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Momentos Decisivos en La Historia Del Congreso Venezolano

El documento analiza los momentos decisivos en la historia del Congreso venezolano desde 1830 hasta 1999, destacando la formación del primer Congreso en 1811 y su papel en la declaración de independencia de Venezuela. Se discuten las dificultades de los criollos para establecer un gobierno propio en ausencia del Rey, así como la eventual pérdida de la primera República debido a la falta de consenso y la guerra. A lo largo del tiempo, se enfatiza la importancia del Congreso como símbolo de la soberanía popular y su necesidad para legitimar el poder en medio de conflictos internos y externos.

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Momentos Decisivos en La Historia Del Congreso Venezolano

El documento analiza los momentos decisivos en la historia del Congreso venezolano desde 1830 hasta 1999, destacando la formación del primer Congreso en 1811 y su papel en la declaración de independencia de Venezuela. Se discuten las dificultades de los criollos para establecer un gobierno propio en ausencia del Rey, así como la eventual pérdida de la primera República debido a la falta de consenso y la guerra. A lo largo del tiempo, se enfatiza la importancia del Congreso como símbolo de la soberanía popular y su necesidad para legitimar el poder en medio de conflictos internos y externos.

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 Momentos decisivos en la Historia del Congreso venezolano (1830-1999)

Dr. Samuel Moncada Historiador, Director de la Escuela de Historia de la UCV

El primer Congreso de Venezuela

Los fundadores de la República de Venezuela fueron los primeros en Hispanoamérica en


declarar su independencia del Imperio español. El motivo inicial no fue una queja particular
contra la monarquía absoluta del Rey de España, por lo contrario, fue el derrocamiento del Rey
español por parte de un Rey extranjero, Napoleón Bonaparte, quien impuso a su hermano como
nuevo Rey de España en 1808.

La prisión del legítimo Rey de España, Fernando VII, cortó todos los lazos de protección que la
monarquía ofrecía a sus súbditos y toda obligación de obediencia por parte de los gobernados. El
dilema para los venezolanos era el de obedecer a un Rey francés ilegítimo o formar un gobierno
propio. Los americanos esperaron más de 2 años (1808-1810) para tomar una decisión al
respecto. Este retardo es muy significativo pues indicaba la confusión creada en las colonias. Los
americanos tenían más de 300 años de tradición de obediencia a una monarquía que parecía
eterna. Sin tradiciones parlamentarias, con una población formada mayoritariamente por pardos,
negros libres, esclavos e indios, la minoría criolla había encontrado la garantía de su riqueza,
prestigio y poder local en la obediencia de todos los súbditos al Rey. El Rey era la primera fuente
de autoridad y orden social.

Ahora el Rey no estaba para garantizar el orden, los criollos americanos tenían que actuar y por
fin, en 1810, se atrevieron a formar en Caracas una Junta Suprema de Gobierno Defensora de los
Derechos del Rey Fernando VII. Era la primera vez que la élite de Caracas tenía en sus manos el
poder de gobernarse a sí misma sin obedecer al Rey, aunque todavía usaran como excusa la
conservación de los derechos del Rey español.

En 1811, la guerra de los españoles contra el Rey usurpador francés estaba a punto de perderse.
Las esperanzas de un regreso de Fernando VII eran casi nulas. Así, el soberano Rey había
perdido sus derechos y la soberanía regresaba al pueblo. Era el pueblo el que debía nombrar a sus
propios gobernantes pues cualquier otra autoridad que no fuera el Rey era ilegítima. La Junta
Suprema de Caracas convocó a la soberanía popular llamando a un Congreso de delegados de las
provincias de Venezuela.

Como en los Estados Unidos, o en la Francia revolucionaria, el Congreso de los representantes


del pueblo era la única institución legítima para nombrar a los gobernantes. El primer Congreso
Nacional de las provincias de Venezuela, con poderes del pueblo soberano para formar gobierno
propio, fue la institución más representativa y democrática de Venezuela hasta ese momento. Es
cierto que la elección de sus miembros no fue tan transparente como en el primer Congreso
Constituyente de la Unión norteamericana, es cierto que no votaron las mayorías, los no
propietarios, los indios o los pardos, menos aun los esclavos, pero nunca antes un grupo de
venezolanos se había reunido libremente para decidir los destinos de la nación. En el contexto de
la época el Congreso de 1811 fue el más representativo de la voluntad popular, pues la otra
alternativa era la monarquía absoluta.
El Congreso de 1811 decidió al declarar la independencia de las provincias de Venezuela, crear
al mismo tiempo un Estado y una nación. Es obvio que la República no existía antes, pero los
venezolanos tampoco se pensaban a sí mismos como una nación. Los habitantes de Venezuela
eran miembros de distintas naciones españoles, indios, africanos, etc. Súbditos de un Imperio. Al
declarar la Confederación de Provincias Unidas de Venezuela los miembros del Congreso se
declararon en constituyentes de una nueva nacionalidad y no solo de un nuevo Estado. La
constitución de la nación fue más que la máxima ley del territorio. Fue el instrumento de
integración de pueblos y provincias en una entidad política y social.

Como depositarios de la soberanía popular los miembros del Congreso diseñaron las nuevas
instituciones de gobierno. Al igual que sus pares de norteamérica los venezolanos sufrieron el
temor a la tiranía del poder central por parte de las provincias, el temor a la tiranía del Poder
Ejecutivo por parte del Congreso y el temor a la tiranía de las mayorías pobres y esclavas por
parte de los propietarios. Los criollos propietarios eran una muy pequeña minoría rica y educada
en Venezuela, ellos se veían a sí mismos como los portadores de la luz de la razón, de la virtud
cívica y de la libertad en un medio acostumbrado a la esclavitud.

Las ideas liberales de la Ilustración, el ejemplo de la independencia de los Estados Unidos y de la


Revolución francesa, los llevó a denunciar a la monarquía como forma de gobierno. Su propio
discurso les impidió pensar en crear una monarquía absoluta o constitucional en Venezuela.
Además ¿quién en Venezuela podía ser tan respetado y obedecido como el antiguo Rey? La
monarquía, aún en su versión más liberal no era posible.

Ingenuamente, los primeros constituyentes creyeron que podían resolver sus problemas copiando
las instituciones republicanas que los norteamericanos habían creado para resolver sus propios
asuntos. Así, las provincias de Venezuela se unieron bajo un sistema federal de gobierno, con un
gobierno central dividido en tres poderes. Con un Poder Legislativo bicameral de senadores y
diputados elegidos en la misma forma que en los Estados Unidos y, aun peor, su temor a la
tiranía del Poder Ejecutivo los llevó a diseñar una presidencia más débil que la norteamericana.
El Poder Ejecutivo de 1811 no era unipersonal, estaba formado por tres personas que se rotaban
periódicamente. En nuestra primera constitución no hay un perfecto equilibrio de poderes, la
balanza se inclinaba claramente hacia la hegemonía del Congreso como el verdadero centro y
garante de las libertades.

Los primeros constituyentes no abolieron la esclavitud pero sí abolieron el tráfico de esclavos.


Abolieron los privilegios o fueros de los representantes de la Iglesia, aunque declararon a la fe
católica como la religión única oficial.

No creyeron ejércitos profesionales pues pensaron que estos eran una amenaza a la libertad
personal y a la propiedad privada, ya que mantener un ejército era costoso y obligaba al Estado a
aumentar los impuestos a los ciudadanos. La República debía ser defendida por la virtud de sus
ciudadanos armados en milicias al igual que en los Estados Unidos.

Un último aspecto de la Constitución de 1811 es que los congresantes dispusieron que el texto
final debía ser presentado a las provincias para ser ratificado por el pueblo. Esta disposición,
similar a la de la constitución de los Estados Unidos no pudo cumplirse por los efectos de la
guerra, pero es importante destacar que ninguna otra constitución venezolana fue ratificada por el
pueblo hasta el año 1999.

La Constitución de 1811 nunca llegó a ser aplicada. Al año siguiente la primera República se
perdió en las manos del jefe realista Monteverde. Sin embargo, su texto indica la concepción
inicial de los fundadores de la nación. En la primera República el Congreso fue el actor
fundamental ya sea tanto en la legítima creación del nuevo Estado como en la rectoría del poder
republicano.

Los congresantes de 1811 creyeron que la virtud de su República era tan obvia que todos los
habitantes correrían a unirse al nuevo Estado. Estaban equivocados. Desde 1810 las provincias
de Maracaibo, Coro y Guayana se negaron a enviar delegados al Congreso y declararon su
lealtad al Rey prisionero. Para ellos los congresantes de 1811 eran unos traidores al Rey. Los
conflictos entre provincias fueron un factor fundamental en el fracaso.

Los mantuanos de Coro, por ejemplo, pensaban que ellos tenían derechos superiores sobre
Caracas por haber sido la primera capital de la provincia de Venezuela en los inicios de la
Colonia. Coro aceptó el poder de Caracas porque así lo había ordenado el Rey, pero ahora que no
había Rey ¿porqué los coreanos tenían que obedecer a los caraqueños o a los valencianos?

Los españoles y canarios en Venezuela también consideraron al Congreso como acto de traición.
A los pocos días de la declaración de independencia, el 5 de julio de 1811, Valencia se rebeló
contra el Congreso, Coro declaró la guerra contra Caracas y los españoles y canarios alentaron a
los esclavos de Barlovento para rebelarse contra sus amos los criollos caraqueños.

La Constitución norteamericana de 1787 fue un acto unificador de 13 estados libres 3 años


después de ganar una guerra contra la monarquía inglesa. La constitución venezolana de 1811
unió a 7 provincias libres pero las enfrentó a 3 provincias realistas. Dividió a los criollos, dividió
a los españoles criollos, dividió a los amos de los esclavos. El Congreso de 1811 inició la guerra.
Este hecho central explica el fracaso de la primera República, el consenso entre las élites no
existía y la guerra, no la negociación, decidió las diferencias.

La debilidad del Congreso en la conducción de la guerra, la debilidad de un Poder Ejecutivo


formado por un triunvirato, y la renuncia de las provincias a contribuir con los costos humanos y
materiales de la guerra, terminó de decidir el fin de la primera República. En 1812, el Congreso
no existía y la mayoría de sus miembros estaban presos, exiliados o muertos.

El 15 de diciembre de 1812, Simón Bolívar se encuentra en Cartagena refugiado luego de la


pérdida de la primera República. En su famoso manifiesto citó entre una de las causas de la
derrota el siguiente:

"Los códigos que consultaban nuestros magistrados, no eran los que podían enseñarles la ciencia
práctica del Gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose
repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política, presuponiendo la perfectibilidad
del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes; filantropía por legislación,
dialéctica por táctica, y sofistas por soldados. Con semejante subversión de principios, y de
cosas, el orden social se resistió extremadamente conmovido, desde luego corrió el Estado a
pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada".

Los Congresos no eran el mejor órgano de gobierno para dirigir una guerra larga y cruel. La
dictadura de emergencia para salvar a la República era a veces necesaria, así lo habían entendido
los antiguos romanos, pero como veremos para los venezolanos aún las dictaduras mejor
intencionadas eran demasiado parecidas a la tiranía. Para ellos la única República legítima es
aquella donde existe un Congreso representado la soberanía popular.

