PRIVACIDAD, INTIMIDAD, HONOR Y PROPIA IMAGEN
La convivencia social y la vida en comunidad internacional,
especialmente en
una Democracia, exige que los Estados y los ciudadanos ejerzan sus
derechos y a
la vez respeten otros, siendo la privacidad, la intimidad, el honor y
la propia
imagen, el núcleo de los derechos de la personalidad, forman
parte de la
primera generación de derechos fundamentales (derechos individuales
del
hombre). Entendiéndose que estos abarcan todas aquellas potestades y
facultades inherentes a las personas, que las individualizan y
permanecen
inseparables a ella durante toda su vida (como el derecho a la propia
vida,
derecho a la integridad corporal, derecho a la libertad personal, derecho
a la
inviolabilidad del domicilio, derecho a elegir libremente su residencia,
derecho a
circular libremente por el territorio, derecho a un nombre, derecho al
secreto de las
comunicaciones, y derecho a la intimidad, el honor y la propia imagen,
entre
otros). En la actualidad requieren una especial protección y garantía,
dado que la
tecnología y la globalización han consolidado la sociedad de la
información, siendo
casi imposible controlar la calidad y veracidad de la información y
noticias que se
transmiten en segundos, viéndose lesionados y vulnerados los derechos
de la
personalidad y por ende, la dignidad de las personas.
Desde hace varias décadas, la doctrina en materia constitucional, ya
indicaba
la necesidad de respetar los derechos que protegen los atributos más
sagrados de
la persona, de tal suerte el tratadista Bidart Campos 20, establece que la
libertad
jurídica a secas, como un bloque indiviso, sin desglosarla en libertades y
derechos
concretos, es un status, situación o modo de instalación del hombre en
la
comunidad política, que conlleva una recíproca variedad de obligaciones
coadyuvantes a esa misma libertad: 1) el deber de reconocer a cada
hombre su
20 BIDART CAMPOS, GERMAN J. Op. Cit. Nota 14.
personalidad jurídica; 2) el reconocerle capacidad jurídica, de forma que
no haya
incapacidades absolutas de derecho; c) el de reconocer que todo lo no
prohibido
està permitido, con lo que la zona de licitud jurídicamente relevante y
tutelada
acrece la de la libertad; d) el de respetar la libertad de intimidad,
privacidad,
autonomía o secreto. El tratadista, continúa afirmando que “tengo
derecho (en
el mundo jurídico) a mi intimidad o privacidad, y si tengo derecho lo
tengo frente a
alguien (el estado, los demás hombres), puede ocurrir que en ejercicio
de ese
derecho yo retraiga de la interferencia del sujeto pasivo obligado a
respetar mi
privacidad, una conducta inmoral, en cuanto tal conducta no repercuta
ni se
proyecte bien sobre el bien común. ¿Cómo conciliar aquí derecho y
moral? Es
que el derecho no exige todo lo que exige la moral, y es que lo que se
preserva
jurídicamente en el derecho a la intimidad es esa misma intimidad en
cuanto bien
jurídico, y no la conducta inmoral alojada en el ámbito de la intimidad
jurídicamente protegida. Tal conducta inmoral contradice mi deber
moral, y si tal
deber moral queda incumplido, mal puede ser su violación, el
fundamento o el
prinicipio de mi derecho de intimidad. Entonces mi derecho a la
intimidad, se habrá
de fundar “moralmente” y “jurídicamente” en que yo soy una persona
investida de
dignidad a la que ni el estado ni los demás hombres pueden ni deben
interferir en
su privacidad, aunque en la zona así protegida jurídicamente yo viole la
ley moral
que no me es exigible jurídicamente.”