un sacrilegio con las aspiraciones de vi
da”. Por eso, como dijo la profe, “siquiera que Lorenzo te echó,
alegrémonos, así haya sido con causa injusta pues cumplir diez
años de trabajo en la misma parte no debería considerarse
pecado”. Claro que para los contadores de Lorenzo y su jefe
de personal, diez años con Violeta en la agencia sí era peca-
minoso “con tanta plata como gana ella, con el tiempo le
saldrá demasiado costosa don Lorenzo, mejor ahora los trein-
ta millones que después el triple o un problema más gordo, así
haya que pagarlos, usted después arregla con ella para que le
siga colaborando de freelance, ¿quién se niega a trabajar en
una agencia tan prestigiosa como la suya?”, la agencia espe-
cializada en campañas nacionalistas y valores autóctonos, pero
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con nombre en inglés, porque así es más vendedor y caché que
en español, más aún tratándose de la agencia de un hombre
como Cortés que se codea con presidentes de empresas, in-
dustriales y hasta el primer mandatario de la República a
quienes les saca millones con las campañas de convivencia
ciudadana. “¿Mensajes cívicos y patrióticos? Y este país ma-
tándose. Qué idea tan genial. ¿Cuánto nos descuentan del
impuesto de guerra por eso? Es que este Lorencito es una
maravilla”. Una maravilla histérica pues el señor trata a las
patadas a todos en la oficina y tiene un infiernillo por empre-
sa; allí, las únicas que cuentan son las ejecutivas de cuenta,
las barbies con cerebro de algodón, para nada adictas al tra-
bajo como el jefe, el jefe que trabaja y trabaja y con el billete
que gana se compra todas esas obras de arte tan bonitas, esas
antigüedades tan antiquísimas y unos muebles importados
raros que llenan una casa enorme que prácticamente vive
desierta porque es en el estudio del tercer piso de la agencia
donde don Lorenzo amanece, come y se come a esas barbies
tan habladorcitas y bien vestidas como él, pues el señor, valga
reconocerlo, se mantiene muy bien presentado aunque nunca
se ponga corbata y siempre vaya de jeans. ¿Que por qué se
mantiene en esa pinta? Pues porque de esa manera se visten
los poetas y él se cree uno, así carezca de poemas publicados
al menos en una antología de Taller de Escritores. Él apenas
es un antojo de escritor, sí, y echó a Violeta justamente en el
año en que ella cumple los cuarenta, cuando todo se vuelve
tan difícil, sobre todo conseguir empleo, y más en un país
machista y subdesarrollado. Pero echándola, sin proponérselo
él ni esperarlo ella, el imponente cincuentón posudo de inte-
lectual e incapaz de hacerse escritor teniendo tanta plata,
puede estarle empujando la carrera a ella. Por eso don Loren-
zo, a la larga, ni siquiera debe inspirarle un uno por ciento del
rencor que le despertaron los mafiosos que con el carro bom-
81
ba mataron a Iris y a Luciano en vez de las dos docenas de
policías... Ay, ¿por qué aparecerán otra vez Iris y Luciano?
Recordarlos sí que dan ganas de llorar, a ella que cuando
quiere llorar no puede; quizá lo hayan dicho en otro libro, pero
como no hay otra manera de decirlo y es verdad que cuando
Violeta quiere llorar no puede, así queda dicho aquí también.
Después de dejar las anotaciones, pues no hay caso con
semejante cansancio, ella busca dormirse. Lleva un rato dan-
do vueltas en esa camita que no es tan enorme como la de
José Luis y Marcelo quienes por fortuna, por lo que se oye, o
no se oye, no sufren de ronquidos y le regalarán absoluto si-
lencio para dormir y trabajar cuando desempaque las maleto-
tas, se instale como en su casa y el sueño se le cuadre. Ambas
cosas, dormir y trabajar, serán fáciles en la nueva vida, menos
azarosa, más silenciosa, y sin la mitad del tiempo robado por
las idas al médico y la demanda de compañía de la mamá. Vea,
y ya tiene computador y sin comprar portátil. Si no escribe
ahora en semejantes condiciones es que está jodida del todo,
le faltará excusa para estar ahí en los iunaiesteis, dará lo mis-
mo quedarse que regresarse al lugar de donde vino. Una
vuelta más en la cama, “cambiemos de lado a ver si de pronto
y pensemos en que las cosas malas hay que olvidarlas, hagamos
de cuenta que el pasado no existe, como dijo Marcelo”. Sin
embargo, cómo sacarle el cuerpo al pasado si vive con él en-
cima pues es allí donde está el nudo y ella tiene que ir a buscar
lo para desenredarlo y poder limpiar el camino por donde
andará. Por eso, mientras el sueño llega, Violeta sigue mono-
logando pensamientos y recuerdos, los mismos que se topan
con el psicoanalista aquel que se quedaba dormido mientras
ella hablaba y la grabadora de él guardaba todo lo dicho. Mu-
chos descubrimientos hizo en sus extensas charlas frente al
médico al que desde el principio se negó a darle la espalda, y
algo quedó de las avaras palabras que él modulaba al dar por
82
cerrada la costosa sesión. Al menos se aclaró que fue en Cam-
poalegre donde se sembró esa inseguridad que le enfermó el
carácter y la hizo nerviosa y dudosa sobre cada cosa. A ese
señor barbado y barrigón le debe las libretas de apuntes. En
parte, claro, pues fue ella la que vio la oportunidad de una
buena historia y se tomó a pecho la tarea de escribir sobre las
experiencias de vida, o de muerte, raíz de su bloqueo. Algún
valor literario tendría después tal desempolvada de la infancia,
por lo menos quedaba recopilada la información para una
novela, por ejemplo, como la que ha venido pensando y que
a lo mejor tendrá que replantearse. “¡Uy, tan bravo que se puso
José Luis, frenar en semejante congestión! Qué vaina con él.
Cómo quiere a mi mamá. ¿Qué hago entonces con ese perso-
naje? ¿Lo quito? Pero cómo, si ella fue la que decidió dejarme
en Campoalegre. ¿Le achaco la culpa a mi papá? Ni pensarlo,
él fue por mí, llegó a rescatarme, así hubiera sido para que no
me perdiera la llegada del hombre a la luna. Algo tendré que
inventarme porque dejar la novela, muy difícil”. Fácil fue ol-
vidarse del psicoanalista. A su consultorio dejó de ir más
rápido de lo planeado. Empezó a aburrirse desde el primer día
cuando le aplicó las pruebas de personalidad y le entregó
la interpretación respectiva con unas recetas como de revista
de variedades o de lectura del tarot, consejitos que, sin em-
bargo, conservó porque cuando se es escritor a todo se le echa
mano pues nunca se sabe. Los conservó y ahí está releyéndo-
los. Si no es posible dormir, algo hay que leer, así sean las ba-
bosadas que quedaron escritas en las libretas por cuenta del
loquero. Vaya que suenan estúpidas cosas como que “eres
presa fácil del desaliento. La ansiedad y el desorden depresivo
te caracterizan. Debes aprender a regular tus emociones y
sentimientos para que no te afecten, tratar de adquirir entu-
siasmo y optimismo. Tienes completa la integridad, tu com-
promiso con la honestidad y la franqueza, pero el valor a
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medias. Eres capaz de asumir riesgos, mas no de superar te-
mores. La mente es la causa de tu sufrimiento. Nada justifica
el sufrimiento inútil. Tienes que revertir el proceso mental
negativo, pensarte más racional y saludablemente. No te
preocupes por los recuerdos constantes, las pesadillas, la irri-
tabilidad, los problemas de concentración y el insomnio. Te
los dejó el carro bomba, es el efecto normal de la guerra.
Ahora, si te molestan, piensa en qué parte de la tragedia fue
ocasionada por ti, qué parte por otros, cómo puedes hacer
ventajosa la tragedia y reducir el tiempo que durará su influen-
cia. Responder estas preguntas puede ayudarte. Si cambias de
actitud podrás impedir que la adversidad detenga tu destino.
Esa tragedia debe ser un estímulo para avanzar. Tú puedes
hacer realidad la vida que deseas y mereces, tu destino no
depende de otros”. Y en las odiosas fórmulas para vivir mejor
el psicoanalista nunca se refirió al odio y el perdón. Lo único
provechoso fue que le recomendó devolverse a lo ocurrido y
anotar los sueños para analizarlos luego, pues la suya era una
manera de soñar bastante particular; ella la consideró normal
hasta que ese señor le hizo aceptar que era lógico que los otros
se quedaran boquiabiertos cuando oían las cosas que soñaba,
que dijeran “no mija, nadie que esté cuerdo puede soñar así,
eso es pura invención suya, usted sí es muy imaginativa, con
razón escribe cuentos, yo nunca sueño, ni siquiera en blanco
y negro, ¿y entonces usted ve todo en colores?”. Claro que en
colores. En los sueños de Violeta los colores son memorables,
asombrosos, descrestadores. Esos colores solo existen en su
mente y solo ella los ha visto en la oscuridad de sus noches.
Ni siquiera el color de su nombre se lo ha encontrado en la
naturaleza, en la vida real, como lo ha visto en aquellos sueños
que se gestaron en la infancia y pasaron a la adolescencia,
como pasó ella del asma y los miedos nocturnos a los viajes
raros, intensos y malignos que trajeron las desveladas y las
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trasnochadas, pues si dormir es tan maluco y uno se levanta
peor, es mejor quedarse leyendo novelas. Y como después de
Campoalegre se acabó la compañía de Teresa para dormir,
nunca hubo otro que le dijera a Violeta lo mucho que habla-
ba y se sacudía en su cama, excepto las vendedoras nómadas
que se alojaban en los hoteluchos de los pueblos y quienes a
la hora del desayuno sí llegaron a decirle “mijita, póngale
cuidado a esa manera suya de dormir, le convendría meterse
a una terapia”, pero Violeta, terca como dicen que son las
mulas, se llevó el punto de ignorarlas pues antes del consejo
las entrometidas vendedoras le preguntaban que si estaba en
ferma “pues soñar así mi querida es síntoma de enfermedad”,
algo parecido a lo que Marcelo le dijo sobre sus ojos, que no
son tan negros como los de él, esos ojazos negros negrísimos
como la noche oscura oscurísima que ya va siendo el amane-
cer. Unos ojazos parecidos tenía Andrés, el único que sí le creía
sus pesadillas aunque nunca le tocó ser testigo de ellas pues
ante su presencia y con su presencia los malos sueños se es-
pantaban, volaban lejos, el insomnio se rendía como se rendían
el cuerpo y el corazón de Violeta con el único con quien ha
compartido cama, almohada, sábanas y cobija, confundido
pelo, brazos, piernas, cuerpo entero. El Andrés añorado nun-
ca vio que sus ojos cerrados delataran movimientos rápidos,
que sus piernas se sacudieran, que sus manos apretaran más
de lo necesario o sus dedos se engarrotaran. El Andrés queri-
do nunca notó nada ni tampoco le quitó el sueño porque su
amor era de verdad y del bueno, del que da paz y no tormen-
to, un amor como el que ella espera volver a merecer algún
día, cuando su mundo de oscuridad y noche se vuelva luz y
día y ya no tenga que identificarse con la frase de John Reed
“átomo en esta noche de oscuridad y noche, me encuentro
solo” que Eva tenía en su escritorio; cuando los sueños no la
angustien ni la despierten sudando y gritando, los sueños que
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se fugaban tan pronto abría el ojo y que aprendió a capturar
después de que el psicoanalista le dijo “anótelos cuanto antes
y me los trae para que los analicemos”.¿Que si los anotó? Ob
vio, pero se los guardó para ella solita pues más importante
era el interés literario de la paciente que el interés investiga-
tivo del doctor. ¿Iba a entregarle a ese medicucho pulpitos sus
sueños? Ni por un descuento, para eso le estaba pagando
tanto. Por eso, atrapados en las letras quedaron esos sueños.
Nunca los había leído en voz alta como aconsejó el doctor,
tampoco los había vuelto a revelar a alguien como hace unas
horas hizo con el de la mariposa a Marcelo y a José Luis. Ahí
están las anotaciones cuyos efectos terapéuticos, para hacerle
honor al doctor, han empezado a llegar al subconsciente de
Violeta. De algo tenía que servir tanto estilógrafo y papel. Por
lo menos ya ni grita ni se despierta juagada en sudor. Recuer-
da y enfrenta sus pesadillas, y como les perdió el miedo pasan
semanas sin aparecer. También han quedado archivados los
métodos para controlarlas, unos métodos que puso en prácti-
ca cuando se convenció de que no era normal dormir así ni
dar tantísimas vueltas en la cama, cuando concluyó que daba
lo mismo beberse o no el traguito de brandy antes de dormir,
por ejemplo, ponerse las gafas de tela para sacarle el cuerpo a
cualquier luz intrusa que tomara ventaja de la rendija de una
ventana o de la debilidad de una cortina para meterse sutil-
mente en el cuarto, o rellenarse los oídos con los tapones
para alejar el rugido del motor de la nevera, la vibración de
las aspas de un ventilador, el tic tac de un reloj indiscreto, el
eco del televisor de los que se quedan viendo películas de te
rror y después duermen como si nada, las voces de una con-
versación en la calle, el sonsonete de una canción, el chillido
brusco del camión de la basura que pasa de madrugada, las
llantas de los taxis deslizándose a ochenta kilómetros por hora
sobre el pavimento mojado, en fin, todas esas cosas que ella
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podía escuchar y se volvían excusas para permanecer despier-
ta. Cercano debe estar el día en que se acabarán del todo los
sueños recurrentes donde nuestra Violeta se cae, es persegui-
da, atacada, no logra llegar al sitio deseado por más que luche,
es incapaz de moverse; donde su voz y sus gritos son inaudibles
así los lance al vacío; donde va descalza en medio de la calle
y a la vista de la gente, conduce un auto fuera de control,
llega tarde a una cita, no puede moverse, está desnuda en
público, está herida, está atrapada, se ahoga en aguas turbu-
lentas, enfrenta una ola gigantesca que viene hacia ella, huye
de inundaciones o tiene que hacerse cargo de un bebé que
llora sin cesar. Los sueños en donde, como en la vida real, ella
es incapaz de distinguir y resolver sus problemas; las pesadillas
que le enrostran un estado emocional débil, como decía el
psicoanalista, tan débil que no da para impedir la alteración
abrupta de su acto de dormir por culpa del zumbido de un aire
acondicionado; débil porque con ella se quedó viviendo para
siempre la experiencia de Campoalegre y a esta se sumaron
nuevos hechos, como la violenta noche en que se estrenó
como reportera en la Policlínica Municipal, como los violentos
días de los cubrimientos del periódico, como la violenta épo-
ca en que estallaban tantos carros bomba. Semejantes hechos
habitan todos en su conciencia y su inconsciencia, se apode-
raron de su serenidad, de su tranquilidad y sosiego, de su fir-
meza, templanza y certeza, trastocaron su ser. Empezaron
cuando conoció la separación, la preocupación, la tristeza y el
miedo a la oscuridad, un miedo que se fue con ella para la
ciudad, se revivió con la explosión y multiplicó los malos
sueños justo cuando ya no estaba Iris para levantarse a
calentarle leche con hojas de lechuga y oírla hasta que logra-
ra dormirse. Por eso cayó en la tentación de ir donde el médico
dormilón que había estado evitando, al que un día pilló cabe-
ceándose de sueño en plena sesión, al que se le cayó el bolí-
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grafo de los dedos y se asustó pero igual siguió durmiendo; al
que ella, siempre tan considerada y discreta, ni le mencionó
el asunto para no hacerlo sentir mal, pero al que dejó planta-
do a la siguiente cita, sin avisar, hasta que él se vio obligado a
llamarla pues eran sesenta mil pesos menos por consulta se-
manal. En vano el medicucho insistió y trató de convencerla,
pero ella se mantuvo en su posición y jamás volvió donde él,
así fuera a costa de una mentira. “Tranquilo doctor, ya desen-
redé el nudo que tenía, ya llegué al punto a donde quería
llegar cuando le propuse las sesiones, muchas gracias”, le
contestó al dormilón que le preguntaba por cosas que ella ya
le había contado, que si no perdía el hilo de su historia era
porque nunca logró cogerlo, a pesar de la grabadora que ponía
a funcionar antecitos de que ella entrara, y la libreta que
siempre tenía sobre el carrizo pero donde ninguna anotación
quedaba registrada. Al psicólogo dormilón Violeta le debe, sin
embargo, haberse acostumbrado a forzar su mente para retener
los sueños hasta la hora de despertarse y no dejarse distraer
por nada ni pararse de la cama hasta anotarlos. “Que no se
me olvide, que no se me olvide”, se dijo ella muchas veces al
despertarse en medio de una pesadilla, especialmente cuando
vivía en su apartamentico la fructífera y feliz etapa de aisla-
miento a pesar de la criticadera de los otros por haber dejado
solos a los papás, criticadera que se revivió cuando la mamá
enviudó y Violeta no quiso volver a la casa, “sabiendo que ya
no están ni Iris ni Luciano, y Julián va y viene, vive y no vive
allá”, criticadera que arreció cuando se acabó lo de Lorenzo y
tuvo que devolverse.“Como la echaron del trabajo, ahora sí
pide cacao para ser hija de familia”. Pero semejante cosa no
era para pensarla ni para sacar a relucir el orgullo. La vida da
lecciones y el ser aprende; mejor desocupar y arrendar cuanto
antes para recortar gastos y pensar tranquilamente por dónde
reencauzar una vida tan salida de cauce, una vida que todavía
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no es la que esperaba y ya va para los cuarenta “y no he hecho
lo que quería, y si no hice las cosas para que mis papás se
sintieran orgullosos de mí, como hacen la mayoría de los hijos,
y no me enorgullecen a mí, ¿entonces? ¿Será que necesito
distancia? ¿Será que Jóse me recibe? ¿Será que allá sí?”. Es tan
dif ícil aprender a vivir sin medio cuerpo en el pasado,
sin andar rumiando el porqué pasó lo que pasó, sin estar bus-
cando explicaciones a lo que carece de ellas, a lo que fue y a
lo que no fue, sin mantenerse dudando si se debió haber hecho
tal cosa así o asá. En vez de ser como Julián, por ejemplo, que
tan solo vive y ve el instante y el punto en que está parado y
no se distrae ni se amarga mirando para atrás o tratando de
adivinar lo que será más adelante. Qué envidia con el Julián
que puede quedarse sembrado horas en sus novelas policíacas
en el comedor, en la sala, en la cama, en el balcón, en el ino-
doro, en el sofá de la televisión con el aparato encendido a todo
taco en el partido de fútbol, tan metido en la historia, vivién-
dola, sintiéndola. En cambio ella... ¡Eavemaría! Lleva un rato,
ratísimo, ratote ahí acostada sin pasar la página de la entrevis-
ta de Iris Murdoch, la señora escritora que la acompañó en el
avión y cuyo nombre es pura casualidad con el de la otra Iris;
la señora inglesa cuya entrevista ha cogido para espantar el
desvelo y ahí en esas letras está diciendo que “son más intere-
santes los personajes malos que los buenos que son aburridos
siempre”. Aunque es para pensarla, no es tal afirmación lo que
la desvela. Lo que le quita tan salvajemente el sueño a Viole-
ta es esa manía suya de quedarse pensando en las cosas que le
han pasado y en las que podrá depararle el destino, esa manía
de pensar en todo, menos en este momento de ahora; esa
manía que la hace desperdiciar el maravilloso silencio y el
interesante libro, aunque la mamá le ha dicho tantas veces, y
el papá también, y Eva y mamá Rosita y José Luis cuando la
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traía en el auto, y luego Marcelo cuando se quedaron solos
conversando tan sabroso, todos, de una u otra forma, con
frases más cortas o más largas y distintas palabras, todos le han
dicho lo mismo, que lo ido ido está y de nada sirve volver atrás.
Pero qué le hacemos si ella es obsesiva. Aguantemos porque
estas retahílas serán por poco tiempo pues Violeta está a pun-
to de desatorar su nudo, esta vez sí, no como el día de la
mentira para zafarse del psicoanalista dormilón. Cuando lo
haga quedarán expulsadas las pesadillas y los temores que
estas siembran, volverá a dormir y a soñar, pero con un prín-
cipe tan pelinegro como ese Marcelo que está tan buen mozo
y simpático. Quién tuviera diez años menos. Ahora que lo
piensa, qué bueno sería volverse a enamorar, pero de un amor
que no la desvele sino que traiga paz y luz a sus noches así
estas sean irremediablemente oscuras porque de esa forma es
el universo, porque la luna seguirá existiendo y el sol tendrá
que seguir descansando. Si hay una respiración y un calorcito
que pueda sentir en su cama y le dé seguridad, como le pasa-
ba con Teresa cuando dormían juntas, o con Andrés, segura-
mente llegará la cura total. A lo mejor es eso lo que debe
hacer, abrir las puertas de su corazón para que entre el prín-
cipe que en algún lado debe estar y que nunca pensó venir a
buscar pero a lo mejor por ahí andará, un amor que sin peleas
la haga renunciar a la libertad y la convenza de que es falacia
que los amores roban, además, la inspiración; a lo mejor es un
amor lo que necesita para escribir la novela, y a lo mejor lle-
gará porque, como decía la canción de la serenata con los
mariachis que le llevó Andrés el día en que ella le dio el sí para
la boda “en el otoño, cuando las hojas caigan, tendrá tu vida
una nueva ilusión”. A lo mejor con un amor tan bueno como
el de Andrés es con lo que sueña Violeta, ahora en que por
fin ha podido quedarse dormida y el sol no la hallará despier-
ta como otras veces.
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Violeta vuelve a mirar a su hermano que busca un sitio
donde parquear el auto y no la encara.
—¡¿Te vas a ir y yo acabando de llegar?!
—En dos días salen –dice Marcelo desde atrás.
—¿Por qué no me lo habías dicho? –le insiste Violeta a
José Luis.
—Acabas de llegar como dices. Te lo iba a contar –res-
ponde él.
—Muy oportuna la gira. Oportunísima –dice Violeta con
ironía.
—Es mi trabajo.
—Un trabajo que siempre te aleja de las cosas importantes.
—Tú eres importante para mí, obvio, pero yo necesito
trabajar.
—No me refiero a eso.
—¿No? ¿Entonces a qué?
—Ay no, no quiero acordarme.
—Dilo.
—¿Recuerdas lo que pasó cuando el carro bomba?
José Luis hace un gesto como si no supiera de qué le habla.
—Por estar viajando no pudiste ir a estar con nosotros. Con
las ganas que tenías y tanta falta que nos hiciste.
José Luis siente la necesidad de mirar a Violeta.
—¿Qué estás diciendo? ¿De dónde sacaste eso? –le pregunta
abriendo los ojos y en un tono que evidencia su extrañeza.
—Teresa.
—¡¿Te dijo eso Teresa?!
José Luis se queda boquiabierto. Violeta se desconcierta.
—¿No fue así?
El silencio le dice a ella que ahí hay una mentira atrasada.
No hace falta que él se la confirme. Ni que la mire más. Mejor
que siga buscando dónde dejar el auto, en esa ciudad agalluda
con los espacios para parquear, mientras ella asimila la forma
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en que en realidad se dieron las cosas, la verdad que le genera
una sensación de pesadez en el pecho. Se siente un gran vacío
en el auto aunque van los tres adentro. No se oye ni una pala-
bra. Cuando José Luis encuentra por fin un sitio y estaciona,
ella le dice.
—Ya me parecía raro.
—¿Qué?
—Pero tenía razón.
—¡Qué!
—Fuiste al entierro de papá justamente porque se había
muerto. De resto, la familia te vale un cero a la izquierda.
Solamente te han interesado mi mamá y tu madrina.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
José Luis apaga el motor del auto.
—Y claro que me importan todos. ¿O por qué crees que
voy cada año a verlos?
—¿Sííííí? ¿Y desde cuándo? A ver si recuerdas desde cuándo
empezaste a ir.
—Antes no podía. No me alcanzaba el dinero.
—Ay Jóse, ¿con lo bien que te ha ido? Mira ese apartamento
donde vives.
—Al principio fue muy duro. ¿Ya se te olvidó? Hasta carros
me tocó lavar.
—Margó te hubiera dado el tiquete todas las veces que hu
bieras querido ir. No Jóse, no saques excusas. Todos sabemos
que volviste porque papá ya no estaba.
—Eso ya pasó.
—Sí, pero yo quise mucho a mi papá y me mortifica que tú
lo odiaras, que no quisieras ni verlo.
—Él fue el que no quiso voltearme a ver y eso me mortificó
más.
—Estabas grande, podías defenderte y entender. Yo era una
niña cuando me dejaron en Campoalegre.
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Violeta vuelve a ver a Marcelo.
—Mi papá fue el que me sacó de allá. Si lo hubieras cono-
cido. Era inteligente, querendón, con mucho sentido social.
Y muy buen mozo además. Yo lo adoraba.
Marcelo asiente con una sonrisita falsa. En su cara se nota
como si estuviera ponderando una situación incómoda que
lo pone ante la posibilidad de bajarse del auto o de quedarse.
—De nada le sirvieron esas cualidades –dice José Luis,
pronunciando “cualidades” con tono más lento y elevado.
—Tampoco exageres.
—La que exagera eres tú. ¿Inteligente mi papá? Era un
estúpido, un bruto que no supo entender nada de lo que me
pasaba –dice José Luis acelerando su voz.
—¡¿Quéee?! ¡Cómo se te ocurre insultar de esa manera a
mi papá! Respeta.
José Luis saca la llave del encendedor y se libera del cintu-
rón de seguridad. Ella lo observa como preguntándose ¿si es
verdad lo que ha dicho este? ¿Y cómo puede decirlo y quedarse
como si nada?
José Luis oprime la palanca que abre el baúl del auto y cierra
las ventanillas. Marcelo aprovecha y sale del auto.
—¿No piensas bajar? –le dice José Luis a Violeta y le da la
espalda. Ella lo hala del brazo antes de que se baje.
—En serio, ¿eso es lo que piensas de mi papá?
José Luis voltea a mirarla.
—Dejémoslo así. Mejor quédate tú con tu papá y yo con
mi mamá –contesta y se baja del auto. Ella lo sigue.
—Anoche dijiste que ya no le guardabas rencor.
Parado en la acera, Marcelo se rasca el cuello que lleva
cubierto con un colorido pañuelo.
—Siempre admiró mucho tu talento. Te iba a comprar el
piano con mi matrícula de la universidad en vez de dármela a
mí para la filmadora –insiste ella.
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—Hasta que dejó de sentirse orgulloso y me trató como a
un perro sarnoso –contesta José Luis quien saca los elementos
de trabajo del baúl y cierra el baúl de un golpazo. Marcelo se
acerca.
—¡Miren el gentío! Este concierto será un éxito. Claro, si
el guitarrista del septeto logra estar relajado.
La indirecta es entendida de inmediato por Violeta quien
sin voltear a mirar a ninguno de los dos dice:
—Ya Marcelo, entendido, dejemos los reclamos para des-
pués.
—Mejor dejémoslos del todo –dice José Luis. En su frente
han empezado a tomar forma algunas gotas de sudor.
—Es lo que propongo yo –dice Marcelo.
Ambos lo miran. Ese pañuelo de hoy sí que está alborotado.
Da hasta risa. José Luis intenta una sonrisa pero es imposible
borrar el disgusto por lo que acaba de ocurrir. Ella lee amargura
en el gesto de su hermano.
—Sí, no es el momento. Qué pena –agrega Violeta menos
enojada.
José Luis observa la expresión de vergüenza aparentemente
sincera de su hermana. Ella desvía la mirada y la dirige hacia
la portería del teatro, casi vacía. Lo del gentío era una exage-
ración de Marcelo. Es temprano aún.
—¿Por qué estás tan peleadora hoy? –le pregunta José Luis.
—Es que durmió muy mal –contesta Marcelo por ella.
—Entonces invítala a un café para que no se duerma en el
concierto. Hay tiempo de sobra. Yo sí tengo que entrarme ya.
Nos vemos a la salida. ¿Tienes los boletos?
Sin decir ni hacer nada más, ni darle besos a nadie, José
Luis se marcha. Ella lo observa caminando por la acera y siente
ganas de abrazarlo; demasiado tarde porque desaparece detrás
de las puertas del teatro.
En el rato que permanece con Marcelo, quien dice cualquier
cosa para sepultar la escena del auto, Violeta concluye que
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carece de sentido reñir como niños cuando ya han superado
tanto atolladero y obstáculo en los vericuetos de la vida, que
ningún rencor puede caberle con su hermano y que vale más
el hecho común de haber sido apartados de la casa que la
diferencia en el sentimiento hacia los padres, y más al ser her-
manos, algo que los hace incondicionales y que es corroborado
por las afectuosas sonrisas que media hora después José Luis le
manda desde el escenario mientras toca su guitarra.
Se percibe una enorme placidez en la actitud de José Luis,
el guitarrista del grupo. Aunque sin el virtuosismo de un
joven como Charlie Christian tocando con Beny Goodman,
por ejemplo, o de un Joe Pass al lado de Count Basie, él sabe
lo que está haciendo, y se lo goza allí sentado tan confortable
con la guitarra contra su cuerpo, mirando al público, a los
otros músicos y ocasionalmente las cuerdas de su instrumento.
Violeta descubre que José Luis ya no se aferra a la guitarra ni
inclina tanto la cabeza ni roza la madera con la mejilla para
concentrarse y evitar equivocaciones como lo hacía tres déca-
das atrás, cuando él era la alegría de la casa, antes de volverse
la tristeza y la vergüenza del papá.
Saxofón, batería, trompeta, trombón y hasta el guitarrista
se lucen con sus solos y reciben aplausos cuando se quedan
en poder de la música; son estrellas por un instante. José Luis,
sin embargo, parece disfrutar el concierto más que los otros
músicos, está exento de tensión y esfuerzo cuando toca su
instrumento.
En él se concentra Violeta. Solo ella entre la audiencia
entusiasta sabe que de niño se carcajeaba cuando le movían
el sonajero en la cuna y agitaba piernas y brazos como que-
riendo agarrarlo; que le gustaba todo lo que sonara, como
decía la mamá; que aprendió primero a dar palmaditas que
a morderse los dedos de los pies, y que se inició con una ma
rimba que le dieron en el primer cumpleaños. Solo ella puede
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verlo machacando tapas de gaseosa en la acera de la casa,
aplanándolas con una piedra, abriéndoles el orificio para en-
sartarlas en el alambre, dándole a cada hermano un cascabel
de esos, indicándoles cómo hacerlo sonar cuando cantaran los
villancicos en la novena de Navidad, fabricando maracas con
arroz y fríjoles secos, tocando la pandereta en la tuna de los
niños de primaria, dándole duro a los tambores de la banda
del colegio en el desfile de la Independencia y en la procesión
de Semana Santa, tocando con arrebato esos tambores que
no son el instrumento que más le gusta pero no había otro
disponible y el hecho era meterse a la banda parroquial; in-
tentando con la guitarra en la sacristía a donde Rubén lo deja
entrar después de la misa, haciéndose acólito también como
su hermano, aprendiendo a dominar la guitarra en las clases
de la casa cultural de Fabritelas, empezando a hacer los acom-
pañamientos de la iglesia, diciendo que quiere una guitarra y
finalmente destapando la que el papá le trajo porque cumplió
quince y, como afirma el jefe del hogar “en esta casa también
a los hombres se les celebran los quince así sea sin brindis ni
fiesta ni vestido largo”.
Violeta se deleita en los recuerdos tanto como lo hace con
la música que suena. Ya José Luis ha dejado el coro. “Cantar no
es lo mío. Ignoro qué pasa con mi voz, pero la siento muy floja.
Si algún día se vuelve recia, tal vez”, le explica él a su madrina,
quien ha llamado desde Estados Unidos para felicitarlo y se ha
alarmado con su salida del coro, pero también se ha alegrado
por lo de la guitarra y le ha prometido un piano eléctrico. “Eso
sí, cuando esté más acomodada”, advierte. “Para qué entonces
se pondrá a gastar plata en esas llamadas tan costosas”, dicen
algunos. “Porque quiere a este muchacho como si fuera el hi
jo”, explica mamá Rosita. “Y se cree la mamá”, murmura Iris.
Y en sus recuerdos Violeta ve a José Luis aburrido en el
colegio. El informe del profesor dice que es un muchacho re
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traído que ha empeorado con la adolescencia. “Es por el acné.
Lo tiene muy cohibido. Pobrecito. Hay que llevarlo donde un
médico”, dice la mamá. Y como el muchacho se mantiene
metido en la pieza tocando la guitarra y al papá le ha dado
por decir “yo creo que fue un error regalarle ese embeleco”,
entonces todos empiezan a notarlo y a hacer comentarios.
“Ese muchacho tiene un problema más serio que los barros,
ya ni con los primos le gusta salir”, dice la mamá. “Sí, está
muy raro. ¿Será que piensa pasarse la vida abrazado a una
guitarra?”, insiste el papá. Pero José Luis nada contesta. A él
lo tiene sin cuidado que los otros digan que es el aislado de
la familia, que se quejen de su temperamento áspero, que no
entiendan que lo que más le interesa en la vida es su música
y por eso evade el trato con la gente y se encierra horas, días
enteros en la pieza; le preocupa más que no comprendan por
qué necesita silencio, que confundan su pasión, lo juzguen
de presuntuoso y malgeniado y piensen que se mantiene en
la nebulosa. Pero sobre todo le preocupa que anden diciendo
que es raro. Por eso, cuando Rubén por enésima vez le dice
“¿Por qué no te unís a la barra? Están todos los muchachos del
barrio menos vos”, le da gusto y se junta con ellos. El intento
de integración social muere ahí mismo. “Yo no vuelvo a esa
hedionda pandilla que se la pasa diciendo cochinadas de las
muchachas”, concluye un día José Luis y toma por caminos
más gloriosos.
Ahora él va con Teresa, Brenda y Rubén... “y lleven a Viole-
tica y a Julián, ¿cómo los van a dejar?”, dice Iris... al concierto
de rock de la casa cultural, de donde llega diciendo que va a
formar un grupo. Pero los reclamos, en vez de mermar, arrecian.
Brenda y Teresa no dejan pasar semana sin decir alguna cosa
y vuelven monotemáticas sus conversaciones con José Luis, a
quien se le está acabando la paciencia, ya sí le importa tanta
joda y no se queda callado como antes. “Oiga Jóse, ¿usted por
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qué es tan raro pues?”, “La rara es usted con esas botas, ¿le
mando traer un caballo o qué?”; “Qué vaina Jóse, ¿por qué
no bailaste con mis compañeras en mi fiesta de quince?”, “Y
la guitarra qué. Toqué toda la noche ¿No tienen con eso?
Conchudas. ¿Doble servicio y gratis?”. Incluso a Rubén se le
pega la preguntadera “Yo no lo entiendo a usted hermano,
que se muere por el fútbol y no se le mide a jugar un partido.
¿Cómo se explica eso? ”, “En la televisión no dan patadas
ni echan zancadilla”... “¿Será que de portero entonces?”... “Si
me ponen de portero, pierden”... “Usted si no se presta para
nada”... “No ve que salí a mi papá. A él le gustan los deportes
pero para verlos. ¿O usted lo ha visto alguna vez montando
en la bicicleta?”.
En sus recuerdos, Violeta se encuentra con el paso del
tiempo. Por ahí trajeron el órgano que mandó la madrina
de regalo por el grado de bachiller de José Luis. “Qué belleza de
aparato. Y es traído de los Estados Unidos. Esa Margó se de
moró pero cumplió y se lució”, dicen todos. Un aparato con el
cual se esfuman del todo las pretensiones de Rubén de llevar a
la cancha de fútbol al hermano. Si no, véalo, ahí se va otra vez
para la casa cultural, al festival de música clásica, esta vez sin
Brenda y Rubén, quienes no vuelven a apuntarse “a esa música
tan maluca”, pero con Teresa, Violeta y Julián... “Ah, ¿y no po-
drían llevar a Luciano también?”, dice Iris, la negrita Iris que
días después estará diciendo que “esa música clásica algo debe
tener, vea como tiene de pensativo y apagado a Jóse, después
del tal festival él ya no es el mismo. Ay mi Dios, y yo que les
hice llevar a Luciano”. Pero después del festival, la decisión
de matricularse en Bellas Artes es más fácil de tomar. Y otras
también. Ya el muchacho va en el segundo semestre y está
diciendo “qué va de grupo de rock, todos son una parranda de
incumplidos y marihuaneros, yo no lidio más con esto. Ade
más, no me aguanto el pelo largo, se me engrasa mucho. Me
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lo corto y me quedo de serenatero, así se rían porque me paso
para los boleros con los cuchos del Club Medellín. Pero gano
plata en vez de rabias y me estudio a Bach y a Beethoven que
sí sabían de música”.
Hace rato José Luis cumplió los veintiuno. Pronto se gra-
duará en Bellas Artes. Y nada del piano, nada que la promesa
del papá y de la mamá se concreta en el instrumento. “Pero
mijo, un piano no es como una guitarra, hay que recoger, se
necesita paciencia y plata”, dice el papá. “Y espacio también,
¿dónde lo vamos a poner?”, dice la mamá. “No sé donde po-
drá caber, pero sería muy bueno como regalo de grado”, dice
Iris. “¡¿Regalo de grado?! Estudiando es cuando lo necesito”.
“Entonces, si quieren yo puedo poner de mi plata”, propone
Iris. ¡Qué han escuchado los oídos de José Luis! “Dios le pague
negrita linda, usted sí es la más desprendida. Papá, acepte la
ayuda, ¿sí?” ¿Recibirle plata a Iris? “Y si de pronto Margó dice
que le estamos quitando la plata”. Las dudas quedan despejadas
cuando a Iris se le ocurre decir “¿O quieren que otra vez sea
Margó la que se luzca con el regalo?”. Gracias a su generosa
contribución solo resta un mes para completar la cifra. Ya casi
se hará realidad el gran sueño de José Luis. Ya el papá está
viendo los catálogos. Ya han ido a dos almacenes a averiguar y
ahí está diciendo “no, que Margó traiga otro regalo que el piano
se lo damos en esta casa”, pues la madrina se devuelve con el
gringo que se consiguió y va a traer muchas cosas. Como ella,
está por llegar el piano, para invadir la sala y generar alarma
en Brenda y Teresa porque “vamos a tener que arrinconar
los muebles, ya ni cabremos en las reuniones del club y todos
los muchachos que hay inscritos. ¡Ja! ¿Y cuándo hagamos
bailes qué?”. Pero el problema de espacio para el famoso gru-
po juvenil desaparece cuando se confirma por qué José Luis
nada de nada de novias. Violeta puede oírlas cuando le dicen
“usted sí salió más rara que él mijita”, más rara porque no se
100
ha escandalizado y ya todos saben que tienen un hermano al
que no le gustan las mujeres; a lo mejor las hermanas mayores
piensan que a la menorcita tampoco le llaman la atención los
hombres, pues no se le han visto desesperos por tener novio
como a Brenda y hace rato le vino la regla y usa brasier. Pero a
Violeta ni le va ni le viene el asunto de las preferencias sexuales
de José Luis. En Campoalegre supo que por fuera de la casa y
de la gente de uno el mundo puede ser totalmente diferente
y seguir marchando como si nada. Menos mal que entendió
rápido por qué su hermano resultó homosexual para no perder
el tiempo echándole cabeza al asunto. La mamá sí le bota horas,
cerebro y desveladas a desentrañar el misterio. Dónde estuvo la
falla, se pregunta la señora cada noche, azuzada por un marido
que se siente fracasado con la crianza de los hijos, en particular
este. Un papá que se desespera y le dice al hijo raro que puede
quedarse en su casa porque la mamá le ha suplicado que no
lo eche, pero que ni entiende ni comparte sus inclinaciones
y le queda muy difícil respetárselas. Un papá que de ahí en
adelante apenas le dirige la palabra al hijo artista, algunos días
ni lo preciso, y se vuelve malgeniado. La mamá está menos
sorprendida. Ya tenía su entripado con esas ausencias tan
absolutas del mundo femenino y esos amigos tan íntimos con
los que José Luis se quedaba tanto tiempo, noches enteras.
Pero no va a librar batallas con el hijo. Hacerlo es arriesgarlo
todo. Además, ya tiene suficiente con enfrentarse a su mari-
do por apoyar a José Luis en su escogencia personal, y con la
batalla que tiene que librar con ella misma por el problema de
tener un hijo así, para lo que no hay instrucciones ni manua-
les, como sí los hubo con Luciano. ¿Cómo entender el raro
mundo de los raros? Eso es más duro que tratar de adivinar
cómo funciona la mente de Lucianito.
Con los días, la búsqueda de explicaciones pasa a segundo
lugar, carcome más la idea de que el hijo vivirá en el pecado y
101
la mamá acude al padre Pérez, a quien le cree todas las cosas
que dice.“La Iglesia debe acoger con compasión a las personas
homosexuales pero exigiéndoles que vivan en castidad y que
oren mucho pues la mejor manera de disipar esas ideas es
acercándose a Dios con la oración, un nexo más fuerte con
él lo llevará de manera natural a la necesidad de estar en una
relación que le agrade a Dios. Hoy todo es vanidad y cuerpos y
hay que alejarlo de eso orando sin cesar porque para la Iglesia
eso no está bien. Tráigame al muchacho para conversarlo”. La
mamá se las graba de memoria y se las repite a Iris. Al mismo
José Luis empieza a insistirle que rece mucho, pero no lo puede
convencer de ir a ver al padre Pérez pues el muchacho hace
rato le dio la espalda a la religión, a sus representantes y a sus
ritos, “ni modo de obligarlo y menos con el ejemplo del papá
que solo pisa iglesias en bautizos, matrimonios y funerales”.
A la mamá entonces solo le queda rezar por el hijo voltiao y
por ella, en el propio cuarto de la ovejita negra “porque de esa
manera tiene más efecto, mejor en el sitio de él, ojala sentada
en su cama”, como dijo el padre. Y todos los rezos los hace
al escondido. Iris le colabora con las estampitas de la Virgen
María y un etcétera de santos que la mamá pone debajo del
colchón con la súplica “Enderézame a este muchacho” escrita
por detrás, en su inconfundible y exquisita caligrafía; estampi
tas descubiertas por el “paciente” el día en que se quema el
colchón por obra y gracia de la veladora que alumbra a María
Auxiliadora puesta ¡también por la mamá! en la mesa de
noche, tras lograr el conciliador consentimiento de José Luis.
La mamá aprende la lección, no vuelve a acosar con rezos ni
con imágenes. Por un tiempo se queda muda. Vuelve a retacar,
ya no con santos ni con rezos sino con preguntas, cuando le
cuentan que “el curita bajito de Santa Cecilia, ese que parecía
un muñequito y se fue de un día para otro sin despedirse en el
púlpito como se acostumbra, el segundo del padre Pérez, ¿sabe
102
qué? resultó marica, por eso lo cambiaron”, y entonces sospecha
que ese curita fue el que le dañó al hijo. La duda también le
llega al papá quien dice “¿Vio? Por eso no me gustan los curas
ni ir a misa”, pero doña Elvira sigue yendo al templo porque
“así como hay curas que se manejan mal los hay buenos, unos
verdaderos santos en la tierra, y porque los deberes religiosos
hay que cumplirlos sin cuestionar”.
Con los días, la mamá concluye que no están preparados
para la situación con José Luis. Le dice al papá que tienen
que ir a asesorarse del obispo y hay que llevar al muchacho
también. “¡Ni voy ni lo dejo llevar!”, dice el papá. Aún así, ella
consigue la cita y solita se va a preguntar que “dónde se cura
eso” y a escuchar al monseñor decir que “la homosexualidad
es una enfermedad mental señora, llévelo donde un siquiatra”.
Donde el siquiatra van, con la voluntad del mismo José Luis
que ya está sintiendo que necesita ayuda. Y vaya alivio que
recibe él cuando el médico dice que ser homosexual no es malo,
para sorpresa de la mamá que no queda convencida y propone
ir donde otro. Ensayan con un sicólogo que dice lo mismo y
mucho más, para furia del papá quien, después de enterarse de
que según el doctor “ser así no es malo, lo malo es no acep-
tarlo y que nosotros estamos equivocados”, pide otra cita con
el medicucho “pero no para consulta sino para aclarar unas
cositas con él”. Y como el doctor se ratifica en su afirmación
y lo despacha diciendo “señor, lo lamento, yo no puedo estar
ni a favor ni en contra de la homosexualidad”, el papá, que
por esos días pelea con todo el mundo, se alborota y tirando la
puerta del consultorio le grita “¡seguramente usted es marica
también!”, para hacerle dar más pena a doña Elvira porque
“¡qué vergüenza Fonso, cómo te saliste así de quicio, igual
que una verdulera en una plaza!”, pero él no oye ni entiende
y al llegar a la casa sienta al muchacho en la sala como a un
niño chiquito castigado y le da el ultimátum “O te componés
103
o te vas, el único que tiene derecho a ser anormal en esta
casa es Luciano”. Y antes de tirar la puerta de la habitación
donde se encierra, advierte: “Y Violeta y Julián ya no se metan
más, dejen de sacar la cara por él, vean que los más grandes
no dicen nada”. Solo queda la opción de hablar con Margó,
“ella tan recorrida y madrina de bautismo que colabore para
resolver este asunto”, dice la mamá. Margó, quien vino tan
liberada de los iunaiesteis, aunque atada con marido, afirma
contundentemente que prefiere no juzgar porque “eso es algo
demasiado complejo y aunque no es lo ideal así es y es una
realidad que se impone en el mundo. La gente nace así o lo
hereda si en la familia ha habido casos, aunque en la nuestra
jamás conocí algo parecido, que yo sepa, pero ya quítense la
idea de la cabeza de que es una enfermedad mental. Locura se
les volverá si siguen agregando veneno al problema, y loco van
a volver a ese muchacho, van a hacerle la vida una desgracia.
Si tanto les cuesta entenderlo ayúdense con libros, leyendo es
que uno aprende a defenderse en la vida”. Desde entonces la
mamá se va a la cama con El tercer sexo, el libro que consigue,
nadie sabe cómo, y que después de analizar obliga a leer a todos
en la casa “pero que Jóse no se entere porque seguramente va
a sentirse mal”. Pero él se da cuenta porque vive en la misma
casa y es el centro de atención. Se aburre de sentirse un bicho
raro, de ver el librito pasar de mano en mano y de alcoba en
alcoba, de que el papá no le hable, de que Brenda y Teresa
cuchicheen cuando lo ven pasar por el corredor, de que Rubén
lo mire con recelo por la noche en el cuarto cuando se van a
dormir, de que Iris le haga bebidas para que tome y menjurjes
para que se unte “usted sabe dónde, mijo, cuando se bañe, a
ver si de pronto mi Dios me hace el milagro, hágame caso”.
Ante semejante situación, el día menos pensado José Luis se
va a vivir con Margó, el gringo y mamá Rosita, jurando que
jamás volverá a discutir con nadie el hecho de ser gay. Cuando
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por fin la madrina se atreve a ponerle el temita, él la descuelga
“Eso es un asunto mío tía, así que no se ponga usted en las
mismas ni me ponga a mí en las que estaba que yo me siento
bien y no voy a seguir botando corriente para que me acepten”,
a lo cual ella, tan francota como es, contesta “tranquilo Jóse
que no sos el primer marica al que echan de la casa, pero ojalá
fueras el último”.
Cuando todo parece solucionado, el papá, para quien la ida
de José Luis ha sido peor que la mordida de un perro rabioso,
saca la carta que tiene escondida para seguir peleando, una
carta que intranquiliza y hace llorar a la mamá. “¡¿Qué?! ¿No
volver a darle un peso? Si le faltan dos semestres. No señor, el
estudio tenemos que terminárselo. ¿Entonces que lo sostengan
Margó y K?”, “Su buena plata tienen”; “¿Acaso es el hijo de
ellos?”. Como si lo fuera, y así lo asumen cuando el papá suspen-
de el giro mensual y la mamá no puede hacer nada por evitarlo.
Pasan días, meses, un año nuevo. Durante algún tiempo la
mamá cree que puede componer a José Luis. Ahora supone
que se trata de un padecimiento generacional, un problemático
capricho de la adolescencia sin superar pero superable todavía.
A fuerza de leer cuanto artículo se publica sobre el tema en
revistas y periódicos, más otro par de libros, termina aceptando
que Margó tiene razón. Pasan más días, más meses y otro año
nuevo. Hasta que llega el domingo en que el muchacho de la
guitarra viene a despedirse porque se va para Estados Unidos,
ya hecho todo un hombre, con barbita, sin barros, y con una
pinta de macho que alborota a las muchachas del barrio y a las
señoras les hace decir “¿Será que José Luis se compuso? Vea
cómo le ayudó vivir con el gringo”. Se aparece con Margó y
su marido “ahí se están bajando del Land Rover, parece que
fuera el hijo de ellos”. José Luis, aunque asustado, habla hasta
por los codos, “me consiguieron los papeles y dónde quedarme,
ya tengo trabajo y he practicado mucho el inglés con ellos
105
porque allá sí voy a entrar a la universidad y voy a conseguir
un piano de cola”, mientras en la cocina la mamá le reclama
a Margó “querida, qué hiciste, yo te pedí que me cuidaras a
mi muchacho no que me lo empacaras para otro país”. Pero
eso ya no tiene reversa. “Elvira, entiéndeme, igual no está
viviendo con ustedes, yo sé cómo es eso allá, es el mejor lugar
para alguien como él, en todo sentido, ya verás que tengo
razón, aquí hay mucha ignorancia, mirá que ni el propio papá
lo tolera”. Desde su sofá para ver la tele, el papá mira y mira al
hijo pródigo, de los tenis a la cabeza y de arriba a abajo, hasta
que los ojos se le quedan embolatados en el tapete de la sala.
Ni una palabra le dirige. ¿Abrazarlo? Ni sueñe. “Aunque sea
dele la mano mijo”. Ni eso. “Vea que Jóse ya se va a ir. Ya se
está yendo ¡Ay, ya se fue!”. Y el papá ni siquiera deja que sus
ojos se encuentren por un segundo con los del muchacho, el
muchacho de la guitarra que se queda con las ganas de ver por
última vez la mirada honda del papá, tan parecida a la suya,
que tantas veces le dio seguridad y le reveló el amor por él,
los ojos en los que muchas ocasiones vio la admiración que le
despertaba la música que tocaba. De parte del papá, nada de
nada en la despedida, como si no hubiera retroceso, ni algo
más adelante y el instante no existiera. Solo rencor a cambio
de olvido.
—¿Y Marcelo qué se hizo?
—Está hablando con ese pelilargo que está allá. ¿Sí los
ves? Ahí afuera.
—¿Entonces se salió del concierto?
—Ni cuenta me di, estaba ida con la música. Qué belleza
de concierto. Hubiera querido que todo el auditorio se diera
cuenta que soy tu hermana. Felicitaciones.
Cuando Violeta abraza y besa a José Luis, le siente la ropa
húmeda y el cuerpo caliente.
—¿Te gustó? –pregunta él.
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—Me encantó.
—¿Te das cuenta por qué el jazz es la música del balance
perfecto?
—¿Cómo se llama el del piano?
—Es Robert. ¿También te gustó?
—Es muy bueno... en el piano, claro.
—Está soltero. Y no tiene pareja.
Violeta suspira y se dice “por qué no puedo preguntar por
un hombre sin correr el riesgo de que piensen que se trata
de algo más que la simple pregunta”. Podría discutirle a José
Luis al respecto, pero ni modo después de la escena del auto.
Además, en verdad se siente reconfortada con el concierto y
quiere disfrutar la salida de esa noche. Se queda reparando
en los zuecos de Robert.
—¿En serio es soltero y no tiene novia? –pregunta y se
queda pensativa.
—Dije pareja, no novia.
Tras unos segundos, Violeta deja de mirar los zapatos del
pianista y se vuelve hacia su hermano.
—Qué fácil parece la música –dice en medio de otro sus-
piro.
—¿Vamos saliendo? –dice él, desconcentrado, inquieto.
Aun así, ella sigue hablándole de música.
—A veces me hubiera gustado meterme más con sonidos
que con palabras. Claro que también hay música en la litera-
tura. Las palabras suenan, las frases tienen ritmo, así no sean
poesía, pero...
—Es una música más compleja.
—¿Tú crees? Yo creo que es más difícil hacer música, in-
cluso entenderla.
—Es simple.
—¿Simple? Si es tan simple entonces explícamelo.
—Mira. La música es el arte de la progresión y... ¡Hey,
Marcelo! te esperamos en el auto –le dice José Luis al pasar por
107
su lado–. ¿De qué hablarán tanto? –agrega mirando hacia el
lugar donde queda Marcelo con el pelilargo–. ¿En qué íbamos?
—Lo de la progresión. ¿Qué quieres decir con eso de la
progresión?
—Ah. Tú la organizas en compases y... Oye, pero Marcelo
ni se inmutó.
—Ya, ya viene. No le hagas caso. Es que está muy joven.
José Luis vuelve a mirar hacia atrás. Luego a Violeta.
—¿Y qué tiene que sea joven? ¿Te parece que se ve mal
conmigo?
—No, para nada. Es que uno joven anda sin afanes y se
para a conversar con todo el que se encuentra. Y él parece
muy sociable. Debe tener amigos por todas partes. Bueno,
sigue explicándome lo de la música.
—Ya. Mira, la música está en el tiempo, pero no vuelve a
existir, no es permanente como la pintura, por ejemplo, que es
el arte del espacio. O la danza, que tiene que ver con el espa-
cio y el tiempo. O incluso la dramaturgia, donde se conjugan
ambos y se suma la palabra...
—En cambio en la literatura todo es imaginación, está solo
en tu cabeza –interrumpe Violeta–. O sea, es todo y nada a
la vez.
—Exacto. Tienes que inventarle tiempo, espacio y len
guaje.
—Y conseguir además intensidad, ritmo. Parece descon
solador. Aunque todos podrían envidiar a los escritores.
—Creo que los músicos envidiamos más a los pintores, la
permanencia que logran. La obra siempre está ahí y puedes
verla. La música es el instante y el reto es prolongarlo en el
tiempo... Ah, ahí viene Marcelo... Pero los pintores nos en-
vidian por eso mismo, la intensidad del instante que ellos no
pueden tener.
—O el escritor podría envidiarlos a todos, hasta a los ac-
tores. Hola Marcelo.
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—Casi amanecemos aquí –dice José Luis.
—Los colombianos son los seres más exagerados del mun-
do –contesta Marcelo sin dirigirse a ninguno de los dos en
particular, como si prefiriera evadirlos.
—¿Y ése quién es? –le pregunta José Luis.
—¿Quién?
—Con el que hablabas.
Violeta entrega a José Luis otro pañuelo de papel para
que se acabe de limpiar el sudor de la cara, y se queda con la
atención puesta en el bolso, reorganizando lo que no hay por
qué organizar, buscando nada, mientras su hermano y Marcelo
conversan, se reclaman, se aclaran.
—Ah, ese... Otro como yo que piensa presentarse a la au
dición. Quiere que lo grabe. Haremos unas sesiones.
—¿Unas sesiones? ¿Y en dónde?
—Pues en el apartamento. ¿Dónde más? No voy a andar
con la cámara y el trípode por toda la ciudad.
—Y tan importante era como para salirte del...
—Tan solo quise ir al baño y allí lo he encontrado –inte-
rrumpe Marcelo.
—¿Y lo tienen que hacer en el apartamento?
—¿Hay algún problema? ¿Temes que se te llene de esca-
rabajos?
—Ja, qué chiste tan flojo.
—No era un chiste.
En el auto, Violeta observa a José Luis. Parece cohibido,
simple, a pesar de su figura imponente con su estatura y su
cuerpo bien formado y cuidado, su aire de distinción, de buen
gusto sin ostentación. Es como si no deseara impresionar aun
que a veces actúa con sentido de superioridad y parece ansiar
el reconocimiento. Qué lozanía de piel, como si el acné nunca
la hubiera azotado y los años hubieran pasado en vano.
—Te quiero llevar al local de la pizzeria donde empecé.
Todavía está el chef italiano. Tú no sabes esa historia Marcelo.
109
Un día el asistente del chef se enfermó y el administrador dijo
que cuál de los meseros se apuntaba. Ninguno quiso. Ah, a
lavar platos, qué pereza, dijeron, pero a mí me pareció mejor
estar detrás, en la cocina, que reventando inglés con los clien-
tes. Y ahí me dejaron.
—Pero no te quedaste ahí ni abandonaste la música –aclara
Violeta.
Mientras llegan al restaurante no puede evitar compararse
con su hermano, asombrarse porque toda la vida él ha estado
haciendo lo mismo, pensar en que si ella hubiera actuado de
la misma manera tal vez no estaría ahora tomando decisiones
sobre su vida, la tendría más o menos arreglada, con resulta-
dos tangibles como él; sería, si no feliz, al menos una mujer
satisfecha con lo que haría para vivir y no tendría que ver tras
de sí ese reguero de cosas intentadas, empezadas, probadas y
dejadas, allí y allá, que le han impedido hacer lo realmente
importante. A veces le falta energía, peligran su voluntad y
su fe para emprender las cosas que debe hacer. Tal vez sea de-
masiado tarde ya, en un país que se atreve a llamar escritores
tardíos a los que resultan con una obra después de los cuarenta,
donde los profesores universitarios se jubilan a los cincuenta
y cinco, donde se ven anuncios de trabajo buscando menores
de treinta con amplia experiencia, donde se rinde culto a la
juventud y es fácil sentirse pasado de moda y algo viejo a su
edad, peor aún, llena de dudas que impiden emprender la
tarea y obligan a continuar la vida por un rumbo impreciso.
Mientras comen y charlan ella se aparta por instantes, piensa y
observa con profundidad a su hermano. En él la edad no parece
hacer mella, su único vestigio son las entradas que se alcanzan
a adivinar en el cortísimo pelo echado hacía adelante, y en
las pocas canas que brotan uniformemente entre los cabellos
castaños. Un hombre saludable, aparentemente sin angustias,
que sonríe poco, pero con sinceridad, cuando lo hace.
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—¿Te vistes mucho de negro?
—Solo para los conciertos. Pero sin corbata, a no ser que
sea estrictamente necesario.
—Tus ojos se quedaron grises claros, no se han oscurecido
con los años como los de Brenda.
—Te fijas en todo.
—Estás buena para que me ayudes a evaluar el ensayo de
la audición.
—¿Cómo así Marcelo?
—Yo hago el papel, tú miras y me das tu opinión.
—Ay qué risa. Si me gusta aplaudo, y si no ¿qué? Yo no
soy como Luciano con Jóse, que le aplaudía hasta las equivo-
caciones.
—No me recuerdes eso tan doloroso.
–Perdona... Es que me acordé de él durante el concierto.
Ahora es José Luis el que navega en un mar de recuerdos
y pensamientos. Ah, Luciano, el otro que como Julián y Vio-
leta omitió juicio alguno sobre su situación. Le parece verlo.
Era como un ángel y el que más atención ponía a su música.
Se sentaba frente a él cuando lo veía tomar la guitarra para
ensayar. Cómo le molestaba aquel rito, mucho más su mirada
encima todo el tiempo; lo desconcentraba que aplaudiera irre
mediablemente cada vez que se equivocaba pues creía que ya
había concluido la pieza. Varias veces lo sacó de su cuarto, lo
dejó enmudecido en el corredor, le echó la puerta en las nari-
ces y la aseguró con llave. “Pobrecito, entiéndelo, por qué no
puedes entenderlo, si le encanta la música también y es apenas
un niño. Yo le enseño a no interrumpirte”. Los ruegos de la
mamá finalmente lo convencieron. Luciano se convirtió en
silencioso testigo de los ensayos de José Luis y en el principal
asistente a sus presentaciones, hasta que pasó todo. “Al niño
le cambió la mirada desde que te fuiste de la casa”, “No me
cuentes eso mamá que me remuerde la conciencia”; “Por eso
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le voy a buscar las clases de baile los sábados por la tarde en el
club. Prefiero esclavizarme con la llevada cada ocho días que
tener una batería en la casa”, “¿Bateria?”; “Está loco por una,
pero ¿cómo se la damos?, nos enloquece a todos”, “Consíganle
otra cosa. Una guitarra como a mí”; “No le gusta ningún otro
instrumento, le he ofrecido de todos y nada, solo se transa
con el baile, porque eso sí, ver muchachas le gusta más que
verte a ti tocando”.
La música le da a José Luis la locuacidad de la que carece.
Durante toda la comida en el restaurante no paró de hablar de
ella y ahora, de regreso en el apartamento, sigue con el tema,
tal vez inspirado por la historia de Luciano que recordó y contó
a los otros. Mejor que se haya tomado la palabra pues Mar-
celo, que es el que más habla, ha estado parco. Escasamente
ha musitado palabra. A lo mejor su actitud esté relacionada
con el encuentro con el pelilargo, aunque una vez recogidos
en casa parece transformarse y querer participar de la charla.
—Los mismos problemas de estructura a los que se enfrenta
un escritor los tiene un músico, pero es algo que solamente
entiende uno cuando escucha la música. Quien la hace lo
sabe. Pero el que no... ¿Entiendes lo que quiero decirte? –dice
Jose Luis.
—Para mí siempre ha sido algo demasiado complicado. Por
supuesto que sé que tiene estructura, pero no sabría hacer el
esquema –responde Violeta.
—Yo escucho una obra musical de la misma manera que
tú lees un libro seguramente.
—¿Y qué es más complejo? ¿Escribir música o novelas?
—Ay Marcelo, nos corchaste. Porque Jóse en su vida ha
compuesto algo, y yo de novelas sé lo que he leído.
—Aunque solo me haya dedicado a sacar sonidos de las
cuerdas de una guitarra, sí puedo decir que las dos cosas son
igualmente complejas.
112
—Pero tú no lees mucho Jóse. ¿O sí?
—Los libros también confunden.
—¿Qué quieres decir Marcelo?
—Pasar de Santo Tomás a Voltaire y de Voltaire a Nietszche
es como para desgarrarse el alma.
—¿Los has leído?
—¿Por qué lo dudas? Les eché el ojo a los diecisiete.
—Con razón dices eso. No siempre leer da gusto –recalca
Violeta.
—Por eso yo preferí la guitarra.
José Luis pone un nuevo disco en el equipo.
—¿Oyes eso? Hay ciertas cosas que nos ponen a prueba a
los seres humanos y una de ellas es la música. Es como si nos
dijera métete en ella si eres capaz.
José Luis es de pocas palabras, pero cuando habla es con-
tundente aunque tímido, discreto, de voz pausada. En realidad,
contrasta con Marcelo, piensa Violeta, y por eso les pregunta
cómo son capaces de vivir juntos, una pregunta que se queda
en el aire pues José Luis sigue con su tema.
—Cualquier intento de darle sentido a la música es como
una forma de pretender que somos permanentes.
—¿Cómo así Jóse?
—La música está hecha de instantes, de fugas.
—¿Y eso que tiene que ver con lo que pregunta ella? ¿Acaso
alguien se fugará aquí, alguien se irá?
—¿Qué fue lo que dijo? –pregunta José Luis.
—Que cómo podemos vivir juntos.
—Ah... Todavía no lo sé.
Han estado escuchando a Chopin. Vieron la foto que José
Luis se tomó en la tumba del compositor en Père Lachaise
y oyeron su relato de como encontró el cementerio en su
primer viaje a París. Ahora él les está contando que de mu-
chacho soñaba con montar en avión e ir a otros lugares, sin
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imaginarse que su vida iba a estar llena de viajes como esta
gira que arranca. Les está diciendo que era de las galladas
que iban a la extensa zona verde del costado norte de la pista
del aeropuerto Olaya Herrera de Medellín para ver y sentir
como salían los Boeing 727, y que así como esos aviones se
elevaban de un momento a otro, el sabía que era uno de los mi-
llones de seres en el mundo que estaba a un paso de conseguir
sus sueños y que el paso definitivo era despegar de la tierra en
uno de esos gigantes. Violeta y Marcelo lo oyen explicar que
los aviones se detenían al frente de la malla que separaba la
pista y tomaban impulso para iniciar su decolaje, que él y los
demás muchachos se ubicaban detrás de la malla, frente a las
turbinas y los motores, que la fuerte corriente de aire era un
ventarrón que les enredaba el pelo, los obligaba a retroceder,
a aferrarse de la red metálica, a cerrar los ojos, y les lanzaba a
la cara y los brazos arena mezclada con piedrecillas.
—Y mientras esperábamos por el despegue de otro avión,
algunos jugaban fútbol, otros comían helado o contaban his
torias de terror. Pero yo me quedaba sentado en la manga,
pensando en cómo serían por dentro esos aviones y cómo se
iría en uno de ellos, esperando por un nuevo ronquido de las
turbinas que rescatara nuevamente la atención de los miro-
nes; algunos corrían hasta el costado occidental de la malla
desabotonándose la camisa, se la sacaban a toda prisa y la
ondeaban al avión. Viendo como los aviones tomaban impulso
para despegar, yo me imaginé muchas veces montándome en
uno de ellos, arriesgándome a fracasar para alcanzar mi sueño,
como me decía mi madrina.
—Hablando de sueños, ayer soñé en blanco y negro –dice
de pronto Violeta.
—¿Qué?
—Un sueño bobo. Me puse una chaqueta negra que tenía
las costuras de las mangas zafadas. Estaba viajando en el me-
114
tro. El tren iba repleto y solo allí me percaté del estado de la
chaqueta. Nadie se dio cuenta, pero a mí sí me importaba. Y
el viaje no terminaba, el tren no paraba, pasaba por las esta-
ciones y no se detenía y yo estaba angustiada por bajarme para
devolverme a cambiarme a la casa.
—¿Y?
—Nada. Me quedé dormida con ese viaje tan largo. Y ahí
se apagó el sueño. Nunca había soñado en gris. Al menos no
lo recuerdo.
—¿Es malo o es bueno?
—Ay Marcelo, yo qué sé. Para mí es una novedad.
—Yo casi nunca sueño –dice José Luis.
—Yo tampoco. O al menos no me acuerdo cuando me
levanto.
—He estado recordando muchas cosas de nosotros Jóse.
—Tú también me has hecho recordar. Es normal. Para
un inmigrante los recuerdos se agrandan, se magnifican, ad
quieren una dimensión mucho más amplia, la mente sigue
estando en otro lado, así sea que llegue por primera vez a un
sitio o que le llegue algo de donde él procede, como tú en mi
caso.
—Les traeré un poco de queso.
Marcelo se va a la cocina.
—He estado pensando que siempre supiste lo que querías
hacer y por eso para ti todo ha sido más fácil en la vida. Puedes
sentirte satisfecho, eres un hombre realizado.
—¿Fácil? ¿Satisfecho? Ay Violetica.
—Mira como vives y como te ves de bien.
—Uno toma lo que la vida tiene para darle, pero...
José Luis se calla, baja la mirada y se queda viendo la copa
entre sus manos. El vino le ha subido de color las mejillas,
como siempre.
—¿Qué pasa?
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—¿Sabes una cosa?
José Luis mira hacia la cocina donde está Marcelo. Acer
cándose más a Violeta, le dice que a veces piensa en cómo
habría sido su vida si hubiera podido casarse, tener hijos, llevar
una vida normal con una mujer, enamorarse de alguna.
—¿En serio? ¿Pero lo has intentado?
—Sí.
—¿Y?
—No puedo.
—¿No? Acaso qué sientes.
—Nada, absolutamente nada.
—Ay no, qué tristeza. Muy difícil ser gay.
—¡Tampoco me tengas lástima!
—Parece que hemos sufrido el mismo problema.
—¿Cómo así?
—Digo, cada uno, a su manera.
—No, no me digas que eres lesbia...
—Bobo, cómo crees. Digo, que ambos hemos tenido que
aceptar lo que somos, la vida que tenemos.
—No te entiendo del todo. Nunca has querido casarte ni
tener hijos.
—No me refiero a eso. Es por la escritura
—Ah, sí, claro.
—Estás cansado.
Se quedan callados. El disco en el equipo de sonido ha ter
minado su recorrido. De pronto hay mucho silencio.
—Estamos cansados –insiste Violeta.
Marcelo regresa de la cocina.
—Ay no, yo no quiero queso Marcelo –agrega ella al verlo
aparecer–. Vamos a dormir.
Antes de ir a la cama José Luis se acuerda de que había
quedado de llamar a la mamá para contarle del concierto.
—Pero ya está muy tarde –dice.
116
—Todavía debe estar rezando.
—Esa rezadera de mi mamá. Es lo único que me harta de
ella.
Y le hartaría más, la detestaría, si supiera que es él, y no
otro, el motivo de la rezadera de la mamá.
La vejez acerca a todos a la muerte, y a algunos a la reli
gión. A Doña Elvira la ha puesto a caminar de gancho con la
iglesia, circunstancia que le ha arrebatado la paz. El tema del
hijo raro se le ha vuelto una maldición, un azote, una desgra-
cia, el motivo de aflicción más grande de la vida, después de
Luciano. Se pasa horas pensando en que tendría que haberse
modernizado más para que José Luis no fuera una tortura.
“¿Pero cómo hago padre, cómo?”. Durante años la distancia
del hijo le sirvió para dejar la bobada, evadir el problema, casi
sacudírselo del todo. Pero la muerte la metió de nuevo de na-
rices en él. Al irse de este mundo, el hijo menor y el marido,
la dejaron fregada porque la pusieron a cavilar sobre la vida
eterna; tal fue el asedio de cavilaciones malsanas que la señora
terminó por concluir que la vida eterna de José Luis estaba
en juego. Sin oponer resistencia se dejó picar por semejante
idea, y tanto volvió a obsesionarse con la cuestión religiosa
que la rezadera se agravó y se le volvió crónica. “Me da mucha
tristeza saber que mi Jóse y yo no podremos reunirnos en el
paraíso después de morir y que no lo volveré a ver”, le dijo un
día al sacerdote, “me da miedo que él se vaya para el infierno,
pero lo que más me duele es que no se haya reconciliado con
el papá y que ya no se verán más ni tendrán la oportunidad
de ponerse en paz, porque Fonso debe estar en el purgatorio”.
La rezadera no llegó sola, le trajo a doña Elvira la renova-
ción de las desveladas, la repetición de noches enteras escar-
bando una respuesta a su eterna inquietud aún no resuelta.
¿En dónde estuvo la falla?, se pregunta infructuosamente la
señora, que volvió a meterse en el confesionario y en la sacristía
117
a ver si hablando con los curas podría dar con el momento
de la crianza en el cual José Luis pudo haberse vuelto de esa
manera. “No me explico padre qué pasó. No lo manosearon,
no lo violaron, no tuvo experiencias traumáticas que lo hu-
bieran llevado a eso, al menos así me lo juró, y le creo, pero
yo necesito una explicación. Algunas veces me digo, si tuve
a Luciano ¿por qué no iba a tener uno como Jóse? ¿Será que
algo le habrá fallado en el cerebro? Siendo así no sería culpa
mía, mucho menos de él, sería un asunto genético, como el
de Luciano, aunque distinto”.
“Ser de esa manera” sigue diciendo doña Elvira al refe-
rirse a José Luis. A pesar de tanta habladera del tema y de
su fanatismo idiomático nunca aprendió a usar la palabra
adecuada, como si pronunciarla fuera sacrilegio. Una infeliz
palabra la hace vivir como en la cuerda floja, entre sus creen
cias y el amor por el hijo que vive solo en el extranjero. Tan
enterrada como la palabrita mantiene el sentimiento que le
genera ser la madre de un homosexual, la deshonra, afrenta,
ultraje, injuria y vejación que eso significa; se siente humi-
llada, abochornada y avergonzada imaginando lo que habrán
dicho y especulado aquellos que han llegado a preguntarse
dónde erró ella como madre. Como sufre doña Elvira cuando
en el costurero las demás señoras ponen el tema de los gay, lo
que ha sufrido últimamente con los matrimonios de “esos”.
Cuando en la televisión se le atraviesan las imágenes de hom-
bres besándose reza un padrenuestro y un avemaría, y se dice
“quiera Dios que mi Jóse no llegue hasta allá. Que muramos
él o yo antes de que eso ocurra”. Razón tiene José Luis en
querer ocultarle la existencia de Marcelo. ¿Para qué sumar
otro motivo de tormento a la atormentada mente de su mamá?
Que ni se entere entonces. Y que Marcelo se conforme con
seguir siendo un secreto, alguien que no existe para Medellín.
Que la pobre viejita siga con el sueño espantado afligiéndose
118
ante la idea de que su hijo está destinado a permanecer solo.
Abiertos se le quedan a ella los ojos en las noches diciéndose
a sí misma “cómo habrá sufrido mi muchacho, y sufrirá en
un apartamento solo, una ciudad tan grande y un país aje-
no”, tratando de imaginar cómo habrá sido su vida sin una
mujer que le arregle la ropa, que lo cuide, que le cocine. Ni
sospecha que la realidad de José Luis es otra, que es mentira
que se la haya pasado sufriendo como un condenado y que,
para acabar de ajustar, está lejos de pronunciar tan siquiera
una de las miles de oraciones que ha dicho ella en vida, que
jamás lo haría por sí mismo aun si le garantizaran la resurrec-
ción después de la muerte. Con tanta cosa, ¡cómo sufre doña
Elvira! Pero a ella no le importa el sufrimiento por los hijos,
porque es puro, purísimo y purificador, fruto del amor que la
une a ellos, único e irremplazable, pues un hijo, y más si es
como Luciano o como José Luis, es lo que más se quiere, y
nada hay que reflexionar al respecto sobre ese amor que sale
de los huesos, se impone y determina sin motivos, un amor
de entrega total, así traiga una especie de castigo inmerecido
al final. Si no, véanla ahora, con unos hijos que apenas la
visitan cada cierto tiempo, véanla solita de cara a lo que es, a
lo que resta, que es prácticamente nada. Si la hubieran cono-
cido como madre joven y mujer madura... Ya no va cansada y
sudorosa por todas partes, correteando de un lado para otro
para darle gusto a los nenes y a las nenas; corrigiéndoles tareas,
solucionándoles problemas; agotada pero jugando con ellos, con
hambre pero comiendo a saltos, con sueño pero durmiendo a
medias, con una vida interrumpida a toda hora, tragándose
los enojos porque es raro el día en que los niños y las niñas
dejen de hacer cosas como para darles una golpiza. En la casa
ya no quedan bebés, adolescentes, universitarios, jóvenes, ni
Luciano; por la vida van seis cuarentones que una vez fueron
sus niños y le han regalado otros seis niñitos para repetirlo,
119
para tener la posibilidad de seguir preocupándose con los
hijos de los hijos, con los fracasos laborales y matrimoniales
de los otros. En doña Elvira el sufrimiento es sin fin, a ella
le es imposible vivir el amor de madre de forma tranquila y
relajada, le parece lógico que los pesares de sus hijos duelan
como propios y sus alegrías no le sean ajenas; de otra forma
no podría ser; sentirlos así es inevitable pues en su cuerpo se
gestaron, se formaron y vivieron; además, de él tuvieron que
salir, con un intenso dolor físico; por eso el amor maternal
es un viacrucis a favor de la felicidad y de la salvación de los
hijos en el mundo al que los han traído. Explicable es enton-
ces que doña Elvira se la pase rezando y se desvele, que siga
angustiada sintiéndose culpable por todo y por nada, por las
equivocaciones de la vida y de la naturaleza, que no de ella;
por la humana contradicción de un ser humano, pensando en
que el sacrificio de los buenos padres y las buenas madres vale
la pena aunque sea irracional e inexplicable, como irracional
e inexplicable le parece a Marcelo que José Luis se obstine en
no hacerse la prueba del sida, “aunque sea para sentir la alegría
que da ver que sale negativa”.
—Insisto. Deberías hacértela como yo.
—¿Qué es lo que temes? Francamente que tu insistencia
me pone a dudar.
—Yo podría decir lo mismo de ti por rehusarte.
—Yo he sido un hombre decente. Sé que no tengo nada.
—No es un problema de decencia. Es un asunto de vivir
en este mundo. Y no es tanto por mí sino por ti. ¿Qué tal que
te enfermes y no podamos hacer nada a tiempo?
—¿Y por qué habría de enfermarme? Acaso tú...
—¿Entonces no irás a la marcha? ¿Y la lucha por nuestros
derechos?
—¿Por qué te empecinas? Jamás iré a una cosa de esas. Es
parte de mi intimidad. ¿No has entendido?... Además, estaré
fuera.
120
—¿Viste? No te comprometes. Con razón te ha sido difícil
encontrar pareja.
—Esa no es la causa. Y tú lo sabes.
—Tu sermoneo con la fidelidad absoluta no es realista.
—¿No? ¿Y entonces qué esperanzas tengo yo?
—Bah, ya deja de preocuparte.
—En todo caso, ya lo sabes. No me gustó lo del teatro. Así
que tengamos cuidado.
—Oh sí, vaya rabieta la de tu hermana antes del concierto.
Claro que eso que dijiste de tu padre estuvo fuerte y...
—¡No te hagas el pendejo! ¡Sabes perfectamente a qué
me refiero!... Es que cada vez que lo pienso. ¡Ni siquiera nos
escuchaste por estar con ese! ¡Qué te traes Marcelo!
En este punto de la conversación Violeta decide no seguir
escuchando, continuar su camino hacia el cuarto y encerrarse.
Cuando Violeta se despierta en la mañana José Luis está
hablando por teléfono con la mamá.
—¿Y la vas a dejar sola acabando de llegar? –pregunta la
señora alarmada.
—Sola no. Con Marcelo.
—¿Marcelo? ¿Y ese quién es?
José Luis no se amilana con la pregunta de su mamá. Ya
tiene todo calculado.
—Un amigo. Se va a quedar aquí con ella. Le pedí el favor.
Pero la mamá sí se alarma.
—¿Sola con un desconocido? ¿Y hombre?
—No te preocupes. Es muy joven. Y además es...
Ahí José Luis se crispa.
—Está comprometido –agrega y se tranquiliza. Pero al oírlo,
la mamá se preocupa más
—Peor. ¿Y a la novia no le chocará?
—Ya hablamos todo eso y está de acuerdo. Además, él es
mucho más joven.
121
La mamá no queda convencida. Con paciencia José Luis
la escucha decir al otro lado:
—De todas maneras, esa ciudad tan grande, con la gente
que no es amable y entrona como aquí, y ella tan recién llegada.
¿Dónde está guardando los dólares?
—Yo qué sé. Aquí, supongo. Esto es seguro.¿Acaso vivo en
una pensión o en un albergue?
La mamá quiere cerciorarse bien.
—¿Y cuánto tiempo te vas a demorar en la gira?
—Un par de semanas. Cuando vuelva la voy a llevar a
Pensilvania. Mientras tanto que trabaje en su libro, a eso vino.
Fresca mamá. Nada raro pasará.
A la mamá le interesa saber lo más mínimo, sobre todo
tratándose de Violeta.
—¿Y cómo le sentís el inglés?
—No se lo he oído.
Y aunque no se lo pregunten cuenta cosas insignificantes
que le parecen de trascendencia.
—Estuvo estudiando tan juiciosa. Si la hubieras visto. Des
de que K se murió no lo había vuelto a practicar.
—Se defenderá. Además, está muy afiebrada con su escri-
tura e imagino que estará muy contenta sin quien la moleste.
Finalmente, la mamá, a quien le gusta anticipar el tiempo,
pensar en el futuro, mete ruido sin querer.
—Y en diciembre otra vez para dejarla sola. Porque vas
a venir ¿cierto? Le va a tocar quedarse solita en el invierno.
No ves pues que insiste en estar los seis meses que le dieron.
—Todavía no sé, tengo una oferta para Navidad y creo
que la aceptaré. Mejor en enero. Es que allá beben mucho y
yo no estoy acostumbrado. La última vez llegué enfermo de
tanto aguardiente que me hicieron tomar. Bueno, te voy a
pasar a Tica. Un beso.
122
José Luis le entrega el teléfono a Violeta. Mientras la obser-
va hablando con la mamá, se dice “Siquiera me acordó. Tengo
que revisar ese pasaporte ahora mismo”.
Cuando la conversación telefónica concluye, aborda a su
hermana.
—¿Para cuándo tienes el regreso? Préstame los papeles yo
te reconfirmo todo, no vaya a ser que tengas problemas luego.
—Pero cuál es el afán si hay mucho tiempo.
—Pues que me voy de viaje y bien lar...
—Exacto. Tu viaje es lo importante ahora –interrumpe
ansiosa Violeta–. Si quieres te ayudo a empacar, te veo bastan
te atareado y yo soy una experta en esos menesteres. Claro
que antes voy a bañarme.
Y Violeta se va presurosa hacia el baño y se mete bajo la
regadera aunque detesta ducharse antes de desayunar.
123
5
124
otro, un trabajo necesario, un obligado ejercicio de organiza-
ción después de haber concluido la trascripción de los apuntes
manuscritos, pero nada creativo ha surgido.
Antes del archivo que acaba de cerrar, Violeta abre otro
nuevo; lo nombra Sócrates y escribe: “Me hubiera conformado
con la paciencia para soportar el retraso de la felicidad. Perse-
verar, ser capaz de controlar la tensión, evitar que el impulso
y el sentimiento triunfen sobre la inteligencia y la afecten de
tal manera que impidan usarla. Suena fácil. Sin embargo, no
puedo. Millones de inteligencias modestas se desempeñan sor-
prendentemente bien en la vida. He esperado alcanzar metas
trascendentales, quizá ahora me sentiría más satisfecha con
mi vida si hubiera tenido un flujo permanente de pequeños y
medianos logros como Teresa, como el mismo Jóse, como la
mayoría de los seres humanos. Yo, en cambio, no he sabido
comprender esta sociedad ni moverme en ella. Ni siquiera
puedo dejar de irritarme. Soy un animalito que recibe la orden
de huir o de atacar ante el peligro, cierto o falso, supuesto
o real; huyo y ataco sin pensar. Más útil que la inteligencia
habría sido la conciencia de mí misma, algo menos notorio,
claro, aunque también complejo. ¿De qué me ha servido si la
adversidad me derrota? Me cuesta superar el enojo, ordenarme
serenidad e imponerla dentro de mí, entender el simple conó-
cete a ti mismo. Incapaz de soportar la vida, me vuelvo esclava
de ella. Me persuade más entristecerme. No doy el lugar que
merecen sentimientos y emociones, por eso me gobiernan. He
logrado escapar del peligro, ninguno real existe ahora, supongo.
Sin embargo, actúo como si lo hubiera. Sigo olvidando cosas,
me sudan las manos, aparecen de repente las palpitaciones, me
falta el aire. Estoy aquí, segura, sola, como lo he querido, y
temo que en cualquier momento pase algo malo, pienso que
podría entrar un ladrón a robarme los dólares, explotar el gas
en una cocina, desplomarse el edificio por un terremoto. Una
125
imagen, un recuerdo, un olor, un color o un sonido. Cualquier
cosa es suficiente para sentir la inminencia de la muerte, para
decirme que algo terrible puede volver a ocurrir, para que se me
despierte el pánico, ese pánico que paraliza e impide pasar la
cerca, que me estanca la vida, me estaciona en la frustración y
me ancla en el vacío. Sigo sintiendo el nudo en el estómago, el
embotamiento de la cabeza. ¿Me concentro? No, me atiborro
de ideas, me empantano. Estoy en silencio pero tengo mucho
ruido. Por fortuna, el dormir no ha sido alterado y ahora tengo
sueños bobos, así como días en que me levanto con el pasado
a cuestas y se me olvida el miedo, aunque siga enganchada a
él. Tantos años después el miedo sigue conmigo. Todos los días
me levanto pensando en que algo malo sucederá”.
Guarda lo escrito en la carpeta Biografía y abre el archivo
Pasado, lo despliega y agrega: “Es imborrable mientras esté
viva. Olvidarlo para resolverlo, no. Hacerlo inofensivo man-
teniéndolo a distancia es la tarea. Vaya tarea. Aun a miles de
kilómetros de su lugar de origen, aquí está conmigo y brota
con mayor claridad. Me temo que se ha acomodado en mi
corazón, en mi cerebro, en mi mente, en mi cuerpo, como
las cicatrices de la cara, de las manos y de las orejas que se
quemaron tan fácilmente y tan fácilmente se recuperaron.
El fuego no penetró el pecho, las llamas no pudieron entrar
hasta el corazón y tocarlo físicamente. Sin embargo, lo tocaron
y en parte lo consumieron. Es cierto lo que dijo Jóse, que un
inmigrante vive de los recuerdos, son ellos los que mantienen
el nexo con el lugar de origen. Se vuelven más vívidos, más
frecuentes, brotan por la piel. Una canción, una palabra dicha,
una mirada, un gesto, por ligero que sea, sacuden la memoria.
Moverse del pasado al presente empieza a formar parte de la
vida diaria. Tal vez sea útil ahora cuando justamente necesito
poner en movimiento los hechos de Campoalegre, evocarlos y
articularlos, así sea en un orden distinto al original. Mientras
126
más antiguos los recuerdos, más desdibujados están, más difícil
es recuperarlos como en realidad ocurrieron. Algunos llegan
con las traiciones y las transformaciones que el tiempo hace
a la memoria, se vuelven imaginación y hacen de la historia
de la infancia apenas una posibilidad, una duda, una incer-
tidumbre gris y lejana. ¿Cómo recuperar esa primera mirada
del mundo, la que se necesita porque encierra el momento
clave donde el ser quedó escindido, la más arisca de rescatar,
a veces intocable? Parece sin sentido esta obsesión por recons-
truir a través de la memoria, por contar la historia a partir del
recuerdo. A veces los sucesos de mi vida se confunden con la
construcción de la novela y parecen lo mismo. Breves esce-
nas, autorretratos y retratos familiares se yuxtaponen en mi
mente y en la narración. Por eso no consigo un orden y todo
sigue siendo fragmentos, apuntes, recuerdos que se trastocan
y se repiten, muchas notas. Lo que quedó dicho unas páginas
antes vuelve a reiterarse de otra manera en las siguientes. Sin
embargo, los fragmentos deberán confluir para crear la obra
que surgirá, múltiple y atravesada por voces también diferen-
tes. Los fragmentos serán el todo. La lucha, más que con la
memoria, será con la distancia entre yo y ella, la narradora que
soy y la niña que era. La niña que intento asir es solo un objeto
literario, entiéndelo Violeta, incluso tienes que cambiarle el
nombre, es un personaje creado y por lo tanto distorsionado,
una ficción de palabras y las palabras frente a las imágenes son
apenas cubos de hielo que se derriten en el sol, como decía
Eva; nunca queda nada. La foto de la familia en la cómoda
del pasillo dice todo, no depende de la memoria, no tiene que
acudir al recuerdo, es lo que es y las otras cosas que evoca, con
sus figuras, colores y formas, es la realidad detenida, atrapada.
Soy puntillosa, intento el detalle e insisto con obsesión en él,
algo absurdo cuando se trata de recrear experiencias que ape-
nas fueron sensaciones puras de infancia que escapan cuando
127
intento asirlas. Le doy duro y veloz al teclado, con la fuerza de
mis entrenados dedos, pero las palabras que leo en la pantalla
no conectan el pasado, el lenguaje no logra darle cuerpo a esos
fugaces estímulos sensoriales que llegan sin tropiezos cuando
cierro los ojos, y desaparecen instantáneamente cuando los
abro. Bendita distancia que vuelve magia y mito la etapa de
mi infancia, estadio romántico, utopía perdida. Utopía sobre
un mito encerrado en un mundo utópico, eso podría ser mi
novela de persistir la imposibilidad de acceder al mundo de
una niña aún no contaminada por los prejuicios adultos, la
niña que recluyéndose se protege de los peligros que acechan
en el mundo de afuera, como quizás yo haya querido hacerlo
ahora, siempre”.
Al concluir la anterior parrafada Violeta guarda y cierra los
archivos de Sócrates y el de Sueños en la carpeta Biografía del
procesador de textos de la computadora de José Luis. Cierra
el programa, da clic en el menú Inicio y el equipo le pregunta
Suspender, Apagar, Reiniciar. Ninguna de las tres, “para qué,
si ya vuelvo y lo escrito no quedará a la vista de nadie”, se
dice, da clic en Cancelar y sale hacia Central Park a donde
está yendo a caminar una hora diaria.
Adelante por el pasillo va Gladis, la vecina pereirana que
José Luis mencionó el día de la llegada, que estuvo en la
tragedia de las Torres Gemelas y es la única amiga, si puede
llamarse así, que Violeta ha hecho en el edificio. Empuja la silla
de ruedas de un viejito que por inmutable parece de mentiras.
Conversan en el ascensor y salen juntas, cruzan la calle, se
dicen otro par de cosas más, con la ansiedad propia de quienes
apenas medio se conocen y quisieran conocerse mejor, como
lo hacen los seres solitarios que sienten algo común entre sí,
como estas dos mujeres, diversas, distintas, pero cercanas, que
se separan cuando Gladis le dice con los labios, mudamente,
que a su patrón no le gusta ir acompañado sino en silencio
128
en su paseo vespertino por el parque y que además ella en ese
momento está trabajando. Quedan de tomar un café “un día
de estos”, a las siete, cuando salga, cuando pueda ir a tomárselo
con toda tranquilidad al apartamento de don José Luis.
Los ojos y los oídos se vuelven más sensitivos y son más
receptivos cuando se llega a un sitio nuevo. Como en Cam-
poalegre, como en los pueblos de Antioquia, así pasa ahora
en la gran urbe gringa, en particular en Central Park a donde
Violeta ha ido en busca de oxigenación para el cuerpo, la
mente y el espíritu, a liberarse del encierro del apartamento
habitado solo por ella, con la presencia parcial de Marcelo y
la ausencia total de José Luis.
Camina. Diez minutos, quince, veinte, media hora. Mira
los árboles como nunca antes. Cuan diferentes son los unos
de los otros. ¿Cien metros estos? Si mucho cuatro aquellos.
Anchos unos, delgados otros. Aún la mayoría sigue con sus
hojas. Algunos no las perderán ni en el invierno. Pocos las
tienen verdes todavía, muchos estallan en colores y las suel-
tan. De verde a amarillo, al anaranjado, al rojizo, al púrpura,
al café. Los colores del otoño en el parque que brota como
un bosque plantado en medio de la urbe gris de cemento que
se enfría, como se ha venido enfriando el aire, un aire que ya
no es húmedo, denso, cálido como hace unas semanas, sino
que ahora trae vientos frescos anunciando que poco a poco
se recortarán las horas de luz, que el día menos pensado la
noche llegará más pronto y, cuando menos se espere, todo
habrá terminado y el invierno estará encima.
