Año 3128.
La nave Argos V flotaba lentamente hacia Kordis IX, un planeta cubierto
por una neblina permanente. No había mares ni montañas visibles, solo una
superficie gris y una atmósfera densa, casi viva. Desde hacía décadas, el planeta
enviaba una señal constante, como un latido en el espacio. Una pulsación. Una
llamada.
La capitana Elena Voss, veterana de múltiples misiones, lideraba la expedición.
Junto a ella iban el ingeniero Thalor, la doctora Mendez, y el joven explorador
Haru. La misión: investigar la fuente de la señal.
Al pisar Kordis IX, la niebla los envolvió por completo. Los visores mostraban
niveles normales de oxígeno, pero había algo extraño en el aire. Se movía… como si
respirara.
En la primera hora, Haru se detuvo. Su rostro se transformó en asombro.
—¿Escucharon eso? —susurró—. Mi madre… dijo mi nombre.
—Imposible —dijo Elena.
Pero entonces, todos escucharon voces. Murmullos. Susurros familiares. Recuerdos.
Mendez cayó de rodillas, sollozando. Recordaba a su hijo, muerto en la guerra. Lo
sentía como si estuviera allí. Thalor comenzó a gritar, tapándose los oídos.
El planeta estaba vivo. No en cuerpo, sino en conciencia.
La niebla no era un fenómeno climático. Era una entidad. Una inteligencia antigua.
Absorbía la mente de quien entraba en su campo y devolvía ecos: memorias,
pensamientos, miedos… sueños.
—No es hostil —dijo Mendez entre lágrimas—. Solo quiere entendernos.
Pero cada minuto allí los desgastaba. Elena intentó activar la nave. No respondía.
Los sistemas se apagaban, como si la inteligencia hubiera infiltrado la tecnología.
La Argos V estaba atrapada. Como si el planeta no los quisiera dejar ir.
Elena tomó una decisión.
Se quitó el casco, cerró los ojos y proyectó un pensamiento claro: no venimos a
conquistar. Venimos a conocer.
La niebla se espesó. Todo fue silencio. Luego, una voz resonó en su mente. No era
una voz humana. Era una multitud de conciencias mezcladas. Una red infinita de
recuerdos, civilizaciones perdidas, mentes que se habían fundido hacía siglos.
Elena comprendió: Kordis IX era un archivo viviente. Un cementerio de pensamientos.
¿Por qué no se comunican?, pensó ella.
Porque nadie escucha.
La nave se encendió. Los sistemas volvieron en línea. Elena ordenó la retirada.
Mientras subían a bordo, Haru se detuvo y miró hacia la niebla.
—Capitana… ¿y si algo de nosotros se queda aquí?
—Es inevitable —respondió ella—. Pero también algo de ellos viene con nosotros.
Semanas después, ya en la Tierra, los tripulantes comenzaron a experimentar sueños.
Pero no eran suyos. Eran recuerdos de otros mundos, otras vidas, otras especies.
Y todas tenían un mismo mensaje: Escuchen más allá de lo que se ve. Porque en el
eco… vive la verdad.