Tesi Final
Tesi Final
Tesis doctoral presentada por:
PURIFICACIÓ MASCARELL
Dirigida por: Dra. TERESA FERRER VALLS
Programa de doctorado: Estudios Hispánicos Avanzados
València, 2014
Dedicatoria
ÍNDICE
0. Résumé …………………………………………………………………………….. 13
1. PRESENTACIÓN ……………………………………………………………….. 19
2.1. El paso del siglo XIX al XX: los barrocos al servicio de los divos ………..……...… 49
2.2. Los años 20 y 30: los clásicos en la modernidad escénica española …………..…… 54
2.3. La II República: la vuelta al pueblo de Lope y Calderón …...………………..….... 57
2.4. La posguerra: el teatro áureo en manos de los vencedores …………………..……. 61
2.5. El franquismo: el refugio de los Teatros Nacionales ………………………..……. 66
2.6. La Transición: el abandono de los autores del Seiscientos …………………..……. 72
2.7. La democracia: la recuperación pública y privada de los clásicos en escena .............. 78
2.8. El nuevo milenio: la consolidación escénica del teatro clásico español ..................... 86
2.9. La dicción del verso y la adaptación del texto: ¿Polémicas irresolubles? ……...….. 105
3.5.1. Contexto: una directora ante el teatro barroco español ……….……...…... 265
3.5.2. La verdad de don García o el arte de la interpretación según Miró ……..... 268
[Link]. Antecedentes y exégesis del texto: el embustero cautivador …………. 268
[Link]. Análisis y recepción: hilaridad y sobriedad en Alarcón ………………. 271
3.5.3. La pícara Fenisa en el espacio vacío …………………………….………… 282
9
[Link]. Antecedentes y exégesis del texto: la transgresión de una buscona …... 282
[Link]. Análisis y recepción: la seducción y el descaro sin aditamentos ……… 286
3.5.4. Conclusión: un “estilo Miró” para escenificar clásicos …………………..... 291
3.8.1. Contexto: un joven director con un sello personal inconfundible ……...…. 351
3.8.2. El deseo de Federico y Casandra entre camisas negras …………….…..…. 359
[Link]. Antecedentes y exégesis: una tragedia à trois ……………………....... 359
[Link]. Recepción y análisis: desde la contención hacia la intensidad .….......... 363
3.8.3. La pasión juvenil y Lope. Una Belisa ecléctica y glamourosa …………..… 376
[Link]. Antecedentes y exégesis: una pieza por explotar …………………..… 376
[Link]. Recepción y análisis: swing escénico con destellos dorados ………..... 381
3.8.4. Conclusión: la belleza y el goce …………………………………….......… 393
10
5.2. Una escena clásica para el siglo XXI: libertad artística y apertura internacional …. 532
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0. RÉSUMÉ
C’est en 1986 que la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) ouvre ses portes et
l’Espagne est ainsi dotée pour la première fois d’une institution publique destinée
exclusivement à la mise en scène d’œuvres dramatiques classiques. De cette année-là à nos
jours, et malgré un retard de plusieurs siècles par rapport à des pays comme la France ou
l’Angleterre, le travail modernisateur de la CNTC, au moment de dresser les classiques
sur les planches, a constitué un vrai stimulant conceptuel pour la dramaturgie baroque à
l’époque contemporaine. Ce changement de paradigme artistique et social qu’a représenté
la compagnie tout au long des dernières décennies méritait une étude approfondie. Cette
thèse doctorale y est dédiée.
La recherche qui est présentée ici a pour objectifs suivants : l’analyse du rôle social
et culturel de la CNTC comme institution publique créée, à la base, pour préserver et
diffuser le théâtre baroque espagnol depuis la scène ; l’examen de l’évolution de la
compagnie, ses différentes étapes, directeurs, équipes artistiques et surtout les
transformations dans les façons de comprendre et d’exposer depuis les planches les
classiques baroques ; l’étude des procédés scéniques employés dans la mise en scène
contemporaine des textes classiques à travers l’analyse en profondeur des dix spectacles les
plus représentatifs du labeur théâtral de la compagnie entre 1986 et 2011 ; l’élaboration de
conclusions sur le type de conception que ces travaux scéniques transmettent à la société
au sujet des classiques espagnols ; la mise en relation de deux domaines professionnels qui,
paradoxalement et jusqu’à pas si longtemps que cela, ont cohabité dos à dos, celui de la
recherche académique sur le théâtre classique espagnol et celui de sa mise en scène
contemporaine.
Pourquoi faire une thèse sur la CNTC ? Car après presque trente ans à définir
l’horizon scénique sur les classiques en Espagne, il est impossible d’aborder la réalisation
d’un texte de Lope de Vega ou de Calderón de la Barca sans prendre en compte les
grandes lignes tracées par la CNTC. Car après avoir révolutionné la notion de traditionnel
des classiques grâce à des mises en scène qui rompent avec le modèle de représentation de
la moitié du XXème siècle, et après s’être aventuré dans des œuvres peu ou jamais
interprétées ou dans des lectures hétérodoxes de textes canoniques, aucune thèse reprenant
ses principales contributions et considérant son parcours n’a encore été présentée, jamais
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une étude extérieur à la CNTC qui évalue indépendamment et avec désintéressement son
parcours, ses réussites, ses erreurs et ses possibilités d’avenir n’a été élaborée.
Cette thèse se divise en cinq grandes parties. La première fait une présentation du
sujet et expose les objectifs et les bases théoriques de la recherche réalisée. La deuxième
réalise un plan d’ensemble sur la mise en scène moderne et contemporaine du théâtre
classique espagnol. La troisième partie du travail représente le principal apport et le plus
original de cette thèse : dix réalisations de la CNTC sont analysées en profondeur afin de
connaître les clefs de lectures des œuvres de Lope de Vega, de Calderón de la Barca, de
Cervantes ou de Ruiz de Alarcón de la part de l’institut. La quatrième partie est
innovatrice dans le domaine de la philologie parce qu’elle cède la voix à des professionnels
de la scène, pour qu’ils expriment leur point de vue sur le parcours et le sens de la CNTC,
au moyen de quatre entrevues approfondies avec les quatre directeurs encore en vie qui ont
dirigé la compagnie. Finalement, la thèse se clôt avec une série de conclusions.
1. PRESENTACIÓN
21
Imagina el filósofo Steiner (1991: 6-7) un país donde no existe la crítica y todos los
habitantes se dedican a la creación. En esa sociedad no hay teorías para acercarse
analíticamente a la obra de arte. Hay obras de arte y gente que pinta, escribe, compone,
baila, interpreta, canta, dirige, esculpe… Está claro que, en ese país ficticio, la tarea de los
filólogos tendría todavía menos valor que en el mundo real.
espectáculo o con el elenco disponible de actores y actrices. Es decir, con las infinitas
eventualidades que supone poner en pie una obra de teatro, ahora y en la época de Lope.
Tras la fase de decadencia escénica del teatro clásico a finales de los años 70 del
siglo XX, pasando por una complicada década de los 80 cargada de duras fricciones en la
recepción de los clásicos, y unos 90 en los que, paulatinamente, se fueron suavizando las
aristas entre ambos bandos, el cambio de milenio impulsó una nueva era en las relaciones
entre filología y escena, tal como esta tesis pretende evidenciar. En la actualidad, nadie se
atreve a cuestionar que el teatro es, principalmente, esa encrucijada espaciotemporal que
permite la comunicación entre un espectador apto para la recepción y un intérprete que
1
Véase al respecto el volumen recopilatorio La escena moderna. Manifiestos y textos sobre teatro de la época de
las vanguardias (1999), editado por José A. Sánchez. A comienzos del siglo XX, el teatro será reivindicado
por los vanguardistas como un arte con unos rasgos propios que deben explotarse en escena y que lo
diferencian del resto de las artes: la luz, el movimiento, las evoluciones cromáticas, la gestualidad y la
mímica, etc. Comienza entonces un rechazo hacia el elemento textual, hacia la obra escrita, que constituye
el germen del debate actual sobre la importancia del texto y su condición intocable o no en la puesta en
escena. En esta línea, resulta de referencia el ya clásico tratado de André Veinstein La puesta en escena: su
condición estética (1962), donde se ahonda en el concepto de la puesta en escena como un arte con una
especificidad propia y constatable a lo largo de la historia.
2
No existe en el castellano de la Real Academia Española un término para definir a las personas que se
dedican al arte escénico en toda su diversidad de oficios. En la vigésima tercera edición del DRAE, la
entrada de “teatrero” aparece como artículo enmendado y, en la cuarta acepción (tras: 1. Teatral. 2. Muy
aficionado al teatro. 3. Persona afectada que gesticula con exageración), se incluye por primera vez su
sentido de “profesional del teatro”, aunque dentro del registro coloquial del lenguaje. No obstante, en
España, se ha extendido durante los últimos años su uso en contextos cultos debido a la necesidad de
hallar un vocablo que se adapte a la definición. Con el mismo significado de trabajador del teatro se
emplea, de manera más habitual en Hispanoamérica, la palabra “teatrista”, pues tanto el sufijo “–ero”
como el sufijo “–ista” indican oficio, ocupación, profesión o cargo, aunque el último posea un matiz más
culto que el primero. En cualquier caso, es evidente la necesidad de encontrar una denominación propia
para estos profesionales.
23
Pero, tal vez, la causa que mejor explica la exigua atención que ha brindado nuestra
filología moderna al análisis de la recepción escénica contemporánea de los clásicos se
relaciona con la desconcertante inaprensibilidad del objeto de estudio. El texto tiene una
entidad “física” manejable por el especialista: sus dimensiones son lingüísticas y, por tanto,
se rige por unas reglas familiares para el filólogo en su acercamiento científico. La puesta
en escena, sin embargo, y pese a constituir la lectura más compleja de un texto dramático,
se revela como una realidad poliédrica y volátil de problemático análisis. Sostiene el
3
Una definición de “teatro” sintética a la par que completa la ofrece el teatrólogo francés Alain Girault:
“El denominador común a todo lo que solemos llamar «teatro» en nuestra civilización es el siguiente:
desde un punto de vista estático, un espacio para la actuación (escenario) y un espacio desde donde se
puede mirar (sala), un actor (gestualidad, voz) en el escenario y unos espectadores en la sala. Desde un
punto de vista dinámico, la constitución de un mundo «ficticio» en el escenario en oposición al mundo
«real» de la sala y, al mismo tiempo, el establecimiento de una corriente de «comunicación» entre el actor
y el espectador” (en Pavis, 1998: 436).
4
Una síntesis actualizada de la evolución moderna del concepto de teatro, se encuentra en el reciente
trabajo de Emilio de Miguel Martínez (2013). Este ensayo sobre la esencia del teatro que sitúa al
espectador en el punto de mira, repasa las concepciones restrictivamente textuales o espectaculares de este
arte hasta llegar a la actual “feliz conciliación” —en palabras del autor— entre ambas caras de la realidad
teatral.
24
director Peter Brook que “el teatro es siempre un arte autodestructor y siempre está
escrito sobre el agua” (2012: 27). En efecto, su condición efímera lo convierte en una
experiencia intangible, irreproducible e irrepetible, pues nunca hay un espectáculo idéntico
a otro. Asimismo, Jorge Dubatti defiende que el principal rasgo de la experiencia teatral
es su dependencia de una situación de “convivio”:
5
En este sentido pero, en concreto, sobre las adaptaciones escénicas de los clásicos, José Luis Alonso de
Santos apunta: “La obra escrita de cada autor seguirá eternamente viva en los libros: siempre podrán
acercarse a ella los que quieran disfrutar de su lectura. Pero hacer una versión —y una puesta en escena—
es crear algo con vida propia, y por tanto efímera, que morirá en el momento en que no sea contemplada
por los ojos de un espectador. El acto teatral es un acto creador, y su carácter específico es el de una
experiencia de grupo, un discurso integrado donde directores, actores, escenógrafos, músicos,
iluminadores, equipo de producción, etc. —y espectadores— participan y comparten un trabajo común que
se completa cuando la obra está en el escenario, a partir del texto original del autor” (2006: 240).
6
Una guía fundamental dentro del ámbito español lo constituyen los trabajos de José Luis García
Barrientos, en los que se aúna la teoría y la práctica del análisis teatral. Su indispensable manual teórico,
repleto de ejemplos ilustrativos, Cómo se comenta una obra de teatro (2003) se concreta en el volumen
colectivo Análisis de la dramaturgia: nueve obras y un método (2007), donde el método de análisis defendido
por Barrientos es aplicado sobre obras de diferente índole y época. Entre los nueve análisis, dos
trascienden la literatura dramática y se centran en un espectáculo de ópera de Monteverdi y en una puesta
en escena de Lepage.
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Investigar la puesta en escena contemporánea del teatro clásico supone un reto por
más razones. Toda lectura escénica de una obra está condicionada por las coordenadas
históricas en las que se produce. No hay un modo único de interpretar el teatro clásico,
sino tantos como tendencias y modas escénicas han marcado la historia del arte teatral.
Cada época ha representado el corpus dramático clásico según unos criterios estéticos
temporales y, en correspondencia, ha contado con un distinto tipo de recepción por parte
de la sociedad. Además, un teatro con cuatro siglos de antigüedad, canonizado desde el
siglo XIX y sujeto a los vaivenes políticosociales del XX, arrastra consigo, inevitablemente,
el sedimento de las múltiples exégesis a las que se ha visto sometido a lo largo de la
historia. Por todo ello, la evolución histórica de los modos de interpretar y comprender el
teatro áureo también debe contemplarse a la hora de analizar el montaje actual de estos
textos en la escena.
La edición sistemática de las obras de los grandes autores barrocos, el estudio del
contexto sociohistórico que rodeó la creación de estas obras, la biografía de los
dramaturgos, la variedad de los géneros y sus características, los espacios de la
representación barroca, el funcionamiento de las compañías de la época y la actividad de
los actores y las actrices… La investigación sobre el teatro clásico español ha progresado
hasta convertirse en una de las áreas más fructíferas y especializadas del hispanismo8 . En
los últimos años ha cosechado dos éxitos fundamentales. Por un lado, demostrar la
pluralidad ideológica que transpira el amplio corpus dramático áureo frente al concepto
monolíticamente conservador que, sobre este teatro, ha poseído la sociedad española desde
la selección decimonónica del canon moderno hasta prácticamente nuestros días, como se
estudiará en el segundo bloque de esta tesis. Por otro lado, convertirse en los estudios
pioneros en la aplicación de las nuevas tecnologías para la creación de nuevos instrumentos
de investigación en el ámbito humanístico en España9 . Y, sin embargo, la parcela de la
recepción contemporánea del teatro clásico en general, y la de su puesta en escena en
particular, siguen esperando una exploración en profundidad así como un proyecto de
envergadura que aborde con método, rigor y un enfoque global esta materia.
Veinte años después de este precedente, y desde las filas jóvenes de la filología, ha
resurgido el interés en la recepción contemporánea del teatro clásico español
materializándose en varias tesis doctorales de próxima lectura10 . Una nueva generación ha
entendido que, sin abandonar el estudio textual y las ediciones críticas, la filología debe
abrirse al teatro clásico en tanto patrimonio histórico inmaterial y analizar su práctica
escénica, sus usos artísticos y sociales, y las transformaciones que ha experimentado su
recepción por parte del público. El objetivo final será entender el significado que posee la
dramaturgia clásica para los ciudadanos de la época contemporánea.
Progresar en este camino constituye uno de los principales retos del presente siglo
para los estudios áureos sobre teatro. No en balde, la transferencia de los conocimientos y
su vínculo con el desarrollo social y económico del país se han convertido en premisas
10
Son varias las tesis que se encuentran en proceso sobre este tema. A continuación reproducimos sus
títulos provisionales, el nombre del autor y del director, y la universidad donde se inscriben: La influencia
del Quijote en el teatro español contemporáneo, de María Fernández Ferreiro, dirigida Emilio Martínez
Mata en la Universidad de Oviedo; La Celestina en escena (1909-2012), de María Bastianes, codirigida
por Javier Huerta Calvo y Julio Vélez en la Universidad Complutense de Madrid; El canon de Calderón.
Presencias y ausencias de su teatro en la escena española, de Sergio Adillo Rufo, codirigida por Luciano
García Lorenzo y Julio Vélez en la Universidad Complutense de Madrid; Análisis de la recepción y
canonización de las comedias del Siglo de Oro a partir de sus adaptaciones cinematográficas, de Alba Carmona
Lázaro, dirigida por Gonzalo Pontón Gijón en la Universitat Autònoma de Barcelona; Lope de Vega y
Calderón de la Barca en la Compañía Nacional de Teatro Clásico (1986-2013) y la función dramatúrgica de la
escenografía, de Olivia Nieto Yusta, dirigida por José Romera Castillo en la UNED. Asimismo, dos
filólogos jóvenes, desde fuera de las fronteras españolas, se han dedicado en los últimos años a la
investigación de la recepción contemporánea de los clásicos españoles. Se trata de Esther Fernández, que
desde el Sarah Lawrence College en Estados Unidos ha publicado numerosos artículos, reseñas y el libro
Eros en escena: Erotismo en el teatro del Siglo de Oro (2009), y de Duncan Wheeler, que desde la Universidad
de Leeds ha escrito el volumen Golden Age Drama in Contemporary Spain (2012). Asimismo, María
Bastianes, Esther Fernández y quien suscribe este trabajo han editado el volumen colectivo Diálogos en las
tablas. Últimas tendencias de la puesta en escena del teatro clásico español (Reichenberger, 2014), cuya principal
baza es la apuesta por el diálogo entre la filología y la escena a través de nueve entrevistas en profundidad
con directores, adaptadores y actores, así como cuarenta entrevistas breves con profesionales relacionados
con el teatro clásico español desde los más diversos ámbitos.
28
básicas para la supervivencia de los saberes especializados. El teatro, una práctica social
instaurada en la vida cultural de la nación, que recibe apoyos y subvenciones estatales y que
se considera un termómetro del desarrollo intelectual de una colectividad, es uno de los
mejores aliados de la filología en su batalla por mantener un estatus académico digno en
una época delicada para la autarquía de las humanidades. La práctica y la investigación del
teatro clásico en la actualidad son dos tareas complementarias: deberían convertirse en las
dos caras de una misma moneda. Y ello porque el intercambio fortalece a los dos ámbitos
y les otorga un tejido mucho más resistente, estable y complejo. Y, por lo tanto, menos
prescindible.
1.2. ¿Por qué una tesis sobre la Compañía Nacional de Teatro Clásico?
El mismo año en que la autora de estas líneas nació, 1985, el director y actor Adolfo
Marsillach firmaba un contrato con el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la
Música (INAEM), a la sazón dirigido por José Manuel Garrido, por el cual se
comprometía a poner en marcha una nueva unidad de producción: la Compañía Nacional
de Teatro Clásico. Un par de meses antes de esta rúbrica, concretamente en el caluroso
septiembre almagreño, Marsillach había sido conminado por Garrido a emprender esta
insólita aventura profesional dentro de la historia teatral española. Al respecto, en las
memorias del autor de Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? puede leerse:
“Algo diferente”, “un riesgo continuo”, “un territorio casi ignorado”. El proyecto
de la CNTC nació como un viaje incierto hacia un destino teatral ignoto, una peripecia
artística llena de osadía que el propio Marsillach se encargó de magnificar hasta convertir
en la más intrépida hazaña de los anales del teatro público español. A diferencia de las
dramaturgias clásicas francesa e inglesa, con luengas trayectorias de escenificación de sus
autores en los escenarios nacionales, el patrimonio dramático español de los Siglos de
Oro, el más cuantioso en número de obras y poseedor de piezas universales como La vida
es sueño o Fuente Ovejuna, jamás había dispuesto de una compañía profesional
subvencionada por el Estado para su representación11 . El tratamiento esporádico que se le
brindó durante la etapa de los Teatros Nacionales franquistas, sujeto a efemérides o a
caprichos personales de prestigiosos directores, no pasó de ser un acercamiento
discontinuo dentro de una programación teatral consagrada al teatro moderno y
contemporáneo. Lo más aproximado a un proyecto formal de escenificación de los
clásicos sostenido con dinero público fue el trabajo de Lorca y sus estudiantes en La
Barraca, breve experiencia trucada que nunca llegó a enmarcarse dentro del proyecto de
Teatro Nacional imaginado por la República. El teatro clásico español tuvo que esperar
hasta la democracia para disponer de una compañía consagrada en exclusiva a su
protección y difusión. La vocación de servicio público de la CNTC es patente desde su
origen, pues su creación fue fruto de la política cultural puesta en funcionamiento por el
Partido Socialista Obrero Español, a nivel general, y por José Manuel Garrido, un amante
del teatro, a nivel particular y desde el INAEM.
