La Dama
La Dama
La teoría de los espíritus y del espíritu de amor que acabamos de examinar es bastante
mecanicista, más propia del espíritu del averroísmo latino que de otros modos de
pensar propios de la Edad Media, y ella, en efecto, se acomoda bastante mal con la
personificación del amor que Dante hace en la Vita nuova. Este aparece en la figura de
«un señor de pavoroso aspecto» (aunque ocasionalmente es descrito como un joven
que ríe o que llora) quien domina y da órdenes al poeta, si bien siempre «según el
consejo de la razón». Dante se declara «fiel» de este señor y se confiesa miembro del
grupo de los «fieles de Amor». La imaginería es, por cierto, una reminiscencia de la
relación feudal entre el señor y el vasallo que le jura fidelidad. Si bien Dante admite
que, filosóficamente hablando, el amor no es substancia sino tan sólo un accidente de
la substancia que es el alma humana, es decir, que el amor no existe por sí mismo,
como los astros, los animales y las plantas, sino únicamente en las personas que aman,
su personificación en la Vita nuova tiene interés porque le sugiere al lector dos cosas:
la primera, que la fuerza del amor domina por entero al amante; la segunda, que si
bien esta fuerza ejerce su acción en el alma del sujeto, su origen es exterior, no nace en
el alma espontáneamente sino como reacción a un estímulo que procede de afuera. En
una palabra, y para usar la terminología filosófica que Dante no consideró oportuno
emplear en esta obra, el amor es una pasión.
Hoy parece un lugar común decir que el amor es una pasión, pero conviene hacerse
cargo de algunas implicaciones contenidas en esta afirmación aparentemente trivial.
Una «pasión» es el correlato o contraparte de una «acción»; mi pasión es lo que «me
pasa» ante lo que algo o alguien me hace. La pasión delata una condición de relativa
pasividad del sujeto respecto de una acción que no es suya sino que ejerce su
influencia sobre él desde afuera. En cuanto pasión, el amor consiste en los efectos que
sobre el amante tiene la visión o la presencia o el mej*o recuerdo de la amada; ella, la
amada, es quien atrae, actuando
de este modo sobre el pasivo enamorado, quien padece las emociones y placeres y
sufrimientos correspondientes a su estado pasional.
Por este motivo es pertinente plantear la pregunta si acaso las pasiones pueden ser
sometidas al control de la voluntad o si no dominan más bien al sujeto en forma tal que
es imposible resistirlas. Dante, en el soneto lo sono stato con Amore insieme (CXI),
respuesta a otro de Cino da Pistoia, confiesa cómo el amor frena y espolea, y cómo
bajo él se ríe y se llora, para concluir que
chi ragione o virtù contra gli sprieme, fa come que’ che ’n la tempesta sona credendo
far colà dove si tona esser le guerre de’ vapori sceme.
Però nel cerchio de la sua palestra liber arbitrio già mai non fu franco, sì che consiglio
invan vi si balestra.
(«quien le opone razón o virtud actúa como quien hace sonar campanas durante la
tormenta, creyendo aplacar la guerra de los vapores allá donde truena. Por eso, en el
círculo de su palestra el libre albedrío jamás tuvo libertad, de manera que en vano se
esgrime allí el consejo»). La leyenda de Tristón e Isolda, donde el amor nace y se
desarrolla en quienes no deben amarse, en virtud de una necesidad causal irresistible
debida a su origen en las artes mágicas, era sin duda bien conocida por estos poetas.
Pero la concepción del amor como pasión hace posible hablar de él desde una doble
perspectiva. Por una parte, el amor puede ser entendido como el conjunto de los
estados y movimientos subjetivos del ánimo del sujeto presa de la pasión amorosa: las
emociones, violentas y absorbentes las más, muchas discordantes y contrarias entre sí,
pero todas conducentes a menudo al ensimismamiento y a veces a la inacción;
sucesión de sentimientos de alegría y dolor, de exaltación y angustia, deseos
insatisfechos, celos, lágrimas, risas, suspiros y ensoñaciones, todo el repertorio de
condicionamientos internos que acompañan al amor en cuanto pasión. Pero también
hay en él otra dimensión: el amor es la acción de la persona amada, en cuanto
principio agente, sobre el amante reducido a la pasividad del sentimiento. Esta
dimensión se expresa en cierto modo en la teoría, que ya hemos examinado, de los
«espíritus de
amor» que hacen su camino desde los ojos de la amada hasta el corazón del amante e
inhiben allí a los restantes espíritus. Sin embargo, la mejor y más clara expresión de
este punto de vista es lo declarado por Dante en el capítulo XVIII de la Vita nuova. Allí
afirma el autor que hasta ese instante su amor se manifestaba en la descripción
(introspectiva) de su estado y de la felicidad (subjetiva) que experimentaba al recibir el
saludo de su dama; pero ahora tiene lugar un cambio, y su dicha consistirá en lo
sucesivo en aquello que no puede faltarle, a saber, en las palabras que alaban a su
señora. Testimonio de esta nueva actitud es la canción Donne eh ’avete intelletto
d’amore, incluida en el capítulo XIX de la obra. De este modo, los momentos subjetivos
de la pasión en el amante dejan de ser tema de la poesía lírica de Dante, cuyos poemas
comienzan a tratar un «asunto nuevo y más noble», a saber, la alabanza objetiva de su
dama.
¿Y qué puede decir el poeta para alabar en forma objetiva a su señora? La objetividad
de la alabanza sólo queda asegurada si se muestra la significación de la dama como
ángel, esto es, como enviado de Dios para inducir por su intermedio la conversión
religiosa del amante, porque sólo aquello que lleva el sello de lo divino puede
manifestarse reivindicando para sí la más alta objetividad. El contenido de la lírica va a
acusar en el resto de la Vita nuova la influencia de Guinizelli, pero el lenguaje se hace
francamente religioso, incluyendo aun citas bíblicas para referirse a Beatriz y a las
circunstancias que rodearon su vida y su muerte en este mundo. Esto escandalizó en
un determinado momento y sonó a sacrilegio; es así que en el siglo XVI, poco después
de la celebración del Concilio de Trento, apareció en Florencia una edición de la Vita
nuova que contenía palabras cambiadas y frases enteras suprimidas con el fin de evitar
el escándalo de los devotos hijos de la Iglesia ante un lenguaje tan insólito y
atrevido.63
La noción de que la dama es un ángel había sido sugerida ya por Guido Guinizelli en su
célebre canción Al cor gentil rempaira sempre amore. En ella, el poeta concluye:
Donna, Deo mi dirá, che presomisti? siando Taima mia a lui davanti: lo ciel passasti e
5nfin a me venisti,
63 Ch. S. Singleton, An Essay on thè Vita Nuova, Harvard University Press, 2a ed.
1958, p. 4.
e desti in vano amor me per semblanti; ch’a me conven le laude, e a la reina del
regname degno, per cui cessa onne fraude.
fi4 Convivio, II, iv, 2. Cfr. Santo Tomás de Aquinó, S. theol., I, q. 79, a. 10; «En algunos
libros traducidos del árabe, las substancias separadas, que nosotros llamamos ángeles,
son designadas como inteligencias, acaso debido a que las substancias de esta clase
están siempre entendiendo en acto».
Según Santo Tomás de Aquino, los ángeles pueden asumir cuerpo mediante la
condensación del aire por obra de una virtud divina (S. theol., I, q. 51, a. 2 ad 3). Con
todo, no parece acertado atribuir a los poetas del dolce stil novo la creencia ingenua de
que el paraíso se haya volcado sobre nuestro planeta invadiendo las repúblicas
terrenales con ángeles disfrazados de graciosas doncellas. En la asimilación de la dama
y el ángel hay que ver más bien una relación de analogía. Así como el ángel pone en
movimiento a una esfera celeste y, por este medio, ejerce una influencia sobre los
acontecimientos humanos, también la dama es una suerte de principio motor que, a
través de la pasión provocada por ella en el amante, despierta los deseos en su alma y
determina así sus movimientos. Y si el ángel es ministro de la voluntad divina al
imprimir su movimiento al universo, también la dama es una enviada del cielo por
cuanto actualiza en el amante las aspiraciones y deseos que, en última instancia, le han
de conducir a no encontrar satisfacción sino en la fuente de todos los bienes, que es
Dios.66
66 Se cumpliría así el segundo grado del amor según la doctrina expuesta por San
Bernardo de Clairvaux (quien en la Commedia conduce a Dante hasta la visión misma
de Dios) en De diligendo Deo, especialmente capítulos Vili y IX.