Una República sin Congreso

Lo que se conoce en nuestra historia como la segunda República, es el período entre 1813-1814,
donde Simón Bolívar regresa a Venezuela y reconquista Caracas. Estos fueron los años de la
"Guerra a Muerte" y el fragor de la lucha no permitió la formación de un Congreso. Simón
Bolívar ejerció el poder supremo, es decir la dictadura republicana, amparado en su
nombramiento como Brigadier General del Ejército Libertador por el Congreso de la Nueva
Granada. En 1813, a su entrada a Caracas es recibido por la municipalidad y el pueblo que le
otorgan el título de Libertador. Sin embargo, la Asamblea Municipal caraqueña no fue un
Congreso y Bolívar justificó su dictadura por las extremas circunstancias de la guerra que
exigían el mando único y la acción rápida y decisiva para salvar la patria.

Durante la segunda República la autoridad de Bolívar fue desconocida en muchas ocasiones por
los jefes militares republicanos de otras provincias. Para ellos sin Congreso legítimo que
nombrara un jefe militar la autoridad de Bolívar era tiránica. El general Santiago Mariño, el
Libertador de Oriente, no reconoce a la Asamblea Municipal de Caracas la soberanía propia de
un Congreso. La unidad política de los ejércitos de Bolívar y Mariño no puede lograrse.

A finales del año 1814, la autoridad de Bolívar y Mariño es desconocida por otros jefes
republicanos. Los jefes militares provinciales podían ser caudillos celosos de perder su influencia
pero, sin un poder legítimo como el del Congreso, encontraban la excusa perfecta para
desconocer la autoridad militar de Caracas o Cumaná. La segunda República se perdió en medio
de la anarquía de las tropas republicanas bajo el inclemente ataque de las fuerzas realistas de
Boves y Morales.

La marcha de guerra hacia el Congreso

Es impresionante constatar como aún en las peores circunstancias de la guerra, los generales
republicanos se preocupan por la formación de un Congreso. Y es que sin el Congreso no hay
autoridad legítima, lo más cercano es una tiranía elegida por el pueblo, lo cual puede ser
democrático, pero no es republicano. Durante estos años surgen los Congresos armados o
compuestos fundamentalmente por militares debido a que la República se ve reducida a un
ejército marchando de batalla en batalla.

Cuando Simón Bolívar reinicia la guerra en Venezuela en 1816, su primera preocupación es


organizar una Asamblea en Santa Ana del Norte, en Margarita, que ratifique su autoridad militar.
En su segunda expedición de los Cayos, el 28 de diciembre de 1816, Bolívar promete de nuevo
en Margarita su intención de convocar a un Congreso Nacional tan pronto las circunstancias lo
permitieran en tierra firme.

El retardo en convocar al soberano lleva al resto de los jefes republicanos a llamar a un Congreso
aparte en Cariaco en 1817. A pesar de que este Congreso no tuvo efectos prácticos es importante
señalar que intentó restaurar la Constitución de 1811 y nombro a Simón Bolívar, Francisco
Javier Mayz y Fernando Rodríguez del Toro como nuevos triunviros del Poder Ejecutivo.
Todavía persistía el temor a la tiranía de un poder ejecutivo unipersonal.

La necesaria estabilidad para convocar un Congreso fue alcanzada con la toma de Guayana por
las fuerzas republicanas en 1817. Simón Bolívar organiza un Poder Ejecutivo en Angostura con
un Consejo de Estado formado por tres secciones: Estado y Hacienda; Marina y Guerra; e
Interiores y Justicia. En octubre de 1818, Bolívar informa su propósito de convocar a un
Congreso para legitimar la República. Este fue el Congreso de Angostura.

Para la República en armas el Congreso era necesario para consolidar la autoridad militar, pero
también para iniciar relaciones con otros Estados del mundo y para solicitar préstamos vitales
para la guerra. Era muy difícil para las potencias extranjeras reconocer a una nación
independiente si esta sólo tenía como Estado a un Poder Ejecutivo. Igual ocurría con los
prestamistas, sin la aprobación de un Congreso las deudas contraídas por el Poder Ejecutivo no
obligaban a la nación a pagarlas.

En Angostura, Simón Bolívar, tiene al fin la oportunidad de renunciar a la jefatura suprema, a la


dictadura, sometiéndose al poder del Congreso. Sus famosas palabras: "Dichoso el ciudadano
que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado a la soberanía nacional que ejerza su
voluntad absoluta", resume la importancia del Congreso.

El discurso de Angostura es uno de los eventos más resaltantes de esta constituyente. El


Libertador hace, en uno de los discursos más lúcidos de nuestra historia, una crítica profunda a la
Constitución de 1811. La debilidad del sistema federal de gobierno, del triunvirato ejecutivo y de
la misma Cámara de senadores fueron causas de la pérdida de la primera República. Bolívar pide
un diseño republicano más adaptado a los problemas venezolanos: un pueblo acostumbrado a la
servidumbre al Rey, sin virtud cívica para ejercer la libertad y lleno de conflictos regionales.

La solución es un sistema unitario centralizado de gobierno; un poderoso Poder Ejecutivo capaz


de ganar la guerra y controlar las facciones anárquicas; un senado hereditario compuestos por
patricios virtuosos educados especialmente para la función pública; por último un Poder Moral
que vigile los excesos de las mayorías y premie a los ciudadanos ejemplares de la nación.

El modelo aristocrático de la República propuesto en Angostura no fue aceptado por los


constituyentes, quienes a pesar de ser militares electos de las filas del ejército libertador,
contaron con la suficiente autonomía para rechazar el Poder Moral o el senado hereditario.

La guerra, sin embargo, había obligado a los republicanos a aceptar la existencia de un poderoso
ejecutivo y de una República centralista. La unión más férrea posible era la única vía para ganar
la larga lucha por la independencia. Así, en 1819 el Libertador fue nombrado presidente único de
la República de Venezuela.

El Congreso de Angostura fue, en diciembre de 1819, siguiendo la proposición de Bolívar, el


creador de la República de Colombia.

Bolívar y los Congresos colombianos

La relación del Libertador con los Congresos de la Gran Colombia fue tormentosa. La fuerza de
la presidencia bolivariana se lanzaba a la acción permanente y enérgica, la expansión del campo
de batalla y de la República. Los Congresos sentían que las demandas del presidente Bolívar
agotaban los recursos de la nación y necesitaban ser moderadas. Mientras Bolívar empujaba
audazmente el esfuerzo de guerra los Congresos pedían prudencia en los planes de gobierno,
deliberación previa de las acciones del ejecutivo y discreción en la exigencia de recursos
materiales. La tensión entre el poderoso ejecutivo y el lento Congreso produjo crisis recurrentes
entre los dos poderes.

El Libertador presentó su renuncia a la presidencia de la República ante el presidente del


Congreso Constituyente que iba a realizarse en Cúcuta en 1821. El Congreso de Cúcuta no
aceptó la dimisión y lo ratificó en el cargo. Este mismo Congreso le otorgó facultades
extraordinarias para continuar la campaña militar en el sur de la Nueva Granada y Quito. Sin
embargo, en 1824, cuando Bolívar se encuentra en plena campaña militar en el Perú el Congreso
con sede en Bogotá le suspende sus facultades extraordinarias y el mando del ejército libertador.

Con la victoria en la batalla de Ayacucho en diciembre de 1824, Bolívar envía su renuncia a la


presidencia de la República al Senado colombiano, esta no le es admitida y en su ausencia se
realizan elecciones donde queda electo presidente de Colombia por mayoría de votos de los
colegios electorales.

A partir de 1825 la guerra independentista termina y los conflictos de Bolívar con el Congreso
cambian de naturaleza. Ahora surgen las facciones políticas en Bogotá, dirigidas por el
vicepresidente Santander, y en Venezuela comandadas por José Antonio Páez. Las dos se oponen
al mandato del Libertador y amenazan con la división de Colombia.

A pesar de haber enfrentado muchos desacatos a su autoridad en el pasado, la situación posterior


a 1825 es distinta porque son conflictos por la autoridad política en tiempos de paz. Luego de
tantos años de guerra contra los enemigos realistas parecía cruel que los vencedores se
enfrentaran entre sí. La idea de facciones o partidos se pensaba como un atentado contra la
unidad republicana, pues los presidentes debían estar por arriba de los pequeños conflictos
faccionales y los congresantes debían tomar sus decisiones atendiendo al bienestar de la nación y
no de intereses grupales.

El principal objetivo de Bolívar desde 1825 hasta su muerte en 1830 es el de salvar a Colombia
de la anarquía producida por el faccionalismo.
El intento separatista de Páez en 1826, impulsó al Congreso de Bogotá a otorgar facultades
extraordinarias a Bolívar. Una vez reconocida la autoridad del presidente por Páez en Caracas, en
1827, el Libertador envía su renuncia a la presidencia de la República al Congreso de Bogotá,
este Congreso la rechaza y llama a Bolívar para que regrese como presidente.

Los conflictos entre las facciones santanderistas y bolivarianas aumentaron en 1827-28 en


Bogotá obligando al Congreso y al presidente a convocar una Convención Constitucional en
Ocaña, en 1828, para reformar la Constitución de Cúcuta de 1821. En esta convención los
santanderistas exigen el regreso a un sistema federal de gobierno y la disminución del poder del
presidente de la República. Los bolivarianos creen que la salvación de Colombia está en un
mayor centralismo y poderes extraordinarios para el presidente. Los santanderistas acusan a los
bolivarianos de tiránicos y estos contraatacan acusando a sus adversarios de divisionistas y
propagadores de la anarquía. Los conflictos personales entre los líderes así como las oposiciones
ideológicas entre centralismo y federalismo terminaban en las tensiones cada vez mayores entre
el presidente y el Congreso.

La Convención de Ocaña fue disuelta en 1828 y Bolívar regresa a Bogotá asumiendo el Poder
Ejecutivo en carácter de emergencia. Se trataba de la dictadura republicana para salvar a la
patria, pero los enemigos de Bolívar sólo entendieron que se cumplían sus mayores temores. El
exceso del poder del presidente desconocía la autoridad del Congreso y se convertía en tiranía.

Fue durante estos días de septiembre de 1828 cuando los enemigos del Libertador justificaron el
intento de asesinato con la excusa de la defensa de la libertad, de la misma manera en que los
senadores de la antigua Roma Cayo Casio y Marco Antonio Brutu asesinaron a Julio Cesar.

Bolívar convoca a un nuevo Congreso Constituyente en Bogotá en enero de 1830, en el cual


declara que la República esta amenazada de muerte. Ya en esos días el general Páez convoca a
un Congreso separatista en Venezuela para terminar definitivamente con el proyecto colombiano.
En abril de 1830, Bolívar presenta su renuncia irrevocable a la presidencia de Colombia y nunca
más volvería a ejercer el mando, a pesar de que, en septiembre, muchas poblaciones de Nueva
Granada y Ecuador le piden que regrese al poder para salvar a Colombia. Cuando Bolívar muere
en diciembre de 1830, la República de Venezuela ya se había separado definitivamente de la
Colombia.

A pesar de que Bolívar era partidario de una presidencia poderosa y de una República centralista,
durante toda su vida el Libertador fue un partidario de la necesidad de un Congreso fuerte y
legítimo que representara la soberanía popular. Los Congresos colombianos que compartieron el
poder con el Libertador no fueron serviles, desde el Congreso del Angostura en 1819 hasta el
Congreso de 1830 aceptaron la presidencia de Bolívar pero al mismo tiempo negaron muchas de
sus propuestas legislativas, criticaron muchas de sus políticas y en general cumplieron su rol de
equilibrio. Si el Congreso de 1811 inclinó el peso en el Poder Legislativo, el Libertador lo hizo
hacia el Ejecutivo, pero en ambos casos las dos fuerzas se esforzaron por evitar la tiranía. La
prueba final de la falta de ambiciones personales del Libertador fue su última y voluntaria
renuncia al poder en 1830.