Treinta y cinco minutos, cuarenta, cuarenta y cinco, cin-
cuenta, una hora. Suficiente. Los pies se cansan. Tienen dere-
cho a parar, a que su dueña se siente en una banca y se regale un
rato en medio de la naturaleza, la naturaleza que tanta paz da,
que ayuda a aclarar ideas, especialmente cuando la situación lo
pone a uno en medio de un atolladero como el de Violeta con
129
su novela. Por si acaso, ahí está la libreta; llevarla siempre con
ella se le volvió hábito desde que era universitaria, cuando leyó
que el trabajo de un escritor excede el tiempo en que efectiva-
mente escribe porque es inevitable que imágenes, sensaciones
o pensamientos lo asalten por sorpresa lejos del escritorio, y
al regresar a él lo más probable es que hayan escapado de la
memoria. La libreta, que le fastidia en el bolsillo trasero de los
jeans al sentarse, le trae el recuerdo de su época de colegiala
cuando la habilidad para escribir le fue útil a ella y a sus compa-
ñeras de colegio, negadas con el lenguaje, y que muchas veces
le pagaron, en dinero y con manzanas, por contar la historia de
sus vacaciones, de la fiesta de los quince, la primera comunión,
el día de la madre o del padre, del nacimiento del hermanito
o de la muerte de un abuelo, cualquier suceso cotidiano que
diera tema para la invariable tarea de narración del curso de
Español. Entonces escribir era una afición y un placer. En eso
piensa Violeta ahora, al verse ante un oficio que le está dando
angustia en vez de satisfacción, que la obliga a una continua
reflexión sobre los rudimentos técnicos que harán su obra,
a explorarlos y estudiarlos; un oficio que también la pone a
dudar a ratos, a decirse que tal vez sea solo una vía de escape
y de ahí la ansiedad que experimenta ante la falta de destreza
necesaria. Sin embargo, aunque ha adaptado la disciplina a su
tiempo, en los momentos separados para escribir la mente se
queda en blanco, ni una palabra fluye, todas las ocurrencias
parecen superfluas y ridículas. Se ha embarcado en una tarea
de largo plazo al mismo tiempo que hace su aprendizaje, una
tarea que exige, además de la disciplina que ya está logrando,
tener paciencia y reflexionar sobre los aspectos tan diversos
que involucra. Claro que pasar un año mirando por la ventana
sin poner ningún signo en el papel y luego asegurar que todo
ese tiempo se estuvo escribiendo, aunque sea cierto, es un
lujo que Violeta no puede darse como parece que lo hacía Iris
130
Murdoch. Quizá deba dejar la ambición a un lado, desistir de
tentar con proezas al genio, cumplir con el tiempo destinado
a la tarea igual que un deber, escribir cada día sin esperanza ni
desesperación, como dice Isak Dinesen. O a lo mejor lo fun-
damental consista en entender que mejorar en la capacidad
de escribir empieza por la conquista de hábitos como el de la
libreta y el de sentarse ante la computadora tantas horas al día,
pase lo que pase; seleccionar y arraigar hábitos más allá del
momento de la escritura misma y desechar conceptos, negarse
a inculcar nociones y fórmulas. Sin embargo, eso no resuelve
los escollos que dificultan el camino por seguir, pues su historia
sigue perdida y sobrevivir en ese desasosiego le está convir-
tiendo el placer de escribir en un tormento insalvable. ¿Qué
sentido tiene meterse en más sufrimientos por propio gusto?
Aun se pregunta cómo traducir la experiencia vivida en algo
figurado, pero con una vida autónoma y una lógica interna;
cómo llegar hasta los días en Campoalegre y ser fiel al instante,
salvar la distancia entre el ahora y el entonces si esa distancia
es apenas la ilusión de una presencia que está ausente, como
en las fotografías que ha estado viendo de los albúmenes de
José Luis. Mucho se ha escrito acerca del proceso de creación,
los expertos interpretan incluso motivaciones ocultas de los
escritores de las que ni estos mismos son conscientes. Podría
leer textos sobre cómo contar historias, pero muy escaso
sentido tiene embarcarse en las interpretaciones de quienes
miran desde afuera las obras y tratan de explicar un proceso
inexplicable desde la teoría, más no desde la experiencia de
creación del mismo autor. Ella no necesita mecanismos para
desarrollar su imaginación y aplicar técnicas narrativas más
elaboradas, solo necesita encontrar el tono, la atmósfera que
tuvieron los hechos ocurridos, concentrarse, recordar bien
cómo fue todo, sentirlo, evitar que sus pensamientos se va-
yan para otro lado, como le ocurre casi siempre, como le está
131
ocurriendo ahora en que con los ojos cerrados intenta poner
orden y escenificar los sucesos de Campoalegre, pero lo que
surge es su primera experiencia como periodista en ciernes
y lo que se le impone en la mente es la imagen del concurri-
do vestíbulo de la Policlínica Municipal de Medellín en los
años ochenta donde una mujer con un delantal de cuadritos
y un trapeador va detrás de un hombre que lleva un cuchillo
clavado en la cabeza. Sin voltear a mirarlo, la mujer limpia la
sangre que el hombre va dejando estampada en las baldosas
blancas; sus ojos se ocupan únicamente de recorrer el piso,
con el trapeador que sus brazos mandan para un lado y para el
otro y con el cual va borrando las bolitas rojas que trasladan
a Violeta a su última experiencia como periodista en retiro,
también en los años ochenta, también con violencia, sangre y
muerte, tres cosas que por lo general andan juntas y que ella
vio constantemente durante años, que jamás presintió sentir
en carne propia pero inevitablemente el destino le mostraría,
pues para ser víctima de dicha trilogía no se necesita ser pe-
riodista, colombiano o vivir en Medellín; es suficiente habitar
la tierra. De las bolitas rojas en el corredor de la Policlínica de
Medellín, Violeta se va a la calle encharcada de Remedios, su
última experiencia periodística. Ahora puede ver al fotógrafo
con la cámara en la desolada calle de aquel pueblo caliente; el
fotógrafo con quien tiene que ir a buscar a los cuarenta y cinco
masacrados; el fotógrafo que no ha querido irse por la acera
como ella se lo ha sugerido sino que va pisando con impudicia
la sangre que han derramado los muertos y que la ley de la gra
vedad ha arrojado por la calle más inclinada, empapándola de
un rojo denso que hace del asfalto gris su prisionero.
Unas veces avanza, otras retrocede. Del reguero de sangre
se devuelve a la Policlínica para encontrarse de nuevo con
la estudiante y la escena donde debutó como periodista. Ahí
están Beto, Lucho y Memo con sus fines de semana vacíos de
132
emoción porque se mantienen sin un peso en el bolsillo y
tienen que quedarse guardados en la casa como las mucha-
chas feas, en vez de irse de parranda con las bonitas, como
lo desean ardientemente. Los de ella tampoco son unos fines
de semana extraordinarios. Sin embargo, no es aburrimiento
lo que la hace ir a amanecer a la Policlínica “para ver cómo
es eso allá”, sino la curiosidad sin ley que siempre la ha
dominado, una curiosidad que la despoja de toda vergüenza
y gracias a la cual puede participar, sin ser convidada, de la
primera salida nocturna por la ciudad en la serie de recorridos
sabatinos inventados por Beto, Lucho y Memo para hacerle
frente al desprograme, descubrir por ahí derecho la faceta
oscura de la urbe donde viven y anticiparse al conocimiento
de las cosas feas y sórdidas que tarde o temprano les mostrará
su futuro oficio de reporteros.
Dada su cercanía física e institucional con el Alma Mater,
la Policlínica Municipal ocupa el primer lugar del extenso
listado de sitios por visitar; solo dos cuadras la separan del
campus y el acceso está garantizado por ser parte del hospital
universitario. Sin embargo, las condiciones pensadas a favor
no facilitan para nada la aventura de Beto, Lucho, Memo y
Violeta. Una policlínica es para heridos y personal médico,
y ellos ni están heridos ni son estudiantes de medicina. “No
pueden entrar jovencitos”, les dice uno de los dos policías que
están parados en la puerta. El frenazo a la vehemencia puesta
en la misión apenas comenzando la jornada los deja cohibi-
dos y arroja el primer descubrimiento de la noche: la timidez
de los periodistas que se doma con el oficio así no alcance a
derrotarse del todo. Por esa noche le hacen frente echando
mano al nombre de don Alfonso Lopera, el ilustre profesor
fundador de la escuela de periodismo, a quien le endilgan el
reportaje que tienen que hacer sobre la vida de ese centro de
la tragedia urbana. Y los dejan entrar.
133
Los cuatro estudiantes han roto la barrera de los dos policías
pero renuncian a la intención de entrevistar a los representantes
de la autoridad, como manda la teoría periodística, tras concluir
“cómo vamos a enredarlos con preguntas después de que nos
dejaron entrar”, bastante atareados están los policías atajando
a los acompañantes de los heridos, a quienes obligan a esperar
afuera por noticias de los moribundos de adentro, en medio de
la frialdad de la noche que va metiéndose por la piel y contrae
el pecho, así como se contrae el alma con esa tormentosa es-
pera cuyo desenlace puede conducir a la dicha o el infortunio.
Aunque suene cruel, los acompañantes deben hacer lo que les
recalcan los policías “de puertas para adentro solo va el herido
con los más íntimos, máximo dos, los otros solo entran a verlo
si agoniza, y si se salva la visita es en el día y por la entrada
principal pues esta es para los casos de vida o muerte”.
Una vez adentro dan ganas de devolverse y permanecer en
la calle donde parece haber más acción con los familiares y los
amigos de los heridos, quienes se desahogan arrojando el relato
de su tragedia a los oídos del desconocido de al lado, también
ansioso por hablar de lo que acaba de pasarle. Sería más in-
teresante quedarse afuera en la calle que permanecer en la
dura banca de cemento forrada con baldosines desportillados,
los mismos baldosines con los que están forradas las paredes
de los corredores, helados y blancos, puestos por todas partes
como si aquello fuera un gigante baño público. Al frente de
la banca donde se han sentado Beto, Lucho, Memo y Violeta,
está la sala de primeros auxilios marcada como Urgencias. Por
ahora no hay movimiento. Sin embargo, perseveran. Valdrá
la pena. En la universidad les han dicho que a la medianoche
empieza el desfile de la desgracia; han oído que en ese centro
se reúne la tragedia que vive Medellín y que allí pueden ver
un claro y crudo ejemplo de la desdicha que caracteriza a los
134
pobres de los barrios arrinconados en las ciudades desiguales,
siempre iguales, de los países tercermundistas. Pero apenas
son las once. Y apenas van en la entrada de la sala de espera
de los acudientes a los que se les autoriza el ingreso. En un
televisor mudo que brota de la pared como si fuera una maceta,
continua el partido de fútbol Colombia-Argentina. Entra un
muchacho como de la edad de ellos, con la camisa empapada
de rojo por la espalda; pasa diciendo que Colombia está per-
diendo tres a cero porque la gente no está viendo ni oyendo
el partido; el que lo acompaña llora y, cuando las enfermeras
los reciben, les grita con angustia “¡A mi hermano le pegaron
un tiro! ¡Sálvenlo!”. Después del pequeño escándalo la acción
parece concentrarse en el corredor detrás de ellos, por donde
logran transitar, a pesar de tanto letrero prohibiendo el paso y
del vigilante que ataja a cuanto aliviado o ileso pretenda saltar
la barrera que él mismo marca con su presencia. Violeta le saca
partido a su acusada pinta de burguesita, de la que tanto la
acusan sus compañeros, y a su gusto por fumar, del que mu-
cho se queja el papá. Basta ofrecerle un cigarrillo al vigilante,
que se lo guarda en el bolsillo para fumarlo en el relevo de la
merienda. Él le da información y, además, la deja seguir a la
zona prohibida. Sin embargo, a ella le incomoda recorrerla
sola, no por temor sino por la lástima que le inspiran Beto,
Lucho y Memo, quienes la miran con cara de envidia cuando
se separa de ellos y al verla andando como si nada por el co-
rredor prohibido se sienten arrepentidos por lo que le dijeron
al encontrarse esa noche. Y como Violeta también tiene su
pecado que quiere reparar, se devuelve a hablar con el vigilante,
porque no es justo que los tres muchachos se lo pierdan, así
la hayan regañado y le hayan dicho cosas tan malucas por sus
areticas de oro y el anillito con el rubí regalo de los quince, las
botas de cuero del almacén del papá, la pañoletica de seda en
el cuello traída de Italia por la tía Margó y el suéter bogotano
135
colgado sobre los hombros, tan de moda, con todo lo que se
demoró escogiendo qué ponerse para una salida tan impor-
tante. Es que le parece oírlos “Ustedes las mujeres siempre tan
vacías aparentando”, le dijo el uno. “¿No le advertimos pues
que se viniera bien gamina? Apuesto a que ni sabe qué significa
eso”, dijo el otro. “Guarde ya mismo esas carajadas que se las
roban. Ni crea que nos vamos a pasar cuidándoselas. Ya es
suficiente tener que cargar con usted”, remató el tercero, a lo
que ella les contestó sin dejarse intimidar “a mí me enseñaron
así, donde sea pero no como una mica, la presencia es clave,
más en un periodista, y estamos practicando. Ya verán cómo
influye la presencia”, aunque de todas maneras se fue quitando
las areticas y el anillo pues “de verdad, qué pinta de malosos
hay por aquí, no quiero que me rapen mis alhajitas”, las que
volvió a ponerse cuando los dejaron entrar a la Policlínica,
las mismas en que reparó el vigilante y que lo impresionaron
tanto como la pinta de Violeta. No en vano le contestó “esa
es una muchachita de bien” al policía de la puerta cuando con
un gesto le reclamó por haberla dejado pasar a la zona prohi-
bida. La reacción de los muchachos al encontrarse esa noche
le sirvió a ella para comprender lo poco bienvenida que era
en su aventura antropológico-sociológico-periodística, como
la denominaban ellos. La hizo dudar. ¿Estaría mal haberme
incluido en este plan?, pensó. Pero ya estaba ahí y lo único
que podía hacer era sacarle jugo a la aventura, ser útil y no un
estorbo. Por eso se arriesgó a hacerle frente a la timidez y se le
acercó al vigilante Ramírez. Por eso se armó de más valor y de
palabras, abordó de nuevo a ese hombre con el apellido bor
dado en la tapa del bolsillo de la camisa de su uniforme de dril,
y le sacó el permiso para sus compañeros. Después de tantos
años le parece oír al vigilante Ramírez diciéndole “vea señorita,
hay noches en que los médicos y las enfermeras dejan la sala
de cuidados intensivos llena de pacientes y por la mañana la
136
encuentran vacía porque todos se han muerto”. Le parece
ver esa sala de observación quirúrgica al fondo del corredor
que él custodia, una sala sin paredes, de cortinas levantadas,
con la agonía de los moribundos expuesta. Puede recordar el
gesto de desagrado del vigilante diciéndole “a mí no me gusta
asomarme porque no se ven sino ojos entreabiertos y blancos
como entre la vida y la muerte”, explicándole que todos los
pacientes son iguales y que casi todos mueren semidesnudos,
contándole sin preguntarle que “en este momento hay un mu-
chacho con coma diabético que es un esqueleto, toda la gente
aquí es gente que se está muriendo”, diciéndole “¿y usted para
qué quiere ver eso señorita?”, “Es que voy a ser periodista”,
“¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con todo esto?”, “Pues todo. ¡En
esta ciudad tan violenta y con los periódicos y los noticieros
tan sensacionalistas que tenemos! Seguramente aquí voy a
venir a parar en busca de información”. Ella puede ver como
el vigilante Ramírez concluye el asunto con un contundente
“espere entonces a que le toque, ¿para qué adelantarse a ver
tragedias?”.
Ahora Violeta camina despacio por los corredores, con
Beto, Lucho y Memo, al lado, detrás y adelante. El lugar tiene
todo a su favor para verse como un hospital de guerra, y menos
dignidad que el más menesteroso centro de caridad del país
más pobretón. Aquí está la sala de los hombres. Allá la de las
mujeres. Ambas huelen a orines. Un médico se queja porque
en ese hospital lo peor son los olores, “huele a sangre, orines
y hasta a pecueca”, dice. Una paciente se queja del polvo que
opaca los vidrios de las ventanas y no deja ver nada “y uno en
este encierro tan berraco”. Está con las mujeres desnudas de
pieles blancas amoratadas por las golpizas de los maridos, los
amantes o los padres. La transparencia de una cortina cerrada
deja ver la sombra de una muchacha de espaldas; la angustia
de ella deja escuchar sus sollozos. ¿Y la sala de intoxicados
137
por qué está vacía? Porque en la ciudad hoy en día la bala,
el cuchillo y los golpes son los que someten la vida, no los
venenos, reservados a los suicidas que casi nunca alcanzan
a llegar al hospital. En la Central de Materiales, como reza
el ambicioso letrero pegado en la pared, una señora sin bata
blanca envuelve rollitos de gasa y los echa en frascos. Dobla
y dobla y al frasco. Sonríe a los visitantes. La primera sonrisa
de la jornada, quizá la única. En la sección de Ortopedia, una
pierna hueca de yeso espera el final de su destino recostada
en la caneca de la basura, y bolsas llenas de piedras sirven
de pesas para los fracturados. En todas las salas, las cobijas y
las sábanas exhiben sin vergüenza sus rotos y remiendos. En
cada rincón, las canecas de basura recogen y a la vez arrojan
yesos viejos y gasas tiesas secas y sucias. En algunas habita-
ciones colchonetas plásticas propias de un gimnasio cumplen
el papel de colchón en las camas y lucen tan fuera de lugar
como el monte de guantes limpios o las montañas de sábanas
sucias en algunas de las numerosas camillas del corredor. El
espacio abunda pero la avaricia con que debe ser aprovechado
en un hospital de guerra lo vuelve escaso. Camillas contra
las paredes les roban la amplitud a los corredores, camillas
arrinconadas para los pacientes que no caben en las piezas,
catres oxidados con pacientes soportando la exhibición de su
desgracia, como si fuera poco soportar las mangueritas trans-
parentes que sacan o entran lo que le sobra o le hace falta al
cuerpo, o las agujas clavadas en las venas regando suero por
esos cuerpos macilentos, temblorosos, lívidos, amarillentos,
desencajados, cadavéricos, como el del anciano flacuchento
de los calzoncillos sucios. Pacientes arrumados y uniformados
con descoloridas batas de hospital, verdecitas como sus rostros
pero que en vez de abrigar desnudan el cuerpo con su desca-
rada ausencia de botones y la frialdad del dacrón de que están
hechas en vez del cálido dulceabrigo de los pijamas decentes.
138
Debajo de las camillas abundan envases plásticos con restos
de la comida que entran los familiares porque en este hospital,
como el servicio es gratis, la comida es nula; se restituye la vida
con suero, pastillas, suturas y si es preciso sangre nueva, pero
para alimentarlos a todos no alcanza. En una de las camillas
del corredor está el joven del inicio, el del hermano baleado,
ahora más tranquilo, aunque sigue con los ojos mojados; está
sosteniendo con el brazo en alto el frasco de suero que le
han puesto a su hermano y tratando de creer que “él no se
va a morir”, como le dice el médico antes de alejarse por los
corredores mugrosos y bullosos donde un paciente se queja
porque su vecino es insoportable, pues todos los días viene a
visitarlo un amigo con una radio sintonizada en vallenatos y
las enfermeras no pueden obligarlo a apagarla desde que las
amenazó con un cuchillo. Enfermeras, practicantes, auxiliares,
internistas, médicos, internos, pacientes y acudientes ignoran
el insistente llamado al silencio de los avisos pegados en las
paredes. Vienen, pasan, están, van, se van, se alejan, miran,
ven, ven sin mirar. Médicos y enfermeras van con la mente más
allá del lado por donde pasan, más cerca del sitio para donde
van, no se quedan quietos aunque no van inquietos, tienen
la actitud tranquila de quien dice aquí no pasa nada, este es
el mundo normal, como si no oyeran o vieran lo que hay, o
vieran y oyeran otra cosa. Unos corredores, dos corredores,
tres corredores, un salón, otro y otro, piezas y más piezas con
enfermos que gritan, tosen, hablan, se quejan, sonríen, se ríen,
duermen, bostezan, despiertan, se tapan, lloran, reviven, se
mueren. Como muere el recorrido en el área de cirugía pues
allí el pasillo se vuelve oscuro y esconde un salón con tres
equipos de cirugía y médicos sudorosos que operan toda la
noche y hacen hasta treinta intervenciones en una jornada.
A una de esas salas se llevan al hermano baleado del joven
llorón a quien, como a Violeta, Beto, Lucho y Memo, le niegan
139
el acceso y también debe regresar al vestíbulo de espera. Se ha
puesto a chillar otra vez. Va gimiendo y lagrimeando por ese
corredor donde todos lo ignoran porque llorar es lo usual en
un sitio como este. Va sin limpiarse las lágrimas, con la ropa
ensangrentada de su hermano, enrollada y sostenida debajo
del brazo, una ropa que le ensucia la camisa azul clara mientras
camina delante de los cuatro estudiantes de periodismo que
han ido a conocer la Policlínica porque el objeto de estudio
de los periodistas es la realidad y en su ciudad y en el mundo
contemporáneo esta es sinónimo de tragedia, infamia y mal-
dad y es lo que más le interesa a los periódicos y los noticieros
donde aspiran trabajar.
Ya son las doce pasadas, el amanecer del sábado, ha em-
pezado otro día y ahí están los cuatro sentados otra vez en
la banca con los baldosines desportillados. Al frente, en otra
banca de cemento forrada con más baldosines blancos, una
muchacha de pelo crespo parece mirarlos fijamente, aferrada
a sus pensamientos que no son más que preocupación en esos
momentos. Porque aquí todos, a excepción de Violeta, Beto,
Lucho y Memo, están intranquilos, meditabundos, abstraídos,
pensativos, cabizbajos, alarmados. Mientras enreda sus dedos
en los rizos, la muchacha espera la llegada de su madre con
noticias. La señora aparece y le entrega un pijama enrollado,
también ensangrentado. Todavía no le han dicho si la hija se
salva del tiro que entró por la ventana cuando veían televisión
dentro de su casa y fue a dar a su estómago. Vuelve a irse para
Urgencias, a donde la han dejado entrar porque la situación
es grave y a las madres las acuden todos los derechos en todas
las situaciones, sean de vida o de muerte. Al ver a la señora,
ellos sienten ganas de ir detrás y echar un vistazo a la sala. La
muchacha los mira con extrañeza, parece preguntarse ¿qué
hacen estos aquí, por qué están tan tranquilos? También ella
está en pijama, una batica débil que tan solo le llega a la mi-
140
tad del muslo. El suéter de lana alcanza a disimular el escote,
esconde la sisa. En esa batica de flores menuditas se quedan
enredados los ojos de Violeta, en esas piernas gorditas los
de Beto, en esos pies desprendidos de las chanclas plásticas
los de Lucho, en esas uñas largas pintadas de morado los de
Memo, en esos dedos que enrollan y enrollan unos rizos que
ya están enrollados, los de todos. Como a muchos dolientes
allí, la urgencia de la muerte no le dio tiempo para cambiarse
antes de salir con el moribundo hacia el hospital en busca de la
vida. La muerte, cuando amenaza con la llegada, no respeta ni
considera a nadie; es más, puede aparecerse cargada de ironía
y burlarse de todos.
El recuerdo de la muchacha de los rizos llevan a la Violeta
de Nueva York a dar un salto de doce años y a verse también
en pijama, dejando a Iris agonizante en las Urgencias del Se-
guro Social, un hospital cerca de la Policlínica de Medellín, la
ciudad que estaba a punto de perder el control y donde más
caos reinaría, donde la tragedia iba a ensañarse por igual con
desvalidos y no desvalidos, a buscar la noche para arremeter,
a aprovechar la indefensión para atacar, a sorprender a sus
víctimas a oscuras e inermes, a meterse sin escrúpulos en la
cama de los honestos y los ingenuos, rompiendo la privacidad
del acto de dormir, destrozando sus cuerpos, sus casas y por ahí
derecho sus vidas, como estaba escrito que quedaría estropeada
la vida de Violeta con los carro bomba de los noventa.
Ahora ella retrocede de nuevo en sus recuerdos y puede
ver a Beto susurrando “se murió la muchacha”; él ha visto que
a la muchacha de los rizos se le acercó la mamá muy alarmada
porque la hija herida ya no está en Urgencias. Lucho supone
“o la mandarían para cirugía”. Los cuatro se asoman a la puer-
ta de la sala, estorban como los dolientes allí parados, aunque
no son dolientes. Oyen por encima de sus hombros una voz
que grita “¡Este es mi hermano! ¡Lo hirieron en una pelea!
141
¡No lo dejen morir!” y ven que después de entregar su herido
a las enfermeras se agacha a llorar en el piso. Ellos lo miran,
se observan, pero su atención la acapara el ecuatoriano que
entra contando que vino a Medellín a comprar ropa para
revender en su país pero fue acuchillado porque no quería
dejarse robar la mercancía. La mujer del delantal de cuadritos
persigue al señor con un trapeador enrojecido que, de tanto
luchar con la sangre para que no se apodere de las baldosas,
desvirtúa el color mugrientamente gris de los traperos. Roja
es la sangre, grises los rostros de los heridos que llegan. Después
del extranjero entra una muchacha con el torso teñido de ese
color invariable que va cansando los ojos de Violeta; va sin
blusa, con una toalla la mamá trata de protegerle la desnudez
de los senos; como la mayoría, escasamente alcanzó a echarle
mano a una toalla para hacerle frente a la escandalosa e in-
controlable sangre, presagio de lo malo. Detrás de la muchacha
viene una señora sosteniendo la mano de su hijo para que no
se desprenda de la muñeca. La mano está a punto de caerse.
Ambos, madre e hijo, van sin el llanto, la angustia y la histé-
rica gritería que traen consigo quienes llegan al lugar. Mientras
le dan entrada a la congestionada sala de Urgencias, la seño-
ra se arrima a la poceta que hay al lado de la puerta. También
le han dicho los policías a su hijo, como a todos los heridos al
entrar, que “primero tiene que lavarse si quiere que lo cosan”.
Con ternura y esmero la mujer lava la mano semiamputada
que sostiene entre las suyas. Es una joya, parece decir, y hay
que salvarla. El agua no da abasto con la sangre que brota
furiosa, arrebatada. Tampoco dan abasto adentro los médicos
y las enfermeras; mucho menos la mujer que de guantes, de-
lantal y botas de plástico negro, como de peón, arroja baldados
de agua a las mesas de cemento cada vez que retiran un heri-
do, unas mesas forradas en más y más baldosines blancos. La
sangre lavada chorrea intensa por esas mesas-camillas, se va
142
aclarando al llegar al piso donde, ya sin tanto arrebato, se
pierde por el desagüe del centro del salón. Cuando las mesas
recuperan su blancura puede pasar el siguiente. El sitio pare-
ce un enorme baño colectivo a donde llega el baño de sangre
de la ciudad. Allí no hay camillas ni sábanas. Tampoco enfer-
mos o convalecientes afectados por una falla natural del or-
ganismo. Solo heridos. Accidentados, golpeados, mutilados,
lastimados, aporreados, lesionados, atropellados, baleados,
atacados y atracados, hombres y mujeres agredidos con fero-
cidad en una ciudad que niega la guerra en que vive, hombres
y mujeres balanceándose entre la vida y la muerte como se
balancea la mano semiamputada del muchacho; hombres y
mujeres conmocionados por el exceso de crueldad del que han
sido víctimas en esa ciudad atroz, bestial, salvaje, brutal, bár-
bara, del siglo xx, donde los habitantes pudientes se escudan
en el desconocimiento de los que tuvieron la desgracia de ser
pobres e ignorantes y vivir en los barrios populares ubicados
en la parte alta de la ciudad. Asomados a la puerta de una sala
de urgencias de un policlínico, Violeta, Memo, Lucho y Beto
ven por primera vez el otro mundo que existe en su ciudad,
aunque está situado en las lomas detrás de su querida y pres-
tigiosa Alma Máter. Ahí parados conocen el olor de la sangre,
más insoportable por la desolación y la congoja que produce
que por el olor mismo. Memo sucumbe y prefiere regresar a la
dureza del asiento de cemento del vestíbulo. También Violeta,
a quien las escenas vistas la llevan a su última temporada en
Campoalegre cuando metió los deditos en los orificios de los
balazos del tío Ramón y conoció la muerte, lejos de su casa,
sola con Julián. El recuerdo de ese suceso de la infancia cae
encima de ella y corta su nexo con el presente, en el instante
en que el médico de las gafitas redondas exclama “¡Pero qué
es esto! ¡Parecemos en guerra!”, pues sin acabar de rematar
las costuras en el abdomen de su paciente, y sin que la mujer
143
con pinta de peón haya echado los baldados de agua, ha en-
trado el de la mano semiamputada y se le ha parado al lado
en espera de su turno, como le indicó la enfermera que le
permitió entrar ante la insistencia de la madre, que está ahí
metida también porque, aunque ilesa, lleva el corazón roto y
debe seguir sosteniendo esa mano que se niega a dejar el bra-
zo al que pertenece, como se negaba Violeta a sacar sus dedi-
tos cuando Iris le dijo “ya está muerto”, y ella tuvo que acep-
tar que era inútil seguir luchando contra la rebeldía de ese
líquido tibio, liso, que se inauguraba en su tacto, como lo ha
escrito la misma Violeta en el avión. Como esa vez, ahora ella
quisiera llorar gritando ante las escenas de la Policlínica pero
ya no tiene siete años sino veinte, ni están en la oscuridad de
la entrada de una finca con el ruido de los cocuyos sino bajo
las lámparas de luz blanca y en medio de la algarabía de tantos
dolientes que, a diferencia de ella ahora, pueden perder el
control y llorar porque tienen razón evidente para hacerlo.
Claro que de asistirle el derecho a las lágrimas, Violeta tendría
que abstenerse. De pronto reaparece el ataque de tos que le
quedó desde la temporada en Campoalegre, que ni la deja
llorar ni se cura del todo a pesar de tantos años como han
pasado. Le gustaría derramar tantas lágrimas como el agua que
lanza la mujer con pinta de peón para que como el agua a la
sangre, sus lágrimas laven la sensación que se despierta al
evocar al tío que desde aquella noche no pudo seguir sentán-
dose en el corredor después de comer para fumar su pipa, oír
las chicharras y sobarle la cabeza al pastor alemán; la sensación
de tener el estómago reventado por dentro, una sensación que
seguramente sus lágrimas ahogarían junto a la tos que detiene
su llanto; una sensación que le reitera el inconcluso capítulo
de la infancia que se abrió con aquel asesinato, insignificante
partícula de polvo frente a los miles de homicidios que han
ocurrido, ocurren y ocurrirán en esa ciudad del crimen, en ese
país del atropello diario a la vida, en el sangriento mundo
144
civilizado, apenas uno de los millones y millones que han
ocurrido por décadas, centurias y siglos en el planeta Tierra,
pero el único en su familia, tan potente como para joderle la
vida y todo por haber estado ese día en Campoalegre, y no en
su casa. Allí, en su casa, anheló refugiarse la noche de la Po-
liclínica después de las cosas vistas, verse metida en su cama
devorando novelas hasta el amanecer del domingo como todos
los sábados, en vez de seguir viendo al doctor de gafitas, con
su brazo lleno de una sangre que ya había rebasado el guante,
las mangas de su bata blanca e iba más arriba del codo; el
doctor que se carcajeaba como los otros en la sala de Urgencias,
como las enfermeras, como todos los noveleros en la puerta,
porque el borracho al que el médico calvito estaba cosiendo
empezó a gritar “auxilio, este doctor me quitó la vista” cuan-
do la auxiliar le puso un trapo encima de la cara para que no
mirara el brazo que era objeto de sutura y porque no hacía
caso al reiterado “estate quieto hombre para poderte coser”.
El de las gafitas se reía mientras atendía al semiamputado, por
fin acostado con su mano descansando en la bandeja metáli-
ca; cuando dejó de reírse se concentró en su paciente y le dijo
“eavemaría mijo, quién le dio este machetazo tan tremendo”
y el muchacho contestó “en una pelea” y se quedó mirando la
mano que la enfermera le tomó con tanto cuidado y le puso
en la bandeja cuya frialdad el muchacho intuyó pero no sintió;
luego buscó en la puerta la dulzura del rostro de su madre, a
quien habían hecho salir, pero no la encontró porque ella
estaba en la poceta tratando de quitarse las manchas de las
rodillas y de las mangas del suéter; ella estaba peleando con
esa sangre reseca mientras decía al vacío, como si conversara
con alguien “no me explico cómo pasó todo, ojalá esa mano
se quede otra vez pegada del brazo, ese médico se ve tan joven”.
Ya el palito más corto del reloj está en la una y el más
largo en el cinco y el segundero en ninguna parte porque
145
sencillamente no lo tiene, porque así son los relojes baratos de
publicidad de laboratorio que están pegados en todas las salas
de la Policlínica, los relojes que desesperan a los que esperan
y alientan a los médicos pues van a ser las dos, la hora en que
tienden a calmarse las cosas y ellos pueden retirarse a la salita
de descanso para echarse un sueñito y aislarse por un momento
de la fatigante sección de Urgencias, sin temer a la salida el
encuentro con las señoras que se lanzan a preguntar por sus
heridos cada vez que ven aparecer a un hombre de bata blanca
ensangrentada y con un estetoscopio en el cuello.
Beto y Lucho han vuelto diciendo que “las mujeres son más
guapas que los hombres, se quedan calladas y no se quejan tan
seguido ni piden pastillas para el dolor”. Memo se ha levantado,
está parado a unos pasos de ellos, junto a la puerta principal;
con las manos en los bolsillos mira pensativo hacia la calle. El
joven del inicio, el del hermano baleado, ya no llora. Mira a
todos lados y sigue con la ropa enrollada y manchada debajo
del brazo. Violeta tiene las manos apretadas en las mangas es-
tiradas del buzo que se ha puesto ante el frío del amanecer. Los
pacientes en las camillas del corredor siguen desvelados a causa
del trajín ocasionado por los que continúan llegando a Urgen-
cias. Uno que se come las uñas no quita la vista del vestíbulo.
Otro levanta la cabeza, mira hacia allá y pregunta “cuándo van
a dejar de traer tanto herido pues”. Sin embargo, ninguno se
queja por la bulla. Saben que el sueño, temporal o definitivo,
finalmente los vencerá. Además, como dicen los familiares, pese
a todas las incomodidades, la ventaja de la Policlínica es que
no cobran la entrada, “primero que todo atienden al herido, ¿y
así quién reclama?”. Aun así, Beto asegura que la gente allí “se
muere sin dignidad y eso es peor que si cobraran” y por eso ya
quiere marcharse. Lucho le hace caer en cuenta de que si bien
la muerte ha estado rozándolos toda la noche hasta ahora no
les ha tocado un muerto, “y yo sí quisiera ver uno”. Memo los
146
interrumpe, “ahí viene otro, y peor”, dice alarmado quitándose
de la entrada. “¿Sí lo ven? Por esa ventana. El de la camiseta
roja. ¡Miren! ¡Y está caminando con ese cuchillo enterrado
en la cabeza!”. Violeta oprime sus manos enrolladas en las
mangas de su lanudo suéter bogotano. Sin embargo, también
voltea a mirar al hombre del cuchillo, quien entra en medio de
la gritería del tumulto formado por curiosos y acompañantes
que todavía, a esa hora, esperan afuera. No es camiseta roja lo
que trae puesto. Es el cuello, los hombros, los brazos, el pecho
y la espalda forrados en la sangre, ya seca en parte, que le ha
chorreado desde el punto en el cual se ve el mango del arma que
trae clavada en la parte trasera de su cabeza, una cabeza rapada
que hace más evidente, contundente, creíble, el cuchillo que ha
sido descargado en ella. El hombre va arrastrando los pies. Las
pulcras baldosas blancas inevitablemente son manchadas por
las gotas de sangre que persigue, incansable, con su trapero, la
mujer del delantal de cuadritos. El hombre va cual espíritu que
transita por otro mundo, llevado de cada mano por dos mujeres,
una joven y otra mayor, la novia y la madre, ambas llorando en
silencio, la una con la pestañina negra regada por las mejillas, la
otra con el borde de las enaguas rosaditas saliendo por debajo
de su falda, ambas con la otra mano ocupada en limpiar con
sendas toallas la sangre que baña al novio, al hijo, a ese hombre
de rostro verdusco por la palidez que pasa derecho a la sala de
Urgencias sin necesidad de lavarse “si quiere que lo cosan”
como le advirtieron los policías a la entrada, esos policías que
no distinguen entre los heridos leves, los graves y los muertos
en vida como este que está muriendo de pie de la mano de su
madre, quien luego de entregarlo a las enfermeras se sienta a
rezar en una de las bancas de granito y al momentico es lla-
mada, regresa llorando a gritos y es conducida por el vigilante
Ramírez hacia el único consultorio existente en Urgencias
147
porque “a la señora se le murió el hijo y merece consideración”,
pero también porque hay que guardar silencio pues van a ser
las dos de la mañana y es hora de que los enfermos descansen
como ya ha descansado el hombre del cuchillo en la cabeza
que les ha mostrado a Beto, a Lucho, a Memo y a Violeta la
muerte en sus narices en el momento en que se quejaban por
no haberla conocido, un muerto andante que los ha dejado
tan estremecidos como al principio de su jornada, justo cuando
empezaban a acostumbrarse a las escenas de la Policlínica,
cuando el impacto por ellas empezaba a transformárseles en
curiosidad, una curiosidad que se va extinguiendo afuera y
adentro. Apenas rondan el lugar los que no se atreven a mar
charse, como si en su presencia los destinados a morirse esta
madrugada pudieran ampararse y cambiar su destino; uno que
otro acudiente se asoma esporádicamente a la sala de Urgen-
cias. De allí sale el médico de las gafitas, con las manos limpias
y diciendo que tiene hambre. Al ver a los cuatro estudiantes
de periodismo ahí sentados les pregunta qué es lo que están
haciendo. Al saberlo les dice “lástima que no les haya tocado
ver un show para que hubiera valido la pena la venida”, y
sonríe, segunda y última sonrisa de la noche después de la
de la mujer de los rollitos de gasa en los frascos. El doctor de
las gafitas se aleja por el corredor deshaciéndose de la bata
manchada que una enfermera le recibe antes de que se entre
para la sala de los médicos, donde lo esperan otros que están
comiendo sánduches y tomando leche tan blanca como la
banca de baldosín que Beto, Lucho, Memo y Violeta deciden
abandonar porque, así como los médicos, para ellos ha llegado
la hora de dejar atrás los asuntos despachados.
Ahora van por la calle con Memo diciendo “cómo les
dará de frío a las muchachas heridas desnudas en las mesas
y camillas”, Beto regañándolo porque es un mirón y Lucho
diciendo que hubo cosas más impresionantes “¿O no Violeti-
148
ca? ¿A usted cómo le pareció todo? Usted que insistió tanto
en pegarse al programa. ¿Se apunta para el próximo?”. Ella se
contesta a sí misma “ni invitada, no señores, muchas gracias,
suficiente ilustración en una noche, para qué anticiparme a ir
a una guerra en la que todavía no me toca entrar, ya llegará el
empleo de periodista y seguramente tendré para rato”, luego
le responde “en adelante evitaré participar en estas salidas
nocturnas”, y antes de montarse al taxi agrega “por ahora
seguiré metida los sábados en mi cuarto tragando novelas de
Virginia Woolf, cuentos de Catherine Mansfield y galletas con
mermelada. ¿Puede haber un mejor programa de fin de semana
para alguien como yo?”. De esa manera la jovencita se marcha
sin intuir que al otro día Eva Muñoz, Iris, la mamá, el papá,
Teresa, todos estarán diciéndole “bruta, cómo se te ocurrió
meterte allá”, se marcha sin dejarse invitar al ron que los mu-
chachos ansían sentir pasar por sus gargantas para desatorar
las ineludibles emociones que llevan adentro.
Un trago así necesitaría Violeta cada vez que salen a flote
ciertas historias de su pasado, historias que, pese a todo, ella
quiere recordar, debe traer al presente, así sienta que le apri-
sionan el estómago y las lágrimas amenacen con el ahogo, así
aparezcan escenas como la de la Policlínica que se han apode-
rado de ella en esta tarde en Central Park donde finalmente
el frío vientecito del otoño desprende las hojas de los árboles,
las hace revolotear, caer sutilmente encima de la cabeza y
de los hombros de Violeta, unas hojitas que le hacen tomar
conciencia de nuevo del tiempo y el espacio en que se halla,
de la banca en la que está sentada. Hojas naranja, amarillas,
moradas, cobre, bronce, rojizas debutan ante ella, le hacen co-
nocer el otoño, la estación de la melancolía y la reconciliación,
la estación que exhibe lo que fue, lo que ya se va y augura lo
que vendrá; el último revoloteo de la naturaleza, antes de su
pacificación en la quietud y la ausencia de color del invierno.
149
Hojas naranja, amarillas, moradas, cobre, bronce, rojizas tocan
los dedos de Violeta, caen a sus pies, se quedan en su regazo;
tapan el cemento del sendero, lo tiñen de nostálgicos colores;
crujen bajo los zapatos de los dos hombres que pasan, los dos
hombres que van tomados de la mano, los dos hombres rapa
dos como el del cuchillo en la cabeza al que no desea recordar
más, ya no más, por eso es mejor cerrar los ojos.
La oscuridad en los ojos es fuego que no quema, es un sol
que no encandila ni enceguece, un mundo luminoso. Es men-
tira que sea negrura lo que vemos cuando cerramos los ojos
a la luz del día. En medio de ese fuego sin llamas de los ojos
cerrados de Violeta brotan los dos hombres que acaba de ver
caminando de la mano por el sendero de hojas. Luego se trans-
forman en José Luis y Marcelo que van abrazados; cuando se
besan surge la necesidad de abandonarlos. Los ojos de Violeta
dejan el fuego, se encuentran con los dos rapados del sendero
que ahora se han detenido y se abrazan. Van a darse un beso,
allí recostados en el tronco del árbol. Pero ella tampoco desea
verlos. Así serán José Luis y Marcelo. Seguramente. Sería como
verlos a ellos. Mirar hacia otro lado deja riesgos, tentaciones.
Es necesario cerrar los ojos otra vez, cegarlos mientras pasa
el beso, regresar al mundo luminoso, ese mundo de fuego
inocuo que impone sus imágenes, que de pronto le muestra
a un Marcelo besándola a ella y no a José Luis. Sus labios se
humedecen en los de él, jóvenes, mucho más que los suyos; su
boca se pierde en esos labios voluptuosos, espesos, carnosos de
él, los disfruta, pero no los siente con tanta intensidad como
el vacío que se apodera de su abdomen, la debilidad en la pel-
vis, el hormigueo en el pubis, sensaciones que le enrojecen el
rostro de vergüenza ante sí misma por lo que está pensando.
Por eso Violeta abre los ojos, deja la banca de madera y em-
pieza a caminar por el sendero de hojas en sentido contrario
al de los dos hombres. El reguero rojizo de hojas en nada se
150
parece al reguero de sangre por la calle de Remedios cuando
los paramilitares mataron a los cuarenta y cinco mineros que
tenían más simpatía con la guerrilla que con ellos. Sin embar-
go, le hace recordar el que fuera su último cubrimiento como
enviada especial. Cierre con broche de oro para seis años de
corresponsalía en el gran diario nacional. Mientras camina
pisando unas hojas que crujen como si las estuviera lastimando
con sus pasos y se quejaran, ella se ve sentada en una acera de
Remedios con el exceso de sangre a sus pies, soportando un
calor pegotudo y dañino, esperando a que llegue el fotógrafo
con las tomas de los masacrados, preguntándose “cómo fue
capaz este desgraciado de pisar la sangre de los muertos”, pen-
sando “qué oficio más denigrante”, dudando, porque si no va
a ver la escena del crimen “cómo voy a escribir sobre eso si es
justamente lo que más le interesa al periódico”, diciéndose “que
coman mierda, yo ya estoy afuera, que agradezcan el favor que
les hago viniendo hasta aquí”; recriminándose “porque otro
sábado le ha quedado mal a Luciano, en la primera salida solo
de su vida y lo ha dejado con las ganas de que lo vieran llegar al
baile vespertino con una pelirroja en auto”; pensando “en que
al día siguiente le incumplirá, además, a Iris y a sus padres con
la vuelta a Oriente, programada para celebrar la liberación de
un oficio que preocupa a una familia entera y pone en riesgo
la vida de uno de sus miembros”. Ella puede evocar también
la noche en el hotel de Remedios cuando hizo a un lado la
preocupación por la tos que le genera el acto de llorar y con
todas las ganas lloró por los muertos a los que finalmente no
fue capaz de ir a ver, pero sobre todo por su salida del periódico
que desde el lunes siguiente le impediría volver a la redacción
y dejaría sepultado el oficio con el cual había soñado; la tos
traspasó las paredes de la pieza, alarmó a la dueña del hotel y
le dejó la garganta irritada, pero a ella no le importó ahogarse
con esa bendita tos.
151
El otoño va, trae y lleva vientos amenazantes, hojas por
todas partes y al mismo tiempo malos recuerdos en esa mente
de Violeta que por estos días hila los episodios que las circuns-
tancias despiertan en su memoria, especialmente durante las
jornadas de reflexión e inspiración que cumple en Central
Park como parte de la disciplina impuesta para poder escribir
la anhelada novela.
La conmovedora estación se estrena ante los ojos de ella
con evocadoras hojas rojas, rojas como su pelo y rojas como la
sangre que escolta a la muerte, rojas pero hermosas, coloridas
y descoloridas a la vez, extraviadas del verde original, hojas
que ella recoge con sus manos para creer que son verdad y
que se le deshacen en los dedos, hojas que revientan bajo sus
zapatos, que resisten el ventarrón pero finalmente renuncian
a las ramas de los árboles y deshidratadas yacen arrumadas
por las máquinas sopladoras junto a los troncos de los árboles,
amontonadas como los guantes limpios y las sábanas sucias
de las camillas de la Policlínica Municipal veinte años atrás,
como los pacientes en los corredores. Las mangueras gruesas
de las máquinas botan aire, en vez de agua, barren pero no
lavan y, sin embargo, le recuerdan a Violeta las mangueras de
los bomberos de Remedios que llegaron a darle duro a la calle
cuando ella estaba sentada en el borde de la acera, esos hom-
bres que a su vez le despertaron la imagen perdida de la mujer
con pinta de peón que con sus baldados de agua golpeaba las
mesas de la Policlínica hasta provocar en los baldosines blan-
cos una mudanza similar a la que tuvo el asfalto de la calle de
Remedios con los chorrazos de agua turbia (porque turbia es
el agua en muchos pueblos pobres de Colombia) con los que
los bomberos lavaron las huellas de la sevicia, unos chorrazos
que rescataron la calle gris ensangrentada y que también le
hicieron recordar a Violeta la manguera con la cual ella y Julián
lavaron la sangre derramada en la tierra por el tío Ramón al
152
otro día del asesinato. Cada suceso diferente pero parecido
hace inevitable entrelazar una cosa con la otra y con la otra.
Los recuerdos golpean duro, tan duro que le congestionan el
pecho a Violeta y la hacen llorar. Sus lágrimas logran liberarse
pero son castigadas con la bendita tos, una tos que la hace
sentarse de nuevo en una de las bancas del parque y detener
su camino hacia el apartamento de su hermano que queda al
cruzar la avenida. Se siente desgraciada de llevar la desgracia
en el corazón, de tenerla sembrada en su inconsciente, un
inconsciente que conspira contra ella y ataca peor que las man
gueras sopladoras que le traen más recuerdos y finalmente le
sacan el de los bomberos de Medellín doblegando el fuego en su
casa, las llamas vomitadas por el carro lleno de explosivos que
mató a Iris y a Luciano y no a los policías al que iba dirigido.
La furia del episodio recordado le impide doblegar las lágrimas.
Violeta ya no puede obligarlas a que se queden apretando en
su pecho, ellas brotan por sus ojos, ruedan por sus mejillas hasta
que se las lleva el ventarrón con las hojas coloradas. Ella llora sin
control olvidándose que ello puede costarle la tos que la ahoga
cuando lo hace, esa tos que la regresa a la asfixia sufrida por
el humo del incendio después de la explosión, el humo mortal
en medio del cual se fueron Iris y Luciano que no tenían culpa
alguna, como tampoco la tenían los desdichados de Remedios
y de la Policlínica, ni la tuvo el tío Ramón, ni la tienen millo
nes de seres en el mundo que mueren como unos miserables
sin haberlo sido en vida.
Violeta lucha con la terquedad de sus lágrimas y con la re-
beldía de su tos, resiste hasta que se calman. Intuye que tendrá
otra oportunidad, la está buscando y la tiene que encontrar así
vaya a cumplir cuarenta, se haya quedado sin empleo, hace
años no se enamore, acabe de llegar a Estados Unidos y esté
descubriendo que tampoco esto es el paraíso porque el mis
mo sencillamente no existe. Aplacadas tanto las emociones
153
como el viento, se levanta nuevamente de la banca y da por
concluida la jornada.
Camina rápido, huyéndole a la oscuridad que se anuncia
en el cielo incoloro y a los recuerdos que la asaltan cuando
menos se piensa. Va con las manos apretadas en las mangas
estiradas del suéter para tibiarse los dedos en su mullida lana,
en busca de un calor para todo su cuerpo en el apartamento
de su lejano hermano que ha tenido la suerte de saber que
quería ser músico, haberlo hecho y sentirse realizado por eso, de
conformarse con la vida que le asignó el destino y no padecer
una incertidumbre como la de ella, que tiene que andar por
el mundo con una vida inmerecida, lidiando para que tantas
penas y problemas no le arrebaten del todo sus sueños, una
vida ensombrecida pero quizás a punto de aclararse.
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6
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seguro le inyectaron alcohol, sustancia supremamen-
te perjudicial para los felinos. Yo le creo. Marco Polo
no recibía comida de extraños. Si la querían matar,
era la única manera. La debieron coger a la fuerza
porque también era esquiva. Me pregunto quiénes
habrán podido hacerle eso. Se lo hicieron a ella y me
lo hicieron a mí. Era mi única compañía. Ya te ima-
ginarás cómo me siento. Ahora no está ella ni estás
tú. Claro que tú sigues viva y debes estar ahí detrás
de la pantalla. Bueno. Solo quería enterarte. Luego
te escribo con detalle, cuando esté más animada. ¿Sí
te estás cuidando? Es lo obligado después de esas dos
bronquitis tan seguidas. ¿Cómo te va con el inglés?
Recuerda que una lengua se aprende viviéndola,
más útil que estudiar es tener contacto con la gente.
Así lo aprendí yo en esas calles de Manhattan de las
que siempre tendré nostalgia. Disfrútalas por mí. Un
abrazo. Eva.
Marco Polo llegó a la vida de Eva Muñoz gracias a una
tarde de fútbol dominical en la que ella se descubrió sentada
en la gradería del estadio Atanasio Girardot corrigiendo los
exámenes de sus estudiantes en medio de los gritos, los silbi-
dos, los insultos y las alabanzas que miles de hinchas, entre
ellos su marido, mandaban a los jugadores del Deportivo In-
dependiente Medellín y del Nacional. “¿Qué estoy haciendo
yo aquí sentada al lado de este idiota si en realidad no lo amo
tanto como para aguantármelo con su estúpido fútbol?”, se
dijo avergonzada. “¡Yo!, que no tengo ni quiero hijos con él ni
con ninguno y todavía puedo levantarme un amante con quien
pichar si me dan ganas. ¡Yo!, que me gradué en la mejor escuela
de periodismo del mundo, fui corresponsal internacional y
puedo leerme hasta cuatro libros por semana”. A la semana
siguiente arrendó un apartamento para él, le ayudó a empacar
las maletas y se compró una gata, una gata porque estaba claro
que en adelante jamás compartiría su vida, y su apartamento,
156
con macho alguno, fuera de la especie que fuera; una gata a
la que sin embargo le puso el nombre de Marco Polo, porque
el viajero veneciano era el héroe de su vida, y al menos ese
derecho le quedaba ya que el hombre de su vida no existía.
—¿Por qué no la puso Policarpa? También da la idea de
heroísmo y fortaleza. Así habría honrado además a los héroes
colombianos –dijo Violeta cuando su profe le presentó a Mar-
co Polo y, sin que se lo hubiera pedido, empezó a justificar el
nombre que le había puesto al animal.
En vez de molestarse con la observación, Eva la acogió. Du-
rante varios días ensayó llamando Policarpa a su mascota, pero
esta ni se inmutaba. No se dejó quitar el nombre masculino,
aunque por encima y por su manera de ser dejaba presentir
que era una gata.
—Yo era como tú. Me fastidiaban los gatos –le explicó
Eva–. El gusto por ellos se me pegó de los gringos con los
que viví. ¡A donde fueres haz lo que vieres! –y al decir esto
afloró la sonrisa con la que solía rematar sus ocurrencias,
una sonrisa de muchachita feliz que le rebajaba años cuando
se apropiaba de su rostro, y que se convertía en una risa de
júbilo, algo ruidosa, cuando se celebraba los apuntes irónicos
o chistosos en sus clases.
—Disculpa, yo sé que no hay por dónde caminar pero es que
un periodista debe tener el mundo en la cabeza, y el mundo
está afuera pero también en los libros, y más resumido, por
fortuna. Aunque no parece, ¿no?
Violeta había ido por el libro que Eva iba a prestarle. Aque-
lla fue su primera visita a la profe. De ahí en adelante serían
incontables las veces que recorrería ese pasillo oscurecido por
las estanterías. Desde la entrada hasta la sala, pies, piernas y
codos se tropezaban con libros, revistas y periódicos dejados
al azar; la presencia de estos proclamaba que el apartamento
se había quedado pequeño para albergarlos a todos y que el
tiempo de Eva era escaso para ordenarlos.
157
—Aquí hay una silla sin pelos. Marco Polo solo se sienta
conmigo en el sofá. Ella no puede evitar dejar pelos por donde
pasa. Sin embargo, es más ordenada y limpia que yo. Espero
aprenderle algún día. Si me enseña, claro está, pero no la he
visto muy dispuesta –y sonrió de nuevo.
En realidad el sitio se veía aseado, no olía mal y todo lo
demás estaba en su lugar.
—Ya te tengo ubicado el diario de Virginia Woolf. No creas
que tienes que buscarlo en este revoltijo. Si te gusta otro tam-
bién te lo presto. Y si necesitas gafas, cuenta con ellas –agregó
al notar que Violeta se fijaba en los tres pares que había en la
mesita auxiliar–. Te voy a traer un vaso de leche con galletas.
La gata miró a Violeta, luego brincó del sofá hacía su ama y
la alcanzó en la puerta de la cocina. Al sentirla en sus tobillos,
Eva le dijo:
—¡Qué dicha esta visita que vinieron a hacernos Marco
Polo! Ya verás cómo conversa de bueno esta chica. Parece de
mi edad.
Se trataban desde hacía un par de semestres. Dos más le
faltaban aún a Violeta para llegar a los cursos de la profesora
más apetecida de la facultad. Sin embargo, ya se consideraba su
discípula. Se habían conocido en la matrícula para el segundo
semestre cuando, ya superada la condición de primípara, le fue
asignado el tutor permanente y resultó ser Eva.
Al ver su cinco en Fundamentos de Matemáticas, materia
que debían cursar los estudiantes nuevos de Comunicación
Social, Eva quiso convencerla de que cambiara de carrera.
—¿Qué tal Ingeniería de Sistemas? Con el futuro que van a
tener los ordenadores te puedes tapar de plata. Aquí el perio-
dismo es muy mal pagado, gana más una secretaria, mientras
que a los ingenieros hasta les dicen doctores sin serlo. Y viven
más tranquilos. En cambio un periodista... Ni para qué te digo.
—No, dígame, un periodista qué.
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—Está condenado a saber todo lo malo que pasa a su alre-
dedor. Como dicen por ahí, a entrar en el campo de batalla,
en las guerras, sin ser soldado. Y a escribir sobre ello señorita,
y no de cualquier manera, sino respetando el idioma, conciso,
claro y contra el tiempo, sin inventar nada, sin usar trucos. Y
para acabar de ajustar, esos sueldos de miseria.
—¿Por qué escogió usted la carrera entonces?
—Porque odiaba las matemáticas. Pero de eso tú parece
que no sabes.
—Yo ni las odio ni las quiero.
—¿Te son indiferentes? No te creo. ¡Con esa calificación!
—Me divierto con ellas, pero sé que pueden volverse
aburridas. Y una carrera es para toda la vida, ¿o no? A las
matemáticas, y a gente como usted que las odia, le debo los
primeros pesos que me gané y las únicas clases que he dictado
y dictaré en mi vida. Cómo le parece que en sexto la profe de
cálculo me dejó de reemplazo mientras se hacía la quimiote-
rapia. Pero qué cosa tan difícil es enseñar algo que uno sabe
muy bien, a alguien que no lo sabe, ¿cierto?
—No, si se está dispuesto a aprender.
—Pues mis compañeras y el hijo de la vecina al que le daba
clases particulares estaban cerrados y trancados con candado.
Les impedí perder el año, pero casi lo pierdo yo. ¡Me iban a
enloquecer!
Eva le dio la opción de esperar hasta el otro día para que
hablara esa noche con sus padres sobre el cambio de carrera.
—No profe, aquí no hay nada que consultar, esa es una
decisión mía y ya está muy clara. ¿Usted cree que yo voy
a desperdiciar mi cociente intelectual estudiando ingeniería en
vez de una carrera de humanidades? Saqué ciento veintisiete.
¡Imagínese! Los genios se ubican en ciento cincuenta y los
normales en cien. Estoy más cerca de los primeros.
159
—¿Y cuando te hicieron la prueba no te aclararon que el tal
coeficiente no mide todas las capacidades ni garantiza alcanzar
la felicidad, mantener la cordura o lograr mayor crecimiento
espiritual? Puede importar menos que el carácter y uno muy
alto puede hacer de una persona un fracaso.
—¡No! ¿Cómo así? Y entonces por qué le hacen a uno eso
en el colegio.
—Cosas de la educación. Mira, lo normal es setenta y cinco
por ciento. Cincuenta sería suficiente para ser exitoso. La his-
toria está llena de personas con capacidad intelectual limitada
y que sin embargo han hecho cosas importantes.
—Ay bueno profe, ya, más inteligente o menos inteligente,
el hecho es que yo ya pasé el primer semestre, así que deme
por favor el formulario con las materias que vea la fila de es
tudiantes que tiene esperando en la puerta.
—¿Por qué escogiste periodismo?
—Para poder ser escritora y conocer el mundo. Es la pro-
fesión más parecida a eso. ¿O no?
—¡Y Español y Literatura! ¿No te gusta?
—Yo quiero aprender a contar historias, no a especular
sobre lo que escriben los escritores. Mucho menos ser profeso
ra de colegio.
—De todas maneras a tus papás se les debe hacer un desper
dicio que tú, si no eres mala en matemáticas, estés estudian-
do… A ver, qué te dijeron cuando...
Cuando Violeta solemnemente anunció a sus padres que ya
había escogido la carrera, ellos, ávidos, ansiosos, nerviositos,
se sentaron en el comedor esperando oír la palabra Ingenie-
ría o Medicina, pero ella salió con Comunicación Social, esa
carrerita que se había vuelto un pegote de cosas y dado lugar
a una profesión con la identidad perdida. “Si al menos siguiera
llamándose Periodismo, suena con más personalidad y García
160
Márquez dice que es el oficio más hermoso del mundo”, dijo
el papá, a lo que la mamá agregó “El nombre es lo de menos,
lo de más es la carrera”. Luego él preguntó si su nombre iba
a salir en el periódico y a ella sí les enseñarían a expresarse
bien. Al final, cerrando con resignación la corta ceremonia,
él y ella dijeron en coro “No estamos de acuerdo, pero res-
petamos tu decisión”; la típica frasecita que los padres de
Violeta habían adoptado desde cuando Rubén, el mayor, dio
la pelea y se retiró de la universidad en el segundo semestre.
Esa frasecita fue la que más se escuchó en la casa en aquellos
años y la que le permitió a Violeta y a sus hermanos moverse
con cierta libertad en la vida, siempre y cuando llamaran por
teléfono para reportarse, pidieran permiso si iban a dormir
en otra parte y fueran recatadas, palabra que implícitamente
aludía a la abstinencia sexual y que los papás empezaron a
repetir y repetir a las hijas después de que Brenda, la mayor,
quedó en embarazo, caso en el cual la frasecita la cambiaron
por “De acuerdo, pero se tienen que casar”. De resto, la frase
siguió siendo la misma, incluso cuando descubrieron que
Julián era un comprometido militante de izquierda y cuando
Teresa anunció que viviría con el novio seis meses antes de
casarse para tener la experiencia prematrimonial, tan de mo
da, porque la convivencia era una cosa muy tesa y era mejor
ensayar primero a ver cómo iban a marchar las cosas para
no ir a salir con separaciones después, aunque de nada le
sirvió pues a los tres años ya cada uno andaba por su lado.
La frasecita empezó a cambiar cuando Luciano dijo que iba
a trabajar y le dijeron “No estamos de acuerdo”, y cuando se
supo que José Luis era homosexual, caso en el cual la segunda
parte tampoco fue pronunciada. Quedó abolida el día en que
Julián, el que no había dado la talla para ir al ejército como
soldado, se echó el fusil al hombro y se fue a pelear al monte al
lado de la guerrilla, pero no fue capaz de decirlo de frente sino
161
en una carta y por lo tanto no hubo a quién pronunciársela;
un año después, cuando se supo por primera vez de él, ya no
tenía sentido sacarla a relucir. En adelante, frente a cualquier
decisión de los hijos que les fuera comunicada, el papá y la
mamá apenas musitaban, mirando despectivamente para otro
lado, “Usted verá”, y no modulaban palabra adicional por más
que se les pidiera su parecer. “Para qué quieren saber lo que
pienso si ustedes terminan haciendo lo que les da la gana”, dijo
inconmovible la mamá el día en que Rubén le lloró un consejo
que lo pusiera al otro lado de las dudas, minutos antes de salir
con el anillo para donde la segunda novia a quien le propuso
matrimonio y con quien no llegó a casarse pues aún faltaba
otra más en su destino. Así, todos, excepto Luciano, tuvieron
que renunciar a los consejos de los padres, tan esenciales a los
hijos así fuera para ignorarlos. Cuando Violeta les comunicó
que había decidido dejar la profesión de periodista después de
seis años ejerciéndola, la frasecita fue desempolvada y tuvo su
momento sublime. “Estamos de acuerdo, respetamos tu de
cisión y además la apoyamos”, dijeron ellos.
—Qué van a decir. Nada pueden decir. El periodismo lo
saqué de ellos –interrumpió Violeta a Eva.
—¡No! ¡¿Son periodistas también?!
—Qué va. Pero mi papá es adicto a las noticias y mi mamá
es maniática del idioma. ¿Le parece poco? Él cree saber todo
lo que está pasando en el mundo, hasta en el rincón más es-
condido del planeta. No hace los crucigramas del periódico,
pero se los lee completicos. Su sección favorita es la página
internacional. Sabe mucha geografía. También lee mucho
sobre inventos y cosas insólitas. Cuando comemos el tema es
la actualidad. Es muy cansón. Mi primer recuerdo con él es
leyéndome el periódico. Nada de cuentecitos de Andersen.
Puros titulares de prensa. Mientras me cargaba nos enredába-
mos en esas sábanas de hojas. Que qué quería que me leyera,
162
me preguntaba, y yo le señalaba un titular, después el otro y
así. Yo no los entendía, obvio, supongo que escogía los más
grandes. Todavía guarda periódicos de esa época porque no
deja que le boten nada. El garaje, a falta de carro, está lleno
hasta el techo de revistas y periódicos viejos. Tiene joyas,
eso sí, pero ya ni se acuerda de lo que hay ahí. Las radios son
su otra obsesión. Se mantiene cambiándolas. Por eso la casa
está llena, todos tenemos un aparato, hay hasta dos por pieza.
Dice que con la radio el mundo está al alcance de uno. De
onda larga, de onda corta, de tres bandas, en fin. Está loco.
Una vez le preguntaron qué pensaba del televisor y dijo que le
parecía una maravilla porque uno cerraba los ojos y quedaba
oyendo radio. Por la mañana, al despertarse estira el brazo
para prender el aparato. Por las noches es mi mamá la que
tiene que apagarlo. La radio, claro, porque a mi papá no lo
apaga nadie, él nació sin interruptor para eso y hasta dormido
sigue funcionando. Ronca toda la noche y los ronquidos suben
hasta el segundo piso. Yo los escucho, no me dejan dormir. Mi
mamá ya se resignó. Ella, con el primer ronquido, sabe que
la función con las noticias ha terminado y ha empezado otra.
Esos ronquidos nos han martirizado a todos, más que como
nos martirizó mi mamá, cuando estábamos en el colegio, con
su obsesión por la gramática y la ortografía. Nos corregía lo
hablado y lo escrito, no se metía en los pensamientos porque
no podía, pero si hubiera podido, hasta allí habría llegado.
Hasta las cartas familiares y las tarjetas de cumpleaños nos las
revisaba y nos las hacía repetir si tenían algún error. Lo único
que nos perdonaba eran los mensajes en las carticas del día
de la madre. Tampoco le metía la mano a los diarios de mis
hermanas cuando a ellas se les olvidaba dejarlos bajo llave.
Como ya somos universitarios y no puede mandarnos tanto
se dedicó a escribirle al director de El Colombiano. Le manda
una carta semanal señalándole los errores que encuentra en
163
el periódico. Varias veces le han contestado explicándole
que el encargado de eso es don Argos, pero es como si nada.
Para ella el director es el importante, dice que ese señor de
los gazapos no le inspira mucha confianza porque apareció en
una foto en calcetines haciéndose arreglar los zapatos en un
puesto callejero.
—O sea que les gusta que vas a ser periodista.
—Gustarles gustarles… A ver, qué le digo. Mi mamá quería
un médico en la familia para dejar de pagar consulta, y mi papá
un ingeniero para no quedarse atrás con su hermano, pues mi
primo ya va en el quinto semestre en Minas. Pero se queda-
ron con las ganas, ni médico ni ingeniero, ni conmigo ni con
ninguno porque yo era el último chance. Julián, mi partner,
como yo lo llamo, está en Derecho, aquí en la universidad
también. Entró conmigo. Terminamos juntos el bachillerato,
aunque en distinto colegio. Lo alcancé. Él perdió un año y yo
me gané el primero de primaria porque ya sabía sumar y restar.
De kínder pasé derecho a segundo. Tere estudia Administra-
ción de Empresas, pero en otra parte. Ella es muy pinchada.
Cuando vino aquí a comprar el formulario y tuvo que entrar
al baño dijo que gas, que ella en la de Antioquia no estudiaba.
Ni siquiera se presentó. Le hizo perder la comprada del for-
mulario a mis papás y les dijo que si querían una profesional
en la casa tenían que meterse la mano al bolsillo, que si era
necesario hicieran un préstamo en el Icetex que ella lo pagaba
cuando empezara a trabajar. Pasó a la Escuela de Finanzas,
la más cara. Sin embargo, mi papá está feliz porque la carrera
va a servir mucho para el almacén, sobre todo para organizar
la contabilidad que se despelotó desde que a mi mamá le dio
por irse a trabajar allá... Que necesitaba hacer algo útil en la
vida. ¡Cómo le parece! Y con siete muchachitos. Se le metió
en la cabeza que mi papá tenía un romance con una empleada
del almacén. Esa fue la razón de fondo para irse a trabajar allá.
Que no iba a dejar que su hogar se dañara. Sin pelear, sin hacer
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escándalo ni escenas se fue metiendo, ocupando su lugar, hasta
que la mujer se vio arrinconada y se fue. Porque a mi papá,
que ha sido un santo en ese sentido, se le estaban yendo las
luces. Toda regla nace con su excepción. Y mientras salvaba
su matrimonio mi mamá le descargó la responsabilidad de
nosotros a Iris, la tía política que vive en la casa. Iris fue la que
terminó de criarme a mí y prácticamente ha criado a Luciano
y se entiende con todo. Está solita en el mundo, excepto por
nosotros. ¡Una negra más bella! Y encima mi mamá se queja
de que Luciano y yo la queremos más a ella. Es que mi mamá
es muy hábil con las palabras y las frases, pero los números y
las cifras la embisten tanto como los asuntos domésticos. Por
eso los libros de contabilidad se enredaron. Si usted los ve,
no cree. Son impecables, ni siquiera un dobladito de página
tienen, y la letra es de exposición pues la caligrafía de mi mamá
es de la mejor discípula de monja. Pero cuando usted llega
a las casillas de las cuentas... mejor ni hablemos. Claro que
con ella se aumentaron las ventas pues redacta unas cartas
tan convincentes para los clientes que los deja sin argumentos
y terminan haciendo más pedidos cuando lo que quieren es
mermarlos. Si por mi mamá fuera se la pasaba el día entero
tecleando cartas. Es un volador con la máquina de escribir.
Ella es la que ha estado enseñándome la mecanografía que nos
exigen en esta carrera, por eso nos ahorramos el curso en la
Remington. Pero por más que me enseñe ni modo de igualarla.
Hace trabajar todos los dedos sobre ese teclado, no lo voltea a
ver y comete cero equivocaciones. En cambio yo gasto hojas...
Mejor dicho. Entre las dos, mi mamá con su tara para los núme-
ros y yo con mi desperdiciadera de papel, podríamos quebrar la
única fuente de ingresos de la familia. Porque nosotros hemos
vivido, vivimos y viviremos de ese almacencito de zapatos.
Son dos pisos, en Palacé con Ayacucho, y ahí mismo queda el
taller, aunque ya es poco lo que se fabrica. Distribuimos para
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los pueblos sobre todo. Calzado Elvira se llama, ¿lo conoce?
Mi hermano mayor ya está vinculado. Le gusta más la plata
que el estudio. Empezó trabajando en las vacaciones y cuando
terminó el bachillerato le pidió trabajo en serio a mi mamá.
Porque el negocio realmente es de ella, por eso tiene su nombre,
aunque don Alfonso, mi papá, ha estado al frente de él toda
la vida. Y de mi mamá también, valga decirlo, porque no la
desampara, es más celosito. Su verdadero nombre es Idelfonso,
pero le ofende que lo llamen así. Solamente es Idelfonso en la
cédula, la partida de bautismo, de matrimonio y la escritura
de la casa. De resto, Alfonso para todos. Yo creo que él se
envició a las noticias por ese almacén. Hay días en que nadie
entra, pero hay que estar ahí parqueado las diez horas. ¿Qué
más hace una persona común y silvestre como él a la que no
se le ocurre leerse un libro, por ejemplo? Tragar periódicos,
revistas y locutores de radio. Claro que a mí me ha servido
mucho esa obsesión porque yo soy muy preguntona y él es el
único que me tiene paciencia en la casa y me sabe contestar
todo. Mi mamá dice que la exaspero porque quiero enterarme
de todo. Bueno. Mi otra hermana, Brenda, ni trabaja ni estudia
ni nada. Corrió a casarse y ya tiene un bebé. Eso sí, lo tiene
divino. Resultó ser muy buena mamá y nos ha hecho felices
con ese sobrino. Luciano cree que el bebecito es un juguete.
Él es el niño. Me sigue a mí. Apenas tiene diez añitos. Con él
no hay esperanzas de universidad. Dice que cuando sea grande
se va a buscar un trabajo en una fábrica con restaurante, de
esos restaurantes donde los trabajadores van escogiendo lo que
quieren. Es muy comelón. Pero no está gordito. Lo cuidamos
mucho. Nació con Síndrome de Down. ¿Quién falta? Ah, Jóse.
No le decimos José sino Jóse, con tilde en la o. José Luis es el
nombre completo. A todos los hombres de mi casa les pusieron
el José por algún lado. Estudia música en Bellas Artes. No pasó
acá a la de Antioquia, y quería. Pero se ve contento. Y para
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que vea, es un artista y mis papás no pusieron problema. Les
parece hermoooosaaa la profesión de músico. En cambio la
mía... Ni hablemos. Ya se conformaron. Creen que voy a salir
en la televisión y seré importante porque todo lo que sale en
la tele para ellos es lo máximo. Ya están diciendo que como
he sido tan buena estudiante y esta carrera es muy fácil, ¡qué
tal!, voy a ganarme la matrícula de honor cada semestre,
entonces no van a tener que pagarme universidad y que con
ese ahorro van a comprar el piano para Jóse. Cómo le parece.
Ensillando sin tener la bestia. Pero esos son mis padres. Ahí
ve usted. Unos seres muy prácticos en la vida. Es peor salirles
ahora con que me voy a echar para atrás, ¿o no?
Y esa era Violeta, le autorizaban una palabra y se echaba
un monólogo, aunque tal soltura únicamente la lograba en
privado y con personas mayores, con quienes se sentía más
a gusto. De resto, no liberaba palabra en público ni en clase.
Calladita, sí, pero no al margen del mundo. Sus ojos y sus
oídos iban por la vida succionando y dejándose impregnar
como agua que cae sobre una esponja. Así era la estudiante
que aquel día Eva despachó discretamente, más preocupada
por la malacara del que seguía en la fila que por la habladera de
la larguirucha, pecosita, de senos escuálidos y nalguita parada
a la que despachó diciendo:
—Está bien. Si es esto lo que quieres... Pero tendrás que
educar tu sensibilidad. Por lo menos acéptame ese consejo.
—¿Cómo así?
—Después hablamos de eso. Vuelve por acá cuando esté
más desocupada.
Y Eva le entregó el formulario. Al verla salir de su oficina se
preguntó si como hablaba sería capaz de escribir, y si detrás de
ese montón de pelo y esa flacura se escondía un cerebro y unos
nervios como los que se necesitaban para ser buen periodista
en un país como Colombia.
167
Aquel día, mientras caminaba hasta el coliseo para regis-
trar los cursos, Violeta se fue pensando en qué querría decir
esa profesora con el cuento de la sensibilidad. Hasta donde
podía entenderle, era como si ser sensible fuera un defecto y
no una cualidad. Por supuesto que iba a volver cuando pasa-
ran las matrículas para que le explicara. Pero ahora era más
importante fijarse bien en ese formulario con las materias del
segundo semestre y chequear en el folleto de programación
el curso “Introducción a la Literatura” que dictaba el poeta
gordito de la revista Acuarimántima. Si no era con él no valía
la pena ver la materia.
Beto y Memo la vieron pasar, y ella los vio sentados en las
escaleras del museo universitario esperando a Lucho que an-
daba en las mismas con su tutora. Ya ellos tenían el formulario
diligenciado en la mano.
—¿Saben quién es mi asesora? –les dijo Violeta cuando se
arrimó para corroborar con ellos el horario del poeta–. Eva
Muñoz.
—¿La de la gabardina roja? –preguntó Beto.
—Cuál más si no –contestó Violeta–. Así sea debajo del
brazo, no suelta esa bendita gabardina.
En efecto, al referirse a Eva, era usual oír decir en la Fa-
cultad “Ah, la de la gabardina roja y los zapatos viejos, que se
mantiene con las medias idas pero los ojos atentos y se pone
pañoleta cuando Henry la lleva en la moto”, o “sí, la de la ga
bardina roja, que nunca se pone slacks ni cambia de cartera,
pero habla inglés y dice que viajemos y no nos quedemos aquí”,
o “pues claro, la de la gabardina roja, que se ríe muy bonito
y hasta de ella misma, trabajó en Estados Unidos y se vino a
cuidar a la mamá”.
—Apenas para usted. Una mujer. Como se demoran... –dijo
Beto.
—Ay muchachos, y tiene los dientes blanquitos blanquitos,
si vieran.
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—El otro día la vi pero montándose de falda en la moto
de Henry. ¿Será que usted algún día le aprende a ponerse
falditas? Ya es hora de que se deje conocer las piernas –dijo
Memo mirando a Violeta de la cadera para abajo.
—Usted sí, no –dijo Violeta mirándolo con desdén. Luego
se dirigió a Beto–. Y que, ¿qué hacen?
—Esperando a Lucho. Por allá anda enredado con la vi-
cede...
—Nosotros salimos hace rato –interrumpió Memo resistién-
dose a que lo sacaran de la conversación–. Ni siquiera tuvimos
que hacer fila. ¿Y sabe qué? Nos tocó con el izquierdoso del
semestre pasado que no se enreda en maricadas.
—¿Izquierdoso? ¿Cuál izquierdoso? –le preguntó Violeta.
Memo volteó a mirar a Beto y le sonrió. Luego se volvió
hacia Violeta y le dijo:
—El que la molestaba a usted y a Darío por la edad el
semestre pasado. ¿No se acuerda?
Violeta hizo un gesto de fastidio. ¡Claro que se acordaba!
Le parecía oírlo diciendo “apúrese pues niñita a cumplir al
menos los dieciocho que me siento corrompiendo menores
echando estos discursos y poniéndolos a leer estos libros. Está
bien que las generaciones cambien y ahora estén llegando más
jóvenes a la universidad, pero a la pública les deberían negar
la entrada hasta los veintiuno. Mientras tanto que se vayan
para la Católica a seguir rezando como en el colegio con las
monjitas”. Era tan cínico el infeliz, que cuando le preguntó
a Darío “¿Vos también tenés dicisiete?”, se atrevió a agregar
carcajeándose “Bueno, pero vos sos hombre. Está menos grave
la cosa”.
—¡Ni me lo mencionen! –dijo ella–. ¿Eso es un izquierdoso?
Qué esperanzas. Muy de malas ustedes con ese patán.
—Qué va. El hombre tiene su cuento –dijo Beto, serio,
trascendental–. Está hecho a la medida de nosotros que somos
de la misma tendencia. A mí no me choca.
169
—A mí tampoco –agregó Memo–. Y usted qué Violeta. De
qué lado está, ¿ah? –se atrevió a preguntar luego–. Cuente a
ver cuál es su cuento.
—¿Cuento? Cuentos los que voy a escribir –contestó ella.
—Cómo así Violetica... ¿Le puedo decir Violetica? –insistió
Memo, mirándola de cuerpo entero–. Es que usted no inspira
otra cosa. Parece una muñequita con ese pelo y esas pequitas
que son como...
—Ay bueno, adiós –le interrumpió ella–. Me voy a quedar
sin cupos. Nos vemos en el coliseo.
Después de haberles dado la espalda agregó con ironía:
—Sigan esperando a Lucho para que se queden con los
peores horarios.
Mientras la vieron marcharse, los dos muchachos le repa-
raron la nalga y comentaron entre ellos.
—¿Se da cuenta que no hay caso? ¿Sí vio cómo se escurrió
cuando le mencioné la tendencia? Esta no se presta para el
movimiento, no se revuelve ni se resuelve.
—¡Nada! –dijo Beto–. Usted la espantó. Se fue por otro
lado hermano.
—Qué va. Es que mírele la pinta. Con bolso de cuero y
todo. Y las boticas también de cuero. Y ese reloj que... Ve, ahí
viene Lucho.
—El que sí parece que se presta es el hermanito –dijo Beto,
pensativo–. Qué tal ese discurso que se echó en la asamblea.
Y primíparo y todo. Qué tan aventado. A ese sí se le puede
invitar al grupo.
—¿Será?
—Pues claro. Si quiere hablo con él.
—Usted verá hermano. Pero no será lo mismo que la
pecosita.
Cuando Lucho llegó le contaron que la profesora de la
gabardina roja iba a asesorar a Violeta toda la carrera, y que
170
esa pecosita no se prestaba para movimientos, dos cosas en las
cuales los muchachos estaban equivocados, pues la asesoría
de Eva le duró a Violeta la vida entera y la muchachita sí se
prestaba para grupos y se revolvía. Con otro tipo de gente,
de organizaciones y para otras cosas, eso sí, porque lo suyo no
era el cuento político sino el cuento literario; nunca habla-
ría con pasión de política como ellos, pero la literatura sí la
afiebraba. Por eso le gastaba tiempo al Taller de Escritores, esa
cosa tan bacana, con ese nombre tan particular, que se habían
inventado en la Biblioteca Pública Piloto y que se había puesto
más bueno con la llegada de don Manuel Mejía Vallejo, cuya
única relación con la universidad era la procedencia de sus
militantes pues casi todos estaban matriculados en el Alma
Máter. Solamente a un grupo así le rendía cuentas Violeta y le
permitía alejarla de las cofradías de compañeros de la misma
carrera. Ese grupo de la biblioteca, sumado a su modo de ser,
le infundían la idea de mantenerse leyendo novelas o poesía
y craneando historias bajo los bondadosos árboles del campus
universitario, en vez de andar con las amiguitas de clase co-
queteando con los de Derecho, buscando novio en la cafetería
de Economía o escribiendo esquelas anónimas para alimentar
los amores platónicos con profesores casados. Ese grupo era el
lugar donde, como decía Bioy Casares, se encontraba con gente
para quien la literatura era algo real, importante. Era mucho
mejor ese universo heterogéneo de pichones de escritores
donde los estudiantes de Medicina, Ingeniería y Matemáticas
se revolvían con los de Educación Física, Español, Sociología o
Derecho, pero hablaban un mismo lenguaje. El mismo lenguaje
que ella y Eva Muñoz podían hablar a pesar de los veintitantos
años de diferencia.
La distancia en edad nunca atajó a Eva para recibir a Violeta
en su oficina, en su casa y en su vida; ni impidió que entre las
dos fuera dándose una amistad que estaba destinada a resistir
171
las ausencias, los triunfos y las tragedias, que habría de pasar
por la risa y el llanto, que estaría por encima de los años, los
años pasados y los años tenidos, e incluso por encima de la
irremediable presencia de Marco Polo, la gatica a la que Violeta
aprendió a aceptar de la misma manera que había aprendido
con Eva que un estilo de vida común basta para enlazar dos
vidas, que la amistad puede prescindir de la homogeneidad en
oficio o en edad, y que hay gatas de gatas.
La amistad con la profe le compensaba la deuda que en
algunos momentos, y de todas maneras, sentía consigo misma
por no haber sabido cultivar y dejar para la vida una amiga de
su edad y de su profesión, una amiga que valiera la pena y que
la acompañara hasta el final de su vida, como no iba a poder
hacerlo Eva, por la probabilidad aquella de que quien nace
primero muere primero, aunque también carece de sentido
pensar de esa manera pues con la muerte cualquier apuesta es
perdida, aparte de que las amistades ni son para para toda la
vida ni por ser más prolongadas son más fuertes, y siempre es
posible encontrar nuevos y mejores amigos. La falta de amigas
de Violeta fue fruto del azar. De eso cayó en cuenta el día en
que se graduó con un grupo de meras conocidas a quienes
escasamente había visto por los corredores de la universidad.
Como habían augurado los padres de Violeta, la muchachita
hizo la carrera sin dificultades, en un abrir y cerrar de ojos; el
promedio crédito superior a cuatro le permitió matricularse
en más créditos cada semestre, algo ventajoso y desventajoso
porque la hizo adelantarse sola, conseguir trabajo primero y
dejar atrás a las chicas de su promoción. El trato con el par de
condiscípulas que se perfilaban como amigas para el resto de la
vida empezó a enredarse en la esclavitud de la corresponsalía
que le resultó en el último año de la carrera, y quedó sepultado
en los años siguientes. Cuando Violeta dejó el empleo intentó
desenterrar aquellas amistades, pero ya era tarde. Encontró de
172
nuevo a sus compañeritas, sí, y con una generosa disposición
a la amistad. Pero eran señoras como ella no lo era ni pensaba
serlo, aunque Andrés, el novio, pretendiera lo contrario. Se
ñoras con cierta predilección por mostrar las gracias de sus
hijos y ocultar las desgracias con sus maridos, que le hacían el
quite a todo comentario de novela o de película porque vivían
ante la imposibilidad de entregarse a la lectura de un libro o a
la butaca de un teatro; si cogían uno entre las manos o podían
asomarse a una sala de cine perecían en los sueños atrasados,
pues ya no eran dueñas de sus vidas sino dueñas de hogar en-
tregadas a las prosaicas, humanas, desgastantes, agotadoras y,
a veces, gratificantes tareas de ser esposas, madres y, encima,
profesionales. Era un grupito de amigas señoras para quienes
hacer el amor en paz, ver el final de una película, sostener
una conversación telefónica sin interrupciones o simplemente
hacer pereza había dejado de ser un derecho y se había vuelto
un privilegio. Unas señoras algo estancadas que, sin darse
cuenta, empezaban a sepultar las aspiraciones personales. Un
grupo en el que Violeta se sintió incapaz de militar, porque si
la política no era su cuento, mucho menos la maternidad, y en
vez de amigas señoras prefería tener señoras amigas como lo
era Eva. Por eso fueron tantísimas las tardes que la pecosita
y la de la gabardina roja pasaron conversando, con Marco
Polo como única testigo, ya fuera que el animal estuviera en
los brazos de Eva o se arrimara sutilmente a Violeta y le bus-
cara caricias sobando la cabeza en el brazo de ella. Aquellas
tardes inolvidables con Eva y Marco Polo llegan fresquitas a
la mente de Violeta, tan fresquitas como el agua en el que lava
los sacudidores sucios y que luego se arroja a la cara sudorosa
porque qué mugroso está el apartamento de José Luis, quién
lo creyera y no parece, tan pulcro como se veía cuando lo pisó
por primera vez. Pero la mugre es engañosa, solapada, nada que
ver con la sinceridad de Eva, una sinceridad que se nota así sea
173
en una carta. Nunca se habían tratado de esa manera. Apenas
ahora se percata. Se habían leído mutuamente sus escritos,
pero ¿conversar conversar por carta? No. Menos mal que le
ha cumplido la promesa de escribirle. Con esos emails Violeta
se siente como hablando con ella. Por eso piensa guardarlos
todos. El segundo decía:
Hola Violetica. Ya se supo que fue el estudiante que
me estaba chantajeando por la nota. En venganza me
mató a Marco Polo. Era el mismo que había secues-
trado el perro de otro profesor el semestre pasado, y
por la misma razón. He decidido jubilarme. Ya era
hora. Solo que no imaginé que fuera motivada por
la decepción. Aunque suele pasar que la decepción
es la que nos lleva a tomar las decisiones que no
nos atrevemos y que a la larga cambian el rumbo de
nuestras vidas. Eso tú lo sabes mejor que yo. Termi-
naré el semestre de todas formas. Tal vez escriba el
libro que tanto he soñado sobre la enseñanza del
periodismo, para sacarme el clavo con las relaciones
públicas que tanto daño nos han hecho. Hasta per-
dimos el nombre. No creas que eso era solo cuando
ibas a las ruedas de prensa. Ya a los reporteros de
rcn y de Caracol les dicen comunicadores en vez
de periodistas. ¡Qué tal! En fin. Como seguiré
muy ocupada no compraré el televisor que estaba
pensado para la jubilación. Definitivamente ese
aparato se quedó con la entrada negada a esta casa.
Tampoco volveré a reemplazar a Marco Polo. Puse
su foto en un portarretrato encima de mi escritorio,
la que le hiciste con la cámara profesional que te
dio tu papá en los grados. Se ve muy extraña con
los ojos resplandecientes. ¿Te acuerdas la cantidad
que le tomamos para evitarle el chispazo en el iris?
Nunca averiguamos por qué los ojos de los gatos
quedan registrados de esa manera en las fotografías.
174
Aunque la imagen es de la primera Marco Polo,
me da lo mismo. Para mí es como si hubiera sido
una. Además, la anterior tuvo una muerte normal
y por eso me da menos tristeza cuando la miro. Me
consta que Marco Polo fue la única gata que llegó
a gustarte. Siempre fue muy discreta. No se parecía
a mí. Aunque yo había empezado a parecérmele. Ya
tengo el pelo tan blanco como lo tenía ella. Espero
que algún día tú vuelvas a tener el tuyo como las
hojas del otoño. Ni modo de pedirte que te compres
una gabardina como la que tuve yo. Luego te escribo
más, espero que con noticias mejores. Recibe mi
abrazo y todo mi afecto. Cuídate. Eva
Más que gustarle, Violeta se había acostumbrado a la pre-
sencia de Marco Polo; el animal era inherente a Eva, hacía
parte de su personalidad. Con su muerte, y al negarse a reem-
plazarla, Violeta sentía que Eva empezaba a morir un poco;
por eso lamentaba la desaparición de Marco Polo. De resto, le
parecía que su muerte podría ser la aplicación justa del dicho
“en carrera larga hay desquite”, dado el acto censurable que
Marco Polo cometió reiteradamente y que le hizo ganarse su
prevención. Todo empezó el día en que Violeta la descubrió
en el balcón atrapando un pájaro que hurgaba en las canastas
de los helechos, seguramente por ramitas para su nido. Esa
primera vez Violeta gritó y volteó la cara para evitar la escena.
Pero ante ese gesto la actitud de Eva fue de defensa. “Es la
naturaleza. Algo tiene que cazar. Necesita divertirse. ¿Con
qué otra cosa podría hacerlo?”, dijo ella. Luego se arrimó al
balcón, hizo entrar a Marco Polo y cerró el ventanal, tal vez
para que el hecho no se repitiera, por ese día. Porque lo siguió
haciendo. Al ver las reacciones de Violeta, Eva llegó a decir
cosas como “Es mejor que cace pájaros a que coma ratones”.
Lo que más le chocaba a Violeta era que Marco Polo disfrutara
175
tanto matando un pájaro; después de hacerlo, abría la boca
con todas las ganas, como si estuviera en medio del más sa-
broso bostezo, y se pasaba la lengua por los bordes, una lengua
delgadita y rosada con la que alcanzaba a tocarse los bigotes;
luego cerraba los ojos, los apretaba y volvía a abrirlos ahí
mismo, como diciendo “qué cosa más exquisita”. Excepto por
la cazadera de pájaros, Violeta no tenía conflicto con Marco
Polo. Le hacía gracia que hubiera aprendido a conocerla y
que la esperara en la recepción cuando iba, acto con el cual
la gata parecía retribuirle los malos ratos por sus acciones en
el balcón. Cada que Violeta anunciaba visita, Eva le permitía
al animal bajar hasta el primer piso del edificio; únicamente
por esa razón, o por falta de pájaros para comer en el balcón,
Marco Polo lograba salir sola del apartamento. La gata se
echaba cómodamente en el suelo y esperaba mirando por la
vidriera de la puerta principal, con la cabecita levantada como
una reina en un trono, sin inmutarse ante la presencia y las
palabras cariñosas del portero, al que ignoraba por completo.
Cuando veía llegar a Violeta, se erguía. Después de que sus
zapatos le pasaban por el hocico, pegaba carrera por las esca-
leras; aunque no le estaba prohibido el ascensor, solo entraba
en él si la llevaban cargada, como lo hacía Eva, a diferencia
de Violeta. Nunca hubo manera de que Marco Polo se metiera
por sí misma al ascensor; prefería brincar las escaleras a toda
velocidad. A pesar de su gordura, lograba estar en el cuarto
piso antes que Violeta. Cuando esta salía del ascensor, Marco
Polo corría hacia el apartamento y, en un espabilar de ojos, ya
estaba explayada en el sofá del salón, como queriendo decir
“es que esta visita también es para mí”. No se perdió ni una
sola de las conversaciones; en ellas participó aunque no pro-
nunciara palabra. Con su actitud, esa gata novelera y buena
vida no solo impuso su presencia en las sesiones vespertinas
sino que las hizo memorables.
176
Al leer el segundo mensaje de su ex profesora, Violeta le
contestó de inmediato “Estoy de acuerdo y apoyo su decisión”,
la frase de sus padres que también había sido pronunciada por
la profe justamente el día en que le contó que iba a renunciar
al periódico. Con seguridad a eso se refería Eva al afirmar “Eso
tú lo sabes mejor que yo”. Ahora Eva, como ella una década
atrás, se veía ante un retiro que, si bien estaba previsto para
algún día, no se esperaba que fuera forzado por circunstancias
en contravía. Violeta lamentó estar lejos de Medellín, pues eso
le impedía escuchar a su ex profesora de la misma manera en
que ella lo había hecho cuando le explicó las razones para aban-
donar una profesión sobre la cual las advertencias le habían
sobrado. Ese día, Eva recibió sin interrumpir el interminable
monólogo de su ex alumna.
—No Eva, el periodismo que puede hacerse aquí es absur-
do y para acabar de ajustar es como condenarse a la pena de
muerte. Sinceramente, a mí la velocidad con la que suceden las
noticias de este país me marea, y ese mareo ya me está nublan-
do la vista e impidiendo pensar, escuchar. Y todo, para nada.
Me he puesto a pensar qué de nuevo he conocido del mundo
en estos años como me lo esperaba. ¿Muerte y violencia? Las
conocí a los siete años. ¿Personajes? Cuáles. ¿Políticos y gente
de la farándula que son los que dominan el panorama? Ni vale
la pena acercárseles. Qué he conocido y de qué me ha servido,
me pregunto, y solo puedo contestarme, un país del que me
avergüenzo, corrupción, injusticia, hambre, hipocresía, cosas
que tal vez me sirvan para ser menos egoísta y no olvidarme
de qué lado debo estar, pero: ¿Ha valido la pena? ¿Podría
algún día valer la pena si persisto? No creo. Una sociedad
tan atrasada como esta no entiende, peor, se expone uno
en ella. Aquí el que se mete a defender las libertades tiene
problemas, hasta los que luchan por un derecho tan elemen-
tal como la vida pueden sufrir la negación de ella, hay que
177
pagar con la muerte por mantener los principios, por no vivir al
margen de ellos. Si no vea, a cuántos líderes han desaparecido
en estos años. Lara Bonilla, Galán, Jaramillo Ossa, Pizarro, los
de la Unión Patriótica, el procurador, don Guillermo Cano,
el doctor Abad... Qué tristeza tan grande lo del doctor Abad.