[...] quando va per via, gitta nei cor villani Amore un gelo, per che onne lor penserò
aghiaccia e pere; e qual sofrisse di starla a vedere diverria nobil cosa, o si morria.
E quando trova alcun che degno sia di veder lei, quei prova sua vertute, chè li awien,
ciò che li dona, in salute, e sì l’umilia, ch’ogni offesa oblia.
Ancor l’ha Dio per maggior grazia dato che non po mal finir chi l’ha parlato.
(Vita nuova, XIX, 9-10) («[..] cuando [ella] avanza por las calles, el amor pone en los
corazones viles un hielo que congela y hace perecer a todos sus pensamientos; y quien
pudiera soportar el mirarla, se ennoblecería o moriría. Cuando ella encuentra a alguno
que sea digno de verla, éste experimenta su virtud, porque recibe en salud [¿saludo?
¿salvación?] lo que ella le da; y hasta tal punto lo hace humilde, que olvida toda
ofensa. Y Dios le ha concedido aun, por mayor gracia, que quien le ha hablado no
puede acabar mal»). Pero estas ideas no son creaciones exclusivas de Dante; lo mismo
leemos en un soneto de Guinizelli:
Passa per via adorna e sì gentile, ch’abbassa orgoglio a cui dona salute, e fa ’1 di nostra
fé, se non la crede, e non si può appressar omo ch’è vile; ancor vi dico ch’ha maggior
vertute: null’om pò mal pensar fin che la vede.67 («Va por su camino engalanada y tan
noblemente que humilla el orgullo de aquellos a quienes da salud [i.e., su saludo o la
salvación],
67 Son. /' vo ’ del ver la mia donna laudare, en: I rimatori del Dolce Stil Novo, ed. G. R.
Ceriello, Milano 1950, p. 32.
haciendo que el incrédulo comparta nuestra fe; nadie que sea vil puede acercársele; y
aun os digo que posee una virtud todavía mayor: nadie puede pensar mal desde que la
ve»).
El amor universal
Parlan bellezza e virtù a 1 * intelletto, e fan quistion come un cor puote stare intra due
donne con amor perfetto.
Risponde il fonte del gentil parlare eh’ amar si può bellezza per diletto, e puossi amar
virtù per operare.
{«La belleza y la virtud hablan al intelecto y plantean el problema de cómo puede un
corazón concebir amor perfecto por dos damas. 70
Responde la fuente del hablar gentil que se puede amar la belleza por el deleite y se
puede amar [también] la virtud por la acción»).
No queremos entrar aquí en las inútiles discusiones que suelen apasionar a los eruditos
(¿quiénes son las dos damas? ¿Beatriz y la innominada dama gentil? ¿Beatriz y la
filosofía? ¿Beatriz y Gemma Donati? ¿el amor espiritual y el amor sensual? etc.). Lo
que nos interesa subrayar es que en el lenguaje poético de Dante y de su época la
dama puede significar otra cosa (por ejemplo, belleza, virtud, sabiduría, nobleza, etc.) y
que dicha traslación se justifica y legitima porque la cosa representada y su
representación son ambas dignas de ser amadas^ Esto supone que el campo cubierto
por el fenómeno del amor se amplía; el tema se hace más vasto y ya no concierne
únicamente a la relación afectiva entre un varón y una mujer. Dante tuvo plena
conciencia de ello y dio los pasos iniciales en el tratamiento de este problema en el
Convivio.
En la obra recién mencionada había Dante del «amor universal que dispone a las cosas
para amar y para ser amadas» (III, viii, 13). Debemos hacernos cargo de que el objeto
«las cosas» lleva implícito en esta afirmación el cuantifícador universal; Dante se
refiere a todas las cosas, y lo piensa en serio. Ello podrá parecer extraño al lector
moderno, habituado a entender el amor como una pasión propia de la vida, y
específicamente de la vida humana. Pero Dante se extiende de manera explícita en la
afirmación de la universalidad del amor: «Hay que saber que cada cosa [....] tiene su
amor especial [....] Así, los cuerpos simples poseen en sí un amor natural a su lugar
propio, y por eso la tierra desciende siempre hacia el centro, y el fuego tiene [amor a]
la circunferencia superior, a lo largo del cielo de la Luna, por lo cual siempre sube hacia
él. Los cuerpos compuestos primarios, como los minerales, tienen amor al lugar al que
se ordena su generación, y en él crecen y adquieren vigor y potencia, por lo cual vemos
que los cuerpos magnéticos reciben virtud del lugar de su generación. Las plantas, que
son los primeros [seres] animados, tienen amor más manifiesto a cierto lugar según lo
que requiere su complexión; por eso vemos que ciertas plantas se aclimatan a orillas
de las aguas, otras en las cimas de las montañas, y otras en las llanuras y al pie de los
montes; las cuales, si se las cambia [de lugar], o mueren por completo o viven como
tristes, al modo de cosas separadas de sus amigos. Los animales brutos no solamente
tienen amor más manifiesto
a los lugares, sino que los vemos amarse unos a otros. Los hombres tienen su amor
particular a las cosas perfectas y honestas. Y puesto que el hombre, aun cuando toda
[su] forma sea una sola substancia, posee en sí por su nobleza la naturaleza de todas
estas cosas, puede tener todos estos amores y los tiene todos» (Conv., III, iii, 2-5).71
Así, pues, los elementos, los minerales, vegetales, animales y, por cierto, los hombres,
aman y son amados. La razón de ello es que son creaturas de Dios, y todo aquello que
es efecto de una causa recibe algo de la naturaleza de ésta; en consecuencia, la
creación entera participa de algún modo del amor divino (Conv., III, ii, 5). Por otra
parte, que toda naturaleza -aun la naturaleza inanimada- posee algún amor o apetito
natural es doctrina tomista (S. theol., I, q. 60, a. 1; Ia IIae, q. 26, a. 1). :
Pero el pasaje citado más arriba se refiere únicamente al amor en los entes sublunares.
Para completar el catálogo de los diversos amores en el pensamiento de Dante, es
preciso añadir en primer término al de los cuerpos celestes. Según la creencia
medieval, éstos se mueven arrastrados por los cielos que los contienen, y dichos cielos
son movidos por ángeles (Conv., II, ii, 7; iv [v], 2). En un lugar atribuye Dante
directamente al cielo Cristalino el apetito o deseo que lo pone en movimiento para que
cada una de sus partes pueda unirse al primer motor inmóvil (Conv., II; iii [iv], 9), lo que
corresponde a la concepción escolástica del amor como deseo de unión con lo amado;
y aun cuando dicho deseo no lo experimentaran los cielos mismos en cuanto cuerpos
materiales que son,72 ciertamente pueden experimentarlo los ángeles que los ponen
en movimiento. El asunto dio lugar a discusiones que se prolongaron hasta ya entrada
la época moderna. Uno de los argumentos empleados por Kepler contra la cosmografía
ptolemaica es que ella implicaba que los planetas saben matemáticas73; pero Kepler
ya no poseía, sin duda, la inteligencia medieval, para la cual era manifiesto que los
ángeles motores
71 Citamos este pasaje, no según el texto de la Società dantesca italiana, sino según el
de la edición del Convivio a cargo de G. Busnelli y G. Vandelli, Firenze 1953, que nos
parece más claro e inteligible.
7 2 Tanto para Dante como para Santo Tomás de Aquino los cielos son esferas
corpóreas, materiales. Santo Tomás discute el problema si acaso son animados y, por
tanto, capaces de apetito, en S. theol, I, q. 70, a. 3.
73 El hecho es mencionado en A ristotle ’s Metaphysics, edición y comentarios de W. D.
Ross, Oxford 1953, voi. II, p. [Link] leer la Divina Comedia
de los cielos no sólo conocen las matemáticas sino que poseen un saber en todos los
respectos enormemente superior al del hombre.
Que los ángeles aman debería parecer evidente a cualquier lector de Dante, ya que el
poeta no vacila en designarlos como «amores» o en describirlos como «enamorados»
{Par,, XXIII, 103; XXXII, 94,105). Y Dios mismo, «el amor que mueve al sol y a las otras
estrellas» {Par,, XXXIII, 145), es por cierto la fuente misma y el objeto último de todo
amor. De manera que el amor es una fuerza que, al modo de una cadena, mantiene
unida no sólo a la creación entera sino a la realidad toda, incluida la increada existencia
divina, y transmite los cambios y movimientos de grado en grado desde el primer
motor hasta los más ocultos rincones del universo creado.