Un Congreso bajo la sombra de un caudillo


El faccionalismo venezolano en la República de Colombia en 1830 tenía como banderas el odio
a la persona de Simón Bolívar, el rechazo al gobierno central de Bogotá y el apoyo a la
personalidad del general Páez. Estas tres consignas amparaban los intereses de las élites
comerciales, terratenientes y esclavistas que buscaban su plena independencia de acción.

Venezuela en 1830 era un gran campamento militar. Sólo la figura del general Páez, gran héroe
de la independencia, era lo suficientemente respetada para imponer el orden. La alianza entre las
élites civiles y los militares paecistas dominó sobre los restos de los partidarios de Bolívar y los
militares caudillistas del interior.

Si la enérgica presencia de Bolívar en la presidencia de Colombia fue rechazada por venezolanos


y neogranadinos como una amenaza a la libertad, en la Venezuela de 1830 la presencia de Páez
como el "hombre fuerte" o gran caudillo militar era saludada por las élites venezolanas como una
garantía del orden. La situación había cambiado mucho en comparación con 1811.

La separación de Venezuela de la Gran Colombia puede ser vista como un acto faccioso de
traición a la República o como un acto patriótico de fundación de la actual Venezuela. Pero el
hecho cierto es que esta cuarta República de Venezuela sólo pudo nacer por la protección armada
de un caudillo. Ya no se trata del pueblo soberano defendiendo sus libertades sino de un grupo
oligárquico enfrentándose constantemente a otros caudillos militares regionales del interior
venezolano. En conflicto con otras facciones de la élite económica e intelectual que se oponían a
su proyecto de República. Defendiendo permanentemente del prestigio militar de Páez. Estas
condiciones de la realidad no permitirían un equilibrio de poderes entre el Congreso y Poder
Ejecutivo, a pesar de lo que afirmara el texto constitucional.

El general Páez fue el hombre fuerte de Venezuela entre 1830-1848 sin importar si ocupaba la
presidencia o no. La alianza entre los civiles "godos", así llamados porque algunos de ellos
pertenecieron al bando realista durante la independencia, y los militares paecistas permitiría un
largo período de relativa estabilidad política conocida como el período de la oligarquía
conservadora.

El Congreso durante este período (1830-1848) no fue tan servil como la hegemonía de Páez
pareciera indicar. Los miembros de la oligarquía que permanecieran fieles al general Páez se
beneficiaron de su protección y llegaron a demostrar gran autonomía de acción dentro de los
límites del paecismo.

Fuera del paecismo había poco espacio político en el Congreso. Del mismo modo el apoyo del
Congreso a Páez fue usado por este como símbolo de la existencia de un gobierno popular,
representativo, responsable y alternativo, es decir, de un sistema republicano legítimo.

Desde el mismo año 1830 las rebeliones contra el Congreso se manifestaron en Venezuela. Es
importante observar que en muchos casos los insurrectos no se oponían al general Páez
personalmente sino al Congreso godo.

La más importante de las rebeliones fue la "Revolución de las Reformas" la cual consistió en la
insurrección armada de importantes próceres militares de la independencia contra la elección del
doctor José María Vargas a la presidencia de la República en 1834. El doctor Vargas fue llevado
al poder por los miembros "civilistas" del Congreso que pensaban llegada la hora de disminuir el
peso de los militares en el gobierno. El candidato del general Páez a la presidencia era el general
Carlos Soublette, sin embargo, el Congreso ignoró al candidato de Páez. Este hecho demuestra la
autonomía del Congreso sin exceder el límite de agredir al general Paéz, quien aceptó la
presidencia del doctor Vargas.

Los partidarios del militarismo ya habían acumulado una larga cadena de agravios por parte del
Congreso. La eliminación del fuero militar y del fuero religioso por parte de la Constitución de
1830, fue vista como un ataque a los privilegios que ellos creían merecer por haber luchado en la
independencia. El sistema de gobierno "mixto" centro-federal fue visto por los caudillos
regionales como una manera de imponer la hegemonía de la oligarquía de Caracas y Valencia
contra el resto del país. El regreso de los godos para recuperar propiedades que habían sido
entregadas en pago por servicio militar a muchos oficiales fue otra afrenta para los reformistas.
Pero el colmo fue la decisión del Congreso de nombrar a un civil en la presidencia.

Los reformistas exigieron la restitución de los fueros militares y religiosos (los cuales eran
privilegios contrarios a la igualdad republicana), el regreso a un sistema de gobierno federal, y la
expulsión de los civiles del Congreso y de la presidencia para que estos cargos llegaran a manos
de los "fundadores de la libertad" es decir los militares.

La revolución de las reformas fue una insurrección contra el Congreso y sólo fue derrotada tras
dos años de combates dirigidos personalmente por el general Páez. El Congreso se salvó por la
protección del caudillo pero la experiencia de un gobierno civil demostró los límites de la
autonomía del Congreso en un país donde los caudillos militares ejercían una enorme influencia
política.

Durante sus 18 años de vigencia, el Congreso conservador desarrolló una enérgica actividad
legislativa que ayudó a consolidar una estable administración pública. El poder hegemónico de
Páez no significó una dictadura sino la creación de un espacio de acción para que el Congreso
construyera las instituciones republicanas y defendiera los intereses de clases de sus miembros.

La muerte del Congreso

Los 18 años de "independencia protegida" del Poder Legislativo conservador llegaron a su fin en
1848. Ya desde 1840 los sectores de la oligarquía terrateniente y de intelectuales urbanos habían
creado el primer partido ideológico de Venezuela: el partido liberal. Los liberales al mando de
hombres como Antonio Leocadio Guzmán y Tomás Lander iniciaron sus ataques políticos contra
la oligarquía conservadora, la cual no tenía un partido organizado pero su núcleo de acción se
encontraba en el Congreso Nacional. Leyes aprobadas por los conservadores como la Ley de
libertad de Contratos de 1834, permitían a los prestamistas cobrar intereses sin límites a los
terratenientes y ejecutar las propiedades hipotecadas sin posibilidad de prórroga en los plazos de
pago al deudor.

En los años 40, cuando la situación económica de los terratenientes empeoró por la caída de los
precios de sus productos en los mercados internacionales, una ola de embargos de propiedades a
deudores morosos azotó a los productores del campo. La agitación de los liberales levantó una
serie de insurrecciones en el campo venezolano que sólo pudieron ser aplacadas por el general
Páez.

En 1847, Paéz apoyó la llegada a la presidencia del general José Tadeo Monagas pensando que
era leal a su persona y a la causa conservadora. Ya en el poder el general Monagas comenzó a
acercarse a los líderes del partido liberal para escapar de la influencia de Páez y el Congreso
conservador. Las diferencias entre Páez y Monagas se ampliaron hasta llegar al enfrentamiento
directo entre el presidente Monagas y del Congreso. Una cadena de acusaciones conservadoras
contra Monagas y de represalias políticas de los liberales monaguistas contra los conservadores
enervó las pasiones partidistas a un punto de no retorno.

El Congreso conservador se decidió a destituir al presidente Monagas acusándolo de violar


varios artículos de la constitución. El enjuiciamiento del presidente era la mayor demostración
posible del poder autónomo del Congreso. El 24 de enero de 1848, cuando ya era segura la
destitución del presidente, unas turbas liberales atacaron la sede del Congreso asesinando a
varios miembros de la seguridad interna, de ciudadanos conservadores y de algunos
congresantes.

Las turbas no fueron ordenadas por el presidente Monagas pero si actuaron en su apoyo. El
resultado del asalto fue la disolución del Congreso conservador. El presidente Monagas evitó la
dictadura abierta convocando al Congreso con los delegados que apoyaban su gobierno.

Los congresantes conservadores se negaron a participar en la farsa del Congreso monaguista.


Entre ellos fue famoso Fermín Toro, un brillante intelectual conservador, quien rechazó la
convocatoria al Congreso de Monagas para impedir que se rompiera el "hilo constitucional" con
estas palabras:

"Díganle al general Monagas que podrá pasar por encima de mi cadáver pero que Fermín Toro
no se prostituye".

El asalto de 1848 significó el desplome del poder moral y político del Congreso. El nuevo
Congreso monaguista sería una institución sin siquiera la "independencia protegida" del
Congreso conservador, sería un Congreso abiertamente servil a la voluntad dictatorial del
presidente.

La humillación al Congreso conservador fue ampliada a la institución del Congreso republicano


en general, cuando en 1849, los liberales del Congreso monaguista declararon el 24 de enero, día
del asalto, un día de fiesta nacional.

El general Páez, el gran protector del Congreso, se rebeló contra el gobierno de Monagas en
febrero del mismo año 1848, pero fue derrotado en la batalla de los Araguatos. Al año siguiente,
intentó invadir Venezuela desde Curazao, fue nuevamente derrotado, hecho prisionero, vejado
públicamente y enviado al exilio.
El asalto al Congreso de 1848 significó el fin de la hegemonía caudillista de Páez, el fin del
predominio de la oligarquía conservadora y lo que más importa en nuestro caso: el fin de la
existencia del Congreso como un Poder Público autónomo.

100 años de receso del Poder Legislativo

Desde 1848 hasta 1947 el Congreso perdió su esencia popular, representativa, deliberante e
independiente.

El consenso político necesario para garantizar la existencia moderadora del Congreso


desapareció en medio de las guerras civiles, las luchas caudillescas, las continuas crisis políticas,
los cambios recurrentes en la definición de los estados de la República, y las dictaduras.

La política armada y predadora donde los adversarios del gobierno eran encarcelados, exiliados o
asesinados sólo permitió la existencia de Congresos serviles al "Hombre fuerte" de turno.

Es cierto que durante estos 100 años hubo muchos, quizás demasiados, Congresos
Constituyentes y Congresos Nacionales, pero estas instituciones degeneraron ya sea en
Asambleas celebratorias de la derrota violenta de un gobierno, o Asambleas consagratorias de la
victoria armada de un grupo, o peor aún, Asambleas adoratorias del poder armado de un hombre.

En este contexto lo resaltante es la persistencia de los gobernantes en mantener las apariencias


republicanas. Aquí encontramos un aspecto muy importante del sistema presidencialista en la
realidad venezolana. No es el presidencialismo el que produce las dictaduras, estas surgen por
causas enraizadas en nuestra cultura política y en nuestras desigualdades sociales y económicas,
pero el presidencialismo republicano sirve para disimular y ocultar a los dictadores bajo formas
constitucionales. La diferencia entre un presidente democrático y republicano y un dictador no
reside tanto en la extensión de sus poderes constitucionales sino en el uso que hacen de ellos. Los
dictadores usan su poder arbitrariamente, adaptando las leyes a sus deseos sin necesidad de
violarlas abiertamente, los presidentes que respetan la constitución no. Los dos pueden ser
autoritarios pero sólo el dictador lo es.

Así, los dictadores pueden tener congresos que sólo aprueban sus leyes, congresos que no
debaten sus políticas, congresos que otorgan poderes extraordinarios sin romper el "hilo
constitucional". Por esta razón los más crueles dictadores venezolanos necesitan de la apariencia
republicana de un Congreso. El presidencialismo no es la causa pero si puede ser el disfraz de las
dictaduras.

Si los primeros republicanos de 1811 juzgaban que la inexistencia de un Congreso significaba la


dictadura, vemos como los dictadores aprendieron a guardar las apariencias. En el siglo XX no
es la existencia sino la autonomía y capacidad moderadora del Poder Legislativo lo que revela el
gobierno republicano, aun sin existir un perfecto equilibrio de poderes.

