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FIAT

El documento explora el significado profundo del 'Fiat' de María, enfatizando su respuesta humilde y reflexiva al arcángel Gabriel en la Anunciación. Se destaca la importancia de su aceptación libre de la vocación maternal, que permitió la encarnación de Jesús, y cómo su deseo de dedicarse a Dios desde joven influyó en su vida. Además, se menciona que su 'Fiat' no solo la hizo madre de Jesús, sino también hermana de la humanidad, participando en los sufrimientos por la redención de los pecados.
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FIAT

El documento explora el significado profundo del 'Fiat' de María, enfatizando su respuesta humilde y reflexiva al arcángel Gabriel en la Anunciación. Se destaca la importancia de su aceptación libre de la vocación maternal, que permitió la encarnación de Jesús, y cómo su deseo de dedicarse a Dios desde joven influyó en su vida. Además, se menciona que su 'Fiat' no solo la hizo madre de Jesús, sino también hermana de la humanidad, participando en los sufrimientos por la redención de los pecados.
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EL FIAT DE MARÍA (Hágase)

María Elena Campos Jiménez

Abril 2025

Una de las oraciones más conocidas del Pueblo de Dios es el “Ángelus”, cuando rezamos
esta oración hacemos memoria tres veces al día del misterio de la Encarnación del Hijo de
Dios. En latín, la segunda estrofa que repite la respuesta de la Santísima Virgen María dice:

“Fiat mihi secúndum verbum tuum” (“Hágase en mí según tu palabra”), la traducción al


español de esta palabra del griego original, que está escrita en el texto del Evangelio de San
Lucas no expresa muy bien el “sentimiento” propio de María en su respuesta al emisario de
Dios.

En español “Hágase” es un tiempo verbal imperativo, es decir, expresando un mandato, una


orden, una exigencia. La palabra original escrita en griego es: gínomai, es un verbo de tiempo
pasivo, reflexivo, que podríamos traducirlo algo así, como: “ojalá llegue a ser”, sea para
mí, hágase para mí”. Es la modesta expresión cortés de un deseo.

Es decir, es la respuesta humilde, sincera, objetiva y reflexionada de una mujer que


corresponde, entregándose a una particular y especial vocación revelada a ella. A su vez, la
palabra hágase, es la misma que exclama Dios en el Génesis cuando inicia el proceso de la
creación:

Y dijo Dios: “Hágase la luz”, e hízose la luz. (Génesis 1,3, Septuaginta).

Una palabra que tiene un resultado concreto: existir.

Para penetrar mejor en el contexto de la vida de María y su FIAT en respuesta a Dios a su


vocación maternal, recordaremos algunas fuentes apócrifas que la antigua tradición nos han
relatado en el haber de los siglos.

Se cuenta que María siendo una niña de tres años había expresado su deseo a sus padres, San
Joaquín y Santa Ana de ser una mujer, con el voto de la virginidad perpetua, una virgen
consagrada al culto divino en el Sacro Templo de Jerusalén, que era en la piedad de la religión
judía: La morada de Dios con los hombres, con su pueblo. Ella quería estar lo más cercana a
Dios en lo posible.

Su deseo de ser una mujer dedicada al Señor, algo así en nuestros días como una monja
contemplativa de clausura implicaba una renuncia voluntaria al matrimonio. Pero en aquel
tiempo el anhelo y la “obligación” moral y religiosa de una mujer era la de casarse para
otorgar y continuar la descendencia de una familia y a su vez ser una candidata en potencia
para llegar a ser la madre del esperado Mesías.
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María se había excluido en su deseo voluntariamente de poder llegar a ser la madre del Mesías
desde el punto de vista de la tradición religiosa de Israel.
Las narraciones apócrifas continúan relatando que la joven Virgen al cumplir los 15 años fue
avisada por el Sumo Sacerdote que era el momento de cumplir con la “obligación de toda
mujer israelita”, es decir, casarse para “apurar” la venida del Mesías.

María, obediente, acepta la moción al matrimonio, con un hombre elegido de la estirpe real
de David, el monarca al cual Dios había prometido que un descendiente suyo ocuparía su
trono para siempre.