Se nos quedó empezado el subcomité de periodistas por los
derechos humanos que nos estaba ayudando a conformar...
Ser espontáneo y no calculador como los políticos es un de-
lito aquí, compadecerse de los pobres es pecado, pensar que
se puede combatir la corrupción es una ilusión. Por eso nos
las han matado todas. O las han desterrado. Mire todos los
que han tenido que exilarse. Vea a Aguirre por allá solito en
España. Qué infamia... ¿Les sirvió a todos ellos la valentía? ¿Me
servirá a mí si sigo yendo a cubrir combates entre el ejército y
la guerrilla o metiendo las narices en las fortunas mal habidas
de los mafiosos? No creo. ¿Sabe para qué puede servirle a uno
esto? Como dijo ese periodista con el que hablamos el otro día,
seguir vivo es ya un punto a favor en este juego en el que la
muerte reina y se impone la pena de muerte a quienes piensan
otra cosa. Por eso estoy harta, no creo más en esta güevonada
que aquí es tan solo una mentira. Usted nos recalcaba que el
día que estuviéramos dejándonos de escucharnos a nosotros
mismos debíamos parar, pues no tendríamos nada para decir ni
de qué escribir, peor aún, corríamos el riesgo de no enterarnos
de lo que nos pasaba, lo cual sería como morir. Por eso voy a
salirme del periódico.
—Piénsalo. Hasta ahí puede llegarte la carrera. Estás en
la mejor empresa.
—Valiente gracia estar en una empresa a la que no se admi-
ra. Es muy maluco trabajar en un periódico que en la primera
página posa de neutral y en el editorial destila ese detestable
veneno derechista que leemos todos los días.
—Has sido de malas. Te tocó un momento difícil. Este país
se ha vuelto muy peligroso para los periodistas. Es un país muy
178
triste. Nacer y vivir aquí propiamente no es asunto de suerte.
Pero que fue el que nos tocó... Sí, es mejor que te olvides de
ese trabajo.
—¿Vio? Tengo razón.
—Te lo digo porque no veo luces. Todo indica que vamos
a seguir en la misma pesadilla de masacres y desaparecidos.
—Más argumentos a mi favor.
—Qué te digo. Me alegro mucho cuando abro el periódico
y hay algo tuyo. Me siento tan satisfecha. ¡Cómo aprendiste
a hacerlo de bien! Pero también me duelen esas crónicas.
Siempre pienso en lo que habrás pasado viendo tanto muerto,
tanta crueldad y tú con esa historia de tu tío y tu sensibilidad
tan enfermiza. Porque no has podido educarla.
—Ya no voy a necesitarlo.
—Siempre habrá en el mundo algo que te lastime. Tendrías
que meterte en una urna, quedarte encerrada en tu casa. E
incluso hasta allá el dolor puede entrar a visitarte. No vinimos
al mundo para ver que todo funcione perfectamente.
—Qué ánimos me da.
—Te lo digo para que sigas creándote corazas.
—Me voy a retirar Eva. ¿No ha entendido? Se acabó, ya
todo se acabó.
—Tienes en contra todo lo que aqueja a los periodistas de
verdad. Aunque dejes de trabajar en el periódico seguirás in
teresándote por lo que pasa en el mundo, no podrás ignorar las
guerras y el hambre ni evitar tomar partido por los más débiles.
No dejarás de conmoverte y de enfurecerte con las injusticias,
de ser desconfiada y escéptica. Esas cosas que lo hacen a uno
pesado a los ojos de los demás.
—De todos modos no volveré a trabajar de reportera.
—Óyeme esto. Después de que dejes el periódico... no
tanto de ser periodista porque como te digo siempre lo serás,
de esa pasión, cuando es verdadera, no se desprende uno
179
nunca... después de que salgas sentirás que no eres nadie ante
la sociedad y...
—Y volverán a llamarme por mi nombre. Ya no seré el
nombre del periódico como cuando llego a las ruedas de prensa
y los relacionistas toman lista. Porque a ninguno le importa
cómo se llama uno sino a qué medio pertenece. ¡Que viva la
recuperación de mi nombre! ¿No le parece un gran avance?
—No cantes victoria. Un empleo es más que una fuente de
ingresos. Sin él, el mundo se reduce, las amistades se pierden,
las actividades sociales se...
—Eso piensa la gente común y corriente. Se puede hacer
un trabajo solitario.
—De todas maneras te cambiará la vida, tener o no tener
un trabajo influye.
—Tranquila. Ya me di cuenta de que se define a las personas
por lo que hacen y en donde lo hacen, más que por lo que son.
Pero mi realización personal no depende de tener un empleo
en una gran empresa ni se me volverá un problema carecer
de él. Al contrario, se me estaba volviendo una tortura. Por
encima de lo que sea, quiero escribir y con eso me basta.
—Vamos para una época de tal banalidad que ni la lite-
ratura se escapa. El escritor que quiera ser exitoso, debe ser
light y eso también podría ocasionarte pesadillas e insomnio.
—¿De verdad?
—¿Has pensado en viajar? Deberías irte un tiempo a Esta-
dos Unidos donde tu hermano.
—No me gusta Estados Unidos.
—Ni lo conoces. Hay que meterse en la boca del monstruo,
dijo Martí.
—A donde vaya iré conmigo. A la larga soy yo el problema
principal. Qué más da un lugar u otro. Anhelo más una vida
tranquila, afuera y adentro.
—¿Ya no quieres conocer el mundo?
180
—Conocer el mundo no es ir por todas partes con una ma-
leta. Sitios y gente, ¿eso es el mundo? No Eva. Usted lo sabe
mejor que yo. Mi tema es el ser humano y este es el mismo en
cualquier parte. No se ha dado cuenta pues que en las novelas
todo se repite.
—Casi todo... De todas maneras mirar el país desde la
distancia da otra perspectiva.
—No necesito irme para darme cuenta en qué país vivo.
De pronto me invade la nostalgia y termino pensando que
Colombia es el mejor vividero del mundo. ¿A usted le pasó?
—Realmente la perspectiva que uno alcanza tiende hacia lo
real, no a idealizar. Es inevitable que surjan las comparaciones,
salga a flote lo negativo y el balance no sea favorable.
—¿Se da cuenta?
—Sí, pero no es la única perspectiva que se alcanza. La
más importante es la de la propia vida. Ya irás teniéndola a
tu manera. A ver, qué te dicen en el periódico.
—Algunos compañeros tienen envidia. Dejo un trabajo sin
tener otro y sin temor. Otros están decepcionados, como si yo
hubiera resultado siendo un fiasco, un engaño porque no fui
capaz. Y los más lambones seguramente dirán que siquiera me
voy. ¿Se acuerda cómo me criticaban? Un día una compañera
me regañó y todo, que cómo era capaz de hablarle durito al
editor general del periódico, que aparte de que era viejo era el
dueño. Claro que yo le contesté que podría ser muy respetable
pero que era un fachista. ¿Entonces por qué trabaja en este
periódico?, me preguntó. Porque fue donde me resultó y es el
que más se lee en este país de iletrados, le dije y le tapé la boca
del todo cuando le expliqué que pese al viejo, siempre podían
meterse goles gracias a los hijos que todavía no eran como él.
Yo creo que muchos ni leían lo que yo hacía.
—Naciste para ir en contra de la corriente. Te habrá dado
duro la niñez cuando a toda hora lo que toca es obedecer. Pero
181
no dejes de ser así. Resiste. Ser contestatario en una sociedad
como la nuestra es la única defensa posible. Pero no digas que
yo te dije.
—Tranquila que ya media universidad lo sabe.
—Y tus jefes, ¿qué opinan?
—Nada. Si nada se les da, qué van a decir. Un periodista
más, un periodista menos. Somos parte de un negocio, lo mis-
mo que un computador. ¡Arriba la renovación tecnológica!
Les hacemos el periódico pero el informe que más les interesa
es el financiero, el del gerente de ellos, por supuesto. El editor
debe estar feliz. Acuérdese cómo se puso la primera vez que
fui a Bogotá a conocerlo. Me parece oír los gritos de ese señor
por la redacción cuando me preguntó cuál Monseñor me había
tocado de rector y le aclaré de qué universidad era egresada.
“…¡¡¿De la de Antioquia?!!”, exclamó, “¡Cómo así!...
¡¡¡Moliiiinaaaa!!! Venga para acá. Qué pasó con esta con-
tratación”. Y después de vaciar al subeditor, el viejo dijo
“Bueno, ya qué se le va a hacer. Estaba convencido de que
era de la Católica. Déjeme yo hablo con ella”. Y de nuevo,
solo con Violeta en su oficina le advirtió “Sepa y entienda
su mercé que aquí somos anticomunistas ¿Sabe qué significa
eso? Se lo voy a explicar”. Tras explicárselo le repitió varias
veces “¿Entendido?”, y ya más tranquilo arrancó a conversar
cosas personales. “No, pero es que usted mijita parece de la
Católica. ¿Quiénes son sus padres? ¿De qué familia es usted?
¿Un almacén de zapatos?... ¿Y de verdad su papá tiene todo
el garaje lleno de periódicos?”, preguntó el viejito que no se
cohibió para mirar insistentemente y con picardía el carrizo
de Violeta durante la charla, aunque podría ser su nieta. Y al
final hasta abrazo de bienvenida le dio y se atrevió a decir “De
todas maneras hay que reconocer que igual a los periodistas de
la de Antioquia, nada. Tienen garra de reporteros, se huelen la
noticia, se la buscan, la investigan completica y, además, saben
182
escribir crónicas, por eso usted nos convenció. Ese trabajo de
La Ladera es exquisito. ¿Quiénes fueron sus profesores?”. Y
por quedarse hablando de la formación en la de Antioquia, la
conversación se extendió y se prolongó hasta que él alcanzó a
darse cuenta de otra cosa y cerró la entrevista parándose de su
silla y diciéndose “sin embargo, yo le noto a usted cierta sen-
sibilidad sindicalista. ¡Cómo así que compañera de trabajo la
secretaria! No señorita, ella es su subalterna, así que manéjese
bien en esa oficina de corresponsales. Vea que se lo advierto,
si no quiere que la eche”. Pero en la puerta de la oficina el
caballero otra vez había cambiado el tono y preguntó “¿Y su
mercé también tiene pecas en los brazos como en las piernas?
Y ese pelo ¿es natural?”. Así pasaron los años, entre gustos y
disgustos, lecciones magistrales del ilustre editor, al lado de
censuras y colgadas de crónicas y reportajes enteros “porque
eso está muy recargado para el lado de los guerrilleros, si no
vamos a decir algo bueno del Ejército, no va”. Así pasaron los
años, entre tiradas de teléfono y levantada de voz y sin em-
bargo, el viejo no prescindió de sus servicios; esa liquidación
le salía muy costosa a su avaricia. Fue ella la que tuvo que
pasarle la carta de renuncia.
—Le pedí que me diera trabajo en publicidad. Me dijo que
estaba loca. No sea pendeja, se queda escribiendo que es lo
suyo o se busca otra cosa. Así dijo. Que en publicidad ellos
no hacen copies sino que venden avisos, que el mercadeo no
es lo mío, que yo no sirvo para eso. Prácticamente me echó.
¿Acaso les preocupa la situación de los periodistas? Como si
no tuviéramos derecho a tener miedo y pudiéramos vivir del
aire. En vez de reubicarme.
—Tal vez piensan que no te conviene estar en la misma
sección con Andrés.
—Él me va a conseguir trabajos de freelance, ¿le conté?, con
las agencias que encargan avisos. Lo jarto es que está diciendo
183
que ahora sí vamos a poder casarnos. Está obsesionado con el
matrimonio y los hijos. Como se le murió la mamá tan ligero
y no tuvo hermanos y se crió con el tío. Dice que quiere una
familia como la mía. ¿Cómo le parece mi suerte?
—En ese sentido has corrido con suerte. El muchacho te
adora. Es maravilloso.
—Ay Eva. Pero yo no puedo darle lo que él está soñando
porque, de verdad verdad, con la mano en el corazón, no me
veo metida en el cuento del matrimonio, y menos de la ma
ternidad. Usted misma dice que esa no es la única forma de
autorrealización de una mujer, ¡no puede serlo! Y hacerse mamá
solo por hacer padre a un hombre es irresponsable. Además, yo
primero quiero vivir sola y escribir otro libro. Después veremos.
Ya eso se lo dije.
—Si no te decides tendrás que dejarlo.
—Prefiero hacerlo que dañarle la vida.
—¿La de él o la tuya?
—La de ambos.
—No lo quieres lo suficiente.
—¡Yo sí lo quiero mucho! Pero quiero más mi libertad. Y
si él sigue con esa retacadera tendré que romperle el corazón.
Roto quedaría el corazón de José Luis de conocer las au-
sencias de Marcelo. Si hubiera dado permiso para los ensayos
con el pelilargo ahí en el apartamento a lo mejor Violeta no
estaría cavilando en qué va a decir su hermano cuando lo sepa,
porque seguramente se enterará, tarde o temprano. Claro que
sin esas ausencias de Marcelo, tan hablantinoso como es y
con quien es tan bueno conversar, a pesar de todo, ella jamás
habría podido avanzar en la escritura de la historia de Cam-
poalegre de la manera como lo ha hecho. Bendita la soledad
cuando no desespera y es bien aprovechada. Tampoco estaría
pensando en qué más puede decirle a su hermano en caso de
que Marcelo ajuste la tercera noche por fuera. A lo mejor ni
184
aparecerá. Si ha faltado estas noches es fácil que quede mal
en la cita que tiene con ella, prácticamente una desconocida
para él a pesar de estar compartiendo el mismo techo. Y es
que Marcelo tiene razón cuando dice que “la culpa es de José
Luis por haberse negado”, pero lo que no la convence es su
advertencia “Ni modo de enterarlo. Es capaz de suspender la
gira si te sabe aquí sola”. Ahora él debe estar por timbrar para
que ella baje. Violeta se desconecta de Internet. Deja abiertos
todos los demás archivos en los que ha venido trabajando.
Como siempre se dice “¿Para qué cerrarlos? ¿Quién los va a
leer?”. Su imperiosa puntualidad la hace bajar a la portería
del edificio antes de oír a Marcelo timbrando. Esta tarde que
piensan pasar juntos es la oportunidad para descubrir un poco
al amiguito de su hermano y lo que se trae con el pelilargo
del otro día.
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—A mí me trama más que los personajes actúen. Pero en
mí es obvio.
Violeta sonríe.
—Claro, teatrero –musita.
Ambos se quedan callados. Mientras el tren va hacia
adelante, rompiendo la oscuridad de los túneles, sutilmente
balancea para los lados los cuerpos de quienes van adentro.
En las paradas, el lado derecho de Violeta se junta más con el
izquierdo de Marcelo, contra quien inevitablemente tiende a
irse ella en la posición perpendicular en que va con respeto
a la dirección que lleva el tren.
—Si ya has entrado a las clases, ¿para qué gastar en el cur
so? –dice de pronto Marcelo.
—Igual no se perderá. Puedo regalárselo a Nata después.
Ya te lo he explicado. ¿Por qué insistes?
—Bueno, lo que digas.
El tren para en una estación y ellos también detienen la
conversación. La retoman al iniciarse el recorrido.
—¿Cómo te has sentido?
—Muy extraña, sobre todo en el apartamento tan solo. Yo
me imaginé otra cosa. He vivido sola antes, pero es distinto
aquí. No conozco a nadie. Saber que cerca de tu casa hay
otra persona que te conoce y estará disponible en caso de
necesitarla, así no la frecuentes, te hace sentir acompañado
y te da seguridad.
—No, pregunto que cómo te has sentido en las clases.
—Ah... También muy extraña. Como bicho raro. Imagína
te. La única latina en un salón lleno de asiáticos y africanos.
—Tanto mejor. Así no te ves tentada con el castellano.
¿Te ha gustado?
—Mucho. Ha sido mi contacto con la realidad en estos
días en que... –Violeta interrumpe y dice otra cosa–. Gracias.
Te lo debo a ti.
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—Anda, dilo, tan sola en el apartamento. Pero yo me la
tengo que rebuscar mujer, entiende, tengo dos empleos a falta
de uno... o de ninguno. Peor el paro.
—Deja las indirectas... Y no es reclamo.
Vuelven a callarse por un momento. Violeta observa a los
pasajeros que van en ese vagón del metro. Todos leen, el judío
ortodoxo con sus cachumbos colgando como las ubres de las
vacas de Campoalegre, la negrita del piercing en la nariz que
le recuerda el diente de oro de Iris, el ojirrasgado paliducho
con los audífonos, el viejito orejón de blancura como la leche
de Fortunata, la gorda cincuentona que mastica chicle y...
—Anda, tú y yo parecemos hermanos –interrumpe Mar-
celo–. Siempre resultamos discutiendo. Así son los hermanos,
¿no?
—También la gente que lleva mucho tiempo junta.
—En cierta forma tú y yo somos como hermanos.
—¿Hermanos? No lo había pensado de ese modo.
—¿No me tomarías como un hermano?
Violeta se queda con los ojos fijos en él.
—Dejémoslo en cuñado, por ahora.
—Claro, ni falta que te harán más hermanos con media
docena.
—Cinco. Luciano ya no está.
—En cambio yo siempre añoré uno. Parece que tengo una,
pero no me consta.
—Se me hace extraño alguien sin hermanos. No me ima-
gino sin ellos.
—¿Cómo era tu padre?
—Alto alto.
—No, en el modo de ser.
—Era un hombre franco y práctico, de los que van al grano
y dicen lo que piensan. A veces parecía brusco, algo silvestre,
llegaba a maldecir. Se salía de casillas antes que mamá. Ella
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se controla más, tiende a contener las cosas. O a encubrirlas.
Papá no se reprimía tanto, cortaba por lo sano. Vivía sin mayor
tensión. Sus únicas ambiciones se basaban en las de los hijos.
Por eso creo que era estricto con nosotros.
—Pero tú te llevabas bien con él.
—Sí, mucho. Se sentía orgulloso de mí. Hice en la vida
algo que aprobaba, aunque al final lo decepcioné dejando el
periódico. Excepto cuando me tinturé el pelo, entre nosotros
nunca hubo grandes conflictos.
—Como con José Luis.
—Pues sí… ¿Y el tuyo? ¿Está vivo?
—Ni vivo ni muerto. Ignoro dónde pueda estar. No he
tenido el gusto de conocerlo.
Nuevamente callan y quedan al vaivén del rugido y de las
sacudidas del tren. Luego Marcelo, que en su ansiedad por ha-
blar puede preguntar cualquier cosa, retoma la conversación.
—¿No te importa no ser madre?
—¿Qué clase de pregunta es esa Marcelo? ¿A qué conduce?
—Tan solo contéstamela.
—Está bien. Te lo digo de verdad: nunca he querido tener
hijos.
—Y si desearas uno muchísimo, ¿lo tendrías soltera?
—¡Jamás! Tener un hijo soltera solo por el afán de cono-
cer la maternidad es egoísta e irresponsable. Cómo negarle
el derecho a un padre. Un hijo hace una familia, una madre
soltera no.
Marcelo se queda pensativo.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Te gustaría tener un hijo? –le
pregunta Violeta.
—Oh no, es solo que las mujeres y la maternidad son como
inseparables ¿no?
—Tanto que mírate a ti preguntándome bobadas.
Marcelo vuelve a quedarse pensativo.
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—Uhmm, pues vamos que mi madre fue egoísta e irrespon-
sable –dice de repente.
—¿Tu madre? ¿Qué tiene que ver?
—Es un culebrón de historia. Tendría que contártela.
—¿No te inspiro confianza?
Vuelven a callarse. Violeta mira otra vez a todos esos pasa-
jeros que ahí sentados van con las narices y los ojos metidos
en el periódico equis o la revista ye, en el bestseller policíaco
o la novelita de amor de bolsillo, siguiendo las frases de hojas
llenas de letras y palabras, siguiendo historias ficticias y reales.
Todos, todos leen, menos unos carianchos chaparritos que
parecen centroamericanos, no saben qué hacer con su tiempo
y se dedican a atisbar a todos los demás. “Mirones ignorantes,
en vez de leer como los otros”, piensa ella.
—Fauré y Satie me han acompañado mucho, más que tú
–dice ella de pronto–. Me han hecho redescubrir la música.
—Me lo debes a mí. Yo te hice la inducción por los discos
de José Luis. Como se largó apenas llegaste.
—Y tú también.
—Vamos, suelta ya la cosa. Mira que sí te he ayudado.
—Igual hubiera visto los discos.
—No todos.
—Vivir con Jóse y hablar con él me han hecho recuperar
la costumbre de oír música. La había perdido. Es una música
bastante inspiradora. Creo que indirectamenteme ha servido
para aclarar la historia.
—Ya has definido quién gana y quién pierde.
—Creo que nadie gana y todos pierden.
—¡¿Mueren todos?!
—Perder no significa morir. Y no siempre se pierde porque
se muere. Incluso es más interesante si los perdedores siguen
vivos, aunque es triste que mueran los buenos, así pertenezcan
al pasado.
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—¿Al pasado? ¿Cómo que al pasado?
—¿Te parece malo? ¿Qué tiene?
—El futuro es lo que cuenta.
—No siempre.
—¡Claro que sí! A uno le interesa es saber qué va a pasar
en la historia. ¿Acaso no ves películas?
—¡Y qué tienen que ver las películas!
—Mira, se toman los personajes en un momento dado, así
estén viejos, y la referencia a su pasado es casi nula, no interesa,
sino las circunstancias presentes y hacia dónde los llevarán. Es
como si nosotros nos preguntamos de dónde viene este tren.
Qué coño nos importa. A mí me va es hacia dónde se dirige.
—Yo no estoy tratando de escribir un guión de cine sino una
novela y en esta el pasado puede ser lo más importante, incluso
otras cosas más irrelevantes en apariencia. Mira tu caso.
—¿Mi caso?
—En teatro hay mucho movimiento interior.
—Posiblemente. Pero ahora el movimiento es hacia fuera.
Violeta no entiende lo que quiere decir Marcelo y con un
gesto le pregunta.
—En esta estación nos quedamos –responde él.
—Ay Marcelo, que no tengamos que caminar mucho ¿sí?
—De qué otra forma se conoce una ciudad sino caminán-
dola.
—Sí, claro, pero cuando tu debilidad son los pies, ni modo.
Y he estado yendo mucho al parque.
—¿Tienes algo en los pies?
—No sé. Siempre me han dolido si camino mucho.
Deciden tomar otra línea para ahorrar algunas cuadras de
caminada y caer directo a la calle de la librería. Mientras espe-
ran Marcelo dice que ha estado leyendo los recortes de prensa
que tiene guardados José Luis con las historias publicadas de
ella, porque es la primera vez que vive bajo el mismo techo con
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una periodista y eso le despierta mucha curiosidad, le parece
bueno leer a alguien y luego poder conversar con esa persona
y preguntarle cosas. La conversación continúa en el tren.
—¿De verdad dormía en una hamaca el soldado que iba
por el tercer paludismo y se pasaba mirando el helicóptero que
traía y llevaba a sus compañeros?
—Sí, claro. En periodismo nada se inventa.
—Me dio mucha impresión saber que el cambuche se lle-
naba de lodo cuando los ventarrones se llevaban el plástico
y lo dejaban a merced del aguacero. ¿Un cambuche es como
una choza?
—Peor. Tan solo cuatro palos y un plástico.
—También eso de que cuando se bajaban todos del heli-
cóptero y los que se iban de relevo no se montaban ahí mismo
era porque traían muertos, y como preguntaba “quién, quién”
cuando veía a los compañeros pasar con los cadáveres en las
bolsas negras. ¿Tú las viste? ¿Cuando estuviste allá las bajaron?
—Siempre había bolsas negras por todas partes. Ese día
hubo muchas y yo me sentí tan ridícula y estúpida como pocas
veces.
—¿Por qué?
—Estaba estrenando el tandy del periódico... los primeros
portátiles... Imagínate yo en un monte rodeada de carpas,
sentada en un tronco, tecleando el relato de un soldado que
apenas podía juntar las palabras por el escalofrío de la fiebre.
—Pero hablas de un corredor.
—Sí, había una construcción, una cocina, un baño y una
pieza para los equipos. Esa era toda la base militar. Alrededor,
claro, estaba el corredorcito con la hamaca y el soldado. Pa-
recía un moribundo. Jamás se me habría ocurrido molestarlo,
él mismo fue el que me dijo que si quería que me contara su
historia, cuando me senté en el corredor a esperar al fotógrafo
que se había ido en el helicóptero a hacer las fotos de la toma.
A mí no me dejaron ir.
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—¿No? Por qué.
—El comandante de la base dijo que era muy peligroso y
que no quería responsabilizarse de la vida de una periodista de
un diario tan importante, que ya tenía bastante con las de sus
soldados, que él daba permiso para que los que habían estado
en la zona del combate me dieran testimonios. En cambio al
fotógrafo sí lo dejó montar, mejor dicho, yo lo hice montar
porque él por su propia voluntad jamás lo habría hecho. Con
el pánico que le tenía a los aviones...
—Pero te fue mejor. Conseguiste la historia del soldado.
—Ah, ese soldado. Me sentí obligada a escucharlo. Él te
nía más ganas que yo de conversar con alguien, necesitaba
desahogarse.
—Deshacer todas esas palabras anudadas en la garganta.
—¡Vaya! Se ve que lo leíste.
—Me ha llamado mucho la atención leerte. Yo siempre me
aprendo obras de escritores pero no había vivido con ninguno.
—¿Vivido? Si algún día vuelves al apartamento.
—Oye, no más, ya, suéltame.
—Está bien, está bien, perdona.
Marcelo la mira con una cara como si estuviera diciéndole
“eso espero”.
—Yo no me acordaba de esa frase. Tienes muy buena me-
moria Marcelo.
—Dime si no soy un actor nato. Me grabo facilito los textos.
—¿Se puede ir a la audición?
—Estar adentro, no.
—Entonces no paga ir.
—Podrías ir a acompañarme y esperarme afuera para darme
apoyo en caso de que... bueno, ya sabes, prefiero no decirlo
aunque lo piense.
—Si vas con tu amigo qué falta te haré.
—Ah... sí... voy con él.
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—¿Vuelves esta noche para allá?
—No. Me quedo contigo. ¿Qué te hace pensar eso?
—Andas con la cámara.
—Es para hacerte las imágenes en las dos torres.
—¡¿Qué?! ¿Tomarme fotos? ¡Cómo se te ocurre!
—Fotos no, es un video.
—¡Peor! ¿En semejante escenario? ¿Para qué querría un
video allí? Estás loco.
—Todos los turistas lo hacen.
—No vine aquí en plan de turista.
—Pero eres turista. Así figuras.
—Sí, tengo visa de turista pero no me siento una turista.
—Ahora que lo mencionas. Si tu idea es quedarte, deberías
cambiarla.
—¿Qué cosa?
—La visa.
—¿Se puede?
—Todo se puede, con dinero, claro. Aunque, para qué
otra visa si te han autorizado los seis meses, ni necesitarás
cambiarla. Y tampoco nosotros necesitamos cambiar más de
tren. Salgamos por allí.
Antes de llegar a la librería entran a la farmacia. Violeta dice
que está dudando si volver a tinturarse y Marcelo le contesta
que le gustaría verla como en la foto de la familia que tiene
José Luis. Ella compra la tintura de todos modos, además de
una base de maquillaje, un labial y una pestañina, de las que
se antoja a última hora.
—¿Por qué se pintarrajean tanto las latinas?
—¿Y las españolas no? El maquillaje es algo universal.
—Pero vosotras os embadurnáis más.
—¿Qué necesidad hay de que te pongas lo que compraste?
Violeta mira la bolsa con las compras. Medita por un
instante.
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—¿No te has dado cuenta? –dice con extrañeza.
—De qué.
—El otro día me viste con la cara lavada.
—¿Y?
—¿No me viste nada raro?
Marcelo se queda pensativo.
—¿Las pecas?
—No hombre, ¡que tengo unas manchas que son como
cicatrices! Me quedaron cuando me quemé.
—¿En serio? Francamente no me di cuenta. Y no te exaltes.
Embadúrnate todo lo que quieras que yo, a callar.
—En realidad, si pudiera, no me pondría maquillaje. Es
esclavizante.
—¿Y qué si se notan? No son la marca de un crimen.
—Para mí son como la marca de un crimen.
Marcelo se queda en silencio. Cuando están en la registra-
dora se le ocurre qué contestarle y se lo dice al oído.
—Un crimen que tú no has cometido, y eso hace una gran
diferencia.
Siguen conversando mientras caminan las dos cuadras que
faltan para llegar a la librería.
—¿Viste las imágenes que te grabé?
—Me parecieron fatales.
—¿Qué has dicho?
—Pero no por tu trabajo, sino por mi registro. Nunca me
había visto en video. Francamente, me creía diferente. Me
molestó la expresión de mi cara.
—Eso ayuda a conocerse y a aceptarse.
—Además, se me hace muy raro observarme a mí misma en
la pantalla sin poder mirarme a los ojos. Creo que me quedo
con los espejos.
—¿De qué hablas?
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—Cuando te miras en un espejo puedes fijarte en tus propios
ojos. En video ves tu imagen y sin embargo no hay posibilidad
de que te mires a ti mismo.
—Obvio. Una cámara no es un espejo, así refleje las cosas.
Lo único que tienen en común es que mienten. Yo dudo de
ambos, no creo que den una imagen real. Sea una u otro,
siempre me veo diferente, a veces más gordo o más delgado o
de más años. Imagínate, si miente la propia voz de uno.
—¿Qué quieres decir?
—La voz que yo oigo de mí mismo no corresponde a la que
sale y oyen los demás. Una es la mía, la de adentro, y otra es
la de los demás, la de afuera.
—Pues claro.
—Sí, parece claro, pero a mí eso me impactó tanto como
a ti la imagen del video. Lo supe en la escuela, en el grupo de
teatro. Siempre había alguien que grababa las obras.
—Te enteraste muy rápido. Yo lo descubrí cuando escuché
el primer programa de radio que hicimos en la emisora de la
Universidad. Y tampoco me gustó mi voz. De ahí en adelante,
le ponía pausa a la grabadora cuando hacía las preguntas en
las entrevistas, para no tener que torturarme escuchándome
luego.
—Anda. Has sido exigente contigo. A mí en realidad no
me chocó mi voz ni he huido de ella como tú. Pero aquello
me dejó pensando. Hasta ese momento no sabía que tenía dos
voces. ¿Cuál es mi voz real?, me pregunté. La nueva voz no
cazaba con lo que creía ser.
—Es difícil aceptarse del todo. Creo que uno nunca llega
a estar satisfecho totalmente con uno mismo. Aunque aspiro
a que un día pueda escucharme, y también verme sin experi-
mentar cierta vergüenza. Me sentiré feliz entonces.
—Empieza por dejar los colorantes y los cosméticos. Lo que
debes cambiarte es el estilo del pelo.
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—¿Qué tiene mi peinado?
—Ya que nos estamos dando confianza te digo que el flequi-
llo no te va, eso sí lo noté en cuanto te vi con el pelo lavado.
Tienes una frente digna de mostrar y el rostro se te ve mejor.
Al entrar en la librería acuerdan separarse. Marcelo dice
que quiere mirar unos libros y propone cuarenta minutos de
libertad para que cada uno busque y curiosee tranquilo lo que
quiere. Quedan de encontrarse en el café del tercer piso.
Cabanes es mi apellido, de mi madre Lourdes Cabanes, no
porque mi padre me haya negado el suyo, lo único que me dio
en la vida, obligado por la ley, claro, y por mi madre que se
obstinó, sino porque Cabanes sonaba más artístico que Ribas.
Era un buen lastname para un actor y yo no quería inventar-
me un nombre adicional, a lo mejor implicaba también una
personalidad extra. Es suficiente con la que tengo. Yo no soy
español, sino sevillano, que es distinto. Te enseño a bailar
sevillanas si quieres. Como yo, mi padre se vino para Estados
Unidos buscando una vida mejor y huyendo de mi madre.
Querer zafarme de ella fue lo único que le saqué. A ella le dije
que me quedaba aquí para buscar al hombre que la abandonó.
Le mentí. Para nada me interesa el señor, menos desde que
andan diciendo que se casó y tiene una hija. Cuando pasé por
inmigración sabía que no iba a usar el tiquete de regreso, como
tú. Ya tenía el apoyo de la Compañía para que no me denun-
ciaran. Creían que me quedaba por tratarse de Nueva York,
la ciudad del espectáculo, del mundo de los artistas, pero
hubiera podido ser cualquier lugar. Fue fácil dejar la Compañía,
el grupo, pero no a mi madre, aunque ambas cosas las hice por
mi bien. No quería ser actor cómico y ya me estaban encasi-
llando en eso, una especie de payaso. Tampoco me gustaba ser
un hijo agobiado por el apego de la madre. Tengo pendiente
ir a verla. Siempre estoy planeando hacerlo, cada año, llevo
tres en esas, pero nunca completo el dinero. Pero creo que
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este año sí lo tendré. Vivir con José Luis ha significado una
economía. Siempre es más práctico juntarse a vivir en pareja,
sea del tipo que sea. Aquí es lo común. El amor va detrás...
Este año estoy obligado a ir a casa. Ya mi madre no está en-
ferma, ya se curó de la depre crónica que sufrió sin mí, tiene
novio y va a casarse. “¿Por qué en invierno?”, le he dicho; “a
quién se le ocurre casarse en el invierno, déjalo para el verano”.
Pero no quiere casarse cincuentona sino cuarentona. “¿En-
tonces en la primavera? ¿No es tu cumple en julio acaso?”, le
sugerí. “Sí, pero y Oriol qué”, me contestó. Así se llama el
futuro marido que sufre demasiado con el polen. Ni modo de
dañar la luna de miel por una alergia. Así sea en invierno iré
a la boda de mi madre, la primera, la única. Estoy muy agra-
decido con ella por haber aceptado mis preferencias, aunque
casi la matan. Y le agradezco que se haya enterado por sí
misma y me hubiera evitado el tener que contarle todo sobre
mí. Se dio cuenta una mañana en que llegó a levantarme y al
palpar la puerta trancada miró por la ventana de mi cuarto
que daba al pasillo y por la persiana entreabierta alcanzó a
verme desnudo en el suelo haciendo el amor con uno más
huesudo que yo, pues a los dieciocho yo era un huesudo que
daba miedo. Me he vuelto músculo a punta de gimnasio... “No
sé cómo me respondieron las piernas para llegar hasta el baño,
sentí que iba a vomitarme”, se atrevió a contarme ella tiempo
después, porque pasó como un mes y no me dijo nada. Yo la
descubría en la cocina al amanecer fumando y tomando leche
caliente y ella decía que no podía dormir. A veces se iba con
dos horas de sueño para la oficina de correos. Trabajaba en la
taquilla. Por esos días sus ojos oscuros y grandes, que son
iguales a los míos, cambiaron, parecían estar más hondos en
las cuencas. No se me olvidan. Una vez le pasó la conmoción,
me habló duro, me dijo que hiciera lo que me diera la gana
pero que nunca más volviera a llevar mis amigos a la casa.
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“Jamás hagas esas porquerías bajo el techo en el que yo estoy
durmiendo”, me dijo un día. “Tu sexualidad es tu maldito
asunto pero no me la traigas a la casa”. Cuando pudo hablar-
me más calmada me dijo que me aceptaba como fuera, que a
un hijo nunca se le discrimina y más si le ha tocado vivir sin
un padre, que ella había tratado de hacer todo lo mejor por
mí pero no había hecho lo principal que era darme un padre.
Según ella, ahí estaba la falla que explicaba mis preferencias
porque todos los niños, como había escuchado en el show de
la radio varias veces, necesitan el amor de un hombre, la figura
paterna. Yo me llené de más resentimiento con mi padre, pero
eso me duró hasta que conocí a José Luis. Él tuvo a su padre,
una figura fuerte y, sin embargo, ¿qué? Las teorías no sirven
para explicar los sentimientos. De vez en cuando, mientras
comíamos, mi madre se quedaba mirándome, pensativa, y de
pronto se le chorreaban dos lagrimones y me preguntaba
“¿Estás seguro?”. Por un tiempo más preguntó, pero sin llorar,
hasta que dejó de averiguarme. Sin embargo, cuando alguna
chica interesada en mí llamaba para invitarme y yo la recha-
zaba, me decía “¿De verdad no puedes enamorarte de una
muchacha?”, y yo tenía que decirle “entiéndelo de una vez,
yo solo puedo querer lo que las muchachas quieren”. Todavía
lloriquea y me pregunta si creo que puedo ser feliz así. Yo le
digo que eso no es tan complicado como vivir lejos de mi
pueblo. Yo adoro ese lugar, pero es tan conservador. Está
lleno de iglesias y de gente para quien lo más importante
después del trabajo es rezar e ir a misa, gente que dice prime-
ro Dios, después mi madre y después yo, y esa es la ley de la
vida pública y privada. Nunca ha tenido más de veinte mil
habitantes. Pero allí fue donde pasé mi niñez, donde están los
recuerdos más dulces de mi infancia. La infancia es lo funda-
mental aunque la olvidemos casi toda. Y también están mis
días más difíciles en la adolescencia cuando descubrí cómo
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era. A los diecisiete yo me despertaba y firmemente trataba
de mirar a una muchacha, me decía a mí mismo voy a ser
diferente, pero nada que funcionaba. De aquel pueblo tuve
que salir para poder garantizar mi existencia, de haber seguido
allí hubiera terminado suicidándome. Me lo aconsejó la pro-
fesora a la que me atreví a contarle y me hizo ver que la solu-
ción era buscar mi lugar en otro lugar. Estaba desesperado
porque pensaba que para poder vivir en sociedad tenía que
casarme con una mujer, pero, ¿cómo?, ¿siendo homosexual?,
¿y la religión qué?, me cuestionaba. Como me habían metido
tanto terror con el infierno, la salvación y la vida eterna y esas
cosas de la Iglesia, creía que si me casaba me iría para el in-
fierno. Me sentía atrapado. No sabía qué hacer. No podía
evitar a Dios, debía tenerlo en cuenta, me lo inculcaron sien-
do un crío. Ya me he despojado del terror que me inspiraba, y
eso me ha ayudado. Fue muy difícil contarle a la profesora,
tenía además miedo de que todo se supiera y empezaran a
atacarme, a ridiculizarme, por eso me mantuve en secreto y
me esforcé por tener un bajo perfil en el liceo. No me metía a
grupos, por fortuna ni los equipos de básquet ni los de fútbol
me llamaban la atención. ¿El teatro? Pues fue inevitable. Me
apasionaba. Y pude estar en él sin tener que mostrarme. Le
dije a la profesora que me gustaba trabajar detrás del escena-
rio. Así como a José Luis le gustó trabajar en la cocina del
restaurante, ¿te acuerdas? Entonces me puso de asistente del
director. Pero un día me equivoqué, me atreví a hacerle una
insinuación a uno que no resultó ser como yo y que regó el
cuento. Me tocó salirme. Ahí volvió mi madre a enseñarme
cosas, me dijo que fuera todo lo gay que quisiera, pero bruto
no, “tienes que ser más inteligente para saber distinguir”.
Después de eso me marginé más, me volví muy cuidadoso, no
quería correr el riesgo de ponerme otra vez en ridículo o en
peligro. Al principio uno es torpe, es lo normal. Con una
200
mujer es más sencillo, si no le gustas no pasa nada, pero con
alguien del mismo sexo siempre estás corriendo un riesgo. Y
es peor cuando se empieza. Aquello es un territorio descono-
cido y nadie te dice cómo debes hacerlo, no tienes pistas de
qué hacer o decir, hay que calcular todo. Uno todo el tiempo
se está preguntando sobre el otro, ¿será o no?, podría serlo,
pero y si no... Y mientras tanto el corazón te palpita. Así me
pasó con José Luis y a él conmigo. Dice que le gusté a prime-
ra vista. Me vio en el escenario desde la banca en la tercera
fila en el teatrito aquí en Manhattan donde nos presentábamos.
Me volví muy hábil en distinguir pues mira que José Luis con
ese aire tan varonil y fui yo quien le caí. Cuando me conoció
a mí, él estaba saliendo con un tipo muy majo, ¡tenía un culo!,
prácticamente vivían juntos, pero era un cochino, eructaba
delante de uno, por eso creo que lo dejó tan fácilmente y se
quedó conmigo. Desde que salí de mi pueblo la presión sobre
mí mismo se me acabó, aunque tuve que empezar a trabajar
de verdad, por necesidad, y a vivir por mí mismo. Mi madre
fue siempre generosa y me mantuvo. Solo por gusto, y para
darme gusto, yo había empezado a trabajar desde los quince.
Durante el verano y en los fines de semana cuando era época
de escuela me empleaba en la tienda de don Carmelo. A él le
gustaba mucho mi trabajo porque decía que yo era parlanchín,
amable, sociable, que atrapaba a las clientas con mi cotilleo y
luego no podían irse sin comprar algo. Don Carmelo vendía
solamente medias, guantes y bufandas. En el verano le suma-
ba al negocio sandalias de playa, gafas de sol y pañoletas. De
ahí nace mi afición por estos pañuelos que siempre llevo en el
cuello. ¿Te gustan? Si quieres te los presto, o te doy alguno.
¿Cuál quieres? ¿El verde, el rojo, el fucsia, el vinotinto, el azul
turquesa, el aguamarina? ¿De seda, lino, algodón o terciopelo?
¿Color plano o estampado, de rayas, flores o de puntitos? Llé
vate los que quieras... La mayor clientela de don Carmelo era
201
femenina. Nunca hablamos de mis inclinaciones pero yo creo
que las sabía, el viejo las agarraba todas en el aire, sabía que
yo era el vendedor perfecto, le resultaba atractivo a las muje-
res, conmigo ellas se sentían muy bien, pero no corrían peligro.
Cuando me retiré para venirme para acá me dio más dinero
del que merecía. Murió en el invierno pasado. Me ha dado
mucha lástima saber que no le volveré a ver, eso me ha pues-
to a pensar. Por eso quiero ir a ver a mi madre, y también a
Paloma. A ella la conocí en el almacén. Era también una
adolescente pero ya andaba follando con el novio, y al igual
que yo tenía un lío armado en la cabeza por el cuento de la
religión pensando que se iba a condenar. Era la sobrina de don
Carmelo. Él decía que se mantenía en las alturas y por eso no
vendía nada. Con ella me di cuenta de que el sexo, con cual-
quier tipo de pareja, siempre sería un lío. Le aconsejé dejar la
misa y seguir gozando con su novio. Tampoco tenía padre, pero
lo había tenido y bueno, era el hermano de don Carmelo que
murió mucho antes que él. A diferencia de mí, a Paloma la
dejó su madre. Decían que la vieja estaba de puta en Madrid,
se fue a buscar trabajo pero nunca mandó por la hija. Paloma
quedó preñada soltera, pero a diferencia de mi madre, el novio
se casó con ella y le resultó bueno. Ya tienen tres críos. Son
como mis sobrinos. Mira la foto. Ahí está don Carmelo. Me
ha dolido no haberlo visto por última vez. Le ha dejado la
tienda a Paloma y ella anda un poco liada. Por eso también
quiero ir, para ver en qué puedo ayudarle. Yo me siento bueno
para los negocios. Si pudiera, montaría un bar gay, para hom-
bres y mujeres, bien chic. Paloma está preñada otra vez. Es
que le gusta mucho follar y no ha aprendido a ser ordenada
con la píldora. Creo que no entiende cómo debe tomársela.
Es bastante despistada, yo diría que algo burra. El marido fue
el que metió la pata, conmigo eh, no con ella. Andaba celoso
de mí. Le gusta emborracharse y una noche en el bar dijo que
202
yo era marica, así, con esa palabra, y la cosa se supo. Ni le
guardo rencor, si no hubiera sido por él jamás habría recibido
el empujón para salir de ese pueblo. A veces uno necesita que
la vida tome las decisiones que uno no es capaz de tomar. Por
el marido de Paloma llegué a Madrid, de allí salté hasta aquí
con la gira de la Compañía y pude encontrarme a José Luis.
Para mí, conocerle a él ha sido muy útil. Lo envidio porque
tuvo hermanos, tíos y tías, y una segunda madre en su madri-
na. Lo admiro por la disciplina, la voluntad, la capacidad de
trabajo, pero no entiendo por qué se pone con disimulos con
su madre. Ya le he dicho varias veces que tiene que contarle
que vive conmigo. A mí no me gusta que se avergüencen de
mí, como en mi pueblo. Más tarde o más temprano él tendrá
que encarar la realidad. Mi madre dice que la vida es dema-
siado corta y que los hijos se van demasiado pronto como para
complicarse la vida no entendiéndolos. Así pensará la tuya.
Las madres son cortadas todas con la misma tijera, sea en
Sevilla o en Colombia. Ahora la mía es otra con el novio. Lo
único que le preocupa de mí es la cosa del sida. Por eso me
hago las pruebas religiosamente. Siempre la ha mortificado.
A escondidas me dejaba condones en la talega. Yo le reñía,
pero después me daba ternura, era una prueba más de su
amor por mí. Por eso tengo que ir a verla antes de que fina-
lice el año.
Cuando le dan confianza Marcelo es como Violeta. Por eso
ella le ha cedido la voz y lo ha dejado hablar sin interrumpirle
el monólogo que se ha echado. Si él ha parado de hablar es
porque la boca y los labios se le secaron y ha tenido que ir
a comprar agua. Violeta lo ve llegar al mostrador. Allí, él se
antoja de repetir, le hace señas, ella entiende, acepta. Luego
Violeta observa el ejemplar de Mr. Right Is Out There: The
Gay Man’s Guide to Finding and Maintaining Love, el libro que
Marcelo está pensando comprar y que, mientras le echaba el
203
rollo, sobó y sobó mecánicamente con la mano derecha, en
donde siempre lleva ensartada una argolla gruesa de plata. Él
halló el libro en la parte de atrás, después de mucho buscarlo
en los estantes marcados con el nombre de sociología. Ahora
regresa con otro par de capuchinos y dos cruasanes más. Luego
de sentarse saca de su morral el brillo de labios y se lo echa. Y
sigue hablando de la misma manera en que se bogó la botella
de agua mientras esperaba el pedido.
—Yo nunca he querido parecer un gay. Quería parecer
normal. Por eso apenas me dejo crecer el cabello, aunque lo
preferiría bastante largo. Me encanta sentir una melena en los
dedos de mis manos.
—Ah, ¿sí?
—Pero ni se me ocurriría vestirme de mujer, a no ser en una
obra de teatro. Odio las extravagancias de los transformistas.
Son pura lentejuela. Yo no busco darme pantalla así me guste
actuar. Me tomo en serio y lo que soy también. Me esfuerzo
por lucir impecable, pero no pretendo llamar la atención.
Además, tengo muy buen gusto. Por eso me sedujo José Luis.
Siempre está oliendo bien y, a la hora que sea, su cara parece
recién lavada. Yo lo convencí de que se quitara la barba porque
no dejaba de parecerme rara la imagen de dos hombres que...
Violeta juega con la caja de Learnto Speak English, el curso
de inglés en cuatro cds que ha seleccionado. ¿Qué puede decir
frente a lo que Marcelo está diciendo? Ya quisiera que parara
el tema, pero él sigue con su desahogo.
—La gente piensa que a nosotros solo nos interesa el sexo.
Yo no podría vivir sin él, pero sé que José Luis sí. A lo mejor
cuando yo tenga la edad de él me pasará lo mismo y...
De pronto si le hiciera preguntas, piensa Violeta, y se
arriesga.
—Imagino que hay un momento en que ustedes se dan
cuenta cómo son –interrumpe ella–. Digamos, como de re-
conocimiento.
204
—Es como el día del juicio final.
Violeta sonríe y con el gesto de su rostro le pregunta por qué.
—Se siente regocijo y pavor. Sabes que andarás solo en
un mundo donde el amor ha sido establecido para parejas de
distinto sexo.
—¿Pero cómo te diste cuenta?
—Cuando empecé el penúltimo grado de la secundaria llegó
un compañero nuevo que se sentó delante de mí. Acababa de
pasar el verano y estaba bronceado. Toda la clase me pasé con
mis ojos en su cuello. Su piel parecía tan suave. De repente
sentí un calor en todo el cuerpo. Al día siguiente anhelé
tocarlo. Al otro me imaginé que le besaba el cuello. No pasó
nada entre nosotros, ni siquiera alcancé a ser su amigo. Yo lo
evitaba. Pero desde ahí mi vida se volvió una tortura.
—¿Qué pasó?
—Me sentí como sacado del mundo. Tuve sentimientos
contradictorios, mucha curiosidad, pero también miedo, una
pelea interna constante. Se me aplacó con mi primera relación.
Fue con un chico rubio, de manos frías, también huesudo. Una
noche apenas. Nunca más volví a verlo aunque pensé que
era el inicio de un romance. Solo me quedó lo que apunté en
mi cuaderno y la certeza de que era gay. Me di cuenta que yo
coincidía con ese mundo, que encajaba perfecto y no tenía
que ajustarme a nada. Por eso me instalé en él.
—¿También tomabas notas como yo?
—A veces. Creo que todos lo hemos hecho alguna vez.
—Muy triste tu primer romance.
—Pero en aquellos días me sentí capaz de abrazar la luna.
—¿Y después qué pasó?
—Llegaron más enamoramientos, aglomerados, de corta
vida. Tan rápido como ardían se resecaban, pero me daban
más certeza sobre mis predilecciones. Uno empieza y no para.
Sexo, más sexo, relaciones sucias, una vida miserable, llena de
205
impulsos y movida por ellos. Una trampa que lo hace quedar
a uno en evidencia y salir corriendo para conservarse.
—¿Qué quieres decir?
—Un día en el gimnasio al que iba no resistí la tentación,
me equivoqué y casi me ejecutan.
—¡Marcelo! ¿Y aún eres así?
—No temas, con José Luis estoy aprendiendo a tener rela-
ciones decentes, recatadas, y me gusta, así las había querido.
Aunque a veces puede volverse aburrido también, lo reconoz-
co. La libertad sexual no debería tener más restricciones que
el no hacer daño, ¿no crees?
Violeta ni sabe qué decir.
—Parece que estoy aburriéndote.
—No no no, fresco. Decías que lo de José Luis puede vol-
verse aburrido –dice ella con interés, reflexiva.
—Lo que digo es que, bueno, a ver, a tu edad, o a la de él
por ejemplo, se debe estar buscando una relación seria que
llene la vida, tenerla sería algo que les haría felices, pero a la
mía, no sé. Mi vida amorosa todavía es complicada, a mi edad
uno es impulsivo y no le importan las críticas.
—Y todavía se puede jugar un poco con el destino.
—No sé si jugar, pero sí ser un poco egoísta.
—Eso no es un problema de edad Marcelo, sino de tempe-
ramento y de principios.
—O de ser lo que soy. Nunca se tiene un amor digamos
real, como entre un hombre y una mujer.
—¿Cómo así? Me parece que te contradices.
—Venga, cómo te explico... Yo busco canciones que ha-
blen del amor entre dos personas del mismo sexo pero no he
encontrado ninguna. Le he dicho a José Luis que componga
una, pero a él solo le gusta tocar la guitarra, saber de música
y hablar de músicos. A eso me refiero. Por más que la socie-
dad esté cambiando, siempre será algo difícil. Jamás podrías
206
imaginarte lo que significa ser gay en un pueblo, incluso aquí
en Estados Unidos.
—La peor prueba es con la familia. Es la primera que debe
enfrentarse y en muchos casos deja malos resultados. Mira a
Jóse, lo aisló y lo dejó resentido.
Violeta termina de arañar con la cucharita la espuma que
queda en los bordes de la taza de café.
—Está delicioso esto, ah. Pero me temo que no voy a dormir
hoy con tanto café. ¿Vas a llevar ese libro?
—No sé. Siempre me ha interesado leer sobre homosexua-
lismo pero es desconsolador encontrar que todavía hay quienes
lo consideran una enfermedad o lo reducen a un estilo de vida.
Para la Iglesia sigue siendo una aberración.
—Para ella todo el cuerpo es una fuente de pecados.
—La visión que más sensata me parece es la que lo ve como
un comportamiento aprendido o escogido, o una compensa-
ción por la mala relación con uno de los padres o un trauma
de la infancia.
—En Colombia ser homosexual daba cárcel. Una vez vi una
redada de travestis en Medellín. Apresaron como a quinien-
tos. ¿Y sabes? Se cogían de las manos apenas veían llegar a la
policía. Aun así, los montaban en las volquetas a empujones.
Recuerdo que quedaron muchos tacones y carteritas brillantes
en la calle.
—¿Qué les hacían?
—Los llevaban para la inspección de policía y los dejaban
veinticuatro horas. Después los soltaban, y a los días volvía a
pasar lo mismo, y así. Un círculo vicioso. Hoy ya no es delito,
pero igual los amenazan y los persiguen como a los sindicalistas
o a los izquierdistas, hasta que los hacen ir.
—Bueno, pero los travestis siempre traen problemas. Son de
la calle y allí aprenden a ser agresivos, se meten con ladrones,
aprenden a robar como ellos. Son prostitutos montados en
plataformas y embadurnados de maquillaje.
207
—¡Marcelo! ¡Qué son esas opiniones! Perdona, pero hay
que distinguir. Eso no da licencia para hacerles daño. En Bogo-
tá ha habido campañas de limpieza social para exterminarlos.
Y aunque el centro de Medellín está inundado de sitios gay,
siguen prefiriendo esconderse, llevar una doble vida.
—Es lo que te digo, así es en los pueblos.
Violeta parece salirse un poco de casillas y sube la voz.
—Oye, tú por más que te lo explique no puedes entender
que Bogotá es una ciudad con más habitantes que Madrid
aunque no tenga metro. Es la capital de un país donde viven
más de cuarenta millones de personas, no es el pueblo colonial
que te imaginas, es una ciudad como cualquiera y...
—Donde un gay no puede pasar desapercibido y tiene que
esconderse –interrumpe Marcelo–. Yo al menos pude refugiar-
me en Madrid. Algo pasa en tu país.
Violeta araña ahora el empaque del libro. Luego se le
ocurre decir:
—Lo que pasa es que, como en tu pueblo, en Colombia hay
gente que dice primero Dios, después mi madre y después yo.
Es un país muy rezandero, intolerante e hipócrita. Por eso a
los homosexuales les resulta más fácil vivir en un sitio donde
no los conozcan. Como Jóse, por ejemplo. ¿O por qué crees
que te esconde tanto de mi madre?
—Qué obstinación. Me cuesta entenderla. ¡Me mortifica!
Pero algún día tendrá que saberse.
—Es lógico que tema.
—Temores siempre habrá, yo los sigo teniendo. Da miedo
sentirse único en el mundo, castigado con ciertos sentimientos,
se está siempre como en peligro, se es más vulnerable, pero eso
no le da la razón para mantenerme en las tinieblas.
—No te amargues por eso. Piensa que a veces lo marginal
termina siendo más libre, más puro. Es mágico, dramático tal
vez, pero así es. ¿Sabías que se concede asilo político por eso?
208
—Yo estuve a punto de pedirlo, pero me arrepentí. Es como
un premio con castigo, te toca renunciar a ir a tu país como
cinco o siete años.
—Pero tú tienes papeles.
—Sí, los tuve que comprar.
—¿Los compraste?
—¿Por qué crees que se me ha hecho un lío ahorrar y tuve
que ir a vivir con tu hermano?
—¿Cómo así que los compraste? ¿Y qué tiene que ver una
cosa con la otra? ¿Qué significa eso de que te fuiste a vivir
con Jóse por ahorrar?
—Es una manera de decir. ¿No has oído que el dinero lo
compra todo? Corruptos hay en todas partes y en caso de de
sesperación a uno no le importa hacerles el juego. Andar
tranquilo por estas calles vale, y aquí uno vale más si está legal,
por lo menos no te explotan tanto en el trabajo y no andas
temiendo a toda hora.
Violeta se detiene por un momento en la conversación,
pero no quiere que se acabe.
—¿Y como cuánto pueden costar? –pregunta luego.
—Depende. Tres mil, cuatro mil...
Por un instante, a ella se le atraviesa en la cabeza la pregunta
¿el portátil o la visa?
—¿Y Jóse sabe que compraste la visa?
—Ni que se entere. A él las cosas ilegales no le van. Es muy
recto con la autoridad de este país.
Violeta corresponde a la confianza de Marcelo con la suya
propia.
—O sea que tú tienes los contactos.
—Siempre hay quien lo lleve a uno hasta donde quiera
llegar.
—¿Y tú podrías...?
209
Y ahí es cuando a ella se le zafa contarle a Marcelo su se-
creto y él queda enterado de que no son seis sino dos los meses
de permiso que tiene estampados en la tarjeta de inmigración.
—El problema es que no podría comprar el portátil, apar-
te de que me da miedo quedarme sin dinero, depender solo
del trabajo que pueda conseguir –explica Violeta después de
darle a él un listado de razones innecesarias sobre por qué no
quisiera regresar a su país–. Claro que tengo el apartamento
en Medellín y tal vez si...
—Pero tú podrías asilarte. Con tu historia y de donde vie
nes. Y no tienes apegos por tu tierra. Si quieres vamos a las
Naciones Unidas y reclamamos un formulario para aplicar
Elegibility For Asilum. Claro que, te lo advierto, puede tardar
meses conseguir estatus de refugiado. Tú verás.
—Tocaría mentir.
—Si eso te sirve para conseguir lo que quieres...
—Ay no Marcelo, yo no soy así, y aunque he sido rebelde
no me gusta irme en contra de la ley, así venga de un país
donde desobedecerla es lo usual. En eso soy como Jóse, nos
lo enseñaron en la casa.
—Mi abuela, que en paz descanse, decía que solo había
dos grandes mentiras en la vida y el mundo por las cuales uno
debía preocuparse, la edad y el futuro.
—Esto es serio, Marcelo.
—Ella hablaba muy en serio. Piénsalo. Tenía razón.
—Ignoro si lo uno o lo otro sea mentira o verdad. Solo sé
que de la mentira nada bueno sale, aunque fue mi manera de
ganarme la vida en los últimos años.
—¿Luego no trabajabas en una agencia de publicidad?
—Por eso mismo.
—Para mí las mentirillas fueron una tabla de salvación en
la niñez. Me evité muchos castigos y logré llamar la atención
de mi madre cuando quise.
210
Violeta mira fijamente a Marcelo.
—¿Jóse sabe que has faltado estas noches?
—Por mí no se ha enterado. Es la ventaja del teléfono
personal. ¿Te ha dicho algo?
—No no, nada.
—Es mejor no contarle.
—¿Por qué?
—¿Para qué? Se pondría celoso y no hay motivo. Es muy
posesivo. Para qué hacerlo sufrir innecesariamente. Amar es
evitar que alguien sufra, y si para evitarlo hay que decir men-
tiras, bienvenidas sean.
—Ay no, qué descaro. Yo no puedo creer lo que estoy oyen-
do. Esto parece un chiste cruel. Pobre Jóse. Los dos lo estamos
engañando. En qué momento pasó todo esto.
—No te alarmes, deja los escrúpulos. Son tan solo menti-
rillas piadosas. ¿O vas a contarle lo tuyo?
—No, ni riesgos, todavía no. Ojo Marcelo, cuidado me
haces quedar mal.
Violeta limpia con la cucharita la última espuma que ha
quedado en las paredes del pocillo y la mezcla con el residuo
del capuchino.
—Está casi frío... Bueno, ya que hemos estado hablando
con tanta confianza, tengo una curiosidad Marcelo. ¿Puedo?
—Dila no más.
—Espero que no te incomode. Es que, quisiera saber. ¿El
comportamiento de un hombre con otro es diferente al de
hombre-mujer? ¿Se ama y se vive distinto?
—No sabría decirte. Jamás me he enamorado de una mujer.
—¿Nunca, nunca? He leído que muchos homosexuales,
sobre todo del género masculino, aceptan que su pareja tenga
o haya tenido relaciones con una mujer. ¿Nunca las has inten-
tado? ¿No has tenido la curiosidad?
—Un día Paloma me dijo que si quería ensayara con ella a
ver si podía hacer algo con las mujeres. Acepté, pero solamente
211
sentí cosquillas en las nalgas cuando trataba de... bueno, ya
te imaginarás. Le dije que mejor hiciéramos de cuenta que
éramos hermanos. En verdad ella es como mi hermana. ¿Por
qué preguntas?
—Por nada en realidad. Bueno, es que también existen
los bisexuales. Los que diferencian entre homosexualidad y
heterosexualidad y eventualmente pueden...
—Nada, para mí es lo mismo. Las mujeres en mi vida
cuentan como han contado Lourdes Cabanes, Paloma y posi-
blemente tú, si algún día aceptas que podrías ser mi hermana.
Tan solo eso.
Marcelo cambia de tema
—¿Es este el curso que piensas llevar?
—Ah sí, se ve bueno. Y eso otro que tienes ahí, ¿vas a lle
varlo también?
—No, lo busqué para ti. Mira.
Marcelo le pasa la caja con el juego de cds sobre relajación.
—Está en castellano. Es un curso para olvidar el pasado,
vivir el presente y programar el futuro. Son cuatro discos.
El número uno es sobre control de ansiedad. Solo te llevará
treinta segundos cada día.
Violeta toma la caja y lee por encima “Método de relaja-
ción-Técnica yóguica ¿Te gustaría practicar un método de
relajación anti-estrés en cuarenta y cinco minutos cada día?
Te enseña a decidir tus sensaciones, sentimientos y acciones,
a ser el dueño de ti mismo. Aprenderás a relajarte fácilmente
y de forma rápida. Incluye un anclaje de seguridad”. Luego la
suelta en la mesa y dice que no le interesa. Marcelo vuelve a
tomarla e insiste.
—Aquí dicen que el cerebro funciona por electricidad y que
con esto puedes situarlo en frecuencias entre catorce y siete
hertz. Normalmente tenemos veintiocho, que equivale como
a un espasmo muscular. Mientras más alta la frecuencia, más
212
nerviosos nos ponemos y más dispersa está nuestra mente. En
siete nos quedamos dormidos, en cuatro es sueño profundo y
en uno punto cinco es estado de coma. O sea, vas a estar más
tranquila y concentrarte más.
—Ay Marcelo. Tú te dónde saliste. ¿Para qué quieres que
compre eso?
—Me dijiste que estabas aprendiendo a relajarte.
—Sí, y ya sé como hacerlo.
—Pero el otro día vi que te sacudiste y te tapaste cuando
estallaron los carros en la película. Y dejaste de comer los
pimientos rojos después de que viste cómo ardían en la llama
de la estufa. Y qué me dices del día en que vimos en la tele la
noticia de aquel ataque y te fuiste llorando para la habitación
¿ah? Ahí hay algo por resolver. Además, no duermes bien, y
dormir mal disminuye la concentración, nubla el pensamiento,
merma capacidad para tomar decisiones y tú haciendo una
novela es cuando necesitas...
—¡Ay, ya, basta Marcelo! ¡Qué clase de persona eres tú!
Mis asuntos son mis asuntos y son más complejos que este
cursito. Tranquilo que me las estoy arreglando, yo sé lo que
tengo que resolver, lo tengo muy claro y voy muy bien, estoy a
punto porque hace mucho tiempo ¡años! vengo trabajando en
eso. Y en estos días he hecho muy buena catarsis en el parque
y encerrada sola en ese bendito apartamento. Te agradezco
mucho pero no me interesa.
En el tono de voz de Violeta, Marcelo deduce el enojo que
le ha despertado. Ella parece incapaz de hablar más y de seguir
en su compañía. Sería mejor tenerlo lejos en este momento.
Sin embargo, le propone que vayan a ver lo del portátil, a lo
cual Marcelo contesta con un débil “como quieras”.
Con su rápida y extraña capacidad para sobreponerse y
cambiar de ánimo en segundos, Marcelo recoge sus cosas y se
levanta de la mesa, diciendo muy entusiasmado, como si nada:
213
—O vamos a pedir el formulario para el asilo. Ah, y las dos
torres, íbamos a ir allá también. ¿A dónde vamos entonces
Violetica. ¿Te puedo decir Violetica?
—Paguemos y mientras tanto decido.
Cuando bajan por las escaleras eléctricas hasta la registra-
dora del primer piso, Violeta se queda mirando los hombros
de Marcelo, que va adelante de ella. Piensa en lo que le ha
contado. “Qué vida y qué lengua”, se dice. Concluye que a
pesar del final de la charla, ha sido una buena tarde, ideal para
ella tan aficionada a conocer vidas ajenas; una tarde necesaria,
como necesario era conocer algo del hombre que vive con su
hermano y cuya vida se le estaba haciendo un misterio. Mucho
de su mundo seguirá en la oscuridad pero con su historia le ha
aclarado algunas con respecto a la vida de José Luis, el herma-
no con quien ella nunca ha conversado ni conversaría de esa
manera sobre sus intimidades, el hermano que seguramente
habrá pasado por sentimientos similares a los que Marcelo
le ha confesado hoy. Por un instante se plantea, por primera
vez, el aislamiento de José Luis; piensa en que su soledad ha
podido ser mayor que la vivida por ella en Campoalegre y
que tal vez la vida de él haya podido ser más azarosa que la
suya. Concluye dándole la razón a quienes hablan de la ley de
la compensación y recomiendan conocer otras vidas menos
felices y más difíciles para poder cotejarlas con la de uno. Al
llegar a la registradora ya se le ha ido el enojo con Marcelo.
—Hagamos un solo pago –le dice sacando la billetera y
entregándole los veinte dólares que cuesta su parte. Al ver la
billetera de Violeta, Marcelo se queda boquiabierto. Después
de pagar y recibir el paquete, le pregunta por qué anda con
todo ese dinero.
—No tengo cheques. Y la idea era hacer la compra hoy.
¿Es peligroso?
—Realmente no, es que me sorprende, no pensé que tu-
vieras tanto dinero.
214
—Me sale más costoso usar la tarjeta de crédito y pagar en
Colombia. Y me pareció peligroso dejarlo en el apartamento.
—Estaría más seguro allá.
Violeta mira con cierta angustia su bolso y trata de acomo-
dar todo adentro muy bien.
—¿Entonces nos devolvemos? Es mejor no andar con esto,
¿cierto?
—No, andemos con cuidado. Oye, pero tienes que resol-
verlo. José Luis podría depositarlos en el banco y que te dé
cheques en blanco.
—¿Cheques en blanco?
—Tú sabes cuánto tienes y de cuánto puedes disponer. Y
hay confianza. Son hermanos.
Al salir de la librería caminan sin rumbo. Violeta aún no
decide a dónde van. Se ha quedado pensando en si la confianza
de su hermano llegará hasta el punto que propone Marcelo.
“Cheques en blanco. ¡Qué ocurrencias las de este!”, se dice.
Las calles de Manhattan con su gente le recuerdan su vida
de antes, la hacen sentir extraña y pensar en que a esta hora
otros, en Medellín como aquí, como estuvo ella tantos años, se
encuentran encerrados trabajando en tediosas oficinas, mien-
tras ella pasea tranquilamente por una calle sin preocuparse por
el tiempo ni las medias veladas ni los tacones, en ropa informal
de domingo sin ser domingo. ¿Quién es ella en este momento?,
se pregunta. No se siente turista como para ponerse a comprar
baratijas y vivir la deliciosa y ociosa ansiedad consumista de
los que descrestados por la arquitectura y las vitrinas van de
un lado a otro y cruzan obedientes las calles en las esquinas
de los semáforos. Tampoco es una inmigrante, legal o ilegal,
mucho menos residente o nativa como para contar con una
vida armada, estructurada, una rutina como la que tenía antes
y que se nota en esos neoyorkinos serios, indiferentes a los
turistas, reconcentrados en sí, que no se detienen en vitrinas
215
pero que obedecen también el verde o el rojo de los semáforos.
Marcelo entra en la tienda para comprar un par de botellas de
agua pues han decidido caminar hasta el sitio de las Torres.
Violeta se queda afuera, parada junto a la vitrina del dely,
mientras observa la ciudad de las tiendas, los restaurantes y
los luxury buildings de apartamentos; de los avisos gigantes
y luminosos que le gritan que la agencia del señor Cortés se
quedó corta en creatividad y exceso publicitario; la ciudad que
no puede verse desde las ventanillas de los trenes. Debajo del
pavimento que ella pisa corre agitado el mundo del subway
donde todos van buscando trenes, entrando y saliendo de
ellos, durmiendo, comiendo, leyendo, pensando, soñando,
anhelando cosas, tal vez recordando el pasado, absorbiendo lo
que ven, como Violeta; otro mundo vive debajo con millones
de pasajeros que día a día, hora a hora, minuto a minuto se
riegan por las estaciones como hormigas y que como bichos
van para allí y para acá, en esa enorme telaraña que son las
líneas de trenes. Ahora ella va por encima de la telaraña
subterránea, caminando bajo un cielo azul y no en medio del
oscuro entramado de las estaciones. Va por esas aceras que
vibran con la gente, saboreando el agua helada que Marcelo le
ha entregado. Camina al lado del amante de su hermano, mira
la ciudad que pasa ante sus ojos, la ciudad de todos donde ella
no le importa a nadie, excepto a su hermano. En esta tarde de
martes la ciudad empieza a mostrársele con otro semblante y
ella la observa para corroborar si es verdad lo que dicen algunos
de que es asfixiante, costosa, consumista, pornográfica, inde-
cente, alienada, ignorante y artificial. Mientras se dirige hacia
la huella de la catástrofe, en el World Trade Center, observa las
calles como si fuera un flaneur de los que mencionaba Baude-
laire; recorre el lugar curioseando como el contemplador del
siglo xix, deriva por bulevares y galerías sin mayor derrotero
que el de su afán voyerista, con el regocijo de ese deambular sin
216
propósito. Ciudadana, espectadora y lectora al mismo tiempo
del ambiente urbano, no se siente ahora parte de la multitud
que la rodea sino al margen; aunque es un passant, peatón,
transeúnte, passer-by, temporary resident, pedestrian como
los otros, va observando y registrando la Manhattan que no le
pertenece; leyendo y tratando de traducir esa ciudad que late
ante sus ojos como un paisaje que es tan solo escena; donde
los patinadores, los caminantes de la ciudad globalizada del
siglo xxi, se apropian del pavimento y las aceras sin pisarlos
y disfrutan de su condición de mantenerse en constante mo-
vimiento. Mirona ociosa y callejera ha sido siempre Violeta,
pues el mejor flaneur es un periodista o un escritor. Claro que
aquí la actitud es desprevenida y libre, no está atada al tiem-
po ni al propósito del viaje como cuando iba por los pueblos
recogiendo datos para sus crónicas. En realidad, hasta hoy
pocas veces se había comportado así, como esa noche en la
Policlínica con Beto, Memo y Lucho donde vieron entrar al
hombre con el cuchillo enterrado en la cabeza. Hoy lo hace en
un escenario muy diferente, contemporáneo, donde sectores
de clase trabajadora han cedido el espacio a los magnificent
luxury apartament buildings, a la masiva renovación urbana
de Manhattan, las costosas boutiques y los exclusivos edificios
residenciales, la gentrification que obliga a sacar a los pobres
para que entren los ricos y se impongan, como es la ley en
el mundo entero. Una vieja barbería puede lucir como una
mancha en el vecindario y más aún si al lado ha sido abierta
una peluquería de moda; pero contradictoriamente también
puede verse fuerte, como la lavandería, la zapatería o el ne-
gocio familiar que insiste en quedarse, resiste, y a los ojos de
un turista, como Violeta, le da sabor a un sector; en alguno de
ellos, de repente, puede llegarse a una cuadra donde los avisos
están escritos en español y los sonidos de la música salsa vibran
en una que otra ventana. Así es la ciudad habitada por perso-
217
najes de la televisión, que tiene calles llamadas Edgar Allan
Poe y donde los cruceros vomitan turistas del mundo entero.
—Dieciocho millones de personas entran a Manhattan
cada día –dice de pronto Marcelo. Tal vez ha leído algo de
perplejidad en la cara de ella con el espectáculo de gente que
pasa a su lado.
—No imaginé que hubiera tanto vendedor ambulante. No
los recordaba de mi primer viaje.
—La mayoría son inmigrantes. Y no les faltan compradores,
así vendan cachivaches viejos.
—¿Y en el invierno qué?
—Todos los días del año las calles están repletas de ellos.
Ya son como un símbolo de esta ciudad.
—¿No los molestan en algunas zonas?
—Si tienen los permisos, no. Pagan como doscientos dó-
lares al año. Lo sé porque estuve a punto de conseguirme una
licencia para vender hotdogs con un amigo. Los únicos que
no tienen que pagar son los veteranos de guerra, y les dan las
mejores zonas, las de más concurrencia.
—Son legales entonces.
—No todos. Ahora quieren pedirles documentos que de-
muestren que sí lo son, por las políticas de seguridad después
del ataque a las Torres. Pero hay muchos sin permiso, por todas
partes, aquí en Manhattan, en el Bronx, en Queens. Trabajan
sin documentos. Es un asunto de empleo. ¿Por qué te extraña?
¿Acaso en tu país no hay?
—Por montones. Solo que no pensé encontrarme aquí lo
mismo. Mira a ese por ejemplo. Igual pasa en nuestras calles.
Marcelo observa al hombre que vende discos piratas en
una mesa portátil.
—Seguramente el mismo los ha quemado –dice–. Llegará
el momento en que no haya espacio para ninguno, sobre todo
aquí en Manhattan. Los sacarán como si fueran una vergüenza.
218
Esta ciudad cambia cada día, se convertirá en un exclusivo
centro comercial al aire libre para los ricos del mundo. Aunque
pierda el carácter.
—Y por lo que veo ha echado las adicciones a la calle –dice
Violeta al referirse a los hombres y mujeres que afuera, en las
puertas de los almacenes, los bancos, los edificios de aparta-
mentos, fuman desesperados, solitarios, ansiosos.
—Pero adentro en los apartamentos quedan otras peores.
La televisión, por ejemplo. En este país aniquila millones de
cerebros con programas idiotas. Y ni qué decir de los adictos
a las cartas o a la ruleta. Y están los adictos al sexo refugiados
en sus alcobas amparados en Internet por donde peregrinan en
busca de imágenes que satisfagan sus más soterrados deseos.
—Vaya frase. ¿De dónde la sacaste? ¿Es el parlamento de
alguna obra?
—En realidad, no. La leí en el periódico. Y decían que la
adicción más nueva es la del celular y que pronto nos llevará
al diván de los sicólogos, pues hace parte de las adicciones de
la globalización que recuerdan la soledad de los ciudadanos
de hoy.
—Por lo que veo esa adicción se pasea mucho por las calles.
—Va amarrada a la cintura pero también duerme debajo
de las almohadas.
—Lo peor de los celulares es que interrumpen la vida. A mi
papá le gustaban mucho los inventos, pero creo que le hubieran
fastidiado. Que navegan por Internet, envían mensajes a otros
celulares, registran citas, fechas importantes, sirven para jugar,
oír música, reproducirla, copiarla, grabar videos, sintonizar
emisoras de radio e incluso ver televisión. Qué desespero.
Siguen caminando silenciosos. Una muchacha oriental
va al lado hablando en su idioma de palabras golpeadas, de
sonidos altos y bajos. Cada cierto tiempo separa el teléfono
de su oreja y lo pone en frente de la ardilla urbana, la vitrina,
219
el aviso o cualquier otro motivo para fotografiar. Después de
entretenerse observando a la chinita, japonesa o coreana,
vaya usted a saber qué será si todas lucen igualitas, Violeta se
lamenta, pregunta si falta mucho para llegar a las Torres. Sus
pies no dan más.
—¿Por qué te cansas tanto?
—No sé. Tal vez porque me tocó caminar demasiado de un
lado para otro por esos pueblos calientes.
—Ya estamos aquí, mira.
Violeta permanece callada. Sus ojos ven el cráter que de-
trás de las mallas permanece aislado pero casi intacto, como la
cicatriz de un gigante, gritando dolor y crueldad. Incluso los
transeúntes ordinarios no pueden evitar detenerse para ver
el inmenso hoyo como testimonio de lo ocurrido. Los ojos de
Violeta, toda su cara, toda ella, se alarman más al ver a los tu
ristas sacándose fotos en el escenario que dejó en evidencia que
nadie, ni los americanos, tienen la respuesta para saber cómo
protegerse de los peligros de una era de terror, muerte, pavor,
espanto, horror, atrocidad, pánico, miedo, muerte, asesinato,
martirio, desaparición, aniquilamiento, ruina, eliminación, ho-
micidio, crimen, erradicación, caída, trance, fin y destrucción. A
pesar de ello, ahí están los contingentes de turistas empujándose,
dándose empellones para mirar a través de las ranuras de los
muros falsos que ocultan la cicatriz. Para las hordas de turistas
orientales es un lugar más por ver, quizás intuirán que hacerlo es
rudo, obsceno, crudo, primitivo, pero les puede más el deseo de
asomarse. Violeta no puede con eso. Siente vergüenza y pavor.
—Al otro día el aire todavía olía a ruinas ardiendo sin
llamas –le oye decir a Marcelo.
Violeta recuerda el olor de la explosión en su casa que la
persiguió por años, que aún la persigue.
—El Puente de Brooklyn estaba sin tráfico –sigue contando
Marcelo–. La vista de Manhattan al final del puente no era la
misma. Había banderas de Estados Unidos por todas partes.
220
Cinco días después seguía la peregrinación, la ceremonia de
las velas y las flores. Era imposible venir hasta aquí. Nosotros
estábamos demasiado apenados y asustados. Horrorizados. La
ciudad tuvo que arreglárselas como pudo. Le tocó enfrentar
todo con sus bomberos, policías y paramédicos. En tan solo
ciento dos minutos se demostró la debilidad de una ciudad y
un país tan poderoso. Claro que en pocos días la vida continuó
como si nada. Lo supe por la transmisión del partido de fútbol
y la página de las bodas de los domingos en el periódico. A
mucha gente la compensaron. Hubo quienes recibieron más de
un millón de dólares. Al fin y al cabo la principal causa de tanto
muerto fue la falla de la autoridad para prevenir el terrorismo.
Es lo que dicen.
—Voy a llorar –dice ella de pronto.
—Pues hazlo.
—¿Aquí?
—Dónde más. O es que necesitas un escenario.
—¡Marcelo!... Digo, ¿delante de ti, aquí en la calle? Es algo
que se hace a solas.
Marcelo la mira desconcertado y empieza a andar después
de hacer un gesto con el cual ha querido decir “esto es el
colmo”. Ella lo sigue.
—Es que lloraría mucho y qué dirá la gente –se explica
Violeta.
—Sobre todo aquí. Medio Nueva York va a salir a ver cómo
lloras –dice él con ironía.
—Te incomodaría a ti.
Marcelo se detiene y vuelve a mirarla.
—Oye, por qué piensas tanto sobre un sentimiento. Si
tienes ganas de llorar, tan solo llora.
—Esperaré a estar en casa.
—Como quieras. Allá tú si te aguantas.
221
Sin embargo, como era de suponer, Violeta es incapaz de
reprimirse. Después de unos segundos de caminar en silencio,
se detiene, voltea a mirar al sitio y camina hacia allá, como de-
volviéndose. Va llorando, sintiendo que ha perdido el control
de sí misma. Marcelo la deja irse. El policía de la patrulla en
el semáforo se percata de la escena y la observa desde su auto.
El semáforo pasa a rojo. Ahora ella está tosiendo, con una tos
que parece ahogarla. Marcelo se da cuenta, se arrima, va en
su ayuda, intenta abrazarla, ella lo rechaza con un manotazo,
sigue caminando. Él vuelve a intentarlo, nuevamente ella lo
rechaza. El policía se extraña. El semáforo está en verde ahora.
El uniformado aprovecha. Se acerca lentamente en su patrulla.
Es como si se dijera “Aquí pasa algo que no está bien”. Cuando
los alcanza y logra un punto para orillarse, se baja y se dirige
hacia ellos. Al percatarse, Marcelo se alarma.
—Van a creer que te he hecho algo –alcanza a decirle a
ella y le pide que se calme. Luego le advierte que se acuerde
de que es una turista que va a regresar pronto a su país.
—¿Te das cuenta por qué quería dejarlo para después?
–alcanza a decir Violeta en medio de la tos y limpiándose las
lágrimas con los dedos–. Y ahora qué hago con esta tos.
—What’s wrong? –pregunta el policía que ya está delante
de ellos.
—Es que estuvimos allá y se impresionó mucho porque a
ella también le han tocado ataques terroristas en su país –ex-
plica Marcelo.
De todos modos el policía les pide los documentos, los
verifica, mira a ambos. Violeta saca los pañuelos de papel y
se suena la nariz con fuerza. Se seca la cara. Se limpia como
puede la pestañina que imagina regada alrededor de los ojos.
Se le han quitado las ganas de seguir llorando. El policía la
mira. Le sonríe.
—It was a terrible thing –le dice. Y se va.
222
—¿Te asustaste? –le pregunta ella a Marcelo al ver su cara
descolorida.
—Algo. El temor es inevitable. Al fin y al cabo mis papeles
tienen su problema. Siempre temo que me descubran.
—Debe ser como andar con el temor de quien comete un
pecado o un pequeño delito y no ha pagado por él.
—Más o menos.
—¿Y así me estás recomendando hacerlo? Ay no Marcelo,
qué susto.
—¿Quieres irte ya para el apartamento? Podemos dejar la
ferretería para después.
—No, entremos. Jóse vuelve en una semana y quiero darle
la sorpresa con la nueva repisa en la cocina. Verás como todo
quedará más ordenado y funcional.
—Vamos entonces y luego nos devolvemos en el tren.
Al cabo de unos minutos de ir por la calle mirando vitrinas
bajan las escaleras de una estación del metro y se pierden de
vista.
—¿Te quedas esta noche entonces? –pregunta ella mientras
esperan el tren.
—Sí claro, ya no te dejaré más sola, y menos hoy después
de la tristeza que te ha dado.
Y él toma sus dos manos entre las suyas y se las aprieta
fuerte, mira para otro lado, se queda ido, como pensando en
algo que tiene que decirle. Vuelve a abrazarla y a besarle la
frente, pero no le da el beso que ella espera; ella tampoco es
capaz de dárselo, mucho más teniendo en cuenta su principio
de no forzar las cosas. Si el beso no surge de manera natural,
es mejor dejarlo en la intención, en el deseo.
223
8
224
y los males del mundo, y no podía encontrarle defectos a la
vida de la misma manera que no los podía hallar en él? Cómo
no iba a querer al que le decía, así fuera plagiando una canción
“tú tienes todas las cosas que Dios hizo lindas en una mujer”,
al que la hacía sentirse orgullosa de sus pecas y renunciar a
las tinturas en su cabeza, a quien lo cursi le sonaba a poesía
cuando le susurraba al oído “lindas e infinitas pequitas que me
hacen pensar en las estrellitas que se ven en el firmamento
y ojalá perduren por siempre en tu piel, así como el color de
tu cabello que es sinónimo del amor, pues el amor también
es rojo como tu pelo mi Violetica linda venida del cielo”. Si
no lo hubiera querido de verdad, como le dijeron Brenda y
Teresa, ¿por qué Violeta sentía como si le faltara una pierna
o un brazo cuando los viajes la privaban de la presencia y la
figura de su Andrés? ¿Por qué desde el momento en que le
dijo que devolviera los muebles y él no volvió a determinarla,
hubo pesadumbre, melancolía, nostalgia, desdicha, aflicción,
desconsuelo y amargura en su espíritu, en su cuerpo, en su
alma, en su corazón, en su vida entera, un agobio y un pesar
que quebrantaron la vida por un año y solo muy lentamente
fueron despejándose, dejándole la huella del arrepentimiento
porque ¿cómo tener paz sabiendo que hay un ser en el mundo
con el alma en pena y la vida hecha pedazos por culpa de uno
y a son de un capricho, así no fuera capricho como decían? De
no haberlo querido habría podido perdonárselo. Sin embargo,
nunca hubo perdón, ni de él para ella, ni de Violeta para sí
misma. Ella se quedó corta en imaginar que en su Andrés
querido el dolor iba a volverse rencor en vez de amistad, que
con él iba a ser irrealizable su idea de seguir pasando bueno
siendo novios no más, por el resto de la vida, o que después
del rechazo iba a ser posible ser amigos como lo era Eva con
su ex marido, como lo hacían las parejas civilizadas. Peor aún.
La vida la castigó con desear saber de él, pero jamás volverlo
225
a ver, y con hacerlo a él capaz, como no a ella, de echarla del
todo en el olvido. La condenó a mantener cerrados cajones
para no hallar recuerdos, esos recuerdos que no eran cada día
más dulces, como en la canción de Serrat, porque el olvido ni
siquiera se llevó la mitad, se los dejó todos a ella y durante años
se negó a llevarse siquiera una parte de la historia de Andrés.
La soledad le sobró, más que el remordimiento guardado en
el apartado de culpas de su conciencia, y esa soledad persiste
hasta ahora y se ha venido con ella hasta Nueva York. Ahora
es más liviana pues otras cosas peores le han ocurrido después
de Andrés, unas cosas peores que, sin embargo, no le han
arrebatado del todo la confianza en el destino. De él espera
que el día menos pensado traiga hasta su puerta al héroe de
su vida, pues así como Eva dice que el dolor puede entrar
solito a la propia habitación, de la misma manera ella cree
que puede hacerlo el amor, como seguramente habrá llegado
a la vida de Andrés la mujer de sus complacencias, allá en
la capital, a donde pidió traslado para no correr el riesgo de
encontrarse con la que le hizo añicos el corazón y le dejó el
orgullo tan ofendido a un hombre tan sincero, leal y bueno
como Andrés quien para colmo era “buen mozo, responsable
y trabajador”, al decir de la mamá y el papá quienes otra vez,
como el día de la escogencia de la carrera, corrieron a sentarse
en el comedor para escuchar la noticia que Violeta les tenía,
se sentaron ávidos, ansiosos, nerviositos, sin imaginarse que
a la frase “me caso” que esperaban oír, su hija querida podía
anteponerle un no que significaba que la última por casarse se
le había quitado al partidazo que se presentía mucho mejor que
el de Brenda y el de Teresa. Y entonces la mamá dijo angus-
tiada “Ni para el periodismo ni para el matrimonio y ya estás
en los treinta, ¿entonces qué vas a hacer en la vida?, ¿qué va
a ser de tu futuro Violetica?”, y el papá calmado le dijo al oído
“esperemos a ver si sale con el otro libro, ¿te imaginás con una
escritora de verdad en la casa?, eso es mejor que una cronista
226
de periódico derechudo”, y después ambos al unísono salieron
con una nueva versión de la frasecita famosa. “No estamos de
acuerdo, pero nos toca respetar tu decisión”, dijeron y ni una
palabra más se pronunció en ese comedor. Sin embargo, en el
cuarto, papá y mamá junticos, antes de caer derrotados, esta
vez por el sueño real que cierra ojos y entendimiento, conclu-
yeron el asunto, ella diciendo “mejor que no se case como las
otras dos, qué bobada, todavía está muy joven, aunque qué
pesar de ese muchacho, era una joya”, y él agregando, antes
de mandar al aire el primer ronquido de la noche, “pesar de
nuestra Violeta, tan de buenas como ha sido en la vida y
botando las oportunidades, puede que cambiar de actividad
le haga la vida más interesante, pero quedarse sola, no”, y
la mamá cerró el asunto suspirando y diciendo “cuándo nos
irá a hacer caso”, sin entender que en asuntos de amores un
tercero sobra, para todo propósito. Por eso Violeta tampoco
le consultó a Eva el asunto. Simplemente llegó a contárselo
cuando ya era un hecho. Entonces le dijo:
—No vuelvo a conseguirme novios tan retacadores. Me
caso después de los cuarenta con un hombre que ya no tenga
expectativas de hijos. Porque sola del todo, tampoco. Y yo
prefiero un hombre a una mascota. Con perdón suyo, Eva, ahí
dejamos de ser almas gemelas. Mi mamá me lo ha advertido y
en eso sí pienso hacerle caso. El otro día me dijo toda asustada
que cómo no voy a volver a conseguir novio, que una mujer
puede pasar por la vida sin hijos, que no es estrictamente
necesario tenerlos, que hasta se está mejor sin ellos porque
se puede tener la propia vida, pero que sin un compañero no
debo quedarme y que ya me daré cuenta de que el amor es lo
que cuenta. Me advirtió que no me fuera a quedar sola para
poder morirse tranquila.
—A lo mejor yo termino haciéndole caso a tu mamá
también.
227
—¿Volvería con don Leo?
—En cuestión de amores nunca se sabe... A ver, pero si
ya no tienes a Andrés, ¿qué tal estudiar? Podrías hacer una
maestría en literatura.
—¿Para diseccionar obras como los teóricos y los críticos?
Le perdería el gusto a los libros. Ay no, qué pereza estudiar, la
universidad está muy lejos del mundo real. Ustedes los profe-
sores hablan muy bonito pero... No Eva, yo ya decidí lo que
voy a hacer. Voy a meterme a psicoanálisis. Me recomendaron
un psicoanalista muy bueno que…
—¡¿Vas a gastarte la liquidación en eso?!
—¡Pero las pesadillas y el insomnio qué! Con razón mi ma
má me decía te vas a enloquecer con ese trabajo, tú no puedes
con eso, tanta muerte enferma.
—Ya te saliste.
—Sí, pero todo eso se quedó ahí.
—Refúgiate en la escritura. Eso te enriquece. Te conocerás
más por lo menos.
—Me siento tan extraña. Mi último cuento parece una
crónica. Qué tal. Usted me criticaba las crónicas porque
eran cuentos y don Manuel Mejía los cuentos porque pare-
cían crónicas.
—Aprovecha. Ya no llevas la camisa de fuerza del periodis-
mo. Puedes escribir sobre lo que quieras y de la forma que mejor
te parezca, usar los adjetivos en vez de evitarlos, regodearte en
las cómodas aguas de la imaginación. Atrévete.
—Tampoco puedo quedarme volando del todo. ¿Y la sub-
sistencia qué? Después de la cortada con Andrés no quisiera
aparecerme por esas agencias.
—Debes buscarte algo que te haga vibrar. Nada destacado
sale de algo hecho sin pasión.
—¿Aquí? Aterrice Eva que yo ya aterricé. Claro, como usted
tiene el trabajo en la U. que es eterno. Perdón, pero así es en
la de Antioquia con los profesores. Les escrituran el puesto.
228
—A ver, qué tal ser correctora de estilo de editoriales,
editora, redactora de textos para boletines y publicaciones
empresariales. Freelance de revistas. Eres disciplinada y res
ponsable, estoy segura de que no le perderás el respeto al
tiempo y sabrás organizar tus días.
—¿Freelance? Yo necesito un empleo en serio. Mis papás
estaban tan hartos con mi trabajo como yo con mi insomnio,
pero no quiero ser una mantenida. Además, necesito irme a
vivir sola. Luciano me va a enloquecer con la batería que le
dio Jóse. ¿Quién se concentra así?
—Eso sí debe ser complicado. Pasaste de un infierno a un
infiernillo entonces. Al menos trata de no complicar otra vez
tu vida, ponte una meta, máximo dos, recuerda que...
—Sí, ya me lo grabé Eva, lo apunté en todos los cuadernos.
Concentración ante todo, el que se mete en muchas cosas no
podrá sobresalir en nada, no hay que hacerlo todo, solo se
consigue sentirse abrumado.
