Literatura
LA OBRA LITERARIA
La literatura, en tanto situación de comunicación, pone en contacto al escritor y al lector, se crea un pacto entre
ambos: comunicarse a través de la ficción. En una obra literaria, como por ejemplo la novela histórica, pueden
aparecer hechos, personajes y lugares reales; pero estos constituyen solamente un recurso ficcional dado que
están presentados de una manera subjetiva: los personajes viven sentimientos, emociones que son inventadas
por el autor y que resultan creíbles solamente en el mundo de la ficción. La obra literaria es también un objeto
estético. Presenta, en el discurso que la concretiza, ciertas características que la diferencian claramente de otros
discursos (periodísticos, científicos, etc.). Estos tienen un referente real, mientras que el discurso literario crea
su propio referente. El lenguaje literario es el protagonista y si bien aparecen todas las funciones del lenguaje,
lo que caracteriza a este tipo de discurso es la función poética a través de la cual el autor se preocupa por la
forma del mensaje. El artista selecciona las palabras y las combina de un modo único y personal aprovechando
los aspectos fónicos, morfológicos, sintácticos y semánticos que le ofrece la lengua. Es decir, trabaja con la
plurisignificatividad, polisemia y ambigüedad del signo lingüístico utilizando las posibilidades del lenguaje
connotativo que le permiten sugerir otros significados y no uno solo como en el lenguaje denotativo. Gustavo
Bombini afirma que la literatura evade los sentidos convencionales, únicos, cerrados, evita la transparencia y
desmantela los estereotipos: rehúye las rutinas. Ejerce un efecto desestabilizador sobre el lenguaje a través de
transgresiones y montajes. Crea una nueva realidad con reglas propias que permiten al lector pensar en la
posibilidad de cuestionar su propia realidad. Y como afirma Mempo Giardinelli “es en la obra de los literatos
donde se comprende y se entiende en profundidad lo que sucedió y lo que sucede.”
DELGADO, FERRERO. La aventura del lector 5. Ed. Comunicarte.
La literatura y la dificultad de su definición
La definición de la literatura se construye -si tal definición es posible- a partir de distintos criterios teóricos. En
primer lugar, puede considerarse que la creación literaria es invención, pues aquello que, en principio, permite
diferenciar el discurso literario de otros discursos sociales es la ficción. El término ficción alude a la simulación
o ilusión de realidad que se produce en la obra literaria. Desde este punto de vista, la literatura está compuesta
por un conjunto de textos imaginarios que se diferencian de aquellos que intentan registrar los sucesos que han
ocurrido efectivamente en un tiempo y en un espacio precisos como, por ejemplo, los textos de historia.
La literatura, por ser un hecho artístico, transforma la realidad y la ficcionaliza. Los objetos y los personajes
a los que se refiere existen sólo en el texto, esto es, son creaciones ficcionales que pueden ser parecidas o no a
los seres y objetos existentes. Es cierto que algunos textos como las biografías noveladas o las novelas
históricas narran experiencias vividas o hechos reales y presentan, por tanto, límites borrosos entre realidad y
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ficción, pero es necesario aclarar que la ficción siempre interviene en la literatura. Aunque parta de hechos
reales, el escritor imagina, supone, omite algunas cosas y privilegia otras, o sea, inventa. El escritor valora los
hechos que narra, incluye sus ideas y dialoga en su texto con otros discursos sociales, con otras voces y puntos
de vista, como las ideas políticas, culturales, éticas y artísticas de su época, porque la literatura es también
ideología, es decir, un conjunto jerarquizado de ideas que permiten ver e interpretar el mundo.
No obstante, algunos teóricos consideran que probablemente no haya que definir a la literatura sólo en
función de su carácter ficticio, sino también en función de su empleo característico de la lengua. De acuerdo
con este criterio teórico, la literatura consiste en una forma de escribir en la cual, según Jakobson, “se violenta
organizadamente el lenguaje ordinario”. El texto literario se diferencia de otros textos por una forma particular
de decir, por un modo de trabajar con el lenguaje distinto del que usamos en la vida cotidiana. Es decir, en este
tipo de texto no sólo importa lo que se dice, sino cómo se dice: el empleo del lenguaje atrae la atención sobre sí
mismo.
De todas las funciones del lenguaje señaladas por Roman Jakobson, la función poética es la que caracteriza
al lenguaje literario, dado que lo que lo distingue de otros es la construcción particular del mensaje: la selección
y combinación de las palabras, morfemas y fonemas, el ritmo, el uso connotativo del lenguaje -que permite
interpretar los términos en múltiples sentidos y no en uno solo, como en los textos científicos- son algunos de
los procedimientos que usa el escritor para trabajar con el material que le provee la lengua.
