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Biografía de Ignacio Manuel Altamirano: La Navidad en Las Montañas El Zarco Clemencia

Ignacio Manuel Altamirano fue un destacado polifacético del siglo XIX en México, conocido por su labor en literatura, periodismo, política y educación, y su influencia en la construcción de una identidad mexicana. Nació en 1834 y fue un escritor prolífico que abordó diversos géneros literarios, utilizando la escritura como herramienta política. Su obra refleja su ideología liberal y su compromiso con un proyecto nacional republicano.

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Biografía de Ignacio Manuel Altamirano: La Navidad en Las Montañas El Zarco Clemencia

Ignacio Manuel Altamirano fue un destacado polifacético del siglo XIX en México, conocido por su labor en literatura, periodismo, política y educación, y su influencia en la construcción de una identidad mexicana. Nació en 1834 y fue un escritor prolífico que abordó diversos géneros literarios, utilizando la escritura como herramienta política. Su obra refleja su ideología liberal y su compromiso con un proyecto nacional republicano.

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BIOGRAFÍA DE IGNACIO MANUEL ALTAMIRANO

Ignacio Manuel Altamirano es uno de los hombres más importantes del siglo XIX.
Su labor no sólo se limita a la literatura –aunque él mismo lo deseara así tal y
como consigna en varios de sus escritos–, sino que también implica su quehacer
periodístico, su actividad política, militar, social, educativa y la construcción de una
identidad mexicana. Nació en Tixtla, Guerrero en 1834, y murió en San Remo,
Italia en 1893. Polígrafo con enormes aptitudes para desenvolverse en numerosos
campos de conocimiento, tuvo siempre una capacidad versátil y dinámica en los
distintos trabajos a los que se consagró, apunta Vicente Quirarte.[1] Altamirano fue
un escritor prolífico que cultivó diversos géneros literarios: novela, poesía, crónica
y ensayo; la capacidad del guerrerense para traspasar las fronteras entre los
géneros literarios habla de una concepción moderna de la literatura. Su actividad
política, por otra parte, es resultado de sus tendencias liberales y de la
construcción de un proyecto nacional republicano. La palabra para Altamirano era
un arma, una forma de combatir, la manera de hablar del presente, por ello la
escritura era el fundamento de su proyecto político. Ello es perceptible en sus
novelas La Navidad en las montañas, El Zarco y Clemencia, en las que, como
telón de fondo, se encuentra la ideología del autor.
POESÍA LOS NARANJOS

Perdiéronse las neblinas

En los picos de la sierra,

Y el sol derrama en la tierra

Su torrente abrasador.

Y se derriten las perlas

Del argentado rocío,

En las adelfas del río


Y en los naranjos en flor.

Del mamey el duro tronco

Picotea el carpintero,

Y en el frondoso manguero

Canta su amor el turpial;

Y buscan miel las abejas

En las piñas olorosas,

Y pueblan las mariposas

El florido cafetal.

Deja el baño, amada mía,

Sal de la onda bullidora;

Desde que alumbró la aurora

Jugueteas loca allí.


¿Acaso el genio que habita

De ese río en los cristales,

Te brinda delicias tales


Que lo prefieres a mí?

¡Ingrata! ¿por qué riendo

Te apartas de la ribera?

Ven pronto, que ya te espera

Palpitando el corazón

¿No ves que todo se agita,

Todo despierta y florece?

¿No ves que todo enardece

Mi deseo y mi pasión?

En los verdes tamarindos

Se requiebran las palomas,

Y en el nardo los aromas


A beber las brisas van.

¿Tu corazón, por ventura,

Esa sed de amor no siente,

Que así se muestra inclemente

A mi dulce y tierno afán?

¡Ah, no! Perdona, bien mío;

Cedes al fin a mi ruego;

Y de la pasión el fuego

Miro en tus ojos lucir.

Ven, que tu amor, virgen bella,

Néctar es para mi alma;


Sin él, que mi pena calma,
¿Cómo pudiera vivir?