El despertar del Poder Legislativo


Las primeras señales del renacer del Congreso aparecen con la muerte del general Juan Vicente
Gómez en diciembre de 1935. En 1936, Venezuela vio nacer un tipo de actividad política distinta
a la política armada de los caudillos del siglo XIX. Las masas urbanas tomaron las calles sin
armas y guiadas por jóvenes políticos organizados en partidos ideológicos modernos, exigieron
pacífica pero enérgicamente, democracia.

El voto universal, directo y secreto para mujeres y hombres, la libertad de opinión, la libertad de
organización y el derecho a la participación fueron las consignas de una nueva opinión pública
que rechazaba toda política armada y gobierno dictatorial. Estas fueron las primeras condiciones
que permitían pensar en un congreso democrático.

Los movimientos políticos de 1936 exigieron la clausura del congreso gomecista heredado de la
dictadura. El sucesor del general Gómez, general López Contreras, usó en la clásica tradición
dictatorial al Congreso ilegítimo para asumir la presidencia constitucional de la República. La
excusa de los partidarios del gobierno fue que el llamado a elecciones de un Parlamento
rompería el "hilo constitucional" y debería aceptarse que el se reformara por su propia cuenta. Lo
cierto era que el desconocimiento del Congreso implicaba desconocer su facultad para nombrar a
López Contreras presidente.

El gobierno maniobró las presiones populares con una mezcla de apertura política gradual y clara
represión al movimiento democrático.

El Congreso reformó la constitución, prorrogó su propio mandato y ordenó la renovación parcial


de las Cámaras con elecciones a finales de 1936. Al mismo tiempo el gobierno ilegalizó a los
partidos políticos democráticos acusándolos de ser partidarios del comunismo, ideología
prohibida por la constitución. En 1937, los líderes democráticos fueron enviados al exilio. A
varios diputados y senadores que llegaron al Congreso por las elecciones de segundo grado les
fueron desconocidas sus credenciales, con el argumento de que iban a usar la inmunidad
parlamentaria para propagar el comunismo. Sólo un pequeño grupo pudo acceder al Congreso
como la primera bancada de oposición.

El Congreso de general López Contreras no fue democrático pero toleró la participación de una
minoría (no más del 5% de los congresantes) opositora y de los nuevos partidos políticos que
apoyaban al gobierno. La presencia opositora fue simbólica pero inició la presencia crítica en el
Congreso del siglo XX, así como el uso de la opinión pública para agitar el debate parlamentario.

La mayoría lopecista en el Congreso eligió al general Isaías Medina presidente de la República


en 1941. El gobierno del general Medina fue uno de los más tolerantes del siglo XX venezolano,
abrió los espacios para la presencia de los nuevos movimientos políticos, no tuvo perseguidos
políticos y permitió una total libertad de prensa. El régimen no podía catalogarse como una
democracia por su restricción electoral pero sí como un gobierno de amplias libertades públicas.
Esas libertades fueron las que permitieron a minorías partidistas acceder al Congreso y usar la
institución en sus funciones deliberantes y críticas de la acción del Poder Ejecutivo.
Paradojicamente el liberal, que no democrático, gobierno del general Medina fue derrocado
violentamente por un grupo de jóvenes militares aliados con un partido político moderno:
"Acción Democrática".

Repitiendo los usos de los caudillos tradicionales los golpistas derrocaron al gobierno, exiliaron a
sus líderes y declararon ilegales sus organizaciones políticas. Repitiendo los usos del pasado el
nuevo gobierno convocó a una Asamblea Constituyente para legitimar su poder. Pero en una
extraña combinación de usos del pasado y del presente, el nuevo gobierno convocó en 1946 a la
primera Asamblea electa por voto universal, directo y secreto para todos los mayores de 18 años.

La Asamblea Constituyente de 1947 fue la primera que:

 1. Fue electa por la mayoría de la población venezolana.


 2. Fue compuesta exclusicamente por miembros de partidos políticos modernos.
 3. Usó el sistema de represetnación proporcional de las minorías.
 4. Permitió la actividad de miembros del partido comunista en un Poder Público.
 5. Incorporó derechos sociales a la constitución.
 6. Transmitió sus debates por radio a todo el país.

Sobre todo, la Asamblea Constituyente de 1947 fue la que inició el sistema de democracia de
partidos en Venezuela. Los partidos políticos venezolanos fuertemente centralizados se
convirtieron en los electores primarios de todos los cargos sometidos a elección popular. Los
líderes de los partidos verticalmente disciplinados se convirtieron en los grandes decisores del
Congreso a través del voto de sus fracciones parlamentarias.

Al concentrar las decisiones en la cúpula del partido el sistema bicameral del Congreso pierde
sentido pues a la función de moderación mutua y negociación que supone la división de Cámaras
entre senadores y diputados, se le impone la línea común partidista. Igual ocurre con el sistema
de representación territorial y federal, los miembros del Congreso son en primer lugar
representantes de su partido y luego de sus regiones.

En la democracia de partidos el lugar principal de negociación no es el Congreso, allí se va sólo


a refrendar lo negociado previamente por los líderes de los partidos. De igual modo los actores
principales del Congreso no son los diputados o senadores sino una minoría parlamentaria: los
jefes de las fracciones del Congreso y los jefes nacionales del partido.

Una de las mayores críticas que todavía se le hacen a los parlamentarios del período 1946-1948,
fue el excesivo uso que hicieron de sus ventajas electorales. Los representantes de AD en la
Asamblea Constituyente y en el Congreso de 1948, fueron acusados de sectarismo y agresividad
innecesaria contra las fuerzas minoritarias de la oposición. El resultado fue la alienación de URD
y COPEI del nuevo sistema político, al extremo de llegar a justificar el golpe militar de 1948
contra el régimen democrático. Tanto el sectarismo de AD como los excesos oposicionistas de
URD y COPEI serían lamentados por todos en los años que siguieron. Esta lección de nuestra
historia sigue vigente.
A pesar de todas las críticas aquí expuestas la democracia de partidos y su Congreso
representaron en 1947 un enorme avance democrático. El Congreso dominado por Acción
Democrática creó, luego de 100 años; el espacio de debate y crítica para oposición al gobierno.

La Asamblea de 1947 y el Congreso Nacional de 1948 fueron el primer experimento, muy corto,
de actividad parlamentaria plena. El derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos por parte de
los antiguos aliados de Acción Democrática significó un retroceso a la dictadura plena de una
Junta Militar que suspendió la existencia misma del Congreso por 4 años, y luego, recogió la
tradición de los Congresos serviles de las dictaduras del siglo XIX y comienzos del XX.

Auge, consolidación y decadencia del Congreso bipartidista

(1958-1999)

La democracia de partidos estrenada en 1946 y derrocada en 1948, renació en 1958 con el fin de
la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. El regreso a las elecciones universales, directas y
secretas fue apoyado con entusiasmo por las grandes mayorías nacionales. Se iniciaba así una
oportunidad de oro para reconstruir la República sobre las bases más democráticas de toda su
historia. Los partidos políticos y sus líderes fueron los actores estelares de la expansión
democrática venezolana. La experiencia del conflicto entre partidos que los llevó a todos a sufrir
diez años de dictadura, más los peligros de nuevos golpes militares en 1958, llevó a los líderes
partidistas a firmar un pacto de defensa de la democracia, mejor conocido como el pacto de
Punto Fijo. En él los partidos acordaron reducir el conflicto político, respetar los resultados
electorales, apoyar un programa mínimo común y compartir el gobierno con los perdedores
firmantes del pacto. AD, COPEI y URD fueron los partidos pactantes, dejando fuera al PCV. El
Pacto de Punto Fijo fue en su origen un magnífico acuerdo para civilizar la política y estabilizar
la democracia. Si bien es cierto que en 1960 URD rompió el pacto y se retiró del gobierno, los
efectos de este acuerdo pueden interpretarse como más duraderos, y de mayor alcance, que el de
un simple arreglo partidista para gobernar por cinco años.

En su sentido más general, el Pacto de Punto Fijo fue un acuerdo entre Acción Democrática y
COPEI apoyado por los sindicatos, los militares, los empresarios y la Iglesia para sostener el
sistema democrático de partidos. El pacto fue un marco de distribución de cuotas de poder del
Estado entre los partidos y los factores de poder de la sociedad, usando un sistema de
competencia electoral limitante de los excesos conflictivos.

En el nuevo sistema político los dos más importantes centros de poder fueron la Presidencia de la
República y las cúpulas de AD y COPEI. El poder legislativo fue usado como un poder
secundario donde los partidos ponen en práctica sus acuerdos previos.

En el sistema político creado por el Pacto de Punto Fijo la independencia y libertad de acción es
de los partidos no del Congreso. Este es el lugar donde se expresa la acción partidista. Los
partidos AD y COPEI no creyeron en el equilibrio de poderes entre el presidente y el Congreso,
el sistema electoral fue diseñado para producir el predominio presidencial y partidista.
Así, las elecciones presidenciales y legislativas fueron realizadas en las mismas fechas poniendo
énfasis en la candidatura del presidente y del partido, no del Congreso. Las tarjetas electorales
para elegir al Presidente eran más grandes que para elegir a los congresantes. Desde 1958 hasta
1978, los votantes usaron una misma tarjeta pequeña para elegir senadores, diputados, diputados
a las asambleas legislativas estadales y concejales. Todos en una tarjeta. El mensaje electoral era
claro, el presidente y el partido eran mucho más importantes que el poder legislativo, pues un
senador y un concejal eran elegidos con el mismo y único voto.

Del mismo modo los congresantes eran elegidos por una lista presentada por el partido sin
posibilidad de conocer su identidad individual. Otra vez, el mensaje era que el partido era el
elegido y no el congresante.

Sólo en 1979 se separaron las elecciones municipales de las legislativas, sólo en 1993 se permitió
el voto mixto por lista y uninominal, y sólo en 1998 se separaron las elecciones del Congreso de
las elecciones presidenciales.

Es cierto que el presidente de la República y el Congreso no tienen porqué tener poderes


exactamente iguales y es también cierto que el predominio presidencial es una tradición política
en Venezuela. Pero lo que es importante señalar es que el sistema electoral creado en Punto Fijo
deliberadamente disminuyó la importancia del Congreso en la percepción del elector.

Con las limitaciones impuestas por los partidos al Congreso desde 1947, y las añadidas por el
Pacto de Punto Fijo en 1958, el Congreso democrático funcionó como el lugar de realización de
los pactos de AD y COPEI, el espacio de negociación de AD o COPEI cuando les tocaba el turno
de ser oposición, y por último, el espacio legal de crítica, agitación, propaganda y supervivencia
de los partidos minoritarios, los cuales muy pocas veces tuvieron influencia en las decisiones
fundamentales del Congreso.

El parlamento del período 1958-1999 puede claramente definirse como un Congreso de


hegemonía bipartidista de AD y COPEI, partidos que sumados nunca perdieron el control
absoluto del Congreso. En un sentido más específico al mismo período puede llamarse el
Congreso de AD, pues esta organización nunca dejó de tener la mayor participación partidista.
En el sistema político AD fue la columna central estabilizadora del régimen y COPEI funcionó
como apoyo imprescindible, pero en una menor proporción que la de AD. Así como hoy
llamamos a los años 1830-1848 el período de la hegemonía conservadora. Quizás en el futuro los
historiadores llamen a los años 1958-1999 el período de la hegemonía adeca. Sólo quizás.

