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Niko y las Plumas de Colores

En una isla lejana, donde el sol siempre brillaba y el mar susurraba historias, vivía un
pequeño loro llamado Niko. Él tenía plumas de un verde brillante, pero a menudo
miraba con envidia a los demás pájaros que lucían plumas de colores vibrantes: rojos,
azules y amarillos. Se sentía diferente y, a veces, triste porque creía que no encajaba
con los demás.

Un día, mientras volaba por la selva, Niko escuchó un canto melodioso. Siguiendo la
música, llegó a un claro donde encontró a un grupo de aves reunidas. Eran aves de
todos los colores y tamaños, y estaban organizando un festival en honor a la diversidad.

—¡Hola! —dijo una hermosa ave azul con plumas brillantes—. ¿Quieres unirte a
nosotros? Estamos celebrando lo que nos hace únicos.

Niko dudó. Se sintió pequeño y fuera de lugar.

—No sé si puedo unirme —respondió tímidamente—. Mis plumas son solo verdes.

La ave azul sonrió y le dijo:

—Cada uno de nosotros tiene su propia belleza y su historia. Ven, únete a nosotros y
verás lo especial que eres.

Niko decidió intentarlo. Al principio se sintió nervioso, pero pronto se dio cuenta de
que cada ave tenía algo único que ofrecer. Un loro rojo compartió su talento para
contar chistes, una pica flor amarillo mostró sus increíbles pasos de baile, y un colibrí
verde relató cómo había viajado por todo el mundo.

Mientras escuchaba las historias de los demás, Niko se dio cuenta de que cada ave era
especial no solo por sus colores, sino por sus experiencias y lo que aportaban al grupo.
Se sintió inspirado y comenzó a compartir su propia historia: cómo había aprendido a
imitar los sonidos del bosque y cómo podía hacer reír a todos con sus ruidos divertidos.

Las aves se rieron y aplaudieron su talento.

—¡Eres increíble! —exclamó la cacatúa amarilla—. Tus plumas verdes son hermosas
porque son parte de ti.

Niko sonrió por primera vez en mucho tiempo. Se dio cuenta de que no necesitaba
cambiar su color para ser aceptado.

A medida que avanzaba el festival, Niko se sintió más seguro y feliz al ver cómo todos
celebraban juntos la diversidad que existía entre ellos. Al final del día, cada ave se
reunió en círculo para compartir una cosa que amaban de sí mismas.

Cuando llegó su turno, Niko tomó aire y dijo:


—Yo amo mis plumas verdes porque me recuerdan la naturaleza de mi hogar y me
hacen único entre todos ustedes.

Las aves lo felicitaron por su valentía al compartirlo. En ese momento, Niko entendió
que la pertenencia no significaba ser igual a los demás; significaba ser aceptado y
amado por quienes realmente eres.

Desde ese día, Niko voló alto con orgullo, mostrando sus plumas verdes al
mundo. Había aprendido no solo sobre su identidad, sino también sobre la
importancia de aceptar las diferencias en los demás.

Y así, en la isla donde el sol siempre brillaba, Niko se convirtió en un símbolo del
amor propio y la celebración de la diversidad entre todos los seres vivos.
El pintor de estrellas

En un pequeño pueblo rodeado de montañas, vivía un niño llamado Lucas, que


tenía una imaginación tan grande como el cielo nocturno. A Lucas le encantaba
dibujar, pero no cualquier cosa: su pasión era pintar estrellas.

Cada noche, se sentaba frente a su ventana y miraba el cielo. "¿Por qué las
estrellas no tienen más colores?", se preguntaba. Para él, el blanco era bonito,
pero imaginaba estrellas azules como el océano, verdes como los bosques, y
rojas como los atardeceres.

Una noche, mientras mezclaba pinturas en su pequeña paleta, algo mágico


ocurrió. Un destello plateado iluminó su cuarto, y frente a él apareció un
anciano de cabello plateado y una larga túnica estrellada.

—Soy Aldebarán, el guardián de las estrellas. Escuché tu deseo y he venido a


darte un regalo especial.

El anciano sacó un pincel brillante que parecía hecho de rayos de luna.

—Este es el Pincel del Cielo. Con él, podrás pintar las estrellas como desees.
Pero recuerda, cada trazo debe venir de tu corazón, porque las estrellas
reflejan los sueños de las personas.

Lucas, emocionado, tomó el pincel y corrió al campo. Levantó la mirada al cielo


y, con un simple trazo, una estrella se volvió azul. Luego pintó otra de un
vibrante naranja, y una más de un suave rosa. Cada estrella parecía brillar con
más fuerza y alegría.

Esa noche, el pueblo entero salió a mirar el cielo. "¡Miren esas estrellas!",
decían. Las personas comenzaron a soñar más, a crear canciones, a escribir
cuentos y a hacer cosas maravillosas.

