LOS JESUITAS Y LOS INDIOS PAMPEANOS
Y de paso recordamos al Padre Guillermo Furlong
Publicado en Pensamiento Nacional, número 38
En los tiempos actuales, si hiciéramos una encuesta a ciudadanos
del común y les preguntáramos quiénes fueron los Padres Jesuitas,
lo más probable es que muchos nos contestarían que fueron unos
sacerdotes que hace mucho tiempo llevaron el catolicismo a los
indios guaraníes, se llevaron bien con ellos y juntos construyeron
unos enormes edificios de piedra en plena selva misionera. Los más
informados podrían agregar que luego tuvieron un problema con los
reyes españoles y los expulsaron, quedando solo esas enormes
construcciones. No faltarán aquéllos que las visitaron como
prolongación de un viaje para conocer las cataratas del Iguazú. En
suma, para muchos compatriotas las misiones jesuíticas se
convirtieron en una atracción turística.
Dejando de lado esta situación hipotética, en los últimos años de mi
carrera docente como profesor de Historia he preguntado
repetidamente a mis alumnos del colegio secundario -cuartos años,
edad promedio 16 años- del conurbano bonaerense y en dos
universidades nacionales, si alguna vez viajaron desde Capital
Federal o el Gran Buenos Aires hacia la costa bonaerense. La
inmensa mayoría contestó no solo afirmativamente sino que
viajaron varias veces a destinos como Mar del Plata, Necochea,
San Clemente del Tuyú, Pinamar, Villa Gesell, etc. No faltaron los
que “aprovecharon la bolada” para informarnos que también
estuvieron de vacaciones en Brasil, Uruguay, incluso en sitios tan
distantes como República Dominicana o Miami… A partir de esos
conocimientos previos, pregunté entonces si en la ruta pasaron por
el Río Salado. Confieso que si hubiera preguntado por el Nilo, el
Yang Tse o el Níger, el asombro tal vez fuera menor…no tenían la
menor idea siquiera de la existencia del Salado.
Mas allá de lo anecdótico, lo narrado no son hechos aislados ni
excepcionales. En innumerables conversaciones con compañeros
docentes y directivos del ahora denominado AMBA, refieren casos
similares. Aclaro que mi infancia y adolescencia transcurrieron en
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Wilde, partido de Avellaneda. También aclaro que, si la maestra de
sexto grado nos hubiera realizado las mismas preguntas, la
inmensa mayoría habría contestado correctamente, no porque
fuéramos muy viajados sino sencillamente porque en los grados
anteriores las señoritas con el pizarrón, un mapa y un manual nos
explicaron que el río Salado, antes que llegaran los españoles, era
el límite entre los pueblos Querandíes y los Puelches. Que después
de la Conquista, el río siguió siendo un límite, entre la civilización
cristiana y los indios, es decir los salvajes, la barbarie, los que
habrían de ser civilizados por su bien, incluso. Mas allá de lo
discutible de esta concepción, que escandalizaría a los mejores
antropólogos de la época, lo cierto es que todos sabíamos lo
importante de este río. Y que los alumnos mas afortunados que
hicieran sus vacaciones en la costa lo verían al cruzar los puentes
de la ruta nacional 2 o desde el Ferrocarril Roca, a veces bien
caudaloso, casi siempre con algún pescador en sus orillas, o
surcado por patos y cisnes…el río pues, se integraría en nuestra
experiencia, en nuestras vivencias, cobraría un sentido.
¿Qué tienen que ver mis desventuras docentes con los Jesuitas?
Fundamentalmente dos cuestiones. Por un lado, es urgente discutir
seriamente como revertir el gravísimo deterioro de nuestra
educación primaria, cimiento de todos los niveles ulteriores. Por
otro, abordar un tema poco transitado: la acción de sus misioneros
en la región pampeana.
Para ello vamos a contar con la compañía del padre Guillermo
Furlong y un libro entrañable, Entre los pampas de Buenos Aires.
