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Los Teologos

El cuento 'Los teólogos' de Jorge Luis Borges narra la lucha intelectual entre Aureliano y Juan de Panonia en un contexto teológico donde se enfrentan a herejías sobre la naturaleza del tiempo y la historia. Aureliano, preocupado por la influencia de Juan, intenta refutar a los monótonos y los histriones, pero se siente humillado por la claridad de los argumentos de su rival. La historia culmina en un conflicto entre la ortodoxia y la herejía, reflejando la complejidad de la fe y la interpretación religiosa.

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Los Teologos

El cuento 'Los teólogos' de Jorge Luis Borges narra la lucha intelectual entre Aureliano y Juan de Panonia en un contexto teológico donde se enfrentan a herejías sobre la naturaleza del tiempo y la historia. Aureliano, preocupado por la influencia de Juan, intenta refutar a los monótonos y los histriones, pero se siente humillado por la claridad de los argumentos de su rival. La historia culmina en un conflicto entre la ortodoxia y la herejía, reflejando la complejidad de la fe y la interpretación religiosa.

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Los teólogos

[Cuento - Texto completo.]

Jorge Luis Borges

Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los
hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los
vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran
blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron
palimpsestos y códices, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza,
perduró casi intacto el libro duodécimo de la Civitas Dei, que narra que
Platón enseñó en Atenas que, al cabo de los siglos, todas las cosas
recuperarán su estado anterior, y él, en Atenas, ante el mismo auditorio, de
nuevo enseñará esa doctrina. El texto que las llamas perdonaron gozó de
una veneración especial y quienes lo leyeron y releyeron en esa remota
provincia dieron en olvidar que el autor solo declaró esa doctrina para poder
mejor confutarla. Un siglo después, Aureliano, coadjutor de Aquilea, supo
que a orillas del Danubio la novísima secta de los monótonos (llamados
también anulares) profesaba que la historia es un círculo y que nada es que
no haya sido y que no será. En las montañas, la Rueda y la Serpiente habían
desplazado a la Cruz. Todos temían, pero todos se confortaban con el rumor
de que Juan de Panonia, que se había distinguido por un tratado sobre el
séptimo atributo de dios, iba a impugnar tan abominable herejía.
Aureliano deploró esas nuevas, sobre todo la última. Sabía que en materia
teológica no hay novedad sin riesgo: luego reflexionó que la tesis de un
tiempo circular era demasiado disímil, demasiado asombrosa, para que el
riesgo fuera grave. (Las herejías que debemos temer son las que pueden
confundirse con la ortodoxia.) Más le dolió la intervención —la intrusión— de
Juan de Panonia. Hace dos años, este había usurpado con su verboso De
septima affectiones dei sive de aeternitate un asunto de la especialidad de
Aureliano; ahora, como si el problema del tiempo le perteneciera, iba a
rectificar, tal vez con argumentos de Procusto, con triacas más temibles que
la Serpiente, a los anulares… Esa noche, Aureliano pasó las hojas del antiguo
diálogo de Plutarco sobre la cesación de los oráculos; en el párrafo
veintinueve, leyó una burla contra los estoicos que defienden un infinito ciclo
de mundos, con infinitos soles, lunas, Apolos, Dianas y Poseidones. El
hallazgo le pareció un pronóstico favorable; resolvió adelantarse a Juan de
Panonia y refutar a los heréticos de la Rueda.
Hay quien busca el amor de una mujer para olvidarse de ella, para no pensar
más en ella; Aureliano, parejamente, quería superar a Juan de Panonia para
curarse del rencor que este le infundía, no para hacerle mal. Atemperado por
el mero trabajo, por la fabricación de silogismos y la invención de injurias,
por los nego y los autem y los nequaquam, pudo olvidar ese rencor. Erigió
vastos y casi inextricables períodos, estorbados de incisos, donde la
negligencia y el solecismo parecían formas del desdén. De la cacofonía hizo
un instrumento. Previó que Juan fulminaría a los anulares con gravedad
profética; optó, para no coincidir con él, por el escarnio. Agustín había escrito
que Jesús es la vía recta que nos salva del laberinto circular en que andan los
impíos; Aureliano, laboriosamente trivial, los equiparó con Ixión, con el
hígado de Prometeo; con Sísifo, con aquel rey de Tebas que vio dos soles;
