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Rashomon y Otros Relatos Historicos

Rashomon y otros relatos históricos de Akutagawa Ryūnosuke explora el Japón del siglo XII, un contexto marcado por la guerra y la desesperación, donde se revelan las complejidades de la existencia humana. La obra, que incluye una nueva traducción de 'Rashomon' y relatos inéditos, destaca el talento narrativo de Akutagawa, quien se posiciona como un maestro del relato al abordar los aspectos oscuros de la naturaleza humana. A través de su estilo sofisticado, el autor utiliza la historia como un escenario para expresar su subjetividad y explorar temas universales como el egoísmo y la ambición.
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Rashomon y Otros Relatos Historicos

Rashomon y otros relatos históricos de Akutagawa Ryūnosuke explora el Japón del siglo XII, un contexto marcado por la guerra y la desesperación, donde se revelan las complejidades de la existencia humana. La obra, que incluye una nueva traducción de 'Rashomon' y relatos inéditos, destaca el talento narrativo de Akutagawa, quien se posiciona como un maestro del relato al abordar los aspectos oscuros de la naturaleza humana. A través de su estilo sofisticado, el autor utiliza la historia como un escenario para expresar su subjetividad y explorar temas universales como el egoísmo y la ambición.
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Rashomon y otros relatos históricos nos traslada al Japón del siglo XII, un país

asolado por las guerras, el hambre y la desesperación, un escenario perfecto en el que


las turbadoras complejidades de la existencia humana se muestran ante el lector con
una brutalidad no exenta de belleza.
Akutagawa Ryūnosuke ha trascendido las fronteras del tiempo y del espacio y se ha
situado por derecho propio en la historia de la literatura universal como uno de los
grandes maestros del relato. Su brillante talento narrativo, su estilo sofisticado y
elegante, su sensibilidad extrema y su capacidad para desentrañar los aspectos más
oscuros y complejos de la naturaleza humana hacen de sus obras verdaderas joyas
atemporales y elevan a su autor a la categoría genio de las letras.
Con motivo del centenario de la publicación de «Rashomon» (1915), presentamos
una nueva traducción de la célebre obra con la que Akutagawa obtuvo el aplauso
unánime de crítica y público acompañada de una selección de sus más destacados
relatos históricos, cinco de los cuales permanecían hasta ahora inéditos en castellano.

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Ryūnosuke Akutagawa

Rashomon y otros relatos históricos


Maestros de la Literatura Japonesa - 19

ePub r1.1
Titivillus 25.02.2024

Página 3
Título original: Rashōmon («Rashomon»); Hana («La nariz»); Imogayu («Gachas
de ñame»); Un («El destino»); Chūtō («Los ladrones»); Gesaku Zanmai («Una vida
consagrada a la literatura ligera»); Jigokuhen («El biombo del infierno»); Karenoshō
(«Extracto de la tierra yerma»); Shunkan («El bonzo Shunkan»); Yabu no naka («En la
espesura del bosque»)
Ryūnosuke Akutagawa, 2015
Traducción y prólogo: Iván Díaz Sancho

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
Índice de contenido

Cubierta

Rashomon y otros relatos históricos

Prólogo

Nota al texto

Rashomon

La nariz

Gachas de ñame

El destino

Los ladrones

Una vida consagrada a la literatura ligera

El biombo del infierno

Extracto de la tierra yerma

El bonzo Shunkan

En la espesura del bosque

Glosario

Apéndice

Sobre el autor

Notas

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PRÓLOGO

Para los diez cuentos reunidos en esta antología hemos escogido el apelativo de
«históricos». Sin embargo, deberíamos definirlos más bien como «ahistóricos»,
puesto que la historia no tiene en ellos un papel relevante. La novela histórica
propiamente dicha es un género de ficción producto del Romanticismo europeo que
toma como modelo hechos verídicos del pasado, descritos con mayor o menor
fidelidad, pero siempre de forma verosímil. En ella se describen al detalle las
creencias y costumbres de épocas distantes, por lo que su redacción exige un grado
elevado de erudición y documentación, a diferencia de la novela de aventuras, donde
la historia ya no será más que una excusa para el desarrollo de la acción. Fruto de la
reacción contra el progreso burgués y con un componente nostálgico derivado de la
pérdida de las costumbres, suele poseer un carácter reivindicativo de corte
nacionalista. Si bien en Europa, el Romanticismo como escuela quedará obsoleto
alrededor de 1850 para dar paso al realismo, que deriva a su vez en el naturalismo, en
Japón no hará su aparición hasta la apertura a Occidente del gobierno Meiji (a partir
de 1868). De hecho, su introducción en la literatura japonesa será simultánea a la de
otras corrientes como el naturalismo, estableciéndose así un pulso entre ambas
tendencias, la romántica y la naturalista, que dará origen a diversas polémicas y
debates literarios. No existe en Japón, sin embargo, un arraigo profundo de ninguna
de las dos corrientes, quizás porque la cultura nipona ha estado siempre caracterizada
más por la continua transformación de elementos externos que por la constitución de
esencias y principios inamovibles, más propios de la lógica y de la retórica
occidentales. Así, el Romanticismo y el naturalismo no se perciben como escuelas,
sino como elementos diferenciados que podemos hallar en un mismo texto,
decantándose el autor por una u otra tendencia en función de su sensibilidad. De ese
modo lo entendió el máximo exponente de la literatura moderna japonesa, Natsume
Sōseki (1867-1916), quien consecuentemente llegó a sugerir el abandono del análisis
historiográfico de la literatura, pues este no hace más que reducir el sentido de la obra
al espíritu de la época o a la biografía del autor. Sōseki abogó por un análisis textual,
avanzándose casi una década a las teorías formalistas. «Lo que aquí propongo tiene
relación con la historia, pero no está supeditado al desarrollo de la historia. Para una
clasificación de obras literarias con validez en Oriente y Occidente, así como en
tiempos pasados y presentes, en vez de basarnos en uno u otro ismo constituido a
partir de las particularidades de una época o de un individuo, debemos distanciarnos

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del autor y del período histórico, y atender únicamente a las características de la obra
en sí. Por eso, el único método posible consiste en derivar nuestro análisis a partir de
la forma y la temática de la obra» (Sōsakuka no taido [La postura del escritor], 1908).
En el caso de Akutagawa asistimos a un rechazo tanto del Romanticismo como
del naturalismo, si bien sus obras presentan influencia de autores suscritos a ambas
tendencias[1]. Por un lado, Akutagawa se aleja de la novela histórica iniciada con La
bailarina (Maihime, 1890) de Mori Ōgai (1862-1922), a quien no deja por ello de
considerar uno de sus maestros literarios. De Ōgai le interesarán especialmente obras
de 1915, como El intendente Sansho (Sanshō Dayū) o Yu Xuanji (Gyogenki), en las
que la narración de la leyenda histórica cede en favor de un relato más libre e
imaginativo cercano a lo onírico. El propio Ōgai identificará un antes y un después en
el estilo de sus obras en su artículo «La historia tal cual y el distanciamiento de la
historia» (Rekishi-sono-mama to rekishi-banare). En él definirá los relatos de esta
segunda etapa como «historias semejantes a un sueño» (yume no yōna monogatari).
Es precisamente en ese distanciamiento donde Akutagawa encontrará la «belleza de
la historia» y no en la precisión de las descripciones sobre las costumbres de la época,
ni en la veracidad del material histórico y biográfico. Para Akutagawa, la historia no
supondrá más que un escenario, un juego de tramoyas cuyo mecanismo utiliza con el
fin de expresar su propia subjetividad: los pensamientos y los sentimientos del autor
encarnados en los distintos personajes en escena, que en más de una ocasión se nos
presentan como meros títeres regidos por una idea o por un tema concreto —a pesar
de su aparente evolución psicológica, puramente alegórica—: el egoísmo, la vanidad,
la ambición, la insatisfacción, la envidia… A Akutagawa, en definitiva, le interesa el
humanismo abstracto, en especial en su vertiente decadente, más cercano al
escepticismo de Baudelaire que al sereno desencanto de Anatole France, como él
mismo insinuaba. Frente a la construcción apolínea de los relatos de Ōgai[2],
fundamentados en la honestidad del intelecto, Akutagawa proyecta sombras
dionisíacas a través de un artificio en el que prima el impulso fisiológico sobre lo
racional. Sus personajes se comportan en ocasiones como animales —la sombra de
un mono, el tambaleo de un sapo—, reaccionando y adaptándose instintivamente a un
entorno arisco y variable para sobrevivir al desmoronamiento de su destino. Y de
fondo, entre bambalinas, la historia como paisaje prestado. Así bautizaría Kikuchi
Kan (1888-1948), practicante a su vez de lo que se ha dado en llamar novela temática
(tēma shōsetsu), el estilo de su amigo Akutagawa: novela de paisaje prestado (shakkei
shōsetsu), un término derivado de la jardinería que se refiere a un paisaje ya
existente, principalmente un castillo, que se aprovecha como fondo para la
construcción de un jardín.
Si Akutagawa utiliza este recurso es también porque aborrece las descripciones
minuciosas de la vida cotidiana contemporánea propias del naturalismo en boga, cuya
ideología se remonta al materialismo mecanicista, al cientifismo y al biologismo del
siglo XIX[3]. El ser humano, la sociedad y la propia historia son observados con lupa,

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como un fenómeno natural que posee el mismo funcionamiento y desarrollo que
cualquier entidad biológica. De este modo, el destino de un ser humano queda
condicionado por las circunstancias y la genética. En Japón, sin embargo, el
naturalismo aparecerá como los pétalos de una flor cortada (metáfora del crítico
Takashi Kumagai en su Autorretrato de los japoneses en la literatura moderna,
1971). Careciendo de base científica se centra más bien en una descripción instintiva
y acientífica de los impulsos sexuales. Los escritores japoneses, prestando atención a
la descripción de las desgracias diarias y a la fisiología de sus personajes —
predestinados, eso sí, por el entorno y la herencia familiar—, terminan de ese modo
topándose con el hombre premoderno, el hombre previo a ese «sujeto» que trataba de
describir el naturalismo originario. En consecuencia, el intento por demostrar la
entidad del sujeto se invierte en Japón en un proceso negativo en el que prima el
autodesprecio: el asco hacia uno mismo y el dolor del yo desintegrándose en las
aguas turbias de la desesperación y el fatalismo. Nace así el género peculiar y en
cierto modo autóctono de la novela del yo (shi-shōsetsu o watakushi-shōsetsu). El
escritor abandona toda búsqueda objetiva de una realidad social para presentarse
como un individuo azotado por la amargura y la aflicción, y se arroja desnudo al
océano de la subjetividad por medio del recurso de la confesión: una exposición de la
miscelánea privada del yo que en ocasiones no tiene interés más que en el caso de
tratarse de un escritor ya famoso. Es curioso ver como Akutagawa, que abogaba más
bien por el humanismo idealista e individualista de tendencia esteticista (igual que
sus contemporáneos y amigos del grupo Shirakaba, «El abedul blanco») termina
adoptando en su última etapa, sobre todo en Vida de un idiota, el mismo género en el
que desembocan los naturalistas, posiblemente porque ambos compartían desde un
principio el descuido por el componente social propio del naturalismo europeo. En
este sentido, quizás deberíamos llevarle la contraria a Sōseki y admitir la victoria del
espíritu de la época sobre el análisis formal, aunque podríamos considerar el primero
como un factor que se desprende, en cierto modo, del mismo texto.
Regresemos así al hilo de la historia. Por una cuestión de espacio y para no
menguar la capacidad de asombro e interpretación del lector, no entraremos en los
detalles de cada uno de los cuentos, pero antes de poner punto y final a este prólogo
nos vemos obligados a destacar el uso de la intertextualidad en las obras de
Akutagawa. Con la publicación en 1915 de «Rashomon» en la revista de la
Universidad Imperial de Tokio Teikoku bungaku, centenario que celebramos en Satori
(literal y metafóricamente) con esta edición, Akutagawa consolida una metodología
de trabajo que empezaría a experimentar en textos anteriores como «El joven y la
muerte» (Seinen to shi, 1914) y de la que ya hemos ido apuntando algunas
características; fundamentalmente el uso de la historia como paisaje para la
elaboración y ambientación de un mundo literario de cuño propio. Una historia que
extrae principalmente de crónicas y leyendas antiguas, esto es, de compilaciones de
textos, de las que le interesa más la anécdota curiosa, en ocasiones humorística, que

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el contenido histórico. Anécdotas en torno a las que luego desarrollará una idea
concreta, a la manera de la novela temática, con personajes que poseen una psicología
moderna variable en función del entorno o del paisaje (también de concepción
moderna) y con complejos propios de nuestra era. Por nombrar solamente un ejemplo
de esto último, en «La nariz» nos encontramos con un monje de alto rango
obsesionado por reducir su apéndice nasal en forma de salchicha (así lo describe el
narrador, a pesar de que obviamente se trata de un alimento inexistente en el Japón
anterior a Meiji). En el relato original no hallamos ese tono traumático según el cual
el protagonista está más preocupado por la opinión de los otros que por su propio
aspecto. La crónica antigua se apoya más en la burla y la parodia hacia las jerarquías
superiores. Antaño, todo defecto físico no era más que la cristalización de un carácter
determinado, lugar común o tópico sin matices con intención satírica: «Érase una vez
un hombre a una nariz pegado»… Un monje de la Antigüedad en situación
privilegiada, con un puesto de autoridad, no necesita en realidad preocuparse por lo
que opinen de él.
El texto al que más veces recurrirá Akutagawa en busca de inspiración es
Konjaku Monogatarishū (Antología de cuentos de antaño), colección de más de mil
cuentos reunidos a finales del período Heian (794-1185) en un total de 31 volúmenes,
de los que actualmente solo conocemos 28. De este texto no solamente le interesan
las anécdotas, el folclore o las historias moralizantes de corte budista, muchas de ellas
ambientadas en China o en la India, sino también el estilo, un estilo seco sin apenas
adjetivos, en el que se transmite de una forma bastante realista la atmósfera decadente
de la época. En comparación con otras crónicas, «el Konjaku Monogatari refleja de la
forma más salvaje, o bien de la forma más cruel, sus penalidades [las de las gentes de
la época]», por medio de relatos que provocan un «sofoco acuciante» y que
«desbordan una belleza de lo brutal» («Sobre el Konjaku Monogatari», Konjaku
Monogatari ni tsuite, febrero de 1927). Un término el de «brutal» que debe
entenderse sobre todo en su primera acepción del diccionario de la RAE: «Propio de
los animales por su violencia o irracionalidad». El trasfondo histórico se convierte así
en el reino del deseo budista (véase nota 124) en cuyo círculo kármico quedan
atrapados los personajes como si fueran marionetas, cruzando sin descanso el umbral
de uno y otro mundo, a cada cual más repleto de sufrimiento: el mundo de los
humanos, el de los espíritus famélicos, el infierno… Pero sobre todo el de las bestias.
No queda resuelto, con todo, el problema de la intertextualidad. Se trata en
realidad de una multiplicidad mucho más compleja, puesto que Akutagawa no se
ceñirá al marco de la crónica antigua y completará sus textos tomando asimismo
como referencia las literaturas contemporáneas de procedencia occidental, además de
utilizar herramientas de consulta para temas eruditos como el Diccionario de historia
nacional (Kokushi dai-jiten, 1908) o el Diccionario de budismo (Bukkyō dai-jiten,
1917) de Oda Tokunō, del que incluso parece reproducir algún error en «El biombo
del infierno» (Jigokuhen, 1917). Para finalizar, téngase en cuenta como ejemplo de

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esta variedad textual «En la espesura del bosque» (Yabu no naka, 1922), el relato que
sirvió como modelo para la famosa película de Akira Kurosawa Rashōmon. Se trata
de un texto de estilo detectivesco basado en el Konjaku Monogatari, pero cuya
estructura imita la del poema narrativo The Ring and the Book (1868-1869) de Robert
Browning y la del cuento de horror gótico The Moonlit Road (1907) de Ambrose
Bierce.
A la espera de una traducción parcial o completa del Konjaku Monogatari, así
como de otros textos antiguos, ofrecemos al final del libro un listado de las
referencias utilizadas para la elaboración de los cuentos traducidos y que puede ser de
interés para los estudiosos. Para deleite del lector en general, incluimos a
continuación el relato original del Konjaku Monogatari, hasta ahora inédito, en el que
se basa «Rashomon»: «Historia de un ladrón que subió al piso superior de Rashomon
y se encontró con un cadáver».
Érase una vez un hombre originario de la provincia de Settsu que había venido hasta Kioto, la
capital, para robar, pero como todavía no se había puesto el sol, permanecía en pie escondido
bajo el pórtico de Rasho. La avenida Suzaku se veía muy transitada, así que había decidido
esperar allí a que cesara el ir y venir de la gente. Entonces escuchó que se acercaba un grupo
numeroso desde Yamashiro, por el sur, y pensó que sería mejor esconderse en el piso superior
del pórtico. Estaba subiendo a gatas, tratando de no hacer ruido, cuando percibió el
resplandor tenue de un fuego. Le pareció extraño, por lo que se arrimó al borde de la escalera
para espiar el interior. Allí pudo ver el cadáver de una mujer joven y, sentada junto a ella, con
una antorcha, a una anciana de pelo blanco que le estaba arrancando los cabellos a la muerta.
El ladrón no podía creer lo que veía. Se horrorizó al pensar que podía tratarse de un demonio,
pero también podía ser tan solo un cadáver poseído por algún espíritu. Para asegurarse, optó
por sorprender a la anciana y obligarla a revelar así su verdadera apariencia. Abrió de golpe la
puerta y desenvainó la katana: «¡Eh, tú!», gritó acercándose a ella. La anciana, asustada, se
puso a temblar al tiempo que juntaba las manos para rezar. «¡Vieja! ¿Qué haces?», la
interrogó el ladrón. «Este es el cuerpo de mi señora, que como no tenía a nadie que se hiciera
cargo de ella al morir, fue abandonado aquí arriba. Su cabello era más largo que su estatura,
así que pensé en arrancárselo para hacer una peluca. ¿Me ayudáis?». Tras escuchar sus
palabras, el ladrón despojó de sus ropas tanto al cadáver como a la anciana, se apropió de los
cabellos ya arrancados y se escapó corriendo. Aparte de aquella muerta, el piso superior
estaba lleno de esqueletos, ya que los cadáveres que no podían ser enterrados eran
abandonados en lo alto de aquel pórtico. Así contó el ladrón esta historia, que luego se
transmitió entre la gente de boca en boca.

Apostilla sobre «Los ladrones»

En un intento por alargar la saga y continuar desarrollando el mundo descrito en su


relato «Rashomon», que a diferencia del original sucede durante la noche, Akutagawa
redactó «Los ladrones» (Chūtō, 1917), una especie de melodrama con aspiraciones a
novela larga del que renegó toda la vida. La historia, inspirada en obras como Judith
(1840) de Friedrich Hebbel o Carmen (1845) de Mérimée, transcurre desde la
mañana de un día húmedo y sofocante hasta la noche, la hora en que salen a cumplir
su cometido los ladrones. Se trata de una especie de complemento romántico a
«Rashomon» en el que las sombras nocturnas del pórtico se disipan para descubrir a

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pleno sol la brutalidad de los personajes que permanecen atrapados en el mundo de
los instintos, de las bestias. El resultado es, posiblemente, demasiado explícito.
Akutagawa intentó reescribirlo una y otra vez, pero al final, desesperado, desistió. En
una carta a su amigo Matsuo Yuzuru tilda su propio estilo de bombástico,
grandilocuente, «una sarta de despropósitos», «un folletín barato» de «trama
inconsistente». Con todo, al incluir un cuento que algunos considerarán imperfecto,
he querido contribuir a las continuas traiciones de la literatura con mi propia traición
a este autor. Espero que el lector encuentre en este relato excesivo, como yo lo he
encontrado, cierto interés, ya sea en el manierismo y la crudeza de las descripciones,
en la exageración rimbombante, en la intensidad de los sentimientos, o en el ritmo
casi cinematográfico de la trama. Y si no, al menos, que le sirva para invocar su
propia imagen del «fantasma» de Akutagawa a través de un diálogo intenso con cada
uno de sus textos.

Colofón

El martes 18 de noviembre de 2014 quedé para tomar algo en un bar de Kioto con Yu,
pintora residente en Tokio. Nos habíamos conocido algunos meses antes en una de
sus exposiciones. Durante nuestra primera charla descubrimos en la literatura un tema
en común, por lo que para nuestro segundo encuentro Yu trajo expresamente desde
Tokio algunos libros antiguos que le hacía ilusión mostrarme. Uno de esos libros era
una antología de cuentos de Akutagawa: la primera edición de El abanico de Konan,
fechada en junio de 1927, un mes antes de la muerte del autor. Me lo ensenaba con
tanto entusiasmo y tan orgullosa de tenerlo en sus manos que por momentos me
pareció ver en su rostro el perfil ovalado del mismísimo Ryūnosuke, como si su
espíritu se hubiera reencarnado en ella o la hubiera poseído. Me dejó tocar el libro,
pero no me lo prestó, claro está.
A la mañana siguiente, al abrir el correo electrónico, tenía en la bandeja de
entrada un mensaje de Satori Ediciones. Me proponían traducir algunos cuentos de
Akutagawa Ryūnosuke para una nueva antología con motivo del centenario de la
publicación de Rashomon (1915). Me quedé sin palabras. No podía terminar de
creerlo. Era, sin duda, una oferta que no podía rechazar: una señal del destino.
Justamente la tarde anterior, Yu me había estado enseñando aquel libro. Un libro que
perteneció a su bisabuelo, el propio Akutagawa Ryūnosuke, de quien Yu no solo
conserva aquella edición, sino también el apellido.
Debo decir finalmente que este ha sido para mí un trabajo muy emotivo también
en otro sentido, puesto que lo llevé a cabo con treinta y cinco años, justo los años que
tenía Ryūnosuke cuando se suicidó… Afortunadamente, yo podré decir que sobreviví
a sus cuentos, ya que terminé de traducirlos el mismo mes que cumplía treinta y seis.
Con todo, solo Kannon-sama sabe lo que nos depara el destino.

Página 11
Iván Díaz Sancho
Kioto-Tarragona, agosto de 2015

Página 12
NOTA AL TEXTO

Los textos que presenta esta edición están directamente traducidos del japonés.
«Rashomon» (1914) Rashōmon [] ; «La nariz» (1916) Hana [] ; «Gachas de
ñame» (1916) Imogayu [] ; «El destino» (1917) Un [] ; «Los ladrones» (1917)
Chūtō [] ; «Una vida consagrada a la literatura ligera» (1917) Gesaku Zanmai [
] ; «El biombo del infierno» (1918) Jigokuhen [] ; «Extracto de la tierra yerma»
(1918) Karenoshō [] ; «El bonzo Shunkan» (1922) Shunkan [] ; «En la
espesura del bosque» (1922) Yabu no naka [] .
Los relatos El destino, El bonzo Shunkan, Una vida consagrada a la literatura
ligera, Los ladrones y Extracto de la tierra yerma permanecían inéditos hasta ahora
en español. Para este ultimo estoy en deuda con la versión francesa Lande morte,
incluida en la edición de Edwige de Chavannes (La vie d’un idiot et autres nouvelles,
Gallimard, 1987). Para otros cuentos ya editados en español he cotejado las versiones
de Kazuya Sakai (Rashomon, L. Negri, 1954) y Jesús Carlos Álvarez Crespo (Belleza
de lo brutal, Días Contados, 2011), así como la versión francesa de Arimasa Mori
(Rashômon et autres contes, Gallimard/Unesco, 1965).
La transcripción de los términos japoneses sigue el sistema Hepburn, el más
empleado en la literatura orientalista, y según el cual las consonantes se pronuncian
como en inglés y las vocales casi igual que en español. Se han eliminado los signos
diacríticos sobre las vocales largas de las palabras y homónimos japoneses cuando tal
simplificación ortográfica no afecta el significado. Se ha respetado la onomástica
japonesa para el nombre de los personajes que antepone el apellido al nombre propio.
Agradezco a Juan Pablo Villalobos su lectura y comentarios de Los ladrones. A
Ayako Noguchi su inestimable ayuda a la hora de resolver algunas dudas en los
originales japoneses, y a José Alberto Alonso su supervisión (literal y figuradamente)
de algunos de estos textos, facilitando con ello que el español de un exiliado catalán
suene de tanto en tanto a buen castellano. También a Emi Awano por su apoyo
constante, y a Alfonso y Marián por su trabajo y su confianza.

Página 13
RASHOMON[4]

Página 14
Estaba anocheciendo. El sirviente de un samurái esperaba a que escampara la lluvia
en el pórtico de Rasho. Bajo el amplio portal no había nadie más. Solo un pequeño
grillo posado sobre una inmensa columna de laca bermellón, desconchada aquí y allá.
Al estar situado Rashomon en la gran avenida de Suzaku, lo normal hubiera sido
divisar al menos dos o tres personas; el sombrero de paja de alguna dama o el bonete
de algún noble guareciéndose de la lluvia. Pero aparte de aquel hombre no había
nadie más.
Algo lógico si se tiene en cuenta que desde hacía dos o tres años se sucedían en
Kioto los terremotos y los tifones, los incendios y la hambruna, calamidades que
habían dejado la capital en un estado completamente desolador. Según las crónicas
antiguas, a ambos lados de la calle se acumulaban los pedazos de madera laqueada y
decorada con pan de oro y plata, provenientes de las estatuas de Buda y otros enseres
de culto; objetos que la gente había destrozado para vender como leña. Hasta tales
extremos se había deteriorado la capital que Rashomon quedó descuidado, sin que
nadie se preocupara de su mantenimiento. Se convirtió así en la madriguera ideal para
alimañas y comadrejas; ideal también para los ladrones. Hasta que finalmente se
instauró la costumbre de abandonar allí los cadáveres que nadie reclamaba. Al
anochecer, el aspecto del pórtico era tan lúgubre que nadie osaba pisar siquiera los
alrededores.
Tomaban entonces el relevo bandadas ingentes de cuervos llegados de quién sabe
dónde. Durante el día, podían verse revoloteando en círculos sobre el punto más alto
del tejado, mientras aunaban sus graznidos. Sobre el cielo del pórtico, a la luz del
crepúsculo, se distinguían como granos de sésamo desparramados en la siembra. Los
cuervos, por supuesto, venían para picotear la carroña de los muertos que habían sido
abandonados en el piso de arriba.
No obstante, aquel día, quizás por estar ya avanzada la noche, no había ningún
cuervo a la vista, aunque sí podían verse por doquier las manchas blancuzcas de sus
excrementos, adheridos a una escalinata de piedra a punto de desmoronarse y entre
cuyas grietas crecían altos los hierbajos.
El sirviente, asentando las posaderas desgastadas de su ropaje azul oscuro sobre el
último de los siete peldaños que formaban la escalinata, estaba entretenido con un
grano de pus que le había salido en la mejilla derecha y contemplaba la lluvia
distraídamente.
Hace un momento he escrito que «el sirviente esperaba a que escampara la
lluvia». Pero por mucho que dejara de llover, el sirviente no tenía ni idea de lo que
iba a hacer. En circunstancias normales, como es obvio, habría regresado a la casa de
su señor. Pero su amo lo había despedido apenas cuatro o cinco días antes. Tal y
como venía señalando, Kioto era por aquellos días una ciudad en extremo decadente.
Que después de tantos años de servicio aquel sirviente hubiera sido despedido, no era
más que una consecuencia de ese declive. Así que en vez de «el sirviente esperaba a
que escampara la lluvia», habría sido más adecuado escribir que «el sirviente, a la

Página 15
espera de que escampase, no sabía adónde ir ni qué hacer». El mal tiempo, por su
parte, también contribuía al sentimentalismo[5] de este lacayo de la época Heian[6]. La
lluvia, que había empezado a caer pasadas las cuatro de la tarde, no daba señales de
aflojar. Así que de momento, mientras escuchaba el chapoteo incesante del agua
sobre la avenida Suzaku, el sirviente no podía dejar de pensar en cómo se las
arreglaría a partir del día siguiente; esto es, su mente se perdía en elucubraciones por
tratar de encontrarle remedio a una situación que era ya irremediable.
El sonido de la lluvia, acercándose desde la lejanía, envolvía Rashomon y
retumbaba en el portal. La oscuridad se iba apropiando progresivamente del cielo. Y
el tejado, con sus salientes oblicuos, parecía sostener un cúmulo de nubes pesadas y
sombrías.
Para ponerle remedio a lo irremediable, no le quedaban al sirviente demasiadas
opciones. Si se entretenía planteándose el modo de salir de aquel atolladero,
terminaría muriéndose de hambre bajo una pared de adobe o sobre el fango de la
calle. Después alguien abandonaría su cadáver en lo alto del pórtico como si fuera un
perro… A menos que decidiese… Tras darle vueltas y más vueltas a sus
pensamientos había acabado por llegar a este punto. Sin embargo, este «a menos
que», siempre se quedaba al final en eso, en un «a menos que». Al mismo tiempo que
persistía en el hecho de no decidirse, no tenía el valor de afirmar claramente lo que
obviamente venía después, esto es, que no saldría de aquella situación «a menos que
se convirtiese en un ladrón».
El sirviente soltó con estruendo un estornudo y al punto se levantó con lasitud. El
frío incipiente de las noches de Kioto reclamaba a voces un brasero. El aire frío, de la
mano de las tinieblas, penetraba a sus anchas entre columna y columna en el interior
del pórtico. Sobre la laca bermellón no había ya rastro del grillo.
El sirviente encogió los hombros y se ajustó el cuello de su quimono azul oscuro
para cubrirse la prenda interior de color amarillo. Luego echó un vistazo en el interior
del pórtico buscando algún hueco donde poder pasar la noche de la forma más
cómoda posible, lejos de miradas ajenas y a resguardo de las inclemencias del viento
y de la lluvia. Entonces vislumbró una escalera de grandes dimensiones, también
lacada en bermellón, que conducía al piso superior del pórtico. De haber alguien allá
arriba, no sería otra cosa que un cadáver. Agarró por el puño de madera la espada[7]
que llevaba al cinto, cuidando de no sacarla de la vaina, y dirigió sus sandalias de
paja hasta el pie de la escalera.
Pocos momentos después, en mitad de los peldaños que conducían a la parte
superior de Rashomon, un hombre jadeante, con el cuerpo encogido como un gato,
atisbaba hacia lo alto de la escalera. Desde el piso superior le llegaba el resplandor de
una fogata que iluminaba tenuemente su mejilla derecha. Entre su barba rala asomaba
un grano purulento. El sirviente había supuesto que allá arriba no habría más que
cadáveres. Pero tras subir dos o tres peldaños se percató de la presencia de alguien
que iluminaba la sala con una antorcha. Lo más inquietante era que la luz se movía de

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un lado para otro, algo que dedujo por el hecho de que aquella luz amarillenta y
turbia se proyectaba sobre el techo haciendo temblar las telarañas de las esquinas. En
una noche tormentosa como aquella, resultaba sospechoso que alguien estuviese
iluminando el piso superior de Rashomon. El sirviente, deslizándose a hurtadillas
como una salamanquesa, alcanzó al fin el escalón superior. Una vez allí, medroso, se
estiró en el suelo y alargó el cuello todo lo posible para espiar el interior de la sala sin
ser visto. Lo primero que vio, tal y como apuntaban los rumores, fueron algunos
cadáveres esparcidos descuidadamente por el interior de la sala, si bien no pudo
apreciar exactamente cuántos, debido a que la luz alcanzaba un espacio más reducido
de lo que en un principio había creído. Lo que sí podía distinguir, aunque vagamente,
era que entre los cadáveres había algunos que conservaban la ropa, mientras que otros
estaban desnudos; hombres y mujeres, indistintamente. Esparcidos por el suelo como
muñecos de arcilla, unos con los brazos extendidos y otros con la boca abierta, se
hacía difícil imaginar que todos aquellos cadáveres fueron alguna vez personas vivas.
La luz del fuego iluminaba vagamente las partes más prominentes de los cadáveres,
como los hombros y el pecho, mientras hundía el resto en las sombras. Enmudecidos,
callaban para la eternidad.
Al sentir el olor putrefacto que desprendían los cadáveres, el sirviente se llevó la
mano a la nariz, aunque no tardó en destapársela. Una impresión aún más fuerte le
arrebató de golpe el sentido del olfato. Sus ojos distinguieron una figura de corta
estatura acurrucada entre la pila de cadáveres. Era una anciana canosa, esquelética y
bajita con aspecto de simio. Vestía un quimono de color canela. En la mano derecha
sostenía una tea de pino que le servía de antorcha y permanecía agachada
inspeccionando la cara de uno de los cuerpos, que a juzgar por la larga cabellera,
debía de ser el de una mujer.
El sirviente, movido más por el horror que por la curiosidad, se olvidó por un
instante de respirar. Sintió que «se le erizaban los cabellos», como dirían los cronistas
antiguos[8]. En eso que la anciana encajó la tea de pino entre dos tablones del suelo y
agarró con ambas manos la cabeza del cadáver que había estado observando.
Entonces, igual que una mona que le saca los piojos a su hijo, empezó a arrancar uno
a uno los largos cabellos de la muerta, que cedían con facilidad.
A medida que los cabellos iban siendo arrancados, el sirviente sintió como el
horror se iba esfumando de su corazón y, en su lugar, aparecía un odio progresivo
hacia la vieja… Aunque no sería en realidad apropiado decir que aquel odio lo sentía
hacia la anciana, ya que más bien fue creciendo en él, por momentos, la aversión
hacia todo tipo de maldad.
En ese punto, si alguien le hubiera planteado al sirviente aquel mismo dilema que
le tuvo ocupada la mente cuando estaba en la parte de abajo, esto es, si prefería
morirse de hambre, o bien convertirse en ladrón, lo más probable es que hubiera
aceptado la muerte con resignación. Hasta tal punto ardía su corazón lleno de odio,
tan vivamente como la antorcha que la anciana había dejado clavada en el suelo.

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El sirviente no lograba entender por qué la anciana estaba arrancándole los pelos
a una muerta. En consecuencia, no sabía si juzgar esa conducta como algo bueno o
como algo malo. Sin embargo, para el sirviente, en una noche lluviosa como aquella,
el acto de arrancarle los pelos a un cadáver que había sido abandonado en la parte
superior de Rashomon, se presentaba de entrada como una fechoría imperdonable.
Naturalmente, se había olvidado ya de que hacía apenas un rato él mismo había
decidido convertirse en un ladrón.
El sirviente, tomando impulso con ambas piernas, se abalanzó hacia lo alto de la
escalera. Aferrando el puño de madera de su espada, se plantó con unas pocas
zancadas frente a la anciana. No es preciso señalar que esta se llevó un susto de
muerte. Al verlo venir, pegó un salto como si saliera catapultada.
—¡Adónde te crees que vas! —Arremetió el sirviente mientras le cerraba el paso
a la vieja, que trataba de huir a la desesperada tropezando con los cadáveres. Ella no
se dio por vencida e intentó echar a un lado al sirviente, pero este la devolvió a su
sitio de un empujón. Sin mediar palabra, forcejearon un instante entre los cadáveres.
Sin embargo, el resultado de la disputa estaba claro desde un principio. El sirviente
agarró a la anciana por el brazo, puro hueso y pellejo como una pata de gallina, se lo
retorció y la tiró al suelo.
—¿Qué estabas haciendo? ¡Habla! Si no confiesas, mira lo que te espera. —El
sirviente soltó de pronto el brazo de la mujer, desenvainó la espada y amenazó a la
anciana colocando el filo de acero blanco frente a sus ojos asustados. Aun así, la
anciana permaneció en silencio. Respirando entrecortadamente y con las manos
temblorosas, clavaba sus ojos desorbitados en el filo de la espada y persistía en su
mudez. Al observarla, el sirviente fue consciente por primera vez de que la vida de
aquella vieja estaba en sus manos. Esa misma toma de conciencia terminó enfriando
las llamas escarpadas de odio que ardían en su corazón, donde ya solo quedaron la
satisfacción y la jactancia sosegada que se obtienen tras la consecución de un trabajo
bien hecho. Observó a la anciana en pie y se dirigió a ella suavizando la voz:
—No soy ningún oficial del Gobierno ni nada parecido. Solo estaba de paso por
el pórtico. Así que no voy a arrestarte ni a llevarte presa. Me vale con que me digas
qué diablos estabas haciendo en lo alto de este pórtico.
La anciana abrió aún más si cabe los ojos para escudriñar al detalle las facciones
del sirviente. Lo observó con los ojos incisivos de un ave de presa de párpados rojos.
Entonces, como si mascara alguna cosa, movió los labios, que debido a las arrugas de
la cara apenas se distinguían de la nariz. En su garganta estrecha se percibió el
movimiento de una nuez respingona. A oídos del sirviente llegó una voz como el
graznido del cuervo.
—Con los pelos que arranco… con estos pelos… pensaba hacer una peluca.
El sirviente quedó decepcionado por aquella respuesta tan convencional. Y junto
a la decepción, reapareció el odio en su corazón, esta vez acompañado de indiferencia
y desdén. La anciana también debió de percibir aquel cambio de actitud en el lacayo.

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Con el puñado de cabellos que le había arrancado a la muerta todavía en la mano,
masculló entre dientes como el eructo de un sapo:
—Quizás arrancarles los pelos a los muertos esté mal. Pero los que están aquí no
se merecen otra cosa. Esa mujer a la que le estaba sacando el cabello, por ejemplo,
cortó una víbora a trocitos, secó la carne y se fue a venderla a los barracones de los
guardias de palacio como si fuera pescado seco. Si una epidemia no hubiera acabado
con su vida, seguiría ahora dando gato por liebre, porque los guardias encontraban tan
delicioso aquel pescado que formaba ya parte indispensable de su dieta. No creo que
la mujer haya hecho nada malo. Si no lo hubiera hecho para subsistir, no habría
tenido más remedio que morir de hambre. Por eso mismo no creo que lo que yo hago
sea nada malo. Está claro que si no lo hiciera, me moriría de hambre. Esa mujer sabía
de lo que hablo, así que estoy segura de que me perdonaría.
Así se expresó, más o menos, la anciana. El sirviente había enfundado la espada y
apoyaba su mano izquierda en la empuñadura mientras escuchaba impasible. La
mano derecha la tenía ocupada, cómo no, con el enorme grano de pus que enrojecía
su mejilla. Al oír aquella explicación brotó en su corazón cierta valentía; el coraje que
antes, bajo el techo de Rashomon, le había faltado. Un valor que además tomaba la
dirección opuesta de aquel que había mostrado en el piso superior cuando se abalanzó
sobre la anciana. El sirviente ya no dudaba entre perecer de inanición o convertirse en
un ratero. De hecho, hasta tal punto se sentía liberado del dilema que ni siquiera
podía imaginar la opción de pasar hambre.
—¿Eso crees? —replicó el sirviente con tono burlesco cuando la anciana terminó
de hablar. Luego avanzó unos pasos y con la misma mano con la que se había estado
toqueteando el grano purulento agarró a la anciana por el cuello del quimono y le dijo
con agresividad—: Entonces no te importará que me quede con tus ropas. Entiende
que si no hago esto, seré yo quien morirá de hambre.
El sirviente despojó a la anciana de sus ropas con gran agilidad. La anciana trató
entonces de detenerlo aferrándose a sus piernas, pero él se la quitó de encima de un
puntapié, haciéndola caer de mala manera entre los cadáveres. Hasta la escalera,
apenas cinco pasos. En un abrir y cerrar de ojos, el sirviente, con el quimono color
canela bajo el brazo, descendió por la escalera hacia las profundidades de la noche.
La anciana, desnuda y tendida como una muerta más entre los cadáveres, tardó
unos instantes en reincorporarse. Se alzó entre murmullos y gemidos, y se arrastró
hasta la boca de la escalera guiándose por la luz de la antorcha, que seguía ardiendo.
Desde allí, con cuatro pelos cortos y canosos cayéndole sobre el rostro, espió el piso
inferior del pórtico. Afuera no se apreciaba más que una noche oscura y profunda.
Del paradero del sirviente, ya no se supo más.

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LA NARIZ

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No había nadie en Ike-no-o que no conociera la nariz del monje Zenchi Naigu. Medía
entre cinco o seis sun[9] y le pendía desde el labio superior sobrepasando la barbilla.
Era igual de gruesa en la base que en la punta, como si en mitad de la cara le colgara
una especie de salchicha.
Naigu pasaba de los cincuenta y desde sus tiempos de novicio hasta ahora, en que
ocupaba un puesto de confianza entre los monjes con acceso a palacio, su nariz no
había debido de amargarle la vida. Obviamente, fingía en su rostro indiferencia, no
porque pensara que preocuparse de algo tan insignificante como su nariz era
impropio de un monje devoto que aspiraba a renacer en la Tierra Pura[10], sino más
bien porque le incomodaba que la gente se percatase de que andaba preocupado por
su aspecto. Lo que Naigu más temía en este mundo era que en mitad de una charla
apareciese la palabra nariz.
Había dos razones por las que su nariz le traía de cabeza. A efectos prácticos su
tamaño resultaba inconveniente, hasta el punto de que no podía comer por sí solo. Si
lo intentaba, la nariz se le metía hasta el fondo del cuenco, así que hacía sentar a uno
de sus discípulos al otro lado de la bandeja para que le levantara el narizón con una
tablilla de un sun de ancho por dos shaku de largo[11]. Pero comer en tales
condiciones no era para nada una tarea fácil, ni para Naigu ni para el novicio que le
sostenía el apéndice. En cierta ocasión, un mozo que sustituía al discípulo estornudó,
perdió el pulso y la nariz se precipitó dentro de las gachas de arroz. La noticia se
propagó rápidamente hasta Kioto. Con todo, no eran tales inconvenientes los que
mortificaban a Naigu. La verdadera razón de su amargura era que su nariz le hería el
orgullo.
En Ike-no-o la gente pensaba que Naigu tenía suerte de ser un bonzo, porque con
aquella napia hubiera sido imposible encontrar esposa. Las malas lenguas incluso
decían que esa fue precisamente la causa de su ordenación como religioso. Sin
embargo, Naigu no creía, ni mucho menos, que por haberse hecho monje
disminuyeran sus penas. Su autoestima, de por sí frágil, no podía verse afectada por
un hecho tan trivial como el de conseguir o no conseguir esposa. De ahí que buscara
el modo, por activa y por pasiva, de restañar las heridas infligidas a su amor propio.
Lo primero que ideó fue un método para simular que su nariz era más corta.
Asegurándose de que nadie lo veía, sacaba un espejo de mano y se miraba
desesperadamente buscando el ángulo adecuado. Al no hallar una posición
satisfactoria, ensayó una y otra vez, con mucha paciencia, nuevas poses: apoyaba la
mejilla en la palma de la mano o se sostenía el mentón con la punta de los dedos. Sin
embargo, no había manera de que su nariz aparentara ser más corta. Por el contrario,
cuanto más empeño le ponía, más larga le parecía. Al final, suspirando, terminaba por
guardar el espejo y regresaba de mala gana a su escritorio para seguir recitando el
Sutra de Kannon[12].
Después probó a fijarse en las narices de los demás. En el templo de Ike-no-o a
menudo se celebraban asambleas abiertas para la lectura e interpretación de los

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sutras. El ajetreo de los bonzos en el interior del templo era ininterrumpido.
Preparaban el alojamiento y calentaban el agua de los baños para los asistentes con
un constante ir y venir, tanto de clérigos como de legos, que resultaba variopinto.
Naigu escudriñaba con detenimiento el rostro de todos y cada uno de ellos, con la
esperanza de encontrar cuando menos una persona que tuviera la misma napia y
aliviar así su pesar. Sus ojos no hacían distingos entre un suikan azul oscuro y una
katabira blanca[13]. Tampoco diferenciaban los tocados anaranjados de los hábitos
negros, de tan acostumbrado que estaba a ellos[14]. No miraba a la gente, sino a sus
narices. Y si bien las había aguileñas, no dio con ninguna que se pareciera a la suya,
cosa que le fue provocando un malestar creciente. Así, cuando se ponía a hablar con
alguien, fijaba la mirada en el extremo de su propia narizota y se sonrojaba como si
fuera un muchacho acomplejado.
Como último recurso para superar su angustia, revisó las escrituras sagradas y
otros textos clásicos en busca de algún personaje que poseyera una nariz como la
suya. Pero en ningún salmo se decía que las narices de Mokuren y Sharihotsu fueran
largas[15]. Por supuesto, el tamaño de la nariz de los iluminados Ryuju y Memyo
tampoco difería del común de los mortales[16]. Y cuando Naigu escuchó una historia
china en la que se comentaba que el emperador Liu Bei de la dinastía Shu Han tenía
unas orejas enormes, cuánto le habría consolado que en vez de las orejas se hubiese
tratado de la nariz[17].
No hace falta señalar que al fracasar lamentablemente en todos y cada uno de
estos intentos, Naigu pasó a la acción con métodos más drásticos para conseguir que
su napia se acortara. También en este sentido hizo todo lo que pudo, desde ingerir un
brebaje preparado con calabaza de cuervo[18] hasta embadurnarse la nariz con orines
de rata. Sin embargo, hiciera lo que hiciera, los cinco o seis sun de narizota le seguían
colgando más allá de los labios.
Hasta que un otoño, uno de los discípulos que había mandado a hacer unos
recados a Kioto regresó diciendo que un médico conocido suyo le había enseñado el
remedio definitivo para acortar narices. El médico en cuestión era un monje
proveniente de la China que se encargaba de los oficios de difuntos en el templo
Choraku-ji.
Naigu, como de costumbre, hizo ver que no estaba realmente preocupado por su
nariz, así que se mostró indiferente, aparentando no tener ninguna prisa por poner en
práctica aquel método. Por otra parte, a la hora de las comidas, dejaba caer como
quien no quiere la cosa que sentía muchísimo que sus discípulos tuvieran que
soportar el engorro de sostenerle la nariz mientras comía. Obviamente, en el fondo
esperaba que el discípulo le insistiera para probar el método. El discípulo advirtió la
maniobra de Naigu, que, en vez de provocarle aversión, estimuló aún más la
compasión hacia su maestro. Así, el discípulo cedió a las expectativas de Naigu y
recurrió a todos los argumentos posibles para persuadirle de que debía ensayar aquel

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remedio. De ese modo, cumpliéndose sus expectativas, Naigu accedió a las
recomendaciones entusiastas de su discípulo.
El método consistía en algo tan simple como meter la nariz en agua hirviendo y
luego dejar que alguien se la pisoteara. En el templo se hervía el agua de los baños
todos los días sin falta. El agua estaba tan caliente que no podía ni meterse el dedo. El
discípulo llenó un cazo con el agua del baño y se lo llevó corriendo a Naigu. Como
había peligro de quemarse la cara con el vapor, usaron una tablilla de tapa, a la que le
abrieron un agujero por el que poder meter solamente la nariz. Naigu no sintió el
calor. Cuando pasó un rato el discípulo dijo:
—Ya debe de estar bien hervida.
Naigu forzó una sonrisa y pensó que quienes los oyeran nunca imaginarían que
estaban hablando de su nariz. El agua caliente la había dejado cocida y le picaba
como si se la estuvieran comiendo las pulgas. En cuanto la sacó del agujero, todavía
humeante, el discípulo empezó a espachurrarla fuertemente con ambos pies. Naigu
estaba tumbado en el suelo con la nariz sobre una tabla viendo como el discípulo
bailoteaba frente a él. El discípulo ponía de vez en cuando cara de pena, observaba
desde arriba la calva de su maestro y le decía:
—¿Seguro que no os duele? El médico me dijo que tenía que pisarla con mucha
fuerza, pero ¿seguro que no os duele?
Naigu intentó menear la cabeza para decir que no, pero como le estaban pisando
las narices, no pudo apenas moverse. Así que levantó la mirada hacia el discípulo,
observó las plantas agrietadas de sus pies y profirió con cierto enojo:
—¡Que no, que no me duele!
En realidad, los pisotones le aliviaban el picor que sentía. Pero pronto le
empezaron a salir unos granitos como el mijo, amarillentos. La nariz adquirió la
forma de un pollo desplumado listo para asar. Al verlo, el discípulo detuvo su tarea e
hizo un comentario como si hablara para sí mismo:
—El médico me dijo que sacara las espinillas con unas pinzas.
Naigu hinchó las mejillas en un gesto de disconformidad, pero no dijo nada y dejó
que el discípulo siguiera con lo suyo. Aunque estaba convencido de la amabilidad del
novicio, le disgustaba que manipulara su nariz como si se tratase de un objeto
cualquiera. Mientras observaba de mala gana como el discípulo le iba sacando por los
poros la grasa de la nariz, su rostro adquirió la expresión de desconfianza que
muestran los enfermos hacia el tratamiento de los médicos. La grasa sobresalía casi
un dedo de los poros como los cálamos de las plumas. Al término de la operación, el
discípulo suspiró aliviado y propuso empezar de nuevo.
—Ahora deberíamos volverla a hervir.
Naigu, frunciendo el ceño en una clara señal de protesta, se dejó hacer y
repitieron el proceso. Pero esta vez, al sacar la nariz del agua hirviendo, comprobaron
que la nariz se había encogido considerablemente. Apenas se diferenciaba ya de
cualquier otra narizota aguileña. El discípulo sacó un espejo y Naigu, acariciándose la

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nariz con cierta incredulidad, contempló su reflejo tímidamente. Aquella nariz que
antes le colgara más abajo del mentón, se había encogido de forma milagrosa y
apenas le quedaba ahora a la altura del labio superior. Aquí y allá, todavía eran
perceptibles las manchas rojas de los pisotones, pero sin duda ya nadie se reiría de él.
En el interior del espejo Naigu observó con satisfacción a su homónimo del exterior y
pestañeó varias veces.
Sin embargo, durante el resto del día, Naigu experimentó la incertidumbre de no
saber si su nariz volvería a alargarse o no. A la hora de recitar los sutras, a la hora de
la comida, incluso en los ratos de ocio, no hubo un momento en el que no se llevara
la mano a la nariz para cerciorarse. Pero la nariz se comportaba adecuadamente y
nada parecía indicar que fuera a pender de nuevo más abajo del labio superior. En ese
estado se fue a dormir y cuando al día siguiente despertó, lo primero que hizo fue
palparse la cara para comprobar que todo seguía en su sitio. Su nariz era
efectivamente más corta que antes. Sintió por ello un alivio solo comparable a aquella
vez en que terminó de copiar el Sutra del Loto letra por letra y de principio a fin.
Con todo, al cabo de dos o tres días, Naigu descubrió algo inesperado. Hablando
con un samurái que solía venir de visita al templo de Ike-no-o, se dio cuenta de que
no dejaba de mirarle la nariz, más jocoso que antes si cabe, por lo que no había
manera de centrarse en la conversación. Pero no quedaba ahí la cosa. En los aledaños
del pabellón principal, Naigu se topó con aquel mozo que una vez dejó caer su
narizota en las gachas. El muchacho, al verlo, agachó en un primer momento la
cabeza y trató de contener la risa, pero no pudo aguantarse mucho rato y estalló
finalmente en una carcajada. Por otra parte, cuando se dirigía directamente a los
monjes de rango inferior para hacerles algún encargo, estos escuchaban
cuidadosamente, pero en cuanto les daba la espalda, se echaban todos a reír. Y así en
más de dos y tres ocasiones.
Al principio, Naigu interpretó que aquello era consecuencia de los cambios en su
fisonomía. Pero esa interpretación no terminaba de explicarlo todo. Si bien estaba
claro que el origen de las risas, tanto del mozo como de los monjes, residía en su
nariz, aquellas risas eran diferentes a las de antes, cuando su nariz era más larga.
Hasta cierto punto, era natural que una nariz pequeña a la que no estaban
acostumbrados fuera para ellos más cómica que una nariz enorme con la que se
cruzaban casi a diario. Pero los motivos debían de ir más allá.
«Nunca antes se habían reído tan descaradamente», murmuraba Naigu de vez en
cuando para sí, deteniendo su lectura de los sutras e inclinando la calva hacia un lado.
El estimable Naigu se quedaba entonces absorto contemplando la pintura del
bodhisattva Fugen, que colgaba junto a él, y rememoraba los tiempos en los que su
nariz era larga[19], cuatro o cinco días atrás, con la melancolía de «aquellos que
habiéndolo perdido todo reviven sus glorias pasadas». Muy a su pesar, Naigu carecía
de la lucidez suficiente para resolver este problema.

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En el corazón de los seres humanos conviven dos sentimientos enfrentados. Por
un lado, como es obvio, no hay nadie que no sienta compasión ante la desdicha ajena.
Sin embargo, en cuanto el otro es capaz de superar de una forma u otra tal desdicha,
nos sentimos en cierto modo insatisfechos. Exagerando un poco, podríamos decir que
incluso deseamos que esa persona vuelva a caer de nuevo en la desgracia. Así, de
forma inconsciente, terminamos por desarrollar cierta antipatía por el desdichado. Si
Naigu se sentía molesto, aunque no supiera ver claramente las razones, era porque
precisamente percibía en la gente de Ike-no-o, fueran estos bonzos o laicos, aquella
actitud egoísta de quienes se vuelven espectadores de la desdicha ajena.
Desde entonces, de día en día, Naigu se fue volviendo cada vez más irritable e
irascible. Si abría la boca, no era más que para regañar a alguien de mala manera. Al
final, incluso el discípulo que le había practicado la cura empezó a quejarse de él a
sus espaldas: «Algún día Naigu será castigado por su falta de humanidad y por
alejarse de los preceptos budistas». Naigu se enrabietaba especialmente con el mozo
pilluelo que le dejó caer la nariz en las gachas. Un día, oyendo los ladridos
escandalosos de un perro, salió a ver qué pasaba. El mozo, con un trozo de madera de
poco más de medio metro, corría detrás de un can lanudo de pelo largo que estaba en
los huesos. Pero no solo lo perseguía, sino que además se iba burlando dando voces:
«¡Si te pillo, te voy a dar en la napia! ¡Corre o ya verás como te arreo en la napia!».
Naigu le arrebató el palo y le soltó un golpazo en la cara. Se trataba del mismo trozo
de madera con el que antes había sostenido su nariz. Naigu se arrepintió más que
nunca de habérsela reducido de tamaño.
Algunas noches más tarde, durante la puesta de sol, se levantó una ventisca. El
tintineo de las campanillas que colgaban en las cuatro esquinas y en cada tejado de la
pagoda era tan intenso que llegó hasta la almohada de Naigu. A ello se sumaba un
frío considerable, por lo que, por mucho que lo intentara, el viejo no podía conciliar
el sueño y se removía en su lecho. De repente, empezó a picarle la nariz. Al tocarse
con la mano, la notó algo húmeda y abotargada, e incluso afiebrada.
«Por querérmela acortar de mala manera, seguro que he enfermado», susurró
Naigu al tiempo que sostenía su nariz con ambas manos como si le hiciera una
ofrenda de flores e incienso a Buda.
A la mañana siguiente, despertó temprano como de costumbre, y descubrió una
alfombra dorada y luminosa que cubría el jardín del templo con las hojas de los
ginkgos y castaños de Indias caídas durante la noche. Quizás debido al efecto de la
escarcha acumulada sobre los tejados, el remate metálico de nueve anillos que
encumbraba la pagoda resplandecía con intensidad bajo una aurora débil todavía. De
pie en la galería con las contraventanas abiertas, Zenchi Naigu inspiró
profundamente.
Fue entonces cuando recuperó una sensación que parecía haber olvidado. Se llevó
la mano precipitadamente a la cara. Aquello que palpó ya no era la corta nariz de la
noche anterior. Era su nariz de siempre, con sus cinco o seis sun colgándole desde el

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labio superior hasta más abajo de la barbilla. Su nariz había vuelto a su estado natural
en una sola noche y Naigu se sintió tan aliviado como aquella vez en la que
comprobó su merma después de tratarla con el agua hirviendo.
«De ahora en adelante seguro que ya nadie se reirá de mí», murmuró Naigu entre
dientes mientras dejaba que la brisa de una mañana otoñal meciera a sus anchas su
larga nariz.

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GACHAS DE ÑAME

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Sucedió a finales de la Era Gangyo o quizás a principios de la Era Ninna. De todos
modos, el tiempo no juega un papel importante en esta historia. Basta con que el
lector sepa que tuvo lugar en el contexto del período Heian, en un pasado remoto. En
aquel entonces, entre los samuráis al servicio del regente Fujiwara no Mototsune[20],
había un tal fulano de quinto rango, un título que le permitía asistir a audiencias
imperiales.
En realidad me hubiera gustado revelar adecuadamente el nombre y el apellido
del tal fulano, pero por desgracia no ha quedado constancia de ello en las crónicas
antiguas. Posiblemente no se tratara más que de un tipo mediocre del que no valía la
pena dejar noticia alguna. Y no parece que los autores de las crónicas antiguas
tuvieran demasiado interés por personas e historias ordinarias. A ese respecto,
diferenciaban bastante de los autores de la escuela naturalista del Japón actual. Los
cronistas de la corte imperial, en contra de lo que podría pensarse, no estaban tan
ociosos. La cuestión es que, entre los samuráis al servicio del regente Fujiwara no
Mototsune, había un tal fulano de quinto rango. Él es el protagonista de esta historia.
Su aspecto era poco atractivo. Para empezar, era bajito. Tenía la nariz roja y los
párpados caídos. Por bigote, una pelusilla. Las mejillas chupadas y un mentón
prominente. Los labios… Había tantos rasgos fuera de lo común en el pobre aspecto
de nuestro quinto rango, que si tuviéramos que enumerarlos todos, no terminaríamos
nunca.
Nadie sabe cómo ni cuándo entró aquel hombre al servicio de Mototsune. Lo
único cierto es que repetía hasta la saciedad su cometido, día tras día, siempre con el
mismo suikan descolorido y el mismo bonete deslucido y raído. Por eso, al verlo
ahora, nadie podía hacerse a la idea de que alguna vez hubiera sido joven —don
Quinto Rango pasaba ya los cuarenta—. De hecho, daba la sensación de que aquella
nariz roja y el bigote de postín habían estado siempre allí, desde que era pequeño,
expuestos a las corrientes de aire de la avenida Suzaku[21]. Así lo creían todos en
palacio, aunque no lo pensaran, desde el regente Mototsune en las altas esferas hasta
los mozos boyeros en las castas inferiores.
Quizás fuera mejor no describir el trato que recibía de los demás un hombre de
aspecto tan desgraciado. Los samuráis de las casetas de guardia le prestaban menos
atención que a una mosca. La veintena aproximada de bajos funcionarios del
Gobierno, tanto los que gozaban de alguno de los diez rangos existentes en palacio
como los que no poseían ninguno, asistían a las entradas y salidas de Quinto Rango
con total indiferencia, hasta el extremo de lo enigmático. Por mucho que él les dijera
algo, nunca habían interrumpido una de sus charlas para escucharlo. Del mismo
modo que el aire no les era visible, la existencia de Quinto Rango no se interponía
entre sus ojos y el mundo. Y si así sucedía con los bajos funcionarios, no digamos ya
con los altos funcionarios como chambelanes, consejeros, jefes de la guardia y
demás, para quienes lo natural era ignorarlo rotundamente. La mayor parte del
tiempo, escondiendo tras la indiferencia de sus rostros una malicia involuntaria más

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propia de los niños, le encomendaban tareas a base de gestos, por no molestarse ni en
hablarle. Y no es casualidad que los seres humanos utilicen normalmente el lenguaje
hablado, porque los gestos no siempre trasmitían correctamente el mensaje. Ahora
bien, ellos estaban convencidos de que el problema se debía a la falta de
entendimiento de Quinto Rango. Cuando los altos funcionarios no veían sus asuntos
satisfechos, escudriñaban al pobre hombre de arriba abajo, hasta el último detalle,
desde la punta torcida de su bonete hasta las suelas gastadas de sus sandalias de paja.
Entonces soltaban una risilla desdeñosa e inmediatamente le daban la espalda. A
pesar de todo, Quinto Rango no se había enfadado nunca. Era una persona tan
pusilánime y cobarde que ni siquiera era capaz de percibir la injusticia en aquello que
era injusto.
Sus colegas samuráis no desperdiciaban ninguna ocasión para tomarle el pelo.
Los de mayor edad se servían de su aspecto desfavorecido como materia para
reinventar viejas bromas y los más jóvenes aprovechaban para aguzar el ingenio. En
presencia del propio Quinto Rango, no se cansaban nunca de convertir en objeto de
mofa su nariz, su bigotillo, su bonete y su suikan. Por si fuera poco, sacaban siempre
a colación el tema de su esposa, de quien se había separado cinco o seis años atrás
porque le ponía los cuernos con un monje borrachuzo. Tampoco se libraba Quinto
Rango de las bromas de mal gusto. No podemos enumerarlas aquí todas, pero para
hacerse una idea de la gravedad del asunto, pondremos como ejemplo que una vez se
bebieron el salce que traía en su cantimplora de bambú para sustituirlo por orines.
A pesar de todo, Quinto Rango se mostraba impasible ante las burlas. O al menos
eso parecía a simple vista. Le dijeran lo que le dijeran, el color de su rostro no se
alteraba. Permanecía callado, se relamía el bigotillo y seguía con lo que estuviera
haciendo. Tan solo cuando las travesuras se volvían demasiado insistentes —le
enganchaban recortes de papel en la coleta, le ataban las sandalias a la funda de la
katana…—, esbozaba una sonrisa ambigua de la que era difícil deducir si lloraba o
reía. Entonces comentaba: «Mira que sois malos». Los que veían aquella cara y
escuchaban sus palabras se sentían por un momento conmovidos. Burlándose de
Quinto Rango no solo se estaban burlando de él y de su nariz roja, sino que se
burlaban de otros tantos desconocidos que tomaban prestadas la cara y las palabras de
Quinto Rango para reprocharles su vileza. Esta idea se iba filtrando vagamente en la
mente de sus acosadores, pero eran muy pocos los que seguían pensando así al cabo
de un rato. Entre esos pocos se hallaba un samurái que no tenía rango. Era un joven
llegado de la provincia de Tanba a quien el bigote apenas le acababa de asomar por
debajo de la nariz. Al principio él hacía como los demás y se reía de Quinto Rango, el
de la nariz roja, sin motivo alguno. Hasta que un día escuchó las palabras «Mira que
sois malos» y no se las pudo quitar de la cabeza. Desde entonces, a ojos del joven,
Quinto Rango se transformó en una persona completamente distinta. Porque tras
aquel rostro desnutrido, lívido y alelado, acosado por la gente y al borde de las
lágrimas, asomaba la bondad de un ser humano. Cuanto más pensaba en Quinto

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Rango, más le parecía al samurái sin rango que el mundo era esencialmente un lugar
vil. Al mismo tiempo, aquella nariz escarchada y los cuatro pelos contados del bigote
le llegaban al corazón como una especie de alivio.
Sin embargo, esas sensaciones solo las tenía aquel joven. Exceptuándolo a él,
Quinto Rango se veía obligado a continuar con su perra vida, desdeñado por quienes
lo rodeaban. Ni siquiera tenía ropas que merecieran tal nombre. No poseía más que
un suikan verde ceniza y unos bombachos del mismo tono, tan descoloridos que no
podía saberse si en un principio habían sido de color azul índigo, o bien azul oscuro.
El suikan no se veía del todo mal: solamente un poco dado de sí por los hombros, con
el cordón que adornaba el cuello y las escarapelas en forma de crisantemos algo
desteñidas[22]. Los bombachos, en cambio, estaban excepcionalmente raídos en los
bajos, por donde asomaban sus piernas enjutas, puesto que debajo no vestía calzas.
Cualquiera que lo viera, y no solo los compañeros que lo injuriaban, tendría la
sensación de estar contemplando los míseros andares de un buey famélico tirando del
carruaje de un aristócrata venido a menos. Llevaba ceñida una katana inservible cuya
empuñadura estaba labrada en oro y nácar de dudosa calidad y cuya vaina negra
aparecía desconchada. De esa guisa caminaba por la calle el de la nariz roja,
arrastrando las sandalias a pasitos cortos y acelerados, con la chepa encogida más aún
si cabe por el aire frío del invierno y echando miradas de un lado a otro con avidez,
por lo que era objeto de burla incluso de los vendedores ambulantes que se cruzaban
con él. Así, no resulta extraño que le sucediera lo que sigue…
Un día, cuando se dirigía a los jardines de Shinsen-en desde la callejuela Sanjo-
bomon, se fijó en un grupo de cinco o seis niños que estaban muy entretenidos en un
rincón. Pensando que estarían jugando al trompo se acercó a mirar por detrás.
Entonces vio que en realidad estaban golpeando y aporreando a un perro peludo al
que llevaban atado por el pescuezo con una cuerda. Siendo Quinto Rango un
pusilánime, nunca había mostrado hasta ahora su simpatía por algo o por alguien,
aunque la sintiera, por temor a molestar a los demás. Pero esta vez, al tratarse de unos
chavales, se envalentonó. Forzando una sonrisa, le dio unos toquecitos en el hombro
al que parecía el mayor de todos ellos y le dijo: «Dejad en paz al pobre perro, ¿no
veis que le hacéis daño?». El niño, que estaba de cuclillas, se giró y levantó la mirada
para examinar de arriba abajo a Quinto Rango. Lo miró con desprecio, con la misma
mirada que le echaba siempre el jefe de la guardia cuando le pedía algo y no lograba
hacerse entender. «No te metas donde no te llaman», replicó el niño. Entonces, dando
un paso atrás y torciendo la boca en un gesto altanero, añadió: «¡Qué te has creído,
napia roja!». A Quinto Rango aquellas palabras le sentaron como un bofetón en plena
cara. Pero no porque la malicia del niño lo hubiera exasperado, ni mucho menos, sino
porque se sintió avergonzado de sí mismo al haber hecho una observación
completamente innecesaria. Disimuló su incomodidad esbozando una amarga sonrisa
y, sin decir nada, retomó el camino a Shinsen-en. A sus espaldas, los seis o siete
niños, todos a la vez, le hicieron muecas de burla y le sacaron la lengua. Obviamente,

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Quinto Rango no se dio cuenta. Y aunque sí se hubiera percatado, ¿qué habría
cambiado acaso para el pobre infeliz?
Ahora bien, si pensáis que el protagonista de esta historia había nacido
únicamente para ser despreciado y que era un hombre sin ninguna expectativa en la
vida, andaréis errados. Quinto Rango, desde hacía cinco o seis años, había
desarrollado un apego extraordinario por las gachas de ñame. Las gachas se
preparaban cociendo rodajas de ñame en un caldo dulce de yiaogulan[23]. En aquella
época las gachas se consideraban un manjar y se servían como exquisitez en la mesa
del emperador. Por eso, personas como nuestro Quinto Rango no podían degustar ese
plato más que una vez al año, cuando recibían la invitación del regente para el
banquete de Año Nuevo. Sin embargo, incluso en esa ocasión no podía tomar sino
una pequeña cantidad que era insuficiente para saciar su apetito. De ahí que su único
deseo en la vida desde hacía ya mucho tiempo fuera comer gachas hasta hartarse.
Naturalmente, eso no se lo había confesado a nadie. Aunque lo más probable es que
ni siquiera él fuera del todo consciente de su anhelo. Cosa que en realidad no impedía
que viviera exclusivamente para ello. En ocasiones, los seres humanos consagran su
vida a algún deseo que ni siquiera saben si se cumplirá o no. Y quienes se mofan de
tal locura, no son en definitiva más que meros espectadores ignorantes de la vida.
Sin embargo, el sueño de Quinto Rango de hartarse a gachas se cumplió con más
facilidad de lo esperado. Ese es el objetivo de este relato sobre las gachas de ñame:
describir los pormenores de tal suceso.