Todo esto, y algo más, fue reiterado por Dante de manera más concisa y con mayor
densidad en la Commedia; al comenzar el ascenso por el paraíso explica Beatriz:
Le cose tutte quante hanno ordine tra loro, e questo è forma che l’universo a Dio fa
simigliante.
Qui veggion l’alte creature Torma de Tettemo valore, il qual è fine al quale è fatta la
toccata norma.
Ne Tordine ch’io dico sono accline tutte nature, per diverse sorti, più al principio loro e
men vicine; onde si muovono a diversi porti per lo gran mar de Tessere, e ciascuna con
istinto a lei dato che la porti.
Questi ne porta il foco inver’ la luna; questi ne’ cor mortali è permotore; questi la terra
in sé stringe ed aduna; né pur le creature che son fore d’intelligenza quest’ arco saetta,
ma quelle c’hanno intelletto e amore.
{Par., I. 103-120)
{«Las cosas todas mantienen un orden entre sí, y éste es la forma que hace que el
universo se asemeje a Dios. En él ven las altas creaturas la huella del valor eterno, que
es el fin para el que fue establecida la mencionada norma. En el orden que digo, todas
las naturalezas poseen una inclinación de diversa índole, en mayor o menor vecindad a
su principio; por lo que se mueven hacia diversos puertos por el vasto mar del ser,
llevada cada una por un instinto que le ha sido dado. Este lleva al fuego hacia la Luna;
éste es el motor regulador de los corazones mortales; éste aprieta y mantiene unida a
la Tierra; y este arco no dispara sus flechas tan sólo a las creaturas privadas de
inteligencia, sino también a aquéllas que poseen intelecto y amor»).
La primera afirmación es que el orden de las cosas es la forma del mundo, en virtud de
la cual el universo se asemeja a su creador. El orden por el cual las cosas se ordenan
unas a otras, es decir, se relacionan entre sí de diversas maneras, confiere al mundo su
unidad. Y, como lo explica Santo Tomás de Aquino, «se dice que este mundo es uno por
la unidad del orden según el cual unas cosas se ordenan a otras. Todas las cosas que
vienen de Dios están en un orden entre ellas y respecto del mismo Dios» {S. theol., I, q.
47, a. 3). Si el mundo es uno, ello es porque posee una estructura, una «idea»,
entendiendo este último término no en su acepción moderna de representación
mental, ni tampoco en el auténtico sentido platónico de modelo ontológico abstracto
de las cosas, sino más bien en su sentido neoplatónico de un pensamiento en la mente
de Dios al que las cosas se ajustan. Dante lo expresa hablando de una forma; es mi
convicción que usa en este lugar la palabra fauna como un latinismo, porque el término
latino era considerado ya entonces como el equivalente del griego idéa. De aquí surge
la noción de la «semejanza» entre el mundo y Dios. Afirma Santo Tomás: «Puesto que
el mundo no ha sido hecho al azar sino que ha sido hecho por Dios mediante [su]
intelecto agente, [....] es necesario que en la mente divina haya una forma a cuya
semejanza fue hecho el mundo» (ibid., q. 15, a. 1). Como puede observarse, los tres
primeros versos de Dante citados más arriba no hacen sino condensar dos artículos de
la Suma teológica.
«Aquí», es decir, en este orden universal, ven las «altas creaturas» la huella del «valor
eterno», esto es, de Dios. El uso del término «valor» para referirse a Dios no es raro en
Dante, y en la poesía provenzal la palabra sirvió también para designar a la persona
amada. En cuanto a las «altas creaturas», no hay acuerdo entre los comentaristas si
ellas son los ángeles, o los teólogos, filósofos y en general hombres de alta
intelectualidad, o todos los seres inteligentes, tanto ángeles como hombres. Sea lo que
fuere, estas creaturas perciben en el orden del mundo la huella divina, las señales de la
sabiduría y el poder de Dios. Pero Dios, o mejor talvez su pensamiento que presidió a la
creación, es a la vez la finalidad o propósito para el cual fue establecido el orden («la
mencionada norma») entre las creaturas. El orden ha sido impuesto entonces por Dios
a su creación para que, en virtud de él, las cosas se orienten en la dirección que la
sabiduría divina ha predeterminado para ellas. Que Dios es así, a la vez, causa eficiente
(como primer motor del universo) y causa final del movimiento universal, es una idea
que se remonta a la teología de Aristóteles: Dios, en efecto, mueve en cuanto es
amado {Metaph., XII, 7, 1072 b 3), y el amor es un movimiento hacia lo amado, cuyo
motivo es la atracción ejercida por éste, y que tiende hacia la unión con él; lo amado
es, por tanto, a la vez principio y fin del movimiento.
Ahora bien; el orden universal no podría mantenerse y, por tanto, el propósito divino
no podría cumplirse si las creaturas, por su propia naturaleza, no tendieran hacia el fin
que les es propio. Dante, siguiendo en esto también a Santo Tomás, habla de una
«inclinación» de diversa índole; traduciendo literalmente: las naturalezas se inclinan
«por diversas suertes», por diversos destinos que les son prescritos. Las diferencias
entre estos fines o «suertes» expresan una mayor o menor proximidad al Creador, en el
sentido de que hay fines más altos, nobles, dignos, y también los hay más bajos,
simples y humildes. Ello está de acuerdo con el postulado inicial del Paradiso: «la gloria
de aquél que todo lo mueve penetra por el universo y resplandece en unas partes más,
menos en otras» {Par., 1,1-3). Pero las diferentes índoles o «suertes» de las
inclinaciones de que están dotadas las cosas, así como los diversos puertos hacia los
que navegan por el vasto mar del ser, no representan todavía una gama de opciones
ofrecidas a las creaturas, que se encuentren a disposición de ellas para que las tomen o
las dejen a su arbitrio. Los puertos lo son
en el vasto mar del ser, de un ser creado por Dios; y en dicho mar cada creatura tiene
un puerto predeterminado según lo que ella es, vale decir, conforme a la naturaleza
propia que ha recibido por dispensación divina. La inclinación o instinto que lleva a
cada cosa a realizar su fin propio no es aún la libertad de elección, que sólo aparecerá
con el hombre. Y aun para éste, puesto que su libertad no es la llamada «libertad de
indiferencia», hay también un puerto predeterminado, que es la unión con Dios
después de la muerte.
Tal como lo había aclarado Dante en el Convivio, «la divina bondad desciende sobre
todas las cosas, que de otro modo no podrían existir; pero aunque esta bondad
proceda de un principio simplísimo, es recibida de diversos modos, según el más y el
menos, por las cosas que la reciben. [....] Así, la bondad de Dios es recibida de una
manera por las substancias separadas, esto es, los ángeles, [....] de otra por el alma
humana, [....] de otra por las plantas y de otro modo por los minerales, y de distinta
manera por la tierra que por los otros elementos» (Conv., III, vii, 2-5). La fuente de esta
noción «distributiva» es un pasaje de Santo Tomás de Aquino: «Como todas las cosas
proceden de la voluntad divina, todas se inclinan a su modo por su apetito hacia el
bien, pero de diversas maneras. Algunas, en efecto, se inclinan hacia el bien por la sola
costumbre natural, pero sin conocimiento, como las plantas y los cuerpos inanimados;
tal inclinación hacia el bien se llama apetito natural. Algunas, en cambio, se inclinan al
bien con cierto conocimiento; no ciertamente porque conozcan el significado del
concepto mismo del bien, sino conociendo algún bien particular, como los sentidos que
conocen lo dulce y lo blanco y cosas de esta índole; la inclinación que sigue a este
conocimiento se llama apetito sensitivo. Algunas, por su parte, se inclinan al bien con
un conocimiento por el cual conocen el significado del concepto mismo del bien, lo que
es propio del intelecto. [....] Y esta inclinación se llama voluntad». (S. theol., I, q. 59, a.
1).