Nacido en 1889, siendo él mismo sacerdote de la Compañía de
Jesús, nos cuenta que en el verano de 1918 estando en Mar del
Plata, hizo una excursión por la Laguna de los Padres, cruzó el
Arroyo de los Padres y ascendió a la Sierra de los Padres. Y
también se enteró que el Cabo Corrientes se lo denominó en otros
tiempos Cabo de los Jesuitas. Impresionado por toda esta
toponimia, decide investigar su origen, publicando en 1920 una
monografía sobre la presencia de los jesuitas en dichos parajes, en
base a los relatos del padre Tomás Falkner. Consultando fuentes
inéditas u olvidadas incluso en archivos europeos, accede a escritos
de los misioneros jesuitas Florián Baucke, Matías Strobel, José
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Cardiel, Pedro Lozano y José Sánchez Labrador entre otros,
publicando la primera versión del libro en 1936.
Importancia del río Salado
El río en cuestión nace en la laguna del Chañar, al sur de Santa Fe
casi en el límite con Buenos Aires. Describe una diagonal desde el
noroeste al sudeste desembocando en la bahía de Samborombón.
Con más de 600 kilómetros de extensión pasa por las lagunas de
Mar Chiquita, Gómez, recibe todo el caudal de las lagunas
“encadenadas”: Vitel, Chascomús, Adela, Chis Chis, Barrancas y
recibe del sur a los arroyos Vallimanca y Las Flores. Si bien don
Juan de Garay había hecho una expedición de reconocimiento en
1581 llegando al cabo Corrientes, la zona no había sido relevada en
detalle por las autoridades posteriores, salvo por las costas.
Justamente los jesuitas deciden empezar a evangelizar a los
pueblos ubicados al sur del Salado e incluso más hacia el sur.
El padre Falkner le llamaba Saladillo y en 1774 escribe que era
“Término y límite de los dominios españoles por la parte sur de esta
provincia”. Anteriormente el Cabildo de Buenos Aires en 1659
mandar a un mensajero para advertir a los indios pampas que “…
que se retiren a sus tierras y que no pasen de esta banda del dicho
Rio Saladillo, pena que serán castigados…”
El padre releva el territorio (1744)
A través de la narración, el lector que conoce la zona podrá advertir
por donde se desplaza, empezando por el río Salado. El que no,
puede seguir su itinerario acompañándose de un mapa de la
provincia de Buenos Aires, siguiendo la traza de la Ruta Provincial
número 11. Falkner está muy atento a los recursos, posibilidades y
límites de los territorios que recorre, atendiendo a su habitabilidad.
Por ejemplo, la calidad del agua: el río Saladillo se llama así “…por
ser sus aguas tan salobres, sólo sirve para que beba la hacienda”
“Cuando apura la seca y el pasto escasea en la orilla del río la
Plata, los españoles de las estancias de Buenos Aires arrean sus
ganados a las orillas del Saladillo”. Otro recurso, la leña. Al menos
“…hasta las ocho leguas de su embocadura, crece un árbol que allí
llaman tala, que sólo sirve para leña y los cercos (…). allí se divisan
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dos bosques casi redondos, muy tupidos, separados por un
espacio. Unas cuatro leguas al sur de éste está el Monte del
Tordillo.”. Un vistazo a la fauna. “Toda esta parte es llana, baja, de
pastos altos y aguachentos, de muchos armadillos, venados,
avestruces y caballadas alzadas; en los bosques hay tigres y
leones.” El relieve. “En esta región hay muchas cuchillitas que
corren del este al oeste (…) y al pie de cada una de ellas tienen una
laguna (…) los españoles las llaman los Cerrillos”
Falkner se desplaza al sur por la bahía de Samborombón
“Como a 15 o 20 leguas este sudeste o al sudeste de los bosques o
montes del Tordillo, está el gran promontorio o cabo de San
Antonio, que forma la punta austral del río de la Plata.”. Pensando
en la navegación “Del lado sur del promontorio le entra un brazo del
océano que le queda al oeste y forma una bahía que termina en
laguna. Ignorase si esta bahía puede servir de puerto, porque en
ella no se han practicado sondajes, y las embarcaciones se apartan
lo más posible del cabo, temerosas de los grandes bancos de
arenas a que dan el nombre de Arenas Gordas” Otros peligros “He
alcanzado a dar la vuelta a parte de estas lagunas, y he vadeado
los canales que comunican a otras de ellas con la bahía, no sin
peligro, no sólo de los pantanos, sino también y muy especialmente
de los tigres que allí abundan como no he visto en otra parte
alguna. Los bordes de estas lagunas están muy poblados de islas
de talas y saucos que sirven de guarida a estos feroces animales
cuyo principal alimento es el pescado” ¿Cómo se llama esta zona?