Abrumada quedó Violeta con el tercer correo de Eva que
decía:
Hola Violetica. Ayer puse la denuncia contra el
muchacho. Qué problema me he ganado. Ahora
resulta que la mala soy yo porque no soy capaz de
perdonarlo. Les dije: si el perdón invalida la justicia,
entonces no creo en el primero y me quedo con la
segunda. Jamás le haré el juego a la impunidad, por
insignificante que sea el delito. Pero esto aquí es así.
Sin ley, sin castigo. Que cómo voy a perjudicar así
al muchacho, me dicen estudiantes y profesores.
Hasta la decana me llamó para que reconsidere,
que deje eso así y dialogue con el muchacho. Dia-
logue. Parranda de sinvergüenzas. Claro, como el
profesor del perro cedió, ahora creen que yo debo
hacer lo mismo. Pero no voy a hacerles caso. Son
mis principios contra la opinión de ellos, los unos
229
sagrados y la otra caprichosa. Que aprenda la lec-
ción por haberme envenenado a mi querida Marco
Polo. Y que me respeten. Así sea a la brava, me hago
respetar. Gracias por tus mensajes. También con
esto me he estado acordando de muchas cosas. No
te me has desprendido de la mente en estos días.
Tal vez sea la manera de acompañarnos. Solo que
me ha dado vergüenza caer en la cuenta de que tú
has pasado por tragedias de verdad y yo armando
alboroto por una gata… Pero era la gata que yo
amaba. ¿Te das cuenta de que volvemos a lo mismo?
El amor, los afectos, lo esencialmente importante.
Da fuerza, alegría, es la vida. Ahora que Marco Polo
no está conmigo lo corroboro. Un gesto de ella me
sacaba muchas veces de rabias y tristezas. Su sola
mirada me reconciliaba. No sé hacia dónde habré
de mirar cuando necesite ver un gesto de esos. Tal
vez por eso puse su foto, tal vez hacia allá deba
mirar cuando me pase. Este apartamento no es el
mismo sin ella. No hay quien se asome al balcón
tardes enteras ni se encarame por las ventanas. Mi
sofá empieza a quedarse sin pelos. Sin embargo, no
voy a reemplazarla, y menos con un televisor, como
hice con Leo cuando la conseguí a ella. Él me iba
a traer otra, pero le dije que no, que me basta con
sus visitas. Ahora las disfruto más. Pudo convertirse
en mi mejor amigo desde que ya no tuve motivos
para juzgarlo ni presionarlo ni quererlo cambiar. A
Melisa no le gustará que venga con más frecuencia,
como lo ha estado haciendo, pero que se entretenga
con su muchachito mientras tanto. Y si no tiene
con eso, que le pida una Marco Polo al marido.
Bueno, te dejo. Por este asunto me he retrasado
mucho con las correcciones de los reportajes de los
estudiantes, mis últimos estudiantes. También por
230
Saramago. Me tienen atrapada sus novelas, y por
culpa de ellas estoy quedando atrapada en un cerro
de trabajos por evaluar. A veces me dan ganas de
arrojarlos por el balcón, decir que me los robaron o
ponerles a todos tres con ocho. Pero qué voy a ser
capaz. Les corregiré hasta la coma más insignificante
(aunque dudo que las haya como son de importan-
tes) y les escribiré pastorales de recomendaciones
aunque sé que muchos ni las leen. Así que estaré
ausente por unos días del ciberespacio. Solo quería
que supieras que estoy bien, a pesar de los dolores
de cabeza que se me alborotaron con lo ocurrido.
También a ellos les debo en parte mi atraso con las
evaluaciones. A veces es como si mi cabeza quisiera
aniquilarme. ¿Cómo van tus historias? Recuerda:
primero el ritmo antes que el discurso y la rigidez
de las letras. Como dijo, ya ni recuerdo quien, qué
importa que la sintaxis y la ortografía exploten si
puedes darle alas a la potencia creativa que llevas
contigo. También ten presente la de Picasso: “La
inspiración existe, pero tiene que encontrarte tra-
bajando”. Y por supuesto, la consigna del maestro
González: “El genio es una larga paciencia”. Fáciles
las matemáticas, difícil enseñar, peor aprender la
vida. Un abrazo y cuídate mucho amiga mía. Sigue
disfrutado el otoño. ¿No es hermoso? Eva
Ya todo, lo esencial al menos, se lo había dicho Eva en
sus clases y en sus conversaciones dos décadas atrás, pero
Violeta había necesitado tiempo y vida para entenderlo.
Algunas cosas apenas las estaba constatando, poniendo en
práctica, como esa consigna del filósofo Fernando González,
el autor más citado por la profe porque, como se los reci-
taba en clase “fue un pensador solitario e incomprendido
que predicó la rebeldía como camino en la búsqueda de la
231
verdad, y así es la realidad muchachos, ya lo verán. Por eso,
sean auténticos y luchen por destruir la mentira pues todo
es mentira, dijo el maestro, y más la realidad colombiana y
latinoamericana que es con la que ustedes van a trabajar
y con la que deben estar comprometidos, aunque el com-
promiso principal es con la vida, así esta sea una pequeña
experiencia pues, como decía don Fernando, abro comillas,
dentro de la historia general del mundo, la del individuo es
nada, y nada es la de la tierra dentro de la historia del tiem-
po y de las estrellas. Y dentro del infinito y de la eternidad
¿qué serán estas vidas nuestras?, cierro comillas. ¡Qué tal
eso! Jamás una venia para el poder, niéguense a hacerlas,
solo así puede llevarse la independencia del oficio. Aunque,
se los advierto, no es posible aquí ejercer el periodismo y
al mismo tiempo disfrutar de independencia. Y acuérdense
también de que la objetividad pura no existe, eso es un
cuento mal entendido, y que si hay que tomar partido debe
ser en favor de los más desvalidos y la gente buena, y en
contra de los malos, sea el que sea. Nada de hacerle el juego
a los violadores de derechos humanos, a los corruptos, a los
políticos indiferentes, a los gobernantes ineficientes. No se
puede oír por igual a criminales y a víctimas... Anoten pues
que yo espero... Si piensan como yo, prepárense pues no van
a caber en ninguno de nuestros medios de comunicación,
igual que yo. Por eso terminé dando clase… Perdónenme si
me río, pero frente a una realidad como la nuestra es mejor
la ironía que la desesperación. ¿Por qué creen que hemos
aguantado? Me alegraré si no encuentran espacio en estos
periódicos y estas emisoras y estos noticieros nuestros que
se están regalando a los mafiosos que quieren quedarse con
el país. Y encima nuestra llamada clase dirigente, que es tan
cínica, les está poniendo todo en bandeja, no de plata, sino
de oro, porque a los mafiosos solo les gusta el oro, hasta en
232
los sanitarios lo ponen. Quién sabe qué otros buitres vendrán
después de ellos. ¡Eavemaría! Pobre país lo que se le espera.
Pobres de nosotros. Mejor dicho, ni sigamos hablando. Para
qué voy a desanimarlos antes de que empiecen el camino, y de
pronto sí es verdad que las paredes tienen oídos y me pueden
mandar un sicario de esos de la moto que se están poniendo
tan de moda… De esto tal vez no debería reírme, pero me
da risa... Vean que la libertad de cátedra también puede vol-
verse en contra y que la de Antioquia sí es una universidad
peligrosa, nos dejan decir todo lo que pensamos. Que no me
oiga el señor rector, pero mejor hubiera aceptado el puesto
en la Católica. Tendría la boca cerrada pero la vida a salvo,
y la billetera un poco más llena tal vez… Qué vergüenza con
el profesor de enseguida, debe estar harto con estas risotadas
mías, peor, debe estar pensando que mi clase es una carajada...
¡¡¿Qué?!! ¿Un cuarto para las diez? Dejemos entonces por hoy,
pero me entregan completicos los trabajos. ¡Dos cuartillas!
¡A máquina y sin tachones! No recibo nada a mano. Ni más
de dos cuartillas señorita, ya le dije, le sobra una, ¿cuál hoja
le devuelvo?… ¡Es a doble espacio!... No señorita, vuélvalo
a hacer. Lo corto, si cortísimo, tres veces bueno… Los espero
en la cafetería para que sigamos conversando pero con tinto
y buñuelo. Yo invito”.
De la clase de Eva Muñoz se salía sacudido, unas veces
desolado, otras alentado, contento de oír a alguien hablar
con la verdad y reafirmar la idea de que había que cambiar el
mundo, estuviera o no dentro de lo posible lograrlo. Eva era
honesta con su trabajo como no lo eran la generalidad de los
profesores de la facultad con sus alumnos. Ella les enseñaba
con paciencia y dedicación cómo conseguir información, cómo
investigar personajes y hechos, cómo hacer entrevistas, cróni-
cas y reportajes, cómo sacarle provecho a las dotes literarias
para escribir mejores historias; les infundía principios, les exigía
233
respeto por el idioma, los obligaba a leer libros y trataba de
despertarles sensibilidad por los personajes anónimos y la vida
cotidiana. Para sus alumnos resultaba gratificante saber que
algo importante para el futuro había sido aprendido, que no
habían sido en vano las dos horas sentados en esas sillas tan
duras y destartaladas de la U., como eran perdidas la mayoría
de las horas con los otros profesores, sobre todo los de audio-
visuales, profesores malos y perversos cuya única ventaja sobre
Eva Muñoz era que calificaban por encima de cuatro, una nota
escasa con la de la gabardina roja; con ella la nota era lo único
que generaba conflicto. Era implacable y de sus exigencias no
se libró ni la misma Violeta quien, aun con un cuento ya pu-
blicado en la antología del Taller de Escritores, llegó a pelarse
a la hora de desvincular el periodismo de la literatura porque,
como le pasaba a la mayoría, tardó en encontrar esa sutil di-
ferencia entre ambas cosas, una diferencia que se confundía
más cuando a Eva le daba por decir que “quien escribe una
buena crónica o un gran reportaje también puede producir
una novela destacada o un cuento memorable. Ahí están los
casos de Zola, Carpentier, Mailer, Hemingway, Fuentes, Capote
y, por supuesto, García Márquez, apenas algunos de los más
claros ejemplos de que puede hacerse buen periodismo y buena
literatura al mismo tiempo. Aunque ustedes ya saben que mis
grandes amores son Reed, Capote, Talese y Jimmy Breslin,
quien además fue amigo mío”. Si no eran incompatibles ambos
oficios, como decía Eva, si todo escritor contemporáneo debe
pasar por el periodismo y ha sido superada la polémica sobre
si es posible ser a la vez un buen periodista y un buen escritor,
por qué a la hora de reclamar por la evaluación, los estudiantes,
incluida Violeta, se estrellaban con esa pregunta con la que Eva
los desarmaba “Qué quieres escribir exactamente, ¿un cuento
o una crónica?... ¿Una crónica? Pues esto no es una crónica
sino un cuento y yo te pedí una crónica... Muy bueno el texto,
234
sí, pero esto no es una clase de literatura sino de periodismo...
En ningún periódico te van a aceptar historiecitas de ficción.
Tienes dos con cinco porque de todas maneras está muy bien
escrito, y eso cuenta. Ahora te enfureces pero después me lo
agradecerás, y ya no lo repetirás, o sea que en el próximo puedes
aspirar a sacar cuatro y en el final sacarás cinco”. Así era ella.
Dejaba mudo a cualquiera y sin más alternativa que echarle
mano a la larga paciencia de la que hablaba don Fernando
González, para ver cómo, poco a poco, la nota iba aumentando,
pero sobre todo para entender por fin lo que quería decir Eva,
darle la razón y poder llegar a exclamar “¡Ah, claro profe!”,
cuando afirmaba que “el periodismo y la literatura son muy
afines pues su esencia es la escritura y la necesidad de contar
bien una historia, pero las diferencias son enormes y quienes
han hecho las dos cosas dicen que prácticamente son oficios
incompatibles y lo importante es no quedarse montado en el
periodismo pensando que nos va a llevar a la literatura”.
A lo mejor eso le pasó al muchacho del perro y de Marco
Polo, piensa Violeta al terminar de escurrir el trapero, por fin
limpio como todo el apartamento, y colgarlo en el perchero
detrás de la nevera. Prefiere pensar eso, imaginarse a un
muchacho enamorado de su texto creyendo que es el mejor
escrito e indignado con el uno o el dos de Eva, a que se trate
de alguien en quien la maldad existe por existir y haga de su
ciudad un lugar donde ni los gatos se salvan. Violeta piensa
en lo vulnerable que percibe a Eva a través de sus mensajes
silenciosos en el computador, sin su voz firme y segura, la
Eva a la que siempre comparó con un arce. Saca la ropa que
se pondrá para ir con Marcelo a conseguir el portátil que
se quedó sin comprar el día del paseo, por estar mirando el
hueco donde antes estaban las Torres Gemelas. Ese día se
quedó acompañándola, pero desde entonces hasta hoy sus
estadías por fuera han ido en aumento. Ahora anda diciendo
235
que en el restaurante le pidieron trabajar horas nocturnas.
Llega a cambiarse en las mañanas y sale de nuevo. Estas dos
últimas noches, por ejemplo, ni se ha asomado, en vísperas
de la famosa audición que tenía. ¿Cómo le habrá ido? Por fin
saldrá de eso. Y por fin regresará José Luis para que todo se
normalice de una vez en ese apartamento que hasta ahora ha
sido únicamente de ella. Marcelo debe venir en camino. ¿Qué
dirá si la encuentra sin arreglarse? Violeta aún no se ha bañado
por andar recordando otra vez a Andrés y a Eva.
Cuando por fin se encierra en el baño y se recoge el cabello
para entrar en la tina, descubre una cana creciéndole en el
borde de la frente. Eso le recuerda la última imagen de Eva
con Marco Polo en sus brazos, en el balcón del apartamento
de la avenida La Playa. Eva estaba en lo cierto. Ahora Violeta
se percata. Cuando volteó a mirar para decirle el último adiós
con la mano vio dos motas blancas destacándose en medio del
verde de las canastas con helechos del balcón del cuarto piso.
Cierra los ojos, quiere imaginar a Eva sin su Marco Polo, pero
no puede ver a ninguna de las dos. Entonces se mete en la tina
y mientras se enfría el agua caliente en el minúsculo cuarto de
baño, tan distinto al hasta ahora conocido, entiende la frase
de John Reed que Eva mantenía en su escritorio “Átomo en
este mundo de oscuridad y noche, me encuentro solo”. Luego
le llega la última sonrisa que Eva le mandó, antes de que se ce-
rrara la puerta del ascensor como si dijera “me quedo tranquila,
la has educado, ya no te hará tanto daño”. Después retrocede
un poco más atrás, cuando estaban conversando en la sala,
tomando el acostumbrado vaso de leche con galletas, el último,
y Eva le dijo “es la segunda vez que decides reenfocar tu vida
y caminar solo en dirección a la meta propuesta, creo que tu
futuro ahora sí tendrá la medida de tus sueños y no estará sig-
nado por lo que la tragedia ha hecho de ellos, que no quedarás
atrapada en el dolor ni serás presa del miedo, mucho menos
236
del odio. No te será difícil adaptarte, aunque la incertidumbre
sigue siendo la palabra que mejor te define, la rebeldía hace
parte de tu naturaleza y el sauce llorón, con su melancolía, es
el árbol que más se te parece. Tu fortaleza hará que lo logres.
Podrás empezar a sentir la vida desde otra esquina, con otra
sensibilidad, con otra mirada. Hazle caso a tu instinto, déjate
llevar por el corazón”.
Una vez el agua pierde calor y la saca de la tina, Violeta
vuelve a soltarse el pelo y a mirárselo en el espejo. Ve las raíces
rojas viniendo otra vez, poniendo en evidencia las engañosas
tinturas aplicadas por años. Quiere volver al computador y
fijarse en el mensaje donde Eva hace alusión a su pelo y el
otoño, pero cuando sale del baño con la toalla amarrada sobre
el cuerpo desnudo Marcelo abre la puerta del apartamento. A
él no se le da nada verla así yendo por el pasillo, sin maquillaje
y pelimojada, pero ella se ruboriza, como hacía mucho no le
pasaba.
—Es como un juego, pero a la manera de los griegos –dice
Marcelo que desde el pasillo le cuenta a Violeta cómo estuvo
la audición, mientras ella se arregla encerrada en su cuarto.
—¿Cómo así?
—Su deporte favorito era la guerra. Para ellos no había
nada más emocionante que una lucha a muerte.
—¿Una lucha a muerte? No exageres Marcelo. Nadie ha
muerto.
—Claro que sí. Es la muerte de las ilusiones, que es peor.
Siempre hay que declarar un ganador y tener al menos un
miserable perdedor. Así lo determinaron los benditos griegos.
Nada levantaba más su espíritu que ganar o mirar una lucha.
—Veo que tu espíritu no quedó muy levantado por haber
quedado fuera de esta competencia –dice Violeta abriendo
la puerta del cuarto y yendo al baño. Marcelo la sigue y le
conversa mientras ella se maquilla.
237
—Es la décima a la que me presento desde que estoy aquí.
Y que pierdo.
—Pero bueno, ya que te inspiran tanto los griegos re-
cuerda que aunque los juegos les enseñaron y reforzaron
los temas favoritos de honor y gloria, de ganar sobre otros,
de triunfar en combate, también ellos subrayaban que no se
puede ganar todas las veces y que un día se pierde.
—En mi caso es lo contrario. No gano nunca, y ya no sé
si un día ganaré. Pero tengo que ganar porque la vida es una
competencia eterna. Así ha sido desde siempre.
—Es verdad... ¿Y quién ganó?
—Una blanca pelinegra con mechones rojos y dientes gran-
des, de pelo corto como una escoba, con las puntas estiradas
hacia fuera, y con una sonrisa de conductora de televisión.
Bien maquillada, impecable la piel y sin ningún accesorio
estaba la condenada que tenía cara jovencita pero a la legua
se veía que quería parecer mujer madura... ¡Anda! Pero no te
untes más cosas mujer. Así te ves bien.
—Aguanta que ya voy a terminar... ¿Podían presentarse
mujeres? No pensé.
—Yo tampoco. Hasta hoy me entero que los escarabajos
carecen de sexo, por lo menos en el teatro. Había varias mu-
jeres. Me llamó la atención una negra que se llamaba Fantasía
Zarino, y una oriental que tenía una flor artificial en el inicio
del escote, otra en el nudo que le había hecho a la blusa a la
altura de la cintura, y otra en el cabello, larguísimo y cortado
disparejo... Pero me llamaron más la atención los negros.
—¿Y eso?
—Uno iba muy elegante, con un sombrero de paño rojo,
y el otro era un gordo rapado que tenía una camisa tropical y
un collar de pepas grandes de Honolulu.
—Aquello parecía entonces un carnaval. Kafka es algo muy
serio. ¿Qué clase de audición era esa?
238
—Una como todas las que se hacen aquí buscando futuros
ídolos y estrellas.
—Me imagino cómo te sentiste, independiente del resul-
tado... ¿Qué tal este color de labios?
—Te va bien...
—¿Y el jurado era del mismo talante?
—¿Los jueces? Eso sí es terrible. Tú entras y encaras una fila
de caras desinteresadas sabiendo que cinco minutos después
ellos verán a alguien y que cinco minutos antes ya han visto
a otros, y tú estás en la mitad, tienes solo una oportunidad de
hacer tu cosa.
—Pero son amables.
—Propiamente no te están dando la bienvenida. Les daría
lo mismo que estuvieras allí o no. No habría diferencia. Tú
solo tienes que mostrarles algún mérito, llegar a ser creíble
para ellos, creerte que puedes ser convincente, valorado por
algo y poner atención a lo que te dicen esa fila de indiferentes.
Por momentos parece como si Marcelo estuviera hablando
solo y que Violeta estuviera más concentrada en el espejo que
en la conversación con él.
—Si los quieres sacar de la indiferencia debes estar inspi-
rado, inspirarlos a ellos e inspirarles algo. De lo contrario al
final puedes sentirte como un escarabajo. En efecto me sentí
como un verdadero bicho. Pero ni así los convencí... ¿Sí me
estás atendiendo?
—Claro, sigue. Si me estoy arreglando, debo mirar el espejo.
—Fue muy duro. No me siento mal sino peor. En verdad
quería convencerlos de hacer el papel de Samsa, que me ha
caído bien el pobre. Pero qué inspiración podía tener en un
escenario que parecía para una representación de la guerra de
las galaxias, con background cósmicos, planetas y un montón
de estrellas. Tal vez por eso me he acordado de los griegos.
—En verdad hay que ser fuerte para ser actor.
239
—Terco y obstinado sobre todo. Exigente. ¿Por qué crees
que ensayo tanto?
—Oye, y a tu amigo, el pelilargo, ¿cómo le fue?
—Anda, cómo tardas mujer.
—Ya va, ya va... Te pregunté por tu amigo.
—No ha ido.
—¿Nooo? –pregunta Violeta dejando de mirarse en el es-
pejo y fijándose en Marcelo–. ¡Después de tanta ensayadera!
—Ah... sí... pero... decidió no presentarse. Dijo que quien
está tratando de montar la obra está tan loco como quien
la escribió. Que se queda con Shakespeare, más sencillo, lo
entiende todo el mundo, siempre le gusta a la gente y dice las
cosas con palabras más bellas.
—Muy raro.
—Creo que tiene razón. Yo también me quedaría con
Shakespeare si me pusieran a elegir.
—No me refiero a eso.
Violeta regresa a la habitación para ponerse los zapatos y
acabar de recoger sus cosas. Marcelo se va detrás de ella.
—Claro que a tu amigo le sobra razón. Difícilmente Shakes-
peare saca a la gente de los teatros y sin duda con él uno se
siente mejor que con Kafka, así ambos sean trágicos.
—Podrá ser sencillo para la gente, pero Hamlet es un reto
para cualquier actor, aunque mi amigo lo preferiría a Samsa.
—¿Y tu amigo apenas hoy se dio cuenta de que no quería
el papel? No hubieran perdido tanto tiempo preparándose.
—Uhmm... es algo inseguro.
—¿Algo? Yo diría que bastante.
—Pero sigamos con los griegos. Archilochus, un poeta de
ellos, se dio a sí mismo este consejo: Oh corazón, mi corazón,
no saltes en público cuando ganes, ni soledad ni llanto cuando
fracases en probar. Regocíjate de las cosas simples. Conoce las
mareas a través de las cuales nos movemos.
240
—¿Las altas o las bajas?
—Cualquiera que sea nos está diciendo que nada dura y
que toda la vida termina en muerte.
—¿Toda la vida termina en muerte? Ah, Marcelo, qué bien
eso. Creo que voy a anotarlo.
Violeta saca la libretica y anota. Luego se pone el bolso en
el hombro y va hasta la cocina donde se sirve un vaso de agua.
Mientras lo toma sigue escuchando a Marcelo que la sigue
como un perrito faldero. Como está de hablador hoy, piensa
ella. Vaya rollo el que le está echando. Es como una grabado-
ra sin off. Aunque si lo tuviera, quizá ella no lo apagaría. Se
divierte con la conversación. Le hace falta hablar con alguien
y Marcelo es el único con quien puede hacerlo.
—Para los griegos la batalla daba tanto éxtasis como el
sexo, había agitación y excitación ya fuera por las grandes
realizaciones o las pérdidas. Lo más emocionante era ver un
campeón armado enfrentado a otro. Y eso sigue hoy. Mira,
había un reportero con un camarógrafo que iba por todo el
sitio entrevistando a los participantes antes de que entrára-
mos. Y otro esperaba a la salida del cuarto de audiciones para
acribillar a los rechazados.
—¿Te abordó a ti?
—No, porque atacan es al que sale llorando. Es más emo-
cionante.
—Pero qué te dijeron al final, que por qué no te aceptaban.
—¡Acaso dan explicaciones! Te descalifican sin argumen-
tos. Las condiciones dicen muy claro que ellos se reservan el
derecho a excluirte e incluso de cambiar las reglas o el pro
cedimiento en algún caso. Una vez llegué a una audición pre
parado para hacer de Hamlet y me pusieron a interpretar a un
vaquero. De haber sabido que en todas iba a perder no gasto
mi dinero en los papeles.
—Cómo así.
241
—Los compré porque uno de los requisitos mínimos para
esas audiciones es ser residente legal o ciudadano. ¿Qué has
pensado de los tuyos?
—No sé. Aún no me decido. Realmente no he tenido
tiempo de pensar en eso por estar tan metida en mi trabajo.
Además, este viaje ha sido forzado por las circunstancias,
es como sinónimo de inestabilidad, aunque está marcando
cambios en mí.
—De verdad no te entiendo.
—Tendrías que conocer toda mi historia, especialmente la
de mi niñez, para poder acercarte un poquito.
—Pero como no dejas leer lo que estás escribiendo.
—Cuando lo termine.
—No entiendo por qué le pones tanto misterio... ¿Nos
vamos ya?
—Sí, vamos. ¿Llevo todo el dinero?
Marcelo se queda mirando el bolso de Violeta.
—En cualquier punto donde lo dejes estará seguro, tal vez
más aquí adentro que afuera. Oye, qué obsesión la tuya con
el ordenador.
—No has podido entender el significado que tiene. Me da
independencia además de privacidad. Lo puedo llevar a todas
partes conmigo y ya no tendré que usar el de ustedes –responde
ella devolviéndose de la puerta de salida hacia el cuarto. Una
vez allí, saca su dinero, cuenta dos mil dólares, los devuelve a
la billetera y guarda el otro fajo de billetes en el bolsillo de un
jean que está dentro del closet.
—¿Por qué son ustedes tan desconfiados? –le dice Marcelo y
ella se sacude del susto. Él ahora está ahí en la puerta del cuarto.
Se vino detrás de ella para acicalarse el pañuelo del cuello en
el espejo del baño y la ha estado observando.
—No sé, así somos nosotros –dice ella desconcertada pen
sando en regañarlo por estar mirándola. No se atreve y deja
las cosas así.
242
Que Violeta se rehúse a mostrar lo que escribe no es impe-
dimento para leerlo, piensa Marcelo. Y es mejor aprovechar
antes de que pase todos los archivos para el portátil ¡que por
fin compró!
La mano con la argolla de plata mueve el mouse y se de-
vuelve a la carpeta denominada Biografía. Allí también están
los archivos Pies y Sueños. Mira el reloj en el borde inferior
izquierdo de la pantalla. 6:50. Falta como una hora para que
regrese. Vuelve a la carpeta Mariposa. Siente la tentación de
dar clic en el archivo Cartas. El índice soba el mouse, pero no
lo aprieta. “Parece muy íntimo”, se dice. Sin embargo, da clic
y clic. Cartas está vacío. “¿Pies? De qué podrá ser esto”. Abre
el archivo. Apenas dice “Iris. Pobrecita negra mía. Se angustió
tanto con el fuego y la oscuridad que huyó sin importarle que
iba descalza”. Cierra el archivo, busca otro más. “¿Sócrates?
De qué será eso. Esta mujer abre archivos para cualquier cosa”.
Lo lee “La culpa me impide disfrutar muchos de mis actos. He
llegado a pensar que merezco el sufrimiento como un castigo
impuesto por el destino. Por eso no alcanzo a perdonarme.
La rabia, más que el odio, me lesiona y debilita. Lo sé. Sin
embargo, qué difícil encontrar el amor que me libere. O al
menos me desate. Vivo sin un motivo real. Navego de día y de
noche. Sin brújula. Una tormenta, la niebla, o simplemente la
falta de luz pueden desviarme fácilmente de rumbo. Ahora que
estoy lejos sabré dónde estoy. Para dónde voy. Para qué existo.
Ha sido difícil sortear los obstáculos. Asimilar los fracasos”.
El dedo acelera la ruedita en la mitad del mouse, el texto de
Sócrates pasa veloz en la pantalla, de pronto aparece un bloque
resaltado en amarillo, se detiene y quiere leer, pero el teléfono
repica y lo hace sobresaltar. No se para a contestar. Escucha
que dejan un mensaje pero no entiende lo que dicen. Luego
lo oirá con calma. Termina de leer las dos líneas que quedan
del documento, lo cierra y sigue con su rastreo. En Biografía
243
no quedan más cosas interesantes por ver. Los dedos ordenan
al mouse regresar a Campoalegre. Del listado de archivos de la
carpeta le llama la atención el del nombre compuesto. ¿Casa
y Luna? Lo abre. No tiene nada. Los ojos examinan con más
tranquilidad la lista de nombres de la carpeta Mariposa. Hay
una serie de archivos con nombres propios: Iris, Julián, Lu-
ciano, Ramón, Teresa... “¿Iris? Esto debe ser sobre la negra”.
Da clic inmediatamente.
“Igual que a Luciano quiero evocarla sin la escena de la
muerte. Aislar ese momento de todo lo demás para que no
me haga daño su recuerdo. Cuando pienso en ellos vuelvo a
la manera como murieron. Mi mente resbala veloz hasta la
oscuridad. Oigo a la gente que escapa por los balcones. Veo el
humo espeso y pegajoso producido por las llantas, la gasolina
y el aceite de los autos que se queman en el sótano. Todos esos
gases buscando salida por las tuberías, reventando los shuts de
basura, golpeando las paredes e irrumpiendo en los apartamen-
tos para acabar con todo. Vuelvo al ardor que sentimos Iris y yo
cuando bajamos las escaleras, a las llamas frente a mí, al pánico
con la idea de que me alcancen. Qué palabras podría usar para
describirlo. Cuántas de esas que aprendí en el diccionario con
mi negra en nuestras noches desveladas. Cómo nombrar el
vacío y la totalidad a la vez. Lo que se percibe en el momento
en que se cree cercano a no ser nada, a un centímetro de pasar
a la muerte. Cuesta seguir poniendo estas palabras. La sola
memoria me quita las fuerzas. La nariz se congestiona, los ojos
se me ponen borrosos, la garganta se va comprimiendo, mi boca
se seca, los labios se aprietan como defensa ante la pesadilla. Y
brota el deseo de gritar y llorar durante días por aquellos días.
Tal vez fue en ese momento en que se quebró mi vida, del todo.
Solo ese momento me produce esto, ningún otro, ni siquiera
el recuerdo de los deditos en los balazos”.
244
Se queda pensativo. “¿Será esto la tal novela? Parece un
diario”, se pregunta. Da clic al icono Abrir y busca Ramón en
la carpeta Mariposa. También está vacío. Abre Julián.
“ ‘Como estudió en la de Antioquia se volvió atea. Igual
que Julián’, dijo más de uno. Nunca pudieron entender que
nuestras dudas espirituales quedaron resueltas en la adoles-
cencia. Esa fue nuestra tarea en esa edad. Nunca entendieron
que habíamos optado por la indiferencia, que no se necesita
religión para saber dónde está el bien y dónde está el mal.
Que nuestros principios podían coincidir con los que se le atri-
buían a Dios, pero eso no significaba anclar la vida en él. Que
no creíamos en la promesa de felicidad más allá de la tierra.
Que ir a misa los domingos, confesarse cada mes y comulgar
no garantizaba nada. Que también los criminales lo hacen
religiosamente. Que él, por ejemplo, detestaba a los católicos
que se apoyan en Dios y en los brujos al mismo tiempo. Tam-
poco se habían dado cuenta de que en el fondo seguía sin ser
capaz de desprenderme de la idea de la existencia de Dios. Ese
símbolo de todo y de nada. Pero sí fui capaz de desprenderme
de la Santa Ana. El nuevo hábitat quedó sin la protección de
la santica. Como la descreída que la sacó de la familia, se
salvó de perecer quemadita. A diferencia de la devota que la
metió en nuestras vidas”.
“¿Sí será de verdad todo esto?”, se dice. Cierra el archivo
que estaba mirando y abre otro al azar “Fui la última en dejar
la casa. La muerte de mi padre trajo de nuevo a Julián y me
liberó a mí. Al mes del entierro empaqué a pesar de las voces
escandalizadas que intentaron convencerme de que debía que-
darme acompañando a mi madre. En esas mismas voces hallé
los argumentos para irme. Era mi padre quien dejaba viuda a
mi madre, no yo. Me negué a repetir la historia. Ya me habían
dejado con una viuda en Campoalegre. Ya había cumplido la
misión de dama de compañía de una mujer que se quedaba
245
sin marido. Volví este año, pero de una manera muy distinta a
como un día llegué a habitar mi casa después de Campoalegre.
Tan solo como estación de paso antes de emprender otro viaje.
Hoy, tan lejos en tiempo y distancia de esos hechos, comparo la
casa con la patria. En la una solo queda mi madre. En la otra,
la protección es irreal. Quisiera volver a creer. No puedo. La
casa confiable no existe. Por eso las dejo y me resisto a volver.
Este viaje, como el de Campoalegre, podría ser sinónimo de
inestabilidad. Sin embargo, debe ser lo contrario”.
Vuelve a recorrer las carpetas. Abre el archivo Llanto de la
carpeta Mariposa. Lo lee por no dejar. “El otro día lloré en el
parque cuando las hojas del otoño me atraparon y los malos
recuerdos también. Hacía mucho no lo hacía de esa manera.
He vivido con ese sentimiento extraño, profundo, casi como
una vibración corriendo a través de mí, como si llorara por
dentro. Pero nada más pasaba. Hasta que pasó. Ya no están
para que me lo prohíban. Ahora puedo llorar la muerte de
mi padre, la vida de Iris y la de Luciano que me arrebataron esa
noche, la tristeza que me dejaron con la explosión, los muertos
de las masacres, los heridos de la Policlínica. Ya no tengo que
suprimir la pena. Ya no está inerte mi capacidad para expresar
mis sentimientos. Estoy sola en este apartamento. En las calles
no hay gente que me reconozca. No voy a encontrarme con
nadie que me señale o me lo critique. Puedo sacarlas todas,
liberarme. Bienvenidas sean lágrimas, cómo las he extrañado
desde cuando Jóse me cargaba para consolarme. Si es preciso
llorar una semana completa, lo haré. Muchas veces. Tantas
como sea necesario”.
El texto es separado del que sigue con tres asteriscos cen-
trados y tres espacios dobles. Los ojos siguen leyendo la pan-
talla, el índice sigue haciendo girar lentamente la ruedita en
el centro del mouse. Satie resuena en todo el apartamento.
“También en la clínica tuve que aguantarme. Desde lo ocu-
246
rrido en Campoalegre creo que fue la vez en que sentí más
necesidad de llorar. No pude hacerlo adentro en la habitación,
pero hubo quien lo hiciera por mí en el pasillo esa mañana.
Demasiado humo entró en mi cuerpo. Espeso y gaseoso. El
ahogamiento y la tos eran reales, incapacidad de los pulmones
y los bronquios, no traición y venganza del inconsciente como
cuando era niña. Desde el mismo momento en que ingresé
quedé conectada al tanque de oxígeno. Como pudieron, las
enfermeras colocaron las mangueritas en mi nariz. Advirtieron
que era mejor no llorar. Con frecuencia entraban o se asoma-
ban a la puerta. Yo estaba en shock. El llanto no amagó. Me
quedé dormida. Amaneció. La luz del sol iluminó la ventana,
toda la habitación, y me desperté. Me encontré con la blan-
cura del techo, luego con la de las paredes. Me vi sola en ese
cuarto frío y aséptico. Teresa se había ido al amanecer para
tratar de hablar con Brenda y Rubén. La mayor estaba encar-
gada de mis padres e Iris, en otro hospital. El mayor le hacía
frente al lugar de la tragedia, y a la muerte de Luciano, supon-
go, que ignoraba en ese momento. La de Iris la presentía. Esa
mañana entró primero la llamada de la cadena radial que las
enfermeras. Una de ellas llegó detrás del repique del teléfono.
Tomó el auricular y me lo puso al oído. Lo sostuvo mientras
hablé evitando que rozara mi cara. Reconocí al periodista. Era
reportero de sucesos. En una época habíamos compartido
información, estado en los mismos lugares cubriendo eso,
sucesos. Quería mi versión de la tragedia, salir al aire a la au
diencia nacional con mi voz, así estuviera ahogada y con la
voz gangosa. Me costaba hacerla audible, como si tuviera a
alguien sentado sobre mi pecho. ‘No importa, aquí te modu-
lamos’, dijo. Me negué y colgó apenado, lo deduje por su tono
al despedirse. No sé si la pena era por no haber logrado la
primicia o por haberme molestado. Preferí quedarme con
la idea de que aún le quedaba una pizca de vergüenza. Tal vez
247
él ni aterrizó. Yo sí. Me hizo salir del shock. Sentí ganas de
llorar. Intensas. Lo necesité, pero me contuve. Lo deseé de
nuevo cuando las dos enfermeras religiosas me limpiaban sin
sacarme de la cama con toallitas humedecidas en agua tibia.
Mojaban. Frotaban. Juagaban. Escurrían. Volvían a pasarlas
por mi cuerpo. Del cuello a los pies, desde los hombros hasta
las muñecas, sin tocar el rostro, las manos y la cabeza. Todo
era tan blanquísimo y puro a mi alrededor. Las jarras de peltre
con el agua limpia, las poncheras de peltre para el agua sucia,
las toallas grandes, las pequeñas, las sábanas, los delantales
de las monjitas, su piel. Sin embargo, conmigo todo se ensu-
ciaba, iba quedando tiznado de negro. El humo que me tenía
asfixiada traspasó mis ropas, se me pegó del cuerpo, me dejó
del color de las llantas de los autos que se quemaron y con el
mismo olor que expelían al arder. Aún hoy me descontrola
sentirlo, me evoca cuanto sucedió la noche de la explosión.
Esa mañana, las monjitas lo desaparecieron. También la capa
de hollín. Iban descubriendo mi piel, rescatándola con suavi-
dad, dulzura y paciencia. Me hablaban en susurros mirándome
a los ojos, acercándose a mi cara, dejando ver en su tez la
vitalidad y la pulcritud de las que yo carecía en ese momento,
rozándome de vez en cuando con los cristos colgados de sus
cuellos. Su piel tersa me llevó al vestido rosadito de seda que
Iris se puso el día de mi primera comunión, los cristos a la
medallita de la Virgen María que me regaló. Pensé en la posi-
bilidad de que Iris hubiera muerto en la camilla después de
que los bomberos se la llevaron. Me espantó la idea de que su
imagen con la piel de las piernas desprendida fuera la última
que me quedara de ella. Alcancé a vérselas cuando la monta-
ban a la ambulancia. Estaba ardida mi negrita. Cerré los ojos.
Me concentré en sentir la limpieza que me hacían las monjitas.
Traté de tranquilizarme en vano. Las monjitas notaron mi
respiración intranquila. Preguntaron qué me pasaba. Abrí los
248
ojos. Se pusieron nerviosas al verlos aguados. La una dijo
que mis pulmones también estaban en shock, la otra que me
hacía daño llorar, ambas que si quería hacerlo tendría que
quitarme el oxígeno, pero que no debía hacerlo. Como dos
horas duró el trabajo de las religiosas. Me asombró. No alcan-
zó a incomodarme. Quedé limpia yo, quedó impecable la cama.
Antes de irse dijeron que rezarían por mí para que se me
quitaran las ganas de llorar. Sin embargo, una vez cerraron la
puerta me saqué como pude las mangueritas de la nariz. De
nuevo, como la víspera, sentí que moría. Me convencí. Las
necesitaba para respirar. No fui capaz de ponerlas de nuevo
en su lugar. Mis manos eran dos inútiles bolas de gasa y espa-
radrapo, como los guantes de un boxeador. Tampoco pude
agarrar el cordón de la alarma. Traté con la boca, pero me
lastimé los labios ampollados. El cable se enredó en mi cara,
se pegó en las partes donde la piel había sido deshecha por el
fuego. Me lastimó más que las mangueras salidas de su sitio.
No me explico cómo tomó vida en mi garganta el grito que
hizo llegar corriendo a las enfermeras. Cuando aparecieron en
la habitación sus rostros estaban tan pálidos como sus batas.
Regresaron las mangueritas a mis fosas nasales. Con habilidad
y sin dolor. Yo desconocía mi aspecto. Ni siquiera podía supo-
ner cómo sería. Imagino que nada bueno. Veía desconcierto
en la cara de quienes se encontraban con la mía. Esa mañana
el paso del tiempo no me favorecía. Sentía aumentar la hin-
chazón cada minuto, desfigurarme con más imprudencia. Los
espejos se volvieron también contra mí y quedaron prohibidos
como el llanto. Teresa decidió tapar el del baño cuando regre-
só al mediodía. Le prometí no ceder a la tentación de verme.
Me aguanté como con las ganas de llorar. Como hizo Bereni-
ce. Ella fue a la clínica esa mañana con Lorenzo Cortés que
fue el primero en visitarme. Oyó la noticia por la radio mien-
tras desayunaba. Llamó a su secretaria después de escuchar
249
mi nombre entre los heridos, le ordenó localizar el hospital
donde me hallaba, se obstinó en ir a la clínica antes que a la
oficina. Era temprano aún para visitas. Esperaron una hora en
una cafetería de afuera para que los dejaran entrar. A las diez
él apareció en mi cuarto. Habían acabado de salir las enfer-
meras que me reacomodaron el oxígeno. Berenice se arrepin-
tió de entrar cuando les advirtieron cómo estaba. ‘Yo mejor lo
espero aquí afuerita jefe, no soy capaz de verla así, prefiero
quedarme con la imagen que tengo de ella. Llévele saludes’.
Luego me enteré de que Lorenzo no mencionó nada. Habló
poco, me miró mucho, pasó más tiempo sentado en el sofá con
los ojos en las baldosas. No llevaba ni un año siendo mi jefe.
Yo medio le hablé con mi voz gastada del todo, afónica. Des-
pués del grito, la sentía más herida. Tal vez estaba tan herida
por dentro como por fuera. No sabría decir cuánto tiempo
estuvo Lorenzo. Sí recuerdo claramente su sonrisa al despe-
dirse. Pocas veces sonreía. Luego me dio un beso en el ante-
brazo, lo apretó. No sé por qué me hizo pensar en uno de mis
hermanos. Volvió a sonreírme al cerrar la puerta de la habita-
ción. Durante varios años guardé esa imagen como escena
final de su inesperada visita. Sin embargo, Lorenzo se fue
llorando. Berenice lo vio salir y se levantó de la banca donde
estaba sentada para ir a su encuentro. Le vio las lágrimas. Él
le pasó por el lado, la ignoró, continuó por el corredor. Ella lo
siguió. Antes de llegar al ascensor lo vio irse contra el muro.
Él empezó a patearlo, le dio puños. Berenice se sintió con el
corazón en la mano, pensó que yo me había muerto. Luego
oyó que Lorenzo dijo ‘Hijueputa, vivir en este país es como un
castigo’ y lo vio recostarse contra el muro, dejarse resbalar
hasta quedar sentado, llorar sin disimulo en la mitad del co-
rredor y tirado en el suelo como un niño chiquito. Las enfer-
meras se arrimaron de inmediato. En el ascensor, ya calmado,
Lorenzo le prohibió a Berenice comentar lo que había pasado,
250
mucho menos repetir lo que él había dicho. Por años ignoré
cómo habían sido las cosas. Las supe cuando ya todo con
Lorenzo había concluido. Me las lanzó Berenice en segundos
el día de mi despedida. ‘Le cuento porque usted ya se va y
cuando uno se despide de la gente llega el momento de las
confesiones. Él no va a ser capaz de contarle, pero es mejor
que se entere para que no le cargue rencor porque usted Vio-
letica para qué quiere más resentimientos en la vida. Ese señor
es un tirano, pero con usted fue especial. Mire que tan recién
entrada y le ayudó con el préstamo de su apartamentito, y
apenas se enteró de que no les arrendaban un apartamento
por los seis meses de la reconstrucción, les consiguió uno. ¿Que
con un amigo de una agencia de arrendamiento? Mentiras,
era de la mamá de él. Le dijo a su hermana Tere que tranqui-
la, que ya tenían mucha cosa encima, que lo dejara ayudarles,
y amenazó a la aseguradora con retirar todos los carros de la
empresa si no le pagaban el suyo. ¿Se acuerda cómo alegaban?
Que un atentado era muy distinto a un incendio, que aunque
se consumió todo, había sido por culpa de una bomba y eso
no estaba cubierto. Vea que de algo sirvió meterlo en la póliza
colectiva de la empresa, que es verdad que el que pone la
plata pone las condiciones’. Más que razón le sobraba a Bere-
nice. Un apartamento arruinado por un acto terrorista signi-
ficaba ruina y también sospecha. Un almacén como el de mis
padres y un empleo como el mío tampoco eran garantía si
venían de damnificados. Ser damnificado en Colombia podía
generar más recelo que conmiseración o lástima. Vivíamos en
un país de pícaros con la desconfianza como base de cualquier
relación. De pronto quedábamos mal con el pago del arriendo.
Era de esperarse. Sin embargo, ignoré esa situación por años.
Tampoco hubiera podido imaginar la actitud de Lorenzo con-
migo después de haber visto lo inconmovible que fue cuando
Berenice tuvo el bebé. Cómo la mortificó y le saboteó los
251
permisos a los que tenía derecho para que fuera a alimentar a
su hijo. A Berenice, la mitad de su cerebro. Qué ser tan com-
plejo era Lorenzo. Nunca dejó de ser un misterio desconcer-
tante. ‘Vea, y ahora don Lorenzo para rematar le da el último
golpe de gracia, porque esa bonificación le va a servir mucho
para el viaje. ¿Quién le va dando a uno plata así por gusto? Es
que a usted él la aprecia mucho, lo que pasa es que es un
hombre amargado, con billete pero infeliz, y así no hay caso’.
Tal vez esa mañana en la clínica él vio en mí lo mismo que
Teresa. A ella la sorprendí varias veces mirándome pensativa
mientras comíamos. ‘Qué pudiera hacer por ti’, me decía en
tonces. ‘Nunca te había visto tan triste’. Tal vez ambos vieron
lo que yo misma tan solo pude ver semanas después cuando
íbamos para el consultorio del cirujano y los espejos que forra
ban las paredes del ascensor me mostraron mi cara. Ya estaba
casi bien. De todas formas, me pareció que era otra persona.
Nunca había tenido el pelo corto. Estaba reducido a su míni-
ma expresión. Estaba rara. Pero me impresionaron más los
ojos. Me pareció como si me los hubieran cambiado. Lejanos.
Apagados. Con unos párpados más anchos encima. Me alarmó
la mirada de esa mujer que era yo. Entendí a Teresa. No pen-
sé en Lorenzo esa vez. Aún no sabía que le adeudaba, además,
las lágrimas”.
Ahí termina todo lo relacionado con el archivo Llanto.
El teléfono vuelve a sonar. No lo contesta. Sin embargo,
se levanta hasta el aparato que está en la sala y escucha el
mensaje. Llaman a recordar la fiesta colombiana y a decir
que les toca llevar dos litros de vino. De regreso al cuarto
de Violeta, al escritorio y la computadora que ella ha venido
usando, continúa husmeando en los archivos. Lee otro par
de cosas más sin importancia. Cuando ve que el relojito en
la pantalla anuncia las 7:35 empieza a cerrar los archivos
de ella y a abrir archivos de él para cambiar el registro de los
252
últimos leídos. Antes de dejar el recorrido por las carpetas
ajenas, revisa los nombres de los archivos que le quedan por
leer: Julián, Luciano, Teresa, todos los de la carpeta Bomba.
Piensa que en adelante le será bien difícil meter el ojo en los
escritos de Violeta pues lo más seguro es que pasará cuanto
antes la información al portátil que está encima de la cama, sin
desempacar, y que él tuvo que cargarle hasta el apartamento
porque esa mujer pensó tanto, tantísimo, preguntó y preguntó,
miró, revisó y ensayó el aparato en el almacén, que se quedó
con el tiempo justo para llegar a su clase de inglés y él tuvo
que traer la bendita máquina, justamente hoy, el último día de
libertad. Y si no sale ya, ella lo encontrará y quedará atrapado,
se le frustrará la noche afuera, la última con el pelilargo.
En el recorrido final por la carpeta Mariposa, Marcelo
descubre un archivo cuyo nombre está escrito en mayúscula
sostenida y no vio antes. “¿campoalegre? Qué podrá ser esto”.
Imposible evitar la tentación. Le da clic. Aparece un título
centrado, en negrilla y cuerpo de letra mayor que dice Dejó
una mariposa su capullo. En el margen inferior de la pantalla,
el programa informa que el archivo tiene cincuenta páginas,
pero Marcelo no se percata. Simplemente empieza a leer
“Yo estaba en la finca cuando mataron al tío Ramón, y lo vi
desangrándose. Luego del funeral mi madre decidió que me
quedara acompañando a Iris, la viuda. Al poco tiempo nació
mi último hermano, con una anormalidad que complicó mi
suerte y la hizo aún más dudosa. Esta se definió meses después
gracias a un hecho tan ajeno y distante a mí como la misma
luna; en realidad fue un viaje de astronautas lo que resolvió
mi situación. En parte, claro, pues esa última temporada en
Campoalegre significó tanto para mí que aún hoy, más de
treinta años después, sigue enredándome la existencia. No
hay manera de que nos acostumbremos a la muerte, y menos
si viene inmerecida y es hecha con frialdad y adrede. ‘Vas a
253
pasar muy bueno. Con el tío Ramón se pasa rico’, me dijo
Teresa mientras empacaba mis cosas. No me dejó...”.
—¡¡Sorpresa!!
Marcelo siente como si el corazón saltara de su pecho y
cayera en el escritorio, más de lo que él salta de la silla cuando
siente unas manos que se posan sobre sus hombros, y oye la
voz de José Luis que ya llegó, está detrás de él y se va a dar
cuenta de que está leyendo las cosas de Violeta. Va a ver la
pantalla y por eso hay que taparla como sea.
—¡Anda! ¡Por qué te apareces así! Casi me matas del susto
–dice Marcelo parándose de la silla, tembloroso.
—Por lo mismo. Quise darte la sorpresa.
—Lo has logrado.
Marcelo voltea, atrapa el mouse y da clic a la equis para
cerrar el Word. Aparece en la pantalla el eficiente letrero que
pregunta ¿Desea guardar los cambios efectuados en Campoa-
legre? Sí, No, Cancelar. “¿Cambios? ¡Pero si yo no he tocado
esta mierda!”, le grita el pensamiento.
—¿Qué es eso?... ¿Campoalegre?
¿A cuál de las opciones da clic Marcelo? No deja ver y ni él
mismo podría decirlo, lo hace a la loca y el archivo se cierra.
Era lo importante. Luego se mete en el pecho de José Luis y
se amarra con sus brazos a él para saludarlo como se debe.
—Te está latiendo muy duro el corazón –dice José Luis.
Por encima de la cabeza de Marcelo ve el escritorio con el
computador.
—Es la emoción de verte –miente Marcelo.
—¿Qué estabas haciendo?
Marcelo sigue pegado del cuerpo de José Luis, quien observa
los papeles y los libros de Violeta en el escritorio.
—¿Qué era eso de Campoalegre?
—¿Campoalegre?... Yo qué voy a saber.
254
José Luis mueve los ojos y ve las cosas de su hermana en
la cama, la obra de Toni Morrison en la mesa de noche, las
pantuflas felpudas en un rincón.
—Así se llamaba...
José Luis retira a Marcelo de su cuerpo
—Has estado...
Se arrima al escritorio.
—Déjame ver una cosa.
Toma el mouse, ubica el cursor en la esquina inferior izquier-
da de la pantalla, da clic en Inicio. Marcelo siente que ahora
es todo su cuerpo el que podría caer, ya no en el escritorio,
sino en el piso.
—¿Y el concierto de hoy? ¿Acaso no era la clausura?
—Lo cancelaron.
En el listado de archivos de la opción Documentos recientes
José Luis da clic derecho a Campoalegre y abre propiedades.
—Hubieras avisado para...
Ve que el archivo está ubicado en la carpeta Mariposa, que
fue creado por Violeta y que acaba de sufrir la última modifi-
cación. Voltea y se yergue delante de Marcelo.
—Avisar para qué, ¿para que no te sorprendiera metiendo
las narices en las cosas de mi hermana?
Lo que va a decir Marcelo se vuelve un quejido, no alcanza
a nacer en su garganta.
—¿Dónde está ella?
—Se fue a la clase.
—¿Y tú siempre aprovechas cuando se va?
—No no no. Es la primera vez que... ¡Qué digo! Déjame
explicarte. Yo nunca había... yo tenía que revisar mi correo y
entonces... lo estaba consultando y...
José Luis se fija de nuevo en la pantalla.
—Internet está cerrado.
—Ya había acabado. Quedó claro que yo podía usar el
ordenador, ¿no?
255
—Ese no es el punto.
José Luis mira a Marcelo de arriba abajo. Está descalzo. Sus
zapatos han quedado debajo del escritorio y sus pies en medias
descansan en la alfombra del cuarto.
—Me decepcionas Marcelo.
—¿Qué?
—Qué otras cosas podrás hacer tú.
—Vamos, que no es para tanto. Es lo que yo siempre he
dicho. Qué exagerados sois los colombianos. No entiendo por
qué tanto alboroto. Qué hay de malo.
—¿No te enseñaron el respeto por la privacidad de los
otros?
—Es una novela y las novelas se publican, tarde o temprano.
—Pero ahora son borradores seguramente. A ella le aterra
que se los lean. La conozco.
—Ella es muy... Deja todo abierto, deja todo así, no cierra
nada. Es muy confiada.
—¿Por que tendría que desconfiar? ¿No es lógico que confíe
en nosotros?
Ambos escuchan la puerta del apartamento. Es ella. Se
miran.
—¿Vas a contarle?
José Luis hace un gesto de impaciencia como diciéndole a
Marcelo ¿es lo único que te preocupa?
—¿Para qué tienes que leer sus cosas? Ni siquiera a mí se
me ocurriría hacerlo y tendría más derecho por ser su hermano.
¿No te das cuenta? Eso es privado, como un diario. ¡Respeta!
Y sale a saludar a su hermana sin haberle dado al menos
un beso a su compañero.
Marcelo se siente como un estúpido muchacho de escuela
regañado por su maestro y se ofende más. El sentimiento le
dicta las palabras que pronuncia.
—Solo tiene dos meses de visa –dice cuando José Luis va
en la puerta. Él no alcanza a interesarse en lo que oye, mucho
256
menos a deducir de qué se trata. Tal vez ni entienda de qué
habla Marcelo, o piensa que se refiere a cualquier cosa sin
importancia.
La noche transcurre tranquila conversando otra vez los
tres, con Marcelo cocinando un tanto disgustado, como el día
aquel hace ya más de un mes en que llegó Violeta y José Luis no
quiso llevarlo al aeropuerto, pero pudieron pasar una agradable
velada tomando vino. La única diferencia hoy es que Marcelo
y Violeta no se quedan conversando hasta el amanecer, sino
que él corre a meterse en el cuarto con José Luis cuando este
dice que tiene sueño y se va a acostar.
Mientras se desvisten, José Luis le pregunta “¿qué fue lo que
dijiste cuando salí de la pieza de Violeta?”, pero Marcelo res-
ponde con renuencia y misterio, cosas que excitan la curiosidad
de José Luis. Sin embargo, al final la verdad queda tan desnuda
como ellos en la cama. Así, muere prematuramente el secreto
que Violeta le había confiado al uno y quería ocultarle al otro.
—Mejor que no se entere de nada. Te quedas callado tú y
me quedo callado yo –dice Marcelo.
—Tiene que enterarse, por lo menos de una parte. El que
hayas estado leyendo sus cosas solamente se te puede zafar a
ti. De eso no diré una palabra, más por ella que por ti, para no
hacerla sentir mal. Pero en cuanto a lo otro, yo sí tengo que
aclararle que no puede quedarse así y que tiene que devolverse,
y mientras más rápido lo hable, mejor.
—Pero podrías decirle que te diste cuenta porque casual-
mente le viste el pasaporte.
—Pensaría que estuve esculcando sus cosas.
—O entonces exigirle que te lo entregue para revisar y te
haces que ahí es cuando te enteras.
—¡¿Por qué tiendes a enredar todo?! Deja de manipular
las cosas. Es muy simple. Lo digo tal cual ocurrió. Lo lamento,
te verás involucrado. Es el precio que pagas por no haber sido
257
capaz de guardarle el secreto. Claro que te agradezco que me
hubieras sacado del engaño. Odio que me digan mentiras. Por
eso es mejor que se vaya.
—¿Serías capaz de echarla?
—No voy a echarla, pero sin papeles no puede vivir aquí
conmigo.
—Por lo mismo, equivale a echarla. Y como anda de entu-
siasmada con su cuento literario. No aprietes tanto. Deberías
pensarlo mejor.
—¿Te parece que haya algo que pensar?
258
9
259
noches. “Además, ella va de paseo. Y con Julián, que no es
cualquier cosa. Ojala él la haga correr y brincar bastante por
esos montes a ver si bota el asma. Ya verán. Ni tiempo ni ganas
le quedarán de coser”, agregó Brenda sin parar la cepillada.
“Es para por las noches. A veces uno se aburre”, insistió Te-
resa. “¿Cómo voy a coser sin luz?”, le pregunté. “Las Coleman
alumbran mucho. Y este diciembre el tío sí va a conseguir
la planta”, concluyó y puso el maletín cerrado encima del
taburete. Luego destendió la cama, nuestra cama, la cama
donde yo me acosté a pensar en ese viaje, a desvelarme por la
que sería mi última y más larga temporada en Campoalegre,
sin presentir que me estaba despidiendo de aquella cama, de
aquel cuarto y de aquella casa, mi casa estrecha, mi cuarto
para tres y mi cama para dos que al otro día empezarían a ser
realidad perdida, recuerdo de lo que fui hasta los siete años,
hasta cuando mis pies durmieron entrelazados al calorcito de
los de Teresa, algo de lo que también me estaba despidiendo
aquella noche.
Después de mis padres, fue a Teresa a quien más extrañé en
Campoalegre. Ella era como el espejo donde yo podía verme.
Me sentía parte suya. No eramos una, no. Eramos Teresa y yo
anexada a ella. En muchas cosas mi voz era la de mi hermana.
Todo porque dormíamos juntas y porque me cuidaba como no
puede hacerlo una madre, aunque lo quiera, cuando empieza
a llenarse de hijos y descubre, como la mía, que para vivir no
existe preparación sino que el entrenamiento es la vida misma.
A Teresa y a mí el día podía separarnos, de hecho empezó
a hacerlo cuando ella entró a estudiar, pero la noche nos reu
nía de nuevo para dormirnos conversando y despertarnos en
silencio al otro día arropadas con la misma cobija y con la
cabeza sobre la misma almohada. En verano el sofoco que nos
mortificaba era uno solo. En invierno el frío nunca alcanzó a
abatirnos; lo derrotábamos con el calor de nuestros cuerpos.
260
Ella me tibiaba las piernas con las suyas y siempre evitó que
me sobrecogiera el helaje que en la finca sí pudo atormen-
tarme. Las dos oíamos los mismos crujidos de la madera del
techo o del escaparate. Veíamos crecer cada noche la misma
telaraña inalcanzable en la esquina más alta de la pared. Los
zancudos que zumbaban a nuestro alrededor nos picaban a
las dos con el mismo descaro. Fuimos testigos únicas de los
extraños suspiros que emitía Brenda, dormida, en medio de la
noche. Estábamos codo a codo, pierna con pierna, cuando los
sueños cobraban vida en nosotras; soñábamos cosas diferentes,
pero tal vez las soñábamos al mismo tiempo. O a lo mejor, de
dormir tan pegaditas, nuestros sueños algún día fueron uno
solo y nunca nos dimos cuenta. Si llovía, el sonido del agua
golpeando las tejas del techo era el mismo en nuestros oídos;
ante nuestros ojos se imponían los mismos chorros que caían
de las canaletas; las dos veíamos esos chorrazos reflejados en
la tela sutil de la cortina, agrandados por el potente bombillo
de la calle que alcanzaba a mandar su imagen hasta nuestra
ventana. Si los relámpagos iluminaban el cuarto, al unísono
nos echábamos la bendición y luego nos tapábamos los oídos
para debilitar el estruendo de la tronamenta. Nos quedábamos
quieticas, tan quieticas que amanecíamos tal cual: extendidas
boca arriba, cada una con sus manos juntas en el pecho, como
si estuviéramos orando. Así dormimos hasta que vi al tío en
el ataúd, me di cuenta de que estaba en la misma posición
en que nosotras dormíamos, se lo conté a Teresa en la carta y
ella recomendó cambiar de posición. Eso y mucho más cambió
entre nosotras después de Campoalegre. Aquella temporada
marcó el antes y el después de nuestra relación. Hoy pienso
que sin esa distancia me hubiera quedado siendo el apéndice
de mi hermana. Hoy entiendo por qué el tío decía que crecer
duele. Le he echado mucha cabeza a mi asunto con Teresa.
En realidad ella no estaba enojada conmigo, como lo pensé
261
después de volver a casa. En su sonrisa al verme, en la forma
como me extendió los brazos para recibirme y en la suavidad
con la que me sobó las trenzas, yo sentí que su amor estaba
intacto, pero también me di cuenta de que las cosas eran dis-
tintas, tan distintas como su mirada, el tono de su voz y el estilo
de su ropa. Teresa siguió estando muy pendiente de mí, pero
yo me sentí por fuera de su mundo y no pude entrar más en él.
Fue difícil entrar en el mundo otra vez después de Campoa-
legre, como si me hubiera quedado allá, como si una parte mía
se hubiera ido con mi tío Ramón, como si algo se me hubiera
salido por entre los dedos cuando los metí en los orificios de sus
balazos, como si él, aunque muerto, me hubiera arrancado algo
cuando me quedé tanto rato mirándolo en el ataúd después
de que Iris accedió a que yo lo viera por última vez y le quité
a él el bichito que le empezó a caminar por los labios, hasta
que Evaristo, el mayordomo, dijo “no es bueno que ese aire
del difunto le dé a la niña”, e Iris me hizo bajar del taburete
donde me había encaramado.
Iris fue la mujer al amparo de quien empecé a andar cuando
me quedé sin Teresa. Ni una gota de sangre en común corría
por nuestras venas, como sí pasaba con las de mi hermana y
yo. Sin embargo, Iris me dio muchísimo más de lo que yo es-
peraba; siempre estuvo de mi lado y con ella seguí conociendo
el mundo. Por eso me ha dado tan duro su muerte. En algún
momento yo alcancé a intuir que esa dependencia era mala,
llegué a decirme “vas a salir lastimada al final”, algunas veces
me esforcé por apartarme un poco. Pero cuando se ama eso
es imposible, y yo a esa negra la quise más de lo que he po
dido y deseado querer a mi madre, la amé por todos los que la
rechazaron.
Brenda tenía razón. Nunca toqué esa costura. Sí tuve la
intención de darle algunas puntadas cuando me enfermé de los
pies o cuando la lluvia se apoderaba de todo con su monotonía
262
y nos apresaba en la finca. Sin embargo, los ánimos de bordar
se me quedaban extraviados en las figuras que se adivinaban
en la madera del techo; horas interminables, pero serenas,
pasé tendida en la cama buscándolas. Esa costura quedó sin
terminar como le ha pasado a muchas cosas en mi vida por esa
tendencia mía a dejar casi todo empezado, la tendencia que
hoy me tiene ante este ejercicio de las palabras con el cual
espero al menos cerrar el capítulo de Campoalegre, para que
puedan abrirse otros, como dice el psicoanalista. A él me han
obligado a acudir las muertes de Iris y de Luciano, el que nació
estando yo en la finca; esas muertes llegaron juntas, brutales
y sorpresivas y me han sacudido la del tío que parecía en el
olvido. Le he dicho al doctor que no es que yo deje las cosas sin
concluir sino que conmigo se quedan sin tiempo para cerrarse
porque siempre cambian. Se trastocan. Dejan de ser sencillas.
Desde mi nacimiento ha sido así, desde antes incluso. Hasta
el momento en que yo ni siquiera había nacido he tenido que
retroceder. Así lo mandó el doctor. A él le parece muy raro
que me obstine en el pasado sabiendo que soy de un lugar que
vive en el olvido. “Apréndale a este país que borra todo al
otro día, por más trágico que sea”, me dijo. Luego me explicó
que primero hay que recordar y recordar porque el recuerdo
es también olvido. Por eso esto que hago ahora. Miro hacia
atrás. Me asomo, entro, me sumerjo y recupero la memoria de
mi infancia para sepultarla como se debe.
Me demoré para nacer. Llegué cuando Julián ya iba por los
tres años. Conmigo se rompió la costumbre de un hijo por año y
empezó a morir el deseo de mis padres de tener una docena de
hijos. El problema surgió antes de que me engendraran, con los
mellizos que se frustraron en el vientre de mi madre y robaron
su fertilidad anual. Cuando por fin me gestaba y crecía segura
dentro de ella, mi padre perdió el empleo, mi madre empezó
a sufrir y yo a pasarla mal adentro. “Cuándo será que nace
263
este bebé”, oía a mi madre decirse cada noche al refugiarse
en la cama y apagar la luz. Varias veces me llegó el eco de
su llanto silencioso; porque hacía parte de su cuerpo podía
oírlo, como sus pensamientos. Ella lloraba por cada día que
mi padre pedía trabajo y no lo hallaba, porque preñada como
estaba no podía rebuscarse el empleo de secretaria para el
que se sentía capaz, porque temía que se acabara la liquidación
del banco y se quedaran sin con qué pagar el arriendo y dar de
comer a los cinco niños que ya existían. Lloraba y se desvela
ba pensando en que invertir esa liquidación en un negocio
sería lo mejor para que mi padre pudiera abrirse camino como
negociante, no dependiera de nadie ni lo volvieran a echar
de empresa alguna. Cada noche traía las mismas cavilaciones.
Ese desespero de mi madre me inquietó de tal manera que a
los siete meses estuve a punto de dar empujones para salir.
Fue el tío Ramón quien me frenó. Una vez accedió a prestar el
capital para el negocio de zapatos decidí quedarme los nueve
meses a que tenía derecho en aquel lugar húmedo y oscuro,
pero tan adorablemente tibio. Carecía de sentido causar más
inconvenientes a la familia con un parto prematuro. Con mi
padre matriculado en el curso de talabartería y ocupado en
ingeniar el negocio, mi madre dejó de pensar en empleos y se
despreocupó de mi nacimiento. Por mi tío el embarazo pudo
llegar a feliz término. He ahí una excepción en mi historia de
cosas dejadas a medias, una demostración de que concluirlas
era la intención que se me veía desde el vientre de mi madre,
la excusa de que una vez afuera nadie puede garantizar lo que
pasará.
A pesar de todo mi llegada fue motivo de alegría. Habían
pasado varios años sin nacimientos en la casa y, además, fui
mujer, como debía ser, para continuar la secuencia niño-niña
que ya una vez se había interrumpido con Teresa al adelan-
társele a José Luis. Eramos Rubén José, Brenda María, María
264
Teresa, José Luis y Julián José. El María no me acompañó en el
nombre, como me correspondía, sencillamente porque llegué
a este mundo sin saber cómo iban a llamarme. En medio de
tanto afán por la subsistencia de los ya nacidos y la instalación
de un almacén, ¿quién iba a inquietarse por ponerle nombre
a alguien que aún no nacía y que venía después de dos que
no habían sido? Mi nombre salió de las flores con las que mi
padre se apareció en la clínica. Dijo que las llevaba porque
eran el emblema de la modestia, como eran nuestras vidas en
ese momento. Que también las había blancas, pero que las
prefirió vivaces porque eran menos escasas. Que podrían ser
un buen presagio para la fertilidad de mi madre y la prospe-
ridad de la familia. “Son muy comunes en los montes pero se
pueden cultivar en los jardines”, me explicó cuando me contó
la historia. Entonces mamá Rosita dijo que el nombre de esa
bebé calva tan lloroncita tenía que ser como el de las flores
porque sin duda daría buena suerte. En esas entró el médico a
revisarme. Preguntó cómo me llamaba. “Violeta”, dijo mi madre
sin dudarlo. Estaba encantada con el aroma de las flores; le
parecieron las más perfumadas que había olido. Se sintió con-
movida con el detalle de mi padre. Después de tanto niño, él
seguía llevando flores, poniéndose corbata y engominándose
el pelo para ir a conocer a un nuevo bebé y para agradecer a
la madre, como si fuera el primero. A pesar del nombrecito
raro, conmigo las cosas parecieron componerse de nuevo y
responder a los buenos augurios de mi abuela. Sin embargo,
otro futuro hijo se perdió a escasos meses de mi nacimiento.
Uno más al año siguiente. Mi madre cumplió los treinta y
cinco sin poder quedar embarazada de nuevo. Ya iba para los
treinta y ocho cuando apareció Luciano con ese Síndrome de
Down que hizo prolongar mi estadía en Campoalegre. Con
Luciano se extinguió del todo el propósito de mi padres de
tener muchos hijos. Años después, resignados, empezaron
265
a soñar con una docena de nietos. Ni siquiera conseguirían
la mitad, pero imaginarlo les sirvió de consuelo. En cambio,
yo no tuve consuelo cuando ellos me dejaron en la finca. En
cuestión de semanas, días, horas, minutos, segundos, pueden
pasar muchas cosas, incluso catastróficas. Además, cuando
se es niño el tiempo es una eternidad; varios meses, incluso
algunas semanas, pueden ser como la vida entera. Eso parecía
que sí lo intuía yo el día en que nos despedimos en la estación
de La Carolina, tres días después del entierro del tío.
Ya los otros se habían ido. Mamá Rosita, la tía Margó. Solo
faltaban mis padres por devolverse. Él me dijo “A tu mamá
le hace daño verte triste. También puede afectar al bebé. No
llores cuando te despidas”. Luego ella se inclinó hacia mí y
me abrazó. La tibieza de su cuerpo me hizo sentir protegida.
Asida a su pecho yo siempre me creí a salvo. Fue imposible
retener las lágrimas. Con su cara pegada de la mía, me dijo
“No me hagas las cosas más duras Violetica. No te pongas a
llorar. Sé fuerte. Tú eres muy inteligente. Mira que te pasaron
de kínder para segundo. En cambio Juliancito tiene que estu-
diar y hacer la primera comunión. Me lo tengo que llevar. Tú
aún aguantas con la edad. En cambio él ya está muy grande
para andar por ahí sin haber recibido a Dios. ¿Entiendes?”.
“La íbamos a hacer juntos”, alcancé a decir. Ella despegó su
mejilla de la mía, me cogió por los hombros y, sin dejar de
mirarme, me dijo “Sí, pero ¿no te parece mejor sola? Se tienen
más regalos. Además, mira a la pobre Iris. Tan triste. Con lo
que te quiere, vas a ser un consuelo muy grande para ella.
Eres la única que puede acompañarla en este momento. No
podemos dejarla solita en esa finca. Ofrécele este sacrificio a
nuestro Señor y te prometo que este año te hacemos la primera
comunión con una fiesta bien hermosa”. El tren silbaba. Ya
iba a arrancar. Tenían que irse. Yo me puse a llorar. Mi madre
se irguió. “Ay no, yo no me voy hasta verle los ojitos secos a
266
mi niña”, dijo. Volteé a mirarla. Mis ojos se tropezaron con su
barriga. La tenía más crecida. Como si se hubiera inflado más
el balón que entonces imaginaba llevaba adentro. Apenas la
estaba conociendo barrigona y de bata ancha. Era el primer
embarazo de ella que me tocaba. El bebé iba a ser también el
primero que tendría en mis brazos. Así me lo habían prome-
tido. Nunca había cargado uno. Eso me daba mucha ilusión.
No supe hacía dónde miraba mi madre. Sí pude distinguir que
no lloraba. Tenía unas gafas negras con borde blanco, como
la bata que llevaba puesta. Nunca antes la había visto con
ropa sin color. Menos llorar como lo hizo en el cementerio
donde dejamos al tío. Yo también lloré, aferrada a sus muslos,
secándome con el vuelo de su falda. Ante todo lloré por ella,
por verla así, más que por lo que estaba sucediendo. En ese
cementerio la conocí bañada por las lágrimas, como me pasaba
a mí por cualquier cosa. Hasta la muerte del tío yo pensaba
que solo los niños llorábamos. Con Iris, la noche del crimen,
supe que los grandes también lo hacían. Sin embargo, excluí
a mi madre de ese grupo. Era la mamá y las mamás no lloran,
pensé. En el velorio cambié de idea. Y ese día en la estación
aprendí algo más. Me lo enseñó mi madre. Ella no soltó ni una
lágrima mientras esperó a que cesaran las mías. Entendí que
los adultos, además, eran capaces de dejar de llorar si no era
prudente hacerlo, aunque tuvieran motivos y ganas. Entonces
hice la primera cosa difícil que recuerdo haber hecho en mi
vida. Le ordené a esas lágrimas quedarse guardadas aunque
sentí que me ahogaban. Lo logré. Así, ellos pudieron montarse
al tren con Julián. Cuando ya estaban adentro y el tren silbaba
más duro, Iris me levantó por la cintura. Pegué mis manos de
la ventanilla para tomar las de Julián que me decían adiós. Le
grité que no se fuera. “Te voy a escribir una carta larga”, alcancé
a oír que me dijo. “Sí, te vamos a escribir muchas cartas”, pude
entender que agregó mi madre. Mi padre puso un beso para
267
mí en las yemas de sus dedos y lo estampó en el vidrio. El tren
fue aumentando el ruido. Tomando velocidad. Yéndose. De
pronto, sentí que mis piernas volvían a estar sobre el cascajo de
la vía. No me sostuvieron. Arrodillada, seguí llamando a Julián.
No quería moverme de ahí, no quería caminar. Sentí ganas
de quedarme allí sentada eternamente. ¿Cómo iba a andar yo
sola de ahora en adelante? ¿Y qué diría Teresa? Campoalegre
jamás sería igual sin Julián y sin el tío. Albergué la esperanza
de que ese tren se devolviera por mí. Imaginé que mi madre se
arrepentía. La vi viniendo por la carrilera. La oí diciendo “era
una mala broma, perdona”. Me vi montándome también yo al
tren con ellos. Cuando el humo se perdió en la cordillera y el
eco del silbato dejó de oírse, Iris dijo “Ya se fueron”. Me tomó
del brazo y me ayudó a levantarme. Comprendí que ya nada
podía atajar ese gusano gigante que se alejó echando humo.
Volví a llorar. Lloré como la noche del asesinato y como en el
cementerio. Pero ya no me cobijaba en la falda de mi madre.
Iris me llevó cargada hasta la finca. En el calor de su cuello y
de su hombro seguí gimiendo. Imagino que nuestra desolación
debió imponerse en aquel camino despoblado, con árboles
colosales y potreros con montes al fondo como un intermina-
ble mantel verde de terciopelo. Cuando íbamos llegando, me
dijo “Ya no llores más. Me llevas empapada la blusa y te vas a
quedar sin lágrimas para el resto de la vida. Guárdalas que te
van a hacer falta. ¿O ya se te olvidó lo que te decía Ramón?”.
Varias veces él me había dicho “aguántate, llorar es símbolo de
debilidad”. Sin embargo, con Iris no me esforcé por contenerme
como acababa de hacerlo con mi madre. De todas maneras se
había marchado. Entonces, me empezó una tosecita que fue
aumentándose. Creció y creció. Me tomó ventaja. Se volvió
una lucha. Un combate. Me quitó la respiración. Me derrotó y
me dejó censurado el llanto por el resto de la vida pues de ahí
en adelante, con las primeras lágrimas me empezaba el ataque
268
de tos. Tuve que aprender a aguantarme, para satisfacción
de mi desaparecido tío. Por eso yo siempre lloro por dentro.
Nunca renuncié del todo.
Dicen que nací llorando, me dormía llorando y me des-
pertaba llorando. Que Teresa y José Luis eran los que más me
arrullaban y consolaban. No tenía rabia ni agresividad ese
llanto, contaba mi padre. Tan solo desconsuelo. Para Brenda
y Rubén eran solo mimos. Mi madre les explicó que quizá se
debía a la crisis que vivió en su embarazo. “Por qué eres tan
llorona”, me preguntó un día el tío con cara de desconcierto.
No supe contestarle. A lo mejor lloraba por las veces en las que
no iba a poder hacerlo en el futuro. El día en que me angustié
tanto porque se quebraron los huevos al caérseme la canasta
en donde los llevaba desde el gallinero, oí al tío en la cocina
diciéndole a Iris “qué le hiciéramos a esta muchachita para
quitarle esa lloradera. Si no le encontramos un remedio no va
a poder con la vida y va a sufrir mucho”. Irónico. Su muerte
me aplacó el llanto.
Cuando supe lo de Luciano volvió la bendita tos. Iris me
leyó la carta en la que mi padre me explicaba por qué mi madre
no me escribía y por qué yo tenía que quedarme un tiempo
más “hasta que ella se reponga pues han sido dos batacazos
muy duros y seguidos”. No comprendí muy bien el asunto. Sin
embargo, me entristecí. Si Iris lloraba leyendo esa carta y me
apretaba como consolándome, era porque de nada bueno se
trataba. Al querer llorar con ella la tosecita empezó a quitarme
el aire. Me asfixié. Pensé en mi tío. Yo no quería morir. No
sin antes ver cómo era Luciano, besar de nuevo a mi madre y
sentarme en las piernas de mi padre. A la fuerza tuve que ha-
cerle caso al “aguántate”. Me convencí de que en adelante era
mejor evitar las lágrimas si no eran estrictamente necesarias.
Mi padre nunca volvió a dar razones de por qué pasaban los
días y las semanas y no mandaban por nosotras. Tres, cuatro,
269
cinco meses corrieron. Y nada. Varias veces sentí la necesidad
de llorar por eso. Pero me contuve. Ni siquiera derramé lágri-
mas cuando descubrí que también se llora de alegría. Fue el
día en que mi padre se apareció en Campoalegre y la felicidad
se me atoró en la garganta. Lo vi por el camino desde el árbol
de mangos. Creí que era una visión como la que había tenido
con mi madre viniendo por la carrilera del tren. Seguí indife-
rente en medio de esas ramas y de esas hojas. Eran como una
cueva para limpiar la mente. Solo allí me hacía insensible, mi
mente se quedaba en blanco y se me borraban los recuerdos,
la desilusión y el pesimismo. Los pensamientos menguaban y
las sensaciones se corrompían, perdían vigor. Nada podía do-
lerme. La soledad se evaporaba. Los pájaros, tan convencidos
de su alegría, me reconciliaban. Por eso pasaba tantas horas
encaramada en el palo de mangos.
“El hombre llegará a la luna y tienes que verlo por televi-
sión”, dijo mi padre desde abajo del árbol. A este se arrimó
después de que Iris le mostró dónde hallarme. “Pero si no es
con Iris yo no me voy”, le dije mientras bajaba ansiosa para
lanzármele a los brazos que me extendía. La fascinación de mi
padre por los avances del mundo lo traía hasta mí. Un cohete y
unos astronautas a miles de kilómetros de nosotras ponían fin
a nuestro destierro no programado. Qué importaba. El hecho
era salir de allí. Dejar de ser las abandonadas de Campoalegre.
Conocer ¡por fin! a Luciano. Durante varios años creí que él
había nacido con el Síndrome por mi culpa. Traté de liberar
me de esa idea pensando en que a mi madre le había hecho
daño tanto llanto. Llorar era malo. Si al tío no lo hubieran
matado el bebé habría nacido normal, me decía. Dejé de cargar
culpas cuando mamá Rosita se enteró de la homosexualidad
de José Luis y dijo “no todo lo que sucede pasa porque uno
lo quiere”, lo mismo que le escuché al tío Ramón cuando la
quebrazón de los huevos. La frase vuelve a mí hoy y de nuevo
270
la tomo como una revelación. Tal vez las cosas hubieran sido
distintas si la hubiera tenido presente en los momentos difíciles.
En realidad era de la abuela. Ella decía las cosas como eran.
No usaba atajos para definirlas o explicarlas. Su franqueza
nos dejaba sin argumentos. También nos daba luces. Como
el día en que mi madre se limitó a contestar “la vida es así,
no es fácil”, cuando le insistí en que debía existir un lugar en
el mundo donde fuera posible vivir en paz, sentirme segura
y tranquila. Mamá Rosita se metió en la conversación y dijo
que “ese lugar está dentro de uno, pero hay gente que no lo
tiene o lo pierde por alguna circunstancia, y a ti y a Julián les
tocó un asesinato siendo niños. Lo importante es que sigan
amando la vida y tengan amor que es lo que mantiene feliz y
segura a la gente”. También me dijo que el día en que el amor
me faltara no perdiera las esperanzas porque así siempre tendría
un chance en la vida.
La bendita vida. En ella me senté a pensar por primera vez
en Campoalegre. Allí conocí la ausencia y la apatía. Desapa-
recieron mis guías. Me cambiaron las reglas tanto como la
sonrisa. Sufrí una mudanza en todo sentido. Unos vacíos se me
abrieron y otros se me llenaron, como el de la cavidad dejada
por mis dientes de leche perdidos. Crecieron los principales,
los dos de arriba, los que más se notan si te ríes. Poderosos y
blanquitos como los de mi madre. Me mudaron los dientes,
me mudó el temperamento. Mi lloradera se canjeó por la
contestadera. “La niña ya no llora pero se volvió grosera”,
dirían todos. Me forjaría un destino donde las cosas estarían
condenadas a extinguirse apenas naciendo. Un futuro saltando
de colegio en colegio, de compañeras en compañeras. Viendo
cómo se apagaban las amistades, los lugares y los proyectos tan
pronto como surgían. Oyendo a los rectores del colegio decir
“dos con cinco en conducta y disciplina es imperdonable así en
lo demás tenga de cuatro para arriba, y hasta cinco”. El apego a
271
nada fue mi defensa. A lo mejor esa actitud me ha conducido
a desaprovechar mi existencia y sea la razón para que apenas
me haya sido posible llenarla de vacío, un vacío peor que el
sufrido por mis pies cuando se enfermaron, se me enfriaron
para siempre y quedaron atados a los calcetines de lana que
me deben acompañar cada vez que me meto en la cama. Esos
calcetines, como los libros, se me volvieron una dependencia
más en Campoalegre, el lugar donde, paradójicamente, aprendí
el desapego de todo.
Los libros han sido mi trinchera contra el miedo y la tris-
teza que me asaltan en las noches. En su mundo iluminado
me introduzco cuando las luces se apagan. Todavía hoy, como
en la adolescencia y la juventud, la hora de levantarme me
descubre muchas veces con la lámpara del nochero encendida.
Mis amanecidas leyendo me dieron fama de debilucha en la
universidad, pero al mismo tiempo me han ayudado a lidiar
con mi dificultad para llorar. Ante una amenaza de las lágrimas
me amparo en una novela. Me envicié en Campoalegre con el
atlas universal, la Biblia y el diccionario, los únicos libros que
había allí. Entonces era bastante precaria, por no decir nula,
mi comprensión del lenguaje escrito. Es más, muchas veces
las palabras alcanzaban a ser en mi mente tan solo garabatos
inexplicables. Me sumergían en un mundo entre evidente y
dudoso, diáfano y oscuro al que no siempre le encontraba sen-
tido. En esos libracos y en el periódico el tío nos hacía practicar
la lectura. Él decía que así estuviéramos de vacaciones nuestro
mundo no tenía por qué quedar clausurado para los libros y el
conocimiento. Esos libracos le podían a mis brazos y siempre
tuve que apoyarlos en la cama o en la mesa del comedor para
leerlos. Me gustaba la Biblia por las ilustraciones realzadas con
tinta dorada, pero mucho más el diccionario con tanta palabra
rara que en mi vida habían escuchado mis oídos.
El diccionario fue como tener a otra persona en Campoa-
legre cuando ya no estaba el tío con su periódico dominical, y
272
cuando la Biblia quedó como principal alternativa de lectura
en esa finca que adquirió aspecto de iglesia. Santos, cirios,
candelabros, veladoras, camándulas, crucifijos, vírgenes y
libritos de novenas se apoderaron de mesas y rincones, y las
voces rezanderas de las visitas se tomaron el silencio de la
casona. El incienso y las flores me traían siempre el recuerdo
del féretro del tío Ramón. El asunto recrudeció cuando llegó la
Semana Santa. La procesión al monumento me recordó la ida
con el féretro desde la finca hasta el pueblo. El Vía Crucis del
Viernes Santo era como volver a hacer las novenas de los días
siguientes al entierro. La escenificación de la pasión y muerte
de Jesucristo en la plaza del pueblo, con los momentos más
dolorosos del llamado drama que cambió la historia de la hu-
manidad, los relacionaba con la muerte del tío que me cambió
la vida. Ni siquiera me consoló que me hubieran metido en la
obra del grupo de teatro. Nunca entendí por qué incluyeron
un ángel ahí. Hasta entonces suponía que estos correspondían
a la Navidad y eran sinónimo de felicidad. Vagamente me
sentí contenta por los comentarios sobre el color de mi pelo
y mis pecas, pero en general, misas, sacerdotes, oraciones y
cantos eran para mí sinónimo de dolor y muerte. Por eso, en
la Semana de Pascua le pedí a Iris dejar de leerme más pasajes
del nuevo o del viejo testamento antes de dormirme. Ella lo
hacía porque mi tío lo hacía. Era el reemplazo de los libros
infantiles inexistentes en la finca. Rechazadas las historias de
la Biblia como cuentos para dormir, Iris tuvo que buscar otras
alternativas. Una noche probó con el diccionario. Escogía
una palabra rara y yo tenía que adivinar su significado. Me
gustó el juego. También a ella. Se sumó a él. Cada una daba
su versión de la palabra seleccionada. Luego íbamos a la del
libro. Muy pocas veces nos acercábamos a lo que era. Pero
eso nos entusiasmaba más. Insistíamos e insistíamos. Nuestras
jornadas de arrullo con el diccionario se hicieron cada noche
273
más largas. Amanecíamos leyéndolo. El reto era ganarle a los
significados al menos una vez. Sin embargo, nunca pudimos.
Iris y yo éramos unas perdedoras. En todo sentido. Hasta
perdimos esos libros que nos pertenecían.
Los libracos hicieron parte del equipaje para Medellín.
La Biblia, como regalo para mi madre. El diccionario, para
mí. El atlas, para Iris. En poco tiempo, la Biblia fue a dar a
la casa de mamá Rosita. La viejita se enamoró de la edición.
Ni modo de negarse a darle gusto. El atlas terminó en manos
de mi padre. Involuntariamente fue apoderándose de él. Sus
frecuentes consultas le hicieron decir a Iris un día “déjelo
mejor allá en su pieza”. El diccionario se demoró un poco
más en extraviarse de dueño, no obstante los coqueteos de
mi madre. A su mesa de noche fue a parar cuando gasté mi
primer sueldo en el María Moliner. Con la muerte de mamá
Rosita la Biblia regresó. Cual artículo de lujo empezó a exhi-
birse en un atril parado en la sala del apartamento, como inútil
constancia de la fe católica de la familia. Nadie la leía. Pero
ahí estaba abierta en la separación de los dos testamentos.
Con forro plástico transparente, de bordecitos dorados tam-
bién, para que ni el polvo ni la falta de uso la deterioraran. Y
saber que quedó hecha trizas, igual que los otros dos, con la
explosión que se llevó la casa, a Iris y a Luciano. Es que un
carro bomba es más contundente que la misma muerte. Hace
pedazos la vida, y vivir una vida destrozada es peor que todo;
escasamente puede uno echarle mano a lo bueno que hubo
en ella. Por eso será que conservo en mi memoria esos tres
libracos de mi infancia, mi mejor compañía en Campoalegre,
sobre todo cuando pasó lo de mis pies.
En la finca, mis pies tuvieron que someterse a un arduo
aprendizaje cuando a mí me dio por andar a pie limpio a toda
hora y por todas partes. No fue fácil enseñarles. Desconocía
qué podría ocurrirles en el paso siguiente, si iban a lastimarse
274
o no. Dudaba sobre el peligro que encontrarían y qué tanto
les dolería una espina al enterrarse. Con el contacto de una
rama seca nos estremecíamos, con la humedad también. Esas
sensaciones nuevas las vivimos como un riesgo. Poco a poco la
incertidumbre y los peligros del camino dejaron de preocupar-
nos. Mis pies adquirieron sabiduría y aspereza para andar por
mangas, bosques y potreros. Aprendieron a disfrutar incluso
en medio del pantano y a regodearse en su lisura. Pero justo
cuando estaban entrenados nos atacaron los hongos, y ahí nos
separamos, dejamos de andar juntos por un tiempo aunque
seguíamos unidos. Durante varias semanas no me paré sobre
mis piernas ni anduve por mis propios medios en este mundo.
Yo me convertí en una muchachita sin zapatos a la que Iris
llevaba cargada como si fuera una inválida, y mis pies en dos
cosas llenas de ampollas que brotaban a destiempo y a destiem-
po se soplaban, se reventaban, botaban el agua, se secaban y
descascaraban. Eran dos cosas colgando en el aire a las que
yo me resistía a mirar. Tantas ampollas sanando en forma tan
dispareja hicieron lenta la cura total, frenaron la libertad en
la finca y me invadieron de temor; como suele pasar con las
enfermedades, me carcomía pensando en que iba a quedarme
así, dudaba que mis pies algún día volverían a ser como antes.
Me llené de pánico cuando me sentaron en el mostrador de
la farmacia y el boticario dijo que tendrían que cortármelos,
desafortunada chanza que me hizo llorar y sumó una crisis de
asma y de tos al malestar de mi enfermedad. “Qué va a decir
tu mamá. Que te descuidé”, decía Iris mordiéndose el labio
de abajo cada vez que me hacía las curaciones. Repetía que
cuando me aliviara jamás iría descalza. “Ni siquiera al bañarte.
Siempre debes ponerte las chanclas de plástico que te traje
del almacén”. Ella me cargó con paciencia mientras mis pies
estuvieron mal. A la espalda por el camino, en sus brazos al
llegar al pueblo. Aún no entiendo por qué yo sentía tanta
275
vergüenza de que los demás me vieran sin zapatos. Le rogué
a Iris que me eximiera de la misa. No hubo manera. Era una
viuda reciente. No podía faltar a la ceremonia. Tampoco podía
dejarme con Evaristo. A ella, únicamente a ella, me habían
confiado. Tenía que estar a mi lado siempre. Para que no
volvieran a pasar cosas como la de los hongos. Me convenció
de entrar en la iglesia de vestido dominguero y descalza. A
cambio me sugirió ponerme un sombrerito, como si vistiendo
mi cabeza yo pudiera dejar de sentir la desnudez de mis pies,
esos pies granosos que finalmente se resignaron a exhibirse
ante los curiosos. Nadie era capaz de ignorarlos, por lo menos
a mí me pareció tener siempre sobre ellos los ojos de los otros.
Yo sí fui indiferente en esas semanas. Me aguanté de vérmelos
aunque eran como hielo atado a mis piernas, pesados y fríos.
Los sentía arder con el agua cuando Iris me bañaba o me hacía
las curaciones, como si me gritaran. Pero seguí despreciándolos.
Así no me servían. Ellos mismos me mandaron la señal. Poco a
poco cesó el escozor. Cada vez ardía menos el antiséptico que
los teñía de rojo. Cuando quedaron insensibles a los líquidos
supe que podía volver a mirarlos. Piel nueva volvió a nacerles
y me atreví a meterlos en los zapaticos de tela que Iris me
consiguió en otro almacén, pues en La Quinela solo vendían
los de cuero que hacía mi padre. Los palpé estrechos, pero
agradables, para nada tan ásperos y pesados como los que me
trajo mi padre aquel día del árbol de mangos y me pidió estrenar
cuando nos fuéramos. “Para que entres pisando firme en la
casa nueva y camines segura por el mundo ahora que tenemos
casa propia y empiezas otra vida”, me dijo, anunciando que
tendría una habitación y una cama para mí. “Te compramos
un juego de alcoba. Será como si volvieras a nacer”, aseguró.
Me asustó la idea de dormir sola en una habitación. Nunca
antes lo había hecho. En la finca sobraban las piezas y tenía
una cama únicamente para mí, más grande incluso que la de
276
Tere y yo; sin embargo, siempre compartí espacio con Julián.