Este instinto, inclinación o apetito es el que lleva al fuego hacia arriba y, en general, a
todos los elementos hacia sus lugares naturales: el fuego arriba, inmediatamente
debajo del cielo de la Luna, la tierra abajo, en el centro del universo, el aire y el agua en
los lugares intermedios. (No será necesario recordarle al lector que en el siglo XIV no se
había elaborado aún la teoría moderna de la gravitación universal, y que en lugar de
ella
se empleaba la teoría de los lugares naturales de los cuatro elementos). Dicho instinto
es igualmente el que regula las funciones vitales y las acciones de los seres vivos
privados de inteligencia, y mantiene unidos y cohesionados a los elementos que
constituyen la esfera terrestre. Pero también está presente en los hombres, las
creaturas inteligentes, y ello dará materia para mucha reflexión en tomo al fenómeno
del amor humano.
en las cosas no pensantes y aun inanimadas. Dios es el bien sumo y dispensador de los
diversos bienes secundarios a que toda cosa «aspira» en virtud de su propia naturaleza
creada, la que «corre» hacia el bien como hacia su fin último. Para usar el lenguaje
empleado por Dante en el pasaje citado más arriba, todas las cosas se dirigen hacia su
respectivo puerto navegando por el vasto mar del ser. Para designar a esta tendencia
universal y a sus efectos parece inevitable el empleo de un lenguaje metafórico. La
Edad Media procuró tal vez hallar un vocabulario técnico para referirse a ella, pero no
pudo evitar el recurso a una metáfora adicional, la del amor.
Así, pues, todas las cosas aman con amor natural, cada una a su modo peculiar, y de
esta manera dan cumplimiento al propósito con que fueron creadas por Dios. Dicho
amor natural, inconsciente, involuntario y siempre recto, se expresa -también
metafóricamente- como una «aspiración» de las cosas al bien, al fin o propósito
perteneciente a su naturaleza, una inclinación a beber en la fuente del propio ser; en
una palabra, todo tiende a retomar a su origen, que es Dios. El amor se presenta así
como deseo, apetencia, búsqueda, aspiración, esfuerzo por alcanzar una perfección o
plenitud; y la totalidad de la creación se muestra comprometida en este intento, sin
que se exceptúen de él los seres inteligentes que por ignorancia, por debilidad o por
falta de la necesaria comprensión, yerran en la elección del bien y escogen uno
insuficiente, esto es, pecan y hacen el mal según la teología agustiniano-escolástica.
Está bien. Pero el pensamiento cristiano repitió también con insistencia que «Dios es
amor». Dios ama. Pero el amor se ha mostrado hasta aquí como el proceso de desear y
esforzarse por alcanzar un fin que es el objeto del deseo, y así se nos continuará
mostrando igualmente cuando sigamos los análisis que Dante, siguiendo a Santo Tomás
de Aquino, hace del amor en la Commedia. Y si ello es así; ¿qué fin puede querer
alcanzar Dios cuando ama? ¿No es él acaso el ens perfectissimum, lo único que existe
en posesión de todas las perfecciones, lo único que ha realizado plenamente todas las
posibilidades imaginables de valor positivo, lo único a que nada bueno le puede faltar?
¿Qué puede desear entonces Dios? ¿A qué puede aspirar? Lo único que cabe inferir
desde esta perspectiva es que a Dios sólo le compete deleitarse pensándose a sí
mismo. Así, en efecto, lo concibió Aristóteles (Metaph., XII, 7,1072 b
14-30), quien partió también de la premisa de que el universo entero, a través de las
inteligencias que mueven a los cielos (los ángeles; dé la escolástica cristiana), es puesto
en movimiento por el amor hacia aquel pensamiento pleno que representa la más alta
perfección del ser, y terminó literalmente construyendo una divinidad metafísica a la
que ninguna persona sensata podría rezar. Con todo, a pesar del prestigio de que
gracias a Santo Tomás de Aquino llegó a gozar el pensamiento del estagirita en la
Iglesia occidental, el Dios del cristianismo pudo eludir la inclinación escolástica a
transformarlo en un mero ente metafísico.
Ello se debió principalmente a que, por mucho que se enseñara a Aristóteles en las
escuelas de la Edad Media tardía y sus sucesoras modernas, el cristianismo preservó la
experiencia y cultivó el estudio del concepto neotestamentario de la agape. Esta era la
noción originariamente cristiana del amor, en oposición al eros, su forma pagana. Sin
embargo, aun siendo eros y agape dos nociones muy diferentes, nuestras lenguas
modernas tienden a confundirlas al traducir ambos términos por «amor». Vale la pena,
pues, distinguir entre la noción pagana del eros y la cristiana de la agape para lograr
mayor claridad sobre el tema del amor en Dante y la Commedia.
posesión perpetua de lo bueno (206 a); su objetivo es crear y procrear en la belleza por
causa del deseo de la inmortalidad del cuerpo no menos que de la del alma (206 e-207
a). A aquellos seres humanos que poseen mayor fecundidad en su cuerpo, su eros los
lleva a amar a personas del sexo opuesto para engendrar hijos y de ese modo alcanzar
un tipo de inmortalidad; quienes son más fecundos en su alma engendran obras de
arte y crean obras del pensamiento, en particular en lo concerniente al ordenamiento
de los Estados y de las instituciones, pensamiento al que llamamos sabiduría práctica y
justicia (208 e-209 a). Así, eros es el impulso por el cual las más altas facultades del
hombre son conducidas hacia la belleza, el bien, la virtud, lo absoluto, hacia lo
espiritual que prevalece sobre lo corporal sensible. Eros presta al alma humana las alas
que ella necesita para poder volar hacia el mundo de las ideas puras, de la
trascendencia que supera y muestra la radical vanidad de lo temporal en que vivimos
inmersos.
En suma, el eros del paganismo antiguo es la tendencia del hombre hacia lo alto, su
conversión desde lo sensible a lo suprasensible. Es un amor apetente, anhelante, que
procura llenar el vacío dejado por aquéllo considerado valioso pero que no se posee; es
un «querer tener» en el más alto y noble sentido. Es, por cierto, un amor egocéntrico
que, sin embargo, traza el camino del hombre hacia lo divino; no el camino de los
dioses hacia el hombre, porque esta posibilidad, prácticamente desconocida para la
Antigüedad clásica, queda excluida por el hecho de que los dioses bienaventurados no
tienen carencias y es de las carencias humanas de donde nace el eros.
En el paganismo antiguo no existe en rigor un camino que los dioses puedan recorrer
para ir al encuentro del hombre, pero es éste quien, a través del culto o de la iniciación
en los misterios, puede elevarse hasta el nivel de lo divino. En la religiosidad cristiana
ocurre, en cambio, exactamente lo contrario. En ella, la salvación depende
fundamentalmente de la gracia divina, gracia otorgada gratuitamente y aun sin
merecimientos por parte del hombre, y los esfuerzos humanos para alcanzarla sin la
ayuda de lo alto quedan condenados al fracaso. Para el cristianismo no hay salvación si
Dios no inicia el proceso abriendo el camino y saliendo al encuentro del hombre
pecador que se encuentra distanciado de su
creador. El concepto de la redención por un Dios que se hace hombre y se ofrece como
víctima del sacrificio no sólo fue desconocido para el antiguo paganismo sino que fue
también para él escandaloso, impío y blasfemo, puesto que niega la serena
bienaventuranza de lo divino. Pero en dicho concepto está el fundamento de la agape
en cuanto comprensión cristiana del amor. Es lo que leemos en la primera epístola del
apóstol San Juan: «Amados míos, amémonos (agapómen) unos a otros porque el amor
{agape) viene de Dios y todo el que ama (agapón) ha nacido de Dios y conoce a Dios. El
que no ama no conoce a Dios porque Dios es amor (ho theós agape estin). En esto se
manifestó el amor de Dios hacia nosotros, en que envió a su hijo unigénito al mundo
para que vivamos por él. En esto consiste el amor {agape), no en que nosotros
hayamos amado a Dios sino en que él nos amó a nosotros y envió a su hijo como
víctima por nuestros pecados» (4:7-10). Esta agape que nace de Dios y se dirige hacia
el hombre es un amor volcado hacia quien en rigor no lo merece, y así lo señala San
Pablo: «Dios demuestra su amor {agape) por nosotros en que, siendo nosotros
pecadores, Cristo murió por nosotros» {Rom., 5:8). Es fácilmente comprensible que
sólo de esta concepción del amor, y en ningún caso de la noción clásica del eros, podía
brotar el mandato de amar aun a los enemigos.