Con casi treinta años de trayectoria continua, y pese a los cambios políticos y las
inestabilidades económicas, la CNTC se ha revelado como una institución imprescindible
en el panorama cultural español, y ello por múltiples razones. La primera se relaciona con
el tablero global de la cultura: España posee un corpus único de obras dramáticas clásicas
dentro del continente europeo y tiene la obligación de situar a Lope, Calderón y el resto
de dramaturgos áureos junto a los internacionalmente reconocidos Molière y Shakespeare.
11
La comparación entre el “joven” modelo público de escenificación de los clásicos en España y el de
países como Francia o Inglaterra deberá esperar a que un equipo de investigadores (a ser posible,
internacional) plantee un proyecto en este sentido, puesto que la magnitud de un análisis comparativo de
este tipo trasciende los límites de una sola tesis doctoral y, por supuesto, no es el objetivo de la que aquí
se presenta.
30
En este sentido, la apuesta por las giras en el extranjero, el intercambio de montajes con
otras compañías europeas o la conversión de los espectáculos de la institución en un
reclamo turístico para los visitantes —a la manera inglesa en el Globe— son vetas todavía
por explotar.
La segunda razón que sustenta la existencia de la CNTC tiene que ver con una
cuestión nacional de identidad cultural. El teatro barroco forma parte de la idiosincrasia
del arte español tanto como Las Meninas, Don Quijote o el Concierto de Aranjuez, y como
tal merece una protección especial por parte del Estado. Las comedias áureas son
testimonio y consecuencia de una época fundamental en la historia española. Los versos de
Calderón o de Lope proporcionan al espectador un pasaje hacia su pasado y le adentran en
un universo lingüístico y simbólico de una densidad difícilmente igualable por otro arte
(en esta época de pantallas táctiles y teléfonos “inteligentes”, resulta una experiencia
transgresora retornar a la palabra del dramaturgo barroco y al cuerpo del actor, como
también apunta Eduardo Vasco en nuestra entrevista). Asimismo, proteger y estimar la
cultura propia es la manera más sólida de garantizar un futuro próspero para la misma y
para las personas que a ella se dedican.
¿Por qué resultaba necesaria una tesis sobre la CNTC? Porque tras casi treinta
años definiendo el horizonte escénico sobre los clásicos en España, resulta imposible
abordar un montaje de un texto de Lope o de Calderón sin tener en cuenta las líneas
maestras trazadas por la CNTC. Porque tras revolucionar la noción tradicional de los
clásicos gracias a puestas en escena rupturistas con el modelo de representación de los años
centrales del siglo XX, tras aventurarse con obras poco o nunca interpretadas o con la
revisión heterodoxa de títulos canónicos, todavía no se ha presentado ninguna tesis que
31
a. Analizar el papel social y cultural de la CNTC como institución pública creada, según
sus bases, para preservar y difundir el teatro barroco español desde los escenarios. En la
misma línea que la Comédie-Française (1610) y el Royal National Theatre (1879), pero
sin una tradición ininterrumpida a sus espaldas.
12
La etapa actual de Helena Pimenta, por encontrarse todavía en pleno desarrollo, se tendrá en cuenta para
futuras ampliaciones de esta investigación.
13
Tal como expresa Oliva de manera sintética: “No se trata de estudiar los modelos de adaptación, sino
32
d. Vincular dos ámbitos profesionales que, paradójicamente y hasta no hace tanto tiempo,
han convivido de espaldas: el de la investigación académica sobre el teatro clásico español y
el de su escenificación contemporánea. Y considerar las aportaciones al conocimiento del
corpus dramático áureo que proporciona su interpretación actual sobre las tablas.
las funciones que se les conceden a los clásicos hoy, y el empleo de tales funciones” (1995: 432).
14
Esta tesis asume que, pese al tópico general sobre la inexistencia de una tradición moderna de
representación de los clásicos en España hasta la fundación de la CNTC, es posible detectar una línea de
continuidad en la escenificación de los autores áureos en el siglo XX, aunque lastrada en ocasiones por un
entendimiento arqueológico y falsamente respetuoso de los textos o sujeta a fuertes altibajos. La correa de
transmisión de los modos de escenificar a los clásicos se observa, de manera patente, en el tránsito desde
las innovaciones escénicas de la República al franquismo, pues profesionales como Felipe Lluch o
Modesto Higueras, que alcanzaron el pico de sus carreras bajo la dictadura, participaron y se formaron en
proyectos teatrales anteriores al franquismo. Asimismo, la actividad en los Teatros Nacionales (con sus
defectos y virtudes) de Escobar, Luca de Tena, Tamayo, Alonso, González Vergel, Narros, Marsillach…
permitió que nunca se rompiera la tradición de escenificarlos. Al mismo tiempo, el Teatro Español
Universitario (TEU) alentó el necesario caldo de cultivo para que, en los ochenta, salieran miembros de
las filas estudiantiles dispuestos a seguir montando clásicos en compañías privadas. Toda esta evolución
es analizada en el segundo bloque de la tesis.
33
Además, se recuperan las interpretaciones filológicas del texto, siempre que estas ayuden
al análisis ulterior del montaje, y se recaba la opinión vertida sobre el espectáculo por la
crítica periodística del momento.
En este punto del capítulo, se inicia el análisis propiamente dicho de los medios
artísticos del montaje: interpretación de los actores, escenografía, vestuario, iluminación,
música… Y, por encima de todos, la dirección escénica. Debe hacerse notar que cada uno
de los diez análisis, además de proponer un repaso exhaustivo de las características
generales del espectáculo, centra su atención en el elemento teatral más relevante del
montaje en cuestión, ya sea la energía actoral, el punto de vista del director, los aspectos
musicales o el despliegue escenográfico. Es decir, penetra en aquel elemento que distingue
y convierte a esa puesta en escena en un hito fundamental dentro de la trayectoria de la
Compañía. Finalmente, se reserva un apartado del capítulo para exponer las conclusiones
del análisis realizado y las aportaciones al significado del clásico que propone la lectura
presentada por la Compañía.
c. La necesidad de que todas las épocas de la CNTC contaran con, al menos, un montaje
que las representara dentro de la selección. Necesariamente, por tanto, debía escogerse
una obra de la etapa de Amorós y otra de la de Alonso de Santos, aunque hubieran sido
periodos menos fructíferos (sobre todo, por más breves) que los del resto de directores.
34
Ninguna etapa debía quedar sin representación, pues todas resultan fundamentales para
entender el desarrollo artístico e institucional de la CNTC.
Antes de cerrar este epígrafe, se hace necesaria una aclaración respecto al doble
modo en que se ofrece, dentro de este trabajo, la bibliografía citada. Por un lado, para la
máxima comodidad durante la lectura, se recoge un apartado de bibliografía detrás de
cada sección o capítulo de la tesis. En estas bibliografías parciales, se reflejan únicamente
la referencias citadas dentro del apartado al que secundan. Por otro, toda la bibliografía
empleada se recopila, en conjunto, al final de la tesis. Y se localiza dividida en dos grandes
bloques: artículos en prensa y bibliografía general. La división responde a la necesidad de
separar las numerosas referencias vinculadas a publicaciones periódicas (críticas
periodísticas, entrevistas, reportajes, reseñas, etc.) de las ediciones, monografías o artículos
especializados que se han manejado.
15
Todo lector que se ha acercado al volumen Tan lejos, tan cerca, las memorias del director, dramaturgo y
actor Adolfo Marsillach, ha quedado fascinado por la elocuencia expresiva de este hombre fundamental en
el teatro español de la segunda parte del siglo XX. Su particular retrato de una época —por delante y por
detrás de las bambalinas—, así como su capacidad para construirse literariamente como el personaje
controvertido, irónico y misántropo que fue o quiso ser en vida, convierten esta autobiografía en un texto a
medio camino entre la novela y el documento donde, además, se encuentran compendiadas sus categóricas
opiniones sobre el arte teatral. Todas las opiniones relativas a la puesta en escena de los autores barrocos
han sido recuperadas e introducidas en los diferentes apartados de este trabajo.
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Dada la novedad que plantea la tercera parte de esta tesis, centrada en el análisis de diez
espectáculos de la CNTC, a continuación se exponen las fuentes que sustentan la
investigación, los procedimientos empleados y las bases teóricas sobre las que se apoya este
trabajo de exégesis.
El presente estudio se decanta, pues, por emplear aquellas armas teóricas que
faciliten la interpretación de la puesta en escena de una obra, favoreciendo una mixtura o
hibridez de procedimientos analíticos en línea con la pluralidad teórica posmoderna19 . Y
19
La teoría teatral siempre se ha nutrido de los progresos en el campo de la teoría literaria, un ámbito
donde, en los últimos años, se apuesta por examinar el texto desde todas las perspectivas críticas posibles
que ofrecen los estudios literarios. Gómez Redondo, en la introducción a su Manual de Crítica Literaria
38
ello bajo una premisa fundamental: los distintos métodos de aproximación al hecho
teatral, en su conjunto, constituyen la mejor vía para un análisis complejo y profundo de la
realidad escénica. Por tanto, se han considerado todas aquellas herramientas teóricas o
sistemas de pensamiento útiles para la consecución de los objetivos de este trabajo. Pero,
sobre todo, se han tenido muy en cuenta las dos líneas de interpretación de los
espectáculos teatrales que, todavía hoy, resultan referentes inexcusables.
En efecto, en el último tercio del siglo XX, dos han sido las escuelas teóricas bajo
cuyo paraguas se han amparado la gran mayoría de los análisis del hecho teatral. La
primera es la semiótica —o semiología, pues los teóricos han intercambiado con el mismo
significado ambos términos hasta confundirlos, pese a algunos intentos por
diferenciarlos—, en el que destacan investigadores como Franco Ruffini (1978), Anne
Ubersfeld (1978; 1998), Fernando de Toro (1987), Fabrizio Cruciani (1992), Erika
Fischer-Lichte (1999), Marco de Marinis (1998)
y, en España, Antoni Tordera (1979),
María del Carmen Bobes Naves (1987) o José Romera Castillo20 (1988).
opúsculo “Le signe au théatre”, donde afirma que todo es signo en una representación
teatral. Kowzan plantea la necesidad de estudiar cómo el espectáculo transforma los
“signos naturales” en “signos artificiales” cuyo significado tan solo existe dentro de la
estructura global de la representación, donde nada es fruto del azar y todo existe para ser
desentrañado.
Antes aún que el teórico polaco, Roland Barthes ya había definido el teatro como
un “objeto semiológico privilegiado” y, por tanto, un campo ideal para la investigación
semiótica gracias a su “polifonía informacional” (1967: 310) . Efectivamente, un
espectáculo teatral ofrece de manera simultánea diversos mensajes, provenientes del
decorado, el vestuario, la música, la luz, el movimiento y la ubicación de los actores, sus
caracterizaciones físicas, sus gestos y mímica, sus palabras y el modo de decirlas… y, sobre
todo, de las diversas relaciones entre todos estos sistemas de signos. Tal “polifonía sígnica”,
según Kowzan, debe ser investigada por la semiótica del teatro a través de la búsqueda
metodológica de las reglas que gobiernan esta producción compleja de estímulos
destinados al espectador (1975: 169).
El espectador, de hecho, será la pieza del puzzle semiótico que acabe por revelar las
limitaciones de la teoría del signo para el análisis en profundidad de un espectáculo y sus
significados. En la década de los 80, la estética de la recepción irrumpe en el panorama de
los estudios teatrales para denunciar el grado de estatismo y abstracción en el que se movía
la semiótica, su ingenuidad al considerar que todo espectáculo posee una estructura
orgánica, coherente y descomponible o al obviar deliberadamente las excrecencias,
manipulaciones y eventualidades del trabajo escénico —¿cómo saber si el estornudo de la
actriz forma parte del guión dramático o ha sido un acto natural?— pero, sobre todo, para
volver la mirada teatral desde el signo hacia el espectador.
del signo, sino con lo que vincula a otros signos para atribuirle sentido» (1997: 35). De
modo que el papel fundamental del espectador como “co-productor” del espectáculo se
encontraba en el corazón de la semiótica. Tan solo faltaba reivindicarlo plenamente.
Examina el punto de vista del espectador y los factores que han preparado su
recepción correcta o errónea, su horizonte de expectativas cultural e ideológico, la
serie de las obras que han precedido ese texto y esa representación, el modo de
percepción, distanciada o emotiva, el vínculo entre el mundo ficcional y los mundos
reales de la época representada y del espectador. (1998: 184)
La recepción teatral se define así como un proceso que engloba el conjunto de las
prácticas críticas y escénicas: “Por una parte, la actividad teatral se sitúa, desde luego, al
nivel de la representación del espectáculo pero, por otra parte, comienza antes, continúa
durante y se prolonga después, cuando leemos artículos, cuando hablamos del espectáculo,
cuando vemos a los actores, etc.” (Pavis, 1998: 385). En efecto, la estética de la recepción
observa todo el circuito de información que rodea al espectador ante un espectáculo. De
ahí que el análisis aquí presentado considere: los otros montajes del título en cuestión
cronológicamente cercanos al estreno de la CNTC —cuando los ha habido— y los
antecedentes escénicos modernos; las entrevistas con el director, el escenógrafo, el
figurinista o los actores; los comunicados de prensa, las noticias, las reseñas teatrales, es
decir, el impacto en los medios de comunicación; las opiniones de espectadores
especializados volcadas en artículos, debates o mesas redondas; las referencias a la cultura
contemporánea que contiene el espectáculo —guiños cinematográficos, musicales,
plásticos, icónicos…—; el concepto que, desde la academia hasta la sociedad, se ha
difundido de esa obra concreta a través del sistema educativo; las manipulaciones, los usos
sesgados o las cargas ideológicas que ha sufrido la pieza a lo largo de la historia.
Sin embargo, no puede negarse que la semiótica sigue siendo el punto de partida
imprescindible para aprehender todos los elementos que entran en juego durante la
representación y sus relaciones. En realidad, la semiología sirve como principio
organizador implícito en todo análisis teatral, pues siempre resulta necesario describir
41
todos los sistemas de signos que funcionan en una puesta en escena antes de conferirles
significado de cualquier tipo. Así pues, se trata de aliar el sistematismo de la semiótica con
el pragmatismo y la sociología de la estética de la recepción en un pluralismo
metodológico que, como Pavis defiende en su manual El análisis de los espectáculos
(2008), resulta ideal para afrontar el arte escénico. Porque si “el estructuralismo y el
funcionalismo nos han ofrecido una semiología de los sistemas escénicos que sigue siendo
una base indispensable de cualquier investigación”, “la historicidad de la producción y de la
recepción” encuentra, por fin, su ámbito de análisis en la estética de la recepción (2000:
312).
En este sentido, resulta imposible no suscribir cada una de las ideas volcadas en un
artículo que, prácticamente, funciona como una especie de bastidor sobre el que se teje
este trabajo. En el año 2008, Eduardo Pérez-Rasilla, crítico y profesor de la Universidad
Carlos III de Madrid, publica en la revista Acotaciones “La puesta en escena de los clásicos.
La crítica académica”. Desde su posición de teórico amante del teatro clásico, y en línea
con Rodríguez Cuadros, Rasilla deplora el abandono que sufre el fenómeno teatral dentro
del ámbito universitario donde, sin áreas específicas dedicadas a su estudio, sucumbe
frente al tradicional análisis del texto dramático:
sobre su vertiente espectacular moderna son exiguos y carecen de un marco general que los
ampare21, como ya se ha constatado en esta presentación. Es por ello, que Rasilla se
permite
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tablas. Últimas tendencias de la puesta en escena del teatro clásico español, Kassel,
Reichenberger, 2014.
21
Con el objetivo de subsanar esta desigualdad entre los estudios del texto y los de la puesta en escena del
teatro clásico, Rasilla bosqueja seis líneas de acción indispensables para los investigadores del siglo XXI:
“1. Análisis pormenorizados y sistemáticos de espectáculos contemporáneos concretos basados en los
clásicos; 2. Estudios teóricos sobre los problemas —teóricos y prácticos— que ha de afrontar una
escenificación contemporánea de los clásicos; 3. Propuesta de modelos de crítica del teatro del Siglo de
Oro; 4. Discernimiento de diferentes poéticas empleadas en la escenificación del Siglo de Oro por parte
de los directores de escena; 5. Estudio y análisis sistemático de los trabajos llevados a cabo por los
numerosos directores que han escenificado o escenifican habitualmente el teatro del Siglo de Oro; 6.
Análisis del discurso teatral, implícito o explícito, que caracteriza a festivales especializados u otros
eventos semejantes, compañías, instituciones, etc.” (2008: 14). Esta tesis doctoral avanza, en mayor o
menor medida, a través de esas seis prolíficas sendas y defiende la idea de que la filología se lance a
recorrerlas sin dilación.
44
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2.1. El paso del siglo XIX al XX22: los barrocos al servicio de los divos
España cerraba el siglo XIX menguando su extensión tras la traumática pérdida de Cuba,
Puerto Rico y Filipinas; y abría el XX con un nuevo monarca, el rey Alfonso XIII, cuya
regencia se extenderá entre 1902 y 1923 en medio de un clima de tensión, con un
movimiento revolucionario que crece en un país empobrecido en su atraso secular y
hastiado de las tensiones en Marruecos que culminarán con el Desastre de Annual en
1921. En este contexto, el teatro constituye un divertimento superficial para la mayor
parte de los ciudadanos, que recurren al teatro por horas, el teatro musical, la comedia
frívola, el género chico o el ínfimo en busca de ocio liviano y pasajero (Deleito y Piñuela,
1949). Mientras, una minoría elitista, además de disfrutar del teatro de moda, el de
Benavente o Marquina, en ocasiones señaladas se acerca a los clásicos como marca de
prestigio social y sin olvidar su afinidad ideológica con el conservadurismo estético
romántico que pervivía en las representaciones de los clásicos (Menéndez Onrubia, 1990:
188-189). El teatro áureo permanecía, pues, arrinconado entre ambientes selectos e
22
Para un panorama detallado acerca de la pervivencia escénica del teatro áureo español en las tablas de los
siglos XVIII y XIX, se aconseja la consulta de Andioc (1988), Palacio Fernández (1988), Rubio (1990),
Andura Varela (2000), Serrano (2003), Menéndez Onrubia (1990) y García Santo-Tomás (2000). Evito
incidir en materia que ya ha sido estudiada con rigor y documentada en profundidad por múltiples
especialistas, pues esta tesis tiene como cometido el análisis de la recepción y la puesta en escena
contemporáneas de los clásicos áureos.
50
imbuido de una estética desfasada, ratificando una tendencia que se apuntaba ya desde
mediados del siglo XIX, la de su progresivo alejamiento de los gustos del pueblo.
Hacía falta una estética dentro de un horizonte distinto al del mero arqueologismo o
el casticismo conservador (…). La compañía Guerrero estaba preocupada por el
confort escénico —que se resolvía en escenografías que semejan gigantescos cuadros de
pintura de historia— y por el lucimiento de los primeros actores —ella misma y su
esposo—, pero para nada ahondaba en la verdadera poética del teatro áureo. Un
hueco arqueologismo —paralelo al “estilo español” que dominaba en los gustos
decorativos de su clientela— lastró su labor. (2000: 37)
La recuperación del teatro clásico había sido, desde sus inicios, el tema central en la
polémica sobre el Teatro Nacional. Los clásicos, se argumentaba una y otra vez, son
patrimonio imperecedero de la cultura nacional, están permanentemente vivos y su
legado es irrenunciable para las generaciones futuras. Una de las misiones
fundamentales del Teatro Nacional debía ser —en algunos alegatos, la única— la
recuperación definitiva y total de nuestro teatro clásico, cada vez más ajeno a los
escenarios y a los gustos del público. (Aguilera Sastre, 2002: 208)
Durante las dos primeras décadas del siglo XX, estas ideas permanecieron en el
ámbito del debate sin trascender, a efectos prácticos, al de la escena. De hecho, la década
de los años veinte resulta prolífica en declaraciones en la prensa por parte de autores,
críticos, empresarios e intelectuales23 . Todos proponen alternativas válidas para la
evolución del sistema teatral español y plantean su ideal de Teatro Nacional. Pero hasta
los años treinta no se efectuarán proyectos concretos que pongan de relieve nuevas
posibilidades escénicas y sociales para los clásicos. Cipriano Rivas Cherif y García Lorca,
dentro de una orientación ideológica de tradición liberal, pondrán en juego
planteamientos escénicos tan innovadores como rigurosos con los autores áureos, sentando
un precedente único en el teatro moderno español.
23
Dougherty (1984) recoge la disparidad de opiniones y propuestas lanzadas desde medios como ABC, La
Esfera o El Heraldo de Madrid, y demuestra hasta qué punto obsesionó la renovación teatral española a la
clase culta de la época.