En Campoalegre las mujeres podíamos estar con los hombres
en el mismo cuarto. El tío sabía que esas alcobas tan volumi-
nosas y oscuras nos inspiraban miedo, y entendía que después
de las historias de espantos que nos contaba Iris la finca fuera
para nosotros un mundo tenebroso. Por eso, también dejaba
una Coleman alumbrando el corredor por las noches. Cuan-
do Iris y yo nos quedamos solas ella me pasó para su cuarto.
Dormimos juntas, aunque nunca en la misma cama. Eso yo
solo lo he hecho con Teresa.
Excepto por Luciano y la casa nueva, pensé que después
de Campoalegre todo iba a estar igual en Medellín. Sin em-
bargo, pocas cosas fueron como antes, en particular con mi
hermana. Sin quererlo vuelvo a ella. En nosotras no hubo
motivo de discordia para el distanciamiento. No obstante, esos
meses acabaron con la complicidad entre las dos. Esos meses
sumaron edad a su cuerpo, metieron en su cabeza el interés
por los muchachos e hicieron de su mundo un mundo tan
solo de ella, un mundo de acceso vedado para mí donde lo
usual ya no era que me contara sus intimidades sino guar-
dárselas en lo más recóndito de su corazón, o confiárselas a
su diario o a Brenda como secreto. Era otra Teresa, y segu-
ramente también ella me vio rara. Jamás volvió a interesarse
en mis muñecas. Al volverme a ver lo que más le preocupó
fue cortarme el pelo y las uñas. “Viniste muy descuidada. La
presencia hay que cuidarla mucho”, me dijo mientras me
instalaba en mi nuevo cuarto y me desempacaba el maletín.
Ya no era a mis muñecas sino a mí a la que peinaba. Peor que
una de ellas me sentí cuando me hizo las cien cepilladas, me
embadurnó el pelo con el aguacate y me tuvo sentada toda
una tarde a su disposición hurgando en las uñas de mis pies
y de mis manos, repitiendo “qué vergüenza como las trajiste
de esa finca”, mientras yo pensaba “qué vergüenza como me
277
tienen mis muñecas”. En mis cartas le pedí cuidármelas. Varias
veces me angustié pensando en que no les habían dado el
tetero, no les habían puesto la pijama para acostarlas o no
tendrían la cobijita encima. Sin embargo, me tranquilizaba
porque sabía que ahí estaba Teresa. Nada. Las encontré em-
polvadas, algunas guardadas todavía en la caja del trasteo;
escasamente desempacaron las más grandes para adornar mi
cuarto nuevo. Teresa había hecho el deber a un lado por estar
haciéndose las mascarillas y las cepilladas que decía la revista
Vanidades. Sentí que me había traicionado, como no lo hizo
Julián quien fue tan constante con sus cartas. Experimenté
hacia ella el rencor que no me inspiraron mis padres, los res-
ponsables de haberme dejado en la finca. Tal vez la tenía
idealizada porque sabía más del mundo que yo y siempre me
estaba enseñando algo. Teresa cosía vestidos con lentejuelas
para las muñecas, conocía más palabras y su significado, es-
cribía las letras derechitas sobre el renglón, era capaz de
tender la cama sin dejarle arrugas, se equivocaba menos brin-
cando el lazo, lanzaba la pelota con el bate más allá del límite
fijado, era la que más encestaba en los partidos de básquet,
mantenía más organizado el cajón del escaparate que Brenda
y yo, los zapatos colegiales le quedaban más brillantes y los
embetunaba desde el sábado por la mañana, como José Luis,
y no el domingo por la noche a la hora de acostarse, como
nosotras. A ella nunca se le oía la sorbida del chocolate ca-
liente como a Rubén; jamás hubo que rogarle, como a Julián,
para que hiciera las tareas del colegio, y nadie podía organizar
mejor en la jarra las flores para la Virgen los primeros viernes.
Qué falta me hiciste Teresa, hermana mía. A lo mejor esperé
todo de ti porque a mi regreso encontré tan poco de lo de
antes. Ya no estaba mi barriecito de calles sin asfaltar y pinos
alrededor. Tampoco Érika, mi primera amiga, la primera que
tuve, la única que en realidad he tenido y perdí sin culpa al-
278
guna, sin al menos haberle reñido. De ella apenas me queda-
ron las tardes de pavoneo por las aceras cuando nos disfrazá-
bamos de señoras y salíamos con nuestras muñecas y las car-
teras colgadas al hombro. Puedo sentir el enredo de collares
en nuestros cuellos, ver los labios perdidos en el colorete,
escuchar los tacones puntilludos dándole al cemento, palpar
la sensación de mis pies nadando en ellos y aguantando para
no torcerse ni doblarse; esos tacones nos hacían felices aunque
llegaran a derribarnos si el control se nos escapaba. Tú misma,
Teresa mía, me contabas de los cuchicheos y las risitas de
quienes nos veían pasar en aquellas tardes mágicas donde todo
lo demás dejaba de existir y solo existíamos Érika y yo con los
tacones prestados de mi madre. Los tacones que tanto me
gustaban pero que en Campoalegre ni me llamaban la atención,
excepto cuando se los veía puestos a Iris. El zapaterío de ella
estuvo durante meses a mi disposición, me brindó la posibili-
dad de repetir el juego en la finca, un juego carente de sentido
en un escenario silvestre sin cemento de aceras para que so-
naran y sin una amiguita como Érika, de quien ni siquiera me
quedó la despedida. ¿Sí te acuerdas Teresa de la colección de
zapatos de Iris? En los zapatos que usaba se notaba su vanidad.
Me parece verla sentada en un banco de la plaza con el aba-
nico. Haciendo carrizo. Boleando la pierna. Sin importarle las
miradas de la gente. Justamente pretendía que le vieran y
admiraran los zapatos de colores que encargaba a Medellín
“bien altos, destapaditos adelante y atrás, y con correas tan
delgaditas como el tacón, y con el broche forrado en cuero
también porque el metal me pela”. En qué apuros ponía a mi
padre para darle al cuero el color sugerido en la hoja de papel
donde enviaba el croquis de su pie con las indicaciones.
“Rojo-rosado, amarillo-naranja, azul-violeta, morado-oro,
verde-plata”, escribía dependiendo del caso. El último par no
pudimos llevárselo esa temporada Julián y yo como estaba
279
programado. Me conmovió su cara de tristeza cuando desem-
pacó nuestros maletines y no vio caja con zapatos por parte
alguna, los zapatos de color perla con apliques dorados que mi
padre en principio se negó a hacer porque “eso ya es demasia-
do”, pero que terminó haciendo con una discreta cinta dora-
da en las correas, y enviando a Campoalegre como regalo de
Reyes, para que Iris tuviera que exclamar “ya para qué, ya pasó
el diciembre y no pude pisar el año nuevo con zapatos nuevos,
quién sabe qué irá a pasarme este año”. De todas maneras,
esos últimos zapatos vanidosos, como les decía mi padre, fue-
ron estrenados en enero. A Iris se los vimos puestos el día del
cumpleaños del tío, por primera y última vez, como si hubiera
cerrado con broche de oro su fiesta de zapatos de colores
justamente el día en que por única vez el tío se negó a cele-
braciones. A la semana, cuando lo mataron, todos esos zapa-
tos quedaron archivados. Fueron castigados con el olvido en
el baúl más gigante de la finca. Expulsados de la vida de Iris
por ella misma y cambiados por esos mocasines impersonales
de tacón bajo y plancho que la acompañaron el resto de sus
días, monótonos mocasines de color café, azul oscuro o vino-
tinto, jamás negros como los que invariablemente se ponía
María de los Ángeles, la vendedora del almacén. A lo mejor
ella habría accedido a jugar conmigo, a pesar de su edad y de
su pie torcido pues se prestaba para lo que fuera, como si ser
empleada del tío la obligara a entregarnos la vida. Como ella
temí quedarme cuando me dieron los granos. La Chapincita
le decía mi tío, por el bambuco “Chapín de Seda” que sonaba
en la emisora y porque chapín era el pie que tenía torcido
desde el nacimiento. Seguramente se le enredó en el vientre
de su madre. Ni siquiera en él se está exento de peligro. Qui-
zá no existe lugar en el mundo para estarlo. También allí pasan
cosas fatales, cosas que no hay manera de enderezar después,
como el piecito de María de los Ángeles. Se lo enyesaron al
280
nacer, por años se lo amarraron con varillas, pero no pudieron.
La pobre se quedó chapina, con la frustración de no poder
meter sus pies en tacones como los de Iris. Al saber lo de
Luciano le pregunté a Iris si él sería parecido a María de los
Ángeles. “Para nada, me contestó. María de los Ángeles vive
feliz. Tan solo necesita un zapato diferente. Luciano tiene todo
el mundo diferente”. Chapín, sí, pero feliz. Así era María de
los Ángeles. Yo no podía evitar mi mirada sobre su cojera. En
ella reparé por última vez cuando fuimos al cementerio a des
pedirnos del tío Ramón. Se le mojó la cara en llanto al leer la
inscripción de la placa de mármol que Iris dejó en la tumba
del tío. A quien fue padre y hermano, mi amado esposo Ramón,
mi ilusión. Siempre en mi corazón. María de los Ángeles decía
que para ella el tío también había sido como un padre o un
hermano mayor. Aquel día, Iris llevó, además, las orquídeas.
Fueron las últimas y mejores que vimos brotar en las canastas
y los troncos de los árboles de Campoalegre. Ese año Iris las
cuidó especialmente. No las regaló para la procesión del San-
to Sepulcro del Viernes Santo. La Dolorosa ya había recibido
muchas. Ahora las merecía más el dueño de la finca donde se
cultivaban. Años después, cuando sacaron los restos, se trajo
la placa para Medellín. Contra la marea de críticas, la hizo
enmarcar y la colgó en la pared de su cuarto. La alumbró el
resto de su vida con veladoras naturales y artificiales como si
fuera el cuadro de un santo, hasta que literalmente se la llevó
a la tumba. Con esa placa enterraron a mi negra querida que
tantas veces me levantó para protegerme, que tantas veces
me impidió tocar la tierra para que no me lastimara porque de
alguna manera sabía que en esa estancia en Campoalegre, con
el crimen de mi tío, mi vida se quebró tanto como la de ella,
se torció más que ese pie de María de los Ángeles.
Aún con sus zapatos de viuda, a pesar de haber dejado el
taconeo y el pavoneo, siempre pudimos adivinar la presencia
281
de Iris a través del caminado; por sus pasos secos y firmes sa-
bíamos que era ella la que se acercaba. Esa presencia me llenó
la ausencia de Teresa. Por eso, a lo mejor solo sea Teresa la que
pueda llenarme el vacío de Iris. Con los años uno retorna a lo
mismo, de la misma manera en que empieza a parecerse a los
padres y a buscarlos de nuevo. Mi hermana y yo casi hemos
vuelto a ser otra vez lo que dejamos de ser después de Campoa-
legre. Ya ni me preocupa el daño que me hizo. En realidad el
daño me lo hice yo con ella. Es más. Todo fue apenas una idea.
He podido comprobarlo con los años, con el dolor. Cómo me
cuidaste Teresa cuando me quemé en esa explosión y todavía
no sabía lo de Iris y Luciano. La tragedia que se los llevó a ellos
nos devolvió a las dos al momento en que estábamos cuando
me fui para la finca. Yo aún siento muchas cosas al acordarme
de esa temporada, ¿sabes? Buenas y malas. Ahora, por ejemplo,
una tristeza me llega con estas evocaciones. La tristeza puede ser
un sentimiento bello cuando simplemente es y aparece exenta
de desespero, rabia y odio. En la finca la tristeza me llevó a la
soledad con serenidad, se fue hasta el fondo de mí misma y
con una exquisita sensibilidad me permitió sentir, oír y ver mi
ser. Campoalegre me regaló la amistad y el amor de Iris, una
amistad que empezó a primera vista y se volvió la compañía
que siempre echaré de menos. La conocí en la estación del
tren. Me miró con naturalidad, como a mí me gustaba que me
miraran. Después me dijo que yo tenía un pelo muy lindo. Me
nació sonreírle cuando me encontré con su cara ancha. Hallé
simpáticos esos ojos achinados de pestañas largas y crespas.
En aquellos ojos caí antes que en su piel. A ella le agradó
eso. Solía pasarle a la gente reparar primero su color. Me lo
contó después. De todas formas, su negrura la recibí como un
misterio. Quise develarlo, saber si era real esa piel, por eso en
adelante aproveché toda oportunidad para pasarle los dedos
por el antebrazo, con un disimulo del que ella se percató y
282
puso en evidencia el día en que nos bañábamos en el charco
de La Hundida.
“Cuando yo era niña como tú, me dijo, llegaron unas rubias
a la playa de mi pueblo y yo me atreví a tocarles las piernas
para ver si mis dedos quedaban manchados de blanco, como
crees que van a quedar los tuyos de negro conmigo. Nunca
había visto unas pieles tan increíblemente blancas. Imagino
que tampoco tú una como la mía”. Ese día ella frotó mis pe-
cas. Pudo comprobar que eran de verdad. También tenía la
inquietud. Verla en traje de baño me convenció. El color estaba
sembrado en su piel. Me asombró el contraste con la blancura
mía. Éramos muy diferentes Iris y yo. En el físico, la edad, el
origen, en nuestras circunstancias, pero teníamos el alma muy
parecida. Pude vivir con ella sin contratiempos. Se hizo parte
de mí. Nuestra relación fue mucho más allá del tío Ramón,
nuestro punto de unión. Las dos enfrentábamos el mundo de
la misma manera. Silenciosa. Dejábamos entrar en nosotras
lo que se imponía ante los ojos y los oídos. Lo guardábamos
en el corazón. Ambas nos sobrepusimos a la pena. Yo siempre
intuí en ella un sufrimiento intenso en algún momento de su
vida, una herida profunda que, como sucede en la vida, se
elabora como puede, a veces sin darse cuenta, y transforma. A
lo mejor fue durante la infancia. No podría probarlo. Mucho
menos dar detalles. Solo lo sentí.
Ella era esquiva con su pasado, detenía cualquier pregunta
que apuntara en esa dirección. Supongo que sí habló mucho
de su vida con el tío. Pero la muerte de él dejó sellado cual-
quier dato al respecto. Tuve que aceptar que Iris vivía en el
presente, por el presente y para el presente, que tenía derecho
a castigar el pasado con el olvido, algo que yo debí haberle
aprendido y no le aprendo aún. Tuve que reconocer que tam-
bién era sabia con su indiferencia ante el futuro, que yo debía
conformarme con un conocimiento escaso de la historia que
283
traía antes del tío, que era suficiente con hacer parte de la
que siguió al desaparecer él. Tal vez la ausencia de esa historia
fue lo que me sedujo. El enigma de la piel se develó rápido.
El de su vida pasada se quedó siendo eso.
“No vale la pena recordar”, me dijo cuando yo, adulta,
pretendí aclarar cosas. Agregó que era necesario controlar la
curiosidad, que había un dios indígena que convertía en pie
dra a las mujeres curiosas, que yo sería una roca de haberme
encontrado con ese dios. Iris nos contaba historias de los
indios, cuando estos eran para nosotros tan solo asunto de
fotografías y libros. Nos parecía mágico saber que había tratado
con ellos. También hablaba de brujas, duendes, fantasmas,
espantos gigantes, misteriosos tesoros escondidos, criaturas
atormentadas e invisibles que con gritos o lloriqueos hondos
transmitían su angustia y terror a los vivos en campos y po-
blados, cosas sobrenaturales cuya existencia no ponía en duda
y por las cuales, decía, prefería vivir en la ciudad, iluminada,
habitada, sin la oscuridad y el silencio que hacían brotar seres
fabulosos e inquietantes. Sombras que se alargan al infinito,
mulas de tres patas, frailes sin cabeza, ermitaños iracundos,
esqueletos andantes, manos peludas, huellas infernales, es
píritus de la selva, monstruos acuáticos, sirenas y buques
fantasmas, enanos de olor nauseabundo, toros encantados,
serpientes interminables, mujeres con cascos de mula por pies,
viejas arrugadas y lloronas más feas que el demonio, demonios
causantes de todos los males, dioses civilizados más justos que
una balanza en perfecto estado. Detrás de esos seres llegaban
los agüeros y exorcismos. Los perros y las mariposas negras, las
calaveras de vaca clavadas en estacas. De todo eso y más con-
versábamos con Iris. Nos embelesábamos con sus historias. Sus
sueños también tenían magia. Eran más fantasiosos y menos
alucinantes que mis pesadillas. En sus labios, las cosas reales
parecían inventadas. Ciertas, falsas, imaginadas o probadas,
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de una u otra manera nos dejaban parqueados entre la duda y
el convencimiento. La incredulidad nos asaltaba a la hora de
dormir. “¿Sí creíste lo del volcán de lodo?”, me preguntó un
día Julián. Se refería al volcán de Arboletes que años después
conocimos, “con lodo caliente y burbujas pero que no quema,
como había dicho Iris, donde nadie se hunde aunque los pies
nunca tocan fondo pues hasta el cuerpo más pesado flota na-
turalmente”. Esa noche el tío Ramón nos oyó. Él, que nunca
ofendía con la duda los cuentos de Iris, nos dijo que ella era
transparente y clara como la lluvia y por lo tanto no mentiría.
En verdad, hubo realidades de Iris que nos dejaron boquia-
biertos. Como el Atrato, el río de la desmesura y el ímpetu,
el más caudaloso de Suramérica, el río que ella conocía y
en cuyas aguas se había bañado, pero que para nosotros era
apenas una raya azul gruesa en el mapa de Colombia, una
referencia en la clase de geografía, una línea sinuosa que pin-
tábamos saliendo del sur del país, dirigíamos hacia el norte y
concluíamos en el golfo de Urabá, entre Antioquia y Chocó.
La raya, que en la vida real parece una autopista de agua,
pasa por Quibdó, la ciudad capital con cara de pueblo, va
hasta el mar Caribe y es la principal vía de un departamento
con costas sobre dos océanos y una geografía magnífica que
al mismo tiempo es su condena porque lo aísla del resto del
mundo y la civilización. De allá venía Iris, del lugar donde
no escampa y los ríos se llaman Mungidó, Baudó, Docampa-
dó, Domingodó, Opogodó, Bebará, Capá, Bojayá, Timbiquí,
Salaquí, Yurumanguí, sonoros nombres indígenas que ella
pronunciaba con suma facilidad, palabras que a mí me sonaban
hermosas y en el diccionario del tío Ramón nunca pudimos
encontrar. Del lugar donde se pone música, se juega dominó
y se cantan alabaos en los velorios de los difuntos. Donde la
vegetación crece insaciable en los valles y estos se vuelven
selva, las selvas del Chocó que vi desde las avionetas en mis
285
viajes de corresponsal, el ejemplo supremo de la selva húmeda
tropical en el planeta tierra. Seguramente ella la conoció por
dentro. En algunos de sus ríos acostumbraría nadar o se cla-
varía desde rocas altas, como lo hacía en La Hundida y como
lo aprendimos de ella, así dijera que “enseñar a nadar no es
necesario. Simplemente te olvidas de que pesas y eso es todo. A
mí nadie me enseñó y desde que me conozco estoy nadando”.
Nos entrenó con paciencia. Más de una vez nos repitió que
quien sabe defenderse en aguas torrentosas tiene un punto a
su favor en la vida. Julián lo comprobó. Fue capaz de lanzarse
al vacío en la emboscada que le dejó el tobillo vuelto añicos y
lo sacó del monte cuando le dio por irse de guerrillero.
Iris nos trajo muchas cosas nuevas. Por ella tuvimos ha-
llazgos y descubrimientos, asombros y temores. Puso el mar
en nuestros oídos por primera vez. Nos hicimos una idea de él
antes de conocerlo cuando nos confesó que lo tenía escondido
en las conchas de caracol con las cuales atajaba las puertas
de la finca. He ahí otra razón más para que sea inolvidable
aquella negra que se notaba como ninguna, así no se dejara
ver por dentro. Negrura, estatura y figura. Después de mi
padre, me pareció la persona más alta que había conocido.
Es cierto que para un niño cualquier adulto es alto, y que a
una mujer cualquier tacón en los zapatos le ayuda a falsear
la estatura. Sin embargo, en Iris los centímetros de más sobre
el tío Ramón nada tenían que ver con los tacones que usaba.
Tampoco con su temple al caminar. Porque cómo iba de recta
mi negra cuando de andar se trataba. Su espalda era una verti-
cal sobre la cual descansaban unos hombros imponentes, esos
hombros que no cedían ni un grado en los ángulos formados
con la columna. Aquella espalda no se doblegaba ni estando
enferma, y así permaneció hasta el día en que su dueña murió
a las puertas de los sesenta años. No era pose como lo creían
muchos. Sencillamente, así era el cuerpo de Iris. “Si las pal-
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meras caminaran lo harían como ella”, le escuché decir al tío.
En medio de los hombros amplios y las nalgas inmensas, la
cintura se perdía, aunque ella decía que era por la cinturita
que las nalgas se le veían tan grandes. A veces las meneaba
con descaro, como si lo hiciera de aposta. Se le veían quietas
cuando hacía la fila para la comunión en la misa. Parecían
moverse menos también cuando llevaba en el hombro a Ye-
senia. Iba andando y conversándole al animal como si fuera
gente. A veces no sabíamos si nos hablaba a nosotros, al tío
o a esa guacamaya. Le había puesto el nombre de una palma
del Chocó, el continente de las palmas, como lo llamaba ella,
la tierra donde el reino vegetal reina de verdad y las palmas
gigantes son la especie más hermosa.
Al caminado y los zapatos de Iris se sumaban los vestidos
para notarse. De rojo, rosado, amarillo, naranja, azul, violeta,
morado, verde, celeste, jamás de negro, se vestía ella. “La de
hermosos colores, tan bella como todos los colores juntos, más
que el arco iris y las flores que copiaron su nombre”, decía el
tío. Paradójicamente, las gafas oscuras, la defensa de sus ojos
contra el sol, también la hacían notar. Jamás supe de dónde
procedía tal intolerancia a la luz, si tenía que ver con el lugar
donde había vivido o trabajado. Había como un disgusto en
ella con todo lo que se dijera negro. Tal vez tenía que ver con
el color de su piel, su piel caprichosa como lo era ella a veces,
una piel con la que ninguna joya o abalorio se portaba bien. Ni
pulseras ni aretes, ni collares ni anillos podían tocarla. Ante
estos, la piel de Iris protestaba con picazón y peladuras. Ella
decía que la hacían sentir pesada y sofocada. Era evidente que
la afectaban, fueran preciosos o de fantasía. Siendo de la tierra
del oro, Iris tenía que despreciarlo, y se vio ante un dilema
con su argolla de matrimonio, algo que era para siempre y en
alguna parte del cuerpo tenía que ponerse, menos en el dedo
anular de la mano derecha, donde una llaga brotó a los días de
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la boda y con rebeldía se extendió durante semanas y meses,
hasta que el tío Ramón tuvo que aceptar la ocurrencia de su
mujer de fundir el anillo y forrar un diente, aún pareciéndole
una excentricidad, pues eso sonaba más sensato que archivar
en un joyero el distintivo de casada. Todos nos acostumbra-
mos a ese destello dorado de Iris. No necesitaba reírse para
mostrarlo. Con solo hablar se le veía. Resplandecía incluso
cuando lloraba.
El diente de oro dejamos de vérselo el año en que llegamos
de Campoalegre. Iris me lo dio convertido en una medallita
de la Virgen el día de mi primera comunión. Ya era viuda, ya
no le obligaba. Tampoco le interesaba. Estaba desencantada
del tío. No le había dejado nada. Al menos así lo aseguró
Margó cuando repartió los bienes. Mi tía se sintió obligada a
responsabilizarse del asunto. Se atribuyó autoridad por ser la
que vivía con la madre del fallecido. Vendió finca, almacén y
ganado. También una casa en el pueblo cuya existencia ni la
misma Iris conocía. Las de Medellín se salvaron del remate,
mas no de la repartición. Se convirtieron en la de mamá Rosita
y la nuestra. Margó dividió entre la progenitora, los otros diez
hermanos y la viuda. A cada uno le tocó su parte, “para que no
peleen después por plata, pero sobre todo para que no dejen
a Iris sin nada del todo”. A ella, dice, le entregó la mejor taja
da, contra la voluntad de quienes llegaron a manifestar que
no merecía tanto, y se la hizo guardar en el banco. “Es mejor.
Uno nunca sabe a qué atenerse, y menos con cuñados”. De
lejos y de cerca, Margó vigiló el saldo mensual y la entrega de
los intereses. A ella, la más estudiada y recorrida, no se le hizo
un lío tener que aceptar a Iris en la familia, como sí le pasó a
los otros que nunca la reconocieron como la señora de la finca.
Al contrario. Iban en los diciembres a ponerla de sirvienta
con las parrandas que armaban y las matadas de marrano que
hacían. La convertían en mula de carga para que los atendiera
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con prole y cónyuges. Solo de sirvienta la conocieron allá en
la finca, por eso nunca de señora y viuda de señor acomodado
pudieron verla en Medellín.
Cuñadas y concuñadas, encabezadas por mi madre, se
juntaban para no mover un dedo en Campoalegre. “Esto
es una finca. Aquí vinimos fue a hacer perro. Oficio hemos
hecho todo el año”, decían las princesas, como las llamaba
Margó. Ella era la única que se arremangaba la blusa y se
ponía el delantal para ayudarle a la dueña de la casa. Mi tía
nunca se mojaba las manos, hasta los interiores se los lavaba
mamá Rosita, pero los quehaceres domésticos y la lidiada con
sobrinos se le hacían parte del programa de vacaciones en
Campoalegre, eran un descanso para su monótona vida de
oficinista e hija soltera, así fuera incapaz de seguirle el ritmo
a la cuñada. Iris trabajaba hasta dieciocho horas diarias en
aquellas temporadas, no de sol a sol, sino de la oscuridad del
amanecer a la de la noche, sin sentarse siquiera a fumarse un
cigarrillo. Si se lo fumaba era de pie ante las princesas en una
conversación ocasional con ellas. “Tan guapa esa negra para
trabajar. Qué resistencia”, exclamaban admiradas cuando la
negrita se retiraba, aunque de inmediato le veían los defectos.
“Podrá ser muy trabajadora, pero es una inútil para la costura.
¿Sí ven que ni siquiera ha estrenado la máquina de coser que
le dio Ramón?”. Y esos comentarios en voz baja autorizaban
a mamá Rosita para agregar “al fin y al cabo negra, solo sirven
para la labor dura, por algo trajeron esclavos de África para
los socavones”. Cuando mi padre lograba escuchar cosas co
mo esas se ponía colorado, se ajustaba la camisa por entre el
pantalón, se servía un aguardiente y metía la cucharada, así
se tratara de conversación de señoras. “También a ellos les
debemos la Independencia. Fueron muchos los que se incor-
poraron al ejército del Libertador”, decía furioso, se mandaba
el aguardiente y seguía con un discurso, su reiterado e inútil
289
discurso sobre la igualdad social pues no le quitó a la abuela lo
racista, el defecto que le restaba encanto a esa viejita amorosa
que yo quise tanto.
Mamá Rosita nunca pudo tragarse del todo a Iris, la nuera
peliquieta, como la llamaba. Según decía Margó, esa nuera fue
el castigo que Dios le mandó a la abuela por discriminadora.
Siempre la oyó quejarse del matrimonio del tío y decir que
él, el hijo intachable, la embarró al final casándose con una
negra, y que si iba a Campoalegre era obligada por la gratitud;
por él había podido salir adelante en la viudez; fue el tío el
que se echó a la espalda la carga más grande después de que
la familia le fuera encomendada por su padre moribundo, ido
de la tierra sin conocer el último de sus descendientes. El
tío hubiera podido ser el abuelo que siempre añoramos tener.
Prácticamente fue el padre de mi madre. A él se la entregó
la comadrona cuando nació; aunque todavía no alcanzaba la
mayoría de edad, era el mayor. Aquel enero en Campoalegre
cumplió los cincuenta y cuatro, los mismos años que tenía
el abuelo al morir. Se dio de regalo la planta eléctrica para
iluminar la finca, pero no quiso celebraciones. Aun así, Iris
se estrenó los zapatos retrasados, hizo torta e invitó a María
de los Ángeles. Esa noche a mi tío se le aguaron los ojos y se
le entrecortó la voz cuando nos contó lo último que le dijo
su padre después de echarle la bendición y antes de expirar.
“Quiera mucho a su mamá y prométame que cuidará a sus
hermanos”, dizque le dijo. Cómo imaginarnos que estaba a días
de encontrarse con su propia muerte. Esa noche supimos que
al tío, mamá Rosita y toda la prole de nada les sirvió la fama
que tenía don Fidel de ser el mejor mayordomo de la región;
sin él eran apenas unos niños huérfanos, para colmo con la
madre embarazada, y eso nada valía. “Así fuéramos sus hijos,
qué nos iban a confiar una finca como a papá, nos dijo el tío.
En esa desconfianza empezó todo y no tuvimos de otra que
290
salir para Medellín. En las textileras sí le daban trabajo al que
fuera”. Contó cómo de a poquitos fueron llegando a la ciudad.
Primero los mayores. En piezas alquiladas vivieron separados
unos de otros. Allá y acá. Varios años. Hasta el día en que la
familia pudo unirse de nuevo en una casa y volvió a armarse
el hogar perdido. Mi tía Margó siempre ha dicho que la de
Medellín fue como una época perdida para el tío, la juventud
entera pasada en función de otros, esperando a que pudieran
valerse por sí mismos. Asegura que él solo se sintió tranquilo
cuando vio el diploma de bachiller de mi madre, y que apenas
lo vio se sentó a redactar la carta de renuncia como supervisor
de Fabritelas. Ni ruegos ni promesas de ascensos le sirvieron.
Al él lo único que le servía era devolverse para su pueblo. El
dinero le alcanzó para las primeras cuadras de tierra. El buen
nombre para merecer la confianza del gerente de ventas de la
fábrica y montar, fiada, La Quinela.
Después del abuelo, la muerte del tío fue la segunda que
afrontó la familia. La forma como perdió la vida ha sido
única. Eso le dio el carácter de leyenda y desbordó la admi-
ración que nos despertaba. Los sobrinos lo admirábamos por
el respeto hacia él que veíamos en los hermanos, por haberse
devuelto para el campo y por haberse casado con Iris. Perse-
veró. Tomó riesgos. Dejó a la novia de Medellín y la familia,
pero alcanzó lo que quería en la vida. Acató lo que su corazón
y su conciencia le dictaron. No dio el brazo a torcer. Aunque
por eso mismo lo mataron. Para mi padre era un montañero
terco, caprichoso, avaro y prepotente que se hizo matar por
unos pesos. Mi madre, en cambio, decía que su esencia era
la de un hombre bueno, que merecía consideración por su
coraje, por las circunstancias que lo trajeron a Medellín, por
las dificultades que le tocaron antes y después de poner a la
familia en la ciudad, por las cosas que tuvo que pasar para sacar
adelante su finca. Perder Campoalegre fue muy frustrante. Allá
291
nos mandaban a pasar vacaciones a todos. Nos descargaban
donde el tío como si fuéramos los nietos. Eran temporadas gra-
tis, seguras y ventajosas. “Lo único jarto es la negra”, se atrevían
a decir algunas princesas quienes, no obstante, reconocían el
esmero de Iris. Ella nos devolvía gordos y cachetirrosados a
Medellín, intactos y más aliviados. Inspiraba confianza porque
lavaba con jabón las frutas, los huevos y las papas, cocinaba
sabroso, detenía las enfermedades con remedios caseros y,
como decía mi madre, no olía maluco, “ni siquiera suda así
esté muy acalorada”. Iris amaba nuestra presencia. Se notaba
la sinceridad de su disposición para atendernos. ¿Cómo podía
reparar por cuidar niños ajenos cuando extrañaba los propios?
¿Cómo rechazar unas semanitas de algarabía sabiendo que el
resto del año viviría en grima en esa finca? Y cómo negarse a
la llegada de los que le traían el aroma de la ciudad con la cual
soñaba, esos que al marcharse daban el motivo para escapar
del pueblo y visitar Medellín, así fuera por un día. Me parece
verla sacando una tula, echando una muda de ropa y diciendo
“tan chiquitos no pueden irse solos en el tren, yo los tengo
que llevar”. A veces pienso que el dinero de los intereses fue
como un pago por cuidarnos, por ser la señora del servicio y
la nana de Luciano, por sacar la mugre que otros hacían en
una casa que podía ser la suya, por conciliar en peleas filiales
y consolar en las desilusiones, por ser como la mamá en la
ausencia de mi madre. Cocinera, planchadora, niñera. Igual
lo hubiera hecho sin un peso de por medio. No tenía otra
opción. Ni siquiera manifestó inconformidad cuando tuvo
que renunciar a su idea de emplearse en el almacén de mis
padres, como creyó que iba a hacerlo al llegar a vivir a nuestra
casa. Fue mi madre quien la aprovechó para trabajar. No iba a
tener más hijos y le resultó alguien de confianza para cuidarle
los que ya tenía. Iris aceptó quedarse en casa reemplazándola
en el día. A fin y al cabo había alcanzado su sueño de vivir en
292
Medellín. Era suficiente para sentirse a gusto. Habían valido
los nueve años en Campoalegre, el purgatorio antes de llegar
al cielo y después de haber estado en el infierno, como decía,
así hubiera tenido que pasar por la decepción que la llevó a
quitarse el diente de oro y el luto de vestidos blancos.
Me dijo que llevara siempre conmigo la medallita como un
amuleto de protección. Así lo hice, hasta que quedó en manos
de un atracador que me la arrancó del cuello un día en que
salí de la oficina y olvidé quitármela como debe hacerse en las
ciudades inseguras. Iris lloró cuando le conté. También a ella
se le venían las lágrimas por cualquier cosa. Aseguraba que se
había vuelto llorona con el matrimonio “donde se llora mucho
y por eso hay que pensar antes de hacerlo”, como me dijo el
día de la boda de Brenda. Se le encharcaban los ojos si el tío
le despreciaba la comida o si a él le parecía que las camisas
se estaban curtiendo, por algún comentario en contravía del
elogio o ante un gesto en el que leyera desaprobación por algo
ya hecho. Se tensionaba con la idea de que las cosas salieran
mal, como si alguien o algo se las exigiera perfectas, tan per-
fectas como las macetas a las que sabía hacerles brotar flores y
hojas por montones, a las que no descuidó ni un día de su vida
como sí solía descuidar la huerta y los animales. Ni siquiera
sabía cuántas reses tenía mi tío; hubieran podido robarle más
de una sin darse por enterada. “Eso es para hombres. Que lo
haga Evaristo. Por algo Ramón le paga”, decía. Lo suyo era
responder por una casa y hacer sentir bien a sus habitantes,
mantenerse dispuesta y ser acomedida. Claro que el tiempo y
la cotidianidad nos mostraron la otra cara, una Iris impredeci
ble que el día menos pensado echaba al traste las rutinas. Tal
vez la torturaban de tal manera que se salía de ellas. En esas
ocasiones le importaba un pito la casa y la comida de nosotros
y no movía un dedo. Llegó a sorprenderme su capacidad para
quedarse sin hacer nada. Podía pasar el día entero en una
293
hamaca del corredor mirando el horizonte o en la mecedora
del balcón viendo hacia la calle. Era como si la voluntad se
le muriera del todo. Sufrí mucho en esas circunstancias en
Campoalegre. Ni siquiera me miraba. “Venga niña para acá,
esperemos a que le pase. Es que perder el cónyuge es como
morirse uno en vida”, me decía Evaristo, quien no tenía
esposa pero parecía saber de eso; yo lo seguía al chiquero,
al gallinero, al potrero, al abrevadero, al cafetal, al maizal y
a todo lugar en donde él pudiera verme sin tener que inte-
rrumpir su trabajo. Imagino que en esos días de volubilidad
de Iris él quedaba más fatigado, conmigo persiguiéndolo por
todas partes, bombardeándolo con preguntas sobre todas esas
cosas que él sabía hacer, que yo no veía en la ciudad y que me
maravillaban, y con ese temperamento mío que no admitía la
posibilidad de dejar sin respuesta al menos uno de mis inte-
rrogantes. Muchas veces he intentado recordar, inútilmente,
lo que conversábamos. Hablábamos sin parar mientras a Iris
le pasaba la ‘calladez’, la palabra que nos inventamos para
denominar esas horas de apaciguamiento de ella que parecían
mera expresión de altanería, unas horas en las que era mejor
dejarla solita en un rincón, no modular palabra y tragarse
enteritos sus desplantes. No insistirle, como aprendí a hacerlo
con la costura, asunto ante el cual la apatía era total. Si un
vestido rompíamos en Campoalegre, así teníamos que llevarlo
a Medellín. Más de una vez vimos a Iris quitarle el forro a la
máquina de coser. Sacaba telas, moldes, el metro y las tijeras.
Pasaban varios días. Semanas. Hasta meses. Volvía a guardarlos
sin haberlos tocado. Nunca la conmovieron mis ruegos por
una muda nueva para mis muñecas. Menos mis peticiones de
ayuda con el ruedo de una falda o de un pantalón. “Pídame
otra cosa”, contestó siempre. Pagaba por la pegada de un botón.
Ni por curiosidad ensartaba la aguja. “No soy capaz. Cosas tan
chiquiticas no puedo distinguirlas”. Un problema de visión
294
que quedó en evidencia con esas gafas que parecían dos lupas
cuando se las compramos.
La máquina de coser la tuvo siempre. El tío Ramón la incluyó
en sus presentes de boda, para que Iris confeccionara ropa con
las telas del almacén. “Es el último modelo, explicó él a la familia
en plena fiesta. Le dicen la peso pluma, es la más pequeña que
han hecho hasta ahora, y vean, sin manivela como la que tenía
mamá cuando éramos muchachos, porque Iris merece lo mejor
de lo mejor y porque de una máquina de coser se puede vivir
en caso de necesidad, como le tocó a mamá”. Sin embargo, a
Iris no la convenció. Era una peso pluma pesada pero seguía
siendo de hierro, negra para acabar de ajustar aunque todavía
no era la negrita zz. El aparato apenas alcanzó a ser un objeto
de exhibición y adorno en la sala de Campoalegre. El tío Ramón
tuvo que aceptar la inutilidad de su esposa para la modistería,
como se resignó con su desinterés en administrar la finca.
Terminó reconociendo su predilección por las imágenes y los
objetos religiosos, aceptando su capacidad para negociarlos,
abriéndole espacio y estantería en La Quinela, permitiendo
que fuera después del almuerzo, viendo cómo su mujer iba
agregando mercancías. Zapaticos para bebés, diademas y
cholos para niñas, cepillos de pelo para señora, peines para
señor, hasta que la vitrina de Iris se volvió una miscelánea
tan apetecida como las telas traídas de Medellín por el tío y los
zapatos que mi padre surtía. Pero ella solo se paraba detrás del
mostrador en las tardes. Las mañanas eran para la casa. María
de los Ángeles le cubría la jornada. También la hora antes de
cerrar cuando Iris salía presurosa hacia la finca para hacer la
comida y esperar al tío. Así, Iris echó en el olvido definitivo la
peso pluma, el pomposo regalo de bodas de su propio marido.
Sin embargo, la conservó y como objeto valioso la incluyó en
el equipaje para Medellín. Cuando se perfilaba como antigüe-
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dad, mi madre la cambió por la negrita zz, la de líneas doradas,
la que hacía zigzag, costura recta, puntadas decorativas y
hasta bordaba, como explicó el vendedor que la ofreció en la
puerta de la casa “por apenas ocho pesitos diarios”. Ni así se
entusiasmó Iris. La maquinita seguía repitiéndose: de hierro,
pesada y negra hasta en el nombre. Nunca la volteó a ver
siendo de su propiedad. A pesar del desprecio, la negrita zz
se fue con ella el mismo día. Se esfumó en las manos de los
ladrones que aprovecharon la tragedia minutos después de la
explosión. Ni vale la pena mencionarlos, como tampoco ese
carro bomba que provocó a Iris y a Luciano una muerte más
azarosa que la del tío. No, no quiero acordarme de eso. A Iris
solo deseo recordarla como era cuando el tío Ramón vivía a su
lado, cuando los ojos le brillaban y vibraban más que las telas
de sus vestidos satinados. Cuando nos hicimos tan amigas,
aprendimos a conocernos y no tuvimos más remedio que
querernos para siempre. Ella fue todo para mí cuando dejé
de tener lo mío en esa última temporada en Campoalegre.
Me gusta recordarla leyéndome los libracos, escribiéndome
las cartas para Teresa, leyéndome las de Julián, cepillándo
me el pelo, mi pelo que harto envidiaba, seguramente por
el suyo arisco, crespo e indomable, terco e indiferente a
los menjurjes con los que pacientemente lo embadurnaba
cada ocho días. Con mi pelo yo la hubiera dejado hacer lo
que le viniera en gana. Aquella temporada me creció tanto
como los pies y los dientes; estaba más largo, colorado y
abundante que en cualquier otro momento de mi vida. Era
demasiado para una niña tan pequeña. Yo quería llegar
distinta a casa. Le pedí cortármelo, pero se negó; no en-
contré manera de convencerla de que le echara tijera. Dijo
que yo no le pertenecía. Papá intercedió. “Eso no es cosa de
hombres, así usted sea el papá”, dijo ella, agregando que solo
mi madre tenía autoridad para decidir. En cambio, me hizo un
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par de trenzas. Así, volví a casa estrenando peinado, sonrisa
y zapatos, los zapatos estrechos que llevó mi padre porque
no hubo alguien en casa que pensara en que ya mi horma
sería más grande. Ni siquiera Teresa se acordó de enviarme
un vestido. Regresé con el mismo con el que me había ido.
Se veía gastado, se sentía incómodo. Hubiera podido llegar
con uno nuevo, pero me negué a usar el que hizo Iris para mí
después de afirmar que “a la ciudad hay que ir con lo mejor”.
No me chocó el vestido porque lo sacara de uno viejo de ella,
aunque la culpa la tuvo esa tela de fondo rojo con caballos
blancos. Cuando Iris se ponía el vestido de los caballitos yo
le decía “no te muevas”. Me gustaba contárselos. Estaba ob-
sesionada por aprender a contar hasta cien y doscientos. La
obsesión me la había sembrado el tío que a toda hora andaba
preguntándome cuánto es esto más aquello; esa obsesión me
hacía practicar con todo lo que se prestara para ser contado;
pasaba tardes enteras con los frascos de los botones del almacén
sumando colores y tamaños. La tela estampada de caballitos se
había agotado en las estanterías de La Quinela; después de la
muerte del tío empezó a notarse la desmejora en el surtido del
almacén, ese almacén de telas maravillosas donde unos botones
que yo creía eran todos los botones del mundo me robaron
tantísimas horas, me abstrajeron de este mundo y me evitaron
pensar en mi situación. Muchas veces María de los Ángeles
me ayudó a contarlos. También le ayudó a Iris con el vestido
para mí. Prácticamente lo confeccionó ella. Cualquiera, hasta
yo, podía ser más hábil con la costura que Iris. Fue la primera
y última vez en que ella se atrevió a usar la máquina de coser.
Es el único vestido que el mundo le debe. Supongo. Pero no
quise ponérmelo. Tenía rojo, el color que mi ser siempre ha
rechazado. Además, los caballos eran blancos, como María
Antonia, la yegua en la que iba montado mi tío cuando lo
tumbaron los disparos, y como empezó a vestirse Iris al otro
297
día del crimen. A ella la viudez le negó los colores, pero ella,
obstinada por instinto, se negó al negro sobre su cuerpo. Su
luto fue de blanco como las camisas del tío. La conexión que
hacía mi ser con esa evocación de la muerte yacía entonces
en el terreno de mi inconsciencia. No supe explicarle a Iris el
porqué de mi rechazo. Sin embargo, ella no se molestó ni me
insistió. Igual que con mi pelo, respetó mi ropa. Así entré en
la casa nueva con el vestido viejo con el que había salido. Lo
único distinto eran los zapatos, los cuales usé aquel día por
única vez, como hizo Iris con los tacones en el cumpleaños
del tío. Tenía que darle gusto a mi padre ya que había ido por
nosotras.
“Vea como le queda ese vestido de charro”, dijo Brenda. “Sí,
se le ve raro tan desteñido y estrenando zapatos”, dijo Teresa.
Sin embargo, mi madre dijo “está divina mi niña, se parece a
la María de Jorge Isaacs”, y se puso a llorar. ¡Mi madre lloraba
por mí como yo no había podido hacerlo por ella aunque tantas
veces lo deseé! Eso me dio tranquilidad. Me hizo saber que,
de todas maneras, me amaba. Su abrazo, sus ojos llorosos y su
beso evitaron el rencor dentro de mí. También su vestido. Se-
guía de luto. Puedo recordar los punticos blancos sobre la tela
negra, unos punticos que solo podían distinguirse así tan cerca
como estuve yo metida entre sus brazos en esos segundos que
hubiera deseado volver horas. También recuerdo su asombro
al ver a Iris con la túnica que le llegaba hasta los tobillos y la
pañoleta anudada en la cabeza, primero por detrás y luego
por delante, rara indumentaria que, sin embargo, no fue tan
llamativa para los vecinos como el diente de oro y el color
de la piel de Iris, imponente en medio de esa tela sedosa de
un amarillo pálido. Cuando mi padre la vio salir de su cuarto
en Campoalegre le dijo que parecía una africana sacada de
una revista. Ella le explicó que era el traje de gala de sus an-
cestros y que así había que vestirse para entrar al lugar de los
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anhelos. Medellín era la ciudad mítica donde estaba esperando
vivir desde el día en que aceptó la propuesta del tío Ramón.
Pensando en la capital de Antioquia se arriesgó, le creyó al
señor con cara de buena gente que iba a vender telas y zapa-
tos al Chocó, el departamento más pobre de Colombia pero
forrado en oro como el diente de ella. Con ese señor se fue un
día de aquella tierra exótica a la que nunca quiso volver ni de
paseo, por más que le insistimos. Armó castillos en el aire ante
la posibilidad de vivir en una ciudad con un clima que parecía
mentira. Ni caliente ni frío, con flores todo el año, aire seco,
sol en equilibrio y apenas las lluvias necesarias para conservar
siempre verdes la hierba y las hojas de los árboles. La primavera
perenne que Iris llevaba en sus vestidos de flores y colores. Soñó
con la casa y el jardín que tendría. Convencida contestó sí al
sacerdote. Juró estar el resto de su vida con el señor Ramón,
como le decía al tío al principio. Alarmada escuchó en la fiesta
de bodas que él no soportaba la ciudad, que justamente de ella
había huido. Decepcionada vio correr las semanas y los meses
sin dar con la manera de devolver las cosas. Ni ella regresaría
al Chocó ni él a Medellín. Con los años, aceptó que el tío jamás
sería capaz de dejar la finca, como tampoco ella sería capaz de
abandonarlo a él. Para salir de Campoalegre tendría que hacer
lo sola, como en efecto fue, pero sin él las cosas serían otras,
como en efecto lo fueron.
Iris llegó a una casa que, habiendo sido de su marido, no era
suya. Jamás hubo testamento. Solo la idea, tal vez la promesa
en una conversación casual, de que sería para la hermana me-
nor, mi madre, sin propiedad y con tantos hijos. Sin embargo,
cualquier cosa era mejor para Iris que estar en Campoalegre.
El pueblo se volvió invivible sin el tío, el único que la hacía
respetar. ¿Qué podía hacer ella indefensa entre campesinos de
mejillas tostadas por el sol para quienes los negros eran seres
inferiores y endemoniados? Unos campesinos blancuzcos a los
299
que el destino, que tantas veces deja de hacer lo correcto, les
concedió libertad para mostrar la hostilidad de su ignorancia.
Hasta se atrevieron a envenenar a María Antonia, la yegua
que se fue a hacerle compañía al tío. Por eso, mejor estar de
arrimada en la casa de la familia Sánchez Ruiz, tan arrimada
como su improvisado jardín en el balcón, el espacio de la
casa del que se apoderó y, sin pena ni vergüenza, atiborró de
plantas que crecieron saludables, despertaban admiración
en los transeúntes por espléndidas y desdén en nosotros por
estorbosas, aunque nunca despreciamos a Iris ni la vimos
como estorbo. Ella hubiera podido ser la dueña de la casa
propia que por fin conseguía la familia, una casa nueva en un
barrio nuevo, con objetos nuevos, con hermanas que parecían
nuevas, con otras costumbres. Era cierto, estaba escrito, que
en mi vida y conmigo las cosas siempre cambiaban. Hasta un
perro hallé en ese mundo en el que me pareció no encontrar
espacio para mí, así gozara de un cuarto propio. Mi territorio.
Un perro blanco con manchitas negras, al contrario del vesti-
do de mi madre. Un perro que creció rápido como lo habían
hecho Brenda y Teresa. En tan poco tiempo ellas se volvieron
mujeres de botas a la rodilla con flequillos a los lados y faldas
cortas, también con flequillos a los lados, acompañadas de
blusas manga campana. Aprendieron a manejar la radiola y a
poner los discos de los Beatles, antesala del club juvenil, de la
conseguida de amigos y de la entrada de estos a la sala de la
casa, un espacio prohibido para mí los sábados por la tarde. “Ni
te asomes, me advirtieron. Estás muy niña todavía. Te quedas
viendo muñequitos en el televisor. O aprovecha que el teléfono
va estar desocupado para que llames a una amiguita. ¡Cómo
es de bueno hablar por teléfono con las amigas! ¿No sabes
marcar todavía? Definitivamente te volviste muy montañera
con Iris”. Después de semejante despachada no me quedaba
de otra que entregarme a ese aparato que me intrigaba y que
300
en parte me permitió lidiar con el desprendimiento de Tere-
sa. Desde cuando Julián me contó en la carta que mi padre
lo había comprado para ver la llegada del hombre a la luna,
busqué la luna en el firmamento por las noches. “No es época,
no vas a encontrarla por más que la busques”, me dijo Iris
un día. Aun así, seguí quedándome horas en el corredor de
la finca esperando a que la escasa luna se asomara. Después
de la transmisión ya no fue posible mirar la luna de la misma
manera. Julián me contó que algo parecido le había ocurrido
con las gafas recetadas “Con ellas supe que la luna que yo
veía era distinta a la que existe”, me dijo cuando le pedí que
me dejara medir las gafas con las que lo encontré, esas gafas
que nunca se ha quitado porque le facilitan el mundo y, como
asegura él, ni siquiera le estorbaron para disparar el fusil que le
dieron los elenos, el arma con la cual creyó que podía vengar
de alguna manera la muerte del tío y evitar la esclavitud de la
pobreza. A él, a pesar de sus lentes nuevos, lo sentí el mismo.
Él mantuvo la promesa fugaz que me hizo en La Carolina. Por
sus cartas le perdoné la que nos escribió cuando se fue para
el monte dejándonos a todos, sobre todo a mí, su confidente,
en el vacío de no saber nada de él por tanto tiempo.
La semana en que Iris y yo regresamos hubo fiesta en la casa
y en el barrio por los astronautas. La pólvora y los brindis ese
veinte de julio no fueron en memoria de los próceres que dieron
la independencia a nuestro país en el siglo xix, sino en honor a
esos hombres encasquetados del siglo xx que le hicieron ver al
mundo cómo se caminaba flotando sobre la superficie porosa
de la luna. Su llegada fue más importante que todo. Iris y yo
nos dimos cuenta, no tuvimos que decírnoslo. En medio del
festejo me abracé a ella y lloré. Apenas un par de lágrimas
derramé. Sabía que me hacían daño. También ella lloró. “Ya
estamos a salvo. Celebrémoslo en nuestro corazón”, me dijo
cuando fui a buscarla a la pieza que le tocó en la redistribución
301
de habitaciones y compañías para dormir que hubo en la familia
con la nueva casa. Un cuarto para Rubén y José Luis, ya sin
Julián. Otro para Brenda y Tere, ya sin mí. Otro para Julián y
el bebé, al lado del de mis padres. Todos arriba, en el segundo
piso. Iris y yo abajo, ella en la piecita del servicio, yo en el es-
tudio que adaptaron como alcoba, cerca de la cocina, donde
conversábamos y tomábamos leche caliente en las noches de
nuestras desveladas. Ella y yo independientes, como en una
casa para nosotras dos. En habitaciones que eran la tercera,
la cuarta parte de las de la finca. Menos amplias, menos altas.
Más cálidas, más seguras.
Iris tenía razón. Estar en casa era estar libre de peligro. Sin
el tío Ramón su vida empezó a complicarse en Campoalegre,
como si valiera menos. Mi padre dijo que fue por mí para que
viera la llegada del hombre a la luna. Yo siempre he querido
creer que sobre todo lo hizo por rescatar a Iris, que se asusta-
ron con la carta donde le conté a Julián acerca de las piedras,
la carta que le dicté a María de los Ángeles para que en la
casa supieran lo que Iris no quería que supieran. A mí no me
alcanzaron las piedras porque la misma Iris me tapó con su
cuerpo, pero a ella le dejaron moretones en la espalda y en las
piernas. Fue el día en que estuvimos en la inspección de policía.
Allí volví a ver al señor gordito de bigote que midió el cuerpo
del tío y lo tapó con la sábana la noche del crimen. Él tecleó
en la máquina de escribir todo lo dicho por Iris. Tres veces le
preguntó “¿está segura señora de que esos eran los tipos que
no querían pagarle a su esposo la plata del ganado?”, cuando
ella le contó lo que mi tío le confió acerca de los hombres que
lo amenazaron si seguía cobrándoles. Después vino la que-
mada del cafetal y la amenaza de incendiar la finca. La idea
aterrorizó a Iris. Por eso lo primero que empacó para Medellín
fueron los santos, para que sirvieran de protección. El San
Blas, el de las enfermedades respiratorias, que fue indiferente
302
conmigo pues la bronquitis se me volvió crónica. La Santa Ana,
la que cuida la casa para que nada malo le pase, tal vez ni le
gustó la manera como la recibieron “Hubiera preferido una
Maria Auxiliadora que soluciona los problemas”, dijo mi madre
mientras mamá Rosita dio a entender que la santa patrona de
la casa ya no hacía falta. “Realmente lo que hace ella es dar
casa y ustedes ya la consiguieron, dijo. Aunque podrían enco
mendársela”. La Santa Ana estuvo en una repisa esquinera
con veladora hasta que se cambió la casa por el apartamento
y yo me opuse a seguir cargando con santos.
La casa que conocí, como a Luciano, cuando llegué de
Campoalegre, se vendió cuando se desgranó la familia, cuan-
do nos pareció que carecía de sentido conservar una casa tan
grande, vacía y expuesta en una ciudad tan peligrosa y con un
perro tan achacoso que ya no servía de guardián. Desapareció
cuando Brenda, Teresa y Rubén se casaron, cuando José Luis
y Julián se fueron, cuando ya Rocky no estaba para ladrarle a
las amenazas, cuando creímos que vivir en edificios de unidad
cerrada, con portería las veinticuatro horas y rondero toda la
noche, nos libraría de ser víctimas de los carros bomba que
nos azotaron después. Pura mentira. Seguro no hay nada.
Ni siquiera la muerte más incierta si se vive en Colombia,
Suramérica. Puede llegar de la manera en que uno menos se
la imagina y a la propia casa, como le pasó a mi tío Ramón,
a Iris, a Luciano, el bebecito que pesaba muchísimo más que
mis muñecas y los conejos de la finca, que pataleó y mano
teó como nunca ante la presencia de Iris, y que con nosotras
sonrió por primera vez. Me pareció normal, aunque ahí estaban
los ojitos que lo delataban, las dos almendritas una al lado de la
otra inclinadas hacia arriba. Al igual que yo, él también llegó
a este mundo sin nombre, y fue mamá Rosita la que se lo ideó.
Como nació de milagro y el tío había muerto el ocho de enero
y ese día era el de San Luciano, así lo dejaron. “Con la vida se
303
derrota la muerte”, dicen que explicó la abuela. Después del
“aguántate” de mi tío y de haberme enseñado a controlar mis
lágrimas, Luciano me hizo enfrentar a la segunda cosa más
compleja en mi vida. Entender lo que significaba ser como
él fue más difícil que aprender a leer de corrido los libracos
o a contar hasta doscientos botones sin necesidad de pensar.
Llegué a preguntarle a mi madre si ser como Luciano equivalía
a ser loco. “El mundo despierto de los locos es como el mundo
de los sueños de los cuerdos”, me dijo. Luego trató de reparar
lo dicho. “Pero él no tiene pesadillas, tal vez pueda cambiar de
personalidad en un instante”. Finalmente se arrepintió de todo
y dijo ofuscada que Luciano no tenía nada que ver con locos y
que no volviera a pensar en eso. “Hay que esperar a que crezca
para ver cómo es eso”, me dijo Julián. Y con eso tuve para no
seguir indagando por ese bebé que fue como un juguete para
nosotros. Una alegría de verdad a pesar de la tristeza de mi
madre. El bebecito que pude cargar cuando llegué a la casa
propia de la familia, la casa que sigue llamándose casa así sea
apartamento o finca, que sigue siendo de uno así sea de los
padres y ya no se viva en ella. Mi casa, la de mis padres, era
el lugar donde yo me sentía protegida, así dicha protección
me agobiara y a la larga fuera también ficticia. Demasiadas
personas estaban atentas a mi destino, como ocurre con un
hijo menor, más si es mujer. Por eso no he podido entender
el descuido conmigo al dejarme en Campoalegre con Iris. Me
asusté particularmente cuando me mandaron esa temporada.
De niño uno no puede evitar cierto temor al saberse a mucha
distancia de la casa. Tuve un escalofrío instantáneo cuando
me solté de mi madre en la puerta, justo antes de salir. Me
temblaron las piernas subiendo al tren con Julián. Se me hizo el
nudo del llanto en la garganta cuando le eché un vistazo a mi
padre y a Teresa desde el asiento del tren. No alcancé a llorar
porque al mismo tiempo descubrí que estaba más alta que ellos.
304
Por primera vez les observaba la cabeza por encima. Eso me
causó un enorme entusiasmo. Instantes después el brazo que
Julián me pasó por el hombro me alentó. Horas más tarde, la
figura del tío me devolvió la seguridad perdida. Estaba lejos
de casa, pero con parientes. Estar en familia hacía desaparecer
el peligro. Así lo creí hasta ahora cuando comprendo que esa
primera tragedia de mi vida ocurrió estando en Campoalegre.
Por eso, a la larga da lo mismo estar en el hogar o dejarlo. La
protección es algo irreal. De una manera muy distinta llegué
a habitar mi casa después de Campoalegre. Hoy, tan lejos
en tiempo y distancia de ese hecho, pienso que desde ese
momento la casa confiable desapareció de mi vida. Quisiera
volver a creer que existe. No puedo. Esa estadía me demostró
que puede ser sinónimo de inestabilidad, ser el motor para
dispersar y fragmentar a un ser humano como lo hizo conmigo.
Ahora ando en la tarea de ayudarme a retornar a un punto
que me permita recuperar la integridad. Por eso, y porque el
doctor me lo recomendó, estoy recordando esta historia. Pero
quisiera olvidarla de una vez por todas. Peleo con el pasado
que me persigue y hostiga, ese pasado que me dice que de los
dos duelos que tuve que elaborar en Campoalegre, la lejanía
de mi casa tal vez resultó ser la más desgarradora.
¿Casualidad? ¿Ironía? Mi salvación llegó de un país que
anda armando guerras por el mundo, con esos astronautas
que se bajaron en la luna y mi padre quiso que viera, sin intuir
la decepción que finalmente le causaría el acontecimiento.
Cuando terminó la transmisión se levantó diciendo “claro
que lo que acaban de hacer esos gringos no borra lo hecho en
Vietnam. A la larga debería darnos vergüenza. Tantos campe-
sinos muertos y nosotros aquí aplaudiéndolos”. Yo no entendí
sus palabras. Pero como lo vi molesto y sacó otra cerveza de
la nevera, supuse que era algo malo. Dejé para después la
pregunta de por qué decía lo que decía. Cuando regresó con
305
la cerveza ya los vecinos sin televisores en sus casas habían
desocupado la sala de la nuestra. Mi padre se negó a ir afuera
con ellos a echar los voladores. Volvió a sentarse en el mueble,
pensativo “Tanta expectativa para darnos cuenta de que era
verdad que la luna tiene la superficie plagada de cráteres”, dijo
de pronto. “Falta ver si realmente es en blanco y negro. Nos
tocará esperar la televisión en colores. Porque la habrá. Ya lo
verán, ¿o no Rocky?”, y le acarició el hocico al gran danés.
Junto con Luciano, ese animal fue el que más alboroto armó
con la llegada de Iris y yo. Sus ladridos retumbaron dentro de
la casa. Se oyeron distintos a los de Sultán a campo abierto en
la finca. Sultán murió semanas después que el tío. Dijeron que
porque probó la sangre de él derramada en la tierra. Julián lo
espantó con una patada cuando lo vio. Estábamos lavando con
la manguera la sangre del camino. A Iris la dejó sin cuidado
lo que para nosotros era como un sacrilegio. Después dijo que
Sultán murió porque simplemente le pudo la tristeza sin su
amo, que eso le pasaba a los perros y era normal aunque no
fuera común, y que su muerte la había liberado de la penosa
decisión de regalarlo, como seguramente le hubiera tocado
hacer para venir a Medellín donde ya existía Rocky. Rocky fue
nuestro primer perro. En casa propia y más grande fue posible
tener la mascota con la cual siempre soñamos todos y con la
que Iris disfrutó más que ninguno. Al principio solo fue de
ella para bañarlo, espulgarlo y alimentarlo. Cuando empezó
a quedarse ciego y a perder dientes y pelo por la vejez, fue su
única dueña. Ya no era un ganador como el boxeador en honor
a quien le pusieron el nombre, y como lo recitaba mi padre
cuando presentaba su perro. El día de nuestra llegada nos lo
contó. Parecía un locutor radial leyendo una noticia. “En el
cincuenta y uno Rocky Marciano, en pelea en el Madison
Square Garden de Nueva York, considerada el combate del
año, venció de un certero derechazo a Joe Louis”, dijo. Después
306
nos explicó que Louis era mejor. “Fue el primer boxeador negro
que ganó un título entre los pesados”. Sin embargo, prefirió
poner a su perro Rocky porque era el nombre de un ganador
y no de un perdedor, como lo era ya el mítico campeón mun-
dial. El campeón negro, negro como Iris, derrotado como ella,
quizá como yo y como indudablemente fue derrotado mi tío
aquella noche.
Ante el tío Ramón siempre me sentí de igual a igual. Nos
trataba como si fuéramos adultos sin olvidar que éramos niños.
Por eso me gustaba ir a Campoalegre, el lugar que él imaginó
por años y finalmente hizo realidad, un verdadero refugio para
mis hermanos, mis padres y yo. Siempre me tocó ir con Julián.
Un par de veces fuimos juntos y regresamos juntos, excepto esa
última temporada. Nos enviaban por turnos y por parejas. A
mi tío le gustábamos. Nos pedía. Éramos sus preferidos, como
lo había sido mi madre. Criar niños parecía ser su destino.
Enviarnos a Campoalegre era una manera de descansar de
nosotros. La presencia de una mujer allí le dio más confianza
a mi madre, así se tratara de Iris.
Con Iris se apareció el tío el día menos pensado. Llevaba
solo en la finca como diez años. Ya creían que el cuarentón
iba a quedarse cuidando animales y mercancía. No dio explica-
ciones. Omitió cualquier dato sobre la procedencia de la mujer
que había traído del Chocó y puso a vivir en el hotel mientras
se casaban, el mismo hotel donde hicieron la fiesta de la boda.
Tal vez ni él mismo tenía del todo claro su origen. Apenas dijo
que se llamaba Iris Mena Urrutia e iba a hacerla su esposa
porque era sana, aseada, creyente y callada como él, que ser
negra y tener veinte años menos era lo de menos. Al fin y al
cabo le gustaron siempre las mujeres jóvenes y ya había dicho
que el día que se casara sería con una muchacha, así él fuera
un viejo. Eran anecdóticas en la familia sus aficiones de soltero
en Medellín. Interminables veces escuchamos la narración de
307
esos domingos cuando se dedicaba a escuchar conciertos y a
ver pasar adolescentes y jovencitas hacia la misa. Antes de
bañarse, se sentaba en el quicio, descalzo y sin camisa, con la
toalla en el cuello. Aumentaba el volumen de la radio de tal
manera que la emisora de música brillante, como la llamaba él,
alcanzara la acera. Era la música que más le gustaba, que oyó
siempre y muchas veces invadió el silencio de Campoalegre.
Mientras esperaba a que las muchachas salieran y pasaran de
nuevo, cerraba los ojos y se concentraba en los instrumentos.
Música y mujeres eran por tandas. El concierto de las ocho,
el de las diez. Las que iban y venían. Las de las ocho. Las de
las nueve. Hasta las doce y pico cuando el sol empezaba a
fastidiar, concluían la mañana, las misas, los conciertos ma-
tinales y las regañadas de mamá Rosita y de Margó. A ellas
les parecía vergonzoso que el hombre de la casa estuviera en
semejante facha en la puerta, con la música a todo taco y
silbando mujeres. “¡Qué ejemplo! En vez de ir temprano a la
misa. Usted no respeta Ramón”, las imagino diciéndole, y a
él contestándoles “respeten mi día de descanso y la música,
sin la música estaríamos en la edad de piedra, aunque con
una muchacha de esas hasta a la edad de piedra yo me iría”.
Tan lejos no tuvo que ir el tío Ramón para encontrar a Iris,
aunque vivir con ella le implicó confrontaciones como de la
edad de piedra. La negrura de ella, más que la edad, puso a
prueba la gratitud familiar hacía el tío. Sacó a flote los pre
juicios. Algunos tuvieron que ser guardados de nuevo, otros se
impusieron. De todos modos hubo boda por la iglesia y fiesta
con trío de bambucos en el pueblo. “Que vengan de Medellín
que esta es mi casa y yo soy el que me caso”, dicen que dijo
el tío. Allá fueron todos, menos mamá Rosita. Él esperaba su
ausencia. No dejó entrar a Iris a su casa cuando el tío viajó
con ella a Medellín para presentársela y anunciarle el matri-
monio. La casa era de él, pero la habitaba ella. Y encima, le
308
negó la bendición y le sacó el juramento, por la memoria del
abuelo y sin necesidad de morirse como él. El que se murió,
temporalmente, fue el hijo para la madre pues mamá Rosi-
ta dejó de hablarle un año. Era fregada la abuela y de qué
manera gobernaba la vida de los tíos. Les entregaba amor a
montones, un amor incondicional y controlador a la vez. En
ese amor patinó el tío y se quedó sin hijos. “Para no dañar la
raza ni el apellido”, como temía mamá Rosita que pasara si
embarazaba a la negrita. Lo supo Margó, pero se lo guardó por
años. Iris nunca se enteró del segundo juramento que hizo el
tío en su vida, el que volvió a comprometerle la propia vida
después de los añitos de libertad. Él jamás se atrevió a con-
tarle. Razón tenía. ¿Cómo hacerle daño a lo que uno quiere,
a esa negra que tanto se esmeraba por él? Ella aceptó que su
esposo, como se lo dijo, no quisiera hijos después de la carga
que tuvo con los hermanos. Creyó que se sentía satisfecho con
los sobrinos. Pensó que su deber como esposa era darle gusto.
Por nuestra parte, aceptamos como verdadera la esterilidad
de Iris. No tuvimos motivos para imaginar la intransigencia que
había detrás. A excepción de mamá Rosita nadie más mostró
desprecio por Iris. Al menos no lo manifestó. Sí hubo, claro,
distancia. La discriminadora distancia. Una distancia de la que
fui consciente con la desaparición del tío, y que se acrecentó y
alcanzó a hacer mella en mí cuando Campoalegre dejó de ser lo
que era y me hizo tan vulnerable, aunque a la vez me enseñó a
construir una fortaleza dentro de mí. Ese lugar significó soledad
pero también libertad. Descubrimiento. El paraíso perdido
abruptamente. Allí no había espacios prohibidos ni compañías
obligadas a pesar de la ausencia. Allí aprendí a cruzar la puerta
de la casa sin la mano de alguien y sin que me temblaran las
piernas o se me acelerara el corazón. Pude revolotear como
las mariposas. Tomé conciencia del aire, la tierra, el agua y
el fuego. Supe que los rayos del sol pueden enceguecer y ser
309
como la oscuridad también. Comprendí los caprichos de la
luna y festejé la bondad de las estrellas en el firmamento, in-
finitas. Vi lo absoluta y generosa que es la lluvia en el campo,
esa lluvia que se deja ver por todos lados. Abracé por primera
vez un árbol como si fuera una persona y escuché la vida de
sus ramas. Dormida en la hierba sentí la humedad de la tierra
tocando mi cuerpo, el viento en mi espalda, en mi pelo. Supe
lo que era bañarme con un cielo azul por techo, en esas aguas
inmensas y cristalinas de La Hundida que me regalaban puro
el sonido de su corriente cuando me sumergía para escucharlo
desde adentro. En la llama de una vela se detuvieron mis ojos
y aprendieron a distinguir sus tonalidades, tanto como mis
oídos los sonidos de la noche y las voces de los animales. Mis
manos aprendieron a reconocer la piel de las hojas, los frutos
de las plantas. Campoalegre me hizo entender que yo también
hacía parte de la naturaleza así estuviera condenada a habitar
en el caos de las ciudades, que era un ser vivo y que existía la
muerte. Me impuso la vida con toda su profundidad aunque
por momentos creí morirme.
Julián y yo no conocimos al tío cuando era soltero. Nuestro
recuerdo de él siempre estará atado a Iris. Él hablaba más de
ella que de él mismo. Decía que le encantaba ver a su negra con
los vestidos ceñidos y los tacones. Muchas veces me pregunté
si le hubiera gustado más verla con baticas anchas, como la
que tenía mi madre cuando nos despedimos en La Carolina.
Eso no se me ocurrió preguntárselo al tío el día en que Julián y
yo fuimos a verlo marcar el ganado y él nos contó que Iris era
hija única de Obed y Agnes, que su madre murió en el parto
y su padre, un hijo de esclavos que se llamaba también Naka
Mandinga, sin querer la dejó huérfana siendo niña, y que sus
únicos disgustos con ella eran por la marcada de los animales.
“Por más que se lo explico, dijo, no ha querido entender que
así debe hacerse para que no se los roben y que ya esto no
310
se hace con la gente”. Ese día Julián y yo supimos que a los
esclavos los marcaban con hierros calientes, y le preguntamos
al tío qué era un esclavo. Él nos respondió que seres privados
de amor y amistad que pueden pasar años sin reír y sin que
nadie los ame. Julián recuerda bien ese día. Dice que le im-
presionó saber que había gente a la que se le trataba peor que
a los animales, como dijo el tío. Gente a la que castigaban y
azotaban con rejo si no hacían las cosas bien, a la que ponían
a vivir en lugares húmedos y mugrosos, que recibían mala co-
mida y trabajaban sin domingos. Él, Julián, se acuerda de más
cosas que yo. José Luis, Tere, Brenda y Rubén también. He
tenido que preguntarles para poder hacer esta catarsis. Ellos
dicen que a Julián y a mí nos tocó lo más importante. No sé
si la muerte sea lo más importante en la vida de una persona,
menos si es a balazos, pero en mí eso se volvió importante.
Me ha perseguido toda la vida aunque me es difícil recordar al
tío, tal vez porque su imagen me quedó sobre todo atada a su
desaparición. También Iris desapareció ya. Sin embargo, ella
fluye en mi mente. La llevo viva dentro de mí, como llevo a
Luciano y a mi padre desde el día en que se fueron. El amor
obliga al dolor, pero sabe defenderse; ante la posibilidad de un
corazón vacío deja que los muertos sigan viviendo dentro de
uno y que su presencia resulte alentadora en vez de mortifi-
cante. Quizás el que no lleve a mi tío en ese grupo de muertos
que van conmigo se deba a una cuestión de tiempo. Con Iris y
Luciano viví veinticinco años. Con mi padre toda la vida. Ni
uno creo que suman los meses que estuve con el tío. Yo solo
puedo verlo a él entrando en la casona, quitándose el sombrero
y exhibiendo una frente más clara que el resto de la piel del
rostro, y un pelo despeinado y mojado por el sudor, aun en las
noches frescas. Puedo verle la uña larga del meñique derecho
con la que empujaba la ceniza de los cigarrillos y las falanges
amarillas de los dos dedos en los que los sostenía. Veo ahora
311
sus invariables camisas blancas, la oscuridad de aquel día, la
noche en la que se ampara el mal.
Estábamos sentados en el corredor a la luz de la Coleman.
La colgaban de la viga del techo. Como todas las noches, es-
perábamos al tío para comer y encender la planta que desde
hacía un par de semanas iluminaba por dos horas la casa antes
de ir a dormir. Evaristo andaba pescando. Se había llevado a
Sultán, el pastor alemán. Como todos los martes. Suspendidos
al frente de nosotros, los destellos de los cocuyos parecían
estrellitas bajadas del cielo titilando a escasos pasos. Julián y
yo apostábamos a adivinar por dónde aparecería el siguiente.
“¡Ahí viene!”, gritó él, de pronto, hacía adentro de la casa. Sus
oídos percibían mejor el eco de los cascos de María Antonia.
A mí siempre me pareció que era ahogado por la algarabía
de las chicharras y de los grillos. Al cabo de varios segundos,
empezamos a distinguir la aureola de la linterna. El tío siem-
pre alumbraba su camino, así la yegua no lo necesitara. Nos
levantamos del piso del corredor. No se sentía frío porque era
de madera, como en las habitaciones. Bajamos los escalones.
Con Iris. Ella, ante el anuncio, siempre abandonaba la cocina.
Salía soltándose el delantal. Lo dejaba donde cayera. En una
hamaca, en una mecedora. Luego se ajustaba el vestido en
la cinturita. Por último, se alisaba el pelo con las manos. En
un momento del que no fuimos conscientes, la aureola de la
linterna dejó de verse. Los cascos de oírse. Oímos a cambio
un relincho. Después unas voces lejanas. Enseguida un grito.
Al final, los disparos. Los disparos con los cuales los tipos que
no querían pagar la deuda la dieron por cancelada. Ni siquiera
tuvimos que mirarnos. Menos pensar en la oscuridad. Los tres
salimos corriendo. Creo que realmente no vimos el camino.
Pero nuestros pies lo sintieron y nos llevaron hasta la portada.
Allí encontramos a María Antonia. Le caía un reflejo de la
linterna en las patas. Boleaba la cola. Siempre lo hacía. En
312
ella era una manía. Además, movía la cabeza arriba y abajo. A
un lado y al otro. Eso sí era raro. No distinguimos al tío en su
silla. Ni una silaba se escuchó de nosotros. Creo que los tres
llevábamos el corazón en la garganta. Por eso las palabras se
murieron también. Buscamos de dónde provenía la luz. Tras
ella fuimos. Más allá. Por el camino de la vereda. La vereda
Potrero Nuevo como la había bautizado el tío. Ahí estaba él.
Su camisa se imponía en la noche. Volteé a buscar a Iris. Solo
distinguí su diente de oro cuando miré hacia arriba, y la forma
de su vestido satinado, mas no su piel. En medio del campo, la
oscuridad siempre se la tragaba, como si su negrura se volviera
redundante en la noche. A los pies del tío, la linterna seguía
encendida. Los zapatos macizos de cuero duro y cordones
gruesos no se le salieron como suele pasar con los muertos.
Julián tomó la linterna. Se la entregó a Iris. Ella alumbró al tío.
Con el haz amarilloso empezó a recorrer su cuerpo desde los
pies. Él estaba bocarriba. Cuando llegó a la cabeza, Iris clavó
el rayo de luz en la cara. Distinguí un líquido rojo. Me arri-
mé. Vi que brotaba por unos hoyitos. Se regaba alrededor del
cuerpo. Hasta ese momento no conocía la sangre. Me agaché.
Sin darme cuenta, quedé arrodillada sobre la sangre del tío.
Quise evitar que siquiera chorreando. Metí los deditos en el
balazo del cuello. Le pedí a Julián hacer lo mismo con el de
la mejilla. La sangre siguió desbocándose. Era inútil luchar
contra la rebeldía de ese líquido. Tibio, liso, se inauguraba en
mi tacto. “Ya está muerto”, oí que dijo Iris. Julián abandonó
el orificio de la mejilla. Lo miré asustada. Mis dedos quisieron
luchar con todos los huequitos que botaban sangre. Me angus-
tié. Llamé a mi tío. Le grité el nombre a la cara. Varias veces.
Todavía estaba calientico. Me habían dicho que la muerte era
fría, helada. Volví a mirar a Julián. Le vi las lágrimas. Com-
prendí todo. Me retiré. Retrocedí sin levantarme. Me topé
con las piernas de Iris. Me aferré a ellas. Grité y grité y grité
313
que no. Empecé a llorar. Iris se agachó. Me puso en su pecho.
Me apretó. Después Julián nos buscó. Sentí sus latidos en mi
espalda. Sus brazos pasando por encima de mi cabeza para
abrazar a Iris. Quedé como atrapada entre dos emociones. En
la mejilla que tenía contra Iris oía las palpitaciones aceleradas
de su corazón, el espasmo de su pecho. Los tres lloramos dando
alaridos. Yo no recuerdo haber llorado antes de esa manera,
aún con mi fama de llorona. Habría derramado más lágrimas
de intuir lo difícil que en adelante iba a ser para mí hacerlo,
de presentir lo necesarias que iban a ser en ese capítulo de
mi infancia que se iniciaba ahí en medio de esa oscuridad y
de ese reguero de sangre. Allí estábamos los tres llorando en
ese momento intenso que es la muerte, con la acumulación
de todo lo vivido acabándose en un instante, un instante
que solo podía conocer, saber y padecer el tío. Ahí estábamos
mirándolo, pero nunca sabremos lo que sintió o pensó. Ahí
estaba él diciéndonos que la vida, el más grande e improbable
de todos los milagros del universo, como ya ha sido dicho,
es apenas una posibilidad, y que para su existencia no hay
cálculo posible. Ahí estábamos viendo extinguirse ese milagro.
Estábamos en ese momento final del tío en el que, sin embargo,
no estuvimos, ese momento al que llegamos tarde porque la
muerte en él, además de sorpresiva, fue veloz, a diferencia de
otros que pasan días, semanas, meses, una vida entera murien-
do, peor, muertos en vida. Ahí se inició el capítulo de mi vida
que aquí cierro, después de tantos años como han pasado y
de haber comprendido que todo se nos repite, vuelve a ser lo
mismo y que la vida es un círculo pequeño al que la muerte
parece darle el sentido. Desde el mismo momento en que dejé
el vientre de mi madre tal vez me preparo para morir, al fin
y al cabo morirse es la condición de estar vivo. Sin embargo,
no queremos renunciar nunca. Saber que se está vivo, como
nunca podrán saberlo esos árboles de Campoalegre a pesar de
314
la vida en ellos, esa es nuestra maldición, o nuestra bendición,
depende cómo se mire. Aquella noche entendí lo que era es-
tar viva, supe que al mismo tiempo significa la amenaza de la
muerte y que esta, así sea entre humanos, puede llegar a ser
asunto de salvajes. Tal vez por eso lloré tanto.
315
10
Suele pasar que los asuntos difíciles se dejan para el otro día
a ver si con la salida del sol llega una luz que los ilumine. Así
hizo José Luis con respecto al tema de los dos meses de per-
miso de Violeta. Pero de nada le sirvió el descanso nocturno.
Hombre de una sola palabra, ni hizo caso a las sugerencias de
Marcelo ni reconsideró su idea. Se levantó más convencido
de que ahí no había mucho qué pensar y así se lo dijo a ella,
sin importarle echar a perder el sabroso desayuno que le estaba
preparando para darle la bienvenida después de la extensa
gira. No respetó el madrugón de su hermana para atenderlo.
Tampoco que corriera el riesgo de quemarse con la sartén al
enterarse de que él ya sabía y escucharlo decir que ni riesgos
de quedarse porque “eso me perjudicaría en mi trabajo con la
ciudad de Nueva York, además de que yo no le hago el juego
a los que venden visas falsas de trabajo o de residencia y creo
que la ley es para obedecerla”. ¡Tremendo susto y Violeta li
diando con un fogón, tan ajena como ha sido su vida a los
menesteres culinarios!
Menos le importó a él que luego hubiera que echar a la
caneca de los desperdicios parte de ese desayuno tan amoroso,
porque quién pasa bocado después de verlo tomar el teléfono,
llamar a la agencia de viajes y confirmar para el veinte de
noviembre la reservación de la señorita Violeta Sánchez Ruiz.
316
Por dónde iban a pasar los huevos pericos, el chocolate con
clavos y canela y la arepa con quesito ¡hasta Queens había ido
por el paquete! Sí, la garganta se estrechó y pareció cerrarse
del todo al oír a José Luis.
—Lo siento, aunque no lo quieras tienes que devolverte
para Colombia –dijo tajante, inconmovible–. Puedes inten
tarlo de nuevo el próximo año, si es preciso te ayudo con el
tiquete. ¿No te gustaría volver cuando pase el invierno? En
invierno esto es otra cosa, ni te imaginas cómo es de terrible.
Ante semejante sorpresa, Violeta escasamente pudo reac-
cionar diciendo bobadas.
—Justamente por eso Jóse, nunca he visto la nieve, creo
que me gustaría mucho conocer y vivir el invierno.
—Me da miedo que te enfermes. Mi mamá me contó de
las bronquitis.
Así le dio pie a él de volverse a negar, pero ella volvió a
rogar hasta que surgieron otras posibles soluciones al asunto.
—No Jóse, pero cómo es posible esto, cómo no va a haber
una manera de que me quede si este país está lleno de ilegales.
No seas escrupuloso. Qué obstinación la tuya. ¿Y el asilo qué?
–se atrevió a decir Violeta.
—¿Asilo? A son de qué. ¿Te pondrías al nivel de una refu-
giada como los africanos o los árabes desplazados de la guerra?
—¿Y qué soy yo?
—Tú no aplicas para refugiada.
—¿Que no? ¿Y el carro bomba?
—Fue hace mucho tiempo y fue un caso fortuito. No iba
dirigido a ti.
—Pero me jodió.
—Igual tendrías que mentir. No no no, para eso hay que
presentar mucho papel, pruebas. Te las tendrías que inventar.
—Ay no. ¿De verdad no existe ninguna otra posibilidad?
—Lo único sería que te casaras con alguien de acá.
317
—¿Casarme? Qué pereza. Así sea de mentiras, el matrimo-
nio sería demasiado pesado para mí en este...
Violeta paró lo que iba a decir y por un instante se quedó
mirando la mesa del comedor que tenía ante sus ojos. Luego
reaccionó como si hubiera descubierto algo y preguntó:
—¿Si me caso con un gringo me dan la residencia?
—Quizá. Pero necesitas el novio primero. A ver si lo le-
vantas esta noche en la fiesta.
—¿Y cómo? Si es de colombianos.
—A las fiestas de Manolo van hasta el perro y el gato.
—¿Qué tienen de bueno?
—Aparte de alimentar la nostalgia y la música. Manolo es
un melómano compulsivo, tiene las paredes de la casa forradas
en discos. Realmente es la fiesta de Halloween.
—¿Hay que ir disfrazado?
—Aprovechamos la fecha para reunirnos, pero no. Lo
importante es asistir. Manolo es capaz de quitarle la palabra
al que le quede mal. Por eso voy. También por Marcelo.
—Si por Marcelo fuera andaría de rumba todos los fines
de semana. Tú no, ¿cierto?
—Cada vez me gustan menos las fiestas. Siempre pasa algo
de lo que alguien tenga que arrepentirse después. Aunque por
eso mismo prefiero estar cerca.
—¿Vigilando a Marcelo?
José Luis parece molestarse con la observación de Violeta
—¿Qué te hace suponer que tengo que vigilarlo?
—Nada. Perdona.
—También lo hago por ti, porque has estado muy sola y
encerrada, para que conozcas gente, la vida de los inmigrantes.
Verás que te va a ser muy útil.
—Te agradezco, pero no tengo ganas de ir. ¿Qué sentido
tiene conocerlos ahora? Me los hubieras presentado la semana
en que llegué.
318
—Al menos podrías disfrutar tus últimos días aquí.
La frase final, pronunciada con convicción y serenidad por
José Luis, le sonó irónica a Violeta.
—¿Disfrutar? Qué voy a disfrutar después de que me pones
entre la espada y la pared.
—Piensa en que esta noche puedes relajarte y hasta en-
contrar una solución a tu situación. Claro que, te advierto, un
gringo te pone de sirvienta. Eso es lo que le pasa a las latinas
o a las orientales que se casan con los hombres de aquí. Mira
a mi madrina con K.
Después de otros segundos de silencio, esta vez mirando
hacia la ventana de la cocina, con la cumbamba apoyada en
los nudillos de los dedos entrelazados, Violeta preguntó bas-
tante extrañada:
—¿Y cómo diablos te diste cuenta?
—Viví con ellos. Me tocó ver a Margó ser como una es-
clava de él.
—Nooo, ¡que cómo te diste cuenta de los dos meses!
—Ah, me lo dijo Marcelo –así de simple y claro le con-
testó él.
Violeta no tuvo manera de descargar su ira con Marcelo. Él
ya se había marchado, así lo acordó con José Luis en el cuarto
mientras se arreglaban; lo convenció de no hacerle pasar una
vergüenza con Violeta.
Ella estuvo a punto de preguntarle a José Luis por la compra
de los papeles, sintió la tentación de decirle que Marcelo se lo
había planteado como una posibilidad, quiso vengarse contán-
dole sobre los documentos falsos de él, pero se contuvo cuando
pensó que de esa manera echaría a perder la que parecía la
alternativa más viable y rápida para reversar el regreso, algo
en lo que debía trabajar rápido.
Ese día Violeta almorzó con su hermano después de haber
permanecido encerrada trabajando el resto de la mañana. Él
319
prácticamente la hizo salir del cuarto y a regañadientes la llevó
al restaurante griego que le había mencionado; de esa forma
quiso enmendar el desayuno que no había respetado. Mientras
comían, ella escuchó con desgano el entusiasta relato que le
hizo sobre la gira del grupo. Todo parecía indicar que no iba
a mencionarse el motivo de discordia al comenzar el día. Sin
embargo, el peliagudo tema resurgió a la hora del postre cuan-
do José Luis se puso trascendental, se excedió en sinceridad y
resultó diciendo cosas que a Violeta le sonaron como a sermón
de Teresa y que casi se vuelve un monólogo como los de ella
o los de Marcelo.
—Brenda se embarazó soltera y lo asumió –dijo José Luis–.
Rubén prefirió la plata al estudio, ser bruto pero no pobre, lo
peleó y lo asumió. Tere escogió la Escuela de Administración,
lo dijo y lo consiguió; quiso la convivencia con Paco antes de
la boda, la peleó y se salió con la suya. Yo me quedé sin familia
pero hice respetar mis preferencias, y aquí estoy, tal vez muy
solo pero satisfecho. A Julián le faltó valor para decirlo de
frente, pero casi se hace matar por sus preferencias también,
se enroló y se fue. Hasta con Luciano hubo que ceder, terminó
imponiendo la bulla de su batería en la casa, se ganó el derecho
a ir solito a los bailes y llegó a trabajar en una fábrica. ¿Y tú
qué pecosita? ¿Quieres seguir perdida por la vida? No dices
nada, te guardas todo. De ti ni siquiera sabemos si crees o no
en Dios. Julián lo dijo de frente, nos lo gritó en la cara, que era
ateo, y nos tocó aguantarnos, pero tú qué. Solamente a Iris le
contabas, a ella sí, como si castigándonos con tu silencio y el
desconocimiento de tu vida te estuvieras desquitando por los
meses que te dejamos en Campoalegre. Que quieres ser escri-
tora, dices, que darías lo que fuera por serlo. Pero ¿y lo demás?
¿Cómo que no vas a casarte algún día? Otro como Andrés no
conseguirás, pero sí debe existir en algún lado un hombre que
quiera estar contigo el resto de su vida, que te ame. Al menos
320
mantén esa ilusión. ¿Qué consigues quedándote aquí? Tal vez
estarás metiéndote en una trampa nuevamente, no necesitas
hacerlo y no creo que te adaptes después de lo que has sido, la
vida que has llevado. ¿Un trabajo como el de Gladis? Lo podrías
conseguir. Pero, ¿lavar baños sabiendo que has vivido como
una princesita en la casa? Además, ¿crees que yo lo permitiría
después de todas las advertencias de mi mamá? Me dejaría de
hablar. ¿Cuidar viejitos enfermos? Nooo, esa es una vida muy
triste, y ya bastante has tenido. Ni es lo que te mereces ni lo
que queremos para ti. Francamente, yo pienso que lo que tú
necesitas es un trabajo y un novio, y que ambas cosas puedes
tenerlas mejor en Colombia. Y aunque ya estemos tan viejos
sigues siendo la niña de la casa y yo un hermano mayor. Por eso,
mi querida pecosita, es mejor que te devuelves y te consigas un
empleo en Medellín. Y si no resulta, te sostenemos. El novio
te llegará el día menos pensado y a la puerta de la casa. Solo
tienes que abrir tu corazón.
Después de semejante discurso, ella le reiteró que no iría
a la fiesta. Lo dijo con firmeza antes de bajarse del auto en
frente del museo, cuando él quiso fijar la hora y el lugar para
recogerla. Sin embargo, él derrotó el capricho de Violeta al
informarle que Robert iría.
—¿Sí te acuerdas de él?
—Bueno, entonces yo sí voy –respondió ella medio con-
vencida. Luego se refugió en el Metropolitan, el sitio que
más admiraba de la ciudad, al que le gustaba ir tanto como al
Central Park. Pensó que dentro del museo podría espantar la
desazón dejada por el ultimátum de él. Ahora usaba el museo
para serenarse y escucharse a sí misma, como muchas veces
usó las iglesias silenciosas, vacías y en penumbra del centro
de Medellín a las tres de la tarde.
Su recorrido por el museo fue corto. Básicamente se redujo
a un encuentro con los impresionistas en el segundo piso,
321
encuentro intenso como solo puede serlo el que se da con las
obras de arte, la mejor constancia de la sensibilidad de hom-
bres y mujeres del mundo por siglos y siglos. Por un buen rato
observó las pinturas; de lejos, de cerca, usando las gafas, sin
ellas, sentada, de pie. En particular se concentró en un óleo
con un jarrón de lirios, de aspecto vigoroso pero efecto suave,
pintado por Van Gogh antes de ser liberado de Saint-Rèmy,
el asilo donde el artista vivió un periodo de relativa calma y
productividad en el último mes de encierro, como lo decía la
guía del museo que Violeta había llevado consigo. La obra,
titulada Irises, violet irises, le puso a Iris en la mente y le hizo
recordar lo que José Luis dijo en el almuerzo “... solamente
a Iris le contabas… como si estuvieras desquitándote por los
meses que te dejamos en Campoalegre”.
“Por qué habrá dicho eso Jóse”, salió preguntándose Violeta
al dejar el museo.
Las obras de arte en los espaciosos salones de la deslumbran-
te edificación del Metropolitan pueden hacer sentir pequeño
a cualquier ser humano, poco, casi nada; transportar el pen-
samiento a otras esferas e incluso trastocar el entendimiento.
Sin embargo, una vez se las deja, se acaba paulatinamente el
arrobamiento y se puede volver en sí. Mientras caminaba hacia
el parque, Violeta se vio enfrentada de nuevo a su situación.
Estimó la posibilidad de irse del apartamento de José Luis, pero
no para Colombia. ¿Podría él obligarla a montarse en el avión
como la había obligado a ir a almorzar? “Pero y para dónde
me voy”, se dijo. Fugazmente se le atravesó la idea de que a lo
mejor el pelilargo amigo de Marcelo tendría un espacio. Cómo
se sentía de rabiosa con Marcelo, cómo le gustaría tenerlo ahí
en ese momento para darle la vaciada que se merecía y decirle
todo lo que pensaba de él. Caminó. Se metió al parque. Con el
abrazo del sol delicado que le regalaba la tarde empezó a morir
la frialdad del aire acondicionado del museo que se le había
322
pegado de los brazos, las manos, los pies, la nariz y las mejillas.