con la tartamudez, con loros, con espejos, con ecos, con mulas de noria y
con silogismos bicornutos. (Las fábulas gentílicas perduraban, rebajadas a
adornos.) Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable
de no conocerla hasta el fin; esa controversia le permitió cumplir con
muchos libros que parecían reprocharle su incuria. Así pudo engastar un
pasaje de la obra De principiis de Orígenes, donde se niega que Judas
Iscariote volverá a vender al Señor, y otro de los Academica priora de
Cicerón, en el que este se burla de quienes sueñan mientras él conversa con
Lúculo, otros Lúculos y otros Cicerones, en número infinito, dicen
puntualmente lo mismo, en infinitos mundos iguales. Además esgrimió
contra los monótonos el texto de Plutarco y denunció lo escandaloso de que
a un idólatra le valiera más el lumen naturae que a ellos la palabra de Dios.
Nueve días le tomó ese trabajo; el décimo, le fue remitido un traslado de la
refutación de Juan de Panonia.
Era casi irrisoriamente breve; Aureliano la miró con desdén y luego con
temor. La primera parte glosaba los versículos terminales del noveno
capítulo de la Epístola a los Hebreos, donde se dice que Jesús no fue
sacrificado muchas veces desde el principio del mundo, sino ahora una vez
en la consumación de los siglos. La segunda alegaba el precepto bíblico
sobre las vanas repeticiones de los gentiles (Mateo 6:7) y aquel pasaje del
séptimo libro de Plinio, que pondera que en el dilatado universo no hay dos
caras iguales. Juan de Panonia declaraba que tampoco hay dos almas y que
el pecador más vil es precioso como la sangre que por él vertió Jesucristo. El
acto de un solo hombre (afirmó) pesa más que los nueve cielos concéntricos
y trasoñar que puede perderse y volver es una aparatosa frivolidad. El
tiempo no rehace lo que perdemos; la eternidad lo guarda para la gloria y
también para el fuego. El tratado era límpido, universal; no parecía
redactado por una persona concreta, sino por cualquier hombre o, quizá, por
todos los hombres.
Aureliano sintió una humillación casi física. Pensó destruir o reformar su
propio trabajo; luego, con rencorosa probidad, lo mandó a Roma sin
modificar una letra. Meses después, cuando se juntó con el concilio de
Pérgamo, el teólogo encargado de impugnar los errores de los monótonos
fue (previsiblemente) Juan de Panonia; su docta y mesurada refutación bastó
para que Euforbo, heresiarca, fuera condenado a la hoguera. Esto ha
ocurrido y volverá a ocurrir, dijo Euforbo. No encendéis una pira, encendéis
un laberinto de fuego. Si aquí se unieran toda las hogueras que he sido, no
cabrían en la Tierra y quedarían ciegos los ángeles. Esto lo dije muchas
veces. Después gritó, porque lo alcanzaron las llamas.
Cayó la Rueda ante la Cruz¹, pero Aureliano y Juan prosiguieron su batalla
secreta. Militaban los dos en el mismo ejército, anhelaban el mismo
galardón, guerreaban con el mismo Enemigo, pero Aureliano no escribió una
palabra que inconfesablemente no propendiera a superar a Juan. Su duelo
fue invisible; si los copiosos índices no me engañan, no figura una sola vez el
nombre del otro en los muchos volúmenes de Aureliano que atesora la
Patrología de Migne. (De las obras de Juan, solo han perdurado veinte
palabras.) Los dos desaprobaron los anatemas del segundo concilio de
Constantinopla; los dos persiguieron a los arrianos, que negaban la
generación eterna del Hijo; los dos atestiguaron la ortodoxia de
la Topographia christiana de Cosmas, que enseña que la Tierra es
cuadrangular, como el tabernáculo hebreo. Desgraciadamente, por los
cuatro ángulos de la tierra cundió otra tempestuosa herejía. Oriunda del
Egipto o del Asia (porque los testimonios difieren y Bousset no quiere admitir
las razones de Harnack), infestó las provincias orientales y erigió santuarios
en Macedonia, en Cartago y en Tréveris. Pareció estar en todas partes; se
dijo que en la diócesis de Britania habían sido invertidos los crucifijos y que a
la imagen del señor, en Cesárea, la había suplantado un espejo. El espejo y
el óbolo eran emblemas de los nuevos cismáticos.
La historia los conoce por muchos nombres (especulares, abismales,
cainitas), pero de todos el más recibido es histriones, que Aureliano les dio y
que ellos con atrevimiento adoptaron. En Frigia les dijeron simulacros, y
también en Dardania. Juan Damasceno los llamó formas; justo es advertir
que el pasaje ha sido rechazado por Erfjord. No hay heresiólogo que con
estupor no refiera sus desaforadas costumbres. Muchos histriones
profesaron el ascetismo; alguno se mutiló, como Orígenes; otros moraron
