ALFREDO ESPINO
1. El Nido
“Es porque un pajarito de la montaña ha hecho,
En el hueco de un árbol, su nido matinal,
Que el árbol amanece con música en el pecho,
Como que si tuviera corazón musical”.
2. Ascensión
“¡Dos alas!… ¿Quién tuviera dos alas para el vuelo?
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido.
Desde aquí veo el mar, tan azul, tan dormido,
Que si no fuera un mar, ¡Bien sería otro cielo!…”
3. Un rancho y un lucero
“Un día ¡primero Dios!
has de quererme un poquito.
Yo levantaré el ranchito
en que vivamos los dos”.
4. Árbol De Fuego
“Son tan vivos los rubores
de tus flores, raro amigo,
que yo a tus flores les digo:
“Corazones hechos flores”.
5. Los ojos de los bueyes
“¡Los he visto tan tristes, que me cuesta pensar
cómo siendo tan tristes, nunca puedan llorar!…
Y siempre son así: ya sea que la tarde
los bese con sus besos de suaves arreboles,
o que la noche clara los mire con sus soles,
o que la fronda alegre con su sombra los guarde…”
Biografía
Edgardo Alfredo Espino Najarro (Ahuachapán, 8 de enero de 1900-San
Salvador, 24 de mayo de 1928),1 conocido como Alfredo Espino, fue
un poeta salvadoreño.
Nació en el Departamento de Ahuachapán, zona occidental de El Salvador, en el
año de 1900. Hijo de Enriqueta Najarro de Espino y Alfonso Espino, ambos
profesores y poetas,2 creció en un hogar que respiraba poesía y amor al arte, su
hermano Miguel Ángel Espino que también creció para volverse artista de la pluma
pero en la rama de la prosa.3
En 1920 ingresó a la Universidad de El Salvador, inscribiéndose en
la Jurisprudencia.2 Durante su instancia en la Ciudad Universitaria, fue parte de
tantas actividades dentro de la misma inclusive de manifestaciones hechas por
estudiantes para evitar el alza de los precios de pasaje en tranvía.4
Los últimos años de su vida se volvieron muy adversos, la negativa de sus padres
para consentir su casamiento con ciertas jóvenes lo condujo a constantes
desequilibrios emocionales y amorosos.4 Para mitigarlos, se entregó a largos ratos
de bohemia, en bares y burdeles de la capital del país.4
CLAUDIA LARS
Mes de Mayo
Ojo celeste del día
abre pestañas de sol.
La tierra, mojada y fresca,
traje verde se vistió.
El río amarra los juncos
con transparente listón
y ensaya la rama erguida
danzas que al viento aprendió.
A la orilla del camino
y bajo el árbol de olor
asoma el jacinto tierno
su frágil cáliz temblón.
Vuela la abeja ambarina,
zumba ellerdo moscardón
y la ranita de invierno
redobla ya su tambor.
¿Quién borda el primor
sencillo del encendido festón
que en la loma y en el llano
multiplica su color?
¿Quién esponja el buche rubio
del pajarillo cantor?
¿Quién encumbra, sin temores,
el ala fina y veloz?
¿Quién mece a las olas niñas
en su cuna tornasol?
¿Quién traza sobre la playa
dibujos de caracol?
¿Quién pinta la mariposa
con polvillo del fulgor?
¿Quién mueve el resorte oculto
del vibrante picaflor?
Mayo baja de las nubes
jubiloso y juguetón.
¡Trae manojos de besos
y cantos de lluvia y sol!
Estrella
Estrella... más que vista, presentida.
-¿Dardo de luz o brasa que levanto?-
Alta en el cielo y en razón de llanto
tras la retina por milagro hundida.
En el sueño y la sangre derretida.
Doliendo allí, perdida con espanto.
Casi tocada en la raíz del canto
y eternamente libre y perseguida.
Reflejo. Sin embargo, propia lumbre.
Clavo del hueso, signo de la cumbre,
ojo de soledad y lejanía.