La tibieza de aquella sensación afectó de manera positiva los
pensamientos de Violeta pues al instante estaba diciéndose “no
no, ni riesgos, no me conviene ponerme a pelear con Marcelo
hasta resolver este asunto de los papeles”. Luego se acordó del
chileno asilado que él le había mencionado y se dijo “de pronto
hago contacto con él y resulta algo, los chilenos deben ser
expertos en asilos”. Y siguió con Robert. Con él se le interpuso
la idea, absurda, de que quizá por ser amigo de su hermano y
soltero, aceptara una boda ficticia con ella para ayudarla. Pero
¿estaría en verdad José Luis dispuesto a aprobar una cosa así?
La idea se la había dado él, aunque podría ser más por hablar
que por convicción. De Robert su cabeza pasó nuevamente
a Marcelo, el único que podría prestarse para lo que fuera.
Nadie más podría ayudarla. Por eso tenía que hablarle, a pesar
de todo y cuanto antes, cosa que solo fue posible en la noche.
Encontró a Marcelo en el lobby del edificio, al que ella
bajó minutos después de que José Luis llamara anunciando
que ya iba en camino. Quién sabe cuánto tiempo llevaría ahí
esperando a que lo recogieran, se preguntó Violeta. La verdad
era que había acabado de llegar. Tenía los pies embutidos en
unos zuecos color mostaza que lucían robustos al lado de sus
zancas delgadas, forradas en los pantalones ajustados que so-
lía llevar y esta noche parecían más apretados que todos los
días. También venía cargado con dos bolsas gruesas de papel,
sin cogedera; en una iban los litros de vino; en la otra, unos
salchichones españoles, un queso manchego gigante, tres tiras
de pan francés, unos tomates rojos hermosos, brillantes, firmes;
un queso feta blanquísimo, un cuarto de aceite de oliva y unas
ramas de albahaca que parecían adornar la boca de la bolsa
y que perfumaron el hall, y más tarde, con su aroma dulzón,
se apoderaron del ambiente del auto hasta causarle hastío. A
pesar del encarte con las dos bolsas Marcelo lucía fresco, na-
323
tural, sin esfuerzo, como si tampoco sintiera el peso del morral
que irremediablemente cargaba a la espalda con su montón
de chécheres: carterita con cepillo de dientes, crema e hilo
dental; bolsita con peine, gel para el pelo, pomada antisolar,
brillo de labios, frasquito de loción, lima y cortauñas; un suéter
enrollado, un libro y un cuaderno amarrados con una cinta,
la cajita con lápices, lapiceros y bolígrafos; el discman, varios
cds, un pañuelo extra para el cuello, por si acaso, y condones
hasta para regalar, también por si acaso, entre otras cosas. El
pañuelo del cuello lo traía anudado en la muñeca derecha y
su estampado de medio luto le recordó a Violeta los vestidos
de su madre cuando murió el tío Ramón.
—Ya me enteré que sos un bocón –le dijo ella al verlo, sin
siquiera anteponer un hola de saludo, con lo cual interrumpió
la intención que se le vio a Marcelo de darle un beso.
—En realidad yo no le he dicho nada, él tenía sus dudas y
ha esculcado tus cosas y revisado tu pasaporte.
—¡Qué dices! ¡Cómo te atreves! ¿Jóse haciendo eso? ¡Ja-
más! Deja de calumniar por defenderte. Asume la cosa.
—Ya la asumí. Intercedí por ti, le dije que lo pensara mejor.
—Era lo mínimo que te quedaba por hacer después de ha
berla embarrado de esa manera.
Luego de unos segundos de silencio engorroso en esa espera
en el hall, con el aroma empalagoso de la albahaca en medio
de los dos, Violeta le preguntó a Marcelo:
—¿De verdad intercediste por mí? ¿Qué le dijiste a Jóse?
—Que lo pensara, que has estado trabajando, muy dedicada
a tu literatura, que no es el momento.
En ese instante Marcelo le buscó la cara pues habían estado
hablando sin mirarse, parados uno al lado del otro. Pero ya no
solo era el aroma sino también las ramas de albahaca lo que
se interponía entre los dos.
324
—Ay Violetica, créeme, por eso me he ido esta mañana, no
he sido capaz de enfrentarte, perdóname. De verdad que se me
resbaló en un momento de furia. Pero yo no lo vuelvo a hacer.
—El problema es que si eres así nada podrás hacer por
evitarlo.
Ella miró para el lado contrario de Marcelo, como esqui-
vando el olor de esas benditas ramas, pero en realidad quería
esquivarlo a él. El gesto le sirvió para pensar mejor lo que
acababa de decirle.
—¿Y por qué estabas furioso? –le preguntó volviendo a
mirar hacia el frente, mas no a él.
—Porque José Luis llegó y en vez de saludarme como se
debe después de tantas semanas sin vernos, me ha regañado.
Ni siquiera un abrazo me dio cuando me vio.
—¿Y eso? ¿Por qué te regañó?
—Porque imagínate que yo esta...
Marcelo cayó en la cuenta de que no podía seguir respon-
diendo con sinceridad las preguntas de Violeta. Por fortuna
ella lo interrumpió, ahora sí mirándolo a la cara.
—¡No me digas que se enteró de tus salidas! Yo no le he
dicho nada.
—Ni se lo vayas a decir. No, no fue por eso. Fue por ton-
tadas. Creo que estaba tenso por el viaje y todo eso. Siempre
llega fatigado de las giras. Mira, ahí ha llegado. Vamos.
Al bajar los escalones de la salida para montarse en el auto
Violeta aflojó las riendas de su curiosidad.
—¿Y esos zapatos? –le preguntó a Marcelo. Él pareció
sorprenderse con la pregunta pues su reacción fue voltear de
inmediato a verse los pies, como alarmado.
—¿Qué hay con ellos?
—Se me hacen conocidos.
Sin embargo, rápidamente él volvió a adoptar un aire
despreocupado.
325
—A alguien en la calle se los debiste haber notado, fueron la
moda de la primavera pasada. Pero será la última vez que me los
ponga pues esta ciudad se está enfriando muy rápido –explicó
Marcelo hablando con más prisa y luego se metió en el auto.
Cuando Marcelo se libera por fin de las bolsas, el morral
y la chaqueta, se descubre la bonita camisa de seda que trae
puesta, de un color perlado capaz de relucir en la oscuridad.
José Luis se la admira mientras cuelgan las chaquetas en el
closet de los abrigos. Lo hace por simple cortesía; le queda
difícil ocultar su inconformidad con la dudosa explicación que
Marcelo le dio en el ascensor cuando pudo apreciarlo de pies
a cabeza, con luz plena, y notó sus zuecos.
—¿Y esos zapatos? –le preguntó–. Nunca te los había visto.
—Son los del restaurante. Solo me los pongo allá, pero hoy
he salido tan apurado que olvidé cambiármelos. Me asusté al
notármelos. Ella me hizo caer en la cuenta.
José Luis no se tragó la respuesta de Marcelo, y su molestia
influyó para que cargara de ironía la chocante frase que le
mandó a Violeta al timbrar en el apartamento de Manolo.
—Diviértete, que sea como tu fiesta de despedida –le dijo
a su hermana y alcanzó a mortificarla. En cambio, a Marcelo
nada se le dio. A él las cosas parece que ni le van ni le vie-
nen. Las palabras fluyen como magia y casi siempre logran el
efecto que buscan. Por eso, ahora está saludando animadísi-
mo a todo el mundo, repartiendo besos, sonrisas y abrazos a
diestra y siniestra, encantando con su acento y sus ademanes,
alborotando más a los asistentes que ríen y aplauden cuando,
a manera de rito de llegada, Marcelo les regala un taconeo
sólido con un sensual contoneo.
—Más tarde os bailaré una sevillana de María del Monte
–dice.
Al observarlo, la conciencia remuerde a Violeta por los
malos pensamientos que tuvo en la mañana, cuando hacía
326
lo posible por concentrarse en su trabajo, encerrada en el
cuarto pero con el ruido vivo de José Luis funcionando en
el apartamento con la desempacada.
“Maldito marica metepatas”, se dijo entonces, “en qué
momento se me ocurrió confiar en él, debería contarle a Jóse
que faltó todas estas noches y que no me acompañó, como es
de estricto sería capaz de echarlo si se da cuenta”.
Mientras saborea el primer trago de vino tinto, Violeta se
reafirma en que Marcelo tendrá que ayudarle. Quisiera abor-
darlo ya mismo, pero ni modo, ahí viene José Luis con Robert,
se arrima con él, se lo presenta. Hoy el gringo trae puestos un
par de tenis rojos; al vérselos, Violeta se va al recuerdo de los
zuecos que tenía el día del concierto y, ¡claro!, tenía razón
Marcelo al decir que sus zapatos estaban a la moda, pues son
idénticos a los que tenía Robert aquel día. Robert le resulta
desalentador por la manera tan bárbara como atropella el es-
pañol y por la velocidad tan descarada que le aplica al inglés,
un inglés al que no le sigue el ritmo nadie y con el que da jaque
mate a Violeta en cuestión de segundos. La llegada de otros
que sí le siguen el ritmo a Robert, o que pueden ignorar su mal
hablado castellano, le da una oportunidad a ella.
—¿En serio es soltero y no tiene novia? –le pregunta entre
dientes a su hermano.
—Dije pareja, no novia.
—Por eso mismo.
—No es lo mismo.
Por la cara de Violeta, José Luis deduce que debe ser más
explícito.
—Es bisexual. Te lo había dicho –le dice él bajito.
—¿Sííí? No me acuerdo.
—Y cada vez se inclina menos por las mujeres.
—Ah carajo. Y por qué no me advertiste antes. Valiente
gracia. ¿Y entonces cuál es el que va a casarse conmigo a ver
si puedo quedarme?
327
Por la manera como la mira, José Luis parece decirle, “¿estás
loca?, acaso te lo creíste, ¿te mareaste con el primer vino?”
Después del baldado de agua fría que le cae encima con lo
dicho por su hermano Marcelo le cae a Violeta.
—Oye Violetica, a ver si te apuras con una decisión sobre
los papeles comprados o la solicitud de asilo porque los días
se te agotan –le dice él en un tono lambón.
—Claro, por tu culpa.
—Vamos, suelta ya la cosa, deja de apretar. Tienes que
afanarte. Piensa tan solo en eso. Nunca se sabe si...
—Sí, ya lo sé –lo interrumpe ella–. Nunca se sabe cuándo
las cosas en la vida pueden complicarse. De hecho a mí ya
empezaron a complicárseme.
—Pero yo te ayudaré a resolverlas. Será la manera para
que me perdones. En verdad siento mucho haber metido la
pata, créeme.
—¿Cómo cuánto será?
—Dos mil.
Violeta deja de mirar a Marcelo y toma un trago de vino.
—¿Y la otra alternativa? –pregunta luego.
—Ah, mira, allá está Sergio, ven te lo presento.
Ahora ella está hablando con el chileno sobre el tema
del asilo, le está diciendo que un compañero africano de la
escuela pública es refugiado y el otro día en clase contó cómo
el gobierno le había ayudado. Pero el chileno le dice que mejor
estime la posibilidad de irse para Canadá pues hace poco leyó
un artículo en el New York Times sobre una familia inmigrante
árabe que se fue a ese país, como muchas otras que han tenido
que huir por la persecución desatada con motivo del 9/11, y que
allí en este momento hay más beneficios para los refugiados.
—Sería mejor allá que aquí –sostiene el hombre que está
bien alto y atractivo. Él le insiste en que para un colombiano
el motivo no es problema, pues demostrado está que les dan
328
refugio hasta por los desastres naturales y muchos han obte-
nido la visa y el apoyo de Estados Unidos al pedir asilo. Los
argumentos del chileno no le resultan convincentes a Violeta,
la dejan con la sensación de que el asunto podría resultar más
enredado y demorado. ¿Otro país? ¿Y con ese frío de Canadá
tan pavoroso y el invierno tocándole los talones? Si ella lo
máximo en que ha pensado es en vivir en otro apartamento. En
síntesis, la conversada con el chileno la confunde más, aparte
de que le deja el oído exhausto pues el recargado acento se
resiste al olvido en la voz del hombre, no obstante los largos
silencios padecidos en veintitantos años de vida en Nueva
York. La conversada solo sirve para que ella vuelva a buscar a
Marcelo y lo saque del corrillo donde se encuentra.
—Está bien, mañana te doy el dinero –le dice. Así, queda
saldada la cuenta con el problema por ese día, pues ya nada
más puede hacerse por resolverlo. Entonces puede dedicarse a
lo que vino, a disfrutar de una fiesta ajena donde las palabras
y las frases rebotan como en un partido de ping pong, en ese
apartamento espacioso, antiguo y confortable de Brooklyn
donde las alcobas, la cocina, el comedor, el salón y los pasi-
llos han sido tomados por los invitados; ni el pasillo afuera se
escapa: cada cierto tiempo es ocupado por parejas o tríos de
fumadores que se ven obligados a salir y dejan el largo corredor
atrapado con el olor del cigarrillo, un olor que a lo mejor se va
por debajo de las puertas de los apartamentos, pero por el que
ningún vecino protesta, como si estos no existieran.
Al acercarse al grupo de la sala en su intento por relacio-
narse, Violeta oye cómo se habla de Nueva York.
—Cuál capital del mundo –escucha que dice uno de los
hombres que están allí–. El mundo no tiene capital, quién
dijo, eso es cosa de estos gringos que se creen dueños de todo.
Encuentra una oportunidad para intervenir y empezar a
integrarse.
329
—El nombre es en sentido figurado –explica– por ser la
sede de las Naciones Unidas que congrega a casi todos los
países de mundo.
—Ay mamita, usted acaba de llegar, ya verá cómo son los
neoyorkinos. Para ellos nosotros no somos, solamente estorba-
mos. Colombia ni siquiera existe en la prensa gringa –la refuta
un cincuentón barbado canoso de cabello largo amarrado en
una cola sobre quien José Luis tan solo informa que se trata
de un poeta. Pero ella no se le queda callada.
—Deben vivir muy aburridos con una ciudad tomada por
los turistas, una ciudad que es de ellos y es de todos y por eso
mismo es la capital del mundo.
—Usted como que quiere vivir aquí –le dice el barbado–.
No sabe lo que se le espera.
Violeta mira a José Luis como preguntándole ¿y yo qué
le contesto a este? El hombre no da tregua. Sigue hablando.
—Estados Unidos no quiere a los inmigrantes, los tolera
porque necesita de su esclavitud, aquí la vida es una vida en
teoría, todo el día trabajando y por la noche no se quiere saber
de nada, solamente llamar a la casa en Colombia. Esto es una
trampa, un infierno.
—En todas partes hay dificultades –dice Violeta en un
intento por responder alguna cosa, manteniendo la cautela.
—Pero es mejor pasarlas en el país de uno, con la gente de
uno y en el mismo idioma que con estos discriminadores –dice
el barbado.
—Colombia también tiene muchos defectos, quizá más. Es
superficial e insensible, por ejemplo –responde Violeta, ahora
sí, sin cautela, y no por responder cualquier cosa.
—Ha tenido que hacer de la insensibilidad su principal
medio de defensa –le contesta el poeta barbado.
—Yo diría que su peor debilidad –añade Violeta–. A la
que se suman la desobediencia, el irrespeto y la falta de ética.
330
—¿Por qué dices eso? –pregunta José Luis alarmado.
—Por muchas cosas. ¿Te doy un ejemplo? La forma como
mienten los papás en el colegio en nombre de sus hijos. Les
compran música pirata, les fotocopian libros y pagan millones
por la libreta militar para que no paguen el servicio obligatorio.
—Ja, ¿pero y quién manda a un hijo a esa guerra? ¡Ni el
putas! –dice el barbado.
—Y los terratenientes y los empresarios pagan por evadir
impuestos –sigue Violeta respondiéndole a su hermano.
—Por temor a que otros pícaros se roben la plata –dice el
barbado.
—Claro, porque las autoridades se dejan sobornar. Y encima
los policías no inspiran respeto –afirma Violeta, volviendo a
dirigirse al barbado.
—Como en el resto del mundo mamita, así es en todas
partes.
—Pero allá la gente no denuncia sino que prefiere pedirle
milagros a los santos.
—Lógico. Si da lo mismo denunciar o no denunciar. Es peor
matar venados, patos y gansos por hobby como hacen aquí.
—Pero aquí se respetan más las leyes, funciona mejor
la justicia y se da educación gratuita y obligatoria hasta los
dieciséis años.
—Sí, pero qué tipo de educación les dan en esas escuelas.
—No le haga caso ni le de cuerda. Lleva treinta años des-
potricando de este país, y del nuestro también –oye Violeta
que le dice el hombre que está a su lado, un flaquito cuya corta
estatura se adivina, así esté sentado, cuya apariencia grita
que es el más viejo de todos y cuya voz débil informa sobre sí
mismo que es poeta también, en su peculiar manera de pre-
sentarse quitándose las gafas en vez de dar la mano; después
de agregar que es monteriano y portero de un edifico, cuenta
que el otro a su lado es boyacense, fotógrafo y taxista, y que
331
el del frente es un pintor y caricaturista que vende sus monos
en un parque y que hace murales descomunales en sitios de
Nueva York y sus alrededores, verdaderas obras de arte que
en Colombia ignoran por completo. Concluye con el que está
enseguida del artista, un mecánico de Itagüí que asea edificios
y no va a Colombia desde hace dieciocho años, un hombre
corpulento que aprovecha su turno de ser presentado para
soltarle a Violeta la pregunta que lo tiene ansioso.
—¿Y cómo está ese pueblo? ¿Usted me sabría decir cómo
está Itagüí? –pregunta desesperadito.
—Ay no, ¿Itagüí? Yo nunca voy por allá. Escasamente lo
conozco. Pero todo ha progresado mucho, supongo –responde
ella al hombre, y se queda observándolo. Es en el que más
puede leerse el desarraigo que destilan todos allí, un desarraigo
que lleva, invariablemente, a las evocaciones de las historias
de infancia y adolescencia en el país de origen, que inspira la
habladuría sobre la tierra dejada, que trae consigo la ineludible
saudade en ese grupo con cara de buena gente, con oficios
sencillos pero una perspectiva más amplia del mundo, que
hablan con propiedad de literatura, arte, política y economía
y que hacen que en Violeta empiecen a derrumbarse los prejui-
cios traídos de Colombia donde es usual categorizar y ponerle
adjetivo a la gente por lo que hace para ganarse la vida. En
casi todos esos personajes tal vez subsiste la frustración de
no estar trabajando en lo que quisieran o viviendo donde les
corresponde, y eso confronta a Violeta, la obliga a verse a sí
misma del otro lado, sumando a su vida la tristeza honda que
trae la orfandad de país propio, palpitando en unos años por
los olores, sabores, sonidos y visiones de Colombia.
—Yo algunas veces me despierto en las noches y me digo
¡mierda, verdad que yo tengo hermanos! –dice la de la pierna
enyesada, la única que puede ubicarse dentro del rango de
treinta años, en esa fiesta de cuarentones y cincuentones don-
332
de el único joven es Marcelo–. Por días y semanas enteras se
me olvida que tengo familia, que no estoy del todo sola en el
mundo, me creo que es absoluta, definitiva, la soledad en que
vivo, el aislamiento, por eso cuando caigo en cuenta de que
tengo un país que sí es mío, me da mucha alegría, pero también
muchas ganas de llorar. Para qué tenerlos si no se tienen, me
pregunto, si la lejanía los hace irreales, pues de ver las cosas
tan distantes a veces parecen mentira. Cuando se lleva tantos
años solo uno empieza por dudar hasta de sí mismo.
Con una lima de uñas que mete por entre el yeso, la mujer se
rasca la piel. En esa pierna enyesada ya no le cabe un garabato
más y hay pintados varios penes.
—Me cansé de borrarlos. A todos estos hijueputas lo único
que se les ocurre es pintar pipís. Creen que porque vivo sola...
Malparidos... Pero qué hiciera yo sin ellos, me han llevado y
traído para todas partes con esta pata así. No son amigos, no,
son como mis hermanos. Aquí los amigos se vuelven la familia.
Es algo positivo en medio de todo.
Con sus palabras, la mujer suma un argumento más a las
dudas de Violeta, la obliga a preguntarse si podría sucumbir o
no lejos del país. Hasta ahora la nostalgia en ella es la de los
muertos, la que se experimenta al sentirse menos acompañado
en el mundo con cada ser querido ido para siempre; la nos-
talgia de su padre, de Iris y Luciano. También la de Andrés,
la peor de todas porque ha sido un muerto en vida, porque
es un vivo que no se sabe si se volverá a ver pero se tiene la
esperanza de mirar antes de morirse, y eso sí que es añoran-
za. Una añoranza similar a la de la mujer del yeso, añoranza
que la atormenta en las noches trayéndole la imagen de sus
muertos a la cabeza y haciéndole sentir un impotente deseo de
abrazarlos, de conversar con ellos y de escuchar su voz dulce
así sea por el teléfono.
Con semejantes pensamientos y uno sin un trago para
chorrear por la garganta... Violeta tiene que levantarse
333
para llenar de nuevo su copa. Se aparta del grupo del salón
y se arrima a la mesa del comedor. Por ahí derecho le echa
mano a unos cuantos trozos de queso y a unos nachitos con
salsa mexicana, ¡picantísima!, “por Dios bendito qué fue esto
que me tragué”, y escucha lo que está diciendo Marcelo a las
dos cuarentonas que hace rato se carcajean con él.
—... la estoy pasando bien, aunque la vida emparejada re-
sulta latosa. Me costó mucho trabajo convencerlo de ir a vivir
allá. Llegué a pensar que iba a tener que irme de USA, pero
finalmente lo conquisté y quedó atrapado y yo acomodado...
¿Estará hablando de José Luis? De quién más. Sin pensar-
lo, Violeta irrumpe en el cotorreo como si fuera una flecha
venenosa.
—Algo le heredaste a esos inmundos conquistadores que
nos acabaron a nosotros –dice. Bastan un par de vinos en su
cabeza para que ella dé rienda suelta a su franqueza. Aunque
en la circunstancia presente, escuchar lo dicho sobre su her-
mano le revive sobre todo la furia que ha tenido con Marcelo
por haberle contado lo de los dos meses. Pero con el alboroto
en que anda él, las palabras de Violeta lo animan a lanzar otras
para defenderse; por eso ahí está diciendo que Colombia es una
tierra de peleadores, como en general lo es América Latina,
y que para la prueba está la historia con España que estuvo
ocho siglos dominada por los árabes.
—Y en cambio los indígenas americanos apenas se aguan-
taron el dominio español como trescientos cincuenta años, o
sea, eran más belicosos.
—Mejores guerreros, querrás decir, Marcelito –le revira
el gordito rubio, marido de una de las cuarentonas; tiene
crespos hasta en la barba y una pinta de alemán que le hace
poco creíble el orgullo que manifiesta por ser barranquillero
como Manolo–. Mejores guerreros y más valientes –insiste–
pues algunas tribus prefirieron el suicidio en masa antes que
334
rendirse. Eran unos héroes. Además, los árabes no fueron tan
malos como los españoles que apresaban a los indios y los
torturaban hasta matarlos para que dijeran dónde estaban
escondidos los tesoros. A los que no mataban los volvían es-
clavos. Y a los defensores de los indios también los perseguían.
—Claro que los indios también tenían sus esclavos –dice la
otra cuarentona, la que no es esposa del gordito rubio.
—La esclavitud nació con el hombre. Y las mujeres nos
acabaron de joder –dice el gordito pelicrespo pegándose más
a su mujer y empatando su intervención con un verso que le
recita a todo volumen–. Pienso en ti cuando miro las estrellas.
Mi amor por ti es infinito como las arenas del desierto... y las
cuentas de servicio –dice con entonado acento y suelta una
carcajada, detrás de la cual se van otras más de los que están
alrededor de la mesa. Sin embargo, al ver la cara de su mujer,
tiene que soltar el plato que había saturado de pasabocas;
por unos instantes lucha con el rechazo de ella, hasta que
logra dominarlo, puede abrazarla y darle un par de picos en
compensación por el mal chiste. Cuando se marcha, Violeta
retoma la conversación sobre los indígenas con el chileno que
segundos atrás se acercó para decirle a Marcelo que lo del asilo
de Violeta es mejor hacerlo por Canadá.
—Me dejó pensando lo que dijo él. ¿Cómo es que se llama?
–pregunta ella al chileno.
—¿Le dicen Cortés?... ¿Y qué pensaste?
—Que con razón no terminan los genocidios si nacimos en
medio de ellos. Imagínese que en Colombia hasta los nukak-
makú han sido desplazados.
—¿Que son ellos?
—Unos nómadas del Amazonas.
—¿Nómadas de las selvas? ¡¿Y desplazados?!
—Ahí ve usted como está la cosa por allá. ¿Entiende por
qué me pone a pensar devolverme?
335
—Pero también hay buenos ejemplos –dice José Luis, que
alcanza a escuchar parte de la conversación entre su hermana y
el chileno. También él aterriza en esa mesa donde las bandejas
con comida, las botellas con licor o gaseosa, los vasos, las co-
pas, las servilletas, los platicos y los tenedorcitos se disputan el
espacio, más de lo que lo hacen los comensales que se arriman
a ella para surtirse. La mesa donde Marcelo y las cuarentonas
ya dejaron de estorbar, pues ellas le han pedido consejo sobre
los trajes que usarán en una fiesta de disfraces el próximo fin
de semana y acaban de encerrarse con él en una alcoba para
medirse trapos.
—¿Buenos ejemplos? A ver, cuáles –reacciona Violeta a la
presencia de José Luis.
—¿Te parece poco la marcha de los indígenas esta semana?
Imagínate Sergio que eran como sesenta mil y caminaron co
mo setenta kilómetros, tres días por una carretera y en paz,
no necesitaron ejército ni policía, solo la guardia indígena
con bastones. Así lo escribió Alberto Aguirre en su columna.
—Ah sí. Yo leí algo de eso, pero en otro lado –dice el chi-
leno–. Que iban por un solo carril para no dañar el tráfico.
Ni siquiera pisaban la raya amarilla y no hubo incidentes ni...
—Vieron, es lo que yo digo –interrumpe Violeta sin darse
por vencida–. Y algunos siguen pensando como los conquis-
tadores españoles que son indiecitos que carecen de alma y
discernimiento.
Violeta siente encima los ojos de José Luis que con su
mirada le reclama por lo que está diciendo de Colombia. La
esquiva. Después de echarse un trago de vino, continúa.
—Puede que con su pacifismo los indígenas den ejemplo
de disciplina y coraje, pero lo que esa marcha muestra es
que todavía hoy los siguen persiguiendo y despojando de sus
tierras, porque es un hecho que los terratenientes los matan,
les queman las cosechas, los tienen peleando por la tierra to-
336
davía, y en seguida el ejército y la guerrilla los acorralan con
sus combates. Para resumir, los siguen considerando inferiores
como a los negros.
—Pero como se decía en la columna –refuta José Luis– ellos
tienen una fuerza muy profunda para no dejarse doblegar, una
fuerza sin gritos, con orden y control. Deberíamos aprenderles
y dejar de criticar. Colombia tiene paraísos. ¿Por qué no hablas
de ellos? Mira la Sierra Nevada de Santa Marta, diecisiete
mil kilómetros cuadrados con treinta ríos de aguas cristalinas
como el Don Diego y más de cincuenta afluentes que le dan
agua a los pueblos y que...
—Y que son utilizados por guerrilleros y paramilitares para ir
de un lugar a otro –interrumpe Violeta con energía–. Una zona
estratégica para la guerra. Y así hay muchas. Sí Jóse, paraísos
enteros, tienes razón, pero convertidos en sitios de tráfico de
armas y narcóticos, en guaridas para esconder secuestrados,
para chantajear y matar, para disputarse el control de todo de
esa manera tan feroz que estamos viendo desde hace tantos
años. ¿Cuántos sitios en el Pacífico, como Bahía Cuevita, han
sido tragados por la selva por culpa de la guerra?
—El gobierno está tratando de mejorar todo eso, y las cosas
van a cambiar, ya lo verás.
—¿El gobierno? Cuál gobierno. Un gobierno que ni siquiera
le hace caso a las organizaciones internacionales de derechos
humanos, incapaz de parar los ataques contra la población,
que no castiga a los responsables ni le da pena decir que están
impunes los asesinatos de pueblos enteros y que encima alega
que la situación de seguridad ha mejorado...
—¡Mierda, no jodan! –se oye de pronto un vozarrón que
se impone por encima de la música a todo timbal. Es el poeta
barbado y canoso que salta sobre la conversación tratando de
desenredar las palabras que el vino ya empieza a enmarañar
le en la lengua. Aún así puede terminar lo que quiere decir–.
337
Con ese país tan cagao que nos tocó y en este otro de mierda
en el que estamos, mejor dénse un pitacito –y le entrega el
varillo de marihuana a Violeta, quien sin aspirarlo se lo pasa
a José Luis.
—Hablemos mejor de fútbol –dice él antes de aspirarlo–.
Más que la guerra es el fútbol lo que nos mantiene pendien-
tes de Colombia, y más si se trata de mi glorioso Deportivo
Independiente Medellín.
Ante la propuesta de tema, Violeta opta por irse a hablar
con el fotógrafo que está sentadito por allá solo leyendo las
solapas de la última obra de Fernando Vallejo que le ha llegado
fresquita a Manolo desde Colombia.
—El señor de gafitas dijo que... Arenas es como le dicen ¿no?
—Chepe Arenas se llama, sí.
—Él dijo que usted es fotógrafo.
El hombre se entusiasma. Lleva suelto su bonito pelo negro
lacio brillante que le toca los hombros.
—Sí, como no. Ahora hago una exposición en Miami. Vea,
esa foto es mía, se la regalé a Manolo –y el hombre, echándose
un mechón de pelo para atrás con un movimiento de la cabeza,
sin soltar el libro de sus manos, señala con su cara la bailarina
que está colgada en la pared, la que Violeta había estado mi-
rando al llegar al apartamento, tratando de descifrar si era una
pintura o una foto, opinando que quien la hizo era un artista
del carajo.
—Pero los fines de semana soy pintor de pelo.
—¿Pintor de pelo?
—Mi hermano es cortador y yo trabajo en la peluquería
con él. A propósito. ¿No era usted pelirroja? Siempre nos
hablaron de la hermana pelirroja de José Luis. ¿O no es usted
la pelirroja? Aunque le veo unas raíces…
—Ay sí, compré la tintura pero no me la he echado. Ya ni
sé qué hacer.
338
—Es un tono muy escaso. Valdría la pena reconsiderarlo.
Lo buscan mucho las mujeres. Ya que usted lo tiene, dese el
privilegio. Aunque lo usual es que ustedes quieran el color
contrario al que la naturaleza les ha dado.
—Verdad –dice Violeta. Aparta la mirada del tipo y parece
hablarse a sí misma.
—Es como ir en contra de la naturaleza y uno siendo parte
de ella.
Luego vuelve a su interlocutor.
—¿Y sí puede alguien aquí vivir como pintor de pelo? –pre-
gunta enfatizando la frase pintor de pelo–. Qué denominación
tan curiosa, en mi vida la había escuchado.
—No en realidad. Aquí no se vive con un solo trabajo. Se
necesitan varios. Por las noches manejo taxi, cuatro veces a
la semana.
Por un buen rato, Violeta se entretiene conversando con
el fotógrafo, hasta que otra vez irrumpe el vozarrón del poeta
barbado y canoso. El hombre llega y se sienta en el sofá que
está en frente de los dos. Ambos lo escuchan.
—Nueva York es una ciudad que no lo abraza a uno.
Así uno lleve treinta años aquí y viva en Manhattan, no en
Queens, en Jackson Heights, uno siente que la ciudad no
termina aceptándolo, y uno a ella tampoco. Yo nunca me he
sentido aceptado por esta ciudad ni la cambio por Cali.
—Ah, ¿es usted de Cali? –le pregunta Violeta, por decir
algo.
—De Cali y con ambivalencia, entre el dolor y el orgullo
–responde el barbado.
—¿Dolor y orgullo?
—Claro, da pesar no poder ir a celebrar con la familia las
cosas importantes y tenerse que quedar en Navidad en esta
ciudad tan fría, grande e indiferente. Ni matrimonios, ni pri-
meras comuniones, ni cumpleaños, ni velorios le tocan a uno.
339
Por momentos parece que al hombre van a cerrársele los
ojos, que se quedará dormido. Pero vuelve a despertarse y a
recuperar la valentía de su voz.
—Eso sí, lejos de casa pero con el orgullo de poder hacer
dinero y enviar para que allá hagan esas fiestas.
—Es que acosa mucho los tragos –explica el fotógrafo–,
pero se queda dormido un ratico y luego vuelve y se anima.
Siempre es así. Ya lo verá ahora como si nada.
La llegada de Manolo, quien va por todas partes con una
botella en cada mano llenando las copas de sus invitados
“porque en mi casa todo el mundo tiene que sentirse bien”,
como dice, da pie para una pausa voluntaria en la conversación
entre Violeta y el fotógrafo. Este vuelve a hojear las páginas
del libro de Vallejo; aquella, a observar la fiesta, a esa mayoría
de cuarentones, como lo será ella pronto, que llevan a cuestas
la edad del balance y el encuentro de lo logrado, de la com-
paración entre lo que se es y lo que se quiso ser, lo hecho y lo
dejado de hacer; el momento para jugársela toda por la que
se cree la última posibilidad real de ser feliz, o al menos de no
volverse un frustrado o resentido. Todos empezando a bajar la
cima de la montaña, sin intuir aún la implacable, concluyente,
aplastante, rotunda, irrebatible, terminante, decisiva, categó-
rica y tajante vejez que tarde o temprano, si logran sobrevivir,
llegará para decirles que eran absurdas muchas cosas, entre
ellas dejarse atrapar por la tiranía del éxito y su eterna riña
con el fracaso, más humano que malo; para decirles que lo
importante del resultado es cómo se hacen las cuentas y no
lo que totalicen. Y en las reflexiones de ella surge la imagen
de Eva hablando de la serenidad, el coraje y la perseverancia
para seguir siendo uno mismo, diciendo que nadie triunfa en
todo en la vida, de la misma manera que en nadie el fracaso
es la totalidad. Ahí está la profe diciendo que algunos viajan,
otros trabajan, otros simplemente viven o tienen gente que
340
les quiera, unos más solo aspiran a perdonarse a sí mismos;
que para perseverar en el propio camino puede bastar con
apasionarse por un hobby, quedarse al margen de la presión
del mundo afuera y sobrevivir en el de adentro. Ahí está Eva
en esa fiesta, metida en la mente de Violeta, asegurándole que
para ella el balance de la madurez también fue tan duro como
puede ser para cualquier ser humano al que le haya faltado, o
aún le falten, cosas como salud, hijos, un padre o una madre
en la niñez o la adolescencia, dinero, un empleo, un amor, un
libro propio. Le parece escucharla diciendo “claro que los sen-
sibles la pasan peor, el tormento mayor es para los artistas pues
si no logran reconocimiento, el mismo espíritu creativo que
les alimenta la necesidad enfermiza de ser tenidos en cuenta
puede meterlos en un mundo oscuro que puede conducirlos
al suicidio”.
—Vea, yo llevo tantos años aquí que me da lástima. Y no
me da pena reconocerlo –le dice de pronto el barbado a Violeta
irguiéndose en el sofá. Se ha despertado de un fugaz sueño que
lo redujo al mutismo por unos minutos.
—¿Cómo así? ¿Por qué?
—Pues que no soy de aquí pero ya no soy de allá. Y allá no
tienen idea de lo que uno debe pasar aquí. Todos creen que
tenemos dinero. Solo les interesan los dólares que mandamos
y los regalos que se llevan cuando se va en diciembre.
—Me parece que usted se contradice.
—No es mi culpa. Al fin y al cabo vengo del país de las
contradicciones. ¿O acaso usted escogió el lugar donde nació?
—No, pero tampoco es culpa. Ni mérito.
—A ver, cómo es eso. Cuál es el planteamiento que no
entiendo.
—Lo que quiero decir es que el sitio donde se nace es puro
accidente, carece de importancia, al menos no debería tenerla
pues no es el que imprime el carácter.
341
—¡¿Que no?! –dice el hombre soltando el carrizo y sepa-
rándose del espaldar del sofá–. ¿Y el suyo de dónde lo sacó
entonces mamita?
El hombre toma la copa de vino que Manolo le ha dejado
servida en la mesa. Después de beber un trago vuelve a recos-
tarse en el sofá y recupera el carrizo.
—Qué tal la hermanita pelirroja de José Luis –agrega para
sí mismo pero en un tono que todos los que están cerca lo
oyen–, nos salió chiviada, pero muy arrojada.
Violeta insiste.
—La nacionalidad tiene sello de clase, puede significar
abolengo, pero también ser indicio de maldad. Si no vea, a
nosotros los colombianos nos creen delincuentes.
—Por eso mismo. ¿Sí ve que coincidimos? Es lo que he
estado tratando de que entienda. En nombre de la nacionali-
dad se violan los derechos humanos aquí. Y todo empieza con
el pasaporte. ¿Y así quiere quedarse? ¿Va a dejar un país de
derecha por otro más derechudo? Claro que no se sabe que es
peor porque eso de que el setenta por ciento de los jóvenes en
Colombia estén pidiendo dictadura. Yo no sé si...
—¡¿Qué?! –interrumpe Violeta–. ¡¿Dictadura?!
—Lo dijeron en una encuesta esta semana. Lo único que
nos faltaba. Que nuestro país resultara siendo fascista, como
si no tuviera con ser tan clasista.
—Seguramente son efectos del retén psicológico del ejér-
cito –dice el fotógrafo.
—¿Qué es eso? –pregunta Alfredo, el barbado.
—Pues que en las carreteras los soldados paran buses y en
vez de requisas entregan regalos dizque para acercar a la po
blación civil a las autoridades.
—¡Parranda de güevones! Y mientras tanto esas dos
muchachitas de Cartagena tienen que poner tutela para
que las dejen entrar a la discoteca porque son más oscuritas
342
que los demás. Qué cosa tan hijueputa. No hemos podido con
los negros, los más llevados de todos. Racistas los colombianos,
racistas los argentinos, también los españoles, estos gringos.
Y rezanderos como un diablo. ¿Si supieron pues la de esta
semana? Oiga mamita, esto tiene que ver con usted, que en
una plaza pública allá en su tierra hicieron una jornada de
adoración y alabanza a Dios, ¿sí lo leyó?, que veinticuatro
horas cantando y rezando porque de esa manera el poder de
Dios liberará a la capital antioqueña de la maldad. ¡No seamos
tan pendejos! Al menos en Cali no hacemos esas bobadas. Así
estemos llevaos nos ponemos a bailar salsa, y hasta cumbia
como Manolo.
—Ay no, qué es eso, ¿y en qué parque fue? Es que allá hacen
unas cosas tan charras –dice Violeta sorprendida. El barbado la
ha cogido fuera de base con la información en la partida verbal
que se toma una pausa para que los interlocutores se miren
por un instante sin cruzar palabra, un break que el barbado
cancela cuando propone prender otro varillo.
—Yo mejor voy a comer algo –dice Violeta levantándose
de su asiento. Los dos hombres la observan mientras va hasta
la mesa del comedor.
—¡Qué belleza esta hermana de José Luis. Ya me la qui-
siera para mí –dice el barbado–. Que no me oiga Sara. Entre
otras cosas, ¿dónde anda? Por qué no viene a sentarse aquí a
mi lado para que me controle esta bebedera, para que me joda
bastante que es para eso para lo que sirven las mujeres, ¡qué
tal si no! ¿Ya saldría del embeleco que traía con el disfraz?
Yo no la voy acompañar a esa fiesta. A mí nadie me pone a
hacer esas pendejadas, hermano. Que vaya con Marcelo, que
para eso está muy bueno.
El hombre termina de encender el pucho de marihuana;
sus manos grandes parecen más fuertes que el tono de su voz.
El olor atrae a varios, entre ellos a Cortés; el gordito de los
343
crespos sigue recitando versos chistosos a su mujer; esta ya
ha salido del cuarto con la otra cuarentona, Sara, la esposa
del barbado que se ha ido a fumar al pasillo antes de venir a
sentarse al lado del marido que la reclama. A Marcelo se le ve
pasar hacia la cocina, seguramente para preparar los tomates
con el queso y la albahaca.
De regreso al salón Violeta se topa con su hermano que
viene también para la sala. Le ofrece más vino.
—Ni riesgos. Recuerda que tengo que manejar. Voy a echar-
me un sueñito para estar bien cuando nos vayamos –le contesta
él, que aprovecha el breve encuentro para halarle las orejas.
—Le prometiste a mi mamá que no hablarías mal de Co-
lombia. Eso dijiste.
—Es entre colombianos. Queda en familia. También te
dije que el país que tú guardas en la cabeza es dictado por la
nostalgia. Y esta reunión me lo ratifica. Ya empiezo a entender
lo que es ser un inmigrante.
—La tristeza de ser y no ser solo puede comprenderse
viviéndola.
—¿Qué quieres decir?
—A veces quisiera estar en Colombia, pero cuando voy me
doy cuenta de que ya no puedo vivir allá. Es como una condena.
No quiero que te pase. Ya has tenido demasiadas cosas malas.
—Puedo jugármela de nuevo. Si ya perdí un día, qué más
da si pierdo otra vez.
—Con mayor razón. No deberías darle chance al destino
de volverte una perdedora.
—A lo mejor soy una perdedora y de mi vida podría decir
de todos modos la llevo perdida, como en el poema de León
de Greiff.
—No puedes estar andando por la vida tan a la loca, la vida
es una sola y es corta. Por eso tienes que volver.
—Estás cansado conmigo, por eso me echas. No entiendes
que a mí Nueva York me embruja. Quiero estar aquí. Así sea
344
otra cultura, así las cosas estén determinadas por la riqueza y
el poder, aquí no se está en guerra.
—Estados Unidos se mantiene en guerra, está llena de
veteranos traumatizados, amputados, huérfanos y viudas. Y
también hay pandillas y muchachos que a los dieciocho años
dicen que no son nadie sin su banda, sin su pandilla. Pero bue-
no, ya dejemos el tema y vamos a sentarnos. Me dijo Marcelo
que andas con los dólares para arriba y para abajo. Si quieres
te los consigno en el banco y te doy cheques en blanco que
puedas ir gastando.
—Si pronto me iré ¿qué sentido tiene?
—No sé, es por tu comodidad. Y es más seguro.
El varillo desaparece veloz en los labios de quienes lo
aspiran, mas no su olor que se queda agonizando por unos
minutos en el salón donde algunos de los que se arriman optan
por permanecer, así sea en cojines en el suelo pues el último
asiento logra agarrarlo José Luis, al lado del poeta barbado y
en frente de su hermana; ella recupera su asiento al lado del
fotógrafo taxista peluquero.
—A ver Genaro, vos qué pensás de todo lo que estaba
conversando con ella –le pregunta el barbado al fotógrafo, se-
ñalando con la cara a Violeta. Todo indica que Alfredo seguirá
orquestando la charla, pero ninguno se muestra fastidiado con
ello, a pesar de que por momentos el vozarrón se le sube más
de la cuenta y sus frases en vez de dichas parecen gritadas.
—Hombre Alfredo, si las circunstancias son más dignas, si
a uno le va bien o se siente mejor en otro país, es absurda la
fidelidad a un país que es un mero recuerdo y además una farsa.
—¡Hijueputa! Decís eso porque tenés a toda la familia aquí,
pero mis viejos y mis hermanitas están allá.
—Bueno, y si usted añora tanto su tierra ¿por qué no regresa
pues? –pregunta Violeta.
El barbado se queda en blanco por un instante. Pero luego
dice con firmeza que quisiera ser capaz de hacerlo, pero le
345
da miedo sentirse asfixiado por la falta de oportunidades y la
violencia.
“Prefiere asfixiarse en la soledad y la trabajadera”, piensa
Violeta.
—Como quien dice, todo se resume a un asunto de dinero
–dice dirigiéndose a todos.
—Nada de eso, es algo más profundo, es un asunto de su
pervivencia –aclara el barbado. ¿Sabe qué? Haga de cuenta
que los inmigrantes somos como los nómadas de la civilización.
—Excepto por el romanticismo –dice el caricaturista–.
Unos nómadas idealistas, eso somos. Sí, de vez en cuando
debe soportarse el peso de la nostalgia.
—Pero se apacigua con esta música tan bacana y estas
viandas tan sabrosas que trajeron –remata Alfredo.
—Qué más da pertenecer a un lugar o a otro si finalmente
todos somos seres humanos atemorizados con este planeta tan
amenazador –dice de pronto Violeta–. La noción de patria es
pura retórica. ¿Y saben por qué? Porque la patria es una idea
y la identidad mero discurso. Y eso no es nada. Borges decía
que el patriotismo es el último refugio de los canallas.
—¿Borges dijo eso? –pregunta Alfredo–. Entonces en esta
fiesta hay mucho canalla.
Con lo dicho por su hermana, José Luis se endereza en el
sofá en el que empezaba a cerrar los ojos después de estirar las
piernas y echar la cabeza en el respaldo.
—No vuelvan chiste una cosa tan seria como esa –dice–.
La patria es como parte del cuerpo de uno. Desde que me vine
de Colombia yo he sentido como si me hubieran amputado
una pierna.
—En cambio yo he sentido como si hubiera recuperado la
que me faltaba. Creo que ahora puedo andar más tranquila y
segura –dice Violeta.
—¿Y nuestra cultura qué? No escuchan la música pues,
oigan ese porro, y la cumbia que ahora Manolo bailó con su
346
hermana qué. No, no, dejen de rajar, tampoco denigremos de
nuestra identidad cultural.
—¿Identidad cultural? Eso es una abstracción, una ilusión
–dice Cortés.
—Pero da certeza. Por eso resulta más práctico hablar de
ella –agrega su mujer que como una adolescente se anida en
los brazos de él.
—Nuestra identidad es la de la muerte, el desencanto y la
barbarie. ¡En guerra a toda hora! –dice Violeta, y con eso le
da más cuerda a Alfredo.
—El caos es lo que rige el universo, el orden, tan solo una
ilusión, leí por ahí que dijo un ilustrado. Creer que otro mundo
es posible es una locura. Por eso, dejen la güevonada con la
guerra nuestra. ¡Es eterna! ¿No se han dado cuenta? Todas
las guerras terminan, incluso las de África. Así se demoren.
Vea Angola, después de veinte años los refugiados regresando
a sus tierras. Menos en Colombia.
—Para qué pelean por la identidad –dice el caricaturista
pintor–. Sea la que sea ya no nos salvamos. Irremediablemente
está ligada a la del país donde se nace y crece y nosotros, así
llevemos más años viviendo acá, somos de allá, entonces para
qué renegamos.
—Hay sitios peores. En África la esperanza de vida es de
menos de cuarenta años –dice Robert, en inglés. No se ha
sentado y aprovecha su intervención para retirarse dando más
explicaciones de la cuenta aunque nadie se las haya pedido.
Que todavía no se marcha, dice, solo irá por agua porque tiene
mucha sed. Sin embargo, el puesto de Robert lo acapara uno
que ha estado de pie, un bogotano que no se ha quitado la
chaqueta en toda la noche, otro cuarentón peludo, con cara
de cansancio y desaliento, que luce como desconectado del
mundo exterior y parece naufragar en sí mismo.
—Desde siempre escribe cuentos y nos los hace leer a todos
los amigos –informa el barbado a Violeta. En un instante, le
347
resume la historia del escritor; delante de él y sin importarle
que lo oiga, dice que lleva años mandando cuentos a concur-
sos y editoriales españolas y mexicanas, pero nada que logra
publicar ni ganar siquiera uno que lo saque del anonimato,
al menos por unos días, para retribuirles la paciencia que le
han tenido leyéndole y comentándole cuanto párrafo escribe.
Luego, el escritor toma la palabra para contar la historia de
un californiano que se editó un libro, mandó comprar toda la
edición, el título se fue al primer puesto en las listas y así pudo
vender la segunda edición.
—Haga usted lo mismo güevón, al menos apréndale algo a
estos mercaderes gringos si es que tanto lo atormenta no ver
su nombre en letras de molde –le dice el barbado–. Pero no se
quede quieto, deje de quejarse y cambie esa cara que dentro
de poco nadie le va a creer ni le va a leer más pendejadas.
A pesar de la dureza de sus palabras, en la mayoría se nota
admiración y respeto por el barbado gritón que si no naufraga
en él mismo, como el escritor de cuentos, sí parece hacerlo en
las dosis de vinos y marihuana que lleva encima.
—¿Naciste en Medellín como José Luis? –le pregunta a
Violeta el escritorzuelo.
—Sí.
—Esa es una sociedad muy pacata y moralista. No lo digo
yo, lo decían los nadaístas. A Medellín la conozco por ellos.
—Y yo justamente nací en la época de los nadaístas, aunque
cuando ellos nacieron realmente yo no había nacido.
—Dicen que eran como angelitos rebelados que espantaban
viejas rezanderas y sacerdotes –cuenta ceremoniosamente a
todos el escritor de cuentos–. Fue la propuesta literaria más
irreverente que se dio en Medellín contra la cultura estable-
cida. Iban contra todo, la academia, la iglesia y la tradición
colombiana, y estaban en la línea de los movimientos van-
guardistas que entonces nacían en Latinoamérica y el mundo.
348
—Pero se volvieron unos bufones –dice Violeta.
—Es una manera de verlo. Dejémoslo en que el fundador
se murió y la iconoclasia desapareció de muerte prematura,
como dicen algunos historiadores.
—La muerte, siempre la muerte –dice el barbado, sin el
vozarrón.
—José Luis fue de esas barras de esquina de los sesenta y
setenta, y de las bandas de música. Me ha contado.
José Luis ni se inmuta cuando el fotógrafo lo menciona.
Ahora sí está dormido de verdad. O a lo mejor ni oye la voz
suave, baja, de Genaro que está del otro lado.
—Pero se aburrió –le responde Violeta al fotógrafo.
—Lástima.
—Lástima lo que pasó después.
—Qué
—En los ochenta esas bandas desaparecieron y llegaron
otras peores, las armadas.
—La de los sicarios de la famosa época del narcotráfi-
co –dice Alfredo recuperando la fuerza de su voz, aunque
otra vez las sílabas, ya no las palabras, se le han empezado
a enmarañar por culpa del vino. No obstante se le entiende
claramente lo que sigue diciendo–. Esa época fue muy nefasta.
Todos se contaminaron. Se instauró la barbarie. Trajo lo que
los estúpidos teóricos sociales denominaron la cultura de la
violencia. Hijueputas desocupados, en qué estarían pensando,
dizque cultura de la violencia, me da risa.
—Deje la renegadera hermano. La vida no debe tomarse
tan en serio–le dice Genaro.
—Al fin y al cabo nunca vamos a salir vivos de ella –agrega
el caricaturista–. La frase no es mía, acabo de leerla aquí –ex-
plica enseñando la carátula de un libro.
—¿L. Ron Hubbard? ¿Y ése libro estaba aquí? Ah, esto sí
está cabrón –dice el poeta barbado–. ¿Manolo leyendo escri-
torzuelos de bestseller, de autoayuda? Lo único que nos faltaba.
349
—A Hubbard se le debe la única religión de importancia
fundada en el siglo veinte. Es lo que dice aquí en esta contra-
portada –aclara el caricaturista.
—No seamos tan pendejos, se les está pegando la igno-
rancia de estos gringos de mierda. Que no me oiga Robert,
con perdón de él, pero es que se están embobando con tanta
ideología barata. ¿Qué se hizo el gringo? ¿Se fue?... ¿No?... ¿Y
qué está haciendo en la cocina? Qué Marcelo no nos mande
más tomates. ¡Con todo lo que hemos jartado!
—¡Mejor bailen y dejen de hablar tanta paja. Esto es una
fiesta y no un velorio! –dice a todo taco Manolo. A él no
se le ha visto sentado en toda la noche ni concentrado en
ninguna conversación, aunque parece estar al tanto de todas
las que se llevan a cabo en los grupitos. Es su destino. Como
buen anfitrión revolotea de un lado para el otro verificando
que todo ande bien, sirviendo hielos con la pinza como un
bartender y poniendo discos como un disc jockey, guardando
unos, sacando otros; bandejas en la mesa del comedor, discos
en las bandejas del equipo de sonido. Todo lleno, al día, para
no dejarse sorprender por una mesa vacía y mugrosa que anun-
cie el fin de la fiesta, para que el equipo de sonido no pare de
sonar y siga gritando todas esas canciones que alebrestan la
nostalgia y al mismo tiempo el falso optimismo alimentado por
el licor que, al apoderarse de sangre y cerebro, deliciosamente
hace pensar que al otro día todo será mejor, que mañana sí,
Dios mío, lo que quiero, sueño y deseo comenzará a ser posi-
ble, aunque al otro día ineluctablemente todo siga igual y la
cabeza, el estómago y la conciencia se sientan peor debido a
la resaca que castiga el exceso. Tal vez al único al que no le
pasará semejante cosa mañana será a Manolo, a él que cuando
no está sirviendo trago o haciéndole mantenimiento a la mesa
del comedor para que no se acumule el desorden, está dándole
al bailoteo y sacándole pasos nuevos a esas músicas colombia-
350
nas, tremendos ritmos que ya quisiera dominar Robert y que
Manolo, tan querido y aun reconociendo la superioridad de la
música cubana, no deja cambiar por nada del mundo, a riesgo
de que lo crean un dictador, de que digan “lo maluco de las
fiestas de Manolo es el monopolio de la música”. Pero es que
en asunto de música, señores, un anfitrión no puede ceder a
los caprichos de los invitados, diría Manolo; ya suficiente es
con dejarlos ir por todo el apartamento como Pedro por su
casa, ya suficiente es contar con escasos momentos en medio
de las obligaciones de anfitrión para uno que otro bailecito,
como el que pretende tener justo ahora con la de la pierna
enyesada a quien le insiste para que intente bailar, cosa a la
que Arenas se opone con contundencia, más que por la pierna
de ella por el poema de él que en ese justo momento en que
llega Manolo está dejando escrito en un pedazo del yeso que
meticulosamente ha limpiado con agua y jabón, un poema de
amor para esa hermosa pata de palo, flaquita y pálida como
él, a la que le lucen hasta las incipientes patas de gallina y a la
que Arenas persiste en arrastrarle el ala, aunque Alfredo hace
rato lo dejó en evidencia cuando le dio por gritar “vean el par
de tortolitas allá en ese rincón tan apartaditos los dos, oiga
mija, sígale la corriente y manténgasela hasta que le quiten el
yeso, para que tenga quien la mime y la cuide hasta que pase
la calamidad, pero eso sí, luego bótelo que es un aberrado y
está muy viejo para usted, así escriba buenos poemas”.
—Hay canciones que no se corroen y resultan más podero-
sas que cualquier pistola fulminadora que se haya inventado
jamás –dice el mecánico de Itagüí porque es lo que dice el tal
Gubert en ese libro que se están pasando de mano en mano.
A estas alturas de la noche luce tan fresco como cuando llegó,
como si no se hubiera tomado un trago. Luego pide inútilmente
a Manolo un tema de Santana.
351
—No le insista hermano –le dice alguien–. Al único que
le da gusto es a Marcelo, y eso porque baila. Aunque creo que
hoy no vamos a tener show de sevillanas.
—¿Qué le pasa a Marcelo hoy? Escasamente se le ha visto
por esta sala. Que deje ya esa cocina que no está trabajando.
Verdad, ¿qué se hizo Marcelo?, se dice Violeta. Aprovecha
la pregunta para levantarse y dejar la sala y al grupo de per-
sonas que en la confusión del licor olvida por una noche la
vertiginosa y contradictoria confusión de sus vidas, confusión
que a veces se vuelve caos y duele, como caos se volvió la
casa de ella en segundos y como le dolieron a ella las heridas
de la explosión, la explosión cuyo recuerdo salta a su mente
por culpa del comentario que hacen los tres que están en el
rincón a la entrada del baño cuando al verla se dicen “esa es la
hermanita de José Luis que se quemó con el carro bomba”, con
un descuido tal en la altura de la voz que la frase pronunciada
roza los oídos de Violeta cuando pasa a enjuagarse la boca
para quitarse parte de la negrura que el vino ha puesto en los
dientes, la lengua y el interior de los labios pues ha decidido
parar como José Luis, que sigue dormido en el sofá al lado
de Alfredo, quien también cabecea y ronca pero sin dañar el
carrizo; ese José Luis que quién sabe cuándo se despertará,
con las ganas tan enormes que Violeta tiene de irse para la
casa, y dónde se habrá metido Marcelo a ver si lo acosa, mejor
será buscarlo. ¿Y dónde? ¿En las habitaciones? Nada. ¿En el
estudio? Tampoco. ¿En la cocina? Menos. ¿En el otro baño?
Está abierto. ¿En el comedor? A la legua se ve que no está, al
igual que en el salón. ¿Estará afuera en el corredor? Qué va, si
no fuma, y con lo escrupuloso que es con el olor del cigarrillo.
Pero ¿quién quita? “Busquémoslo allá por si acaso”, se dice
Violeta, y se va a asomar al corredor del edificio que ya no
está siendo tan apetecido por los fumadores y luce solitario, el
corredor donde no se respira un buen aire con todo el humero
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que ha recibido en la noche, el corredor al que más le vale no
salir, pero al que sale.
Al principio le parece que no son. Se asusta con la primera
visión. Se devuelve despacito sin dar la espalda porque ella
tiene que ver bien la escena, tiene que convencerse de que sí
son ellos. Con un vistazo más, las dudas de Violeta se quedan
sin amparo y ella tiene que convencerse, así no lo quiera, de
que los que se están besando en ese corredor maloliente son
Marcelo y Robert, el primero inconfundible con sus zuecos
mostaza y el brillo de su camisa, el segundo con sus tenis rojos.
¿Acaso eran los mismos zuecos? Si recordara el color exacto
podría jurar que son de los mismos. En el marco de la puerta
se queda escondida y parada atajando al que vaya a salir. Hay
que evitar que alguien más se dé cuenta, ni modo de que su
hermano se vuelva el hazmerreír, el bueno de José Luis que
allá está tan tranquilo echándose un sueñito para poderles
choferiar hasta Manhattan y evitarles la salida a coger el
tren, la bajada por el escalerío de la estación con el caminado
torcido por los vinos. Que ni los vean y que ni la vean, que
ni Marcelo ni Robert se den cuenta de que ella se ha dado
cuenta. Solo ella puede saberlo, solo ella sabrá guardarse el
secreto. ¿O sí podrá guardárselo? Por ahora ni se lo plantea.
La sorpresa aún no deja tiempo para saber cómo proceder,
para cavilar en si se lo dirá a José Luis o se quedará callada.
Lo único que Violeta atina a decirse ante semejante remate de
fiesta es “definitivamente en este imbécil no se puede confiar”,
intuyendo que Marcelo se le ha vuelto un problema serio,
como si no tuviera ya suficientes cosas por resolver, pero sin
intuir que es ella misma, su presencia y lo que acaba de ver, lo
que puede desatar un serio problema entre su hermano y él.
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11
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Luego salió, pero regresó más temprano de lo acostumbrado,
con el asunto en su cabeza como si el tiempo no hubiera pa-
sado y sintiéndose más molesto con Violeta que con Marcelo.
—Me miente con lo de la visa y enseguida se pone a escribir
de lo que le advertí que no escribiera. Yo tengo que revisar
ese manuscrito, alguien tiene que verificar lo que se dice de
la familia –dice, le recibe a Marcelo la memoria donde está
guardada la copia y se va para el computador.
Para José Luis velar por el buen nombre de la familia está
por encima de la privacidad de Violeta. Por eso se atreve a
violar los principios de él y los escritos de ella. Una insistencia
como la de Marcelo tenía que echar al traste su reticencia para
meter las narices en la historia de Campoalegre.
José Luis lee el texto de una sentada. Al llegar al final, da
Eliminar a la copia de Marcelo y le pide no hacer comentarios
al respecto ni preguntar más cosas.
—Quiero estar solo –le dice y se encierra en su cuarto.
Marcelo esperaba ansioso que José Luis terminara de leer y
le bailaban en la boca las ganas de comentar la historia, pero
tiene que quedarse callado. Lo único que le queda es decirse
a sí mismo, contrariado, “qué tal, con la escritora en casa, la
protagonista y un figurante, y tengo que aguantarme, después
de que yo he sido el que ha propiciado todo”. Varias veces
llama a la puerta de la habitación, pero José Luis le reitera
que desea estar solo.
Cuando Violeta regresa de su clase nocturna Marcelo se
siente tentado de preguntarle cosas. Quisiera sentarse a con-
versar con ella hasta la medianoche para que le cuente qué
partes de la historia son reales y cuáles inventadas, y le con-
firme si Iris era como la describe. ¡Qué personaje! Para lucirse
interpretándolo. ¡Qué ganas de saber! Pero ni modo. Hay que
reprimir la curiosidad. A lo mejor si ella estuviera en otra tónica
podría sentirse halagada con la actitud de un lector como él
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y le perdonaría haber estado leyendo su historia, pero quién
puede prever de qué manera reaccionará teniendo en cuenta
el comportamiento parco que ha mostrado con él desde el día
de la fiesta. Aunque le haya dicho que sí, parece que no olvida
que hubiera revelado su secreto de los dos meses. Qué renco-
rosa ha resultado ser, piensa él. En vez de no complicarse por
semejantes simplezas de la vida. Con razón anda sin elaborar
las cosas malas que le han pasado. Y para colmo, es voluble y
temperamental. Un día muy simpática y al otro... Que al día
siguiente a primera hora iba a darle los dólares para hacer el
negocio de los papeles, y nada que suelta el dinero. Pero qué
puede esperarse de una indecisa que no sabe lo que quiere.
Mejor que se regrese para su país. Ha quedado claro que ella
representa un riesgo para su estabilidad con José Luis. Si no,
vea el resultado del primer conflicto, le va a tocar dormir en ese
sofá blando que tanto le choca. Ya ni siquiera tiene derecho a
uno de los dos cuartos del apartamento que él llegó a habitar
primero que ella. Por eso, cuanto antes se marche, mejor.
Los malos pensamientos de Marcelo sobre Violeta son in
terrumpidos cuando ella le pregunta por José Luis. Echa de
menos su presencia, pero sobre todo le extraña ver cerrada la
puerta de su cuarto.
—Se acostó temprano. Que estaba cansado. Está dormido
hace rato.
—¿Acaso sigue enojado conmigo?
Marcelo deja en el vacío la pregunta de Violeta, a quien
la percepción de disgusto en la actitud de Marcelo le genera
dudas y la obliga a insistir.
—Y tú también pareces molesto. ¿Pelearon?
—Nada de eso. Son temperamentos y momentos –dice él
impostando el aire de suficiencia que le pone a su respuesta.
Más tarde, ella lo ve abriendo el baúl arrinconado en el
remate del pasillo, justo a la entrada de su cuarto; se da cuenta
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de que saca una cobija y una almohada. A la hora de acostarse,
cuando va a la cocina por su imprescindible vaso de agua, lo
descubre acomodado en el sofá de la sala, leyendo, y no puede
evitar hablarle.
—¿Que no está bravo contigo? Yo estoy por creer que sí se
enteró de tus quedadas por fuera. O sea, peligra la ida a Boston.
—¿Boston? No señora, es a Pensilvania. Ese es el plan que
él tiene, y no creo que cambie de idea. Desde que empezó la
primavera está pensando en ese viaje y lo aplazó por ti, por
esperarte.
Ante la malacara de Violeta por lo que acaba de escuchar, y
para evitar que ella empiece a opinar sobre el destino del viaje
y a hablar de la casa de Emily Dickinson, Marcelo se arropa
más con la frazada.
—Y ni se ha enterado ni está bravo conmigo –dice cuando
va a poner en off el interruptor de la lámpara–. Simplemente
se quedó dormido y ha asegurado la puerta, por supuesto sin
ninguna intención. Yo podría pedirle que me abra pero no
quiero interrumpirle el sueño que es algo sagrado –agrega y
apaga la luz.
Al amanecer, José Luis se despierta, se percata de la au-
sencia en la otra mitad de la cama, cae en cuenta del seguro
de la puerta y se asoma a la sala. Marcelo recupera su espacio
en la habitación. Mientras se cepilla los dientes, medio des-
pierto y casi en la oscuridad, algunas escenas de la historia de
Campoalegre aparecen como partes de un sueño, se resisten a
morir en su mente. Una vez acostado en una cama de verdad,
al calor del cuerpo de alguien, plácido y tranquilo, como si nada
hubiera pasado, se consuela diciéndose “menos mal que pude
terminar de leerla y no tuve que quedarme sin saber cómo
fue que mataron al tío Ramón y lo que ella vio. Tantas páginas
para llegar allá. Lo hubiera dicho en el segundo párrafo. Pero
bueno, así son los escritores, echan el anzuelo y lo manejan a
uno como quieren. Sus razones tendrán”.
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El regreso parece inevitable después de haberse cerrado
la puerta de la confianza con Marcelo a raíz de lo ocurrido
con él y Robert la noche de la fiesta. El recelo ha dado hasta
para tomar medidas como pedirle a José Luis que le guarde el
dinero en el banco. Desde el día siguiente a la fiesta, Violeta
se lo entregó, aun con el inconveniente de depender de él
para gastarlo.
En ella también está claro que no actuará como una opor-
tunista metiéndose en mentiras y vueltas de peticiones de
asilo ficticio, así José Luis haya cambiado tan abruptamente
de opinión. ¿Qué le pasaría? “No tienes que irte si no quieres”,
le dijo esta mañana antes de salir a sus actividades; que si lo
desea proceda con lo del asilo, siempre y cuando se quede
guardadita escribiendo en el apartamento, que él le manten-
drá la mentira con su mamá de que le resultó un trabajo en
Manhattan, así como ella ha sido tan discreta de no contarle
nada sobre Marcelo. Vaya propuesta. ¿Qué más podría pedir
ella? Sin embargo, su respuesta fue no. ¡¿Cómo?! ¿Negarse a
semejante oferta? ¿Acaso no era eso lo que quería? Sí, pero las
cosas ya son otras, tanto por la situación con Marcelo como por
las ideas surgidas después de esa bendita reunión de colombia-
nos que la dejó pensando muchísimo, con la sensación de que
José Luis tal vez tenga razón sobre la condición de inmigrante.
Ahora el problema no es si se va o se queda. Queda claro que
se va y que lo mejor que puede hacer es aprovechar los días
que le restan para hacer las dos cosas que tiene pendientes:
invitar a Gladis a tomarse el café e ir a Boston a la casa de
Emily Dickinson, si es que logra convencer a José Luis de que
varíe el itinerario que tiene montado para Pensilvania. Ojalá
que el paseo fuera solo con él, sin Marcelo. Pero sería mucho
pedir. Haberlo visto con Robert ha generado un infiernillo peor
de cargar que las dudas de los últimos meses, un infiernillo
tal que Violeta ya quisiera irse de allí y olvidarse del tema. Sin
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embargo, ¿irse como si nada?, ¿callarse semejante cosa? Dejar
en la ignorancia a José Luis o enterarlo, he ahí el problema,
si se va para Colombia con el entripado o lo saca a relucir
antes de partir. Pero, ¿y cómo le cuenta? En el aeropuerto,
en el último momento. Podría también dejarle una carta. ¡O
mandarle un correo desde Medellín apenas llegue! ¿Le creería?
De pronto no. O tal vez sí... ¡Nada! ¡Allá ellos! Que resuelvan
sus asuntos, están muy grandecitos y hay que ser coherente
con las ideas, como la de que en materia de amores un terce-
ro sobra, sobra tanto que si no se retira a tiempo puede salir
afectado y castigado, como se ha sentido Violeta por saber lo
que sabe y no poder decir ni una palabra a José Luis. Y para
colmo, ahí con ellos. Ya quisiera estar alejada, ida, desapare-
cida de allí. Otra cosa serían las cosas con la distancia; otra
cosa porque ojos que no ven corazón que no siente, ya lo han
dicho por mucho tiempo y con el tiempo el dicho ha quedado
probado. Pero los ojos de ella sí vieron y su corazón no puede
ser indiferente con lo que le acontezca al hermano. ¿Cómo
quedarse tan tranquila sabiendo que navega en el desconoci-
miento de las traiciones de Marcelo? Esas traiciones que, de
saberse, harían naufragar al uno y al otro. Aunque a José Luis
también podría aplicársele el dicho y dejarlo tranquilo, pues
oídos que no oyen corazón que no se resiente. Aun así, el lío
seguiría teniendo cosas malucas, como el hecho de convivir
con Marcelo, verlo, tener que hablarle y aguantarse respuestas
como la del otro día cuando ella soltó el aguante, le preguntó
si estaba aburrido con José Luis, se le zafó decir que lo había
visto con Robert y salió regañada por Marcelo que la acusó
de fisgona; de nada le valió a ella pedirle, como si fuera una
madre, que por favor no engañe a José Luis, decirle “mira a
ver qué vas a hacer porque yo no voy a tolerar saber de ese
engaño y quedarme callada”, pero Marcelo la dejó muda con
la frescura con la que contestó “peor para él pues vaya que le
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da importancia a esas cosas. ¿Lo harías sufrir? Claro que ni te
creerá. En las fiestas, nada que parezca trascendental puede
tomarse en serio, casi siempre son una puesta en escena, una
actuación. Así se evidencien realidades y verdades, las mismas
vuelven a quedar sepultadas al otro día, cuando se está sobrio.
Eso son las fiestas. Deberías saberlo tú que has vivido más que
yo”. ¿Qué contesta uno ante semejante respuesta?
Muchas cosas piensa ella mientras vuelve y revuelve pa-
peles, rompe hojas y notas después de haberle dado una leída
completa a la segunda copia impresa de la historia de Cam-
poalegre donde pocas palabras y frases quedaron tachadas; por
más que el computador sea el medio privilegiado la lectura en
copia impresa cambia; se ve lo que no se ve en la pantalla, se
lee como se supone que leerán los lectores, en letra impresa
en papel. Ya puede romper todo su papelerío y no tendrá que
volver a cargar con él para Medellín. La historia está en el
aparato, en la memoria portátil también y en el cd que quemó,
por si acaso, para que no haya manera de que esta historia se
pierda como las otras. Ya no más pérdidas en la vida. La historia
está salvada, como puede dar por salvado el viaje, pues si bien
no ha escrito una novela, hay la mitad de una o, en el peor de
los casos, un cuento larguísimo para un libro bien bonito, un
libro donde... ¡no puede ser!... se quedarán por fuera las cartas,
las benditas cartas que le escribieron en Campoalegre y que
siguen ahí metidas en la caja de jabones, como si nada, todas
olorosas y ordenaditas con la sedosa cinta amarilla, y si no es
porque empieza a sacar cosas para devolverlas a las maletas ni
cuenta se da ni se acuerda. “Pero qué idiota soy, ¿cómo se me
olvidaron? Ni siquiera las he digitado. ¿Y dónde las empato en
esta historia? Me va a tocar leerlas con lupa a ver dónde las
acomodo”. Y tiene que hacerlo antes de volver a Medellín. Ja,
y ella que ya había dado por terminada la historia. Lo único
provechoso es que con las cartas el cuento largo podrá crecerse
y a lo mejor llegará a novela corta.
360
Aunque no estaba previsto para este día de visita de Gla-
dis, Violeta empieza a revisar las cartas. Las ordena por autor.
Todas las de Julián en un paquetico, todas las de Teresa en
otro, y así con cada remitente. La tarea la devuelve a otros
momentos del pasado y le demuestra que el recuerdo es de por
sí un proceso enigmático y que organizarlo es algo tan selectivo
como la memoria misma. Esas cartas son como la fotografía de
la familia que José Luis tiene en la cómoda del pasillo, la foto
que ella ha mirado varias veces por ratos largos para evocar
cosas. La imagen, aunque completa, con todos los miembros
de la familia, muestra una realidad sesgada, como solo puede
hacerlo una fotografía, donde la vida se encuadra, se seleccio-
na, se incluye pero excluye a la vez. Menos mal, porque la vida
sería insoportable si no pudiéramos dejar por fuera la memoria
de los malos recuerdos. La memoria parcial y defectuosa es
la idea, es la que Violeta ha estado buscando para lograr la
reconciliación con su pasado, con ella misma sobre todo. Tras
unas semanas en las que su memoria ha querido incluir todo,
concluye que está a punto de parecerse a Colombia, el país
olvidadizo que con demasiada celeridad y casi demencia saca
del recuerdo tragedias descomunales, porque es con el olvido
como encara las tragedias naturales, las guerras y el miedo.
Una actitud cuestionable, pero quizá la más razonable para
quedar a salvo ante la penosa incomodidad que significa un
pasado que comunica directamente con los muertos, cuyas
voces resultan más ensordecedoras que las detonaciones de
las bombas que acabaron con sus vidas, unas voces que serían
necesarias para salvarlos del olvido, así resulten tan explosivas
como las bombas. Colombia tiene demasiados muertos; ella,
Violeta, solo tres. Ahí están en la fotografía de la cómoda del
pasillo. La foto que mira y también la mira; todos tienen los ojos
sobre ella, incluso su padre, Iris y Luciano, sus muertos en esa
imagen que, como toda fotografía, pudo captar sentimientos
361
escapados al ojo humano, como el del sonriente hermanito
menor. Con la manera veloz como se debilita y se apaga la
imagen de los muertos en los que han quedado vivos, un
muerto le deja al doliente una pérdida adicional para encarar.
Desesperadamente el doliente tiene que tratar de recordar lo
poco que tenía en su mente, tiene que trabajar en crear ese
recuerdo, en mantener vivos ante sus ojos a sus muertos y
debe ayudarse de fotografías como la que Violeta tiene en sus
manos. Dicen que las fotografías contradicen la idea de que las
personas se han ido irreversiblemente y por eso la conservación
de recuerdos puede complicar las enseñanzas de la muerte.
Sin embargo, en una foto que encuentra luego Violeta en la
revolcada del papelerío, las cosas cambian. Es una foto que ella
desconocía. Es la foto del velorio de Iris y de Luciano que le
mandó Teresa a José Luis. Está con una carta doblada en una
carpeta con varios recortes de periódicos colombianos. En ella
aparecen dos féretros custodiados por Brenda y Rubén, uno a
cada lado, como para que no quede duda. Son los féretros con
los cuerpos de Iris y Luciano. Hasta en eso pensó Teresa, que
piensa en todo. “Cuando no hay cadáver, velorio y entierro, es
más difícil hacer el duelo. No sé si algún día me atreva a mos-
trarle estas fotos a Violetica, pero pensando en ella las tomé.
Te mando una copia ya que tampoco vos pudiste estar”, dice
la leyenda por detrás. Violeta no piensa nada. Apenas puede
con el desconcierto por la sorpresa del hallazgo. Se sienta en
la cama. Desdobla la carta y la lee. Se entera de cosas que
ignoraba sobre Iris cuando Teresa cuenta que “le he pedido a
los médicos que me digan cómo hubiera quedado Iris de haber
sobrevivido. Ellos me han hecho una lista de las secuelas que
se le esperaban. Su piel tal vez hubiera podido curarse con
injertos, pero las heridas no solo estaban en las piernas, los
muslos, los brazos, el cuello, la espalda y los hombros. También
llegaron a la cabeza y con seguridad le hubieran afectado la
362
memoria. Hubiera tenido que aprender a usar de nuevo los
electrodomésticos, o cuando fuera a llamar por teléfono se
quedaría sin saber qué hacer, por ejemplo. Tendría que recordar
cada paso de cada cosa para hacerla y seguramente haría las
cosas en desorden, tendría que ser tratada como una niña. No
sabría defenderse en un supermercado, ni escoger del surtido
ni aguantaría recorrerlo porque la habilidad para pensar rápido
la habría perdido y eso se reflejaría en sus movimientos. Las
migrañas la atormentarían a diario, incluso dormida. Su salud,
en vez de mejorar, empeoraría. Tendría que ver a un terapista
de lenguaje, a un neurólogo, a un oftalmólogo y a un siquiatra,
y tomar varias medicinas al día por años. Es decir, tener otra
vida, y peor. Yo creí que todas esas razones podrían servirle a
Violeta para consolarse. Pero no. Ella solo piensa en la manera
como a Iris le pasó lo que le pasó”. Violeta se queda quieta,
sentada en la cama, por varios minutos, con una mueca en
la boca como si fuera a llorar o a gritar. Luego sigue. Abre los
recortes de periódico. “Y éstas fueron las informaciones que
se publicaron. Yo misma le presté la fotico de Luciano a El
Colombiano. Pensé que salir en el periódico era una especie de
homenaje”, informa la letra de Teresa en la margen superior
de la hoja. Nunca antes Violeta había visto las notas de prensa
sobre su tragedia. Cuando José Luis la vio leyendo los perió
dicos que Marcelo conserva del 9/11, le dijo que tenía los de la
tragedia de la casa, que se los había mandado Teresa. Aunque
Violeta le contestó que no, él de todos modos los buscó y los
dejó en el escritorio de ella. “Por si acaso. No sobraría que
los miraras”, le dijo entonces. Y el momento le ha llegado
después de varios días de llevar en la memoria la frase “la
hermanita de José Luis, la que se quemó con el carro bomba”,
que escuchó en la fiesta colombiana y le quedó taladrando en
la cabeza. Ha llegado involuntariamente al dejar caer la carpeta
envejecida con las imágenes de la destrucción ocasionada por
363
la explosión en el edificio donde vivía, la foto de los dos ataúdes
y la de la cara sonriente de Luciano, el hermanito que siempre
se carcajeaba ante un fotógrafo. Como en la foto de la cómoda,
el niño le sonríe, le dice con el gesto que la ama, que no hay
ningún sentimiento adverso que pueda manchar su corazón,
a pesar de que ella durante años le llevó una rabiecita escon-
dida por haber sido él la razón para prolongar la estancia en
Campoalegre y para alejarla de una familia en la cual estaban
pasando cosas importantes que ella no debió haberse perdido.
Después de leer las cartas de Julián, de Teresa y de su padre
que hablan del bebé recién nacido, ella debe reconocer que el
sentimiento hacia Luciano no siempre fue puro, estuvo conta-
minado por el inconsciente que traiciona. El remordimiento
la hace llorar ante la foto. Luego el timbre la hace saltar hacia
el baño a lavarse la cara porque esa debe ser Gladis que ya
vino a tomar el café. “¿Cuándo pasó tanto tiempo? Y yo aquí
pensando carajadas, enredada otra vez en recuerdos, cartas,
fotos y recortes y esta mujer ya llegó y yo sin siquiera sacar los
ingredientes para los pancakes que le prometí”.
—¿Y a qué se debió la explosión doña Violeta?
—A la irresponsabilidad de una inquilina.
Después de contestarle, Violeta se queda mirando a Gladis.
Quisiera reiterarle lo que ya le ha dicho dos veces, “ni seño-
ra ni señorita, dígame Violeta a secas”. Sin embargo, omite
cualquier comentario.
—¿Una inquilina?
—Arrendó un garaje en el sótano a gente de afuera, aunque
el reglamento de copropietarios de la urbanización lo prohibía.
Le ofrecieron el doble de dinero. Sin darse cuenta se lo alquiló
a unos tipos que estaban contratados para armar un carro
bomba. Cuando yo salía para el trabajo los veía trabajándole
al carro. Estaba parqueado a dos puestos del mío y como era
viejo pensé que lo estaban arreglando. Sabía que los hombres
no eran nuestros vecinos, pero nunca sospeché nada.
364
—¿Y por qué iban a explotar un carro bomba en su edificio?
—No. Fue un suicidio... Y homicidio también.
—¿Suicidio y homicidio? ¿Cómo así?
—Por lo menos así me lo contaron. Y hoy me encontré los
recortes que mi hermana le mandó a Jóse y me enteré bien de
cómo fue todo. Yo nunca quise leer nada de lo que salió en
el periódico. Tampoco estaba en condiciones de hacerlo. En
una clínica a uno tan solo le queda por hacer lo que esté de su
parte para salir lo antes posible. Vea, que a uno de los hombres
que armaban el carro bomba lo llamó un día el patrón, un
mafioso que dirigía todo, para proponerle matar al compañero
después de la explosión. Se había enterado por otros de que
era lengüisuelto, es decir, sapo, y no quería correr el peligro
de que lo involucrara. Pero el que resultó siendo sapo fue el
otro porque ahí mismo fue y le contó al compañero, que fue
donde el mafioso y le dijo que renunciaba al trabajo. Pero el
mafioso lo amenazó con matar a la mamá y a la hermana si
le dejaba el trabajo empezado. Era la vida de él o la de ellas.
Entonces el tipo escogió la vida de él y la del mafioso. Siguió
armando el carro bomba y cuando lo tuvo listo, la víspera
de sacarlo para el atentado, le dijo al mafioso que fuera a
revisarlo. Cuando lo estaban viendo lo hizo explotar.
—¿Y se murieron los dos?
—¿Usted qué cree? Fueron los dos únicos muertos, además
de mi hermanito Luciano y la tía política que le dije.
—¿Por qué solo ellos?
—¿Quiere que le cuente cómo fue todo?
—Pues… si no le choca.
—Cuando el carro explotó, mi mamá estaba en la mesa del
comedor hablando por teléfono con Brenda. Del taburete fue
a dar contra el muro del pasillo y quedó tendida en el suelo.
Era una noche perfecta para estar en casa y meterse en la cama
a dormir temprano. La llovizna había espantado a los niños
365
de la plazoleta hacia sus apartamentos y a las diez ya teníamos
un silencio extraño en época de diciembre. Yo también estaba
de vacaciones y las estaba aprovechando para poner en orden
un libro de cuentos que iba a publicar. La lluvia fue lo único
bueno de la noche. Por ella los niños se entraron y se salvaron
de morir cuando la explosión reventó, levantó las losas del
cemento y botó carros en llamas desde el sótano hasta la
planta superior. El piso de la plazoleta era a su vez el techo del
parqueadero que estaba debajo. La plazoleta estaba rodeada
por los cuatro lados por bloques de apartamentos. A mí el
estallido me sacó de la cama y me lanzó hasta el piso de la
puerta de mi alcoba. Creo que con esa sacudida al mismo
tiempo mi inconsciente sufrió una descarga. Pensé que había
sido un cilindro de gas. Aunque en esa época estábamos acos-
tumbrados a los atentados terroristas, nunca se me cruzó por
la cabeza que hubiera sido uno pues una semana antes otro
carro bomba había explotado al frente de nuestra urbanización.
Era increíble pensar dos en el sector en una semana. Eso solo
pasa en una ciudad en guerra y entonces, como ahora y como
siempre, se decía que nuestra ciudad no estaba en guerra.
Desde el piso de la puerta de mi cuarto distinguí a mi madre
en el pasillo con los restos de la colección de muñecas de
porcelana. Eran unas muñecas hermosas y finísimas, la obse-
sión de mi mamá, después del idioma. Tantos años y billetes
invertidos para juntarlas y en segundos eran tan solo una
quebrazón hiriendo su cuerpo. Ella también se sacudía papeles,
libros y discos que cayeron de la biblioteca que separaba el
comedor de la sala. Me tranquilizó verla moviéndose y oírla
quejándose. El resplandor del incendio en el primer piso al-
canzaba a iluminar la parte de adelante de nuestro apartamen-
to pues la cortina de la sala se desprendió, estaba en el piso
como nosotras, con los vidrios del ventanal encima como mi
mamá con las porcelanas. Me acuerdo patentico de esa man-
366
cha blanca que estaba al nivel de mis ojos y al fondo un res-
plandor que me decía que había un incendio grande. La sala
con el balcón daba a la plazoleta. Después de la cortina vi los
pies descalzos de Iris corriendo. Mi mamá también la vio. “No
dejes que se vaya sola”, me dijo. “Yo tengo que quedarme con
Luciano”. Le grité a Iris que no se fuera, pero no pude dete-
nerla. No sé cómo atiné a calzarme y a ponerme unos bluyines
y una chaqueta gruesa encima de la piyama para ir detrás de
ella. Ni siquiera puedo recordar cómo me los puse, cómo los
busqué, solo supe que tenía que protegerme. Cuando menos
pensé estaba caminando al lado de Iris. Ella no dijo nada. En
realidad no nos dijimos una palabra. ¿Cómo hacerlo? Estába-
mos aterradas, pero sobre todo, si abríamos la boca nos aho-
gaba la capa espesa de humo que había alrededor y teníamos
que cortar con nuestros cuerpos. Eran los gases que se botaban
por los shut de basura. Imagínese, cuarenta carros ardiendo
en el sótano. Nunca para mí andar había sido tan pesado. No
se veía nada. Tener los ojos abiertos o cerrados daba lo mismo,
aunque era mejor cerrarlos para no herirse con los gases. Yo
sentía esa capa gruesa hirviendo, atrapándonos más con cada
escalón que bajábamos. La temperatura era tan alta que que-
maba los pasamanos. Sin embargo, yo bajé aferrada a ellos
como si nada. Ahí fue donde me ardí las manos. Pero solo
después en la ambulancia caí en cuenta de eso. De pronto,
dejé de sentir el brazo de Iris que se aferraba al mío. O tal vez
era yo la que me aferraba a ella. Ya ni sé. Dejé de sentir su
presencia a mi lado, me fui a lo más profundo de mi ser y al
momento más confuso que he vivido hasta ahora. Me perdí
por un instante, mis pies se separaron de los escalones que iba
bajando a tientas. Se me extravió el cuerpo, fue como si se me
hubiera borrado, solamente me quedó un destello muy peque-
ño de conciencia que se me iba, que se alejaba de este mundo.
¿Era eso la muerte?, me pregunté. No tuve duda. ¿Y esto fue
367
todo?, me dije. Creí que ahí terminaba mi existencia y expe-
rimenté la tristeza más honda de mi vida, la tristeza de mi
propia muerte. Me pareció decepcionante saber que yo aca-
baba de esa manera. Me negué. Apenas voy para los treinta y
dos años, me dije. Rechacé la idea de morir de una forma tan
prosaica e injusta. Me rebelé. Abrí los ojos. Los gases les hacían
daño. No me importó. Si los mantenía abiertos podía soltarme
de la muerte. Me faltaban dos, tres, a lo mejor cuatro escalo-
nes más para llegar a la puerta del 201 que estaba abierta y
dejaba ver un resplandor adentro; lo seguí. El incendio que
nos amenazaba, ahora me salvaba. El fuego en el balcón de la
sala del 201 no parecía tener tanta vehemencia, aunque se
veía todo más iluminado. Los vidrios crujieron bajo mis zapa-
tos. Cuando me asomé por la baranda no tuve necesidad de
decirles a los hombres que estaban abajo que me ayudaran a
salir. Con más afán y vigor que las llamas que se concentraban
en la puerta del edificio, ellos subieron por la escalera de mano
que habían adaptado para rescatar a las víctimas mientras
venían más bomberos, pues los primeros que llegaron se fueron
directo al sótano. Encontré a Iris afuera. Estaba mirando hacia
el balcón del 201 esperando verme salir. Trató de extenderme
los brazos. Me dijo “pensé que me había muerto y me había
ido al infierno, pero oí un muchachito llorando y como no
podía imaginar un niño condenado al infierno, me di cuenta
de que estaba viva y me dio mucha felicidad, y ahora que te
veo con vida me siento más feliz, pero dónde se habrá queda-
do Luciano”. Había logrado escapar, como yo, pero a diferen-
cia de mí, salió descalza y con una pijama de tela delgadita,
que era apenas una batica a la rodilla, de sisa. Si al menos
hubiera acatado a ponerse encima un suéter o arroparse con
una cobija. Ella, en vez de seguir el resplandor en el 201, se
fue hasta el primer piso y pasó por entre las llamas de la en-
trada del edificio. La encontré en una camilla de los bomberos.
368
Me impresionó mucho verla. Pude distinguirle la piel de las
piernas, de los brazos, de la cara. Estaba arremangada. La del
tórax tenía mezclada además las florecitas de la tela de su
pijama. Igual la espalda, las caderas. Ella se le aventó a esas
llamas por miedo a la oscuridad, yo lo sé, era negra pero le
tenía terror a la negrura, pánico, nunca supimos exactamente
por qué, pero me di cuenta desde la noche en que tuvimos
que quedarnos solas con Julián en el camino velando el cuer-
po del tío Ramón mientras el mayordomo iba por el inspector.
Era un tío mío que mataron en una finca, el marido de ella.
Nosotras nunca fuimos capaces de apagar del todo las luces
en la finca por las noches. Incluso antes de la muerte del tío,
Iris dejaba encendida una vela en mi habitación por la noche
y me ponía una linterna en la mesita. Con la bomba yo pude
entenderla. Durante seis meses no pude dormir totalmente a
oscuras. Yo, que no podía conciliar el sueño ni con el más
mínimo destello que se pasara por una persiana o una cortina
corrida, tuve que dejar la lamparita de la mesa de noche en-
cendida. Pobrecita Iris. Y así como estaba, semidesnuda, sin
taparla con nada, la alzaron en la camilla y la montaron en la
ambulancia. Cualquier cosa corría el peligro de quedarse pe-
gada en los pellejos de su piel. Cuando íbamos para el hospital
decía y repetía que de Julián haber estado allí a lo mejor nada
nos habría pasado porque hubiera encontrado la manera de
salvarnos pues él sabía defenderse mejor. Es otro hermano mío.
Yo la dejé en el Seguro Social, la seguí desde la ventanilla
mientras la ambulancia arrancaba para llevarme a mí a la otra
clínica donde me tocaba la atención. Ella alcanzó a medio
levantar la mano para decirme adiós. Fue la última vez que la
ví. Como era negra, no se veía tan horrorosa como debía
verme yo impregnada de hollín hasta los dientes, pero a
diferencia de mí, ella iba con la piel en carne viva. Dudé si
volvería a tenerla ante mis ojos y sentí una gran desolación,
369
una sensación peor que el ardor que llevaba en las manos. Las
sacaba por la ventanilla de la ambulancia para que el viento
me lo calmara. Ella tenía razón. Quedarnos arriba en el apar-
tamento era lo que había que hacer. Aunque adentro tal vez
nos hubiéramos asustado más y corrido el peligro de hacer lo
mismo que Luciano. A mi papá y a mi mamá los encontraron
los bomberos acurrucados en el piso de su cuarto llorando.
Luciano les enterró los dientes en las manos, en los brazos y
se les escapó, le pudo a los dos, se les soltó y se tiró desde el
quinto piso detrás de su perrita. Como no podía encontrarla
en la oscuridad, gritaba que Laika había saltado también y que
él iba a volar desde el balcón de la alcoba de mis papás como
ella. En realidad la perrita fue la primera en morir, la explosión
la reventó por dentro. Mi papá dijo que alcanzó a distinguirla
entre los escombros antes de que los gases les taparan la sali-
da del apartamento y tuvieran que refugiarse en la parte de
atrás donde estaba su alcoba, que tenía el otro balcón. De ese
lado no hubo incendio y por lo tanto no había resplandor de
llamas que iluminara. Sin embargo, mis papás dijeron que
adivinaban a Luciano tendido inerme en la grama del primer
piso. Desde aquel día mi papá se volvió un hombre triste. Yo
creo que esa tristeza fue la que se lo llevó a la tumba. Para
colmo, los de La Iguaná se entraron a robar. Era un barrio de
invasión del que nos separaban una manga, una avenida y una
quebrada y que se aprovechó de nuestra tragedia para saquear
lo que nos quedó. Acostumbrada a las arremetidas de los
periódicos desbordamientos de la quebrada, esta vez la pobre-
za se amparaba en la catástrofe.