bajo tierra, en las cloacas; otros se arrancaron los ojos; otros
(los nabucodonosores de Nitria) “pacían como los bueyes y su pelo crecía
como de águila”. De la mortificación y el rigor pasaban, muchas veces, al
crimen; ciertas comunidades toleraban el robo; otras, el homicidio; otras, la
sodomía, el incesto y la bestialidad. Todas eran blasfemas; no solo
maldecían del Dios cristiano, sino de las arcanas divinidades de su propio
panteón. Maquinaron libros sagrados, cuya desaparición deploraban los
doctos. Sir Thomas Browne, hacia 1658, escribió “El tiempo ha aniquilado los
ambiciosos Evangelios Histriónicos, no las Injurias con que se fustigó su
Impiedad”; Erfjord ha sugerido que esas “injurias” (que preserva un códice
griego) son los evangelios perdidos. Ello es incomprensible, si ignoramos la
cosmología de los histriones.
En los libros herméticos está escrito que lo que hay abajo es igual a lo que
hay arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que el
mundo inferior es reflejo del superior. Los histriones fundaron su doctrina
sobre una perversión de esa idea. Invocaron a Mateo 6:12 (“perdónanos
nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores”) y 11:12
(“el reino de los cielos padece fuerza”) para demostrar que la Tierra influye
en el cielo, y a I Corintios 13:12 (“vemos ahora por espejo, en oscuridad”)
para demostrar que todo lo que vemos es falso. Quizá contaminados por los
monótonos, imaginaron que todo hombre es dos hombres y que el verdadero
es el otro, el que está en el cielo. También imaginaron que nuestros actos
proyectan en reflejo invertido, de suerte que si velamos, el otro duerme; si
fornicamos, el otro es casto; si robamos, el otro es generoso. Muertos, nos
uniremos a él y seremos él. (Algún eco de esas doctrinas perduró en Bloy.)
Otros histriones discurrieron que el mundo concluiría cuando se agotara la
cifra de sus posibilidades: ya que no puede haber repeticiones, el justo debe
eliminar (cometer) los actos más infames, para que estos no manchen el
porvenir y para acelerar el advenimiento del reino de Jesús. Ese artículo fue
negado por otras sectas, que defendieron que la historia del mundo debe
cumplirse en cada hombre. Los más, como Pitágoras, deberán transmigrar
por muchos cuerpos antes de obtener su liberación; algunos, los proteicos,
“en el término de una sola vida, son leones, son dragones, son jabalíes, son
agua y son un árbol”. Demóstenes refiere la purificación por el fango a que
eran sometidos los iniciados en los misterios órficos; los proteicos,
analógicamente, buscaron la purificación por el mal. Entendieron, como
Carpócrates, que nadie saldrá de la cárcel hasta pagar el último óbolo (Lucas
12:59), y solían embaucar a los penitentes con este otro versículo: “Yo he
venido para que tengan vida los hombres y para que la tengan en
abundancia” (Juan 10:10). También decían que no ser un malvado es una
soberbia satánica… Muchas y divergentes mitologías urdieron los histriones;
unos predicaron el ascetismo; otros la licencia, todos la confusión.
Teopompo, histrión de Berenice, negó todas las fábulas: dijo que cada
hombre es un órgano que proyecta la divinidad para sentir el mundo.
Los herejes de la diócesis de Aureliano eran de los que afirmaban que el
tiempo no tolera repeticiones, no de los que afirmaban que todo acto se
refleja en el cielo. Esa circunstancia era rara; en un informe a las autoridades
romanas, Aureliano la mencionó. El prelado que recibiría el informe era
confesor de la emperatriz; nadie ignoraba que ese ministerio exigente le
vedaba las íntimas delicias de la teología especulativa. Su secretario -
antiguo colaborador de Juan de Panonia, ahora enemistado con él- gozaba de
renombre de puntualísimo inquisidor de heterodoxias; Aureliano agregó una
exposición de la herejía histriónica, tal como esta se daba en los
conventículos de Genua y de Aquilea. Redactó unos párrafos: cuando quiso
escribir la tesis atroz de que no hay dos instantes iguales, su pluma se
detuvo. No dio con la fórmula necesaria: las admoniciones de la nueva
doctrina (“¿Quieres ver lo que no vieron ojos humanos? Mira la luna ¿Quieres
oír lo que los oídos no oyeron? Oye el grito del pájaro. ¿Quieres tocar lo que
no tocaron las manos? Toca la tierra. Verdaderamente digo que Dios está por
crear el mundo”) eran harto afectadas y metafóricas para la transcripción.
De pronto, una oración de veinte palabras se presentó a su espíritu. La
escribió, gozoso; inmediatamente después, lo inquietó la sospecha de que