Sitiada siempre, pero esquiva al tacto.
Doble. Juntando al fin su don exacto
en este humilde afán de la poesía.
Espejo
Miré a la dulce niña del pasado
con piel ansiosa y con el ojo puro,
dibujando su forma contra el muro
donde el amor la había equivocado.
Era yo misma... cuerpo ya olvidado,
gesto de ayer y corazón seguro;
simple inocencia en el afán oscuro
y secreto del canto inaugurado.
Estaba allí, casual y sensitiva,
dueña del dardo y la manzana viva
en trémula quietud y extraño aliento.
Toqué su falda de vergel y danza,
entré en el corazón de la esperanza,
y recogí el engaño del momento.
LA PALOMA
Se equivocó la paloma,se equivocaba.
Por ir al norte fue al sur,creyó que el trigo era el agua.
Creyó que el mar era el cieloque la noche la mañana.
Que las estrellas rocío,que la calor la nevada.
Que tu falda era tu blusa,que tu corazón su casa.
(Ella se durmió en la orilla,tú en la cumbre de una rama.)
Sirena
Va sobre espuma alzada, casi en vuelo,
sin rozar el navío ni la roca
y la distancia abierta la provoca
un doloroso afán de agua y de cielo.
El canto suelto, desflecado el pelo,
de la tierra inocente, grave y loca;
encendidos los sueños y en la boca
la extraña sangre de una flor de hielo.
No es el tritón quien le transforma el pecho,
ni el querubín se inflama entre sus labios
para beber después llanto deshecho.
Un hombre, nada más... Con brazos sabios
la tiende sobre el peso de la tierra
y allí se arrastra dulcemente en guerra.
Biografía
(Carmen Margarita Brannon Vega; Armenia, 1899 - San Salvador, 1974)
Poetisa salvadoreña, una de las voces más sobresalientes de la lírica
centroamericana del siglo XX.
Hija de Peter Patrick Brannon, ingeniero norteamericano, y de la
salvadoreña Carmen Vega Zelayandía, estudió en el colegio La Asunción
de la ciudad de Santa Ana, donde la joven Claudia se decantó por los
estudios humanísticos. Religión y poesía se vincularon en su hogar para
acrecentar su sensibilidad natural. Desde muy pronto recibió la
influencia de los clásicos antiguos y españoles (Góngora, Quevedo, Fray
Luis de León), así como la de los románticos ingleses y de Rubén Darío.
También coincidió con algunos de sus contemporáneos, como el
cuentista salvadoreño Salarrué.
Poetisa precoz, con diecisiete años publicó un breve poemario que pasó
inadvertido: Tristes mirajes, que vio la luz gracias al mecenazgo del
general y poeta Juan José Cañas, uno de sus primeros mentores. Por esa
época Claudia Lars mantenía relaciones sentimentales con el poeta
Salomón de la Selva.
ALBERTO MASFERRER
BLASÓN
(Alberto Masferrer)
Un andrajo de mi vida me queda: se perdió
en misérrimas luchas lo que era fuerza y flor.
Rateros y falsarios hacen explotación
de mi luz, de mi anhelo, de mi fe y mi valor.
¡Cuánta odiosa mentira serví, sin querer yo!
¡Cuánto lucro y engaño con mi luz se amasó!
Porque fui humilde y simple; porque en toda ocasión
creí que quien me hablaba tenía sed de Dios.
Lo que no profanaron los demás, lo mejor
que me dio el Destino, eso lo manché yo;
porque siempre fui débil, inestable, y porque soy
tal vez un pobre loco que enloqueció el fervor...
Y entre el diablo y el mundo hicieron de mi sol,
en vez de luz, tinieblas; en vez de paz, dolor.
Mas yo no culpo a nadie de mis caídas, no;<br
ni me inquieta un instante mi justificación:
si por necio o por débil mi vida fracasó
y en mi jardín florecen el mal y el error,
inútil ya sería saber si he sido yo
el culpable o la víctima de una maquinación.