54
Tres causas aliadas explican la exaltación que, en las décadas de los veinte y los treinta del
pasado siglo, experimentaron los clásicos: el nacimiento y consolidación, en España, de la
figura del director de escena como elemento básico de la dignificación artística del teatro;
la destacada presencia de los autores barrocos en las tablas europeas bajo la batuta de
reputados directores; y la necesidad de una renovación técnica y estética de la escena
contemporánea española, invadida por la ramplonería de un teatro de “mesa camilla”, en
palabras de Valle-Inclán (Caamaño, 1973: 10). De hecho, la recuperación del repertorio
clásico español iba unida a una revisión de su insospechada modernidad, una modernidad
en consonancia con las tendencias del teatro de vanguardia dada la extraordinaria
movilidad escénica del teatro barroco, ideal para poner a prueba las modernas técnicas
escenográficas que estaban gestándose en las filas teatrales vanguardistas.
Teatro combativo; teatro clásico español: he aquí el enlace polémico que se daba en
la mente de muchos intelectuales, conscientes de la decadencia que sufría la escena
española y deseosos de renovarla. Para aquellos que impulsaban una modernización
escénica, la dramaturgia clásica representaba un arma de combate, arma con que
atacar el teatro “caduco” del día —la dramática de Benavente, Muñoz Seca, los
hermanos Alvarez Quintero, etc.— y crear otro a tono con el espíritu vanguardista
distintivo de la primera postguerra europea (...). Dentro de este clima de crisis, el
teatro clásico español ofrecía una dramaturgia de ruptura, cuyos rasgos coincidían
sorprendentemente con alguna de las innovaciones más audaces del día. La
dramática de Calderón, Lope y Tirso proporcionaba un modelo de experimentos
teatrales, y marcaba un camino propio, netamente español, hacia la modernidad
escénica. (1983: 14-15)
24
Las principales puestas en escena de textos calderonianos fuera de las fronteras españolas durante estas
décadas han sido recogidas en el catálogo Calderón en escena: Siglo XX, coordinado por Díez Borque y
Peláez, en el apéndice titulado “Relación de destacadas puestas en escena de la obra de Calderón en el
siglo XX” (2000: 375-378).
55
este nuevo tipo de profesional del teatro. En colaboración con la excepcional actriz
Margarita Xirgu, y al frente del Teatro Español como director artístico durante cinco
temporadas a partir de 1930, “llegó a programar diecisiete funciones a base de los títulos
de mayor popularidad —El gran teatro del mundo, El alcalde de Zalamea, La vida es sueño,
Fuente Ovejuna, La dama boba—, pero también de otros casi inéditos en los escenarios: La
niña de Gómez Arias, de Calderón y Vélez, La serrana de la Vera, de Vélez de Guevara, o
García del Castañar, de Rojas Zorrilla” (Huerta Calvo, 2006: 30).
El trabajo de Rivas Cherif con los clásicos tiene sus máximos hitos en dos
espectáculos de inspiración reinhardtiana: El alcalde de Zalamea, representado el 14 de
abril de 1934 en la madrileña plaza de toros de Las Ventas, y La dama boba, en el espacio
natural de la Chopera del parque del Retiro, con motivo del tricentenario de la muerte de
Lope de Vega en 1935. El director no se conformó con una difusión minoritaria de sus
propuestas escénicas y buscó la complicidad del gran público con los clásicos a través de
estas espectaculares puestas en escena al aire libre. Por último, cabe reconocer el papel de
Rivas Cherif como introductor de profesionales de primer nivel en el ámbito de la
escenografía y el figurinismo: Sigfrido Burmann, Salvador Bartolozzi, Manuel Fontanals
o Miguel Xirgu. La trayectoria de Rivas Cherif consolidó una poética de la representación
de los clásicos basada en la gozosa y precisa conjunción de escenografía, vestuario,
Caracol (1928-29), al frente de compañías profesionales como la de Irene López Heredia (1929) o Isabel
Barrón (1930), y como promotor de la TEA (Teatro Escuela de Arte), en el Teatro María Guerrero,
dedicada a la formación integral de los futuros profesionales de la escena. Su figura y trayectoria artística
ha sido estudiada en profundidad por Aguilera Sastre y Aznar Soler (2000).
57
iluminación, música y danza, bajo el moderno concepto nunca antes aplicado a los clásicos
del “espectáculo total”.
Junto a Rivas Cherif y Margarita Xirgu, dentro de la revisión laica y progresista del teatro
clásico en los años 30, destaca la figura de Federico García Lorca ataviada con un mono
azul cuyo emblema pasará a la historia: una máscara tragicómica sobre una rueda de carro.
El advenimiento de la II República española, el 14 de abril de 1931, provocó en la vida
cultural del país un impulso de renovación que apenas tuvo tiempo de fructificar, pero que
dejó su impronta en la historia teatral gracias a un programa de gobierno comprometido
con la difusión y democratización de los bienes culturales, y en el uso del teatro como
instrumento educativo para las clases más desfavorecidas, ignorando el imperativo
mercantilista que dominaba el arte teatral en la época.
Ya en 1931 surgen dos proyectos financiados por el Estado que darán un empuje sin
precedentes a la consideración cultural y social del teatro áureo: el Teatro del Pueblo de
Misiones Pedagógicas y el Teatro Universitario La Barraca. Por Decreto de 29 de mayo
de 1931, el Ministerio de Instrucción Pública, a cuyo frente se halla Marcelino Domingo,
crea y financia el Patronato de Misiones Pedagógicas, con la pretensión básica de
fomentar la cultura general y la educación popular. Así se enunciaba en el preámbulo al
Decreto:
Se trata de llevar a las gentes, con preferencia a las que habitan en localidades
rurales, el aliento del progreso y los medios de participar en él, en sus estímulos
morales y en los ejemplos del avance universal, de modo que los pueblos todos de
España, aun los apartados, participen de las ventajas y goces nobles reservados hoy a
los centro urbanos. (citado por Aguilera Sastre, 1993: 2)
La Barraca no fue un mero teatro ambulante, sino una apuesta firme a favor del
arte escénico, de su difusión y de su renovación. Entre 1932 y 1937, este proyecto procuró
ofrecer un nuevo repertorio a la escena española dignificando la presentación del teatro
clásico. Su búsqueda de públicos alternativos más allá de las salas comerciales de la época
se relaciona con su lucha por reformular las dimensiones estéticas y comunicativas del
producto teatral, cuyos detalles debían cuidarse al máximo para crear un espectáculo de
calidad:
Lorca estaba empeñado en que La Barraca llevara al pueblo no literatura, sino obras
de arte puestas al día en montajes modernos y sencillos. Se trataba de popularizar, en
el sentido literal de la palabra, el teatro clásico español, de hacer éste asequible a
gentes que lo desconocían, y ello, además, sin concesiones a la facilidad. (…) Como
director de escena, Lorca insistía en controlar rígidamente los movimientos y los
gestos, además de la dicción, de los jóvenes actores a su cargo. Cogía a la persona y la
colocaba y la hacía moverse como si fuera un maniquí. (Gibson, 1987: 170-171)
del pintor albacetense Benjamín Palencia, canciones armonizadas por Julián Bautista y la
colaboración, en el papel de La Sombra, del mismo Lorca. Francisco García Lorca
recuerda así la estética del montaje:
La decoración tenía que ser forzosamente simple, dadas las escasas posibilidades del
tablado, pero los trajes eran sumamente elaborados. Los rostros aparecían
densamente pintados, algunos en dos colores. La vestimenta se inspiraba en un
famoso códice de la Baja Edad Media con ilustraciones del Apocalipsis. Para obtener
los efectos de las cabelleras se hicieron pelucas metálicas. (2011: 68)
Después de este espectáculo se representarían hasta seis más por numerosos pueblos
de Galicia, Asturias, Castilla-La Mancha, Madrid o Valencia, hasta alcanzar las sesenta
poblaciones: la Égloga de Plácida y Victoriano de Encina, los Entremeses de Cervantes (El
retablo de las maravillas, La guarda cuidadosa, Los dos habladores y La cueva de Salamanca),
El caballero de Olmedo y Fuente Ovejuna de Lope, El burlador de Sevilla de Tirso, y la
Fiesta del Romance, con romances viejos y modernos. Entre estas obras resultó polémica
Fuente Ovejuna, escenificada sin la figura del rey con el objetivo de aproximar el mensaje
del texto al público rural de los años 30, conocedor y víctima de los abusos caciquiles.
Aunque debe recordarse que el final de esta pieza lopesca ya había sido eliminado por
Valle-Inclán y Manuel Bueno en su versión de 1903. En la elaboración de todos estos
montajes, confluiría un grupo destacadísimo de artistas de vanguardia que dejarían su sello
personal en La Barraca: José Caballero, Santiago Ontañón, Ramón Gaya, Norah Borges,
Alberto Sánchez, Manuel Ángeles Ortiz, Benjamín Palencia y Arturo Ruiz Castillo.
60
Dos meses después de que Max Aub, ante el presidente Manuel Azaña, presentara su
proyecto para la creación de un Teatro Nacional cuyo primer objetivo debía ser la puesta
en valor del patrimonio teatral áureo, estalla la Guerra Civil. El camino de los clásicos
hacia la modernidad sufre un desvío. Su presencia en las carteleras madrileñas con
montajes a cargo de grandes profesionales de la época (algunos vinculados a los grupos de
vanguardia de la etapa anterior), como los directores Felipe Lluch, Luis Escobar y
Cayetano Luca de Tena, los escenógrafos Sigfredo Burmann, Emilio Burgos y Víctor
Cortezo, o los figurinistas José Caballero y Vicente Viudes, tiene su razón en un objetivo
oficial: la tradición dramática española se pone al servicio de los valores patrióticos,
morales y religiosos que el nuevo régimen instaurará para ofrecer al mundo la imagen de
la “nueva España”. Los clásicos bajo una lectura política imperialista serán la tónica
general durante los primeros años de la posguerra. Como resume Monleón: “El teatro
oficial nacía vestido de un patriotismo grandilocuente situado en las antípodas de toda
posibilidad de autocrítica” (1971: 19).
Las mocedades del Cid, de Guillem de Castro, bajo las órdenes de Felipe Lluch (1941).
Si durante la Guerra Civil el bando nacional había demostrado un gran interés por
el teatro áureo como vehículo de recuperación y difusión de unos supuestos valores
pretéritos de la patria, durante la posguerra su función exaltadora y propagandística se
llevará hasta las últimas consecuencias. Ya en 1938, el poeta Dionisio Ridruejo, al frente
del área de Prensa y Propaganda, detecta la importante función del arte escénico en la
elaboración de una conciencia nacional:
Comienza, pues, una defensa del esplendor del teatro barroco sustentada en la idea
de que en el Siglo de Oro se cifran las esencias y las cualidades eternas de “lo español”27 . A
partir de esta lectura ideológica, el teatro clásico se convertirá en un instrumento para
propagar los valores del integrismo católico, la antigua grandeza del Imperio, la
importancia de la Cruzada y la pervivencia de las tradiciones más rancias. Los
dramaturgos clásicos, además, constituyen un antídoto frente a los corruptores peligros de
la modernidad que comportó la derrocada República y resultan, a ojos de los nacionalistas,
muy poco sospechosos de portar valores alternativos o extranjerizantes. Este es el concepto
del teatro clásico que subyace tras la estética de los montajes de posguerra, tal como
analiza Andura Varela:
Para Ricardo Doménech (2000: 12), este uso político-artístico se concreta en dos
acontecimientos teatrales que marcaron la década de los 40: el auge de los autos
sacramentales y el complejo montaje titulado El espectáculo de la España, Una, Grande y
Libre, dirigido por Felipe Lluch. Respecto a los autos, cabe recordar que estas piezas
despertaron un gran interés entre los dramaturgos de la vanguardia española (aparte de la
programación del auto de La vida es sueño en La Barraca, Alberti, Lorca o Aub firmaron
actualizaciones del género en obras como El hombre deshabitado, Así que pasen cinco años o
Pedro López García). Sin embargo, durante el franquismo, el teatro teológico dejó de
interesar por sus ricas posibilidades escénicas y por su estilizado universo de ideas
27
Es evidente que el franquismo se sirve de la lectura de los clásicos que, desde principios del siglo XIX,
impulsó el erudito alemán afincado en Cádiz Nicolás Bölh de Faber, difusor en España de las ideas de
Schlegel sobre el teatro barroco español y, en particular, sobre Calderón. Esta línea de pensamiento
hispanogermano identificó el teatro calderoniano con el catolicismo español y con una concepción política
y social reaccionaria. Posteriormente, el centenario de Calderón en 1881 y la serie de conferencias que
ofreció Menéndez Pelayo sobre el mismo autor en el Círculo de la Unión Católica terminaron de cernir
sobre los barrocos ese halo conservador y religioso que ha provocado la desafección de la intelectualidad
liberal española hacia el teatro de los Siglos de Oro hasta fechas muy recientes. Saltando por encima de
las lecturas modernistas de Rivas Cherif o Lorca, el franquismo se apropia de esta visión partidista por
conveniencia para su propio interés como régimen autoritario fundamentado en la Iglesia, el Ejército y la
total obediencia del pueblo al caudillo.
64
abstractas. Autos de Calderón como el ya mencionado La cena del rey Baltasar, por
Escobar, o El pleito matrimonial del alma y del cuerpo, en versión de Felipe Lluch, bajo la
dirección de Cayetano Luca de Tena, se transformaron en auténtica propaganda político-
religiosa para los espectadores de los años 40.
Por su pureza artística, por la grandeza poética y simbólica con que el amor nacional
y la exaltación de nuestra historia se muestran y cantan a lo largo de sus escenas,
(…) por el valor de exaltación y propaganda del espectáculo, dijimos ante el estreno
de la trilogía de Lluch cómo éste era el camino cierto y la lección fecunda donde se
debieran inspirar cuantos aspiran honradamente a la renovación de nuestro teatro y a
la reeducación del gusto público. (1942: 172)
El auto de La cena del rey Baltasar, de Calderón de la Barca, dirigido por José Tamayo
y escenificado en el auditorio del Palacio Pío del Vaticano (1953).
Con todo, no puede obviarse que, tanto Lluch en el Español, como Escobar y
Pérez de la Ossa en el María Guerrero, estrenaron muchas comedias áureas sin las
connotaciones políticas de los montajes mencionados. En el caso de Lluch, deben
recordarse sus rigurosos trabajos con Las bizarrías de Belisa de Lope o La mujer por fuerza
de Tirso, ambos en 1941, así como su montaje de La Celestina (1940), a la que cercenó
sus fragmentos más escabrosos, pero en la que se atrevió con la técnica de escenarios
simultáneos del teatro medieval. La condición falangista de este director no empaña su
loable intención de renovar la escena española y su lucha por conseguir un Teatro
Nacional de alta calidad. Su proyecto de creación de un teatro fascista en España, que ha
sido investigado en profundidad por García Ruiz (2010), destaca no solo por su deriva
ideológica, en línea con el régimen del momento, sino también por la modernidad y el
detallismo de sus planteamientos. Aguilera Sastre recoge los principales puntos de un
programa renovador que Lluch tan solo pudo esbozar antes de su fallecimiento y que el
66
Tras la derrota del Eje en la II Guerra Mundial, la dictadura de Franco cede el terreno
educativo y cultural a la Iglesia y, muy pronto, se evidencia que el régimen carece de un
proyecto propio para el ámbito teatral. En los Teatros Nacionales, el Español y el María
Guerrero, el Gobierno tiene la potestad de nombrar y destituir a los directores, pero les
ofrece absoluta autonomía en el diseño de las programaciones y en la orientación estética
de los espectáculos. Ahora bien, la autocensura, dada la censura oficial que invadía a la
sociedad española, era moneda corriente entre los directores de los teatros oficiales. Estos
profesionales asentarán la figura del director de escena en España, tras el trabajo precursor
de Rivas Cherif, e iniciarán el viaje hacia un tipo de teatro de director. Es así como, a
finales de los años 40, la primera figura del cartel, el divo, pierde su poder de atracción
para el público, mientras que el director, en palabras de Peláez , “comienza a ser la estrella
del espectáculo” (1996: 322).
67
Cayetano Luca de Tena y Luis Escobar, trabajando desde la oficialidad pero con la
libertad personal de maniobra que les brindaba la inexistencia de un plan general, pondrán
en marcha una completa renovación formal en la escena española. Bajo el signo del
respeto y la amigable competencia, “crearon un público al que acostumbraron a
espectáculos de calidad, organizaron compañías estables, sólidas y disciplinadas, fueron los
artífices de la renovación técnica operada en el teatro español, ampliaron el repertorio al
mejor teatro extranjero, se empeñaron en la defensa de la dignidad escénica y llevaron a
cabo una programación ambiciosa” (Andura Varela, 2000: 131). Diluido el afán
ideologizador de los primeros años de la dictadura, la puesta en escena de los clásicos
conservó la profesionalidad y el esmero de un Lluch, pero profundizó en los aspectos
técnicos y escenográficos. De hecho, la escenografía, lejos del afán minimalista de la
vanguardia, adquirió estatus de elemento consustancial al arte dramático.
donde Luca de Tena, con tan solo veinticinco años tras la muerte de Lluch, se dedicó a
reivindicarlos en montajes de compleja escenografía y brillantes resoluciones: La dama
duende (1942), El pleito matrimonial del alma y el cuerpo (1942), Peribáñez y el comendador
de Ocaña (1942), El castigo sin venganza (1943), Fuente Ovejuna (1944), Don Gil de las
calzas verdes (1945), La discreta enamorada (1945), El villano en su rincón (1950), Entre
bobos anda el juego (1951).
El desdén con el desdén, de Agustín de Moreto, dirigido por Escobar y Pérez de la Ossa
con escenografía y figurines de Vicente Viudes y Carlos Viudes (1951).
Según datos de Serrano (2003: 1339), entre los años 1939 y 1950, el María
Guerrero estrenó 122 obras, 13 de ellas eran clásicos del Siglo de Oro. En el Español, de
152 montajes presentados durante el mismo periodo, 23 pertenecían a autores barrocos.
Ciertamente, en ninguno de los dos casos se trata de elevadas proporciones con respecto a
la escenificación de obras modernas o extranjeras, pero la puesta en valor del teatro clásico
español por parte de Luca de Tena y Escobar resulta un hecho indiscutible para la crítica.
Ambos directores aplicaron todo su talento y las innovaciones técnicas que les
permitía el presupuesto y la sala para lograr montajes modélicos. En su obsesión por la
puesta en escena, se rodearon de escenógrafos y figurinistas fundamentales para la historia
del teatro español del siglo XX: Víctor María Cortezo, Vicente Viudes, Pere Pruna,
Emilio Burgos, Sigfrido Burmann o José Caballero. Y si para las partituras musicales
contaron con nombres como Fernando Moraleda o Joaquín Rodrigo, su fascinación por la
luminotecnia los llevó a colaborar con Rafael Martínez Romarate, en el caso de Escobar,
69
o a ser el primer director español en sacar los focos del escenario a la sala, según presumía
Luca de Tena.
28
En este sentido, Lola Santa-Cruz recoge una opinión de Luca de Tena en línea con el concepto de
“teatro-museo” que se defendía en los años centrales del siglo XX español: “Si se hace una obra de Lope
hay que atenerse a lo que él escribió, porque el teatro es producto de una sociedad concreta, con unos
problemas concretos y una forma y un fondo específicos. Es un documento histórico, como la pintura o la
novela, y a nadie se le ocurre ponerse a retocar Las Meninas, por ejemplo” (1993: 72).
70
Durante los veinte años siguientes, directores como José Luis Alonso, Miguel
Narros o Alberto González Vergel, trataron de indagar en la renovación de los clásicos
con montajes que aunaban calidad técnica y fidelidad al texto con una aportación artística
personal.
La estrella de Sevilla, atribuida a Lope de Vega, dirigida por Alberto González Vergel
para el I Festival de Teatro Clásico de Almagro, en el corral de comedias de la localidad, en 1978.
González Vergel estuvo cuatro temporadas al frente del Teatro Español, desde
1970. Comenzó con una versión de La estrella de Sevilla que recibió una positiva acogida
crítica y se atrevió a convertir Marta, la piadosa de Tirso en un musical, ante la extrañeza
de los sectores más tradicionales. El nombre de Vergel, con fama de director “duro” para
los actores, va unido al programa de Televisión Española Estudio 1, a través del cual el
teatro, en múltiples ocasiones clásico, penetró en los hogares españoles con producciones
que ponían el acento en la perfecta dicción y la profundidad psicológica. De entre sus más
de doscientos trabajos como realizador para este espacio televisivo, destacan La vida es
sueño (1968) y El alcalde de Zalamea (1968).