Durante las celebraciones de Año Nuevo el regente Fujiwara no Mototsune organizó


en palacio un banquete «extraordinario» para sus ministros y altos funcionarios. Cada
año, la recepción tenía lugar al mismo tiempo que el banquete de la familia imperial,
y si bien se tildaba de «extraordinario» porque se celebraba en una sala aparte, era un
banquete en toda regla. Quinto Rango asistió junto a otros samuráis para compartir
las sobras del banquete imperial. Por aquel entonces no se había establecido todavía
la costumbre de repartir las sobras de palacio entre los mendigos, así que se repartían
entre los samuráis en servicio que esperaban reunidos en una sala grande. En realidad
no había tanta diferencia entre un banquete y otro, puesto que por aquella época los
festines del emperador eran de por sí frugales. Con muchos platitos, eso sí, pero no
demasiado exquisitos. Había pasta de arroz cocida y también frita, orejas de mar al
vapor, carne de ave seca, pescaditos de Uji, carpines de Omi, tiras de besugo seco,
salmones con huevas, pulpo a la brasa, langosta, mandarinas, naranjas, caquis secos y
otras cosas por el estilo. Y entre todos esos platos, cómo no, las gachas de ñame.
Quinto Rango esperaba con ilusión aquel día del año. La pena era que siempre había
demasiados comensales, así que no podía saciarse a gusto. Ese año, precisamente, la
ración de gachas era más bien escasa. Aunque por eso mismo le parecieron más
deliciosas que de costumbre. Sorbió hasta la última gota del caldo y luego se quedó
mirando fijamente el cuenco vacío. Se pasó entonces la mano por su bigote ralo para

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limpiarse las gotitas que le habían quedado impregnadas y, sin dirigirse a nadie en
concreto, lamentó:
—¡Ay, cuándo podré hartarme de gachas!
—¿Su Señoría no se ha hartado nunca de gachas? —se burló alguien de él apenas
terminó de hablar. Era una voz ronca e imponente como la de un guerrero.
Quinto Rango, con la espalda curvada, alzó la cabeza y miró medrosamente hacia
aquel individuo. Se trataba de Fujiwara no Toshihito[24], hijo del ministro de Asuntos
Populares Tokinaga[25], un hombre robusto de espaldas anchas que se estaba
bebiendo un sake negro[26] mientras picaba unas castañas hervidas. Se le veía
borracho.
—Ay, qué pena me dais —continuó Toshihito al ver que Quinto Rango alzaba la
mirada. En su voz se notaba una mezcla de desprecio y conmiseración—. Si queréis
hartaros de gachas, yo puedo satisfaceros.
Un perro al que se le ha maltratado con frecuencia dudará en acercarse a tomar la
carne que se le ofrece. Quinto Rango, con esa sonrisa tan propia de él, a medias entre
la risa y el llanto, desvió la mirada repetidas veces desde el rostro de Toshihito al
cuenco vacío y viceversa.
—¿Entonces no queréis?

—¿Qué me decís?

Quinto Rango empezó a sentirse observado por la multitud allí reunida. Sabía que
en función de su respuesta podía ser ridiculizado de nuevo. Más aún,
independientemente de lo que respondiera, posiblemente se terminarían burlando de
él. Vaciló un instante.
—Si no queréis, no insistiré.
Si su interlocutor no hubiera añadido estas palabras con cierto tono de fastidio,
Quinto Rango habría seguido hasta la eternidad comparando el rostro de Toshihito
con el cuenco vacío. Quinto Rango se precipitó en su respuesta.
—No, no… será un placer.
Quienes lo oyeron dejaron escapar una risita. «No, no… será un placer»… Hubo
incluso quien imitó su respuesta. Por encima de los cuencos y las bandejas, todos los
bonetes erectos y mustios se volvieron a la par hacia Quinto Rango para estallar en
una carcajada. De todos, el que se rio con más fuerza fue el propio Toshihito.
—Así pues, en breve os haré llegar mi invitación —dijo Toshihito frunciendo el
ceño, al notar como la risa se le atascaba junto al sake en la garganta—. ¿Estáis
seguro, verdad?
—Será un placer.
Quinto Rango se sonrojó y repitió su respuesta tartamudeando. Huelga decir que
volvieron todos a reírse. El que más, de nuevo Toshihito, que se había esmerado para
hacerle repetir lo mismo a Quinto Rango y ahora se deshacía en carcajadas mientras

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meneaba sus anchos hombros. Este norteño montaraz no conocía más que dos modos
de pasar el rato: uno era bebiendo y el otro riéndose de la gente.
Por suerte para Quinto Rango, las conversaciones fueron desviándose hacia otros
temas. Seguramente debido a que ninguno de los presentes se sentía del todo cómodo
centrando su atención en aquella nariz roja de Quinto Rango, por mucho que se
divirtieran burlándose de él. La cuestión es que las charlas fueron pasando de un tema
a otro hasta que, estando ya muy menguadas las existencias de sake y comida, la
atención de los comensales se centró en la historia de un joven samurái que intentó
subirse al caballo metiendo las dos piernas en una misma pernera. Solo Quinto Rango
parecía no escuchar. Su pensamiento lo ocupaban las gachas. Aunque hubiera habido
faisán frente a él, no se habría molestado en tocar los palillos. Aunque hubiera tenido
la copa llena de sake, no se la habría llevado a los labios. Con el rubor subido hasta el
cabello de las sienes, amenazadas por la escarcha del tiempo, permanecía con las
manos sobre las rodillas con el candor de una jovencita núbil que espera entrevistarse
con su futuro consorte. Mientras esbozaba una sonrisa pueril, no apartaba la vista del
cuenco vacío de laca negra…

Una mañana, cuatro o cinco días más tarde, dos hombres avanzaban a caballo en
silencio por la orilla del río Kamo, siguiendo la ruta de Awataguchi. Uno de ellos
vestía atuendo de caza con kariginu[27] y hakama de color azul oscuro y ceñía una
katana con ornamentos de plata y oro. Llevaba una elegante barba negra y los
mechones de las sienes bien alineados. El otro, un samurái cuarentón, presentaba un
aspecto desarrapado: vestía un suikan grisáceo de mangas anchas con no uno, sino un
par de tabardos de algodón por encima y el obi[28] lo llevaba atado de cualquier
manera. Apariencia miserable a la que contribuían un sinfín de elementos como su
nariz enrojecida y mocosa, por poner un ejemplo. Ambos montaban caballos jóvenes
de tres años, el primero un palomino y el segundo un tordo. Se veían tan espléndidos
que los samuráis y buhoneros que se cruzaban en el camino se volvían a mirarlos.
Detrás, algo retrasados, tratando de seguir el paso de los caballos, venían un paje y un
sirviente que cargaban con el equipaje de su señor… Supongo que no es necesario
señalar expresamente que los protagonistas a la cabeza del desfile eran Toshihito y
Quinto Rango.
A pesar de ser un día de invierno, el cielo estaba despejado y en calma, sin una
gota de viento. El agua murmuraba entre las piedras blanquecinas y las hojas secas de
las artemisas junto a la orilla permanecían inmóviles. Un pequeño sauce inclinado
sobre el río recibía en sus ramas deshojadas la suave luz del sol, que las hacía brillar
como un caramelo. En la copa del sauce un aguzanieves agitaba la cola, cuya sombra
se proyectaba con nitidez en el camino. Sobre el verde oscuro de Higashiyama
asomaba la montaña de Hiei, redondeada como un hombro cubierto de terciopelo,
con una capa de escarcha. Los dos caballeros, sin servirse del látigo, avanzaban a

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paso lento entre los resplandores de nácar de sus monturas en dirección a
Awataguchi.
—¿Adónde decís que me lleváis? —preguntó Quinto Rango mientras sujetaba las
riendas con manos que no estaban acostumbradas a ello.
—Enseguida llegamos. No está tan lejos como parece.
—¿A los alrededores de Awataguchi?
—Sí, sí, más o menos.
Por la mañana Toshihito le había comentado a Quinto Rango que quería ir a unas
aguas termales cerca de Higashiyama y lo había invitado a acompañarlo. Quinto
Rango, el de la nariz roja, se lo había tomado en serio. Hacía tiempo que no se daba
un baño, por lo que le picaba todo el cuerpo. No podía pedir más. Si además de
comer gachas se podía dar un baño, sería el hombre más feliz del mundo. Con esa
ilusión montó el caballo tordo que le dispuso Toshihito y cabalgaron el uno junto al
otro. Pero al llegar a aquel lugar no parecía que Toshihito quisiera detenerse. De
hecho, pasaron de largo Awataguchi.
—¿No nos detenemos en Awataguchi?
—No, un poco más adelante.
Toshihito esbozó una sonrisa mientras trataba de evitar la mirada de Quinto
Rango y azuzó a su caballo. A ambos lados del camino la presencia de casas era cada
vez más escasa. Ahora no se veían sino cuervos al acecho de sus presas sobrevolando
los extensos arrozales. A la sombra de la montaña se distinguían los restos de nieve
con un ligero resplandor azulado. Y a pesar de ser un día soleado, las copas
puntiagudas de los zumaques se clavaban en el cielo provocando escalofríos a la
vista.
—Entonces, ¿nos dirigimos a Yamashina?
—No, Yamashina está ya cerca, pero vamos un poco más lejos.
También pasaron de largo Yamashina. Pero no solo eso. Entre una cosa y otra
también dejaron atrás Sekiyama, hasta que pasado ya el mediodía se plantaron a las
puertas del templo Mii, en Otsu. Allí residía un monje que tenía buena amistad con
Toshihito. Visitaron al monje y este les dio de comer. Al terminar, enseguida
volvieron a montar sus caballos y reanudaron su camino. En comparación con el
trecho recorrido hasta ahora, la senda se volvía más solitaria, con lo que aumentaba el
peligro de toparse con bandidos, que en aquella época abundaban por doquier. Quinto
Rango encogió más si cabe su espalda de por sí curvada, levantó la mirada hacia
Toshihito y preguntó:
—¿Todavía no llegamos?
Toshihito sonrió. Era la misma sonrisa de un niño que después de hacer alguna
travesura encara a un adulto que está a punto de pillarlo. Las arrugas de su nariz y los
músculos alrededor de sus ojos parecieron vacilar: no sabía si echarse a reír o
contenerse. Al final respondió:

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—En realidad pensaba llevaros hasta Tsuruga —se rio Toshihito mientras
señalaba con el látigo hacia lo alto del cielo en la lejanía. Bajo el látigo brillaron las
aguas del lago de Omi, bañadas por la luz resplandeciente del atardecer.
Quinto Rango se sintió consternado.
—¿Tsuruga? ¿Os referís a Tsuruga en la provincia de Echizen?
Había oído que Toshihito, desde que se casara con la hija de Fujiwara no Arihito,
pasaba la mayor parte del tiempo en su feudo de Tsuruga, pero no habría imaginado
nunca que lo llevaría a él hasta allí. Principalmente porque atravesar ríos y montañas
para llegar hasta la distante provincia de Echizen con tan solo dos acompañantes no
le parecía demasiado seguro. Sobre todo con los rumores que corrían por entonces
sobre el asesinato de viajeros a manos de salteadores de caminos… Quinto Rango
miró a Toshihito con aire de súplica.
—¡Por todos los cielos! Cuando creo que vamos a Higashiyama, me decís que
vamos a Yamashina. Cuando creo que vamos a Yamashina, vamos al templo de Mii.
Y al final resulta que nos dirigimos a Tsuruga, en Echizen. ¿Qué diablos pretendéis?
Si me lo hubieseis dicho desde un principio, me habría hecho acompañar yo también
con algún sirviente. Tsuruga… Cielo santo… —susurró Quinto Rango conteniendo el
llanto. Si las gachas no le hubieran inspirado el valor suficiente para continuar
adelante, ya habría regresado solo a Kioto.
—Pensad que Toshihito vale por mil hombres. No necesitáis preocuparos por el
camino —frunció el ceño y se burló Toshihito al comprobar la consternación de
Quinto Rango. Entonces llamó al paje para que le trajera la aljaba que llevaba a la
espalda y el arco de laca negra que portaba en la mano. Enganchó el arco en la
montura y avanzó con su caballo. A esas alturas, el pusilánime de Quinto Rango no
tenía más remedio que obedecer a ciegas la voluntad de Toshihito. Desamparado,
observó el yermo a su alrededor y se puso a recitar con todas sus fuerzas los sutras a
Kannon, que recordaba vagamente. Inclinándose, arrimó su nariz roja a la silla de
montar e hizo avanzar al caballo con paso vacilante.
Los cascos de los caballos resonaban en el yermo, que estaba infestado de cañas
secas y de charcos donde se reflejaba el cielo azul como si fueran de hielo, por lo que
daba la impresión de que aquella tarde de invierno terminaría por congelarse. En el
horizonte, dándole la espalda al sol, la sierra había perdido el resplandor de los restos
de nieve y quedaba ahora embadurnada por un violeta oscuro. Un paisaje que los
sirvientes no podían apreciar al estar su mirada impedida por la abundancia de los
altos miscantos secos que desolaban el páramo… Toshihito se volvió de repente para
dirigirse a Quinto Rango.
—Ahí viene un buen mensajero. Mandaremos recado a Tsuruga.
Quinto Rango no le encontró ningún sentido a aquellas palabras y miró algo
asustado en la dirección que apuntaba el arco de Toshihito. No era aquel un lugar en
el que pudiera verse a alguien con facilidad. Entre unos matorrales de uva silvestre y
otras enredaderas, avanzaba con paso cauteloso un zorro cuyo pelaje de color cálido

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estaba expuesto a los rayos del atardecer. El zorro sintió la presencia ajena y salió
huyendo a toda velocidad. Toshihito hizo sonar el látigo para azuzar a su caballo e
iniciar la persecución al galope. Quinto Rango, sin tiempo para pensar, se precipitó
tras Toshihito. Tampoco los sirvientes podían quedarse atrás. Durante unos instantes,
el resonar de los cascos contra las piedras rompió la quietud del páramo, pero
Toshihito no tardó en detener su caballo. En un abrir y cerrar de ojos había atrapado
al zorro y lo llevaba colgado boca abajo junto a la montura, atado por las patas
traseras. Lo habría acorralado bajo las patas del caballo para darle captura. Quinto
Rango llegó al fin junto a Toshihito mientras se secaba el sudor del bigote.
—¡Zorro, escúchame bien! —dijo Toshihito exagerando la voz y levantando al
zorro en alto frente a sí—. Dirígete esta noche a mi mansión en Tsuruga y avisa de
que Toshihito llegará en breve con un invitado especial. Llegaremos a Takashima a
las diez de la mañana. Que venga una comitiva a buscarnos y que traigan con ellos
dos caballos ensillados. ¿Entendido? No te vayas a olvidar.
Mientras terminaba de hablar, Toshihito se volvió y arrojó al zorro por los aires
entre los matorrales.
—¡Mira! ¡Mira cómo corre!
Los sirvientes llegaron justo a tiempo para ver al zorro alejándose y se pusieron a
dar palmas mientras se tronchaban de risa. El lomo de la bestia, rojizo como la
hojarasca bajo la luz del crepúsculo, avanzó a trompicones haciendo caso omiso de
las raíces y las piedras a su paso. El grupo pudo seguir con facilidad la huida del
animal. En la persecución habían alcanzado un terreno ligeramente elevado en el
páramo cuya pendiente descendía hasta el lecho seco de un río.
—Es sin duda un sirviente digno de vuestra magnanimidad.
Quinto Rango, mostrando ingenuamente su admiración y su respeto, levantó la
mirada hacia aquel samurái criado en el páramo que era capaz de dominar a su antojo
incluso a un zorro. No tuvo margen para reflexionar sobre las diferencias que los
separaban. El alcance de la voluntad de Toshihito era sencillamente tan amplio que su
propia voluntad quedaba sujeta a la de aquel, algo que le hacía sentirse más seguro de
sí mismo. Probablemente sea en circunstancias como esas cuando la adulación surge
de forma espontánea. Esperemos que el lector no ponga en duda el carácter ingenuo
de Quinto Rango, el de la nariz roja, tan solo por haber hallado en él cierta actitud de
bufón adulador.
Tras ser arrojado por Toshihito, el zorro rodó pendiente abajo hasta llegar al lecho
seco del río. Allí saltó con agilidad de piedra en piedra y después subió corriendo con
ímpetu el terraplén del lado opuesto. Mientras ascendía giró la cabeza para mirar a su
captor y su séquito, que seguían en lo alto del barranco con los caballos en fila. En la
distancia se veían tan pequeños como los dedos de una mano. Y en mitad del aire
escarchado, bañados por la luz púrpura del atardecer, las figuras del caballo palomino
y del caballo tordo destacaban con más nitidez que si estuvieran pintados.

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El zorro, volviendo de nuevo la vista al frente, se alejó corriendo como el viento
entre las hierbas secas del páramo.

A la mañana siguiente, a la hora de la Serpiente[29], el grupo llegó como estaba


previsto a los alrededores de Takashima, una pequeña aldea a las orillas del lago
Biwa. Bajo un cielo encapotado, a diferencia del día anterior, quedaban
desperdigadas aquí y allá unas pocas cabañas con techumbre de bálago. Entre los
pinos que crecían a la orilla del lago, la superficie grisácea y fría del agua se abría
paso con un ligero escarceo, como un espejo mal pulido. Toshihito se volvió para
dirigirse a Quinto Rango:
—Mirad allá. Aquellos hombres vienen a recibirnos.
Al mirar, Quinto Rango pudo comprobar que veinte o treinta hombres se
acercaban bordeando el lago, pasando a gran velocidad entre los pinos. Algunos
venían a caballo y otros a pie, todos con las mangas anchas del suikan ondeando al
viento; un viento helado. Con ellos traían dos caballos ensillados sin jinete. De
pronto, cuando ya estaban cerca, la fila se detuvo: los jinetes bajaron
precipitadamente de sus monturas y los de a pie se acuclillaron al borde del camino,
todos esperando ceremoniosamente a que Toshihito llegara hasta ellos.
—Tal y como esperaba, el zorro ha cumplido debidamente su cometido de
mensajero —dijo Toshihito.
—Para un animal acostumbrado a las transformaciones[30] no debe de ser nada del
otro mundo cumplir con la función de mensajero.
En el tiempo en que Toshihito y Quinto Rango intercambiaban impresiones,
llegaron hasta el lugar donde les esperaban los vasallos.
—¡Estoy agotado! —expresó Toshihito.
Aquellos que estaban acuclillados se incorporaron a toda prisa para tomar las
riendas de los caballos. La animación se apoderó de todo el grupo. Toshihito y Quinto
Rango desmontaron y se sentaron en el suelo sobre unas pieles que habían dispuesto
los sirvientes. Aún no se habían acomodado del todo cuando un samurái de pelo cano
se presentó frente a Toshihito y le comentó:
—Anoche sucedió algo extraño.
—¿Qué es lo que sucedió? —preguntó Toshihito con aires de gran señor mientras
le ofrecía a Quinto Rango una botella de sake y una cajita con comida que le habían
preparado sus vasallos.
—Se trata realmente de un fenómeno extraordinario —asintió con la cabeza
Quinto Rango para dejar a todos contentos mientras comparaba al detalle los rostros
de Toshihito y su vasallo.
—Pero no solo dijo eso la señora, sino que además, entre temblores, añadió: «No
se os ocurra llegar tarde. Si llegáis tarde nuestro señor me castigará». Entonces la
señora se echó a llorar y no daba señales de poder parar.
—Sigue, sigue. ¿Qué sucedió luego?

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—Después la señora cayó en un sueño profundo. Cuando nos fuimos, creo que
seguía aún dormida.
—¿Qué os parece? —se dirigió Toshihito a Quinto Rango con aire altivo cuando
su sirviente terminó de hablar—. Hasta las bestias me sirven.
—La verdad es que estoy asombrado —respondió Quinto Rango rascándose la
nariz roja, inclinando un poco la cabeza y abriendo la boca algo forzado para mostrar
su admiración. En el bigotillo le brillaron un par de gotas de sake.

Aquella noche, en una de las habitaciones de la mansión de Toshihito, incapaz de


conciliar el sueño, Quinto Rango pasó las horas en vela hasta el amanecer observando
fijamente la llama de un candelero. Durante ese tiempo repasó mentalmente, al
detalle, su recorrido hasta la casa aquel mismo atardecer mientras venía charlando
con Toshihito y sus vasallos: pinedas, riachuelos, campos secos…, cada una de las
hierbas, las hojas de los árboles, las piedras, el olor a rastrojos quemados… En
especial recordó la sensación de alivio al llegar a la mansión tras atravesar una
neblina de color marrón rojizo, semejante a las plumas de un gorrión, y contemplar
las llamas reconfortantes de un brasero oblongo. Ahora, acostado sobre el tatami,
todo aquello le parecía cosa de un pasado lejano. Así, embutido en un hitatare[31]
amarillo, relleno de algodón, estiraba las piernas y se quedaba abstraído observando
su propia figura yaciente.
Bajo el hitatare Quinto Rango vestía hasta dos capas de ropa de algodón grueso y
color crema que le había prestado Toshihito. Eran lo suficientemente calientes para
hacerle sudar, a lo que también contribuía el efecto del sake que había consumido
durante la cena. Embriagado y embutido de aquella forma, no sentía lo más mínimo
el frío del jardín cubierto de escarcha que se extendía a la cabecera de su lecho, al
otro lado de las contrapuertas enrejadas. Todo aquello no tenía ni punto de
comparación con su cuartucho de Kioto, pero aun así, nuestro Quinto Rango sentía
cierta desazón que no lo dejaba descansar. Ante todo le impacientaba el lento
trascurrir de las horas. Pero al mismo tiempo no quería que llegara demasiado pronto
el amanecer, cuando degustaría las gachas de ñame que había esperado con tanta
ansiedad. Tras el conflicto creado por estos dos sentimientos contradictorios se
escondía y aguardaba, frío como el día, un estado de intranquilidad derivado de un
cambio repentino de las circunstancias. Algo que, a pesar del calorcito, le impedía
conciliar el sueño.
De repente llegó hasta sus oídos una voz ronca que provenía del jardín. Por el
timbre le recordó la voz de aquel vasallo de pelo cano que había venido a recibirlos
por la tarde. Parecía estar anunciando algo. Cada una de las palabras, resonando entre
la escarcha, caló en los huesos de Quinto Rango como el aire gélido del invierno.
—¡Vasallos de estos parajes! ¡Escuchad todos! Se hace saber que por orden de
nuestro señor cada uno de vosotros, joven o viejo, deberá presentarse durante la hora

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de la Liebre[32], con un ñame de un metro y medio de largo y nueve centímetros de
grosor. ¡No lo olvidéis! ¡A la hora de la Liebre!
El aviso fue pronunciado dos o tres veces y luego la noche invernal recobró la
quietud más absoluta, sin rastro ya de presencia humana. En mitad del silencio se oyó
el crepitar de la lámpara de aceite, cuya llama tembló como una borla de algodón
encarnada. Quinto Rango dejó escapar un bostezo y luego se sumergió de nuevo en
sus divagaciones. No le cabía la menor duda de que aquellos ñames los habían
mandado buscar para cocinar las gachas. Por culpa de ese dichoso pensamiento
volvió a embargarlo aquella intranquilidad que había podido olvidar solo un
momento al concentrar su atención en la voz que venía de fuera. Sobre todo
reapareció con fuerza su sentimiento de no querer conseguir las gachas demasiado
pronto; idea que no podía quitarse de la cabeza. El hecho de que su deseo de hartarse
de gachas fuera a cumplirse ahora tan fácilmente, convertía todos aquellos años de
paciencia en un esfuerzo vano. Preferiría que algún imprevisto le impidiera llevar a
cabo su sueño de comer gachas por un momento y que después, una vez desaparecido
el obstáculo, pudiera sentarse a la mesa tranquilamente. Este pensamiento le rondaba
la cabeza sin descanso como una peonza hasta que al fin el cansancio del viaje hizo
estragos en él y se quedó profundamente dormido.
Cuando Quinto Rango despertó al amanecer, estaba intrigado por la historia de
los ñames que había escuchado durante la vigilia, así que lo primero que hizo fue
levantarse para abrir las contrapuertas que daban al exterior. Pero por lo visto había
dormido más de la cuenta y se le había pasado la hora de la Liebre. En el amplio
jardín, apilados sobre cuatro o cinco esteras de paja, había una montaña de dos o tres
mil objetos que parecían troncos de leña; una montaña tan alta que llegaba hasta el
saliente oblicuo del tejado. Al fijarse, pudo distinguir que se trataba de ñames de
grandes dimensiones: un metro y medio de largo y nueve centímetros de diámetro.
Quinto Rango, incrédulo, se frotó los ojos soñolientos y observó de nuevo con
pasmo aquel panorama tan perturbador. Distribuidas por el jardín podían verse cinco
o seis calderas preparadas sobre estacas de madera recién talladas. Alrededor, una
veintena de muchachas jóvenes vestidas con ropa blanca de servicio se ocupaban de
los distintos quehaceres: avivar el fuego de la leña, remover las cenizas, extraer el
caldo de yiaogulan de unos barreños de madera sin pintar para añadirlos a la caldera.
Todas estaban ocupadas en la frenética tarea de preparar las gachas de ñame. El humo
que se elevaba desde las hogueras y el vapor que desprendía el interior de las ollas se
confundían con los restos de bruma que había dejado el amanecer. El jardín estaba
velado por una calina grisácea que no permitía ver con nitidez los objetos y sobre la
cual se destacaba el rojo de las llamas que ardían bajo las calderas. Todo aquello que
llegaba a la vista y al oído hacía pensar en el fragor de una batalla o en el alboroto de
un incendio. Quinto Rango reflexionó de nuevo sobre aquellos enormes ñames que se
iban a convertir en gachas en el interior de aquellas inmensas calderas. Había hecho
expresamente un viaje desde Kioto hasta Tsuruga, en Echizen, para comerse todas

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aquellas gachas. Y cuanto más lo pensaba, más desgraciado se sentía. De hecho, el
apetito digno de conmiseración de nuestro Quinto Rango había menguado ya hasta la
mitad.
Una hora más tarde, Quinto Rango, junto a Toshihito y su suegro, Arihito, estaba
sentado a la mesa listo para empezar el desayuno. Frente a él habían preparado una
enorme sopera con asas de plata llena hasta el borde con un mar de gachas de varios
litros. Quinto Rango había presenciado en el jardín como una veintena de hombres
vigorosos cortaban diestramente en rodajas todos los ñames apilados hasta el tejado.
Después, las sirvientas corrían de un lado para otro, echando los trozos dentro de las
calderas hasta llenarlos. Finalmente, cuando ya no quedaba ni un solo ñame sobre las
esterillas, presenció como el olor de los ñames, mezclado al aroma del yiaogulan, se
elevaba en varias columnas de vapor hacia lo alto de un cielo despejado. Tras ser
testigo de todo aquello, es comprensible que ahora, frente a la sopera gigante, se
sintiera empachado, aun antes de llevarse el cuenco a la boca. Sintiéndose incómodo
se enjugó el sudor de la frente.
—Me han dicho que no os habéis empachado nunca de gachas. Adelante, comed,
no sintáis reparo alguno —dijo Arihito mientras daba la orden a los mozos de que
sirvieran más soperas sobre la mesa. Todas ellas estaban repletas hasta los bordes.
Quinto Rango, con la nariz poniéndose más roja que de costumbre, cerró los ojos,
se echó un buen puñado de gachas sobre el cuenco y empezó a sorberlas.
—Tal y como le ha dicho mi suegro, no sintáis reparo alguno —añadió Toshihito
con una carcajada maliciosa mientras le ofrecía otro cazo de gachas. Quinto Rango
estaba apurado. No es que sintiera reparo, sino que ya desde un principio no tenía
ganas de comerse ni un solo cuenco. Pero contuvo su malestar y vació la mitad de
una sopera. Notó que si daba un sorbo más, vomitaría antes de que las gachas le
llegaran a la garganta, pero, por otra parte, si rechazaba seguir comiendo, ofendería la
amabilidad de sus anfitriones Toshihito y Arihito. Así que hizo un esfuerzo, volvió a
cerrar los ojos y se zampó en tres tragos la otra mitad de la sopera.
—Señores, os estoy muy agradecido. Estoy realmente satisfecho… No sé cómo
agradeceros lo que habéis hecho por mí —dijo Quinto Rango entre titubeos. Con
aspecto cansado, podían verse tanto en su nariz enrojecida como entre los cuatro
pelos del bigote algunas perlas de sudor; parecía mentira que fuera pleno invierno.
—Pero si no habéis comido más que un pequeño aperitivo… Parece que nuestro
invitado se siente algo cohibido. ¡Mozos, a qué esperáis! ¡Servidle un poco más!
Los mozos, siguiendo la orden de Arihito, vertieron más gachas sobre el cuenco
de Quinto Rango. Este, agitando ambas manos en el aire como si tratara de espantar
las moscas, rehusó el ofrecimiento.
—¡No, no! ¡De verdad! Estoy completamente saciado… De verdad que os lo
agradezco, señores, pero ya no puedo más.
—¡Mirad! —Si en aquel mismo instante Arihito no hubiera señalado con el dedo
el edificio de enfrente, Toshihito hubiera seguido insistiendo hasta conseguir que

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Quinto Rango comiera un poco más. Por suerte, todos respondieron a la voz de
Arihito dirigiendo la mirada hacia aquel lugar. Sobre el tejado de corteza de ciprés
reverberaba la luz del amanecer. Y allí, bajo el resplandor diurno, brillaba con
intensidad el pelaje de un animal que permanecía tranquilamente recostado. Era el
zorro salvaje de Sakamoto, el mismo que Toshihito había capturado hacía apenas dos
días a su paso por el páramo.
—Por lo visto, ese zorro también ha venido para catar las gachas. ¡Mozos! ¡Dadle
a ese animal de comer! —ordenó Toshihito.
Quinto Rango, mientras observaba como el zorro sorbía las gachas, rememoró
con nostalgia su vida en la capital, antes de venir hasta aquí. Extrañaba a aquel
Quinto Rango de quien los samuráis se mofaban sin piedad. El que era insultado por
aquellos niños que lo llamaron «napia roja». Su figura solitaria, digna de lástima,
vagando por la gran avenida de Suzaku como un perro sin dueño, siempre con aquel
suikan desteñido y sus viejos bombachos. Y sobre todo echaba en falta aquel Quinto
Rango dichoso que conservaba como un tesoro su deseo de hartarse de gachas…
Aliviado al fin por saber que no tendría que seguir comiendo gachas, notó como
se le iba secando poco a poco todo el sudor que le cubría la cara hasta la punta de la
nariz. Aunque el día estaba despejado, en las mañanas de Tsuruga soplaba un viento
gélido que calaba hasta los huesos. Quinto Rango, cubriéndose precipitadamente la
nariz con las manos, soltó un gran estornudo sobre la sopera de plata.

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EL DESTINO

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Del dintel de la entrada colgaba una persiana de carrizos cuyas rendijas, bastante
anchas, permitían ver la calle sin tener que moverse del lugar de trabajo. Hacía un
rato que no dejaba de pasar gente en dirección al templo Kiyomizu. Pasó un monje
con un pequeño gong colgado al cuello. Pasó una mujer de clase media con un
sombrero de paja. Más tarde cruzó un carruaje finamente elaborado con bambú y
ciprés, del que tiraban dos bueyes de color caramelo, algo poco habitual de ver. Todos
ellos desaparecían enseguida entre las rendijas, por la izquierda o por la derecha de la
persiana. Lo único que no variaba en la escena era el color de aquella calle estrecha,
cuya tierra estaba dorada por el sol de un cálido atardecer primaveral.
Desde el interior del taller, un joven samurái de bajo rango observaba impasible el
ir y venir de aquella gente. De pronto, se dirigió al maestro alfarero, que era el dueño
de la tienda.
—Como de costumbre, no deja de pasar gente camino del templo para venerar a
Kannon.
—Eso parece —contestó algo molesto el alfarero porque estaba concentrado en su
trabajo. Con todo, no había ni una pizca de malicia ni en su aspecto ni en su rostro,
que era más bien gracioso. Se trataba de un anciano de ojos pequeños y nariz
respingona. Vestía un quimono ligero de cáñamo y llevaba un bonete deslucido
ligeramente ladeado. Podría haberse tratado perfectamente de uno de esos personajes
pintados por el monje Toba Sojo[33], cuyas obras gozaban por entonces de mucho
éxito.
—Quizás yo también debería visitar el templo todos los días, a ver si así salgo de
esta vida mediocre que llevo y que ya no aguanto más.
—Qué cosas tienes…
—No, no, que lo digo en serio. Si es verdad que solo por ir al templo va a cambiar
mi suerte a mejor, estoy dispuesto a convertirme en un devoto. Además, hacer un
peregrinaje diario o retirarse a un templo a rezar sale bastante barato. Al fin y al cabo,
esto es como hacer negocios con los dioses y los budas.
El joven samurái, expresándose con el entusiasmo propio de su edad, se pasó la
lengua por el labio inferior y escudriñó de lado a lado el interior del taller. Era una
casucha con techo de bálago construida en las lindes de una espesura de bambú que
daba a la parte de atrás. Tan estrecha que solo se cabía de pie. El movimiento
continuo de la calle más allá de las persianas contrastaba con la calma del interior de
la casucha, con sus tinajas y sus botellas de terracota aún por barnizar completamente
inmóviles, ajenas a la brisa primaveral que las acariciaba, como si hubieran estado
allí expuestas desde hacía por lo menos cien años. Ni siquiera las golondrinas osaban
construir sus nidos en las vigas de esta chabola.
Viendo que el anciano no le daba charla, el joven samurái insistió.
—Abuelo, a su edad habrá usted visto y oído bastantes cosas. ¿Qué opina? ¿Cree
que es cierto que Kannon controla el destino?
—Eso parece. Tengo entendido que así ocurrió una vez.

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—¿Qué es lo que ocurrió?
—Lo que ocurrió entonces no es algo que se pueda resumir en pocas palabras.
Además, no creo que te interese demasiado. Te aburrirías.
—Lamentablemente, soy un hombre inclinado a la devoción. Si me dicen que va
a cambiar mi suerte, mañana mismo…
—¿Así que eres un hombre inclinado a la devoción? Supongo, pues, que también
sentirás inclinación por los negocios. —Rio el anciano arrugando el rabillo de los
ojos. Entre sus manos la arcilla había tomado ya la forma de un cántaro, por lo que
pudo al fin relajarse un poco—. Es difícil que los jóvenes de tu edad comprendan y
asuman cómo piensan y actúan los dioses y los bodhisattvas.
—Pues claro que no lo entiendo. Por eso mismo se lo pregunto a usted, abuelo.
—La cuestión no es si los dioses y los bodhisattvas controlan el destino. Lo que
cuenta es si esa suerte es buena o mala.
—Pero una vez que se les confía la suerte a los dioses, al final se sabe si ha sido
buena o mala, ¿no?
—Eso es algo que excede vuestra capacidad de comprensión.
—A mí lo que se me escapa, más que los pros y contras del destino, es ese
razonamiento.
El sol parecía estar descendiendo. Daba la sensación de que las sombras de los
transeúntes se alargaban. Arrastrando sus sombras larguiruchas cruzaron de un lado a
otro de la persiana dos vendedoras ambulantes: una cargaba un cubo de madera en la
cabeza y la otra llevaba en la mano una ramita de cerezo, seguramente un detalle de
agradecimiento a los dueños de la posada donde se hospedaban.
—También excede la capacidad de esas mujeres que venden tejidos de cáñamo en
el mercado quincenal del lado oeste de la ciudad.
—¿Acaso no le estoy pidiendo desde hace un rato, abuelo, que me lo explique?
Ambos permanecieron un instante en silencio. El joven samurái contempló
absorto la calle mientras con las uñas se arrancaba algunos pelillos que asomaban en
su barbilla. En el suelo de la calle algo brillaba como una concha emitiendo un
resplandor blanquecino. Quizás una flor que se había desprendido de la ramita de
cerezo.
—¿Me lo explica o qué, abuelo? —insistió de repente el joven samurái con voz
soñolienta.
—Bueno. Te explicaré una historia, aunque es algo que sucedió hace ya mucho
tiempo.
El anciano inició su relato con los prolegómenos, hablando pausadamente. Su
manera de hablar transmitía la calma de quienes han conocido días tanto largos como
cortos.
—De eso hará ya treinta o cuarenta años. Una mujer, todavía en su mocedad,
visitó la imagen de Kannon en el templo de Kiyomizu para pedir un deseo. Solicitó
poder llevar una vida cómoda y tranquila. De hecho, desde que perdiera a su madre,

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no tenía a nadie más en este mundo y se veía en dificultades diariamente para
sobrevivir. Así que aquella petición tenía su lógica. Su madre era una conocida
sacerdotisa de un santuario sintoísta que gozaba de muchas visitas, pero en cuanto
corrió el rumor de que practicaba hechicería dejándose poseer por el espíritu de un
zorro, la gente dejó de ir. Aunque su aspecto era más parecido al de un hombre varón
que al de un zorro, porque era una mujer demasiado lozana para su edad y de estatura
imponente que tenía unas manchas blancas en la piel…
—Más que la madre, me interesa la hija. Hábleme de la hija.
—Bueno, eso era solo la introducción. Tras la muerte de la madre, la hija, que era
muy delicada, pasaba grandes dificultades para ganarse el sustento diario. Al final, a
pesar de ser hermosa e inteligente, la muchacha terminó vistiendo harapos, por lo que
se sentía cohibida y para esconderse de la mirada ajena, decidió encerrarse algún
tiempo en un templo.
—Vaya, ¿así que era una mujer hermosa e inteligente?
—Así es. Era una muchacha de rostro hermoso y buen corazón. A mi juicio, no
había en ella nada de lo que pudiera avergonzarse.
—Lástima que se trate de una mujer de antaño… —comentó el joven samurái
arreglándose un poco las mangas anchas de su suikan añil, que se veía desteñido. El
anciano soltó una risa por la nariz y luego continuó su relato. En el bosquecillo de
bambú de la parte de atrás se oía de vez en cuando el canto del ruiseñor.
—Después de pasar veintiún días encerrada, la noche que cumplía con sus votos,
tuvo un sueño. Un montón de personas se apelotonaban en el pabellón del templo.
Entre ellos había un monje jorobado que recitaba los mismos dharanis una y otra vez
de forma ininteligible[34]. A ella eso parecía incordiarla. Sentía como iba entrando
poco a poco en el sueño, pero nunca acababa de dormirse porque no podía quitarse de
la cabeza aquella voz que emitía un sonido como el de las lombrices bajo el corredor
exterior. De repente aquel ruido se volvió humano y escuchó que le decía: «En el
camino de vuelta te abordará un hombre y te hablará. Haz caso a lo que te diga».
Despertó de un sobresalto y efectivamente, se oían de fondo las voces de un bonzo
consagrado a la lectura de dharanis. Pero por mucho que aguzara el oído no era capaz
de distinguir lo que decía. Entonces, al mirar en la distancia, bajo la luz difusa de una
lámpara, vislumbró el rostro iluminado de Kannon. No era más que el rostro sublime
y solemne de la imagen que había estado venerando aquellos días, pero lo extraño fue
que al fijar en ella su mirada, volvió a escuchar aquellas palabras como si alguien se
las susurrara al oído: «Haz caso de lo que él te diga». La muchacha se convenció de
que aquello era una revelación de Kannon.
—Vaya…
—Al anochecer salió del templo y se dirigió calle abajo hacia la avenida Gojo con
paso lánguido. Tal y como era de esperar, un hombre la abordó de repente
abrazándola desde atrás. Era una noche templada de principios de primavera.
Lamentablemente no pudo distinguir en la oscuridad el rostro de aquel hombre ni

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tampoco vio cómo iba vestido. Solo pudo notar que llevaba barba, porque le rozó con
la mano cuando trató de soltarse durante el forcejeo. Fue una casualidad sorprendente
que aquello sucediera la misma noche en la que terminaba sus votos temporales. La
muchacha interrogó al extraño por su nombre, pero este no contestó. Le preguntó de
dónde era y tampoco respondió. El hombre solo se limitaba a pedirle que hiciera lo
que él le decía y la empujaba por los hombros calle arriba. Por más que sollozara o
gritara, todo parecía inútil a aquellas horas de la noche, ya que nadie pasaba por allí.
—¿Eh? ¿Y qué sucedió entonces?
—Entonces la arrastró hasta el interior de la pagoda de Yasaka, donde parece ser
que pasaron la noche… Pero no es un es necesario que un viejo como yo entre en
esos detalles.
El anciano arrugó el rostro y se rio. Las sombras de la calle se iban alargando
poco a poco. Una ráfaga de viento había desperdigado por doquier, entre la grava de
los sumideros que servían para recoger el agua de la lluvia al borde de la calle, los
pétalos blancos de las flores de cerezo.
—¿Está de broma? —reaccionó el joven samurái mientras seguía arrancándose
pelos de la barbilla—. ¿Es eso el final de la historia?
—Si fuera solo eso, no me molestaría en explicarlo —dijo el anciano mientras
manoseaba el jarro que tenía en el torno—. Al amanecer, después de aquello, el
hombre le explicó a la muchacha que seguramente habían estado destinados a
encontrarse desde una vida anterior y le pidió que se convirtiera en su esposa.
—Ya veo.
—La muchacha, creyendo que se trataba de la voluntad de Kannon, aunque no
fuera exactamente como en el oráculo que había soñado, asintió con la cabeza.
Suplieron las formalidades del matrimonio celebrando su unión con unas copitas de
salce. Como regalo de bodas, el hombre sacó algunas telas de sarga y de seda del
fondo de la pagoda… Supongo que hasta para ti será fácil ver la farsa.
El joven samurái esbozó una sonrisa como respuesta. El ruiseñor había cesado su
canto.
—Al poco rato, el hombre dijo que volvería al anochecer y salió con prisas de la
pagoda, dejando sola a la mujer. A la muchacha, a pesar de su carácter despierto, la
abordó la tristeza y se sintió desamparada. Con la intención de distraerse se metió en
el fondo de la pagoda a curiosear. ¿Y qué es lo que se encontró allí? Pues descubrió
un montón de baúles de cuero repletos de objetos preciosos: más telas de seda y
sarga, joyas, oro en polvo…, todo en cantidades absurdas. Era una mujer fuerte, pero
al ver aquello sintió un pinchazo en el corazón. Ya no había duda de con quién se
había casado. Si no era un salteador de caminos, era un ladrón. Al pensarlo, el miedo
se sumó a su tristeza y sintió que no podía seguir allí por más tiempo. Además, si en
ese momento la atrapaba algún guarda de la magistratura, no sabía qué le podría
pasar, así que decidió escapar de allí cuanto antes.

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»Y ya se estaba dando media vuelta para salir por la puerta cuando desde detrás
de las cajas una voz ronca la asaltó. Se llevó un susto de muerte porque en un
principio pensó que allí no habría nadie. Entonces vio a una figura indiscernible, a
medias entre un humano y un pepino de mar, que permanecía arrodillada hecha una
bola entre los sacos de oro. Era una monja chaparra de unos sesenta años, con los
párpados caídos, repleta de arrugas y con la espalda curvada. Quizás adivinando las
intenciones de la muchacha se adelantó para dejarse ver y se presentó con una voz
insinuante que no se correspondía con su aspecto.
»La muchacha se quedó más tranquila, pero mantuvo la cautela imaginando que
no le traería nada bueno que la monja se diera cuenta de que quería huir. De mala
gana se sentó de rodillas sobre una caja y se puso a charlar con la vieja de cosas
triviales. La anciana le contó que se ocupaba de hacerle la comida a aquel hombre,
entre otros quehaceres. Pero sobre los negocios del hombre no soltó prenda. La
muchacha estaba ansiosa por saber, por lo que el silencio de la anciana al respecto la
desesperaba. También la sacaba de quicio el hecho de que la vieja era un poco dura
de oído, así que tenía que repetir una y otra vez la misma conversación. A punto
estuvo de llorar.
»Aquella situación se extendió hasta más allá del mediodía. Afortunadamente,
mientras hablaban sobre si habrían florecido ya los cerezos en Kiyomizu y
comentaban que se estaba construyendo un nuevo puente en la avenida Gojo, la
anciana se fue quedando dormida. Algo a lo que contribuyeron las escasas réplicas de
la muchacha, que hacían que la charla fuese cada vez más pesada. La muchacha,
controlando la respiración de la anciana, esperó el momento justo para alejarse
gateando hasta la salida y una vez allí abrió ligeramente la puerta para espiar el
exterior. Por suerte no pasaba nadie.
»Si hubiera aprovechado ese momento para huir, ahí habría terminado todo, pero
de repente se acordó de las sargas y las sedas que había recibido por la mañana y
decidió volver a por ellas. Las había dejado olvidadas sobre una caja cuando
merodeaba en el fondo de la pagoda. Al ir a agarrarlas, se tropezó con uno de los
sacos de oro y fue a apoyarse sobre una de las rodillas de la anciana. La monja,
sorprendida, se despertó. Durante un instante no hizo más que quedarse allí atontada,
pero de pronto se puso como loca y se aferró a las piernas de la muchacha. Entonces,
sollozando, habló con precipitación. La muchacha alcanzó a entender sus palabras de
forma entrecortada: si la dejaba escapar, eso le supondría un serio problema, porque
tendría que responder ante aquel hombre y no sabía lo que le podía llegar a hacer. Sin
embargo, la muchacha no prestaba demasiada atención a las palabras de la anciana,
pues quedándose allí su vida corría peligro. Al final, las dos mujeres comenzaron a
forcejear.
»Bofetones, patadas. Se arrojaban mutuamente sacos llenos de oro… Armaron tal
estruendo que unas ratas que tenían su nido en las vigas a punto estuvieron de caerse
del techo. Animada por la desesperación, la fuerza de la anciana era temible. Con

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todo, se impuso la juventud. La muchacha, cargando con las telas de seda y de sarga
bajo el brazo, alcanzó la puerta jadeante. Atrás dejó a la monja, que ya no decía nada.
Esto lo supe después, pero encontraron su cadáver tendido boca arriba en un rincón
oscuro del cuarto. Tenía un saco lleno de oro estampado en la cabeza y le salía un
hilo de sangre por la nariz.
»A1 salir de la pagoda del templo, Yasaka, la muchacha, intranquila, quiso evitar
las multitudes y se dirigió hacia la zona de Gojo-Kyogoku para refugiarse en casa de
una amiga. Allí pudo darse un baño caliente y comerse unas gachas que le
permitieron reponer fuerzas. En realidad su amiga era pobre, pero la colmó de
atenciones al regalarle a cambio unas varas de seda. Allí por fin pudo la muchacha
respirar tranquila».
—A mí también me alivia oír eso.
El joven samurái se sacó un abanico que llevaba ceñido en el obi y empezó a
airearse mientras observaba los rayos de la puesta de sol al otro lado de la persiana.
Levantando risas a su paso, cruzaron cinco o seis pajes de la nobleza vestidos con
brocados blancos. Tras ellos quedaron sus sombras por un instante.
—Así terminó la cosa entonces, ¿verdad?
—Sin embargo —el anciano negó exageradamente con la cabeza—, estando en
casa de su amiga notó como de repente se fue formando en la calle una multitud de
las que escapaban algunas voces: «¡Mira, mira!». Se oían también insultos. La
muchacha, que estaba de espaldas en la penumbra sorbiendo sus gachas, sintió un
vuelco en el corazón. ¿Sería el ladrón que venía para vengarse, o bien se trataba de
los guardias que iban a detenerla?
—Vaya.
—Desde el resquicio de la puerta espió el exterior. Entre una multitud de mirones
cruzaban cinco o seis guardias, tras los cuales podía verse a un carcelero de aspecto
imponente. Rodeado por esa tropa caminaba a rastras un hombre atado con cuerdas,
con el suikan hecho jirones y sin bonete. Era un ladrón al que habían detenido y por
lo visto se dirigían ahora a su guarida para inspeccionarla. La muchacha se
sorprendió al ver que aquel reo era el mismo ladrón que la había abordado en Gojo la
noche anterior. Entonces, inexplicablemente, se echó a llorar. Ella misma en persona
me aseguró que no estaba enamorada de aquel hombre, ni mucho menos, pero que al
verlo ensogado de aquella guisa, se conmovió, por lo que no pudo evitar derramar
algunas lágrimas. Bueno, eso es lo que me dijo y yo me lo creí, sintiendo que era
cierto.
—Qué cosas pasan…
—Así que quizás mejor pensárselo dos veces antes de pedirle algo a Kannon.
—Pero oiga, abuelo, después de aquello la mujer pudo salir adelante, ¿verdad?
—No solo salió adelante, sino que consiguió llevar una vida holgada. Todo
porque vendió aquellas telas de sarga y seda. En eso sí que recibió el favor de
Kannon.

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—Pues entonces vale la pena pasar por unos pocos infortunios, ¿no cree usted?
Los rayos de la puesta de sol se habían tornado anaranjados. Envolviendo la
tienda se oyó el ligero susurro de los bambúes balanceados por el viento. El vaivén de
transeúntes había cesado.
—Tampoco es que la mujer se casara con un ladrón o matara a alguien de manera
deliberada, así que eso no tiene remedio.
El joven samurái se ciñó el abanico al obi y se levantó. El anciano empezó a
lavarse la arcilla de las manos echándose agua con un cazo de madera. En aquel
atardecer de un día de primavera ambos se sintieron de repente algo incómodos,
como si la actitud del otro los dejara descontentos.
—Lo que cuenta es que esa mujer encontró al final la felicidad.
—No estés tan seguro de eso.
—Venga ya, abuelo, usted también lo cree, confiéselo.
—¿Yo? De ningún modo querría tener un destino como ese.
—¿Eh? No me lo creo. Pues con ese final yo enseguida confiaría mi suerte a los
dioses.
—Entonces, ¿por qué no le muestras tu devoción a Kannon?
—Sí, sí. Mañana mismo me recluyo en el templo y me pongo a hacer votos.

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LOS LADRONES

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1

—¡Anciana! ¡Anciana de Inokuma!


En la encrucijada de la avenida Suzaku con la calle Ayanokoji, un samurái feo y
tuerto de unos veinte años, vestido con un suikan azul oscuro de mangas anchas y un
bonete negro, agitaba en el aire un abanico para llamar la atención de una anciana que
pasaba por allí. La anciana era conocida por el nombre de su barrio, Inokuma.
El bochorno veraniego extendía la calina sobre los tejados de las casas, bajo un
cielo que parecía contener la respiración en la hora más calurosa de aquel día de julio.
En la encrucijada donde el joven detuvo sus pasos, un sauce de ramas ralas y hojas
larguiruchas proyectaba su sombra sobre el suelo. Era la sombra triste de un árbol que
parecía haber sido contagiado por la epidemia que se propagaba aquellos días. Sus
hojas permanecían inmóviles, porque ni siquiera allí, en la encrucijada, soplaba
viento alguno. Los rayos del sol caían abrasadores sobre la gran avenida, por donde
hacía rato que no pasaban transeúntes, amedrentados sin duda por el calor extremo.
El único rastro del tráfico o eran las interminables marcas serpenteantes que había
dejado en la tierra un carro tirado por bueyes. Las ruedas habían destripado a su paso
una pequeña víbora, cuya carne abierta se iba pudriendo poco a poco. La cola, en un
primer momento, se retorcía. Al rato, con la tripa grasienta boca arriba, las escamas
dejaron de moverse. En el polvo de la encrucijada de aquel barrio, en mitad de la
canícula, la única gota de humedad la aportaba el líquido hediondo que supuraba el
vientre del reptil.
—¡Anciana!
—…
La anciana se giró bruscamente. Debía de rondar los sesenta años. Vestía un
quimono ligero de color canela sin forro. Su cabello desmelenado se veía amarillento.
Calzaba unas sandalias de paja con los talones desgastados y arrastraba los pies al
caminar ayudándose de un bastón largo cuyo extremo tenía la forma de unas ancas de
rana. Su rostro, de ojos redondos y boca enorme, recordaba al de un sapo. Era una
mujer soez.
—¡Hombre, Taro! —reaccionó la anciana con una voz que parecía atragantarse
con los rayos del sol. Retrocedió dos o tres pasos arrastrando la punta del bastón y se
relamió el labio superior antes de retomar la palabra—: ¿Qué te trae por aquí?
—Nada en particular —contestó el tuerto al tiempo que una sonrisa forzada se
esbozaba en su rostro picado de viruela. Su voz, en cierto modo contenida, pasó
entonces a sonar alegre—: Me preguntaba dónde se habría metido estos días Shakin.
—¡Ay, tú como siempre pensando en mi hija! Ya puedes dar gracias de que la
gallina negra pone el huevo blanco —dijo con retintín la anciana de Inokuma, que
arqueó los labios en una sonrisa burlona.
—Bueno, de paso quería saber cómo hemos quedado al final esta noche, porque
nadie me ha dicho nada todavía.

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—¿Qué? Que yo sepa no hay ningún cambio. El punto de encuentro es
Rashomon, durante el primer tercio de la hora del Jabalí[35]… Tal y como habíamos
dicho desde un principio.
La anciana, algo nerviosa, observó con malicia a uno y otro lado de la calle. Al
ver que no cruzaba nadie, se tranquilizó y volvió a pasarse la lengua por sus gruesos
labios.
—Mi hija está tratando de averiguar cómo está distribuido el interior de la casa.
También de saber si entre los samuráis hay algún tipo realmente diestro con la
espada. Los detalles supongo que nos los dará esta noche.
Al escuchar la explicación, el tal Taro, por debajo del abanico amarillo que le
servía de visera para protegerse de la luz del sol, torció la boca en un gesto burlón.
—Así que Shakin ha hecho buenas migas con alguno de esos samuráis…
—¿Qué? No, no. Tenía pensado colarse en la mansión haciéndose pasar por
buhonera o algo así.
—Ya… Fuera de lo que fuera, tratándose de ella no hay quien se fíe.
—Tú siempre tan desconfiado. Los celos tienen un límite, ¿sabes? Por eso mi hija
te rechaza —replicó la anciana con desprecio mientras pinchaba con el bastón el
cadáver de la víbora. Las moscas azules que se habían acumulado en el cadáver
salieron volando en enjambre por un instante, y se volvieron a posar sobre el cuerpo
enseguida.
—Si no te andas con cuidado, Jiro te la va a birlar. Y si te la quita, que te la quite,
pero aquí al final va a pasar algo. Hasta el abuelo tiene celos de Jiro, así que imagino
que tú más todavía.
—Ya lo sé.
Taro frunció el ceño y escupió con rabia al pie del sauce.
—Lo dudo. La cosa no es tan fácil. Ahora se te ve tranquilo, pero cuando te oliste
la relación entre mi hija y el abuelo, bien que se te fue la cabeza. Al abuelo igual. Si
fuera más osado, seguro que hubierais terminado a cuchilladas.
—De eso ya hace un año.
—Por muchos años que pasen, la cosa no cambia. Lo que se hace una vez se
hacen tres. Y da gracias si solo fueran tres. A mi edad, ya no sé cuántas veces he
cometido la misma estupidez —se rio la anciana mostrando sus dientes ralos.
—No tengo tiempo para bromas… La mansión de esta noche pertenece ni más ni
menos que a un magistrado del gobierno de Fujiwara no Michinaga[36]. ¿Seguro que
está todo listo? —cambió de tema Taro. Su rostro bronceado adquirió un color
distinto, un tono airado, justo cuando un cúmulo de nubes se interponía entre ellos y
los rayos del sol. De repente oscureció a su alrededor. Solo se distinguía el cadáver de
la víbora, cuyas tripas grasientas brillaban ahora con más intensidad.
—Por mucho magistrado de Fujiwara que sea, como mucho no habrá más que
cuatro o cinco samuráis jóvenes e inexpertos. Es tarea fácil. Te lo digo yo, que en esto
tengo experiencia.

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—No te falta ímpetu, anciana. ¿Y nosotros cuántos somos?
—Los de siempre, veintitrés hombres y solo dos mujeres: mi hija y yo. A Akogi,
debido a su estado, la haremos esperar en el pórtico de Rasho.
—Ahora que lo dice, Akogi estará ya en su último mes de embarazo, ¿verdad?
Taro volvió a hacer una mueca burlona. Casi al mismo tiempo desapareció la
sombra de las nubes y la calle se iluminó de nuevo con una luz cegadora. La anciana
de Inokuma, arqueando las caderas hacia atrás, estalló en una risa que sonó como el
graznido de un cuervo.
—¡Ay, la muy tonta! ¿Por quién se habrá dejado tocar? Akogi ha estado siempre
loca por Jiro, así que no me extrañaría que fuera él.
—Dejando de lado la identidad del padre, el estado de Akogi podría resultar un
inconveniente.
—Yo creo que podría ayudar en algo, pero se niega a hacer cualquier cosa. Por
eso me ha tocado a mí irme sola de barrio en barrio informando a los compañeros.
Todavía me quedan tres por visitar. Juro en Makinoshima, Heiroku en Sekiyama y
Tajomaru en Takechi… Pero, bueno, con la tontería nos van a dar las dos de la tarde.
Además, supongo que tú también te habrás cansado de escucharme. —Junto a estas
palabras las ancas de rana del bastón empezaron a moverse.
—Pero ¿dónde está Shakin? —Los labios de Taro se convulsionaron de forma
casi imperceptible. La anciana no pareció darse cuenta.
—A esta hora supongo que estará durmiendo la siesta en Inokuma. Aunque hasta
ayer no se había pasado por casa todavía.
El tuerto miró fijamente a la anciana y se dirigió a ella con una voz apacible.
—En fin, nos vemos más tarde.
—Creo que tú también deberías echarte una buena siesta antes de lo de esta noche
—contestó con elocuencia la anciana de Inokuma, que reanudó su marcha
apoyándose sobre el bastón. Sin que los rayos del sol la intimidaran, se alejó por la
calle Ayanokoji en dirección este. Sus sandalias iban levantando polvo tras de sí y el
color pardo de su quimono le daba un aspecto simiesco. El samurái seguía la figura
de la vieja con la mirada. Su rostro, sudoroso, adquirió un semblante grave. Escupió
una vez más al pie del árbol y al cabo volvió sobre sus pasos con lentitud.
Tras la despedida, bañadas por la luz del sol, las moscas azules zumbaron de
forma casi inaudible sobre el cadáver de la víbora. Salieron volando un instante y
enseguida regresó la quietud.

La anciana de Inokuma, con los cabellos amarillentos empapados en sudor, avanzaba


a golpes de bastón sin preocuparse por el polvo veraniego que se acumulaba en sus
piernas. Había pasado muchas veces por aquella calle, pero parecía mentira lo que

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había cambiado desde su juventud. Cuando recordaba la época en la que trabajaba
como sirvienta en las cocinas de la corte… o más bien cuando recordaba haber dado a
luz a Shakin como resultado de haber sido forzada por un hombre de alto rango,
sentía que no quedaba rastro alguno del esplendor que la antigua capital llegó a tener
en su día. En una calle en la que antaño se cruzaban sin cesar los carruajes tirados por
bueyes propios de la nobleza, crecía ahora una espesura de cardos tristes bajo la
solana. En el interior de un vallado de bambú destartalado, una higuera daba frutos
podridos y sobre un estanque seco se acumulaba una bandada de cuervos que no
reculaban ante la presencia humana. Ella también, en algún momento, se había
convertido en esta anciana con la espalda curvada, el pelo canoso y la cara arrugada.
La capital no era la de antes. Ella tampoco era la de antaño.
Y si el cuerpo cambiaba, también cambiaba el corazón. Recordó que cuando se
enteró de la relación entre su hija y el abuelo, su actual marido, no hacía más que
llorar y ponerse furiosa. Pero ahora consideraba aquella relación como algo natural.
También robar y matar, si uno se acostumbra a ello, no es tan distinto de ocuparse de
las tareas domésticas. Podría decirse que igual que las malas hierbas se extendían por
las avenidas y callejuelas de Kioto, las acciones ruines, sin afectarla a esas alturas lo
más mínimo, asolaban su corazón. Aunque desde otro punto de vista, parecía que
todo había cambiado para seguir igual. Lo que estaba haciendo ahora su hija era
exactamente lo mismo que ella había hecho en el pasado. Tampoco había mucha
diferencia entre lo que hacía antaño su actual marido y lo que hacían ahora los
hermanos Jiro y Taro. Será que el ser humano no deja de repetir las mismas acciones
hasta el infinito. Pensándolo así, si la capital de antaño era la capital de ahora,
significaba que ella también seguía siendo la misma…
Todas estas reflexiones cruzaron confusamente por el pensamiento de la anciana
de Inokuma. Abordada por un sentimiento de tristeza, sus ojos redondos se
enternecieron y los músculos de su rostro de sapo quedaron por un momento
relajados. Pero tardó bien poco en recuperar su aspecto vivaracho junto con todas sus
arrugas. Así, esbozando una sonrisa, aceleró el ritmo del bastón.
Su apremio se debió también a que ya estaba cerca de su destino. A cuatro o cinco
ken [37] de distancia calle abajo, se levantaba una pared de adobe medio derruida que
separaba la calle de una espesura de miscantos (en lo que antaño debía de haber sido
un jardín). En el interior se alzaban dos o tres árboles de la seda que dejaban ver
algunas de sus flores mustias de color rojo por encima de las tejas del muro. El
musgo que cubría las tejas estaba requemado por el sol. En mitad del jardín se alzaba
una chabola miserable y sospechosa con paredes de esterilla, rodeada en sus cuatro
costados por una espesura de bambú seco. Por su apariencia y por el lugar donde
estaba construida, aquella debía de ser la morada de algún mendigo.
Pero lo que realmente atrajo la mirada de la anciana fue la presencia de un joven
samurái de apenas diecisiete o dieciocho años que estaba plantado con los brazos
cruzados frente a aquella chabola. Vestía un suikan del color de la hojarasca y llevaba

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en el obi una katana de vaina negra. Por alguna razón estaba espiando el interior de la
chabola. Por la ingenuidad de sus ojos y sus mejillas, que a pesar de verse
demacradas no habían perdido su aspecto infantil, la anciana no tuvo problemas en
identificarlo.
—Jiro, ¿qué haces? —preguntó la anciana de Inokuma elevando el mentón. Se
acercó a él y detuvo los pasos de rana de su bastón.
Jiro se volvió hacia ella en un sobresalto. Pero al reconocer las canas, la cara de
sapo y la lengua que se relamía los gruesos labios, dejó escapar una sonrisa y señaló
en silencio hacia el interior de la chabola.
En el interior de la chabola había una mujer de unos cuarenta años tendida sobre
un tatami destartalado que estaba directamente extendido sobre el suelo. Una piedra
le servía de almohada. A excepción de un paño de lino para el sudor que le cubría las
caderas, no llevaba nada puesto. Su pecho y su estómago, de piel tersa y amarillenta,
estaban hinchados. Daba la sensación de que si se apretaban ligeramente con el dedo,
rezumarían una mezcla líquida de sangre y pus. El sol se filtraba por las esterillas de
paja que servían de pared, y le iluminaba las axilas y la base del cuello, donde podían
apreciarse unas manchas negras como albaricoques podridos que desprendían un
hedor insoportable.
Junto a la almohada, tirado de cualquier manera, había un cuenco de barro con los
bordes desportillados. Por los granos de arroz pegados en el fondo, se intuía que la
mujer lo había utilizado para comer gachas de arroz. Aunque también había en su
interior tres o cuatro guijarros cubiertos de barro. Estaban amontonados
cuidadosamente, como si alguien hubiera querido gastarle una broma. Entre las
piedras se mantenía erguida una rama del árbol de la seda con las flores y las hojas
secas, a imitación de las ramas de pino y ciruelo hechas con oro y tela que se
colocaban de adorno en las bandejas de los banquetes.
Al presenciar aquella escena, incluso una mujer de carácter fuerte como la
anciana de Inokuma no pudo evitar echarse atrás frunciendo el ceño. Al instante
recordó el cadáver de la víbora.
—Pero ¿qué…? Es una apestada, ¿verdad?
—Sí, su estado es muy grave, así que seguramente alguien del barrio, sin saber
qué hacer con ella, la ha dejado aquí tirada. —Jiro dejó entrever sus dientes blancos
en una sonrisa.
—Pero ¿tú por qué tienes que estar aquí mirándola?
—Cuando pasaba por aquí, he visto que se acercaban dos o tres perros callejeros.
Tenían la intención de darse un buen festín, así que los he tenido que espantar a
pedradas. Si no llego a aparecer, ya se abrían comido por lo menos uno de los brazos.
La anciana apoyó la barbilla sobre el bastón para observar esta vez atentamente el
cuerpo de la mujer. Sobre el tatami, junto al brazo estirado, se podían ver las pisadas
de barro de los perros. Su piel lívida, humedecida por las babas, tenía la marca
amoratada de varios colmillos. La mujer, con los ojos cerrados, no pestañeaba y era

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difícil saber si respiraba. La anciana volvió a experimentar asco y reculó como si la
abofetearan.
—¿Está viva o está muerta?
—Quién sabe.
—Si está muerta, mejor que se la hubieran comido los perros.
La anciana extendió entonces el bastón para darle un golpecito con la punta. La
cabeza se deslizó de la piedra y, arrastrando el cabello tras de sí, cayó como un plomo
sobre el tatami. En la cara de la enferma, con los ojos aún cerrados, no se movió ni un
solo músculo.
—¡Pero qué haces! ¡No hagas eso! Tampoco se ha movido antes, cuando la han
atacado los perros.
—Eso es que está muerta.
—Qué horrible morir así y ser devorado por los perros.
—¿Horrible por qué? Si ya está muerta, aunque se la coman los perros, ya no le
va a doler. —Soltó una carcajada la anciana con los ojos desorbitados, mientras se
apoyaba en el bastón para enderezar la espalda y continuar hablando—. Y si no está
muerta, en vez de estar ahí sufriendo, mejor que un perro le arrancara de cuajo la
garganta y así se le acababa el dolor de una vez. En ese estado tampoco iba a durar
mucho. Si tiene que morirse, mejor que sea de golpe.
—Pues yo no puedo quedarme como si nada mirando cómo los perros se comen a
una persona.
La anciana de Inokuma, relamiéndose el labio superior y fingiendo indiferencia,
replicó de forma insolente.
—¿Acaso no se matan los hombres unos a otros a sangre fría y tú ni te inmutas?
—Si me lo pones así… —Jiro se echó hacia atrás un mechón del pelo y enseñó
por cuarta vez sus dientes blancos en una sonrisa. Luego le dirigió a la anciana una
mirada de ternura—. ¿Adónde vas, abuela?
—Voy a ver a Juro de Makinoshima, a Tajomaru de Takechi y…, ay, mira, ¿por
qué no me haces el favor de llevarle tú el recado a Heiroku de Sekiyama?[38] —
Mientras hablaba, la anciana de Inokuma había avanzado ya dos o tres pasos agarrada
a su bastón.
—Bueno, a mí no me importa ir. —Dejando atrás al fin la chabola de la apestada,
Jiro también se puso a caminar hombro con hombro con la anciana bajo un cielo
abrasador.
—De ver a aquella mujer me ha entrado mal cuerpo. —La anciana frunció el ceño
de forma exagerada—. Oye, tú sabes dónde está la casa de Heiroku, ¿verdad? Tiras
recto y cuando llegas a la puerta del templo Ryuhon, giras a la izquierda, ahí verás la
mansión del magistrado de Fujiwara. Luego sigues todo recto y listo. Y ya que te
viene de paso, date una vuelta por los alrededores de la mansión para tantear bien el
terreno.
—Ya, si ya tenía pensado pasarme por la mansión, por eso andaba por aquí.