Los evangelios de San Mateo y San Lucas nos narran la conformación y vida de la Sagrada
Familia, pero, nos vamos a detener a reflexionar en ese momento trascendente en que en la
plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo al mundo por medio de una doncella llamada:
María.
Sabemos que Dios en su omnipotencia respeta la liberta de nuestra voluntad, que Dios
supremo no es un “Dictador del Bien”, que no nos obliga a hacer lo bueno, sino que tenemos
la libertad de elegir lo bueno o lo malo.

Si bien es cierto que según nos enseña nuestra fe, María Santísima fue preservada del pecado
original y sus consecuencias por su concepción inmaculada para ser la madre de Jesús, Dios
no la iba a obligar a aceptar la vocación que le presentaba por medio del arcángel Gabriel.

Fue un acto libre.

Es importante notar que María fue descubriendo paulatinamente que era una mujer que el
Señor le había concedido un enorme privilegio: estar exenta del pecado de Adán y de sus
consecuencias, preservada de la culpa de aquel pecado mortal de desobediencia, incitado por
el Satanás en el jardín del Edén.

El arte religioso representa a María meditando las Sagradas Escrituras al momento de La


Anunciación. Es seguro que Ella se encontraba diariamente con Dios por medio de la lectura
y meditación de la Palabras Sagradas. Conocía las características del Mesías, escritas por
Moisés, los salmos y los Profetas, sabría de su nacimiento milagroso, de su cruel e injusta
muerte y de su resurrección.

María seguiría orando fervientemente por la llegada del Mesías Libertador, sin sospechar en
lo mínimo que era la preservada desde antes del tiempo para ser su Madre.

Ubiquémonos imaginariamente en el aquel diálogo entre el Arcángel y María: Hay una


iniciativa y una invitación (vocación) por parte de Dios. María pregunta, expone sus dudas,
su intelecto no es divino, por eso consulta al mensajero del Cielo, un Himno de la Liturgia
Bizantina sugiere que hubo un tiempo de silencio reflexivo por parte de María, y el Arcángel
le pregunta respetuosamente: “¿Qué respuesta debo llevar a Aquel que me ha enviado?” y
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el destino sobrenatural del género humano estaría en vilo en la respuesta libre de ella, de
María.
Por la revelación del Evangelio Lucano sabemos que su respuesta al Señor fue: “Sea para
mí…”

María acepta la vocación para ser la Madre de Dios, el cumplimiento de su maternidad sería
solamente posible por la venida del Espíritu Santo sobre ella, bajo la sombra del poder del
Altísimo, para que lo que nacería santamente fuera llamado el Hijo de Dios, al que pondrá
por nombre: Jesús.

En María no se han excluido las emociones e incertidumbres que todos tenemos cuando
intuimos que Dios no escoge para una misión particular: “No te dé miedo María”, le consuela
Gabriel el Arcángel y le explica que la gracia de Dios le hará posible cumplir y vivir su nueva
vocación.
La respuesta de aquella descendiente de David haría posible desde ese momento la
encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad, la plenitud de la inhabitación del Espíritu
Santo la lleva a misionar, a servir a su pariente Isabel, también embarazada de El Precursor,
a llevar la revelación de que el Mesías ya está en medio de su Pueblo, que el cumplimiento
de las promesas de las Escrituras no se detiene y encontrará su consumación cuando su Hijo,
Jesús exclame al morir en la cruz: “Todo queda cumplido”.

El “FIAT” de María tuvo un resultado: la inmensidad. “…la inmensidad de tu vientre


bendito, que contenía a Aquel que es inmenso e infinito, y que ni los cielos ni todo el universo
son capaces de comprender”. (San Buenaventura).
María con su aceptación nos hizo hermanos de Jesús y se hizo a su vez hermana nuestra,
primero nuestra hermana antes que nuestra madre. Ella supo corresponder a la Gracia. Esa
correspondencia la hizo La Llena de Gracia, pero no la eximió de los sufrimientos de los
cuales participaría junto a su Hijo Jesús por la redención de nuestras culpas.

La liturgia romana condesa la esencia del misterio de la Anunciación, de la respuesta de


María:

“Oh, Dios, has querido que tu Verbo asumiera la verdad de la carne humana en el seno de
la Virgen María, concédenos que cuantos confesamos a nuestro Redentor Dios y hombre
merezcamos ser partícipes también de su naturaleza divina por Jesucristo nuestro Señor.”

(Oración colecta de la Solemnidad de la Anunciación)

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