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CIBERNANAUTA

El documento presenta una serie de relatos breves que exploran diferentes facetas del amor y la nostalgia a través de personajes con trasfondos únicos. Desde un amor cibernético entre dos personas con limitaciones físicas, hasta la reflexión de un magnate sobre su infancia y la lectura de una novela que se entrelaza con la realidad. Cada historia invita a la introspección sobre las conexiones humanas y la memoria.
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Temas abordados

  • dilemas morales,
  • análisis de personajes,
  • realidad alterada,
  • comunicación digital,
  • minicuento,
  • reflexiones sobre el pasado,
  • personajes complejos,
  • cambio de entorno,
  • conflictos internos,
  • deseo y anhelo
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CIBERNANAUTA

El documento presenta una serie de relatos breves que exploran diferentes facetas del amor y la nostalgia a través de personajes con trasfondos únicos. Desde un amor cibernético entre dos personas con limitaciones físicas, hasta la reflexión de un magnate sobre su infancia y la lectura de una novela que se entrelaza con la realidad. Cada historia invita a la introspección sobre las conexiones humanas y la memoria.
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  • dilemas morales,
  • análisis de personajes,
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  • personajes complejos,
  • cambio de entorno,
  • conflictos internos,
  • deseo y anhelo

Amor cibernauta

Se conocieron por la red. Él era tartamudo y tenía un rostro brutal de


neanderthal: cabeza enorme, frente abultada, ojos separados, redondos y
rojos, dientes de conejo que sobresalían de una boca enorme y abierta,
cuerpo endeble y barriga prominente. Ella estaba inválida del cuello hasta
los pies y dictaba los mensajes al computador con una voz hermosa,
pausada y clara que no parecía tener nada que ver con ella; tenía el cuerpo
de una muñeca maltratada. Fue un amor a primer intercambio de mensajes:
hablaron de la armonía del universo y de los sufrimientos terrestres, de la
necesidad del imperio de la belleza y de los abyectos afanes de los
mercaderes de la guerra, de la abrumadora generosidad del espíritu
humano que contradice la miseria de unos pocos. Leían incrédulos las
réplicas donde encontraban una mirada equivalente del mundo, no igual,
similar, aunque enriquecida por historias y percepciones diferentes. Durante
meses evitaron hablar de sí mismos, menos aún de la posibilidad de
encontrarse en un sitio real y no virtual. Un día él le envió la foto
digitalizada de un galán. Ella le retribuyó con la imagen de una bailarina. Él
le escribió encendidos versos de amor que ella leyó embelesada. Ella le
envió canciones con su propia voz, él lloró de emoción al escuchar esa
música maravillosa. Él le narraba con gracia los pormenores de su agitada
vida social, burlándose agudamente de los mediocres. Ella le enviaba
descripciones de sus giras por el mundo con compañías famosas. Ninguno
de los dos jamás propuso encontrarse en el mundo real. Y fue un amor de
sueños, de mensajes, de versos, de canciones. Fue un amor verdadero, no
virtual, como los que suelen acontecernos en ese lugar que llamamos
realidad .

(*) Este microcuento forma parte del libro ANGELES Y VERDUGOS , publicado en 2002 por el autor, bajo el sello de la editorial
Mosquito.

Sanción formativa entregada al estudiante Edgardo Suazo, enviado a Inspectoría General, por verse involucrado en
ocultamiento de mochila de compañero de curso, 1° I, la cual “aparece” bajo su meza, cuando INGRESA A CLASES.

ES ENVIADO POR EL PROFESOR FRANCISCO CERDA.

DEBERÁ ANALIZAR ESTE PEQUEÑO RELATO E INFORMAR AL INSPECTOR GENERAL EDUARDO CIFUENTES MUÑOZ, EL DÍA
04 DE SEPTEIEMBRE DE 2019.
La carta
[Cuento - Texto completo.]

Jos

é Luis González

San Juan, puerto Rico


8 de marso de 1947
Qerida bieja:
Como yo le desia antes de venirme, aqui las cosas me van vién.
Desde que llegé enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la
semana y con eso bivo como don Pepe el alministradol de la
central allá.
La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral
pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Digale a Petra
que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de
ella.
Boy a ver si me saco un retrato un dia de estos para mandálselo a
uste.
El otro dia vi a Felo el ijo de la comai María. El está travajando
pero gana menos que yo.
Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por
alla.
Su ijo que la qiere y le pide la bendision.
Juan

Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno


de borrones y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Caminó
hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la
gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las
puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco, y extendió
la derecha con la palma hacia arriba.
Cuando reunió los cuatro centavos necesarios, compró el sobre y
el sello y despachó la carta.
FIN
Esquina peligrosa
[Minicuento - Texto completo.]

Marco Denevi

El señor Epidídimus, el magnate de las finanzas, uno de los hombres más


ricos del mundo, sintió un día el vehemente deseo de visitar el barrio donde
había vivido cuando era niño y trabajaba como dependiente de almacén.
Le ordenó a su chofer que lo condujese hasta aquel barrio humilde y
remoto. Pero el barrio estaba tan cambiado que el señor Epidídimus no lo
reconoció. En lugar de calles de tierra había bulevares asfaltados, y las
míseras casitas de antaño habían sido reemplazadas por torres de
departamentos.
Al doblar una esquina vio el almacén, el mismo viejo y sombrío almacén
donde él había trabajado como dependiente cuando tenía doce años.
-Deténgase aquí. -le dijo al chofer. Descendió del automóvil y entró en el
almacén. Todo se conservaba igual que en la época de su infancia: las
estanterías, la anticuada caja registradora, la balanza de pesas y, alrededor,
el mudo asedio de la mercadería.
El señor Epidídimus percibió el mismo olor de sesenta años atrás: un olor
picante y agridulce a jabón amarillo, a aserrín húmedo, a vinagre, a
aceitunas, a acaroína. El recuerdo de su niñez lo puso nostálgico. Se le
humedecieron los ojos. Le pareció que retrocedía en el tiempo.
Desde la penumbra del fondo le llegó la voz ruda del patrón:
-¿Estas son horas de venir? Te quedaste dormido, como siempre.
El señor Epidídimus tomó la canasta de mimbre, fue llenándola con
paquetes de azúcar, de yerba y de fideos, con frascos de mermelada y
botellas de lavandina, y salió a hacer el reparto.
La noche anterior había llovido y las calles de tierra estaban convertidas en
un lodazal.
FIN
Continuidad de los parques
[Cuento - Texto completo.]

Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes,
volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por
la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su
apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la
tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su
sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante
posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el
terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo
los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en
seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo
rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del
alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los
ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido
por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se
concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la
cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante,
lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la
sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las
ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos
furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un
diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que
todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del
amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de
otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares,
posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente
atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano
acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la
puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda
opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez,
parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del
crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron.
El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y
entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer:
primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos
puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y
entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de
terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
FIN

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