La debilidad relativa del Congreso frente al dominio del Poder Ejecutivo y la influencia de AD y
COPEI no debe confundirse con la ausencia de democracia. En general, el período 1958-2000
puede verse como el más largo tiempo de estabilidad política y ejercicio democrático en toda la
historia de Venezuela. La explicación a su fin debe encontrarse en un proceso de varias etapas de
auge, consolidación y decadencia donde lo que comenzó siendo un verdadero avance
democrático en los primeros años, terminó frenando las crecientes aspiraciones democráticas de
los venezolanos. La democracia, vista como un proceso de permanente expansión de la
participación popular en las decisiones públicas, dejó de ser impulsada por AD y COPEI desde
por lo menos 1983.
La etapa de la esperanza. (1958-1973)

El período de auge fue 1958-1973. El presidente, los partidos y el Congreso gozaron de un


enorme apoyo popular fundado en la esperanza de progreso que ofrecía la nueva democracia. Es
en este período que el Congreso aprueba, en una gran demostración de unidad nacional, la
Constitución de 1961, la más duradera de nuestra historia. Esta constitución se convirtió en un
verdadero programa de aspiraciones nacionales a largo plazo y en una guía para desarrollar las
libertades públicas. Lamentablemente, su potencial de organización de la nación no fue
aprovechado por sus creadores. Aspectos como la elección directa de alcalde y gobernadores
sólo fueron cumplidos en 1989, 28 años después de aprobada la constitución.

Los intentos de golpe militar ocurridos entre 1958 y 1962, y la insurrección guerrillera de los
partidos de izquierda, consolidaron el apoyo de las fuerzas dominantes del congreso a la
presidencia de Rómulo Betancourt. Las continuas crisis políticas fortalecieron el poder
presidencial al punto de ordenar el arresto de los parlamentarios del PCV y el MIR sin contar con
la aprobación del Congreso para allanar su inmunidad parlamentaria, violando así la constitución
dentro del propio Congreso. Las fuerzas políticas de izquierda casi desaparecieron del
Parlamento durante los años 1960-1968 debido al conflicto armado impulsado por el PCV y el
MIR durante esos años.

El Congreso tuvo una composición multipartidista con predominio de AD y COPEI, y en 1968,


con la victoria presidencial del Dr. Rafael Caldera, ocurrió el primer traspaso pacífico de la
presidencia del gobierno a la oposición en la historia de Venezuela. De igual modo el gobierno
de Rafael Caldera fue el primero en el siglo XX venezolano en contar con minoría de fuerzas de
su partido en el Congreso. Esta situación fortaleció la capacidad de AD en la oposición para
negociar con el gobierno decisiones públicas a través del Congreso. Puede observarse que la
debilidad parlamentaria del primer gobierno de Caldera no resultó en un mayor poder para el
congreso sino para AD, partido que era el verdadero poder moderador y estabilizador del
sistema.

Los años de la consolidación bipartidista

Las elecciones de 1973 marcan el inicio de la segunda etapa del Congreso. Los resultados
electorales durante el período 1973-1989 determinan la clara hegemonía bipartidista (AD-
COPEI) sobre el resto de las fuerzas políticas. Durante los años de bonanza económica, 1973-
1983, el Congreso otorgó facultades extraordinarias para gobernar por decreto al presidente
Carlos Andrés Pérez y abandonó su poder de moderar el gasto público a través de la aprobación
de los presupuestos anuales del Poder Ejecutivo. La devaluación del bolívar, en 1983, fue la
primera alarma para el sistema señalando que los líderes no estaban haciendo un buen trabajo.

Los años de la larga crisis

La gran crisis política que significó el 27 de febrero de 1989 sorprendió a los líderes políticos
con la noticia de que ellos perdían rápidamente la confianza popular. Durante los años 1983-
1989 habían sido evidentes las demandas para expandir el potencial democrático de la
Constitución de 1961, pero los partidos dominantes del congreso decidieron frenar las reformas
creyendo que así consolidaban su poder. En 1989, las primeras reformas políticas llegaron con la
elección de alcaldes y gobernadores, pero ya era muy tarde.

Las crisis militares de 1992 debilitaron aún más al presidente, a los partidos y al Congreso. La
destitución del presidente Carlos Andrés Pérez en 1993 y la elección del presidente Ramón J.
Velázquez por parte del Congreso indicaron, al mismo tiempo, el momento más alto del poder
formal del Parlamento y la erosión de su capacidad para sostener el sistema.

El Congreso había servido de escenario en 1992 para que el Dr. Rafael Caldera regresara al
centro de la vida política nacional y alcanzara su segunda presidencia en 1993. El discurso de
Rafael Caldera luego de la insurrección militar del 4 de febrero de 1992 se convirtió en uno de
los grandes eventos de la vida parlamentaria venezolana.

Cuando el Dr. Caldera asumió la presidencia en 1994, el Congreso se encontraba en uno de los
puntos más bajos de su prestigio en la historia democrática. El bipartidismo del período 1973-
1989 había terminado, y en la opinión pública eran comunes las exigencias al presidente Caldera
de cerrar el Congreso, tal y como lo había hecho el Presidente Alberto Fujimori en el Perú.

El presidente Caldera intentó revivir el Pacto de Punto Fijo con la fuerza mayoritaria del
Congreso: AD. En medio de crecientes demandas para reformar la Constitución de 1961, tanto el
presidente, como AD y el Congreso en general, decidieron ignorar las voces del cambio.

Las persistentes acusaciones de corrupción a líderes del Congreso se unieron a las críticas contra
la lentitud de los congresantes en reformar el sistema político. La reforma al sistema electoral
que permitió la elección uninominal de parlamentarios en 1993 fue considerada tardía e
insuficiente.

En 1998, el Congreso se encuentra profundamente desprestigiado, arrastrado por la desconfianza


en los partidos políticos y en el sistema. Los votantes vieron en el Parlamento el centro de las
fuerzas contrarias a los cambios exigidos por las mayorías nacionales. La separación de las
elecciones legislativas de las elecciones presidenciales en 1998, no fue aceptada como una
reforma para aumentar la autonomía del Poder Ejecutivo, sino como una maniobra partidista para
evitar un desastre electoral.

En fin del régimen de partidos nacido en 1958 llegó el 6 de diciembre de 1998, cuando AD y
COPEI, sin fuerza suficiente para impulsar un candidato propio a la presidencia de la República
fueron derrotados juntos, por el candidato Hugo Chávez.

El fin del Congreso, llegó en 1999, cuando las mayorías nacionales decidieron, por primera vez
en la historia de Venezuela, aprobar la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente
para sustituir a la Constitución de 1961. El poder supra constitucional de la Asamblea
Constituyente de 1999, terminó con el poder del Congreso.

El destino del poder parlamentario nacido en 1958 acompañó la suerte de los partidos AD y
COPEI. La crisis del sistema fue fundamentalmente una crisis de los partidos y luego, por
consecuencia, del Congreso. Sin embargo, mientras el sistema parlamentario de 1958 fue
terminado por la voluntad popular, AD sí sobrevivió al sistema de Punto Fijo.

No deja de ser un mérito que el sistema parlamentario punto-fijista murió sin violencia y por la
voluntad popular. Este mérito es compartido tanto por los vencedores como por los vencidos.

Conclusiones

Si algo debemos aprender de la historia del Poder Legislativo venezolano es que su función no es
contrarrestar la tradición presidencialista sino evitar los abusos del presidencialismo.

El carácter colectivo, diverso, deliberante y representativo del Poder Legislativo le otorga la


misión fundamental de reflejar las aspiraciones de las mayorías y minorías nacionales, de ser un
espacio tolerante de negociación y conciliación de intereses, de otorgar una voz legítima a las
fuerzas de oposición y de corregir y mejorar las políticas del Poder Ejecutivo.

En nuestra historia el proceso democrático ha sufrido momentos de auge y retroceso. El Poder


Legislativo ha acompañado a la democracia en los mismos altibajos en su misión de ser la voz
del pueblo, el espejo de la nación. Los nuevos diputados a la Asamblea Nacional del año 2000
tienen la difícil y honorable tarea de rescatar su posición en nuestra sociedad, nuestra República
y nuestra historia.

Extracto del ensayo publicado en el libro Poder Legislativo: pasado, Presente y Futuro, editado
por la Comisión Legislativa Nacional, Caracas 2000

El encuentro de dos hombres que cambiaron la vida en


Latinoamérica
1. El camino hacia la República. Las primeras voces de libertad
2. La República se instituye, y comienzan los problemas
3. Problemas a lo interno de la República
4. La derrota final, pero no definitiva?
5. Bibliografía

Las tropas de Napoleón Bonaparte ocuparon el reino de España en 1808. El soberano ibérico
Fernando VII (proclamado rey tras la abdicación de su padre Carlos IV) abandonó su puesto en
el trono y las fronteras de la nación ante el avance del ejército francés. José Bonaparte, hermano
del emperador galo, fue proclamado José I, rey de España. El pueblo español, históricamente
valeroso a diferencia de la mayoría de sus gobernantes, inició el movimiento de resistencia
reconocido por la historiografía como Guerra de Independencia Española (Fernandez Muñiz,
2008). Para organizar el territorio aún libre se formó la Junta Suprema Central, que luego se
disolvió y dio paso al Consejo de Regencia de España e Indias, y ante el vacío en las
instituciones de poder, en este caso la monarquía, se convocaron a las Cortes Supremas en la
ciudad de Cádiz (Cortes de Cádiz), y en 1812 se redactó y aprobó la primera Constitución en
España, de un avanzado carácter liberal para su tiempo.

Las noticias de los turbulentos acontecimientos en Europa llegaron pronto a las costas del
continente americano causando desconcierto entre los gobernantes y aumentando el ánimo de las
aspiraciones independentistas. El sistema colonial español debido a sus vastos territorios en la
región había creado cuatro virreinatos. Cada uno de esos territorios era gobernado por un virrey,
cargo administrativo no hereditario, que representaba la conexión directa de la persona
seleccionada con la autoridad del monarca español. Ante la renuncia del rey Fernando VII, se
produce un corte en las relaciones regulativas y legitimadoras del poder metrópoli-colonia.

Los franceses asumieron como ocupadas de igual modo las posesiones de ultramar del reino de
España, y comenzaron a enviar agentes diplomáticos para fijar las relaciones de los sistemas
administrativos y políticos de las colonias en consonancia con las disposiciones de Napoleón
Bonaparte. A lo que acontecieron reacciones que se mostraron adversas al dominio francés y se
manifestaron en apoyo al destronado rey Fernando VII. De todos modos la relación colonia-
metrópoli era en extremo confusa. Las administraciones locales como los cabildos comenzaron a
ganar cierta autonomía con respecto a la desestructurada gobernación, constituyendo las juntas
patrióticas, importantes organizaciones que propugnaban las ideas más radicales encaminadas
hacia la independencia.

Estos años marcan el inicio de las luchas independentistas en la América Hispana. Un proceso
que se fue gestando desde las primeras sublevaciones indígenas, y que llega a consolidarse
mediante el mestizaje y la aparición del criollo, quien reconocía su pertenencia, no a los antiguos
imperios precolombinos ni a las regiones europeas, sino a los territorios y poblaciones
establecidos bajo el dominio español en América, donde no gozaban ni de libertad política, ni
económica.