Directores tan prestigiososo como José Tamayo, Cayetano Luca de Tena, José Luis
Alonso, Adolfo Marsillach, Miguel Narros, Alberto González Vergel, etc., dieron
buena prueba de su talento en el Español o en el María Guerrero, pero la suya fue
una aportación individual, discontinua; no fue el resultado de un proyecto de teatro,
enmarcado en un proyecto colectivo, como el que hubo en los años 30, o, a su
manera, en la inmediata posguerra. Así, debemos ver estas contribuciones como
chispazos aislados, que vino a apagar enseguida el desinterés del público —y de los
propios profesionales del teatro— por los clásicos. Durante la Dictadura, el teatro del
Siglo de Oro era para muchos sinónimo de aburrimiento, de hastío, de pesada —y no
del todo comprendida— obligación cultural. (2000: 13-14)
Son varias las razones que explican la crisis de los clásicos en la escena española de los años
70. En primer lugar, su condición de víctimas del retroceso general que experimenta el
teatro como medio de comunicación y de diversión de masas. La competencia del cine y,
sobre todo, la televisión lo habían relegado a una posición secundaria en el gusto y en las
preferencias del público (Cantalapiedra, 1991). En segundo lugar, la etiqueta de “cultura
oficial” de la que los clásicos no logran desasirse. Pesaba, sin duda, el uso ideológico que
habían sufrido los clásicos a comienzos del franquismo. Y también el hastío con que se
había recibido la proliferación de montajes “ejemplares” posteriores.
Asimismo, como recuerda Huerta Calvo (2006: 58), en los años 70 no era difícil
encontrar críticos e intelectuales que discutieran la validez del teatro áureo. Les
disgustaban sus temas, la obsesión desfasada por la honra, la puerilidad de los enredos, la
pobreza psicológica de los personajes y los vicios retóricos del lenguaje. En las propias
aulas universitarias existía la impresión general de que el teatro clásico español era una
mera propaganda del sistema nobiliario y de la Iglesia católica. Cabe señalar el perjuicio
sobre los clásicos que infligieron lecturas extremadamente sesgadas por parte de
investigadores de, no obstante, probada valía. Los trabajos de José Antonio Maravall
Teatro y literatura en la sociedad del Barroco (1972) y La cultura del Barroco (1975) se han
convertido en cita recurrente para ejemplificar esta visión reduccionista del drama áureo,
una visión que se propagó como la pólvora entre el gremio de los filólogos hasta
contaminar la sociedad entera. Porque, ante una población ansiosa de libertades y saturada
de moral conservadora, sustentar la tesis del teatro barroco como simple arma del poder
monárquico y religioso en el siglo XVII equivalía a condenarlo a muerte en el presente.
73
El tercer lugar en este recorrido por las razones de la caída en desgracia del teatro
clásico en los 70 lo ocupa el despertar del público hacia otras manifestaciones artísticas
relacionadas de manera directa con el momento político y social que se vivía. Los
espectadores encontraron nuevos estímulos y temáticas en fenómenos teatrales que
ignoraban a los clásicos. A partir de los años 60, desde los teatros de cámara y ensayo o
desde el teatro estudiantil, surgió una actividad al margen del sistema oficial que derivó en
el Teatro Independiente, con grupos como Els Joglars (1962), Los Goliardos (1964), Los
Cátaros (1966), Tábano (1968) o Els Comediants (1971). Ante el lamentable estado de
crisis e inmovilismo que atenazaba la escena comercial española, sus espectáculos
marcados por un afán experimentalista se convirtieron en el símbolo de un movimiento de
protesta antifranquista y subversivo.
Al mismo tiempo que proliferaban estos grupos alternativos de vida efímera (tras
el advenimiento de la democracia, la mayoría desaparecen), se daban a conocer títulos y
autores que, hasta 1966 —año de la desaparición de la censura previa en virtud de la nueva
Ley de Prensa—, nunca habían pisado las tablas españolas. José Tamayo estrenaba Madre
coraje, de Brecht; Adolfo Marsillach llevaba por vez primera a un teatro nacional una obra
de Valle-Inclán, Águila de blasón; o Ricard Salvat montaba en Barcelona otro Brecht, La
buena persona de Sezuan. Los clásicos se revelaban incapaces de rivalizar con títulos del
teatro moderno censurados hasta la fecha. Mientras, los intelectuales de izquierdas se
comprometían con el movimiento teatral realista en un intento por abrir una brecha de
libertad en la cultura domesticada de la dictadura29 .
Tan solo el montaje de Fuente Ovejuna dirigido por Alberto Castilla en 1965,
desde el Teatro Universitario30 de Zaragoza, había configurado un intento de uso del
29
Un panorama general de las diferentes tendencias del teatro español durante los años de la Transición lo
ofrecen Berenguer y Pérez (1998).
30
Tras la Guerra Civil, Modesto Higueras, un antiguo integrante de La Barraca, y miembro de la
Falange Española, ocupó el puesto de director del Teatro Español Universitario, dependiente del
Sindicato Español Universitario. Aunque durante los años 40, el auto sacramental fue el género más
programado por los TEUs y sus montajes se consideraban acontecimientos políticos para mayor gloria del
74
clásico para incidir sobre la problemática social del momento. En pleno pulso de las aulas
contra el régimen mediante asambleas y manifestaciones duramente reprimidas, Castilla
decidió prescindir de la escena final de los Reyes Católicos y, en línea con la propuesta de
La Barraca, plantear el caso de la rebelión de un pueblo contra la tiranía del poderoso.
Esta lectura escénica causó un gran impacto entre la clase política española tras su exitoso
estreno en el Festival Internacional de Teatro Universitario de Parma y su premiado paso
por el Festival Mundial de Teatro de Nancy. El escándalo tuvo como consecuencia la
destitución de Castilla por parte del Jefe Nacional del SEU y su marcha a Estados
Unidos.
El teatro clásico poseía una potencialidad subversiva que estaba por descubrir, pero
en los años 70 la universidad dejó en “hibernación” a los clásicos, según Oliva (Pardo
Molina y Serrano, 2001: 252), y optó por ensayar ataques teatrales más directos y
contundentes contra el sistema. Solo tras la consecución de la democracia los estudiantes
recuperarán a Lope y Calderón.
Como cuarta causa de la difícil superviviencia de los clásicos en esta etapa, debe
señalarse la falta de programaciones coherentes y la supresión, en 1973, de las campañas
de los Festivales de España. Creados en 1952 y dirigidos por el Ministerio de Información
y Turismo, más allá de sus dimensiones ideológicas y de sus intenciones paternalistas,
constituyeron un escaparate estival para los montajes de clásicos españoles durante sus
visitas a las capitales de provincia. De hecho, aunque su finalidad era transmitir la cultura
oficial del régimen, se trataba de un proyecto de ocio que ofrecía espectáculos con medios
técnicos avanzados y dirigidos por nombres prestigiosos como Tamayo, Escobar, Alonso
o Víctor Catena, Juan Guerrero Zamora y Armando Moreno (Santa-Cruz y Puebla,
1995). Con la supresión de los Festivales de España se oscurecía el verano en localidades
que nunca gozaban de representaciones de calidad, a la vez que el teatro clásico perdía uno
de sus ámbitos de difusión fundamentales.
Movimiento, desde principios de los 60 estas agrupaciones estudiantiles fueron modernizando su
repertorio y sus planteamientos abriéndose a nuevas propuestas. El teatro breve de los Siglos de Oro, los
entremeses cervantinos o los sainetes de Ramón de la Cruz, en la estela del repertorio lorquiano, están en
la base de su evolución artística e ideológica, estudiada por García Lorenzo (1999). De los TEUs
emergieron figuras de la escena tan relevantes como el ya mencionado Vergel, José María Loperena, José
Sanchis Sinisterra, Juan Antonio Quintana, Juan Antonio Hormigón, Ricard Salvat... Sus trabajos
trasladaron a la escena la metamorfosis que experimentó la universidad española a partir de la década de
los 60: de la tendenciosidad ideológica de la posguerra se pasó a posiciones contrarias al discurso oficial y
en favor de la democracia.
75
En quinto y último lugar figura un suceso que tuvo drásticas consecuencias sobre
la escenificación de los clásicos a finales de los 70: el incendio del Teatro Español, la sala
pública tradicionalmente reservada a los autores del Siglo de Oro, que cierra en 1975 y no
reabre hasta 1980. Cuando por fin se produce la apertura, tras casi cinco años de demora
en las obras, el teatro pasa a ser gestionado por el Ayuntamiento de Madrid y el Estado
pierde uno de sus espacios emblemáticos de representación.
Fernando Fernán Gómez como Pedro Crespo en su montaje de El alcalde de Zalamea (1979).
Precisamente en el año 1979 se inicia una tímida pero revulsiva recuperación de los
clásicos en la escena. Esa temporada, Manuel Canseco estrena dos montajes de obras de
Calderón en el Real Coliseo de El Escorial, El cisma de Inglaterra y Casa con dos puertas,
mala es de guardar, que sumó un nuevo título al repertorio calderoniano habitual. En estos
espectáculos se perfila ya una nueva actitud hacia los clásicos, pues la dramaturgia a cargo
de Juan Antonio Castro rompió con el respeto al texto y la puesta en escena se transformó
en un juego alejado de la habitual solemnidad culturalista. Otro intento de renovación en
el año 1979 se debió al director y actor Fernando Fernán Gómez, con su estreno en el
76
Los baños de Argel, de Cervantes, espectáculo dirigido por Francisco Nieva (1979).
La hija del aire, dirigida por Lluís Pasqual, y La vida es sueño, de José Luis Gómez, montajes de 1981.
Poco a poco se iba tomando conciencia del “estado de postración en que había
quedado la herencia histórica del Siglo de Oro tras casi cuatro décadas de forzadas
interpretaciones ideológicas, escenografías espectaculares y tensiones entre partidarios de
la tradición y de la innovación” (Muñoz Carabantes, 1992: 184). Con la democracia se
iniciaba una etapa de rescate y actualización de la dramaturgia áurea, que se enfrentaba a
una sociedad sin escuelas ni compañías estables de teatro clásico español y, lo que resultaba
más grave, sin un público familiarizado con la recepción de estos textos desde las tablas.
31
Entre los años 1978 y 1982 (1ª y 5ª edición), la infraestructura del festival, su organización y realización
dependían de la Dirección General de Teatro y Espectáculos del Ministerio de Cultura. El 20 de
septiembre de 1978, a iniciativa del Director General de Teatro y Espectáculos, Rafael Pérez Sierra, se
crean las primeras Jornadas de teatro clásico, en las que participan diez ponentes: Manuel Ángel Conejero,
Luciano García Lorenzo, Fernando Fernán Gómez, José Hierro, Agustín García Calvo, Francisco Nieva,
Alberto González Vergel, Juan Guerrero Zamora, Lorenzo López Sancho y Carlos Solórzano. Las tres
representaciones teatrales que complementaron este encuentro de estudio fueron Medora de Lope de
Rueda, por la RESAD, La estrella de Sevilla de Lope de Vega, dirigida por Alberto González Vergel, y El
despertar a quien duerme de Lope de Vega, dirigida por José Luis Alonso. Además, tuvo lugar el concierto
Las danzas españolas de los siglos XVI, XVII y XVIII, dirigido por Gregorio Paniagua. Ya con José Manuel
Garrido como Director General, el festival recibe el impulso definitivo al nombrar un director y otorgarle
proyección internacional. El año 1983, en la sexta edición, César Oliva toma las riendas del certamen
hasta 1985. A partir de ahí, Pérez Sierra (1986-1989), Francisco José Mayans (1990-1991), Juan Pedro de
Aguilar (1992-1994), Amaya de Miguel (1995-1996), Luciano García Lorenzo (1997-2004), Emilio
Hernández (2005-2009) y Natalia Menéndez (desde 2010 hasta la actualidad), han velado por su buen
funcionamiento.
78
La comedia El galán fantasma, de Calderón, dirigida por José Luis Alonso en 1981.
La política teatral aplicada en los años 80 destaca sobre todo por la abolición de la
censura estatal, el enorme aumento de las subvenciones, el establecimiento de un
sistema teatral público, la ampliación cuantitativa y regional de la oferta de edificios
para el teatro, centros de producción y funciones teatrales, la apertura del teatro
hacia el exterior, la mejora de las condiciones de producción y distribución, así como
la recuperación de los espectadores perdidos en los años de la Transición y la
obtención del favor de un público nuevo joven. (Floeck, 1995: 15)
las relaciones entre el poder y los creadores. Como en el resto de ámbitos culturales, en el
teatro español de principios de los 80 cunde una ilusionada expectación por el cambio y el
hallazgo de soluciones para la acuciante (eterna, según algunos) crisis del sector. José
Manuel Garrido Guzmán, primero al frente de la Dirección General de Música y Teatro
desde 1982 y, a partir de 1985, como director del Instituto Nacional de las Artes
Escénicas y de la Música, emprenderá cambios estructurales profundos en el teatro
español mediante una política cultural nunca antes aplicada en España. Aunque las
reformas diseñadas por Garrido fueron discutidas desde sectores reticentes de la profesión
teatral, como documenta Oliva (2004: 114-120), pues se cuestionaba la elección de los
receptores de las ayudas públicas, las cantidades, los objetivos y los posibles efectos sobre el
debilitado teatro privado, lo cierto es que las políticas institucionales puestas en marcha
beneficiaron al teatro clásico español como jamás a lo largo del siglo XX.
32
La Comédie-Française o Théâtre Français es el primer y único teatro nacional de Francia y está
directamente subvencionado por el Estado. Es también uno de los pocos que cuentan con su propia
compañía de actores. Bautizada con el sobrenombre de La Maison de Molière, la calidad de sus
producciones y la alta preparación de sus intérpretes la han convertido en una institución respetada
internacionalmente y en una de las mejor valoradas por los franceses. Con una larga y compleja historia, su
fundación se remite a un decreto firmado por Luis XIV el 24 de agosto de 1680 con el objetivo de
fusionar las dos compañías de teatro parisinas de la época, la del Hôtel Guénégaud y la del Hôtel de
Bourgogne. En la actualidad, cuenta con un repertorio de 3.000 obras sostenido por los puntales de
Molière, Racine y Corneille, y con tres espacios teatrales en París: la Salle Richelieu (junto al Palais
Royal), el Théâtre du Vieux-Colombier y el Studio-Théâtre. El estilo de la Comédie siempre se ha
asociado al rigor y la pulcritud, pero también se ha vinculado con la falta de atrevimiento escénico, la
uniformidad de sus propuestas y la estandarización de un modelo interpretativo y escenográfico basado en
la repetición convencional de los modos teatrales de épocas pasadas. Algunos han visto en esta
inmutabilidad del estilo de la Comédie su gran baza para trasladar las esencias del pasado al público del
presente (Lorcey, 1981: 216). La CNTC española avanzará en la dirección artística contraria, se vinculará
a la contemporaneidad desde el primer espectáculo para conectar con el público actual, aunque siempre
80
El hecho tuvo una innegable importancia, y hay que reconocer que los beneficios han
sido múltiples. Los clásicos en España habían servido para todo: para un roto y para
un descosido; para magnificar los valores patrios o para un final de curso en el colegio
de jesuitas; para propagar lo eterno español en las embajadas culturales de nuestros
emigrantes, o para actualizar lo tridentino. Para todo servían. (…) El teatro clásico
español era un gigante del que todos hablaban con reverencia, pero que casi nadie
leía ni representaba. Con otras palabras: Lope, Tirso, Cervantes o Calderón tenían
mala fama: eran aburridos. Por eso estaban en el olimpo de los embalsamados.
(1992: 188-189)
contemplará el funcionamiento institucional de la Comédie como un ejemplo paradigmático. Para un
panorama general del Théâtre Français, véase La Comédie-Française (VV. AA.: 2009).
33
El Royal National Theatre, conocido comúnmente como el National Theatre (NT) por los ingleses, se
encuentra en Londres y es la principal institución dedicada a la artes escénicas que, financiada con fondos
públicos, funciona en el Reino Unido. Fundado en 1963, hunde sus raíces en el siglo XIX, cuando tras
un largo periodo de decadencia teatral autóctona, las autoridades inglesas decidieron revitalizar el teatro
propio fundando en la localidad natal de Shakespeare, Stratford-upon-Avon, el Shakespeare Memorial
Theatre, inaugurado el 23 de abril de 1879 con la New Shakespeare Company (hoy, la Royal Shakespeare
Company [RSC]). Sin embargo, los intelectuales y aficionados quedaron descontentos: la capital del país
seguía careciendo de un Teatro Nacional. La lucha por conseguirlo se prolonga hasta el año 1963, cuando
finalmente las autoridades aceptan el proyecto y lo llevan a cabo en el teatro de Old Vic. La National
Theatre Company ocupará su actual edificio en la zona del South Bank de Londres, a la orilla del
Támesis, en 1976. Cabe observar que este teatro se mantiene con dinero público, pero solo en parte, pues
sus propios ingresos en taquilla, junto con la ayuda de empresas, particulares y fundaciones, permiten que
el Arts Council England sea tan solo el responsable de entre el 20 y el 40% del presupuesto anual del NT
(la cifra varía según las etapas de la institución). Este teatro presenta un programa variado que incluye a
Shakespeare y los clásicos extranjeros, pero está especializado en la dramaturgia contemporánea. Es la
RSC —compañía unida en sus orígenes al NT, como antes se apuntaba— la institución que consagra sus
esfuerzos a la protección y difusión del patrimonio dramático clásico inglés desde 1961, según sus
estatutos actuales. Con sede en Stratford-upon-Avon, la compañía emplea a 700 personas y produce
alrededor de 20 montajes al año que realizan giras tanto nacionales como internacionales. El investigador
Daniel Rosenthal acaba de publicar la más completa historia del National Theatre publicada hasta la fecha
(2013).
81
La CNTC romperá con todos los clichés de décadas sin la necesidad de crear un
estilo homogéneo de interpretación de los clásicos; más bien, a través de una apuesta por
la visión personal que cada uno de los cuarenta directores que han trabajado en ella (hasta
la temporada 2012/13) han depositado sobre los autores clásicos. Pese a la mezcla de
estilos y maneras, todas las propuestas son un intento poliédrico de conexión con el
espectador contemporáneo desde el respeto y el amor al clásico. Esta línea innovadora que
recorre la esencia de las puestas en escena de la CNTC ha dado lugar a controversias y
polémicas de diversa índole pero idéntica base: si se está de acuerdo en que existe un límite
en la adaptación de los clásicos para su escenificación moderna, ¿dónde se sitúa? Una
pregunta que directores y críticos de toda tendencia han tratado de contestar en artículos,
mesas redondas y entrevistas, fomentando un inagotable debate que pone de manifiesto el
interés que despierta y la vitalidad que posee la comedia barroca.
dirección en 2004, recuperó en formato digital y de descarga gratuita. Otros dos puntales
de la proyección impresa de la CNTC son los Textos de Teatro Clásico, donde pueden
consultarse todas las adaptaciones textuales de las obras que se han llevado a escena
acompañadas de información detallada e imágenes del montaje en concreto, y los
didácticos Cuadernos pedagógicos, destinados a los profesores de secundaria que acuden con
sus alumnos al teatro.
Fotografía del montaje de La gran Semíramis de Virués (1991), dirigido por Ricard Salvat y estrenado en
Volterra (Italia) en el Congreso Internacional de Teatro español e italiano del siglo XVI, organizado por
Rinaldo Froldi, Joan Oleza y Federico Doglio, y carteles de los montajes de La discreta enamorada,
dirigido por Miguel Narros, y de El maestro de danzar, a cargo de Ángel Gutiérrez, ambos de 1995.
35
El director Alberto González Vergel lamentaba que, en el año 1995, el total de subvenciones
concedidas al teatro privado no superara el presupuesto de la CNTC, que fue de 379.400.300 pesetas
(Pardo y Serrano, 2001: 255). En los últimos años, el presupuesto del ente público nunca ha superado el
total de las ayudas otorgadas al teatro privado: el año 2011, la CNTC recibió un dotación de 4,5 millones
de euros, mientras que el ámbito privado contó con 6.624.960 euros; el año 2012, la Compañía obtuvo
3,9 millones de euros y las privadas, 4.293.360 euros; y el año 2013, si la institución pública dispuso de
83
apuesta privada por el teatro áureo constituye el mejor indicador de la buena salud
escénica de los clásicos. Y sería injusto minusvalorar la trascendental labor de los
profesionales del teatro no oficial en la reivindicación de los autores barrocos durante la
época contemporánea. Sin la constelación de pequeños grupos y comprometidos
directores que llevan tres décadas montando teatro clásico por toda España, la CNTC se
hubiera convertido en una institución exánime para minorías. Al mismo tiempo, debe
reconocerse el potente estímulo que han supuesto, para el ámbito privado, los sugerentes
caminos abiertos gracias al trabajo de Marsillach y el resto de directores de la institución.