Pero una noche, Lucas sintió que algo faltaba. Mientras pintaba, se dio cuenta
de que algunas estrellas no brillaban tanto como antes. Recordó las palabras
de Aldebarán: "Cada trazo debe venir de tu corazón". Había pintado tanto que
se había olvidado de por qué lo hacía: para compartir sueños.

Dejó el pincel y miró el cielo. Las estrellas parecían susurrarle algo. Con una
sonrisa, decidió pintar con calma, dedicando cada estrella a alguien del pueblo:
una para la abuela que contaba cuentos, otra para el panadero que siempre
sonreía, y otra para su amiga Emma, que le ayudaba a recoger colores de las
flores.

El cielo volvió a brillar con fuerza, y Lucas aprendió que el arte más hermoso
no está en pintar mucho, sino en hacerlo con amor y propósito.

Desde entonces, cada noche el pueblo se llena de colores y sueños nuevos,


porque Lucas, el pintor de estrellas, sigue dibujando desde su corazón.
La Aventura de Lupita en el Bosque de las Palabras
Lupita era una niña muy curiosa que amaba explorar el mundo. Un día,
mientras jugaba en el jardín, encontró un portal mágico escondido entre las
flores. Con un poco de miedo y mucha emoción, Lupita decidió entrar. ¡Y
vaya sorpresa! Se encontró en un bosque lleno de árboles que tenían hojas con
letras y flores de colores que formaban palabras.

Al principio, Lupita se sintió un poco perdida. Las palabras flotaban en el


aire y se unían para formar frases extrañas. Pero entonces, vio a un búho
muy sabio que le explicó que ese era el Bosque de las Palabras, un lugar
donde los niños podían aprender palabras nuevas y construir historias
fantásticas.

El búho le enseñó a Lupita a reconocer las letras, a unirlas para formar


palabras y a crear oraciones divertidas. Juntos, exploraron el bosque y
descubrieron palabras mágicas que podían hacer que las cosas volaran,
cambiaran de color o se hicieran más grandes.

Lupita aprendió que las palabras tenían un gran poder. Con ellas podía
describir sus sentimientos, contar historias emocionantes y comunicarse con
otros. Se dio cuenta de que el lenguaje era una herramienta muy poderosa
que le permitía explorar el mundo y hacer nuevos amigos.

Cuando llegó la hora de volver a casa, Lupita se despidió del búho y del
Bosque de las Palabras con una promesa: usaría las palabras que había
aprendido para hacer del mundo un lugar más bonito y lleno de magia.
La carrera de los animales mágicos

En el Valle de los Susurros, todos los años se celebraba la Gran Carrera de los
Animales Mágicos. Allí, criaturas sorprendentes competían para demostrar quién
era el más veloz, el más ingenioso o el más valiente.

Este año, el zorro de fuego, el ciervo de cristal, la tortuga arcoíris y el colibrí de


viento estaban listos para participar. Todos tenían sus talentos únicos:

El zorro de fuego corría tan rápido que dejaba un rastro de chispas.

El ciervo de cristal podía atravesar cualquier obstáculo porque era ligero como el
aire.

La tortuga arcoíris tenía una cáscara que brillaba con colores mágicos y podía
nadar a toda velocidad.

El colibrí de viento era tan pequeño y rápido que casi no se podía ver.

El día de la carrera, los animales se alinearon en la línea de salida, mientras los


habitantes del valle aplaudían emocionados. ¡BANG! Sonó el cuerno de inicio, y
todos salieron disparados.

El primer tramo del recorrido atravesaba un bosque lleno de ramas espinosas. El


zorro de fuego lideraba, quemando con cuidado las ramas que bloqueaban su
camino. Pero entonces llegó el río cristalino, un obstáculo complicado para el
zorro. La tortuga arcoíris aprovechó y se sumergió en el agua, nadando como un
relámpago de colores.

Más adelante, el camino se volvió una montaña resbaladiza cubierta de hielo. Allí,
el ciervo de cristal tomó la delantera, saltando con gracia sobre las rocas
congeladas. El colibrí de viento, por otro lado, comenzó a volar en zigzag, evitando
el hielo y adelantando al ciervo.

Sin embargo, algo inesperado sucedió. En el último tramo, un enorme árbol cayó y
bloqueó el camino hacia la meta. Los animales mágicos se detuvieron.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó el ciervo de cristal.

—Si trabajamos juntos, podemos moverlo —dijo la tortuga arcoíris.

El zorro usó su fuego para debilitar el tronco, el ciervo de cristal empujó con todas
sus fuerzas, y la tortuga y el colibrí guiaron el tronco fuera del camino.

Cuando finalmente llegaron a la meta, todos cruzaron juntos. Los habitantes del
valle celebraron con alegría, declarando a los cuatro animales como ganadores.

—A veces, la mejor forma de ganar es trabajar en equipo —dijo el anciano búho,


organizador de la carrera.