Si el fruto está podrido, es que el gusano halló
en él propicio ambiente para su corrupción.
¿Fue la obra de un demonio, del azar o de un Dios?
Es igual... No revive la flor que se agostó.
Ahora con los harapos de mi fe y mi valor
y lo que todavía me resta de ilusión,
he de alzar un castillo y en él, como blasón,
en un palo de escoba y hecho un sucio jirón,
haré flamear al viento mi enfermo corazón.
Y en ese vil andrajo que será mi perdón
escribiré con sangre, menosprecio y rencor
este emblema del hombre que es su propio señor:
“Para juzgarme, nadie; para acusarme, yo.”</br
JUSTICIA PARA EL INDIO
(Alberto Masferrer)
Hace ya cuatrocientos y treinta años que los indios de América fueron subyugados, y
desde entonces son víctimas del asesinato, del robo, de la extorsión, del menosprecio,
el vilipendio en toda forma.
Se les ha ultrajado en su cuerpo, en su propiedad, en sus sentimientos, en
su trabajo, en su honra, en sus creencias. Se ha embrutecido a fuerza de malos tratamientos,
se les ha enseñado a viciosos para explotarlos y para dominarlos, y una vez caídos en el
vicio,
se les ha tratado de imbéciles , de haraganes, de rehacios al progreso, de sucios,
de incivilizables.
Este crimen se está cometiendo en América hace ya más de cuatro siglos. Y no cesa
de perpetrarse, aunque su forma vaya cambiando según lo aconseja el interés o la
hipocresía
de los victimarios.
Ahora bien, este crimen colectivo, perenne y secular, es la causa principal de que América,
Indoamérica, yazga en la postración, en la dependencia y en la humillación. Los blancos y
los semiblancos de la América India , que son una muy pequeña minoría, ejercitan sus
fuerzas
en extirpar a los indios, que son los más , el ochenta por ciento de la población. Tanto
valdría que la cabeza cifrara su interés y su ideal en deshacerse de sus brazos , de sus
piernas , del tronco, de todo lo que forma el cuerpo.
Biografía
(Vicente Alberto Masferrer Mónico; Tecapa, 1868 - San Salvador, 1932)
Escritor e intelectual salvadoreño. De personalidad polémica, fue una de
las figuras más dinámicas de la vida cultural y política de su país y
ejerció una fuerte influencia en las generaciones más jóvenes.
Hijo de una ciudadana salvadoreña, Leonor Mónico, y de un español
afincado en El Salvador, Enrique Masferrer, su padre se negó en un
principio a reconocerlo como vástago; posteriormente se avino a
reconocer su paternidad y Alberto pasó a vivir a la casa de su padre.
Cursó sus primeras letras en la escuela de Jucuapa, y, a los diez años de
edad, ingresó colegio que había fundado en San Salvador la pedagoga
francesa Agustine Charvin. En 1883 fue enviado por su padre a
Guatemala en represalia por haberse negado a cumplir un castigo que le
había impuesto. El jovencísimo Masferrer rechazó la custodia paterna y
vagabundeó por Guatemala, Honduras y Nicaragua, trabajando en
oficios como el de buhonero.
Ejerció luego la docencia en el departamento nicaragüense de Rivas,
desde donde fue enviado a la isla de Ometepe para que impartiera
clases en el presidio que allí se levantaba. Posteriormente se trasladó a
San Rafael del Sur, donde asumió la dirección de la Escuela de Varones.
En 1885 se trasladó a Costa Rica, donde apenas permaneció un año, y
en 1886 regresó a su país natal y fue profesor en El Carrizal, donde
residió durante tres años. En 1889 fue nombrado director de la escuela
de Jucuapa, la misma en que el propio Masferrer había recibido sus
primeras clases.
SALVADOR SALAZAR ARRUÉ
La brisa
Sopla la caña de la brisa leve
y hay la melodía que se irisa;
se danza con la dicha de la brisa
y hay dicha en la hoja que se mueve.