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—Vaya, menos mal que tú sí que eres espabilado. A tu hermano mayor, con esa
facha, a la mínima lo pillan, así que a él es mejor no enviarlo a hacer ninguna
inspección. En tu caso no creo que haya ningún problema.
—Pobrecito de mi hermano, anciana, que hasta tú hablas mal de él.
—Pero ¿qué dices? ¡Si yo soy de las pocas que lo defienden! No te imaginas las
cosas que dice de él mi marido.
—Pero eso es porque tuvieron aquel problema.
—No tiene nada que ver, porque, mira, de ti el abuelo no habla mal.
—¿No será que a mí no me considera más que un niño?
Así estaban los dos de charla mientras avanzaban por una calle estrecha. Entre
casa y casa, herbazales de artemisas, fragmentos de viejos muros de adobe, apenas
unos pocos pinos y sauces… Se mirara adonde se mirara, junto con un ligero olor a
muerto que flotaba en el aire, todo lo que los rodeaba hacía recordar que esta ciudad
estaba en plena decadencia. En todo el camino, solo se cruzaron con un inválido que
se arrastraba apoyándose sobre las manos con la ayuda de ashida[39].
—Oye, Jiro, ándate con cuidado. —La anciana de Inokuma forzó una sonrisa al
recordar la cara de Taro—. Tu hermano se está obsesionando demasiado con mi hija.
Sus palabras causaron en Jiro un efecto inesperado. De repente apareció una
sombra entre sus cejas espesas y bajó los ojos en señal de disgusto.
—Sí, si ya tengo cuidado.
—Pero por mucho cuidado que tengas… —susurró la anciana un poco
sorprendida ante la reacción de Jiro mientras seguía con el tic de relamerse los labios
—. Por mucho cuidado que pongas…
—De todas formas, mi hermano piensa como piensa, así que yo no puedo hacer
nada al respecto.
—Te seré franca. Ayer vi a mi hija y me comentó que hoy a las dos teníais una
cita frente a la puerta del templo Ryuhon. También me dijo que durante ya casi un
mes has estado esquivando a tu hermano para no tener que encontrarte con él. ¿Qué
pasaría si Taro se enterase? Seguro que terminaríais riñendo.
Jiro, irritado, asentía con la cabeza y permanecía en silencio tratando de esquivar
las explicaciones interminables de la anciana. Pero no era tarea fácil callar a la
anciana de Inokuma.
—Antes, en la encrucijada de Suzaku, me he encontrado con él y he intentado
persuadirlo para que se calme, porque cuando hay una disputa entre gente como
nosotros, la cosa siempre termina a cuchilladas. Y yo lo que estoy es preocupada por
mi hija, porque no quiero que se vea envuelta en una de esas disputas y que termine
herida. Pero como mi hija tiene mucho temperamento y Taro, por su parte, es un terco
de cuidado, yo había pensado que quizás podía contar contigo para evitar males
mayores. Tú eres buena persona, Jiro, tan buena persona que ni siquiera puedes ver
cómo un perro devora a un muerto.

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La anciana, como si se sintiera obligada a suprimir aquella desazón que había ido
manifestándose poco a poco en su pecho, se echó a reír con una voz ronca totalmente
forzada. En cambio, Jiro continuaba con el semblante ensombrecido y caminaba con
la mirada baja como si estuviera inmerso en sus propias reflexiones…
La anciana de Inokuma, acelerando el ritmo de su bastón anfibio, por primera vez
en su vida rezó de todo corazón.

Más o menos a esa misma hora, tres o cuatro niños pasaban por la chabola de la
apestada. El más gamberro llevaba el cadáver de la víbora pinchado en un palo. Con
un poco de reparo, alargó el brazo y dejó caer la víbora sobre el rostro de la muerta.
Las vísceras azuladas de la tripa abierta se pegaron a la mejilla de la mujer y el
líquido viscoso que rezumaba la cola se deslizó por la barbilla… Apenas lo vieron,
los niños soltaron un grito de terror y salieron por patas en todas direcciones.
En ese instante, la mujer, que hasta entonces había parecido estar muerta, abrió de
repente sus párpados flácidos y amarillentos. Mientras fijaba la mirada en el cielo,
con unos ojos que parecían las claras de un huevo podrido, sus dedos llenos de arena
empezaron a temblar. Entonces, desde el fondo de sus labios resquebrajados, escapó
un sonido apenas perceptible que ya no era ni voz ni aliento.

Taro, tras despedirse de la anciana de Inokuma, avanzó sin prisas en dirección norte
por la gran avenida Suzaku. Sin decidirse por el sol o por la sombra se iba abanicando
de tanto en tanto. A aquella hora no había casi nadie por la calle. A paso lento cruzó
un samurái montado sobre un caballo alazán, en una silla lacada con detalles de
nácar, protegiéndose del sol con un sombrero de juncos. Detrás lo seguían sus pajes
cargando un baúl para armaduras. Y tras ellos, algunas golondrinas de pecho blanco y
brillante que volaron veloces a ras de suelo y levantaron el polvo de la calle. Después
ya nada se movió. Un cúmulo de nubes, desleído por los brillos metálicos de la
sequía, permanecía inmóvil sobre las techumbres de teja y de ciprés. En las casas
erigidas a ambos lados de la avenida no se percibía movimiento alguno. Las
contrapuertas de madera cerradas y las persianas de bambú bajadas invitaban a pensar
que al otro lado todos los habitantes, sin excepción, estaban muertos.

El temor de que su hermano Jiro le robara a su amada Shakin, tal y como había
insinuado la anciana de Inokuma, se le presentó al fin como una posibilidad real
frente a sus ojos. Esa mujer… «Esa mujer que se ha acostado incluso con su
padrastro… Yo estoy lleno de hoyos de viruela, soy tuerto y feo, así que no es extraño
que ella se haya fijado en mi hermano, más joven que yo, un joven apuesto de piel
morena. Pero estaba convencido de que Jiro, ese hermano pequeño que tanto me
apreciaba cuando éramos críos, me respetaba; incluso pensaba que si Shakin lo

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seducía, él sería lo suficientemente prudente para no dejarse tentar. Pero ahora,
pensándolo bien, me doy cuenta de que me había formado una idea equivocada de él;
de que lo he subestimado. No, más que infravalorar a Jiro, mi error ha sido
subestimar la capacidad de Shakin para el coqueteo y las zalamerías. No solo Jiro
tiene la culpa. De hecho, hay más hombres que han arruinado su vida por una sola
mirada de Shakin que golondrinas revoloteando en este cielo abrasador. Yo mismo,
que ahora pienso esto… A mí no me bastó más que con una sola mirada suya para
terminar degradado hasta este punto…».

En el cruce con la callejuela Shijo-bomon[40], el carruaje rojo de una dama adelantó a


Taro en dirección sur. No se veía a la dama del interior, pero en aquellas calles
desoladas, la sola imagen de la persiana de seda teñida con una gradación de rojos,
destacaba lo suficiente como para resultar provocativa. Los muchachos que guiaban
los bueyes uncidos y los sirvientes que caminaban junto a la carreta miraron a Taro
con desconfianza. Los únicos que no desviaron la mirada hacia el costado fueron los
bueyes, que avanzaban lentamente con los cuernos bajos mientras sus espaldas de
laca negra ondeaban magnánimas. Sin embargo, los destellos deslumbrantes del oro y
el nácar incrustado en la carruaje, no llamaron más que un breve instante la atención
de Taro, que seguía cabizbajo, inmerso en sus propias reflexiones.
Se detuvo un momento hasta que el carruaje pasó de largo. Luego volvió a dirigir
su mirada tuerta hacia el suelo y reanudó la marcha en silencio.
«Aquella época en la que trabajaba de alguacil en la prisión del distrito oeste, la
recuerdo ahora como algo muy lejano en el tiempo. Si comparo mi yo de entonces
con el de ahora, tengo la sensación de que no somos la misma persona. Aquel yo
seguía con veneración las enseñanzas budistas y nunca descuidaba el acatamiento de
las leyes. Ahora, en cambio, me dedico a robar. De vez en cuando provoco un
incendio. Y son más de dos y tres veces las que he asesinado. ¡Ah! Mi antiguo yo
solía charlar entre risas con mis compañeros de la prisión mientras apostábamos en
juegos de azar. Visto desde la distancia, cuán feliz debía de ser mi antiguo yo.
»Al recordarlo, parece que fue ayer, pero ya ha pasado un año. Esa mujer ingresó
en la prisión del distrito oeste por un delito de robo. Empecé a hablar con ella por
casualidad a través de los barrotes. Nuestras charlas se hicieron cada vez más
frecuentes, hasta que empezamos a confesarnos mutuamente las cosas más íntimas.
Por eso, cuando la anciana de Inokuma y sus secuaces asaltaron la prisión para
rescatarla, yo hice la vista gorda y dejé que se escapara. Desde aquella noche visité
una y otra vez la casa de la anciana en Inokuma. Shakin calculaba la hora a la que yo
llegaría y me esperaba del otro lado de la celosía mientras espiaba la calle teñida por
el crepúsculo. Cuando me veía, si no había peligro para entrar, me hacía una señal
con un silbido parecido al chillido de una rata, como el que hacen las prostitutas para
llamar a los clientes. En el interior de la casa, a excepción de Akogi, la criada, no
había nadie más. Enseguida Shakin cerraba las ventanas de la celosía y encendía un

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candelera. Así, en aquellos pocos metros de tatami, disponíamos la bandeja de
comida y las copas de sake y disfrutábamos de un pequeño festín exclusivo para dos.
Luego reíamos o sollozábamos juntos, discutíamos, nos reconciliábamos… Hacíamos
todo aquello que hacen todos los amantes, y así hasta que nos daba el alba.
»Me presentaba al anochecer y me iba al amanecer. Así durante al menos un mes,
hasta que descubrí que Shakin era la hija de la anciana de Inokuma, fruto de un
matrimonio anterior; que era la cabecilla de un grupo de veintitantos ladrones que de
vez en cuando provocaba el pánico en el interior de la capital; que vendía sus
encantos para subsistir igual que una mujer de la mala vida… Sin embargo, todas
esas cosas, lejos de convertirla en alguien despreciable, le daban a esa mujer un aura
de misterio más propio de uno de esos personajes que aparecen en los rollos de
pintura. Insistió varias veces para que me uniera a su cuadrilla, pero yo siempre
rechazaba su ofrecimiento. Entonces ella se burlaba de mí, me decía que era un
cobarde, y a mí eso me encolerizaba…».

—¡Ea, Ea! —Taro, oyendo aquella voz de arreo, se echó rápidamente a un lado de la
calle. Doblando el cruce desde la calle Sanjo-bomon[41], corría calle abajo un plebeyo
en hizami[42] empapado de sudor. Tiraba de un caballo de carga con dos fardos de
arroz a cada lado. La sombra del caballo se proyectó sobre el suelo y brillaron las alas
de una golondrina que salió disparada en diagonal hacia lo alto. Enseguida volvió a
bajar, como si no fuera más que un guijarro que alguien acababa de lanzar. Cruzó en
horizontal por las narices de Taro y se metió bajo el alero de un tejado. Taro, como si
recordara algo, siguió caminando mientras se ventilaba con el abanico amarillo de
papel.

»Se sucedieron los días y los meses, hasta que llegó el día en que descubrí por
casualidad que esa mujer se acostaba con su padrastro. Ya sabía que yo no era el
único hombre que gozaba libremente de Shakin, puesto que en más de una ocasión
ella misma se había jactado de haber tenido relaciones con tal noble de la corte o con
tal monje. Aunque yo pensaba: es posible que la piel de esa mujer conozca muchos
hombres, pero su corazón me pertenece exclusivamente a mí. Sin duda la fidelidad de
una mujer no está sometida a su cuerpo… Así lo creía, y con ello conseguía superar
los celos. Aunque seguramente esa manera de pensar me la fue inculcando esa mujer
sin que yo me diera cuenta. De cualquier forma, pensando de ese modo logré aliviar
las penas de mi corazón más de una vez. Con todo, la relación entre esa mujer y su
padrastro era distinta.
»En cuanto me olí lo que pasaba, me dio un gran disgusto. Ese tipo de relaciones
entre padre e hija son repugnantes. Y que la anciana de Inokuma, su verdadera madre,
aceptara aquella relación sin rechistar era, si cabe, más deleznable. Eran peores que
las bestias. No sé cuántas veces llegué a llevarme la mano a la katana cuando veía la
cara de aquel viejo borrachuzo. Pero cada vez que ocurría, Shakin se mofaba

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deliberadamente del viejo con crueldad; un ardid que, a pesar de ser obvio, conseguía
frenarme. “No soporto a mi padrastro, lo detesto”. Si me decía esas cosas, por mucho
que yo odiara a su padrastro, a ella no podía odiarla de ninguna manera. Desde
entonces hasta el día de hoy, su padrastro y yo hemos estado reñidos y nos hemos
ignorado mutuamente. Si el viejo fuera más osado… No, si yo fuera más osado, uno
de los dos habría muerto hace tiempo…».

Al levantar la vista del suelo, Taro se vio de pronto dando la vuelta por la calle Nijo
para cruzar el pequeño puente sobre el riachuelo Mimito. Con un rumor apenas
perceptible, el agua del estrecho riachuelo, prácticamente seco, se deslizaba entre los
sauces y las casas deteniendo y reanudando a trechos su curso. Los reflejos solares le
daban el aspecto de una katana en la forja. Corriente abajo, en la distancia, dos o tres
sombras oscuras de lo que parecían cormoranes perturbaban los brillos del agua.
Podrían ser también algunos niños del barrio que se estuvieran dando un baño.
En la mente de Taro apareció por un instante un recuerdo de su infancia… Bajo el
puente de la calle Gojo, pescando pequeñas carpas con su hermano… Un recuerdo
nostálgico, lleno de tristeza, que le llegó como una brisa en la canícula. Pero ni él ni
su hermano eran ya los mismos de entonces.
Cruzando el puente, el rostro de Taro, marcado por la viruela, adquirió un aspecto
aún más grave.

«Entonces un día, de repente, me llegó la noticia de que mi hermano, que estaba de


ayudante del gobernador de Chikugo, había sido llevado a la prisión del distrito este
acusado de ser un ladrón. Siendo yo alguacil, conocía como nadie la dureza de las
cárceles, así que me quedé preocupado por el estado de mi hermano, cuyo cuerpo no
era nada musculoso. Estaba igual de preocupado que si me hubiera sucedido a mí, así
que se lo comenté a Shakin. Ella, como quien no quiere la cosa: “Pues asaltamos la
prisión y listos”. Junto a ella estaba la anciana de Inokuma, que me recomendó lo
mismo repetidas veces. Al final me convencieron; reunimos a cinco o seis ladrones y
aquella misma noche asaltamos la prisión, rescatando a mi hermano sin dificultad.
Todavía conservo la cicatriz en el pecho de una herida recibida en el asalto. Pero lo
que nunca podré olvidar es que aquella noche maté a un alguacil. No puedo sacarme
de la cabeza el grito estridente de aquel hombre al morir y el olor a sangre. Incluso
ahora, en mitad de este bochorno, parece que lo reviviera.
»Desde aquel día, mi hermano y yo permanecimos escondidos en la casa de
Shakin en Inokuma. Para las fuerzas del orden, una vez cometes un crimen, da igual
si vives honradamente o si escoges la mala vida para subsistir. Como de todas formas
iba a morir, prefería alargar mi vida lo máximo posible, así que terminé haciéndole
caso a Shakin: mi hermano y yo nos unimos a la camada de ladrones. Desde entonces
he provocado incendios, he asesinado… No existe fechoría que no haya cometido.
Por supuesto, al principio no me sentía a gusto. Pero bien mirado, tampoco me resultó

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tan difícil como podría esperarse. Llegó un punto en el que pensé que las malas
acciones eran algo natural en el ser humano…».

Taro, casi de forma inconsciente, dobló la calle al llegar a un cruce. En el cruce había
un montículo de tierra rodeado en su base por piedras. Sobre el montículo, dos
lápidas, una junto a la otra, bañadas por la luz rojiza del atardecer. En la base de las
lápidas, varias lagartijas de piel viscosa y negra como el tizne se agarraban a la
piedra. Antes de que la sombra de Taro se proyectara sobre ellas, se agitaron y se
dispersaron, ahuyentadas por el sonido de los pasos. Pero Taro no les prestó atención.

«Cuantas más fechorías cometo, más apego siento por Shakin. Matar y robar, todo lo
hago por ella. De hecho, si asalté la prisión con la intención de salvar a Jiro, no fue
únicamente por no dejar en la estacada a mi único hermano, sino también porque
temía que Shakin se mofara de mí. No quiero perder a esa mujer por nada del mundo.
Y ahora mi hermano carnal pretende robarme a esa mujer. Jiro, por quien arriesgué
mi vida, pretende robármela. Aunque no puedo estar seguro de si pretende robármela
o de si ya me la ha robado. Yo, que no dudaba en absoluto de los sentimientos de
Shakin, había permitido que sedujera a otros hombres como recurso para ganarse la
vida, a pesar de tratarse de un trabajo despreciable. En cuanto a la relación con su
padrastro, si imaginaba que el viejo la había seducido sin que ella se diera cuenta,
abusando de su autoridad paterna, aún podía hacer la vista gorda y vivir sin pensar en
ello. Pero que esté con Jiro… Eso ya es otra cosa.
»Mi hermano y yo parece que tengamos un carácter muy distinto, pero no es tan
distinto como podrían hacer pensar las diferencias de nuestro aspecto físico. En
realidad, los dos tuvimos viruela hace siete u ocho años, pero a mi hermano apenas lo
perjudicó, por eso pudo conservar sus rasgos de nacimiento y convertirse en un
hombre apuesto, mientras que a mí me afectó de gravedad, dejándome tuerto, a pesar
de que nací sin ninguna tara. Si un tuerto feo como yo ha conseguido robarle el
corazón a Shakin (¿no será esto más que vanidad?), será que mi alma es poderosa. En
ese caso, por haber nacido del mismo padre, mi hermano debe de tener esa misma
alma. Además, a ojos de cualquiera mi hermano es más apuesto que yo. Así que es
lógico que Shakin se sienta atraída por Jiro, pues reúne ambas cualidades. También a
la inversa, pues si lo equiparo conmigo, Jiro no será en absoluto capaz de vencer la
tentación de esa mujer. Ahora bien, yo me he avergonzado siempre de mi fealdad. Por
eso mismo he tratado de evitar toda clase de amoríos. Y aun así, he acabado
perdiendo la cabeza por Shakin. Pero ¿por qué Jiro, que es consciente de su propia
hermosura, caerá en las zalamerías de esa mujer?
»La verdad es que el acercamiento de Jiro y Shakin es comprensible. Pero
precisamente eso, que sea comprensible es lo que a mí más me duele. Mi hermano
pequeño va a robarme a Shakin. No solo eso… sino que va a robarme todo lo que ella
representa para mí. Va a suceder, sin duda, tarde o temprano. Y yo no voy a perder

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solo a Shakin. Voy a perder con ella a mi hermano. Y con su pérdida voy a ganarme
un enemigo… Yo no tengo piedad con mis enemigos. Aunque mis enemigos tampoco
la tendrán conmigo. Así que no existe más que una solución para zanjar este asunto.
Está claro. O mato yo a mi hermano o me mata él a mí…».

Taro no se sobresaltó al llegarle a la nariz un hedor intenso a muerto. Pero no era la


muerte de su corazón la que desprendía aquel olor. Cerca de las callejuelas de
Inokuma, al pie de una valla de mimbre, había un par de cadáveres de niños
putrefactos. Estaban desnudos, uno encima del otro, abandonados de cualquier
manera. Entre la piel de los cuerpos, quemada por el sol aquí y allá, asomaban trozos
de carne violácea y pegajosa sobre los que reposaban varios moscones azules. Pero
eso no era todo. Bajo el rostro de bruces de uno de los niños, penetraban las hormigas
veloces.
Taro tuvo la sensación de que le estaban mostrando su propio porvenir.
Involuntariamente, se mordió con fuerza el labio inferior.

«Sobre todo últimamente, Shakin me ha estado evitando. De las pocas veces que nos
hemos visto, en ninguna me ha puesto buena cara. Algunas veces incluso se ha
dirigido a mí con insultos. Yo entonces me enfadaba. Una vez le pegué. Otra le arreé
patadas. Pero mientras le pegaba o le daba puntapiés, no podía dejar de sentir que me
estaba castigando a mí mismo. Es comprensible. Mis veinte años de vida residen en
los ojos de Shakin. Así que perder a Shakin sería lo mismo que perderme a mí
mismo. Perder a Shakin, perder a mi hermano y al mismo tiempo perderme a mí
mismo. Quizás ha llegado el momento de perderlo todo…».

Mientras así pensaba, se plantó frente al trapo blanco que colgaba del dintel de una
puerta[43]. Era la entrada de la casa de la anciana de Inokuma. El hedor a muerto
seguía llegando hasta allí. Junto a la puerta, las hojas verdes de un níspero
proyectaban su sombra sobre la ventana. Una sombra que, aun siendo muy delgada,
refrescaba. ¿Cuántas veces habría pasado por debajo de aquel árbol? ¿Cuántas veces
habría atravesado aquella puerta? ¿Y qué sucedería a partir de ahora?
Taro se sintió de pronto mentalmente cansado. Hundiéndose en un
sentimentalismo singular, se le llenaron los ojos de lágrimas y se acercó a la entrada.
En ese preciso instante, llegó hasta sus oídos la voz del viejo de Inokuma mezclada
con la voz estridente de una mujer. Pudiéndose tratar de Shakin, sintió que debía
acudir en su ayuda.
Apartando el trapo blanco de la entrada, atravesó el umbral de la puerta para
perderse con pasos apresurados en la oscuridad del interior.

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Tras despedirse de la anciana de Inokuma, Jiro sentía un gran peso en el pecho. Llegó
a las escaleras del templo Ryuhon y subió los peldaños uno a uno como si los contara.
Al alcanzar la cima, aparentemente cansado, tomó asiento bajo una de las columnas
redondas de laca bermellón que se veían desconchadas en varios puntos. Ni siquiera
el sol de la canícula podía hacer frente a los aleros altos de un tejado oblicuo que
obstruía el paso de sus rayos. A espaldas de Jiro, en la penumbra del portalón, la
estatua musculosa e imponente de una deidad Kongorikishi[44] protegía el acceso al
interior del recinto soleado. Su imagen desoladora, con el pecho lleno de excrementos
de golondrina, pisaba sobre corolas de loto azul y amenazaba al visitante con un
garrote alzado en la mano izquierda… Jiro pudo al fin relajarse y reflexionar sobre su
estado de ánimo.
Los rayos del sol seguían deslumbrando la calle de enfrente con la misma
intensidad. Sobre la tierra blancuzca cruzó volando una golondrina cuyas alas
brillaron un instante como el satén negro. Luego apareció un hombre vestido de
blanco caminando a paso lento, visiblemente abrumado por el calor. En una mano
sostenía un enorme parasol y en la otra llevaba una caña verde de bambú con unas
pinzas en el extremo, con las que seguramente le entregaría una carta a algún
aristócrata[45]. Tras él, sobre la tapia encalada del fondo, ya no se proyectó ni siquiera
la sombra de un perro callejero.
Jiro se sacó del obi un abanico. Mientras abría y cerraba una a una las varillas de
madera de ciricote, se puso a pensar en su relación con Taro.
«¿Por qué tengo yo que soportar esto? Mi único hermano me considera un
enemigo. Cada vez que nos encontramos, por mucho que le dirija la palabra, él no me
contesta y termina interrumpiéndome. A estas alturas, que Shakin y yo estemos
juntos, es comprensible. Sin embargo, cada vez que me encuentro con esa mujer, no
puedo dejar de sentirme mal por mi hermano. En especial siento pena por mi
hermano después de verme con ella e incluso he llegado a derramar lágrimas en
secreto. De hecho, hasta he pensado alguna vez en despedirme de los dos y emigrar a
las tierras del este. Si así lo hiciera, mi hermano y yo dejaríamos de odiarnos y me
olvidaría, seguramente, de Shakin. Pero cada vez que voy a casa de mi hermano con
la intención de despedirme para siempre, mi hermano me trata con frialdad e
indiferencia. Y cuando me veo con Shakin, a pesar de haber tomado una resolución,
soy yo el que se olvida de decírselo. ¿Cuántas veces me lo habré reprochado a mí
mismo?
»Sin embargo, mi hermano no puede entender mi sufrimiento. Cegado por esa
mujer, no me ve más que como a un rival amoroso. No me importa si me insulta. No
me importa si me escupe a la cara. Incluso si llegara a matarme, no me importaría.
Solo pido que comprenda lo mucho que me odio a mí mismo por cometer esta
especie de adulterio y hasta qué punto comparto sus mismos sentimientos. Bajo la
condición de que me comprenda, estoy dispuesto a aceptar cualquier tipo de muerte a

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manos de mi hermano. En comparación con mi sufrimiento actual, qué feliz sería
abandonándome a la muerte.
»A Shakin la amo. Pero también la odio. Su naturaleza inconstante me enerva con
solo pensarlo. Además, siempre está mintiendo y se muestra imperturbable
asesinando a sangre fría, de formas tan poco escrupulosas que hasta a mi hermano y a
mí nos da reparo. A veces, cuando observo su figura obscena tendida en el lecho, me
pregunto cómo es posible que me haya enamorado de ella. Cuando supe que aquella
piel estaba acostumbrada a las manos de tantos otros hombres desconocidos, tuve la
tentación de asesinarla con mis propias manos. Hasta tal punto la odio. Pero siempre,
al mirarla a los ojos, termino cayendo en sus encantos. No existe otro ser humano que
posea un cuerpo tan hermoso y a la vez un alma tan podrida como ella.
»Mi hermano tampoco parece darse cuenta del odio que siento por ella. No,
porque mi hermano no odia el corazón salvaje de esa mujer como yo lo odio. Los dos
nos tomamos de forma muy distinta el hecho de que Shakin tenga relaciones con
otros hombres. Mi hermano, aunque lo sepa, permanece callado. Parece aceptar los
caprichos esporádicos de esa mujer como meros antojos. Pero yo no puedo
aceptarlos. Para mí, si Shakin mancilla su cuerpo, corrompe al mismo tiempo su
alma. O incluso pienso que mancillar su cuerpo es aún peor que corromper su alma.
Por supuesto, tampoco toleraría que su corazón se decantara por otro hombre. Pero
que entregue su cuerpo a otro hombre sigue siendo más doloroso. Precisamente por
eso tengo celos de mi hermano. A la vez que me siento mal por él, siento celos de él.
Nuestra manera de amar parece remontarse a maneras de pensar que ya eran
incompatibles desde el principio. Diferencias que están destruyendo nuestra relación
fraterna…».
Así pensaba Jiro mientras observaba la calle atolondrado. Hasta que una risa lo
asaltó desde algún rincón, tan estrepitosa que pareció alterar el movimiento
deslumbrante de los rayos solares. Al instante, se oyó la voz atiplada de una mujer y
la voz ronca de un hombre intercambiándose bromas lascivas con insolencia. Jiro
reaccionó guardándose el abanico en el obi y poniéndose de pie.
Tras alejarse de la columna del templo no estaba seguro de si debía bajar o no las
escaleras cuando por la callejuela, viniendo del sur, cruzó frente a él una pareja.
El hombre, de unos treinta años, vestía atuendos de samurái en tonos anaranjados,
se cubría con un bonete alto y llevaba ceñida en el obi una katana cincelada que
mostraba sin disimulo. Parecía borracho. La mujer vestía un quimono blanco con
estampados púrpura y se cubría el rostro con un velo que colgaba de su sombrero de
juncias. Pero a pesar de su indumentaria de damisela, por la voz y los ademanes no
cabía duda de que era Shakin. Jiro descendió la escalinata, se mordió el labio y desvió
la mirada hacia otra parte. Ellos no le prestaron atención.
—No me falles, ¿eh? Y sobre todo que no se te olvide.
—No te preocupes, no te fallaré. Déjalo en mis manos.
—Me tengo que asegurar, porque claro, mi vida depende de ello.

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El hombre, de barba pelirroja, abrió la boca tanto al reírse que se le vio la
garganta y luego le dio un toquecito con los dedos a Shakin en la mejilla.
—Yo también me la juego, ¿sabes?
—Así me gusta.
Los dos pasaron de largo la escalinata del templo y llegaron hasta la encrucijada
en la que Jiro se había despedido de la anciana de Inokuma. Se detuvieron y se
pusieron a flirtear sin preocuparse de que los vieran. Más tarde, el hombre se fue
alejando, pero no dejaba de girarse una y otra vez para insistir con alguna tontería,
hasta que al final terminó perdiéndose al oeste del cruce. La mujer volvió sobre sus
pasos y se dirigió de nuevo hacia el templo entre risitas. Jiro, plantado al pie de la
escalinata y afectado por un sentimiento confuso mezcla de alegría y de tristeza,
recibió a Shakin sonrojado como un niño y buscó con la mirada sus grandes ojos
negros a través del velo.
—¿Has visto a ese tipo? —preguntó Shakin entre risas, abriendo el velo y
dejando a la vista la cara sudada.
—Como para no verlo…
—Aquel tipo… Bueno, vamos a sentarnos.
Los dos se arrimaron hombro con hombro y se sentaron en el peldaño más bajo de
la escalinata. Afortunadamente, el único pino rojo que había a las puertas del templo,
delgado y retorcido, dejaba caer su sombra sobre ellos.
—Aquel tipo es uno de los samuráis al servicio del magistrado —dijo Shakin
quitándose el sombrero mientras se sentaba. De pequeña estatura, la agilidad de sus
gestos recordaba a la de un gato. Tenía veinticinco o veintiséis años. Su rostro poseía
una mezcla de animalidad terrible y belleza insólita: frente estrecha y mejillas
carnosas, dientes brillantes y labios suculentos, ojos vivaces y cejas generosas…
Cualidades que en principio eran difíciles de imaginar en conjunto, se unían en su
rostro de forma enigmática y natural. Pero por encima de todo destacaba su melena
azabache caída sobre los hombros, que según la luz brillaba con tonos azulados,
como las plumas de un cuervo. Jiro sintió desprecio por los atractivos femeninos de
Shakin, que por mucho que mirase nunca decaían.
—También es tu amante, ¿verdad?
Shakin estrechó los ojos, se rio y negó con la cabeza haciéndose la ingenua.
—Pero si no es más que un pobre estúpido. Es como un perro que hace todo lo
que le digo. Gracias a él me he enterado de todo.
—¿De qué?
—¿Cómo que de qué? Pues de los detalles de la mansión del magistrado. A ese
tipo se le va la lengua con facilidad. Antes me comentaba que su señor se ha
comprado un caballo nuevo… Sí, sí, creo que le voy a pedir a Taro que lo robe para
mí. Se trata de un potro de tres años criado en la provincia de Mutsu. No está nada
mal, ¿verdad?
—Sí, seguro que mi hermano hace lo que sea con tal de agradarte.

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—Uy, no me digas que estás celoso. Que sepas que detesto los celos. Además,
con Taro… Al principio llegué a pensar que me gustaba, pero ya no hay nada entre
nosotros.
—Pronto dirás lo mismo de mí, supongo.
—Eso nunca se sabe —se rio Shakin con estridencia—. ¿Estás enfadado? Si
quieres, le digo a Taro que no venga.
—Menuda arpía que estás hecha… —Jiro frunció el ceño, recogió un guijarro que
había a sus pies y lo lanzó a lo lejos.
—Seré una arpía, pero tu destino ha sido enamorarte de esta arpía… ¿Todavía
dudas de mí? Si es así, mejor que lo dejemos…
Shakin guardó silencio un momento y se quedó observando la calle. De repente,
se volvió hacia Jiro con ojos penetrantes y esbozó una sonrisa fría apenas perceptible.
—Si tanto dudas de mí, te contaré algo interesante.
—¿Algo interesante?
—Sí.
La mujer arrimó la cara y Jiro percibió el olor del maquillaje mezclado con sudor.
Jiro experimentó un escozor en el cuerpo causado por la excitación y giró el rostro
hacia el otro lado.
—¿Sabes? A aquel tipo se lo he contado todo.
—¿El qué le has contado?
—Que vamos a ir todos esta noche a la mansión del magistrado.
Jiro no podía dar crédito a lo que oía. La excitación, que ya empezaba a ser
sofocante, se desvaneció de golpe. Miró al rostro de la mujer con desconfianza y
decepción.
—No hace falta que te pongas así, que no es para tanto —dijo Shakin con sorna
bajando un poco la voz—. Esto es lo que le he contado. Que mi dormitorio da a una
avenida en la que hay una valla hecha con madera de ciprés y que anoche, detrás de
aquella valla, escuché una conversación entre cinco o seis hombres. Seguro que eran
ladrones, porque oí que nombraban la mansión del magistrado y discutían sobre el
modo de asaltarla. También le he revelado que la fecha era hoy y que se lo decía
porque lo apreciaba mucho, así que tenía que estar debidamente preparado porque su
vida corría peligro. Estoy segura de que me ha hecho caso y han tomado las medidas
oportunas para esta noche. El tipo ahora iba a buscar ayuda. Es posible que consiga
reunir a veinte o treinta samuráis.
—¿Por qué diablos has hecho eso? —Jiro, todavía perplejo y poniéndose cada vez
más nervioso, escudriñó los ojos de Shakin.
—Lo he hecho por ti.
—Pero ¿por qué? —cuestionó Jiro con incredulidad al tiempo que sentía que algo
terrible agitaba su corazón…
—¿Aún no lo entiendes? Se lo he contado todo porque así, si luego le pido a Taro
que robe el caballo… Él solo no tiene nada que hacer. Y aunque otros lo ayuden,

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tampoco va a cambiar mucho la cosa. ¿No es eso bueno para nosotros?
Jiro se sintió como si le echaran un jarro de agua fría por encima.
—¿Matar a mi hermano?
Shakin asintió abiertamente mientras jugaba con el abanico entre los dedos.
—¿Qué hay de malo en ello?
—Pero es que así, tendiéndole una trampa…
—¿Acaso eres tú capaz de matarlo?
Jiro sintió que Shakin lo observaba fijamente con la mirada penetrante de un gato
salvaje. La energía que había en el interior de esos ojos pretendía adormecer poco a
poco su conciencia.
—Pero es que eso es algo muy mezquino.
—Por muy mezquino que sea, ¿qué otras opciones tenemos? —insistió Shakin,
que arrojó el abanico y tomó entre sus manos pausadamente la mano derecha de Jiro.
—Si solo fuera mi hermano, aún, pero poner en peligro la vida de todos nuestros
compañeros… —Mientras lo decía, Jiro se dio cuenta de su desliz. Y una mujer
astuta como Shakin no podía dejar escapar aquella ocasión.
—¿Ah, sí? Si solo muriera tu hermano, ¿estarías de acuerdo? ¿Y eso por qué?
Jiro se sacó de encima las manos de Shakin y se levantó sonrojado. Se quedó
callado y se puso a caminar de un lado a otro frente a Shakin.
—Si te parece bien matar a tu hermano, ¿qué te ha de importar que se mueran
unos cuantos camaradas? —disparó en el blanco Shakin, que alzó la cabeza para
mirar a Jiro a la cara.
—¿Y qué pasa con la anciana?
—Si se tiene que morir, que se muera.
Jiro se detuvo y observó a Shakin desde arriba. Los ojos de Shakin ardían como
las brasas de una hoguera en una mezcla de desprecio y pasión.
—Si es por ti, yo estoy dispuesta a matar a quien sea.
El tono de sus palabras punzaba como el aguijón de un alacrán. Jiro volvió a
estremecerse de nuevo.
—Pero mi hermano…
—¿Acaso no estoy sacrificando yo a mi propia madre?
Shakin bajó la mirada. La tensión de su rostro desapareció y sus rasgos se
relajaron. Sobre la arena ardiente cayeron lágrimas a borbotones entre destellos.
—A ese tipo ya se lo he contado todo… No hay vuelta atrás… Si los demás se
enteran… yo… yo… Estoy perdida… Me van a matar… Taro me matará.
Mientras escuchaba las frases entrecortadas de Shakin, en el corazón de Jiro brotó
espontáneamente el coraje que nace de la desesperación. Completamente pálido y sin
añadir palabra, se arrodilló, tomó entre sus manos heladas las manos de Shakin y las
estrechó fuertemente. Ambos sintieron que aquel gesto sellaba un pacto terrible.

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Tras levantar la cortinilla blanca de la entrada y acceder al interior de la casa, Taro se


encontró con una escena inesperada que lo dejó perplejo.
En una sala más bien estrecha, la puerta corredera de madera que daba a la cocina
estaba derribada sobre un biombo de mimbre que la sujetaba a duras penas.
Posiblemente a consecuencia del alboroto, el cuenco de barro para quemar hojas de
pino y ahuyentar los mosquitos estaba partido en dos. Por todo el suelo se apreciaban
restos de ceniza y algunas hojas verdes a medio quemar. Llena de ceniza de la cabeza
a los pies, una mujer ordinaria de unos dieciséis o diecisiete años, gorda, con mal
color de cara y pelo ondulado, asomando las piernas por el quimono desarreglado,
pataleaba y gritaba como una loca para sacarse de encima a un viejo calvo y barrigón.
El viejo, con pinta de borracho, la agarraba por los pelos con una mano, mientras que
con la otra levantaba en el aire una botellita con el cuello roto, cuyo líquido tiznado
trataba de verter en vano sobre la boca de la muchacha. Pero el líquido grisáceo se
desparramaba sobre los ojos y la nariz, sin que llegara a entrar ni una sola gota en la
boca. Finalmente, cuando el viejo perdió la paciencia, trató de abrirle los labios a la
fuerza. Ella se resistía a beber y sacudía la cabeza con tanta violencia que casi le
arranca los cabellos. Brazo con brazo, pierna con pierna, los dos se enredaban y se
separaban de tal manera que Taro, al entrar de golpe en la penumbra de la casa desde
un lugar iluminado, no pudo distinguir de quién era cada cuerpo. Pero sí supo a
simple vista, obviamente, de quiénes se trataba.
Sin perder el tiempo, Taro se descalzó las sandalias y se precipitó al interior de la
sala. En un abrir y cerrar de ojos, sin que le costara ningún esfuerzo, le arrebató al
viejo la botellita que sostenía en su mano derecha. Luego, montando en cólera, lo
reprendió.
—¡¿Pero qué haces?!
A la intervención incisiva de Taro respondió inmediatamente el viejo con
mordiscos.
—¡Eh, tú! ¡¿Qué haces?!
—¿Yo? ¡Esto es lo que hago!
Taro arrojó la botella, tomó la mano izquierda del viejo para liberar los cabellos
de la muchacha y lo derribó de una patada contra la puerta. Akogi, espantada ante
aquel rescate inesperado, reculó a gatas uno o dos tatamis. Pero al ver al viejo tirado
sobre su espalda, se plantó de rodillas frente a Taro, agachó la cabeza y, con
tembleques todavía, juntó las palmas de las manos como si adorara a un dios. Al
punto, salió disparada como una flecha hacia la calle y desapareció tras la cortinilla
blanca tal y como iba: desgreñada y descalza. El anciano de Inokuma, enfurecido,
trató de ir tras ella, pero Taro le arreó otra patada que lo arrojó esta vez a las cenizas.
Para entonces, ella, entre jadeos, ya había pasado de largo el níspero y corría a
trompicones hacia el norte.

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—¡Socorro! ¡Me quiere matar! —gritaba el viejo, perdido ya el ímpetu del primer
momento, mientras pasaba por encima del biombo e intentaba llegar a la cocina. Taro
alargó el brazo con rapidez, agarró al viejo por el cuello del suikan, que era de color
turquesa, y lo echó al suelo de nuevo.
—¡Asesino! ¡Asesino! ¡Que alguien me ayude! ¡Parricida!
—¡Qué estupideces dices! Yo no voy a matarte. ¿Quién va a querer matarte a ti?
—se mofó Taro del viejo con voz altiva mientras lo retenía bajo sus rodillas. Aunque
en ese momento surgió en él un deseo incontenible de matar a aquel viejo chocho. No
le costaba nada matarlo allí mismo. Con una sola estocada bastaría; con un solo golpe
de gracia en la carne roja y fofa de aquella cerviz, todo terminaría. La resistencia del
tatami en la punta de la katana que lo atravesaba; la contorsión del cuerpo a la hora de
la muerte percibida en la misma empuñadura; el olor de la sangre derramada al retirar
el arma… Esa fantasía provocó que Taro alargara involuntariamente su mano hacia la
empuñadura, que estaba reforzada con fibra de kuzu[46].
—¡Mentira! ¡Mentira! ¡Tú siempre has tenido la intención de matarme! ¡Por
favor, que alguien me ayude! ¡Asesino! ¡Parricida!
El anciano de Inokuma, como si hubiera adivinado las intenciones de Taro, trató
de reincorporarse desesperadamente entre sollozos y berridos.
—¡Bellaco! ¿Qué pretendías hacerle a Akogi? ¡Confiesa! Si no hablas…
—¡Lo confieso, lo confieso…! ¡Te lo diré todo! Pero si te lo digo, no me matarás,
¿verdad?
—Mira que te… ¿Lo dices o no lo dices?
—Lo digo, lo digo, lo digo… Pero antes suéltame, que no me dejas respirar y así
no puedo hablar…
Taro hizo caso omiso de las palabras del viejo y con tono de querer matarlo
repitió la misma pregunta.
—¿Lo dices o no lo dices?
—¡Lo digo! —gritó el anciano de Inokuma a voz en cuello mientras seguía
forcejeando y oponiendo resistencia—. Lo único que pretendía era hacerle beber esa
medicina. Pero la idiota de Akogi no se la quería beber. Así que al final he tenido que
ponerme violento. Solo eso. Pero que sepas que quien ha preparado la medicina ha
sido mi mujer, así que de eso yo no sé nada.
—¿Medicina? ¡Seguro que es para abortar! Por muy idiota que sea la muchacha,
no puedes obligarla a que haga algo tan horrendo. ¡Viejo desgraciado!
—¿Ves? Me obligas a decírtelo y cuando te lo digo tienes todavía más ganas de
matarme. ¡Asesino! ¡Desalmado!
—¿Quién ha dicho que te voy a matar?
—Si no piensas matarme, ¡¿por qué diablos empuñas la katana?! —gritó el viejo
con espuma en la comisura de los labios, mientras alzaba la calva empapada en sudor
y miraba hacia arriba para observar a Taro. Entonces a Taro le vino la imagen
claramente a la cabeza. Pensó que si iba a matarlo, aquel era el mejor momento. Sin

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darse cuenta, aumentó el peso en las rodillas, presionó con fuerza el mango de la
katana y miró fijamente a la nuca del viejo. Por debajo de los pocos pelos canosos
que le quedaban en el cogote, se le marcaban dos grandes tendones. Alrededor, los
pelos trataban de disimular su piel roja y arrugada como la de una gallina. Cuando
observó aquella cerviz, sintió una extraña compasión.
—¡Asesino! ¡Parricida! ¡Mentiroso! ¡Asesino! ¡Asesino!
Mientras seguía a gritos con los insultos, el anciano de Inokuma al fin consiguió
librarse de las rodillas de Taro y reincorporarse. En cuanto vio la oportunidad, se
abalanzó hacia la puerta derribada y la utilizó de escudo. Sus ojos se movían de un
lado a otro buscando un hueco por donde escapar. Taro, al contemplar el rostro
vicioso del viejo, completamente hinchado y enrojecido, con los rasgos deformados
por el miedo, se arrepintió de no haberlo matado todavía. Sin embargo, fue soltando
lentamente la empuñadura. Sus labios esbozaron una sonrisa amarga de lástima hacia
sí mismo y tomó asiento a disgusto en uno de los viejos tatamis.
—No eres digno de que te atraviese con esta katana.
—Si me matas, serás un parricida.
El anciano de Inokuma se relajó al ver que Taro se sentaba y poco a poco fue
saliendo a gatas desde detrás de la puerta. Sin relajarse del todo, se sentó en el tatami
en diagonal a Taro, manteniendo la distancia.
—¿Por qué diablos voy a ser yo un parricida si te mato? —espetó Taro dirigiendo
los ojos hacia la ventana. El marco de la ventana recortaba un cuadrado de cielo. En
su interior, las hojas del níspero recibían la luz del sol por ambas caras, creando un
claroscuro de verdes que se amontonaban silenciosos en una copa sin aire.
—Pues porque sí… Shakin es mi hijastra y como tú tienes relación con ella, eso
te convierte automáticamente en mi hijo.
—Entonces tú, que has hecho de esa hijastra tu amante, ¿qué eres? ¿Una bestia o
un ser humano?
—Aunque yo sea una bestia, esto es parricidio —gruñó el viejo mientras se
inspeccionaba con preocupación las mangas del suikan, que habían sufrido algún que
otro desgarrón en el forcejeo.
—Veo que sigues teniendo mucha labia —se mofó Taro arqueando suavemente
los labios.
—¿Qué labia ni qué ocho cuartos? —El anciano de Inokuma le echó a Taro una
mirada penetrante y se rio con desdén—. Entonces te lo pregunto. ¿Me consideras tu
padre? O mejor aún, ¿serías capaz de considerarme tu padre?
—Eso no hace falta ni preguntarlo.
—No puedes, ¿verdad?
—No, no puedo.
—Pues eres un egoísta, ¿no crees? Shakin es la hija de mi anciana esposa, fruto
de un matrimonio anterior, así que no es mi hija. Y si por estar yo con la vieja, tengo
que pensar que Shakin es también mi hija, entonces tú, por estar con Shakin, deberías

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pensar que yo soy tu padre. Pero tú no crees que yo sea tu padre. No solo no crees
que no sea tu padre, sino que además me vas dando palizas según se te antoje. ¿Por
qué no dejas de decirme entonces que piense en Shakin como si fuera mi hija? ¿Qué
tiene de malo que la convierta en mi amante? Si yo soy una bestia por hacer de
Shakin mi amante, tú también eres un animal por querer matar a tu padre. —El viejo,
con aire triunfal y chispas en los ojos, amenazó a Taro con la punta del dedo índice,
lleno de arrugas—. ¿Quién tiene razón, entonces? ¿Tú o yo? Hasta un tipo como tú
puede entender esto. Además, la vieja y yo nos conocemos desde que yo ejercía de
sirviente para los guardas de palacio. No sé lo que pensaría la vieja de mí entonces,
pero yo estaba locamente enamorado de ella.
Taro no habría imaginado nunca que oiría aquellas palabras en boca de un viejo
tan vil, borrachuzo y vulgar. De hecho, hasta dudaba de que aquel viejo tuviera los
mismos sentimientos que el resto de la gente. El anciano de Inokuma enamorado y la
anciana de Inokuma siendo amada… Taro percibió su propia sonrisa, que apareció
unos segundos en su rostro de forma espontánea.
—En eso me enteré de que mi vieja tenía un amante.
—Entonces seguro que la anciana no te hacía ni caso.
—Que tuviera un amante no prueba que yo no le gustara. Si vas a seguir
interrumpiéndome, dejo de hablar y ya está —dijo el anciano de Inokuma poniéndose
serio. Al punto, avanzó de rodillas para arrimarse a Taro y tragó saliva para continuar
con su relato—. La vieja se quedó preñada de su amante. Eso no era nada grave. El
problema fue que después de tener al bebé, la vieja desapareció. Pregunté por ella.
Unos me dijeron que había caído enferma por la peste; otros que se había ido a la
provincia de Tsukushi. Más tarde supe que se había retirado por un tiempo a la casa
de algún conocido en el camino de Nara. La vida se me volvió insulsa sin ella. No
hacía más que beber y apostar a los dados. Hasta que alguien me lo propuso y me
metí a ladrón. Si robaba sarga, vestía sarga. Si robaba brocados, vestía brocados. Pero
yo no dejaba de pensar en la vieja. Así pasaron diez o quince años, hasta que llegó el
día de nuestro reencuentro…
El viejo estaba ya sentado en el mismo tatami que Taro. Se había emocionado
tanto con su propio relato que permaneció un instante moviendo la boca sin decir
nada, con las mejillas bañadas en lágrimas. Taro alzó la mirada y observó con su ojo
bueno la cara llorosa del viejo, que parecía otra persona.
—El día de nuestro reencuentro, la vieja ya no era la misma de antaño. Yo
tampoco era el mismo. Pero al ver a Shakin, tan parecida, tuve la impresión de que la
mujer que yo amaba había regresado. Así que pensé que si me separaba de la vieja,
también debía separarme de Shakin y que si algún día me separaba de Shakin, al
menos podía estar con la vieja… Por eso tomé la decisión de convertirla en mi esposa
y me las traje a las dos a esta casa humilde de Inokuma… —explicó el viejo con voz
sollozante, arrimando su cara inundada de lágrimas a la de Taro. A Taro le llegó de
pronto un desagradable olor a alcohol que no había notado hasta ahora y se cubrió la

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nariz con el abanico—. Así pues, desde entonces hasta el día de hoy, le he dedicado
toda mi vida a una sola persona: a la vieja que amé entonces. Es decir, a la Shakin de
ahora. Pero tú, no sé por qué razón, me lachas de bestia por ello. ¿Tanto odio le tienes
a este pobre anciano? Si tanto me odias, adelante, mátame. Termina con mi vida aquí
y ahora. Si tengo que morir, mejor que seas tú quien me mate. Pero no olvides que
estarás matando a tu padre y te pondrás al nivel de las bestias. Una bestia que mata a
otra bestia… Qué ironía.
A medida que se le iban secando las lágrimas, el viejo iba recuperando su mala
cara habitual y su actitud insultante. Su dedo índice, arrugado como una pasa,
amenazó de nuevo a Taro.
—Sí, las bestias matan a las bestias. ¡Venga, mátame, canalla! Antes, cuando
intentaba hacerle beber la medicina a la estúpida de Akogi, has estallado en cólera,
así que supongo que serás tú el padre del niño que lleva dentro. Si no eres tú una
bestia, ¿quién va a serlo, entonces?
Apenas terminó de hablar, con las facciones lívidas y retorcidas, el viejo
retrocedió aprisa hasta la puerta derribada, buscando refugio de nuevo. Taro, sin
soportar más los insultos, se levantó del suelo y se llevó la mano a la empuñadura de
la katana, pero en el último momento se detuvo, se puso a hacer movimientos con la
boca y le lanzó al viejo un escupitajo en la cara.
—Esto es lo más apropiado para una bestia como tú.
—¡Deja ya de llamarme bestia! ¿Acaso Shakin es exclusivamente tu amante?
¿Qué me dices de Jiro? El verdadero animal eres tú, que le quieres robar la mujer a tu
propio hermano.
Taro se arrepintió por segunda vez de no haber matado al viejo. Al mismo tiempo,
temía que el deseo de matarlo reapareciera, por lo que se quedó en silencio, con el ojo
bueno en llamas. Arreó una patada al suelo y se dispuso a marchar… Entonces el
anciano de Inokuma, desde atrás, meneando el dedo en el aire, siguió lanzándole
pullas.
—¿Acaso te crees todo lo que te he contado? ¡Era todo mentira! Es mentira que
conociera a la vieja desde tantos años atrás y también es mentira que Shakin se
parezca a ella. ¿Te enteras? ¡Era todo mentira! Pero por mucho que lo pretendas, tú
no puedes reprocharme nada. Yo soy un mentiroso. Soy una bestia. Y tú no eres más
que un canalla que ha intentado matarme…
Mientras seguía profiriendo insultos, dejó progresiva mente de vocalizar con
claridad. Todo el odio del que era capaz se acumuló en sus ojos turbios. Pisoteó
violentamente el suelo y no paró de gritar sinsentidos. Taro, sintiendo una gran
repugnancia, hizo oídos sordos y salió inmediatamente de la casa de Inokuma. En el
exterior estaba oscureciendo, pero el paso de las golondrinas no cesaba.
«¿Y ahora adónde voy?». Al salir, Taro ladeó la cabeza. Se dio cuenta de que si
había ido hasta la casa de Inokuma, era para ver a Shakin, así que ahora no tenía ni
idea de dónde podría encontrarla. «Bueno, pues de momento me voy a Rashomon y

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espero a que anochezca». En esa decisión se escondía, por supuesto, el deseo de
reencontrarse con Shakin cuanto antes. Las noches en las que tocaba hurto, Shakin
solía disfrazarse con ropa de hombre. Esa ropa, así como algunas armas, permanecían
ocultas en un baúl de cuero en el piso de arriba del pórtico. Con espíritu resuelto, se
echó a andar a zancadas calle abajo.
Al llegar a Sanjo giró hacia el oeste, atravesó el río Minuto y siguió por la orilla
en dirección sur hasta salir a la avenida Shijo. Allí, a una cuadra de distancia, Taro
divisó a una pareja que pasaba charlando bajo la tapia del templo Ryuhon.
Él vestía un suikan del color de la hojarasca y ella un quimono púrpura, e iban
dejando a su paso una risa alegre. Sus sombras, sobrepuestas, atravesaron de una
callejuela a otra. Entre el vuelo vertiginoso de las golondrinas, la vaina negra que
llevaba el hombre en el obi emitió un destello. Los dos desaparecieron enseguida.
Taro, con el rostro ensombrecido, se detuvo en mitad de la calle y dejó escapar un
murmullo: «Al fin y al cabo, todos somos bestias».

Las noches de verano avanzaban con rapidez y pronto dieron las diez. La luna no
había salido todavía. En la oscuridad sofocante y silenciosa de la ciudad dormida,
apenas podía percibirse el brillo tenue de algunas estrellas, cuya luz blanca quedaba
reflejada en la superficie del río Kamo. En las encrucijadas de calles grandes y
pequeñas, las lámparas habían dejado de iluminar. El Palacio Imperial, los herbazales
de miscantos, las casas y las tiendas, todo se extendía bajo el cielo sereno de la noche
como una sola superficie plana y extensa, ilimitada, de colores y formas difusas.
Tampoco existía diferencia entre los barrios del este y del oeste, donde reinaba un
absoluto silencio. El único sonido que llegaba de vez en cuando era el gorjeo del
ruiseñor. Si en mitad de aquel silencio se oía el suave crepitar de algún fuego
acogedor, se trataría probablemente de un grupo de personas confinadas en el interior
de un templo, reunidas en torno a la luz de una lámpara votiva. Estarían rezándole a
la imagen del Kujaku Myo-o[47], mientras el humo del incienso difuminaba el
cardenillo, el dorado y los colores vivos de la pintura colgante. Si no, podría tratarse
de un grupo de monjes mendigos reunidos a la sombra de las hogueras de basura,
bajo los puentes de Shijo o de Gojo, con el objetivo de pasar otra corta noche de
verano. O bien de los extraños fuegos fatuos que brillan noche tras noche entre la
hierba y sobre los tejados, provocados por el espíritu del zorro viejo que habita el
pórtico de Suzaku, según dicen, para espantar a los transeúntes[48]. El resto de la
ciudad, desde el norte de la avenida Suzaku hasta los límites de la carretera de Toba,
más allá de Rashomon, se hundía en el fondo de la noche, entre el olor del humo para
repeler los mosquitos. La noche avanzaba en silencio y con rapidez, ignorando
incluso la brisa que mecía suavemente las hojas de las artemisias junto al río.

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A aquella hora, en el extremo sur de la avenida Suzaku, en los alrededores de
Rashomon, se oyeron algunos ruidos extraños. Eran las cuerdas de varios arcos que
se llamaban y se respondían, vibrando como un batir de alas de murciélago. A la
señal, fueron apareciendo de la nada uno, tres, cinco, hasta ocho individuos con
atuendos sospechosos. Bajo la luz tenue de las estrellas, podían entreverse sus
figuras: uno llevaba ceñida una katana, otro cargaba una lanza; uno agarraba un
hacha, otro sostenía una alabarda. Todos iban armados. Vestían espinilleras y
sandalias de paja. Fueron llegando prestos al puente de piedra frente al pórtico, donde
formaron una fila. A la cabeza iba Taro. Tras él, el anciano de Inokuma. Este parecía
haber olvidado su rencilla con Taro y mostraba ahora ostentosamente la punta de su
alabarda, que centelleaba en la oscuridad. Les seguía Jiro, la anciana de Inokuma y,
algo más apartada, Akogi. Se reunieron en torno a Shakin, que vestía un suikan negro
y ceñía una katana. A la espalda llevaba un arco y un carcaj. Después de observar a
todos los reunidos, se dirigió a ellos.
—¿Estáis preparados? Esta noche, como de costumbre, nos enfrentamos a un
enemigo temible. Vayámonos haciendo a la idea. De momento, que quince o dieciséis
hombres vayan con Taro por la parte de atrás. El resto irá conmigo por la parte de
delante. El botín más preciado es el caballo de Mutsu, que está en el establo de la
parte trasera. Dejemos que del caballo se encargue Taro. ¿Entendido?
Taro estaba distraído escudriñando las estrellas. Al oír las órdenes de Shakin,
torció la boca y asintió con la cabeza.
—Y os aviso de que no quiero que se tomen rehenes entre las mujeres y los niños.
Después resulta un engorro sacárselos de encima… Bien, si ya estamos todos,
partamos.
Shakin alzó el arco e hizo una señal para que todos la siguieran. Pero al ver que
Akogi se quedaba parada y se mordía las uñas con aire abatido, se acercó a ella con
palabras dulces.
—Akogi, tú espéranos aquí. En una hora o dos ya estaremos de regreso.
Akogi, distraída como una niña, miró a Shakin y asintió en silencio.
—¡Vamos, pues! No te vuelvas a quedar atrás, Tajomaru. —Se volvió el anciano
de Inokuma para dirigirse a uno de sus compañeros, mientras se encajaba la alabarda
bajo el brazo. Vestido con un suikan rojizo, Tajomaru, sin dignarse a contestar,
resopló e hizo sonar la guarda de la katana contra la vaina. Quien sí contestó fue un
tipo elocuente de barbilla azulada que marchaba con un hacha junto al viejo.
—Eh, tú, Inokuma. A ver si te vas a asustar otra vez con alguna sombra.
Doce o trece de los ladrones dejaron escapar una risilla. Con Shakin en el centro,
el grupo, cúmulo de una tormenta cargada de tensión, avanzó hacia el norte por la
avenida Suzaku. Como las aguas fangosas que desbordan los sumideros y
desaparecen en los socavones, el grupo se confundió enseguida entre las tinieblas.
Atrás, bajo el brillo de la luna blanca recién salida, se alzaba el tejado imponente de
Rashomon, que dominaba la avenida Suzaku con un aspecto desolador. De forma

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intermitente se escuchaba el canto distante del ruiseñor. La figura de Akogi, que hasta
ese momento había permanecido en pie en lo alto de la escalinata de piedra, cuyos
cinco peldaños alcanzaban de ancho siete jō[49] también había desaparecido. Al poco
tiempo, en el piso superior del pórtico, iluminado tenuemente, rechinó una ventana
que se abría. A la ventana se asomó un pequeño rostro femenino que contempló el
ascenso de la luna en la distancia. Akogi, disfrutando de su soledad, observó cómo la
ciudad se iba iluminando poco a poco a sus pies y esbozó una sonrisa al sentir que el
feto se movía.

Jiro, blandiendo su katana ensangrentada contra dos samuráis y tres perros a la vez,
fue retrocediendo por las callejuelas hacia el sur hasta tres o cuatro cuadras. No tenía
tiempo para preocuparse por el estado de Shakin. Los samuráis lo atacaban en grupo
sin darle un respiro. Los perros, con el pelambre del lomo erizado, saltaban sobre él
desde todas dilecciones. La calle estaba iluminada tenuemente por la luz de la luna,
pero lo suficiente para distinguir el brillo de las espadas. Jiro, completamente rodeado
por los perros y los samuráis, se batía a la desesperada.
O mataba a los otros o lo mataban a él, no había otro modo de librarse. Mientras
se hacía a la idea, una ferocidad fuera de lo común incrementaba sus fuerzas por
momentos. Paró la estocada del adversario y contraatacó, al tiempo que se sacaba de
encima un perro que trataba de morderle la pierna. Los dos movimientos fueron
prácticamente simultáneos. Pero no terminó ahí la cosa. Aún tuvo que voltear la
katana para defenderse de los colmillos de un perro que se le echaba encima desde
atrás. Entonces se dio cuenta de que en algún momento había recibido una herida. A
la luz de la luna percibió un reguero rojo oscuro que le caía por la frente mezclándose
con el sudor. Pero Jiro, resuelto a morir, no se preocupó por la herida y blandió el
arma con aspavientos de un lado a otro, como si fuera la katana la que lo controlara a
él. Con la cara lívida, frunció el ceño y sus cejas espesas se juntaron en una sola
línea. Había perdido el bonete y su suikan estaba rasgado.
Aquello se alargó durante un rato, hasta que uno de los samuráis que lo atacaba
con el sable en alto, echó de repente el cuerpo hacia atrás y soltó un grito
espeluznante. La katana de Jiro lo había penetrado en diagonal desde el costado hasta
la pelvis. El corte del hueso provocó un sonido seco y el acero salió segando las
tinieblas entre destellos. Luego la katana danzó en el aire para bloquear desde abajo
el ataque de otro samurái, cercenándole el brazo desde el codo. El samurái salió
huyendo por donde había venido. Jiro se dispuso a correr tras él para terminar el
trabajo cuando uno de los perros de caza, dando un bote como una pelota, le mordió
la muñeca. Retrocedió unos pasos y sintió como si todos sus músculos, bajo la katana
que blandía ensangrentada, se aflojaran de golpe. No pudo más que seguir con la

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mirada la espalda del samurái que huía con la silueta recortada por la luna. Entonces
tuvo la sensación de haberse despertado de una pesadilla, al darse cuenta de que
estaba justo enfrente de la puerta del templo Ryuhon.
Media hora antes, el grupo de ladrones que atacó la mansión del magistrado por la
puerta principal, fue recibido con una inesperada lluvia de flechas que salían
disparadas a diestra y siniestra desde la puerta interior y desde dentro y fuera de las
cocheras. La vanguardia de ladrones fue dispersada. Una flecha atravesó el muslo de
Juro Masakinoshima, que iba entre los primeros, y cayó al suelo como si resbalara.
Dos o tres hombres que iban tras él se dieron media vuelta a toda prisa, unos con
heridas en el brazo y otros con rasguños en la cara. No podían calcular el número de
arqueros, pero las flechas de plumas rojiblancas cruzaban el aire sin cesar con un
silbido estremecedor. Una de las flechas llegó hasta Shakin, a pesar de que estaba en
la retaguardia, y le atravesó una de las mangas de su suikan oscuro.
—¡Que no hieran a la jefa! ¡Disparad! ¡Disparad! ¡Nuestras flechas también
tienen punta! —gritó Heiroku de Katano mientras golpeaba el mango del hacha. Al
instante se escucharon varias voces de aliento y empezaron a volar las Mechas
también desde el lado de los ladrones. Las palabras de Heiroku despertaron cierto
remordimiento de conciencia en Jiro, que permanecía en la última línea empuñando
la katana. Desde el costado escudriñó disimuladamente el rostro de Shakin, quien
estaba allí de pie sin inmutarse, en medio de aquel alboroto y con el arco y el carcaj
intactos. De espaldas a la luna, observaba atentamente cómo iban y venían las
flechas, sin disimular su sonrisa.
Heiroku, enojado, volvió a alzar la voz hacia sus compañeros.
—¿Por qué habéis dejado tirado a Juro? ¿Vais a dejar morir a uno de los nuestros
por un puñado de flechas?
Juro, con una flecha atravesada en el muslo, hacía esfuerzos por levantarse, pero
no podía. Como un cuervo al que le hubieran arrancado las alas, se apoyaba en la
katana para arrastrarse mientras trataba de esquivar las flechas que caían sobre él. Jiro
se estremeció al verlo y desenvainó la katana, pero Heiroku le echó una mirada de
reojo.
—Tú encárgate de proteger a la jefa. Para encargarse de Juro ya hay ladrones
menores de sobra —soltó con sorna.
Jiro percibió en las palabras de Heiroku cierta ironía insultante. Mordiéndose los
labios, le devolvió a Heiroku una mirada penetrante. Justo en ese mismo momento,
anticipándose a los ladrones que corrían en desorden para rescatar a Juro, se oyó el
soplido ensordecedor de un cuerno. A cuya señal, desde el interior de la puerta, entre
el zumbido caótico de las flechas, aparecieron las orejas puntiagudas y los colmillos
afilados de seis o siete perros de caza. Entre gruñidos, corrieron en dirección a los
ladrones y levantaron a su paso una polvareda blanca, perfectamente visible a pesar
de ser de noche. Detrás de los perros salieron diez o quince samuráis armados hasta
los dientes que empujaron a los ladrones lejos del recinto de la mansión. No se

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distinguía a amigos de enemigos. Heiroku blandió su hacha y se plantó en primera
línea. Las espadas y las alabardas se alzaban brillantes como una arboleda de la que
salían voces indistintas. No podría decirse si eran voces humanas o gemidos de
bestias. Los ladrones ya no reculaban, se habían replegado para contraatacar y se
abalanzaban ahora con ferocidad contra el enemigo. También Shakin disparaba sus
flechas, decoradas con plumas de halcón. Sin perder en ningún momento la sonrisa,
su expresión resultaba amenazadora. Mientras disparaba, se cubrió con rapidez tras
una de las tapias derruidas en el otro extremo de la calle.
Cada vez costaba más distinguir al amigo del enemigo, mezclados en una sola
masa de la que se alzaban gritos enloquecidos. Todos se batían con entrega alrededor
de Juro, que estaba herido. Los perros, excitados por el olor de la sangre, ladraban
estrepitosamente mientras parecían esperar el desenlace de la batalla. De pronto,
doblando la esquina de la mansión, apareció corriendo uno de los ladrones que había
atacado la parte trasera. Estaba envuelto en sudor y polvo y tenía dos o tres heridas
leves que todavía sangraban. La katana rota que traía al hombro indicaba que también
al otro lado la lucha estaba siendo más dura de lo que se había previsto. Llegó hasta
Shakin con la respiración entrecortada. La luz de la luna remarcó el contorno de su
figura.
—¡Al otro lado nos hemos tenido que retirar! Taro, nuestro líder, estaba al otro
lado de la puerta rodeado de enemigos.
Shakin y Jiro se miraron el uno a otro en la penumbra de la tapia.
—¿Rodeado? ¿Y qué ha hecho?
—No lo sé. Pero conociendo a Taro, seguro que se ha podido librar de alguna
manera.
Jiro, mirando hacia otra parte, se alejó del lado de Shakin. El ladronzuelo, como
era de esperar, no se fijó en el detalle.
—El anciano y la anciana creo que estaban heridos. Teníamos ya al menos cuatro
o cinco bajas entre los nuestros. Eran demasiados…
Shakin asintió con la cabeza y se fue tras de Jiro para hablarle con voz áspera.
—Nosotros también vamos a retirarnos. Jiro, silba para que todos se retiren.
Jiro, con todos los músculos de la cara tensos, se llevó los dedos de la mano
izquierda a la boca y lanzó un par de silbidos agudos. Era una señal de retirada que
solo conocían los compañeros. Aun así, ninguno de los ladrones retrocedió al
escuchar el silbido. De hecho, rodeados por hombres y por perros, los ladrones no
tuvieron ocasión de retirarse y el silbido, infructuoso, se perdió entre las callejuelas
mientras cortaba el aire sofocante de la noche. Tras el silbido, el choque de las
espadas, el ladrido de los perros y el griterío de los hombres se elevaron con más
intensidad hasta alcanzar las estrellas distantes del cielo.
Shakin, alzando la mirada hacia la luna, movió las cejas a la velocidad del rayo.
—No hay nada que hacer. Será mejor que nos vayamos.