“Este pequeño territorio llámase por los españoles el Rincón del
Tuyú, (que) en lengua de indios quiere decir barro o arcilla, de que
se compone el suelo de aquel país…”
Falkner sigue por la costa hacia el sur
“Cerca de la orilla del mar y muy inmediata a los bordes de arena
está una gran laguna a que dan el nombre de Mar Chiquita: dista
como cinco leguas del cabo de Lobos (…) es de agua salobre y se
comunica con el mar por un río que atraviesa los bordes de arena.”
Al advertir que la laguna es alimentada por arroyos que provienen
del oeste, tuerce su camino y se aleja de la costa siguiendo su
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curso, aprovechando que son de agua dulce, donde abundan
bagres y nutrias.
El paisaje cambia abruptamente
“Al norte de estos ríos el piso mejora mucho, el pasto es alto y muy
verde y así continua hasta el pie de los cerros; pero faltan los
bosques, aún los árboles aislados. Los cerros, y eso que no son
muy elevados, se ven en día claro desde las veinte leguas, por
causa de que los campos intermedios son llanos y a nivel” Pero al
adentrarse más entre los cerros las perspectivas mejoran ya que
observa “…arroyos profundos corren a través de los frecuentes
portezuelos que separan las lomadas de menor altura; hay también
pequeñas islas de un monte espinudo, muy apto para la leña (…) Al
pie de estos cerros nacen muchos manantiales que se dejan caer a
valles y forman allí arroyos” Y agrega “Los valles son fertilísimos, la
tierra es negra y profunda, sin arcilla, y siempre está cubierta de tan
buen pasto y en tal abundancia, que las haciendas que allí pastan
engordan en muy poco tiempo.” Parece que el padre ya encontró
lugar para levantar su Misión…
¿Cómo se llama esta zona? “Llámase por los españoles del Volcán,
por error o corruptela del nombre indio Vuulcan o Voolcan; porque
existe un abra para la parte del sur y la palabra Vuulcan en la
lengua de los (indios) significa esto mismo: abra” También recorre
dos lagunas; una de ellas le llaman de las Cabrillas, aunque lo que
se ve es una gran cantidad de patos, que casi no dejan ver el agua.
Finalmente se dirige por el abra hacia el mar, atraviesa campos con
arroyos y aguadas. “Hay algunos bosques espesos y hasta casi
impenetrables y abundan los saucos…el fruto se parece al nuestro
y sabe bien, pues es de un agridulce muy agradable al paladar.”
Al llegar al mar, nos cuenta que observa dos lomas con grandes
rocas que llegan a la playa, que llaman Cerro de los Lobos y
efectivamente “abundan aquí grandes majadas de lobos y leones
marinos que duermen sobre las rocas y en las grandes cavernas
crían a sus cachorros.” Falkner hizo todo este viaje solo
acompañado por un peón español y seis indios pampas
evangelizados.
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La fundación de Nuestra Señora de la Concepción
Ya vimos la importancia del relevamiento del territorio atentos a las
distancias, los recursos, los peligros, las ventajas. En suma, a su
habitabilidad. Pero los padres jesuitas no eran solo geógrafos o
naturalistas. Eran misioneros en tiempos difíciles: el siglo XVIII se
caracterizó por una parte en la consolidación de un movimiento
cultural en Occidente denominado comúnmente la Ilustración,
basado en la confianza casi dogmática de la Razón y en la
Experiencia como medios fundamentales para entender a la
realidad. En lo estrictamente social, predominaba en ella la idea del
“contractualismo” para explicar el origen de toda sociedad a partir
de un hipotético Contrato Social, a partir del cual los individuos
deciden asociarse para obtener ciertos fines como la seguridad, la
libertad, la propiedad, el bienestar, etc. Esto chocaba con la
concepción católica de la comunidad basada en la idea del carácter
esencialmente social de la condición humana.