Al soplo de esta música en “crechendo”
la espiga ensaya un ritmo trascendente
aprendido en la fuga de la fuente
y se sabe fugar, permaneciendo...
Sobre el juncal que cimbra con delicia,
ondulando la luz, en su caricia
despierta melodías olvidadas
y se mueven sus manos angelinas,
que interpretan llanuras y colinas,
con prisa de palomas desaladas.
El ojo de agua
Entre cañas,
entre yerbas,
abrazando furtivo la paloma del cielo...
Escondido,
tembloroso,
ambicioso,
lúbrico...
Agua pechuga;
agua pluma;
agua...
¡Ladrón de luz, niño malo,
devuelve al aire
la mensajera luminosa,
la mensajera de amor,
la cristófora-colomba
que escondes contra el pecho!
Lo que dice el caracol
Undilanilodano, el niño eterno
de la prístina mitología de la Bruma,
región enhiesta y aquilina del Continente Crisoprasio,
de que el pasado canta y cuenta,
sopla de su carrizo cristalino
(hecho del solicuerno
del unicornio marino)
las innumerables pompas de espuma
que el viento del Tiempo avienta
en el infinito Espacio:
los planetas,
los mundos,
las estrellas,
el Sol...
El Caracol,
si escuchas sus querellas
de motivos profundos,
como escuchamos los poetas,
te lo dirá con labios de marea,
con voz desvanecida
(rumor de lejanía tormentosa)
con silbo de serpiente caudalosa.
Y allí resuena el arpa citerea
y la flauta panida
cantando dolorosa,
adolorida,
como cantan los labios de la herida.
Undilanilodano,
el niño sobrehumano,
un ser algebraico,
filarmónico y neumático
que con el soplo espiritual
llena –de potentísima ilusión
y sentimiento errático
de rotación y traslación-
las innúmeras pompas de jabón
del Cosmos Sideral:
los planetas,
los mundos,
las estrellas,
el Sol...
Ligeras,
efímeras siluetas
estos mundos fecundos,
vagabundos,
theorías de aves pasajeras,
esferas,
irisadas y bellas
pompas de evanescente tornasol,
sólo son notas sueltas, se diría,
en la pauta del siglo y del minuto,
componiendo la vasta sinfonía
del Silencio Absoluto,
melodía de gratos manantiales
cantada por los ángeles divinos
en coros aurorales.
lo dice el Caracol
con labios nacarinos:
"los planetas,
los mundos,
las estrellas,
el Sol..."
Matadero
Hay un solar,
una galera de teja.
Es casa sin paredes.
Los muebles: varas de tarro
atadas de pilar a pilar.
Las cortinas, de carne olisca,
las alfombras de cuero estacado.
Casa acalambrada, hedionda...;
casa mala, de matar la res;
rastro, rastro de sangre...
Hay charcos rojos en el suelo.
Hay postes con ergástulas:
altares del Diablo
donde adoran rezando las moscas
negras,
rizadas como barbas de mono,
barba que se desplaza como gusanos
de gusanera.
En el solar hay tres palos mochos
donde se están, llorando apersogadas
las víctimas.
La res presiente la muerte,
avisada por el zumo
de su propia sanguaza.
El matador
es un hombre gordo,
bofo,
de voz delgada (voz amujerada)
y delantal overo,
en rojo barrioso
y amarillo-verde
de huevo-huero y bilis.
Es panzón y sonríe
con boca de chancleta.
Tiene manos peludas
y atamaldas.
¡Qué pobre hombre feo
y espantoso!,
si Dios lo perdona...,
¡que lo perdone!...
Amanece
con un quinqué y un cuchillo
largo, largo...
Anda entre berridos
arrastrando su sombra
larga larga...
Le ayudan dos mozos
descamisados,
prietos como él.
Le siguen los pasos
tres perros
gordos, gordos, pesados y sanguinolentes
como él.
Esta casa es una llaga
en el cerro.
La mantienen los dianches,
la custodian los zopes
en largos retenes,
por turnos,
entre graznidos y pleitos
y aletazos de escoba rota,
sobre los pedregales
y los basureros.