Desde entonces, la Gran Carrera de los Animales Mágicos no solo celebraba la


velocidad, sino también la amistad y la cooperación.
El Maravilloso Bosque de los

Susurros Autor: Noelia Quispe

Choque

Había una vez, en un valle rodeado de montañas, un bosque mágico llamado El


Bosque de los Susurros. Los árboles de ese lugar no solo daban sombra y frutos,
sino que susurraban historias a quienes los escuchaban con atención. Los aldeanos
de un pequeño pueblo cercano cuidaban el bosque con mucho esmero, pues sabían
que era su fuente de vida: les daba aire limpio, madera para construir sus hogares y
frutas dulces para alimentar a sus familias.

Pero con el tiempo, la gente empezó a olvidar lo importante que era proteger el
bosque. Algunos cortaban árboles sin replantarlos, otros arrojaban basura entre las
raíces, y el susurro del bosque se fue apagando poco a poco.

Entre los aldeanos vivía un niño llamado Mateo, que adoraba pasear por el bosque
y escuchar sus historias. Una tarde, mientras exploraba, Mateo encontró un árbol
viejo y seco que parecía estar llorando. Cuando puso su oído cerca del tronco,
escuchó una voz débil que decía:
—Somos los guardianes del aire y el agua. Si no nos cuidan, el valle se quedará en
silencio.

Mateo se asustó y corrió de vuelta al pueblo para contar lo que había escuchado,
pero nadie le creyó. "Son solo árboles", decían los adultos. Desanimado, el niño
decidió actuar por su cuenta. Cada día recogía la basura que encontraba en el
bosque, plantaba pequeñas semillas y regaba los árboles más débiles con agua
fresca del río.

Con el tiempo, otros niños comenzaron a ayudarlo. Se inspiraron en la dedicación de


Mateo y formaron un equipo al que llamaron Los Amigos del Bosque. Juntos
convencieron a los adultos de dejar de talar árboles sin control y de cuidar el
entorno. Poco a poco, el bosque recuperó su verdor, y los susurros mágicos
regresaron, más fuertes que nunca.

Una tarde, mientras Mateo y sus amigos descansaban bajo la sombra de un gran
árbol, escucharon una voz clara que decía:
—Gracias, pequeños guardianes. Por su amor y esfuerzo, el bosque vivirá para
contar más historias.

Desde entonces, el pueblo entero trabajó unido para proteger el bosque.


Plantaban más árboles de los que cortaban, y cada año celebraban el Día del
Bosque, donde recordaban a todos la importancia de cuidar a la naturaleza.

Mensaje:
Los árboles son el corazón de la Tierra. Si los cuidamos, ellos cuidarán de
nosotros. Con pequeños actos, como plantar, reciclar y proteger, podemos
preservar la vida para las generaciones futuras.
FUNCIÓN FORMATIVA O MORAL

Un día estaba un jaguar paseando junto al río, muy orgulloso de lo


rápido que era. Mientras bebía agua, vio a un pez dorado nadando
cerca. El jaguar, queriendo presumir, le dijo:

Oye, pez, ¿sabías que soy el animal más veloz de toda la selva?

El pescado, tranquilo, movió la cola y le respondió: Pues, qué bien,


jaguar. Pero aquí, en el agua, soy yo quien se mueve más rápido que
nadie.

Eso no le gustó nada al jaguar, que soltó una carcajada. ¡Tú! ¿Rápido?
No me hagas reír. ¿Qué tal si hacemos una carrera? Veremos quién es
el verdadero campeón.

El pez aceptó sin dudarlo. Decidieron que la carrera tendría dos


partes: una en tierra y otra en el agua.

Primero corrieron en tierra. Apenas empezó, el jaguar dejó al pez muy


atrás, arrastrándose en el barro. Llegó a la meta y, con una sonrisa
burlona, le gritó al pez:
¡Ja! Te dije que no tenías oportunidad.
Pero el pez, sin perder la calma, respondió: Vamos al agua, a ver qué
tan bueno eres ahí.
Cuando entraron al río, el jaguar nadaba con todas sus fuerzas, pero el
pez desapareció en un abrir y cerrar de ojos, moviéndose ágilmente
entre las corrientes. Cuando el jaguar apenas iba por la mitad, el pez
ya había llegado al otro lado y lo esperaba con una sonrisa.
El jaguar, jadeando y agotado, salió del agua y dijo: Está bien, pez,
admito que eres el más rápido aquí.
El pez lo miró y dijo: Cada quien tiene su lugar, jaguar. En la tierra eres
imbatible, pero en el agua soy yo quien domina.
Desde entonces, el jaguar y el pez se respetaron, entendiendo
que no es necesario ser el mejor en todo, sino valorar lo que cada uno
puede hacer.

Moraleja:
Todos tenemos algo en lo que somos buenos. No hay que
compararnos, sino aprender a valorar nuestras propias fortalezas.

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