Ven y estréchame, no apartes

Ya tus brazos de mi cuello,

No ocultes el rostro bello

Tímida huyendo de mí.

Oprímanse nuestros labios

En un beso eterno, ardiente,

Y transcurran dulcemente

Lentas las horas así.

En los verdes tamarindos

Enmudecen las palomas;

En los nardos no hay aromas


Para los ambientes ya.

Tú languideces; tus ojos

Ha cerrado la fatiga

Y tu seno, dulce amiga,

Estremeciéndose está.

En la ribera del río,

Todo se agosta y desmay

Las adelfas de la playa

Se adormecen de calor.

Voy el reposo a brindarte

De trébol en esta alfombra


De los naranjos en flor
EL ATOYAC

ABRASE el sol de Julio las playas arenosas

Que azota con sus tumbos embravecido el mar,


Y opongan en su lucha, las aguas orgullosas,

Al encendido rayo su ronco rebramar.

Tú corres blandamente bajo la fresca sombra

Que el mangle con sus ramas espesas te formó:


Y duermen tus remansos en la mullida alfombra

Que dulce primavera de flores matizó.

Tú juegas en las grutas, que forma en tus riberas

De ceibas y parotas el bosque colosal:

Y plácido murmuras al pie de las palmeras

Que esbeltas se retratan en tu onda de cristal.

En este edén divino que esconde aquí la costa.

El sol ya no penetra con rayo abrasador:


Su luz, cayendo tibia, los árboles no agosta,

Y en tu enramada espesa se tiñe de verdor.

Aquí sólo se escuchan murmullos mil süaves,

El blando son que forman tus linfas al correr,

La planta cuando crece, y el canto de las aves,

Y el aura que suspira, las ramas al mecer.


Osténtanse las flores que cuelgan de tu techo

En mil y mil guirnaldas para adornar tu sien:

Y el gigantesco loto que brota de tu lecho,

Con frescos ramilletes inclínase también.

Se dobla en tus orillas, cimbrándose, el papayo,

El mango con sus pomas de oro y de carmín:

Y en los ilamos saltan gozoso el papagayo,

El ronco carpintero y el dulce colorín.

Y cuando el sol se oculta detrás de los palmares,

Y en tu salvaje templo comienza a obscurecer,

Del ave te saludan los últimos cantares

Que lleva de los vientos el vuelo postrimer.

La noche viene tibia; se cuelga ya brillando

La blanca luna, en medio de un cielo de zafir;

Y todo allá en los bosques se encoge y va callando,

Y todo en tus riberas empieza ya a dormir.

Entonces en tu lecho de arena aletargado.

Cubriéndote las palmas con lúgubre capuz,

También te vas durmiendo, apenas alumbrado

Del astro de la noche por la argentada luz.

Y así resbalas muelle; ni turban tu reposo


Del remo de las barcas el tímido rumor,
Ni el brinco repentino del pez que huye medroso

En busca de las peñas que esquiva el pescador;

Ni el silbo de los grillos que se alza en los esteros,

Ni el ronco que a los aires los caracoles dan,

Ni el huaco vigilante que en gritos lastimeros

Inquieta entre los juncos el sueño del caimán.

En tanto, los cocuyos en polvo refulgente

Salpican los umbrosos yerbajes del huamil,

Y las obscuras malvas del algodón naciente

Que crece de las cañas de maiz en el carril.

Y en tanto en la cabaña la joven que se mece

En la ligera hamaca y en lánguido vaivén,


Arrúllase cantando la zamba que entristece,

Mezclando con las trovas el suspirar también.

Mas de repente, al aire resuenan los bordones

Del arpa de la costa con incitante son,


Y agítanse y preludian la flor de las canciones,

La dulce malagueña que alegra el corazón.

Entonces de los Barrios la turba placentera,

En pos del arpa, el bosque comienza a recorrer,

Y todo en breve es fiesta y danza en su ribera,

Y todo amor, y cantos y risas de placer.