Transversalmente a este proceso se entienden las influencias de la ilustración europea, y las ideas
liberales promulgadas por la Revolución Francesa de 1789. El proceso independentista, también
es sobremanera influenciado por la independencia de las Trece Colonias de Norteamérica y el
pujante gobierno establecido en ese vecino del norte, quien jugaría durante esos años el papel de
falsa neutralidad con respecto a los movimientos liberadores en América del Sur.

Mientras convulsos acontecimientos sacudían todo el territorio suramericano, desde Inglaterra


observaba con ánimos impacientes Francisco de Miranda. Caraqueño alistado en las tropas
hispanas quien cumplió misión y recibió su bautizo de sangre en suelo africano, para luego
enrolarse en la lucha independentista de las Trece Colonias. En 1791 se unió a las tropas
francesas en la defensa de la Revolución, llegando al grado de Mariscal. Aún prevalece su
nombre inmortalizado en mármol como general del Imperio Francés, en el imponente Arco del
Triunfo de París.

Francisco de Miranda abandonó su natal Venezuela con 21 años y pasó la mayor parte de su vida
en tierras extranjeras. Pero nunca salió una idea de su mente, la de hacer libre a su tierra. A todo
lugar donde fue, y a cada soberano, político o diplomático con el cual entabló relaciones, habló
de su idea de libertar la América del Sur; durante años trató de obtener el apoyo de los hombres
de poder en Inglaterra, Francia, Rusia y Estados Unidos. Miranda constituía para la fecha el
hombre más prominente que ansiaba y procuraba la independencia americana.

Su concepción libertadora consistía en la creación de la gran Colombeia, imperio donde


estuvieran todos los territorios de la América Hispánica. Aunque sus ideas apuntaban a una
monarquía de corte europeo con gobernantes llamados Incas, es la primera aproximación
histórica a la búsqueda de la unidad latinoamericana como factor de progreso frente a un mundo
dominado por grandes y ambiciosas potencias. La idea de la independencia y de la unidad
latinoamericana sería continuada por el más excelso de sus discípulos, él único poseedor de un
carácter tan obstinado como para llevar a cabo tan desmedida tarea.

En 1806, Francisco de Miranda, impaciente por el mutismo cínico de los políticos extranjeros
que se negaban a prestarle apoyo, había llegado a las costas de Venezuela con algunas tropas
para iniciar un movimiento de lucha, enarbolando por primera vez la bandera tricolor
venezolana. Pero las poblaciones se desentendieron de su causa y no prestaron apoyo alguno. La
iglesia y la propaganda colonialista tuvieron gran responsabilidad al estigmatizar como pirata o
buscavidas al caraqueño. Diez días después, Miranda abandonó el territorio americano, pero sin
sentir absoluta la derrota, sino más bien la comprendió como un paso más en el camino hacia la
independencia.

De vuelta en Inglaterra continuó con su tarea de apoyo a las juntas patrióticas, y una infatigable
labor propagandística. De esa manera observaba Miranda cómo años después, en América, con la
destitución del rey Fernando VII y las revueltas en los virreinatos, se iba creando el contexto
propicio para la independencia.

El camino hacia la República. Las primeras voces de libertad

En 1809 fue nombrado Vicente de Emparan y Orbe como Capitán General de Venezuela. El
nuevo gobernante, a pesar de ser nombrado por la Junta Central de Sevilla (antecesora en
funciones a las Cortes de Cádiz), mantenía simpatías con los franceses en sus intenciones de
procurar la independencia de las colonias americanas (Grigulevich, 1978).

La noticia de la toma de Sevilla por los franceses, la disolución de la Junta Central y la posterior
creación de un Consejo de Regencia y el llamado a Cortes, llegó a Puerto Cabello, cercano a
Caracas. El cabildo de esa ciudad, tomó como ilegítimo el Consejo de Regencia ante la ausencia
de Fernando VII, y el 19 de abril de 1810 decidió formar un gobierno propio con independencia
del que regía en ese momento en la metrópoli.

En Jueves Santo inició la sesión del cabildo, a la que fue invitado el Capitán General. El empuje
de los hombres más decididos en la acción patriótica, como Cortés de Madariaga, Félix Sosa y
Francisco José Ribas, llevaron la reunión a tal punto que fue destituido por reclamo popular y su
propio consentimiento Vicente Emparan, y varios funcionarios españoles.

El 25 de julio quedó oficialmente constituida la Junta Suprema de Caracas, la cual se proclamaba


defensora de los derechos del rey Fernando VII. La misma estaba compuesta por 23 hombre,
entre ellos varios miembros de la organización patriótica clandestina. Por esos días en Buenos
Aires se constituyó otra Junta independiente, también surgieron juntas patrióticas en Bogotá
(Nueva Granada), y en Santiago de Chile. ¡La América Hispana se despertaba!

A pesar de las ideas libertadoras de algunos hombres, todavía se mantenían en la Junta cierto
inmovilismo sobre la ejecución de la independencia definitiva, baste para comprobarlo que
seguían defendiendo los derechos de un rey que había huido cobardemente de su reino. Aunque
es bien pensarlo que muchos patriotas se parapetarían en esta afirmación para ganar en tiempo y
organización.

Después de constituir cuatro secretarías o ministerios: de Estado, de Justicia, de Hacienda, de


Guerra y Marina, la junta caraqueña comenzó a ocuparse en pos del apoyo y reconocimiento de
las grandes potencias. Se enviaron misiones diplomáticas a los Estados Unidos, el gran y libre
vecino del Norte, y hacia Inglaterra; esta última delegación presidida por el joven mantuano de
27 años, de nombre Simón Bolívar, quien asumió cubrir de su bolsillo los gastos del viaje, y fue
nombrado para la ocasión con el grado de Teniente Coronel.

Bolívar pertenecía a una familia aristócrata caraqueña, y desde los 14 años se incorporó como
cadete a la Milicia de Blancos de los Valles de Aragua. Un año después ya era subteniente y su
valor y aplicación eran altamente reconocidos. Participaba activamente en la sociedad patriótica
clandestina donde su espíritu revolucionario se nutría de las más avanzadas ideas de sus
contemporáneos.

El viaje diplomático hacia Inglaterra era de suma importancia para la Junta de Caracas, pues
como seguían proclamando el derecho legítimo de Fernando VII, entendían a la nación europea
como un aliado a los intereses del rey depuesto, frente a las ambiciones expansionistas del
Imperio francés. Pero la importancia histórica de la misión sería, contrariamente a las
disposiciones, el primer encuentro de dos de los hombres más trascendentes en la historia de
Venezuela y del continente Suramericano. Bolívar y Miranda.

La Junta aunque se proclamó políticamente independiente, aún seguía montada en las


concepciones del dominio colonial, y advierte en su viaje a Bolívar,

"Miranda, el General que fue de Francia, maquinó contra los derechos de la Monarquía que
tratamos de conservar (…) bajo esta inteligencia si estuviere en Londres o en otra escala o
recaladas de los comisionados de este nuevo Gobierno, y se acercase a ellos, sabrán tratarle
como corresponde a estos principios, y a la inmunidad del territorio donde se hallase: y si su
actuación pudiese contribuir de algún modo que sea decente a las comisión no será
menospreciado" (Grigulevich, 1978)

Así viajó Bolívar hacia Inglaterra, en su tercer y último viaje a Europa, con la advertencia del
encuentro con el general del ejército francés, aventurero y antimonárquico Francisco de Miranda.
Pero los diputados de la junta desconocían que en el fondo el joven mantuano se sentía atraído
por las ideas radicales de la independencia, desde hace tiempo se había forjado en su interior el
sentimiento de desobediencia hacia un rey que gobernaba desde tierras extranjeras. De igual
modo, muchos en Venezuela veían en Miranda el más genuino símbolo de las ideas ilustradas y
de la libertad, y pedirán al general su regreso.
Francisco de Miranda de inmediato que conoció la llegada de los caraqueños a Londres, se ocupó
de presentarlos a los más importantes personajes y salones de la sociedad inglesa. Así se efectuó
la reunión de los delegados con el Ministro del Exterior, marqués de Wellesley.

En la cita los emisarios de la Junta de Caracas apostaron por el reconocimiento y la ayuda de la


nación europea a su recién constituida administración, y por la parte de ellos, expusieron que
mantenían el reconocimiento al derecho legítimo de Fernando VII, como soberano de Venezuela,
posesión del imperio español. Por otra parte el político inglés, instó a que Caracas reconociera la
Regencia y hasta que esto no ocurriera no podían apoyarlos abiertamente con armas ni
abastecimientos para sus fines; pero que de momento reconocerían parcialmente las autoridades
establecidas y enviarían un agente mediador del conflicto. En sencillas conclusiones, Inglaterra
no se comprometía con nadie, sino que pretendía el mejor camino para el mantenimiento de sus
intereses comerciales.

El 19 de septiembre, Bolívar zarpó en el barco británico Sapphire de regreso a suelo patrio. Los
días en Londres fueron de gran provecho para su futura visión y reconocimiento de su misión
histórica. Del contacto con Miranda es posible que integrase a su concepción la idea de la unidad
latinoamericana, y del irreversible proceso que es la independencia.

Por otra parte, el viejo general sentía necesaria su presencia en suelo americano, pero los
diplomáticos ingleses impidieron su salida inmediata por sus altamente reconocidas credenciales
de antimonárquico, y tras prolongadas negociaciones, logró Miranda embarcarse de incógnito.
Así partieron de regreso a Caracas los dos hombres que marcarían los pasos de la Primera
República de Venezuela, Miranda como Generalísimo, y Bolívar como continuador incansable
de la independencia en toda Sudamérica, aunque, también como ejecutor de uno de los sucesos
más tristes de la historia americana.

La República se instituye, y comienzan los problemas

Durante los días que Bolívar estuvo en Londres, al otro lado del Océano Atlántico, en Caracas,
se celebraron las elecciones para conformar el Congreso que debería legislar en suelo venezolano
a la naciente república. En el proceso resultaron electos en su mayoría miembros de la
aristocracia mantuana, que si bien muchos eran patriotas convencidos, carecían de visión política
y pretendían mantener las relaciones de privilegio de los ricos hacendados; al decir del
historiador José Grigulévich.

Importante es reconocer la compleja composición que constituía al congreso recién electo, según
el historiador Francisco Pividal: "las distinciones (entre los criollos) no eran muy precisas: en
ocasiones, los revoltosos (revolucionarios) se confundían con los moderados (reaccionarios); los
verdaderos republicanos, con los republicanos mediatizados". También se estableció un
triunvirato que presidió el ejecutivo del gobierno, pero "las resoluciones políticas de la Junta, no
obstante ser muy liberales y previsoras, contribuían poco a la solución de los problemas más
trascendentales, como la seguridad interna del Estado y las disposiciones necesarias para su
protección de fuerzas externas" (Pividal, 2006). Así se inició un gobierno que apuntaba a la
federación como forma administrativa, lo que a la larga daría al traste, provocando síntomas de
desunión y resquebrajamiento del orden interno, en un territorio amenazado y atacado
constantemente.

El consejo de Regencia en España, no tardó en mostrar su descontento ante las elecciones


independientes que se realizaban en Venezuela, y declaró el bloqueo marítimo. Al mismo
tiempo, ordenó a don Fernando Mijares como Capitán General de Venezuela, el antes
gobernador de Maracaibo nacido en Santiago de Cuba, sería el encargado de hacer prevalecer las
disposiciones del regente gobierno español, quienes confiaban, no en sus diezmadas fuerzas, sino
en los sentimientos realistas y reaccionarios a lo interno del propio suelo americano.