Hasta aquí hemos visto que la literatura presenta dos rasgos fundamentales: el carácter ficticio y el uso del
lenguaje con una finalidad estética. Ahora bien, para definir la literatura hay que considerar, por lo menos, un
criterio más. Algunos teóricos consideran que literatura es todo lo que en una época determinada es leído como
tal, pues no siempre a lo largo de la historia la concepción sobre lo que es literatura fue la misma. Muchas obras
literarias que en la actualidad son consideradas “maestras” fueron rechazadas por sus contemporáneos, porque,
según ellos, carecían de valor estético. Esta perspectiva incluye al lector. Habitualmente, las escuelas, las
instituciones académicas, las universidades, las revistas especializadas, las editoriales, los críticos literarios,
entre otros, determinan lo que se lee como literatura. Los textos señalados como prestigiosos por esas
instituciones forman lo que se denomina el canon literario, esto es, el conjunto de textos que se consideran
literarios. En cada época y en cada sociedad existe un canon literario establecido a partir de las pautas vigentes
que permiten considerar artístico o no un escrito. El canon no es fijo ni eterno, sino que varía de acuerdo con el
gusto estético y las ideas que se tengan en determinado momento sobre la literatura.
De esta manera, no es posible dar una definición universal del hecho literario, ya que su conceptualización
surge de un consenso o acuerdo de las instituciones sociales en un determinado momento histórico. Es decir que
definir un texto como literario no depende sólo de elementos formales incluidos dentro de él, sino también de si
se lo lee o no como literatura, del modelo de lectura aceptado y de lo que cada época considera como literario.
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En suma, el reconocimiento de un texto como literatura no proviene tanto de sus propiedades específicas de tipo
lingüístico cuanto de su uso o función en la vida social.
La función de la literatura está social e históricamente determinada. Históricamente, porque un texto nacido
como literario en una época puede dejar de leerse como tal y viceversa. Socialmente, porque cuando un texto
literario llega a nuestras manos, ya ha sido considerado como tal: es de un autor, se inscribe en un determinado
género, se lo reconoce desde el ámbito académico, etc.
Por otra parte, cabe señalar que las obras literarias adquieren distintos sentidos a través del tiempo. Pero,
también en una lectura contemporánea, estos textos posibilitan, o mejor, exigen, varias lecturas que son
producto de los distintos públicos que se adueñan de ellos. En la cooperación entre el lector y el texto se
construye el significado que nunca es único, sino que es uno de los posibles sentidos que un texto literario
permite.
Teniendo en cuenta estos presupuestos, una primera definición de literatura necesariamente debe partir del
reconocimiento de la preponderancia de la función estética, así como también de su carácter ficcional. El texto
literario, entonces, se caracteriza por ser el producto de una escritura de calidad que busca lograr un efecto
estético en el lector. Por eso, es un texto que deja espacios vacíos que el lector debe llenar para construir uno de
sus posibles sentidos. Lo que el texto literario reclama de un modo imprescindible -y esto resulta esencial para
el desarrollo del pensamiento crítico y autónomo de las personas-, es un lector activo; un lector que llene los
vacíos que deliberadamente deja la obra literaria, que actúe sobre ella porque, como afirma Umberto Eco, “el
texto quiere que alguien lo ayude a funcionar”.
1. CARACTERIZACIÓN DEL TEXTO LITERARIO
1.1 Ficcionalidad
La literatura no refleja la realidad, no la copia, no la imita, sino que funda su realidad a través de las palabras.
Crea su mundo con sus leyes, con sus personajes, con sus historias. Esa realidad debe ser creíble y en ella
debemos creer. Si bien no se puede negar que los textos literarios aluden a personajes, hechos o lugares que
pueden tener existencia histórica, desde el momento en que pasan a formar parte del mundo literario, son tan
ficcionales como los otros elementos inventados que los acompañan. La obra literaria, por tanto, se constituye
en una estructura autónoma. Es un mundo creado dentro y a partir de las palabras, que se organiza y funciona a
partir de sus propias leyes. Lo que está en ese mundo se transforma, así, en referente y el enunciador (quien
habla) crea a partir de ello. La obra artística, por tanto, constituye una autorrealidad que no conoce más límites
que los derivados de su propia codificación.