Así transcurren breves y sin sentir las horas;

Y de tus blandos sueños en medio del sopor,

Escuchas a tus hijas, morenas seductoras,

Que entonan a la luna sus cántigas de amor.

Las aves en sus nidos, de dicha se estremecen,

Los floripondios se abren, su esencia a derramar;

Los céfiros despiertan y suspirar parecen,

Tus aves en el álveo se sienten palpitar.

Las palmas se entrelazan; la luz, en sus caricias.

Destierra de tu lecho la triste obscuridad;

Las flores a las auras inundan de delicias…

Y sólo el alma siente su triste soledad.

Adiós, callado río: tus verdes y risueñas

Orillas no entristezcan las quejas del pesar;

Que oírlas sólo deben las solitarias peñas

Que azota con sus tumbos embravecido el mar.

Tú queda reflejando la luna en tus cristales

Que pasan en tus bordes tupidos a mecer

Los verdes ahuejotes y azules carrizales

Que al sueño, ya rendidos, volviéronse a caer.

Tú corre blandamente bajo la fresca sombra


Que el mangle con sus ramas espesas te formó,
Y duerman tus remansos en la mullida alfombra

Que alegre primavera de flores matizó.


BIOGRAFIA DE AMADO NERVO

Nació en Tepic, Nayarit el 27 de agosto de 1870; murió el 24 de mayo de 1919 en


Montevideo, Uruguay. Poeta, cronista, narrador y diplomático con filiación al
movimiento modernista mexicano. En 1889 inició estudios en Derecho en el
seminario de Zamora, y en 1891 en Teología, ambos inconclusos. Profesor titular
de Lengua Nacional en la Escuela Nacional Preparatoria, 1904. Junto con Jesús
Valenzuela dirigió la Revista Moderna. Secretario de Redacción de El Mundo.
Colaboró en El Imparcial, El Mundo ilustrado, El Nacional, El Universal, Revista
Azul. La zarzuela Consuelo, con música de Antonio Cuyás, se estrenó en el
Teatro Principal de la Ciudad de México en 1899.
LOS 4 CORONELES DE LA REINA
La reina tenía

Cuatro coroneles;

Un coronel blanco,
Y un coronel rojo,

Y un coronel negro,

Y un coronel verde.

El coronel blanco, nunca fue a la


Guerra,

Montaba la guardia cuando los

Banquetes,

Cuando los bautizos,

Y cuando las

Bodas;

Usaba uniforme de blancos

Satenes;

Cruzaban su pecho brandeburgos

De oro,
Y bajo su frente,

Que la gran peluca nívea

Ennoblecía,

Sus límpidos ojos de un azul

Celeste

Brillaban mostrando los blancos

Candores

De un adolescente.
El coronel rojo siempre fue a la

Guerra

Con sus mil jinetes,

O, llevando antorchas en las

Cacerías,

Con ellas pasaba cual visión de

Fiebre.

Un yelmo de oro con rojo penacho

Cubría sus sienes;

Una capa flotante de púrpura

Al cuello ceñía con vivos joyeles

Y su estoque ostentaba en el puño

Enorme carbúnculo ardiente.


El coronel negro para las tristezas,

Los duelos y las

Capillas ardientes;

Para erguirse cerca de los

Catafalcos
Y a las hondas criptas descender

Solemne,

Presidiendo mudas filas de

Alabardas,

Tras los ataúdes de infantes y

Reyes.

Mas cuando la reina dejaba el


Alcázar,

A furto de todos, recelosa y leve;

Cuando por las tardes, en su libro

De horas

Miniado por dedos de monje

Paciente,

Murmuraba rezos tras de los

Vitrales;

Cuando en el reposo de los

Escabeles,

Bordaba rubíes sobre los

Damascos,

Mientras la tediosa cauda de los

Meses
Pasaba arrastrando sus mayos

Floridos,

Sus julios quemantes, sus grises

Diciembres;

Cuando en el sueño sumergía su


Alma,

Silencioso, esquivo, la aguardaba

Siempre

Con la mano puesta sobre el fino

Estoque,

El coronel verde…

El coronel verde llevaba en su


Pecho

Vivo coselete color de cantárida;

Fijaba en su reina

Ojos de batracio, destilando

Fiebre;

Trémula esmeralda lucía en su

Dedo,

Menos que crueles

Miradas de ópalo, henchidas de

Arcanos

Y sabiduría, como de serpiente…

Y desde que el orto sus destellos

Lanza
Hasta que en el ocaso toda luz se

Pierde,

Quizá como un símbolo, como una

Esperanza,

¡iba tras la reina su coronel verde!