En los orígenes del cristianismo se da, pues, la oposición fundamental entre el amor
como eros y el amor como agape. El amor del tipo del eros es egocéntrico, nace del
sentimiento de la indigencia humana y tiende a la satisfacción de las necesidades
espirituales del hombre. Es, por tanto, apetencia, anhelo, aspiración hacia lo más alto.
La salvación es entendida como elevación y ascenso hacia lo divino; si el alma humana
experimenta la fuerza del eros, esto ocurre porque ella misma pertenece de suyo a una
forma superior de existencia, pero se encuentra temporalmente prisionera en el
mundo de lo corpóreo y de lo perecedero. La agape, por lo contrario, es ante todo
amor en cuanto ofrenda y entrega de sí. Este amor no consiste en el ascenso hacia lo
divino, sino en que Dios desciende con su misericordia hacia el hombre para salvarlo, y
este amor originado en Dios mismo culmina con el sacrificio de Cristo en la cruz. A la
acción humana autosalvífica propia del eros se opone la salvación por obra de la agape
divina mediante la gracia. Hay en la
San Jerónimo, al traducir el Nuevo Testamento, utilizó el término latino charitas como
equivalente del griego agape. Pero el concepto mismo, entretanto, había sufrido un
proceso de helenización, de modo tal que ya en San Agustín la noción de chantas reúne
en una síntesis los motivos opuestos del eros y de la agape,14
Para San Agustín, charitas es ante todo amor a Dios. Pero todo amor es apetito, y en
último término apetito de la felicidad que se obtiene mediante la posesión del objeto
apetecido. No existe un ser humano que no ame, de modo tal que el amor se muestra
como una de las expresiones más elementales de la vida propiamente humana. Este
amor, determinado por su objeto -como lo está todo apetito, porque si no hay objeto
apetecible el apetito no es despertado- es ciertamente eros que busca un bien capaz
de satisfacer su aspiración. Sólo la posesión de tal bien traerá consigo el momento de la
paz, del reposo, del aquietamiento (guies). Ello se debe a que el hombre vive en la
dimensión de la temporalidad, lo que no sólo significa que todas las cosas pasan, sino
aun que se reducen a una radical vanidad o nihilidad, puesto que el futuro no es
todavía, el pasado ya no es y el presente deja de ser tan pronto como comparece; de
este modo, el hombre de ve forzado a buscar fuera de sí el bien que aquietará su
espíritu satisfaciendo su anhelo, y ha de buscarlo precisamente en lo que no se halla
sujeto a la transitoriedad de lo temporal sino que posee el carácter de lo eterno. Este
es el fundamento del amor a Dios. .
Pero el amor que nace en el hombre puede seguir dos caminos divergentes, uno de
ascenso y el otro de descenso. La charitas en sentido propio es el amor ascendente; el
que se orienta hacia abajo, hacia lo temporal, es la cupiditas, la concupiscencia. Según
San Agustín, los vicios y pecados del hombre son también, en el fondo, expresión de su
búsqueda de Dios, sólo que de una búsqueda erróneamente orientada y,
¿Por qué ama, según Dante, el ser humano? ¿Qué es lo que lo mueve a amar? ¿Y de
qué manera lo hace? ¿Cuáles son los mecanismos psíquicos que entran en acción
cuando se ama? En la Commedia, los cantos centrales
del Purgatorio dan cuenta de estas preguntas y a través de una serie de discursos,
puestos en su mayoría en boca de Virgilio, extraen las consecuencias ético-políticas de
las tesis allí planteadas.
La primera afirmación al respecto es extraordinariamente general: Esce di mano a luí
che la vagheggia prima che sia, a guisa di fanciulla che piangendo e ridendo
pargoleggia,
P anima semplicetta che sa nulla, salvo che, mossa da lieto fattore, volontier toma a ció
che la trastulla.
{«Sale de las manos de quien en ella se complace antes de que exista [i.e., de las manos
de Dios], como una niña pequeñita que retoza llorando y riendo, el alma simple que
nada sabe, salvo que, movida por un alegre hacedor, se vuelve gustosa hacia todo lo
que la regocija»).
El goce, que es para la psicología escolástica el último de los tres momentos esenciales
del amor, como podremos comprobarlo más adelante, tiene un noble origen; si lo
buscamos y perseguimos, es porque somos creaturas de Dios y porque Dios goza. Si así
no fuera, los seres humanos no amaríamos.
Pero el amor humano no es simple porque tampoco es simple el alma del hombre.
«Jamás», dice Dante por boca del sabio Virgilio, «el creador o la creatura carecieron de
amor, o natural o espiritual» (Purg., XVII, 91 -93). Aquí se reitera la noción del amor
universal, que está en Dios y en todas sus creaturas, como lo hemos visto en la sección
precedente; pero se incorpora la distinción, válida sólo para el hombre y las creaturas
superiores a él, entre el amor natural y el amor espiritual (amore d’animo). La
distinción es de origen escolástico; es la que se establece entre el appetitus naturalis (o
dilectio naturalis), que es innato o instintivo, y la dilectio electiva (o intellectualis). Se
entiende que en la dilectio electiva o «amor de elección» (el amore d’animo o «amor
espiritual» a que se refiere Dante) hay una intervención de la inteligencia y de la
voluntad del agente. El amor natural es una inclinación con que Dios ha dotado a la
creatura, de modo que es siempre necesariamente recto; el amor electivo o
intelectual, en cambio, puede errar porque el
Sólo cabe error, entonces, según el aristotelismo, en la elección de los medios para
alcanzar el fin hacia el que estamos naturalmente
15 Para la distinción entre amor natural, amor sensitivo y amor intelectual, cfr. Santo
Tomás de Aquino, Stimma theologiae, I, q. 59, a. 1.
Mentre ch’elli è nel primo ben diretto, e ne’ secondi sé stesso misura, esser non può
cagion di mal diletto; ma quando al mal si torce, o con più cura o con men che non dee
corre nel bene, contra T fattore adovra sua fattura.
Más elaboradas son las explicaciones contenidas en el canto XVIII del Purgatorio. Ellas
comienzan estableciendo que:
L’animo, ch’é creato ad amar presto, ad ogne cosa é mobile che piace, tosto che dal
piacere in atto é desto.
(vv. 19-21)
(«El espíritu [i.e., el alma intelectiva humana], que ha sido creado en disposición para
amar, es móvil hacia todo lo que le place tan pronto como despierta actualizado por el
placer»). Aquí se reitera el pensamiento ya antes mencionado de que el alma, creada
por un alegre hacedor, se vuelve gustosa hacia todo lo que la regocija (Purg., XVI, 85
ss.). Y no será superfluo recordar que Dante valora este rasgo de manera tan positiva
que hace de la disposición y capacidad de amar la característica que define a la
gentilezza o nobleza espiritual. En el presente terceto, empero, busca el poeta una
mayor precisión introduciendo el lenguaje técnico de las escuelas. El alma intelectiva o
espíritu {Vanimo) «es móvil» hacia lo que le place, esto es, tiene la capacidad o
«potencia» de ponerse en movimiento en dirección hacia el objeto placentero tan
pronto como el placer que nace de éste actualice tal capacidad, o (en la terminología
escolástica) «reduzca dicha potencia a acto». Lo cual es del todo consistente con la
doctrina aristotélica de la primacía del acto sobre la potencia: nada que sea en
potencia puede pasar a ser en acto si no es actualizado por algo previamente en acto.
Así, la capacidad del alma de complacerse sólo puede pasar a ser complacencia en acto
si es actualizada por algo real y efectivamente placentero.
Sigue la descripción psicológica del proceso por el cual se enciende el amor en el alma:
Vostra apprensiva da esser verace tragge intenzione, e dentro a voi la spiega, si che
Lanimo ad essa volger face;
e se, rivolto, inver’ di lei si piega, quel piegare è amor, quell’ è natura che per piacer di
novo in voi si lega.
Poi, come ’1 foco movesi in altura per la sua forma ch’è nata a salire là dove più in sua
matera dura, così l’animo preso entra in disire, ch’è moto spiritale, e mai non posa fin
che la cosa amata il fa gioire.
