Texto de la Práctica 4 de Antropología - Cultura.
Sobre la actividad humana
Curso 2024-2025
Grado de Ciencias Biomédicas
Ellos nos observan: nosotros somos los “papalagi”
Se trata de una transcripción de las narraciones orales que realizó un rey o gobernante samoano (Samoa es un
archipiélago del Pacífico Sur oceánico) tras una visita realizada en el primer tercio del siglo XX a una gran urbe
de Occidente, como podría ser Londres o Nueva York.
Los Papalagi (los hombres blancos) viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven
entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de lava. Hay piedras
sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros
y dividida en cubículos.
Sólo por un punto puedes entrar y abandonar estas moradas. Los Papalagi llaman a este punto la
entrada cuando se usa para entrar en la casa y la salida cuando se deja, aunque es el mismo y único
punto. Atada a este punto hay un ala de madera enorme que uno debe empujar fuertemente para
entrar. Pero esto es sólo el principio; muchas alas de madera tienen que ser empujadas antes de
encontrar la que verdaderamente da al interior de la choza.
En la mayoría de estas cabañas vive más gente que en un poblado entero de Samoa. Por
consiguiente cuando devuelves a alguien la visita, debes saber el nombre exacto de la aiga
(familia) que quieres ver, ya que cada aiga tiene su parte propia en la canasta de piedra para vivir…
A menudo, un aiga no sabe nada de la otra aiga, aunque sólo estén separadas por una pared de
piedra y no por Manono, Apolina o Savaii (tres islas pertenecientes al grupo de Samoa).
Generalmente, apenas conocen los nombres de los otros y cuando se encuentran en el agujero por
el que pasan furtivamente, se saludan con un corto movimiento de la cabeza o gruñen como
insectos hostiles, como si estuvieran enfadados por vivir tan cerca.
Cuando un aiga vive en la parte más alta de todo, justo debajo del tejado de la choza, el que quiera
visitarlos debe escalar muchas ramas que conducen arriba, en círculo o en zigzag, hasta que se llega a
un sitio donde el nombre de la aiga está escrito en la pared. Entonces, ve delante de sus ojos una
elegante imitación de un ojo, que cuando lo aprieta emite un grito que llama a la aiga. La aiga mira
por un pequeño atisbadero para ver si es un enemigo el que ha tocado el ojo; en ese caso no abrirá,
pero si ve a un amigo, desata el ala de madera y abre de un tirón. Así el invitado puede entrar en la
verdadera cabaña a través de la abertura.
La gente como nosotros se sofocaría rápidamente en canastas como éstas, porque no hay nunca
una brisa fresca como en una choza samoana. Los humos de las chozas-cocina tampoco pueden
salir. La mayor parte del tiempo el aire que viene de fuera no es mucho mejor. Es difícil entender
que la gente sobreviva en estas circunstancias, que no se conviertan por deseo en pájaros, les crezcan
las alas y vuelen para buscar el sol y el aire fresco… pero los Papalagi son muy aficionados a sus
canastas y ni siquiera sienten lo malas que son.
De vez en cuando los Papalagi dejan sus canastas privadas, como ellos las llaman, para ir a una
canasta donde hacen sus trabajos y no quieren ser molestados por la presencias de esposa y niños.
Mientras tanto, las mujeres y las muchachas están atareadas en la cabaña-cocina preparando los
platos, abrillantando las pieles de los pies o lavando taparrabos. Cuando son lo suficientemente
ricos para mantener criados, entonces éstos hacen el trabajo, mientras ellas hacen visitas o salen a
comprar comida fresca.
Tanta gente como hay viviendo en Samoa, vive de este modo en Europa, y quizá incluso más…
Cuando uno se siente infeliz en esta vida pedregosa, los demás dicen que no es natural, con lo que
dan a entender que él no sabe lo que Dios ha querido que fuera.
Actualmente estas casas se yerguen a menudo unas cerca de otras, en enormes cantidades, ni
siquiera separadas por una palmera o un arbusto. Y directamente enfrente, sólo a un tiro de piedra,
una segunda fila de canastas aparece. Por consiguiente, entre las dos filas hay apenas una grieta
estrecha que los Papalagi llaman calle. Durante días sin fin puedes caminar por estas grietas sin salir
a un bosque o ver un poco de cielo azul. Mirando hacia arriba desde estas grietas, difícilmente
puedes ver un poco de espacio claro, porque dentro de cada choza arde como mínimo un fuego y la
mayor parte del tiempo muchos a la vez. Por eso los firmamentos están siempre llenos de humos y
cenizas, como después de una erupción del volcán en Savoii. Las cenizas llueven sobre las grietas,
por eso las canastas de piedra han tomado el color del barro de los pantanos de mangle y la gente
tiene hollín negro en el ojo y el pelo, y arena entre los dientes.
A pesar de todo, los Papalagi caminan entre estas grietas desde la mañana hasta la noche, hay
algunos que incluso lo hacen con cierta pasión. Han construido en estas calles enormes cajas de
cristal en las que toda clase de cosas están expuestas, cosas que el Papalagi necesita para vivir:
taparrabos, pieles para pies y manos, ornamentos para la cabeza, cosas de comer… Estas cosas están
expuestas para que todo el mundo pueda verlas y además aparecen como muy tentadoras. Pero no
se permite a nadie coger nada de allí, aunque lo necesite con urgencia, hasta después de pedir
permiso y de hacer un sacrificio.
Hay muchas grietas en las que el peligro acecha por todas partes, porque la gente no sólo camina
una contra otra, sino que se embisten también desde dentro de enormes cajas de vidrio que se
deslizan en correderas de metal. Hay un ruido tremendo. Nuestras orejas empiezan a silbar a causa
de los caballos que golpean el pavimento con sus pezuñas y de la gente que patea con fuerza con sus
pieles de los pies; a causa de los niños berreando y de los hombres chillando. Y todos ellos gritan,
por alegría o por miedo. Es imposible hacerte oír a menos que grites tú también. ¿Están los Papalagi
orgullosos de haber reunido tanta piedra? No lo sé. Los Papalagi son gente con gustos raros. Sin
ninguna razón en especial hacen toda clase de cosas que les ponen enfermos, pero aún se sienten
orgullosos de ellas y cantan odas a su propia gloria.
Tuiavii de Tiavea, jefe samoano: “Los papalagi”
(Los hombres blancos) Integral Editorial