Ramón López Velarde

(Jerez, 1888 – México, 1921) Poeta mexicano que compuso, con motivo del primer
centenario de la Independencia, el poema Suave Patria, que suele considerarse el
poema nacional de México. Ramón López Velarde es considerado, a pesar de su
corta vida, el más específicamente mexicano, el más “nacional” por decirlo de
algún modo, de los líricos del país. Es el poeta de la época modernista con mayor
arraigo mexicano, pero un arraigo que no llega a fructificar en su espíritu
renovador y mantiene, en el lenguaje y el estilo, una serenidad casi clásica, un
carácter religioso que lo vinculan con la tradición.

Nacido en Jerez, en el estado de Zacatecas, en 1888, poco puede decirse de su


corta vida: cursó sus primeros estudios en los seminarios de Zacatecas y
Aguascalientes y se matriculó, luego, en la Universidad de San Luis de Potosí
para estudiar la carrera de leyes. Murió prematuramente a los treinta y tres años,
en la Ciudad de México, en 1921. Tentado por la política, como tantos otros
literatos mexicanos, en 1911 se presentó a las elecciones como candidato a
diputado suplente por su ciudad natal, integrado en las listas del Partido Católico.
En 1914 viajó a Ciudad de México, donde se instaló trabajando primero en su
profesión de abogado y, luego, en las secretarías de Gobernación y Relaciones
Exteriores; fue también profesor de literatura. Publicó sus crónicas políticas en
varios periódicos: El Regional de Guadalajara (1909), La Nación (1912), El Eco de
San Luis (1913), El Nacional Bisemanal (1915-1916), Revista de Revistas (1915-
1917), Vida Moderna (1916) y Pegaso (1917).

En La sangre devota (1916), su primer libro de poesías, pueden descubrirse ya los


temas recurrentes en toda su obra: el amor, el dolor y la preocupación por los
destinos patrios. Con su obra reaparece en la lírica mexicana un acento casi
olvidado, una voz, la de la provincia, que había callado ya. En 1919, apareció
Zozobra, su segunda obra poética, en la que aborda dramática y sinceramente los
problemas del erotismo, la religión y la muerte. En 1921, al celebrarse el primer
centenario de la Independencia, escribió Suave patria, en cuyos versos épicos y
líricos exalta los sentimientos nacionalistas.

Su prematura desaparición arrebató a las letras mexicanas un creador de enorme


fuerza y talento muy personal. Tras su muerte fueron apareciendo sus demás
obras, que en unos casos habían sido preparadas por el propio autor, y en otros
se rescataron de periódicos y revistas. Se editó el tercer volumen de su
producción poética (El son del corazón, 1932) y otros tres que contienen su obra
en prosa (El minutero, 1923; El don de febrero. Poesía, cartas y documentos,
1952; y Prosas políticas, aparecido en 1953).
POEMA SUAVE PATRIA
Yo que sólo canté de la exquisita

Partitura del íntimo decoro,

Alzo hoy la voz a la mitad del foro

A la manera del tenor que imita

La gutural modulación del bajo

Para cortar a la epopeya un gajo.

Navegaré por las olas civiles

Con remos que no pesan, porque van

Como los brazos del correo chuan

Que remaba la Mancha con fusiles.

Diré con una épica sordina:

La Patria es impecable y diamantina.

Suave Patria: permite que te envuelva

En la más honda música de selva

Con que me modelaste por entero

Al golpe cadencioso de las hachas,

Entre risas y gritos de muchachas

Y pájaros de oficio carpintero.