(«De algo realmente existente, vuestra [facultad] aprehensiva extrae una imagen
(intenzione) y la despliega dentro de vosotros de modo tal que hace volverse el espíritu
hacia ésta; si, una vez vuelto, el espíritu se inclina hacia ella, ese inclinarse es el amor,
ésa es la naturaleza que se liga de nuevo a vosotros por [causa del] placer.77 Luego, así
como el fuego se mueve hacia lo alto debido a su forma, hecha para subir hasta donde
tiene mayor perduración en su materia, así también el espíritu prendado entra en un
deseo que es un movimiento espiritual, y ya no reposa hasta que la cosa amada lo hace
gozar»). Los «vuestros» y «vosotros» de este pasaje se entienden cuando se considera
que es la sombra de un muerto, Virgilio, quien da estas explicaciones a Dante, un vivo
que comparte con todos los restantes hombres vivos los mismos fenómenos psíquicos
y los correspondientes procesos y cambios en su vida interior.
77 Aquí entendemos el verso 27, natura /che per piacer di novo in voi si lega, según la
interpretación de Ch. S. Singleton, Dante Alighieri. The Divine Comedy, voi. II, parte 2,2a
ed., pp. 415-418, quien da las razones para traducir la expresión di novo como
«nuevamente» y no como el acostumbrado «primeramente».
78 Para la definición y concepto de la inten tio (la intenzione del texto de Dante) en el
lenguaje escolástico, cfr. de Santo Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles, 1,53.
realis de los filósofos); en efecto, ya Aristóteles había advertido que si percibo una
piedra, ésta se encuentra de algún modo en mí, «pero no es la piedra [misma] la que
está en el alma, sino [sólo] su forma»(De an., III, 8, 431 b 29). Una vez aprehendida
esta forma, continúa Dante, la facultad de la fantasía (que incluye entre sus funciones a
la imaginación y a la memoria) la despliega ante el alma intelectiva; si ésta «se inclina»
hacia ella, ha surgido el amor. Este «inclinarse» (piegarsí), que es también «doblarse»,
«doblegarse», «someterse», connota una clara disposición afectiva, y por eso
constituye de suyo amor. Debido a la complacencia que produce la imagen o noción del
objeto en el espíritu, dicho amor llega a constituir una naturaleza que se adhiere «de
nuevo» al ser humano; es decir, el amor perdura, se hace habitual, y el hábito es como
una segunda naturaleza adicional a aquella primera por la que el sujeto es lo que es. El
amor así generado se adhiere al ser humano y «lo liga» nuevamente, por segunda o
tercera o enésima vez, puesto que el hombre estaba ligado ya previa y primeramente
por el amor natural, el amor por «el bien en que se aquieta el espíritu y que cada cual
percibe confusamente» (Purg., XVII, 127-128).
223
En De vulgari eloquentia (II, iv, 2) nos entrega Dante una definición de la poesía; ella,
nos dice, «no es otra cosa que una ficción expresada con retórica y con música» (nichil
aliud est quam Jictio rhetorica musicaquepoita). El autor parece querer hacemos
recordar la originaria vinculación del término latino poesis con el verbo griego poleo al
designar aquí al poder expresivo de la poesía mediante un preciosismo, el verbo
latinopoire, también derivado de poleo.94 ¿Qué significan, sin embargo, en este
contexto los términos «retórica» y «música»?
93 Cfr. NovaIis,M)Mo/og-, 1798: «En tomo alhablary al escribir ocurre algo extrañísimo:
el discurso correcto es un mero juego de palabras. El error risible, del que habría que
maravillarse, es que la gente crea hablar en función de las cosas. El carácter más propio
del lenguaje, que es ocuparse sólo de sí mismo, nadie lo conoce. Por eso es un misterio
tan maravilloso y fecundo que quien habla sólo por hablar enuncia las verdades más
bellas y originales». (Cit. por E. Grassi, Die unerhórte Metapher, Frankfurt a. M., 1992,
p. 165).
94 El verbo poire, usado sólo dos veces en toda la obra de Dante, se vinculaba
habitualmente con el «proferir palabras elevadas». Cfr. De vulgari eloquentia, ed. A.
Marigo, Firenze 1957, comentario ad loe.
95 Cfr. al respecto J. F. Took, op. cit.. pp. 61 ss., que nos ha servido de orientación a
través de los tecnicismos del tratamiento del problema de la poesía en Dante.
avientes (los que ligan palabras) y proclama su preeminencia sobre los prosistas
(prosaycantes), que los imitan. También en el Convivio, I, vii, 14, habla del poema como
«cosa armonizada por ligazón musaica (per legame musaico)». El adjetivo «musaico»
apunta aquí ciertamente más hacia aquello vinculado con las musas que hacia la
música en el sentido estrecho que atribuimos hoy a este concepto. Pero ambas
connotaciones del término resultan ser inseparables.
En cuanto a la retórica, ella no consiste para Dante, por cierto, en el antiguo arte de la
persuasión mediante la palabra que concibieron en general los antiguos, sino más bien
en lo que hoy llamaríamos estilística: Los aspectos retóricos son, según el poeta, los
más importantes, porque ellos confieren al poema su dulzura. La retórica es, en efecto,
en cuanto facultas dicendi la más dulce (soavissimá) de todas las ciencias.96
Fundamental es aquí el tema de los tres estilos, el trágico, el cómico y el elegiaco.97 El
problema de los estilos trae consigo el del léxico, la elegancia y «excelencia de los
vocablos», porque cada estilo requiere de un vocabulario que le sea adecuado, no
menos que de una sintaxis propia. La cuestión del léxico implica también al problema
de la metáfora y, en general, a todo lo concerniente a la elevación estilística
(constructionis elatio). ■■■■■■
Está bien. Todo lo dicho, sin embargó, se refiere al aspecto más exterior y superficial de
la poesía, aspecto importante, sin duda, porque dice relación con la forma mediante la
cual la creación poética se presenta ante su público. Pero nada se ha establecido hasta
ahora en torno a los contenidos temáticos de la obra poética. Es verdad que en el De
vulgari eloquentia no faltan los pasajes normativos en que se prescribe, por ejemplo,
qué clase de temas pueden ser tratados por la poesía en lengua vulgar; pero no hay en
dicha obra un criterio no exterior que permita
establecer cuándo nos encontramos frente a una auténtica creación poética y cuándo
frente a una mera versificación, por cuidada y fluida que ella pueda ser. Acaso por ello
mismo Dante abandonó prematuramente su redacción. Habiendo pensado la obra
distribuida en cuatro libros, ni siquiera terminó de redactar el libro segundo, dejándolo
interrumpido en la mitad de un capítulo. Posiblemente germinaba ya en su espíritu la
comprensión de que el De vulgari eloquentia, con toda su erudición y novedad teórica,
no lograba dar razón de las canciones que él mismo estaba componiendo en ese
momento para comentarlas en el Convivio.
Amor mi spira
Amor mi spira, «el amor me inspira» son las palabras con que Dante procura definir la
esencia de su poesía en la Commedia (Purg., XXIV, 53). Confío en que la lectura del
capítulo anterior, donde se examina el amplio significado que adquiere el amor en el
pensamiento de Dante, haya permitido a los lectores de este ensayo comprender que
esas palabras, escritas por él en la última y más grande de sus obras, no significan única
o primariamente que el poeta se deja llevar por los dictados 96 97
96 Convivio, II, xiü, 13-14. La idea viene de Cicerón, para quien la elocuencia, asunto de
la retórica, era más dulce que el canto, lo más placentero, sutil, admirable y pleno que
puede hallarse {De o raí., II, viii).
0 cómico (de aquí su nombre) por estar escrita en dialecto toscano y no en latín, pero
pertenece a la vez al estilo trágico por la riqueza y elevación de su lenguaje y de sus
conceptos, de modo que Dante pudo referirse a ella legítimamente como
98 De vulg, eloq., II, ii, 8. En lengua vulgar ilustre se ha de cantar lo más útil, esto es, la
sahts, lo más deleitoso, es decir, el amor, y lo más honesto, a saber, la virtud. Por salus
no ha de entenderse aquí la salud corporal (como podría sugerirlo la traducción
castellana de [Link]ález Ruiz) sino el bien común o la salvación de la sociedad, como
lo prueba el hecho de que Dante menciona como ejemplo de esta clase de poesía a la
epopeya, que exalta la destreza en las armas (si no acaso la salvación del alma, que
sería el caso de la Commedia entendida como epopeya soteriológica).
la doctrina del amor propias de la escuela. Por lo pronto, él inventó la expresión dolce
stil novo con que hasta hoy se la denomina (Parg XXIV, 57), si bien lo hizo para designar
al movimiento cuando, ya en manos suyas, había alcanzado plena madurez.