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Antes de que terminara de pronunciar esas palabras, Jiro, como si no la estuviera
escuchando, se llevó los dedos a la boca de nuevo con la intención de hacer la señal
una vez más. Antes de que llegara a silbar, algunos ladrones salieron en desbandada
por uno y otro lado. Entonces los perros y los samuráis formaron un solo grupo y
corrieron hacia donde estaban ellos. Al instante, entre las manos de Shakin se oyó
vibrar el arco y una de sus flechas con plumas de halcón atravesó el estómago del can
blanco que venía al frente. Entre gemidos de dolor, cayó derribado hacia un costado.
De su estómago salieron derramadas varias manchas de sangre oscura. El samurái
que corría detrás, sin verse amedrentado, atacó a Jiro desde el costado con la katana
en alto. Jiro detuvo casi de forma involuntaria el golpe y las espadas despidieron
chispas con un chirrido metálico… En ese instante, Jiro, a la luz de la luna, reconoció
a aquel hombre por su barba roja y por el atavío anaranjado.
Recordaba claramente la cara de ese tipo, al que había visto con Shakin a los pies
de la escalinata del templo Ryuhon. Entonces lo inundó una sospecha temible. ¿Se
habría puesto de acuerdo Shakin con aquel tipo para matar a su hermano y luego
acabar también con su vida? Ante tal posibilidad la rabia ofuscó a Jiro, que se
escurrió por debajo de la katana de su oponente con la agilidad de un conejo a la
fuga, al tiempo que agarraba su arma fuertemente con las dos manos y atravesaba el
pecho de su adversario con resolución. Acto seguido, el tipo se desplomó y Jiro
levantó las sandalias para pisarle la cara con fuerza.
Sintió como la sangre caliente del tipo cubría su mano. Sintió como la punta de la
katana encontraba resistencia al rozar con las costillas. Y sintió también como su
oponente, agonizando, le mordía las sandalias de paja que le aplastaban la cara. Todo
ello le produjo una gran satisfacción que le permitió resarcir su sed de venganza. Sin
embargo, al mismo tiempo sintió que se apoderaba de él una fatiga indescriptible. Si
en aquel momento lo rodeaban, estaba dispuesto a perder la vida con tal de descansar.
Mientras empujaba con el pie la cara del muerto para sacar la katana ensangrentada
de su pecho, varios samuráis lo cercaron. Uno de ellos, aproximándose sigilosamente
desde atrás, apuntaba ya a su espalda con una alabarda. Pero de repente se tambaleó y
terminó rasgando la manga del suikan de Jiro para después caer desplomado boca
arriba. Una flecha con plumas de halcón, cortando el aire a su paso, le había
perforado el cogote.
Lo que siguió después, el propio Jiro creyó haberlo soñado. Bramando como un
animal salvaje se abalanzó contra uno cualquiera de los samuráis que se le echaban
encima por los cuatro costados. El eco de voces y ruidos indefinidos que brotaban a
su alrededor; las caras empapadas en sangre y en sudor que aparecían y desaparecían
con los ecos… Esas eran las únicas imágenes que entraban por sus ojos. Aunque de
vez en cuando, incluso en esa situación, la imagen de Shakin, que había dejado atrás,
relampagueaba en su mente como las chispas que saltaban del filo de la katana. Pero
el peligro de muerte que lo acechaba borró enseguida aquella imagen de su cabeza, y
poco a poco volvió a oír el fragor de las espadas y los silbidos de las flechas que le

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pasaban por encima con un aleteo de langosta. Jiro, impulsado por aquel brío, se
defendía y se desplazaba calle abajo, perseguido por dos samuráis y tres perros.
Después de matar a uno de los samuráis y ahuyentar al otro, solo quedaban los
perros, por lo que Jiro pensó que ya no había nada que temer. Pero eso no fueron más
que vanas esperanzas. Los tres perros, del mismo tamaño y con el mismo pelaje de
manchas marrones, eran tres ejemplares soberbios. En comparación con ellos, podía
haber becerros más pequeños pero no más grandes. Con los hocicos manchados de
sangre humana, volvieron a arrojarse una vez más contra las piernas de Jiro. Jiro se
sacó a uno de encima con una patada en la quijada mientras otro le saltaba sobre los
hombros. El tercero trató de morderle la mano con la que sostenía la katana. Después
los tres lo rodearon. Con la cola levantada y el hocico sobre las patas delanteras como
si husmearan, lo amenazaron con ladridos. A pesar de haberse librado de sus
oponentes, a Jiro le flaqueaban las fuerzas, así que la obstinación de los perros lo
importunaba mucho más que antes.
Para colmo, todas sus acometidas de espada no encontraban más que el aire, algo
que le provocaba irritación y le hacía perder el equilibrio. Los perros aprovechaban el
descuido para acercarse a su presa entre jadeos de excitación. Llegados a este punto,
no quedaba más que recurrir a un último recurso: esquivar a los perros y huir a algún
lugar seguro. Dejándose llevar por la suerte, se arriesgó a retirar la katana y en cuanto
los perros se lanzaron a sus piernas, saltó por encima de ellos y echó a correr lo más
rápido que pudo mientras se guiaba por la luz de la luna. Pero el plan, como si un
náufrago se agarrara a una paja, estaba destinado a fracasar. Al ver que escapaba, los
tres perros encogieron la cola a un tiempo y se lanzaron tras él en fila mientras
levantaban a su paso una gran polvareda.
Con todo, su plan no solo había fracasado, sino que además había empeorado las
cosas, arrastrándolo a una situación más peligrosa si cabe. Jiro tomó el camino del
oeste en el cruce de Ryuhonji y siguió corriendo. A un par de cuadras de allí llegaron
a sus oídos algunos ladridos de perro que rompían el silencio de la noche. Pero no se
trataba de los perros que lo perseguían, sino que aquellos ladridos venían de la
dirección en la que él corría. Entonces vio que la calle iluminada por la luna quedaba
obstruida por una gran nube negra con patas. Era una manada de perros que se movía
confusamente de un lado para otro disputándose una presa. Al instante, sin dejarle
tiempo para reaccionar, el perro que lo seguía más de cerca se puso a ladrar como si
avisara a sus compañeros. Todos los perros de la manada sin excepción respondieron
a la llamada con gruñidos y ladridos, y Jiro se vio envuelto de pronto por un
torbellino vivo de pelambre hedionda. No era normal que a esas horas de la noche se
reunieran en aquella callejuela tantos perros y tan feroces. Jiro se había topado con un
grupo de diez o veinte perros callejeros que hambrientos husmeaban el rastro de la
sangre y se alzaban en amos y señores de la capital desolada. Aquella noche habían
encontrado alimento en el cuerpo de la mujer apestada que habían dejado tirada por

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allí. Cuando Jiro llegó, se estaban disputando entre ellos a mordiscos los huesos y los
trozos de carne desgarrada.
Viendo a su nueva presa, los perros se precipitaron sobre Jiro por todos lados
como los relámpagos producidos por una tormenta. Un perro negro y robusto saltó
por encima de su katana y otro, parecido a una raposa y sin cola, le pasó rozando los
hombros. Sintió los pelos del hocico ensangrentado en su mejilla y las patas llenas de
arena le acariciaron la frente. Trataba de atravesarlos o de cortarlos en dos con su
katana, pero no había manera de fijar un oponente. Mirase adonde mirase no veía más
que ojos claros brillando en la oscuridad y bocas que no cesaban de jadear. Ojos y
bocas incontables que llenaban toda la calle y que se le iban acercando sin darle
tregua. Mientras blandía la katana en círculos, recordó las palabras de la anciana de
Inokuma: «Si tiene que morirse, mejor que sea de golpe». Jiro gritó aquello para sus
adentros y cerró los ojos con resolución, pero en cuanto notó el aliento caliente de un
perro que se le arrojaba a la garganta, abrió los ojos de forma instintiva y se sacó al
perro de encima con un golpe de espada lateral. Aquello se repitió una y otra vez.
Pero poco a poco fue menguando la fuerza de su brazo, que a cada estocada notaba
más pesado. Las piernas también empezaron a fallarle. Y por muchos perros que
matara, el número de perros callejeros que se acercaban atraídos por la pelea desde el
herbazal de miscantos y que atravesaban los agujeros de la tapia derruida era siempre
mayor.
Jiro, en su desesperación, levantó la mirada para observa un instante la pequeña
luna que se alzaba en el cielo. Sin soltar en ningún momento la empuñadura, la cual
sujetaba con ambas manos, su hermano y Shakin le vinieron a la memoria como en
un chispazo. Él, que iba a matar a su hermano, moriría en cambio devorado por los
perros. No existía castigo divino más extremo que aquel. Las lágrimas asomaron
espontáneamente en sus ojos. Pero los perros no se apiadaron de él. Jiro creyó
distinguir el movimiento de la cola de uno de los perros de caza con manchas
marrones… Para cuando se dio cuenta, ya le había hincado los colmillos en el muslo
izquierdo.
Fue entonces cuando del fondo de la noche tenuemente iluminada por la luna, el
retumbar de unos cascos de caballo se elevó como el viento hacia el cielo sobre los
barrios de la capital, abrumando desde la distancia el jaleo de los perros…

*****

A la misma hora, de pie en el piso de arriba de Rashomon, Akogi observaba la luna


elevarse en la distancia. A aquella hora, ella era la única que sonreía apaciblemente.
Sobre las montañas del este, teñidas de un resplandor azulado, la luna, encogida por
la sequía, ascendía poco a poco hacia lo alto. Sobre el brillo de las aguas del río
Kamo, se recortaba la figura oscura de un puente.

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Desde el río, la luz se fue expandiendo progresivamente. En unos pocos minutos,
en los barrios de la capital, que hasta hacía un momento no era más que una masa
oscura que desprendía olor a cadáver, los tejados de los templos y los remates de las
pagodas se fueron iluminando. Como en uno de los espejismos que solían verse en la
provincia de Koshi[50], las vagas siluetas de los objetos empezaron a distinguirse en
un juego de luces tenues y sombras espesas. Las montañas alrededor quedaban
difuminadas por el claro de la luna. Sus crestas, pensativas y en silencio, observaban
la ciudad desolada por encima de la neblina, como si devolvieran el calor acumulado
durante el día.
Un suave aroma de flores inundó el aire. Desde los matojos que rodeaban el
pórtico se extendían enredaderas con flores en forma de trompeta. Trepaban por las
viejas columnas, se enredaban entre las vigas junto a las telas de araña y alcanzaban
las tejas, algunas de las cuales estaban a punto de desprenderse.
Akogi, recostada en la ventana, inspiró profundamente el perfume de las
enredaderas y pensó en Jiro con nostalgia. Después pensó en el feto que se movía en
su vientre, deseando que llegara el día en que por fin lo vería. Ella no recordaba a sus
padres. Incluso había olvidado el lugar de su nacimiento. Sí guardaba recuerdos de
haber estado al menos una vez, cuando era pequeña, bajo las grandes columnas
lacadas de algún lugar como Rashomon. Alguien la llevaba en brazos o a cuestas.
Pero tampoco podía estar segura de si aquello había sido real o no. Solo recordaba
con claridad cosas posteriores, de cuando ya empezaba a tener uso de razón. Aunque
eran cosas que hubiera preferido olvidar. Una vez, unos niños la hostigaron y la
terminaron arrojando al río desde el puente de Gojo. Otra vez, como castigo por robar
comida cuando estaba hambrienta, la colgaron desnuda de una viga en la capilla de
Jizo, el protector de los niños. Shakin acudió en su ayuda y desde entonces pasó a
formar parte de aquella panda de ladrones, cosa que no significó, ni mucho menos,
que sus sufrimientos terminaran. Porque también ella, a pesar de haber nacido en un
estado natural cercano a la idiotez, experimentaba el sufrimiento como tal. Había
recibido más de una paliza de la anciana de Inokuma por llevarle la contraria. El
anciano, cuando estaba borracho, se volvía exigente y le mandaba recados
imposibles. Incluso Shakin, la única que la colmaba de atenciones, si se enojaba con
ella, la agarraba de los pelos y la arrastraba por el suelo. Los demás ladrones tampoco
tenían piedad de ella y la trataban a palos. Cuando eso sucedía, Akogi siempre se
refugiaba en lo alto de Rashomon para estar sola y verter lágrimas. Si Jiro no hubiera
aparecido de vez en cuando para consolarla con palabras dulces, se habría arrojado
desde lo alto del pórtico hacía tiempo y ahora estaría muerta.
Unas manchas de tizne cayeron del tejado, pasaron frente a la ventana y subieron
al cielo azulado para revolotear frente a la luna. Eran murciélagos. Akogi los siguió
con la mirada y luego se quedó embelesada observando las estrellas desperdigadas
por el cielo. El feto volvió a moverse. Arrimó el oído a su tripa y escuchó con
atención. Del mismo modo que el corazón de Akogi se debatía para evitar el

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sufrimiento humano, el niño forcejeaba en su vientre para venir al mundo y
experimentar ese mismo sufrimiento. Pero eso Akogi no se lo planteaba. La felicidad
de ser madre, su felicidad de convertirse ella también en madre, llenaba su corazón
como el aroma de las enredaderas.
Pensó que el feto se estaría moviendo porque no podría conciliar el sueño. Quizás
movía sus manitas y sus pies minúsculos para llorar, desesperado por no poder
dormirse. «Duerme, mi niño, duerme, no llores más, que pronto se hará de día», le
susurró. Pero los movimientos en el interior del vientre no cesaban y poco a poco
vinieron acompañados de dolores. Akogi se alejó de la ventana y se acurrucó en el
suelo, dándole la espalda a la luz tenebrosa de la antorcha. En un arrullo dulce trató
de calmar al feto con una canción.

Si mi corazón
fuera a dejarte,
encaprichado por otra,
superarían las olas
la montaña Sue-no-Matsu;
superarían las olas
la montaña Sue-no-Matsu[51].

Recordando vagamente la letra, su voz temblaba en el silencio del pórtico, al ritmo de


la luz entrecortada. Era el poema que le gustaba recitar a Jiro. Cuando se
emborrachaba, cerraba los ojos y entonaba esa canción siguiendo el ritmo con el
abanico. Shakin, al oírlo desafinar, solía reírse y dar palmadas… Akogi estaba
convencida de que aquella canción haría feliz al niño.
Sin embargo, nadie podía saber que aquel niño era el hijo de Jiro. Eso era lo único
de lo que Akogi guardaba absoluto silencio. Por mucho que los otros ladrones la
interrogaran con malicia, ella se cruzaba de brazos, bajaba la mirada avergonzada y
permanecía callada con tenacidad. Su rostro lleno de suciedad, al sonrojarse,
recuperaba sus rasgos femeninos y en sus pestañas hacían aparición las lágrimas. Los
ladrones, al verla llorar, se mofaban de ella y se reían de que la pobre idiota ni
siquiera supiera quién le había introducido la semilla. Pero Akogi creía de todo
corazón que el padre del niño era Jiro. Y también creía que era normal que el niño
fuera el hijo del hombre al que amaba. Si Jiro, con quien soñaba cuando venía a
dormir en lo alto del pórtico en soledad, no era el padre, ¿quién iba a serlo, entonces?
Akogi, mientras continuaba cantando, fijó los ojos en el infinito y empezó a soñar
despierta sin percibir siquiera las picaduras de los mosquitos. Era un sueño hermoso y
doloroso a la vez, donde no existía el sufrimiento humano, pero que al mismo tiempo
estaba teñido de él (un sueño que no pueden tener los que no conocen el llanto). Así,
todas las maldades desaparecieron del fondo de sus ojos. Pero la tristeza humana…

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Como la luz de la luna llenando el cielo, solo quedaron los restos de solemnidad y
desconsuelo de la tristeza humana.

Superarían las olas


la montaña Sue-no-Matsu;
superarían las olas…

El susurro de la canción se fue apagando poco a poco como la luz de la antorcha. Al


mismo tiempo se fueron oyendo unos gemidos sin fuerza que parecían invitar a las
sombras. A mitad de la canción, Akogi empezó a sentir un dolor agudo en el bajo
vientre.

*****

Los ladrones, subestimando la preparación del enemigo, habían sido repelidos


también en la puerta trasera de la mansión. Su ímpetu lo frenó una lluvia de flechas
de defensa. Después recibieron un ataque de los samuráis que les produjo mucho
daño. Los ladrones que avanzaban en primera línea, convencidos de que no se
enfrentaban más que a un puñado de samuráis jóvenes e inexpertos, dieron media
vuelta y se dispersaron a toda prisa al comprobar contra quién se enfrentaban
realmente. De todos ellos, el que tardó menos en salir huyendo fue el cobarde anciano
de Inokuma. Pero por alguna razón se confundió de dirección y terminó metiéndose
en mitad de un grupo de samuráis que acababan de desenvainar sus espadas. Al verlo
con aquel barrigón de bebedor y manejando una alabarda imponente, los samuráis
pensaron que se trataba de un luchador de gran destreza. Se miraron entre ellos,
apuntaron sus katanas hacia él y avanzaron al unísono con cautela.
—¡Calma, calma! ¡Que soy un vasallo de la casa! —gritó el viejo, nervioso y
atormentado.
—¡Embustero! ¿Te crees que somos idiotas? No eres más que un viejo bellaco al
borde de la muerte.
Los samuráis, mientras lo insultaban, aceleraban su avance bien resueltos a usar
las armas contra él. A esas alturas ya no había escapatoria. La cara del anciano de
Inokuma se puso lívida como la de un muerto.
—¿Cómo que embustero? ¿Mentiroso yo?
Con los ojos desorbitados miraba de un lado a otro buscando desesperadamente
una escapatoria. Un sudor frío le recorría la frente. Las manos no dejaban de
temblarle. A su alrededor, mirase adonde mirase, se desarrollaba una lucha
encarnizada a vida o muerte entre samuráis y ladrones. Bajo la luna serena, de entre
la masa uniforme que formaban aliados y enemigos, se alzaban incesantemente los
gritos, los lamentos y el fragor de las espadas. El viejo, dándose por perdido, fijó la
mirada en el cielo, por encima de sus acosadores. Entonces, la expresión de su rostro

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cambió de repente. Su aspecto se había vuelto fiero, como si se tratase de otra
persona. Enseñando los dientes, dispuso la alabarda en posición de ataque con
agilidad y descargó algunos improperios con arrogancia.
—¿Y qué pasa si soy un mentiroso? ¡Imbéciles! ¡Villanos! ¡Bestias inmundas!
¡Venga! ¿A ver quién se atreve?
Junto a sus palabras, saltaron chispas de la hoja de su alabarda. El más fornido de
aquellos samuráis, con una mancha roja de nacimiento en la cara, adelantándose al
resto se había abalanzado contra el viejo por un costado. Ante aquel oponente, mucho
más joven que él, el anciano tenía las de perder desde el principio. En un abrir y
cerrar de ojos, antes de que los filos chocaran, la alabarda titubeó y el anciano fue
reculando hasta plantarse en mitad de la callejuela. Una vez allí, el samurái lo
acometió con un grito y le cortó la alabarda por el mango. En una segunda acometida,
le produjo un tajo desde el hombro izquierdo hasta el pecho. El anciano de Inokuma,
con los ojos desorbitados, cayó de culo. Trató de levantarse, pero entrando en pánico
y sin poder soportar el dolor, terminó arrastrándose a gatas con el culo en pompa.
Temblando se puso a chillar.
—¡Emboscada! ¡Me la han jugado! ¡Que alguien me ayude! ¡Es una emboscada!
El samurái de la mancha roja se acercó por detrás para terminar el trabajo
blandiendo la katana ensangrentada. Si en aquel momento no hubiera aparecido una
especie de mono corriendo hacia él y saltando entre los samuráis, con las mangas del
quimono recortadas por la luna, el anciano de Inokuma habría encontrado allí mismo
una muerte trágica. Aquella especie de mono se interpuso entre el anciano y el
samurái, por debajo de cuyo pecho clavó un puñal que brilló apenas un instante. Al
mismo tiempo, con un chillido horripilante, apartó a un lado la katana que amenazaba
al viejo y se abalanzó sobre la cara del samurái, dando tal brinco que pareciera estarse
quemando los pies en un brasero. Los dos se fueron al suelo.
Entonces iniciaron un forcejeo tan agresivo que era difícil pensar que fueran
humanos. Golpes, mordiscos, tirones de pelo. Por un momento no se distinguió quién
era quién, hasta que aquella especie de simio se puso encima e hizo brillar la hoja del
puñal una vez más. La cara del hombre inmovilizado, a excepción de la mancha roja,
cambió de color. Su opresor, como si también hubiera perdido de repente las fuerzas,
se dejó caer sobre el cuerpo del samurái y se puso boca arriba extenuado. Bañado por
la luz de la luna, entre jadeos y repleto de arrugas, se distinguió por primera vez el
rostro de sapo de la anciana de Inokuma.
La vieja, que respiraba con dificultad, estaba estirada de costado sobre el cadáver
y agarraba el moño del samurái con la mano izquierda. Agotada, de su boca no salían
más que gemidos, hasta que al cabo de unos segundos, abriendo bien los ojos en
dirección al viejo, consiguió a duras penas mover sus labios resecos.
—Abuelo, abuelo… —llamó a su esposo con una voz débil y nostálgica.
No hubo respuesta. El anciano de Inokuma, mientras era rescatado por la anciana,
había arrojado el arma y todo lo que llevaba encima y había salido corriendo,

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tropezando y resbalando con la sangre, en busca de algún lugar seguro. En algunos
puntos de la calle varios ladrones seguían blandiendo sus espadas en combate, pero a
ojos de la anciana moribunda, todos aquellos ladrones, así como los samuráis, no eran
más que extraños. Ella continuó llamando a su esposo, pero su voz se fue debilitando
poco a poco. La ausencia de respuesta le hizo sentir una tristeza mucho más profunda
que el dolor de su herida. Su visión se fue deteriorando y los objetos a su alrededor se
le presentaban cada vez más vagos. No podía distinguir con claridad nada que no
fuera la inmensidad de la noche sobre ella y la pequeña luna en mitad del cielo.
—Abuelo… —susurró la anciana mientras una mezcla de sangre y saliva
inundaba su boca. Y así, hacia el fondo de un desvanecimiento extático… Se fue
hundiendo en lo más profundo de un sueño del que ya no habría despertar.
Entonces apareció Taro montando a pelo un caballo alazán. Llevaba la katana
manchada de sangre entre los dientes y con ambas manos sujetaba las riendas. Pasó
veloz como una tormenta de verano. El caballo no era otro que el potro de tres años
de la provincia de Mutsu que Shakin le había pedido robar. Los ladrones ya se habían
dispersado, dejando atrás a sus muertos en la calle, que iluminada por la luna parecía
recubierta por una fina capa blanca de escarcha. Taro, con los cabellos desgreñados
por la brisa, giró la cabeza desde lo alto del caballo y observó con orgullo el alboroto
de hombres que se reunían tras él para insultarlo.
No era para menos. Al ver que todos sus compañeros eran abatidos en el ataque,
tomó la resolución de robar al menos aquel caballo. En solitario, blandió su katana
con empuñadura de kuzu y se abrió paso entre los samuráis hasta cruzar al otro lado
del portalón. Sin dificultad derribó a patadas la puerta del establo, saltó sobre el lomo
del caballo sin perder tiempo, antes incluso de desatarlo, y salió al galope dispersando
a coces a todos aquellos que se interponían en su camino. El número de espadas que
caían sobre él había aumentado considerablemente. Tenía las mangas del suikan
hechas jirones, el bonete le saltaba en el cogote, sostenido a duras penas por el
cordón, y su hakama se veía desgarrada y teñida de sangre fresca. Pero eso no era
algo de lo que lamentarse, sino, por el contrario, algo de lo que estar contento, sobre
todo después de haberse librado de aquella arboleda de espadas y alabardas, matando
uno a uno o de dos en dos a los samuráis que le salían al paso… Miró hacia atrás y su
rostro esbozó una sonrisa de alivio mientras azuzaba al caballo.
No dejaba de pensar en Shakin. Tampoco se olvidaba de Jiro. Se reprochaba su
ingenuidad por haber sido engañado, pero al mismo tiempo soñaba con el día en que
Shakin volvería a interesarse por él. ¿Quién si no él iba a ser capaz de robar un
caballo en aquellas circunstancias? Es cierto que entre Jiro y Shakin había cierta
armonía. Además, Jiro ocupaba una posición ventajosa. Pero si hubiera sido Jiro
quien hubiera tratado de robar el caballo… En su imaginación apareció la imagen de
su hermano cayendo bajo las katanas de los samuráis en un cerrar de ojos. Ante
aquella visión no sintió, ni mucho menos, malestar. Una parte de él deseaba con todas
sus fuerzas que fuera realidad. Si podía librarse de su hermano sin tener que mover

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un dedo, no tendría que soportar los remordimientos de conciencia. Y no solo eso,
sino que además, como resultado de ello, Shakin no podría reprocharle nada. Aunque
al pensar así se avergonzó de su propia vileza. Se sacó la katana de la boca con la
mano derecha y la sacudió para limpiarla de sangre.
Entonces, habiendo envainado ya la espada, dobló la calle por un cruce y escuchó
una jauría de veinte o treinta perros que ladraban frenéticos bajo la luz de la luna,
justo frente a él. Entre ellos, acorralado contra un muro derruido, se vislumbraba la
sombra difusa de un hombre con una katana en la mano. Al verlo, Taro apremió al
caballo, que dando un relincho se puso a correr como una flecha, con las crines al
viento y levantando una polvareda con las cuatro pezuñas.
—¡Jiro! —gritó Taro, olvidándose de sí mismo y fijando la mirada en su hermano
con el ceño fruncido. Jiro, blandiendo la katana con una sola mano, giró la cabeza y
vio a su hermano. En un instante, ambos percibieron algo terrible escondido en el
fondo de sus pupilas. Pero no fue más que un suspiro. El caballo, sintiéndose todavía
amenazado al ver tantos perros juntos que aullaban y ladraban, aceleró el paso.
Brincaba con la cabeza alta, dibujando círculos en el aire con las patas delanteras.
Tras él solo quedó una columna blanca de polvo que se elevaba hacia el cielo
nocturno.
A Taro se le había borrado la sonrisa. En su mente algo le susurraba: «Corre,
corre». Pero por momentos, por mucho que corriera, todo parecía perdido. Los perros
iban a terminar la faena que él tendría que haber llevado a cabo algún día. «¡Corre!
¿Por qué no corres?», el susurro no se le quitaba de la cabeza. Exacto. De todas
formas aquello era algo que él tendría que llevar a cabo algún día. No importaba si
sucedía más tarde o más temprano, así que pasó de largo. Si fuera al revés, si su
hermano Jiro estuviera en su posición, también haría lo mismo. «Corre, el pórtico de
Rasho no está lejos». Taro, con el ojo bueno brillando enfebrecido y sin ser del todo
consciente, azuzó al caballo. El caballo cabalgó desesperadamente. Sus crines y su
cola ondeaban al viento y sus cascos desprendían centellas. Taro dejó atrás dos o tres
cuadras; la calle, iluminada por la luna, pasaba bajo sus pies como la corriente de
unos rápidos.
Entonces una palabra desbordó de golpe sus labios: «hermano». No podía ignorar
que Jiro era su hermano carnal. Agarrando las riendas con fuerza, apretó los dientes y
su rostro cambió de color. Ante esta palabra, todos los pensamientos que abotargaban
el fondo de sus ojos se extinguieron. No había razón para sentirse forzado a escoger
entre su hermano o Shakin. El eco de la palabra hermano impactó en su corazón con
la velocidad de un rayo. No veía el cielo sobre él. No veía la calle a sus pies. La luna
había desaparecido de su vista. Lo único que vislumbraban sus ojos era una noche
infinita: una hondonada de amor y odio que se extendía como la noche. Taro
pronunció el nombre de su hermano como un loco, giró hacia atrás el cuerpo y tiró de
las riendas con una mano. En un abrir y cerrar de ojos, la cabeza del alazán cambió de
dirección y, echando por la boca espuma como si fuera nieve, golpeó los cascos

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violentamente contra el suelo. Un instante después, Taro hacía correr con ímpetu al
caballo, sudoroso, de vuelta por donde había venido. Su rostro estaba ensombrecido
por el desconsuelo y su ojo sano relucía como el fuego.
—¡Jiro! —gritó a medida que se acercaba a su hermano. Al pronunciar aquel
nombre, se desbordó el torbellino de sentimientos que atormentaban su corazón. Su
voz resonó como un hierro candente y penetró los oídos de Jiro.
Jiro divisó a su hermano que volvía a horcajadas sobre el caballo. Su hermano no
era el de siempre. Ni siquiera el mismo hermano que había pasado de largo con el
caballo hacía apenas un momento. Con el ceño fruncido y el semblante grave,
mordiéndose con fuerza el labio inferior, el ojo bueno llameando de forma
extraordinaria… Un amor cercano al asco… Jiro fue testigo de un amor extraño y
lleno de ardor que nunca antes había conocido.
—¡Rápido, Jiro! ¡Monta! —alentó Taro a su hermano mientras entraba con el
caballo y lo hacía girar entre los perros con el impulso de un aerolito. Las
circunstancias no permitían vacilación alguna con la que entretenerse. Jiro arrojó su
katana lo más lejos que pudo y aprovechó el momento en el que los perros siguieron
el arma con la mirada para saltar sobre el cuello del caballo. Taro alargó el brazo y
agarró a su hermano por el cuello del suikan para tirar de él. La cabeza del alazán,
con las crines plateadas por la luna, cambió de dirección incluso tres veces hasta que
Jiro consiguió subir sobre el lomo y abrazarse con firmeza al torso de su hermano.
De repente, un perro negro con el hocico lleno de sangre saltó sobre ellos,
emitiendo un gruñido pasmoso y creando un remolino de arena bajo sus patas. Sus
colmillos afilados se clavaron en la rodilla de Jiro. Taro pateó el vientre del caballo
con fuerza. El alazán reaccionó con un relincho y se lanzó a través del aire. El perro
pasó rozando la cola del caballo, desgarró la espinillera de Jiro y cayó del revés sobre
la ola de bestias que se arremolinaba en torno a ellos.
Jiro contemplaba la escena absorto como si estuviera viviendo un hermoso sueño.
No veía el cielo sobre él ni la tierra a sus pies. Solo el rostro de su hermano, al que
abrazaba. Un rostro solemne y dulce, bañado por la luz de la luna, que fijaba la
mirada hacia delante. Poco a poco Jiro sintió cómo su corazón iba alcanzando el
descanso; un reposo sosegado y a la vez lleno de energía que no había experimentado
desde que lo separaron del regazo materno.
—Hermano…
Jiro, olvidando que estaba sobre el caballo, abrazó con firmeza a su hermano. Con
una sonrisa, apoyó las mejillas en el pecho del suikan azul oscuro de Taro y se
deshizo en lágrimas.
Una hora después del asalto, en la avenida desierta de Suzaku, los dos avanzaban
en calma sobre el caballo. El hermano mayor callaba; el hermano menor tampoco
abría la boca. En la noche silenciosa solo se escuchaba el eco de los cascos y en el
cielo, sobre ellos, se extendía el brillo cristalino de la Vía Láctea.

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En Rashomon aún no amanecía. Desde abajo se apreciaba el relente sobre las tejas.
La luz de la luna llena, vacilante, sin querer marcharse, bañaba desde un lateral la
balaustrada de laca desconchada en el piso de arriba. Pero bajo el pórtico, cuyo alero
sobresalía a gran altura impidiendo el paso de la brisa y de la luz, dominaban el
bochorno y la sombra, con nubes de mosquitos sobrevolando un aire viciado y rancio.
Los ladrones que habían sobrevivido a la retirada, rodeados por unas pocas antorchas,
estaban esparcidos entre las sombras en grupos de dos o tres: unos en pie, otros
tumbados, algunos acurrucados en la base de las inmensas columnas circulares y
todos ocupados en curarse las heridas.
El que había salido peor parado era el anciano de Inokuma. Tendido en el suelo
boca arriba sobre un viejo manto de Shakin, con los ojos entrecerrados, emitía
gemidos roncos de vez en cuando atemorizado por algún enemigo invisible. Exhausto
y confuso, cuando volvía en sí, no sabía si había estado allí tumbado un par de horas,
o bien si ya llevaba un año en la misma postura. Ante sus ojos las visiones aparecían
y desaparecían sin cesar, como queriendo burlarse de su estado agonizante. Hasta que
llegó un punto en el que esas visiones y todo lo que sucedía en realidad a la sombra
del pórtico pertenecían para él al mismo mundo. Totalmente desorientado, sin
distinguir el tiempo y el espacio, rememoró vivamente con pelos y señales, aunque en
un orden que superaba toda lógica, su horrible existencia.
—¡Eh, abuela! ¡Abuela! ¿Qué te ha pasado? —gritó mientras se retorcía en el
suelo, atormentado por una visión terrible que había nacido en las sombras y que en
las sombras se extinguió. A su lado apareció el rostro de Heiroku de Katano. Herido
en la frente, llevaba la cabeza vendada con los jirones de un suikan.
—¿La anciana? La anciana está ya en el paraíso. Seguro que te está esperando
con impaciencia, sentada sobre un loto.
Heiroku se rio él solo de su broma y luego se dirigió a Shakin, que estaba en un
rincón atendiendo la herida en el muslo de Juro de Makinoshima.
—Jefa, el viejo ya no va a salir de esta. Para estar sufriendo así, mejor sería
matarlo. Si quieres, yo lo alivio de sus sufrimientos con un golpe de gracia.
Shakin se rio con cierto encanto.
—Pero ¿qué dices? Si se está muriendo, mejor que se muera de forma natural.
—Bueno, también tienes razón.
El anciano de Inokuma, al escuchar aquella conversación e imaginando a Heiroku
terminando con su vida, fue asaltado por el terror. Tuvo la sensación de que el interior
de su cuerpo se iba helando por momentos. Entonces volvió a gemir con todas sus
fuerzas. A pesar de ser un cobarde frente al enemigo, ¿cuántas veces había puesto fin
a la vida de sus compañeros moribundos con la punta de la alabarda, por los mismos
motivos que Heiroku? Había llevado a cabo aquella acción voluntariamente una y

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otra vez por el mero interés de matar a alguien, o bien con la intención de demostrar
su valentía frente a los demás. Y ahora…
Alguien que no era consciente de su sufrimiento se puso a canturrear a la sombra
de una antorcha.

La comadreja sopla la flauta,


el mono danza,
el saltamontes toca palmas
y el grillo…[52]

De golpe se oyó la palmada de alguien que aplastaba un mosquito. También hubo


algún «oh» y algún «ah» que encajaron en el compás. Dos o tres, meneando los
hombros, soltaron algunas risillas sofocadas. El anciano de Inokuma, tiritando, hizo
un esfuerzo por abrir sus pesados párpados y miró fijamente hacia la luz de una de las
antorchas para cerciorarse de que seguía vivo. La antorcha, cuya llama formaba
infinitos círculos a su alrededor, desprendía una luz inquietante, acosada por una
noche persistente. Un escarabajo volador de color esmeralda penetró con un zumbido
en los círculos de luz y en un instante cayó al suelo con las alas quemadas. El olor
llegó hasta la nariz del viejo.
Igual que aquel insecto, él no tardaría en morir. Cuando muriera, su cuerpo iba a
ser devorado de todos modos por gusanos y moscas. Ah… Él iba a morir y sus
compañeros se divertían con risas y canturreos como si no pasara nada. Embargado
por una mezcla indescriptible de rabia y dolor, tuvo la sensación de que le carcomían
los tuétanos. Entonces visionó algo que giraba sin cesar como un torno de alfarero y
que, desprendiendo chispas, se le echaba encima.
—¡Bestia! ¡Canalla! ¡Taro! ¡Bellaco!
Se le trababa la lengua y las palabras se desprendían de su boca de forma
entrecortada y espontánea. Juro de Makinoshima, cambiando de postura para evitar el
dolor de la pierna, le susurró a Shakin con una voz reseca.
—Parece que el viejo detestaba a Taro profundamente…
Shakin frunció el ceño, miró un instante en dirección al anciano de Inokuma y
asintió con la cabeza. Luego replicó con un tono más propio de un canturreo.
—¿Qué ha sido de Taro? —preguntó.
—No creo que se haya salvado.
—¿Quién dijo que lo había visto morir?
—Yo vi cómo se batía con cinco o seis contrincantes a la vez.
—Ah… Estará ya camino de la iluminación. En paz descanse.
—Tampoco se ve a Jiro…
—Probablemente él también ha corrido la misma suerte.
Taro había muerto. La anciana tampoco había sobrevivido. Él moriría pronto.
Moriría. Pero ¿qué era morir? Él no quería morirse. Pero se moría. Moriría con la

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misma facilidad que mueren los insectos. Esa afluencia de pensamientos punzaba su
mente de forma insidiosa, como los mosquitos que zumbaban en la oscuridad por
todas partes. El anciano de Inokuma sintió como la muerte, algo terrorífico e informe,
lo acechaba, observando pacientemente su respiración desde la columna bermellón de
enfrente. Sintió como la muerte, serena y cruel, presenciaba sus dolores. Y sintió
como se arrimaba sigilosamente hasta la cabecera de su lecho igual que la luz de la
luna que poco a poco se iba extinguiendo. Él no quería morir, de ninguna de las
maneras.

¿Con quién dormiré esta noche?


Creo que dormiré con Hitachi no Suke,
porque su piel es suave cuando duerme.
Los picos otoñales del monte Hombre
son famosos por el color de sus arces.[53]

El canturreo se mezcló con los gemidos, que sonaban como el chirrido de una prensa
de aceite. Alguien soltó un escupitajo cerca de la cabecera del anciano de Inokuma.
—A Akogi tampoco se la ve por ningún lado.
—Es verdad, ahora que lo dices…
—Se habrá quedado dormida en el piso de arriba.
—Escuchad, arriba se oyen los maullidos de un gato.
Todos escucharon en silencio. Los maullidos del gato llegaron hasta ellos
mezclándose con los gemidos interminables del anciano de Inokuma. Entonces sopló
por primera vez en toda la noche un aire cálido entre las columnas; un aire que trajo
consigo el perfume de las enredaderas.
—Parece como si se estuviera transformando…
—Sí, en un viejo decrépito… La pareja perfecta para Akogi[54].
Se oyó el frufrú de la seda de Shakin, que se acercó al grupito para reprenderlos.
—Eso no es un gato. Que alguno de vosotros vaya a echar un vistazo.
Heiroku de Katano se levantó golpeando la columna con la vaina de la katana. Al
otro lado de la columna estaba la escalera de veinte peldaños que subía al piso de
arriba. Todos enmudecieron, asaltados por una inseguridad sin fundamento. Durante
un momento solo se percibió el aroma de las enredaderas que inundaba el aire, hasta
que Heiroku, ya en el piso de arriba, soltó un grito y luego bajó corriendo los
escalones. El ruido de sus pasos pesados precipitándose hacia abajo perturbó la
oscuridad. No era para menos.
—¡Oíd todos! ¡Akogi acaba de parir a un niño!
Heiroku, al llegar abajo, se acercó a la lámpara con entusiasmo para enseñar una
cosa redonda que llevaba envuelta en un viejo manto. Dentro de la tela sucia con olor
a mujer, un bebé recién nacido asomaba su carita fea y arrugada, más parecida a la de
un sapo despellejado que a la de un ser humano. Movió con pesadez su enorme

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cabeza y estalló en llantos. Tanto el fino vello de su cabeza como los dedos de sus
pequeñas manos despertaron a un tiempo la curiosidad y el asco de los presentes.
Heiroku miró a su alrededor acunando al bebé en brazos y se puso a hablar con su
renombrada elocuencia.
—Cuando he llegado arriba, he visto a Akogi acurrucada bajo la ventana. Pensaba
que estaba muerta, pero entonces he oído que gemía. Por mucho que sea una idiota,
no deja de ser una mujer. Pensando que le dolería la tripa, me he acercado a ella, pero
no esperaba encontrarme aquello. Tirado en el suelo como las vísceras de un pescado,
algo lloriqueaba en la oscuridad. Al tocarlo, se ha movido con un espasmo. No tenía
pelo, así que no pensé que fuera un gato. Lo he agarrado y lo he levantado hacia la
ventana para mirarlo a la luz de la luna. Entonces he visto que se trataba de un bebé.
Mirad. Parece que le han picado los mosquitos, porque tiene la barriga y todo el
pecho llenos de manchitas rojas. Desde hoy, ¡Akogi es madre!
Heiroku estaba parado frente a la antorcha y a su alrededor se habían reunido
unos quince o dieciséis ladrones. Algunos en pie y otros tumbados, todos estiraban el
cuello para observar con una sonrisa a aquella nueva vida recién llegada. Velando por
aquella masa de carne fea y roja, los ladrones parecían personas distintas. El bebé
detuvo el llanto por un momento. Movió las manos. Movió las piernas. Al final echó
la cabeza hacia atrás y se puso a llorar de nuevo intensamente. Al hacerlo, se le vio el
interior de la boca sin dientes.
—¡Mirad, tiene lengua! —dijo casi chillando el mismo tipo que había estado
canturreando. Los demás, olvidándose de sus heridas, se rieron al unísono. De
repente, como si tratara de alcanzar aquellas risas, el anciano de Inokuma, desde
atrás, hizo uso de las pocas fuerzas que le quedaban para alzar la voz y hacerse oír.
—Ese niño… Enséñame a ese niño, bellaco…
Heiroku le dio un suave puntapié en la cabeza y le replicó con tono amenazante.
—Si quieres verlo, aquí lo tienes, pero el bellaco lo serás tú.
El anciano de Inokuma abrió todo lo que pudo sus ojos enturbiados. Heiroku se
acuclilló y el viejo fijó su mirada sin reservas sobre el niño, como si fuera a
comérselo. A medida que lo contemplaba, su rostro se iba tornando lívido como la
cera y las lágrimas se acumulaban como perlas en el rabillo de sus ojos, llenos de
arrugas. Los bordes de sus labios temblorosos se ondularon suavemente para esbozar
una sonrisa inquietante. Los músculos de su cara se relajaron con una expresión
inocente que no había mostrado nunca hasta ahora. Tampoco medió palabra alguna,
cosa rara para un charlatán como él. Entonces supo que al fin la muerte le había dado
alcance. Sin embargo, ninguno de los presentes entendieron el significado de aquella
sonrisa.
El anciano de Inokuma, desde su lecho, estiró la mano poco a poco para tocar los
dedos del bebé, que se echó a dar berridos como si de repente le hubieran clavado
alguna aguja. Heiroku estuvo a punto de reprender al viejo, pero se contuvo. El rostro
del anciano perdió el color. En la cara de aquel viejo borrachuzo y barrigón, Heiroku

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percibió por primera vez una solemnidad difícil de perturbar que nunca había
mostrado en vida. Incluso Shakin contemplaba atentamente el rostro de su
padrastro… el rostro de su amante… y contenía el aliento como si esperara que algo
sucediera. Pero el viejo no abrió la boca. Su rostro estaba desbordado por una
felicidad secreta, apacible y sosegada como la brisa de un amanecer cercano. Más allá
de la oscuridad de la noche, en un cielo distante vetado a los ojos humanos, el viejo
divisó como asomaban los albores inmortales de una aurora triste y fría.
—Este niño… Este niño es hijo mío —dijo con claridad.
Trató entonces de tocar una vez más los dedos del bebé, pero su mano, sin
fuerzas, no alcanzaba a mantenerse erguida. Shakin la sostuvo en el aire. La decena
de ladrones presentes, tragando saliva, hicieron ver que no habían oído aquellas
palabras y permanecieron inmóviles. Shakin alzó la mirada buscando el rostro de
Heiroku de Katano, que seguía de pie con el niño en brazos, y asintió con la cabeza.
—Se le está atragantado la flema —susurró Heiroku sin dirigirse a nadie en
concreto.
El anciano de Inokuma, acechado por la oscuridad, continuó agonizando mientras
el bebé lloraba. Su último suspiro se extinguió como la llama de la antorcha.
—El viejo ha muerto, finalmente.
—Y además ahora ya sabemos quién forzó a Akogi.
—Enterremos el cadáver en mitad del bosque.
—Sería una pena dejar el cuerpo en manos de los cuervos.
Los ladrones discutieron la situación entre escalofríos. En la distancia se oyó el
canto de un pájaro. Se acercaba el amanecer.
—¿Y Akogi? —dijo Shakin.
—La he arropado y la he dejado durmiendo arriba. Con su cuerpo, estará bien —
respondió Heiroku con una dulzura nunca vista.
Al rato, dos o tres ladrones cargaron el cuerpo del anciano de Inokuma fuera del
pórtico. Todavía estaba oscuro. La luz tenue de la luna reverberaba en las copas de
los árboles de un bosque sombrío. El aroma dulzón de las enredaderas se percibía con
mayor intensidad. De vez en cuando se oía el chapoteo de las gotas de rocío al
desprenderse de las hojas del bambú; sonidos a los que se unieron algunos versos
budistas.
—Vida y muerte son de extrema importancia[55].
—El tiempo pasa veloz y todo es transitorio[56].
—Tiene mejor cara que cuando estaba vivo.
—Hasta se le ve cara de persona decente.

A cuestas con el cadáver del anciano de Inokuma, manchado de sangre reseca, las
voces se fueron adentrando en la espesura de bambú hasta desaparecer entre las
enredaderas.

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9

Al día siguiente, en una casa del barrio de Inokuma, fue hallado el cadáver de una
mujer asesinada de forma atroz. Se trataba de una mujer joven, hermosa, entrada en
carnes. Por el aspecto de las heridas, parecía haber opuesto resistencia. Como prueba
de ello habían quedado las mangas de un suikan del color de la hojarasca que la
muerta apretaba entre los dientes.
Lo extraño fue que una tal Akogi, que ejercía de criada, si bien estaba también en
la casa en el momento del asesinato, no recibió ni un solo rasguño. Lo que sigue es
todo lo que pudieron concluir los investigadores tras interrogar a Akogi en la
comisaría. Debido a que Akogi era prácticamente idiota de nacimiento fue difícil
obtener una explicación más clara y convincente.
Akogi despertó a altas horas de la noche y escuchó las voces de Shakin, de Taro y
Jiro, estos últimos, hermanos. Estaban discutiendo. Antes de poder averiguar por qué
discutían, Jiro desenvainó la katana y atacó a Shakin. Trataba de huir y pedía auxilio
a gritos, cuando Taro usó también su katana contra ella. Durante un rato no se oyeron
más que los improperios de Jiro y de Taro y los gritos de dolor de Shakin. Cuando la
respiración de la mujer se detuvo, los hermanos se abrazaron y lloraron en silencio.
Akogi espiaba la escena desde la puerta de la cocina. No intervino por miedo a que le
hicieran daño a su hijo, que dormía entre sus brazos.
—Además, el señor Jiro es el padre de la criatura —dijo Akogi poniéndose roja
de repente—. Después, el señor Jiro y el señor Taro se acercaron hasta mí y me
dijeron: «Cuídate». Cuando les enseñé a mi niño, el señor Jiro le acarició la cabeza y
le sonrió. Todavía tenía lágrimas en los ojos. Yo quería que se quedara más rato
acariciando al niño, pero los dos salieron de casa a toda prisa. Desataron al caballo,
que lo tenían atado al níspero, montaron en él y no sé adónde se fueron. No había dos
caballos. Yo me asomé a la ventana y vi que solo había un caballo y que los dos
montaban en el mismo caballo. Lo vi claramente, porque había luna. Cuando se
fueron, dejé el cadáver de mi señora tal y como estaba y me volví a acostar. Yo he
visto muchas veces a mi señora matar gente, así que el cadáver no me asustaba.
Finalmente los investigadores pudieron sacar algo en claro. Y viendo que Akogi
no tenía culpa de nada, la dejaron marchar enseguida en libertad.
Unos diez años después, Akogi, que se había hecho monja y se dedicaba al
cuidado de los huérfanos, vio pasar al gobernador de Tango con su guardia personal.
Uno de los guardaespaldas era un hombre alto y robusto y Akogi le dijo a la gente
que aquel era Taro. Efectivamente, aquel hombre también tenía marcas de viruela en
la cara y era tuerto.
—Si se hubiera tratado de Jiro, habría corrido a encontrarme con él, pero es que
Taro da miedo… —dijo Akogi con un gesto de coqueta como si fuera una muchacha.
Nadie sabe realmente si aquel tipo era Taro o no era Taro. Pero corrió el rumor de que
también él tenía un hermano y que los dos estaban al servicio del mismo señor.

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UNA VIDA CONSAGRADA A LA
LITERATURA LIGERA[57]

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1

Aquella mañana de septiembre del segundo año de la Era Tenpo [1831], en el barrio
de Kanda-Dobo, el agua de los baños Matsu estaba ya desde primera hora, como era
costumbre, a rebosar de clientes. La escena apenas había variado desde que Shikitei
Sanba[58] la describiera algunos años antes en su novela cómica: «Cancioneros sobre
los dioses del cielo y de la tierra, leyendas budistas, historias de amor y relatos sobre
la transitoriedad de la vida, todo se mezcla y tiene cabida en los baños del mundo
flotante».
En el interior del baño, un moño de clase baja, desnudado y sin encerar, entonaba
una balada sobre asuntos mundanos; a la salida del baño, una coleta de samurái a la
manera de Honda Tadakatsu, aquel vasallo de Tokugawa Ieyasu, escurría su
tenugui[59]; una frente redonda, terminada en un gran copete al estilo flor de ginkgo,
propio de los luchadores de sumo, vertía agua sobre los tatuajes de su espalda; cerca,
un peinado juvenil no dejaba de frotarse la cara; frente a la piscina, una cabeza
rasurada se echaba agua por encima sin cesar, como si con ello pretendiera cubrirse; y
una cabecita casi rapada, con varios mechones que le salían en forma de alitas de
abeja o de libélula, jugaba abstraída con un pececito de cerámica en una cubeta de
bambú. En el estrecho lavadero a la entrada del baño, una multitud variopinta se
esmeraba por sacarle lustre al cuerpo, a medida que sus movimientos iban quedando
difuminados entre el denso vapor que exhalaban las aguas calientes y la luz del sol
matutino que penetraba desde las ventanas. En poco rato se armó un alboroto fuera de
lo común: el chapoteo del agua, las cubetas arrastradas de un lado para otro, el
parloteo, las tonadillas… A todo ello había que añadir los golpes que el bandai,
portero y dueño de los baños, daba de vez en cuando con unas tablillas para avisar de
la entrada de un nuevo cliente. Así, a un lado y a otro de la puerta zakuroguchi[60],
que separaba el baño del lavadero, el jaleo era equiparable al fragor de una batalla. A
él se sumaba entonces el comerciante, tras asomar la cabeza por la cortinilla que
colgaba de la entrada principal. Tampoco desaprovechaba la ocasión el mendigo,
pasando desapercibido en el continuo entrar y salir de los clientes.
En medio de la confusión, un viejo de sesenta y tantos años se arrimó con sigilo a
un rincón para rasparse la roña del cuerpo discretamente. Se lo veía algo cegato y el
pelo amarillento de sus sienes daba grima. Aunque estaba delgado, era de complexión
fibrosa, o más bien tosca, hasta el punto de que en algún lugar de la piel flácida que le
colgaba de brazos y piernas parecía quedarle todavía la fuerza suficiente para
resistirse a la vejez. Lo mismo podía decirse de su rostro. En los mofletes hinchados
sobre la mandíbula y en el contorno de una boca bastante grande, se conservaba
intacta, a pesar de los años, una vitalidad animal cuyo vigor seguía provocando cierto
resplandor temible más propio de sus años mozos.
Tras sacarse cuidadosamente la roña de cintura para arriba y sin entretenerse a
aclararse con el agua caliente de la cubeta, el viejo pasó enseguida a frotarse la parte

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inferior del cuerpo. Sin embargo, ni aun rascándose una y otra vez con una manopla
negra de seda cruda que le servía de estropajo, había manera de desprenderse de la
mugre incrustada en las pequeñas arrugas que poblaban su piel reseca. Eso le generó
de golpe un estado de melancolía otoñal. Apenas había terminado de lavarse un pie
cuando de repente, como si le flaqueasen las fuerzas, detuvo el gesto de la mano con
la que sostenía la toallita. Entonces dejó caer la mirada sobre el agua turbia de la
cubeta, donde se reflejaba con nitidez el cielo que había más allá de la ventana. Se
distinguían también algunos frutos de caqui puntuando los espacios huecos entre las
ramas, que se cernían sobre la esquina de un tejado.
En aquel instante, por la mente del anciano cruzó la sombra de la «muerte». Sin
embargo, esa «muerte» no albergaba aquel no sé qué terrible que lo había
atemorizado en otros tiempos. Esta vez la percibió del mismo modo que el cielo
reflejado en el interior de la cubeta, con calma y aprecio, cargada de serenidad y
nostalgia. Cuán feliz sería si pudiera desprenderse de todas las fatigas de la vida
mundana y quedarse dormido en el seno de esa «muerte»; cuán feliz si lograra
dormirse sin soñar siquiera, con el candor de un niño. No solo estaba cansado de la
vida diaria, sino que además le empezaba a pasar factura todo el esfuerzo que
acarreaban varias décadas dedicadas a la escritura.
Descorazonado, levantó la mirada y se topó con todos aquellos cuerpos desnudos
que se movían vertiginosamente entre el vapor, enfrascados en sus charlas
bulliciosas. A la balada de temas mundanos que provenía del interior del baño, se le
habían unido una tonadilla de kabuki y un epigrama jocoso. Por supuesto, no había en
esas piezas ni un ápice de aquella sensación de eternidad que había cruzado como una
sombra por su mente.
—Vaya, maestro, no esperaba encontrármelo a usted en un lugar como este. Ni
por asomo hubiera imaginado yo que el maestro Kyokutei viniera a darse un baño de
buena mañana.
Al anciano lo desconcertó que alguien se dirigiera a él de repente. Al volverse,
pudo ver junto a él una calva encumbrada por un moño alargado y estrecho, propio de
comerciantes, que terminaba con un peinado flor de ginkgo en el cogote. Era un tipo
de mediana estatura y rostro saludable. Con la toallita mojada sobre el hombro y la
cubeta frente a sí, sonreía divertido. Estaba recién salido del baño y se disponía ahora
a echarse un cubo de agua caliente por encima para aclararse.
—Me alegra ver que sigues tan animado como siempre, para variar —replicó con
ironía y esbozando una sonrisa Bakin Takizawa Sakichi[61].

—¿Animado yo? Qué va, para nada. Quien sí estará contento seréis vos, maestro, con
el éxito que está teniendo La leyenda de los ocho perros, a cada entrega más

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extraordinaria. Es una obra estupenda.
El moño estrecho se sacó la toalla del hombro y mientras la zambullía en el agua
de la cubeta, elevó el tono de su discurso.
—Cuando Funamushi se hace pasar por una recitadora ciega ambulante con la
intención de asesinar a Kobungo, pero entonces la atrapan y la torturan hasta que es
rescatada por Sosuke… Es una trama impecable, porque, claro, eso favorece luego el
reencuentro entre Sosuke y Kobungo. No quisiera sonar pretencioso, pero yo, Omiya
Heikichi, si bien un simple vendedor de enseres y accesorios, tengo que decir que en
cuanto a novelas soy todo un experto y no se me escapa ni una. Pero en este caso,
maestro, ni siquiera yo puedo encontrarle una sola pega. Me rindo completamente a
vuestros pies.
Bakin, sin mediar palabra, empezó a lavarse de nuevo los pies. Bien es cierto que
desde siempre había sentido simpatía por los lectores aficionados a sus libros, pero no
era suficiente esa simpatía para hacerle tener en cuenta las valoraciones de los demás
hacia sus personajes. Para un hombre inteligente como él, eso era más que obvio; lo
extraño, por el contrario, era que esas valoraciones no afectaran en lo más mínimo su
simpatía. Por eso mismo, según el caso, era capaz de sentir simpatía y desdén al
mismo tiempo, y por la misma persona. Y era precisamente el tal Omiya Heikichi, de
entre sus lectores aficionados, uno de esos casos.
—La cuestión es que para escribir algo así se requieren una habilidad y un
esfuerzo fuera de lo común. Se podría decir que vos sois, maestro, el Luo
Guanzhong[62] de la literatura japonesa actual. Y disculpe mi atrevimiento —dijo
Heikichi alzando la voz de nuevo y estallando en una carcajada. Su risa sobresaltó a
un peinado de ginkgo con el moño pequeño, propio de un artesano, que se vertía agua
por encima. Se trataba de un tipo de baja estatura y piel morena. Se volvió hacia
Bakin y Heikichi y los comparó con su mirada, que bizqueaba. Al cabo, puso una
cara extraña y echó un escupitajo al desagüe del lavadero.
—¿Sigues aún componiendo hokku[63]? —cambió hábilmente Bakin el tema de
conversación. Y no es que lo hubiera molestado la actitud del bizco, porque por
suerte Bakin era tan corto de vista que no pudo distinguir a su vecino con claridad.
—Os agradezco sinceramente que os molestéis en preguntarme. Aunque soy poco
diestro en el asunto, la verdad es que me interesa tanto que siempre acabo asistiendo
a todas las tertulias que puedo, sin vergüenza alguna. Hoy mismo tengo una tertulia y
mañana otra. Eso sí, no hay manera de que mi cabeza componga un solo verso. Por
cierto, maestro, ¿a vos qué tal se os dan los versos? ¿Sois aficionado a hacer poemas
y hokku?
—Qué va. Confieso que hubo un tiempo en que componía, pero en ese campo soy
un completo negado.
—Eso no me lo creo.
—Lo digo en serio. Eso no va conmigo. Soy tan nulo como lo sería un ciego que
espiara a través de una cerca.

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Bakin remarcó con especial intensidad las palabras «no va conmigo». Por
supuesto que se veía perfectamente capaz de componer hokku y poemas, ya que
obviamente poseía los conocimientos necesarios para escribir bien. En eso se sentía
seguro de sí mismo. La cuestión es que desde hacía tiempo experimentaba cierto
desprecio hacia ese género artístico. Y eso se debía al hecho de que tanto los poemas
tradicionales como el hokku presentaban una estructura tan reducida que no le
permitía volcar en ella todas sus ideas. Así que, por muy sofisticada que fuera la
composición y a pesar de todo lo que se podía expresar en escasos versos, ya fuera
poesía lírica, o bien poesía descriptiva, apenas serviría para llenar unas pocas líneas
de una de sus obras. Para él, ese tipo de literatura no era más que un arte de segunda
categoría.

En el fondo de la expresión «no va conmigo», en la que Bakin puso tanto énfasis, se


escondía el desprecio. Pero el infeliz Omiya Heikichi no captó el doble sentido.
—Ya veo, así que no se os da bien… Es solo mi opinión, pero yo creía que
tratándose de toda una autoridad de las letras vos serías capaz de componer a vuestro
antojo cualquier cosa. En fin, supongo que el dicho llevará razón con eso de que no
otorga el cielo dos cosas a un mismo tiempo.
Heikichi había tratado de ser discreto en su respuesta mientras hacía uso de la
toallita para frotarse, con tanta fuerza que su piel empezaba a enrojecer. Pero Bakin,
que tenía exceso de autoestima, se sintió ofendido. Primero porque Heikichi se
tomara al pie de la letra su falsa modestia. Y luego porque no le hizo ni pizca de
gracia el tono de reserva utilizado por Heikichi. Bakin arrojó entonces el estropajo y
la toallita al sumidero, se reincorporó con cara de pocos amigos y replicó con una
fanfarronada.
—No obstante, que conste que pienso alcanzar el grado de maestro componiendo
tankas a la moda.
Oyéndose a sí mismo, sintió vergüenza de sus palabras, cargadas de un orgullo
propiamente infantil. Cuando antes Heikichi había hecho uso de comentarios
superlativos para halagar su obra La leyenda de los ocho perros, no había sentido
ninguna alegría en particular. Por eso resultaba contradictorio que se molestara ahora
por haber sido considerado un inepto en la composición de hokku y tankas.
Consciente de su cambio de actitud, y quizás para disimular la vergüenza que lo
carcomía, se apresuró a arrojarse un cubo de agua caliente sobre los hombros.
—¡Sabía que vos erais capaz! Si no, no me explico cómo se puede escribir una
obra tan magnífica como la vuestra. Ahora bien, lo mío también tiene mérito. Si os
ponéis a componer poemas, querrá decir que tengo yo muy buen ojo para estas cosas.
En fin, disculpe mi presunción —alzó la voz Heikichi una vez más y se echó a reír.

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El bizco ya no estaba junto a ellos. El escupitajo tampoco; se había ido flotando
por el sumidero con el agua caliente que Bakin se vertió por encima. Bakin se sintió
más abochornado que antes.
—He hablado un poco a la ligera… Creo que yo también voy a darme un baño.
Extrañamente avergonzado y enojado consigo mismo, Bakin pensó que había
llegado la hora de retirarse. Mientras se despedía de aquel lector bondadoso, se fue
poniendo en pie pausadamente. Sin embargo, Heikichi, dejándose llevar por su
entusiasmo de lector aficionado, se mostraba cada vez más engreído.
—Bueno, maestro, espero entonces que escribáis ya pronto algún tanka o algún
hokku. ¿Os parece bien? No os olvidéis, ¿eh? Me lo habéis prometido. Ahora, si me
disculpáis… Supongo que andaréis muy ocupado, pero si os pasáis por aquí de nuevo
y me veis, no dudéis en saludarme. Yo haré lo mismo, siempre que tenga la
oportunidad.
Heikichi habló como si fuera a perseguirlo. Luego, al tiempo que remojaba una
vez más la toallita en la cubeta, siguió con la mirada la espalda de Bakin, que ya se
agachaba para pasar el dintel de camino al baño. Heikichi también pensaba cómo le
explicaría a su mujer, al volver a casa, que se había encontrado ni más ni menos que
con el maestro Kyokutei.

En la sala del baño la luz era débil como en un atardecer. El vapor que inundaba la
atmósfera era más denso que la bruma. Bakin, medio cegato, se abrió paso a
empujones entre la gente hasta encontrar al fin un hueco en el baño donde zambullir
su cuerpo repleto de arrugas. El agua estaba ardiendo. Al sentir el calor penetrándole
por las uñas de los pies, respiró hondo y luego fue observando detenidamente el
interior de la piscina. En la penumbra podían distinguirse siete u ocho cabezas, a lo
sumo. Unas cantaban y otras charlaban. En rededor, la superficie lisa del agua,
diluyendo la grasa humana, reverberaba con la luz que en traba desde el lavadero y se
desplazaba de forma holgada y monótona. El nauseabundo «olor a baño público»
penetró entonces en las narices de los presentes.
En la imaginación de Bakin hubo desde siempre cierta tendencia hacia el
romanticismo. Rodeado por el vapor del baño imaginó una de las escenas que tenía
pensado escribir para su novela. Entre la bruma se divisaba el velamen pesado de un
barco. Caía la tarde en alta mar y arreciaba el viento. Se oía el golpe de las olas
arremetiendo contra la borda pesadamente, como si arrastraran aceite. Las velas se
batían como las alas de un murciélago gigante. Uno de los tripulantes, alarmado por
el ruido, asomó la cabeza en cubierta con cautela. Sobre la bruma baja que cubría el
océano, se elevaba en el cielo una media luna, roja y tenebrosa. Entonces…

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Hasta aquí llegó su imaginación, que fue perturbada de golpe cuando llegaron a
sus oídos los comentarios de alguien que estaba criticando su novela en algún lugar
de aquella misma piscina. Parecía, además, tanto por el tono de voz como por la
manera de hablar, que ese alguien quisiera que Bakin lo oyera. Bakin estuvo a punto
de salirse del baño, pero cambió de opinión y se puso a escuchar las críticas.
—Maestro Kyokutei, Señor de las librerías… Por muchos seudónimos que se
ponga Bakin, todas sus obras son, a grandes rasgos, un mero refrito. Por ejemplo, La
leyenda de los ocho perros no es más que un plagio desmañado de A la orilla del
agua[64]. Aunque, bueno, si le pasamos eso por alto, podemos decir que tiene alguna
que otra trama interesante. Al fin y al cabo está copiando una obra maestra china. Eso
sí, ya es una proeza poder decir que ha leído el original. Con todo, es sorprendente
que como imitador ni siquiera le llegue a los talones a su maestro Kyoden[65], que ya
era de por sí bastante malo. No merece ni que uno se irrite por la torpeza de sus
obras.
Bakin, con los ojos velados de rabia, lanzó una mirada en dirección al tipo que lo
estaba insultando. Impedido por la cortina de vapor, no pudo distinguirlo bien, pero
tuvo la impresión de que se trataba del mismo moño de artesano que antes había
escupido en el lavadero. Seguramente al artesano le habrían irritado los agasajos de
Heikichi sobre La leyenda de los ocho perros y ahora se estaba desahogando a costa
de Bakin.
—Para empezar, todo lo que escribe Bakin es tan ligero como su caligrafía de
punta fina. Es como si no tuviera nada en las entrañas. Y en el caso de que haya algo,
no va más allá de las lecciones que puede dar cualquier maestro de la escuela
elemental sobre los cuatro libros canónicos del confucianismo[66]. Además, no se
entera de lo que está a la moda. La prueba es que si no se trata de algo que ocurrió en
un pasado lejano, ni lo escribe. O lo cambia. Como en el caso del suicidio por amor
de la joven O-some y su amado Hisamatsu. Al ser un episodio demasiado reciente y
moderno, en vez de describirlo tal cual, se tiene que inventar esa obra titulada Siete
flores de otoño: historia de amor de Some y Matsu[67], que habla sobre la lealtad filial
y la fidelidad. Para colmo, va y la sitúa en el período de Nanbokucho[68].
Mientras uno sea consciente de su superioridad, por mucho que quiera odiar, no
es capaz de odiar. A Bakin lo irritaban las palabras de aquel tipo, pero aun así no
podía odiarlo. En cambio sentía un gran deseo de expresar abiertamente su desprecio
hacia él. Si no llegó a hacerlo, se debió quizás al freno de la edad.
—En ese sentido, Jippensha Ikku[69] y Shikitei Sanba valen mucho más la pena.
En sus obras sí que aparecen personajes cercanos y reales. Ellos no tratan de
inventarse nada con cuatro trucos baratos y un puñado de conocimientos
superficiales. He ahí la gran diferencia con ese que se hace llamar a veces el
Anacoreta entre juncias y pajas.
Por experiencia, Bakin sabía que escuchar críticas negativas hacia su obra no solo
le resultaba molesto, sino que además lo empujaba hacia un terreno peligroso. No

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porque perdiera el valor para asumir las críticas, sino porque para contrarrestarlas,
necesitaría añadir cierta reacción contra ellas en sus futuros proyectos creativos. Eso
significaba que si partía de tales motivos deshonestos a la hora de ponerse a escribir,
corría el riesgo de terminar haciendo obras repetitivas e inconsistentes. Dejando a un
lado los autores cuyo único objetivo era subirse al carro de las modas pasajeras, esa
era una trampa en la que cualquier escritor con un mínimo de ímpetu podía caer sin
darse cuenta. Por eso mismo, Bakin había tratado de evitar hasta ahora, en la medida
de lo posible, leer las malas críticas dirigidas contra sus obras. Cabe decir, de todas
formas, que también se había sentido siempre tentado a leerlas por mera curiosidad.
Así que el hecho de que ahora, en el baño, estuviera escuchando los improperios de
ese pequeño moño flor de ginkgo, significaba que esta vez no había podido vencer la
tentación.
Dándose cuenta de ello, se reprochó a sí mismo la estupidez de seguir todavía
metido en el agua caliente como si nada. Así, ignorando la voz estridente del pequeño
moño, salió de la piscina con una zancada vigorosa y se dirigió hacia la puerta de
bajo dintel. En el lavadero, entre el vapor, divisó el cielo azul de la ventana, un cielo
azul en el que los rayos del sol bañaban las ramas de un caqui. Bakin, ya calmado, se
acercó hasta el depósito de agua caliente y se echó un último cubo de agua por
encima para aclararse.
—En fin, que Bakin no es más que un impostor que se hace pasar por el Luo
Guanzhong de Japón.
Pensando quizás que Bakin estaba aún en el interior del baño, el bizco seguía
profiriendo filípicas cada vez más agresivas. Probablemente no había visto que
Bakin, herido por sus pullas, ya había cruzado el dintel.