Pero en un plano más concreto, el político, Europa y sus dominios
de ultramar, desde el siglo XVII se encontraba dividida entre el área
de influencia católica, culturalmente latina y el área protestante,
culturalmente anglosajona. Es decir, por un lado España, Portugal y
Francia y por el otro, Inglaterra y Holanda. Los padres jesuitas
sentían con vehemencia la necesidad de convertir al catolicismo a
los nativos de los inmensos dominios de las potencias católicas.
Además, tenían la convicción de construir una nueva sociedad sin
las injusticias y las violencias de las sociedades europeas…sin caer
tampoco en la idea ilustrada del buen salvaje, esencialmente bueno
porque ha estado apartado de la sociedad.
En los inicios de 1740 se reunió el Cabildo de Buenos Aires para
pedirle al Provincial o sea al responsable de la Compañía, padre
Antonio Machoni (italiano) su presencia para fundar una misión o
“reducción”, en base a acuerdos previos con caciques de la región.
En respuesta, aquél envío a los padres Manuel Querini (griego) y
Matías Strobel (alemán) para su concreción. Como vemos el
ecumenismo estaba bien presente. El provincial hace saber al
Cabildo y al Gobernador, que la Reducción o Misión debe cumplir
algunos requisitos: primero, que los indios son vasallos del Rey y no
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fuesen sometidos a ningún encomendero; segundo, que el pueblo
debe estar al menos a cuarenta leguas (aproximadamente 200
kilómetros) de la ciudad de Buenos Aires por las malas
consecuencias que suele tener la inmediata vecindad de los
españoles y el trato continuo de los neófitos con ellos; tercero, que
en caso de ataque de indios enemigos, se les diese a los indios
algunas armas y el Gobernador los socorriese.
El Gobernador y el Cabildo aceptan. Aquél les pidió a los caciques
que si querían vivir bajo la protección de los españoles deberían ser
fieles a los Padres de la Compañía para conocer la doctrina de
Cristo, “solo así serían verdaderos vasallos del Rey Católico”
El padre Matías Strobel, eligió un lugar en la margen sur del Salado,
cerca de la Bahía de Samborombón, que luego se conocería como
Rincón de López. Se pusieron en marcha y en dicho lugar. El 26 de
mayo de 1740 oficialmente queda fundada la Reducción de Nuestra
Señora de la Concepción. Para el “orden civil” los caciques pampas
Lorenzo Manchado, José Acazuzo, Lorenzo Massiel, Pedro Milán y
el pampa “serrano” don Yahati, todos bautizados se encargan del
orden comunitario, formando el Cabildo de la población. En total
más de 300 personas sumaban sus familias. Los padres venían
acompañados de guaraníes que les enseñaron a los pampas a
trabajar la madera, construir chozas con adobe, fabricar ladrillos y
más adelante practicar la agricultura y usar el arado.
Los primeros tiempos fueron difíciles, los indios no estaban
acostumbrados a la vida sedentaria, había dificultades con el
idioma. Algunos indios habían trabajado en haciendas de
españoles, pero otros, los que vivían en sus tolderías tenían
dificultades para hacerse entender. El padre Strobel ayudado por
una anciana india compuso un catecismo en idioma “pampa”. La
mortalidad entre los niños era muy grande, por eso intentaron
bautizar a la mayoría. De 86 murieron pronto 16, “que volaron al
Cielo”. En cambio, solo bautizaban a los adultos que lo requirieran.
