CUENTO
EL RELOJERO DE LOS SUEÑOS
JUAN MANUEL ROVIRA CHIMAN
ESPECIALISTA
LUZ OMAIRA VERGARA VELÁZQUEZ
I.E JUAN EVANGELISTA BERRIO
ÁREA: LENGUA CASTELLANA
GRADO: 11°A
2025
El Relojero de los Sueños
En un rincón olvidado de una ciudad bulliciosa, había una pequeña
tienda con un letrero que decía: “El Relojero de los Sueños”. Nadie
sabía exactamente qué vendía aquel lugar. Estaba siempre abierto,
pero nunca había fila, y quien entraba salía con los ojos brillando.
El dueño era un anciano llamado Elías. Tenía el cabello blanco como la
nieve y unas manos arrugadas que se movían con precisión
milimétrica. En su taller no solo reparaba relojes, también fabricaba
unos muy especiales: relojes que guardaban sueños.
Una tarde, entró una niña llamada Clara. Tenía apenas diez años, pero
sus ojos tristes parecían haber vivido mucho más. Se acercó
tímidamente al mostrador y dijo:
Señor Elías, perdí mi sueño de ser bailarina. Mamá dice que eso no
paga las cuentas y papá ya no está.
Elías asintió con ternura y le ofreció un pequeño reloj dorado.
Este reloj está vacío. Pero si lo llevas contigo y bailas solo una vez
más, tu sueño volverá a vivir.
Clara lo aceptó, aunque no creía en magia. Esa noche, mientras su
madre dormía, puso música baja en su cuarto y dio unos pasos de
baile. El reloj emitió un tic-tac suave y cálido. De pronto, Clara sintió
una chispa en el pecho. Sonrió.
Desde entonces, bailaba cada noche. Poco a poco, volvió a sonreír, a
caminar con ligereza, a hablar con entusiasmo. Con los años, se
convirtió en maestra de danza, y abrió una escuela donde enseñaba a
niños a encontrar sus propios sueños.
Elías, el Relojero de los Sueños, envejecía tranquilo. Sabía que su
misión seguía viva en cada reloj que entregaba, en cada niño que
recuperaba la esperanza.
Y aunque un día su tienda cerró para siempre, cuentan que, si
escuchas con atención en la noche, se oye un tic-tac muy suave,
como el eco de un sueño que aún quiere cumplirse. Habían pasado
muchos años desde la última vez que Clara pisó aquella tienda
mágica. Ahora era una mujer adulta, con el cabello recogido en un
moño y los pies marcados por años de danza. Dirigía su escuela con
amor, pero algo dentro de ella comenzaba a apagarse.
Una tarde gris, mientras enseñaba una coreografía a sus alumnos,
notó a un niño en la puerta del estudio. Era pequeño, flaco, con el
cabello revuelto y unos ojos grandes que no parpadeaban. Llevaba un
cuaderno bajo el brazo, lleno de dibujos.
¿Te gusta bailar? le preguntó Clara con una sonrisa.
No… me gusta dibujar dijo él, bajando la vista. Pero ya no tengo con
qué. Mamá dice que los lápices no llenan el refrigerador.
Clara sintió un escalofrío. Esa frase… era tan parecida a la que ella
misma había dicho años atrás.
Esa noche, Clara revolvió entre sus cosas hasta encontrarlo: el
pequeño reloj dorado que Elías le había dado. Aún brillaba, y aún latía
con ese tic-tac suave como una respiración.
Lo sostuvo entre las manos y, sin pensarlo, salió a caminar por la
ciudad, como guiada por una fuerza invisible. Entre callejones viejos y
faroles apagados, sus pasos la llevaron frente a una puerta familiar.
La tienda de Elías.
Estaba igual que antes, pero más silenciosa. Al entrar, el aire olía a
madera, aceite y recuerdos. Detrás del mostrador ya no estaba
Elías… sino una nota, escrita con una letra temblorosa:
“Clara, si estás leyendo esto, es porque el tiempo ha cumplido su
ciclo. El último reloj es tuyo. Dáselo a quien lo necesite. Ya sabes
cómo funciona la magia.”
Clara lloró en silencio. Entendió que Elías se había ido… pero su
misión no. Con manos temblorosas, tomó un pequeño reloj plateado,
aún sin tic-tac.
A la mañana siguiente, se lo entregó al niño dibujante.
Este reloj está vacío le dijo, pero si dibujas solo una vez más… tal vez
todo vuelva a empezar.
El niño la miró confundido, pero aceptó. Aquella noche, en su cuarto,
sacó un lápiz viejo y comenzó a trazar líneas. Figuras. Sueños. El reloj
hizo tic-tac.
Y así, Clara se convirtió en la nueva guardiana de los sueños. No
reparaba relojes como Elías, pero sí corazones. Entendió que los
sueños no mueren, solo cambian de forma. Y alguien, en algún rincón
del mundo, siempre los ayuda a volver.
Y aunque la tienda desapareció al amanecer, muchos aseguran que,
cuando un niño sueña fuerte, en algún lugar se oye un tic-tac suave…
como el eco de un nuevo sueño por despertar.