Bakin salió de los baños con el ánimo hundido. La mala lengua del bizco había
logrado insuflar su veneno en la medida de lo esperado. Caminando por las calles de
Edo bajo un cielo despejado de otoño, repasaba minuciosamente, con espíritu crítico,
los comentarios negativos que había escuchado en el interior de los baños. Enseguida
pudo comprobar que todas aquellas críticas nefastas, se mirase por donde se mirase,
no eran más que argumentos descabellados sin ninguna validez. Aun así, una vez
hicieron mella en su ánimo, ya no pudo recobrar su calma habitual.
Con el malestar visible en el rostro, alzó la mirada y observó las tiendas a ambos
lados de la calle. Todo el mundo seguía ocupado con sus quehaceres diarios, ajenos a
su estado de ánimo. El noren color caqui de la tabaquería con el lema «Tabacos del
mundo»; el cartel en forma de peine anunciando «Madera de boj»; el farolillo
colgado en un dintel con las letras de «Lámparas»; la banderilla estampada con las
varillas del oráculo frente a la casa del adivino… Todos aquellos negocios formaban

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una hilera sin sentido que se le presentaba a sus ojos sin orden ni concierto. «¿Por qué
me afectarán tanto las críticas negativas?». Bakin seguía dándole vueltas al asunto.
«Lo que realmente me molesta es que el bizco llevaba malas intenciones. Y la gente
que lleva malas intenciones, sea por el motivo que sea, me enoja. Es algo que no
puedo evitar».
Pensando así se avergonzó de su propia debilidad de carácter. Había en realidad
poca gente con una actitud tan arrogante como la suya y también eran pocos los que
como él se mostraban tan susceptibles ante la malicia ajena. Se dio cuenta entonces
de que sus acciones, con resultados aparentemente contradictorios, se remontaban en
realidad a una misma causa: a los efectos nerviosos de su debilidad.
«Pero hay algo más que me molesta: el hecho de haber sido forzado a situarme en
una posición de enfrentamiento con el bizco. Nunca me ha hecho gracia encontrarme
en una situación comprometida, por eso mismo trato de evitar todo tipo de disputa».
A medida que avanzaba por la calle, los análisis a los que lo condujo su cabeza
provocaron un cambio inesperado en su estado de ánimo. Un camino que pudo
percibirse en la repentina relajación de sus labios, que hasta ese momento había
mantenido apretados con firmeza. «Para colmo, el hecho de que quien me haya
puesto en esa situación fuera aquel bizco, es aún más desesperante. Si en vez del
bizco hubiera sido alguien con más categoría, no cabe duda de que hubiera
reaccionado a tiempo para poder contrarrestar mi malestar. Pero está claro que
tratándose de un bizco, incluso yo debía terminar exasperándome».
Bakin forzó una sonrisa y alzó la mirada hacia el cielo. Desde lo alto, el silbido
jovial de un milano y los rayos del sol cayeron sobre él como una llovizna. Sintió
entonces cómo aquella pesadez que hundía su ánimo iba poco a poco desapareciendo.
«Con todo, por muchas críticas que me quiera hacer un bizco, no deja de ser más
que una pequeña contrariedad. Que un milano se ponga a silbar no es suficiente para
detener el curso del astro solar. Completaré La leyenda de los ocho perros. Y cuando
lo haga, Japón tendrá una leyenda fantástica sin parangón alguno en toda la historia
de la literatura».
Así, recuperando la confianza en sí mismo, dobló en silencio la esquina de una
callejuela que lo llevaría rumbo a casa.

Al llegar a casa, pudo distinguir en la penumbra del zaguán un par de sandalias de


bambú que le resultaban familiares. Enseguida le vinieron a la mente las facciones
planas de su dueño. Sintió entonces fastidio pensando que le iban a robar de nuevo su
tiempo. «Ay, a este paso también hoy se me va toda la mañana».
Se descalzó y subió el peldaño del zaguán. Sugi, la sirvienta, llegó corriendo
alborotada y se puso de rodillas para recibirlo, agachando la cabeza en un saludo.

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Con las manos todavía apoyadas sobre las tablas del suelo, alzó la mirada y se dirigió
a Bakin.
—El señor Izumiya aguarda su llegada en el estudio.
Bakin, asintiendo con la cabeza, le entregó a Sugi la toallita mojada. Pero no
parecía querer volver a su estudio de inmediato.
—¿Dónde está O-Hyaku?
—Ha ido al templo a rezar.
—¿O-Michi ha ido también?
—Sí. Y se han llevado con ellas al niño.
—¿Y mi hijo?
—Ha ido a visitar al doctor Yamamoto.
Estando ausentes todos los miembros de la familia, experimentó cierta decepción.
Sin más alternativa, abrió las puertas que separaban el zaguán del estudio. Al otro
lado, justo en mitad de la sala, había un hombre sentado de manera solemne sobre el
tatami. Fumaba en una pipa de plata estrecha y alargada. De semblante serio, su tez
pálida desprendía cierto brillo aceitoso. En el estudio, a excepción de algunas
litografías enganchadas a un biombo y de una pareja de rollos colgantes a juego en la
pared del tokonoma[70] —hojas rojas de un arce y crisantemos amarillos—, no había
nada digno de ser considerado un adorno. Cubriendo las paredes de la sala se
alineaban una cincuentena de estanterías con libros. El color a madera vieja de
paulonia le daba un aspecto triste al espacio, sensación a la que contribuía el papel
envejecido de las puertas correderas, que no había sido cambiado en todo el invierno.
Sobre los parches blancos que remendaban aquí y allá el papel de las puertas que
daban al jardín, la luz de otoño proyectaba la gran sombra de una musa japónica
reseca, cuyas ramas inclinadas eran mecidas por el viento. En ese contexto, las ropas
vistosas del invitado no armonizaban para nada con el entorno.
—Oh, maestro, bienvenido de vuelta.
Al tiempo que Bakin abría las puertas, el invitado inclinó la cabeza en un gesto de
respeto y se dirigió a él con un tono de voz apacible. Se trataba de Izumiya Ichibe, el
editor que, después de La leyenda de los ocho perros, alcanzó un éxito rotundo con la
publicación de la obra de Bakin El ciruelo en el vaso de oro[71].
—Supongo que os habré hecho esperar. Aunque no suelo hacerlo, hoy me ha
dado por ir a los baños públicos de buena mañana.
Bakin, si bien frunció ligeramente el ceño de forma instintiva, tomó asiento sin
perder las formas, como era habitual en él.
—¿No me digáis? ¡Así que habéis ido a daros un baño matutino!
Ichibe exageró un poco su tono de sorpresa. Por muy insignificante que fuera un
asunto, sería difícil encontrar a alguien que se admirara tan fácilmente como él.
Aunque quizás lo raro fuera, de entrada, encontrar a alguien que expresara en el
rostro tanta admiración. Bakin, encendiéndose una pipa con parsimonia, desvió la

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conversación sin perder ni un segundo, como era habitual en él, y fue directo al
grano.
—¿A qué se debe vuestra visita de hoy?
—Ah, sí. Pues he venido a ver si teníais algún manuscrito listo para imprenta —
contestó Ichibe con una voz afeminada, mientras le daba vueltas a la pipa con la
punta de los dedos. Era un hombre de carácter peculiar. En la mayoría de los casos,
sus acciones no se correspondían con sus intenciones. No solo no se correspondían,
sino que siempre se manifestaban de forma contraria. Por eso, cuanto más firme era
su resolución de conseguir algo, más suavidad adquiría el tono de su voz.
—Imposible. Aún no tengo ningún borrador.
—No me digáis. Menudo inconveniente…
—¿Qué inconveniente ni qué corchos? Este año he escrito tantas entregas de mi
novela que no tengo tiempo para ponerme ahora con otras historias.
—Vaya, veo que estáis muy ocupado.
Ichibe dio un golpe con la pipa en el cenicero de bambú para expulsar el tabaco.
Como si se tratase de una señal, al instante puso cara de haber olvidado de qué
estaban hablando y empezó a platicar sobre Nezumi Kozo Jiro Dayu.

Nezumi Kozo Jiro Dayu, ladrón de gran renombre, fue capturado a principios de
febrero. A mediados de agosto su cabeza fue expuesta en público. Se lo conocía
comúnmente como el ladrón generoso y sus acciones eran elogiadas entre el pueblo,
debido a que entraba a robar en las mansiones de los grandes señores y luego repartía
el botín entre los desfavorecidos[72].
—Parece mentira, pero dicen que se coló en setecientas dieciséis mansiones y que
llegó a robar un total de tres mil ochocientos tres ryo y dos bu[73]. Eso no es algo que
pueda hacer un ladrón cualquiera.
Bakin empezó a sentir curiosidad. Tras las palabras de Ichibe se escondía la
presunción de que cualquier ocasión era buena para ofrecerle a un autor material de
escritura. Ese aire presuntuoso, como era de esperar, irritó a Bakin. Sin embargo,
había logrado al mismo tiempo despertar su curiosidad. Para un artista como él,
dotado de tanto talento, era especialmente difícil evitar la tentación.
—Hum, ya veo, ese tipo fue alguien a tener en cuenta. Había oído muchos
rumores sobre él, pero nunca pensé que llegara a tanto la cosa.
—Ante todo, destacó por encima de los demás ladrones. Parece ser que en el
pasado trabajó como guardaespaldas o algo parecido para el señor Arao
Tajimanokami, así que de ahí le debía de venir la destreza para moverse por el
interior de las mansiones con tanta facilidad. Según me refirió un conocido que
estuvo presente en el desfile del reo, cuando lo llevaban a caballo para mostrarlo a la

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gente, se trataba de un hombre corpulento y atractivo. Ese día iba vestido con un
ligero quimono azul oscuro hecho con crepé de la provincia de Echigo y debajo
llevaba otro de seda blanca sin forro. Maestro, ¿no creéis que podría tratarse
perfectamente de uno de los personajes de sus libros?
Bakin respondió con evasivas mientras continuaba fumando de su pipa. Pero
Ichibe no era un tipo que se amedrentara ante una simple evasiva.
—¿Qué os parecería incluir a Nezumi Kozo en la trama de El ciruelo en el vaso
de oro? Entiendo que estaréis terriblemente ocupado, pero os rogaría que aceptaseis
mi propuesta.
Al final, la perorata sobre Nezumi Kozo no había sido más que una excusa para
seguir insistiendo sobre el manuscrito. Bakin, a pesar de estar ya acostumbrado a este
tipo de artimañas, esta vez no se había percatado del engaño. Eso terminó de aguarle
el día. Se sentía estúpido por haber caído en la trampa de Ichibe después de ser
arrastrado por la curiosidad. Eso hizo que el tabaco le supiera amargo. Habló
entonces con elocuencia para no aceptar el encargo.
—Lo primero de todo es que si se me obliga a escribir a la fuerza, no puede salir
nada bueno. Y no hace falta que os lo diga, pero eso va también ligado a las ventas,
así que no creo que os convenga a vos tampoco que yo me ponga a escribir al buen
tuntún. Lo más conveniente para ambos es que no se me fuerce.
—Seguramente es como decís, pero ¿no podríais hacer un esfuerzo y escribir
algo? Lo que sea —replicó Ichibe mientras «revolotoqueteaba» la cara de Bakin (ese
era el calificativo que le había puesto Bakin a cierta expresión en la mirada de
Ichibe). El humo del tabaco salía entrecortadamente por la nariz de Bakin.
—Os digo que no puedo ponerme a escribir nada nuevo ahora. Ni tengo tiempo,
ni me apetece hacerlo, así que no insistáis.
—Me dejáis perplejo —dijo Ichibe, pero enseguida se puso a hablar de sus
amigos escritores de antaño. Eso sí, intercalando entre sus finos labios la delgada pipa
de plata.

—Por lo visto va a salir publicada una nueva obra de Tanehiko[74]. Todas sus obras de
temas piadosos poseen una distinción inigualable. Ese tipo de compasión no puede
expresarla más que Tanehiko.
Por alguna razón, Ichibe tenía la mala costumbre de obviar los apellidos de los
autores. Bakin, cada vez que le oía hacerlo se preguntaba si también a él lo llamaría
«Bakin» a sus espaldas. ¿Qué necesidad tenía él de proveer con manuscritos a un tipo
tan frívolo que trataba a los autores como meros asalariados a su servicio? Con los
nervios a flor de piel como los tenía, no era raro que terminase enojándose. En cuanto
escuchó el nombre de Tanehiko no pudo evitar un gesto de amargura en el rostro ya

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de por sí avinagrado. Algo que no pareció alterar la actitud de Ichibe en lo más
mínimo.
—Nosotros estamos pensando en sacar algo de Shunsui[75]. Sé que a vos no os
gusta, maestro, pero cuando se trata de hablar de temas mundanos, a Shunsui se le da
bastante bien.
—¿Ah sí? ¿No me digáis?
A Bakin le vinieron a la memoria, de forma algo exagerada, las facciones
mezquinas de Shunsui, con quien había coincidido en alguna ocasión. «Yo no soy un
autor. Yo soy un escritor a sueldo que trata de satisfacer la demanda del público por
medio de aventuras románticas». Bakin escuchó una vez los rumores según los cuales
aquellas palabras fueron pronunciadas por Shunsui. Lo despreciaba como autor,
obviamente, por eso mismo, porque de autor tenía más bien poco. Aun así, al
escuchar a Ichibe llamarlo por su nombre propio, no pudo evitar seguir molesto con
Ichibe.
—Lo que está claro es que tiene mucha habilidad con los temas eróticos. Además
es célebre por ser un escritor prolífico.
Ichibe observó un instante el rostro de Bakin para enseguida desviar la mirada
hacia la pipa de plata que se llevaba a la boca. Por un momento, la expresión de
Ichibe resultó ser extremadamente grosera. O al menos así se lo pareció a Bakin.
—Se ve que es muy rápido escribiendo, por eso tiene tantas obras. Imagino que
entonces, para poder escribir el doble o el triple que él, no podrá uno despegarse del
papel. Evidentemente, vos seréis también muy rápido escribiendo, ¿verdad?
Bakin, junto al malestar que ya arrastraba, se sintió amenazado. Para alguien con
exceso de orgullo como él, no resultó nada agradable que le comparasen su ritmo de
escritura con los de Shunsui y Tanehiko. Además, eso era algo que antaño lo había
atormentado con frecuencia, hasta el punto de que llegó a achacar su lentitud a su
incapacidad para la escritura. Aunque otras veces hacía un honor de esa lentitud
como el criterio que justificaba sus principios estéticos. Lo que estaba claro es que no
iba a permitir por nada del mundo, fuera cual fuera su estado de ánimo, que el vulgo
juzgara su obra en esos términos. Dirigió la mirada a los rollos colgantes del arce y de
los crisantemos en el tokonoma y espetó:
—Depende del momento y de la situación. Si bien a veces escribo rápido, otras
veces me tomo mi tiempo.
—Ah, depende del momento y de la situación. Ya veo.
Ichibe se admiró por tercera vez. Pero no es necesario remarcar que aquello no
acabaría en mera admiración. De hecho, tardó más bien poco en intentar una nueva
acometida.
—Os entiendo perfectamente, pero ¿creéis que podríais escribir de todas formas
alguno de los textos que os he propuesto? En el caso de Shunsui…
—¡Yo no soy el señor Tamenaga!

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Cada vez que se enojaba, Bakin tenía el hábito de torcer el labio inferior hacia la
izquierda. Esta vez, el labio se torció con un impulso tremendo.
—Ruego que me disculpéis. ¡Sugi! ¡Sugi! ¿Están ya listas las sandalias del señor
Izumiya?

Tras despedir a Izumiya Ichibe, Bakin salió al corredor exterior buscando soledad. Se
apoyó en uno de los pilares y contempló el paisaje que le ofrecía su pequeño jardín,
haciendo esfuerzos por calmar el gusanillo de la ira que seguía carcomiendo su
estómago. La parte del jardín más próxima al corredor estaba bañada por los rayos
del sol. Allí, las hojas dañadas de la musa japónica y un parasol de la China
prácticamente pelado se mezclaban al verde de las coníferas y del bambú para ocupar
con calidez unos pocos metros de otoño. Junto a la pileta de agua un hibisco ralo iba
escaso de flores, pero el osmanto que crecía al otro lado de la pequeña valla de
bambú seguía desprendiendo su fragancia dulzona con la misma intensidad del
primer día. Sumándose al cuadro, el silbido del milano descendía de tanto en tanto
desde lo alto del cielo azul como la melodía de una flauta.
En contraste con aquella naturaleza, la sociedad le pareció a Bakin más vulgar si
cabe. La desgracia de vivir en una sociedad tan abyecta era que, aun siendo
atormentado por su vulgaridad, uno terminaba también por hablar y obrar con vileza.
Él mismo acababa de echar de su casa a Izumiya Ichibe. Una acción para nada
elegante, completamente despreciable, a la que se había sentido empujado por la
ruindad del otro. Pero lo hizo. Lo que significaba que sin quererlo se había puesto al
mismo nivel que Ichibe. Había caído muy bajo.
Estas reflexiones le trajeron a la memoria un episodio similar de su pasado
reciente. La primavera del año anterior, un joven llamado Nagashima Masabe, natural
de Kuchiki-kamishinden, en la provincia de Soshu, le envió una carta en la que
solicitaba que lo acogiera como discípulo. Según expresaba en la misiva, se había
quedado sordo a los veintiún años y desde entonces, hasta sus actuales veinticuatro,
se había entregado totalmente a la escritura de novelas. Su aspiración era darse a
conocer por todo el país. No hace falta decir que era un gran admirador de obras
como La leyenda de los ocho perros o Las crónicas de Asaina[76]. Añadía que
quedarse en la provincia supondría una gran traba para su carrera, por lo que le pedía
a Bakin que lo acogiera en su casa de gorra y a pensión completa. Le comentaba, de
paso, que ya tenía seis novelas terminadas que le gustaría publicar debidamente en
alguna editorial, por lo que agradecería que Bakin las revisara e hiciera las
correcciones pertinentes. Eso era más o menos lo que expresaba la carta: una retahíla
de demandas de un tipo que solo pensaba en su propia conveniencia. Con todo,
Bakin, que padecía una ceguera progresiva, se sintió movido por la compasión al

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pensar en la sordera que arrastraba aquel joven desdichado. No estaba en condiciones
de aceptar su propuesta, pero le respondió de la manera más atenta posible. La réplica
no se hizo esperar: una carta redactada de principio a fin con los reproches más
agresivos. «Con el tesón que yo he puesto en leerme esas obras vuestras tan
desmañadas y prolijas como La leyenda de los ocho perros y Las crónicas de Asaina,
y vos no os dignáis siquiera a leer seis míseros folletines. Ahí se ve bien de qué pie
calzáis. Sois un personaje ruin». Así empezaba la carta, que terminaba atacándolo por
ser un rata y no ofrecer sus auspicios a los nuevos talentos de la profesión, algo que
se supone que le correspondía hacer como persona de mayor experiencia. Bakin,
montando en cólera, respondió enseguida. En esta nueva carta expresaba esta vez que
se sentía humillado de por vida al saber que un niñato tan frívolo como él había leído
sus novelas. Después de aquello no supo más del tipo y ahora se preguntaba si habría
continuado con la escritura; si seguiría soñando como un iluso con ser leído algún día
por todo Japón.
Al pensar en este episodio, Bakin no pudo evitar sentir la falta de empatía no tan
solo hacia el niñato Nagashima Masabe, sino también hacia sí mismo. Eso lo arrastró
a un estado de melancolía indecible, mientras los rayos del sol, ajenos a sus
pensamientos, diluían en el aire los aromas del osmanto. Las hojas de la musa
japónica y del parasol de la China permanecían inmóviles, en silencio. El silbido del
milano volvió a escucharse lleno de gozo, como antes. Esta naturaleza y aquella
gente…
Hasta que la sirvienta Sugi no vino a avisarlo de que el almuerzo estaba listo, diez
minutos más tarde, Bakin, abstraído, permaneció todo el tiempo recostado en el pilar
del corredor como si estuviera soñando.

10

Después de un almuerzo triste y solitario regresó a su estudio. Para calmar su


malestar, que no lo dejaba concentrarse en el trabajo, se dispuso a hojear las páginas
de A la orilla del agua, uno de sus mayores éxitos hasta entonces. Abriendo el libro
al azar, dio con el episodio en el que Hyoshito Rinchu, en mitad de una tormenta de
nieve, observa el incendio que tiene lugar en el granero de Sanjinbyo, el mausoleo en
honor al dios de la montaña. El dramatismo de aquella escena consiguió despertarle
la inspiración. Pero a medida que avanzaba en la lectura empezó a sentir, por el
contrario, cierta desazón.
Su familia no había regresado aún del templo. En el interior de la casa reinaba el
silencio. Interrumpió su lectura apartando el libro de sí y trató de borrar la expresión
sombría de su rostro fumándose una pipa cuyo tabaco le supo amargo. Entonces,
rodeado por el humo, volvieron a abordarle ciertas dudas que le habían estado
rondando por la cabeza desde hacía ya algún tiempo. Dudas que se forjaban en el

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límite entre su condición de artista y su condición de moralista. Hasta ahora nunca
había dudado de los preceptos confucionistas sobre «el camino de la virtud»
inspirados en el ejemplo de los antiguos reyes. Sus novelas, tal y como él mismo
había declarado públicamente en alguna ocasión, eran precisamente la expresión
artística de ese camino de la vida regia. En principio, no había en ello nada
contradictorio. Sin embargo, existía una diferencia considerable entre el valor que «el
camino de la virtud» le concedía al arte y el valor que él le otorgaba al arte. En ese
sentido, el moralista que había en él aceptaba de buen grado el primero de esos
valores, mientras que su espíritu de artista se decantaba, evidentemente, por el
segundo. Por supuesto también existía la opción de atenerse a un pensamiento frívolo
y conciliador capaz de evadir la contradicción. Bakin se acogía, de hecho, a esa
postura ambigua con pretensiones armonizadoras, tratando así de ocultar frente a la
opinión pública su verdadera incapacidad para tomar una posición definida respecto a
su propio arte.
Pero por mucho que fuera capaz de engañar a la opinión pública, no podía
engañarse a sí mismo. Bakin negaba el valor de ese género frívolo de la literatura de
costumbres conocido como gesaku, tan de moda aquellos días, y etiquetaba sus
propias obras como «novelas de justicia poética», literatura inspirada en los
principios del confucianismo y cuya finalidad era la exhortación al bien y la
reprensión del mal. Sin embargo, cada vez que se topaba con su interés por lo
«artístico», un interés que no decaía a lo largo de los años, se sentía inseguro de lo
que hacía. Ese era el motivo real por el que un mero párrafo de A la orilla del agua,
escogido al azar, había hecho mella en su estado de ánimo.
En ese punto, Bakin, poco osado en cuanto a ideas se refiere, desvió
expresamente sus pensamientos hacia los familiares ausentes, mientras seguía
fumando de la pipa en silencio. Pero A la orilla del agua seguía allí, frente a él, por lo
que no podía quitarse tan fácilmente de la cabeza la inseguridad que lo embargaba.
Fue por ello muy oportuna la visita repentina del pintor Watanabe Kazan[77], a quien
hacía mucho tiempo que no veía. Venía vestido con hakama y traía bajo el brazo un
paquete envuelto en un pañuelo púrpura, presumiblemente con algunos libros que
había tomado prestados de Bakin.
Bakin se puso tan contento que salió hasta el zaguán para recibir a su íntimo
amigo.
—Aprovechando que tenía que devolveros unos libros y que hacía tiempo que no
nos veíamos, he decidido pasarme por aquí —confesó Kazan mientras pasaba al
estudio. Junto al paquete también traía un rollo de papel en el que seguramente
transportaba uno de sus dibujos—. Si tenéis tiempo, me gustaría mostraros una cosa.
—Oh, claro, claro, veamos qué traéis.
Kazan, tratando de disimular su excitación, forzó una sonrisa y desenrolló el
papel para extender su pintura. Apareció un paisaje desolador con unos pocos árboles
desnudos repartidos entre el fondo y el primer plano de la escena. Entre los árboles se

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distinguía la figura de dos hombres que conversaban amigablemente. Hojarasca
esparcida entre la arboleda; bandadas de cuervos sobre las copas de los árboles. Se
mirase donde se mirase, no había un solo recodo en el cuadro que no rememorara un
otoño extremadamente frío.
Los ojos de Bakin, perdiéndose por esta aguada sobre el motivo clásico de los
monjes Kanzan y Jittoku[78], fueron poco a poco humedeciéndose hasta adquirir un
brillo suave.
—Como siempre, un trabajo excelente. Me recuerda a unos versos de Wang
Wei[79].

Cuando suena el gong para avisar de la comida


también bajan volando los cuervos de sus nidos.
Afuera del templo, en una arboleda desierta,
se oye un crujido de hojarasca en el camino.

11

—Lo terminé ayer mismo. La verdad es que estoy bastante satisfecho, así que había
pensado regalároslo, en el caso de que a vos también os guste. —Kazan, en un gesto
de satisfacción, se rascó la sombra azulada de la barbilla—. Aunque claro, si digo que
me ha dejado satisfecho es solo porque lo comparo con mis obras anteriores. Uno
nunca consigue pintar como realmente quiere.
—Os lo agradezco, es todo un detalle, aunque siento abusar de vuestra
amabilidad. No hago más que recibir regalos vuestros —agradeció Bakin entre
dientes mientras observaba absorto la pintura. De repente lo había abordado el
recuerdo de su novela inacabada. Pero Kazan seguía a lo suyo, pensando solo en su
obra.
—Cada vez que contemplo las obras de los clásicos me pregunto por qué seguiré
pintando. Los árboles, las piedras, los personajes… Cada uno de esos elementos
queda plenamente identificado con su esencia: su ser árbol, su ser piedra, su ser
persona, expresada además con esa serenidad inimitable de los clásicos. Al lado de
esas magníficas pinturas, mis obras no son más que garabatos de niños.
—Pero ¿no dicen también los clásicos que no se debe subestimar a las nuevas
generaciones? —bromeó Bakin, algo celoso, al ver que Kazan no dejaba de pensar en
su propia obra.
—Sí, a las futuras generaciones también hay que temerlas. Y nosotros estamos
atrapados entre ambas, entre los antiguos y los modernos, por lo que no podemos
avanzar más que a empujones. Pero ¿no es acaso lo mismo para todos? Lo mismo les
sucedía a los clásicos y lo mismo les sucederá a las nuevas generaciones.

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—Si uno no se abre paso de un modo u otro, uno acaba derribado por los suelos.
Así pues, lo importante es ideárselas para poder avanzar aunque sea un paso.
—Exactamente. Eso es lo más importante.
Tanto el anfitrión como el invitado terminaron conmovidos por sus propias
palabras, formándose un silencio entre ellos. Entonces empezaron a percibir los
sonidos de aquel apacible día de otoño.
—¿La leyenda de los ocho perros, sigue como siempre viento en popa? —cambió
de tema Kazan.
—Qué va, no hay manera de avanzar. Mi obra tampoco les llega a los clásicos a la
suela de los zapatos.
—Vaya, menudo apuro si también vos pensáis así.
—Si de apuros se trata, no hay nadie más apurado que yo. Pero no hay manera.
No tengo más opción que seguir avanzando hasta donde pueda. Estoy determinado a
ponerle punto y final a La leyenda de los ocho perros, aunque eso conlleve mi muerte
en el campo de batalla. —Bakin, como si se avergonzara de sus propias palabras,
forzó una sonrisa—. Aunque se catalogue como una mera obra de gesaku, es mucho
más compleja que eso.
—A mí me pasa lo mismo con las pinturas. Una vez empiezo una obra, siento la
necesidad de seguir sin descanso hasta donde me lleve.
—¿Así que moriremos los dos en el campo de batalla?
Los dos se echaron a reír a carcajadas. Pero bajo esas risas se escondía una
melancolía que únicamente ellos podían comprender. Una tristeza que a la vez generó
en ambos, anfitrión e invitado, un entusiasmo vigoroso.
—Con todo, qué envidia me dais los pintores. No hay nada como poder librarse
de la vigilancia estricta de la censura —desvió completamente Bakin el tema de
conversación.

12

—Tampoco es que nos libremos. De todas formas, por los lemas que vos escribís,
tampoco tenéis por qué preocuparos tanto, ¿no?
—No creáis. La censura me provoca bastantes dolores de cabeza.
Bakin, para demostrar la estrechez de miras de los censores, trajo a colación un
fragmento de una de sus obras. En él describía el soborno de un funcionario del
Gobierno, por lo que lo obligaron a suprimirlo. Entonces añadió algunos comentarios
críticos:
—¿Acaso no es curioso que cuanto más estrictos se muestran los censores, más se
les ve el plumero? Si no les gusta que se escriba sobre sobornos, será porque ellos
mismos no dudan en aceptarlos. Lo mismo con los temas amorosos. Ellos mismos
tienen cierta predisposición a caer en la obscenidad, así que en cuanto se topan con

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un texto que describe las pasiones entre hombres y mujeres, enseguida lo tachan de
pornográfico, con independencia de la temática del libro. Como se creen que su
sentido de la moralidad está más desarrollado que el de los autores, también se
sienten más afectados por la vergüenza ajena. Se parecen un poco a esos monos que
enseñan los dientes cuando se ven ellos mismos reflejados en un espejo. Se ofenden
ante su propia vileza.
Viendo que Bakin se afanaba tanto con las comparaciones, Kazan no pudo
contener la risa.
—Digamos que eso sea cierto en líneas generales. De cualquier forma, que os
censuren no supone un agravio para vos. Digan lo que digan los censores, si el texto
es bueno, eso no va a cambiar nada.
—Sí, bueno, pero es que en ocasiones se pasan de tiránicos. Una vez me hicieron
eliminar cinco o seis líneas de un pasaje en el que describía cómo alguien enviaba
comida y ropa a un prisionero. —Bakin se puso a reír entre dientes con Kazan.
—Con todo, cuando de aquí a cincuenta o cien años ya no queden censores, La
leyenda de los ocho perros seguirá ahí.
—No sé yo si La leyenda de los ocho perros sobrevivirá o no con los años, pero
me da la impresión de que censores los seguirá habiendo siempre.
—¿Vos creéis? Yo no lo creo.
—Bueno, aunque no queden censores tal y como nosotros los conocemos, en
todas las épocas habrá siempre alguien que ejecute su papel. Uno está equivocado si
piensa que la quema de libros y la sepultura de intelectuales, como los actos que
tuvieron lugar en China durante la dinastía Qin, son cosa del pasado.
—Hoy estáis un poco negativo.
—Yo no soy negativo. Lo negativo es un mundo en el que abundan los censores.
—Entonces tendremos que hacerles trabajar más.
—Sí, de momento no nos queda otra.
—¿También ahí hasta dejarnos la piel en el campo de batalla?
Esta vez ninguno de los dos se rio. Bakin no solo no se rio, sino que su rostro
adquirió un aspecto grave y miró a Kazan. Tal había sido la mordacidad de Kazan en
esa especie de broma.
—Lo que está claro es que los jóvenes deben pensar primero en su supervivencia.
Ya habrá tiempo más adelante para dejarse la piel.
Bakin había tardado en contestar, porque sabiendo de qué pie calzaba Kazan en
política, pareció experimentar de pronto cierta intranquilidad. Pero Kazan hizo caso
omiso de sus palabras y continuó sonriendo.

13

Página 113
Cuando Kazan se retiró, Bakin aprovechó el poco entusiasmo que le quedaba para
continuar el manuscrito de La leyenda de los ocho perros. Como solía hacer antes de
ponerse manos a la obra, revisó las partes que había escrito el día anterior. Releyó con
atención varias páginas entre cuyas líneas podían verse anotaciones en bermellón.
Pero lo que había escrito no terminaba de convencerlo. Entre palabra y palabra se
escondían irregularidades en el ritmo que rompían la armonía del conjunto. Aunque
en un principio interpretó que esa percepción se debía a su falta de serenidad actual.
«Debe de ser mi estado de ánimo. Si esto ya lo di por bueno, será porque hice todo lo
que pude en su momento». Volvió a leer el mismo fragmento, pero seguía
percibiendo las mismas fallas en el ritmo. Entró en tal pánico que no parecía para
nada un anciano de su edad. «A ver un poco antes». Revisó el párrafo anterior.
Comprobó entonces que igualmente allí no había más que frases chapuceras
repartidas sin ton ni son. Retrocedió un par de párrafos y luego un par más, pero
siempre lo mismo. Cuanto más leía, más le parecían aquellas frases un total
despropósito sin orden ni concierto. Se encontró con una descripción paisajística que
no inspiraba imagen alguna. Dio con un pasaje emotivo que no contenía emoción.
Había elucubraciones desprovistas de toda lógica. Gran parte de aquel manuscrito, al
que le había dedicado tantos días de trabajo, se le aparecía ahora como una verborrea
inútil. Como si de repente le punzaran el pecho, sintió una gran angustia. «Esto hay
que rehacerlo de arriba abajo». Conteniendo el grito en su pecho apartó lejos de sí
aquel manuscrito exasperante y se acostó en el tatami apoyándose sobre uno de los
codos. Aun así, no pudo apartar la vista del escritorio. En aquella misma mesa había
redactado Historias extraordinarias del arco de la luna, El sueño efímero de
Nanka[80] y varios volúmenes de La leyenda de los ocho perros, todas ellas utilizando
los mismos enseres que ahora contemplaba. Una plancha de piedra de la región china
de Zhaoqing para hacer tinta. Un pisapapeles con la forma de una mizuchi, serpiente
mitológica con patas y cuernos. Una jarrita de bronce en forma de sapo con el agua
para diluir la tinta. Una pequeña mampara de porcelana con los motivos del león y la
peonía para proteger la plancha del polvo y del aire. Y finalmente un pincelero hecho
con un cilindro de la base de un bambú Moso… Todos aquellos objetos le habían
acompañado durante mucho tiempo en la superación de sus crisis creativas. Pero esta
vez, al contemplarlos, lo desbordó un sentimiento aciago de inseguridad, como si la
sombra de su actual fracaso se proyectara sobre toda una vida consagrada a la
literatura; como si su capacidad para la escritura no hubiera sido nada más, en
esencia, que papel mojado. «Hasta hace apenas un momento estaba convencido de
que iba a crear una obra sin parangón en la literatura japonesa, pero sin duda esas
ideas no eran más que una muestra del engreimiento que comparto con el común de
los mortales».
Esa inseguridad lo arrastró a un sentimiento de tristeza y desolación
insoportables. En ningún momento había dejado de sentirse un escritor humilde
frente a los genios de la literatura clásica china y japonesa, a los que admiraba. Sin

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embargo, frente a sus contemporáneos más puntillosos, se había mostrado siempre
arrogante en extremo. Y ahora no tenía más remedio que aceptar de buen grado el
hecho de que sus habilidades eran, al fin y al cabo, tan limitadas como las de los
demás y que su prepotencia por haber llegado a pensar que solamente él estaba
dotado con un don especial, era digna de desprecio. Para colmo, hasta tal punto
estaba su gran ego desbordado por la pasión que era incapaz de alcanzar refugio en
cualquier estado, fuera este de renuncia o de iluminación.
Así, recostado sobre el tatami, frente al escritorio, continuó librando una batalla
silenciosa contra el poderío de la desesperación, mientras observaba aquel fracaso de
manuscrito como el capitán naufragado que contempla la nave nodriza yéndose a
pique. Así habría seguido seguramente durante horas, atrapado en una espiral
depresiva, si no se hubiera abierto a su espalda la puerta corredera y si unas manitas
llenas de ternura no lo hubieran abrazado por el cuello al grito de «¡Abuelito, ya
estoy aquí!». Taro, con ese atrevimiento y esa franqueza que solo poseen los niños,
no dejó pasar un instante desde que abrió la puerta hasta que saltó con ímpetu sobre
las rodillas de Bakin.
—¡Abuelito, ya estoy aquí!
—¡Oh, qué pronto has vuelto! —Cuando pronunció estas palabras, el rostro
repleto de arrugas del autor de La leyenda de los ocho perros emitió tal resplandor de
alegría que bien pareciera tratarse de un personaje distinto.

14

Desde la sala de estar llegaba un tumulto de voces. La voz atiplada de O-Hyaku, la


esposa de Bakin, y la voz cohibida de O-Michi, su nuera. Al cabo se empezó a oír
también la voz grave de un hombre. Sería Sohaku, el hijo, que recién llegado debió
de sumarse a la charla. El pequeño Taro, sentado sobre las rodillas de su abuelo,
miraba al techo con el semblante serio, fingiendo interés por aquellas voces. Traía las
mejillas rojas de la calle y los orificios minúsculos de su nariz se movían cada vez
que respiraba.
—Oye, abuelito… —dijo de repente Taro, que vestía un quimono de color
castaño con un toque ciruela en el que podía apreciarse el blasón familiar. En un
esfuerzo por pensar lo que iba a decir y al mismo tiempo por tratar de contener la
risa, los hoyuelos aparecían y desaparecían una y otra vez en sus mejillas. Bakin se lo
tomó como una invitación a sonreír—. Cada día, sin falta…
—¿Sí? ¿Cada día…?
—¡Tienes que estudiar más!
Bakin estalló en una carcajada. Pero enseguida se repuso para preguntar de
nuevo.
—¿Algo más?

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—Luego… Pues… Que no tienes que tener ataques de ira.
—Vaya, vaya… ¿Eso es todo?
—Todavía hay más… —Taro se echó a reír inclinando hacia atrás su cabecita
rapada, de la que le colgaban un par de mechones. Aquella risita que dejaba ver unos
dientes blancos, la marca de los hoyuelos, los ojos tan delgados… Al ver cómo se
reía, a Bakin le costó creer que algún día aquella carita se tornaría en el rostro
lastimoso de un adulto cualquiera. Eso pensaba Bakin mientras se dejaba embargar
por un sentimiento de felicidad. Sintió un cosquilleo en el pecho.
—¿Todavía hay más?
—¡Sí, sí, muchas cosas!
—¿Por ejemplo?
—A ver… Como que ya pronto vas a ser muy importante…
—¿Voy a ser importante?
—¡Sí, sí, mucho! Por eso tienes que ser un poco más paciente.
—Pero si yo ya soy paciente. —Bakin, sin darse cuenta, puso una voz seria.
—Pero más, más. Tienes que ser más paciente.
—¿Quién te ha dicho todas esas cosas?
—Pues… —Taro miró a Bakin con aire travieso. Luego se echó a reír—.
¿Quieres saber quién?
—Ya sé… Como hoy has estado en el templo, seguro que te lo ha dicho algún
monje.
—¡Qué va! —negó rotundamente Taro con la cabeza. Entonces, reincorporándose
a medias sobre las rodillas de Bakin, adelantó un poco la barbilla—: ¿Sabes qué?
—¿Sí?
—¡Me lo ha dicho la estatua de la diosa Kannon de Asakusa!
Fue decirlo y saltar como un rayo desde las piernas de Bakin, para que su abuelo
no lo atrapara. Se reía divertido y sus carcajadas se oían por toda la casa. Mientras
daba palmadas de triunfo con sus manitas por haber conseguido tomarle el pelo a su
abuelo, salió disparado hacia la sala de estar y a punto estuvo de tropezarse.
Fue entonces cuando el corazón de Bakin se agitó por un instante con algo
parecido a la solemnidad. Mientras sus labios esbozaban una sonrisa de alegría, sus
ojos se inundaron de lágrimas. Ni siquiera se planteó si aquella broma la había
pensado Taro él solito o si bien se la había sugerido su madre. Aquellas palabras que
habían salido de la boca de su nieto lo tenían desconcertado. «¿Así que lo ha dicho la
estatua de Kannon? ¡Estudia! ¡No seas tan irascible! ¡Ten un poco más de
paciencia!». El viejo artista, pasados ya los sesenta y riendo entre lágrimas, asintió
con la cabeza como haría un niño.

15

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Aquella noche, bajo la luz tenue de una lamparilla redonda de papel, Bakin reanudó
la escritura de La leyenda de los ochos perros. Cuando estaba en plena labor, ni
siquiera su esposa entraba en el estudio. En el interior de la estancia silenciosa, el
crujido de la mecha al absorber el aceite de la lámpara y el canto del grillo
expresaban de forma efímera la melancolía de las largas noches de otoño.
Cuando tomó el pincel, una luz tenue inició un parpadeo en el interior de su
cabeza. Tras diez o veinte líneas, siguiendo el ritmo del pincel que avanzaba por la
página, la luz se volvía por momentos más intensa. Bakin, que por experiencia ya
sabía de qué se trataba aquella luz, movía el pincel con cautela. La inspiración apenas
se diferencia del fuego. Si no se sabe avivar, aunque consiga arder, enseguida se
extingue. «No te distraigas. Piensa con profundidad». Mientras reprendía al pincel
por su tendencia a acelerarse, Bakin se repetía esas palabras a sí mismo entre
murmullos, una y otra vez. Sin embargo, en el interior de su cabeza, algo que
semejaba un astro hecho pedazos se desplazaba más veloz que un río. A cada
instante, aquello fue acumulando más y más energía hasta que terminó arrastrándolo
consigo.
Bakin, perdiendo la noción del tiempo, dejó de oír el canto del grillo. Ya no
necesitaba forzar la vista bajo la luz tenue de la lámpara. El pincel, tomando impulso,
se deslizó de un tirón por la página. Como si desafiara el poder de los dioses,
continuó escribiendo con toda su alma hasta que aquella corriente, parecida a la Vía
Láctea que vemos en el cielo, empezó a desbordarse en algún rincón de su cabeza.
Recelando de aquel vigor portentoso, se dio cuenta de que en el peor de los casos su
cuerpo no iba a soportar tanta energía. Agarró entonces el pincel con firmeza y se
alentó a sí mismo:
—Persiste hasta el final. Es posible que lo que estás escribiendo no puedas
escribirlo más que ahora.
Sin embargo, aquella corriente con aspecto de bruma luminosa no disminuyó
apenas su velocidad. Por el contrario, entre saltos vertiginosos, arremetía contra él
como una gran ola que lo iba arrastrando todo a su paso y en la que finalmente
terminó por quedar completamente atrapado. Olvidándose de todo lo demás hizo
correr el pincel como un ciclón enfurecido en dirección a aquella corriente.
En ese momento, en sus ojos de gran monarca no se reflejaba ningún tipo de
interés, tampoco el odio, ni el amor. Del fondo de sus ojos desaparecieron todas
aquellas críticas y elogios que lo habían importunado. Lo único que quedaba era una
alegría inusual. O más bien un patetismo emocional que rozaba el éxtasis. ¿Cómo es
posible que quienes no han experimentado tal emoción sean capaces de saborear los
sentimientos más íntimos de una vida consagrada al género del gesaku? ¿Cómo es
posible que el alma majestuosa de un autor de gesaku pueda ser siquiera
comprendida? Es precisamente en esa literatura en donde «la vida» se desprende de
todos sus residuos y reaparece frente al autor como un mineral recién pulido, en toda
su belleza y esplendor.

Página 117
*****

Mientras tanto, en la sala de estar, junto a una lámpara cuadrada de papel, O-Hyaku y
O-Michi, la esposa y la nuera, estaban entretenidas haciendo punto la una enfrente de
la otra. El pequeño Taro ya debía de estar durmiendo. En un rincón, con aspecto
deteriorado, Sohaku estaba ocupado manipulando sus medicinas.
—¿Estará vuestro padre aún despierto? —susurró O-Hyaku mientras ungía una
aguja con aceite para el pelo.
—Seguro que está otra vez entregado a sus escritos —respondió O-Michi sin
levantar la mirada de su aguja.
—Este hombre no tiene remedio. Si al menos eso le diera un buen dinerillo… —
dijo O-Hyaku apelando con la mirada a su hijo y a su nuera.
Sohaku hizo oídos sordos y no dijo nada. O-Michi también calló y siguió con el
manejo de la aguja. El grillo, por su parte, tanto aquí como en el estudio de Bakin,
continuó invariablemente con su canto al otoño hasta la extenuación.

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EL BIOMBO DEL INFIERNO

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1

No creo que haya habido ni vuelva a haber en este mundo una persona como el señor
de Horikawa. Corre el rumor de que a su honorable madre, antes de que él naciera, se
le apareció en sueños la figura de la deidad Daitoku Myo-o[81]. Lo cierto es que ya
desde su nacimiento destacó sobre el común de la gente. De ahí que entre todas las
cosas que hizo, ni siquiera hubo una de la que no nos admiráramos. No hay más que
echarle un vistazo a la envergadura de su mansión, que no sé si calificar como
majestuosa o como fastuosa y cuya osadía escapa por completo a los criterios de la
gente ordinaria como nosotros. Aun así, existen quienes ven en ello una oportunidad
para criticar al señor de Horikawa y comparar su comportamiento con el del primer
emperador de la China[82], o bien con los faustos del emperador Yang Guang de la
dinastía Sui[83]. Pero quienes así lo critican son como aquellos ciegos del refrán que
tras tocar un elefante lo describen solo por la parte que han palpado. En modo alguno
se le pasó nunca por la cabeza al señor de Horikawa hacer algo exclusivamente para
su gloria y beneficio. Por el contrario, era un hombre de una generosidad ejemplar
que siempre tuvo consideración por los más desfavorecidos y aspiraba a que a todo el
país disfrutara del ocio como él lo hacía.
Por eso mismo debió de salir sin rasguño alguno una vez que se cruzó con un
desfile nocturno de monstruos y espíritus por la zona de Nijo-Omiya. Sin duda
también por eso el fantasma del ministro Minamoto no Toru[84], que según los
rumores se aparecía noche tras noche en el famoso templo de Kawara-in (su antigua
residencia situada en Higashi-Sanjo y en cuyo jardín recreó el paisaje de Shiogama en
la provincia de Michinoku), con solo una palabra de amonestación del señor de
Horikawa, desapareció para siempre. A tanto llegaba su prestigio que no era de
extrañar que por aquel entonces, en la capital, jóvenes y viejos, hombres y mujeres,
todos sin excepción lo veneraran como si fuera la mismísima reencarnación de Buda.
Una vez, regresando de una fiesta en palacio para celebrar la floración de los ciruelos,
uno de los bueyes de su carruaje se soltó y arrolló a un anciano que pasaba por allí.
Dicen que el anciano, tras resultar herido, juntó las palmas de las manos en un gesto
de agradecimiento por haber tenido la suerte de ser atropellado ni más ni menos que
por el buey del señor de Horikawa.
Como esta, son tantas las anécdotas relativas a su grandeza, que me llevaría una
vida entera referirlas todas. Con motivo de un banquete imperial, se presentó con
treinta caballos blancos de regalo. Durante las dificultades surgidas en la
construcción del puente de Nagara, ofreció a uno de sus pajes favoritos en sacrificio
para enterrarlo bajo los cimientos y calmar así la ira de los dioses. En otra ocasión,
para que le extirparan una pústula del muslo, hizo llamar a un monje chino que luego
introduciría las técnicas quirúrgicas de Hua Tuo en nuestro país…[85] La lista sería
interminable. Pero de todas las anécdotas por conocer relativas a su persona, ninguna
más espeluznante que la referida al biombo del infierno, obra que actualmente se

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encuentra entre los tesoros de la familia. El señor de Horikawa no era un hombre que
se alterara con facilidad, pero en aquella ocasión incluso él terminó horrorizado.
Huelga decir que todos los que estábamos antaño junto a él nos quedamos atónitos.
Especialmente yo, que después de veinte años al servicio del señor de Horikawa no
había presenciado nunca un hecho tan terrible.
Pero antes de contar los detalles de esa historia es necesario introducir al maestro
Yoshihide, que fue quien pintó el susodicho biombo del infierno.

Si hablamos de Yoshihide, aún hoy en día habrá gente que se acuerde de él. En
aquella época era reconocida su destreza con el pincel y no había pintor alguno que le
hiciera sombra. Cuando ocurrió lo que os voy a relatar, andaría cerca de las cincuenta
primaveras. A simple vista no era más que un vejestorio de baja estatura, todo pellejo
y huesos, con aspecto de rufián. Cada vez que visitaba al señor de Horikawa se
presentaba bien vestido con un quimono de cortesano color crema y un bonete, pero
aun así se apreciaba en él cierta vileza, acrecentada si cabe por unos labios de un
color encarnado que no eran propios de su edad y que le daban cierto aspecto animal,
despertando repugnancia en los demás. Hubo quienes opinaban que los labios se le
habían quedado encarnados de chupar el pincel; otros, con peores intenciones,
sacaban el parecido de Yoshihide con un mono, tanto por su porte como por sus
gestos, cosa que le valió el apodo de Monohide.
A propósito de Monohide existe la siguiente anécdota Su única hija, al cumplir
los quince años, entró al servicio de la casa Horikawa como doncella de compañía. Se
trataba de una muchacha tan encantadora que no tenía ningún parecido con su padre.
Quizás por haber perdido a su madre a una edad muy temprana, era una persona muy
comprensiva y madura a pesar de su juventud. Destacaba también por su gentileza y
su inteligencia, por lo que no tardó en ganarse el cariño de la señora de Horikawa, así
como del resto de doncellas.
Un día alguien le regaló al señor de Horikawa un mono amaestrado procedente de
la provincia de Tanba. El hijo del señor, que estaba en edad de travesuras, le puso al
mono el nombre de Yoshihide. Era un animal muy gracioso y al haber recibido aquel
nombre, no faltaban en la mansión quienes se rieran de él. Pero no se conformaban
con reírse, sino que además lo maltrataban. Por pura diversión lo acusaban de haber
ensuciado los tatamis de palacio y de subirse a los árboles del jardín, y lo regañaban a
voces: «¡Yoshihide! ¡Yoshihide!».
Un día, la susodicha hija de Yoshihide cruzaba por el largo corredor de la
mansión, portando una carta atada a una ramita de ciruelo, cuando divisó en la puerta
del otro extremo al pequeño mono Yoshihide. Debía de haberse lastimado la pata,
porque la llevaba a rastras. Venía huyendo e intentaba en vano trepar por una de las

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columnas, con menos agilidad que de costumbre. Detrás lo venía persiguiendo el
señorito con un palo en alto: «¡Ven aquí, ladronzuelo de mandarinas!». La hija de
Yoshihide, al verlo, se quedó parada unos instantes sin saber qué hacer. El mono
corrió hacia ella y se le agarró a los faldones mientras chillaba desesperado… No
pudo evitar compadecerse de él, así que mientras sostenía la ramita de ciruelo con
una mano, lo levantó ágilmente con la otra y lo acogió con delicadeza entre las
mangas anchas de su quimono púrpura. Luego hizo una ligera reverencia y se dirigió
al joven señor con voz calmada.
—Le ruego que tenga compasión de esta pobre bestia.
El niño, que estaba excitado por la persecución, puso mala cara y pataleó el suelo
dos o tres veces.
—¿Por qué lo proteges? ¡Ese mono me ha robado las mandarinas!
—Porque es una pobre bestia… —repitió la hija de Yoshihide antes de esbozar
una sonrisa triste y decir—: Además, al llamarse Yoshihide, siento como si fuera mi
padre el que está siendo escarmentado y eso es algo que no puedo soportar.
Habló con cierta dureza, por lo que sus palabras hicieron mella en el joven señor.
—Vaya, si es por tu padre por quien me suplicas, le concedo el perdón —dijo a
regañadientes. Luego tiró el palo y desapareció por la puerta del fondo por la que
había entrado.

Desde entonces la hija de Yoshihide y el pequeño mono se volvieron inseparables. La


muchacha colgó al cuello del mono un cascabel dorado con un hermoso cordón
carmesí que le había regalado la hija de Horikawa y el mono no se separaba de ella
prácticamente para nada. Ni siquiera cuando la muchacha pilló un catarro por el que
tuvo que guardar cama. El mono, con rostro de preocupación (o al menos así lo
parecía), permaneció sentado junto a la cabecera de su lecho mordiéndose las uñas
sin cesar. Curiosamente, después de aquello, ya nadie se burló más de la bestezuela.
No solo eso, sino que además empezaron a tomarle cariño y al final incluso el joven
señor lo recompensaba dándole de comer caquis y castañas. Una vez hasta se enojó
tremendamente con un samurái que le había arreado al mono un puntapié. El enfado
del niño llegó a oídos de su padre, el señor de Horikawa, quien solicitó la presencia
de aquella extraña pareja: la muchacha y el mono. Evidentemente también estaba
enterado de los motivos por los que ambos se tenían tanto aprecio.
—Vuestro amor filial merece una recompensa —afirmó el señor, que obsequió a
la muchacha con un quimono bermellón de rica tela. El hecho de que el mono
recibiera el quimono con ambas manos, imitando la actitud ceremoniosa de una
persona, puso de mejor humor si cabe al señor de Horikawa. Así nació también la
predilección del señor por la hija de Yoshihide, no porque tuviera intenciones

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sexuales, como se difundió erróneamente entre la gente, sino porque valoraba en la
actitud de la muchacha el afecto que mostraba hacia el mono y el respeto hacia la
figura paterna que dicho afecto conllevaba. No obstante, debo admitir que hasta
cierto punto aquellas habladurías sí estaban fundamentadas, pero de eso hablaré más
adelante. Por el momento solo quería dejar claro que mi señor no era alguien que
anduviera enamorándose de las hijas de los pintores a su servicio, por muy hermosas
y agraciadas que fueran, como era el caso.
A pesar de recibir los honores en aquella audiencia, la hija de Yoshihide era una
muchacha modesta y discreta, así que no llegó a ser objeto de envidia por parte de las
demás doncellas. Por el contrario, tanto el mono como ella se ganaron más aún el
aprecio de todas y en especial de la hija de Horikawa, que desde entonces pasaba
prácticamente todo el tiempo con ellos. Cada vez que salía a pasear con su carruaje,
se hacía acompañar sin falta por el mono y la muchacha.
Pero dejemos a un lado a la hija de Yoshihide para seguir hablando del padre. Si
bien es cierto que el mono se había ganado enseguida el cariño de la gente, el
verdadero Yoshihide continuaba siendo detestado por la mayoría, relegado a la
sombra y víctima de las burlas habituales que le imponían el sobrenombre de
Monohide. Algo que no solo se limitaba al interior de la mansión. De hecho, el bonzo
superior de Yokawa, recinto adjunto al templo Enryaku-ji en el monte Hiei, no tenía
más que oír el nombre de Yoshihide para que le cambiara el color del rostro,
horrorizándose como si hubiera visto al propio diablo. Según los rumores, esa
aversión se debía supuestamente al hecho de que Yoshihide había caricaturizado la
conducta del monje en sus dibujos, algo que no podemos confirmar aquí[86]. De
momento quede simplemente eso como ejemplo de la mala fama que tenía Yoshihide
allá donde fuere. Si existía alguien que no pensaba mal de él, serían como mucho uno
o dos pintores amigos suyos o bien alguien que hubiera visto sus pinturas pero que no
supiera nada acerca de su persona.
Y es que en realidad esa mala fama se la había ganado a pulso, no solo porque
tuviera aquel aspecto ruin, sino porque además poseía unos hábitos odiosos que la
gente detestaba.

Si hablamos de sus malos hábitos, era avaro y codicioso, haragán y descarado. Pero
lo peor de todo eran su arrogancia y su insolencia, de las que hacía alarde cuando se
jactaba de ser el mejor pintor del país. Y como si no le bastara con eso, eran tales sus
aires de superioridad que siempre andaba menospreciando las costumbres y las
creencias de la gente. Según cuenta uno que fue discípulo suyo durante años, una vez,
en la mansión de un noble, durante una sesión de espiritismo, la famosa sacerdotisa
de Higaki fue poseída por un espíritu vengativo para transmitir un mensaje del más

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allá. Yoshihide, haciendo caso omiso de las advertencias de la médium, agarró un
pincel y un poco de tinta y se puso a dibujar con minuciosidad el rostro horriblemente
desfigurado de la sacerdotisa. Para él, todas aquellas maldiciones no eran más que un
engañabobos.
Su malicia llegaba hasta el punto de que para pintar la imagen de Kisshoten, diosa
de la felicidad y la belleza, se sirvió del rostro de una prostituta y para pintar a la
deidad protectora Fudo Myo-o, tomó a un tunante cualquiera romo modelo[87].
Cuando se le recriminaban sus insolencias, se hacía el desentendido: «No creo que
los dioses que yo mismo pinto vayan a castigarme por ello». Ante aquel
engreimiento, me da la impresión de que fueron bastantes los discípulos que
decidieron abandonar el taller de Yoshihide, que en una palabra no era más que un
petulante. Un tipo que se creía el hombre más sobresaliente de todos bajo la cúpula
celeste.
Dicho esto no hace falta señalar lo alto que se situaba Yoshihide a sí mismo en las
esferas artísticas. Sin embargo, su pintura era tan diferente a la de los demás pintores,
tanto en lo relativo a su manejo del pincel como en el uso de los colores, que entre
sus compañeros de oficio, con los que solía llevarse mal, abundaban las críticas e
incluso algunos lo consideraban un farsante. Según ellos, las obras de pintores
clásicos como Kanawari o Kanaoka eran tan exquisitas que despertaban rumores
extraordinarios: decían que durante las noches de luna se percibía el olor de las flores
de los ciruelos pintados en las puertas de madera; también que podía escucharse la
melodía de las flautas que tañían los cortesanos representados en los biombos[88]. En
cambio, las pinturas de Yoshihide no podían despertar más que reprobación y
sentimientos desagradables. Sirva como ejemplo su representación del ciclo de las
reencarnaciones a través de los mundos de existencia en las puertas del templo
Ryugai[89]. Se decía que si al caer la noche alguien pasaba cerca del portal, podía
escuchar los suspiros y los sollozos de los seres celestiales[90]. Más aún, se percibía el
olor a podrido de los cadáveres en descomposición. También es famoso el encargo
que le hizo el señor de Horikawa para que pintara los retratos de algunas de sus
doncellas. Se dice que en un período de tres años todas las retratadas enfermaron y
perecieron. Las malas lenguas encontraron ahí una prueba más de que las pinturas de
Yoshihide eran diabólicas.
Sin embargo, tal y como ya he dicho, al ser Yoshihide tan obstinadamente
engreído, todas aquellas críticas no hacían más que inflar su vanidad. Una vez el
señor de Horikawa le comentó en broma:
—Parece que solo te gustan las cosas feas.
A lo que Yoshihide, sonriendo irónicamente con aquellos labios encarnados tan
desagradables y tan poco acordes con su edad, respondió una vez más con insolencia.
—Los pintores superficiales, por lo general, no pueden comprender la belleza de
lo feo.

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Ni aunque fuera realmente el mejor pintor de la corte, responderle con tal
fanfarronería al señor de Horikawa fue algo muy descortés. No es extraño entonces
que debido a su exceso de soberbia, el discípulo del que os hablaba antes calumniara
a su maestro apodándolo Chira Eiju, que como bien sabréis, era el nombre de un
espíritu tengu[91] proveniente de la China de renombrada soberbia.
Con todo, incluso Yoshihide, ese ser ignominioso descarriado de la buena senda,
incluso él era capaz de mostrar un sentimiento tan humano —solo uno— como el
amor.

Yoshihide sentía un cariño extraordinario por su única hija. Como he dicho antes, la
muchacha era bondadosa y sentía gran aprecio por su padre, pero el cariño del padre
hacia la hija tampoco se quedaba corto; se le caía la baba con ella. Pareciera mentira,
pero todo lo que no daba en donaciones desinteresadas al templo se lo gastaba el
avaro en comprarle quimonos y peinetas a la niña de sus ojos, por quien llegaba a
soltar sumas increíbles.
Eso sí, por mucho que la colmara de atenciones, nunca se le había pasado por la
cabeza que pronto llegaría un día en que tendría que buscarle marido. De hecho, si
llegara a enterarse de que algún hombre se acercaba a su hija con intenciones
deshonestas, no dudaría ni un instante en reunir a un grupito de matones ociosos para
organizar una emboscada nocturna y darle una buena lección al pobre desgraciado
con una paliza. Como es obvio, entonces, no le hizo ninguna gracia que el señor de
Horikawa solicitara los servicios de su hija como doncella cortesana, así que durante
algún tiempo cada vez que se presentaba frente al señor no podía disimular su
disgusto. Los rumores a los que me refería antes según los cuales el señor de
Horikawa, ignorando las objeciones del padre, hizo llamar a la muchacha porque
había quedado prendado de su hermosura, fueron probablemente difundidos por
alguien que fue testigo de ese malestar en el rostro de Yoshihide.
Pero por mucho que aquellos rumores fueran falsos, lo cierto es que el cariño que
Yoshihide tenía por su hija era tan profundo que deseaba de todo corazón que la
muchacha terminase abandonando la mansión. Un día, el señor de Horikawa le
encargó a Yoshihide que pintara al bodhisattva infante Monju[92] con la cara de uno
de sus pajes preferidos. La obra tenía unos acabados perfectos y el señor de Horikawa
quedó extremadamente satisfecho.
—Como recompensa, pídeme lo que quieras. No tengas reparo en pedirme lo que
sea —expresó con gratitud.
Yoshihide, por su parte, aceptó el ofrecimiento con descaro.
—Permitid que mi hija abandone la mansión.

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En cualquier otra mansión del país quizás se le podría haber perdonado el
atrevimiento y se le hubiera concedido su deseo, pero su hija, por muy apreciada que
fuera, estaba ni más ni menos que al servicio del señor de Horikawa, por lo que la
petición resultaba intolerable. El señor de Horikawa, de natural un hombre generoso,
se sintió ofendido y tras permanecer un instante en silencio fijó la mirada en el rostro
de Yoshihide.
—Eso ni hablar —espetó y se retiró bruscamente.
Como este hubo otros cuatro o cinco episodios similares. Pensándolo ahora, tras
cada uno de ellos, las miradas que mi señor le dirigía a Yoshihide se fueron volviendo
más y más frías. La hija, quizás preocupada por la suerte de su padre, en cuanto se
retiraba a sus aposentos, se echaba a llorar mordiendo las mangas del quimono. En
ese punto se fue extendiendo progresivamente el rumor de que el señor de Horikawa
tenía preferencias amorosas por la hija de Yoshihide. Hay quienes dicen incluso que
el origen del biombo del infierno se remonta en realidad al hecho de que el señor de
Horikawa no fue correspondido por la muchacha, pero eso es algo que no tiene
sentido.
Para nosotros, el hecho de que el señor de Horikawa le denegara la salida de la
mansión a la hija de Yoshihide se debió sin duda a su gran generosidad. Seguramente
creería que la muchacha estaría mucho mejor atendida bajo su amparo en la mansión,
donde no le faltaba de nada, que no de vuelta con su estricto padre, así que se apiadó
de ella. Bien es cierto que la muchacha, debido a su amabilidad natural, se convirtió
en la predilecta de mi señor, pero de ahí a que le concediera favores sexuales hay un
buen trecho. Eso no son más que rumores disparatados difundidos por las malas
lenguas.
Pero dejemos en todo caso las habladurías relativas ala muchacha y centrémonos
en los hechos que sucedieron tras el disgusto del señor de Horikawa con Yoshihide.
Un día, de repente, el señor hizo llamar al pintor para encargarle un nuevo trabajo: un
biombo que representara el infierno.