I5 mi son un che, quando Amor mi spira, noto, e a quel modo ch’e’ ditta dentro vo
significando.
(vv. 52-54)
(«Yo soy uno que, cuando Amor me inspira, escribo, y de este modo voy expresando lo
que él dicta dentro de mí»).
Se comprenderá fácilmente que estos tres versos han sido ocasión de acuciosos
estudios eruditos y de interminables discusiones entre los dantistas. En ellos hay, de
hecho, una autodefinición de Dante como poeta y una ars poética en germen. Existe
aquí, por supuesto, el peligro de una falsa interpretación del pasaje que podría surgir
espontáneamente en nuestras mentes modernas, tan distantes de la sensibilidad
medieval. En efecto, aquí no se trata del «dictado del corazón», ni de describir
sentimientos subjetivos, estados del alma, alegrías y dolores
concomitantes a la pasión amorosa. Hay que advertir que Bonagiunta, a cuyo espíritu
penitente atribuye Dante la designación como dolce stil novo de las «nuevas rimas», no
se ha referido a la canción Al cor gentil ni a otros poemas de Guinizelli ni de los
restantes stilnovistas, sino a la nueva poesía inaugurada por la canción Donne ch' avete
intelletto d' amore de Dante. Esta es la canción con que se inicia aquella etapa de la
historia relatada en la Vita nuova en la cual el poeta decide no continuar describiendo
su pasión (un estado subjetivo), sino dedicarse exclusivamente a alabar
(objetivamente) a su dama. En el relato, Dante señala expresamente que tal cambio de
materia y de estilo le fue ordenado por su señor, Amor; así, pues, lo que Amor dictaba
dentro de él no era la descripción introspectiva de su condición de amante sino la
exaltación objetiva de su dama. ¿Por qué, empero, había de ser alabada la dama?
Porque ella era un ángel enviado por Dios, un instrumento de la gracia divina para
operar la salvación del amante.
No hay, pues, nada subjetivo, nada emocional ni romántico en aquéllo de que el poeta
creador escribe inspirado por el Amor.
No debe sorprendemos, por otra parte, que Dante posea tan clara conciencia de su
originalidad como poeta y de la novedad de su concepción de la poesía como la que
expresó en el ficticio diálogo con el espíritu de Bonagiunta. Si hay un defecto de que él
carecía en absoluto, éste era la incapacidad de reconocer sus propios talentos; no
poseía, pues, falsa modestia. Sabía que el nombre de «poeta» es el que más perdura y
el que confiere mayor honor (PurgXXI, 85); sabía también que la fama literaria
credette Cimabue ne la pittura tener ló campo, e ora ha Giotto il grido, si che la fama di
colui é scura.
Cosí hatolto l’uno a l’altro Guido la gloria de la lingua; e forse é nato chi Tuno e l’altro
caccerá del nido.
Lo dicho hasta aquí sugiere, en definitiva, que desde su más temprana producción
poética tuvo Dante la noción clara de que la poesía no tiene sentido alguno si no se
apoya en un saber profundo que la sostenga. En De vulgari eloquentia, después de
haber recordado los tres temas dignos de la poesía, salvación, amor y virtud, advierte:
«Quienquiera intente cantar en su pureza estas tres materias o las cosas que de ellas
directamente se siguen o nítidamente derivan, beba primero en las fuentes del Helicón
[el monte de Grecia consagrado a Apolo y las musas] y, habiendo tendido al máximo las
cuerdas, comience a mover con seguridad el plectro. Tener el cuidado y la discreción
convenientes, ésa es la tarea, ésa la dificultad, porque nunca podrán alcanzarse sin
esfuerzo de ingenio, asiduidad en el arte y conocimientos científicos [....] Repruébese,
por tanto, la insensatez de aquéllos que, carentes de arte y de ciencia, confiados
únicamente en su ingenio, acometen asuntos altísimos que deben ser cantados de
manera excelsa; desistan de tan grande presunción,
No fue, entonces, por ningún motivo trivial que Dante agregó comentarios en prosa (si
bien demasiado escolásticos para nuestro gusto) a sus poemas reunidos en la Vita
nuova, llegando a conformar con ellos una novela, ni que reiterara dicho
procedimiento, esta vez con mayor profundidad, para sus canciones reunidas en el
Convivio, ni que la práctica de comentar las propias composiciones poéticas vuelva a
hallarse en pleno Renacimiento, en un Lorenzo de’ Medici o un Giordano Bruno, para
no mencionar, aún más tarde, a un San Juan de la Cruz y a quién sabe cuántos otros
que puedan haber continuado haciéndolo.
Hemos visto ya que la poesía fue subvalorada por la escolástica medieval. En general, la
Edad Media careció de un concepto de las «bellas artes» como el que surgiría a partir
del Renacimiento de los siglos XV y XVI. Su concepto de arte se confundía con el de una
capacidad productiva racional, es decir, técnicamente orientada, en consciente
posesión de los medios para obtener el fin deseado. Si se admitió una distinción entre
las diferentes artes, ésta fue entre las llamadas liberales, fondadas en un saber de
carácter más científico, y las artes mecánicas o serviles, de índole utilitaria. No es fácil
hoy adquirir claridad en tomo a los criterios que presidían sobre esta clasificación; la
escultura y la pintura, por ejemplo, eran consideradas dependientes del arte mecánica
de la arquitectura, pero la música y la retórica contaban entre las artes liberales. (Por
música, en cuanto arte liberal, no hay que entender por cierto la disciplina de los
ejecutantes, cantantes e instrumentistas, sino la teoría musical basada en estrictas
relaciones matemáticas, de acuerdo con la tradición que reconocía su origen en
Pitágoras y que foe trasmitida a la Edad Media por Boecio). En cuanto a la poesía, su
status público y social debe de haber sido entonces tan indeterminado y poco preciso
como lo es todavía en nuestro tiempo; cuando Dante, ya reconocido como poeta,
debió inscribirse en una de las Artes o asociaciones gremiales florentinas para poder
acceder a cargos públicos de responsabilidad, lo hizo en el Arte de los médicos y
farmacéuticos, probablemente en razón
de sus estudios filosóficos (ya que medicina y filosofía natural eran entonces la misma
cosa), pero ciertamente porque no existía un Arte que acogiera a los poetas y
escritores.
Pero si la Edad Media trató a las bellas artes con cierta indiferencia, no hizo lo mismo
con el concepto mismo de belleza, que ocupó un lugar en las reflexiones de diversos
pensadores. Por lo pronto, se aceptó sin vacilaciones el hecho de que la belleza no es
una cualidad subjetiva, sujeta de algún modo a las variaciones e indeterminaciones del
gusto individual, sino que posee un sólido fundamento objetivo, de modo que lo bello
se impone por sí mismo ante quien haya cultivado la capacidad de reconocerlo.
Además, muchos filósofos, entre otros probablemente también Santo Tomás de
Aquino, consideraron que el concepto de «lo bello» es lo que la escolástica llamó un
trascendental, es decir, una propiedad general inherente a la totalidad y perfección del
ser, y por tanto carente de los límites de las propiedades predicamentales o
categorías." De este modo, «lo bello» adquiría un nivel ontológico análogo al de lo
bueno y lo verdadero. Todo ente, por el hecho de ser, es verdadero, bueno y bello; si
existen cosas feas, ello ocurre tan sólo en la medida en que su ser es defectuoso,
imperfecto, de modo tal que su fealdad es sólo relativa; el ser es bello, y la fealdad es
únicamente carencia de alguna perfección del ser.
en los diálogos de Platón se había planteado el parecer de que, entre todas las ideas
eternas, inmateriales e inmutables, la belleza es la única que halla expresión en el
mundo empírico, ofreciéndose directamente a nuestra sensibilidad (Phaidr250 d). El
pensamiento neoplatónico puso la belleza ejemplar en Dios mismo y entendió que
toda belleza sensible no es sino un trasunto o reflejo de la belleza divina. En la
Consolación de la filosofía de Boecio, desde luego, era posible leer, luego de la
invocación a Dios que gobierna al mundo con leyes eternas,
tu cuneta superno
(«tú, que todo lo ordenas según el arquetipo celestial, siendo tú mismo lo bellísimo,
riges con tu espíritu un mundo bello al que formas semejante en imagen, ordenándole
que su perfección haga perfectas a todas sus partes»). También el Pseudo-Dionisio
afirma que Dios es «lo bello suprasubstancial» (tó hyperoúsion halón) por cuanto toda
belleza es transferida desde él a las cosas existentes en conformidad con la índole de
éstas.100
Pero si la belleza viene de Dios, el bellísimo, que es a la vez el autor de toda existencia y
la fuente de todo bien y de toda verdad, ella no es en último término sino el
revestimiento sensible de una perfección o plenitud de índole ontológica, moral y
gnoseológica. La belleza tiene carácter simbólico; ella es símbolo de una realidad
trascendente que se sirve de la atracción ejercida por lo bello sobre la sensibilidad
humana para salir al encuentro del hombre y capturarlo en sus redes.