Es aún desconocido a ciencia cierta para los estudiosos la significación de la ausencia de Bolívar
durante las elecciones y el proceso de conformación legislativa de la República. La disposición
de autofinanciarse el viaje, descarta que los representantes del cabildo hayan querido alejarlo;
por otra parte, pudiera quedar la duda de si quiso él mismo ausentarse de ese proceso, o que solo
haya querido arribar a Londres para entrevistarse con el viejo general caraqueño.

A su vez, el general Miranda, como es sabido, se encontraba ausente durante las elecciones; pero
es elegido diputado al Congreso, bien por una candidatura en ausencia o una posterior y
excepcional elección. También se presentó su candidatura para formar parte del Triunvirato pero
no obtuvo los votos suficientes, posiblemente por el desconocimiento de los provincianos, o por
la desconfianza y los celos que provocaba a muchos.

La llegada de Francisco de Miranda a Venezuela se produjo el 11 de diciembre de 1810. El


desembarco fue en el puerto de La Guaira, y trajeado con su uniforme de general de la
Revolución Francesa descendió de la embarcación, y fue conducido por las calles de Caracas con
expresiones de júbilo, mientras saludaba al pueblo montado en un caballo blanco con una
expresión severa de hombre eminente. Antes, eso sí, tuvo que pedir permiso a la Junta para
desembarcar, pues aún se mantenía contra él acusaciones de la antigua expedición. De inmediato
se desechó el acta judicial sobre Miranda, y posteriormente se le nombró Teniente General, el
más alto grado militar en Venezuela.

Así, el general que ya contaba con sesenta años volvía a su tierra después de una ausencia de casi
cuarenta inviernos, y lo hacía con todo el esplendor. Pero mucho iba a darse cuenta que las
pequeñas ciudades que formaban el continente americano, a pesar de su crecimiento paulatino,
distaban mucho en costumbres y concepciones de la vida y las cosmovisiones europeas.

El encargado de la acogida del general fue Simón Bolívar, quien le permitió quedar en su
residencia. De esa manera comenzó un renacer en efervescencia de la Sociedad Patriótica que
aglutinó las más radicales posturas frente a la dominación monárquica, y con respecto a la
reacción interna. Ya Miranda como presidente de dicha organización contaba con el apoyo y el
ánimo de casi 200 miembros, entre ellos jóvenes de familias mantuanas, artesanos, negros
libertos, y mulatos.

La situación en Venezuela era sumamente difícil. En las provincias de Coro, Maracaibo y


Guayana las autoridades seguían siendo españolas, y constituían los núcleos principales de la
reacción. Al mando del Marqués del Toro, se produjo un intento para someter esos territorios,
pero la derrota fue bien costosa, y terminó en una retirada de las tropas republicanas. Los Estados
Unidos e Inglaterra enumeraban mil razones para mantener su juego de falsa neutralidad. Y la
Regencia recrudecía el bloqueo marítimo, desde sus bases en Puerto Rico y Cuba.

Con la agudización de las problemáticas, el Congreso se debatía entre proclamar la


independencia o mantener el seguimiento al rey. Por aquellas fechas Miranda proclamaba: "No
podemos proclamar nuestra fidelidad a Fernando VII, y a la vez pretender que nos reconozcan
las potencias extranjeras. Solo siendo un país independiente nos ganaremos el respeto y el apoyo
de otros Estados" (Grigulevich, 1978).

El diputado y teniente general caraqueño defendía la causa de la independencia esgrimiendo


razones en su mayoría sacadas de contextos europeos, como por ejemplo que Venezuela sí podía
ser una nación independiente a pesar de su poca población, pues como ella se contaba a Génova,
Hannover, Holanda y San Marino; con respecto al posible abandono de los terratenientes al
proclamar la independencia, él defendía que en la Revolución Francesa solo se marcharon los
adictos del rey, y no causó mayores daños.

Al mismo tiempo en la Junta Patriótica, Simón Bolívar ofreció su primer discurso en tierras
venezolanas. En el mismo explicaba que la junta Patriótica no constituía una institución
cismática dentro del proceso revolucionario, pues se entendía la necesidad de la unión, y que el
Congreso era la representación de los habitantes de Venezuela; también llamó a la inmediata
independencia, pues 300 años eran más que suficientes para proclamar tal decisión. Pero mucho
antes, ya desde su visita diplomática en Londres, el joven mantuano en un intento desafiante
incitaba a declarar la guerra a España.

¡En julio de 1811 se declaraba independiente la Primera República de Venezuela! De tal modo,
que pasó a figurar en la Historia como el primer país de Hispanoamérica en que se proclamó la
independencia y más tarde se firmaría la primera Constitución, y la forma de gobierno
republicana. En la constitución, por ser primera, y más impetuosa y soñadora que pragmática, se
cometieron enormes errores, que luego perjudicarían a la misma República y la independencia.
El texto magno "era una copia, un tanto modificada, de la Constitución de los Estados Unidos,
que principalmente seducía a los diputados por la forma federal de gobierno, con amplia
autonomía de las provincias" (Grigulevich, 1978).

El momento requería de un gobierno centralizado, tal como lo exigía Miranda, quien en sutil
gesto fue excluido de ocupar cargos gubernamentales por haber permanecido más de diez años
en el extranjero; a pesar de ello desempolvaría su imponente traje de general de la Revolución
Francesa y firmaría en solemne acto la Constitución.

Contradiciendo las expectativas de muchos, al proclamarse la independencia, ninguna potencia


se inclinó a prestar apoyo de ningún tipo a la naciente república. En discursos y mensajes decían
apoyarlas, pero solo en palabras. La reacción tampoco se abstuvo, y a pocos días del mes de
julio, se produjeron motines en la ciudad de Caracas y Valencia, esta última la segunda ciudad
más importante de Venezuela. Los realistas en la capital fueron hechos prisioneros y varios de
ellos condenados a la muerte como ejemplar castigo.
Las cosas en Valencia fueron distintas, pues el Marqués del Toro, al mando de las tropas, no
pudo doblegar a los sediciosos. ¿Cómo salvar la República ante la caída de la ciudad? Francisco
de Miranda, el ilustre caraqueño, el Mariscal de los ejércitos franceses, fue nombrado
Comandante en Jefe de las fuerzas republicanas. El historiador Francisco Pividal (Pividal, 2006)
expone que "Briceño Méndez afirma que cuando Miranda aceptó el mando del Ejército exigió
excluir de él al coronel Bolívar, porque dijo tratarse de ". Parece este un punto de inflexión en las
relaciones personales, al menos públicas, de Miranda con Bolívar. Lo dudoso es el origen de tal
desentendimiento entre dos hombres que se valoraban casi como alumno y maestro, e incluso
compartieron residencia. La petición de excluir a Bolívar del Ejército fue desestimada por el
congreso, y así el futuro Libertador pudo demostrar en combate su real valía, confirmado por el
propio reconocimiento del general en carta al Gobierno.

Al cabo de un mes de feroces enfrentamientos, la ciudad volvió al independiente mando de la


república. Aunque el Congreso se mostró satisfecho con la actuación del general, este tuvo que
dar explicaciones por las férreas maneras de escarmiento, con las cuales sus detractores hacían
similitudes con las de los jacobinos franceses. Miranda luego de tomada Valencia, precisó la
pertinencia de seguir los combates para tomar los territorios en manos realistas, pero los
diputados no aprobaron tal decisión, evidenciando sus limitaciones políticas, y estratégicas.
Mientras en otras partes del territorio acaecían motines de los realistas.

Las fuerzas reaccionarias adictas al gobierno español se reunieron en torno a la figura del
Capitán General de Venezuela, don Fernando Mijares. También, luego de salir victorioso para la
parte realista el motín en la población de Siquisique, emergía como figura militar y futuro líder
de la derrota a la República, el por aquel entonces capitán canario Domingo Monteverde.

Problemas a lo interno de la República

"Más se apresuró la época de recibirlas, cuando en el congreso federal se propuso, por algunos
genios turbulentos, ansiosos de dominar en sus ciudades y provincias, la división de la de
Caracas en pequeños estados, que debilitase más y más el gobierno federal, que por sí mismo no
es fuerte" (Anon., 2010 )

Así escribía Bolívar en 1812 al Congreso de la Nueva Granada, durante su destierro luego de
haberse producido la derrota de la Primera República en Venezuela. A posteriori el Libertador,
aún con el fogaje del momento incierto y convulso, se dedicó a analizar las causas que a lo
interno hicieron caer el primer intento de establecer la independencia en la América Hispana.

Los ricos hacendados mantuanos gobernaban, casi en mayoría, en el Congreso, y legislaban


desde y para sus intereses, desplazando los reclamos sociales de pardos, indios y negros libertos
o esclavos. La forma federativa posibilitó la estructuración de cuerpos administrativos que se
encargaban más de asuntos locales que de la unión en pos de la independencia. Entre los
diputados abundaba la pasividad y los entendimientos filantrópicos. La reacción no era atacada,
mientras se apostaba por el convencimiento lógico de los pueblos al buen camino de la libertad.

Pero la vida social y económica de la República no despertaba admirados aplausos dentro de las
clases más pobres, ni tampoco entre los que observaban con ojos atentos el devenir de los
hechos. Las consecuencias de la guerra causaron enormes trastornos en las relaciones
comerciales, y provocó el desabastecimiento de innumerables productos de importación.

La oligarquía mantuana se aprovechó y estableció un monopolio de precios abusivos, que


sumieron en la pobreza a las clases desfavorecidas. Entre tanto el gobierno malgastaba el dinero
en fiestas, extensivos salarios públicos, pensiones y gratificaciones, al mismo tiempo que emitía
un papel moneda que fue el colmo de su entendimiento financiero, pues aquel dinero no poseía
ningún respaldo en bienes, y los comerciantes se negaban a aceptarlo. La puntilla final era la
frase que esgrimían los contrarrevolucionarios y realistas, "tantos desastres juntos no habían
ocurrido ni en tiempos de España" (Pividal, 2006).

La derrota final, pero no definitiva…

Era 26 de marzo de 1812. Jueves Santo. Las iglesias estaban atestadas de feligreses. La tierra
tembló profundamente. Y en sentido literal, un terremoto de magnitudes imponentes sacudió a
Venezuela. Las cosas de la suerte son tremendas. Solo las poblaciones bajo el mando
independentista sufrieron de víctimas mortales y afectaciones serias. Más de 10 mil muertos se
contaron en Caracas y pueblos enteros quedaron reducidos a escombros. Incluso la casa de
Miranda se desplomó. Una décima parte de la población venezolana pereció en el infausto
incidente.

Los clérigos, motivados por los realistas, se lanzaron a las calles y sentenciaron en escucha
pública que los motivos de tal fenómeno natural provenían de un desentendimiento con las
divinas ordenanzas de obediencia al monarca español. Pero enérgica fue la actuación de Bolívar
ese día, cuando desafió frente a un pueblo y una época religiosa hasta las entrañas, que la causa
patriótica era más alta en providencia que la propia naturaleza.

El realista Domingo Monteverde aprovechó la ocasión y se lanzó y ocupó Valencia. En el


caminó atendió proveerse soldados desesperados por la crítica situación en la república, y de
igual manera aumentó considerablemente su parque bélico. La contrarrevolución se posicionaba
a las puertas de Caracas, mientras los incidentes violentos y agitadores se acopiaban en todos los
rincones del territorio.