Con solo nombrarlo me vienen a la mente con claridad las escenas terribles del
biombo del infierno. El infierno de Yoshihide era distinto al de otros pintores ya
empezando por su composición. En una esquina del biombo aparecían dibujados en
miniatura los Diez Reyes del Infierno[93] junto a sus lacayos. El resto de la escena lo
ocupaba un incendio voraz de llamaradas grandes y pequeñas que rodeaban en
torbellino una montaña de sables y un bosque de espadas, con tal ímpetu que hasta el
metal parecía que iba a arder. A excepción de los puntos de color amarillo e índigo de
los trajes al estilo Tang que vestían los funcionarios infernales, el resto, allá donde se
mirara, se veía cubierto por el color rojo vivo de las llamas. Entre ellas resaltaban el

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humo negro dibujado a tinta y el polvo de oro de las chispas que danzaban
alocadamente.
El vigor de esas pinceladas ya era suficiente para asombrar al espectador del
biombo, pero se distinguían además, entre las llamas ardientes, tal variedad de
condenados retorciéndose en su sufrimiento que nunca se había visto nada igual en
otras pinturas del infierno. Y es que Yoshihide representó allí uno por uno todos los
estratos sociales, desde las altas esferas de nobles con todos sus rangos, hasta las
capas marginales formadas por mendigos y descastados. Los nobles de más alto
rango con sus trajes de ceremonia, las jóvenes cortesanas con sus provocativos
atuendos, los bonzos con sus rosarios entonando oraciones a Buda, los samuráis
todavía en edad de estudio con sus zuecos altos de madera, jóvenes doncellas con sus
vistosos quimonos, hechiceros con sus objetos mágicos… Si los enumerara uno por
uno no terminaría nunca. Todos esos seres humanos, en mitad de aquel mar
embravecido de llamas y humo, torturados por carceleros con cabeza de buey y de
caballo, trataban de huir desesperadamente en todas direcciones desperdigados como
la hojarasca durante una gran ventisca. Había una mujer con el cabello enredado en
un tridente y las extremidades más encogidas que las patas de una araña que debía de
ser la sacerdotisa de algún santuario sintoísta. Un hombre que colgaba de cabeza
como un murciélago con el pecho atravesado por una alabarda no podía ser más que
un funcionario de provincias. Uno era fustigado con un azote de hierro, otro era
aplastado por un pedrusco descomunal; había quien sufría los picoteos de un ave
monstruosa y quien recibía los mordiscos de un dragón venenoso… A cada
condenado le correspondía un tormento y he perdido la cuenta de las innumerables
torturas allí representadas.
Con todo, la escena más espantosa se desarrollaba en la zona donde un carruaje
tirado por bueyes descendía volando por los aires y rozaba las puntas de los árboles
espada, que estaban afilados como colmillos de bestias ignotas. En las copas de los
árboles se amontonaban los difuntos, cuyos cuerpos eran atravesados por todas
partes. En el interior del carruaje había una mujer ataviada con un vestido radiante
que bien podría haber sido el de una de las doncellas cortesanas al servicio del propio
emperador. Su pelo azabache ondeaba envuelto entre las llamas; su pálido cuello
estaba arqueado mientras se retorcía de dolor. Tanto su figura como la imagen del
carruaje envuelto en llamas recordaban a quienes lo contemplaran que nadie se libra
de la tortura en el Infierno del Calor Abrasador[94]. Podría decirse que todo el horror
representado en el biombo se concentraba en esa sola escena: en ese único personaje.
Estaba dibujado con tanta destreza que al observar a la mujer, podía uno escuchar sus
gritos resonando en el interior de su cabeza.
Eso es… Para poder pintar eso, tuvo que suceder algo terrible. Algo que si no
hubiera tenido lugar, ni siquiera el propio Yoshihide habría podido pintar con tanta
crudeza los sufrimientos infernales. Aquel hombre, para poder completar el biombo,
tuvo que sacrificar incluso su vida. De hecho podría asegurarse que el infierno de esa

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pintura era el mismo infierno en el que Yoshihide, el mejor pintor de toda la corte,
terminó cayendo.
Creo que me he precipitado a la hora de describir el biombo del Infierno,
alterando así el orden de la historia. Mejor regresemos al momento en el que el señor
de Horikawa le encarga la obra a Yoshihide y retomemos el hilo.

Desde que recibió el encargo, Yoshihide se centró exclusivamente en su trabajo y no


apareció por la mansión durante los siguientes cinco o seis meses. Extrañamente, a
pesar del aprecio que tenía por su hija, cuando se trataba de pintar se olvidaba incluso
de visitarla. Según contaba el discípulo del que ya he hablado varias veces, cuando
Yoshihide se ponía a trabajar, parecía quedar poseído por el espíritu de algún zorro
encantado. De hecho, se rumoreaba que el éxito de Yoshihide como pintor durante la
época en que estaba componiendo el biombo era fruto de un pacto establecido con el
dios de la fortuna. Hubo incluso quien, tras haber espiado a Yoshihide mientras este
trabajaba en su taller, aseguraba haber visto no solo a uno, sino a una manada entera
de zorros encantados alrededor del pintor. Si a tales extremos llegaban las
habladurías, era porque Yoshihide, en cuanto agarraba el pincel, ya no lo soltaba
hasta dar por terminada una pintura. Se encerraba día y noche en su estudio y apenas
veía la luz del sol. Especialmente durante la elaboración del biombo del infierno, obra
a la que se entregó totalmente en cuerpo y alma.
Durante el día cerraba los postigos y trabajaba bajo la luz de un candelera creando
mezclas secretas con los pigmentos y obligando a sus discípulos a vestir con
diferentes ropajes para que le hicieran de modelo. Pero no era eso lo que hacía
especial su manera de trabajar el biombo. Tales extravagancias eran habituales en
cualquier composición de Yoshihide. De hecho, para pintar el ciclo de las
reencarnaciones en la puerta del templo Ryugai, salía expresamente en busca de esos
cadáveres tirados en la calle ante cuya presencia la gente corriente solía apartar la
mirada. Se acuclillaba frente a un cuerpo y entonces dibujaba al detalle hasta el
último cabello, los brazos, las piernas y el rostro en descomposición. Pero en el caso
del biombo su entrega absoluta consistía en algo más, algo que seguramente muchos
no saben. No puedo entretenerme ahora con los detalles, pero a grandes rasgos la
cosa fue más o menos como sigue.
Uno de los discípulos de Yoshihide (sin duda el mismo del que ya he hablado
tantas veces) estaba un día diluyendo en agua los pigmentos cuando se presentó de
repente su maestro en el taller.
—Me apetece echarme una siesta, pero últimamente no concilio bien el sueño.
En realidad, sus palabras no tenían nada de extraño, así que el discípulo, sin
detener su tarea, contestó simplemente con una formalidad.

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—Así que no dormís bien.
Entonces Yoshihide, cuyo rostro se ensombreció de repente, le hizo una petición
con cierto reparo.
—¿Te importaría sentarte al borde de mi lecho mientras duermo?
El discípulo se sorprendió, porque le pareció extraño que a su maestro le
preocuparan las pesadillas, pero no vio en ello ningún problema y accedió de buena
gana.
—De acuerdo.
A lo que Yoshihide, todavía con aire de preocupación, añadió vacilante:
—Bien, entonces pasa al cuarto del fondo conmigo. Pero si llega algún otro
discípulo, no le dejes entrar.
Con el cuarto del fondo se refería al estudio donde elaboraba sus pinturas. Aquel
día, como de costumbre, los postigos estaban cerrados a cal y canto. A la luz de la
candela podía verse el biombo de pie, aunque todavía no había en él más que un
boceto dibujado con carboncillo. Fue entrar y enseguida Yoshihide se quedó dormido
con la cabeza apoyada sobre un brazo como si se hubiera desplomado por el
cansancio. Pero apenas una hora más tarde, el discípulo, que velaba el sueño de su
maestro junto a la cabecera del lecho, empezó a escuchar voces incomprensibles y
desconcertantes.

En un principio no eran más que voces, pero al poco rato se fueron trasformando en
palabras que sonaban como los gemidos de una persona en el agua a punto de
ahogarse.
—¿Qué? ¿Me dices que vaya yo? ¿Adónde? ¿Adónde quieres que vaya? ¿A los
infiernos? ¿Que vaya al Infierno del Calor Abrasador? Pero ¿quién diablos…?
¿Quién eres tú? Vaya, si eres tú…
El discípulo dejó rápidamente su tarea de diluir los pigmentos y observó con
desconfianza el rostro de su maestro. Lleno de arrugas, había palidecido y estaba
empapado en goterones de sudor que caían sobre sus labios resecos. Entre jadeos, su
boca desdentada se abría de par en par y dejaba entrever en su interior algo que se
movía vertiginosamente, como si alguien tirara de ello con un hilo. Era la lengua de
Yoshihide.
—Así que eres tú… Ya imaginaba que eras tú. ¿Qué? ¿Has venido a buscarme?
¿Que me vaya contigo? ¿A los infiernos? ¿Que en el infierno me espera quién? ¿Me
espera allí mi hija, dices?
En ese instante, el discípulo se horrorizó hasta el punto de que creyó distinguir
vagamente la sombra de una figura extraña que se deslizaba por la superficie del
biombo para luego descender poco a poco hacia ellos. El discípulo reaccionó

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agarrando y sacudiendo con todas sus fuerzas la mano de su maestro para despertarlo,
pero Yoshihide seguía hablando en sueños y no daba señales de volver en sí. Al punto
agarró el bote para limpiar pinceles que tenía a su lado y arrojó el agua sucia a la cara
de su maestro.
—¿Que me suba a este carruaje porque mi hija me espera? ¿Que este carruaje me
llevará al infierno? —Mientras pronunciaba estas palabras, la voz de Yoshihide se fue
transformando en un gemido, como si lo estuvieran estrangulando. Entonces abrió de
repente los ojos y pegó un salto, con mucho más ahínco que si lo hubieran pinchado
con una aguja. Pero todavía parecía estar viendo los fantasmas del sueño. Su rostro
estaba descompuesto, observaba el infinito con los ojos desorbitados por el terror y
permanecía boquiabierto. Pronto volvió en sí—: Ahora ya puedes retirarte —le dijo
con completa indiferencia a su discípulo.
El discípulo sabía que si le llevaba la contraria en estos casos, el maestro
terminaría regañándolo, así que decidió salir del cuarto sin más. Él mismo me
comentó que en cuanto cruzó al cuarto adyacente y vio que todavía entraba la luz del
sol, sintió un gran alivio, como si acabase de escapar de una pesadilla.
Pero eso no es nada. Aún no había pasado ni un mes cuando Yoshihide llamó a
otro de sus discípulos desde el interior de su estudio. Bajo la luz tenebrosa del aceite,
Yoshihide mordía el extremo de uno de sus pinceles.
—Lo siento mucho, pero vas a tener que desnudarte otra vez —se dirigió al
discípulo.
Ya se lo había pedido otras veces, así que enseguida se desprendió de las ropas
para quedarse en cueros. Yoshihide frunció el ceño.
—Me gustaría ver a una persona atada con cadenas, así que lo lamento mucho,
pero tendrás que hacer todo lo que te pida —dijo con frialdad, sin muestras de
lamentarlo en lo más mínimo. El discípulo era un tipo robusto que en vez de los
pinceles bien podría haber escogido el camino de la espada sin ningún problema, pero
incluso él se asustó en aquella ocasión. Él mismo lo explicó repetidas veces de esta
manera: «Pensé que el maestro se había vuelto loco y que iba a matarme».
Yoshihide, irritado por la vacilación de su discípulo, sacó de no se sabe dónde una
fina cadena de hierro que arrastró por el tatami. Saltó con gran impulso sobre la
espalda del modelo, le retorció los brazos y lo ató de mala manera. Luego tiró del
extremo de la cadena con tanta fuerza que el discípulo perdió el equilibrio y cayó
rodando por los suelos con gran estruendo.

Podríamos decir que el cuerpo del discípulo estaba tirado como una tinaja de sake. En
esa situación, atado con saña de pies y manos, no podía mover más que el cuello. Las
cadenas impedían la circulación de la sangre embutiendo sus carnes rechonchas. Por

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la cara y por el pecho, por todas partes, su piel iba poco a poco enrojeciendo. Pero a
Yoshihide no parecía importarle demasiado e iba de un lado para otro rodeando y
observando aquel cuerpo de tinaja mientras repetía una y otra vez los mismos
esbozos. No es necesario insistir en lo mucho que debió de sufrir el discípulo
encadenado de aquella manera.
Pero tal sufrimiento se hubiera prolongado si no hubiera sucedido algo más. Por
suerte (o quizás mejor debería decir por desgracia), al poco rato, desde la sombra de
un cántaro situado en un rincón del estudio, lo que parecía un reguero de aceite
delgado y oscuro fluía serpenteante en dirección al discípulo. Al principio se fue
aproximando con lentitud, como un líquido pastoso, pero poco a poco empezó a
deslizarse con mucha más fluidez. El discípulo, al ver aquella cosa brillante que ya
estaba a punto de llegarle a la punta de la nariz, gritó aterrado:
—¡Una serpiente, una serpiente!
Con razón contaría después que al ver a la serpiente sintió como que la sangre de
su cuerpo había quedado completamente helada. De hecho, un instante más y la
lengua fría de la víbora habría rozado la carne de su cuello, que estaba ceñido
fuertemente por la cadena. Ante esta visita inesperada, el propio Yoshihide, a pesar de
ser un desalmado, se quedó helado. De pronto arrojó el pincel y se precipitó hacia la
bestia. Se inclinó sobre ella, la agarró por la cola y la levantó en el aire. La serpiente
se retorció en el aire sobre sí misma y estiró la cabeza, pero no alcanzó a morder la
mano de Yoshihide.
—Me acabas de estropear el dibujo —le susurró con fastidio a la serpiente.
Después la metió en el cántaro del rincón y desencadenó de mala gana al discípulo a
quien ni siquiera le dedicó unas palabras de consuelo o de agradecimiento.
Seguramente le preocupaba más echar a perder un dibujo que no perder a un
discípulo por una mordedura de serpiente… Después me enteré de que Yoshihide
había criado a aquella serpiente para usarla también de modelo en los bocetos.
Supongo que serán suficientes estos hechos para dar una idea de la locura
inquietante de Yoshihide cuando se consagraba a un trabajo. Pero añadamos uno más.
Esta vez el protagonista era un discípulo de trece o catorce años que por culpa del
biombo del infierno sufrió un accidente que a punto estuvo de costarle la vida. Por
cierto, que el muchacho en cuestión tenía la piel pálida como la de una mujer. Una
noche fue llamado al estudio de su maestro. Bajo el fuego de la candela, Yoshihide
sostenía un pedazo de carne cruda en la palma de la mano y le daba de comer a un
pájaro extraño. Era del tamaño de un gato común. De hecho, tanto las plumas que le
sobresalían a los costados a la manera de orejas como sus grandes ojos de color
ámbar le daban el aspecto de un gato.

10

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A Yoshihide no le gustaba nada que otros metieran las narices en sus asuntos. De la
serpiente no dijo nada, pero es que de lo que ocurría en el interior de su estudio no
soltaba prenda ni siquiera entre sus discípulos. En función de lo que estuviera
pintando, sobre su escritorio dejaba una calavera, cuencos de sake plateados,
bandejas laqueadas decoradas con polvo de oro y plata o cualquier otra cosa
inconcebible. El lugar donde guardaba todos esos objetos era un misterio. Y eso
también debió de fomentar los rumores según los cuales Yoshihide había establecido
un pacto secreto con el gran dios de la fortuna.
El joven discípulo, al entrar en el estudio, pensó que aquella extraña ave formaría
parte de las muestras que utilizaba para el biombo del infierno. Se dirigió a Yoshihide
con respeto:
—Maestro, ¿me habéis hecho llamar?
Yoshihide, como si no lo escuchara, se relamió los labios encarnados y señaló al
pájaro con el mentón.
—¿Qué te parece? Está bien domesticado, ¿verdad?
—¿Qué ave es esa? Nunca había visto nada igual —dijo el discípulo mientras
observaba de arriba abajo con cierto repelús aquel pájaro con orejas de gato.
Yoshihide respondió con su tono de burla habitual.
—¿Cómo? ¿Que no has visto nunca un pájaro de esta especie? Se nota que te has
criado en la capital. Se trata de un búho cornudo que me ha traído un cazador de
Kurama. La verdad es que no existen muchos ejemplares así de mansos.
A medida que hablaba levantó poco a poco la mano para acariciar las plumas del
lomo mientras el animal terminaba de engullir su comida. De repente, el búho emitió
un graznido breve y penetrante, alzó el vuelo desde el escritorio y se abalanzó contra
el rostro del discípulo con las garras por delante. Si el joven no hubiera reaccionado a
tiempo protegiéndose la cara con las mangas del vestido, el búho le habría causado
unos buenos arañazos. Intentó sacárselo de encima agitando las mangas, pero el búho,
que seguía graznando, volvió a atacarlo con ímpetu. Olvidándose de la presencia del
maestro, el discípulo se protegía con los brazos, se agachaba para esquivarlo y corría
desesperadamente de un lado a otro por el interior del estudio tratando de escapar. La
bestia aleteaba frenéticamente de arriba abajo acechando los movimientos del
discípulo, siempre a la espera del momento adecuado para caer directamente sobre
sus ojos. El batir imperioso de sus alas, como las salpicaduras de una cascada,
desprendía un olor húmedo de hojarasca, amargo como el alcohol de los frutos
fermentados que almacenan los monos en los huecos de los árboles. Todo ello
provocaba una atmósfera lúgubre y desagradable. El discípulo se creyó atrapado en el
fondo de un valle espectral y lejano al que apenas llegaban los rayos de la luna
velada, cuyo efecto de luz creaba la mecha encendida en el aceite de la candela.
Con todo, lo que realmente horrorizó al discípulo no fue el ataque del búho, sino
la actitud impasible de su maestro. Yoshihide, tomando entre sus manos un pedazo de
papel, contemplaba como el joven de rostro femenino era atormentado por un ave de

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apariencia monstruosa y aprovechaba la escena para trazar bocetos con una serenidad
absoluta. Al verlo tan tranquilo, al discípulo se le pusieron los pelos de punta y se
convenció por un momento de que su maestro quería matarlo.

11

En realidad no se puede decir que el maestro no tuviera intenciones de matarlo. Había


hecho llamar expresamente a aquel joven y había instigado al búho para que lo
atacara, pudiendo así servirse de aquella situación como referencia para sus dibujos.
El discípulo, en cuanto vio al maestro de aquella guisa, chilló algo que ni siquiera él
mismo logró descifrar y se quedó inmóvil, agazapado al pie de las puertas correderas,
cubriéndose la cabeza con las mangas. Al mismo tiempo, Yoshihide dio muestras de
levantarse alarmado y gritar, pero el aleteo del búho se intensificó. Se oyó el estrépito
de objetos que caían al suelo y se rompían. El muchacho, desconcertado, perdió el
sentido de la orientación en varias ocasiones hasta que pudo alzar la cabeza y mirar a
su alrededor. El interior del estudio estaba completamente a oscuras y una voz
enfurecida llamaba a los discípulos.
Desde la lejanía respondió uno de los discípulos, que se presentó a toda prisa con
una lámpara. Al iluminar la escena con aquella luz que olía a chamusquina, pudo ver
el candelero derribado sobre el suelo y todo el tatami empapado en aceite. El búho se
debatía en el suelo agitando con dificultad una sola de sus alas. Al otro lado del
escritorio, Yoshihide, a medio levantarse, murmuraba sinsentidos con el rostro
visiblemente ido. Algo natural en presencia de una víbora negra que se ceñía sobre el
búho, enroscándose desde el cuello hasta el ala. Posiblemente el joven discípulo
había volcado el cántaro en algún momento de su huida. Del cántaro habría escapado
la serpiente, que en breve se abalanzaría contra el búho e iniciaría la disputa que
provocó todo aquel revuelo. Los dos discípulos, tras cruzar las miradas, contemplaron
estupefactos el panorama. Saludaron en silencio al maestro con una ligera reverencia
y salieron cuanto antes del estudio. Nadie sabe cuál fue el desenlace de aquella pelea
entre el búho y la serpiente.
Anécdotas de este tipo existen todavía unas cuantas. Desde que Yoshihide
recibiera el encargo del biombo del Infierno en otoño, tal y como he explicado antes,
hasta finales de invierno, los discípulos, expuestos a las continuas extravagancias de
su maestro, vivían en un temor constante. Al término del invierno, algo le impedía a
Yoshihide terminar la pintura del biombo, por lo que su aspecto se veía más lúgubre
si cabe y su actitud era más irritable. A pesar de que ya había completado un ochenta
por ciento del biombo, su trabajo no avanzaba. De hecho, había señales de que se
había estado dedicando a borrar algunas de las partes ya concluidas.
Nadie sabía ciertamente qué le impedía a Yoshihide terminar el biombo. Pero es
que tampoco había nadie que intentara averiguarlo. Los discípulos, escarmentados

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por los sucesos anteriores, trataban en la medida de lo posible de no acercarse a su
maestro, a quien veían como un animal rabioso, un tigre o un lobo, atrapado en una
jaula.
12
En fin, no vale la pena entretenerse con historias de este período de finales de
invierno. Pero si nos viéramos forzados a relatar algún hecho destacado de aquellos
días, deberíamos señalar que aquel viejo terco se volvió extrañamente susceptible y
aprovechaba los momentos de soledad para echarse a llorar. Una vez, uno de sus
discípulos se dirigía al jardín cuando se topó en el pasillo con su maestro, que estaba
contemplando un cielo que anunciaba ya la primavera con los ojos desbordados por
las lágrimas. El discípulo, avergonzado por descubrir a su maestro en tal estado de
intimidad, mantuvo la boca cerrada y se dio media vuelta. Pero lo extraño era que
aquel hombre, el pintor arrogante que buscaba cadáveres por la calle para hacer los
bocetos del ciclo de las reencarnaciones, se pusiera ahora a llorar como un niño por
no poder completar la pintura de un biombo.
Por otra parte, al tiempo que Yoshihide se entregaba como un loco a la
composición de su obra, su hija, por motivos que se desconocen, fue cayendo
progresivamente en un estado de melancolía en el que tampoco podía contener las
lágrimas. Yo fui testigo de ello. La expresión de la muchacha, ya de por sí seria,
pálida y nostálgica, adquirió cierta pesadez visible en los párpados, que sumados a las
ojeras aumentaron el efecto de tristeza en su rostro. Al principio se especulaba que
estaba así por su padre o bien a causa de algún desengaño amoroso, pero pronto
empezaron a correr los rumores de que el señor de Horikawa había solicitado sus
favores. Cuando finalmente esta versión se generalizó, ya nadie pareció acordarse de
la muchacha.
Justamente por entonces, una noche, a una hora ya bastante avanzada, caminaba
yo por el corredor exterior de la mansión cuando de repente el mono Yoshihide pegó
un salto desde no sé dónde y empezó a tirar de mis faldones con insistencia. Era una
noche clara de luna y en la brisa templada flotaba el aroma de los ciruelos. A la luz de
la luna brillaron los dientes del mono, que se puso a chillar estrepitosamente como un
loco. En parte atemorizada pero sobre todo molesta porque me tirara de los faldones,
estuve a punto de arrearle una patada para sacármelo de encima y seguir con mi
camino. Pero cambié de opinión al recordar que aquel mono había sufrido ya antes el
maltrato por parte del joven señor de Horikawa, así como de algunos samuráis.
Además, el comportamiento del animal me pareció extraño, así que finalmente decidí
dejarme llevar por los tirones del mono para ver adonde quería conducirme.
Al llegar a la esquina donde se doblaba el corredor, justo en el lugar desde donde
podía apreciarse el estanque iluminado por el blanco difuso de la luna y asomando
entre los pinos de ramas armoniosas y elegantes, escuché el estrépito de una disputa.
Alrededor, bajo una luz lunar que ni siquiera provocaba bruma, no se oía más que el
chapoteo de las carpas. Aquel ruido, proveniente de una habitación cercana, rompió

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la quietud. Me detuve convencida de que si se me presentaba algún malhechor, le
plantaría cara. Conteniendo la respiración, arrimé el oído a la puerta.

13

Mi lento proceder pareció impacientar al mono Yoshihide, que, visiblemente


nervioso, dio dos o tres vueltas a mi alrededor y se puso a chillar como si lo
estrangularan; finalmente saltó sobre mis hombros. Aparté la cara instintivamente
para evitar los arañazos y el mono se me aferró a las mangas. Entonces perdí el
equilibrio, me tambaleé dos o tres pasos y terminé dándome un buen batacazo,
cayendo de espaldas sobre la puerta corredera de madera por la que había estado
espiando. Ya no tenía alternativa ni tiempo para vacilaciones. Abrí con decisión la
puerta de par en par y me abalancé hacia el fondo de la estancia, allí donde no
alcanzaba la luz de la luna. Algo obstaculizaba mi visión… Pero lo que más me
asustó fue que al mismo tiempo que yo entraba, una mujer salió corriendo del cuarto
y se me echó encima. No chocamos una con otra por los pelos y ella salió rodando
hacia afuera. Desde allí, de rodillas y jadeante, alzó la mirada hacia mí y se puso a
temblar como si hubiera sido testigo de algo terrorífico.
No hace falta decir que se trataba de la hija de Yoshihide. Aunque aquella noche,
la muchacha me pareció una persona totalmente distinta. Sus ojos brillaban
desorbitados. Sus mejillas ardían enrojecidas. Sus ropas estaban desaliñadas y podía
apreciarse la prenda interior asomando por los hombros, algo que le otorgaba una
voluptuosidad que no era propia de su aspecto habitual, de por sí mucho más infantil.
¿Era aquella realmente la hija delicada y modesta de Yoshihide? Apoyándome en la
puerta contemplé la figura de aquella hermosa muchacha iluminada por los rayos de
la luna mientras oía como los pasos de una tercera persona se alejaban
precipitadamente desde el fondo del cuarto. Haciendo un gesto con el dedo,
señalando al vacío del cuarto, interrogué en silencio a la muchacha con la mirada. La
muchacha se mordió el labio y negó con la cabeza. Estaba visiblemente confusa.
Volví a preguntarle, esta vez agachándome junto a ella y susurrándole al oído:
«¿Quién era?». Pero ella se empeñaba en no responder y no hacía más que mover la
cabeza. Se mordió el labio con más fuerza que antes y las lágrimas se empezaron a
acumular en sus pestañas.
Lamentablemente, al ser yo persona de pocas luces, no puedo comprender más
que lo obvio, así que no supe qué más decirle y me quedé allí plantada junto a ella
como si tuviera que estar pendiente de las palpitaciones de su pecho. Sentí, además,
que interrogarla había sido un error, algo que me reproché a mí misma.
No sé exactamente cuánto tiempo estuvimos así. Finalmente, decidí ir a cerrar la
puerta corredera y como la muchacha parecía ya estar de mejor ánimo, volví a
dirigirme a ella:

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—¿Por qué no regresas a tu estancia? —dije con la mayor amabilidad posible. Yo
también regresé por donde había venido, atravesando el corredor, mientras me
abordaban el temor y la vergüenza por haber presenciado algo que no me concernía.
No había caminado ni diez pasos cuando noté de nuevo que me tiraban de los
faldones desde atrás y me detuve asustada. Me volví con temor. Pero ¿quién pensáis
que era?
Al girarme descubrí a mis pies al mono Yoshihide. Con las dos manos apoyadas
en el suelo, como si fuera una persona, me hacía reverencias cortésmente, haciendo
sonar el cascabel dorado que le colgaba del cuello.

14

Pasó medio mes desde el suceso ocurrido aquella noche cuando Yoshihide se
presentó en la mansión solicitando una audiencia con el señor de Horikawa.
Normalmente era difícil que alguien de rango inferior consiguiese entrevistarse con
él, pero debido a las circunstancias, el señor de Horikawa hizo aquel día una
excepción y accedió de buen grado a la petición de Yoshihide, que enseguida fue
conducido ante su presencia. Como era característico de Yoshihide, apareció con sus
ropajes color crema y coronado con su bonete ajado, pero esta vez venía con la cara
más agria que de costumbre. Prosternándose con reverencia, se dirigió a mi señor con
voz ronca:
—Tras muchos días y noches de empeño, creo que ha valido la pena ponerme a
pintar el encargo que vos me hicisteis. Quisiera deciros, mi señor, que el biombo del
infierno está prácticamente concluido.
—Celebro oír eso. Mi enhorabuena —reaccionó el señor de Horikawa, pero su
voz sonó descorazonada, como si hubiera perdido el entusiasmo.
—En realidad no hay nada que celebrar —dijo Yoshihide bajando la mirada con
visibles muestras de enojo—. El biombo está prácticamente acabado, pero hay
todavía una parte que no soy capaz de terminar.
—¿Cómo que no puedes terminarlo?
—Tal y como lo oís. En general, si no he presenciado algo directamente, soy
incapaz de pintarlo. Y aunque lo pinte, nunca me convence, lo que para mí equivale a
no poder pintarlo.
Al escuchar sus palabras, una sonrisa sardónica se dibujó en el rostro del señor de
Horikawa.
—Entonces, ¿quieres decir que para pintar el infierno necesitas antes
contemplarlo?
—Así es. El año pasado me vi envuelto en un gran incendio, así que pude
contemplar las llamas del mismísimo Infierno del Calor Abrasador. Si fui capaz de

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pintar la divinidad protectora Fudo Myo-o envuelta en llamas, fue también debido a
aquel incendio real del que fui testigo. Vos ya sabéis de qué obra os estoy hablando.
—¿Cómo pintas, entonces, a los condenados? ¿Y has llegado a ver acaso a los
torturadores del infierno? —replicó el señor de Horikawa tratando de no hacer mucho
caso de las palabras de Yoshihide y como si quisiera con su respuesta no darle más
pie al asunto.
—He visto hombres encadenados, hombres maltratados y jóvenes atormentados
por monstruos voladores que luego he podido copiar en mis dibujos, por lo que puedo
decir que conozco los sufrimientos de aquellos que son condenados a las torturas del
infierno. En cuanto a los torturadores… —en este punto Yoshihide esbozó una tétrica
sonrisa—, los he visto más de una vez en estado de duermevela. Un carcelero con
cabeza de buey, uno con cabeza de caballo, un demonio con tres caras y seis brazos…
[95] Todos ellos, dando palmadas que no repicaban y hablando sin emitir sonido

alguno, acudían para atormentarme cada noche y cada mañana a mi estudio. Así que
no son estos los personajes que soy incapaz de pintar.
Ante estas palabras incluso el mismísimo señor de Horikawa se quedó atónito.
Irritado, observó fijamente a Yoshihide durante unos instantes. Luego, frunciendo el
ceño, se removió en su asiento y espetó:
—Entonces, ¿qué diablos es lo que no puedes pintar?

15

—Estoy intentando pintar un carruaje de aristócrata, tirado por bueyes y decorado


con hojas de palma, cayendo por los aires.
Al decir esto, por primera vez Yoshihide observó con perspicacia el rostro del
señor de Horikawa. Ya había oído antes que aquel hombre se volvía como loco al
hablar de su pintura. En aquella ocasión yo misma pude comprobar aquel brillo
diabólico en sus ojos.
—En el interior del carruaje quiero dibujar a una elegante dama de la nobleza con
los cabellos desgreñados de batiéndose entre las llamas. Asfixiada por el humo,
mirará hacia el techo del carruaje con el rostro fruncido por el horror. Quizás la
dibuje tratando de arrancar las persianas del carruaje para protegerse de una lluvia de
fuego que caerá sobre ella. A su alrededor revolotearán diez o veinte aves de rapiña
acechándola con sus graznidos. ¡Ay! Esa es la escena que no soy capaz de pintar…
Una noble dama en el interior de un carruaje.
—¿Y entonces qué? —apremió a Yoshihide el señor de Horikawa, que ante todo
pronóstico pareció estar divirtiéndose.
Como si estuviera atrapado en algún sueño, los labios enrojecidos de Yoshihide
temblaron enfebrecidos.

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—No puedo pintar eso… —repitió una vez más. De repente, su tono se volvió
más agresivo—. ¿Podríais ordenar que quemaran un carruaje delante de mí? Y a ser
posible, dentro del carruaje…
Una sombra cruzó por el rostro del señor de Horikawa, pero enseguida estalló en
carcajadas. Luego respondió entre risas.
—Bien, te concederé todo lo que me pides. Es inútil perder el tiempo pensando si
se puede o no se puede.
Al escuchar las palabras de mi señor, tuve un mal presentimiento, como si algo
terrible tuviera que ocurrir. La expresión del señor de Horikawa cambió bruscamente.
En la comisura de sus labios se acumuló una espumilla blanca. Las cejas se le
enderezaron como relámpagos. Creí que se había contagiado de la locura de
Yoshihide. Tras una pausa, volvió a estallar en carcajadas, esta vez con más
vehemencia y retomó la palabra entre risas con la voz ronca.
—Quememos un carruaje. Haremos subir a una mujer vestida con las ropas
exquisitas de una damisela de la corte, y la dejaremos morir dentro asfixiada por el
humo negro y consumida por las llamas… ¡Únicamente al mejor pintor de la corte se
le podía ocurrir algo así! ¡Eres un genio! ¡Me has dejado impresionado!
Yoshihide, al escuchar aquellos halagos palideció y se quedó sin aliento mientras
le temblaban los labios. La tensión de su cuerpo se desvaneció y cayó de rodillas
sobre el tatami con ambas manos.
—Os lo agradezco mucho, señor… Me hacéis feliz… —expresó su gratitud
reverencialmente con una vocecita que no terminaba de oírse. Posiblemente porque
tras escuchar las palabras del señor de Horikawa, se había dado cuenta del terrible
alcance de su proyecto pictórico. Aquella fue la única vez en la vida que sentí lástima
por Yoshihide.

16

Dos o tres noches más tarde, el señor de Horikawa, cumpliendo con su palabra, hizo
llamar a Yoshihide para asistir a la quema del carruaje. El incendio no se llevó a cabo
en la mansión de Horikawa, sino que se organizó en la finca conocida popularmente
como Yukige, una quinta de montaña a las afueras de la capital que había pertenecido
a la hermana menor del señor de Horikawa.
La finca de Yukige llevaba mucho tiempo abandonada y en el jardín, también
descuidado, crecían las hierbas silvestres a sus anchas. Aquel aspecto desolador dio
origen a especulaciones sobre la difunta dueña de la casa. Corría el rumor de que
todas las noches sin luna se paseaba por el corredor exterior con una hakama
escarlata sin que sus pies tocaran el suelo. Algo que no resultaba tan increíble en un
lugar tan desolado y lúgubre como aquel, donde al ponerse el sol se escuchaba

Página 138
únicamente el sonido de un riachuelo amplificado en la sombra y donde las garzas
que volaban a la luz de las estrellas adquirían formas monstruosas.
Precisamente era aquella una noche oscura sin luna. En lo alto de la veranda
estaba el señor de Horikawa, sentado con las piernas cruzadas sobre un cojín redondo
con brocados blancos en los bordes. La luz de las lámparas iluminaba su figura,
ataviada con un traje de gala, camisa de mangas anchas de color azul turquesa y
hakama morada con los emblemas de la familia bordados en relieve. En torno a él
estaban dispuestos ceremoniosamente cinco o seis hombres sobre los que no es
necesario entrar en detalles. De entre todos ellos destacaba a la legua un samurái
imponente. Este, desde que había participado en la batalla de Michinoku, al norte del
país, había adquirido una fuerza tan descomunal que era capaz de partir los cuernos
de un ciervo vivo con las manos. Llevaba una faja a la que ceñía su katana del revés,
con la punta hacia arriba, y permanecía de rodillas ceremoniosamente frente a su
señor, al pie de la veranda… Bajo las intermitencias de luz y sombra que el aire
provocaba al mecer el fuego de las lámparas, todos ellos componían una escena irreal
que ponía los pelos de punta.
En el jardín, acentuando aquel efecto, la oscuridad se cernía sobre el alto techo de
un carruaje sin bueyes. En las varas laqueadas, apoyadas sobre una banqueta, algunas
piezas de metal centelleaban como estrellas y su visión causaba escalofríos, a pesar
de estar entrada ya la primavera. Las persianas azules, adornadas con ribetes de sarga,
aparecían bajadas, por lo que no podía verse el interior del carruaje. En rededor, los
sirvientes, debidamente preparados, sostenían las antorchas encendidas cuidando de
que el humo no llegase a la veranda.
Yoshihide, algo apartado, estaba sentado de rodillas justo en el punto opuesto de
la veranda, al otro lado del carruaje. Llevaba, como era en él costumbre, un quimono
color crema y un bonete ajado, caído sobre el costado, que le cubría la cabeza. Bajo el
peso abrumador del cielo estrellado su figura se percibía más menguada y miserable
de lo habitual. Junto a él había otro hombre acuclillado, posiblemente uno de sus
discípulos, coronado igualmente por un bonete. Al estar él agazapado en la oscuridad
y yo situada al pie de la veranda, no pude distinguir claramente en la distancia el
color de su ropa.

17

Se acercaba la medianoche. La oscuridad, envolviendo el estanque y la arboleda del


jardín, acechaba el aliento de los presentes y cortaba la respiración. Solo se escuchaba
el murmullo apagado de la brisa nocturna arrastrando el olor a tizne de las antorchas.
El señor de Horikawa contemplaba en silencio aquella escena enigmática. De pronto
adelantó ligeramente las rodillas.
—¡Yoshihide! —llamó al pintor con voz penetrante.

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Yoshihide respondió algo que percibí como un gemido.
—Yoshihide. Tal y como me pediste, esta noche prenderemos fuego al carruaje —
añadió el señor de Horikawa y miró de reojo a uno de sus guardianes. Quizás no fuera
más que mi impresión, pero percibí como algunos de sus acompañantes en el palco se
intercambiaban sonrisas maliciosas. Yoshihide levantó medrosamente la cabeza hacia
la veranda, pero se abstuvo de comentar nada.
—Mira con atención. Ese es el carruaje del que hago uso normalmente. Te suena,
¿verdad? Pues pienso prenderle fuego ahora mismo para mostrarte las llamas
portentosas del infierno más ardiente.
El señor de Horikawa interrumpió sus palabras un momento para cruzar de nuevo
miradas con la gente alrededor. Luego prosiguió con tono disgustado.
—En el interior del carruaje se encuentra una dama de la corte que hará el papel
de condenada. En cuanto el vehículo empiece a arder, su carne se irá quemando poco
a poco y experimentará los dolores más terribles hasta que solo queden los huesos.
Sírvete de ella como modelo para terminar el biombo. No te descuides: observa
atentamente cómo arde y se consume su piel de nieve. Fíjate también en su cabellera
azabache cuando la envuelvan las llamas.
El señor de Horikawa guardó silencio por tercera vez como si algún pensamiento
cruzara por su mente. En esta ocasión reanudó sus palabras sacudiendo los hombros
entre risas.
—Va a ser algo digno de ver. Yo también lo presenciaré desde aquí. ¡Alzad las
persianas y mostradle a Yoshihide la mujer del carruaje!
Al recibir la orden, uno de los sirvientes se acercó con diligencia al vehículo y
levantó la persiana mientras sujetaba la antorcha con la otra mano. Se escuchó el
crepitar del fuego que, enrojecido, pareció volverse más intenso al iluminar el interior
de la caja. En el suelo podía verse con claridad a una mujer encadenada… ¡Ay!
¿Quién no iba a reconocerla? Vestía un radiante quimono de doce capas bordado con
motivos florales de cerezo. Su melena azabache brillaba en cascada sobre sus
hombros, coronada por una horquilla de oro ligeramente inclinada que relucía con
hermosura. Por la vestimenta, cualquiera podía equivocarse acerca de su identidad,
pero aquel pequeño cuerpo con los alrededores del cuello tan blancos y aquel perfil
modesto de aire melancólico resultaban inconfundibles. Era la hija de Yoshihide. A
punto estuve de gritar.
Entonces vi que el samurái que estaba frente a mí se alzaba bruscamente y se
llevaba la mano a la empuñadura al tiempo que clavaba la mirada en Yoshihide.
Sorprendida por su reacción, miré en dirección a Yoshihide, quien supuse que habría
terminado de perder la cordura. Si hasta ese momento había permanecido postrado, al
ver a su hija, se había levantado de un golpe y extendía ya ambos brazos hacia el
carruaje con ademán de echar a correr. Lamentablemente, tal y como he dicho antes,
debido a la oscuridad y a la distancia, no se apreciaba con claridad la expresión de su
rostro. Con todo, aquella visión confusa no duró demasiado. Enseguida pude ver con

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nitidez el rostro lívido de Yoshihide, mientras que su figura, como suspendida en el
aire por alguna fuerza invisible, quedaba recortada por la oscuridad. Junto a las
palabras del señor de Horikawa, «¡Prendedle fuego!», las antorchas que sostenían los
sirvientes cayeron sobre el carruaje, que empezó a arder con la muchacha dentro.

18

El fuego se extendió con rapidez por el carruaje inflamando las borlas púrpura que
colgaban del techo. Debajo se arremolinaba un humo blanco perfectamente visible en
la oscuridad y las llamas ascendían vertiginosamente para caer como una lluvia de
fuego que envolvía la persiana de la entrada, las paredes laterales y que incluso hacía
saltar los adornos metálicos incrustados en el techo. Era una escena espeluznante.
Una lengua de fuego, devorando a su paso la celosía que adornaba el marco de la
entrada, en torno a la persiana, salió escupida hacia lo alto y flotó en el aire como si
el sol hubiera caído sobre la tierra a borbotones. Si bien antes yo había tratado de
gritar, permanecía ahora con el alma en vilo, no pudiendo hacer otra cosa sino
contemplar atónita aquella escena horripilante. Sin embargo, Yoshihide…
Nunca podré olvidar la expresión en el rostro de Yoshihide. En cuanto hizo
ademán de salir corriendo hacia el carruaje, el inicio del fuego detuvo sus pasos. Se
quedó tieso con los brazos extendidos hacia delante y la mirada clavada en las llamas,
paralizado por el remolino de humo y fuego que envolvía el carruaje. La luz de la
hoguera iluminó todo su cuerpo, haciendo visibles las arrugas de su horrible rostro y
hasta los cuatro pelos que le crecían en la barbilla. Sus ojos desorbitados, sus labios
retorcidos, los músculos crispados de sus mejillas temblorosas… Su cara describía
con minuciosidad el vaivén confuso de sentimientos que abordaba su corazón: el
horror, la tristeza, el espanto… Aquel rostro de sufrimiento no era equiparable
siquiera al de los ladrones que estaban a punto de ser decapitados ni al de los
pecadores y malhechores condenados a las torturas del infierno. Al verlo, incluso
aquel samurái de fuerza descomunal palideció y alzó, temeroso, la mirada hacia su
señor. Pero el señor de Horikawa, esbozando una tétrica sonrisa, se mordía los labios
con excitación sin apartar la vista del carruaje.
¡Ay! No tengo el valor suficiente para describir con detalle a la muchacha
atrapada por las llamas en el interior del vehículo. Asfixiada por el humo con el
rostro lívido y la mirada perdida hacia lo alto; su larga cabellera desgreñada por las
llamas; el hermoso quimono de doce capas cambiando de tonalidades por efecto del
fuego… ¡Qué escena tan cruel! Pero lo más espeluznante fue cuando sopló una ráfaga
de aire nocturno que despejó el humo. Entre el polvo dorado desparramado sobre el
fondo rojo de las llamas, emergió la figura de la muchacha, recién liberada de sus
cadenas: se contorsionaba de dolor y se mordía los cabellos. Como si presenciáramos

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las mismísimas torturas del infierno, todos sentimos, empezando por mí y terminando
por el recio samurái, cómo se nos ponían los pelos de punta.
De pronto volvió a soplar una ráfaga de viento que estro meció las copas de los
árboles en el jardín… O eso fue lo que pensamos al escuchar un ruido que resonó en
la oscuridad. Desde el tejado de la mansión cayó una sombra que cruzó botando
como una pelota y se metió directamente en las llamas. Las celosías que enmarcaban
la entrada del carruaje, como tintadas de bermellón, caían a pedazos consumidas por
el fuego. La sombra atravesó las llamas y se cernió sobre los hombros de la
muchacha. Del interior de la caja, junio a una gran humareda, brotó un alarido
penetrante que, cargado de un dolor intenso, se hizo eterno. Después otro. Y otro
más… Entonces, sin darnos cuenta, todos gritamos al unísono, porque tras la cortina
de llamas, aferrado a los hombros de la muchacha, vimos al mono Yoshihide, que
supuestamente se había quedado atado en la mansión de Horikawa. Nadie sabe cómo
ni por qué llegó el mono hasta la finca, pero está claro que deseaba arder junto a la
mucha cha tras haberse ganado su cariño.

19

La figura del mono se distinguió apenas un instante. El animal y la muchacha


desaparecieron bajo una columna de humo negro mientras un fuego de llamas ocres y
doradas se elevaba hacia el cielo. En mitad del jardín, el carruaje en llamas crepitaba
de forma espeluznante. Aunque ya no era un carruaje, sino una hoguera que
alcanzaba el cielo y hacía hervir las estrellas.
Frente a esa hoguera estaba de pie Yoshihide, completamente inmóvil.
Inesperadamente, Yoshihide, que hasta ese momento parecía haber estado sufriendo
las torturas del infierno, transmitía ahora cierto fulgor, el fulgor del éxtasis, mientras
que en su rostro repleto de arrugas se esbozaba una sonrisa plena de satisfacción.
Estaba allí parado, con los brazos cruzados, como si hubiera olvidado la presencia del
señor de Horikawa. Era como si en el interior de sus ojos no hubiera quedado la
imagen de su hija agonizando bajo las llamas, sino simplemente la imagen de una
dama sufriendo una muerte penosa en una hermosa hoguera; una escena que lo
llenaba de contento.
Sin embargo, no solo resultaba extraña aquella felicidad experimentada por
Yoshihide al contemplar la muerte agónica de su propia hija. Su porte había adquirido
cierta solemnidad inusual en los humanos, equiparable a la cólera de un león
majestuoso que se apareciera entre sueños. Quizás por eso mismo no se le acercó al
bonete ninguno de los pájaros nocturnos que salieron espantados en bandada ante la
hoguera espontánea y que revolotearon con gran algarabía sobre nosotros. Los ojos
cándidos de esos pájaros debieron de percibir aquella majestuosidad enigmática como
una aureola sobre la cabeza de Yoshihide.

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Eso en lo que se refiere a los pájaros. En cuanto a nosotros, cortesanos y
sirvientes, nos temblaba el cuerpo hasta la médula, conteníamos la respiración y
sentíamos el corazón desbordado por una alegría involuntaria al contemplar a
Yoshihide como si fuera la imagen de un buda iluminado. El fuego crepitante de la
hoguera cubriendo la superficie del cielo y Yoshihide, cuya alma había sido
hechizada por las llamas… ¡Qué solemnidad tan sublime y qué júbilo exultante! Sin
embargo, entre todos nosotros, el señor de Horikawa parecía fuera de sí. Con el rostro
lívido, una espumilla acumulada en la comisura de los labios y agarrándose con
ambas manos los faldones a la altura de las rodillas, respiraba entrecortadamente y
emitía los ronquidos de una bestia.

20

El rumor de lo acontecido aquella noche en la quinta de Yukige, donde el señor de


Horikawa ordenó prender fuego al carruaje, se difundió rápidamente entre la gente,
dando pie a todo tipo de conjeturas. ¿Por qué el señor de Horikawa había ordenado
matar en la hoguera a la hija de Yoshihide? La versión más extendida decía que lo
había hecho por despecho tras ser rechazado por la muchacha. Pero sin duda el
verdadero propósito del señor de Horikawa fue darle un escarmiento a Yoshihide por
tener un espíritu tan perverso que pretendía quemar a alguien vivo para pintar un
biombo. De hecho, ese motivo lo escuché una vez en boca del propio señor de
Horikawa.
Por su parte, Yoshihide fue claramente criticado por tener el alma de piedra y
querer pintar el biombo, a pesar de haber presenciado la muerte macabra de su hija.
La gente lo insultaba por haber descuidado el cariño paterno en aras de una pintura y
solían llamarlo despectivamente «rufián con cara humana y corazón de bestia». Entre
los que así pensaban se encontraba el bonzo superior de Yokawa, quien de él decía:
«Por mucho que sobresalga su arte y destaque su genio, aquel que no sea capaz de
discernir las cinco virtudes esenciales del confucianismo arderá para siempre en los
infiernos»[96].
Un mes después de aquel suceso, Yoshihide completó finalmente el biombo del
infierno y se lo llevó rápidamente al señor de Horikawa para mostrárselo con
entusiasmo. Justamente coincidió que en aquel entonces estaba el bonzo superior de
visita, quien quedó profundamente impresionado por la visión de aquella tormenta de
fuego que cubría cielo y tierra en toda la superficie del biombo. El prelado, que hasta
ese momento había menospreciado a Yoshihide y siempre lo había mirado con
desconfianza, exclamó: «¡Maravilloso!». El señor de Horikawa, al escucharlo, esbozó
una amarga sonrisa que nunca olvidaré.
Desde entonces, al menos en el interior de la mansión, ya nadie habló mal de
Yoshihide. Todo aquel que contemplaba el biombo, por mucho que hubiera detestado

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en algún momento al pintor, quedaba embargado por la solemnidad de la obra y
atrapado por el realismo fascinante de las torturas infernales.
Sin embargo, a esas alturas, Yoshihide había pasado ya a formar parte de aquellos
que no habitan este mundo. La noche después de terminar el biombo ató una soga a la
viga de su estudio y se ahorcó. Habiéndose adelantado su única hija en la muerte,
seguramente aquel hombre ya no podría seguir viviendo con la conciencia tranquila.
El cadáver de Yoshihide sigue hoy enterrado bajo los restos de su casa. La
pequeña lápida blanca que marca el lugar, expuesta a la intemperie, sufrirá con los
años el desgaste de la lluvia y del viento, hasta que la tumba, recubierta de musgo,
deje de ser reconocible.

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EXTRACTO DE LA TIERRA YERMA

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El maestro mandó llamar a Joso y a Kyorai: Anoche me rondaba por la cabeza un poema que no me dejaba
dormir, así que le pedí a Donshu que lo anotara. Recitádmelo en voz alta:

De viaje enfermo
y recorro entre sueños
la tierra yerma.

Diario de Hanaya[97]

Era el atardecer del día 12 de noviembre del año 7 de la Era Genroku [1694]. El cielo
enrojecido del amanecer había llamado la atención de los comerciantes de Osaka, que
dirigieron sus miradas soñolientas más allá de los tejados y se preguntaron si aquel
día, como el anterior, volvería a llover. Afortunadamente, el agua que cayó no fue
tanta como para difuminar las copas de los sauces, de hojas temblorosas, y pronto se
convirtió la jornada en un apacible día nuboso de invierno vagamente iluminado.
Incluso el agua del río, deslizándose pausadamente entre las hileras de las casas,
había perdido su brillo acostumbrado y los desechos de los puerros que flotaban en la
superficie ya no poseían su frescor verdoso habitual. Bordeando la orilla, unos con
capucha y otros con calzado de cuero, los transeúntes caminaban absortos, como si se
hubieran olvidado de este mundo donde sopla el aquilón. Los colores de las noren a
la entrada de las tiendas, el ir y venir de los carros, el eco lejano del shamisen de un
teatro de marionetas… Todo velaba por la tranquilidad de aquella jornada de invierno
vagamente iluminada y ni siquiera se inmutaba el polvo acumulado en los adornos
vegetales de la balaustrada, allá en el puente.
A esa misma hora, en el salón trasero de la casa de Hanaya Nizaemon[98], situada
en el barrio de Midomae Minamikyutaro, aquel que era venerado como el maestro del
haikai[99], Basho-an Matsuo Tosei[100], rodeado y atendido por discípulos llegados de
todos los rincones del país estaba, a la edad de cincuenta y un años, a punto de
exhalar su último suspiro «como las brasas de un fuego que se enfría»[101]. Debía de
ser la hora del Mono[102]. El fusuma[103] en el interior del salón estaba abierto de par
en par para ensanchar el espacio. Un hilo de incienso se elevaba desde la cabecera del
lecho y ensombrecía en un solo punto las puertas correderas que, si bien obstruían la
visión de un cielo invernal sobre el jardín, provocaban igualmente escalofríos con la
blancura del papel recién cambiado. Junto a Basho, que reposaba con la cabeza cerca
de las puertas correderas, se encontraba Mokusetsu[104], el médico. Le tomaba el
pulso al moribundo por debajo de la ropa de cama mientras fruncía el ceño con aire

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de preocupación. Detrás de él, paralizado y murmurando sin cesar el nombre de
Buda, no se encontraba otro sino Jirobei, el anciano sirviente que había acompañado
a Basho en sus viajes desde Iga[105]. Al lado del médico, una figura imponente y
rechoncha reconocible a ojos de cualquiera: Shinshi Kikaku[106], sacando pecho bajo
su vestimenta de seda a cuadros y espiando atentamente el estado de su maestro. Lo
mismo hacía Kyorai[107], que vestía a la moda Kenpo, con estampados teñidos sobre
el quimono, y enderezaba los hombros con gallardía. Detrás de Kikaku, con aspecto
de bonzo y un rosario de madera de tilo en la muñeca se hallaba Joso[108], que
permanecía impasible. Sentado junto a él, en cambio, Otokuni[109] no parecía capaz
de contener la pena, porque su nariz resollaba sin cesar. A este lo observaba con
desaprobación y un gesto arisco del mentón un monje de baja estatura que disimulaba
el desgaste de sus hábitos arreglándose las mangas. Se trataba de Izenbo[110], que
estaba sentado frente a Mokusetsu y junto a Shiko[111], cuyo rostro moreno delataba
su carácter obstinado. El resto de discípulos guardaban un silencio absoluto, como si
no respirasen. Estaban repartidos a izquierda y derecha del lecho del maestro y
lamentaban infinitamente tener que despedirse de él en su último viaje. Pero entre
todos ellos solo uno, postrado en un rincón con las manos sobre el tatami, hacía
patente su llanto de tristeza. ¿Acaso no era Masahide[112]? Aun así, sofocados por el
silencio helado en el interior del salón, tampoco sus sollozos llegaban a perturbar el
tenue perfume del incienso que ascendía desde la cabecera del maestro.
Apenas un momento antes, tras expresar su última voluntad con una voz vacilante
y enronquecida a causa de la tos, Basho había caído, con los ojos entreabiertos, en un
estado comatoso. Su rostro picado ligeramente por la viruela se veía consumido en
extremo: se le marcaban los pómulos de manera prominente y había perdido el color
vivo incluso en los labios, que estaban envueltos de arrugas. Pero lo más doloroso de
ver eran sus ojos, en los que asomaba un brillo vago y cuya mirada se mantenía fija
en la lejanía, como si quisiera alcanzar el frío ilimitado del cielo más allá de los
tejados.

De viaje enfermo
y recorro entre sueños
la tierra yerma[113].

Podría ser que en ese instante, su último poema de despedida, pronunciado tres o
cuatro días antes, flotara en el interior de aquella mirada insondable como un sueño;
el sueño de una tierra yerma infinita bajo la luz crepuscular de una noche sin luna.
—¡Agua! —apremió Mokusetsu volviéndose hacia Jirobei, que permanecía tras él
en silencio. Pero el viejo sirviente ya tenía preparado un cuenco con agua, además de
un bastoncito en forma de pincel con pequeñas plumas en el extremo. Colocó
cuidadosamente ambos objetos junto a la cabecera de su amo. Entonces, como si de
repente recordara algo, se puso a mover los labios para recitar unos salmos en nombre

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de Buda. En su corazón sencillo y rústico, propio de un hombre criado en la montaña,
estaba firmemente arraigada la creencia de que cualquiera que atravesara las orillas
del más allá para renacer al otro lado —incluso alguien como Basho— debía implorar
la misericordia de Amida.
Por su parte, mientras solicitaba agua, Mokusetsu se topó con la misma duda de
siempre: ¿habría hecho realmente todo lo posible como médico? Aunque enseguida
se repuso, se giró hacia Kikaku, que estaba sentado junto a él y, sin romper el
silencio, le hizo una señal con la cabeza. El corazón de los presentes fue abordado por
el presentimiento de que se acercaba la hora final y la tensión inundó el ambiente.
Pero esa tensión iba también acompañada de cierto alivio: al fin sucedería lo que era
irremediable y todos podrían quedar descansados. Ahora bien, siendo quizás ese
sentimiento de alivio de naturaleza algo delicada, nadie pareció tomar conciencia de
ello e incluso Kikaku, el más realista de todos los presentes, al cruzar miradas con
Mokusetsu y comprobar que también en el fondo de los ojos del médico se había
instalado aquel mal presentimiento, no pudo evitar sobrecogerse. Desvió la mirada
precipitadamente y agarró el pincel de plumas como si no ocurriera nada.
—Permitidme ser el primero —solicitó a Kyorai y se acercó arrastrando las
rodillas para tomar el pincel y empaparlo con el agua caliente del bol mientras
observaba de reojo a su maestro. Había imaginado muchas veces la tristeza que
sentiría al llegar la hora de despedirse para siempre de Basho, pero ahora que estaba
viviendo aquel momento, sus sentimientos traicionaban toda aquella previsión teatral
y no era capaz de sentir más que una absoluta indiferencia. Más aún, contra todo
pronóstico, ante la figura lúgubre de su maestro agonizante, quien literalmente no era
más que huesos y pellejo, experimentó un asco tan intenso que se sintió obligado a
apartar la vista. Y no parece suficiente definir aquel asco como «intenso» para
describir su verdadero estado. Se trataba en realidad de un tipo de asco intolerable,
como si un veneno empezara a hacer efecto en su fisiología. ¿Sería acaso que por
mera coincidencia proyectaba en la enfermedad de su maestro la repulsión que sentía
por todas las cosas feas de este mundo? ¿O bien que para un hedonista amante de la
vida como él, la realidad de la muerte, simbolizada en el cuerpo del moribundo, se
presentaba como una amenaza natural harto execrable? La cuestión es que Kikaku,
sintiendo un gran malestar y ni una pizca de tristeza, acercó el pincel al rostro
demacrado de Basho, mojó sus labios con un poco de agua y enseguida se retiró con
cara de disgusto. Fue en esa fracción de segundo cuando cierto remordimiento cruzó
furtivamente por su corazón, pero la sensación de asco era tan fuerte que no prestó
atención a tales disposiciones morales.
Después de Kikaku fue el turno de Kyorai, quien desde la señal de Mokusetsu
había perdido su calma habitual. Kyorai, haciendo honor a su fama de modesto,
inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de reverencia y deslizó las rodillas hasta la
cabecera del lecho. Al observar la cara enfermiza del gran maestro del haikai, sintió,
a su pesar, una mezcla extraña de complacencia y remordimiento. Sentimientos que

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estaban íntimamente ligados, compartiendo un mismo destino como la sombra y la
solana. De hecho, desde hacía cuatro o cinco días esa mezcla había estado
perturbando su espíritu de inclinación pusilánime. En cuanto le informaron de la
grave enfermedad de su maestro, Kyorai partió inmediatamente en barco desde
Fushimi, sin importarle que fuera medianoche, y desde que llegó a la casa de Hanaya
no había descuidado ni un solo día las necesidades del enfermo. Ejerció de
intermediario para solicitar la ayuda de Shido[114], el boticario; movilizó a la gente
para que rezaran por la recuperación del enfermo en el templo Sumiyoshi Daimyo-
jin; consultó con Hanaya Nizaemon la necesidad de comprar los enseres básicos para
el cuidado de Basho… Él solo se convirtió en las ruedas que movían el carro,
encargándose de todos y cada uno de los detalles. Lo cierto es que se había ocupado
de todo aquello por iniciativa propia, así que tampoco es que hubiera pretendido
implicar a otros en aquella ardua tarea. Con todo, al ser consciente de que se había
dedicado él solo en cuerpo y alma al cuidado de su maestro, una gran complacencia
germinó impetuosamente en el fondo de su corazón. Mientras aquella complacencia
permaneció inconsciente, extendiendo sobre sus acciones diarias una sensación de
calidez, no experimentó inconveniente alguno. De lo contrario, no habría pasado toda
una noche en vela bajo la lámpara junto a Shiko entregado a la conversación sobre
temas mundanos y se habría abstenido de sus comentarios sobre la vía de la piedad
paterno-filial, insistiendo en que atendía a Basho del mismo modo que atendería a su
padre. Sin embargo, durante aquella velada descubrió en el rostro del malicioso Shiko
la sombra fugitiva de una sonrisa socarrona que perturbó su hasta entonces apacible
estado de ánimo. Se dio cuenta de que el origen de su turbación se remontaba a su
complacencia, así como a la reprobación que él mismo se hacía de esa complacencia.
Mientras cuidaba de Basho, enfermo de tal gravedad que nadie podía asegurar si
sobreviviría una mañana más, lejos de preocuparse realmente por el estado de su
maestro, no hacía sino mirar con ojos complacientes sus propias acciones. Para un
hombre íntegro como él, aquella certeza no podía más que causarle un gran cargo de
conciencia. Desde aquel día, Kyorai sintió como los sentimientos contradictorios de
complacencia y remordimiento interferían en todos sus quehaceres. No le bastó más
que ver un instante, aunque fuera de forma fortuita, la sonrisa de Shiko, para percibir
con mayor claridad aquella satisfacción que terminó por imponerse a su conciencia y
que lo empujó a lamentarse una y otra vez de su propia vileza. Así se sucedieron los
días hasta hoy, en que postrado a la cabecera del lecho le ofrecía a su maestro el agua
del último viaje. Era lamentable, pero también comprensible, ver como Kyorai, un
hombre que reunía una gran integridad moral con una delicadeza insospechada,
perdió la calma debido a las contradicciones de su espíritu. Cuando levantó el pincel
de plumas, todo su cuerpo se endureció de forma inexplicable y mientras acariciaba
los labios de Basho con la punta blanca humedecida por el agua, fue asaltado por un
nerviosismo fuera de lo corriente que le provocó temblores continuados.
Afortunadamente, al mismo tiempo empezaron a desbordarse las lágrimas desde sus

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pestañas, por lo que todos los discípulos que presenciaron la escena, incluido el
sarcástico Shiko, debieron de interpretar aquella agitación como una consecuencia
natural de su tristeza.
Kyorai, tras enderezarse los hombros de su quimono a la moda Kenpo, regresó
tímidamente a su sitio y Joso tomó el relevo de la pluma. Joso, siempre leal, bajó la
mirada en un gesto de humildad y humedeció los labios del maestro calmadamente
mientras murmuraba algo en voz baja. A ojos de los presentes su figura desprendía
sin duda una gran solemnidad. Pero de repente, perturbando aquella escena solemne,
se oyó el estallido de una risa inquietante que provenía de algún rincón de la sala. O
al menos dio la impresión de que era una risa. En realidad, aquella carcajada que
parecía venir desde el fondo de las entrañas, era una voz atascada entre la garganta y
la boca que borboteaba entrecortadamente por los agujeros de la nariz con una
comicidad incontenible. Huelga decir que en aquella situación a nadie se le ocurriría
dejar escapar una risa. En realidad se trataban de los gemidos de tristeza que
Masahide había estado reprimiendo entre sollozos y que en aquel instante,
desgarrando su pecho, salieron desbordados sin control. Unos gemidos que sin duda
alcanzaron su paroxismo de pena y de dolor, y que debieron de despertar en no pocos
de los discípulos allí presentes el recuerdo de uno de los poemas del maestro:

Muévete, tumba,
que mis gemidos son
viento de otoño.[115]

Otokuni, sin embargo, a pesar de sentirse también sofocado por las lágrimas, no
podía contener su malestar frente a la exageración contenida en aquellos gemidos
horrendos, o más bien frente a la falta de voluntad de aquel que no era capaz de
reprimir tales gemidos. Con todo, la naturaleza de su malestar era puramente
intelectual. Mientras negaba con la cabeza, su corazón estaba conmovido por la pena
de Masahide y pronto se le empezaron a llenar a él también los ojos de lágrimas.
Algo que no hizo mella en su actitud: los gimoteos de Masahide lo seguían
incomodando y él era demasiado orgulloso para verter lágrimas, que seguían
acumulándose en sus ojos. Pero al final, mientras presionaba las manos sobre sus
rodillas para contenerse, Otokuni dejó escapar un gemido. Aunque no fue él el único
que estalló en sollozos. Un grupo de discípulos sentados al pie del maestro
lloriquearon prácticamente al unísono, alterando la atmósfera triste y silenciosa del
salón.
En mitad de todas aquellas voces lastimosas, Joso, con su rosario de tilo en la
muñeca, regresó en silencio a su lugar. Entonces Shiko, que estaba sentado en el lado
opuesto a Kikaku y Kyorai, se acercó a la cabecera del maestro. Shiko, conocido por
su cinismo, no formaba parte de esas almas endebles y sensibles prestas a derramar
lágrimas por influencia de su entorno. Con su cara siempre ennegrecida, haciendo

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alarde de su actitud burlona habitual y con la arrogancia que le caracterizaba, untó los
labios del maestro descuidadamente. Pero no cabía la menor duda de que incluso él,
en aquellas circunstancias, fue abordado hasta cierto punto por la emoción.

A la intemperie
se va infiltrando el viento
hasta mi alma.[116]

Cuatro o cinco días antes, Basho les había repetido una y otra vez las siguientes
palabras de agradecimiento: «Creí que iba a morir en un lecho de hierbas sobre una
almohada de tierra. Me siento muy feliz de poder pasar mis últimos días en un futón
tan maravilloso». Sin embargo, no había mucha diferencia entre morir en la mitad de
un páramo o morir en el salón trasero de aquella casa. Hasta solo tres días antes, lo
que realmente había estado preocupando a aquel que ahora refrescaba con el pincel la
boca del moribundo era que su maestro no había compuesto todavía un poema de
adiós. Para colmo, el día anterior a la ceremonia, se le había ocurrido la idea de hacer
una recopilación post mortem con todos los hokku del maestro. Y finalmente hoy,
apenas unos minutos antes, había estado contemplando al maestro en su paso al más
allá como si fuera a encontrar en ese proceso alguna cosa de gran interés. Pensando
de forma más cínica aún, podríamos incluso asegurar que tras la mirada escrutadora
de Shiko se escondían sus expectativas por participar con su propia pluma, aunque
solo fuese con un fragmento, en las crónicas que narrarían el fallecimiento del
maestro. Al fin y al cabo, mientras asistía a la muerte de Basho, su mente la ocupaban
otros asuntos que nada tenían que ver con el estado del moribundo: el prestigio de su
escuela frente a las demás, los beneficios y prejuicios de los otros discípulos, o bien
las maquinaciones en favor de su propio interés. En definitiva, tal y como había
previsto Basho con frecuencia en sus versos, sería apropiado decir que el maestro
había sido abandonado a la intemperie en la inmensidad de los campos yermos. Los
discípulos, lejos de compungirse por el final de su maestro, se apiadaban de sí
mismos al quedarse huérfanos. Más que lamentar la partida hacia la tierra yerma de
su predecesor, lloraban su propia pérdida, que los hundía en el crepúsculo. Sin
embargo, ¿qué sacaríamos reprobando su actitud desde un punto de vista moral
sabiendo que el ser humano es ingrato por naturaleza? Hundiéndose en tales
reflexiones misantrópicas, y jactándose además de ello, Shiko terminó de humedecer
los labios de su maestro moribundo y devolvió el pincel al interior del cuenco.
Después volvió a su sitio mientras iba repartiendo de un lado a otro miradas burlonas
a los discípulos que seguían sollozando. Desde el principio, la frialdad de aquel
comportamiento había desconcertado al bueno de Kyorai, que volvía ahora a revivir
sus inquietudes. Kikaku, por su parte, mostraba cierta expresión socarrona,
claramente exasperado ante la manía que tenía Shiko de mirar a los demás por
encima del hombro.