No obstante, para que la ficción se pueda aceptar y entender como tal, debe cumplir con su función
comunicativa, es decir, debe ser recibida como ficción por sus lectores. Esta función comunicativa determina el
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modo en que una obra es leída y se relaciona con el concepto de verosimilitud, que plantea que la obra no es
tenida como verdadera, sino como posible de ser verdadera en el mundo creado en el que funciona. Para
ello, debe regirse por ciertas leyes (que no necesariamente coinciden con las del mundo real y su causalidad) y
debe responder a una lógica, que no puede ser totalmente ajena o distinta a la que como sujetos sociales
conocemos. Estas leyes y la lógica a la que responden son las que dan sustento y legitiman el mundo ficcional.
Es decir que para que un texto literario sea verosímil, debe existir una coherencia y una causalidad
interna que nos permita creer en lo que pasa.
Por otra parte, la relación comunicativa que toda ficción requiere entre el texto y su lector se plasma en lo
que se denomina pacto ficcional. Este pacto es el compromiso que tácitamente asume el lector de creer en lo
que el texto le cuenta. Para ello, es necesaria no sólo la suspensión de la incredulidad por parte del receptor,
sino también la construcción de un mundo ficcional coherente y verosímil por parte del emisor.
Asimismo, es preciso aclarar que no sólo el texto narrativo goza de la calidad de ficcional. A pesar de que
en general, la capacidad de crear mundos ficticios es atribuida a cuentos o novelas, tanto la poesía como el texto
dramático comparten con la prosa esta característica. En el caso del discurso lírico, esta propiedad viene a
desmentir la creencia generalizada de que en la poesía se expresa únicamente las experiencias, vivencias o
sentimientos del “yo lírico”.
1.2. Extrañamiento
Si la literatura no refleja la realidad sino que la inventa, lo que enuncia y funda es otra realidad, ajena, diferente,
nueva, original, siempre extraña. Es decir que el discurso literario desautomatiza nuestra relación con el
lenguaje y con el mundo, nos empuja a pensar reflexivamente y desde otra perspectiva sobre ambos. Este
procedimiento mediante el cual la literatura desautomatiza nuestra relación con la lengua y vuelve extraña y
desconocida la realidad se denomina extrañamiento. Este procedimiento consiste en presentar el mundo como
si se viera por primera vez, con una mirada inaugural. Así, un elemento, una situación son re-creados, en el
sentido estricto del término, es decir, son creados nuevamente por el lenguaje, por lo que si bien son lo que
parecen ser en la realidad cotidiana, también son otra cosa.
Si bien podemos señalar algunos momentos o pasajes de un texto en los que podemos identificar el
extrañamiento utilizado como procedimiento, se trata de un rasgo que está presente en la literatura como parte
constitutiva, ya que todo enunciador presenta siempre un mundo en el que percibe cosas y aspectos hasta
entonces nunca antes percibidos. Podemos pensar el extrañamiento, entonces, como una mirada singular del
mundo, propia del arte que se relaciona con el carácter estético de la literatura.
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1.3. Connotación
Si el lenguaje científico se caracteriza por reducir al mínimo grado de ambigüedad posible sus enunciados, la
utilización poética de la lengua en el texto literario torna al mismo radicalmente ambiguo, lo que explica las
diversas interpretaciones que este tipo de discurso habilita. Tal ambigüedad, inherente a la obra artística, es
producto de los juegos de connotación del lenguaje literario.
La connotación es la característica propia del lenguaje literario, pero no exclusiva de él, por la cual la
palabra adquiere un plus de significación, aparecen sentidos nuevos y se nos comunican reveladoras
sugerencias. El enunciado en la literatura no sólo posee un sentido literal, denotado, sino que a través de la
connotación se potencian al máximo sus posibilidades significativas. Este rasgo del discurso literario, como
también el de ficcionalidad, se construye y manifiesta en todo el texto. No hay una frase o palabra que uno
pueda identificar como connotativa, ya que tanto los sentidos agregados como aquellos sugeridos, que no nos
son dichos directamente, son resultado del texto en su totalidad. Entre estos sentidos y sugerencias pueden
señalarse connotaciones afectivas, valorativas, intenciones del emisor, miradas irónicas de situaciones, hechos o
personajes, relaciones inesperadas entre las palabras (como las metáforas o las metonimias), etc.
Ahora bien, también existe un plus de significado en aquello que cada lector agrega, pone de sí en lo que
lee, que no es previsto por el texto, pero sí es favorecido por el lenguaje literario que busca la apertura de
diversas posibilidades interpretativas. En otras palabras, las resonancias que despierta una obra están marcadas,
por un lado, por el texto y, por el otro, son fruto de la experiencia de cada lector en particular.
