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Asfasfasf

El texto reflexiona sobre la lucha interna de una persona que se siente cansada y abrumada por las exigencias del mundo moderno, pero que a pesar de ello, sigue buscando su camino a través de la escritura y el conocimiento. Se enfatiza la importancia de la autenticidad y la resistencia frente a un sistema que busca automatizar y controlar. Al final, se celebra la búsqueda personal del conocimiento y la expresión como un acto de rebeldía y humanidad.

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Adar Flam
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El texto reflexiona sobre la lucha interna de una persona que se siente cansada y abrumada por las exigencias del mundo moderno, pero que a pesar de ello, sigue buscando su camino a través de la escritura y el conocimiento. Se enfatiza la importancia de la autenticidad y la resistencia frente a un sistema que busca automatizar y controlar. Al final, se celebra la búsqueda personal del conocimiento y la expresión como un acto de rebeldía y humanidad.

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Te levantás tarde, pero igual estás

cansado.
Como si el sueño no curara nada. Como
si dormir fuera solo apagar el cuerpo,
pero dejar el alma haciendo horas
extras.
Te mirás al espejo y no hay monstruo, ni
héroe.
Solo vos, en modo supervivencia.
Y eso ya es un montón.
El mundo arranca y no te espera.
Los mails llegan, los grupos explotan,
las notificaciones te gritan en mil tonos
distintos:
“¡Respondé!”
“¡Entregá!”
“¡Participá!”
“¡Rendí!”
Y vos ahí.
Mirando la pantalla.
Con el mismo entusiasmo que una
cuchara frente a una licuadora prendida.
Pero igual te sentás.
Igual abrís el drive.
Igual copiás ese link.
Igual buscás la forma.
Porque aunque estés roto, vos no te
rompés del todo.
Tenés grietas, sí.
Pero por ahí entra la luz, decía el otro.
Y por ahí también se escapan los
miedos, si los dejás ir.
Entonces aparece esa maldita página.
Scribd. El archivo. El cartelito de
“subido por JuanCarlos1992” como si
fuera el Santo Grial.
Y ahí, el muro:
“Únete ahora para continuar
leyendo.”
Y vos pensás:
“¿Unirme a qué? ¿A la secta del
conocimiento limitado? ¿Al club de
los que pueden pagar por pensar?”
Y no, no te unís.
Te resistís.
Y buscás.
Y encontrás una vuelta.
Y si no hay vuelta, te inventás una.
Porque vos no estás hecho de
obediencia:
Estás hecho de ingenio, rebeldía y mates
lavados con insomnio.
Y en ese viaje, te agarrás de lo único
que no censuran: la palabra.
La cruda.
La suelta.
La que no viene con copyright.
La que brota del alma cuando ya no hay
plan de estudio que te contenga.
Escribís sin saber si sirve.
Leés sin saber si entendés.
Vivís sin saber si vas bien.
Pero vas.
Y eso basta.
Basta porque el mundo te quiere
automático, pero vos seguís siendo
humano.
Te quiere eficiente, pero vos elegís ser
real.
Te quiere callado, pero vos escribís.
Con faltas, con errores, con dudas,
pero escribís.
Porque no importa si no tenés el
archivo.
No importa si no te dieron el acceso.
Lo que importa es que vos seguís
buscando,
porque sabés que el conocimiento no se
pide permiso,
se reclama como quien exige volver a
sentir.
Y acá estás.
Leyendo esto como si fuera broma,
pero sintiéndolo como verdad.
No estás solo.
Somos muchos los que no cabemos en
sus formularios,
los que leemos por hambre y no por
notas,
los que escribimos porque si no lo
hacemos, explotamos.
Así que seguí.
No por el diploma.
No por el trabajo.
No por la foto con toga.
Seguí por vos.
Porque en un mundo donde todo se
compra,
tu fuego es lo único que no está a la
venta.

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