Así pues, durante los años 80 y 90, el panorama teatral español se amplía con
compañías dedicadas al teatro clásico y se ve enriquecido con espectáculos sobre textos
barrocos a cargo de brillantes directores de escena. Muchos de estos directores ya habían
demostrado su compromiso y pasión por el drama áureo durante los años del franquismo
(su papel de valedores de la representación de los clásicos en la segunda mitad del XX no
se ha encarecido lo suficiente), y siguieron montándolos durante la democracia: Alberto
González Vergel (Porfiar hasta morir, 1986; Tríptico de los Pizarro, 1990; La malcasada,
1991), Ricard Salvat (La gran Semíramis, 1991), Miguel Narros (La discreta enamorada,
1995), Antonio Guirau (La dama boba, 1990), Gustavo Pérez Puig (Las mocedades del
Cid, 1990 y 1997), Francisco Portes (El lindo don Diego, 1990; El perro del hortelano,
1992), Ángel Facio (No hay burlas con Calderón, 1994), Ángel Gutiérrez (El maestro de
danzar, 1995) o Ernesto Caballero (Eco y Narciso, 1991). La labor de Manuel Canseco al
frente de la Compañía de Teatro Clásico Español, cuyos comienzos a finales de los
setenta se han apuntado arriba, merece un elogio aparte por su dedicación exclusiva al
Siglo de Oro con montajes que huyen del riesgo estético pero siempre alcanzan una alta
calidad, como El mágico prodigioso (1986), No hay burlas con el amor (1995) o El cerco de
Numancia (1998).
Durante las dos primeras décadas democráticas, se fundan las primeras compañías
privadas españolas especializadas en la escenificación del teatro clásico. Zampanó Teatro y
Teatro Corsario son consideras hoy las veteranas. La primera comienza su andadura en
un presupuesto de 3,5 millones de euros, el teatro privado recibió un total de 6.651.580 euros. Estos son
los datos que ofrece la sección de Difusión y Coordinación del INAEM a quien los solicite. Sin
embargo, cabe tener en cuenta que el presupuesto de las privadas se reparte entre centenares de compañías
y sirve para la producción y la difusión de otros tantos espectáculos, de ahí la denuncia de la desigualdad
de condiciones entre uno y otro ámbito.
84
1981, bajo la dirección de Amaya Curieses y José Maya. Entre los montajes de esta época
destacan Peribáñez (1983), El secreto a voces (1988), Con quien vengo, vengo (1989), La
cisma de Ingalaterra (1990), La vida es sueño (1992), que representó el estreno mundial de
la primera versión del texto descubierta por José María Ruano de la Haza, y El burlador de
Sevilla (1996).
Por su parte, Teatro Corsario se funda en 1982 con Fernando Urdiales como
director hasta su fallecimiento el año 2010. Desde su característica estética expresionista,
han estrenado montajes como El gran teatro del mundo (1990), Asalto a una ciudad
(1991), basada en El asalto de Mastrique por el duque de Parma lopesco, Amar después de la
muerte (1993), Clásicos locos (1994), espectáculo de entremeses barrocos, La vida es sueño
(1995) y El mayor hechizo, amor (2000).
expresión teatral rutinaria y previsible, del cartón piedra y el historicismo, de las maneras
interpretativas pomposas y anticuadas, sumergiendo a Lope y demás autores áureos en una
desprejuiciada y juguetona dimensión posmoderna.
Comedia de los Cuatro Tiempos de Gil Vicente, por Nao d’Amores (2004).
36
Para la confección de este epígrafe, donde se pretende dejar constancia de la ebullición escénica
contemporánea del teatro clásico español mediante una amplia recopilación de compañías y títulos, se han
utilizado: 1. La base de datos de espectáculos teatrales que, desde 1989, se encarga de actualizar el Centro
de Documentación Teatral. Se encuentra a disposición del usuario para su consulta libre en la sede de esta
institución; 2. Los programas de los festivales de teatro clásico de Almagro y Olmedo; 3. Las páginas
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generación de directores se deja seducir por los textos áureos: Calixto Bieito, Helena
Pimenta, Emilio Hernández, Sergi Belbel, Eva del Palacio, Alfonso Zurro, Joaquín Vida,
Ana Zamora, Eduardo Vasco o Mariano de Paco. La nutrida nómina de compañías y
productoras volcadas en el teatro barroco constituye, en la actualidad, la auténtica
revolución de los clásicos en escena. Merece la pena recopilar algunos nombres y títulos.
La bella Aurora, de Lope de Vega, llevada a escena por Noviembre Teatro (2003).
Si entre los años 1996 y 2006 había desarrollado su trayectoria la Compañía José
Estruch nutriéndose de alumnos de las aulas de la RESAD y realizando un espectáculo
web de las diversas compañías mencionadas, donde figura el historial del grupo y la documentación
relativa a sus trabajos; 4. La cartelera y las secciones de cultura y espectáculos de los principales medios
de comunicación españoles.
88
por curso académico sobre un texto barroco poco conocido, el año 2006 se crea la
Compañía Siglo de Oro de la Comunidad de Madrid con motivo del 175 aniversario de
los estudios de interpretación en el Conservatorio de Música y Declamación. En su breve
trayectoria, esta compañía ha llevado a escena El arrogante español (2006), dirigido por
Guillermo Heras, Morir pensando en matar (2007), bajo las órdenes de Ernesto Caballero,
y La vida es sueño (2008), con Juan Carlos Pérez de la Fuente.
simbólicos y líricos que existen entre Bodas de sangre y El caballero de Olmedo. Morboria
Teatro, capitaneada por Eva del Palacio y Fernando Aguado desde 1983, monta su primer
clásico español en 2001, El condenado por desconfiado, y más tarde presentará El lindo don
Diego (2004). Teatro del Velador, compañía residente en Andalucía desde 1990 y dirigida
por Juan Dolores Caballero, ha estrenado La cárcel de Sevilla (2003), sobre la obra
anónima del siglo XVII Entremés famoso de la cárcel de Sevilla, Las gracias mohosas (2008)
de la poetisa sevillana Feliciana Enríquez de Guzmán, en producción del Centro Andaluz
de Teatro, y El invisible príncipe del baúl (2011), recuperando para la escena esta pieza de
Cubillo de Aragón.
década del siglo XXI. Zampanó ha presentado Calderón, enamorado (2000), un original
paseo a través de la obra del autor utilizando escenas de amor, celos y engaños, y El
condenado por desconfiado (2001). José Maya, fundador de Zampanó junto a Amaya
Curieses, sigue en la actualidad defendiendo el teatro clásico sobre las tablas como
muestra su montaje de La mujer por fuerza de 2013. Teatro Corsario ha llevado a las
tablas Don Gil de las calzas verdes (2002), Los locos de Valencia (2007), El caballero de
Olmedo (2009) y El médico de su honra (2012). Y Micomicón ha montado Castrucho, en
2003, y La dama boba, en 2012.
37
Según los datos que se encuentran en el Centro de Documentación Teatral, entre el año 2000 y el 2005,
en España, se representaron hasta 39 dramaturgias basadas en la novela cervantina o en alguno de sus más
famosos pasajes. Durante el siglo XX, Don Quijote ha subido a los escenarios con frecuencia en
adaptaciones como la de Manuel de Falla, en formato de ópera y titulada El Retablo de Maese Pedro
(1923), la de Alejandro Casona para el Teatro del Pueblo de Misiones Pedagógicas bajo el título de
Sancho Panza en la ínsula (1934) o el Don Quijote. Fragmentos de un discurso teatral de Maurizio Scaparro y
Rafael Azcona realizado con motivo de la Expo de Sevilla de 1992. Pero fue durante el cambio de milenio
cuando se vivió un auténtico boom de adaptaciones de la obra cumbre cervantina. La última adaptación de
la novela de Cervantes ha corrido a cargo de la compañía Ron Lalá, con su espectáculo pensado para
público familiar En un lugar del Quijote, estrenado en las Navidades de 2013 dentro de la programación de
la CNTC. Actualmente, María Fernández Ferreiro (Universidad de Oviedo) se encuentra realizando su
tesis doctoral sobre la vida escénica del Quijote en los siglos XX y XXI.
38
Morboria Teatro presentó La ventana Rojas (2007) como una antología de las comedias más
representativas del autor. Por encargo del Patronato Municipal Teatro de Rojas del Ayuntamiento de
Toledo, el espectáculo fue concebido para difundir la obra del autor en el marco del IV centenario de su
nacimiento. A través de una selección de escenas de Entre bobos anda el juego, Donde hay agravios no hay
celos y Abrir el ojo, el montaje acercaba al público actual las circunstancias biográficas que determinaron la
creación de estas piezas.
39
Para la celebración de los cuatrocientos años de la publicación del manifiesto del Fénix, Micomicón
creó Arte nuevo de hacer comedias (2009), un espectáculo dinámico y divertido con tintes didácticos. En
esta propuesta, Lope se transforma en una marioneta dirigida por todos los actores de la compañía y la
91
música en directo ameniza la puesta en escena de un texto, en principio, poco atractivo para el espectador
contemporáneo. Sin embargo, Micomicón lograba entretener (e instruir) a los menos duchos en los
preceptos teatrales lopescos.
92
Teatro Clásico. En marcha desde el año 2007 gracias a la insistencia de Eduardo Vasco,
este particular elenco de la CNTC realiza un montaje por temporada y se renueva, cada
dos, con actores de menos de treinta años que deben superar unas pruebas de acceso. Con
esta iniciativa, se pretende incorporar a la Compañía nuevos intérpretes formados en el
propio seno de la institución.
Vasco ha enlazado así con la voluntad frustrada de Marsillach por crear una
cantera de actores capacitados para el teatro clásico. En 1989, la CNTC ofreció un curso
de especialización en las disciplinas específicas que exige el repertorio barroco: verso,
esgrima, danza, caracterización… De allí nació la Escuela de Teatro Clásico, que
desapareció tres temporadas después, en 1992. Marsillach recuerda así esta interrumpida
experiencia formativa:
Queremos que sirva de cantera, que sirva para pasar el testigo de una manera de
entender los clásicos, y de asentar la continuidad de la Compañía. (…) Si siguen con
nosotros ya conocerán los métodos de trabajo, la manera de afrontar los clásicos, la
importancia de la esgrima, cómo mover un traje —que parece una tontería pero no
es tan sencillo—… Y naturalmente, de entender el verso, porque la palabra es la
base de todo”. (Bravo, 2007: 80)
Vasco fundamenta el futuro del teatro clásico sobre unas generaciones jóvenes
acostumbradas a verlo representado y ajenas a las connotaciones negativas que despertaba
este teatro en generaciones anteriores: “Quedaron atrás los tiempos en los que apenas se
hacían clásicos. Esta generación lleva años viendo cosas muy importantes y es una cantera
sólida con la que hacer teatro cercano al espectador del siglo XXI sin perder la belleza que
pretendía el autor del XVII” (Torres, 2007: 35).
93
40
Ante estos datos resulta díficil estar de acuerdo con la reciente opinión del dramaturgo y crítico García
May, que asevera con espanto: “A día de hoy existe la demencial creencia de que el teatro clásico es, en
realidad, ¡¡¡un teatro de Madrid!!!” (2012: 105). No debe existir tal creencia a tenor del interés que ha
despertado el teatro clásico en los teatros autonómicos, y sobre todo, de la cantidad de compañías que lo
escenifican a lo largo y ancho del mapa estatal. La idea de García May tan solo puede estar anclada en un
pasado periclitado o en prejuicios personales. Las generaciones actuales de espectadores no se acercan al
teatro clásico preguntándose a qué área de España pertenece, sino exigiendo calidad, emoción y disfrute, y
que las producciones sufragadas con dinero público lleguen a todos los rincones del país —si el prejuicio
que May adjudica a la ciudadanía fuera cierto, la mejor manera de erradicarlo sería esta—.
94
En 1988, Ruiz Ramón se refería a la recepción hispana del teatro clásico español
como una anomalía sociocultural. Desde planteamientos pesimistas, definía a la sociedad
española como una colectividad imposibilitada para gozar de sus clásicos en escena por
considerarlos, todavía, unos ilustres antepasados sin relación con el presente, pasto de
aburridos especialistas académicos. La culpa de esta percepción general, sostenía Ruiz
Ramón, estaba en los directores que, por su desconfianza en el texto clásico, lo montan de
forma arqueológica (“como momia en sarcófaco) o lo travisten de fastuosidad (como
“objeto de consumo” y “ a modo de reclamo”), alejando a la sociedad de la conexión
natural con su patrimonio. El origen de estas representaciones “momificadas” estaba en
una lectura basada en estereotipos perpetuados, en demasiadas ocasiones, por la crítica
universitaria de raigambre progresista: el teatro clásico es conservador, está al servicio del
Poder, su intención es soporíferamente didáctica y moral, se basa en la restauración del
orden preestablecido, los caracteres de los personajes son planos y previsibles…
Pero en los años 80 el imaginario social sobre el teatro de los Siglos de Oro estaba
evolucionando, y su metamorfosis cristalizará con el cambio de milenio. Si desde 1939 y,
ya antes, con la celebración en 1881 del centenario de la muerte de Calderón y la serie de
conferencias de Menéndez Pelayo en el Círculo de la Unión Católica, se había ido
fraguando la identificación del Barroco con una ideología basada en la defensa del honor
nobiliario, la monarquía absoluta y el catolicismo militante, a finales del siglo XX, “la
apacible sociedad finisecular, la aparente caída de las ideologías proponen un manejo de
los clásicos más cercano al deleite y goce del espíritu que a cualquier otra función” (Oliva,
1995: 432). Los clásicos rompen definitivamente con su lastre ideológico, muestran sin
tapujos su compleja y contradictoria esencia sobre las tablas y se abren a la belleza
esteticista, a los problemas de la contemporaneidad, al experimentalismo libre: empiezan a
tener valor por sí mismos y no por los tópicos que, durante décadas, se habían
sedimentado sobre ellos ensombreciéndolos. Ya en el siglo XXI, puede afirmarse que las
lecturas (escénicas o no) conservadoras, hijas de la época decimonónica y del franquismo,
son meramente residuales: “La consideración de todo el teatro del Siglo de Oro como un
simple vehículo de propaganda de los valores casticistas y aristocráticos resulta hoy
inaceptable” (Doménech, 2000: 74).
95
Después de años de tanteo los clásicos atraviesan hoy por un momento dulce en la
historia de su recepción escénica. Cada vez más aparcadas las viejas polémicas acerca
de su validez ideológica, o su posible o imposible contemporaneidad, ocupan hoy los
escenarios con mayor vitalidad que nunca. Así lo acreditan su presencia en los
festivales, su lugar cada vez más relevante en las escuelas de arte dramático y en la
universidad, la consolidación de la CNTC, el funcionamiento de tres o cuatro
compañías privadas de alto nivel, dedicadas con exclusividad a representarlos, la
celebración periódica de jornadas de estudio, la edición crítica de obras completas, la
respuesta positiva del público. (2006: 25)
Pero, ¿cómo se escenifican hoy los clásicos? Es más, ¿qué funciones desempeñan y
qué mensajes lanzan al espectador? Una doble tendencia se perfila en los montajes
posmodernos. Por un lado, destaca la opción de proponer un espectáculo como mero
disfrute del clásico en sí mismo. Esta línea está representada, sobre todo, por la vertiente
festiva de las comedias de enredo, donde la belleza plástica de la imagen, el ritmo
trepidante, los movimientos engrasados de los actores y la perfecta coherencia en el
funcionamiento del aparato escénico en sus mínimos detalles, componen montajes
cautivadores.
En estos trabajos, se potencia la riqueza sensorial del teatro del Siglo de Oro, la
fuerza de sus imágenes visuales y sonoras. La CNTC domina esta deriva —criticada por
96
los que no admiten las costosas suntuosidades— gracias a su potencial económico para
crear espacios escénicos, figurines y acompañamientos musicales de extrema complejidad
o magnificencia, sin perder de vista la excelencia en la interpretación actoral y el rigor
textual. En esta línea, Eduardo Vasco ha realizado montajes de cuidado esteticismo que
embelesan al espectador: Don Gil de las calzas verdes (2006), Las manos blancas no ofenden
(2008) o El perro del hortelano (2011).
Fuente Ovejuna dirigida por Emilio Hernández en el Centro Andaluz de Teatro (1999).
Por otro lado, se observa un uso sociopolítico del clásico para incidir en aspectos
de la realidad contemporánea que preocupan al director o a la compañía. En este sentido,
El retablo de las maravillas. Cinco variaciones en torno a un tema cervantino (2004), de
Albert Boadella, con burlas a la frivolidad de la alta cocina de Ferran Adrià o al nefasto
poder del Opus Dei en España, así como la Fuente Ovejuna de Emilio Hernández en el
Centro Andaluz de Teatro en 1999, interpretada únicamente por actrices palestinas y
andaluzas con el objetivo de reivindicar el papel de las mujeres como inductoras del
magnicidio ante el abuso de poder masculino, son ejemplos de este tipo de lecturas
posmodernas con clara intención crítica.
constante en la trayectoria teatral de Laila Ripoll. En entrevistas con esta directora, y ante
mi insistencia por conocer las razones que la impulsaron a escoger un texto tan poco
explotado sobre las tablas como El bastardo Mudarra, cargado de violencia, venganza y
odio, su respuesta evidenció las posibilidades de los clásicos para cuestionar el presente:
En el 94 estábamos en plena guerra en los Balcanes. Las noticias que nos llegaban a
diario eran terribles. Los asesinatos entre vecinos, las violaciones, la guerra... pero
sobre todo las venganzas y las venganzas de las venganzas y así hasta el infinito.
Destilamos el texto hasta dejar siete personajes (Bustos, Ruy, Lambra, Constanza,
Gonzalo, Mudarra y Arlaja, que aparecía un segundo y no hablaba) y utilizamos una
estética cercana a la imaginería religiosa castellana, muy ritual y estática. El espacio
era un círculo de arena, como una plaza de toros y el público rodeaba a los actores
como en un sacrificio. Utilizábamos música en directo, primitiva, ritual, sagrada,
muy tradicional (que no folklórica) con chácaras, panderos, cajón, almirez,
campanas... En fin, estábamos hablando de Bosnia, de guerras religiosas, de Ruanda,
de la Segunda Guerra Mundial, de muerte y, sobre todo, de venganza. Tú lo has
dicho: violencia, venganza y odio, que era con lo que se desayunaba a diario la
Europa de los años 90 (luego llegó Kosovo...). El público lloraba a chorros y tuvimos
hasta un ataque epiléptico en el momento en que Bustos se lamenta ante las cabezas
cortadas de sus hijos (un espectador en Granada que decía que no podía soportar la
visión de la sangre, ¡y no había sangre!). (Mascarell, 2012: 268)
De Fuente Ovejuna a Ciudad Juárez, montaje de la joven directora Lucía Rodríguez Miranda (2011).
Una última vía posmoderna de trabajo escénico con los clásicos la ofrecen
espectáculos como Siglo de Oro, siglo de ahora (2012), de la compañía Ron Lalá. En este
caso se toma como pretexto el teatro clásico para crear un artefacto a caballo entre el
entremés barroco y el musical tan en boga (sin despreciar la crítica social: el título indica
que nos invaden las mismas lacras que ya denunciaron los autores áureos). Ron Lalá
propone un teatro “metasiglodorista”, pues hace de los apartes, el vocabulario antiguo, las
notas a pie de página, los géneros dramáticos y la biografía de los escritores barrocos, la
base de su exitoso espectáculo. Esta opción confirma hasta que punto el teatro clásico
español está de moda.
selección de sus poemas de temática erótica. Desde otro extremo poético, el de lo épico
burlesco, La Ensemble Teatro transformó dramáticamente La Gatomaquia de Lope en
2008. La épica medieval sirvió de base textual para el espectáculo Romances del Cid
(2007), dirigido por Eduardo Vasco durante su etapa al frente de la CNTC. El mismo
director había triunfado dos años antes con un montaje donde los títeres artesanales
cobraban un protagonismo fascinante: los mejores poetas españoles de la época de
Cervantes se transforman en marionetas que los actores van desplazando por el escenario
en un Viaje del Parnaso que justificó ante la crítica la discutible elección del joven Vasco
como director de la CNTC en 200441 .
41
Un análisis pormenorizado de las claves escénicas y de la recepción de este original montaje de Vasco,
uno de los dos trabajos de su etapa basados en un texto clásico no dramático, ha sido realizado por
Fernández (2011).