100 De divinisnominibus, 135. Cfr. de Santo Tomás de Aquino, In libr. B. Dionysü de Div.
Nomin. Expositio, cap. IV, lect. v, 339.
Pero leamos ahora este mismo pensamiento tal como lo formula un autor medieval, en
los versos atribuidos al teólogo y erudito del siglo XII apodado doctor universalis,
Alanus ab Insulis (Alain de Lllle):
Omnis mundi creatura quasi líber et pictura nobis est in speculum; nostrae vitae,
nostrae mortis, nostri status, nostrae sortis fidele signaculum.
Nostrum statum pingit rosa, nostri status decens glosa, nostrae vitae lectio; quae dum
primo mane floret, defloratus flos effloret vespertino senio.
{«Toda creatura de este mundo, a la manera de un libro o de una pintura, nos sirve de
espejo, fiel testimonio de nuestra vida, de nuestra muerte, de nuestro estado o de
nuestra fortuna. Una rosa es el mejor exponente para describir nuestro estado; es la
lectura de nuestra vida: florece al rayar el alba, apenas florecida se pone mustia y por
la tarde ya está marchita»).
Toda creatura, obra de Dios, es de suyo bella; su belleza es el señuelo que nos induce a
penetrar en el secreto de su ser; el ser de la creatura es, por su parte, la cifra que
revela otra dimensión, originaria y trascendente, de la realidad. El esquema puede
parecer complejo, pero corresponde al modo en que la Edad Media enfrentó la tarea
de acceder cognoscitivamente a lo real. Si la belleza es el acceso que nos invita a
penetrar en la intimidad del ser de las cosas, es preciso tener en consideración que
dicho ser, en cuanto obrá de Dios, posee dimensiones no del todo transparentes para
nuestro pensamiento racional. Los símbolos se caracterizan por su capacidad para
expresar realidades que pueden ser en sí mismas contradictorias; piénsese, por
ejemplo, en la facilidad con que el símbolo de la cruz representa en el mundo
occidental la noción racionalmente absurda de que la humanidad quedó redimida
cuando Dios fue mandado crucificar por un funcionario romano. Desde este punto de
vista, su carácter simbólico confiere a la belleza el privilegio de constituir una vía
idónea de acceso a las realidades trascendentes que verdaderamente le importaban al
hombre medieval, las que delatan, por su parte, una lógica divina que difiere mucho de
la lógica humana.
101 Th. Steinbüchel, Vom Menschenbild des christlichen Mittelalters, Darmstadt 1959,
P- H-
encuentro con la verdad que enriquece al intelecto. En el Convivio, obra en que Dante
se propuso publicar y comentar catorce canciones suyas cargadas de significados
alegóricos (de las que sólo reunió y comentó tres), encontramos la siguiente tomata de
la primera de ellas: Canzone, io credo che saranno radi color che tua ragione intendan
bene, tanto la parli faticosa e forte.
Onde, se per ventura elli addivene che tu dinanzi da persone vadi che non ti paian d’
essa bene accorte, allor ti priego che ti riconforte, dicendo lor, diletta mia novella:
{«Canción, yo creo que serán pocos los que comprendan bien tu sentido, hasta tal
punto lo expresas con esfuerzo y dureza, Por lo cual, si por ventura ocurriera que
llegues ante personas que no te parezcan haberlo entendido bien, te ruego que te
consueles, querida hijita mía, diciéndoles: ‘Considerad al menos cuán bella soy’»). La
belleza es el premio de consolación otorgado a quienes son incapaces de obtener el
goce supremo penetrando en el significado profundo de un poema.
Pero ocurre entonces que la belleza, si bien atrae al lector de poesía y lo incita a gozar
del poema, puede también ejercer un efecto negativo al ocultar la verdad de su
significado y permitir que se la pase inadvertidamente por alto. Por ello, Dante no
desestimó incluir en la Commedia algunos llamados al lector para que no olvide el
doble esfuerzo de comprensión que exige la poesía. Una de estas advertencias tiene
lugar cuando, en el infierno, el protagonista y su guía enfrentan la resistencia a su
ingreso a la ciudad de Dite:
O voi ch’avete li ’ntelletti sani, mírate la dottrina che s’asconde sotto ’1 veíame de li
versi strani.
(«Vosotros, que tenéis intelecto sano, atended a la doctrina que se esconde bajo el velo
de estos extraños versos»). La otra se produce
Aguzza qui, lettor, ben li occhi al vero, ché ’1 velo é ora ben tanto sottile, certo che ’1
trapassar dentro é leggero.
(«Aguza aquí, lector, la vista para la verdad, porque el velo es ahora tan sutil que,
ciertamente, es fácil traspasarlo»).
Son, pues, dos hasta aquí los momentos históricos en que la exégesis alegórica se hace
presente y cobra fuerza, y ambos son épocas de crisis religiosa. La primera, cuando
empieza a minarse la base mitológica del antiguo politeísmo griego; la segunda,
cuando entre las religiones orientales que irrumpen en Occidente comienza a perfilarse
claramente el triunfo del cristianismo y su diferenciación respecto del judaismo, del
que procedía, a través de su concepción radicalmente nueva de las relaciones entre el
hombre y Dios. Desde dicho momento en adelante, la exégesis alegórica adoptará dos
caminos radicalmente diversos. Por una parte, continuará la interpretación de la poesía
profana como el descubrimiento de verdades sapienciales ocultas bajo un bello
revestimiento literario, y por la otra establecerá relaciones hasta entonces
insospechadas entre los Testamentos Antiguo y Nuevo; se divorcian así la «alegoría de
los poetas» y la «alegoría de los teólogos». Consideraremos en primer lugar la de los
poetas, que es la más antigua y continúa el trabajo realizado por los intérpretes griegos
en la Antigüedad..
Importante para este proceso fue en el siglo XII el Comentario a los seis primeros
cantos de la Eneida, cuya tradicional atribución a Bernardo Silvestre se encuentra
puesta hoy en duda.103 104 El autor de esta obra, siguiendo la línea interpretativa
propuesta seiscientos años antes por Fulgencio, entendió el poema como una
caracterización alegórica de las diferentes edades de la vida humana: el nacimiento y la
infancia (canto I), la niñez (canto II), la adolescencia (canto III), la juventud (canto IV), la
edad viril (canto V) y el «descenso de la virtud» (descensus virtutis) por el cual el sabio
advierte la fragilidad de las cosas mundanas, las desprecia y accede así a un mejor
conocimiento de su Creador (canto VI). La obra está desgraciadamente inconclusa,
pero su intención es clara. Considera a Virgilio a la vez como poeta y como filósofo,
pues en la Eneida «enseñó la verdad filosófica sin descuidar la ficción poética». Ambas
dimensiones son, a juicio del autor, inseparables. En efecto, Virgilio «muestra en
cuanto filósofo la naturaleza de la vida humana. Su modo de proceder consiste en
describir bajo un velo (in integumento) lo que hace o lo que padece el espíritu humano
temporalmente colocado en un cuerpo de hombre». El «velo», dice, «es un tipo de
exposición (genus demostrationis) que implica la intelección de la verdad bajo un relato
fabuloso, por lo que también se le llama revestimiento
104 The Commentary on the First SixBooks of theAeneid ofVergil commonly attributed
to Bernardas Silvestris, ed. de J.W, y E.F. Jones, Lincoln and London, 1977. Este
comentario sirvió de fuente a Juan de Salisbury, quien lo sintetiza brevemente en su
Policraticus, VIII, 24, 816 d ss.
275 Joaquín Barcelâ