Para poder reconocer los recursos que dan lugar a la connotación es preciso saber que en ella intervienen no
sólo el sentido de las palabras, es decir, el aspecto semántico, sino también los otros aspectos del lenguaje
escrito: el aspecto fónico, gráfico, prosódico y sintáctico. Todos estos aspectos enriquecen el aspecto
connotativo que es específicamente semántico.
Por último, no es posible dar cuenta de la connotación sin tener en cuenta los procedimientos retóricos
presentes en los textos literarios. En el discurso literario, aparecen una serie de recursos verbales (metáforas,
metonimias, personificaciones, comparaciones, hipérbaton, etc.) que afectan a la propia palabra poética y logran
que el lenguaje adquiera mayor densidad literaria. Estos recursos verbales llamados figuras o tropos retóricos
no son meros adornos de la lengua, sino que contribuyen a la conformación de los sentidos del texto.
En síntesis, la connotación es ese rasgo propio, pero no exclusivo del discurso literario, relacionado con el
empleo del lenguaje, que pone de manifiesto la importancia no sólo de lo que se dice sino también de cómo se
lo dice, porque en la literatura -a pesar de lo que pueda parecer-, nunca hay un uso espontáneo e irreflexivo de
la lengua, por el contrario, se trata del espacio privilegiado de reflexión y trabajo consciente con las
posibilidades artísticas y estéticas del lenguaje.
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1.4. Polisemia
El concepto de polisemia alude a la diversidad de significaciones que pueden estar contenidas en las palabras,
como también a los nuevos sentidos que las palabras pueden adquirir en el texto. Tanto la connotación como la
polisemia son propiedades de los textos literarios relacionadas con la significación de los mismos, con la
multiplicidad de interpretaciones que los mismos habilitan. El discurso literario busca abrir los sentidos más
que cancelarlos, por eso, nunca es totalmente explícito, ofrece silencios o vacíos que debe completar el lector
para así construir su lectura. Por eso se pueden dar diversidad de lecturas sobre un mismo texto, aunque estas
no son infinitas, ya que deben estar contenidas en los límites que el mismo texto impone. Hay varias lecturas de
un texto: algunas son razonables, otras son imposibles y ninguna es verdadera. Lo importante es que la
literatura, a diferencia de otros discursos, busca un lector activo, que participe del acto creativo de la
construcción de sentido, que interprete el texto a su manera, como si se tratara de una partitura musical a la que
es necesario recrear.
1.5. Intertextualidad
Todo discurso, oral o escrito, se construye sobre la base de otro discurso: cada texto responde, niega, interroga,
dialoga y recrea otros textos. En todo texto encontramos las huellas de otros discursos ya dichos alguna vez, es
por ello, que la originalidad absoluta es imposible. Esta característica del discurso de contener dentro de sí
múltiples voces se conoce con el nombre de intertextualidad.
En todo texto literario encontramos intertextualidad. La multiplicidad de voces que conviven dentro de un
texto literario no son sólo las del narrador o narradores, o la de los personajes, sino también las implicadas en
diferentes discursos sociales, como por ejemplo la política, la ciencia, la psicología, el arte, etc. Por ello,
podemos afirmar que el discurso literario es un concierto de voces en el que podemos reconocer un conjunto
jerarquizado de ideas que permite ver el mundo, analizarlo e interpretarlo.
El discurso literario, asimismo, ofrece un uso particular del aparato intertextual, puesto que toma
particularmente otros discursos literarios con los cuales dialoga, polemiza, imita. En otras palabras, el texto
literario siempre se relaciona con otros textos literarios, y este diálogo puede aparecer explícita o
implícitamente señalado en el discurso. Así la cita directa de otra obra, la alusión a un autor mediante el uso de
un personaje del mismo, la parodia, el epígrafe, entre otros, son formas de intertextualidad explícita que nos
permiten establecer fácilmente cuál es el otro texto al que se hace referencia.
En suma, la intertextualidad en cualquiera de sus formas, implica un agregado de significado al texto que se
está leyendo, es una referencia concreta y un guiño hacia lector a quien se le demanda reconocer esa alusión
intertextual. Es decir que se le pide al lector un trabajo extra para completar el sentido.
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Bibliografía
-Cano, Fernanda y Roich, Paula (Coord.), Lengua y literatura 1, Buenos Aires, Tinta Fresca, 2006.
-Galán, Ana Silvia, Indart, María Inés y otros, Literatura 3 Argentina y Latinoamericana, Buenos Aires, Puerto
de Palos, 2001.
-Seppia, Ofelia [et al.], Entre libros y lectores I. el texto literario, Buenos Aires, Lugar, 2003. Cap. 4: “La
narrativa”.