101
versión libre que alterna la actualidad española con la realidad del Siglo de Oro para
evidenciar sus apicaradas semejanzas, y la de Daniel Pérez, en 2013, donde el famoso
pícaro de Quevedo es interpretado por Jacobo Dicenta. La lozana andaluza de Francisco
Delicado ha contado con una dramaturgia realizada por Josefina Molina, en 2001, para el
Centro Andaluz de Teatro.
No obstante, llegados a este punto, cabe relativizar los triunfos obtenidos y hasta
aquí descritos: la situación actual del teatro clásico español es mejorable y criticable en
muchos de sus aspectos. Respecto a la compañía pública, es frecuente escuchar reproches
sobre el repertorio hasta hoy manejado, en el que siempre falta una obra imprescindible
por abordar o sobra el montaje injustificado de alguna otra. Aunque estas son cuestiones
que dependen, en muchos casos, de gustos personales y subjetividades, otras demandas
resultan menos excusables.
42
Estos datos los ofrece María Bastianes, investigadora de la Universidad Complutense de Madrid, cuya
tesis doctoral sobre la recepción escénica de La Celestina en el siglo XX, en plena elaboración, representa
el primer estudio en profundidad sobre la materia. Entre otros montajes, Bastianes centra su atención en
las principales versiones escénicas modernas de la obra de Rojas, que son, por orden cronológico, las
Celestinas de Felipe Lluch (1940), Escobar y Pérez de la Ossa para el Teatro Eslava (1957), Alejandro
Casona y José Osuna con la Compañía Lope de Vega (1965), la misma compañía con la dirección de
Tamayo y la adaptación de Camilo José Cela (1978), Ángel Facio con la compañía Teatro del Aire (1981)
y la de la CNTC, dirigida por Marsillach, en 1988.
102
Por su parte, las compañías privadas vinculadas al teatro clásico lanzan su quejido
eterno por la escasez de subvenciones y demandan un auténtico soporte institucional para
la difusión de sus productos artísticos: facilidades para el uso de locales municipales,
mayor contratación pública, apertura al intercambio con la empresa privada, garantías de
funcionamiento más allá del circuito estival de festivales... No por frecuente, el caso deja
43
Serrano insiste en esta línea: “Al ser una compañía estatal, habría que pedirle (con cierto exagerado
rigor) algún esfuerzo mayor en la búsqueda de autores y textos menos conocidos (…). Sería bueno la
creación de una compañía “B” con unas labores más concretas: puede que para programar lo que se señala
arriba, puede que con una estructura más asequible para recorrer puntos de menor escala, pero ansiosos de
ver teatro áureo; que fuera una compañía más pretendidamente heterodoxa, que apostara por otra lectura de
los clásicos” (2003: 1344).
103
de ser paradójico: se subvenciona con dinero público el montaje de una compañía privada
a la que luego no se le da cabida en la programación de ninguno de los teatros públicos
españoles, una red que supone el 73% de los espacios teatrales del país, según un estudio
de 2012 llevado a cabo por el Departamento de Sociología y Trabajo Social de la
Universidad de Valladolid (Gómez González, 2013). En el siglo XXI, el teatro no es un
acontecimiento de masas, ni el clásico ni ningún otro, pues tan comercial o tan
alternativo, según se mire, resulta hoy Calderón como Valle-Inclán, Ionesco o Koltès. De
hecho, las artes escénicas únicamente adquieren visos mediáticos gracias a determinados
musicales de éxito. Aceptando esta premisa, es posible aseverar que los textos de Lope y
compañía experimentan hoy un mayor reconocimiento escénico y social que durante los
tres siglos precedentes. Casi treinta años después del nacimiento de la Compañía Nacional
de Teatro Clásico, y con una nómina considerable de compañías privadas que se decantan
por los dramaturgos áureos, se ha logrado una normalización de la presencia de los clásicos
en las tablas posmodernas asentada sobre dos principios: por un lado, el imprescindible
apoyo institucional; por el otro, la ruptura con las lecturas ideológicas y con el concepto de
“teatro ejemplar” que lastraban la continuidad escénica de los autores barrocos durante la
Transición.
Respecto a la ayuda del Estado, el teatro clásico español ha sufrido un giro de 180°
en tan solo cien años. Si a comienzos del siglo XX, el teatro en general era un apartado del
ocio que se movía exclusivamente en la esfera privada, un ámbito que se organizaba en
compañías de rígida y jerarquizada estructura que dependían empresarial y artísticamente
de la personalidad del primer actor o actriz, a principios del siglo XXI, los clásicos (y los
no clásicos) dependen de las subvenciones públicas para su pervivencia en las carteleras.
Tanto la Compañía Nacional de Teatro Clásico como las compañías privadas de clásico
resultarían proyectos insostenibles sin el respaldo de los presupuestos del Estado. La etapa
de los grandes divos que arrastraban un público estable a sus funciones se encuentra tan
superada como la decoración de muebles y tapices centenarios que la aristocracia cedía a
María Guerrero en sus “lunes clásicos”. Respecto al cambio de paradigma sobre el teatro
clásico, desde los años 80, directores y actores han trabajado para eliminar la opción de
trabajo con los autores barrocos que Hormigón ha denominado “ilustrativismo o
tradicionalismo”, porque en ella:
Mientras el público actual ignora los principales escollos que impidieron gozar de los
espectáculos de teatro barroco a las generaciones anteriores y es capaz de recrearse en el
entretenimiento, la belleza, las emociones y la reflexión que la obra le proporciona desde
las tablas, el ámbito académico empieza a valorar los espectáculos de teatro clásico más
allá de dos parámetros básicos que han condicionado su recepción especializada a lo largo
del siglo XX: el modo de decir el verso y el tipo de adaptación textual realizada sobre el
original.
Sostiene Huerta Calvo que “la de decir el verso es una cuestión que la crítica aduce
siempre que puede como mal endémico de la puesta en escena de los clásicos, aunque ya
no se sabe si lo endémico es un mal de la misma crítica que plantea el problema” (2006:
65). En efecto, el tema adquiere tintes obsesivos a medida que avanza el siglo XX: si
durante las primeras décadas la manera de entonar los versos es comentada de modo
descriptivo en las críticas de los espectáculos, desde los años 60 comienza a convertirse en
el caballo de batalla de una crítica que rara vez expone las características de una buena
dicción, pero no se cansa de añadir a sus artículos la casi muletilla de “los actores no decían
bien el verso”. Esta evolución es perceptible a través de los dos volúmenes editados por el
Centro de Documentación Teatral bajo el título Historia de los Teatros Nacionales (1993 y
1995). Sus páginas recogen fragmentos de críticas de la época sobre los espectáculos de
Lope o Calderón, unas citas que evidencian cómo, a lo largo del siglo XX, la forma de
interpretar el verso ha constituido una preocupación que ha ido radicalizándose hasta
convertirse en un tópico de la crítica. Y, sin duda, los años ochenta constituyeron la década
más problemática con respecto a esta cuestión.
44
Este concepto es abordado así en el diccionario de Pavis: “La teatralidad vendría a ser aquello que, en la
representación o en el texto dramático, es específicamente teatral (o escénico)”. Y Pavis recurre a Barthes
para una mayor precisión, citando un fragmento de sus Ensayos críticos: “¿Qué es la teatralidad? Es el
teatro menos el texto, es una espesura de signos y de sensaciones que se edifica sobre el escenario a partir
del argumento escrito, es una especie de percepción ecuménica de los artificios sensuales, gestos, tonos,
distancias, sustancias, luces, que sumerge al texto bajo la plenitud de su lenguaje exterior”. Pavis asegura
que “nuestra época teatral se caracteriza por la búsqueda de esta teatralidad ocultada durante mucho
tiempo” (2008: 434).
106
Siempre estamos oyendo: «Los actores no saben decir el verso». Pero, ¿cómo se debe
decir el verso? (…). Posiblemente nunca ha habido una manera. Hubo actores que
crearon una manera de decir el verso que se fue pasando de unos a otros. Pero yo
dudo mucho que haya habido una determinada manera de decir el verso. José Luis
Alonso siempre afirmaba: «El verso no se dice de una manera o de otra, se dice
sencillamente bien, que se entienda». No sé ese «bien» cómo es. (Peláez, 1996: 323)
perspectiva, desde el ambito académico han surgido voces que tildan de erróneo el tipo de
análisis de la dicción del verso que ha caracterizado a la academia hasta hace bien poco.
Pérez-Rasilla, representante de esta nueva forma de abordar “la cuestión del verso”, se
pregunta atinadamente:
En 1986, ante el montaje de El castigo sin venganza del director Miguel Narros, el
crítico Florencio Segura denunciaba la costumbre de aderezar los textos clásicos en escena
para desviar la atención del público fuera del verso. Una crítica que, en los años 80,
recibieron algunos montajes de Marsillach al frente de la CNTC, como se verá en el
análisis de Antes que todo es mi dama. La opinión de Segura, pese a estar basada en
prejuicios contra el naturalismo teatral y en la inclinación personal del crítico por las
maneras románticas de interpretar obras clásicas, resulta interesante porque pone en
evidencia la inexistencia de un consenso sobre la forma de interpretar y recibir los textos en
verso:
Sin embargo, tan solo veinticinco años después, Huerta Calvo no duda en aseverar
que se ha roto el corsé del temor al verso y se ha encontrado una opción de trabajo
ajustada a las necesidades teatrales del presente. En este camino hacia la normalización
interpretativa del verso, los esfuerzos realizados desde la CNTC han resultado
fundamentales:
¿Será verdad que nunca como en estos veinticinco años se han dicho tan bien los
versos de la Comedia? A los espectadores más veteranos quizás no se lo parezca.
Tienen acostumbrado el oído a la declamación —en general bastante impostada—
de un Guillermo Marín o de un Manuel Dicenta, tan enormes actores por otro lado.
Frente a esa tradición grandilocuente, sin duda propia de la escuela romántica,
Marsillach se propuso desde un primer momento la naturalidad como principio
básico, y es esta la escuela que han seguido, mejorándola, si cabe, los directores
posteriores, hasta llegar a la difícil sencillez de la etapa de Vasco. (2012: 80)
Cuando llegó la CNTC una de las cosas que muchos se plantearon fue que la
Compañía les iba a enseñar a decir el verso: «por fin la CNTC nos va a hacer la
panacea para que todo este problema y discusión de años de cómo decirse el verso la
podamos solucionar». Y no; la Compañía intentó decir el verso de una manera
inteligible, clara, evidentemente respetando una serie de cuestiones que deben
respetarse, pero no dio una receta de nada a nadie. (2001: 267)
Sin dar recetas, la CNTC ha contribuido a disolver el conflicto del verso gracias a
un acercamiento desprejuiciado al mismo. En la actualidad, los directores de escena
españoles cuentan con un escuadrón actoral sobradamente familiarizado con el verso
clásico: Joaquín Notario, Arturo Querejeta, Pepa Pedroche, Carlos Hipólito, José Luis
Santos, Daniel Albaladejo, Nuria Gallardo, Fernando Cayo, o entre los jóvenes, Eva Rufo
o David Boceta… Mientras unos se convierten en referencia para las nuevas generaciones,
estas aprenden los entresijos técnicos de la métrica y la rima en las escuelas de arte
dramático.
mayoría de actores seleccionados por Joven Compañía en sus tres promociones provienen
de estas aulas madrileñas.
Este ejemplo de apertura demuestra que cada época, cada periodo histórico, tiene
su forma de abordar el verso, puesto que la tradición de interpretarlo en escena se crea y se
destruye con el paso del tiempo. La dicción del verso, como cualquier aspecto teatral, está
sujeta a las modas y tendencias escénicas. Para los amantes de los viajes al pasado, sería
interesante —si no resultase imposible por la escasez documental— recuperar la dicción
del verso de la época barroca. Constituiría un experimento historicista que proporcionaría
nuevos datos para entender la representación barroca, pero que no crearía nuevos
espectadores de teatro clásico en este siglo. Porque la supervivencia del teatro barroco
depende, en gran medida, de su adaptación a los estilos interpretativos del momento. No
en vano los directores pugnan por hallar un modelo que conecte emocionalmente con el
público y le acerque el mensaje del autor de la forma más nítida posible. Pilar Miró lo
consiguió en su exitosa adaptación cinematográfica de El perro del hortelano, donde las
palabras áureas cautivaron al espectador gracias a dos interpretaciones paradigmáticas, la
de Emma Suárez como la condesa de Belflor y la de Carmelo Gómez como su secretario.
De hecho, el cambio de modelo interpretativo del verso clásico entre los actores
contemporáneos ha sido fundamental para la entrada del teatro barroco en la
posmodernidad. A fecha de hoy, los actores españoles entienden el verso como un
instrumento expresivo de gran belleza poética y musical pero, sobre todo, como un
vehículo de comunicación y de expresión de ideas. En este sentido, merece la pena
recuperar la opinión del actor Carlos Hipólito, considerado un referente en naturalidad y
elocuencia al actuar en verso:
110
Para mí, y esto es una opción muy personal, el verso ha de sonar natural, fluido,
respirado, fácil, por complicada que sea su estructura. Y con esto no quiere decir que
el verso, en aras de una mayor comprensión por parte del espectador, deba
prosificarse. No. El verso es verso y no prosa, y debe sonar como tal. El actor debe
respetar sus reglas, su métrica, su sonoridad. Pero no debemos olvidar que el
personaje habla en verso porque piensa en verso. No debemos olvidar que es su forma
natural de expresarse. (…) Los actores que, interpretando personajes de una obra de
teatro en verso, salen al escenario a recitar, se equivocan. Porque una obra de teatro
no es un recital. (…)
Y es que ese verso está dentro de una acción. El personaje no sólo habla. Le
están pasando cosas mientras lo hace. Y es fundamental compaginar ambas cosas. Por
un lado, el verso debe “sonar”, pero, por otro, la acción debe atrapar al espectador. Y,
llegado el caso de tener que elegir entre dar primacía a una de estas dos líneas
maestras (…), siempre será más importante una pausa dramática que una pausa
versal. Siempre preferiré romper un verso que permitir que el no romperlo me
impida tener el tiempo necesario para una mirada, un gesto, cualquier cosa que, allí,
sobre el escenario y en plena acción dramática, me ayude a darle dimensión y
verosimilitud a la escena. (1999: 77)
Las actas de las jornadas celebradas en 1982 (Hormigón, 1983) recogen opiniones
tan dispares como convincentes al respecto: desde posiciones respetuosas con la creación
original, como la de Domingo Ynduráin, hasta enfoques de transgresión, como el de
Francisco Nieva, los puntos de vista de Guillermo Heras, Ramón Cercós Bolaño, Luis de
Taviria, Domingo Miras o José Sanchis Sinisterra todavía siguen siendo útiles para
45
No puede olvidarse que la necesidad de los profesionales del teatro de adecuar los textos para subirlos a
las tablas existe desde el mismo siglo XVII. Y que durante el XVIII y XIX las refundiciones —“una
refundición es una obra basada e inspirada en cierto texto de una época anterior en la cual un autor
determinado ha rehecho la obra con tales modificaciones para que resulte ser otra” (Bingham Kirby, 1992:
1005)— funcionaron como el sistema más usual para acoplar los textos de Lope o Calderón al gusto de la
época. La cuestión llega a los años 30 del pasado siglo en España, cuando Lorca prefiere “adaptar” frente
a “refundir” con el objetivo, sobre todo, de acortar la duración de las obras y de avivar el ritmo dramático
desde el respeto a la belleza de los versos originales. El concepto de adaptación es, de hecho, propio del
siglo XX. Su sentido lo explica bien Sanchis Sinisterra, un dramaturgo con experiencia en la adaptación de
los clásicos: “En el teatro el texto es sólo una parte del camino, falta la puesta en escena. Y para ello,
generalmente, se requiere un trabajo previo: la versión o adaptación. Las versiones, por definición, nunca
son del todo respetuosas con el texto original, ya que están impregnadas de elementos subjetivos de su
creador. El mostrar a Calderón visto por” (2006: 177).
111
abordar el tema. Entre todos ellos, Nieva lanzó aseveraciones de tono desacralizador y
subversivo que hoy, tras más de treinta años de adaptaciones de todo tipo, han perdido
parte de su fuerza revulsiva:
Vaya por donde quiera la adaptación o la depredación de los clásicos. Vivan cuanto
puedan vivir en los nuevos tiempos. Adáptense, si pueden, o piérdanse antes de
resucitar. Pues, en todo caso, este mundo es nuestro y su compromiso lo establece
con los vivos y no con los muertos. No soy yo, individualmente, el que ha cortado las
amarras de seguridad con el pasado. Soy yo quien, a fin de cuentas, ha quedado solo
frente al público que me ha sido dado y, ante cualquier demasía que yo pueda
cometer contra los clásicos venerados pido al crítico que tenga la gentileza de
ponerse en mi lugar. (1983: 57)
Nieva rogaba empatía profesional, pero lo cierto es que la figura del adaptador,
situado a caballo entre dos épocas, correa de transmisión entre un texto antiguo y el
espectador actual, ha visto con frecuencia cuestionada su tarea en la modernidad. El peso
de la etiqueta de “clásico” y el nombre canonizado de Calderón o Lope no ha facilitado
que su trabajo se viera con la misma indiferencia que el de cualquier adaptador de textos
modernos o contemporáneos. De nuevo, dos bandos distintos de la crítica se identifican
con los dos extremos del trabajo adaptador. Por un lado, se encuentran los defensores de la
pureza del texto y de su mantenimiento intacto en la actualidad. Por otro, aquellos que
defienden la máxima libertad para trabajar los versos del pasado en el presente. En medio,
por supuesto, y conformando el grupo más grueso y variado, los que creen que debe
llegarse a un punto intermedio, a un equilibrio ideal entre el respeto y la actualización.
Los partidarios del primer bando esgrimen, en su favor, —y además del respeto
hacia el autor, a su creación original y a la época que la hizo posible— la fascinación que
genera entre el público un lenguaje alejado de lo cotidiano; ese extrañamiento —a la
manera entendida por los formalistas rusos— que provoca escuchar vocablos
característicos del Setecientos español y hoy tan solo activos en los textos clásicos. En esta
línea, defienden el ensanchamiento cultural que supone para cualquier espectador el hecho
de entrar en contacto con el castellano de la época de Góngora y Quevedo. Para ello, se
parte del presupuesto de considerar al público como un receptor culto e inteligente al que
le gustan los retos teatrales.
Por su parte, los defensores de la necesaria actualización del texto arguyen que el
alejamiento generado por un lenguaje desconocido provoca rechazo hacia el teatro clásico,
el cual se percibe por la gran mayoría como un arte elitista para una minoría preparada y
112
Entre ambos extremos surge una pregunta fundamental: ¿Se trata de acercarse al
texto del XVII o de aproximar el texto al espectador de hoy? La respuesta es compleja y
comprende aspectos culturales, artísticos y educativos. Un especialista como Bernard Dort
es consciente del reto “casi contra natura” que supone escenificar una pieza de hace siglos
y, por ello, previene sobre la paradoja que habita en todo texto clásico cuando se intenta
llevar hoy a las tablas:
Jouer les classiques ne va pas de soi. Le temps du théatre est le présent: l’action
dramatique a lieu devant nous, spectateurs. Les paroles et les gestes des acteurs-
personnages s’échangent, s’opposent ou s’allient, dans l’instant. L’imparfait, ce temps
des grands récits, y est inconcevable. Mettre dans la bouche de comédiens des textes
écrits, leur faire exécuter des mouvements prescrits, il y a parfois plusieurs siècles, a
quelque chose de paradoxal. Presque contre nature. (1988: 51)
Para conectar el pasado de la escritura con el presente del equipo artístico y del
receptor evitando extrañamientos bruscos, el adaptador dispone de diversos recursos. La
opción más socorrida es la reducción o “peinado” mediante el corte o la eliminación de
versos e, incluso, escenas enteras, casi siempre porque resultan accesorias para la trama.
Así, en casi todas las adaptaciones es posible detectar supresiones de pasajes o de
fragmentos que, en el original y vistos desde una perspectiva contemporánea, resultan
reiterativos, prolijos, excesivamente descriptivos o exageradamente retóricos. También es
frecuente que se prescinda de alusiones a detalles superfluos o anecdóticos: una referencia
geográfica relevante en su momento, la mención de un hecho histórico ya olvidado46 .
46
En todo caso, cuando el adaptador de un texto clásico basa su trabajo en el procedimiento del corte o la
supresión, Brook aconseja con cautela que, “si se tiene un cuchillo en una mano, la otra necesita el
estetoscopio” (2012: 115). Y ello para prevenir posibles incongruencias o alteraciones de sentido en la
obra.
113
textos diversos del autor de La vida es sueño en una dramaturgia que pretendía ofrecer una
panorámica de la producción calderoniana en el cuarto centenario del nacimiento del
autor.