La Junta Ejecutiva dicta decretos con severos castigos contra los traidores, pero nunca los
cumplió cabalmente. Se designó al Marqués del Toro, nuevamente como Comandante de las
Fuerzas Armadas de la República, aún persistía la desconfianza de los aristócratas sobre
Miranda. Finalmente del Toro renuncia a su designación. Y sin confianza en su suerte, ni en sus
armas, ni en su propio destino, el gobierno se hecha, en gesto desesperado, en las manos de
Francisco de Miranda.

Para molestia de muchos en el Congreso, lo nombran con el grado de General en Jefe de la


Armada de la Confederación venezolana (Generalísimo del Ejército), con poderes ilimitados,
convirtiendo al viejo general en Dictador de Venezuela. De inmediato alista a militares
extranjeros de experiencia, fundamentalmente de la Revolución Francesa, prometiéndoles la
nacionalidad venezolana y sustento económico; bien es de entender que "el generalísimo quería
hacer una guerra a la europea y no a la venezolana (no creo tampoco que existiese una guerra a la
venezolana, por lo primigenio de la lucha). Aspiraba a prolongar la defensa más allá de todo
límite razonable", (Pividal, 2006) . De ahora en adelante todo cuanto suceda será a causa de su
sello y nombre, y deberá soportar las consecuencias que su alto estamento le impuso.

Simón Bolívar, ascendido a Coronel, se le encargó comandar el fuerte de Puerto Cabello, un


emplazamiento importante en cuanto a municiones y posición estratégica. El futuro talón de
Aquiles de la República.

Miranda convocó a la población venezolana a unírsele en la lucha contra los realistas. También
impulsó las negociaciones con las potencias extranjeras, pero en vano hombres de su confianza
llegaron hasta fronteras lejanas, pues Inglaterra y los Estados Unidos mantenían para decepción
del Generalísimo, las mismas posturas de indecisión cínica y maquinadora. Francia y Rusia
parecían las únicas dispuestas para el apoyo, sobretodo la primera por sus ansias de acabar con el
dominio comercial de Inglaterra en América; pero las tropas nunca llegaron. Muchos acusaron a
Miranda de querer vender a las potencias extranjeras el territorio venezolano, pero según Pividal
(Pividal, 2006), nunca se han encontrado documentos que prueben tal teoría.

Al otro lado del frente, Monteverde se posicionó en Valencia y amagaba una ofensiva contra la
capital. Miranda tiempo después, llegó con sus tropas al poblado de La Victoria, cercano a La
Guaira y a Caracas. Comenzó entonces una serie de escaramuzas, de ataques y regresos. El
Generalísimo se mostró indeciso en atacar directamente a Monteverde, incluso cuando este
volteó la espalda en abierta retirada. A pesar de ello, la República contaba con superioridad
numérica y las probabilidades se mostraban, al menos en cuentas, favorable a las intenciones de
los independentistas.

Por esos días (el 4 de junio) se desató una insurrección de esclavos quienes impacientes y
violentos se apoderaron de varias haciendas cercanas a la capital. Miranda se debatió en un
dilema moral. Si no hacía nada, los esclavos podrían ocupar Caracas, y por otra parte si sofocaba
violentamente la rebelión, contradeciría sus propios ideales de igualdad de los hombres.

Monteverde aprovechó la oportunidad y se lanzó contra La Victoria. El encarnizado combate


arrojó como vencedores a los republicanos, y nuevamente el Generalísimo dejó escapar al militar
español, quien se refugió desesperado en una finca de San Mateo.

La Historia puede a veces ser mordaz e implacable. Puede, incluso, burlarse de los grandes
hombres. En el fuerte de San Felipe, en Puerto Cabello, el segundo jefe del regimiento,
encargado en funciones por Bolívar, quien se había trasladado a la ciudad, traicionó a la
República y entregó a los españoles prisioneros en los calabozos, una vez liberados, el control
del fuerte. Bolívar trató con un puñado de hombre de revertir la situación, pero las circunstancias
lo superaban. Mandó, pues, en inmediata carta auxilio al Generalísimo.

La noticia fue un escurrimiento eléctrico por todas las vértebras de Miranda. El fuerte más
importante en manos de los españoles. Las deserciones aumentaban con los días. La moral
tocaba escalones bajísimos. "Venezuela ha sido herida en el corazón", sentenció el Dictador. La
República solo contaba con La Guaira, Caracas y La Victoria, pero aún superaba en números a
los realistas, aunque las bajas eran constantes, "pasadas dos semanas de la caída de Puerto
Cabello, de él ya habían desertado cerca de dos mil soldados", (Grigulevich, 1978).

La guerra es un arte de estrategia. De avanzadas y retiradas. De posiciones ofensivas y


defensivas. De ataques y repliegues. Una pérdida no es el final. La guerra no tiene definitorias
victorias ni derrotas, sino contantes proezas. Al menos así aprendió el hombre de cuarenta años
que combatió en las frías regiones holandesas y belgas al mando de los ejércitos republicanos de
la Revolución Francesa, y al menos así seguía entendiendo el arte de la guerra, el hombre de
sesenta años que asumía la derrota y presentaba ante el Congreso de la Primera República de
Venezuela la propuesta de Capitulación ante las tropas realistas de Monteverde; con la interna
decisión de continuar luego, con las fuerzas repuestas y el apoyo de la Nueva Granada, la gesta
independista.

Los generales jóvenes no aceptaron la rendición de la República, y estallaron en quejas y


amenazas. Miranda con soberbia mandó arrestar a los insubordinados. El Generalísimo entendía
la capitulación como un medio y no como término. Los acuerdos de la capitulación incluían la
amnistía a los militares independentistas y la proclamación de los derechos defendidos en la
Constitución republicana dictada en España en ese año. Pero Monteverde no cumplió nada. La
represalia fue en extremo violenta.

Días antes de la firma de la Capitulación, el Generalísimo mandó embarcar en el barco inglés


Sapphire (el mismo en el que Bolívar regresó de su misión en Londres) sus archivos personales y
demás pertenencias. Su intención era marchar antes de la llegada de las tropas realistas. La noche
antes de la salida se quedó en casa del Comandante del Puerto de La Guaira, Manuel de las
Casas. A la residencia también llegaron oficiales y militares independentistas, entre ello Simón
Bolívar. Tenaces acusaciones de los presentes fueron lanzadas contra Miranda, quien hastiado de
las injurias, dio por terminada la noche y se fue a dormir.

"Indignados todos contra Miranda, resuelven prenderlo, unos, para poder embarcarse, otros para
castigar al Generalísimo por su incalificable capitulación, y los menos, para acompañar a Bolívar
en su proyecto de reacción" (Pividal, 2006).

En mitad de la noche el secretario despertó a Miranda, y este salió de la habitación. Bolívar le


indicó sin preámbulos: "!Usted nos ha traicionado! ¡Queda arrestado!

El Generalísimo con la ayuda de las velas sondeó los rostros de quienes lo conjuraban a prisión.
Y con la mirada severa de siempre, el pelo canoso, y la nariz incisiva, profirió: -¡Bochinche,
bochinche, ésta gente no sabe hacer sino bochinche!- (Pividal, 2006).

Miranda se entregó sin más resistencia a los oficiales. La cárcel sería definitiva para él. Primero
como prisionero de los últimos reductos institucionales de la república, y luego de los pérfidos
generales españoles. Pasó por las cárceles de Puerto Cabello, El Morro en Puerto Rico y
finalmente en La Carraca en España. ¡Fue increíble el espíritu de Francisco de Miranda! Sus
propios subordinados lo entregaron a los realistas. Pero no retuvo odio a nadie por eso. El agua
hedionda de las mazmorras de La Guaira llegó hasta sus tobillos. Muchos se hubieran rendido al
desconsuelo. Pero sin desilusión ni resquebrajamientos cuando tuvo la oportunidad, redactó
cartas para que se cumplieran las condiciones de la capitulación. Y hasta se detuvo a escribir
sobre las pésimas condiciones de las cárceles como si fuera un velador del derecho y la dignidad
humana, mientras los grilletes atrapaban sus muñecas y cuello.

Nunca desistió Miranda de recomenzar la lucha por la independencia, a pesar de sus avanzados
años. Discutió en cartas y planeó varias veces su fuga. Pero la muerte le apagó bruscamente sus
esperanzas. A los 66 años murió el Precursor de la Independencia, el Venezolano Universal. El
pintor Arturo Michelena inmortalizó en un cuadro de filosófico realismo la escena final del
general. Pensativo, desilusionado, tirado en soledad sobre una cama sucia de prisión. Su misión
histórica había terminado. Pero no la misión del hombre americano de ser libre.

Monteverde una vez en posesión de todo el territorio venezolano, explicó en carta al Consejo de
Regencia que gracias a la acción del comandante del puerto Manuel de las Casas, del gobernador
civil Miguel Peña, y del coronel Bolívar, se le dio prisión a Miranda. En el momento en que
Bolívar acudió, por mediación de un amigo suyo, a recoger de manos de Monteverde el
pasaporte para salir del país, el español felicitó al caraqueño por su servicio al rey, y este en
franco disgusto explicó que no lo había hecho por fidelidad a rey alguno, sino que dio prisión a
un traidor de la patria. Bolívar con bravío gesto le indicó al mentiroso europeo que no
claudicaría.

Así marchó al destierro. Pero nunca descansó, a pesar de las derrotas, hasta libertar a todo el
continente suramericano y convertirse para la posteridad en El libertador. "Volvió un día a
pelear, con trescientos héroes, con los trescientos libertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la
Nueva Granada. Libertó al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de
Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos". Aunque queda del
final de la Primera República de Venezuela un amargo sabor. Una incertidumbre. "Parecía que
en el último acto del drama de la historia había sacado a escena las más bajas pasiones humanas:
la traición y el miedo, la venganza y la perfidia. Confundió en un nudo de víboras a amigos y
enemigos, y manchó a todos con procederes indignos o injustificados" (Grigulevich, 1978).

"Miranda, que en su capitulación con Monteverde desconoció el vigor continental e inextinguible


de las fuerzas que estaban en sus manos, no cometió más falta que ésta. Era él anciano, y los
otros jóvenes; él reservado, y ello lastimados de su reserva; él desconfiado de su impetuosidad, y
de su prudencia ellos; quebraron al fin el freno que de mal grado habían tascado, y creyeron que
castigaban a un traidor, allí donde no hacían más que ofender a un gran hombre" José Martí,
(Pividal, 2006).

Ante la decepción momentánea y la tristeza de los hijos que quieren saber toda la verdad, acude
quien recién llegado a Caracas no hiciera cosa antes que echarse a llorar frente a la estatua del
Libertador, "el viajero hizo bien, porque todos los americanos han de querer a Bolívar como a un
padre. A Bolívar y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre
Americano (…) Se les deben perdonar sus errores porque el bien que hicieron fue más que sus
faltas".
Bibliografía

Anon., 2010 . Documentos de Simón Bolívar. segunda ed. La Habana: Casa de las Américas.

Fernandez Muñiz, Á. M., 2008. Breve historia de España. Segunda ed. La Habana: Ciencias
Sociales.

Grigulevich, J., 1978. Francisco de Miranda y la lucha por la liberación de la América Latina.
primera ed. La Habana: Casa de Las Américas.

Martí, J., 1962. La Edad de Oro. La Habana: s.n.

Pividal, F., 2006. Bolívar, pensamiento precursor del antimperialismo. segunda ed. Caracas:
FIDES.

Pividal, F., 2006. Bolívar, primeros pasos hacia la universalidad. primera ed. Caracas: FIDES.

Autor:

Alejandro Madorrán Durán.

Estudiante de Periodismo. Facultad de Comunicación.


Universidad de La Habana

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