Un día el matador
se ahogará con su propia saliva,
alzando los brazos y dando trapiés,
rojo de asfixia.
Caerá donde destazan
y está mojado-caliente,
sanguinolente,
pestilente.
Un día se vendrá el temblor,
o el huracán, o el incendio
y la casa maldita
perecerá entre el polvo y el humo
y la res no llorará ya
nunca más, nunca más, nunca más...
El chucho
Por el camino polvoso,
al mediodía,
al medio del camino,
con la cola escondida
y la oreja tímida.
Por el camino desolado,
enclenque, descolorido,
con dos ojos pintados sobre los ojos...
Atemorizado,
enjiotado,
ahuesado de hambre, pasa...
No lo llames;
huirá despavorido.
Creerá que es pieda
el pan en tu mano.
Está escaldado,
apedreado,
molido a puntapiés
por los truhanes y borrachos
de los pueblos;
apaleado
por la placera
y las puyas largas
de los carreteros bribones.
Chuchito bueno,
chuchito triste,
afligido,
chuchito mío sin dueño:
ésta es la montaña,
no temas,
la isla en el mar del cielo,
no temas,
la tierra de arboledas y de trinos,
de místicas cigarras
encendidas en llama sonora,
votiva,
ante el altar del infinito...
Éste es el mundo -nomasito...;
tierra de desiertos caminos
y niños cantureros
que juegan con piedritas
y semillas, por los matorrales;
tierra de las lluvias lejanas
y los ranchos tranquilos.
No temas
"Amarillo",
"Canijo", "Cujinicuil"
como te llames,...si te llamas...
Quédate en algún rincón
de cocina,
oyendo moler,
oliento el humo del horno,
masticando la tortilla tiesa,
Chuchito peregrino
del miedo supino;
ánges de la suprema desdicha
que todo has aguantado y sufrido:
quédate un rato, al menos,
a la sombra del tamarindo,
royendo el hueso del mediodía...
Deja ya de temer,
deja ya de huir,
ten valor
de resistir
la mano de amor
que quiere peinarte dulcemente
la cabeza afiebrada.
Aprende a cerrar los ojos
adormeciéndote,
confiado al fin...
Como se te da el agua del charco
quiero darte mi cariño.
Biografía
(Sonsonate, 1899 - San Salvador, 1976) Artista y escritor salvadoreño
también conocido por el seudónimo de Salarrué, una de las voces
fundamentales de la literatura hispanoamericana por su concisión y fuerza
en la recreación de la realidad de su pueblo.
Su identificación con el mundo del campesino salvadoreño y sus
exploraciones en los asuntos esotéricos orientales y de ciencia ficción han
llevado a valorarlo como uno de los iniciadores de la nueva narrativa
latinoamericana y como destacado exponente de la cultura de su país.
Sus Cuentos de barro (1933), relatos de extrema brevedad, contribuyeron a
forjar la estética del cuento hispanoamericano.
Instalado con su familia en la capital salvadoreña desde los ocho años, a los
diez años publicó ya sus primeros textos en el Diario de El Salvador.
Formado en el Liceo Salvadoreño, el Instituto Nacional y la Academia de
Comercio, estudió además pintura y dibujo con el maestro greco-ruso Spiro
Rossolimo, y más tarde, gracias a una beca, en la Corcoran School of Art de
Washington, donde con veinte años realizó su primera exposición individual
en la Hisada's Gallery.
De regreso a El Salvador, contrajo nupcias con la artista Zelie Lardé y
comenzó a prestar servicios laborales en la Cruz Roja. En 1928 fue
contratado como redactor jefe del diario Patria, dirigido por los
escritores Alberto Masferrer y Alberto Guerra Trigueros. Publicó allí artículos
y su primeros relatos, reagrupados luego en Cuentos de cipotes. Fundó y
dirigió las revistas Amatl y Espiral; a lo largo de su vida colaboraría en
numerosas rotativos y revistas literarias y artísticas.