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Tras Shiko llegó el turno de Izenbo. Cuando se acercó al lecho, arrastrando por el
tatami los faldones de su hábito negro, Basho ya estaba a punto de cruzar el umbral al
otro mundo. Su rostro, más que antes, había perdido el color y entre sus labios
húmedos cesaba de correr el hálito por momentos, como si se olvidara de respirar.
Entonces, como si de súbito volviera a acordarse, su garganta vibraba de un
sobresalto y dejaba pasar de nuevo el aire, que salía ya sin fuerza. En dos o tres
ocasiones pudo oírse en el fondo de su garganta el carraspeo de la flema. Su
respiración se iba volviendo más y más débil. Cuando Izenbo acercaba las plumas del
pincel a los labios del moribundo, lo asaltó de repente un temor que poco tenía que
ver con la tristeza de aquel adiós. Se trataba del temor infundado de que sería
probablemente él el siguiente en morir tras el maestro. Pero por muy infundado que
fuera, una vez que aquel temor se había apoderado de él, no había manera de
oponerle resistencia. Izenbo era de esa clase de personas que se estremecen de
manera enfermiza con solo escuchar la palabra muerte. Antaño había pensado en su
propia muerte más de una vez, incluso cuando estaba de gira por el país para
participar en los salones de haikai, y siempre que lo hacía experimentaba un horror
lúgubre que le provocaba sudores por todo el cuerpo. En ese sentido, si llegaban hasta
sus oídos noticias sobre la muerte de terceros, se sentía aliviado por no tratarse de sí
mismo. Aunque al mismo tiempo eso le hacía pensar en la posibilidad de su propia
muerte, algo que lo sumía, por el contrario, en una completa desazón. Basho no era
una excepción a la regla. Al principio, cuando su defunción no era todavía inminente
—todos los discípulos se reunían alrededor del enfermo a la hora en que el sol de un
día claro de invierno apuntaba sus rayos sobre el papel de las puertas correderas y
componían poemas para consolar al maestro bajo el aroma fresco de los narcisos
recogidos por Sonojo—, esos estados de ánimo habían alternado en su corazón como
la sombra y la luz, dependiendo del instante. Pero al irse acercando la muerte de
Basho —desde aquella primera llovizna de finales de otoño durante la cual fue testigo
de como el maestro no era capaz de comerse una de esas manzanas que le gustaban
tanto y Mokusetsu ladeó la cabeza en un gesto de preocupación—, se sintió abordado
por esa inquietud que lo llevó finalmente a temer por su propio fallecimiento: un
peligro que se extendía como una sombra helada por su corazón. Por eso, durante el
tiempo que permaneció sentado junto a la cabecera de su maestro para humedecerle
los labios con el pincel, asustado ante la posibilidad de un mal augurio, no fue capaz
de mirar directamente al rostro del moribundo. Sí es cierto que llegó a intentarlo en
una ocasión, pero justo en ese momento un ronquido flemático que borboteó desde el
fondo de la garganta de Basho lo descorazonó. «Después del maestro probablemente
seré yo el próximo en morir»… Con estas palabras resonándole sin cesar en el fondo
del oído como si se tratase de una premonición, Izenbo regresó a su lugar y se quedó
paralizado. Con cara de pocos amigos, más amarga si cabe de lo que ya era, trató de
evitar el rostro de los otros y dirigió la mirada hacia el techo.

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Después de Otokuni, Masahide, Shido y Mokusetsu, fueron pasando el resto de
discípulos uno a uno para humedecer los labios del maestro. Pero la respiración de
Basho era ya muy débil y se estaba volviendo cada vez menos frecuente. Su garganta
había dejado de moverse. Su rostro, ligeramente marcado por la viruela, parecía estar
hecho de cera y su mirada, con las pupilas desprovistas de brillo, se perdía en algún
lugar distante del espacio. Sobre su mentón crecía una barba plateada… Todo su
cuerpo rígido, congelado, ya estaría soñando con la Tierra Pura a la que pronto se
encaminaría. Fue entonces cuando Joso, ese devoto del zen, sentado detrás de Kyorai
en silencio con la cabeza gacha, sintió que una tristeza y un sosiego infinitos afluían
lentamente en su corazón a medida que la respiración de Basho se debilitaba. La
tristeza no necesitaba explicación. Pero aquel sosiego contenía una extraña jovialidad
semejante a las luces frías del amanecer que se iban imponiendo progresivamente
sobre las tinieblas. Por momentos aquella calma fue extinguiendo todas las
distracciones vanas hasta convertir las lágrimas en una pena cristalina que no infligía
dolor alguno al corazón. Joso imaginó que el alma del maestro habría trascendido ya
la dualidad ficticia de la vida y la muerte y estaría ahora de regreso a la Tierra Pura
del Eterno Nirvana. Pero, no, se estaba mintiendo a sí mismo…, debía confesarlo. En
ese caso… ¡Ay! ¿Qué necio podría seguir dándole vueltas y más vueltas a un asunto
tratando en vano de engañarse a sí mismo? El sosiego que sentía Joso no era otra cosa
sino el gozo de sentirse al fin liberado de la personalidad abrumadora de Basho, cuya
fortaleza innata había subyugado durante largo tiempo, hasta la desesperación, a su
espíritu deseoso de libertad. En mitad de ese éxtasis de gozo y tristeza, mientras
desgranaba las cuentas de su rosario de tilo, los discípulos que sollozaban a su
alrededor fueron desapareciendo del campo de su visión y, con una sonrisa
asomándose en la comisura de sus labios, rindió respetuosamente el último adiós al
moribundo.
Fue así como Basho-an Matsuo Tosei, el gran maestro del haikai sin parangón en
todas las épocas, rodeado por la «infinita aflicción» de sus discípulos, alcanzó
súbitamente el destino de su último viaje.

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EL BONZO SHUNKAN[117]

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En palabras de Shunkan (…) la divinidad no está en otra parte. La divinidad existe en lo más profundo de nosotros
mismos. (…) Uno debe aspirar a desprenderse algún día de todas sus aflicciones por medio de una dedicación
absoluta a la práctica budista.
Cuanto más lo pienso, más lo deseo: «Incluso al amigo que no se preocupa por mí quisiera mostrarle mi choza
de matojos junto a las rocas del mar».

Auge y decadencia de los clanes Taira y Genji[118]

¿La historia del amo Shunkan? Está claro que la historia del bonzo Shunkan se ha
difundido entre la gente de forma errónea. Y no solo su historia. También de mí,
Ariou, se han dicho algunos disparates. No hace mucho escuché el relato de un monje
tañedor de biwa[119] según el cual Shunkan, enloquecido por la desesperación,
terminó dándose de cabezazos contra una roca hasta caer muerto y que yo me arrojé
desde lo alto de un precipicio cargando a hombros su cadáver. Según otro monje
recitador, Shunkan tomó por esposa a una mujer de aquella isla. Tras una actividad
conyugal harto fructífera, tuvieron gran cantidad de hijos, por lo que Shunkan parecía
gozar de la vida mucho más que cuando residía en la capital[120]. Esta versión es algo
más creíble que la otra, pero no deja de ser una falacia. Estando yo vivito y coleando,
imagino que ves lo capcioso de la primera historia, pero la segunda no se queda corta
en cuanto a embustes descabellados.
Todos los recitadores de biwa sin excepción mienten y se jactan de sus propias
mentiras. Con todo, hay que reconocer que son muy buenos para inventar historias.
Cuando escuché el episodio en que el amo Shunkan se divertía entre chanzas con una
pandilla de niños, en aquella cabaña con techumbre de paja, no pude contener la risa.
Y al escuchar el relato de su muerte tras volverse loco, una noche de luna alta
proyectada sobre el vaivén susurrante de las olas, rompí a llorar. A pesar de no ser
más que embustes, las mentiras narradas por esos monjes recitadores se transmitirán
probablemente de generación en generación como el insecto atrapado en el ámbar.
Pero sí, entiendo perfectamente lo que me dices. Si yo no expongo ahora lo ocurrido
tal y como sucedió, es posible que en algún momento todas esas mentiras pasen a
sustituir la verdad de los hechos. Así pues, aprovechando que las noches de otoño son
largas, te explicaré la historia de cuando fui a visitar al bonzo Shunkan a la remota
isla del Diablo. Eso sí, ya te aviso que yo no puedo ser tan elocuente como los
tañedores de biwa. El único valor de mi relato reside en que todo lo que voy a

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contarte es la pura verdad, sin ornamentos, tal y como la presencié con mis propios
ojos. Pasemos entonces a ello y discúlpame si en algún momento el relato te suena
tedioso.

Llegué a la isla del Diablo a finales de mayo del tercer año de la Era Jisho [1179], a
primera hora de la tarde de un día nublado. Pero como bien explica uno de los
recitadores, no di con el amo Shunkan hasta el anochecer. Fue en una playa
completamente desierta; una triste playa donde no se veía más que un vaivén de olas
cenicientas cayendo sobre la arena.
El aspecto que entonces tenía Shunkan… Bueno, lo que se ha difundido entre la
gente es que «si bien parecía un niño, su cara arrugada lo desmentía. Si uno esperaba
encontrarse a un monje, se topaba con una melena larga llena de canas. No se quitaba
de encima ni el polvo ni las algas marinas, que llevaba enganchadas por todo el
cuerpo. Tenía el cuello chupado y la barriga muy hinchada, raquítico de brazos y
piernas, la piel negra. Aunque fuera una persona, no parecía un ser humano».
También eso, en gran medida, es una invención. En particular lo del cuello chupado y
la tripa hinchada, que parece inspirado en la figura de los condenados de una pintura
del infierno. Es como si se hubieran tomado al pie de la letra el calificativo de la isla
del Diablo. Sí que es cierto que el amo Shunkan llevaba el pelo largo y su piel estaba
quemada por el sol. Por lo demás, su aspecto no había variado desde antaño. Bueno,
sí que había cambiado. Se lo veía mucho más robusto y más lozano que antes. Me lo
encontré a solas caminando por la orilla. Una suave brisa ondulaba los faldones de su
ropaje. En la mano llevaba una rama de bambú con un pescado atravesado en la
punta.
—¡Su Reverencia! ¡Qué alegría saber que estáis bien! ¡Soy yo, Ariou! —grité
desbordado de felicidad mientras echaba a correr hacia él.
—¡Oh, Ariou!
Se sorprendió al verme y me miró a la cara fijamente para asegurarse de que era
yo. Pero yo ya estaba en el suelo abrazando las rodillas de mi patrón y desbordado
por lágrimas de alegría.
—¡Qué bien que has venido! Estaba casi convencido de que no volvería a verte
nunca más. —Pareció por un instante que el amo Shunkan iba a romper a llorar, pero
en seguida me abrazó para levantarme del suelo—. No llores, no llores.
Agradezcámosle a Buda su misericordia por habernos reunido hoy aquí, aunque que
sea por última vez —trató de consolarme como a un hijo.
—Sí, sí, no voy a llorar más… Maestro, ¿está vuestra casa por aquí cerca?
—¿Mi casa? Mi casa está a la sombra de aquella montana. —Shunkan señaló con
el pescado las rocas en un extremo de la playa—. Aunque no es más que una cabaña

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de cañas con techumbre de ciprés.
—Ya lo imaginaba. Al fin y al cabo, como estáis en una isla remota… —Se me
atragantaron las palabras entre sollozos. Entonces él me sonrió con la dulzura de
antaño.
—La verdad es que es bastante confortable. No te faltará espacio para dormir.
Regresemos y tú mismo lo verás. —Me guio hasta la cabaña sin ceremonias.
Caminamos con la única compañía del rumor de las olas, hasta que al cabo de un
rato entramos en una triste aldea de pescadores. A un lado y otro de un camino
blancuzco se inclinaban las ramas de los ficus, cuyas hojas gruesas producían un
ligero resplandor. Esparcidos entre sus copas asomaban los techos de bambú de
algunas construcciones; las casas de los isleños. En el interior se percibía de vez en
cuando un trajín de personas, algo raro en estos parajes, y un resplandor rojizo en el
fuego del hogar que despertó en mí la nostalgia de mi pueblo, al que tuve la sensación
de haber regresado.
El amo Shunkan, de tanto en tanto, volvía a uno u otro lado la cabeza para
explicarme que aquellas eran las viviendas de los habitantes de las islas Ryukyu, o
bien me señalaba un vallado y me comentaba que allí había una piara de cerdos. Pero
a mí, lo que más me llamó la atención fue que aquellas gentes, que ni siquiera se
cubrían con una gorra o un bonete, inclinaban sin excepción la cabeza al paso del
bonzo. Me sorprendió ver incluso a una chiquilla a las puertas de su casa que dejó de
perseguir una gallina para detenerse y hacer una reverencia. Comprobar que Shunkan
era tan respetado en la isla me causó un gran contento, aunque al mismo tiempo lo
encontré algo extraño, así que interrogué a mi patrón sobre las razones.
—Por lo que contaban los señores Fujiwara no Naritsune y Taira no Yasuyori[121]
creía que los nativos de esta isla eran despiadados como diablos.
—Ya veo. No me cabe duda de que eso es lo que piensa la gente de Kioto. Pero
nosotros, aunque hayamos sido desterrados, seguimos siendo para ellos habitantes de
la capital. Por eso, cuando nos ven pasar, inclinan la cabeza en un gesto de respeto,
como han hecho siempre los vasallos aun en las tierras más alejadas. ¿Acaso no es así
para todos? Los poetas cortesanos Ariwara no Narihira y Fujiwara no Sanekata[122],
cuando fueron como yo deportados a las tierras distantes del este y del norte,
respectivamente, estoy seguro de que disfrutaron el viaje más de lo que se cree.
—Sin embargo, se dice que Sanekata añoraba tanto la capital que tras su muerte
reapareció en las cocinas de palacio reencarnado en gorrión.
—Quienes propagan esos chismes son también, como tú, habitantes de la capital.
Esos mismos ciudadanos que al oír el nombre de la isla del Diablo no pueden evitar
pensar que los isleños son demonios. Algo que no tiene ningún fundamento.
Justo cuando decía esto, una mujer le dirigió un saludo desde la sombra de un
ficus. Llevaba un bebé en brazos. A la luz del crepúsculo su hitoe[123] colorado
destacaba sobre el follaje. El maestro le devolvió el saludo con una suave inclinación
de cabeza.

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—Aquella es la mujer del general —me comentó en voz baja. Yo me quedé
perplejo.
—¿La mujer? ¿Queréis decir que Naritsune tomó por esposa a esa mujer?
Shunkan esbozó una ligera sonrisa y asintió con la cabeza.
—El niño que llevaba en brazos es la semilla del general.
—Vaya, ahora que lo decís, el rostro de la mujer era hermoso, de una belleza que
no es fácil de ver por estas tierras.
—¿Tú crees? Así que su rostro era hermoso… Pero explícame, ¿cómo es un
rostro hermoso?
—Pues… Ojos delgados, mejillas carnosas, nariz pequeña; una cara de rasgos
suaves, en mi opinión.
—Eso no es más que cuestión de gustos. En esta isla se tiene más estima por los
rostros con las facciones bien definidas: ojos grandes, mejillas enjutas y la nariz más
pronunciada que el orgullo. Así que en esta isla no creo que nadie opine que aquella
sea una mujer hermosa.
Yo no pude contener la risa.
—Vaya, entonces habrá que lamentar que los nativos de esta isla no conozcan la
belleza, ¿verdad? Si les mostráramos a las damas de la corte, seguro que pensarían
que son todas feas.
—En eso te equivocas. No es que los isleños no sepan apreciar la belleza. Lo que
pasa es que tienen gustos diferentes. Por otra parte, tampoco está garantizado que los
gustos sean invariables a lo largo del tiempo. Prueba de ello son las diferentes figuras
de Buda que se veneran en los templos. El Supremo Hacedor de los Tres Mundos y
de los Seis Reinos de la Existencia[124]; el Vencedor de las Diez Direcciones[125]; el
Ser de la Luz Eterna; Aquel que ha superado las tres prácticas de la virtud, la mente y
la sabiduría; el Guía espiritual de todas las especies extraviadas; Sakyamuni
Nyorai[126], el que ha alcanzado la verdad, dios de la misericordia infinita. La figura
del Buda de las Treinta y dos Propiedades Visibles y Ochenta Imperceptibles[127] ha
ido variando a lo largo de las épocas. No es de extrañar, entonces, que si el propio
Buda ha ido cambiando, también lo haya hecho la idea de belleza. Es probable que de
aquí a quinientos o mil años los gustos de la capital hayan cambiado hasta tal punto
que no solo se prefieran las facciones de estas isleñas, sino más aún los rostros
espantosos de las mujeres que habitan más allá de las fronteras al norte y al sur de la
civilización china.
—Tampoco exageréis, maestro. El gusto de nuestro país seguirá siendo el gusto
de nuestro país, por mucho que el tiempo pase.
—Ese gusto de nuestro país también es mudable en función del tiempo y de las
circunstancias. Por ejemplo, los rostros a la moda de las damas de la corte son un
vivo retrato de los budas chinos de la dinastía Tang. Ese gusto de la capital, ¿no es
acaso una prueba de nuestro apego a la cultura china? Así, en las eras de emperadores

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posteriores no podemos estar seguros de que no vayan los hombres a volverse locos
por mujeres extranjeras de ojos azules.
Yo sonreí con naturalidad, recordando que años atrás el amo solía aleccionarnos
del mismo modo. No solo no había cambiado de aspecto, sino que también su
corazón seguía siendo el mismo. Por un momento tuve la sensación de que llegaba a
mis oídos desde la capital el sonido de una campana. Entonces, el amo, dirigiendo sus
pasos hasta la sombra de un ficus, me dijo:
—Ariou, ¿sabes lo que me hace más feliz de haber venido a esta isla? Que puedo
vivir mi rutina sin que la pesada de mi mujer se pase el día regañándome por
cualquier cosa.

Aquella noche, a la luz de un candelero, compartí la cena con mi patrón. En una


situación normal no hubiera osado comer en la misma mesa, pero al insistir mi amo y
teniendo por entonces a su servicio a un muchacho con el labio leporino que le hacía
de criado, acepté la invitación.
La habitación estaba dispuesta como una choza de ermitaño, rodeada por un
sencillo corredor exterior de bambú cerrado con persianas. Al otro lado había un
bosquecillo de bambú y arbustos, pero la luz del aceite de camelia que ardía en el
candelero no alcanzaba a iluminarlo. En el interior de la estancia, además de algunas
cajas de mimbre, había un escritorio y un estante. Las cajas se las había traído el amo
Shunkan desde la capital, pero el escritorio y el estante, algo rudimentarios, los
habían fabricado los nativos de la isla con madera roja de bischofia, un árbol común
en las islas Ryukyu. Sobre el estante, junto a algunos sutras[128], una estatuilla
sagrada del Buda Amida Nyorai emitía un resplandor dorado. Si no recuerdo mal, se
la regaló el señor Taira no Yasuyori cuando este regresó a la capital.
El amo Shunkan, sentado cómodamente sobre una esterilla redonda, disfrutaba de
su cena. Aunque naturalmente en aquella isla el vinagre de arroz y la soja no podían
ser tan refinados como en Kioto. Para comer había sopa, pescado en vinagre, pescado
cocido con salsa de soja y fruta. Era un menú poco usual de cuyos platos no había ni
uno que conociera el nombre. El patrón, al ver que me quedaba embobado mirando la
comida sin echar mano de los palillos, se puso a reír de muy buen humor.
—Prueba esa sopa, a ver qué te parece. Es una delicia típica de estas tierras hecha
con hojas del árbol del destino. Prueba también este pescado. Es una serpiente marina
de la región. Y aquello es una especie de garza… Sí, sí, el plato ese de carne asada.
En la capital no vi nunca esa ave. El plumaje del lomo lo tiene azulado y el del
vientre blanco. De forma se parece mucho a una cigüeña. Los isleños aseguran que
comer su carne va muy bien para soportar la humedad. Y esas batatas de ahí, a pesar
de su aspecto, son muy ricas… ¿Que cómo se llaman? Pues batatas de Ryukyu, claro.

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Todos los días Kajiou come batatas en vez de arroz. —Kajiou era el nombre del
muchacho con el labio leporino—. No te cohíbas con los palillos. Tienes que probarlo
todo. Es un error común entre los iniciados pensar que comiendo solo gachas se
puede alcanzar la iluminación. Incluso el venerable Buda, antes de iniciar su camino
hacia la iluminación, aceptó las gachas de arroz con leche perfumada que le ofreció
Nandabala, la hija de un pastor[129]. Si se hubiera sentado bajo la higuera con el
estómago vacío, Tenma[130], el supremo demonio que gobierna el sexto y último cielo
en el reino del deseo, al tratar de impedirle el paso hacia el reino inmaterial, en vez de
enviarle a sus tres hijas embrujadas para seducirlo, bien que hubiera hecho llover los
manjares más exquisitos de la India: el rey de los elefantes con sus seis colmillos
macerado en pasta de miso, o bien los ocho tipos de deidades protectoras del
dharma[131] maceradas en sake. Es habitual entre nosotros, la gente común, caer en la
lascivia una vez satisfechas las necesidades del estómago, por eso es digno de
admiración el talento de Tenma al tratar de seducir a Buda con hechiceras. Pero, para
su desgracia, Tenma olvidó que fue también una mujer la que le ofreció a Buda las
gachas con leche. Una muchacha, Nandabala, le ofreció con veneración las gachas
con leche que facilitaron el acceso de Buda al camino de la iluminación, con mucha
más eficacia que seis años de penalidades en las montañas nevadas. Entre los
volúmenes del Buddhacarita que relatan la historia de Buda, no hay muchos
episodios tan reconfortantes como este. «Aceptando las gachas de arroz con leche,
comió y bebió a placer hasta recuperar todas sus fuerzas». ¿Y qué tal este otro pasaje?
«Cuando terminó de comerse las gachas, se puso en pie y se encaminó con paso firme
y ligero rumbo a la higuera». A ojos de aquella mujer, la figura solemne y a la vez
delicada de Buda, tras beberse la leche y dirigirse «con paso firme y ligero rumbo a la
higuera»[132], ¿no era acaso objeto inevitable de veneración?
Shunkan se divertía mientras degustaba la cena. Al terminar de comer, se levantó
y desplazó la esterilla cerca del corredor, donde se estaba más fresco.
—Bueno, ahora que hemos apaciguado el estómago, escuchemos las noticias de
la capital —me exhortó a que hablara.
Yo agaché la cabeza. Ya me había hecho a la idea de que llegaría la hora de darle
las noticias, pero justo cuando llegó el momento, me sentí incapaz. El amo Shunkan
insistió mientras se aireaba despreocupadamente con un abanico hecho con hojas de
banano.
—Bueno, ¿qué me cuentas? ¿Sigue mi mujer quejándose como de costumbre?
Yo, permaneciendo todo el tiempo cabizbajo, le expliqué algunas de las
desgracias que habían ocurrido en su ausencia. Después de que el patrón fuera
arrestado, todos los sirvientes huyeron. Su casa en el barrio de Kyogoku y la mansión
de la calle Shishi-ga-take fueron requisadas por los samuráis del clan Taira. Su esposa
había fallecido durante el último invierno, muerte a la que siguió la de su hijo a causa
de una infección de viruela. Del núcleo familiar solo había sobrevivido la hija, que se
había ido a vivir a Nara, a la casa de su tía, lejos de las miradas ajenas… A medida

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que se lo iba contando, la luz del candelero empezó a ensombrecerse. Las persianas
de la choza, la estatuilla de Buda sobre el estante… Todo se volvió borroso. A mitad
de mi relato, mis ojos ya estaban completamente empañados por las lágrimas. El amo
Shunkan escuchaba en silencio, sin inmutarse. Pero al oír hablar de su hija, se arrimó
hacia mí con cara de preocupación.
—¿Qué tal se lleva mi hija con su tía?
—Bien, parece que las dos se llevan bastante bien.
Entre sollozos le entregué al amo Shunkan una carta de su hija. Cuando partí
hacia la isla, para evitar los estrictos controles en los puertos de Moji y Akamagasaki,
me escondí la carta en el moño. Mi patrón desenrolló enseguida el papel y lo acercó a
la luz del candelero para leerlo en voz baja.
—«No puedo dejar de lamentarme por lo sucedido y me siento completamente
abatida. Vivo el día a día con tristeza y congoja… Padre, qué injusticia, ¿por qué solo
a vos os han obligado a quedaros en aquella isla remota si fuisteis desterrados los tres
juntos?… En la capital ya no tengo a nadie… Ahora vivo con la tía en Nara… No me
falta de nada, pero imaginad lo que es llevar una vida tratando de ocultarse de las
miradas ajenas, sin relacionarse con nadie… Lo que me da más rabia es que ni
siquiera puedo saber si vos estáis bien después de tres años… Volved lo más pronto
posible. ¡Ay, os extraño padre, os echo mucho de menos! ¡Ay, padre, cuánto me
gustaría veros de nuevo! Cuidaos mucho. Afectuosamente vuestra».[133]
Shunkan dejó en el suelo la carta, se cruzó de brazos y suspiró profundamente.
—Mi hija ya debe de tener veinte años… No siento apego alguno por la capital,
pero a mi hija sí que me gustaría volver a verla.
Sintiendo su pena de todo corazón, yo no hacía más que enjugarme las lágrimas.
—No llores porque no pueda verla, Ariou. Bueno, si te apetece llorar, llora, por
qué no. De todas formas, suceden tantas desgracias en este mundo vil que si
tuviéramos que llorar por cada una de ellas, no terminaríamos nunca.
El amo Shunkan se echó un poco hacia atrás para apoyar la espalda en uno de los
pilares de madera azabache de la choza y sonrió con tristeza.
—Mi mujer ha muerto. Mi hijo ha muerto. A mi hija es posible que no vuelva a
verla nunca. La casa y la mansión ya no me pertenecen. A solas en esta isla remota,
no me queda más que esperar mis últimos días. Esa es mi situación actual. Cosa que
no significa que sea yo el único que pase por tales penalidades. Pensar que es solo mi
existencia la que se hunde en el gran océano de los sufrimientos mundanos supondría
una soberbia impropia de un seguidor de Buda. Como señala el Buddhacarita: «Un
exceso de soberbia no es bueno ni siquiera para los laicos», así que un espíritu que se
queje demasiado, que incluso parezca jactarse de estar pasando por grandes
tribulaciones, no puede ser más que un obstáculo para el karma. Si se evita esa mala
tendencia del espíritu, posiblemente nos daremos cuenta de que ya solo dentro de los
límites de nuestro país hay más personas que granos de arena a las orillas del Ganges
sufriendo lo mismo o más que uno. Más aun, cualquiera que haya nacido en el mundo

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de los humanos, aunque no haya sido arrojado a esta isla, se lamentará como yo de su
soledad. Únicamente yo, Shunkan, soy el séptimo hijo del emperador Murakami, la
sexta generación del príncipe Nakatsukasa, el hijo del bonzo superior Kanga del
templo Ninna, el nieto del señor Masatoshi de Minamoto, consejero de Estado… Pero
arrojados bajo los cielos existen mil Shunkan, un millón de Shunkan, diez mil
millones de Shunkan. —Los ojos del maestro recuperaron su chispa y su jovialidad
—. La gente, al ver a un ciego que anda perdido en la encrucijada de dos grandes
avenidas de Kioto, es posible que sienta lástima por él. Pero si vieran a una multitud
infinita de ciegos abarrotando el interior y el exterior de la amplia capital… Ariou,
¿tú qué harías? Yo, de buenas a primeras, me echaría a reír. Lo mismo con mi
destierro en esta isla. Solo de imaginar a todos los Shunkan esparcidos por las diez
direcciones llorando y lamentándose de que uno solo haya sido deportado a esta isla,
a mí ya me entran ganas de reír. Ariou, sobre la base del conocimiento relativo a los
tres mundos[134], lo primero que tienes que aprender es a reírte. Y para reírse, lo
primero que hay que hacer es desprenderse de todo exceso de soberbia. El mayor
éxito del venerable Buda es haber venido para enseñarnos a nosotros, simples
mortales, a reír. ¿Acaso no se rio Makakasho[135] durante la muerte de su maestro?
En algún momento mis mejillas dejaron de estar humedecidas por las lágrimas. El
amo Shunkan se acercó a las persianas y observó el cielo estrellado.
—Ariou, cuando regreses a la capital, dile a mi hija que no se lamente más y que
aprenda a reírse. Yo ya no voy a volver —dijo como quien no quiere la cosa.
De mis ojos volvieron a brotar las lágrimas. Esta vez eran lágrimas de rabia hacia
sus palabras.
—Mi intención al venir a esta isla remota es quedarme junto a vos y serviros de
ayudante, igual que cuando estábamos en la capital. Para eso he dejado atrás a mi
anciana madre, y ni siquiera a mis hermanos les he revelado los detalles de mi viaje.
Pero ¿acaso creéis vos que mi vida no es digna de sacrificio y por eso me mandáis de
vuelta? ¿Acaso creéis que no soy más que un bruto desagradecido incapaz de
corresponderos por los favores recibidos en el pasado? ¿Acaso creéis que soy tan…?
—Lo que no creía es que fueras tan necio —volvió a reírse el maestro como antes
—. Si tú te quedaras en esta isla, ¿qué otra persona podría encargarse de llevarle a mi
hija noticias mías? A mí, aunque esté solo, no me falta de nada. Además, tengo a
Kajiou, el muchacho… Espera un momento, ¿no será que tienes celos de él? ¡Pero si
no es más que un pobre huérfano al que apenas se le puede confiar nada! Un pequeño
Shunkan desterrado en esta isla. Lo que tú tienes que hacer es subirte al primer barco
que zarpe para la capital. A cambio, yo te cuento esta noche mis vivencias en esta isla
y luego tú se las explicas a mi hija como regalo de viaje. ¿Ya estás llorando otra vez?
Bueno, pues entonces escucha mi historia mientras lloras. Yo voy a seguir hablando a
mi antojo mientras me río solo.
El amo Shunkan, ventilándose con el abanico de banano, inició el relato de su
estancia en la isla. En la persiana que colgaba del alero de la choza, se oyó el sonido

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apenas perceptible de un insecto que trepaba, probablemente atraído por la luz. Yo,
con la cabeza gacha, escuché con atención a mi patrón.

—Fui deportado a esta isla a principios de julio del primer año de la Era Jisho [1177],
a pesar de no haberme reunido nunca con el señor Fujiwara no Narichika[136] para
conspirar contra el Gobierno. Tras ser recluido un tiempo en la mansión que Taira no
Kiyomori[137] poseía en la zona de Nishihachi, se me desterró a esta isla. Al principio
estaba tan disgustado que perdí el apetito por completo.
—Sin embargo, por los rumores que se escuchan en Kioto… —interrumpí su
relato—. Se decía que el bonzo Shunkan era uno de los cabecillas de la conspiración.
—De eso no hay duda, porque el propio Narichika parecía contarme a mí entre
sus cómplices. Sin embargo, yo no fui uno de los confabuladores. Yo no sabía
siquiera cuál podía ser mejor gobierno, si el de Taira no Kiyomori o el de Fujiwara no
Narichika. Hasta pensaba más bien que el señor Narichika no servía para gobernar el
país y que lo único que tenía eran celos de Kiyomori. Yo solo comenté que daba lo
mismo si había o no había un gobierno del clan Taira. Minamoto, Taira, Fujiwara,
Tachibana… Al final no importa cuál sea el clan que gobierne. No hay más que tomar
el ejemplo de los nativos de esta isla. Esté el clan Minamoto en el poder o esté el clan
Taira, ellos siguen comiendo sus batatas y siguen trayendo niños al mundo. Los
funcionarios del Gobierno creen que sin ellos el país se va a pique, pero eso no es
más que una muestra de su engreimiento.
—Pero si se estableciera un gobierno del bonzo Shunkan no habría deficiencias,
¿verdad? —Como si mi sonrisa se hubiera filtrado por sus ojos, el maestro Shunkan
sonrió levemente.
—Igual que le sucedería al gobierno de Fujiwara no Narichika, el gobierno de un
servidor sería mucho más nefasto que el gobierno de Taira. Básicamente porque yo,
Shunkan, soy mucho más sabio que Taira. Si uno es demasiado sabio, no hay manera
de centrarse en la política. En cambio, sin discernir lo correcto de lo incorrecto, se
pueden perseguir sueños imposibles… Ahí reside el punto fuerte de Taira no
Kiyomori. Por mucho que Shigemori, el hijo heredero, sea más listo que Kiyomori, si
un día toma las riendas del país no le llegará a su padre ni a los talones. Además,
parece que Shigemori enferma con frecuencia, así que lo mejor para el clan Taira
sería que muriera lo antes posible. Otra razón por la que yo sería pésimo como
gobernador es porque a mí me pierden los vicios de la gula y la lascivia. En eso
Kiyomori se parece a mí. Y un país gobernado por tales hombres vulgares no hace
ningún bien a la humanidad. Al final, la única forma de que el mundo de los seres
humanos se purifique pasa por que Buda nos gobierne… Así pienso yo y así pensaba

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cuando estaba en Kioto, por lo que no tenía el menor interés en confabular contra el
Gobierno.
—Sin embargo, ¿no iba usted por aquel entonces casi todas las noches a casa de
Fujiwara no Narichika? —Miré al amo Shunkan directamente a la cara como para
reprocharle su descuido. No parecía darse cuenta de lo preocupada que llegó a estar
su esposa durante aquella época, en la que fueron pocas las noches que regresó a la
casa de Kyogoku. Pero el patrón seguía abanicándose impasible.
—Eso es lo deplorable de los hombres vulgares. Justo en aquella época, en la casa
de Narichika, había una moza llamada Tsuru-no-mae. Era la mismísima
reencarnación del diablo Tenma. Una vez que caí en sus redes ya no pude separarme.
Ella fue el principio de todas las desdichas que empezaron a lloverme del cielo: el
bofetón que me llevé de mi mujer; el hecho de que alquilara la mansión en Shishi-ga-
tani, donde se forjó la conspiración; mi deportación a esta isla… Pero alégrate, Ariou.
Aunque me entregué completamente a Tsuru-no-mae, nunca participé en la
confabulación. Tampoco es extraño encontrar ejemplos de santos de todos los
tiempos que se hayan enamorado de una mujer. Ananda, discípulo de Buda, fue
hechizado por la joven Matanga. El filósofo indio Nagarjuna[138], antes de hacerse
bonzo, se sirvió de magia negra para hacerse invisible, penetrar en palacio y raptar a
una hermosa dama del harén. Sin embargo, no tengo noticia de ningún santo en toda
la India, China o Japón que haya participado en una conspiración rebelde. Y es que
enamorarse de una muchacha no es más que dejarse llevar por los cinco sentidos. En
cambio, para organizar una rebelión, es necesario dejarse llevar por los tres venenos
del budismo: la ignorancia, la codicia y la ira. Los santos, por mucho que descuiden
sus sentidos, nunca son perjudicados por los tres venenos. Bien mirado, es posible
que la luz de mi entendimiento haya sido velada por los cinco apetitos de mis
sentidos, pero eso no quiere decir que la luz se haya extinguido… Sea como fuere, lo
cierto es que los primeros días de mi destierro en esta isla fueron insoportables.
—No me cabe duda de que debió de padecer usted mucho la escasez de alimentos
e incluso de ropa.
—No, no, cada primavera y cada otoño le enviaban al general Naritsune víveres y
ropa desde el feudo de Kase, en la provincia de Hizen. El feudo de Kase forma parte
del territorio de Taira no Norimori[139], suegro del general Naritsune y hermanastro
de Taira no Kiyomori por parte de madre. Además, después de un año, yo ya me
había habituado a las costumbres de los lugareños. Lo que hizo mis días insoportables
fue la compañía con la que me desterraron. El general Naritsune, señor de Tanba,
cuando no estaba melancólico estaba amodorrado.
—El general Naritsune es todavía joven, así que es normal que, afectado por la
ejecución de su padre Narichika, se lamentara del destino del país.
—¡Qué va! Si el general es como yo. Tanto le da lo que suceda en el Gobierno.
Le basta con componer poemas de amor para las damas, contemplar las flores de los

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cerezos y tañer un poco la biwa para sentirse como en el paraíso. Además, cada vez
que hablaba conmigo, mostraba resentimiento hacia su padre rebelde.
—Al menos he oído que se llevaba usted bien con el señor Yasuyori.
—¡Uy, Yasuyori es una persona intratable! El tipo estaba convencido de que solo
por invocar a los dioses del cielo, de la tierra y al mismo Buda, estos ya le iban a
conceder todos los beneficios que a él se le antojaran. Es decir, que para Yasuyori, los
dioses y Buda no eran distintos de los comerciantes. Pero la protección de los dioses
no se compra con dinero como si fuera mercancía. Para eso están las plegarias y para
eso se quema el incienso. En la montaña de aquí atrás había un montón de pinos con
muy buen aspecto. Pues bien, el señor Yasuyori los taló uno por uno para convertirlos
en tablillas de ofrenda a los dioses. Cuando llegó a mil, escribió una oración en cada
una de ellas y las arrojó al mar. No había visto nunca a un tipo tan frívolo como
Yasuyori.
—De todas formas no es algo tan disparatado. Se cuenta en la capital que una de
las tablillas llegó hasta el santuario de Kumano y otra hasta el santuario de
Itsukushima.
—De mil que arrojó, no es raro que al menos una o dos llegaran a las costas de
Japón. La cuestión es que si uno cree en el favor divino, con arrojar una sola tablilla
ya es más que suficiente. Además, antes de arrojar las tablillas al mar con aires de
humildad, Yasuyori ya había calculado la dirección del viento. Yo presencié cómo las
iba tirando mientras de rodillas, con la cabeza en el suelo, invocaba fervientemente a
los dioses de los tres santuarios principales de Kumano: Hongu, Hayatama y Nachi.
Luego echaba otro puñado nombrando el gran santuario Hiyoshi Taisha y todos los
pequeños santuarios subsidiarios que cubrían la ruta de peregrinaje entre Kioto y
Kumano. Cuando se le acabaron, pasó a las deidades protectoras budistas: Banten y
Taishaku en el cielo, Kenro en la tierra[140], y en especial todos los demás seres
celestes y dragones divinos dentro y fuera del océano[141]. Les pidió a todos que
velaran por el destino de las tablillas. Entonces yo le propuse que por qué no le
rezaba de paso al santísimo dios del viento del oeste y al gran dios de la corriente
negra Kuroshio[142], que seguro le llevarían las tablillas en la dirección correcta hasta
encontrar buen puerto.
—¡Qué bromista es usted! —A pesar de seguir triste, me reí al oír aquellos
nombres de dioses tan disparatados que mi amo inventaba.
—Entonces Yasuyori se enfadó conmigo. Pobre hombre. Como no es capaz de
controlar el veneno de su ira, aunque reciba en vida el favor de los dioses, estos
nunca le permitirán el acceso al paraíso una vez muerto… El problema fue que al
cabo de un tiempo, el general, por insistencia de Yasuyori, se volvió también un
devoto de los dioses. Aunque en su caso, Naritsune no veneraba ni a los dioses de
Kumano ni a ningún otro dios ilustre. En el volcán de esta isla hay una capillita
conocida como el Templo de la Roca en donde se reza a un espíritu para que no

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ocurran desastres. Pues ahí se iba de peregrinaje Naritsune… Ahora que digo lo del
volcán, tú todavía no has estado, ¿verdad?
—No, no he visto más que a lo lejos un rincón pelado de montaña, entre los ficus,
del que salía ondeando una fina columna de humo rojo.
—En ese caso, mañana vamos a subir tú y yo hasta la cima para que lo veas.
Desde allí no solo se tiene una vista completa de la isla, sino que además se ve un
panorama magnífico del océano. La capilla de la roca está a mitad de camino del
cráter. Yasuyori también me insistió a mí para que fuera a venerar al espíritu de la
roca, pero yo siempre le daba largas.
—En la capital se dice que el bonzo Shunkan no regresó de la isla precisamente
por no haber ido a presentar sus respetos al espíritu de la roca. —El patrón se puso
serio y negó varias veces con la cabeza.
—Si en el Templo de la Roca hay un espíritu de los desastres, menudo dios de
pacotilla, que intercediendo en favor de aquellos dos para que pudieran regresar a
Kioto, me ha dejado aquí solo. ¿Te acuerdas de la mujer del general? Pues ella subía
al Templo de la Roca cada día y cada noche para pedir que el general no abandonase
la isla. Sin embargo, su deseo no se ha cumplido ni por asomo. Así que el dios del
Templo de la Roca debe de ser un pobre diablo mucho más negligente que Tenma.
Según los preceptos budistas, desde el ascenso de Buda, Tenma no ha dejado de
cometer fechorías para obstaculizar el camino de los devotos. Si en esa capilla, en vez
del dios de la roca estuviera Tenma, el general se habría caído por la borda a mitad de
camino o quizás hubiera enfermado. Lo que está claro es que de un modo u otro
habría perecido. Esa habría sido la única forma de arrastrar a la perdición tanto al
general como a su esposa. Pero el dios de la roca se comporta como un humano: si
bien no termina nunca de hacer el bien, tampoco está todo el tiempo cometiendo
malas acciones. Y ese dios no es el único que peca de humano. Si no, mira por
ejemplo, lo que le pasó a la diosa protectora de los viajeros venerada en Kasajima, en
Natori, al norte del país, que es la hija de Izumoji, el dios protector de los viajeros
que habita los alrededores del oeste del río Kamo en Kioto, al norte de la calle Ichijo.
Cuando su padre ni siquiera le buscaba marido, se prometió con un joven
comerciante de la capital y se fugó con él a las tierras hostiles de la provincia de
Mutsu. ¿Acaso no actuaba igual que los mortales? El comandante y poeta Fujiwara
no Sanekata, exiliado a Mutsu, pasó por delante del santuario de la diosa y no se
dignó a bajar del caballo. Ni siquiera hizo una reverencia, por lo que la diosa pareció
enfurecerse. Sanekata terminó cayendo de su montura y asesinado a coces. Allí
mismo reside todavía su tumba. Esos dioses vengativos que se arriman tanto a lo
humano están tan afectados por las motas de polvo que velan los cinco sentidos[143]
que nadie sabe los disparates que pueden cometer. En la medida en la que no se alejen
de lo humano, no existe la obligación de venerarlos… Pero me he ido por las ramas.
Yasuyori y el general seguían rindiéndole culto al dios de la roca con fervor.
Imaginaban que aquel lugar era Kumano y llamaban a aquella bahía, bahía de

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Wakayama, a aquella pendiente, pendiente de los nabos… Como los niños que juegan
a la caza del ciervo persiguiendo perros pequeños. Eso sí, la cascada que bautizaron
como cascada silenciosa, era mucho más grande que la original.
—No obstante, en la capital corre el rumor de que se obraron milagros.
—Sí, sí, te contaré uno de esos milagros. Un día que estaban los dos ofreciendo
sus plegarias al dios de la roca, sopló el viento en la montaña y arrastró hasta ellos un
par de hojas de camelia. Las dos hojas estaban carcomidas por algún insecto. En una,
las mordeduras tenían la forma de un ganso salvaje, de esos que migran en primavera
hacia el norte. En la otra, formaban el número dos. Si se juntaban las dos hojas, podía
leerse «dos gansos salvajes». Yasuyori estaba tan contento pensando que era un
presagio para volver a la capital, que al día siguiente me vino a enseñar las hojas todo
orgulloso. Sí que es verdad que con un poco de esfuerzo podía leerse el número dos,
pero para ver el ganso, ya había que echarle mucha imaginación. Me pareció tan
ridículo que al día siguiente, de regreso a casa, aprovechó para recoger algunas hojas
de camelia por la montaña. Si los ideogramas que formaban las mordeduras se leían
en línea, los gansos salvajes se quedaban cortos: Myo-nichi-ki-raku («regreso a la
capital mañana»), Kiyo-mori-ou-shi («muerte violenta de Kiyomori»)… Hasta podía
leerse Yasuyori-ou-jou («defunción de Yasuyori»). Yo creía que a Yasuyori le iba a
hacer gracia la broma, pero…
—El señor Yasuyori se debió de poner como una furia…
—Yasuyori es el campeón de la ira. No hay en toda la capital nadie que dance tan
bien como él, pero tampoco nadie tan ducho a la hora de encolerizarse. Sin duda, el
veneno de la ira fue también el motivo que lo empujó a sumarse a la conspiración. Y
el origen de ese veneno se remonta a un exceso de arrogancia. Yasuyori estaba
convencido de que los vasallos de Taira no Kiyomori eran todos unos bribones,
mientras que entre los vasallos al servicio de Fujiwara no Narichika no había más que
buena gente. Ese tipo de presunción no conlleva nada bueno. Como ya he dicho
antes, los hombres vulgares como nosotros somos todos de la misma calaña que
Kiyomori. Así que yo no veo ninguna ventaja ni en los arrebatos de ira de Yasuyori ni
en los suspiros melancólicos de Naritsune.
—Al menos, el señor Naritsune estaría entretenido con su mujer y su hijo.
—Y no obstante, sin perder nunca la lividez del rostro, se pasaba el día
refunfuñando. Por ejemplo, cuando veía los árboles de camelias en el valle, se
quejaba de que en esta isla no había cerezos. Cuando veía el humo saliendo por el
cráter del volcán, decía que en esta isla no había montañas verdes. En vez de hablar
de lo que tenía enfrente, se pasaba el tiempo enumerando lo que no tenía. Una vez
que vino a recoger conmigo flores de ligularia entre las rocas de la montaña, se
lamentó diciendo: «¡Ay, qué desgracia, que por aquí tampoco corre el río Kamo!».
Yo, si no me eché a reír, fue gracias a la intervención de nuestro dios tutelar Hie. Pero
ante tal absurdo no pude reprimir la réplica diciendo que más le valía mostrarse
agradecido, pues suerte teníamos de que allí tampoco estuvieran ni la prisión de

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Fukuhara, fundada por los Taira, ni la propia cabeza rasurada del gobernador
Kiyomori[144].
—Eso debió de molestarle bastante al señor Naritsune, ¿verdad?
—¡Qué va! Ojalá se hubiera enfadado. Lo único que hizo el general fue mirarme
a la cara con tristeza, negar con la cabeza y decirme que yo no me enteraba de nada y
que por eso estaba tan feliz. Frente a esa respuesta, para mí hubiera sido mucho más
cómodo que se enojara. De hecho, aquellos días, yo estaba algo desanimado. Si yo
fuera en realidad alguien que no se enterara de nada, tal y como aseguraba el general,
no habría llegado a tener el ánimo hundido. Pero por desgracia sí que me entero de
las cosas. Hubo incluso una época en la que yo me regocijaba de mis propias
lágrimas, tal y como hacía el general. Si hubiera mirado a través del filtro de aquellas
lágrimas, cuán hermosa me hubiera parecido mi difunta esposa… El general, al ver
que yo me hundía en mis propias reflexiones, se sintió culpable de repente y se
compadeció de mí. Pero por mucho que se compadeciera, lo que era ridículo era
ridículo, así que me eché a reír; si bien tengo que decir que mis palabras fueron serias
en un intento por reconfortarlo. Aquella fue la primera y la última vez que el general
se enojó conmigo. Cuando traté de consolarlo, me miró con una cara que daba miedo
y me recriminó: «No seas falso. Tú no intentas reconfortarme; lo que tú quieres en
realidad es reírte de mí». ¿Acaso no era ridículo? Yo estallé en carcajadas al instante.
—¿Qué hizo entonces el general?
—Durante los cuatro o cinco días siguientes, no me devolvía el saludo cuando
nos encontrábamos. Pero después todo volvió a la normalidad y cada vez que me
veía, movía de un lado a otro la cabeza con aire triste y quejumbroso: «¡Ay, cómo me
gustaría volver a la capital! Por aquí no pasan carruajes de bueyes». No me cabe ni la
menor duda de que ese hombre era en realidad mucho más feliz que yo… Con todo,
preferiría que tanto Yasuyori como el general Naritsune estuvieran aquí ahora. En
cuanto regresaron a la capital, yo tuve que volver a mi triste rutina, después de dos
años acostumbrado a su compañía.
—Según los rumores que corrían por la capital, no solo estaba usted triste, sino
que se lo veía tan desesperado que bien podría haber terminado quitándose la vida.
Le expliqué aquellos rumores con el mayor detalle posible. Para ello tomé
prestadas las palabras de uno de los monjes recitadores, en cuyo relato describía un
arrebato de locura: «Por mucho que derramara lágrimas de tristeza, arrodillado en
tierra y clamando al cielo, no había nada que hacer… Así que se agarró a la maroma
del barco y fue arrastrado dentro del agua: el agua le cubrió las caderas, le cubrió el
pecho, hasta que dejó de tocar pie y tuvo que regresar nadando a la playa… Aun
antes de volver tuvo tiempo para gritar desesperadamente hacia el barco: ¡No os
marchéis! ¡Llevadme con vosotros! Pero del barco ya solo le llegó la espuma de las
olas que levantaban tras de sí los remos»[145]. El maestro Shunkan escuchaba
extrañado. Entonces llegué al famoso episodio en que Shunkan le hacía señales al

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barco insistentemente con la mano durante el tiempo que la nave estuvo visible en el
horizonte.
—Eso no es del todo falso. Sí que es verdad que le hice señales al barco varias
veces.
—¿Entonces es cierto? Los rumores lo situaban a usted en la playa saludando de
lejos y equiparaban su pena a la de Matsura Sayohime en los versos del Manyoshu,
cuando se despedía de su marido agitando al aire un pañuelo[146].
—¿Qué esperabas? Es normal que estuviera triste en el adiós después de dos años
juntos… Tuve que despedirme de los únicos amigos con los que podía conversar. Sin
embargo, no solo agité la mano para saludar… Uno de los isleños me vino a avisar de
que llegaba un barco. Vino corriendo de la playa y me habló entre jadeos: «¡Barco,
barco!». Entendí que venía un barco, pero no sabía qué barco y aparte de «barco» no
entendí ninguna palabra más. El hombre estaba tan alterado que mezclaba el japonés
y la lengua de Ryukyu sin sentido. Como decía «barco», pensé que lo mejor sería
acercarme a la playa para echar un vistazo. En la playa ya se había concentrado un
buen número de curiosos. Por encima de ellos podía verse la vela del mástil de un
barco que imaginé que venía a buscarnos. Fue ver el mástil y mi corazón palpitó de
emoción. El general y Yasuyori habían llegado antes que yo y ya estaban junto a la
nave. Rebosaban de una alegría fuera de lo común. De hecho, los habitantes de la isla
debieron de pensar que les habría mordido una serpiente venenosa y que se habían
vuelto locos de remate. El oficial Motoyasu Tanzaemon, por recado del gobierno de
Kioto, con sede en el distrito de Rokuhara, le entregó al general la carta de amnistía.
El general la leyó en voz alta, pero mi nombre no aparecía por ninguna parte. Yo era
el único al que no se perdonaba… Por mi cabeza pasaron en un abrir y cerrar de ojos
infinidad de cosas: las caras de mis hijos, las pullas de mi mujer, la vista del jardín de
mi casa en Kyogoku, los hermanos indios Sori y Sokuri cuando fueron recogidos por
Amida Buda, antes de convertirse en los bodhisattvas Seishi y Kannon[147], el
maestro Yi Xing de la dinastía Tang, inspirador del budismo shingon, el poeta
cortesano Fujiwara no Sanekata[148]… Me es imposible enumerarlos todos. Pero lo
más extraño fue la imagen de las posaderas de un buey cobrizo que tiraba de una
carreta. Con todo, traté de aparentar calma con todas mis fuerzas. El general y
Yasuyori, sintiendo lástima de mí, intentaron consolarme y trataron de convencer al
oficial para que me dejara regresar con ellos. Pero si mi nombre no aparecía en la
carta de perdón, él no podía dejarme subir al barco de ninguna de las maneras.
Mientras me esforzaba por mantener la calma, pensé las posibles razones por las que
a mí se me había denegado la amnistía… Kiyomori me odiaba, pero yo no era más
que el administrador del templo Hossho, así que no tenía por qué entrometerme en las
cuestiones samuráis. Aunque quizás, contra todo pronóstico, el país recibía con gran
aceptación mis argumentos… Sí, por eso precisamente me temía Kiyomori. Al
pensarlo, esbocé una sonrisa de amargura, ya que para elaborar argumentos
favorables al clan Minamoto y a los monjes de Enryaku-ji, ya había bonzos como

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Saiko, de la familia Fujiwara, a quien el papel le venía como anillo al dedo. Yo
todavía no estoy tan senil como para malgastar energías ayudando a una familia
insignificante, por mucho que se trate de los Taira. Como ya te dije antes, me trae sin
cuidado quién gobierne el país. Con un puñado de sutras y la presencia de Tsuru-no-
mae ya me conformaba. Aunque, por lo visto, a Kiyomori, que carece de
conocimientos y es un poco corto de ingenio, la existencia de Shunkan lo inquietaba.
Así que pensándolo bien, bastante suerte he tenido con poderme quedar a solas en
esta isla. Peor hubiera sido la decapitación… La cuestión es que entre una cosa y otra
el barco estaba listo para partir. Entonces apareció la mujer del general con el niño en
brazos y le pidió a su esposo que la llevara con él. Sentí lástima de la pobre mujer,
que no tenía culpa de nada, así que traté de convencer al oficial Motoyasu para que la
dejara subir al barco. Pero Motoyasu hizo oídos sordos. El desgraciado no era más
que una marioneta, alguien incapaz de apreciar nada que no tuviera que ver con el
cumplimiento del deber. Tampoco se lo reprocho. Quien sí cometió una falta
imperdonable fue el general…
El amo Shunkan, alterado, echó mano del abanico de banano para abanicarse.
—Aquella mujer, fuera de sí, trató de subir al barco en varias ocasiones. Los
tripulantes se lo impedían cada vez. Como último recurso se agarró a los faldones del
quimono del general. Entonces el general, fríamente, se desembarazó de su mano. La
mujer cayó en la orilla y no volvió a intentarlo más. No hizo otra cosa que llorar. El
gesto de Naritsune provocó en mí tal estado de ira que ni siquiera Yasuyori podría
haberme superado. El general había sido cruel en su acción. Pero quedarse mirando
sin hacer nada, como hizo Yasuyori, tampoco era una obra digna para un budista
devoto. El único que rogó y rogó por que dejaran subir a aquella mujer fui yo… Es
extraño, pero al recordarlo, incluso ahora me vienen a la lengua todos los improperios
habidos y por haber. Aunque yo no utilicé los insultos propios de la juventud de
Kioto. De entre los ochenta mil textos del budismo y las doce divisiones de sus textos
canónicos[149], desglosé todos los nombres posibles de diablos y los arrojé como
dardos envenenados lo más rápido que pude. Pero el barco se iba alejando más y más.
La mujer no dejaba de llorar sobre la orilla y yo pataleaba de rabia en la arena
mientras hacía un gesto con la mano: «¡Volved! ¡Volved!».
A pesar de la ira que mostraba mi maestro, escuchando su relato me salió una
sonrisa espontánea. Él también se echó a reír.
—¿Así que el gesto que hice con la mano se ha transmitido debidamente? Eso es
porque iba cargado de ira y maldiciones. Si en aquel momento no hubiera montado en
cólera, seguramente ahora no correrían por la capital habladurías tales como la de mi
supuesta locura tras verme imposibilitado a regresar —dijo con tono de resignación.
—Después de eso, ¿tuvo usted que lamentar algo en particular?
—Lamentarme no me servía de mucho, ¿no crees? Además, con el paso del
tiempo la tristeza fue desapareciendo progresivamente. Lo único a lo que aspira ahora
mi cuerpo es a alcanzar la divinidad del Buda verdadero. Si pudiera contemplar de

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cuerpo presente el paraíso de la Tierra Pura, seguramente estallaría en una gran
carcajada de felicidad, como la lava de un volcán en erupción. Para alcanzar la
iluminación soy gran partidario de la práctica individual y solitaria… ¡Ah, olvidaba
contarte algo! Aquella mujer siguió llorando en el suelo durante un rato sin cambiar
de postura. El grupo de curiosos se había ido dispersando. El barco desapareció en el
horizonte. Conmovido por la pobre desdichada, pensé que debía consolarla y me
acerqué a ella por detrás para intentar levantarla de la arena. ¿Qué crees que hizo
entonces la mujer? Se giró y me envió al suelo de un empujón. Caí de espaldas, se me
ofuscaron los ojos y me quedé tumbado boca arriba. Todos los Budas, todos los
Bodhisattvas y todos los Myo-o que habitaban mi cuerpo se debieron de llevar un
buen susto. Cuando conseguí levantarme, la mujer ya estaba lejos, caminando
cabizbaja en dirección al pueblo. ¿Que por qué me tiró al suelo? Pues la verdad es
que no lo sé, eso habría que preguntárselo a ella. No había nadie más en la playa, así
que a lo mejor se pensó que quería forzarla.

Al día siguiente ascendí hasta la cima del volcán con mi patrón. Un mes después
llegó la funesta hora de la despedida y regresé a la capital entristecido. «Incluso al
amigo que no se preocupa por mí, quisiera mostrarle mi choza de matojos junto a las
rocas del mar». Este es el poema que me compuso como recuerdo de aquella visita.
Seguramente, el amo Shunkan seguirá ahora pasando los días con calma, sin
sobresaltos, en la choza de bambú de aquella isla remota. A esta hora de la noche
estará cenando batatas de Ryukyu mientras reflexiona acerca de los asuntos del
budismo y del gobierno. Sobre esos y otros temas me explicó muchas más cosas, pero
eso mejor dejémoslo para otra ocasión.

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EN LA ESPESURA DEL BOSQUE

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DECLARACIÓN DE UN LEÑADOR
INTERROGADO POR EL MAGISTRADO

Sí, así es. Fui yo quien encontró el cadáver. Esta mañana, como de costumbre, me
dirigía al otro lado del monte para cortar leña de cedro cuando de repente me topé
con el cadáver en mitad del bosque, a la sombra de la ladera. ¿El lugar exacto?
Estaría a cuatro o cinco chō[150] de distancia desde la posta del camino en Yamashina.
Era un lugar apartado, una espesura de bambú con algunos cedros delgados.
El cadáver, tendido boca arriba, vestía un suikan azul celeste y todavía llevaba
puesto un bonete con arrugas[151] al estilo de la capital. Aunque tenía una sola herida
de espada en el pecho, la hojarasca de bambú a su alrededor se veía teñida de color
granate. No, ya no sangraba. Creo que la herida estaba seca. De hecho, había un
tábano en ella, tan adherido a la carne que ni siquiera se inmutó por el ruido de mis
pasos. ¿Que si había alguna katana o algo parecido? No, nada. Solo vi una soga al pie
de un cedro, junto al cadáver. Aparte de eso… Sí, sí, también había un peine. Esos
fueron los únicos objetos que vi cerca del cadáver. Pero los hierbajos y la hojarasca
de los bambúes alrededor del cuerpo estaban aplastados y revueltos, por lo que estoy
seguro de que el hombre se defendió con uñas y dientes antes de ser asesinado.
¿Cómo? ¿Si vi algún caballo? No es ese un lugar al que pueda llegar ningún caballo.
De hecho, el camino por donde pasan los caballos está bastante lejos de la espesura
de bambú.

DECLARACIÓN DE UN MONJE ITINERANTE


INTERROGADO POR EL MAGISTRADO

Ciertamente, fue ayer cuando me encontré con el difunto. Ayer… debió de ser a eso
de mediodía. Nos cruzamos a mitad del camino que va de Sekiyama a Yamashina. El
hombre caminaba en dirección a Sekiyama e iba acompañado de una dama montada a
caballo. La mujer llevaba un velo colgando del sombrero, así que no pude verle el
rostro. Sí, alcancé a distinguir el color lila de su vestido. El caballo era un
palomino… Creo que llevaba las crines rasuradas. ¿La altura del caballo? Mediría
cuatro ki[152], aunque no estoy seguro, puesto que soy lego en la materia. El
hombre… No, además de llevar la katana ceñida, cargaba con arco y flechas.
Recuerdo perfectamente la aljaba de laca negra con unas veinte flechas de guerra en
el interior.
Quién iba a pensar que aquel hombre terminaría de ese modo. La existencia
humana es en verdad más efímera que el rocío y más fugaz que el relámpago[153].
¡Ay! No encuentro palabras para expresar la lástima que siento por el pobre
desdichado.

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DECLARACIÓN DE UN OFICIAL
INTERROGADO POR EL MAGISTRADO

¿El hombre que arresté? Sí, exacto, se trata de Tajomaru, un bandido de renombre. Lo
arresté en el puente de piedra camino de Awadaguchi. Se había caído del caballo y
estaba en tierra retorciéndose de dolor. ¿La hora? A primeras horas de la noche.
Recuerdo que la última vez que intenté atraparlo vestía igual: el mismo suikan azul
oscuro, con la misma katana ceñida en el obi. Pero esta vez también llevaba un arco y
una aljaba con flechas. ¿Qué me decís? ¿Que eran del difunto? Entonces no me cabe
ninguna duda de que el asesino es Tajomaru. Un arco de cuero, una aljaba de laca
negra, diecisiete flechas de batalla con plumas de halcón… Eso es todo lo que
llevaba. Sí, también un caballo palomino, tal y como vos describís, con las crines
rasuradas. No creo que fuera casualidad que Tajomaru se hubiera caído del caballo.
Algo malo habría hecho y llevaría prisa. El caballo, con las riendas sueltas, apareció
un poco más allá del puente de piedra, pastando al borde del camino.
De todos los bandidos que deambulan por Kioto, Tajomaru es famoso por sus
gustos licenciosos. Las mujeres lo pierden. A él se le atribuyen los asesinatos de una
mujer devota y su joven sirvienta, cuyos cuerpos fueron hallados el pasado otoño en
un bosquecillo detrás de la estatua de Binzuru[154] en el templo de Toribe. Si fue
Tajomaru quien acabó con la vida de aquel hombre, no quiero ni pensar qué habrá
hecho con la mujer que montaba el caballo.
Disculpad si me entrometo en la investigación, pero creo que sería conveniente
averiguar la suerte que corrió la dama.

DECLARACIÓN DE UNA ANCIANA


INTERROGADO POR EL MAGISTRADO

Efectivamente, señoría. El cadáver pertenecía al hombre que se casó con mi hija.


Pero no era de la capital. Era un samurái que oficiaba en el gobierno provincial de
Wakasa. Su nombre era Kanazawa no Takehiro. Tenía veintiséis años. No, no creo.
Era un hombre de buen corazón, así que no creo que nadie le guardara rencor.
¿Mi hija? Mi hija se llama Masago y tiene diecinueve años. Es una mujer de
carácter fuerte, que no se deja amedrentar por ningún hombre, pero no, aparte de
Takehiro mi hija no ha conocido otro varón. Sus facciones son ovaladas, de piel
ligeramente tostada, con un lunar cerca del rabillo del ojo izquierdo.
Takehiro partió ayer hacia Wakasa en compañía de mi hija. ¡Ay, qué desgracia!
¿Cómo puede haber ocurrido algo así? ¿Qué habrá sido de ella? La muerte de mi
yerno ya no tiene remedio, pero estoy muy preocupada por mi hija. Os lo suplico, su
señoría, aunque tengáis que remover toda la maleza, escuchad a esta pobre anciana e
indagad el paradero de mi hija. ¡Cuánto odio a ese ladronzuelo de Tajomaru o como

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se llame! No tenía bastante con matar a mi yerno que también a mi hija… [Se echa a
llorar y se interrumpen sus palabras].

CONFESIÓN DE TAJOMARU

Sí, yo maté a ese hombre. Pero a la mujer no, no la maté. Y tampoco sé dónde está.
Por mucho que se me torture, no puedo confesar algo que desconozco. Además, a
estas alturas ya no tengo nada que esconder.
Me topé con aquella pareja pasado el mediodía de ayer. Justo en ese momento
sopló una ráfaga de viento que levantó el velo de seda de la mujer, así que pude verle
el rostro. Fue apenas un instante, y quizás fuera precisamente por eso, pero me
pareció tan hermosa como la imagen de un bodhisattva. En ese pequeño intervalo de
tiempo tomé la decisión de raptar a la mujer, aunque tuviera para ello que matar al
marido.
¿Qué? No, matar a un hombre no es tan difícil como se piensan ustedes. De todos
modos, si quería apoderarme de la mujer, no tenía más remedio que acabar con la
vida del marido. Eso sí, cuando yo tengo que matar a alguien, lo hago con la katana
que llevo siempre conmigo ceñida al obi, no como vosotros, que en vez de usar la
katana, asesináis con el poder, con el dinero o incluso con palabras zalameras que
esconden veneno. Sí, claro… De ese modo no se vierte sangre y la víctima
permanece con vida, vivita y coleando… ¡Pero la habéis matado igual! ¿Quién es,
entonces, el que comete los crímenes más graves? ¿Vosotros o yo? [Sonríe con
sorna].
Por supuesto, lo ideal hubiera sido raptar a la mujer sin tener que matar a su
marido. De hecho, cuando decidí raptarla, no tenía intención alguna de asesinar al
hombre. Aunque de todas formas, no era buena idea intentarlo en plena ruta de
Yamashina y a plena luz del día. Así que me las ingenié para llevar a la pareja hacia
el interior del monte.
La verdad es que no fue muy difícil. Caminé un rato con ellos y les expliqué que
había hallado un túmulo antiguo repleto de espejos y espadas muy valiosas. Para que
nadie más lo encontrara, había trasladado aquel tesoro hasta una espesura en el
bosque, en la ladera del monte y los había enterrado. Si estaban interesados, podía
venderles la mercancía por un precio razonable… Eso es lo que les conté. Al hombre
le picó enseguida la curiosidad. Entonces… Pero ¿qué os parece? ¿No es acaso la
codicia algo terrible? Al cabo de una hora, más o menos, la pareja caminaba conmigo
guiando a su caballo por una senda del monte.
Al llegar cerca de la espesura de bambúes, les indiqué el lugar donde se suponía
que estaba enterrado el tesoro y les dije que se acercaran a ver. El hombre, cegado por
la codicia, no sospechó lo más mínimo. En cambio, la mujer, sin bajarse siquiera del
caballo, prefirió esperar allí. No es de extrañar su decisión, teniendo en cuenta la

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frondosidad de la maleza. La verdad es que eso también lo había previsto, así que
dejamos a la mujer en aquel punto y conduje al hombre a través de los matojos.
En breve se transformó el bosque en una espesura de bambúes que a medio
chō[155] hacia el frente, se abría en un claro de cedros delgados. El lugar no podía
haber sido más adecuado para llevar a cabo mi plan. Mientras me abría paso entre los
bambúes, le aseguré al hombre que el tesoro estaba enterrado bajo uno de aquellos
cedros, algo que era mentira, por supuesto. Al oírme, el hombre se afanó por llegar
cuanto antes al claro. La espesura de bambú se fue despejando y nos metimos entre
los cedros. En cuanto llegamos, sin perder un instante, me abalancé contra el hombre
para inmovilizarlo. Él también ceñía una katana y parecía tener bastante fuerza, pero
lo ataqué por sorpresa, así que no le dio tiempo a reaccionar. Enseguida logré
amarrarlo al tronco de uno de los cedros. ¿La cuerda? La cuerda es uno de los bienes
más preciados del ladrón. Nunca sabe uno cuándo va a necesitar saltar alguna tapia,
así que siempre la llevo conmigo atada al obi. Para impedir que gritara, le llené la
boca con hojas de bambú; eso siempre es efectivo.
Una vez que tuve al hombre bien atado, regresé hasta donde esperaba la mujer y
le comenté que necesitaba que viniera conmigo deprisa, porque a su marido lo había
atacado alguna dolencia repentina y no se sentía bien. No hace falta que os diga que
eso también lo tenía planeado. Tomé de la mano a la mujer, que se había quitado el
sombrero, y la conduje aprisa hacia el interior de la espesura. Pero su marido no
estaba enfermo, sino amarrado a un cedro… En cuanto lo vio de aquella guisa, se
sacó del pecho una daga brillante. Yo no había visto hasta entonces a una mujer con
tanto ímpetu. Si me descuido, me atraviesa el vientre de una puñalada. Mientras
esquivaba sus acometidas, bien podría haberme herido de muerte, pero por algo me
llaman el diestro Tajomaru, así que conseguí arrebatarle el cuchillo sin tener siquiera
que desenfundar mi katana. Por mucha fiereza que mostrara, una vez desarmada no
tenía nada que hacer frente a mí. De ese modo, tal y como lo tenía planeado, conseguí
poseer a la mujer sin necesidad de matar al marido.
Sin matar al hombre… Así es. No tenía entonces la menor intención de matarlo.
Pero me disponía a alejarme del bosque cuando de repente la mujer, a quien había
dejado en el suelo entre llantos, se me agarró al brazo como una loca. Entre sollozos,
entrecortadamente, gritó que uno de nosotros tenía que morir, o el marido o yo,
diciendo que no podía vivir con la vergüenza de haber sido poseída por dos hombres,
pues para ella vivir así era mucho peor que la muerte. Más aún, entre jadeos expresó
sus deseos de irse con el que sobreviviera de los dos. Fue entonces cuando surgió en
mí la voluntad ciega de matar a aquel hombre. [Con excitación sombría].
Al decir esto es posible que penséis que soy un hombre cruel, mucho más cruel
que vosotros. Pero eso es solo porque vosotros no visteis el rostro de aquella mujer en
aquel preciso instante. Sobre todo sus pupilas, sus pupilas envueltas en llamas. En
cuanto la miré a los ojos, me convencí de que aquella mujer debía ser mi esposa, aun
si por ello tuviera que acabar fulminado por un rayo… Aquel pensamiento ofuscó mi

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mente. Sin embargo, no se trataba de una lascivia abyecta, como debéis de estar
pensando. Si solo hubiera deseado saciar mi lascivia, le habría arreado una patada a la
mujer para sacármela de encima y habría huido del bosque lo antes posible, tal y
como tenía previsto. Si así lo hubiera hecho, no habría sido necesario manchar mi
katana con la sangre de aquel hombre. Pero en la penumbra de aquella espesura de
bambú, tras observar fijamente el rostro de aquella mujer, quedé convencido de que
no podía alejarme del lugar sin acabar antes con la vida del marido.
Con todo, no deseaba matarlo de forma vil. Desaté al hombre del árbol y lo reté a
un duelo de espadas. (La cuerda que encontraron al pie del cedro era la cuerda que yo
dejé olvidada). El hombre, con el rostro lívido, desenfundó su katana y, sin mediar
palabra, poseído por la furia, se abalanzó contra mí… No es necesario que les
explique el desenlace del duelo. Calculo unas veintitrés acometidas hasta que al fin
mi katana atravesó su pecho… Recordadlo bien. Eso es lo único que merece mi
admiración por aquel hombre. Hasta ese día, ningún hombre en todo el país había
logrado resistir veintitrés de mis acometidas. [Con sonrisa complaciente].
En cuanto derribé a mi oponente, con la hoja de la katana empapada en sangre,
me volví hacia la mujer. Pero… ¿Qué os parece? ¡La mujer se había esfumado!
Inspeccioné la arboleda de cedros tratando de averiguar por dónde se había escapado,
pero no encontré rastro alguno de sus pasos entre la hojarasca del bambú. Observé el
lugar minuciosamente y escuché con atención, pero lo único que alcancé a oír fue un
gorgoteo en la garganta del agonizante.
Seguramente, la mujer había aprovechado el momento en que nos debatíamos en
duelo para huir del bosque y solicitar auxilio en el camino… Sentí que era esta vez
mi vida la que corría peligro, así que me apoderé del arco y de las flechas y regresé
por el sendero del monte. Allí estaba todavía el caballo de la mujer, pastando a sus
anchas. Sobre lo que sucedió después… No vale la pena gastar saliva en ello. Solo os
diré que me deshice de la katana antes de entrar en la capital… He aquí mi confesión.
Sabía que tarde o temprano iba a terminar colgado de la copa de un árbol, así que ya
podéis sentenciarme a la pena capital. [Con actitud arrogante].