Al cabo de unos meses, advirtieron que la zona era inundable con
las crecidas del Salado. No quedó otra que buscar una zona mas
elevada. Finalmente se trasladaron a una loma a dos leguas de
distancia en 1744. Posteriormente el padre Cardiel confeccionó un
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mapa donde aparecen los dos pueblos, aunque posteriormente se
discute la ubicación ya que cuando escribe Furlong aún no había
investigaciones arqueológicas en la zona. El nuevo lugar tenía
montes de talas y saucos. Se empieza a cultivar en una “chácara”,
el Salado es abundante en pesca, pero…las dificultades reaparecen
por culpa de malos españoles. Cuando los jesuitas llegaron a la
región pampeana era innumerable la cantidad de indios, en general
varones, que cambiaban caballos y ponchos por bebidas
alcohólicas. Muchos comerciantes o “pulperos” sin escrúpulos
participaban de este intercambio pese a las prohibiciones de
Cabildos y Gobernadores, o a veces bajo su tolerancia…pero los
Padres “…para reemplazar al aguardiente estamos introduciendo, y
no sin agrado de parte de los indios, el mate del Paraguay.” El
contacto informal con los españoles introdujo otros vicios como el
juego por dinero. Para evitar las malas influencias los misioneros
pidieron al Gobernador una escolta de 25 soldados. El padre
Sánchez Labrador cuenta que solo mandaron 15 al mando de un
cabo y al poco tiempo, se dieron cuenta que estos también
introducían aguardiente “…y lo daban a los indios; algunos se
amancebaron con indias, destruyendo con su mala vida y
procederes la eficacia de la doctrina que enseñaban los
Misioneros.” En cierta ocasión, trataban de convencer a un Pampa
para que se convirtiese al cristianismo, pero el mismo “…opuso
luego la mala vida y proceder de algunos cristianos españoles,
cerca de cuya casa estaba, y dijo: Yo quiero vivir y morir como buen
Pampa, no como mal cristiano.”
Las rivalidades entre Serranos o Puelches y los Pampeanos
hicieron lo suyo. Las incursiones de aquéllos contra las haciendas
hispano-criollas eran atribuidas a éstos, a veces por error, otras por
mala fe. Muchas familias empezaron a abandonar la Reducción. La
economía no ayudaba. Pese a que se hicieron chacras y huertos
con frutales de peras, manzanas y granadas, los cueros de caballos
o yeguarizos, tan abundantes en la zona, “…que eran lo único
vendible, apenas cotizaban en los mercados de Buenos Aires y
hubo años, y aún épocas, en que ni aun gratuitamente querían los
exportadores hacerse cargo de ellos.”
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Los misioneros junto a algunos caciques acudieron ante el nuevo
Gobernador José Andonaegui para pedirle alguna ayuda económica
pero la respuesta fue que el Rey no estaba para hacer gastos y que
en caso de que los indios no quieran convertirse “…les dijo que no
le faltaban sables, con que cortarles las cabezas, ni pólvora y balas
para hacerles la guerra.” Obviamente esto provocó un fuerte
rechazo. Al poco tiempo empezaron las “deserciones” de muchos
indios que empiezan a abandonar la Reducción, extendiendo el
descontento entre aquéllos que aún vivían en sus tolderías.
El padre Sánchez Labrador afirma que muchos españoles de la
ciudad difamaban a la Compañía haciendo circular rumores sobre
sus grandes fortunas, y que al norte estaban en relaciones con los
portugueses, trayendo esclavos negros para que trabajen en
aquellas Misiones. Incluso algunos integrantes del Cabildo
demandaban que se traslade la Reducción a la otra orilla del Río de
la Plata.
Un incidente con el cacique Yahati, que se había desempeñado en
la fundación de otra reducción en las sierras del ya nombrado
Vuulcan, dio el pretexto para que una fuerza enviada por el
Gobernador ingrese a Nuestra Señora de la Concepción y asesine a
parte de su comitiva. El cacique buscó refugio en la iglesia, donde
los soldados lo asesinaron profanando el templo. Luego se tomaron
muchos prisioneros que fueron remitidos a Buenos Aires.
Muchas tolderías vinculadas familiarmente a los atacados iniciaron
una serie de ataques contra estancias y soldados españoles en los
pagos de Magdalena, causando muchas muertes. Otras
parcialidades sin una clara identificación atacaron a la Reducción.
Finalmente, el 13 de febrero de 1753, el Gobernador dispuso una
fuerza armada para evacuar a la Misión. Veinte carretas y cuarenta
hombres condujeron los muebles del pueblo, el ganado, junto con
los Padres y las veinticinco familias de Pampas ya cristianizados,
para no volver más a esos pagos del río Salado.
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