—Coma pues sus pancakes que se le enfriaron y están muy
ricos –es lo único que se le ocurre decir a Gladis ante el relato
de Violeta, quien por estar hablando no ha probado bocado.
—¿En serio están buenos? Yo he sido negada para la cocina
y la vida doméstica en general.
370
—Sin embargo, aquí se ha defendido muy bien ayudándole
a don José Luis. El otro día él me dijo que está feliz con usted.
—¿Dijo eso? ¿Y le dijo por qué?
—Pues por qué va a ser. Es la familia. Qué más puede pedir
uno aquí sino una visita de un familiar. ¿Y qué clase de perrita
tenía su hermanito Luciano?
—Una pomerania.
—Cómo son de lindos. Parecen de juguete.
—Para él era como un juguete. Y Laika lo adoraba. Se
dejaba hacer de él lo que fuera. Jugaban mucho. Aunque
supe que Luciano quedó adentro en el apartamento en medio
de ese incendio, jamás se me atravesó la idea de que pudiera
morir allí, y menos en una especie de suicidio desesperado.
Él, que justamente con su nacimiento derrotó la muerte.
—¿Derrotó la muerte?
—Nació de treinta y tres semanas, con todos los pronós-
ticos de vida en su contra. Con el corazón y los pulmones
inmaduros. Tuvo que completar el tiempo en una incubadora
con sondas y oxígeno. Creían que no se salvaba, pero resistió.
Solamente podía tocarlo la enfermera para cambiarle el pañal
y la posición del cuerpo. Por varias semanas mi mamá tuvo
que ir todos los días para metérselo en el pecho. Con su calor
fue ganando vida.
—Muy duro eso, ¿ah?
—Ahora que lo digo pienso en lo que aquello pudo haber
significado para mi mamá.
—Pobre, por las que debió haber pasado.
—Imagínese que Luciano nunca abrió los ojos en esas se-
manas. Por eso ni se dieron cuenta de que tenía el Síndrome.
Nadie se inmutó por averiguar por qué había nacido antes.
Todos dieron por hecho que era por el impacto sufrido por mi
mamá con la muerte del tío Ramón.
—Pero se crió.
371
—Y muy sano. Tenía mucha fuerza. A pesar de que fue
prematuro, siempre fue tan grande como un niño normal.
Solamente hubo un problema con él al principio pues no
podía pronunciar la u y la a juntas. El que se dio cuenta fue
Jóse, con Rocky, el perro grande que tuvimos antes de la po-
merania. Cuando él le señalaba el perro y le preguntaba que
cómo hacía, ahí mismo Luciano se ponía a caminar en cuatro
patas. No entendía que lo que debía hacer era repetir el sonido
guau guau. Jóse le luchó y le luchó hasta que Luciano fue capaz
de pronunciarlo. Le costó tanto aprender eso, que cuando lo
logró lo escuchábamos por la noche en la pieza diciendo guau
guau. Otro problema era cuando en la calle alguien lo miraba,
agachaba la cabeza y se tapaba la cara con una mano. Su cara
no era ancha ni los párpados pronunciados ni la boca. Sin
embargo, a la primera mirada se sabía de qué tipo era Lucia-
no. Lo delataban los ojos brotaditos, el gesto de los labios y
la sonrisa que no se quitaba de la boca. De resto, nunca tuvo
limitaciones físicas. Su limitación era mental. Aunque muchas
veces me he preguntado si simplemente habitaba otra esfera
que le hacía vivir su mundo como normal. Creo que él no se
sentía extraño como lo percibíamos nosotros, al menos daba
la sensación de que no se sentía fuera de lugar. ¿Sí ve la foto
de allá? Espere la traigo se la muestro...
Mientras Violeta regresa con la foto de la familia, Gladis
sirve más café.
—Era un ser muy sensitivo. Se embobaba viendo las flores,
detallándose cada hoja, cada pétalo de las matas que Iris tenía
en el balcón. Podía quedarse horas mirando una abeja sobre
una mariposa. Recogía semillas de los árboles y las guardaba
en un frasco. Durante un tiempo se tuvieron muchos cuida-
dos con él, sobre todo para no dejar que se enfriara. Por eso
usaba siempre camiseta debajo de la camisa, así fuera en las
épocas de calor, y andaba con una cobijita de algodón para
372
todas partes. Se acostumbró tanto a su cobijita que si tenía que
volver a salir del cuarto después de haberse puesto la pijama,
lo hacía envuelto en ella. Para ver televisión en la sala tenía
que ser arropado con esa bendita cobija. Mi papá me contó
que la noche del incendio él pudo haberse ofuscado porque
insistía en que le buscara la cobijita. Decía que si la casa se
estaba incendiando les tocaría pasar la noche afuera, que sin
su cobija le iba a dar frío y no podría dormir. Tal vez fue por
eso, más que por la perrita, por lo que terminó botándose
por el balcón de atrás y matándose en el jardín con la caída.
De él se encontraron los platillos de la batería que mantenía
en la pieza. La heredó de un grupo de rock que tuvo Jóse. Él
mismo pidió que le dieran esa batería a Luciano. No sabía
tocarla, pero intentaba de vez en cuando. ¡Me enloquecía! A
él ese sonido también lo estremecía, pero de la emoción. Se
carcajeaba con picardía cada vez que le daba a los platillos.
Iba a cumplir los veinticinco cuando murió. En esa semana
estaba muy contento, se había ganado una medalla por llegar
de cuarto en una competencia de atletismo de seis compe-
tidores. Era muy hablantinoso y le encantaba cepillarme el
pelo y darme besos. Mis hermanas lo enseñaron. Me daba las
cien cepilladas las noches en que podía. A veces se detenía,
se quedaba mirándome ido y se le escapaba una caricia por mi
mejilla, caricia que moría con la palmada o el pellizco que yo
le daba en la mano. También me llevaba el café que Iris me
mandaba para que lo tomara mientras me maquillaba en mi
cuarto. Entonces, él se ponía a organizarme los zapatos, los
sacudía si estaban empolvados o los cepillaba para sacarles
más brillo. Decía que era mi secretario, que yo lo necesitaba
porque, como le oía decir a Iris, a mi papá y a mi mamá, yo
trabajaba mucho y trabajar cansaba demasiado. Desde la no-
che antes me estaba preguntando cuáles zapatos y cuál bolso
iba a ponerme para dejármelos listos en el perchero junto a
373
la puerta del cuarto, pero yo no he sido de las que dejo la
ropa escogida la víspera, como mi hermana Teresa. A veces
cambiaba de bolso solo por darle el gusto a él de pasarme las
cosas para otro. Luciano era como Iris. Trabajaba para mí cada
mañana. Ellos llegaron a mi vida al mismo tiempo, el mismo
año, el año en que el hombre pisó la luna. Y de la misma
manera se fueron, juntos, el mismo día, por el mismo motivo.
Iris prácticamente me ponía el desayuno en las manos, y si
la ropa que había decidido ponerme estaba arrugada, corría
a pasarle la plancha. Por cosas como esas me dio tan duro la
muerte de los dos. ¿Cómo seguir viviendo igual sin esas co-
tidianidades? me preguntaba cuando murieron. En mi época
de reportera, cuando yo tenía que vivir conectada a la radio
chequeando noticieros para que no me chiviaran los colegas,
Luciano se la pasaba con un transistor pegado al oído, decía
que escuchando noticias para mí, pero mentiras que apenas
yo salía de la casa las cambiaba por música. No había nada
que le gustara más en la vida que la música. Su favorita era el
vallenato viejo. Le gustaba cantarlos. Lo hacía con sentimien-
to. Se sabía varios de memoria. Antes de la muerte de mamá
Rosita los ponía todos los días. Después, solo en diciembre
o en ocasiones especiales. Todo lo que sonara le gustaba. Lo
primero que aprendió de niño fue a tocar el timbre de la casa.
Y los últimos sábados de cada mes iba a bailar. Se levantaba
más temprano para ir a la peluquería a que le podaran el pelo.
Le crecía muy rápido. Después del almuerzo se cepillaba los
dientes como media hora, se untaba loción, se ponía el reloj
con baño de oro que mi papá le había dado cuando cumplió
los quince y bajaba hasta la portería a esperar a que llegaran
a recogerlo para ir a la miniteca del colegio. La organizaban
los profesores de gimnasia para personas con discapacidades
cognitivas. Bailaban merengue, vallenato, rock. Y a todo taco.
Se saludaban con mucha emoción y alegría y los recibían con
374
un cóctel de frutas, sin licor. Luciano no sabía bailar hacia
adelante, solo daba pasos hacia los lados, pero sabía mover los
brazos siguiendo el ritmo. La cita en la miniteca era a las tres,
hasta las ocho. No le gustaba llegar tarde, un amago de retraso
lo hacía ofuscar. Yo lo llevaba en el carro cuando podía. En
el camino recogíamos a Yilda, su pareja de baile. Ella hablaba
duro y despacio, repitiendo cada frase. No tenía el síndrome,
solo una gran dificultad para hacerse entender desde la pará-
lisis cerebral que sufrió. Eran buenos amigos Luciano y Yilda,
inseparables. Ella vivía todo con mucha intensidad. No se le
despegaba ni lo dejaba descansar, así él le pidiera calmarse o
sentarse. A él le hubiera gustado bailar con otras muchachas,
me lo dijo una vez, pero no podía hacerlo porque Yilda se
molestaba. Sin embargo, él nunca le reprochó nada. Decía
que la quería mucho. Claro que cuando yo le preguntaba si
era su novia se quedaba mirándome inexpresivo, como si no
estuviera escuchándome. Nunca supe si comprendía lo que
significaba ser novio de alguien. Él fue un niño siempre y su
retraso lo hizo vivir en la periferia, como alejado del centro,
aunque en la familia fuera el centro y todos estuviéramos al-
rededor de él. Era como si se diera cuenta de unas cosas, pero
de otras no. Cuando murió mamá Rosita, por ejemplo, dejó
de oír música los nueve días de la novena. Después, cuando
por fin pudo entender que no volvería a verla, se quedó sin
hablar por varios días.
—La quería.
—Bastante. Pero mamá Rosita no era cariñosa con él.
Creo que se avergonzaba de Luciano. Empezó a admirarlo
un poco ya grande, una vez se convenció de que sabía cruzar
calles transitadas, tomar el bus o el colectivo y que nosotros
no teníamos que llevarlo a todas partes si quería salir. Aunque
él prefería ir en taxi o en particular. Mi mamá decía que iba a
arruinarla y por eso le ayudó a conseguir el trabajo en la fábrica.
375
—¡Trabajaba!
—Uy sí, de patinador en una fábrica, mensajero interno. Era
una fábrica grande. Se la conocía enterita, se movía por todas
partes y nunca llegó a perderse. Le tocaba estar pendiente de
las bolsas de agua para la hidratación de los trabajadores de las
calderas. Y era un caballero con las obreras. Una vez al mes
les obsequiaba una flor a cada una, un mes margaritas, otro
claveles y otro girasoles. Varios domingos por la mañana lo
llevé a la plaza de mercado para comprarlas. A la fábrica solo
iba los lunes, los miércoles y los viernes. Llegaba rendido y se
metía ahí mismo en la cama, feliz por lo que había hecho. Se
dormía hablándose a sí mismo, diciéndose lo bien que la había
pasado trabajando. Al otro día tenía que dormir hasta tarde
para reponer energías. Decía que si no dormía bastante le sal-
drían ojeras. Creo que tener ojeras le desagradaba tanto como
la idea de montarse en un avión. La única manera de aplacarlo
cuando estaba necio era decirle que lo íbamos a montar en un
avión. Yo llegué a amenazarlo con eso una vez en que me hizo
dar mucha rabia. Por eso no me explico por qué se atrevió a
saltar por el balcón, como si de pronto hubiera creído que era
capaz de volar cuando decía que él no tenía alas y que por eso
le tenía pánico a los aviones porque si de pronto fallaban no se
salvaría porque no podría volar. ¿Qué pasaría por su cabeza?
Es algo que no sabremos ni entenderemos nunca.
—Uno aprende a vivir con la incertidumbre. Nosotros tam-
poco sabremos cuánto sufrieron y cómo murieron casi tres mil
muertos de las Torres, el Pentágono y los aviones. Yo muchas
veces he tratado de imaginarlo, pero no hay imaginación para
eso, así yo haya estado cerca.
—Ay, verdad que usted estuvo allá.
—Por eso no me parece raro que su hermanito haya saltado.
Un incendio asusta mucho. Da más pánico que un avión, y
lo normal es saltar. Vea todos los que se tiraron de las Torres.
376
Yo no le tenía miedo a los aviones, pero se lo cogí desde lo
que pasó. No sé en qué momento podré volver a Colombia.
Todavía no me atrevo a montarme en un avión desde que
esos terroristas los volvieron misiles. ¿Usted se imagina como
diez mil galones de combustible ardiendo? Se derrite cualquier
acero. Con razón se cayeron esas torres y con razón la gente
brincó. No se sabe cuántos saltaron ni quiénes eran porque
después todo cayó encima. Imagínese uno morirse delante de
los ojos del mundo entero, quedar grabado en una cámara
yendo hacia la muerte, algo tan íntimo y todo el mundo con
los ojos encima. Algunos se agarraban de las manos cuando
brincaban. Y los bomberos les gritaban no salten, ¡no salten!,
nosotros estamos subiendo por ustedes. Pero aunque los bom-
beros trataban de calmar la cosa, se les veía que estaban más
asustados que nosotros.
—Cómo sería el desespero y el desamparo que había aden-
tro. Claro que también muy valientes los que saltaron, eso es
tomar la decisión final de cómo morirse.
—Eso no puede haber sido una elección.
—¿No? Pero nadie los empujó, que yo sepa.
—¿Que no? Si usted pone gente en un cuarto con una ven-
tana y le echa un calor tan infernal, la mayoría se verá obligada
a saltar. Dicen que algunos cayeron por la aglomeración en
las ventanas cuando luchaban por aire o porque retrocedían
huyendo. Usted sabe cómo es eso. ¿No me estaba contando
pues de ese calor tan horrible en su edificio? Aquí también en
los pisos altos el calor le llegó a la gente antes que las llamas.
Muchos dolientes no desean recordar que algún familiar pudo
haber saltado ni soportan hablar de eso y están sufriendo
todavía. Por eso alégrese de que a su hermanito no lo vieron
tirarse por ese balcón. Agradezca que estaba oscuro y que le
pudieron hacer su entierro, que encontraron su cuerpecito.
Aquí para muchos no hubo restos de nada. Vea, hasta hace
377
poco había gente recibiendo huesos. Algunos solo pudieron
conformarse con un fémur. Solo un grupito de afortunados
recibió restos de los familiares.
—Ay Gladis, no me cuente eso. ¿Así fue todo?
—Es que imagínese. Se estrellaron aviones, hubo ataque
terrorista e incendio y se cayeron dos edificios de cien pisos.
—No, es que... pensándolo bien, eso sí fue una tragedia
de verdad verdad. Una catástrofe. Cómo sería eso. Lo mío
entonces fue nada. ¿Un edificio de cinco pisos con cuarenta
carros quemándose? Y toda la retahíla que le eché. Qué pena
con usted. Claro que en ambos casos, lo mismo: suicidio y
homicidio a la vez.
Después de quedarse masticando los pancakes y sorbiendo
el último resto de café, Violeta recapacita.
—Claro que los terroristas y los aviones lo que hicieron
fue provocar el colapso, apenas destruyeron los veinte pisos
superiores, pero la gravedad hizo el resto. Y de qué manera.
—Pero el incendio fue el que las venció –le replica Gladis
que también parece muy bien informada del tema–. La mayoría
de los incendios alcanzan máximo seiscientos grados de calor
y allá el fuego pudo haber pasado de los setecientos...
—Sí, pero la que terminó tumbándolas de esa manera tan
impresionante fue la simple fuerza de la gravedad.
—Pero por el incendio.
—Y saber que hacía rato los islámicos habían amenazado a
Estados Unidos. Si eso pasa aquí, qué podemos esperar nosotros
en Colombia. Tan vulnerables están aquí como nosotros allá.
—Por eso es bobada huir del país. Una tragedia se puede
encontrar en cualquier parte.
—¿Qué me quiere decir? Yo no vine huyendo de la tragedia.
—El desempleo allá es como una tragedia.
—Tampoco vine por eso. Me vine porque simplemente no
quiero vivir allá.
378
—Es también como huir.
—¿Usted cree?
—¿No siente nostalgias de Colombia?
—A veces quisiera, pero no puedo.
—Porque lleva poco tiempo. Y porque no tiene que trabajar
aquí. Yo hace ocho años camino y duermo en Nueva York, pero
tengo mi corazón en el barrio Kennedy de Pereira.
—Usted tiene que trabajar mucho, ¿cierto?
—Eso es la vida para uno aquí. Yo empecé haciendo aseos.
A veces limpio este apartamento o algunos otros que me re-
sulten en este edificio después de las cinco cuando termino
mi turno con míster Ramsey. Sigo colaborándole a don José
Luis por ser colombiano y porque la plata me hace falta. Por la
mañana cuido a un niño. Lo tienen alquilado para un estudio
de un investigador de mercados que llega para observarlo como
a un mico de laboratorio. El niño es diabético y sufre dolores
de cabeza y a los papás les pagan muy bien por eso. Sé que
soy la única colombiana trabajando en este edificio. Los otros
son centroamericanos y con ellos no se puede hacer amistad.
—¿No? ¿Por qué?
—Son raros, más tímidos. Apenas le dirigen a uno la pala-
bra. Parecen mala clase, pero no lo son. Yo creo que es por la
pobreza de sus países. Venir de un país subdesarrollo lo cohíbe
a uno mucho. Mire que ellos hasta el español lo hablan mal.
—¿Usted tiene familia aquí?
—Ninguna. Tengo una niña, pero en Colombia. La tuve
soltera. Nunca me ha visto en persona. Solo me conoce en
fotos y mi voz por teléfono y sabe que me llamo Gladis Patricia.
La semana pasada le pregunté qué quería para los seis años y
me dijo que vengas para conocerte. Estaba de meses cuando
yo me vine para acá. Al papá lo mataron cuando yo estaba en
embarazo y no alcanzamos a casarnos. Pero íbamos a casarnos,
nos queríamos de verdad. Yo no tenía trabajo y pude venirme
379
para acá porque en Pereira mucha gente lo hace. A mi niñita
la cuida mi mamá y una hermana mía. No le falta nada. Yo le
mando para todo, pero a veces llora cuando ve a sus primitos
jugar con sus papás, o cuando en el colegio le preguntan por
qué los suyos no la van a recoger. La última vez que la vi fue
en el aeropuerto de Matecaña. De ahí salí a fines de 1996.
Uno se ilusiona pensando en que va a hacer una vida acá o
va a conseguir plata para montar un negocio allá. Aquí todo
se hace a las carreras y es muy duro trabajar honestamente,
pero uno se siente más seguro y tranquilo, así haya pasado lo
de las Torres. Yo ya no me preocupo por la violencia. Ya sé que
aquí pueden pasar cosas peores, ya aprendí que hoy en día no
hay lugar seguro en ninguna parte. Pero allá no tengo trabajo
y un empleo sí da seguridad. Me da miedo pasar hambre con
mi niñita. El otro miedo grande que tengo, como le dije, es
montar en aviones. Eso me quedó del 9/11 pues yo vi cuando
el primer avión se estrelló contra las Torres. Fue el peor día
de mi vida, así como el suyo. El segundo avión no lo quise
ver, sentí el batacazo, pero no volteé para atrás ni me quedé
mirando como muchos que se amontonaron alrededor para
ver a la gente que se lanzaba. Yo trabajaba con una empresa
de limpieza en un edificio frente a las Torres. Ese día llegué a
las seis como siempre. Me cambié y me tomé mi café. Luego
me subí a la escalera para limpiar las lámparas del veintisiete.
Mis compañeras estaban en otros pisos. Eran como las ocho
y media cuando escuché la explosión. Yo pensé que era una
bomba. Todo el mundo gritaba desesperado. La gente corría
de un lado para otro y desde las Torres se veía a muchas per-
sonas tirándose por las ventanas. Yo traté de estar calmada.
Me encontré con las otras compañeras a medida que bajaba.
Alcancé a darme cuenta de que abajo, en la calle, en las ace-
ras, había gente por todas partes, con la cabeza para arriba,
boquiabiertas mirando el hueco incendiado en el lado de la
380
torre. Ese día supe cómo era realmente estar aterrado, me lo
dijeron las caras de todas esas personas. Por primera vez en mi
vida vi llorando por parejo a hombres y mujeres. Supe lo que
es estar espantado de verdad. Me pareció demasiado haber
visto a una mujer lanzarse desde la torre, los pedazos de restos
que volaban. ¿Qué puede hacer uno ahí? Huir despavorido,
como su tía Iris. Por eso no quise mirar para allá. Seguí por la
avenida, despacio porque las piernas y la multitud me impedían
ir más rápido. Había caminado varias cuadras cuando escu-
ché unos alaridos de multitud que iban subiendo y subiendo,
se volvían gritos. Luego hubo un ruido grande pero sordo, y
la tierra tembló. Era la torre sur, la primera que se cayó. Me
tocó parar. Las piernas ya no me daban. Pero tampoco quise
voltear a mirar. En el televisor de un almacén vi la polvareda
de la Torre caída, los escombros por los aires. Ahora sí la gen-
te huía de la nube que enviaba la torre, ahogada, gritando,
buscando dónde esconderse. Me pareció como una película,
pero sabía que lo que veía en el televisor estaba pasando detrás
de mí. Saber que era cierto me hizo llorar, reaccionar y correr
más. Después en otros noticieros sí vi todo, por casualidad,
vi otra vez cómo se desmoronaron las Torres. La polvareda
parecía un huracán que nos perseguía mientras corríamos.
En un momento no se vio nada y solo escuchaba los chillidos
de otros pidiendo ayuda. Yo corrí más y le dije a Dios que si
me había dado una hija no podía llevarme todavía porque al
tenerla me había quitado el derecho a morirme hasta que ella
pudiera defenderse por sí misma. Después pensé que ahí me
moría, como usted, que el huracán de polvo me iba a alcanzar
y le rogué a Dios que me diera otra oportunidad para seguir
ayudando a mi hija. De verdad creí que iba a morirme ahí. De
pronto, como usted con la luz del apartamento, vi a un señor
que abrió un cajero electrónico con su tarjeta. Nos metimos
como seis ahí hasta que el polvo pasó. Yo no quería salir. Ese
381
día conocí el pavor pero no me desmayé como muchos en la
calle. La tos me ahogaba, sabía que estaba bañada en polvo.
Lo sentía en mis labios y en mis ojos. Me fui caminando has-
ta ese puente que une a Manhattan con Queens. Allí logré
montarme con otros en un camión. No supe dónde quedaron
mis compañeras. El conductor nos repartió a cada uno. Yo me
bajé cerca de donde quedaba la oficina de mi empresa y de
allí me llevaron a mi casa. Esa noche me encerré. La gente en
Queens salía a las calles, amaneció en las aceras conversando,
comentando lo ocurrido, pero yo no quise. Ya era suficiente
con las imágenes que llevaba. En mi barrio habían matado a
un detective en un robo a una tienda, pero valió huevo frente
a la catástrofe, excepto para la familia, imagino. Si yo pudiera
me iría de Nueva York. No siento igual esta ciudad y siempre
estoy recordando eso. Mi niñita me dice que me vaya para otra
parte. Muchos niños perdieron a sus padres allí. Pobrecitos,
cómo habrán quedado de confundidos con esa maraña que
se le arma a uno en la cabeza, en el corazón, en el alma, en la
vida toda, con una cosa de estas. Qué irá a ser de ellos con el
trauma si muchos vieron el ataque en televisión, a los papás
muriéndose. Un señor que tenía la esposa trabajando en el
noventa de la torre norte contaba que su hija se quejaba de
que tenía que ver a la mamá morir una y otra vez. Él estaba
aprendiendo a manejar el trauma de su hija y el suyo pues
ahora sin su esposa se sentía obligado a mantenerse vivo para
no dejar huérfana a su hija, como me pasó a mí cuando creí
que me moría. Es que tener hijos lo friega a uno. Quedaron
muchos huérfanos, más de la mitad de la gente que murió eran
padres de familia. En mi terapia había un señor de cincuenta
y seis años que perdió a su padre y decía que estaba tan triste
y traumatizado como los adolescentes y los niños. Y saber
que en otros estados ya ni se acuerdan. Una amiga de Miami
me dijo que allá ni siquiera conmemoraron el aniversario.
382
Es la tragedia de los neoyorquinos, o sea, de todos y de nadie,
porque cuando las cosas son de todos, como esta ciudad, real-
mente no son de nadie. Tal vez usted entienda el sentimiento
que yo tengo frente a eso, aunque siempre he creído que nadie
podría entenderlo, y eso también lo decían las personas que
conocí cuando estuve yendo a las terapias. Uno encuentra las
palabras para explicar lo que sintió, pero el que no haya vivido
algo así no podrá ni siquiera imaginarlo. Usted que pasó por
algo parecido lo sabe.
—¿Estuvo en terapia?
—Claro. Sí no, estaría loca. ¡Cómo se vuelve uno! ¿A
usted no le pasa que siempre está pensando en que las cosas
pueden salir mal?
—A toda hora. Eso es como un enigma que en vez de cu-
riosidad le da a uno dolor y le ensombrece la vida. Se vuelve
uno más pesimista. Nunca se vuelve a ser lo que se era.
—A mí todo el tiempo me atacan los recuerdos. He querido
olvidarme, pero no puedo. Hay muchas cosas que le evocan
a uno lo ocurrido. Una película, un comentario de la gente.
Oír las sirenas de los bomberos o sentir el olor a humo y a
gasolina es como estar allí otra vez. Un avión volando bajito
me aterroriza, me pone a latir el corazón más fuerte.
—Es como si la vida misma se volviera una trampa porque
lo hace recordar. A mí también hay cosas que me despiertan la
memoria. Todavía no soy capaz de mirar explosiones de carros
en las películas. Así sepa que son ficticias, sé que en la realidad
eso pasa. Tampoco soporto ver noticias de atentados. El olor
de llantas de carro quemándose me da ganas de vomitar y un
susto en el pecho, tengo que contener la respiración. Yo he
sentido que cuando esos recuerdos se disparan me obstruyen,
como si me desordenaran la vida otra vez. Desde hace ocho
años he vivido con una mezcla de ira y tristeza muy difícil de
llevar. La llevo conmigo aunque no quiera.
383
—El orientador de la terapia dijo un día que nosotros antes
estábamos en un cocoon, un capullo, y que ahora parece que
el capullo ha sido reventado y penetrado y por eso sentimos
miedo. Por eso ver las noticias da más estrés. A mí me pone
de mal genio, me genera una sensación maluca que me cuesta
dominar. Y como yo estaba trabajando cuando pasó eso, tuve
que buscarme algo distinto. Uno ya sabe que trabajando se
puede morir, eso se le queda a uno en el inconsciente. Mucha
gente no pudo volver a trabajar.
—Yo iba a dormir cuando explotó el carro bomba. ¿Será
por eso el insomnio?
—Dormir mal se le vuelve a uno normal. Vea, en la terapia
había un señor, míster Seaton, que perdió a la mujer que era
recepcionista de un piso de la torre norte. Él decía que no había
dormido derecho ni una noche desde lo ocurrido. Misis Karen
también decía que se despertaba mucho por las noches. Era
la esposa de un bombero que murió. Ella decía que por el tra-
bajo de su esposo debía estar preparada para que en cualquier
momento le llegara la noticia de su muerte, pero que esto era
distinto, que la pena nunca se le iría. Ellos compartían conmigo
en la terapia. A veces yo no entendía todo lo que decían. En
inglés, imagínese. Pero era suficiente con verles los ojos y los
labios para saber lo que llevaban por dentro. Le parecía a uno
que ya iban a llorar. Nunca los vi sonriendo. Y eso que ellos
no estuvieron allá como yo.
—Pero perdieron a sus seres queridos. Y eso puede ser peor.
—Yo todavía no sé qué será peor, si haber estado allí, haber-
lo visto o haber perdido a alguien... O qué tal no saber nada,
como míster Seaton y misis Karen que no pudieron hablar
con sus cónyuges. Los que sí pudieron despedirse se veían más
resignados, decían que había sido un momento muy duro pero
que conocer lo que pasó les había servido de consuelo porque
la verdad duele pero también ayuda a curar y cicatrizar.
384
—A mí de todos modos me parece horrible saber que un ser
querido de uno quedó desintegrado en segundos o que quizá
padeció mucho rato.
—Pero, insisto, es más horrible haber estado allá. Yo he
tenido que pagar un precio muy alto por eso. Y eso que no
miré para atrás. Un oficial de los bomberos que también iba
a la terapia decía que vivía atormentado por las imágenes de
las heridas tan graves de la gente, que había caras literalmente
peladas como máscaras de monstruos, que vio piernas y peda-
zos de cuerpos y que no podía olvidar la intensidad del calor,
que ni aun los bomberos más veteranos habían sentido algo
así, que le daba asco comer carne y que cada vez que se la
ponían en un plato sentía ganas de vomitar porque recordaba
los pedazos de cuerpos mutilados. Eso no es vida.
—Cuando una cosa de estas pasa es como si la vida se le
detuviera a uno de un frenazo brusco, como si fuera por una
autopista y se le acabara el camino, como en esas calles ciegas
que no van a ninguna parte y uno cree que sí, y sin saber o sin
querer resulta metido en ellas y entonces no sabe qué hacer,
si devolverse del todo o qué. Si hay calles a los lados, por cuál
se mete, y si no las hay, qué pereza devolverse hasta encontrar
por donde seguir.
—En la terapia la pregunta de casi todos era cuándo la vida
volvería a ser normal... ¿Usted nunca fue a la terapia colectiva?
Aquí el gobierno nos la dio.
—¿En Colombia? Ay Gladis, ¿se le olvidó cómo es eso allá?
Mis papás tuvieron que pelear para que nos dieran quinientos
mil pesos de ayuda de la Cruz Roja. Y se demoraron casi un
año con el trámite.
—Si no fuera por la terapia quién sabe yo cómo estaría. El
trauma hace muchas cosas. Vea, había otro bombero que vivía
con tos y se mantenía obsesionado con los pulmones, que sentía
como si los tuviera llenos de agua, decía. Yo no sé cómo podrá
385
sentirse eso. Que primero tuvo resoplidos, luego bronquitis y
después empezó a sentir un sucio en la garganta, como una
mota de algodón atravesada en la tráquea que le daba la tos,
una tos estúpida decía él con rabia cuando no podía pararla.
Llegó a pensar en un enfisema o en un cáncer. Él tan solo quería
saber qué era lo que le pasaba, pero los exámenes médicos no
le daban nada. Ni empeoraba ni mejoraba. A lo mejor nada
tenía y era el trauma. Aparentemente las cosas vuelven a la
normalidad, pero otras perduran. Incluso nunca sanan.
—Pero al final tienen que curarse. Al menos yo así lo he
esperado. Yo sé que el día menos pensado voy a levantarme sin
la sensación de desazón que me ha jodido estos años. Y creo
que después de haberla escuchado... Hay cosas peores, ¿no?
—La terapista decía que los seres humanos nos resistimos
al dolor, sea físico o mental, y que es peor cuando es público
porque hay que exhibirlo ante extraños y eso es como una
humillación, pues sufrir es algo muy íntimo y sin embargo todos
se dan cuenta. También nos dijo un día que si bien murieron
casi tres mil personas, veinticinco mil fueron rescatadas, que
pensáramos en los que se salvaron. Yo pensaba en los muertos
de Armero, aunque era distinto pues fue un desastre natural.
—¿Usted ha ido al sitio?
—Fui hace poco, en el aniversario. En la terapia me
dijeron que me atreviera. Ésa ha sido la única vez. Y creo
que la última. Me sentí muy rara. Pensé en que yo hubiera
podido ser uno de los muertos. Ya habían pavimentado pero
un viento levantó remolinos de polvo. Se supone que ya
no quedan restos ahí después de todos los meses que se
gastaron sacándolos, pero aún así yo me sentía pisando un
cementerio. Por eso me pareció una ofensa que alrededor hu-
biera ventas de souvenir como si fuera una atracción turística.
Imagínese, haciendo dinero con el dolor ajeno. Y estaban
386
transmitiendo. Aquí todo se ve por televisión y puede pasar
lo que usted quiera. Había mucha gente, pero seguramente
el año entrante habrá menos. Menos dolientes con flores
llorando y más turistas tomando fotos, claro. La mayoría de
los que asistieron es porque no tuvieron restos para enterrar.
Las autoridades les ofrecieron a esas familias urnas con polvo
del sitio cuando dieron por terminado el rescate de cuerpos.
Míster Tom, que también iba conmigo a la terapia, se negó a
recibirlas que porque las cenizas de su hijo estaban mezcladas
con las de los terroristas. Yo fui a la iglesia después porque sentí
que aquello no había tenido nada de religioso y porque quedé
muy triste. Creo que volví a dejar un pedazo mío allá. Al fin
y al cabo ahí todos perdimos algo. Yo no siento necesidad de
ir, nada tengo que buscar allá, todo lo llevo adentro, pero hay
otros que sí frecuentan el sitio. A mi lado había una señora
que era la mamá de una muchacha que trabajaba en la torre
sur. Esa señora ha ido cien veces, que porque siente que su
hija está ahí, que desde ese día no puede concentrarse en las
cosas y tuvo que jubilarse. Lloró como una Magdalena. Sería
mejor que llevara a la hija en su corazón para no tener que
torturarse de esa manera. Es que a la gente le pasan cosas muy
locas. Mire, la esposa del bombero, misis Karen, solo después
de ir al aniversario fue capaz de sacar del closet la ropa de él.
Yo tengo todos los recortes del New York Times sobre el primer
aniversario. Si quiere se los presto. Los de hace un año, los
del atentado no los guardé. Qué cabeza iba a tener para eso.
Además, lo que menos le interesa a uno es que le hablen de
la tragedia.
—A mí me pasó igual. Nunca quise mirar los informes de
los diarios en mi país. Apenas los vi hoy.
—¿Hoy?
—Por casualidad.
—Eso puede ser como una terapia.
387
—Creo que la terapia ha sido hablar con usted. Y conste
que no me alegra lo que ocurrió aquí, menos que le haya
pasado a usted.
—Yo llegaba a mi casa a anotar las cosas más importantes
que nos decían para que no se me olvidaran. Me compré un
cuaderno para eso. A veces las leo. No me importa recitarlas,
si me las tengo que grabar para curarme, lo hago. Yo tengo
que curarme de todos los miedos que me quedaron, tengo que
estar muy bien para mi hija, para el día en que podamos vivir
juntas. La primera parte fue muy difícil, sobre todo porque
me quedé sin trabajo. Imagínese, uno sin plata y sintiéndose
enfermo. Porque yo me sentía enferma. No me dolía nada
físico, pero me levantaba sin ganas de nada, era un desgano
por todo, llegué a desear morirme, y sabiendo que tengo una
hija. Hasta que un día, no supe cómo, reaccioné. Ya estoy un
poco más tranquila pero todavía voy a las terapias. No me da
tanto miedo salir a la calle o montar en los trenes como antes.
Trabajo en este edificio y veo la vida de una manera distinta
desde entonces. ¿Usted no?
—No sé. Tal vez sí.
—¿Qué hora es? Creo que es mejor que me vaya.
Violeta da la última pasada al poyo de la cocina, enjuaga
nuevamente el limpión, lo escurre y lo extiende en el borde
del lavaplatos. Luego se desamarra el delantal, se lo quita, lo
cuelga en el perchero detrás de la nevera y se va para la sala,
donde se estira en el sofá y queda con los ojos en el techo. Al
reflexionar por un rato en el episodio de las Torres Gemelas
del World Trade Center piensa en los hambrientos de África,
en los desplazados de su país y los millones de refugiados del
mundo, en los chechenos, en el salvajismo de la civilización
del siglo xx que recién queda atrás pero que ha pasado al xxi
con mayor brutalidad, y vuelve a recordar la frase de John Reed
“Átomo en este mundo de oscuridad y noche, me encuentro
388
solo”. Después sus pensamientos la llevan a caer en la cuenta
de las pocas veces en la vida en que ella, esclava de un salario,
ha tenido tiempo, como de niña en Campoalegre, para mirar
un techo, por ejemplo, sin tener que preocuparse por hacer
nada más, excepto verse a sí misma y hacer con su tiempo lo
que le venga en gana. Que lo recuerde, es la primera vez que
experimenta la sensación de liviandad que tiene en este mo-
mento. Curioso, luego de esa conversada con Gladis. Quizá
como el viaje que está a punto de concluir, está por cerrarse
el viaje hacia ella misma. ¿Para qué ha servido todo esto?, se
pregunta. No para la imposible recuperación del tiempo per-
dido, pero sí para evitar que se pierda el tiempo por venir, para
realizar el hallazgo de lo desconocido por inexplorado y para
haber dejado esa oficina absurda, replantear su vida, tomar
las decisiones que no había sido capaz de tomar.
Sus ideas y cavilaciones la persiguen a la bañera, a donde
se mete por un buen rato antes de acostarse. Aprovechará la
soledad en que la han dejado Marcelo y José Luis esta noche
en que han ido al cine y ella pudo sacarles el cuerpo con la
disculpa de la visita de Gladis. “Desde que llegué me dijiste que
me serviría hablar con ella. En esto me voy y no lo he hecho.
Hace rato la estoy amenazando con ese café. Ya la invité”,
contestó Violeta y eso fue suficiente.
En la bañera continúa en su ensimismamiento y recon-
centramiento, abstracción, reflexión y meditación, rumiadera
y pensadera, con sus elucubraciones y discurrires. Cuando
echa el cerrojo a la puerta del baño se queda pensando en
por qué lo hace. Qué necesidad hay si abajo está un portero
que vigila, si la puerta del apartamento permanece cerrada y
esto no es Medellín, la ciudad insegura, ni Colombia, el país
de la desconfianza. Cierra los ojos para hundirse en el agua y
sentir su tibieza. Sale a flote la escena de Psicosis que tanto la
impactó y que desde los veinte años le dejó la costumbre de
389
trancar las puertas, por si acaso. La manía no es culpa de ella
sino de Alfred Hitchcock por haber asesinado a Marion Crane
mientras se duchaba en Bates Motel. Ella, Violeta, en realidad
creyó ver el cuchillo de cocina entrando en el cuerpo de Janet
Leigh, su intimidad desnuda a través de la cortina opaca, así
como el reguero rojo, aunque la sangre se veía en un discreto
blanco y negro. Después de esa escena, ¿cómo poder asumir
igual el acto de bañarse y más si se está solo en un lugar que
no es la propia casa? Por eso, desde esa escena cuya evocación
la hace sonreír allí metida en la bañera que rebosa espuma,
Violeta recuerda los precarios cuartos y baños de los hotelitos
pueblerinos durante su época de periodista donde echaba llave,
cerrojo y cadena a las puertas. Era azaroso el momento de la
ducha, tan esperado en las ardientes localidades del Magda-
lena Medio colombiano con los días enteros para arriba y para
abajo, sudando, batallando por la información ante militares
y víctimas, los primeros evadiendo la verdad con su silencio y
las segundas atrapadas en la mudez del miedo. Por culpa de la
película, el momento de la ducha en esos hotelitos despertaba
más temores que ir en chalupa por el río con la amenaza de
encontrarse de repente en mitad del fuego entre guerrilleros y
soldados. A Hitchcock no le importó el argumento ni los per-
sonajes sino contar la historia de tal manera que hiciera gritar
al público, por eso no tuvo hígados para matar a la protagonista
antes de la mitad de la película, se gastó siete días de rodaje y
setenta posiciones de cámara en esos cuarenta y cinco segun-
dos de escena y, para rematar, abusó de tal manera del violín
que Violeta le cogió pereza al sonido del pobre instrumento.
¿Sería ella capaz de matar al protagonista de una obra suya?
Tal vez no. Sería como suicidarse. Por otro lado, en cualquier
obra de ficción inspirada en la realidad colombiana la muerte
existe porque sí. No es necesario inventarla.
390
¿Qué sentido tiene ponerse a recordar la escena de una
película, y más la de Marion Crane? Ninguno, pero es lo que le
viene a la mente mientras se baña, unos pensamientos ociosos
como casi nunca los tiene. Parece que su memoria empezara a
liberarse de las escenas de muerte de la vida personal gracias
a la evocación de la muerte atroz, pero ficticia, de una película
que no tiene nada que ver con ella ni con su país.
Esa noche, antes de acostarse, escribe en la pantalla del
computador “Átomo en este mundo de atrocidad y crimen,
me encuentro viva” y por primera vez en mucho tiempo se
queda dormida en cuanto su cabeza toca la almohada.
391
12
392
bilidad de trabajo siempre es una esperanza. Piensa
en que tendrás algo para hacer cuando regreses. Ya se
te van a cumplir los dos meses que te dieron y muy
claro dijiste que como ilegal nunca te quedarías
después de conocer las peripecias por las que pasó
tu tía Margó; claro que en el caso de ella todo fue
por amor y como ya lo hemos conversado, por el
amor se vale lo que sea. Pero si no es por eso, tam
poco te recomiendo la ilegalidad. No te mereces
una vida a escondidas. Es una humillación a la que
no tienes necesidad de exponerte.
Puede que una posibilidad de trabajo sea una esperanza,
pero también un dilema. Por lo menos para Violeta. La pro-
puesta de Eva la pone entre la espada y la pared en vez de
despejarle el camino. “¿Enseñar? ¿Cómo que enseñar? No
faltaría más. Por la última”, se dice.
—¿Qué sentido tiene ir donde los amish?
—Marcelo está loco por conocerlos y hace meses se lo pro
metí. Ya te lo expliqué.
—Y yo varias veces te dije que necesito ir a Boston. Mira.
José Luis recibe la hoja que Violeta le extiende con los datos
sacados de un sitio web. Lee “Emily Dickinson House, Town
of Amherst, National Historic Landmark, MA, 280 Main
St., open March to December, 413–542–8161, call before.
Sept–Oct 1–4 p.m. Wednesday to Saturday, Garden open daily
10 a.m. –5 p.m. Reservations for free tour are recommended”.
—¡Ja!, había que reservar el tour. ¿Leíste bien? ¿Llamaste?
—No señor, si uno quiere lo reserva, pero no es estricta-
mente necesario. Vamos allá Jóse ¿sí?
—¿Y qué hago con Marcelo?
—¿Te importa más él, que vive aquí, que yo que me voy
en una semana?
—También lo hago por ti, y por mí. Me gustaría conocer
esas comunidades. ¿No te parece muy interesante? Ya verás que
393
te gustará y que la de hoy será una experiencia para recordar.
Lleva la cámara.
—¿Y entonces qué hago con Emily Dickinson?
—Misis Emily puede seguir esperando. Su casa está ahí
desde el siglo diecinueve ¿no? El año entrante cuando vuelvas
podemos ir.
—Ya no sé si voy a volver. Y me urge ir allá.
—Cómo exageras. ¿Qué urgente puede ser ir a ver la casa
de un escritor muerto?, excepto satisfacer un capricho.
—Como haces tú con Marcelo llevándonos a Pensilvania.
A los amish puedes verlos en películas. Hace poco vi en la
televisión unos jóvenes de ellos que estaban participando en
un reality.
—No es lo mismo una película que la vida real.
—Por lo mismo tampoco es igual leer a Emily Dickinson y
ver su casa en fotos que estar donde ella vivió y caminar por
los jardines por los que ella anduvo y que le inspiraron su obra.
—Si seguimos hablando nunca vamos a ponernos de acuer
do. Tú tienes tus razones y yo las mías. Aunque si quieres te
doy otras. No me motiva ir a ver la casa de esa señora y nunca
te prometí llevarte, fue una idea, un anhelo tuyo, pero yo
nunca dije que sí.
José Luis se pone la mano derecha en el corazón, levanta
la izquierda con la palma de cara hacia Violeta y agrega en
tono solemne:
—Ahora sí, me comprometo formalmente, te juro Violeta
Sánchez, por mi madre, que la próxima vez que vengas te llevo,
porque vas a volver, eh, te lo prometo y lo cumpliré.
José Luis baja la mano izquierda, se quita la derecha del
pecho, toma a su hermana por los hombros y la mira a los ojos.
—Pero ya deja de ponerme problema, ¿sí?, no te amargues
por esa bobada, pareces una niña. Duérmete que mañana
quisiera salir temprano, detesto manejar de noche, cuando
precisamente uno está cansado.
394
Después de la conversación Violeta se sienta ante el com-
putador. Lleva tres días pensando una respuesta para Eva. Es
justo contestar su oferta. Aunque José Luis tiene la intención
de regresar temprano, en los viajes nunca se sabe lo que puede
pasar. “O a lo mejor mañana llego sin ganas de escribirle lo
que ya tengo claro”, se dice Violeta. Con facilidad sus palabras
van apareciendo en la pantalla y quedando grabadas en la
memoria del computador.
Hola querida Eva.
Sabes que la experiencia de Campoalegre transfor-
mó mi vida. Desde entonces perdí el control de ella.
Ahora que lo he recuperado sería absurdo dejarla
gobernar nuevamente por las circunstancias, las
sugerencias de los otros o las convenciones sociales.
Cuando renuncié al oficio para el que nací me dejé
llevar por las amenazas de la mafia, mis papás y la
idea de que el periodismo, con su voracidad, podía
convertir las intenciones de ser escritor en mero
recuerdo de los anhelos juveniles. Cuando me vol
ví asalariada y traicioné la independencia que tan
to iba conmigo, como tú decías, otra vez influyó mi
familia. Después, la explosión me metió la idea de
que los seres humanos jamás tenemos el control de
nada, idea de la que este año recibí una nueva
prueba con la salida de la agencia. Sin embargo, y
a pesar de los intentos fallidos, no he renunciado a
ser dueña de mi vida. Por eso me vine para acá,
a ver si al menos en un terreno neutral es posible,
lejos de la madre verdadera y de la madre patria.
Aquí, en un país donde la felicidad y el bienestar
se asocian a lo material, justamente entiendo que
debo abandonar las cosas que no me sirven. Tam-
bién me doy cuenta de que este no es el lugar don
de quiero estar, aunque tampoco lo es Colombia ni
395
Medellín; tal vez no haya lugar ideal para vivir si
en uno mismo habita la insatisfacción. Es extraño,
la insatisfacción continúa siendo de mi naturaleza,
pero al mismo tiempo siento que cada vez andan
menos conmigo la impotencia, la indefensión, el
agobio y ese desalentador aburrimiento que me
quitaba decisión. He empezado a sentir que no
choco con el mundo, a dejar de creer que este tie
ne algo en mi contra; intento parar la pelea por lo
que me ha dado, aprendo a encarar lo que tengo y
lo que soy, así mi rebeldía siga sin aceptarlo del todo.
Ha parecido una huída, pero lo que he hecho es
buscar soluciones. Empiezo a sentir que mi vida se
mueve, que no está paralizada ni ha retrocedido.
Tampoco son tantas las emociones que albergo, ya
pienso que ni siquiera me amenazan, y trato de
evitar que me manejen, así no las entienda y con-
tinúen apareciendo mezcladas a veces. Me siento
menos pesada. Tengo algunas cosas claras. Antes
no tenía ninguna, todo era negrura como en las
escaleras el día del incendio, como en las noches
de Campoalegre sin luz eléctrica. Tengo más o
menos ordenadas las ideas y una historia en la que
creo y que por el momento me libra en parte de
responsabilidad. Puedo lograr una apreciación más
objetiva de los hechos, así para mí, al igual que para
ti, la objetividad sea solo una palabra. Puedo respi-
rar profundo y pausado, darme un baño sin preocu-
parme por los minutos que corren, escuchar tan
solo música y percibir las cosas tal como son. Ya
puedo escuchar mi corazón cuando cierro los ojos,
y seguiré escuchando sus dictados, no solo sus lati-
dos. Aunque las preguntas siguen brotando, ya
tengo algunas de las respuestas que venía pidiendo,
que necesitaba y por las que he esperado años, y
396
confío en que mi vida, congelada, estancada, em-
pezará a actuar de nuevo y de una manera distinta.
Me ha sido útil pensar en cómo hice para sobrepo-
nerme a lo de Campoalegre sin haber hecho este
tipo de reflexiones. Mira cuán benéfica puede ser
la distancia. Nada sucede por casualidad. Como me
dijiste un día, todo es una cadena donde uno es el
eslabón más frágil. Ya entendí lo que me dijo Jóse
el día en que llegué, puedo reconocer que es dañi-
no el racionalismo excesivo. Dejaré de buscar ex-
plicación a todo pues intuyo que algunas cosas solo
tienen lugar en mi cabeza y que otras apenas son
sensaciones o sentimientos que no vale la pena
tratar de esclarecer, así las perciba con suma pro-
fundidad, con todo el cuerpo y el corazón como
suelo sentir yo, inevitablemente. Por años he habi-
tado sin asentar los pies en la tierra, como si siguie-
ra encaramada en el palo de mangos de Campoa-
legre, yendo en los brazos de Iris con mis pies en-
fermos o fuera un pájaro que aterriza en un cable
de la energía. Cuando llegué aquí todavía me sentía
como flotando; así mis pasos golpearan duro el
pavimento o la grama al trotar en el parque, yo aún
no me sentía pisando firme. Pero hoy sí. Empiezo
a dejar de diluirme en mí misma, de mirarme, y a
mirar el mundo. Ya no soy el centro y sin embargo
me vuelvo el centro. Ya no tengo que huir de nada,
ya entendí que la muerte te busca en el rincón don
de estés, como en Samarkanda. Yo no vine huyendo
de la pobreza como le pasa a muchos inmigrantes.
He huido de algo más vergonzoso como es estar
matándose unos contra otros sin ningún control y
con la venia del gobierno incluida. Pero aun con
nuestro paisito de muerte, nuestro paisito de los
diminutivos, las servilleticas partidas y el agua en
397
bolsita plástica, regreso a él. Tal vez la salida que
encuentro no sea la que buscaba, pero por lo menos
ya la decidí. Volveré a Colombia, el país que unas
veces parece un sueño, como lo ha sido mi vida,
otras un enorme cementerio, como el que quedó
aquí en el hueco de las Torres Gemelas, y en todo
momento un recuerdo que duele, como en el cora-
zón de los inmigrantes que no se reconocen en
nuestros millones de desplazados. Volveré a la Co
lombia desmemoriada como los viejitos, que borra
con prontitud las grandes infamias, que encara el
conflicto y el miedo dando la espalda, que lleva años
practicando el olvido como terapia, como lo he
querido hacer yo, infructuosamente, porque es
evasión deshonrosa y significa tolerar lo ocurrido.
Volveré a Colombia aunque allí las posibilidades de
elegir sean escasas y lo normal es que no haya elec-
ción y se tenga que vivir lo que toca porque no hay
otra opción, aunque sean muy pocas las cosas
buenas que poseo allá, como tu amistad y la voz
sosegada y envejecida de mi mamá; aquí me he
percatado de cómo suena su voz a través del telé-
fono, de los años que lleva encima y de que es un
privilegio tenerla viva –como lo fue haber tenido el
padre que tuve–, pero que puedo perderla también
en cualquier momento, como a Iris. ¿Qué necesidad
tengo de privarme del amor de ella y el de mis otros
hermanos si ya una vez me los quitaron? Dicen que
la felicidad es la libertad para hacer algo y escoger.
Realmente pesan más mis circunstancias en este
momento, me regreso un tanto obligada por ellas;
si por mí fuera me quedaría aquí, percibo un am-
biente menos enrarecido, siento que esto se adapta
más a lo que yo soy y pienso, que este mundo, así
sea criticable, está más hecho a mi medida que el
398
lugar donde tal vez equivocadamente nací. Por eso,
para lograr un punto medio, regreso, pero no a lo
que era, la mujer perdida como la protagonista de
El cielo protector de Paul Bowles. ¿Recuerdas la es-
cena final de Refugio para el amor, la película de
Bertolucci que tanto nos conmovió? Regreso para
cumplir con la tarea de escribir que me he propues-
to, algo para lo cual, a la larga, sea más importante
la voluntad que el lugar. En cuanto a ganarme la
vida, evitaré trabajar como asalariada, menos en
agencias de publicidad, oficinas de relaciones pú-
blicas o departamentos de comunicación. Y en
cuanto a enseñar... creo que también. No estoy
segura de querer ser profesora, nunca lo había con
templado, y aún me queda más difícil planteárme-
lo después del motivo de tu retiro. ¿Desearías que
me pasara algo por el estilo, exponerme a la cruel-
dad de un estudiante irresponsable e inmaduro? Es
algo que debo pensar más. Esperemos a que esté
allá. Si deseas lo hablamos personalmente, aunque
la próxima vez que te vea quisiera que conversára-
mos sobre todo de la historia de Campoalegre que
te estoy adjuntando para que me des tus críticas y
yo pueda hacerle la última corrección. “Dejó una
mariposa su capullo” es el título, y no es original, lo
leí en un poema de Emily Dickinson, no recuerdo
cuál, pero lo llevo grabado en la memoria desde
hace más de veinte años. Por eso debo ir a su casa
en Boston, para hacerle una reverencia y pedirle
prestado el título. Fíjate, ella es un ejemplo de que
no es necesario estarse moviendo ni ir muy lejos.
En casi cuarenta años, desde los diecisiete hasta los
cincuenta y seis, cuando murió, no salió más de tres
veces de su pueblo y, sin embargo, creó un mundo
nuevo para la poesía. En fin. Ya tendremos tiempo
399
de hablar de todo esto. Por ahora, te dejo. Cuídate
y dale saludos a don Leo. Me alegro que ahora él
esté tan cerca de ti. Te quiero mucho Eva mía.
Violeta.
P. D. Ayer sentí vergüenza al leer en el New York
Times (¡qué periódico tan bueno!) la historia de una
periodista libanesa que perdió la mano izquierda y
el pie derecho en un atentado; en la foto aparecía
en silla de ruedas y lucía sonriente, sinceramente
sonriente, con su elegante vestido sastre, su pelo
cepillado y su cara maquillada. Yo apenas tengo unas
cicatrices que escasamente se notan, que se perciben
como manchas, y llevo años lamentándome de ellas.
Luego de enviar el correo Violeta se pone a trabajar en
la transcripción de las cartas que ha seleccionado. Desea
ubicarlas cuanto antes en la historia de Campoalegre. Aun-
que es un poco tarde no se va a la cama como le recomendó
su hermano. La idea del paseo al día siguiente le enreda las
ganas de dormir. Antes que lidiar con un potencial insomnio,
prefiere seguir pegada del teclado.
En las cartas ya había señalado algunas partes tras ordenar-
las por autor. Hay cartas de todos, incluso de ella misma. Se las
entregó la mamá al cabo de los años, un día en que arreglaba
cajones y botaba papeles viejos.
Los fragmentos que Violeta transcribe esa noche quedan así:
De papá:
Hija mía: debes esperar a que nazca el bebé y a que
la mamá pase la dieta que son cuarenta días, o sea,
hasta finales de abril. Con seguridad para los quince
de Brenda iré por ti. Yo estoy bien, extrañándote.
Te quiere mucho, tu papá.
Hija mía: el bebé ya nació, pero prematuro, o sea,
antes de tiempo. Además, tiene Síndrome de Down,
400
una cosa que no es normal. Tendrás que esperar un
poco más. Te quiere mucho, tu papá.
Hija mía: la mamá ya terminó la dieta pero sigue
muy afligida y enfermosa, o sea, no puedo ir por ti
todavía. Si todo mejora, para tu cumpleaños, en
junio, te traeré a casa de nuevo, pero es la mamá la
que debe decidir. Te quiere mucho Fonso, tu papá.
Telegrama: Felicítote cumpleaños. Perdona. Impo-
sible cumplir promesa traerte. Mamá sigue regular.
Cancelamos fiesta Brenda. Pronto habrá sorpresa
grandísima. Mándote muchos besos. Papá.
Hija mía: recuerda que les tengo prohibido masticar
chicle, daña los dientes, cómo voy a pagarles la
dentistería a todos. La mamá te manda decir que
te quiere mucho y que cuando vuelvas te llevará a
ver Oliver, una película que estrenaron en Estados
Unidos, es sobre un niño huérfano y pronto llegará
a Medellín. Te quiere y abraza, tu papá.
De Rubén:
Hola Violeta. Estuvimos viendo los aviones en el
Olaya Herrera. Me gustaría ser piloto. A mi papá no
le choca la idea, pero mi mamá dice que dejemos de
soñar que eso vale mucho y que piense en otra cosa.
Este año termino y todavía no sé qué voy a hacer.
Quiero trabajar. Qué pereza estudiar. Tu hermano
el mayor.
Hola Violeta. Voy a conocer el mar. Vamos a hacer
una excursión a Cartagena por la terminada del
bachillerato. Ya vendí las treinta boletas que me
tocaron de la rifa. Hemos recogido buena plata.
Ya tenemos para el bus y el chofer que vamos a
contratar. Todavía nos falta para el hotel y la co-
mida. El profe Elías es el más animado. Te saluda,
tu hermano el mayor.
401
Hola Violeta. Mi papá nos dejó hacer un baile aquí
para recoger fondos para la excursión. Don Ber
nardo nos prestó la radiola. Vino bastante gente e
hicimos buena plata. Julián se estaba tomando el
vino de cerezas que conseguimos para vender. Lo
pillamos pegado de la botella detrás de la nevera.
Se salvó de la pela porque vomitó mucho. Pobre-
cito. Claro que el regañado fui yo por no ponerle
cuidado. Yo era el responsable del baile. Te saluda,
tu hermano el mayor.
De Brenda:
Hola hermanita menor: Jorge me regaló Samba pa’ti,
un disco de 75 revoluciones. Ojalá mi papá sí nos
compre la radiola para poderlo oír. Estoy aburrida en
el colegio. Creo que voy a perder el año. Mi mamá
no sabe todavía. Mi papá habló con la profesora
y está muy bravo. Me gusta más leer las novelas
de la biblioteca de Fabritelas. A mí me da mucha
pereza escribir cartas pero hago el intento por vos.
Es mejor leer lo que ya está escrito que inventarse
cosas nuevas. Tu hermana mayor.
Hola hermanita menor: cumplí los quince. Mi papá
no me dio regalo porque va a comprar la radiola,
pero me dio plata para que comprara el disco que
yo quisiera. Todavía no sé cuál conseguir. Jorge me
regaló un librito con el significado de los nombres.
El tuyo no lo encontré, el mío tampoco. Valiente
regalo. Claro que vos sabés que tu nombre es el
de una flor muy bonita. Pero el mío todavía no
sé de dónde habrá salido. Mamá Rosita dice que
de una radionovela. Tal vez por eso me gusta leer
novelas. Tu hermana mayor.
Hola hermanita menor: Julián me pilló conversando
sin permiso con Jorge. Desde eso me tiene azotada.
402
Cada que estamos comiendo me da una patada por
debajo de la mesa y me dice Jorgiván y tengo que
entregarle mi carne. Mi papá y mi mamá no se la
han pillado. Creen que le cogí pereza a la carne. Mi
papá me echa cantaleta porque no como la proteí-
na. Mi mamá dice que me deje tranquila, que son
cosas de la edad, que estoy volviéndome mujer. Y
que Teresa también. Tu hermana. La mayor, Rubén
dice que se pone así, La mayor.
De Tere:
Querida Tica: mi mamá está en la clínica trayendo
el bebé y doña Mercedes nos está cuidando. El otro
día se le olvidó levantar la tapa del sanitario y se
orinó en la falda. Se enojó porque Julián le echó
en la caneca del agua limpia la ropa enjabonada
que tenía asoleando en el patio. Lo persiguió por
la casa. Él se encaramó en los muebles de la sala,
corrió por las camas y las mesas. Volvió todo nada
pero no quebró ni una porcelana. Ella le gritaba que
era un demonio y que cuándo será que mi mamá
sale de la clínica. Después se encerró en el baño y
se puso a llorar. Al rato salió. Tenía la falda toda
mojada y se tuvo que poner a lavar el inodoro. Tú
estás allá más tranquila. Cuídate hermanita mía.
Atentamente, María Teresa Sánchez R.
Querida Tica: se murió doña Encarna. La vi en la
caja, pero la enterraron con el mismo pañolón ne-
gro. Nos quedamos sin saber cómo tenía el pelo. Ni
un mechón se le veía. La cara la tenía más blanca.
Era pecosa en las manos. Isabel lloró todo el rato que
estuvimos en el velorio. Mi mamá dijo que ahora
ella sí va a poder conseguir novio y casarse. Pero mi
papá dijo que ya se quedó solterona. Ahora la más
viejita del barrio es la abuelita de las Orozco. Doña
403
Encarna tenía las manos juntas en el pecho como
dijiste que se las pusieron al tío. Por eso es mejor no
volver a dormir así. ¿Sí te estás cuidando? Saludos
a Iris. Atentamente, María Teresa Sánchez R.
Querida Tica: ya empecé la acuarela en el curso de
los sábados en la casa cultural de la fábrica. Mi papá
me prometió que en las vacaciones me pagará un
curso de pintura en Bellas Artes. Yo quisiera volver
a trabajar este diciembre bordando las palomitas
en las blusitas de los bebés. A Rubén quién sabe si
lo colocan en el almacén después de que se puso a
vender billetes del sorteo extraordinario de Navidad
por debajo de cuerda. Ahora me toca ayudarle mu-
cho a mi mamá con el bebé. Brenda es muy perezosa
y solo le gusta cargarlo, arrullarlo y verlo dormido.
Se hace la boba con los oficios y siempre me toca
hacerlos a mí. ¿Cómo está Iris? Cuídate hermanita
mía. Atentamente, María Teresa Sánchez R.
Querida Tica: me estrené un vestido de manga an-
cha el día del baile que papá le dejó hacer a Rubén.
Pasamos muy bueno hasta que Brenda la embarró.
Papá dijo que va a comprar una radiola, que si nos
manejamos bien nos dejará hacer bailes en la casa
con amigos. Estamos con los preparativos de la pri-
mera comunión de Julián que es el mismo día del
bautizo del bebé. Será como la despedida de la casa
que dejamos. Cuídate hermanita mía. Atentamente,
María Teresa Sánchez R.
Querida Tica: el sábado nos dejaron ir al baile de los
quince de Estela. Era de maxifalda y mamá Rosita
nos hizo los vestidos con unas telas brillantes que
tenía guardadas. Moradita clara con grabaditos de
flores la mía, verdecita la de Brenda. Nos tomaron
fotos bajando por las escaleras antes de salir de la
casa. Nos peinaron en la peluquería con enredo y
404
laca. Al otro día Brenda y yo tuvimos que ayudarnos
para poder desbaratar esos peinados. Me cansaron
mucho los zapatos altos, pero estoy contenta sabien-
do que ya tengo unos pues se siente uno grande.
Son de plataforma, a la moda. Mi papá los mandó a
hacer especialmente en el taller. Cuídate hermanita
mía. Atentamente, María Teresa Sánchez R.
Querida Tica: ya nos vamos a pasar para la nueva
casa. Yo dije que te esperáramos pero mi mamá dijo
que no se puede, que necesitamos acomodarnos
antes de que ustedes vengan. Tus cositas te las
empaqué bien, no te confundas, nada les pasará. Te
tocará dormir en una cama muy linda con nochero
y escaparate que serán tuyos no más. El carpintero
ya trajo el juego. Es estilo Luis XV. Ya no volveremos
a dormir juntas pero tendrás una pieza para vos
solita. Le separamos otra a Iris. Cuídate hermanita
mía. Atentamente, María Teresa Sánchez R.
Querida Tica: Julián ya hizo la primera comunión.
No quería fiesta sino que le dieran una bicicleta.
Pero es tan de buenas que le hicieron la fiesta y la tía
Margó y mamá Rosita le dieron la bici. El bebé está
cada día más gordo y con los ojitos más brotaditos
pero se ríe mucho. Mamá no deja que digamos que
es anormal. Dice que va a ser muy grande y fuerte.
Ha crecido nueve centímetros. No te va a tocar
conocerlo chiquitico. Yo lo estoy cuidando mucho.
Cuidate vos. Te escribió tu hermana que te extraña
siempre, sobre todo por las noches. Atentamente,
María Teresa Sánchez R.
De Jóse:
Pecosita linda: en el colegio nos llevaron a conocer
la Biblioteca Pública Piloto. Es más grande y tiene
más libros que la de la fábrica. También hacen con-
405
ciertos y obras de teatro. Voy a sacar el carné para
prestar libros. Canté dos canciones con la guitarra
de Tomás el día del baile. Me dio susto, se me fueron
dos gallos. Un besito. Jóse.
Pecosita de mi corazón: a Brenda le regalaron un
disco pequeñito con dos canciones, de un señor
Santana. Cuando lo pusieron ahí mismo todos se
quedaron callados y después empezaron a sacar pa-
rejas y a bailar amacizados. Yo no. Me gustó mucho
esa música. Un besito. Jóse.
Pecosita hermosa: voy a reemplazar a Rubén de
acólito en la iglesia. El padre Pérez se dio cuenta
de que ya está fumando y le dijo que no volviera y
que mandara a uno de los hermanos menores. No
me gusta ponerme esa bata y sentarme como una
estatua al lado del cura en el sermón. Tampoco
llevarle las jarritas y tocar la campanita, pero me
quiero ganar al padre Pérez. Es muy resabiado. A
ver si por fin me acepta en el coro. Voy a hacerme
amigo del organista para que me enseñe a tocar ese
aparato. Un besito. Jóse.
Pecosita mía: fui a ver el festival de música de
Fabritelas. Las boletas las repartieron gratis. Mi
mamá me acompañó a hacer la fila. Vino un grupo
de Nueva York y yo lo vi. Era una música antigua
muy sublime. Esa palabra me gusta y así decía en el
folleto. Mientras veía a los músicos pensaba en que
yo algún día seré como ellos. A lo mejor llegaré a
ir a Nueva York, como me ha dicho mi madrina. Y
tú me harás la visita. Yo quisiera hacértela ahora,
pero mi mamá dice que a Campoalegre no vamos a
volver. Qué pesar con lo tranquilo que es todo allá.
Un besito. Jóse.
Pecosita del alma: mi mamá y yo fuimos a otro
concierto en la casa cultural de Fabritelas. Era un
406
barítono de Bogotá. Trajeron libros nuevos a la
Biblioteca. Brenda prestó uno llamado Cien años de
soledad. Yo lo voy a leer apenas termine la historia
de Bach. Es un músico. Aunque es una novela y a
mí no me gustan me llama la atención ese título.
Espero que vengas rápido. Un besito. Jóse.
De Julián:
A mi hermanita: ya trajeron al bebé, está en una
pieza oscura, le ponen lámparas como a los pollitos,
mi mamá dijo que ya casi pesa tres libras, ella siem-
pre se lava las manos antes de cogerlo, no lo deja
tocar, lo vemos desde la puerta, nos tenemos que
tapar la boca y la nariz con una máscara, mi mamá
llora como cuando se murió el tío y nos hace dar
ganas de llorar a todos. ¿Ya la vaca tuvo el terne-
rito? En el colegio me mandaron a diseccionar un
sapo, lo cociné en un tarro en la estufa y mi mamá
me regañó, olía muy maluco, Tere se vomitó pero
el esqueleto quedó muy bonito, mi papá me ayudó
a armarlo y saqué cinco, mamá Rosita dijo que ahí
estaba pintado mi papá, que ella no le ayudaría a un
hijo de ella a hacer una tarea así, me regañaron en el
colegio porque hice mal la tarea sobre la conquista,
puse que los misioneros eran muy malos y los indios
muy buenos. Te escribió tu hermanito Julián que te
quiere.
A mi hermanita: me estrené las gafas. Me asusté
cuando me las puse, las cosas eran distintas, ya
no eran como las conocía, todo me parece más
brillante y está menos lejos de mí, por ejemplo las
estrellas, la luna ya no la veo como una mota de
algodón, la noche no es tan oscura, es como si mi
papá hubiera puesto bombillos nuevos en toda la
casa, ya no me arden los ojos ni los tengo colorados,
407
tampoco me duele la cabeza, en el colegio Pepe fue
el único que me dijo que me quedan bien, los otros
se burlaron y por eso no se las dejé medir, cuando
vengas te las dejo poner. Ya mis dientes están más
grandes y puedo hacer la primera comunión, ya no
se me ve el hueco cuando me río y le di las gracias
al ratón Pérez. Ya mi mamá empezó a sacar al bebé
de la pieza, pero cobijado, lo lleva pegadito al co-
razón, mi papá ya lo carga, dijo que con el calor de
su cuerpo lo ayudará a salir adelante. Tu hermanito
Julián que te extraña.
A mi hermanita: mi papá dejó que los grandes
hicieran un baile aquí, trajeron la radiola de don
Bernardo y discos, mi mamá no quería por el luto,
mi papá dijo que por eso mismo tenían que alegrar
la casa, mamá Rosita y Margó se enojaron, ojalá
se contenten ligero para que vengan a mi primera
comunión, ellas dan regalos muy buenos. Jorge le
regaló un disco a Brenda y lo bailaron en la sala, mi
papá estaba muy contento, sacó a bailar a mi mamá,
también bailó apretándose a ella. Don Agustín lla-
mó a la policía porque habían cerrado la calle para
jugar el fútbol, todos corrieron a meterse donde
primero pudieron, Rubén no pudo, se lo llevaron
con otros dos y la policía los botó lejos, no tenían
plata y les tocó caminar dos horas para llegar a la
casa, mi mamá dijo que no más eso de cerrar la calle,
mi papá que don Agustín es muy malgeniado. Tu
hermanito que te quiere.
A mi hermanita: Brenda consiguió novio y me toca
cuidarlos cuando viene a visitarla, conversan en la
puerta los sábados porque mi papá le dio permiso
pero no puede entrar a la sala todavía, mi papá dijo
que depende de cómo se maneje, y a mí me ponen
a jugar afuera en la manga para que los mire con
408
disimulo, el otro día él le cogió la mano y le tocó
la cara, Brenda me ofreció dos pesos para que no
contara, yo debo cumplir la tarea que me pusieron,
pero no me gusta ser ponequejas y quiero comprar
el álbum, creo que voy a recibir la plata porque si
cuento con seguridad le quitan el permiso a Bren-
da y desde que se lo dieron no me ha vuelto a dar
pellizcos y me trae bombones de coco del liceo. Tu
hermanito Julián que te extraña.
A mi hermanita: Rubén y Tere le hicieron el al-
muerzo a mi mamá el día de las madres, Brenda la
maquilló y quedó muy distinta, Jóse le cantó una
canción, yo le entregué el cofre de masa de cartón
que nos pusieron a hacer este año, mi mamá estaba
esperando la lavadora, pasó aburrida pero se estrenó
el vestido y los zapatos y la cartera que le trajo mi
papá, a ella le gustaron los regalos que le hicimos
en el colegio, dijo que solamente faltabas vos para
sentirse contenta del todo y que la presentación de
ballet de Tere en el colegio estuvo muy bonita, que
el vestido de bailarina era rosado, pero es del colegio
porque lo hicieron las monjas y no lo pudimos ver,
lo mismo las zapatillas, y Jóse cantó en el coro. Te
extraña tu hermanito Julián.
A mi hermanita: Brenda y Tere llamaron a Radio
Ritmos y se ganaron un disco de unos disfrazados
que cantan en inglés, hay un indio, un policía, un
marinero, un vaquero, un obrero y un negro; Jóse
prestó un tocadiscos y lo oímos, Brenda parece una
loca cuando los oye, ocuparon el teléfono toda la
tarde, Teresa fue la que habló porque Brenda no
fue capaz, mi papá dijo que ahora sí les va a com-
prar la radiola, mi mamá dijo que lo que sigue es la
lavadora, también están antojadas de discos yeyé y
gogó. Todavía no aprendo a hacer la letra pegada
409
como Brenda y Tere, me da trabajo escribirte pero
me gusta y te lo prometí, mi mamá dice que mi letra
es espantosa y que no sé poner puntos ni distingo
las mayúsculas de las minúsculas, yo sí sé cómo son
pero me gustan todas las letras iguales y grandes y el
punto lo pongo cuando cambio de tema. Te escribió
tu hermanito Julián.
A mi hermanita: a Brenda la pillaron yendo a leer-
se las cartas y dejó de ir al colegio, ella se echa el
perfume que le dieron en los quince cuando Jorge
le hace la visita, todavía no son novios, están con-
versando, el otro día oí que le dijo a Tere que no le
gusta porque no estudia, pero que seguirá atendién-
dolo mientras resulta otro para poder chicanearle
a las compañeras del colegio con que tiene novio,
ella y Tere son muy amigas y yo oigo todo lo que
hablan por la noche en la pieza porque se quedan
conversando y yo no puedo dormir pensando en
el tío. ¿También a vos te da trabajo dormirte? Tu
hermanito Julián que te quiere.
A mi hermanita: a Tere también la van a sacar
del colegio de las monjas como a Brenda porque
el liceo es más barato y mi papá dice que mientras
más crecen las mujeres se vuelven más caras pues
necesitan muchas cosas de la farmacia como mi
mamá, el año entrante Tere va a estudiar en el liceo
del centro porque además nos vamos a pasar y ella
está muy contenta porque podrá montar en el bus
todos los días. Rubén estaba fumando, mi mamá
se asustó cuando supo pero mi papá dijo que ya
cumplió los dieciocho y que estaba de fiesta, yo le
saqué un cigarrillo de la cajetilla y me fui para la
manga a fumármelo pero me mareé y vomité. Nadie
se dio cuenta. No le contés a nadie. Tu hermanito
Julián.
410
A mi hermanita: a Brenda la castigaron porque
se besó con Jorge, yo la pillé y tuve que contar,
no puede atender visitas dos sábados, y a mí me
suspendieron dos días del colegio, mi papá dejó de
hablarme, mi mamá me puso a hacer los oficios, la
trapeadora pesa mucho, tengo una ampolla en la
mano, en el recreo me brinqué el muro del patio,
quería hacer el trueque de los caramelos de Jet, mi
papá no me ha dejado oír a Kalimán, mi mamá dice
que es un castigo muy duro pues no se imagina sin
oír la radionovela tantos días. Ya nos pasamos a la
casa nueva, mi mamá dijo que es la herencia del tío
Ramón. Al bebé le están empezando a salir pelitos
y son amarillos. Y me regalaron un juego de Hágase
Rico pero Rubén está apoderado de él y siempre les
gana a Brenda y a Tere, le puse la queja a mi papá
pero dijo que no sea egoísta. Tu hermanito Julián.
A mi hermanita: mi mamá llevó a Brenda y a Tere
a ver una película de Sandro, les va a comprar la
canción del cacique y la cautiva porque le gusta
mucho y otra que habla de una flor para mascar,
ahora casi no oyen a los disfrazados que cantan en
inglés, Brenda rompió la alcancía para comprar el
disco de Sandro y no ha podido convencer a Tere
de que haga lo mismo para ajustar lo que le falta. Ya
trajeron el televisor que compró mi papá para que
veamos la llegada del hombre a la luna, mi mamá
se puso brava, no lo ha volteado a ver, ella quería
la lavadora, mi papá dijo que en diciembre y que es
para que vea las novelas de la radio. Yo te extraño
mucho. ¿También vos Tica? Tu hermanito Julián.
A mi hermanita: hay un programa en el televisor
que se llama Concéntrese donde hay que descubrir
parejas de productos, me gusta mucho, Animalan-
dia también, hay tres payasos y uno se llama Bebé,
411
como el bebé nuestro, también hay un programa con
un tío Alejandro y una muchacha pecosita como
vos. Lo pusieron Luciano al bebé, no me gusta ese
nombre, es como de mujer, tal vez sea porque él no
es normal. La nueva casa tiene teléfono, el número
es 76903. Mamá se puso a llorar cuando supo que
estabas tan enferma de los pies, así fue la otra vez
con el asma. ¿Ya te aliviaste del todo? Tu hermanito
Julián.
A mi hermanita: Brenda peleó con el novio y se
tusó, sin el pelo largo se ve como un hombre, mi
mamá alegó con la vecina que la motiló y después
le reclamó el pelo, dizque esa señora iba a venderlo,
pero Brenda está feliz, dice que la cabeza ya no le
pesa como antes y que le rinde más el tiempo, pero
sigue dándose las cien cepilladas por la noche. Se
mantiene mecateando y leyendo novelas, trajo un
libro nuevecito y muy gordo de la biblioteca y mi
mamá dijo que siquiera ya pasó los quince porque se
está soplando con la comedera. Mi mamá se puso a
llorar y mi papá me regañó porque pregunté si vos
eras una esclava, pero yo me acordé de lo que nos
dijo el tío, que los esclavos viven aislados y así estás
vos con Iris y ella es negra y trabaja mucho. Ya le dije
a mi mamá que te mandara a traer porque me hacés
mucha falta, si estuvieras aquí hubiéramos hecho
la primera comunión juntos y seguro no me habría
dado tanto susto confesarme y recibir la hostia.
También extraño jugar con las mariposas como en
la finca, aquí son muy escasas. Tu hermanito que
te quiere.
Mías:
Fuimos a enterrar a Sultán. Se murió de tristeza por
el tío. Ya no me ladraba. Voy a la escuela. Hay un
412
indio. Niño como yo. Hicimos la tarea de religión.
A la maestra no le gustó. Me dijo que no creyera
en lo que creen los indios. Saludes a mi mamá. Yo
los extraño a todos. Violeta.
Me disfrazaron de ángel. Iris ayuda en la iglesia.
Cayó un aguacero en la procesión. Me empapé.
Me dio gripa. A los indios no los dejaron ir ala pro-
cesión. No les venden en la tienda. Llueve a toda
hora. El papá del indio vino a ayudarle a Iris. Papá,
cuándo vas a venir por mí. La Biblia del tío tiene
láminas con oro. Violeta.
Fuimos a mercar. Don Tino me dio bolas de chicle.
De todos los colores. No le quiso fiar a Iris. A ella
no le da tinto como al tío. Don Tino sabe hacer
cuentas en la cabeza. Sin papel y lápiz. Como mi
papá. Se tomó un vaso de leche con un huevo crudo.
Iris casi se vomita. Pasamos por la cantina. Tiene
un billar. Mami, ¿ya estás bien? Violeta.
Toqué a Fortunata. No me dio miedo. Y ayer me
le arrimé a María Antonia. Bolea la cola cuando
me ve. Mi pollito ya parece una gallinita. Nació un
ternerito. Lo pusieron Rogelio. Los animales aquí
son más bonitos que en la cartilla del colegio. Que
en las láminas de la lotería. La hermanita menor.
Iris va a vender el almacén. Al sastre y a María de
los Ángeles. El sastre se pone un dedal. Embolató el
metro. No se lo pone en el cuello como mamá Ro-
sita. No sabe hacer vestidos para mi muñeca. Tiene
las manos grandes. Pega muchos botones. Saludes
a todos. Me gustan mucho las cartas. Violeta.
Vino un circo. Iris me llevó. Había un mago. Tenía
un sombrero. Sacó dos palomas. El elefante mojó a
la gente. Vimos los tigres en las jaulas. Me gustó la
chimpancé. Los payasos se caían cada rato. Iris se
rió mucho. La gente no la saluda. Yo también me
413
reí. Me acordé del tío. Julián, gracias por escribirme
tantas cartas. Violeta.
Voy al catecismo. Quiero hacer la primera comunión
este año. Me dio otra gripa. No volví a la escuela.
Me gusta más el almacén. Y los botones. Brenda
cumplió los quince y no vinieron por mí. Mami,
dígale a mi papá que venga por mí. Ahora quiero
más a Iris. Leemos palabras por la noche en el dic-
cionario. Que saludes de ella. Violeta.
Iris pregunta si Rubén va ir a la Universidad. Que si
siguen cerrando la calle para jugar fútbol. Ya enten
dí que la tierra es redonda. Con el mapa que el tío
tiene. Es como una pelota grande. No como el de
mi papá. Pa’, ¿usted cuándo va a venir pues por mí?
Violeta.
Fuimos a la iglesia. No había gente. Nos quedamos
un rato. Prendimos dos veladoras al Nazareno.
Conté siete ángeles en las ventanas. Son de vidrios
de colores. Nos encontramos con el padre. Dijo que
nosotras buscábamos consuelo. Yo voy a cargar al
bebé cuando vaya. Mami me lo prometió. Violeta.
Hay muchas telas, hilos y adornos en el almacén.
Pero a Iris no le gusta coser vestidos. Para las mu-
ñecas. Como a Teresa. Tere, cuídeme mis muñecas.
Yo te extraño por las noches cuando duermo. ¿Vos
también? Mami, ¿sí le dijo a mi papá que venga?
Violeta.
María de los Ángeles hizo un vestido para mi muñe-
ca. La que me dio el tío. Me ayuda con el bordado.
Me acuerda de Tere. Tere, ¿has visto a Érika? Dale
saludes. Contale que aquí hay tres libros grandotes
y que ya sé contar hasta cien. Pa’, ya me quiero ir.
Lléveme con Iris para Medellín. Violeta.
Cartas de todos, uno por uno sin falta. Cartas de todos,
menos de la mamá. Cartas confirmando su ausencia, aunque
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ella, como se lo contó un día Teresa, estaba detrás de casi to-
das, revisándolas cuando podía, para aplicarles sus escrúpulos
con el manejo del lenguaje, para deleitarse en su gusto por
revisar sílabas, signos de puntuación y tildes, para castigar sin
misericordia con la censura idiomática. Violeta se consuela
pensando en que seguramente la mamá sentiría ganas de
escribirle, pero quedó impedida por la situación por la que
pasaba. Se percata de que jamás ha recibido una carta de ella.
Lógico. Excepto en Campoalegre, y ahora, nunca han estado
separadas por más de dos semanas de vacaciones, y un tiempo
así no amerita correspondencia. Ahora se trata de meses, pero
si no le escribió joven menos ahora tan viejita cuando lo que se
acostumbra son los mensajes por Internet y ella ni siquiera sabe
manejar un computador. Ya se quedó sin conocer una carta
suya. Pensando en que le hubiera gustado recibir al menos una
en la vida, Violeta se va a la cama, ansiosa por el paseo del día
siguiente. A lo mejor los ángeles hacen cambiar de idea a José
Luis y él toma rumbo a Boston, como ella anhela.
415
13
416
del incidente con Robert, para ella ha sido imposible recuperar
la espontaneidad que fluía en su relación con Marcelo. No le
nace seguir siendo la misma con él. Por momentos quisiera
que el incidente ni le importara. Sin embargo, en su interior
se impone la lección sobre las traiciones aprendida en casa y
esa lección le grita que las mismas son inexcusables.
La salida de Manhattan resulta fácil en una mañana de
domingo. El viaje ha arrancado, el motor del auto ya ha to-
mado calor, pero no el ambiente dentro de él. Ninguno de los
pasajeros habla. En Violeta no es fácil que se asiente el enojo
que lleva por el cambio de itinerario, la espontaneidad de
Marcelo parece resentida con la actitud distante de ella en
los últimos días, y el conductor se evade en la necesidad de
concentrarse en la autopista. Dentro del auto solo se oye al
locutor de wbgo 88.3 FM diciendo cada cierto tiempo “wbgo
is America’s premier jazz radio station serving the jazz capital
of the world, the New York New Jersey Metro area”.
Luego de dejar New Jersey, wbgo les acompaña el silencio
por un rato más. Después la emisora se pierde y entra Smooth
Jazz, 98.1 wjja. Un tiempo más de recorrido, cada vez más
cerca de Pensilvania y más lejos de Nueva York, y se pierde
también 98.1. Entonces, arranca el debut de Marcelo con
los discos que comienza a pasarle a Violeta para que los haga
sonar en el panel.
—Clásica para variar, ya hemos tenido suficiente jazz y
con estos paisajes va más a tono la música clásica que es para
inspirar, meditar y relajar –. La frase parece dicha más para él
mismo que para los otros. Con ella trata de derrotar el envol-
vente e intenso silencio adentro del auto.
—A ver si calmamos las tensiones. A mí se me quitan las
penas y me cambia el ánimo cuando la pongo. Traje este de
Ecos del Rocío y estos otros de Los enanitos verdes. Pero hoy
quiero música clásica, la mejor terapia que existe. La adoro.
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Por eso me obstiné en vivir con él –agrega y señala a José Luis,
aunque ninguno de los de adelante se percata de que lo hace–.
A mí me hubiera gustado ser músico, pero solo tengo oído de
melómano, no de músico como el de él. Lo mejor que le ha
pasado a la humanidad es la música, y a mí, José Luis.
Puede que Marcelo hable mucha bobada, pero gusto musi-
cal sí tiene, se dice Violeta al escuchar el tema Jean de Florette
de Jean-Claude Petit y sentir escalofrío. Ella cierra los ojos
y se reacomoda en el asiento echando la cabeza hacia atrás.
Marcelo sigue parlando como lora, pero su voz se pierde de los
oídos de ella, concentrados en una música que le hace pensar
que ante algo así no se necesitaría nada más, que el mundo
también puede ser ese instante, esos dos minutos y medio de
inspiración, belleza y sensibilidad, no solo gente matándose,
bombas explotando o niños muriéndose de hambre. El tema
tiene el tono exacto de lo que Violeta siente, da la medida de
la tristeza cuando es serena, por ejemplo. Marcelo se da por
vencido en la conversación, cede todo a la música de la co-
lección de José Luis que ha llevado, que Violeta ha escuchado
en sus días solitarios en el apartamento y que la ha inspirado.
Ahí van debutando la Pavana de Gabriel Fauré, la Pavane for a
dead princesa de Ravel, el Liebestraum de Franz Liszt, la sonata
Pathétique de Beethoven y el “Preludio N.o 2 in C Minor” del
Clave bien temperado de Bach.
Ante la actitud de los dos que van adelante, que ni le con-
testan los comentarios ni lo voltean a ver, Marcelo opta por
volver a poner en on la videograbadora para seguir registrando
cuanta escena pintoresca se le atraviese por las ventanillas del
auto. Ahora está grabando al señor que va en un auto para-
lelo al de ellos con un par de pequineses. El hombre maneja y
una de las mascotas está sobre su regazo, entre su pecho y la
cabrilla. El hombre pasa varias veces, José Luis lo pasa varias
veces también, lo deja atrás por ratos, se pierde. De pronto,
418
el auto con el hombre y los pequineses vuelve a estar al lado,
como si fuera una fotografía que se mueve pues el conductor
sigue estático, con la mirada pegada en la carretera, las dos
manos en el volante y el pequinés en su pecho; el animal es
el único que se percata de ellos, mejor dicho, de Marcelo con
su cámara y de Violeta que con sus ojos también los sigue, los
vigila, los observa, pues qué otra alternativa podía quedarle
ante el escándalo de Marcelo a quien se le ha oído decir “pá-
sate José Luis, no los pierdas que los quiero grabar mejor”. El
animal que va como un bebé en el hombre clava en Violeta
los ojitos, dos pepas negras que miran y no miran y le hacen
recordar a ella los ojos de colores que por la noche exhibían
los animales en Campoalegre. El perrito va plácido, sosegado,
con la seguridad de sentirse protegido, firme ahí al calor de su
amo, a salvo, como quisieran sentirse en el siglo xxi los habi-
tantes de la tierra, piensa ella mientras busca al otro animal,
más grande, pero blanco también, que va asomado por la
ventanilla del asiento al lado del conductor. La tranquilidad
del animal en ese coche de lujo con su amo maduro, solo,
en apariencia inmutable, le traen a Violeta el recuerdo de
los perros que han estado cerca de su vida. Sus imágenes le
llegan sin angustia. Puede verlos de frente sin tener que cerrar
los ojos. Piensa primero en Sultán, que murió de tristeza y al
que por primera vez hubo que amarrar la noche del crimen
porque se puso como loco con la muerte del tío Ramón; luego
en Rocky, que le ladró tanto cuando la vio a ella y a Iris por
primera vez, y finalmente en Laika que, de haber resistido la
explosión del carro bomba, seguramente habría saltado detrás
de Luciano por el balcón para morir junto a él en el jardín,
como seguramente se moriría el hombre con su pequinés si
al menos por un instante volteara la cabeza rígida para poder
verle el aspecto de la cara; pero no, él sabe que si se distrae
podría correr el peligro de estrellarse en esa autopista donde
419
la velocidad ni se siente ni se ve, pero es más rotunda que la
misma muerte.
Van por la 95, pasan Filadelfia, toman la salida siete y Wel-
come 9/11 to Pensilvania dice la valla. A un lado los buques
de guerra en el puerto, al otro los estadios. Ahí juntas, una al
lado de la otra, separados solo por la autopista, las dos cosas
que caracterizan a los llamados americanos y que constituye
su circo romano: fútbol, baloncesto y guerra.
Es un paseo por autopistas gringas sin algarabía familiar y
ventas en el borde de la carretera, un paseo frío como frío es el
otoño de este domingo, el otoño que permite conocer árboles
de colores distintos al verde. Y ahí está la estación en toda
su plenitud, ahí está haciéndose realidad la sentencia de Eva
de que “algún día los verás”, como lo vaticinó al compararle
el color del pelo con el de los árboles en otoño. Ahí está Eva
en la mente de Violeta haciéndola pensar en que no podrá
contarle que estuvo en la casa de Misis Emily.
Pronto se internan en un escenario campestre, dejan atrás
la rectitud y perfección de las autopistas de diez y hasta doce
carriles, y se encuentran transitando por una carretera normal,
aunque ni remotamente parecida a la de Campoalegre; una
carretera sencilla que apacigua las cavilaciones de Violeta
sobre Eva y Emily y le pone en la mente la imagen remota,
borrosa, de la carretera de la finca, la carretera construida a
pico y pala por los presos cuando los sacaban a trabajar en las
obras públicas, una carretera robada a una montaña repleta
de álamos, cañabrava, cafetos, frutales y flores; una carretera
como muchas en Antioquia, en Colombia entera, grabada en
la cordillera como un cinturón eterno, como ochos infinitos
que suben y bajan, bajan y suben, voltean y giran y vuelven
a encorvarse; carreteras caprichosas, temerarias, que desafían
la naturaleza y arrasan sin recato la vida silvestre, cuya exis-
tencia no es posible en el paisaje simple de Pensilvania donde
420
las colinas jamás despertarían el asombro de las cordilleras
andinas que le tocaron a Colombia en la repartición de las mara-
villas naturales. En este viaje, el asombro de José Luis, Marcelo
y Violeta solo puede despertarlo un suceso inesperado, como
el gallo que de pronto se estrella contra el vidrio delantero del
auto y hace saltar el corazón de los tres.
—¡Lo mataste! –grita Marcelo.
—¿Lo maté? Él se aventó –responde José Luis.
—Podría ser una advertencia –dice Marcelo alarmado.
—¿Qué? –le responde José Luis.
—A lo mejor algo raro puede pasarnos. Tendríamos que
devolvernos.
José Luis lo mira por el espejo retrovisor como a un niño al
que se le quiere dar un pescozón por algo mal hecho o dicho.
—Lo peor que puede pasar es que falle el auto, y las posi-
bilidades son ninguna. Relájate. Fue un accidente. Iba a volar
desde la cerca de esa casa en el momento en que pasábamos.
Lo vi venir hacia mí.
Luego José Luis sonríe.
—Debió haber quedado con un dolor de cabeza –agrega–.
Pobre. Se levantó todo turulato, sacudiéndose.
—¿Lo viste? –pregunta Violeta.
—Por el retrovisor.
—¿Quedó vivo entonces?
—Pues ahí siguió caminando. Atontado pero vivo.
—Menos mal no lo mataste –insiste Marcelo. Luego sugiere
buscar un sitio para pasar el susto y el hambre que ya empieza
a agobiar en aquel paisaje exento de pobreza, sin campesinos
descalzos ni casas de barro ni fogones de leña, sin niños cari-
sucios y desnudos. En las amplias extensiones de tierra todo
luce bien puesto, la presencia humana se adivina, se presiente,
pero no se asoma para ver pasar los autos y decir adiós con la
mano, como puede pasar en una carretera colombiana.