CONFESIÓN DE UNA MUJER QUE LLEGÓ


AL TEMPLO DE KIYOMIZU

Ese hombre del suikan azul oscuro, después de abusar de mí, dirigió la mirada hacia
mi esposo, que estaba atado a un árbol, y estalló en carcajadas. ¡Qué humillación
habrá sentido mi marido! Por mucho que tratara de desatarse, cuanto más se debatía,
más se ajustaban a su cuerpo los nudos de la cuerda. Desesperada, corrí hacia él para
estar a su lado. Bueno, la verdad es que traté de correr, pero aquel hombre enseguida
me arrojó al suelo de una patada. Fue en aquel instante… En el interior de los ojos de
mi esposo descubrí cierto resplandor indescriptible. Indescriptible… Incluso ahora, al

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recordarlo, me tiembla todo el cuerpo. Mi esposo, sin necesidad de mediar palabra,
me transmitió a través de aquel brillo en sus ojos todos los sentimientos que cruzaban
por su mente. Sin embargo, no había en aquel resplandor nada parecido a la ira o a la
tristeza. Era un brillo frío, una mirada de desprecio hacia mí, su esposa. Sentí como si
su mirada me hubiera golpeado con más fuerza que la patada de aquel hombre. Creo
haber soltado un grito y luego me desvanecí.
Al recuperar el conocimiento, me di cuenta de que el hombre del suikan azul
oscuro había desaparecido sin dejar rastro. Mi esposo seguía atado al tronco del
cedro. Desde mi lecho de hojarasca, me reincorporé poco a poco y observé de nuevo
el rostro de mi esposo. El brillo de sus ojos no había variado en lo más mínimo. Bajo
aquel desprecio glacial asomaba el odio. Vergüenza, tristeza, rabia… No sé cómo
describir mis sentimientos de entonces. Me levanté tambaleante y me acerqué a él.
«Querido», le dije, «después de esto no puedo seguir contigo. Creo que será mejor
quitarme la vida. Pero entonces… también tú debes morir. Has sido testigo de mi
deshonra y debes morir conmigo. No puedo dejarte con vida».
Sufrí mucho para decírselo. Sin embargo él, sin inmutarse, siguió mirándome
fijamente con desdén. Sentí que mi corazón iba a estallar mientras buscaba
desesperadamente la katana de mi esposo, pero aquel bandido se la había llevado. No
solo la katana, sino también el arco y las flechas, claro, porque no los vi por ningún
lado. Afortunadamente, el puñal estaba allí todavía, en el mismo lugar donde se me
había caído durante el forcejeo. Alcé el puñal contra mi esposo y le dije: «Ofréceme
ahora tu vida… En breve yo misma te seguiré». Al oír estas palabras, mi esposo
reaccionó al fin moviendo un poco los labios. No oí lo que dijo, porque tenía la boca
llena de hojas de bambú, pero solo con mirarlo lo entendí. Mi esposo, siempre con
ese desdén en los ojos, pronunció una sola palabra: «¡Mátame!». De ese modo, sin
saber realmente si estaba yo soñando o despierta, hundí la daga con todas mis fuerzas
en el suikan azul celeste de mi esposo, a la altura del pecho.
Después de eso volví a desmayarme. Al despertar, mi esposo, amarrado al árbol,
ya no respiraba. Su rostro lívido estaba bañado por los rayos del sol poniente que
atravesaba la espesura de cedros y bambúes. Llorando, desaté el cuerpo sin vida de
mi esposo. Después… después, ¿qué fue de mí? Yo ya no tengo fuerzas para contarlo.
La verdad es que no fui capaz de matarme. Intenté clavarme el puñal en la garganta,
más tarde me arrojé a un estanque al pie de la montaña. Lo intenté de diversas
maneras, pero fue todo en vano y ahora vivo con esta deshonra. [Sonríe con tristeza].
Lo más probable es que la mismísima Kannon misericordiosa me haya
abandonado por ser una mujer infame. He matado a mi marido, he sido mancillada
por un ladrón, ¿qué puedo hacer yo ahora? ¿Qué será de mí? Yo… [Prorrumpe en
llanto bruscamente].

DECLARACIÓN DEL ESPÍRITU DEL MUERTO

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POR BOCA DE UNA MÉDIUM

El bandido, después de forzar a mi mujer, se sentó junto a ella para tratar de


consolarla con zalamerías. Yo, naturalmente, no fui capaz de pronunciar palabra
alguna. Mi cuerpo estaba atado al tronco de un cedro, pero le guiñaba el ojo a mi
esposa tratando de hacerle entender que no hiciera caso de aquel hombre, que todo lo
que decía eran puras mentiras… Pero ella, sentada sobre la hojarasca de bambú,
miraba fijamente sus propias rodillas con la cabeza gacha. Me pareció que estaba
escuchando las palabras del bandido. Yo me retorcía en mi sitio, ardiendo de celos,
mientras el bandido hilvanaba con habilidad una palabra tras otra: «Ahora que has
sido deshonrada, tu marido ya no querrá estar contigo. Mejor que estar con él, ¿por
qué no te conviertes en mi esposa? Ha sido el amor que me inspiraste lo que me ha
llevado a cometer tal audacia», se atrevió a decir aquel rufián.
Mi esposa, fascinada por aquellas palabras, alzó la mirada. Nunca había visto a
mi mujer tan hermosa como en aquel instante. Pero ¿qué creéis que mi «bella esposa»
le respondió a aquel bribón mientras su marido estaba atado a un árbol? Aunque
ahora me encuentre vagando por el limbo[156], no puedo contener la rabia cada vez
que lo recuerdo. Esto es lo que dijo: «Entonces llévame contigo adonde quieras».
[Hay un largo silencio].
Pero no fue ese el único pecado de mi mujer. Si solo hubiera sido eso, no estaría
yo ahora entre las sombras eternas retorciéndome de dolor. Cuando ya se alejaban de
la espesura, cogidos de la mano como si estuvieran viviendo un sueño adolescente,
mi esposa perdió repentinamente el color de la tez y señaló con el dedo hacia el cedro
donde yo me encontraba. «¡Mata a ese hombre! ¡Si no lo matas, no puedo volver
contigo!». Mi esposa, como si se hubiera vuelto loca, gritó aquello varias veces.
«¡Mata a ese hombre! ¡Mátalo!». Aún ahora siento aquellas palabras como un
huracán que me arrastra al fondo de una oscuridad olvidada. ¿Habrán salido acaso de
una boca humana palabras más rencorosas que esas? ¿Habrán llegado alguna vez a
oídos de los mortales tamañas imprecaciones? Una vez siquiera… [De repente estalla
en una carcajada burlona]. Incluso el bandido palideció al escuchar aquello. «¡Mata
a ese hombre!». Mientras gritaba estas palabras, mi esposa se aferraba al brazo del
bandido, que la observaba perplejo sin responder si lo haría o no. En eso que de
repente le arreó una patada y la dejó tumbada de bruces sobre las hojarasca. [De
nuevo una carcajada burlona]. El bandido, calmado, se cruzó de brazos y me echó
una mirada confidente. «¿Qué quieres que haga con esa mujer? ¿Quieres que la mate
o que la deje vivir? Me basta con que hagas un gesto de cabeza. ¿La mato?». Solo por
esas palabras querría perdonar el crimen de aquel bandido. [De nuevo un largo
silencio].
Mientras yo me decidía, mi esposa soltó un grito y salió corriendo hacia el fondo
de la espesura. El bandido se precipitó tras ella. Trató de detenerla agarrándola por la

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manga, pero finalmente se le escapó. Yo contemplaba aquella escena como si se
tratase de una mera ilusión.
El bandido, dándose por vencido, recogió mi katana, mi arco y mis flechas e hizo
un corte en la cuerda que me sujetaba, por un solo punto. «Esta vez se trata de mi
suerte», oí que murmuraba el bandido antes de perderse en la espesura del bosque.
Después todo quedó en calma. Pero no, todavía se escuchaban algunos sollozos.
Mientras terminaba de desatarme, agucé el oído. Entonces me di cuenta de que
aquellos sollozos eran los míos propios. [Un largo silencio por tercera vez].
Cuando por fin me levanté de la base del cedro, mi cuerpo estaba exhausto.
Frente a mí brillaba el puñal que había dejado caer mi esposa. Lo tomé entre mis
manos y yo mismo me atravesé el pecho. Noté como la sangre caliente ascendía hasta
mi garganta, provocándome arcadas. Sin embargo, no sentía dolor alguno. A medida
que mi pecho se enfriaba, la calma se apoderaba del entorno. ¡Ah, qué silencio! Hasta
el cielo que cubría esta espesura sombría en la montaña no venía a cantar ni un solo
pajarillo. Tras los cedros y los bambúes flotaban los últimos rayos del atardecer. Los
rayos… también se fueron extinguiendo poco a poco. Mis ojos no distinguían ya ni
los cedros ni los bambúes. Caí al suelo y la quietud se apoderó de mi entorno.
Al poco rato oí algunos pasos que se acercaban hasta donde yo yacía. Traté de
mirar quién era, pero las sombras lo envolvían todo a mi alrededor. Alguien… Ese
alguien, con su mano invisible, arrancó el puñal de mi pecho. Al instante, la sangre
volvió a desbordarse por mi boca. Y así me fui sumergiendo en las tinieblas para
siempre…

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GLOSARIO

Ashida: zueco de madera para días de lluvia, algo más alto que el zueco común
conocido como geta.

Biwa: especie de laúd generalmente de cuatro cuerdas y cuatro o cinco trastes


utilizado de acompañamiento para narrar historias.

Bodhisattva: término del budismo que alude a un ser embarcado en la búsqueda de la


suprema iluminación.

Bonzo: sacerdote o monje budista.

Chō: unidad de longitud equivalente a 109,09 metros (360 shaku o 60 ken).

Dharanis: conjuros o sortilegios que se recitan en el budismo para solicitar el favor


piadoso de budas y bodhisattvas. Se recitan directamente en sánscrito.

Dharma: término sánscrito de difícil definición al que se le dan distintos significados


como «verdad», «existencia» o «ley natural del cosmos».

Fusuma: puertas correderas de papel grueso sobre marco de madera que servían de
separación entre estancias en el interior de la casa. Suelen estar decoradas con
pinturas.

Gesaku: género narrativo de la literatura popular del período Edo (1603-1868)


surgido en la segunda mitad del s. XVIII.

Haikai: abreviación de haikai-no-renga, es un tipo de renga (poema colectivo de


versos encadenados) con tono humorístico. Aparece como forma independiente del
renga «serio» desde el siglo XV en compilaciones de 100 versos.

Hakama: pantalón de pernera muy ancha con pliegues frontales para llevar sobre el
quimono.

Hitatare: especie de saco de dormir o futón con mangas en forma de quimono.

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Hitoe: quimono sin forro.

Hizami: ropa interior de cáñamo utilizada para absorber el sudor. No debe


confundirse con la pieza de tela más refinada o túnica que las damas de la corte
usaban en verano sobre sus quimonos.

Hokku: verso de 17 sílabas equivalente a la forma del haiku actual, cuyas pausas
silábicas normalmente forman tres unidades significativas.

Kariginu: lit. «ropa de caza»; prenda tipo sayo con mangas anchas empleada por la
aristocracia.

Katabira: quimono ligero para vestir en verano, comúnmente de cáñamo.

Ken: unidad de longitud equivalente a 1,81 metros.

Ki: medida de longitud equivalente a 3,03 cm. También puede leerse como sun.

Kuzu: planta del género de las puerarias con propiedades medicinales. Su fécula se
conoce como kuzuko (polvo de kuzu), y se utiliza en repostería para hacer kuzumochi
(pasteles de arroz y kuzu), mizu manju (con pasta de judías rojas) o la bebida dulce y
gelatinosa kuzuyu. Se usa también como almidón para cocinar.

Noren: cortinilla con el nombre del comercio que se coloca en la puerta de entrada al
local.

Obi: fajín ancho de tela fuerte para ceñir el quimono. En el caso de los samuráis
servía para ceñir la katana.

Ryō: unidad monetaria de la época anterior al periodo Meiji sustituida por el yen en
1870 y equivalente a dos bu.

Shaku: unidad de longitud equivalente a 30,3 cm. Un shaku equivale a 10 sun.

Shamisen: instrumento musical de tres cuerdas que se toca con un plectro.

Suikan: especie de sayo de mangas muy anchas. Era la prenda común entre la plebe
de la época, si bien fue normalizándose entre la aristocracia por su comodidad.

Sun: unidad de longitud equivalente a 3,3 cm.

Sutras: escrituras canónicas budistas. Exponen enseñanzas y preceptos relativos a las


diferentes vías de conocimiento para alcanzar la iluminación o realización espiritual
completa del ser humano.

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Tengu: ser sobrenatural del folclore japonés de cara roja y nariz exageradamente
larga, habitante de las montañas y los bosques. Originalmente tenía forma de pájaro y
se lo consideraba un ser problemático que gustaba de contrariar los preceptos
budistas.

Tenugui: toallita de mano o tela ligera para frotarse o secarse el cuerpo en el baño.

Tokonoma: nicho de una habitación de estilo japonés en cuya pared se suelen colocar
pinturas colgantes y cuyo pedestal se decora con arreglos florales (ikebana).

Yiaogulan: lit. «orquídea de la vid enroscada»; hierba de la familia de las


Cucurbitáceas con aplicaciones medicinales.

Zakuroguchi: puerta con el dintel muy bajo para que no escapara el calor del interior
de los baños. Después de lavarse el cuerpo, se accedía al baño a través de esta puerta,
por la que había que agacharse.

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APÉNDICE

Fuentes antiguas en los relatos de Akutagawa

«Rashomon»: Konjaku Monogatari (s. XII), «Historia de un ladrón que subió al piso
superior de Rashomon y se encontró con un cadáver» (volumen 27, cuento 18);
«Historia de una anciana que les vendió pescado a los guardias de palacio» (volumen
31, cuento 31).

«La nariz»: Konjaku Monogatari, «Historia de Zenchi Naigu de Ike-no-O» (volumen


28, cuento 20); Uji Shūi Monogatari (Compilación de historias de Uji, s. XIII), «Sobre
un monje de nariz larga» (volumen 2, cuento 7).

«Gachas de ñame»: Konjaku Monogatari, «Historia del joven general Toshihito


cuando condujo a un samurái de quinto rango desde Kioto hasta Tsuruga» (volumen
26, cuento 17); Uji Shūi Monogatari, «Sobre las gachas de Toshihito» (volumen 1,
cuento 18).

«El destino»: Konjaku Monogatari, «Historia de una mujer pobre convertida en la


esposa de un ladrón tras hacerle votos a Kannon en el templo Kiyomizu» (volumen
16, cuento 33).

«Los ladrones»: Konjaku Monogatari, «La historia que nadie sabe de una ladrona»
(volumen 29, cuento 3), «Historia de los ayudantes del magistrado que fueron
atrapados entrando en una mansión para robar» (volumen 29, cuento 6), «Historia de
los ladrones que fueron atrapados robando en casa del intendente Fuji» (volumen 29,
cuento 7), «Historia de los ladrones que entraron en la casa de Shimotsuke no Mori
Tamemoto» (volumen 29, cuento 8), «Historia del ladrón de caballos que fue
ensartado por las flechas de Yoshiyori, el hijo de Minamoto no Yorinobu» (volumen
25, cuento 12), «Historia de la muchacha y el perro que se mataron el uno al otro a
mordiscos» (volumen 26, cuento 20), «Historia de los ladrones que entraron a robar a
la casa de Minamoto Tadamasa en la provincia de Chikugo» (volumen 29, cuento
12).

«El biombo del infierno»: Uji Shūi Monogatari, «De cómo el pintor budista
Yoshihide ve su casa ardiendo y se emociona» (volumen 3, cuento 6); Jikkinshō

Página 184
(Miscelánea do diez máximas, 1252), «El Fudo Myō-o del pintor Yoshihide»
(capítulo 6 «Ejerce la fidelidad correctamente», episodio 35); Kokon Chomonjū
(Colección de obras antiguas y modernas, 1254), «De cómo el pintor Kose no
Hirotaka pinta un biombo y mil cuerpos del Fudo Myō-o» (volumen II «Pintura»,
episodio 4).

«El bonzo Shunkan»: Heike Monogatari (Heike monogatari, s. XIII, volumen 4);
Genpei Seisuiki (Auge y decadencia de los clanes Taira y Genji, capítulo 7).

«En la espesura del bosque»: Konjaku Monogatari, «Historia de un hombre que se


dirige a Tanba con su esposa y es atado con cuerdas en la montaña Oe» (volumen 29,
cuento 23), «Historia de una mujer que se topa con un ladrón en su visita al templo
Toribe» (volumen 29, cuento 22), «Historia de los ladrones Tajōmaru y
Chōbukumaru» (volumen 29, cuento 2).

Página 185
RYŪNOSUKE AKUTAGAWA (1892-1927) nació en Tokio en el seno de una familia
burguesa. Desde niño desarrolló un apetito voraz por la literatura japonesa
tradicional, que en la adolescencia compaginaría con la lectura de autores
occidentales. Estudiante brillante, ingresó en la prestigiosa Universidad Imperial de
Tokio y comenzó a publicar con éxito sus primeros relatos: «Rashomon» (1915) y
«La nariz» (1916). Tras graduarse en la universidad en 1916 trabajó como profesor de
inglés en la Escuela Naval de Yokosuka. En 1918 se casó con Fumi Tsukamoto y
abandonó su trabajo para dedicarse en exclusiva a la literatura gracias a un contrato
con el diario Osaka Mainichi. Comenzó una época de producción muy fecunda:
«Lujuria», «El otoño» o «En la espesura del bosque». Tras un viaje a China como
corresponsal en 1921, su salud, ya de por sí delicada, empeoró notablemente:
insomnio, neurastenia, alucinaciones y un miedo cerval a la locura no le impidieron
crear las que muchos consideran sus obras maestras: «Engranajes», «Kappa» o «Vida
de un idiota». El 24 de julio de 1927, a los 35 años de edad, Akutagawa puso fin a la
«vaga angustia confusa» que lo consumía ingiriendo una dosis letal de Veronal.

Página 186
Notas

Página 187
[1] Uno de ellos Izumi Kyōka (1873-1939), exponente de una literatura de corte
costumbrista que reinventa las historias de fantasmas y seres sobrenaturales de la
tradición literaria y folclórica japonesa. Según se cuenta, fue precisamente un libro de
Kyōka el que leyó Akutagawa la noche antes de quedarse dormido para siempre. <<

Página 188
[2]«Alguno de mis amigos observó que mientras que los demás abordan el tema de
una obra desde el sentimiento, yo lo hago desde el intelecto. Pero eso no es algo que
ocurra únicamente en aquellas obras en las que trato personajes históricos. Mis obras,
en general, son “apollinisch” y no “dionysisch”. No he hecho hasta ahora esfuerzo
alguno para que mis obras se vuelvan “dionysisch”» (Mori Ōgai, artículo ya citado,
publicado en la revista Kokoro no hana, enero de 1915). <<

Página 189
[3]Akutagawa confiesa en «Mi yo de aquellos años» (Ano koro no jibun no koto,
revista Chūō Kōron, enero de 1919) que escribió «Rashomon» y «La nariz»
impulsado por una necesidad de escribir «a ser posible relatos alejados de la
actualidad, relatos entretenidos», al tiempo que remontará el origen de sus textos a un
desengaño amoroso que algunos críticos se tomarán luego demasiado en serio a fin de
justificar la composición de ambas obras. <<

Página 190
[4]Pórtico («mon») de acceso a la antigua Heian, actual Kioto. Estaba situado al sur
de la gran avenida Suzaku, avenida que cruzaba de punta a punta la capital y
terminaba en el norte con otro gran pórtico, Suzakumon, que daba acceso al Palacio
Imperial. Se especula con la posibilidad de que su función fuera meramente
conmemorativa. <<

Página 191
[5] En el original en francés, sentimentalisme. <<

Página 192
[6] Período histórico que se extiende desde el 794 hasta el 1185. <<

Página 193
[7]En japonés tachi, espada común en la época Heian, ligeramente más curvada y
más larga que su sucesora en épocas posteriores, la katana, si bien a veces solo se
distinguen por la forma en que se ciñen: el tachi con el filo hacia abajo y la katana
hacia arriba. Para la traducción alternaremos los términos espada y katana, con los
que el lector en español está más familiarizado. <<

Página 194
[8] Referencia al Konjaku Monogatari, donde puede leerse «kashira no ke futorite»,
literalmente «engordar los pelos de la cabeza». La expresión aparece en el relato 42
del volumen XIV, el 20 del volumen XXIV y el 13 del volumen XXVII. <<

Página 195
[9] Entre 15 y 18 centímetros. Un sun equivale a 3,03 cm. <<

Página 196
[10] En el budismo mahayana, reino celestial o paraíso de budas (seres que han
alcanzado la perfección) y bodhisattvas (seres en el camino a la iluminación, o bien
seres iluminados que regresan para ayudar a otros a iluminarse). Derivadas de estas
creencias existen dos grandes sectas en Japón: Jōdo-shū («Escuela de la Tierra Pura»,
fundada por Hōnen en 1175) y Jōdo Shinshū («Escuela verdadera de la Tierra Pura»,
iniciada a través de los escritos de Shinran, discípulo de Hōnen). <<

Página 197
[11] Un shaku equivale a 10 sun o 30,3 centímetros. <<

Página 198
[12] En sánscrito, Avalokitesvara, bodhisattva de la compasión representado con
rasgos femeninos. El Sutra de Kannon forma parte del Sutra del Loto, uno de los
textos fundamentales del budismo Mahayana. <<

Página 199
[13]El suikan, especie de sayo de mangas muy anchas, era la prenda común entre la
plebe de la época, si bien fue normalizándose entre la aristocracia por su comodidad.
Solía vestirse con hakama, pantalones anchos. La katabira es un quimono ligero para
vestir en verano, comúnmente de cáñamo. <<

Página 200
[14]El color anaranjado o mandarina, así como el hábito negro, hace referencia a los
vestidos de los monjes. <<

Página 201
[15]En sánscrito, Maudgalyayana y Sariputra, respectivamente, dos de los discípulos
de Buda Sakyamuni. <<

Página 202
[16] Ryūju (en sánscrito, Nagarjuna) fue un pensador y difusor del budismo que
teorizó el concepto de vacío o sunyata. Vivió entre los años 150 y 250. Memyo
(Asvagosha) fue un poeta de los siglos I y II. Ambos alcanzaron el estado de
bodhisattva. <<

Página 203
[17]
Liu Bei (161-223) fue emperador de la dinastía Shu Han durante el período de los
Tres Reinos. La anécdota aparece en El romance de los tres reinos de Luo
Guanzhong (s. XIV), una de las cuatro novelas clásicas más influyentes de la China
premoderna. <<

Página 204
[18]Karasu-uri en japonés (Trichosanthes cucumeroides). Conocida como calabaza
de serpiente o chichinga, es una planta de origen tropical o subtropical de la que, de
algunas de sus variedades, se puede consumir su fruto, sus hojas y sus flores. <<

Página 205
[19]Fugen, en sánscrito, Samantabhadra, suele ser representado sobre un elefante
blanco, cuya trompa parece recordarle a Naigu su nariz. <<

Página 206
[20]Fujiwara no Mototsune (836-891) ocupó el puesto de Sesshō, asistente de un
emperador menor de edad. Él mismo creó más tarde el puesto de Kanpaku, para
seguir gobernando como regente junto a emperadores adultos y prolongar así el poder
de la familia Fujiwara. <<

Página 207
[21] Véase nota 7. <<

Página 208
[22]El suikan solía llevar un cordón para redondear el cuello y escarapelas con forma
de crisantemo (kikutoji) para adornar las costuras en ambas mangas, pecho y espalda
(actualmente también pueden verse en los trajes de los árbitros de sumo). Los
bombachos en cuestión llevaban el nombre de sashinuki. <<

Página 209
[23]
En japonés, amazuru. Akutagawa se refiere en realidad a amachazuru, conocida
como yiaogulan, del chino (lit. «orquídea de la vid enroscada»). Es una hierba de la
familia de las Cucurbitáceas con aplicaciones medicinales. <<

Página 210
[24]Fujiwara no Toshihito (fecha indeterminada). Ocupó el cargo de Chinjufu-
shōgun, general encargado de la «pacificación» en el norte del país (Honshū y
Hokkaidō) para contener a las tribus de los ainu. <<

Página 211
[25]Fujiwara no Tokinaga (fecha indeterminada). El ministro de Asuntos Populares,
uno de los Ocho Ministros de la corte establecidos en el siglo VIII, se ocupaba de los
censos de población y otros asuntos generales. <<

Página 212
[26]El sake negro se elaboraba a partir del sake blanco (sake sin refinar) mezclando
cenizas de madera del árbol del destino (Clerodendrum trichotomum) y polvo de
sésamo negro. El sake blanco solía usarlo el emperador como ofrenda para la nueva
cosecha en la ceremonia conocida como Niinamesai. <<

Página 213
[27]El kariginu es una prenda tipo sayo con mangas anchas muy parecida al suikan,
del que se diferencia básicamente por no tener cordones de adorno ni escarapelas en
forma de crisantemo. Literalmente «ropa de caza», era utilizada por la aristocracia
para practicar el deporte de la caza, pero debido a su comodidad pronto se convirtió
en la ropa habitual. <<

Página 214
[28] Nombre común para el cinto y la faja del quimono japonés. Se vestía con
cualquier prenda: suikan, kariginu, etc., y en el caso de los samuráis servía para ceñir
la katana. <<

Página 215
[29] Entre las nueve y las once de la mañana. <<

Página 216
[30] El zorro (kitsune) aparece en el folclore popular como un ser capaz de
transformarse, en especial en una mujer hermosa con el objetivo de embaucar a los
hombres. <<

Página 217
[31] Especie de saco de dormir o futón con mangas en forma de quimono. <<

Página 218
[32] Entre las cinco y las siete de la mañana. <<

Página 219
[33]Toba Sōjō (1053-1140). Pintor y monje de la escuela Tendai, en chino Tiantai,
que forma parte del budismo mahayana y cuyo texto principal es el Sutra del Loto. Se
le atribuyen rollos de pintura como el Chōjū-giga («Caricatura de animales») o el
Shigisan-engi («Leyenda del monte Shigi»). <<

Página 220
[34]Conjuros o sortilegios que se recitan en el budismo para solicitar el favor piadoso
de budas y bodhisattvas. Se recitan directamente en sánscrito, transcrito
fonéticamente con ideogramas que no se traducen, por lo que suena ininteligible.
Kūkai (774-835), fundador del budismo shingon («Palabra Verdadera»), los distingue
de los mantras para elaborar su teoría del lenguaje, según la cual cada sílaba del
dhāranī manifiesta la verdadera naturaleza de la realidad. <<

Página 221
[35]
Entre las nueve y las diez menos veinte. Una hora antigua japonesa equivale a dos
horas actuales, divididas en tres partes (tercios) de cuarenta minutos cada una. La
hora del Jabalí es de nueve a once de la noche. <<

Página 222
[36]Fujiwara no Michinaga (966-1028) representó el punto álgido del control del clan
Fujiwara. Gobernó de facto durante más de dos décadas ocupando distintos cargos
desde 995 como ministro de la Derecha, ministro de la Izquierda (véase nota 85) o
Sesshō (véase nota 20), hasta que se metió a monje en 1019. <<

Página 223
[37] Entre siete y nueve metros. Un ken equivale a 1,81 metros. <<

Página 224
[38]Tajomaru reaparecerá más tarde como personaje en el relato En la espesura del
bosque, mientras que Heiroku, según muestran las notas de Akutagawa, era el
nombre del protagonista de Rashomon antes de que el autor decidiera convertirlo en
un sirviente anónimo. <<

Página 225
[39]
Zueco de madera para días de lluvia, algo más alto que el zueco común conocido
como geta. <<

Página 226
[40]Antigua calle de Kioto en la época Heian. Actualmente se corresponde con
Takoyakushi. <<

Página 227
[41] Antigua callejuela de Kioto donde hoy se encuentra la avenida Oike. <<

Página 228
[42]Ropa interior de cáñamo utilizada para absorber el sudor. No debe confundirse
con la pieza de tela más refinada o túnica que las damas de la corte usaban en verano
sobre sus quimonos. El nombre coincide porque la prenda tiene un origen común. <<

Página 229
[43]Las tiendas y algunas casas tradicionales suelen tener una cortinilla decorativa
colgando del dintel denominada noren. En este caso, para remarcar la miseria de la
época, se especifica que se trata únicamente de un trapo blanco. <<

Página 230
[44]Conocidos comúnmente como Niō, se trata de uno de los muchos tipos de
deidades protectoras de la ley budista o dharma. De aspecto terrible, suelen ser
manifestaciones alternativas de los bodhisattvas (quienes solo se presentan con un
aspecto pacífico y bondadoso). Acostumbran a llevar un garrote amenazante y
pueden verse a la entrada de algunos templos protegiendo los flancos del pórtico de
acceso. <<

Página 231
[45]Se trata del fubasami, un instrumento para entregar las cartas a los aristócratas sin
usar las manos. <<

Página 232
[46] Kuzu o kudzu es una planta del género de las puerarias con propiedades
medicinales. Su fécula se conoce como kuzuko (polvo de kuzu), y se utiliza en
repostería para hacer kuzumochi (pasteles de arroz y kuzu), mizu manju (con pasta de
judías rojas) o la bebida dulce y gelatinosa kuzuyu. Se usa también como almidón
para cocinar. <<

Página 233
[47]En sánscrito, Mahamayuri. Es uno de los grandes reyes de la sabiduría (Myō-ō) o
guardianes en el budismo esotérico (mikkyo). En el panteón budista ocupan un estado
inferior a budas y bodhisattvas. Estos dioses suelen aparecer con un aspecto terrible,
siendo Mahamayuri el único con aspecto benevolente como los bodhisattvas. Es
representado con cuatro brazos y sentado sobre un pavo real (en japonés kujaku). <<

Página 234
[48] Los pórticos de Rashomon y Suzakumon suelen ser escenario de leyendas
fantasmagóricas. Sobre la aparición de demonios en Suzakumon son famosos el
emaki o rollo ilustrado Historia de Haseo (Haseozōshi) y el cuento Hakuga y la
flauta del demonio (Hakuga no Sanmi to oni no fue). Sin embargo, no sabemos cuál
puede ser aquí la fuente de Akutagawa. <<

Página 235
[49] Medida equivalente a unos 3,03 metros, diez shaku. <<

Página 236
[50] Actualmente la región de Hokuriku, en el mar del Japón, que incluye las
prefecturas de Niigata, Fukui, Ishikawa y Toyama. Los espejismos se pueden avistar
en la bahía de Toyama. <<

Página 237
[51]Canción folclórica de la antigua provincia de Mutsu recogida en forma de waka o
poema japonés en el Kokin Wakashū (Colección de poemas antiguos y modernos, s.
X), donde aparece catalogada con el número 1093, volumen 20. <<

Página 238
[52]Canción recogida en el Ryōjin Hishō (Canciones para hacer bailar el polvo sobre
las vigas, c. 1180), recopilado por el emperador Go-Shirakawa (1127-1192). La
canción termina: «sí, el grillo es un maestro del gong». La escena hace pensar en una
orquesta de música gagaku. <<

Página 239
[53]Versos que aparecen en El libro de la almohada (c. 1000) de Sei Shōnagon. El
fragmento en cuestión narra la llegada de una pordiosera a palacio que entretiene a
las damas con canciones pícaras y otras anécdotas. Hitachi no Suke hace referencia al
gobernador de la provincia de Hitachi, si bien existe un personaje de ficción con ese
nombre en el Genji Monogatari. La montaña Hombre (Otokoyama) está situada en
Yawata, al sur de Kioto y es famosa por sus colores otoñales. Aquí hay un juego entre
el pico del monte y el pene del hombre. La palabra «color» (iro) alude en japonés a
los asuntos eróticos. <<

Página 240
[54] El gato es uno de los animales que, como el zorro, tiene la capacidad de
transformarse. Entre los yōkai o seres sobrenaturales con forma de gato destacan el
bakeneko (gato monstruo) y el nekomata, que tiene la cola partida en dos. El viejo
decrépito, aquí, hace clara alusión al anciano de Inokuma. <<

Página 241
[55]En japonés, shō ji ji dai () Esta frase y la siguiente forman parte de un gāthā
conocido como el «gāthā del final del día». El gāthā es uno de los doce tipos o
divisiones existentes entre los textos canónicos budistas (véase nota 148). Se
caracteriza por estar escrito en verso o en estancias (en el caso del japonés, en
yojijukugo, agrupaciones de cuatro sinogramas que se usan normalmente para crear
modismos). <<

Página 242
[56] En japonés, mu jō jin soku (). <<

Página 243
[57] El título original es Gesaku-zanmai. La expresión japonesa zanmai (entrega,
consagración) tiene su origen en el concepto budista samadhi (último estado de
conciencia durante la meditación). Gesaku es un género narrativo de la literatura
popular del período Edo (1603-1868) surgido en la segunda mitad del s. XVIII. Incluye
subgéneros como el sharebon (historias humorísticas en los barrios de placer),
kokkeibon (picaresca y absurdo con preferencia por los diálogos), dangibon (humor
con moraleja), ninjōbon (historias amorosas), yomihon (ficción y fantasía con
finalidad moral) y kusazōshi (relatos con predominio de las ilustraciones). <<

Página 244
[58]Shikitei Sanba (1776-1822). Autor de gesaku. Su obra más famosa, aquí citada, es
el kokkeibon titulado Ukiyo-furo (Los baños del mundo flotante). <<

Página 245
[59]Toallita de mano o tela ligera para frotarse o secarse el cuerpo en el baño. Tenía
multitud de usos y por la variedad de sus diseños se fue convirtiendo en una pieza de
ropa accesoria. <<

Página 246
[60]Puerta con el dintel muy bajo para que no escapara el calor del interior de los
baños. La gente, después de lavarse el cuerpo, accedía al baño a través de esta puerta,
por la que había que agacharse. <<

Página 247
[61] Más conocido como Kyokutei Bakin o Tanizawa Bakin (1767-1848). Autor de
gesaku, principalmente de yomihon, subgénero con pretensiones de alta literatura,
algo más elaborado que el resto de subgéneros (véase nota 57). Su inspiración
principal es la literatura fantástica china. Su obra más destacada, que alcanza los 98
volúmenes repartidos en 106 libros, es la novela épica de corte fantástico Nansō
Satomi Hakkenden (lit. La leyenda de los ocho perros del clan Satomi de Nansō). En
ella, paralela a la trama, se desarrolla el concepto del confucianismo kanzenchōaku,
según el cual los virtuosos son premiados y los malvados castigados (la denominada
justicia poética), así como el concepto budista ingaōhō (retribución causa-efecto),
según el cual la fortuna o la desgracia en esta vida viene determinada por las acciones
de la vida anterior. Bakin vivió en el barrio Kanda-Dōbō desde los cincuenta y ocho
hasta los setenta años. <<

Página 248
[62]Luo Guanzhong (c. 1330-1400). Novelista chino admirado por Bakin a quien se
le atribuyen el Romance de los tres reinos y A la orilla del agua, dos obras incluidas
entre las así llamadas «Las cuatro grandes no velas chinas». <<

Página 249
[63] Verso de 17 sílabas equivalente a la forma del haiku actual, cuyas pausas
silábicas, que normalmente forman tres unidades significativas, los occidentales han
separado en tres versos distintos de 5, 7 y 5 silabas, respectivamente. El hokku era el
verso que abría el renga, que a su vez era un poema colaborativo de versos
encadenados en grupos de dos: el primero («verso de arriba») de 5-7-5, el segundo
(«verso de abajo») de 7-7, estructura equivalente a la forma del tanka (5-7-5, 7-7) y
que se repetía durante toda la serie hasta alcanzar 36 o 100 versos, según la época.
Cada autor componía el verso de arriba o el de abajo en función del anterior
siguiendo una serie de reglas retóricas y lugares comunes. El hokku, así pues,
equivaldría en su forma al primer verso de la serie renga o al primer verso de un
tanka. <<

Página 250
[64]
Keiseisuiden (13 entregas entre 1825 y 1835), obra del subgénero kusazōshi.
Basada en la obra de Luo Guanzhong. Véase nota 62. <<

Página 251
[65]Santō Kyōden (1761-1816). Autor de gesaku que destacó en el subgénero de
sharebon y yomihon. Si bien fue maestro de Bakin, surgieron entre ellos
desavenencias. <<

Página 252
[66]En japonés, shishogokyō («cuatro libros y cinco clásicos»). Textos canónicos
formados por los denominados cuatro libros: Gran Saber, Doctrina de la medianía,
Analectas y Mencius (nombre a su vez del autor); y los cinco clásicos: I Ching
(«Clásico de los Cambios»), Shujing («Clásico de la Historia»), Shi Jing («Clásico de
la Poesía»), Liji («Clásico de los Ritos») y Chunqiu («Anales de primavera y otoño»).
<<

Página 253
[67]Shōsen Jōshi Aki no Nanakusa (1809), yomihon de Bakin basado en un shinjū
(doble suicidio en pareja) que tuvo lugar en Osaka entre 1704 y 1711 y que inspiró
canciones, así como obras de teatro kabuki jōruri (marionetas). Destaca la obra
Shinpan-utazaimon de Chikamatsu Hanji (1725-1783), a quien no hay que confundir
con Chikamatsu Monzaemon. <<

Página 254
[68] Período Nanbokuchō o Era de las Cortes del Norte y del Sur (1336-1392). <<

Página 255
[69]Jippensha Ikku (1765-1831). Autor de gesaku famoso por el kokkeibon
superventas de la época Tōkaidōchū Hizakurige. <<

Página 256
[70]Nicho de una habitación de estilo japonés en cuya pared se suelen colocar
pinturas colgantes y cuyo pedestal se decora con arreglos florales (ikebana). <<

Página 257
[71] Shinpenkinpeibai (1831-1847). Adaptación en el subgénero kusazōshi de la
novela china homónima Jin Ping Mei o El ciruelo en el vaso de oro (c. 1610), novela
de corte naturalista con episodios eróticos que describe la decadencia social a finales
de la dinastía Ming (1368-1644). Es considerada por algunos la quinta gran novela
clásica china junto a Romance de los tres reinos, A la orilla del agua, Viaje al oeste y
Sueño del pabellón rojo. <<

Página 258
[72]Nakamura Jirokichi (1797-1831) fue un ladrón al estilo Robin Hood conocido
como Nezumi Kozō. Su apodo significa literalmente «niño rata» y podría traducirse
como ratero. Kozō se utilizaba como sobrenombre para designar a los niños
carteristas. Su figura pasó muy pronto a formar parte del imaginario popular,
convirtiéndose en un héroe del folklore japonés. <<

Página 259
[73]Fechada en 1832 existe una relación detallada de los robos confirmados donde
aparecen los nombres de las víctimas y las cantidades extraídas. Según cálculos
actuales, un ryō oscilaría entre los 100 000 y 130 000 yenes (unos 1000 euros). Dos
bu, con la mitad de peso en oro, equivaldría a un ryō. (1 ryō de oro = 2 bu = 60
monme de plata = 4000 mon de cobre). La cifra ascendería a unos cuatrocientos
millones de euros. Según ejemplos de la época, con 1 ryō se podía pagar el jornal de
23 carpinteros o comprar 406 cuencos de fideos (a 16 mon cada uno). <<

Página 260
[74]Ryūtei Tanehiko (1783-1842), autor de gesaku. Su obra principal es el Nise
Murasaki inaka Genji (El Genji rústico de la falsa Murasaki). Se trata de un gōkan,
versión perfeccionada y más extensa del subgénero kusazōshi, con ilustraciones del
pintor Utagawa Kunisada (1786-1865). <<

Página 261
[75]Tamenaga Shunsui (1790-1843). Autor de gesaku que destacó en el subgénero del
ninjōbon. Su estilo, que influirá a autores modernos como Nagai Kafū, se caracteriza
por el realismo en la descripción de asuntos amorosos. Discípulo de Shikitei Sanba.
<<

Página 262
[76] Obra del subgénero yomihon. Asaina shimeguri no ki (1815). <<

Página 263
[77]Watanabe Kazan (1783-1841). Pintor que introdujo técnicas occidentales en sus
obras. Como erudito y estadista promovió las ideas extranjeras y fue crítico con la
política del sogunato. Varios de sus ensayos fueron considerados un ataque al
Gobierno, por lo que sufrió arresto domiciliario y la prohibición de vender sus
pinturas. Finalmente se suicidó cometiendo seppuku. Su edad en el relato, fechado en
1831, es de treinta y nueve años, veintiséis menos que Bakin. <<

Página 264
[78]Kanzan y Jittoku son personajes legendarios de la China de los Tang (618-907).
Aparecen como motivos habituales en la pintura zen, representados como bonzos en
estrecha amistad o como reencarnaciones de los bodhisattvas Fugen y Monju,
respectivamente. <<

Página 265
[79]
Wang Wei (699-759) fue un reconocido músico, pintor y poeta de la dinastía
Tang. <<

Página 266
[80]
Chinsetsu Yumiharizuki (1807-1811) y Sanshichi Zenden Nanka no Yume (1808).
Ambos yomihon con ilustraciones de Katsuhika Hokusai (1760?-1849). <<

Página 267
[81]En sánscrito, Yamantaka. Es uno de los grandes reyes guardianes del budismo
esotérico. De aspecto terrible, se suele representar con seis caras, seis brazos armados
y seis piernas, montado sobre un buey. Con sus seis caras vigila los seis mundos de
existencia, mientras que las seis piernas hacen referencia a las seis virtudes o
pāramitās del budismo mahayana. Es considerado el guardián del oeste. <<

Página 268
[82]Qin Shi Huang (259 a. C.-210 a. C.), unificador de China y primer emperador de
la dinastía Qin. Bajo su reinado despótico se inicia la construcción de la Gran Muralla
y tiene lugar «la quema de libros y la sepultura de intelectuales», un episodio al que
Akutagawa se refiere en Una vida consagrada a la literatura ligera. <<

Página 269
[83]Yang Guang (569-618), segundo emperador de la dinastía Sui. Ocupa el trono tras
asesinar a su padre. Bajo su reinado tiene lugar la reconstrucción de la Gran Muralla
china, así como otras grandes obras de ingeniería civil que costaron muchas pérdidas
humanas. Destacó por su apego al lujo. <<

Página 270
[84]Minamoto no Tōru (822-895), poeta y gobernante, ocupaba el puesto de ministro
de la Izquierda, el cargo de más poder tras el emperador, el canciller y el primer
ministro. Los relatos sobre su fantasma aparecen en las obras Konjaku Monogatari y
Uji Shui Monogatari. <<

Página 271
[85]Hua Tuo (c. 145-208) fue un médico de la dinastía Han famoso por ser el primero
en utilizar cirugía con anestesia. Aparece como personaje de ficción en el Romance
de los Tres Reinos del novelista chino del siglo XIV Luo Guanzhong. En Japón es
famosa la estampa de ukiyo-e de Utagawa Kuniyoshi donde puede verse a Hua Tuo
operando sin anestesia el brazo del general Guan Yu mientras este sigue concentrado
en el juego de go. <<

Página 272
[86]El bonzo superior (sōzu, segundo rango en la jerarquía budista) hace alusión al
monje Genshin, retirado en Yokawa y autor de la obra Ōjōyōshū (Fundamentos del
renacimiento en la Tierra Pura, 985), recopilación de textos sagrados y comentarios
budistas en los que aparecen las descripciones del infierno budista. <<

Página 273
[87]Fudō Myō-ō, en sánscrito, Acala, «El Inamovible». Uno de los grandes reyes
guardianes. Es el encargado de custodiar el centro. Se le representa envuelto en
llamas, sosteniendo una espada para matar demonios en su mano derecha y un lazo
para atraparlos en la izquierda. <<

Página 274
[88] Kudara Kawanari (782-853), primer pintor de la época Heian del que se tiene
constancia. No se conservan obras suyas, pero se dice que sus autorretratos eran de
un naturalismo sorprendente. Kose no Kanaoka (fecha indeterminada), pintor más
importante de la corte que adaptó al gusto japonés el estilo pictórico de la dinastía
Tang y fundó la escuela Kose, que se extiende hasta el siglo XIX a lo largo de
veintitrés generaciones, pero que a diferencia de otras escuelas no se identifica con un
estilo pictórico particular. <<

Página 275
[89]En japonés, goshu-shōji, pintura sobre el ciclo de la reencarnación o samsara en
el que se representan, en una rueda sostenida por un demonio, cinco de los seis reinos
o dominios de existencia: seres celestes, humanos, bestias, espíritus hambrientos e
infierno. No está representado el reino de los Asura, deidades coléricas en guerra
perpetua. <<

Página 276
[90]Resulta cuando menos curioso que Akutagawa solo hable de uno de los cinco
seres de la pintura goshu-shōji-rin (lit. «rueda de los cinco aspectos de la vida y la
muerte»). Sin embargo, su descripción de los seres celestiales (tennin) «sollozando y
suspirando» no se corresponde con dicha pintura, en la que solo aparecen volando,
sino con la pintura Tennin no gosui (Las cinco debilidades de los seres celestes).
Error que se deriva de la confusión de los títulos de ambas pinturas en el Gran
diccionario del budismo (1917) de Oda Tokunō, fuente más que probable de
Akutagawa. De ahí quizás también que Akutagawa haya suprimido el término rin
(rueda) del término goshu-shōji-rin. <<

Página 277
[91]Tengu es un ser sobrenatural del folclore japonés de cara roja y nariz
exageradamente larga, habitante de las montañas y los bosques. Originalmente tenía
forma de pájaro y se le consideraba un ser problemático que gustaba de contrariar los
preceptos budistas. Chira Eiju aparece en Konjaku Monogatari. <<

Página 278
[92]Monju, en sánscrito, Manjushri, fue un discípulo real de Buda Gautama. En su
estado de iluminación (bodhisattva) se le representa sentado en la posición del loto,
con una espada en la mano derecha y un pergamino en la izquierda como símbolo de
sabiduría. <<

Página 279
[93]Según el budismo, al morir se entra en un estadio intermedio conocido en japonés
como chu-in y en tibetano como bardo. Durante un período de dos años, las almas de
los difuntos son juzgadas repetidamente por los Diez Reyes del Infierno, entre los que
destaca Enma, considerado por la tradición popular como el rey supremo del
inframundo. En función del veredicto se decide en cuál de los seis reinos de
existencia mundana o samsara se reencarnará el alma del difunto: reino de los seres
celestes, reino humano, reino animal, reino de los Asura, reino de los espíritus
hambrientos o reino del infierno. <<

Página 280
[94]En japonés, ennetsu jigoku, sexto de los infiernos según la tradición budista
japonesa. Si bien el número de infiernos varía en función de las fuentes, la versión
más extendida describe ocho infiernos ardientes frente a ocho infiernos helados.
Ordenados de arriba abajo, cuanto más se desciende, más variedad de penas sufre el
condenado (en concreto diez veces más). En el Infierno del Calor Abrasador (sigo la
traducción de Jesús Carlos Álvarez Crespo) se hacen grandes parrilladas con los
cuerpos de los condenados por asesinato, hurto, lascivia, ebriedad, falsedad y por
tener un punto de vista maligno, es decir, contrario a los preceptos budistas. Según se
cuenta, el calor de sus llamas es tal que las llamas de los cinco infiernos anteriores se
sienten frías como la nieve. <<

Página 281
[95]El demonio con tres caras y seis brazos puede referirse a Daitoku Myō-ō. Los
carceleros con cabeza de buey y de caballo (gozu y mezu) son demonios infernales
que reciben o acompañan a los condenados. Forman parte del imaginario budista y se
corresponden con los términos sánscritos gośīrṣa, «cabeza de buey» y aśvaśīrṣa,
«cabeza de caballo», este último un avatar de Vishnu también conocido como
Hayagriva. En Japón existe también la deidad Gozu-tenno, representada con cabeza
de buey y que se correspondería con un avatar del dios hindú Indra. <<

Página 282
[96] Las cinco virtudes en cuestión son benevolencia, rectitud o justicia (concepto
opuesto al beneficio propio), decoro (respeto hacia la tradición, las ceremonias y la
jerarquía social), sabiduría y, finalmente, fidelidad, virtud añadida posteriormente por
el letrado confucionista Dong Zhongshu para encajar el número de virtudes con la
teoría del Wu Xing o de los Cinco Elementos (madera, metal, fuego, agua y tierra,
respectivamente). Si bien la trasgresión de las cinco virtudes parece poder rastrearse a
lo largo del relato de Akutagawa, la fidelidad, sobre todo en su dimensión paterno-
filial, tiende a ser el eje central de la trama. <<

Página 283
[97]Texto apócrifo sobre el poeta Matsuo Bashō (1644-1694) que pretende ser una
compilación de poemas, conversaciones y cartas editadas por los propios discípulos
del maestro, pero que en realidad está escrito por el poeta Warai Bungyō (1735-
1816), quien se sirvió de diferentes textos de la época de Bashō como modelo. <<

Página 284
[98]Nombre de la casa de huéspedes donde Bashō pasó sus últimas horas tras
enfermar. Se sobreentiende que el hostal y su dueño comparten el mismo nombre. <<

Página 285
[99]El haikai, abreviación de haikai-no-renga, es un tipo de renga (poema colectivo
de versos encadenados) con tono humorístico. Aparece como forma independiente
del renga «serio» desde el siglo XV en compilaciones de 100 versos. En sus inicios
predominaban el tono jocoso, el juego de ingenio y el uso de palabras comunes. En
época posterior se refinó el tono y se redujo a una composición de 36 versos
repartidos en dos hojas, estilo conocido como kase: en el anverso de la primera hoja,
6 versos y 12 en el reverso; en la segunda, 12 y 6, respectivamente. El verso (ku) que
inicia la serie, el hokku, se independizó y derivó en el haiku (nombre creado por el
poeta Masaoka Shiki a finales del s. XIX). <<

Página 286
[100]
Matsuo Bashō dotó al haikai de un tono lírico más elevado a través de conceptos
como el sabi, mezcla de refinamiento y sobriedad, acercándose así a la estética zen y
creando una poesía en la que primaba la experiencia sobre las referencias literarias.
<<

Página 287
[101] Texto que aparece en el Diario de Hanaya. <<

Página 288
[102] Entre las tres y las cinco de la tarde. <<

Página 289
[103]Puertas correderas de papel grueso sobre marco de madera que servían de
separación entre estancias en el interior de la casa. Suelen estar decoradas con
pinturas. <<

Página 290
[104]
Mochizuki Mokusetsu (fecha indeterminada). Médico y discípulo de Bashō que
acudió en su ayuda en cuanto recibió la noticia de que el maestro había enfermado.
<<

Página 291
[105]Tierra natal de Bashō, actual prefectura de Mie, y uno de los lugares autóctonos
de los ninja, por lo que para explicar su obra Sendas de Oku, donde describe un largo
viaje por Japón lleno de incógnitas, se ha llegado a especular la posibilidad de que él
mismo fuera un espía ninja. <<

Página 292
[106] Shinshi Kikaku, más conocido como Enomoto Kikaku (1661-1707). <<

Página 293
[107] Mukai Kyorai (1651-1704). <<

Página 294
[108]Naitō Jōsō (1662-1704), admirado por Akutagawa, fue continuador de la estética
sabi. Tras la muerte de Bashō se retiró a una choza y se consagró a la práctica zen y a
la composición de hokku. <<

Página 295
[109] Kawai Otokuni (1657-1720). <<

Página 296
[110] Hirose Izenbō (¿?-1711). <<

Página 297
[111] Kagami Shikō (1665-1731). <<

Página 298
[112] Mizuta Masahide (1658-1723). <<

Página 299
[113]Hokku de Bashō considerado su jisei no ku (poema de despedida a la hora de la
muerte), escrito cinco días antes de morir. Está recopilado por Enomoto Kikaku en la
antología Kareobana (Los pastos secos). <<

Página 300
[114] Emoto Shidō. Boticario y discípulo de Bashō. <<

Página 301
[115] Hokku incluido en Sendas de Oku (1702). Traducción de Antonio Cabezas. <<

Página 302
[116]Traducción de Antonio Cabezas. Hokku que abre el texto Kasshiginkō, más
conocido como Nozarashi Kikō (Diario de huesos blanqueados a la intemperie,
1685-1687). La palabra nozarashi, que Cabezas traduce como «a la intemperie»,
evoca los restos óseos de aquellos que han perdido la vida en el camino y con los que
no era extraño toparse de vez en cuando. El caminante, mientras piensa en la
posibilidad de terminar él también como esos huesos, se lanza al viaje. <<

Página 303
[117]Shunkan (¿?-1179) fue un bonzo superior de segundo rango (sōzu) cercano al
emperador Go-shirakawa (1127-1192). Fue acusado de participar en la conspiración
de Shishi-ga-tani (1177) contra el regente Taira no Kiyomori (1118-1181), líder del
clan Taira (o clan Heike), que había alcanzado un poder casi absoluto. Como
consecuencia, Shunkan fue desterrado junto a otros conspiradores a una isla del sur
conocida como Kikai-ga-shima (lit. «isla del mundo de los demonios») que algunos
identifican con la actual isla volcánica Iōjima y otros con Kikai-jima. <<

Página 304
[118]Genpei Seisuiki. Texto en 48 volúmenes que ofrece una versión alternativa al
Heike monogatari (trad. R. Tani y C. Rubio, Gredos, Madrid, 2005) (s. XIII). Narra las
batallas entre los clanes Genji y Heike (abreviados en la palabra Genpei) entre los
años 1161 y 1183. <<

Página 305
[119]
Especie de laúd generalmente de cuatro cuerdas y cuatro o cinco trastes utilizado
de acompañamiento para narrar historias como el Heike monogatari. <<

Página 306
[120]Los tañedores de biwa son en realidad un guiño a autores contemporáneos de
Akutagawa que escriben sobre Shunkan. Kurata Hyakuzō con su obra teatral Shunkan
(1918) y el creador del Premio Akutagawa de literatura Kikuchi Kan (1888-1948)
con su relato «Shunkan» (1921), respectivamente. <<

Página 307
[121]Fujiwara no Naritsune (1156-1202) y Taira no Yasuyori (fecha indeterminada),
fueron acusados de participar en la conspiración de Shishi-ga-tani y deportados junto
a Shunkan. <<

Página 308
[122]Ariwara no Narihira (825-880) fue uno de los seis poetas de waka mencionados
en el prefacio de Kokin Wakashū y modelo del héroe de Los Cuentos de Ise (s. x).
Destacó por ser un seductor. Fujiwara no Sanekata (¿?-998), poeta y aristócrata,
según se cuenta fue desterrado a la provincia de Mutsu por quitarle el bonete al
calígrafo Fujiwara no Yukinari (972-1027) y arrojarlo al jardín tras una discusión. <<

Página 309
[123] Quimono sin forro. <<

Página 310
[124]En el samsara budista (ciclo del nacimiento, vida, muerte y reencarnación), los
seres se extravían por los tres mundos o planos de existencia: el reino del deseo, el
reino de la forma y el reino inmaterial, que a su vez se subdividen en otros dominios.
Los seis reinos o vías de existencia son dominios del reino del deseo: seres celestes,
humanos, deidades Asura, bestias, espíritus hambrientos e infierno. <<

Página 311
[125] Norte, sur, este, oeste, noreste, noroeste, sureste, suroeste, arriba y abajo. <<

Página 312
[126]Nyorai, en sánscrito Tathagata, término que el Buda histórico solía utilizar para
referirse a sí mismo. <<

Página 313
[127] Características de Buda enumeradas en algunos sutras (escrituras canónicas
budistas) en las que se basaban los escultores de imágenes sagradas. 32 están
consideradas como obvias e identificables de un solo vistazo, mientras que las 80
restantes son más sutiles. Por poner un ejemplo, la primera de las 32 es que Buda
tiene los pies planos, por lo que cuando camina, se le pega el pie al suelo y no hay
espacio siquiera para un cabello. Entre las propiedades ocultas: los lóbulos de la oreja
están agujereados; tiene tres arrugas a la altura de la garganta; los orificios de la nariz
no son visibles, etc. <<

Página 314
[128] En el budismo, escrituras canónicas en las que se exponen enseñanzas y
preceptos relativos a las diferentes vías de conocimiento para alcanzar la iluminación
o realización espiritual completa del ser humano. Algunos son considerados
transcripciones directas de las enseñanzas orales de Buda. <<

Página 315
[129] Son varios los textos budistas que describen a esta muchacha como una
comerciante llamada Sujata, la primera en asistir a la iluminación de Buda, de ahí el
significado de su nombre: nacimiento feliz. La versión sobre Nandabala aparece en el
Buddhacarita, texto cuya segunda versión fue escrita por el poeta y religioso
Asvagosha (c. 80-c. 150). En japonés Butsuhongyōkyō, lectura de la versión china
Fosuoxing zan. <<

Página 316
[130]Tenmaōhajun, también conocido como Maō (rey demonio) o Tenshi-ma
(emperador demonio), reside en el sexto y último cielo (Takejizaiten; en sánscrito,
Paranirmitavasavarti) del reino del deseo y destaca por su obstinación en impedir la
iluminación. Equivale a la figura del demonio hindú Mara, que trató de tentar a Buda
enviando varias hechiceras. <<

Página 317
[131]Dharma es un término de difícil definición al que se le dan distintos significados
como «verdad», «existencia» o «ley natural del cosmos». Los ocho tipos de deidades
son (1) seres celestes, Devas; (2) dragones o deidades acuáticas, Nāgas; (3)
protectores de la naturaleza, Yakshas; (4) guardianes del soma, Gandharvas; (5)
deidades bélicas. Asuras; (6) seres semidivinos con forma de pájaro, Garudas; (7)
seres semidivinos cantores y danzarines, Kinnaras; (8) y deidades con cabeza de
serpiente, Mahoragas. <<

Página 318
[132]Fragmentos del Buddhacarita. La higuera en cuestión es el árbol de Bodhi bajo
el cual Buda alcanzó la iluminación. <<

Página 319
[133]
Texto incluido en el volumen 11 de Auge y decadencia de los clanes Taira y
Genji. <<

Página 320
[134] Véase nota 124. <<

Página 321
[135]Uno de los discípulos principales de Buda. Según el budismo zen, fue el primero
en recibir la «transmisión del dharma», costumbre según la cual alguien es nombrado
sucesor espiritual en un «linaje consanguíneo» (kechimyaku) que pasa de maestros a
discípulos y se remonta hasta el propio Buda. <<

Página 322
[136]
Fujiwara no Narichika (1138-1178), padre de Fujiwara no Naritsune (véase nota
120). Formó parte de la conspiración de Shishi-ga-tani. <<

Página 323
[137] Véase nota 117. <<

Página 324
[138] Nagarjuna (s. II), principal filósofo del budismo mahayana (véase nota 16). <<

Página 325
[139] Taira no Norimori (1128-1185). <<

Página 326
[140]Tres de las doce deidades protectoras del cielo o doce Devas (jūniten). Banten,
Taishaku y Kenro equivalen a la deidades del hinduismo Brahma, Indra y Prithvi,
respectivamente, siendo esta última representada comúnmente como una mujer,
protectora de la tierra, si bien en el budismo esotérico mikkyō es considerada un
hombre. <<

Página 327
[141] Véase nota 131. <<

Página 328
[142] Kuroshio (lit. «corriente negra») es una corriente marina que va desde Taiwán y
las islas Ryukyu en el sur de Japón hasta Honshū, la isla principal. Shunkan remata su
burla de Yasuyori nombrando a un dios que no existe. <<

Página 329
[143]Se trata de los gojin. En el budismo, cinco inmundicias que ofuscan la mente:
color, voz, olor, sabor y tacto. <<

Página 330
[144] El original reza Heishōkoku Kiyomori Nyūdō Jōkai, sobrenombre de Kiyomori
tras su conversión a monje. Existe un famoso grabado de ukiyo-e con ese título, obra
de Tsukioka Yoshitoshi, en el que aparece Kiyomori enfrentándose a una calavera
gigante en el jardín de su casa. Nyūdō, aparte de referirse al rasurado de la cabeza,
evoca también a un monstruo gigante de cabeza rapada. <<

Página 331
[145] Fragmento del volumen tercero del Heike monogatari. <<

Página 332
[146]Escena de un poema atribuido a Yamanoue no Okura (660-733) incluido, entre
otros textos, en la antología Manyōshū (lit. Colección de una miríada de hojas) y
motivo para grabados como el de Utagawa Kuniyoshi. Matsura Sayohime es una
heroína de relatos budistas. Es también el título de una obra de teatro noh atribuida a
Zeami. Según algunas versiones, ascendió al monte Matsura para despedir a su
marido, Otomo no Sadehiko, al partir este hacia la guerra contra Corea. Allí rezó con
tanto fervor que se convirtió en piedra. <<

Página 333
[147]Sori y Sokuri fueron dos hermanos hindúes abandonados en una isla desierta por
su madrastra. Allí pasaron día y noche llorando y lamentándose hasta que se pusieron
a rezar y alcanzaron la iluminación, convirtiéndose en los bodhisattvas Seishi y
Kannon, normalmente representados en pinturas y esculturas a derecha e izquierda
del Amida Nyorai también conocido como Amida Buda o Amida Tathagata. <<

Página 334
[148]Yi Xing (683-727), monje budista, astrónomo y matemático que creó una esfera
celeste con movimiento mecánico. Su comentario del Mahāvairocana Tantra, texto
del budismo vajrayāna (budismo esotérico o tántrico) inspiró al monje Kūkai para
fundar el budismo shingon (lit. «palabra verdadera»). Sobre Sanekata véase nota 122.
<<

Página 335
[149] Los doce tipos de texto, clasificados por su forma (prosa, poesía, fábula, etc.), o
bien por su contenido son: sūtra (preceptos prácticos), geya (versos melódicos),
vyākarana (revelaciones pasadas y proféticas), gāthā (versos metrados), udāna
(versos especiales), ityuktaka (narraciones antiguas), jātaka (relato de vidas pasadas),
vaipulya (presentación épica sobre virtudes y niveles de la mente), adbhutadharma
(relatos fabulosos), nidāna (narraciones sobre reglas éticas), avadāna (ejemplos
ilustrativos) y upadesha (definiciones y explicaciones generales). <<

Página 336
[150] Unos quinientos metros. Un chō equivale a 109,09 metros (360 shaku o 60 ken).
<<

Página 337
[151]En japonés sabieboshi. Los bonetes (eboshi) eran en un principio de seda, por lo
que poseían arrugas naturales hasta que pasaron a fabricarse con capas endurecidas
de papel de mayumi (Euonymus hamiltonianus), un árbol pariente del arbusto
conocido en español, curiosamente, como bonetero o bonete de cura. Las arrugas se
simulaban entonces con la técnica del grabado de madera. Cuanta más edad o más
elevado era el rango, más ancho era el estampado de las arrugas o sabi. <<

Página 338
[152]Ki es otra lectura para el sinograma de sun (3,03 cm). La medida estándar del
caballo era un shaku (30,3 cm), que quedan sobreentendidos. En definitiva, el caballo
medía 4 shaku y 4 sun (unos 133 cm en total). <<

Página 339
[153] Palabras del Kongōhannyakyō, el Sutra del Diamante. <<

Página 340
[154]Pindola Bharadvaja, el más importante de los dieciséis discípulos principales de
Buda. Se retiró a la montaña durante la muerte de Buda (nehan o nirvana), a la que
no asistió. Se lo venera para recuperarse de las enfermedades. <<

Página 341
[155] Unos cincuenta metros. Ver nota 149. <<

Página 342
[156]Se trata en realidad del estado intermedio conocido en el budismo como chu-u o
chu-in (equivalente al bardo tibetano), espacio indeterminado de transición entre el
instante de la muerte y el renacimiento cuya duración es de 49 días. <<

Página 343
Página 344

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