era ajena. Al día siguiente, recordó que la había leído hacía muchos años en
el Adversus annulares que compuso Juan de Panonia. Verificó la cita; ahí
estaba. La incertidumbre lo atormentó. Variar o suprimir esas palabras era
debilitar la expresión; dejarlas, era plagiar a un hombre que aborrecía;
indicar la fuente, era denunciarlo. Imploró el socorro divino. Hacia el principio
del segundo crepúsculo, el ángel de su guarda le dictó una solución
intermedia. Aureliano conservó las palabras, pero les antepuso este aviso: Lo
que ladran ahora los heresiarcas para confusión de la fe, lo dijo en este siglo
un varón doctísimo, con más ligereza que culpa. Después, ocurrió lo temido,
lo esperado, lo inevitable. Aureliano tuvo que declarar quién era ese varón;
Juan de Panonia fue acusado de profesar opiniones heréticas.
Cuatro meses después, un herrero del Aventino, alucinado por los engaños
de los histriones, cargó sobre los hombros de su hijito una gran esfera de
hierro, para que su doble volara. El niño murió; el horror engendrado por ese
crimen impuso una intachable severidad a los jueces de Juan. Este no quiso
retractarse; repitió que negar su proposición era incurrir en la pestilencial
herejía de los monótonos. No entendió (No quiso entender) que hablar de los
monótonos era hablar de lo ya olvidado. Con insistencia algo senil, prodigó
los períodos más brillantes de sus viejas polémicas; los jueces ni siquiera
oían lo que los arrebató alguna vez. En lugar de tratar de purificarse de la
más leve mácula de histrionismo, se esforzó en demostrar que la proposición
de que lo acusaban era rigurosamente heterodoxa. Discutió con los hombres
de cuyo fallo dependía su suerte y cometió la máxima torpeza de hacerlo
con ingenio y con ironía. El 26 de octubre, al cabo de una discusión que duró
tres días y tres noches, lo sentenciaron a morir en la hoguera
Aureliano presenció la ejecución, porque no hacerlo era confesarse culpable.
El lugar del suplicio era una colina, en cuya verde cumbre había un palo,
hincado profundamente en el suelo, y en torno muchos haces de leña. Un
ministro leyó la sentencia del tribunal. Bajo el sol de las doce, Juan de
Panonia yacía con la cara en el polvo, lanzando bestiales aullidos. Arañaba la
tierra, pero los verdugos lo arrancaron, lo desnudaron y por fin lo amarraron
a la picota. En la cabeza le pusieron una corona de paja untada en azufre; al
lado, un ejemplar del pestilente Adversus annulares. Había llovido la noche
anterior y la leña ardía mal. Juan de Panonia rezó en griego y luego en un
idioma desconocido. La hoguera iba a llevárselo, cuando Aureliano se atrevió
a alzar los ojos. Las ráfagas ardientes se detuvieron; Aureliano vio por
primera y última vez el rostro del odiado: Le recordó el de alguien, pero no
pudo precisar el de quién. Después, las llamas lo perdieron; después gritó y
fue como si un incendio gritara.
Plutarco ha referido que Julio César lloró la muerte de Pompeyo; Aureliano no
lloró la de Juan, pero sintió lo que sentía un hombre curado de una
enfermedad incurable, que ya fuera una parte de su vida. En Aquilea, en
Éfeso, en Macedonia dejó que sobre él pasaran los años. Buscó los arduos
límites del Imperio, las torpes ciénagas y los contemplativos desiertos, para
que lo ayudara la soledad a entender su destino. En una celda mauritana, en
la noche cargada de leones, repensó la compleja acusación contra Juan de
Panonia y justificó, por enésima vez, el dictamen. Más le costó justificar su
tortuosa denuncia. En Rusaddir predicó el anacrónico sermón Luz de las
luces encendida en la carne de un réprobo. En Hibernia, en una de las
chozas de un monasterio cercado por la selva, lo sorprendió una noche,
hacia el alba, el rumor de la lluvia. Recordó una noche romana en que lo
había sorprendido, también, ese minucioso rumor. Un rayo, al mediodía,
incendió los árboles y Aureliano pudo morir como había muerto Juan.
El final de la historia solo es referible en metáfora, ya que pasa en el reino de
los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó
con Dios y que Este se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo
tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la
mente divina. Más correcto es decir que en el paraíso, Aureliano supo que
para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia ( el ortodoxo y el hereje, el
aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola
persona.

1. En las cruces rúnicas los dos emblemas enemigos conviven entrelazados.

FIN

El Aleph, 1949

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