PRIMER ACTO

Patria: tu superficie es el maíz,

Tus minas el palacio del Rey de Oros,

Y tu cielo, las garzas en desliz

Y el relámpago verde de los loros.

El Niño Dios te escrituró un establo

Y los veneros del petróleo el diablo.

Sobre tu Capital, cada hora vuela

Ojerosa y pintada, en carretela;

Y en tu provincia, del reloj en vela

Que rondan los palomos colipavos,

Las campanadas caen como centavos.

Patria: tu mutilado territorio

Se viste de percal y de abalorio.

Suave Patria: tu casa todavía

Es tan grande, que el tren va por la vía

Como aguinaldo de juguetería.


Y en el barullo de las estaciones,

Con tu mirada de mestiza, pones

La inmensidad sobre los corazones.

¿Quién, en la noche que asusta a la rana,

No miró, antes de saber del vicio,

Del brazo de su novia, la galana

Pólvora de los juegos de artificio?

Suave Patria: en tu tórrido festín

Luces policromías de delfín,

Y con tu pelo rubio se desposa

El alma, equilibrista chuparrosa,

Y a tus dos trenzas de tabaco sabe

Ofrendar aguamiel toda mi briosa

Raza de bailadores de jarabe.

Tu barro suena a plata, y en tu puño

Su sonora miseria es alcancía;

Y por las madrugadas del terruño,

En calles como espejos se vacía

El santo olor de la panadería.


Cuando nacemos, nos regalas notas,

Después, un paraíso de compotas,

Y luego te regalas toda entera

Suave Patria, alacena y pajarera.

Al triste y al feliz dices que sí,

Que en tu lengua de amor prueben de ti

La picadura del ajonjolí.

¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena

De deleites frenéticos nos llena!

Trueno de nuestras nubes, que nos baña

De locura, enloquece a la montaña,

Requiebra a la mujer, sana al lunático,

Incorpora a los muertos, pide el Viático,

Y al fin derrumba las madererías

De Dios, sobre las tierras labrantías.

Trueno del temporal: oigo en tus quejas

Crujir los esqueletos en parejas,

Oigo lo que se fue, lo que aún no toco

Y la hora actual con su vientre de coco.


Y oigo en el brinco de tu ida y venida,

Oh trueno, la ruleta de mi vida.

INTERMEDIO

(Cuauhtémoc)

Joven abuelo: escúchame loarte,

Único héroe a la altura del arte.

Anacrónicamente, absurdamente,

A tu nopal inclínase el rosal;

Al idioma del blanco, tú lo imantas

Y es surtidor de católica fuente

Que de responsos llena el victorial

Zócalo de cenizas de tus plantas.

No como a César el rubor patricio

Te cubre el rostro en medio del suplicio;

Tu cabeza desnuda se nos queda,

Hemisféricamente de moneda.

Moneda espiritual en que se fragua


Todo lo que sufriste: la piragua

Prisionera, al azoro de tus crías,

El sollozar de tus mitologías,

La Malinche, los ídolos a nado,

Y por encima, haberte desatado

Del pecho curvo de la emperatriz

Como del pecho de una codorniz.

SEGUNDO ACTO

Suave Patria: tú vales por el río

De las virtudes de tu mujerío.

Tus hijas atraviesan como hadas,

O destilando un invisible alcohol,

Vestidas con las redes de tu sol,

Cruzan como botellas alambradas.

Suave Patria: te amo no cual mito,

Sino por tu verdad de pan bendito;

Como a niña que asoma por la reja

Con la blusa corrida hasta la oreja

Y la falda bajada hasta el huesito.


Inaccesible al deshonor, floreces;

Creeré en ti, mientras una mejicana

En su tápalo lleve los dobleces

De la tienda, a las seis de la mañana,

Y al estrenar su lujo, quede lleno

El país, del aroma del estreno.