Un tercer nivel de trabajo con los textos áureos para la escena contemporánea lo
constituye la fusión de varias piezas de autores coetáneos que tienen en común el estilo, la
temática o el género dramático desarrollado. Un ejemplo en este sentido lo constituye La
fiesta barroca, espectáculo de la CNTC compuesto por diferentes piezas breves de
Calderón y Quiñones de Benavente en una dramaturgia a cargo de Rafael Pérez Sierra. Si
las obras de índole religiosa vertebraron este montaje estrenado en 1992, los entremeses
han hilvanado innumerables propuestas teatrales, como la de Teatro Corsario con Clásicos
locos, en 1994. Fernando Urdiales, autor de la versión de los textos, dirigió un hilarante
espectáculo que contenía El sombrero, de Francisco de Castro, El retrato vivo, de Agustín
Moreto, Los sordos, entremés anónimo, Los poetas locos, de Sebastián de Villaviciosa, El
reloj y figuras de la venta y Las visiones de la muerte, de Calderón de la Barca.
Pero los dramaturgos áureos también han compartido un mismo espectáculo con
autores de épocas distintas gracias a dramaturgias misceláneas que han tenido como hilo
conductor un determinado motivo o temática. Es el caso del espectáculo Regalo de dioses,
estrenado en el Teatro Romea de Murcia en 1993 en coproducción con la Universidad de
Murcia. César Oliva, director, escenógrafo, figurinista y también adaptador de los textos,
utilizó fragmentos de Las Bacantes, de Eurípides, Las ranas, de Aristófanes, Anfitrión, de
Plauto, Representación del Nacimiento, de Gómez Manrique, Auto de la prevaricación de
nuestro padre Adán, de autoría anónima, La Celestina, de Fernando de Rojas y Mojiganga
de las visiones de la muerte, de Calderón de la Barca.
intervenir en él a fin de concederle la mayor calidad estética posible. Para ello hice
uso de versos de otras comedias de Lope o adapté determinados pasajes muy
deturpados siguiendo motivos e ideas presentes en otras obras del siglo XVII y de
autores como Cervantes o Quevedo. Finalmente, sometí mis adaptaciones en verso al
criterio de algunos amigos poetas y ellos me ayudaron a moldear los versos de mi
cosecha para la adaptación. (2014)
Explica Oliva que la mecánica de la adaptación “nunca tuvo una normativa precisa
ni homologada; no dispone de una auténtica gramática” (2009: 204). Para este especialista
—uno de los estudiosos españoles que más ha reflexionado en torno a la adaptación de los
textos barrocos—, imaginación, talento, estudio, sensatez y rigor constituirían las
características del adaptador ideal, “un adaptador que puede elegir el modo de ajustar que
desee, desde la pura revisión arqueológica hasta la actualización, siempre que impere la
cordura y saber hacer” (2009: 205)47 . En el siglo XXI, el problema de la adaptación de los
clásicos ya no lo es. Las posturas radicales de ruptura y transgresión se han suavizado en
aras al respeto a la esencia original definida por el dramaturgo. A su vez, las posiciones
más intransigentes han comprendido que, si en pintura se acepta que, por ejemplo, el
Equipo Crónica dé su propia visión de Las meninas de Velázquez sin que la obra original
peligre, ¿por qué no es posible admitir el juego escénico de un director a partir de una
comedia barroca? En realidad, los textos como tales están preservados por la filología. Y
47
Oliva ha tratado este tema en muchos artículos, entre ellos, “La dramaturgia de los clásicos: el ejemplo
de Calderón de la Barca” (2004). Asimismo, ha recogido las claves del proceso de la adaptación textual de
una obra clásica y teorizado sobre sus límites, sus peligros y sus virtudes en el sexto capítulo de su
volumen Versos y trazas (2009), titulado “La actualización de los clásicos” (201-216).
115
todas las adaptaciones, versiones y relecturas nunca serán capaces de borrar el original de
Tirso, Lope o Calderón.
Así es como dos polémicas que han recorrido el siglo XX, la forma de decir el
verso y la adaptación del texto original, dos cuestiones que han atravesado las diferentes
etapas de la puesta en escena moderna y que han servido como arma arrojadiza para los
defensores de posturas maximalistas, han visto florecer en torno a ellas unos amplios
niveles de consenso. Las viejas y eternas disputas teatrales de capa y espada relativas al
verso y la adaptación, que enrocaron más si cabe a los bandos del teatro y la filología
durante décadas, se han visto sustituidas por una pax teatral que a todas luces redunda en
beneficio del teatro clásico y de su recepción contemporánea. Y resulta incuestionable el
papel medidador que en ambas batallas ha desempeñado la CNTC.
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ANÁLISIS DE ESPECTÁCULOS
125
ERRATA
Donde dice:
La maté porque era mía.
Debe decir:
La maté porque no era mía.
Fue una apuesta arriesgada. Y hoy, desde la actual perspectiva teatral y tras casi treinta
años de trayectoria, todavía parece aventurado iniciar la andadura de una Compañía
Nacional de Teatro Clásico con este drama de honor de Pedro Calderón de la Barca. Pero
la osadía formaba parte del germen fundador de la CNTC. El atrevimiento era necesario
para crear, en 1986, una compañía pública dedicada a “la recuperación, conservación y
revisión de los textos teatrales clásicos de todas las épocas, con el fin último de su puesta
en escena, procedentes del patrimonio teatral español y universal, el estudio y divulgación
de las obras de teatro clásico y el adiestramiento de intérpretes especializados en el teatro
clásico”, según reza el artículo segundo de su estatuto original48 . Como ya se ha puesto de
48
El Boletín Oficial del Estado publicado el 27 de enero de 1986 recoge una orden del Ministerio de
Cultura del 14 de enero del mismo año “por la que se crea la Compañía Nacional de Teatro Clásico
(CTC) [siglas que poco después cambiarán a las actuales de CNTC] que se configura como unidad de
producción del Organismo Autónomo Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música
(INAEM)” (1986: 3728). A este estatuto lo denomino “original” frente al de reciente creación y
publicación en el BOE del 29 de diciembre de 2010 (Orden CUL/3355/2010). El nuevo estatuto adapta y
actualiza el contenido del antiguo. En él, la misión de la CNTC sigue reivindicándose de manera similar:
“[La CNTC debe] recuperar, conservar, revisar y difundir el patrimonio teatral español anterior al siglo
XX, con especial atención al Siglo de Oro, impulsando su proyección nacional e internacional en un
marco de plena autonomía artística y de creación”.
126
relieve en el capítulo anterior, en la historia cultural de España nunca había existido una
institución encomendada a un fin similar.
El reto estaba relacionado, por lo tanto, con la novedad del proyecto. Y también
con la ventaja que, en estos menesteres, poseían otros países europeos, como Francia e
Inglaterra. Porque, tal y como asimismo puede leerse en el estatuto de 1986:
[La CNTC] tiene como finalidad, por una parte cubrir el vacío que se venía
produciendo en la difusión de obras del teatro clásico español y de otra, crear un
ambiente de recuperación de los dramaturgos clásicos (…), cuyas obras tienen hoy
en día algunas dificultades para su puesta en escena debido a la ausencia de una
tradición ininterrumpida de creación e interpretación de los textos procedentes de
este patrimonio teatral. (1986: 3728)
En efecto, a mediados de los años 80, los clásicos en escena carecían de una
tradición ininterrumpida, pero poseían una tradición fragmentaria que, desde los primeros
pasos de la CNTC, Marsillach se encargó deliberadamente de menospreciar o, incluso,
negar. En el programa de manos del IX Festival de Almagro (1986), el director catalán
escribe:
Las piezas alternativas siempre han interesado a Marsillach, quien reconocía: “Los
grandes títulos me producen cierta aprensión. O recelo. O, simplemente, pereza. Los
siento excesivamente sagrados —o sacralizados—, intocables, eternos…, de algún modo
marmóreos, pétreos, fósiles. En una palabra: lejanos” (1998: 524). Quizá por esta razón,
para poner en funcionamiento la maquinaria de recuperación y producción teatral de la
CNTC, Marsillach escogió un título poco transitado en la escena moderna y de oscuras
resonancias: El médico de su honra. Pérez Sierra (1994), asesor literario de la Compañía
durante esos años, recuerda cómo se tomó la decisión:
Nos reunimos en casa [de Marsillach] dos o tres personas, no éramos más, ni creo
que tuviéramos en aquel momento otro lugar para reunirnos, aparte de nuestros
domicilios particulares y todos los cafés de Madrid, y comenzó a hablarnos del
proyecto que aparecía como una senda intrincada y peligrosa por la que ya habíamos
comenzado a adentrarnos.
128
49
El Calderón dibujado por los románticos alemanes ha sido estudiado en profundidad por H. W.
Sullivan (1998).
130
barrotes, entre los que los personajes esperan su turno de intervención (…). Mínima
tramoya y sequedad de recursos escénicos” (J. I. G., 1983: 66). Es decir, dentro de una
línea escenográfica minimalista, como la empleada por Marsillach para El médico de su
honra, como si los dramas de honor prescindieran de aditamentos escénicos superfluos
ante el cruento desarrollo de los acontecimientos y la desasosegante evolución interna de
los protagonistas.
¿Cómo representar hoy una tragedia en la que un hombre asesina a su esposa? ¿Una
tragedia exquisita en términos dramáticos, pero que se inserta en un sistema de
valores caballeresco ajeno a la sociedad de hoy? La solución más fácil sería:
convirtiéndola en una obra sobre lo que hoy llamamos violencia de género. Pero tal
solución equivaldría a destruir la coherencia interna de la obra, vaciarla de su
tragicidad y negar la complejidad humana de la situación en la que los personajes
principales se ven envueltos a su pesar. He preferido contar la historia tal como nos
la cuenta Calderón y hacer todo lo posible para hacer inteligibles para un público de
hoy los dilemas con los que se enfrentan los personajes.
que por muy grande que sea el empeño, ¿cómo traducir con absoluto acierto caracteres y
cosas tan remotas que no conviven hoy en nuestro ambiente?” (1905: 9). Este crítico de
1905 plantea aquí una problemática que no abandonará a los clásicos hasta nuestros días:
la de una posible (o no) conexión entre los temas y los personajes del teatro clásico y la
vida del espectador actual. ¿Qué procedimientos teatrales pueden acercar la historia de
Calderón a nuestra época y nuestro pensamiento? Marsillach pondrá todo su empeño en
encontrarlos durante su etapa de director de la CNTC.
Yo hice un Médico de su honra que estaba todo… eso no lo entendieron, fíjate, quizá
era demasiado… es que yo lo monté todo sobre rejas. Queriendo simbolizar lo que
era el asfixiante concepto de honra en el siglo barroco, la presión asfixiante que la
sociedad hacía sobre estos problemas. Y entonces la reja era el elemento dominante
de la escenografía. Era octubre del 46. Podíamos decir que era un expresionismo
limitado, temeroso, que procuraba contribuir a la sensación poética de la obra.
(Fernández, 2000: 291)
50
La CNTC estrenó su primer montaje en Buenos Aires como parte integrante de una gira de teatro
español por Iberoamérica organizada y financiada por el INAEM. En esta muestra, además de la CNTC
con El médico de su honra, participaron tres grupos más: la compañía sevillana La Cuadra, que escenificó
el espectáculo Piel de toro; la compañía La Plaza, digirida por José Luis Gómez, que representó Bodas de
sangre de Lorca; y la compañía de Justo Alonso, con un montaje de La taberna fantástica de Sastre. La
gira costó cincuenta millones de pesetas y comprendió cincuenta funciones repartidas entre Argentina,
Uruguay, Chile y Venezuela (aunque la CNTC únicamente actuó en Argentina). Formaba parte del plan
estratégico que, desde 1984, había puesta en marcha el director general del INAEM, José Manuel
Garrido, para exhibir el teatro español fuera de las fronteras nacionales (García Garzón: 1986). Asimismo,
el estreno de la obra de Calderón enlazaba con la histórica tradición instituida por las compañías
españolas —como la de María Guerrero, impulsora de la creación del Teatro Cervantes de Buenos
Aires— de estrenar los montajes en gira por América antes de presentarlos en España.
132
Sorprende, por otro lado, la notable presencia del drama calderoniano sobre las
tablas inglesas durante las últimas décadas. Hasta seis montajes distintos se presentaron en
el Reino Unido entre 1987 y 199851 . Todo hace pensar que la recuperación del título por
parte de Marsillach para prender la mecha teatral de la Compañía lo colocó en la órbita
teatral contemporánea y provocó el interés de los directores extranjeros, seguramente
atraídos por una historia dramática con altas dosis de truculencia y fría crueldad. De este
modo, se comprueba que, de entre los llamados “dramas de honor” de Calderón, El
médico de su honra es el que ha tenido un mayor impacto a nivel espectacular, dado el
número de puestas en escena nacionales y extranjeras que ha protagonizado en los últimos
51
Recojo una referencia sucinta de estos espectáculos: Chischester Festival Youth Theatre (1987); The
Drama Centre of London (1988); Southend Shakespeare Company (1989); Cheek by Jowl, con la
dirección de Lindsay Posner (1989); Questors Theatre, con la dirección de Peter Field (1992); Southwark
Playhouse, con la dirección de Judith Roberts (1998). Habría que añadir una séptima producción en los
Estados Unidos, la de la University of Wisconsin (Milwaukee) para el Festival de Drama Español Siglo
de Oro de Chamizal, a cargo del director Isaac Benabu (1997).
133
treinta años. En este caso y respecto a otras obras áureas de similar temática, el hecho de
haberse convertido en un título avalado por el doble sello “CNTC-Marsillach” ha
aumentado sus posibilidades de regreso a las tablas.
3.1.3. Exégesis del texto: los límites de una obra “repugnante y atractiva”
52
Véase el epígrafe 4.1. de esta tesis.
53
Según Marsillach rememora en su autobiografía, “el «palo» de Eduardo —no fue el único, debo ser
honesto— nos hizo mucho daño. Tanto que, a la mañana siguiente de aparecer las críticas, me presenté en
el despacho de José Manuel Garrido y le ofrecí mi dimisión. Por los motivos que fueran —¿seguridad en
mi talento?, ¿rechazo a admitir su propio error?—, no la aceptó. Continuamos con el plan previsto y el
barco de la compañía, aunque ligeramente «tocado», siguió navegando.” (Marsillach, 1998: 459)
54
Roberto Alonso Cuenca, director adjunto de la CNTC en su primera etapa, recuerda con amargura la
acogida que la crítica madrileña brindó al espectáculo inaugural de la Compañía: “Se trató a la Compañía,
por lo general, de manera despiadada. No sólo pusieron cual «chupa de dómine» la elección del texto,
sino también la puesta en escena, los actores, los decorados y el vestuario. Se produjo un encono tan
desmedido en algunas voces, que daba la impresión de que se deseaba que el proyecto de una compañía
nacional dedicada en cuerpo y alma a nuestro teatro clásico sucumbiese en el momento mismo de nacer,
que no se produjese el alumbramiento o que fracasara irremediablemente.” (2002: 412)
134
hay que añadir la elección de un título difícil y polémico de Calderón. Con todo, resulta
completamente lógica y previsible la destemplada acogida que obtuvo este montaje. En
este sentido, Fernanda Andura Varela apunta:
Cabría rastrear las razones que impulsaron a Marsillach a escoger esta obra entre
todas las posibles del repertorio clásico español. El diario El País recoge esta información
en una noticia sobre el estreno de la obra en 1986: “Adolfo Marsillach manifestó que no
había escogido este drama sevillano por ningún motivo en especial, sino porque ya desde el
tiempo en que dirigía el Centro Dramático deseaba montar esta obra, que siendo
«extraordinaria», en su opinión, «misteriosamente ha sido representada muy poco»”
(García, 1986). Pero merece la pena recuperar las palabras del propio Marsillach doce
años después, cuando publica su autobiografía Tan lejos, tan cerca y rememora así su
decisión de iniciar los primeros pasos de la Compañía con este drama:
La elección del primer texto era fundamental. ¿Por qué me decidí por El médico de su
honra? Cuando me hacen una pregunta de este tipo —me la hicieron entonces y la
repiten cada vez que monto un espectáculo— no sé cómo responder. Elegir es un
acto de amor y el amor no tiene explicación razonable. (…) Mucha gente sospecha
que los directores buscamos obras que permitan “lucirnos”. No es mi caso. (…) Lo
que pretendo es contar una historia en que me sienta implicado: a favor o en contra,
pero que no me deje indiferente. Y lo que Calderón plantea en su drama —¿o
tragedia?— me fascinaba. En El médico de su honra un hombre asesina a su mujer por
el “qué dirán”: la quiere, no está seguro de que le engañe y, sin embargo, la mata:
porque los demás sospechan, porque murmuran, porque recelan. Este hombre sufre,
pero cumple con la injusticia de una ley que obliga a morir a un inocente. ¿A cambio
de qué?: pues de que el orden —hipócrita— sea restablecido y la mancha de la
suposición no se extienda, y para que, como diríamos, la “alarma social” cese. ¿No es
ésta una barbaridad moderna y actual? Soplan vientos de deshonra sobre los
políticos, los jueces y los periodistas de nuestro país. ¿Realmente el argumento de la
obra de Calderón es un tema “antiguo” que en nada nos concierne? Ah, pero, claro,
se aborda un asunto tabú: una materia dramática que nos conduce a la Inquisición, a
la Leyenda Negra, a Alfonso X y sus Partidas y a la naturaleza terrible de un pueblo
que canta “la maté porque era mía” y se va a la taberna a beberse unos vinos para
celebrarlo. (1998: 450)
135
Según algunos, no fue una buena forma de arrancar para una compañía que se había
institucionalizado (…) con el fin de conseguir “la recuperación, conservación y
revisión (…) de los textos teatrales de todas las épocas (…) procedentes del
patrimonio teatral español y universal”. ¿Son el honor y la honra, con las
consecuencias de su enfermiza exaltación, conceptos de nuestro patrimonio teatral
que debemos recuperar, conservar y revisar? ¿O más nos valdría —como dijo un
refinado crítico (…)— olvidarse de esas enojosas cuestiones? De acuerdo con esta
última hipótesis, habría un Calderón católico y patriótico a glorificar; y otro cruel y
atroz a olvidar: una postura, a mi entender, claramente reaccionaria. Entre otras
razones porque no sabemos qué opinaba Calderón sobre el crimen de don Gutierre,
el protagonista de El médico de su honra: ¿lo absolvía o lo condenaba? Algunos
ensayistas sostienen que el autor está de acuerdo con el asesino, pero otros piensan
justamente lo contrario y aventuran que el horror de la esposa desangrada es la
denuncia de un código intolerable. (1998: 450-451)
Las más recientes ediciones del texto calderoniano a cargo de Ana Armendáriz
(2007) y Jesús Pérez Magallón (2012) realizan un exhaustivo recorrido a través de la
exégesis de este texto a lo largo de las diferentes épocas. La compilación de las múltiples
opiniones autorizadas que se han vertido sobre El médico de su honra realizada tanto por
Armendáriz como por Pérez Magallón —más centrado este último en la crítica
anglosajona del siglo XX— pone de relieve, precisamente, la inexistencia de algún tipo de
acuerdo en torno a la tesis ideológica que defiende la obra, en los casos que se admite la
existencia de una supuesta tesis. Es más, se evidencia hasta qué punto ha obsesionado a la
136
crítica lanzar hipótesis sobre la postura de Calderón acerca del uxoricidio y las leyes del
honor que lo sustentan.
55
Ruiz Ramón (1983) habla de la nefasta recepción de un Calderón “de derechas o de izquierdas”,
conservador o progresista en función de la ideología del crítico que se acerque a su obra, variante
interpretativa dominante en la crítica del XIX y extendida hasta nuestros días.
137
No obstante, desde mediados de los años sesenta ha ido ganando fuerza una cuarta
vertiente interpretativa que entiende la obra como un estudio antropológico de validez
universal. Este planteamiento cuestiona que el verdadero tema de la comedia sea el honor
y sostiene que la obra indaga en aspectos humanos tales como la soledad del hombre, sus
miedos, deseos, debilidades y limitaciones, su insuficiente capacidad cognitiva, su
búsqueda de la dignidad o la imposibilidad de mantener una identidad individual en una
sociedad alienada y codificada.
Dentro de esta línea crítica, merece la pena destacar la opinión de Ángel García
Gómez y su llamada de atención sobre el gran tema que el investigador detecta en el
argumento de El médico de su honra: la incomunicación entre las personas,
independientemente de la época histórica que compartan.
mismo tiempo que artífice de su destino. Circunscrito desde su primer aliento por
coordenadas ideológicas y valores de naturaleza y hechura socio-históricas, llegará a
confabularse con ellas, imposibilitándose así para la realización de su auténtica
humanidad en comunicación abierta con la verdad, consigo mismo, y con los otros.