421
—El campo es la vida, la belleza. Con las estaciones sí se da
uno cuenta de lo que puede hacer la naturaleza –dice José Luis.
—Y qué solecito tan agradable –agrega Violeta–. Cuando
yo trabajaba en la agencia pasaba días sin ver la luz del día ni
darme cuenta de qué color había estado el cielo.
—¿Y eso?
—Era tanto el trabajo que yo entraba a la oficina cuando
apenas aclaraba y salía de noche. Y como no había ventanas
para que la gente no se distrajera...
—¿Ni una?
—Sí había una, pero pintada en la pared. Todas las paredes
eran de colores y algunas estaban decoradas.
—¿Como en una guardería?
—Dizque para estimular la creatividad. ¡El dueño tenía
unas teorías! Mejor ni hablemos de él. Por su culpa me pasé
meses sin sentir un rayo de sol en mi piel pues los fines de
semana deseaba asolearme en el balcón o ir a la piscina pero
me sentía tan cansada que prefería quedarme metida en la
cama comiendo y leyendo.
—Me acuerdas cuando nosotros salíamos a pasear los fines
de semana. Para nosotros, Marcelo, el campo, la tierra, era
muy importante
—Un rito semanal que nos quitó la violencia –aclara
Violeta.
—No entiendo –dice Marcelo.
—Pues que viajar por carretera se volvió muy peligroso y
nos tocó encerrarnos.
—¿Acaso en todas las carreteras explotan bombas o se
estrellan animales como aquí?
—Peor. Secuestran –responde Violeta–. Eso se volvió una
industria allá.
—¿Por qué siempre tienes que irte a los extremos? –le dice
José Luis volteando a mirarla, aunque rápidamente devuelve
la vista a la carretera.
422
—Así es nuestra realidad, de extremos –le refuta Violeta.
Y se quedan callados.
Sin embargo, tras unos segundos, Violeta vuelve a arre-
meter.
—Qué montón de tierra y de árboles –dice–. Estos gringos
sí son muy de buenas. Tienen de todo. Pensé que eran solo
asfalto y cemento. Jamás me lo imaginé. Y nada se les escapa.
Qué orden.
Para ella el paisaje que observa desde el asiento del auto
es una declaración tajante y paradójica de la riqueza natural
que posee la nación de las autopistas, los autos y los parquea-
deros. Es un paisaje bonito e idílico, sí, pero con la frialdad de
lo calculado y controlado, nada parecido al colombiano que,
más que por la lejanía, la extensión y la quietud, sobrecoge
porque se agita, huele, se toca con el olfato, se respira con los
ojos, se siente entre las manos, se ve reflejado en las pupilas
de quienes lo miran pues la naturaleza colombiana es infi-
nita e innumerable y no conoce la monotonía, así haya sido
excluida de los destinos turísticos por hallarse en un país en
guerra y porque la guerra es la muerte y suele ampararse en
la naturaleza hasta volverla ingobernable y azarosa por más
exquisita y noble que sea, como las tierras colombianas que,
sin embargo, no ameritan mapas en policromía como los que
Violeta lleva en su bolso y que se regalan hasta la saciedad
en las estaciones de servicio; los mapas de las tierras gringas
sin lugares condenados. Pensando en esas cosas Violeta trae a
colación la advertencia del Departamento de Estado, el cual
recomienda a sus ciudadanos abstenerse de visitar Colombia.
El tema da cuerda a los tres ocupantes del auto que vuelven
a conversar animadamente cuando se bajan y se ubican en la
mesa del sitio donde paran.
—Como quien dice, Colombia es un país invisible por culpa
de la guerra –concluye Marcelo.
423
—O visible por eso mismo –aclara José Luis.
—Oscuro entonces.
—Bastante oscuro –interrumpe Violeta–. Y contaminado
además. ¿Sabías que tenemos la ciudad más contaminada de
Latinoamérica?
—¿Sííí?
—Pero nadie se ha dado cuenta.
—¿A qué te refieres? –pregunta José Luis.
—A Medellín y el humo de los carros que nos hace respirar
millones de moléculas de monóxido de carbono, hidrocarbu-
ros, azufre y óxido de nitrógeno, lo que expulsa un vehículo
cada vez que acelera. El hollín se le mete a uno hasta en las
narices. Y del ruido ni se diga. Hay buses que rugen por encima
de los ochenta y cinco decibeles, más de lo permitido en las
discotecas.
—¡Anda! ¿Así es la cosa allá? Eso es como otra guerra –dice
Marcelo. Luego le toca el hombro a Violeta.
—Definitivamente mujer tú manejas unos datos –agrega
admirado–. ¡Cómo se nota que eres periodista! Siempre ce-
ñida a los hechos. Hasta en la ficción, porque mira que esa
historia de tu...
Pero ahí se frena Marcelo y no menciona nada de Campoa-
legre como iba a hacerlo; cae en la cuenta de que ella ni idea
tiene de que él se leyó su cuento. Menos mal que Marcelo se
calla a tiempo para no echar a perder el paseo justo cuando
empieza a coger forma, pues ya los tres lucen más relajados y
contentos, tomándose la cerveza con las alitas de pollo como
aperitivo para el almuerzo.
—La historia de qué Marcelo –pregunta Violeta, sin em-
bargo.
—¿De qué?... Ah... Ya ni me acuerdo. Una que me contaste
la noche de tu llegada, creo.
Cuando salen del sitio, al cabo de una hora larga, Mar-
celo le sugiere a Violeta hacer una nota ante la cámara para
424
llevar a Colombia. Ella lo intenta, pero se siente ridícula y
desiste. Le pide que simplemente la grabe con su hermano
y le mande luego el video para tenerlo de recuerdo. Los tres
están de acuerdo en no entrar a los tipical towns de los amish.
En la zona hay más de un lugar de este tipo montado para el
turismo y ese hecho los hace coincidir en la pregunta “¿por
qué aceptan ser una mercancía?, ¿por qué le siguen el juego a
este consumismo?”, afirman que “los gringos arman negocio
debajo de una tumba, quieren sacar dinero de todo”, y deciden
irse por los caminos para ver a los amish en su vida cotidiana.
Pronto los ojos de los visitantes se encuentran con una
cuadrilla de hombres armando el techo de un granero, hom-
bres con camisas azules y pantalón negro, como si estuvieran
uniformados y como si se tratara de una escena de la película
Único testigo con Harrison Ford, de una réplica de la vida en
un tipical town. Por distintos caminos van apareciendo coches
tirados por caballos con mujeres de cofia y hombres de som-
brero negro. La presencia de un bambi como de libro infantil
llama la atención de los ocupantes del auto cuando salta sobre
la carretera. Ha venido de un bosquecillo al borde y asusta al
conductor como no pudo hacerlo el gallo. Por evitar atropellar
al animal, José Luis se descontrola con el auto. Durante frac-
ciones de segundos, este se desliza por su cuenta sobre la vía,
de la que se sale. Violeta grita, Marcelo esconde la cabeza entre
los brazos, José Luis no suelta la cabrilla por nada y con toda la
gana manda el pie al pedal del freno. Todo queda en silencio
cuando el auto se detiene a escasos centímetros del tronco de
un árbol. Después de mirarse todos entre sí y de verificar que
nada les ha pasado, José Luis, tembloroso y medio ofuscado,
se dirige a su hermana.
—¡¿Ahora entiendes por qué la caza aquí no es prohibida?!
Un animal de esos puede hacerlo matar a uno.
425
—Son muy lindos pero muy traviesos y dañinos –agrega
Marcelo–. Acaban con huertas y jardines enteros y por poco
uno solo acaba con nuestras vidas.
—De ninguna manera es razón para matarlos –afirma
Violeta convencida.
—Este viaje está como raro. Ya van dos cosas malas. Gallo
y cervatillo.
—Deja la bobada Marcelo –dice Violeta, al punto del has-
tío. En verdad ella se ha estremecido en su puesto con ambos
sucesos, pero le parecen agüeristas e infantiles las alarmas de él.
—Yo creo que vas muy rápido Jóse –agrega luego mirando
a su hermano–. He visto la aguja marcando ochenta y en
todos los avisos dice que sesenta millas máximo, en algunos
cincuenta y hasta cuarenta. Si quieres mirar el paisaje, dale
más despacio.
—Vea pues. Les salvo la vida y encima me regañas.
Un coche amish se acerca atraído por lo que parece un
accidente y pone fin a lo que podría ser una discusión inútil
producto del susto. En la parte de atrás del coche van una
niña como de doce años y un niño algo menor. Marcelo saca
la cámara, José Luis hace un gesto de impaciencia y temor;
Violeta le dice entre dientes “cómo se te ocurre, guarda esa cá-
mara, se van a molestar”. Sin embargo, los niños, de expresión
calmada, angelical, al descubrir la intención de Marcelo desde
la ventanilla del auto, se enderezan en sus puestos, sonríen y
miran profundamente a la cámara. Es la magia de la fotografía,
de la imagen, piensa Violeta al percatarse de la actitud de los
niños. Al observarlos siente que no obstante la sonrisa y la
calidez en sus rostros, la cercanía, ahí a un paso tan solo, es
grande e irrompible la distancia que la separa de ellos, como
si estuvieran atrapados en otro mundo. O quizá sean Violeta,
Marcelo y José Luis los acorralados en un mundo inexplicable y
absurdo para la familia amish que, luego de verificar que nada
426
malo le ha pasado a los turistas, sigue su camino lentamente en
su coche como si vivieran en el siglo de Emily Dickinson, con
un padre sinceramente simpático y amable, y una madre con
cara de religiosa, mejillas naturalmente rosadas, virginal, a la
que cuesta imaginarse haciendo el amor para tener esos niños.
A pesar de la distancia que crea una cultura tan diferen-
te, la actitud afable de la familia y sus buenas vibraciones le
hacen pensar a Violeta que no sería difícil romper la barrera,
que le gustaría conocer cómo es esa vida y que incluso sería
bueno meterse en ella. ¡Claro! Podría ser la vida ideal para
escribir, lejos de la civilización, una vida casi monacal como
la de Dickinson. Mientras el auto recorre la zona, ella se mete
en la película que inventa, va preguntándose “¿y qué tal si me
convierto en una amish?, a lo mejor esta sea la solución, tanta
insistencia de Jóse con este viaje por algo será, cuando más
aquí está el sentido del mismo, de pronto mi destino es estar
apartada como en Campoalegre, tal vez es esto lo que he venido
a encontrar aquí, un lugar para olvidarme del mundo y poder
escribir”, olvidarse como lo ha hecho del momento dentro del
auto, abstraerse de la conversación en la que andan José Luis
y Marcelo y a la que debe aterrizar a la fuerza.
—¡Oye Violeta! Que le digas a Marcelo quién era K. No me
cree que se nacionalizó en Colombia porque no quería su país.
—Sí, pero de nada le valió. Menos mal que se murió para
que no le deshicieran las ilusiones.
—¿Qué? –pregunta José Luis volteando a ver a su hermana
que lo sorprende con cada cosa que dice–. ¿Por qué sales con
eso?
—Pues por lo que está pasando allá en ese barrio. No oíste
pues que se entró el ejército.
—¿Y de verdad era de aquí de este estado? –pregunta
Marcelo pasando por encima de lo dicho por Violeta, como
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si no lo entendiera o no le interesara. Ella se gira para verlo y
fijándose en los dos les dice:
—Oigan, ustedes viven juntos pero no se conocen. ¿Cómo
así? ¿Marcelo no sabía quién era K? Si tú viviste con él y...
—Nosotros solo vivimos el presente –interrumpe Marcelo–.
Lo que cuenta es desde el momento en que nos conocimos.
Claro que yo quisiera saber muchas cosas, toda la vida de él
si fuera posible, soy muy curioso, pero él es todo lo contrario
de mí, muy reservado. ¿Era así en la casa?
—Bastante.
—¿Y qué es lo que pasa en el barrio de la tía?
—Un lío muy largo de contar y entender. Como para un
libro –dice Violeta. Luego se fija en su hermano.
—Está pensando en irse para un asilo Jóse. ¿Te contó mamá?
—¿Asilo? ¿Quién?
—Pues mi tía Margó.
—¡Queeé! ¿Mi madrina en un asilo?
—¿Para dónde más se va a ir? No puede quedarse viviendo
para siempre con mamá, está muy vieja y caprichosa y no le
gusta vivir con nadie.
—¿Y mi mamá por qué no me había contado?
Violeta evade lo que pregunta José Luis. Gira la cabeza,
voltea a ver a Marcelo y le explica el asunto.
—Los milicianos hicieron salir a mi tía quien tuvo que dejar
las casas abandonadas; ahora está viviendo con mi mamá y
mi hermano Julián, en estos momentos no se sabe si las va a
recuperar porque hace poco el Ejército se tomó el barrio, lo
peor de todo es que las casas son su patrimonio pero se van a
perder. Y así como ella hay miles en este momento allá.
—Si el Ejército se metió,¿no se supone que es para recu-
perarlas?
—¡Ja! Cómo irán a quedar después de los bombardeos y
los saqueos.
428
—Pues díganle a su hermano que le ayude. Acaso no fue
un…
Marcelo enmudece. Pero ahí mismo trata de arreglar lo
que iba a decir.
—Debe saber de esas cosas, enfrentarse a los...
—¿A qué hermano te refieres? –lo interrumpe Violeta–.
¿Qué es lo que quieres decir?
Por el espejo retrovisor y con el gesto, José Luis trata de
controlar a Marcelo. Inútil. Este, señalándolo con la cara, dice:
—Me contó él.
Violeta mira a José Luis. Luego vuelve a Marcelo de nuevo.
—¿Te contó qué? No dizque no cuenta nada, que es muy
reservado, que del pasado no hablan.
—Ah... sí... pero es que... bueno... que tener un hermano
así no es cualquier cosa. Detalles como ese sí son dignos de
contar en una familia.
—O de ocultar –dice Violeta con apatía–. Yo me lo tuve que
esconder para que no me echaran del periódico. Y mi hermana
Tere también en la empresa donde trabajaba. De patitas en la
calle nos habrían puesto de haberse sabido.
—De todas formas vuestra familia tiene unas cosas bien
particulares. Por eso añoro una.
Marcelo le toca el hombro a José Luis.
—Es lo que te he dicho con lo de tu tío –agrega–. Anda,
casado con una negra africana y encima la deja ponerse un
diente de oro.
Violeta vuelve a girar la cabeza hacia atrás, pero no le puede
ver la cara a Marcelo. Él se ha agachado y revuelca algo en
su morral. José Luis no lo encuentra por el retrovisor. Podría
soltar la cabrilla y torcerle el pescuezo con las manos.
—¿Qué estás diciendo? –pregunta ella.
—Pues que tu tío...
Jóse tose. Carraspea.
429
—Tengo sed –dice–. Deberíamos bajar y tomarnos algo.
—¿Otra parada? Yo quedé para reventarme con el almuerzo
–dice Violeta. Luego se gira del todo para atrás para verle la
cara a Marcelo.
—¿También te contó Jóse sobre Iris? –le dice cuando lo
tiene ante sus ojos.
—Claro, sí, me habla mucho de la familia –contesta Mar-
celo sosteniéndole la mirada.
—¡Pero si dijiste que no te contaba nada!
—Te dije que algunas cosas raras sí, pintorescas, como esa
de tu tío con la negra.
—Con Iris, querrás decir –le corrige Violeta. Está a punto
de enojarse. Se voltea hacia José Luis y le indica un sitio a su
izquierda donde podrían parar a tomar algo.
—No sé por qué, pero creo que es mejor parar –dice–.
Estoy empezando a sentir la necesidad de bajarme de este
carro. ¿Ustedes no?
—Hoy le mandé la historia a Eva –le cuenta Violeta a José
Luis cuando ya han traído los cafés que han pedido–. Si pasa
su juicio, creo que quedará lista.
—¿Cuál historia?
—La de Campoalegre. Ya la terminé. ¿No te conté? Empe-
zaré a buscar cómo publicarla.
—¿Publicarla?
—Obvio. Por eso quería ir a Boston.
—¡¿Vas a buscar una editorial allá?!
—No, es porque el título lo saqué de un poema de Emily
Dickinson y quería ir a pedirle permiso, algo simbólico, ¿en-
tiendes? Era como un acto que me dejaba en paz.
—Pues entonces cámbiale el título.
—Qué fácil decirlo. Sería otra cosa sin ese título.
—¿Es que es muy especial que tiene que ser de esa señora?
Qué complicados los escritores. A ver, cómo se llama pues la
historia.
430
—Dejó una mariposa su capullo.
José Luis repite mentalmente el nombre que acaba de oír.
—¡¿Dejó una mariposa su capullo?! –exclama tras un ins-
tante de reflexión.
—¿Te sorprende? Viste que es bonito, sugestivo.
—¿Dejó una mariposa su capullo? ¡Esa es la tal novela! Yo
pensé que era tu diario.
Violeta no entiende lo que oye de José Luis.
—¿Diario? ¿Cómo así que diario? ¿Por qué dices eso?
—Pues claro –se mete Marcelo, que ha estado lamiéndose
la cucharita con la espuma del capuchino–. Pones tu nombre,
el de José Luis, el de Iris, el de Julián, el de todos los de tu fa
milia, hasta el tuyo. Si es para publicar, primero tendrás que
cambiarles los nombres.
Violeta se queda pensando. Descubre algo.
—¡Ay, verdad! ¡Cierto! ¿Cómo no me había dado cuenta de
eso? –se dice sorprendida, dirigiéndose a ambos pero al mismo
tiempo con la mirada perdida, como si estuviera tratando de
mirarse a sí misma–. Dejé los nombres reales, tal cual. ¡Eso
no puede ser! Pero cómo fui tan distraída. Qué tonta. Y así se
la mandé a Eva. Ay no, ustedes tienen razón, esos nombres
hay que cambiarlos.
Pero ahí mismo hace un descubrimiento que la deja aún
más sorprendida que la torpeza por haber conservado los
nombres reales de los personajes en los que se inspiró para su
historia. “¿Y cómo sabe este que dejé los nombres?”, se dice
observando a Marcelo, y de la misma manera se lo pregunta a
él, que responde con una mirada de auxilio a José Luis, a quien
busca Violeta para encontrar la respuesta. La halla en el gesto
elusivo de su hermano que agacha la cabeza, la descarga entre
las manos y se queda mirando la taza de café.
—Dijiste que pensabas que era mi diario –le dice ella
buscándole el rostro–. ¿La leíste? ¿Dónde? ¿Cómo? –agrega
ansiosa. Luego busca la cara de Marcelo.
431
—Y tú, contesta, ¿por qué sabes los nombres?
Hasta el aleteo de una mariposa podría escucharse con el
silencio que reina en la mesa. Solo Violeta se atreve a hablar.
Cuando ya no le queda duda, lo confirma para que ellos lo
ratifiquen.
—¡La leyeron! Claro que la leyeron. ¿Cierto?
Ellos no niegan ni confirman.
—¿Pero cómo fue que la leyeron? –insiste ella.
—…
—Oigan par de idiotas. Al menos díganme eso.
—Dejaste una copia en el ordenador –responde Marcelo,
vencido–. Pero ya él la borró. Apenas la leyó, la borró. Él me
la dejó leer a mí y entonces...
—¡Un momento! –reacciona José Luis encarando a Mar-
celo–. Pero después de que tú empezaste. Fue idea tuya, tú me
despertaste la curiosidad hablándome todas las noches de lo
mismo. Jamás se me hubiera ocurrido meter las narices en los
escritos de mi hermana. Si no hubiera sido por ti no lo habría
hecho, ni estaría pasando esta vergüenza. Perdóname Viole...
Ella no deja que termine. Después de decirle a Marcelo “de
ti se puede esperar cualquier cosa”, le reclama a su hermano.
—¿Pero de ti Jóse? ¿Cómo fuiste capaz de ponerte a hurgar
en mis cosas? ¡Cómo! Y en algo tan privado –y se pone a llorar.
Marcelo y José Luis la miran sin saber qué decir, se miran, la
observan otra vez. Luego José Luis vuelve a tomarse la cabeza
con las manos, se la rasca y le dan ganas de sacársela del cuello
al oír las cosas que empieza a decir su Marcelo.
—Ay chica, ahora no te alborotes ni hagas un escándalo
por eso –dice él–. Igual la vas a publicar, igual la va a leer todo
el mundo. Y está muy bien escrita. Ningún borrador, no, no,
no. Vaya escritora que eres. Me tuviste en ascuas mientras
José Luis me dejaba leer el resto, porque como me descubrió
leyéndola me tocó parar la lectura varios días pues él no quería
432
leerla, créele que es verdad, hasta que lo convencí, como dice
él, de que termináramos de leerla. Y quedamos encantados,
aunque a él le ha dado duro saber tanto detalle de tu infancia
pues no creyó que esa experiencia hubiera sido tan traumá...
—¡Cállate imbécil! –le ordena Violeta. Quien todavía no
se seca las lágrimas. Pero Marcelo, como si nada, sigue en su
perorata.
—...tan traumática. Antes agradécenos que la leyéramos
y te hemos hecho caer en cuenta de los benditos nombres. Y
mira que no deberías hablarle así a tu hermano. Es mayor que
tú y te está hospedando. Además, que si fueras más...
—¡¡Que te calles!! –le grita Violeta levantándose de la
mesa–. Mejor te callas si no quieres que me ponga a hablar y
hacer un escándalo de verdad –y se marcha. Los dos la ven
entrar al baño. Cansados de esperarla, piden la cuenta, pagan,
se van para el auto y comentan el asunto mientras ella aparece.
—Qué lío en el que me metiste –dice José Luis.
—Nada. El lío lo arma ella. No es para tanto. Ya se le pasará.
—Pero si no hubieras sido imprudente nada hubiera pasado.
¿Cuándo vas a dejar de meter la pata? ¿Acaso es que no te
das cuenta? Pon más cuidado. Piensa antes de hablar. Mejor
dicho, habla menos.
—Está bien. No modularé el resto del camino.
Y en efecto. El regreso es como la ida. Con un enojoso,
cargante, fastidioso, molesto, pesado y difícil silencio, que
Violeta anula cuando llevan casi una hora.
—Parece entonces que la traición fue por partida doble
–dice ella.
—¿Cómo así? –le pregunta José Luis.
—En ti Marcelo no me extraña, pero tú Jóse, ¿cómo te
dejaste llevar por él? Ya se te olvidó lo que nos decía papá. Y
también mamá.
—Qué.
433
—Que puede perdonarse cualquier error, pero no una
traición.
—Tienes una habilidad para engrandecer todo. Cómo que
traición. ¿Dónde estuvo la infamia? Yo no maquiné nada ni
me he puesto a conjurar contra ti. Fue algo espontáneo. Una
ociosidad de mi parte, lo reconozco, pero sin mala intención.
No quise hacerte daño. Y creo que a pesar de tu disgusto, no
te lo he hecho. Igual, como dice Marcelo, piensas publicar la
historia. De todas maneras iba a leerla. Y no solamente yo.
Es algo público... Entre otras cosas, tienes que cambiar los
nombres. No puedes dejar los nuestros.
—Obvio. Por qué crees que me alarmé al principio. Pero
no me cambies el tema que...
—Ya te pedí perdón y te di las explicaciones del caso.
¿Cuándo me vas a dejar en paz?
—Tranquilo que ya vas a descansar de mí. Y te voy a dejar
solito en manos de este –dice Violeta medio girando la cabeza
para atrás pero sin alcanzar a mirar a Marcelo.
—Qué quieres decir.
—Nada.
Aunque no lo quisiera, pues no es el momento ahora que
está conduciendo, José Luis aborda un asunto que le inquieta.
—A ver, qué es la cosa entre ustedes –se atreve a decir–.
Ni crean que no me he dado cuenta. Yo no hablo tanto pero
no soy bobo. Ya me olí que ustedes no son los mismos desde
la fiesta donde Manolo. Y desde ese día además dejaste de
insistir en quedarte. ¿Por qué se te quitaron las ganas? A ver,
¿qué fue lo que pasó?
—Nada... Ay no Marcelo, ya no más discos por favor. No
quiero oír nada más. Ya, déjanos descansar. Me has tenido
como una sirvienta todo el día pasándome discos para que
los ponga.
Durante un trayecto más se omite en el auto cualquier
palabra o sonido. Por varios kilómetros Violeta batalla con
434
sus sentimientos y resentimientos, alborotados además por la
pregunta de José Luis sobre el día de la fiesta colombiana. Por
varios kilómetros se muerde la lengua que le baila en la boca.
La noche, que los atrapa en la vía como no quería José
Luis, parece que influyera en el estado oscuro que lleva el
alma de Violeta. Luego de una buena disputa con su con-
ciencia, decide hablar.
—¿Te acuerdas Jóse de un bolero que se llama Perfidia?
Tú lo conoces Marcelo. ¿Sabes qué significa esa palabra? ...
¡Marcelo!... ¿Estás despierto o dormido? –pregunta Violeta sin
girar para ver hacia atrás.
Marcelo contesta con una interjección.
—Pues bien, perfidia es algo que tú conoces muy bien, pero
que tú no, ni toleras –dice Violeta mirando la silueta de su
hermano–. Significa deslealtad, traición o quebrantamiento
de la fe debida.
Los otros dos no dicen nada. Sinceramente no entienden de
qué está hablando ella. Lo entienden cuando a continuación
Violeta se echa todo el rollo de las ausencias de Marcelo, sus
amanecidas en casa del pelilargo y el beso con Robert, cuan-
do cuenta todas las verdades, unas verdades que dichas con
moderación y aplomo acallan cualquier palabra con la que
quieran refutar quienes las oigan, unas verdades que es mejor
creer que son mentiras.
—Y para acabar de ajustar, tiene papeles falsos y casi me
convence de que yo le diera dos mil dólares para comprar
me unos.
Esos secretos revelados juntos en tan escasos segundos le
hacen temblar las manos y las piernas a José Luis, lo obligan
a orillarse y detener el auto como aquel día en que recogió a
Violeta en el aeropuerto y tuvo que parar para advertirle sobre
lo que estaba diciendo de su mamá.
—No te creo –le dice a ella pegándose a su cara–. Te quieres
desquitar por lo que te hicimos. Te desconozco. Definitiva-
435
mente no has cambiado nada. Inventas cosas como cuando
eras niña. Claro, como quedaste enojada porque no te llevé
a Boston, ahora quieres hacerme sentir mal. Pero escogiste
mal el motivo. Yo conozco más a Marcelo que tú –concluye
y reinicia el camino, sin mirar por el retrovisor a Marcelo.
Este también evita dirigir los ojos a ese espejo, pero con lo
escuchado puede soltar la respiración que se le había quedado
atrancada en el esternón.
José Luis conduce sin parar. Ninguno vuelve a hablar hasta
que llegan al apartamento, donde cada cual se encierra en su
cuarto con un desganado “hasta mañana”.
Desconcertante, pasmosa y para desvelar considera Violeta
la reacción de José Luis. ¿Cómo así que no le creyó? Dan ganas
de llorar, de largarse al otro día y dejar a quienes andan tan
enredados, engañados y porfiados. Por esa noche ella le hace
el quite a la situación yéndose para otra época con la relectura
de las cartas que ha trascrito.
Al terminar con sus cartas Violeta abre el correo electrónico
y revisa los mensajes que tiene en la bandeja de entrada. Hay
uno de Eva y es corto, el más breve que le ha enviado hasta
ahora. Apenas dice:
Ay Violetica, ¡qué dicha que ya pronto regresa-
rás! Así podremos comentar más ampliamente la
historia de Dejó una mariposa su capullo. Me la leí
completica. Me encantó. Estoy tan emocionada que
por eso te escribo. Ese título del poema de Emily
Dickinson le quedó que ni mandado a hacer. ¿Siem-
pre irás a Amherst a visitar su casa? Solo me dejan
dudas los nombres reales. ¿Por qué los pusiste? ¿No
tendrías que cambiarlos? Bueno, ya hablaremos.
Te llamaré mañana. Tengo que pedirte un favor
importante y urgente y quiero explicártelo bien.
¿Es el 212–9346798 el número de tu hermano? Un
abrazo. Eva. También te quiero mucho
436
El mensaje de Eva agranda en Violeta el sentimiento de
estupidez sobre sí misma que le dejó el paseo a Pensilvania.
Que José Luis no le haya creído el cuento de Marcelo es has-
ta entendible, pero que ella no se hubiera percatado de los
nombres es imperdonable, además de fastidioso, ¡para tener
que cambiarlos otra vez!, como si fuera fácil acertar con el
nombre adecuado para tanto personaje, y ya todos tienen la
personalidad amparada en el que les ha sido dado. El paseo, los
nombres, José Luis, Eva, todo la tiene pensando y con ganas
de desaparecerse del mundo porque de nuevo siente que no
encaja en él ni puede articularse con la gente. La tiene pen-
sando tantas cosas, como irse a vivir a un lugar donde nadie
la conozca, a una comunidad amish, por ejemplo. Violeta se
acuesta con la intención de empezar a indagar sobre ellos al
día siguiente. Pocos minutos después de apagar la luz se queda
dormida, no obstante la inquietud persiste en su mente, de
si resistiría una vida metida en un clan como el de los amish,
inquietud que es solo cuestión de un día pues no despierta con
ella al amanecer del siguiente.
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14
438
años, más experiencias, y paga el arriendo, además. Se la puso
dura con el ultimátum, en vilo lo tiene con aquello de que
necesita pensarlo, que tiene que dejar pasar unos días para ver
cómo se siente porque las emociones hay que reposarlas antes
de tomar decisiones tajantes. Qué desconsideración. Cómo
lo martiriza de esa manera. Es una tortura saber que a diario
está calculando y cavilando si tendrá que irse o no de su lado.
Qué humillación. Más le hubiera valido echarlo de una, en
vez de condenarlo al suplicio que han significado estos días.
Mejor hubiera sido saber esa misma noche con qué contaba.
He ahí la desventaja de ser convidado y no dueño de casa. Y
para colmo, la Paloma está acosando desde España. Que viaje
ya, le ha dicho, que no espere hasta la boda de su madre, que
está muy encartada con el almacén, que si no se ha quebrado
es por el recuerdo de don Carmelo que se mantiene vivo en
las clientes, que ella el único negocio que sabe manejar es el
de esposa y madre, para nada lucrativo pero sí más gratifi-
cante aunque malagradecido también. Y a él en realidad le
nace ayudarla, es como la hermana que nunca tuvo y le está
ofreciendo la oportunidad de hacerse a un negocio en su tierra
en un momento en que ya se está cansando de no encontrar
trabajo como actor en tierra ajena, en un momento en que
está concluyendo que es preferible en Sevilla como dueño de
un almacén que en América de vendedor, portero, taquillero,
cocinero, mesero, cantinero, mensajero, de todo, menos lo que
soñó. Por supuesto que es mejor ser gente acomodada allá y
no andar tan mal acomodado aquí. Sí, debería obedecerle a
Paloma, hacer de cuenta que el barco se está incendiando y
tirarse al charco sin pensarlo más.
Los razonamientos de Marcelo se extinguen con los nuevos
timbrazos del teléfono. Él se queda mirando el aparato, pero
no lo levanta. Se escucha de nuevo la voz senil de doña Elvira.
439
—Violeta, Violetica, soy yo otra vez. Su mamá. Mire, es que
le mandé una sorpresa. ¿No la ha visto? No me ha dicho nada.
Se la puse trasantier. Búsquela en el computador. Quiero que la
vea antes de que venga. Aquí ya no tendría gracia. Llámeme.
Dígale a José Luis que se acuerde de mandarme el...
Marcelo agarra la bocina. Habla.
—¿Con quién? –pregunta doña Elvira.
—Con Marcelo.
—¿Ése no es el apartamento de José Luis?
—Sí señora, este es.
—¿Y usted quién es?
—El compañero de él –dice Marcelo sin el menor cuidado
con las palabras que pronuncia.
—Compañero de qué, ¿del grupo? Ah, es músico tam-
bién.
—Compañero de vida, señora. Por si no lo sabía, soy el
hombre con el que vive su hijo desde hace más de un año
–y antes de que doña Elvira pueda decir algo más, le cuelga.
—No te quise creer –le dice José Luis a Violeta cuando se
bajan del auto.
En su última semana en Nueva York ella ha estado haciendo
compras y despidiéndose de los museos. Hoy tuvo que ir al
banco con su hermano para sacar el dinero que le quedaba. Él
se antojó de mandarle cosas a la familia y se pegó al recorrido
por las tiendas.
—Me ofendiste con eso y lograste hacerme sentir mal. He
pasado entretenida comprando los regalitos, pero qué días.
En silencio entran al edificio y se acercan al ascensor. Está
en el último piso. José Luis lo llama. Mientras tanto, vuelven
a conversar.
—¿Seguirás con él?
—Creo que estoy hecho para vivir solo, pero Marcelo es
tan envolvente... Palabra que ni cuenta me di de cómo pasó
440
todo. Cuando menos lo pensé estaba aquí viviendo conmigo.
Ya no me atrevo a echarlo. Aunque también me ha alegrado
la vida y he disfrutado su compañía. Tengo que reconocerlo.
Tampoco voy a lamentarme ahora. Él es muy entusiasta, muy
divertido y...
—Pero temperamental.
—Algo, sí. A veces sale con unas cosas que mejor dicho
–dice José Luis moviendo negativamente la cabeza y mirando
hacia arriba. Ve la hilera de números por encima de la puerta
del ascensor. El aparato sigue sin moverse en el último piso.
El portero ha salido de su cubículo y viene caminando hacia
Violeta y su hermano.
—Claro que...
El portero llega y les informa que hay una mudanza y que los
nuevos inquilinos tienen permiso para usar el ascensor. No hay
otro remedio. Deben subir por las escaleras. Se van haciendo
estaciones en cada piso, más por la conversación que los hace
detenerse que por la necesidad de descansar.
—¿Claro que qué? –pregunta Violeta.
—¿Qué? Ah, ya. Es que en una fiesta pasan tantas cosas.
Como para arrepentirse, quiero decir. Creo que lo de Robert fue
más una ociosidad de parte de Marcelo, una niñería que un...
—No te engañes. No es lo de Robert solamente. Es una
acumulación de hechos.
—De todas maneras, Marcelo está muy joven. Le llevo
casi veinte años.
—A propósito de Robert, ¿cómo manejas la situación con
el grupo?
—Esa es otra cosa para pensar. Quisiera evitar confron-
taciones con él, por el grupo, sabes. No me gustaría dañar el
ambiente que tenemos.
—¿Pero le hablaste?
José Luis calla. Con un gesto responde que no.
441
—¡¿No le has mencionado nada?! ¿Cómo haces para tra-
bajar con él?
—No puedo mirarlo igual.
—¡Y entonces!
—Prefiero evitarlo. Ya se me pasará.
—Ay Jóse. Eso no me gusta. ¿Cómo te le quedas callado
a dos personas que te han engañado? Lo mejor es hablar las
cosas directamente y en el momento que son. ¿Qué sentido
tiene tragártelas?
—Con Marcelo sí hablé.
—Pero no hiciste nada. Ahí sigue.
—Necesito tiempo para decidir. Aún tengo dudas. No quie
ro equivocarme al manejar este asunto. ¿Qué gano con pelear
ahora? Además, ¿para dónde se va a ir Marcelo?
—Piensa en ti, no en él.
—No soy capaz de echarlo. ¿Para qué voy a humillarlo si
de todas maneras se va en diciembre?
—¿En diciembre?
—Por el matri...
—Ah, claro, la boda de la mamá.
—Pero está pensando en devolverse del todo.
—¿Verdad?
—Yo le digo que no se apresure, que se vaya de vacaciones
como era el plan.
—Antes deberías aprovechar.
—Quisiera ayudarle. No ha podido hacer lo que quería. Y
no por falta de interés o de talento. ¡Porque es muy talentoso!
¿No te parece?
—Pero le falta disciplina. Es bastante disperso. Y así el
talento para qué.
—Igual tiene muchas cualidades.
—Veo que has aprendido a quererlo a pesar de sus defectos.
Con razón trataste de negar lo que te conté.
442
—Ojalá pudiera seguir negándolo, pero sé que es cobardía
engañarme. Gústeme o no tengo que reconocer que siempre
había sentido una incomodidad con Marcelo. Algo en él no
terminaba de convencerme. Antes o después, esto iba a pasar.
Sin embargo, no sé si estaré haciendo lo correcto.
—¿Necesitas más motivos para convencerte?
—No estaría de más. Se perdona una vez, pero no dos.
—Cuando uno cree que tiene la vida armada resulta más
cómodo evadir los problemas. Pero tienes que enfrentarlo Jóse.
Esto afecta tu vida personal y laboral.
Van por el pasillo y se están acercando a la puerta del apar-
tamento. José Luis cambia de tema. Con ello da por cerrada la
abierta conversación que ha tenido con su hermana
—¿Sí trajimos todo? Mañana tienes que dedicarte a empa-
car de verdad. Te queda un día.
—Ah, y el amigo de Eva nada que aparece con los papeles.
Tendré que llamarlo otra vez.
—¿Vas a salir? –le pregunta José Luis a Marcelo cuando lo
ve tomar del perchero su chaqueta con la bufanda–. Pensaba
que íbamos a hacer comida para los tres esta noche.
—Me han citado al restaurante porque habrá una cena
de gala.
—Dijiste que no trabajarías hoy.
—Llamaron hace un momento. El bartender se ha resbala-
do en las escaleras del hotel y parece que se lastimó una mano.
Y estamos con el tiempo apretando.
—¿Quieres que te lleve?
—No, no, no te afanes, el tren a esta hora no va tan car-
gado. De todas maneras, te lo agradezco.
—Y yo de todas maneras te voy a llevar. Quiero hablar
contigo –replica José Luis, que vuelve a ponerse la chaqueta
y se va con Marcelo.
Violeta aprovecha para hacer llamadas. Al lado del teléfono
encuentra el papelito con los datos. Emilio Garcés se llama
443
el hombre con quien Eva le pidió ponerse en contacto. Es el
futuro reemplazo de la profe. Como explicó ella cuando llamó,
para ocupar una plaza en la universidad ya están exigiendo
estudios de postgrado y este señor tiene una maestría en Co-
lumbia. “Claro que sigue en pie mi ofrecimiento de las clases
para ti. Igual, si él se vincula tú podrás tener tu cátedra, al
profesor por horas no le exigen tanto título”. Así lo dijo Eva.
Y ahí está la dirección del tipo que Violeta anotó con la firme
intención de ir al otro día a recoger los papeles. Pero como el
tipo dijo “eso me tomará tiempo y esta semana estoy bastante
atareado con la corresponsalía, yo le aviso cuando los comple-
te”, ahí sigue ella esperando. Claro que el hombre le advirtió
que “si no aparezco, bien pueda llámeme que no me molesta.
Al contrario. Puede olvidárseme y esto me interesa, y es mejor
que usted se lleve mis documentos y más si Evita se lo enco-
mendó”. Así dijo el señor periodista que está dudando si irse
a vivir a Medellín, una ciudad que no conoce y a la que nada
lo ata, de la cual necesita motivos para volverse su habitante
permanente pues hasta ahora la única razón que anima la
decisión es darle gusto a la queridísima colega Eva, una mujer
tan brillante cuya amistad es segura a pesar de la distancia, de
dejar de hablar por meses y años; la veterana periodista a la
que Emilio le aprendió tantos trucos del oficio cuando empezó
como reportero en la gran urbe gringa, a quien le debe haber
persistido en sus estudios en Columbia, como le contó él a
Violeta en la llamada que ella le hizo después de hablar con
Eva, una llamada que se prolongó por casi una hora, durante
la cual Violeta y Emilio se hablaron como si se conocieran de
siempre, con una cercanía extraña como si no haberse visto
la cara, la mirada, el gesto, no fuera barrera, en la que los
minutos se fueron como segundos. “¡Ah sí! ¡Ya me acuerdo!
Usted es el periodista del que Eva me había hablado tanto,
yo creo que lo vi a usted una vez haciendo un informe en un
444
noticiero de televisión en Colombia, ah claro, sí, yo también
fui periodista varios años y alumna de Eva, ella y yo somos
muy buenas amigas, la quiero mucho y tengo que llevarle sus
papeles porque la convocatoria se cierra la semana entrante
y el correo allá es pésimo, es mejor asegurarse, si no le llevo
esos papeles usted se queda fuera de la convocatoria y Eva solo
confía en usted para poder jubilarse tranquila pues ella dice que
la única manera de asegurarse que no lleguen a borrar de un
manotazo lo que uno ha hecho en tantos años es encargarse
de quién lo sucederá. ¡Cómo le parece eso! Además de tener
que tomar la decisión de salirse tiene uno que voltear con el
reemplazo. Es que ella tiene mucho miedo de que se olviden
de lo que hizo, está obsesionada por dejar las cosas en buenas
manos, y hay que ayudarla”.
Sí, hay que ayudarle a la queridísima Eva con su reem-
plazo, así él no parezca muy convencido de cambiar Nueva
York por Medellín. ¿Quién podría estarlo? Eso se hace por la
última, porque no hay de otra o porque se tienen intereses
muy especiales. Pero, ¿qué puede ofrecerle Medellín a un tipo
de este calibre?, ¿qué de especial podría encontrar allá si ni
siquiera es paisa?, ¿qué diablos querrá ir a buscar a esa ciudad?
A lo mejor anda con la tristeza alborotada por su Colombia
cicatrizada, golpeada y abatida. A lo mejor como es un soltero
cuarentón, según dijo Eva, debe estar en crisis, buscando qué
hacer con su vida. A lo mejor estará creyendo que volverse
profesor universitario en Medellín es una buena alternativa.
A lo mejor Eva le echó el cuento diciéndole que no hay nada
como la Universidad de Antioquia, y él se lo creyó.
Ahora Emilio y Violeta están hablando de nuevo por te-
léfono, ella moviéndose de un lado para el otro en el cuarto
para terminar de vaciar las cosas que le quedan en el closet,
él no se sabe desde dónde.
445
—Todavía me falta un certificado pero sigo muy interesado.
Lo reclamo en una hora. ¿Cree que podríamos vernos en el
aeropuerto mañana. ¿En qué vuelo se va usted?
—¿Mañana en el aeropuerto? Ay no, qué estrés. Preferiría
que la diligencia no se quedara para el último día, no conviene
dejar para el final las cosas importantes. Tampoco quisiera
tener otro motivo de angustia a la hora de irme. ¿Donde usted
se retrase? Aquí las distancias son enormes. Y un periodista
como usted debe mantenerse sin un minuto en la agenda.
—¿Cree que puedo dañarle el viaje, que llegue tarde y la
deje el avión por estar esperándome?
—No, es por Eva. ¿Qué tal que usted no pueda llegar y
tenga que irme sin sus papeles?
El hombre es práctico, sin rodeos, de una sola palabra, no
da pie para revirar más ni decir más boberías o anticiparse a
los hechos.
—¿Podríamos vernos ahora entonces? ¿Dónde es el apar-
tamento de su hermano? Yo paso después de reclamar el
documento que me falta.
Violeta concluye la conversación aceptando el encuen-
tro con el amigo de Eva, la querida profe que por ningún
motivo debe pensar que su ex alumna ha dejado de hacer
todo lo posible para cumplirle con el favor, después de esos
mensajotes que le mandó pero que ella apenas si contestó por
estar haciendo catarsis en Central Park y en la soledad del
apartamento de José Luis, por andar organizando notas en la
computadora y armando archivos, por pasársela corrigiendo
y puliendo el original de Campoalegre en vez de cumplirle a
Eva y escribirle en las cantidades que le había prometido. Pero
una historia tan larga y en escasos dos meses qué tiempo iba
a dejar para escribir correos como los de Eva; si le mandó el
que le mandó, así haya sido a la hora de irse, es porque vio que
ya tenía encima el día del regreso y le dio vergüenza con ella;
446
más vale tarde que nunca, bastante lo han pronunciado, sí,
pero sigue vigente y bien útil es echarle mano al dicho para
sacudirse los remordimientos pues ya suficientes son los que
lleva por José Luis.
—Me lo imaginé, pero me hubiera gustado enterarme de otra
manera. Hubiera agradecido que me lo dijera él –dice la mamá
de Violeta al otro lado del teléfono. Después de la llamada a
Emilio Violeta le marcó para ver qué otra cosa se le ocurría que
le llevara, a lo cual ella contestó “lo único que se me ocurre es
saber ese cuento de Marcelo”, y a continuación le contó a Violeta
lo sucedido con su llamada.
—Ay mamá, cuánto siento que lo hubieras sabido así, pero
entiéndelo, Jóse es muy reservado y esas son cosas muy íntimas.
—Conmigo siempre tuvo mucha confianza. Por eso no me
explico por qué...
—Tal vez pensó que no lo entenderías –le interrumpe Vio
leta–, que te haría sufrir.
—Una madre entiende todo. Lo que no entiendo es por
qué a Margó sí le contó.
—¡¿Ella sabía?!
—Pues claro. Esa es la otra cosa que me tiene dolida. No
es tanto que viva con un hombre, era de esperarse, pero que
me lo haya ocultado tanto tiempo y en cambio a Margó sí le
haya contado.
—Bueno mamita, no te amargues por eso. Al fin y al cabo
vivió con ella en el momento más difícil de su vida, acuérdate.
A veces uno puede ser más espontáneo con los extraños que
con los de la casa. Es normal.
—Sí, yo sé. A ti te pasó con Iris. Por eso siento lo de José
Luis. Ya son dos los hijos con los que tengo distancia. Y no es
porque estén por allá tan lejos. Era lo que te decía en la carta,
que con ustedes dos las cosas han sido distintas. Primero tú
en Campoalegre y luego él viviendo con Margó. Fueron como
447
los dos hijos idos de la casa antes de tiempo y no por su propia
voluntad. Porque Julián se fue porque le dio la gana. Y ahora
está conmigo y me consuela haberlo podido recibir mientras
se acaba de organizar. Así como he recibido a Margó con todo
el gusto porque ella fue mucho lo que me ayudó con José Luis,
él es lo que es por ella.
—Oye mamá, dijiste que una carta. ¿De qué carta me
hablas?
—La que te mandé. ¿No oíste mi mensaje?
—¿Mensaje? ¿Dejaste mensaje? ¿Cuántas veces llamaste
pues? Marcelo no nos dijo nada.
—Qué iba a decir después de la que me hizo. Eavemaría,
ese hombre no debe ser bueno.
—No juzgues por tan poco. Es algo irresponsable, pero
tiene sus cosas buenas.
—¿No la has leído? Pensé que ibas a leerla ahí mismo. ¿No
te mantienes pues pegada de Internet?
—Ahora no, he estado saliendo mucho para aprovechar
los últimos días. Y llego muy cansada. Es que uno de turista
camina más de la cuenta.
—Y con esos pies como te molestan.
—Ya me duelen menos. ¿Y de qué es la carta?
—Léela. Me quedó muy larga. Me costó hacerla. Julián me
ayudó a mandarla. Margó está descrestada con la Internet. Ah,
te manda decir que le traigas unas vitaminas como las que le
trajo la otra vez José Luis, que te las paga aquí.
—Ah mamá. Ya que lo mencionas, le conté a Jóse que Mar-
gó está pensando en irse para un asilo y está tan preocupado
que va a adelantar el viaje. Quería irse conmigo, imagínate.
Que él tiene que ir a ese barrio a ver quién es el que se va a
quedar con las casas de la tía.
—Que ni se le ocurra, es muy peligroso. Dile que tranquilo,
que Julián está ayudando con eso, con la agencia de detecti-
448
ves que está montando. Que mejor espere para que venga al
matrimonio de él.
—¿Ya definió la fecha?
—Sí. Ah. Esa era la otra cosa que quería contarte, a ver si
me traes unos cubiertos de plata de allá para regalarle. Es en
enero. Por eso es mejor que José Luis espere. Como él me había
dicho que no le gusta venir en diciembre por la parranda y la
bebedera, le propuse a Julián mover la fecha para que el her-
mano pueda estar. Quiere que sea el padrino, contigo. ¿Él está?
—Acabó de salir. ¿Le vas a decir que te enteraste?
—Por ahora no. Para qué voy a sorprenderlo o hacerlo sentir
mal. Ya hablaré con él después, aquí. Cuéntale tú primero. O
que le cuente... ¿cómo se llama?
—Marcelo
—Eso. Que Marcelo le cuente lo que me dijo.
—Jamás lo hará.
—Entonces díselo tú.
—¡¿Yo?!
—¿Y quién más?
—¿Cómo voy a echar más leña al fuego?
—Me parece bueno que sepa que yo ya sé.
—No, yo no, ni riesgos. Arreglen eso entre ustedes.
—¿Y cómo así que echarle más leña al fuego? ¿Qué quieres
decir?
—Ay no mamá, no hablemos más de eso, son los asuntos
de Jóse y no voy a ponerme a rajar de él. Ni más faltaba. Ha-
blen ustedes.
—¿Rajar? ¿Por qué tendrías que rajar, ah?
—Pues... pues es una manera de decir que no quisiera
meterme en su vida –le contesta Violeta a su madre y luego
se dice a sí misma “y ya me he metido demasiado”.
—Oye, ¿ese Marcelo cómo es?
—…
449
—¿Qué?
—¿Marcelo? Muy animado. Sí. Simpático. Buen mozo.
Agradable, sí.
—¿Cómo cuántos años tiene?
—Menos que Jóse.
—¿Es menor? ¿Mucho?
—Sí, está joven, sí.
—¿Y sí será de buenos sentimientos? Qué tal se manejará
con Jóse. ¿Sí le será fiel?
—Mamá, por Dios, deja de preguntar tanta cosa. ¿Cómo
que si es fiel? ¡Yo qué diablos voy a saber! Por qué dices eso.
—Es el riesgo más grande en una relación y dijiste que
tiene menos años.
—¿Y eso qué?
—Los jóvenes son tan alocados… Incluso en el amor. Y ya
se los he dicho mucho, la lealtad es lo que más importa. En
todo. En el amor y en la amistad. Sin ella, ninguna relación
vale la pena. Dile eso a José Luis, que yo lo dije.
—Díselo tú que eres la mamá. Te hará más caso a ti. Yo
apenas soy la hermanita menor.
—Y a la que más ha querido. Te adora y te oirá. Prométeme
que le vas a decir las dos cosas Violetica, por favor, ¿sí? No
quiero que sufra o se burlen de él. Y de aquí a que venga y yo
hable con él... ¿Se lo dirás?
Violeta lanza un suspiro fuerte, algo exasperado.
—Bueno, está bien. Yo le digo.
—Me quedo más tranquila. No le cuentes que estoy herida
o molesta. Simplemente que ya sé.
—Sí, sí, no te preocupes.
—¿Entonces tampoco oíste lo de Lorenzo?
—¿Lorenzo? ¿Qué le pasó?
—Ay no hija, cómo así. Y esta llamada como está de larga.
—Tranquila mamá que la tarjeta da para largo.
450
—Pues imagínate que el otro día...
Y por un rato más siguen agotando minutos y dólares
de la tarjeta de llamadas telefónicas. Con pelos y señales,
Elvira le cuenta sobre las llamadas de la agencia. Finaliza la
conversación con otra lista de encargos, “unas cositas que
se me habían olvidado”. Después de despedirse Violeta se
va para el computador, lo prende, entra a Internet y busca
los mensajes que tiene. Hay como doce, dos de ellos de la
agencia, el primero enviado desde el buzón de Berenice, el
segundo desde la gerencia. Los abre en orden y los lee. El de
la secretaria dice:
Hola Violetica. ¿Usted cómo está? No se imagina
cuánto la he extrañado y he querido saber de us-
ted. Le escribo sobre todo porque me lo pidió don
Lorenzo. Él necesita hablar con usted. El otro día
me hizo llamar a su casa. Hablé con su mamá. Tan
linda la señora. Está toda triste sin usted.
Don Lorenzo le manda decir que le ofrece trabajar
con nosotros de nuevo, pero como freelance. Esto es
en serio. Yo ahorita voy a mandarle otro mensaje, el
oficial, cortico, escueto, del buzón de él. Este voy a
borrarlo apenas se lo envíe para evitar que de pronto
se dé cuenta de lo que le estoy contando y acon-
sejando, porque óigame bien: acepte lo que le va a
ofrecer pero con condiciones, aproveche para que se
ponga a hacer lo que a usted le gusta, ránchese en
que no más de copy y que no la haga venir aquí, que
todo desde su casa. Es mejor por los laditos, usted
ya sabe cómo es el ambiente aquí, pero pagan bien
y este negocio se mueve, sigue creciendo. Y pese a
todo don Lorenzo siempre le respetó su trabajo. Lo
que pasa es que esos caracteres de ustedes chocan
mucho. Es como si ustedes se odiaran y estimaran a
la vez. Usted no tiene que quererlo, simplemente sea
451
práctica y aprovéchese de la situación para hacerse
a un buen trabajo. Cómo le parece que se ganaron
una licitación buenísima con la Alcaldía para hacer
una colección de unos libros. No entiendo bien de
qué son, pero están buscando un buen periodista
y escritor para que los haga. Incluye todo, desde
investigar el tema hasta escribirlo y coordinar la
impresión. Ahí verá si le interesa. Usted podría
medírsele a eso. De todas maneras, si habla con
don Lorenzo se hace de las nuevas, él no me ha
adelantado nada, simplemente me pidió que la
contactara. Yo le recomendaría no echar en saco
roto lo que él le pida. Por eso, contéstele. Además
porque va a creer que no le insistí y soy yo la que
quedo mal.
Entonces, ¿cómo está? ¿Sí piensa quedarse viviendo
allá? Esto aquí está muy maluco, la Comuna 13
está toda revolucionada, así que si está pasándola
bien allá, quédese. Si no, sabe que aquí siempre la
recibiremos con los brazos abiertos, al fin y al cabo
esta es su tierra.
Le mando un abrazo. Cuídese mucho. La quiere.
Bere
El siguiente mensaje es enviado del buzón gtegralcreati-
vem@[Link] y dice:
Periodista
Violeta Sánchez Ruiz
Apreciada Violeta
CreativeMix se apresta a desarrollar importantes
proyectos editoriales que le han sido adjudicados a
la empresa. Dada su trayectoria en nuestra agencia
y la excelencia de su trabajo, nos gustaría mucho
contar con su participación. Si está usted interesada
en vincularse de nuevo con nosotros, le agradecería
452
ponerse en contacto con Ivonne Pérez, jefe de la
sección de Proyectos especiales. Reciba nuestro
saludo.
Cordialmente
Lorenzo Cortés
Gerente General
De manera impulsiva Violeta contesta al buzón de Loren-
zo. Tan solo escribe “ok. Recibido. Gracias. En principio me
interesa. Estaré en Medellín la próxima semana y entonces
haré la cita del caso. Un saludo cordial. Violeta”. Después le
escribe un corto mensaje a Berenice contándole acerca de su
regreso. Y finalmente abre el mensaje de su mamá. El enca-
bezado del email dice:
Querida hija. Esta carta iba a mandarla por correo
normal, pero Julián ha estado enseñándome a usar
Internet para poder enviártela como se hace hoy en
día. Por eso me demoré tanto. Tuve que digitarla
en el word después de que la había escrito a mano.
Pero me ha parecido muy bueno ver cómo salen las
palabras en la pantalla cuando escribo. Yo nunca
pensé que iba a sentarme frente a un computador,
para mí eso era algo que ya no me había tocado en
esta vida. Pero ahí ves, la vida siempre lo sorprende a
uno con cosas nuevas e inesperadas. Siempre que te
veía pegada del aparato me preguntaba cómo sería
eso. Me parecía más enredado que la máquina de
escribir, que fue lo que me tocó a mí desde el cole-
gio. Te confieso que me daba miedo. Todavía no me
acostumbro a mirar la pantalla mientras tecleo. Me
siento muy rara. No hay papel como en la máquina
de escribir. El sonido de las teclas tampoco es el
mismo. Aunque las letras están en la misma parte,
la posición también es distinta y me equivoco. Sin
embargo, esto me parece mejor que en la época
453
de Margó cuando el correo se demoraba semanas.
Julián me aseguró que esta carta te llegará apenas
yo de enviar al mensaje. Es algo mágico y me parece
mentira. Aquí está él ayudándome a adjuntar el
archivo, pues hasta allá no he aprendido. Que te
manda saludes. Espero que te guste esta sorpresa.
Mira, hasta un correo con mi nombre me abrió
Julián. Ya puedes escribirte conmigo como haces
con Eva
Violeta sonríe por la ocurrencia de su mamá. Luego lee la
posdata que ha escrito al final del mensaje:
P.D. Te llamaron de la agencia, no te había querido
decir por teléfono para no mortificarte, quedaste
muy dolida con Lorenzo. Me pidieron tu correo
y yo se los di. No el número del teléfono, aunque
me insistieron. Por lo menos si te escriben puedes
pensar y darte el lujo de no contestar. Analiza bien
lo que harás si te escriben. A lo mejor no es estar
allá sino aquí lo que te corresponde
Por último, Violeta abre el archivo enviado por viraruiz@
[Link] y empieza a leerlo.
Medellín, 15 de noviembre de 2002
Hija mía. Creo que la última carta que escribí fue
cuando Margó vivía en New Jersey. Me desacos-
tumbré por José Luis pues a él...
La lectura de la carta de doña Elvira es interrumpida por el
citófono. Cuando Violeta escucha el nombre Emilio Garcés en
la voz del portero empieza a sentir palpitaciones en el pecho
como si estuviera asustada. No logra identificar si el sobresalto
lo provoca el timbrazo del aparato o la inminente presencia
del desconocido que sube por el ascensor.
—¿Usted es Violeta?
454
—Sí, cómo no.
—Yo soy el amigo de Eva.
—¿El amigo de Eva? ¿Emilio? ¡¿Usted qué está haciendo
aquí?!
—Tengo entendido que quedamos de encontrarnos.
—Sí, pero nunca me imaginé que... Perdón. Pensé que se
demoraría más.
—O que no vendría.
—Pues... tampoco exagere. Mucho gusto –dice Violeta y
le extiende la mano. Cuando se junta con la de él, la siente
acogedoramente cálida en la suya, que se enfrió con el anuncio
del portero y se puso helada con la llegada del visitante.
—Sígase.
Después de sentarse, él se quita la cachucha verde clara,
limpia de marquillas o bordados publicitarios. Con razón este
hombre usa gorras. No le queda un solo pelo en la corona,
aunque alrededor de ella y por el resto de la cabeza, el cabello
se reparte con generosidad. Luego se afloja la corbata, pero no
se quita el saco. Sus zapatos son demasiado deportivos para el
traje, pero le lucen.
Emilio se queda observando a Violeta, callado.
—¿Qué me ve? –dice ella al notar la cara de extrañeza de
él–. ¿Acaso duda que sea la amiga de Eva? Si quiere le muestro
el pasaporte.
—Sí... Digo, no. Es que...
Emilio se rasca la calva. Parece preocupado.
—Cómo le dijera –contesta. Luego se quita las gafas, acerca
los ojos a la cabeza de Violeta y le mira el pelo. Después de
estar seguro del color de las raíces que ha visto en la cabeza
de ella, se tranquiliza
—¡Ah, sí, es usted pelirroja! –dice mejorando la cara de
preocupación–. Pensé que era mentira.
—¿Qué? ¿Pelirroja? ¿Y eso qué?
455
—Eva siempre me habló de una pelirrojita amiga. Por eso
yo tenía ganas de conocerla.
—¿Pelirrojita?...Claro, se les hace muy raro, siempre les he
parecido muy llamativa con mi pequerío y el colorcito del pelo.
—¿Le disgusta?
—¿Por qué cree que me lo pinto?
Emilio se siente regañado.
—Perdone, no sabía. En efecto creí que iba a encontrarme
con una pelirroja.
—No importa. ¿Trajo los documentos? Démelos pues.
—Sí, por supuesto, aquí están. Dígale a Evita que estoy muy
interesado y que creo que ahí está todo –le dice él mientras
los saca y se los entrega–. Que me tenga al tanto.
A Violeta le parece que Emilio no es tan espontáneo en
persona como en el teléfono. Él no le quita el ojo de encima,
pero tampoco autoriza a hablar mucho. Quizá su recibimiento
ha sido un poco frío. Qué situación tan incómoda. Ella hace
un esfuerzo por ser más cordial.
—¿Quiere café? ¿Sí podía venir hoy?
—Aquí estoy.
—Espero no haberlo obligado a cancelar otro compromiso.
—Tengo tiempo de sobra.
Evidentemente Emilio luce azarado, desconcertado, decep-
cionado. Violeta lo nota.
—Parece que no le ha hecho mucha gracia conocerme.
Lamento que no haya encontrado a la pelirroja que esperaba.
—Discúlpeme, Eva me había hablado tanto de usted que
me había entusiasmado.
—¿Entusiasmado? ¿Cómo así?
—No me malinterprete. Es solo que... Bueno, podrá parecer
tonto, pero se me hacía maravilloso conocer a una mujer que
tuviera el color del amor en su pelo. Son tan escasas. Y más
siendo colombiana, de mi tierra.
456
Violeta se alarma con lo dicho por Emilio. Se le viene a
la cabeza el recuerdo de Andrés. Siente una opresión en el
estómago y un debilitamiento en las piernas. Podría desmayarse
si se levantara de la silla.
—¡¿Qué ha dicho usted?! –pregunta asustada, pero a Emilio
su tono le suena enojado.
—¿Qué tiene?
—¿Por qué me dice eso?
—¿Le molesta? Perdóneme, pero yo solo quise que...
—No, claro que no me molesta, ni más faltaba. ¿Molestar-
me? Cómo se le ocurre. Al contrario.
La sensación en ella se vuelve un hormigueo que sube por
las piernas hasta el vientre, cae en el estómago, asciende por
el lado izquierdo, llega al pecho y lo expande como si estuviera
abriéndole el corazón. Emilio la mira profundamente. Descubre
que más bonito que el pelo tiene los ojos. Le sonríe.
—¿Por qué reaccionas así entonces, Violeta bella? –le dice
dejando a un lado la timidez, con la misma confianza con que
le habló en la larga conversación telefónica sostenida días atrás.
¿Le dijo bella? Qué encantador ha sonado eso. Cuánto
hace que a ella no le decían cosas así. Qué turbación hace
sentir este señor tan simple en apariencia, con esa figura
que no dice mucho, excepto que es un latino culto, buena
gente y cálido, lo cual ya es mucho.
—Es que me parece tanta casualidad –responde ella tra-
gando saliva de nuevo.
—Tanta casualidad qué.
—Pues que... No, mejor ni le digo, no me lo va a creer.
—Bueno, si desconfía.
—No, no es eso. Es que es una bobada. Se va a reír.
—Entonces no es una bobada sino un chiste. Claro que hay
chistes bobos. Ah, es un chiste bobo lo que me quiere contar.
Adelante, son mis preferidos.
457
—Y son muy buenos. A mí también son los que más me
hacen reír –dice Violeta a quien le está pareciendo que, como
se dice en su país, el hombre le está mamando gallo. Aun así, no
se deja amilanar y sigue–. Parece que tiene usted buen humor.
Lástima. Y este encuentro tan de carrera y con malentendidos.
—¿Malentendidos? Dónde está el malentendido. Yo no lo
veo –dice él volteando a ver a su alrededor.
Violeta mira hacia arriba, como queriendo decirse “con
este tipo no hay caso”.
—En mi cabeza está el malentendido –le dice ella acer-
cándosele a la cara a ver si entiende –. Por el color del pelo,
¿me explico?
—Bueno, no importa. El de sus ojos está mejor.
Violeta vuelve a azararse, sin embargo, no se sonroja como
antes y agradece con serenidad el elogio. Claro que después
empieza a gaguear.
—De todos modos quiero aclararle que... Es que lo que pasa
es que... A ver, cómo le digo –dice, hasta que por fin desata el
nudo–. Me pareció raro lo del color del pelo porque yo tenía
un novio que pensaba lo mismo.
—Razón tenía yo. En asuntos de mujeres los hombres no
siempre nos equivocamos. ¿Te das cuenta?
Él se levanta y se guarda en el bolsillo la historia de detec-
tives de Dashiell Hammett entre cuyas páginas traía los sobres
con los documentos.
—No, no puedo tomarme el café. Era mentira que me sobra
el tiempo. Una ilusión que me hice –dice él.
—Qué pesar que no pudimos conversar más. Me hubiera
gustado.
—Tiempo habrá. La próxima vez nos veremos en Medellín.
Y espero que con tu pelo como es. Así no te guste, el amor
es rojo como tu pelo, créeme. Violeta piensa en contestarle
“también es roja la sangre de los muertos”, pero nada más
458
agrega. Solo le sonríe y le estampa el beso que le nace darle
en la mejilla. Él la abraza con efusividad.
—Abrázame Violeta, no te de miedo que vamos a ser
muy buenos amigos –le dice al sentir que ella se cohíbe de
responderle, y a ella no le queda más remedio que arrojarse
a los brazos de un desconocido como si fuera el allegado
más entrañable, abrazarse a él con tanta intensidad como lo
hará en unas horas con su querido hermano José Luis al des
pedirse en el aeropuerto.
Emilio se acomoda la gorra en la cabeza y se despide. Luego
de que Violeta cierra la puerta del apartamento empieza a
sonreír como quien acaba de protagonizar una picardía. Aden-
tro, ella queda con una emoción extraña, un entusiasmo raro
sabiendo que lo que tiene por delante es un viaje de alguna
manera indeseado. Ya todo se acabó y nada raro pasó con
tantas expectativas como traía. Aun así, siente que tiene un
motivo para celebrar. Por eso va a la cocina y abre una botella
de vino. Con una copa entra al cuarto con la intención de
recoger cables del portátil y empacarlo de una vez.
—¡Ay, la carta de mi mamá! Verdad –se dice al verla ex-
playada en la pantalla. Y la lee.
Hija mía. Creo que la última carta que escribí fue
cuando Margó vivía en New Jersey. Me desacostum-
bré por José Luis pues a él le gusta más el teléfono.
Quise redactarte esta carta en pago por las que te
quedé debiendo cuando estuviste en Campoalegre
y no pude hacerte ni una, aunque obligué a todos
a que te escribieran. Como los domingos no había
que rezar el rosario porque íbamos a misa, nuestro
rosario eran tus cartas. Muchas se fueron sin revisar
porque estaba muy ocupada con Luciano, y Tere
hacía lo que podía con los errores. Me he acordado
mucho de aquella época ahora en que otra vez estás
lejos. Sé que te quedaron resquemores porque te
459
dejamos en la finca más tiempo de la cuenta, pero
también a mí me pesó como se alargó tu última
temporada. En principio no le vi problema a dejarte
con Iris unos días más; me pareció más cruel que
ella estuviera sola y, además, quise hacer algo por
Ramón que ya se había muerto; protegiendo a la
mujer que amó, le agradecía por haber sido un padre
para mí. Después, cuando me deprimí tanto por lo
de Luciano, pensé que verme así te impresionaría y
que lo más indicado era tenerte al margen porque
ya tenías suficiente con el crimen. Temí que la si
tuación de la casa te afectara y no entendí que la
casa es la casa sea en las condiciones que sea. Por
eso, perdóname hija mía.
Me asusté mucho con el nacimiento prematuro de
Luciano, me sentí incapaz de sacarlo adelante. Lue-
go se le descubrió el Síndrome y me angustié más,
creí enloquecer porque me acordé de la hermanita
de Lupe que sufría lo mismo, pero la mantenían
escondida y amarrada en una pieza enseguida del
baño. Nosotras la oíamos gritar cuando íbamos a
hacer las tareas del colegio, y yo a veces me aguan-
taba las ganas de orinar para no tener que oír sus
gemidos detrás de la puerta. En la misma casa de
mi compañera le decían la mongolita. Por eso me
traumaticé cuando confirmaron el problema de
Luciano pues para mí la imagen de un niño así era
la de la hermanita de Lupe. Creo que mi trastorno
fue más por pensar que mi niñito tendría que crecer
encerrado en una pieza. Tu papá y yo nos confun-
dimos mucho, no sabíamos qué hacer y Margó dijo
que lo mejor era que tú siguieras con Iris. Mamá
no quería, pero Margó fue la que manejó todo en
aquella época (por eso me parece tan irónico verla
ahora aquí conmigo de arrimada. Ni te imaginas lo
que ha sufrido con la operación Orión. Así les dio
460
por llamar la guerra allá en esa comuna. Cuando
vengas te contaremos los detalles, aunque imagino
que ya los habrás leído pues Julián me mostró que
también los periódicos los metieron en Internet).
Ahora te has ido menos tiempo, pero te he extraña-
do más que la vez en que estuviste en Campoalegre
y tengo tantas ganas de que vuelvas como entonces.
Han pasado muchos años de eso, sin embargo yo no
olvido la emoción tan grande que sentí cuando te
vi con tus trenzas como de película, tus dientes cre-
cidos sin muequera, tus mejillas coloradas y tu piel
como un durazno. Me pareciste la niña más linda
que había visto, no podía creer que yo fuera la mamá
de una niña así y que hubiera sido capaz de tenerte
lejos. Sí, había concebido a Luciano anormal, pero
tú me corroborabas que también mis genes podían
dar lugar a la perfección. Podría haberme quedado
abrazándote durante horas, contigo en mi pecho,
con tu cabeza entre mis manos. Te cuento esto
porque si a José Luis le hubiera contado cosas así,
tal vez él habría regresado o querría vivir a nuestro
lado algún día, porque de haber hablado a tiempo
no lo habría perdido, pues él es como un hijo que
tengo y no tengo y no quiero que contigo me pase
lo mismo. Ya hemos perdido demasiado Violeta. A
Ramón, a tu papá, a Luciano, a Iris y por poco a
Julián que, como tú, ha tenido una vida difícil, como
si después de haber visto a Ramón ustedes hubieran
quedado un poco condenados. Por supuesto que
nosotros fuimos los primeros en condenarlos, a ti al
destierro en la finca, a él a la falta de tu compañía.
Sé que aquello les hizo mucho daño, lo ideal era que
hubieran permanecido juntos después del crimen,
pero lo entendí después. Así nos pasa a los padres,
nos engañamos pensando que estamos haciendo lo
mejor por los hijos, pero solo con los años nos damos
461
cuenta de que no nos las sabíamos todas y que si
algunos salieron adelante fue a pesar de nosotros.
Menos mal que la sinceridad de la buena intención
que tuvimos nos da el derecho al perdón.
Por eso me preocupo tanto por ti y por Julián, te
insisto en que lo mío es tuyo, le estoy ayudando a
él para que monte su negocio (sí es verdad que el
sueldo de la corporación no le alcanza) y haga por
fin una familia. He rezado mucho para que dejen
el rencor que mantienen y para que se enamoren.
Recuerda lo que hemos conversado, que el odio a
nada conduce, excepto a hacerle daño a quien lo
siente, y que el amor es el único que puede sanarlo.
Ya Julián encontró a una mujer buena y no pierdo
la esperanza de que tengas un día a tu lado a un
hombre que sea tan amoroso como lo fue tu papá
conmigo. El amor, cuando es puro, tiene una fuerza
imponderable que redime lo que sea. Yo lo sé. De
otra manera no habría podido quitarme la tristeza
y la rabia que me dio cuando nació Luciano. Te
confieso que renegué, me enojé con Dios, con la
vida y la naturaleza por hacerme aquello. Me ator-
menté pensando que un día ustedes no pudieran
casarse y tener hijos, que ninguno quisiera a mis
hijos por temor a otro Luciano, me sentí culpable y
miserable por haber traído al mundo a un hijo como
la hermanita de Lupe, y lo rechacé. En cambio tus
hermanos no, para ellos Luciano fue una fiesta, les
nació darle cariño de inmediato y lo asumieron
con tal naturalidad que me pusieron a pensar y
por eso me propuse darle una vida digna y hacer
todo lo posible para que viviera como una persona
normal, no como la hermanita de Lupe. Por eso
cuando me arriesgué a trabajar, me lo llevaba para
el almacén y lo mostraba con orgullo, así lo miraran
raro. Tu papá me ayudó y con los años llegamos a
462
sentirnos muy orgullosos de él pues fueron muchas
las alegrías que nos dio; no en vano siempre tuvo
la carita feliz. En un momento tan difícil para mí
como ese, fue mamá quien me hizo recapacitar y
me salvó con su idea de que no todo lo que sucede
pasa porque uno lo quiere. Cuando menos lo espera
una madre puede hacer daño, pero también mucho
bien con una sola frase que pronuncie. Por eso se
me ocurrió escribirte. Tal vez no necesites ya estas
explicaciones, tal vez te lleguen tarde pues eres
demasiado inteligente y estuviste más cerca de
Iris que de mí; ella, como Teresa, estuvo más a tu
lado que yo. Pero entiéndeme que yo era impres-
cindible para Luciano, mientras que tú siempre me
hiciste sentir tranquila, eras tan madura, resuelta y
centrada, tan ágil para aprender y, además, tenías
cinco hermanos mayores y un papá que te prefería
entre todos. Pensé que no me necesitabas mucho.
Pero me equivoqué. Ahora solo puedo decirte que
aunque me desentendí, nunca te perdí de vista. Yo
te llevé dentro de mí Violetica, tú naciste de mí,
eres una parte mía que anda por el mundo y eso
es suficiente para interesarme por la forma como
transcurra tu vida, estés donde estés y con la edad
que tengas. Para nosotras las madres es indiferente
que los hijos tengan diez, veinte, treinta, cuarenta
o cincuenta años, siempre serán nuestros niños. Ser
madre es algo sin edad. Por eso ahora contigo en
otro país siento algo parecido a cuando estabas en
Campoalegre y tengo miedo de perderte para siem-
pre. Perdí a José Luis por no decir lo que pensaba
cuando tu papá lo echó, por no haber sido capaz
de oponerme y decir que lo quería a mi lado. Por
eso decidí escribirte, para pedirte que te quedes en
Medellín. No tienes que vivir conmigo ni perder tu
independencia, jamás renuncies a ella, así te cases.
463
Yo hubiera deseado ser más independiente, pero me
crié rodeada de adultos. Luego dependí de tu papá;
aunque trabajé y ganaba dinero, siempre necesité
de él. Es inevitable cuando se trata del amor. Por
eso su muerte me ha parecido lo peor de todo. No
se puede dormir igual después de haber compartido
una cama más de cuarenta años. Aún siento frío en
las noches y tengo que dormir con calcetines, como
tú; me pongo los de tu papá, los cuido mucho para
que me duren el resto de la vida, me quedan grandes
y a veces amanezco sin ellos, pero qué importa, no
quiero usar otros. Así es el matrimonio. Teresa lo
entiende, también Brenda, y tú lo entenderás el día
en que viva a tu lado un hombre de buen corazón,
el que estoy segura hallarás el día menos pensado.
Hija mía, esto era lo que quería decirte. Me salió
muy larga esta carta. Perdona. Se despide de ti
Elvira, tu mamá que te quiere, extraña y espera
abrazarte pronto
Sin palabras se queda Violeta con las parrafadas de su
mamá. Si quería darle una sorpresa, lo ha conseguido. Sorpresa,
regalo y problema a la vez, pues la carta significa las tres cosas.
Nunca se la esperó, le ayuda a mejorar y redondear la historia
de Campoalegre, pero le confirma que Dejó una mariposa su
capullo aún no está concluida. Ya definitivamente no se va de
Nueva York con la obra terminada bajo el brazo. Le tocará
llegar a Medellín con el cuento sin cerrar, aunque con las re
velaciones de su mamá puede dar por cerrado en su vida el
capítulo de Campoalegre.
Le cuesta creer que su madre haya escrito el mensaje. De
repente una mujer distinta se delata ante ella. Siente el im-
pulso de leerlo de nuevo, pero se contiene; lloraría y lo que
ha querido su mamá es hacerla sentir bien y no mal. También
se frena ante la tentación de seleccionar el texto, copiarlo y
464
pegarlo en el archivo de su cuento. Sin salvarlo, cierra el do-
cumento, el cual se queda como un mero attachment del email
recibido, el único hasta ahora de la mamá, un hecho digno de
celebrar, que emociona, hace sentir como si una mano apretara
el cuello y la necesidad de pasar algo por la garganta. O sea, la
situación amerita otro trago. Violeta se va para la cocina y lo
sirve. Con una copa más se devuelve para su cuarto y se pone
a empacar las cajas con libros y otras cosas que definitivamente
no caben y que José Luis tendrá que despacharle luego por
carga o llevarle en enero.
“Ya sé que hablaste con mamá, pero yo voy a contarle a
Jóse, así que prepárate”, estuvo tentada de decirle a Marcelo
cuando se despidieron en la acera del edificio de apartamentos.
Prefirió verlo castigado con la sorpresa. Ella se opuso a que
fuera al aeropuerto, a pesar de la insistencia de él que, mientras
ayudaba a acomodar las maletotas en el auto, repitió y reiteró
que deseaba ir. Cuando José Luis accedió, tuvo que aprovechar
un descuido de su hermano para decirle a Marcelo “perdona,
es que en verdad tengo que hablar una última cosa con Jóse,
en privado, asuntos familiares urgentes y de última hora, ¿en
tiendes?”. Así, terminaron los reclamos de Marcelo quien,
alarmado por la resistencia de Violeta a que los acompañara,
había exclamado “vaya bronca la que me has tomado, deja ya
el odio, mira que yo a ti te quiero bien, que te he aprendido a
querer en estos dos meses y no soporto que me guardes rencor y
te juro que te extrañaré. Si algún día quieres venir a España, allí
te espero. Me llenaría de contento volverte a ver, y más sin ese
flequillo ya del que veo que por fin te has liberado. Mira cómo
te ves de guapa”. Por esas palabras, que le sonaron sinceras
no obstante provenir de quien provenían, Violeta se doblegó
ante el abrazo de él, permitió que la apretara contra su cuerpo,
aceptó quedarse entre Marcelo por unos segundos, se dejó
besar en cada mejilla, cedió a la emoción y se conmovió con
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la despedida que estaba esquivando, pero que Marcelo esperó
hasta el final. Tan pendiente estuvo de la partida de ella que
la víspera no solo cocinó de nuevo, y con gusto, para los tres,
sino que como un muchacho novelero, merodeó por el cuarto
de Violeta, husmeó la empacada de las últimas cosas y hasta
el minuto final estuvo al tanto de cada detalle, como entrar
a revisar el baño de ella para verificar que nada se le hubiera
olvidado. Por eso, a punto de salir del apartamento, le dijo
“mira, se te quedaba esto” y le entregó la tintura que habían
comprado en la farmacia, con lo cual, aunque lo quisiera, no
logró hacerle un favor a Violeta pues ella, al percatarse del
tinte para el pelo, se arrimó de inmediato al espejo del pasillo
para revisarse la cabeza; cuando corroboró las raíces rojas, se
lamentó de haber pasado por alto la necesidad de esconderlas,
renegó por no haberlo hecho y temió por la imagen de descuido
que le habría dado al amigo de Eva. Aunque si a él le había
gustado, podría empezar a considerar una reconciliación con
su color original.
Como un niño regañado al que no llevan al paseo queda
Marcelo en la calle, diciendo adiós con un tímido vaivén de
la mano. Violeta lo observa por última vez desde la esquina
cuando el auto gira a la derecha y lo tiene frente a sí; también
levanta y agita la mano para contestarle. Le nace sonreír-
le. Luego se concentra en pensar la manera de informar a
José Luis sobre la conversación de Marcelo con su madre.
Esta vez sí teme la reacción de su hermano. Ante un nue
vo conflicto que intuye peor, ella ha preferido estar lejos y
que él goce de la total privacidad que merece una relación
sentimental. Por eso decidió dejarlo para el final, hablar con
él en el trayecto hacia el aeropuerto. Ahora las condiciones
están dadas, pero solo en las circunstancias externas, no en
su sentimiento. Ante la inminencia de la tarea por cumplir,
empieza a decirse a sí misma qué irá a decir, cómo va a tomarlo,
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con la importancia que le da a la mamá, y las elucubraciones
se vuelven inacabables como la autopista, de tal manera
que las palabras se quedan contenidas y la llegada al aeropuerto
la sorprende sin decir nada. Pero se tranquiliza pensando en
que “lo ideal es que él esté tranquilo, no manejando” y decide
esperar a chequear las maletas pues tiempo habrá de sobra con
las horas de anticipación con las que las aerolíneas castigan
a los pasajeros de los vuelos internacionales. Además, es un
hecho que las cosas se conversan mejor al sabor de un café
en un buen bar. Solo cuando están en esas condiciones ella
se atreve a contarle el último rollo de Marcelo. —Ya lo sabía.
—¡¡Qué!! Pero mi mamá sí. Quedamos en que yo te lo
diría, ¿entonces para qué me puso en estas?
—No me lo dijo ella.
—¿No? Entonces cómo supiste.
—Fue Marcelo.
—¿Marcelo?
—No le quedó de otra.
—Pero ¿qué pasó?
—¿Te acuerdas cuando salí a llevarlo que porque tenía que
trabajar en el hotel de urgencia?
—Sí.
—Pues era mentira.
—Ay no. ¿Acaso nunca aprendió a decir la verdad?
—Creo que por primera vez me dijo una.
—Menos mal.
—Hubiera preferido que no lo hiciera.
—¿Hablas en serio?
José Luis se concentra en tomar su café y comer el bizcocho
de manzana y nueces que han pedido. Violeta opta por hacer
lo mismo. Le pica la curiosidad por saber detalles del asunto.
—De todos modos ibas a enterarte –insiste ella al cabo de
un instante. Pero José Luis sigue con los ojos puestos en su
bizcocho sin decir ni mu. Ella resiste.
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—Pero ¿y qué? Cómo fue que te lo dijo. Si puede saberse,
claro.
—Te mueres por saber, no.
—Ay Jóse, sufrí todo el viaje y desde anteayer estoy pensan-
do cómo decírtelo y me sales con que ya lo sabías. Lo mínimo
que puedes hacer es contarme para matar esta curiosidad que
me has despertado. ¿O acaso no me tienes confianza?
José Luis se soba la frente con los dedos. Luego pone ambos
codos en la mesa, junta las manos, apoya el mentón en ellas
y vuelve a hablar.
—Estaba muy nervioso, como asustado. Entonces empecé
a preguntarle qué era lo que estaba ocultando, si era verdad
que iba a trabajar o iba a verse con alguien. Aseguraba que
no, pero yo no le creía, hasta que me dijo que estaba preocu-
pado porque había hecho algo que me molestaría mucho,
pero de lo que ya se había arrepentido porque había sido algo
impulsivo, que no sabía qué le había pasado, y ahí fue donde
me contó todo.
José Luis hace una pausa y vuelve a poner las manos en la
mesa. Los dos aprovechan para tomar más café y seguir ara
ñando el bizcocho con el tenedor.
—¿Entonces tú hablaste con mi mamá de eso? –pregunta
él–. ¿Y ella qué dijo? No me he atrevido a llamarla.
—Estaba dolida por la falta de confianza.
—Por eso mismo ni me atrevo a hablarle.
—No te preocupes. No se va enojar contigo por eso. Le
preocupa más el tipo de persona que sea Marcelo.
—¿Cómo así?
—Me preguntó si te trataba bien, si era fiel y me pidió que
te dijera que si no es así no vale la pena.
—¡¿Le contaste cosas de nosotros?! ¡Eso sí me parece el
colmo!
—No señor, para nada, cómo crees que soy así.
—¿Entonces por qué salió con eso?
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—Yo qué voy a saber. Mi mamá es muy fregada. Se las huele
todas. Tú mismo lo dices.
Vuelven a quedar en silencio dándole al café y al bizcocho.
Al cabo de un par de bocados, ella pregunta:
—¿Y qué vas a hacer?
—Pues hablar con mamá. Debe estar extrañando que no
la llame. La tengo mal acostumbrada.
—No, digo, con Marcelo.
—Ah, Marcelo.
José Luis apoya de nuevo los codos en la mesa y empieza a
sobarse las mejillas con los dedos.
—Esta metida de pata estuvo grande. Él cree que se la voy
a pasar porque las cosas han seguido como si nada.
José Luis deja de tocarse las mejillas y permite que descan-
sen entre sus manos.
—Pero ha sido por evitarte una escena. Con él nunca se
sabe. Además, te tomó cariño. Yo quería vivir en paz hasta el
final, los tres, y hacerte una buena despedida. Los vinos ayudan
a relajar las tensiones. Qué más daba esperar un día.
—En verdad la pasamos bien anoche. Como el día que
llegué, aunque distinto. Y noté a Marcelo distinto también.
Parece muy decidido a irse del todo en diciembre.
—Pero yo no voy a esperar a diciembre. Y ahora que llegue
voy a decírselo.
—¿Vas a echarlo?
—Qué crees.
—¿En serio? Ay no Jóse, que pecado. ¿Por qué más bien
no piensas en que...
—¡Pecado! –interrumpe José Luis retirándose las manos
de las mejillas–. ¡Quién lo dice! ¿Cuándo cambiaste de idea?
¿Crees que voy a perdonarle que se haya metido con mi mamá?
—Ah no, contigo no se puede. Mejor cerremos el tema.
Pero déjame aclararte una cosa. También fue una bobada tuya
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el misterio con mi mamá. Ponte en la piel de Marcelo. Que
lo escondan a uno como si fuera algo de qué avergonzarse.
¿Acaso no es suficiente lo que han tenido que pasar ustedes
por ser lo que son?
—No me sermonees. ¿O es que no te importa que haya
hecho sentir mal a mi mamá? Todo se lo admitiría, menos eso.
—Veo que tienes más de un problema por resolver. Y a tu
edad.
—¿Qué quieres decir?
—Nada nada. Perdona. De verdad perdóname. Y en todo
caso, gracias por esperar a que me fuera. No quisiera estar ahí.
José Luis se queda mirando a su hermana. Le pasa una
mano por el pelo. Le toca el mentón.
—Y yo no quisiera que te fueras. Te voy a extrañar mucho
pecosita. Me había acostumbrado a tener compañía y voy a
quedarme solo de un día para otro.
—Te prometo que el año entrante vuelvo. Aunque me...
Violeta se calla, se arrepiente de lo que tan decididamente
iba a decir.
—¿Aunque qué? –le pregunta él, extrañado.
—Ya me da miedo volver.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Mira lo que ha pasado. ¿Me recibirías otra vez?
Sin mí tal vez tu vida seguiría igual.
—¿Tú crees?
—Es la sensación que tengo. No he pensado en otra cosa
en estos días.
—A lo mejor me has hecho un favor.
—¿Favor?
—Lo estaré concluyendo cuando pase el tiempo, pero me
sirve pensarlo desde ya.
José Luis le toma la mano a Violeta.
—Y a ti parece que te ha servido estar aquí. Te veo mejor.
Hasta la mirada te ha cambiado. Y ya te ríes. Lo noté anoche.
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—¿En serio? Qué raro, el otro día Marcelo también me
dijo lo mismo.
Violeta mira el reloj. Se asusta.
—Ay no Jóse, me cogió la noche. Ya debería estar entrando
a la sala, por estar hablando contigo voy a perder el vuelo.
—Nunca dejarás de exagerar.
—Y dónde de verdad me deje el avión por estar aquí co-
torreando contigo.
—No, no, tampoco. Primero se quedaban los documentos
del tal Emilio que tú.
Cuando Violeta deja de distinguirse por el pasillo de las
salas de espera, Marcelo vuelve a ser la realidad que José
Luis ya no puede evadir más, la realidad que se vuelve un
vacío en el estómago, un aire que falta en el pecho, un taco
de lágrimas atravesado en la garganta y que obliga a respirar
hasta el vientre y a cerrar los ojos para aguantar la agonía
que le deja la ausencia de su hermana, pero sobre todo la de
Marcelo que esta noche será espacio vacío en su cama, y quién
sabe por cuánto tiempo será aflicción en el cuerpo, dolor en
el alma y pena en el corazón, pues la intención de José Luis
es desahogar cuanto antes la rabia contenida que tiene con
Marcelo por haberse metido con su mamá. Dentro de poco
estará echándolo a la calle como se lo merece, sacando de su
apartamento y de su vida al hombre que tiene que empezar
a olvidar, así olvidar amando sea como quemarse la piel en
carne viva. En verdad que José Luis va a sentirse solo esta
noche en el apartamento sin Violeta y sin Marcelo, y de un
día para otro es bien difícil pasar trago tan amargo. Por eso,
antes de salir hacia el parqueadero, entra a una de las tiendas
del aeropuerto y se compra un litro de vino. Todavía siente
algo de malestar por los tragos ingeridos la noche anterior en
la despedida de su hermana, pero cree que a palo seco no es
posible soportar el sentimiento que tendrá en unas horas pues
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ya ningún argumento, ruego, caricia o beso de Marcelo podrá
echar hacia atrás la decisión tomada y además es verdad que,
como lo canta Lance Hayward “every time I say good by I die
a little”.
Mientras tanto, Violeta sigue su camino, un tanto contra-
riada porque el guarda de seguridad le decomisó la tintura que
le encontró en el morral. Claro, como Marcelo se la entregó a
última hora no pudo guardarla en las maletotas y ahí se perdió
la compra. Y un tanto aburrida porque José Luis la dejó lagri-
meando, pues aparte de que a la hora del regreso le dio por
llamarla como le decía cuando eran hermanitos y vivían juntos
en la misma casa, aparte de eso, antes de abrazarla por última
vez, salió con que “dónde está enterrado mi papá”, y cuando
ella le dijo “¿por qué me preguntas eso ahora?”, contestó “de
pronto voy a visitarlo cuando vaya, tengo que curarme el re-
sentimiento, como ahora voy a empezar a detestar a Marcelo,
necesito quitarme un odio de encima, con dos me parece muy
duro vivir”. Sí, así igualito dijo, y la fregó, pues cómo quedarse
tranquila imaginando al hermano yendo por otro lado del ae-
ropuerto como un alma en pena, temiendo lo que se le espera
al llegar a su propia casa, y todo por culpa de ella, ella que con
su presencia le dejó la vida tan revolcada como el guarda el
morral, viendo que apenas dos meses atrás era tan buena con
Marcelo. Por eso, si hoy le duele tanto abandonar el aeropuer-
to gringo que se negaba a pisar tan pronto, es por la manera
como ha quedado José Luis. Un mensaje largo como los de Eva
es el que va a escribirle a su hermano cuando llegue a Medellín
a ver si le sirven de consuelo sus palabras.
Violeta entra en el avión que la regresará al lugar don-
de se negaba a volver, al país sangriento, enrojecido, en el
que irremediablemente aterrizará en unas horas y en el que
la espera una mamá con quien tendrá que habitar el mis-
mo techo, un techo ocupado además por Margó y Julián.
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Atrás deja a José Luis con su vida dolida. El panorama se
vislumbra más complejo que hace dos meses. El viaje que
ahí concluye no resultó como lo ideó. Poco ha sido resuelto
en su vida, no encontró lo que buscaba, tan solo lleva la
vaga sensación de que algo importante ha sido hallado. Sin
embargo, va tranquila, se siente ligera, casi satisfecha, como
si un cierto alborozo le hubiera caído súbitamente. Lógico.
Después de la pesadez de los aeropuertos del siglo xxi, con su
paranoia mundial, su síndrome de terror y su avidez de segu-
ridad, nada puede ser mejor que llegar por fin a sentarse en la
silla del avión, así el hecho de irse a tierra se estime entre las
posibilidades del aparato.
Luego de acomodarse se quita los zapatos y se abrocha el
cinturón. Las gafas con el libro que ha sacado descansan en-
cima de sus muslos. Recuesta la cabeza en el espaldar y cierra
los ojos. Sin quererlo se acuerda de Emilio. Sin quererlo sonríe
ante el recuerdo. Sin quererlo lo lleva en su mente durante
todo el viaje. Él se resiste a borrarse de su memoria, como si
quisiera perdurar en ella por siempre de la misma manera en
que lo ha hecho el rojo de su pelo.
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Este libro se terminó de imprimir
para el Fondo Editorial Universidad EAFIT
en el mes de agosto de 2012
La carátula se imprimió en propalcote C1S 250 gramos,
las páginas interiores en propal beige 70 gramos
La fuente tipográfica empleada es GoudyOlSt BT