Como la sota moza, Patria mía,

En piso de metal, vives al día,

De milagros, como la lotería.

Tu imagen, el Palacio Nacional,

Con tu misma grandeza y con tu igual

Estatura de niño y de dedal.

Te dará, frente al hambre y al obús,

Un higo San Felipe de Jesús.

Suave Patria, vendedora de chía:

Quiero raptarte en la cuaresma opaca,

Sobre un garañón, y con matraca,

Y entre los tiros de la policía.


Tus entrañas no niegan un asilo

Para el ave que el párvulo sepulta

En una caja de carretes de hilo,

Y nuestra juventud, llorando, oculta

Dentro de ti el cadáver hecho poma

De aves que hablan nuestro mismo idioma.

Si me ahogo en tus julios, a mí baja

Desde el vergel de tu peinado denso

Frescura de rebozo y de tinaja,

Y si tirito, dejas que me arrope

En tu respiración azul de incienso

Y en tus carnosos labios de rompope.

Por tu balcón de palmas bendecidas

El Domingo de Ramos, yo desfilo

Lleno de sombra, porque tú trepidas.

Quieren morir tu ánima y tu estilo,

Cual muriéndose van las cantadoras

Que en las ferias, con el bravío pecho

Empitonando la camisa, han hecho

La lujuria y el ritmo de las horas.


Patria, te doy de tu dicha la clave:

Sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;

Cincuenta veces es igual el AVE

Taladrada en el hilo del rosario,

Y es más feliz que tú, Patria suave.

Sé igual y fiel; pupilas de abandono;

Sedienta voz, la trigarante faja

En tus pechugas al vapor; y un trono

A la intemperie, cual una sonaja:

La carreta alegórica de paja.


BIOGRAFIA DE GABRIELA MISTRAL

Lucila Godoy Alcayaga[2] (Vicuña, 7 de abril de 1889-Nueva York, 10 de enero de


1957),[3] conocida como Gabriela Mistral, fue una poetisa, diplomática, profesora y
pedagoga chilena. Por su trabajo poético, recibió el Premio Nobel de Literatura en
1945,[4] cuando se convirtió en la primera mujer iberoamericana[n 1] y la segunda
persona latinoamericana[n 2] en recibir un Premio Nobel.

Nacida en una familia de recursos modestos, se desempeñó como profesora en


diversas escuelas y se convirtió en una importante pensadora respecto al papel de
la educación pública y llegó a participar en la reforma del sistema educacional
mexicano.[5] A partir de la década de 1920, Mistral tuvo una vida itinerante al
desempeñarse como cónsul y representante en organismos internacionales en
América y Europa.

Como poeta, es una de las figuras más relevantes de la literatura chilena y


latinoamericana. Entre sus obras destacan Desolación, Tala y Lagar.
PIECECITOS
Piececitos de niño,

Azulosos de frío,

¡cómo os ven y no os cubren,

Dios mío!

¡Piececitos heridos

Por los guijarros todos,

Ultrajados de nieves

Y lodos!

El hombre ciego ignora

Que por donde pasáis,

Una flor de luz viva

Dejáis;

Que allí donde ponéis

La plantita sangrante,

El nardo nace más

Fragante.

Sed, puesto que marcháis

Por los caminos rectos,


Heroicos como sois

Perfectos.

Piececitos de niño,

Dos joyitas sufrientes,

¡cómo pasan sin veros

Las gentes!
POESIA CAJITA DE OLINALA
Que hace soñar;

Hace reír,

Hace llorar:

Mano a mano

Se pasa el mar,

Sierras mellizas

Campos de arar.

Se ve al Anáhuac

Rebrillar,

La bestia-Ajusco

Que va a saltar,

Y por el rumbo

Que lleva al mar,

A Quetzalcoalt

Se va a alcanzar.

Ella es mi hálito,

Yo, su andar;

Ella, saber;
Yo, desvariar.

Y paramos

Como el maná

Donde el camino

Se sobra ya,

Donde nos grita

Un ¡halalá!

El mujerío

De Olinalá

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