Este esquema dramático no se desliga, por supuesto, de su concreta circunstancia
histórica, y puede decirnos mucho sobre la inquietud con que el dramaturgo
contemplaba una sociedad donde la comunicación interpersonal se veía constreñida
por cortapisas de varia índole. Pero el esquema, sin negarlas ni excluirlas,
transciende estas consideraciones de tipo socio-histórico, y al escudriñar en la
condición humana nos invita a hacer un rastreo analógico por las aguas de nuestro
mundo y circunstancia. (García Gómez, 1988: 25)
Así, más allá del grado de vinculación histórica o social y de las investigaciones en
este sentido realizadas por José Antonio Maravall (1975) o Díez Borque (1976), el tema
del honor en el teatro áureo español ha sido estudiado por sus potentes posibilidades como
móvil de la acción dramática. Unas posibilidades intrínsecamente teatrales que se
relacionan con la teoría —anticipada a la moderna Estética de la Recepción— de Lope de
Vega en su Arte nuevo: “Los casos de honra son mejores, / porque mueven con fuerza a
toda gente” (vv. 327-328). Desde esta perspectiva, las historias de asesinatos de mujeres a
manos de sus maridos, deshonrados o no, funcionan como relatos hiperbólicos que buscan
atraer y conmocionar al auditorio. El honor se convierte, así, en un tema convencional en
la dramaturgia barroca porque, “más que ingrediente ideológico, es un eficaz motivo de
139
conflicto: su relación conflictiva con el amor (otro de los grandes temas de la comedia) y
con la lealtad (al amigo, al señor, al rey) permite la económica organización de potentes
enfrentamientos y dilemas de gran capacidad para cumplir el perseguido movere”
(Arellano, 1995: 126). Los partidarios de esta visión formalista del honor aducen a su
favor la pluralidad contradictoria de tratamientos que el mismo Calderón otorga a este
tema según el marco genérico en el que se ubica, desde la tragedia al entremés, pasando
por la comedia56 . No obstante, cabe preguntarse por la causa del rotundo éxito de la honra
como móvil de la acción dramática: si el tema triunfa tanto entre los espectadores del
corral de comedias, si logra conmoverlos profundamente, ¿no será porque se trata de una
cuestión social que les preocupa y afecta en su día a día? Se produce un regreso, por tanto,
al punto de vista histórico.
56
La misma CNTC ha demostrado sobre las tablas cuán diferente tratamiento requiere la temática de la
honra según el género de la pieza. El año 2011, Pilar Valenciano dirigió el entremés Los degollados de
Calderón dentro del espectáculo Entremeses barrocos, y así planteó su personal lectura: Zoquete, tan bruto
como tierno, perdona la vida a su mujer Olalla y al amante de esta, tras haberlos encontrado en pleno acto
sexual en su propia casa. En el montaje, los protagonistas de clase baja se transforman en rockeros
desmelenados, miembros de una tribu urbana con sus propios códigos de honor. Códigos que admiten,
no obstante, una disparatada (pero humanísima) conmiseración hacia los pecadores. Mientras los nobles
acuchillan a sus inocentes esposas, los chulos de la calle demuestran que una moral más laxa y una actitud
tolerante evitan muertes innecesarias.
140
El poder sexual y social del infante Enrique supera a un Gutierre que necesita dar
salida a su rabia ante lo que percibe como un ataque a su hombría. Un ser inseguro y
suspicaz —las sospechas que pusieron fin a su cortejo de Leonor son la mejor prueba de su
carácter receloso— que toma como base cierta de la culpabilidad de Mencía varios
indicios discutibles y se apoya en la retórica de los silogismos para justificar lo
injustificable: el asesinato. “Hombres como yo / no ven; basta que imaginen…”: a
Gutierre no le interesa en ningún momento averiguar de facto si Mencía y el infante han
tenido relaciones sexuales —en esto encaja la incomunicación entre los cónyuges apuntada
por parte de la crítica como posible causa del crimen–, porque el simple hecho de que uno
de los dos (o los dos) lo haya ansiado, ya es suficiente para que Gutierre se sienta
vulnerado en su condición de macho. Y si se apresta a borrar con sangre la posible mancha
en su “honor” no es solo por la opinión social, sino, más bien, por la tortura que supone
para su espíritu la simple idea de una Mencía haciendo uso de su libre albedrío, porque los
celos y la desconfianza lo transforman en un individuo débil capaz de matar para liberarse
de sus fantasmas. Pero esta es, únicamente, otra posible interpretación que puede añadirse
57
Los trabajos de María Mercedes Carrión (2003 y 2008) y Georgina Dopico Black (2001) destacan
como los únicos acercamientos desde una óptica feminista.
58
El jurisconsulto Antonio de la Peña incluye en su Tratado muy productivo, útil y necesario de los jueces y
orden de los juicios y penas criminales (1571), una descripción de los usos de la época: “Lo que oy se guarda
es que la muger y el adúltero, después de traídos por las calles públicas acostumbradas, son llevados al
lugar de la execución de la justicia diputado, y allí se entregan al marido con sus bienes para que dellos
haga lo que quisiere.” (Sánchez, 1917: 293)
141
al inagotable caudal que brota de El médico de su honra. Una lectura que se quiere
compatible con la que expone Pérez Magallón:
La agencia de noticias EFE lanzó un teletipo que el diario La Vanguardia, el día siguiente
al estreno de El médico de su honra en la capital manchega del teatro, reprodujo bajo el
titular “La Compañía de Teatro Clásico no agradó en Almagro”. La nota de prensa decía
así:
Es un espectáculo que se hace largo y, a ratos, hasta tedioso. Se diría que la huida de
lo museístico preconizada por Marsillach no se ha conseguido por completo. (…)
Hay que partir de que en la escuela nos enseñaron, más que a amar a los clásicos, a
odiarlos a muerte. En el espectador de a pie hay una consciencia subterránea —y a
veces no tan subterránea— de que el verso de Calderón, de Lope o Tirso es, en el
mejor de los casos, un eficaz remedio contra el insomnio. (…) Y resulta que la
barrera no se salta, que el ritmo siempre artificial del verso sigue impidiéndole al
espectador conectar con el esfuerzo interno de los actores. (F. R., 1986)
Con mayor suavidad, pero recalcando la idea de que esta obra difícilmente puede
conectar con el público actual, el periodista Sebastián García (1986) sostuvo que, “en
suma, la obra se hace llevadera gracias a un tratamiento estudiado y profesional, aunque
los dramas calderonianos no sean precisamente lo más atractivo para el teatro de hoy”.
143
Caricatura que acompañaba la crítica teatral del montaje de El médico de su honra de 1986 publicada en el
ABC de Sevilla por Martínez Velasco (1986). De izquierda a derecha los actores Vicente Cuesta, Ángel de
Andrés, Francisco Portes, José Luis Pellicena y Marisa de Leza. En el recuadro inferior, Marsillach.
De estas reseñas se desprende la antipatía que flotaba entre los espectadores ante
esta propuesta escénica. También resulta sencillo colegir que la hostilidad o el conflicto
tenía sus causas, más que en la profesionalidad del trabajo de Marsillach y su equipo, en la
etiqueta de tedioso y conservador que arrastraba el teatro clásico español para los
espectadores de mediados de los ochenta. Estos tres fragmentos de la prensa de 1986
revelan hasta qué punto la sociedad española se sentía desconectada de los clásicos y
extraviada ante ellos59 . Fernando Fernán Gómez, en sus memorias El tiempo amarillo
(1998: 448), ironizaba sobre cómo esta animadversión del público común hacia el teatro
áureo “les viene a unos de no haber ido al colegio y no haberse enterado en qué consiste y
otros de sí haber ido y sí haberse enterado”. No obstante, el cliché de “aburrido” y “carca”
que ha arrastrado el teatro clásico español durante largas décadas del siglo XX ha sido
59
No solo el público general manifestaba su extrañamiento ante el teatro barroco. En consonancia con la
sociedad del momento, parte del gremio de los actores sentía cierto desapego a trabajar con textos
anticuados en montajes de cartón piedra, según rezaba el tópico de la profesión. El mismo Marsillach
recuerda que, durante los primeros años de la CNTC, “un actor justificó su negativa a contratarse con
nosotros porque «no quería pasarse un año con la espada al cinto». En el fondo esta frase era algo más que
una tontería. Estaba indicando el prejuicio que muchos de nuestros intérpretes tenían respecto a los
clásicos: decorados ilustrativos, recitaciones enfáticas, gesticulación ampulosa, público rancio y,
efectivamente, espadas al cinto.” (Marsillach, 1998: 450).
144
Oliva prosigue constatando la aceptación general de los clásicos por parte del
mundo teatral y los espectadores contemporáneos: “Las compañías corrientes, las nunca
del todo consolidadas, saben que ofrecer un buen Lope, o un Calderón, y no digo nada de
un Shakespeare, tiene cubierto el seguro de riesgo. Siempre habrá público”.
60
Un panorama general de las tradiciones actorales modernas frente al verso clásico se encuentra en
Rodríguez Cuadros (2012: 195-247).
145
El éxito del actor protagonista revela hasta qué punto, en 1986, todavía pesaba el
concepto recitativo decimonónico contra el que Marsillach y el resto de directores de la
Compañía han luchado, con mayor o menor acierto, en una búsqueda por distanciar el
verso del artificio y la pomposidad. No obstante, cuando en 1994 el mismo montaje
vuelve a subir a los escenarios61 , el director catalán ya ha logrado consolidar un sello
interpretativo en la Compañía basado en la naturalidad y en el equilibrio entre expresión y
contención emotiva:
61
En el programa de mano de esta reposición, Marsillach declara: “Volvemos a estrenar El médico de su
honra porque es nuestro vigésimo montaje y con él se cierra un ciclo que ha creado un estilo diferente de
mirar a los clásicos con indudable aceptación por parte del público”. El reestreno funciona, por tanto,
como broche final de una primera etapa en la trayectoria de la CNTC y como celebración del
afianzamiento social y cultural de la institución [Link] es la opinión del director inglés Peter
Brook acerca de los años que una puesta en escena puede pervivir exitosamente sobre las tablas sin
modificación alguna: tras cinco años de representaciones, una propuesta escénica comienza a parecer
obsoleta y necesita actualizarse. Sin embargo, ocho años después del estreno de El médico de su honra, la
CNTC se presentó en Almagro para abrir el XVII Festival de Teatro Clásico de la localidad en el recién
estrenado Teatro del Hospital de San Juan de Dios, y escogió hacerlo con una reposición del montaje de
1986. La recuperación de esta puesta en escena constituyó un auténtico triunfo y sirvió como
reivindicación de un trabajo que en su momento no fue bien entendido, quizá por sus rasgos precursores.
Enrique Centeno (1994) escribe en su crónica del reestreno: “Algunos nos trasladamos el jueves a
Almagro sobre todo para comprobar qué había sido de aquel escándalo de hace ocho años: y entonces
comprendimos el gran favor que la CNTC estaba haciendo a la escena española y a nuestros clásicos”.
147
interpretación del segundo elenco de actores que se enfrentó a este drama calderoniano en
la década de los noventa.
Ya se han señalado las dos características esenciales del trabajo de Marsillach con este
drama del honor: la frialdad y el distanciamiento. Este tratamiento aséptico de materia
prima tan espinosa tiene un objetivo clave: dejar al arbitrio del espectador la decisión de
condenar o no las acciones de los personajes. Marsillach ofrece la posibilidad de una
lectura abierta y libre de la tragedia calderoniana a la vez que exige al público una reflexión
sobre su postura ante los hechos y lo implica en la trama mediante la máxima desnudez
escénica e interpretativa. Tres son los pilares artísticos que sustentan esta propuesta
conceptual:
62
Cuatro bancos de madera dentro de una caja escenográfica del mismo material serán los elementos que
manejará Eduardo Vasco para su puesta en escena de otro drama de la honra, La estrella de Sevilla de Lope
(2009), montaje claramente influido, en su sobriedad y sencillez escénica, por El médico de su honra de
Marsillach. En el montaje que se analiza en este capítulo, los cuatro bancos de madera son signos que
adoptan diferentes significados a lo largo de la representación según su disposición horizontal o vertical:
son los obstáculos campestres que saltan los caballos del rey y don Enrique durante los primeros
compases de la función, son los muebles o decoración de los diferentes interiores (tanto del palacio del
rey como de la casa de Gutierre), un muro que crea un espacio íntimo para el monólogo de Gutierre, las
calles de Sevilla por la noche, la puerta donde se imprime una mano ensangrentada…
148
es mi dama y La gran sultana). Como apuntó una de las pocas críticas que se mostró
favorable al montaje, El médico de su honra de Marsillach supuso una rareza en su
trayectoria por presentar
Dicho marco se revela eficaz para presentar la historia del asesinato de un ser
inocente, puesto que la simplicidad ambiental contrasta con el dramatismo extremo del
relato y posee un efecto amortiguador al contrarrestar, suavizándolo, el impacto que los
hechos causan sobre el ánimo del espectador. El uxoricidio de Mencía, ambientado según
el falso historicismo romántico en un oscuro y tortuoso medioevo, anularía el raciocinio
del espectador para despertar su horror o sus instintos morbosos. Sin embargo, la misma
historia ambientada en un entorno abstracto y sencillo, sin recargamientos ni elementos
accesorios, permite penetrar limpiamente en la esencia del drama y percibirlo sin
aditamentos distorsionadores. La escenografía diseñada por Cytrynowski, en vez de
reforzar la truculencia del texto, la neutraliza y atempera, lo cual posibilita un análisis
reflexivo de los hechos alejado de cualquier soflama pasional.
63
Leonor luce una sombrilla de estilo chino o japonés en la escena en la que desprecia la oferta de
casamiento de Arias y Mencía protege su intimidad debajo de una gran sombrilla cuando descansa en el
jardín. Algunos críticos se burlaron de la incongruencia de este elemento exótico (véase Haro Tecglen,
1995). Se podría pensar que su aparición conecta con el fuerte sentimiento del honor que existe en las
sociedades tradicionales de Oriente. Sin embargo, su sentido se juzga más sencillo: las sombrillas son un
atributo femenino de coquetería a la par que un mecanismo de protección del mundo privado y el cuerpo
de la mujer. Sin embargo, también son elementos delicados y quebradizos, confeccionados con materiales
fácilmente rompibles, como el papel o la seda. De ahí que remitan a la fragilidad de la condición
femenina en esta historia.
64
Marsillach colabora en dinamitar la visión de El médico de su honra y demás dramas del honor como
anclados en una tradición nacional que los hace inaccesibles a lectores y público de otros países. Frente a
la loada universalidad de las obras de Shakespeare, Hegel impulsará un tópico de larga (y nefasta)
pervivencia que Marsillach logra doblegar sobre la escena: el de que los dramas de la honra calderonianos
“carecen de dimensión universal y no son, por lo tanto, susceptibles de aplicación humana universal”
149
Los cuatro “anónimos” del montaje de El médico de su honra de Marsillach (1994), al comienzo
de la función, desempeñando labores de investigadores en la escena de un crimen.
(Vitse, 2002, 314), es decir, solo incumben al carácter español. Ya se ha constatado aquí, en primer lugar,
el interés que despertó este texto de Calderón fuera de España desde que Marsillach lo avalara
teatralmente. Y, en segundo lugar, la cantidad de lecturas de toda índole que es capaz de suscitar la
historia de Gutierre y Mencía, entre las que brillan abiertas interpretaciones en clave humana atemporal y
universal. En este sentido, el montaje de Marsillach, al ubicar la trama en un ambiente abstracto y de
espaldas al historicismo, incide en la validez de las ideas de Calderón para hacer reflexionar y disfrutar al
espectador al margen de fronteras y tradiciones culturales.
150
Durante la huida presurosa del infante de casa de Mencía, un anónimo le arrebata el arma
del cinto y otro anónimo, instantes después, la coloca ante los ojos alucinados de Gutierre;
cuando don Enrique da libertad a Gutierre de su arresto por haber sacado la espada ante el
rey, un anónimo compara la empuñadora de la espada del infante con la del puñal hallado
la noche de la entrada del supuesto ladrón en casa de Mencía. Pero los personajes
inventados por Marsillach desempeñan más papeles: uno de ellos vuelca el banco-
obstáculo que provoca la caída del infante de su caballo y, en consecuencia, la visita
forzada a la casa de su antigua amada; otro ofrece la pluma con la que Gutierre escribe la
carta para anunciar a Mencía su muerte y, más tarde, pone la misiva entre las manos de la
esposa; todos sostienen los libros Reales de la biblioteca del rey Pedro y uno coloca una
mano ensangrentada en la puerta de la casa de Gutierre para indicar el lugar el crimen.
El médico de su honra, de Calderón, dirigido por Adolfo Marsillach en 1986. En primer plano,
María Jesús Sirvent, como doña Leonor, y Vicente Cuesta, como el rey don Pedro. Al fondo,
se observa a dos de los cuatro anónimos sujetando pesados volúmenes, ¿consta en ellos la ley
que condena a la mujer por posible adulterio, o la que castiga al marido que la mata?
Unos personajes anónimos (…) pululan por el escenario unas veces observando como
detectives, otras facilitando la acción como magos del destino, otras como sádicos
observadores de tanta brutalidad. (Centeno, 1994)
El tópico de las Parcas [es] representado aquí por personajes del superrealismo
fantástico de los pintores nórdicos de la primera mitad del siglo, tantas veces
recurridos. (…) El sentido de la tragedia cristiana, que es de libre albedrío, aparece
sustituido por unos elaboradores implacables del destino. (Haro Tecglen, 1986)
65
La pluralidad de significados es característica de esta propuesta de El médico de su honra, como está
demostrándose. Durante los minutos que preceden al inicio de la representación propiamente dicha,
cuando los anónimos se comportan como investigadores de la policía sobre el escenario, el sonido de una
gota cayendo sobre líquido invade la sala de forma monótona. El espectador puede interpretar este sonido
de diferentes modos, sobre todo a posteriori de la función. Siguiendo un sentido literal, se trataría de las
gotas de sangre que caen del brazo de Mencía y van a parar a la palangana del médico. Pero desde un
punto de vista metafórico, este sonido repetitivo puede aludir al paso del tiempo que conduce
153
inexorablemente hacia la muerte o a la idea machacona de la culpabilidad de Mencía y su necesario castigo
que repercute en la conciencia enferma de Gutierre.
66
En esta línea, Ruiz Ramón reflexiona: “Para encarnar escénicamente el complejo carácter dramático
creado por Calderón, hace falta una gran actriz trágica que afirme y niegue, a la vez, el principio de
contradicción entre pasado y presente, amor y honor, gozo y dolor, vida y muerte, una actriz capaz de
actuar, y no tan solo decir, ese nudo de contrarios que es la heroína de esta obra.” (1984: 176)
154
peligrosas palabras de don Arias: “¿Que el infante don Enrique, / siempre tu amador de
fuego…”67 . Un elemento de vestuario se va a convertir —y a funcionar a lo largo de toda
la obra— en el símbolo del honor de la mujer y su necesaria protección. Se trata de la
especie de batín o guardapolvos de color amarillo que Mencía se apresta a abotonar con
extremada decisión (mientras proclama “va mi honor en ello”), ocultando su atuendo más
íntimo, el camisón blanco, como si cerrara toda posibilidad de relación amorosa con el
infante, al que no duda en atender cortésmente por su caída.
Mencía (Adriana Ozores) intenta convencer al infante don Enrique (Manuel Navarro),
ante la sorprendida mirada de su marido (Carlos Hipólito), de que escuche las disculpas de la
mujer que lo ha abandonado casándose con otro hombre; es decir, las disculpas de ella misma.
diréis? (…) Pues escuchad”; y finalmente se introduce en el diálogo de los dos hombres
para, con aparente prudencia y una gran dosis de aplomo, recomendar al noble que
escuche las disculpas de la mudable dama. Este consejo es dicho de forma verdaderamente
persuasiva, empleando un lenguaje de doble sentido que solo incumbe al infante y deja
fuera al marido, ajeno al fino coqueteo que ante sus ojos se está desarrollando.
68
Véase el vídeo 1.1. del DVD que acompaña a esta tesis.
157
pared (compuesta por los cuatro bancos en vertical): un ambiente desolado, un espacio
vacío de una intimidad inquietante que se relaciona con las profundidades interiores del
personaje, acompañado por los acordes reflexivos y melancólicos de una guitarra española.
Gutierre va a exponer sus pensamientos más recónditos. Y Carlos Hipólito exteriorizará a
la perfección la evolución interna del personaje y su progresiva —e ilusoria— toma de
conciencia de la situación: todo apunta a que el infante y su esposa mantienen una relación
en secreto.
fantasmas de los celos han vencido a la razón lógica: “A peligro estáis, honor, / no hay
hora en vos que no sea / crítica; …”.